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326 LA INCREDULIDAD Y EL PECADO


326 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

demandasocial@bienestar.gob.mx.

El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo muy diligentemente,

las telas que ha traído el Zelote.

Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores,

los pedazos de vestidos ya cortados.

Cada cierto tiempo, las mujeres cogen uno para hilvanarlo sobre la mesa.

Así que los hombres se ven arrinconados hacia el inactivo telar;

cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres.

Están también los dos apóstoles Judas Tadeo y Santiago de Alfeo;

los cuales por su parte, observan la intensa labor femenina;

sin hacer preguntas, pero no sin curiosidad.

Los dos primos hablan de sus hermanos, especialmente de Simón,

que los ha acompañado hasta la puerta de Jesús y luego se ha marchado

«porque tiene un niño enfermo» dice Santiago;

para suavizar la cosa y disculpar a su hermano.

Judas se muestra más severo;

dice:

–        Precisamente por eso debía venir.

Pero parece que él también se ha vuelto idiota.

Como todos los nazarenos.

Por lo demás, si se excluyen Alfeo de Sara y los dos discípulos;

que ahora quién sabe dónde están.

Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más y que ha escupido todo lo bueno que tenía;

como si fuera un sabor molesto para esta ciudad nuestra..

Jesús ruega: .

–       No hables así.

No te envenenes el corazón…

No es culpa suya…

–       ¿De quién, entonces?

–       De muchas cosas…

El verdadero culpable es Satanás, que toma la incredulidad para controlar los pensamientos

y con ello, también la mente, el corazón y los sentimientos;

que luego se traducen en obras contrarias a Dios;

Pero esto nadie en Nazareth puede comprenderlo…

Y Jesús no puede decirlo,

porque todavía no desciende el Paráclito con sus Carismas…

No investigues.

De todas formas, no toda Nazaret es enemiga.

Los niños… 

Tadeo continúa implacable:

–       Porque son niños.

–       Las mujeres…

–       Porque son mujeres.

Pero no son ni los niños ni las mujeres quienes afirmarán tu Reino.

–       ¿Por qué, Judas?

Te equivocas.

Los niños de hoy serán precisamente los discípulos de mañana;

los que propagarán el Reino por toda la Tierra.

Y las mujeres…

¿Por qué no lo pueden hacer?

–       Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles;

al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho;

que servirán de ayuda a los discípulos.

–       Un día cambiarás la opinión sobre muchas cosas, hermano mío.

Pero ni siquiera intento convencerte de tu error.

Chocaría contra una mentalidad que te viene de siglos;

de conceptos y prejuicios errados acerca de la mujer.

Lo único que te ruego es que observes, que anotes en ti, las diferencias que ves entre las

discípulas y los discípulos.

Y que observes, fríamente, su adecuación a mis enseñanzas.

Verás cómo empezando por tu madre, que se podría decir que ha sido la primera de las

discípulas en el orden del tiempo y del heroísmo y lo sigue siendo;

haciendo frente con valentía a toda una ciudad que la vitupera por serme fiel;

resistiendo contra las voces de su sangre; que no le ahorra reproches por serme fiel.

Verás cómo las discípulas son mejores que vosotros.

Tadeo concede:

–       Lo reconozco, es verdad.

¿Pero en Nazaret dónde están también las mujeres discípulas?

Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y de Aser y sus hermanas.

Y basta. Demasiado poco.

Querría no volver a Nazareth para no ver todo esto. 

María interviene:

–       ¡Pobrecilla tu madre!

Le darías un gran dolor.  

Santiago apoya:

–       Es verdad.

Tiene muchas esperanzas de lograr conciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros.

Creo que no desea sino esto.

Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos.

Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado;

pero, desde mañana, quiero salir a estar con unos u otros…

Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles…

¿No vamos a evangelizar nuestra ciudad?

Me niego a creer que toda ella sea mala, que no se la puede convertir.

Judas Tadeo no rebate, pero está visiblemente inquieto.

Simón Zelote, que había estado todo el tiempo callado,

interviene:

–       No querría insinuar sospechas.

Pero consentidme que os haga una pregunta para consolar vuestro espíritu.

Ésta:

¿Estáis seguros de que en la actitud de reserva de Nazareth no haya fuerzas externas,

venidas de otros lugares y que aquí operan bien, sobre la base de un elemento que debería,

si se razonara con justicia, dar las mejores garantías de seguridad de que el Maestro

es el Santo de Dios?

El conocimiento de la vida perfecta de Jesús Nazareno, debería facilitar a los nazarenos

el aceptarlo como el Mesías prometido.

Yo más que vosotros y conmigo muchos de mi edad, en Nazareth hemos conocido,

al menos de oídas, a algunos supuestos Mesías.

Y os aseguro que su vida íntima desacreditaba,

las más obstinadas aserciones de mesianidad en ellos.

Roma los ha perseguido ferozmente como a rebeldes.

Pero, aparte de la idea política, que Roma no podía permitir que existiera,

en los lugares de su dominio;

estos falsos Mesías, por muchos motivos privados, habrían merecido castigo.

Nosotros los instigábamos y sosteníamos;

porque nos servían para saciar nuestro espíritu de rebelión contra Roma;

los secundábamos, porque estando embotados, hemos creído,

hasta que el Maestro ha aclarado la verdad.

Y por desgracia, a pesar de esto, todavía no creemos como deberíamos.

O sea, totalmente, hemos creído ver en ellos al “rey” prometido.

Ellos halagaban nuestro espíritu afligido con esperanzas de independencia nacional

y de reconstrucción del reino de Israel.

¡Pero, ay, qué miseria!

¡¿Qué reino, frágil y degenerado, habría sido?!

No. Llamar a esos falsos Mesías reyes de Israel y fundadores del Reino prometido;

era en verdad degradar profundamente la idea mesiánica.

En el Maestro, a la profundidad de su doctrina se une la santidad de vida.

Y Nazareth, como ninguna otra ciudad, la conoce.

No tengo ninguna intención de acusar a los nazarenos de incredulidad, respecto al carácter

sobrenatural de su venida, que ellos ignoran.

¡Pero la vida! ¡Su vida!…

Ahora tanto resentimiento, tanta impenetrable resistencia…

Bueno, mucho más que eso:

Tanta resistencia aumentada.

¿Y el origen de una resistencia tan crecida, no podría estar en maniobras enemigas?

Sabemos cómo son los enemigos de Jesús, sabemos la influencia que tienen.

¿Pensáis que sólo aquí se hayan mantenido inactivos y ausentes;

si en todos los lugares nos han precedido, o se nos han juntado.

O nos han seguido, para destruir la obra de Cristo?

No acuséis a Nazareth como si fuera la única culpable.

Más bien llorad por ella, desviada por los enemigos de Jesús.  

Jesús dice:

–       Muy bien lo has dicho, Simón:  Llorad por ella…

Y está triste.

Juan de Endor observa:

–       También has dicho muy bien eso de que el elemento favorable se transforma en desfavorable,

porque el hombre raramente piensa con justicia.

Aquí el primer obstáculo es el nacimiento humilde, la infancia humilde, la adolescencia humilde,

la juventud humilde de nuestro Jesús.

El hombre olvida que los valores se ocultan bajo apariencias modestas;

mientras que los que no son nada, se camuflan bajo apariencia de grandes seres,

para imponerse a las muchedumbres.

–       Será así…

Pero ello no cambia en nada mi pensamiento acerca de los nazarenos.

Sea cual fuere lo que les hayan dicho, debían saber juzgar por las obras reales del Maestro; 

no por las palabras de unos desconocidos.

Un largo silencio, roto únicamente por el ruido de telas que la Virgen divide en franjas,

para hacer de ellas orlas.

Síntica no ha hablado en todo este tiempo, a pesar de haber estado atentísima.

Conserva siempre esa actitud suya de profundo respeto, de discreción;

que solamente con María o con el niño se hace menos rígida.

Pero ahora el niño se ha dormido, sentado en un taburete justo a los pies de Síntica.

Y con la cabeza apoyada en las rodillas de ella sobre su brazo doblado.

Por eso ella no se mueve…

Y espera a que María le pase las franjas de tela. 

María, inclinándose hacia la carita durmiente,

observa:

–       ¡Qué sueño más inocente!…

¡Está sonriendo!… 

Simón Zelote también sonríe,

y dice:

–       ¿Qué estará soñando? 

Juan de Endor, agrega:

–      Es un niño muy inteligente.

Aprende pronto y pide explicaciones precisas.

Hace preguntas muy agudas y quiere respuestas claras.

Sobre todas las cosas.

Confieso que algunas veces me veo en dificultad para responder.

Son argumentos superiores a su edad.

Y algunas veces, también a mi capacidad de explicarlos.

Síntica añade:

–       ¡Ah, sí!

Como aquel día…

¿Te acuerdas, Juan?

¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día!

¡Y muy ignorantes! –

319 JUICIO DE LOS HIPÓCRITAS


319 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús regresa solamente a Endor.

Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa;

pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno;

puede alojar a los trece peregrinos.

El dueño, un hombre rudo pero bueno;

se apresura a llevar una lámpara, un pequeño cubo de leche espumosa y unos panes muy oscuros.

Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles.

Jesús ofrece el pan y lo distribuye.

A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo,

y cuando tiene sed, bebe directamente de él.

Jesús sólo bebe un poco de leche.

Está serio, silencioso…

Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta,

terminan por darse cuenta de su mutismo.

Andrés es el primero que pregunta:

–        ¿Qué te sucede, Maestro?

Te veo triste o cansado…

Jesús responde:

–        No niego que lo esté.  

Pedro dice:

–       ¿Por qué?

¿Por esos fariseos?

Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos…

¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…!

Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos.

¡Cantan siempre la misma canción!…

La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; 

jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor.

Se termina por no hacer caso. 

Pedro, lo dijo parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

–        Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas mortales.

Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas.

Mateo agrega:

–        ¡Ah, sí!

Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso.

Ya ves cómo te ama el mundo.

Presuroso y lisonjero, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.  

Judas de Keriot  pregunta:

–        ¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma?

Dímelo, Maestro bueno.

¿O es que te han referido mentiras, te han insinuado calumnias, sospechas o qué sé yo…

respecto a nosotros, que te queremos? 

Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas.

Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo,

en medio del círculo de los que están sentados en el heno, dispuesto como bajo asiento en redondel.

Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot.

Y mirándolo, le pregunta:

–        ¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera,

hasta el punto de preocuparme por ellas?

Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan.

Y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador,

en la pupila oscura de Judas.

Quién con mucha seguridad,

pregunta:

–        ¿Qué realidades te turban, entonces? 

–        Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas.

Jesús marca mucho esta palabra.

Todos se agitan:

–        ¿Destronadas?

–        ¿Por qué?

–       ¿Qué quieres decir?

–        Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él.

Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre,

único animal que siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma,

tiene la frente erguida hacia el cielo.

Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados.

Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo.

Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser sólo un animal…

Y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono.

El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo,

sino agachadas hacia el Abismo;

gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás.

¿Queréis saber qué palabra es?

Es la que leo en las frentes.

Está escrito en ellas: “¡Vendido!”.

Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás,

en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

Convencido, Pedro dice:

–        ¡Comprendo!

Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos

y que a su vez es siervo de Satanás 

Jesús no rebate.  

Bartolomé observa:

–        Pero, ¿Sabes, Maestro…?

¿Qué esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados?

Al salir se

han chocado conmigo y lo decían…

Has estado muy tajante

Y Jesús replica:

–        Pero muy verdadero.

Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía.

Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte.

Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada;

y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas,

que ahogan la semilla de la Verdad santa.

Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo,

lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado.

Para las almas honestas, es caridad hacerlo.

Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor,

dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos.

Son ciegos, guías de ciegos.

Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa.

Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre “pureza”;

Proverbios 11, 3

ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen.  

Simón Zelote ha estado muy pensativo y con tono reflexivo,

pregunta:

–        Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel…

¿No es verdad?

Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre.

–        Sí – dice escuetamente Jesús.

Pedro, después de un silencio;

porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante,

solicita:

–        Maestro, yo…

Y no sólo yo;

no he comprendido bien la parábola.

Explícanosla un poco.

¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina?

Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio.

Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia.

Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora,

porque del ánfora sale agua pura.

¿Y entonces?

Y Jesús explica:

–        Nosotros no somos ánforas, Simón.

No somos ánforas, amigos.

¡Y en el hombre no todo es puro!

¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia?

Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos.

Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca,

con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar.

Pero, ¿Esa comida a dónde iba?

De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca.

¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido,

pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne;

sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca?

¡No es esto lo que contamina al hombre!

Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo;

aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz.

O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza…

Y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre.

Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones,

los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos.

Del corazón viene el fómite de las distintas acciones;

si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón.

Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras…

Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre;

34. Raza de víboras, ¿Cómo podéis vosotros hablar cosas buenas siendo malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. Mateo 12

no el comer sin lavarse las manos.

La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie;

es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz

para informar de sí a los justos.

No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango…

Id a descansar ahora.

Yo salgo para orar.

318 YO SOY QUIEN SOY


318 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím:

recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas,

Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo.

Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm;

adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.

Pareciera que ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de información tan eficiente;

que los peregrinos que lo buscan lo pueden encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar;

que de todas maneras, es de pocas millas al día; 

tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole;

no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

Jesús se hospeda en casa del joven resucitado,

en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad.

Y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos – siete como los pecados capitales -,

toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

Ellos condescienden:

–        Está el Maestro;

está el Maestro, mujer.

Ello daría valor incluso a una cueva.

Tu casa es mucho más que una cueva.

Así que entramos y decimos: “Paz a ti y a tu casa”.

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es rica;

ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús.

No hay duda de que han entrado en contienda todos los bienes de Naím,

puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas.

Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles,

a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada.

Y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha

preparado las mesas.

Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, etc.

Y por su ayuda en la cocina; esto sólo: para ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.

Y ahora se asoman acá o allá, rojas,

llenas de harina, de ceniza o goteándoles las manos, según su tarea culinaria;

ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porción de voz divina;

beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada… 

Y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas.

Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes.

Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada;

más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo…

Y que pronto se celebrarán la boda.

–        Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas;

para que toda la casa quedara por Tí santificada.

Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa

Jesús la mira.

Y dado que ella se inclina, le impone las manos,

diciendo:

–        Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel;

de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado.

Y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa.

Mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente.

El banquete empieza.

Por lo que hablan, se entiende Jesús ya había predicado y curado en Naím.

Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto.

En cambio llenan de preguntas a los de Naím;

para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel,

sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección,.

Y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está muy bien de salud,

magníficamente ataviado y come con un apetito formidable.

Pero un fariseo, en voz alta llama la atención de Jesús, para preguntarle;

si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.  

Jesús responde:

–        Venía de Endor por pura coincidencia.

Porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan de Zebedeo.

Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual. 

Asombrado un escriba,

pregunta

–        ¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? 

–        No.

No tenía entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.

–       ¿Y entonces cómo es que fuiste?

–        Lo acabo de decir:

Porque Judas de Simón quería ir.

–        ¿Y por qué este capricho?

–        Para ver la gruta de la maga.

–        Quizás es que Tú habías hablado de eso,…

–        ¡Jamás!

No tenía motivo para hablar de eso.

–        Lo que quiero decir es que…

Quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…

–        ¿En qué?

Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes.

Una celda o un páramo desierto, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente.

Basta, en quien enseña, autoridad y santidad;

y en quien escucha, voluntad de  santificarse.

Yo enseño esto y no otras cosas.

–        Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos; qué son sino prodigios y…

–        Y voluntad de Dios.

Sólo eso.

Y cuanto más santos vayan siendo más harán.

Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios.

No con otras cosas.

Un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo;

examina de abajo arriba, a Jesús… 

Y con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

pregunta:

–        ¿Estás seguro de eso? 

–        Son las armas y las doctrinas que les he dado.

Si luego alguno de ellos y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia

o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de Mí.

Puedo orar para tratar de redimir al culpable.

Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude,

especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error.

Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado;

con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.

Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal,

que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla.

Pero no puedo hacer más.

Si, a pesar de eso, continúa el pecado;

llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí.

Es todo un juego de miradas.

Pero no hacen ningún comentario al respecto.

En cambio eso sí, hacen preguntas al joven Daniel:

¿Se acuerda de qué es la muerte?

¿Qué sintió al volver a la vida?

¿Qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?   

Daniel comenta:

–        Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía.

¡Oh, qué cosa más tremenda!

¡No me hagáis recordarlo!…

Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir.

¡Oh, Maestro!…

Se vuelve hacia Jesús.

Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.

Jesús lo consuela dulcemente,

diciendo:

–        La muerte es de por sí expiación.

Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo.

Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa;

de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.

Pero los fariseos vuelven al ataque:

–        ¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?

–        Nada.

Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.

–        ¿Pero te acordabas de haber muerto?

–        Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía…

Y nada más.

–        ¿Y qué recuerdas del otro mundo?

–        Nada.

No hay nada.

Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida…

Nada.

–        ¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?

–        ¿Quién ha dicho que no existen?

Claro que existen.

Pero yo no los recuerdo.

–        ¿Pero estás seguro de haber estado muerto?

Reaccionan todos los que hay de Naím:

–        ¿Que si estaba muerto?

–       ¿Qué más queréis?

–       Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler.

–       ¡Y, además!…

–       Con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso.

Pero los fariseos no se aplacan:

–       ¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto?

–       Os he dicho que no.

El joven se impacienta y añade:

–        ¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?:

¿Que un pueblo entero aparentaba que me tenía muerto a mí,

incluida mi madre; incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor,

incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?

¿Qué estáis diciendo?:

¿Que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas?

Mi madre se puso blanca en pocas horas; mi mujer tuvo que ser asistida,

porque el dolor y la subsiguiente alegría, la habían como enloquecido.

¿Y vosotros dudáis?

¿Y por qué lo íbamos a haber hecho? 

Los pobladores de Naím cuestionan:

–        ¿Por qué?

–       ¡Es verdad!

–       ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? 

-Jesús no habla.

Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente.

En realidad está usando el carisma para leer los corazones…

Los fariseos no saben qué decir…

Pero Jesús, repentinamente, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos;

señala a los fariseos y escribas, abre su boca,

y dice:

–         El porqué es el siguiente.

Ellos quieren establecer, que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada,

para aumentar mi estima ante las multitudes:

Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo.

No.

Yo dejo las trampas a los innobles.

No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que Soy.

¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a una carne?

Si El la da cuando la carne se forma.

Y crea una a una las almas…

¿No podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser

incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad?

¿Podéis negar a Dios el poder del milagro?

¿Por qué 1o queréis negar?

–        ¿Eres Tú Dios?

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

–        Yo Soy Quien Soy.

Mis milagros y mi doctrina dicen Quién Soy.

–       ¿Y entonces por qué éste no recuerda;

mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el Más Allá?

–        Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad;

mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.

–        Pero Samuel…

–      Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga;

a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor;

cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida,

llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente,

separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho

y sin separación de puertas o cortinas gruesas.

–        ¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?

Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido.

Y se poner a escuchar.  

Jesús responde:

–        ¿En qué lo hacen? Explícate.

Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.

–       Yo sé en qué…

Y como yo muchos otros.

Pero descúbrelo Tú por ti mismo,

Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta.

Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir.

Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos;

hechas cuando no se debe;

o no hechas cuando se deben hacer.

Y Tú no le das importancia a esto.

–        ¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?

Y los fariseos furiosos, sueltan su andanada de reproches, varios hablando al mismo tiempo,

diciendo:

–        ¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados?

Hoy los hemos observado.

–        ¡Hoy otra vez!

–        ¡No hace más de una hora!

–        ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!

 (Si los fariseos hubieran dicho:

«y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad»

No habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror.

Jesús, hablando muy tranquilo,

les dice:

–        Sí, los habéis observado.

Hay muchas cosas que ver.

Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida,

para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido.

Esas no las veis.

Y, como vosotros, otros muchos.

Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.

Parecéis chacales.

O mejor: hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de

perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.

A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas;

jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles.

Para ellas significan olores desagradables.

Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco o en un camino;

sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino;

o lanzado a una playa desierta por la tempestad;

hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo;

¡Ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!

Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol

destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor…

Y una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado;

los dientes descubiertos por la vibración – semejante a una risa histérica – de las mandíbulas,

para ir al lugar de la podredumbre.

Y ya sea cadáver de hombre, de cuadrúpedo o de culebra quebrantada por el campesino

garduña muerta a manos del ama de casa o aunque fuera una simple rata…

Les gusta, sí, les gusta, les gusta.

Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Qué hay hombres que día tras día se santifican?

¡Eso no les interesa!

Pero basta con que uno sólo haga algún mal;

basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino, sino una práctica humana…

Llamadla tradición, precepto o como queráis…

Al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha…

Cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

Pues bien, responded ahora vosotros;

vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención,

¡Responded!:

¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?

¡No me diréis ahora que una tradición es más que un Mandamiento!

Pues bien, Dios dijo:

“Honra a tu padre y a tu madre” y también:

“Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte”.

Pero vosotros decís:

“Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán

no está obligado a usarlo para su padre o para su madre”.

Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

Proverbios 11, 3

¡Hipócritas!

Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:

“Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí;

en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre”.

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres;

al lavado de ánforas, copas, de platos y manos.

Y otras cosas semejantes;

pero, eso sí, descuidáis los Preceptos de Dios.

Os escandalizáis porque uno no se lave las manos;

pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo;

ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró

y ahora necesita ayuda.

Y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo. Alteráis y violáis la palabra de Dios

por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto.

Así, os proclamáis más justos que Dios.

Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo.

Vosotros…

Y seguiría.

Pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones;

chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa,

invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa;

los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo

E indica a todos los presentes que entren adonde está Él.

Les dice:

–        Escuchad todos y comprended esta verdad.

No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.

Lo que sale del hombre es lo que contamina.

Quien tenga oídos para oír que oiga, use la razón para comprender y la voluntad para obrar.

Y ahora salgamos.

Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi Paz.

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa.

Y se encamina por el pasillo.

Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas,

Y se dirige a ellas para decirles:

–       Paz a vosotras también.

Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor,

que no me ha permitido echar de menos la mesa materna.

He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas  o asadas;

en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático.

Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím.

Y la próxima vez no trabajéis tanto para Mí.

Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna

y vuestra mirada honesta y buena.

Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido,

que se pone en camino consolado por vuestro amor.

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado;

y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros como para bendecirlas.

Luego sale y reanuda su camino…

Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús;

entristecido por demasiadas cosas…

316 EL FALSO CRISTIANISMO


316 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Sigue nublado en un lúgubre día que presagia más lluvia sobre toda la comarca del lago Merón. 

Fango y nubes.

Silencio y calígine.

El horizonte desaparece entre las brumas.

La cadena del Hermón está sepultada bajo la espesa capa de nubes bajas.

Pero desde este lugar – una llanura alta, situada cerca del pequeño lago; 

todo oscuro y amarillento por el fango de mil riachuelos crecidos…

Y el cielo de Noviembre lleno de nubes.

Se aprecia perfectamente este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán;

que de él sale luego para ir a alimentar al otro lago; más grande, de Genesaret.

Cae la tarde, cada vez más triste y amenazadora de lluvia…

Cuando Jesús toma el camino que corta el Jordán después del lago de Merón.

Entra luego por una vereda abierta entre los campos, que apenas han recibido la simiente,

Porque la tierra está todavía mullida y oscura como cuando ha sido sembrada recientemente. 

Encuentra a dos niños y su rostro se ilumina con una sonrisa…

Se detiene a acariciarlos…

Son un niño de no más de cuatro años y una niña que tendrá unos ocho.

Deben ser niños muy pobres a juzgar por sus míseros vestiditos descoloridos y rotos.

Y su carita triste y flaca.

Jesús no les pregunta nada.

Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia.

Luego reanuda ligero su paso, hacia una casa que está en el fondo de la vereda.

Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera exterior que sube del suelo

a la terraza, en que hay un emparrado, ahora desnudo de racimos y hojas; 

solamente queda alguna que otra última hoja ya amarilla, que pende y se mueve con el viento

húmedo de un triste día de otoño.

En el murete de la casa unas palomas zurean,

esperando el agua que el cielo gris y todo nublado promete.

Jesús, seguido por los suyos, empuja la tosca cancela de la albarrada que rodea la casa;

entra en un patio – nosotros diríamos una era – con su pozo.

Y en un ángulo, hay también un horno de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale

y que el viento empuja hacia la tierra.

Al oír el rumor de los pasos, una mujer se asoma a la puerta de esta  edificación.

Al ver a Jesús, lo saluda con alegría y corre a avisar a la casa.

Un hombre maduro  y grueso, sale a la puerta de la casa.

Y va enseguida hacia Jesús.  

Lo saluda diciendo:

–        ¡Qué gran honor verte, Maestro! 

Jesús responde con su saludo:

–       La paz sea contigo. 

 Y añade:

«Está anocheciendo y la lluvia se acerca.

Vengo a pedirte alojamiento y un pan para mí y mis discípulos.

–        Entra, Maestro.

Mi casa es tuya.

La doméstica está para sacar el pan del horno.

Con mucho gusto te lo ofrezco, con el queso de mis ovejas y los productos de mis campos.

Entra…

Entra, que el viento es húmedo y frío…

Y solícito, sujeta la puerta y hace una reverencia cuando pasa Jesús.

Pero inmediatamente cambia de tono dirigiéndose a alguien que ha visto… 

Y dice airado:

–       ¿Todavía estás aquí?

¡Vete! ¡No hay nada para ti!

¡Vete! ¿Entendido?

Aquí no hay sitio para los vagabundos…

Y farfulla entre dientes:

«…Y quizás rateros como tú».

Una vocecita llorosa responde:

–        Piedad, señor.

Al menos un pan para mi hermanito.

Tenemos hambre…

Jesús, que había entrado en la vasta cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego,;s

sale a la puerta.

Su rostro es ya muy distinto.

Severo y triste, pregunta, no al huésped sino en general:

Parece como si se lo preguntara a la era silenciosa, a la desnuda higuera, al oscuro pozo -:

–        ¿Quién tiene hambre?  

–        Yo, Señor.

Yo y mi hermano.

Sólo un pan y nos vamos.

Jesús está ya afuera.

Ha salido al ambiente cada vez más lúgubre por el crepúsculo y la lluvia inminente.  

Y su voz llena de dulzura, dice:

–       Pasa.

–       ¡Tengo miedo, Señor!

–       Ven, te digo.

No tengas miedo de Mí.

De la parte trasera en una arista de la casa sale la pobre niña.

De la mísera tuniquita viene agarrado su hermanito.

Se acercan titubeantes por el susto.

Con una mirada tímida a Jesús;

una de temor  al dueño de la casa, que pone ojos amenazadores,

mientras dice:

–        Son vagabundos, Maestro.

Y ladrones.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Está claro que quería entrar a robar.

¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar.

Jesús lo escucha…

Si se puede decir que lo escucha.

Mira muy fijamente a la niña de carita demacrada, de trenzas despeinadas…

(son dos coletas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cinta de trapo viejo).

El rostro de Jesús no es severo mientras mira a la pobrecita; 

está triste, pero sonríe para animar a la niña: 

le pregunta:

–        ¿Es verdad que querías robar?

Di la verdad.  

La vocecilla infantil, explica:

–       No, Señor.

Había pedido un poco de pan, porque tengo hambre.No me lo han dado.

He visto una corteza de pan untada, allí, en el suelo,

cerca del molino del aceite.

Y había ido a recogerla.

Tengo hambre, Señor.

Ayer he conseguido sólo un pan, pero lo guardé para Matías…

¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?

La niña llora desconsoladamente y su hermanito también.

–        No llores.

Jesús la consuela acariciándola y arrimándola a su pecho.

–        Responde: ¿De dónde eres?

–       De la llanura de Esdrelón.

–       ¿Y has venido hasta aquí?

–       Sí, Señor.

–       ¿Hace mucho que ha muerto tu madre?

¿No tienes padre?

–       Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha;

mi mamá, la pasada luna…

Ella y el niño que iba a nacer murieron…

Y el llanto aumenta.

–       ¡No tienes ningún pariente?  

       ¡Venimos de muy lejos!

No éramos pobres…

Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón.

Ahora ha muerto y mi mamá con él.

–       ¿Quién era el patrón?

-El fariseo Ismael.

–       ¡El fariseo Ismael!…

Es intraducible el modo como Jesús repite este nombre.

)-       ¿Saliste de allí por propia voluntad o te echó él?

–        Me echó, Señor.

Dijo: “Los perros hambrientos a la calle”.

Jesús se vuelve hacia el hombre que sería su anfitrión,

y pregunta:

–        ¿Y tú, Jacob?

¿Por qué no has dado un pan a estos niños?

¿Un pan, un poco de leche y un manojo de heno como cama para su cansancio? 

El hombre trata de disculparse:

–       Pero… Señor…

Tengo justo el pan que necesito…

poca leche… y meterlos en casa…

Éstos son como animales vagabundos.

Si se les pone buena cara luego ya no se marchan…

–       ¿Y te falta sitio y alimento para estos dos infelices?

¿Lo puedes decir con verdad, Jacob?

La cosecha abundante, la abundancia de vino, de aceite, de fruta;

que han hecho famosa tu propiedad este año,

¿Por qué te han venido?

¿No te habrás olvidado ya, no?

El año pasado, el granizo había depauperado tus bienes.

Estabas preocupado por tu vida…

Vine y te pedí un pan…

Tú me habías oído hablar un día y me fuiste fiel…

En medio de tu aflicción me abriste tu corazón y tu casa.

Me diste un pan y me alojaste.

¿Qué te dije al salir a la mañana siguiente?

“Jacob, has comprendido la Verdad. Sé siempre misericordioso y obtendrás misericordia.

Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos campos te darán muchos cereales;

Tus olivos estarán llenos de aceitunas, como si soportaran los granos de la arena marina,

tus manzanos, plegados hasta el suelo por su peso”.

Lo has tenido, y eres el más rico de la comarca este año.

¿Y niegas un pan a dos niños!…

–       Pero tú eras el Rabí…

–       Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan;

éstos, no.

Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te producirá aflicción, una gran aflicción…

Cuando llegue ese momento, dándote golpes de pecho, di: “Me lo he merecido”.

Jesús se vuelve a los niños:

–        No lloréis.

Id a ese árbol y coged los frutos.  

La niña objeta:

–       Pero si está vacío, Señor. 

–       Ve.

La niña obedece. 

Va, y vuelve con el vestidito alzado, lleno de manzanas rojas y hermosas.

–       Comed y venid conmigo.

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–       Vamos a llevar a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa.

Ella sabe recordar los beneficios recibidos.

Y es compasiva por amor a Quien usó con ella misericordia.

Vamos.

El hombre, confundido y apesadumbrado, trata de arreglar las cosas,

diciendo:

–       Es de noche, Maestro.

Te puede venir el agua por el camino.

Entra en mi casa.

Mira, la doméstica va a sacar ya el pan del horno…

Te doy también para ellos.

–       No hace falta.

No sería por amor;

lo darías por miedo al castigo prometido.

Y el hombre, señalando a las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez,

Que fueron tomadas del árbol antes vacío, 

Balbucea:

—     Entonces no es éste…

¿No es éste, entonces, el milagro?

Jesús se muestra muy enojado, 

al afirmar:

–       No.

–       ¡Oh, Señor!

¡Señor, ten piedad de mí!

¡Entiendo!

¡Tienes intención de castigarme en las mieses!

¡Piedad, Señor!

–       No todos los que me dicen “Señor” me tendrán;

Porque el amor y el respeto no se testifican con la palabra;  sino con obras.

Tendrás la piedad que tú has tenido.

–       Yo te amo, Señor.

–       No es verdad.

Me ama quien ama, porque esto es lo que he enseñado.

Tú sólo te amas a ti mismo.

Cuando me ames como enseño, el Señor volverá.

Ahora me marcho.

Mi techo es hacer el bien, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los huérfanos.

Como la gallina extiende sus alas sobre los pollitos indefensos;

así extiendo mi poder sobre los que sufren y viven en el dolor.

Venid, niños.

Pronto tendréis casa y pan.

Adiós, Jacob.

Y no contento con marcharse, indica que cojan en brazos a la niña fatigada.

Andrés la toma y la arropa en su manto.

Y Él toma al niño.

Empiezan a caminar por la vereda ya oscura, con su carga de piedad que ya no llora.

Pedro dice:

–       ¡Maestro!

¡Qué gran suerte para éstos el que hayas llegado en este momento!

¡Pero para Jacob!…

¿Qué vas a hacer, Maestro?

–       Justicia.

No llegará a conocer el hambre, porque tiene todavía muy llenos los graneros,

pero sí que conocerá la estrechez, porque el trigo sembrado no producirá grano.

Y los olivos y manzanos solamente hojas.

Estos inocentes.

No de Mí, sino del Padre, han recibido pan y casa;

porque mi Padre es también Padre de los huérfanos;

sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques.

Éstos pueden decir y con ellos todos los desvalidos;

los desvalidos que saben permanecer “hijos inocentes y amorosos”,

que en sus pequeñas manos Dios ha depositado el alimento…

Y que, con paterna guía, los conduce a una casa hospitalaria.

Y todo termina así. 

Dice Jesús:

“Para todos es la enseñanza de que sé ser el “Señor” con justicia.

A mí no se me engaña, ni se me adula con falaz obsequio.

Quien cierra su corazón a su hermano, lo cierra a Dios, y Dios a él.

¡Oh, hombres,

es el primer mandamiento: Amor y amor.

El que no ama, y se profesa cristiano, miente.

Es inútil frecuentar los sacramentos y los ritos;

inútil la oración, si falta la caridad.

Quedan convertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios.

¿Cómo podéis venir al Pan eterno y saciaros con Él, cuando habéis negado un pan a un hambriento?

¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío?

¿Es más santo? ¡Hipócritas!

Yo me doy a vuestra miseria sin medida.

Y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios,

no son odiosas como lo son las vuestras:

porque aquellas son desventuras, mientras que las vuestras son pecado.

Demasiadas veces me decís: “Señor, Señor” para ganar mi benignidad para vuestros intereses.

Pero no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor.

Mirad: colectiva e individualmente,

¿Qué os ha dado vuestra falaz religión y auténtica anti-caridad?

El abandono de Dios.

Y el Señor volverá cuando sepáis amar como Yo he enseñado.

Pero, a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo:

“Nunca estáis huérfanos, nunca abandonados.

No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos.

Tended la mano:

el Padre os da todo como “padre”, o sea, con amor que no humilla.

Enjugad vuestras lágrimas.

Yo os tomo y os llevo conmigo porque siento piedad de vuestro abatimiento”.

La criatura más amada es el hombre.

¿Vais a poner en duda que el Padre se mostrará más compasivo con el hombre fiel que con los pájaros?,

¿Con el hombre fiel, Él, que es longánimo incluso con el pecador y le da tiempo y manera de ir a Él?

¡Ah, si el mundo comprendiera lo que es Dios!

Dice María (la Virgen

Soy Mamá.

Mi Jesús ha hablado de la infancia del espíritu, requisito necesario para conquistar el Reino.

 Son los detalles los que hacen hermoso el cuadro, los que revelan la capacidad del pintor y la sabiduría del observador.

Quiero que observes la humildad de mi Jesús.

Aquella pobre niña, en su ignorante simplicidad,

no trata de forma distinta al pecador de corazón de piedra y a mi Hijo.

No sabe ni de “Rabí” ni de “Mesías”.

Siendo poco menos que una pequeña salvaje, que ha vivido en los campos,

en una casa donde se despreciaba al Maestro, porque el fariseo Ismael despreciaba a mi Jesús; 

no había oído jamás hablar de Él, no lo había visto.

Su padre y su madre, quebrantados por el trabajo insoportable que el cruel patrón exigía,

no tuvieron tiempo ni modo de levantar la cabeza de la gleba que roturaban.

Habrían oído, quizás, mientras segaban el heno o las mieses

mientras recogían la fruta o los racimos;

mientras trituraban la aceituna en la dura muela,

un clamor de ¡hosanna!

Habrían, incluso, levantado un momento su cansada cabeza.

Mas el miedo y el cansancio habrían vencido enseguida esas cabezas bajo su yugo.

Y murieron pensando que el mundo era sólo odio y dolor;

en cambio, el mundo, desde que lo pisaban los santísimos pies de mi Jesús,

era amor y bien.

Siendo sólo los pobres siervos de un despiadado patrón, murieron sin cruzarse siquiera una vez

con la mirada y la sonrisa de mi Jesús;

sin haber oído su Palabra,

que daba una riqueza al espíritu por la que los indigentes se sentían ricos,

los hambrientos hartos, los enfermos sanos, consolados los que sufrían.

Pues bien, Jesús no dice:

“Yo, que soy el Señor, te digo: haz esto”.

Conserva su anonimato.

Y la pequeñuela, tan simple que no comprendió

ni siquiera al ver el milagro de un manzano, desnudo incluso de hojas,

que carga una rama suya de manzanas para saciar su hambre,

lo sigue llamando “Señor”, como llamaba a su patrón Ismael y al cruel Jacob.

Se siente atraída hacia este Señor bueno

porque la bondad siempre atrae.

Pero nada más.

Le sigue con confianza.

Lo ama inmediatamente, instintivamente,

esta pobre criaturita sola en el mundo,

ignorada voluntariamente por el mundo,

por ese “mundo importante de los poderosos y de los que gozan de la vida”

que quiere mantener en la sombra a los inferiores,

para poderlos torturar más a gusto y explotar más acerbamente.

Más adelante sabrá quién era aquel “Señor” que

– pobre como ella, sin casa ni alimento,

sin madre porque todo lo había dejado por amor al hombre

(también a esa pizquita de ser humano que era ella, pobre criaturita niña)

le había dado milagrosos frutos,

queriéndole quitar de sus labios y su corazón

el amargor de la maldad humana

que crea el odio de los desvalidos contra los poderosos,

con un fruto del Padre,

no con un mendrugo de pan ofrecido tarde

y que para ella habría tenido en todo caso sabor de dureza y llanto.

¡Ah, verdaderamente esas manzanas recordaban el  huerto del Paraíso Terrenal!

Fruto nacido en la rama para el Bien y para el Mal,

determinaría redención de todas las miserias

– la primera la de la ignorancia de Dios -para los dos huerfanitos;

determinaría castigo para aquel que, conociendo ya la Palabra,

había obrado como si no la conociera.

Sabrá más adelante, de boca de la mujer buena que en Nombre de Jesús la acogió,

Quién era Jesús:

para ella Salvador repetidamente: del hambre, de la intemperie,

de los peligros del mundo, del pecado original.

Pero, para ella, Jesús tuvo siempre la luz de aquel día,

bajo esa luz lo vio siempre: el Señor bueno con bondad de cuento infantil,

el Señor que tenía caricias y dones,

el Señor que le había hecho olvidar que no tenía ni padre ni madre, ni casa ni vestidos,

porque había sido para ella bueno como su padre y dulce como su madre. 

Y había ofrecido un nido para el cansancio de los dos,

su pecho y el de otros hombres buenos que estaban con Él,

y abrigo para la desnudez de los dos,

su manto y el de otros hombres buenos que con Él estaban.

Una luz paterna y suave, que no se apagó con el flujo de las lágrimas,

ni siquiera cuando supo que había muerto atormentado en una cruz;

ni siquiera cuando, pequeña fiel de la primera Iglesia,

vio el aspecto del rostro de su “Señor”

con los golpes y las espinas y pensó cómo era El ahora, en el Cielo,

a la derecha del Padre.

Una luz que le sonrió en su última hora de la tierra,

y la condujo sin temor hacia su Salvador.

Una luz que le sonrió una vez más con inefable dulzura en el, fulgor del Paraíso.

Jesús te mira a ti también así.

Míralo siempre como lo veía tu lejana homónima

y siéntete feliz de este amor suyo.

sencilla, humilde, fiel, como la pobre y pequeña María que has conocido.

Ve adónde ha llegado, a pesar de que fuera una pobre ignorantilla de Israel:

al corazón de Dios.

El Amor se le reveló como se ha revelado a ti

y se hizo docta con la verdadera Sabiduría.

Ten fe, vive en la paz.

No existe miseria alguna que mi Hijo no pueda transformar en riqueza;

no hay soledad alguna que no pueda colmar;

como tampoco hay falta alguna que no pueda borrar.

El pasado no existe, cuando el amor lo anula.

Ni siquiera un pasado horrendo.

¿Temerás tú si no temió Dimas el ladrón?

Ama, ama y no tengas miedo de nada.

Mamá te deja con su bendición.

307 UNA REYERTA PROVINCIAL


307 IMITAR A 307 JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bosrá, sea por la estación del año, sea porque está muy concentrada en sus callejuelas,

se muestra opaca de niebla por la mañana.

Opaca y muy sucia.

Los apóstoles, de regreso de las compras en el mercado, hablan de esto entre sí.

En efecto, la industria hotelera de aquellos tiempos y de estos lugares era tan prehistórica,

que cada huésped tenía que preocuparse de sus abastecimientos.

Se comprende que los dueños no quieren salir perdiendo ni un céntimo;

se limitan a cocinar lo que los clientes llevan (¡Y esperemos que no hurten!).

Al máximo compran para el cliente,

o le venden directamente las provisiones de que tienen reservas,

haciendo de carniceros si hace falta, con los pobres corderos destinados a ser asados.

Esto de comprarle al hospedero no le resulta simpático a Pedro.

Ahora continúa la divergencia de opiniones entre el apóstol y el hospedero;

que tiene una cara muy pícara, 

Que no desaprovecha la ocasión para injuriar al apóstol llamándole “galileo”,

de un modo peyorativo y lleno de desprecio.

Pedro señalando a un cerdito que acaba de degollar el hospedero,

por cuenta de unos clientes que están de paso:,

replica:

–       Yo galileo, tú cerdo;

que lo que eres es un pagano.

En tu fétida posada no me quedaría ni una hora, si fuera dueño de mí.

Ladrón y…

Y aquí añade otro término muy… ilustrativo, que dejo en el tintero.

Se comprende que entre estos de Bosrá y los galileos hay una de esas muchas antagónicas

incompatibilidades regionales y religiosas de que estaba lleno Israel….

Y Palestina.

El hospedero grita más fuerte:

–        Si no fuera porque estás con el Nazareno…

Y porque soy mejor que vuestros repulsivos fariseos, que lo odian sin motivo,

te lavaría el morro con la sangre del cerdo;

así tendrías que largarte de aquí para correr a purificarte.

Pero le tengo respeto a Él, que ciertamente tiene poder.

Y te digo que con todas vuestras historias sois unos pecadores.

Somos mejores nosotros que vosotros.

Nosotros no tendemos emboscadas, ni traicionamos.

Vosotros… ¡Pfff!…

Raza de traidores y granujas,

que no respetáis ni siquiera a los pocos santos que tenéis entre vosotros.

–        ¿A quién, le dices traidores?

¿A nosotros?

¡Ah, vive el Cielo que ahora…!

Pedro está enfurecido y a punto de lanzarse contra el hombre;

Andrés su hermano y Santiago lo sujetan y Simón se pone en medio con Mateo.

Pero, más que esta acción, es la voz de Jesús, que se asoma por una puerta,

y dice:

–       Y ahora tú, Simón, calla.

Y tú, hombre, también.

Lo cual hace deponer la ira.

Los dos gallitos se justifican: 

–        Señor, el hospedero ha sido el primero que ha tirado una puntada y que ha amenazado.

–        Nazareno, el primer ofendido he sido yo.

Yo, él. Él y yo.

Se echan la culpa el uno al otro los dos culpables.

Jesús se acerca serio y sereno.

Y dice: 

–       Tenéis la culpa los dos.

Y tú, Simón, más que él.

Porque tú conoces la doctrina del amor, del perdón, de la mansedumbre;

de la paciencia, de la hermandad.

Tenemos que hacernos respetar como santos, si no queremos que nos traten mal como a galileos.

Y tú, hombre, si te sientes mejor que los demás, bendice a Dios por ello,

y sé digno de ser cada vez mejor.

Y, sobre todo, no ensucies tu alma con acusaciones que no son verdaderas:

mis discípulos ni traicionan ni actúan subrepticiamente.

–         ¿Estás seguro, Nazareno? 

¿Y entonces por qué aquellos cuatro han venido a preguntarme que si habías venido,

que con quién estabas y otras muchas cosas cucas?

Los apóstoles se arremolinan,

olvidando que al hacerlo se acercan a uno que está embadurnado de sangre de cerdo,

lo cual, antes, sobrecogidos, los mantenía distantes.

Y exclaman: 

–        ¡Qué!

–       ¡Qué!

–       ¿Quiénes son?

–       ¿Dónde están?

Con el carisma de profecía, el Espíritu Santo hace una advertencia a Jesús, de lo que está por suceder…

Y… 

A través de la Oración y con el Don de profecía ACTIVO

Jesús ordena: 

–        Id vosotros a vuestras ocupaciones.

Tú puedes quedarte, Alejandro Misax.ce 

Los apóstoles van a la habitación de la que había salido Jesús.

En el patio sólo se quedan: uno frente al otro, Jesús y el hospedero;

a unos pasos de Jesús, el mercader, observando la escena con asombro.

Jesús pregunta: 

–        Responde, hombre, con sinceridad.

Y perdona si la sangre ha enfurecido la lengua de un discípulo mío.

¿Quiénes son esos cuatro y qué han dicho?

El hospedero replica: 

–         No sé concretamente quiénes son.

Eso sí, escribas y fariseos de la otra parte.

No sé quién los ha traído aquí.

No los he visto jamás.

Pero están bien al corriente de Tí.

Saben de dónde vienes, a dónde vas, con quién vas.

De todas formas, si venían a mí es porque querían asegurarse.

No. Seré un granuja, pero sé mi oficio.

No conozco a nadie, no veo nada, no sé nada…

Para los demás, claro, porque para mí sé todo.

Pero, ¿Por qué voy a tener que decir a otros lo que sé?

Y menos todavía a los hipócritas.

¿Granuja?, sí.

Si fuera menester, ayudaría incluso a unos ladrones.

Total, ya lo sabes…

Pero no sabría robarte, o tratar de robarte, a ti la libertad, el honor o la vida.

Y ésos -dejaría de ser Fara de Tolomeo, si no fuera verdad lo que digo-,

ésos te acechan para causarte un mal.

¿Y quién los envía?

¿Uno de Perea o de la Decápolis?

¿Uno de la Traconítida, de la Gaulanítida o

de la Auranítida?

No, que nosotros o no te conocemos o, si te conocemos, te respetamos como a un justo,

si es que no creemos en ti como santo.

¿Entonces, quién los ha enviado?

Como instrumento de Satanás, Judas ha comenzado su caída inexorable…

Uno de la parte tuya, y quizás uno de tus amigos;

porque saben demasiadas cosas…

Alejandro Mixace dice: 

–        Saber de mi caravana es fácil… 

–        No, mercader, no de ti;

de otros que van con Jesús.

Yo no sé, ni quiero saber; no veo, ni quiero ver.

De todas formas, te digo: si ves que eres responsable, repara;

si ves que te están traicionando, toma las medidas oportunas.  

Jesús trata de disculpar a quién sabe que está detrás de esta intriga: 

–        No se trata de culpa, hombre, ni de traición;

lo único que sucede es que Israel no me comprende.

Pero… ¿Y tú, cómo tienes noticias de Mí?

–        Por un joven.

Un calavera que daba que hablar en Bosrá y en Arbela;

aquí porque venía a consumar sus pecados, allí porque deshonraba a su familia.

Luego se convirtió, se hizo más honesto que un justo.

Ahora se ha unido a tus discípulos, se ha hecho discípulo también él.

Y te espera en Arbela, con sus padres, para rendirte honor.

Y va diciendo a todos que le cambiaste el corazón por las oraciones de su madre.

Felipe de Jacob tendrá el mérito, si esta región se santifica, de haber sido su santificador;

Y si en Bosrá hay alguien que cree en Tí, es por él.

–        ¿Dónde están ahora estos escribas que han venido?

–         No lo sé.

Se marcharon porque les dije que no tenía sitio para ellos.

Lo tenía, pero no he querido dar hospedaje a las serpientes junto a la paloma.

Se habrán quedado, ciertamente, por los alrededores.

Ten cuidado.

–        Gracias.

¿Cómo te llamas?

–        Fara.

He cumplido con mi deber.

Acuérdate de mí.

–        Sí, y tú de Dios.

Y perdona a mi Simón.

Algunas veces le ciega el gran amor que me tiene.

–        Nada malo.

Yo también le he ofendido…

Pero la verdad es que hace daño cuando a uno lo insultan.

Tú no insultas…

Jesús suspira..

Y dice:

–         ¿Quieres ayudar al Nazareno?

–        Si está en mi mano…

–        Me gustaría predicar en este patio…

–        Te dejo que hables.

¿Cuándo?

–        Entre la sexta y la nona.

–        Ve tranquilo a donde quieras.

Bosrá sabrá que predicas.

Yo me encargo de ello.

–        Dios te lo pague.

Y Jesús le dirige una sonrisa que ya en sí es paga.

Luego se encamina hacia la habitación donde estaba antes.

Alejandro Misax dice:

–        Maestro, sonríeme igual a mí…

Yo también voy a decir a la gente que venga a oír hablar a la Bondad.

Conozco a muchas personas.

Adiós.

–        Que Dios te retribuya a ti también 

Y Jesús le sonríe.

Entra en la habitación.

Las mujeres están alrededor de María, que tiene expresión de pena.

la cual se levanta enseguida y va hacia su Hijo.

No dice nada, mas todo en ella es una pregunta.

Jesús le sonríe.

Y le responde diciendo a todos:

–       Estad libres para la hora sexta.

Hablaré a muchos aquí.

Mientras tanto, idos todos, menos Simón Pedro, Juan y Hermasteo;

anunciadme y dad muchas limosnas.

Los apóstoles se marchan.

Pedro se acerca lentamente a Jesús, que está con las mujeres,

y pregunta:

–        ¿Por qué no voy yo también?

Jesús responde: 

–        Cuando uno es demasiado impulsivo se queda en casa.

¡Simón, Simón!

¿Cuándo vas a aprender a dirigir tu caridad al prójimo?

Actualmente es una llama encendida, pero toda para Mí;

es una lámina recta y rígida, pero sólo para Mí.

Sé manso, Simón de Jonás.

–        Tienes razón, Señor.

Ya me ha regañado tu Madre, como sabe hacerlo Ella, sin hacer daño.

Hasta lo más hondo ha penetrado en mí.

Pero… regáñame también Tú;

pero… luego no me mires con tanta tristeza.

–        Sé bueno.

Sé bueno…

Síntica, quiero hablarte aparte. Sube a la terraza.

Ven tú también, Madre mía…

Y por la rústica terraza que cubre un ala del edificio, con el tibio sol que caldea el aire,

Jesús, paseando lentamente entre María y la griega,

dice:

–        Mañana nos separaremos durante un tiempo.

Cerca de Arbela, las mujeres, con Juan de Endor, iréis hacia el mar de Galilea

y proseguiréis juntos hasta Nazaret.

Pero, para no mandaros solas con un hombre casi imposibilitado,

os acompañarán también mis hermanos y Simón Pedro.

Presiento discrepancias por esta separación.

Pero la obediencia es la virtud del justo.

Pasando por las tierras que Cusa vigila en nombre de Herodes;

Juana podrá disponer de escolta para el resto del camino.

Entonces dejaréis partir a los hijos de Alfeo y a Simón Pedro.

Y si te he pedido que subieras aquí era para esto:

quiero decirte, Síntica, que he decidido que estés un período en casa de mi Madre.

Ella ya sabe.

Contigo estarán Juan de Endor y Margziam.

Estad allí con amor, formándoos cada vez más en la Sabiduría.

Quiero que cuides mucho del pobre Juan.

A mi Madre no se lo digo porque no necesita consejos.

Tú puedes comprenderlo y sufrir con él;

y él puede hacerte mucho bien porque es un experto maestro.

Después iré Yo. ¡Pronto!

Nos veremos con frecuencia.

Espero encontrarte cada vez más sabia en la Verdad.

Te bendigo, Síntica, en particular; éste es mi adiós a ti por esta vez.

En Nazaret encontrarás amor y odio, como en todas partes;

pero en mi casa encontrarás paz, siempre. 

Síntica responde: 

–         Nazaret no se ocupará de mí ni yo de ella.

Viviré alimentándome de la Verdad y el mundo no significará nada para mí,Señor».

–        Bien.

Puedes marcharte, Síntica.

Y, por ahora, guarda silencio.  

–         Sí, Señor mío.  

Y Síntica se retira dejándolos solos al Hijo con la mamá. 

Jesús dice: 

–        Madre, tú sabes…

Te confío estas perlas mías predilectas.

Mientras gozamos de paz nosotros,

Mamá, haz que tu Jesús encuentre fuerza en tus caricias

María exclama: 

–         ¡Cuánto odio, Hijo mío!

–        ¡Cuánto amor!

–        ¡Cuánta amargura, mi querido Jesús!

–        ¡Cuánta dulzura!

–        ¡Cuánta incomprensión, Hijito mío!

–        ¡Cuánta comprensión, Mamá!

–        ¡Tesoro mío! ¡Mi querido Hijo!

–        ¡Mamá!

¡Alegría de Dios y mía!

¡Mamá!».

Se besan y luego se quedan juntos,

sentados en el banco de piedra que recorre el antepecho de la terraza:

Jesús abrazando, protector y amoroso, a su Madre;

Ella apoyando en el hombro de su Hijo la cabeza, las manos en su mano: beatíficos…

El mundo está muy lejos…

Sepultado bajo olas de amor y fidelidad…

304 PECADO, FE Y MILAGROS


304 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La caravana sale del vasto patio de Alejandro.

Ordenada como para un desfile militar.

Cierran la marcha Jesús y todos los suyos.

Los camellos caminan meciendo con su rítmico paso su pesada carga.

Y las cabezas, sobre los arqueados cuellos, a cada paso parecen preguntar: « ¿Por qué? ¿Por qué?»,

con un movimiento mudo pero típico, como el de las palomas, que a cada paso parecen decir

: «Sí, sí» a todo lo que ven.

Tiene que atravesar la ciudad la caravana; lo hace en un nítido ambiente matutino.

Todos van arrebozados, porque hace fresco.

Los cascabeles de los camellos, el crrr crrr de los camelleros, la voz estridente de un camello

que prefiere el inactivo establo,

advierten a los gerasenos de la marcha de Jesús.

La noticia se extiende rápida como el relámpago, y unos gerasenos vienen a despedirlo

y a traerle ofrendas de fruta y otros alimentos.

Corre también un hombre con un niñito enfermo.,

Y le suplica:

–        ¡Bendícelo para que se cure!

¡Ten piedad!

Jesús bendice alzando la mano,

y añade:

–         Ve seguro. Ten fe.

El hombre responde un «sí» tan lleno de confianza,

que una mujer pregunta:

–       ¿Curarías a mi marido, que está enfermo de úlceras en los ojos?

–        Si sois capaces de creer, sí.

–        Entonces voy por él.

Espérame, Señor.

Y más que echarse a correr, vuela como una golondrina.

¡Esperar! ¡Parece fácil!

Los camellos siguen adelante.

Alejandro, que va a la cabeza de la columna, no sabe de las exigencias de los que van atrás.

La única solución es mandarle un aviso.  

Jesús dice:

–        Corre, Margziam.

Ve a decir al mercader que se pare antes de salir de las murallas».   

Y Margziam sale corriendo raudo para cumplir su misión.

La caravana se detiene.

El mercader retrocede hacia Jesús,

preguntando:

–        ¿Qué pasa?  

Jesús responde:

–        Quédate aquí y verás.

Pronto regresa la mujer de Gerasa con su marido enfermo de los ojos.

¡Decía úlceras!:  y son dos huras de podredumbre abiertas en medio de la cara.

Los ojos se ven allí en el centro, enturbiados, enrojecidos, semiciegos,

en medio de una resudación de repugnantes lágrimas.

En cuanto el hombre levanta la venda oscura que protege de la luz,

el lagrimeo aumenta porque la luz aumenta el dolor de los ojos enfermos.

El hombre gime:

–         ¡Piedad!

¡Sufro mucho! 

Jesús advierte con compasión:

        También has pecado mucho.

¿De eso no te quejas?

¿Sólo te afliges de poder perder la pobre vista del mundo?

¿No sabes nada de Dios? ¿No te da miedo una oscuridad eterna?

¿Por qué has pecado?

El hombre se echa a llorar y agacha la cabeza, sin decir nada.

Su mujer también llora y gime, 

diciendo:

–        Yo he perdonado…

–        También Yo perdonaré, si me jura aquí que no volverá a caer en su pecado.

–        ¡Sí, sí! Perdón.

Ahora sé lo que el pecado trae consigo. Perdón.

Como la mujer, perdóname.

Tú eres el Bueno.

–        Te perdono.

Ve a aquel riachuelo, lávate en el agua la cara y quedarás curado.

La mujer advierte afligida:

–         El agua fría lo empeora, Señor

Pero el hombre no piensa sino en ir al riachuelo.

Y va… a ciegas hasta que el apóstol Juan, compasivo, lo toma de la mano y lo guía;

Juan solo, hasta que la mujer sujeta al hombre de la otra mano;

el cual desciende hasta el límite del agua gélida, que borbota entre las piedras.

Se agacha, toma el agua con los cuencos de las manos unidas y se lava una y otra vez la cara….

No da señales de dolor.

Es más, da la impresión de que lo que está haciendo le alivia.

Luego, con la cara todavía mojada, remonta el margen del riachuelo y vuelve donde Jesús,

que le pregunta:

–        ¿Y bien? ¿Estás curado?

–        No, Señor.

Por ahora no.

Pero Tú lo has dicho y yo quedaré curado.

–        Permanece, entonces, en tu esperanza.

Adiós.

La mujer se derrumba llorando…

Está desilusionada.

Jesús hace una señal al mercader de que se puede continuar.

Y éste, también desilusionado, hace pasar la voz.

Los camellos reanudan la marcha con ese movimiento suyo como de una barca que alzara

y bajara la proa y el tajamar contra la ola, salen fuera de las murallas;

toman el amplio y polvoriento camino de caravanas que se extiende en dirección sudoeste.

Ya la última pareja del grupo apostólico que son Juan de Endor y Simón Zelote;

ha sobrepasado en unos veinte metros los muros, cuando un grito corta el aire silencioso:

Parece llenar de sí el mundo, se repite, cada vez más alto, jubiloso, laudatorio:

–        ¡Veo! ¡Jesús!

¡Bendito mío! ¡Veo! ¡Veo!

¡He creído! ¡Veo!

¡Jesús, Jesús! ¡Bendito mío! –

Y el hombre, cuya cara ha recuperado completamente la salud y cuyos ojos han vuelto a ser

bonitos -dos carbunclos llenos de luz y vida-, hiende las filas apostólicas

para caer a los pies de Jesús.

Y acaba casi debajo de las patas del camello del mercader, que apenas si tiene tiempo

de apartar al animal del hombre prosternado.

El hombre besa el manto de Jesús

mientras repite:

–        ¡He creído!

¡He creído y veo!

¡Bendito mío!  

Jesús le dice:

–        Levántate y vive feliz.

Y, sobre todo, sé bueno.

Di a tu mujer que sepa creer completamente.

Adiós.

Jesús se libera de los brazos del curado y reanuda la marcha.

E1 mercader se acaricia la barba pensativo…

Termina preguntando:

–        ¿Y si no hubiera sabido seguir creyendo después de la desilusión del lavado?

–        Se hubiera quedado como estaba.

–        ¿Por qué exiges tanta fe para hacer un milagro?

–        Porque la fe testifica la presencia de esperanza en Dios y amor a Dios.

–        ¿Y por qué has exigido antes el arrepentimiento?

–         Porque el arrepentimiento hace a Dios amigo.

–        Yo, que no tengo enfermedades,

¿Qué tendría que hacer para testificar que tengo fe?

–       Allegarte a la Verdad.

–       ¿Y podría ir a la Verdad sin la amistad de Dios?

–        No podrías hacerlo sin la bondad de Dios.

El Señor permite que quien -todavía sin arrepentimiento- lo busque, lo encuentre;

porque el arrepentimiento generalmente llega cuando el hombre, conscientemente o con un

mínimo atisbo de conciencia de lo que su alma quiere, conoce a Dios.

Antes de esto es como un idiota guiado sólo por el instinto.

¿No has sentido nunca la necesidad de creer?

–       Muchas veces.

Lo que pasaba es que no me sentía satisfecho de lo que tenía.

Sentía que había otra realidad, más fuerte que el dinero y que los hijos, mi esperanza…

Pero a la hora de la verdad no me preocupaba de tratar de saber aquello mismo, que buscaba sin saberlo.

–        Tu alma buscaba a Dios.

La bondad de Dios ha permitido que encontraras a Dios.

El arrepentimiento de tu yerto pasado lejos de Dios te dará la amistad con Dios.

–        Entonces, para…

Para obtener el milagro de ver con el alma la Verdad,

¿Tendría que arrepentirme de mi pasado?

–        Ciertamente.

Arrepentirte y decidirte a un completo cambio de vida…

El hombre vuelve a acariciarse la barba.

Tanto fija su mirada, que parece como si estuviera estudiando y contando

los pelos del cuello del camello.

Sin querer, golpea con el talón al animal,

que interpreta el golpe como una incitación a acelerar

el paso, de forma que acelera y va adelante con el mercader, hacia la cabeza de la caravana.

Jesús no lo detiene.

Al contrario, Él mismo se para, dejándose adelantar por las mujeres y los apóstoles,

hasta que llegan Simón Zelote y Juan de Endor.

Jesús se une a éstos,

Y les pregunta:

-¿De qué habláis? 

Simón responde:

–        Hablábamos del desconsuelo que debe sentir quien no cree en nada.

O quien pierde la fe que tenía.

Ayer Síntica estaba verdaderamente angustiada, a pesar de haber pasado a una fe perfecta 

Juan de Endor agrega:

–        Yo le decía a Simón que, si es penoso pasar del Bien al Mal;

también es desconcertante pasar del Mal al Bien.

En el primer caso, uno se siente torturado por la recriminación de su conciencia;

en el segundo, uno se siente… acongojado…

Como debe sentirse quien se encuentra transportado a un país extranjero, absolutamente desconocido…

O es la zozobra de quien, siendo un mísero y un inculto, se viera puesto en medio de una

Corte regia, entre doctos y nobles.

Es un sufrimiento…

Yo lo conozco…

Mucho sufrimiento…

Uno no es capaz de creer que sea verdad, que pueda durar…

Que se pueda merecer…

Especialmente cuando se tiene manchada el alma… como estaba la mía…

Jesús pregunta:

–        ¿Y ahora, Juan? 

El rostro extenuado de Juan de Endor,  extenuado y triste,

se ilumina con una sonrisa que lo hace menos macilento.

Dice:

–         Ahora no.

Queda la gratitud; es más, aumenta la gratitud hacia el Señor, que ha querido esto.

Queda el recuerdo del pasado para mantenerme humilde.

Pero hay seguridad.

Me siento aclimatado.

Ya no me siento extranjero en este dulce mundo tuyo de perdón y de amor.

Me he tranquilizado.

Estoy sereno, feliz.

–       ¿Juzgas buena tu experiencia?

–        Sí.

Si no fuera porque me duele haber pecado, porque con mi pecado he entristecido a Dios,

diría que siento que mi pasado ha estado bien; me puede servir mucho para sostener a almas

que son voluntariosas pero se sienten desconcertadas en los primeros momentos de su nueva fe.

Jesús dice a Simón Zelote:

–        Simón, ve a decir al muchacho que no salte tanto, que esta noche estará agotado.

Simón mira a Jesús, pero comprende la verdad de la orden.

Sonríe inteligentemente y se marcha,

dejando así solos a los dos.

–        Ahora que estamos solos, Juan, escucha este deseo mío.

Tú, por muchas razones, tienes una amplitud de juicio y pensamiento que ningún otro de mis

seguidores tiene.

Y tienes una cultura más vasta que la común entre los israelitas.

Por eso, te ruego que me ayudes…  

Juan de Endor pregunta:

–        ¿Yo ayudarte a Tí?

¿En qué?

–        Para Síntica.

¡Tú eres un magnífico pedagogo!

Margziam contigo aprende pronto y bien.

Tanto es así, que tengo intención de dejaros juntos unos meses, porque quiero en Margziam

un conocimiento más amplio que el del pequeño mundo de Israel.

Para ti ocuparte de él es motivo de alegría; también a mí me da alegría el veros juntos,

tú enseñando, él aprendiendo, tú rejuveneciéndote, él madurando mientras está ocupado.

Pero tendrás que ocuparte también de Síntica, como de una hermana desorientada.

Tú lo has dicho: es sentirse desconcertados…

Ayúdala a aclimatarse en mi ambiente.

¿Me haces este favor?

–       ¡Pero, mi Señor, si para mí es gracia hacerlo!

No me acercaba a ella porque tenía la impresión de ser yo una persona superflua.

Pero, si Tú lo quieres…

Ella lee mis volúmenes: los hay sagrados y solamente cultos:

libros de Roma y de Atenas.

Veo que consulta y medita.

Pero nunca me había entrometido a ayudarla.

Si Tú lo quieres…

–        Sí, lo quiero.

Quiero veros amigos.

Ella también, como Margziam y tú, estará en Nazaret un tiempo.

Será bonito.

Mi Madre y tú, maestros de dos almas que se abren a Dios.

Mi Madre: la angélica Maestra de la Ciencia de Dios;

tú: el experto maestro del humano saber,

que ahora puedes explicar con referencias sobrenaturales.

Será bonito y bueno.

–       ¡Sí, mi bendito Señor!

¡Demasiado bonito para el pobre Juan!…

T el hombre sonríe ante el pensamiento de estos  próximos días de paz junto a María, en la casa de Jesús…

301 FUNDACIÓN DEL REINO


301 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

¡Creía El que no lo conocían!

Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro,

encuentra ya personas que lo están esperando.

Jesús sale sólo con los apóstoles.

Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.

La gente lo saluda y lo rodea.

Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios

y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado

por la ciudad unos días antes.

Jesús escucha benignamente todas estas cosas, mientras anda por esta ciudad,

que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres:

albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando

piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso;

carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.

Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín

que pasa exactamente por el centro de la ciudad.

 Las casas aquí están alineadas a ambos lados;

con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río.

Luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel,

siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste,

pero ambos están más altos que el centro de la ciudad,

dividido en dos por el  pequeño curso de agua.

Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús

Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al  observador.

Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas

enteramente verdes.

Hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta, que en el horizonte muestra

una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol

matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta

ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan

con el fasto de una pincelada de oro.

Jesús observa.

La gente de Gerasa lo mira.

Jesús se los conquista diciendo:

–         Esta ciudad es muy bonita.

Hacedla bonita también en justicia y santidad.

Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura.

Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos.

Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.

La ciudad es como la hacen sus habitantes.

Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas;

pero quien hace la ciudad son los ciudadanos.

La ciudad en sí misma no peca.

No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.

Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas,

en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo.

Se dice de una ciudad facciosa y cruel:

“Es una ciudad pésima”.

Pero está mal dicho.

No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos.

Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa

individual, que se llama “ciudad”.

Escuchad.

Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son,

¿Podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir.

De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos

y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio,

¿Se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida?

No se puede decir.

¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.

Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra

ciudad una cosa grande.

lo lograréis, porque todos queréis lo mismo

y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin.

Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:

“No, mejor es extenderse hacia el occidente”,

y otro partido:

“De ninguna manera.

Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura”,

Y un tercero: “Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro,

cerca del arroyo”,

¿Qué sucedería?

Pues que se pararían los trabajos ya empezados;

quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí

se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo.

Y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las

diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no?

Decís que es así, y es como decís.

Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad,

y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda

en bienestar de quienes la componen.

Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos,

de los miembros de la misma patria; o la pequeña y amada sociedad de la familia.

Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.

Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma.

Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue 

viviendo, eternamente.

Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma;

era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo,

constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados

serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición.

Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.

E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de

la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus.

La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí,

pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno:

de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas.

Y la Humanidad se dividió en sus voluntades,

como una ciudad dividida por partidos contrarios.

Actuando así, encontró su ruina.

En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios,

con la ayuda de Belcebú: “Todo reino dividido en sí mismo caerá”.

En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.

Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado,

he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos.

Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él.

¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose,

liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las

posesiones que además de ser espirituales son corporales,

ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales!

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos,

convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor,

instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder

y de que Dios está conmigo.

Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo.

Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos,

limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta

en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios

está conmigo y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que

el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido,

porque ésta es la hora de su fundación.

¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones?

Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto. 

Y sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida.

287 EL REGRESO DE LOS 72


287 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En el largo crepúsculo de un sereno día de Octubre, regresan los setenta y dos discípulos

con Elías, José y Leví.

Cansados, llenos de polvo…

¡Pero, qué dichosos!

Dichosos los tres pastores por poder ya servir libremente al Maestro;

dichosos también de estar -después de tantos años de separación- unidos a sus compañeros de antaño;

dichosos los setenta y dos, por haber desarrollado bien su primera misión:

los rostros resplandecen más que las lamparillas que iluminan las cabañas

construidas para este numeroso grupo de peregrinos.

En el centro está la cabaña de Jesús.

Dentro de ella, María con Margziam, que le ayuda a preparar la cena;

alrededor, las cabañas de los apóstoles.

En la de Santiago y Judas está María de Alfeo;

en la de Juan y Santiago, María Salomé con su marido;

en la que esta pegando a esta última, Susana con su marido,

que no es ni apóstol ni discípulo…

Oficial, pero que debe haber hecho valer su derecho de estar allí,

sobre la base de haber concedido a su mujer ser toda de Jesús.

Luego, alrededor, las de los discípulos, quién con familia, quién sin ella;

los que están solos -los más- se han agregado a uno o más compañeros.

Juan de Endor ha tomado consigo al solitario Hermasteo,

pero ha tratado de acercarse lo más posible a la cabaña de Jesús;

así es que Margziam va a menudo donde él, a llevar esto o aquello,

o a alegrarle con sus palabras de niño inteligente y feliz de estar con Jesús, María y Pedro,

y además en una fiesta.

Terminada la cena, Jesús se encamina hacia las laderas del monte de los Olivos.

Los discípulos le siguen en masa.

Aislados del runrún y la multitud, después de orar en común,

informan a Jesús más ampliamente de cuanto no han podido hacerlo antes

en medio de unos que iban y otros que venían.

Se revelan asombrados y contentos, mientras dicen:

–       ¿Sabes, Maestro, que por la fuerza de tu Nombre,

hemos dominado no sólo las enfermedades sino incluso a los demonios?

¡Qué cosa, Maestro!

¡Nosotros, nosotros, unos pobres hombres, por el simple hecho de que nos habías enviado Tú

podíamos liberar al hombre del espantoso poder de un demonio!…

y narran muchos casos, sucedidos en uno u otro lugar.

Sólo de uno dicen:

–       Sus familiares, para más exactitud su madre y unos vecinos,

lo trajeron a la fuerza a nuestra presencia.

Pero el demonio se burló de nosotros diciendo:

“He vuelto aquí por voluntad suya, después de que Jesús Nazareno me había expulsado,

y ya no me vuelvo a marchar de él, porque me ama más a mí que a vuestro Maestro

y me ha buscado de nuevo”.

Y, de repente, con una fuerza irresistible, arrancó al hombre de las manos del que lo sujetaba

y lo arrojó por una escarpada.

Corrimos a ver si se había reventado

Qué va, hombre!

Corría como una joven gacela, profiriendo blasfemias y palabras burlescas

que ciertamente no eran de este mundo…

Sentimos compasión de la madre…

¡Pero él! ¡Pero él! ¿Pero puede hacer eso el demonio?

Jesús dice afligido:

–       Eso y más todavía.

–       Quizás si hubieras estado Tú…

–       No.

A ese hombre le había dicho: “Ve y no quieras volver a caer en tu pecado”.

Ha querido.

Era consciente de querer el Mal y ha querido.

Está perdido.

El que sufre posesión por su primitiva ignorancia es distinto del que se deja poseer

sabiendo que, haciéndolo, se vende de nuevo al demonio.

No habléis de él.

Es un miembro amputado sin esperanza.

Es un voluntario del Mal.

Alabemos, más bien, al Señor por las victorias que os ha dado.

Yo sé el nombre del culpable y los nombres de los salvados.

Veía a Satanás caer del Cielo como un rayo por vuestro mérito unido a mi Nombre.

Porque he visto también vuestros sacrificios, vuestras oraciones,

el amor con que ibais a los desdichados para cumplir lo que Yo había indicado.

Habéis obrado con amor y Dios os ha bendecido.

Otros harán lo mismo que hacéis vosotros, pero sin amor,

y no obtendrán conversiones…

Mas no os alegréis por haber dominado a los espíritus,

alegraos porque vuestros nombres están escritos en el Cielo.

No los borréis jamás de allí…

–      Maestro,

¿Cuándo vendrán esos que no van a obtener conversiones?

¿Quizás cuando ya no estés con nosotros? 

–       No, Agapo.

En todo tiempo.

–        Es decir, ¿Incluso mientras nos adoctrinas y nos amas?

–        Sí.

Amaros, os amaré siempre, aunque estéis lejos de mí.

Mi amor llegará siempre a vosotros y lo sentiréis.

–        ¡Es verdad!

Yo lo sentí una tarde que estaba preocupado por no saber qué responder

a las preguntas de uno.

Ya estaba para marcharme avergonzado.

Pero me acordé de tus palabras:

“No temáis. En su momento se os darán las palabras que habréis de decir”,

te invoqué con mi espíritu.

Dije: “Sin duda Jesús me ama, así que pido el auxilio de su amor”

y me vino el amor…

Como un fuego, una luz… una fuerza…

El hombre estaba frente a mí, y me observaba y sonreía maliciosamente con ironía,

haciendo guiños a sus amigos;

se sentía seguro de vencer la disputa.

Abrí mi boca y fue como un torrente de palabras que salía con gozo de mi necia boca.

Maestro, ¿Viniste realmente o fue una ilusión?

No lo sé.

Sé que, al final, el hombre – y era un escriba- se ha arrojado a mi cuello diciéndome:

“Bienaventurado tú y quien te ha conducido a esta sabiduría”.

Me pareció una persona deseosa de buscarte. ¿Vendrá?

–       La idea del hombre es lábil como palabra escrita en el agua,

su voluntad se mueve cual ala de golondrina que revolotea en busca de la última comida del día.

De todas formas, ora por él…

Y… sí, fui a ti.

Y como tú, me tuvieron también Matías y Timoneo, Juan de Endor, Simón, Samuel y Jonás.

Quién advirtió mi presencia, quién no la advirtió; pero he estado con vosotros,

y estaré con quien me sirva en amor y verdad, hasta el final de los siglos.

–       Maestro, no nos has dicho todavía si entre los presentes habrá personas sin amor…

–       No es necesario saberlo.

Sería falta de amor por mi parte, indisponeros hacia un compañero que no sabe amar.

–       ¿Pero hay?

Esto sí lo puedes decir…

–        Hay.

El amor es la cosa más sencilla, dulce e infrecuente que hay;

no siempre arraiga, aunque haya sido sembrado.

–        Pero, si no te amamos nosotros,

¿Quién te puede amar?

Casi hay indignación en los apóstoles y discípulos, que se alborotan, descontentos,

por la sospecha y el dolor.

Jesús baja los párpados.

Y con sus ojos cela también su mirada para que no señale a nadie.

Eso sí, hace su gesto de resignación, el gesto dulce y triste de sus manos,

que se abren con las palmas hacia arriba;

su gesto de resignada confesión, de resignada constatación,

y dice:

–        Así debería ser.

Pero no es así.

Muchos todavía no se conocen.

Pero Yo sí los conozco y siento compasión de ellos.

Pedro pregunta:

–        ¡Oh!

¡Maestro, Maestro!

¿No seré yo, eh? 

Mientras se pega literalmente a Jesús, aplastando al pobre Margziam entre sí y el Maestro.

Y echa sus brazos cortos y robustos a los hombros de Jesús.

Y lo agarra y lo menea, enloquecido por el terror de ser uno que no ama a Jesús.

Jesús abre sus ojos, luminosos a pesar de estar tristes.

Y mira el rostro interrogativo y aterrorizado de Pedro,

y le dice:

–        No, Simón de Jonás, tú no eres;

tú sabes amar y sabrás amar cada vez más;

tú eres mi Piedra, Simón de Jonás,

una buena piedra, sobre la cual apoyaré las cosas que más quiero.

y estoy seguro de que las sostendrás imperturbable.

–       ¿Y entonces?,

–       ¿Yo?,

–       ¿Yo?

Las preguntas se repiten de boca en boca, como el eco.

–        ¡Calma!

¡Calma! Estad tranquilos y esforzaos en poseer todos el amor.

–        Pero, de nosotros,

¿Quién sabe amar más?

Jesús extiende su mirada (una caricia sonriente) a todos…

luego baja su mirada y la posa en Margziam, que sigue apretado entre Él y Pedro,

y apartando un poco a Pedro y poniendo al niño de cara a la pequeña muchedumbre,

dice:

–        Éste es el que más sabe amar de vosotros.

El niño.

No os acongojéis, de todas formas,

los que tenéis ya barba en la cara e hilos canos en los cabellos.

Todo el que renace en Mí se hace “un niño”.

¡Marchaos en paz!

Alabad a Dios, que os ha llamado,

porque verdaderamente veis con vuestros ojos los prodigios el Señor.

Bienaventurados los que vean lo que vosotros veis.

Porque os digo que muchos profetas y reyes anhelaron ver lo que vosotros veis y no lo vieron,

y muchos patriarcas habrían querido saber lo que vosotros sabéis y no lo supieron,

y muchos justos habrían querido escuchar lo que vosotros oís y no pudieron escucharlo.

Mas, de ahora en adelante, los que me amen sabrán todo.

–       ¿Y después, cuando te vayas, como dices?

–       Después hablaréis vosotros por mí.

Y luego…

¡Oh, las grandes formaciones, no por número sino por gracia,

de los que verán, sabrán y escucharán lo que vosotros ahora veis, sabéis y oís!

¡Oh, las grandes, amadas formaciones de mis “pequeños-grandes”!

¡Ojos eternos, mentes eternas, oídos eternos!

¿Cómo explicaros a vosotros que estáis en torno a mí lo que será este eterno vivir

-más que eterno, sin medida- de los que me amarán y por mí serán amados

Nacimiento del Estado de Israel 14 de mayo de 1948

hasta el punto de abolir el tiempo, y serán los “ciudadanos de Israel”

aunque vivan cuando ya Israel no sea sino un recuerdo de nación-,

los contemporáneos de Jesús vivo en Israel?

Estarán conmigo, en Mí,

hasta el punto de conocer lo que el tiempo ha borrado y la soberbia ha confundido.

¿Qué nombre les daré?

Vosotros apóstoles, vosotros discípulos, los creyentes serán llamados “cristianos”.

¿Y éstos? ¿Qué nombre tendrán éstos?

Un nombre conocido solamente en el Cielo.

¿Qué premio tendrán ya en la Tierra? Mi beso, mi voz, el calor de mi carne.

Todo, todo, todo Yo mismo. Yo, ellos. Ellos, Yo.

20. y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios que me amó y se entregó a sí mismo por mí. GÁLATAS 2

¡La comunión total…

Podéis iros.

Yo me quedo aquí a deleitar mi espíritu en la contemplación de mis futuros conocedores

y amantes absolutos.

La paz sea con vosotros.

282 PARÁBOLA DEL RICO NECIO


249 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en una de las colinas de la ribera occidental del lago

Ante sus ojos se muestran las ciudades o los pueblos diseminados por las riberas de una u otra orilla;

pero, exactamente debajo de la colina, están Magdala y Tiberíades:

la primera, con su barrio de lujo, lleno de jardines,

separado netamente de las pobres casas de los pescadores, campesinos y gente humilde,

por un pequeño torrente que ahora está completamente seco;

la otra, espléndida en todas sus partes, es una ciudad que ignora todo lo que sea miseria y decadencia;

ríe, bonita y nueva, bajo el sol, frente al lago.

Entre ambas ciudades, las huertas, pocas pero bien cuidadas, de la breve llanura,

y luego la ascensión de los olivos a la conquista de las colinas.

A espaldas de Jesús, desde esta cima, se ve el paso de forma de silla de montar del monte de las Bienaventuranzas,

por cuya base discurre el camino de primer orden que va desde el Mediterráneo hasta Tiberíades.

Quizás por esta cercanía de un camino principal muy transitado,

Jesús ha elegido esta localidad a la que las personas pueden llegar desde muchas ciudades del lago

o de la zona interna de Galilea,

y desde la cual, cuando anochece, es fácil volver a las propias casas

o hallar alojamiento en muchos pueblos.

Y la temperatura es moderada, debido a la altura y a los árboles agrestes que en la cima han sustituido a los olivos.

Efectivamente, hay mucha gente además de los apóstoles y discípulos.

Gente que tiene necesidad de Jesús para la salud, para pedir consejos;

gente que ha venido por curiosidad; gente traída por amigos o que ha venido por espíritu de imitación.

En fin, mucha gente.

Las jornadas, que ya no son caniculares sino que tienden a las enervadas gracias del otoño,

invitan más que nunca a peregrinar en busca del Maestro.

Jesús ha curado ya a los enfermos y ha dirigido su palabra a la gente.

Ha hablado ciertamente sobre el tema de las riquezas adquiridas con injusticia,

sobre el desapego de la riqueza, requerido en todos para ganarse el Cielo,

indispensable en quien quiere ser discípulo suyo.

Ahora está respondiendo a las preguntas de algunos discípulos ricos, que están un poco  turbados por estas cosas.

El escriba Juan dice:

–        ¿Entonces debo destruir lo que tengo, despojando a los míos de lo suyo?

Jesús responde:

–        No.

Dios te ha dado unos bienes.

Haz que sirvan a la Justicia y sírvete de ellos con justicia.

O sea, socorre con esos bienes a tu familia: es un deber;

trata con humanidad a los siervos: es caridad;

favorece a los pobres;

ofrece tu ayuda para aliviar las necesidades de los discípulos pobres.

Obrando así, tus riquezas no te serán motivo de tropiezo; antes bien, te servirán de ayuda.

Luego, dirigiéndose a todos, dice:

–        En verdad os digo que puede correr el mismo riesgo de perder el Cielo,

por amor a las riquezas hasta el más pobre de mis discípulos, sacerdote mío,

si falta a la justicia haciendo pactos con el rico.

El rico y malvado intentará muchas veces seduciros con donativos para teneros de su parte

y para que consintáis su modo de vivir y su pecado.

Y habrá ministros míos que cedan a la tentación de los donativos.

No debe ser así

Aprended del Bautista.

Poseía, sin ser ni juez ni magistrado, la perfección de ambos indicada por el Deuteronomio:

“No harás acepción de personas, no aceptarás donativos, que ciegan los ojos de los prudentes

y alteran las palabras de los justos”.

Demasiadas veces el hombre deja embotar el filo de la espada de la justicia, con el oro que un pecador extiende encima.

No, no debe ser así.

Sabed ser pobres, sabed saber morir,

pero no pactéis nunca con el pecado; ni siquiera con la disculpa de usar el oro en pro de los pobres.

Es oro maldito, no les acarrearía ningún bien; es oro de pacto infame.

Sois constituidos discípulos para ser maestros, médicos y redentores.

¿Qué seríais si os hicierais aprobadores del mal por interés?

Maestros de mala ciencia, médicos que quitan la vida al enfermo,

cooperadores en la ruina de los corazones, en vez de redentores.

Uno de entre la multitud se abre paso,

y dice:

–        No soy discípulo, pero te admiro.

Responde, pues, a esta pregunta: ¿Puede uno retener el dinero de otro?

–         No, hombre;

es hurto, igual que quitarle la bolsa a un viandante.

–       ¿También cuando es dinero de la familia?

–        También.

No es justo que una persona se apropie del dinero de la comunidad.

–        Entonces, Maestro…

Ven a Abelmaín, en el camino de Damasco.

Manda a mi hermano que reparta conmigo la herencia de nuestro padre,

muerto sin haber dejado escrita palabra alguna.

Se ha quedado con toda.

Considera, además, que somos gemelos, nacidos de un primer y único parto.

Tengo, pues, los mismos derechos que él.

Jesús lo mira y dice:

–        Es una triste situación.

Está claro que tu hermano no se está comportando bien.

De todas formas, lo único que puedo hacer es orar por ti.

Y más aún, por él, para que se convierta.

Y puedo ir a tu ciudad a evangelizar y así tocar su corazón.

No me pesa el camino, si puedo poner paz entre vosotros.

El hombre salta encolerizado:

–        ¿Y para qué me sirven tus palabras?

¡Mucho más que palabras hace falta en este caso!

–        Pero no me has dicho que le ordene a tu hermano que…

–        Mandar no es evangelizar.

La orden siempre va unida a una amenaza.

Amenázalo con hacerle algún mal a su físico, si no me da lo mío.

Puedes hacerlo.

De la misma forma que devuelves la salud, puedes inducir la enfermedad.

–         Hombre, he venido a convertir, no a herir.

Si tienes fe en mis palabras hallarás paz.

–       ¿Qué palabras?

–        Te he dicho que oraré por ti y por tu hermano, para consuelo tuyo y conversión suya.

–        ¡Cuentos! ¡Cuentos!

No soy tan simplón como para creer en ellos.

Ven y ordena.

Jesús, cuya actitud era mansa y paciente, adquiere un aspecto majestuoso y severo.

Se yergue -antes estaba un poco curvado hacia este hombre bajo, corpulento y encendido de ira,

Y dice:

–        ¿Hombre, ¿Quién me ha constituido juez y árbitro entre vosotros?

Ninguno.

De todas formas, para zanjar una división entre dos hermanos, había aceptado ir,

para ejercer mi misión de pacificador y redentor.

Si hubieras creído en mis palabras, al regreso a Abelmaín habrías encontrado ya convertido a tu hermano.

No sabes creer.

Y no se te dará e1 milagro.

Si hubieras podido ser el primero en hacerte con el tesoro, te habrías quedado con él

y le habrías dejado sin nada a tu hermano;

porque en verdad, de la misma forma que habéis nacido gemelos,

tenéis gemelas las pasiones.

Y tanto tú como tu hermano tenéis un solo amor: el oro, una sola fe: el oro.

Quédate, pues, con tu fe.

Adiós.

El hombre se marcha maldiciendo a Jesús, con escándalo de todos, que querrían darle un escarmiento.

Pero El se opone.

Dice:

–        Dejad que se marche.

¿Por qué queréis mancharos las manos pegando a un hombre brutal?

Yo perdono porque está poseído por el demonio del oro que lo pervierte.

Perdonad también vosotros.

Oremos más bien por este infeliz,

para que vuelva a ser un hombre de alma adornada de libertad.

–        Es cierto.

Su avaricia le ha puesto incluso una cara horrenda.

–        ¿Has visto?

Se preguntan unos a otros los discípulos y la gente que estaba cerca del avaro.

–        ¡Es verdad!

        ¡Es verdad!

–        No parecía el mismo de antes.

–        Sí.

Y luego, cuando ha rechazado al Maestro y que casi le ha pegado mientras lo maldecía,

su cara era de demonio.

–        Un demonio tentador.

Estaba tentando al Maestro a la maldad.  

Jesús dice:

–      Escuchad

Verdaderamente las alteraciones del alma se reflejan en la cara

Es como si el demonio aflorase a la superficie de la persona poseída.

Pocos son los que son demonios y no dejan ver eso que en realidad son,

con hechos o  con el aspecto.

Y estos pocos son los perfectos en el mal,

los perfectamente poseídos.

Por el contrario, el rostro del justo es siempre hermoso, aunque físicamente sea deforme,

por una belleza sobrenatural que se expande de dentro hacia afuera;

siendo así que -y no es una forma de hablar, sino cosas reales- observamos en quien no está

contaminado de vicios, una frescura incluso en su carne.

El alma está en nosotros y nos abraza por completo.  

Y el hedor de un alma corrompida corrompe también el cuerpo,

JUDAS CON POSESIÓN DIABÓLICA PERFECTA (este actor se le parece un poco, porque el apóstol era  más hermoso)

Esto NO es lenguaje figurado…

La misericordia de Dios nos protege de muchas cosas y la maldad REAL que nos rodea,

ABBA no permite que la veamos porque no lo soportaríamos.

Pero para los que ya están entrenando sus sentidos espirituales,

PREPÁRENSE

porque todas las películas de muertos vivientes se quedan cortas.  Los leprosos espirituales por la lujuria, se ven más o menos así y éste está guapo...  

y si los racistas pudieran verse como en realidad SON,

desearían tener la belleza de lo que más odian, porque no sólo se ven asquerosos, 

su HEDOR es insoportable.  

El cuerpo físico se lo van a comer los gusanos;

el CUERPO ESPIRITUAL

Cuerpo, alma y espíritu que están unidos en el cerebro y sus funciones son coordinadas por las neuronas…

es el que debemos  ejercitar SIN CESAR,

para ser aceptables un poco a nosotros mismos…

Porque cuando admiramos por primera vez a nuestro ángel custodio

y aspiramos su perfume celestial,

tenemos un ligero bosquejo de la majestuosa Belleza divina de Jesús…

Hasta que lo conocemos bien…

Y constatamos cada vez más, nuestra patética miseria…

el MARTIRIO ES EL ÚNICO QUE NOS DEVUELVE,

la perfección con que Dios nos creó…

“SU DIOS ES MI DIOS” Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

Y nos abre inmediatamente el Cielo…

mientras que el perfume de un alma pura preserva.

El alma corrompida impulsa a la carne a pecados obscenos.

Y éstos avejentan y deforman;

el alma pura impulsa a la carne a una vida pura.

Y ello conserva la lozanía y comunica majestuosidad.

Haced que en vosotros permanezca la juventud pura del espíritu.

Pentecostés: el Bautismo de Fuego, con el Poder del Espíritu Santo

O que resucite si la perdisteis.

Y estad atentos a guardaros de todo apetito desenfrenado,

tanto de sensualidad como de poder.

La vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posee; 

ni ésta ni mucho menos la otra, la eterna.

Depende de su forma de vivir.

Y, con la vida, la felicidad en esta tierra y en el Cielo.

Porque el vicioso no se siente nunca feliz, realmente feliz;

pero el virtuoso siempre, con una felicidad celeste, aunque sea pobre y esté solo.

Ni siquiera la muerte impresiona al virtuoso, porque no siente culpas ni remordimientos,

que le hagan temer el encuentro con Dios.

Ni añoranzas de lo que deja en esta tierra.

Él sabe que en el Cielo está su tesoro, de forma que, como quien va a recibir la herencia

que le corresponde -herencia santa además-, se encamina dichoso y diligente al encuentro

de la muerte, que le abre las puertas de aquel Reino en que está su tesoro.

Empezad inmediatamente a acumular vuestro tesoro.

Ya desde la juventud los que sois jóvenes.

Trabajad  incansablemente, vosotros ancianos, que por la edad tenéis más cercana la muerte;

y, puesto que la muerte es plazo ignorado.

Y frecuentemente sucede que fallece antes el niño que el anciano,

no aplacéis el trabajo de haceros un tesoro de virtudes y buenas obras en la otra vida,

para que no os llegue la muerte sin que hayáis acumulado un tesoro de méritos en el Cielo.

Hay muchos que dicen:

“¡Soy joven y fuerte!

Por ahora gozaré en la tierra. Más adelante me convertiré”.

¡Gran error! 

Escuchad esta parábola.

Un hombre rico había obtenido mucho fruto de sus campos.

Verdaderamente una cosecha portentosa.

Entonces se puso a contemplar, dichoso,

toda esta exuberancia que se acumulaba en sus campos y en sus eras

y que no cabía en los graneros;

tanto que ocupaba improvisados cobertizos y hasta habitaciones de la casa.

Y dijo: “He trabajado como un esclavo, pero la tierra no me ha defraudado.

He trabajado por diez cosechas.

Ahora quiero descansar otros tantos años. 

¿Cómo haré para dejar bien acondicionada toda esta recolección?

No quiero vender una parte, porque me auto-obligaría a  trabajar,

para cosechar otra vez el año que viene.

Ya sé: voy a derruir mis graneros y voy a hacer otros más grandes,

de forma que quepa todo lo cosechado y todos mis bienes;

luego diré a mi alma:

“¡Oh, alma mía, tienes acumulados bienes para muchos años.

Descansa, pues. Come, bebe, goza”‘.

Éste, como muchos, confundía el cuerpo con el alma, mezclaba lo sagrado con lo profano;

porque la verdad es que en las comilonas y el ocio el alma no goza antes bien, languidece.

Éste también, como muchos tras la primera buena cosecha en los campos del bien,

se paraba, pareciéndole que había hecho todo.

¿No sabéis que cuando se pone la mano en el arado es necesario perseverar,

uno, diez, cien años,

todo lo que dure la vida, porque detenerse es delito hacia uno mismo?

Efectivamente, uno se niega una gloria mayor.

¿Y no sabéis que es retroceder?

En efecto, quien se detiene,

“El fruto del silencio, es la Oración. El fruto de la Oración, es la FE; el fruto de la Fe, es el Amor; el fruto del Amor, es el Servicio y el fruto del Servicio, es la Paz.” Teresa de Calcuta

generalmente no sólo no sigue adelante, sino que se vuelve para atrás.

El tesoro del Cielo tiene que aumentar año tras año para ser bueno

porque, si es cierto que la Misericordia será benigna con quien tuvo pocos años para atesorar,

cierto es también que no será cómplice de los perezosos que, disponiendo de larga vida, hacen poco.

Es un tesoro en continuo aumento.

Si no, deja de ser fructífero para hacerse pasivo.

Y ello va en detrimento de una inmediata paz del Cielo.

Dios dijo al necio:

“Hombre necio, que confundes el cuerpo y los bienes de la tierra con lo que es espíritu

y de una gracia de Dios te procuras un daño:

has de saber que esta misma noche se te pedirá el alma y te será arrebatada.

y el cuerpo yacerá inerte.

¿De quién va a ser cuanto has preparado?

¿Podrás llevártelo contigo? No.

Dejarás la tierra y vendrás a mi presencia desnudo de terrenas recolecciones

y de obras espirituales, y serás pobre en la otra vida.

Mejor hubiera sido para ti hacer con tus cosechas Obras de Misericordia para el prójimo

y para ti mismo, pues siendo misericordioso con los demás lo hubieras sido también con tu alma.

Y, en vez de nutrir pensamientos ociosos, cultivar actividades que te hubieran acarreado un 

honesto provecho para tu cuerpo y grandes méritos para tu alma, hasta que Yo te hubiera llamado”.

Y el hombre murió durante la noche y fue severamente juzgado
En verdad os digo que esto es lo que le sucede a quien atesora para sí

y no se enriquece ante los ojos de Dios.

Ahora marchaos.

Y haced tesoro con la doctrina que se os da.

La paz sea con vosotros.

Jesús bendice y se retira con apóstoles y discípulos a una espesura del bosque

para comer y descansar.

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271 EVANGELIZAR CON OBRAS


271 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y llevando al niño en medio entre Él y Mannaém, reanuda su camino.

Caminan ligeros por la campiña hacia Cafarnaúm

Durante el trayecto van hablando sobre la importancia de la Caridad.

Llegan a Cafarnaúm.

Los apóstoles ya han llegado.   

Después de la disputa con los fariseos ha comenzado ya la vigilia del sábado.

Y todos se han reunido en la terraza, a la sombra del emparrado,

donde cuentan a Mateo que todavía no está curado,

sus aventuras en sus respectivas misiones evangelizadoras.

Al oír el leve roce de las sandalias contra la pequeña  escalera, se vuelven.

Y ven que la cabeza rubia de Jesús sobresale cada vez más por el antepecho de la terraza.

Corren hacia Él, que viene muy sonriente…

Y se quedan de piedra cuando ven que detrás de Jesús hay un pobre niño.

Seguido por Mannaém, que sube regio y magnífico,

con su esplendorosa túnica de lino blanco.

Más bella de lo que ya de por sí es, ceñida por el valioso cinturón y  el manto rojo fuego,

de lino tan brillante que parece seda y que apenas si descansa sobre los hombros,

sostenido por fíbulas de oro, con rubíes;

para formarle una cauda detrás.

Y que junto con la prenda que cubre su cabeza de lino cendalí,

sujeta con una diadema sutil de oro,

lámina burilada, que divide su amplia frente a la mitad…

Y le hace parecer un rey egipcio.

La presencia majestuosa de Mannaém, evita una avalancha de preguntas;

expresadas de todas formas, muy claramente con los ojos.

Así que, después de los saludos recíprocos, una vez sentados ya al lado de Jesús,

los apóstoles, señalando al niño,

preguntan:

–       ¿Y éste?

Jesús responde:

–      Este es mi última conquista.

Un pequeño José, carpintero, como el que fue mi padre, el gran José;

por tanto, amadísimo mío, como Yo amado suyo.

¿No es verdad, pequeño?

El niño asiente con la cabeza.

Y Jesús lo llama:

–       Ven aquí.

Para presentarte a mis amigos:

Éstos de los que tanto has oído hablar.

Este es Simón Pedro, el hombre más bueno del mundo con los niños;

éste es Juan, un niño grande, que te hablará de Dios incluso jugando;

éste es Santiago su hermano, serio y bueno como un hermano mayor.

Y éste es Andrés, hermano de Simón Pedro:

harás inmediatamente buenas migas con él, porque es manso como un cordero.

Luego, éste es Simón el Zelote:

éste ama tanto a los niños que no tienen padre;

que creo que daría la vuelta al mundo, si no estuviera conmigo, para buscarlos.

Luego, éste es Judas de Simón y sentados junto a él, están:

Felipe de Betsaida y Nathanael.

¿Ves cómo te miran?

Ellos también tienen niños y quieren mucho  a los niños.

Y éstos son mis hermanos Santiago y Judas:

Aman todo lo que Yo amo, por eso mucho te querrán. 

(Los milagros son signos para ayudarnos en nuestro ministerio apostólico …

Señales para disipar dudas e incredulidad…

NO para proporcionarnos comodidades a los corredentores.

Por eso Mateo está incapacitado temporalmente…)

Ahora vamos a acercarnos a Mateo, que tiene muchos dolores en el pie.

Y a pesar de todo, no guarda rencor a los niños que, jugando alocadamente;

le han pegado con una piedra puntiaguda.

¿Verdad Mateo?

El apóstol sonríe y responde: 

–      Así es, Maestro. 

¿Es hijo de la viuda?

–       Sí.

Es un niño estupendo y muy inteligente, pero ahora está muy triste.

Mateo lo acaricia atrayéndolo hacia sí,

mientras dice.

–       ¡Pobre niño!

Voy a hacer que llamen a Santiaguito, para que juegues con él.

Jesús termina la presentación con Tomás,

el cual práctico como es

la completa ofreciéndole al niño un racimo de uvas arrancadas de la pérgola.   

Jesús concluye: 

–        Ahora sois amigos.

Y se sienta.

Mientras tanto, el niño disfruta sus jugosas uvas…

Y responde a Mateo, que lo tiene abrazado a su lado.

Pedro pregunta: 

–       ¿Dónde has estado tan solo, toda la semana?

Jesús dice; 

–       En Corozaín, Simón de Jonás.

–      Sí, lo sé.

¿Pero qué hiciste?

¿Estuviste en la casa de Isaac?

–       Isaac el viejo ha muerto.

–       ¿Y entonces?

–       ¿No te lo ha dicho Mateo?

–       No.

Sólo ha dicho que te habías quedado en Corozaín desde el día de nuestra partida.

–       Mateo es mejor que tú.

Sabe callar y tú no sabes refrenar tu curiosidad.

–       No solo la mía.

La de todos.

–       Pues bien.

Fui a Corozaím a predicar la Caridad con la práctica.

Varios le preguntan al mismo tiempo:

–      ¿La caridad con la práctica?

–      ¿Qué quieres decir? 

–       En Corozaín hay una viuda con cinco hijos y una anciana enferma.

El marido murió de repente cuando estaba trabajando en el banco de carpintero.

Y ha dejado tras de sí miseria y unos trabajos inacabados.

Corozaín no ha sabido encontrar una migaja de piedad, para con esta familia desdichada.

Fuí a terminar los trabajos y…

–       ¡¡¿ Queeé ?!!

Se produce un pandemónium:

Quién pregunta, quién protesta, quién regaña a Mateo por haberlo consentido.

Quién manifiesta admiración, quién critica.

Y por desgracia, quienes protestan o critican son la mayoría.

Jesús deja que la borrasca se calme, de la misma forma que se ha formado…

Y por toda respuesta, 

añade:

–      Y pasado mañana regresaré allí

Terminaré un trabajo.

Espero que al menos vosotros comprendáis.

Corozaín es un hueso de fruta cerrado, sin semilla.

Por lo menos vosotros sed huesos de fruta con ella.

Josesito, por favor dame esa nuez que te ha dado Simón.

Y escucha tú también.

¿Veis esta nuez?

La tomo porque no tengo otros huesos de fruta en la mano.

Pero, para entender la parábola, pensad en los núcleos de piñones o palmas.

Pensad en los más duros, por ejemplo: en los de las aceitunas.

Son envolturas clausuradas, sin fisuras;

durísimas, de una madera compacta.

Parecen mágicos cofres que sólo con violencia se pueden abrir.

Pues bien, a pesar de todo, si se echa uno de estos titos al suelo,

sencillamente arrojado  sobre la tierra. 

Y si algún caminante pasando por encima, lo incrusta en la tierra al pisarlo,

lo suficiente para que entre un poco en el suelo,

¿Qué sucede?

Pues que el cofre se abre, echa raíces y hojas.

¿Cómo se produce esto por sí solo?

¿Cómo lo logró?

Nosotros tenemos que emplear el martillo

Pues para conseguir abrirlos, tenemos que golpear mucho con el martillo;

Y sin embargo, sin golpes; el hueso se abrió.

¿Tiene algo mágico esa semilla?

No. Lo que tiene dentro es una pulpa.

¡Oh! ¡Una cosa muy débil respecto a la dura cáscara!

Y con todo, alimenta algo todavía más pequeño: la semilla.

Ésta es la poderosa palanca que fuerza, abre… 

Produce la planta con raíces y hojas, que luego será un árbol con frondas.

Haced la prueba de enterrar unos titos y luego esperad.

Veréis como algunos nacen y otros no.

Extraed de la tierra los que no han nacido.

Abridlos con el martillo.

Veréis como son semillas vacías.

No es pues, la humedad del suelo, ni el calor los que hacen abrir el hueso; sino la pulpa.

Y más: el alma de la pulpa;

el germen, que hinchándose, hace palanca y abre. 

Ésta es la parábola.

Apliquémosla a nosotros mismos.

¿Qué hice que no estuviera bien?

¿Nos hemos entendido tan poco, como para no comprender que la hipocresía es un pecado

y que la palabra es viento, si no es la fuerza de la acción?

¿Acaso no os he dicho siempre: Amaos los unos a los otros’?

El Amor es el precepto de la gloria.

Yo que predico, ¿Puedo faltar a la Caridad?

¿Daros el ejemplo de un Maestro Mentiroso?

¡No! ¡Jamás!

¡Amigos míos!

Nuestro cuerpo es el hueso duro;

en el hueso duro está encerrada la pulpa, el alma;

dentro de ella, el germen que Yo he depositado y que está formado de muchos elementos,

el principal de los cuales es la Caridad.

Es la caridad la que hace de palanca para abrir el hueso

y librar al espíritu de las constricciones de la materia

y restablece su unión con Dios, que es Caridad.

La caridad no se hace sólo de palabras o de dinero.

La caridad se hace sólo con la Caridad.

Y no os parezca un juego de palabras.

Yo no tenía dinero

Las palabras, para este caso, no eran suficientes.

Aquí había siete personas al borde del hambre y la angustia.

La desesperación ya lanzaba sus negras garras para hacer presa y asfixiar.

El mundo se apartaba, duro y egoísta, ante esta desventura;

daba muestras de no haber comprendido las palabras del Maestro.

El Maestro ha evangelizado con las Obras. 

Yo tenía la capacidad y libertad para hacerlo.

Y tenía el deber de amar por el mundo entero a estos míseros, a quienes el mundo desprecia.

He hecho todo esto.

¿Podéis todavía criticarme?

¿O debo ser Yo quien os critique, en presencia de un discípulo que no se acobardó

de meterse entre el aserrín y las virutas, por no abandonar al Maestro?

Y estoy seguro de que se convenció más de Mí,

viéndome inclinado, trabajando sobre la madera;

de lo que se hubiera persuadido viéndome sobre un trono.

O ante la presencia de un niño, que ha experimentado lo que Soy;

no obstante su ignorancia; la desventura que lo oprime…

Y su absoluta falta de conocimiento del Mesías, como Tal…

¿No respondéis?

No os apenéis sólo cuando levanto mi Voz, para corregir ideas equivocadas.

Lo hago por amor.

Si no… Meted en vosotros el germen que santifica y que abre el hueso.

De otro modo, seréis siempre seres inútiles.

Lo que hago debéis hacerlo con prontitud también vosotros…

Ningún trabajo, por amor del prójimo; para llevar a Dios un alma; os debe pesar.

El trabajo, cualquiera que sea; jamás humilla.

Pero sí humillan las acciones bastardas;

la falsedad; las acusaciones mentirosas; las acciones bajas, las denuncias mentirosas,

la crueldad, los abusos, la dureza; las vejaciones; 

la usura, las calumnias, la lujuria.

El Adulterio es el asesino mayor de las almas…

Éstas matan al hombre y con todo; las hacen sin experimentar vergüenza;

aún aquellos que quieren ser llamados perfectos.

Y que ciertamente se han sentido mal al verme trabajar con la sierra y el martillo…

El trabajo, sea cual fuere, no es nunca humillante;

Estas cosas son las que envilecen al hombre,

aunque, a pesar de ello, se lleven a cabo sin sentir vergüenza.

(Me refiero también a quienes quieren considerarse perfectos,

pero que se han escandalizado al verme trabajar con la sierra y el martillo).

¡Oh, el martillo!:

¡Cuán noble será, si se usa para meter clavos en una madera…

Y hacer un objeto que sirva para dar de comer a unos huerfanitos!,

¡Cuán distinta será la condición del martillo, modesta herramienta,

si lo usan mis manos y además con fin santo;

cuánto querrán tenerlo todos aquellos que ahora

¡Oh, hombre!

¡Criatura que deberías ser luz y verdad!

¡Cuán tenebroso y mentiroso eres!

Pero vosotros al menos comprended qué cosa es el bien.

Qué cosa sea la caridad.

Qué la obediencia.

En verdad os digo que los fariseos son muchos y que no faltan entre los que me rodean.

manifestarían a gritos su escándalo por causa de él!

¡Oh, hombre, criatura que deberías ser luz y verdad, cuánto eres tinieblas y mentira! 

.¡Vosotros, al menos vosotros, entended lo que es el bien!

¡Lo que es la caridad, lo que es la obediencia!

En verdad os digo que grande es el número de los fariseos.

Y…