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P EL CELULAR CELESTIAL


15 de Enero de 2022

Habla Dios Padre,

Queráis o no queráis, lo aceptéis o no lo aceptéis, Yo habito en vuestro corazón.

La diferencia en la comunicación entre vosotros y YO,

estriba en que os déis plenamente cuenta de ello, lo aceptéis y decidáis libremente,

el empezar a entablar comunicación Conmigo.

Yo escucho TODOS vuestros pensamientos. Yo escucho plegarias y peticiones.

Yo escucho y veo todos vuestros pecados y faltas.

Yo vivo vuestra vida, pero no hay reciprocidad.

No hay intercambio de palabras ni de pensamientos.

Me tenéis como espectador furtivo, porque para algunos sí existo en su corazón;

pero no hay intercambio de pensamientos, porque ellos quieren mandar en sus vidas.

Para otros existo, pero Me tienen así, sólo como espectador.

Para otros no existo, ni en su corazón ni en su vida y Soy el Dios lejano, el inalcanzable;

el que estando tan lejos no puede conocer mí pensamiento ni mis necesidades.

Y para muy pocos, Soy el Dios que habita en ellos…

El Padre al que se le tiene la plena confianza de pedirLe consejo y ayuda,

el compañero íntimo al que sólo a Él se le pueden confiar ciertos secretos.

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Estoy en vosotros, porque así fue dado desde el Principio.

Sólo espero el momento en que vuestra Fé y vuestro amor

Me permitan empezar a entablar la conversación del Amor con vosotros mismos.

Tratád, buscádMe en el interior de vuestro corazón y al encontrarMe ya no Me dejaréis, porque os colmaré de Mí Amor.

Os daré la compañía que necesitáis, os daré el refuerzo a vuestras vidas en el tiempo de la duda y de la perturbación espiritual.

Os acompañaré en todas vuestras acciones.

Me empezaréis a conocer y Me dejaré alcanzar.

Y probaréis manjares exquisitos que no volveréis a dejar de buscar, por nunca antes haberlos paladeado.

Yo Soy Vuestro Dios y os amo entrañablemente.

“Haced la prueba y veréis que bueno es el Señor”.

Hijitos Míos, Yo vuestro Dios y Padre vuestro, os pido esto.

El que algunos cuantos actualmente, se puedan comunicar Conmigo, no es un don especial;

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ES OBLIGACIÓN por el amor que Me tenéis, el poder hacerlo.

Yo os envié a Mi Hijo a recordaros cómo debe vivir en familia en la Tierra y cómo se vive en Familia en el Cielo.

El que algunos cuantos se comuniquen Conmigo os debe dar la pauta

PARA QUE TODOS VOSOTROS LO HAGÁIS

Yo no Soy un Dios inalcanzable.

Y además os pido que no Me veáis como aquellos dioses a los cuáles no se les podía acercar,

porque en ése momento quedaban fulminados.

Os pido que no Me veáis como a un Dios que sólo escucha a los “buenos”

porque entonces pocos; muy pocos, podrían venir a Mi. 

Os pido que no Me veáis como a un Dios rencoroso y vengativo;

porque entonces iría en contra de lo que Mi Hijo os predicó sobre Mí: 

el Dios del Amor y del Perdón.

Yo Soy vuestro Dios, al que le debéis respeto

al que le debéis agradecimiento por haberos dado el Don de la Vida

Y QUE OS CUIDA EN TODO MOMENTO 

Al que le debéis todo lo que en vosotros está y lo que os rodea. 

Sí, Me debéis mucho;

pero lo único que os exijo, es vuestro amor.

Lo menos que un padre exige de sus hijos es algo del amor que él ha volcado sobre ellos, para hacerlos hombres de bien.

Yo Soy vuestro Dios y Mi exigencia que es de Amor.

Es que Me deis vuestro pequeño amor;

para que Yo os pueda corresponder dándoos nuevamente, mucho más Amor del que recibo.

Lo normal en una familia, es que los hijos se comuniquen con sus padres,

se compartan, se entiendan se pregunten unos a otros y esto irá creando una CONVIVENCIA. 

Al comunicaros Conmigo estáis aceptando crear ésa vida familiar que todos debéis tener.    

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Cuando un alma se comunica Conmigo recibe un gozo extremo.

¡Qué dicha tan grande recibe el alma cuando se comunica con su Creador!   

Al comunicarse Conmigo el alma une al Cielo con la Tierra. 

Al comunicarse Conmigo,

el alma recibe Mi Sabiduría y Mis Bendiciones;

porque aprende a pedir exactamente lo que ella misma necesita y lo que necesitan sus hermanos. 

Cuando el alma se comunica Conmigo, se sublima y crece a niveles inimaginables;

porque Yo vuestro Dios, hago Vida en ella.

El no comunicarse Conmigo crea separación el alma con su Dios.

No hay confianza, no existe una fe firme, no existe la esperanza de saberse escuchados. 

Si lo veis todo esto a ojos humanos,

Me estáis haciendo una verdadera grosería.

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¡Yo Soy un Dios vivo!

¡YO Soy un Padre que DESEA VEHEMENTEMENTE HABLAR  

No, más que eso;

platicar con sus hijos, escuchar sus pensamientos y que también escuchen los Míos!

NO QUIERO TENER MONÓLOGOS CON VOSOTROS.

Sí, os acercáis a Mí a platicarMe de vuestros planes,

de vuestras desgracias, de vuestras necesidades, de vuestras alegrías, etc.

Sí, en parte es bello que os acerquéis a Mi con ésa Fe de saber que seréis escuchados  por Mi

y que obtendréis mucho de lo que pediréis; pero

 ¿Por qué no Me dejáis a Mi también platicaros?

Yo también puedo hablar,

Yo también Me quiero comunicar con vosotros

Yo también tengo deseos y planes que platicarle a CADA ALMA.  

Así como en una familia de muchos hijos

los padres tienen que platicar con todos ellos,

para ir entendiendo a cada uno de ellos,

puesto que todos son diferentes

y cada uno de ellos exige diferente tipo de atención;

Así Yo también, deseo platicar con cada uno de vosotros.

Yo deseo y necesito que Me escuche cada uno de vosotros, porque cada uno de vosotros tiene diferente misión en la Tierra

y debe ser guiado en forma diferente. 

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Por eso debéis acercaros a Mí, no solo a pedir lo que creéis que necesitáis;

sino DEBÉIS APRENDER A ESCUHARME

Para que Yo os guíe;

para que alcancéis la perfección en vuestra misión y en vuestra vida sobre la Tierra.

Ahora ENTENDED bien esto:

NO os estáis comunicando Conmigo por vuestra falta de Fe y de confianza… 

O por soberbia: por sentiros ser más que Yo y que vuestras obras valen más ó que son más importantes que las Mías.

Os hablo fuerte para que entendáis que Mi sensibilidad es grande.

Y para que os deis cuenta que necesito de cada uno de vosotros, para que formemos ésa Familia en la cuál fuisteis constituidos.

Así que recordad nuevamente, NO ES DON DE ALGUNOS CUANTOS

Ni bendición para algunos cuantos el poderse comunicar Conmigo;

es obligación de amor de cada uno de vosotros el hacerlo.

Y esto se da en la Fe y en la confianza que Me tengáis.

Al vivir YA DESDE LA TIERRA ésa comunicación de familia.

 Vuestra vida sobre la Tierra la llevaréis más fácilmente y vuestro regreso será de lo más normal. 

Teméis a la muerte, porque teméis a lo desconocido y Yo Soy el Desconocido

¡Conocedme y os daréis cuenta de Mi Bondad Infinita! ¡Confiad en Mi Amor!

Hijitos Míos, os pido que siempre os dispongáis a servirMe como Yo Me lo merezco.

Yo sí Me merezco todas las acciones de vuestra vida y aún vuestra propia vida.

Os he dicho que vosotros no digáis ésa frase de: “yo no me lo merezco”,

cuando os regalo algo material o espiritual;

porque Yo, siendo vuestro Padre os doy las cosas que tenéis, tanto materiales como espirituales por Amor;

Pero precisamente, porque Soy vuestro Padre y os he dado todo,

Yo SÍ Me merezco que vosotros estéis siempre pendientes de lo que Yo necesite de cada uno de vosotros.

Ciertamente, cada uno de vosotros tiene una misión diferente en la Tierra

y por eso os pido que estéis pendientes de lo que Yo os pueda pedir.

¡Cómo quisiera que vivierais así siempre, pendientes de Mis Palabras!

Pendientes de todo lo que sea necesario para la vida del Cielo sobre la Tierra

Y que ése es Mi deseo en vosotros.

Debéis estar pendientes Mis pequeños, de lo que Mi Santo Espíritu os dicte dentro de vuestro corazón.

Por eso, si vivierais en oración, fácilmente escucharíais la Voz de Dios en vuestro interior.

Pero al estar tan distraídos en las cosas del mundo,

no estáis actuando para Mí, para vuestro Dios, sino estáis actuando para el mundo.

Y se pierden tantas necesidades de Mi Corazón, porque no son escuchadas por vosotros.

Debéis entrar en contacto íntimo Conmigo, con vuestro Dios; para que estéis pendientes en qué Me podéis servir.

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Yo os he dotado a cada uno de vosotros con diferentes dones, virtudes, capacidades; para que Me sirváis sobre la Tierra.

Sois Mis emisarios y ésa es una Gracia muy grande que os he concedido.

Al ser emisarios de Dios, vosotros podéis hacer grandes cosas para el Reino de los Cielos.

Cada uno de vosotros tiene una misión diferente.

Y cada uno de vosotros sabe hacer, en lo particular, lo que Yo os he pedido o pediré.

Algún otro podrá hacer algo similar a lo que le he pedido a uno de vuestros hermanos;

PERO QUIEN VA A HACER LO PERFECTO

Es aquél a quien Yo le he concedido lo necesario para llevar ésa función.

Y NADA MÁS ÉL

Ésa función específica para el Cuerpo Místico de Mi Hijo. 

Sois como celulitas especializadas.

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Y solamente cada uno de vosotros puede realizar la misión para la que vinisteis a la Tierra.

Y al deciros “celulitas especializadas” os debéis llenar de un gusto inmenso;

porque eso quiere decir que fuisteis ESCOGIDOS de una forma muy especial, para venir a la Tierra y servirMe.

Y es la realidad, Mis pequeños.

Cada uno de vosotros sois almas muy especiales para Mí, vuestro Dios.

Y QUE DEBÉIS LLEVAR UNA FUNCIÓN

O UNA TAREA MUY IMPORTANTE

Para la renovación del género humano…

Para elevar a ésta humanidad a la santidad en la que fuisteis creados desde un Principio.

Por eso os pido nuevamente que pongáis todas vuestras capacidades,

PERO SOBRE TODO VUESTRA VOLUNTAD

Con un gusto muy grande de servirMe;

Somos los apóstoles de los Últimos Tiempos..

sirviendo a vuestros hermanos.

Porque os repito:

SÓIS LOS ÚNICOS

que podéis hacer lo que tenéis que hacer…

Y NADIE MÁS

Lo podrá hacer mejor que vosotros.

Porque cada uno de vosotros es diferente.

Y a cada uno de vosotros os he dotado de ésas características especiales,

para hacer ésa tarea especializada que debéis llevar a cabo.

Y todo siempre dentro del Amor,

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que Yo también he puesto en vuestro corazón.

Porque hijitos Míos, todo va a ser renovado.

Os he hablado de lo que padecerán las almas que no están Conmigo.

Pero las almas que se han mantenido Conmigo a pesar de los ataques de Satanás que os rodean;

CUMPLIENDO SU MISIÓN

HERÓICAMENTE 

Gozarán inmensamente el cambio que tendréis aquí en la Tierra.

Y las que se hayan ofrecido por la salvación de sus hermanos

gozarán también inmensamente de Mis Bienes en el Reino de los Cielos.

TODO VA A SER PURIFICADO

LO QUE VÉIS AHORANO LO VOLVERÉIS A VER 

Pero así tiene que ser, Mis pequeños.

LAS ESCRITURAS

TENDRÁN CUMPLIMIENTO

Yo Soy vuestro Dios, Soy Omnipotente… 

Soy vuestro Padre, os Amo…

Os Bendigo en mi Santísima Trinidad.

http://diospadresemanifiesta.com/

P La Potencia del Amor 1


No tendrás dioses ajenos delante de Mí… Éxodo 20, 3

Enero 09 de 2022

Habla el Espíritu Santo:

Dios es Amor.

Cuando creó al hombre,

lo creó a SU Imagen y Semejanza.

Y por eso la vida del hombre, gira alrededor del Amor.

Como templo viviente,

el alma fue creada para contener a Dios:

El Amor en el alma viva,

para palpitar necesita de un corazón.

Y ese corazón,

es como un pebetero que arde y perfuma.

Y Dios le puso como una necesidad vital:

LA CAPACIDAD DE AMAR

El espíritu es la linfa vital del alma, cuya esencia es el Amor.

Y en el altar del espíritu,

Dios preparó la plenitud de la vida y de la unión con la Gracia.

La habitación de Dios, Espíritu de Amor,

hubiera sido perfecta, si el hombre NO hubiese pecado.

El espíritu vivo también tiene un corazón palpitante…

Y fue creado como un altar:

Con la necesidad de Adoración.

Es el pebetero donde arde el Fuego del Amor.

Porque verdaderamente Dios había puesto en el hombre,

solo una necesidad:

La del AMOR. 

Amor de hijos al Padre.

Amor de súbditos al Rey.

Amor de creaturas al Creador.

Y si no se hubiese corroído con el ácido de la culpa

las raíces del Amor,

éste hubiera crecido poderoso en nosotros,

sin requerir ningún esfuerzo.

No fatiga, sino una alegría; 

una necesidad que alivia al igual que la respiración.

Porque el Amor había sido destinado

a que fuese la respiración del espíritu.

La sangre del espíritu.

EL AMOR ES MAS FUERTE QUE LA MUERTE

Es una fuerza absoluta como el bien, la obediencia, la esperanza y la Fe.

El Amor es un aguijón amargo.

Hambre y nostalgia de estar con el Amado.

Y amar con todas las fuerzas es ya un martirio…

Porque tortura cada vez más la separación.

El Amor es una Fuerza Sobrenatural.

La clave de los afectos humanos está

en que los hombres buscan amarse a sí mismos en las creaturas…

Y DEBEN BEBER

LA AMARGURA QUE LLENA

PERO NO SACIA

Porque el verdadero Amor, es totalmente sobrenatural…

Y solamente Dios puede darlo.

El Verdadero Amor,

tiene varias manifestaciones y potencias:

El Amor de Primera Fuerza, es el que se da a Dios.

El Amor de Segunda Fuerza, es el paterno o el materno.

El Amor de Tercera Fuerza, es el que se siente por el cónyuge.

El Amor de Cuarta Fuerza, es el que se siente por los padres.

El Amor de Quinta Fuerza, es el amor hacia nosotros mismos.

El Amor de Sexta Fuerza, es el amor hacia el prójimo.

El Amor de Séptima Fuerza, es el amor por las creaturas;

el trabajo, el desarrollo de la vocación, etc.

CUANDO SE AMAN TODAS LAS COSAS

A TRAVÉS DE DIOS,

SE CONOCE LA TREMENDA FUERZA

QUE ES EL AUTÉNTICO Y VERDADERO AMOR,

PORQUE ES 

EL ALIMENTO DE LA VIDA.

Jesús dio a los hombres un Mandamiento Nuevo,

SÍNTESIS DE TODA LA LEY

Y en él dio a la Humanidad, la llave de la felicidad.

La práctica de este Mandamiento

es la que transformará la Tierra en antecámara del Paraíso,

porque en el Paraíso está el triunfo del Amor.

Dios es el Amor y en Él viven todas las almas.

La perfección de la vida en la Tierra,

«Amarás al Señor tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas, con todo tu ser y SOBRE TODAS LAS COSAS… Y a tu prójimo, como a tí mismo…»

es dada por el grado de intensidad con el que las almas lo aman a Él.

Y con Él aman a los hermanos.

Tanto y más perfecto y santo se es, cuanto más se ama así.

En el Amor Verdadero en el Amor a través de Jesús,

está la verdadera razón de la vida y el auténtico gozo de la vida.

EL AMOR ES ENTREGA

El hombre que no tiene amor, se corrompe y corrompe a otros.

Todas las desventuras de la Tierra,

proceden de la falta de Amor.

Adán y Eva no tuvieron Amor para Dios y por eso desobedecieron.

Y trajeron la enfermedad y la muerte;

el Dolor y el sufrimiento.

El Amor de Dios hace amigo a Dios y enseña a amar.

Quién no ama a Dios que es Perfecto y Bueno,

El amor de Dios nos restaura y nuestro corazón aprende a amar con heroismo, practicando el PERDÓN…

ciertamente no puede amar a su prójimo,

que está lleno de defectos.

Todo el Bien lo hace el Amor.

El Amor que nos hace buenos para con los demás

y aceptables a los ojos de Dios.

El Amor sublima las buenas cualidades del hombre

y las convierte en virtudes sobrenaturales.

Es así como el alma se hace virtuosa.

Quién es virtuoso, es santo

y quién es santo, posee el Cielo.

Por eso no es la sabiduría ni el temor,

los que abren el camino de la perfección, sino el Amor.

El Amor fortifica el espíritu y es la esencia de la vida.

El deseo de no afligir a Dios,

aleja del Mal, más que el temor de un castigo.

1Si yo hablase lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. 2Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia, y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes, y no tengo amor, nada soy. 1 Corintios 13

Del amor nace la compasión y se ama al prójimo, porque viene de Dios.

Por esto el Amor es la salvación y la santificación del hombre.

En el Amor se encuentra la fuerza para conservar la santidad.

PORQUE EN EL AMOR

ESTÁ LA FUERZA PARA PERDONAR 

Y EL HEROÍSMO DE TODAS LAS VIRTUDES.

EL SECRETO DEL AMOR,

ES LA BONDAD.

Porque el que ama es bueno.

Ama sin pensar en razones para hacerlo.

La Obediencia para Dios es Amor.

EL QUE AMA SE DA.

Jesús Santísimo: penetra y posee todo mi ser tan completamente, que mi vida entera sea un resplandor de la tuya…

Y SE ENTREGA A  AMAR,

FUNDIÉNDOSE EN DIOS

El que ama, pierde todas las dimensiones.

La materia es nada.

El dolor es nada.

El tiempo, nada.

El pecado mismo se anula,

porque para ello existe el Perdón.

Amar sin límites como lo hacen los niños:

simplemente amar,

porque solo el amor existe.

El que aprende a amar lo que Dios ama y como Él lo ama,

alcanza la perfección.

El que llega a tener una chispita de amor por el Altísimo

y realiza sus acciones bajo Mi Guía,

siendo dócil a mis santas inspiraciones

como Espíritu Santo, NO PECA.

El Amor hace cumplir los preceptos del Decálogo,

porque no se miente al prójimo.

Y COMO NO SE QUIERE HERIR AL AMADO:

DIOS

Se observa una conducta de justicia:

Y se es hijo amoroso, esposo fiel, no se estafa en el comercio,

no se es falso, ni violento.

No se exige nada con crueldad y se es sincero en todas las acciones.

La Fuerza del Amor Verdadero hace del hombre un ángel

y destruye la animalidad de los instintos, al aprender la Ley del Amor:

Dios es Amor.

Y PARA AMARLO,

HAY QUE AMAR TODO

3. Aunque repartiera todos mis bienes, y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha, 1 de Corintios 13

A TRAVÉS DE ÉL

Es así como se aprende a amar sin condiciones.

El Amor aplaca a los violentos y destruye los ídolos.

Nada se resiste al Amor;

porque es una Fuerza muy poderosa y un arma que desarma.

Solo el Demonio que es el Odio Perfecto;

es el único que resiste al Amor.

Él y los que se han vendido al Odio de manera voluntaria,

lo rechazan y se resisten.

Están sin amor y viven sin él,

con una vida sombría, desesperada, árida.

Sin una sonrisa nunca, sin un rayo de luz.

SE DEJAN ENVOLVER

POR EL ORGULLO, EL RENCOR,

Ningún bien humano por necesario que sea, puede colmar el VACÏO que deja la falta de Dios.

LA DESESPERACIÓN,

LA ENVIDIA, LOS CELOS,

LA DUREZA DE CORAZÓN,

LA MÁS GRANDE AMARGURA

Y LA MÁS ATERRADORA SOLEDAD.

Porque el Amor es el más profundo sentimiento misterioso,

que tiene su fuente en Dios

Y COMO FLECHA LANZADA POR EL ARCO

Se dirige hacia las almas.

Que pueden aceptarlo o rechazarlo.

El alma muere por la falta del Amor Perfecto.

Cuando se une la inteligencia con el Amor,

se encuentra la Verdad

y se miran las cosas con ojos buenos,

porque VALE MÁS LA BONDAD

QUE LA SABIDURÍA

Quién ama, descubre la huella de Dios en todas las cosas,

Y TODO LO AMA EN DIOS

La Oración es Amor.

A través de la Oración se pide y se obtiene el Amor para Amar.

EL QUE SE ABANDONA AL AMOR

Y PERMITE QUE SE CONVIERTA

EN UN INCENDIO DEVORADOR

QUE ELEVA EL ALMA HACIA DIOS

Y QUE TODO LO QUE TOCA

LO LLENA DE ÉL,

ES ENTONCES CUANDO SE AMA DE VERDAD.

UN EXORCISTA PRIVILEGIADO 8


PECADO Y LIBERACIÓN

Si reflexionamos con detenimiento todo el contenido de los  últimos artículos que completan el tema que nos ocupa;

entenderemos más claramente la URGENCIA DEL CIELO en los Llamados a la Conversión;

que tanto nuestro Señor Jesucristo, como la Madre de Dios, están haciendo a la Humanidad.

Y también nos hará reflexionar en la clase de cristianismo que estamos practicando.

Esperamos que la reflexión profunda que hagamos sobre este testimonio,

junto con la revelación que hizo Eduardo Verástegui en su última entrevista

y que repetimos a continuación:

En su entrevista, Verástegui confesó a Cala, que el secreto de sus 13 años de castidad

ES SU INTENSA VIDA ESPIRITUAL.

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Soy una persona muy débil y es por eso que tengo una disciplina espiritual.

Si me quitas mi disciplina espiritual,

SI ME QUITAS A DIOS DEL CENTRO DE MI VIDA,

YO COLAPSO EN DOS MINUTOS.

No puedo.

Vivo en un mundo lleno de tentaciones.

Y la capital de las tentaciones es nuestra carrera.”

Y yo no solo digo lo mismo que él, porque después que conocemos a Dios

¡YA NO ES POSIBLE VIVIR SIN ÉL! 

Realmente es preferible morir;

porque la vida sin Él carece de sentido y de objetivo

Que esto nos haga meditar en nuestra situación particular y si deseamos convertirnos,

Mi santo director espiritual, el Padre Tiberio María Munari, me enseñó

que la conversión debemos ejercerla TODOS los días…

Despertándonos diario con el deseo de ser mejores, aumentando nuestro anhelo de Dios,

y esforzándonos por ser mejores cristianos, creciendo en el Amor… Basta con que le digamos sencillamente a Jesús:

“Señor, ayúdame a cambiar.

Dame la conversión que necesito para conocerTe y amartTe. Amén”

Y sé bienvenido a las filas de los adoradores del Espíritu Santo.

MI APRENDIZAJE SOBRE EL PECADO

  1. Cuando hayas entrado en la tierra que Yahveh tu Dios te da, no aprenderás a cometer abominaciones como las de esas naciones.
  2. No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia,
  3. ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos.
  4. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahveh tu Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahveh tu Dios a esas naciones delante de ti.
  5. Has de ser íntegro con Yahveh tu Dios.
  6. Porque esas naciones que vas a desalojar escuchan a astrólogos y adivinos, pero a ti Yahveh tu Dios no te permite semejante cosa.
  7. Yahveh tu Dios suscitará, de en medio de ti, entre tus hermanos, un profeta como yo, a quien escucharéis.(Deuteronomio 18, 9-15)

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(Éxodo 20, 2-6)

2.- «Yo, Yahveh, soy tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre.

3.- No habrá para ti otros dioses delante de mí.

4.- No te harás escultura ni imagen alguna ni de lo que hay arriba en los cielos, ni de lo que hay abajo en la tierra, ni de lo que hay en las aguas debajo de la tierra.

5.- No te postrarás ante ellas ni les darás culto, porque yo Yahveh, tu Dios, soy un Dios celoso, que castigo la iniquidad de los padres en los hijos, hasta la tercera y cuarta generación de los que me odian,

6.- y tengo misericordia por millares con los que me aman y guardan mis mandamientos (Éxodo 20, 2-6)

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Durante los siguientes tres años, después de mi pentecostés personal;

estos dos pasajes bíblicos adquirieron su plena relevancia,

en el ministerio al cual había sido llamada.

Durante ese tiempo mi aprendizaje fue intensivo y en los años posteriores,

aunque de manera más esporádica;

nunca dejaron de presentárseme estos singulares combates.

Al año siguiente de mi conversión, conocí al que sería mi director espiritual por casi catorce años

y su oración, su sabiduría y su santidad;

me guiaron en el escabroso sendero por el que me llevaba la Voluntad Divina.

Era un misionero Xaveriano,

cuyo convento estaba no muy lejos de la colonia donde yo vivía

En la parroquia a la que pertenecía, él ayudaba al párroco con las misas matutinas

y presidía las asambleas de oración que los lunes de cada semana,

seguían después de la Misa de 7 pm. En el Templo de Nuestra Señora de los Dolores.

También supervisaba los diferentes ministerios y los grupos de evangelización

que se habían formado.

En todo ese tiempo, el ministerio de sanación y liberación era conducido por Jesús

a través de mi indigna persona.

Y asistí a más de quinientas liberaciones.

Lo que había aprendido en la casa de Alfonso era esto:

La confesión frecuente y la Eucaristía diaria,

además del Rosario meditado con lecturas bíblicas,

rezado en grupo por los demás y con maravillosas alabanzas, cantadas con fervor

y adoración a la Santísima Trinidad, a María y al Espíritu Santo;

eran el baluarte de nuestro grupo de guerreros oradores por la Liberación.

Siempre cuando había oportunidad,

le preguntábamos al Señor en cada caso en particular;

que era lo que ÉL quería hacer…

Y Él nos señalaba con instrucciones precisas;

cuantos días de ayuno y oración requeríamos y nos mostraba la estrategia a seguir.

Pues Jesús sabía de antemano, cómo se desarrollaría la nueva Guerra,

que también era una prueba de Fe y una nueva lección para nosotros..

«Ve y vence. Ve y conquista. Ve y nunca olvides que eres un guerrero de Dios. Habla con autoridad. Camina con seguridad. ERES HIJO DEL REY»

Porque Satanás siempre utilizaba diferentes tácticas para atacarnos

y también variaba sus estrategias;

tratando de aterrorizarnos y vencernos.

Pues cada liberación era un auténtico combate cuerpo a cuerpo, 

en esta batalla espirituaL.. 

Porque cada liberación era única,

así como cada persona era diferente;

como únicas y diferentes eran también las almas que requerían nuestra ayuda

y distintos los pecados cometidos

y los espíritus que estaban atormentando a los individuos.

Nuestras batallas más duras y más llenas de espectacularidad,

eran contra las posesiones por los pecados de idolatría y el espíritu de Lujuria.

Llegué a presenciar combates que en comparación,

lo sucedido con David era como un juego de niños.

Y varias veces los que terminábamos experimentando algo similar

a los efectos especiales de la película Matrix,

éramos los guerreros que tratábamos de liberar,

al que sufría la esclavitud por el Maligno.

Lo más penoso, eran las venganzas.

Porque el Infierno es experto en desquitarse de lo que considera agravios insultantes…

Y más infligidos por una ‘perra y estúpida mujercilla’, como me llamaban a mí.

Porque como machistas, son maestros y nadie los supera.

Yo aprendí a lidiar con todo eso…

Y le entregaba todo al Señor.

Pero en una ocasión en que fue especialmente dolorosa y terrible

la venganza que tuve que soportar…

Como la paciencia no es mi atributo principal,

renegué y me porté como toda una mocosa majadera, en el apogeo de su berrinche y…

Le reclamé a Jesús:

–          ¿Por qué tengo que hacer el trabajo de tus obispos?

Yo no tengo la culpa que ellos no quieran sufrir, ni boxear

o andar de toreros espontáneos…

con las huestes de horrorosos diablos que pululan por todas partes,

atormentando a los que no quieren entender las consecuencias de sus pecados.

Jesús me miró tan, pero TAN TRISTE;

que yo me sentí como el microbio más patético y despreciable que pudiera existir…

Y sentí tanto arrepentimiento, que llorando le pedí perdón…

ENOJO

Y le prometí que ya no me volvería a portar mal con Él.

Qué siempre cumpliría con mi ministerio, en donde quiera y como fuera;

tan sólo por hacerlo feliz a ÉL.

Pero me sentía tan desconsolada, que le dije a Jesús:

–          Señor.

¿Por qué no les abres a TODOS, los ojos espirituales;

para que contemplen la realidad de su situación con respecto al pecado?

Y Él me contestó muy serio:

–          ¿Quieres que se mueran de un infarto?

Su Infinito Amor y su Infinita Paciencia, también nos protege de nosotros mismos.

Pero mientras tanto le destrozamos su Sacratísimo Corazón,

con todas nuestras estúpidas frivolidades.

Recuerdo que en una ocasión, la lucha era totalmente feroz

en una liberación muy especial;

para la cual Jesús nos había prevenido de manera muy particular

y donde había Demonios muy poderosos por el incesto, la perversión

y el satanismo juntos.

En aquellos días, Jesús todavía no me había prohibido usar pantalones,

que era una de mis prendas favoritas.

Y yo, ya había adquirido experiencia y la voz ya NO me temblaba,

cuando de apabullar a Satanás se trataba.

 Y si alguien ajeno hubiese entrado a nuestro recinto de combates,

hubiera visto como la que  parecía suspendida del techo era yo;

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pues era sostenida alrededor de mi cuerpo por una mano invisible y horrorosa,

que abarcaba casi toda mi cintura, que en aquel entonces medía alrededor de 66 cm.

Y el Maligno me sostenía agarrada, como si yo fuera una muñeca;

amenazando con arrojarme, con su colosal fuerza… 

Yo había visto sus intenciones.

Pero en lugar de amedrentarme, la adrenalina que corría por mis venas,

me hizo reaccionar desafiante y…

Le grité a Lucifer:

–          ¿Vas a matarme?

¿Ya le pediste permiso a Jesús, Señor de la Vida y de la Muerte?

Porque te advierto que te voy  a costar muy cara.

Y el castigo que ya te dieron,

no será nada, comparado con el que te voy a proporcionar yo.

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POR LA SANGRE PRECIOSÍSIMA DE JESUCRISTO

LES ORDENO:

SI NO SE LARGAN TODOS

EN ESTE MISMO INSTANTE,

LAMENTARÁN EL DÍA QUE ENTRARON

A POSEER A ESE HIJO DE DIOS.

¡¡¡¿Entendieron?!!!

¿O quieren que se los explique con palitos y bolitas?

Anda, ¡LÁNZAME!

¿Crees que te tengo miedo?

¡Mira!…

 Y comencé a cantar  el Magníficat con un gozo inefable…

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Más o menos a la mitad del Himno, todo quedó suspendido como por encanto.

Y se hizo un silencio sepulcral.

De repente me descendieron del techo con una suavidad muy delicada.

(Como soy ciega y sorda espiritual, no estoy segura.

Ahora que lo pienso, tal vez fue mi Ángel de la Guarda)

Y cuando todo terminó, todos parecíamos boxeadores de peso mosca,

que hubieran luchado quince rounds con un gigantón de peso completo.

Esa vez duré tres días en cama, hasta con fiebre;

pero todos estábamos muy contentos…

La única huella extraordinaria de lo que había pasado,

fue una quemadura con la forma de una mano gigantesca,

que por el frente mostraba la silueta perfecta de un pulgar alargado con una uña tremenda.

Y alrededor de mi costado se veía la palma,

y casi toda la parte central y baja de mi espalda,

mostraba cuatro dedos enormes,

que se llenaron de un montón de pequeñas ampollas que parecían burbujas…

La quemadura tenía el aspecto del empaque que se usa,

para proteger artículos tecnológicos…

Mi hermana me curó con la pomada amarilla que se utiliza para las quemaduras,

y los siguientes quince días, tuve que dormir cuidadosamente recostada

sobre el lado que no había sido lastimado, hasta que mi lesión sanó.

Y que me mantuvo casi inmovilizada, porque era extremadamente dolorosa…

Lo más extraño, es que mi blusa de seda blanca que me gustaba tanto,

¡Estaba intacta! 

Esto fue un doloroso recordatorio, de que tampoco Satanás anda con juegos…

Y nuestros combates no eran ficciones psicológicas…

Increíblemente, todos estos sufrimientos aumentaban mi deseo de vencerlos,

demostrarles que tampoco ellos eran intocables…

Y ¡Qué no éramos unos ratones asustados por su prepotencia y sus ostentaciones de poder…

Que también eran magistrales,

y nos obligaban a reaccionar de formas extraordinarias…

Con cada liberación, siempre aprendía una nueva lección

sobre las consecuencias de nuestra ligereza en el pecar.

Combatir con Satanás era magistral,

y en cada ocasión aumentaba nuestro adiestramiento

y el caudal de conocimientos que nos hacía comprender más, el sufrimiento humano

y nuestra participación directa e involuntaria por nuestra ignorancia,

con los pecados que todos cometemos.

Y que sin la extraordinaria capacitación que yo estaba recibiendo de manera tan insólita,

jamás hubiera comprendido y asimilado en toda su pavorosa dimensión:

La terrible realidad de lo que significa verdaderamente el Pecado

y lo que se esconde detrás de él.

No hay pecados triviales.

Por eso Jesús insiste tanto en que seamos santos y perfectos.

El Pecado nos deforma y nos enferma también físicamente;

aparte de separarnos de Dios

Y permite a Satanás, que ejerza un dominio completo sobre nuestros pensamientos

y nuestros sentimientos.

Terminando con un control tiránico e implacable, sobre nuestra conducta.

Si todos los hombres reflexionaran en esto, se vaciarían los gimnasios y se llenarían las iglesias.

Porque es mucho más importante la belleza y la salud del alma, que la del cuerpo.

A éste se lo comerán los gusanos, pues estamos sujetos a la corrupción de la tumba.

Pero las del alma, nos acompañarán por toda la Eternidad

y regenerarlas en el más allá,

está mucho más que complicado.

Solamente en el Purgatorio podremos sanar..

381 PARA LOS EXORCISTAS


381 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret.

Esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.

Ya ha oscurecido y la luna se levanta tarde, así que han encendido una pequeña

hoguera para aclarar la noche;

Una noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo

próximas lluvias.

Y es bonito estar allí, todos unidos:

las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María;

los hombres aquí arriba.

Y en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas,

Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas.

Deben haber referido lo del epiléptico curado al pie del monte y todavía siguen los

comentarios al respecto.

Simón de Alfeo exclama:

–        ¡Vamos, que has hecho falta Tú!

¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada,

a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes,

ha convencido a esos cernícalos!

Dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón:

–        Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.

–        ¡Ya, claro!

Me parecía que hablaban bien, ¿No es verdad?

Hermas agrega:

–        Muy bien.

Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús.

Y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz

cuando el Maestro hizo el milagro;

mientras que cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento

–        ¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte!

¡No se quería marchar!

Pero, ¿Cómo es que no lo tenía continuamente poseído?

–        ¿Era un espíritu rechazado, solitario?

¿O era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?

Jesús responde espontáneamente:

–        He explicado varias veces que toda enfermedad,

siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás.

Y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y

hacer blasfemar contra Dios.

El niño era un enfermo, no un poseído.

Un alma pura.

Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio,

que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.

Judas pregunta:

–        ¿Y por qué, si era una simple enfermedad,

no hemos podido resolverlo nosotros?

Tomás agrega: .

–      ¡Sí, eso!

Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado,

no hayan podido hacer nada.

Pero nosotros..

Y Judas de Keriot que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces

con el muchacho

y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación con convulsiones dice:

–        Pero nosotros…

Hasta parecía que se le empeorase.

¿Recuerdas, Felipe?

Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía.

Me dijo incluso: «¡Vete! De los dos el más demonio eres tú».

Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.

Jesús pregunta como sin interés:

–        ¿Y ello te ha dolido?

–         ¡Claro que sí!

No es una cosa bonita que se burlen de uno.

Y no es útil cuando se es apóstol tuyo.

Se pierde autoridad.

Judas está tan ciego a la Verdad,

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes…. 

que no reconoce que el Demonio le dió la razón, por la cual es un apóstol indigno...

–        Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad,

aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.

–        De acuerdo.

Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder;

para no sufrir otra vez ciertas derrotas.

–        Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder.

Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores.

Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido

cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir

esperando mayores triunfos.

Judas pregunta:

–        ¿Lo dices por mí, Señor?

–        Tú sabrás si lo mereces.

Hablo a todos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?

–        Oración y ayuno.

No se necesita nada más.

Orad y ayunad.

Y no sólo en la carne.

Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho.

El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma.

Y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno

está somnoliento y pesado.

Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. 

Que mañana al amanecer todos,

menos Mannahém y los discípulos pastores,

estén en el camino de Caná.

La paz sea con vosotros.

Y retiene a Isaac y a Mannahém y da particulares instrucciones para el día siguiente,

día de la partida para las discípulas y María,

que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara, empiezan el peregrinaje pascual. –

Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano.

Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot.

Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis, con la otra que os

he dado hace poco.

Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania

y decid que me esperen para la luna nueva Nisán.

Poco podré tardar a partir de ese día.

Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas.

Pero estoy tranquilo de que estarán seguras.

Partid.

Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.

Los bendice.

Y mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto.

Y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre,

que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje

y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoc

375 PERSECUCION Y MARTIRIO


375 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la comitiva apostólica, ya no caminan.

Corren.

Corren con la nueva aurora, aún más esplendorosa y genuina que las anteriores;

adornada con todo un destellar de gotas de rocío que llueven, junto con pétalos

multicolores, sobre cabezas y prados.

Para poner tonalidades de flores deshojadas junto a las ya innumerables de las

florecillas de las márgenes y del interior, que se yerguen sobre sus tallos.

Y para encender nuevos diamantes en los hilos de hierba reciente.

Corren entre cantos de aves en celo y de brisa ligera, de risueñas aguas,

que suspiran o arpegian: pasando entre las ramas,

acariciando el heno y los cereales.

que crecen día tras día o fluyendo entre las márgenes,

Y alejándose, plegando delicadamente los tallos que tocan las límpidas aguas.

Corren como si fueran a un banquete de amor.

Incluso los mayores maduros como Felipe, Bartolomé, Mateo, el Zelote,

comparten la alegre prisa de los jóvenes.

Y lo mismo sucede entre los discípulos:

los más viejos emulan a los más jóvenes en andar deprisa.

No se ha secado todavía el rocío en los prados

cuando llegan a la zona de Betsaida

comprendida en el poco espacio que hay entre el lago, el río y el monte.

Y del bosque del monte, desciende por un sendero un jovencito corvo bajo el peso

de un haz de ramas.

Baja raudo, casi corriendo.

Por la postura no ve a los apóstoles…

Canta contento, corriendo así, bajo su haz de leña.

Cuando llega al camino principal, a la altura de las primeras casas de Betsaida,

deja caer al suelo su carga y se endereza para descansar.

Y echa hacia atrás sus cabellos oscuros.

Alto y fino, derecho, de cuerpo fuerte y extremidades ágiles y delgadas, también

fuertes: una bonita figura juvenil.

Andrés dice:

–        Es Margziam.

Pedro le responde:

–        ¿Estás mal de la cabeza?

Ése es un hombre ya.

Andrés pone abocinadas las manos en la boca y lo llama con fuerza.

El jovencito, que estaba agachándose para coger de nuevo la carga, tras haberse

ceñido bien con el cinturón la corta túnica, que apenas si le llega a las rodillas,

y que está abierta en el pecho, porque probablemente ya no cabe en ella…

Se vuelve en la dirección del reclamo y ve a Jesús, a Pedro y a los demás,

que lo están mirando,

parados junto a un grupo de sauces llorones que sueltan sus

frondas en las aguas de un ancho arroyo;

el último afluente del Jordán por la izquierda antes del lago de Galilea y situado

justamente en donde empieza el pueblo.

Deja caer el haz, alza los brazos,

y grita:

–        ¡Mi Señor! ¡Mi padre!.

Y se lanza de carrera.

Pero también Pedro se echa a correr,

vadea el arroyo sin quitarse siquiera las sandalias, limitándose a remangarse las

vestiduras, para correr luego por el camino polvoriento,

dejando las grandes señales húmedas de sus sandalias marcadas en el terreno seco

Se encuentran los dos exclamando:

–        ¡Padre mío!

–        ¡Hijo mío querido!

Están recíprocamente, el uno entre los brazos del otro.

Y verdaderamente, Margziam es tan alto como Pedro,

de forma que sus cabellos oscuros, durante el beso de amor, caen sobre el rostro de

Pedro; de todas formas, siendo esbelto, parece más alto que Pedro.

Pero Margziam se separa del dulce abrazo y prosigue su carrera hacia Jesús,

que ya está en esta parte del arroyo y viene caminando lentamente en medio de la

corona de los apóstoles.

Margziam cae a sus pies, con los brazos levantados,

y dice:

–        ¡Oh, mi Señor, bendice a tu siervo!

Mas Jesús se inclina, lo pone de pie, lo acerca a su corazón,

lo besa en las dos mejillas,

y le desea

–        «Continua paz y crecimiento en sabiduría y en gracia, en los caminos del Señor.

También los demás apóstoles saludan jovialmente al jovencito:

especialmente los que no lo veían desde hacía meses le manifiestan su contento

por su desarrollo.

¡Pero Pedro! ¡Ah, Pedro!…

¡Si lo hubiera procreado él, no se sentiría tan contento!

Da una vuelta alrededor de Margziam, lo mira, lo toca… 

Y pregunta a éste o a este otro:

–        ¿No es acaso guapo?

¿No está bien modelado?

¡Fijaos que derecho! ¡Qué pecho tan alto! ¡Qué piernas más derechas!…

Un poco delgado, con poco músculo todavía. ¡Pero promete!

¡Verdaderamente promete mucho!

¡Y la cara!

Observad y decidme si parece ahora esa criaturita que llevaba en brazos el año

pasado y me parecía como llevara un pajarillo:

desnutrido, apagado, triste, asustadizo…

¡Hay que ver Porfiria!

¡Verdaderamente lo ha hecho muy bien, con toda su miel, mantequilla, aceite,

huevos, hígado de pescado.

Merece que se lo diga inmediatamente.

Y Pedro pregunta a Jesús:

–         ¿Me dejas Maestro, ir donde está mi esposa?

Jesús responde: 

–        Ve, ve, Simón.

Yo iré pronto.

Margziam, todavía de la mano de Jesús,

dice

–        Maestro…

Estoy seguro de que mi padre encargará a mi madre que haga de comer.

Déjame dejarte para ayudarla…

–        Ve.

Y que Dios te bendiga por honrar a quienes son para ti padre y madre.

Margziam toma de nuevo su haz de leña, se lo carga, y se marcha corriendo,

da alcance a Pedro y camina al lado de él.

Bartolomé observa:

–         Parecen Abraham e Isaac subiendo el monte.

Simón Zelote dice:

–        ¡Pobre Margziam!

¡Sólo faltaría eso! Y Andrés agrega: 

–         ¡Y pobre hermano mío!

No sé si sería capaz de hacer de Abraham…

Jesús lo mira

luego mira la cabeza entrecana de Pedro, que se va distanciando al lado de su

Margziam,

y dice:

–        En verdad os digo que llegará un día en que Simón Pedro sentirá alegría al

saber que su Margziam ha sido encarcelado, herido, flagelado,

colocado ante el umbral de la muerte.

Y que se sentiría con fuerzas incluso de extenderlo con su propias manos sobre el

patíbulo para revestirlo de la púrpura de los Cielos.

Y para fecundar con la sangre del mártir la tierra;

envidioso y afligido sólo por un motivo: por no estar él en el lugar de su hijo

y subalterno, porque su elección como Jefe supremo de mi Iglesia le obligará a

reservarse para Ella hasta que Yo le diga:

«Ve a morir por ella»

Vosotros no conocéis todavía a Pedro.

Yo lo conozco.

Andrés pregunta:

–        ¿Prevés el martirio para Margziam y mi hermano?

–         ¿Te duele, Andrés?

–        No.

Lo que me duele es que no lo preveas también para mí.

–        En verdad, en verdad os digo que seréis revestidos todos de púrpura,

menos uno.

Todos inquieren:

–       ¿Quién? ¿Quién?

Jesús responde triste y solemne: 

–        Dejemos el silencio sobre el Dolor de Dios.   

Y todos callan atemorizados y pensativos

Entran en la primera calle de Betsaida, entre huertas llenas de plantas tiernas.

Pedro, con otros de Betsaida, está llevando a un ciego a la presencia de Jesús.

Margziam no está.

Sin duda se ha quedado a ayudar a Porfiria.

Con los de Betsaida y los padres del ciego,

hay muchos discípulos venidos a Betsaida

de Sicaminón y otras ciudades;

entre éstos, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan y Juan el escriba y muchos otros.

Pedro explica: 

–        Te lo he traído, Señor.

Estaba aquí esperando desde hace varios días. 

 Mientras el ciego y sus padres entonan una nenia de

–        «¡Jesús, Hijo de David, piedad de nosotros!»,

«Pon tu mano en los ojos de mi hijo y verá»,

«¡Ten piedad de mí, Señor!

¡Yo creo ti!»

Jesús toma de la mano al ciego y retrocede con él unos metros para resguardarlo

del sol, que ya inunda la calle.

Lo arrima a la pared cubierta de follaje de una casa, la primera del pueblo.

Y Él se pone de frente.

Se moja de saliva los dos índices

y le restriega los párpados con los dedos húmedos;

luego le aprieta los ojos con las manos:

La base de la mano en la concavidad de las órbitas y los dedos abiertos

y metidos entre los cabellos del desdichado.

Así ora.

Luego le quita las manos.

Y le pregunta:

–        ¿Qué ves? 

El hombre responde:

–        Veo hombres

Son sin duda hombres.

Pero así me imaginaba los árboles vestidos de flores; pero son hombres, porque

andan y gesticulan en dirección a mí.

Jesús impone otra vez las manos y las vuelve a quitar,

Y dice:

–        ¿Y ahora?

–         ¡Ahora veo bien la diferencia entre los árboles plantados en la tierra

y estos hombres que me están mirando!... ¡Y te veo a Ti!

¡Que hermosura la tuya!

Tus ojos son iguales que el cielo y tus cabello parecen rayos de sol…

Y tu mirada y tu sonrisa son propios de Dios

¡Señor, te adoro!

Y se arrodilla para besarle la orla de su túnica.

Jesús le dice:

–        Levántate y ven adonde tu madre… 

Que durante tantos años ha sido para ti luz y consolación…

Y de la cual no conoces otra cosa sino el amor.

Lo toma de la mano y lo lleva a su madre,

que está arrodillada a algunos pasos de distancia, en actitud de adoración,

de la misma forma que antes estaba en actitud

de súplica.

Jesús le dice:

–        Levántate, mujer.

Aquí tienes a tu hijo, que ve la luz del día.

Quiera su corazón seguir la Luz eterna.

Ve a casa. Sed felices.

Y sed santos por agradecimiento a Dios.

Pero, al pasar por los pueblos,

no digáis a ninguno que te he curado, para que la

muchedumbre no se desplace aquí enseguida para impedirme ir a donde es justo

que vaya a llevar confirmación en la fe.

Y luz y alegría a otros hijos de mi Padre.

Y rápido, por un senderillo que discurre entre huertos,

se escabulle en dirección hacia la casa de Pedro,

donde entra saludando a Porfiria con su dulce saludo.

372 MILAGRO DE VIDA


372 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Terminada la comida en la casa hospitalaria,

Jesús sale con los doce, los discípulos

y el anciano dueño de la casa.

Vuelven al «manantial grande».

Pero no se detienen allí.

Siguen el camino siempre subiendo en dirección norte.

El camino que han tomado, aunque vaya muy cuesta arriba, es cómodo,

porque es un verdadero camino,

por el que pueden transitar incluso carros y cabalgaduras.

En su parte más alta, en la cima del monte,

hay un macizo castillo o fortaleza

si se prefiere, que causa estupor por su forma singular.

Parece formado por dos construcciones colocadas a algunos metros de desnivel

una de la otra, de manera que la más retrasada y al mismo tiempo la más belicosa,

está más alta que la otra, a la que domina y defiende.

Hay un alto y ancho muro, sobre el cual se levantan torres cuadradas,

bajas pero sólidas, entre las dos construcciones que, aun siendo así,

son una única construcción,

porque está rodeada por un único cerco de murallas

de bloques de piedra almohadillados, murallas derechas o un poco oblicuas en la

base para sostener mejor el peso del bastión.

Pero los dos lados norte y sur caen a pico, formando una unidad con el monte,

que está aislado y desciende también a pico por esos dos lados.

Y el lado oeste presentará las mismas características.

El anciano Benjamín, por ese sutil orgullo propio de todo ciudadano respecto a su

ciudad, ilustra el castillo del Tetrarca, que es además de castillo, lugar de defensa de

la ciudad, y enumera su belleza y fortaleza, su solidez, las comodidades de las

cisternas y pilones para e1 agua;

y del amplio espacio,

las facilidades de su vasto radio de visión, de su posición, etc. etc.

–        Los romanos también dicen que es bonito.

¡Y ellos entienden de castillos!… – termina el anciano.

Y añade:

–        «Conozco al administrador.

Por eso puedo entrar.

Os voy a enseñar el más amplio y bonito panorama de Palestina».

Jesús escucha benigno.

Los otros sonríen un poco:

¡Ellos que han visto tantos panoramas!..

Pero el anciano es tan bueno que no tienen corazón para contrariarlo y secundan su

deseo de mostrar cosas bonitas a Jesús.

Llegan a la cima.

La vista es verdaderamente bonita ya incluso desde la plazoleta que hay delante del

portón de entrada guarnecido de hierro.

Pero el anciano dice:

–          ¡Venid, venid!…

Dentro es más bonito.

Vamos a subir a la torre más alta de la ciudadela. Veréis…

Y penetran en el oscuro pasaje abierto

en la muralla de bastantes metros de anchura.

Van hasta un patio.

Allí están esperándolos el administrador y su familia.

Los dos amigos se saludan y el anciano explica el objeto de la visita. –

¡        El Rabí de Israel!

¡Qué pena que no esté Filipo!

Deseaba verlo, porque su fama ha llegado hasta aquí.

Filipo estima a los rabíes verdaderos,

porque son los únicos que han defendido sus derechos,

y también por desdén hacia Antipas, que no los estima.

¡Venid, venid!… 

El hombre, al principio, ha mirado un momento a Jesús;

luego ha decidido honrarlo con una reverencia digna de un rey.

Cruzan otro pasaje.

Aparece un segundo patio y una nueva poterna que da acceso a un tercer patio.

Pasado éste, hay una profunda cárcava y el murallón torreado de la ciudadela.

Caras curiosas de armígeros o domésticos se asoman por todas partes.

Entran en la ciudadela.

Y luego, por una estrecha escalera, suben al bastión, y de éste a una torre.

En la torre entran sólo Jesús y el administrador,

Benjamín y los doce.

Más no podrían, porque ya están apretados como sardinas.

Los otros se quedan en el bastión.

¡Qué vista, cuando desde la torre Jesús y los que están con Él,

salen a la terracita que corona la torre y asoman todos la cabeza

por el alto parapeto de bloques de piedra!

Asomándose hacia el precipicio que hay en este lado oeste,

el más alto del castillo, se ve toda Cesárea,

extendida a los pies de este monte y se ve bien,

porque ella tampoco es llana, sino que está construida sobre suaves ondulaciones.

Más allá de Cesárea, se extiende toda la fértil llanura que precede al lago Merón.

Y parece un pequeño mar de un verde tierno, con tornasoles de aguas de turquesas

claras, resplendentes en la vasta llanura glauca cual jirones de cielo sereno.

Y luego graciosas colinas dispuestas como collares de un esmeralda oscuro irisado

con la plata de los olivos, esparcidos acá o allá en los confines de la llanura.

Y penachos esponjosos de árboles que florecen…  

O bolas compactas de árboles ya florecidos…

Y, mirando hacia el norte y hacia oriente se ve el Líbano potente,

el Hermón que brilla bajo el sol con sus nieves perladas y los montes de Iturea;

y el valle del Jordán,

por la cavidad comprendida entre los collados del mar de Tiberíades

y los montes de la Galaunítida,

aparece en un atrevido recorte, para perderse luego en lejanías de ensueño.

Jesús exclama:

–        ¡Bonito!

¡Bonito! ¡Muy bonito!

Mientras mira con admiración y parece bendecir y querer abrazar estos lugares tan

hermosos con su rostro sonriente y sus brazos abiertos.

Y responde a los apóstoles, que piden una u otra explicación,

señalando los lugares donde han estado,

las comarcas y las direcciones en que éstas se encuentran.

Bartolomé dice:

–        Pero no veo el Jordán.  

Jesús explica:

 –         No lo ves… 

Pero está allá, en aquella extensión entre dos cadenas montañosas; al pie de esa de

poniente está el río.

Bajaremos por allí, porque la Perea y la Decápolis todavía esperan al Evangelizador.

Pero entretanto se vuelve, preguntando casi al aire, por un quejido largo, ahogado,

que no es la primera vez que hiere su oído.

Y mira al administrador como para preguntarle qué sucede.

El hombre explica:

–        Es una de las mujeres del castillo.

Una mujer casada. Va a tener un niño.

El primero y el último, porque su marido murió en las calendas de Kisléu.

No sé si vivirá siquiera, porque la mujer, desde que se ha quedado viuda,

no hace sino consumirse en llanto.

Es un espectro.

¿Oyes?

Ni siquiera tiene fuerza para gritar…

Claro que… viuda a los diecisiete años…

Y se querían mucho.

Mi mujer y su suegra le dicen: «En tu hijo tendrás de nuevo a Tobit».

Pero son palabras…

Bajan de la torre y pasan por los bastiones, admirando el lugar y el panorama.

Luego el administrador los invita ofreciéndoles unas bebidas y fruta a los visitantes;

Entran en una vasta habitación de la parte anterior del castillo,

a donde los siervos traen las cosas requeridas.

El quejido es más desgarrador y más cercano.

El administrador presenta disculpas por ello,

incluso porque el hecho tiene ocupada a su mujer

y no puede venir con el Maestro.

Pero al lamento de antes sigue un griterío aún más doloroso.

Y hace suspender en el aire las manos que traen la fruta o las copas en las bocas.

El administrador dice:

–        Voy a ver qué ha sucedido.

Y sale, mientras la cacofonía de gritos y llantos penetra aún más

intensamente por la puerta entreabierta.

Vuelve el administrador,

diciendo:

–        Se le ha muerto el niño nada más nacer…

¡Qué congoja!

Está tratando de reanimarlo con sus fuerzas huidizas…

Pero ya no respira. ¡Está negro!…

Y menea la cabeza, para concluir:

–        «¡Pobre Dorca!».

Jesús dice:

–        Tráeme al niño. 

–        ¡Pero si está muerto, Señor!         

–        Tráeme al niño, te digo.

Como está.

Y di a la madre que tenga fe.

El administrador se marcha corriendo.

Vuelve:

–        No quiere.

Dice que no se lo deja a nadie. Parece loca.

Dice que lo que queremos es quitárselo.

–          Llévame a la puerta de su habitación.

Que me vea.

–        Pero…

–         ¡No te preocupes!

Ya me purificaré después, si acaso…

Van raudos por un corredor oscuro hasta una puerta cerrada.

Jesús mismo la abre y se queda en el umbral,

frente a la cama, donde una liviana criatura alabastrina aprieta contra su corazón,

a una criaturita que no da señales de vida.

Jesús la saluda:

–         La paz a ti, Dorca.

Mírame. No llores.

Soy el Salvador. Dame a tu pequeñuelo…

Ella lo mira pasmada…

Y en el primer momento, al verlo, había apretado ferozmente

al recién nacido contra su corazón,

Pero algo en la Voz de Jesús,

hace que desaparezca la desesperación

y ahora lo mira con sus ojos acongojados y dementes,

se abren a una luz dolorosa pero llena de esperanza.

Cede a la criaturita envuelta en paños delicados a la mujer del administrador…

Y se queda allí, con las manos extendidas hacia delante, con la vida,

con la fe en sus ojos dilatados;

sorda a las súplicas de la suegra,

que querría ponerla cómoda sobre las almohadones,

Jesús toma el fardito de carnes semifrías y de paños.

Mantiene al pequeñuelo derecho por las axilas.

Apoya su boca en los minúsculos labios entreabiertos,

curvado hacia adelante porque la cabecita pende hacia atrás.

Sopla fuerte en la inerte garganta…

Está un instante con los labios apoyados en la boquita, luego se separa…

Y un piar de pajarillo tiembla en el aire inmóvil…

Un segundo, más fuerte… un tercero… 

Hasta que finalmente, se escucha un verdadero vagido mientras oscila la cabecita,

se agitan las manitas y los piececitos…

Y contemporáneamente, durante el largo, triunfal llanto del recién nacido,

toma color la cabecita pelada, la carita minúscula…

Le responde el grito de la madre:

–        ¡Hijo mío!

¡Mi amor! ¡La semilla de mi Tobit!

¡En el corazón!

¡En el corazón de tu mamá… para que muera feliz!…

Dice con un susurro que se apaga en un beso

y en una reacción comprensible de abandono.

Las mujeres gritan:

–        ¡Se muere! 

Jesús objeta:

–        No.

Entra en un merecido descanso.

Cuando se despierte, decidle que al niño le ponga por nombre Iesaí Tobit.

La paz sea con vosotras.

Cierra de nuevo, lentamente, la puerta.

Y se vuelve para regresar adonde estaba antes, adonde sus discípulos.

Pero están todos allí,

montón conmovido que ha presenciado y que ahora lo mira con maravilla.

Vuelven juntos al patio.

Saludan al estupefacto administrador, que no hace sino repetir

–        ¡Cuánto va a sentir el Tetrarca no haber estado!

Y emprenden de nuevo la bajada para volver a la ciudad.

Jesús pone la mano en el hombro del anciano Benjamín,

diciendo:

–        Te agradezco lo que nos has mostrado…

Y el haber sido la razón de un milagro…

358 EL JUEGO DE LA NIGROMANCIA


358 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío.

Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver

un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Juan dice:

–        Ahora bien, si Yo por mí mismo ya hubiera seleccionara a quien merece el Milagro,

el Amor, la Palabra de Dios.

y a QUIEN   

NO LA MERECE… 

Podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad,

Para que los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos,

¡Y vaya que gritarían fuerte el día de su Juicio Individual!

“¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!”

Pero esto no podrán decirlo…

O sea, lo dirán mintiendo una vez más.

Y serán juzgados por ello».

Mateo pregunta:

–        ¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo?

–          Eso no lo sé.

No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos.

Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida

no son réprobos, aunque crean en otras religiones.

Pero se lo podemos preguntar.

Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal,

en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

Su hermano Santiago, observa:

–    El Maestro habla mucho contigo.

Y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos.

–        Culpa tuya y vuestra.

Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan,

como si fuera una persona muy necia.

Pero no me importa dar esta imagen.

Me basta con conocer su pensamiento.

Y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío.

Deberíais hacer lo mismo vosotros.

¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué?

¿De ser ignorantes?

¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas?

Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche.

Lo dice siempre…

Y me lo digo siempre, para prepararme a la separación…

Pero siento que significará siempre un gran dolor…

Andrés exclama:

–          ¡No me lo recuerdes!

Y repiten lo mismo los otros.

Y suspiran.

Judas Tadeo pregunta a Santiago.

–          Pero, ¿Cuándo sucederá?

Dice siempre: «Pronto».

Pero «pronto» puede ser dentro de un mes o de años.

Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido…

Santiago de Alfeo palidece visiblemente y agacha la cabeza.

Tadeo pregunta:

–         ¿Qué te pasa, hermano?

Te estás poniendo muy pálido…

–        ¡Nada, nada! Pensaba…

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…

–          ¡Pero si se te saltan las lágrimas!

¿Qué te pasa?…

–         No más que lo que os pasa a vosotros…

Pensaba en cuando estemos solos.

Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo.

Y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Pregunta:

–         ¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando,

como un cormorán en día de tempestad?

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori.

Mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo.

Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen,

hacia la vía principal son Tomás y Judas.

Y varios se preguntan:

–       ¡Atiza!

–        ¡Aquí?

–        ¿Precisamente aquí?

–         ¿Y qué hacen aquí?

–        De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades…

Zelote que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza,

en el corazón de muchos.

dice con prudencia:

–        Quizás venían buscando a los discípulos.

Era su misión.

Mateo aconseja:

–        Vamos a acelerar el paso.

Jesús está solo y parece que nos espera…

Van.

Y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.

Jesús está palidísimo…

Tanto que Juan pregunta:

–        ¿Te encuentras mal?

Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación.

Mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre;

pero que se pone serio mirando al Maestro, tan  manifiestamente cambiado.

Y pregunta solícito:

–          ¿Has estado enfermo?

Jesús responde:

–          No, Tomás.

En absoluto. ¿Y tú?

¿Has estado bien, contento?

–          Yo sí, Señor.

Siempre bien y siempre contento.

Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón.

Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo.

Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo.

He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste.

Luego vino Judas…

Y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo…

Donde había discípulos.

Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco.

Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.

Jesús lo deja.

Y ahora es el turno de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco,

desenvuelto, triunfante.

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás.

Y las palabras que siguen son afectuosas.

Jesús pregunta:

–          ¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte?

¿Está bien esa santa mujer?

Judas responde alegremente:

–          Sí, Maestro.

Y te bendice por haberle enviado a su Judas.

Quería mandarte unos presentes.

Pero, ¿Cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles?

Puedes estar tranquilo, Maestro.

Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente.

La idea se va extendiendo cada vez más.

Yo he querido personalmente,

controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a Ti.

He tratado con saduceos, herodianos…

¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!…

¡Pero, por amor a Ti, haré esto y más!

He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas.

Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a Ti.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal...

No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber.

Y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre.

He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido;

porque merecían rayos y no bendiciones.

Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya.

Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre;

mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos

que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza.

Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas,

para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en una situación

sospechosa ante los que caminan hacia la conversión…

¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!…

Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho:

«Bueno, pues si las cosas están exactamente así…

Pensábamos que estaban de otro modo.

Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…».

Simón Zelote que se ha contenido hasta ese momento, pero no más.

Y está lívido por el esfuerzo hecho.

lo interrumpe:

–          No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros»

–         ¿Y quién ha dicho eso?

¡Todo lo contrario!

José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: «¿Por qué estás tan alterado?»

Le conté todo.

Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo,

Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega.

Porque los has despedido, ¿No es verdad?

Judas lo pregunta mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache,

brillantes hasta la fosforescencia.

Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo,

dice sereno:

–         Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho.

Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

–          ¡Ah!, bueno.

Decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión.

Lo cual significa mucho para nosotros, ¿No es verdad?

¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír!

¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen,

como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad?

¡Y qué examen! Bien.

Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad.

Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos.

O donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega.

He estado con Lázaro, con Mannahém, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur;

en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní;

en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa;

donde Nicodemo, donde José…

–         ¿Pero no lo habías visto ya?

–          Sí.

Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos.

Pero… ya sabes… yo quería asegurarme…

Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él…

Y no creas que sufría por no encontrarlo.

Sería injusto.

Siempre – y Tomás lo puede confirmar – siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado.

Y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía: «¡Alabado sea el Señor!»,

Y decía: «¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!».

Exactamente así. El suspiro de mi alma…

El último lugar fue Esdrelón….

¡Ah, a propósito!

Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó,

desea invitarte a su casa…

Pero yo en tu lugar no iría…

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué?

Iré sin falta.

También Yo deseo verlo.

Es más, iremos enseguida.

En vez de ir a Seforis, vamos a Esdrelón.

Y pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó.

Y de allí a la casa de Ismael».

Judas se opone:

–          ¡No, no, Señor!

¿Por qué? ¿Piensas que te estima?

–          Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío…

¿Por qué no quieres que vaya?

–          No fui a hablar con él…

Estaba él en las tierras y me reconoció.

Pero yo – ¿verdad, Tomás? – quería huir cuando lo vi.

No pude porque me llamó por el nombre.

Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, escriba

o seres semejantes.

No es útil para Ti.

Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos,

ni rencores y dar armas a las críticas…

En la mesa se habla…

Y ellos estudian deslealmente tus palabras.

Pero, volvamos a Juan…

Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria,

me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

–         Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera.

Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos,

se contradice con lo que has dicho antes.

Tú me has defendido…

Eso has hecho, ¿No es verdad?

Has dicho: «He desmontado muchas prevenciones contra Ti».

Has dicho esto, ¿No es verdad?

–          Sí, Maestro.

–         ¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme?

Así que iremos a casa de Ismael.

Y tú, ahora vuelves y vas a avisarle.

Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé.

Nosotros nos detendremos donde los campesinos.

Respecto a Sicaminón, venimos de allí.

Éramos once.

Te aseguramos que Juan no está allí.

Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corozaín,

Belén de Galilea.

Y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para…

Tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural…

Y no obstante, algo debe haber en Él, que turba a Judas…

El cual por un instante, cambia de color.

Jesús lo abraza como para besarlo…

Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas,

le susurra quedo:

–          ¡Desdichado!

¿Qué has hecho de tu alma!

–          Maestro… yo…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

–            ¡Vete!

¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás!

¡Calla!…

Y arrepiéntete si puedes.

Judas…

Cualquier otro hubiera escapado a todo correr. ¡Pero él!…

Dice con desfachatez en alta voz:

–          Gracias, Maestro.

Lo que sí que te rogaría antes de marcharme, serían dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

–          ¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras?

Me han dolido.

–          Porque son la verdad.

Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

–          ¡Ah! ¿Es por la nigromancia?

¡Qué miedo me has hecho pasar! 

¡Una broma! ¡Ha sido sólo un juego!

¡Sólo fue una broma de niño curioso!

Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia.

Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad.

Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder.

Tenías razón. ¡Venga, Maestro!

¡Es tan leve el pecado!…

Grande es tu sabiduría. Pero, ¿Quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

El día que Jesús estuvo una jornada entera intercediendo por él, en la cueva de Yiftael

con La Oración Profunda, el Padre le mostró al Hijo lo que el apóstol indigno,

hacía mientras tanto….

Y por qué el Milagro solicitado, le estaba NEGADO…

Judas con posesión diabólica perfecta… ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

Judas se siente un poco atemorizado, al comprender que el Señorío de Jesús como Dios,

le ha proporcionado el conocimiento…

Y trata de minimizarlo…

–          ¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado?

–          Y me has causado repugnancia. ¡Vete!

Y no digas ni una sola palabra más.

Y Jesús le vuelve la espalda.

Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino.

Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés;

los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso.

Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad

que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad.

Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario,

que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada;

como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros,

que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

«Sé por qué has sufrido».

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: «Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente».

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: «No sucederá nada».

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: «Id a decir todo lo que sabéis».

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: «Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo».

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

«¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!».

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: «Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado».

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: «Es un hombre cualquiera», responded:

«No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador»:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: «¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía».

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: «¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?».

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?».

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: «Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…».

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: «¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu».

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: «Yo debería ser bautizado por Ti…». «Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia»…

Juan ya había dicho: «Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias».

Había dicho ya: «En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible».

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: «Éste es el Cordero de Dios»,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: «¡Creo!».

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

«Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo».

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: «Es un exorcista. Un santo».

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: «¡Señor, piedad!».

Dijo Él: «¡Sígueme!».

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: «¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!».

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la «virilidad casta» del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

«El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. «

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

«Sígueme.” «Voy.” Pero su alma había dicho ya: «Voy», y el Salvador había dicho ya: «Sígueme»,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: «Sed castos para poderlo reconocer».

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: «No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor».

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: «Me producís horror».

La abre solamente para decir: «Venid a Mí, que os quite vuestros pecados».

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

«¡Reinará tu Dios!».

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

«¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el «Pater noster».

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

344 CAMINO A ANTIOQUÍA


344 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En efecto, por un lado del patio viene el carro.

Un carro sólido al que está unido un robusto caballo guiado por el hospedero;

por el otro, vienen hacia ellos los dos discípulos.

Síntica, pregunta: 

–        ¿Es hora de marcharnos? 

Pedro responde: 

–        Sí. Es la hora.

¿Estás cubierto bien, Juan?

¿Van mejor tus dolores?

–         Sí.

Estoy envuelto en lana y la unción con el ungüento me ha hecho bien

¿Por qué el bálsamo de María no surte el mismo efecto en Juan de Endor,

sanándolo milagrosamente;

como sucede en el marinero griego del barco de Nicómedes el cretense?

Porque los milagros son signos, para CONVERTIR, -resucitar espiritualmente- a los paganos. 

Sabemos que vivimos en un mundo gobernado por el Maligno;  

Y esto debería hacernos reflexionar muchas cosas...

En el mundo actual, hasta los católicos que asisten regularmente a la iglesia

Cumplen con TODOS los rituales, sin faltar a ninguno.

Y se sienten católicos perfectos…  

Cuando lo reflexionamos a la luz espiritual del Espíritu Santo

¡SON PAGANOS!

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

En la siguiente entrega del «exorcista privilegiado», entenderán mejor esto…

Y también entenderán el porqué del desprecio de los hebreos hacia los paganos…

Los milagros NO SE HICIERON para proporcionarnos COMODIDAD a los corredentores;

son una «ayuda» de nuestro  evangelizador.

Juan de Endor, como víctima expiatoria, DEBE sufrir el destino que él mismo eligió…

También las enfermedades, son parte de nuestro destino expiatorio...

Pero esto jamás debemos verlo con un criterio miope y derrotista…

Nuestro privilegio como CORREDENTORES es que somos guerreros privilegiados,

que PODEMOS INFLIGIR un daño catastrófico a las hordas y las fortificaciones

del ANTICRISTO…

Señor, te entrego mis sufrimientos, UNIDOS al de tu hijo santísimo Jesucristo en la Cruz  para que sean destruídos los planes del Anticristo….

Pedro dice: 

–        Entonces sube;

que ahora subimos también nosotros.

.Y ultimada la carga, todos ya en el carro, salen por la amplia puerta,

después de repetidos aseguramientos del hospedero de que e1 caballo es dócil.

Cruzan una plaza que les ha sido indicada.

Y entran por una calle que bordea los muros de la ciudad, hasta que salen por una puerta;

después siguen el curso de un profundo canal y luego el propio río.

Es un camino bonito y bien mantenido, que va en dirección norte-este,

pero siguiendo los meandros del río.

Por el otro lado hay montes muy verdes, con sus pendientes, sus concavidades, sus barrancas.

Y ya se ven en los matorrales del monte bajo, en los lugares más expuestos al sol,

llenarse las gemas de mil arbustos. 

Síntica. exclama: 

–        ¡Cuántos arrayanes! 

Mateo añade: 

–       ¡Y laurel! 

Juan de Endor. dice: 

–        Cerca de Antioquía hay un lugar sagrado dedicado a Apolo.

–        Quizás el viento ha traído las semillas hasta aquí…

Zelote dice: 

–        Quizás.

Pero éste es un lugar todo lleno de plantas hermosas. 

Y Juan de Endor preguntya:

–        Tú, que has estado aquí,

¿Crees que pasaremos por Dafne?

Para suscitar en los dos discípulos pensamientos consoladores,

Zelote contesta: .

–        Por fuerza.

Veréis uno de los valles más bonitos del mundo.

Aparte del culto obsceno y degenerado en orgías que cada vez son más asquerosas,

es un valle de paraíso terrenal.

Y si en él entra la Fe, se transformará en un paraíso verdadero.

Somos los Apóstoles de los Últimos Tiempos..

¡Cuánto bien podréis hacer aquí!

Os deseo corazones fértiles como fértil es el suelo… – 

Pero Juan agacha la cabeza,

y Síntica suspira.

El caballo trota cadencioso.

Pedro, estando todo centrado en el esfuerzo de guiar

aunque el animal va seguro sin necesidad de guía o estímulo, no habla.

Así que el camino discurre bastante rápidamente.

Llegan a un puente y se detienen para comer y para que el caballo descanse.

El sol está en su zenit y se ve toda la hermosura de la gloriosa naturaleza.

Pedro observando en derredor.,

dice: 

–        De todas formas…

prefiero estar aquí antes que en el mar… 

–        ¡Pero qué tempestad!

Juan muy sonriente,

dice:   

–       El Señor ha orado por nosotros.

Lo he sentido cerca cuando orábamos en el puente de la nave.

Cerca como si estuviera en medio de nosotros… 

–        ¿Y dónde estará?

No estoy tranquilo pensando que no tiene ropa…

¿Y si se moja?

¿Y qué come?

Es capaz de hacer ayuno…

Santiago de Alfeo, dice con seguridad: 

–       Puedes estar convencido de que lo hace, para ayudarnos a nosotros. 

Tadeo agrega:

–       Y también por otros motivos.

Nuestro hermano está muy afligido desde hace un tiempo.

Creo que se mortifica continuamente para vencer al mundo.

Santiago de Zebedeo., corrige: 

–        Querrás decir: al demonio que hay en el mundo.

–        Es lo mismo. 

Andrés suspira:

–        No lo va a conseguir.

Tengo el corazón oprimido por mil miedos… 

No sin aflicción, Juan de Endor., añade: 

–       ¡Ahora que nosotros estarnos lejos, todo irá mejor! 

Tadeo responde resuelto: 

–        No pienses eso.

Tú y ella no erais nada respecto a las «grandes culpas» del Mesías,

según los grandes de Israel. 

Juan de Endor., dice: 

–        ¿Estás seguro?

Yo, dentro de mi sufrimiento, tengo en el corazón también la espina,

de haber sido con mi llegada causa de mal para Jesús.

Si estuviera seguro de que no es así, sufriría menos.  

Tadeo le pregunta:

–        ¿Me crees veraz, Juan?

–        ¡Sí que lo creo!

–        Pues bien, entonces, en nombre de Dios y mío,

te aseguro que tú has dado sólo una sola pena a Jesús:

la de tener que mandarte aquí en misión.

En todas las otras penas suyas, pasadas, presentes y futuras, tú no estás implicado.

La primera sonrisa, después de tantos días de lóbrega melancolía, ilumina el rostro

agobiado de Juan de Endor,

que dice:

–        ¡Qué alivio me das!

El día me parece más luminoso, más ligero mi mal, más consolado el corazón.

¡Gracias, Judas de Alfeo! ¡Gracias!

Vuelven a subir al carro.

Y pasando por el puente, toman la otra orilla del río,

el otro camino, que va derecho hacia Antioquía, a través de una zona fertilísima.

Simón Zelote señalando, explica: 

–        ¡Allí está

En aquel valle poético está Dafne, con su templo y sus bosquecillos.

Y allá, en aquella llanura, se ve Antioquía.

Y sus torres que se alzan sobre las murallas.

Entraremos por la puerta que hay al lado del río.

La casa de Lázaro no está muy lejos de las murallas.

Las casas más bonitas han sido vendidas.

Queda ésta, que fue lugar de parada tanto para el personal de Teófilo como para sus clientes;

con muchas caballerizas y graneros.

Ahora vive en ella Felipe. Un buen viejo.

Un fiel de Lázaro.

Os encontraréis bien.

Y, juntos, iremos a Antigonio, donde estaba la casa en que vivían Euqueria y sus hijos,

que entonces eran niños…

Pedro observa:  

–        Muy fortificada esta ciudad, ¿Eh?-

Que respira tranquilo ahora que ve que su primer intento como auriga ha ido bien.

–        Mucho.

Murallas de altura y anchura grandiosas.

Más de cien torres, que como veis, parecen gigantes enhiestos encima de las murallas.

Y fosos infranqueables al pie de ellas.

El Silpio también contribuye con sus cimas a la defensa.

Y hace de contrafuerte de las murallas en la parte más débil…

Ahí está la puerta.

Es mejor que pares y entres sujetando el bocado.

Yo te guío porque sé el camino…

Pasan la puerta, vigilada por romanos.

Juan apóstol dice:

–        Quién sabe si está aquí ese soldado de la puerta de los Peces…

Jesús se alegraría de saberlo…

Pedro, turbado por la idea de ir a una casa desconocida,

ordena: .

–        Lo buscaremos.

Pero ahora camina raudo.

Juan obedece sin decir nada;

se limita a mirar atentamente a todos los soldados que ve.

Un camino corto, luego una casa sólida y sencilla.

O sea, un alto muro sin ventanas.

Solamente un portal en el centro del muro. 

Zelote dice: 

-.       Aquí es. Para.

–        ¡Anda, Simón, habla tú ahora!

–       ¡Sí, hombre, si ello te agrada, hablo yo!

Y Zelote llama al recio portón.

Simón se presenta como un enviado de Lázaro.

Entra solo.

Sale con un anciano alto y de noble porte, que se prodiga en profundas reverencias.

Y da a uno del servicio, la orden de abrir el portón para permitir entrar al carro;

luego se disculpa por hacerles pasar a todos por esa puerta, en vez de por la puerta de casa.

con cuatro recios plátanos en los cuatro ángulos y otros dos en el centro

que amparan un pozo y un pilón para abrevar a los caballos.

El administrador ordena a su subordinado;

–        Preocúpate del caballo

Y dice a los que recibe como huéspedes:

–       «Por favor, venid.

Bendito sea el Señor, que me manda siervos suyos y amigos de mi jefe.

Ordenad, que vuestro siervo escucha».

Pedro se pone colorado, porque especialmente a él van esas palabras y esas reverencias.

Y no sabe qué decir…

Le ayuda el Zelote.

–        Los discípulos del Mesías de Israel…  

De que te habla Lázaro de Teófilo, que a partir de ahora vivirán en tu casa,

para servir al Señor,

no necesitan sino descansar.

¿Nos enseñas dónde pueden habitar?

–        Siempre tenemos preparadas habitaciones para peregrinos,

como era costumbre de mi ama.

Venid, venid…

Y, seguido por todos, entra en un pasillo y luego en un pequeño patio.

Al final de este patio, está la verdadera casa.

Abre la puerta.

Va por un vestíbulo.

Tuerce a la derecha.

Hay una escalera. Suben.

Otro pasillo con habitaciones a los lados.  

El anciano dice: 

–        Aquí tenéis.

Que sea agradable vuestra permanencia.

Voy a decir que traigan agua y ropa.

Dios sea con vosotros.

Y se marcha.

Abren las contraventanas de las habitaciones que eligen.

Las murallas y fuertes de Antioquía están frente a las ventanas de un lado;

el tranquilo patio adornado de rosales trepadores,

por ahora pobres a causa del período del año en que están, se ve por las del otro lado.

Y, después de tanto caminar, por fin una casa, una habitación, un lecho…

Para algunos, sólo una etapa; para otros… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6