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176 EL PADRE NUESTRO


176 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha, subiendo más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, en que los olivos forman un peine susurrador.

Jesús se para y dice:

–      Detengámonos aquí…

Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Un día, hace varios días, me habéis dicho: “Enséñanos a orar como lo haces Tú.

Enséñanos, como Juan enseñó a los suyos, para que nosotros, discípulos, podamos orar con las mismas palabras del Maestro”

Siempre os he respondido:

“Lo haré cuando vea en vosotros un mínimo suficiente de preparación, para que la oración no sea una fórmula vana de palabras humanas,

sino una verdadera conversación con el Padre”.

Pues bien, ha llegado el momento; poseéis ahora lo suficiente para poder conocer las palabras dignas de ser elevadas a Dios.

Y quiero enseñároslas esta noche, en la paz y el amor que reina entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios, porque hemos prestado obediencia al precepto pascual como verdaderos israelitas.

Y al imperativo divino de la caridad hacia Dios y el prójimo.

Escuchad:

Cuando oréis, decid: “Padre nuestro que estás en los Cielos, santificado sea tu Nombre, venga a nosotros  tu Reino, hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo.

El pan nuestro de cada día dánoslo hoy, perdónanos nuestras deudas, así como nosotros se las perdonamos a nuestros deudores.

No nos dejes caer en la tentación, más líbranos del Maligno”.

Jesús está de pié.

Se había levantado para decir la Oración.

Todos lo han imitado, atentos y emocionados

–     No hace falta nada más, amigos míos.

En estas palabras está encerrado, como en un aro de oro, todo lo que el hombre necesita, para el espíritu.

Para la carne y la sangre.

Con estas palabras pedís cuanto les es útil al espíritu, a la carne y a la sangre.

Y si hacéis lo que pedís, obtendréis la vida eterna.

Tan perfecta es esta oración, que no será menoscabada ni por el tempestuoso oleaje de las herejías, ni por el paso de los siglos.

La mordedura de Satanás fragmentará el cristianismo.

Muchas partes de mi carne mística sufrirán la separación, para formar células aisladas en el vano deseo de constituirse en cuerpo perfecto,

como será el Cuerpo místico de Cristo, el formado por la totalidad de los fieles unidos en la Iglesia apostólica, que será la única verdadera Iglesia mientras exista la tierra.

Estas partículas separadas, privadas por tanto de los dones que habré de dejar a la Iglesia Madre, para nutrir a mis hijos.

Se llamarán de todas formas cristianas, pues darán culto a Cristo.

Y a pesar de su error, siempre recordarán que de Cristo han venido

Pues bien, también ellas dirán esta oración universal.

Recordadla bien. Meditadla continuamente.

Aplicadla en vuestras acciones.

Basta para santificarse.

Si uno estuviera solo entre paganos, sin iglesias, sin libros; tendría ya en esta oración todo lo cognoscible para meditar…

Y una iglesia abierta en su corazón, para esta oración.

Tendría una regla segura y una segura santificación.

“Padre nuestro”

Yo lo llamo “Padre”. Es Padre del Verbo, Padre del Encarnado.

Así quiero que lo llaméis vosotros, porque vosotros sois uno conmigo, si permanecéis en Mí.

El hombre debía echarse rostro en tierra para exclamar, suspirando, envuelto en los temblores del miedo, la palabra “Dios”.

Quien no cree en Mí y en mi palabra, está todavía inmerso en este temblor paralizador…

Observad lo que sucede en el Templo:

No sólo Dios, sino incluso el recuerdo de Dios, están ocultos tras triple velo a los ojos de los fieles.

Separaciones de espacio, separaciones con velos, todo se ha tomado y aplicado para decir al que ora:

“Tú eres fango; Él, Luz. Tú, abyecto; El, Santo. Tú, esclavo; El, Rey”.

–    ¡Mas ahora!…

¡Levántaos! ¡Acercaos! Yo soy el Sacerdote eterno, puedo tomaros de la mano y deciros: “Venid”.

Puedo descorrer el Velo de Templo y abrir de par en par el inaccesible lugar que ha permanecido cerrado hasta ahora.

¿Y por qué cerrado?… Por la Culpa, sí.

Pero aún más clausurado por el pensamiento degradado de los hombres.

¿Por qué cerrado, si Dios es Amor, si Dios es Padre?…

Yo puedo, debo, quiero elevaros al azul del Cielo, no rebajaros al polvo.

No que estéis lejanos, sino cerca.

No como esclavos, sino como hijos que se reclinen sobre el pecho de Dios.

“¡Padre! ¡Padre!”, decid.

No os canséis de pronunciar esta palabra.

¿No sabéis que cada vez que la decís el Cielo resplandece por la Alegría de Dios?

Aunque no expresarais otra palabra, diciendo ésta con verdadero amor ya haríais una oración grata al Señor.

“¡Padre! ¡Padre mío!”, dicen los pequeñuelos a sus padres.

Ésta es la primera palabra que dicen: “Madre, padre”.

Pues vosotros sois los pequeñuelos de Dios.

Yo os he generado: con mi amor he destruido el hombre viejo que erais, haciendo nacer así al hombre nuevo, al cristiano.

Invocad pues, al Padre Santísimo que está en los cielos con la primera palabra que aprenden los niños.

ABBA –  PADRE

“Santificado sea tu Nombre”

Es el Nombre más santo y tierno que existe.

El terror del culpable os ha enseñado a esconderlo bajo otro.

No. Basta ya de decir “Adonai”, basta.

Es Dios. Es ese Dios que en un exceso de amor ha creado a la Humanidad.

La Humanidad de ahora en adelante, purificados sus labios con el lavacro por Mí preparado, llámelo por su Nombre.

Esperando a comprender con plenitud de sabiduría el verdadero significado de este incomprensible Nombre,

cuando fundida con Él, en sus mejores hijos, sea elevada al Reino que he venido a instaurar.

“Venga a nosotros  tu Reino “

Desead con todas vuestras fuerzas que venga.

Si viniera, la alegría habitaría la tierra.

El Reino de Dios en los corazones, en las familias, en las gentes, en las naciones.

Sufrid, trabajad, sacrificaos por este Reino.

Sea la tierra espejo que refleje en las personas la vida del Cielo.

Llegará. Un día llegará todo esto.

Pero antes de que la tierra posea el Reino de Dios, han de venir siglos y siglos de lágrimas y sangre, de errores y persecuciones.

De bruma rasgada por destellos de luz irradiados por el Faro místico de mi Iglesia.

La cual, si bien es barca y no será hundida; es también arrecife que resiste cualquier golpe de mar.

Y mantendrá alta la Luz, mi Luz, la Luz de Dios.

Cuando esto llegue, será como la llamarada intensa de un astro que alcanzada la perfección de su existencia;

se disgrega, cual desmesurada flor de los jardines celestes, para exhalar, en un rutilante latido, su existencia y su amor a los pies de su Creador.

Llegar, llegará; entonces comenzará el Reino perfecto, beato, eterno, del Cielo.

“Hágase tu Voluntad así en la tierra como en el Cielo”

La propia voluntad se puede anular en la de otro, sólo cuando se le llega a amar con perfección.

La propia voluntad se puede anular en la de Dios, sólo cuando se han alcanzado las virtudes teologales en forma heroica.

FE, ESPERANZA Y CARIDAD

En el Cielo – donde no hay defectos – se hace la voluntad de Dios.

Sabed, vosotros, hijos del Cielo, hacer lo que en el Cielo se hace.

“Danos nuestro pan de cada día”

En el Cielo os nutriréis sólo de Dios.

La beatitud será vuestro alimento. Mas aquí todavía tenéis necesidad de pan.

Sois los párvulos de Dios; justo es entonces decir: “Padre, danos el pan”.

¿Teméis no ser escuchados? ¡Oh, no!

Considerad esto: si uno de vosotros tiene un amigo y ve que no tiene pan…

y debe dar de comer a otro amigo o pariente que ha llegado a su casa al final de la segunda vigilia,

irá al primero y le dirá: “Amigo, préstame tres panes, porque tengo un huésped que ha venido ahora y no tengo qué darle de comer”.

¿Podrá acaso, oír como respuesta desde el otro lado de la puerta:

“No me molestes, que ya he cerrado la puerta, la he trancado, y mis hijos duermen a mi lado; no puedo levantarme a darte lo que me pides”?

“¿Quién me abrirá en esta Cuaresma?

No. Si es un verdadero amigo al que se ha dirigido y si insiste, recibirá lo que pide.

Lo recibiría incluso aunque el amigo fuera poco bueno, por su insistencia;

porque aquel a quien se lo pidieran, con tal de que no le molestasen, se apresuraría a darle cuantos panes quisiera.

Pero vosotros, cuando dirigís vuestra oración al Padre, no os dirigís a un amigo de este mundo; sino al Amigo perfecto que es el Padre del Cielo.

Por tanto, os digo: “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”.

Pues a quien pide se le da, quien busca halla. Y a quien llama se le abre la puerta.

¿Qué padre, a su propio hijo que le pide un pan, le pondrá en la mano una piedra?

¿Qué padre dará a su hijo una serpiente en vez de un pez asado?

Un padre que se comportase así con su prole sería un sinvergüenza.

Ya lo he dicho, pero lo repito para moveros a sentimientos de bondad y confianza.

Así pues, si uno que estuviera en su sano juicio no daría un escorpión en vez de un huevo…

Cada milagro en la Biblia, fué originado por un problema que FUE RESUELTO CON LA FE

¿Cómo no os va a dar Dios con mucha mayor bondad lo que pidiereis?:

En efecto, Él es bueno.

Mientras que vosotros por el contrario, en más o en menos, sois malos.

Pedid pues, con amor humilde y filial vuestro pan al Padre.

“Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores”

Hay deudas materiales y deudas espirituales; las hay también morales.

Deuda material es la moneda o la mercancía que deben restituirse por haber sido prestadas.

Deuda moral es la estima arrebatada y no correspondida, el amor querido y no dado.

Deuda espiritual es la obediencia a Dios, de quien se exige mucho dándole muy poco.

Y el amor a Él.

Dios nos ama y se le debe amor, como se debe amor a una madre, a la esposa, al hijo, de quienes se exigen muchas cosas.

El egoísta quiere tener, pero no dar.

Pero el egoísta está en las antípodas del Cielo.

Tenemos deudas con todos: desde con Dios hasta con el esclavo, pasando por los familiares, los amigos, el prójimo en general.

Y los que están a nuestro servicio, pues todos éstos son en el fondo iguales que nosotros.

¡Ay de quien no perdone, porque no será perdonado!

Dios no puede por justicia, condonar la deuda que el hombre tiene para con Él, santísimo; si el hombre no perdona a su semejante.

“No nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del Maligno”

El hombre que no ha sentido la necesidad de compartir con nosotros la cena de Pascua, me preguntó hace menos de un año:

“¿Cómo? ¿Tú pediste no ser tentado?

¿En la tentación pediste ayuda contra ella?”.

Estábamos nosotros dos solos.

Le respondí.

Luego – esta vez éramos cuatro – en una solitaria región, repetí la respuesta; pero todavía no fue suficiente;

porque en un espíritu inamovible. es necesario demoler la funesta fortaleza de su obcecación para abrirse paso;

por tanto, lo seguiré diciendo: una, diez, cien veces, hasta que todo se cumpla.

Vosotros sin embargo, que no estáis acorazados dentro de infaustas doctrinas y aún más infaustas pasiones, orad así.

Orad con humildad para que Dios impida las tentaciones.

¡Ah, la humildad! ¡Conocerse como uno es! Sin deprimirse, pero conocerse.

Decir: “Soy juez imperfecto de mí mismo y aunque no me lo parezca, podría ceder.

Por tanto Padre mío, tenme si es posible, libre de las tentaciones.

Tan cerca de Ti que no permitas al Maligno que me dañe”.

Debéis recordar, en efecto, que no es Dios quien tienta al Mal, sino que es el Mal el que tienta.

Rogad al Padre para que sostenga vuestra debilidad, de forma que no pueda el Maligno introducirla en la tentación.

He terminado, queridos míos.

Ésta es la segunda Pascua que paso con vosotros.

El año pasado sólo partimos el pan y compartimos el cordero.

Este año os doy esta oración.

Os otorgaré otros dones en las otras Pascuas que pasaré con vosotros…

Para que, una vez que me haya ido a donde el Padre quiere, os quede de Mí que soy el Cordero,

un recuerdo en las celebraciones del cordero mosaico.

Levantáos. Vamos.

Estaremos en la ciudad para el alba.

Es más, mañana tú Simón y tú, hermano mío (señala a Taseo) iréis por las mujeres y el niño.

Tú, Simón de Jonás y vosotros, os quedaréis conmigo hasta que éstos vuelvan.

Luego iremos juntos a Betania.

Bajan hasta el Getsemaní y entran en la casa de Simón, para descansar.

175 DIAGNÓSTICO ESPIRITUAL


175 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad está semidesierta en esta noche serena y clara por la luna llena que resplandece en toda su plenitud.

La Pascua ha sido celebrada y consumida en una de las casas de Lázaro.

En la puerta exterior Jesús, con esa señorial cortesía muy suya, se ha despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo.

Le dió un beso a Margziam, que también acudió a la puerta.

Y se encamina con los suyos en el barrio de Bezetha, siguen a lo largo de la muralla y dejan atrás la casa de José de Arimatea.

Avanzan ligeros hacia fuera por la Puerta de Herodes.

Tadeo pregunta:

–     ¿A dónde vamos, Señor?

Jesús responde:

–     Venid conmigo.

Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular.

Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡Mis apóstoles!

Gracias amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais.

Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.

Convenceos de que por Mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar…

Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por Mí.

Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros.

Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en Mí, en todo.

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria…

Hasta llegar a un punto en que por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

Santiago de Alfeo pregunta:

–    ¿Vamos a Getsemaní?

–    Más arriba.

A la cima del monte de los Olivos.

Juan exclama:

–    ¡Oh! ¡Será algo bello!

Pedro susurra:

–    También le habría gustado al niño.

Jesús dice:

–     ¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces!

Estaba cansado y además es un niño.

Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha.

Suben más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, donde los olivos se balancean crugiendo…

Avanzan por entre le olivar, hasta que Jesús se frena y dice:

–     Detengámonos aquí…

Todos se acomodan a su alrrededor, sentándose para escucharlo…

Jesús dice:

“Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Hace poco tiempo, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos.

Y siempre os respondí:

‘Os enseñaré cuando vea en vosotros un mínimo de preparación suficiente, para que la plegaria no se convierta en una fórmula vacía de palabras humanas.

Sino que sea una verdadera conversación con el Padre.

Ha llegado el tiempo. Hemos obedecido el Precepto Pascual, como verdaderos israelitas y el precepto divino de la caridad; para con Dios y para con el prójimo.

Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días, debido a una acción que no merecía.

Y ha sufrido por el esfuerzo que se ha hecho a sí mismo, para controlar la ira que esa acción había provocado.

Sí, Simón de Jonás, ven aquí.

Ni una palpitación de tu corazón honrado, me ha pasado desapercibida.

Y no ha habido sufrimiento que no haya compartido contigo.

Yo… y tus compañeros.

Pedro dice:

–    Pero Tú Señor, has sido ofendido más que yo.

Y esto era para mí una pena mayor… Que Judas haya desdeñado acompañarme en la fiesta, me molestó mucho como hombre.

Pero al ver que Tú estabas adolorido y ofendido, me molestó de otro modo. Y sufrí el doble…

Yo no quiero gloriarme, ni hacerme el héroe, usando tus palabras. Pero debo decir que he sufrido con mi alma…

Y esto causa mayor dolor.

–    No es soberbia, Simón.

Has sufrido espiritualmente, porque Simón de Jonás, pescador de Galilea; se está convirtiendo en Pedro de Jesús;

Maestro del espíritu; por lo cual también sus discípulos se hacen activos y sabios en el espíritu. Porque has avanzado en la vida del espíritu.

Y porque vosotros también habéis avanzado, quiero enseñaros esta noche la Oración.

¡Cuánto habéis cambiado desde aquel día en que nos detuvimos en un lugar desierto por algunos días!

Bartolomé pregunta un poco incrédulo:

–   ¿Todos, Señor?

–   Comprendo lo que quieres decir.

Yo os hablo a vosotros los once, que estáis aquí, no a otros.

Andrés dice con mucha tristeza:

–   Pero, ¿Qué le pasa a Judas de Simón, Maestro?

Ya no lo comprendemos. Parecía muy cambiado y ahora… desde que dejamos el lago…

Pedro interviene:

–    Cállate hermano.

La llave del misterio la tengo.

Se ha colgado un pedacito de zebú.

Fue a buscarlo a la caverna de Endor, para sorprender a los demás.

Lo tomó del nicho donde estaba el búho.

¡Y se lo tiene merecido!

El Maestro se lo dijo aquel día…

En Gamala, los diablos entraron en los cerdos.

En Endor, los que salieron del desgraciado Juan, entraron en él. Se entiende que…

Se entiende… ¡Déjame decirlo, Maestro!

Lo tengo aquí, en la punta de la lengua y si no lo digo, me muero…

Jesús le pide:

–   Simón. Sé bueno.

–   Sí, Maestro.

Y te aseguro que no le haré ningún desprecio.

La posesión espiritual perfecta se agrava tremendamente por la Lujuria y la maldad de Asmodeo…

Pero digo y pienso que siendo Judas tan vicioso… Y tan mujeriego…

Todo el Templo lo conoce, lo sabe y Todos lo sabemos.

Y está sin protección porque quiere. Se entiende que también los demonios, gustosos cambian de casa.

Es un semejante al cerdo…

Pedro calla.

El  silencio se extiende un largo momento.

Y agrega con un suspiro:

–    Bueno, lo he dicho.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–   ¿Entonces tú piensas que por eso es así?

–   ¿Y qué otra cosa quieres que sea?

No hay ninguna otra razón para que se haya vuelto tan intratable.

Está peor que en Agua Especiosa.

Allí se podía pensar que el humor y la estación  lo pusiesen nervioso.

Pero ahora…

Jesús agrega con calma:

–    Hay otra razón, Simón…

–    Dila, Maestro.

Estoy contento de desengañarme del compañero.

–   Judas está celoso.

Está inquieto por celos.

–   ¿Celoso de quién?

No tiene mujer. Y aunque la tuviese, creo que ninguno de nosotros sería capaz de ofender a un condiscípulo…

–    Está celoso de Mí.

Piensa… Judas ha cambiado desde Endor y luego…  Empeoró en Esdrelón.

Esto es; desde que vio que me ocupaba de Juan y de Marziam.

Pero ahora que Juan nos dejará y que se irá con Isaac, verás que volverá a ser alegre y bueno.

–   Está bien.

Pero no querrás decirme que no es presa de un diablillo…

Y sobre todo; no querrás que diga que se ha compuesto en estos meses en que se ha portado peor.

El año pasado yo también era celoso… ¿No recuerdas que no quería que hubiese nadie más que nosotros seis?

Ahora deja que invoque a Dios como testigo de mi pensamiento. Ahora digo que soy feliz; entre más aumentan los discípulos a tu alrededor.

¡Oh! ¡Cómo quisiera traerte a todos los hombres!

Pero, ¿Por qué he cambiado? Porque me he dejado cambiar por Ti. Él…  él no ha cambiado. Al contrario…

Convéncete, Maestro. Un diablillo se ha apoderado de él…

–    No lo digas, ni lo pienses.

Ruega para que se cure. Los celos son una enfermedad emocional…

Que destrozan el alma.

–    De la que se puede curar si uno quiere.

¡Ah! Lo soportaré por causa tuya… Pero, ¡Qué fatiga!…

Judas Tadeo, dice:

–    Me parece que ya recibió su castigo…

Al no estar con nosotros en esta noche; en que aprenderemos algo tan importante.

Jesús dice:

–     Ha llegado el momento.

Vosotros poseéis cuanto es suficiente para conocer las palabras dignas que se digan a Dios y os las quiero enseñar esta noche en medio de la paz y el amor que existe entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios…

Escuchad: cuando oréis, decid así:

“Padre Nuestro…”

146 EL ESCRIBA GENEROSO


146 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Entre las muchas flores que perfuman el suelo y alegran la vista, se yergue el horrendo espectro de un leproso, llagado, maloliente, corroído.

La gente grita de espanto y se vuelca de nuevo hacia las primeras pendientes del monte.

Hay quien incluso agarra piedras para tirárselas al imprudente.

Pero Jesús se vuelve, con los brazos abiertos,

gritando:

–     ¡Paz!

¡Quedaos donde estáis y no tengáis miedo! Dejad las piedras. Tened piedad de este pobre hermano. También él es hijo de Dios.

La gente obedece dominada por el poder del Maestro, que se acerca a través de las altas hierbas en flor hasta pocos pasos del leproso.

El cual a su vez, habiendo comprendido que está bajo la protección de Jesús, se ha acercado también.

Ya próximo a Jesús, se postra:

La hierba florecida lo acoge y lo sumerge, cual fresca y perfumada agua.

Las flores ondean y se agrupan, como haciendo de velo a la miseria oculta tras ellas.

Sólo la voz quejumbrosa que de allí dentro proviene, recuerda la presencia de un pobre ser.

La voz dice:

–     Señor, si Tú quieres puedes limpiarme.

¡Ten piedad también de mí!

Jesús responde:

–     Alza tu rostro y mírame.

El hombre debe saber mirar al Cielo cuando cree en él. Y tú crees, porque pides.

Las hierbas se agitan y se abren de nuevo.

Aparece, cual cabeza de náufrago sobre la superficie del mar, el rostro del leproso, despojado de cabellos y de barba.

Es una cabeza de calavera con restos de carne todavía.

Sin embargo, Jesús se atreve a colocar la punta de sus dedos en esa frente, en el punto en que está limpia.

O sea, sin llagas.

Donde sólo es piel cinérea, escamosa, entre dos erosiones purulentas, de las cuales una ha destruido el cuero cabelludo y la otra ha abierto un hueco donde antes estaba el ojo derecho.

De manera que no se sabe si dentro de ese enorme agujero lleno de porquería, que va desde la sien hasta la nariz,  dejando al descubierto el pómulo y el cartílago nasal, está o no todavía el globo ocular.

Y dice Jesús, manteniendo apoyada ahí la punta de su bonita mano:

–     Lo quiero. Queda limpio.

Y como si el hombre no estuviera corroído por la lepra y llagado, sino sólo recubierto de porquería…

Y sobre él se arrojasen aguas purificadoras, el mal desaparece…

Primero se cierran las llagas, luego recupera su color claro la piel, el ojo derecho vuelve a aparecer bajo el renacido párpado, los labios vuelven a cerrarse delante de los dientes amarillentos. 

Sólo le siguen faltando el pelo y la barba, apareciendo escasos mechones de pelo, en los lugares donde antes existía todavía un trocito de epidermis sana.

La muchedumbre grita de estupor.

El hombre, por esos gritos de júbilo, comprende que ha quedado curado.

Levanta las manos, que hasta este momento habían quedado escondidas entre la hierba, y se toca el ojo, en el lugar en que antes estaba el enorme agujero.

Se toca la cabeza, donde antes estaba la extensa llaga que dejaba al descubierto el hueso craneal…

Y siente la nueva piel.

Entonces se pone en pie y se mira el pecho, las caderas…

Todo ha quedado curado y limpio…

El hombre se deja caer de nuevo sobre el prado florido, llorando de alegría. 

Jesús dice:

–     No llores.

Levántate y escúchame. Cumple el rito y vuelve a la vida; no hables a nadie hasta que no lo hayas cumplido.

Preséntate lo antes posible al sacerdote, haz la ofrenda prescrita por Moisés como testimonio del milagro de tu curación.

–     ¡A ti te debería presentar mi testimonio, Señor!

–     Así lo harás amando mi doctrina. Ve.

La muchedumbre se ha acercado de nuevo.

Y aun guardando debida distancia, se congratula con el hombre que ha sido curado.

No falta quien siente la necesidad de arrojarle, como viático, unas monedas.

Otros le lanzan unos panes y otras provisiones.

Y uno, viendo que el vestido del leproso no es sino un harapo reducido a jirones que deja todo al descubierto,

se quita el manto, lo anuda como si fuese un pañuelo muy grande y se lo arroja al leproso,

el cual puede así taparse de forma decente.

Otro – pues la caridad es contagiosa cuando se hace en común, no resiste al deseo de procurarle las sandalias:.

Se las quita y las lanza hacia el leproso.  

Jesús pregunta al ver el gesto.

–     ¿Y tú? 

El hombre responde:

–     Estoy aquí cerca.

Puedo andar descalzo. Él tiene que recorrer mucho camino.

–     La bendición de Dios descienda sobre ti y sobre todos los que han favorecido a este hermano.

Y volviéndose hacia el sanado,

le dice:

–    Hombre: pedirás por ellos.

–     Sí, sí.

Por ellos y por ti: para que el mundo tenga fe en ti. 

–     Adiós.

Ve en paz.

El hombre anda unos metros y luego se vuelve,

y grita:

–     ¿Puedo decirle al sacerdote que Tú me has curado?

–     No hace falta.

Di solamente: “El Señor ha tenido misericordia de mí”. Dices toda la verdad y no hace falta más.

La gente se arremolina en torno al Maestro.

Es un círculo que bajo ningún concepto quiere abrirse.

Pero, entretanto, el sol se ha ocultado y comienza el reposo del sábado.

Los centros habitados están lejos.

De todas formas, la gente no echa de menos ni el pueblo ni la comida ni nada.

No sucede lo mismo con los apóstoles.

Y se lo comentan a Jesús.

También los discípulos ancianos están preocupados.

Hay mujeres y niños.

Y si bien la temperatura de la noche es moderada y la hierba de los campos está blanda.

Las estrellas no son pan, ni se transforman en alimentos las piedras de las laderas.

Jesús es el único que se lo toma con tranquilidad.

La gente, mientras, come lo que les había sobrado, sin mayores problemas.

Jesús llama la atención de los discípulos sobre este hecho:

–     ¡En verdad os digo que éstos están más adelantados que vosotros!

Mirad con qué despreocupación consumen todo lo que tienen. Les he dicho: “El que no sea capaz de creer que mañana Dios dará el alimento a sus hijos que se retire”,

Y se han quedado aquí.

Dios no desmentirá a su Mesías ni defraudará a quien en Él espera.

Los apóstoles se encogen de hombros y ya no se ocupan de nada más.

Se pone la tarde, después de un intenso rojo de ocaso, serena y bella.

El silencio del campo se extiende sobre todas las cosas, tras el último coro de los pájaros.

Algún frufrú del viento y luego el primer vuelo mudo de ave nocturna junto a la primera estrella y la primera rana que croa.

Los niños ya duermen.

Los adultos hablan entre sí.

De vez en cuando alguno va a donde el Maestro a pedirle alguna aclaración.

Es así que no se produce estupor cuando, por un sendero entre dos campos de trigo, se ve venir a una persona que impone por su aspecto, indumento y edad.

Le siguen algunos hombres.

Todos se vuelven a mirarlo y se lo señalan unos a otros bisbiseando.

El bisbiseo se transmite de grupo a grupo. Se aviva y se atenúa.

Los grupos más lejanos se acercan atraídos por la curiosidad.

El hombre de noble aspecto llega hasta donde Jesús, que está sentado al pie de un árbol escuchando a unos hombres…

Y lo saluda con toda reverencia.

Jesús se levanta enseguida y responde al saludo con igual respeto.

Los presentes se centran completamente en ellos.

–     Estaba en el monte.

Quizás has pensado que no tenía fe, que me iba por miedo a tener que ayunar. La verdad es que me fui por otro motivo.

Quería comportarme como hermano con los hermanos, como el hermano mayor. Quisiera manifestarte aparte lo que pienso. ¿Podrías escucharme?

A pesar de ser un escriba, no soy enemigo tuyo.

Jesús dice:

–     Vamos un poco lejos…

Y se meten entre los cereales.

–     Quería proveer de alimento a los peregrinos, así que bajé para encargar que hicieran pan para una multitud.

Respecto a la distancia estoy dentro de la Ley, porque estos campos son míos y de aquí a la cima se puede recorrer en día de sábado.

Mi intención era venir mañana con los siervos, pero he sabido que estabas aquí con la muchedumbre. Te ruego que me permitas surtir de lo necesario a la muchedumbre este sábado…

Si no, sentiría demasiado el haber renunciado a tus palabras por nada.

–     En ningún caso hubiera sido por nada, porque el Padre te habría recompensado con sus luces.

Yo por mi parte te doy las gracias. No te defraudaré. Lo único que quisiera observarte es que la gente es mucha.

–     He encargado que enciendan todos los hornos.

Incluso los que se usan para secar productos agrícolas. Conseguiré pan para todos.

–     No lo digo por eso, lo digo por la cantidad de pan…

–     No me causa problema.

El año pasado recogí mucho trigo. Y este año ya ves qué espigas. Déjame, que sé lo que hago.

¡Qué mayor seguridad para mis tierras! Y, además, Maestro… ¡El pan que me has dado hoy!… ¡Tú sí que eres Pan del espíritu!…

–     Sea entonces como quieres.

Ven, vamos a decírselo a los peregrinos.

–     No. Tú lo has dicho.

–     ¿Y eres escriba?

–     Sí, lo soy.

–     Que el Señor te lleve a donde tu corazón merece.

–     Comprendo lo que no dices.

Quieres decir: a la Verdad. Porque en nosotros hay mucho error y.., y mucha mala fe.

–     ¿Quién eres?

–     Un hijo de Dios.

Ruega al Padre por mí. Adiós.

–     La paz sea contigo.

Jesús regresa lentamente hacia los suyos mientras el hombre se aleja con los siervos.  

Jesús se ve asaltado de preguntas.

–     ¿Quién era?

–    ¿Qué quería?

–    ¿Te ha dicho alguna cosa desagradable?

–    ¿Tiene algún enfermo?

–     No sé quién es.

Bueno, quiero decir, tiene buen corazón y esto me… 

Uno de la multitud dice:

–     Es Juan el escriba.

–     Bien, pues ahora lo sé por tus palabras.

Quería sencillamente ser el siervo de Dios para con los hijos de Dios. Orad por él porque mañana todos comeremos gracias a su bondad. 

Otro dice:

–     Verdaderamente es un justo. 

Uno más, comenta:

–     Sí.

Lo que no sé es cómo puede ser amigo de otros.

Otro concluye:

–     Fajado de escrúpulos y de reglas como un recién nacido.

Pero no es malo.

–     ¿Son éstas sus tierras? – preguntan muchos, que no son de la zona.

–     Sí.

Creo que el leproso era uno de sus siervos o de sus labriegos. Pero permitía que estuviera en las cercanías, e incluso creo que le daba de comer.

La crónica continúa, pero Jesús se abstrae de ello y llama a sí a los Doce,

Y les pregunta:

–     ¿Y ahora qué tengo que deciros por vuestra incredulidad?

¿No ha puesto, acaso, el Padre pan para todos nosotros en las manos de una persona que, por su casta, está contra Mí?

¡Oh, hombres de poca fe!… Id, id allí, al mullido heno y dormid.

Yo voy a orar al Padre para que abra vuestros corazones y para darle las gracias por su bondad.

Paz a vosotros.

Y va a las primeras pendientes del monte.

Se sienta y se recoge en su oración.

Alza los ojos y ve el rebaño de las estrellas que abarrotan el cielo;

los baja y ve el rebaño de los que duermen echados en los prados.

Nada más.

Mas es tal la alegría que siente en su corazón, que parece transfigurarse de luz…

129 LOS OTROS CRISTOS


129 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús desciende a media altura de la escarpada ladera y encuentra a muchos discípulos…

Y a otros muchos que poco a poco se han ido añadiendo, a quienes la necesidad de un milagro o el deseo de la palabra de Jesús, han conducido a este lugar apartado del tránsito:

Han venido seguros, o por las indicaciones de la gente o por el instinto del alma.

Pienso que sus ángeles, los de estos hombres deseosos de Dios los guiaban al Hijo de Dios. No creo que al decir esto me ponga al nivel de la leyenda:

En efecto, si se piensa con qué pronta y astuta constancia Satanás conducía a los enemigos hacia Dios y hacia su Verbo,

en los momentos en que el espíritu demoníaco podía mostrarles a los hombres, una apariencia de culpa en Cristo…

Se podrá pensar también  y más que lícito es justo, que los ángeles no fueran inferiores a los demonios y que llevaran a los espíritus no demoníacos a Cristo.

Jesús se prodiga en favores, milagros y la propia palabra, para estas personas que le han esperado sin cansancio ni temor.

¡Cuántos milagros!

Una riqueza semejante a la de las flores que decoran los rodales del abrupto monte).

Milagros grandes, como el de un niño al que han extraído, con atroces quemaduras, de un pajar en llamas:

Es un amasijo de carne quemada que gime lastimeramente bajo el lienzo con que lo han cubierto para ocultar su horrible aspecto; ya agoniza.  Lo han traído en una camilla.

Jesús, infundiéndole su aliento, regenerando las zonas quemadas, lo devuelve a su estado precedente:

Las quemaduras han desaparecido completamente.

Tanto es así que el jovencito se pone en pie, completamente desnudo. Y corre feliz hacia su madre, la cual, llorando de alegría, acaricia su carne totalmente sana, sin huellas de quemaduras.

Y besa sus ojos, que deberían estar quemados y que,sin embargo, se muestran vivaces y resplandecientes de alegría…

Y su cabello, muy corto  pero no destruido, cual si una llamarada hubiera actuado como una navaja.

También milagros pequeños, como el de un viejecillo tosegoso que dice:

–     No por mí, sino porque tengo que hacer de padre con mis nietecillos huérfanos.

Y no puedo labrar la tierra teniendo esta mucosidad que me ahoga aquí parada en la garganta»…   

Con el don de ciencia infusa…

El milagro – no visible, aunque sin duda real, que provoca estas palabras de Jesús:

«Entre vosotros hay uno que llora con el alma y que no se atreve a decir de palabra: “Ten piedad”. Mi respuesta es: “Sea como pides.

Toda la piedad. Para que sepas que soy la Misericordia”.

Lo único que por mi parte digo es que seas generoso. Sé generoso con Dios, rompe toda atadura con el pasado.

Y pues que sientes a Dios, ve a El con corazón libre, con total amor».

No sé, entre la muchedumbre, a qué hombre o mujer van dirigidas estas palabras.

Jesús sigue diciendo:

–     Éstos son mis apóstoles.

Cada uno de ellos es otro Cristo, porque los he elegido tales.

Dirigíos a ellos con confianza.

Conocen de Mí todo lo de que tenéis necesidad para vuestras almas…

Los apóstoles miran a Jesús que más asustados no podrían…

Pero Jesús sonríe y prosigue:

«… Y la intensa luz astral y el copioso rocío reconfortante que darán a vuestras almas impedirán que languidezcáis en las tinieblas; después vendré Yo y os daré plenitud de sol y de agua…

Toda la sabiduría para haceros sobrenaturalmente fuertes y felices.

Paz a vosotros, hijos. Otros me esperan, otros más infelices y pobres que vosotros.

No os dejo solos, os dejo a mis apóstoles:

Rs como si confiara a los hijos de mi amor a los cuidados de las más amorosas y fiables nodrizas.

Jesús hace un gesto de despedida y bendición.

Y se pone en camino incidiendo en la masa de la muchedumbre, que no quiere dejarlo partir…

Es entonces cuando se produce el último milagro:

El de una ancianita semiparalizada. 

La había traído su nieto.

Pues bien, ahora agita jovialmente su brazo derecho, que antes estaba inerte,

y grita:

–     ¡Me ha rozado con su manto al pasar y he quedado curada!

Ni siquiera se lo había pedido, porque ya soy vieja… pero ha tenido piedad incluso de mi secreto deseo y me ha curado con el manto, con un extremo del manto que apenas si me ha tocado el brazo perdido!

¡Oh, qué gran Hijo ha tenido nuestro santo David! ¡Gloria a su Mesías!

¡Fijaos!, ¡fijaos!, la pierna también, como el brazo, se mueve ligera… ¡Estoy como a los veinte años!

Gracias a que muchos de los presentes se arremolinan en torno a la viejecita, que proclama a voz en grito su dicha,

Jesús puede escabullirse y desde ese momento ya no le vuelven a interceptar el paso.

Los apóstoles lo siguen.

Llegados casi al llano a un espacio desierto, entre las matas de un espeso brezal que desciende hacia el lago, se detienen un momento y…

Jesús dice:

–     ¡Os bendigo!

Volved a vuestro trabajo y hacedlo hasta que regrese como he dicho.

Pedro, que hasta ese momento había estado callado,

Exclama:

–     Pero, mi Señor, ¿Qué has hecho?

¿Por qué has dicho que tenemos todo aquello de que tienen necesidad las almas?

Es verdad que nos has dicho muchas cosas, pero somos duros de mollera, al menos yo y…

Y de lo que te he oído me ha quedado poco, realmente poco.

Me pasa como a aquel que lo que le queda en el estómago después de una comida es la parte más consistente; lo demás ya no está.

Jesús sonríe abiertamente:

–     ¿Y dónde está el resto de la comida?

–     Bueno, pues… no sé.

Lo que sé es que si como cositas delicadas, pasada una hora no siento nada en el estómago, mientras que si como raíces pesadas o lentejas con aceite, sé que me cuesta digerirlo.

–     Cuesta.

Pues piensa que esas raíces y esas lentejas, que parece que te llenan más, son las que menos sustancia te dejan: es todo paja que pasa sin aprovechar gran cosa.

Sin embargo, los alimentos delicados, que ya no los sientes después de una hora, pasado ese tiempo ya no están en el estómago, pero sí en tu sangre.

Una vez digerido un alimento, ya no está en el estómago, pero su sustancia está en la sangre y aprovecha más.

Ahora os parece, tanto a ti como a tus compañeros, que de todo lo que os he ido diciendo, nada o muy poco os queda.

Quizás  o sin quizás, tenéis bien presentes los aspectos que se conforman más a vuestro modo particular de ser:

Los de carácter impulsivo, los aspectos impulsivos; los de carácter meditativo, pues los aspectos meditativos; los afectuosos, los aspectos cargados de amor. No.

Creedme: todo está en vosotros, aunque os parezca que se haya perdido. La verdad es que lo habéis absorbido.

Vuestro pensamiento se irá desenvolviendo cual hilo multicolor, aportándoos las tonalidades suaves o severas, según las vayáis necesitando.

No temáis. Pensad también que Yo sé las cosas y que nunca os encargaría algo para lo que os viera incapaces.

Adiós, Pedro.

¡Venga, hombre, sonríe! ¡Ten fe! ¡Pon un buen acto de fe en la Sabiduría omnipresente!

Adiós a todos.

El Señor queda con vosotros.

Y rápido los deja, todavía atónitos y turbados por todo lo que han oído que tienen que hacer.

Tomás dice:

–     Lo que está claro es que hay que obedecer. 

Pedro comenta:

–     ¡Sí… claro!…

¡Pobre de mí! Casi que le doy alcance corriendo…

Santiago de Alfeo:

–     No, no lo hagas; la obediencia es amor a Él.

SIimón Zelote aconseja:

–     Es elemental y señal de santa prudencia…

Empezar ahora que todavía lo tenemos cercano y puede darnos un consejo si nos equivocamos.  Tenemos que ayudarle.

Bartolomé confirma:

–     Es verdad.

Jesús está visiblemente cansado. Tenemos que aliviarle en lo que podamos; no basta con transportar los talegos y preparar las camas y la comida; estas cosas las puede hacer cualquiera.

Hay que ayudarle en su misión, como Él quiere

Santiago de Zebedeo dice quejumbroso:

–     Tú sabes hablar porque eres una persona instruida; pero yo…  soy casi un completo ignorante…

Andrés exclama: 

–     ¡Ay, Dios!,

¡Están llegando los que estaban arriba! ¿Qué hacemos? 

Mateo interviene:

–     Perdonad si yo, que soy el más mísero, doy un consejo:

Pero ¡¿No sería mejor orar al Señor en vez de estar aquí plañendo por cosas que no se arreglan con lamentaciones?!

¡Venga, Judas, tú que sabes tan bien la Escritura, di por todos la Oración de Salomón para obtener la Sabiduría!

¡Rápido, antes de que lleguen!

Y Judas Tadeo, con su hermosa voz de barítono,

comienza:

–     Dios de mis padres, Señor de misericordia que todo lo has creado… – etc., etc.,… hasta donde dice: «… por la Sabiduría se salvaron todos los pue fueron gratos al Señor desde los orígenes.

Termina justo un instante antes de que la gente llegue…

Los circunde, los asalte con mil preguntas sobre el lugar a dónde ha ido el Maestro, sobre cuándo piensa volver…;

Y lo que es más difícil de conseguir, pretendiendo una respuesta satisfactoria,

a la pregunta:

«¿Cómo se las arregla uno para seguir al Maestro no con las piernas sino con el alma, por los caminos del Camino que Él indica?».

Esta pregunta pone en apuro a los apóstoles.

Se miran unos a otros.

Al final, Judas Iscariote responde:

–     Siguiendo la perfección – como si fuera una respuesta que pudiera explicar todo.

Santiago de Alfeo, más humilde y sereno, piensa un poco

y dice:

–     La perfección a que alude mi compañero se alcanza obedeciendo a la Ley,…

Porque la Ley es justicia y la justicia es perfección.

Pero la gente no se da todavía por satisfecha y por boca de uno de ellos que parece un dirigente,

objeta:

–     Nosotros somos pequeños como niños por lo que respecta al Bien.

Los niños no conocen todavía el significado del Bien y del Mal; no distinguen.

Igualmente nosotros, en este Camino que Jesús indica estamos tan poco formados que somos  incapaces de distinguir. 

Conocíamos un camino, el viejo, el que se nos ha enseñado en las escuelas:

¡Qué camino tan difícil, largo y amedrentador!

Ahora, por sus palabras, sentimos que es como aquel acueducto que se ve desde aquí…

Abajo está el camino de los animales y del hombre; arriba, encima de los ligeros arcos, alto, inscrito en sol y azul cielo, cercano a las ramas más altas, con su frufrú de viento y su canto de aves, hay otro, …

Tan alto, tan liso, limpio y luminoso; cuanto escabroso, sucio, oscuro es el inferior, un camino para el agua límpida y rumorosa, esa agua que es bendición. 

Un camino para el agua que viene de Dios, acariciada por lo que de Dios es: rayos de sol y de estrellas, frondas nuevas, flores, alas de golondrina.

Quisiéramos subir a ese camino alto, el suyo, pero no sabemos cómo, porque estamos aquí clavados, bajo el peso de toda la vieja construcción…

Y añade: «No sabemos cómo hacer».

El que ha hablado es un joven de unos veinticinco años, moreno, de complexión recia, mirada inteligente, de aspecto menos llano que la mayoría de los presentes.

Está respaldado por otro más maduro.

Judas de Keriot que siendo alto lo ve…

susurra a sus compañeros:

–     ¡Rápido, hablad bien!

Está Hermas con Esteban. A Esteban lo aprecia Gamaliel.

Ello termina de perturbar a los apóstoles.

30 SANTIDAD DEL SACERDOCIO


30 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Visita de Zacarías

La santidad de José y la obediencia a los sacerdotes. 

Veo la larga sala donde presencié el encuentro de los Magos con Jesús y su acto de adoración.

Comprendo que me encuentro en la casa hospitalaria que ha acogido a la Sagrada Familia.

Asisto a la llegada de Zacarías. Isabel no está.

La dueña de la casa sale presurosa, por la terraza que circunda la casa, al encuentro del huésped que está llegando…

Le acompaña hasta una puerta y llama; luego, discreta, se retira.

José abre y, al ver a Zacarías, exulta de júbilo.

Lo pasa a una habitacioncita pequeña, de las dimensiones de un pasillo. 

José dice:

–    María está dándole la leche al Niño.

Espera un poco. Siéntate, que estarás cansado.

Y le deja sitio en su recostadero, sentándose a su lado.

Oigo que José pregunta por el pequeño Juan,

y que Zacarías responde:

–    Crece vigoroso como un potrillo.

De todas formas, ahora está sufriendo un poco por los dientes. Por eso no hemos querido traerlo. Hace mucho frío.

Así que tampoco ha venido Isabel. No podía dejarlo sin la leche.

Lo ha sentido mucho; pero, ¡Está siendo una estación tan fría…!

–     Sí, efectivamente, muy fría.

–    Me dijo el hombre que me enviasteis que cuando nació el Niño estabais sin casa.

¡Lo que habréis tenido que pasar!…

–    Sí, verdaderamente lo hemos pasado muy mal…

Pero era mayor el miedo que la precariedad en que nos encontrábamos. Teníamos miedo de que esta precariedad le pudiera perjudicar al Niño.

Y los primeros días tuvimos que pasarlos allí.

A nosotros no nos faltaba nada, porque los pastores habían transmitido la buena nueva a los betlemitas y muchos vinieron con dones.

Pero faltaba una casa, faltaba una habitación resguardada, un lecho…

Y Jesús lloraba mucho, especialmente por la noche, por el viento que entraba por todas partes.

Yo encendía un poco de fuego, pero poco, porque el humo le hacía toser al Niño… y así el frío seguía.

Dos animales calientan poco, ¡Y menos todavía en un sitio donde el aire entra por todas partes!

Faltaba agua caliente para lavarlo, faltaba ropa seca para cambiarlo… ¡Oh! ¡Ha sufrido mucho! Y María sufría al verlo sufrir.

¡Sufría yo… conque te puedes hacer una idea Ella, que es su Madre!

Le daba leche y lágrimas, leche y amor… Ahora aquí estamos mejor.

Yo había hecho una cuna muy cómoda y María había puesto un colchoncito blando. ¡Pero la tenemos en Nazaret! ¡Ah, si hubiera nacido allí, habría sido distinto!.

– Pero el Cristo tenía que nacer en Belén.

Así estaba profetizado.

María ha oído que hablaban y entra. Está toda vestida de lana blanca. Ya no lleva el vestido oscuro que tenía durante el viaje y en la gruta.

Con este de ahora está enteramente blanca, como ya la he visto otras veces; no lleva nada en la cabeza.

En sus brazos sí, a Jesús, que está durmiendo, satisfecho de leche, envuelto en sus blancos pañales.

Zacarías se levanta reverente y se inclina con veneración.

Luego se acerca y mira a Jesús dando señales de un grandísimo respeto.

Está inclinado, no tanto para verlo mejor, cuanto para rendirle homenaje.

María se lo ofrece.

Zacarías lo toma con tal adoración que parece como si estuviera elevan do un ostensorio.

Efectivamente, está cogiendo en brazos la Hostia,

la Hostia ya ofrecida, que será inmolada sólo cuando se haya dado a los hombres como alimento de amor y de redención.

Zacarías devuelve Jesús a María.

Se sientan.

Zacarías refiere de nuevo — esta vez a María — el motivo por el cual Isabel no ha venido, y cómo ello la ha apenado.

–     Durante estos meses ha estado preparando ropa para tu bendito Hijo.

Te lo he traído. Está abajo, en el carro».

Se levanta y va afuera. Vuelve con un paquete voluminoso y con otro más pequeño.

De uno y de otro — José enseguida lo ha liberado del grande — saca inmediatamente los presentes:

Una suave colcha de lana tejida a mano, pañales y vestiditos.

Del otro, miel, harina blanquísima, mantequilla y manzanas, para María. Y tortas amasadas y cocidas por Isabel.

Y muchas otras cositas que manifiestan el afecto maternal de la agradecida prima hacia la joven Madre.

María dice:  

–     Le dirás a Isabel que le quedo agradecida, como también a ti.

Me habría gustado mucho verla, pero comprendo las razones. También me hubiera gustado ver de nuevo al pequeño Juan…

–     Lo veréis para la primavera.

Vendremos a veros. 

José dice:

–     Nazaret está demasiado lejos.

–    ¿Nazaret?

Pero si debéis quedaros aquí. El Mesías debe crecer en Belén. Es la ciudad de David.

El Altísimo lo ha traído, a través de la voluntad de César, a nacer en la tierra de David, la tierra santa de Judea.

¿Por qué llevarlo a Nazaret? Ya sabéis qué es lo que piensan los judíos de los nazarenos.

El día de mañana este Niño deberá ser el Salvador de su pueblo. La capital no debe despreciar a su Rey por el hecho de despreciar a su ciudad de procedencia.

Vosotros sabéis como yo, lo insidioso que es en sus razonamientos el Sanedrín y lo desdeñosas que son las tres castas principales…

Además aquí, no lejos de mí, podré ayudaros bastante,

Y podré poner todo lo que tengo, no tanto de cosas materiales cuanto de dones morales, al servicio de este Recién Nacido.

Y cuando esté en edad de entender me sentiré dichoso de ser maestro suyo, como de mi hijo; para que así, incluso, cuando sea mayor, me bendiga.

Tenemos que pensar en el gran destino suyo, y que, por tanto, debe poderse presentar al mundo con todas las cartas para poder ganar fácilmente su partida.

Está claro que Él poseerá la Sabiduría, pero el solo hecho de que haya tenido a un sacerdote por maestro, le hará más acepto a los difíciles fariseos y a los escribas,

Y le facilitará la misión.  

María mira a José, José mira a María.

Por encima de la cabeza inocente del Niño, que duerme rosado y ajeno a lo que le rodea, se entreteje un mudo intercambio de preguntas.

Son preguntas veladas de tristeza.

María piensa en su casita; José, en su trabajo. Aquí habría que partir de cero, en un lugar en que, apenas unos días antes, nadie los conocía.

En este lugar no hay ninguna de esas cosas amadas dejadas allí, y que habían sido preparadas para el Niño con gran amor.

Y María lo dice:

–     ¿Cómo hacemos?

Allí hemos dejado todo. José ha trabajado para mi Jesús sin ahorrar esfuerzo ni dinero.

Ha trabajado de noche, para trabajar durante el día para los demás,

y ganar así lo necesario para poder comprar las maderas más bonitas, la lana más esponjosa, el lino más cándido, para preparar todo para Jesús.

Ha hecho colmenas, ha trabajado hasta de albañil para darle otra distribución a la casa, de forma que la cuna pudiera estar en mi habitación hasta que Jesús fuese más grande,

y que luego pudiese dar espacio a la cama; porque Jesús estará conmigo hasta que sea un jovencito.

Zacarías pontifica: 

–     José puede ir a recoger lo que habéis dejado.

–    ¿Y dónde lo metemos?

Como tú sabes, Zacarías, nosotros somos pobres. No tenemos más que el trabajo y la casa.

Y ambos nos dan para tirar adelante sin pasar hambre.

Pero aquí… trabajo encontraremos, quizás, pero tendremos que pensar de todas formas en una casa.

Esta buena mujer no nos puede hospedar permanentemente, y yo no puedo sacrificar a José más de lo que ya lo está por mí. 

José dice: 

–   ¡Oh, yo!

¡Por mí no es nada! Me preocupa el dolor de María, el dolor de no vivir en su casa…

Le brotan a María dos lagrimones.

–     Yo creo que debe amar esa casa como el Paraíso, por el prodigio; que allí tuvo lugar en Ella…

Hablo poco, pero entiendo mucho.

Si no fuera por este motivo, no me sentiría afligido.

A fin de cuentas, lo único es que trabajaré el doble, pero soy fuerte y joven como para trabajar el doble de lo acostumbrado y cubrir todas las necesidades.

Si María no sufre demasiado… si tú dices que se debe hacer así… por mí… aquí estoy.

Haré lo que estiméis más justo. Basta con que le sea útil a Jesús.

–     Ciertamente será útil.

Pensad en ello y veréis los motivos.  

María objeta: 

–     Se dice también que el Mesías será llamado Nazareno…

–    Cierto.

Pero, al menos hasta que se haga adulto, haced que crezca en Judea.

Dice el Profeta: “Y tú, Belén Efratá, serás la más grande, porque de ti saldrá el Salvador”.

No habla de Nazaret. Quizás ese apelativo se le dará por un motivo que desconocemos. Pero su tierra es ésta.

–     Tú lo dices, sacerdote, y nosotros…

Y nosotros con dolor te escuchamos… y seguimos tu consejo. 

María se lamenta:  

–     ¡Y qué dolor!… ¿Cuándo veré aquella casa donde fui Madre?- María llora quedo.

Y yo entiendo este llanto suyo… ¡Vaya que si lo entiendo!

La visión me termina con este llanto de María.  

Dice María:

Sé que comprendes mi llanto. De todas formas, me verás llorar más intensamente.

Por el momento voy a aliviar tu espíritu mostrándote la santidad de José,

que era hombre, o sea, que no tenía más ayuda de su espíritu que su santidad.

Yo, en mi condición de Inmaculada, tenía todos los dones de Dios; no sabía que lo era, pero en mi alma éstos eran activos y me daban fuerza espiritual.

Él, sin embargo, no era inmaculado.

La humanidad estaba en él con todo su peso gravoso…

Y debía elevarse hacia la perfección con todo ese peso,

a costa del esfuerzo continuo de todas sus facultades por querer alcanzar la perfección y ser agradable a Dios.

¡Oh, sí, verdaderamente santo era mi esposo! Santo en todo, incluso en las cosas más humildes de la vida:  

santo por su castidad de ángel, santo por su honestidad de hombre, santo por su paciencia, por su laboriosidad, por su serenidad siempre igual, por su modestia, por todo.

Esa santidad brilla también en este hecho acaecido. 

Un sacerdote le dice:

“Conviene que te establezcas aquí”; y él, aun sabiendo que su decisión le acarreará el tener que trabajar mucho más, dice:

“Por mí no es nada. Lo que me preocupa es el sufrimiento de María.

Si no fuera por esto, yo, por mí, no me afligiría; es suficiente con que le sea útil a Jesús”.

Jesús, María: sus angélicos amores. Mi santo esposo no tuvo otro amor en este mundo… y se hizo a sí mismo siervo de este amor.

Lo han hecho protector de las familias cristianas, de los trabajadores, de muchas otras categorías (moribundos, esposos…); pues bien, a mayor razón, debería hacérsele protector de los consagrados.

Entre los consagrados de este mundo al servicio de Dios, quienquiera que sea, ¿Habrá alguno que se haya ofrecido como él al servicio de su Dios, aceptando todo,

renunciando a todo, soportándolo todo, llevando todo a cabo con prontitud, con espíritu gozoso, con constancia de ánimo como él?

No, no lo hay.

Y observa otra cosa; o mejor, dos:   

Zacarías es un sacerdote; José, no.

Y, sin embargo, observa cómo él, que no lo es, tiene su espíritu en el Cielo más que quien lo es.

Zacarías piensa humanamente…

Y humanamente interpreta las Escrituras, porque — no es la primera vez que lo hace — se deja guiar demasiado por su buen sentido humano.

Ya fue castigado por ello, pero vuelve a caer en lo mismo, aunque menos gravemente.

Ya respecto al nacimiento de Juan había dicho:

“¿Cómo podrá ser esto, si yo soy viejo y mi mujer estéril?”.

Ahora dice: “Para allanarse el camino, el Cristo debe crecer aquí”;

y piensa — con esa pequeña raíz de orgullo que persiste incluso en los mejores, que él le puede ser útil a Jesús.

No útil como quiere serlo José (sirviéndole),

sino útil ¡siendo maestro suyo! Dios le perdonó de todas formas por la buena intención; pero, ¿Necesitaba, acaso, maestros el “Maestro”?

Traté de hacerle ver la luz en las profecías, mas él se sentía más docto que yo y usaba a su modo esta impresión suya.

Yo habría podido insistir y vencer, pero — y ésta es la segunda observación que te presento — respeté al sacerdote; por su dignidad, no por su saber.

Por lo general, Dios ilumina siempre al sacerdote. Digo “por lo general”. Es iluminado cuando es un verdadero sacerdote.

No es el hábito el que consagra; consagra el alma.

Para juzgar si uno es un verdadero sacerdote, debe juzgarse lo que sale de su alma.

Como dijo mi Jesús: del alma salen las cosas que santifican o que contaminan, las que informan todo el modo de actuar de un individuo.

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

Pues bien, cuando uno es un verdadero sacerdote, generalmente siempre Dios le inspira.

¿Y los otros, que no son tales?: 

Hay que tener con ellos caridad sobrenatural, orar por ellos.

Y mi Hijo te ha puesto ya al servicio de esta redención, y no digo más.

Alégrate de sufrir porque aumenten los verdaderos sacerdotes.

Descansa en la palabra de aquel que te guía. Cree y presta obediencia a su consejo.

Obedecer salva siempre.

Aunque no sea en todo perfecto el consejo que se recibe. Tú has visto que nosotros obedecimos, y el fruto fue bueno.

Verdad es que Herodes se limitó a ordenar el exterminio de los niños de Belén y de los alrededores.

Pero, ¿No habría podido, acaso, Satanás llevar estas ondas de odio; propagarlas mucho más allá de Belén? y

¿Persuadir a un mismo delito a todos los poderosos de Palestina, para lograr matar al futuro Rey de los judíos?

Sí, habría podido.

Y esto habría sucedido en los primeros tiempos del Cristo, cuando el repetirse de los prodigios ya había despertado la atención de las muchedumbres y el ojo de los poderosos.

Y, si ello hubiera sucedido, ¿Cómo habríamos podido atravesar toda Palestina para ir, desde la lejana Nazaret, a Egipto, tierra que daba asilo a los hebreos perseguidos,

y, además, con un niño pequeño y en plena persecución?

Más sencilla la fuga de Belén, aunque — eso sí — igualmente dolorosa.

La obediencia salva siempre, recuérdalo; “y el respeto al sacerdote es siempre señal de formación cristiana.

¡Ay — y Jesús lo ha dicho — ay de los sacerdotes que pierden su llama apostólica!

Pero también ¡Ay de quien se cree autorizado a despreciarlos!, porque ellos consagran y distribuyen el Pan verdadero que del Cielo baja.

Este contacto los hace santos cual cáliz sagrado, aunque no lo sean. De ello deberán responder a Dios. Vosotros consideradlos tales y no os preocupéis de más.

No seáis más intransigentes que vuestro Señor Jesucristo, el cual, ante su imperativo, deja el Cielo y desciende para ser elevado por sus manos.

Aprended de Él.

Y, si están ciegos, o sordos, o si su alma está paralítica y su pensamiento enfermo, o si tienen la lepra de unas culpas que contrastan demasiado con su misión,

si son Lázaros en un sepulcro, llamad a Jesús para que les devuelva la salud, para que los resucite.

Llamadlo, almas víctimas, con vuestro orar y vuestro sufrir.

Salvar un alma es predestinar al Cielo la propia.

Pero salvar un alma sacerdotal es salvar un número grande de almas, porque todo sacerdote santo es una red que arrastra almas hacia Dios,

y salvar a un sacerdote,

o sea, santificar, santificar de nuevo, es crear esta mística red. Cada una de sus capturas es una luz que se añade a vuestra eterna corona. Vete en paz.

27 LLEGADA A BELÉN


27 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 La llegada a Belén.

Veo una vía de primer orden muy transitada.

Asnos que van cargados de todo tipo de cosas y de personas. Asnos que regresan.

La gente, azuza a sus cabalgaduras.

Otros, los que van a pie, caminan deprisa porque hace frío.

Hay un aire terso y seco, el cielo está sereno; todo tiene, no obstante, ese filo neto de los días de pleno invierno.

El campo, desnudo, parece más grande; está poco crecida y ya requemada por los vientos invernales la hierba de los pastos en que las ovejas buscan un poco de alimento,

y también de sol, que está saliendo poco a poco.

Están pegadas las unas a las otras, porque también ellas tienen frío; y balan, levantando el morro y mirando al Sol como diciendo: « ¡Ven pronto, que hace frío!».

El terreno está lleno de curvas. Las sinuosidades se hacen cada vez más claras; es propiamente una zona de colinas, con depresiones herbosas y laderas, con pequeños valles y cimas.

El camino pasa por el medio en dirección sudeste.

María va montada en un borriquillo pardo, toda arropada en su grueso manto.

En la parte de adelante de la albardilla está ese arnés ya visto en el viaje hacia Hebrón; encima, el baulillo con las cosas más necesarias.

José camina al lado llevando las riendas. De vez en cuando le pregunta a María si está cansada. Ella lo mira sonriendo y le responde que no;

pero a la tercera vez añade:

–     Tú sí que estarás cansado, que vas a pie.

–     ¡Oh!, ¿Yo? Para mí no es nada.

Lo que pienso es que si hubiera encontrado otro asno podrías ir más cómoda y además llegaríamos antes. Pero, me ha sido imposible encontrarlo; ahora todos necesitan una cabalgadura.

¡Ánimo de todas formas! Pronto llegaremos a Belén. Al otro lado de aquel monte está Efratá.

Ahora guardan silencio.

La Virgen cuando calla parece recogerse internamente en oración. Sonríe dulcemente por un pensamiento suyo, y, cuando mira a la gente, parece como si no viera en ella lo que es:

un hombre, una mujer, un anciano, un pastor, un rico o un pobre, sino eso que sólo Ella ve. 

José le pregunta:

–     ¿Tienes frío? – dado que empieza a levantarse viento.

–     No, gracias».

Pero José no se fía. Le toca los pies, que penden por el lado del borriquillo, los pies calzados en las sandalias y que apenas si se ven sobresalir del largo vestido;

debe sentirlos fríos porque menea la cabeza y se quita una manta que llevaba en bandolera y arropa con ella las piernas de María,

y se la extiende también sobre el regazo, de forma que sus manos, bajo la cobija y el manto, estén bien calientes.

Encuentran a un pastor, que corta el camino con su rebaño, pasando de los pastos de la derecha a los de la izquierda.

José se inclina hacia él para decirle algo.

El pastor hace un gesto afirmativo.

José toma el borriquillo y tira de él detrás del rebaño hasta el prado.

El pastor saca de una alforja una tosca escudilla, ordeña a una gruesa oveja de ubres llenas, da la escudilla a José y éste a su vez se la ofrece a María. 

María dice:

–     ¡Que Dios os bendiga a los dos!

A tí, por tu amor; y a tí por tu bondad. Oraré por ti.  

El pastor pregunta:

–     ¿Venís de lejos?.  

José responde:

–     De Nazaret.

–     ¿Y vais hacia…?.

–     A Belén.

–     Largo viaje para esta mujer en este estado.

¿Es tu esposa?.

–     Es mi esposa.

–     ¿Tenéis dónde ir?

–     No.

–    ¡Mala cosa!

Belén está llena de gente llegada de todas partes para inscribirse o para ir a otro lugar, No sé si encontraréis alojamiento. ¿Conoces bien este lugar?

–     No mucho.

–     Bueno, pues… yo te digo… por ella (y señala a María). Preguntad por la posada. Estará llena. Más que nada os lo digo como referencia. Está en una plaza, en la más grande.

Se llega por este mismo camino, no hay pérdida posible. Delante hay una fuente. La posada es grande y baja y tiene un portal grande. Estará llena.

De todas formas, si no encontráis nada en ella ni en las otras casas, id a la parte de atrás de la posada, hacia el campo.

En el monte hay unos establos que algunas veces les sirven a los mercaderes que van a Jerusalén para meter a los animales que no tienen sitio en la posada.

Son establos — ya sabéis — que están en el monte; por tanto, húmedos, fríos y sin puerta. Pero son al menos un refugio; esta mujer… no puede quedarse en la calle.

Quizás allí encontréis un sitio… y heno para dormir y para el burro… ¡Y que Dios os acompañe! 

María responde:

–     ¡Y que alegre tus días! 

José en cambio dice:

–     La paz sea contigo.

Vuelven al camino. Salvan una prominencia del terreno desde la que se ve una depresión más vasta limitada por delicadas pendientes.

En la cuenca y arriba y abajo por las laderas hay casas y más casas: es Belén.  

José dice:

–     Estamos en la tierra de David, María.

Ahora podrás descansar. Te veo muy cansada…

–    No. Estaba pensando… estoy pensando…

María le coge la mano a José y, sonriendo con beatitud,

le dice:

–    Tengo la firme impresión de que ha llegado el momento.

–     ¡Dios de misericordia!

¿Qué hacemos?

–     No te preocupes, José.

Permanece firme. ¿No ves lo tranquila que estoy yo».

–     Pero estás sufriendo mucho.

–     ¡Oh! ¡No! Estoy llena de gozo.

Siento un júbilo tal, tan fuerte, tan hermoso, tan incontenible, que mi corazón late fortísimamente y me dice: “¡Va a nacer! ¡Va a nacer!”. Lo dice en cada latido.

Es mi Niño, que llama a mi corazón y me dice:

–    “Mamá, estoy aquí, vengo a darte el beso de Dios”.

¡Oh, qué alegría, José mío!

José, sin embargo, no está jubiloso. Piensa más bien en la urgencia de encontrar un lugar donde ampararse, y acelera el paso.

Puerta por puerta lo solicita… Nada. Todo lleno.

Llegan a la posada… Está llena, incluso con gente prácticamente al raso bajo el rústico pórtico que rodea el vasto patio interior.

José deja a María montada en su burrito, dentro del patio…

Y sale para buscar en las otras casas. Vuelve desconsolado. No hay ningún sitio.

El rápido crepúsculo invernal comienza a extender sus velos.

José le suplica al posadero, suplica a los que han venido de fuera: ellos son hombres, y están sanos; aquí hay una mujer que está para dar a luz a un hijo; que tengan piedad… Nada.

Un rico fariseo, que los está mirando con desprecio manifiesto, cuando María se acerca, se separa como si hubiera sido una leprosa la que se hubiera acercado.

José le mira, y se le enciende de indignación el rostro.

María le pone una mano en su muñeca, para calmarlo,

y le dice:

–     No insistas.

Vamos. Dios proveerá,

Salen. Siguen el muro de la posada. Tuercen por una callejuela encajonada entre aquélla y unas casas pobres. Giran hacia la parte de atrás de la posada. Buscan.

Hay una especie de grutas. Por lo bajas que son y lo húmedas que están, diría que más que establos son bodegas. Las más lindas ya están ocupadas.

José siente caérsele el alma a los pies.

–     ¡Eh! ¡Galileo! – le grita por detrás un viejo.

–     Allí, en el fondo, bajo aquellas ruinas, hay una guarida. Quizás todavía no se ha metido nadie. Se apresuran hacia esa “guarida”. Es realmente una guarida. 

Entre las ruinas de lo que sería un edificio, hay una abertura; dentro, una gruta, más que una gruta una cavidad excavada en el monte.

Diríase que son los cimientos de la antigua construcción, cuyos restos derrumbados, apuntalados con troncos de árbol casi sin desbastar, hacen de techo.

Para ver mejor, puesto que hay poquísima luz, José trae yesca y piedra de chispa. Y enciende una lamparita que ha sacado del talego que lleva cruzado al pecho.

Entra. Un mugido le saluda.  

José sonríe y dice:

–     Ven, María; está vacía, sólo hay un buey.

¡Mejor que nada…!.

María baja del burrito y entra.

José ha colgado la lamparita de un clavo que está hincado en uno de los troncos de sostén. Se ve la techumbre llena de telas de araña…

Y pajas esparcidas por todo el suelo (que es de tierra batida y su superficie es completamente irregular; con hoyos, guijarros, detritos y excrementos).

En la parte del fondo, un buey, con heno colgándole de la boca, se vuelve y mira con ojos tranquilos.

Hay un tosco taburete y dos piedras en un ángulo ennegrecido — señal de que en ese lugar se enciende fuego — que está junto a una tronera.

María se acerca al buey. Tiene frío. Le pone las manos sobre el cuello para sentir su calorcillo.

El buey muge; se deja. Parece como si hubiera comprendido.

Se deja también cuando José lo separa un poco para coger abundante heno del pesebre para hacerle a María una yacija.

El pesebre es doble: está el en que come el buey y encima, una especie de estante con heno de reserva; éste es el que coge José.

Y le hace sitio al burrito que, cansado y hambriento, enseguida se pone a comer.

José encuentra también un cubo volcado y todo abollado. Sale, porque fuera había visto un arroyueloy vuelve con agua para el borriquillo.

Luego se hace con un haz de ramajes que estaba en un rincón y trata de barrer un poco el suelo.

Después extiende el heno, hace con él una yacija, junto al buey, en el ángulo más seco y resguardado; pero siente que este mísero heno está húmedo, y suspira.

Enciende el fuego y con una paciencia de cartujo, lo seca a manojos cerca del calor.

María, sentada en el taburete, cansada, mira sonriente. Ya está. María se dispone mejor sobre el mullido heno, con los hombros apoyados en un tronco.

José termina de… aparejar la estancia extendiendo su manto como si fuera una cortina en la apertura que hace de puerta. Una protección muy relativa.

Luego le ofrece a la Virgen pan y queso, y le da a beber agua de un boto.

Le dice a María:

–     Duerme ahora.

Yo velaré, para que la lumbre no se apague. Menos mal que hay leña. Esperemos que dure y que arda. Así podré ahorrar aceite de la lámpara.

María se echa obedientemente.

José, con la manta que tenía en los pies y con el manto de la misma María, la tapa.

María observa:

–     ¿Y tú?… Vas a pasar frío.

–     No, María.

Estoy junto al fuego. Trata de descansar. Mañana irá mejor.

María cierra los ojos sin insistir más.

José se pone en su rinconcillo, sentado en el taburete, con unas pocas ramillas secas al lado; no creo que duren mucho.

Están colocados así: María a la derecha, dando la espalda a la… puerta, semioculta por el tronco y por el cuerpo del buey, que está recostado ahora en la cama de paja.

José a la izquierda y de cara a la puerta, en diagonal por tanto; estando frente al fuego, da la espalda a María; pero, de vez en cuando, se vuelve a mirarla…

Y la ve tranquila, como si durmiera.

Rompe lentamente sus ramitas y las va echando, una a una, en el débil fuego para que no se apague, para que dé luz, para que la poca leña dure.

La única luz, ora más viva, ora mortecina, es la del fuego. La lámpara está ya apagada; en la penumbra resalta sólo el blancor del buey y del rostro y manos de José. 

Todo el resto es una masa que se confunde en la penumbra densa.

 Dice María:

No hay dictado.

La visión habla por sí sola. Tarea vuestra es entender la lección de caridad, humildad y pureza que de ella emana. 

25 LA PASIÓN DE JOSÉ


25 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

José pide perdón a María.  

Fe, caridad y humildad para recibir a Dios. Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro.

La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

Así, veo el huertecillo de Nazaret.

María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara.

En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral.

Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado.

No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana.

Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento.

Y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos.

Se oye sólo el murmullo del arroyuelo que va a un pilón del fondo del huerto.

María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir.

A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está.

María mira con ojos que escrutan tristemente; José, con ojos que parecen suplicar. Guardan silencio, mirándose.

María rompe el silencio:

–     ¿A esta hora, José?

¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven. José entra y cierra la puerta.

Todavía guarda silencio.

–     Habla, José. ¿Qué deseas de mí? 

Con una voz ronca por el llanto contenido,

José dice:

–     Tu perdón – José se curva como si quisiera arrodillarse.

Pero María, siempre tan reservada al tocarlo, lo agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente rojo, ora de nieve como antes.

María responde:

–     ¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José.

No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia y el amor que me tienes.

José la mira.

Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de sus ojos profundos, permanecer como en el borde de un recipiente, para luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

–     Perdóname, María.

He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad.

He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo…

–     ¡Oh, no, no has faltado!

–     Sí, María.

19. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 20. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. 21. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Mateo 1

Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú..

No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María.

El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio… perdóname, María.

–     No tengo nada que perdonarte.

Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado.

–     ¡Oh, dolor sí que fue!

¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

Pero, María, ¿Por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera.

María le pone su mano en la cabeza, y sonríe. Parece como si lo absolviera.

Dice:

–     Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre.

Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho,. por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer.

Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan José, aunque provoquen lágrimas de sangre.

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo.

Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manos de María entre las suyas, oscuras y fuertes.

Y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

–     Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que… 

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura…

Y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa

–     Habrá que actuar rápidamente.

Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda… La próxima semana. ¿Te parece bien?

–     Todo lo que tú haces está bien, José.

Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva.

–     No. Yo soy tu siervo.

Yo soy el devoto siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes.

Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir…

¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios?

¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!….

–     Podrás, como yo, por gracia de Dios.

–     Pero tú eres tú.

¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!….

–      Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios.

Viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos.

Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado.

Y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres.

Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan…

¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡Padre y Madre!” ¡Oh!….

María llora de alegría; ¡Un llanto tan feliz…!

Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

Dice María: 

Que nadie interprete erróneamente mi palidez.

No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José.

Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad.

Cuando le vi, por este motivo, la sangre se me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia.

Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.

Aunque breves numéricamente, los tres días de la pasión de José fueron de tremenda intensidad.

Como también la mía, esta primera pasión mía.

En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarlo en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “¡Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando lo vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo,

y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción!

Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad,

tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza.

Y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar, la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga en favor nuestro.

Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo.

Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que,

para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a Sí Mismo hasta la humillación de ser hombre.

Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada,

de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe.

José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno

y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor.

No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera.

Él vivía la Ley, y la Ley dice: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿Por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta.

Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad.

Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”.

Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”?

Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros— cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos.

¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos.

Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita,

porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios lo quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor.

¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen,

para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti,

sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman.

Por ahora no os digo nada más.

Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión (esta revelación se la dio Dios a María Valtorta en Semana Santa).

Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros.

Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido.

SAN JOSE, CUSTODIO Y PROTECTOR DE LA IGLESIA

22 NACIMIENTO DEL PROFETA


A view of the Tombs of the Patriarchs in Hebron

22 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

 Nacimiento de Juan el Bautista.

Todo sufrimiento se aplaca sobre el seno de María.

En medio de las cosas repugnantes que nos ofrece el mundo de ahora, baja del Cielo, y no sé cómo puede hacerlo, dado que yo soy como una ramita seca a merced del viento,

en estos continuos choques contra la maldad humana, tan discordante con lo que vive en mí, baja del Cielo, digo, esta visión de paz.

Continúa la casa de Isabel.

Es una hermosa tarde de verano, aún clara con un último sol, y de todas formas ya adornada en el cielo por un arco falcado de luna, que parece una coma de plata en una vasta tela azul intenso de fina seda.

Los rosales huelen fuertemente, y las abejas, gotas de oro zumbadoras, dan sus últimos vuelos en el aire quieto y caliente de la tarde.

De los prados viene un gran olor de heno secado al sol, un olor casi de pan, de pan caliente, recién hecho.

Quizás viene también de los muchos lienzos que están tendidos por todas partes para secarse y que ahora Sara está plegando.

María pasea dándole el brazo a su prima. Muy despacito van y vienen, bajo el emparrado semioscuro.

María está pendiente de todo y, a pesar de estar dedicada a Isabel, se da cuenta de que Sara está atareada en doblar un largo lienzo que ha quitado de un seto. 

Y dice a su parienta:

–     Espérame aquí, sentada.

Y va a ayudar a la anciana sirvienta, estirando la tela para alisarla, y doblándola con cuidado.

Y sonriendo dice:

–     Se siente todavía el sol, están calientes – y, para que se sienta contenta la mujer, añade: – Esta tela después de tu blanqueo ha quedado más bonita que nunca. Nadie tiene tanta maña como tú.

Sara se marcha toda contenta con su carga de fragantes telas.

María vuelve con Isabel y dice:

–     Otros poquitos pasos.

Te vendrán bien – Y, dado que Isabel está cansada y no le apetece moverse, le dice: – Vamos sólo a ver si todas tus palomas están en sus nidos y si el agua de su pilón está limpia. Luego regresaremos a casa.

Las palomas deben ser las predilectas de Isabel.

Llegadas ante la rústica torrecilla donde ya se han recogido todas las palomas (las hembras están en los nidos; los machos, delante de éstos y no se mueven, pero viendo a las dos mujeres las saludan con su arrullo)

Isabel se emociona. La debilidad de su estado la vence y le produce temores que le hacen llorar.

Se los manifiesta a su prima:

–     Si yo muriese…

¡Pobres palomitas mías! Tú no permanecerás aquí.

Si te quedaras en mi casa, no me importaría morirme. He gozado de la máxima alegría que una mujer puede recibir, una alegría que ya me había resignado a no conocer nunca.

Ni de la misma muerte puedo presentarle quejas al Señor, porque Él, ¡Bendito sea!, me ha colmado de su benevolencia. Pero, está Zacarías… y estará el niño:

uno, viejo, que se encontraría como perdido en un desierto sin su mujer; el otro, tan pequeñito, que sería como una flor destinada a morir helada, por no tener a su mamá.

¡Pobre niño, sin las caricias de su madre!…  

María dice:

–     Pero, ¿Por qué estás tan triste?

Dios te ha dado la alegría de ser madre, y no te la va a quitar cuando llega a su plenitud.

El pequeño Juan tendrá todos los besos de su mamá y Zacarías gozará de todos los cuidados de su fiel esposa hasta la más avanzada ancianidad. Sois dos ramas de un mismo árbol.

No morirá uno dejando al otro solo.

–     Tú eres buena y quieres consolarme, pero yo soy muy anciana para tener un hijo…

¡Y ahora que estoy para darlo a luz tengo miedo!

–     ¡Oh, no! ¡Está aquí Jesús!

Donde está Jesús no se debe tener miedo. Mi Niño te quitó el dolor cuando era como un capullo recién formado; tú lo dijiste.

Ahora, que cada vez va desarrollándose más y que vive ya como criatura mía;

ahora, que siento palpitar su corazón en mi garganta y es como si tuviera posado en ella un pajarito de nido, con un corazoncito de suave palpitar, alejará de ti todo peligro. Debes tener fe.

–     La tengo.

Pero, si yo muriese… no dejes a Zacarías inmediatamente. Sé que piensas en tu casa, pero, quédate un poco, para ayudarle a mi marido en el momento del primer dolor.

–     Me quedaré, para complacerme en la alegría de ambos.

Y sólo te dejaré cuando estés fuerte y te sientas aliviada.

Estate tranquila, Isabel; todo irá bien. En tu casa no faltará nada mientras dure tu dolor. Zacarías será servido por la más amorosa de las siervas.

Y tus flores y tus palomas estarán cuidadas y a unas y a otras las encontrarás avivadas y bonitas para recibir cálidamente a la dueña cuando vuelva.

Regresemos a casa ahora, te estás poniendo pálida…

–     Sí, me parece que tengo otra vez dolores.

Quizás haya llegado la hora. María, ora por mí.

–     Te sostendré con la oración hasta que tus dolores se transformen en gozo.

Y las dos mujeres entran despacio en la casa.

Isabel se retira a sus habitaciones.

María, hábil y previsora, da órdenes y prepara todo lo que puede necesitarse y trata de confortar a Zacarías, que está preocupado.

En la casa que vela esta noche, con voces nuevas, de mujeres llamadas para ayudar, María está en pie, vigilante como un faro en una noche de tormenta.

Toda la casa gravita sobre Ella, que dulce y sonriente, provee a todo; y ora.  Cuando no se le llama para esto o aquello, se recoge en oración.

Está en la habitación en que se reunían siempre para las comidas y el trabajo. Con Ella está Zacarías, paseando turbado. Ya han orado juntos.

María luego ha seguido orando; incluso ahora, que el anciano, cansado, se ha sentado en su sillón junto a la mesa y se ha quedado en silencio, soñoliento.  

Cuando ve que está dormido del todo — la cabeza sobre los brazos cruzados apoyados en la mesa —, Ella se desata las sandalias para hacer menos ruido, y camina descalza.

Luego, con menos rumor del que puede hacer una mariposa volando por una habitación, coge el manto de Zacarías y se lo extiende encima al anciano con una suavidad tal,

que éste continúa durmiendo bajo el calorcito de la lana protectora del fresco nocturno, que entra a ondas por la puerta, frecuentemente abierta.

Luego sigue orando; cada vez con más intensidad; de rodillas, con los brazos levantados, cuando el quejido de Isabel, que sufre, se agudiza.

María sale con sus pies descalzos al jardín.

Sara llega y la llama con señas.

Luego dice:

–     La señora la llama.  

María responde:

–     Voy.

María va por el lado externo de la casa, sube la escalera… Parece un ángel blanco moviéndose en la noche quieta llena de astros.

Entra en la habitación de Isabel.  

Su prima está angustiada,

y le dice:

–    ¡Oh! ¡María! ¡María!

¡Cuánto dolor! ¡No puedo más, María! ¡Cuánto dolor hay que padecer para ser madre!.

María la acaricia con amor y la besa.

–     ¡María! ¡María!

¡Deja que ponga mis manos sobre tu vientre!.

María coge esas dos manos rugosas e hinchadas, las pone sobre su abdomen ya algo abultado y las mantiene apretadas con sus manitas lisas y gráciles.

Y ahora, que están las dos solas, habla en tono suave y dice:

–     Jesús está aquí, oyéndote y viéndote.

Ten confianza, Isabel. Su corazón santo late con más fuerza, porque está actuando para bien tuyo. Lo siento latir como si lo tuviera entre una mano y otra. Yo entiendo las palabras de mi Niño hechas de latidos.

Ahora me está diciendo: “Dile a la mujer que no tema. Todavía un poco de dolor. Luego, con el primer sol, entre las tantas rosas que esperan ese rayo matutino para abrir sus pétalos sobre su tallo,

su casa tendrá la rosa más bonita, Juan, mi Precursor”.

Isabel apoya también la cara en el vientre de María y llora silenciosamente.

María está un tiempo así, pues parece que el dolor va pasando a una fase de relajación reparadora. Luego indica a todos que estén tranquilos.

Ella permanece en pie, blanca y hermosa bajo el tenue claror de una lámpara de aceite, como un ángel al lado de quien sufre. Ora. La veo mover los labios.

De todas formas, aun cuando no se los viese mover, comprendería que está orando por la expresión arrobada del rostro. El tiempo pasa.

Le vuelve el dolor a Isabel.

María la besa de nuevo y se retira. Baja rápida a la luz de la luna y corre a ver si el anciano duerme todavía. Duerme, gimiendo en el sueño. María hace un gesto de piedad.

Se pone de nuevo a orar. Pasa el tiempo. El anciano sale bruscamente de su sueño y levanta su rostro, confuso, como de quien no recordase bien por qué estaba ahí.

Luego recuerda, hace un gesto y profiere una exclamación gutural, y escribe: «¿No ha nacido todavía?».

María indica que no,

Y Zacarías: «¡Cuánto dolor! ¡Pobre esposa mía! ¿Lo logrará sin morir a cambio?».

María coge la mano del anciano tratando de infundirle ánimo:

–     Para el alba, dentro de poco, el niño ya habrá nacido.

Todo irá bien. Isabel es fuerte. ¡Qué bonito va a ser este día — pues está cercana la aurora — en que tu niño va a ver la luz!

¡El más bello de tu vida! Grandes gracias te tiene reservadas el Señor, y tu hijo es su anunciador.

Zacarías menea tristemente la cabeza y señala a su boca muda. Quisiera decir muchas cosas, pero no puede.

María se da cuenta de ello y responde:

–     El Señor hará completa tu alegría.

Cree en Él completamente, espera infinitamente, ama totalmente. El Altísimo te escuchará más de lo que pudieras esperar. Él quiere esta Fe tuya total como purificación de tu pasada desconfianza.

Di en tu corazón conmigo: “Creo”. Dilo a cada uno de los latidos de tu corazón. Los tesoros de Dios se abren para quien cree en Él y en su poderosa bondad.

La puerta está entornada y la luz comienza a penetrar por ella. María la abre.

El alba ha puesto toda blanca la tierra aljofarada de rocío. Se percibe un fuerte olor de tierra húmeda y hierba, y los primeros silbos de pájaros se llaman de rama a rama.

El anciano y María salen a la puerta. Están pálidos por la noche pasada en vela; la luz del alba los pone aún más pálidos.

María calza de nuevo sus sandalias y va al pie de la escalera, atenta a ver si se oye algo.

Una mujer se asoma, María hace unos gestos y vuelve. Todavía nada.

Luego va a una habitación y regresa con leche caliente. Se la da a beber al anciano.

Después va donde las palomas, y desaparece de nuevo en esa habitación; quizás es la cocina.

Se mueve aquí y allá, está atenta a todo. Se la ve tan ágil y tan serena, que parece como si hubiera dormido el mejor de los sueños.

Zacarías pasea arriba y abajo nerviosamente por el jardín.

María lo mira con piedad.

Luego entra otra vez en la misma habitación y, arrodillada junto a su telar, ora intensamente, pues la queja de la sufriente se hace más aguda.

Se curva hasta el suelo para suplicarle al Eterno.

Zacarías vuelve, entra y la ve postrada en ese modo; el pobre anciano llora.

María se levanta y le toma de la mano. Es mucho más joven que él, pero parece Ella la madre de esa vejez desolada sobre la que extiende sus consuelos.

Permanecen así, el uno al lado del otro, bajo este sol que pone rosáceo el aire de la mañana. Estando así, llega a sus oídos el jubiloso anuncio:

–     ¡Ha nacido!

¡Ha nacido! ¡Un niño! ¡Oh, padre dichoso! ¡Un niño lozano como una rosa, bonito como el Sol, fuerte y bueno como la madre!

¡Alégrate, padre bendecido por el Señor, que te ha dado un hijo para que lo ofrezcas a su Templo! ¡Gloria a Dios, que ha concedido posteridad a esta casa! ¡Benditos seáis tú y el hijo que te ha nacido!

¡Que su linaje perpetúe tu nombre por los siglos de los siglos, generación tras generación, y permanezca siempre en alianza con el Señor eterno!

María, llorando de alegría, bendice al Señor. 

Luego, los dos acogen al pequeñuelo, que le ha sido traído al padre para que lo bendiga.

Zacarías no va con Isabel; coge al niño, que grita como un desesperado. Pero no va donde su esposa.

María sí que va, llevando amorosa al pequeñuelo, el cual se ha quedado callado nada más que María lo ha cogido en brazos.

La comadre, que va tras Ella, se percata de este hecho. 

Y entrando en la habitación, lo dice:

–     Mujer, tu hijo se ha callado enseguida, cuando Ella lo ha tomado en sus brazos.

¡Mira qué tranquilo duerme! ¡Y bien sabe el Cielo lo inquieto y fuerte que es! ¡Mira, ahora parece un pichoncito!

María deposita a la criatura junto a la madre y acaricia a Isabel, poniendo en orden su pelo gris.

–     La rosa ha nacido — le dice con voz suave — y tú vives. Zacarías está dichoso.  

Isabel pregunta:

–     ¿Habla?

–     Todavía no. 

Pero, espera en el Señor. Ahora descansa. Yo estoy contigo.

Dice María: 

Mi presencia había santificado al Bautista, pero no había cancelado a Isabel la condena proveniente de Eva. “Darás a luz con dolor” había dicho el Eterno.

Sólo yo, sin mancha y sin haber tenido unión matrimonial humana, quedé exenta de engendrar con dolor.

La tristeza y el dolor son los frutos de la culpa. Yo, que era la Inculpable, tuve que conocer también el dolor y la tristeza, porque era la Corredentora.

Pero no conocí el tormento del generar; no, este tormento no lo conocí.

Y, no obstante, créeme, hija, no hubo, ni habrá jamás tormento puerperal semejante al mío… 

de Mártir de una Maternidad espiritual cumplida en el más duro lecho, el de Mi Cruz, al pie del patíbulo del Hijo que se me moría.

¿Qué madre se verá obligada a generar de esa manera? ¿Qué madre se verá obligada a amalgamar el suplicio del desgarro de sus entrañas por los estertores de su Hijo moribundo,   

con el suplicio de sentírsele retorcer las entrañas al tener que superar el horror de deber decir:

“Os amo; venid a mí, que soy Madre vuestra” a los que estaban matando a ese Hijo nacido del más sublime amor, 

que jamás haya visto el Cielo, del amor de un Dios con una virgen, del beso de Fuego, del abrazo de Luz, que se hicieron Carne, y que del vientre de una mujer hicieron el Tabernáculo de Dios?

–    ¡Cuánto dolor para ser madre! – dice Isabel.

–     ¡Mucho! Sí, pero insignificante, comparado con el mío.

–     Déjame poner las manos en tu vientre”.

¡Ah, si cuando sufrís me pidierais siempre esto! Yo soy la eterna Portadora de Jesús.

Él está dentro de mi pecho, como tú lo viste el año pasado, cual Hostia en el ostensorio.

Quien a mí viene, a Él lo encuentra; quien en mí se apoya, a Él lo toca; quien a mi se dirige, con Él habla. Yo soy su vestidura.

Él es el alma mía.

Mi Hijo está ahora más unido a mí que durante los nueve meses de gestación.

A quien a mí viene y apoya su cabeza en mi regazo, todo dolor se le adormece, toda esperanza le florece, toda gracia le fluye.

Yo oro por vosotros. Recordadlo.

La beatitud de estar en el Cielo, viviendo en el esplendor de Dios, no me distrae de mis hijos que padecen en la Tierra. Yo oro. Todo el Cielo ora porque el Cielo ama.

El Cielo es caridad que vive, y la Caridad tiene piedad de vosotros. Pero, aunque sólo estuviera yo, habría suficiente oración para cubrir las necesidades de quien espera en Dios.

Porque no ceso de orar por todos vosotros, santos y malvados, para dar: a los santos, la alegría; a los malvados, el salvífico arrepentimiento.

Venid, venid, hijos de mi dolor. Os espero al pie de la Cruz para distribuir gracias.  

19 LA OCUPACIÓN PRINCIPAL


19 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María y José camino de Jerusalén.

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María.

Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes),

sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella su equipaje sin peligro de que el agua lo moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

Cierran la puerta de casa y se ponen en camino.

Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente.

Nazaret duerme todavía.

Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va arreando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras balando.

Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna.

Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe.

Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo.

Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado,

y dice:

–     Está buscando a su mamá.

Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo.

Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces.

José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea.

De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente,

que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él.

Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles.

Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla.

Y otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso de un nubarrón oscurísimo.

Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua.

Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar.

María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad,

se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla.

La manta del burro probablemente.

Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina.

Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro.

De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha.

Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.  

Salida de Jerusalén.

El aspecto beatífico de María.

Importancia de la oración para María y José. Estamos en Jerusalén.

La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo.  

José les da de comer a los dos burros y también ahora deja allí.

Y con María va a adorar al Señor.

Más tarde salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo.

María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo.

José dice:

–     Este hombre va por el mismo camino que tú.

Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco.

Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta otra de las Puertas de la ciudad  y allí se despiden…

María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas.

María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baul (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl.

Está muy hermosa con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo.

Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado transpuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar.

Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas. 

Dice María:

–     Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía.

Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la Oración.

Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían.

Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto;

pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenía en suspensión hacía el Cielo, la Patria.

No sólo yo, que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos, me sentía unida a Dios cuando oraba,

sino que también lo sentía José, porque nuestra Oración era adoración verdadera de todo el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijáos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo.

La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”.

Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad.

¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra.

Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios.

Imitad, pues, a los ángeles. No os despojéis nunca del amparo de la Oración.

Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente.

No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios.

Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia

y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios.

Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor.

Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz.

Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús y son otros tantos besos que yo recibo.

Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre… Y yo me siento bendecida.  

 

11 EL VOTO DE MARÍA


11 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.

Dice María Valtorta:

¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía…

(estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo)

Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros,

su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón.

Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo,

Y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado,

porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén,

en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior,  sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado,

que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él.

Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido.

Y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas.

Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja, pero al mismo tiempo festiva.

María guarda silencio.

Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

Y le dice:

–     María, el Sumo Sacerdote te espera.

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas.

Se limita a responder:

–     Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo.

Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote

no le dice:

–    Pasa, María. No temas.

Ella se yergue y alza la cara.

Y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla.

Y Zacarías la saluda con un:

–    Paz a ti, prima.

El Pontífice la observa atentamente.

le dice a Zacarías:

–     Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.

–     Hija, conozco tu gracia y tu bondad.

Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres.

Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste.

Y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto.

Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor.

Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento.

De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre.

¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor. Y con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados y con voz temblorosa,

responde:

–     Ninguno. 

Zacarías dice:

–     No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña.

Y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa, como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.

–     Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:

–     María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel.

Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

–     Se debe a esto entonces tu llanto.

No es por resistencia a la Ley.

–     Es por esto… no por otro motivo.

Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

–     Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre.

¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.

–     Yo creo que desde siempre.

Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

–     Pero, ¿No eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.

–     Sí.

–     Y ¿Cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?

–     Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada…

No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”…

Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar…

Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa…

Mi casa tenía un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados…

Y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta…

Estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes.

Y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto.

Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial.

Y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios

Y aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón…

Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios…

Y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”.

Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía!

El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”.

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…

Me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

“Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”…

Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba…

¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable.

Y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios…

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial,  yo dije entonces:

“Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”…

Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido.

Y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos.

¿Cuándo?… No lo sé.

Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘

Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

–     Dios te dará el esposo y será santo, dado que en Dios te abandonas.

Lo que harás será manifestarle tu voto.

–     ¿Y aceptará?

–     Espero que sí.

Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.