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19 LA OCUPACIÓN PRINCIPAL


19 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María y José camino de Jerusalén.

Asisto al momento de la partida para ir donde Sta. Isabel.

José ha venido a recoger a María con dos borriquillos grises: uno para él, el otro para María.

Los dos animalitos llevan la acostumbrada albardilla; una de ellas agrandada, por un arnés, que sólo luego comprendo que ha sido hecho para llevar la carga (es una especie de portaequipajes),

sobre el cual José asegura una pequeña arca de madera — un pequeño baúl, diríamos ahora — que le ha traído a María para que pueda colocar en ella su equipaje sin peligro de que el agua lo moje.

Le oigo a María agradecer mucho a José este regalo providente, donde ordena todo lo que llevaba en un talego que había preparado antes.

Cierran la puerta de casa y se ponen en camino.

Está naciendo el día; efectivamente, veo que la aurora tenuemente empieza a rosear a Oriente.

Nazaret duerme todavía.

Los dos viajeros madrugadores encuentran en su camino únicamente a un pastor, el cual va arreando a las ovejas para que avancen; y las ovejas van trotando, chocándose unas contra otras balando.

Los corderitos son los que más balan, con sonido agudo y ligero; quisieran buscar, incluso mientras caminan, la mama materna.

Pero las madres van deprisa al pasto y los invitan con su balido, más fuerte, a que también troten.

María mira y sonríe.

Se ha detenido para dejar pasar al rebaño, y se inclina desde su albardilla y acaricia a estos mansos animalitos que pasan rozando al borriquillo.

Cuando llega el pastor, con un corderillo recién nacido en sus brazos, y se para saludar, María ríe acariciando en el morrito rosado al corderito, que bala como un desesperado,

y dice:

–     Está buscando a su mamá.

Ésta es la mamá, aquí está. No te abandona, no, pequeñuelo.

Efectivamente, la oveja madre se restriega contra el pastor y se pone de manos para lamer en el morrito a su hijo.

Pasa el rebaño con rumor de agua entre frondas, dejando tras sí el polvo que han levantado las veloces pezuñitas, y todo un bordado de pisadas sobre la tierra del camino.

José y María reanudan la marcha. José lleva su capa; María va arropada con una especie de toquilla de rayas porque la mañana está muy fresca.

Ya están en el campo y van el uno al lado del otro. Hablan raras veces.

José piensa en sus asuntos y María sigue sus propios pensamientos, y, recogida en sí, sonríe ante éstos y ante las cosas cuando, saliendo de su concentración, dirige la mirada hacia lo que la rodea.

De vez en cuando mira a José, y un velo de seriedad triste le nubla la cara; luego le torna la sonrisa, incluso al mirar a este esposo suyo providente,

que habla poco pero que si lo hace es para preguntarle si va cómoda y si no necesita nada.

Ahora ya han afluido otras personas a los caminos, especialmente en las cercanías de algún pueblo o dentro de él.

Pero ninguno de los dos hace mucho caso de las personas que se cruzan con ellos. Van en sus burritos trotadores en medio de un gran rumor de cascabeles.

Se detienen sólo una vez, a la sombra de un bosquecillo, para comer un poco de pan y aceitunas y beber en una fuente que baja de una cuevecilla.

Y otra vez, para protegerse de un chaparrón violento que rompe al improviso de un nubarrón oscurísimo.

Están al amparo del monte, contra un saliente de una roca que los protege de lo más intenso del agua.

Pero José quiere a toda costa que María se ponga su capa de lana impermeable, por la que el agua resbala sin mojar.

María se ve obligada a ceder ante la premurosa insistencia de su esposo, el cual para tranquilizarla en lo que toca a su propia inmunidad,

se pone sobre la cabeza y sobre los hombros una mantita parda que cubría la albardilla.

La manta del burro probablemente.

Ahora María, enmarcada su cara con la capucha y cubierta por entero con la capa marrón que lleva sujeta al cuello, parece un frailecito.

El chaparrón amaina, aunque se transforma en una lluvia fastidiosa y fina.

Los dos reanudan la marcha por el camino todo lleno de barro.

De todas formas, es primavera, y, pasado un poco de tiempo, torna el sol a hacer más cómoda la marcha.

Los dos burritos trotan de mejor gana por el camino.  

Salida de Jerusalén.

El aspecto beatífico de María.

Importancia de la oración para María y José. Estamos en Jerusalén.

La conozco bien ya con sus calles y sus puertas.

Los dos esposos lo primero que hacen es dirigirse hacia el Templo. Reconozco la cuadra donde José dejó el burro el día de la Presentación en el Templo.  

José les da de comer a los dos burros y también ahora deja allí.

Y con María va a adorar al Señor.

Más tarde salen. Van a una casa de personas conocidas según parece; allí comen y beben algo.

María se pone a descansar hasta que vuelve José con un viejecillo.

José dice:

–     Este hombre va por el mismo camino que tú.

Deberás recorrer bien poco camino sola para llegar donde tu parienta. Fíate de él, que le conozco.

Vuelven a subirse a los burros. José acompaña a María hasta otra de las Puertas de la ciudad  y allí se despiden…

María va sola con el viejecillo, que habla por todo lo que no hablaba José, y que se interesa de mil cosas.

María contesta pacientemente.

Ahora, en la parte de delante de la albardilla lleva el baul (hasta entonces lo había llevado siempre José en su burrito), y ya no tiene la capa; tampoco lleva su toquilla, la cual está ahora doblada encima del baúl.

Está muy hermosa con su vestido azul oscuro y con su velo blanco que la protege del sol. ¡Qué guapa está!

El viejecillo debe ser un poco sordo, porque, para que la oyera, María ha tenido que hablar bien fuerte; Ella, que habla siempre bajo.

Ahora está ya cansado; ha agotado todo su repertorio de preguntas y de noticias y se ha quedado transpuesto sobre el burro, dejándose guiar por él, que conoce bien el camino.

María aprovecha esta tregua para recogerse en sus pensamientos y para orar.

Debe ser una oración la que Ella va cantando en voz baja, mirando al cielo azul y con los brazos sobre el pecho y con rostro iluminado y beato por la emoción interior.

No veo más cosas. 

Dice María:

–     Voy a hablar poco porque estás muy cansada, pobre hija mía.

Sólo quiero que pongas — como también quien lee — tu atención en la costumbre constante de José y mía de reservar siempre el primer puesto a la Oración.

Ni el cansancio ni la prisa ni los pesares ni las ocupaciones impedían la oración; antes al contrario, la favorecían.

Era siempre la reina de nuestras ocupaciones. Nuestro refrigerio, nuestra luz, nuestra esperanza. Si en las horas tristes era consuelo, en las felices canto;

pero siempre, la amiga constante de nuestra alma: era la que nos desligaba de la tierra, del destierro, y nos mantenía en suspensión hacía el Cielo, la Patria.

No sólo yo, que ya tenía dentro de mí a Dios y me bastaba con mirarme dentro para adorar al Santo de los santos, me sentía unida a Dios cuando oraba,

sino que también lo sentía José, porque nuestra Oración era adoración verdadera de todo el ser, que se fundía con Dios adorándole y recibiendo a su vez su abrazo.

Fijáos que ni siquiera yo, que ya tenía en mí al Eterno, me sentí exenta de prestar veneración al Templo.

La más alta santidad no exime de sentirse una nada respecto a Dios y de humillar esta nada, puesto que Él nos lo permite, en un continuo grito de júbilo a su gloria.

¿Sois débiles, pobres, imperfectos? Invocad la santidad del Señor: “¡Santo, Santo, Santo!”.

Invocad al Santo bendito para que socorra vuestra miseria. Vendrá, transfundiéndoos su santidad.

¿Sois santos, ricos de méritos ante sus ojos? Invocad igualmente la santidad del Señor, la cual, siendo infinita, aumentará cada vez más la vuestra.

Los ángeles, seres que están por encima de las debilidades de la humanidad, no cesan un instante de cantar su “Sanctus”, y su belleza sobrenatural crece con cada acto de invocación de la santidad de nuestro Dios.

Imitad, pues, a los ángeles. No os despojéis nunca del amparo de la Oración.

Contra ella se despuntan las armas de Satanás, las malicias del mundo, los apetitos de la carne, las soberbias de la mente.

No bajéis jamás esta arma, por la cual los Cielos se abren, lloviendo así gracias y bendiciones.

La tierra tiene necesidad de un baño de oraciones para purificarse de las culpas que atraen los castigos de Dios.

Y, dado que pocos oran, esos pocos deben orar como si fueran muchos, multiplicar sus oraciones vivas para obtener con ellas esa suma necesaria para conseguir gracia

y las oraciones viven cuando están sazonadas con verdadero amor y sacrificio.

Que tú, hija, sufras, además de por tu sufrimiento, por el mío y el de mi Jesús, es bueno, es meritorio y grato a Dios.

Tengo en gran estima tu amor compasivo. ¿Querías besarme? Besa las llagas de mi Hijo. Úngelas con el bálsamo de tu amor.

Yo sentí espiritualmente el agudo dolor de los azotes y de las espinas y la tortura de los clavos y de la cruz.

Mas, de la misma forma, siento espiritualmente todas las caricias hechas a mi Jesús y son otros tantos besos que yo recibo.

Bueno, ven de todas formas; verdad es que soy la Reina del Cielo, pero sigo siendo la Madre… Y yo me siento bendecida.  

 

11 EL VOTO DE MARÍA


11 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María confía su voto al Sumo Sacerdote.

3 de septiembre de 1944.

Dice María Valtorta:

¡Qué noche de infierno! Verdaderamente parecía como si los demonios hubieran salido a la Tierra a pasear. Cañonazos, truenos, relámpagos, peligro, miedo, sufrimiento por estar en una cama que no es mía…

(estaban en la Segunda Guerra Mundial y la guerra se desarrollaba cerca de su pueblo)

Y, en medio, como una flor toda blanca y suave entre fogonazos y angustias, la presencia de María, un poco más adulta que en la visión de ayer, pero todavía jovencita, con sus trenzas rubias sobre los hombros,

su vestido blanco y su mansa, recogida sonrisa, una sonrisa interior, vuelta al misterio glorioso que lleva dentro de su corazón.

Paso la noche comparando su aspecto dulce con la crueldad que hay en el mundo, y evocando sus palabras de ayer por la mañana, canto de caridad viva, en contraste con el odio que hace que los hombres se despedacen…

Pues bien, esta mañana, de nuevo en el silencio de mi habitación, presencio esta escena.

María sigue estando en el Templo,

Y ahora sale del Templo propiamente dicho entre otras vírgenes.

Debe haberse llevado a cabo alguna ceremonia, pues un olor a inciensos se esparce por la atmósfera toda roja de un hermoso ocaso, que yo diría que es de otoño avanzado,

porque un cielo ya dulcemente cansado, como lo está en un octubre sereno, se arquea sobre los jardines de Jerusalén,

en los que el amarillo ocre de las hojas que pronto caerán dispone manchas dorado-rojizas entre el verde-plata de los olivos.

La comitiva — mejor sería llamarla enjambre — cándida de las vírgenes cruza el patio posterior,  sube la escalinata, atraviesa un pórtico, entra en otro patio menos suntuoso, cuadrado,

que como aperturas no tiene sino la que sirve para acceder a él.

Debe ser el patio dedicado a acoger las pequeñas moradas de las vírgenes reservadas para el Templo, porque cada una de las jovencitas se dirige a su celda como una palomita a su nido.

Y asemejan verdaderamente a una bandada de palomas separándose tras haberlas tenido agrupadas.

Muchas — podría decir todas — hablan entre sí antes de dejarse, en voz baja, pero al mismo tiempo festiva.

María guarda silencio.

Sólo las saluda con afecto antes de separarse; luego se dirige a su habitacioncita, que está en una de las esquinas a la derecha.

Se llega hasta Ella una maestra anciana, aunque no tanto como Ana de Fanuel.

Y le dice:

–     María, el Sumo Sacerdote te espera.

María la mira con cierto asombro, pero no hace preguntas.

Se limita a responder:

–     Voy inmediatamente.

No sé si la espaciosa sala en que entra es de la casa del Sacerdote o forma parte de los aposentos de las mujeres que están dedicadas al Templo.

Sé que es vasta y luminosa, puesta con gusto, y que en ella, además del Sumo Sacerdote (que con las vestiduras que lleva aparece muy elegante), están Zacarías y Ana de Fanuel.

María se inclina profundamente en el umbral de la puerta y no entra hasta que el Sumo Sacerdote

no le dice:

–    Pasa, María. No temas.

Ella se yergue y alza la cara.

Y entra lentamente, no por desgana, sino por un algo de involuntaria solemnidad que la hace parecer más mujer.

Ana le sonríe para animarla.

Y Zacarías la saluda con un:

–    Paz a ti, prima.

El Pontífice la observa atentamente.

le dice a Zacarías:

–     Es patente en Ella la estirpe de David y Aarón.

–     Hija, conozco tu gracia y tu bondad.

Sé que cada día has ido creciendo en ciencia y gracia ante los ojos de Dios y de los hombres.

Sé que la voz de Dios susurra a tu corazón las más dulces palabras. Sé que eres la Flor del Templo de Dios y que un tercer querubín está ante el Testimonio desde que tú llegaste.

Y quisiera que tu perfume siguiera subiendo con los inciensos cada nuevo día. Pero, la Ley se expresa en modo distinto.

Tú ya no eres una niña, sino una mujer. Y en Israel todas las mujeres deben casarse para ofrecer a su hijo varón al Señor.

Tú seguirás el precepto de la Ley. No temas, no te ruborices. No me olvido de tu ofrecimiento.

De hecho ya te la tutela la Ley al ordenar que todo hombre reciba de su estirpe la mujer; pero, aunque no fuera así, yo lo haría, para no corromper tu magnífica sangre.

¿No conoces, María, a alguno de tu estirpe que pudiera ser tu marido?.

María levanta su cara, todo roja de pudor. Y con un primer titileo de llanto, que resplandece orlando los párpados y con voz temblorosa,

responde:

–     Ninguno. 

Zacarías dice:

–     No puede conocer a ninguno, puesto que entró aquí siendo niña.

Y la estirpe de David está demasiado castigada y demasiado dispersa, como para que las distintas ramas puedan reunirse y formar con sus frondas la copa de la palma regia.

–     Entonces le dejaremos a Dios que elija.

Las lágrimas, contenidas hasta ese momento, brotan y descienden hasta la trémula boca. María dirige una mirada suplicante a su maestra.

Ana la socorre diciendo:

–     María se ha prometido al Señor para gloria de Dios y para la salvación de Israel.

Era sólo una niña que apenas sabía pronunciar y ya se había ligado con un voto.

–     Se debe a esto entonces tu llanto.

No es por resistencia a la Ley.

–     Es por esto… no por otro motivo.

Yo te obedezco, Sacerdote de Dios.

–     Esto confirma cuanto de ti me ha sido referido siempre.

¿Desde hace cuántos años eres virgen consagrada?.

–     Yo creo que desde siempre.

Antes de venir a este Templo ya me había ofrecido al Señor.

–     Pero, ¿No eres tú la Niña que vino hace doce inviernos a pedirme entrar?.

–     Sí.

–     Y ¿Cómo, entonces, puedes decir que ya eras de Dios?

–     Si miro hacia atrás yo me veo ya consagrada…

No tengo memoria de la hora en que nací, ni de cómo empecé a amar a mi madre y a decirle a mi padre: “¡Oh, padre, yo soy tu hija!”…

Pero sí recuerdo, aunque no a partir de cuándo, haber dado mi corazón a Dios.

Quizás fue con el primer beso que supe dar, con la primera palabra que supe pronunciar, con el primer paso que supe dar…

Sí, eso es, creo que mi primer recuerdo de amor lo encuentro junto a mi primer paso seguro… Mi casa…

Mi casa tenía un jardín lleno de flores… un huerto de árboles frutales y campos cultivados…

Y había un manantial allí, en el fondo, al pie del monte, que manaba de una roca ahuecada en forma de gruta…

Estaba llena de hierbas largas y finas que pendían de todas partes asemejando cascaditas verdes.

Y parecía como si llorasen porque las livianas hojitas, que en su espesura parecían un bordado, tenían, todas, una gotita de agua que al caer sonaba como un cascabelito diminuto.

Y también cantaba el manantial. Y había aves en los olivos y en los manzanos de la pendiente que estaba hacia arriba del manantial.

Y palomas blancas venían a lavarse en la balsa límpida de la fuente… Ya no me acordaba de todo esto porque había puesto todo mi corazón en Dios

Y aparte de mi padre y de mi madre, a quienes amé en vida y después de muertos, todas las demás cosas de la tierra habían desaparecido de mi corazón…

Pero tú me haces pensar en ello, Sacerdote… Debo buscar el momento en que me di a Dios…

Y vuelven a la mente las cosas de los primeros años… Me gustaba esa gruta porque en ella oía una Voz, más dulce que el canto del agua y de los pájaros, que me decía: “Ven, dilecta mía”.

Me gustaban esas hierbas diamantinas con sus gotas sonoras porque en ellas veía el signo de mi Señor y me perdía diciéndome: “¿Ves qué grande es tu Dios, alma mía!

El mismo que ha hecho los cedros del Líbano para el aquilón ha hecho estas hojitas que ceden bajo el peso de un mosquito para alegría de tu ojo y para que protejan tu piececito”.

Me gustaba aquel silencio de cosas puras: el viento leve, el agua de plata, la pulcritud de las palomas…

Me gustaba esa paz que amparaba la gruta, descendiendo de los manzanos y de los olivos, ya enteramente en flor, ya repletos de frutos… Y, no sé… me parecía que la Voz me dijese a mí, justamente a mí:

“Ven, tú, aceituna especiosa; ven, tú, dulce pomo; ven, tú, fuente sigilada; ven, tú, paloma mía”…

Dulce era el amor de mi padre y de mi madre… dulce su voz cuando me llamaba…

¡Ah, pero ésta, ésta…! ¡Oh!, yo creo que así la oiría en el Paraíso Terrenal aquella que fue culpable.

Y no sé cómo pudo preferir un silbido a esta Voz de amor, cómo pudo apetecer otro conocimiento que no fuera Dios…

Aún con el sabor a leche materna en los labios, pero con el corazón ebrio de miel celestial,  yo dije entonces:

“Sí, voy. Tuya. Y mi carne no tendrá otro señor aparte de Ti, Señor, de la misma forma que mi espíritu no tiene otro amor”…

Y al decir esto me parecía estar repitiendo cosas ya dichas precedentemente y estar cumpliendo un rito que ya había sido cumplido.

Y no me resultaba extraño el Esposo elegido, puesto que yo ya conocía su ardor y mi vista se había formado bajo su luz y mi capacidad de amar había hallado cumplimiento entre sus brazos.

¿Cuándo?… No lo sé.

Yo diría que más allá de la vida, porque tengo la impresión de que siempre ha sido mío, y de que yo siempre he sido suya, y de que yo existo porque Él me ha querido para sí, para alegría de su Espíritu y del mío… ‘

Ahora obedezco, Sacerdote; pero, dime tú cómo debo actuar… No tengo ni padre ni madre. Sé tú mi guía.

–     Dios te dará el esposo y será santo, dado que en Dios te abandonas.

Lo que harás será manifestarle tu voto.

–     ¿Y aceptará?

–     Espero que sí.

Ora, hija, para que él pueda comprender tu corazón. Ahora puedes marcharte. Que Dios te acompañe siempre.

María se retira con Ana y Zacarías se queda con el Pontífice.

La visión cesa aquí.

UNA ESTIRPE DIVINA 7


María niña con Ana y Joaquín.

Con el Carisma de Bilocacion, el Espíritu Santo nos ayuda a manejar nuestro cuerpo espiritual de tal manera, que todo lo acontecido en la historia humana, podemos verificarlo facilmente.

Y atestiguarlo, por nosotros mismos, porque al entrar en la eternidad divina, los desplazamientos no son solo grandiosos, sino personalmente vivenciales…

Y esto se aplica a cualquier narración evangélica o de un tipo específico, que necesitemos en nuestra misión…

María es una pequeñita de alrededor de dos años y en sus labios ya está la Sabiduría del Hijo.

Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza la pérgola umbrosa; dedicada a un trabajo de costura.

Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que parece que hace.

En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo.

Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja;

y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.

De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente.

Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos.

Tiene ya esbozado su dulce paso ligeramente ondulante de paloma, y está toda blanca, como una palomita,

con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos regordetes.

Con su pelito sérico y rubio-miel, no muy rizado pero sí todo él formando suaves ondas que en el extremo terminan en un leve ensortijado,

con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente, parece un pequeño ángel.

El vientecillo que le entra por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel cuando despliega las alas para el vuelo.

Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre.

Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla.

Ana ha depositado al lado, el trabajo que estaba haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.

Hasta este punto, ayer por la tarde; hoy por la mañana se ha vuelto a presentar y continúa así:

–    ¡Mamá! ¡Mamá!.

La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno.

Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.

Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.

Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor… ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!…

Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.

Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.

Y estas rojas, ¿Sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria.

Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor. En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes

y que ha nacido allí, junto al manantial se la ha cogido su papá de entre las espinas, está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya,

muchos años, ¡Oh, cuántos, cuántos antes; muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo,

y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.

–     Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo» termina así la boquita de María.

–     ¡Tesoro mío!

¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?

–     No. No sé quién es.

Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo.

Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?….

–    ¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?.

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión.

En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel.

Luego elige:

–     Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo.

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor.

Cuando Ana termina, pregunta:

–    ¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?

–     Treinta años aproximadamente, querida mía.

–     ¡Cuánto todavía!

Y yo estaré en el Templo… Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?.

–     No lo sé, querida mía.

El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca.

Ana ve perlarse de llanto, las pestañas de oro de su niña…

Y se apresura a añadir:

–    Pero el Señor es tan bueno…

Que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio.

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente levantada hacia la madre.

Y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas d. rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

–     Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto.

–     Pero, ¿Sabes lo que quiere decir eso?

–     Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios.

Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios,

oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a El.

–    ¡Bendita tú!

Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿Sabes? ; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas.

Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral:

se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”.

–     No importa.

Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel.

La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo…

Yo seré compañera suya… y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla.

Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!… ¡¡Servir al Mesías!!…

María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo.

Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi.

Y sigue diciendo:

–    ¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?.

–     No lo dudes.

¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”

En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor.

–     ¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen?

Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas.

Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre…

Esto es lo que quiero… Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor…

Dime, mamá, ¿Puede una ser pecadora por amor a Dios?.

–     Pero, ¿Qué dices, tesoro? No entiendo.

–     Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador.

Se salva a quien está perdido, ¿No es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase.

¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?

Ana está atónita. No sabe ya qué decir.

Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos.

Joaquín dice:

–     Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él.

Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres

–    ¿Sí, padre mío?

María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.

–     Verdaderamente, pequeño amor.

Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente.

Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban.

Se habría caído en la fuente.

No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro.

Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿He amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?

–     Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada.

–     Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras.

–     Pues entonces yo le amaré completamente, completamente.

Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos… Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor.

Y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”. ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?

–     Pronto, perla mía.

Pero, ¿No te duele dejar a tu padre?

–    ¡Mucho! Pero tú vendrás…

Y además, si no doliese, ¿Qué sacrificio sería?

–     ¿Y te vas a acordar de nosotros?

–      Siempre.

Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida… hasta el día en que Él sea Salvador.

Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo.

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre…

Dice Jesús:

“Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: “¿Cómo puede hablar así una niña que no ha cumplido aún tres años? Es una exageración”.

Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan de Mí una imagen monstruosa.

La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la edad de responsabilidad de las acciones,

porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, al menos rudimentariamente, el bien y el mal.

Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una razón ya suficientemente desarrollada.

Que las pequeñas Imelda Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os proporcionen una base para creer, ¡Oh, doctores difíciles!, que mi Madre podía pensar y hablar así.

Sólo he considerado cuatro nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o menos años, han venido a poblar mí Paraíso.

¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera.

Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona.

La razón y la inteligencia fueron gracias otorgadas por Dios al Hombre en el Paraíso Terrenal.

¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y operante, en el espíritu de los dos Primeros!

En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: “Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes de los siglos”.

¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubieran conservado su filiación para con Dios?

Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber venido a menos en la Gracia y en la honestidad.

Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría.

Cual estrella fugaz que se oculta tras nebulosidades de kilómetros, la Sabiduría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos,

sino sólo a través de neblinas cada vez más oprimentes a causa de vuestras prevaricaciones.

Luego ha venido el Cristo y os ha vuelto a dar la Gracia, don supremo del amor de Dios.

Pero ¿Sabéis custodiar limpia y pura esta gema? No.

Cuando no la rompéis con la voluntad individual de pecar, la ensuciáis con continuas culpas menores, con debilidades, o gravitando hacia el vicio.

Y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el septiforme vicio, debilita la luz de la Gracia y su actividad.

Luego, además, siglos y siglos de corrupciones, que deletéreas, repercuten en lo físico y en la mente, han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros.

Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios,

era la super-Eva, era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.

“Fuente de la Sabiduría” dice Jesús Bar Sirac “es el Verbo”. ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de su Madre?

Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos,

¿No va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que debía llevar en sí la Palabra,

a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?

El milagro no está en el hecho de que María, como luego Yo, mostrara en edad infantil una inteligencia superior.

El milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita, que en Ella moraba, en los diques convenientes para no pasmar a las multitudes y para no despertar la atención satánica.

En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese “recordarse” que los santos tienen de Dios.

UNA ESTIRPE DIVINA 4


El Nacimiento de la Virgen María.

Su virginidad en el eterno Pensamiento del Padre.

Veo a Ana saliendo al huerto – jardín. Va apoyándose en el brazo de una pariente (se ve porque se parecen).

Está muy gruesa y parece cansada, quizás también porque hace bochorno, un bochorno muy parecido al que a mí me hace sentirme abatida.

A pesar de que el huerto sea umbroso, el ambiente es abrasador y agobiante.

Bajo un despiadado cielo, de un azul ligeramente enturbiado por el polvo suspendido en el espacio, el aire es tan denso,  que podría cortarse como una masa blanda y caliente.

Debe persistir ya mucho la sequía, pues la tierra, en los lugares en que no está regada, ha quedado literalmente reducida a un polvo finísimo y casi blanco. Un blanco ligeramente tendente a un rosa sucio.

Sin embargo, por estar humedecida, es marrón oscura al pie de los árboles, como también a lo largo de los cortos cuadros donde crecen hileras de hortalizas.

Y en torno a los rosales, a los jazmines o a otras flores de mayor o menor tamaño (que están especialmente a lo largo de todo el frente de una hermosa pérgola que divide en dos al huerto,

hasta donde empiezan las tierras, ya despojadas de sus mieses.

La hierba del prado, que señala el final de la propiedad, está requemada; se ve rala.

Sólo permanece la hierba más verde y tupida en los márgenes del prado, donde hay un seto de espino blanco silvestre, ya todo adornado de los rubíes de los pequeños frutos.

En ese lugar, en busca de pastos y de sombra, hay unas ovejas con su pastorcito 

Joaquín, con otros dos hombres como ayuda, está dedicado a las hortalizas y a los olivos. A pesar de ser anciano, es rápido y trabaja con gusto.

Están abriendo unas pequeñas protecciones de las lindes de una parcela para proporcionar agua a las sedientas plantas.

Y el agua se abre camino borboteando entre la hierba y la tierra quemada, y se extiende en anillos que, en un primer momento, parecen como de cristal amarillento para luego ser anillos oscuros de tierra húmeda

en torno a los sarmientos y a los olivos colmados de frutos.   

Lentamente, Ana, por la umbría pérgola, bajo la cual abejas de oro zumban ávidas del azúcar de los dorados granos de las uvas, se dirige hacia Joaquín, el cual cuando la ve, se apresura a ir a su encuentro.

–       ¿Has llegado hasta aquí?.

–      La casa está caliente como un horno».

–      Y te hace sufrir.

–     Es mi único sufrimiento en este último período mío de embarazo.

Es el sufrimiento de todos, de hombres y de animales. No te sofoques demasiado, Joaquín.

–     El agua que hace tanto que esperamos…

Y que hace tres días que parece realmente cercana, no ha llegado todavía.  Las tierras arden. Menos mal que nosotros tenemos el manantial cercano y muy rico en agua.

He abierto los canales. Poco alivio para estas plantas cuyas hojas ya languidecen cubiertas de polvo.  No obstante, supone ese mínimo que las mantiene en vida. ¡Si lloviera!… 

Joaquín, con el ansia de todos los agricultores, escudriña el cielo.

Mientras Ana, cansada, se da aire con un abanico (parece hecho con una hoja seca de palma traspasada por hilos multicolores que la mantienen rígida).

La pariente dice:

–     Allí, al otro lado del Gran Hermón, están formándose nubes que avanzan velozmente.

Viento del norte. Bajará la temperatura y dará agua.  

Joaquin  está desalentado,

y dice:

–     Hace tres días que se levanta y luego cesa cuando sale la Luna.

Sucederá lo mismo esta vez

Ana, que de repente ha palidecido,

comenta:

–     Vamos a casa.

Aquí tampoco se respira; además, creo que conviene volver.

–     ¿Sientes dolor

–     No. Siento la misma gran paz que experimenté en el Templo cuando se me otorgó la gracia.

Y que luego volví a sentir otra vez al saber que era madre. Es como un éxtasis.

Es un dulce dormir del cuerpo, mientras el espíritu exulta y se aplaca con una paz sin parangón humano.  Yo te he amado, Joaquín.

Y cuando entré en tu casa y me dije: “Soy esposa de un justo”, sentí paz, como todas las otras veces que tu próvido amor se prodigaba en mí.

Pero esta paz es distinta. Creo que es una paz como la que debió invadir, como una deleitosa unción de aceite, el espíritu de Jacob, nuestro padre, después de su sueño de ángeles.

O semejante más bien, a la gozosa paz de los Tobías tras habérseles manifestado Rafael.

Si me sumerjo en ella, al saborearla, crece cada vez más. Es como si yo ascendiera por los espacios azules del cielo…

Y no sé por qué, pero desde que tengo en mí esta alegría pacífica, hay un cántico en mi corazón: el del anciano Tobit. Me parece como si hubiera sido compuesto para esta hora… para esta alegría…

Para la tierra de Israel que es su destinataria… para Jerusalén, pecadora, mas ahora perdonada… bueno… no os riáis de los delirios de una madre…

Pero, cuando digo: “Da gracias al Señor por tus bienes y bendice al Dios de los siglos para que vuelva a edificar en ti su Tabernáculo”,

yo pienso que aquel que reedificará en Jerusalén el Tabernáculo del Dios verdadero, será este que está para nacer…

Y pienso también que, cuando el cántico dice: “Brillarás con una luz espléndida, todos los pueblos de la tierra se postrarán ante ti, las naciones irán a ti llevando dones, adorarán en ti al Señor y considerarán santa tu tierra, porque dentro de ti invocarán el Gran Nombre.

Serás feliz en tus hijos porque todos serán bendecidos y se reunirán ante el Señor. ¡Bienaventurados aquellos que te aman y se alegran de tu paz!…”, cuando dice esto, pienso que es profecía no ya de la Ciudad Santa,

sino del destino de mi criatura, y la primera que se alegra de su paz soy yo, su madre feliz…

El rostro de Ana, al decir estas palabras, palidece y se enciende, como una cosa que pasase de luz lunar a vivo fuego, y viceversa.

Dulces lágrimas le descienden por las mejillas, y no se da cuenta.

Y sonríe a causa de su alegría. Y va yendo hacia casa entre su esposo y su pariente, que escuchan conmovidos en silencio.

Se apresuran, porque las nubes, impulsadas por un viento alto, galopan y aumentan en el cielo mientras la llanura se oscurece y tirita por efectos de la tormenta que se está acercando.

Llegando al fibra! de la puerta, un primer relámpago lívido surca el cielo.

El ruido del primer trueno se asemeja al redoble de un enorme bombo ritmado con el arpegio de las primeras gotas sobre las abrasadas hojas.

Entran todos.

Ana se retira.

Joaquín se queda en la puerta con unos peones que le han alcanzado, hablando de esta agua tan esperada, bendición para la sedienta tierra.

Pero la alegría se transforma en temor, porque viene una tormenta violentísima con rayos y nubes cargadas de granizo.  

Joaquin comenta:

–     Si rompe la nube, la uva y las aceitunas quedarán trituradas como por rueda de molino.

¡Pobres de nosotros!».

Joaquín tiene además otro motivo de angustia:

Su esposa, a la que le ha llegado la hora de dar a luz al hijo.

La pariente le dice que Ana no sufre en absoluto.

Él está, de todas formas, muy inquieto.

Y cada vez que la pariente u otras mujeres (entre las cuales está la madre de Alfeo)

salen de la habitación de Ana para luego volver con agua caliente, barreños y paños secados a la lumbre, que brilla en el hogar central en una espaciosa cocina…

Él va y pregunta…

Y no le calman las explicaciones tranquilizadoras de las mujeres.

También le preocupa la ausencia de gritos por parte de Ana.

Dice:

–     Yo soy hombre.

Nunca he visto dar a luz. Pero recuerdo haber oído decir que la ausencia de dolores es fatal….

Declina el día antes de tiempo por la furia de la tormenta, que es violentísima. Agua torrencial, viento, rayos… de todo, menos el granizo, que ha ido a caer a otro lugar.

Uno de los peones, sintiendo esta violencia,

dice:

–      Parece como si Satanás hubiera salido de la Gehena con sus demonios.

¡Mira qué nubes tan negras! ¡Mira qué exhalación de azufre hay en el ambiente.! También hay silbidos y voces de lamento y maldición! Si es él, ¡Está enfurecido esta noche!

El otro peón se echa a reír….

y dice:

–     Se le habrá escapado una importante presa…

O quizás Miguel de nuevo le habrá lanzado el rayo de Dios… Y tendrá los cuernos y la cola cortados y quemados.

Pasa corriendo una mujer y grita:

–     ¡Joaquín!

¡Va a nacer de un momento a otro! ¡Todo ha ido rápido y bien!

Y desaparece con una pequeña ánfora en las manos.

Entonces se produce un último rayo; tan violento, que lanza contra las paredes a los tres hombres.

En la parte delantera de la casa, en el suelo del huerto, queda como recuerdo un agujero negro y humeante.

Luego, de repente, cesa la tormenta

De detrás de la puerta de Ana viene un vagido… (parece el lamento de una tortolita en su primer arrullo).

Mientras, un enorme arco iris extiende su faja semicircular por toda la amplitud del cielo.

Surge, o por lo menos lo parece, de la cima del Hermón, la cual besada por un filo de sol, parece de alabastro… de un blanco – rosa delicadísimo.

Se eleva hasta el más terso cielo septembrino y, salvando espacios limpios de toda impureza, deja debajo las colinas de Galilea y un terreno llano que aparece entre dos higueras, que está al Sur,.

Y luego otro monte, y parece posar su punta extrema en el extremo horizonte, donde una abrupta cadena de montañas detiene la vista. 

Todos los presentes comentan: 

–    ¡Qué cosa más insólita!

¡Mirad, mirad!

–     Parece como si reuniera en un círculo a toda la tierra de Israel, y… ya…

¡Fijaos!, ya hay una estrella y el Sol no se ha puesto todavía.

¡Qué estrella! ¡Reluce como un enorme diamante!…

–    ¡Y la Luna, allí, ya llena y aún faltaban tres días para que lo fuera!

¡Fijaos cómo resplandece!.

Las mujeres irrumpen, alborozadas, con un envoltorio rosado entre cándidos paños.

¡Es María, la Mamá! Una María pequeñita, que podría dormir en el círculo de los brazos de un niño.

Una María que al máximo tiene la longitud de un brazo, una cabecita de marfil teñido de rosa tenue, y unos labios de carmín que ya no lloran;

sino que instintivamente quieren mamar, tan pequeñitos, que no se ve cómo van a poder coger un pezón.

Y una naricita diminuta entre dos mejillas redondeadas.

Si la estimulan abre los ojitos: dos pedacitos de cielo, dos puntitos inocentes y azules que miran, Y NO VEN.

Entre sutiles pestañas de un rubio tan tenue que es casi rosa. También el vello de su cabeza redondita tiene una veladura entre rosada y rubia como ciertas mieles casi blancas.

Tiene por orejas dos conchitas rosadas y transparentes, perfectas. Y por manitas… ¿Qué son esas dos cositas que gesticulan y buscan la boca?

Cerradas, como están, son dos capullos de rosa de musgo que hubieran hendido el verde de los sépalos y asomaran su seda rosa tenue;

abiertas, como están ahora, dos joyeles de marfil apenas rosa, de alabastro apenas rosa, con cinco pálidos granates por uñitas.

¿Cómo podrán ser capaces de secar tanto llanto esas manitas?

¿Y los piececitos? ¿Dónde están?

Por ahora son sólo pataditas escondidas entre los lienzos. Pero, he aquí que la pariente se sienta y la destapa…

¡Oh, los piececitos!

De la largura aproximada de cuatro centímetros, tienen por planta una concha coralina; por dorso, una concha de nieve veteada de azul;

sus deditos son obras maestras de escultura liliputiense, coronados también por pequeñas esquirlas de granate pálido.

Me pregunto cómo podrán encontrarse sandalias tan pequeñas que valgan para esos piececitos de muñeca cuando den sus primeros pasos,

y cómo podrán esos piececitos recorrer tan áspero camino y soportar tanto dolor bajo una cruz.

Pero esto ahora no se sabe.

Se ríe o se sonríe de cómo menea los brazos y las piernas.

De sus lindas piernecitas bien perfiladas, de los diminutos muslos, que, de tan gorditos como son, forman hoyuelos y aritos,

de su barriguita (un cuenco invertido), de su pequeño tórax, perfecto, bajo cuya seda cándida se ve el movimiento de la respiración y se oye ciertamente, si, como hace el padre feliz ahora,

en él se apoya la boca para dar un beso, latir un corazoncito…

Un corazoncito que es el más bello que ha tenido, tiene y tendrá la tierra, el único corazón inmaculado de hombre.

¿Y la espalda? Ahora la giran y se ve el surco lumbar y luego los hombros, llenitos.

Y la nuca rosada, tan fuerte, que la cabecita se yergue sobre el arco de las vértebras diminutas,  como la de un ave escrutadora en torno a sí del nuevo mundo que ve. 

Y emite un gritito de protesta por ser mostrada en ese modo;

Ella, la Pura y Casta, ante los ojos de tantos, Ella, que jamás volverá a ser vista desnuda por hombre alguno, la Toda Virgen, la Santa e Inmaculada.

Tapad, tapad a este Capullo de azucena que nunca se abrirá en la tierra, y que dará, más hermosa aún que Ella, su Flor, sin dejar de ser capullo.  

Sólo en el Cielo la Azucena del Trino Señor abrirá todos sus pétalos.

Porque allí arriba no existe vestigio de culpa que pudiera involuntariamente profanar ese candor.

Porque allí arriba se trata de acoger, a la vista de todo el Empíreo, al Trino Dios – Padre, Hijo, Esposo – que ahora, dentro de pocos años, celado en un corazón sin mancha, vendrá a Ella.

De nuevo está envuelta en los lienzos y en los brazos de su padre terreno, al que asemeja.  No ahora, que es un bosquejo de ser humano. Digo que le asemeja una vez hecha mujer.

De la madre no refleja nada.

Del padre, el color de la piel y de los ojos y sin duda, también del pelo; que si ahora son blancos, de joven eran ciertamente rubios a juzgar por las cejas.

Del padre son las facciones — más perfectas y delicadas en Ella por ser mujer, ¡Y qué Mujer!; también del padre es la sonrisa y la mirada y el modo de moverse y la estatura. 

Pensando en Jesús como lo veo, considero que ha sido Ana la que ha dado su estatura a su Nieto, así como el color marfil más cargado de la piel;

mientras que María no tiene esa presencia de Ana (que es como una palma alta y flexible), sino la finura del padre.

También las mujeres, mientras entran con Joaquín donde se encuentra la madre feliz, para devolverle a su hijita,

hablan de la tormenta y del prodigio de la Luna, de la estrella, del enorme arco iris.

Ana sonríe ante un pensamiento propio.

Y dice:

–     Es la estrella. Su signo está en el cielo.

¡María, arco de paz! ¡María, estrella mía! ¡María, Luna pura! ¡María, perla nuestra!.  

Joaquín pregunta:

–     ¿María la llamas?

–     Sí. María, estrella y perla y luz y paz…

–     Pero también quiere decir amargura…

¿No temes acarrearle alguna desventura?

–     Dios está con Ella.

Es suya desde antes de que existiera. El la conducirá por sus vías y toda amargura se transformará en paradisíaca miel.

Ahora sé de tu mamá… todavía un poco, antes de ser toda de Dios….

Y la visión termina en el primer sueño de Ana madre y de María recién nacida.

Dice Jesús:

Levántate y apresúrate, pequeña amiga. Siento ardiente deseo de llevarte conmigo al azul paradisíaco de la contemplación de la Virginidad de María.

Saldrás de él con el alma fresca como si tú también hubieras sido recientemente creada por el Padre, una pequeña Eva antes de conocer carne;

saldrás con el espíritu lleno de luz, pues te habrás abismado en la contemplación de la obra maestra de Dios; con todo tu ser repleto de amor, pues habrás comprendido cómo sabe amar Dios.

Hablar de la concepción de María, la Sin Mancha, significa sumergirse en lo azul, en la luz, en el amor.

Ven y lee sus glorias en el Libro del Antepasado:

“Dios me poseyó al inicio de sus obras, desde el principio, antes de la creación.

Ab aeterno fui erigida, al principio, antes de que la Tierra fuera hecha; aún no existían los abismos, y yo ya había sido concebida.

Aún no manaba agua de los manantiales, aún no se elevaban con su pesada mole los montes, aún las colinas no eran para el Sol collares… y yo ya había nacido.

Dios no había hecho todavía la tierra ni los ríos ni las columnas del mundo, y yo ya existía.

Cuando preparaba los cielos, yo estaba presente, cuando con ley inmutable clausuró el abismo bajo la bóveda, cuando fijó arriba la bóveda celeste y colgó de ella las fuentes de las aguas,

cuando al mar le establecía sus confines y daba leyes a las aguas, cuando daba leyes a las aguas de no sobrepasar su límite, cuando echaba los fundamentos de la tierra, yo estaba con Él ordenando todas las cosas.

Siempre alegre jugueteaba ante Él continuamente, jugueteaba en el Universo…”.

Las habéis aplicado a la Sabiduría, pero hablan de Ella: la hermosa Madre, la santa Madre, la Virgen Madre de la Sabiduría, que soy Yo, el que te habla.

He querido que escribieras, como encabezamiento del libro que habla de Ella, el primer verso de este himno, para que fuera confesado y conocido el consuelo y la alegría de Dios;

la razón de la constante, perfecta, íntima alegría de este Dios Uno y Trino que os sostiene y ama.

Y que del hombre recibió tantos motivos de tristeza.

UNA ESTIRPE DIVINA 2


Joaquín y Ana poseían la Sabiduría.

Antes de proseguir hago una observación. La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida.

Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto – jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero… los hay.

Después, ya casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones.

No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José.

No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones recibí alguna vez alusión segura, a que la casa de Nazaret fuera la casa natal. Mi cabeza está muy cansada.

Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido enseguida las palabras, aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen y en el alma, la luz.

Pero los detalles se borran inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia, no sabría nada más.

Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mi misma. Los dictados los recibo.

Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases.

Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido. Empiezo a ver y escribo….

(Esta  es la experiencia de María Valtorta.

Y nuestras propias experiencias, serán de acuerdo a la Voluntad de Dios. 

Los católicos poseemos la Verdad Revelada…

Y cuando cumplimos TODOS los requisitos que la Iglesia Catolica, Apostólica y Romana, EXIGE, 

NO PODEMOS CALLAR,

ANTE LO QUE ESTAMOS VIENDO, OYENDO y experimentando con los Carismas del Espíritu Santo…)

No olvidemos que TODO lo que estamos estudiando, ES UN CURSO DE ENTRENAMIENTO de nuestro cuerpo espiritual… 

PORQUE ES LO QUE VIVIREMOS EL RESTO SANTO

Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente.

Parece un enorme mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta, ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos.

Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo.

Atados a las estacas hay ramos verdes, como decoración y como medio para dar frescor.

Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados así ; éstas crean como pequeñas galerías verdes.

Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.

Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En tomo a estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando.

Las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados,

su cabecita sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina.

Las madres terminan de comer como pueden, con una sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón.

Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando. Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha.

Se ven lumbres encendidas, desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que halla dificultad para dormirse.

Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un color negro – azul;

un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas, ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas,

entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes.

La estrella Polar ríe con todos sus resplandores. Me doy cuenta de que es el mes de Octubre.

Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja.

Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te parla con su vocecita aguda.

Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá».

Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.

Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altiva con ninguno.

Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies.

Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo:

–     ¡Oh, no es nada!

Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy agradable ¿Qué edad tiene?».

–     Tres años.

Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña… Para una mamá es mucho una niña….

–     ¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!

Ana suspira.

La otra mujer dice:

–     Sí. Soy pobre.

Pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora.

Todos los signos son de que Ana es de condición más elevada y la mujer lo ha visto.

–     ¿Cuántos niños tienes?

–      Ninguno.

–     ¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?

–     No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo…

–     ¡Oh!

La mujer pobre la mira con piedad.

la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda. 

Y dice:

–     Te he hecho esperar, Joaquín.

Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡Fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo.

Joaquín suspira.

El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo.

Todos se echan a reír.

Ana responde:

–     Déjalo. No molesta.

Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí… no es más que un pajarito que come.

Y se sienta con el niño en el regazo, le sirve la cena en un plato a su marido y luego da al niño un pedazo de torta y pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha quitado la espina.

La última que come es ella.

La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento.

Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir.

Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la leche de su mamá.

La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores.

Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños.

Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos.

Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:

–     Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo… ¡Oh! ¡Joaquín!..

El anciano responde:

–     Espéralo, espéralo. Ana.

¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?

–      Nada. Un sueño sólo…

–      Mañana es el último día de oración.

Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana.

–     Dios lo quiera…

¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: “Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides”!…

–     Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá moviéndose por primera vez en tu seno.

Será voz de inocente y, por tanto, voz de Dios.

Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche.

Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y lo pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos.

Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga, una de las últimas estrellitas de la tierra.

Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.

Dice Jesús: 

“Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría.

Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre:

“Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa”.

Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud.

Toda las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del Trono de Dios.

Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría “amándola más que a cualquier otra mujer”: la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa.

Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias.

Y para ser el emblema de la “mujer fuerte”, no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos,

flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad.

Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste “la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa”,

cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca…

y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían “palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas”.

Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos: María Santísima., la Madre mía.

Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios.

Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: “Espéralo, espéralo… Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor”.

Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios.

Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: “Por ella adquiriré gloria ante el pueblo… por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí”.

Pero para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno.

Virtud de Fe. Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser castos.

Los tálamos castos tienen por custodios a los ángelesy de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida.

Mas ahora ¿Dónde están?

Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo.

“La CASTIDAD no es una cuestión fácil. Vas contracorriente todos los días. Aristóteles decía: “No hay conquista más grande que la conquista de uno mismo.” Es una libertad, la libertad de hacer lo correcto. LA CASTIDAD ES UN ENTRENAMIENTO…

UNA ESTIRPE DIVINA 1


Diciembre 21 2020

 Dios quiso un Seno sin mancha

Dice Jesús:

La pureza tiene un valor tal, que un seno de criatura pudo contener al Incontenible, porque poseía la máxima pureza posible en una criatura de Dios.

La Santísima Trinidad descendió con sus perfecciones, habitó con sus Tres Personas, cerró su Infinito en pequeño espacio, no por ello se hizo menor,

porque el amor de la Virgen y la voluntad de Dios, dilataron este espacio hasta hacer de él un Cielo.

Y se manifestó con sus características:

El Padre, siendo Creador nuevamente de la Criatura como en el sexto día y teniendo una “hija” verdadera, digna, a su perfecta semejanza.

La impronta de Dios estaba estampada en María tan nítidamente, que sólo en el Primogénito del Padre era superior.

María puede ser llamada la “segundogénita” del Padre,

Porque, por perfección dada y sabida conservar, y por dignidad de Esposa y Madre de Dios y de Reina del Cielo,

viene segunda después del Hijo del Padre y segunda en su eterno Pensamiento, que ab aeterno en Ella se complació.

El Hijo, siendo también para Ella “el Hijo” enseñándole, por misterio de gracia, su verdad y sabiduría cuando aún era sólo un Embrión que crecía en su seno.

El Espíritu Santo, apareciendo entre los hombres por un anticipado Pentecostés, por un prolongado Pentecostés,

Amor en “Aquella que amó”, Consuelo para los hombres por el Fruto de su seno, Santificación por la maternidad del Santo.

Dios, para manifestarse a los hombres en la forma nueva y completa que abre la Era de la Redención,

NO eligió como trono suyo un astro del cielo, ni el palacio de un grande.

No quiso tampoco las alas de los ángeles como base para su pie.

Quiso un seno sin mancha.

Eva también había sido creada sin mancha.,

Mas, espontáneamente, quiso corromperse.

María, que vivió en un mundo corrompido – Eva estaba, por el contrario, en un mundo puro – NO QUISO lesionar su candor ni siquiera con un pensamiento vuelto hacia el pecado.

Conoció la existencia del pecado y vio de él sus distintas y horribles manifestaciones.

Las vio todas, incluso la más horrenda: el Deicidio. 

Pero las conoció para expiarlas y para ser eternamente,

Aquella que tiene piedad de los pecadores y ruega por su redención.

Este pensamiento será introducción a otras santas cosas que daré para consuelo tuyo y de muchos.

 Joaquín y Ana hacen voto al Señor

En una habitación llena de claridad, en el interior de una casa… 

Sentada a un telar hay una mujer ya de cierta edad.

Viéndola con su pelo ahora entrecano, antes ciertamente negro, y su rostro sin arrugas; pero lleno de esa seriedad que viene con los años,

Parece tener alrededor de cincuenta y cinco años, no más, con una madurez de sufrimiento en su mirada.

La luz penetra por la puerta, abierta de par en par, que da a un espacioso huerto – jardín.

Parece ser  una pequeña finca campirana, porque se prolonga onduladamente sobre un suave columpiarse de verdes pendientes.

Ella es hermosa, de rasgos hebreos.  Sus ojos negros y profundos, con  una gallardía de reina, son dulces, como si su centelleo de águila estuviera velado de azul. 

Ojos dulces, con un trazo de tristeza, como de quien pensara nostálgicamente en cosas perdidas.

El color del rostro es moreno muy claro.

La boca, ligeramente ancha, está bien proporcionada, detenida en un gesto austero pero no duro. La nariz es larga y delgada, ligeramente combada hacia abajo, con una nariz aguileña que va bien con esos ojos.

Es fuerte, mas no obesa. Bien proporcionada. A juzgar por su estatura estando sentada, parece que es muy alta.

 Está tejiendo una cortina o una alfombra. Las canillas multicolores recorren rápidas, la trama marrón oscura.

Lo ya hecho muestra una vaga entretejedura de grecas y flores en que el verde, el amarillo, el rojo y el azul oscuro se intersecan y funden como en un mosaico.

La mujer lleva un vestido sencillísimo y muy oscuro: un morado – rojo que parece copiado de ciertas trinitarias.

Oye llamar a la puerta y se levanta. Es alta realmente. Abre.

Una mujer le dice:

–     Ana, ¿Me dejas tu ánfora? Te la lleno.

La mujer trae consigo a un chicuelo de cinco años, que se agarra inmediatamente al vestido de Ana.

Ésta le acaricia mientras se dirige hacia otra habitación, de donde vuelve con una bonita ánfora de cobre. Se la da a la mujer,

Diciendo:

–     Tú siempre eres buena con la vieja Ana.

Dios te lo pague, en éste y en los otros hijos que tienes y que tendrás. ¡Dichosa tú!.

Ana suspira. La mujer la mira y no sabe qué decir ante ese suspiro. Para apartar la pena, que se ve que existe,

dice:

–     Te dejo a Alfeo, si no te causa molestias; así podré ir más deprisa y llenarte muchos cántaros.  

 

Alfeo está muy contento de quedarse y se ve el porqué una vez que se ha ido la madre:

Ana le coge en brazos y lo lleva al huerto, lo eleva hasta una pérgola de uva de color oro como el topacio y dice:

–     Come, come, que es buena» 

Y le besa en la carita embadurnada del zumo de las uvas que está desgranando ávidamente.

Luego, cuando el niño, mirándola con dos ojazos de un gris azul oscuro muy abiertos,

dice:

–     ¿Y ahora qué me das?

Ella se echa a reír con ganas y al punto, parece más joven, borrados los años por la bonita dentadura y el gozo que llena su rostro.

Y ríe y juega, metiendo su cabeza entre las rodillas,

y diciendo:

–     ¿Qué me das si te doy… si te doy?… ¡Adivina!

Y el niño, palmoteando todo sonriente,

dice:

–     ¡Besos, te doy besos, Ana guapa, Ana buena, Ana mamá!….

Ana, al sentirse llamar “Ana mamá”, emite un grito de afecto jubiloso y abraza estrechamente al pequeñuelo,

diciendo:

–     ¡0h, tesoro! ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!

Y por cada “amor” un beso va a posarse sobre las mejillitas rosadas.

Luego van a un bazar y de un plato bajan tortitas de miel.  

Mientras ella dice:

–     Las he hecho para ti, hermosura de la pobre Ana, para ti que me quieres.

Dime, ¿Cuánto me quieres?

Y el niño, pensando en la cosa que más le ha impresionado,

dice:

–     Como al Templo del Señor.

le da más besos: en los ojitos avispados, en la boquita roja.

Y el niño se restriega contra ella como un gatito.

La madre va y viene con un jarro colmado y ríe sin decir nada.

Les deja con sus efusiones de afecto.

Entra en el huerto un hombre anciano, un poco más bajo que Ana, de tupida cabellera completamente cana, rostro claro, barba cortada en cuadrado, dos ojos azules como turquesas, entre pestañas de un castaño claro casi rubio.

Está vestido de un marrón oscuro.

Ana no lo ve porque da la espalda a la puerta.

El hombre se acerca a ella por detrás diciendo:

–     ¿Y a mí nada?

Ana se vuelve y dice:

–    ¡Oh, Joaquín!

¿Has terminado tu trabajo?

Mientras tanto el pequeño Alfeo ha corrido a sus rodillas,

diciendo:

–      También a ti, también a ti.

Y cuando el anciano se agacha y le besa, el niño se le ciñe estrechamente al cuello despeinándole la barba con las manitas y los besos.

También Joaquín trae su regalo: saca de detrás la mano izquierda y presenta una manzana tan hermosa que parece de cerámica.

Y sonriendo, al niño que tiende ávidamente sus manecitas,

le dice:

–     Espera, que te la parto en trozos.

Así no puedes. Es más grande que tú.

Y con un pequeño cuchillo que tiene en el cinturón (un cuchillo de podador) parte la manzana en rodajas, que divide a su vez en otras más delgadas.

Y parece como si estuviera dando de comer en la boca a un pajarillo que no ha dejado todavía el nido, por el gran cuidado con que mete los trozos de manzana en esa boquita que muele incesantemente. 

Ana dice:

–    ¡Te has fijado qué ojos, Joaquín!

¿No parecen dos porcioncitas del Mar de Galilea cuando el viento de la tarde empuja un velo de nubes bajo el cielo

Ana ha hablado teniendo apoyada una mano en el hombro de su marido y apoyándose a su vez ligeramente en ella:

gesto éste que revela un profundo amor de esposa, un amor intacto tras muchos años de vínculo conyugal

Joaquín la mira con amor,

y asiente diciendo:

–    ¡Bellísimos!

¿Y esos ricitos? ¿No tienen el color de la mies secada por el sol?

Mira, en su interior hay mezcla de oro y cobre. -¡Ah, si hubiéramos tenido un hijo, lo habría querido así, con estos ojos y este pelo!…. –

Ana se arrodillado.

Y con un fuerte suspiro, besa esos dos ojazos azul – grises.

Joaquín también suspira. 

Y queriéndola consolar, le pone la mano sobre el pelo rizado y canoso,

y le dice:

–     Todavía hay que esperar.

Dios todo lo puede. Mientras se vive, el milagro puede producirse, especialmente cuando se le ama y cuando nos amamos».

Joaquín recalca mucho estas últimas palabras.

Mas Ana guarda silencio, descorazonada, con la cabeza agachada…  

para que no se vean dos lágrimas que están deslizándose y que advierte sólo el pequeño Alfeo…

El cual, asombrado y apenado de que su gran amiga llore como hace él alguna vez, levanta la manita y enjuga su llanto. 

Joaquín, rápidamente agrega:

–     ¡No llores, Ana!

Somos felices de todas formas. Yo por lo menos lo soy, porque te tengo a ti. 

Ella contesta desconsolada:

–     Yo también por ti.

Pero no te he dado un hijo… Pienso que de alguna forma he entristecido al Señor, porque ha hecho infecundas mis entrañas…

–     ¡Oh, esposa mía!

¿En qué crees tú, santa, que has podido entristecerlo?

Mira, vamos una vez más al Templo y por esto, no sólo por los Tabernáculos, hacemos una larga oración…

Quizás te suceda como a Sara… o como a Ana de Elcana: esperaron mucho y se creían reprobadas por ser estériles.

Y sin embargo, en el Cielo de Dios, estaba madurando para ellas un hijo santo.

Sonríe, esposa mía. Tu llanto significa para mí más dolor que el no tener prole…

Llevaremos a Alfeo con nosotros. Le diremos que rece. Él es inocente… Dios tomará juntas nuestra oración y la suya y se mostrará propicio. 

–     Sí. Hagamos un voto al Señor.

Suyo será el hijo; si es que nos lo concede… ¡Oh, sentirme llamar “mamá”!.

Y Alfeo, espectador asombrado e inocente,

dice:

–     ¡Yo te llamo “mamá”!.

–     Sí, tesoro amado… pero tú ya tienes mamá.

Y yo… yo no tengo niño…. 

115 LA PRIMERA DISCÍPULA


115 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús va caminando solo, raudo, por la vía de primer orden que pasa cerca de Nazaret.

Entra en la ciudad y se dirige a su casa.

Cerca ya de ella ve a su Madre, que también se está dirigiendo a la casa, acompañada por su sobrino Simón, que va cargado de haces de ramas secas.

La llama:

–    ¡Mamá!

María se vuelve y exclama:

–    ¡Oh, Hijo mío bendito! 

Y ambos corren al recíproco encuentro.

Simón imita a María y dejados los haces de ramas en el suelo, va hacia su primo y lo saluda cordialmente.

Jesús dice:

–     Mamá mía, aquí estoy. ¿Estás contenta ahora?

María contesta feliz:

–     Mucho, Hijo mío. Pero…

Si sólo por mi súplica lo has hecho, te digo que ni a ti ni a mí nos es lícito seguir los dictámenes de la sangre antes que la misión.

–     No, mamá; he venido también para otras cosas.

–     ¿Es verdad lo que dicen, Hijo mío?

Yo creía, quería creer, que no te odiasen tanto, que se tratase de voces mentirosas…

Las lágrimas se patentizan en la voz y en los ojos de María.

–     No llores, Mamá; no me des este dolor. Necesito tu sonrisa.

–     Sí, Hijo mío, es verdad.

Ves tantos rostros duros de enemigos, que necesitas sonrisas y mucho amor. No obstante, aquí, ¿Ves?, aquí hay quien te ama por todos…

María, apoyándose levemente en su Hijo, quien con el brazo sobre sus hombros, la lleva arrimada a sí.

Camina lentamente hacia la casa, tratando de sonreír para eliminar todo rastro de dolor en el corazón de Jesús.

Simón igualmente, tras haber recogido sus haces de ramas, va caminando al lado de Jesús.

Jesús dice preocupado:

–    Estás pálida, Mamá.

¿Te han causado mucho dolor? ¿Has estado enferma? ¿Has trabajado demasiado?

–     No, Hijo, no.

A mí no me han causado ningún dolor. Mi único padecimiento eras Tú, lejano y no amado. No, no, aquí son todos muy buenos conmigo.

Bueno, ya no me refiero a María y a Alfeo; ya sabes cómo son.

E incluso Simón. Ya ves lo bueno que es… pues siempre así. Ha sido mi socorro durante estos meses.

Es él quien ahora se encarga de traerme la leña. Es muy bueno. Y también José, ¿Sabes? Muchos detalles de amabilidad con su María. 

Jesús se vuelve hacia su primo:

–     Que Dios te bendiga Simón, y también a José.

Os perdono el que todavía no me améis como Mesías. ¡Oh, sí, llegaréis a amarme en cuanto Cristo que soy!

Pero, ¿Cómo podría perdonaros el no amarla a Ella?

Simón responde:

–     Querer a María es un hecho de justicia y significa paz, Jesús.

Pero también te queremos a ti, sólo que… tememos demasiado por ti.

–     Sí. Me queréis humanamente. Alcanzaréis el otro amor.

María dice:

–     Tú también, Hijo mío, estás pálido; y más delgado.

Simón observa:

–     Sí, también lo veo yo.

Pareces como más mayor.

Entran en la casa. Simón deja en su sitio los haces de leña y discretamente, se retira.

–     Hijo, ahora que estamos solos, dime la verdad, toda.

¿Por qué te han expulsado?

María tiene sus manos en los hombros de su Jesús y fija la mirada en su rostro enflaquecido.

Jesús sonríe, con una sonrisa dulce pero cansada.

Y dice:

–     Por tratar de conducir al hombre a la honestidad, a la justicia, a la verdadera religión.

–     Pero, ¿Quién te acusa?, ¿El pueblo?

–     No, Madre; los fariseos y escribas…

Excepto algún que otro justo que hay entre ellos.

–     ¿Qué has hecho para atraerte sus acusaciones?

–     Decir la verdad.

¿No sabes que éste es el mayor error que uno puede cometer ante los hombres?

–     ¿Y qué han podido argüir para justificar sus acusaciones?

–     Embustes. Los que ya sabes y otros.

–     Díselos a tu Madre.

Deposita todo tu dolor en mi pecho.

El pecho de una madre está acostumbrado al dolor y se siente feliz de beberlo hasta la hez, si con ello lo elimina del corazón de su hijo.

Dame tu dolor, Jesús. Ponte aquí, como cuando eras pequeño; deposita toda tu amargura.

Jesús se sienta en una pequeña banqueta a los pies de su Madre y cuenta todo lo acaecido durante los meses pasados en Judea.

Sin rencor, pero sin velo alguno.

María acaricia sus cabellos, con una heroica sonrisa en los labios, que combate contra el brillo de llanto de sus ojos azules.

Jesús habla también de la necesidad de entrar en contacto con mujeres, para redimirlas.

Y de su dolor de no poderlo hacer a causa de la malignidad humana.   

María escucha comprensiva y decide:

–      Hijo, no debes negarme lo que deseo.

A partir de ahora iré contigo cuando Tú te alejes; en cualquier época o estación del año, en cualquier lugar.

Te defenderé de la calumnia. Bastará mi presencia para hacer caer el lodo. Y María vendrá conmigo; lo desea ardientemente.

El corazón de las madres es necesario junto al Santo.

Y también contra el demonio y el mundo.

CONSOLADORA DE LOS AFLIGIDOS

111 EL MARTIRIO 2


111 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

LAS DOS COLUMNAS PRIMARIAS

Nerón, cuando asesinó a Séneca esperaba apoderarse de la fortuna estimada en trescientos millones de sestercios y descubrió que ésta no llegaba ni a la décima parte de esa cantidad.

Con la sentencia de Petronio, se encontró con que lo único que quedaba era su palacio en Roma y la quinta de Cumas; que ya no le pertenecían a él, pues estaban legalizadas a nombre de otro dueño.

Estos dos fiascos le hicieron  decretar que en los testamentos se presentarían en blanco las dos primeras páginas.

Que solamente se escribiría en ellas el nombre del testador y que el que escribiese el testamento de otro, no podría asignarse ningún legado.

Empobrecido y exhausto de recursos hasta el punto de demorar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones.

Se apoderó de los bienes y las fortunas que le apetecían con el argumento de que ‘habían sido ingratos con el Príncipe.’

Un día que cantaba en el teatro, vio a una matrona adornada con la prohibida púrpura, la señaló a sus agentes y haciéndola sacar inmediatamente, le confiscó el traje y los bienes.

Y ya no confirió ningún cargo sin añadir:

–   ¿Sabes lo que necesito?

Obremos de tal forma que nadie tenga nada.

Concluyó por despojar a la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y de plata.

Después de la muerte de Popea quiso casarse con Antonia la hija de Claudio.

Como ella se rehusó, también la acusó de conspiración e hizo que la mataran.

No hubo lazo que no rompiera con el crimen.

Y mientras tanto su red de espías, seguían llenando los tribunales con cristianos.

Pedro fue arrestado por los pretorianos y lo llevaron a la cárcel mamertina, en el calaozo del Tullianum.

Los cristianos lo recibieron con gran reverencia y amor.

Algunos presos que habían sido torturados y que no eran cristianos, le pidieron que los ayudase.

Pedro oró y los sanó el Señor.

El hijo de un verdugo que estaba sordo y mudo, también fue sanado.

Entonces un centurión se acercó…

Y le dijo:

–   Mi nombre es Flavio. 

Tengo un compañero de guerra al que quiero mucho.

En Germania recibió un fuerte golpe en la nuca y está paralizado del cuello hacia abajo.

¿Podrías rogar a tu Dios para que lo cure?

Pedro le contestó:

–   Flavio, ¿Crees que nuestro Señor Jesucristo pueda sanarlo?

–   Sí creo. Creo que Él es Dios y si Él quiere, puede compadecerse de un pagano…

–  Flavio, en el Nombre de Jesucristo, hágase como lo pides.

Y dile a tu amigo que busque la Luz de la Verdad.

Por la tarde de ese mismo día, llegó el otro soldado completamente sano a darle las gracias.

Flavio dice llorando:

–   Cuando seas sentenciado, yo voy a tener que matarte.

Pedro lo mira sonriendo con amor,

Y lo exhorta:

–   Cumple tu deber hijo mío.

Y alégrate. No me darás la muerte. Lo que vas a hacer es abrirme las Puertas del Cielo.

El soldado sanado declara:

–   Anciano, yo soy Leoncio y te doy las gracias a ti y a tu Dios.

Flavio pregunta:

–      Dime cómo podemos agradecerle y adorarlo.

–     Él Mismo los guiará. Venid…

Y Pedro les habla del alma y del Cielo…

Durante todo el tiempo que estuvo en prisión, continuó evangelizando también a sus carceleros,

realizando milagros a todos los que se lo pedían y bautizando sin cesar a los conversos…

Y los rumores de lo sucedido, traspasaron las murallas de la prisión y se expandieron por todos lados.

Entonces Pablo también fue llevado a la cárcel Mamertina.

Y cuando Nerón fue notificado de que los líderes de la Iglesia Perseguida habían sido capturados, decidió divertirse un poco…

Recordó algo que le había platicado Popea cuando era prosélita de la religión hebrea.

Y en complot con Tigelino, urdió un plan…

Para ver lo que haría el Dios de los cristianos, al verse enfrentado con su Padre.

La primera vez que se menciona a Simón el Mago es en el Nuevo Testamento, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde dice que él era un hombre experto en las artes mágicas con las cuales,

“tenía deslumbrados a los samaritanos y pretendía ser un gran personaje” (Hechos 8, 9).

Y cuando Felipe, uno de los primeros diáconos, llevó el evangelio a esta zona.

Por la gracia de Dios, mucha gente creyó y fue bautizada, incluyendo a Simón el Mago.

Al poco tiempo Pedro y Juan visitaron Samaria, para llevar el sacramento de la confirmación a los nuevos conversos.

El poder de este sacramento, impresionó a Simón el Mago y le ofreció dinero a los apóstoles, a cambio de que le dieran ese poder.

 Los apóstoles se rehusaron a perpetrar ese sacrilegio y la Iglesia hoy llama a ese pecado Simonía,.

 Simón, luego de ser rechazado por los Apóstoles, abandonó la Iglesia Católica y se volvió hacia el gnosticismo, una herejía cristiana temprana, que rechaza la autoridad de los Apóstoles,

en favor del conocimiento secreto que los cristianos afirmaban recibir directamente de Dios.

Al parecer volvió a su magia demoníaca y su conflicto llegó a su punto más alto en Roma; donde  tenía muy impresionada a la gente con sus artes mágicas.

Y por sus prodigios era tenido entre los judíos como un gran personaje que ‘Tenía consigo la Fuerza de Dios’.  

De acuerdo al plan preconcebido por el César, mandó sacar de la cárcel a Pedro y a Pablo.

Y ante una gran muchedumbre reunida en la plaza del Fórum,

Decidió enfrentarlos con Simón el Mago que capitaneaba a los judíos, acérrimos enemigos de los cristianos.

Cuando todos estuvieron frente al César,

éste les dijo, señalando a Simón:

–    Este hombre es sincero y vosotros, los embaucadores.

Y ahora lo veremos.

Acto seguido Simón el Mago, coronado de laurel por Nerón mismo, subió hasta lo más alto del Capitolio,

¡Y empezó a volar!

Pedro al ver aquello, dijo a Pablo:

–    Satanás se disfraza de ángel de Luz…

Pablo le replicó:

–   A mí me corresponde orar…

Y a ti, dar las órdenes debidas.

Pablo se arrodilló y se sumergió en la Oración en el Espíritu.

Pedro levantó la voz y dijo con autoridad:

–     Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire.

En El Nombre Santísimo de Jesús yo os mando que no lo sostengáis más.

Y que lo bajéis sin dañarlo, hasta el suelo.

Los Demonios se encolerizaron tanto, que obedecieron la orden a medias.

Ante el asombro general, Simón aterrizó bastante maltrecho; porque lo soltaron desde una altura considerable y cayó, rompiéndose las piernas. 

Pero Pedro oró y  Dios hizo el milagro.

Y Simón  quedó tan avergonzado, que huyó a esconderse por un año, antes de animarse a comparecer ante el público otra vez.

Nerón se enfureció aún más, al ver el inesperado resultado de su maquinación.

Y antes de retirarse, ordenó que los llevaran al tribunal.

El Prefecto Agripa dijo a Pedro, al tenerlos frente a sí:

–    Así que tú eres el hombre que en tus reuniones aprovechas tu influencia e impides que las mujeres se casen.

Pedro le contestó:

–   Yo soy fiel discípulo de mi Señor Jesucristo.

El Crucificado que Resucitó y Vive y Reina por siempre, a la diestra de Dios Padre.

–    Le seguirás hasta el final.

También tú morirás en la Cruz.

Y a Pablo por ser ciudadano romano, lo condenó a ser decapitado.

Al anciano apóstol se le aplicaron los azotes prescritos por la ley.

Y al día siguiente fue conducido fuera de las puertas de la ciudad.

Hacia el Monte Vaticano, en donde debía cumplirse la sentencia y ser crucificado.

A causa de su avanzada edad, no se le exigió que cargara con la cruz.

Cuando llegaron al sitio designado, Pedro contempló toda la Ciudad Eterna, extendida a sus pies…

Y levantando la mano derecha, bendijo:

pedro

“Aquí donde Nerón gobierna hoy, Cristo gobernará por siempre.”

¡URBI ET ORBI! (a la ciudad y al mundo)

Y su sonrisa se hizo más luminosa y su rostro se volvió radiante, cuando Jesús le permitió extender su mirada a través de los siglos.

Y vio el mismo lugar de su martirio, convertido en una inmensa Basílica, con la grandiosa plaza con su nombre, perpetuado por su donación y entrega a su misión.  

Desde la cual, casi dos mil años después estaría llena de millares de personas, escuchando reverentes a otro Pontífice Mártir y Santo:

San Juan Pablo II.

La Plaza de San Pedro es una de las plazas más bonitas y grandes del mundo. Se encuentra situada en El Vaticano, a los pies de la Basílica de San Pedro.

Las dimensiones de la plaza son espectaculares: 320 metros de longitud y 240 metros de anchura.

En las liturgias y acontecimientos más destacados la Plaza de San Pedro ha llegado a albergar más de 300.000 personas.

Su sucesor 264, quién desde el Vaticano llevaría el mensaje del Evangelio a todas las naciones de la Tierra.

Y desde la Basílica de San Pedro, levantando su blanca mano, bendeciría lleno de bondad y de amor, infinidad de veces…

A través del Pontificado más largo de la Historia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana:

Un papa profundamente mariano: “TOTUS TUUS”

¡URBI ET ORBI!

Flavio, el jefe de los verdugos le indicó a Pedro que debía extenderse sobre la cruz.

Y Pedro le dijo:

–    Cuando crucificaron a mi Señor pusieron su cuerpo sobre la Cruz, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, porque mi Señor descendió desde el Cielo a la Tierra.

Os ruego que al clavarme lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero.

Porque además de que no soy digno de ser crucificado como Él, yo voy a subir de la Tierra al Cielo.

Accedieron a su petición y lo colocaron sobre la Cruz de manera,

que sus pies quedaron clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo.

Cuando Pedro estaba ya crucificado, Dios abrió los ojos espirituales de los espectadores.

Y vieron al apóstol rodeado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas  y de lirios.

Y a Jesucristo colocado a su vera, mostrándole un Libro abierto…

Pedro lo leyó: “Apocalipsis”

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Y dijo en voz alta:

–           Gracias Dios Mío.

Y se sumergió en la Oración en el espíritu.

Pedro admiró por largas horas, todos los sucesos que le fueron mostrados en la Ciudad del Vaticano.

Y finalmente, con voz llena de júbilo y de adoración,

Exclamó:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… –antes de expirar.

Las llaves del Cielo que Jesús le entregara y que habían estado en sus manos, las había entregado a Lino, en la Misa cuando le nombró su sucesor.  

En esa misma tarde, otro destacamento de pretorianos condujo a Pablo de Tarso a lo largo de la Vía Ostiense.

Pasaron por la Puerta Trigémina, hasta un lugar llamado Aqua Salviae.

Mientras avanzan, él mira hacia los Montes Albanos con la magnífica sensación de haber terminado su larga y fatigosa jornada apostólica.

Contempla ya los Cielos abiertos para recibirle y su alma está llena de júbilo,

apostol-san-pablo-

Por el inminente encuentro con el Dios por el que ha luchado y sufrido tanto,

Para darlo a conocer y a amar.

Cuando llegaron al sitio designado para el suplicio, se volvió hacia el Oriente y oró.

Luego, se despidió de los cristianos.

El verdugo le dijo:

–           Prepara tu cuello.

Pablo se arrodilló y dijo:

–           ¡Oh, Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Y ofreció su cuello al verdugo.

Éste levantó la espada y descargó el golpe…

Con el rostro radiante, Pablo de tarso fue decapitado.

En el mismo instante en que se desprendió su cabeza del tronco,

Exclamó:

–           ¡Jesús!…

Su sangre bañó la lóriga de su verdugo, brilló una luz intensísima.

Y quedó el aire perfumado con una fragancia maravillosa…

La Iglesia Cristiana ha sido confirmada con la sangre de sus Dos Columnas Primarias:

San Pedro y San Pablo Apóstoles…

Su ornamento final lo pondrá su último sucesor y papa mártir…

Y los cristianos que confesarán su glorioso testimonio en la Tercera Gran Persecución realizada en el imperio de terror del Anticristo…

MI PROJIMO 1


Después de mi conversión, mi alma estaba sedienta de Dios y lo buscaba en donde quiera que mi corazón lo presentía.

Cuando recién comenzaba a trabajar en el Ministerio de Sanación y Liberación, una vez Jesús me dijo:

“Pronto aprenderás que Conmigo, LAS BATALLAS SE GANAN. PERDIENDO…

Cuando estuve viviendo una temporada, en la casa solariega que tenía una de mis hermanas en una ranchería cercana al aeropuerto de Guadalajara en México, Jesús estuvo muy activo…

Con el grupo de Oración de la Renovación Carismática y la dirección del sacerdote del pueblo, el Señor realizó su ministerio, tal como lo hacia cuando caminaba por los senderos del antiguo Israel.

Y llegó un momento en que vinieron muchas personas buscando alivio y sanación a múltiples dolencias.

Fue allí que se perfeccionó  nuestro conocimiento sobre la influencia que nuestros pecados le proporcionan a Satanás. 

Las cadenas para esclavizarnos, someternos y destruirnos, de diferentes maneras.

En las evangelizaciones, Jesús medicaba las almas y las instruía.

Luego mandábamos a los conversos a que se reconciliaran con los Sacramentos y así aumentaba el Rebaño que el Sr. Cura pastoreaba en la parroquia.

Y nosotros siempre aprendíamos algo nuevo.

Las Oraciones de Liberación, las realizábamos siguiendo las instrucciones que nos daba Jesús, con los diferentes Carismas en acción,

que el Espíritu Santo nos proporcionaba al grupo Juvenil de Oración y que constaba de alrededor de 3 adultos y siete jóvenes.

Jesús dirigía a través mío, lo que había qué hacer contando con la asistencia y la ayuda del Cielo entero.

PORQUE CADA EXORCISMO ERA UNA GUERRA

Satanás utilizaba todas las estratagemas para NO soltar a sus presas,  pero el Espíritu Santo nos ayudaba  a bloquear sus argucias y siempre lo vencíamos.

Una de sus tretas favoritas era fingir que ya se habían ido y se escondían. Pero con los Carismas podíamos verlos y además conocíamos sus nombres.

Al nombrarlos adquiríamos un poder especial sobre ellos y les dábamos órdenes específicas, que NO podían ignorar.

Una cosa que me costaba mucho trabajo entender, era porqué cada vez aumentaba la dificultad para vencerlo y nuestros combates eran cada vez más arduos y difíciles.

En los últimos enfrentamientos, NO vacilaba en recurrir a la agresión física, tratando de amedrentarnos.

NO nos obedecía y hacía que las liberaciones fuesen largas y sumamente laboriosas.

Yo me había acostumbrado a que Dios debía ser Obedecido de inmediato  y a que nuestros oponentes NO debían costarnos tanto trabajo…  

Pero las últimas experiencias parecían contradecir todo esto…

Yo acababa de sanar de una tremenda quemadura  y ya estaba otra vez teniendo un combate feroz, donde mi Oponente parecía haberse fortalecido hasta un grado inimaginable.

Un día estábamos orando por un hombre que pesaba más de 200 kg. Él estaba recostado en la cama, mientras los demás orábamos por él.

Los Demonios nos ofrecían una resistencia brutal y hacían gala de su rebeldía profiriendo blasfemias atroces.

Por más que los amenazaba, ellos se burlaban y mostraban su soberanía sobre aquella alma, encarándose directamente con Dios y retándolo con bestial crueldad,

enumerando los diversos pecados que les permitían poseerlo.

Se burlaban de Dios diciéndole los diversos motivos por los él se negaba a amarlo y obedecer sus Mandamientos… 

Y a continuación describían sus pecados y el motivo por el que tenían la razón para atormentarlo…

Al mismo tiempo que le recriminaban a Dios, el que Él no tuviera una sola razón para intervenir e impedirles lo que ellos habían determinado hacerle, al sujeto de su posesión.

Esto para mí fue demasiado… Y con impotencia creciente, pensaba en la forma de callarlos.

Lo único que había en la habitación además del Crucifijo, era un cuadro de la Virgen de Guadalupe donde se miraban las rosas cayendo de la tilma de Juan Diego.De forma impulsiva les grité:

 –   ¡¡¡Ya basta!!!

Cómo NO quieren callarse, en este momento les pongo en la boca una rosa del Tepeyac y convierto sus blasfemias en Bendiciones. 

En el Nombre de Jesús lo digo + y en el Nombre de Jesús lo hago+ Amén

Después de esto hubo un silencio total y seguimos con la Liberación.

Pero Satanás NO había terminado.

Aun no comprendo cómo pasó.

Pero de repente uno de los jóvenes que estaban orando, estaba debajo de la cama y empezó a ser aplastado por el enorme peso de nuestro rehén, que intentábamos liberar.

Le pedí ayuda a Mamá María y a nuestros ángeles de la guarda y de pronto…

Con una sola mano, porque con la otra sosteníamos los rosarios, el Agua Bendita y yo además la Biblia… 

Levantamos la cama y alguien lo arrastró, sacándolo de la mortal trampa.

Entonces Satanás atrapó a otro de los jóvenes que orábamos… 

31. «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo;
32. pero yo he rogado por ti, para que tu Fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» Lucas 22

Y sacándolo a la terraza de la recámara que estaba en el primer piso, literalmente lo mandó volando a través del huerto hasta el abrevadero de los caballos.

La mitad del grupo salió corriendo hasta la piscina, donde los caballerangos ejercitaban a los corceles y que era donde Lucifer intentaba ahogarlo.

Yo también salí corriendo…

Y en el salón de juegos, que estaba donde empezaba la escalinata para  bajar a la sala principal, me topé con mi sobrinita de cinco años que estaba desternillándose de risa.

Ante mi mirada interrogante, me dijo:

–       ¡Ay tía! ¡Esto es más divertido que las caricaturas en la televisión!

¡Todos los diablos no pueden hablar y se ven muy simpáticos con una enorme rosa en la boca!…

Por un segundo me paralicé por la sorpresa…

Pero recordé la emergencia…

Y continué mi carrera hasta las caballerizas, donde Satanás continuaba en sus intentos por ahogar a Octavio.

Cuando llegué a la piscina, me eché un clavado, levanté la cabeza de Octavio fuera del agua.

Y  abrazándolo, le grité muy enojada a Lucifer:

–        ¡ALTO! ¿Quién te crees que eres para atacarnos así?

Lárgate de aquí. Te aseguro que esta vez vas a lamentar el combatir con nosotros…

¡Porque todavía NO me conoces y Me conocerás!… 

¡Constatarás que de princesa, sólo tengo los genes! Porque te juro que te voy a hacer llorar…

Sacamos a nuestro valiente hermanito del agua…

Y en el pasto que rodeaba la piscina…

Oré por Octavio mientras lo reanimaba…

Y Jesús lo volvió a la consciencia totalmente intacto.

Empapados pero felices, regresamos a continuar la Liberación.

Aunque sentía de forma maravillosa, la Portentosa Presencia de mi Señor Único y Trino, mi resolución no cambió un ápice y al contrario…

Cuando entramos nuevamente a la casa, YO NO estaba dispuesta a soportarles más majaderías…

Y me sentía tan furiosa, que decidí mandar por la borda, todos los buenos modales con que Jesús nos dirigía…

Mala decisión, porque no le pedí permiso... ¡Y SIMPLEMENTE LO HICE!

Entonces surgió la charra que siempre ha habitado en mí. Y aquí emergió uno de mis mayores defectos:

Cuando estoy enojada, NO reflexiono, ACTÚO.

Este altanero Arcángel le faltaba al respeto a Dios, Blasfemaba lo que quería y escarnecía con enorme crueldad al Señor.  

¡Esto me dolía tanto…!

Era UN VALENTÓN COBARDE, al que nadie le había puesto un alto y por eso su Soberbia estaba tan inflada.

Mi sobrinita sin querer, me había dado un dato crucial:

Todo lo que yo decía, se hacía¨ Entonces si mi palabra era tan importante

Estuve deliberando en la forma de doblegar tan grande soberbia… 

Pensé en los miedos que tenían supremacía en la sociedad a la que había pertenecido desde que nací…

Y que sometían la mayoría de sus comportamientos sociales…

Lo más importante eran las apariencias y el PRESTIGIO ante los demás.

Por eso prevalecían los modales elegantes y todo mundo quería pertenecer a una élite en ascenso…

–     ¡Vaya, vaya…! (una idea PERVERSA empezó a germinar en mi cabeza)

Por eso en las visiones que teníamos sobre el Infierno, Satanás siempre andaba elegantísimo y desplegando prepotencia y poder. 

Entonces me fijé en un calendario que estaba junto al cuarto de lavado y tenía una bella imagen del Carnaval.

En un par de días  empezaría la Cuaresma…

Lucifer está tan pagado de Sí mismo, que TODO lo que se relaciona con él, debe ser impresionante…

Recordé sus desafíos, sus burlas, sus despliegues de poder y sus manifestaciones llenas de deslumbrante magnificencia…

Y también CÓMO SE SIENTE INTOCABLE COMO UN  DIOS. 

Estaba tan enojada con él, que decidí que era el momento de darle una Lección…

Y que NO la olvidara jamás…

CONCLUÍ…

Bueno, veamos que hace, al proporcionarle una sopa de su mismo chocolate…

Y actué con la misma resolución que lo hacía, cuando de sacudirme un poco el extremo rigor de mi madre se trataba:

En casos de necesidad, es mejor pedir perdón que pedir permiso…” Y esto era una emergencia.

Y cómo los jugadores en la mesa de pókar cuando apuestan todo…

Ya me la estaba jugando por Jesús en el hombre por el que orábamos…

Habíamos recibido varios ataques que hubieran podido tener un desenlace fatal al menos con tres de los integrantes del equipo de Liberación.

Sólo me faltaba una cosa…

Uno de los miedos más grandes que los exorcistas tienen, es que los espíritus del poseso puedan penetrar en ellos…

Y así convertirse en una víctima más, torturada en venganza, por la Maldad de Satanás.

Pero ese Miedo ES precisamente la TRAMPA Y EL PELIGRO. 

Cuando tienes a Dios de tu lado, NO HAY  porqué tener miedo.

Y cuando confías en Él, ES CUANDO VES LOS MAYORES MILAGROS…

Yo le había entregado mi vida entera a Jesús y después de 15 años de choques frontales con el Enemigo en los que más o menos había aprendido a conocerlo,

Una idea se había metido en mi mente y estaba cristalizándose más fuerte, durante los últimos combates.

¿La Muerte? ¿Qué es la muerte para el que espera en Dios?

Sólo es el tránsito para el encuentro definitivo con el Amado.

Y decidí jugarme el todo, por el TODO.

“YO SOY HIJA DEL LEÓN DE LA TRIBU DE JUDÁ, Y ESTOY TOMANDO POSESIÓN DE MI HEREDAD…

Si moría, moriría sirviendo al Dios que adoro sobre todas las cosas. Viéndolo de esta manera, tenía boleto express para reunirme con ÉL…

Todos estos pensamientos, fueron veloces mientras retornaba con nuestro ‘pacientito’… 

Y mi corazón galopó de alegría…

Cuando íbamos a entrar a la habitación nuevamente, me detuve por un momento, evalué la situación…

Y resolví acabar de una vez por todas con aquella batalla.

Llevábamos muchas horas luchando, había atentado contra nuestras vidas dos veces.

Satanás seguía sintiéndose Intocable y yo YA NO estaba dispuesta a prolongar aquello.

Así que agarré a toro por los cuernos  

Y APOSTÉ MI TODO… 

DECIDÍ SER LA GUERRERA SUICIDA DEL EJÉRCITO DE JESÚS…  

Yo le gané a Satanás este privilegio…

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza…

Ya NO iba a dar órdenes y esperar a que fuesen obedecidas…

Cuando entramos en la habitación donde yacía el que estaba siendo liberado, me dirigí directamente hacia él…

Y poniendo mis manos sobre su cabeza DECLARÉ: 

–     “Amadísimo Padre Celestial, Tú que Eres Infinitamente Bueno, Infinitamente Poderoso, Infinitamente Misericordioso, escucha la Oración que te presento a través del Inmaculado Corazón de María Santísima y por la Sangre Preciosísima de Jesús.

Te entrego mi cuerpo, mi alma, mi vida y mi espíritu, por mi hermanito, (dije el nombre de nuestro enfermito)

Por favor PÁSAME A MÍ, TODO LO QUE HAY EN ÉL…

Y dale a él todo lo que me has dado a mí:

Tu Perdón, tu salvación, tu sanación, tu Paz, tu Amor. Y todas las Gracias que tu Espíritu Santo decida.

Soy Tuya mi Señor y deseo serlo siempre por toda la Eternidad.

Te consagro a… al Corazón Inmaculado de María santísima, para que sea una ovejita del Rebaño de Jesús. Amén

Y los diablos que acaban de entrar en mí, no saldrán hasta que yo lo ordene

y deberán hacer junto conmigo TODO lo que yo haga.

Me arrodillé ante la Virgen y recé el Angelus. 

Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A Ti, celestial Princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mírame con compasión, no me dejes, Madre mía, caer en la tentación…

También la honré con “Bendita sea tu Pureza…”

Cuando terminé, besé los piés de la Guadalupana y les dije a mis nuevos huéspedes:

–         ¡BIENVENIDOS!

¡ALABAREMOS AL DIOS ALTÍSIMO!

¡Y LO HARÁN CADA VEZ QUE YO LO HAGA!

¡ Y CON LA ALABANZA CON QUE YO LO HAGA!

Así que si quieren librarse de esto, NO tienen otra alternativa que correr a postrarse a los Pies de Cristo Rey y hacer lo que Él les mande.  

Por lo pronto, vamos a cantar…

Salve Reina de los Cielos y Señora de los ángeles, Salve Raíz, Salve Puerta, que dió paso a nuestra Luz. Alégrate Virgen Gloriosa, entre todas la más bella…

Y el Salve Regina sonaba triunfal en todas las gargantas, incluída la del hombre que había sido sanado y liberado…

Verificamos que la Liberación había sido completa y que nuestro rehén estaba totalmente intacto…

Y pudimos proclamar la victoria total en el Nombre de Jesucristo.

Todos nos consagramos nuevamente a los Sagrados Corazones y…

Después de esto le dije a Lucifer:

  –        Lo siento amigo, acabas de perder.

Mi tiempo es demasiado valioso, para desperdiciarlo con tus argucias.

Ya NO quiero escuchar tus soberbios desplantes. Y conmigo NO funcionan tus trucos.

Este rehén YA NO ES tuyo.

Por si no te diste cuenta, pasé sus espíritus inmundos y tus compinches a mi interior, tanto si estaban dispuestos a hacerlo, como si no.

Yo NO dejo alternativas. Acabo de liberarlo de sus pecados y de las cadenas con que lo controlabas.

¡ESTÁ LIBRE!

Creo que te metiste con el alma equivocada, porque todavía tengo una gran sorpresa para ti y para TODO tu séquito infernal:

–         Esto es una guerra, NO un juego.

Y porque parece que ustedes olvidan con

Quién

se enfrentan, es necesario darles un pequeño recordatorio. 

Por esto, en el Nombre de Jesús yo los visto a todos ustedes, con los mismos ropajes que ataviarán los participantes en el Carnaval de Río de Janeiro. 

Los que han promovido el descaro y la indecencia en la mujer, vestirán los más diminutos biquinis y NO me importa si son masculinos.

Los que alardean de su elegancia varonil, llevarán los trajes carnavalescos de la Marcha del Orgullo Gay… 

Y al que se atreva a protestar, LE GARANTIZO MÁS CREATIVIDAD con su atuendo personal. 

Y esto se aplica a todas las Jerarquías.

¿¿¿Entendieron???…

O ¿Se los explico con manzanas, palitos y bolitas?

¡Y NO se los podrán quitar, HASTA QUE YO LO DECIDA! Amén 

Ahora sí. ya tienen mi permiso para irse,

Y  más les vale que lo hagan rápido, porque me tienen bastante fastidiada.

Y están en peligro de que decida agregarles otro pequeño inconveniente para ustedes…

Había sido una jornada de más de doce horas, plagada de fenómenos extraordinarios y que me dejaron a mí, totalmente exhausta.

Y todavía faltaban las Consecuencias de mi impulsivo arrebato…

Cuando terminamos, el grupo se disolvió…

Y yo me dormí como un bebé, después de haber sido bañado…

Mi parábola de los talentos

Fresas con Crema

UN TORO BANDERILLADO…


ignorancia mortal

El mayor obstáculo para los cristianos actuales es el ‘analfabetismo espiritual’ que provoca una tremenda confusión en la manera de ejercer la Fe que decimos profesar.

Lucifer ha realizado una estrategia tan perfecta, que abarca casi a todos los cristianos empezando por el clero y terminando por los laicos, nuestra ignorancia es casi completa y le estamos siguiendo el juego al Maligno,

para que éste aniquile nuestras almas de una forma tal, que estamos siendo arrollados y destruídos de muchas maneras sistemáticas e implacables… ¡Y ni siquiera nos damos cuenta!  

EL MUNDO EN PODER DEL MALIGNO

EL MUNDO ENTERO YACE EN PODER DEL MALIGNO (1Juan 5,19)

En efecto, ni siquiera advertimos como somos los mejores ayudantes para nuestra propia auto-destrucción. Con nuestra incredulidad en los Novísimos, (Muerte, Juicio, Infierno y Gloria)

y nuestro completo desconocimiento de lo que ES realmente el Pecado y lo que significa, (No solamente es una ofensa para Dios)

Las gravísimas consecuencias, (el Infierno es la última y definitiva) que afectan nuestra vida diaria y cómo aumenta nuestro sufrimiento y tormento personales, (Por eso tantos homicidios y suicidios).

En una próxima serie de artículos que estamos preparando, arrojaremos un poco de luz sobre todo esto, porque reforzaremos las enseñanzas del Señor en cuanto a los Mandamientos, los Sacramentos y las Bienaventuranzas.

Con los cuales entenderemos un poco más todas las incógnitas de nuestra existencia y nuestra misión.

000pecado y perdon

Se trata no solo de tener un conocimiento intelectual de nuestra religión, sino de una guía práctica que podamos aplicar a nuestra vida, para VIVIR Y GOZAR de nuestra relación personal con nuestro Dios Único y Trino.

Y hacer patente el vigor y el poder que hace ‘única’ nuestra religión cristiana.

Para quienes tienen poco tiempo de visitar nuestro Blog y no están familiarizados con nuestras páginas, como asistente y contacto de nuestra administración,

pueden conocerme un poco más en el relato que hicimos con el título ‘MI PARÁBOLA DE LOS TALENTOS’ publicada en tres segmentos el 30 de Septiembre de 2014.

Allí se complementa el relato de lo que se enterarán a continuación…

conjuro 2

A principios de este verano, uno de mis hijos me llevó al cine a la premier de la película “El Conjuro 2”

Y quedé muy sorprendida, porque me hizo rememorar un exorcismo que viví hace un poco más de dos décadas.

Todo fue como si lo hubieran copiado idéntico, excepto por una cosa: la actitud de los exorcistas.

Cuando mi hijo me preguntó:

–        ¿Te asustaste?’

Mi sincera respuesta lo sorprendió:

–     La película  me encantó. Me hizo recordar cuando era niña y mi padre nos llevaba a ver películas de vaqueros.

Sentí la misma emoción y lo único que no entiendo, es por qué ese miedo de los protagonistas cuando ya están metidos en el ruedo, enfrentándose a Satanás.

Mi hijo movió la cabeza, cómo diciendo: ‘sólo mi madre es capaz de una respuesta así.’

Y la verdad es que durante la proyección de la cinta, estaba como los niños, me emocioné tanto que sentía el impulso de meter mi cuchara y decirles  lo que no debían hacer…

Pero bueno, esto no es lo importante…

Después que regresamos a casa, el Señor me manifestó su deseo de que todo esto lo compartiera…

Y me lo confirmó, cuando nuestro director espiritual del grupo que trabajamos en este Blog, me dijo exactamente lo mismo.

“No temamos subir al calvario y morir por Jesús. ÉL YA NOS PUSO EL EJEMPLO…”

Bueno, estoy obedeciendo para honor y gloria de nuestro ABBA Santísimo…

Y en una serie de pequeños artículos que vamos a preparar, compartiré con uds. las experiencias que me han enseñado a transitar el Camino de la Cruz, siguiendo las huellas de Nuestro Salvador.

En lo personal me resulta un poco difícil, porque siempre he pensado que es más fácil desnudar el cuerpo que el alma.

Pero lo que menos importa es la vergüenza de exhibir mis lamentables metidas de pata hasta las anginas, en mis andanzas evangélicas.

Porque si con esto les muestro con mis errores, lo que no se debe hacer y a uds. les sirve para que también se enamoren y se entreguen sin reticencias en los brazos de nuestro Dios Amorosísimo,

habrá valido la pena para que cada uno escriba su propia y emocionante historia…

Porque como alguna vez dijo San Agustín:

enamorarse de Dios

ENAMORARSE de Dios, ES el más grande de los romances. BUSCARLO, la mayor de las aventuras; ENCONTRARLO, LA MAYOR DE LAS REALIZACIONES.

Era el atardecer primaveral de un día soleado y con pocas nubes.

Todos los habitantes de la posada familiar donde yo residía temporalmente, después del resquebrajamiento de mi matrimonio que había durado 19 años;

estaban pendientes de la noticia ininterrumpida del magnicidio de Luis Donaldo Colosio, el candidato presidencial a la regencia de mi amada patria mexicana…

Los últimos rayos del ocaso de un sol que se ocultaba, eran el velo que cubría mi rostro bañado de lágrimas; la única señal del intensísimo dolor de mi alma,

que me impedía participar del estupor que a  todos los mexicanos los había paralizado y seguían incrédulos las imágenes y los comentarios que inundaban todos los medios de comunicación…

luis-donaldo-colosio-y-carlos-salinas-de-gortari

Estaba semi-recostada en una poltrona y me encontraba solitaria en la gran terraza- patio bordeada de jardineras, que hacían muy agradable y acogedor, aquel lugar.

Ordinariamente aquel era un estupendo sitio para leer o meditar, mientras contemplaba las copas de los muchos árboles que abundaban en todas las casas y jardines de la bella colonia que había sido mi barrio en los últimos años…

Pero yo no tenía ánimo para leer o filosofar.

Los sollozos me ahogaban y mis lágrimas hacían que fueran más brillantes los colores de aquel maravilloso crepúsculo, mientras yo me sentía la más infeliz de todas las creaturas.

Y de repente…

Una sensación muy conocida me asaltó… Los cabellos de mi nuca se levantaron y mi piel se erizó como la de las gallinas…

Me levanté de la poltrona donde estaba tumbada y me senté, totalmente alerta… Con mi rostro mojado, porque también mis lágrimas se interrumpieron bruscamente, esperé…

El Mundo pareció detenerse… Y una voz aterradoramente inconfundible pareció invadirlo todo totalmente…

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Con una majestuosidad avasalladora, me dijo:

–       Mujer… Yo soy el Amo de este MundoSi dejas de Combatirme… puedo cambiar tu destino. ¡Pero deja a Ese…!

Si te conviertes en mi aliada, dependiendo de tu docilidad hacia mí, también puedo convertirte en la reina más poderosa que haya existido jamás, porque yo soy el Arquitecto del Universo.

La seducción continuó con una lista interminable de promesas tan alucinantes, como el Personaje que las pronunciaba.

–           Serás la mujer más hermosa, deseada, rica, famosa y homenajeada.

Te daré juventud y una larga, larga vida… Aumentaré tu belleza y tu prestigio en la sociedad; pero ¡Deja a Ese!…

Tendrás Todo el éxito, la fama, el poder. TODOS te honrarán…

Y no habrá deseo que no te sea cumplido… ¡Pero deja a Ese!… Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar, tus hijos… Y…

Un terremoto emocional me estaba estremeciendo…

De todas las cosas que me dijo, una sola hizo que sintiera como si el piso hubiera desaparecido bajo mis piés:

Te Regresaré el amor de tu esposo, tu hogar y tus hijos…”

Todo este episodio increíble, lo hubiera juzgado un delirio causado por una droga alucinógena si no fuera por dos cosas:

Una.- Las drogas nunca fueron un problema, porque ni siquiera las había probado.

Dos.- Había estado demasiadas veces luchando contra él y sabía perfectamente cómo se las gasta..

Y esa frase que retumbaba en todo mi ser, como una gigantesca campana que me estaba sacudiendo como no me había sucedido nunca antes: “Te regresaré…”

Un pensamiento cruzó mi mente como un relámpago: “Pero deja a Ese…” ‘¡Oh, No! ¿Y perderé a Jesús?

Los recupero a ellos, pero perderé a Jesús!...  

HONOR, GLORIA Y PODER

HONOR, GLORIA Y PODER

SÍ. ME HABÍA ADVERTIDO TRES VECES: ¡Deja a Ése!

Y ÉSE era el Amor de mi vida: Mi Señor y mi Dios Adorado. Mi Jesús Santísimo que era el que le daba sentido a toda mi existencia.

Habían pasado casi 13 años, desde el encuentro personal que había cambiado totalmente toda mi vida y se la había consagrado completita a mi Señor Jesucristo.

Al mismo tiempo que este recuerdo y estos pensamientos habían sido instantáneos, también retumbó como un trueno y veloz como el rayo, la frase esclarecedora: “TE REGRESARÉ…”

Estas palabras me abrieron un panorama nuevo sobre la amarguísima desgracia que había destruido mi mundo personal y había convertido mi vida en un negro pozo aciago de dolor…

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Y fueron como una inyección de adrenalina que comenzó a correr por mis venas y me dieron una determinación cómo no la había sentido jamás.  Pensé: ‘Así que TÚ eres el Causante…’

Lentamente me puse de pie.

Y sé que quedamos frente a frente, aunque ignoro la estatura que él tiene…

Mientras mis puños cerrados clavaron mis uñas en la palma de mis manos en mi esfuerzo por contenerme, extrañamente no me sentía temerosa. Me sentía MUY enojada…

Si mi madre o mi familia hubieran estado cerca, sé que se hubieran asustado… porque María Félix me quedaba chiquita cuando la ira me hacía temblar como en aquel instante…

Yo siempre había pensado que mi hogar y mis hijos, me los había dado Dios.

Y mientras él continuaba con su arrogante exposición y su despliegue de desquiciantes promesas, yo estaba callada.

Luego se desarrolló el siguiente diálogo…

Cuando terminó con sus propuestas, me dijo:

Lucifer

–    ¿Qué me respondes? –Y lo sentí sonreir como los gatos que ya se desayunaron al ratón.

Con una calma que me sorprendió a mí misma, le contesté muy pausada:

–      Tu oferta es tan atractiva como la de los galanes que prometieron bajarme la luna y las estrellas cuando pretendían mi mano.

–      ¿¿¿???

–       La respuesta es ¡NO!

No tienes nada interesante que ofrecerme que sea más valioso que lo que ya tengo.

Pude sentir su Furia como si fuera una ola que me envolviera, sin embargo se dominó y continuó con cortesía.

Porque también puede ser extremadamente educado:

–      A ninguna mujer le había ofrecido lo que estoy dispuesto a darte a ti…

Dije que te devolvería el amor de tu esposo y a tus hijos.

Le respondí tajante:

–     La respuesta sigue siendo ¡NO!

Y te aclaro que no puedes devolverme lo que no te pertenece.

Desapareció la gentileza y sentí un escalofrío cuando repitió:

–     Piénsalo bien antes de volver a negarte.

Te reitero todas y cada una de las promesas que acabo de hacerte, si estás dispuesta a ser dócil conmigo. De lo contrario…

La amenaza permaneció flotante en el aire.

Y le dije contundente:

–      Lo único que quiero, no me lo puedes dar tú.

2lucifer (1)

–    ¿Qué es? ¡Dímelo! Estoy dispuesto a negociarlo…

–      Mi respuesta sigue siendo ¡NO!

Lo único que necesito y que me importa, es algo que tampoco puedes quitarme, porque ya lo poseo: El Amor de Jesús.

Y permíteme corregirte en un par de cosas:

Lo material no te lo discuto. Pero la vida no puedes alargarla, ni acortarla un solo día. Ese es un privilegio que le pertenece sólo a Dios.

Y mi familia, la consagré al Corazón Inmaculado de María Santísima, así que tampoco puedes disponer de ella como lo presumes.

Pude sentir la vibración de su impotencia y con una Cólera descomunal me advirtió:

–     Escúchame bien: este desprecio haré que lo pagues como ni siquiera te imaginas…

Haré que te pongas a temblar tan solo con escuchar mi nombre, Porque voy a quitarte TODO…

Así como te prometí la gloria, ahora te juro que voy a hacer que todo mundo te odie como a ninguna otra persona en este mundo.

Haré que todos se aparten de ti con desprecio y te saquen la vuelta con asco, como si fueras una vomitada…

Yo me erguí como no lo había hecho desde la última escaramuza, luciendo mi traje de gala…

escaramuza traje de gala

Y le respondí:

–      ¿Esta es la promesa por no haber aceptado tu banderita blanca de paz?

¿Tan duras han sido las vapuleadas…? Antes de que te vayas, yo también te prometo algo:

Aunque mi Santísimo Padre es Dios y Rey de Reyes, yo apenas me estoy educando…

Así que estoy muy lejos de ser una princesa con los modales adecuados. Lo siento por tí…

Pues yo también te advierto una cosa:

Sé qué eres un Arcángel, me lo proclamaste cuando te conocí.

Cada vez que tú te entrometas conmigo, haré que lo lamentes. Te garantizo que irás a pedirle Misericordia a mi Padre, para  que sea Él, el que te defienda de mí…

Porque también puedo hacer tu vida tan miserable, que si no sabes lo que es llorar; por mí derramarás tus primeras lágrimas, hasta que admitas que la mujercilla que soy ‘yo’, te sacó de quicio…

Y te arrepientas de haberte cruzado en mi camino… ¿Estamos claros?

La respuesta quedó ahogada por un repentino remolino cuyo viento casi me derribó sobre la poltrona.

Y mi brío pendenciero se esfumó al recordar su amenaza, pues de repente sentí como si alguien me hubiera golpeado muy fuerte en el estómago.

Poco después que él se fue, sentí a mi lado la inconfundible y dulce Presencia de Jesús que me envolvió con su Paz.

Aunque me sentí un poco avergonzada por como había tratado a su arcángel preferido y reflexioné que mi carácter impulsivo ya me había metido otra vez en problemas…

Decidí que no daría marcha atrás y ahora sería Lucifer el que TENÍA UN GRAN PROBLEMA CONMIGO y no al revés.

llorar idolor sufrimiento

Así que sin poder evitarlo, mis ojos se volvieron a inundar y con voz entrecortada por el llanto,

le pregunté lastimeramente a Jesús:

–     ¿Vas a dejar que haga conmigo todo lo que dijo…?

Y el Señor me contestó preguntándome:

–     Si se lo permito, ¿Dejarás de Amarme?

Un segundo golpe en el estómago me dejó casi sin aliento y con un enorme suspiro de resignación,

le contesté con cierto tono de derrota:

–     NO, mi Señor. Ayúdame a serte fiel eternamente.

La siguiente vez que visité a mi confesor y director espiritual, le relaté lo sucedido y él me dijo:

–     Del tamaño de la misión es la tentación.

Te conozco muy bien y estás tan acostumbrada a la vida extraordinaria, que no me sorprende nada todo lo que me has dicho.

Sólo que ahora debemos reforzar las defensas. Acabas de banderillar a un toro furioso y voy a tener que aumentar mis oraciones por tí…

torero

Este artículo fue publicado originalmente el 19 de Agosto de 2016 y para actualizarlo, sólo quiero agregar que el Arcángel Caído que lo protagoniza, ME CUMPLIÓ CON TODO Y COMAS, SU AMENAZA… 

Lo perdí TODO, menos a Dios. Así que él me volvió, infinitamente más rica y más feliz.

¿Cómo fué posible esto?

Aprendí a alabar enmedio de las lágrimas y al despojarme de TODO, la fusión con la Santísima Trinidad se fortaleció de tal forma, que ahora puedo testimoniarles esto:

Jesús me llena tanto de alegría, que lo único que me importa es agradecerles diariamente el enorme privilegio que me han dado en esta maravillosa misión, que me permite servirles viviendo el Cielo en la Tierra.

Pero yo también le cumplí a Lucifer y le seguiré cumpliendo hasta con mi último aliento, lo que yo le prometí…

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza…

Estoy sentada en el parque que está junto a la casa donde ahora vivo, gracias al Amor de mi Señor que no me ha desamparado y que cubre todas mis necesidades, cómo sólo Él sabe hacerlo.

Mañana entra en vigor el “Botón de Emergencia” que el gobierno de Jalisco ha implementado por el recrudecimiento de la pandemia y las graves consecuencias que en materia de salud estamos viviendo.

No es un ‘toque de queda militar’ aunque se le parece mucho, porque se suspenderán las actividades económicas, culturales, religiosas, recreativas y deportivas.

Los restaurantes podrán ofrecer comida a domicilio y las plataformas que se dedican a esto podrán seguir operando.

“Soy Hija de Dios, CRUCIFICADA EN SU AMOR. Y guerrera del Dios Altísimo, para ARREBATARLE LAS ALMAS A SATANÁS…

Estoy viendo el Templo cerrado y siento mucha tristeza, por la manera en que le están funcionando las cosas a Lucifer, con estas jugarretas del Anticristo para forzarnos a renunciar a Dios.

Por lo que a mí concierne no me afecta tanto, porque desde que empezó la crisis estoy recibiendo la Eucaristía de manos de mi Ángel Custodio y la Santa Misa la veo por internet.

MILAGRO EUCARISTICO EN GARABANDAL

Pero siento un profundo dolor en mi corazón, al pensar en los que por falta de Fe y conversión, también están sufriendo anemia espiritual y están en peligro de morir, por los ataques satánicos.

Desde que me convertí, ya no puedo vivir sin la Oración profunda y la comunicación con el Cielo es constante y por eso no me siento sola, ni abandonada.

Estoy ayunando porque esta semana la Guerra Espiritual alcanzará un clímax, con la tremenda actividad de las Huestes Infernales, inclusive dentro del Vaticano.

En otros post les hablaremos de esto.

Por ahora es suficiente con esto, que la Paz del Señor Jesús, se quede en vuestros hogares y en los corazones…