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54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


incendio-fuegoAl tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia.

Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad.

Pero Nerón que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio.

Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro. Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio.

Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos.

O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra.

Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación.

Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavios que habían sido despachados a Judea y Marco Aurelio y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho.

Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo.

En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe.

Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones.

Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión.

Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales.

Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria.

Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él.

El pueblo le señalaba desde lejos al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro.

El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio.

La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa.

Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes.

¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia!

Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones…

Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo.

Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando.

Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto.

El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma!

¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos.

Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada.

Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.

Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos.

Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro.

Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él.

Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos.

Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil.

Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia.

Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

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Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro.

Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud.

Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

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Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento.

Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

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Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

petronio0Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio.

Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco.

Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario.

Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre.

Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados.

Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César.

Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida. La experiencia fortalece la confianza…

La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula.

Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio!

–          ¡El Arbiter Elegantiarum!

–           ¡Petronio!

–          ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza.

Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito.

Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro.

Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

petronio2-2

Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos.

Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios.

Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra.

Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes.

Y enseguida llegó la respuesta.

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Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas.

Pero es evidente que el augustano no ha terminado.

Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica.

Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular.

Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía.

Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…

Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole…

Miró reflexivo hacia la ciudad y agregó con voz fuerte y enigmática:

–         Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

51.- EL ENCUENTRO


imperio-romano-cole_thomas_the_consummation_the_course_of_the_empire_1836En el jardín de la casa del obispo Acacio, en el banco junto a la fuente que está rodeado de mirtos y rosales, están sentadas Alexandra y Jazmín, conversando animadamente, cuando llega corriendo Oliver, el sobrino del obispo y les grita:

–           ¡Rápido! ¡Vámonos! Roma está ardiendo.

Las jóvenes se levantan sobresaltadas y Alexandra palidece, mientras murmura angustiada:

–           ¡Marco Aurelio! Él va a venir a buscarme aquí. ¿Cómo le aviso? ¿A dónde vamos?

Se han reunido todos los moradores de la casa y el anciano Lautaro, está con todos en el Atrium.

Llega corriendo Bernabé y dice:

–           ¡Todo el circo está ardiendo y hay incendios en muchas partes! ¡Tenemos que escapar!

Alexandra exclama afligida:

–           Pero ¡Marco Aurelio! ¡Mi esposo!

Lautaro recomienda:

–           No te preocupes. El Señor le ayudará a encontrarte. Lo importante es ponernos a salvo.

Oliver dice:

–           Yo sé como podemos llegar a las canteras de Calixto en una forma más segura. Síganme.

Y el joven Oliver encabeza al grupo de cristianos.

Al salir a la calle, el viento trae el humo acre del fuego y todos siguen a Oliver; que da vuelta en la esquina y sigue por una estrecha callejuela.

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Entretanto el terrible elemento ardiente, sigue abarcando nuevos barrios de la ciudad.

Es imposible abrigar dudas de que manos criminales están encargadas de propagar el fuego, puesto que a cada momento y como siguiendo un plan predeterminado, se ven estallar nuevos incendios a remota distancia del foco principal.

El grito de: ‘¡Roma perece!’ Se escucha por todos lados.

Algunos declaran que Vulcano por orden Júpiter, está destruyendo la ciudad con fuego, porque Vesta está vengando la violación de Rubria.

En el centro de la ciudad entre el Capitolio y el Quirinal, el Victimal y el Esquilino; así como entre el Palatino y el Monte Celio, en donde las calles están ocupadas por una población más densa, el fuego había empezado en tantos puntos al mismo tiempo, que muchas personas al huir en una dirección, se encontraban de repente con una muralla de fuego y tomaban otra dirección, solo para encontrarse con otro cerco de fuego que les cierra el paso.

De esta manera quedan atrapados y finalmente mueren calcinados.

Dominada por el terror, el pánico y el frenesí, la gente no haya como escapar.

Las calles están obstruidas y por todos lados avanza el incendio, abrasando a los infelices que quedan carbonizados, en aquel mar de fuego.

Y mientras unos imploran a los dioses, otros blasfeman de ellos a causa de la desesperación por la espantosa catástrofe.

La destrucción parece tan completa, implacable y fatal, como el destino.

Cerca del anfiteatro de Pompeyo, el fuego alcanza unos depósitos de cáñamo y de barriles de pez, con los que se embrean las cuerdas y las antorchas.

incendio

Y de repente se levanta una gran flama roja, tan brillante y tan enorme que ilumina toda la ciudad.

Y en aquella gran tragedia que es una ruina total, la noche se convierte en día; con aquel fulgor extraño, que hace que la luz parezca de un mortal resplandor sanguinolento, en medio de las crepitantes llamas policromas.

De aquel mar de fuego se elevan hacia la atmósfera gigantescas columnas ígneas y lenguas que en sus cúspides estallan en fantásticos abanicos de chispas doradas, aumentando y propagando una conflagración que cada vez se extiende más, como una ola furiosa y atronadora que va devorando todo a su paso, en la desventurada ciudad.

Tres días antes del incendio, estaba Pedro en la Escuela de Apolonio en el Transtíber, cuando llegó el ingeniero Frontino, diciendo que sería posible continuar las obras de las Catacumbas, pues ya había recibido órdenes para extender la construcción de la Domus Áurea.

Y comentó:

–           Para la extensión de lo que el Príncipe pretende, sería necesario derribar más de la mitad de la ciudad. Y la verdad NO entiendo como eso será posible…

La sangrienta respuesta está envuelta en llamas.

En la parte de las catacumbas que ya había sido concluida, los dos laberintos de túneles galerías que se habían edificado subterráneos en dos polos opuestos fuera de las murallas de la ciudad; uno está en una vastísima área que había sido propiedad de Séneca.

Tiene siete entradas y salidas: cuatro dentro de la ciudad en diferentes casas y barrios. Y tres, fuera de las murallas.

Por fuera, una de las entradas-salidas, está en una rica casa de campo, propiedad del senador Astirio y la otra junto a una cantera, en la propiedad que pertenece a Calixto.

Por encima, nadie sospecharía lo que está edificado abajo. Arriba nada había cambiado: campos de cultivo, extensos huertos y jardines, bosques, almacenes de grano y establos.

Oliver había participado en la construcción de las Catacumbas y ha guiado al grupo hasta una casa donde al llegar, da una contraseña y lo hacen pasar de inmediato, junto con sus acompañantes.

Aquí, el fuego no ha llegado todavía.

Los conducen a través de la casa, hasta el triclinium del jardín posterior.

Junto a la fuente, hay un león y un águila de mármol y un par de corderos pastando junto a un trío de palomas, al lado de una balaustrada.

Alberto, el que los ha guiado, toma la paloma del centro y la gira de su posición original, con la cabecita orientada hacia el norte…

Un ingenioso mecanismo, hace que se muevan los corderos y aparece una abertura bajo el emparrado, entre dos cipreses.

Alberto el que los recibió, le da a Oliver una antorcha y les indica que entren por allí, despidiéndolos con las palabras:

–           Pax Vobiscum. (Que la paz de Cristo esté con vosotros)

Todos no acaban de salir de su asombro, cuando a sus espaldas se cierran las puertas y se encuentran en un sótano, al que sigue una extensa galería, por donde avanzan siguiendo a Oliver…

Cuando por fin salen del oscuro y largo pasadizo a los espacios abiertos, desde donde se ve nuevamente la ciudad ardiendo, les parece increíble que realmente están fuera de las murallas de Roma.

Oliver les dice:

–           Vamos. No está lejos la casa de Calixto. –y decidido se dirige a través del campo, seguido por todos los demás.

Tres días después…

INCENDIO ROMA

Marco Aurelio ha inhalado mucho humo, a pesar de todas las precauciones tomadas.

La carrera desde Anzio. Los incidentes ocurridos mientras buscaba a Alexandra en medio de las casas incendiadas y humeantes; el insomnio, los terribles sucesos y extraordinarias experiencias de las últimas horas, han debilitado sus fuerzas y el resto de ellas parece abandonarlo ahora…

El joven tribuno se recarga vacilante, apoyándose en un peñasco.

Pasan unos minutos, cuando distingue la inconfundible figura del Pontífice de la Iglesia cristiana, acercándose hacia él.

Se arrodilla con gran veneración…

Pedro se acerca y le pone la mano sobre su cabeza inclinada, bendiciéndolo.

Luego…

Pedro dice a Marco Aurelio:

–           Nada temas. La casa del cantero está muy próxima. Si te vas… –y le da las instrucciones necesarias. Luego agrega- En ella encontrarás a Lautaro, a Alexandra y al fiel Bernabé. Cristo, que la ha destinado para ti, te la conserva. Sigue adelante hijo mío y que la Paz del Señor te acompañe siempre.

Las palabras de Pedro, al encontrarlo cerca de la cantera, le renovaron su esperanza y por un momento se siente desvanecer.

Está cada vez más cerca de la persona que para él, es la más cara en el mundo.

Pronto volverá a verla después de casi sentirla perdida, en el caos de la ciudad incendiada.

Besa el anillo en la mano de su Pontífice y continúa arrodillado mientras él y los que lo acompañan se despiden bendiciéndolo y luego se alejan.

Marco Aurelio siente en su ser una alegría tan grande que casi lo hace desmayar. Y eleva una plegaria de agradecimiento al Dios que ha comenzado a amar con todas sus fuerzas.

Recordó que cuando era niño creía en los dioses romanos, pero no los amaba. Ahora Jesús, su Dios amado, es la Fuerza que lo impulsa en todo lo que hace.

Siguiendo las instrucciones de Pedro, llegó a la hondonada que está al filo de las cavernas de la mina de cantera.

Y desde allí distingue al fin la finca en la que brilla una luz a través de la ventana.

El portón está abierto y un extenso jardín rodea la casa. Una vereda bordeada de azucenas, llega hasta la puerta de madera de la entrada.

Marco Aurelio llama, jalando una campanilla y la puerta se abre, dejando ver la gigantesca figura de Bernabé, que al reconocer a Marco Aurelio…

Dice emocionado:

–           ¿Eres tú, señor? ¡Bendito sea el nombre de Jesucristo, por la alegría que darás a mi señora!

Y abre la puerta, inclinándose para que pase.

En la cocina cerca del fuego, está Alexandra sentada con una sarta de peces que está asando para la cena.

Ocupada en separar los pescadillos y creyendo que es solo Bernabé el que ha entrado, no levanta la mirada.

Marco Aurelio se le acerca con los brazos extendidos y pronunciando dulcemente su nombre:

–           ¡Alexandra, amada mía!

Ella levanta su cara con asombro y alegría. Deja la sarta de peces a un lado. Se levanta y se arroja en sus brazos.

Es un abrazo que como un cerco de amor, aumenta la dicha de tenerse; después de haberse sentido perdidos, el uno para el otro.

Se besan una y otra vez. Se miran extasiados y se vuelven a abrazar, repitiendo sus nombres con adoración, con ternura. Y sintiendo como un verdadero milagro, el poder estar juntos otra vez.

Marco Aurelio la abraza. La acaricia sin poder asimilar que ya la tiene entre sus brazos.

Ella le mira con un amor inmenso y los dos se deleitan en su mutua alegría, amor y felicidad sin límites.

Entre besos y caricias, Marco Aurelio le refiere su búsqueda en la incendiada Roma y la casa vacía de Acacio.

También todos los temores y sufrimientos que padeció hasta encontrarla.

Concluye diciendo:

–           Pero ahora que te he encontrado, no puedo dejarte cerca del peligro por más tiempo. Las turbas están enfurecidas. Bajo las murallas están matándose entre sí, los fugitivos de la ciudad y los esclavos que se han sublevado, entregándose al saqueo.

Alexandra exclama:

–           ¡Oh! Pobrecitos… la desesperación los ha enloquecido.

Marco Aurelio dice:

–           ¡Sólo Dios sabe qué calamidades más pesan todavía sobre Roma! Necesitamos salir de aquí, con todos vosotros.

Vámonos a Anzio, en donde tomaremos un barco que nos lleve a Sicilia. Iremos a nuestras propiedades y allá nos encontraremos con Publio.

Alexandra escucha estas palabras, con el rostro radiante de alegría.

Porque en efecto, los cristianos que anteriormente debían soportar las persecuciones de los judíos, ahora con los disturbios provocados por el desastre, estàn llenos de incertidumbre.

NERON EMPERADOR

El obispo Lino, Lautaro y los demás que ya se han acercado a dar la bienvenida al joven tribuno, oyen con asombro la declaración de éste:

–           Roma está ardiendo por mandato del César. En Anzio se quejaba de no haber presenciado jamás un gran incendio.

Y si no ha retrocedido ante un crimen de tal magnitud, pensad en qué otras atrocidades será capaz de perpetrar después del incendio.

¡Huid todos conmigo! ¡En Sicilia esperaremos a que pase la tempestad! Y cuando haya pasado el peligro volveréis, para seguir esparciendo la semilla y las enseñanzas de Cristo.

Afuera, en dirección al Monte Vaticano y como confirmación de los temores expresados por Marco Aurelio, se oyen gritos distantes llenos de rabia y de terror.

En ese momento entra Calixto el cantero y cerrando precipitadamente las puertas, exclama:

–           En las inmediaciones del Circo de Nerón, están matándose. Los esclavos y los gladiadores están atacando a los ciudadanos. Hay saqueos por todas partes.

Marco Aurelio confirma:

–           ¿Lo habéis oído?

Lino dice con tono pesaroso:

–           Se ha colmado la medida y vienen calamidades inmensas sobre todos nosotros.

Pero Marco Aurelio piensa en Pedro y dice impetuoso:

–           Estad preparados. Voy a ir por el Pontífice. No lo vamos a abandonar aquí.

Alexandra lo abraza estrechándose a él y dice:

–           Llévate a Bernabé. No quiero que te suceda nada.

–           No, vida mía. Bernabé se queda contigo. Tú eres demasiado preciosa para mí- Y mirando al gigante, le sonríe y agrega-  Y yo sé cómo él cuidará de ti.

Bernabé se ruboriza al recordar el incidente con Atlante y un poco turbado, dice a Alexandra:

–           El amo tiene razón, domina. Además, si Cristo te protegió y lo guió hasta aquí, nada malo va a pasarle.- Y mira con ojos suplicantes al tribuno.

Lino interviene:

–           Primero cenaremos y luego descansarás. Hijo, has hecho un largo viaje a caballo y muy accidentado.

Mañana irás a buscar a Pedro. Además, todavía nos falta saber en todo esto, cual es la voluntad de Dios.

El obispo es la autoridad entre los cristianos. Todos le obedecen y entonan los cantos de agradecimiento antes de comer y luego se retiran a descansar.

A Marco Aurelio y Alexandra les dejan una habitación. Cuando se quedan a solas,

el tribuno dice:

–           ¿Sabes que gracias a Petronio  el César me autorizó a venirme antes para que estuviera contigo? Me regaló un collar para ti… y…  ¡Oh!… No sé en donde lo perdí…

Alexandra lo besa tiernamente en la nariz y exclama:

–           ¿A mí qué me interesa un collar por fabuloso que sea y regalo del César? Lo único que me importa es que ya estás conmigo…

Entre besos y caricias, Marco Aurelio le relata todas las peripecias de su estancia en Roma y de su viaje desde Anzio.

Y agrega:

–           También necesito despedirme de Petronio…

Los acontecimientos tan extraordinarios hacen que los recién casados pospongan su noche nupcial; porque Marco Aurelio, vencido por el cansancio y las emociones, cae rendido en brazos de su esposa y se duerme como un niño.

Alexandra vela su sueño y lo besa con dulzura y delicadeza, elevando plegarias por este hombre bueno, que Dios le ha dado como esposo.

Al día siguiente, Marco Aurelio se despide de todos.

Lautaro envía con él a Oliver, para que lo acompañe a buscar a Pedro.

Marco quiere despedirse de Petronio, antes de abandonar Roma.

Y cuando van caminando entre el caos de la ciudad que continúa ardiendo, un negro presentimiento le oprime el corazón…

CATACUMBAS

Y recuerda las palabras de Prócoro Quironio, cuando antes de separarse, el griego le comentó:

–           Entre el Janículo y el Monte Vaticano, detrás de los jardines de Agripina, existen unas excavaciones de las cuales se han estado extrayendo piedras y arena, para construir el Circo de Nerón.

Pues bien, escúchame señor. Hace poco los judíos, de los cuales hay un gran número en el Transtíber, han empezado de nuevo a perseguir a los cristianos.

Recordarás que en tiempos del divino Claudio, hubo tales disturbios que el César se vio obligado a decretar la expulsión de los israelitas de Roma.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Y por qué lo estás mencionando?

Prócoro contestó:

–           Y ahora que han vuelto gracias a la protección de la divina Augusta, se sienten seguros y han vuelto a molestar a los cristianos, de manera más insolente.

Yo sé esto porque lo he presenciado. Ningún edicto ha sido promulgado aún contra los cristianos, pero los judíos se quejan de ellos continuamente al Prefecto de la ciudad.

Los acusan de ser delincuentes y de predicar una religión que el senado no ha reconocido. Y por eso los cristianos se ocultan.

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           Esto, señor. Que las sinagogas existen abiertamente en el Transtíber, pero los cristianos se ven obligados a ocultar su condición como tales y por eso muy pocos los conocen, pues hacen sus reuniones en secreto.

Prócoro era tan parlanchín y tan mentiroso…

Además, en aquel momento estaba tan obsesionado con encontrar a Alexandra en medio del caos horroroso del incendio, que casi no prestó atención a lo que decía.

MEDITACION

Pero ahora sus palabras resuenan claras en su memoria… Y una duda le atravesó como un puñal.

Él conoce perfectamente al griego y sabe que es un pillo consumado. Ya no tiene órdenes ni le estaban pagando por buscar a Alexandra.

Su trato se había terminado la tarde en que Bernabé mató a Atlante y les había dicho a los cristianos que lo enterrasen en el jardín.

Entonces… ¿Cómo sabe  Prócoro todas aquellas cosas y qué estaba haciendo entre los cristianos si es un bribón?

¿Acaso seguía espiando a Alexandra?…

El pensamiento de que Bernabé se había quedado con ella, le tranquilizó un poco; por si el griego estaba pensando en una venganza…

En ese momento, Oliver le preguntó:

–           ¿Adónde quieres que vayamos primero?

–           Vamos por Pedro, creo que a Petronio mejor le escribiré luego una carta…

–           ¿Y cómo sabremos donde está Pedro?…

Marco Aurelio miró a su alrededor y vio que estaban en la Puerta Flaminia.

Luego dijo:

–           Oremos para que el Señor nos guíe.

Después de unos momentos, se dirigieron al río…

Y luego de atravesarlo, pasaron al campo Vaticano, más adelante de la Naumaquia.

Llegaron al Monte Vaticano y se fueron rodeando por donde no hay fuego, tratando de evitar los peligros, pues la ciudad sigue ardiendo.

El Circo Máximo, es un montón de ruinas humeantes.

Calles enteras y callejuelas se están derrumbando en medio de columnas de fuego que se elevan hacia el firmamento.

El viento cambia de dirección y sopla con impetuosa fuerza desde el mar, llevando hacia los montes Celio, Esquilino y Vitimal, ríos de llamas, tizones y cenizas.

Hasta que al fin, las autoridades se pusieron a trabajar en programas de salvamento.

Por orden de Tigelino que se había apresurado a venir de Anzio al tercer día, al quinto día empezaron a derribar los edificios del Esquilino para que el fuego, al llegar a espacios abiertos, se extinguiese por sí solo.

Y esto se ha hecho simplemente para salvar los restos de la ciudad, porque no podía ni pensarse en el salvamento de lo que ya estaba ardiendo.

Y es necesario también ponerse en guardia contra las consecuencias de aquella devastación. En ella se perdieron incalculables riquezas…

Todas las propiedades de la mayoría de los romanos, quedaron reducidas a cenizas.

Muchos vagan errantes y enloquecidos, en medio de la mayor miseria.

El hambre ha empezado a morder las entrañas de los sobrevivientes, pues desde el segundo día de la catástrofe fueron consumidas las inmensas provisiones almacenadas en la ciudad.

En medio del caos y el desorden, nadie pensó en nuevos suministros.

Solamente después de las promesas de Petronio, se comunicaron a Ostia las órdenes necesarias, pues las turbas están cada vez más inquietas y amenazantes, exigiendo: ‘Pan y techo’

pretorianos

En vano los pretorianos traídos desde todos los campamentos, se esfuerzan por mantener de algún modo el orden, pues se encuentran por dondequiera con una abierta resistencia.

En diferentes puntos, grupos de gente inerme, señalan la ciudad ardiendo y gritan:

–           ¡Matadnos ahora! ¡Ya perdimos todo! ¡Qué nos importa la vida!

E injurian al César, a los augustanos, a los pretorianos.

Y el tumulto va creciendo cada vez más, de tal forma que Tigelino al contemplar los millares de incendios, se dice a sí mismo que son otros tantos fuegos de enemigos.

Además de una enorme cantidad de harina, hizo traer todo el pan que fue posible obtener no solo desde el puerto de Ostia, sino de todos los poblados circunvecinos.

Y cuando llegó el primer suministro, el pueblo derribó la puerta que daba al Aventino y se apoderó en un pestañeo de todas las provisiones, en medio de un atropellado desorden.

Se peleaban por los panes, muchos de los cuales caían al suelo y eran pisoteados.

La harina de los sacos rotos, blanqueaba como nieve en todo el espacio comprendido, entre los arcos de Druso y Germánico.

Y aquel desordenado saqueo continuó hasta que los soldados dispersaron a la muchedumbre, disparando flechas y otros proyectiles.

Nunca desde la invasión de Roma por los Galos a las órdenes de Bretón, había presenciado la ciudad un desastre más completo.

El Capitolio era un espectáculo inusitado, pues cuando el viento desviaba por momentos las llamas, se veían sus columnatas rojas como carbones encendidos.

Si en el día era horrendo el espectáculo que deslumbraba la vista; la noche presentaba ser espeluznante como un infierno.

Todo el centro de la ciudad, parecía el cráter de un volcán rugiente.

Diversos rumores y noticias agitan el mar de seres humanos, tratando de sobrevivir al mar de fuego.

Estas noticias son alternativamente opuestas. Se habla de una inmensa provisión de trigo y vestidos, para ser distribuida gratuitamente al pueblo.

Se dice también que el César ha dado orden de que a todas las provincias de África y de Asia, serían despojadas de todos sus tesoros y sus riquezas, para repartirlos a los habitantes de Roma, de tal forma que todos serán más ricos que antes del incendio.

Simultáneamente circula el rumor de que ha sido envenenada el agua de los acueductos.

Que Nerón ha decidido exterminar hasta el último de sus habitantes y que luego se trasladará a Grecia o a Egipto, para fundar una nueva capital.

Cada uno de estos rumores se extiende con la velocidad del rayo y encuentra fácil aceptación entre el pueblo, infundiéndole esperanzas o estallidos de terror, rabia, indignación y una ansiedad febril.

La creencia válida entre los cristianos de que está próximo el Fin del Mundo y su exterminio por medio del fuego, fue ganando terreno y más aún entre los paganos que rinden culto a los dioses del Olimpo o en otros cultos. Pues en ese aspecto, Roma había sido muy tolerante hasta hoy.

Se dispusieron campamentos para el pueblo en los regios jardines del César, en los de Pompeyo, Salustio, Micenas.

En los campos de Marte y otros edificios que el César dispuso. Los pavoreales, cisnes, flamencos, gacelas, etc. Que constituían el principal adorno de esos jardines, perecieron bajo el cuchillo y bandidaje de la plebe.

Mientras tanto, comenzaron a llegar abundantes provisiones del Puerto de Ostia; en una gran cantidad de barcos, buques y botes, anclados a lo largo del Tíber.

El trigo es vendido a precios increíblemente bajos y se distribuye gratuitamente a los desvalidos. Cargamentos de vinos, aceitunas, castañas, toda clase de ganado.

Todo esto hace que muchos infelices disfruten ahora de un bienestar aún mayor que antes del incendio.

El peligro del hambre ha sido neutralizado casi por completo. Pero fue más difícil reprimir los robos, bandidaje, asesinatos y violaciones que a diario ocurren.

La vida nómada asegura la impunidad a los facinerosos, que siempre que pueden proclaman su admiración al César y le tributan aplausos cada vez que aparece en público.

Y la ciudad sigue ardiendo.

La violencia del fuego disminuyó hasta el sexto día. Se renovó su fuerza la séptima noche. Pero tuvo corta duración, pues ya casi no hay combustible que lo alimente.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

54.- EL MEJOR ACTOR: ¿NERÓN?


Al tercer día del incendio, los soldados con ayuda de algunos habitantes, estaban demoliendo casas en el Esquilino y el Celio, así como en el Transtíber. Y por eso, estos barrios se salvaron en parte.

Pero en la ciudad quedaron destruidos una cantidad incalculable de tesoros acumulados a través de los siglos y las conquistas. Inestimables obras de arte. Espléndidos templos y los más preciosos monumentos de Roma y de su pasado glorioso.

Y Tigelino enviaba a Anzio correo tras correo, implorando al César que viniese a calmar la desesperación de su pueblo con su presencia. Pero Nerón solamente se movió, cuando el fuego alcanzó la ‘Domus Transitoria’ y aceleró su regreso a fin de no perder el momento, en que la conflagración se encontrara en todo su apogeo.

Entretanto el fuego había llegado hasta la Vía Nomentana, rodeó el Capitolio y se extendió a lo largo del Forum Boarium, destruyendo todo lo que encontraba a su paso, hasta llegar al Palatino.

Tigelino, después de haber reunido a los pretorianos, despachó otro correo al César, anunciándole que no perdería nada de la grandeza del espectáculo, porque el fuego había seguido aumentando y ya casi abrasaba a toda la ciudad. Pero Nerón, que ya venía en camino, quería llegar de noche, a fin de extasiarse en la contemplación de la agonizante y ardiente capital del imperio. Y por esto se detuvo en los alrededores de Aqua Albano e hizo venir a su tienda, al trágico Alituro.

Estudió junto con él, las actitudes y miradas que debía adoptar a la vista del incendio. Así como también los ademanes y gestos más adecuados; disputando porfiadamente con el actor, acerca de sí al pronunciar las palabras: ‘¡Oh, tú sagrada ciudad que parecías más resistente que Ida!’, Levantaría las dos manos. O si conservando una de ellas sobre la forminga y cayendo a un lado, solamente alzase la otra. Éste era el asunto que para él parecía tener la mayor importancia sobre todos los demás.

Luego, mandó llamar a Petronio y le pidió consejo sobre la conveniencia de agregar a los versos en que hacía una descripción de la catástrofe, unas cuantas grandilocuentes blasfemias contra los dioses, que parecieran lo más naturales y plausibles, desde el punto de vista del arte, en boca de un hombre colocado en su situación. Un gran hombre como él, cuyas palabras quedarían legadas a la posteridad.

Antes de responder, Petronio inclinó la cabeza, con un movimiento que escondió la expresión de su rostro y luego dijo al César las palabras que éste deseaba oír.

Después emprendió la marcha casi al amanecer y llegó cerca de las murallas, a la media noche, acompañado de su numerosa corte, compuesta por los augustanos, nobles, senadores y todos los que habían estado en el desfile de su partida, excepto los Flavio que habían sido despachados a Judea y Rodrigo y Tigelino que estaban en Roma.

Veinte mil pretorianos dispuestos en línea de batalla a lo largo del camino, velaban por la seguridad y el orden a su entrada. Y mantenían a raya al indignado populacho. Éste vociferaba, silbaba y maldecía a la vista del César y su comitiva, pero no se atrevía a atacarlo. En algunos puntos se escuchaban aplausos de aquella plebe. Eran los que no poseyendo nada, tampoco habían perdido nada en el incendio y sí esperaban a cambio una distribución gratuita de trigo, aceitunas, vestidos y dinero, más abundante que la ordinaria.

A la orden de Tigelino sonaron las trompetas y los cuernos, que ahogaron todos los gritos y vociferaciones. Nerón, al llegar a la Puerta Ostriense, se detuvo y dijo con un lamento:

–           Soberano sin hogar de un pueblo sin techo. ¿En donde posaré esta noche mi infortunada cabeza?

Después siguió adelante y atravesó el Clivus Delphini, subió al acueducto Apio, por sobre gradas construidas expresamente para esta ocasión. Le siguieron los augustanos y un coro de cantantes con sus instrumentos musicales. Y todos los miembros de su comitiva contuvieron el aliento, ante la expectativa de que el césar pronuncie una frase de efecto especial, que en interés de su propia conservación, deban ellos de retener en su memoria. Pero él se mantuvo solemne, silencioso, vestido de púrpura y oro. Extático ante la contemplación de aquel inmenso mar de fuego.

Y cuando Terpnum le pasó el áureo laúd, alzó los ojos al cielo y miró los destellos rojos de la gigantesca conflagración. Durante un largo momento, pareció esperar a que la inspiración batiera sus alas sobre él. El pueblo le señalaba desde lejos, al verle de pie, en medio de aquel fulgor sangriento.

El fuego crepita devorando los más antiguos y sagrados edificios: el Templo de Hércules construido por Evandro. El Templo de la Luna, levantado por servio Tulio. La casa de Numa Pompilio. El Santuario de Vesta y el Capitolio. La Domus Transitoria… el pasado de Roma, su espíritu, su historia, están siendo consumidos por el poderoso foco ígneo.

Mientras que César está ahí, con una cítara en la mano, en teatral expectación, pensando; no en su patria arruinada. Sino en la mejor manera de causar la impresión adecuada y precisa. Con la expresión de su rostro, sus ademanes y en su voz, con las patéticas palabras con que mejor pueda describir, la magnificencia del espectáculo de aquella catástrofe y despertar la mayor admiración, para así recibir las más entusiastas aclamaciones.

En lo profundo de su corazón, la verdad es que odia esta ciudad y detesta a sus habitantes. ¡Oh! ¡Si tan solo pudiese lograr que el corazón del imperio fuese como Athenas y la gloriosa Grecia! Ama tan solo sus propios versos, su canto, su arte. En lo profundo de su alma experimenta un gran regocijo al ser por fin espectador de una tragedia de aquellas dimensiones. Y poder describirla es un éxtasis.

El poeta está feliz. El histrión inspirado. El buscador de emociones extático ante aquel horrendo espectáculo. Su ánimo deleitado por la idea de que la destrucción de Troya es una cosa baladí, comparada con la ruina espectacular que está presenciando. Esto es más de lo que hubiera podido ambicionar jamás. ¡Su nombre pasará a la historia y será más grande que Príamo y Homero juntos!

Allí está Roma, la poderosa, la señora del mundo, envuelta en llamas. Y él de pie, erguido sobre los arcos del Acueducto. El hombre más poderoso del mundo, admirado, poético, magnífico. A sus pies, el dantesco espectáculo de una tragedia inmortal.

¡Pasarán los siglos y la humanidad conservará el recuerdo y glorificará el nombre del poeta que en esta magnífica noche, cantará la Caída y el Incendio de Roma! ¡¿Qué es Homero a su lado ahora?!

Y al pensar en esto, levantó los brazos. Luego pulsó las cuerdas, pronunciando las palabras de Príamo:

–           ¡Oh! ¡La de mis padres, cuna querida!…

Su voz al aire libre, en medio de aquel horrendo estrépito del siniestro y el distante rumor de la muchedumbre enfurecida, se oyó bastante débil, incierta y apagada. Y los sones del acompañamiento se oyeron lúgubres y discordes completamente, ante la magnitud de la tragedia.  Pero toda la comitiva de Nerón reunida a su alrededor, se mantiene con las cabezas inclinadas, escuchando el canto de su emperador.

Durante largo rato cantó Nerón sus trágicos versos melancólicos. Cuando se detiene a tomar aliento, el coro de cantantes repite el último verso.

Entonces Nerón deja caer de su espalda la Syrma trágica, (vestidura talar con cola, de los actores trágicos), con un gesto que le enseñó Alituro. Pulsó de nuevo el laúd y siguió cantando…

Cuando terminó su composición, empezó a improvisar buscando comparaciones grandiosas, acordes al espectáculo que está frente a él. Y se demudó su semblante. Pero no porque le importe la ruina de su capital; sino porque lo patético de sus propias palabras le ha deleitado a tal punto, que se conmovió y brotaron lágrimas de sus ojos. Por último, dejó caer con estrépito el laúd a sus pies y envolviéndose en la syrma, permaneció inmóvil. Petrificado como una de las estatuas de Niobe que adornan el patio del Palatino.

Hubo un breve silencio que fue interrumpido por una tempestad de aplausos, que fueron contestados por los alaridos de la muchedumbre.

Nadie tiene ya la menor duda acerca de que el César había decretado el Incendio de Roma, a fin de darse el inefable placer de aquel espectáculo y consagrarle allí su mejor canto.

Nerón, al escuchar el poderoso alarido que sale de las gargantas de centenares de miles de personas, se volvió hacia los augustanos con la triste y resignada sonrisa de un hombre que está siendo víctima de la incomprensión y de la injusticia. Y dijo:

–           ¡Ved como estiman los quirites a la poesía y a mi persona!

Vitelio exclamó:

–           ¡Perversos! ¡Ordena, oh señor, que los pretorianos caigan sobre ellos!

Entonces Nerón preguntó a Tigelino:

–           ¿Puedo contar con la fidelidad de los soldados?

El Prefecto contestó:

–           Si, divinidad.

Pero Petronio, encogiéndose de hombros, dijo:

–          Con su fidelidad sí, más no con su número. Mejor permanece donde estás, aquí estamos más seguros. Pero hay necesidad de pacificar al pueblo.

Séneca y el cónsul Valerio Máximo, fueron de la misma opinión.

Mientras tanto, crecía la agitación abajo y el pueblo estaba armándose con piedras, palos y pedazos de hierro. Luego se presentaron los jefes de los pretorianos, diciendo que las cohortes ya no podían contener más a la multitud. Y sin orden de ataque, no sabían que hacer.

Nerón exclamó:

–           ¡Oh, dioses!¡Qué noche! ¡Por un lado el incendio y por otro los tumultos populares!

Y se puso a buscar las expresiones más gráficas y brillantes que pudieran representar el peligro del momento. Pero al observar las miradas de alarma y la palidez en los semblantes de los cortesanos, le invadió el miedo como a los demás.

Y ordenó:

–           Dadme mi manto oscuro con su caperuza. ¿Entonces realmente hay conato de sublevación?

Sofonio Tigelino contestó con voz temblorosa por el miedo:

–           Señor. He hecho cuanto me ha sido posible para restablecer el orden, pero el peligro es inminente. Habla, ¡Oh, señor, al pueblo! ¡Y hazle promesas que le aplaquen!

Nerón rechazó:

–           ¿Hablar el César a la plebe? Que algún otro lo haga en mi nombre. ¿Quién quiere encargarse de ello?

Hubo un intercambio de miradas temerosas, envueltas por un largo y denso silencio.

Petronio, que había permanecido con la cabeza inclinada, escondiendo la expresión de su rostro, finalmente habló con calma, voz grave y pausada:

–           Yo lo haré.

Nerón contestó presuroso:

–           Ve, amigo mío. Tú siempre me has sido fiel en la hora de la prueba. Ve y haz todas las promesas que consideres necesarias.

Petronio se volvió entonces a los cortesanos y con una expresión irónica, les dijo:

–           Que me sigan los senadores aquí presentes y también Pisón, Nerva y Plinio.

Y descendió lentamente las gradas del arco del acueducto.

Las personas designadas vacilaron un poco y le siguieron confiadas al observar la calma que demuestra Petronio. Éste se detuvo al pie de las gradas y ordenó que le trajesen un caballo blanco. Y montando en él, emprendió lentamente la marcha, en medio de las filas de los pretorianos, hacia la arremolinada y rugiente multitud.

Va desarmado, llevando en la mano un delgado bastón de marfil que usa de ordinario. Avanzó y desvió su caballo hasta mezclarse entre la muchedumbre. Y vio a la luz del incendio, los puños que se levantan amenazantes y los proyectiles en las manos, listos para ser lanzados. Todos los rostros lo miran enfurecidos, lanzando toda clase de injurias al César. Petronio prosigue su marcha con una fría calma y se abre paso entre la furiosa plebe, que se ha quedado atónita por esta intrépida indiferencia…

Lo que no saben los que lo miran asombrados, es que es la segunda vez que tiene que calmar a una turba enfurecida.

La experiencia fortalece la confianza… La primera fue en Jerusalén, en el conflicto causado por las estatuas de Calígula. Ahora algunos entre la plebe lo reconocen y empiezan a gritar por todos lados:

–           ¡Es Petronio! ¡El Arbiter Elegantiarum! ¡Petronio! ¡Petronio!

Y a medida que este nombre corre, pone de manifiesto la gran popularidad de que éste goza. Disminuye el estrépito de las injurias; porque este exquisito y elegante patricio, aunque nunca se ha esforzado por captarse la voluntad del pueblo, sigue siendo su favorito. Tiene fama de ser un hombre generoso y magnánimo.

Su popularidad aumentó desde el día que por su intervención, se suspendió la sentencia por la que habían sido condenados a pena capital, todos los esclavos del Prefecto Floro. Y solo por esto el pueblo lo ama y en forma especial, los esclavos. Con ese amor agradecido que los oprimidos y desgraciados, consagran a quienes les dan su simpatía y les demuestran ser sus benefactores.

Se hace el silencio para saber lo que el enviado del César les va a decir.

Petronio se yergue sobre su cabalgadura y dice con voz clara y firme:

–           ¡Ciudadanos de Roma! ¡Escuchadme y repetid mis palabras a los que se encuentran más lejos! ¡Y entretanto, sabed conduciros todos vosotros como hombres y no como fieras del circo!

Un coro de voces le replicó:

–           ¡Así lo haremos! ¡Así lo haremos!

–          Pues bien. ¡Oíd! : La ciudad será reconstruida y se abrirán los jardines imperiales. Mañana empezará la distribución de trigo, vino y aceitunas de tal forma que todos quedarán plenamente satisfechos. Además, el César organizará juegos y espectáculos como no se han visto nunca hasta hoy, durante los cuales tendréis banquetes y espléndidos obsequios. Y se les resarcirán de tal forma sus pérdidas, que seréis más ricos después del incendio, que antes.

Le contestó un murmullo inmenso que se fue extendiendo desde aquel punto como centro hacia todos lados, igual que se expande una onda sobre el agua, donde se ha lanzado una piedra. Y todos van repitiendo las palabras de Petronio, hasta llegar a los más distantes. Y enseguida llegó la respuesta. Voces de cólera y aplausos que por último se unieron en un solo grito:

–           ¡Pan y Juegos!

Petronio permaneció inmóvil por unos momentos, como una estatua de mármol.

El rumor aumenta hasta ahogar el crepitar de las llamas. Pero es evidente que el augustano no ha terminado. Cuando se restablece la calma, imponiéndose de nuevo con un ademán, dice:

–           Ya os he prometido pan y juegos. El César os alimenta y os viste. Sed agradecidos y aclamadlo. Ahora gritad: ¡Viva el César!

La muchedumbre lo mira asombrada y renuente. Todos se quedan callados.

Petronio insiste:

–           ¡Viva el César!

Es una orden perentoria e irresistible. La actitud de Petronio no admite réplica. Todos le obedecen. Tres veces repite el grito y tres veces Nerón es aclamado.

Enseguida, con su mano en alto, los despide diciendo:

–           Podéis retiraros a descansar, pueblo querido, porque muy pronto amanecerá.

Y después de esto volvió la brida de su caballo y se regresó con paso lento hacia la valla de los pretorianos.

Cuando llegó al pie del acueducto, sobre éste había un verdadero pánico, pues los cortesanos habían interpretado mal los gritos de la multitud, tomándolos como una expresión de ira popular. Ni siquiera esperaban que Petronio se salvara en medio de aquella tempestad.

Así que cuando Nerón lo vio, se adelantó corriendo hacia las gradas y pálido por el susto, preguntó:

–           ¿Qué pasó?

–           Les he prometido trigo, vino, aceitunas. Libre acceso a los jardines y a los juegos. -Ahora han vuelto a adorarte y están aullando en tu honor. ¡Oh, dioses, qué difícil es manipular las turbas!

Tigelino exclamó despechado:

–           ¡Mis pretorianos se encontraban listos! Y si tú no hubieras calmado a todos esos turbulentos, yo los hubiera hecho callar para siempre. ¡Qué lástima César que no me hayas permitido hacer uso de la fuerza!

Petronio le miró son desdeñosa ironía. Y encogiéndose de hombros dijo:

–           No te ha de faltar ocasión. Puede que necesites hacer uso de ella mañana mismo…

Nerón intervino apresurado:

–           ¡No! ¡No! Mandaré que abran los jardines y les distribuyan lo que les dijiste. ¡Gracias Petronio!…  Haré disponer juegos y repetiré en público, la canción que habéis escuchado ahora. –puso su mano sobre el hombro de Petronio y le preguntó- Dime con sinceridad. ¿Qué concepto te formaste de mí, cuando cantaba?

Petronio lo miró fijamente antes de decir muy despacio:

–           Te creí digno del espectáculo. Así como el espectáculo es digno de ti…  Pero sigamos contemplándole.-miró reflexivo hacia la ciudad, y agregó con voz fuerte y enigmática- Y demos al postrer adiós a la Antigua Roma…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

51.- EL ENCUENTRO


En el jardín de la casa del obispo Acacio, en el banco junto a la fuente que está rodeado de mirtos y rosales, están sentadas Alexandra y Jazmín, conversando animadamente, cuando entra Oliver, el sobrino del obispo y les grita:

–           ¡Rápido! ¡Vámonos! Roma está ardiendo.

Las jóvenes se levantan sobresaltadas y Alexandra palidece, mientras murmura angustiada:

–           ¡Marco Aurelio! Él va a venir a buscarme aquí. ¿Cómo le aviso? ¿A dónde vamos?

Se han reunido todos los moradores de la casa y el anciano Lautaro, está con todos en el Atrium. Llega corriendo Bernabé y dice:

–           ¡Todo el circo está ardiendo y hay incendios en muchas partes! ¡Tenemos que escapar!

Alexandra exclama afligida:

–           Pero ¡Marco Aurelio! ¡Mi esposo!

Lautaro recomienda:

–           No te preocupes. El Señor le ayudará a encontrarte. Lo importante es ponernos a salvo.

Oliver dice:

–           Yo sé como podemos llegar a las canteras de Calixto en una forma más segura. Síganme.

Y el joven Oliver encabeza al grupo de cristianos. Al salir a la calle, el viento trae el humo acre del fuego y todos siguen a Oliver; que da vuelta en la esquina y sigue por una estrecha callejuela.

Entretanto el terrible elemento ardiente, sigue abarcando nuevos barrios de la ciudad. Es imposible abrigar dudas de que manos criminales están encargadas de propagar el fuego, puesto que a cada momento y como siguiendo un plan predeterminado, se ven estallar nuevos incendios a remota distancia del foco principal. El grito de: ‘¡Roma perece!’ Se escucha por todos lados.

Algunos declaran que Vulcano por orden Júpiter, está destruyendo la ciudad con fuego, porque Vesta está vengando la violación de Rubria.

En el centro de la ciudad entre el Capitolio y el Quirinal, el Victimal y el Esquilino; así como entre el Palatino y el Monte Celio, en donde las calles están ocupadas por una población más densa, el fuego había empezado en tantos puntos al mismo tiempo, que muchas personas al huir en una dirección, se encontraban de repente con una muralla de fuego y tomaban otra dirección, solo para encontrarse con otro cerco de fuego que les cierra el paso. De esta manera quedan atrapados y finalmente mueren calcinados.

Dominada por el terror, el pánico y el frenesí, la gente no haya como escapar. Las calles están obstruidas y por todos lados avanza el incendio, abrasando a los infelices que quedan carbonizados, en aquel mar de fuego.

Y mientras unos imploran a los dioses, otros blasfeman de ellos a causa de la desesperación por la espantosa catástrofe. La destrucción parece tan completa, implacable y fatal, como el destino. Cerca del anfiteatro de Pompeyo, el fuego alcanza unos depósitos de cáñamo y de barriles de pez, con los que se embrean las cuerdas y las antorchas.

Y de repente se levanta una gran flama roja, tan brillante y tan enorme que ilumina toda la ciudad. Y en aquella gran tragedia que es una ruina total, la noche se convierte en día; con aquel fulgor extraño, que hace que la luz parezca de un mortal resplandor sanguinolento, en medio de las crepitantes llamas policromas.

De aquel mar de fuego se elevan hacia la atmósfera gigantescas columnas ígneas y lenguas que en sus cúspides estallan en fantásticos abanicos de chispas doradas, aumentando y propagando una conflagración que cada vez se extiende más, como una ola furiosa y atronadora que va devorando todo a su paso, en la desventurada ciudad.

Tres días antes del incendio, estaba Pedro en la Escuela de Apolonio en el Transtíber, cuando llegó el ingeniero Frontino, diciendo que sería posible continuar las obras de las Catacumbas, pues ya había recibido órdenes para extender la construcción de la Domus Áurea. Y comentó:

–           Para la extensión de lo que el Príncipe pretende, sería necesario derribar más de la mitad de la ciudad. Y la verdad no entiendo como eso será posible…

La sangrienta respuesta está envuelta en llamas.

En la parte de las catacumbas que ya había sido concluida, los dos laberintos de túneles galerías que se habían edificado subterráneos en dos polos opuestos fuera de las murallas de la ciudad; uno está en una vastísima área que había sido propiedad de Séneca. Tiene siete entradas y salidas: cuatro dentro de la ciudad en diferentes casas y barrios. Y tres, fuera de las murallas.

Por fuera, una de las entradas-salidas, está en una rica casa de campo, propiedad del senador Astirio y la otra junto a una cantera, en la propiedad que pertenece a Calixto. Por encima. Nadie sospecharía lo que está edificado abajo. Arriba nada había cambiado: campos de cultivo, extensos huertos y jardines, bosques, almacenes de grano y establos.

Oliver había participado en la construcción de las Catacumbas y ha guiado al grupo hasta una casa donde al llegar da una contraseña y lo hacen pasar de inmediato, junto con sus acompañantes. Aquí, el fuego no ha llegado todavía.

Los conducen a través de la casa, hasta el triclinium del jardín posterior. Junto a la fuente, hay un león y un águila de mármol y un par de corderos pastando junto a un trío de palomas, al lado de una balaustrada. Alberto, el que los ha guiado, toma la paloma del centro y la gira de su posición original, con la cabecita orientada hacia el norte… un ingenioso mecanismo, hace que se muevan los corderos y aparece una abertura bajo el emparrado, entre dos cipreses. Alberto, el que los recibió, le da a Oliver una antorcha y les indica que entren por allí, despidiéndolos con las palabras:

–           Pax Vobiscum. (Que la paz de Cristo esté con vosotros)

Todos no acaban de salir de su asombro, cuando a sus espaldas se cierran las puertas y se encuentran en un sótano, al que sigue una extensa galería, por donde avanzan siguiendo a Oliver…

Cuando por fin salen del oscuro y largo pasadizo a los espacios abiertos, desde donde se ve nuevamente la ciudad ardiendo, les parece increíble que realmente están fuera de las murallas de Roma.

Oliver les dice:

–           Vamos. No está lejos la casa de Calixto. –y decidido se dirige a través del campo, seguido por todos los demás.

Tres días después…

Marco Aurelio ha inhalado mucho humo, a pesar de todas las precauciones tomadas. La carrera desde Anzio. Los incidentes ocurridos mientras buscaba a Alexandra en medio de las casas incendiadas y humeantes; el insomnio, los terribles sucesos y extraordinarias experiencias de las últimas horas, han debilitado sus fuerzas y el resto de ellas parece abandonarlo ahora…

El joven tribuno se recarga vacilante, apoyándose en un peñasco. Pasan unos minutos, cuando distingue la inconfundible figura del Pontífice de la Iglesia cristiana, acercándose hacia él. Se arrodilla con gran veneración…

Pedro se acerca y le pone la mano sobre su cabeza inclinada, bendiciéndolo. Luego…

Pedro dice a Marco Aurelio:

–           Nada temas. La casa del cantero está muy próxima. Si te vas… –y le da las instrucciones necesarias. Luego agrega- En ella encontrarás a Lautaro, a Alexandra y al fiel Bernabé. Cristo, que la ha destinado para ti, te la conserva. Sigue adelante hijo mío y que la paz del Señor te acompañe siempre.

Las palabras de Pedro, al encontrarlo cerca de la cantera, le renovaron su esperanza y por un momento se siente desvanecer. Está cada vez más cerca de la persona que para él, es la más cara en el mundo. Pronto volverá a verla después de casi sentirla perdida, en el caos de la ciudad incendiada. Besa el anillo en la mano de su Pontífice y continúa arrodillado mientras él y los que lo acompañan se despiden bendiciéndolo y luego se alejan.

Marco Aurelio siente en su ser una alegría tan grande que casi lo hace desmayar. Y eleva una plegaria de agradecimiento al Dios que ha comenzado a amar con todas sus fuerzas. Recordó que cuando era niño creía en los dioses romanos, pero no los amaba. Ahora Jesús, su Dios amado, es la fuerza que lo impulsa en todo lo que hace.

Siguiendo las instrucciones de Pedro, llegó a la hondonada que está al filo de las cavernas de la mina de cantera. Y desde allí distingue al fin la finca en la que brilla una luz a través de la ventana. El portón está abierto y un extenso jardín rodea la casa. Una vereda bordeada de azucenas, llega hasta la puerta de madera de la entrada.

Marco Aurelio llama, jalando una campanilla y la puerta se abre, dejando ver la gigantesca figura de Bernabé, que al reconocer a Marco Aurelio, dice emocionado:

–           ¿Eres tú, señor? ¡Bendito sea el nombre de Jesucristo, por la alegría que darás a mi señora!

Y abre la puerta, inclinándose para que pase.

En la cocina cerca del fuego, está Alexandra sentada con una sarta de peces que está asando para la cena. Ocupada en separar los pescadillos y creyendo que es solo Bernabé el que ha entrado, no levanta la mirada.

Marco Aurelio se le acerca con los brazos extendidos y pronunciando dulcemente su nombre:

–           ¡Alexandra, amada mía!

Ella levanta su cara con asombro y alegría. Deja la sarta de peces a un lado. Se levanta y se arroja en sus brazos. Es un abrazo que como un cerco de amor, aumenta la dicha de tenerse; después de haberse sentido perdidos, el uno para el otro.

Se besan una y otra vez. Se miran extasiados y se vuelven a abrazar, repitiendo sus nombres con adoración, con ternura. Y sintiendo como un verdadero milagro, el poder estar juntos otra vez. Marco Aurelio la abraza. La acaricia sin poder asimilar que ya la tiene entre sus brazos.

Ella le mira con un amor inmenso y los dos se deleitan en su mutua alegría, amor y felicidad sin límites. Entre besos y caricias, Marco Aurelio le refiere su búsqueda en la incendiada Roma y la casa vacía de Acacio. También todos los temores y sufrimientos que padeció hasta encontrarla. Concluye diciendo:

–           Pero ahora que te he encontrado, no puedo dejarte cerca del peligro por más tiempo. Las turbas están enfurecidas. Bajo las murallas están matándose entre sí, los fugitivos de la ciudad y los esclavos que se han sublevado, entregándose al saqueo.

Alexandra exclama:

–           ¡Oh! Pobrecitos… la desesperación los ha enloquecido.

Marco Aurelio dice:

–           ¡Sólo Dios sabe qué calamidades más pesan todavía sobre Roma! Necesitamos salir de aquí, con todos vosotros. Vámonos a Anzio, en donde tomaremos un barco que nos lleve a Sicilia. Iremos a nuestras propiedades y allá nos encontraremos con Publio.

Alexandra escucha estas palabras, con el rostro radiante de alegría. Porque en efecto, los cristianos que anteriormente debían soportar las persecuciones de los judíos, ahora con los disturbios provocados por el desastre, estàn llenos de incertidumbre.

El obispo Lino, Lautaro y los demás que ya se han acercado a dar la bienvenida al joven tribuno, oyen con asombro la declaración de éste:

–           Roma está ardiendo por mandato del César. En Anzio se quejaba de no haber presenciado jamás un gran incendio. Y si no ha retrocedido ante un crimen de tal magnitud, pensad en qué otras atrocidades será capaz de perpetrar después del incendio. ¡Huid todos conmigo! ¡En Sicilia esperaremos a que pase la tempestad! Y cuando haya pasado el peligro volveréis, para seguir esparciendo la semilla y las enseñanzas de Cristo.

Afuera, en dirección al Monte Vaticano y como confirmación de los temores expresados por Marco Aurelio, se oyen gritos distantes, llenos de rabia y de terror.

En ese momento entra Calixto el cantero y cerrando precipitadamente las puertas, exclama:

–           En las inmediaciones del Circo de Nerón, están matándose. Los esclavos y los gladiadores están atacando a los ciudadanos. Hay saqueos por todas partes.

Marco Aurelio confirma:

–           ¿Lo habéis oído?

Lino dice con tono pesaroso:

–           Se ha colmado la medida y vienen calamidades inmensas sobre todos nosotros.

Pero Marco Aurelio piensa en Pedro y dice impetuoso:

–           Estad preparados. Voy a ir por el Pontífice. No lo vamos a abandonar aquí.

Alexandra lo abraza estrechándose a él y dice:

–           Llévate a Bernabé. No quiero que te suceda nada.

–           No, vida mía. Bernabé se queda contigo. Tú eres demasiado preciosa para mí- Y mirando al gigante, le sonríe y agrega-  y yo sé cómo él cuidará de ti.

Bernabé se ruboriza al recordar el incidente con Atlante y un poco turbado, dice a Alexandra:

–           El amo tiene razón, domina. Además, si Cristo te protegió y lo guió hasta aquí, nada malo va a pasarle.- Y mira con ojos suplicantes al tribuno.

Lino interviene:

–           Primero cenaremos y luego descansarás. Hijo, has hecho un largo viaje a caballo y muy accidentado. Mañana irás a buscar a Pedro. Además, todavía nos falta saber en todo esto, cual es la voluntad de Dios.

El obispo es la autoridad entre los cristianos. Todos le obedecen y entonan los cantos de agradecimiento antes de comer y luego se retiran a descansar.

A Marco Aurelio y Alexandra les dejan una habitación. Cuando se quedan a solas, el tribuno dice:

–           ¿Sabes que gracias a Petronio  el César me autorizó a venirme antes para que estuviera contigo? Me regaló un collar para ti… y…  ¡Oh!… No sé en donde lo perdí…

Alexandra lo besa tiernamente en la nariz y exclama:

–           ¿A mí qué me interesa un collar por fabuloso que sea y regalo del César? Lo único que me importa es que ya estás conmigo…

Entre besos y caricias, Marco Aurelio le relata todas las peripecias de su estancia en Roma y de su viaje desde Anzio.

Y agrega:

–           También necesito despedirme de Petronio…

Los acontecimientos tan extraordinarios hacen que los recién casados pospongan su noche nupcial; porque Marco Aurelio, vencido por el cansancio y las emociones, cae rendido en brazos de su esposa y se duerme como un niño.

Alexandra vela su sueño y lo besa con dulzura y delicadeza, elevando plegarias por este hombre bueno, que Dios le ha dado como esposo.

Al día siguiente, Marco Aurelio se despide de todos.

Lautaro envía con él a Oliver, para que lo acompañe a buscar a Pedro.

Marco quiere despedirse de Petronio, antes de abandonar Roma. Y cuando van caminando entre el caos de la ciudad que continúa ardiendo, un negro presentimiento le oprime el corazón…

Y recuerda las palabras de Prócoro Quironio, cuando antes de separarse, el griego le comentó:

–           Entre el Janículo y el Monte Vaticano, detrás de los jardines de Agripina, existen unas excavaciones de las cuales se han estado extrayendo piedras y arena, para construir el Circo de Nerón. Pues bien, escúchame señor. Hace poco los judíos, de los cuales hay un gran número en el Transtíber, han empezado de nuevo a perseguir a los cristianos. Recordarás que en tiempos del divino Claudio, hubo tales disturbios que el César se vio obligado a decretar la expulsión de los israelitas de Roma.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Y por qué lo estás mencionando?

Prócoro contestó:

–           Y ahora que han vuelto gracias a la protección de la divina Augusta, se sienten seguros y han vuelto a molestar a los cristianos, de manera más insolente. Yo sé esto porque lo he presenciado. Ningún edicto ha sido promulgado aún contra los cristianos, pero los judíos se quejan de ellos continuamente al Prefecto de la ciudad. Los acusan de ser delincuentes y de predicar una religión que el senado no ha reconocido. Y por eso los cristianos se ocultan.

–           ¿Qué estás tratando de decir?

–           Esto, señor. Que las sinagogas existen abiertamente en el Transtíber, pero los cristianos se ven obligados a ocultar su condición como tales y por eso muy pocos los conocen, pues hacen sus reuniones en secreto.

Prócoro era tan parlanchín y tan mentiroso… Además, en aquel momento estaba tan obsesionado con encontrar a Alexandra en medio del caos horroroso del incendio, que casi no prestó atención a lo que decía.

Pero ahora sus palabras resuenan claras en su memoria… Y una duda le atravesó como un puñal. Él conoce perfectamente al griego y sabe que es un pillo consumado. Ya no tiene órdenes ni le estaban pagando por buscar a Alexandra. Su trato se había terminado la tarde en que Bernabé mató a Atlante y les había dicho a los cristianos que lo enterrasen en el jardín. Entonces… ¿Cómo sabe  Prócoro todas aquellas cosas y qué estaba haciendo entre los cristianos si es un bribón? ¿Acaso seguía espiando a Alexandra?…

El pensamiento de que Bernabé se había quedado con ella, le tranquilizó un poco; por si el griego estaba pensando en una venganza…

En ese momento, Oliver le preguntó:

–           ¿Adónde quieres que vayamos primero?

–           Vamos por Pedro, creo que a Petronio mejor le escribiré luego una carta…

–           ¿Y cómo sabremos donde está Pedro?…

Marco Aurelio miró a su alrededor y vio que estaban en la Puerta Flaminia. Luego dijo:

–           Oremos para que el Señor nos guíe.

Después de unos momentos, se dirigieron al río…

Y luego de atravesarlo, pasaron al campo Vaticano, más delante de la Naumaquia. Llegaron al Monte Vaticano y se fueron rodeando por donde no hay fuego, tratando de evitar los peligros, pues la ciudad sigue ardiendo. El Circo Máximo, es un montón de ruinas humeantes. Calles enteras y callejuelas se están derrumbando en medio de columnas de fuego que se elevan hacia el firmamento. El viento cambia de dirección y sopla con impetuosa fuerza desde el mar, llevando hacia los montes Celio, Esquilino y Vitimal, ríos de llamas, tizones y cenizas.

Hasta que al fin, las autoridades se pusieron a trabajar en programas de salvamento. Por orden de Tigelino que se había apresurado a venir de Anzio al tercer día, al quinto día empezaron a derribar los edificios del Esquilino para que el fuego, al llegar a espacios abiertos, se extinguiese por sí solo. Y esto se ha hecho simplemente para salvar los restos de la ciudad, porque no podía ni pensarse en el salvamento de lo que ya estaba ardiendo.

Y es necesario también ponerse en guardia contra las consecuencias de aquella devastación. En ella se perdieron incalculables riquezas…

Todas las propiedades de la mayoría de los romanos, quedaron reducidas a cenizas. Muchos vagan errantes y enloquecidos, en medio de la mayor miseria. El hambre ha empezado a morder las entrañas de los sobrevivientes, pues desde el segundo día de la catástrofe fueron consumidas las inmensas provisiones almacenadas en la ciudad.

En medio del caos y el desorden, nadie pensó en nuevos suministros. Solamente después de las promesas de Petronio, se comunicaron a Ostia las órdenes necesarias, pues las turbas están cada vez más inquietas y amenazantes, exigiendo: ‘Pan y techo’

En vano los pretorianos traídos desde todos los campamentos, se esfuerzan por mantener de algún modo el orden, pues se encuentran por dondequiera con una abierta resistencia. En diferentes puntos, grupos de gente inerme, señalan la ciudad ardiendo y gritan:

–           ¡Matadnos ahora! ¡Ya perdimos todo! ¡Qué nos importa la vida!

E injurian al César, a los augustanos, a los pretorianos. Y el tumulto va creciendo cada vez más, de tal forma que Tigelino al contemplar los millares de incendios, se dice a sí mismo, que son otros tantos fuegos de enemigos.

Además de una enorme cantidad de harina, hizo traer todo el pan que fue posible obtener no solo desde el puerto de Ostia, sino de todos los poblados circunvecinos. Y cuando llegó el primer suministro, el pueblo derribó la puerta que daba al Aventino y se apoderó en un pestañeo de todas las provisiones, en medio de un atropellado desorden.

Se peleaban por los panes, muchos de los cuales caían al suelo y eran pisoteados. La harina de los sacos rotos, blanqueaba como nieve en todo el espacio comprendido, entre los arcos de Druso y Germánico. Y aquel desordenado saqueo continuó hasta que los soldados dispersaron a la muchedumbre, disparando flechas y otros proyectiles. Nunca desde la invasión de Roma por los Galos a las órdenes de Bretón, había presenciado la ciudad un desastre más completo.

El Capitolio era un espectáculo inusitado, pues cuando el viento desviaba por momentos las llamas, se veían sus columnatas rojas como carbones encendidos. Si en el día era horrendo el espectáculo que deslumbraba la vista; la noche presentaba ser espeluznante como un infierno. Todo el centro de la ciudad, parecía el cráter de un volcán rugiente.

Diversos rumores y noticias agitan el mar de seres humanos, tratando de sobrevivir al mar de fuego. Estas noticias son alternativamente opuestas. Se habla de una inmensa provisión de trigo y vestidos, para ser distribuida gratuitamente al pueblo. Se dice también que el César ha dado orden de que a todas las provincias de África y de Asia, serían despojadas de todos sus tesoros y sus riquezas, para repartirlos a los habitantes de Roma, de tal forma que todos serán más ricos que antes del incendio.

Simultáneamente circula el rumor de que ha sido envenenada el agua de los acueductos. Que Nerón ha decidido exterminar hasta el último de sus habitantes y que luego se trasladará a Grecia o a Egipto, para fundar una nueva capital. Cada uno de estos rumores se extiende con la velocidad del rayo y encuentra fácil aceptación entre el pueblo, infundiéndole esperanzas o estallidos de terror, rabia, indignación y una ansiedad febril.

La creencia válida entre los cristianos de que está próximo el Fin del Mundo y su exterminio por medio del fuego, fue ganando terreno y más aún entre los paganos que rinden culto a los dioses del Olimpo o en otros cultos. Pues en ese aspecto, Roma había sido muy tolerante hasta hoy. Se dispusieron campamentos para el pueblo en los regios jardines del César, en los de Pompeyo, Salustio, Micenas. En los campos de Marte y otros edificios que el César dispuso. Los pavoreales, cisnes, flamencos, gacelas, etc. Que constituían el principal adorno de esos jardines, perecieron bajo el cuchillo y bandidaje de la plebe.

Mientras tanto, comenzaron a llegar abundantes provisiones del Puerto de Ostia; en una gran cantidad de barcos, buques y botes, anclados a lo largo del Tíber. El trigo es vendido a precios increíblemente bajos y se distribuye gratuitamente a los desvalidos. Cargamentos de vinos, aceitunas, castañas, toda clase de ganado. Todo esto hace que muchos infelices disfruten ahora de un bienestar aún mayor que antes del incendio. El peligro del hambre ha sido neutralizado casi por completo. Pero fue más difícil reprimir los robos, bandidaje, asesinatos y violaciones que a diario ocurren. La vida nómada asegura la impunidad a los facinerosos, que siempre que pueden proclaman su admiración al César y le tributan aplausos cada vez que aparece en público.

Y la ciudad sigue ardiendo. La violencia del fuego disminuyó hasta el sexto día. Se renovó su fuerza la séptima noche. Pero tuvo corta duración, pues ya casi no hay combustible que lo alimente.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA