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128 LAS NUPCIAS ESPIRITUALES


128 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La alborada blanquea los montes y parece atenuar las escabrosidades de esta agreste ladera,

en que la única voz es la del pequeño torrente espumante de su fondo; la cual, reflejada por los montes, llenos de cuevas, emite un rumor singular.

Allí, en el lugar en que se han instalado los discípulos, no se oye sino algún que otro cauto frú-frú entre el ramaje o las hierbas:

De los primeros pájaros que se despiertan, de los últimos animales nocturnos que van a su madriguera.

Un grupo de liebres o conejos montaraces, que están royendo una mata baja de moras, huyen porque los ha asustado una piedra al caer.

Luego vuelven prudentemente, moviendo sus orejas para detectar todos los sonidos…

Y viendo que todo está en calma, regresan a su mata.

El abundante rocío lava todas las hojas y las piedras.

El bosque adquiere un intenso aroma de musgo, poleo y mejorana.

Un petirrojo baja a posarse justo en el borde de una caverna a que hace de techo una gruesa lasca salediza; moviendo la cabecita,

bien erguido sobre sus patitas de seda preparado para huir, se asoma hacia dentro, mira hacia el suelo y susurra unos «chip» «chip» interrogativos.

Y… golosos, provocados por unas migas de pan que hay en la tierra. De todas formas, no se decide a bajar sino cuando ve que le está precediendo un mirlo grande, que se acerca saltando al sesgo.

Cómico con esa actitud suya de picaruelo y perfil de viejo notario, al que para serlo completo, le faltan sólo las gafas.

Entonces baja también el petirrojo y se coloca detrás de su señoría – muy corajinosa -, que cada cierto tiempo hinca el pico amarillo en la tierra húmeda en busca de…

arqueología alimenticia, para seguir adentrándose, después de emitir un «chop» o un silbido breve realmente de granuja.

El petirrojo llena su buche con las miguitas y se queda atónito al ver que el mirlo, penetrando seguro en la caverna silenciosa…

Sale luego con una corteza de queso y la golpea una y otra vez contra una piedra para desmenuzarla y procurarse una opípara comida.

Luego el mirlo vuelve a entrar, da una ojeada y no encontrando ya nada más, emite un brioso silbido burlón y alza el vuelo, para terminar su canto en la copa de un roble que sumerge su cima en el azul matutino.

También echa a volar el petirrojo, a causa de un ruido que ha oído venir del interior de la caverna…

Y se posa sobre una ramita delgada que se mece en el vacío.

Jesús sale hasta la boca de la cueva y se pone a desmigajar un poco de pan…  

Llamando muy suavemente a los pajarillos con un silbido modulado que bien imita el gorjear de muchas avecillas.

Después se separa de la cueva y va más arriba…

Y se queda inmóvil contra una pared rocosa, para no asustar a estos amigos suyos que al poco rato descienden:

Primero el petirrojo, luego otros de distintas especies.

La inmovilidad-de Jesús o también su mirada, hace que pasado un poco de tiempo, a pocos centímetros de El, estén saltando ya los pajarillos.

Y que el petirrojo ya saciado, vuele hacia la parte alta de la roca en que está apoyado Jesús y se agarre a una delgadísima ramita de clemátide…

Y se columpie por encima de su rubia cabeza con deseos de posarse en ella o en uno de sus hombros…

La comida ha terminado.

El sol dora primero, la cima del monte; luego, las ramas más altas de los árboles…

Mientras que hacia abajo, todavía todo recibe la pálida luz del alba.

Las avecillas vuelan satisfechas, saciadas, bajo el sol.

Y cantan con la plenitud de sus pequeñas gargantas. 

Entonces Jesús dice:

–     Ahora a despertar a estos otros hijos míos.

Y desciende porque su cueva es la más alta.

Y va entrando en las distintas cuevas y llamando por su nombre a los doce, que duermen.

Simón, Bartolomé, Felipe, Santiago, Andrés, responden enseguida.

Mateo, Pedro y Tomás se muestran más tardos en responder.

Judas Tadeo, ya listo y bien despierto, va hacia Jesús en cuanto lo ve asomarse a la entrada.

El otro primo sin embargo y con él Judas de Keriot y Juan están profundamente dormidos.

Tanto es así, que Jesús debe moverlos en su cama de hojas para que se despierten.

Juan, que ha sido el último al que Jesús ha ido a llamar, está tan profundamente dormido que no se centra bien respecto a quien es el que lo está llamando,…

Y entre las nieblas del sueño interrumpido a mitad, susurra:

–    «Sí, mamá, voy enseguida…».

Pero luego se da la vuelta para el otro lado…

Jesús sonríe, se sienta en el rústico jergón hecho de follaje recogido en el bosque, se inclina y da un beso en la mejilla a su Juan…

Que abre los ojos y se queda atónito al ver allí a Jesús.

Se sienta como impulsado por un resorte,

y dice:

–     ¿Me necesitas? Aquí estoy.

–     No. Te he despertado como a todos.

Pero creías que era tu madre; entonces te he dado un beso, como hacen las madres.

Juan, sólo con la camisola interior, por haber utilizado como cobijas la túnica y el manto), se echa al cuello de Jesús y ahí se refugia, con la cabeza entre el hombro y la cara,

diciendo:

–     ¡Tú eres mucho más que mi madre!

La he dejado por ti, lo contrario no lo haría; ella me ha traído a este mundo, Tú me has dado a luz para el Cielo. Yo esto lo sé.

–     ¿Qué otras cosas sabes más que los otros?

–     Lo que me ha dicho el Señor en esta gruta.

Jesús, no he ido ninguna vez a tu cueva, lo cual creo que habrá sido interpretado por los compañeros como indiferencia y soberbia, pero no me importa lo que piensen.

Sé que sabes la verdad.

No iba donde Jesucristo, Hijo de Dios Encarnado, pero lo que Tú eres en el seno del Fuego que es el Amor Eterno de la Trinidad Santísima.

Su Naturaleza, su Esencia, su verdadera Esencia.

¡La verdad es que no sé expresar todo lo que he comprendido en esta tétrica cueva oscura, que de tantas luces se ha llenado para mí!

¡En esta fría caverna en que he ardido en un fuego que no tenía forma sensible; pero que ha entrado a mis adentros encendiéndolos con llama de dulce martirio!

¡En este antro silencioso, que me ha cantado verdades celestiales!

Lo que Tú eres, Segunda Persona del inefable Misterio que es Dios…

Y que yo penetro porque Dios me ha aspirado hacia Sí, eso, lo he tenido siempre conmigo.

Todos mis deseos, lágrimas, preguntas se han derramado sobre tu pecho divino, Verbo de Dios.

Y ninguna de las palabras, entre las tantas que te he escuchado, ha tenido la amplitud de la que aquí me has dicho, Tú, Dios Hijo. Tú, Dios como el Padre. Tú, Dios como el Espíritu Santo,

Tú, Tú que eres el perno de la Tríada… ¡Oh, quizás es una blasfemia, pero me parece que es así, porque sin Tí, amor del Padre y al Padre, faltaría el Amor, el Divino Amor.

Y la Divinidad ya no sería Trina y le faltaría el atributo más propio de Dios:

Su amor! ¡Oh, mucho tengo aquí dentro, pero es como agua que gorgotea contra un dique sin poder salir…

Y me da la impresión de que fuera a morir por lo violento y sublime de la convulsión que ha penetrado mi corazón desde que te he comprendido…

Y por nada del mundo querría verme despojado de ello… ¡Haz que muera de este amor, mi dulce Dios!

Juan sonríe y llora, agitado, de su amor encendido, abandonado sobre el pecho de Jesús, como si la llama lo dejase sin fuerzas.

Y Jesús, lleno también de amor, lo acaricia con ternura.

Juan se recobra súbitamente en un arranque de humildad,

que le hace suplicar:

–     No les digas a los otros lo que te he manifestado.

Aunque ellos también habrán sabido vivir de Dios como yo he vivido estos días; deja sobre mi secreto la piedra del silencio.

–     Puedes estar seguro, Juan.

Ninguno sabrá de tu desposorio con el Amor.

Vístete, ven, que tenemos que marcharnos.

Jesús sale y va al sendero donde ya esperan los otros.

Los rostros muestran un aspecto más venerable, más recogido…

Los ancianos parecen patriarcas, los jóvenes tienen traza de madurez, de dignidad, celada antes bajo la juventud.

Judas de Keriot  mira a Jesús con una tímida sonrisa en su rostro signado por el llanto.

Y Jesús lo acaricia al pasar.

Pedro no habla, cosa tan extraña en él, que llama la atención más que cualquier otro cambio. 

Mira atentamente a Jesús con una dignidad nueva, que parece despejarle más esa frente suya ya con entrantes; más severo esa mirada fina que antes brillaba todo de perspicacia.

Jesús lo llama a su lado y lo tiene ahí, junto a sí, en espera de Juan…

Que por fin sale, con un rostro casi ruborizado, encendido por una llama que, aun no mudando el color, es patente.

Todos lo miran.

Jesús los llama: 

–     Ven aquí, Juan, junto a mí.

Y tú, Andrés; y tú, Santiago de Zebedeo; también tú, Simón; y tú, Bartolomé.

Y Felipe y vosotros, hermanos míos y Mateo.

Judas de Simón, aquí, frente a Mí. Tomás, ven aquí. Sentaos. Tengo que hablaros.

Se sientan, apacibles como niños, todos un poco absortos en su mundo interior.

Y a pesar de todo, más atentos que nunca a Jesús.

–     ¿Sabéis lo que he hecho con vosotros?

Todos lo sabéis. El alma se lo ha dicho a la razón.

El alma, que ha sido reina estos días, le ha enseñado a la razón dos grandes virtudes:

La humildad y el silencio, hijo de la humildad y de la prudencia, que a su vez son hijas de la caridad.

Hace sólo ocho días, habríais venido a proclamar, cual hábiles niños cuyo deseo es dejar asombrados a los demás, superar a su rival;

vuestras capacidades, vuestros nuevos conocimientos; sin embargo, ahora calláis.

De niños habéis pasado a adolescentes.

Y sabéis que un tipo de proclamación como el que he mencionado podría hacerle sentirse poco al otro, quizás menos favorecido por Dios…

Y por eso no habláis.

Sois como muchachas que han dejado de ser impúberes:

Ha nacido en vosotros el santo pudor de la metamorfosis que os ha revelado el Misterio Nupcial de las almas con Dios.

Matrimonio místico de santa Rosa de Lima

Estas cuevas el primer día os parecieron frías, hostiles, repelentes…

Ahora las miráis como a perfumadas y luminosas cámaras nupciales.

En ellas habéis conocido a Dios.

Antes sabíais acerca de Él, pero no lo conocíais en esa intimidad que hace de dos uno.

Entre vosotros hay hombres que están casados desde hace años; otros que tuvieron sólo falaces relaciones con mujeres. 

Algunos que, por distintas causas, son castos.

Mas los castos ahora saben como los casados, lo que es el amor perfecto…

Es más, puedo decir que ninguno como quien desconoce todo apetito carnal, SABE lo que es el amor perfecto.

Porque Dios se revela a los vírgenes en toda su plenitud, tanto por la propia delicia de darse a quien es puro…

Reconociendo parte de Sí mismo, Purísimo, en la criatura exenta de toda lujuria; como para compensarle por cuanto se niega por amor a Él.

En verdad os digo que por el amor que os tengo y por la sabiduría que poseo, si no debiera llevar a cabo la obra del Padre; querría teneros aquí, estar con vosotros, alejados de la gente.

Ciertamente haría de vosotros, solícito, grandes santos.

Ya no tendríais momentos de desconcierto, o defecciones, caídas o perdidas de ritmo o vueltas atrás.

Pero no puedo. Debo continuar mi camino y también vosotros.

El Mundo nos espera, este mundo profanado y profanador que necesita maestros y redentores.

Yo os he querido dar a conocer a Dios para que lo amarais mucho más que al Mundo, el cual con todos sus afectos no vale lo que una sola sonrisa de Dios.  

San Juan de la Cruz

He querido que pudierais meditar sobre lo que es el Mundo y sobre lo que es Dios…

Para que aspirarais a lo mejor.

En este momento aspiráis sólo a Dios. ¡Oh, si pudiera dejaros fijos en esta hora, en esta aspiración!

Pero el Mundo nos espera.

E iremos a ese mundo que espera, por la santa Caridad; que, de igual modo que me ha enviado a Mí al mundo, os envía a vosotros por imperativo mío.

Pero os lo suplico, como se guarda una perla en un cofre:

Guardaos bien el tesoro de estos días en que vuestra mirada y vuestros cuidados han estado dirigidos a vosotros mismos.

De estos días en que os habéis erguido y procurado vestiduras nuevas

Santa Catalina de Siena

Y habéis contraído esponsales con Dios… en vuestro corazón.

Como las piedras del testimonio, elevadas por los Patriarcas a recuerdo de las alianzas con Dios, conservad y custodiad estos preciosos recuerdos en vuestro corazón.

A partir de hoy ya no sois sólo los discípulos predilectos, sino que sois los apóstoles, cabezas de mi Iglesia.

De vosotros brotarán y esto siempre, todas sus jerarquías.

Seréis llamados maestros, teniendo como Maestro a vuestro Dios en su triple potencia, sabiduría y caridad.

No os he elegido porque seáis los que más lo merecéis, sino por un complejo de causas que no es necesario que conozcáis ahora.

Os he elegido en vez de a los pastores, que son mis discípulos desde mis primeros vagidos.

¿Por qué lo he hecho? Porque era lo correcto.

Entre vosotros hay galileos y judíos, instruidos y no instruidos, ricos y pobres; esto por el mundo, para que no diga que he preferido a una sola categoría…

Mas vosotros no daríais abasto a todo lo que hay que hacer, ni ahora ni en el futuro.

Quizás no todos os acordéis de un punto del Libro. Os lo recuerdo.

En el segundo libro de los Paralipómenos, capítulo 29, se narra cómo Ezequías, rey de Judá, hizo purificar el Templo.

Y cómo, una vez purificado, ordenó sacrificar por el pecado, por el reino, por el santuario y por Judá.

Y cómo luego comenzaron las ofrendas individuales…

Mas, no siendo suficientes los sacerdotes para las inmolaciones, se recurrió a los levitas, consagrados con rito más breve que el de los sacerdotes.

Esto mismo haré Yo.

Vosotros sois los sacerdotes, a quienes Yo, Pontífice eterno, he preparado larga y atentamente.

Pero no dais abasto al trabajo, cada vez mayor, de inmolación de cada hombre en particular al Señor su Dios;

Santa Rosa de Lima, ALMA VÍCTIMA Y CORREDENTORA

por lo cual asocio a vosotros a los discípulos, a los que siguen siendo, eso, discípulos:

Los que nos esperan al pie del monte, los que ya están más arriba, los que ahora se encuentran esparcidos por la tierra de Israel,

Y que llegará el momento en que lo estén por todas las partes de la Tierra.

Ellos recibirán encargos iguales, porque una es la misión; pero ante los ojos del mundo estarán encuadrados de forma distinta, no ante los ojos de Dios, que es justo.

De forma que el discípulo oculto, ignorado por los apóstoles y por sus compañeros, si vive santamente, llevando almas a Dios…

Será mayor que aquel otro apóstol, conocido; que de apóstol no tiene sino el nombre y que rebaja su dignidad de apóstol al nivel de intereses humanos.

La tarea de los apóstoles y discípulos será siempre la de los sacerdotes y levitas de Ezequías:

Practicar el culto, derribar las idolatrías, purificar los corazones y los lugares, predicar al Señor y su Palabra.

No existe tarea más santa sobre la faz de la tierra, ni tampoco dignidad más alta que la vuestra.

En el Tercer Nivel del Purgatorio, se sufre TODO el calvario de Jesús, como en el Infierno, por los propios pecados y por nuestra negativa a ser CORREDENTORES en vida…

Precisamente por esto es por lo que os dicho: “Escuchaos. Examinaos”.

¡Ay del apóstol que caiga!…

Arrastrará consigo a muchos discípulos, y a su vez éstos arrastrarán a un número aún mayor de fieles. 

Y la ruina será cada vez mayor, cual alud en movimiento o círculo que va extendiéndose cada vez más en la superficie de un lago, cuando una y otra vez lanzan piedras al mismo punto.

¿Vais a ser todos perfectos? No.

¿Va a durar el espíritu de ahora? No.

El Mundo lanzará sus tentáculos para ahogar vuestra alma.

La victoria del mundo, que es hijo de Satanás en cinco de sus partes, siervo de Satanás en otras tres partes, apático respecto a Dios en las otras dos. consiste en extinguir las luces en los corazones de los santos.

“Subamos al Calvario con la Cruz a cuestas. No dudemos. Nuestra ascensión terminará con la visión celeste del Dulcísimo Salvador.”

Defendeos por vosotros mismos contra vosotros, contra el Mundo, la Carne y el Demonio; pero, sobre todo, defendeos de vosotros mismos.

¡Alerta, hijos, contra la soberbia, la sensualidad, la doblez, la tibieza, el sopor espiritual, la avaricia!

Cuando el yo inferior hable de supuestas crueldades que le perjudican y lloriquee, imponedle silencio diciendo:

“Por un brevísimo tiempo de privación a que te someto, te procuro para siempre el banquete extático que recibí en la cueva de la montaña al terminar la luna de Sabat”.

Vamos.

Vamos a donde los demás, que en gran número me esperan.

Luego iré unas horas a Tiberíades.

Vosotros, predicándome, iréis a esperarme al pie del monte que está en el camino de Tiberíades al mar…

Os alcanzaré y subiré para predicar.

Tomad alforjas y mantos.

La estancia aquí ha terminado, la elección se ha cumplido.

127 FORJANDO SACERDOTES


127 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Las barcas de Pedro y Juan surcan las aguas serenas del lago. Van seguidas por  todas las embarcaciones de las orillas de Tiberíades.

Son muchísimas las barcas que van y vienen, tratando de alcanzar o pasar a la barca de Jesús para volverse a poner luego detrás.

Ruegos, súplicas, clamor, peticiones… se entrecruzan sobre las azules olas.

Jesús, que lleva en su barca a María y a su tía, la madre de Santiago y Tadeo, mientras que en la otra barca están María Salomé con su hijo Juan y Susana, promete, responde, bendice… incansablemente.

«Volveré, sí, os lo prometo.

Sed buenos. Recordad mis palabras para unirlas a las que en otro momento os diré. La separación será breve. No seáis egoístas, he venido también para los otros. ¡Calma, calma, que os vais a hacer daño!

Sí, oraré por vosotros, siempre me tendréis a vuestro lado. El Señor sea con vosotros. Sí, me acordaré de tus lágrimas; serás consolado. Ten esperanza, ten fe».

Así, avanzando, bendiciendo, prometiendo, la barca llega a la orilla a un poblado minúsculo: con un puñado de casas, pobres, casi abandonadas.

Jesús y los suyos ponen pie en tierra. Las barcas regresan guiadas por los peones y por Zebedeo.

Las otras hacen lo mismo, aunque muchos de los que venían bajan y quieren a toda costa seguir a Jesús; entre éstos está Isaac con los dos que le han sido confiados: José de Emáus y el arquisinagogo Timoneo.

Hay mucha gente de todas las edades.

Jesús llega al camino principal, se detiene.

Y dice:

–     Separémonos ahora.

Madre, tú con María y Salomé marchad a Nazaret. Susana puede volver a Caná. Regresaré pronto.

Ya sabéis lo que hay que hacer. ¡Que Dios sea con vosotras!

Y de su Madre se despide de forma especial, con una sonrisa plena; luego vuelve a sonreír cuando María, dando ejemplo a las otras, se arrodilla para que Jesús la bendiga.

Las mujeres que van con Alfeo de Sara y con Simón se ponen en camino hacia sus ciudades.

Jesús se vuelve hacia los restantes:

–  Os dejo. No es que os despida.

Os dejo sólo un tiempo. Me retiro con éstos a aquellos desfiladeros que veis allá. Quien me quiera esperar que se quede en esta llanura; el que no, que vuelva a su casa.

Me retiro a orar porque es la vigilia de grandes cosas. Quien ama la causa del Padre que ore unido en espíritu a mí. La paz sea con vosotros, hijos.

Isaac, ya sabes lo que debes hacer. Te bendigo, pequeño pastor.

Jesús sonríe al enjuto Isaac, ahora pastor de hombres reagrupados en torno a él.

Jesús se echa a andar dando las espaldas al lago, dirigiéndose con decisión hacia uno de los desfiladeros que hay entre las colinas que van en líneas, casi paralelas, desde el lago hacia el Oeste.

Entre las dos colinas rocosas, escabrosas, abiertas a pico como un fiordo, desciende, con no poco ruido, un torrentillo espumoso;

hacia arriba, el monte agreste, con míseras plantas que crecen en todas las direcciones  como pueden, entre piedra y piedra.

Un sendero de cabras que acomete la colina más abrupta; es precisamente el que toma Jesús.

Los discípulos le siguen fatigosamente, en fila india, en el más absoluto de los silencios.

Sólo cuando Jesús se detiene para que recuperen el aliento, en un lugar un poco más ancho, de este sendero que asemeja a un arañazo en la riscosa ladera intransitable.

Se miran entre sí, aunque sin hablarse.

Sus miradas dicen: « ¿Y a dónde nos lleva?».

Pero no hablan, sólo se miran y cada vez con más desconsuelo, a medida que ven que Jesús reemprende una y otra vez la marcha por la agreste garganta, llena de cuevas.

De resquebrajaduras en las peñas, de rocas por las que es difícil andar, porque además hay espinos y muchas matas en que se enzarzan los pies…

Y que aferran los vestidos por todas partes, arañan y dan en la cara.

Incluso los más jóvenes, con pesados fardos a las espaldas, han perdido el buen humor.

Finalmente Jesús se para y dice:

–      Aquí nos vamos a quedar una semana en Oración…

Para prepararos a algo muy importante.

Por eso he deseado un lugar como éste, aislado, desierto, lejos de todo tránsito de caravanas y de todo lugar habitado.

Aquí hay cuevas ya utilizadas otras veces por otros hombres; nos servirán también a nosotros.

Aquí hay agua fresca y abundante, aunque el terreno sea seco.

Tenemos pan y comida suficiente para el tiempo que vamos a estar.

Los que el año pasado estuvieron conmigo en el desierto saben cómo viví Yo; esto es un palacio respecto a aquel lugar.

Y además la estación, ya agradable, nos ahorrará las inclemencias del hielo y del sol.

Tened buen ánimo, pues.

Quizás no volvamos a estar así, todos juntos y solos.

Este tiempo que vamos a pasar aquí debe uniros, haciendo de vosotros no ya doce hombres sino una sola institución.

–     ¿No decís nada? ¿No me preguntáis nada?

Colocad en esa peña los pesos que lleváis y despeñad ese otro peso que tenéis en el corazón: vuestra humanidad.

Os he traído aquí para hablaros al espíritu, para nutriros el espíritu, para haceros espíritu.

No diré muchas palabras; ¡Muchas os he dicho ya en aproximadamente un año que llevo con vosotros! Ahora ya basta.

Si tuviera que cambiaros con la palabra debería teneros diez, cien años y aun así seríais siempre imperfectos.

Ha llegado el momento de que haga uso de vosotros, pero para ello os debo formar.

Recurro a la medicina de la Oración, que es el arma por antonomasia.

Siempre he orado por vosotros, ahora quiero que seáis vosotros mismos quienes oréis.

Todavía no os enseño mi oración, pero sí os doy a conocer ya el modo de orar y lo que es la oración:

Coloquio de hijos con su Padre, de espíritus a Espíritu, abierto, cálido, confidencial, recogido, franco.

La Oración lo es todo: confesión, conocimiento de nosotros mismos, llanto por nosotros mismos, promesa a nosotros mismos y a Dios, petición a Dios; todo hecho a los pies del Padre.

No puede hacerse en medio del bullicio, entre distracciones, a menos que se sea un coloso en la oración.

Y aun así, incluso los colosos se resienten de este choque y ruido del mundo en sus horas de oración.

EN NUESTRAS RODILLAS ESTÁ EL PODER. 16. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Vosotros no sois colosos, sois pigmeos; sois sólo párvulos en el espíritu, parvos del espíritu.

Aquí alcanzaréis la edad de la razón espiritual. Lo demás vendrá después.

Por la mañana temprano, a la meridiana y al atardecer, nos reuniremos para orar juntos, con las antiguas palabras de Israel. 

Y para partir el pan.

Luego cada uno volverá a su cueva y estará en presencia de Dios y de su alma.

En presencia de cuanto os he dicho acerca de vuestra misión y en presencia de vuestras capacidades.

Medíos, escuchad, decidid. Esta será la última vez que os lo diga.

Luego tendréis que ser perfectos, hasta donde podéis, sin cansancio ni humanidad.

Luego ya no seréis Simón de Jonás o Judas de Simón, ni Andrés o Juan, Mateo o Tomás, sino que seréis mis ministros.

Marchad. Cada uno solo.

Yo estaré en aquella cueva, siempre presente.

No vengáis sin serio motivo.

Tenéis que aprender a valeros por vosotros mismos y a estar solos.

Porque, en verdad os digo que hace un año estábamos para conocernos y dentro de dos estaremos para dejarnos.

¡Ay de vosotros y ay de Mí, si no hubierais aprendido a valeros por vosotros mismos!

Dios sea con vosotros.

Judas, Juan, llevad a mi cueva, a aquélla, las provisiones; deben durar, así que las distribuiré Yo.  

Alguien objeta:

–     ¡Serán pocas!… 

–     Lo suficiente para no morir.

El vientre demasiado sacio carga el espíritu. Yo deseo elevaros, que no haceros lastre.

44 TRÁNSITO DE JOSÉ


44 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La muerte de José.

Jesús es la paz de quien sufre y de quien muere.

Veo un interior de taller de carpintero.

Dos de sus paredes parecen estar formadas de roca (como si se hubieran aprovechado grutas naturales para hacer habitaciones).

En este caso, para mayor detalle, son de roca los lados norte y oeste; las otras dos paredes, sin embargo, la sur y la este, están enlucidas, como las nuestras.

En el lado norte, un entrante de la roca ha sido adaptado para fogón rudimentario; en él hay una cazuelita con barniz o cola, no lo distingo bien.

La leña quemada desde hace años en ese lugar ha ennegrecido tanto la pared, que parece alquitranada. ¿Y como chimenea para aspirar el humo de la combustión?…

Un agujero en la pared con una especie de teja grande y cóncava en su parte alta.

Pero esta chimenea ha debido cumplir mal su función; en efecto, no sólo esta pared sino también las otras están muy ennegrecidas a causa del humo;

en este momento, incluso, por toda la habitación hay una niebla de humo.

Jesús está trabajando en un banco de carpintero.

Está alisando unas tablas.

Y las va apoyando en la pared que está a sus espaldas.

Luego va a donde tiene una especie de taburete apretado por dos lados en una mordaza.

Lo saca, mira si el trabajo está perfectamente hecho, observa el objeto desde todos los puntos.

Luego se acerca al fogón, coge la cazuelita y remueve dentro con un palito. 

Jesús está vestido de color castaño oscuro, la túnica es más bien corta, está remangado hasta más arriba del codo.

Y delante trae puesto una especie de delantal, en el cual se restriega los dedos que han tocado la cazuelita.

Está solo.

Trabaja sin pausas, pero con sosiego.

No hay en él ningún movimiento desordenado o impaciente.

Trabaja con continuidad y precisión.

No pierde la paciencia por nada: ni por un nudo en la madera, que no se deja alisar; ni por un destornillador — eso al menos me parece — que dos veces se le ha caído del banco.

Ni por el humo del ambiente, que debe estarle entrando en los ojos.

De vez en cuando levanta la cabeza para mirar hacia la pared sur, donde hay una puerta que está cerrada…

Como queriendo escuchar.

Después hay un momento en que abre una puerta que está en la pared este y que da a la calle…

Y se asoma.

Veo un trecho de una callejuela polvorienta.

Parece como si estuviera esperando a alguien.

Luego vuelve a su labor. No está triste, pero sí serio.

Cierra de nuevo la puerta y reanuda su trabajo.

Y mientras está ocupado en fabricar unos componentes — al menos eso me parece — del aro de una rueda…

Entra su Madre.

Entra por una puerta de la pared situada al sur.

Entra con prisa y corre hacia Jesús.

Está vestida de azul oscuro y lleva la cabeza descubierta.

Su vestido es una túnica sencilla ceñida a la cintura con un cordón del mismo color.

Acongojada, apoyada con las dos manos en un brazo de su Hijo, lo llama con un gesto de súplica y dolor.

Jesús la acaricia, le pasa un brazo por encima de los hombros y la consuela.

Luego, dejando inmediatamente el trabajo y quitándose el mandil, va con Ella.

María dice:

–    ¡Oh! ¡Jesús!

 ¡Ven! ¡Está mal!

Han sido pronunciadas estas palabras por labios temblorosos…

Y con un brillo de llanto en sus enrojecidos y cansados ojos.

Jesús únicamente dice:

–   « ¡Mamá!»- más todo está incluido en esa palabra. 

Pasan a la habitación de al lado.

El sol, que entra por una puerta que da a un huertecillo lleno de luz y de verdor en que revolotean unas palomas por entre el ondear de ropa tendida,

hace encantadora esta habitación, que es pobre sí, pero está ordenada.

Hay en ella un lecho bajo, cubierto de colchoncitos (digo colchoncitos porque son unas cosas altas y mullidas, pero no es una cama como las nuestras).

Sobre él, recostado sobre muchos almohadones, está José.

Agoniza. Lo refleja claramente la palidez cárdena de su rostro, la mirada apagada, el pecho jadeante…

Y el completo decaimiento de todo el cuerpo.

María se pone a su izquierda.

Le coge la mano rugosa, cárdena en las uñas.

Y la frota, la acaricia y la besa.

Luego, con un paño de lino, le seca el sudor, que crea surcos brillantes en las sienes hundidas…

Y la lágrima, que en el lagrimal se vuelve vítrea.

Y le humedece los labios con un paño mojado en un líquido que parece vino blanco.

Jesús se pone a la derecha.

Levanta levemente, ligero pero con cuidado, este cuerpo que se está hundiendo.

Le incorpora apoyándolo sobre los almohadones.

Y junto con María, pone en orden éstos.

Acaricia la frente del moribundo, trata de reanimarlo.

María llora quedo… sin hacer ruido, pero llora.

Los lagrimones ruedan hacia abajo por las pálidas mejillas y caen sobre el vestido azul oscuro; parecen zafiros resplandecientes.

José se reanima bastante y mira fijamente a Jesús…

Le da la mano como para decirle algo y para recibir, con el contacto divino, fuerza en la última prueba.

Jesús inclina su cabeza hacia esta mano y la besa.

José sonríe.

Luego se vuelve buscando a María con la mirada…

Y le sonríe también a Ella.

María se arrodilla al lado de la cama tratando de sonreír.

No le sale la sonrisa…

Y entonces agacha la cabeza.

José le pone la mano encima de Ella, con una casta caricia que parece una bendición.

Sólo se oye el revoloteo y el arrullo de las palomas, el frufrú de las hojas, un gorgoritear de agua…

Y en la habitación, el respiro del moribundo.

Jesús pasa al otro lado de la cama, toma un taburete y se lo ofrece a María, para que se siente en él. 

Llamándola una vez más,

y solamente:

–    «Mamá».

Luego vuelve a donde estaba y coge de nuevo entre sus manos la mano de José.

La escena es tan real, que me pongo a llorar a causa del dolor de María.

Y Jesús, inclinándose hacia el moribundo…

Le susurra un salmo.

Sé que es un salmo, pero ahora no sé cuál de ellos.

Empieza así:

«”Protégeme, Señor, porque en ti he puesto mi esperanza… En pro de los santos que en la tierra de él están, ha dado cumplimiento admirablemente a todos mis deseos… Bendeciré al Señor, que me aconseja…

Tengo siempre la presencia del Señor. Él está a mi derecha para que no vacile. Por ello se alegra mi corazón y exulta mi lengua,

y mi cuerpo también descansará en la esperanza. Porque Tú no abandonarás a mi alma en su estancia entre los muertos,

y no permitirás que tu santo vea la corrupción. Me darás a conocer los caminos de la vida, me colmarás de alegría mostrándome tu rostro”».

José se reanima mucho, sonríe a Jesús con una mirada más viva y le aprieta los dedos.

Jesús responde a la sonrisa con otra sonrisa,

Y al gesto de la mano con una caricia.

Y continúa, dulcemente…

inclinado hacia su padre putativo:

–   “¡Cuán grande es el encanto de tus Tabernáculos, Señor! Mi alma se consume en el deseo de los atrios del Señor. El gorrión encuentra una casa, la tortolita un nido para sus criaturas.

Yo deseo tus altares, Señor. ¡Dichosos los que habitan en tu casa!… ¡Dichoso el hombre que encuentra en ti su fuerza! Él tiene en su corazón las veredas para subir del valle de las lágrimas al lugar electo.

¡Oh, Señor, escucha mi oración…! ¡Oh, Dios, vuelve tus ojos y mira el rostro de tu Cristo…!”».

José, visiblemente conmovido, mira a Jesús.

Y hace ademán de querer hablar, como para bendecirlo, pero no puede…

Se ve que entiende, pero no puede hablar.

No obstante, está feliz y mira con vivacidad y confianza a su Jesús.

Jesús continúa:

«”¡Oh, Señor, Tú has sido propicio a tu tierra, has liberado de la esclavitud a Jacob…! Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu Salvador. Quiero oír lo que dice dentro de mí el Señor Dios.

Él, sin duda, hablará de paz a su pueblo para sus santos y para quien de corazón vuelve a Él. Sí, tu salvación está cercana… y la gloria habitará sobre la tierra…

Se han dado encuentro la bondad y la verdad; la justicia y la paz se han besado.  La verdad ha germinado de la tierra, la justicia ha mirado desde el Cielo.

Sí, el Señor se mostrará benigno y nuestra tierra dará su fruto. La justicia caminará en su presencia y dejará imprimidas en el camino sus huellas”.

Jesús añade:

Tú has visto esta hora, padre.

Y por ella has trabajado fatigosamente. Has colaborado en el cumplimiento de esta hora y el Señor te premiará por ello. Yo te lo digo»

Enjugando una lágrima de alegría que desciende lentamente por la mejilla de José.

Y sigue:

«”¡Oh, Señor, acuérdate de David y de toda su benignidad. Acuérdate de que juró al Señor: ‘Yo no entraré en mi casa, no me echaré en el lecho de mi reposo,

no concederé sueño a mis ojos ni descanso a mis párpados ni quietud a mis sienes, mientras no encuentre un lugar para el Señor, una morada para el Dios de Jacob…’.

¡Levántate, Señor y ven a tu reposo, Tú y el Arca de tu santidad! (María comprende la alusión y rompe a llorar).

Revístanse de justicia tus sacerdotes, regocíjense tus santos. Por amor de David, tu siervo, no nos niegues el rostro de tu Cristo.

El Señor ha jurado a David la promesa y la mantendrá: ‘Pondré en tu trono al fruto de tu seno’.

El Señor la ha elegido como morada… Yo haré florecer la potencia de David preparando una antorcha encendida para mi Cristo”. Gracias, padre mío, por Mí y por mi Madre.

Tú has sido para mí un padre justo.

Y el Eterno te ha puesto como custodio de su Cristo y de su Arca.

Tú fuiste la antorcha encendida para Él. Para con el Fruto del seno santo has tenido entrañas de caridad.

Ve en paz, padre. La Viuda no quedará desamparada. El Señor ya ha provisto a que no se quede sola.

Ve sereno a tu reposo. Yo te lo digo».

María llora con su rostro apoyado contra las cobijas (parecen mantos) que cubren este cuerpo de José que ya se está enfriando.

Jesús se prodiga aún más en confortarle, pues la respiración se ha hecho más fatigosa y la mirada ha vuelto a velarse.

«”¡Dichoso el hombre que teme al Señor y sólo se complace en sus mandamientos!… Su justicia permanecerá por los siglos de los siglos.

En medio de los hombres rectos, se alza luminoso en las tinieblas el misericordioso, el benigno, el justo… El justo será recordado eternamente… Su justicia es eterna, su potencia se elevará hasta la gloria…”.

Y tú tendrás esta gloria, padre. Pronto iré a llevarte, junto con los Patriarcas que te han precedido, a la gloria que te espera.

Exulte tu espíritu con estas palabras mías.

“Quien confía en la ayuda del Altísimo vive bajo la protección del Dios del Cielo”.

Ésa es tu morada, padre mío. “Él me libró del lazo de los cazadores y de las palabras duras. Te cubrirá con sus alas; bajo sus plumas encontrarás amparo.

Su verdad te protegerá como un escudo; no temerás miedos nocturnos… No se acercará a ti el mal… porque ha dado orden a sus ángeles de protegerte en todos tus caminos.

Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en las piedras. Caminarás sobre el áspid y el basilisco; hollarás al dragón y al león. Porque has esperado en el Señor, Él te dice, padre, que te librará y te protegerá.

Puesto que has elevado a Él tu voz, te escuchará; estará contigo en la última tribulación; te glorificará después de esta vida, haciéndote ver ya desde ésta su Salvación”.

Y en la otra haciéndote entrar, por la Salvación que ahora te conforta y que pronto, ¡Oh…, pronto irá, te lo repito, a ceñirte con un abrazo divino y a llevarte consigo,

a la cabeza de todos los Patriarcas, al lugar preparado para morada del Justo de Dios que fue el padre mío bendito!

Precédeme para decirles a los Patriarcas que la Salvación está en el mundo y que el Reino de los Cielos pronto les será abierto.

Ve, padre. Que mi Bendición te acompañe».

Ahora la voz de Jesús es más alta, para que pueda llegar a la mente de José, que está abismándose en las nieblas de la muerte.

El final es inminente.

El anciano respira a duras penas.

María le acaricia.

Jesús se sienta en el borde de la cama y abraza y atrae hacia sí al moribundo, el cual, exhausto, se apaga sin convulsión alguna.

Es una escena llena de paz solemne.

Jesús coloca de nuevo al Patriarca y abraza a María, que, al final, angustiada de dolor; se había acercado a Él.

Dice Jesús:

«Mi lección para todas las mujeres casadas que sienten una pena acongojante es ésta:

Imitar a María de viuda.

Y lo que Ella hizo fue unirse a Jesús.

Se equivocan los que piensan que las penas del corazón no hicieran sufrir a María.

Mi Madre sufrió, sabedlo.

Sufrió, sí, santamente – todo en Ella era santo —, mas no por ello no sufrió intensamente.

Igualmente se equivocan aquellos que piensan que María amó tibiamente a su esposo, fundándose en que José era su esposo de espíritu no de carne. NO.

María amaba intensamente a su José, al cual le había dedicado seis lustros de vida fiel.

Y José había sido para Ella un padre, un esposo, un hermano, un amigo, un protector.

Y Ella ahora se sentía sola, como un sarmiento si le talan el árbol que le servía de apoyo.

Su casa estaba como si la hubiera asestado su golpe el rayo; se dividía.

Primero era una unidad cuyos miembros se sostenían mutuamente; ahora venía a faltar el muro maestro.

Éste fue el primer golpe asestado a esa Familia…

Y fue símbolo del otro abandono, que ya estaba próximo:

el de su amado Jesús.

La voluntad del Eterno había querido que fuera esposa y Madre.

Ahora, por ésta misma voluntad, habría de experimentar la viudez y el que su Hijo la dejara.

Y María responde, entre lágrimas, con uno de esos “síes” sublimes suyos:

“Sí, Señor, hágase en mí según tu palabra”.

Y ¿Qué hace en esa hora, para tener la necesaria fuerza?: se abraza a Jesús.

María, siempre, en las horas más graves de su vida, se había abrazado a Dios.

Así lo hizo en el Templo, cuando recibió la llamada al matrimonio.

Como en Nazaret, cuando fue llamada a la Maternidad.

O llorando al verse viuda.

O en Nazaret también, cuando tuvo que pasar por el suplicio de verse separada de su Hijo.

Como en el Calvario, bajo la tortura que le supuso el verme morir.

Aprended, vosotros, los que lloráis.

Aprended vosotros, que morís.

Vosotros, que para morir vivís, aprendedlo.

Tratad de merecer las mismas palabras que Yo dije a José.

Ellas serán vuestra paz en medio de la batalla de la muerte.

Aprended, vosotros, que morís, a merecer que Jesús esté a vuestro lado para confortaros.

Mas, aunque NO lo hubierais merecido, tened la osadía, de todas formas, de llamarMe para que vaya a vuestro lado.

Yo iré, llenas mis manos de gracias y consuelo, lleno mi Corazón de perdón y de Amor, llenos mis labios de palabras de absolución y de palabras de aliento.

La muerte, vivida entre mis brazos, pierde toda su parte cruda; creedlo.

Yo no puedo abolir la muerte, pero sí puedo hacérsela dulce a aquel que muere confiando en Mí.

Ya dijo Cristo, en su Cruz, por todos vosotros: “Señor, te confío mi espíritu”.

Lo dijo en su agonía pensando en la de cada uno de vosotros,

pensando en vuestros sentimientos de terror, en vuestros errores, en vuestros temores, en vuestros deseos de perdón.

Lo dijo con el corazón quebrado más que por la lanzada por la congoja, por una congoja más espiritual que física…

Para que la agonía de aquellos que mueren pensando en Él fuera dulcificada por el Señor.

Y para que el espíritu pasara de la muerte a la Vida, del dolor al gozo, para siempre.  

28 NACIMIENTO DE JESÚS


28 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Nacimiento de Jesús.

En el interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, María y José.

El fuego se adormila junto con su guardián.

María levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira.

Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando…

Piensa, será que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto,

Y sonríe bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse.

Ora con una sonrisa beatífica en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante…

Y no parece cansarse de esa posición molesta.

Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.

José sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo.

Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear.  Y va añadiendo ramitas cada vez más gruesas.

En efecto, el frío debe ser punzante, el frío de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas.

El pobre José, estando como está cerca de la puerta — llamemos así a la abertura a la que hace de cortina su manto —, debe estar congelado.

Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se calienta.

Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada…

Ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara sobre el heno oscuro.

Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

Y pregunta:

–     ¿No duermes, María? 

Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde:

–     Estoy orando.

–     ¿No necesitas nada?

–     No, José.

–     Trata de dormir un poco, de descansar al menos.

–     Lo intentaré, pero la oración no me cansa.

–     Hasta luego, María.

–     Hasta luego, José.

María vuelve a su posición de antes.

José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora.

Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración.

Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María.

Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas.

¡Oh, qué hermoso es este momento!

Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente?

Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad.

Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta;

parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido.

Este color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos,

se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo.

Ahora ya es Ella la Depositaría de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo.

Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, 

un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en equilibrio por un milagro de estática,

esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia.

Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes.

Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina;

y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónice de gran valor.

Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre más alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida.

Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda.

Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio;

los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste.

En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…

y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos.

Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa;

que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa;

que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menudita fresa de bosque, 

y mostrando una lengüita temblorosa contra el rosado paladar;

que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos,

mirando a su Niño, adorándolo, llorando y riendo al mismo tiempo…

Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… 

en donde un día se abrirá la Herida.

Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge.

El asno vuelve la cabeza y rebuzna.

Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí…

Y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz.

Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve.

El buey, que está en pie, oculta a María,

pero Ella le llama:

–     «José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia… 

Y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar;

pero María insiste:

–     Ven, José.

Y apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se levanta y se dirige hacia José,

quien, por su parte, se mueve azorado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.  

María dice:

–     Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre.

José se pone de rodillas.

Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos,

y dice:

–     Heme aquí, por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto, heme aquí para hacer tu voluntad.

Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante,

le dice:

–     Toma, José. 

José está aterrotizado:

–     ¿Yo? ¿A mí?

¡Oh, no! ¡No soy digno! 

José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo:

–     Bien digno eres de ello tú.

Y nadie lo es más que tú y por eso el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenlo mientras yo busco su ropita.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío;

una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerlo separado de sí por respeto,

sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente:

–     ¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!

 

Y se inclina para besar los piececitos.

Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y lo recoge en su regazo,

y con su vestidura marrón y con las manos trata de cubrirlo, calentarlo, defenderlo del cierzo de la noche.

Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta.

Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor.

Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta,

con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas;

un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos buenos  y un morro que exhala vapor.

María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado.

Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza. 

Y pregunta:

–     ¿Dónde le ponemos ahora? 

José mira alrededor, piensa… 

Y dice:

–     Mira, corremos un poco más para acá a los dos animales y la paja,

y bajamos ese heno de allí arriba y lo ponemos a Él aquí dentro.

La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada, el buey con su aliento lo calentará un poquito.

Mejor el buey. Es más paciente y tranquilo.

Y se pone manos a la obra mientras María acuna a su Niño estrechándolo contra su corazón, con su mejilla sobre la cabecita para darle calor.

José reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va metiendo en el pecho;

luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita.

Y dice:

–     Ya está.

Ahora sería necesaria una manta, porque el heno pica y además para taparlo…  

María dice:

–     Coge mi manto.

–     Vas a tener frío.

–     ¡Oh, no tiene importancia!

La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frío en absoluto.

¡Lo importante es que Él no sufra más!.

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre.

El primer lecho del Salvador está preparado.

Su Madre, con dulce paso ondeante, lo lleva al pesebre, en él lo coloca.

Y lo tapa con la parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María.

Queda sólo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre.

Y los dos, inclinados hacia el pesebre, lo miran con beatitud mientras duerme su primer sueño;

en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.

Dice María:

Te había prometido que Él vendría a traerte su paz.

¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento.

Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo.

Jesús – Hombre tornó a ser Jesús – Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión. 

Tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman.

Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer.

Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. 

Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas:

soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerlo estéril en sus raíces.

Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. 

La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla.

¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna?

Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. 

Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado…

Y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron.

Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades,

que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio;

crueles humillaciones en el momento del Calvario;

humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo. Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello.

Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación.

Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras,

y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto.

A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico)

y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor dé Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que lo tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di.

Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando sorber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera.

Creí sin indagar.

Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies.

Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. 

¡El Cielo!… Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre.

Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación.

En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria;

efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero.

Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con El sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”.

Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos.

Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. 

Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí lo quiero”.

Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido.

Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer.

Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel.

María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio.

La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas.

De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios.

Por vosotras subí, y, como a José, os elevé.

La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer,

junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios

y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido,

y que había arrastrado a la caída a la Humanidad.

Y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas.

Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas:

La Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo. 

Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí,

Y aquí se viene a través del dolor;

Porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo . 

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

23 LA CIRCUNCISIÓN


23 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La circuncisión de Juan el Bautista.

María es Fuente de Gracia para quien acoge la Luz.

Hay ambiente de fiesta en la casa. Es el día de la circuncisión.

María se ha preocupado de que todo esté lindo y en orden. Las habitaciones resplandecen de luz. Lucen por todas partes los más bellos paños, los más bellos atavíos.

Hay mucha gente.

María se mueve ágil entre los grupos, toda hermosa con su más bonito vestido blanco.

Isabel, reverenciada como una matrona, goza feliz su fiesta. El niño está en su regazo, saciado ya de leche. Llega la hora de la circuncisión. 

Unos hombres dicen:

–     Zacarías le llamaremos.

Tú eres anciano. Justo sería ponerle tu nombre al niño.

La madre exclama:

–     ¡De ninguna manera! 

Su nombre es Juan. Su nombre debe dar testimonio de la potencia de Dios.

–     ¿Pero se puede saber cuándo ha habido un Juan en nuestra parentela?.

–     No importa.

Tiene que llamarse Juan.

–     ¿Tú qué dices, Zacarías?

¿Quieres tu nombre, no es verdad?. 

Zacarías dice que no, con gestos. Coge una tablilla y escribe: «Su nombre es Juan».

Y nada más terminar de escribir, añade, ya su liberada lengua:

–     Porque Dios nos ha hecho objeto de una gran gracia, a mí, su padre y a su madre.

Como también a este nuevo siervo suyo, el cual consumirá su vida en aras de la gloria del Señor y será llamado grande por los siglos y ante los ojos de Dios,

porque pasará convirtiendo a los corazones al Señor altísimo. Lo dijo el ángel y yo no lo creí.

Mas ahora creo y entra la Luz en mí. La Luz está entre nosotros y vosotros no la veis. Su destino es el de no ser vista, pues el espíritu de los hombres está lleno de estorbos, y además es perezoso.

Pero mi hijo sí que la verá y hablará de Ella y hará que a Ella se vuelvan los corazones de los justos de Israel. ¡Bienaventurados los que crean en Ella y crean siempre en la Palabra del Señor!

Y bendito seas Tú, Señor eterno, Dios de Israel, porque has visitado y redimido a tu pueblo, suscitando en él un poderoso Salvador en la casa de su siervo David.

Como prometiste por boca de los santos Profetas, ya desde los tiempos antiguos: librarnos de nuestros enemigos y de las manos de los que nos odian,

para ejercitar tu misericordia hacia nuestros padres y mostrar que te acuerdas de tu santa alianza.

Este es el juramento que hiciste a Abraham, nuestro padre: concedernos que, sin temor, de las manos de nuestros enemigos libres, te sirviéramos con santidad y justicia en presencia tuya toda la vida

Los presentes se quedan estupefactos, tanto del nombre como del milagro, como de las palabras de Zacarías. Isabel, que al oír la primera palabra de Zacarías ha gritado de alegría,.

ahora está llorando abrazada a María, que la acaricia contenta.

No veo la circuncisión. Veo sólo que traen a Juan y que chilla desesperado. No le calma ni siquiera la leche de su mamá. Tira patadas como un potrillo.

Pero María le toma en sus brazos y le acuna, y él se calla y se queda tranquilo. 

Sara dice:

–    ¡Fijáos!

¡Sólo se calla cuando le toma en brazos ella!.

La gente se va marchando lentamente. En la habitación se quedan únicamente María, con el pequeñín en sus brazos, e Isabel, dichosa.

Entra Zacarías y cierra la puerta. Mira a María con lágrimas en los ojos. Hace ademán de hablar. Guarda silencio.

Continúa adelante. Se arrodilla ante María,

y le dice:

–     Bendice al mísero siervo del Señor.

Bendícelo. Tú puedes hacerlo, tú que lo llevas en tu seno. La palabra de Dios me ha hablado cuando he reconocido mi error, cuando he creído en todo cuanto me había sido dicho.

Yo te veo a ti y veo tu destino feliz. Adoro en ti al Dios de Jacob. Tú, mi primer Templo, donde el sacerdote, regresado, puede de nuevo orar al Eterno.

Bendita tú, que has obtenido gracia para el mundo y le traes el Salvador.

Perdona a tu siervo si no ha visto antes tu majestad. Con tu venida nos has traído todas las gracias. En efecto, doquiera que vas, ¡Oh Llena de Gracia!, Dios obra sus prodigios;

santas son las paredes en que tú entras, santos se hacen los oídos que oyen tu voz y la carne que tú tocas, santos los corazones, porque tú confieres Gracia, Madre del Altísimo,

Virgen profetizada y esperada para darle al pueblo de Dios el Salvador.

María sonríe, encendida de humildad,

Y habla:

–     Gloria al Señor, a Él sólo. De Él y no de mí viene toda gracia.

Y Él te la dona para que lo ames y sirvas con perfección en los años que te quedan, para merecer su Reino, que será abierto por mi Hijo a los Patriarcas, a los Profetas, a los justos del Señor. 

Y tú, ahora que puedes orar ante el Santo, ora por la sierva del Altísimo; que, si ser Madre del Hijo de Dios es destino dichoso, ser Madre del Redentor debe ser destino de atroz sufrimiento.

Ora por mí, que hora a hora siento crecer mi peso de dolor, y durante toda una vida tendré que llevarlo; no lo veo en sus detalles particulares, pero sí siento que será un peso mayor

que si sobre estos hombros míos de mujer se posase el mundo y tuviera que ofrecérsele al Cielo. ¡Yo, yo sola, una pobre mujer! ¡Mi Niño! ¡El Hijo mío!

El tuyo no llora si yo le acuno; pero, ¿voy a poder acunar yo al mío para calmarle el dolor?…

Ora por mí, sacerdote de Dios. Mi corazón tiembla como una flor en medio de un temporal.

Miro a los hombres y los amo, pero detrás de sus rostros veo aparecer al Enemigo, y veo cómo los hace enemigos de Dios, de Jesús, de mi Hijo…

Y la visión cesa con la palidez de María y esas lágrimas suyas que hacen luciente su mirada.

Dice María:

A quien reconoce su error arrepintiéndose y acusándose con humildad y corazón sincero, Dios lo perdona; no sólo lo perdona, sino que lo recompensa.

¡Oh, qué bueno es mi Señor con los humildes y sinceros, con los que creen en Él y en Él se abandonan!

Arrojad de vuestro espíritu todo lo que lo traba y lo hace perezoso. Disponedlo para que acoja la Luz, que es, cual faro en las tinieblas, guía y santo conforto.

¡Amistad con Dios, beatitud de sus fieles, riqueza no igualada por nada, quien te posee nunca está solo ni siente la amargura de la desesperación!

No anulas el dolor, santa amistad, porque el dolor fue destino de un Dios encarnado y puede ser destino del hombre;

eso sí, lo haces dulce en su amargura, y añades una luz y una caricia que, cuales celestes toques, alivian la cruz.

Y, cuando la Bondad divina os dé una gracia, usad el bien recibido para dar gloria a Dios. 

No seáis como esos insensatos que de un objeto bueno se hacen un arma dañosa, o como los derrochadores que de la abundancia acaban haciendo miseria.

Me causáis demasiado dolor, hijos tras cuyos rostros veo aparecer al Enemigo, a aquel que arremete contra mi Jesús. ¡Demasiado dolor!

Yo quisiera ser para todos el Manantial de la Gracia, pero hay demasiados entre vosotros que no quieren la Gracia. Pedís “gracias”, pero con el alma privada de Gracia.

¿Cómo podrá la Gracia socorreros si sois enemigos suyos? El gran misterio del Viernes Santo se aproxima.

Todo en los templos lo recuerda y lo celebra. Pero es necesario que lo celebréis y lo recordéis en vuestros corazones, y que os deis golpes de pecho, como los que bajaban del Gólgota,

y que digáis: “Este es realmente el Hijo de Dios, el Salvador”, y que digáis: ‘Jesús, por tu Nombre, sálvanos”, y que digáis: “Padre, perdónanos”, y, en fin, es necesario decir:

“Señor, yo no soy digno; pero, si Tú me perdonas y vienes a mí, mi alma quedará curada. Yo no quiero, no, no quiero pecar ya más, para no volver a enfermarme y para no ser de nuevo detestado por ti”.

Orad, hijos, con las palabras de mi Hijo. Decidle al Padre por vuestros enemigos: “Padre, perdónalos”. Invocad al Padre, que se ha apartado indignado por vuestros errores:

“Padre, Padre, ¿Por qué me has abandonado? Yo soy pecador, pero, si me abandonas, moriré. Vuelve, Padre santo, que yo me salve”.

Poned vuestro eterno bien, vuestro espíritu, en manos del Único que lo puede conservar ileso del demonio: “Padre, en tus manos dejo mi espíritu”.

Si humilde y amorosamente cedéis vuestro espíritu a Dios, El ciertamente le guiará como hace un padre con su pequeñuelo; no permitirá que nada dañe vuestro espíritu.

Jesús, en sus agonías, oró para enseñaros a orar.

Os lo recuerdo en estos días de Pasión. Y tú, María, (se dirige la Virgen a María Valtorta) tú que ves mi gozo de Madre y te extasías con ello,

piensa y recuerda que he poseído a Dios a través de un dolor progresivamente más intenso, que bajó a mí con la Semilla de Dios

y, cual árbol gigante, fue creciendo hasta tocar el Cielo con su copa y el Infierno con sus raíces,

cuando recibí en mi regazo el despojo exánime de la Carne de mi carne,

y vi y conté sus laceraciones, y toqué su Corazón desgarrado, para apurar aquél hasta su última gota.

21 AMOR AL PRÓJIMO


21 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Las jornadas en Hebrón.

 Los frutos de la caridad de María hacia Isabel.

Veo a María cosiendo sentada en la sala de la planta baja. Parece que es por la mañana. Isabel va y viene, ocupándose de la casa.

Cada vez que entra, se acerca a depositar una caricia en la rubia cabeza de María, más rubia aún ahora por el contraste con las paredes; más bien oscuras,

y bajo el rayo del luminoso sol que entra por la puerta abierta que da al jardín.

Isabel se inclina a mirar el trabajo de María — es el bordado que tenía en Nazaret — y alaba su belleza.

María dice:

–     Tengo también lino para hilar.

Isabel pregunta:

–     ¿Para tu Niño?

–     No. Lo tenía ya cuando todavía no pensaba que… – María no acaba la frase, pero yo entiendo: «… cuando todavía no pensaba que iba a ser Madre de Dios.

–     Pero ahora tendrás que usarlo para Él.

¿Es bonito? ¿Es fino? Ya sabes que los niños necesitan una tela suavísima.

–     Sí, lo sé.

–     Yo había empezado… Tarde, porque quería estar segura de que no era un engaño del Maligno; a pesar de que… sentía en mí una alegría, tal, que, no, no podía provenir de Satanás.

Luego… he sufrido mucho. Soy vieja, María, para encontrarme en este estado. “He sufrido mucho. Tú no sufres…

–     Yo no. Nunca me he sentido tan bien.

–     ¡Ya! ¡Claro!

En ti no hay mancha, si Dios te ha elegido para ser Madre suya. Por tanto, no estás sujeta a los sufrimientos de Eva. El Fruto concebido en ti es santo.

–     Es como si tuviera un ala en el corazón y no un peso…

Es como llevar dentro todas las flores y todas las avecillas que cantan en primavera, y toda la miel y todo el sol… ¡Oh, me siento dichosa!. -¡Bendita eres!

Yo también, desde que te he visto, he dejado de sentir peso, cansancio y dolor. Me siento nueva, joven, liberada de las miserias de mi carne de mujer.

Mi hijo saltó primero dichoso ante el sonido de tu voz, luego se tranquilizó gozoso. Y me parece como si lo llevase dentro en una cuna viva, y como si le viera dormir completamente satisfecho y dichoso-

Y respirar como un pajarito feliz bajo el ala de su madre… Ahora me voy a poner manos a la obra. No sentiré ya el peso. Veo poco, pero…

–     ¡Deja, Isabel!

Me encargo yo de hilar y tejer para ti y para tu niño. Yo soy rápida y veo bien.

–     Pero tendrás que ocuparte del tuyo….

–     ¡Bueno, hay tiempo de sobra!…

Primero me ocuparé de ti, que ya vas a tener pronto al pequeñuelo; luego de mi Jesús.

Decir lo dulce de la expresión y voz de María, es cómo se adornaran sus ojos de un suave, dichoso llanto.

Cómo Ella sonríe al pronunciar este Nombre, mirando al cielo luminoso y azul, es superior a las posibilidades humanas.

Parece como si el éxtasis la arrobara por el solo hecho de pronunciar «Jesús».

Isabel dice:

–     ¡Qué nombre más hermoso!

¡El Nombre del Hijo de Dios, Salvador nuestro!.

–     ¡Oh…, Isabel!

María revela una expresión tristísima y ha aferrado las manos que su parienta tenía cruzadas sobre el vientre abultado.

–     Dime, tú que, cuando yo llegué, fuiste investida del Espíritu del Señor y que profetizaste lo que el mundo ignora.

Dime, ¿Qué tendrá que hacer para salvar al mundo mi Criatura? Los Profetas… ¡Oh!… ¡Los Profetas que hablan del Salvador!… Isaías…

¿Recuerdas Isaías! “Él es el Varón de los dolores. Por sus moretones recibimos la salud.

Él ha sido traspasado y está llagado por nuestras iniquidades… Plugo al Señor quebrantarlo con dolores… Tras la condena fue levantado…”

¿De qué elevación habla? Le llaman Cordero, y yo pienso… yo pienso en el cordero pascual, el cordero mosaico. Y enlazo esto con la serpiente que Moisés levantó en una cruz.

¡Isabel!… ¡Isabel! ¿Qué le harán a mi Criatura? ¿Qué tendrá que sufrir para salvar al mundo?

María se echa a llorar.

Isabel la quiere consolar diciendo:

–     María, no llores.

Es tu Hijo, pero también es Hijo de Dios. Dios se preocupará de su Hijo y de ti, que eres su Madre. Si bien es cierto que muchos lo tratarán cruelmente, también lo es que otros muchos lo amarán. ¡Muchos!…

Por los siglos de los siglos. El mundo dirigirá su mirada al que de ti nacerá y, junto con El, te bendecirá a ti, que eres Manantial de redención. ¡La suerte de tu Hijo! Proclamado Rey de toda la Creación.

Piensa en esto, María. Rey, por haber rescatado toda la Creación; como tal, será su Rey universal. Y también en la tierra, en el tiempo, será amado.

El que nacerá de mí precederá al tuyo y lo amará. Se lo dijo el ángel a Zacarías. Él me lo escribió…

¡Qué dolor ver mudo a mi Zacarías!

De todas formas, espero que cuando nazca el niño, el padre sea liberado de este castigo. Pide tú por ello, tú que eres la Sede de la Potencia de Dios y la Causa de la alegría del mundo.bautista

Yo, para obtener esto, como puedo hago ofrenda de mi criatura al Señor, porque es suya, pues Él se la ha prestado a su sierva para proporcionarle la alegría de ser llamada “madre”.

Es el testimonio de cuanto Dios me ha hecho. Quiero que se llame Juan. ¿No es él, mi niño, acaso, una gracia? Y ¿no es Dios quien me la ha dado?.

Y Dios — yo también estoy convencida de ello — te concederá esa gracia. Yo oraré… contigo.

¡Siento tanto dolor viéndolo mudo!… -Isabel llora – Cuando escribe, pues ya no puede hablarme, es como si montes y mares estuvieran entre mí y mi Zacarías.

Después de tantos años de dulces palabras, ahora sólo silencio de su boca… sobre todo ahora, que sería verdaderamente hermoso hablar del que ha de venir.

Incluso yo misma evito hablar para no verlo cómo se fatiga respondiéndome con gestos.

¡He llorado tanto… ! ¡Cuánto te he echado de menos! El pueblo mira, chismorrea y critica. El mundo es así.

Cuando se padece una pena o se tiene una alegría, tenemos necesidad de alguien capaz de comprender, no de criticar. Ahora es como si toda la vida fuera mejor.

Estoy alegre desde que llegaste; siento que mi prueba pronto quedará superada y que pronto mi dicha será completa. Será así, ¿No es verdad? Yo me resigno a todo, pero… ¡Si Dios perdonara a mi marido! ¡Oh, poder oírle orar de nuevo!…

María la acaricia y la anima, y le propone, para distraerla, salir un poco al soleado jardín.

Caminan bajo una pérgola bien cuidada, hasta una torrecilla rural, en cuyos agujeros hacen sus nidos las palomas.

María les echa comida sonriendo, pues se le han echado encima arrullando intensamente. Su revoloteo dibuja en torno a Ella círculos iridiscentes.

Se le posan sobre la cabeza, sobre los hombros, en los brazos y en las manos, alargando los picos rosados para arrebatarle los granitos de la concavidad de las manos,

picoteando con gracia los róseos labios de la Virgen, y los dientes, que le brillan con el sol.

María saca de un saquito el blondo trigo, y ríe en medio de ese carrusel de avidez impetuosa. 

Isabel dice:

–    ¡Cuánto te quieren!

Pocos días llevas con nosotros y ya te quieren más que a mí, que las he cuidado siempre.

El paseo continúa hasta llegar a un recinto cerrado en el fondo del huerto.

Hay unas veinte cabritas con sus cabritillos.

–     ¿Has vuelto del pasto? – pregunta María a un pastorcillo acariciándolo.

–     Sí, porque mi padre me ha dicho: “Vete a casa, que dentro de poco va a llover y hay ovejas que pronto van a parir. Preocúpate de que tengan hierba seca y cama de paja preparada”. Viene por allí

Y señala hacia más allá del bosque, de donde llega un trémulo balitar.

María acaricia a un cabritillo que se restriega en ella, rubio como un niño.

ella e Isabel beben la leche recién ordeñada que el pastorcillo les ofrece.

Llegan las ovejas con un pastor hirsuto como un oso. Debe ser, no obstante, un buen hombre porque lleva sobre sus hombros una oveja quejumbrosa.

La deja en el suelo despacio; explica que está para dar a luz un cordero, que no podía caminar sino con dificultad, que se la ha puesto sobre los hombros y que se ha dado una buena carrera para llegar a tiempo.

Y el niño conduce al redil a la oveja, que va cojeando a causa de los dolores.

María se ha sentado en una piedra y juega con los cabritillos y los corderos, ofreciendo a sus rosados morritos flores de trébol.

Un cabritillo blanco y negro le pone las patitas sobre un hombro y le olisquea los cabellos. «No es pan» dice María riendo. «Mañana te traigo una corteza. Ahora tranquilo».

Isabel, ya sosegada, ríe.

Semanas después...

“Veo a María hilando premurosamente bajo la pérgola en que la uva aumenta de volumen. Debe haber pasado ya un poco de tiempo, pues las manzanas comienzan a tomar color rojo en los árboles,

y las abejas zumban cerca de las flores de la higuera ya formadas.

Isabel está verdaderamente gruesa y camina pesadamente.

María la mira con atención y amor. También a María, que se ha levantado para recoger el huso, que se le ha caído lejos, se la ve más llena a la altura de los costados.

Y su expresión ha cambiado. Ahora es más madura. Antes era niña, ahora es mujer.

Está anocheciendo y las mujeres entran en casa; en la habitación se encienden las lámparas. En espera de la cena, María teje.  

Señalando el telar, Isabel pregunta:

–    ¿No te cansa nunca? 

María responde:

–     No, tenlo por seguro.

–     A mí este calor me deja sin fuerzas.

No he vuelto a tener dolores, pero ahora el peso es grande para mis riñones, que ya son viejos».

–     ¡Ánimo! Pronto serás liberada de ese peso.

¡Qué feliz te sentirás entonces! Yo ardo en deseos de ser madre. ¡Mi Niño, mi Jesús! ¿Cómo será?

–     Tan guapo como tú, María.

–     ¡Oh, no! ¡Más guapo!

Él es Dios, yo soy su sierva. Me refería a si será rubio o moreno, si tendrá los ojos como el cielo sereno o como los de los ciervos de las montañas.

Yo me le imagino más hermoso que un querubín, de cabellos rizados y color oro; los ojos del color de nuestro mar de Galilea cuando las estrellas empiezan a asomarse al confín del cielo;

una boquita pequeñina y roja como el corte de una granada apenas abierta por el sol que la madura; sus mejillas, un rosáceo como éste de esta pálida rosa;

dos manitas que, de lo pequeñitas y lindas que serán, podrán estar dentro de la corola de una azucena; dos piececitos que podrían caberme en el hueco de la mano, más delicados y lisos que un pétalo de flor.

Mira, yo pongo en la idea que me he hecho de El todo lo que de hermoso me sugiere la tierra. Ya oigo su voz.

Cuando llore — un poco llorará por hambre o por sueño mi Niño, y ello causará siempre un gran dolor a su Mamá, que no podrá… No, no podrá oírle llorar sin sentirse traspasar el corazón cuando llore,

su voz será como ese balido que ahora oímos, de corderito de pocas horas que está buscando la mama y el calor de la lana materna para dormir. 

En la risa, en esa risa que llenará de cielo mi corazón, enamorado de mi Criatura — puedo estar enamorada de Él porque es mi Dios, y amarle con amor de enamorada no es contravenir a mi consagrada virginidad.

En la risa, su voz será como el zurear jubiloso de este pichoncito, contento porque ha comido, satisfecho en el nido calentito. Pienso en Él dando sus primeros pasos… un pajarillo saltando en un prado florido.

El prado será el corazón de su Mamá, que estará bajo sus piececitos de rosa con todo su amor para que no encuentre nada que le produzca dolor. ¡Cuánto le voy a querer a mi Niño, a mi Hijo!

¡Y también José lo amará!

–     Sí, pero tendrás que decírselo también a José.

Se le nubla el rostro a María, que suspira.

–     Tendré que decírselo…

Yo habría querido que se lo dijera el Cielo, porque es muy difícil de decir.

–     ¿Quieres que se lo diga yo?

Lo llamamos para la circuncisión de Juan…

–     No. Mira, he dejado en manos de Dios la tarea de instruirle…

Y lo hará, acerca del feliz destino de nutricio del Hijo de Dios. El Espíritu me dijo aquella tarde: “Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte”. Y lo hará. Dios no miente nunca.

Es una gran prueba, pero con la ayuda del Eterno será superada. De mi boca, ninguno aparte de ti, a quien el Espíritu se lo ha revelado, debe saber lo que la benevolencia del Señor ha hecho a su sierva.

–     He guardado silencio siempre, incluso con Zacarías, que hubiera exultado de gozo si lo hubiera sabido.

Él cree que eres madre según la naturaleza.

–     Sí, lo sé.

Así lo he querido por prudencia. Los secretos de Dios son santos. El ángel del Señor no le ha revelado a Zacarías mi maternidad divina.

Habría podido hacerlo, si Dios hubiese querido, porque Dios sabía que ya era inminente el momento de la Encarnación de su Verbo en mí.

Pero Dios le ha tenido escondida esta luz de gozo a Zacarías, que no aceptaba, por considerarlo imposible, vuestra paternidad y maternidad tardías. Me he puesto en sintonía con la voluntad de Dios…

Y ya ves, tú has sentido el secreto que vive en mí, y él no ha advertido nada. Hasta que no se desprenda el diafragma de su incredulidad ante la potencia de Dios, se verá separado de las luces sobrenaturales.

Isabel suspira y guarda silencio.

Entra Zacarías. Ofrece unos rollos a María. Es la hora de la oración de la cena.

María reza en voz alta en vez de Zacarías. Luego se sientan a la mesa.  

Isabel dice:

–     Cuando te marches, ¡Cómo echaremos de menos el no tener quien ore en lugar de nosotros! – mirando a su mudo.   

María dice:

–     Tú rezarás para ese entonces, Zacarías.

Él menea la cabeza y escribe: «No podré volver a orar en representación de otros. Me he hecho indigno de ello desde que dudé de Dios».

–     Zacarías, tú rezarás. Dios perdona.

El anciano se enjuga una lágrima y suspira.

Terminada la cena, María vuelve al telar.

–     ¡Vale ya! – dice Isabel – Es demasiado cansancio.

–     Está próxima la hora, Isabel.

Quiero hacerle a tu niño un equipo digno del predecesor del Rey de la estirpe de David.

Zacarías escribe: « ¿De quién nacerá Él, y dónde?».

María responde:

–     Donde han dicho los Profetas y de quien elija el Eterno.

Todo lo que nuestro Señor altísimo hace está bien hecho.

Zacarías escribe: « ¡Entonces, en Belén! En Judea. Mujer, iremos a venerarlo. Tú también vendrás con José a Belén».

Y María, inclinando hacia su telar la cabeza,

dice:

–     Iré.

La visión cesa así.

Dice María:

El primer acto de caridad para con el prójimo ha de ejercitarse con el prójimo.

No veas en esto un juego de palabras. La caridad se tiene hacia Dios y hacia el prójimo. En la caridad hacia el prójimo está comprendida también la que tiene por objeto nosotros mismos.

Pero, si nos amamos más que a los demás, ya no somos caritativos, somos egoístas.

Incluso en las cosas lícitas debemos ser tan santos, que demos siempre prioridad a las necesidades de nuestro prójimo.

Estad seguros, hijos, de que Dios completa la deficiencia de los generosos con medios de su potencia y bondad. Esta certeza me impulsó a ir a Hebrón para ayudar en su estado a mi parienta.

Pues bien, a este detalle mío de ayuda humana, Dios, dando sin medida como El hace, añadió un inesperado don de ayuda sobrenatural.

Yo había ido para aportar ayuda material; Dios santificó mi recta intención haciendo, de la misma, santificación del fruto del vientre de Isabel y anulando, a través de esta santificación,

por la cual el Bautista fue presantificado, el sufrimiento físico de esta madura hija de Eva que había concebido a una edad inusitada.

Isabel, mujer de fe intrépida y de confiado abandono a la voluntad de Dios, mereció comprender el misterio encerrado en mí. El Espíritu le habló a través de ese vuelco de su vientre.

El Bautista pronunció su primer discurso de Anunciador del Verbo a través de los velos y los diafragmas de venas y de carne que lo separaban de su santa madre, y que a la vez la unían a ella.

No oculté mi condición de Madre del Señor a esta mujer que merecía saberlo, a quien además la Luz se había manifestado. Ocultarla habría sido negarle a Dios la alabanza que era justo darle,

el sentimiento de alabanza que yo llevaba en mí y que, no pudiéndolo manifestar a nadie, lo manifestaba a la hierba, a las flores, a las estrellas, al sol, a los canoros pájaros, a las pacientes ovejas,

a las aguas cantarinas y a la luz de oro que me besaba descendiendo del cielo.

Pero, orar dos juntos es más dulce que decir uno solo su oración. Yo hubiera querido que el mundo entero hubiera conocido mi destino; no por mí, sino porque todos se hubiesen unido a mí para alabar a mi Señor.

La prudencia me prohibió revelarle a Zacarías la verdad. Habría significado ir más allá de la obra de Dios, y, si bien era cierto que yo era su Esposa y Madre,

seguía siendo su Sierva y no debía — porque Él me había amado sin medida — permitirme colocarme en su lugar y sobrepasar un decreto suyo.

Isabel, en su santidad, comprendió y guardó silencio, porque el que es santo es siempre sumiso y humilde.

El don de Dios debe hacernos cada vez mejores. Cuanto más recibimos de Él, más debemos dar, porque cuanto más recibimos, más es signo de que Él está en nosotros y con nosotros.

Y cuanto más está en nosotros y con nosotros, más debemos esforzarnos en alcanzar su perfección.

Ello explica por qué yo, posponiendo mi labor, trabajé para Isabel. No me dejé llevar del miedo de la falta de tiempo.

Dios es dueño del tiempo, y provee a las necesidades de quien en El espera, incluso en las cosas ordinarias.

El egoísmo no acelera, retarda; la caridad no retarda, acelera: tenedlo siempre en cuenta.

¡Cuánta paz en la casa de Isabel! Si no hubiera tenido la preocupación de José y esa, esa, esa preocupación de que mi Niño era el Redentor del mundo, me habría sentido feliz.

Pero ya la Cruz extendía su sombra sobre mi vida, ya me era sonido fúnebre la voz de los Profetas… Yo me llamaba María. La amargura siempre se mezclaba con las dulzuras que Dios vertía en mi corazón.

Amargura que fue cada vez más en aumento, hasta la muerte de mi Hijo.

Y, no obstante, cuando Dios nos destina a ser víctimas por su honor, ¡Oh, qué dulce es ser trituradas en el molino, como el trigo,

para hacer de nuestro dolor el pan que consolide a los débiles y los haga capaces de obtener el Cielo!

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

15 LA ANUNCIACIÓN


15 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La Anunciación.

Lo que veo. María, muchacha jovencísima (al máximo quince años a juzgar por su aspecto), está en una pequeña habitación rectangular; verdaderamente, una habitación de jovencita.

Contra una de las dos paredes más largas, está el lecho: una cama baja, sin armadura, cubierta por gruesas esteras o tapetes

diríase que éstos están extendidos sobre una tabla o sobre un entramado de cañas porque están muy rígidos y sin pliegues como los de nuestras camas —.

Contra la otra pared, un estante con una lámpara de aceite, unos rollos de pergamino y una labor de costura — parece un bordado — cuidadosamente doblada.

A uno de los lados del estante, hacia la puerta, que da al huerto, abierta ahora, aunque tapada por una cortina que se mueve movida por un ligero vientecillo, en un taburete bajo está sentada la Virgen.

Está hilando un lino candidísimo y suave como la seda. Sus manos, sólo un poco más oscuras que el lino, hacen girar rápidamente el huso.

Su carita juvenil, preciosa, está ligeramente inclinada y ligeramente sonriente, como si estuviera acariciando o siguiendo algún dulce pensamiento.

Hay un gran silencio en la casita y en el huerto.

Y mucha paz, tanto en la cara de María como en el espacio que la rodea. Paz y orden. Todo está limpio y ordenado. La habitación, de humildísimo aspecto y mobiliario, casi desnuda como una celda,

tiene un aire austero y regio, debido a su gran limpieza y a la cuidadosa colocación de la cobertura del lecho, de los rollos, de la lámpara y del jarroncito de cobre que está cerca de ésta,

con un haz de ramitas floridas dentro, ramitas de melocotonero o de peral, no lo sé; lo que sí está claro es que son de árboles frutales, de un blanco ligeramente rosado.

María comienza a cantar en voz baja. Luego alza ligeramente la voz.

No llega al pleno canto, pero su voz ya vibra en la habitación, sintiéndose en aquélla una vibración del alma.

No entiendo la letra, que sin duda es en hebreo, pero, dado que, de vez en cuando repite “Yeohveh”, intuyo que se trata de algún canto sagrado, acaso un salmo.

Quizás María recuerda los cantos del Templo. Debe tratarse de un dulce recuerdo. Efectivamente, deja sobre su regazo sus manos, y con ellas el hilo y el huso, y levanta la cabeza para apoyarla en la pared, hacia atrás.

Su rostro está encendido de un lindo rubor; los ojos, perdidos tras algún dulce pensamiento, brillantes por un golpe de llanto, que no los rebosa pero sí los agranda.

Y, a pesar de todo, los ojos sonríen ante ese pensamiento que ven y que los abstrae de lo sensible.

Resaltando de su vestido blanco sencillísimo, circundado por las trenzas, que lleva recogidas como corona en torno a la cabeza, el rostro rosado de María parece una linda flor.

El canto pasa a ser oración:

–      Señor Dios Altísimo, no te demores más en mandar a tu Siervo para traer la paz a la tierra.

Suscita el tiempo propicio y la virgen pura y fecunda para la venida de tu Cristo. Padre, Padre santo, concédele a tu sierva ofrecer su vida para esto.

Concédeme morir tras haber visto tu Luz y tu Justicia en la Tierra, sabiendo que la Redención se ha cumplido.

¡Oh, Padre Santo, manda a la Tierra el Suspiro de los Profetas! Envía el Redentor a tu sierva.

Que cuando cese mi día se me abra tu Casa por haber sido abiertas sus puertas por tu Cristo para todos aquellos que en ti hayan esperado. Ven, ven, Espíritu del Señor. Ven a los fieles tuyos que te esperan.

¡Ven, Príncipe de la Paz!…

María se queda así ensimismada… La cortina se mueve más fuerte, como si alguien la estuviera aventando con algo o quisiera descorrerla.

Y una luz blanca de perla fundida con plata pura, hace más claras las paredes tenuemente amarillentas, hace más vivos los colores de las telas, más espiritual el rostro alzado de María.

En la luz se prosterna el Arcángel.

La cortina no ha sido descorrida ante el misterio que se está verificando; es más, ya no se mueve: pende, rígida, pegada a las jambas, separando, como una pared, el interior del exterior.

El Arcángel necesariamente debe adquirir un aspecto humano; pero es un aspecto ultra-humano. ¿De qué carne está compuesta esta figura bellísima y fulgurante?

¿Con qué sustancia la ha materializado Dios para hacerla sensible a los sentidos de la Virgen? Sólo Dios puede poseer estas substancias y usarlas de esa manera perfecta.

Es un rostro, es un cuerpo, son ojos, boca, cabellos y manos como las nuestras; pero no se trata de nuestra opaca materia:

es una luz que ha tomado color de carne, de ojos, de cabellera, de labios, una luz que se mueve y sonríe y mira y habla.

–     ¡Salve, María, llena de Gracia, salve!

La voz es un dulce arpegio como de perlas chocadas contra un metal precioso.

María se estremece y baja la mirada. Su estremecimiento aumenta cuando ve a la fúlgida criatura arrodillada aproximadamente a un metro de distancia de Ella,

con las manos cruzadas sobre el pecho, mirándola con una veneración infinita.

María, repentinamente, se pone en pie y aprieta su cuerpo contra la pared. Palidece y se ruboriza alternativamente.

Su rostro expresa estupor y turbación. Inconscientemente aprieta sus manos contra el pecho escondiéndolas en las anchas mangas.

Se recoge sobre sí misma como queriendo esconder lo más posible su cuerpo: un acto de delicado pudor.

–     No. No temas.

¡El Señor está contigo! ¡Bendita tú entre todas las mujeres!.

A pesar de estas palabras, María sigue temiendo. ¿De dónde viene ese ser extraordinario? ¿Es un enviado de Dios, o del Engañador?

–    ¡No temas, María! – insiste el Arcángel.

Yo soy Gabriel, el Ángel de Dios. Mi Señor me ha enviado a ti. No temas, porque has hallado gracia ante Dios.

Tú concebirás en tu seno y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre “Jesús”. Será grande, será llamado Hijo del Altísimo, y verdaderamente lo será.

El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, y reinará para siempre en la casa de Jacob, y su Reino no tendrá fin nunca.

Comprende, santa Virgen amada del Señor, Hija bendita suya, llamada a ser Madre de su Hijo, comprende qué Hijo vas a engendrar. 

María responde:

–     ¿Cómo puede suceder esto si yo no conozco hombre?

¿Acaso el Señor ya no acoge el ofrecimiento de su sierva? ¿Es que ya no quiere que sea virgen por amor a Él?.

–     No vas a ser madre por obra de varón, María.

Tú eres la eterna Virgen, la Santa de Dios. El Espíritu Santo descenderá sobre ti y la potencia del Altísimo te cubrirá con su sombra.

Por eso, Santo se llamará el que nacerá de ti, e Hijo de Dios. Todo lo puede el Señor, Dios nuestro. Isabel, la estéril, en su vejez ha concebido un hijo que será el Profeta de tu Hijo, el que preparará sus caminos.

El Señor la ha liberado de su oprobio y su memoria quedará en las gentes unida a tu nombre, como el nombre de su hijo al de tu Hijo Santo,

y hasta el final de los siglos las gentes os llamarán bienaventuradas por la gracia del Señor que habéis recibido, y a ti especialmente, María, porque habrán recibido la Gracia por medio de ti.

Isabel está ya en su sexto mes, y su peso, paradójicamente, la regocija, y más aún la regocijará cuando conozca el motivo de tu gozo.

Para Dios nada es imposible, María, llena de Gracia. ¿Qué debo responderle a mi Señor?

No te turbe ningún tipo de pensamiento. Él tutelará tus intereses si te pones en sus manos. ¡El mundo, el Cielo, Dios eterno esperan tu respuesta!.

38. Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue. Lucas 1

María, cruzando a su vez sus manos sobre el pecho e inclinándose con gesto reverente dice:

–     He aquí la esclava de Dios.

Hágase de mí según su palabra.

El Ángel resplandece de alegría y se pone en actitud adorante, puesto que, sin duda, ve al Espíritu de Dios descender sobre la Virgen, inclinada en gesto de adhesión;

luego desaparece sin mover la cortina, dejándola cerrada cubriendo el Misterio santo.  

10 DENTRO DEL TEMPLO


10 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Cántico de María.

Ella recordaba cuanto su espíritu había visto en Dios. Hasta ayer por la tarde, viernes, no se me ha iluminado la mente para ver. Y he visto solamente esto.

He visto a una María muy joven, una María de como mucho doce años, cuyo rostro no presenta ya esas redondeces propias de la infancia,

sino que devela los futuros contornos de la mujer en el perfil oval que ya se va alargando.

Por lo que respecta al pelo, ya no es aquel que caía suelto sobre el cuello con sus ligeros rizos,

sino que está recogido en dos gruesas trenzas de un oro palidísimo, de lo claro que es el pelo, parece como si estuviera mezclado con plata, que siguiendo los hombros bajan hasta las caderas.

El rostro aparece más pensativo, más maduro, aunque siga siendo el rostro de una niña,

de una hermosa y pura niña que, toda vestida de blanco, cose en una habitacioncita muy pequeña y también toda blanca, por cuya ventana abierta de par en par se ve el edificio imponente y central del Templo,

y toda la bajada de las escalinatas de los patios, de los pórticos, y, al otro lado de la muralla, la ciudad con sus calles y casas y jardines, y, al fondo, la cima protuberante y verde del Monte de los Olivos.

Cose y canta en voz baja. No sé si se trata de un canto sacro.

Dice: «Como una estrella dentro de un agua clara me resplandece una luz en el fondo del corazón. Desde la infancia, de mí no se separa y dulcemente me guía con amor.

En lo más hondo del corazón hay un canto. ¿De dónde venir podrá?

¡Oh, hombre, tú lo ignoras! De donde descansa el Santo. Yo miro mi estrella clara y no quiero cosa que no sea, aunque fuera la más dulce y estimada, esta dulce luz que es toda mía.

Me trajiste de los altos Cielos, Estrella, al interior de un seno de madre. Ahora vives en mí; mas allende los velos te veo, rostro glorioso del Padre.

¿Cuándo a tu sierva darás el honor de ser humilde esclava del Salvador?

Manda, del Cielo mándanos al Mesías. Acepta, Padre Santo, la ofrenda de María».

María calla, sonríe y suspira, y luego se pone de rodillas en oración.

Su carita es toda una luz. Alta, elevada hacia el azul terso de un bonito cielo estival, parece como si aspirase toda su luminosidad y la irradiara.

O, más exactamente, parece como si de su interior un escondido Sol irradiase sus luces y encendiera la nieve apenas rosada de la carne de María

y se vertiera, llegando a las cosas y al Sol que resplandece sobre la tierra,  bendiciendo y prometiendo abundancia de bienes.

Estando María a punto de ponerse en pie después de su amorosa oración, permaneciendo en su rostro una luminosidad de éxtasis, entra la anciana Ana de Fanuel y se detiene atónita

o, por lo menos, admirada del acto y del aspecto de María.

La llama: «María»,

Y la Niña se vuelve con una sonrisa, distinta pero como siempre muy bonita, y saluda diciendo: «Ana, paz a ti».

–    ¿Estabas orando?

¿No te es suficiente nunca la oración?.

–     La oración me sería suficiente.

Pero yo hablo con Dios. Ana, tú no puedes saber qué cercano a mí lo siento; más que cercano, en el corazón. Dios me perdone tal soberbia. Es que yo no me siento sola.

Ves? Allí, en aquella casa de oro y de nieve, detrás de la doble Cortina, está el Santo de los Santos,

y jamás ojo alguno, aparte del del Sumo Sacerdote, puede detenerse en el Propiciatorio, sobre el que descansa la gloria del Señor.

Mas yo no tengo necesidad de mirar con toda el alma veneradora a ese doble Velo bordado,

que palpita con las ondas de los cantos virginales y de los levitas y que huele a preciosos inciensos, como para perforar su cohesión y ver así la luz irradiada por el Testimonio.

¡Pero sí que miro! No temas que no mire con ojo venerador como todo hijo de Israel.

No temas que el orgullo me ciegue haciéndome pensar esto que ahora te digo.

Yo miro, y no hay ningún humilde siervo en el pueblo de Dios que mire más humildemente la Casa de su Señor que como yo la miro, convencida como estoy de ser la más pequeña de todos.

Pero, ¿Qué es lo que veo? Un velo. ¿Qué pienso al otro lado del Velo? Un Tabernáculo. ¿Y en él?

Mas si miro a mi corazón, he aquí que veo a Dios resplandecer en su gloria de amor y decirme: “Te amo”, y yo le digo: “Te amo”,

y me deshago y me rehago con cada uno de los latidos del corazón en este beso recíproco…

Estoy entre vosotras, mis queridas maestras y compañeras, pero un círculo de fuego me aísla de vosotras. Dentro de ese círculo, Dios y yo.

Y os veo a través del Fuego de Dios y así os amo… mas no puedo amaros según la carne, como jamás podré amar a nadie según la carne, sino sólo a Este que me ama, y según el espíritu.

Conozco mi destino. La Ley secular de Israel quiere de toda niña una esposa y de toda esposa una madre.

Pero yo, no sin obedecer a la Ley, obedezco a la Voz que me dice: “Yo te quiero para Mí”, y permaneceré siempre virgen.

¿Cómo podré hacerlo? Esta dulce, invisible Presencia que está conmigo me ayudará, porque ella desea eso. Yo no temo. Ya no tengo ni padre ni madre…

y sólo el Eterno sabe cómo en ese dolor se quemó cuanto yo tenía de humano. Ardió con dolor atroz. Ahora sólo tengo a Dios.

A Él, por tanto, le presto obediencia ciegamente… Lo habría hecho incluso contra el padre y la madre, porque la Voz me enseña que quien quiere seguirla debe pasar por encima del padre y de la madre,

amorosas patrullas de ronda en torno a los muros del corazón filial, al que quieren conducir a la alegría según sus caminos… y no saben que hay otros caminos de infinita alegría.

Yo les habría dejado los vestidos y el manto, con tal de seguir la Voz que me dice: “¡Ven, dilecta mía, esposa mía!”. Les habría dejado todo.

Y las perlas de las lágrimas — porque habría llorado por tener que desobedecer —, y los rubíes de mi sangre — que hasta a la muerte habría desafiado por seguir la Voz que llama —

les habrían dicho que hay algo más grande que el amor de un padre y una madre, y más dulce: la Voz de Dios.

Pero ahora su voluntad me ha dejado libre incluso de este lazo de piedad filial.

Ya de por sí no habría habido lazo. Eran dos justos, y Dios, ciertamente, hablaba en ellos como me habla a mí.  Habrían seguido la justicia y la verdad.

Cuando pienso en ellos, pienso que están en la quietud de la espera entre los Patriarcas, y acelero con mi sacrificio la venida del Mesías para abrirles las puertas del Cielo.

En la tierra yo me rijo, o sea, es Dios quien rige a su pobre sierva diciéndole sus preceptos, y yo los cumplo, porque cumplirlos es mi alegría.

Cuando llegue la hora, le diré a mi esposo mi secreto… y él lo acogerá en su interior.

–      Pero, María… ¿con qué palabras lo vas a persuadir?

Tendrás en contra el amor de un hombre, la Ley y la vida.

–       Tendré conmigo a Dios…

Dios abrirá a la luz el corazón de mi esposo… la vida perderá sus aguijones de sentido para ser pura flor con perfume de caridad. La Ley…

Ana, no me llames blasfema. Yo creo que la Ley pronto va a sufrir un cambio. Pensarás: “¿quién puede cambiarla, si es divina?”.

Sólo quien la puede mutar: Dios.

El tiempo está más próximo de lo que pensáis, yo os lo digo. Leyendo a Daniel, una gran luz que venía del centro del corazón se me ha iluminado, y la mente ha comprendido el sentido de las arcanas palabras.

Serán abreviadas las setenta semanas por las oraciones de los justos.

Será cambiado el número de los años? No. La profecía no miente; mas, la medida del tiempo profético no es el curso del Sol, sino el de la Luna, y por ello os digo:

“Cercana está la hora que oirá el vagido del Nacido de una Virgen”.

¡Oh, si esta Luz que me ama quisiera decirme — pues muchas cosas me dice — dónde está la mujer feliz que dará a luz el Hijo a Dios y el Mesías a su pueblo!

Caminando descalza recorrería la tierra; ni frío y hielo, ni polvo y canícula, ni fieras y hambre me serían obstáculo para llegar a Ella y decirle:

–    “Concédele a tu sierva y a la sierva de los siervos del Cristo vivir bajo tu techo.

Haré girar la rueda del molino y la prensa; como esclava ponme en el molino; como pastora, a tu rebaño; o para lavar los pañalitos a tu Nacido; ponme en tus cocinas, en tus hornos… donde tú quieras, pero recíbeme.

¡Que yo lo pueda ver, que pueda oír su voz, recibir su mirada!”.

Y, si no me admitiese, yo viviría, mendiga, a su puerta, de limosnas y escarnios, al raso o bajo el sol intenso, con tal de oír la voz del Mesías niño y el eco de su risa, y luego verle pasar…

y, quizás, un día recibiría de Él el óbolo de un pan… ¡Oh, aunque el hambre me desgarrara las entrañas y desfalleciera después de tanto ayuno, yo no me comería ese pan!

Lo tendría como un saquito de perlas contra mi corazón y lo besaría para sentir el perfume de la mano del Cristo,

y ya no tendría ni hambre ni frío, porque su contacto me proporcionaría éxtasis y calor, éxtasis y alimento…

-¡Tú deberías ser la Madre del Cristo, tú que le amas de esa forma!

¿Por eso es por lo que quieres permanecer virgen?

–     ¡Oh, no! 

 Yo soy miseria y polvo.  No oso levantar la mirada hacia la Gloria.

Por eso es por lo que prefiero mirar dentro de mi corazón más que mirar al doble Velo, tras el cual sé que está la invisible Presencia de Yeohveh.

Allí está el Dios terrible del Sinaí.

Aquí, en mí, veo al Padre nuestro, veo un amoroso Rostro que me sonríe y bendice, porque soy pequeña como un pajarillo que el viento sujeta sin sentir su peso,

y débil como tallito de muguete silvestre que sólo sabe florecer y perfumar, y no opone más resistencia al viento que la de su perfumada y pura dulzura. ¡Dios, mi viento de amor!

No, no es por eso, sino porque al Nacido de Dios y de una Virgen, al Santo del Santísimo no le puede gustar sino lo que en el Cielo ha elegido como Madre y lo que en la tierra le habla del Padre celestial: la Pureza.

Si la Ley meditara en esto, si los rabíes, que la han multiplicado con todas las sutilezas de su enseñanza, volviendo la mente a horizontes más altos, se sumergieran en lo sobrenatural, dejando de lado lo humano

y la ganancia que pretenden olvidando el Fin supremo, deberían, sobre todo, volver su enseñanza a la Pureza, para que el Rey de Israel, cuando venga, la encuentre.

Con el olivo del Pacífico, con las palmas del Triunfador, esparcid azucenas y azucenas y azucenas… ¡Cuánta Sangre tendrá que derramar para redimirnos el Salvador!

¡Cuánta! De los miles de heridas que Isaías vio en el Hombre de dolores, cae, cual rocío de un recipiente poroso, una lluvia de Sangre.

¡Que no caiga en el lugar de la profanación y la blasfemia esta Sangre divina,

sino en copas de fragante pureza que la acojan y recojan, para luego esparcirla sobre los enfermos del espíritu, sobre los leprosos del alma, sobre los muertos a Dios!

¡Dad azucenas, azucenas dad para enjugar, con la cándida vestidura de los pétalos puros, los sudores y las lágrimas del Cristo!

¡Dad azucenas, azucenas dad para el ardor de su fiebre de Mártir! ¡Oh, ¿dónde estará esa Azucena que te lleva dentro; dónde, la que aplacará la quemazón que padeces; dónde, la que se pondrá roja con tu Sangre

y morirá por el dolor de verte morir; dónde, la que llorará ante tu Cuerpo desangrado?!

¡Oh, Cristo, Cristo, suspiro mío!….

María queda en silencio, llorando y abatida.

Ana está un rato en silencio.

Luego, con su voz blanca de anciana conmovida, dice:

-¿Tienes algo más que enseñarme, María?

María se estremece. Debe haber creído, en su humildad, que su maestra la haya reprendido…

y dice:

–     ¡Perdón!

Tú eres maestra, yo soy una pobre nada.  Es que esta Voz me sube del corazón.

Yo la tengo bien vigilada, para no hablar; pero, cual río que por el ímpetu de la ola rompe las presas, ahora me ha prendido y se ha desbordado.

No tengas en cuenta mis palabras y mortifica mi presunción. Las arcanas palabras deberían estar en el arca secreta del corazón al que Dios, en su bondad, favorece. Lo sé.

Pero, tan dulce es esta invisible Presencia, que me embriaga… ¡Ana, perdona a tu pequeña sierva!.

Ana la estrecha contra sí, y todo el viejo rostro rugoso tiembla y brilla de llanto.

Las lágrimas se insinúan entre las arrugas como agua por terreno accidentado que se transforma en un trémulo regatillo.

No obstante, la anciana maestra no suscita risa, sino que, al contrario, su llanto promueve la más alta veneración.

María está entre sus brazos, su carita contra el pecho de la anciana maestra, y todo termina así.

Dice Jesús:

–     María tenía el recuerdo de Dios. Soñaba con Dios. Creía soñar.

No hacía sino ver de nuevo cuanto su espíritu había visto en el fulgor del Cielo de Dios, en el instante en que había sido creada para ser unida a la carne concebida en la tierra.

Condividía con Dios, si bien de forma mucho menor, por exigencia de justicia, una de las propiedades de Dios: la de recordar, ver y prever, por el atributo de una inteligencia no lesionada por la Culpa,

, por tanto, poderosa y perfecta.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Una de las semejanzas está en la posibilidad, para el espíritu, de recordar, ver y prever.

Esto explica la facultad de leer el futuro, facultad que viene, muchas veces y directamente, por voluntad divina,

otras por el recuerdo, que se alza, como Sol en una mañana, iluminando un cierto punto del horizonte de los siglos precedentemente visto desde el seno de Dios.

Son misterios demasiado altos como para que podáis comprenderlos plenamente.

Eso sí, reflexionad. ¿Esa Inteligencia suprema, ese Pensamiento que lo sabe todo,

esa Vista que lo ve todo, que os crea con un movimiento de su voluntad y con el hálito de su amor infinito, haciéndoos hijos suyos por origen e hijos suyos por destino, podrá daros algo que sea distinto de Él?

Os lo da en proporción infinitesimal, porque la criatura no podría contener al Creador, mas esa parte es, en su infinitesimal, perfecta y completa.

¡Cuán grande el tesoro de inteligencia que dio Dios al hombre, a Adán! La culpa lo ha menoscabado, mas mi Sacrificio lo reintegra y os abre los fulgores de la Inteligencia, sus ríos, su ciencia.

¡Oh, sublimidad de la mente humana unida por la Gracia a Dios, copartícipe de la capacidad de Dios de conocer!…

De la mente humana unida por la Gracia a Dios.

No hay otro modo; que lo tengan presente los que anhelan conocer secretos ultrahumanos.

Toda cognición que no venga de alma en gracia — y no está en gracia aquel que se manifiesta contrario a la Ley divina, cuyos preceptos son muy claros — sólo puede venir de Satanás,

y difícilmente corresponde a verdad por lo que se refiere a cuestiones humanas,

y nunca responde a verdad por lo que respecta a lo sobrehumano, porque el Demonio es padre de la mentira y a quien arrastra consigo lo lleva por el sendero de la mentira.

No existe ningún otro método para conocer la verdad, sino el que viene de Dios.

Y Dios habla y dice o hace recordar, del mismo modo como un padre a un hijo le hace recordar la casa paterna y dice:

“¿Te acuerdas cuando conmigo hacías esto, veías aquello, oías aquello otro? ¿Te acuerdas cuando yo te despedía con un beso?

¿Te acuerdas cuando me viste por primera vez, cuando viste el fulgurante sol de mi rostro en tu alma virgen, instantes antes creada y aún exenta — puesto que acababa de salir de mí — de la debilidad que después te consumiera?

¿Te acuerdas de cuando comprendiste en un latido de amor lo que es el Amor y cuál es el misterio de nuestro Ser y Proceder?”.

Y cuando la capacidad limitada del hombre en gracia no llega a comprender, entonces el Espíritu de ciencia habla y enseña. Pero para poseer al Espíritu es necesaria la Gracia.

Y para poseer la Verdad y la Ciencia es necesaria la Gracia.

Y para tener consigo al Padre es necesaria la Gracia, Tienda en que las tres Personas hacen morada, Propiciatorio en que reside el Eterno y habla, no desde dentro de la nube,  sino mostrando su Rostro al hijo fiel.

Los santos tienen el recuerdo de Dios, de las palabras oídas en la Mente creadora y resucitadas por la Bondad en su corazón para elevarlos como águilas en la contemplación de la Verdad, en el conocimiento del Tiempo.

María era la Llena de Gracia. Toda la Gracia Una y Trina estaba en Ella.

Toda la Gracia Una y Trina la preparaba como esposa para la boda, como tálamo para la prole,  como divina para su maternidad y para su misión.

Ella es la que cierra el ciclo de las profetisas del Antiguo Testamento y abre el de los “portavoces de Dios” en el Nuevo Testamento.

Verdadera Arca de la Palabra de Dios, mirando en su interior eternamente inviolado, descubría, trazadas por el dedo de Dios sobre su corazón inmaculado, las palabras de ciencia eterna,

y recordaba, como todos los santos, haberlas oído ya al ser generada con su espíritu inmortal por Dios Padre, creador de todo lo que tiene vida.

Y, si no recordaba todo de su futura misión, era porque en toda perfección humana Dios deja algunas lagunas, por ley de una divina prudencia que es bondad y mérito para y hacia la criatura.

María, segunda Eva, tuvo que conquistarse su parte de mérito de ser la Madre del Cristo; con una fiel, buena voluntad.

Esto quiso también Dios en su Cristo para hacerle Redentor.

El espíritu de María estaba en el Cielo.

Su parte moral y su carne estaban en la tierra…

y tenían que pisotear tierra y carne para llegar hasta el espíritu y unirlo al Espíritu en un abrazo fecundo.

UNA ESTIRPE DIVINA 5


Dice Jesús:

La razón de que perpetuara la raza aun cuando ésta, con la primera prueba, había merecido la destrucción; la razón del Perdón que habéis recibido.

Que María le amara… ¡Oh, bien merecía la pena crear al hombre y dejarlo vivir!

¡Y decretar perdonarlo, para tener a la Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purísima, a la Esposa amorosa!

Mucho os ha dado y más aún os habría dado Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor de su jardín.

Y mucho os sigue dando por Ella, a petición de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del Paraíso

Y cada resplandor es una gracia para el universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios,

creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegría de la Virgen.

Dios quiso poner un rey en ese Universo que había creado de la nada.

Un rey que por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia.

7. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. GÉNESIS 2, 7

Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día.

Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será.

Y mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad,

esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre, — la tierra con la que fue hecho —,

Durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del Cielo.

¿Por qué lo creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta.

¿Habríais preferido no existir?

¿No merece ser vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?

¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del firmamento, o van — y parecen lentos —,

van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año,

como queriendo deciros: “Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras,

y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel;

leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando,

porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movemos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado

allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y luz, calor y belleza.

Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios”?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas,

con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: “Dios”?

El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros.

Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos,

y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros,

Y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas?

Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.

¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?…

Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre. Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios.

El se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar.

Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia.

He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.

Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir.

Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir.

Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros,

y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas,

Dios os concede todavía gozar de lo bello del Universo, de lo bueno del Universo,

y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida.

Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien.

Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.

La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabía que sería ladrón y homicida de sí mismo.

Y, dado que la Bondad eterna no conoce límites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensó el medio para anular la Culpa.

El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, María.

Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios.

Todas las cosas han sido creadas para Mí, Hijo dilecto del Padre.

Yo-Rey habría debido tener bajo mi pie de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera:

Y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano alguno jamás tuviera,

Y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.

Mas Yo debía ser Carne además de Espíritu.

Carne para salvar a la carne.

Carne para sublimar la carne, llevándola al Cielo muchos siglos antes de la hora.

Porque la carne habitada por el espíritu es la obra maestra de Dios y para ella había sido hecho el Cielo.

Para ser Carne tenía necesidad de una Madre.

Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre fuese Dios.

He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice:

“Ven conmigo. Junto a mí ve cuanto Yo hago para el Hijo nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna.

Y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás,

¡Oh, Mujer inmaculada que ahora eres sólo espíritu:

el espíritu en que Yo me deleito!

Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa;

de tus dientes delicados copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto.

Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear.

Ven, Alegría mía, séante los mundos juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reír tuyo.

Tente las guirnaldas de estrellas y los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adórnate con el chal estelar de Galatea.

Son para ti las estrellas y los planetas.

Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre.

Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las águilas y las palomas.

Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y alzo las montañas y las pinto de nieve y de bosques;

mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti, Pacífica mía,

y la vid para ti, Sarmiento mío que llevarás el Racimo eucarístico.

Camina, vuela, regocíjate, ¡Oh, Hermosa mía!,

Y que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarMe, Amorosa,

y que tu risa le haga más bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios”.

Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice:

“Ven a mí, tú que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud.

Contigo me tomaré la revancha contra Satanás”.

Dios, Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podéis ni siquiera comprender sus perfecciones;

vuestra mente se pierde pensando en cómo habría venido la especie si el hombre no la hubiera obtenido con la enseñanza de Satanás.

Observad las plantas de fruto y de grano.

¿Obtienen la semilla o el fruto mediante fornicación, mediante una fecundación por cada cien uniones? No.

De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteóricas y magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina.

Éste se abre y lo recibe y produce.

No como hacéis vosotros, para experimentar al día siguiente la misma sensación, se mancha y luego lo rechaza.

Produce, y hasta la nueva estación no florece. Y cuando florece es para reproducirse.

Observad a los animales. Todos.

¿Habéis visto alguna vez a un macho y a una hembra ir el uno hacia el otro para estéril abrazo y lascivo comercio? No.

Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo,

y no se substraen a él deteniéndose en el goce,

sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y santas de la prole,

única finalidad que en el hombre, semidiós por el origen de gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto completa,

debería hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.

Vosotros no hacéis como las plantas y los animales.

Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, lo habéis querido y lo queréis como maestro.

Y las obras que realizáis son dignas del maestro que habéis querido.

Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habríais recibido la alegría de los hijos santamente, sin dolor,

sin extenuaros en cópulas obscenas, indignas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.

Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por Satanás,

al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varón:

Flor que genera Flor sin necesidad de semilla;

sólo por el beso del Sol en el cáliz inviolado de la Azucena-María.

¡La revancha de Dios!…

Echa resoplidos de odio, Satanás, mientras Ella nace.

¡Esta Párvula te ha vencido!

Antes de que fueras el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido,

Ella es tu Vencedora.

Mil ejércitos en formación nada pueden contra tu potencia, ceden las armas de los hombres contra tus escamas,

¡oh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hálito.

Y sin embargo este calcañar de recién nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada con él la seda es áspera,

tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán

y hacerse un zapatito de ese raso vegetal,

he aquí que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna.

Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos.

Y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás derrotado.

Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te abaten, que te encierran en tu madriguera de Infierno,

¡Oh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de ser Padre de todos los hombres creados!

Se demuestra inútil ahora el haber corrompido a quienes habían sido creados inocentes.

Conduciéndolos a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, privándole a Dios, en su criatura dilecta,

de ser Él quien distribuyera magnánimamente los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas,

habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas,

que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.

Obedeciendo, habrían conocido también el amor.

Es más, sólo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído.

Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne también se goce santamente en ella,

la carne que está unida al espíritu y que ha sido creada por el Mismo que le creó el espíritu. ¿Ahora, ¡Oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son?

O libídine vestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros.

Desde que la libídine está en el mundo, ya nunca os sentís seguros de la posesión del corazón del esposo o de la esposa.

Y tembláis y lloráis y enloquecéis de celos, asesináis a veces para vengar una traición, os desesperáis otras veces u os volvéis abúlicos o dementes.

Eso es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios.

Estos que tú has corrompido habrían conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir.

Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer.

De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza.

De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como consuelo.

De ahora en adelante será guía para las esposas y madre para los moribundos,

por lo que dulce será el morir sobre ese seno que es escudo contra ti, Maldito.

Y contra el juicio de Dios.

María, (se dirige aquí a María Valtorta) pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo.

Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir.

Y, si a la superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfección de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros,

habrían recibido el generar sin dolores (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicción.

La sublime revancha de Dios contra la venganza de Satanás ha consistido en llevar la perfección de la dilecta criatura a una superperfección que anulara, al menos en una,

cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de Satanás,

por lo cual el Hijo vendría no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis del Fuego, arrebola el espíritu.

¡La Virginidad de la Virgen!…

Ven. Medita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vértigos de abismo!

¿Qué es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningún hombre se ha desposado? Menos que nada.

¿Y la virginidad de la mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sólo en el cuerpo y no en el espíritu,

en el cual deja entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos?

Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco aún.

¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sólo de Dios?

Mucho. Pero nunca es perfecta virginidad comparada con la de mi Madre.

Hasta en el más santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo el Bautismo disuelve.

La disuelve, sí, pero, como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte, no devuelve la virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado.

Una cicatriz queda, y duele, recordando así su presencia.

Cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periódicamente por sus virus.

En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa.

Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todas las gracias.

Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Completa.

Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así.

Coronada así. Eternamente así. Es la Virgen

Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que procede,

es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas.

Así se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección;

contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sólo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Ignorante.

Ignorante no sólo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más todavía:

en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado.

En Ella sólo se da la gélida e incandescente sabiduría del Amor divino.

Fuego que encoraza de hielo la carne, para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen.

Y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa,

es sólo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Él por ser Mujer, pero, como Él, sin mancha».

PODEROSO SANTO ROSARIO 1


Octubre 13 2020

Habla Dios Padre

Hijitos Míos, hoy os quiero hablar sobre el grandísimo favor concedido a Mi Hija Santísima, la Siempre Virgen María, el Santo Rosario.

Todas las culturas, antiguas y modernas, tienen y han tenido la necesidad de alabar, agradecer, pedir, ofrecer holocaustos y sobre todo, AMAR A UN DIOS DETERMINADO. 

El alma tiene ésa necesidad intrínseca, la de buscar y tratar de hallar su espiritualidad, ya que ella tiende a lo eterno, a lo sublime, a lo que no es de la Tierra.

Toda alma encarnada sufre una transformación, está aprisionada por el cuerpo y sus debilidades.

Y así el alma, tiene necesidad de concentrarse más en las cosas espirituales para poder vencer los desvíos, pasiones, pecado, a donde el cuerpo la quiere arrastrar.

El alma inteligente, el alma que discierne, el alma buena, va a tender a luchar por mantener ésa espiritualidad con la que bajó.

Y así, el esfuerzo por mantenerse en ése estado, será grande, porque grandes son los ataques del Maligno por conquistar las almas hacia el Mal.

Por lo tanto el alma, después de discernir en la verdad, llega a la conclusión de que no hay otro camino para mantenerse en la salud espiritual;

que a través del alimento espiritual, el cuál consiste en la Oración y en la Vida de Amor.

Mi Hijo Jesucristo, antes de instituir la Sagrada Eucaristía, daba ejemplo grandísimo de lo que la Oración significa y debe también, significar para todos vosotros.

Las Sagradas Escrituras os lo exponen y os dicen: “Y Jesús, después de predicar se apartaba para orar al Padre”

Y también dicen: “Y Jesús se retiró a solas a orar” y en otro pasaje dice: “Jesús pasó toda la noche orando”, etc.

Muchos son los pasajes en los cuáles se os habla del valor de la Oración, tanto como alimento espiritual, como ayuda a prepararse ante las pruebas fuertes y así os lo narran las Escrituras:

Cuando iba a dar comienzo a Su Vida Pública, Jesús se apartó a orar y ayunar en el desierto durante 40 días.

Cuando iba a ser apresado os dicen las Escrituras: Y Jesús se retiró, junto con Sus apóstoles, en el Huerto de los Olivos.

Y así y en muchas otras ocasiones, tanto El cómo Mi Hija, la Virgen, Madre de Mi Hijo, os enseñan cómo orar a Mí, a Su Padre.

Siempre Su Oración iba dirigida a Mí y podía ser, oración de agradecimiento, oración de amor, oración de unión íntima, oración de petición, oración de intercesión, como la tenemos en las Bodas de Canaán.

Mi Hija intercediendo por los novios ante Su Hijo-Dios, así como todos aquellos que intercedían por algún semejante, para alcanzar sanación y vida, en cuerpos y almas.

Oración de Comunión Divina, al instituir la Sagrada Eucaristía.

Su Vida era Oración y así también vosotros debéis alimentar a vuestra alma, con la Oración continuada a vuestro Dios, de Quién todo recibís.

Hijitos Míos, a través de la Oración humilde, sencilla, confiada, podréis obtener todo de Mí,

siempre y cuando sea para la obtención y crecimiento de vida espiritual y para el mejor cumplimiento de vuestra misión sobre la Tierra.

Recordad que os he dicho que no desperdiciéis vuestro tiempo de oración pidiendo cosas materiales superfluas,

Yo velo constantemente por vuestras necesidades básicas y de vez en cuando os doy “regalitos extras”

para mantener vuestro cuerpo en el mejor estado para que podáis cumplir vuestra misión.

Cuando bajáis a la Tierra a servirMe y cuando buscáis primero Mi Reino, Yo os doy la añadidura, la cuál es la que concierne a vuestro cuerpo y sus necesidades.

La Oración en manos de un alma amorosa, olvidada de sí misma y que sólo vé por Mis necesidades para con vosotros, es poderosísima.

Así lo han entendido los grandes santos, por eso os he dicho que no importa la posición humana que tengáis, son vuestros deseos y vuestros actos los que cuentan,

porque son los deseos del alma, por servir a su Dios, los que valen.

Ha habido, entre vosotros almas encarnadas en reyes, en gente sencilla y hasta en mendigos…

Y la santidad, en altos niveles, se ha dado en todos ellos.

No es el dinero, ni la posición social la que va a dar poder a la Oración ni a la santidad del alma,

son los actos amorosos del alma, para Conmigo y para con sus hermanos, lo que la va a santificar.

Es la vida de Oración la que le va dando al alma el triunfo y el premio final y así,

ahora conocéis de almas que no salieron durante muchísimos años, de un pequeño cuarto, por estar postrados en cama y que son ahora grandes santos.

Por el contrario, también conocéis de grandes guerreros, defensores de la Fé, que dieron su vida o en batalla o al misionar otras tierras

llevando la Palabra de Mi Hijo a sus semejantes y que ahora son grandes santos.

SIN LA ORACIÓN HIJITOS MÍOS, NO SÓIS NADA. 

Tenéis lo más grande que os puedo dar el ALMA, pero sin la Oración SIN ELLA no puede crecer. 

Y así existen adultos de cuerpo pero con alma desnutrida, que no ha crecido, porque no le han dado alimento espiritual.

Ya que sólo se han dedicado a buscar la añadidura, esto es, sólo lo material.

En cambio, hay niños de cuerpo con alma adulta, madura, robusta, porque han entendido el grandísimo valor de la Oración,

la viven, la han puesto en práctica y han dado fruto abundante.

SÓLO YO

PUEDO VER LAS ALMAS Y SU DESARROLLO. 

Y qué sorpresas os llevaríais, si pudiérais vosotros también verlas… Y así veríais el alma de los que consideráis entre vosotros “grandes hombres”.

Gente “importante” a ojos humanos, gente “popular” que conocéis por sus méritos artísticos, deportivos ó humanos,

En los que su alma está raquítica o prácticamente muerta…

Porque, además de no haberle dado vida viviendo y transmitiendo el Amor limpio y sincero, 

LE HAN MATADO A LA GRACIA,  por su vida en el Pecado.

Ayúdame Señor Jesús a encontrarTe, para conocerTe y amarTe como debo hacerlo en la Eternidad

En cambio, podríais ver el alma de gente sencilla, “común y corriente y aún mendiga…

O haciendo labores despreciables, para la gran mayoría de vosotros,

que poseen almas bellas, almas grandes, almas heroicas en la virtud.

Esto os debe enseñar a no dejaros llevar pos las apariencias humanas que véis, sino que debéis respetar la vida real, verdadera, la que no alcanzáis a ver perfectamente,

ya que, por lo general, las almas que viven en estado de Gracia y en Oración, vosotros las notáis diferentes, raras, a ojos humanos.

Debéis comprenderlas, agradecerlas y apoyarlas, porque gracias a ésas almas de Oración, muchos males son detenidos y aún, anulados.

Cuánto mal se podría detener y destruir, si fuerais todos almas de Oración,

Viviríais el Cielo en la Tierra, porque el vivir en la Oración, es vivir Conmigo y Yo Soy vuestro Cielo, Yo Soy vuestro Dios.

Mi grande Amor Me ha llevado a daros la Gracia, a través de vuestra Madre Santísima, de regalaros el Santo Rosario.

Después de la Sagrada Eucaristía, el rezo del Santo Rosario ocupa un lugar grandísimo en Nuestro Corazón.

Es a través del rezo del Santo Rosario y a la devoción de Mi Hija, la Siempre Virgen María, que una gran mayoría de los santos que conocéis, alcanzaron ésa santidad que poseen.  

Es a través del rezo del Santo Rosario que se han obtenido Gracias inmensas para pueblos enteros y aún para toda la humanidad.

Es a través del rezo del Santo Rosario, que el Cielo se ha acercado a la Tierra y así, con la ayuda de su rezo, la Tierra se va a purificar.

No podéis apartar la devoción, el amor grandísimo que le tenéis a Mi Hija Santísima, con el rezo del Santo Rosario.

Aquellos que han sido llamados a ser Mis hijos consentidos, Mis hijos en los cuáles Yo puedo confiar más íntimamente,

han venido a través del Corazón de Mi Hija Santísima y por consiguiente, a través del rezo de Santo Rosario.

Es tan poderoso su rezo, que será a través de él, que el maligno será vencido y luego encadenado.

Es a través del rezo del Santo Rosario, máximo exponente de la Oración, el que muchos de los acontecimientos adversos a la humanidad, se van a aminorar o a cancelar.

Es a través del rezo y devoción al Santo Rosario, que una gran cantidad de las almas actuales sobre la Tierra, se van a santificar.

Es a través del amor al Santo Rosario, que llegaréis a alcanzar al Sumo y Eterno Amor, para toda la Eternidad.

Reúne: Oración Activa, Meditación y Contemplación. Además de ACCIÓN GUERRERA por objetivos concretos; con los cuales SOMOS los guerreros de élite mas letales, contra las Huestes Infernales, comandadas por Lucifer.

El rezo del Santo Rosario es la Oración más completa que existe.

Sacrificáis vuestro tiempo en su rezo, para dármeLo a Mí, a través de Mi Hija.

Hacéis penitencia al rezarlo de rodillas y con toda delicadeza y amor.

Ayunáis a vuestras bajas pasiones, al permitir que sea vuestra alma la que ore en vosotros y así detenéis y obstruís, con vuestra concentración amorosa, las acechanzas del Enemigo.

Ofrecéis holocausto divino, al nombrar varias veces, con amor y respeto, Mi Nombre y el de Mi Hija.

Crecéis espiritualmente, con la ayuda de Mi Santo Espíritu, al meditar cada uno de los Misterios del Santo Rosario.

Os volvéis corredentores con Mi Hijo, al acompañarLo y viviendo, cada uno de Sus Momentos, en los Misterios que rezáis.

Me agradecéis profundamente las Gracias que recibís, al daros cuenta del regalo tan grande que habéis obtenido por la vida que os concedí.

Y por todos los méritos de Mi Hijo Jesucristo y de Mi Hija, la Virgen María, para vuestra salvación y para vuestra Gloria Eterna.

Vivís momentos místicos durante su rezo, ya que cuando lo rezáis unidos al Cielo, al Purgatorio y con vuestros hermanos sobre la Tierra.

YO ESTOY ENMEDIO DE TODOS VOSOTROS

y si Yo estoy con vosotros, Mi Vida está con vosotros y me manifiesto en vosotros y a vosotros en múltiples formas, como muchos lo habéis constatado.

El rezo del Santo Rosario os envuelve de Cielo aún en la Tierra.

Hijitos Míos, os he dado un Gran Poder que no debéis desperdiciar, un gran poder al alcance de todas las edades y de todas las condiciones sociales,

un gran poder que os alcanzará el triunfo final, si lo usáis con respeto, amor y confianza, el poder de la Oración y el del rezo del Santo Rosario.

Hijitos Míos, ensanchad vuestra vida espiritual, vosotros sois parte de Mí, vosotros, debéis hablar el mismo idioma que Yo.

Mi Amor en pleno os espera en el Reino de los Cielos pero, también, Me manifestaré a vosotros.

AHORA NO ESTÁIS PREPARADOS PARA LOS GRANDES ACONTECIMIENTOS POR VENIR,

DEBERÉIS ORAR MUCHO, SI ES POSIBLE, AYUNOS, MUCHA ORACIÓN, REZO DEL SANTO ROSARIO,

PARA QUE OS FORTIFIQUÉIS PARA LOS MOMENTOS DE LA PRUEBA. 

Si NO estáis Conmigo, os he dicho que sucumbiréis.

Satanás ya os está atacando. Muchos de vosotros, estáis sintiendo, de alguna forma, sus asechanzas.

Deberéis uniros como verdaderos hermanos, ayudándoos los unos a los otros, en el momento de la Tribulación y de la falta de alimentos,

Ahí es donde realmente se verá de qué está lleno vuestro corazón.

Cada milagro en la Biblia, fué originado por un problema que FUE RESUELTO CON LA FE

Os deberéis soltar plenamente a Mi Voluntad, con una confianza a toda prueba 

Y el cómo salgáis de ella, os llevará a reflexiones profundas, que os ayudarán a alcanzar los Cielos Nuevos y las Tierras Nuevas prometidas.

Todo esto que Yo permitiré en vuestra vida, os llevará a una Purificación profunda, hasta llegar a las raíces del Mal.

Raíces que se empezaron a dar, desde el Pecado Original.

Desde el Principio de los Tiempos habéis sufrido y debéis poner ya un alto.

En la vida, en estas Tierras Prometidas que os daré, viviréis en una naturalidad espiritual perfecta,

amándoos los unos a los otros, pero con un amor que no conocéis aquí en la Tierra.

Mucho bien tendréis, cuando ACEPTÉIS vuestra maldad y Me pidáis perdón. 

Hacedle saber a vuestros hermanos.

Momentos sobrios tendréis y apreciaréis, porque lo superfluo desaparecerá.

Os daréis cuenta que con mucho menos de lo que ahora tenéis, viviréis más a gusto.

Os habéis llenado de lastre, de cosas superfluas que NO os han permitido crecer espiritualmente.

Será un nuevo comienzo, pero para pocos de vosotros, porque una gran mayoría, será eliminada.

Yo os estaré guiando en todo momento.

Los que estáis Conmigo, escucharéis Mi Voz y reconoceréis Mi Presencia en vosotros,

Alegraos Mis pequeños, alegraos, por estos momentos difíciles que se presentarán en vuestra vida. 

Dios NO le da las batallas mas duras a sus soldados más fuertes, ÉL FORMA A SUS SOLDADOS DE ÉLITE, a través de las batallas más duras.

Hijitos Míos, daos cuenta que todo esto que voy a permitir en vuestra vida, en vuestro Mundo, en el Universo entero, es para una renovación espiritual que, además, os unirá a todos. 

Vivís rodeados de mentira y falsedad, vivís llenos de temores y de ataques de Satanás en múltiples formas.

Vuestros hijos han perdido el contacto Conmigo, Satanás se ha encargado de distraerlos para que no estén Conmigo.

Lo que es bueno para vuestra alma, ya no se busca, buscáis solamente lo que va a agradar a vuestros sentidos, aunque sea por un poco tiempo.

Ya no buscáis lo que os va a dar gozo aquí, en ésta Vida y eternamente.

Mucho Bien de parte Mía, os está esperando; vuestras necesidades espirituales, son grandes y no las estáis satisfaciendo. 

Estáis viviendo, muchos de vosotros, una vida espiritual MEDIOCRE.

NO buscáis vuestro crecimiento espiritual, ¿Así cómo ayudaréis a vuestros hermanos a encontrarlo y a hacerlo crecer?  

EL SEXO ES DESEO, NO AMOR

Queréis amar y no sabéis cómo, puesto que Satanás se ha encargado de distorsionar, aún lo más bello, que es el Amor.

Mis pequeños, no os canséis de buscar vuestro bien, basados en Mi Amor, en Mis Enseñanzas.

Habéis tenido momentos valiosos en vuestra existencia.

Cuando Me he manifestado a los hombres, os he dejado conocimiento; pero también obligaciones que tenéis qué cumplir.

El Mal caerá, veréis actuar a Mi Justicia Divina.

Los que están ahora actuando en el Mal, se sienten protegidos por Satanás y, ¡Qué error tan grande! 

Buscad lo que a vuestra alma la hace crecer y desechad ¡YA!, en una forma imperante, lo que os lleva hacia el Mal.

El tiempo que YA NO es tiempo, os alcanzará de golpe; deseo que vuestras almas estén limpias y preparadas para lo que Yo os pueda pedir.

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

Os estaré guiando y protegiendo, NO DUDÉIS Mis pequeños; entended que solamente quiero vuestro bien y os quiero de regreso Conmigo.

Aquellos que llevan mucho tiempo desobedeciendo, tendréis pruebas mayores.

Lamentaréis no haber puesto años atrás, de vuestra parte para vuestro cambio espiritual.

BuscadMe en todo momento y Yo Me dejaré encontrar. 

Uníos fervientemente a Mi Hija, la Siempre Virgen María, para que apoyados en vuestra Madre, SALVÉIS AL MUNDO, 

Que ahora parece estar más en manos de Mi Enemigo, MÁS que en Mis Manos.

Vuestra oración sincera, humilde, amorosa, hará arder Mi Corazón en Misericordia y sus frutos de protección y de Salvación para todas las almas, los podréis ver de inmediato.

Confiad en Mí, confiad en Mi Amor, confiad en Mi Misericordia, confiad en el poder de la oración.

Os bendigo, Mis pequeños y agradeced toda esta preparación que Yo os daré para que quedéis purificados.

Yo os bendigo en Mi Santísimo Nombre de Eterno Dios de Amor, en el de Mi Hijo Jesucristo, donación perfecta en el Amor, en el de Mi Santo Espíritu, Voz y Guía del Amor y en el de Mi Santísima Hija, la Siempre Virgen María, donación perfecta al Amor.