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35 FUGITIVOS DE BELÉN


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Matanza de los niños

  1. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
  2. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto;
  3. y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: = De Egipto llamé a mi hijo. =
  4. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.
  5. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
  6. = Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. =
  7. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
  8. «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
  9. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
  10. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea,

23. y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazareno. =

Huida a Egipto.

Mi espíritu ve la siguiente escena. Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación.

Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo. 

Como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente.

Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero de repente, su sonrisa se transforma en congoja.

Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla…

Y se despierta sobresaltado.

Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor,…

Y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz.

Es plena noche.

No obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel.

Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata.  

Se pone de pie y enseguida enciende una lamparita de aceite, de una sola llama, para iluminarse con ella.  

 Y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos. 

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic.

Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido.

Entra…

En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja, al lado de una cuna, ya arde otra lamparita.  

La llamita oscilante en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada, que permite ver sin molestar a quien esté dormido..

Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando.

Y velando a Jesús, que duerme tranquilo.

Jesús tiene la edad de la visión de los Magos.

Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio.

Y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

José en voz baja denotando asombro, 

pregunta:

–     ¿No duermes?

¿Por qué? ¿Jesús no está bien?

María responde:

–    ¡Oh, no!

Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?

Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante,

dice:

–     Tenemos que irnos de aquí ¡Enseguida! enseguida.

Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos.

Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda…

Cuando empiece a clarear huimos.

Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa….

–    ¿Y por qué esta huida?

–     Después te lo explico mejor.

Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: “Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto”.

No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda.

No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo.

Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida; ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura.

Y de un salto se ha puesto en pie.

Con su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada.

Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera.

Y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta.

Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden.

De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo. 

Cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta,

pregunta:

–     ¿Necesitas ayuda?

–     No, gracias – responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama.

No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto. 

María pregunta:

–     ¿Llevo también las mantas de lana? 

–     Lleva todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos.

Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque… ¡Porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!…

 José está muy apenado al decir esto.

Y María… se puede uno hacer idea de cómo está.

Suspirando, dobla las colchas suyas y las de José.

Y éste las ata con una cuerda.

Y mientras está atando las colchas,

José agrega:

–     Dejamos los bordados y las esterillas.

 A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto.

Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto.

He tomado los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien.

Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos.

Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo.

Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos.

Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas.

Ya no queda nada más. Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera.

La toma en sus manos… un sollozo entrecortado… un beso:

La madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús.

Y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos.

María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara; pero de mucho valor para Ella,

ya que le habla del afecto de José por Jesús. Y de su Niño.

Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

Ahora ya sí que no queda nada.

Sólo Jesús, que está en su cunita.

María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo.

Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo.

María le acaricia delicadamente los ricitos.

Jesús, bostezando, abre la boquita.

María se inclina hacia Él y lo besa en la mejilla.

Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe.

Y tiende las manitas hacia su pecho. 

María dice con ternura:

–     Sí, amor de tu Mamá.

Sí, la leche. Antes que de costumbre… ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!

Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas. Y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños, que tan bonitas son de ver.

Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella,

y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. 

Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.

María se inclina.

Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños.

Entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra “mamá”.

La mira, asombrado de verla llorar.

Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia.

Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.

María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas.

Le da la leche.

Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá.

Y cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda.

Y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo,..

Apoyando aún la mejilla rosada y redonda en el seno blanco y redondo, sobre el pecho de Ella.

María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama.

Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas.

Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es… se puede llevar!

Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito.

Y llora ante la cuna vacía.

¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!

José regresa.

–     ¿Estás preparada?

¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita?

No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito.

¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!

María grita:

–    ¡José! –  agarrándose al brazo de José. 

José confirma: 

–     Sí, María, a muerte.

Herodes lo quiere muerto… porque tiene miedo de Él…

Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano.

No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. 

No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos;

más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente.

A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios.

Mas… si eso sucede… Dios nos ayudará igualmente.

No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio.

-¡Perdóname, José!

No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti… ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar!

Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa… ¡Cuánto te cuesto, José!

–     ¿Cuánto? No, María.

No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana.

Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio.

Luego me buscaré un trabajo.

Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo.

–     Sí, lo sé.

Pero, ¿Quién te va a aliviar tu nostalgia?

-¿Y a ti?

¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?

–     Jesús.

Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía.

–     Y yo también.

Teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses,

Y… tengo a mi Dios.

Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo.

Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda.

Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos.

O los aún más amados campos de Galilea,

Siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él.

Ven, María, que empieza a clarear.

Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien.

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto.

Mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho.

Mira las paredes que durante meses la han hospedado y rozándolas apenas, las toca con una mano.

¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande.

La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella.

Y levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente.

Él duerme tranquilo.

Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver.

En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda.

José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero.

Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero. 

Nuevos saludos y nuevas lágrimas.

María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María.

Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.

112 EL MARTIRIO 3


112 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Tomás dice:

–  Yo soy de la idea de tu primo.

Muerte de Santo Tomás

Alrededor del año 40 d.C. el apóstol Tomás se fue a evangelizar al norte de la India.

El Espíritu Santo acompañó su predicación con muchísimos milagros y le salvó de manera prodigiosa, de numerosos peligros.

Tras nueve años hubo muchas conversiones, entre ellas Migdonia esposa de Casisio, cuñado del rey Gondófares.

Cuando el esposo se enteró, se quejó con el rey.

Éste mandó encerrar al apóstol,

y envió a la reina para que convenciera a su hermana del error que había cometido al hacerse cristiana.

Pero las cosas salieron al revés y fue Migdonia la que hizo que la reina se convirtiera.

Y ésta regresó diciendo:

–   Yo también creía como vosotros, que Migdonia mi hermana había cometido una gran estupidez.

Pero ahora estoy convencida de que ha obrado con gran sabiduría.  Ella me puso en contacto con el apóstol y he conocido a Cristo. 

He comprobado que Él Resucitó y me ha hecho conocer el Camino de la Verdad.

También he comprendido que los verdaderos necios, son los que se niegan a creer en Cristo.

El rey mandó entonces que le trajeran a Tomás a su presencia.

Lo llevaron atado de pies y manos.

Cuando lo tuvo ante sí, le ordenó que convenciera a las mujeres de su error.

Hubo entonces una larga discusión, donde el apóstol defendió la Fe Cristiana con todos los recursos del Espíritu Santo,

y no hubo manera de rebatirlos.

Entonces viéndose derrotados; por consejo de Casisio, el rey ordenó que arrojaran a Tomás en un horno encendido,

del cual salió el apóstol sano y salvo al día siguiente.

En vista de este prodigio; Casisio propuso a su cuñado que para que aquel poderoso hombre perdiera la protección divina

e incurriera en la Ira de su Dios, le obligase a ofrecer sacrificios en el Templo del Sol.

Cuando trataron de llevar a cabo su plan…

Tomás le dijo al rey:

–   ¿Quieres ver que en cuanto esté frente a la efigie de esa divinidad tuya, mi Dios la destruirá?

Hagamos un trato:

si sucede como te he dicho promete que serás tú el que adores a mi Señor Jesucristo. ¿Aceptas?

El rey replicó indignado:

–           ¿Cómo te atreves a hablarme como si fueras mi igual?

Enseguida ordenó que llevaran a Tomás hasta el templo del dios solar.

Cuando lo lanzaron al suelo obligándolo a postrarse, el apóstol dijo en arameo su lengua natal:

–    Adoro a mi Señor Jesucristo en cuyo Nombre Santísimo yo te ordeno a ti,

Demonio que te escondes en el interior de esta escultura, que ahora mismo la destruyas.

Al instante, la imagen que era de bronce se derritió como si hubiera sido hecha de cera.

Los sacerdotes encargados del culto del malogrado ídolo, se enfurecieron al ver lo ocurrido…

Y el pontífice que los presidía exclamó:

–  ¡Yo vengaré la afrenta que acabas de hacer a mi dios!

Mientras pronunciaba esta amenaza, se apoderó de una espada y con ella atravesó el corazón del apóstol.

Y así fue sacrificado Tomás.

El rey y Casisio al ver que el pueblo trató de vengar este asesinato y quisieron quemar vivo al pontífice pagano,

llenos de miedo huyeron de allí.

Los cristianos recogieron el cuerpo y lo enterraron con honores y gran veneración.

Santiago de Zebedeo opina:

–     Yo, sin embargo, pienso como Simón el Zelote.

Jesús pregunta:

–     ¿Y tú, Felipe?

–     Bueno… no quiero pensar en ello. El Eterno me dará lo que sea mejor.

El martirio de Felipe lo juntaremos con el de Andrés y el de Santiago de Zebedeo, en el siguiente post.

Andrés exclama:

–     ¡Oh…, callad!

¡Parece como si el Maestro debiera morir pronto! ¡No me hagáis pensar en su muerte! Andrés predicó en la costa del Mar Negro, el Caúcaso y Grecia. que fue su campo de apostolado.

San Andrés fue crucificado en Patrás de Acaya, en Grecia, alrededor del año 60. En una cruz aspada o Cruz de San Andrés

Y al estar atado y no clavado a la cruz, pudo predicar durante dos días al pueblo antes de morir.

Pedro confirma:

–     Es así, como has dicho, hermano mío.

Eres joven y estás sano, Jesús; debes enterrarnos a todos los de más edad que Tú.

Jesús responde:

–     ¿Y si me mataran?

Pedro grita:

–     ¡Que no te suceda jamás! ¡Te vengaría!

–     ¿Cómo? ¿Con venganza de sangre?

–     ¡Hombre, pues… incluso con sangre si me autorizas!

Si no, cancelando las acusaciones lanzadas contra Ti con mi profesión de fe ante las gentes.

El Martirio de San Pedro

El mundo te amará por mi infatigable predicación.

–     Es cierto. Así será.

¿Y tú, Juan? ¿Y tú, Mateo?

Mateo contesta:

–     Yo debo sufrir y esperar a haber lavado mi espíritu con abundancia de dolor.

Fue ejecutado mientras celebraba la Santa Misa…

Después de algunos años de apostolado en Palestina, Mateo se trasladó a Etiopía, donde realizó muchos milagros y resucitó a una hija del rey Egido.

Éste y toda su familia se hicieron cristianos. Cuando el rey murió, subió al trono Hitarco.

En el año 60d.C. en la ciudad de Nadaver  Etiopía, el nuevo monarca se enamoró perdidamente de Efigenia

y prometió a Mateo la mitad de su reino si lograba convencer a la joven para que lo aceptara por esposo.

El apóstol le contestó a Hitarco:

–   Tu antecesor iba a la iglesia. Ve tú también el próximo Domingo y escucha lo que hablaré sobre el matrimonio.

El rey, pensando que Mateo iba a convencer a Efigenia, acudió a la iglesia ilusionado.

Mateo habló largamente sobre las excelencias del matrimonio.

Hitarco mientras le oía, reafirmó su idea de que Mateo le estaba ayudando a inclinar hacia él, el ánimo de Efigenia, que también estaba presente.

Y tan persuadido estaba de esto, que aprovechando una pausa que hizo el apóstol, se puso de pie y lleno de júbilo felicitó al predicador.

Mateo rogó al rey que guardara silencio, que se sentara de nuevo y que por favor siguiera escuchando, pues todavía no había terminado.

Mateo concluyó su conferencia de esta manera:

–   Cierto que el matrimonio,

si los esposos observan escrupulosamente las promesas de fidelidad que al contraerlo mutuamente se hacen, es una cosa excelente.

Pero prestad atención: supongamos que un ciudadano cualquiera arrebatara la esposa a su propio rey.

¿Qué ocurriría?

Pues no solo el usurpador cometería una gravísima ofensa contra su soberano,

sino también incurriría en un delito que está castigado con la pena de muerte.

Y el delito no es por haber querido casarse; sino por haber quitado a su rey, algo que legítimamente le pertenece

y por haber sido el causante de que la esposa faltase al juramento de fidelidad hecho a su verdadero esposo.

Estando así las cosas:

¿Cómo tú Hitarco, súbdito y vasallo del rey eterno, sabiendo que Efigenia es una virgen consagrada al Señor,

te has atrevido a poner tus ojos en ella y pretendes que sea infiel a su verdadero esposo, que es precisamente tu Soberano.

Al oír esto, Hitarco se encolerizó y salió furioso de la iglesia.

Mateo, sin inmutarse prosiguió su homilía y exhortó a los oyentes a la paciencia y a la perseverancia.

Al final, bendijo a las vírgenes y en especial a Efigenia, que asustada se había arrodillado ante él.

Cuando terminó la celebración eucarística, Mateo aún estaba en el altar orando con los brazos extendidos hacia el cielo,

cuando un sicario enviado por el rey, se le acercó y le clavó una lanza en la espalda y lo mató.

MARTIRIO DE SAN MATEO

Poco después Hitarco quiso quemar la casa en que vivían las vírgenes, pero el santo apóstol se apareció y las rescató de las llamas.

Por su parte, el rey contrajo lepra y se suicidó con su propia espada.

El pueblo proclamó rey a un hermano de Efigenia que también había sido bautizado por Mateo

Y la Fe se propagó por tierras etíopes.

Juan dice:

–     Y yo… no sé.

Yo quisiera morir inmediatamente para no verte sufrir; quisiera estar a tu lado para consolar tu agonía.

Quisiera vivir mucho para servirte durante mucho tiempo; quisiera morir contigo para entrar contigo en el Cielo. Cualquier cosa querría, porque te amo.

Después de la Asunción de la Virgen María y antes de la destrucción de Jerusalén,

 Juan fue a establecerse en Éfeso, junto con una comunidad de creyentes.

En una ciudad cercana, una vez vio a un apuesto joven y lo llevó a presentar al obispo a quién él mismo había consagrado.

Y le dijo:

–    En presencia de Cristo y ante esta congregación, dejo a este joven a tus cuidados.

El obispo lo hospedó en su casa, lo evangelizó, lo bautizó y lo confirmó.

Pero después de un tiempo el muchacho frecuentó malas compañías y acabó convirtiéndose en un asaltante de caminos.

Después de algún tiempo, Juan volvió a la ciudad,

y le dijo al Obispo:

–    Devuélveme ahora el encargo que Jesucristo y yo encomendamos a tus cuidados en presencia de tu iglesia.

El obispo se sorprendió y san Juan le explicó que era el joven que le había confiado.

Y el obispo exclamó:

–   Ha muerto para Dios.

Se convirtió en un ladrón.

Entonces el apóstol averiguó dónde podría encontrarlo y lo fue a buscar a la montaña donde estaba la guarida.

Cuando llegó, el joven renegado lo reconoció y trató de huir lleno de vergüenza.

Juan le gritó:

–    ¡No te vayas!

¿Por qué huyes de mí, tu padre, que soy un viejo y sin armas?

Siempre hay tiempo para el arrepentimiento.

Yo responderé por ti, ante mi Señor Jesucristo y estoy dispuesto a dar la vida por tu salvación.

Es Cristo quién me envía.

El joven escuchó estas palabras, inclinó la cabeza y se soltó llorando.

Luego se acercó a Juan para implorarle una segunda oportunidad.

El apóstol lo reconcilió con la iglesia.

Juan también hizo una predicación poderosa.

Cuando era obispo de Éfeso, se había convertido Drusilla y ésta no quiso ya vivir con su marido que se llamaba Andronic.

y se refugió en un sepulcro.

Un joven que se llamaba Calímaco y estaba perdidamente enamorado de ella, la siguió hasta ese lugar.

Y la apremiaba para que correspondiera a su pasión.

Asediada Drusilla por su marido y por el pretendiente, deseaba morir y lo consiguió.

Frenéticamente enamorado Calímaco, sobornó a un criado de Andronic y entró a su sepulcro.

Le quitó a su amada el sudario y exclamó:

–     Lo que tú no me has querido conceder cuando vivías, lo tomaré ahora que estás muerta.

En el demencial ataque, sació sus deseos en el cadáver de Drusilla.

En ese mismo instante, salió del sepulcro una serpiente.

Calímaco se desmayó y la serpiente lo mató.

Hizo lo mismo con el criado cómplice y se quedó enrollada en su cuerpo.

Entonces llegaron Andronic y Juan y se sorprendieron al ver que Calímaco estaba vivo.

Juan ordenó a la serpiente que se fuera y ésta le obedeció.

Volviéndose hacia Calímaco, le preguntó:

–   ¿Cómo resucitaste?

Calímaco le contestó:

–   Un ángel me habló y me dijo:

‘Era preciso que murieras, para que al revivir te conviertas en cristiano’.

Por favor enséñame tu Doctrina, porque yo quiero ser bautizado. Y te ruego que resucites a Drusilla.

El apóstol realizó enseguida ese milagro y todos le suplicaron que resucitase también al sirviente.

Pero éste era un hombre muy protervo, en cuanto recobró la vida, dijo que prefería morir otra vez, antes que ser cristiano y quedó muerto al instante.

Juan solamente sentenció que el árbol malo, siempre produce malos frutos.

Aristodemo, gran sacerdote del Templo de Artemisa,

aunque le sorprendieron mucho estos milagros, se negó a convertirse.

y le dijo a Juan:

–    Dejadme que os envenene.

Y si el veneno no os mata, entonces me convenceré.

El apóstol aceptó la propuesta,

pero a condición de que Aristodemo envenenara primero,  a dos ciudadanos de Efeso que estaban sentenciados a muerte.

Aristodemo les hizo beber el veneno y los dos murieron casi instantáneamente.

Cuando Juan tomó el mismo veneno, no le hizo ningún efecto.

Después resucitó a los dos muertos y el gran sacerdote se convirtió, junto con los dos resucitados.

San Juan era el único superviviente del colegio apostólico…

Y aunque anciano venerable, gozaba de excelente salud,

Hasta el punto de dar pie a que circulara entre la primitiva comunidad cristiana la leyenda de que no habría de morir.

Emperador Domiciano

Domiciano fue el instrumento de Dios para hacerle beber el cáliz de la pasión, que el Maestro le predijera.

Este emperador observó tanto su religión pagana, que no dudó en enterrar vivas a dos vestales que fueron infieles a su voto de castidad.

Buen gobernante en los comienzos, se volvió sumamente desconfiado.

A partir del año 93 un régimen de terror pesó sobre Roma y la delación se hizo la norma de gobierno.

Los filósofos fueron los primeros en sufrir las consecuencias, como ya había ocurrido en el reinado de Nerón.

Unos padecieron la muerte, otros fueron desterrados, como Epicteto y Dión Crisóstomo.

Tácito y Juvenal aseguran que inundó de sangre la ciudad, inmolando a sus más ilustres habitantes.

Naturalmente, también los cristianos, culpables de ateísmo, es decir, de menospreciar el culto al emperador y a la diosa Roma.

Refiere Hegesipo, judío converso y cercano a los sucesos, que Domiciano mandó prender conjuntamente

a los descendientes del rey David y a los cristianos.

Pero con San Juan obró de distinta manera.

Estaba decidido a exterminar de una vez por todas, esa nefasta superstición…

El prestigio de que gozaba entre los fieles le hacía más peligroso.

Y tenía que mandar un mensaje implícito, a todos los rincones del imperio.

Mandó prenderle en Efeso y le trajo conducido a Roma el año 95.

En el año 95d.C. el emperador Domiciano mandó arrestarlo en Éfeso, para que lo trajeran a Roma.   

Cuando el emperador lo tuvo frente a él, el heraldo anunció:

–   Éste es Juan, el apóstol de Cristo el crucificado’.

El cruel emperador se mostró insensible a la vista de este venerable anciano.

El hijo de Vespasiano lo miró atentamente.

Y recordó que los cristianos decían que Juan no moriría hasta que Jesús, su Dios regresara. 

Y tomó una decisión perversa:

Ahora mismo vería si eso era verdad.

Y le dijo a Juan:

–  ¡Si verdaderamente tu Jesús es Dios, entonces pídele que te salve!

 Y le condenó al más bárbaro de los suplicios:

Sería arrojado vivo en una caldera de aceite hirviendo; pero hubo de sufrir primero el terrible suplicio de la flagelación.

El santo octagenario escuchó con un gozo estremecedor, el anuncio de la sentencia.

Los verdugos encendieron la colosal hoguera y prepararon la tinaja con el aceite chisporroteante.  

Y san Juan estaba radiante de felicidad…

Al fin iban a quedar colmados sus deseos.

El cáliz que Jesús le prometiera beber, un día ya muy lejano en Palestina, estaba pronto con toda su amargura.

Domiciano no comprendió, el gozo de su prisionero…

 Y agregó diciéndole al jefe de los verdugos:

– ¡Llévenselo!

Y se lo llevaron cerca de la Puerta Latina, donde lo flagelaron.

Y fue el primer asombro de sus verdugos:

El bienaventurado apóstol, no exhaló un sólo lamento;…

Y su rostro parecía más radiante, con una alegría incomprensible durante su tormento, pues  alababa a Dios en su idioma natal: el arameo. 

Mientras el estupor aumentaba, todos los habitantes de la ciudad,  parecían congregarse en una  multitud pasmada y expectante…  

Luego los verdugos le condujeron al siguiente patíbulo…

Y Juan fué un humilde corderito imitando a su Maestro amado, pues  herido y sangrante por los flagelos…

¡Avanzó sin proferir una sola queja!

Domiciano esperaba quitarle la sonrisa y la dulzura, con su segundo suplicio.

que ya estaba listo para freir, al hombre que odiaba de una manera incomprensible…

Pues habían preparado un caldero con aceite hirviente y lo metieron ahí.

Los verdugos atizan el fuego y el aceite borbotea.

Pero Dios Tenía otros planes y no quiso que las cosas llegaran a su fin.

Le había concedido el mérito y el honor del martirio, pero al mismo tiempo,

volvía a repetirse el milagro de los tres jóvenes en el horno de Babilonia.

El fuego perdía sus propiedades destructoras.

Ante la admiración de verdugos y populacho, al contacto con el aceite, San Juan fué sanado de las heridas del primer tormento,

¡Y continuaba ileso en la caldera!

Y el aceite hirviendo le servía de baño sanador, refrescante y tratamiento rejuvenecedor.

Dentro del caldero se ve a Juan de rodillas, orando en el espíritu.

Se le ve intacto, sereno, alegre.

Pasó un largo rato y Juan continúa orando.

Todos los espectadores han enmudecido por el asombro.

Nada puede hacerle daño a este hombre portentoso.

El malévolo baño, lo único que consiguió fue sanarlo y rejuvenecerlo,

ante los ojos admirados de todos lo que lo contemplan.

Domiciano lo mira furioso.

Su plan para destruir la Fe en Jesucristo, lo único que obtuvo fue aumentarla.

El tirano tomó  como magia el prodigio y tomó otra decisión perversa:

Luego dice a sus oficiales, antes de retirarse:

–   Saquen a este hombre de aquí. No quiero verlo.

Ya que Juan había salido sin huella alguna de la flagelación recibida y mucho más más joven y vigoroso del segundo  suplicio, 

Esto produjo un aluvión de conversiones al cristianismo en Roma y en todo el imperio, conforme las noticias se dispersaron. 

Después de esta humillante derrota, el emperador desistió de querer asesinarlo.

Juan salió incólume y fue desterrado a la isla de Patmos, en el mar Egeo.

Y Domiciano tuvo que tragarse su derrota, con un mísero consuelo:

Por algo eligió Patmos…

Porque de esta manera el martirio continuaba.

Patmos es una pequeña isla, árida y semidesértica, que servía de escala a los navíos que iban o venían de Roma a Efeso.

En esta isla, donde los prisioneros realizaban trabajos forzados. Y no había nada, pues era un lugar árido,agreste, volcánico.

Y fue precisamente aquí, que San Juan escribió su  Apocalipsis, su último y gran servicio a la Iglesia.

Un domingo se le aparece Cristo glorificado y le ordena escribir sus Siete Cartas a las comunidades de:

Efeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea.

Sin embargo, el Apocalipsis es un mensaje de esperanza y encierra un deseo infinito en ese Amén, con que el apóstol anciano, que presiente el fin,

responde a las palabras de Jesús: “Vengo pronto”. Y Juan contesta: “Amén. Ven, Señor Jesús” (Apoc. 22, 20) 

Cuando Domiciano murió en el año 99d.C. el senado revocó sus decretos y su sucesor el emperador Nerva, le dio la amnistía.

Regresó a Éfeso, donde descansaba entreteniéndose con una tortolilla.

Juan pasó los últimos años, en un estricto ascetismo: tomaba solo pan y agua. Y su vida era muy austera y sencilla.

Por su edad avanzada, ya no tenía fuerzas y no predicaba.

Sólo aconsejaba a los obispos de la Iglesia.

Repetía incesantemente: ‘Hijitos, ámense los unos a los otros’.

Un día, sus discípulos le preguntaron por qué siempre repetía esto.

Y Juan les respondió:

–   ‘Este es el mandato del Señor y si ustedes lo cumplen, con eso bastará.’

Después que transcurrieron veintiséis años desde que regresó de la isla de Patmos a Éfeso, se le apareció Jesucristo

y le dijo:

–     “Ya es hora de que vengas a mi banquete, con tus hermanos”

Tenía poco más de un siglo de edad. 

Juan reunió a siete de sus discípulos y les dijo:

–           Tomad las espadas en vuestras manos y seguidme.

Así lo hicieron. 

Lo siguieron fuera de la ciudad, hasta cierto lugar donde les ordenó sentarse.

él se apartó a un sitio tranquilo, un poco más allá y comenzó a orar.

Era muy temprano, antes del amanecer.

Después de un rato los llamó y les dijo:

–    Cavad con vuestras espadas una zanja en forma de cruz, del tamaño que yo tengo.

Así lo hicieron, mientras él seguía orando en el espíritu.

Después de terminar su oración, llamó a  sus discípulos, les dio instrucciones…

Los abrazó diciendo:

–           Tomad un poco de tierra madre y cubridme hasta el cuello.

Colocad este velo delgado en mi rostro y abrazadme de nuevo por última vez; porque vosotros ya no me veréis más en esta vida.

Todos volvieron a abrazarlo llenos de pesar.

Lamentándose amargamente, mientras lo despedían en paz.

Luego se metió en la zanja y justo cuando el sol acababa de salir, él entregó su espíritu.

Habían pasado 68 años después de que él fuera testigo de la Crucifixión y muerte de su amado Maestro.

Todos los años el ocho de mayo, sale una fragante mirra de su tumba y los enfermos que oran pidiéndolo, por su intercesión se sanan. 

Vivió hasta el gobierno pleno del emperador Trajano, después de que todos sus compañeros apóstoles, habían sido abatidos por el Edicto de Nerón.

Y Juan contestándole a Jesús dice:

–    Y yo, que soy el menor entre mis hermanos, pienso que todo esto me será posible con tal de que sepa amarte a la perfección.

¡Jesús, aumenta tu amor! – finaliza Juan.

Judas corrige:

–     Querrás decir: “Aumenta mi amor”.

Porque somos nosotros quienes debemos amar cada vez más…

Juan objeta:

–     No. Digo: “Aumenta tu amor”

Porque nosotros amaremos en la medida en que Él nos encienda cada vez más con su amor.

Jesús acerca hacia sí al puro y apasionado Juan, lo besa en la frente y le dice:

–     Has revelado un Misterio de Dios sobre la santificación de los corazones.

Dios se efunde sobre los justos y en la medida en que éstos se rinden a su amor, Él lo va aumentando… y así crece la santidad.

Éste es el misterioso e inefable actuar de Dios y de los espíritus; se cumple en los silencios místicos,.

Y su potencia, indescriptible con humanas palabras, crea indescriptibles obras maestras de santidad.

No es un error, sino palabra sabia, pedir que Dios aumente su amor en un corazón.

“Señor: dame más amor. para amarte siempre más. Dame adoración para adorarte, por toda la Eternidad…”

D UNA TRAGEDIA ANUNCIADA 2


REINA DE LOS PROFETAS

CUMPLIMIENTO 

María bajó para Avisar de la Matanza de UN MILLÓN de personas, en un país con seis millones. 

Todos los años la comunidad internacional recuerda el Genocidio de un millón de rwandeses en 100 días.

Lamentablemente los católicos desconocen que esta matanza fue avisada por una aparición mariana 12 años antes.

Es la Madre del Verbo de Kibeho y fue aprobada por la Iglesia.

Esto es consecuencia del minimismo mariano que sucede en los seminarios, donde ya ni siquiera se estudian las apariciones aprobadas por la Iglesia.

En Kibeho (Rwanda) la Virgen se presentó a varias videntes en lengua local invitando a la conversión, a la oración y al ayuno.

El 19 de agosto de 1982, mostró a las videntes terribles batallas:

ríos de sangre y cadáveres sembrados por todas partes, como aviso de lo que sucedería si los rwandeses no se convertían.

Cráneos de víctimas de la masacre de Ntarama, en Nyamata, donde fueron asesinados 50.000 miembros de la tnia tutsi. Genocidio en Ruanda en 1994. Matanza de tutsis y hutus moderados. 

Estas revelaciones están documentadas años antes de la masacre.

Hay pocos casos de apariciones contemporáneas con una prueba tan clara de la intervención divina.

¿Por qué lo ignoramos?

Pero también surge otra pregunta:

¿Habrá bajado María solamente para avisar sobre el genocidio de Rwanda?

O, ¿Su intención también habrá sido avisarnos,

que sucederían cosas similares también en otras partes del mundo, si los corazones seguían duros?

LA MATANZA DE RWANDA HACE DOS DÉCADAS Y MEDIA

El 7 de abril de 1994 en Rwanda comenzó una matanza sin precedentes.

Organizada y llevada a cabo por la etnia hutu en el poder, decidida a exterminar al segundo grupo étnico del país, los tutsis.

En los 100 días posteriores entre 800.000 y 1.000.000 de personas perdieron la vida.

Según datos del censo realizado por el gobierno de Rwanda en 2001, 937.000, o aproximadamente el 20% de la población.

El número de víctimas y el salvajismo de las masacres fueron terribles.

El genocidio fue el acto final de una larga y sangrienta guerra civil.

En 1959, tres años antes de obtener la independencia de Bélgica, los hutus habían convertido en el grupo étnico dominante.

‍Desde entonces, las tensiones entre tutsis y hutus, respectivamente el 15% y el 84% de la población (el 1% restante se compone de los pigmeos Twa), habían estado creciendo.

Las persecuciones de las que eran regularmente víctimas, habían dado lugar a que cientos de miles de tutsis buscaran refugio,

al otro lado de la frontera, especialmente en Burundi y Uganda, donde en 1987 se fundó el Frente Patriótico Ruandés, FPR.

La mecha se encendió cuando el 6 de abril de 1994, Habyarimana (presidente de Rwanda) y el presidente de Burundí fallecieron en un accidente aéreo.

Se desató entonces una de las mayores masacres de la historia de la humanidad en Rwanda.

Doce años después de la advertencia de María de que esto iba a suceder.

Medios de comunicación hutu promovieron la masacre.

Y pronto muchos civiles hutus se unieron a las fuerzas militares y paramilitares en la búsqueda de los tutsis.

Armados con machetes, palos y otras armas comenzaron a violar, mutilar y matar a sus vecinos tutsis,

para destruir las propiedades o apropiarse de ellas.

‍La reacción del FPR no se hizo esperar.

Sus combatientes, bien entrenados y armados en los años anteriores en Uganda, liderados por Paul Kagame, se apoderaron del norte del país,

y avanzaron hacia la capital, que cayó en sus manos el 4 de julio.

A mediados de ese mismo mes, los hutus fueron completamente derrotados y el genocidio terminó.

Entre el millón de personas asesinadas se incluyen 3 obispos, 123 sacerdotes y más de 300 religiosos.

Cientos de personas habían sido quemadas vivas en Butare, ciudad cercana a Kibeho.

‍Más de dos millones (un tercio de la población) huyó hacia el Zaire,

y el cólera y la malaria hicieron estragos en los campos de refugiados.

Miles de cadáveres yacían sin sepultura por todas partes, muchos de ellos decapitados;

cientos de cadáveres fueron echados al rió Kagera ensangrentando sus aguas.

LA ADVERTENCIA DE MARÍA SOBRE LA MASACRE

El 19 de agosto de 1982 la Virgen se apareció a jóvenes de Kibeho y todas la vieron muy triste y sumamente contrariada.

Ella llora y las videntes lloran con Ella y tiemblan.

Más de una vez se las ve caer pesadamente.

Las apariciones duraron, ininterrumpidamente, más de ocho horas.

Ella les mostraba imágenes terroríficas del futuro.

Personas que se mataban entre ellas, terribles batallas, ríos de sangre,

cadáveres abandonados, insepultos, un abismo abierto, un árbol todo de fuego, cuerpos decapitados.

Ese día había 20.000 personas presentes durante el éxtasis.

En la multitud quedó una fuerte impresión de miedo, de pánico, de tristeza.

María advirtió a los videntes que si el pueblo rwandés no se convertía y alejaba del pecado,

el odio y la corrupción, una masacre iba a azotar a la Nación.

Todo esto ocurrió 12 años antes de la masacre de 1994.

E incluso se escribieron libros y filmaron documentales referidos a estas visiones escalofriantes,

antes de que la realidad confirmase las profecías que el Cielo realizó allí.

LA SITUACIÓN DE KIBEHO

Para apreciar la magnitud de los acontecimientos que tuvieron lugar en Kibeho, se necesita un poco de perspectiva.

El pequeño pueblo de montaña, Kibeho, se encuentra en la provincia meridional de Rwanda,

un país en el lado oriental del continente bordeando Somalia.

‍Considerado uno de los países más pobres de África,

Rwanda tiene un estimado de 65% de las personas que viven en la pobreza.

Entre 1980 y 1981, los católicos en los pueblos en todo Rwanda eran humillados.

Casi todas las estatuas de la Virgen María en exhibición fueron desmembradas, destruidas o robadas.

La gente dejó de rezar el Rosario, creyendo la propaganda de que “la devoción era anticuada”.

El clero llegó a estar tan frustrado que se dieron por vencidos tratando de guiar a sus parroquias.

Ya no se animaba a rezar el rosario, y, por tanto, la Santísima Virgen fue casi olvidada.

Entre 1981 y 1989, varios videntes tuvieron encuentros frecuentes con la Santísima Virgen María.

La que se reveló como “Nynia wa Jambo”, que significa “Madre del verbo”, que es sinónimo de “Umubyeyi w’Imana”, que significa “Madre de Dios”

Sin embargo, después de extensas pruebas y evaluaciones de los médicos y las autoridades de la Iglesia Católica aprobaron y aceptaron,

sólo a los tres primeros videntes:

Alphonsine Mumureke, Nathalie Mukamazimpaka y Marie-Claire Mukangano.

Quienes asistían a la escuela secundaria de Kibeho que atendía a 120 alumnas, una escuela de chicas a cargo de tres monjas católicas.

‍Los mensajes de la Santísima Virgen, similares a los de Fátima,

son llamamientos urgentes para el arrepentimiento y la conversión de los corazones.

Era una evaluación de la conducta moral del mundo, el profundo dolor de la Santísima Madre

por la desobediencia de todos los hijos a Dios, independientemente de la religión.

Y el llamado a la oración y conversión antes del Juicio Universal, (EL AVISO) que se expresa en varias ocasiones vendrá pronto.

‍También habla del valor del sufrimiento, diciendo:

“Nadie va a llegar al cielo sin sufrir.”

Al igual que los niños de Fátima, Alphonsine, Nathalie y Marie-Claire fueron ridiculizadas y atormentadas.

Incluso Marie-Claire fue inicialmente la crítica más abierta, antes de que comenzaran sus propias visiones.

ALPHONSINE, NATHALIE Y MARIE-CLAIRE

El 28 de noviembre de 1981,  Alphonsine fue la primera en ver a la Santísima Virgen.

La noticia se extendió por toda Kibeho.

La escuela comenzó a preocuparse de los efectos negativos que las acciones Alphonsine podrían tener en la escuela y el pueblo.

Las personas comenzaron a viajar a Kibeho, con la esperanza de ver un milagro.

Sin embargo, en la escuela, nadie creía que la chica estuviera viendo nada.

Uno de los sacerdotes de la escuela dio a Marie-Claire el estímulo,

para promover el abuso físico de Alphonsine, durante sus apariciones en un esfuerzo por disuadirla.

Maria-Claire organizó un grupo de chicas que tiraban del pelo de Alphonsine, pellizcaban su piel, gritaban en sus oídos,

ponían una linterna brillante en sus ojos, durante la aparición.

‍Pero nada hizo a Alphonsine parpadear, encogerse o tener una mueca de dolor.

Después de los esfuerzos, las niñas no pudieron exponer a Alphonsine como un fraude,

el mismo sacerdote se acercó Alphosine durante una aparición y le clavó una aguja en el brazo.

Una vez más, no hubo respuesta.

Irónicamente, en kinyarwanda, la lengua nativa de Rwanda,  el apellido de Alphonsine,

Mumureke, significa “déjala en paz, ella dice la verdad”.

CON EL TIEMPO, LA PRESIÓN FUE DEMASIADO PARA ALPHONSINE

Alphonsine pidió a la Virgen si podía aparecer a más niños para que le creyeran.

Así, el 12 de enero de 1982, la Santísima Virgen comenzó a aparecer a Nathalie,

que sólo hizo poner a Marie-Claire mas enojada y decidida a exponer a las niñas como fraude.

Sin embargo, la Virgen tenía planes para el émulo del “incrédulo Tomás”,

y el 2 de marzo  de 1982, la Virgen eligió a Marie-Claire como tercera vidente.

Ahora Marie-Claire estaba llena de vergüenza y humildad.

En una de las primeras visiones, Marie-Claire tuvo un mensaje, para el mismo sacerdote quien la animó a atormentar a Alphonsine.

Se acercó al sacerdote y le dijo:

“La Santísima Virgen me dijo que le dijera,

que usted ha estado atormentando injustamente a sus hijas y que debe hacer penitencia.

Ella quiere que se arrodille esta noche, con los brazos abiertos a Dios y rece el rosario tres veces”.

El sacerdote consideró la declaración de Marie-Claire como insolencia,

y la llamó mentirosa.

Él ordenó que se quedara en su dormitorio hasta la mañana, cuando iba a administrarle el castigo.

‍Esa noche, antes de ir a la cama, el sacerdote recordó el mensaje de la Santísima Madre.

Aunque no creía en estas apariciones, no vio nada de malo en decir algunos rosarios adicionales.

‍Sin decirle a nadie, cerró todas las cortinas para que nadie lo viera,

y oró al igual que la Virgen había instruido.

Cuando terminó de orar, él puso el rosario en la mesa de noche, colocó algunos libros y revistas arriba del rosario,

y cerró el cajón.

Al día siguiente, cuando el sacerdote se reunió con Marie-Claire para anunciarle su castigo,

ella saludó al sacerdote con otro mensaje diciendo:

que la Virgen estaba complacida de que él orara la noche anterior como le pidió.

Sin embargo, la Virgen quería que el sacerdote supiera,

que nunca debía lanzar su rosario en un cajón y cubrirlo con libros y revistas.

Ella dijo que el rosario debe estar con él en todo momento,

y que hay que rezarlo todos los días.

A partir de ese momento en adelante, el sacerdote se humilló y se convirtió en un creyente de las apariciones.

LA SANTÍSIMA VIRGEN PERMITIÓ A LOS VIDENTES VER EL FUTURO

El 19 de agosto de 1982, la Virgen dio a las chicas visiones que ahora se cree que han sido una profecía del genocidio de Rwanda.

Con testigos presentes, las videntes gritaron con horror lo que vieron en una visión.

ATTENTION EDITORS – VISUAL COVERAGE OF SCENES OF INJURY OR DEATH FILE PHOTO: A Rwandan refugee girl stares at a mass grave where dozens of bodies have been laid to rest July 20, 1994. REUTERS/Corinne Dufka/File Photo PLEASE SEARCH “FROM THE FILES – THE 25TH ANNIVERSARY OF THE RWANDAN GENOCIDE” FOR ALL PICTURES.

Árboles en llamas, un río de sangre que fluye con cadáveres que habían sido decapitados

y las extremidades de las personas flotando.

Nuestra Señora advirtió a las niñas que el mundo está “al borde de la catástrofe.”

El relato exacto de su visión se registró la siguiente manera:

“Un río de sangre, gente que se mata entre sí, cadáveres abandonados sin nadie para enterrarlos.

Un árbol todo en llamas, cuerpos sin cabezas.

Había llantos y gritos”.  

En diferentes momentos, los siete videntes de Kibeho experimentaron esta visión horrible.

Ellos vieron un río de sangre que se formaba porque la gente se estaba matando entre sí indiscriminadamente.

“Los cadáveres, algunos sin cabeza, estaban esparcidos por todas partes y eran tan numerosos que no podían ser enterrados.”

Rwanda se compone de dos tribus predominantes: hutus y tutsis.

El 6 de abril de 1994, después de que el avión del presidente hutu Hamyarimana se estrelló,

la violencia contra los tutsis comenzó casi instantáneamente.

Impulsado por los extremistas hutus que culpaban a la minoría tutsi de los problemas sociales, económicos y políticos del país,

en menos de 100 días, los hutus  masacraron sistemáticamente entre 800.000 y 1 millón de tutsis, o cualquier simpatizante de los tutsis.

‍Ellos desmembraron y mutilaron salvajemente a sus víctimas.

‍Para degradar aún más a los tutsis, los extremistas hutus no permitían que los tutsis muertos fueran enterrados.

Sus cuerpos fueron dejados en donde fueron asesinados, a la intemperie, para ser comidos por ratas y perros.

¿POR QUÉ LA “MADRE DEL VERBO” SIGUE SIENDO PERTINENTE EN LA ACTUALIDAD?

El mensaje que la Virgen dio a Marie-Claire el 27 de marzo de 1982 fue el siguiente:

“Si ahora estoy actuando en la parroquia de Kibeho no quiere decir que esté preocupada sólo por Kibeho

o por la diócesis de Butare y por Rwanda, o por el conjunto de África.

El mundo es malo.

El mundo se precipita hacia su ruina.

Está a punto de caer en un abismo.

El mundo está en rebelión contra Dios.

Muchos pecados son cometidos.

No hay amor ni paz.

Si ustedes no se arrepienten y convierten sus corazones, todo caerá en un abismo”.

Nada ha cambiado en esta tierra desde que las visiones de Kibeho terminaron en 1989.

Una forma de orar por los pecados del mundo, que pidió María, es rezar la Coronilla de los Siete Dolores.

Cada grupo de siete se inicia con un Padre Nuestro, como en el Rosario regular.

‍Algunas personas comienzan con un acto de contrición, pues la devoción tiene un aspecto penitencial.

También como el rosario regular, los grupos de siete Ave Marías son una ocasión para meditar sobre los “misterios”

– en este caso, los Siete Dolores de María, que se enumeran a continuación:

Primer Dolor: La profecía de Simeón. Lectura: Lucas 2:25-35.

Segundo Dolor: La huida a Egipto. Lectura: Mateo 2:13-15.

Tercer Dolor: El Niño Jesús perdido en el Templo. Lectura: Lucas 2: 41-50.

Cuarto Dolor: María encuentra a Jesús cargando la cruz. Lectura: Lucas 23: 27-29.

Quinto Dolor: María al pie de la cruz de lectura: Juan 19: 25-30.

Sexto Dolor: María recibe el cuerpo de Jesús. Lectura: Salmo 130.

Séptimo Dolor: Mary testigo del entierro de Jesús. Lectura: Lucas 23: 50-56.

LA HISTORIA VUELVE A REPETIRSE CON EL ESTADO ISLÁMICO

El 7 de abril en todo el mundo conmemora el Día Internacional de Reflexión sobre el Genocidio en  Rwanda,

que fue instituido por las Naciones Unidas como evento anual.

Recuerda que durante un período de 100 días entre abril y junio de 1994, un estimado de 800.000 a 1 millón de rwandeses fueron asesinados.

‍En su intervención en el primer día conmemorativo, el 7 de abril de 2004, el entonces secretario general de la ONU, Kofi Annan,

dijo que los líderes mundiales necesitan reconocer su responsabilidad por no haber hecho más para prevenir o detener el genocidio.

Pero, los líderes políticos, los gobiernos nacionales y los organismos internacionales,

¿Realmente aprendieron las lecciones del genocidio de  Rwanda?.

‍En  Rwanda en 1994 y en ahora en las zonas controladas por ISIS de Irak y Siria desde 2014,

la comunidad internacional se ha negado a actuar para detener el genocidio.

Sin embargo, esta es una obligación legal internacional bajo la Convención sobre el Genocidio 1948.

Hace 36 años, cuando comenzó el genocidio de Rwanda,

la Misión de Asistencia de las Naciones Unidas para  Rwanda se negó a reconocer la criminalidad que estaba teniendo lugar.

Gran parte de la comunidad internacional estuvo de acuerdo con esto, mientras la matanza continuó sin obstáculos.

Sólo después de seis semanas, la ONU admitió que tenía lugar un genocidio.

Sin embargo, nadie actuó y la matanza de los tutsis continuó durante el verano.

¿Vino la Santísima Virgen solamente para avisar del genocidio de  Rwanda,

o fue un aviso general para todas las atrocidades similares?

99 EXPULSADO DE TIERRA SANTA


99 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús atraviesa junto a sus apóstoles los campos llanos de Agua Especiosa.

El día está lluvioso, el lugar desierto.

Debe ser aproximadamente mediodía, porque el simulacro de sol que de vez en cuando sale de detrás del telón gris de las nubes, cae perpendicularmente.

Jesús está hablando con Judas y lo manda al poblado,  para hacer las compras más urgentes.

Cuando se queda solo se le acerca Andrés, que tímido como siempre, dice en tono bajo:

–     ¿Puedo decirte una cosa, Maestro?

Jesús responde:

–     Sí. Ven adelante conmigo.

Y alarga el paso seguido por el apóstol, adelantándose unos metros respecto a los demás.

–     La mujer ya no está, Maestro – dice Andrés apenado.

Y explica:

–     Le han pegado y ha huido, iba herida y sangrando.

El encargado la ha visto. Me he adelantado, diciendo que iba a ver si nos habían tendido alguna insidia, pero la verdad es que quería ir a verla enseguida.

¡Tenía una gran esperanza de conducirla a la Luz! ¡He orado mucho estos días por ello!… Ahora ha huido. Se perderá. Si supiera dónde está, iría…

Esto no se lo diría a los otros, pero a Tí sí te lo digo porque me comprendes. Tú sabes que esta búsqueda no está dictada por el sentido, sino que se justifica sólo por el deseo

¡Tan grande que se hace tormento!  de poner a salvo a una hermana mía…

–     Lo sé, Andrés.

Y te digo: Aun habiendo sucedido las cosas así, tu deseo se cumplirá.

Nunca se pierde la oración realizada en ese sentido. Dios la usa. Ella se salvará.

–     Si eres Tú quien lo dice… ¡Mi dolor se mitiga!

–     ¿No quisieras saber qué es de ella?

¿No te importa ni siquiera el no ser tú el que la conduzca a Mí? ¿No preguntas cómo lo hará? 

Jesús sonríe dulcemente, con todo un brillar de luz en sus pupilas azules inclinadas hacia el apóstol, que va caminando a su lado.

Es una de esas sonrisas y de esas miradas que constituyen uno de los secretos de Jesús para conquistar los corazones.

Andrés, con sus dulces ojos castaños, lo mira…

Y dice:

–      Me basta con saber que viene a Tí.

Luego, yo u otro, ¿Qué importancia tiene? ¿Cómo lo hará? Esto Tú ya lo sabes, no es necesario que yo lo sepa.

Tú lo has asegurado, ya tengo todo. Y me siento feliz.

Jesús le pasa el brazo por los hombros de su tímido apóstol y lo estrecha contra Sí, con un abrazo afectuoso, que hace entrar en éxtasis al buen Andrés.

Y teniéndolo así, habla:

–      Éste es el don del verdadero apóstol.

Mira amigo mío, tu vida y la de los apóstoles futuros será siempre así. En alguna ocasión seréis conscientes de ser los “salvadores”,

Pero la mayoría de las veces salvaréis sin ser conscientes de haber salvado a las personas que más querríais salvar.

Sólo en el Cielo veréis que os salen al encuentro o que suben al Reino eterno, vuestros salvados.

Y por cada uno de los salvados aumentará vuestro júbilo de bienaventurados.

En alguna ocasión lo sabréis ya desde la Tierra. Son los contentos que os doy para infundiros un vigor aún mayor para nuevas conquistas.

Pero, ¡Dichoso aquel sacerdote que no tenga necesidad de estos incentivos para cumplir su propio deber!

¡Dichoso aquel que no se abate por no ver triunfos y dice: “Ya no hago nada más, puesto que no encuentro una satisfacción”

Pastoreando al rebaño de Nicaragua, enmedio de la Persecución…

La satisfacción apostólica, en cuanto único incentivo para el trabajo, muestra una no formación apostólica, rebaja el apostolado, que es una cosa espiritual, al nivel de un común trabajo humano.

Jamás debe uno caer en la idolatría del ministerio.

No sois vosotros los que tienen que ser adorados, sino el Señor Dios vuestro.

A Él sólo la gloria de los salvados.

A vosotros os corresponde la obra de salvación, dejando para el tiempo del Cielo la gloria de haber sido “salvadores”.

Pero me decías que el capataz la había visto. Cuéntame.

–      Tres días después de habernos marchado, vinieron unos fariseos a buscarte.

Naturalmente, no nos encontraron.

Recorrieron el pueblo y las casas de los campos como si estuvieran vivamente interesados en Tí; pero ninguno lo creyó.

Se albergaron en la posada, obligando con soberbia a desalojarla a todos los huéspedes, porque decían que no querían contactos con extranjeros desconocidos, que podían incluso profanarlos.  

Y todos los días iban a la casa. Pasados algunos días encontraron a esa pobrecilla, que iba siempre allí porque quizás esperaba encontrarte y conseguir su paz.

La hicieron huir, siguiéndola hasta su refugio en el establo del encargado.

No la agredieron inmediatamente, dado que el encargado y sus hijos habían salido armados de garrotes.

Pero luego por la tarde, cuando ella salió de nuevo, volvieron. Y venían con otros.

Y cuando la mujer fue a la fuente empezaron a apedrearla, llamándola “meretriz” y señalándola para que sufriera el vituperio de las gentes del pueblo.

Y dado que ella se echó a correr queriendo huir, la alcanzaron, le pegaron, le arrancaron el velo y el manto para que todos la vieran.

Y siguieron pegándole, tratando de imponerse con su autoridad al arquisinagogo, para que la maldijera y fuera así lapidada.

Y para que te maldijera a Tí, que la habías traído al pueblo.

Pero él no quiso hacerlo y ahora está esperando el anatema del Sanedrín.

El encargado la arrancó de las manos de esos canallas y la socorrió.

Pero por la noche, ella se marchó dejando un brazalete con una palabra escrita sobre una tira de pergamino. Había escrito: “Gracias. Ruega por mí”.

El encargado dice que es joven y que es bellísima, aunque esté muy pálida y muy delgada.

La ha buscado por los campos, porque estaba malherida, pero no la ha encontrado.

Y no se explica cómo haya podido alejarse mucho. Quizás haya muerto así, en algún lugar… Y no se haya salvado…

–     No.

–     ¿No?

¿No ha muerto, o no se ha perdido?

–     La voluntad de redención es ya absolución.

Aunque hubiera muerto estaría perdonada, porque ha buscado la Verdad, poniendo bajo sus propios pies el Error.

Pero no ha muerto. Está subiendo las primeras pendientes del monte de la redención. Yo la veo…

Encorvada bajo el peso de su llanto de arrepentimiento.

Ahora bien, el llanto la fortalece cada vez más, mientras que, por el contrario, el peso va decreciendo. Yo la veo.

Va hacia el sol. Una vez que haya subido toda la pendiente, se encontrará en la gloria del Sol-Dios.

Está subiendo… ayúdala orando.

–     ¡Oh…, mi Señor!

Andrés se siente casi aterrorizado por el hecho de poder ayudar a un alma en su santificación.

Jesús sonríe con mayor dulzura aún.

Y dice: 

–      Habrá que abrir los brazos y el corazón al arquisinagogo, que sufre la persecución.

E ir a bendecir a ese buen encargado. Vamos donde los compañeros, a decírselo a ellos.

Pero, mientras recorren en sentido inverso el camino andado para unirse a los otros diez.

Los cuales, habiendo comprendido que Andrés estaba en coloquio secreto con el Maestro, se habían detenido aparte. 

Entonces llega corriendo Judas.

Viene muy rápido, con su manto ondeando a sus espaldas, haciendo además un verdadero carrusel de gestos con los brazos,

de modo que parece una mariposa gigantesca en veloz vuelo por el prado.

Pedro pregunta:

–      Pero ¿Qué le pasa? ¿Se ha vuelto loco?

Sin dar tiempo a que nadie le responda, Judas ya cerca, con el aliento entrecortado.

Y dice a gritos:

–      ¡Detente, Maestro!

Escúchame antes de ir a la casa… Están al acecho. ¡Qué ruines!… –

Sigue corriendo… ya ha llegado.

Finalmente explica:

–     ¡Maestro, ya no se puede ir allí!

Los fariseos están en el pueblo y todos los días van a la casa. Te esperan con malas intenciones.

Despiden a quienes vienen buscándote. Los aterrorizan con horribles anatemas.

Habrá que resignarse. Aquí te perseguirían y tu obra quedaría anulada…

Uno de ellos me ha visto y me ha agredido. Un feo viejo narigudo que me conoce, porque es uno de los escribas del Templo.

¡También hay escribas!, Me ha agredido, apresándome con sus garras e insultándome con su voz de halcón.

Mientras no pasaba de insultarme a mí y de arañarme. ¡Mira! dice, mostrando una muñeca y una mejilla  decoradas con claras marcas de uñas.

–    Lo he dejado, que lo hiciera sin defenderme.

Pero cuando te ha profanado con su baba, lo he agarrado por el cuello…

Jesús grita:

–     ¡Judas! 

–     No, Maestro.

No lo he ahogado. Solamente le he impedido que blasfemara contra Tí.

Luego lo he dejado marcharse. Ahora está allí medio muerto de miedo por el peligro que ha corrido…

Pero nosotros nos vamos, te lo ruego. ¡Total, ya nadie podría venir a Tí!…

Los apóstoles intervienen:

–     ¡Maestro!

–     ¡Es horrible!

–     ¡Judas tiene razón!

–     ¡Están al acecho como hienas!

–     ¡Fuego del cielo que caíste sobre Sodoma! ¿Por qué no vuelves?

–     Sí señor, ¡Así se hace, muchacho!

¡Lástima que no haya estado también yo; te habría ayudado!

Judas confirma:

–     ¡Oh…. Pedro!

Si hubieras estado tú, ese halconzuelo hubiera perdido para siempre las plumas y la voz.

–     ¡Hombre!

Lo que no entiendo es cómo has podido quedarte a mitad.

–     ¡Bah!…

Una luz repentina en la mente, el pensamiento venido vete a saber de qué cavidad del corazón: “El Maestro condena la violencia” Y me detuve.

Lo cual me ha supuesto un choque interior más profundo aún que el que recibí al pegarme con la pared contra la que me había tirado el escriba cuando me agredió.

Me quedé con los nervios deshechos… Hasta el punto de que después no hubiera tenido ya fuerza para ensañarme con él.

¡Qué esfuerzo supone vencerse!…

–     ¡Sí señor, Judas, magnífico!

¿Verdad, Maestro? ¿Qué piensas de esto?

Pedro está tan contento de lo que ha hecho Judas, que no ve cómo Jesús ha pasado de tener el luminoso rostro de antes,

a mostrar una cara severa que le oscurece la mirada y le comprime la boca, pareciendo ésta hacerse más delgada.

La abre para decir:

–      Yo digo que estoy más disgustado por vuestro modo de pensar que por la conducta de los judíos.

Ellos son unos desdichados que están en las tinieblas.

Vosotros, teniendo la Luz, sois duros, vengativos, murmuradores, violentos. Sóis de los que aprueban como ellos, un acto brutal.

Os digo que me estáis dando la prueba de que seguís siendo los que erais cuando me visteis por primera vez y esto me duele.

Respecto a los fariseos, sabed que Jesucristo no huye. Vosotros retiraos. Yo los afrontaré. No soy un mezquino.

Una vez que haya hablado con ellos sin haber podido persuadirlos, me retiraré.

No debe decirse que Yo no haya tratado por todos los medios de atraerlos hacia Mí.

Ellos también son hijos de Abraham. Yo cumplo con mi deber enteramente.

Es preciso que la causa de su condena sea únicamente su mala voluntad y no una falta de dedicación mía hacia ellos.

Y Jesús camina hacia la casa, que muestra su bajo tejado tras una fila de árboles deshojados.

Los apóstoles lo siguen cabizcaídos, hablando bajo entre sí.

Ya están en la casa.

Tomás vuelve a hacerse cargo de su oficio…

Entran en silencio en la cocina y se ponen manos a la obra con el hogar de la chimenea.

Jesús se sume en su pensamiento.

Van a empezar a comer, cuando un grupo de personas se presenta en la puerta.

Judas dice muy bajito:

–      Ahí están.

Jesús se levanta inmediatamente y va hacia ellos.

Su aspecto impone tanto que, por un instante, el grupito se arredra; pero el saludo de Jesús les permite volver a sentirse seguros:

–      La paz sea con vosotros. ¿Qué queréis?

Entonces estos hombres viles creen que pueden atreverse a todo.

Y arrogantemente, con tono impositivo, dicen:

–      En nombre de la Ley santa, te ordenamos dejar este lugar.

A Tí, perturbador de las conciencias, violador de la Ley, corruptor de las tranquilas ciudades de Judá.

¿No temes el castigo del Cielo, Tú, burdo imitador del Justo que bautiza en el Jordán,? ¿Tú, que proteges a las meretrices?

¡Fuera de la tierra santa de Judá! Que tu hálito, desde aquí, no traspase el recinto de la Ciudad sagrada.

Jesús responde con calma:

–     Yo no hago nada malo.

Enseño como rabí, curo como taumaturgo, arrojo los demonios como exorcista.

Estas categorías,  queridas por Dios, existen también en Judá.

Y Dios exige respeto y veneración hacia ellas por parte vuestra.

No pido veneración.

Pido sólo que se me deje hacer el bien a aquellos que padecen alguna enfermedad en la carne, en la mente o en el espíritu.

¿Por qué me lo prohibís?

–     Eres un poseso. Vete.

–     El insulto no es una respuesta.

Os he preguntado por qué me lo prohibís, mientras que a los otros se lo permitís.

–     Porque eres un poseso y arrojas demonios y haces milagros con la ayuda de los demonios.

–     ¿Y vuestros exorcistas, entonces? ¿Con la ayuda de quién lo hacen?

–     Con su vida santa. Tú eres un pecador.

Para aumentar tu potencia te sirves de las pecadoras, porque en este contubernio se aumenta la posesión de la fuerza demoníaca.

Nuestra santidad ha purificado la zona de esa mujer, cómplice tuya.

Pero no permitimos que sigas aquí como reclamo de otras mujeres.

Pedro inquiere:

–     Pero ¿Es vuestra casa ésta?

Que ha venido junto al Maestro con aspecto poco halagador.

–      No es nuestra casa.

Pero todo Judá y todo Israel están en las manos santas de los puros de Israel.

Judas se ha acercado a la puerta:

–     ¡0 sea, vosotros!…- y concluye con una risotada burlona.

Luego pregunta:

–      ¿Y el otro amigo vuestro dónde está?

¿Temblando todavía? ¡Desvergonzados, marchaos de aquí! Y enseguida, si no os haré arrepentiros de…

Jesús ordena:

–      Silencio, Judas.

Y tú, Pedro, vuelve a tu puesto.

¡Oíd vosotros, fariseos y escribas, por vuestro bien, por piedad hacia vuestra alma, os ruego que no combatáis contra el Verbo de Dios.

Venid a Mí. Yo no os odio. Comprendo vuestra mentalidad y deseo ser indulgente con ella.

Pero quiero conduciros a una mentalidad nueva, santa, capaz de santificaros y de daros el Cielo.

Pero ¿Es que acaso creéis que he venido para ir contra vosotros? ¡Oh no!

Yo he venido para salvaros, para esto he venido. Os tomo en mi corazón. Os pido amor y entendimiento.

Precisamente por el hecho de que sois los que más sabéis en Israel, debéis comprender la verdad más que los demás. Sed alma, no cuerpo.

¿Queréis que os lo suplique de rodillas?

Lo que está en juego, vuestra alma tiene tal valor, que Yo me metería bajo las plantas de vuestros pies, para conquistarla para el Cielo,

con la seguridad de que el Padre no consideraría errónea esta humillación mía. ¡Hablad! ¡Estoy esperando una palabra!

–      Maldición, decimos.

Jesús concluye:

–      Bien. Dicho queda.

Podéis marcharos. Yo también me iré de aquí.

Y Jesús, volviéndose, regresa al sitio de antes. Inclina la cabeza sobre la mesa y llora.

Bartolomé cierra la puerta para que ninguno de estos hombres crueles que lo han insultado…

Y que se marchan profiriendo amenazas y blasfemias contra el Cristo, vea este llanto.

Un largo silencio.

Luego Santiago de Alfeo acaricia la cabeza de su Jesús.

Y dice:

–       No llores.

Nosotros te queremos, incluso por ellos.

Jesús levanta el rostro y dice:

–      No lloro por Mí.

Lloro por ellos, porque sordos como son a toda llamada, procuran su propia muerte».

Santiago de Zebedeo pregunta:

–     ¿Qué vamos a hacer ahora, Señor? 

–     Iremos a Galilea.

Mañana por la mañana saldremos.

–     ¿No hoy, Señor?

–     No.

Tengo que saludar a las personas buenas de este lugar. Vosotros vendréis conmigo.

96 EL SECRETO DEL REDENTOR


96 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús sube de nuevo a la terraza para hablar a la gente que de Betania y los alrededores, ha venido a escucharle.

–      Paz a vosotros.

Aun cuando Yo callara, los vientos de Dios llevarían hasta vosotros las palabras de mi amor y del odio de otros.

Sé que estáis turbados porque no desconocéis el porqué de que Yo esté entre vosotros. Pues no sea sino agitación de alegría…

Y bendecid al Señor conmigo, que aprovecha el mal para proporcionar un motivo de alegría a sus hijos, conduciendo de nuevo a su Cordero, aguijoneado por el Mal, a donde los otros corderos, para ponerlo al seguro contra los lobos.

Ved qué bueno es el Señor. Al lugar en que me encontraba llegaron como aguas a un mar, un río y un arroyuelo. Un río de amorosa dulzura, un arroyuelo de abrasadora amargura.

El primero era vuestro amor, desde Lázaro y Marta al último del lugar; el arroyuelo era el injusto rencor de quien, no pudiendo ir al Bien que le llama, acusa al Bien de ser Pecado.

Y el río decía: “Vuelve, vuelve con nosotros. Que nuestras olas te circunden, te aíslen, te defiendan, te den todo aquello que el mundo te niega”.

El arroyuelo malvado lanzaba amenazas y quería matar con su veneno. Mas, ¿Qué es un arroyuelo comparado con un río? ¿Qué, comparado con un mar? NADA.

Como a nada ha quedado reducido el veneno del arroyuelo, porque el río de vuestro amor lo ha sobrepujado en tal modo, que al mar de mi amor no ha llegado sino la dulzura de vuestro amor.

Podríamos decir más aún: ha producido un bien. Me ha traído de nuevo con vosotros. Bendigamos por ello al Señor Altísimo.

La voz de Jesús se expande poderosa, por el aire ttanquilo y silencioso.

Jesús, lleno de hermosura bajo el sol, desde lo alto de la terraza, gesticula y sonríe sereno.

Abajo, la gente lo escucha encantada: son como un jardín de rostros alzados sonriendo a la armonía de su Voz.

Lázaro está cerca de Jesús, como también Simón y Juan. Los demás están diseminados entre la multitud.

Sube también Marta y se sienta en el suelo a los pies de Jesús, mirando hacia su casa, que se ve más allá de los árboles frutales.

La voz de Jesús se expande:

“El mundo es de los malos. El Paraíso es de los buenos. Ésta es la verdad y la promesa; apóyese sobre ella nuestro firme vigor.

El mundo pasa. El Paraíso no pasa. Si, siendo bueno, uno se lo gana, eternamente lo gozará. ¿Por qué pues, debe turbarnos lo que hacen los malos?

¿Os acordáis de las quejas de Job?: son las eternas quejas de los buenos que se sienten oprimidos; porque la carne gime, más no debería hacerlo,

sino que, cuanto más pisoteada fuera, más se deberían levantar las alas del alma regocijándose con el júbilo del Señor.

¿Qué pensáis: que se sienten felices los que parecen estarlo debido a que en ocasiones lícitamente; en otras las más, ilícitamente tienen llenos los graneros, colmados los tinos, rebosantes de aceite sus odres?

No. Sienten el sabor de la sangre y de las lágrimas de los demás en todo lo que toman como alimento. Y el lecho les parece como erizado de espinas por lo desgarrador de sus remordimientos cuando en él yacen.

Depredan a los pobres, desvalijan a los huérfanos, le roban al prójimo para atesorar, tiranizan a quien es menos que ellos en poder y en perversidad.

No importa. Dejadlos. Su reino es de este mundo.

Después de su muerte, ¿Qué quedará? NADA. 

A menos que se quiera llamar tesoro al cúmulo de culpas que se llevan consigo y con el que ante Dios se presentan.

Dejadlos. Son los hijos de las Tinieblas, los que se rebelan contra la Luz; no pueden seguir los luminosos senderos de ésta.

Cuando Dios hace brillar la estrella de la mañana, ellos la llaman sombra de muerte y como tal, la consideran contaminada y prefieren caminar a la luz del destello sucio de su oro y de su odio,

que resplandece solamente porque las cosas infernales tienen brillo de fósforo, el brillo de los eternos lagos de perdición…

Lázaro exclama espantado:

–      ¡Mi hermana, Jesús… Oh!

Lázaro descubre a María, que se desliza tras un seto de la arboleda del huerto de Lázaro, para llegar lo más cerca posible. Va agachada, pero su cabeza rubia brilla como oro contra el boj oscuro.

Marta hace ademán de levantarse, pero Jesús le pone una mano sobre la cabeza y aprieta, de forma que debe quedarse donde está.

Jesús aumenta la potencia  de su Voz.

–     ¿Qué decir de estos infelices?

Dios les ha dado tiempo de hacer penitencia y ellos no hacen otra cosa sino abusar de él para pecar.

Pero no los pierde de vista Dios, aunque parezca que lo haga.

Llega el momento en que o bien porque, cual rayo capaz de penetrar incluso en la roca, el amor de Dios hiende y desgarra su duro corazón…

O bien, porque la suma de los delitos hace llegar el nivel de su cieno hasta introducirse en su boca y en su nariz.

Y experimentan, sí, ¡Al fin experimentan la repugnancia de ese sabor y de esa fetidez que a los demás da asco y que colma su corazón!

Llega el momento en que ello les produce náusea y surge un movimiento de aspiración al bien.

El alma entonces grita:

¿De quién recibiré el don de volver a ser como un tiempo fui, cuando vivía en amistad con Dios, cuando su luz resplandecía en mi corazón y bajo su rayo yo caminaba.

Cuando al ver mí justicia, guardaba silencio admirado el mundo, y quien me veía me llamaba bienaventurado?

El mundo bebía mi sonrisa, mis palabras eran acogidas como palabras de ángel, saltaba de orgullo el corazón en el pecho de mis familiares. Y ahora, ¿Qué soy?

Motivo de burla para los jóvenes, de horror para los ancianos, yo soy el tema de sus chácharas, el esputo de su desprecio me surca el rostro”.

Sí, así habla en ciertas horas el alma de los pecadores, de los verdaderos Job, porque no hay miseria mayor que ésta, la de quien ha perdido para siempre la amistad de Dios y su Reino.

Deben infundir piedad, sólo piedad.

Son pobres almas que han perdido, por ociosidad o por ligereza, al eterno Esposo. “Por la noche, en mi lecho, busqué el amor de mi alma y no lo encontré.”

Así es. En las Tinieblas no se puede distinguir al esposo. Y el alma, aguijoneada por el amor, irreflexiva por hallarse envuelta en la noche espiritual, busca y quiere encontrar un refrigerio para su tormento.

Cree encontrarlo con cualquier amor. NO. Uno sólo es el amor del alma: Dios. Van buscando amor estas almas a las que el amor de Dios aguijonea.

Bastaría con que admitieran la luz en ellas para que el amor fuera su consorte. Van como enfermas, buscando a tientas amor…

Y encuentran todos los amores, todas las cosas sucias que el hombre ha bautizado así, mas no encuentran el amor, porque el amor es Dios y no el oro, el sentido, el poder.

¡Pobres, pobres almas! Si, menos ociosas, se hubieran puesto en pie al oír la invitación del Esposo eterno, al oír a Dios que dice: “Sígueme”, a Dios que dice: “Ábreme”

No habrían llegado tarde a abrir la puerta, con el ímpetu de su amor despertado, cuando desilusionado, el Esposo ya estaba lejos y había desaparecido…

Y no habrían profanado ese ímpetu santo de una necesidad de amor en un lodo tan inútil y con tantos diminutos tríbulos diseminados en él, que hasta al animal inmundo le da asco.

Tríbulos que no eran flores, sino sólo pinchos, pinchos que laceran, no coronan.

Y no habrían conocido los vituperios de todos aquellos que, cual guardias de ronda, como Dios, pero por motivos opuestos, no pierden de vista al pecador y lo acechan para burlarse de él y criticarlo.

¡Pobres almas maltratadas, expoliadas, heridas por todos! Sólo Dios permanece al margen de esta lapidación de cruel escarnio.

Es más, vierte sus lágrimas para cura de las heridas y para cubrir con diamantino vestido a su criatura. Siempre su criatura… Sólo Dios… y los hijos de Dios con el Padre.

Bendigamos al Señor. Él ha querido que por los pecadores, Yo debiera volver aquí para deciros:

“Perdonad. Siempre perdonad. Haced de todo mal un bien. Haced de toda ofensa una gracia”. No os digo sólo “haced”; os digo: repetid mi gesto.

Yo amo y bendigo a los enemigos, porque por ellos he podido volver a vosotros, amigos míos.

La paz sea con todos vosotros.

La gente agita velos y ramajes en dirección a Jesús y luego lentamente, se va alejando.

Lázaro dice:

–     ¿Habrán visto a esa desvergonzada?

Jesús ressponde:

–     No, Lázaro.

Estaba detrás del seto bien escondida. Nosotros podíamos verla porque estábamos aquí arriba. Los demás, no.

–     Nos había prometido que…

–     ¿Y por qué no debía venir?

¿No es ella, acaso también una hija de Abraham? Quiero de vosotros, hermanos y de vosotros discípulos, el juramento de no hacerle observaciones de ningún tipo.

Dejadla. ¿Que se burla de Mí? Dejadla. ¿Qué llora? Dejadla. ¿Que quiere quedarse? Dejadla. ¿Que quiere alejarse? Dejadla.

Es el secreto del Redentor y de los redentores: tener paciencia, bondad, constancia y oración. Nada más.

Todo gesto sobra ante ciertas enfermedades…

Adiós, amigos. Yo me quedo orando. Vosotros marchad a las respectivas tareas. Y que Dios os acompañe.

Y todo termina.

93 ODIO, VENGANZA Y MIEDO


93 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están aún comiendo y ya han encendido las lámparas, porque la tarde desciende muy presurosa.

El viento boreal incita a tener cerrada la puerta. Entonces se escuchan los toques que llaman.

Y se oye la voz alegre de Juan. 

Y todos reaccionan simultáneamente, se levantan apresurados para recibirlos…

–     ¡Nos alegramos de que hayáis regresado!

–     ¡Habéis tardado poco!

–     ¿Qué novedades hay, entonces?

–     ¡Qué cargados venís!

Todos hablan al mismo tiempo, mientras se ayuda a los tres a liberarse de las pesadísimas sacas que traen sobre los hombros.

–     ¡Despacio!

–     ¡Dejadnos saludar al Maestro!

–     ¡Un momento!

Es un alboroto alegre, familiar, por la alegría de estar juntos otra vez.

Jesús los saluda:

–     ¡Hola, amigos! Dios os ha dado días tranquilos.

Judas de Keriot responde:

–     Sí, Maestro, pero no tranquilas noticias. Lo preveía.

Todos quieren saber:

–     ¿Qué pasa? ¿Qué pasa?…

Se ha creado un ambiente de curiosidad.

–     Dejadlos primero que tomen algo y repongan fuerzas – dice Jesús.

–     No, Maestro.

Primero te damos lo que tenemos para Tí y para los demás.

Y primero… Juan, da la carta.

–     La tiene Simón.

Yo temía estropearla entre la carga.

El Zelote, que ha estado luchando hasta ese momento con Tomás, que quería traerle agua para sus pies cansados,

acude diciendo:

–      Aquí la tengo, en la bolsa del cinturón.

Y abre el bolsillo interno de su ancho cinturón de cuero rojo y extrae de él un rollo ya aplastado.

Diciendo:

–     Es de tu Madre.

Estando cerca de Betania, encontramos a Jonathán que estaba yendo a casa de Lázaro con la carta y otras muchas cosas.

Judas explica:

Jonathán va a Jerusalén porque Cusa está poniendo en orden su palacio… Quizás Herodes va a Tiberíades…

Y Cusa no quiere que su mujer esté cerca de Herodías.

Mientras Jesús desata los nudos del rollo y lo despliega para leerlo..

Los apóstoles cuchichean mientras Jesús lee con beata sonrisa las palabras de su Madre.

Y luego dice:

–      Escuchad, también hay algo para los galileos.

Mi Madre escribe:

“A Jesús, mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición.

Jonathán, siervo de su Señor, me ha traído de parte de Juana, unos obsequiosos regalos;

ella pide a su Salvador, para sí, para su esposo y para toda su casa, la bendición.

Jonathán me dice que él, por orden de Cusa, va a Jerusalén, habiendo recibido la indicación de abrir de nuevo el palacio de Sión.

Yo bendigo a Dios por esto, porque así puedo hacerte llegar mis palabras y mi bendición.

Igualmente, María de Alfeo y Salomé envían a sus hijos besos y bendiciones.  

Y, dado que Jonathán ha sido extremadamente bueno, también hay saludos de la mujer de Pedro para su marido lejano.

Y para Felipe y Natanael, de sus familiares.

Todas vuestras mujeres, queridos hombres que os encontráis lejos, bien con la aguja, bien con el telar y con el trabajo de la huerta,

os envían ropa para estos meses de invierno.

Y dulce miel, aconsejándoos que la toméis con agua bien caliente en las húmedas noches.

Cuidad de vosotros mismos. Esto es lo que las madres y esposas me dicen que os diga, y yo lo transmito; también a mi Hijo.

No por nada nos hemos sacrificado, creedlo.

Disfrutad de los humildes presentes que nosotras, discípulas de los discípulos de Cristo, damos a los siervos del Señor;

dadnos sólo la alegría de saber que estáis sanos.

Ahora, amado Hijo mío, pienso que desde hace casi un año, ya no eres todo mío.

Y me parece haber vuelto al tiempo en que sabía sí, que Tú ya habías venido, porque sentía tu pequeño corazón latir en mi seno;

pero también podía decir que no habías venido todavía, porque estabas separado de mí por una barrera que me impedía acariciar tu amado cuerpo,

y sólo podía adorar tu espíritu.  ¡Oh, mi querido Hijo y adorable Dios!

También ahora sé que vives y que tu corazón late con el mío, jamás separado de mí aunque esté separado;

pero no te puedo acariciar, oír, servir, venerar, Mesías del Señor y de su pobre sierva.

Juana quería que fuese donde ella para que yo no estuviera sola en la fiesta de las Luminarias.

Pero he preferido quedarme aquí con María a encender las lámparas; por mí y por Tí.

Ya que aunque fuera la mayor de las reinas de la Tierra y pudiera encender mil, diez mil lámparas; estaría en la oscuridad, porque Tú no estás aquí.

Mientras que por el contrario, estaba en la perfecta luz en aquella oscura gruta cuando te tuve en mi corazón, Luz mía y Luz del mundo.

Será la primera vez que me diré: “Mi Niño hoy tiene un año más” sin tener a mi Niño. 

Y será más triste que tu primer cumpleaños en Matarea.

Mas Tú llevas a cabo tu misión y yo la mía.

Y ambos hacemos la Voluntad del Padre y trabajamos para la gloria de Dios: esto enjuga toda lágrima.

Querido Hijo, comprendo lo que haces por lo que me dicen.

Como las olas desde mar abierto llevan la voz de alta mar hasta una solitaria y cerrada bahía,

así el eco de tu santo trabajo por la gloria del Señor llega a la tranquila casita nuestra, a oídos de tu Madre.

Siendo para Ella causa de júbilo, mas también de estremecimiento; porque si todos hablan de Tí, no todos lo hacen con igual corazón.

Vienen amigos y personas que han recibido algún bien, a decirme: “¡Bendito sea el Hijo de tu vientre!”

Y vienen enemigos tuyos a herir mi corazón diciendo: “¡Sea anatema!’.

Mas por éstos yo ruego, porque son unos infelices; más que los paganos, que vienen a preguntarme: “¿Dónde está el mago, el divino?”

Y no saben que dicen una gran verdad, dentro de su error.

Porque verdaderamente Tú eres sacerdote y grande, que es el sentido de esa palabra para la antigua lengua y divino eres, mi Jesús.

Y yo te los mando, diciendo: `Está en Betania’. Porque es lo que sé que tengo que decir, hasta que Tú no lo ordenes de otra manera.

Y ruego por estos que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno.

Y, te lo suplico, no te aflijas por mi dolor: queda compensado por la gran alegría que me producen las palabras de los sanados de alma y de carne.

Pero María sufrió y sufre todavía un dolor más fuerte que el mío. No me hablan sólo a mí.

José de Alfeo quiere que sepas que, durante un reciente viaje suyo de negocios a Jerusalén, lo pararon y lo amenazaron por causa tuya.

Eran hombres del Gran Consejo.

Yo creo que algún grande de aquí les dio la referencia, porque si no ¿Quién podía conocer a José como cabeza de familia y hermano tuyo?

Yo te digo esto por obediencia de mujer. Pero por mí te digo: quisiera estar a tu lado, para confortarte.

De todas formas, actúa Tú, Sabiduría del Padre, sin tener en cuenta mi llanto.

Simón tu hermano, quería casi ir a Tí, después de este hecho.

Y quería ir conmigo, pero la estación en que estamos lo ha retenido.

Y más aún el temor de no encontrarte, porque nos dijeron en tono de amenaza, que Tú donde estás no puedes permanecer.

¡Hijo, Hijo mío, adorado y santo Hijo mío! Estoy con los brazos alzados como Moisés en el monte, para rogar por Tí,

que estás batallando contra los enemigos de Dios y tuyos, mi Jesús al que el mundo no ama.

Aquí ha muerto Lía de Isaac. Lo he sentido mucho porque fue siempre buena amiga mía.

Pero el padecimiento mayor eres Tú, lejano y no amado.

Yo te bendigo Hijo mío. Y así como yo te doy paz y bendición, te ruego dársela Tú a Mamá”.

Pedro grita:

–      ¡Llegan hasta esa casa esos desvergonzados! 

Y Tadeo exclama:

–     José… podía haberse guardado para sí lo sucedido.

Pero… ¡Lo ha llenado de satisfacción el poder comunicarlo!

Felipe sentencia:

–     Grito de hiena no asusta a los vivos. 

Judas dice:

–     Lo malo es que no son hienas, son tigres. Buscan presa viva.

 Y volviéndose hacia Simón Zelote,

le solicita: 

 –   Refiere tú lo que hemos sabido.

Simón relata:

–     Sí, Maestro. El temor de Judas está justificado.

Hemos estado donde José de Arimatea y donde Lázaro; allí abiertamente, como amigos tuyos.

Después, yo y Judas – como si yo fuera un amigo suyo de la infancia – hemos estado donde algunos amigos suyos de Sión…

Bueno, pues José y Lázaro te dicen que dejes este lugar enseguida y vayas adonde ellos durante estas fiestas. Cede, Maestro; es por tu bien.

Además, los amigos de Judas dijeron:

“Mira que ya se ha decidido ir a sorprenderlo para inculparlo. Precisamente en estos días de fiestas en que no hay gente.

Que se retire durante un tiempo, para que queden burladas estas víboraes.

La muerte de Doras ha estimulado su veneno y su miedo, porque además de sentir odio tienen miedo.

El miedo les hace ver lo que no existe y el odio les hace incluso mentir”.

Judas agrega:

–      ¡Todo, pero es que saben TODO de nosotros!

¡Es odioso! ¡Y todo lo alteran, todo lo exageran! Y, cuando les parece que no hay todavía suficiente para maldecir, se lo inventan. Yo me siento asqueado y abatido.

Me viene el deseo de expatriarme, de marcharme…; no sé… lejos… fuera de este Israel que no es sino pecado… 

Judas de Keriot está totalmente deprimido.

Jesús lo exhorta:

–     ¡Judas, Judas!, una mujer para dar a un hombre al mundo trabaja nueve lunas…

Tú para dar al mundo el conocimiento de Dios, ¿Querrías emplear menos tiempo?

Se necesitarán no nueve lunas, sino milenios de lunas; del mismo modo que la luna nace y muere en cada lunación,

manifestándose a nosotros como acabada de nacer, luego llena, luego menguada…

sucederá así siempre en el mundo, mientras exista: habrá fases crecientes, llenas y decrecientes, de religión.

Pero, aun cuando parezca muerta tendrá vida, como la luna, que está aun cuando parece que haya llegado a su fin.

Y quien haya trabajado en esta religión, recibirá el consiguiente pleno mérito, a pesar de que sólo una exigua minoría de almas fieles quede sobre la Tierra.

¡Venga, venga! Nada de fáciles entusiasmos en los triunfos ni de fáciles depresiones en las derrotas.  

Judas responde:

–      No obstante… deja este lugar.

No somos nosotros fuertes todavía y sentimos que frente al Sanedrín tendríamos miedo; yo al menos… los otros, no lo sé…

Pero, hacer la prueba lo considero una imprudencia. Nosotros no tenemos el corazón de los tres jóvenes de la corte de Nabucodonosor.  

Todos los discípulos concuerdan:

–     Sí, Maestro, es mejor.

–     Es prudente.

–     Judas tiene razón.

–     Mira cómo también tu Madre y tus familiares…

–     Y Lázaro y José.

–     Hagámosles venir en vano.

Jesús extiende los brazos y dice:

–     Hágase como queréis; pero luego se vuelve aquí.

Veréis cuántos vienen. Yo ni fuerzo ni tiento vuestra alma; efectivamente, no la siento preparada…

Bueno… veamos los trabajos que han hecho las mujeres.

Pero mientras todos, con ojos risueños y voces de alegría, extraen de las sacas los paquetes con la ropa, las sandalias o los alimentos de las madres y de las esposas…

Y tratan de interesar a Jesús para que admire tanta gracia de Dios, Él permanece triste y absorto.

Se ha retirado con una lamparita al rincón más alejado de la mesa en que están la ropa, las manzanas, recipientes de metal, pequeños quesos… 

Y lee una y otra vez la carta materna, haciendo con una mano de visera para los ojos, parece meditar, pero en realidad está sufriendo.

 Pedro está rebosante de alegría y lo manifiesta,

diciendo:

–      Mira, Maestro, mi esposa, ¡Pobrecilla!

¡Qué prenda tan linda y qué manto con capucha me ha hecho! Quién sabe lo que le habrá costado hacerlo, porque no es tan experta como tu Madre.

Con los brazos cargados de sus tesoros. 

Jesús responde con cortesía:

–     Bonitos, sí, bonitos. Es una esposa excelente – pero con la vista lejos de lo que le ha mostrado.

Santiago de Zebedeo dice:

–     A nosotros nuestra madre nos ha hecho dos túnicas dobles.

¡Pobre mamá! ¿Te gustan, Jesús? Es un color bonito, ¿No es verdad?

–     Muy bonito, Santiago; te quedarán bien.

Tadeo añade:

–     Mira, estoy seguro de que estos cinturones los ha hecho tu Madre; es Ella la que borda así.

Y este velo doble para cubrir del sol, yo también digo que lo ha hecho María; es igual que el tuyo.

La túnica no; ciertamente ha sido nuestra madre la que la ha confeccionado.

¡Pobre mamá! Después de tanto como ha llorado este verano, ve menos y frecuentemente se le rompe el hilo.

¡Qué buena es! – Judas de Alfeo besa la gruesa túnica de color rojo-marrón.

Bartolomé observa:

–     No estás alegre, Maestro.

Ni siquiera miras lo que te han mandado.

Simón Zelote argumenta:

–     No puede estarlo.

Jesús responde:

–     Estoy pensando…

Pero… Volved a hacer los paquetes. Ponedlo todo en orden. No es este el momento de que nos prendan, y no nos prenderán.

Bien entrada la noche, con el claro de la luna, iremos hacia Doco y luego a Betania.  

Juan:

–     ¿Por qué a Doco?

–     Porque allí hay una mujer que se está muriendo y espera de Mí la curación. 

–     ¿No pasamos por casa del encargado?

–     No, Andrés, por ningún sitio.

Así nadie tendrá necesidad de mentir diciendo que no sabe dónde estamos. Si vuestra preocupación es que no nos persigan.

La mía es no crear complicaciones a Lázaro. 

Judas:

–     Pero Lázaro te espera.

–     Y vamos donde él. O, mejor,…

Simón, ¿Me hospedas en la casa de tu viejo siervo?

Zelote responde:

–     Con mucho gusto, Maestro.

Tú ya sabes todo. Por tanto, puedo decirte en nombre de Lázaro, de mí mismo y de quien vive en ella, que esa casa es tuya.  

Jesús apremia:

–     Vamos. Rápido. Para estar en Betania antes del sábado.

Y mientras todos se dispersan con lámparas, para hacer lo que la improvisa partida requiere, Jesús se queda solo.

Vuelve Andrés, se acerca a su Jesús y dice:

–     ¿Y esa mujer?

Me duele abandonarla ahora que parecía que iba a venir… Es prudente… ya lo has visto…

–     Vete a decirle que dentro de un tiempo volveremos y que mientras tanto recuerde tus palabras…

–     Las tuyas, Señor. Yo he dicho sólo las tuyas.

–     Ve. Date prisa.

Y cuida de que nadie te vea. Verdaderamente en este mundo de malvados, los inocentes deben tomar aspecto de pérfidos… 

Todo termina aquí, con esta gran verdad.

89 EL PECADO DE HERODES


89 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Son los días finales de un otoño que prácticamente ha desaparecido.

A pesar de ser un día verdaderamente helado, con la nieve que cubre con una fina capa, que destella con sus reflejos en todo el paisaje campestre de Aguas Especiosas,

Hay una gran muchedumbre, escuchando atentos la Voz cautivante del Maestro que ha venido del Cielo, a reunir las ovejas dispersas del Pueblo de Israel.

Y desde su improvisado púlpito, Jesús hace llegar la potencia de sus palabras hasta la multitud que tirita de frío,

a pesar de las varias hogueras encendidas en diversos puntos, para paliar las inclemencias del clima invernal, que se impone en toda la campiña…

Y del que sólo escapan un poco, los que están resguardados en los galerones, de la finca campestre de Lázaro.

Jesús dice:

«Dios da a cada uno lo necesario. Esto es verdad. ¿Qué le es necesario al hombre?:

¿La fastuosidad?,¿Un gran número de criados? ¿Tierras de incontables parcelas? ¿Banquetes que de un ocaso vean surgir una aurora?…

No. Al hombre le es necesario un techo, un pan, un vestido; lo indispensable para vivir.

Mirad a vuestro alrededor: ¿Quiénes son los más alegres y los más sanos?, ¿Quién goza de una sana ancianidad serena?…

¿Los que se gozan la vida?… No.

Quienes honradamente viven y trabajan y tienen deseos rectos.

En ellos no hay veneno de lujuria y permanecen fuertes, ni veneno de gula y se conservan ágiles, ni de envidias y están alegres.

Sin embargo, quien ambiciona tener más, cada vez mata su paz y no goza; antes bien,

envejece precozmente, consumida en la llama del odio o del abuso.

Podría unir el Mandamiento de no robar al de no desear lo que a otros pertenece.

Porque efectivamente, el excesivo deseo mueve al hurto: entre uno y otro no media sino un pequeño paso.

¿Que todo deseo es ilícito? No digo esto.

El padre de familia que trabajando en el campo o en un taller, desea asegurar con ello el pan de la prole, ciertamente no peca.

Es más, obedece a su deber de padre.

Más aquel que por el contrario, no desea sino gozar más… y se apropia de lo ajeno para conseguir gozar más, peca.

¡La envidia!… 

Porque ¿Qué es realmente el desear lo ajeno, sino avaricia y envidia? 

La envidia separa de Dios, hijos míos… Y une a Satanás.

¿No creéis que el primero que deseó lo ajeno fue Lucifer?

Era el más hermoso de los arcángeles. Gozaba de Dios. Debería haberse sentido contento de ello.

Envidió a Dios y quiso ser él Dios y así se convirtió en demonio, el primer Demonio.

Segundo ejemplo: Adán y Eva habían recibido TODO.

Gozaban del paraíso terrestre, gozaban de la amistad de Dios, vivían dichosos con los dones de gracia que Dios les había dado.  

Deberían haberse conformado con eso.

Más, envidiaron de Dios su conocimiento del Bien y del Mal…

Y fueron expulsados del Edén, resultando proscritos no gratos a Dios, los primeros pecadores.

Tercer ejemplo: Caín tuvo envidia de Abel por su amistad con el Señor. Y fue el primer asesino.

María, la hermana de Aarón y de Moisés, tuvo envidia de su hermano y fue la primera leprosa de la historia de Israel.

Podría iros conduciendo a través de toda la vida del pueblo de Dios…

Y veríais que el deseo inmoderado, hizo de quien lo tuvo un pecador y fue causa de castigo para el pueblo;

porque los pecados de los particulares se acumulan y provocan los castigos de las naciones,

de la misma forma que unos granos y otros, reunidos a otros, de arena; acumulados durante siglos y siglos,

provocan desprendimientos de tierra que sepultan centros habitados y a quienes en ellos viven.

Frecuentemente os he puesto a los niños como ejemplo, porque son sencillos y confiados.

Hoy os digo: imitad a los pájaros en su libertad respecto a los deseos.

Mirad: es invierno, poca comida hay en los huertos, ¿Se preocupan acaso, de acumularla durante el verano?

No, sino que confían en el Señor; saben que siempre podrán hacerse con un pequeño gusanito, un grano, una miguita,

una araña o una mosquita posada sobre el agua, para su buche.

Saben que no les faltará una chimenea caliente o una vedija de lana, para refugiarse durante el invierno.

Como saben que llegado el tiempo en que les sea necesario disponer de heno para sus nidos y de mayor cantidad de alimento para la prole,

habrá heno fragante en los prados y jugoso alimento en los árboles frutales y en los surcos.

Y habrá también riqueza de insectos en el aire y en la tierra; cantan suavemente:

“Gracias, Creador, por cuanto nos das y por cuanto nos darás”

Preparados ya a entonar a pleno pulmón, cantos de alabanza; cuando llegada la época del celo, gocen de la esposa y se vean multiplicados en la prole.

¿Existe criatura más alegre que el pájaro?

Y sin embargo, ¿Qué es su inteligencia comparada con la del hombre?: como un trozo de sílice respecto a un monte. 

Y a pesar de ello, os enseña.

En verdad os digo que posee la alegría del pájaro el que vive sin deseo impuro.

Éste se fía de Dios y lo siente como Padre; sonríe al día naciente y a la noche que desciende, porque sabe que el Sol es su amigo y que la noche lo provee de alimento.

Mira sin rencor a los hombres y no teme sus venganzas, porque no les perjudica en modo alguno;

no se inquieta ni por su salud ni por su sueño, porque sabe que una vida honesta mantiene lejos las enfermedades y proporciona dulce descanso;

no teme en fin, la muerte, porque sabe que habiendo actuado bien, no puede recibir sino la sonrisa de Dios.

Mueren también los reyes y los ricos. No es el cetro lo que aleja la muerte, no es el dinero el que compra la inmortalidad.

Ante el Rey de los reyes y Señor de los señores, ¡Qué ridículas son las coronas y las monedas!

Ante Él sólo tiene valor una vida vivida en la Ley.

¿Qué dicen aquellos hombres que están allí en el fondo? No tengáis miedo de hablar.

Uno de los aludidos contesta:

–     Decíamos: “Antipa ¿De qué pecado es culpable, de hurto o de adulterio?”

Jesús observa:

–     No quisiera que mirarais a los demás, sino a vuestros corazones.

Os digo, no obstante, que Antipa es culpable de idolatría por adorar a la carne más que a Dios.

Es culpable de adulterio, de hurto, de deseos ilícitos. Y pronto, lo será de homicidio.

–     ¿Lo salvarás, Tú, el Salvador?

–     Yo salvaré a los que se arrepientan y vuelvan a Dios.

Los impenitentes no tendrán redención.

–     Has dicho que es ladrón. ¿Qué ha robado?

–     La mujer a su hermano.

El hurto no es sólo de dinero.

Hurto es también, quitar el honor a un hombre, la virginidad a una joven, la mujer a su marido,

de la misma forma que lo es el quitarle un buey o frutos de los árboles al vecino.

Y el hurto, agravado por la libídine o por el falso testimonio, se aumenta con el adulterio, con la fornicación o con la mentira.

–     Y si es una mujer la que se prostituye ¿Qué pecado comete?

–     Si está casada, de adulterio y de hurto respecto al marido. Si es núbil, de impureza y de hurto respecto a sí misma.

–     ¿Hurto a sí misma? ¡Pero si da algo que es suyo!

–     NO.

Nuestro cuerpo lo ha creado Dios para ser templo del alma, que es templo de Dios.

Por tanto, debe ser conservado honesto; si no, el alma se ve despojada de la amistad con Dios y de la vida eterna».

–     ¿Entonces una meretriz ya no puede pertenecer sino a Satanás?

–     Todo pecado es prostitución con Satanás.

El pecador, como la prostituta, se da a Satanás por amores ilícitos, esperando sucias ganancias de ello.

Grande, grandísimo es el pecado de prostitución, que hace a quien lo comete semejante a un animal inmundo.

Pero, creedlo, no es menor cualquier otro pecado capital. ¿Qué diré de la idolatría?

¿Qué del homicidio?

Y no obstante, Dios perdonó a los israelitas después del becerro de oro; perdonó a David después de su pecado, que era doble.

Dios concede el perdón a quien se arrepiente.

Sea el arrepentimiento proporcional al número y a la magnitud de las culpas.

Y Yo os digo que a quien más se arrepiente, más le será perdonado; porque el arrepentimiento es una forma de amor, de operante amor.

Quien se arrepiente le dice a Dios con su arrepentimiento: “No puedo tolerar tu enojo, porque te amo y quiero ser amado”.

Y Dios ama a quien lo ama.

Por tanto, Yo digo: cuanto más ama uno, más es amado. Quien ama totalmente tiene todo perdonado.

Y ésta es una verdad.

Podéis iros.

Pero antes quiero que sepáis que a la entrada del pueblo hay una viuda, cargada de hijos, en la más absoluta de las hambres.

La han echado de casa por deudas y podría decirle “gracias” al patrón por haberla echado solamente.

He hecho uso de vuestros donativos para proveerlos de pan, pero necesitan un lugar donde ampararse.

La misericordia es el sacrificio más grato al Señor. Sed buenos. En su nombre os garantizo el premio.

La gente cuchichea, pide consejo, coteja opiniones…

Entretanto, Jesús cura a uno que estaba casi ciego.

Y escucha a una ancianita que ha venido desde Doco, para rogarle que vaya a ver a su nuera que está enferma.

Es una larga historia de lágrimas.

83 LOS PODEROSOS DE ISRAEL


83 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La mañana está muy fría.

Jesús está de pié, sobre un montón de mesas que se han colocado como tribuna en el último galerón y habla con voz potente, cerca de la puerta para que oigan los que están adentro;

los que están el cobertizo y hasta los que están en la era, al descubierto bajo una copiosa lluvia.

Todos parecen frailes bajo sus mantos oscuros y hechos de lana, en la que el agua no penetra.

En el galerón están los más débiles. Bajo el cobertizo las mujeres y en el patio, bajo el agua; los más fuertes.

Pedro va y viene descalzo, con el vestido corto.

Con un pedazo de tela que se ha puesto sobre la cabeza y no pierde el buen humor, aunque tenga que chapotear en el agua, dándose una bañada que no buscaba.

Le ayudan Juan, Andrés y Santiago; llevando con mucho cuidado al otro galerón a los enfermos.

Jesús espera con paciencia a que todos se acomoden y solo deplora que los cuatro discípulos estén completamente bañados.

A las observaciones de Jesús, Pedro responde:

–   ¡Nada, nada! Somos leña dura.

No te preocupes. Estamos recibiendo otro bautismo y el que nos bautiza es Dios Mismo.

Cuando finalmente todos están en su lugar, los cuatro se cambian los vestidos por otros, secos.

Pero cuando el Maestro empieza a hablar, Pedro ve que se asoma en el rincón del cobertizo, el manto gris de la mujer velada.

Y sin preocuparse de que va a tener que atravesar de lado a lado la era, bajo la lluvia que se ha vuelto más tupida y que al meterse en los hoyos, el agua le da hasta las rodillas, va hacia donde está ella.

La toma del brazo sin quitarle el manto y la lleva hasta la pared del galerón, donde ya no se moje. Luego se queda cerca de ella como un centinela; sin moverse y sin pestañear.

Jesús ha visto todo. Para ocultar la sonrisa que ha brillado en su rostro, baja la cabeza…

Y luego continúa hablando:

–   … no digáis, quienes habéis sido constantes en venir a Mí; que no hablo con orden y que paso por alto alguno de los Diez Mandamientos.

Oís. Yo veo. Escucháis. Yo aplico a los dolores y a las llagas lo que veo en vosotros.

Soy el Médico. Y un médico va primero a los enfermos más graves y después atiende a los menos enfermos. También Yo, hoy os digo: no cometáis impurezas…

Y Jesús predica extensamente sobre la lujuria, la fornicación, el matrimonio, el adulterio, el aborto, la impureza, la pureza y el placer.

Y agrega:

–           … el cuerpo humano es un magnífico templo que contiene un altar.

Sobre el altar debe estar Dios. Pero Dios no está en donde hay corrupción. Por esto el cuerpo del impuro tiene el altar consagrado; pero sin Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

La misericordia de Dios es infinitamente más grande que la miseria humana.

Honraos a vosotros mismos haciendo que vuestra alma; con una vida honesta, sea digna de honra.

Justifícate ante Dios, no volviendo a pecar más contra tu alma.

Eres el vicio; conviértete en honestidad, en sacrificio, en mártir; por tu arrepentimiento.

Supiste martirizar muy bien tu corazón, para que la carne gozara. Aprende ahora a martirizar la carne; para dar a tu corazón paz eterna.

Podéis iros todos. Cada uno con su peso y su reflexión.

Y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a nadie de los que se arrepienten. Os dé el Señor su Luz para conocer vuestra alma. Idos…

Muchos se dirigen hacia el poblado.

Otros entran en el galerón.

Jesús se dirige hacia los enfermos y los cura.

Un grupo de hombres discuten en un rincón.

Gesticulan. Se acaloran. Algunos acusan a Jesús y otros lo defienden.

Otros más, exhortan a unos y a otros, a un juicio más maduro.

Unos pocos de los más encarnizados, se acercan a Pedro; que junto con Simón, transportan las muletas que ya no necesitan los tres curados.

Y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.

Orgullosos y altaneros, les dicen:

–      Hombre de Galilea, escucha.

Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros.

No habla, pero su cara es todo un poema.

Simón les lanza una mirada. Reconoce a algunos y mejor se va. Dejándolos a todos.

Mientras el otro continúa:

–     Yo soy Samuel el escriba.

Este es Sadoc, otro escriba. Este es el judío Eleazar, muy célebre y muy poderoso. Este es el ilustre anciano, Calascebona.

Y éste es Nahum. ¿Entiendes?… ¡Nahum! –ha recalcado de manera notoria éste último nombre.

Pedro ha hecho una inclinación al oír cada nombre. Pero al oír el último; la hace a medias.

Y dice con la máxima indiferencia:

–      No sé. Jamás lo había oído. Y… no entiendo nada.

Samuel dice con notorio desprecio:

–     ¡Vulgar pescador!

¡Ten en cuenta que es el hombre de confianza de Annás!

Pedro replica:

–     No conozco a Annás.

Conozco a muchas mujeres de nombre Anna. Hay un montón de ellas, También en Cafarnaúm.

No sé de qué Annas hablas y quién pueda ser éste, el hombre de confianza…

El estirado Fariseo abandona su incógnito y se revuelve como una serpiente furiosa.

Y chilla:

–     ¡¿Éste?!… A mí…

¿A MI?!… ¿A mí, me está llamando ‘Este ’?

Pedro contesta:

–     ¿Y cómo quieres que te llame?

¿Burro o pájaro? Cuando iba a la escuela, el maestro me enseñó a decir ‘este’, refiriéndose a un hombre.

Y si los ojos no me engañan, tú eres un hombre. ¿O estoy equivocado?…

El hombre se retuerce, como si estas palabras lo hubieran torturado.

Y el escriba Samuel explica:

–    Pero Annás es el suegro de Caifás…

Pedro exclama:

–    ¡Aaaa!… ¡Entendido!… ¿Y bien?

–     ¡Y bien!… ¡Ten entendido que estamos disgustados!

–     ¿De qué cosa?… ¿Del tiempo?

También yo. Es la tercera vez que me cambio de vestidos y ya no tengo ningún otro seco.

–     No te hagas el estúpido.

–     ¿Estúpido?

Es verdad. Si no estáis descontentos por el tiempo, ¿De quién entonces? ¿De  los romanos?

Los fariseos exclaman al mismo tiempo:

–      ¡De tu Maestro!

–      ¡Del falso profeta!

Pedro advierte:

–     ¡Eje!… ¡Caro Samuel!

Mira que me despierto y soy como el lago. De la bonanza a la tempestad, no necesito más que un instante. Ten cuidado como hablas…

Llegan los hijos de Zebedeo y de Alfeo. Y con ellos, Judas de Keriot y Simón.

Cierran filas alrededor de Pedro, que cada vez levanta más la voz, respondiendo a los agresores.

Éstos exclaman:

–     ¡No te atreverás a tocar con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!

Pedro los encara amenazante:

–     ¡Ohhhh! ¡Qué delicados fanfarrones!…

¡Y vosotros no toquéis al Maestro, porque de otro modo los lanzaré al pozo para purificaros de verdad! ¡Por dentro y por fuera!…

Simón interviene con calma:

–     Me permito hacer observar a los doctos del Templo, que esta casa es propiedad privada.

Judas de Keriot, refuerza:

–     Y que el Maestro, de lo que yo soy testigo…

Ha tenido siempre el máximo respeto para las casas de los demás. Y primero que todo, para la casa del Señor.

Exijo que se tenga igual respeto para la suya.

Calascebona exclama:

–     ¿Tú?… ¡Cállate, Gusano mentiroso!

Judas dice con desprecio:

–      ¡Mentiroso en parte!

Me habéis provocado asco y he venido a donde no hay corrupción.

Ha sido voluntad de Dios que a pesar de que estuve con vosotros, ¡No me corrompí hasta los tuétanos!…

Santiago de Alfeo, pregunta secamente:

–      Resumiendo, ¿Qué queréis?…

Sadoc pregunta con desprecio:

–     ¿Y tú quién eres?

El apóstol contesta:

–     Soy Santiago de Alfeo.

Y Alfeo de Jacob. Y Jacob de Matán. Y Matán de Eleazar… y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el Rey David, que es de dónde vengo.

Y también soy primo del Mesías. Por lo que te ruego que hables conmigo de estirpe real y de sangre judía.

Si a tu altanería le repugna hablar con un hombre israelita, que conoce mejor a Dios que Gamaliel y que Caifás.

Santiago exige:

–      ¡Ea! ¡Habla!…

Calascebona dice:

–     A tu Maestro y pariente lo siguen las prostitutas.

La velada es una de ellas. La vi cuando vendía oro. Y la reconocí. Es la amante que huyó de Sciammai. Es deshonra para Él.

Judas de Keriot se burla:

–    ¿Para quién?

¿Para Sciammai, el rabino? Entonces debe ser una vieja roña. Podéis estar tranquilos. No le amenaza ningún peligro de esta parte…

–     ¡Cállate loco!

Para Sciammai de Elqui; el predilecto de Herodes.

Judas desata su ironía:

–     ¡Bah! ¡Bah! Señal de que para ella ya no es más el predilecto.

Es ella la que debe ir al lecho y no tú. Entonces… ¿¡Qué te importa!?

Tadeo agrega preguntando:

–     Hombre, ¿No piensas que te deshonras haciendo de espía?

Y ¿No piensas que se deshonra a quién se rebaja a pecar; no al que trata de levantar al pecador?

¿Qué deshonra le viene a mi Maestro y hermano, si Él con su palabra hace que llegue su Voz hasta las orejas profanadas con la baba de los lujuriosos de Sión?

Samuel se burla lleno de veneno:

–     ¿La Voz? ¡Ah! ¡Ah!

Tu Maestro y primo, tiene treinta años. ¡Y no es más hipócrita igual que los demás! Y tú y vosotros dormís juntos por la noche…

La venenosa calumnia queda vibrando en el aire…

Pedro grita:

–     ¡Desvergonzado reptil!

Santiago y Juan lo amenazan:

–     ¡Lárgate de aquí o te destrozo!

Simón dice con desprecio y asco:

–      ¡Vergüenza! ¡Cómo eres juzgas!

Tu hipocresía es tanta que se revuelve dentro de ti. Brota y babea como un caracol sobre la flor limpia. Sal y hazte hombre, porque ahora no eres más que una baba repugnante.

Te reconozco Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Dios te perdone; ¡Pero vete de mi presencia!…

Mientras Judas y Santiago de Alfeo, contienen al enfurecido Pedro.

Tadeo, con sus ojos azules centelleantes y sus ademanes majestuosos,

dice con voz imperiosa:

–     Se deshonra a sí mismo, quién deshonra al inocente.

Los ojos y la lengua, Dios los hizo para hacer cosas santas. El maldiciente los profana y envilece, al usarlas para hacer cosas malvadas.

No ensuciaré mis manos con tus canas. Pero recuerda que los delincuentes odian al hombre íntegro.

Nosotros vivimos en la Luz y nuestro jefe es Santo; pues no conoce mujer, ni pecado. Lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos.

Aprende! ¡Oh, viejo!… De un joven que se hace maduro, porque la Sabiduría es su Maestra; a no ser ligero en el hablar.

Vete y di a quién te envió; que no en la casa profanada que está en el Monte Moria, sino en esta humilde mansión; reposa Dios en su Gloria. ¡Adiós!…

Los cinco se quedan callados y se van.

Los discípulos se consultan:

¿Decirlo o no decirlo a Jesús; que está todavía atendiendo a los curados?…

Finalmente deciden decirlo… ¡Es mejor así!… Se acercan. Lo llaman y se lo dicen.

Jesús oye con toda calma y responde:

–    Os agradezco la defensa.

¿Pero qué se puede hacer?  Cada quién da lo que tiene…

Varios le dicen:

–     Debemos reconocer que tienen un poco de razón.

–     Ella siempre está allí afuera, como un perro.

–     Te perjudica…

Jesús contesta:

–      Déjenla.

Ella no será la piedra que me pegue en la cabeza.  Y si ella se salva… ¡Oh! ¡Qué me critiquen por esta alegría! ¡Qué importa!…

Con esta dulce respuesta, da por concluido el asunto.

79 EL TERCER MANDAMIENTO


79 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El día ha estado nublado y aunque amenaza con la lluvia, eso no ha impedido que una gran muchedumbre haya venido a buscar al Maestro.

Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.

Bendice también a un niñito que tiene las piernitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: «Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna».

Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas y explica:

«Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y lo arrolló. Pensé que lo había matado, pero ha sido peor.

Ya ves: lo tengo en esta tabla porque… no hay nada que hacer. Y sufre. Sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda».

Jesús lleno de compasión, por el niñito que está llorando, le pregunta:

–      ¿Te duele mucho?

–       Sí.

–      ¿Dónde?

–       Aquí… y aquí – y se toca con la manita insegura los dos huesos ilíacos.

 Y también aquí y aquí – y se toca las zonas lumbares y los hombros.

La tabla es dura y yo quiero moverme, yo… – y llora desconsolado.

–     ¿Quieres que te tome en brazos?

¿Quieres? Te llevo allí arriba. Verás a todos mientras Yo hablo.

–     ¡Síii! – es un “sí” lleno de anhelo.

El pobrecito niño tiende a Jesus sus brazos suplicantes.

–     Pues entonces ven.

La madre interviene:

–     ¡Pero si no puede, Maestro!

¡Es imposible! Le duele demasiado… Ni siquiera lo puedo mover yo para lavarle. 

Jesús dice:

–     No le hago daño.

–     El médico…

–     El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?

–     Porque eres el Mesías.

La mujer se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.

–     ¿Entonces…?

Jesús lo invita: 

 –     Ven, pequeño.

Jesús, pasando un brazo por debajo de las piernas inertes y el otro por debajo de los hombros,

toma al niño y le pregunta: 

–    ¿Te hago daño? ¿No? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos.

Y va caminando con su preciosa carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso.

Llega hasta el otro extremo y sube a la tarima  del establo que utiliza como púlpito para que lo vean todos, incluso los que están en el patio.

Entonces pide una banqueta.

Cuando se la proporcionan, se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta:

–    ¿Te gusta? Ahora quédate tranquilo y escucha tú también.

El niño está feliz mirando a la gente y sonríe a su mamá, a quien la esperanza tiene llena de emoción y ha quedado en el otro extremo.

Y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la suave barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

EL TERCER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Jesús empieza a hablar: 

         “Está escrito: “Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu”. Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.

El hombre no es superior a Dios. Y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo descansó.

¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido?

No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.

El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado.

Descansa incluso – y se lo permitimos, para no perderlo – el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche.

Descansa también- y la dejamos descansar – la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno.

Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración.

¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores – sean vegetales o animales – que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerlo?

Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; lo han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar.

Sin poder decir en ninguna ocasión: “Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos: soy el padre, hoy soy de mis hijos;

soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres”.

Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor y santísimo, Dios.

Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva.

¿Por qué vamos a tratarlo como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo?

El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje!

Y ¿Por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: “Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo”?

Bien, ahora escuchadme; he dicho: “Cumple un honesto trabajo”. Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo.

La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo.

Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le sustrae al trabajador su salario, no lo explota de manera culpable.

Tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas.

Y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida, que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro.

Quien actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo. ¡Oh, qué falsa es esa dádiva!

¿Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado?

¿Cuando es un “hurto”, es decir, una traición respecto al prójimo, porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo?

Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo; si no se aprovechan para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días.

¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Ésta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.

Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras.

Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento,

usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana.

Es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante,

de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

Diréis: “¿Y si luego se vuelve a pecar?”.

Pues bien, ¿Qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro.

Porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas?

Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo y le dice:

“No llores, Yo te levanto. Estate más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz”.

Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.

Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo.

El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice.

Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¿Qué amor tiene Él por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra!

Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño. ¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad.

En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñito que tengo en mi pecho y que contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo.

¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón.

Le pregunté: “¿Quieres venir a mis brazos?”, y él me contestó: “sí”, sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverlo.

Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: “sí”, y ha venido.

Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarlo en una carne blanda y no en una madera dura.

Ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. “Ahora lo voy a despertar con un beso…

Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.

–     ¿Cómo te llamas?

–     Juan.

–     Escúchame, Juan. ¿Quieres caminar? ¿Ir con tu mamá y decirle: “El Mesías te bendice por tu Fe”?

–     ¡Sí! ¡Sí! – El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: -¿Haces que pueda ir?

¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?

–     Se acabó, se acabó para siempre.

–     ¡Ah…, cuánto te quiero!

Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y lo besa y para besarlo mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas:

Y una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.

En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado.

Pero los gritos de su madre y de la multitud lo hacen volver en sí y girar la cabeza asombrado.

La gente está revolucionada y su madre, desde el otro extremo lo llama uniendo su nombre al de Jesús…

–     ¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!

Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué.

Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial:

–     ¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?

–     Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan – Jesús lo besa y lo bendice -. Ve con tu mamá y sé bueno.

El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo.

Y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice:

–     Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?

La gente está un poco más callada.

Y Jesús dice con voz de trueno:

–      ¡Haced como el pequeño Juan vosotros, que cayendo en el pecado, os herís! ¡Tened fe en el amor de Dios!

La paz sea con vosotros.

Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre,

Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

77 EL SEGUNDO MANDAMIENTO


77 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús no está. Hay un gran desconcierto entre los discípulos. Su agitación es tanta, que parecen un enjambre provocado.

Hablan, miran fuera nerviosamente, hacia todas partes… 

Finalmente toman una decisión respecto a lo que los tiene agitados.

Pedro ordena a Juan:

–    Vete a buscar al Maestro. Está en el bosque junto al río. Dile que venga pronto para que diga lo que debemos hacer.

Juan va a la carrera.

Judas de Keriot, dice:

–    No entiendo por qué tanta confusión y tanta descortesía.

Yo habría ido y lo habría recibido con todos los honores. Es un honor suyo y también para nosotros. Así pues…

Pedro advierte.

–   Yo no sé nada.

Él será diferente a su pariente… pero a quién está con hienas se le pega el olor y el instinto.

Por lo demás, tú querrías que se fuese aquella mujer… ¡Pero ten cuidado! El Maestro no quiere y yo la tengo bajo mi protección.

Si la tocas… ¡Yo no soy el Maestro! Te lo digo para tu conducta futura.

Judas dice con ironía:

–   ¡Hummm! ¿Quién es pues? ¿Tal vez la bella Herodías?

–    ¡No te hagas el gracioso!

–    Si me hago el gracioso es por tí.

Has creado en torno a ella una guardia real, como si se tratara de una reina…

–    El Maestro me dijo: ‘Procura que no se le perturbe y respétala’ Y eso es lo que hago.

Tomás pregunta:

–   ¿Pero quién es? ¿Lo sabes?

Pedro dice:

–    Yo no.

Varios insisten:

–    ¡Ea! ¡Dilo! ¡Tú lo sabes!

–   Os juro que no sé nada. El Maestro lo sabe. Pero yo no.

–   Hay que preguntárselo a Juan. A él le dice todo.

Judas pregunta:

–  ¿Por qué? ¿Qué cosa especial tiene Juan? ¿Es acaso un dios tu hermano?

Santiago de Zebedeo responde:

–   No, Judas. Es el más bueno de nosotros.

Santiago de Alfeo dice:

–   Por mí ni me preocupo.

Ayer mi hermano la vio cuando salía del río con el pescado que le había dado Andrés y se lo preguntó a Jesús.

Él respondió: ‘Tadeo. No tiene cara. Es un espíritu que busca a Dios. Para Mí no se trata de otra cosa y así quiero que sea para todos.’

Y lo dijo en tal forma: ‘Quiero’ que os aconsejo de no insistir.

Judas de Keriot dice:

–   Yo voy a donde está ella.

Pedro se enciende como un gallo de pelea y replica:

–    ¡Haz la prueba! Si eres capaz…

–   ¿La harás de espía para acusarme con Jesús?

–    Dejo ese encargo a los del Templo.

Nosotros los del lago ganamos el pan con el trabajo y no con la delación. No tengas miedo de que Simón de Jonás la haga de espía.

Pero no me provoques y no te atrevas a desobedecer al Maestro, porque yo soy…

–    ¿Y quién eres tú? ¡Un pobre hombre como yo!

–     Sí, señor. al revés.

Más pobre, más ignorante, más vulgar que tú. Y no me avergüenzo. Me avergonzaría si fuese igual a ti en el corazón.

El Maestro me confió este encargo y yo lo hago.

–    ¿Igual a mí en el corazón? Y…

¿Qué cosa hay en mi corazón que te causa asco? ¡Habla! ¡Acusa! ¡Ofende!…

Bartolomé interviene:

–    ¡Judas! ¡Cállate! Respeta las canas de Pedro.

–    Respeto a todos. Pero quiero saber qué cosa hay en mí…

Pedro estalla:

–    Al punto eres servido.

Déjame hablar… hay tanta soberbia que con ella se puede llenar esta cocina. Hay falsedad y hay lujuria.

Judas casi se ahoga:

–   ¿Yo falso?…

Todos se interponen y Judas debe callar.

Simón, con calma dice a Pedro:

–    Perdona amigo, si te digo una cosa.

Él tiene defectos, pero tú también los tienes. Y uno de ellos es el de no compadecer a los jóvenes. ¿Por qué no tomas en cuenta la edad? ¿El nacimiento y… tantas otras cosas?

Mira. Tú obras por amor a Jesús. Pero, ¿No has notado que estas disputas le causan hastío? A él no le digo nada. –señala a Judas- pero a ti, sí.

Porque eres un hombre maduro y muy sincero, te hago esta súplica:

¡Él tiene tantas penas por sus enemigos y dárselas también nosotros! Hay tantas guerras a su alrededor. ¿Por qué provocar otra en su nido?

Tadeo confirma:

–   Es verdad. Jesús está triste y ha adelgazado.

En las noches oigo que da vueltas en su cama y suspira. Hace algunos días, me levanté y ví que lloraba, orando.

Le pregunté: ‘¿Qué te pasa?’ Él me abrazó y me dijo: ‘Quiéreme mucho. ¡Qué fatigoso es ser ‘Redentor’!

Felipe agrega:

–    También yo me di cuenta de que había llorado en el bosque junto al río.

Y a mi mirada interrogante respondió: ‘¿Sabes qué diferencia hay entre el Cielo y la Tierra, además de no ver a Dios?

Es la falta de amor entre los hombres. Me estrangula como una soga.

He venido a darles granos a los pajaritos, para que me amen los seres que se aman.’

amor animal

Escuchar todo esto, resquebraja por un momento el gran egoísmo de Judas.

Siente una oleada de amor por su Maestro y el conocer su sufrimiento, se le clava como un puñal en su corazón.

Y se deja caer, llorando como un niño.

Y en ese preciso momento, entra Jesús con Juan:

–  Pero, ¿Qué sucede? ¿Por qué ese llanto?

Pedro responde:

–  Por mi culpa, Maestro. Cometí un error. Regañé a Judas muy duramente.

Judas replica entre sollozos:

–  No… yo… yo… el culpable soy yo.

Yo soy el que te causa dolor. No soy bueno… Perturbo… Pero, ¡Ayúdame a ser bueno! Porque tengo algo aquí en el corazón…

Algo que no comprendo… que me obliga a hacer cosas que no quiero hacer. Es más fuerte que yo.

Judas con Posesión diabólica perfecta por la MALDAD

Y te causo dolor a Ti, Maestro; al que debería dar gozo. Créelo; no es falsedad.

Jesús dice:

–    Sí, Judas. No lo dudo.

Viniste a Mí, con sinceridad de corazón; con verdadero entusiasmo. Pero eres joven…

Nadie. Ni siquiera tú mismo te conoces como Yo te conozco. ¡Ea! ¡Levántate y ven aquí!

Luego hablaremos los dos solos. Mientras tanto, hablemos de aquello por lo que me mandasteis llamar.

¿Qué hay de malo en que venga Mannaém?

¿No puede un hermano de leche de Herodes, tener sed del Dios Verdadero?

¿Tenéis miedo por Mí? Tened fe en mi palabra. Este hombre ha venido con fines honestos.

Pedro:

–   ¿Entonces por qué no se dio a conocer?

Jesús:

–   Precisamente porque viene como un ‘alma’; no como hermano de Herodes.

Se ha envuelto en el silencio, porque piensa que ante la Palabra de Dios, no existe el parentesco con un rey. Respetaremos su silencio.

Andrés:

–    Pero si por el contrario… ¿Él lo envió?

–   ¿Quién?…  ¿Herodes?… No. No tengáis miedo.

Tadeo:

–   ¿Quién lo manda entonces?

Santiago:

–   ¿Cómo se ha informado de Ti?

–   Es discípulo de mi primo Juan.

Id y sed con él corteses; como con los demás. Id. Yo me quedo con Judas.

Los discípulos se van.

Jesús mira a Judas, que está todavía lloroso y le pregunta:

–      ¿Y? ¿No tienes nada que decirme?

Yo sé todo lo tuyo. Pero quiero saberlo por ti. ¿Por qué ese llanto? Y sobre todo, ¿Por qué ese desequilibrio, que te tiene siempre tan descontento?

Judas con posesión demoníaca perfecta por la SOBERBIA

–     ¡Oh, sí Maestro! Lo dijiste.

Soy celoso por naturaleza. Tú sabes que así es… Y sufro al ver que… Al ver tantas cosas.

Esto me saca de quicio, porque soy injusto. Y me hago malo, aun cuando no quisiera. No…

–     ¡Pero no llores de nuevo!

¿De qué estas celoso? Acostúmbrate a hablar con tu verdadera alma. Hablas mucho. Hasta demasiado…

Pero, ¿Con quién? Con el instinto y con tu mente. Tomas un fatigoso y continuo trabajo, para decir lo que quieres decir: hablo por ti. De tu ‘yo’.

Porque cuando tienes que hablar de otros y a otros, no te pones cortapisas, ni límites. Y lo mismo haces con tu carne.

Ella es un caballo bronco. Pareces un jinete a quien el jefe de las carreras, le hubiese dado dos caballos locos para hacer el paso de la muerte…

Uno es el sentido. Y el otro… ¿Quieres saber cuál es el otro? ¿Sí?…

Judas asiente con la cabeza.

Jesús continúa:

–           Es el error que no quieres domar.

Tú…  Jinete capaz pero imprudente. Te fías de tu capacidad y crees que basta.

Quieres llegar primero… no pierdes tiempo ni siquiera para cambiar de caballo.

Antes bien, los espoleas y pinchas. Quieres ser el ‘vencedor’… quieres aplauso.

¿Acaso no sabes que la victoria es segura cuando se conquista con constante, paciente y prudente trabajo?…

Habla con tu alma. De allí es de donde quiero que salga tu confesión. O, ¿Debo decirte lo que hay dentro?

Cuando se tiene una posesión demoníaca perfecta, Satanás es el Huésped dentro de nuestro corazón y la tragedia más grande de Jesús, es que Él ve con Quién está dialogando y lo tiene que mantener dentro de su círculo íntimo a pesar de ser su más grande Adversario…

Una sombra cruza por la mirada de Judas antes de responder:

–     Veo que también Tú no eres justo. Y no eres firme y esto me hace sufrir.

–    ¿Por qué me acusas? ¿En qué he faltado a tus ojos?

–     Cuando quise llevarte con mis amigos, no te gustó.

Y dijiste: ‘Prefiero estar entre los humildes.’ Luego Simón y Lázaro te dijeron que era bueno que te pusieras bajo la protección de un poderoso y aceptaste.

Tú das preferencia a Pedro, a Simón, a Juan. Tú…

–    ¿Qué otra cosa?

–    Nada más, Jesús.

–    Nubecillas… pompas de espuma.

Me das compasión porque eres un desgraciado  que te torturas, pudiendo alegrarte.

¿Puedes decir que este lugar es de lujo? ¿Puedes decir que no hubo una razón poderosa que me obligó a aceptarlo?…

¿Si Sión no me hubiera arrojado, estaría refugiado en un lugar de asilo?

–    No.

–   ¿Entonces cómo puedes decir que no te trato como a los demás?

¿Puedes decir que he sido duro contigo cuando has faltado? Tú no fuiste sincero… las vides… ¿Qué nombre tenían esas vides?…

No fuiste complaciente con quién sufría y se redimía. Ni siquiera fuiste respetuoso conmigo. Y los otros lo vieron.

Y con todo; una sola voz se levanta incansable en tu defensa: la mía. Los demás tendrían el derecho de estar celosos.

Porque si ha Habido uno que fuera preferido y protegido, eres tú.

Judas, avergonzado y conmovido, llora.

–    Me voy.

Es la hora en que soy de todos. Tú quédate y reflexiona…

–    Perdóname, Maestro.

No podré tener paz, si no tengo tu perdón. No estés triste por mi causa. Soy un muchacho malvado… Amo y atormento…

Así sucedía con mi madre. Así es ahora contigo. Y así será con mi esposa, si algún día me caso… creo que sería mejor que me muriese.

–    Sería mejor que te enmendases.

Estás perdonado. ¡Hasta luego!

Jesús sale.

Afuera está Pedro, que le dice:

–     Ven, Maestro. Ya es tarde.

Hay mucha gente. Dentro de poco se pondrá el sol. Y no has comido. Ese muchacho es causa de todo.

–    ‘Ese muchacho’ Tiene necesidad de todos vosotros para no ser el causante de estas cosas.

Procura recordarlo, Pedro. Si fuese tu hijo, ¿Lo compadecerías?

–    ¡Uhmmm! Sí y no.

Lo compadecería. Pero le enseñaría también algunas cosas. Aunque fuese adulto le enseñaría como a un jovencillo mal educado.

Bueno… si fuese mi hijo, no sería así…

–    ¡Basta!

–    Sí, ¡Basta, Señor mío!

Mira, allí está Mannaém. Es el que tiene el manto rojo muy oscuro, que parece casi negro.

Me dio esto para los pobres. Y me preguntó que si podía quedarse a dormir.

–   ¿Qué respondiste?

–   La verdad. ‘No hay más que para nosotros…’

Jesús no dice nada. Deja a Pedro y va a dónde está Juan y le dice algo en voz baja.

Luego, ya en su puesto, comienza a hablar:

–    La paz esté con todos vosotros, y con ella descienda sobre vosotros luz y santidad.

Está escrito: “No profieras en vano mi Nombre”.

¿Cuándo se le toma en vano? ¿Sólo cuando se le blasfema? No. También cuando uno lo profiere sin ser digno de Dios.

¿Puede un hijo decir: `Amo y honro a mi padre”, si luego, a todo lo que el padre desea de él opone una acción contraria?

No es diciendo: “padre, padre” como se le ama. No es diciendo: “Dios, Dios”, como se ama al Señor.

‘En Israel, que – como he explicado anteayer – tiene tantos ídolos en el secreto de los corazones, existe también un hipócrita alabar a Dios, un alabar que no queda corroborado por las obras de quienes lo hacen.

Hay en Israel también una tendencia: la de descubrir muchos pecados en las cosas externas y no querer encontrarlos donde realmente existen, en las cosas internas.

Tiene también Israel una necia soberbia, un antihumano y antiespiritual hábito: el de estimar blasfemia el Nombre de nuestro Dios pronunciado por labios paganos,

llegando a prohibirles a los gentiles el acercarse al Dios verdadero porque se considera sacrilegio. Así ha sido hasta ahora; cese ya.

El Dios de Israel es el mismo Dios que ha creado a todos los hombres. ¿Por qué impedir que los seres creados sientan la atracción de su Creador?

¿Creéis que los paganos no sienten algo en el fondo dei corazón, una insatisfacción que grita, que se agita, que busca?; ¿A quién?, ¿A qué?:  al Dios desconocido.

¿Y pensáis que si un pagano orienta su propio ser hacia el altar del Dios desconocido, hacia ese altar incorpóreo que es el alma en que siempre hay un recuerdo de su Creador, el alma que espera ser poseída por la gloria de Dios,

como lo fue el Tabernáculo erigido por Moisés según la orden recibida y que llora hasta no quedar poseída, pensáis que Dios rechaza su ofrecimiento como si de una profanación se tratase?

EL SEGUNDO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

¿Y creéis que es pecado ese acto, suscitado por un honesto deseo del alma que, despertada por celestes llamadas, dice “voy” al Dios que le está diciendo “ven”?

¿Mientras que por el contrario sería santidad el corrompido culto de un Israel que ofrece al Templo lo que tras haber gozado le sobra,

y entra a la presencia de Dios y lo nombra, al Purísimo,  con alma y cuerpo que no son sino toda una gusanera de culpas?

No. En verdad os digo que es en ese israelita, que con alma impura pronuncia en vano el Nombre de Dios, donde se da la perfección del sacrilegio.

Es pronunciarlo en vano cuando – y estúpidos no sois – cuando, por el estado de vuestra alma sabéis que lo pronunciáis inútilmente.

¡Oh, verdaderamente veo el rostro indignado de Dios, volviéndose hacia otra parte con disgusto, cuando un hipócrita lo llama, cuando lo nombra un impenitente!

Y siento terror de ello, Yo que no merezco ese enojo divino.

Leo en más de un corazón este pensamiento:

“Pero entonces, aparte de los niños, ninguno podrá invocar a Dios, dado que en todas partes en el hombre hay impureza y pecado”.

No. No digáis eso. Son los pecadores quienes deben invocar ese Nombre.

Deben invocarlo quienes se sienten estrangulados por Satanás y quieren liberarse del pecado y del Seductor.

Quieren. He aquí lo que transforma el sacrilegio en rito. Querer curarse.

Llamar al Poderoso para ser perdonados y para ser curados. Invocarlo para poner en fuga al Seductor.

Está escrito en el Génesis que la Serpiente tentó a Eva en el momento en que el Señor no paseaba por el Edén.

Si Dios hubiera estado en el Edén, Satanás no habría podido estar. Si Eva hubiera invocado a Dios, Satanás habría huido.

Tened siempre en el corazón este pensamiento. Y llamad con sinceridad al Señor. Ese Nombre es salvación. Muchos de vosotros quieren bajar a purificarse.

Purificaos primero el corazón, incesantemente, escribiendo en él, con el amor, la palabra “Dios”.

No con engañosas oraciones o con prácticas consuetudinarias, sino con el corazón, con el pensamiento, con los actos, con todo vosotros mismos, pronunciad ese Nombre: Dios.

Pronunciadlo para no estar solos, pronunciadlo para ser sostenidos, pronunciadlo para ser perdonados. Comprended el significado de la palabra del Dios del Sinaí:

“En vano” es cuando decir “Dios” no supone una transformación en bien; y entonces, es pecado.

“En vano” no es cuando, como el latido de sangre en el corazón, cada minuto de vuestro día, y toda acción vuestra honesta, toda necesidad, tentación, todo dolor os trae a los labios la filial palabra de amor:”¡Ven, Dios mío!”.

Entonces, en verdad, no pecáis nombrando el Nombre santo de Dios. 

Marchad. La paz sea con vosotros.

No hay ningún enfermo.

Jesús permanece con los brazos cruzados apoyado contra la pared, bajo el techado en que ya descienden las sombras.

Cuando termina, no hay ningún enfermo. Jesús se queda con los brazos cruzados y mira a los que se van yendo, después de que los ha despedido y bendecido.

El hombre vestido de rojo oscuro, parece que no sabe qué hacer.

Jesús no lo pierde de vista, cuando lo ve que se dirige hacia su caballo, lo alcanza y le pregunta:

–    ¡Oye! Espérame. Ya va anochecer. ¿Tienes dónde dormir? ¿Vienes de lejos? ¿Estás solo?

El hombre contesta titubeante:

–    De muy lejos… Y me iré. No sé… si en el poblado encontraré… o hasta Jericó. Allí dejé la escolta en la que no confiaba.

Jesús le dice:

–    No. Te ofrezco mi cama. Ya está lista. ¿Tienes que comer?

–    No tengo nada. Creí que este lugar sería más hospitalario.

–     No falta nada.

–     Nada. Ni siquiera el odio contra Herodes. ¿Sabes quién soy? 

–    Los que me buscan tienen un solo nombre: ‘Hermanos, en el Nombre de Dios’. Ven. Juntos compartiremos el pan. Puedes llevar el caballo a aquel galerón. Yo dormiré allí y te lo cuidaré.

     No. Esto jamás. Yo dormiré ahí. Acepto el pan; pero no más. No pondré mi sucio cuerpo donde Tú pones el tuyo, que es santo.

–     ¿Me crees santo?

–    Sé que eres santo. Juan, Cusa, tus obras… tus palabras.

El palacio real es como una concha que conserva el rumor del mar. Yo iba a donde estaba Juan… Y luego lo perdí.

Él me dijo: ‘Uno que es más santo que yo, te recogerá y te elevará’ no podrías ser otro, sino Tú.

Vine en cuanto supe en dónde estabas.

Zelote regresa del río, después de bautizar y Jesús bendice a los últimos bautizados.

Luego le dice:

–    Esta persona, es el peregrino que busca refugio en el Nombre de Dios. Y en el Nombre de Dios lo saludamos como amigo.

Simón se inclina y el hombre también.

Entran en el galerón y Mannaém amarra el hermosísimo caballo blanco, con gualdrapas de color rojo que penden de la silla, adornadas con plata, en el pesebre.

Juan acude con hierba y un cubo con agua.

Acude Pedro también, con una lámpara de aceite, porque ya está oscuro.

Mannaém dice:

–    Aquí estaré muy bien. Dios os lo pague.

Jesús le pone la mano en el hombro y le dice:

–   Ven amigo mío. Vamos a compartir el pan…

Luego entran todos en la cocina, donde arde una tea y se reúnen para cenar…