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347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

“Sé por qué has sufrido”.

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: “Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente”.

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: “No sucederá nada”.

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: “Id a decir todo lo que sabéis”.

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: “Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo”.

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

“¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!”.

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: “Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado”.

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: “Es un hombre cualquiera”, responded:

“No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador”:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: “¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía”.

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: “¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?”.

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?”.

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: “Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…”.

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: “¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu”.

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: “Yo debería ser bautizado por Ti…”. “Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia”…

Juan ya había dicho: “Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias”.

Había dicho ya: “En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible”.

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: “Éste es el Cordero de Dios”,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: “¡Creo!”.

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

“Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo”.

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: “Es un exorcista. Un santo”.

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: “¡Señor, piedad!”.

Dijo Él: “¡Sígueme!”.

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: “¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!”.

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la “virilidad casta” del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. “

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

“Sígueme.” “Voy.” Pero su alma había dicho ya: “Voy”, y el Salvador había dicho ya: “Sígueme”,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: “Sed castos para poderlo reconocer”.

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: “No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor”.

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: “Me producís horror”.

La abre solamente para decir: “Venid a Mí, que os quite vuestros pecados”.

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

“¡Reinará tu Dios!”.

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

“¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”.

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el “Pater noster”.

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

344 CAMINO A ANTIOQUÍA


344 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En efecto, por un lado del patio viene el carro.

Un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero;

por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

Síntica, pregunta: 

–        ¿Es hora de marcharnos? 

Pedro responde: 

–        Sí. Es la hora.

¿Estás cubierto bien, Juan?

¿Van mejor tus dolores?

–         Sí.

Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien

¿Por qué el bálsamo de María no surte el mismo efecto en Juan de Endor,

sanándolo milagrosamente;

como sucede en el marinero griego del barco de Nicómedes el cretense?

Porque los milagros son signos, para CONVERTIR, -resucitar espiritualmente- a los paganos. 

Sabemos que vivimos en un mundo gobernado por el Maligno;  

Y esto debería hacernos reflexionar muchas cosas...

En el mundo actual, hasta los católicos que asisten regularmente a la iglesia

Cumplen con TODOS los rituales, sin faltar a ninguno.

Y se sienten católicos perfectos…  

Cuando lo reflexionamos a la luz espiritual del Espíritu Santo

¡SON PAGANOS!

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

En la siguiente entrega del “exorcista privilegiado”, entenderán mejor esto…

Y también entenderán el porqué del desprecio de los hebreos hacia los paganos…

Los milagros NO SE HICIERON para proporcionarnos COMODIDAD a los corredentores;

son una “ayuda” de nuestro  evangelizador.

Juan de Endor, como víctima expiatoria, DEBE sufrir el destino que él mismo eligió…

También las enfermedades, son parte de nuestro destino expiatorio...

Pero esto jamás debemos verlo con un criterio miope y derrotista…

Nuestro privilegio como CORREDENTORES es que somos guerreros privilegiados,

que PODEMOS INFLIGIR un daño catastrófico a las hordas y las fortificaciones

del ANTICRISTO…

Señor, te entrego mis sufrimientos, UNIDOS al de tu hijo santísimo Jesucristo en la Cruz  para que sean destruídos los planes del Anticristo….

Pedro dice: 

–        Entonces sube;

que ahora subimos también nosotros.

.Y ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta,

después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil.

Cruzan una plaza que les ha sido indicada.

Y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta;

después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río.

Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este,

pero siguiendo los meandros del río.

Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas.

Y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol,

llenarse las gemas de mil arbustos. 

Síntica. exclama: 

–        ¡Cuántos arrayanes! 

Mateo añade: 

–       ¡Y laurel! 

Juan de Endor. dice: 

–        Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo.

–        Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

Zelote dice: 

–        Quizás.

Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas. 

Y Juan de Endor preguntya:

–        Tú, que has estado aquí,

¿Crees que pasaremos por Dafne?

Para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores,

Zelote contesta: .

–        Por fuerza.

Veréis uno de los valles más bonitos del mundo.

Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas,

es un valle de paraíso terrenal.

Y si en él entra la Fe, se transformará en un paraíso verdadero.

Somos los Apóstoles de los Últimos Tiempos..

¡Cuánto bien podréis hacer aquí!

Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… – 

Pero Juan agacha la cabeza,

y Síntica suspira.

El caballo trota cadencioso.

Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar

aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla.

Así que el camino discurre bastante rápidamente.

Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse.

El sol está en su zenit y se ve toda la hermosura de la gloriosa naturaleza.

Pedro observando en derredor.,

dice: 

–        De todas formas…

prefiero estar aquí antes que en el mar… 

–        ¡Pero qué tempestad!

Juan muy sonriente,

dice:   

–       El Señor ha orado por nosotros.

Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave.

Cerca como si estuviera en medio de nosotros… 

–        ¿Y dónde estará?

No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa…

¿Y si se moja?

¿Y qué come?

Es capaz de hacer ayuno…

Santiago de Alfeo, dice con seguridad: 

–       Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros. 

Tadeo agrega:

–       Y también por otros motivos.

Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo.

Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo.

Santiago de Zebedeo., corrige: 

–        Querrás decir: al demonio que hay en el mundo.

–        Es lo mismo. 

Andrés suspira:

–        No lo va a conseguir.

Tengo el corazón oprimido por mil miedos… 

No sin aflicción, Juan de Endor., añade: 

–       ¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! 

Tadeo responde resuelto: 

–        No pienses eso.

Tú y ella no erais nada respecto a las “grandes culpas” del Mesías,

según los grandes de Israel. 

Juan de Endor., dice: 

–        ¿Estás seguro?

Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina,

de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús.

Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos.  

Tadeo le pregunta:

–        ¿Me crees veraz, Juan?

–        ¡Sí que lo creo!

–        Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío,

te aseguro que tú has dado sólo una sola pena a Jesús:

la de tener que mandarte aquí en misión.

En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.

La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía, ilumina el rostro

agobiado de Juan de Endor,

que dice:

–        ¡Qué alivio me das!

El día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón.

¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro.

Y pasando por el puente, toman la otra orilla del río,

el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

Simón Zelote señalando, explica: 

–        ¡Allí está

En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos.

Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía.

Y sus torres que se alzan sobre las murallas.

Entraremos por la puerta que hay al lado del río.

La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas.

Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes;

con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo.

Un fiel de Lázaro.

Os encontraréis bien.

Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos,

que entonces eran niños…

Pedro observa:  

–        Muy fortificada esta ciudad, ¿Eh?-

Que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

–        Mucho.

Murallas de altura y anchura grandiosas.

Más de cien torres, que como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas.

Y fosos infranqueables al pie de ellas.

El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa.

Y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil…

Ahí está la puerta.

Es mejor que pares y entres sujetando el bocado.

Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.

Juan apóstol dice:

–        Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces…

Jesús se alegraría de saberlo…

Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida,

ordena: .

–        Lo buscaremos.

Pero ahora camina raudo.

Juan obedece sin decir nada;

se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla.

O sea, un alto muro sin ventanas.

Solamente un portal en el centro del muro. 

Zelote dice: 

-.       Aquí es. Para.

–        ¡Anda, Simón, habla tú ahora!

–       ¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo!

Y Zelote llama al recio portón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro.

Entra solo.

Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias.

Y da a uno del servicio, la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro;

luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro

que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

El administrador ordena a su subordinado;

–        Preocúpate del caballo

Y dice a los que recibe como huéspedes:

–       «Por favor, venid.

Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe.

Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias.

Y no sabe qué decir…

Le ayuda el Zelote.

–        Los discípulos del Mesías de Israel…  

De que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa,

para servir al Señor,

no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

–        Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos,

como era costumbre de mi ama.

Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio.

Al final de este patio, está la verdadera casa.

Abre la puerta.

Va por un vestíbulo.

Tuerce a la derecha.

Hay una escalera. Suben.

Otro pasillo con habitaciones a los lados.  

El anciano dice: 

–        Aquí tenéis.

Que sea agradable vuestra permanencia.

Voy a decir que traigan agua y ropa.

Dios sea con vosotros.

Y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen.

Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado;

el tranquilo patio adornado de rosales trepadores,

por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho…

Para algunos, sólo una etapa; para otros… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

342 UN TRIPLE PRODIGIO


342 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras el grupo sube por el puente,

se encuentran con el cretense que está esperando el incienso, desesperado.

Lleno de rabia y a gritos dice:

–          ¿Acaso no estáis viendo que sin un milagro divino, naufragamos?

¡Es la primera vez!…

¡La primera vez desde que navego que sucede esto!

Tadeo dice en voz baja:

–        Ahora fíjáos que va a decir, que somos nosotros la causa…

En realidad, el cretense grita como un aullido:

–       ¡Malditos israelitas!

¿Qué maldición pesa sobre vosotros?

¡Perros hebreos, me habéis traído la mala suerte!

¡Largo de aquí!

¡Que ahora voy a sacrificar a la Venus Naciente!…

Pedro se opone:

–          No.

Mejor nosotros sacrificamos…

–        ¡Largaos!

¡Sois unos paganos!

¡Es por vosotros que Poseidón está furioso!

¡Sois unos demonios!  ¡Sois…!

–         ¡Oyeee!

¡Te juro que si nos dejas, verás el prodigio!

–         ¡No!

¡Largo!

Nicomedes enciende el incienso, rezando algunas fórmulas y lo arroja al mar como puede.

Y también un líquido que ya había ofrecido en una libación,

frente a un pebetero y ante un altar, con la figura de Afrodita, sobre la cubierta…Pero el mar rechaza el incienso, arrojándolo otra vez sobre el puente…

En vez calmarse, el oleaje se pone más furioso. .. 

Y una enorme ola se lleva todos los aparejos del rito,

las tablas donde se había erigido el altar a Afrodita y se había ofrecido el sacrificio.

Y por poco, no arrastra también a Nicomedes.. ..

Pedro dice:

–        ¡Qué buena respuesta te ha dado tu diosa!

Ahora nos toca a nosotros…

También nosotros tenemos una Mujer Pura, hecha de espuma del mar y después…

Canta Juan, el mismo canto de ayer.

Nosotros te seguimos…

Nicomedes grita furioso:

–        ¡Sí, probad!

Pero si el mar se enfurece más;

os arrojaré a todos vosotros como víctimas propiciatorias para Afrodita…

Pedro concede:

–         Está bien.

Aceptamos.

¡Vamos Juan!

Juan empieza a cantar y es seguido por todos los demás…

Stella Maris resuena triunfal en las gargantas de los apóstoles…

Hasta Pedro que generalmente no canta porque siente que es bastante desentonado,

agrega su voz con el ritmo de los remos del día anterior.

El cretense los mira con los brazos cruzados sobre el pecho…

Y una sonrisa entre airada e irónica.

Después que termina el canto, los apóstoles oran con los brazos abiertos.

Recitan el Pater Noster, como Jesús se los enseñara y lo cantan en arameo.

Continúan con unos salmos de alabanza, que entonan triunfales..

Y con las voces a todo pulmón…

Y así se alternan unos con otros, a pesar de las olas que los bañan una y otra vez…

Ellos no se agarran de nada para sostenerse.

Se sienten seguros, como si una fuerza invisible los asegurara al puente…

Las olas van disminuyendo de violencia, paulatinamente…

Y aunque no ceden totalmente, ni el viento disminuye su aullido;

la furia del mar que barría el puente, es notable que sí se ha calmado.

Las olas continúan azotando el puente, pero cada vez con menor intensidad..

Y realmente disminuyen de violencia poco a poco.

No cesan del todo, y tampoco el viento, pero ya no es la furia de antes.

Hasta que de hecho las olas ya no llegan al puente.

La cara del cretense es todo un poema de estupor…

Pedro lo mira de reojo y sigue orando.

Juan sonríe.

Y canta más fuerte…

Los otros lo acompañan.

Y sus voces van triunfando cada vez más, sobre el fragor de la tempestad…

A medida que el mar para volver a su movimiento regular.

Y el viento para soplar normalmente, se van aplacando.

El cretense y todos sus marinos están totalmente pasmados…

Pedro lo mira, pero no deja de orar…

Juan sonríe y canta con más fuerza…

Los otros lo secundan venciendo el fragor del océano

que poco a poco se va calmando más y más…

Finalmente Pedro pregunta:

–      ¿Y ahora… qué tienes que decir?

El cretense pregunta asombrado:

–      ¿Qué habéis dicho?

¿Qué fórmula empleasteis?

–         La del Dios Verdadero y la de su Esclava…

Pero, ¿Esa estrella a la que adoráis quién es?

En todo caso Venus, ¿No?

–        Veneráis, se dice.

Se adora sólo a Dios.

Pero nada de Venus.

Ella es María.

María de Nazaret, María hebrea, la Madre de Jesús, Mesías de Israel.

Endereza la vela y prepara todo.

Ya puedes izar las velas y arreglar todos los desperfectos, esto…

¿Aquello que se ve allá…?

¿No es una isla?

–          Sí. Es Chipre.

El mar está todavía más tranquilo en este canal…

En medio de la tormenta fuimos arrojados hasta acá…  ¡Extraño!

Donde hubiese sido normal el oleaje brutal;

ha disminuído para ser un mar totalmente calmo…

Dos hechos extraordinarios…

Nicómedes mueve la cabeza, sin poder asimilar lo ocurrido…

Un tiempo después, pregunta:

–        ¿Y qué fue lo otro?

¿Estabais cantando en hebreo? ¿No es así?

–         No.

Hablamos en nuestro dialecto: el arameo.No, era nuestro dialecto, el de nuestro lago, de nuestra patria.

Pero no te lo podemos decir a ti, que eres pagano.

Es una oración a Yeohveh.

Sólo los creyentes la pueden conocer.

Hasta luego, Nicomedes.

Y no te preocupes por lo que ha ido al fondo.

Un… sortilegio menos para poderte atraer una desgracia.

Hasta luego,

¡Eh! ¿Eres de sal?

Y no lamentes lo que se ha ido al fondo.

Un sortilegio menos…

Que no te traerá infortunio…

Adiós, ¿Eh?

Nicómedes está verdaderamente compungido

Y dice casi implorante: :

–      No…

Pero perdonadme…

Os he insultado.

Pedro lo tranquiliza: 

–        ¡No te preocupes por ello…! 

Son efectos de tu culto por… Venus…

Vamos muchachos a donde están los demás…

Y muy feliz y contento, Pedro se dirige al camarote donde dejó a Síntica.

El cretense los sigue preguntando:

–       ¡Por favor escuchadme!

¿Ya murió el herido?

Pedro lo mira,

y sonríe:

–       ¡Imposible!

Creo que te lo devolveremos más sano de lo que estaba…

Es algo que…

¡Tal vez también lo atribuyas a nuestros sortilegios! ¿Eh?

–        ¡Oh, Perdonad!

Por favor, ¡Perdonadme!

Decidme dónde puedo aprenderlos, para servirme de ellos…

Os pagaré…

–         Lo siento, Nicomedes. ¡Adiós!

No tenemos permitido vender a los paganos las cosas sagradas…

¡Qué te vaya bien amigo!

Cuando conozcas al Dios Verdadero, también sabrás el secreto de su Poder…

¡Que Dios te bendiga con su Luz y que te vaya muy bien!

Pedro, sonriente y acompañado de todos los suyos regresa al camarote,

También sonríe el mar calmado, con un viento mistral armónico que favorece la navegación,

mientras declina el sol y al oriente, se dibuja un huso de luna tendente a su plenitud…

Que se refleja en un mar plácido…

Al día siguiente, el mar y el cielo les regalan paisajes maravillosos.

que con sus destellos plateados ilumina todo lo que toca y también parece sonreír…

El crepúsculo es hermosísimo cuando llegan a la ciudad de Seleucia.

La nave, con sus velas desplegadas se dirige veloz hacia el puerto del Tigris.

En la cubierta, están los marinos que ya se encuentran relajados y alegres,

por las magníficas condiciones de la travesía…

Y los pasajeros que ya contemplan cercana su meta;

junto a un Juan de Endor que sigue flaco y pálido y tambien el marinero herido.

Tiene la cabeza vendada y sonríe feliz, tanto a sus bienhechores,

como a sus compañeros marinos, que lo miran con asombro…

Y lo felicitan por haber regresado al puente.

El cretense deja por unos momentos su puesto, que entrega al jefe de la tripulación,

mientras se acerca a saludar a su marino convaleciente…

Y dice a los apóstoles:

–        ¡Querido Demetrio!

Me alegro mucho de ver que estás cada día mejor.

Nunca pensé que pudieras sobrevivir al golpe del palo y al del hierro del mástil

No cabe duda que éstos,-señala a los apóstoles- Te han engendrado otra vez a la vida.

Porque ya habías muerto, cuando caíste prensado bajo todas las mercancías.

Y luego por las olas que te arrastraron y te hubieran llevado al reino de Neptuno,

entre las nereidas y los tritones;

cuando este hombre santo te rescató.

Y luego te han curado con sus maravillosos ungüentos…

¡Déjame ver la herida!…

El marino se suelta la venda y muestra la cicatriz.

Una señal roja que va de la sien a la nuca.

Nicomedes la toca con la punta de los dedos muy ligeramente…

Y exclama asombrado:

–        ¡Hasta el hueso está soldado!

¡De veras que te ha amado la Venus marina!

Y quiere verte sobre las olas del mar y caminando dichoso, sobre las playas de Grecia.

Que Eros te sea propicio ahora que desembarcaremos en Seleucia.

Y haga que olvides esta desgracia y el terror de Thanatos, en cuyos brazos estuviste ayer.

La expresión en la cara de Pedro…

Manifiesta claramente  lo que piensa sobre este discurso mitológico.

Recargado sobre un mástil, apenas puede contenerse para replicarle a Nicomedes

sobre su paganismo.

Los demás apóstoles también manifiestan claramente su desprecio.

Y optan por voltear a mirar el mar, ignorando totalmente al cretense.

El hombre lo nota…

Y trata de disculparse:

–       ¡Es nuestra religión!

Así cómo vosotros tenéis la vuestra, nosotros creemos en la nuestra…

Y decide cambiar de tema:

Venid a la proa, para que podáis admirar la ciudad que se aproxima…

¿La conocéis?

Zelote responde tajante:

–         Yo vine una vez; pero el viaje lo hice por tierra.

–        ¡Ah!

¡Entonces sabes bien que el verdadero puerto de Antioquía es Seleucia!

¡Que está junto a la desembocadura del Orontes!

Y que es posible viajar por su curso en barcas pequeñas, hasta llegar a Antioquía.

¡Oh!

¡Podréis admirar todas las grandiosas obras que han hecho los romanos en Seleucia!

¡Y Antioquía!

Es un puerto con tres dársenas, que es uno de los mejores.

Cosa igual no hay en Palestina y es porque Siria es la mejor provincia del imperio…

El entusiasmo por los romanos no encuentra eco en nadie..

Y sus palabras caen envueltas con un silencio glacial.

Aún Síntica que por ser griega, siente menos desprecio que los demás;

se mantiene callada y hierática, como una diosa pagana.

El cretense lo nota y dice:

–        ¡Qué queréis!

¡Hablando en plata, yo siempre gano con los romanos!…

La respuesta de Síntica es dura como un sablazo:

–        ¡Y el oro quita el filo a la espada, al honor nacional y a la libertad!

Lo ha dicho de tal manera y con un latín tan puro, que el otro se queda callado.

Luego Nicomedes pregunta con timidez:

–        ¿Eres griega?

–         Lo soy.

Pero tú amas a los romanos.

Por eso te hablo en la lengua de tus patrones, no en la mía, la de la patria mártir.

El cretense ya no sabe qué decir.

Los apóstoles están contentos por la lección dada majestuosamente por Síntica.

Después de un largo silencio,

pregunta a Pedro:

–       ¿Ya saben cómo ir de Seleucia a Antioquía?

Pedro contesta muy serio:

–       Con los pies.

–       Ya es tarde.

Será de noche cuando desembarquemos.

–       Buscaremos una posada.

–       ¡Claro!

Pero podríais dormir aquí hasta mañana..

Tadeo, que ya vio los preparativos para honrar a los dioses en cuanto lleguen al puerto,

contesta rápido:

–        No es necesario.

Muchas gracias por tu gentileza.

Pero es mejor que descendamos.

¿Verdad Simón?

Pedro confirma:

–        Así es.

También nosotros tenemos que presentar nuestras plegarias…

Tú a tus dioses y nosotros a nuestro Dios.

–        Haced como os plazca.

Quería honrar al hijo de Teófilo y agradaros a ustedes por él.

Zelote contesta:

–        También nosotros por el Hijo de Dios, al persuadirte que sólo hay un Dios Verdadero.

Pero tú eres inconmovible como una piedra.

Estamos pues, iguales.

Ojalá qué un día te encontremos y ya no seas tan cerrado…

Nicomedes encoge los hombros, con un gesto de indiferencia irónica.

Y sólo dice:

–        Adiós.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =He

339 LA TRAVESÍA


339 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad de Ptolemaida da la impresión de que va a ser aplastada, por un cielo bajo,

plomizo y pesado como plomo;

sin una rendija azul, sin una sola variación en su lóbrego aspecto.

No.

No hay ni una nube, un cirro o un nimbo,

que surquen aislados, la capa cerrada del firmamento.

Es una única bóveda cóncava y pesada;

como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja.

Una enorme tapa de estaño sucio, fuliginoso, opaco y agobiante.

Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso;

un yeso áspero, crudo, desolado, bajo esta luz… 

Y hasta el verde de las plantas perennes, luce empañado, triste;

así como los rostros de las personas, también se ven lívidos y espectrales;

junto con los colores de los vestidos, pues todos se ven muy apagados.

La ciudad se ahoga en el cargante siroco.

El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte.

Un mar sin límites, quieto, desierto.

No es siquiera plomizo, sería errado definirlo así.

Parece una extensión ilimitada, sin repliegues, no de agua;

sino de una sustancia oleaginosa, gris;

como deben ser los lagos de petróleo crudo…

Muy parecido a una cisterna llena de plata mezclada con hollín y ceniza,

para formar una pomada.

Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa.

Y no obstante, se ve tan muerto y opaco, que no parece brillar.

Su resplandor no se advierte, por la molestia que sufren los ojos deslumbrados,

por este cabrilleo de madreperla negruzca, que cansa y no alegra.

No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista.

La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo también muerto,

sin ver movimiento alguno de ola, aunque por su subyacente ondeo,

sensible en la superficie con el cabrilleo sucio de las aguas,

se comprende que no son aguas solidificadas.

Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como agua de un pilón;

sin el más mínimo indicio de ola o resaca.

Y la arena está marcada de humedad a poco más de un metro del agua, confirmando así,

que no ha habido movimiento de olas en la orilla, desde hace muchas horas.

Es la calma chicha absoluta.

Las pocas naves que hay en el puerto, están completamente inmóviles.

Tan inmóviles, que parecen clavadas en una materia sólida.

Los pocos paños tendidos en los altos puentes, enseñas o indumentos, penden inmóviles.

En el ajetreado comercio marítimo del puerto de Ptolemaida,

por una callecita del barrio popular del puerto,

vienen hacia la marina los apóstoles, con los dos que van a Antioquía.

Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro;

Tadeo por su parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado;

Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote,

van cargados con los talegos de todos, incluido el de Jesús.

Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida.

Juan de Endor no lleva nada.

Caminan deprisa entre la gente que en general, regresa de los mercados con las compras;

Y los que son gente de mar, se apresuran en dirección al puerto,

para cargar, descargar las naves o repararlas, según las necesidades.

Pedro camina seguro.

Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados.

Todo colorado, sujeta de su parte el arcón,

por una lazada de la cuerda, puesta como asidero;

Andrés por su parte, hace lo propio.

Y se ve, tanto en ellos como en los compañeros Santiago y Juan,

el esfuerzo del peso que llevan,

porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de los brazos.

Y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas);

en todo, semejantes a los mozos de cuerda que ágiles, van de las posadas a las naves;

o viceversa, para sus operaciones.

Por tanto, pasan completamente desapercibidos.

Pedro no va al muelle grande.

Con su grupo se dirigen hacia el muelle menor, a través de una pasarela chirriante;

es un andén construido en forma de arco, que delimita una dársena;

un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca.

Llega hasta una en particular.

Se detiene, mira y grita, llamando la atención…

Desde el fondo se levanta un marinero y se acerca al borde;

es una barca fuerte y bastante grande.

diciendo:

–      ¡Estás decidido a zarpar de verdad?

Ten en cuenta que la vela hoy no sirve..

No hay viento y tendrás que hacerlo a fuerza de remos.

Pedro contesta:

–     Con este frío, esto nos servirá para entrar en calor y para tener buen apetito.

El marinero cuestiona:

–     ¿Sabes de verdad;

que eres capaz de navegar?

–      ¡Bah! ¡Hombre!   

Todavía no era capaz de pronunciar la palabra ‘mamá’,

cuando ya mi padre me había puesto en las manos la sondaleza,

las cuerdas de las velas. y las farcias del navío.

Allí crecieron mis dientes de leche.

–       Es que, ¿Sabes?

Esta barca es todo lo que poseo…

–       Desde ayer me lo has estado repitiendo…

¿No sabes otra canción?

–       Lo que sé es que si te vas a pique, estoy arruinado y…

–       El arruinado seré yo, porque pierdo la piel, ¡Y no tú!

–       Es que la barca constituye toda mi riqueza, mi pan y mi alegría.

Es el patrimonio de mi esposa y la dote de mi hija…

–        ¡Uff!…

Oye, no me sigas molestando porque mis nervios están a punto de reventar…

Y tienen ya un calambre, mucho peor que el de los nadadores!

Te he dado tanto, que casi te pagué la barca.

No te escatimé nada,

¡Ladrón marino que eres!…

Te demostré que sé remar y sé gobernar la vela mejor tú.

Ya todo estaba acordado.

Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer,

te ha provocado una pesadilla, porque te huele la boca como una sentina…

Si ahora te arrepientes, me importa un bledo.

Hicimos un contrato ante dos testigos, uno tuyo y otro mío.

Y ya…  ¡Basta!

Cangrejo peludo, déjame entrar…  

El barquero insiste: 

–     Pero al menos dame otra garantía… 

¡Si mueres, quién me paga la nave!

–     ¿La nave?

A esta calabaza sin pulpa la llamas nave.

¡Oh, miserable y orgulloso tenías que ser!

Te daré otras cien dracmas…

Con éstas y con lo que has pedido como alquiler;

puedes comprarte otras tres mejores que ésta.

¡No! ¡Tampoco eso!

¡De dinero nada!

Serías capaz incluso de llamarme loco…

Y luego pedirme más todavía, a la vuelta.

¡Porque vuelvo, ¡Eh! puedes estar seguro!

A lo mejor para quitarte la barba a tortazos,

si me has dado una barca con los fondos defectuosos.

Te dejo empeñada mi carreta y no quiero que te pases de listo con mi burro Antonio.

¡No! ¡Tampoco eso!

No dejo en tus manos a mi Antonio.

Te creo capaz de cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero…

Y escaparte en mi ausencia.

Porque mi Antonio… él solo, vale diez veces más que tu barca.

Mejor te dejo el dinero.

Pero ten en cuenta que son una garantía y que cuando regrese me los devolverás.

¿Has entendido?

¿Está bien claro?

El barquero asiente satisfecho.

Baja de la barca.

Y se apresura a meter en la barca, el telar que Tadeo había dejado en el suelo.  

Pedro mira la barca vecina, 

y grita: 

–     ¡Eh, los de esa nave!

¿Quién es de Ptolemaida?

En una nave cercana se asoman tres caras.

Y contestan:

–       Nosotros.

–       Venid aquí…

El barquero suplica:

–       No, no, no hace falta.

Nos arreglamos entre nosotros.

Pedro lo mira indagador, razonando para sí.

susurra:

–       ¡Comprendo!

Luego grita a los de la nave:

–       ¡Ya no hace falta. Quedaos ahí 

Y les dice a todos, 

¡Aaarriba! ¡Aaarriba!

Y embarca el primer baúl.

Luego ayudado por otros tres y los apóstoles,

suben y acomodan todo el cargamento que traen en la carreta;

de forma que quede en equilibrio y que tengan paso libre para las maniobras. 

Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo lo demás;

Y después de las cosas, las personas. 

Luego extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa,

y dice:

–       « ¡Adiós, amigas!»-  y se las da al barquero.  

Éste pregunta extrañado:

–       ¿Por qué las has besado? –

–        Es… Un… rito.

Arriba, vosotros. dice a los demás de su comitiva. 

Y volviéndose al barquero, agrega:

–       Tú, al menos, sujeta la barca mientras nos vamos.

Ya las contarás.

Verás que están justas.

No quiero tenerte como compañero en el infierno…

¡Eh! Yo no robo…

Y junto con Andrés, pone el remo contra el muelle y empieza a separarse.

Y Pedro agrega:

–           ¿Ves vampiro que si sé hacerlo?

Lárgate ahora y que te vaya bien…

¡Adiós, ladrón!

Y se sienta en la proa sobre una banquita, junto a su hermano.

Frente a él están sentados Santiago y Juan de Zebedeo;

que bogan con ritmo regular y poderoso.

La barca avanza sin tirones, rápida,

a pesar de ir bastante cargada, muy cerca del flanco de las naves grandes,

Y oyen las alabanzas por su paso ligero y por el perfecto bogar,

que les lanzan los marineros de las grandes naves, cuando navegan junto a ellas.

Luego, superados los espigones…

Cuando llega a la corriente, le entrega el timón a Mateo,

diciendo:

–       Tú puedes hacerlo muy bien.

Te traerá recuerdos de cuando nos sorprendías en la pesca.

Y sabes llevar el timón pasablemente.

Pronto dejan atrás los diques y llegan a mar abierto.

Ptolemaida está extendida, hermosa y blanca sobre la ribera.

En la barca el silencio es completo y solo se oye el chasquido de los remos contra el agua.

Poco a poco, el puerto se va perdiendo en la distancia,

y Pedro dice:

–      Sí. Había un poco de viento…

Ahora no hay absolutamente nada… ¡Ni un soplo!

Santiago de Zebedeo comenta:

–           ¡Con tal de que no vaya a llover!

–           ¡Humm!

Y parece que sí…

Una llovizna fina y tupida los cubre.  

Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.

Luego Andrés pregunta:

–       ¿Por qué has besado las monedas?  

Pedro le responde: 

–        Porque se saluda a quien parte para siempre.

No las volveré a ver.

Y lo siento.

Hubiera preferido dárselas a algún necesitado…

¡Paciencia!…

La barca la verdad es que es buena y fuerte.

Y está bien construida.

Es la mejor de Ptolemaida.

Por eso he cedido a las pretensiones de su dueño.

También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos.

Por eso le he dicho: “A comprar al Jardín blanco”…

¡Ay, ay, ay, que empieza a llover!

Cubríos, vosotros que podéis hacerlo.

Tú, Síntica, dale el huevo a Juan. Es la hora. 

Santiago dice:

–        Con un mar asi, nada se puede mover en el estómago…

Andrés pregunta:

–       ¿Qué estará haciendo Jesús?

Pedro exclama:

–      ¡Sin vestidos y sin dinero!

Tadeo:

–      ¿Dónde estará ahora?

Juan de Zebedeo:

–       Sin duda rogando por nosotros.

Santiago de Alfeo:

–       Está bien.

¿Pero dónde?

Nadie puede responder la pregunta.

Pues sólo Dios conoce la respuesta.

Y la barca da bordadas, con dificultad; 

entre una bruma invernal, que poco a poco se hace más densa.

Los montes, que se escondieron tras una zona de llanura, vuelven a arrimarse al mar,

se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso.

El mar de cerca, sigue produciendo molestia a los ojos con su extraña fosforescencia;

más lejos, se pierde en un velo brumoso.

Pedro boga incansablemente, en una barca que avanza fatigosamente, bajo un cielo plomizo;

sobre un mar de color ceniciento y bajo una finísima lluvia,

que parece neblina y produce un cosquilleo prolongado.

Los montes se ven envueltos en un manto amarillento.

Pero el mar tiene una rara fosforescencia que es molesta de mirar.

Pedro que es incansable en el remo, extiende su brazo señalando a lo lejos,

y dice:

–        En aquel poblado vamos a detenernos, para comer y descansar.

Los demás asienten.

Llegan al pueblo:

Que es un pequeño conglomerado de casas de pescadores

al abrigo del espolón de un monte que penetra en el mar.

Pedro entre dientes, dice: 

–       Aquí no se puede desembarcar.

No se toca fondo… –un suspiro- ¡Bueno!

Pues entonces comeremos aquí donde estamos

Y así es.

Los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas.

Mientras la lluvia se calma y luego arrecia…

No se ve a gente en el pueblo; es como si estuviera deshabitado.

Pero, vuelos de palomas de una casa a otra…

Y la ropa tendida en las azoteas, indican que hay gente.

Finalmente aparece en la playa un hombre semidesnudo,

que se dirige hacia una pequeña barca, que ha sido sacada a la orilla.  

Pedro se pone las dos manos en torno a los labios, formando un embudo,

y grita:

–       ¡Oye, tú! ¿Eres pescador?

La respuesta llega débil en la distancia:

–       ¡Sí!

–       ¿Qué tiempo vamos a tener?

–       Dentro de poco, mar picado.

Si no eres de por aquí, te aconsejo que te vayas inmediatamente,

más allá del promontorio.

Allí las olas son menores, sobre todo junto a la ribera…

Y puedes ir porque el mar es muy profundo.

Pero vete al punto.

–        Gracias.

¡La paz sea contigo!

–        ¡Paz y buena suerte contigo!

Pedro se vuelve hacia sus compañeros,

y dice:

–        ¡Ánimo!

Y que Dios esté con nosotros.

Andrés toma el remo y empieza a bogar,

mientras dice:

–        No cabe duda que lo está.

Y Jesús ruega por nosotros.

Los demás también toman los remos y empiezan a bogar.

Porque olas gigantescas están empezando a formarse…

Y rechazan a la barca en su intento por avanzar.

La lluvia aumenta implacable;

junto con un viento que azota las espaldas de los navegantes.

Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado…

Y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene.

Mientras tanto, la lluvia se hace cada vez más tupida…

Y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes.

Pedro lo gratifica con todos los más pintorescos epítetos;

porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela

y que trata de empujar a la barca contra los escollos del promontorio ya cercano.

La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo, más oscuro que la tinta.

Reman, reman, con dificultad;

rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una migaja de fuerza en palabras.

Los otros, sentados frente a ellos; callan, mudos, bajo la tediosa lluvia

Simón de Jonás le grita unos pintorescos epítetos,

porque es un viento contrario que no solo no ayuda,

sino que entorpece los esfuerzos de los marineros.

Y trata de lanzarlos contra los escollos del promontorio que no está lejos.

La barca trata de deslizarse en la curva de este golfo miniatura,

de color negruzco cual tinta.

Todos continúan bogando fatigosamente;

concentrando todos sus esfuerzos por avanzar;

bañados por la molesta lluvia.

Juan de Endor y Síntica, están sentados en el centro junto al mástil de la vela.

Detrás los hijos de Alfeo.

Y en la popa, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón;

a cada golpe del oleaje.

Es un trabajo arduo dar la vuelta al promontorio y finalmente lo logran.

Los remadores extenuados, logran al fin descansar un poco,

y se preguntan si sería prudente refugiarse en el poblado,

que se ve más allá del promontorio…

La idea de ‘Que se debe obedecer al Maestro;

aun cuando el sentido común diga lo contrario’ prevalece.

“Él dijo que se debe llegar a Tiro en un solo día…”

Todos están de acuerdo en esto,

Y DECIDEN SEGUIR LA TRAVESÍA… 

Después de decidir esto y continuar navegando con el mar picado…

De improviso el mar se calma…

Y todos notan el fenómeno…

Santiago de Alfeo dice:

–     El premio de haber obedecido…

Pedro confirma:

–     Sí.

Satanás se ha largado,

porque no logró hacernos desobedecer…

Mateo dice:

–       Llegaremos a Tiro en la noche.

Este mal tiempo nos ha detenido mucho…

Simón Zelote agrega:

–      No importa.

Iremos a dormir y mañana buscaremos la nave.

Juan de Endor:

–        ¿La podremos encontrar?

Tadeo dice con aplomo:

–         Jesús lo dijo.

Claro que la encontraremos…

Andrés propone: .

–      Podemos levantar la vela hermano. 

El viento que está soplando nos ayuda y avanzaremos más ligeros…

Iremos raudos con la vela que se se infle lo suficiente, 

para que ya no sea necesario remar y nuestros hermanos sientan un poco de alivio.

efectivamente, la vela se hincha, no mucho;

pero sí lo suficiente como para que la barca se deslice ligera hacia Tiro;

cuyo istmo albea allá en lontananza en el norte, con las últimas luces del día.

La noche cae rápida. 

Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo,

ver asomarse las estrellas a través de un imprevisto claro,

Con el titilar resplandeciente de los astros de la Osa;

mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan blancos,

que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche.

cuando los últimos rayos del sol casi han desaparecido.

La noche los alcanza y lo más extraño…

Después de tanta neblina, el firmamento estrellado,

se adorna con una claridad extraordinaria.

La Osa Mayor resalta en una bóveda celeste que viste al mar

con un reflejo plateado iluminado por la luna…

Juan de Zebedeo admira todo y ríe.

Y de repente, abre su boca al canto, con su voz de tenor a todo pulmón;

acompañando el movimiento del remo con la estrofa

y ritmando ésta con el remo:

“Ave, Estrella de la Mañana,

Jazmín de la noche,

Luna de oro de mi Cielo,

Santa Madre de Jesús.

En Ti el navegante espera,

El que sufre, el que muere, en Ti piensa,

Brilla siempre, Estrella santa, Estrella pía,

Sobre quien te ama, ¡Oh, María!

Santiago su hermano dice:

–     ¿Pero qué haces?

Estamos hablando de Jesús, ¿Y tú hablas de María? 

–        Él está en Ella.

Y Ella en Él.

Pero si Él está aquí;

es porque ha existido antes Ella…

¡Oh! Tú déjame cantar…

Y todos se dejan seducir y llevar por su canto.

Pues lo acompañan en una alabanza maravillosa…

De esta manera llegan a Tiro, ya sin ninguna dificultad.

Desembarcan en el pequeño puerto, que está al sur del istmo;

oculto por las lámparas que cuelgan de muchas barcas.

Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados.

Pedro y Santiago deciden quedarse en la barca, para cuidar el cargamento,

Mientras tanto, los otros, con un hombre de otra barca,

se dirigen al hospedaje para descansar

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocul

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

UN EXORCISTA PRIVILEGIADO 6


Amadísimos hermanitos que compartimos este Blog.

Ustedes son parte de mi Familia del Cielo

Soy una pecadora en rehabilitación,

Que por la Gracia de Dios, he vivido sus consuelos divinos y  es preciso que comparta con 

ustedes, las experiencias que han forjado mi misión,

porque es indispensable que aprendan junto conmigo;

el CRECIMIENTO que nos dará el Espíritu Santo,

para nuestra supervivencia, en cuanto se PROCLAME, el imperio del Maligno

a través del hijo encarnado de Satanás: el Anticristo… 

Ya que vamos a necesitar, el USO COMPLETO DE LOS CARISMAS,

EN NUESTRO CUERPO ESPIRITUAL.

Por eso es indispensable, que quienes no han vivido su pentecostés personal;

13. Si, pues, vosotros, siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan!»Lucas 11

Imploren a ABBA por el Espíritu Santo….

Mientras les platico, cómo fue mi propio aprendizaje, de los mismos…

Yo tenía 22 años cuando me casé muy enamorada de mi flamante esposo.

Desgraciadamente muy pronto mi luna de miel terminó abruptamente;

cuando bebí el cáliz de la traición hasta el fondo…

Y descubrí que el hombre que lo era todo para mí;

sólo se había casado conmigo por interés y era un mujeriego incorregible.

Mi calvario de casada se completó;

cuando me enfrenté con la verdadera cara de mi familia política,

que fingiendo ser católicos, honorables y perfectos en la sociedad que nos rodeaba;

en realidad eran masones y ateos…

Siempre criticaban muy duramente al Clero y se gozaban de injuriarlos en mi presencia,

sabiendo que mi familia era prolífica en ellos.

De esta manera mi vida de casada se convirtió, en la fachada hipócrita de una familia perfecta;

pero cuya intimidad estaba plagada de violencia doméstica, mentiras e infidelidades.

La desgracia del ADULTERIO…

No se puede dejar de amar de un día para otro.

Y yo sufría intensamente, porque seguía enamorada de un hombre que NO me amaba

Así estaban las cosas cuando llegó el día de mi Conversión en la Plaza de Toros.

Y uno de los primeros pasajes Bíblicos que Dios me regaló fue:

Isaías, 62

  1. Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar quedo, hasta que salga como resplandor su justicia y su salvación brille como antorcha.
  2. Verán las naciones tu justicia, todos los reyes tu gloria. Y te llamarán con un nombre nuevo que la boca de Yahveh declarará.
  3. Serás corona de adorno en la mano de Yahveh. Y tiara real en la palma de tu Dios.
  4. No se dirá de ti jamás «Abandonada», ni de tu tierra se dirá jamás «Desolada», sino que a ti se te llamará «Mi Complacencia» y a tu tierra, «Desposada». Porque Yahveh se complacerá en ti. Y tu tierra será desposada.
  5. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu Edificador. Y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios. (Biblia de Jerusalén)

Con estas palabras, Dios medicó mis heridas de esposa

empezó el camino de mi sanación interior

Un día, yo estaba llorando.

Pasaba de la medianoche y mi amado estaba con su amante de turno.

Yo lamentaba mi amor despreciado…

Y Jesús me dijo:

–       Yo Soy un Dios de Amor y estoy dentro de ti.

No puedo vivir en un corazón que Odia.

Yo estaba celosa, herida y atrapada en un matrimonio;

que se había convertido en un infierno.

Y le contesté:

–          Ojalá pudiera odiarlo…

Así dejaría de sufrir por él.

Yo me enamoré de un hombre bueno y decente….

Y estoy casada con un desconocido, que ni siquiera es un hombre;

es un ‘Pene Gonorréico’

QUE NO USA EL CEREBRO PARA PENSAR,

Porque todo se reduce a vivir deleitándose.

Es tan egoísta, que sólo piensa en sus deseos

y lo único que le importa es cómo obtenerlos…

No lo odio;

sólo quiero retorcerle el pescuezo como si fuera una gallina…

¡Y por favor, ahorita NO me hables de poner la otra mejilla y mucho menos de perdonarlo!

Sé directo y dime lo que opinas, mientras él se revuelca con la otra

y se olvida de su esposa y de sus hijos.

Tiene una familia, sólo para aparentar que es muy respetable.

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Jesús me contestó:

–        Los Bendigo y Oro por los dos ante mi Padre.

–       ¡Grandioso!

Sólo falta que me digas que además de cederle a mi marido;

me pidas que también interceda por ella, para que le regales el Cielo.

Cuando estoy enojada, NO soy NADA inteligente.

Y Jesús remató:

–          No es mala idea. Podríamos empezar con esto:

SI ME ENTREGAS TODO LO QUE SIENTES

Y TODO LO QUE PIENSAS.

–          Eso de qué me sirve a mí.

–          Fíjate muy bien en lo que voy a decirte:

En verdad, en verdad te digo: que el día que me ames más a MÍ que a él,

DEJARÁS DE SUFRIR.

–          ¿Y cómo hago eso?

–          ENTRÉGAME LO QUE SIENTES.

Lo pensé por un largo momento,

y me rendí:

–          Como siempre, Tú ganas.

Señor te entrego todo lo que siento y todo lo que pienso, porque te amo.

–      ¿Estás dispuesta a Obedecerme?

–          Sí.

–          ¡Bien!

¡Prepárame unas fresas con crema!

Miré el reloj y dije:

–          Señor, es la UNA de la mañana.

–          ¿No quieres Obedecerme?

–          Bien sabes que sí.

Te amo.

–          ¿Cómo me recibirías si viniese  ahorita a  visitarte y supieras lo que me gusta?…

Haz unas fresas con crema, dignas de un rey.

Sin entender nada, bajé hasta la cocina y preparé ese postre para mi Señor Jesús.

En el proceso, mi dolor y sufrimiento casi habían desaparecido

Y dije:

–          Señor Jesús,

¿Por qué no me enamoraste de TÍ, cuando era soltera?

Yo te hubiera consagrado mi vida sin vacilar, en un monasterio de claustro.

Y Jesús me contestó:

–          Te necesito con mis hijas casadas,

que comparten contigo el mismo calvario.

RUMBO AL CALVARIO

Y quiero que comprendan cuanto las Amo…

Y cuál debe ser su comportamiento  con sus maridos, y VERDUGOS…

Desde entonces, siempre le entrego lo que siento y lo que pienso.

Y mi sufrimiento se desvanece en unos cuantos minutos…

Cuando su Amor me inunda, todo lo demás YA NO IMPORTA…  

Y el Dolor se convierte en una ‘dolencia soportable’ pero que NO me quita Su Paz.

PUEDO seguir adelante…

Hice las fresas tal como me las pidió y las serví en un tazoncito de cristal cortado,

como si fueran el agasajo de un emperador.

Apenas había subido a mi recámara…

cuando oí el portón de la cochera que se abría, para que mi marido estacionara su auto…

Yo le dije  al  Señor:

–          Recíbelo TÚ. Porque si lo hago yo…  

Y cuando mi galán se apareció en  la puerta de nuestra recámara;

me levanté muy sonriente…

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Y le dije:

–          Hola cielito. ¿Ya cenaste?

Él se desconcertó por mi amabilidad.

Pero lo delató su sonrisa…

Y queriendo probarme,

Me contestó:

–          Solo me faltó el postre.

¿Querrías traerme unas fresas con crema, por favor?

Yo también le sonreí, con verdadero amor.

Y dando media vuelta dije:

–          Ahora vuelvo.

Bajé hasta la cocina y saqué el postre del refrigerador.

Mientras caminaba de regreso…

Yo estaba asombrada por el Amor palpitante que sentía en mi corazón, por mi esposo;

y también estaba pasmada, por la dulzura y la ternura de mi voz;

al recibir a mi delincuente marido.  

Y Jesús sólo me dijo:

–          Tú me dijiste que YO lo recibiera…

Y ESO MISMO,  ACABO DE HACER.

Era el atardecer primaveral de un día soleado y con pocas nubes.

Todos los habitantes de la posada familiar donde yo residía temporalmente,

después del resquebrajamiento de mi matrimonio que había durado 19 años;

estaban pendientes de la noticia ininterrumpida, del magnicidio de Luis Donaldo Colosio,

el candidato presidencial a la regencia de mi amada patria mexicana…

Los últimos rayos del ocaso de un sol que se ocultaba,

eran el velo que cubría mi rostro bañado de lágrimas;

la única señal del intensísimo dolor de mi alma,

que me impedía participar del estupor, que a  todos los mexicanos los había paralizado…

Y seguían incrédulos las imágenes y los comentarios que inundaban,

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todos los medios de comunicación…

Estaba semi-recostada en una poltrona y me encontraba solitaria, en la gran terraza- patio

bordeada de jardineras, que hacían muy agradable y acogedor, aquel lugar.

Ordinariamente aquel era un estupendo sitio, para leer o meditar.

Mientras contemplaba las copas de los muchos árboles, que abundaban en todas las casas

y jardines de la bella colonia, que había sido mi barrio en los últimos años…

Pero yo no tenía ánimo para leer o filosofar.

Los sollozos me ahogaban y mis lágrimas hacían que fueran más brillantes

los colores de aquel maravilloso crepúsculo,

mientras yo me sentía, la más infeliz de todas las creaturas.

Y de repente…

Una sensación muy conocida me asaltó…

Los cabellos de mi nuca se levantaron y mi piel se erizó, como la de las gallinas…

Me levanté de la poltrona donde estaba tumbada y me senté, totalmente alerta…

Con mi rostro mojado, porque también mis lágrimas se interrumpieron bruscamente;

Esperé…

El Mundo pareció detenerse…

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Y una voz aterradoramente inconfundible, pareció invadirlo todo totalmente…

Con una majestuosidad avasalladora,

me dijo:

–       Mujer…

Yo soy el Amo de este Mundo

Si dejas de Combatirme… Puedo cambiar tu destino. ¡Pero deja a Ese…!

Si te conviertes en mi aliada, dependiendo de tu docilidad hacia mí;

también puedo convertirte, en la reina más poderosa que haya existido jamás,

porque yo soy el Arquitecto del Universo.

La seducción continuó, con una lista interminable de promesas tan alucinantes,

como el Personaje que las pronunciaba.

–       Serás la mujer más hermosa, deseada, rica, famosa y homenajeada.

Te daré juventud y una larga, larga vida…

Aumentaré tu belleza y tu prestigio en la sociedad; pero ¡Deja a Ese!…

Tendrás Todo el éxito, la fama, el poder.

TODOS te honrarán…

Y no habrá deseo que no te sea cumplido… ¡Pero deja a Ese!…

Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar, tus hijos… Y…

Un terremoto emocional me estaba estremeciendo… 

De todas las cosas que me dijo,

una sola hizo que sintiera como si el piso hubiera desaparecido bajo mis piés:

“Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar y tus hijos…”

Todo este episodio increíble;

lo hubiera juzgado un delirio causado por una droga alucinógena

si no fuera por dos cosas:

Una.- Las drogas nunca fueron un problema, porque ni siquiera las había probado.

Dos.- Había estado demasiadas veces luchando contra él,

y sabía perfectamente cómo se las gasta..

Y esa frase que retumbaba en todo mi ser, como una gigantesca campana;

que me estaba sacudiendo, como no me había sucedido nunca antes:

“TE REGRESARÉ… ”

Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago: “Pero deja a Ese…”

‘¡Oh, No! ¿Y perderé a Jesús?

Los recupero a ellos, pero perderé a Jesús!...  

HONOR, GLORIA Y PODER

Honor, gloria y poder…

SÍ. ME HABÍA ADVERTIDO TRES VECES:

¡Deja a Ése!

Y ÉSE era el Amor de mi vida:

Mi Señor y mi Dios Adorado.

Mi Jesús Santísimo que era el que le daba sentido a toda mi existencia.

Habían pasado casi 13 años, desde el encuentro personal que había cambiado

totalmente toda mi vida y se la había consagrado completita a mi Señor Jesucristo.

Al mismo tiempo que este recuerdo y estos pensamientos, habían sido instantáneos,

también retumbó como un trueno y veloz como el rayo, la frase esclarecedora:

“TE REGRESARÉ…”

Estas palabras me abrieron un panorama nuevo…

Sobre la amarguísima desgracia, que había destruido mi mundo personal,

y había convertido mi vida, en un negro pozo aciago de dolor…

dolor sufrimiento LLORANDO_1

Y fueron como una inyección de adrenalina, que comenzó a correr por mis venas

y me dieron una determinación cómo no la había sentido jamás. 

Pensé: ‘Así que TÚ eres el Causante…’

Lentamente me puse de pie.

Y quedamos frente a frente, aunque ignoro la estatura que él tiene…

Mientras mis puños cerrados clavaron mis uñas en la palma de mis manos,

en mi esfuerzo por contenerme, extrañamente NO ME SENTÍA TURBADA O TEMEROSA

Me sentía MUY enojada…

Si mi madre o mi familia hubieran estado cerca, sé que se hubieran asustado…

Porque María Félix me quedaba chiquita,

cuando la ira me hacía temblar,  como en aquel instante…

Yo siempre había pensado que mi hogar y mis hijos, me los había dado Dios.

Y mientras él continuaba con su arrogante exposición…

Y su despliegue de desquiciantes promesas,

yo estaba callada.

Lucifer

Luego se desarrolló el siguiente diálogo…

Cuando terminó con sus propuestas, me dijo:

–    ¿Qué me respondes? 

Y lo sentí sonreir como los gatos que ya se desayunaron al ratón.

Con una calma que me sorprendió a mí misma, le contesté muy pausada:

–      Tu oferta es tan atractiva…

Como la de los galanes que prometieron bajarme la luna y las estrellas,

cuando pretendían mi mano.

–      ¿¿¿???

–       La respuesta es ¡NO!

No tienes nada interesante que ofrecerme que sea más valioso que lo que ya tengo.

Pude sentir su Furia como si fuera una ola que me envolviera,

sin embargo se dominó y continuó con cortesía.

Porque también puede ser extremadamente educado:

–      A ninguna mujer le había ofrecido lo que estoy dispuesto a darte a ti…

Dije que te devolvería el amor de tu esposo y a tus hijos.

Le respondí tajante:

–     La respuesta sigue siendo ¡NO!

Y te aclaro que no puedes devolverme lo que no te pertenece.

Desapareció la gentileza y sentí un escalofrío cuando repitió:

–     Piénsalo bien, antes de volver a negarte.

Te reitero todas y cada una, de las promesas que acabo de hacerte,

si estás dispuesta a ser dócil conmigo.

De lo contrario…

La amenaza permaneció flotante en el aire.

Y le dije contundente:

–      Lo único que quiero, no me lo puedes dar tú.

2lucifer (1)

–    ¿Qué es? ¡Dímelo!

Estoy dispuesto a negociarlo…

–      Mi respuesta sigue siendo ¡NO!

Lo único que necesito y que me importa;

es algo que tampoco puedes quitarme, porque ya lo poseo:

El Amor de Jesús.

Y permíteme corregirte en un par de cosas:

Lo material no te lo discuto.

Pero la vida no puedes alargarla, ni acortarla un solo día.

Ese es un privilegio que le pertenece sólo a Dios.

Y mi familia, la consagré al Corazón Inmaculado de María Santísima;

así que, tampoco puedes disponer de ella como lo presumes.

Pude sentir la vibración de su impotencia..

Y con una Cólera descomunal, me advirtió:

–     Escúchame bien; 

este desprecio haré que lo pagues, como ni siquiera te imaginas…

Haré que te pongas a temblar tan solo con escuchar mi nombre,

Porque voy a quitarte TODO…

Así como te prometí la gloria;

ahora te juro que voy a hacer que todo mundo te odie;

como a ninguna otra persona en este mundo.

Haré que todos se aparten de ti con desprecio…

Y te saquen la vuelta con asco, como si fueras una vomitada…

Yo me erguí como no lo había hecho desde la última escaramuza,

luciendo mi traje de gala…

escaramuza traje de gala

Y le respondí:

–      ¿Esta es la promesa por no haber aceptado tu banderita blanca de paz?

¿Tan duras han sido las vapuleadas…?

Antes de que te vayas, yo también te prometo algo:

Aunque mi Santísimo Padre es Dios y Rey de Reyes, yo apenas me estoy educando

Así que estoy muy lejos de ser una princesa con los modales adecuados.

Lo siento por tí…

Pues yo también te advierto una cosa:

Sé qué eres un Arcángel, me lo proclamaste cuando te conocí.

Cada vez que tú te entrometas conmigo, haré que lo lamentes.

Te garantizo que irás a pedirle Misericordia a mi Padre,

para  que sea Él, el que te defienda de mí…

Porque también puedo hacer tu vida tan miserable,

que si no sabes lo que es llorar; por mí derramarás tus primeras lágrimas,

hasta que admitas que la “ESTÚPIDA MUJERCILLA” que soy yo, te sacó de quicio…

(“estúpida mujercilla y maldita perra” eran sus insultos preferidos, para referirse a mí,

en todos los exorcismos…).

Y te arrepientas de haberte cruzado en mi camino…

¿Estamos claros?

La respuesta quedó ahogada por un repentino remolino

cuyo viento casi me derribó sobre la poltrona.

Y mi brío pendenciero se esfumó, al recordar su amenaza,

pues de repente sentí, como si alguien me hubiera golpeado muy fuerte en el estómago.

Poco después que él se fue,

sentí a mi lado la inconfundible y dulce Presencia de Jesús,

que me envolvió con su Paz.

Aunque me sentí un poco avergonzada, por como había tratado a su arcángel preferido

y reflexioné que mi carácter impulsivo, ya me había metido otra vez en problemas…

Decidí que no daría marcha atrás…

Y ahora sería Lucifer, el que TENÍA UN GRAN PROBLEMA CONMIGO y no al revés.

Así que sin poder evitarlo, mis ojos se volvieron a inundar…

Y con voz entrecortada por el llanto,

llorar idolor sufrimiento

le pregunté lastimeramente a Jesús:

–     ¿Vas a dejar, que haga conmigo todo lo que dijo…?

Y el Señor me contestó,

preguntándome:

–     Si se lo permito, ¿Dejarás de Amarme?

Un segundo golpe en el estómago me dejó casi sin aliento…

Y con un enorme suspiro de resignación,

le contesté sintiéndome totalmente derrotada:

–     NO, mi Señor.

Ayúdame a serte fiel eternamente.

La siguiente vez que visité a mi confesor y director espiritual,

le relaté lo sucedido y él me dijo:

–     Del tamaño de la misión, es la tentación.

Te conozco muy bien y estás tan acostumbrada a la vida extraordinaria,

que no me sorprende nada, todo lo que me has dicho.

Sólo que ahora, debemos reforzar las defensas.

Acabas de banderillar a un toro furioso…

Y voy a tener que aumentar mis oraciones por tí…

Este artículo fue publicado originalmente, el 19 de Agosto de 2016 y para actualizarlo,

sólo quiero agregar que el Arcángel Caído que lo protagoniza,

ME CUMPLIÓ CON TODO,

con puntos y comas SU AMENAZA… 

Lo perdí TODO, menos a Dios.

Así que él me volvió, infinitamente más rica y más feliz.

¿Cómo fué posible esto?

Aprendí a alabar ENMEDIO de las lágrimas y al despojarme de TODO,

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza...

la fusión con la Santísima Trinidad, se fortaleció de tal forma, que ahora puedo testimoniarles esto:

Jesús me llena tanto de alegría, que lo único que me importa es agradecerles diariamente

el enorme privilegio que me han dado en esta maravillosa misión,

que me permite servirles viviendo el Cielo en la Tierra.

Pero yo también le cumplí a Lucifer y le seguiré cumpliendo,

hasta con mi último aliento,

lo que yo le prometí…  

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

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EL SACRIFICIO



13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Juan 16, 13

23 de agosto de 2021

Habla Dios Espíritu Santo

La Tierra es un altar.

UN ENORME ALTAR.

Fue creada para ser un Altar de Alabanza  Perpetua a su Creador.

Pero el hombre con su Pecado, la ha convertido en un Altar de Expiación.

La Tierra debe como todos los demás astros del Universo,

cantar los Salmos a su Creador.

También la Tierra canta el Salmo de las Esferas,

como el Cielo con los vientos, con las aguas, con las voces de las plantas y de los animales.

Sobre el Templo de la Tierra solo falta el hombre, que tiene una misión

que debiera ser algo más que un deber, una alegría: AMAR A DIOS.

Dar inteligente y voluntariamente, Culto de Amor a Dios,

correspondiéndole por el Amor que Él ha dado al hombre,

dándole la vida y dándole el Cielo, después de la Vida.

Y la Tierra está llena de Pecado y por eso debe ser Altar de Expiación Perpetua,

De Sacrificio Perpetuo, sobre el cual ardan las hostias que sufren: los inocentes y los santos.

Las almas víctimas que se unen a la Gran Víctima y se inmolan por todos.

Y de esta manera se convierte la injusticia en Redención.

El sudor y el trabajo fertilizan los campos.

El sacrificio de  las víctimas, fertiliza los corazones y los prepara para la salvación.

SER CRISTIANO  =    INMOLACIÓN.

Debemos vivir en el Amor

y alcanzar en la Escuela del Sufrimiento,

la cima del Sacrificio y la caridad:

ALMAS VÍCTIMAS CRUCIFICADOS POR EL AMOR

EL MARTIRIO

Con el ‘callar, aceptar, sufrir y ofrecer’, se vence a Satanás.

Con esto se da muerte al ‘yo’, a la propia voluntad.

El ‘yo’ es orgullo y a Satanás no hay nada que lo irrite más, que un acto de humildad.

Y LA VERGÜENZA DE SER VENCIDO

POR UN HOMBRE INFERIOR A ÉL POR NATURALEZA;

LO EXASPERA Y LO HIERE

Vivir para los hombres o para Dios.

La diferencia la establece la medida del sacrificio de nuestro egoísmo.

La vida cristiana es un perpetuo heroísmo.

Porque es una lucha contra el Mundo, el demonio y la Carne.

La libertad que Dios nos concede, no nos permite ser hipócritas:

O CON JESÚS O CONTRA ÉL.

Tu corazón se volcará a lo que le dediques: tiempo, dinero. energía.

Si somos de Dios no podemos pactar alianzas con el Enemigo.

El que quiere servir a dos amos, con alguno queda mal.

Y al que se acerca a Satanás, éste lo arrebata sin contemplaciones.

Judas quiso adorar en dos altares y es muy conocido en donde terminó.

El sacrificio que Dios quiere,

es el espíritu compungido, obediente, amoroso;

porque puede también realizar un sacrificio de Alabanzas,

de alegría, de amor y no solo de expiación.

CUANDO LE SACRIFICAMOS NUESTRA VOLUNTAD

A SU VOLUNTAD,

HAY QUE INVOCAR LAS LÁGRIMAS DE MARÍA,

QUE NOS VIGORIZAN

E INFUNDEN VALOR,

PARA UN MAYOR SACRIFICIO.

El Crecimiento en el Amor aumenta el hambre de sacrificio…

Y el sacrificio más tremendo, se vuelve soportable, cuando se sabe su utilidad.

Entonces sobre las lágrimas florece una sonrisa…

Y sobre la angustia, una seguridad.

El hombre espiritual deja de ser esclavo de los sentidos

y siempre tiene en los labios con amorosa resignación, estas palabras:

“No lo que yo quiero, Padre mío.

Hágase tu Voluntad.”

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

EL SACRIFICIO ES AMOR

OFRENDADO AL AMOR.

La Perfección está compuesta del fruto de incontables sacrificios.

EL SACRIFICIO Y LA PENITENCIA,

SON EL CAMINO DE LA SALVACIÓN.

Para ser verdadero cristiano se debe amar.

y reparar por los que han esterilizado el amor en su corazones.

La forma más elevada del amor es el sacrificio que imita al Amor Supremo:

EL AMOR REDENTOR. 

Jesús como Rey del espíritu,

solo ofreció privaciones, sacrificios y dolores,

que le serán cambiados en gloria,

al que persevere hasta el fín y no claudique del Camino del Calvario,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y NO la mía…´´

que está sembrado de Dolor y de lágrimas.

NO HAY RESURRECCIÓN SIN CRUCIFIXIÓN.

La victoria está en el sacrificio.

EL SACRIFICIO ES OFRENDA DE AMOR

OFRECIDA AL PADRE.

Los dones vienen de Dios. El amor es mérito del hombre.

El sacrificio es amor.

Es el que hace esplendoroso el altar del corazón.

El holocausto voluntario perfuma

como el Incienso más agradable y es más precioso para Dios,

que el perfume de todas las flores de la Tierra.

En el Purgatorio estamos SOLOS y se sufre LA SENTENCIA EN LA CRUZ DE NUESTROS PROPIOS PECADOS, que merecemos… PROPORCIONADA POR LA JUSTICIA DIVINA

Cada renuncia va envuelta con el oro de la Caridad que la ofrece a Dios

EN UN CULTO VERDADERO

para que tome valor de Redención

y así la Tierra se salvará con el sacrificio.

El Sacrificio es el que ABRE los oídos del espíritu

y es la sangre que lava la lengua que habla de Dios.

Jesús es el Verbo del Padre y su Palabra es lo más sagrado,

porque es la que da la Vida Eterna.

NO PUEDE ser Profeta de Jesús,

el que NO se crucifica totalmente con Él

y convierte su vida en un sacrificio continuo.

Las almas víctimas están totalmente FUSIONADAS con Dios,

Juan 14, 11

e igual que Jesús está en el Padre y es uno con Él; 

las almas que se inmolan ven realizarse el Misterio

de que Dios las trabaje para que sean espejos purísimos

en donde se reproduzca la imagen de Jesús Crucificado,

tal y como Él está en la Cruz:

coronadas, azotadas, clavadas, desoladas, traspasadas y desamparadas.

En cada uno de estos aspectos se convierten en un retrato viviente,

para que el Padre se complazca en ellas

y derrame gracias sobre los pecadores.

Como Iglesia, tenemos el deber sagrado de morir por Dios,

abandonadas y crucificadas.

En el altar de la Tierra no fue consumada más

que la Carne y la Sangre del Hombre-Dios.

En el altar del Cielo son ofrecidas las Hostias vivientes

como oblación de suavísimo olor ardiente

sobre el altar del sacrificio de un corazón enamorado de Dios,

constituyendo con esto: el Verdadero Culto a Dios.

LA PENITENCIA

Cuando Dios creó al hombre, se hizo un Templo perfecto para Sí Mismo

y puso en él sólo una necesidad: la del Amor.

Amor de hijos hacia su Padre. Amor de súbditos para su Rey.

Y amor de creaturas para su Creador.

Y si el ácido de la Culpa no hubiese corroído las raíces del amor;

éste habría crecido potente en nosotros como un gozo;

como una necesidad que produce alivio cuando se realiza, igual que lo es el respirar.

Y el amar se hubiera efectuado sin fatiga,

porque el amor es la respiración y la sangre que hace vital al espíritu.

Peor que la ruina y la destrucción que hacen las bombas nucleares en el mundo material;

más nefasta fue la Culpa.

Pues trastornó la Obra Maestra de la Creación

y desbarató, en la raíz del hombre; aquel conjunto perfecto,

de carne dócil al espíritu

y aquel armónico contorno que pusiera Dios alrededor de su hijo;

para que fuera un rey feliz.

Desaparecido el amor del hombre para con Dios;

desapareció el Amor de la Tierra para con el hombre.

Se desencadenó la ferocidad entre los seres inferiores;

entre éstos y el hombre y…

¡El Horror de los horrores!..

¡ENTRE LOS MISMOS HOMBRES!

La sangre hirvió a causa del Odio,

y se derramó contaminando el altar de la Tierra

Y DE LA SEMILLA DE LA CULPA

NACIÓ UNA PLANTA DE AMARGO FRUTO

Y DE PUNZANTES RAMAS:

EL DOLOR.

El Pecado evolucionó en perversión y ferocidad;

haciendo que el Dolor se hiciera más vasto y complicado.

Jesús, el Dios-Hombre. Vino a santificar el Dolor,

sufriéndolo por nosotros.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y fundiendo el suyo que es Infinito, con el nuestro; para darle mérito.

Dos son las necesidades primordiales del hombre:

EL AMOR Y EL DOLOR  

¡Satanás también PERVIRTIÓ ESTO!

O ¿Cómo explican el éxito de 50 sombras de Gray?)

El Amor que nos impide cometer el mal.

Y el Dolor que lo repara.

Esta es la ciencia que se debe aprender:

SABER AMAR Y SABER SUFRIR

El que aprende a dominar el arte de sufrir se convierte en penitente.

SOLO LA PENITENCIA Y EL AMOR

PESAN A LOS OJOS DE DIOS;

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y TENEMOS EL PALIATIVO DEL CIELO. EL SUFRIMIENTO SE TORNA GOZO

PARA DETENER LOS ACONTECIMIENTOS Y DESVIARLOS….

PENITENCIA

Su nombre causa horror,

pero sus efectos dan frutos preciosos en el campo de las virtudes,

porque surge de la humildad y es el FUEGO,

que conserva, desarrolla y fortalece las virtudes.

De ella nace el propio desprecio.

Se desprende el ansia de padecer…

Y se fortalece el hambre de crucifixión.

La Penitencia atrae a Dios y sirve para expiar y merecer,

porque es el arrepentimiento activo.

LA EXPIACIÓN POR EL DOLOR DADO A DIOS.

Y UN DOLOR REPARADOR

A TRAVÉS DE UN CASTIGO INFLIGIDO

CON OBJETO DE DESAGRAVIARLO.

La Penitencia da luz y agilidad de espíritu,

porque doma la carnalidad y es el arma más poderosa contra los vicios.

Porque ataca directamente todos los pecados capitales

e impide que el alma se hunda en la molicie.

La Penitencia nos arranca del fango,

y nos dispara en el vuelo hacia el encuentro del Amor.

La Penitencia es un secreto entre el alma y Dios,

consumado por amor a Él, a los hermanos y hacia nosotros mismos,

para que el espíritu vuelva a ser rey.

Es la muralla que protege la castidad.

Desarma la Justicia de Dios y la convierte en Gracias.

Purifica las almas; apaga el fuego del Purgatorio;

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su Odio y se sufre el Calvario de Jesús,  CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

eleva el alma de la Tierra

Y ES LA COOPERACIÓN A LA REDENCIÓN:

PORQUE LA PENITENCIA Y EL SACRIFICIO,

ARRANCAN LAS ALMAS A SATANÁS.

La penitencia es la humillación que le infiltra el hombre a sus bajezas y miserias:

ES TRABAJAR PARA DERRIBAR EL “YO”

Se debe pedir a Dios, a través de una vida de Penitencia

que nos lave de tanta humanidad

y que nuestro corazón arda, por el celo de Dios y de las almas.

Y que nos convierta en carbones encendidos por la Caridad.

Y si no sabemos imponernos penitencias,

hay que aceptar aquella de la vida que no es plena,

¡Aceptemos la TRIBULACIÓN, COMO CRISOL! ¡Y demos gracias enmedio de las lágrimas!

diciendo:

‘Si esta pena viene de Dios, hágase señor tu Voluntad.’

Si viene de un pobre hermano cautivo:

‘Padre, yo te la ofrezco para que tú lo perdones y él se redima.’

Cuando se hace así,

todo es puro y entonces se alcanza la pureza del Corazón

que lo convierte en Trono de Dios.

Y aún el más perfecto de los penitentes,

arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas,

de Odios, de Egoísmos…

Y Jesús enseñó que por más que ayunemos con la boca;

si después no se ayuna con el corazón

dejando de perjudicar con las obras, con las palabras,

y hasta con el pensamiento, al prójimo;

le resulta detestable nuestro ayuno, que da muerte a nuestra alma.

Porque las prácticas sin la caridad,

sólo pavimentan el camino para el infierno…

La Penitencia que le agrada a Dios, sólo la conoce Dios.

Es mejor pasar por inmortificados a los ojos del mundo…

y de esta manera la practicamos con la pureza de corazón necesaria.

“Bienaventurados los limpios de corazón…”

8. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Mateo 5

La Penitencia abre los ojos del espíritu.

Los ojos del espíritu ‘ven’ las sublimes visiones

y ellas anulan la sensibilidad corporal.

ES LO QUE NOS AYUDA A SOPORTAR

LOS HORRENDOS SUPLICIOS SONRIENDO.

EL ÉXTASIS

ANULA LA SENSIBILIDAD DOLORÍFICA.

Cuando alcanzamos la perfección en el amor,

podemos ver con su perfección,

la Perfección de Dios sin velos y con una verdadera anulación,

lo material desaparece.

La alegría de la visión, suprime la miseria de la carne sensible al sufrimiento.

SIGLO XXI, y Odio de ISIS

Y empezamos a gozar del Paraíso.

La Penitencia no mata más que lo que va a morir.

No debe haber temor por el cuerpo al que se debe amar poquísimo:

sólo como se ama y se cuida un vestido,

que tarde o temprano se vuelve inservible.

Los cilicios y las disciplinas no son las que matan.

Los penitentes no mueren de esto.

Mueren por la Caridad que los consume

y que arde en ellos como un horno.

Porque la hoguera del amor consume más de lo que destruye la austeridad.

La Penitencia purifica el cuerpo y el alma.

El ayuno corporal, purifica los sentidos

y es una reparación por los que aman la carne, como la cosa más preciosa

y solamente buscan la felicidad en los placeres sensuales y materiales.

El ayuno es una tremenda fuerza de oposición

contra los males con los que Satanás inunda las almas;

porque no solo de pan vive el hombre.

La Penitencia se ejerce con el control de las pasiones

y la mortificación de los sentidos,

controlando la lengua y guardando silencio exterior e interior.

Huyendo de la murmuración y el descontento;

de los chismes y la fácil tentación del juicio y la condena.

La Penitencia es sufrimiento para el cuerpo y luz para el espíritu.

Fortifica la debilidad y alcanza las gracias de Dios.

Con la Penitencia se preparan los caminos

y caen las cadenas de la esclavitud y el Pecado.

La Penitencia nos ayuda a vencer las tentaciones

1. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.

y a vencer a Satanás en los corazones que se desea redimir.

PORQUE CIERTOS DEMONIOS SE VENCEN

SÓLO CON LA ORACIÓN Y LA MORTIFICACIÓN

CON LA PENITENCIA SE ENCIENDE EL AMOR

EN LOS CORAZONES APAGADOS

Los hombres no saben cuántas lágrimas; cuantos dolores; cuantas penitencias;

cuantos sacrificios; son el precio de su existencia.

Creen tener la vida por la madre que los ha engendrado

y por el padre que les ha dado el pan. 

Esto es verdad, si se calcula con la medida de los brutos,

que así tienen la vida.

Pero la Verdadera Vida para darles tiempo para convertirse,

ES OBRA DE LAS ALMAS VÍCTIMAS

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y nuestra intercesión, ES PODEROSÍSIMA…

Muchos no mueren eternamente por estos héroes, para ellos desconocidos,

que metiéndose entre los hombres y Dios,

con los brazos levantados trasfieren hacia sí mismos;

como si fueran un pararrayos,

los castigos divinos.

Y les trasfunden un poco de la sangre espiritual, que es sangre de Gracia,

que circula en le Gran Cuerpo Místico,

A LOS QUE SE ESTÁN DESVANECIDOS

POR LAS ENFERMEDADES MORALES.

Pero todo esto lo hacen a través del tamiz de su yo sacrificado

y es como se filtra este bien a los malvados.

La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia,

para que los débiles puedan tener fuerzas para resistir a Satanás.

Y aún el más perfecto de los penitentes,

arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

la Penitencia; al tener subyugado al pólipo que lo humano, lleva adherido en su fondo;

confiere luz y agilidad al espíritu.

La penitencia nos arranca de la carnalidad

y nos lanza como bólidos al encuentro del Amor.

La Penitencia debe siempre precederlo todo

porque es la que amerita las alegrías.

Toda visión nace de una precedente penitencia

Y CADA PENITENCIA ABRE EL CAMINO,

PARA LA MÁS ALTA CONTEMPLACIÓN.

Sacrificio. Sacrificio. Sacrificio.

Debe ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra gloria.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

Sólo cuando las almas se adormecen en Dios,

ES CUANDO DEJAN DE SER HOSTIAS,

PARA CONVERTIRSE EN DIOSES.

SU VIDA ES UN TOTAL

SACERDOCIO.

El Pensamiento del Crucificado,

¡Qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y los dolores internos!

A Dios se le encuentra en la Cruz

y la misión es ser un reflejo de Jesús Crucificado.

LAS ALMAS VÍCTIMAS SON

LOS GIGANTES DEL AMOR.

Expían por amor de los hermanos,

Los pequeños “Cristos”, las ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

y esto es amor del prójimo llevado hasta el Heroísmo.

Se ofrece al Dios Ofendido al que le brinda consuelo por la ofensa recibida

y esto es Amor de Dios llevado hasta el Heroísmo.

El Amor es el Sacrificador Eterno.

El que inmoló al Dios hecho Carne y…

306 LA HORA NONA


306 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Tenía razón el mercader.

Octubre no podía conceder a los peregrinos un día más hermoso.

Disipada la leve niebla que velaba la campiña, como si la naturaleza hubiera querido cubrir

con un velo el sueño de las plantas durante la noche, los campos se ven ahora en su majestuosa

extensión de cultivos caldeados por el sol.

Parece como si la niebla se hubiera recogido en copos de espuma transparente,

para ornar las lejanas cimas,

mostrándolas aún más desvanecidas bajo el cielo sereno. 

Pedro pregunta preocupado.:

—       ¿Qué son aquéllas? 

¿Montañas que tenemos que subir?

El mercader responde:

–        No, no.

Son los montes de Aurán.

Nos quedaremos en la llanura, más acá de ellos.

Antes de que se haga de noche, estaremos en Bosrá de Auranítida;

una hermosa y buena ciudad.

Hay mucha actividad comercial.

Para consolar y en tono de elogio, que como base de la belleza de un lugar

pone siempre la prosperidad comercial.

.Jesús está completamente solo detrás, como algunas veces hace cuando desea aislarse.

Margziam se vuelve para mirarlo varias veces.

Luego, no resistiendo más, deja a Pedro y a Juan de Zebedeo;

se sienta al borde del camino, en un mojón que debe ser una señal militar romana y espera.

Cuando Jesús llega a su altura, el niño se levanta y sin decir nada, se pone al lado de Jesús,

pero un poco retrasado para que ni siquiera el verlo le moleste.

Y quedándose muy atento, observa, observa…

Sigue observando, hasta que Jesús sale de su meditación.

Y al oír las leves pisadas detrás de El, se vuelve y sonríe tendiendo la mano al niño,

y dice:

–       ¡Oh, Margziam!

¿Qué haces aquí tan solo?

–       Te estaba mirando.

Hace días que te miro.

Todos tienen ojos, pero no todos ven las mismas cosas.

He visto que Tú, de vez en cuando, te aíslas…

Los primeros días pensaba que quizás estabas afligido por algo.

Pero luego he visto que lo haces siempre a las mismas horas…

Y que tu Mamá, que siempre te consuela cuando estás triste,

no te dice nada cuando tienes esa expresión en la cara;

es más, si está hablando, se calla y se recoge profundamente.

¡Yo veo, eh!…

Porque siempre os miro a Tí y a Ella, para hacer lo que hacéis vosotros.

Les he preguntado a los apóstoles que qué es lo que haces, porque está claro que algo haces.

Me han dicho: “Está orando”.

Y les he preguntado: “¿Qué dice?”.

Ninguno me ha respondido, porque no lo saben.

Están contigo desde hace años y no lo saben.

Hoy te he seguido siempre que veía que ponías esa expresión…

Y te he estado mirando mientras orabas.

Pero no es siempre la misma cara.

Esta mañana, al amanecer, parecías un ángel de luz.

Mirabas las cosas con unos ojos que creo que las sacabas de las sombras más que el Sol.

A las cosas y a las personas.

Y luego observabas el cielo…

Y tenías la misma cara que cuando ofreces el pan, en la mesa.

Más tarde, cruzando ese pueblecito, te has puesto el último, solo; 

tanto te esforzabas en decir al pasar, palabras buenas a los pobres de ese pueblo,

que me parecías un padre.

A uno le has dicho:

“Soporta con paciencia, que pronto te aliviaré, a ti y a otros como tú”.

Era el esclavo de aquel hombre feo que nos ha juntado a sus perros.

Luego, mientras preparaban la comida, nos mirabas con ojos de una bondad repleta de amor.

Parecías una madre….

Pero ahora tu cara era de dolor…

¿En qué piensas Jesús a esta hora, que estás siempre así?…

De todas formas por la noche algunas veces, si no duermo, te veo muy serio.

‘¿Me dices cómo rezas?,

¿Me dices qué te mueve a rezar?  

Jesús responde:

–        Por supuesto que te lo digo.

Así rezarás conmigo.

La jornada nos la da Dios, toda: tanto la iluminada como la oscura: el día y la noche.

Es un don vivir y gozar de luz.

Es un modo de santificación el modo de vivir.

¿No es verdad?

Pues entonces uno tiene que santificar todos los momentos del día, para conservarse en santidad

y tener presente en su corazón al Altísimo y su bondad.

Y al mismo tiempo, mantener alejado al Demonio.

Observa los pajarillos.

Con el primer rayo de sol cantan. Bendicen la luz.

También nosotros debemos bendecir la luz, que es un don de Dios y bendecir a Dios, que nos la concede. y que es Luz.

Tener deseos de El ya desde los albores de la mañana, como para poner un sigilo de luz, una nota de luz en todo el dí

a que transcurre, para que todo él sea luminoso y santo.

Unirnos a toda la Creación para alabar al Creador.

Luego, a medida que las horas van pasando… 

Y pasando nos traen la constatación de cuánto dolor e ignorancia hay en el mundo;

orar también, para que sea aliviado  el dolor y caiga la ignorancia.

Y conozcan a Dios, lo amen, le eleven sus oraciones, todos los hombres;

que si conocieran a Dios se verían siempre consolados incluso en su sufrimiento.

En la hora sexta, orar por amor a la familia.

Saborear este don de estar  unidos a quien nos ama, que también esto es un don de Dios.

Pedir que la comida no se transforme de algo útil en pecado.

Y, al  declinar la tarde, orar pensando que la muerte es ese ocaso que a todos nos espera.

Orar para que nuestro ocaso, de un día o de toda la vida, se produzca siempre con el alma en gracia.

Y, cuando se encienden las luces, orar para dar las gracias por el día que ha concluido…

Y para pedir protección y perdón, para echarse a dormir sin miedo a un improviso juicio,

a asaltos demoníacos.

Orar, en fin, por la noche -pero esto es para los que ya no son niños-

para ofrecer reparación por los pecados de la

noche, para alejar a Satanás de los débiles,

para que en los que hayan incurrido en culpa surjan la reflexión;

la contrición, los buenos propósitos que se harán realidad con los primeros rayos del sol.

Y así el justo durante todo el día ora, y por estas cosas ora. 

–        Pero no me has dicho por qué te abstraes, tan serio y majestuoso, a la hora nona…

–        Porque… digo:

“Por el Sacrificio de esta hora venga tu Reino al mundo

y sean redimidos todos aquellos que creen en tu Verbo”.

Dilo también tú…

–       ¿Qué sacrificio es?

Dijiste que el incienso se ofrece por la mañana y al atardecer.

Las víctimas, a las mismas horas, todos los días, en el altar del Templo;

y las víctimas, si son por votos y expiaciones, se ofrecen a todas las horas.

No hay una hora nona señalada con rito especial.

Jesús se para, toma al niño con las dos manos, lo levanta, lo mantiene fijo frente a Sí…

Y como si recitase un salmo, alzando el rostro,

dice:

–        Y entre la sexta y la nona aquel que vino como Salvador y Redentor,

aquel de que hablan los profetas,

15. y los reyes de la tierra, los magnates, los tribunos, los ricos, los poderosos, y todos, esclavos o libres, = se ocultaron en las cuevas y en las peñas = de los montes.
16. Y = dicen a los montes = y las peñas: = «Caed sobre nosotros = y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero.

consumará su sacrificio, después de comer el pan amargo de la traición

y de dar el dulce Pan de la Vida,

después de prensarse a sí mismo como el racimo en el lagar y dar de beber de Sí

a los hombres y a la hierba,

después de tejerse púrpura de rey con su sangre…

Y ceñir corona,

y empuñar el cetro y elevar al lugar alto su trono, para que lo vea Sión,  Israel y el mundo.

Levantado, con el purpúreo vestido de sus llagas infinitas, en medio de las tinieblas para dar Luz,

en la muerte para dar Vida, morirá a la hora nona y será redimido el Mundo.

Margziam lo mira aterrorizado, pálido,

con muchas ganas de llorar en los labios y en sus ojos asustados.

Con voz insegura, dice:

–        ¡Pero el Salvador eres Tú!

¿Entonces eres Tú el que va a morir a esa hora?

Las lágrimas empiezan a descender por las mejillas y la pequeña boca las bebe,

mientras, entreabierta, espera una desmentida.

Pero Jesús dice:

–        Soy Yo, pequeño discípulo.

Y también por ti.

Y, dado que el niño rompe a llorar convulsivamente, lo aprieta contra su Corazón,

y dice:

–        ¿Entonces te duele que Yo muera?

–        ¡Oh, Tú eres mi única alegría!

¡No quiero esto! Yo…

Déjame morir en lugar de Tí…

–        Tú tienes que predicarme en todo el mundo.

Ya está dicho.

Pero, escúchame: moriré contento porque sé que tú me amas; luego Resucitaré.

¿Te acuerdas de Jonás?

Salió mejor compuesto del vientre de la ballena, descansado, fuerte.

Yo también, e iré inmediatamente a ti y te diré:

“Pequeño Margziam, tu llanto apagó mi sed, tu amor me ha hecho compañía en el sepulcro.

Ahora vengo a decirte: “Sé sacerdote mío”

Y te besaré teniendo todavía en Mí el aroma del Paraíso.

–        Pero, ¿Dónde voy a estar yo?

¿No voy a estar con Pedro?

¿No con la Madre?

–        Te salvaré de las olas infernales de esos días.

Salvaré a los más débiles e inocentes.

Menos a uno.

Margziam, pequeño apóstol, ¿Quieres ayudarme a orar por aquella Hora?

–        ¡Oh, sí, Señor!

¿Y los demás?

–        Esto es un secreto entre nosotros dos.

Un gran secreto.

Porque a Dios le place revelarse a los pequeñuelos…

No llores más.

Sonríe, pensando que después no volveré a sufrir nunca más…

y sólo recordaré todo el amor de los hombres,

el primero el  tuyo.

Ven, ven.

Mira qué lejos están los otros.

Vamos a correr para alcanzarlos – y lo pone en el suelo.

Y, llevándolo de la mano, se echa a correr con el niño hasta que se unen al grupo.  

Pedro dice:

–        Maestro, ¿Qué has estado haciendo?

–        Le he explicado a Margziam las horas del día.

–        ¿Y el niño ha llorado?

Será que se ha comportado mal y Tú, por bondad, lo disculpas.    

–        No, Simón.

Ha observado que oraba.

Vosotros no lo habéis observado.

Me ha pedido una explicación…

Y se la he dado.

El niño se ha emocionado por mis palabras.

Ahora dejadlo tranquilo.

Ve donde mi Madre, Margziam.

Y vosotros escuchad todos, que no os vendrá mal a vosotros la lección.

Y Jesús explica otra vez la utilidad de la oración en las horas principales del día,

omitiendo la explicación de la hora nona.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y y al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

Termina:

–        La unión con Dios es este tenerlo presente en todo momento, para alabarlo e invocarlo.

Hacedlo y progresaréis en la vida del espíritu.

Bosrá está ya cerca.

Extendida en la llanura, se ve grande; parece bonita, con torres y circundada de muros.

La tarde, al caer, desvanece los tonos de las casas y los campos en un lila ceniciento

lleno de languidez en que se confunden los contornos,

mientras balidos de ovejas y gruñidos de cerdos, dentro de unos recintos fuera de los muros,

rompen el silencio de la campiña.

Silencio que cesa en cuanto, atravesada la puerta;

la caravana entra en un dédalo de callecitas,

que defraudan a quien desde  fuera juzgaba bonita la ciudad.

Voces, olores y… hedores se depositan en las callejuelas retorcidas…

Y acompañan a los peregrinos hasta una plaza –ciertamente un mercado— en que está la posada.

La llegada a Bosrá se ha cumplido.. 

279 LOS CINCO JUANES


279 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en las llanuras de Corozaín, extendidas a la largo del valle del alto Jordán,

entre el lago de Genesaret y el de Merón. 

Una campiña llena de viñas en que ya se empieza a vendimiar.  

Isaac conversa con Jesús.

En  esta mañana se han unido a Él los discípulos que estaban en  Sicaminón, Esteban y Hermas.

Isaac justifica el no haber podido llegar antes porque no sabía si traer a los nuevos discípulos.

Y dice:  

–       Pero  he pensado que el camino del Cielo está abierto para todos, los que tienen buena voluntad.

Y a mí me parece que éstos, a pesar de ser discípulos de Gamaliel, la tienen.

Jesús responde: 

–        Has hablado y obrado bien.

Tráemelos aquí.

Isaac se marcha y regresa con los dos.

Jesús los saluda: 

–        La paz a vosotros.

¿Tan verdadera habéis juzgado la palabra apostólica, que habéis querido uniros a ella?

Esteban responde

–        Sí.

Y más la tuya.

No nos rechaces, Maestro.

–        ¿Por qué habría de hacerlo?

–        Porque somos de Gamaliel.

–       ¿Y qué?

Yo honro al gran Gamaliel y quisiera tenerlo conmigo porque es digno de ello.

Sólo le falta esto para que su  sabiduría se convierta en perfección.

¿Qué os ha dicho cuando os habéis despedido de él?

Porque os habréis despedido de él, ¿No?

–        Sí.

Nos ha dicho: “Dichosos vosotros que podéis creer.

Orad porque yo olvide para poder recordar”.

Los apóstoles, que curiosos se han apiñado en torno a Jesús, se miran unos a otros…

Y se preguntan en voz baja:

–       ¿Qué ha querido decir?

–       ¿Qué quiere?

–       ¿Olvidar para recordar?

Jesús oye este cuchicheo,

y explica:

–       Quiere olvidar su sabiduría para asumir la mía.

Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel,

para acordarse de que es un hijo de Israel, que espera al Cristo.

Quiere olvidarse de sí mismo, para acordarse de la Verdad.

Hermas dice:

–        Gamaliel no miente, Maestro.

–        No.

Lo engañoso es la maraña de pobres palabras humanas;

las palabras que ocupan el puesto de la Palabra;.

Hay que olvidarlas, despojarse de ellas;

acercarse desnudo y virgen a la Verdad, para ser vestido y fecundado.

Esto requiere humildad.

El escollo…

–       ¿Entonces nosotros también tenemos que olvidar?

–       Sin duda.

Olvidar todo lo que es cosa de hombre.

Recordar todo lo que es cosa de Dios.

Venid.

Vosotros podéis hacerlo.

Hermas asegura:

–        Queremos hacerlo.

–       ¿Habéis vivido ya la vida de los discípulos?

Esteban responde:

–       Sí.

Desde el día en que supimos que habían matado al Bautista.

La noticia llegó muy rápida a Jerusalén, por boca de los cortesanos y principales de Herodes.

Su muerte nos sacó del entorpecimiento. 

–       La sangre de los mártires siempre significa vida para los pusilánimes;

Esteban, no lo olvides.

–        Sí, Maestro.

¿Vas a hablar hoy?

Siento hambre de tu palabra.

–        Ya he hablado.

Pero hablaré más, mucho, a vosotros discípulos.

Los compañeros vuestros, los apóstoles, han empezado ya su misión tras una activa preparación.

Pero no son suficientes para las necesidades del mundo.

Y es preciso tener todo hecho dentro de los márgenes de tiempo.

Yo soy como quien tiene un plazo y antes de que termine ese tiempo tiene que tener todo hecho.

Os pido a todos, ayuda.

Y ayuda os prometo y un futuro de gloria en nombre de Dios.

La penetrante mirada de Jesús, detecta a un hombre todo arropado en un manto de lino:

Y pregunta: 

–        ¿No eres el sacerdote Juan?

El hombre responde: 

–       Sí, Maestro.

El corazón de los judíos es áspero como la quebrada maldita.

He huido para buscarte

–       ¿Y el sacerdocio?

–        La lepra fue la primera que me expulsó del sacerdocio;

luego fueron los hombres, porque te amo.

Tu Gracia me aspira hacia sí: hacia Ti;

ella también me arroja de un lugar profanado para conducirme a lugar puro.

Tú me has purificado, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu.

Una cosa pura no puede acercarse a una cosa impura;

sería una ofensa para quien ha purificado.

–       Tu juicio es severo, pero no injusto.

–       Maestro, las fealdades de la familia son patentes sólo a quienes viven en ella.

Y no deben manifestarse sino a la persona de recto corazón.

Tú lo eres.

Y además Tú sabes las cosas.

A otros no se lo diría.

Aquí estamos Tú, tus apóstoles…

Y otros dos que también saben como Tú y como yo.

Por tanto…

–       Bien.

Pero…

¿Tú también?

¡Paz a ti!

¿Has venido para ofrecer más comida?

–       No.

He venido por tu alimento.

–        ¿Se te ha malogrado la cosecha?

–         ¡No!

¡Nunca tan rica

Maestro mío, busco otro pan y otra cosecha: los tuyos.

Tengo conmigo al leproso que curaste en mis tierras.

Ha vuelto a su patrón.

Pero tanto él como yo tenemos ahora un patrón al que seguir y servir: Tú.

–       Venid.

Uno, dos, tres, cuatro…

¡Buena recolección!

Pero, ¿Habéis reflexionado sobre vuestra posición en el Templo?

Vosotros ya sabéis, Yo también…

Y no digo más…

El sacerdote Juan. dice: 

–       Soy hombre libre y voy con quien quiero.  

El escriba Juan que también ha venido,

agrega:

–        Yo también.

Es el que el sábado dio comida en la primera multiplicación,

al pie del monte de las Bienaventuranzas. 

Hermas y Esteban dicen: 

–        Y nosotros también.

Y Esteban añade:

–       Háblanos, Señor.

No sabemos en qué consiste exactamente nuestra misión.

Danos lo mínimo para poderte servir inmediatamente.

El resto vendrá mientras te seguimos.

El escriba juan, pregunta:

–       Sí.

En el monte hablaste de las bienaventuranzas.

Ello era lección para nosotros.

Pero, respecto a los demás, en el segundo amor, el del prójimo…

¿Qué debemos hacer? 

Por toda respuesta, Jesús pregunta: 

–        ¿Dónde está Juan de Endor? 

Juan el apóstol dice:

–        Allí, Maestro, con aquellos curados.

–       Que venga aquí.

Y corre a llamarlo.

Acude Juan de Endor.

Jesús le pone la mano en el hombro, con especial saludo,

y dice:

–        Pues bien, voy a hablar ahora.

Quiero teneros delante de Mí a vosotros que lleváis nombre santo.

tú, mi apóstol; tú, sacerdote; tú, escriba; tú, Juan del Bautista;

y tú, por último, cerrando la corona de gracias concedidas por Dios.

Y, aunque te nombre el último, sabes que no eres el último en mi Corazón.

Un día te prometí estas palabras que voy a decir.

Recíbelas.

Y Jesús, como hace habitualmente, sube a un pequeño ribazo;

para que todos puedan verlo.

Tiene enfrente, en primera fila, a los cinco Juanes.

Detrás de éstos, el nutrido grupo de los discípulos;

mezclado con la multitud de los que, de todas las partes de Palestina,

han venido por necesidad de salud o de palabra.

–       Paz a todos vosotros.

La sabiduría descienda sobre vosotros.

Escuchad

Un día ya lejano uno me preguntó:

si Dios es  misericordioso con los pecadores y hasta qué punto lo es.

Quien lo preguntaba era un pecador que había sido perdonado

y que no lograba convencerse del absoluto perdón de Dios.

Yo por medio de parábolas lo calmé, lo conforté y prometí que para él hablaría siempre de misericordia,

para que su corazón arrepentido -que, cual niño extraviado, lloraba dentro de él- se sintiera

seguro de ser ya propiedad de su Padre del Cielo.

Dios es Misericordia porque es Amor.

El siervo de Dios debe ser misericordioso para imitar a Dios.

Dios se sirve de la misericordia como de un medio para atraer hacia sí a los hijos descarriados.

El siervo de Dios debe servirse de la misericordia como de un medio para llevar a Dios, a los hijos descarriados

El precepto del amor es obligatorio para todos.

Pero debe ser triplemente obligatorio en los siervos de Dios.

No se conquista el Cielo si no se ama.

Decir esto es suficiente para los creyentes.

A los siervos de Dios les digo:

“No se hace conquistar el Cielo a los creyentes si no se los ama con perfección”.

¿Y vosotros, quiénes sois, vosotros que os ceñís aquí alrededor de Mí?

Por lo general sois criaturas que tendéis a la vida perfecta,

a la vida bendita, fatigosa, luminosa, del siervo de Dios, del ministro de Cristo.

¿Cuáles son vuestros deberes en esta vida de siervo y ministro?

Un amor total a Dios, un amor total al prójimo.

Vuestra finalidad: servir. ¿Cómo?

Restituyendo a Dios a aquellos que el mundo, la carne, el demonio le han arrebatado.

¿En qué modo?

Con el amor: el amor que tiene mil formas para desarrollarse…

Y un único fin: hacer amar.

Pensemos en nuestro hermoso Jordán.

¡Qué imponente, a su paso por Jericó!

Pero, ¿Era así en su nacimiento? No.

Era un hilo de agua.

Y lo hubiera seguido siendo si hubiera estado siempre solo.

Pero he aquí que de los montes y collados, de una y otra ribera de su valle,

desciende un sinfín de afluentes

unos solos, otros ya formados de cien arroyos;

Y todos desaguan en el lecho que va creciendo y creciendo;

hasta convertirse, del delicado riachuelo de plata azul que reía y jugaba en su niñez de río,

en el amplio, solemne, pacífico río que inserta una cinta de azul celeste

entre las fértiles riberas de esmeralda.

Así es el amor.

Un hilo inicial en los párvulos del camino de la Vida,

que apenas si saben salvarse del pecado grave por temor al castigo;

luego, prosiguiendo en el camino de la perfección, he aquí que de las montañas de lo humano,

agrestes, áridas, soberbias, duras

se exprimen, por voluntad de amor, multitud de riachuelos de esta principal virtud.

Y todo sirve para que ésta mane y brote:

los dolores, las alegrías, de la misma forma que sobre los montes sirven para formar riachuelo

las nieves heladas y el sol que las derrite.

Todo sirve para abrir a éstas el camino:

la humildad como el arrepentimiento; todo sirve para llevarlas al río principal.

Porque el alma, impulsada por ese Camino, se complace en bajar al anonadamiento del yo,

aspirando a subir de nuevo, atraída por el Sol-Dios,

una vez transformada en río caudaloso, hermoso, benefactor.

Los arroyuelos que nutren el arroyo embrional del amor de temor son, además de las virtudes; 

las obras que las virtudes enseñan a cumplir

las obras que, precisamente por ser riachuelos de amor,

son de misericordia.

Examinémoslas juntos.

Algunas ya eran conocidas por Israel, otras os las doy a conocer Yo,

porque mi ley es perfección de amor.

269 EL PECADO CONTRA EL ESPÍRITU SANTO


269 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, que se había retirado a la cocina para beber un poco de agua,

se asoma a la puerta a tiempo de oír la trillada y necia acusación farisaica:

«Éste no es más que un Belcebú, porque los demonios le obedecen.

El gran Belcebú, su padre, le ayuda.

Y arroja los demonios con la acción de Belcebú, príncipe de los demonios, no con otra cosa».

Jesús baja los dos pequeños escalones de la puerta y avanza unos pasos;

erguido, severo, sereno, para detenerse justo frente al grupo escribo-farisaico;

fija en ellos, su mirada penetrante.

Y les dice:

–       Vemos que incluso en este mundo un reino dividido en facciones contrarias,

se hace internamente débil, fácil presa de la agresión

y acción devastadora de los estados vecinos.

y éstos lo esclavizan.

Ya en este mundo vemos que una ciudad dividida en partes contrarias. pierde el bienestar.

Lo mismo se diga de una familia cuyos miembros estén divididos por el odio:

se desmorona, se convierte en una fragmentación que a nadie sirve,

irrisión para los ciudadanos.

La concordia, además de deber, es astucia;

porque mantiene la independencia, la fuerza, el afecto.

Esto es lo que deberían meditar los patriotas, los ciudadanos, los miembros de una familia,

cuando, por el capricho de un determinado beneficio,

se ven tentados a las siempre peligrosas opresiones y separaciones, peligrosas

porque se alternan con los partidos y destruyen los afectos.

17. Tu corazón se ha pagado de tu belleza, has corrompido tu sabiduría por causa de tu esplendor. Yo te he precipitado en tierra, te he expuesto como espectáculo a los reyes. Ezequiel 28

es ésta, en efecto, la astucia que ejercitan los Dueños del Mundo.

Observad a Roma, observad su innegable poder, tan penoso para nosotros.

Domina el mundo.

Pero está unida en un único parecer, en una sola voluntad: “dominar”.

Entre ellos habrá también, sin duda, contrastes, antipatías, rebeliones.

Pero estas cosas están en el fondo.

En la superficie hay un único bloque, sin fisuras, sin agitaciones.

Todos quieren lo mismo y obtienen resultados por este querer.

y los obtendrán mientras sigan queriendo lo mismo.

Mirad este ejemplo humano de astucia cohesiva y pensad:

si estos hijos del siglo son así,

¿Qué no será Satanás?

Para nosotros ellos son diablos y sin embargo, su satanismo pagano no es nada,

respecto al perfecto satanismo de Satanás y sus demonios.

En aquel reino eterno, sin siglo, sin final, sin límite de astucia y maldad;

en ese lugar en que es gozo el hacer el mal a Dios y a los hombres.

Hacer el mal es el aire que respiran, es su doloroso gozo, único, atroz.

Se ha alcanzado con perfección maldita la fusión de los espíritus;

unidos en una Sola voluntad: “hacer el mal”.

Ahora bien, si -como pretendéis sostener para insinuar dudas acerca de mi poder-

me ayuda Satanás porque Yo soy un belcebú menor,

¿No entra Satanás en conflicto consigo mismo y con sus demonios

al arrojarlos de sus poseídos?

¿Y estando en conflicto consigo mismo, podrá perdurar su reino?

19. Sabemos que somos de Dios y que el mundo entero yace en poder del Maligno. 1 de Juan 5

No, no es así.

Satanás es astutísimo y no se perjudica a sí mismo.

Su intención es extender su reino en los corazones, no reducirlo.

Su vida consiste en “robar – hacer el mal – mentir – agredir – turbar”.

Robar almas a Dios y paz a los hombres.

Hacer el mal a las criaturas del Padre, dándole así dolor.

Mentir para descarriar.

Agredir para gozar.

Turbar porque es el Desorden.

No puede cambiar: es eterno en su ser y en sus métodos.

Pero, responded a esta pregunta:

Si Yo arrojo los demonios en nombre de Belcebú,

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

¿En nombre de quién los arrojan vuestros hijos?

¿Querríais confesar que también ellos son belcebúes?

Si lo decís, os juzgarán calumniadores.

Y aunque su santidad llegue hasta el punto de no reaccionar ante esta acusación,

habréis emitido veredicto sobre vosotros mismos,

al  confesar que creéis tener muchos demonios en Israel.

Y os juzgará Dios en nombre de los hijos de Israel acusados de ser demonios.

Por tanto, venga de quien venga el juicio, en el fondo serán ellos vuestros jueces,

donde el juicio no sufre soborno de presiones humanas.

Y si, como es verdad, arrojo los demonios por el Espíritu de Dios,

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.» Éxodo 3

prueba es de que ha llegado a vosotros el Reino de Dios y el Rey de este Reino.

Rey que tiene un poder tal,

que ninguna fuerza contraria a su Reino le puede oponer resistencia.

Así que ato y obligo a los usurpadores de los hijos de mi Reino,

a salir de los lugares ocupados y a devolverme la presa para que Yo tome posesión de ella.

¿No es así como hace uno que quiere entrar en la casa de un hombre fuerte,

para arrebatarle los bienes, bien o mal conseguidos?

Eso hace.

Entra y lo ata.

Una vez que lo ha atado, puede desvalijar la casa.

Yo ato al ángel tenebroso, que me ha arrebatado lo que me pertenece.

Y le quito el bien que me robó

Sólo Yo puedo hacerlo, porque sólo Yo soy el Fuerte, el Padre del siglo futuro,

el Príncipe de la Paz.  

Un escriba le pregunta:

–       Explícanos lo que quieres decir con “Padre del siglo futuro”.

¿Es que piensas vivir hasta el próximo siglo y mayor necedad aún,

piensas crear el tiempo, Tú, que no eres más que un pobre hombre?

El tiempo es de Dios.  

Jesús lo mira con severidad, al responder:

–       ¿Y me lo preguntas tú, escriba?

¿Es que no sabes que habrá un siglo que tendrá principio pero no tendrá fin.?

¿Y que será el mío?

En él, triunfaré congregando en torno a Mí a aquellos que son sus hijos.

Y vivirán eternos como el siglo que crearé;

que ya estoy creando estableciendo al espíritu por encima de la carne,

del mundo y de los seres infernales, porque todo lo puedo.

Por esto os digo que quien no está conmigo está contra Mí.

Y que quien conmigo no recoge desparrama.

Porque Yo Soy el que Soy.

Y quien no cree esto, que ya ha sido profetizado, peca contra el Espíritu Santo;

cuya palabra fue pronunciada por los Profetas sin mentira ni error

y debe ser creída sin resistencia.

Porque os digo que todo les será perdonado a los hombres:

Todo pecado, toda blasfemia; porque Dios sabe que el hombre no es sólo espíritu, 

sino también carne.

Y carne tentada sometida a imprevistas debilidades.

Pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada.

Uno hablará contra el Hijo del hombre y será todavía perdonado,

porque el peso de la carne que  envuelve a mi Persona

y que envuelve al hombre que contra mí habla puede también inducir a error.

Pero quien hable contra el Espíritu Santo no será perdonado ni en ésta ni en la vida futura,

porque la Verdad es eso que es:

El Don de Discernimiento de Espíritus

Es neta, santa, innegable.

Y es manifestada al espíritu de una manera que no induce a error.

Otra cosa es que yerren aquellos que, queriéndolo, quieren el Error.

Negar la Verdad dicha por el Espíritu Santo es negar la Palabra de Dios

y el Amor, que ha dado esa Palabra por amor hacia los hombres.

Y el pecado contra el Amor no se perdona.

Pero cada uno da los frutos de su árbol.

Vosotros dais los vuestros, que no son buenos.

Si dais un árbol bueno para que lo planten en el huerto, dará buenos frutos;

sin embargo, si dais un árbol malo, malo será el fruto que de él se recogerá.

Y todos dirán: “Este árbol no es bueno”.

Porque el árbol se conoce por el fruto.

¿Cómo creéis que podéis hablar bien vosotros, que sois malos?

Porque la boca habla de lo que llena el corazón del hombre.

Sacamos nuestros actos y palabras de la sobreabundancia  de lo que tenemos en nosotros.

El hombre bueno saca de su tesoro bueno cosas buenas;

el malo, de su tesoro malo, saca las cosas malas.

Y habla y actúa según su interior.

En verdad os digo que ociar es pecado, pero mejor es ociar que hacer obras malas.

Y os digo también que es mejor callar que hablar ociosamente y con maldad.

Aunque vuestro silencio fuera ocio, guardad silencio antes que pecar con la lengua.

Os aseguro que de toda palabra dicha vanamente,

El Día del Juicio ante el Tribunal de Cristo, seremos recompensados. O nuestras obras serán quemadas como la paja. Tal vez recibamos alguna recompensa, QUIZÁS NINGUNA.

se pedirá a los hombres justificación en el día del Juicio.

Y que por sus palabras serán justificados los hombres.

Y también por sus palabras serán condenados.

¡Cuidado, por tanto, vosotros, que tantas decís más que ociosas!,

Pues que son no sólo ociosas sino activas en el mal…

Y con la finalidad de alejar a los corazones de la Verdad  que os habla.

Los fariseos consultan a los escribas y luego, todos juntos, fingiendo cortesía,

solicitan:

–       Maestro, se cree mejor en lo que se ve.

Danos, pues, una señal para que podamos creer que eres lo que dices.

–       ¿Veis como en vosotros está el pecado contra el Espíritu Santo,

que repetidas veces me ha señalado como Verbo encarnado?

Este es mi Hijo amado, ESCUCHADLE…

Verbo y Salvador, venido en el tiempo establecido;

precedido y seguido por los signos profetizados; obrador de lo que el Espíritu dice.

Ellos responden:

–       Creemos en el Espíritu, pero

¿Cómo podemos creer en Ti, si no vemos un signo con nuestros ojos?

-¿Cómo podéis entonces creer en el Espíritu, cuyas acciones son espirituales,

si no creéis en las mías, que son sensibles a vuestros ojos?

Mi vida está llena de ellas.

¿No es suficiente todavía?

No. Yo mismo respondo que no.

No es suficiente todavía.

A esta generación adúltera y malvada, que busca un signo,

se le dará sólo uno: el del profeta Jonás.

Efectivamente, de la misma forma que Jonás estuvo durante tres días en el vientre de la ballena,

el Hijo del hombre estará tres días en las entrañas de la tierra.

En verdad os digo que los ninivitas resucitarán en el día del Juicio, como todos los hombres.

Y se alzarán contra esta generación y la condenarán,

porque les predicó Jonás e hicieron penitencia y vosotros no.

Y aquí hay Uno mayor que Jonás.

Así también, resucitará y se alzará contra vosotros la Reina del Mediodía,

y os condenará.

Porque ella vino desde los últimos  confines de la Tierra, para oír la sabiduría de Salomón;

y aquí hay Uno mayor que Salomón.

–       ¿Por qué dices que esta generación es adúltera y malvada?

No lo será más que las otras.

Hay los mismos santos que había en las otras.

El todo israelita no ha cambiado.

¡Nos ofendes!

–       Os ofendéis vosotros mismos al dañar vuestras almas;

porque las alejáis de la Verdad, y por tanto de la Salvación.

Os respondo lo mismo.

1. Ten presente que en los últimos días sobrevendrán momentos difíciles; 2. los hombres serán egoístas, avaros, fanfarrones, soberbios, difamadores, rebeldes a los padres, ingratos, irreligiosos, 3. desnaturalizados, implacables, calumniadores, disolutos, despiadados, enemigos del bien, 4. traidores, temerarios, infatuados, más amantes de los placeres que de Dios, 5. que tendrán la apariencia de piedad, pero desmentirán su eficacia. Guárdate también de ellos. 6. A éstos pertenecen esos que se introducen en las casas y conquistan a mujerzuelas cargadas de pecados y agitadas por toda clase de pasiones, 2 de Timoteo”

Esta generación no es santa sino en las vestiduras y en lo externo;

por dentro no es santa.

En Israel existen los mismos nombres para significar las mismas cosas,

pero no existe la realidad de las cosas;

existen los mismos usos, vestiduras y ritos, pero falta el espíritu de estas cosas.

Sois adúlteros porque habéis rechazado el sobrenatural desposorio con la Ley divina 

y os habéis desposado, con una segunda adúltera unión, con la ley de Satanás.

Sois circuncisos sólo en un miembro efímero, el corazón ya no es circunciso.

Y sois malos, porque os habéis vendido al Maligno.

He dicho.