Archivos de etiquetas: ODIO Y MIEDO

318 YO SOY QUIEN SOY


318 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím:

recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas,

Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo.

Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm;

adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.

Pareciera que ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de información tan eficiente;

que los peregrinos que lo buscan lo pueden encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar;

que de todas maneras, es de pocas millas al día; 

tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole;

no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

Jesús se hospeda en casa del joven resucitado,

en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad.

Y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos – siete como los pecados capitales -,

toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

Ellos condescienden:

–        Está el Maestro;

está el Maestro, mujer.

Ello daría valor incluso a una cueva.

Tu casa es mucho más que una cueva.

Así que entramos y decimos: «Paz a ti y a tu casa».

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es rica;

ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús.

No hay duda de que han entrado en contienda todos los bienes de Naím,

puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas.

Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles,

a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada.

Y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha

preparado las mesas.

Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, etc.

Y por su ayuda en la cocina; esto sólo: para ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.

Y ahora se asoman acá o allá, rojas,

llenas de harina, de ceniza o goteándoles las manos, según su tarea culinaria;

ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porción de voz divina;

beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada… 

Y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas.

Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes.

Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada;

más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo…

Y que pronto se celebrarán la boda.

–        Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas;

para que toda la casa quedara por Tí santificada.

Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa

Jesús la mira.

Y dado que ella se inclina, le impone las manos,

diciendo:

–        Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel;

de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado.

Y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa.

Mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente.

El banquete empieza.

Por lo que hablan, se entiende Jesús ya había predicado y curado en Naím.

Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto.

En cambio llenan de preguntas a los de Naím;

para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel,

sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección,.

Y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está muy bien de salud,

magníficamente ataviado y come con un apetito formidable.

Pero un fariseo, en voz alta llama la atención de Jesús, para preguntarle;

si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.  

Jesús responde:

–        Venía de Endor por pura coincidencia.

Porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan de Zebedeo.

Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual. 

Asombrado un escriba,

pregunta

–        ¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? 

–        No.

No tenía entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.

–       ¿Y entonces cómo es que fuiste?

–        Lo acabo de decir:

Porque Judas de Simón quería ir.

–        ¿Y por qué este capricho?

–        Para ver la gruta de la maga.

–        Quizás es que Tú habías hablado de eso,…

–        ¡Jamás!

No tenía motivo para hablar de eso.

–        Lo que quiero decir es que…

Quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…

–        ¿En qué?

Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes.

Una celda o un páramo desierto, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente.

Basta, en quien enseña, autoridad y santidad;

y en quien escucha, voluntad de  santificarse.

Yo enseño esto y no otras cosas.

–        Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos; qué son sino prodigios y…

–        Y voluntad de Dios.

Sólo eso.

Y cuanto más santos vayan siendo más harán.

Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios.

No con otras cosas.

Un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo;

examina de abajo arriba, a Jesús… 

Y con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

pregunta:

–        ¿Estás seguro de eso? 

–        Son las armas y las doctrinas que les he dado.

Si luego alguno de ellos y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia

o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de Mí.

Puedo orar para tratar de redimir al culpable.

Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude,

especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error.

Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado;

con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.

Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal,

que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla.

Pero no puedo hacer más.

Si, a pesar de eso, continúa el pecado;

llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí.

Es todo un juego de miradas.

Pero no hacen ningún comentario al respecto.

En cambio eso sí, hacen preguntas al joven Daniel:

¿Se acuerda de qué es la muerte?

¿Qué sintió al volver a la vida?

¿Qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?   

Daniel comenta:

–        Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía.

¡Oh, qué cosa más tremenda!

¡No me hagáis recordarlo!…

Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir.

¡Oh, Maestro!…

Se vuelve hacia Jesús.

Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.

Jesús lo consuela dulcemente,

diciendo:

–        La muerte es de por sí expiación.

Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo.

Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa;

de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.

Pero los fariseos vuelven al ataque:

–        ¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?

–        Nada.

Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.

–        ¿Pero te acordabas de haber muerto?

–        Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía…

Y nada más.

–        ¿Y qué recuerdas del otro mundo?

–        Nada.

No hay nada.

Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida…

Nada.

–        ¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?

–        ¿Quién ha dicho que no existen?

Claro que existen.

Pero yo no los recuerdo.

–        ¿Pero estás seguro de haber estado muerto?

Reaccionan todos los que hay de Naím:

–        ¿Que si estaba muerto?

–       ¿Qué más queréis?

–       Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler.

–       ¡Y, además!…

–       Con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso.

Pero los fariseos no se aplacan:

–       ¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto?

–       Os he dicho que no.

El joven se impacienta y añade:

–        ¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?:

¿Que un pueblo entero aparentaba que me tenía muerto a mí,

incluida mi madre; incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor,

incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?

¿Qué estáis diciendo?:

¿Que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas?

Mi madre se puso blanca en pocas horas; mi mujer tuvo que ser asistida,

porque el dolor y la subsiguiente alegría, la habían como enloquecido.

¿Y vosotros dudáis?

¿Y por qué lo íbamos a haber hecho? 

Los pobladores de Naím cuestionan:

–        ¿Por qué?

–       ¡Es verdad!

–       ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? 

-Jesús no habla.

Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente.

En realidad está usando el carisma para leer los corazones…

Los fariseos no saben qué decir…

Pero Jesús, repentinamente, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos;

señala a los fariseos y escribas, abre su boca,

y dice:

–         El porqué es el siguiente.

Ellos quieren establecer, que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada,

para aumentar mi estima ante las multitudes:

Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo.

No.

Yo dejo las trampas a los innobles.

No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que Soy.

¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a una carne?

Si El la da cuando la carne se forma.

Y crea una a una las almas…

¿No podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser

incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad?

¿Podéis negar a Dios el poder del milagro?

¿Por qué 1o queréis negar?

–        ¿Eres Tú Dios?

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

–        Yo Soy Quien Soy.

Mis milagros y mi doctrina dicen Quién Soy.

–       ¿Y entonces por qué éste no recuerda;

mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el Más Allá?

–        Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad;

mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.

–        Pero Samuel…

–      Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga;

a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor;

cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida,

llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente,

separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho

y sin separación de puertas o cortinas gruesas.

–        ¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?

Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido.

Y se poner a escuchar.  

Jesús responde:

–        ¿En qué lo hacen? Explícate.

Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.

–       Yo sé en qué…

Y como yo muchos otros.

Pero descúbrelo Tú por ti mismo,

Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta.

Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir.

Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos;

hechas cuando no se debe;

o no hechas cuando se deben hacer.

Y Tú no le das importancia a esto.

–        ¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?

Y los fariseos furiosos, sueltan su andanada de reproches, varios hablando al mismo tiempo,

diciendo:

–        ¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados?

Hoy los hemos observado.

–        ¡Hoy otra vez!

–        ¡No hace más de una hora!

–        ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!

 (Si los fariseos hubieran dicho:

«y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad»

No habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror.

Jesús, hablando muy tranquilo,

les dice:

–        Sí, los habéis observado.

Hay muchas cosas que ver.

Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida,

para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido.

Esas no las veis.

Y, como vosotros, otros muchos.

Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.

Parecéis chacales.

O mejor: hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de

perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.

A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas;

jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles.

Para ellas significan olores desagradables.

Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco o en un camino;

sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino;

o lanzado a una playa desierta por la tempestad;

hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo;

¡Ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!

Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol

destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor…

Y una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado;

los dientes descubiertos por la vibración – semejante a una risa histérica – de las mandíbulas,

para ir al lugar de la podredumbre.

Y ya sea cadáver de hombre, de cuadrúpedo o de culebra quebrantada por el campesino

garduña muerta a manos del ama de casa o aunque fuera una simple rata…

Les gusta, sí, les gusta, les gusta.

Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Qué hay hombres que día tras día se santifican?

¡Eso no les interesa!

Pero basta con que uno sólo haga algún mal;

basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino, sino una práctica humana…

Llamadla tradición, precepto o como queráis…

Al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha…

Cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

Pues bien, responded ahora vosotros;

vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención,

¡Responded!:

¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?

¡No me diréis ahora que una tradición es más que un Mandamiento!

Pues bien, Dios dijo:

«Honra a tu padre y a tu madre» y también:

«Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte».

Pero vosotros decís:

“Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán

no está obligado a usarlo para su padre o para su madre».

Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

Proverbios 11, 3

¡Hipócritas!

Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí;

en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre».

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres;

al lavado de ánforas, copas, de platos y manos.

Y otras cosas semejantes;

pero, eso sí, descuidáis los Preceptos de Dios.

Os escandalizáis porque uno no se lave las manos;

pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo;

ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró

y ahora necesita ayuda.

Y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo. Alteráis y violáis la palabra de Dios

por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto.

Así, os proclamáis más justos que Dios.

Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo.

Vosotros…

Y seguiría.

Pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones;

chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa,

invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa;

los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo

E indica a todos los presentes que entren adonde está Él.

Les dice:

–        Escuchad todos y comprended esta verdad.

No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.

Lo que sale del hombre es lo que contamina.

Quien tenga oídos para oír que oiga, use la razón para comprender y la voluntad para obrar.

Y ahora salgamos.

Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi Paz.

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa.

Y se encamina por el pasillo.

Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas,

Y se dirige a ellas para decirles:

–       Paz a vosotras también.

Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor,

que no me ha permitido echar de menos la mesa materna.

He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas  o asadas;

en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático.

Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím.

Y la próxima vez no trabajéis tanto para Mí.

Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna

y vuestra mirada honesta y buena.

Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido,

que se pone en camino consolado por vuestro amor.

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado;

y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros como para bendecirlas.

Luego sale y reanuda su camino…

Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús;

entristecido por demasiadas cosas…

274 MARTIRIO DE JUAN BAUTISTA


274 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual. 

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis. 

Y los conduce a la habitación.

Cierra la puerta, corre las cortinas -no del todo- para suavizar la luz,

para crear un ambiente de recogimiento en torno al dolor

y la belleza de la muerte del Bautista,

para separar esta perfección de vida y el mundo corrompido.

Se sienta junto a ellos y ordena:

–      Hablad.

Mannaém sigue petrificado. 

Está con el grupo, pero no dice una palabra.

Matías expone:

–       Lo sucedido no se podía prever.

Fue la noche de la fiesta.

Tan sólo dos horas antes, Herodes había solicitado consejo de Juan.

se despidió de él muy afectuoso y con benignidad…

Poco antes de que se produjera… el crimen.

Ya no sabemos como calificarlo: 

La ejecución, el homicidio, el martirio, el delito, la glorificación,

Había mandado a un siervo suyo con frutas gélidas y vinos exquisitos para el prisionero.

Juan nos distribuyó estas viandas…

Jamás prescindió de su austeridad.

Éramos los únicos presentes.

Gracias a Mannaém, trabajábamos en el palacio,

para que pudiésemos estar al pendiente de nuestro Juan.

En la cocina estábamos Juan y yo.

Simeón tenía a su cuidado a los criados de las caballerizas,

para atender las cabalgaduras de los huéspedes.

Esta concesión nos permitía ver siempre a nuestro Juan…

El palacio estaba  lleno de gente importante:

jefes militares, personalidades de Galilea.

Herodías se había encerrado en sus habitaciones

después de una violenta escena que había tenido con Herodes, por la mañana…

Mannaém interrumpe:

–        Pero, ¿Cuándo llegó esa hiena?

Simeón contesta:

–       Dos días antes.

Nadie la esperaba.

Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y menos estar ausente en el día de su fiesta.

Serpiente y bruja.

Como siempre, había hecho de él un juguete…

Lo tiene convertido en un pelmazo.

Pero Herodes, ya desde la mañana, aunque ebrio de vino y de lujuria;

se opuso a conceder a la mujer lo que pedía a grandes gritos…

Y nadie imaginaba que fuese la vida de Juan.

Juan agrega:

–        Estuvo en sus habitaciones enojadísima.

 Desdeñosa, no aceptó los manjares que Herodes le envió en una vajilla preciosa.

Tan solo se quedó con una fuente con frutas y a cambio;

recompensó el presente con un ánfora de vino drogado para Herodes…

¡Con drogas!… ¡Ah!

¡Ya su naturaleza ebria y viciosa, bastaba para arrojarlo al delito! 

Matías agrega: 

–       Por los que servían a las mesas, supimos,

que a la mitad de la danza de las mujeres y mimos de la Corte.

en la sala del banquete irrumpió Salomé, bailando.

Los mimos y las bailarinas ante la joven real, se retiraron hacia las paredes.

Nos dijeron que la danza fue bella, lúbrica y perfecta.

Digna de los huéspedes…

Herodes… ¡Oh!

¡Tal vez un nuevo placer de incesto, fermenta en su corazón!

Pues al final de la danza, con satisfacción,

dijo a Salomé:

–       ¡Bailaste bien!

Mereces un premio.

Juro que te lo daré.

Juro que te daré cualquier cosa que me pidas.

Lo juro en presencia de todos.

Y la palabra de un rey es fiel incluso sin juramento.

Di, pues, qué quieres».

Y Salomé, fingiendo perplejidad, inocencia y modestia;

recogiéndose en sus velos con gesto pudoroso después de tanta desvergüenza,

dijo:

«Permíteme, gran señor, que reflexione un momento.

Me retiro y luego vuelvo, porque tu gracia me ha turbado»…

Y se retiró para ir donde su madre.

Selma me ha dicho que entró riendo, diciendo:

«¡Madre, has vencido!  Dame la bandeja».

Y Herodías, con un grito de triunfo, ordenó a la esclava, que diera a la joven la bandeja

que le había enviado el rey con la fruta y que no había sido devuelta. 

Y dijo:

«Ve. Vuelve con la odiada cabeza y te vestiré de perlas y oro».

Selma, horrorizada, obedeció…

Salomé volvió a entrar en la sala bailando.

Y bailando, fue a postrarse a los pies del rey,

y dijo:

«En esta bandeja que has mandado a mi madre, en señal de que la amas.

Y de que también me amas, quiero la cabeza de Juan.

Y luego seguiré bailando, si tanto te gustó..

Bailaré la danza de la victoria.

¡Porque he vencido!

¡Te he vencido a ti, oh rey!

¡He vencido a la vida, y soy feliz!».

Esto es lo que dijo.

A nosotros nos lo repitió un amigo copero.

Herodes se turbó, en medio de dos quereres: ser fiel a su palabra y ser justo.

Pero no supo ser justo, porque es un desvergonzado.

Hizo una señal al verdugo que estaba detrás del trono real

Y tomando la palangana de las manos alzadas  de Salomé, fue a las habitaciones inferiores.

Salió de la sala del banquete para ir a las habitaciones bajas.

Juan y yo lo vimos cuando atravesaba el patio…

Luego oímos el grito de Simeón:

¡Asesinos!»…

Y lo volvimos a ver cuando regresaba, pasando con la cabeza sobre la bandeja…

Juan, tu Precursor, había muerto…  

Matías inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos;

con los fuertes sollozos con los que termina su relato. 

Después de un momento de silencio… 

Jesús pregunta: 

–     Simeón, ¿Puedes decirme como ha muerto?

El pastor llorando, lo mira,

y contesta:

–       Sí.

Estaba en oración…

Me había dicho antes:

«Dentro de poco volverán los dos que envié.

Y quien aún no cree creerá.

De todas formas, recuerda que si a su regreso ya no viviera,

yo, como quien está cercano a la muerte, todavía te digo;

para que tú por tu parte se lo digas a ellos:

Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías».

Pensaba siempre en ti…

Entró el verdugo.

Yo grité fuerte.

Juan levantó la cabeza y lo vio.

Se puso en pie.

Dijo:

«Sólo puedes quitarme la vida.

Pero la verdad que permanece es que NO  es lícito hacer el mal«.

Estaba para decirme algo, cuando el verdugo volteó la pesada espada,

mientras Juan estaba todavía de pie… 

La cabeza cayó truncada del cuerpo,

con un gran chorro de sangre que enrojeció la piel de cabra… 

 Se puso de cera el rostro enjuto…

En que quedaron vivos, abiertos, acusadores: los ojos.

Y rodó hasta mis pies.

Yo caí junto con su cuerpo, vencido por el dolor…

Después… después…

Herodías laceró la cabeza brutalmente con un puñal… 

Y fue arrojada a los perros.

Pero nosotros la recogimos pronto y la envolvimos en un precioso lienzo, junto con el cuerpo… 

Durante la noche recompusimos el cuerpo y lo transportamos fuera de Maqueronte.

Y con la ayuda de otros discípulos…

Lo embalsamamos en una espesura de acacias allí cerca, con los primeros rayos del Sol

Pero otra vez nos lo quitaron para nuevas befas…

Porque ella no puede destruirlo y no puede perdonarlo.

Y sus esclavos temiendo la muerte,

nos la arrebataron con una ferocidad mayor que la de los chacales

Y fueron más crueles al quitarnos la cabeza de Juan.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

Si hubieses estado tú allí Mannaém…

Mannaén que está pálido por la ira y el dolor,

dice con voz contenida y terrible:

–       Si yo hubiera estado…

Pero esa cabeza es su maldición.

Nada se quita a la gloria del Precursor; aunque el cuerpo esté incompleto.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús confirma:

–      Es verdad.

Aunque la hubiesen destruído los perros, no habría menoscabo en su gloria.

Matías añade:

–        Y su palabra no cambió, Maestro.

Sus ojos a pesar de que hayan sido befados… 

Y que hayan quedado lacerados con una gran herida,

todavía repiten:

‘No te es lícito…’

¡Pero nosotros lo hemos perdido!

Simeón agrega

–        Ahora somos tuyos porque él así nos lo dijo.

Y también nos dijo que Tú ya lo sabías.

–        Así es.

Hace meses que me pertenecéis.

¿Cómo vinisteis?

–        A pie.

En etapas.

Camino penoso en medio de arenas y sol abrasadores.

Pero todavía más duro por el dolor.

Jesús dice:

–       Ahora descansaréis.

Mannaém pregunta:

–       Decidme.

¿No se sorprendió Herodes por mi ausencia?

Juan contesta:

–       Sí.

Primero se inquietó.

Y luego se enfureció…

Pero pasado el arrebato, dijo: ‘Un juez menos’

Así nos lo contó nuestro amigo el copero.

Jesús dice:

–        ¡Un juez menos!

Dios le espera como Juez y es suficiente.

Venid al lugar donde dormimos.

Estáis cansados y sucios del polvo del camino

Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros.

Tomadlos. 

Descansad y reponed fuerzas. 

Lo que es de uno es de todos los demás.

Tú Matías, que eres alto; puedes tomar uno de mis vestidos.

Luego proveeremos.

Esta noche, dado que es la vigilia del sábado, vienen mis apóstoles.

La semana entrante vendrá Isaac con los discípulos y luego, Benjamín y Daniel.

Y después de la Fiesta de los Tabernáculos, llegarán Elías, José y Leví.

Es tiempo que a los Doce, se unan  otros.

Id ahora a descansar.

Mannaém los acompaña y luego regresa.

Jesús se sienta pensativo y muy triste, con la cabeza reclinada sobre la mano

y el codo apoyado en la rodilla como soporte.

Manahén está sentado junto a la mesa.

No se mueve.

Pero está taciturno.

Su color es plomizo y su cara refleja una borrasca

Se han quedado solos los dos, sumergidos en su dolor. 

Después de un largo rato, Jesús levanta la cabeza, lo mira,

y le pregunta:

–      ¿Y tú?

¿Qué vas a hacer ahora?

Mannaém contesta dudoso:

–      Todavía no lo sé.

La razón para estar en Maqueronte ya no existe.

Quisiera permanecer todavía en la corte para saber…

Pero quisiera quedarme todavía en la Corte, para estar al corriente… 

Y para protegerte si sé algo.

–      Te sería mejor que me siguieses sin vacilación.

Pero no te hago fuerza.

Vendrás una vez que el viejo Mannaém, molécula por molécula, haya quedado deshecho.

–      Quisiera también quitarle la cabeza a esa mujer.

No es digna de tenerla…Un pálido esbozo de sonrisa asoma en el rostro de Jesús.

Y dice:

–      Además, todavía no estás muerto a las riquezas humanas.

Pero de todos modos te quiero.

Sé aguardar.

–       Maestro,… 

Quisiera darte mi generosidad para consuelo tuyo.

Porque sufres…

Lo veo.

–       Así es…

Sufro mucho… ¡Mucho!

–       Sólo por Juan.

No lo creo.

Sabes que está en paz.

–       Sé que está en paz y no lo siento lejano.

–       ¿Entonces?

–       ¡Entonces… Mannaém!

¿A qué precede el alba?

–       Al día, Maestro.

¿Por qué me preguntas?

–        Porque la muerte de Juan precede al día en que Yo seré el Redentor.

Y mi parte humana se estremece fuertemente ante esta idea…

Mannaém, voy al monte.

Quédate a recibir a quién venga.

A ayudar a los que acabaron de llegar.

Quédate hasta que yo regrese…

Después harás lo que quieras.

Hasta pronto.

Y Jesús sale de la habitación.

Baja despacio la escalera, atraviesa el huerto y por la parte posterior se aleja por una vereda; 

entre huertos de olivos, manzanos, vides e higueras.

Toma la pendiente de un suave collado donde acostumbra ir a orar… 

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

162 DIOS DEL SINAÍ


162 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Cuando están a la vista los campos de Yocana, el crepúsculo tiñe de un color anaranjado el cielo.  

Jesús dice:

–    Apresuremos el paso amigos, antes de que se meta el sol.  

Cuando llegan a un determinado punto…

Jesús empieza dando instrucciones a sus apóstoles:

A Judas le dice:

–    Entrega a Miqueas la cantidad de dinero suficiente para que mañana pueda restituir lo que hoy ha pedido prestado a los campesinos de esta zona.

A Andrés y a Juan y los manda a dos puntos diversos, desde donde se puede ver el camino que viene de Yizreel.

A Pedro y a Simón les manda que salgan al encuentro de los campesinos de Doras, con la indicación de detenerlos en la zona divisoria de las dos propiedades.

A Santiago y a Tadeo:

–      Tomad las provisiones y venid.

Y se adelanta.

Entretanto, Jesús camina más despacio, mirando a su alrededor para ver si hay algún campesino de Yocana…

Mas sólo se ven los fértiles campos con las espigas ya bien formadas. 

Por fin, de entre la frondosidad de las parras, se destaca un rostro sudoroso,

al tiempo que exclama con un grito:

–     ¡Oh, Señor bendito!

Y el campesino sale corriendo del viñedo para postrarse ante Jesús.  

El Maestro lo mira y le dice:

–    La paz sea contigo, Isaías.

El hombre lo mira sorprendido:

–     ¡Oh! ¡Te acuerdas de mi nombre!   

–     Lo llevo escrito en el corazón.

Levántate. ¿Dónde están los otros compañeros?

–     Allá, en los manzanares.

Ahorita les voy a avisar. Eres nuestro Huésped, ¿Verdad?

No está el patrón y podemos hacer una fiesta. ¡Imagínate! Este año nos concedió el cordero y vamos a ir al Templo.

Sólo nos dio seis días… Pero corriendo llegaremos. ¡Y todo gracias a Ti!…

El rostro del hombre rebosa de alegría…

Pues es la primera vez que lo tratan como humano y como israelita.

Jesús contesta sonriente:

–    Que Yo sepa, no he hecho nada

–    ¡Eh! ¡La hiciste!

Doras… los campos de Doras… y ahora éstos al revés. ¡Tan hermosos este año!

Yocana el Saduceo, se enteró de tu venida. No es tonto. ¡Tiene mucho miedo!…

–    ¿De qué cosa?

–    Miedo de que le suceda lo mismo que a Doras.

El hombre dice esto en voz baja, pero remarcando las palabras, como quien estuviera confiando una cosa tremenda en secreto.

De morirse y de perder todo. ¿Has visto los campos de Doras?

–    Vengo de Naím.

–    Entonces no los has visto…

Dan lástima. ¡Están todos destruidos!

Totalmente devastadas!: 

Nada de heno. Nada de pienso. Nada de cereales. Nada de fruta. Todos los árboles frutales y los viñedos están secos. Muertos…

¡Todo muerto como en Sodoma y Gomorra!…

Ven. Te los mostraré…

–    No es necesario.

Voy con aquellos trabajadores…

–    ¡Ya no están!…

¿No lo sabías?… Doras el hijo de Doras; los ha regado o despedido.

A los que dispersó por otros lugares de la campiña, les ha prohibido que hablen de Ti… so pena de latigazos…

¡Oh! ¡No hablar de Ti!… ¡Será difícil!

También Yocana nos lo ha dicho…

–    ¿Qué les dijo?

–    Dijo: ‘Yo no soy tan necio como ese Doras.

Y no les prohíbo que habléis del Nazareno. Sería inútil, porque de todos modos lo haréis y no quiero perderos; ni acabaros como animales brutos a latigazos.

Yo de mi parte os digo: ‘Sed buenos como el Nazareno os enseña y decidle que os trato bien. Tampoco quiero ser yo maldecido.

Él comprende qué bien están estos campos, después de que los bendijiste y lo que ha pasado con esos, que maldijiste…

Llegan Pedro y Andrés:

–    ¡Oh, Maestro!

–     ¡No hay nadie!

Todos son caras nuevas.

–    Y todo está asolado.

En realidad sería mejor que ni hubiera trabajadores.

–    Está peor que el valle de Sidim en el Mar Salado…

Jesús contesta:

–    Lo sé.

Me lo ha dicho Isaías.

–    Pero ven a ver…

¡Qué espectáculo!…

Jesús quiere dar gusto a Pedro,

y dice a Isaías:

–     Entonces me quedaré con vosotros.

Dilo a tus compañeros. Pero no os molestéis. Yo tengo comida.

Nos basta con un poco de heno, para acostarnos a dormir y vuestro cariño.

Vengo pronto.

El espectáculo de los campos de Doras, es sencillamente devastador.

Campos y pastizales secos y sin nada.

Los viñedos, áridos.

El follaje acabado.  

Y la fruta de los árboles perforada con millares de animaluchos.

Cerca de la casa, el jardín que estaba lleno de árboles exuberantes, presenta el mismo aspecto desértico, de bosque aniquilado.  

Los trabajadores andan arrancando hierbas, pisoteando orugas, caracoles, lombrices.  

Sacuden las ramas y debajo de ellas, en recipientes llenos de agua caen las mariposas y los parásitos que cubren las hojas…

Y que están chupando las plantas hasta hacerlas morir.

Buscan un signo de vida en los sarmientos de las vides… 

 Los viñedos se desbaratan al tocarlos y caen como si se les hubiese cortado desde la raíz.

El contraste con los campos de Yocana es increíble.

Siendo así que la desolación de los campos maldecidos aparece aún más violenta,

si se compara con la fertilidad de estos otros.

Admirado, Zelote dice entre dientes:

–    El Dios del Sinái tiene la mano pesada.

Jesús hace como si quisiera decir:

Aquí Estoy’

Pero no dice nada y solamente pregunta:

–   ¿Cómo ha sucedido?

Un trabajador le responde:

–   Topos, langostas, gusanos.

Pero vete… El vigilante es fiel a Doras. No nos perjudiques…

Jesús suspira profundamente…

Y se vuelve para retirarse…

Otro de los campesinos, que está encorvado recalzando un manzano con la esperanza de salvarlo,

le dice:

–   Iremos mañana a donde estás.

Cuando el vigilante se vaya a Yezrael para orar… Iremos a la casa de Miqueas…

Jesús los bendice con un ademán y se va.

Cuando regresa al crucero…

Ya se han reunido todos los trabajadores de Yocana.

Muy felices rodean amorosos a su Mesías y lo llevan hasta sus casuchas.

Le preguntan:

–   ¿Viste lo que hay allá?

Jesús contesta:

–   Lo he visto.

Mañana vendrán los labradores de Doras.

–   ¡Claro!…

Mientras las hienas están en oración.

Cada sábado lo hacemos así.  Y hablamos de Ti, de lo que nos enseñó Jonás.

Por Jonás, por Isaac, que viene a menudo a vernos y por tus palabras de Tisri.

Hablamos como sabemos, porque lo que no se puede hacer es no hablar de Tí.  

Y más se habla cuanto más se sufre y cuanto más lo prohíben

–     Aquellos pobrecillos…

Beben la vida todos los sábados…

Pero, ¡Cuántos en esta llanura tienen necesidad de saber, al menos saber de Tí y no pueden venir hasta aquí!…

–     Me ocuparé también de ellos.

En cuanto a vosotros, benditos seáis por lo que hacéis.

El sol declina mientras Jesús entra en una ahumada cocina. Comienza el reposo sabático.

https://www.paypal.me/cronicadeunatraicion