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395 MAREIMONIO Y DIVORCIO


395 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

357  Los fariseos y la cuestión del divorcio.

Es por la mañana.

Una mañana de Marzo.

Por tanto, nubes y claros se alternan en el cielo.

Pero las nubes sobrepujan a los claros y tratan de apoderarse del cielo.

Un aire caliente, con rachas rítmicas, sopla y carga el ambiente enrareciéndolo

con polvo venido de las zonas del altiplano.

Pedro al salir de la casa con los otros,

sentencia:

–          Si no cambia el viento, esto es agua!

El último en salir es Jesús, que se despide de las dueñas de la casa.

El dueño acompaña a Jesús.

Se dirigen hacia una plaza.

Dados pocos pasos, los detiene un suboficial romano que está con otros soldados.

Y le pregunta:

–          ¿Eres Tú Jesús de Nazaret?

Jesús responde:

–          Lo soy.

–          ¿Qué haces?

–          Hablo a las gentes.

–          ¿Dónde?

–           En la plaza.

–            ¿Palabras sediciosas?

–          No.

Preceptos de virtud.

–          ¡Ojo! No mientas.

Roma ya tiene suficientes falsos dioses.

–           Ven tú también.

Verás como no estoy mintiendo.

El hombre que ha alojado a Jesús, siente el deber de intervenir:

–          ¿Pero desde cuándo tantas preguntas a un rabí?

El oficial romano responde:

–          Denuncia de hombre sedicioso.

–         ¿Sedicioso? ¿Él?

¡Pero hombre, Mario Severo, eso es una ilusión!

Éste es el hombre más manso de la Tierra.

Te lo digo yo.

El suboficial se encoge de hombros,

y responde:

–         Mejor para Él.

Pero esta es la denuncia que ha recibido el centurión.

Que vaya si quiere.

Está avisado.

Se da la media vuelta y se marcha con los subalternos.

Varios dicen:

–          ¿Pero quién puede haber sido?

–          ¡No lo entiendo!

Jesús responde:

–          Dejad de entender.

No hace falta.

Vamos a la plaza mientras haya muchos.

Luego nos marcharemos también de aquí.

Cuando llegan a ella, es posible notar….

Debe ser una plaza más bien comercial.

No es un mercado pero poco le falta, porque está circundada de fondaques

en los que hay depósitos de mercancías de todos los tipos.

Y la gente se aglomera en ellos.

Por tanto, hay mucha gente en la plaza…

Y alguno hace señas de que está Jesús,

de forma que pronto un círculo de gente está alrededor del «Nazareno».

Un círculo compuesto de personas de todo tipo, clase y nación.

Quién por veneración, quién por curiosidad.

Jesús hace un gesto de querer hablar.

Un romano que sale de un almacén,

dice:

–           ¡Vamos a escucharlo!

Un compañero suyo, le responde:

–          ¿No nos tocará oír alguna lamentación?

–          No lo creas, Constancio.

Es menos indigesto que uno de nuestros oradores de rigor.

Y la Voz de Jesús, resuena como un bronce, llenando todo el lugar…

–          ¡Paz a quien me escucha!

Está escrito en el libro de Esdras, en la oración de Esdras:

«¿Qué vamos a decir ahora, Dios nuestro, después de las cosas que han sucedido?

¿Qué, si hemos abandonado los preceptos que habías decretado por medio de tus siervos…?».

Un puñado de fariseos que se abre paso entre la gente,

grita:

–         ¡Detente, Tú que hablas!

–         ¡Nosotros proponemos el tema! – grita

Casi al mismo tiempo, vuelve a aparecer la unidad armada y se detiene en el ángulo más cercano.

Los fariseos están ya frente a Jesús.

Y lo interrogan:

–         ¿Eres Tú el Galileo?

–          ¿Eres Jesús de Nazaret?

–         ¡Lo soy!

–        ¡Bendito sea Dios por haberte encontrado!

La verdad es que tienen unas caras de tan mala catadura,

que no se ve que estén alegres por el encuentro…

El más viejo habla:

–          Te seguimos desde hace muchos días;

pero llegamos siempre cuando Tú ya te has marchado.

–          ¿Por qué me seguís?

–           Porque eres el Maestro…

Y deseamos ser adoctrinados sobre un punto oscuro de la Ley.

–          No hay puntos oscuros en la Ley de Dios.

Varios dicen:

–          En ella no.

Pero… en fin… pero la Ley ha sufrido «superposiciones», como Tú dices…

–          En fin… que han proyectado oscuridad.

–          Penumbras, al máximo.

Jesús declara:

–          Y basta volver el intelecto a Dios para eliminarlas.

–          No todos lo saben hacer.

Nosotros, por ejemplo, permanecemos en penumbra.

Tú eres el Rabí, así que ayúdanos.

–          ¿Qué queréis saber?

–           Queríamos saber si le es lícito al hombre, repudiar por un motivo cualquiera a su mujer.

Es una cosa que sucede frecuentemente,

Y siempre, donde sucede esto, da mucho que hablar.

Vienen a nosotros para saber si es lícito.

Y nosotros, según el caso, respondemos.

–          Aprobando lo sucedido en el noventa por ciento de los casos.

Y el diez por ciento que queda desaprobado pertenece a la categoría de los pobres o de vuestros enemigos.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           Porque sucede así en todas las cosas humanas.

Y agrego a la categoría la tercera clase:

La que – si fuera lícito el divorcio – más derecho tendría, por ser la de los verdaderos casos penosos:

como una lepra incurable, una cadena perpetua, o enfermedades innominables…

–           ¿Entonces para ti nunca es lícito?

–           Ni para mí ni para el Altísimo ni para ninguno de corazón recto.

¿No habéis leído que el Creador, al comienzo de los días, creó al hombre y a la mujer?

Y los creó varón y hembra.

Y no tenía necesidad de hacerlo, porque, si hubiera querido, habría podido, para el rey de la Creación,

hecho a su imagen y semejanza, crear otro modo de procreación.

Y hubiera sido igualmente bueno, aun siendo distinto de todos los otros naturales.

Y dijo: “Así, por esto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer

y los dos serán una sola carne».

Así pues, Dios los unió en una sola unidad.

No son por tanto, ya «dos» sino «una» sola carne.

Lo que Dios ha unido, porque vio que «es buena cosa»,

no lo separe el hombre, pues si así sucediera sería una cosa ya no buena.

–           ¿Pero por qué, entonces, Moisés dijo:

«Si el hombre ha tomado consigo una mujer, pero la mujer no ha hallado gracia ante sus ojos

por algún defecto desagradable, él escribirá un libelo de repudio, se lo entregará en mano

y la despedirá de su casa»?

–           Lo dijo por la dureza de vuestro corazón.

Para evitar, con una orden, desórdenes demasiado graves.

Por esto os permitió repudiar a vuestras mujeres.

Pero desde el principio no fue así.

Porque la mujer es más que el animal, el cual sigue el capricho del amo

o de las libres circunstancias naturales…

Y va a este o a aquel macho, es carne sin alma que hace pareja para reproducirse.

Vuestras mujeres tienen un alma como vosotros.

Y no es justo pisotearla despiadadamente.

Porque, si bien la condena dice:

«Estarás sometida a la potestad de tu marido y él te dominará»,

ello debe acaecer según justicia y no con atropello lesivo de los derechos del alma libre

y digna de respeto.

Vosotros, con el repudio, que no os es lícito, ofendéis al alma de vuestra compañera,

a la carne gemela que se ha unido a la vuestra;

a ese todo que es la mujer con que os habéis casado exigiendo su honestidad,

mientras que vosotros, ¡Perjuros!, vais a ella deshonestos, minorados, a veces corrompidos…

Y seguís corrompidos.

Y aprovecháis todas las ocasiones para herirla y dar mayor campo a la lujuria insaciable

que hay en vosotros.

¡Prostituidores de vuestras esposas!

Por ningún motivo podéis separaros de la mujer que está unida a vosotros según la Ley y la Bendición.

Sólo en el caso de que la gracia os toque, y comprendáis que la mujer no es una propiedad sino un alma,

y que, por tanto, tiene iguales derechos que vosotros de ser reconocida parte del hombre

y no su objeto de placer.

Y sólo en el caso de que vuestro corazón sea tan duro, que no sepáis elevarla a esposa,

después de haber gozado de ella como una prostituta,

sólo en el caso de anular este escándalo de dos que conviven sin que Dios bendiga su unión,

podéis despedirla.

Porque entonces vuestra unión no es tal, sino que es fornicación.

Y frecuentemente sin el honor de unos hijos, porque son eliminados forzando la naturaleza,

o repudiados como una vergüenza.

En ningún otro caso.

En ningún otro.

Porque si tenéis hijos ilegítimos de vuestra concubina, tenéis el deber de poner término al escándalo

casándoos con ella, si sois libres.

No contemplo el caso del adulterio consumado contra la esposa ignara.

Para ese caso, santas son las piedras de la lapidación y las llamas del Seol.

Y para el que repudia a su esposa legítima, porque está saciado de ella…

Y toma a otra, hay sólo una sentencia: ése es adultero.

Y es adúltero el que toma a la repudiada, porque, si el hombre se ha arrogado el derecho de separar

lo que Dios ha unido;

la unión matrimonial continúa ante los ojos de Dios.

Y maldito aquel que pasa a segunda esposa sin ser viudo.

Y maldito aquel que toma otra vez a su mujer primera después de haberla despedido por repudio

Mateo 5, 27-32

y haberla abandonado a los miedos de la vida;

siendo así que ella haya cedido a nuevo matrimonio para ganarse el pan,

si queda viuda del segundo marido.

Porque, aunque sea viuda, fue adúltera por culpa vuestra.

Y haríais doble su adulterio.

¿Habéis comprendido, fariseos que me tentáis?

Éstos se van humillados, sin responder.

Un romano dice:

–          Es un hombre severo.

Si fuera a Roma, vería que allí fermenta un fango aún más hediondo.

También algunos de Gadara se quejan:

–          ¡Dura cosa ser hombres, si hay que ser castos de esa forma!…

Y algunos, más fuerte,

gritan:

–          ¡Si tal es la condición del hombre respecto a la mujer, es mejor no casarse!

Y también los apóstoles repiten este razonamiento, mientras toman de nuevo el camino

que conduce a los campos, tras haber dejado a los de Gadara.

Lo dice Judas con sarcasmo.

Lo dice Santiago de Zebedeo con respeto y reflexión.

Y Jesús responde al uno y al otro:

–          No todos comprenden esto, ni lo comprenden bien.

Algunos, efectivamente, prefieren el celibato para tener libertad de secundar sus vicios;

otros para evitar la posibilidad de pecar siendo maridos no buenos.

Sólo algunos – a los cuales les es concedido – comprenden la belleza de estar limpios de sensualidad

e incluso de una honesta hambre de mujer.

Y son los más santos, los más libres, los más angélicos sobre la faz de la tierra.

Hablo de aquellos que se hacen eunucos por el Reino de Dios.

Hay hombres que nacen así.

A otros los hacen eunucos.

Los primeros son personas deformes que deben suscitar compasión; los segundos…

son abusos que hay que reprimir.

Mas está esa tercera categoría de eunucos voluntarios;

los cuales, sin usar violencia para consigo – por tanto con doble mérito -, saben adherirse

a eso que Dios pide…

Y viven como ángeles para que el altar abandonado de la tierra tenga todavía flores e inciensos

para el Señor.

Éstos no complacen a su parte inferior, para crecer en la parte superior,

de forma que ésta florezca, en el Cielo, en los arriates más próximos al trono del Rey.

Y en verdad os digo que no son personas mutiladas,

sino seres dotados de aquello que a la mayor parte de los hombres les falta.

No son, pues, objeto de necio escarnio;

antes al contrario, de gran veneración.

Comprenda esto quien debe.

Y respete, si puede.

Los apóstoles casados musitan entre sí.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué os pasa?

Bartolomé responde por todos,

diciendo:

–          ¿Y nosotros?

No sabíamos esto y hemos tomado mujer.

Pero nos gustaría ser como Tú dices…

–          Y no os está prohibido hacerlo de ahora en adelante.

Vivid en continencia, viendo en vuestra compañera a vuestra hermana,

y tendréis gran mérito ante los ojos de Dios.

Vamos a acelerar el paso.

Para estar en Pel.la antes de la lluvia.

381 PARA LOS EXORCISTAS


381 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Están ahora nuevamente en la casa de Nazaret.

Esparcidos en el rellano de los olivos, en espera de separarse para ir a descansar.

Ya ha oscurecido y la luna se levanta tarde, así que han encendido una pequeña

hoguera para aclarar la noche;

Una noche tibia, «demasiado incluso» como sentencian los pescadores previendo

próximas lluvias.

Y es bonito estar allí, todos unidos:

las mujeres en el huerto florecido, alrededor de María;

los hombres aquí arriba.

Y en el borde del rellano, de forma que lo vean tanto éstos como aquéllas,

Jesús, respondiendo a uno o a otro, mientras las discípulas escuchan atentas.

Deben haber referido lo del epiléptico curado al pie del monte y todavía siguen los

comentarios al respecto.

Simón de Alfeo exclama:

–        ¡Vamos, que has hecho falta Tú!

¡Pero ni siquiera el ver que incluso sus exorcistas no podían nada,

a pesar de haber dicho que habían usado las fórmulas más fuertes,

ha convencido a esos cernícalos!

Dice, meneando la cabeza, el barquero Salomón:

–        Y no convencerán a sus escribas ni siquiera diciéndoles sus conclusiones.

–        ¡Ya, claro!

Me parecía que hablaban bien, ¿No es verdad?

Hermas agrega:

–        Muy bien.

Excluyeron todo tipo de sortilegio demoníaco en el poder de Jesús.

Y dijeron que se sintieron invadidos de profunda paz

cuando el Maestro hizo el milagro;

mientras que cuando sale de uno un poder malvado lo sienten como un sufrimiento

–        ¡Pero hay que ver qué espíritu más fuerte!

¡No se quería marchar!

Pero, ¿Cómo es que no lo tenía continuamente poseído?

–        ¿Era un espíritu rechazado, solitario?

¿O era tan santo el muchacho, que por sí mismo lo repelía?

Jesús responde espontáneamente:

–        He explicado varias veces que toda enfermedad,

siendo un tormento y un desorden, puede esconder a Satanás.

Y Satanás se puede esconder en una enfermedad, usarla, crearla, para atormentar y

hacer blasfemar contra Dios.

El niño era un enfermo, no un poseído.

Un alma pura.

Por eso con gran alegría la he liberado del astutísimo demonio,

que quería dominarla hasta el punto de hacerla impura.

Judas pregunta:

–        ¿Y por qué, si era una simple enfermedad,

no hemos podido resolverlo nosotros?

Tomás agrega: .

–      ¡Sí, eso!

Se comprende que los exorcistas, si no era un endemoniado,

no hayan podido hacer nada.

Pero nosotros..

Y Judas de Keriot que no ha encajado la afrenta de haber intentado muchas veces

con el muchacho

y haber obtenido sólo que cayera en un estado de agitación con convulsiones dice:

–        Pero nosotros…

Hasta parecía que se le empeorase.

¿Recuerdas, Felipe?

Tú que me ayudabas oíste y viste las burlas que me dirigía.

Me dijo incluso: «¡Vete! De los dos el más demonio eres tú».

Lo cual hizo que a mis espaldas se rieran los escribas.

Jesús pregunta como sin interés:

–        ¿Y ello te ha dolido?

–         ¡Claro que sí!

No es una cosa bonita que se burlen de uno.

Y no es útil cuando se es apóstol tuyo.

Se pierde autoridad.

Judas está tan ciego a la Verdad,

La posesión demoníaca perfecta, causada por la impenitencia y el egoísmo desenfrenado; provocan la ceguera moral, emocional y espiritual que Satanás necesita, para hacer capaces a sus instrumentos de cometer los más atroces crímenes…. 

que no reconoce que el Demonio le dió la razón, por la cual es un apóstol indigno...

–        Cuando uno tiene a Dios tiene autoridad,

aunque el mundo entero se burle, Judas de Simón.

–        De acuerdo.

Pero Tú aumenta, al menos en nosotros los apóstoles, el poder;

para no sufrir otra vez ciertas derrotas.

–        Ni es justo ni sería útil que Yo aumentara el poder.

Por vosotros mismos lo tenéis que hacer, para salir vencedores.

Si habéis fracasado ha sido por vuestra insuficiencia, y también por haber disminuido

cuanto os había dado, con elementos no santos que habéis querido añadir

esperando mayores triunfos.

Judas pregunta:

–        ¿Lo dices por mí, Señor?

–        Tú sabrás si lo mereces.

Hablo a todos.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Pero entonces qué hay que tener para vencer a estos demonios?

–        Oración y ayuno.

No se necesita nada más.

Orad y ayunad.

Y no sólo en la carne.

Por eso bien está el que vuestro orgullo haya quedado en ayunas, sin ser satisfecho.

El orgullo saciado vuelve apáticas la mente y el alma.

Y la oración se hace tibia, inerte; de la misma forma que el cuerpo demasiado lleno

está somnoliento y pesado.

Y ahora vamos también nosotros al justo descanso. 

Que mañana al amanecer todos,

menos Mannahém y los discípulos pastores,

estén en el camino de Caná.

La paz sea con vosotros.

Y retiene a Isaac y a Mannahém y da particulares instrucciones para el día siguiente,

día de la partida para las discípulas y María,

que, junto con Simón de Alfeo, y Alfeo de Sara, empiezan el peregrinaje pascual. –

Pasaréis por Esdrelón para que Margziam vea al anciano.

Daréis a los labriegos la bolsa que por indicación mía os ha dado Judas de Keriot.

Y durante el viaje socorreréis a todos los pobres que os encontréis, con la otra que os

he dado hace poco.

Cuando lleguéis a Jerusalén, id a Betania

y decid que me esperen para la luna nueva Nisán.

Poco podré tardar a partir de ese día.

Os confío a la persona que más estimo y a las discípulas.

Pero estoy tranquilo de que estarán seguras.

Partid.

Nos volveremos a ver en Betania y estaremos bastante tiempo juntos.

Los bendice.

Y mientras ellos se alejan en la noche, salta hacia abajo, al huerto.

Y entra en casa, donde ya están las discípulas y su Madre,

que, con Margziam, están apretando los cordones de los fardos de viaje

y disponiendo todas las cosas para esta ausencia cuya duración no se conoc

376 DESPUÉS DEL ASESINATO


  1. 376 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Cuando ponen pie en la playita de Cafarnaúm, los recibe el griterío de los niños,

que tanto corren, veloces, chillando con sus vocecitas, desde la playa a las casas,

que emulan a las golondrinas afanadas en la construcción de los nuevos nidos;

alborozados con esa sencilla alegría de los niños,

para los cuales es espectáculo maravilloso un pez muerto encontrado en la orilla,

Y mágico objeto una piedra pulida por las olas y que por su color asemeja a

una piedra preciosa, la flor descubierta entre dos piedras o el escarabajo

tornasolado capturado en vuelo:

prodigios todos dignos de ser mostrados a las mamás,

para que participen de la alegría de su hijito.

Mas ahora estas golondrinas humanas han visto a Jesús,

y todos sus vuelos convergen hacia Él, que está para desembarcar en la playita.

Entonces se abate sobre Jesús una templada, viva avalancha de carnes niñas,

y lo ciñe; una cadena suave de tiernas manitas, que lo ata;

un amor de corazones infantiles, que, cual dulce fuego, le da calor. 

Y todos gritan:

–         ¡Yo! ¡Yo!

–        ¡Un beso!

–        ¡A mí!

–        ¡También yo!

–        ¡Jesús! ¡Te quiero!

–         ¡No te vuelvas a marchar por tanto tiempo!

–        ¡Venía todos los días aquí para ver si venías!

–        ¡Yo iba a tu casa!

–        Ten esta flor.

Era para mi mamá. Pero te la doy.

–        Otro beso más para mí, muy fuerte.

El de antes no me ha tocado, porque Yael me ha empujado para atrás…

Y las vocecitas continúan mientras Jesús trata de caminar entre esa red de ternuras.

Apóstoles y discípulos gritan:

–          ¡Pero dejadlo un poco en paz!

–        ¡Fuera! ¡Basta!

Tratando de aflojar el cerco.

–        ¡Ya, ya!

¡Parecen lianas provistas de ventosas!

Por esta parte las separan, por allá se pegan.

Sonriendo, Jesús dice:

–        ¡Dejad! ¡Dejadlos

Con paciencia llegaremos

Y da pasos increíblemente pequeños para poder caminar sin pisar

los piececitos descalzos.

Pero lo que le libra del amoroso cerco,

es la repentina llegada de Mannahém con otros discípulos,

entre los cuales están los pastores que estaban en Judea.

Y con su potente voz solemne,

Mannahém lo saluda:

–         ¡La paz a Ti, Maestro!

Pues va espléndidamente vestido, aunque ya sin objetos de oro en la frente y en

los dedos;

eso sí, con una magnífica espada a la cintura que suscita la admiración llena de

reverencia de los niños, los cuales, ante este magnífico caballero vestido de

púrpura y con un arma tan estupenda en su cintura, se apartan atemorizados.

Y así Jesús puede abrazarlo y abrazar a Elías, a Leví, a Matías; a José, a Juan, a

Simeón y a muchos otros más.

Jesús pregunta:

–        ¿Cómo es que estás aquí?

¿Y cómo has sabido que había arribado?

El hermano de Herodes, contesta:

–          Saberlo, se ha sabido por los gritos de los niños.

Han traspasado los muros como flechas de alegría.

Pero he venido aquí porque pensaba que está próximo tu viaje a Judea y que

ciertamente tomarán parte en él las mujeres…

He querido estar también yo…

Para protegerte, Señor, si no es demasiada soberbia pensarlo.

Hay mucha efervescencia en Israel contra Ti.

Esto es una cosa dolorosa de decir

Pero no la ignoras.

Hablando así, llegan a la casa y entran en ella.

Mannahém continúa hablando después de que el jefe de casa y su mujer,

han saludado reverentemente al Maestro.

–         Ya en estos momentos la efervescencia y el interés que suscitas ha penetrado por todas partes,

agitando y llamando la atención incluso de los más insensibles y distraídos

por cosas muy distintas de lo que Tú eres.

Las noticias de tus obras han penetrado incluso dentro de las sucias murallas de

Maqueronte y en los lujuriosos refugio de Herodes,

bien sean éstos el palacio de Tiberíades, los castillos de Herodías o la espléndida

mansión de los Asmoneos cerca del Sixto.

Franquean, como oleadas de luz y poder, las barreras de tinieblas y mezquindad.

Abaten los cúmulos de pecados dispuestos como trinchera y refugio para los sucio

amores de la Corte y los atroces delitos.

Asaetean, como dardos de fuego, escribiendo palabras mucho más graves que las

del banquete de Baltasar en las licenciosas paredes de las alcobas y de las salas del

trono y de los banquetes.

Gritan tu Nombre y tu poder, tu Naturaleza y tu Misión.

Y Herodes tiembla de miedo por ello.

Y Herodías se contuerce en los lechos, con miedo a que Tú seas el Rey vengador

que habrá de arrebatarle riquezas, inmunidades e incluso la vida.

Y arrojarla a merced de las turbas, que vengarían sus muchos delitos.

En la Corte tiemblan. Y es por ti.

Tiemblan de miedo humano y sobrehumano.

Desde que la cabeza de Juan cayó cortada, un fuego parece devorar las entrañas de

quienes lo mataron.

Ya no tienen siquiera su mísera paz de antes, paz de puercos hartos de comilonas,

que encuentran el silencio a las acusaciones de la conciencia,

en la ebriedad y en la cópula.

Ya no hay nada que les dé paz…

Están perseguidos…

Y después de cada una de las horas de amor se odian;

hartos el uno de la otra, culpándose recíprocamente de haber cometido el delito

que turba, que ha sobrepasado la medida; mientras que Salomé, como poseída por

un demonio, vive zarandeada por un erotismo que degradaría a una esclava de las

moliendas.

El Palacio es más hediondo que un albañal.

Herodes me ha preguntado varias veces acerca de Ti.

Siempre he respondido:

«Para mí es el Mesías, el Rey de Israel de la única estirpe real, la de David.

Es el Hijo del hombre a que se refieren los Profetas, es el Verbo de Dios,

Aquel que, por ser el Cristo, el Ungido de Dios,

tiene derecho a reinar sobre todos los vivientes».

Y Herodes palidece de miedo sintiéndote el Vengador.

Porque los de la Corte para confortarlo dicen que Tú eres Juan falsamente

considerado muerto.

Elías o algún otro profeta del pasado…

Y con ello le hacen deprimirse más que nunca, de horror;.

Y rechaza el miedo, el grito de la conciencia desmembrada por el remordimiento,

diciendo: 

–        «¡No, no puede ser Juan!

Lo decapitaron por orden mía y su cabeza la tiene Herodías en segura custodia.

Y no puede ser uno de los profetas.

No se vive de nuevo una vez muertos.

Pero tampoco puede ser el Cristo. ¿Quién lo dice?

¿Quién dice que lo es?

¿Quién se atreve a decirme que es el Rey de la única estirpe regia?

¡Yo soy el rey! ¡Yo! Y ningún otro.

El Mesías fue matado por Herodes el Grande:

fue ahogado, recién nacido, en un mar de sangre.

Fue degollado como un corderito… y tenía pocos meses…

¿Oyes cómo llora?

Su balido me grita continuamente dentro de la cabeza, junto con el rugido de Juan:

`No te es lícito’…

¿No me es lícito

Sí. Todo me es lícito, porque yo soy `el rey’.

Aquí vino y mujeres, si Herodías rechaza mis abrazos amorosos.

Y que dance Salomé para despertar mis apetitos aterrorizados por esas cosas

pavorosas que dices».

Y se emborracha entre las mimas de la Corte, mientras en sus habitaciones grita la

desquiciada mujer sus blasfemias contra el Mártir… 

Y sus amenazas contra Ti.

Y en las suyas, Salomé conoce lo que es el haber nacido del pecado de dos

lujuriosos y el haber sido cómplice de un delito conseguido con el abandono del

propio cuerpo a los frenesíes lúbricos de un hombre inmundo.

Pero luego Herodes vuelve en sí y quiere saber de Ti.

Y querría verte.

Y por este motivo favorece el que yo venga a Ti, con la esperanza de que te lleve a

su presencia; cosa que no haré nunca,

para no llevar tu santidad a un antro de fieras inmundas.

Y querría tenerte Herodías para agredirte.

Y lo grita con su estilete en las manos…

Y querría tenerte Salomé, que te vio en Tiberíades sin que Tú lo supieras, el pasado

Etanim, en su insania por Ti…

¡Éste es el Palacio, Maestro!

Pero yo permanezco en él, porque así vigilo las intenciones respecto a Ti.

Jesús responde:

–         Yo te lo agradezco y el Altísimo te bendice por ello.

También esto es servir al Eterno en sus decretos. –

        Lo he pensado.

Y por este motivo he venido.

–         Mannahém dado que has venido, te ruego una cosa.

No bajes a Jerusalén conmigo, sino con las mujeres.

Yo voy con éstos por camino ignoto; no podrán hacerme ningún mal.

Pero ellas son mujeres indefensas.

Y el que las acompaña es de corazón manso y está enseñado a ofrecer la mejilla a

quien ya lo ha golpeado.

Tu presencia será segura protección.

Un sacrificio, lo comprendo.

Pero estaremos juntos en Judea.

No me niegues esto, amigo.

–        Señor, todo deseo tuyo es ley para tu siervo

Estoy al servicio de tu Madre y de las condiscípulas, desde este momento hasta

cuando quieras.

–         Gracias.

Esta obediencia tuya también será escrita en el Cielo.

366 DEFECTOS DE JUVENTUD


366 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Dejando el pueblo de Meirón, Jesús, con sus apóstoles, toma un camino,

también éste de montaña, que va en dirección noroeste, entre bosques y prados.

Sigue subiendo.

Quizás han venerado ya algunas tumbas, porque van hablando de ello.

Ahora es precisamente Judas el que va adelante con Jesús.

Se comprende que en Meirón han recibido y dado limosnas.

Judas rinde cuentas, diciendo los donativos que han recibido…

Y las limosnas que han dado.

Termina diciendo:

–        Y ahora, aquí está, mi donativo

He jurado esta noche que te lo iba a dar para los pobres, como penitencia.

No es mucho.

Pero no tengo mucho dinero.

De todas formas, he convencido a mi madre de que me mande dinero a menudo

a través de muchos amigos.

Las otras veces que dejaba mi casa era con mucho dinero.

Pero esta vez, teniendo que ir por los montes solo o sólo con Tomás,

he tomado sólo lo suficiente, para la duración del viaje.

Prefiero hacerlo así.

La única cosa es que…

Tendré que pedirte alguna vez autorización para separarme de vosotros,

durante unas horas para ir donde mis amigos.

Ya he dispuesto todo…

Maestro, ¿Sigo teniendo el dinero yo

¿Todavía yo? ¿Te fías todavía de mí

Jesús dice:

–        Judas, tú solo dices todo.

Y no sé el motivo por el que lo haces.

Has de saber que para Mí nada ha cambiado…

Porque espero con ello que cambies tú y vuelvas a ser el discípulo que fuiste…

Y llegues a ser el justo por cuya conversión oro y sufro.

–        Tienes razón, Maestro.

Pero, con tu ayuda, ciertamente lo seré.

Por lo demás…

Son imperfecciones de juventud.

Cosas sin peso.

Es más, sirven para poder comprender a los semejantes y para curarlos.

Jesús exclama:

–        ¡Verdaderamente, Judas, tu moral es muy extraña!

Y debería decir más.

Nunca se ha visto a un médico que enferme voluntariamente,

para poder decir después:

«Ahora sé curar mejor a los que tienen esta enfermedad».

¿Así que Yo soy un incapaz?

–        ¿Quién lo dice, Maestro?

–        Tú.

Yo no cometo pecados; por tanto, no sé curar a los pecadores.

–        Tú eres Tú.

Pero nosotros no somos Tú.

Y tenemos necesidad de la experiencia para saber hacer…

–        Es tu vieja idea.

La misma de hace unas veinte lunas.

Sólo que entonces opinabas que Yo debía pecar, para ser capaz de redimir.

Verdaderamente me sorprende que no hayas tratado de corregir este…

Defecto mío, según tus modos de juzgar,

Y de dotarme de esta…

Capacidad de comprender a los pecadores.

-Estás bromeando, Maestro.

Bien, me agrada que bromees.

Me causabas pena. Estabas muy triste.

Y para mí es doble satisfacción el que sea precisamente yo quien te hace bromear.

Pero nunca he pensado en elevarme a ser tu pedagogo.

Además, ya ves que he corregido mi modo de pensar; tanto,

que digo que esta experiencia es necesaria sólo para nosotros.

Para nosotros, pobres hombres.

Tú eres el Hijo de Dios, ¿No es verdad?

Tienes, por tanto, una sabiduría que, para ser sabiduría;

no tiene necesidad de experiencias

–         Bueno, pues, has de saber que la inocencia también es sabiduría,

mucho mayor que el bajo y peligroso conocimiento del pecador.

Donde la santa ignorancia del mal limitaría la capacidad de guiarse y de guiar,

suple el ministerio angélico, que jamás se ausenta de un corazón puro.

Cree que los ángeles, aun siendo purísimos, saben distinguir el Bien y el Mal.

Y conducir al hombre puro que custodian, por el sendero recto y hacia actos rectos.

El pecado no es aumento de sabiduría.

No es luz. No es guía. Jamás.

Es corrupción. Es privación de ver. Es caos.

De modo que quien lo cometa conocerá su sabor,

mas perderá también la capacidad de saber muchas otras espirituales cosas

y ya no tendrá a un ángel de Dios, espíritu de orden y amor, que lo guíe;

sino a un ángel de Satanás,

para conducirlo por la vía de un desorden cada vez mayor,

por el odio insaciable que devora a estos espíritus diabólicos.

–        Y… escucha, Maestro.

¿Si uno quisiera volver a tener la guía angélica?

¿Basta el arrepentimiento, o, por el contrario, el veneno del pecado perdura

incluso después de que uno se ha arrepentido y ha sido perdonado?…

Ya sabes…

Uno que se ha dado al vino, por ejemplo, aunque jure no volver a emborracharse,

y lo jure con verdadera voluntad de cumplirlo,

sigue sintiendo la incitación a beber.

Y sufre…

–        Claro. Sufre.

Por este motivo uno no se debería hacer nunca esclavo de lo malo.

Pero sufrir no es pecar. Es expiar.

Como un borracho arrepentido no comete pecado

si resiste heroicamente a la incitación y deja de beber vino;

asimismo, quien ha pecado y se arrepiente y resiste a todas las incitaciones,

adquiere un mérito.

Y no le falta la ayuda sobrenatural para esta resistencia.

Ser uno tentado no es pecado.

Es más, es batalla que procura victoria.

Y – cree también esto – Dios desea sólo perdonar…

Y ayudar a quien habiendo errado luego se arrepiente…

Judas está en silencio un rato…

Luego, toma la mano de Jesús y la besa.

E inclinado todavía hacia la mano que ha besado,

dice:

–        Pero yo ayer por la noche me he pasado de la raya.

Te he insultado, Maestro…

¡He dicho estas blasfemias!

¿Pueden acaso serme perdonadas?

–        El mayor pecado es desesperar de la misericordia divina…

Judas, Yo he dicho:

«Todo pecado contra el Hijo del hombre será perdonado».

El Hijo del hombre ha venido para perdonar, salvar, curar, para llevar al Cielo.

¿Por qué quieres perder el Cielo? ¡Judas!

¡Judas’. ¡Mírame!

Lávate el alma en el Amor que brota de mis ojos…

–        ¿Pero no te causo repulsa?

–         Sí…

Pero el Amor es mayor que la repulsa.

Judas, pobre leproso, el mayor leproso de Israel;

Ven a invocar la salud a Aquel que te la puede dar…

–        Dame la salud, Maestro.

–        No.

No así.

No hay en ti arrepentimiento verdadero y voluntad firme.

Hay sólo un conato de amor sobreviviente por Mí, por tu pasada vocación.

Hay un pulular de sentimiento, pero enteramente humano.

No es que sea malo todo esto.

Es más, es el Primer paso hacia el Bien.

Cultívalo, auméntalo, injértalo en lo sobrenatural;

 haz de ello un verdadero amor por Mí,

una vuelta verdadera a lo que eras cuando viniste a Mí, ¡Eso al menos!

¡Eso al menos!

Haz de ello, no un latido transitorio, emotivo, de sentimentalismo inactivo;

sino un verdadero sentimiento, activo, de atracción al Bien.

Judas, Yo espero.

Sé esperar. Yo oro.

Soy Yo quien suple, en esta espera, a tu ángel disgustado.

Mi piedad, mi paciencia, mi amor; siendo perfectos, son superiores a los angélicos,

y pueden permanecer a tu lado,

en medio de los desagradables hedores de lo que te fermenta en el corazón,

PARA AYUDARTE… 

Judas se estremece, no fingidamente, sino en la realidad.

Con labios temblorosos, con voz quebradiza por lo que le estremece,

pálido, pregunta:

–        ¿Pero Tú sabes realmente lo que he hecho?

—        TODO, JUDAS. 

¿Quieres que te lo diga o prefieres que te ahorre esta humillación?

–          Pero… bueno, es que no puedo creer…

–         Bien, pues entonces vamos a recorrer hacia atrás el camino…

Y a decirle al incrédulo la verdad.

Esta mañana ya has mentido más de una vez:

Sobre el dinero y sobre cómo has pasado la noche.

Tú ayer por la noche has tratado de ahogar con la lujuria todos tus otros

sentimientos, todos los odios, los remordimientos. Tú…

–        ¡Basta! ¡Basta!

¡Por caridad, no sigas!

O huiré de tu Presencia.

–       Deberías, por el contrario, abrazarte a mis rodillas pidiendo perdón.

–        ¡Sí, sí!

¡Perdón! ¡Perdón, Maestro mío

¡Perdón! ¡Ayúdame!

¡Ayúdame! ¡Es más fuerte que yo!

Todo es más fuerte que yo.

–        Menos el amor que deberías tener por Jesús…

Pero, ven aquí, para vencerte la tentación y librarte de ella.

Y lo toma entre sus brazos.

Y llora silenciosas lágrimas, encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás, se han detenido prudentemente

358 EL JUEGO DE LA NIGROMANCIA


358 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío.

Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver

un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Juan dice:

–        Ahora bien, si Yo por mí mismo ya hubiera seleccionara a quien merece el Milagro,

el Amor, la Palabra de Dios.

y a QUIEN   

NO LA MERECE… 

Podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad,

Para que los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos,

¡Y vaya que gritarían fuerte el día de su Juicio Individual!

“¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!”

Pero esto no podrán decirlo…

O sea, lo dirán mintiendo una vez más.

Y serán juzgados por ello».

Mateo pregunta:

–        ¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo?

–          Eso no lo sé.

No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos.

Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida

no son réprobos, aunque crean en otras religiones.

Pero se lo podemos preguntar.

Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal,

en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

Su hermano Santiago, observa:

–    El Maestro habla mucho contigo.

Y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos.

–        Culpa tuya y vuestra.

Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan,

como si fuera una persona muy necia.

Pero no me importa dar esta imagen.

Me basta con conocer su pensamiento.

Y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío.

Deberíais hacer lo mismo vosotros.

¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué?

¿De ser ignorantes?

¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas?

Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche.

Lo dice siempre…

Y me lo digo siempre, para prepararme a la separación…

Pero siento que significará siempre un gran dolor…

Andrés exclama:

–          ¡No me lo recuerdes!

Y repiten lo mismo los otros.

Y suspiran.

Judas Tadeo pregunta a Santiago.

–          Pero, ¿Cuándo sucederá?

Dice siempre: «Pronto».

Pero «pronto» puede ser dentro de un mes o de años.

Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido…

Santiago de Alfeo palidece visiblemente y agacha la cabeza.

Tadeo pregunta:

–         ¿Qué te pasa, hermano?

Te estás poniendo muy pálido…

–        ¡Nada, nada! Pensaba…

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…

–          ¡Pero si se te saltan las lágrimas!

¿Qué te pasa?…

–         No más que lo que os pasa a vosotros…

Pensaba en cuando estemos solos.

Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo.

Y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Pregunta:

–         ¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando,

como un cormorán en día de tempestad?

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori.

Mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo.

Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen,

hacia la vía principal son Tomás y Judas.

Y varios se preguntan:

–       ¡Atiza!

–        ¡Aquí?

–        ¿Precisamente aquí?

–         ¿Y qué hacen aquí?

–        De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades…

Zelote que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza,

en el corazón de muchos.

dice con prudencia:

–        Quizás venían buscando a los discípulos.

Era su misión.

Mateo aconseja:

–        Vamos a acelerar el paso.

Jesús está solo y parece que nos espera…

Van.

Y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.

Jesús está palidísimo…

Tanto que Juan pregunta:

–        ¿Te encuentras mal?

Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación.

Mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre;

pero que se pone serio mirando al Maestro, tan  manifiestamente cambiado.

Y pregunta solícito:

–          ¿Has estado enfermo?

Jesús responde:

–          No, Tomás.

En absoluto. ¿Y tú?

¿Has estado bien, contento?

–          Yo sí, Señor.

Siempre bien y siempre contento.

Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón.

Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo.

Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo.

He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste.

Luego vino Judas…

Y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo…

Donde había discípulos.

Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco.

Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.

Jesús lo deja.

Y ahora es el turno de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco,

desenvuelto, triunfante.

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás.

Y las palabras que siguen son afectuosas.

Jesús pregunta:

–          ¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte?

¿Está bien esa santa mujer?

Judas responde alegremente:

–          Sí, Maestro.

Y te bendice por haberle enviado a su Judas.

Quería mandarte unos presentes.

Pero, ¿Cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles?

Puedes estar tranquilo, Maestro.

Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente.

La idea se va extendiendo cada vez más.

Yo he querido personalmente,

controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a Ti.

He tratado con saduceos, herodianos…

¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!…

¡Pero, por amor a Ti, haré esto y más!

He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas.

Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a Ti.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal...

No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber.

Y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre.

He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido;

porque merecían rayos y no bendiciones.

Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya.

Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre;

mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos

que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza.

Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas,

para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en una situación

sospechosa ante los que caminan hacia la conversión…

¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!…

Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho:

«Bueno, pues si las cosas están exactamente así…

Pensábamos que estaban de otro modo.

Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…».

Simón Zelote que se ha contenido hasta ese momento, pero no más.

Y está lívido por el esfuerzo hecho.

lo interrumpe:

–          No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros»

–         ¿Y quién ha dicho eso?

¡Todo lo contrario!

José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: «¿Por qué estás tan alterado?»

Le conté todo.

Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo,

Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega.

Porque los has despedido, ¿No es verdad?

Judas lo pregunta mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache,

brillantes hasta la fosforescencia.

Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo,

dice sereno:

–         Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho.

Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

–          ¡Ah!, bueno.

Decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión.

Lo cual significa mucho para nosotros, ¿No es verdad?

¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír!

¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen,

como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad?

¡Y qué examen! Bien.

Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad.

Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos.

O donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega.

He estado con Lázaro, con Mannahém, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur;

en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní;

en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa;

donde Nicodemo, donde José…

–         ¿Pero no lo habías visto ya?

–          Sí.

Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos.

Pero… ya sabes… yo quería asegurarme…

Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él…

Y no creas que sufría por no encontrarlo.

Sería injusto.

Siempre – y Tomás lo puede confirmar – siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado.

Y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía: «¡Alabado sea el Señor!»,

Y decía: «¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!».

Exactamente así. El suspiro de mi alma…

El último lugar fue Esdrelón….

¡Ah, a propósito!

Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó,

desea invitarte a su casa…

Pero yo en tu lugar no iría…

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué?

Iré sin falta.

También Yo deseo verlo.

Es más, iremos enseguida.

En vez de ir a Seforis, vamos a Esdrelón.

Y pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó.

Y de allí a la casa de Ismael».

Judas se opone:

–          ¡No, no, Señor!

¿Por qué? ¿Piensas que te estima?

–          Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío…

¿Por qué no quieres que vaya?

–          No fui a hablar con él…

Estaba él en las tierras y me reconoció.

Pero yo – ¿verdad, Tomás? – quería huir cuando lo vi.

No pude porque me llamó por el nombre.

Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, escriba

o seres semejantes.

No es útil para Ti.

Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos,

ni rencores y dar armas a las críticas…

En la mesa se habla…

Y ellos estudian deslealmente tus palabras.

Pero, volvamos a Juan…

Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria,

me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

–         Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera.

Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos,

se contradice con lo que has dicho antes.

Tú me has defendido…

Eso has hecho, ¿No es verdad?

Has dicho: «He desmontado muchas prevenciones contra Ti».

Has dicho esto, ¿No es verdad?

–          Sí, Maestro.

–         ¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme?

Así que iremos a casa de Ismael.

Y tú, ahora vuelves y vas a avisarle.

Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé.

Nosotros nos detendremos donde los campesinos.

Respecto a Sicaminón, venimos de allí.

Éramos once.

Te aseguramos que Juan no está allí.

Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corozaín,

Belén de Galilea.

Y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para…

Tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural…

Y no obstante, algo debe haber en Él, que turba a Judas…

El cual por un instante, cambia de color.

Jesús lo abraza como para besarlo…

Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas,

le susurra quedo:

–          ¡Desdichado!

¿Qué has hecho de tu alma!

–          Maestro… yo…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

–            ¡Vete!

¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás!

¡Calla!…

Y arrepiéntete si puedes.

Judas…

Cualquier otro hubiera escapado a todo correr. ¡Pero él!…

Dice con desfachatez en alta voz:

–          Gracias, Maestro.

Lo que sí que te rogaría antes de marcharme, serían dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

–          ¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras?

Me han dolido.

–          Porque son la verdad.

Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

–          ¡Ah! ¿Es por la nigromancia?

¡Qué miedo me has hecho pasar! 

¡Una broma! ¡Ha sido sólo un juego!

¡Sólo fue una broma de niño curioso!

Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia.

Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad.

Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder.

Tenías razón. ¡Venga, Maestro!

¡Es tan leve el pecado!…

Grande es tu sabiduría. Pero, ¿Quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

El día que Jesús estuvo una jornada entera intercediendo por él, en la cueva de Yiftael

con La Oración Profunda, el Padre le mostró al Hijo lo que el apóstol indigno,

hacía mientras tanto….

Y por qué el Milagro solicitado, le estaba NEGADO…

Judas con posesión diabólica perfecta… ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

Judas se siente un poco atemorizado, al comprender que el Señorío de Jesús como Dios,

le ha proporcionado el conocimiento…

Y trata de minimizarlo…

–          ¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado?

–          Y me has causado repugnancia. ¡Vete!

Y no digas ni una sola palabra más.

Y Jesús le vuelve la espalda.

Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino.

Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés;

los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso.

Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad

que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad.

Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario,

que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada;

como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros,

que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

327 LA SALUD ESPIRITUAL


327 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Síntica añade:

–       ¡Ah, sí!

Como aquel día…

¿Te acuerdas, Juan?

¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día!

¡Y muy ignorantes! –

Síntica, sonriendo levemente y mirando fijamente al discípulo con su mirada profunda.

Juan sonríe a su vez,

y dice:

–       Sí.

Y vosotros tuvisteis un maestro muy incapaz, que tuvo que pedir ayuda a la verdadera Maestra…

porque, en ninguno de los muchos libros que había leído;

este pedagogo ignorante había encontrado la respuesta para un niño.

Señal de que soy un pedagogo ignorante todavía.

–       La ciencia humana es ignorante todavía.

Lo insuficiente no era el pedagogo, sino lo que le habían dado para serlo.

¡La pobre ciencia humana!

¡Oh, qué mutilada la veo!

Me recuerda a una divinidad que era venerada en Grecia.

¡Se requería verdaderamente la materialidad pagana, para poder creer que, por estar privada

de alas, la Victoria fuera para siempre propiedad de los griegos!

No sólo las alas a la Victoria;

la libertad incluso nos han quitado…

Mejor hubiera sido, en nuestra creencia, que hubiera tenido alas.

Habríamos podido concebirla capaz de volar, 

para arrebatar rayos celestes y asaetear a los enemigos.

Pero, así, sin alas, no daba esperanza sino desconsuelo y mensaje de tristeza.

No la podía mirar sin apenarme…

La veía doliente, descorazonada por su mutilación.

Un símbolo de dolor, no de alegría…

Y lo fue.

Pero es que el hombre hace con la Ciencia lo mismo que con la Victoria.

Le amputa las alas que bañarían en lo sobrenatural el saber…

Y darían una clave para abrir muchos secretos de lo cognoscible y de la creación.

Han creído, y creen, que, mutilándole las alas la tienen cautiva…

Lo único que han hecho ha sido reducirla a minusválida…

La Ciencia alada sería Sabiduría.

Así, en ese estado, es solamente comprensión parcial.  

Jesús pregunta:

–       ¿Y mi Madre os dio respuesta ese día?  

Síntica dice:

–        Con perfecta claridad y con casta palabra, adecuada para el oído de un niño.

Y de dos adultos de sexo distinto sin que ninguno se ruborizase.

–       ¿Sobre qué versaba?

–       Sobre el pecado original, Maestro.

Tomé nota de la explicación de tu Madre para recordarla.

Juan de Endor dice:

–      También yo.

Creo que será una cosa muy solicitada, si un día se va a los gentiles.

Yo no creo que vaya porque…».  

Jesús pregunta:

–       ¿Por qué, Juan?

–       Porque viviré poco.

–       ¿Pero irías con gusto?

–       Más que muchos otros de Israel, porque no tengo prejuicios.

Y también…

Sí, también por esto.

Yo di mal ejemplo entre los gentiles, en Cintium, y en Anatolia.

Hubiera deseado poder hacer el bien en los lugares en que he hecho el mal.

El bien que debería hacer:

Llevar tu palabra allí, darte a conocer…

Pero habría sido demasiado honor…

No lo merezco…

Jesús lo mira sonriendo;

pero no dice nada a este respecto.

Pregunta:

–        ¿Y no tenéis otras preguntas que hacer? 

Síntica dice:

–        Yo tengo una.

Me ha surgido la otra noche, cuando hablabas del ocio con el niño.

He tratado de darme una respuesta, pero no lo he conseguido.

Esperaba al sábado para hacértela, cuando las manos están inactivas y nuestra alma,

en tus manos, es elevada a Dios. 

–        Haz ahora tu pregunta, mientras esperamos la hora del descanso.

–       Maestro.

Tú dijiste que, si uno se vuelve tibio en el trabajo espiritual, se debilita

y predispone a las enfermedades del espíritu.

¿No es así?

–       Sí, mujer.

–       Pues bien.

Esto me parece en contraste con cuanto os he oído a Ti y a tu Madre, acerca del pecado original,

sus efectos en nosotros, la liberación de éste por medio de Ti.

Me habéis enseñado que con la Redención quedará anulado el pecado original.

Creo que no yerro si digo que será anulado no para todos,

sino solamente para aquellos que crean en ti.

–       Es verdad.

–       Dejo, por tanto a los otros.

Y tomo en consideración a uno de estos salvados.

Lo contemplo después de los efectos de la Redención.

Su alma ya no tiene el pecado original.

Vuelve, pues, a poseer la Gracia como la tenían los Progenitores.

¿Esto no le dará un vigor que no podrá sufrir desfallecimiento alguno?

Tú dirás: «El hombre comete también pecados personales».

Bien, de acuerdo.

Pero pienso que también éstos caerán con tu Redención.

No te pregunto cómo.

Pero supongo que, como testimonio de que ella se ha producido verdaderamente,

– y no sé cómo acontecerá, si bien cuanto se refiere a Ti en el Libro sagrado hace temblar,

y espero que sea sufrimiento simbólico, restringido a lo moral;

aunque el dolor moral no es una ilusión

sino un espasmo quizás mucho más atroz que el físico.

Dejarás, digo, unos medios, unos símbolos.

Todas las religiones los tienen;

en algunas ocasiones los llaman «misterios»…

El bautismo actual, vigente en Israel, es uno de ellos, ¿No es verdad?

–       Lo es.

Y habrá, con nombre distinto del que tú les das, en mi Religión también,

signos de esta Redención, que serán aplicados a las almas para purificarlas,

fortalecerlas, iluminarlas, sostenerlas, nutrirlas, absolverlas.

–       ¿Y entonces?

Si son absueltas también de los pecados personales, siempre estarán en gracia…

¿Cómo es que entonces, serán débiles y propensas a enfermedades espirituales?

–       Te pongo una comparación.

Tomemos un niño recién nacido de padres sanísimos, sano y robusto.

No hay en él ninguna tara física, hereditaria.

Esqueleto y órganos perfectos.

Goza de sangre sana.

Tiene, pues, todos los requisitos para desarrollarse fuerte y sano;

dándose, además, el caso de que su madre tiene leche abundante y sustanciosa.

Mas, he aquí que en los albores de su vida se manifiesta en él una gravísima enfermedad,

cuya causa se desconoce;

una enfermedad auténticamente mortal.

A duras penas se salva, por la piedad de Dios;

que le retiene la vida que estaba a punto de marcharse de ese cuerpecito.

Pues bien, ¿Crees que, después, ese niño tendrá el mismo vigor,

que si no hubiera sufrido esa enfermedad?

No.

Tendrá siempre en sí un estado de debilidad, que aunque no se manifieste claramente,

estará ahí y lo predispondrá a las enfermedades más fácilmente,

que si no hubiera estado enfermo.

Algún órgano ya nunca estará íntegro como antes.

Su sangre será menos fuerte y pura que antes.

Razones todas éstas por las que contraerá enfermedades más fácilmente;

las cuales, a su vez, cada vez que le afecten,

lo dejarán más propenso a enfermarse de nuevo.

Lo mismo sucede en el campo espiritual.

El pecado original quedará cancelado en los que crean en Mí.

Pero el espíritu conservará una tendencia al pecado;

que no habría tenido sin el pecado original.

Por tanto, es necesario vigilar y cuidar continuamente el propio espíritu,

como hace la solícita madre con su hijito debilitado por una enfermedad infantil.

Por tanto, es necesario no estar ocioso, sino ser siempre diligentes para fortalecerse en virtud.

Si uno cae en la indolencia o en la tibieza, más fácilmente será seducido por Satanás.

Y cada pecado grave, siendo semejante a una grave recaída;

predispondrá cada vez más a la enfermedad y muerte del espíritu.

Por el contrario, la Gracia, restituida por la Redención;

si va acompañada de una voluntad activa e incansable, se conserva.

No sólo se conserva, sino que aumenta;

porque queda asociada a las virtudes conseguidas por el hombre.

¡Santidad y Gracia!

¡Qué alas más seguras para volar a Dios!

¿Has comprendido?

-Sí, mi Señor.

Tú, o sea, la Trinidad Santísima, dais el Medio base al hombre.

El hombre, con su trabajo y atención, no lo debe destruir.

Comprendo.

Todo pecado grave significa destrucción de la Gracia.

O sea, de la salud del espíritu.

Los signos que vas a dejarnos devolverán, sí, la salud;

pero el pecador obstinado, que no lucha por no pecar, será cada vez más débil,

aunque todas las veces sea perdonado.

Es necesario, pues, vigilar para no perecer.

Gracias, Señor…

Margziam se está despertando.

Es tarde…

–       Sí.

Vamos a orar todos juntos y luego iremos a descansar.

Jesús se levanta y todos lo imitan.

(también el niño, que todavía está adormilado).

Y el «Pater noster» resuena fuerte y armónico,

en la pequeña habitación..

326 LA INCREDULIDAD Y EL PECADO


326 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

demandasocial@bienestar.gob.mx.

El telar está parado porque María y Síntica están cosiendo muy diligentemente,

las telas que ha traído el Zelote.

Doblan y ponen encima de la mesa, en montones ordenados por colores,

los pedazos de vestidos ya cortados.

Cada cierto tiempo, las mujeres cogen uno para hilvanarlo sobre la mesa.

Así que los hombres se ven arrinconados hacia el inactivo telar;

cerca, pero no interesados en el trabajo de las mujeres.

Están también los dos apóstoles Judas Tadeo y Santiago de Alfeo;

los cuales por su parte, observan la intensa labor femenina;

sin hacer preguntas, pero no sin curiosidad.

Los dos primos hablan de sus hermanos, especialmente de Simón,

que los ha acompañado hasta la puerta de Jesús y luego se ha marchado

«porque tiene un niño enfermo» dice Santiago;

para suavizar la cosa y disculpar a su hermano.

Judas se muestra más severo;

dice:

–        Precisamente por eso debía venir.

Pero parece que él también se ha vuelto idiota.

Como todos los nazarenos.

Por lo demás, si se excluyen Alfeo de Sara y los dos discípulos;

que ahora quién sabe dónde están.

Se ve que Nazaret no tiene de bueno nada más y que ha escupido todo lo bueno que tenía;

como si fuera un sabor molesto para esta ciudad nuestra..

Jesús ruega: .

–       No hables así.

No te envenenes el corazón…

No es culpa suya…

–       ¿De quién, entonces?

–       De muchas cosas…

El verdadero culpable es Satanás, que toma la incredulidad para controlar los pensamientos

y con ello, también la mente, el corazón y los sentimientos;

que luego se traducen en obras contrarias a Dios;

Pero esto nadie en Nazareth puede comprenderlo…

Y Jesús no puede decirlo,

porque todavía no desciende el Paráclito con sus Carismas…

No investigues.

De todas formas, no toda Nazaret es enemiga.

Los niños… 

Tadeo continúa implacable:

–       Porque son niños.

–       Las mujeres…

–       Porque son mujeres.

Pero no son ni los niños ni las mujeres quienes afirmarán tu Reino.

–       ¿Por qué, Judas?

Te equivocas.

Los niños de hoy serán precisamente los discípulos de mañana;

los que propagarán el Reino por toda la Tierra.

Y las mujeres…

¿Por qué no lo pueden hacer?

–       Ciertamente, no podrás hacer de las mujeres apóstoles;

al máximo, serán discípulas, como Tú has dicho;

que servirán de ayuda a los discípulos.

–       Un día cambiarás la opinión sobre muchas cosas, hermano mío.

Pero ni siquiera intento convencerte de tu error.

Chocaría contra una mentalidad que te viene de siglos;

de conceptos y prejuicios errados acerca de la mujer.

Lo único que te ruego es que observes, que anotes en ti, las diferencias que ves entre las

discípulas y los discípulos.

Y que observes, fríamente, su adecuación a mis enseñanzas.

Verás cómo empezando por tu madre, que se podría decir que ha sido la primera de las

discípulas en el orden del tiempo y del heroísmo y lo sigue siendo;

haciendo frente con valentía a toda una ciudad que la vitupera por serme fiel;

resistiendo contra las voces de su sangre; que no le ahorra reproches por serme fiel.

Verás cómo las discípulas son mejores que vosotros.

Tadeo concede:

–       Lo reconozco, es verdad.

¿Pero en Nazaret dónde están también las mujeres discípulas?

Las hijas de Alfeo, las madres de Ismael y de Aser y sus hermanas.

Y basta. Demasiado poco.

Querría no volver a Nazareth para no ver todo esto. 

María interviene:

–       ¡Pobrecilla tu madre!

Le darías un gran dolor.  

Santiago apoya:

–       Es verdad.

Tiene muchas esperanzas de lograr conciliar a nuestros hermanos con Jesús y con nosotros.

Creo que no desea sino esto.

Pero, ciertamente, no es estando lejos como lo conseguiremos.

Hasta ahora te he hecho caso en estar como aislado;

pero, desde mañana, quiero salir a estar con unos u otros…

Porque, si vamos a tener que evangelizar incluso a los gentiles…

¿No vamos a evangelizar nuestra ciudad?

Me niego a creer que toda ella sea mala, que no se la puede convertir.

Judas Tadeo no rebate, pero está visiblemente inquieto.

Simón Zelote, que había estado todo el tiempo callado,

interviene:

–       No querría insinuar sospechas.

Pero consentidme que os haga una pregunta para consolar vuestro espíritu.

Ésta:

¿Estáis seguros de que en la actitud de reserva de Nazareth no haya fuerzas externas,

venidas de otros lugares y que aquí operan bien, sobre la base de un elemento que debería,

si se razonara con justicia, dar las mejores garantías de seguridad de que el Maestro

es el Santo de Dios?

El conocimiento de la vida perfecta de Jesús Nazareno, debería facilitar a los nazarenos

el aceptarlo como el Mesías prometido.

Yo más que vosotros y conmigo muchos de mi edad, en Nazareth hemos conocido,

al menos de oídas, a algunos supuestos Mesías.

Y os aseguro que su vida íntima desacreditaba,

las más obstinadas aserciones de mesianidad en ellos.

Roma los ha perseguido ferozmente como a rebeldes.

Pero, aparte de la idea política, que Roma no podía permitir que existiera,

en los lugares de su dominio;

estos falsos Mesías, por muchos motivos privados, habrían merecido castigo.

Nosotros los instigábamos y sosteníamos;

porque nos servían para saciar nuestro espíritu de rebelión contra Roma;

los secundábamos, porque estando embotados, hemos creído,

hasta que el Maestro ha aclarado la verdad.

Y por desgracia, a pesar de esto, todavía no creemos como deberíamos.

O sea, totalmente, hemos creído ver en ellos al «rey» prometido.

Ellos halagaban nuestro espíritu afligido con esperanzas de independencia nacional

y de reconstrucción del reino de Israel.

¡Pero, ay, qué miseria!

¡¿Qué reino, frágil y degenerado, habría sido?!

No. Llamar a esos falsos Mesías reyes de Israel y fundadores del Reino prometido;

era en verdad degradar profundamente la idea mesiánica.

En el Maestro, a la profundidad de su doctrina se une la santidad de vida.

Y Nazareth, como ninguna otra ciudad, la conoce.

No tengo ninguna intención de acusar a los nazarenos de incredulidad, respecto al carácter

sobrenatural de su venida, que ellos ignoran.

¡Pero la vida! ¡Su vida!…

Ahora tanto resentimiento, tanta impenetrable resistencia…

Bueno, mucho más que eso:

Tanta resistencia aumentada.

¿Y el origen de una resistencia tan crecida, no podría estar en maniobras enemigas?

Sabemos cómo son los enemigos de Jesús, sabemos la influencia que tienen.

¿Pensáis que sólo aquí se hayan mantenido inactivos y ausentes;

si en todos los lugares nos han precedido, o se nos han juntado.

O nos han seguido, para destruir la obra de Cristo?

No acuséis a Nazareth como si fuera la única culpable.

Más bien llorad por ella, desviada por los enemigos de Jesús.  

Jesús dice:

–       Muy bien lo has dicho, Simón:  Llorad por ella…

Y está triste.

Juan de Endor observa:

–       También has dicho muy bien eso de que el elemento favorable se transforma en desfavorable,

porque el hombre raramente piensa con justicia.

Aquí el primer obstáculo es el nacimiento humilde, la infancia humilde, la adolescencia humilde,

la juventud humilde de nuestro Jesús.

El hombre olvida que los valores se ocultan bajo apariencias modestas;

mientras que los que no son nada, se camuflan bajo apariencia de grandes seres,

para imponerse a las muchedumbres.

–       Será así…

Pero ello no cambia en nada mi pensamiento acerca de los nazarenos.

Sea cual fuere lo que les hayan dicho, debían saber juzgar por las obras reales del Maestro; 

no por las palabras de unos desconocidos.

Un largo silencio, roto únicamente por el ruido de telas que la Virgen divide en franjas,

para hacer de ellas orlas.

Síntica no ha hablado en todo este tiempo, a pesar de haber estado atentísima.

Conserva siempre esa actitud suya de profundo respeto, de discreción;

que solamente con María o con el niño se hace menos rígida.

Pero ahora el niño se ha dormido, sentado en un taburete justo a los pies de Síntica.

Y con la cabeza apoyada en las rodillas de ella sobre su brazo doblado.

Por eso ella no se mueve…

Y espera a que María le pase las franjas de tela. 

María, inclinándose hacia la carita durmiente,

observa:

–       ¡Qué sueño más inocente!…

¡Está sonriendo!… 

Simón Zelote también sonríe,

y dice:

–       ¿Qué estará soñando? 

Juan de Endor, agrega:

–      Es un niño muy inteligente.

Aprende pronto y pide explicaciones precisas.

Hace preguntas muy agudas y quiere respuestas claras.

Sobre todas las cosas.

Confieso que algunas veces me veo en dificultad para responder.

Son argumentos superiores a su edad.

Y algunas veces, también a mi capacidad de explicarlos.

Síntica añade:

–       ¡Ah, sí!

Como aquel día…

¿Te acuerdas, Juan?

¡Tuviste dos alumnos muy mortificantes ese día!

¡Y muy ignorantes! –

321 PRUDENCIA Y SECRETO


321 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las olas se rompen contra la playita de Mágdala, cuando las dos barcas tocan tierra

al caer de una tarde del mes de Noviembre.

No son olas grandes.

En todo caso, son molestas para quien desembarca, porque los vestidos se mojan.

Pero la perspectiva del ya próximo alojamiento en casa de María de M{agdala,

hace soportar sin refunfuños el no deseado baño.  

Jesús dice a los mozos: 

–        Poned en seguro las barcas y luego nos alcanzáis.

 Y enseguida, se pone en camino siguiendo el litoral;

porque han desembarcado en una pequeña ensenada que está un poco fuera de la ciudad

y en la que hay otras barcas de pescadores de Mágdala.  

Jesús dice:

–        Judas de Simón y Tomás, venid aquí conmigo.

Los dos van sin demora.

–        He decidido daros un encargo de confianza y al mismo tiempo, una alegría.

El cometido es éste: que acompañéis a las hermanas de Lázaro a Bethania.

Y, con ellas, a Elisa.

Os estimo lo suficiente como para confiaros las discípulas.

Aprovecharéis para llevar una carta mía a Lázaro.

Luego, una vez cumplido este cometido, iréis a vuestras casas, para las Encenias…

No interrumpas, Judas.

Todos pasaremos las Encenias en nuestra casa, este año.

Es un invierno demasiado lluvioso para poder viajar.

Como podéis ver, incluso los enfermos son más escasos.

Por tanto, aprovecharemos de ello para descansar y dar una satisfacción a nuestras familias.

Os espero en Cafarnaúm para el final de Sabat.  

Tomás pregunta:

–        ¿Pero vas a estar en Cafarnaúm?

–        No estoy todavía seguro de dónde voy a estar.

En un sitio o en otro, para mí es igual.

Basta con tener cerca a mi Madre.  

Judas dice:

–        Yo prefería pasar las Encenias contigo.

–        Te creo.

Pero, si me amas, obedece; mucho más;

considerando que vuestra obediencia os proporcionará la manera de ayudar a los discípulos

que se han vuelto a esparcir por todas partes.

¡Sí que tenéis que ayudarme en esto!

En las familias, los hijos mayores son los que ayudan a los padres en la formación de los hijos menores.

Vosotros sois los hermanos mayores de los discípulos, que son los menores,

y os debéis sentir contentos de que Yo me ponga en vuestras manos.

Ello es señal de que he quedado contento de vuestra reciente actuación.

Tomás dice sencillamente:

–        Demasiado bueno, Maestro.

Pero, por lo que a mí respecta, trataré de hacer las cosas ahora todavía mejor.

De todas formas, siento dejarte…

Bueno… pasará pronto…

Y mi anciano padre se sentirá contento de tenerme para la fiesta y también mis hermanas…

¿Y mi hermana gemela?…

Debe haber tenido un niño, o estará para tenerlo…

Mi primer sobrino…

Si es varón y nace cuando estoy yo, ¿Qué nombre le pongo?

–        José.

-¿Y si es niña?

–        María.

No hay nombres más dulces.

Judas, sin embargo, orgulloso del encargo recibido, ya está pavoneándose…

y haciendo proyectos, y más proyectos…

Se ha olvidado completamente de que se aleja de Jesús;

mientras que, poco tiempo antes (en los Tabernáculos), había protestado como un potro salvaje

ante la disposición de Jesús de separarse de Él por un tiempo.

Pierde también de vista completamente la sospecha de entonces,

de que era un deseo de Jesús de apartarlo.

Todo lo olvida…

Y está contento de ser considerado una persona a la que se le pueden confiar cometidos delicados.

Promete:

–        Te traeré mucho dinero para los pobres.

Y mientras, saca la bolsa y dice:

–       «Toma éstos.

Es todo lo que tenemos. No tengo más.

Tú dame el viático para nuestro viaje de Bethania a nuestra casa.  

Tomás objeta:

–        Pero no partimos esta noche.

Judas está exaltado.

–        No importa.

En casa de María no hace falta más dinero, por tanto…

Bien contento estoy de no tener más dinero que manejar…

Cuando vuelva le traeré a tu Madre semillas de flores.

Se las pediré a mi madre.

Quiero también traer un regalo a Margziam… 

Jesús lo mira…

Ya llegan a la casa de María de Mágdala.

Se dan a conocer y entran todos.

Las mujeres acuden llenas de alegría al encuentro del Maestro, que ha venido a alojarse en su hogar.

Después de la cena, cuando ya los apóstoles, cansados se han retirado.

Jesús, sentado en el centro de una sala, rodeado por el círculo de las discípulas,

comunica a éstas su deseo de que partan cuanto antes.

Al contrario de los apóstoles, ninguna de ellas protesta.

Inclinan la cabeza en señal de asentimiento y salen para preparar sus equipajes.

Jesús llama a la Magdalena cuando está para atravesar el umbral de la puerta.

–        ¿Entonces, María?

¿Por qué me has susurrado a mi llegada:

«Tengo que hablarte en secreto»?

–        Maestro,

he vendido las piedras preciosas en Tiberíades.

Las ha vendido Marcela con la ayuda de Isaac.

Tengo la suma en mi habitación.

No he querido que Judas viera nada…

Y se ruboriza intensamente.

Jesús la mira fijamente, pero no dice nada.

La Magdalena sale…

Y vuelve con una pesada bolsa y se la da a Jesús.

Diciendo:

–        Aquí tienes.

Las han pagado bien.

–       Gracias, María.

–       Gracias, Rabbuní;

por haberme pedido este favor.

¿Deseas pedirme alguna cosa más?…

–        No, María.

Y tú, ¿Tienes algo más que decirme?

–       No, Señor.

Bendíceme, Maestro mío.

–      Sí. Te bendigo…

María… ¿Estás contenta de volver donde Lázaro?

Imagínate que Yo ya no estuviera en Palestina.

¿Volverías gustosa a casa, entonces?

–       Sí, Señor. Pero…

–       Termina, María.

No tengas miedo nunca de manifestarme lo que piensas.

–       Pero estaría más contenta de volver a casa;

si en vez de Judas de Keriot viniera Simón el Zelote, gran amigo de familia.

–       Lo necesito para una seria misión.

–       Entonces tus hermanos o Juan, de corazón de paloma.

Bueno, todos menos él…

Señor no me mires con severidad…

Quien se ha alimentado de lujuria siente su proximidad…

No la temo.

Sé controlar a alguien que supera ampliamente a Judas.

Es mi terror a no ser perdonada, es mi yo;

es Satanás, que ciertamente da vueltas en torno a mí, es el mundo…

Pero si María de Teófilo no tiene miedo de ninguno,

María de Jesús siente repulsa por el vicio que la había subyugado.

Y la… Señor…

El hombre que brega por la carnalidad me da asco…

–        No estás sola en el viaje, María.

Y contigo estoy seguro de que no se volverá para atrás...

Ten presente que debo proveer para la partida de Síntica y Juan para Antioquía.

Y que ello no debe saberlo quien es un imprudente…

–        Es verdad.

Iré entonces…

Maestro, ¿Cuándo nos volveremos a ver?

–       No lo sé, María.

Quizás no antes de la Pascua.

Ve en paz ahora.

Te bendigo esta noche y todas las noches.

Y contigo, a tu hermana y al buen Lázaro.

María se agacha para besar los pies de Jesús y sale.

Dejando solo a Jesús en la silenciosa habitación

307 UNA REYERTA PROVINCIAL


307 IMITAR A 307 JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bosrá, sea por la estación del año, sea porque está muy concentrada en sus callejuelas,

se muestra opaca de niebla por la mañana.

Opaca y muy sucia.

Los apóstoles, de regreso de las compras en el mercado, hablan de esto entre sí.

En efecto, la industria hotelera de aquellos tiempos y de estos lugares era tan prehistórica,

que cada huésped tenía que preocuparse de sus abastecimientos.

Se comprende que los dueños no quieren salir perdiendo ni un céntimo;

se limitan a cocinar lo que los clientes llevan (¡Y esperemos que no hurten!).

Al máximo compran para el cliente,

o le venden directamente las provisiones de que tienen reservas,

haciendo de carniceros si hace falta, con los pobres corderos destinados a ser asados.

Esto de comprarle al hospedero no le resulta simpático a Pedro.

Ahora continúa la divergencia de opiniones entre el apóstol y el hospedero;

que tiene una cara muy pícara, 

Que no desaprovecha la ocasión para injuriar al apóstol llamándole «galileo»,

de un modo peyorativo y lleno de desprecio.

Pedro señalando a un cerdito que acaba de degollar el hospedero,

por cuenta de unos clientes que están de paso:,

replica:

–       Yo galileo, tú cerdo;

que lo que eres es un pagano.

En tu fétida posada no me quedaría ni una hora, si fuera dueño de mí.

Ladrón y…

Y aquí añade otro término muy… ilustrativo, que dejo en el tintero.

Se comprende que entre estos de Bosrá y los galileos hay una de esas muchas antagónicas

incompatibilidades regionales y religiosas de que estaba lleno Israel….

Y Palestina.

El hospedero grita más fuerte:

–        Si no fuera porque estás con el Nazareno…

Y porque soy mejor que vuestros repulsivos fariseos, que lo odian sin motivo,

te lavaría el morro con la sangre del cerdo;

así tendrías que largarte de aquí para correr a purificarte.

Pero le tengo respeto a Él, que ciertamente tiene poder.

Y te digo que con todas vuestras historias sois unos pecadores.

Somos mejores nosotros que vosotros.

Nosotros no tendemos emboscadas, ni traicionamos.

Vosotros… ¡Pfff!…

Raza de traidores y granujas,

que no respetáis ni siquiera a los pocos santos que tenéis entre vosotros.

–        ¿A quién, le dices traidores?

¿A nosotros?

¡Ah, vive el Cielo que ahora…!

Pedro está enfurecido y a punto de lanzarse contra el hombre;

Andrés su hermano y Santiago lo sujetan y Simón se pone en medio con Mateo.

Pero, más que esta acción, es la voz de Jesús, que se asoma por una puerta,

y dice:

–       Y ahora tú, Simón, calla.

Y tú, hombre, también.

Lo cual hace deponer la ira.

Los dos gallitos se justifican: 

–        Señor, el hospedero ha sido el primero que ha tirado una puntada y que ha amenazado.

–        Nazareno, el primer ofendido he sido yo.

Yo, él. Él y yo.

Se echan la culpa el uno al otro los dos culpables.

Jesús se acerca serio y sereno.

Y dice: 

–       Tenéis la culpa los dos.

Y tú, Simón, más que él.

Porque tú conoces la doctrina del amor, del perdón, de la mansedumbre;

de la paciencia, de la hermandad.

Tenemos que hacernos respetar como santos, si no queremos que nos traten mal como a galileos.

Y tú, hombre, si te sientes mejor que los demás, bendice a Dios por ello,

y sé digno de ser cada vez mejor.

Y, sobre todo, no ensucies tu alma con acusaciones que no son verdaderas:

mis discípulos ni traicionan ni actúan subrepticiamente.

–         ¿Estás seguro, Nazareno? 

¿Y entonces por qué aquellos cuatro han venido a preguntarme que si habías venido,

que con quién estabas y otras muchas cosas cucas?

Los apóstoles se arremolinan,

olvidando que al hacerlo se acercan a uno que está embadurnado de sangre de cerdo,

lo cual, antes, sobrecogidos, los mantenía distantes.

Y exclaman: 

–        ¡Qué!

–       ¡Qué!

–       ¿Quiénes son?

–       ¿Dónde están?

Con el carisma de profecía, el Espíritu Santo hace una advertencia a Jesús, de lo que está por suceder…

Y… 

A través de la Oración y con el Don de profecía ACTIVO

Jesús ordena: 

–        Id vosotros a vuestras ocupaciones.

Tú puedes quedarte, Alejandro Misax.ce 

Los apóstoles van a la habitación de la que había salido Jesús.

En el patio sólo se quedan: uno frente al otro, Jesús y el hospedero;

a unos pasos de Jesús, el mercader, observando la escena con asombro.

Jesús pregunta: 

–        Responde, hombre, con sinceridad.

Y perdona si la sangre ha enfurecido la lengua de un discípulo mío.

¿Quiénes son esos cuatro y qué han dicho?

El hospedero replica: 

–         No sé concretamente quiénes son.

Eso sí, escribas y fariseos de la otra parte.

No sé quién los ha traído aquí.

No los he visto jamás.

Pero están bien al corriente de Tí.

Saben de dónde vienes, a dónde vas, con quién vas.

De todas formas, si venían a mí es porque querían asegurarse.

No. Seré un granuja, pero sé mi oficio.

No conozco a nadie, no veo nada, no sé nada…

Para los demás, claro, porque para mí sé todo.

Pero, ¿Por qué voy a tener que decir a otros lo que sé?

Y menos todavía a los hipócritas.

¿Granuja?, sí.

Si fuera menester, ayudaría incluso a unos ladrones.

Total, ya lo sabes…

Pero no sabría robarte, o tratar de robarte, a ti la libertad, el honor o la vida.

Y ésos -dejaría de ser Fara de Tolomeo, si no fuera verdad lo que digo-,

ésos te acechan para causarte un mal.

¿Y quién los envía?

¿Uno de Perea o de la Decápolis?

¿Uno de la Traconítida, de la Gaulanítida o

de la Auranítida?

No, que nosotros o no te conocemos o, si te conocemos, te respetamos como a un justo,

si es que no creemos en ti como santo.

¿Entonces, quién los ha enviado?

Como instrumento de Satanás, Judas ha comenzado su caída inexorable…

Uno de la parte tuya, y quizás uno de tus amigos;

porque saben demasiadas cosas…

Alejandro Mixace dice: 

–        Saber de mi caravana es fácil… 

–        No, mercader, no de ti;

de otros que van con Jesús.

Yo no sé, ni quiero saber; no veo, ni quiero ver.

De todas formas, te digo: si ves que eres responsable, repara;

si ves que te están traicionando, toma las medidas oportunas.  

Jesús trata de disculpar a quién sabe que está detrás de esta intriga: 

–        No se trata de culpa, hombre, ni de traición;

lo único que sucede es que Israel no me comprende.

Pero… ¿Y tú, cómo tienes noticias de Mí?

–        Por un joven.

Un calavera que daba que hablar en Bosrá y en Arbela;

aquí porque venía a consumar sus pecados, allí porque deshonraba a su familia.

Luego se convirtió, se hizo más honesto que un justo.

Ahora se ha unido a tus discípulos, se ha hecho discípulo también él.

Y te espera en Arbela, con sus padres, para rendirte honor.

Y va diciendo a todos que le cambiaste el corazón por las oraciones de su madre.

Felipe de Jacob tendrá el mérito, si esta región se santifica, de haber sido su santificador;

Y si en Bosrá hay alguien que cree en Tí, es por él.

–        ¿Dónde están ahora estos escribas que han venido?

–         No lo sé.

Se marcharon porque les dije que no tenía sitio para ellos.

Lo tenía, pero no he querido dar hospedaje a las serpientes junto a la paloma.

Se habrán quedado, ciertamente, por los alrededores.

Ten cuidado.

–        Gracias.

¿Cómo te llamas?

–        Fara.

He cumplido con mi deber.

Acuérdate de mí.

–        Sí, y tú de Dios.

Y perdona a mi Simón.

Algunas veces le ciega el gran amor que me tiene.

–        Nada malo.

Yo también le he ofendido…

Pero la verdad es que hace daño cuando a uno lo insultan.

Tú no insultas…

Jesús suspira..

Y dice:

–         ¿Quieres ayudar al Nazareno?

–        Si está en mi mano…

–        Me gustaría predicar en este patio…

–        Te dejo que hables.

¿Cuándo?

–        Entre la sexta y la nona.

–        Ve tranquilo a donde quieras.

Bosrá sabrá que predicas.

Yo me encargo de ello.

–        Dios te lo pague.

Y Jesús le dirige una sonrisa que ya en sí es paga.

Luego se encamina hacia la habitación donde estaba antes.

Alejandro Misax dice:

–        Maestro, sonríeme igual a mí…

Yo también voy a decir a la gente que venga a oír hablar a la Bondad.

Conozco a muchas personas.

Adiós.

–        Que Dios te retribuya a ti también 

Y Jesús le sonríe.

Entra en la habitación.

Las mujeres están alrededor de María, que tiene expresión de pena.

la cual se levanta enseguida y va hacia su Hijo.

No dice nada, mas todo en ella es una pregunta.

Jesús le sonríe.

Y le responde diciendo a todos:

–       Estad libres para la hora sexta.

Hablaré a muchos aquí.

Mientras tanto, idos todos, menos Simón Pedro, Juan y Hermasteo;

anunciadme y dad muchas limosnas.

Los apóstoles se marchan.

Pedro se acerca lentamente a Jesús, que está con las mujeres,

y pregunta:

–        ¿Por qué no voy yo también?

Jesús responde: 

–        Cuando uno es demasiado impulsivo se queda en casa.

¡Simón, Simón!

¿Cuándo vas a aprender a dirigir tu caridad al prójimo?

Actualmente es una llama encendida, pero toda para Mí;

es una lámina recta y rígida, pero sólo para Mí.

Sé manso, Simón de Jonás.

–        Tienes razón, Señor.

Ya me ha regañado tu Madre, como sabe hacerlo Ella, sin hacer daño.

Hasta lo más hondo ha penetrado en mí.

Pero… regáñame también Tú;

pero… luego no me mires con tanta tristeza.

–        Sé bueno.

Sé bueno…

Síntica, quiero hablarte aparte. Sube a la terraza.

Ven tú también, Madre mía…

Y por la rústica terraza que cubre un ala del edificio, con el tibio sol que caldea el aire,

Jesús, paseando lentamente entre María y la griega,

dice:

–        Mañana nos separaremos durante un tiempo.

Cerca de Arbela, las mujeres, con Juan de Endor, iréis hacia el mar de Galilea

y proseguiréis juntos hasta Nazaret.

Pero, para no mandaros solas con un hombre casi imposibilitado,

os acompañarán también mis hermanos y Simón Pedro.

Presiento discrepancias por esta separación.

Pero la obediencia es la virtud del justo.

Pasando por las tierras que Cusa vigila en nombre de Herodes;

Juana podrá disponer de escolta para el resto del camino.

Entonces dejaréis partir a los hijos de Alfeo y a Simón Pedro.

Y si te he pedido que subieras aquí era para esto:

quiero decirte, Síntica, que he decidido que estés un período en casa de mi Madre.

Ella ya sabe.

Contigo estarán Juan de Endor y Margziam.

Estad allí con amor, formándoos cada vez más en la Sabiduría.

Quiero que cuides mucho del pobre Juan.

A mi Madre no se lo digo porque no necesita consejos.

Tú puedes comprenderlo y sufrir con él;

y él puede hacerte mucho bien porque es un experto maestro.

Después iré Yo. ¡Pronto!

Nos veremos con frecuencia.

Espero encontrarte cada vez más sabia en la Verdad.

Te bendigo, Síntica, en particular; éste es mi adiós a ti por esta vez.

En Nazaret encontrarás amor y odio, como en todas partes;

pero en mi casa encontrarás paz, siempre. 

Síntica responde: 

–         Nazaret no se ocupará de mí ni yo de ella.

Viviré alimentándome de la Verdad y el mundo no significará nada para mí,Señor».

–        Bien.

Puedes marcharte, Síntica.

Y, por ahora, guarda silencio.  

–         Sí, Señor mío.  

Y Síntica se retira dejándolos solos al Hijo con la mamá. 

Jesús dice: 

–        Madre, tú sabes…

Te confío estas perlas mías predilectas.

Mientras gozamos de paz nosotros,

Mamá, haz que tu Jesús encuentre fuerza en tus caricias

María exclama: 

–         ¡Cuánto odio, Hijo mío!

–        ¡Cuánto amor!

–        ¡Cuánta amargura, mi querido Jesús!

–        ¡Cuánta dulzura!

–        ¡Cuánta incomprensión, Hijito mío!

–        ¡Cuánta comprensión, Mamá!

–        ¡Tesoro mío! ¡Mi querido Hijo!

–        ¡Mamá!

¡Alegría de Dios y mía!

¡Mamá!».

Se besan y luego se quedan juntos,

sentados en el banco de piedra que recorre el antepecho de la terraza:

Jesús abrazando, protector y amoroso, a su Madre;

Ella apoyando en el hombro de su Hijo la cabeza, las manos en su mano: beatíficos…

El mundo está muy lejos…

Sepultado bajo olas de amor y fidelidad…

301 FUNDACIÓN DEL REINO


301 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

¡Creía El que no lo conocían!

Cuando al día siguiente por la mañana pone pie fuera del edificio de uso de Alejandro,

encuentra ya personas que lo están esperando.

Jesús sale sólo con los apóstoles.

Las mujeres y los discípulos se quedan en casa, descansando.

La gente lo saluda y lo rodea.

Le dicen que lo conocen por lo que de Él dijo uno que había sido curado de los demonios

y que ahora no está porque se había puesto en camino con dos discípulos que habían pasado

por la ciudad unos días antes.

Jesús escucha benignamente todas estas cosas, mientras anda por esta ciudad,

que muestra muchas zonas sobre las que se abate, febril, un verdadero fragor de talleres:

albañiles construyendo; cavadores rebajando o colmando desniveles; canteros desbastando

piedras para las murallas; herreros trabajando el hierro para este o aquel uso;

carpinteros serrando, cepillando, sacando palos de gruesos troncos.

Jesús pasa y mira, cruza un puente construido para salvar un pequeño torrente cantarín

que pasa exactamente por el centro de la ciudad.

 Las casas aquí están alineadas a ambos lados;

con pretensiones de formar una avenida a lo largo del río.

Luego hacia la parte alta de la ciudad, cuyo plano está un poco en desnivel,

siendo así que el lado sudoeste es más alto que el lado nordeste,

pero ambos están más altos que el centro de la ciudad,

dividido en dos por el  pequeño curso de agua.

Hay una vista bonita desde el sitio en que se ha detenido Jesús

Toda la ciudad, bastante grande, se muestra al  observador.

Detrás, por los lados de oriente, meridión y occidente, hay una herradura de suaves colinas

enteramente verdes.

Hacia el norte la mirada se extiende por una llanura abierta y vasta, que en el horizonte muestra

una elevación del terreno, tan ligera que no puede llamarse colina, toda dorada de un sol

matutino que pone preciosas las pámpanas amarillentas de las vides que cubren esta

ondulación del terreno, como queriendo mitigar la melancolía de las hojas que agonizan

con el fasto de una pincelada de oro.

Jesús observa.

La gente de Gerasa lo mira.

Jesús se los conquista diciendo:

–         Esta ciudad es muy bonita.

Hacedla bonita también en justicia y santidad.

Dios os ha dado las colinas, el arroyo, la verde llanura.

Roma os ayuda ahora a haceros casas y edificios bellos.

Pero depende solamente de vosotros el dar a vuestra ciudad el nombre de ciudad santa y justa.

La ciudad es como la hacen sus habitantes.

Porque la ciudad es una parte de la sociedad recintada dentro de sus murallas;

pero quien hace la ciudad son los ciudadanos.

La ciudad en sí misma no peca.

No puede pecar el arroyo, ni el puente ni las casas ni las torres; son materia, no alma.

Pero sí pueden pecar los que están dentro del recinto amurallado de la ciudad, en las casas,

en las tiendas, los que pasan por el puente, los que se bañan en el arroyo.

Se dice de una ciudad facciosa y cruel:

«Es una ciudad pésima».

Pero está mal dicho.

No es la ciudad, los que son pésimos son los ciudadanos.

Los individuos, que forman, uniéndose, una cosa múltiple, pero al mismo tiempo una cosa

individual, que se llama «ciudad».

Escuchad.

Si en una ciudad diez mil habitantes son buenos y sólo mil no lo son,

¿Podría decirse que esa ciudad es mala? No se podría decir.

De la misma forma: si en una ciudad de diez mil habitantes hay muchos partidos

y cada uno de ellos tiende a beneficiar al propio,

¿Se puede seguir diciendo que esa ciudad está unida?

No se puede decir.

¿Y creéis que esa ciudad será próspera? No lo será.

Vosotros, habitantes de Gerasa, estáis ahora todos unidos con el propósito de hacer de vuestra

ciudad una cosa grande.

lo lograréis, porque todos queréis lo mismo

y cada uno trata de superar al otro en conseguir este fin.

Pero si mañana entre vosotros surgieran partidos distintos y uno dijera:

«No, mejor es extenderse hacia el occidente»,

y otro partido:

«De ninguna manera.

Nos extenderemos hacia el norte, que está la llanura»,

Y un tercero: «Ni hacia aquí ni hacia allá. Todos queremos estar concentrados en el centro,

cerca del arroyo»,

¿Qué sucedería?

Pues que se pararían los trabajos ya empezados;

quienes prestan los capitales los retirarían, quienes tienen intención de establecerse aquí

se marcharían a otra ciudad en que los ciudadanos estuviesen más de acuerdo.

Y lo ya hecho, expuesto a las inclemencias del tiempo sin estar ultimado por causa de las

diatribas de los ciudadanos, se derrumbaría. ¿Es así o no?

Decís que es así, y es como decís.

Por tanto, hace falta concordia entre los ciudadanos para construir el bien de la ciudad,

y, como consecuencia, de los propios ciudadanos, porque en la sociedad el bien de ella redunda

en bienestar de quienes la componen.

Ahora bien, no sólo existe la sociedad cual vosotros la pensáis, la sociedad de los ciudadanos,

de los miembros de la misma patria; o la pequeña y amada sociedad de la familia.

Existe una sociedad más grande, infinita: la de los espíritus.

Todos nosotros, que vivimos, tenemos un alma.

Esta alma no muere con el cuerpo, sino que a la muerte del cuerpo sigue 

viviendo, eternamente.

Idea del Creador Dios, que ha dado al hombre el alma;

era que todas las almas de los hombres se reunieran en un único lugar: el Cielo,

constituyendo el Reino de los Cielos, cuyo monarca es Dios y cuyos súbditos bienaventurados

serían los hombres tras una vida santa y una plácida dormición.

Satanás vino a dividir y a crear desorden, a destruir y a afligir a Dios y a los espíritus.

E introdujo el pecado en los corazones, y, con el pecado, acarreó la muerte al cuerpo al final de

la existencia, con la esperanza de dar muerte también a los espíritus.

La muerte de los espíritus es la condenación, que es un seguir existiendo, sí,

pero con una existencia privada de aquello que es verdadera vida y júbilo eterno:

de la visión beatífica de Dios y de su eterna posesión en las luces eternas.

Y la Humanidad se dividió en sus voluntades,

como una ciudad dividida por partidos contrarios.

Actuando así, encontró su ruina.

En otro sitio ya lo he dicho a quien me acusaba de expulsar a los demonios,

con la ayuda de Belcebú: «Todo reino dividido en sí mismo caerá».

En efecto, si Satanás se echara a sí mismo de un lugar, caería con su tenebroso reino.

Yo, por el amor que Dios tiene a la Humanidad que ha creado,

he venido a recordar que sólo un Reino es santo: el de los Cielos.

Y he venido a predicarlo, para que los mejores acudan a él.

¡Oh, quisiera que todos lo hicieran, incluso los peores, convirtiéndose,

liberándose del demonio, que los tiene esclavizados, ora de forma evidente en el caso de las

posesiones que además de ser espirituales son corporales,

ora secretamente en el caso de las posesiones sólo espirituales!

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

Por ello voy curando a los enfermos, arrojando demonios de los cuerpos poseídos,

convirtiendo a los pecadores, perdonando en nombre del Señor,

instruyendo para el Reino, obrando milagros para persuadiros de mi poder

y de que Dios está conmigo.

Porque no se pueden obrar milagros sin tener a Dios por amigo.

Por tanto, si arrojo a los demonios con el dedo de Dios, si curo a los enfermos,

limpio a los leprosos, convierto a los pecadores, si anuncio el Reino y lo propongo como meta

en nombre de Dios e instruyo para el Reino; si la condescendencia, clara e indiscutible, de Dios

está conmigo y solamente los enemigos desleales pueden decir lo contrario-, señal es de que

el Reino de Dios está ya entre vosotros y debe ser constituido,

porque ésta es la hora de su fundación.

¿Cómo se funda el Reino de Dios en el mundo y en los corazones?

Volviendo a la Ley mosaica o, si se ignora, con su conocimiento exacto. 

Y sobre todo, con la aplicación total de la Ley en uno mismo, en cada uno de los hechos y momentos de la vida.