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395 MAREIMONIO Y DIVORCIO


395 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

357  Los fariseos y la cuestión del divorcio.

Es por la mañana.

Una mañana de Marzo.

Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo.

Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo.

Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo

con polvo venido de las zonas del altiplano.

Pedro al salir de la casa con los otros,

sentencia:

–          Si no cambia el viento, esto es agua!

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa.

El dueño acompaña a Jesús.

Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los detiene un suboficial romano que está con otros soldados.

Y le pregunta:

–          ¿Eres Tú Jesús de Nazaret?

Jesús responde:

–          Lo soy.

–          ¿Qué haces?

–          Hablo a las gentes.

–          ¿Dónde?

–           En la plaza.

–            ¿Palabras sediciosas?

–          No.

Preceptos de virtud.

–          ¡Ojo! No mientas.

Roma ya tiene suficientes falsos dioses.

–           Ven tú también.

Verás como no estoy mintiendo.

El hombre que ha alojado a Jesús, siente el deber de intervenir:

–          ¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?

El oficial romano responde:

–          Denuncia de hombre sedicioso.

–         ¿Sedicioso? ¿Él?

¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión!

Éste es el hombre más manso de la Tierra.

Te lo digo yo.

El suboficial se encoge de hombros,

y responde:

–         Mejor para Él.

Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión.

Que vaya si quiere.

Está avisado.

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.

Varios dicen:

–          ¿Pero quién puede haber sido?

–          ¡No lo entiendo!

Jesús responde:

–          Dejad de entender.

No hace falta.

Vamos a la plaza mientras haya muchos.

Luego nos marcharemos también de aquí.

Cuando llegan a ella, es posible notar….

Debe ser una plaza más bien comercial.

No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques

en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos.

Y la gente se aglomera en ellos.

Por tanto, hay mucha gente en la plaza…

Y alguno hace señas de que está Jesús,

de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del «Nazareno».

Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación.

Quién por veneración, quién por curiosidad.

Jesús hace un gesto de querer hablar.

Un romano que sale de un almacén,

dice:

–           ¡Vamos a escucharlo!

Un compañero suyo, le responde:

–          ¿No nos tocará oír alguna lamentación?

–          No lo creas, Constancio.

Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.

Y la Voz de Jesús, resuena como un bronce, llenando todo el lugar…

–          ¡Paz a quien me escucha!

Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras:

«¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido?

¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?».

Un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente,

grita:

–         ¡Detente, Tú que hablas!

–         ¡Nosotros proponemos el tema! – grita

Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano.

Los fariseos están ya frente a Jesús.

Y lo interrogan:

–         ¿Eres Tú el Galileo?

–          ¿Eres Jesús de Nazaret?

–         ¡Lo soy!

–        ¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!

La verdad es que tienen unas caras de tan mala catadura,

que no se ve que estén alegres por el encuentro…

El más viejo habla:

–          Te seguimos desde hace muchos días;

pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.

–          ¿Por qué me seguís?

–           Porque eres el Maestro…

Y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.

–          No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.

Varios dicen:

–          En ella no.

Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido «superposiciones», como Tú dices…

–          En fin… que han proyectado oscuridad.

–          Penumbras, al máximo.

Jesús declara:

–          Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.

–          No todos lo saben hacer.

Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra.

Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.

–          ¿Qué queréis saber?

–           Queríamos saber si le es lícito al hombre, repudiar por un motivo cualquiera a su mujer.

Es una cosa que sucede frecuentemente,

Y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar.

Vienen a nosotros para saber si es lícito.

Y nosotros, según el caso, respondemos.

–          Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos.

Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           Porque sucede así en todas las cosas humanas.

Y agrego a la categoría la tercera clase:

La que – si fuera lícito el divorcio – más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos:

como una lepra incurable, una cadena perpetua, o enfermedades innominables…

–           ¿Entonces para ti nunca es lícito?

–           Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto.

¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer?

Y los creó varón y hembra.

Y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la Creación,

hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación.

Y hubiera sido igualmente bueno, aun siendo distinto de todos los otros naturales.

Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer

y los dos serán una sola carne».

Así pues, Dios los unió en una sola unidad.

No son por tanto, ya «dos» sino «una» sola carne.

Lo que Dios ha unido, porque vio que «es buena cosa»,

no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.

–           ¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo:

«Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos

por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano

y la despedirá de su casa»?

–           Lo dijo por la dureza de vuestro corazón.

Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves.

Por esto os permitió repudiar a vuestras mujeres.

Pero desde el principio no fue así.

Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo

o de las libres circunstancias naturales…

Y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse.

Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros.

Y no es justo pisotearla despiadadamente.

Porque, si bien la condena dice:

«Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará»,

ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre

y digna de respeto.

Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera,

a la carne gemela que se ha unido a la vuestra;

a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad,

mientras que vosotros, ¡Perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos…

Y seguís corrompidos.

Y aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable

que hay en vosotros.

¡Prostituidores de vuestras esposas!

Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.

Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma,

y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre

y no su objeto de placer.

Y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro, que no sepáis elevarla a esposa,

después de haber gozado de ella como una prostituta,

sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión,

podéis despedirla.

Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación.

Y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque son eliminados forzando la naturaleza,

o repudiados como una vergüenza.

En ningún otro caso.

En ningún otro.

Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo

casándoos con ella, si sois libres.

No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara.

Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol.

Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella…

Y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero.

Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar

lo que Dios ha unido;

la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios.

Y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio

Mateo 5, 27-32

y haberla abandonado a los miedos de la vida;

siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan,

si queda viuda del segundo marido.

Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra.

Y haríais doble su adulterio.

¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?

Éstos se van humillados, sin responder.

Un romano dice:

–          Es un hombre severo.

Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo.

También algunos de Gadara se quejan:

–          ¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…

Y algunos, más fuerte,

gritan:

–          ¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!

Y también los apóstoles repiten este razonamiento, mientras toman de nuevo el camino

que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara.

Lo dice Judas con sarcasmo.

Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión.

Y Jesús responde al uno y al otro:

–          No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien.

Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios;

otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos.

Sólo algunos – a los cuales les es concedido – comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad

e incluso de una honesta hambre de mujer.

Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra.

Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.

Hay hombres que nacen así.

A otros los hacen eunucos.

Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos…

son abusos que hay que reprimir.

Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios;

los cuales, sin usar violencia para consigo – por tanto con doble mérito -, saben adherirse

a eso que Dios pide…

Y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos

para el Señor.

Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior,

de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey.

Y en verdad os digo que no son personas mutiladas,

sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.

No son, pues, objeto de necio escarnio;

antes al contrario, de gran veneración.

Comprenda esto quien debe.

Y respete, si puede.

Los apóstoles casados musitan entre sí.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué os pasa?

Bartolomé responde por todos,

diciendo:

–          ¿Y nosotros?

No sabíamos esto y hemos tomado mujer.

Pero nos gustaría ser como Tú dices…

–          Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante.

Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana,

y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios.

Vamos a acelerar el paso.

Para estar en Pel.la antes de la lluvia.

383 SACRAMENTO DE LA CONFESION


383 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y justo mientras se incendian el cielo y el lago por el fuego del ocaso, regresan hacia Cafarnaúm.

Están contentos.

Vienen hablando unos con otros.

Jesús habla poco, pero sonríe.

Hacen la observación de que, si el mensajero hubiera sido más preciso, habrían podido ahorrar camino.

Pero también dicen que la fatiga ha merecido la pena, porque un grupo de hijos de tierna edad,

ha recuperado a su padre sano,

cuando ya se estaba enfriando por la cercana muerte.

Y también porque ya no están sin un mínimo de dinero.  

Jesús dice:

–        Ya os había dicho que el Padre proveería a todo. 

Felipe pregunta:

–        ¿Y es un antiguo amante de María de Magdala?

Tomás responde:

          Parece…

Según lo que nos han dicho…   

Tadeo pregunta:

–        ¿A ti, Señor, que te dijo el hombre?

Jesús sonríe evasivamente.  

Mateo afirma:

–         Yo lo he visto más de una vez con ella, cuando iba a Tiberíades con amigos.

Esto es cierto. 

Santiago de Alfeo, insiste: 

-¡      Dínoslo hermano, condesciende a nuestra pregunta!…

La posesión demoníaca perfecta, tiene una arrogancia que se siente superior a los demás Y NO RECONOCE; pues no sólo admite señalando los pecados en los demás…

¡El hombre te pidió sólo la salud o también ser perdonado?

Con mucho desdén hacia Santiago,

Judas pregunta:

–        ¡Qué pregunta más sin sentido!

¿Pero cuándo el Señor no exige arrepentimiento para conceder una gracia?   

Tadeo lo defiende:

–         Mi hermano no ha dicho una estupidez.

Jesús cura o libera y luego dice: «Ve y no peques más»

Judas replica:

–        Porque ve ya el arrepentimiento en los corazones. 

 –        En los endemoniados no hay arrepentimiento ni voluntad de ser liberados.

Lo cual lo ha demostrado, no sólo uno.

Recuerda todos los casos y verás que huían o arremetían como enemigos;

o por lo menos intentaban una o la otra cosa.

Y si no lo llevaban a cabo era sólo porque se lo impedían sus parientes..    – concluye Judas Tadeo.

Simón Zelote añade: 

–         Y por el poder de Jesús.

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes….

Judas: 

–         Pero en ese caso Jesús tiene en cuenta la voluntad de los parientes,

que representan la voluntad del endemoniado.

El cual, si no estuviera impedido por el demonio, desearía la liberación. 

Santiago de Zebedeo. exclama:

 –        ¡Cuántas sutilezas!

¿Y para los pecadores entonces?

Me da la impresión de que usas la misma fórmula, aunque no sean endemoniados.   

Mateo dice:

–         A mí me dijo: «Sígueme» 

Y no le había dicho todavía ni una palabra respecto a mi estado».    

Judas, que quiere tener siempre razón, a toda costa.

le responde:

–         Pero te la veía en el corazón.

Pedro dice: 

–        ¡Bueno, bien!

Pero ese hombre, que según la opinión general era un gran lujurioso y un gran pecador;

no endemoniado, ni poseído;

porque un demonio, con los pecados que tenía ese hombre, lo debía tener por maestro…

si no incluso por amo, moribundo, etc. etc.,

En definitiva. ¿Qué te ha pedido?

Estamos paseando por las nubes, me parece…

Hemos regresado a la primera pregunta.  .

Jesús condesciende a su deseo,

respondiendo:

–         Ese hombre ha querido estar solo conmigo, para poder hablar con libertad.-   

Lo primero que ha expuesto no ha sido su estado de salud…

Sino el de su espíritu.

Ha dicho: «Estoy muriendo, pero no cuanto he hecho creer a los demás para poderte tener pronto.

Necesito tu perdón para sanar.

Pero me basta tu perdón.

Si no me curas, me resignaré.

Lo he merecido.

Lo que te pido es que salves mi alma»

Y me ha confesado sus muchos pecados. 

Una nauseante cadena de pecados…

Jesús dice esto, pero su rostro resplandece de alegría.

Bartolomé observa:

–         ¿Y sonríes, Maestro?

¡Me sorprende!

–         Sí, Nathanael

Sonrío. Porque esos pecados ya no existen.

Y porque junto con los pecados, he sabido el nombre de la redentora.

En este caso el apóstol ha sido una mujer.   

Varios exclaman simultáneamente:

–        ¡Tu Madre! 

Otros:

–         ¡Juana de Cusa!

–        Si él iba a menudo a Tiberíades, quizás la conoce.

Jesús mueve la cabeza, negando.

Le preguntan:

–           ¿Entonces quién?

–         María de Lázaro – responde Jesús.

–         ¿Ha venido aquí?

¿Por qué sin que la viéramos ninguno de nosotros?

–         No ha venido.

Ha escrito a su antiguo compañero de pecado.

He leído las cartas.

Todas suplican lo mismo: escucharla, redimirse como ella se ha redimido, seguirla en el Bien como la

había seguido en el pecado.

Y con palabras conmovedoras y llenas de lágrimas, esas cartas le ruegan que alivie el alma de María,

del remordimiento de haber seducido su alma.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y lo ha convertido. 

Tanto, que se había aislado en su campiña para vencer las tentaciones de las ciudades.

La enfermedad, más de remordimiento del alma que física;

ha acabado de prepararlo a la Gracia. Eso es.

¿Estáis contentos ahora?

¿Comprendéis ahora por qué sonrío?

Todos dicen:

–       Sí, Maestro.

Y luego, viendo que Jesús alarga el paso como para aislarse…

Se ponen a conversar en tono bajo entre sí…

Están a la vista de Cafarnaúm cuando, en la confluencia del camino que han recorrido ellos ,

con el que bordea el lago viniendo de Magdala, se cruzan con los discípulos, que han venido a pie,

evangelizando desde Tiberíades.

Todos, menos Margziam, los pastores y Mannahém; 

que han ido desde Nazaret hacia Jerusalén con las mujeres.

Los discípulos han aumentado, por algunos que se han unido a ellos de retorno de la misión.

Y que traen consigo nuevos prosélitos de la doctrina cristiana.

Jesús los saluda dulcemente.

Pero enseguida se vuelve a aislar en una meditación y oración profundas,

unos pasos más adelante que ellos.

(Esto es ORAR en medio del mundo)

Los apóstoles por su parte, se unen al grupo de los discípulos, especialmente con los más influyentes;

o sea, Esteban, Hermas, el sacerdote Juan, Juan el escriba, Timoneo, José de Emaús,

Hermasteo el filisteo, que al parecer vuela en el camino de la perfección),

Abel de Belén de Galilea, cuya madre va al final del nutrido grupo con otras; mujeres.

De esta manera, discípulos y apóstoles se intercambian preguntas y respuestas sobre las cosas acaecidas

desde que se dejaron. 

Así, se habla de la curación y conversión de hoy

y del milagro del estáter en la boca del pez…

Esto, por las causas que lo han originado,

suscita grandes comentarios, que se propagan de fila en fila, cual fuego aplicado a pajas secas..

359 UN MILAGRO ANUNCIADO


359 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

335 La falsa amistad de Ismael ben Fabí, y el hidrópico curado en sábado.

Jesús va caminando rápidamente por una vía de primer orden que el viento frío,

de una mañana de invierno barre y endurece los campos, aquende y allende

la vía, apenas presentan una tímida pelusa de gramíneas que ya brotan,

en un velo de verde en que hay una promesa de futuro pan…

Pero una promesa que apenas si ha sido pensada.

Los surcos umbrosos carecen todavía de este verde bendito;

sólo los que están en lugares más soleados tienen ese verdear, tan leve

y ya tan festivo; porque habla de próxima primavera.

Los árboles frutales están todavía desnudos;

ni siquiera una yema se hincha en sus oscuras ramas.

Sólo los olivos presentan su eterno pardo verde,  triste tanto bajo el sol de Agosto

como bajo este claror de reciente mañana invernal.

Y como ellos, también tienen verde – un verde pastoso de cerámicas acabadas de

pintar – las carnosas hojas de las cactáceas.

Jesús camina, como sucede a menudo, dos o tres pasos más adelante que los discípulos.

Van todos bien tapados con sus mantos de lana.

Llegando a un punto, Jesús se detiene, se vuelve,

y pregunta a los discípulos:

–          ¿Conocéis bien el camino?

Alguien contesta.

–          El camino es éste.

Pero… ¿La casa?…

No se sabe, porque está en el interior…

Quizás allí, donde aquella mata de olivos…

–       No.

Debe estar allá al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…

–         Debería haber un camino para carros…

En definitiva, no saben nada con precisión.

No se ven personas, ni por la vía ni por los campos.

Van sin rumbo definido, hacia adelante, buscando el camino.

Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos cultivados alrededor.

Una niña saca agua de un pozo.

Jesús dice:

–           Paz a ti, niña.

Mientras se detiene en el limen del seto, que tiene una abertura para quien va o viene.

–        Paz a ti. ¿Qué quieres?

–        Una información.

¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?

–      Vas mal por aquí, Señor.

Tienes que volver a la bifurcación….

Y tomar el camino que va hacia donde se pone el sol.

Pero tienes que caminar  mucho, mucho.

Porque tienes que regresar allí, a la bifurcación.

Y caminar mucho.

¿Has comido?

Hace frío y se siente más con el estómago vacío.

Entra, si quieres.

Somos pobres.

Pero tú tampoco eres rico.

Te puedes adaptar. Ven.

Y llama con voz aguda:

–          ¡Mamá!

Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco años.

Su cara es honesta, aunque un poco triste.

Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo.

Y dice:

–          Entra.

El fuego está encendido.

Voy a darte leche y pan.

Jesús responde:

–          No vengo sólo.

Tengo conmigo a estos amigos.

–          Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos,

mis huéspedes.

Entran en una cocina baja y oscura alegrada por un fuego vivo.

Se sientan acá o allá en rústicos arquibancos.

Ella dice:

–          Ahora os preparo…

Es pronto…

No he puesto en orden nada todavía… Perdonad.

Jesús pregunta:

–          ¿Vives sola?

–          Tengo marido e hijos. Siete.

Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím.

Tienen que ir ellos, porque mi marido está enfermo.

¡Qué pena!…

Las niñas me ayudan.

Este es el más pequeño.

Pero tengo otro muy poco mayor que él.

El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús.

Y lo mira con curiosidad.

Jesús le sonríe.

Ya son amigos.

El niño  pregunta con confianza:

–           ¿Quién eres?

–           Soy Jesús.

La mujer se vuelve y lo mira atentamente.

Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa.

Abre la boca para hablar, pero calla.

El niño continúa:

–        ¿A dónde vas?

–        Voy por los caminos del mundo.

–        ¿Para qué?

–        Para bendecir a los niños buenos y a sus casas; donde hay fidelidad a la Ley.

La mujer hace otra vez un gesto.

Luego hace una seña a Judas de Keriot, que es el que está más cerca de ella.

Judas se inclina hacia la mujer.

Y ésta pregunta:

–       ¿Pero quién es tu amigo?

Y Judas, todo presumido;

parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad:

Le responde:

–        Es el Rabí de Galilea,

Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?

–       ¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!…

Pero… ¿Podría hablarle?

–       Puedes.

Judas lo concede, como si fuera una persona importante del mundo,

concediendo audiencia…

Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene también Él niños.

Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita, traen leche y avíos de mesa;

la mujer se acerca a Jesús.

Un momento de pausa…

Y luego con un grito ahogado:

–      ¡Jesús, piedad de mi marido!

Jesús se levanta.

La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad;

que ella recobra la seguridad

Jesús pregunta.

–       ¿Qué quieres que haga?

Ella explica:

–        Está muy enfermo.

Hinchado como un odre.

No puede ya agacharse y trabajar.

No puede descansar porque se ahoga.

Se agita…

Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…

–      ¿Quieres que lo cure?

¿Pero, por qué lo quieres de Mí?

Ella lo mira con seguridad y dice:

–        Porque Tú eres Tú.

No te conocía, pero había oído hablar de Ti.

La fortuna te ha conducido a mi casa,

después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná.

Dos veces estaba también mi marido.

Ir en carro le hace sufrir mucho.

Y no obstante, te buscaba…

Está también fuera ahora, con su hermano…

Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades;

iba hacia Cesárea de Filipo.

Ha ido allí a esperarte…

–      No he ido a Cesárea.

Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…

Ella lo interroga.

–       ¿Tú, que eres bueno, donde Ismael.

–       Sí. ¿Por qué?

–       Porque… porque…

Señor, sé que dices que no hay que juzgar…

Que hay que perdonar y que tenemos que amarnos.

No te había visto nunca.

Pero he tratado de saber de Ti lo más que podía.

Y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez.

No quiero hacer nada que te desagrade…

Pero, ¿Cómo se puede no juzgar a Ismael y amarlo?

No tengo nada en común con él.

Y por tanto, no tengo nada que perdonarle.

Nos sacudimos las insolencias que nos lanza;

cuando encuentra nuestra pobreza en su camino,

con la misma paciencia con que nos sacudimos el barro y el polvo,

que nos echa cuando pasa rápido con sus carruajes.

Pero amarlo y no juzgarlo…

Es demasiado difícil…

¡Es muy malo!

–        ¿Es muy malo?

¿Con quién?

–        Con todos.

Subyuga a sus siervos, presta con usura…

Y es exigente hasta la crueldad.

Sólo se ama a sí mismo.

Es el más cruel de la comarca.

No lo merece, Señor.

–     Lo sé.

Dices la verdad.

–      ¿Y Tú vas allí?

–       Me ha invitado.

–       Desconfía, Señor.

No lo habrá hecho por amor.

No te puede amar.

Y Tú… no lo puedes amar.

–       Yo amo también a los pecadores, mujer.

He venido para salvar a quien está perdido…

–      Pero a éste no lo salvarás.

¡Oh, perdón por haber juzgado!

Tú eres sabio…

Todo lo que haces está bien hecho.

Perdona a mi necia lengua y no me castigues.

Jesús dice:

–       No te castigo.

Pero no lo vuelvas a hacer.

Ama a los malvados también.

No por su maldad;

sino porque con el amor es como se obtiene para ellos la misericordia

que convierte.

Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía.

Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama

porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley.

Y así has educado a tus hijos.

Dios será tu recompensa.

Yo tengo que ir a casa de Ismael;

que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos,

que me quieren conocer.

No puedo esperar más a tu marido.

Has de saber que está regresando.

Pero, exhórtale a sufrir todavía un poco…

Y dile que venga enseguida a casa de Ismael.

Ven tú también.

Lo curaré.

–     ¡Oh, Señor!…

La mujer está de rodillas a los pies de Jesús y lo mira con sonrisa y llanto.

Luego dice: « ¡Pero hoy es Sábado!…».

–       Lo sé.

Necesito que sea Sábado para decirle a Ismael algo al respecto.

Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error.

Sabedlo todos.

También vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que me comportara

según las conveniencias humanas, para no recibir, de lo contrario, daño.

Os guía el amor. Lo sé.

Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis.

No posponiendo nunca el interés divino al interés de vuestro amado.

Mujer, voy y te espero.

La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley,

se respeta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole,

se ama al prójimo y se busca la Verdad.

Adiós.

Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos mocitas. bendiciéndolas

y luego se inclina para besar a los niños más pequeños.

Y sale.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

 

358 EL JUEGO DE LA NIGROMANCIA


358 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío.

Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver

un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Juan dice:

–        Ahora bien, si Yo por mí mismo ya hubiera seleccionara a quien merece el Milagro,

el Amor, la Palabra de Dios.

y a QUIEN   

NO LA MERECE… 

Podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad,

Para que los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos,

¡Y vaya que gritarían fuerte el día de su Juicio Individual!

“¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!”

Pero esto no podrán decirlo…

O sea, lo dirán mintiendo una vez más.

Y serán juzgados por ello».

Mateo pregunta:

–        ¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo?

–          Eso no lo sé.

No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos.

Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida

no son réprobos, aunque crean en otras religiones.

Pero se lo podemos preguntar.

Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal,

en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

Su hermano Santiago, observa:

–    El Maestro habla mucho contigo.

Y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos.

–        Culpa tuya y vuestra.

Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan,

como si fuera una persona muy necia.

Pero no me importa dar esta imagen.

Me basta con conocer su pensamiento.

Y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío.

Deberíais hacer lo mismo vosotros.

¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué?

¿De ser ignorantes?

¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas?

Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche.

Lo dice siempre…

Y me lo digo siempre, para prepararme a la separación…

Pero siento que significará siempre un gran dolor…

Andrés exclama:

–          ¡No me lo recuerdes!

Y repiten lo mismo los otros.

Y suspiran.

Judas Tadeo pregunta a Santiago.

–          Pero, ¿Cuándo sucederá?

Dice siempre: «Pronto».

Pero «pronto» puede ser dentro de un mes o de años.

Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido…

Santiago de Alfeo palidece visiblemente y agacha la cabeza.

Tadeo pregunta:

–         ¿Qué te pasa, hermano?

Te estás poniendo muy pálido…

–        ¡Nada, nada! Pensaba…

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…

–          ¡Pero si se te saltan las lágrimas!

¿Qué te pasa?…

–         No más que lo que os pasa a vosotros…

Pensaba en cuando estemos solos.

Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo.

Y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Pregunta:

–         ¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando,

como un cormorán en día de tempestad?

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori.

Mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo.

Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen,

hacia la vía principal son Tomás y Judas.

Y varios se preguntan:

–       ¡Atiza!

–        ¡Aquí?

–        ¿Precisamente aquí?

–         ¿Y qué hacen aquí?

–        De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades…

Zelote que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza,

en el corazón de muchos.

dice con prudencia:

–        Quizás venían buscando a los discípulos.

Era su misión.

Mateo aconseja:

–        Vamos a acelerar el paso.

Jesús está solo y parece que nos espera…

Van.

Y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.

Jesús está palidísimo…

Tanto que Juan pregunta:

–        ¿Te encuentras mal?

Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación.

Mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre;

pero que se pone serio mirando al Maestro, tan  manifiestamente cambiado.

Y pregunta solícito:

–          ¿Has estado enfermo?

Jesús responde:

–          No, Tomás.

En absoluto. ¿Y tú?

¿Has estado bien, contento?

–          Yo sí, Señor.

Siempre bien y siempre contento.

Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón.

Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo.

Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo.

He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste.

Luego vino Judas…

Y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo…

Donde había discípulos.

Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco.

Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.

Jesús lo deja.

Y ahora es el turno de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco,

desenvuelto, triunfante.

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás.

Y las palabras que siguen son afectuosas.

Jesús pregunta:

–          ¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte?

¿Está bien esa santa mujer?

Judas responde alegremente:

–          Sí, Maestro.

Y te bendice por haberle enviado a su Judas.

Quería mandarte unos presentes.

Pero, ¿Cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles?

Puedes estar tranquilo, Maestro.

Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente.

La idea se va extendiendo cada vez más.

Yo he querido personalmente,

controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a Ti.

He tratado con saduceos, herodianos…

¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!…

¡Pero, por amor a Ti, haré esto y más!

He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas.

Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a Ti.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal...

No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber.

Y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre.

He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido;

porque merecían rayos y no bendiciones.

Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya.

Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre;

mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos

que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza.

Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas,

para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en una situación

sospechosa ante los que caminan hacia la conversión…

¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!…

Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho:

«Bueno, pues si las cosas están exactamente así…

Pensábamos que estaban de otro modo.

Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…».

Simón Zelote que se ha contenido hasta ese momento, pero no más.

Y está lívido por el esfuerzo hecho.

lo interrumpe:

–          No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros»

–         ¿Y quién ha dicho eso?

¡Todo lo contrario!

José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: «¿Por qué estás tan alterado?»

Le conté todo.

Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo,

Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega.

Porque los has despedido, ¿No es verdad?

Judas lo pregunta mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache,

brillantes hasta la fosforescencia.

Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo,

dice sereno:

–         Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho.

Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

–          ¡Ah!, bueno.

Decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión.

Lo cual significa mucho para nosotros, ¿No es verdad?

¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír!

¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen,

como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad?

¡Y qué examen! Bien.

Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad.

Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos.

O donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega.

He estado con Lázaro, con Mannahém, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur;

en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní;

en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa;

donde Nicodemo, donde José…

–         ¿Pero no lo habías visto ya?

–          Sí.

Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos.

Pero… ya sabes… yo quería asegurarme…

Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él…

Y no creas que sufría por no encontrarlo.

Sería injusto.

Siempre – y Tomás lo puede confirmar – siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado.

Y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía: «¡Alabado sea el Señor!»,

Y decía: «¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!».

Exactamente así. El suspiro de mi alma…

El último lugar fue Esdrelón….

¡Ah, a propósito!

Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó,

desea invitarte a su casa…

Pero yo en tu lugar no iría…

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué?

Iré sin falta.

También Yo deseo verlo.

Es más, iremos enseguida.

En vez de ir a Seforis, vamos a Esdrelón.

Y pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó.

Y de allí a la casa de Ismael».

Judas se opone:

–          ¡No, no, Señor!

¿Por qué? ¿Piensas que te estima?

–          Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío…

¿Por qué no quieres que vaya?

–          No fui a hablar con él…

Estaba él en las tierras y me reconoció.

Pero yo – ¿verdad, Tomás? – quería huir cuando lo vi.

No pude porque me llamó por el nombre.

Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, escriba

o seres semejantes.

No es útil para Ti.

Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos,

ni rencores y dar armas a las críticas…

En la mesa se habla…

Y ellos estudian deslealmente tus palabras.

Pero, volvamos a Juan…

Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria,

me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

–         Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera.

Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos,

se contradice con lo que has dicho antes.

Tú me has defendido…

Eso has hecho, ¿No es verdad?

Has dicho: «He desmontado muchas prevenciones contra Ti».

Has dicho esto, ¿No es verdad?

–          Sí, Maestro.

–         ¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme?

Así que iremos a casa de Ismael.

Y tú, ahora vuelves y vas a avisarle.

Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé.

Nosotros nos detendremos donde los campesinos.

Respecto a Sicaminón, venimos de allí.

Éramos once.

Te aseguramos que Juan no está allí.

Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corozaín,

Belén de Galilea.

Y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para…

Tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural…

Y no obstante, algo debe haber en Él, que turba a Judas…

El cual por un instante, cambia de color.

Jesús lo abraza como para besarlo…

Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas,

le susurra quedo:

–          ¡Desdichado!

¿Qué has hecho de tu alma!

–          Maestro… yo…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

–            ¡Vete!

¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás!

¡Calla!…

Y arrepiéntete si puedes.

Judas…

Cualquier otro hubiera escapado a todo correr. ¡Pero él!…

Dice con desfachatez en alta voz:

–          Gracias, Maestro.

Lo que sí que te rogaría antes de marcharme, serían dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

–          ¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras?

Me han dolido.

–          Porque son la verdad.

Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

–          ¡Ah! ¿Es por la nigromancia?

¡Qué miedo me has hecho pasar! 

¡Una broma! ¡Ha sido sólo un juego!

¡Sólo fue una broma de niño curioso!

Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia.

Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad.

Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder.

Tenías razón. ¡Venga, Maestro!

¡Es tan leve el pecado!…

Grande es tu sabiduría. Pero, ¿Quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

El día que Jesús estuvo una jornada entera intercediendo por él, en la cueva de Yiftael

con La Oración Profunda, el Padre le mostró al Hijo lo que el apóstol indigno,

hacía mientras tanto….

Y por qué el Milagro solicitado, le estaba NEGADO…

Judas con posesión diabólica perfecta… ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

Judas se siente un poco atemorizado, al comprender que el Señorío de Jesús como Dios,

le ha proporcionado el conocimiento…

Y trata de minimizarlo…

–          ¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado?

–          Y me has causado repugnancia. ¡Vete!

Y no digas ni una sola palabra más.

Y Jesús le vuelve la espalda.

Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino.

Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés;

los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso.

Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad

que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad.

Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario,

que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada;

como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros,

que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

326 LA INCREDULIDAD Y EL PECADO


326 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

demandasocial@bienestar.gob.mx.

El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo muy diligentemente,

las telas que ha traído el Zelote.

Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores,

los pedazos de vestidos ya cortados.

Cada cierto tiempo, las mujeres cogen uno para hilvanarlo sobre la mesa.

Así que los hombres se ven arrinconados hacia el inactivo telar;

cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres.

Están también los dos apóstoles Judas Tadeo y Santiago de Alfeo;

los cuales por su parte, observan la intensa labor femenina;

sin hacer preguntas, pero no sin curiosidad.

Los dos primos hablan de sus hermanos, especialmente de Simón,

que los ha acompañado hasta la puerta de Jesús y luego se ha marchado

«porque tiene un niño enfermo» dice Santiago;

para suavizar la cosa y disculpar a su hermano.

Judas se muestra más severo;

dice:

–        Precisamente por eso debía venir.

Pero parece que él también se ha vuelto idiota.

Como todos los nazarenos.

Por lo demás, si se excluyen Alfeo de Sara y los dos discípulos;

que ahora quién sabe dónde están.

Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más y que ha escupido todo lo bueno que tenía;

como si fuera un sabor molesto para esta ciudad nuestra..

Jesús ruega: .

–       No hables así.

No te envenenes el corazón…

No es culpa suya…

–       ¿De quién, entonces?

–       De muchas cosas…

El verdadero culpable es Satanás, que toma la incredulidad para controlar los pensamientos

y con ello, también la mente, el corazón y los sentimientos;

que luego se traducen en obras contrarias a Dios;

Pero esto nadie en Nazareth puede comprenderlo…

Y Jesús no puede decirlo,

porque todavía no desciende el Paráclito con sus Carismas…

No investigues.

De todas formas, no toda Nazaret es enemiga.

Los niños… 

Tadeo continúa implacable:

–       Porque son niños.

–       Las mujeres…

–       Porque son mujeres.

Pero no son ni los niños ni las mujeres quienes afirmarán tu Reino.

–       ¿Por qué, Judas?

Te equivocas.

Los niños de hoy serán precisamente los discípulos de mañana;

los que propagarán el Reino por toda la Tierra.

Y las mujeres…

¿Por qué no lo pueden hacer?

–       Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles;

al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho;

que servirán de ayuda a los discípulos.

–       Un día cambiarás la opinión sobre muchas cosas, hermano mío.

Pero ni siquiera intento convencerte de tu error.

Chocaría contra una mentalidad que te viene de siglos;

de conceptos y prejuicios errados acerca de la mujer.

Lo único que te ruego es que observes, que anotes en ti, las diferencias que ves entre las

discípulas y los discípulos.

Y que observes, fríamente, su adecuación a mis enseñanzas.

Verás cómo empezando por tu madre, que se podría decir que ha sido la primera de las

discípulas en el orden del tiempo y del heroísmo y lo sigue siendo;

haciendo frente con valentía a toda una ciudad que la vitupera por serme fiel;

resistiendo contra las voces de su sangre; que no le ahorra reproches por serme fiel.

Verás cómo las discípulas son mejores que vosotros.

Tadeo concede:

–       Lo reconozco, es verdad.

¿Pero en Nazaret dónde están también las mujeres discípulas?

Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y de Aser y sus hermanas.

Y basta. Demasiado poco.

Querría no volver a Nazareth para no ver todo esto. 

María interviene:

–       ¡Pobrecilla tu madre!

Le darías un gran dolor.  

Santiago apoya:

–       Es verdad.

Tiene muchas esperanzas de lograr conciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros.

Creo que no desea sino esto.

Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos.

Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado;

pero, desde mañana, quiero salir a estar con unos u otros…

Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles…

¿No vamos a evangelizar nuestra ciudad?

Me niego a creer que toda ella sea mala, que no se la puede convertir.

Judas Tadeo no rebate, pero está visiblemente inquieto.

Simón Zelote, que había estado todo el tiempo callado,

interviene:

–       No querría insinuar sospechas.

Pero consentidme que os haga una pregunta para consolar vuestro espíritu.

Ésta:

¿Estáis seguros de que en la actitud de reserva de Nazareth no haya fuerzas externas,

venidas de otros lugares y que aquí operan bien, sobre la base de un elemento que debería,

si se razonara con justicia, dar las mejores garantías de seguridad de que el Maestro

es el Santo de Dios?

El conocimiento de la vida perfecta de Jesús Nazareno, debería facilitar a los nazarenos

el aceptarlo como el Mesías prometido.

Yo más que vosotros y conmigo muchos de mi edad, en Nazareth hemos conocido,

al menos de oídas, a algunos supuestos Mesías.

Y os aseguro que su vida íntima desacreditaba,

las más obstinadas aserciones de mesianidad en ellos.

Roma los ha perseguido ferozmente como a rebeldes.

Pero, aparte de la idea política, que Roma no podía permitir que existiera,

en los lugares de su dominio;

estos falsos Mesías, por muchos motivos privados, habrían merecido castigo.

Nosotros los instigábamos y sosteníamos;

porque nos servían para saciar nuestro espíritu de rebelión contra Roma;

los secundábamos, porque estando embotados, hemos creído,

hasta que el Maestro ha aclarado la verdad.

Y por desgracia, a pesar de esto, todavía no creemos como deberíamos.

O sea, totalmente, hemos creído ver en ellos al «rey» prometido.

Ellos halagaban nuestro espíritu afligido con esperanzas de independencia nacional

y de reconstrucción del reino de Israel.

¡Pero, ay, qué miseria!

¡¿Qué reino, frágil y degenerado, habría sido?!

No. Llamar a esos falsos Mesías reyes de Israel y fundadores del Reino prometido;

era en verdad degradar profundamente la idea mesiánica.

En el Maestro, a la profundidad de su doctrina se une la santidad de vida.

Y Nazareth, como ninguna otra ciudad, la conoce.

No tengo ninguna intención de acusar a los nazarenos de incredulidad, respecto al carácter

sobrenatural de su venida, que ellos ignoran.

¡Pero la vida! ¡Su vida!…

Ahora tanto resentimiento, tanta impenetrable resistencia…

Bueno, mucho más que eso:

Tanta resistencia aumentada.

¿Y el origen de una resistencia tan crecida, no podría estar en maniobras enemigas?

Sabemos cómo son los enemigos de Jesús, sabemos la influencia que tienen.

¿Pensáis que sólo aquí se hayan mantenido inactivos y ausentes;

si en todos los lugares nos han precedido, o se nos han juntado.

O nos han seguido, para destruir la obra de Cristo?

No acuséis a Nazareth como si fuera la única culpable.

Más bien llorad por ella, desviada por los enemigos de Jesús.  

Jesús dice:

–       Muy bien lo has dicho, Simón:  Llorad por ella…

Y está triste.

Juan de Endor observa:

–       También has dicho muy bien eso de que el elemento favorable se transforma en desfavorable,

porque el hombre raramente piensa con justicia.

Aquí el primer obstáculo es el nacimiento humilde, la infancia humilde, la adolescencia humilde,

la juventud humilde de nuestro Jesús.

El hombre olvida que los valores se ocultan bajo apariencias modestas;

mientras que los que no son nada, se camuflan bajo apariencia de grandes seres,

para imponerse a las muchedumbres.

–       Será así…

Pero ello no cambia en nada mi pensamiento acerca de los nazarenos.

Sea cual fuere lo que les hayan dicho, debían saber juzgar por las obras reales del Maestro; 

no por las palabras de unos desconocidos.

Un largo silencio, roto únicamente por el ruido de telas que la Virgen divide en franjas,

para hacer de ellas orlas.

Síntica no ha hablado en todo este tiempo, a pesar de haber estado atentísima.

Conserva siempre esa actitud suya de profundo respeto, de discreción;

que solamente con María o con el niño se hace menos rígida.

Pero ahora el niño se ha dormido, sentado en un taburete justo a los pies de Síntica.

Y con la cabeza apoyada en las rodillas de ella sobre su brazo doblado.

Por eso ella no se mueve…

Y espera a que María le pase las franjas de tela. 

María, inclinándose hacia la carita durmiente,

observa:

–       ¡Qué sueño más inocente!…

¡Está sonriendo!… 

Simón Zelote también sonríe,

y dice:

–       ¿Qué estará soñando? 

Juan de Endor, agrega:

–      Es un niño muy inteligente.

Aprende pronto y pide explicaciones precisas.

Hace preguntas muy agudas y quiere respuestas claras.

Sobre todas las cosas.

Confieso que algunas veces me veo en dificultad para responder.

Son argumentos superiores a su edad.

Y algunas veces, también a mi capacidad de explicarlos.

Síntica añade:

–       ¡Ah, sí!

Como aquel día…

¿Te acuerdas, Juan?

¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día!

¡Y muy ignorantes! –

319 JUICIO DE LOS HIPÓCRITAS


319 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús regresa solamente a Endor.

Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa;

pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno;

puede alojar a los trece peregrinos.

El dueño, un hombre rudo pero bueno;

se apresura a llevar una lámpara, un pequeño cubo de leche espumosa y unos panes muy oscuros.

Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles.

Jesús ofrece el pan y lo distribuye.

A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo,

y cuando tiene sed, bebe directamente de él.

Jesús sólo bebe un poco de leche.

Está serio, silencioso…

Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta,

terminan por darse cuenta de su mutismo.

Andrés es el primero que pregunta:

–        ¿Qué te sucede, Maestro?

Te veo triste o cansado…

Jesús responde:

–        No niego que lo esté.  

Pedro dice:

–       ¿Por qué?

¿Por esos fariseos?

Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos…

¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…!

Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos.

¡Cantan siempre la misma canción!…

La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; 

jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor.

Se termina por no hacer caso. 

Pedro, lo dijo parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

–        Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas mortales.

Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas.

Mateo agrega:

–        ¡Ah, sí!

Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso.

Ya ves cómo te ama el mundo.

Presuroso y lisonjero, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.  

Judas de Keriot  pregunta:

–        ¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma?

Dímelo, Maestro bueno.

¿O es que te han referido mentiras, te han insinuado calumnias, sospechas o qué sé yo…

respecto a nosotros, que te queremos? 

Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas.

Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo,

en medio del círculo de los que están sentados en el heno, dispuesto como bajo asiento en redondel.

Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot.

Y mirándolo, le pregunta:

–        ¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera,

hasta el punto de preocuparme por ellas?

Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan.

Y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador,

en la pupila oscura de Judas.

Quién con mucha seguridad,

pregunta:

–        ¿Qué realidades te turban, entonces? 

–        Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas.

Jesús marca mucho esta palabra.

Todos se agitan:

–        ¿Destronadas?

–        ¿Por qué?

–       ¿Qué quieres decir?

–        Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él.

Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre,

único animal que siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma,

tiene la frente erguida hacia el cielo.

Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados.

Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo.

Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser sólo un animal…

Y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono.

El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo,

sino agachadas hacia el Abismo;

gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás.

¿Queréis saber qué palabra es?

Es la que leo en las frentes.

Está escrito en ellas: «¡Vendido!».

Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás,

en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

Convencido, Pedro dice:

–        ¡Comprendo!

Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos

y que a su vez es siervo de Satanás 

Jesús no rebate.  

Bartolomé observa:

–        Pero, ¿Sabes, Maestro…?

¿Qué esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados?

Al salir se

han chocado conmigo y lo decían…

Has estado muy tajante

Y Jesús replica:

–        Pero muy verdadero.

Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía.

Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte.

Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada;

y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas,

que ahogan la semilla de la Verdad santa.

Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo,

lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado.

Para las almas honestas, es caridad hacerlo.

Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor,

dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos.

Son ciegos, guías de ciegos.

Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa.

Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre «pureza»;

Proverbios 11, 3

ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen.  

Simón Zelote ha estado muy pensativo y con tono reflexivo,

pregunta:

–        Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel…

¿No es verdad?

Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre.

–        Sí – dice escuetamente Jesús.

Pedro, después de un silencio;

porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante,

solicita:

–        Maestro, yo…

Y no sólo yo;

no he comprendido bien la parábola.

Explícanosla un poco.

¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina?

Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio.

Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia.

Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora,

porque del ánfora sale agua pura.

¿Y entonces?

Y Jesús explica:

–        Nosotros no somos ánforas, Simón.

No somos ánforas, amigos.

¡Y en el hombre no todo es puro!

¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia?

Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos.

Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca,

con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar.

Pero, ¿Esa comida a dónde iba?

De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca.

¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido,

pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne;

sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca?

¡No es esto lo que contamina al hombre!

Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo;

aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz.

O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza…

Y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre.

Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones,

los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos.

Del corazón viene el fómite de las distintas acciones;

si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón.

Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras…

Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre;

34. Raza de víboras, ¿Cómo podéis vosotros hablar cosas buenas siendo malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. Mateo 12

no el comer sin lavarse las manos.

La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie;

es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz

para informar de sí a los justos.

No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango…

Id a descansar ahora.

Yo salgo para orar.

318 YO SOY QUIEN SOY


318 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím:

recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas,

Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo.

Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm;

adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.

Pareciera que ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de información tan eficiente;

que los peregrinos que lo buscan lo pueden encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar;

que de todas maneras, es de pocas millas al día; 

tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole;

no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

Jesús se hospeda en casa del joven resucitado,

en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad.

Y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos – siete como los pecados capitales -,

toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

Ellos condescienden:

–        Está el Maestro;

está el Maestro, mujer.

Ello daría valor incluso a una cueva.

Tu casa es mucho más que una cueva.

Así que entramos y decimos: «Paz a ti y a tu casa».

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es rica;

ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús.

No hay duda de que han entrado en contienda todos los bienes de Naím,

puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas.

Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles,

a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada.

Y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha

preparado las mesas.

Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, etc.

Y por su ayuda en la cocina; esto sólo: para ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.

Y ahora se asoman acá o allá, rojas,

llenas de harina, de ceniza o goteándoles las manos, según su tarea culinaria;

ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porción de voz divina;

beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada… 

Y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas.

Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes.

Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada;

más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo…

Y que pronto se celebrarán la boda.

–        Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas;

para que toda la casa quedara por Tí santificada.

Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa

Jesús la mira.

Y dado que ella se inclina, le impone las manos,

diciendo:

–        Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel;

de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado.

Y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa.

Mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente.

El banquete empieza.

Por lo que hablan, se entiende Jesús ya había predicado y curado en Naím.

Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto.

En cambio llenan de preguntas a los de Naím;

para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel,

sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección,.

Y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está muy bien de salud,

magníficamente ataviado y come con un apetito formidable.

Pero un fariseo, en voz alta llama la atención de Jesús, para preguntarle;

si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.  

Jesús responde:

–        Venía de Endor por pura coincidencia.

Porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan de Zebedeo.

Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual. 

Asombrado un escriba,

pregunta

–        ¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? 

–        No.

No tenía entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.

–       ¿Y entonces cómo es que fuiste?

–        Lo acabo de decir:

Porque Judas de Simón quería ir.

–        ¿Y por qué este capricho?

–        Para ver la gruta de la maga.

–        Quizás es que Tú habías hablado de eso,…

–        ¡Jamás!

No tenía motivo para hablar de eso.

–        Lo que quiero decir es que…

Quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…

–        ¿En qué?

Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes.

Una celda o un páramo desierto, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente.

Basta, en quien enseña, autoridad y santidad;

y en quien escucha, voluntad de  santificarse.

Yo enseño esto y no otras cosas.

–        Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos; qué son sino prodigios y…

–        Y voluntad de Dios.

Sólo eso.

Y cuanto más santos vayan siendo más harán.

Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios.

No con otras cosas.

Un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo;

examina de abajo arriba, a Jesús… 

Y con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

pregunta:

–        ¿Estás seguro de eso? 

–        Son las armas y las doctrinas que les he dado.

Si luego alguno de ellos y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia

o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de Mí.

Puedo orar para tratar de redimir al culpable.

Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude,

especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error.

Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado;

con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.

Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal,

que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla.

Pero no puedo hacer más.

Si, a pesar de eso, continúa el pecado;

llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí.

Es todo un juego de miradas.

Pero no hacen ningún comentario al respecto.

En cambio eso sí, hacen preguntas al joven Daniel:

¿Se acuerda de qué es la muerte?

¿Qué sintió al volver a la vida?

¿Qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?   

Daniel comenta:

–        Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía.

¡Oh, qué cosa más tremenda!

¡No me hagáis recordarlo!…

Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir.

¡Oh, Maestro!…

Se vuelve hacia Jesús.

Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.

Jesús lo consuela dulcemente,

diciendo:

–        La muerte es de por sí expiación.

Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo.

Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa;

de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.

Pero los fariseos vuelven al ataque:

–        ¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?

–        Nada.

Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.

–        ¿Pero te acordabas de haber muerto?

–        Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía…

Y nada más.

–        ¿Y qué recuerdas del otro mundo?

–        Nada.

No hay nada.

Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida…

Nada.

–        ¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?

–        ¿Quién ha dicho que no existen?

Claro que existen.

Pero yo no los recuerdo.

–        ¿Pero estás seguro de haber estado muerto?

Reaccionan todos los que hay de Naím:

–        ¿Que si estaba muerto?

–       ¿Qué más queréis?

–       Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler.

–       ¡Y, además!…

–       Con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso.

Pero los fariseos no se aplacan:

–       ¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto?

–       Os he dicho que no.

El joven se impacienta y añade:

–        ¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?:

¿Que un pueblo entero aparentaba que me tenía muerto a mí,

incluida mi madre; incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor,

incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?

¿Qué estáis diciendo?:

¿Que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas?

Mi madre se puso blanca en pocas horas; mi mujer tuvo que ser asistida,

porque el dolor y la subsiguiente alegría, la habían como enloquecido.

¿Y vosotros dudáis?

¿Y por qué lo íbamos a haber hecho? 

Los pobladores de Naím cuestionan:

–        ¿Por qué?

–       ¡Es verdad!

–       ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? 

-Jesús no habla.

Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente.

En realidad está usando el carisma para leer los corazones…

Los fariseos no saben qué decir…

Pero Jesús, repentinamente, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos;

señala a los fariseos y escribas, abre su boca,

y dice:

–         El porqué es el siguiente.

Ellos quieren establecer, que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada,

para aumentar mi estima ante las multitudes:

Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo.

No.

Yo dejo las trampas a los innobles.

No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que Soy.

¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a una carne?

Si El la da cuando la carne se forma.

Y crea una a una las almas…

¿No podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser

incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad?

¿Podéis negar a Dios el poder del milagro?

¿Por qué 1o queréis negar?

–        ¿Eres Tú Dios?

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

–        Yo Soy Quien Soy.

Mis milagros y mi doctrina dicen Quién Soy.

–       ¿Y entonces por qué éste no recuerda;

mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el Más Allá?

–        Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad;

mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.

–        Pero Samuel…

–      Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga;

a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor;

cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida,

llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente,

separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho

y sin separación de puertas o cortinas gruesas.

–        ¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?

Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido.

Y se poner a escuchar.  

Jesús responde:

–        ¿En qué lo hacen? Explícate.

Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.

–       Yo sé en qué…

Y como yo muchos otros.

Pero descúbrelo Tú por ti mismo,

Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta.

Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir.

Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos;

hechas cuando no se debe;

o no hechas cuando se deben hacer.

Y Tú no le das importancia a esto.

–        ¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?

Y los fariseos furiosos, sueltan su andanada de reproches, varios hablando al mismo tiempo,

diciendo:

–        ¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados?

Hoy los hemos observado.

–        ¡Hoy otra vez!

–        ¡No hace más de una hora!

–        ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!

 (Si los fariseos hubieran dicho:

«y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad»

No habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror.

Jesús, hablando muy tranquilo,

les dice:

–        Sí, los habéis observado.

Hay muchas cosas que ver.

Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida,

para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido.

Esas no las veis.

Y, como vosotros, otros muchos.

Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.

Parecéis chacales.

O mejor: hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de

perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.

A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas;

jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles.

Para ellas significan olores desagradables.

Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco o en un camino;

sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino;

o lanzado a una playa desierta por la tempestad;

hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo;

¡Ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!

Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol

destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor…

Y una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado;

los dientes descubiertos por la vibración – semejante a una risa histérica – de las mandíbulas,

para ir al lugar de la podredumbre.

Y ya sea cadáver de hombre, de cuadrúpedo o de culebra quebrantada por el campesino

garduña muerta a manos del ama de casa o aunque fuera una simple rata…

Les gusta, sí, les gusta, les gusta.

Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Qué hay hombres que día tras día se santifican?

¡Eso no les interesa!

Pero basta con que uno sólo haga algún mal;

basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino, sino una práctica humana…

Llamadla tradición, precepto o como queráis…

Al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha…

Cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

Pues bien, responded ahora vosotros;

vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención,

¡Responded!:

¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?

¡No me diréis ahora que una tradición es más que un Mandamiento!

Pues bien, Dios dijo:

«Honra a tu padre y a tu madre» y también:

«Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte».

Pero vosotros decís:

“Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán

no está obligado a usarlo para su padre o para su madre».

Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

Proverbios 11, 3

¡Hipócritas!

Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí;

en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre».

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres;

al lavado de ánforas, copas, de platos y manos.

Y otras cosas semejantes;

pero, eso sí, descuidáis los Preceptos de Dios.

Os escandalizáis porque uno no se lave las manos;

pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo;

ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró

y ahora necesita ayuda.

Y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo. Alteráis y violáis la palabra de Dios

por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto.

Así, os proclamáis más justos que Dios.

Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo.

Vosotros…

Y seguiría.

Pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones;

chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa,

invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa;

los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo

E indica a todos los presentes que entren adonde está Él.

Les dice:

–        Escuchad todos y comprended esta verdad.

No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.

Lo que sale del hombre es lo que contamina.

Quien tenga oídos para oír que oiga, use la razón para comprender y la voluntad para obrar.

Y ahora salgamos.

Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi Paz.

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa.

Y se encamina por el pasillo.

Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas,

Y se dirige a ellas para decirles:

–       Paz a vosotras también.

Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor,

que no me ha permitido echar de menos la mesa materna.

He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas  o asadas;

en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático.

Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím.

Y la próxima vez no trabajéis tanto para Mí.

Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna

y vuestra mirada honesta y buena.

Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido,

que se pone en camino consolado por vuestro amor.

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado;

y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros como para bendecirlas.

Luego sale y reanuda su camino…

Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús;

entristecido por demasiadas cosas…

316 EL FALSO CRISTIANISMO


316 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Sigue nublado en un lúgubre día que presagia más lluvia sobre toda la comarca del lago Merón. 

Fango y nubes.

Silencio y calígine.

El horizonte desaparece entre las brumas.

La cadena del Hermón está sepultada bajo la espesa capa de nubes bajas.

Pero desde este lugar – una llanura alta, situada cerca del pequeño lago; 

todo oscuro y amarillento por el fango de mil riachuelos crecidos…

Y el cielo de Noviembre lleno de nubes.

Se aprecia perfectamente este pequeño lago alimentado por el Alto Jordán;

que de él sale luego para ir a alimentar al otro lago; más grande, de Genesaret.

Cae la tarde, cada vez más triste y amenazadora de lluvia…

Cuando Jesús toma el camino que corta el Jordán después del lago de Merón.

Entra luego por una vereda abierta entre los campos, que apenas han recibido la simiente,

Porque la tierra está todavía mullida y oscura como cuando ha sido sembrada recientemente. 

Encuentra a dos niños y su rostro se ilumina con una sonrisa…

Se detiene a acariciarlos…

Son un niño de no más de cuatro años y una niña que tendrá unos ocho.

Deben ser niños muy pobres a juzgar por sus míseros vestiditos descoloridos y rotos.

Y su carita triste y flaca.

Jesús no les pregunta nada.

Se limita a mirarlos fijamente mientras los acaricia.

Luego reanuda ligero su paso, hacia una casa que está en el fondo de la vereda.

Es una casa labriega pero de buen aspecto, con una escalera exterior que sube del suelo

a la terraza, en que hay un emparrado, ahora desnudo de racimos y hojas; 

solamente queda alguna que otra última hoja ya amarilla, que pende y se mueve con el viento

húmedo de un triste día de otoño.

En el murete de la casa unas palomas zurean,

esperando el agua que el cielo gris y todo nublado promete.

Jesús, seguido por los suyos, empuja la tosca cancela de la albarrada que rodea la casa;

entra en un patio – nosotros diríamos una era – con su pozo.

Y en un ángulo, hay también un horno de paredes más oscuras por el humo que incluso ahora sale

y que el viento empuja hacia la tierra.

Al oír el rumor de los pasos, una mujer se asoma a la puerta de esta  edificación.

Al ver a Jesús, lo saluda con alegría y corre a avisar a la casa.

Un hombre maduro  y grueso, sale a la puerta de la casa.

Y va enseguida hacia Jesús.  

Lo saluda diciendo:

–        ¡Qué gran honor verte, Maestro! 

Jesús responde con su saludo:

–       La paz sea contigo. 

 Y añade:

«Está anocheciendo y la lluvia se acerca.

Vengo a pedirte alojamiento y un pan para mí y mis discípulos.

–        Entra, Maestro.

Mi casa es tuya.

La doméstica está para sacar el pan del horno.

Con mucho gusto te lo ofrezco, con el queso de mis ovejas y los productos de mis campos.

Entra…

Entra, que el viento es húmedo y frío…

Y solícito, sujeta la puerta y hace una reverencia cuando pasa Jesús.

Pero inmediatamente cambia de tono dirigiéndose a alguien que ha visto… 

Y dice airado:

–       ¿Todavía estás aquí?

¡Vete! ¡No hay nada para ti!

¡Vete! ¿Entendido?

Aquí no hay sitio para los vagabundos…

Y farfulla entre dientes:

«…Y quizás rateros como tú».

Una vocecita llorosa responde:

–        Piedad, señor.

Al menos un pan para mi hermanito.

Tenemos hambre…

Jesús, que había entrado en la vasta cocina, alegrada e iluminada con un vivo fuego,;s

sale a la puerta.

Su rostro es ya muy distinto.

Severo y triste, pregunta, no al huésped sino en general:

Parece como si se lo preguntara a la era silenciosa, a la desnuda higuera, al oscuro pozo -:

–        ¿Quién tiene hambre?  

–        Yo, Señor.

Yo y mi hermano.

Sólo un pan y nos vamos.

Jesús está ya afuera.

Ha salido al ambiente cada vez más lúgubre por el crepúsculo y la lluvia inminente.  

Y su voz llena de dulzura, dice:

–       Pasa.

–       ¡Tengo miedo, Señor!

–       Ven, te digo.

No tengas miedo de Mí.

De la parte trasera en una arista de la casa sale la pobre niña.

De la mísera tuniquita viene agarrado su hermanito.

Se acercan titubeantes por el susto.

Con una mirada tímida a Jesús;

una de temor  al dueño de la casa, que pone ojos amenazadores,

mientras dice:

–        Son vagabundos, Maestro.

Y ladrones.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Hace poco he encontrado a ésta fisgando cerca de la almazara.

Está claro que quería entrar a robar.

¡A saber de dónde vendrán! No son del lugar.

Jesús lo escucha…

Si se puede decir que lo escucha.

Mira muy fijamente a la niña de carita demacrada, de trenzas despeinadas…

(son dos coletas a los lados de ambas orejas, atadas al extremo con una cinta de trapo viejo).

El rostro de Jesús no es severo mientras mira a la pobrecita; 

está triste, pero sonríe para animar a la niña: 

le pregunta:

–        ¿Es verdad que querías robar?

Di la verdad.  

La vocecilla infantil, explica:

–       No, Señor.

Había pedido un poco de pan, porque tengo hambre.No me lo han dado.

He visto una corteza de pan untada, allí, en el suelo,

cerca del molino del aceite.

Y había ido a recogerla.

Tengo hambre, Señor.

Ayer he conseguido sólo un pan, pero lo guardé para Matías…

¿Por qué no nos han metido en la tumba con nuestra mamá?

La niña llora desconsoladamente y su hermanito también.

–        No llores.

Jesús la consuela acariciándola y arrimándola a su pecho.

–        Responde: ¿De dónde eres?

–       De la llanura de Esdrelón.

–       ¿Y has venido hasta aquí?

–       Sí, Señor.

–       ¿Hace mucho que ha muerto tu madre?

¿No tienes padre?

–       Mi padre murió por el sol en el tiempo de la cosecha;

mi mamá, la pasada luna…

Ella y el niño que iba a nacer murieron…

Y el llanto aumenta.

–       ¡No tienes ningún pariente?  

       ¡Venimos de muy lejos!

No éramos pobres…

Luego mi padre tuvo que ponerse al servicio de un patrón.

Ahora ha muerto y mi mamá con él.

–       ¿Quién era el patrón?

-El fariseo Ismael.

–       ¡El fariseo Ismael!…

Es intraducible el modo como Jesús repite este nombre.

)-       ¿Saliste de allí por propia voluntad o te echó él?

–        Me echó, Señor.

Dijo: «Los perros hambrientos a la calle».

Jesús se vuelve hacia el hombre que sería su anfitrión,

y pregunta:

–        ¿Y tú, Jacob?

¿Por qué no has dado un pan a estos niños?

¿Un pan, un poco de leche y un manojo de heno como cama para su cansancio? 

El hombre trata de disculparse:

–       Pero… Señor…

Tengo justo el pan que necesito…

poca leche… y meterlos en casa…

Éstos son como animales vagabundos.

Si se les pone buena cara luego ya no se marchan…

–       ¿Y te falta sitio y alimento para estos dos infelices?

¿Lo puedes decir con verdad, Jacob?

La cosecha abundante, la abundancia de vino, de aceite, de fruta;

que han hecho famosa tu propiedad este año,

¿Por qué te han venido?

¿No te habrás olvidado ya, no?

El año pasado, el granizo había depauperado tus bienes.

Estabas preocupado por tu vida…

Vine y te pedí un pan…

Tú me habías oído hablar un día y me fuiste fiel…

En medio de tu aflicción me abriste tu corazón y tu casa.

Me diste un pan y me alojaste.

¿Qué te dije al salir a la mañana siguiente?

“Jacob, has comprendido la Verdad. Sé siempre misericordioso y obtendrás misericordia.

Por el pan que has dado al Hijo del hombre, estos campos te darán muchos cereales;

Tus olivos estarán llenos de aceitunas, como si soportaran los granos de la arena marina,

tus manzanos, plegados hasta el suelo por su peso».

Lo has tenido, y eres el más rico de la comarca este año.

¿Y niegas un pan a dos niños!…

–       Pero tú eras el Rabí…

–       Precisamente porque lo era podía hacer de las piedras pan;

éstos, no.

Ahora te digo: verás un nuevo milagro y te producirá aflicción, una gran aflicción…

Cuando llegue ese momento, dándote golpes de pecho, di: «Me lo he merecido».

Jesús se vuelve a los niños:

–        No lloréis.

Id a ese árbol y coged los frutos.  

La niña objeta:

–       Pero si está vacío, Señor. 

–       Ve.

La niña obedece. 

Va, y vuelve con el vestidito alzado, lleno de manzanas rojas y hermosas.

–       Comed y venid conmigo.

Y mirando a los apóstoles,

agrega:

–       Vamos a llevar a estos dos pequeñuelos a Juana de Cusa.

Ella sabe recordar los beneficios recibidos.

Y es compasiva por amor a Quien usó con ella misericordia.

Vamos.

El hombre, confundido y apesadumbrado, trata de arreglar las cosas,

diciendo:

–       Es de noche, Maestro.

Te puede venir el agua por el camino.

Entra en mi casa.

Mira, la doméstica va a sacar ya el pan del horno…

Te doy también para ellos.

–       No hace falta.

No sería por amor;

lo darías por miedo al castigo prometido.

Y el hombre, señalando a las manzanas que los dos niños hambrientos se están comiendo con avidez,

Que fueron tomadas del árbol antes vacío, 

Balbucea:

—     Entonces no es éste…

¿No es éste, entonces, el milagro?

Jesús se muestra muy enojado, 

al afirmar:

–       No.

–       ¡Oh, Señor!

¡Señor, ten piedad de mí!

¡Entiendo!

¡Tienes intención de castigarme en las mieses!

¡Piedad, Señor!

–       No todos los que me dicen «Señor» me tendrán;

Porque el amor y el respeto no se testifican con la palabra;  sino con obras.

Tendrás la piedad que tú has tenido.

–       Yo te amo, Señor.

–       No es verdad.

Me ama quien ama, porque esto es lo que he enseñado.

Tú sólo te amas a ti mismo.

Cuando me ames como enseño, el Señor volverá.

Ahora me marcho.

Mi techo es hacer el bien, consolar a los afligidos, enjugar las lágrimas de los huérfanos.

Como la gallina extiende sus alas sobre los pollitos indefensos;

así extiendo mi poder sobre los que sufren y viven en el dolor.

Venid, niños.

Pronto tendréis casa y pan.

Adiós, Jacob.

Y no contento con marcharse, indica que cojan en brazos a la niña fatigada.

Andrés la toma y la arropa en su manto.

Y Él toma al niño.

Empiezan a caminar por la vereda ya oscura, con su carga de piedad que ya no llora.

Pedro dice:

–       ¡Maestro!

¡Qué gran suerte para éstos el que hayas llegado en este momento!

¡Pero para Jacob!…

¿Qué vas a hacer, Maestro?

–       Justicia.

No llegará a conocer el hambre, porque tiene todavía muy llenos los graneros,

pero sí que conocerá la estrechez, porque el trigo sembrado no producirá grano.

Y los olivos y manzanos solamente hojas.

Estos inocentes.

No de Mí, sino del Padre, han recibido pan y casa;

porque mi Padre es también Padre de los huérfanos;

sí, Él, que da el nido y el alimento a los pájaros de los bosques.

Éstos pueden decir y con ellos todos los desvalidos;

los desvalidos que saben permanecer «hijos inocentes y amorosos»,

que en sus pequeñas manos Dios ha depositado el alimento…

Y que, con paterna guía, los conduce a una casa hospitalaria.

Y todo termina así. 

Dice Jesús:

«Para todos es la enseñanza de que sé ser el «Señor» con justicia.

A mí no se me engaña, ni se me adula con falaz obsequio.

Quien cierra su corazón a su hermano, lo cierra a Dios, y Dios a él.

¡Oh, hombres,

es el primer mandamiento: Amor y amor.

El que no ama, y se profesa cristiano, miente.

Es inútil frecuentar los sacramentos y los ritos;

inútil la oración, si falta la caridad.

Quedan convertidos en fórmulas, e incluso en sacrilegios.

¿Cómo podéis venir al Pan eterno y saciaros con Él, cuando habéis negado un pan a un hambriento?

¿Vale más, acaso, vuestro pan que el mío?

¿Es más santo? ¡Hipócritas!

Yo me doy a vuestra miseria sin medida.

Y vosotros, que sois miseria, no tenéis piedad de miserias que ante los ojos de Dios,

no son odiosas como lo son las vuestras:

porque aquellas son desventuras, mientras que las vuestras son pecado.

Demasiadas veces me decís: «Señor, Señor» para ganar mi benignidad para vuestros intereses.

Pero no lo decís por amor al prójimo y no hacéis nada por el prójimo en nombre del Señor.

Mirad: colectiva e individualmente,

¿Qué os ha dado vuestra falaz religión y auténtica anti-caridad?

El abandono de Dios.

Y el Señor volverá cuando sepáis amar como Yo he enseñado.

Pero, a vosotros, pequeño rebaño formado por los que sufren siendo buenos, os digo:

«Nunca estáis huérfanos, nunca abandonados.

No existiría Dios, antes que faltarles la Providencia a sus hijos.

Tended la mano:

el Padre os da todo como “padre”, o sea, con amor que no humilla.

Enjugad vuestras lágrimas.

Yo os tomo y os llevo conmigo porque siento piedad de vuestro abatimiento».

La criatura más amada es el hombre.

¿Vais a poner en duda que el Padre se mostrará más compasivo con el hombre fiel que con los pájaros?,

¿Con el hombre fiel, Él, que es longánimo incluso con el pecador y le da tiempo y manera de ir a Él?

¡Ah, si el mundo comprendiera lo que es Dios!

Dice María (la Virgen

Soy Mamá.

Mi Jesús ha hablado de la infancia del espíritu, requisito necesario para conquistar el Reino.

 Son los detalles los que hacen hermoso el cuadro, los que revelan la capacidad del pintor y la sabiduría del observador.

Quiero que observes la humildad de mi Jesús.

Aquella pobre niña, en su ignorante simplicidad,

no trata de forma distinta al pecador de corazón de piedra y a mi Hijo.

No sabe ni de «Rabí» ni de «Mesías».

Siendo poco menos que una pequeña salvaje, que ha vivido en los campos,

en una casa donde se despreciaba al Maestro, porque el fariseo Ismael despreciaba a mi Jesús; 

no había oído jamás hablar de Él, no lo había visto.

Su padre y su madre, quebrantados por el trabajo insoportable que el cruel patrón exigía,

no tuvieron tiempo ni modo de levantar la cabeza de la gleba que roturaban.

Habrían oído, quizás, mientras segaban el heno o las mieses

mientras recogían la fruta o los racimos;

mientras trituraban la aceituna en la dura muela,

un clamor de ¡hosanna!

Habrían, incluso, levantado un momento su cansada cabeza.

Mas el miedo y el cansancio habrían vencido enseguida esas cabezas bajo su yugo.

Y murieron pensando que el mundo era sólo odio y dolor;

en cambio, el mundo, desde que lo pisaban los santísimos pies de mi Jesús,

era amor y bien.

Siendo sólo los pobres siervos de un despiadado patrón, murieron sin cruzarse siquiera una vez

con la mirada y la sonrisa de mi Jesús;

sin haber oído su Palabra,

que daba una riqueza al espíritu por la que los indigentes se sentían ricos,

los hambrientos hartos, los enfermos sanos, consolados los que sufrían.

Pues bien, Jesús no dice:

«Yo, que soy el Señor, te digo: haz esto».

Conserva su anonimato.

Y la pequeñuela, tan simple que no comprendió

ni siquiera al ver el milagro de un manzano, desnudo incluso de hojas,

que carga una rama suya de manzanas para saciar su hambre,

lo sigue llamando «Señor», como llamaba a su patrón Ismael y al cruel Jacob.

Se siente atraída hacia este Señor bueno

porque la bondad siempre atrae.

Pero nada más.

Le sigue con confianza.

Lo ama inmediatamente, instintivamente,

esta pobre criaturita sola en el mundo,

ignorada voluntariamente por el mundo,

por ese «mundo importante de los poderosos y de los que gozan de la vida»

que quiere mantener en la sombra a los inferiores,

para poderlos torturar más a gusto y explotar más acerbamente.

Más adelante sabrá quién era aquel «Señor» que

– pobre como ella, sin casa ni alimento,

sin madre porque todo lo había dejado por amor al hombre

(también a esa pizquita de ser humano que era ella, pobre criaturita niña)

le había dado milagrosos frutos,

queriéndole quitar de sus labios y su corazón

el amargor de la maldad humana

que crea el odio de los desvalidos contra los poderosos,

con un fruto del Padre,

no con un mendrugo de pan ofrecido tarde

y que para ella habría tenido en todo caso sabor de dureza y llanto.

¡Ah, verdaderamente esas manzanas recordaban el  huerto del Paraíso Terrenal!

Fruto nacido en la rama para el Bien y para el Mal,

determinaría redención de todas las miserias

– la primera la de la ignorancia de Dios -para los dos huerfanitos;

determinaría castigo para aquel que, conociendo ya la Palabra,

había obrado como si no la conociera.

Sabrá más adelante, de boca de la mujer buena que en Nombre de Jesús la acogió,

Quién era Jesús:

para ella Salvador repetidamente: del hambre, de la intemperie,

de los peligros del mundo, del pecado original.

Pero, para ella, Jesús tuvo siempre la luz de aquel día,

bajo esa luz lo vio siempre: el Señor bueno con bondad de cuento infantil,

el Señor que tenía caricias y dones,

el Señor que le había hecho olvidar que no tenía ni padre ni madre, ni casa ni vestidos,

porque había sido para ella bueno como su padre y dulce como su madre. 

Y había ofrecido un nido para el cansancio de los dos,

su pecho y el de otros hombres buenos que estaban con Él,

y abrigo para la desnudez de los dos,

su manto y el de otros hombres buenos que con Él estaban.

Una luz paterna y suave, que no se apagó con el flujo de las lágrimas,

ni siquiera cuando supo que había muerto atormentado en una cruz;

ni siquiera cuando, pequeña fiel de la primera Iglesia,

vio el aspecto del rostro de su «Señor»

con los golpes y las espinas y pensó cómo era El ahora, en el Cielo,

a la derecha del Padre.

Una luz que le sonrió en su última hora de la tierra,

y la condujo sin temor hacia su Salvador.

Una luz que le sonrió una vez más con inefable dulzura en el, fulgor del Paraíso.

Jesús te mira a ti también así.

Míralo siempre como lo veía tu lejana homónima

y siéntete feliz de este amor suyo.

sencilla, humilde, fiel, como la pobre y pequeña María que has conocido.

Ve adónde ha llegado, a pesar de que fuera una pobre ignorantilla de Israel:

al corazón de Dios.

El Amor se le reveló como se ha revelado a ti

y se hizo docta con la verdadera Sabiduría.

Ten fe, vive en la paz.

No existe miseria alguna que mi Hijo no pueda transformar en riqueza;

no hay soledad alguna que no pueda colmar;

como tampoco hay falta alguna que no pueda borrar.

El pasado no existe, cuando el amor lo anula.

Ni siquiera un pasado horrendo.

¿Temerás tú si no temió Dimas el ladrón?

Ama, ama y no tengas miedo de nada.

Mamá te deja con su bendición.

307 UNA REYERTA PROVINCIAL


307 IMITAR A 307 JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bosrá, sea por la estación del año, sea porque está muy concentrada en sus callejuelas,

se muestra opaca de niebla por la mañana.

Opaca y muy sucia.

Los apóstoles, de regreso de las compras en el mercado, hablan de esto entre sí.

En efecto, la industria hotelera de aquellos tiempos y de estos lugares era tan prehistórica,

que cada huésped tenía que preocuparse de sus abastecimientos.

Se comprende que los dueños no quieren salir perdiendo ni un céntimo;

se limitan a cocinar lo que los clientes llevan (¡Y esperemos que no hurten!).

Al máximo compran para el cliente,

o le venden directamente las provisiones de que tienen reservas,

haciendo de carniceros si hace falta, con los pobres corderos destinados a ser asados.

Esto de comprarle al hospedero no le resulta simpático a Pedro.

Ahora continúa la divergencia de opiniones entre el apóstol y el hospedero;

que tiene una cara muy pícara, 

Que no desaprovecha la ocasión para injuriar al apóstol llamándole «galileo»,

de un modo peyorativo y lleno de desprecio.

Pedro señalando a un cerdito que acaba de degollar el hospedero,

por cuenta de unos clientes que están de paso:,

replica:

–       Yo galileo, tú cerdo;

que lo que eres es un pagano.

En tu fétida posada no me quedaría ni una hora, si fuera dueño de mí.

Ladrón y…

Y aquí añade otro término muy… ilustrativo, que dejo en el tintero.

Se comprende que entre estos de Bosrá y los galileos hay una de esas muchas antagónicas

incompatibilidades regionales y religiosas de que estaba lleno Israel….

Y Palestina.

El hospedero grita más fuerte:

–        Si no fuera porque estás con el Nazareno…

Y porque soy mejor que vuestros repulsivos fariseos, que lo odian sin motivo,

te lavaría el morro con la sangre del cerdo;

así tendrías que largarte de aquí para correr a purificarte.

Pero le tengo respeto a Él, que ciertamente tiene poder.

Y te digo que con todas vuestras historias sois unos pecadores.

Somos mejores nosotros que vosotros.

Nosotros no tendemos emboscadas, ni traicionamos.

Vosotros… ¡Pfff!…

Raza de traidores y granujas,

que no respetáis ni siquiera a los pocos santos que tenéis entre vosotros.

–        ¿A quién, le dices traidores?

¿A nosotros?

¡Ah, vive el Cielo que ahora…!

Pedro está enfurecido y a punto de lanzarse contra el hombre;

Andrés su hermano y Santiago lo sujetan y Simón se pone en medio con Mateo.

Pero, más que esta acción, es la voz de Jesús, que se asoma por una puerta,

y dice:

–       Y ahora tú, Simón, calla.

Y tú, hombre, también.

Lo cual hace deponer la ira.

Los dos gallitos se justifican: 

–        Señor, el hospedero ha sido el primero que ha tirado una puntada y que ha amenazado.

–        Nazareno, el primer ofendido he sido yo.

Yo, él. Él y yo.

Se echan la culpa el uno al otro los dos culpables.

Jesús se acerca serio y sereno.

Y dice: 

–       Tenéis la culpa los dos.

Y tú, Simón, más que él.

Porque tú conoces la doctrina del amor, del perdón, de la mansedumbre;

de la paciencia, de la hermandad.

Tenemos que hacernos respetar como santos, si no queremos que nos traten mal como a galileos.

Y tú, hombre, si te sientes mejor que los demás, bendice a Dios por ello,

y sé digno de ser cada vez mejor.

Y, sobre todo, no ensucies tu alma con acusaciones que no son verdaderas:

mis discípulos ni traicionan ni actúan subrepticiamente.

–         ¿Estás seguro, Nazareno? 

¿Y entonces por qué aquellos cuatro han venido a preguntarme que si habías venido,

que con quién estabas y otras muchas cosas cucas?

Los apóstoles se arremolinan,

olvidando que al hacerlo se acercan a uno que está embadurnado de sangre de cerdo,

lo cual, antes, sobrecogidos, los mantenía distantes.

Y exclaman: 

–        ¡Qué!

–       ¡Qué!

–       ¿Quiénes son?

–       ¿Dónde están?

Con el carisma de profecía, el Espíritu Santo hace una advertencia a Jesús, de lo que está por suceder…

Y… 

A través de la Oración y con el Don de profecía ACTIVO

Jesús ordena: 

–        Id vosotros a vuestras ocupaciones.

Tú puedes quedarte, Alejandro Misax.ce 

Los apóstoles van a la habitación de la que había salido Jesús.

En el patio sólo se quedan: uno frente al otro, Jesús y el hospedero;

a unos pasos de Jesús, el mercader, observando la escena con asombro.

Jesús pregunta: 

–        Responde, hombre, con sinceridad.

Y perdona si la sangre ha enfurecido la lengua de un discípulo mío.

¿Quiénes son esos cuatro y qué han dicho?

El hospedero replica: 

–         No sé concretamente quiénes son.

Eso sí, escribas y fariseos de la otra parte.

No sé quién los ha traído aquí.

No los he visto jamás.

Pero están bien al corriente de Tí.

Saben de dónde vienes, a dónde vas, con quién vas.

De todas formas, si venían a mí es porque querían asegurarse.

No. Seré un granuja, pero sé mi oficio.

No conozco a nadie, no veo nada, no sé nada…

Para los demás, claro, porque para mí sé todo.

Pero, ¿Por qué voy a tener que decir a otros lo que sé?

Y menos todavía a los hipócritas.

¿Granuja?, sí.

Si fuera menester, ayudaría incluso a unos ladrones.

Total, ya lo sabes…

Pero no sabría robarte, o tratar de robarte, a ti la libertad, el honor o la vida.

Y ésos -dejaría de ser Fara de Tolomeo, si no fuera verdad lo que digo-,

ésos te acechan para causarte un mal.

¿Y quién los envía?

¿Uno de Perea o de la Decápolis?

¿Uno de la Traconítida, de la Gaulanítida o

de la Auranítida?

No, que nosotros o no te conocemos o, si te conocemos, te respetamos como a un justo,

si es que no creemos en ti como santo.

¿Entonces, quién los ha enviado?

Como instrumento de Satanás, Judas ha comenzado su caída inexorable…

Uno de la parte tuya, y quizás uno de tus amigos;

porque saben demasiadas cosas…

Alejandro Mixace dice: 

–        Saber de mi caravana es fácil… 

–        No, mercader, no de ti;

de otros que van con Jesús.

Yo no sé, ni quiero saber; no veo, ni quiero ver.

De todas formas, te digo: si ves que eres responsable, repara;

si ves que te están traicionando, toma las medidas oportunas.  

Jesús trata de disculpar a quién sabe que está detrás de esta intriga: 

–        No se trata de culpa, hombre, ni de traición;

lo único que sucede es que Israel no me comprende.

Pero… ¿Y tú, cómo tienes noticias de Mí?

–        Por un joven.

Un calavera que daba que hablar en Bosrá y en Arbela;

aquí porque venía a consumar sus pecados, allí porque deshonraba a su familia.

Luego se convirtió, se hizo más honesto que un justo.

Ahora se ha unido a tus discípulos, se ha hecho discípulo también él.

Y te espera en Arbela, con sus padres, para rendirte honor.

Y va diciendo a todos que le cambiaste el corazón por las oraciones de su madre.

Felipe de Jacob tendrá el mérito, si esta región se santifica, de haber sido su santificador;

Y si en Bosrá hay alguien que cree en Tí, es por él.

–        ¿Dónde están ahora estos escribas que han venido?

–         No lo sé.

Se marcharon porque les dije que no tenía sitio para ellos.

Lo tenía, pero no he querido dar hospedaje a las serpientes junto a la paloma.

Se habrán quedado, ciertamente, por los alrededores.

Ten cuidado.

–        Gracias.

¿Cómo te llamas?

–        Fara.

He cumplido con mi deber.

Acuérdate de mí.

–        Sí, y tú de Dios.

Y perdona a mi Simón.

Algunas veces le ciega el gran amor que me tiene.

–        Nada malo.

Yo también le he ofendido…

Pero la verdad es que hace daño cuando a uno lo insultan.

Tú no insultas…

Jesús suspira..

Y dice:

–         ¿Quieres ayudar al Nazareno?

–        Si está en mi mano…

–        Me gustaría predicar en este patio…

–        Te dejo que hables.

¿Cuándo?

–        Entre la sexta y la nona.

–        Ve tranquilo a donde quieras.

Bosrá sabrá que predicas.

Yo me encargo de ello.

–        Dios te lo pague.

Y Jesús le dirige una sonrisa que ya en sí es paga.

Luego se encamina hacia la habitación donde estaba antes.

Alejandro Misax dice:

–        Maestro, sonríeme igual a mí…

Yo también voy a decir a la gente que venga a oír hablar a la Bondad.

Conozco a muchas personas.

Adiós.

–        Que Dios te retribuya a ti también 

Y Jesús le sonríe.

Entra en la habitación.

Las mujeres están alrededor de María, que tiene expresión de pena.

la cual se levanta enseguida y va hacia su Hijo.

No dice nada, mas todo en ella es una pregunta.

Jesús le sonríe.

Y le responde diciendo a todos:

–       Estad libres para la hora sexta.

Hablaré a muchos aquí.

Mientras tanto, idos todos, menos Simón Pedro, Juan y Hermasteo;

anunciadme y dad muchas limosnas.

Los apóstoles se marchan.

Pedro se acerca lentamente a Jesús, que está con las mujeres,

y pregunta:

–        ¿Por qué no voy yo también?

Jesús responde: 

–        Cuando uno es demasiado impulsivo se queda en casa.

¡Simón, Simón!

¿Cuándo vas a aprender a dirigir tu caridad al prójimo?

Actualmente es una llama encendida, pero toda para Mí;

es una lámina recta y rígida, pero sólo para Mí.

Sé manso, Simón de Jonás.

–        Tienes razón, Señor.

Ya me ha regañado tu Madre, como sabe hacerlo Ella, sin hacer daño.

Hasta lo más hondo ha penetrado en mí.

Pero… regáñame también Tú;

pero… luego no me mires con tanta tristeza.

–        Sé bueno.

Sé bueno…

Síntica, quiero hablarte aparte. Sube a la terraza.

Ven tú también, Madre mía…

Y por la rústica terraza que cubre un ala del edificio, con el tibio sol que caldea el aire,

Jesús, paseando lentamente entre María y la griega,

dice:

–        Mañana nos separaremos durante un tiempo.

Cerca de Arbela, las mujeres, con Juan de Endor, iréis hacia el mar de Galilea

y proseguiréis juntos hasta Nazaret.

Pero, para no mandaros solas con un hombre casi imposibilitado,

os acompañarán también mis hermanos y Simón Pedro.

Presiento discrepancias por esta separación.

Pero la obediencia es la virtud del justo.

Pasando por las tierras que Cusa vigila en nombre de Herodes;

Juana podrá disponer de escolta para el resto del camino.

Entonces dejaréis partir a los hijos de Alfeo y a Simón Pedro.

Y si te he pedido que subieras aquí era para esto:

quiero decirte, Síntica, que he decidido que estés un período en casa de mi Madre.

Ella ya sabe.

Contigo estarán Juan de Endor y Margziam.

Estad allí con amor, formándoos cada vez más en la Sabiduría.

Quiero que cuides mucho del pobre Juan.

A mi Madre no se lo digo porque no necesita consejos.

Tú puedes comprenderlo y sufrir con él;

y él puede hacerte mucho bien porque es un experto maestro.

Después iré Yo. ¡Pronto!

Nos veremos con frecuencia.

Espero encontrarte cada vez más sabia en la Verdad.

Te bendigo, Síntica, en particular; éste es mi adiós a ti por esta vez.

En Nazaret encontrarás amor y odio, como en todas partes;

pero en mi casa encontrarás paz, siempre. 

Síntica responde: 

–         Nazaret no se ocupará de mí ni yo de ella.

Viviré alimentándome de la Verdad y el mundo no significará nada para mí,Señor».

–        Bien.

Puedes marcharte, Síntica.

Y, por ahora, guarda silencio.  

–         Sí, Señor mío.  

Y Síntica se retira dejándolos solos al Hijo con la mamá. 

Jesús dice: 

–        Madre, tú sabes…

Te confío estas perlas mías predilectas.

Mientras gozamos de paz nosotros,

Mamá, haz que tu Jesús encuentre fuerza en tus caricias

María exclama: 

–         ¡Cuánto odio, Hijo mío!

–        ¡Cuánto amor!

–        ¡Cuánta amargura, mi querido Jesús!

–        ¡Cuánta dulzura!

–        ¡Cuánta incomprensión, Hijito mío!

–        ¡Cuánta comprensión, Mamá!

–        ¡Tesoro mío! ¡Mi querido Hijo!

–        ¡Mamá!

¡Alegría de Dios y mía!

¡Mamá!».

Se besan y luego se quedan juntos,

sentados en el banco de piedra que recorre el antepecho de la terraza:

Jesús abrazando, protector y amoroso, a su Madre;

Ella apoyando en el hombro de su Hijo la cabeza, las manos en su mano: beatíficos…

El mundo está muy lejos…

Sepultado bajo olas de amor y fidelidad…

304 PECADO, FE Y MILAGROS


304 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La caravana sale del vasto patio de Alejandro.

Ordenada como para un desfile militar.

Cierran la marcha Jesús y todos los suyos.

Los camellos caminan meciendo con su rítmico paso su pesada carga.

Y las cabezas, sobre los arqueados cuellos, a cada paso parecen preguntar: « ¿Por qué? ¿Por qué?»,

con un movimiento mudo pero típico, como el de las palomas, que a cada paso parecen decir

: «Sí, sí» a todo lo que ven.

Tiene que atravesar la ciudad la caravana; lo hace en un nítido ambiente matutino.

Todos van arrebozados, porque hace fresco.

Los cascabeles de los camellos, el crrr crrr de los camelleros, la voz estridente de un camello

que prefiere el inactivo establo,

advierten a los gerasenos de la marcha de Jesús.

La noticia se extiende rápida como el relámpago, y unos gerasenos vienen a despedirlo

y a traerle ofrendas de fruta y otros alimentos.

Corre también un hombre con un niñito enfermo.,

Y le suplica:

–        ¡Bendícelo para que se cure!

¡Ten piedad!

Jesús bendice alzando la mano,

y añade:

–         Ve seguro. Ten fe.

El hombre responde un «sí» tan lleno de confianza,

que una mujer pregunta:

–       ¿Curarías a mi marido, que está enfermo de úlceras en los ojos?

–        Si sois capaces de creer, sí.

–        Entonces voy por él.

Espérame, Señor.

Y más que echarse a correr, vuela como una golondrina.

¡Esperar! ¡Parece fácil!

Los camellos siguen adelante.

Alejandro, que va a la cabeza de la columna, no sabe de las exigencias de los que van atrás.

La única solución es mandarle un aviso.  

Jesús dice:

–        Corre, Margziam.

Ve a decir al mercader que se pare antes de salir de las murallas».   

Y Margziam sale corriendo raudo para cumplir su misión.

La caravana se detiene.

El mercader retrocede hacia Jesús,

preguntando:

–        ¿Qué pasa?  

Jesús responde:

–        Quédate aquí y verás.

Pronto regresa la mujer de Gerasa con su marido enfermo de los ojos.

¡Decía úlceras!:  y son dos huras de podredumbre abiertas en medio de la cara.

Los ojos se ven allí en el centro, enturbiados, enrojecidos, semiciegos,

en medio de una resudación de repugnantes lágrimas.

En cuanto el hombre levanta la venda oscura que protege de la luz,

el lagrimeo aumenta porque la luz aumenta el dolor de los ojos enfermos.

El hombre gime:

–         ¡Piedad!

¡Sufro mucho! 

Jesús advierte con compasión:

        También has pecado mucho.

¿De eso no te quejas?

¿Sólo te afliges de poder perder la pobre vista del mundo?

¿No sabes nada de Dios? ¿No te da miedo una oscuridad eterna?

¿Por qué has pecado?

El hombre se echa a llorar y agacha la cabeza, sin decir nada.

Su mujer también llora y gime, 

diciendo:

–        Yo he perdonado…

–        También Yo perdonaré, si me jura aquí que no volverá a caer en su pecado.

–        ¡Sí, sí! Perdón.

Ahora sé lo que el pecado trae consigo. Perdón.

Como la mujer, perdóname.

Tú eres el Bueno.

–        Te perdono.

Ve a aquel riachuelo, lávate en el agua la cara y quedarás curado.

La mujer advierte afligida:

–         El agua fría lo empeora, Señor

Pero el hombre no piensa sino en ir al riachuelo.

Y va… a ciegas hasta que el apóstol Juan, compasivo, lo toma de la mano y lo guía;

Juan solo, hasta que la mujer sujeta al hombre de la otra mano;

el cual desciende hasta el límite del agua gélida, que borbota entre las piedras.

Se agacha, toma el agua con los cuencos de las manos unidas y se lava una y otra vez la cara….

No da señales de dolor.

Es más, da la impresión de que lo que está haciendo le alivia.

Luego, con la cara todavía mojada, remonta el margen del riachuelo y vuelve donde Jesús,

que le pregunta:

–        ¿Y bien? ¿Estás curado?

–        No, Señor.

Por ahora no.

Pero Tú lo has dicho y yo quedaré curado.

–        Permanece, entonces, en tu esperanza.

Adiós.

La mujer se derrumba llorando…

Está desilusionada.

Jesús hace una señal al mercader de que se puede continuar.

Y éste, también desilusionado, hace pasar la voz.

Los camellos reanudan la marcha con ese movimiento suyo como de una barca que alzara

y bajara la proa y el tajamar contra la ola, salen fuera de las murallas;

toman el amplio y polvoriento camino de caravanas que se extiende en dirección sudoeste.

Ya la última pareja del grupo apostólico que son Juan de Endor y Simón Zelote;

ha sobrepasado en unos veinte metros los muros, cuando un grito corta el aire silencioso:

Parece llenar de sí el mundo, se repite, cada vez más alto, jubiloso, laudatorio:

–        ¡Veo! ¡Jesús!

¡Bendito mío! ¡Veo! ¡Veo!

¡He creído! ¡Veo!

¡Jesús, Jesús! ¡Bendito mío! –

Y el hombre, cuya cara ha recuperado completamente la salud y cuyos ojos han vuelto a ser

bonitos -dos carbunclos llenos de luz y vida-, hiende las filas apostólicas

para caer a los pies de Jesús.

Y acaba casi debajo de las patas del camello del mercader, que apenas si tiene tiempo

de apartar al animal del hombre prosternado.

El hombre besa el manto de Jesús

mientras repite:

–        ¡He creído!

¡He creído y veo!

¡Bendito mío!  

Jesús le dice:

–        Levántate y vive feliz.

Y, sobre todo, sé bueno.

Di a tu mujer que sepa creer completamente.

Adiós.

Jesús se libera de los brazos del curado y reanuda la marcha.

E1 mercader se acaricia la barba pensativo…

Termina preguntando:

–        ¿Y si no hubiera sabido seguir creyendo después de la desilusión del lavado?

–        Se hubiera quedado como estaba.

–        ¿Por qué exiges tanta fe para hacer un milagro?

–        Porque la fe testifica la presencia de esperanza en Dios y amor a Dios.

–        ¿Y por qué has exigido antes el arrepentimiento?

–         Porque el arrepentimiento hace a Dios amigo.

–        Yo, que no tengo enfermedades,

¿Qué tendría que hacer para testificar que tengo fe?

–       Allegarte a la Verdad.

–       ¿Y podría ir a la Verdad sin la amistad de Dios?

–        No podrías hacerlo sin la bondad de Dios.

El Señor permite que quien -todavía sin arrepentimiento- lo busque, lo encuentre;

porque el arrepentimiento generalmente llega cuando el hombre, conscientemente o con un

mínimo atisbo de conciencia de lo que su alma quiere, conoce a Dios.

Antes de esto es como un idiota guiado sólo por el instinto.

¿No has sentido nunca la necesidad de creer?

–       Muchas veces.

Lo que pasaba es que no me sentía satisfecho de lo que tenía.

Sentía que había otra realidad, más fuerte que el dinero y que los hijos, mi esperanza…

Pero a la hora de la verdad no me preocupaba de tratar de saber aquello mismo, que buscaba sin saberlo.

–        Tu alma buscaba a Dios.

La bondad de Dios ha permitido que encontraras a Dios.

El arrepentimiento de tu yerto pasado lejos de Dios te dará la amistad con Dios.

–        Entonces, para…

Para obtener el milagro de ver con el alma la Verdad,

¿Tendría que arrepentirme de mi pasado?

–        Ciertamente.

Arrepentirte y decidirte a un completo cambio de vida…

El hombre vuelve a acariciarse la barba.

Tanto fija su mirada, que parece como si estuviera estudiando y contando

los pelos del cuello del camello.

Sin querer, golpea con el talón al animal,

que interpreta el golpe como una incitación a acelerar

el paso, de forma que acelera y va adelante con el mercader, hacia la cabeza de la caravana.

Jesús no lo detiene.

Al contrario, Él mismo se para, dejándose adelantar por las mujeres y los apóstoles,

hasta que llegan Simón Zelote y Juan de Endor.

Jesús se une a éstos,

Y les pregunta:

-¿De qué habláis? 

Simón responde:

–        Hablábamos del desconsuelo que debe sentir quien no cree en nada.

O quien pierde la fe que tenía.

Ayer Síntica estaba verdaderamente angustiada, a pesar de haber pasado a una fe perfecta 

Juan de Endor agrega:

–        Yo le decía a Simón que, si es penoso pasar del Bien al Mal;

también es desconcertante pasar del Mal al Bien.

En el primer caso, uno se siente torturado por la recriminación de su conciencia;

en el segundo, uno se siente… acongojado…

Como debe sentirse quien se encuentra transportado a un país extranjero, absolutamente desconocido…

O es la zozobra de quien, siendo un mísero y un inculto, se viera puesto en medio de una

Corte regia, entre doctos y nobles.

Es un sufrimiento…

Yo lo conozco…

Mucho sufrimiento…

Uno no es capaz de creer que sea verdad, que pueda durar…

Que se pueda merecer…

Especialmente cuando se tiene manchada el alma… como estaba la mía…

Jesús pregunta:

–        ¿Y ahora, Juan? 

El rostro extenuado de Juan de Endor,  extenuado y triste,

se ilumina con una sonrisa que lo hace menos macilento.

Dice:

–         Ahora no.

Queda la gratitud; es más, aumenta la gratitud hacia el Señor, que ha querido esto.

Queda el recuerdo del pasado para mantenerme humilde.

Pero hay seguridad.

Me siento aclimatado.

Ya no me siento extranjero en este dulce mundo tuyo de perdón y de amor.

Me he tranquilizado.

Estoy sereno, feliz.

–       ¿Juzgas buena tu experiencia?

–        Sí.

Si no fuera porque me duele haber pecado, porque con mi pecado he entristecido a Dios,

diría que siento que mi pasado ha estado bien; me puede servir mucho para sostener a almas

que son voluntariosas pero se sienten desconcertadas en los primeros momentos de su nueva fe.

Jesús dice a Simón Zelote:

–        Simón, ve a decir al muchacho que no salte tanto, que esta noche estará agotado.

Simón mira a Jesús, pero comprende la verdad de la orden.

Sonríe inteligentemente y se marcha,

dejando así solos a los dos.

–        Ahora que estamos solos, Juan, escucha este deseo mío.

Tú, por muchas razones, tienes una amplitud de juicio y pensamiento que ningún otro de mis

seguidores tiene.

Y tienes una cultura más vasta que la común entre los israelitas.

Por eso, te ruego que me ayudes…  

Juan de Endor pregunta:

–        ¿Yo ayudarte a Tí?

¿En qué?

–        Para Síntica.

¡Tú eres un magnífico pedagogo!

Margziam contigo aprende pronto y bien.

Tanto es así, que tengo intención de dejaros juntos unos meses, porque quiero en Margziam

un conocimiento más amplio que el del pequeño mundo de Israel.

Para ti ocuparte de él es motivo de alegría; también a mí me da alegría el veros juntos,

tú enseñando, él aprendiendo, tú rejuveneciéndote, él madurando mientras está ocupado.

Pero tendrás que ocuparte también de Síntica, como de una hermana desorientada.

Tú lo has dicho: es sentirse desconcertados…

Ayúdala a aclimatarse en mi ambiente.

¿Me haces este favor?

–       ¡Pero, mi Señor, si para mí es gracia hacerlo!

No me acercaba a ella porque tenía la impresión de ser yo una persona superflua.

Pero, si Tú lo quieres…

Ella lee mis volúmenes: los hay sagrados y solamente cultos:

libros de Roma y de Atenas.

Veo que consulta y medita.

Pero nunca me había entrometido a ayudarla.

Si Tú lo quieres…

–        Sí, lo quiero.

Quiero veros amigos.

Ella también, como Margziam y tú, estará en Nazaret un tiempo.

Será bonito.

Mi Madre y tú, maestros de dos almas que se abren a Dios.

Mi Madre: la angélica Maestra de la Ciencia de Dios;

tú: el experto maestro del humano saber,

que ahora puedes explicar con referencias sobrenaturales.

Será bonito y bueno.

–       ¡Sí, mi bendito Señor!

¡Demasiado bonito para el pobre Juan!…

T el hombre sonríe ante el pensamiento de estos  próximos días de paz junto a María, en la casa de Jesús…