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UNA ESTIRPE DIVINA 5


Dice Jesús:

La razón de que perpetuara la raza aun cuando ésta, con la primera prueba, había merecido la destrucción; la razón del Perdón que habéis recibido.

Que María le amara… ¡Oh, bien merecía la pena crear al hombre y dejarlo vivir!

¡Y decretar perdonarlo, para tener a la Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purísima, a la Esposa amorosa!

Mucho os ha dado y más aún os habría dado Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor de su jardín.

Y mucho os sigue dando por Ella, a petición de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del Paraíso

Y cada resplandor es una gracia para el universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios,

creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegría de la Virgen.

Dios quiso poner un rey en ese Universo que había creado de la nada.

Un rey que por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia.

7. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. GÉNESIS 2, 7

Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día.

Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será.

Y mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad,

esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre, — la tierra con la que fue hecho —,

Durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del Cielo.

¿Por qué lo creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta.

¿Habríais preferido no existir?

¿No merece ser vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?

¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del firmamento, o van — y parecen lentos —,

van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año,

como queriendo deciros: “Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras,

y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel;

leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando,

porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movemos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado

allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y luz, calor y belleza.

Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios”?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas,

con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: “Dios”?

El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros.

Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos,

y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros,

Y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas?

Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.

¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?…

Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre. Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios.

El se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar.

Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia.

He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.

Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir.

Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir.

Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros,

y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas,

Dios os concede todavía gozar de lo bello del Universo, de lo bueno del Universo,

y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida.

Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien.

Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.

La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabía que sería ladrón y homicida de sí mismo.

Y, dado que la Bondad eterna no conoce límites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensó el medio para anular la Culpa.

El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, María.

Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios.

Todas las cosas han sido creadas para Mí, Hijo dilecto del Padre.

Yo-Rey habría debido tener bajo mi pie de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera:

Y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano alguno jamás tuviera,

Y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.

Mas Yo debía ser Carne además de Espíritu.

Carne para salvar a la carne.

Carne para sublimar la carne, llevándola al Cielo muchos siglos antes de la hora.

Porque la carne habitada por el espíritu es la obra maestra de Dios y para ella había sido hecho el Cielo.

Para ser Carne tenía necesidad de una Madre.

Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre fuese Dios.

He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice:

“Ven conmigo. Junto a mí ve cuanto Yo hago para el Hijo nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna.

Y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás,

¡Oh, Mujer inmaculada que ahora eres sólo espíritu:

el espíritu en que Yo me deleito!

Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa;

de tus dientes delicados copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto.

Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear.

Ven, Alegría mía, séante los mundos juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reír tuyo.

Tente las guirnaldas de estrellas y los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adórnate con el chal estelar de Galatea.

Son para ti las estrellas y los planetas.

Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre.

Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las águilas y las palomas.

Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y alzo las montañas y las pinto de nieve y de bosques;

mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti, Pacífica mía,

y la vid para ti, Sarmiento mío que llevarás el Racimo eucarístico.

Camina, vuela, regocíjate, ¡Oh, Hermosa mía!,

Y que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarMe, Amorosa,

y que tu risa le haga más bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios”.

Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice:

“Ven a mí, tú que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud.

Contigo me tomaré la revancha contra Satanás”.

Dios, Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podéis ni siquiera comprender sus perfecciones;

vuestra mente se pierde pensando en cómo habría venido la especie si el hombre no la hubiera obtenido con la enseñanza de Satanás.

Observad las plantas de fruto y de grano.

¿Obtienen la semilla o el fruto mediante fornicación, mediante una fecundación por cada cien uniones? No.

De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteóricas y magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina.

Éste se abre y lo recibe y produce.

No como hacéis vosotros, para experimentar al día siguiente la misma sensación, se mancha y luego lo rechaza.

Produce, y hasta la nueva estación no florece. Y cuando florece es para reproducirse.

Observad a los animales. Todos.

¿Habéis visto alguna vez a un macho y a una hembra ir el uno hacia el otro para estéril abrazo y lascivo comercio? No.

Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo,

y no se substraen a él deteniéndose en el goce,

sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y santas de la prole,

única finalidad que en el hombre, semidiós por el origen de gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto completa,

debería hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.

Vosotros no hacéis como las plantas y los animales.

Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, lo habéis querido y lo queréis como maestro.

Y las obras que realizáis son dignas del maestro que habéis querido.

Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habríais recibido la alegría de los hijos santamente, sin dolor,

sin extenuaros en cópulas obscenas, indignas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.

Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por Satanás,

al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varón:

Flor que genera Flor sin necesidad de semilla;

sólo por el beso del Sol en el cáliz inviolado de la Azucena-María.

¡La revancha de Dios!…

Echa resoplidos de odio, Satanás, mientras Ella nace.

¡Esta Párvula te ha vencido!

Antes de que fueras el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido,

Ella es tu Vencedora.

Mil ejércitos en formación nada pueden contra tu potencia, ceden las armas de los hombres contra tus escamas,

¡oh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hálito.

Y sin embargo este calcañar de recién nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada con él la seda es áspera,

tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán

y hacerse un zapatito de ese raso vegetal,

he aquí que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna.

Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos.

Y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás derrotado.

Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te abaten, que te encierran en tu madriguera de Infierno,

¡Oh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de ser Padre de todos los hombres creados!

Se demuestra inútil ahora el haber corrompido a quienes habían sido creados inocentes.

Conduciéndolos a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, privándole a Dios, en su criatura dilecta,

de ser Él quien distribuyera magnánimamente los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas,

habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas,

que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.

Obedeciendo, habrían conocido también el amor.

Es más, sólo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído.

Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne también se goce santamente en ella,

la carne que está unida al espíritu y que ha sido creada por el Mismo que le creó el espíritu. ¿Ahora, ¡Oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son?

O libídine vestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros.

Desde que la libídine está en el mundo, ya nunca os sentís seguros de la posesión del corazón del esposo o de la esposa.

Y tembláis y lloráis y enloquecéis de celos, asesináis a veces para vengar una traición, os desesperáis otras veces u os volvéis abúlicos o dementes.

Eso es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios.

Estos que tú has corrompido habrían conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir.

Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer.

De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza.

De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como consuelo.

De ahora en adelante será guía para las esposas y madre para los moribundos,

por lo que dulce será el morir sobre ese seno que es escudo contra ti, Maldito.

Y contra el juicio de Dios.

María, (se dirige aquí a María Valtorta) pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo.

Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir.

Y, si a la superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfección de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros,

habrían recibido el generar sin dolores (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicción.

La sublime revancha de Dios contra la venganza de Satanás ha consistido en llevar la perfección de la dilecta criatura a una superperfección que anulara, al menos en una,

cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de Satanás,

por lo cual el Hijo vendría no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis del Fuego, arrebola el espíritu.

¡La Virginidad de la Virgen!…

Ven. Medita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vértigos de abismo!

¿Qué es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningún hombre se ha desposado? Menos que nada.

¿Y la virginidad de la mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sólo en el cuerpo y no en el espíritu,

en el cual deja entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos?

Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco aún.

¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sólo de Dios?

Mucho. Pero nunca es perfecta virginidad comparada con la de mi Madre.

Hasta en el más santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo el Bautismo disuelve.

La disuelve, sí, pero, como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte, no devuelve la virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado.

Una cicatriz queda, y duele, recordando así su presencia.

Cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periódicamente por sus virus.

En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa.

Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todas las gracias.

Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Completa.

Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así.

Coronada así. Eternamente así. Es la Virgen

Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que procede,

es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas.

Así se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección;

contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sólo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Ignorante.

Ignorante no sólo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más todavía:

en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado.

En Ella sólo se da la gélida e incandescente sabiduría del Amor divino.

Fuego que encoraza de hielo la carne, para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen.

Y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa,

es sólo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Él por ser Mujer, pero, como Él, sin mancha».

106 EL MESÍAS


106 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinai.

El principal dice:

–     Dios sea contigo, Rabí.

Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros.

Te rogamos que nos concedas tu Presencia y que no nos niegues tu Palabra, porque…

Sí, es verdad que hemos sido amputados de Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria.

También hay justos entre nosotros.

Jesús responde:

–     Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer.

No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si alguien me busca.

–     Eres justo.

La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad?

Respóndenos en nombre de Dios.

–     Lo soy.

La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey. Y no sólo Israel.

–     Pero Tú serás para quienes…

No están en error como estamos nosotros – observa un anciano de porte grave.

–     Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes.

Y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora tú que estás instruido en las lecturas sagradas.

A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel cuando le confirió una misión profética:

“Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí… Son hijos de dura cerviz y corazón indomable…

Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías.

Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo.

No te asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos… Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos.

Haz lo que te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca”. Y he venido.

No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la Voluntad de Dios es mi deleite, la cumplo.

Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en Mí.

–     ¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?

–     Porque es Amor, hijos.

–     No hablan así los rabíes de Judá.

–     Pero sí os habla así el Mesías del Señor.

–     Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá.

Tú, ¿De quién y cómo naciste?

–     En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción.

Quered creerlo.

La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.

–     Tu rostro resplandece con intensa luz.

No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro, turbada la mirada.

Tú eres luminoso; tu mirada tiene la limpieza de una mañana de Abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te lo ruego.

Y adoctrina a los hijos de este linaje.

Luego te marcharás… Y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo…

–     ¿Y si la siguierais?… ¿Por qué no?

–     Pero si no podemos, ¿No…

Hablan mientras se dirigen a la ciudad.

–     Somos los separados, al menos así se dice.

Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además…

Sí, contigo podemos hablar, lo percibo. Y también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar.

Cuando, por viajes o exigencias comerciales, pasamos a vuestra Tierra,

todo lo que vemos no es suficientemente santo, como para persuadirnos de que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos.

–     En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios…

No con ofensas y maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad, le será imputado al resto de Israel.

–     ¡Cuánta sabiduría tienes!

¿Estáis oyendo?

Todos asienten con un murmullo de admiración.

Entretanto, han llegado a la ciudad.

Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.

–     Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda:

De ello puede depender buena parte de nuestro futuro.

Tú, que eres el Mesías, restaurador por tanto, del reino de David, debes sentir alegría de restablecer la unión con el cuerpo del Estado,

de este miembro desgajado; ¿No?

–     Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca, cuanto de conducir de nuevo a Dios a todos los espíritus.

Y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero… expón tu duda.

–     Nuestros padres pecaron.

Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria.

Por tanto, aunque siguiéramos la vía del Bien, ¿Qué beneficios obtendríamos?

Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios.

–     Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne.

Te respondo también con Ezequiel:

“Todas las almas son mías”, dice el Señor, tanto la del padre como la del hijo. pero morirá sólo el alma que haya pecado.

Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura; si tiene misericordia de la carne y del espíritu de los demás,

será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera.

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida por haber sido justo su padre? No, no la tendrá.

Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿Morirá como su padre por ser hijo suyo?

No; vivirá con eterna vida por haber sido justo.

No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado morirá, la que no haya pecado no morirá.

Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se une a la Justicia.

El Señor Dios, el único y solo Señor, dice:

“No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida”.

Para esto me ha enviado, ¡Oh hijos errantes! Para que tengáis la verdadera vida.

Yo soy la Vida. Quien cree en Mí y en quien me ha enviado, tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».

–     Hemos llegado a mi casa, Maestro.

¿No sientes horror de entrar?

Postrado ante la Cruz en la que has muerto y a la que yo también te he condenado. Sólo puedo decirte hoy que lo siento, que te amo y te pido perdón por mis errores y te pido perdón por mis pecados. Perdóname Señor, HOY ME ARREPIENTO, Perdóname Padre mío por mi maldad, perdóname Señor, por mis errores, perdóname señor por mis pecados. PERDÓNAME SEÑOR, HOY ME ARREPIENTO, PERDÓNAME MI DIOS, CRUCIFICADO.

–     Sólo me produce horror el pecado.

–     Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino.

Compartiremos el pan y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la Palabra de Dios; dicha por Tí tiene otro sabor…

Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la Verdad…

–     Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad.

Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto anochecerá.

No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis.

Idos y que la Misericordia os acompañe.

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

102 EL CORDERO DE DIOS


102 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Juan y su hermano llaman a una casa, en el poblado de Emaús. Cuando les abren, avisan que el Maestro está por llegar. 

Luego salen a la entrada del pueblo y llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

Juan dice:

–      Está, Maestro.

Y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido.

Nos ha dicho: “Id a decirle que mi casa es suya. Ahora voy yo también”.

Jesús responde:

–      Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás a quién conociera en Agua Especiosa.

Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante después el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo.

Algunos habitantes del lugar al ver esto, se acercan curiosos.

El anciano se levanta y dice:

–     He aquí al Mesías prometido.

Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia.

Dos de ellos se abren paso y dicen:

–     Paz a ti, Rabí.

–      Estábamos presentes nosotros también aquel día.

–     Paz a vosotros, y a todos.

He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.

–     ¿Vas a hacer milagros aquí también?

–     Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

–     Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga.

Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto, Maestro?

–     Puedes.

Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.

Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa. 

Cleeofás presenta a su familia:

–     Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer…

Y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

 Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.

Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo.

Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío. 

Cleofás dice:

–     Dentro de poco nos sentaremos a la mesa.

He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores.

Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza.

Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo…

Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido.

Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

Jesús responde:

–     Tú eres ya uno de ellos.

–     Yo soy un pobre anciano.

Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

–     Me estás sirviendo ya con tu creer.

Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de tí en la hora de la Redención. 

El hijo del jefe de la sinagoga avisa:

–     Aquí llegan Simón y Hermas.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto.

Y se ponen todos en pie.

–     Éste es Simón y éste Hermas, Maestro.

Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

–     Dios se manifestará a sus corazones.

Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.

–     Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

Simón pregunta:

–     ¿Son tus discípulos éstos? 

–     Sí.

–     Los hay de las más diversas edades y lugares.

¿Y Tú? ¿Eres galileo?

–     De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

–     Betlemita entonces.

Ello confirma tu figura.

–     Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.

Hermas dice:

–     En tus obras, quieres decir, ¿No? 

–     En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mis labios.

–     El que te oyó me las repitió.

Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?

–    Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

–    ¡Pero tus leyes, son todas espirituales!

–     Tú lo has dicho, Hermas.

Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.

–     ¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

–     No caigáis en el error común de tomar el nombre “Israel” en su significado humano.

Se dice “Israel” para decir “Pueblo de Dios”. Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios.

Y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

Cleofás invita:

–      Sentémonos a las mesas. Os lo ruego… 

Y toma asiento junto a Jesús, en el centro.

A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo y en los otros sitios, los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición.

Y empieza la comida.

Hermas pregunta:

–     ¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? 

–     No. Voy a Galilea. Aquí estoy de paso.

–     ¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?

–     Sí, Cleofás.

–     Pues iban las turbas incluso en invierno.

¿Por qué les quitas esta ilusión?

–     No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.

–     ¡¿Qué?!

¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a Tí?

–     No indagues, Cleofás.

Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

Hermas pregunta:

–      ¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas?

¿Consideradas peligrosas  evidentemente por error de valuación, por los escribas y fariseos?

Cuanto de Tí sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para Tí la Doctrina? 

Jesús responde:

–      En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia.

El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina.

Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

–     ¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

–     Los escribas y fariseos la juzgan como culpa.

Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como “Misericordia” a la Tierra.

Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia.

Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia,

y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor, porque Dios no puede prohibirse el amar.

Ahora la Misericordia es reina ¡Y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!

Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia.

Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación.

Y en el horizonte de la mujer causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien.

Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia.

Al asesino Caín, junto con la justicia le concedió el signo y era misericordia,  para que no lo mataran.

Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca y luego prometió un pacto sempiterno de paz.

Ya no más el fiero Diluvio. Ya no más.

La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío?

Veréis siempre y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios y te eleva,

¡Oh, Humanidad! sobre sus aguas delicadas y serenas.

Te eleva al Cielo purificada, hermosa y te dice: “Te llevo de nuevo al Padre mío”.

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor.

Luego Cleofás suspira y dice:

–      Así es.

¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! ¿Lo habrán hecho?

Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

–      Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer,

la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave.

Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada, no quiero indagar las causas, tras pocos meses de matrimonio.

Nada había sabido de ella porque naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa.

Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes pensó formar un hogar.

Y habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa.

Ahora no sé cómo se ha sabido, se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él.

Por tanto pecado grave, aunque para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer.

José habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido.

Y a pesar de que con gran dolor hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió.

A pesar de ello, no lo perdonan.

En conciencia, yo digo que de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

  ¿Tú qué harías?

Jesús responde:

–     El caso es muy grave, Cleofás.

Cuando llegaste a mi encuentro, ¿Por qué no me hablaste de ello?

–     No quería alejarte de aquí.

–     ¡Pero si a Mí estas cosas no me alejan!

Ahora escucha. Materialmente hay incesto y por tanto, castigo.

bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no.

Entonces, ¿Dónde está la culpa, quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una del propio padre.

Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio.

El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte.

Por ello digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado.

Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso,

cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos.

Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo.

Y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta.

Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes.

Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio.

¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores? ¿O tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder,

de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

–     Bien has hablado, Maestro.

Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… – preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

–     ¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces?…

La curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.

Simón contesta:

–     Entonces… condena absoluta.

Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio.  José ha quedado separado de Israel».

–    ¿Dónde está?

–    Ahí fuera. Y está llorando.

He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero…

Lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?

Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención.

Y dice:

–     ¡Oh, perdona, Maestro!

Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!

–     No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado.

Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo.

La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino.

En el suelo, a la entrada, hay un hombre.

Jesús se le acerca con los brazos abiertos.

Detrás, todos los demás tratando de ver.

Jesús habla lleno de dulzura:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado? 

El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena.

Levantael rostro y lo mira asombrado.

Jesús repite:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado?

Jesús se inclina para tomarle sus manos y levantarlo.

José, lleno de desdicha, pregunta:

–     ¿Quién eres? 

–     Soy la Misericordia y la Paz.

-.    Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.

–     En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz.

Es un seno colmado de estas cosas y especialmente para los hijos infelices.

–     Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios.

Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.

–     No te dejo. Quiero llevarte a la paz.

–     Pero si yo soy un anatema. ¿Tú quién eres?

–     Te lo he dicho: Misericordia y Paz.

Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación.

El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi Palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré.

¡NO! ¡De Mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas.

Es más, las busco y las conduzco conmigo.

Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio.

¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás.

Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo;

veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira.

Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas  y en un año ya he visto demasiadas,

están levantando entre Mí y ellos un muro de dureza.

¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos!

Ten: bebe, come. Estás exhausto.

Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas. Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro.

Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio.

Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón,

Y dice:

–     Ésta es mi Doctrina.

Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a Mí.

Dice Jesús:

    “Y con esto termina el primer año de evangelización. Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros?

Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo.

Mi deseo de ser amado, conocer es amar, se ve rechazado por demasiadas cosas.

Y esto es un gran dolor para Mí, que soy el Eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…

81 ¡NO FORNICARÁS!


81 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Me dice Jesús:

 “Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón y también en Judas…

Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en tí, pequeño Juan. (Llamaba así Jesús, como seudónimo a María Valtorta)

¡Y AHORA NOS ESTÁ LLAMANDO ASÍ, A NOSOTROS, los que estamos leyendo estas enseñanzas!

Para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba.

Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa.

Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas.

Los esfuerzos por amor a los hermanos, recibirán la recompensa de aquellos que se consumen, por dar a conocer a Dios a los hombres.

Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Dios, Uno y Trino.

Escribe y recibe mi Bendición.

EL SEXTO MANDAMIENTO

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, levantadas a manera de tribuna, en el pesebre del establo.

Y desde allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia, como los que se encuentran bajo el cobertizo e incluso en la era, encharcada por la lluvia.

Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, todos parecen frailes.

En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio bajo la lluvia los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor,

a pesar de que tenga que ir chapoteando en el agua y se esté duchando sin desearlo.

Con él están Juan, Andrés y Santiago.

Están trayendo de la otra estancia con precaución, a unos enfermos. Guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse.

Y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

Ante su preocupación, Pedro dice:

–     ¡Nada, nada! Somos madera empecinada.

No te preocupes. Nos bautizamos otra vez y el bautizador es Dios mismo.  

Cuando por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca.

Así lo hace, como también los otros tres.

Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada.

Y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón…

Y que otra vez se va a mojar.

Sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos el chubasco de agua.

La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto y la arrastra hasta la pared de la estancia, resguardada del agua.

Y  luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza, para celar la luminosidad de su sonrisa.

Ahora empieza a hablar:

     “No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los Diez Mandamientos.

Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico.

Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también hago así.

Hoy digo: “No forniquéis”.

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: “lujurioso”.

Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que alguien la leyera en vosotros?

No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo.

Además… ¡Oh!, decidme especialmente vosotros, hombres.

¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios?

¿No es acaso lujuria también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación… Y el acto quiere decir y debe ser fecundación.

Sin ello es inmoralidad.

No se debe del tálamo hacer un lupanar.

Y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades.

La Tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada.

Por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla.

El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo.

Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza, para vicio, es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro.

Es más, agravado por la desobediencia al Mandamiento que dice: “Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos”.

Por tanto ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas no a los ojos de Dios, sino del mundo…

Cómo a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual.

Aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad; sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente.

¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere: contagia, produce quemazón, cual fuego que creyendo consumirse?

¿Traspasa devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado?

¿Y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta – y lo hace entre dos momentos febriles – no puede dejar de nacer este desprecio de sí…

rebajados como quedan uno y otro, a un nivel incluso inferior al de los animales.

Nota del traductor, (un sacerdote) con respecto a este tema:

la Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir.

Pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc.

Sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc.

Asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito.

Siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.

Jesús continúa:

“NO FORNICARÁS”, está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre, ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla…

Y que el Levítico condena con estas palabras:

TRIPLE SACRILEGIO: Como consagrado, como heredero del Padre y como hombre…

“Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer”

Y también: “No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella.

Y así hará la mujer.

Y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia” -.

Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio; el cual deja de ser santo cuando por malicia, viene a ser infecundo.

Y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer:

Por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar.

EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción.

Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios.

Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad…

El hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme – si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo, como se hace con cereales o animales…

¿Qué beneficio os ha reportado?

Poneos, poneos vuestro corazón en la mano… observadlo.

Preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor.

Y luego decidme, respondedme:

¿Tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro…

FORZADO POR VOSOTROS A VIVIR EN UN CUERPO IMPURO?

¿A latir, para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme:

¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: “mamá” y pensando en vuestra madre…  

¡Oh mujeres de placer que habéis huido de casa u os han echado de ella;

para que el fruto podrido no destruyera con el exudado de su putridez, a los demás hermanos! 

¿Pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma:

“He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio”?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne…?

¿Al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas…?

¿Y junto con el deshonor ha tenido que recibir,  el menosprecio de su tierra natal?

¿Porque todos los que luchan por su perfección espiritual, conocen su desgracia, PERO NO LO COMPADECEN;

Cuando un niño no es amado, como lo que es: UN DON DIVINO para ser custodiado y que deberemos regresar al Creador, convertido en OTRO CORREDENTOR…

pues Juzgan que no supo educar a quién ha llenado de oprobio a TODA la familia?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa?

¿O la inocencia de una virgen, teniendo que decir: “Yo he renunciado a todo esto… y nunca más volveré a poseerlo”?

¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: “Dámelo”…?

¡¿Porque habéis matado vidas en su comienzo?!

Vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol.

Vidas que ahora os gritan: “¡Asesinas!”

¿Pero es que no teméis sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros:

“¿Qué has hecho de ti misma?

¿Para eso acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿Cómo te atreves a estar en mi Presencia?

Tuviste todo lo que para ti era dios: EL PLACER. 

¡Ve al lugar de maldición sin término”!

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: “ninguno”?

Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz?

¡NO! Porque siento piedad por su alma.

Todo en Mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo.

¡Pero su alma…! ¡Oh! ¡Padre! ¡Padre!

¡También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas!

¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada y llevarla al redil?

Limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar,

Y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser…

Tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio.

Tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado o lo haga sólo para decir:

“Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza.

¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo.

Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor.

Eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel.

Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas…

Y despedías fragancia de virginidad;

cantabas, serena, tus canciones de niña y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre,

y les decías: “Vosotros sois mis amores”.

Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul…

¿Y luego? ¿Por qué?

¡¿Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente?!

¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre, para correr hacia otros corazones inciertos?

¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión?

¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo?

Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y su Misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria.

Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma.

Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor.

¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón, para hacer gozar a la carne.

Sabe ahora martirizar la carne, para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad.

 Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta.

¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo.

Otros entran en la habitación.

52 EL LLAMADO DE MATEO


52 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está haciendo mucho calor. El mercado ha terminado y en la plaza vacía, hay unos cuantos ociosos y unos niños que juegan.

Jesús, en medio de sus apóstoles, llega del lago a la plaza.

Acaricia a los niños que corren a su encuentro y le platican sus confidencias. Una niña muestra un golpe que le sangra en la frente y de ello acusa al hermanito.

Jesús dice:

–      ¿Por qué has herido así a tu hermanita? ¡No está bien!

El niño se mortifica y contesta:

–      No lo hice a propósito. Quería tumbar aquellos higos y tomé un bastón. Era muy pesado y se me cayó sobre ella. Cogía higos también para ella.

Jesús le pregunta:

–     ¿Es verdad, Juana?

Entre hipos la niña contesta:

–      Es verdad.

–      Entonces puedes ver que tu hermano no te quiso hacer daño.

Quería hacerte feliz. Ahora, al punto haced las paces y daos un beso. Los buenos hermanitos y también los buenos niños, jamás deben saber lo que es el rencor. ¡Ea, pues!

Los dos niños se besan con lágrimas.

Los dos lloran juntos. Ella porque le duele el golpe. Y él porque le pesa haber causado ese dolor.

Jesús sonríe al ver ese beso lleno de lagrimones.

Y dice:

–     ¡Y ahora, porque veo que sois buenos, Yo os cortaré los higos!

Como es muy alto extiende el brazo y sin esfuerzo alguno, los corta y se los da.

Acude una mujer:

–     Juana. Tobías. ¿Para qué molestáis al Maestro? ¡Oh, Señor! Perdona…

Jesús dice:

–     Mujer. Se trataba de hacer las paces.

Y las hice con el objeto mismo que provocó la guerra: los higos. A los niños les gustan los higos dulces y a Mí… me gustan los corazones dulces e inocentes. Me quitan mucha amargura.

La mujer señala a unos fariseos:

–      Maestro, son los señores esos, los que no te aman.

Pero nosotros, el pueblo; te queremos mucho. Ellos son pocos. Y nosotros muchos…

–     Lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo.

¡Adiós, Juana! ¡Adiós, Tobías! Sed buenos. No se porten mal. Y ya no se peleen. ¿Lo recordarán?

Los dos niños responden juntos:

–           Sí.

–           Sí, Jesús.

Jesús sonriente, al empezar a caminar, dice a sus discípulos:

–     Ahora que con la ayuda de los higos, los cielos se han despejado de las nubes que había. Vámonos a… ¿A dónde queréis ir?

Ellos no saben y mencionan diferentes lugares.

Pero Jesús mueve la cabeza sonriendo.

Pedro dice:

–     Yo renuncio. A menos que Tú no lo digas… hoy tengo ideas negras.

Tú no viste; pero cuando desembarcamos, estaba ahí Elí, el fariseo. ¡Más verde que lo acostumbrado! ¡Y nos miraba en una forma, que…!

Jesús dice:

–    ¡Dejadlo que mire!

Judas exclama:

–    ¡Eh! No hay remedio. ¡Pero te aseguro Maestro, que para hacer las paces con ese, no bastan los higos!

–    ¿Qué fue lo que dije a la mamá de Tobías? ‘He hecho las paces con el objeto mismo de la guerra’

Y trataré de hacer las paces al volver a ver a los principales de Cafarnaúm, que según ellos les he ofendido. De este modo se contentarán. Probablemente no lo lograré; porque falta en ellos la voluntad de hacer las paces.

Cuando llegan a la plaza, Jesús va directo al banco de la alcabala,…

Y donde Mateo está haciendo sus cuentas y verificando el dinero que subdivide en categorías y lo pone en bolsitas de diversos colores.

Luego las coloca en una caja fuerte de hierro, que dos esclavos transportan a otro lugar.

Apenas si levanta la cabeza para ver al que se había retrasado en pagar.

Mientras tanto, Pedro jala de una manga a Jesús:

–     No tenemos nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Jesús no le hace caso.

Mira atentamente a Mateo, que se ha puesto de pie al punto, en actitud reverente.

Le da una segunda mirada que traspasa.

No es la del Juez severo de otras veces.

Es una mirada de llamamiento, de amor, que lo envuelve totalmente.

Mateo se sonroja completamente. No sabe qué hacer, ni qué decir.

Cuando Dios te quiere, TE BUSCA,  te sigue, te persigue y te consigue…

Majestuosamente, Jesús ordena:

–      Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. ¡Ven!… ¡Sígueme!

Totalmente asombrado, Mateo responde:

–    ¿Yo?… ¡Maestro! ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por Ti. No por mí…

–     Ven y sígueme; Mateo, hijo de Alfeo. –repite Jesús con voz más dulce.

–    ¡Oh! ¿Cómo es posible que yo haya alcanzado favor ante Dios?… ¿Yo?… ¿Yo?…

–     Mateo, hijo de Alfeo. He leído en tu corazón. Ven. Sígueme.

La tercera invitación es una caricia….

–           ¡Oh! ¡Al punto, Señor!

Y Mateo, con lágrimas en los ojos…

Sale por detrás del banco sin preocuparse siquiera por recoger las monedas esparcidas sobre él. No pide la caja fuerte, ni le importa nada más.

Camina hacia el Maestro diciendo:

–     ¿A dónde vamos, Señor? ¿A dónde me llevas?

–     A tu casa. ¿Quieres dar hospedaje al Hijo del Hombre?

–     ¡Oh! Pero…pero… ¿Qué dirán los que te odian?

–     Yo escucho lo que se dice en los Cielos y es: ‘¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!

Y el Padre dice: ‘Para siempre la Misericordia se levantará en los Cielos y se derramará sobre la Tierra. Porque con un Amor Eterno. Con un Amor Perfecto, te amo. Y por eso, también contigo uso de Misericordia…”

Ven. Y que al venir a tí; además de santificar tu corazón; santifique también tu casa…’

–    La tengo ya purificada por una esperanza que tenía en el alma. ¡Pero cómo podía creer que se convertiría en realidad! ¡Oh! ¡Yo con tus santos!…

Y mira a los discípulos.

–    Sí. Con mis amigos. Venid. Os uno y sed hermanos.

Los discípulos están tan estupefactos, que no saben qué decir.

Detrás de Jesús y de Mateo, caminan por la plaza que está completamente desierta.

Siguen por una calle estrecha que arde bajo un sol abrasador. No hay ser viviente alguno en las calles. Tan solo polvo y sol.

Entran en una casa muy hermosa, con un portón que se abre hacia fuera.

Un hermoso atrio está lleno de sombra y frescura. Llegan a un pórtico ancho que hay en el jardín.

Y Mateo dice:

–    ¡Entra, Maestro mío! –luego ordena a los siervos-  ¡Traed agua y de beber!

Los criados obedecen al instante.

Mateo sale a dar órdenes, mientras Jesús y los suyos se refrescan.

Regresa y dice:

–           Ahora, ven, Maestro. La sala está fresca.

Ahora vendrán mis amigos. ¡Oh! ¡Quiero hacer una gran fiesta! Es mi regeneración. ¡Es tan maravilloso!… ¡Esta es la verdadera circuncisión! Me has circundado el corazón con tu amor. ¡Maestro, será la última fiesta!

Ya no habrá más fiestas para el publicano Mateo. No más fiestas mundanas. Sólo la fiesta interna de haber sido redimido y de servirte a Ti. De ser amado por Ti.

¡Cuánto he llorado! No sabía cómo hacer… Quería ir…pero… ¿Cómo ir a Ti? A Ti, Santo… ¿Con mi alma sucia?

Jesús declara:

–    Tú la lavabas con el arrepentimiento y la caridad. Para Mí y para el prójimo.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos y llama…

–     Pedro; ven aquí.

Pedro que todavía no ha hablado, pues sigue tan asombrado, da un paso adelante.

Los dos hombres, casi de la misma edad; de estatura baja y robustos; están frente a frente.

Y Jesús ante ellos, los mira con una gran sonrisa.

Luego dice:

–     Pedro. Me has preguntado muchas veces quién era el desconocido de las bolsas que llevaba Santiago. Míralo. Lo tienes enfrente.

Pedro exclama:

–    ¿Quién? ¡Este, lad…! ¡Oh, perdona Mateo! Pero…

¡Quién lo hubiera pensado! Y exactamente tú. Nuestra desesperación por la usura, ¿Qué fueses capaz de arrancarte cada semana, un pedazo de corazón, al dar ese rico óbolo?

Mateo apenado, inclina la cabeza y dice:

–      Lo sé. Injustamente os tasé.

Pero mirad. Me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡No me arrojéis! Él me ha acogido. No seáis más severos que Él.

Pedro, que está junto a Mateo; lo levanta de un golpe.

En peso, ruda, pero cariñosamente.

Y dice:

–    ¡Ea! ¡Ea! ¡Ni a mí, ni a todos los demás!

A Él, pídele perdón. A nosotros… ¡Ea! Todos hemos sido ladrones, igual que tú… ¡Oh! ¡Lo dije!  ¡Maldita lengua! Pero soy así.

Lo que pienso, lo digo. Lo que tengo en el corazón; lo tengo en los labios… Y besa a Mateo en las mejillas.

Los otros también lo hacen con más o menos cariño.

Andrés lo hace con reserva, debido a su timidez.

Judas de Keriot se muestra frío. Parece como si abrazara a un montón de serpientes, pues apenas si lo toca.

Se oye un rumor en la entrada y Mateo sale.

Entonces Judas de Keriot se acerca a Jesús.

Está escandalizado  y dice:

–    Pero, Maestro. Me parece que esto no es prudente. Ya te empezaron a acusar los fariseos de aquí.

Y Tú… ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una prostituta y luego un publicano! ¿Acaso has determinado arruinarte? Si es así… ¡Dilo, que…!

Pedro interviene irónico:

–    Que nosotros desfilamos. ¿Es así?

Judas le contesta con altanería:

–    ¿Y quién está hablando contigo?

–     Sé que no estás hablando conmigo.

Pero yo por el contrario; hablo con tu alma de refinado señorito. Con tu purísima alma. Con tu sabia alma. Sé que tú, miembro del Templo; sientes el hedor del pecado en nosotros; pobres, que no pertenecemos al Templo.

Sé que tú, judío perfecto; amalgama de fariseo, saduceo y herodiano. Medio escriba y migaja de esenio. ¿Quieres otras palabras nobles?…

Te sientes mal entre nosotros. Como una alosa cualquiera en una red de pescados sin valor. Pero ¿Qué quieres qué hagamos? Él nos tomó y nosotros nos quedamos.

Si te sientes mal, vete tú. Respiraremos mejor todos. También Él.

Cómo puedes ver; está descontento de mí y de ti. De mí; porque falto a la paciencia y también a la caridad. Pero más de ti; que no entiendes nada.

Con todo tu tejido de nobles atributos y que no tienes ni caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho.

Solo un gran humillo… y quiera Dios que ese humo, no sea nocivo.

Jesús, de pie. Disgustado, con los brazos cruzados, la boca cerrada y los ojos duros; ha dejado que hable Pedro.

Después le dice:

–    ¿Ya terminaste, Pedro? ¿También tú has purificado tu corazón de la levadura que había dentro?

Has hecho bien. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. El llamado del Mesías es como la sangre del cordero sobre vuestras almas.

Y donde está, no bajará más la culpa. No bajará si el que la recibe le es  fiel. Mi llamado es liberación. Y se le festeja con diversas clases de levadura.

A Judas, no le dice nada.

Pedro, mortificado; guarda silencio.

Y Jesús agrega:

–    Mateo regresa con amigos.

No les enseñemos otra cosa que no sea virtud. Quien no pueda soportar esto, váyase. No seáis iguales a los fariseos: que oprimen con preceptos y son los primeros en no observarlos.

Mateo vuelve a entrar con dos romanos y empieza el banquete.

Jesús está en medio, entre Pedro y Mateo.

Hablan de muchas cosas. Y Jesús, con paciencia explica a Ticio y a Cayo, lo que desean. Hay muchas quejas contra los fariseos que los desprecian…

Y Jesús responde a todas sus inquietudes.

Dice:

–    Pues bien. Venid a quien no os desprecia. Y luego obrad en tal forma, que al menos los buenos, no os puedan despreciar.

Cayo dice:

–    Tú eres bueno; pero eres solo.

Jesús  objeta, señalando a sus discípulos:

–    No. Estos son como Yo.

Y además, está el Padre, que ama a quien se arrepiente y quiere volver a su amistad.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Si al hombre le faltase todo, pero tuviese al Padre, ¿No sería la alegría del hombre la más completa?

De esta forma se va desarrollando la conversación.

Y el banquete ha llegado a los postres; cuando un criado hace señas al dueño de la casa y luego le dice algo en voz baja.

Entonces Mateo dice a Jesús:

–    Maestro. Elí, Simón y Joaquín, piden permiso para entrar y hablarte. ¿Quieres verlos?

Jesús contesta:

–    ¡Claro que sí!

–     Pero… mis amigos son gentiles.

–      Y ellos vienen a ver exactamente esto.

Que los vean. De nada serviría esconderlo. No serviría para el bien, porque la malicia aumentará el hecho, hasta llegar a decir que también había prostitutas. Que entren.

Mateo inclina la cabeza.

Los tres fariseos entran.

Miran alrededor con una sonrisa proterva y están a punto de hablar.

Pero Jesús, que se ha levantado y va a su encuentro junto con Mateo.

Mientras pone una mano en la espalda de Mateo, les dice:

–    ¡Oh! ¡Hijos verdaderos de Israel! Os saludo y os doy una gran noticia, que ciertamente alegrará vuestros corazones perfectos de israelitas.

Los cuales quieren como él, que todos los corazones observen la Ley, para dar Gloria a Dios. Pues bien; Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy no es más el pecador; el escándalo de Cafarnaúm.

Una oveja roñosa de Israel ha sido curada. ¡Alegraos!

Después se curarán otras ovejas pecadoras en vuestra ciudad; de cuya santidad os interesáis mucho y también serán gratas y santas ante…? ¡Eh Señor. Mateo deja todo para servir a Dios.

¡Dad el beso de paz al israelita extraviado que torna al seno de Abraham!

El fariseo Simón, dice con desprecio y sarcasmo:

–    ¿Y torna con los publicanos en estrepitoso banquete?

¡Oh! ¡De verdad que se trata de una conversión favorable! Elí. Mira. Ahí está ese Josías, el procurador de mujeres.

Elí responde:

–    También está Simón; hijo de Isaac el adúltero.

–    Y aquel es Azharías: el cantinero en cuyo casino, los romanos y los judíos juegan a los dados; pelean, se emborrachan y van en busca de mujeres.

El fariseo Joaquín, dice:

–    Pero, Maestro. ¿Sabes al menos quienes son esos?

Jesús contesta amable:

–     Lo sé.

Elí dice:

–     ¿Y vosotros? Vosotros de Cafarnaúm. Vosotros, discípulos. ¿Por qué lo habéis tolerado?

¡Me admiras, Simón de Jonás!

Pedro se queda callado.

Simón inquiere, escandalizado:

–    ¡Tú, Felipe, que aquí todos conocen!

¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es posible que tú hayas permitido que tu Maestro comparta la comida con publicanos y pecadores?

Felipe los mira sin turbarse, pero también guarda silencio.

Joaquín:

–     ¡Ya no hay más vergüenza en Israel!

Los tres están escandalizadísimos.

Y lo manifiestan con una andanada de frases condenatorias.

Jesús interviene:

–     Dejad en paz a mis discípulos. Solamente Yo lo quise.

Simón dice con sarcasmo:

–    ¡Eh! ¡Bien! Se comprende.

¡Cuando se quiere hacer santos a otros y uno no lo es; se cae pronto en errores que son imperdonables!

–    ¡Y cuando de educa a los discípulos en la falta de respeto!

¡Todavía me está quemando la risa irreverente que me hizo ese judío del Templo! ¡A mí! ¡A Elí el fariseo! No se puede hacer otra cosa que faltar al respeto a la   Ley.

Se enseña lo que se sabe.

Jesús responde con firmeza:

–    Te equivocas Elí. Os equivocáis todos.

Se enseña lo que se sabe, es verdad. Y Yo que sé la Ley, la enseño a quien no la sabe: a los pecadores. Vosotros… os conozco dueños de vuestra alma.

Los pecadores no lo son. Busco y busco su alma. Se las vuelvo a dar, para que a su vez me la traigan. Tal como está: enferma, herida, sucia.

Y Yo la curo y la limpio. Para esto he venido. Los pecadores son los que tienen necesidad del Salvador. Y vengo a salvarlos. Comprendedme. No me odiéis sin razón.

Jesús es dulce, persuasivo, humilde.

Pero ellos son como tres cardos espinosos. Y salen muy enojados.

Judas de Keriot murmura impotente:

–    Se fueron. Ahora nos criticarán por todas partes.

Jesús dice:

–    ¡Dejad que lo hagan!

Procura solo que el Padre, no tenga nada que criticarte. No te apenes, Mateo. Ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: ‘No hagáis el Mal.’ Y eso es más que suficiente.

Y Jesús vuelve a sentarse en su lugar…

21 PRIMERA PREDICACIÓN EN EL TEMPLO


21 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio embaldosado con mármoles de colores distintos.

El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta.

Pero antes de dirigirse a él, dice a Judas:

–          Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.

Judas replica:

–          Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.

–          Yo eso lo sé y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres.

Antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos.

Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.

–           La otra vez no lo hiciste.

–           La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas.

La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes.

 Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto.

Y además, Judas, ¿Tú crees que el discípulo es más que su Maestro?

–            No, Jesús.

–           ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?

–            Tú, el Maestro; yo, el discípulo.

–            Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿Por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro.

Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas.

Condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.

–              Es verdad. Perdona. Obedezco.

–              Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.

–             ¿Obedecer? Sí.

–             No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente…

Pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

–              Este es, Maestro, el magistrado.

–              La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

–             ¿Eres rabí?

–            Lo soy.

–            ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.

–           ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?

–           Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.

–           Tu nombre.

–           Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David y de Ana de Aarón.

María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.

–           ¿Quién lo prueba?

–           Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?

–            Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.

–            Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿No eres nazareno?

–            Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.

–            Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…

–            Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

–            ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?

–            Mis palabras lo dirán.

–            ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?

–             La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes.

Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente y distinto en ambos, atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada.

Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar.

Y dice:

–          Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.

Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar.

Toma como punto de partida lo que sucedió por la mañana.

–          Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: “No matarás” y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito.

Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia?

No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza;

porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros.

Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: ‘Ama a tu Dios y ama a tu prójimo”.

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo:

‘Ama a los que te aman y odia a tu enemigo”.

 Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado.

Si le pedimos a ABBA que su Presencia en nosotros ACTÚE, PARA AMAR A NUESTROS ENEMIGOS, ¡Seremos testigos de un portentoso Milagro, que nos ayudará a CRECER en el amor!

Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿Quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano? y ¿Quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios y que por Adán todo hombre lo es y que no hay ninguno que pueda decir: “Yo no he ofendido a Dios”.

Y sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces. Y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado,

hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno.

Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero NO ESTÁ MUDA.

Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto.

Y dice: después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie.

Jesús, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved.

Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene.

Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías y con el poder que me viene del Padre, la amplifico y añado mi poder.

Y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana.

El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

Uno pregunta:

–          Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?

Jesús contesta:

–          Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia.

Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.

–          ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?

–           Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.

–           ¿Dónde? ¿Cuándo?

–           Cuando llegó el momento de señalarlo.

Judas se siente en el deber de decir a diestra y siniestra:

–            El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.

–            ¡Él!… ¡Oh!…

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás.

Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse. 

Judas continúa con su proclama:

–             Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués. 

Uno solicita:

–             Intercede por mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando..

–             Maestro.

–             Judas.  

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

–            Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.

–            Puedo para quien tiene fe.  

Jesús se vuelve hacia el enfermo y le pregunta:

.            Hombre, ¿Tienes fe?

–           Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Bethesda, pero siempre hay uno que me precede.

–           ¿Puedes creer en Mí?

–            Si creo en el ángel de la piscina, ¿No voy a creer en Tí, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?

Jesús sonríe.

Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

Luego pregunta:

–            ¿Qué ves?

–            Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿No me lo curas?

Jesús sonríe de nuevo.

Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

–            ¿Qué ves? – le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

–            ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

–            Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.

Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro…

Pregunta:

–             ¿Con qué facultad haces estas cosas?

–             ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿Es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?

–             ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!

–             Entonces, ¿Por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?

–             Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.

–             Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.

19 PRIMERA PREDICACIÓN EN EL TEMPLO


19 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio embaldosado con mármoles de colores distintos.

El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta.

Pero antes de dirigirse a él, dice a Judas:

–          Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.

Judas replica:

–          Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.

–          Yo eso lo sé y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres.

Antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos.

Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.

–           La otra vez no lo hiciste.

–           La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas.

La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes.

 Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto.

Y además, Judas, ¿Tú crees que el discípulo es más que su Maestro?

–            No, Jesús.

–           ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?

–            Tú, el Maestro; yo, el discípulo.

–            Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿Por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro.

Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas.

Condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.

–              Es verdad. Perdona. Obedezco.

–              Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.

–             ¿Obedecer? Sí.

–             No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente…

Pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

–              Este es, Maestro, el magistrado.

–              La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

–             ¿Eres rabí?

–            Lo soy.

–            ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.

–           ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?

–           Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.

–           Tu nombre.

–           Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David y de Ana de Aarón.

María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.

–           ¿Quién lo prueba?

–           Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?

–            Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.

–            Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿No eres nazareno?

–            Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.

–            Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…

–            Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

–            ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?

–            Mis palabras lo dirán.

–            ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?

–             La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes.

Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente y distinto en ambos, atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada.

Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar.

Y dice:

–          Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.

Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar.

Toma como punto de partida lo que sucedió por la mañana.

–          Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: “No matarás” y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito.

Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia?

No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza;

porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros.

Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: ‘Ama a tu Dios y ama a tu prójimo”.

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo:

‘Ama a los que te aman y odia a tu enemigo”.

 Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado.

Si le pedimos a ABBA que su Presencia en nosotros ACTÚE, PARA AMAR A NUESTROS ENEMIGOS, ¡Seremos testigos de un portentoso Milagro, que nos ayudará a CRECER en el amor!

Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿Quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano? y ¿Quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios y que por Adán todo hombre lo es y que no hay ninguno que pueda decir: “Yo no he ofendido a Dios”.

Y sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces. Y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado,

hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno.

Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero NO ESTÁ MUDA.

Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto.

Y dice: después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie.

Jesús, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved.

Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene.

Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías y con el poder que me viene del Padre, la amplifico y añado mi poder.

Y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana.

El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

Uno pregunta:

–          Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?

Jesús contesta:

–          Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia.

Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.

–          ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?

–           Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.

–           ¿Dónde? ¿Cuándo?

–           Cuando llegó el momento de señalarlo.

Judas se siente en el deber de decir a diestra y siniestra:

–            El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.

–            ¡Él!… ¡Oh!…

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás.

Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse. 

Judas continúa con su proclama:

–             Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués. 

Uno solicita:

–             Intercede por mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando..

–             Maestro.

–             Judas.  

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

–            Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.

–            Puedo para quien tiene fe.  

Jesús se vuelve hacia el enfermo y le pregunta:

.            Hombre, ¿Tienes fe?

–           Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Bethesda, pero siempre hay uno que me precede.

–           ¿Puedes creer en Mí?

–            Si creo en el ángel de la piscina, ¿No voy a creer en Tí, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?

Jesús sonríe.

Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

Luego pregunta:

–            ¿Qué ves?

–            Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿No me lo curas?

Jesús sonríe de nuevo.

Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

–            ¿Qué ves? – le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

–            ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

–            Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.

Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro…

Pregunta:

–             ¿Con qué facultad haces estas cosas?

–             ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿Es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?

–             ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!

–             Entonces, ¿Por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?

–             Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.

–             Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.

TIERRA DE VOLCANES


Había sido una semana llena de descubrimientos.

El Espíritu Santo nos estaba llenando de conocimientos nuevos y mirábamos todo lo que estaba sucediendo, bajo la Luz con que Dios iluminaba todos los acontecimientos.

Y todo era asombroso. Terroríficamente asombroso.

Vivir así, además de emocionante, es bastante enriquecedor.

Porque se mezclan la inmensa alegría de la Presencia Divina, junto con el dolor que envuelve mirar al desnudo las acciones de Satanás y la impotencia de que la mayoría de la gente ignora todo esto y no hace NADA; ni siquiera quiere CONOCER, para defenderse.

Estábamos trabajando en la tarea que el Espíritu Santo nos había asignado, cuando recibí en mi computadora, la última notificación de uno de los noticiarios que nos mantienen informados de lo que sucede en el mundo.

México registra casi 60 temblores en 12 horas tras la fuerte explosión de Popocatépetl

Publicado: 19 mar 2019 19:41 GMT

El mayor número de movimientos telúricos se sintió en el sur del país.

Cambia Semáforo en amarillo a Fase 3

El titular del noticiario se leía escueto y sentí como si hubiera recibido un puñetazo en el estómago y me faltara el aliento.

Entonces pensé:

“Bueno hace medio milenio éramos el Ombligo de la Luna (es lo que significa México en náhuatl), ahora con cinco placas tectónicas bajo nuestros pies, somos el Ombligo de la Tierra y cuando todas decidan moverse y cambiar la fisonomía del planeta, seremos el Ombligo de la Nueva Creación…

Mientras esto sucede, no cabe duda que los mexicanos seremos los adoradores más apasionados de todo el Universo… Pues con todo lo que la Tribulación implica sobre nosotros, no va a quedar espacio para los ateos.

Tenemos que aprender a MORIR y a vivir cada día como si fuese el último, pero ¿Quién será capaz de comprender esto?

Y recordé un mensaje que Abba le había dicho tiempo atrás a JV:  

Septiembre 23 de 2017

No quisieron entender con Mis Palabras

Hoy en la mañana, estando en Misa, a la hora del rezo del Padre Nuestro, veo a Dios Padre y le digo:

 “Padre, no quieren entender, les he transmitido lo que me has dicho y no quieren hacer caso”,

Y en seguida me responde:

“No quisieron entender con Mis Palabras que les diste, ahora tendrán que entender con las Obras” (o sea, con los DESASTRES que se vendrán).

Yo seguí absorta con mis pensamientos:

Ya no se trata de si quieren creer y convertirse, entonces nos arrodillaremos por el pánico o tendrán que sostener sus ideas apóstatas en el Infierno.

Todos tendremos que bailar al son con que nos toquen  los volcanes y los terremotos. Y todos los sucesos con los que la Naturaleza decida zarandearnos…”

¡Verdaderamente grandioso y luego…!

Entonces Jesús le dijo al Padre Celestial:

–      ¿Ya viste lo que está pensando tu hija?

Desde que me convertí por medio de la Renovación Carismática y aprendí a Orar, me acostumbré a estar en contacto con el Cielo en una comunicación constante.

Aprendí a tratar a Dios, como una Persona independiente de mí, pero que me acompaña constantemente porque forma parte de mi ser,  igual que cualquier otro miembro de mi cuerpo.  Así que lo invito a todo lo que hago y siempre que le informo algo, lo hago como si Él no supiera nada, aunque ÉL lo sabe TODO.

Me enseñó a vivir en el mundo, pero sin pertenecer a él. A convivir en el mundo, manteniéndome lejos de ser atrapada por sus corrientes y sus ideas. No ha sido fácil, pero sí es posible.

De esta forma me ha educado, transformado mi forma de pensar  y en los años que tengo de conocerlo, ÉL ES una parte tan intrínseca, que ya no sé cómo viviría sin ÉL. Más bien me cuestiono, cómo pude vivir sin ÉL los primeros 28 años de mi vida.

Así que cuando vaMos de vacaciones, de compras, de paseo, de visita, a las convivencias sociales, al cine, a trabajar, a investigar e inclusive una vez que fuiMos a ver la película ‘El Secreto en la Montaña’. Y observaMos en la pantalla del cine, el desarrollo de un trágico y romántico melodrama de un amor homosexual, la disfruté junto con Jesús y recibí una tremenda lección de amor, con los comentarios mentales que Él me hizo sobre la película.

Cómo soy la única en mi familia que me convertí  totalmente, mis acciones y relaciones familiares son completamente mundanas, pero de una manera muy particular.

Como mi prioridad fundamental es Dios, lo demás lo he manejado de acuerdo a ello y persevero en que nada, ni nadie, me distraigan de ese objetivo.

Soy templo viviente del Espíritu Santo y el estar plenamente consciente de esta Presencia dentro de mi ser, me ayuda tremendamente a  vencer las tentaciones, porque he comprendido plenamente que cuando pecamos; también OBLIGAMOS a Dios, a ser Testigo  y partícipe involuntario de nuestras fechorías.

Al explicarles todo esto, entenderán mejor lo que me sucedió aquel Martes 19 de Marzo.

México registra casi 60 temblores en 12 horas tras la fuerte explosión de Popocatépetl

Yo seguía el maratónico  correr de mis pensamientos, cuando el Padre Celestial me detuvo en seco,

al preguntarme con mucha dulzura:

–     ¿Hay algo que quieras compartirMe?

Dí un gran suspiro, señalando la pantalla de la computadora, con la noticia que me había inquietado, le dije:

–     Abba  casi todos los seres que amo son tibios o incrédulos… Si trato de advertirles no solo no me creerán; van a burlarse con más ganas de mí y no habré conseguido NADA, más que algunos blasfemen y eso no lo soportaré.

Conozco lo que sucederá con mi hermoso país y lloro por ello. Pero no puedo hacer nada contra la INCREDULIDAD que encadena a la mayoría de los que pudiéramos hacer algo.

Yo estaba preocupada por la ciudad de México y no le dejo en mis oraciones. ¿Pero qué quieres que sienta cuando me entero que estoy viviendo en el estado más vulnerable de todo el país?

Y no sólo eso…

Mi hermosa ciudad en la que vivo, tiene en su área conurbada SIETE volcanes dormidos y algunos de los que amo,  están al alcance de cualquiera de ellos.  Todos en mi familia, escogieron vivir en bosques, cañadas, miradores, colinas y lagunas maravillosas…

Y TODOS Y CADA UNO ha construido su casa junto a un volcán dormido.

Esto, que en su momento constituyó un privilegio, ahora se ha convertido en una terrible amenaza.

Pero esto que yo acabo de enterarme, pocos lo saben y NADIE LO COMPRENDE.

Además, ¿A DÓNDE PODEMOS IRNOS, SI TODO EL PAÍS ES TIERRA DE VOLCANES?

Soy la loca de la casa y si trato de advertirles no voy a conseguir nada…

Tú vas a aprovechar los delirios maníacos de Satanás, para transformar nuestro planeta y algunos conocerán la gloria de la Nueva Creación y a otros los tomarás en cada embestida de Satanás…

Pero nadie conocemos, cual será nuestro destino: ser tomados o dejados, sólo Tú lo sabes…

ÉL me preguntó:

–    ¿Te preocupa?

Yo le contesté con honestidad:

–     En realidad no. Cualquiera que sea tu Voluntad con respecto a mí, yo la acepto. Llevarme o dejarme, haz lo que quieras conmigo. Lo único que te pido, es que me ayudes a no perderme. Yo no quiero estar con Satanás, ni ahora, ni nunca.

Y tampoco quiero dejarle a ninguno de los de mi familia que  él piensa que ya le pertenecen.  Y Tú sabes porqué…Los sollozos me ahogaron.

Sentí como el Amor Infinito del Padre Celestial me rodeó y me inundó, como si me abrazara y me dijo:

–   Y….

Yo continué en medio de mis sollozos:

–    Yo no quiero que les suceda nada. Sé que somos culpables de atraer tu Justicia. Y nos merecemos todo lo que viene sobre nosotros.  Sé que nosotros le hemos dado mucho poder a Satanás con nuestra maldad y falta de perdón.

Pero NO QUIERO QUE NADIE SE PIERDA.  En el último terremoto a mí se me olvidó el Magnificat y terminé hablándote como lo hago normalmente.

TODOS los demás olvidaron el Padre Nuestro y algunos terminaron mezclándolo con palabrotas. Muchos sólo te invocaban: ¡Dios Mío!

Cuando hay pánico, surge nuestro verdadero ‘yo’ y los ateos desaparecen.

Creo que es el momento más difícil y peligroso para siquiera pensar en volvernos hacia Ti.  Pero en instantes así, ¿Qué nos puede garantizar un regreso seguro a tus brazos?

Sobre todo cuando la emergencia por sobrevivir, hace que se nulifique todo lo demás. Por eso Satanás provoca todo con mayor  premura.

Y sentí el dolor como una oleada que me envolvió y agudizó mi angustia.Entonces, al mismo tiempo que sentí cómo la fortaleza del Padre me invadía y fue como si una fuerza interna fortaleciera todo mi esqueleto y me ayudara a sostenerme, oí su Voz dulce y llena de ternura:

–   ¿Ya olvidaste el Poder de la Intercesión?

Como un relámpago acudieron una avalancha de recuerdos y  recordé cómo fue la lección de esa enseñanza en particular…

Logré musitar con agradecimiento y FE:

–        ¡Oh Abba! Es cierto. Aunque sea como un último recurso, podemos arrebatarle las almas a Satanás.

Y me postré dando gracias y alabanzas.

Mientras recordaba lo sucedido un par de años después de mi conversión.

Todo había comenzado cuando era una adolescente demasiado ingenua.

Yo tenía catorce años y hubo una gran fiesta en la hacienda de mis abuelos, estaban celebrando la boda de una de mis primas y fue un acontecimiento lleno de regocijo que reunió a la numerosa parentela que era nuestra enorme familia.

El jolgorio era manifiesto y las viandas abundantes, al igual que el tequila.Hacía rato que había terminado la hora de la comida, ya era avanzada la tarde, cuando yo entré a la casa y fui a la biblioteca de mi abuelo.

El día había sido muy ajetreado y me recosté en el diván que había junto al gran ventanal que daba hacia un balcón, en el que  se apreciaba uno de los rincones favoritos del huerto, al que mi abuelo le tenía un cariño muy especial.

Había tomado un libro y casi me quedo dormida, cuando de repente me encontré entre los brazos de un hombre que me besaba con gran pasión y era evidente que había tomado bastante, porque se mezclaba el olor del tequila, con el de una agradable loción varonil.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí  la identidad de mi atracador, mientras luchaba por escapar de sus apasionados arrebatos que me tenían tan confundida, como descontrolada.

¡Caramba! ¿Qué estaba sucediendo?

Este hombre era uno de mis tíos favoritos. Mayor que yo 17 años, lo quería muchísimo y además había sido el sacerdote que celebró el matrimonio de mi prima.

Ahora yo me afanaba por liberarme de sus fuertes brazos y de sus manos, que habían desgarrado mi blusa en su intento por desnudarme.

Aún no comprendo cómo fue que conseguí escapar de él con mi integridad femenina intacta, pero con el alma hecha pedazos por un desengaño brutal.Salí huyendo hacia mi recámara, que estaba en el piso superior y para mi gran fortuna, no hubo testigos del desgraciado incidente, pues todos estaban afuera, disfrutando de la fiesta.

Guardé un mutismo absoluto y jamás compartí con nadie mi terrible experiencia.

Pero yo cambié y me convertí, en la ‘oveja negra’ de la familia.

Todos estaban escandalizados por mi fobia hacia lo religioso y porque no entendían mi rebeldía, pues solamente asistía a Misa en las bodas, los bautizos y los funerales.

En mi absurdo resentimiento, también arrasé con Dios y nunca dí explicaciones a nadie por mi comportamiento.

Esto en una familia que era muy prolífica en vocaciones religiosas y con un catolicismo a ultranza, que movía todas las áreas de la ancestral vida familiar, era no sólo revolucionario, sino totalmente incomprensible.

Todos estaban convencidos que Satanás me había arrancado la FE y yo era un caso perdido de ateísmo enigmático.

A mi tío lo aborrecí, con la misma fuerza con que lo amaba, porque nunca dejé de amarlo.  Después de mi conversión en la plaza de toros, empecé a sentir la ‘URGENCIA’ de perdonarlo y de hacerlo partícipe de la experiencia tan maravillosa con la que Dios había cambiado mi vida.

La cosa llegó a tal punto, que un día decidí ir a visitarlo al pueblo donde laboraba cómo párroco y preparé todo, sin decirle a nadie del plan que puse en práctica.

Llamé a la oficina y avisé, para que mi suplente se hiciera cargo de mis tareas.

Encargué a mis hijos con una de mis hermanas y le pedí a mi esposo que me prestara el automóvil nuevo, que apenas tenía dos meses que lo habíamos comprado.

Él me dio las llaves diciendo:

–    Te lo presto con la condición de que me lo devuelvas lavadito y reluciente.

Y salí de mi casa cómo lo hacía todas las mañanas a las 8.00 am, pero en lugar de ir a mi trabajo, enfilé rumbo a la vía corta a la Cd. De México.   Eran casi la 13.00 hs cuando antes de llegar a Querétaro, tomé la desviación que me llevaría hasta el poblado donde estaba mi tío y después de saludarlo, él me miraba totalmente pasmado; porque se habían cumplido 14 años de que yo no le dirigía la palabra.

Me invitó a comer y charlamos sobre la familia.

Después de la sobremesa, le dije que tenía que tratar un asunto muy importante y me invitó a pasar a la notaría de la parroquia.

Cuando nos quedamos solos, le relaté mi conversión en la plaza de toros y lo que había significado el descubrimiento, de que Jesús es Verdaderamente un Dios Vivo y Resucitado.

También le manifesté toda la furia, que su falta de respeto había despertado en mi corazón…

Y le dije que la razón de mi visita, era porque quería otorgarle mi perdón; porque el Dios del que me había enamorado no podía vivir en un corazón que guardase resentimientos.

Él me miró, pero no dijo una palabra.

Pensé que tal vez el viaje, había sido totalmente inútil.

Entonces miré mi reloj y dije:

–     ‘Tío, ya casi son las cuatro de la tarde y yo tengo que estar en Guadalajara, a más tardar a las 19.30hs. Por favor discúlpeme pero otro día lo visitaré con más calma.’

Me levanté del sillón que había ocupado para platicar frente a él.

Había llevado conmigo los tres libros del Padre Octavio Michellini:

Confidencias de Jesús a un Sacerdote. Y sacándolos de mi bolso, los deposité sobre su escritorio y me dí la vuelta para salir. 

Él continuaba sentado, sin moverse del lugar que había elegido frente a mí.

Al llegar a la puerta, oí su voz que me dijo:

–   ‘Rosa, espera. Ora por mí y ruégale en tus oraciones; para que ÉL también tenga piedad…’

Yo me regresé y poniendo mis manos sobre su cabeza, oré en voz alta por él.

Cuando terminé, pude ver las lágrimas que descendían por sus mejillas.

Recordé cuando Jesús tocó mi corazón y también las lágrimas lavaron mi arrepentimiento.

Lo bendije y lo besé en la frente.

Entonces me despedí apresurada y salí corriendo para subirme en el auto y regresarme.

Estaba contenta y a la vez preocupada.

Tanto, que ¡Olvidé ponerme el cinturón de seguridad!

En 1981, los carros no eran ‘chismosos’ cómo los de ahora.

Y con este garrafal descuido emprendí el camino de regreso.

Así que prendí nuevamente mi grabadora y puse mis casettes de alabanzas.

Venía preocupada, porque no quería dar ninguna explicación a nadie y esto solo sería posible si lograba llegar  a tiempo.

Recorrí el camino de regreso lo más veloz que podía.  Así llegué a un tramo de la carretera, que tiene una particularidad:

Entre Atotonilco y Tototlán Jal., hay una recta muy larga, donde se pueden mirar los vehículos a la distancia, como si fueran juguetitos.

Allí pisé el acelerador hasta el fondo y sólo veía como la aguja del velocímetro, rebotaba sobre los 200 kms.

En mi vida había manejado a esa velocidad y con mi flamante automóvil nuevo, de un precioso color jade, me parecía que volaba.

Delante de mí en mi propio carril, vi a lo lejos un automóvil rojo oscuro…

Y cómo del lado contrario no venía nadie, me preparé para rebasarlo, sin disminuir la velocidad.

Como veía el camino despejado para mí, en ningún momento hice ningún movimiento de absolutamente nada.

Y de repente, sentí como si me hubieran sujetado suavemente entre el pecho y la espalda.

Mi grabadora y todo lo que traía suelto, salieron volando contra el parabrisas y el tablero…Y vi cruzar delante de mí, a un enorme y bellísimo corcel negro,

Que se perdió galopando entre el sembradío de maíz que ya tenía las milpas altas y que estaba del otro lado de la carretera.

Yo no entendía que había pasado.

Y fue entonces cuando miré, parado justo a unos cinco metros frente a mí, el carro tinto que había visto antes y que había decidido rebasar.

Y observé como el chofer tenía los brazos levantados, como esperando el inminente choque.

Lo que pasó fue que la aparición del caballo fue tan repentina, (No sé a qué velocidad iría) Que él SI frenó de golpe y el carro se le coleó, haciendo que se metiera en mi carril…

Y quedando justo, para que yo lo chocara por detrás.

Cómo yo traía mucha prisa, me preparé para sacarle la vuelta y fue cuando me percaté…

¡Que yo seguía pisando el acelerador!

NO HABÍA HECHO NINGÚN MOVIMIENTO DE ABSOLUTAMENTE NADA.

NO había movido la palanca de velocidades y mi auto estaba detenido, como si estuviera en neutral.  Hice todas las maniobras para poner primera y arrancar, rodee al otro auto y le hice un ademán de saludo al chofer.

Fue cuando pude ver que tenía una cara de terror absoluto y su semblante estaba más verde que mi carro.

No sé cómo estuvo, pero el trayecto que por la mañana me tomó cinco horas, eran exactamente las 7.30 pm cuando estaba pagando la caseta de entrada, de la autopista en Guadalajara.

Llegué a mi casa y lavé el carro.

Cuando recogí mis cosas del interior, pude ver que la grabadora estaba quebrada, pero el parabrisas estaba intacto.

Todas mis cosas se habían salido de mi bolso y se habían desparramado por todos lados.

Mientras las recogí y las regresé a mi bolso, pensaba que si los sucesos hubieran seguido su curso normal, me hubieran levantado de la carretera con una espátula.

Y un escalofrío me recorrió de pies a cabeza.

Fui por mis hijos, les dí de cenar y los arropé en su cama.  Me dí una ducha y mientras me miraba en el espejo del lavabo, empecé a asimilar lo que había pasado…

Y me enfermé del estómago.

Apenas me había puesto mi pijama, cuando llegó mi marido y me dijo:

–     ‘Qué bien mujercita. Así si te presto el auto, las veces que quieras.’

Yo me entregué en las manos de Dios, porque no tenía la menor idea de lo que iba a contestarle, cuando se fijara en el velocímetro y me preguntara por los más de 800 km que le agregué al kilometraje.

Afortunadamente nunca me dijo nada.

Al día siguiente, me encontré con una de mis hermanas en la casa de mi madre y buscando hablarme a solas me dijo:

–   ‘Puedes explicarme que andabas haciendo ayer por la tarde. Porque Jesús me puso a orar por ti por más de tres horas. Y me dio una visión.

Te ví en la carretera de México y una Legión de Ángeles, te estuvieron cuidando por todo el trayecto, hasta tu casa.

Yo pensé: ‘¿En qué lío se habrá metido ahora mi hermana, que ya armó una revolución en el Cielo y necesita un ejército de guardaespaldas.?’  Como lo sucedido con mi tío era mi gran secreto, no estaba dispuesta a dar ninguna explicación y me zafé como pude, diciéndole que después le contaría.

Pero las cosas no eran tan simples.

La siguiente vez que fui con mi grupo de Oración, Alfonso me preguntó:

–     ´Rosita. El lunes como a las 4.00pm Jesús nos quitó a todos de lo que estábamos haciendo y nos puso a orar por ti, con una urgencia como nunca nos había pasado.

Y nos dijo que cuando vinieras, tú nos platicarías el motivo. Rezamos dos Rosarios completos de 15 Misterios y seguimos intercediendo casi hasta las 8.00pm.

Lo más extraño, es que como a las 18.00 pm,  yo ví a Satanás parado sobre un camino, abarcándolo de lado a lado y con una espada lista, para destruirte.’

Después de concluir su relato, todos me miraban expectantes, esperando la explicación que les aclararía, el porqué de una intercesión tan urgente.

Fue entonces que me dí cuenta que mi viaje super-secreto había dejado de serlo y yo debía glorificar a Dios dando testimonio de lo que había pasado; así que les conté todo.

Alfonso dijo:

–    Con razón estaba tan furioso contra ti. No sólo le arrancaste el alma de un sacerdote; sino el de TODA la Comunidad que él pastorea.  Esa noche cuando oré, le di las gracias al Señor por su Protección y por su Amor tan patentes.

Y en la Biblia me salió el Salmo 91, del cual jamás podré olvidar los versículos 11 y 12:

Salmos, 91

  1. El que mora en el secreto de Elyón pasa la noche a la sombra de Sadday,
  2. diciendo a Yahveh: «¡Mi refugio y fortaleza, mi Dios, en quien confío!»
  3. Que él te libra de la red del cazador, de la peste funesta;
  4. con sus plumas te cubre, y bajo sus alas tienes un refugio: escudo y armadura es su verdad.
  5. No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela,
  6. ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía.
  7. Aunque a tu lado caigan mil y diez mil a tu diestra, a ti no ha de alcanzarte.
  8. Basta con que mires con tus ojos, verás el galardón de los impíos,
  9. tú que dices: «¡Mi refugio es Yahveh!», y tomas a Elyón por defensa.
  10. No ha de alcanzarte el mal, ni la plaga se acercará a tu tienda;
  11. que él dará orden sobre ti a sus ángeles de guardarte en todos tus caminos.
  12. Te llevarán ellos en sus manos, para que en piedra no tropiece tu pie;
  13. pisarás sobre el león y la víbora, hollarás al leoncillo y al dragón.
  14. Pues él se abraza a mí, yo he de librarle; le exaltaré, pues conoce mi nombre.
  15. Me llamará y le responderé; estaré a su lado en la desgracia, le libraré y le glorificaré.
  16. Hartura le daré de largos días, y haré que vea mi salvación.

Todo esto me devolvió los bríos y le dije a ABBA:

–      Abba, a todos tus hijos a los que llames cuando sucedan los terremotos y las explosiones de los volcanes, yo te los entrego cubiertos con la Sangre de Nuestro Señor Jesucristo.

Dales la Gracia del arrepentimiento y la conversión, para que mueran deseando tu Presencia Santísima. Perdónales sus pecados y permite que alcancen tu Misericordia y tu Salvación.

Y te lo suplico, no tomes en cuenta las blasfemias que su pánico les dicte. Recíbelos como a tus hijos pródigos y ayúdame a seguir perseverante en todas las pruebas de esta Purificación.

TE ADORO Y TE AMO SOBRE TODAS LAS COSAS, AYÚDAME A DEMOSTRÁRTELO.  

R146 TRIDUO NAVIDEÑO


EJERCITANDO EL DON DEL AMOR 

17 DE DICIEMBRE DEL 2018 

Amados hijos de Mi Corazón Inmaculado:

Acercándose la conmemoración del Nacimiento de Mi Hijo, deseo que mis hijos se unan en un solo corazón con un propósito unánime y así en una fuerza espiritual mayor.

La unidad del Pueblo de Dios es indispensable en este instante, el conocimiento es necesario: el conocimiento de sí mismos con sus miserias.

Y a la vez es necesario el conocimiento de la Palabra Divina para que NO sean confundidos.

Necesitan dejar de lado las excusas con que llegan ante Mi Hijo para NO sentir culpa ante la negligencia en los desapegos de lo mundano. Amados hijos, el camino es largo en este casi eterno instante…

Como Madre sé que la Fe en cada uno se encuentra creciendo mediante la levadura del amor a Mi Hijo, en medio de la espera, próxima a su final.

La Casa del Padre mira cómo Sus hijos continúan sin atender, por ello es que dentro de ese infinito de dios, participan del Alimento Eucarístico para que cada uno de ustedes entre en comunión con la Verdad Infinita del Amor Divino

Y en él, logren adentrarse no solo en la espera sin tiempo, sino únicamente en la espera de la Verdad.

Como criaturas humanas, esperan en ocasiones con paciencia y en otras con impaciencia, el cumplimiento de cuanto Mi Hijo y Yo les hemos revelado.Las preguntas sobreabundan, la curiosidad en algunos llega a ser mala consejera, la búsqueda de algo más les lleva a caminos equivocados y todo cuanto necesitan se encuentra en el interior de cada uno.

El corazón debe saber amar la espera en Fe y la Fe en la espera. Por ello, para que la espera NO les lleve a desesperar, deben ser apóstoles que laboran continuamente, sin detenerse, llevando el bien al prójimo.

La criatura humana carece de tanto amor que no le reconoce…

El ser agradecido es algo del pasado que el hombre ha olvidado, la ambición ha acaparado mentes, sentimientos, anhelos, aspiraciones, valores y el hombre se ha dormido dentro del vacío interior.

Ante esto vengo a pedirles a ustedes, hijos de mi Corazón, que junto a nosotros, en ese Pesebre, Sagrario de amor, se adentren en la mirada de mi Pequeño Niño…

Y SE PERMITAN SER TOCADOS POR EL QUE VA A NACER Y AÚN NO HABLA,

PERO SIN HABLAR, ES PALABRA ETERNA.

Por ello el adentrarse en el Pesebre, en donde nace Mi Hijo, es adentrarse en la humildad del que conoce y reconoce, pero no es soberbio ni acepta adulaciones; sabiendo que el alma se hincha y de humilde, es fácil que el hombre pase a poseer la soberbia.

En el Pesebre todo cobra sentido espiritual: cada trozo de madera, cada trozo de paja, cada piedra, cada rayo de luz que penetra, cada planta que crece en medio de las piedras, todo trasciende de un presente en donde Mi Hijo es alimentado por Mí.Para que, en el futuro, ÉL SEA EL PAN DIVINO BAJADO DEL CIELO,

DELEITE DE LOS ÁNGELES Y ALIMENTO DEL ALMA.

Se mira tan frágil Mi Niño, que José teme tenerlo en sus brazos y será con el pasar de los años que José le enseñará a trabajar la madera,

Que luego llegará a ser el Madero Santo en donde se entrega por toda la Humanidad.

El que es adorado en este instante, pasará a ser despreciado como en este instante.Nace en el anonimato y muere frente a quienes le condenan para la salvación del género humano.

El Pesebre es misterio de humildad y grandeza, de Rey a siervo y de siervo a Rey por los siglos de los siglos.

Amados hijos de Mi Corazón Inmaculado:

ESTE 22, 23 Y 24 DE DICIEMBRE

DESEO QUE USTEDES SE ADENTRENEN EL MISTERIO DEL AMOR DIVINO QUE UNE A TODOS LOS HOMBRES

Y EN UN SOLO CORAZÓN, ESOS DÍAS A LAS 3 DE LA TARDE DE CADA PAÍS,

OFREZCAN 15 MINUTOS DE SILENCIO INTERIOR

EN EL QUE RECAPACITARÁN EN SU OBRAR Y ACTUAR.

Luego, el día 22 de Diciembre:Saldrán en busca de algún o algunos hambrientos y ofrecerán alimento físico, junto a la frase escrita:

“Jesús va a nacer y te ama”

El día 23 de diciembre:

Luego del silencio y del mirarse a la luz de la verdad, en nombre de Mi Hijo, irán en busca de algún privado de libertad y le harán llegar un alimento especial, junto a la frase escrita: 

” Jesús va a nacer y te necesita”

El día 24 de diciembre:

Luego del silencio y mirarse sin vendas ni máscaras:

   Si deben pedir perdón

a algún hermano lo harán de corazón, de lo contrario, NO lo hagan.Si han sentido envidia hacia un hermano, si han rechazado a un hermano y se encuentran preparados para ello; salgan en busca de ese hermano y  díganle que le aman. (1)  

Luego, vayan en busca de esos inocentes que se encuentren despojados de todo. Y ofrézcanle un abrigo, ese que a Mi Hijo le fue negado.

Ustedes den un abrigo, cobija o alimento a algún o algunos niños y díganles que Mi Hijo Jesús y esta Madre les amamos.

Y denles un beso, ese que los pastores le dieron a Mi Hijo, para que reparen las traiciones con que la Humanidad ofende a Mi Hijo.

Para ESTE TRIDUO, les ruego prepararse espiritualmente y reconciliarse con la Casa del Padre. Asistir a la Eucaristía quienes así lo puedan y quienes deseen.   Ante la Trinidad Sacrosanta, hagan el firme compromiso de luchar con todas las fuerzas, potencias y sentidos, para cambiar y renacer en un hombre nuevo por y para siempre.

A LAS 12 DE LA NOCHE DE CADA PAÍS,

Y ENTRÉGUENSE A ÉL COMO SUS HIJOS OBEDIENTES

Y SUS FIELES SERVIDORES.

Amados hijos de Mi Corazón Inmaculado, que esta Navidad NO sea una más en medio de compromisos olvidando a Mi Hijo.

Adorado Niño Jesús que en el pesebre guardas silencio,
mirando con el Amor Divino a quien te llega a adorar.
Vengo a suplicarte que mi memoria no opaque mis errores,
mi mente no sea recipiente del mal, sino sea luz que destierre tinieblas.
No deseo brillar, sino que brilles Tú con Tu Amor en mi vida y en toda la Humanidad. Amén. 

Les mantengo en Mi Vientre, como Madre de la Humanidad, por disposición Divina les doy Mi Mano para sostenerles.

Mi Amor en ustedes…

Mamá María

(1) La historia completa empieza un post antes, pero para que comprendan la importancia de este paso les dejo este link…¿POR QUÉ DEBEMOS PEDIR PERDÓN?

https://www.revelacionesmarianas.com/