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62.- LA ORGÍA INOLVIDABLE…


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El emperador Tiberio, fue muy aficionado al dinero y difícilmente se le arrancaba. Con el tiempo, su avaricia le llevó a la rapiña y el lema que rigió su gobierno fue: ‘Que me odien con tal dé que me teman’.

Cuando comenzó su vida militar, antes de que fuera César, sus compañeros le  conocieron por su afición al vino hasta tal grado, que los soldados le apodaron: ‘Biberius Caldus Mero’ (todas estas palabras aluden al vino de diversas maneras)

Su crueldad y su hipocresía eran tales, que cuando Augusto lo nombró su sucesor, las palabras que pronunció en su lecho de muerte, fueron: ‘Desgraciado pueblo romano que va a ser presa de tan lentas mandíbulas’

También era un hombre extremadamente lujurioso. En su retiro de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida de lechos alrededor….

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Y allí, un grupo elegido de jóvenes disolutos reunidos de todas partes y algunos que inventaron ‘monstruosos placeres’, a los que llamó ‘spintrias’(sus maestros de voluptuosidad)

Formaban entre sí una triple cadena y entrelazados de esta manera, se prostituían en su presencia para estimular sus lánguidos deseos; pues al final de su vida, solo era un anciano impotente.

Como gran adicto al sexo, en el palacio de Roma que se ha salvado del incendio, también tenía todo un sector destinado a lo mismo.

Además de esa habitación especial, hay diferentes salones arreglados especialmente para estos placeres, adornados con cuadros y bajorrelieves lascivos y llenos de libros de Elephanditis (Pornografía gráfica), para tener en la acción modelos que imitar.

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Sus jardines han sido diseñados como bosques y selvas consagrados a Venus Afrodita y están decorados con grutas excavadas en la roca y en las cuales hay hermosas y artísticas estatuas que parecen casi vivas.

En las cuales se ven jóvenes de ambos sexos, mezclados en actitudes voluptuosas y posiciones obscenas y sugerentes, con trajes de ninfas y faunos.

Hay también un baño con una piscina especialmente diseñada, en la cual enseñó a niños de tierna edad a los que llamaba sus ‘pececillos’ a que jueguen entre sus piernas, excitándole con la lengua y con los dientes.

Y a los más grandecitos que estaban en lactancia aún, les ofrecía los genitales para que le diesen el género de placer al que sus tendencias y su edad le inclinaban de una manera especial.

Recibió un legado de uno de sus amigos que le daba a elegir entre un cuadro de Parrasio en el que Atalante prostituye su boca a Meleagro o un millón de sestercios…

Tiberio prefirió el cuadro y lo colocó como un objeto sagrado en su alcoba…

Y este cuadro adorna ahora el salón principal de la casa de Tiberio en Roma, justo encima de donde se encuentra el triclinio imperial.

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Aminio Rebio y Vitelio en su infancia, fueron ‘pececillos’ de Tiberio y desde su juventud, han sido marcados con el afrentoso nombre de ‘Spintria’.

Y por su gran experiencia en estos oficios, Vitelio ahora es el intendente de placeres de Nerón…

Aminio Rebio, Faonte el liberto del César y dos enviados de Tigelino; fueron a las cárceles para elegir doncellas y jóvenes cristianos… Para recreación del César y de sus invitados…

La fiesta en el palacio de Tiberio en el Esquilino, está en todo su apogeo…

Cientos de lámparas brillan sobre las mesas y penden de las murallas.

Los acordes de la música, invaden el ambiente.

El aroma de las flores y los perfumes de Arabia, son aspirados con deleite por los invitados lujosamente ataviados y que reclinados en sus triclinios, disfrutan de los deliciosos manjares y los exquisitos vinos que aumentan la euforia general.

Y las rosas siguen cayendo…

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Nerón está muy contento…

Y Popea regia y magnífica, luce su belleza con una sonrisa congelada que no llega a sus ojos, ni ilumina la expresión sombría que encubre su dolor, después del asesinato de su hijo Rufio Crispino.

Nerón ya cantó su Troyada y una atronadora tempestad de aplausos y aclamaciones le alimentan su insaciable vanidad de artista.

Algunos que levantaron sus manos como enajenados por su prodigioso talento, le han dejado sumamente satisfecho.

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De vez en cuando mira con una sonrisa de maligna crueldad a Marco Aurelio y a Petronio, a los que tiene como invitados de honor, muy cerca de él…

Petronio, ingenioso y elegante como siempre, hizo destellar su inteligencia y exquisita agudeza a lo largo del banquete…

Sacando a Marco Aurelio de varias sutilezas engañosas por parte de los demás augustanos…

Y luchando él mismo en aquellas arenas movedizas que son las intrigas de la corte imperial, saliendo adelante con donaire y su gallardía habitual.

Marco Aurelio está tranquilo y se porta tan distinguido como su tío, con una innata elegancia y sobriedad en todos sus ademanes.

Popea mira disimuladamente a Marco Aurelio…

Pues que lo único que la alienta en este banquete, es la alegría anticipada de su venganza sobre el tribuno.

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Se siente un poco mareada por el vino y el humo del incienso.

Finge que disfruta de los espectáculos que han sido preparados para la fiesta…

Nuevamente se da lectura a versos y se escuchan diálogos en los cuales la extravagancia, ocupa el lugar del ingenio.

Después Paris el célebre mimo, hace una representación magistral en lo que parecen escenas llenas de encantamiento.

Pues con los movimientos de sus manos y del cuerpo, tiene una increíble habilidad para expresar cosas que parecen imposibles de hacer patentes en una danza…

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Sus manos parecen oscurecer el aire creando una nube animada, sugerente, voluptuosa, que circunda las formas de una doncella agitada por un inefable desmayo…

Es una verdadera pintura, no una danza…

Una pintura expresiva en la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la par que impúdico.

Y al finalizar da principio una danza báquica, llena de gritos desenfrenados y licenciosos desbordes.

Acompañados del son de cítaras, tambores, laúdes y címbalos, en una música incitante a dar rienda suelta a la pasión.

Marco Aurelio mantiene en todo momento una actitud tranquila, digna y un tanto seria.

Su carácter reservado y su calma intrigan a todos los augustanos, pero especialmente al César y a Popea…

Tanto Marco Aurelio como Petronio participan del banquete y beben vino, pero sin perder la sobriedad.

Se mantienen sonrientes y ecuánimes.

Entrada la noche Faonte, el liberto del César se acercó y murmura unas palabras a su oído.

El César hace un gesto de asentimiento…

Están en el salón que Nerón llama su ‘Paraíso de deleites’ y que forma parte del sector de la casa de Tiberio que fue construida para sus placeres.

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Los esclavos siguen trayendo más viandas y licores que sirven en la espléndida vajilla ribeteada en oro y las ricas copas artísticamente diseñadas y decoradas con escenas voluptuosas y acordes a la ocasión.

Los manjares y las bebidas han sido especialmente preparados con afrodisíacos.

Entonces Tigelino se acercó a Nerón y a Popea, diciéndoles algo en voz tan baja que…

Petronio que está al lado del César, lo único que pudo captar fue la respuesta del emperador:

–           No importa. Aún nos queda el Circo. Entonces será un espectáculo digno de la multitud.

Lo que Tigelino les ha comunicado, es que por la enfermedad de Alexandra, no ha sido posible sacarla de la prisión y no participará de la fiesta de esa noche.

Popea no logró ocultar su desencanto y su frustración.

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Después de un tiempo prudencial le solicitó a Nerón permiso para retirarse, pues se siente indispuesta.

Y no pudo evitar mirar al tribuno con rencoroso desprecio y a Petronio con una ominosa mirada, que acompañó con su eterna y congelada sonrisa.

El César se levantó para escoltar a Popea que se despidió de los presentes y a los que Nerón les dice que regresará pronto.

Y efectivamente, un poco más tarde volvió al salón, para disfrutar de la sorpresa preparada por Vitelio.

Entre los asistentes al banquete está el joven Aulo Plaucio, un hombre lleno de belleza y gallardía que es amante de Nerón y que tiene una gran voz de barítono.

Nerón había dicho siempre y le ha hecho creer que lo ama y que lo nombrará su heredero al trono del imperio.

En todos los banquetes, después que Popea se retira; él hace las delicias del emperador.

Entre los acordes de la música, el aroma del incienso y las bromas con que el César está demostrando su gran satisfacción en esta noche en particular…

Nadie se percata de la señal que Tigelino le hace a Nerón.

Enseguida éste llamó a Faonte, a Doríforo y a Aulo Plaucio.

Cuando llegaron ante él, ordenó a los libertos que lo sujetaran y ante la sorpresa general; éstos lo tiraron sobre el lecho imperial y lo inmovilizaron…

Mientras el César, haciendo derroche de violencia, lo violó.

Después de esta infamia, Nerón se levantó como si nada hubiera sucedido…

Y declaró:

–           Que mi madre bese ahora a mi sucesor.

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A continuación,  lo acusó de conspiración y ordenó que lo torturaran.

Recomendando que los verdugos lo hieran de manera que se sienta morir y que su muerte sea lenta en el suplicio.

Y luego, envanecido por hacer todo siempre impunemente, se volvió hacia Petronio, lo miró con crueldad y advertencia…

Y dijo con displicencia:

–           Ningún Príncipe ha sabido cuanto puede hacerse desde el poder.

Enseguida miró a Vitelio, agregando:

–       Veamos querido amigo, lo que has preparado para nuestro deleite.

Después de que los libertos se llevaron a Aulo Plaucio, que se había desmayado de terror.

Vitelio se levantó, hizo una reverencia a Nerón y se acercó a Aminio Rebio, que a su vez descorrió una cortina casi transparente que había en un extremo del salón.

Detrás de ella, está un grupo de varones y doncellas que evidentemente han presenciado todo lo  sucedido.

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Y todo esto fue hecho a propósito, para quebrantarles el espíritu…

Y mostrarles lo que les espera, al que tenga la osadía de no someterse.

Tigelino les da una orden y ellos avanzan formando una larga fila de un extremo a otro del enorme salón.

Para que el emperador y sus invitados, puedan verlos y examinarlos bien a todos.

Son veinticuatro mujeres y veintidós hombres, cuyas edades oscilan entre los quince y los veinticinco años.

Todos están totalmente desnudos y llevan una corona de rosas en la cabeza.

Han quedado de pie, frente al César y sus convidados.

Lo más sorprendente es que mantienen una dignidad majestuosa…

A pesar de la humillación que debe significarles el no llevar ninguna prenda de vestir que los cubra…

Marco Aurelio reconoció a varios y sintió una gran opresión.

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Cuando vio a Margarita, la hermana de Alexandra, un profundo dolor se le clavó en el pecho.

Inclinando la cabeza, cerró los ojos y oró…

Petronio permaneció imperturbable. Conoce a Nerón.

Y con su elegancia característica, ni un solo músculo de su rostro, delató sus verdaderos pensamientos y sentimientos…

Séneca, movió la cabeza casi imperceptiblemente y la inclinó para esconder la expresión de su rostro…

Trhaseas frunció el entrecejo y una fugaz sombra de desaprobación nubló su semblante. Y se sumió en sus reflexiones…

Lucano pareció sorprenderse, pero asumió su actitud de siempre.

Plinio solo miró, pero no demostró nada.

Marcial levantó una ceja y no manifestó lo que pensaba. Mantuvo una actitud expectante…

Todos los demás miraron a los jóvenes con una mezcla de admiración, curiosidad morbosa, intensa avidez, lujuria y lascivia.

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Nerón los observó atenta y detenidamente a cada uno de ellos…

Y con una sonrisa, dirigió una mirada de aprobación a Vitelio, Tigelino y Aminio Rebio, que han esperado expectantes su dictamen.

Ellos los seleccionaron.

Y están seguros de que ni siquiera el exigente y perfeccionista Petronio, podrá poner una sola objeción a aquel estupendo grupo de jóvenes…

Que son una muestra excelente de juventud y belleza:

Cuerpos y rostros perfectos. Portes regios y de gran dignidad, sin llegar a la altivez.

Esta promete ser una gran orgía y una noche de placeres incomparables…

Vitelio le prometió que ha preparado con ellos una serie de fantasiosas representaciones, en las cuales él podrá elegir a los que más le agraden, para su placer personal.

Están por gustar de un deleite nuevo y bastante raro… Porque a pesar de su edad, todos son vírgenes…

Lo único que molestó a Nerón y mucho; fue que ninguno al mirarlos él a la cara, bajase la mirada, ni el rostro.

No fueron retadores ni altivos.

Sólo le miraron ellos a su vez con tranquilidad y sin hacer ninguna inclinación. Sin el menor rastro de temor o servilismo.

Sin ninguna turbación o nerviosismo.

¡Y nadie le hizo una reverencia!

Y esto último, lo consideró un gran insulto a su megalomanía.

Petronio también notó esto.

Y conociendo al César, aumentó su admiración y su respeto por los cristianos.

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Y también su preocupación por lo que sucedería a continuación…

Nerón dio la espalda a sus prisioneros y por unos instantes permaneció así.

Su rostro regordete toma una expresión concentrada y terrible…

Mientras parece reflexionar, con su mano izquierda se toca su corona de laurel.

Y tomando la orla de su manto cuajado de estrellas de oro y perlas, con un ademán regio lo levantó con su mano derecha y dándose vuelta, lo soltó hacia atrás.

Enseguida,  miró a los jóvenes cristianos. Caminó lentamente frente a ellos…

Los fue recorriendo uno a uno con lentitud y una expresión maligna y cruel en sus ojos azules, que hizo estremecer a quienes lo conocen muy bien.

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Luego dijo con voz muy pausada:

–           Estas hermosas cabezas, caerán en cuanto yo lo ordene.

Sorpresivamente, una voz muy serena y varonil, respondió:

–           El poder que Dios te ha concedido tiene un límite.

Nerón se volvió con rapidez, buscando entre los hombres al que habló…

Y que al parecer NO está enterado de que a nadie le está permitido hablar, a menos que el emperador lo haya interrogado primero.

Y con una voz contenida y terrible, preguntó:

–            ¿Quién dijo eso?

Da un paso al frente un joven que hubiera podido ser el modelo con el cual Miguel Ángel esculpió su ‘David’ y…

Que con su armoniosa voz, confirmó:

–           Yo…

Y ante la mirada interrogante del César, agregó:

–       Mi nombre es Oliver y soy cristiano.

Cierto es que tienes poder sobre nosotros.

Eres nuestro emperador y como a tal te respetamos.

Pero no puedes ir más allá de lo que te ha sido concedido.

A tu pesar, también tú obedeces los Designios misteriosos del Dios Único y Verdadero.

Nerón amenazó con voz glacial:

–           Puedo hacer contigo lo que acabo de hacer con Aulo Plaucio.

Inesperadamente, una voz dulce entre las vírgenes, se elevó con impresionante firmeza…

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Y dijo:

–           ¡NO! Porque somos Templos vivos del Dios Único y Verdadero. Y NO puedes profanarlos a tu placer.

Nerón se volteó rápidamente, para conocer a la que se ha atrevido a hablarle de ese modo.

Y vio a la más jovencita entre las doncellas que están ahí.

–           ¿Quién eres tú? –preguntó con un tono vibrante de ira.

Ella se irguió aún más.

Y su voz continuó tranquila declarando:

–           Fátima. Soy cristiana. Y te repito: Somos Templos Vivos del Espíritu Santo.

Y estamos aquí, NO PARA TU DELEITE, sino para dar testimonio del Dios Altísimo.

Nerón la fulmina con la mirada, antes de decir con voz escalofriante:

–           ¿Sabes que puedo enviarte para que te deshonren los gladiadores y se diviertan contigo hasta que se cansen?…

Otra voz dulce y femenina lo interrumpió:

–           Puedes. Claro que puedes ¡Si Dios te lo permite!… 

Y sin que nadie se lo ordenase, da un paso al frente identificándose:

–       Soy Margarita y soy cristiana…

Y tú eres esclavo del amo al que perteneces: Satanás.

Y es él a través de ti, el que verdaderamente nos quiere destruir.

Tú solamente eres su miserable instrumento…

La joven virgen se yergue imponente y mira severamente a Nerón…

Su actitud es tan digna que parece una Reyna más majestuosa que la misma Popea.

Y tan solemne que parece una diosa, pues irradia la misma Presencia que un día dejara pasmado a Marco Aurelio…

Cuando Alexandra dijo que el herido permaneciera entre los cristianos…

Petronio la admira literalmente con la boca abierta…

Todos están paralizados por el asombro, pues nadie le ha censurado jamás nada al emperador y esta actitud es inaudita…

Esta virgen bellísima parece una deidad airada y sus palabras manifiestan su severidad implacable…

Trhaseas se cubre la boca tratando de cubrir la exclamación que se le escapa admirado:

–           ¡Athena Parthenos!

Definitivamente las cosas para el César, no están resultando como las esperaba…

Entonces dijo con tono lastimero:

–           ¿Qué clase de religión impera en vosotros que os hace hablar así? Soy tu emperador.

El tono grave de otra voz masculina, rasga el aire:

–           ¿Acaso ignoras que no hay religión si es violenta y oprime a los que no quieren?

Da un paso al frente mientras agrega:

–      Soy Sergio y soy cristiano.

Nerón exclama con desprecio:

–           ¡Cristiano! ¿Cómo se llama tu Dios?

–            El Altísimo Señor del Universo: Yeové, el Padre Eterno. Jesucristo su Hijo y el Espíritu Santo.

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Nerón pregunta perplejo:

–           ¿Son tres dioses?

Otra voz masculina le responde:

–           NO.

Y el que habló dio un paso al frente mientras continua:

–      Son Tres Personas Distintas y un solo Dios Verdadero.

Todopoderoso. Creador, Dueño y Señor de todo el Universo.

Los que le adoramos somos cristianos. Mi nombre es Joshua.

Nerón suelta una carcajada y se burla:

–       ¡Todopoderoso!

Y con gran sarcasmo agrega:

–      ¿No es acaso ese hebreo que fue crucificado con los malhechores en el principado de Tiberio y murió en la Palestina?

Una joven que todavía no cumple los 18 años, se adelanta y proclama:

–         Sí. Murió en la Cruz para salvarnos. Su nombre es Jesús.

Dios lo resucitó y Reina Glorioso desde el Cielo. Y Gobierna todo el Universo y el mundo espiritual e invisible.

Agrega con voz  muy dulce, identificándose:

–         Mi nombre es Jade y soy cristiana.

El César la mira fijamente por un momento demasiado largo…

Enseguida se dibuja en su rostro una sonrisa escalofriante y pregunta suavemente:

–           Si es como dices. ¿Por qué ha dejado que cayerais en mis manos?

En este momento yo soy vuestro dios.

Y os enseñaré a comportaros ante vuestro emperador.

Yo voy a demostraros cuál es el verdadero poder. –Estas palabras las declara Nerón con el rostro oscurecido por una expresión despiadada e inhumana.

En el silencio que sigue, solo se oye el chisporroteo de las lámparas de aceite…

porque hasta los músicos se han quedado paralizados, viendo el contraste total entre la cara de los aterrorizados comensales…

Y el semblante tranquilo de todos los jóvenes.

Después de un momento se oye como una campana, otra voz resonante y firmemente armoniosa:

–           Mi nombre es Daniel y soy cristiano.

¡Y te aclaro que NO haremos lo que esperas de nosotros, según lo que estamos concluyendo!– Dice mientras recorre con una mirada significativa…

Las pinturas y las estatuas que adornan el salón.

Y finaliza con tono solemne, como si fuera un maestro, ante un alumno díscolo:

–       En este lugar al que nos has traído…

Nerón lo mira colérico…

Sin decir una sola palabra, va hacia su pretoriano más próximo y le saca la espada de su vaina.

Con gesto feroz mira al que habló al último y camina hacia él…

Mientras sentencia airado e implacable:

–           ¡Doblegaré tu locura!

El joven lo mira impasible y declara:

–           Puedes aplicarme las torturas más crueles, pero NO me perjudicarás.

Tú en cambio, estás preparando tu alma, para tormentos eternos.

Y los que me inflijas serán dulces, comparados con los que te esperan a ti.

Y te los infligirá el que ahora te induce a atormentarnos.

Nerón se acerca furioso y lo atraviesa con la espada de tal forma…-espada-sangrienta-

Que la punta de la misma sale por la espalda del infortunado, goteando sangre…

Cuando la saca con un movimiento violento; la espada ensangrentada salpica sus vestiduras de color amatista y antes de que pueda decir nada…

La voz del joven que está al lado del que ha sido herido, se oye con acento triunfal:

–           Yo soy Iván y también soy cristiano…

Y debes saber que los que temen a Dios, no pueden ser perjudicados, ni doblegados por los tormentos.

Los suplicios resultan ser sus ganancias para la Vida Eterna, porque todo lo sufren por Cristo.

Es el mayor de todos.

Un  joven como de unos veinticinco años. De rubios cabellos oscuros y ensortijados. Y con unos bellos ojos verdes como el mar.

–           ¡¡¡Aaaahhh!!!

Esta exclamación de sorpresa y admiración, que brota de todas las gargantas, impide una respuesta al insolente.

Nerón voltea y se queda mudo y boquiabierto…

El joven que acaba de herir en forma tan atroz, en lugar de derrumbarse, se ha erguido aún más.

Y su herida ha sanado instantáneamente de forma impresionante, ante los ojos de todos los asistentes a este drama tan singular…

El César está impactado, pero su ferocidad es más fuerte y su crueldad prevaleció.

Dirige una mirada significativa hacia Aminio Rebio: hombre infame, afeminado y cruel.

Y éste se acerca al insolente, obedeciendo la orden silenciosa del emperador…

Con su mano derecha acaricia con lascivia, el cuerpo perfecto de Iván…

Y éste le dice con tono tranquilo:

–           No lo hagas. ¡Detente o lo lamentarás!…El Ángel del Señor está conmigo y no te permitirá lo que pretendes…

Aminio Rebio no lo escucha y mucho menos le hace caso.

Excitado por la lujuria ante la hermosura llena de gallardía de aquel cuerpo perfecto y musculoso…

Lo manosea con sumo deleite, lleno de lascivia…

Pero de repente se aparta como si hubiese sido herido por un rayo.

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Y grita con inmenso dolor:

–           ¡No veo! ¡No veo! El ángel me ha herido en los ojos y no puedo ver nada.

¡Piedad! ¡Piedad! –y se hace para atrás trastabillando, como hacen los ciegos cuando no tienen quién los guié.

Fátima grita con júbilo:

–           ¡Dios resguarda su santuario! Y ¡Ay de vosotros que pretendéis profanarlo!…

Todos los que antes los miraran con lujuria, han perdido la avidez y ven cómo se está arruinando su grandioso festín sexual…

Nerón está estupefacto y aterrado…

Pero arrebatado por la ira como si fuera una fiera herida.

Ordena a sus libertos que los cristianos sean conducidos a la tortura y que los verdugos desplieguen contra ellos toda su violencia…

Concluye diciendo:

–           Yo mismo supervisaré los tormentos. ¡Llévenselos!

Y volviéndose a los invitados del frustrado banquete, les dice:

–        ¡Vamos! La fiesta apenas comienza…

Todos lo miran pasmados, entre admirados y aterrorizados…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


bacanales-en-el-imperio-romanoAl separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego.

Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto.

Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva.

Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ NO existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos.

Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

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Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca.

Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos.

Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

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Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca.

Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio.

Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa. 

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles.

Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida.

Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,

Cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra.

Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César.

Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa.

Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

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Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante.

Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

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Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato…

Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado…

Que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

ENAMORADOS

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed!…

¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer.

Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites.

Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium.

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

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Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno.

Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares.

Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó.

Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

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El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la Persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto hasta vaciar la copa…

Y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

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Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria!

Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad.

En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular.

Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él un cambio fundamental.

Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno.

Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera.

Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos.

Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

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Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

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Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma.

Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados.

Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión,

el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ‘¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.’

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’

Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas…

Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

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Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible.

Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje.

Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡¡¡Los cristianos a los leones!!!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida.

desfile triunfal romano

Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del Edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

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Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio…

Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro.

He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán.

–               ¡Pero ése es un recurso desesperado!

–             ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

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Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra.

Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso…

Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel NO tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto…

Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la Persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos.

¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza.

Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas.

Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio.

Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

mirmidon

El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos.

Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…

Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron.

Y ese tal vez es el motivo por el cual NO estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa.

Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

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De esta manera continúan conversando…

Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto.

Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados.

pretorianos

Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque.

El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico.

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El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso.

Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas una alegría triunfal.

legionarios

Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

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Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

aurora boreal

Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

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Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

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Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante.

Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta.

Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


incendio-fuegoAl tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia.

Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad.

Pero Nerón que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio.

Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro. Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio.

Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos.

O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra.

Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación.

Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavios que habían sido despachados a Judea y Marco Aurelio y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho.

Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo.

En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe.

Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones.

Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión.

Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales.

Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria.

Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él.

El pueblo le señalaba desde lejos al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro.

El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio.

La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa.

Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes.

¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia!

Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones…

Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo.

Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando.

Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto.

El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma!

¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos.

Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada.

Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.

Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos.

Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro.

Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él.

Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos.

Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil.

Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia.

Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

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Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro.

Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud.

Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

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Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento.

Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

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Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

petronio0Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio.

Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco.

Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario.

Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre.

Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados.

Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César.

Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida. La experiencia fortalece la confianza…

La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula.

Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio!

–          ¡El Arbiter Elegantiarum!

–           ¡Petronio!

–          ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza.

Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito.

Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro.

Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

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Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos.

Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios.

Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra.

Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes.

Y enseguida llegó la respuesta.

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Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas.

Pero es evidente que el augustano no ha terminado.

Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica.

Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular.

Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía.

Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…

Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole…

Miró reflexivo hacia la ciudad y agregó con voz fuerte y enigmática:

–         Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

37.- EL CAPRICHO DE POPEA SABINA


Los augustanos abandonan el Palatino.

Al caminar por la inmensa galería porticada, Petronio miró a Marco Aurelio y dijo:

–           Barba de Bronce renuncia a su viaje por el momento. Está irritado y aburrido. ¡Esta combinación es muy peligrosa! En la fiesta se entregará a un desenfreno absoluto, tratando de aliviar su frustración y su tedio. ¡Ojalá no tengamos sorpresas desagradables!

Marco Aurelio sonrió y contestó:

–           Afortunadamente yo tengo mejores cosas de qué ocuparme y a ti te dejo los cambios de humor del César.

Petronio se detiene y advierte:

–           Fuiste invitado y ni siquiera se te ocurra pensar que puedes evitar asistir.

El tribuno movió la cabeza y fastidiado replicó:

–           Lo que a mí me sorprende es que a ti no te haya dominado el aburrimiento de cuanto te rodea.

–           ¿Quién te ha dicho lo contrario? Desde hace mucho tiempo me domina. Pero yo no tengo tus años. Y tampoco tengo alternativa. Al emperador nadie le abandona sin consecuencias…

–           Lo sé. Y según parece, tampoco se pueden desairar sus invitaciones. Definitivamente no envidio tus privilegios.

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–           Además, amo los libros, la poesía y me encantan las obras de arte. Me agrada mi hogar y la belleza de las obras maestras con que lo he adornado. Tengo todo lo más exquisito y perfecto. Sé que no he de encontrar ya nada superior a lo que actualmente poseo. Y no tengo ganas de desprenderme de nada de esto por ahora.  

–           Perder el favor imperial es una gran desgracia. Y un lujo que al parecer,  nadie se puede permitir voluntariamente sin perder también la vida…

–           He disfrutado lo mejor y la vida me deleita, mientras pueda darme el placer que necesito y pueda conservarla… porque no se sabe… –finaliza dando un profundo suspiro.

Marco Aurelio está tan contrariado, que mejor se queda callado.

Petronio lo observa desconcertado, pero tampoco le dice nada.

Después de un largo silencio, Petronio agrega.

–           ¿Sabes cuál es la última noticia? Tigelino, para las fiestas ha preparado los lupanares con las mujeres más nobles de Roma. Habrá doncellas que hagan su presentación como ninfas.–            ¿Eso te parece apetecible? ¡Convertir a las jóvenes patricias en prostitutas! ¿Tan hastiados están que lo execrable ya no es vergonzoso?

Petronio mira sorprendido a su sobrino y finalmente explota:

–           ¡Éste es nuestro mundo neroniano en Roma! ¡Creo que has arruinado tu vida haciéndote cristiano! ¡Por Pólux que no te comprendo! Nuestras locuras tienen cierto juicio, pero tú… Desprecio a Enobarbo, porque es un bufón griego. ¡Si al menos fuese romano!  ¡Hufff!…

–           La barbarie es barbarie en cualquier lugar. Ya no hay valores, ni honor. No veo de qué te sorprendes. Y sobre este asunto podría enseñarte cosas grandiosas que he aprendido…

–           No empieces con tus cosas cristianas.  No quiero saber nada de eso…

–           Está bien. Tienes razón. Todavía no es el momento en que podrías comprenderlas… Tal vez algún día anheles también aprenderlas.

Petronio agrega sin hacerle caso:

–           No cabe duda de que vamos de mal en peor… Pero este es el mundo que me ha tocado vivir ¡Y hay que tomarlo como es! Prepárate para ir al Fiesta Flotante en la Piscina de Agripa. Y será mejor que nos dispongamos para disfrutarlo…

Al día siguiente…

El buen gusto y refinamiento de Petronio, le han ganado el título de ‘Arbiter Elegantiarum’. Y por esas mismas cualidades, su genial dirección es indispensable para el desarrollo del artista que palpita en el emperador.

Comparándolo con el Prefecto de los Pretorianos, Petronio lo supera infinitamente en cultura, intelecto, conocimiento del Arte, refinamiento y buen juicio. En la conversación, su ingenio conoce la mejor manera de entretener al César.

Y lo que hasta ahora ha sido el mejor talento de Petronio para ser el consejero favorito del emperador, como un arma de doble filo se está volviendo contra él…

Y él ni siquiera imagina porqué…

Tigelino posee bastante buen sentido, para conocer sus propias deficiencias. Y sabe que NO puede competir con Petronio, Plinio, Séneca, Trhaseas u otros de los augustanos que se distinguen por su elegancia y su alcurnia, sus talentos o su ciencia.

Y ha decidido eclipsarlos por medio de una flexibilidad inagotablemente previsora en sus servicios y sobre todo por una magnificencia, capaz de sorprender aún la exaltada imaginación de Nerón.

Porque  conoce bien a Nerón y sabe por dónde llegarle, ha cultivado secretamente las debilidades de su personalidad para prevenirle en contra de su peor enemigo. Esto ha logrado que la influencia de Tigelino aumente día con día.

Y no es porque Nerón le quiera más que a los demás; sino porque el Prefecto de los Pretorianos ha encontrado la manera de hacerse cada vez más indispensable para el emperador.

Arbiter Elegantiarum, esto mortifica la vanidad de Nerón ¿Cómo es posible que alguien lleve delante de él, semejante calificativo?

Y además, hay que agregar el  terrible complejo que siente entre su obesa y grotesca figura y la innegable belleza varonil de su asesor artístico. La indiscutible superioridad en todos los aspectos de la poderosa personalidad de Petronio, ahora constituye su desgracia…

Pues esto ha despertado la envidia de Nerón y siente agobio por cada uno de sus triunfos… En cambio con Tigelino, César se siente a sus anchas; pues comparte con él su misma crueldad, sus bajezas y su ruindad.

¿Quién prevalecerá? ¿El artista o el monstruo?… La guerra y la competencia están muy reñidas…

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En un suceso sin precedentes en la ciudad, los pretorianos han rodeado las arboledas que están alrededor de un lago mediano y es conocido como la gran piscina de Agripa; para que nadie se acerque a molestar al César y a sus huéspedes, que constituyen cuanto hay en Roma de notable por su riqueza, hermosura y talento.

Tigelino quiere compensar al César la contrariedad sufrida, al diferir su viaje a Acaya y al mismo tiempo mostrarle a todos que no tiene rival para alegrarle la vida al emperador.

Para este objeto mandó traer desde las más remotas regiones del imperio: fieras, pájaros exóticos, peces raros, plantas, flores, etc. Y todos los detalles más insólitos que puedan realzar el esplendor de la magnífica fiesta.

Los impuestos de provincias enteras se consumen en la realización de los más insensatos proyectos…

Más el poderoso favorito no siente la menor vacilación al efectuarlos, con tal de asombrar a Nerón y complacer hasta el más mínimo de sus caprichos.

Esto es lo que hace que su influencia aumente día con día y Nerón lo considere casi indispensable…

Y por eso ha dispuesto dar la fiesta en gigantescas balsas, construidas con vigas doradas, cuyos bordes fueron decorados con magníficas conchas marinas. Adornó las orillas  de la piscina con palmeras, lotos y rosales.

También instaló jardines flotantes y alrededor de la piscina a intervalos regulares, fuentes con aguas perfumadas, altares con estatuas de dioses y quemadores de incienso.

Hay muchas  jaulas de oro y plata, con aves exóticas y multicolores…

En el centro de la balsa principal; está el pabellón de una tienda teñido de púrpura fenicia, que es sostenido en columnas de plata.

Debajo, las mesas están preparadas para recibir a los invitados con cristalería de Alejandría y vajillas de inestimable valor; botín recogido de Grecia, Asia Menor e Italia.

La balsa está adornada con tantas plantas, que semeja una isla flotante.

Y hay amarrados con cuerdas de púrpura y oro; botes con forma de cisnes, delfines, aves y peces que son bogados por jóvenes de ambos sexos; cuyas caras y cuerpos están desnudos, adornados con joyas y han sido elegidos por su gran hermosura.

Cuando Nerón llegó a la balsa seguido por Popea y los augustanos, se sentaron en los triclinios.

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Entonces los remos hendieron el agua y se pusieron en movimiento junto con los botes; describiendo círculos alrededor de la piscina.

Le rodean las otras balsas de menor tamaño; en una de las cuales van los músicos tocando sus instrumentos, resonando cantos melodiosos que llenan el ambiente de alegría.

El César con Popea a un lado, está gratamente sorprendido.

Especialmente al ver surgir entre los botes, hermosos jóvenes de ambos sexos, ataviados como sirenas y  tritones, con mallas glaucas que simulan escamas.

Y ejecutan una hermosa danza acuática en honor de Poseidón. Verdaderamente emocionado, Nerón aplaudió y alabó al organizador de la fiesta.

Pero al mismo tiempo y por fuerza del hábito, dirigió la vista hacia Petronio, deseando conocer su opinión.

Y se mostró más entusiasmado aún, al ver que el ‘Árbitro’ sonreía complacido, mostrando su aprobación con un gran aplauso carente de envidia. Pues  realmente el espectáculo es magnífico.

La Fiesta Flotante agradó mucho al César, por su novedad. Se sirvieron tan exquisitos manjares y vinos de tantas clases, que el más exigente sibarita no habría podido objetar nada.

Luego las mujeres se sentaron en la mesa de los augustanos; entre los cuales Marco Aurelio sobresale por su gallardía y juventud.

Anteriormente tanto su cuerpo como su rostro, denotaban con demasiado relieve al soldado profesional. Pero ahora la enfermedad le ha adelgazado y se ve más alto y estilizado. Sus facciones se ven como cinceladas con una varonil hermosura perfecta.

Su piel morena clara y sus enormes ojos castaños, mantienen una expresión soñadora. Su porte es distinguido: a la vez flexible y soberbiamente magnífico. Parece un dios griego tan bizarro y apuesto como Petronio.

Éste había afirmado como hombre de experiencia, que las damas de la corte se rendirían a sus encantos. Y en efecto, todos le miran con admiración sin exceptuar a Popea, ni a Rubria; la virgen vestal a quién César ha llamado a la fiesta.

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Los vinos empezaron a llevar calor a los corazones y a los cuerpos. Y la enorme balsa prosiguió su evolución, circulando lentamente con su carga de invitados que gradualmente se van entregando a una alegre y estrepitosa embriaguez.

La fiesta no había llegado ni a la mitad de su curso, cuando Nerón se levantó y le ordenó a Marco Aurelio que le deje su lugar…

Quiere estar al lado de Rubria, a la que desea con violenta pasión y le empezó a hablar al oído.

Fue de este modo que Marco Aurelio quedó junto a Popea, quién extendió el brazo hacia el joven oficial y le pidió que le asegurara el brazalete que se le había desprendido y que nadie notó que ella misma lo había soltado.

Al hacerlo gentilmente Marco Aurelio, con su mano un tanto temblorosa, rozó la piel de seda de la emperatriz.

Popea le miró fingidamente pudorosa y con un destello de deseo…

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La fiesta prosiguió.

El sol comenzó a ocultarse.

La mayor parte de los invitados ya están ebrios.

La gran balsa hace círculos cada vez más amplios, hasta casi llegar a la orilla.

Con la penumbra del anochecer, se encendieron millares de lámparas y nuevos grupos de mujeres formados por todas las invitadas de la fiesta, que se han despojado de sus ricas vestiduras y han quedado desnudas…

Con voces y ademanes seductores llaman a los hombres para que se reúnan con ellas.

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Entonces la balsa se aproxima a la orilla.

Todos, incluido el César quién atrae consigo a Rubria riendo y haciendo pícaros comentarios, desaparecen entre la arboleda.

Se diseminaron entre el bosque y las grutas artificiales, además de los muchos lugares próximos a las fuentes y manantiales y que han sido especialmente dispuestos para este fin.

Y empezó la orgía…

La lujuria y la locura se apoderaron de todos.

No se puede distinguir nada en medio de la oscuridad.

Ni donde está el César, ni quién está con quién.

Los sátiros y los faunos dan caza a las ninfas y apagan las lámparas que les estorban.

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Solo la luz de la luna llena, es mudo testigo del rumor de risas, gritos, suspiros y coloquios íntimos; además de los gemidos de placer.

Marco Aurelio no está ebrio, como el día de la fiesta en el Palatino, cuando estaba con Alexandra…

Y sabe perfectamente lo que está pasando a su alrededor.

Y decidió irse, pensando que a estas alturas, a nadie le importará un invitado menos.

Por primera vez siente náuseas…

Y recordando a Alexandra, se dijo a sí mismo:

–           La amo y le juré fidelidad. Debo regresar a casa a preparar la boda, en lugar de permanecer en este bacanal.

Y dando media vuelta se precipitó a través del bosque.

Un grupo de doncellas ataviadas con sutiles velos y bellas flores, le interceptaron el paso y danzaron a su alrededor, incitándolo a correr tras ellas…

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Después de provocarlo, huyeron pudorosas y coquetas.

Pero él se quedó enclavado en aquel sitio pensando en su esposa.

Jamás la había visto más hermosa, más pura, ni más digna de adoración, que al ver aquel bosque convertido en un santuario de placer y a todas aquellas jovencitas lascivas y desnudas.

Y el amor y el anhelo por Alexandra, invadieron todo su ser con un poder avasallador.

Simultáneamente se sintió lleno de disgusto y de una repugnancia como nunca antes la experimentara.

Descubrió que le asfixiaba aquel ambiente de infamia y deseando respirar aire puro, se apresuró a huir de allí.

Más apenas había dado un paso, cuando notó que una figura velada, se alzaba delante de él.

Le puso las manos sobre los hombros y le dijo al oído:

–           ¡Te deseo! ¡Te amaré y te haré dichoso! ¡Ven! Nadie nos reconocerá. ¡Apresúrate!

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Un gemido de deleite, un suspiro entrecortado y un beso desquiciante acarició el lóbulo de su oreja.

Mientras Marco Aurelio sentía en su rostro como una oleada de fuego, su aliento perfumado…

Ella prosiguió anhelante:

–           ¡Eres bello como Apolo! Y tan delicioso, ¡Oh! Si tan solo…

La voz susurrante fue como si lo despertara de un sueño.

Entonces él tomando dominio de sí, preguntó:

–           ¿Quién eres?

Ella se reclinó seductora en su pecho y siguió insistiendo:

–          Qué importancia tiene eso…  ¡Pronto! ¡Ya no perdamos más el tiempo! ¡Esta noche es perfecta! ¡Y yo quiero poseerte! ¡Ven! ¡Amémonos!

Marco Aurelio insistió:

–           ¿Quién eres?

–           ¡Adivina!

Y al decir esto tomó entre sus delicadas manos el rostro del joven patricio y a través del finísimo velo, lo besó ardorosamente hasta que le faltó el aliento…

Luego se apartó provocativa, diciendo:

–           ¡Noche de amor! ¡Noche de locura!…

Aspirando el aire ansiosamente, agregó:

–      ¡Hoy estamos aquí y somos libres! ¡Hoy puedes tenerme! ¡Hoy soy tuya! ¡Y yo quiero que seas mío!

Marco Aurelio la empujó suavemente hacia atrás y dijo:

–           Lamento no poder complacerte. Estoy enamorado de una mujer incomparable. Le pertenezco y ahora voy hacia ella.

–           Quítame el velo. –dijo ella inclinando hacia él la cabeza.

Y en ese preciso momento se oyó un leve roce entre las hojas de mirto…

Y ella se separó rápidamente y desapareció como si fuese una visión.

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Pero a la distancia se oyó su risa extraña, estridente, ominosa…

Petronio llegó junto a Marco Aurelio. Lo tomó del brazo y empujándolo, lo instó:

–           He oído y he visto. Alejémonos rápido de aquí.

Así lo hicieron.

Cuando llegaron hasta los cisios, Petronio le dijo:

–           Yo te acompañaré.

Y subieron los dos al carruaje de Marco Aurelio.

Todo el camino, lo recorrieron en silencio. Hasta que se hallaron en el atrium de la casa del joven tribuno…

Petronio preguntó:

–           ¿Sabes quién era ella?

Marco Aurelio se sintió profundamente disgustado ante la idea de que Rubria fuese una vestal y tuviese ese comportamiento tan impúdico.

Y sin disimular su desprecio contestó:

–          ¿Rubria…?

–           No.

–           ¿Entonces quién?

Petronio bajó la voz y dijo:

–          El fuego de Vesta ha sido profanado porque Rubria estuvo con el César. Pero la que se acercó a ti…

Y aquí su voz bajó hasta hacerse casi imperceptible:

–          Fue la divina Augusta.

Siguió un silencio tan denso que casi se podía tocar…

Luego Petronio continuó:

–          César no pudo ocultar a Popea, su inclinación hacia Rubria y tal vez por eso, ella quiso tomar venganza. Pero llegué yo a estorbarlo.

Si tú la hubieras reconocido… al rehusar su solicitud, sería irremediable tu ruina.

Habrías arrastrado en ella a Alexandra y también me habrías comprometido a mí.

Marco Aurelio comprendió la magnitud de la revelación y casi se ahogó por el asombro…

El tiempo pareció detenerse…

Mil ideas cruzaron por su mente como relámpagos y se reflejaron en su gran perturbación…

Luego explotó:

–           ¡Estoy harto de Roma! ¡Del César, de sus fiestas, de Tigelino, de la Augusta y de todos vosotros!…

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 ¡Me estoy asfixiando! ¡Yo no puedo seguir viviendo así! ¡No puedo! ¡Oh Dios mío! ¡No lo soporto más! ¿Me entiendes?

Petronio lo mira desconcertado y exclama:

–           ¡Marco Aurelio! Estás perdiendo el sentido del juicio, la moderación. ¿Qué te pasa?

Marco Aurelio replicó colérico:

–          Lo único que quiero es a Alexandra. Vine a prepararlo todo para mi boda y no me interesa otro amor, ni deseo a ninguna otra mujer. No quiero vuestra vida y no me interesan sus fiestas.

No soporto sus obscenidades y sus crímenes. ¡Soy cristiano! ¿Lo oyes? ¡Soy cristiano! ¡Y no sabes cuánto me alegro de serlo!

Petronio lo mira asombrado.

Es evidente que entre él y Marco Aurelio ya no pueden entenderse y que sus almas se han separado por completo.

Hubo un tiempo en que Petronio ejercía una gran influencia en el joven militar. Había sido para él un modelo en todo y con frecuencia unas cuantas palabras irónicas suyas, bastaban para frenarlo o para inducirlo a una resolución cualquiera.

Pero ahora ya no queda nada de aquello…

Y tan trascendental es el cambio, que Petronio ni siquiera intentó poner en práctica sus antiguos métodos. Porque comprendió que su ironía y su ingenio, habrán de estrellarse contra el nuevo hombre en que se ha convertido el Marco Aurelio que está ante sus ojos y al que apenas si reconoce.

Después de reflexionar un momento, se encogió de hombros y se fue para su casa muy disgustado.

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El veterano escéptico al ver a Marco Aurelio entendió que es un hombre tan diferente, que ya ni siquiera comprende sus reacciones.

Y este conocimiento lo llenó de contrariedad y hasta de un poco de temor…

Éste último llegó a su colmo, al meditar en los acontecimientos de esa noche…

Y piensa:

–           Si de parte de Popea esto no fue sólo un fugaz devaneo, sino un deseo más duradero, van a suceder una de estas dos cosas: Marco Aurelio no se le resistirá y en este caso, le vendrá la ruina por algún ‘accidente’, lo que parece poco probable por su actual estado de ánimo. O se le resiste…

Y entonces sí será segura su ruina y acaso también la mía… Precisamente porque soy su pariente y porque la Augusta terminará envolviendo en su odio a la familia entera y pondrá del lado de Tigelino todo el peso de su influencia.

Moviendo la cabeza, por todas las conclusiones que como un mosaico que se estuviera formando, le muestran un panorama cada vez más sombrío… Petronio es un hombre valiente y no le teme a la muerte. Pero tampoco tiene el menor deseo de atraerla tan pronto.

La Augusta ignora si ha sido reconocida por Marco Aurelio. Si ella piensa que no ha sido descubierta, su vanidad no sufrirá gran cosa.

Pero esta situación es muy precaria, podría modificarse en el futuro y es urgente neutralizar este gran peligro.

La cuestión es: ¿Cómo va a lograrlo?…  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

11.- SATYRICÓN


Después que el general se marchara, Marco Aurelio en rápida carrera, se montó otra vez en el caballo y salió como un bólido de la casa. Y a galope tendido, prácticamente voló en dirección a la domus de Petronio, dando a su paso empellones a todo lo que se cruzó por su camino.

Cuando llegó… El portero al verlo, no se atrevió a detenerlo.

Marco Aurelio entró hasta el atrium con la violencia de un huracán.

Y como le dijeron que el amo estaba en la biblioteca, se precipitó hacia allí con el mismo ímpetu.

Encontró a Petronio escribiendo… y furioso se lanzó contra él. Le arrebató el stylus, lo hizo pedazos y lo arrojó al suelo. Barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa de trabajo y temblando por la furia, le clavó los dedos en los hombros a Petronio.

Levantando y acercando su rostro al de su tío, le preguntó con voz ronca:

–           ¿¡Qué has hecho con ella!? ¿Dónde está?…

Aquel flexible y de tan refinado hasta cierto punto ‘delicado’ Petronio, cogió las manos con que el joven guerrero le oprimía los hombros. Y sujetándole las dos con una de las suyas, como si fuera de acero…

Le dijo gélidamente:

–           Solo por las mañanas me encontrarás incapaz. Por la tarde tengo todo mi vigor.- y mirándolo con fijeza, añadió con seriedad- Intenta desprenderte. Algún tejedor debe  haberte enseñado gimnástica y un gladiador modales.

Y su semblante no tenía el menor rastro de enojo… Pero sus ojos destellaban con una energía tan intrépida, como nadie lo hubiera imaginado. Después de un largo momento, dejó caer las manos de Marco Aurelio.

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Éste se encontró ante él, abrumado por la ira y la vergüenza.

Y casi llorando dijo:

–           Tienes unas manos de acero. Pero si me has traicionado, te juro por Marte que he de clavar un puñal en tu pecho, aunque te refugies en las habitaciones del César.

Petronio replicó:

–           No te tengo miedo. Pero hablemos con calma… Como puedes ver, el acero es más fuerte que el hierro, aunque parezca más frágil. Sin embargo te pareces a tu padre y sé muy bien de lo que eres capaz… Por el contrario, no sabes cuánto me apena tu rudeza. Y lo que más me sorprende es tu ingratitud…

–           ¡¿Dónde está Alexandra?!

–           En un prostíbulo.

–           ¡¡¡Petronio!!!

–           Es decir, en la Domus Transitoria.

–           ¡Oh no! ¡Por Pólux! ¡¿Cómo pudiste…?!

–          Cálmate y siéntate.

Marco Aurelio se dejó caer sobre la silla más próxima. De repente se sintió exhausto, estaba sufriendo demasiado…

Y Petronio continuó:

–        He pedido al César dos cosas que ha prometido concederme. Primero: sacar a Alexandra de la casa de Publio. Y segunda: dártela. ¿Traes algún puñal entre los pliegues de tu túnica? Creo que ya es tiempo de que me hieras. Solo que te advierto que esperes siquiera un par de días, porque serías llevado a una prisión… Y mientras tanto tu amada, se fastidiará sola en tu casa.

Se hizo un silencio total.

Marco Aurelio miró a Petronio con ojos atónitos. Y completamente apenado dijo:

–           Perdóname. La amo tanto que me estoy volviendo loco.

Petronio se irguió aún más. Le sonrió y luego se pavoneó ante él:

–          Admírame, Marco Aurelio. Anteayer dije al César: “Marco Aurelio el hijo de mi hermano Cayo, se ha enamorado a tal grado de una escuálida doncella que han criado los Quintiliano, que los suspiros tienen convertida la casa en un baño de vapor.

Ni tú, ¡Oh, César! Ni yo; porque ambos sabemos lo que es la verdadera belleza, daríamos ni siquiera mil sestercios por ella. Pero ese muchacho ha sido siempre obtuso como un trípode, ahora acaba de perder el poco juicio que le quedaba y necesito ayudarlo”.

Casi se le desorbitaron los ojos a Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡¡¡Petronio!!!

–          Si no alcanzas a comprender que todo esto lo dije para la mayor seguridad de Alexandra, voy a creer que dije al César la verdad.

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Marco Aurelio inclinó la cabeza y reconoció:

–           ¡Tienes razón! ¡Perdóname!

–          Convencí a Barba de Bronce de que un hombre de su temperamento artístico y estético, NO podría considerar bonita a esa muchachita. Y Nerón, que hasta ahora solo mira las cosas a través de mis ojos, NO encontrará belleza en ella. Y al NO encontrarla, NO la deseará. Era necesario que nos pusiéramos en guardia contra ese monstruo. Ahora no será él quien aprecie la hermosura de tu princesa parta, sino Popea. Y ésta se esforzará por despedirla cuanto antes del palacio.

Además, dije a Enobarbo: “Haz venir a Alexandra y entrégasela a Marco Aurelio. Tú tienes el derecho de hacerlo porque ella es un rehén. Y así, tú la guardarás causando una gran pena a Publio.” Y él convino en esto con mayor satisfacción, pues mi consejo le dio la oportunidad de mortificar a personas honorables.

–           ¡Qué asco de hombre! Pero no voy a hablar mal de él, si gracias a eso me entrega a la mujer de mis sueños.

Petronio agregó con cinismo:

–           Este es el mundo en que vivimos. Quién no aprende a vivir en él, termina siendo devorado. Así pues, te harán custodio oficial de ese rehén en especial y pondrán en tus manos a ese tesoro parto. El César, para salvar las apariencias, la guardará por unos días en su casa y enseguida te la enviará. ¡Hombre afortunado!

Marco Aurelio no puede disimular su inquietud:

–           Entonces ¿Nada la amenaza en el Palatino?

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–           Si tuviera que permanecer allí, Popea emplearía a Locusta, la hechicera que le proporciona a Nerón sus venenos. Pero tratándose tan solo de unos cuantos días, no hay peligro. Moran diez mil individuos en esa casa. El César quizá ni siquiera llegue a verla.

–           ¿Y qué piensas hacer mientras tanto?

–           Enobarbo ha dejado a mi exclusivo arbitrio todo el asunto. Hace un momento estuvo aquí el centurión que acaba de conducirla al palacio y la ha confiado al cuidado de Actea. Es una buena mujer y yo dispuse que le fuera entregada la rehén. Es evidente que Fabiola comparte mi opinión, pues le escribió una carta a Actea recomendándole a Alexandra.

Marco Aurelio no puede contener una exhalación de profundo alivio.

–           ¡¡¡Aaah!!! – Y enseguida pregunta ansioso- ¿Y luego qué vas a hacer? ¿Cuándo podré verla?

Petronio contesta complacido:

–           Mañana habrá fiesta en el Palatino y he pedido para ti, un asiento junto a esa joven.

–           Perdona Tito mi impaciencia. Creía que habías dado orden de llevarla para ti o para el César.

–           Puedo perdonar tu impaciencia, pero me cuesta más trabajo perdonar tus modales groseros, tus exclamaciones vulgares y tus gritos de estibador. Necesitas pulirte. ¿Cómo fuiste capaz de pensar eso de mí?

–           ¡Es que yo no sabía nada! ¡Pensé que tú también te habías enamorado de ella!…

Petronio aspira profundamente, antes de contestar:

–           Debes saber que Tigelino es el encargado de los lenocinios cesáreos y que si yo quisiera a esa joven para mí, ahora mismo y mirándote de frente te diría: “¡Marco Aurelio! Te quito a Alexandra… ¡Y me voy a quedar con ella hasta que me harte!”. -y dijo esto clavando en su sobrino sus ojos grises acerados, con una mirada insolente y fría.

El joven tribuno se anonadó por completo y dijo:

–          La falta es mía. Tú eres bueno y digno. Te lo agradezco con todo mi corazón. Solo dime: ¿Por qué no enviaste a Alexandra directamente a mi casa?

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–           Porque el César desea guardar las apariencias. En toda Roma se hablará de esto y ella permanecerá en palacio hasta que se aplaquen los comentarios. Con todas las cosas que ha hecho Enobarbo, no es conveniente alborotar más a quienes ya lo odian y lo desprecian profundamente. Después la enviaremos sin ruido hasta tu casa y todo habrá terminado.

–           Tienes razón. Todavía hay comentarios por el regalo que hizo a Popea, cuando le mandó la cabeza de Octavia.

–           Barba de bronce es un canalla cobarde. Yo creo que matar a su padre, a su madre, a su hermano y a su esposa, es digno de un reyezuelo asiático como Herodes y no de un emperador romano. Sin embargo él, después de cometer estos asesinatos, se ha tomado el trabajo de escribir al senado cartas de justificación.

–           ¿Por qué? Se considera el Amo del Mundo y nadie se atreve a protestar por sus fechorías.

–           Nerón las ha escrito porque quiere salvar las apariencias.

Marco Aurelio mueve la cabeza con perplejidad:

–           No entiendo. ¿Por qué ese inútil esfuerzo de aparentar justicia en el crimen que se ha cometido y que se sabe que será impune?

Petronio contestó con indiferencia:

–           Yo creo que es porque el crimen es algo feo y repugnante, en tanto que la virtud es siempre noble y bella. El verdadero esteta es por lo tanto, un hombre virtuoso. ¡Admírame!

Pero Marco Aurelio, como hombre realista que es, no quiso filosofar y contestó:

–           ¡Mañana veré a mi Alexandra y lo más pronto posible la tendré en mi casa todos los días junto a mí, hasta la muerte!

Petronio replicó:

–          Tú tendrás a Alexandra para amarla y yo tendré a Publio Quintiliano sobre mi cabeza, como la espada de Damocles… Porque a mí me culpará y será mi enemigo para siempre… Estoy seguro de que él invocará en su auxilio y contra mí, la venganza de todas las divinidades, pidiendo que yo sufra la más espantosa de las muertes…

Marco Aurelio lo interrumpió:

–           Publio estuvo en mi casa. He prometido darle noticias de Alexandra.

–          Le quité Alexandra para dártela, porque te quiero como si fueras mi hijo. Escríbele que el deseo del divino César es la suprema ley y que a tu primer hijo le pondrás por nombre Publio. Es necesario dar algún consuelo a ese pobre hombre.

Y Marco Aurelio se puso a escribir la carta que le hará perder al general, hasta el último resto de su esperanza…

Más tarde cuando estaban en el triclinium, Petronio entregó a Marco Aurelio un hermoso tubo de plata labrada que contiene unos rollos. Y le dijo:

–           He aquí un obsequio para ti.

Marco Aurelio lo toma y lee el título:

–          “SATYRICÓN” (Sátiras). ¡Muchas Gracias Petronio!

Se siente muy feliz  y una sonrisa  luminosa vuelve a dibujarse en su semblante. Luego mira a Petronio con curiosidad y  pregunta:

–           ¿Es una obra nueva?

–           Acabo de terminarla.

Marco Aurelio desenrolla el manuscrito como a la mitad, lo lee un poco y dice:

–          Tú has dicho que no escribes versos. Pero aquí veo que la prosa alterna con ellos.

Petronio le responde:

–           Cuando la leas fija tu atención en la “Fiesta de Trimalquión”. En cuanto a los versos, eran necesarios. Pero me han hastiado desde que he tenido que soportar a Nerón escribiendo un poema épico.

Incapaz de contener su entusiasmo, Marco Aurelio exclama:

–           Lo poco que leí me encantó. Promete ser un libro muy interesante. Pero todo lo que escribes es genial, ya lo sé. Una vez más muchas gracias Petronio, yo también te amo como si fueras mi padre.

Petronio sonrió complacido y dijo:

–           Me alegro mucho que te guste. Y también yo sé que lo disfrutarás.

Marco Aurelio suspiró ruidosamente antes de preguntar:

–          ¿Me ayudarás a preparar todo para recibir a Alexandra en mi casa?

–           ¿Qué quieres hacer?

–           Verás…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

62.- LA ORGÍA INOLVIDABLE…


El emperador Tiberio, fue muy aficionado al dinero y difícilmente se le arrancaba. Con el tiempo, su avaricia le llevó a la rapiña y el lema que rigió su gobierno fue: ‘Que me odien con tal dé que me teman’.

Cuando comenzó su vida militar, antes de que fue César, sus compañeros le  conocieron por su afición al vino hasta tal grado, que los soldados le apodaron: ‘Biberius Caldus Mero’ (todas estas palabras aluden al vino de diversas maneras)

Su crueldad y su hipocresía eran tales, que cuando Augusto lo nombró su sucesor, las palabras que pronunció en su lecho de muerte, fueron: ‘Desgraciado pueblo romano que va a ser presa de tan lentas mandíbulas’

También era un hombre extremadamente lujurioso. En su retiro de Capri tenía una habitación destinada a sus desórdenes más secretos, guarnecida de lechos alrededor….

Y allí, un grupo elegido de jóvenes disolutos reunidos de todas partes y algunos que inventaron ‘monstruosos placeres’, a los que llamó ‘spintrias’(sus maestros de voluptuosidad) formaban entre sí una triple cadena y entrelazados de esta manera, se prostituían en su presencia para estimular sus lánguidos deseos; pues al final de su vida, solo era un anciano impotente.

Como gran adicto al sexo, en el palacio de Roma que se ha salvado del incendio, también tenía todo un sector destinado a lo mismo. Además de esa habitación especial, hay diferentes salones arreglados especialmente para estos placeres; adornados con cuadros y bajorrelieves lascivos y llenos de libros de Elephanditis (Pornografía gráfica), para tener en la acción modelos que imitar.

Sus jardines han sido diseñados como bosques y selvas consagrados a Venus Afrodita y están decorados con grutas excavadas en la roca y en las cuales hay hermosas y artísticas estatuas que parecen casi vivas. En las cuales se ven jóvenes de ambos sexos, mezclados en actitudes voluptuosas y posiciones obscenas y sugerentes, con trajes de ninfas y faunos.

Hay también un baño con una piscina especialmente diseñada, en la cual enseñó a niños de tierna edad a los que llamaba sus ‘pececillos’ a que jueguen entre sus piernas, excitándole con la lengua y con los dientes. Y a los más grandecitos que estaban en lactancia aún, les ofrecía los genitales para que le diesen el género de placer al que sus tendencias y su edad le inclinaban de una manera especial.

Recibió un legado de uno de sus amigos que le daba a elegir entre un cuadro de Parrasio en el que Atalante prostituye su boca a Meleagro o un millón de sestercios…  Tiberio prefirió el cuadro y lo colocó como un objeto sagrado en su alcoba…  Y este cuadro adorna ahora el salón principal de la casa de Tiberio en Roma, justo encima de donde se encuentra el triclinio imperial.

Aminio Rebio y Vitelio en su infancia, fueron ‘pececillos’ de Tiberio y desde su juventud, han sido marcados con el afrentoso nombre de ‘Spintria’. Y por su gran experiencia en estos oficios, Vitelio ahora es el intendente de placeres de Nerón…  

Aminio Rebio, Faonte el liberto del César y dos enviados de Tigelino; fueron a las cárceles para elegir doncellas y jóvenes cristianos… Para recreación del César y de sus invitados…

La fiesta en el palacio de Tiberio en el Esquilino, está en todo su apogeo…

Cientos de lámparas brillan sobre las mesas y penden de las murallas. Los acordes de la música, invaden el ambiente. El aroma de las flores y los perfumes de Arabia, son aspirados con deleite por los invitados lujosamente ataviados y que reclinados en sus triclinios, disfrutan de los deliciosos manjares y los exquisitos vinos que aumentan la euforia general. Y las rosas siguen cayendo…

Nerón está muy contento…

Y Popea regia y magnífica, luce su belleza con una sonrisa congelada que no llega a sus ojos, ni ilumina la expresión sombría que encubre su dolor, después del asesinato de su hijo Rufio Crispino.

Nerón ya cantó su Troyada y una atronadora tempestad de aplausos y aclamaciones le alimentan su insaciable vanidad de artista. Algunos que levantaron sus manos como enajenados por su prodigioso talento, le han dejado sumamente satisfecho.

De vez en cuando mira con una sonrisa de maligna crueldad a Marco Aurelio y a Petronio, a los que tiene como invitados de honor, muy cerca de él…

Petronio, ingenioso y elegante como siempre, hizo destellar su inteligencia y exquisita agudeza a lo largo del banquete, sacando a Marco Aurelio de varias sutilezas engañosas por parte de los demás augustanos y luchando él mismo en aquellas arenas movedizas que son las intrigas de la corte imperial; saliendo adelante con donaire y su gallardía habitual.

Marco Aurelio está tranquilo y se porta tan distinguido como su tío, con una innata elegancia y sobriedad en todos sus ademanes.

Popea mira disimuladamente a Marco Aurelio… Pues que lo único que la alienta en este banquete, es la alegría anticipada de su venganza sobre el tribuno. Se siente un poco mareada por el vino y el humo del incienso. Finge que disfruta de los espectáculos que han sido preparados para la fiesta…

Nuevamente se da lectura a versos y se escuchan diálogos en los cuales la extravagancia, ocupa el lugar del ingenio.

Después Paris el célebre mimo, hace una representación magistral en lo que parecen escenas llenas de encantamiento, pues con los movimientos de sus manos y del cuerpo, tiene una increíble habilidad para expresar cosas que parecen imposibles de hacer patentes en una danza… Sus manos parecen oscurecer el aire creando una nube animada, sugerente, voluptuosa, que circunda las formas de una doncella agitada por un inefable desmayo…

Es una verdadera pintura, no una danza…

Una pintura expresiva en la que se revelan los secretos del amor, embelesante a la par que impúdico. Y al finalizar da principio una danza báquica, llena de gritos desenfrenados y licenciosos desbordes acompañados del son de cítaras, tambores, laúdes y címbalos, en una música incitante a dar rienda suelta a la pasión.

Marco Aurelio mantiene en todo momento una actitud tranquila, digna y un tanto seria. Su carácter reservado y su calma intrigan a todos los augustanos, pero especialmente al César y a Popea…

Tanto Marco Aurelio como Petronio participan del banquete y beben vino, pero sin perder la sobriedad. Se mantienen sonrientes y ecuánimes.

Entrada la noche Faonte, el liberto del César se acercó y murmura unas palabras a su oído. El César hace un gesto de asentimiento…

Están en el salón que Nerón llama su ‘Paraíso de deleites’ y que forma parte del sector de la casa de Tiberio que fue construida para sus placeres.

Los esclavos siguen trayendo más viandas y licores que sirven en la espléndida vajilla ribeteada en oro y las ricas copas artísticamente diseñadas y decoradas con escenas voluptuosas y acordes a la ocasión. Los manjares y las bebidas han sido especialmente preparados con afrodisíacos.

Entonces Tigelino se acercó a Nerón y a Popea, diciéndoles algo en voz tan baja, que Petronio que está al lado del César, lo único que pudo captar fue la respuesta del emperador:

–           No importa. Aún nos queda el Circo. Entonces será un espectáculo digno de la multitud.

Lo que Tigelino les ha comunicado, es que por la enfermedad de Alexandra, no ha sido posible sacarla de la prisión y no participará de la fiesta de esa noche.

Popea no logró ocultar su desencanto y su frustración.

Después de un tiempo prudencial le solicitó a Nerón permiso para retirarse, pues se siente indispuesta. Y no pudo evitar mirar al tribuno con rencoroso desprecio y a Petronio con una ominosa mirada, que acompañó con su eterna y congelada sonrisa.

El César se levantó para escoltar a Popea que se despidió de los presentes y a los que Nerón les dice que regresará pronto. Y efectivamente, un poco más tarde volvió al salón, para disfrutar de la sorpresa preparada por Vitelio.

Entre los asistentes al banquete está el joven Aulo Plaucio, un hombre lleno de belleza y gallardía que es amante de Nerón y que tiene una gran voz de barítono. Nerón había dicho siempre y le ha hecho creer que lo ama y que lo nombrará su heredero al trono del imperio. En todos los banquetes, después que Popea se retira; él hace las delicias del emperador.

Entre los acordes de la música, el aroma del incienso y las bromas con que el César está demostrando su gran satisfacción en esta noche en particular, nadie se percata de la señal que Tigelino le hace a Nerón. Enseguida éste llamó a Faonte, a Doríforo y a Aulo Plaucio.

Cuando llegaron ante él, ordenó a los libertos que lo sujetaran y ante la sorpresa general; éstos lo tiraron sobre el lecho imperial y lo inmovilizaron; mientras el César, haciendo derroche de violencia, lo violó.

Después de esta infamia, Nerón se levantó como si nada hubiera sucedido y declaró:

–           Que mi madre bese ahora a mi sucesor.

A continuación,  lo acusó de conspiración y ordenó que lo torturaran, recomendando que los verdugos lo hieran de manera que se sienta morir y que su muerte sea lenta en el suplicio.

Y luego, envanecido por hacer todo siempre impunemente, se volvió hacia Petronio, lo miró y dijo con displicencia:

–           Ningún Príncipe ha sabido cuanto puede hacerse desde el poder. –Enseguida miró a Vitelio, agregando- Veamos querido amigo, lo que has preparado para nuestro deleite.

Después de que los libertos se llevaron a Aulo Plaucio, que se había desmayado de terror; Vitelio se levantó, hizo una reverencia a Nerón y se acercó a Aminio Rebio; que a su vez descorrió una cortina casi transparente que había en un extremo del salón.

Detrás de ella está un grupo de varones y doncellas que evidentemente han presenciado todo lo  sucedido. Y todo esto fue hecho a propósito, para quebrantarles el espíritu y mostrarles lo que les espera, al que tenga la osadía de no someterse…

Tigelino les da una orden y ellos avanzan formando una larga fila de un extremo a otro del enorme salón, para que el emperador y sus invitados, puedan verlos y examinarlos bien a todos.

Son veinticuatro mujeres y veintidós hombres, cuyas edades oscilan entre los quince y los veinticinco años. Todos están totalmente desnudos y llevan una corona de rosas en la cabeza. Han quedado de pie, frente al César y sus convidados.

Lo más sorprendente es que mantienen una dignidad majestuosa a pesar de la humillación que debe significarles el no llevar ninguna prenda de vestir, que los cubra…

Marco Aurelio reconoció a varios y sintió una gran opresión. Cuando vio a Margarita, la hermana de Alexandra, un profundo dolor se le clavó en el pecho… Inclinando la cabeza, cerró los ojos y oró…

Petronio permaneció imperturbable. Conoce a Nerón. Y con su elegancia característica, ni un solo músculo de su rostro, delató sus verdaderos pensamientos y sentimientos…

Séneca, movió la cabeza casi imperceptiblemente y la inclinó para esconder la expresión de su rostro…

Trhaseas frunció el entrecejo y una fugaz sombra de desaprobación nubló su semblante. Y se sumió en sus reflexiones…

Lucano pareció sorprenderse, pero asumió su actitud de siempre.

Plinio solo miró, pero no demostró nada.

Marcial levantó una ceja y no manifestó lo que pensaba. Mantuvo una actitud expectante…

Todos los demás miraron a los jóvenes con una mezcla de admiración, curiosidad morbosa, intensa avidez, lujuria y lascivia.

Nerón los observó atenta y detenidamente a cada uno de ellos y con una sonrisa, dirigió una mirada de aprobación a Vitelio, Tigelino y Aminio Rebio, que han esperado expectantes su dictamen.

Ellos los seleccionaron y están seguros de que ni siquiera el exigente y perfeccionista Petronio, podrá poner una sola objeción a aquel estupendo grupo de jóvenes que son una muestra excelente de juventud y belleza: cuerpos y rostros perfectos portes regios y de gran dignidad, sin llegar a la altivez.

Esta promete ser una gran orgía y una noche de placeres incomparables…

Vitelio le prometió que ha preparado con ellos una serie de fantasiosas representaciones en las cuales, él podrá elegir a los que más le agraden, para su placer personal.

Están por gustar de un deleite nuevo y bastante raro… Porque a pesar de su edad, todos son vírgenes…

Lo único que molestó a Nerón y mucho; fue que ninguno al mirarlos él a la cara, bajase la mirada, ni el rostro. No fueron retadores ni altivos, solo le miraron ellos a su vez con tranquilidad y sin hacer ninguna inclinación. Sin el menor rastro de temor o servilismo. Sin ninguna turbación o nerviosismo. ¡Y nadie le hizo una reverencia! Y esto último, lo consideró un gran insulto a su megalomanía.

Petronio también notó esto. Y conociendo al César, aumentó su admiración y su respeto por los cristianos. Y también su preocupación por lo que sucedería a continuación…

Nerón dio la espalda a sus prisioneros y por unos instantes permaneció así. Su rostro regordete toma una expresión concentrada y terrible… Mientras parece reflexionar, con su mano izquierda se toca su corona de laurel. Y tomando la orla de su manto cuajado de estrellas de oro y perlas, con un ademán regio lo levantó con su mano derecha y dándose vuelta, lo soltó hacia atrás.

Enseguida,  miró a los jóvenes cristianos. Caminó lentamente frente a ellos… Los fue recorriendo uno a uno con lentitud y una expresión maligna y cruel en sus ojos azules, que hizo estremecer a quienes lo conocen muy bien.

Luego dijo con voz muy pausada:

–           Estas hermosas cabezas, caerán en cuanto yo lo ordene.

Sorpresivamente, una voz muy serena y varonil, respondió:

–           El poder que Dios te ha concedido tiene un límite.

Nerón se volvió con rapidez, buscando entre los hombres al que habló y que al parecer no está enterado de que a nadie le está permitido hablar, a menos que el emperador lo haya interrogado primero.

–            ¿Quién dijo eso? –preguntó con voz contenida y terrible.

Da un paso al frente un joven que hubiera podido ser el modelo con el cual Miguel Ángel esculpió su ‘David’ y que con su armoniosa voz, confirmó:

–           Yo… -Y ante la mirada interrogante del César, agregó- Mi nombre es Oliver y soy cristiano. Cierto es que tienes poder sobre nosotros. Eres nuestro emperador y como a tal te respetamos. Pero no puedes ir más allá de lo que te ha sido concedido. A tu pesar, también tú obedeces los designios misteriosos del Dios Único y Verdadero.

Nerón amenazó con voz glacial:

–           Puedo hacer contigo lo que acabo de hacer con Aulo Plaucio.

Inesperadamente, una voz dulce entre las vírgenes, se elevó con impresionante firmeza:

–           No. Porque somos Templos vivos del Dios Único y Verdadero y no puedes profanarlos a tu placer.

Nerón se volteó rápidamente, para conocer a la que se ha atrevido a hablarle de ese modo. Y vio a la más jovencita entre las doncellas que están ahí.

–           ¿Quién eres tú? –preguntó con un tono vibrante de ira.

–           Fátima. Soy cristiana. Y te repito: Somos Templos Vivos del Espíritu Santo. Y estamos aquí, no para tu deleite; sino para dar testimonio del Dios Altísimo.

Nerón la fulmina con la mirada, antes de decir con voz escalofriante:

–           ¿Sabes que puedo enviarte para que te deshonren los gladiadores y se diviertan contigo hasta que se cansen?…

–           Puedes. Claro que puedes ¡Si Dios te lo permite!… -dijo otra voz dulce y femenina. Y sin que nadie se lo ordenase, da un paso al frente identificándose- Soy Margarita y soy cristiana… Y tú eres esclavo del amo al que perteneces: Satanás. Y es él a través de ti, el que verdaderamente nos quiere destruir. Tú solamente eres su miserable instrumento…

La joven virgen se yergue imponente y mira severamente a Nerón… Su actitud es tan digna que parece una Reyna más majestuosa que la misma Popea y tan solemne que parece una diosa, pues irradia la misma Presencia que un día dejara pasmado a Marco Aurelio, cuando Alexandra dijo que el herido permaneciera entre los cristianos…

Petronio la admira literalmente con la boca abierta…

Todos están paralizados por el asombro, pues nadie le ha censurado jamás nada al emperador y esta actitud es inaudita… Esta virgen bellísima parece una deidad airada y sus palabras manifiestan su severidad implacable…

Trhaseas se cubre la boca tratando de cubrir la exclamación que se le escapa admirado:

–           ¡Athena Parthenos!

Definitivamente las cosas para el César, no están resultando como las esperaba… Entonces dijo con tono lastimero:

–           ¿Qué clase de religión impera en vosotros que os hace hablar así? Soy tu emperador.

El tono grave de otra voz masculina, rasga el aire:

–           ¿Acaso ignoras que no hay religión si es violenta y oprime a los que no quieren?-da un paso al frente mientras agrega- Soy Sergio y soy cristiano.

Nerón exclama con desprecio:

–           ¡Cristiano! ¿Cómo se llama tu Dios?

–                      El Altísimo Señor del Universo: Yeové, el Padre Eterno. Jesucristo su Hijo y el Espíritu Santo.

–           ¿Son tres dioses? –pregunta Nerón perplejo.

–           No. –dijo otra voz masculina. Y el que habló dio un paso al frente mientras continua- Son Tres Personas Distintas y un solo Dios Verdadero. Todopoderoso. Creador, Dueño y Señor de todo el Universo. Los que le adoramos somos cristianos. Mi nombre es Joshua.

Nerón suelta una carcajada y se burla:

–                      ¡Todopoderoso! –Y con gran sarcasmo agrega- ¿No es acaso ese hebreo que fue crucificado con los malhechores en el principado de Tiberio y murió en la Palestina?

Una joven que todavía no cumple los 18 años, se adelanta y proclama:

–                      Sí. Murió en la Cruz para salvarnos. Su nombre es Jesús. Dios lo resucitó y Reina Glorioso desde el Cielo. Y gobierna todo el Universo y el mundo espiritual e invisible.-dice con voz  muy dulce, identificándose- Mi nombre es Jade y soy cristiana.

El César la mira fijamente por un momento demasiado largo…  Enseguida se dibuja en su rostro una sonrisa escalofriante y pregunta suavemente:

–           Si es como dices. ¿Por qué ha dejado que cayerais en mis manos? En este momento yo soy vuestro dios. Y os enseñaré a comportaros ante vuestro emperador. Yo voy a demostraros cuál es el verdadero poder. –Estas palabras las declara Nerón con el rostro oscurecido por una expresión despiadada e inhumana.

En el silencio que sigue, solo se oye el chisporroteo de las lámparas de aceite, porque hasta los músicos se han quedado paralizados; viendo el contraste total entre la cara de los aterrorizados comensales y el semblante tranquilo de todos los jóvenes.

Después de un momento se oye como una campana, otra voz resonante y firmemente armoniosa:

–           Mi nombre es Daniel y soy cristiano. Y te aclaro que no haremos lo que esperas de nosotros, según lo que estamos concluyendo.- Dice mientras recorre con una mirada significativa, las pinturas y las estatuas que adornan el salón- En este lugar al que nos has traído…

Nerón lo mira colérico…

Sin decir una sola palabra, va hacia su pretoriano más próximo y le saca la espada de su vaina. Con gesto feroz mira al que habló al último y camina hacia él, mientras sentencia airado e implacable:

–           ¡Doblegaré tu locura!

El joven lo mira impasible y declara:

–           Puedes aplicarme las torturas más crueles, pero no me perjudicarás. Tú en cambio, estás preparando tu alma, para tormentos eternos. Y los que me inflijas serán dulces, comparados con los que te esperan a ti. Y te los infligirá el que ahora te induce a atormentarnos.

Nerón se acerca furioso y lo atraviesa con la espada de tal forma… Que la punta de la misma sale por la espalda del infortunado, goteando sangre…

Cuando la saca con un movimiento violento; la espada ensangrentada salpica sus vestiduras de color amatista y antes de que pueda decir nada…

Y la voz del joven que está al lado del que ha sido herido, se oye con acento triunfal:

–           Yo soy Iván y también soy cristiano… Y debes saber que los que temen a Dios, no pueden ser perjudicados, ni doblegados por los tormentos. Los suplicios resultan ser sus ganancias para la Vida Eterna, porque todo lo sufren por Cristo.

Es el mayor de todos. Un  joven como de unos veinticinco años. De rubios cabellos oscuros y ensortijados. Y con unos bellos ojos verdes como el mar.

–           ¡¡¡Aaaahhh!!!

Esta exclamación de sorpresa y admiración, que brota de todas las gargantas, impide una respuesta al insolente.

Nerón voltea y se queda mudo y boquiabierto…

El joven que acaba de herir en forma tan atroz; en lugar de derrumbarse, se ha erguido aún más. Y su herida ha sanado instantáneamente de forma impresionante, ante los ojos de todos los asistentes a este drama tan singular…

El César está impactado, pero su ferocidad es más fuerte y su crueldad prevaleció. Dirige una mirada significativa hacia Aminio Rebio: hombre infame, afeminado y cruel.

Y éste se acerca al insolente, obedeciendo la orden silenciosa del emperador…

Con su mano derecha acaricia con lascivia, el cuerpo perfecto de Iván y éste le dice con tono tranquilo:

–           No lo hagas. ¡Detente o lo lamentarás!…El Ángel del Señor está conmigo y no te permitirá lo que pretendes…

Aminio Rebio no lo escucha y mucho menos le hace caso. Excitado por la lujuria ante la hermosura llena de gallardía de aquel cuerpo perfecto y musculoso, lo manosea con sumo deleite, lleno de lascivia…

Pero de repente se aparta como si hubiese sido herido por un rayo. Y grita con inmenso dolor:

–           ¡No veo! ¡No veo! El ángel me ha herido en los ojos y no puedo ver nada. ¡Piedad! ¡Piedad! –y se hace para atrás trastabillando, como hacen los ciegos cuando no tienen quién los guié.

Fátima grita con júbilo:

–           ¡Dios resguarda su santuario! Y ¡Ay de vosotros que pretendéis profanarlo!…

Todos los que antes los miraran con lujuria, han perdido la avidez y ven cómo se está arruinando su grandioso festín sexual…

Nerón está estupefacto y aterrado…

Pero arrebatado por la ira como si fuera una fiera herida, ordena a sus libertos que los cristianos sean conducidos a la tortura y que los verdugos desplieguen contra ellos toda su violencia…

Concluye diciendo:

–           Yo mismo supervisaré los tormentos. ¡Llévenselos! –Y volviéndose a los invitados del frustrado banquete, les dice- ¡Vamos! La fiesta apenas comienza…

Todos lo miran pasmados, entre admirados y aterrorizados…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

57.- EL QUE ESTÁ DESTINADO A LA CARCEL…


Al separarse de César, Petronio ordenó que lo condujesen a su casa de las Carenas, la cual, rodeada por jardines que ocupan una extensión enorme, había escapado de ser arrasada por el fuego. Por esta causa, otros augustanos que perdieron sus propiedades y dentro de ellas considerables riquezas y numerosas obras de arte, alaban la buena suerte de Petronio.

Él había sido considerado un hijo predilecto de la fortuna, mientras gozó del favor del César. Pero eso ya se había terminado…

Dentro de su litera, reflexiona con ironía:

–           ¡Por Zeus! ¡Y pensar que tuve en mis manos él haber sido prefecto en lugar de Tigelino! Lo hubiera entregado como incendiario al populacho, brindando protección al inocente. Hubiera reconstruido Roma… Yo debí haber asumido ese puesto. Y si la tarea hubiera sido abrumadora, me quedaba el recurso de transferir a Marco Aurelio el mando; a lo cual Nerón ni siquiera se hubiera opuesto. Y aunque mi sobrino hubiese bautizado a todo el imperio, incluido el mismo César ¿En qué me habría perjudicado? Nerón piadoso y lleno de virtud. ¡Oh! Ese sí que hubiera sido todo un espectáculo… -y comenzó a reír ante esa perspectiva. Luego  agregó con amarga decisión- él ‘hubiera’ no existe. El momento pasó y no lo hice. En este mundo hay cosas bellas, pero la mayor parte de los hombres son tan viles, que la vida no merece apenarse por ella. Quién ha sabido vivir, debe saber morir. Aun perteneciendo a la corte, he sido más independiente de lo que yo mismo esperaba.

Todos pensarán que estoy temblando de miedo, pero no es así. Sabía que este momento tarde o temprano llegaría. La muerte piensa en nosotros, sin necesidad de que le ayudemos. Sería una maravilla que en realidad existan los Campos Elíseos y en ellos se pasearan las sombras de los humanos. Aurora y yo estaríamos juntos y vagaríamos por el Prado de Asfódelos. Tal vez en aquella sociedad, todos serían más decentes. ¡Estoy harto de todos estos bufones y charlatanes de los que me he rodeado hasta hoy!

Y observó con asombro, la enorme distancia que en su interior mantiene con todas aquellas gentes a las que ha conocido y valorado oportunamente y a las que desprecia más que nunca. Meditó en su situación personal y comprendió que su ruina es definitiva, aunque no tan inmediata.

Nerón había pronunciado unas cuantas y muy selectas frases acerca de la amistad y la clemencia, para disfrazar ¿Qué?…

–           Jugará conmigo como el gato con el ratón, antes de engullírselo. Tendrá que buscar pretextos. Y mientras los encuentra, bien puede pasar mucho tiempo. Ahora lo importante, es que celebrará con cristianos los próximos juegos. Y solo después de que éstos se hayan terminado, pensará en mí. Y siendo así, no tengo porqué tomarme ninguna molestia. No voy a hacer un solo cambio en mi sistema de  vida. Un peligro más inmediato es el que amenaza la vida de Marco Aurelio. ¡Tengo que salvarlo de alguna manera!

Ordenó a los cuatro fornidos bitinios que aceleren el paso y su litera avanzó con premura  a través de los escombros, piedras y montones de cenizas, de que está lleno el barrio de las Carenas, hasta llegar a su palacio particular.

Al entrar, el mayordomo le avisa que Marco Aurelio le espera en la biblioteca. Rápido se dirigió hacia allí y sus primeras palabras a su sobrino fueron:

–           ¿Has visto hoy a Alexandra?

–           Sí. En la mañana la dejé en la casa de Calixto el cantero. He venido a despedirme. Hoy nos vamos a Sicilia.

–           ¡Magnífico! ¡Es una excelente noticia! ¡Bien! Escucha lo que voy a decirte y no pierdas tiempo en hacer preguntas. Esta mañana se ha resuelto en casa del César, culpar a los cristianos del incendio de Roma. Les amenazan la persecución, las torturas y el exterminio. Y éstas pueden empezar hoy mismo. Toma a Alexandra y huyan inmediatamente. Pasa los Alpes y llega hasta África si es posible. Y apresúrate, porque el Transtíber está más cerca del Palatino que esta casa.

Marco Aurelio es demasiado soldado para perder el tiempo en averiguaciones inútiles. Escuchó a Petronio, frunció el entrecejo y se dibujó en su rostro una expresión anhelante, terrible y luego impávida. Su primer impulso ante el peligro, es defenderse y dar batalla, pero…

–           Voy. –se limitó a decir.

–           Una cosa más. Lleva una bolsa de oro, armas y un puñado de tus cristianos. ¡Y en caso necesario, arrebata a Alexandra de manos de tus enemigos!

Marco Aurelio se encuentra ya en la puerta del atrium,  cuando Petronio exclamó:

–           ¡Espera! ¡Dionisio, vete con él! –Ordenó al esclavo portero-Te acompañará para que me mandes con él las noticias pertinentes.

Al quedar solo, Petronio empezó a pasearse entre las columnas del atrium y la extensa galería que va hasta el jardín del fondo, con las manos entrelazadas en la espalda y su concentrada expresión pensativa. Nadie se atrevió a molestarlo.

Está muy preocupado y tiene la esperanza de que nadie en el Palatino sepa en donde encontrar a Marco Aurelio y a Alexandra. Tal y como están las cosas, espera que ellos se pongan a salvo antes de que lleguen los pretorianos. Pues sabe que Tigelino es como un león voraz y su crueldad debe haber extendido sus redes por toda la ciudad, para cazar el mayor número posible de cristianos.

–           Aun cuando manden una decuria en busca de Alexandra, ese gigante parto les romperá los huesos. Ojala  Marco Aurelio llegue a tiempo.

Y esta idea le tranquilizó. Pues lo desea con ferviente anhelo y es su última esperanza.

Es verdad que resistir a los pretorianos es casi lo mismo que declararle la guerra al César. Petronio también sabe que sustraer a Marco Aurelio a la venganza de Nerón, le reportará que esa venganza caiga sobre su propia cabeza. Más es lo que menos le importa. Al contrario, le complace la idea de trastornar los planes de Nerón y de Tigelino.

Y resolvió no omitir en esta empresa, ni hombres, ni recursos. Puesto que en Anzio  los amigos de Marco Aurelio habían convertido a la mayor parte de sus esclavos, sabe que al empeñarse en la defensa de los cristianos, puede contar con el celo y la abnegación de todos ellos.

La llegada de Aurora, interrumpe el curso de sus meditaciones y al verla se desvanecieron inmediatamente todas sus preocupaciones.

Olvidó al César, la desgracia en la que ha caído, la degradación de los augustanos, la persecución que amenaza a los confesores de Cristo. Y olvidó también a Marco Aurelio y a Alexandra, para concentrar su pensamiento solo en Aurora, a quién mira con ojos de verdadero enamorado y amante. Deleitándose con su hermosura perfecta y llena de gracia. Está ataviada con un vestido de gasa transparente que deja traslucir las formas de todo su cuerpo y está bella como una diosa.

Radiante y sonriente, sintiéndose admirada y deseada por Petronio, amándole a su vez con todo su ser y anhelando siempre sus caricias. Al estar frente a él, se cubrió de rubor su bello rostro, cual si en realidad fuera una inocente virgen.

Petronio extendió los brazos en una muda invitación y preguntó:

–           ¿Qué sucede, carísima?

Aurora inclinó su áurea cabeza y contestó:

–           Artemio ha venido con sus coristas y pregunta si deseas oírle.

–           Que espere. Nos cantarán durante la comida el himno a Apolo. ¡Por Zeus! Cuando te veo frente a mí, me parece tener delante a Venus Afrodita, velada por un cendal etéreo.

–           ¡Oh,  mi amado señor!

–           Ven aquí, Aurora. Estréchame en tus brazos y bésame. ¿Me amas?

–           Tanto como no lo podéis imaginar.

Y oprimiendo con los suyos los labios de Petronio, en un apasionado beso; se estrechó entre sus brazos temblando de felicidad.

Después de deleitarse mutuamente, gozándose en su amor por un largo rato, Petronio dijo:

–           ¿Y si fuera necesario que nos separásemos?

Aurora se alarmó, se estremeció y preguntó:

–           Señor. ¿Qué dices?

–           Nada temas. Te hago esta pregunta, porque es posible que deba emprender un largo, muy largo viaje…

–           Llévame contigo a donde sea. No me importa. Yo no puedo vivir sin ti. Así fuese hasta la misma muerte, ¡Por favor te lo suplico, señor! ¡No me separes nunca de ti! ¡Qué me importa nada en la vida si no te tengo!…

La siempre tímida Aurora ha dicho todo esto con un tono tan apasionado… que Petronio, asombrado y conmovido, cambia rápidamente de tema y dice:

–           Dime ¿Hay asfódelos en los prados del jardín?

–           Los cipreses y el pasto, se pusieron amarillos por el fuego. Los mirtos se han deshojado y todo el jardín parece como si hubiera muerto.

–           Roma entera está así. Y pronto se convertirá en un cementerio… ¿Sabes que Nerón ha promulgado un Edicto contra los cristianos y ya comenzó la Persecución?

–           ¿Por qué castigar a los cristianos, señor? Son buenos y pacíficos.

–           Por esa misma razón. Quieren exterminarlos…

–           Vámonos al mar. Tus hermosos ojos no gustan del espectáculo de la sangre.

–           Así es. Pero mientras es necesario reconfortarme. Ven conmigo. Me daré un baño con agua de rosas y me ungirás. Y luego, después de… (Hace un gesto pícaro y tierno.)¡Nos tomaremos un refrigerio porque tendremos mucha sed! ¡Por Venus! ¡Nunca me has parecido más hermosa! Voy a ordenar que hagan para ti, un baño en forma de concha. Tú en ella te verás como una preciosísima perla. ¡Ven diosa mía de cabellos de oro!…

Dos horas después ambos amantes, coronados de rosas y con los ojos nublados por el placer, descansan en el triclinium, gozando de deliciosas viandas y exquisitos licores, servidos en la más preciosa vajilla que el arte puede ofrecer. Escuchan el himno a Apolo  cantado al son de las arpas y los coros de Artemio.

Ellos son felices, disfrutando del amor, de la vida y sus deleites. Pero antes de que termine el himno, Héctor el mayordomo, entró en el triclinium…

Su voz está temblorosa por la alarma al anunciar:

–           Amo, un centurión con un destacamento de pretorianos, está esperando en la puerta y por orden del César desea verte.

Al punto se suspendieron el canto y los sones de los laúdes. Y el temor se apoderó de todos los presentes, porque el César para sus comunicaciones con personas amigas, no acostumbra servirse de los pretorianos. Y la presencia de ellos no augura nada bueno. Petronio es el único que no demuestra ninguna emoción…

Pero con el tono desdeñoso de un hombre al que fastidian visitas inoportunas, dijo:

–           Bien podrían dejarme comer en paz. Tráelo aquí.

Héctor desapareció detrás de la cortina y un momento después se oyeron los pesados pasos militares. Y se presentó Marcelo, centurión a quién Petronio conoce.

El militar lo saludó:

–           Salve, noble señor. Te traigo una carta del César.

Petronio extendió su blanca mano, la tomó y la leyó. Luego la pasó a Aurora con ademán tranquilo diciendo:

–           Esta noche se propone dar lectura a un nuevo libro de su troyada  y me invita a que lo escuche.

El centurión dice:

–           Solo he recibido la orden de entregarte la carta.

Petronio sonríe y confirma:

–           Sí. No hay respuesta. Pero Marcelo, bien puedes descansar un momento en nuestra compañía y escanciar una copa de vino.

–           Gracias te doy, noble señor. Una copa de vino beberé gustoso a tu salud. Pero descansar no me es posible, porque estoy de servicio.

–           ¿Por qué te dieron la carta a ti y no me la enviaron con un esclavo?

–           No lo sé, señor. Tal vez porque yo debía venir en esta dirección en desempeño de otro encargo.

–           Lo imagino… Contra los cristianos. ¿No es así?

–           Así es, señor.

–           ¿Desde cuándo empezó la persecución?

–           Antes del mediodía fueron enviados algunos destacamentos al Transtíber.

Y dicho esto, el centurión bebió un poco de vino en honor de Marte, luego bebió el resto, hasta vaciar la copa y dijo:

–           Que los dioses te concedan cuanto deseas, señor.

–           Llévate la copa en recuerdo mío. –dijo Petronio.

Luego hizo un ademán a Artemio para que siguiera la música.

El soldado hizo un saludo militar y se retiró admirando el precioso obsequio.

Se vuelven a escuchar los acordes de las arpas y Petronio piensa:

–           Barba de Bronce empieza a jugar conmigo y con Marco Aurelio. ¡Adivino su plan! Ha querido aterrorizarme enviándome su carta por medio de un centurión. Le preguntarán a éste luego, como la recibí ¡No! ¡No! ¡No te divertirás gran cosa, cruel y perverso poeta! ¡Sé que no olvidarás la injuria! Sé que mi destrucción se aproxima. Pero si crees que voy a mirarte con ojos temerosos y suplicantes, ¡Te equivocas! Si piensas que vas a leer el terror en mi semblante, ¡Buen chasco te vas a llevar!

La voz de Aurora interrumpe su monólogo interior, al preguntarle con preocupación:

–           El César te ha invitado, señor. ¿Irás?

–           Mi salud está muy buena y hasta puedo escuchar sus versos. Con mayor razón debo ir, puesto que Marco Aurelio no puede.

Y efectivamente, terminada la comida y el paseo habitual, se arregló. Una hora después, hermoso como un dios, se hizo conducir al Palatino.

Ya es tarde. La noche está tranquila y tibia. La luna brilla en su esplendorosa claridad. En las calles y entre las ruinas, pululan numerosos grupos de personas, ebrios por el vino y cubiertos de guirnaldas. Llevando en sus manos ramos de mirto y laurel, tomados de los jardines del César.

La abundancia de trigo y la proximidad de los grandes juegos, regocija los corazones de todos. Gritos, danzas y alegría, exteriorizados a la luz de la luna.

Los esclavos se ven en la necesidad de gritar:

–           Abran paso a la litera del noble Petronio.

Y entonces los grupos se apartan, aclamando a su vez y aplaudiendo al favorito popular. Mientras tanto Petronio va dentro de su litera pensando en Marco Aurelio y extrañado por no haber tenido noticias de él.

Petronio es epicúreo y egoísta, pero desde su viaje a Anzio  y su contacto con los cristianos; así como sus breves conversaciones con el obispo Acacio, sin que él mismo se diera cuenta, ha ocurrido en él, un cambio fundamental. Ahora se preocupa por otras personas.

Marco Aurelio es su sobrino preferido, porque desde su niñez amó mucho a su hermano, el padre del joven tribuno. Se ha involucrado tanto en su vida y en sus asuntos, que ahora lo ve como si fuera su propio hijo y su interés es parte de una gran tragedia. Espera con todo su corazón que Marco Aurelio se haya adelantado a los pretorianos y alcanzaran a huir.

Hubiese deseado tener toda la certidumbre de esto, para saber qué contestar a las preguntas que puedan presentarse y para las cuales le hubiese gustado estar preparado.

Llegó por fin al Palatino y se bajó de la litera. Cuando llegó al atrium, éste estaba lleno de augustanos. Los amigos de la víspera se sorprendieron al verlo y comprendieron que también él había recibido invitación.

Se hicieron a un lado y Petronio pasó por en medio de ellos, hermoso, despreocupado y sonriente. Tan lleno de confianza y seguridad en sí mismo como si en sus manos estuviese el distribuir favores a su alrededor.

Algunos al verlo así, se sintieron alarmados en su interior, temiendo haberle manifestado indiferencia demasiado pronto.

El César fingió no verlo y no contestó su saludo aparentando estar muy concentrado en una conversación…

Pero Tigelino se le acercó y dijo:

–           Buenas noches, Arbiter Elegantiarum. ¿Todavía persistes en afirmar que no fueron los cristianos quienes incendiaron Roma?

Petronio se encogió de hombros y golpeando ligeramente con su bastoncillo a Tigelino en la espalda, recordándole su condición de liberto, le dijo:

–           Tú sabes tan bien como yo, qué pensar sobre ese punto.

Tigelino entrecerró los ojos y dijo:

–           Y no me atrevo a competir contigo en sabiduría.

–           Haces muy bien. Porque si de tal competencia fueras capaz, cuando el César nos lea de nuevo su libro en la Troyada, tal vez puedas rebuznar una opinión que no sea como tú, necia y obtusa.

Tigelino se mordió los labios…

Ciertamente no le había gustado para nada la idea del César, de leer aquella noche un nuevo poema de su libro, porque eso le obliga a entrar en un terreno donde le es imposible rivalizar con Petronio.

Y durante la lectura, Nerón acostumbrado por el hábito, volvió constantemente sus ojos hacia Petronio; para observar la impresión que le causan los versos que va leyendo, buscando inconscientemente su aprobación.

Petronio escucha, alza las cejas, asiente en ocasiones y en otras concentra su atención, como para asegurarse de no perder ni una sílaba. Luego alaba, critica, propone correcciones o insinúa que se dé mayor énfasis a algunos versos.

El mismo Nerón comprende que las exageradas adulaciones de los demás, no significan para ellos más que la conservación de sus propias personas y que solo Petronio es lo bastante auténtico para ocuparse de la poesía, por la poesía misma. Que solamente él le comprende y que si la elogia, es porque sus versos merecen ser elogiados. Y sin darse cuenta, gradualmente se ve enfrascado en una discusión con él. Discusión que por momentos reviste carácter de disputa.

Y cuando Petronio le manifestó sus dudas, acerca de la propiedad de cierta expresión, el César dijo:

–           Ya verás en el último libro, porqué la he usado.

Petronio pensó:

–           ¡Ah! Esto significa que viviremos hasta que termine el último libro.

Y más de alguno de los presentes al escuchar aquella observación, se dijo en su interior:

–           ¡Ay de mí si Petronio llega a disponer del tiempo suficiente! Es capaz de recuperar el favor del César y derribar aún al mismo Tigelino.

Y empezaron a acercársele nuevamente…

Pero el fin de la velada fue menos afortunado para el escritor.

Porque el César en el momento en que Petronio se despidió, le preguntó de súbito guiñando los ojos y con expresión a la vez festiva y maliciosa en su semblante:

–           ¿Por qué no te acompañó Marco Aurelio?

Si Petronio hubiera estado seguro de que Marco Aurelio y Alexandra estaban a salvo y lejos de la ciudad, él hubiera respondido: ‘De acuerdo al permiso que le otorgaste, se ha casado y se ha ido de viaje’ Pero notando la extraña sonrisa de Nerón, contestó:

–           Tu invitación divinidad, no le encontró en casa.

Nerón dijo con una velada ironía:

–           Di a Marco Aurelio que me será grato verle. Y agrégale de mi parte que no falte a los juegos en que aparecerán los cristianos.

Estas palabras alarmaron a Petronio y más el tono con el que fueron dichas… Pero haciendo uso de su ejercitado autodominio, inclinó la cabeza y dijo:

–           Se lo diré. Y allí estaremos los dos.

Así pues, cuando llegó a su litera, ordenó que lo llevasen a su casa con la mayor rapidez posible. Extrañamente, en las calles parece haber más gente que cuando fue al Palatino.

Las turbas están ahora presas de una gran excitación y se oyen a la distancia unos gritos que de momento Petronio no comprende, pero que van creciendo y generalizándose hasta convertirse en un solo alarido salvaje. Y lo deja helado y paralizado al oírlo cercano y repetitivo:

–           ¡Los cristianos a los leones!

Las ricas literas de los cortesanos van circulando entre la rugiente plebe.

Sin poder evitarlo, Petronio exclama con enojo y desprecio:

–           ¡Vil manada de fieras! ¡Asco de sociedad! ¡Pueblo digno de tu César! Roma gobierna al mundo y al mismo tiempo es la lepra del mundo…

Petronio comprende que solamente los cristianos traen consigo bases nuevas y prodigiosas para la vida. Pero… piensa con tristeza que con el exterminio del edicto de Nerón, pronto no quedará ni rastro de los confesores de Cristo y ¿Qué sucederá entonces?

La llegada a su casa interrumpió sus cavilaciones y la puerta fue abierta al punto por el vigilante guardián.

Petronio le preguntó:

–           ¿Ya regresó el noble Marco Aurelio?

Dionisio le contestó:

–           Sí amo. Hace unos momentos.

Petronio pensó:

–           Entonces no la salvó. – y corrió hacia el atrium.

Marco Aurelio está sentado en un escabel.

Tiene la cabeza entre las manos, inclinada hasta las rodillas. Pero al escuchar el ruido de pasos, alzó su rostro demudado en el cual sus ojos muestran un brillo febril.

Petronio preguntó:

–           ¿Llegaste tarde?

Marco Aurelio contestó desolado:

–           Sí. Antes del mediodía la capturaron.

Hubo un largo silencio… Luego, el augustano le volvió apreguntar:

–           ¿La has visto?

–           Sí.

–           ¿En dónde está?

–           En la cárcel Mamertina.

Petronio se estremeció y miró interrogante a Marco Aurelio…

Éste comprendió y dijo:

–           No. No la han arrojado al Tullianum (calabozo que hizo construir Servio Tulio y que está en el sótano, con solo una pequeña abertura hacia el techo), ni tampoco  a la prisión del centro. He pagado al guardia para que le dé su propio aposento. Bernabé está en el umbral de la puerta, con la orden de custodiarla.

–           ¿Y por qué Bernabé no la defendió?

–           La arrestaron con cincuenta pretorianos y además, Lino se lo prohibió.

–           ¿Qué vas a hacer?

–           Salvarla o morir con ella. Yo también soy cristiano.

Marco Aurelio habla con calma, pero hay en su voz un dolor lacerante y Petronio siente en el pecho un estremecimiento de compasión.

–           Comprendo. Pero ¿Cómo esperas salvarla?

–           He pagado gruesas sumas a los guardias. Primero para que la defiendan de cualquier ultraje y también para que no impidan su fuga.

–           ¿Y cuándo se va a verificar ésta?

–           Me dijeron que no me la pueden entregar inmediatamente, por miedo a la responsabilidad. Pero cuando la cárcel se encuentre llena y se vuelva confusa la cuenta de los presos, la entregarán. ¡Pero ése es un recurso desesperado! ¡Sálvala tú y sálvame!… Tú eres amigo del César. Él mismo me la dio… ¡Ve a su casa y sálvanos!

Petronio en lugar de contestar, llama a un esclavo y ordena que traigan dos mantos oscuros y dos espadas.

Y volviéndose a Marco Aurelio, le dice:

–           En el camino te contaré… Ahora ponte ese manto y toma una espada. Vamos a la cárcel. Allí pagaremos a los guardias lo que sea necesario para que nos entreguen a Alexandra inmediatamente. Después será demasiado tarde…

El joven se sorprendió. Pero solo dijo:

–           Vamos.

Cuando estuvieron en la calle, Petronio dijo:

–                      Ahora escúchame. No he querido perder tiempo explicándote antes. Estoy en desgracia desde hoy. Mi propia vida pende de un cabello, por eso no puedo intentar nada con  el César pues en todo lo que intente, Nerón hará exactamente lo contrario de lo que yo le pida… Por eso te aconsejé que huyeras con Alexandra. Además al escapar tú, la cólera del César caerá sobre mi cabeza. En la actualidad estaría más dispuesto contigo y en tu favor, que en el mío. Así que no cuentes con eso en absoluto. ¡Sácala de la prisión y huye con ella, más allá de los confines del imperio si es preciso! No queda ningún otro recurso… Si en esto no tienes éxito, ya pensaremos en otra cosa. Mientras tanto debes saber que Alexandra está en la cárcel no tan solo porque cree en Cristo: la cólera de Popea te persigue a ella y a ti. Ofendiste a la Augusta al rechazar sus requerimientos ¿Recuerdas?…

Popea sabe que la despreciaste por Alexandra a quién aborreció desde la primera vez que la vio. Y aún más, ya había intentado perderla, cuando la acusó de que por maleficios suyos murió la Infanta. Es la mano de Popea la que está detrás de todo esto… Y si no, ¿Cómo explicas que haya sido precisamente Alexandra la primera víctima de la persecución actual? Fueron a arrestarla con media centuria y antes de generalizar las órdenes contra todos los demás cristianos. ¿Quién ha podido señalarla y ubicarla tan rápido? Lo más seguro es que la han espiado desde hace tiempo… Sé que estoy torturándote y destruyendo tu esperanza. Pero te digo esto deliberadamente por si no logras rescatarla, antes de que lleguen a sospechar que éste será tu intento… Porque de ser así, ¡Ambos están irremediablemente perdidos!…

Marco Aurelio murmuró:

–           Sí. Comprendo…

Ya es de madrugada y las calles están desiertas. Pero son interrumpidos por un gladiador borracho que se acerca tambaleante a Petronio. Le pone su mano en el hombro y le lanza al rostro su aliento alcohólico, al gritarle con voz ronca:

–           ¡A los leones con los cristianos!

Petronio lo miró y dijo con voz pausada:

–           Mirmidón. Escucha un buen consejo: sigue tu camino.

El hombre tomó entonces a Petronio del brazo, con la otra mano y dijo:

–           Si no quieres que te rompa el pescuezo, grita conmigo: ¡Los cristianos a los leones!

Pero estos ya eran demasiados gritos para los nervios de Petronio. Desde que salió del Palatino, le han perseguido como una pesadilla y le taladran los oídos. Así pues cuando vio levantado sobre él, el puño del gladiador, se le agotó la paciencia y dijo:

–           Amigo, hueles mucho a vino y me estás estorbando el paso.

Y al decir esto introdujo en el pecho del imprudente, hasta la empuñadura; la espada corta con la que se armara al salir de casa.

El hombre se desplomó sobre sí mismo con un quejido ronco…

Mientras, Petronio enfunda su espada y continúa como si nada hubiese ocurrido:

–           Hoy el César me dijo: ‘Di a Marco Aurelio de mi parte, que no falte a los juegos en los que van a participar los cristianos’ ¿Entiendes lo que significa esto?…  Quieren hacer de tu dolor un espectáculo. Es algo que ya decidieron. Y ese tal vez es el motivo por el cual no estamos tú y yo en prisión. ¡Si no podemos liberarla ahora, ya no sé qué decirte! Pudiera ser que Actea quiera ayudarnos… Pero contra Popea, esto no servirá de gran cosa. Estamos cara a cara frente al César, ¿Te das cuenta?…

De esta manera continúan conversando…  Desde las Carenas hasta el fórum, no hay mucha distancia, así que llegan pronto. Ya es casi el alba y las murallas del castillo empiezan a emerger de entre las sombras.

De repente, al torcer hacia la cárcel Mamertina, Petronio  se detiene en seco y exclama:

–           ¡Pretorianos! ¡Es demasiado tarde!

Y la cárcel está rodeada por una doble fila de soldados. Los primeros destellos de la mañana refulgen en sus yelmos y en la punta de sus jabalinas.

Marco Aurelio palidece y dice:

–           Sigamos.

Y llegan hasta la línea. Dotado de una memoria extraordinaria, Petronio reconoce al jefe de una cohorte de pretorianos y le hace señas para que se acerque. El hombre lo saluda militarmente y Petronio le pregunta:

–           ¿Qué es esto Silvano? ¿Habéis recibido órdenes de vigilar la prisión?

–           Sí, noble Petronio. El prefecto teme que se hagan tentativas para salvar a los incendiarios.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿También tenéis orden para no permitir la entrada?

–           No, señor. Los presos pueden ser visitados por sus conocidos. Porque de esa forma lograremos capturar a un mayor número de cristianos.

–           Entonces déjame entrar.-y estrechando la mano a Petronio, agregó- Ve a ver a Actea. Iré pronto a conocer su respuesta.

Petronio contestó:

–           Sí. En la casa, te esperaré.

Marco Aurelio corrió hacia el interior.

Y en ese momento, debajo de la tierra y a través del aire que rodea las imponentes murallas, se escuchó un cántico. El himno, confuso y velado al principio, fue oyéndose cada vez más fuerte y melodioso. Voces de hombres mujeres y niños, se confunden en un coro armonioso y magistral.

Toda la prisión parece vibrar ante a los ecos de aquel cántico…

Pero no son voces de pesar, ni de desesperación, por el contrario, palpita en ellas, una alegría triunfal. Los soldados se miran atónitos.

Petronio escucha asombrado aquellas estrofas y su oído experto capta una esencia extraordinaria y desconocida a la que parece hacerle un marco perfecto, la maravillosa aurora que deja ver en el firmamento los primeros resplandores matinales oro, rosa y flama que matizan el horizonte, al despuntar el sol.

El patricio se quedó inmóvil al escuchar estos versos:

¡Aleluya!

Amo al señor porque escucha. Mi voz suplicante

Y el clamor de mi Plegaria.

Porque inclinó su oído hacia mí, el día que lo invoco.

Lo invocaré mientras viva.

Cuando me aferraban los lazos de la Muerte

Las redes del sepulcro me envolvieron

Cuando caí en la angustia y la tristeza:

Invoqué el Nombre del Señor:

¡Oh, Jesús salva mi alma!

Tierno y Justo es el Señor

Lleno de compasión nuestro Dios.

Jesús protege a los sencillos.

Yo estaba postrado y me salvó

Alma mía, recobra la calma

Pues el Señor ha sido bueno contigo.

Ha librado mi alma de la muerte

Mis ojos de las lágrimas

Y mis pies de tropezar.

Caminaré en la Presencia del señor

En la tierra que habitan los vivientes.

He tenido Fe, aun cuando dije

¡Qué desdichado soy!

He dicho en mi congoja:

‘Es vano confiar en el hombre’

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación

Invocando el Nombre del Señor:

¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!

Santo y Bendito es el Nombre de Jesús.

Cumpliré mis votos al Señor en presencia de todo su Pueblo.

Es muy penoso para el Señor, ver la muerte de sus fieles.

Yo Señor soy tu siervo

En verdad tu siervo, hijo de tu esclava:

Jesús, Tú rompiste mis cadenas.

Me ofreceré en sacrificio de acción de gracias

E invocaré el Santísimo Nombre de Jesús.

Sí. Cumpliré mis votos al Señor

Y en presencia de todos su Pueblo

En los atrios de la Casa del Señor

En medio de ti, Jerusalén.

¡Aleluya!

Alaben al señor todas las Naciones

Y festéjenlo todos los pueblos

Porque grande es su Amor hacia nosotros

Su fidelidad permanece para siempre.

En Jesús puse toda mi esperanza

Él se inclinó hacia mí

Y escuchó mi clamor,  Jesús

Escuchó mi clamor.

Me sacó de la fosa fatal

Del fango cenagoso

Asentó mis pies sobre la roca

Mis pasos consolidó

Puso en mi boca un canto nuevo

Una alabanza a nuestro Dios

Muchos verán y en Él creerán…

Y en Jesús confiarán.

El canto suave al principio ha ido in crescendo hasta ser una explosión de júbilo triunfante. Luego vuelve a ser suave y muy dulce, para volver a resonar con un triunfo total. Es un himno de gloria absoluto.

Petronio empieza a caminar muy pensativo. Recordando cada verso y su entonación perfecta. Lo más  increíble es que ¡Los cantores están en la prisión, a la espera del martirio!

Esto es demasiado para todo lo que le ha sucedido en los últimos días…

Y el refinado y elegante patricio camina con paso decidido hacia el Palatino, pero nada en su rostro revela el impacto que acaba de recibir…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


Al tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia. Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad. Pero Nerón, que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio. Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro.

Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio. Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos. O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra. Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación. Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas, a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavio que habían sido despachados a Judea y Rodrigo y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho. Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo. En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe. Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones. Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión. Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales. Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria. Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él. El pueblo le señalaba desde lejos, al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro. El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio. La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando; no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa. Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes. ¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia! Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones. Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo. Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando. Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto. El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma! ¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos. Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada. Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.  Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos. Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro. Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él. Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos. Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil. Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia. Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro. Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud. Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento. Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio. Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco. Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario. Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre. Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados. Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César. Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida.

La experiencia fortalece la confianza… La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula. Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio! ¡El Arbiter Elegantiarum! ¡Petronio! ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza. Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito. Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro. Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos. Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios. Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra. Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes. Y enseguida llegó la respuesta. Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas. Pero es evidente que el augustano no ha terminado. Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica. Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular. Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía. Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…  Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole.-miró reflexivo hacia la ciudad, y agregó con voz fuerte y enigmática- Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

37.- EL CAPRICHO DE POPEA SABINA


Los augustanos abandonan el Palatino. Al caminar por la inmensa galería porticada, Petronio miró a Marco Aurelio y dijo:

–           Barba de Bronce renuncia a su viaje por el momento. Está irritado y aburrido. ¡Esta combinación es muy peligrosa! En la fiesta se entregará a un desenfreno absoluto, tratando de aliviar su frustración y su tedio. ¡Ojalá no tengamos sorpresas desagradables!

Marco Aurelio sonrió y contestó:

–           Afortunadamente yo tengo mejores cosas de qué ocuparme y a ti te dejo los cambios de humor del César.

Petronio se detiene y advierte:

–           Fuiste invitado y ni siquiera se te ocurra pensar que puedes evitar asistir.

El tribuno movió la cabeza y fastidiado replicó:

–           Lo que a mí me sorprende es que a ti no te haya dominado el aburrimiento de cuanto te rodea.

–           ¿Quién te ha dicho lo contrario? Desde hace mucho tiempo me domina. Pero yo no tengo tus años. Y tampoco tengo alternativa. Al emperador nadie le abandona sin consecuencias…

–           Lo sé. Y según parece, tampoco se pueden desairar sus invitaciones. Definitivamente no envidio tus privilegios.

–           Además, amo los libros, la poesía y me encantan las obras de arte. Me agrada mi hogar y la belleza de las obras maestras con que lo he adornado. Tengo todo lo más exquisito y perfecto. Sé que no he de encontrar ya nada superior a lo que actualmente poseo. Y no tengo ganas de desprenderme de nada de esto por ahora.  

–           Perder el favor imperial es una gran desgracia. Y un lujo que al parecer,  nadie se puede permitir voluntariamente sin perder también la vida…

–           He disfrutado lo mejor y la vida me deleita, mientras pueda darme el placer que necesito y pueda conservarla… porque no se sabe… –finaliza dando un profundo suspiro.

Marco Aurelio está tan contrariado, que mejor se queda callado.

Petronio lo observa desconcertado, pero tampoco le dice nada.

Después de un largo silencio, Petronio agrega.

–           ¿Sabes cuál es la última noticia? Tigelino, para las fiestas, ha preparado los lupanares con las mujeres más nobles de Roma. Habrá doncellas que hagan su presentación como ninfas.

¿Eso te parece apetecible? ¡Convertir a las jóvenes patricias en prostitutas! ¿Tan hastiados están que lo execrable ya no es vergonzoso?

Petronio mira sorprendido a su sobrino y finalmente explota:

–           ¡Éste es nuestro mundo neroniano en Roma! ¡Creo que has arruinado tu vida haciéndote cristiano! ¡Por Pólux que no te comprendo! Nuestras locuras tienen cierto juicio, pero tú… Desprecio a Enobarbo, porque es un bufón griego. ¡Si al menos fuese romano!  ¡Hufff!…

–           La barbarie es barbarie en cualquier lugar. Ya no hay valores, ni honor. No veo de qué te sorprendes. Y sobre este asunto podría enseñarte cosas grandiosas que he aprendido…

–           No empieces con tus cosas cristianas.  No quiero saber nada de eso…

–           Está bien. Tienes razón. Todavía no es el momento en que podrías comprenderlas… Tal vez algún día anheles también aprenderlas.

Petronio agrega sin hacerle caso:

–           No cabe duda de que vamos de mal en peor… Pero este es el mundo que me ha tocado vivir ¡Y hay que tomarlo como es! Prepárate para ir al Fiesta Flotante en la Piscina de Agripa. Y será mejor que nos dispongamos para disfrutarlo…

Al día siguiente…

El buen gusto y refinamiento de Petronio, le han ganado el título de ‘Arbiter Elegantiarum’. Y por esas mismas cualidades, su genial dirección es indispensable para el desarrollo del artista que palpita en el emperador. Comparándolo con el Prefecto de los Pretorianos, Petronio lo supera infinitamente en cultura, intelecto, conocimiento del Arte, refinamiento y buen juicio. Y en la conversación, su ingenio conoce la mejor manera de entretener al César.

Y lo que hasta ahora ha sido el mejor talento de Petronio para ser el consejero favorito del emperador, como un arma de doble filo se está volviendo contra él…Y él ni siquiera imagina porqué…

Tigelino posee bastante buen sentido, para conocer sus propias deficiencias. Y sabe que no puede competir con Petronio, Plinio, Séneca, Trhaseas u otros de los augustanos que se distinguen por su elegancia y su alcurnia, sus talentos o su ciencia. Y ha decidido eclipsarlos por medio de una flexibilidad inagotablemente previsora en sus servicios y sobre todo por una magnificencia, capaz de sorprender aún la exaltada imaginación de Nerón.

Porque  conoce bien a Nerón y sabe por dónde llegarle, ha cultivado secretamente las debilidades de su personalidad para prevenirle en contra de su peor enemigo. Esto ha logrado que la influencia de Tigelino aumente día con día. Y no es porque Nerón le quiera más que a los demás; sino porque el Prefecto de los Pretorianos ha encontrado la manera de hacerse cada vez más indispensable para el emperador.

Arbiter Elegantiarum, esto mortifica la vanidad de Nerón ¿Cómo es posible que alguien lleve delante de él, semejante calificativo? Y además, hay que agregar el  terrible complejo que siente entre su obesa y grotesca figura y la innegable belleza varonil de su asesor artístico. La indiscutible superioridad en todos los aspectos de la poderosa personalidad de Petronio, ahora constituye su desgracia, pues esto ha despertado la envidia de Nerón y siente agobio por cada uno de sus triunfos… En cambio con Tigelino, César se siente a sus anchas; pues comparte con él su misma crueldad, sus bajezas y su ruindad.

¿Quién prevalecerá? ¿El artista o el monstruo?… La guerra y la competencia están muy reñidas…

En un suceso sin precedentes en la ciudad, los pretorianos han rodeado las arboledas que están alrededor de un lago mediano y es conocido como la gran piscina de Agripa; para que nadie se acerque a molestar al César y a sus huéspedes, que constituyen cuanto hay en Roma de notable por su riqueza, hermosura y talento.

Tigelino quiere compensar al César la contrariedad sufrida, al diferir su viaje a Acaya y al mismo tiempo mostrarle a todos que no tiene rival para alegrarle la vida al emperador. Para este objeto mandó traer desde las más remotas regiones del imperio: fieras, pájaros exóticos, peces raros, plantas, flores, etc. Y todos los detalles más insólitos que puedan realzar el esplendor de la magnífica fiesta.

Los impuestos de provincias enteras se consumen en la realización de los más insensatos proyectos…  Más el poderoso favorito no siente la menor vacilación al efectuarlos, con tal de asombrar a Nerón y complacer hasta el más mínimo de sus caprichos. Esto es lo que hace que su influencia aumente día con día y Nerón lo considere casi indispensable…

Y por eso ha dispuesto dar la fiesta en gigantescas balsas, construidas con vigas doradas, cuyos bordes fueron decorados con magníficas conchas marinas. Adornó las orillas  de la piscina con palmeras, lotos y rosales. También instaló jardines flotantes y alrededor de la piscina, a intervalos regulares, fuentes con aguas perfumadas, altares con estatuas de dioses y quemadores de incienso. Hay muchas  jaulas de oro y plata, con aves exóticas y multicolores…

En el centro de la balsa principal; está el pabellón de una tienda teñido de púrpura fenicia, que es sostenido en columnas de plata. Debajo, las mesas están preparadas para recibir a los invitados con cristalería de Alejandría y vajillas de inestimable valor; botín recogido de Grecia, Asia Menor e Italia. La balsa está adornada con tantas plantas, que semeja una isla flotante. Y hay amarrados con cuerdas de púrpura y oro; botes con forma de cisnes, delfines, aves y peces que son bogados por jóvenes de ambos sexos; cuyas caras y cuerpos están desnudos, adornados con joyas y han sido elegidos por su gran hermosura.

Cuando Nerón llegó a la balsa seguido por Popea y los augustanos, se sentaron en los triclinios. Entonces los remos hendieron el agua y se pusieron en movimiento junto con los botes; describiendo círculos alrededor de la piscina. Le rodean las otras balsas de menor tamaño; en una de las cuales van los músicos tocando sus instrumentos, resonando cantos melodiosos que llenan el ambiente de alegría.

El César con Popea a un lado, está gratamente sorprendido. Especialmente al ver surgir entre los botes, hermosos jóvenes de ambos sexos, ataviados como sirenas y  tritones, con mallas glaucas que simulan escamas. Y ejecutan una hermosa danza acuática en honor de Poseidón. Verdaderamente emocionado, Nerón aplaudió y alabó al organizador de la fiesta.

Pero al mismo tiempo y por fuerza del hábito, dirigió la vista hacia Petronio, deseando conocer su opinión. Y se mostró más entusiasmado aún, al ver que el ‘Árbitro’ sonreía complacido, mostrando su aprobación con un gran aplauso carente de envidia. Pues  realmente el espectáculo es magnífico.

La Fiesta Flotante agradó mucho al César, por su novedad. Se sirvieron tan exquisitos manjares y vinos de tantas clases, que el más exigente sibarita no habría podido objetar nada. Luego las mujeres se sentaron en la mesa de los augustanos; entre los cuales Marco Aurelio sobresale por su gallardía y juventud.

Anteriormente tanto su cuerpo como su rostro, denotaban con demasiado relieve al soldado profesional. Pero ahora la enfermedad le ha adelgazado y se ve más alto y estilizado. Sus facciones se ven como cinceladas con una varonil hermosura perfecta. Su piel morena clara y sus enormes ojos castaños, mantienen una expresión soñadora. Su porte es distinguido: a la vez flexible y soberbiamente magnífico. Parece un dios griego tan bizarro y apuesto como Petronio. Éste había afirmado como hombre de experiencia, que las damas de la corte se rendirían a sus encantos. Y en efecto, todos le miran con admiración sin exceptuar a Popea, ni a Rubria; la virgen vestal a quién César ha llamado a la fiesta.

Los vinos empezaron a llevar calor a los corazones y a los cuerpos. Y la enorme balsa prosiguió su evolución, circulando lentamente con su carga de invitados que gradualmente se van entregando a una alegre y estrepitosa embriaguez. La fiesta no había llegado ni a la mitad de su curso, cuando Nerón se levantó y le ordenó a Marco Aurelio que le deje su lugar… Quiere estar al lado de Rubria, a la que desea con violenta pasión y le empezó a hablar al oído.

Fue de este modo que Marco Aurelio quedó junto a Popea, quién extendió el brazo hacia el joven oficial y le pidió que le asegurara el brazalete que se le había desprendido y que nadie notó que ella misma lo había soltado. Al hacerlo gentilmente Marco Aurelio, con su mano un tanto temblorosa, rozó la piel de seda de la emperatriz.

Popea le miró fingidamente pudorosa y con un destello de deseo…

La fiesta prosiguió. El sol comenzó a ocultarse. La mayor parte de los invitados ya están ebrios. La gran balsa hace círculos cada vez más amplios, hasta casi llegar a la orilla. Con la penumbra del anochecer, se encendieron millares de lámparas y nuevos grupos de mujeres formados por todas las invitadas de la fiesta, que se han despojado de sus ricas vestiduras y han quedado desnudas; con voces y ademanes seductores llaman a los hombres para que se reúnan con ellas.

Entonces la balsa se aproxima a la orilla. Todos, incluido el César quién atrae consigo a Rubria riendo y haciendo pícaros comentarios, desaparecen entre la arboleda. Se diseminaron entre el bosque y las grutas artificiales, además de los muchos lugares próximos a las fuentes y manantiales y que han sido especialmente dispuestos para este fin.

Y empezó la orgía…

La lujuria y la locura se apoderaron de todos. No se puede distinguir nada en medio de la oscuridad. Ni donde está el César, ni quién está con quién. Los sátiros y los faunos dan caza a las ninfas y apagan las lámparas que les estorban. Solo la luz de la luna llena, es mudo testigo del rumor de risas, gritos, suspiros y coloquios íntimos; además de los gemidos de placer.

Marco Aurelio no está ebrio, como el día de la fiesta en el Palatino, cuando estaba con Alexandra… Y sabe perfectamente lo que está pasando a su alrededor. Y decidió irse, pensando que a estas alturas, a nadie le importará un invitado menos. Por primera vez siente náuseas…

Y recordando a Alexandra, se dijo a sí mismo:

–           La amo y le juré fidelidad. Debo regresar a casa a preparar la boda, en lugar de permanecer en este bacanal.

Y dando media vuelta se precipitó a través del bosque.

Un grupo de doncellas ataviadas con sutiles velos y bellas flores, le interceptaron el paso y danzaron a su alrededor, incitándolo a correr tras ellas…  Después de provocarlo, huyeron pudorosas y coquetas. Pero él se quedó enclavado en aquel sitio pensando en su esposa.

Jamás la había visto más hermosa, más pura, ni más digna de adoración, que al ver aquel bosque convertido en un santuario de placer y a todas aquellas jovencitas lascivas y desnudas. Y el amor y el anhelo por Alexandra, invadieron todo su ser con un poder avasallador. Simultáneamente se sintió lleno de disgusto y de una repugnancia como nunca antes la experimentara. Descubrió que le asfixiaba aquel ambiente de infamia y deseando respirar aire puro, se apresuró a huir de allí.

Más apenas había dado un paso, cuando notó que una figura velada, se alzaba delante de él. Le puso las manos sobre los hombros y le dijo al oído:

–           ¡Te deseo! ¡Te amaré y te haré dichoso! ¡Ven! Nadie nos reconocerá. ¡Apresúrate!

Un gemido de deleite, un suspiro entrecortado y un beso desquiciante acarició el lóbulo de su oreja; mientras Marco Aurelio sentía en su rostro como una oleada de fuego, su aliento perfumado.

Ella prosiguió anhelante:

–           ¡Eres bello como Apolo! Y tan delicioso, ¡Oh! Si tan solo…

La voz susurrante fue como si lo despertara de un sueño. Entonces tomando dominio de sí, preguntó:

–           ¿Quién eres?

Ella se reclinó seductora en su pecho y siguió insistiendo:

–          Qué importancia tiene eso…  ¡Pronto! ¡Ya no perdamos más el tiempo! ¡Esta noche es perfecta! ¡Y yo quiero poseerte! ¡Ven! ¡Amémonos!

Marco Aurelio insistió:

–           ¿Quién eres?

–           ¡Adivina!

Y al decir esto tomó entre sus delicadas manos el rostro del joven patricio y a través del finísimo velo, lo besó ardorosamente hasta que le faltó el aliento…

Luego se apartó provocativa, diciendo:

–           ¡Noche de amor! ¡Noche de locura! –Aspirando el aire ansiosamente, agregó- ¡Hoy estamos aquí y somos libres! ¡Hoy puedes tenerme! ¡Hoy soy tuya! ¡Y yo quiero que seas mío!

Marco Aurelio la empujó suavemente hacia atrás y dijo:

–           Lamento no poder complacerte. Estoy enamorado de una mujer incomparable. Le pertenezco y ahora voy hacia ella.

–           Quítame el velo. –dijo ella inclinando hacia él la cabeza.

Y en ese preciso momento se oyó un leve roce entre las hojas de mirto…

Y ella se separó rápidamente y desapareció como si fuese una visión. Pero a la distancia se oyó su risa extraña, estridente, ominosa…

Petronio llegó junto a Marco Aurelio. Lo tomó del brazo y empujándolo, lo instó:

–           He oído y he visto. Alejémonos rápido de aquí.

Así lo hicieron.

Cuando llegaron hasta los cisios, Petronio le dijo:

–           Yo te acompañaré.

Y subieron los dos al carruaje de Marco Aurelio. Todo el camino, lo recorrieron en silencio. Hasta que se hallaron en el atrium de la casa del joven tribuno…

Petronio preguntó:

–           ¿Sabes quién era ella?

Marco Aurelio se sintió profundamente disgustado ante la idea de que Rubria fuese una vestal y tuviese ese comportamiento tan impúdico. Y sin disimular su desprecio contestó:

–          ¿Rubria…?

–           No.

–           ¿Entonces quién?

Petronio bajó la voz y dijo:

–          El fuego de Vesta ha sido profanado porque Rubria estuvo con el César. Pero la que se acercó a ti… -y aquí su voz bajó hasta hacerse casi imperceptible- Fue la divina Augusta.

Siguió un silencio tan denso que casi se podía tocar…

Luego Petronio continuó:

–          César no pudo ocultar a Popea, su inclinación hacia Rubria y tal vez por eso, ella quiso tomar venganza. Pero llegué yo a estorbarlo. Si tú la hubieras reconocido… al rehusar su solicitud, sería irremediable tu ruina. Habrías arrastrado en ella a Alexandra y también me habrías comprometido a mí.

Marco Aurelio comprendió la magnitud de la revelación y casi se ahogó por el asombro… El tiempo pareció detenerse… Mil ideas cruzaron por su mente como relámpagos y se reflejaron en su gran perturbación…

Luego explotó:

–           ¡Estoy harto de Roma! ¡Del César, de sus fiestas, de Tigelino, de la Augusta y de todos vosotros!… ¡Me estoy asfixiando! ¡Yo no puedo seguir viviendo así! ¡No puedo! ¡Oh Dios mío! ¡No lo soporto más! ¿Me entiendes?

Petronio lo mira desconcertado y exclama:

–           ¡Marco Aurelio! Estás perdiendo el sentido del juicio, la moderación. ¿Qué te pasa?

Marco Aurelio replicó colérico:

–          Lo único que quiero es a Alexandra. Vine a prepararlo todo para mi boda y no me interesa otro amor, ni deseo a ninguna otra mujer. No quiero vuestra vida y no me interesan sus fiestas. No soporto sus obscenidades y sus crímenes. ¡Soy cristiano! ¿Lo oyes? ¡Soy cristiano! ¡Y no sabes cuánto me alegro de serlo!

Petronio lo mira asombrado. Es evidente que entre él y Marco Aurelio ya no pueden entenderse y que sus almas se han separado por completo. Hubo un tiempo en que Petronio ejercía una gran influencia en el joven militar. Había sido para él un modelo en todo y con frecuencia unas cuantas palabras irónicas suyas, bastaban para frenarlo o para inducirlo a una resolución cualquiera.

Pero ahora ya no queda nada de aquello. Y tan trascendental es el cambio, que Petronio ni siquiera intentó poner en práctica sus antiguos métodos. Porque comprendió que su ironía y su ingenio, habrán de estrellarse contra el nuevo hombre en que se ha convertido el Marco Aurelio que está ante sus ojos y al que apenas si reconoce. Después de reflexionar un momento, se encogió de hombros y se fue para su casa muy disgustado.

El veterano escéptico al ver a Marco Aurelio entendió que es un hombre tan diferente, que ya ni siquiera comprende sus reacciones. Y este conocimiento lo llenó de contrariedad y hasta de un poco de temor. Éste último llegó a su colmo, al meditar en los acontecimientos de esa noche…

Y piensa:

–           Si de parte de Popea esto no fue sólo un fugaz devaneo, sino un deseo más duradero, van a suceder una de estas dos cosas: Marco Aurelio no se le resistirá y en este caso, le vendrá la ruina por algún ‘accidente’, lo que parece poco probable por su actual estado de ánimo. O se le resiste. Y entonces sí será segura su ruina y acaso también la mía… Precisamente porque soy su pariente y porque la Augusta terminará envolviendo en su odio a la familia entera y pondrá del lado de Tigelino todo el peso de su influencia. –moviendo la cabeza, concluye-

Petronio es un hombre valiente y no le teme a la muerte. Pero tampoco tiene el menor deseo de atraerla tan pronto. La Augusta ignora si ha sido reconocida por Marco Aurelio. Si ella piensa que no ha sido descubierta, su vanidad no sufrirá gran cosa.

Pero esta situación es muy precaria, podría modificarse en el futuro y es urgente neutralizar este gran peligro.

La cuestión es: ¿Cómo va a lograrlo?…  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

11.- SATYRICÓN


Después que el general se marchara, Marco Aurelio, en rápida carrera se montó otra vez en el caballo y salió como un bólido de la casa. Y prácticamente voló en dirección a la domus de Petronio, dando a su paso empellones a todo lo que se cruzó por su camino.

Cuando llegó… El portero al verlo, no se atrevió a detenerlo.

Marco Aurelio entró hasta el atrium con la violencia de un huracán.

Y como le dijeron que el amo estaba en la biblioteca, se precipitó hacia allí con el mismo ímpetu. Encontró a Petronio escribiendo y furioso se lanzó contra él. Le arrebató el stylus, lo hizo pedazos y lo arrojó al suelo. Barrió con el brazo todo lo que había sobre la mesa de trabajo y temblando por la furia, le clavó los dedos en los hombros a Petronio. Levantando y acercando su rostro al de su tío, le preguntó con voz ronca:

–           ¿¡Qué has hecho con ella!? ¿Dónde está?

De pronto sucedió una cosa sorprendente…

Aquel flexible y de tan refinado hasta cierto punto ‘delicado’ Petronio, cogió las manos con que el joven guerrero le oprimía los hombros. Y sujetándole las dos con una de las suyas; como si fuera de acero…

Le dijo gélidamente:

–           Solo por las mañanas me encontrarás incapaz. Por la tarde tengo todo mi vigor.- y mirándolo con fijeza, añadió con seriedad- Intenta desprenderte. Algún tejedor debe  haberte enseñado gimnástica y un gladiador modales.

Y su semblante no tenía el menor rastro de enojo, pero sus ojos destellaban con una energía tan intrépida, como nadie lo hubiera imaginado. Después de un momento dejó caer las manos de Marco Aurelio.

Éste se encontró ante él, abrumado por la ira y la vergüenza.

Y casi llorando dijo:

–           Tienes unas manos de acero. Pero si me has traicionado, te juro por Marte que he de clavar un puñal en tu pecho, aunque te refugies en las habitaciones del César.

Petronio replicó:

–           No te tengo miedo. Pero hablemos con calma. Como puedes ver, el acero es más fuerte que el hierro, aunque parezca más frágil. Aunque sé de lo que eres capaz… Por el contrario, no sabes cuánto me apena tu rudeza. Y lo que más me sorprende es tu ingratitud…

–           ¡¿Dónde está Alexandra?!

–           En un prostíbulo.

–           ¡¡¡Petronio!!!

–           Es decir, en la Domus Transitoria.

–           ¡Oh no! ¡Por Pólux! ¡¿Cómo pudiste…?!

–          Cálmate y siéntate. He pedido al César dos cosas que ha prometido concederme. Primero: sacar a Alexandra de la casa de Publio. Y segunda: dártela. ¿Traes algún puñal entre los pliegues de tu túnica? Creo que ya es tiempo de que me hieras. Solo que te advierto que esperes siquiera un par de días, porque serías llevado a una prisión… Y mientras tanto tu amada, se fastidiará sola en tu casa.

Se hizo un silencio total.

Marco Aurelio miró a Petronio con ojos atónitos. Y completamente apenado dijo:

–           Perdóname. La amo tanto que me estoy volviendo loco.

Petronio se irguió aún más. Le sonrió y luego se pavoneó ante él:

–          Admírame, Marco Aurelio. Anteayer dije al César: “Marco Aurelio el hijo de mi hermano Cayo, se ha enamorado a tal grado de una escuálida doncella que han criado los Quintiliano, que los suspiros tienen convertida la casa en un baño de vapor. Ni tú, ¡Oh, César! Ni yo; porque ambos sabemos lo que es la verdadera belleza, daríamos ni siquiera mil sestercios por ella. Pero ese muchacho ha sido siempre obtuso como un trípode, ahora acaba de perder el poco juicio que le quedaba y necesito ayudarlo”.

Casi se le desorbitaron los ojos a Marco Aurelio al exclamar:

–           ¡¡¡Petronio!!!

–          Si no alcanzas a comprender que todo esto lo dije para la mayor seguridad de Alexandra, voy a creer que dije al César la verdad.

Marco Aurelio inclinó la cabeza y reconoció:

–           ¡Tienes razón! ¡Perdóname!

–          Convencí a Barba de Bronce de que un hombre de su temperamento artístico y estético, no podría considerar bonita a esa muchachita. Y Nerón, que hasta ahora solo mira las cosas a través de mis ojos, no encontrará belleza en ella. Y al no encontrarla, no la deseará. Era necesario que nos pusiéramos en guardia contra ese monstruo. Ahora no será él quien aprecie la hermosura de tu princesa parta, sino Popea. Y ésta se esforzará por despedirla cuanto antes del palacio. Además, dije a Enobarbo: “Haz venir a Alexandra y entrégasela a Marco Aurelio. Tú tienes el derecho de hacerlo porque ella es un rehén. Y así, tú la guardarás causando una gran pena a Publio.” Y él convino en esto con mayor satisfacción, pues mi consejo le dio la oportunidad de mortificar a personas honorables.

–           ¡Qué asco de hombre! Pero no voy a hablar mal de él, si gracias a eso me entrega a la mujer de mis sueños.

Petronio agregó con cinismo:

–           Este es el mundo en que vivimos. Quién no aprende a vivir en él, termina siendo devorado. Así pues, te harán custodio oficial de ese rehén en especial y pondrán en tus manos a ese tesoro parto. El César, para salvar las apariencias, la guardará por unos días en su casa y enseguida te la enviará. ¡Hombre afortunado!

Marco Aurelio no puede disimular su inquietud:

–           Entonces ¿Nada la amenaza en el Palatino?

–           Si tuviera que permanecer allí, Popea emplearía a Locusta, la hechicera que le proporciona a Nerón sus venenos. Pero tratándose tan solo de unos cuantos días, no hay peligro. Moran diez mil individuos en esa casa. El César quizá ni siquiera llegue a verla.

–           ¿Y qué piensas hacer mientras tanto?

–           Enobarbo ha dejado a mi exclusivo arbitrio todo el asunto. Hace un momento estuvo aquí el centurión que acaba de conducirla al palacio y la ha confiado al cuidado de Actea. Es una buena mujer y yo dispuse que le fuera entregada la rehén. Es evidente que Fabiola comparte mi opinión, pues le escribió una carta a Actea recomendándole a Alexandra.

Marco Aurelio no puede contener una exhalación de profundo alivio.

–           ¡¡¡Aaah!!! – Y pregunta ansioso- ¿Y luego qué vas a hacer? ¿Cuándo podré verla?

Petronio contesta complacido:

–           Mañana habrá fiesta en el Palatino y he pedido para ti, un asiento junto a esa joven.

–           Perdona Tito mi impaciencia. Creía que habías dado orden de llevarla para ti o para el César.

–           Puedo perdonar tu impaciencia, pero me cuesta más trabajo perdonar tus modales groseros, tus exclamaciones vulgares y tus gritos de estibador. Necesitas pulirte. ¿Cómo fuiste capaz de pensar eso de mí?

–           ¡Es que yo no sabía nada! ¡Pensé que tú también te habías enamorado de ella!…

Petronio aspira profundamente, antes de contestar:

–           Debes saber que Tigelino es el encargado de los lenocinios cesáreos y que si yo quisiera a esa joven para mí, ahora mismo y mirándote de frente te diría: “¡Marco Aurelio! Te quito a Alexandra y me voy a quedar con ella hasta que me harte”. -y dijo esto clavando en su sobrino sus ojos grises acerados, con una mirada insolente y fría.

El joven tribuno se anonadó por completo y dijo:

–          La falta es mía. Tú eres bueno y digno. Te lo agradezco con todo mi corazón. Solo dime: ¿Por qué no enviaste a Alexandra directamente a mi casa?

–           Porque el César desea guardar las apariencias. En toda Roma se hablará de esto y ella permanecerá en palacio hasta que se aplaquen los comentarios. Con todas las cosas que ha hecho Enobarbo, no es conveniente alborotar más a quienes ya lo odian y lo desprecian profundamente. Después la enviaremos sin ruido hasta tu casa y todo habrá terminado.

–           Tienes razón. Todavía hay comentarios por el regalo que hizo a Popea, cuando le mandó la cabeza de Octavia.

–           Barba de bronce es un canalla cobarde. Yo creo que matar a su padre, a su madre, a su hermano y a su esposa, es digno de un reyezuelo asiático como Herodes y no de un emperador romano. Sin embargo él, después de cometer estos asesinatos, se ha tomado el trabajo de escribir al senado cartas de justificación.

–           ¿Por qué? Se considera el Amo del Mundo y nadie se atreve a protestar por sus fechorías.

–           Nerón las ha escrito porque quiere salvar las apariencias.

Marco Aurelio mueve la cabeza con perplejidad:

–           No entiendo. ¿Por qué ese inútil esfuerzo de aparentar justicia en el crimen que se ha cometido y que se sabe que será impune?

Petronio contestó con indiferencia:

–           Yo creo que es porque el crimen es algo feo y repugnante, en tanto que la virtud es siempre noble y bella. El verdadero esteta es por lo tanto, un hombre virtuoso. ¡Admírame!

Pero Marco Aurelio, como hombre realista que es, no quiso filosofar y contestó:

–           ¡Mañana veré a mi Alexandra y lo más pronto posible la tendré en mi casa todos los días, junto a mí; hasta la muerte!

Petronio replicó:

–          Tú tendrás a Alexandra para amarla y yo tendré a Publio Quintiliano sobre mi cabeza, como la espada de Damocles… Porque a mí me culpará y será mi enemigo para siempre… Estoy seguro de que él invocará en su auxilio y contra mí, la venganza de todas las divinidades, pidiendo que yo sufra la más espantosa de las muertes…

Marco Aurelio lo interrumpió:

–           Publio estuvo en mi casa. He prometido darle noticias de Alexandra.

–          Le quité Alexandra para dártela, porque te quiero como si fueras mi hijo. Escríbele que el deseo del divino César es la suprema ley y que a tu primer hijo le pondrás por nombre Publio. Es necesario dar algún consuelo a ese pobre viejo.

Y Marco Aurelio se puso a escribir la carta que le hará perder al general hasta el último resto de su esperanza…

Más tarde, cuando estaban en el triclinium, Petronio entregó a Marco Aurelio un hermoso tubo de plata labrada que contiene unos rollos. Y le dijo:

–           He aquí un obsequio para ti.

Marco Aurelio lo toma y lee el título:

–          “SATYRICÓN” (Sátiras). ¡Muchas Gracias Petronio!

Se siente muy feliz  y una sonrisa  luminosa vuelve a dibujarse en su semblante. Luego mira a Petronio con curiosidad y  pregunta:

–           ¿Es una obra nueva?

–           Acabo de terminarla.

Marco Aurelio hojea el manuscrito como a la mitad, lo lee un poco y dice:

–          Tú has dicho que no escribes versos. Pero aquí veo que la prosa alterna con ellos.

Petronio le responde:

–           Cuando la leas fija tu atención en la “Fiesta de Trimalquión”. En cuanto a los versos, eran necesarios. Pero me han hastiado desde que he tenido que soportar a Nerón escribiendo un poema épico.

Incapaz de contener su entusiasmo, Marco Aurelio exclama:

–           Lo poco que leí me encantó. Promete ser un libro muy interesante. Pero todo lo que escribes es genial, ya lo sé. Una vez más, muchas gracias, Petronio; yo también te amo como si fueras mi padre.

Petronio sonrió complacido y dijo:

–           Me alegro mucho que te guste. Y también yo sé que lo disfrutarás.

Marco Aurelio suspiró ruidosamente antes de preguntar:

–          ¿Me ayudarás a preparar todo para recibir a Alexandra en mi casa?

–           ¿Qué quieres hacer?

–           Verás…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA