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188 UN PERDÓN CONCEDIDO


188 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Están todos en un bosquecillo de las cercanías de Hebrón.

Conversan, sentados en círculo, mientras comen.

Judas, ahora que está seguro de que María irá a ver a su madre, ha vuelto a sus mejores disposiciones de espíritu…

Y trata de borrar con mil atenciones el recuerdo de sus malhumores, para con sus compañeros y las mujeres.

Debe haber ido él al pueblo para comprar.

Porque está contando que lo ha encontrado muy cambiado respecto al año anterior:

–    «La noticia de la predicación y milagros de Jesús ha llegado hasta aquí.

La gente ha empezado a recapacitar sobre muchas cosas.

¿Sabes, Maestro, que en esta zona hay una propiedad de Doras?

También la mujer de Cusa posee aquí por estos montes, unas tierras y un castillo propio, de su dote.

Se ve que un poco ella y otro poco los campesinos de Doras han preparado el terreno, porque debe haber aquí alguno de los de Esdrelón.

Doras ordenó que guarden silencio, pero ellos… ¡Yo creo que ni ante el tormento callarían!

Ha causado estupor la muerte del fariseo, ¿Sabes?

Así como la excelente salud de Juana, que vino aquí antes de la Pascua.

¡Ah, y también te ha sido útil el amante de Áglae. ¿Sabes que ella se escapó poco después de haber pasado nosotros por aquí?

Bueno pues él ha sido un demonio para con muchos inocentes, para vengarse.

Así que la gente al final ha pensado en ti como en un vengador de los oprimidos y desea tu presencia.

Quiero decir los mejores…  

Jesús responde: 

–     ¿Vengador de los oprimidos?

Sí, lo soy, pero sobrenaturalmente.

Ninguno de los que me ven con el cetro y la segur en la mano, como rey y justiciero según el espíritu de la tierra, juzga con acierto.

Sí, claro que he venido a liberar de las opresiones:

La del pecado – la más grave -, la de las enfermedades y el desconsuelo; como también de la ignorancia y del egoísmo.

Muchos aprenderán que no es justa la tiranía porque el destino lo haya colocado a uno arriba.

Y que más bien, se debe usar de las posiciones privilegiadas para elevar al que está abajo.  

Felipe dice con desconsuelo: 

–     Lázaro lo hace…

Y también Juana; pero son dos contra centenares…

–     Los ríos en el nacimiento, no tienen la anchura que presentan en el estuario.

Son unas gotas, un hilo de agua… Pero luego… hay ríos que en la desembocadura parecen mares.

María de Alfeo comenta: 

–     ¡El Nilo, ¿No?!

Tu Madre me contaba cosas de cuando fuisteis a Egipto.

Siempre me decía: “Créeme: es un mar, un mar verde-azul.

¡Verlo durante las crecidas es realmente un sueño!”.

Y me hablaba de las plantas que parecían nacer del agua y de esa abundancia de hierba que parecía nacer también del agua cuando se retiraba… 

–     Pues os digo que de la misma forma que el Nilo en su nacimiento, es un hilo de agua…

Y luego se transforma en un verdadero gigante, esto que ahora es sólo un hilito (Juana, Lázaro, Marta)

inclinado con amor y por amor hacia los más pequeños, llegará a ser una multitud:

¡Cuántos!, ¡Oh, cuántos! 

Jesús parece como si estuviera viendo a estos que serán misericordiosos para con sus hermanos...

Y sonríe, absorto en su visión.

Juan está junto a Judas, 

y le dice en corto… 

–    ¿¡Creerías que el arquisinagogo quería venir conmigo!?

Pero no se atrevió a tomar por sí solo la decisión:

¿Te acuerdas Juan, cómo nos rechazó el año pasado?

Juan responde:

–     Sí…

Pero vamos a decírselo al Maestro.

Le preguntan a Jesús,

y Él responde:   

–    Entraremos en Hebrón si desean mi Presencia.

Y si nos llaman, nos detendremos un corto tiempo…  

Si no, pasaremos sin detenernos.  

Así visitaremos también la casa de Juan el Bautista.

¿De quién es ahora?

Judas replica:

–     Creo que de quien quiere.

Samay se marchó y no ha vuelto.

Ha quitado el mobiliario y la servidumbre.

Los habitantes de la ciudad, para vengarse de sus vejaciones…

Han abierto una brecha en el muro de protección…

Y ahora la casa es de todos; al menos el jardín.

Cuando termina la comida se levantan, caminan hasta el poblado y se dirigen a la casa de Zacarías…

En la entrada un lugareño les dice que desde que Aglae se marchó, el herodiano abandonó la propiedad.

Y después Shiammay fue asesinado, por algún asunto de mujeres…

Bartolomé comenta: 

–     ¡Alguna trama podrida de la corte, sin duda!

Y algo masculla Natanael entre dientes.

La casa de Zacarías ahora es punto de reunión, para venerar a su Juan.

Cuando les falta poco para llegar, ven acercarse a un grupo compacto de gente de la ciudad.

Se acercan un poco vacilantes, curiosos y cohibidos.

Pero Jesús los saluda con una sonrisa, lo cual hace que se sientan más seguros.

El grupo entonces se divide, con lo cual deja ver al arquisinagogo irrespetuoso del año anterior. 

Jesús lo saluda prontamente: 

–     ¡Paz a ti! 

¿Nos permites detenernos en tu ciudad?

Vienen conmigo mis discípulos predilectos y las madres de algunos de ellos.  

El hombre está ruborizado…

–     Maestro…

¿Pero no nos guardas rencor, al menos a mí?

–     ¿Rencor?

¡No lo conozco, ni sé por qué motivo debería sentirlo

–     El año pasado fui violento contigo…

–     Fuiste violento con el Desconocido…

Creyéndote en el derecho de serlo.

Luego viste claro y te arrepentiste de lo que habías hecho.

Mira, son cosas pasadas…

Y de la misma forma que el arrepentimiento anula la culpa, el presente anula el pasado.

Ahora, para ti, Yo ya no soy el Desconocido.

¡Qué sentimientos tienes pues, respecto a Mí en este momento?

–     De respeto, Señor.

De… deseo de…

–     ¿Deseo? 

¿Qué quieres de Mí?

–     Quiero conocerte más de lo que te conozco.

–     ¿Cómo?

¿De qué forma?

–     A través de tu palabra y de tu obra. 

Nos ha llegado noticia de Tí, de tu doctrina y poder; se ha dicho incluso que contribuiste a la liberación de Juan…

Significa que no lo odiabas, que no tratabas de suplantar a nuestro Juan

Él mismo no ha negado que por Tí, volvió a ver el valle del santo Jordán.

Hemos ido a verlo y le hemos hablado de Tí.

Nos ha dicho:

“No sabéis lo que habéis rechazado.

Debería maldeciros, pero os perdono porque El me ha enseñado a perdonar y a ser manso.

No obstante, si no queréis ser anatemas ante el Señor y ante mí su siervo, amad al Mesías.

Y no dudéis.

Su testimonio es éste:

Espíritu de paz, amor perfecto, sabiduría que supera a cualquier otra, doctrina celestial;

mansedumbre absoluta, poder sobre todas las cosas, humildad total, castidad angelical.

No podréis equivocaros:

Cuando respiréis paz ante un hombre que se dice Mesías, cuando bebáis amor, el amor que emana de Él.   

Cuando paséis de vuestras tinieblas a la Luz, cuando veáis la redención de los pecadores y la curación de los cuerpos, decid:

` ¡Éste es verdaderamente el Cordero de Dios!'”.

Pues bien, nosotros sabemos que tus obras son las que dice nuestro Juan;

por tanto, perdónanos, ámanos, danos eso que el mundo espera de Tí.

–     Estoy aquí para esto.

Vengo de muy lejos para dar también a la ciudad de Juan

lo que ofrezco en todos los lugares en que se me recibe.

¿Qué deseáis de Mí?

Hablad.

–     Nosotros también tenemos enfermos y somos ignorantes.

Especialmente en lo que concierne al amor y a la bondad.

Juan, en su amor total a Dios, tiene mano férrea y palabra de fuego;

quiere doblegar a todos como un gigante comba un tallito de hierba.

Muchos se desaniman porque el hombre es más pecador que santo.

¡Es difícil ser santo!…

Se dice que Tú no sometes, sino que elevas; que no cauterizas, sino que aplicas bálsamos;

que no trituras, sino que acaricias.

Se sabe que eres paternal con los pecadores, que dominas las enfermedades, cualesquiera que sean;

sobre todo las del corazón.

Los rabíes ya no lo saben hacer.

–     Traedme a vuestros enfermos.

Luego reuníos en este jardín que fue elevado a templo por la Gracia que en él habitó…

Y que después quedó abandonado y fue profanado por el pecado.

Los hebronitas se esparcen en todas las direcciones, como golondrinas.

Se queda el arquisinagogo, que atraviesa con Jesús y sus discípulos la cerca del jardín;

para ir a la sombra de una vasta pérgola recubierta de una maraña de rosas y parras, que han crecido según su beneplácito.

Regresan pronto, trayendo a un paralítico recostado en una camilla, a una joven ciega, a un mudito…

Y a otros dos enfermos que vienen apoyándose en los que los acompañan.

–     Paz a ti. 

Es el saludo de Jesús a cada uno de los enfermos que se acerca.

Luego la dulce pregunta:

–    « ¿Qué deseáis que os haga?»

Seguido por el coro de lamentos de estos desdichados,

con que cada uno de ellos quiere narrar su propia historia.

Luego Jesús que estaba sentado, se levanta y va hacia el mudito.

Le moja los labios con su saliva y pronuncia la magnífica  palabra « ¡Ábrete!».

Repite la misma palabra mientras moja con su dedo húmedo de saliva los párpados sin abertura de la ciega.

Luego da la mano al paralítico y le dice: « ¡Levántate!».

Por último, impone las manos a los dos enfermos diciendo: « ¡Quedad sanos, en el nombre del Señor!».

Y el mudito, que antes sólo emitía gemidos, dice claramente: 

–     « ¡Mamá!».

La joven ciega, abre sus párpados y los cierra ante la luz…

Se protege con sus dedos del desconocido sol, llora, ríe y mira, apretando los párpados;

porque no está acostumbrada a la luz, a las plantas, a la tierra, a las personas, a Jesús especialmente.

El paralítico, con movimientos seguros, baja de las angarillas, que los compasivos hebronitas levantan ahora vacías; 

para que los que están lejos se den cuenta de que se ha cumplido el milagro.

Los dos enfermos lloran de alegría y se arrodillan ante su Salvador para venerarlo.

La muchedumbre prorrumpe en un frenético clamor de júbilo.

Tomás, que está al lado de Judas, lo mira tan fijamente y con una expresión tan clara,

que éste le responde:

–     He sido un estúpido, perdona.

Mientras los Hosananas para el Mesías, inundan el aire en Hebrón…  

184 ODIO Y PERDÓN


184 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús dice a los Doce: 

–     Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón.

Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas.

De aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur.

Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos. 

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido;

sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote,

y le dicen:

–     Voy contigo.  

Judas dice: 

–     Sí, ven, Andrés.

Es mejor así, Juan.

Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro.

Pedro confirma: 

–     Entonces conmigo el muchacho.

Dejando a Santiago de Zebedeo, que sin protestar, va con Tomás.Mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo.

Y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta.

El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas, pobladas de bosque o destinadas a prados. 

Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares.

A Elías se le conoce ya como “el betlemita” aunque otros pastores lo sean también.

Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas y responden…

Ninguno lo sabe.

Casi todos jóvenes tienen estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto,

diciendo:

–     Él se hará otra flauta. 

Y Margziam se va contento con su instrumento en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.  

María exclama: 

–     ¡Me agradaría mucho encontrarlos! 

Jesús dice. 

–     Los encontraremos.

Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón.

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

Después de escuchar la narración de las desventuras de los pástores que adoraron a Jesús en el pesebre de la gruta de Belén, el niño no comprende , 

y pregunta: 

–     Pero, ¿Por qué los castigaron?

¡No habían hecho sino el bien!  

María responde: 

–     Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro.

Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho.

Hay que saber perdonar siempre.

–     Pero, ¿Y todos esos niños asesinados?

¿Cómo han logrado perdonar a Herodes?

–    Son pequeñuelos mártires, Margziam.

Y los mártires son santos. 

 Y no sólo perdonan a su verdugo sino que lo aman porque les abre la puerta del Cielo.

–     Pero, ¿Están en el Cielo?

–     No, todavía no.

Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos.

–     ¿Por qué?

–     Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho:

“Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra”.

Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva.

–     Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús.

Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo después de haberla transmitido en la tierra.

Y cuando vaya yo también, ¿Nos amarán como a ellos?

–     Pequeñuelo, tú no irás al Limbo.

–     ¿Por qué?

–     Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y lo habrá abierto.

Así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo.

–     Yo seré bueno.

Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez.

–    Estáte seguro de que también él irá al Cielo.

De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios y Dios es todo.

Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros.

–     Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice:

“Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía.

¿Cómo podemos estar con Él?

–     Porque Dios está en todas partes, hijo mío.

Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere.

Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento.

En el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios.

Y estarán hasta su muerte.

–     ¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?

–     Sí.

–     ¿Pero puede Dios que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?

–     Lo mira con dolor e indignación.

Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido.

‘Deberías rezar para que se arrepintiera y…

Margziam exclama indignado: 

–     ¡No, Madre!

¡Voy a rezar para que se muera! 

La furia el niño.

A pesar de que esta reacción sea poco… angélica, su ímpetu es tal y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.

María, recobrando su dulce seriedad de maestra,

dice:

–     No, precioso; no debes hacer eso con un pecador.

Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad.

Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien.

La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios.

–     Pero el malo lo que gana son pecados.

–     Se reza para que se vuelva bueno.

El niño medita un poco…

Pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime,

y concluye:

–     Doras no se volverá bueno aunque yo rece.

Es demasiado malo. No se volvería bueno ni aunque conmigo rezasen todos los niños mártires de Belén.

Pero, ¿Sabes que… sabes que… un día pegó con una barra de hierro a mi anciano padre, porque lo encontró sentado durante el tiempo de trabajo?

No podía ponerse en pie porque se sentía mal.

Y él… le pegó y lo dejó como muerto. Y luego le dio una patada en la cara…

Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un seto…

Me había acercado porque hacía dos días que ninguno me llevaba pan y tenía hambre…

Tuve que alejarme para que no me oyeran, porque lloraba al ver a mi padre con la barba manchada de sangre, tendido en el suelo, como muerto…

Me alejé llorando; mendigué un pan…

Pero ese pan lo conservo todavía aquí…  (se toca con el puño cerrado el pecho)

Y sabe a sangre y a lágrimas de mi padre y mías.

Y de todos los que padecen tortura y no pueden amar a sus verdugos.

Yo quisiera apalear a Doras para que sintiera lo que son los palos.

Y quisiera dejarlo sin pan para que supiera lo que es el hambre.

Y hacerle trabajar al sol metido en el barro, bajo la amenaza del capatáz sin comer;

para que supiera lo que está dando él a los pobres…

No puedo amarlo, porque…

Porque me está matando a mi anciano padre.

Y porque… yo, si no os hubiera encontrado a vosotros ¿De quién hubiera sido después?

El niño, presa de una convulsión de dolor, grita y llora temblando.

Todo alterado dando golpes al aire, pues no puede dárselos al verdugo, con sus pequeños puños.

Las mujeres están perplejas y conmovidas.

Y tratan de calmarlo; pero el niño está verdaderamente envuelto en una crisis de dolor y no oye.

Grita:

–     ¡No puedo, no puedo quererlo ni perdonarlo!

¡Lo odio, lo odio por todos, lo odio, lo odio!..

Da pena y miedo.

Es la reacción de un niño que ha sufrido demasiado.

Y Jesús lo dice:

–     El mayor delito de Doras es éste, inducir a un inocente a odiar…

Y toma en brazos al niño,

y le habla:

–     Escúchame, Margziam.

¿Quieres reunirte un día con mamá y papá, con tus hermanitos y con el anciano padre?

–     ¡Síii!…

–    Pues entonces no debes odiar a nadie.

En el Cielo no entra quien odia.

¿No puedes orar, por ahora, por Doras?

Bueno pues no ores, pero no odies.

¿Sabes lo que tienes que hacer?

No debes nunca volver hacia atrás a pensar en el pasado…

–     Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado…

–     Eso es verdad.

Pero, mira, Margziam, ora sólo así: “Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón…”.

Verás cómo el Padre te escucha en el mejor de los modos. ¿Qué conseguirías matando a Doras?

Perderías el amor de Dios, el Cielo, la unión con tu padre y tu madre. Y no librarías de los sufrimientos al anciano que amas.

Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Pero Dios sí puede hacerlo. Díselo a Él.

Dile: “¡Sabes cuánto quiero a mi anciano padre y a todos los que son infelices!

Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos”.

¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y perdón?

¿Cómo vas a decirle a uno: “No odies. Perdona”, si tú no sabes amar y perdonar?

Déjalo, déjalo en manos de Dios y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?

–     Sí, porque te quiero.

Jesús besa al niño y lo baja al suelo.

Así se concluye este episodio y también el camino.

Resplandecen las tres embalses excavados en la roca del monte, obra verdaderamente grandiosa:

Resplandece su superficie cristalina y la cola de agua que del primer estanque baja al segundo más grande…

Y de éste al tercero, que es realmente un pequeño lago que dirige a través de diversos conductos, hacia ciudades lejanas, el agua.

Por la humedad del suelo en esta zona, todo el monte desde el manantial hasta los estanques y de éstos a la explanada, es de una bellísima fertilidad:

Muchas flores, en combinación más rica que las silvestres ríen, por las pendientes verdes, junto a hierbas perfumadas y singulares.

En efecto, da la impresión de que estas flores fueran de jardín y que hubieran sido sembradas por el hombre, como también las hierbas olorosas.

Y  difunden por el aire, con el sol que las calienta, su perfume:

canela, alcanfor, clavel, espliego y otros aromas penetrantes, fragantes, fuertes, delicados…

En una fusión maravillosa de los mejores olores de la tierra, cual “sinfonía de perfumes”.

Es la gran composición poética de hierbas y flores, con sus colores y fragancias.

Todos los apóstoles están sentados a la sombra de un árbol cargado de grandes flores blancas;

Son sus enormes campanillas colgantes de esmalte blanco, que ondean ante el mínimo soplo de viento;

cada vaivén esparce por el aire una ola de fragancia deliciosa…

Jesús los llama y ellos acuden.  

Pedro explica: 

–      Hemos encontrado…

al poco rato de separarnos, a José, que estaba regresando de un mercado. Esta tarde estarán todos en Betsur.

Nos hemos reunido llamándonos a voces y luego hemos estado aquí, al fresco.

Tomás dice: 

–     ¡Qué bonito lugar!

¡Parece un jardín! No había acuerdo entre nosotros respecto a si era o no, natural;

unos se obstinaban en una cosa y otros en la otra. 

Judas, inflamado de orgullosa satisfacción,

dice:: 

–     La tierra de Judea tiene estas maravillas.

 Inevitablemente es llevado por todas las cosas, incluso por las flores y las hierbas, a la soberbia.  

Santiago de Zebedeo, rebate: 

–     Sí, pero…

Yo creo que si por ejemplo, el jardín de Juana en Tiberíades, quedase abandonado y pasase al estado natural,

Galilea tendría también la maravilla de espléndidas rosas entre ruinas»

Jesús dice: 

–     Y no estás en error.

Esta zona estaban los jardines de Salomón, célebres en el mundo de entonces como sus palacios.

Quizás soñó aquí el Cantar de los Cantares y aplicó a la Ciudad santa todas las bellezas que por voluntad suya habían crecido aquí.  

Tadeo exclama: 

–     ¡Entonces tenía razón yo!

Santiago de Alfeo confirma: 

–     Sí, tenías razón.

Fíjate Maestro, Tadeo citaba el Eclesiastés y unía la idea de los jardines con la de los depósitos.

Y terminaba diciendo:

“Pero se dio cuenta de que todo es vanidad y de que nada dura bajo el sol, excepto la Palabra de mi Jesús” 

Jesús dice: 

–     Gracias.

Demos también las gracias a Salomón, sean o no suyas las flores originarias;

sí lo son sin duda, los estanques que proveen de agua a las plantas y a los hombres.

Bendito sea por este motivo.

Vamos allá, a aquel rosal grande y descuidado que ha entretejido una galería florida de árbol a árbol.

Allí nos detendremos.

Estamos casi a mitad de camino…. 

Así lo hacen y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona, toda ella muy bien cultivada, se alargan.

Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico, porque todas las especies de árboles, maderables, frutales y ornamentales, están en él representadas.

Abundan los labriegos, pero no se interesan por esta comitiva, que por otra parte, no es la única;

otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.

El camino quebrado entre los montes, es a pesar de ello bastante bueno y las vistas continuamente variadas, le quitan monotonía.

Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intercalados, que se expanden entre los árboles del bosque…

O desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos:

parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños traviesos.

También Margziam ahora, completamente tranquilizado juega.

Y trata de tocar su flauta para imitar a los pajarillos.

Pero la verdad es que no emite canto de pájaros;

sino lamentos muy desentonados y al parecer los más difíciles de la comitiva…

Bartolomé por su edad y Judas de Keriot por muchos motivos, no los reciben con ningún agrado.

Pero no dicen nada claramente y el niño sigue chiflando y saltando de un lado para otro.

Sólo en dos ocasiones se interrumpe para señalar hacia un pueblito anidado en medio del bosque,

y dice:

–     ¿Es el mío?

Y se pone palidísimo.

Pero Simón, que va muy cerca de él,

responde:

–     El tuyo está muy lejos de aquí.

Ven, ven; vamos a ver si cogemos esa bonita flor y se la llevamos a María.

Y así lo distrae.   

Mientras avanzan hacia su destino: Betsur 

181 UN PERDÓN DENIGRANTE


181 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa, precedidos todos por Margziam, que va saltando presuroso hacia adelante.

No obstante, el niño enseguida vuelve hacia atrás, toma a María de la mano,

y le dice:

–     Ven conmigo, que te tengo que decir a solas una cosa.

Ella accede a su petición.

Así que tuercen hacia el pozo, que está en un ángulo del patio, enteramente cubierto por una tupida pérgola,

que desde el nivel del suelo sube, formando un arco, hasta la terraza.

Detrás está Judas de Keriot.    

María lo ve y pregunta: 

–     Judas, ¿Qué quieres?

Y dirigiéndose al niño:   

–    Déjanos, Margziam…  

Cuando el niño se retiraMaría repite: 

–     Habla. ¿Qué quieres?  

Judas contesta:  

–     He obrado mal…

No me atrevo a ir al Maestro, ni a presentarme ante mis compañeros…  Ayúdame…

–     Te ayudaré. Sí.

De todas formas, ¿Es que no piensas en el mucho dolor que causas? Mi Hijo ha llorado por causa tuya…

Lo cual a su vez ha hecho sufrir a tus compañeros.

Ven, de todas formas ninguno te dirá nada.

Y si puedes, no vuelvas a caer en esto mismo, que es indigno de un hombre y sacrílego respecto al Verbo de Dios.

–     ¿Tú, Madre, me perdonas?

–     ¿Yo?

Yo no cuento nada al lado de ti, que te sientes tan grande.

Yo soy la menor de las siervas del Señor. ¿Por qué te preocupas de mí, si no tienes piedad de mi Hijo?

–     Pienso en mi madre.

Pienso que si tú me perdonas ella también me perdonará.

–     No sabe lo que has hecho.

–    Pero me había hecho jurar que sería bueno con el Maestro.

Soy un perjuro. Percibo la reprensión del alma de mi madre.

–     ¿Eso es lo que sientes?

¿Y no percibes la queja y la desaprobación del Padre y del Verbo?

¡Oh, eres un desdichado, Judas!

Vas sembrando el dolor en ti y en quienes te quieren.

María está muy seria y triste.

Habla sin acritud, pero muy seria.

Judas llora.  

María le dice: 

–     No llores.

Más bien, cambia. Ven…   

Lo toma de la mano y entra así con él en la cocina.

Vivísimo es el estupor de todos.

María previene posibles reacciones poco compasivas,

diciendo:

–     Judas ha vuelto.

Haced como el primogénito después de que le habló su padre.

Juan, ve a avisar a Jesús.

Juan de Zebedeo sale a la carrera.

El silencio gravita sobre la cocina…

Lo rompe Judas diciendo:

–     Perdonadme.

Tú el primero Simón, tú que tienes un gran corazón paternal.

Yo también soy huérfano.  

Pedro está tan pasmado que balbucea:

–     Sí… sí… te perdono.

Por favor, no hables más de ello. Somos hermanos…

Y no me gustan estos altibajos de pedir perdón y volver a caer.

Son denigrantes, tanto para quien lo comete como para quien lo concede.

Y Pedro no pudiendo hacer otra cosa, sale y se pone a partir con vehemencia madera seca…

Y mientras Pedro se desquita partiendo leña…

Jesús está despidiendo a los pastores y a los campesinos que regresan a Hebrón.

Juan llega y le dice:

–     Maestro, ya llegó Judas.

–    Sí. Gracias Juan.  

Después de darles la solemne bendición mosaica, los pastores y los campesisnos se van muy conmovidos… 

Y los que se quedan regresan hacia sus casas. respectivas: la de Lázaro y la de Simón Zelote. 

Con el grupo de los discípulos entran también todos los demás.

Judas Iscariote avergonzado, se pone en un rincón semioscuro.

No se atreve a acercarse a Jesús, como hacen los demás…

Lázaro se congratula con Jesús.

Dice:

–      Siento que te marches…

Pero estoy más contento que si te hubiera visto marcharte anteayer.

–     ¿Por qué, Lázaro?

–     Porque te veía muy triste y cansado…

No hablabas, sonreías poco…

Eso fue ayer y hoy has vuelto a ser mi santo y dulce Maestro.

Me alegro mucho…

–     Lo era, aunque guardase silencio…

–     Lo eras, sí.

Pero Tú eres no sólo serenidad, sino también palabra.

Esto buscamos en Ti. En estas fuentes bebemos nuestra fuerza.

Y estas fuentes parecían sin agua… Penosa era nuestra sed… Ya ves cómo hasta incluso a los gentiles los ha sorprendido y han venido a buscarlas…

Judas de Keriot al cual se había acercado Juan de Zebedeo,

se decide a hablar:

–     Sí.

Me habían preguntado también a mí…

Porque muchas veces estuve cerca de la Torre Antonia, con la esperanza de verte.

Jesús responde preciso:

–     Sabías dónde estaba.

–     Lo sabía.

Pero no pensaba que pudieras decepcionar a quienes te esperaban.

Los romanos también se sintieron decepcionados.

No entiendo por qué has actuado así…

–     ¿Y tú me lo preguntas?

¿No estás al corriente del estado de ánimo del Sanedrín, de los fariseos y de otros, respecto a Mí?

–     ¿Quieres decir que tenías miedo?

–     No.

Náusea.

E1 año pasado, estando solo. Y era Yo solo solo contra todo un mundo que ni siquiera sabía si Yo era profeta…

Demostré que no tenía miedo. 

Y tú eres una de las adquisiciones de mi autoridad

Hice oír mi Voz, contra todo un mundo de gritos.

Hice oír la Voz de Dios a un pueblo que la había olvidado.

Purifiqué la Casa de Dios de las inmundicias materiales que había…

Sin esperar limpiarla completamente de las bajezas morales mucho más graves  que anidan en ella…

Porque no ignoro el futuro de los hombres.

Lo hice para cumplir mi deber; por celo de la Casa del Señor eterno,

la cual se había convertido en una plaza vociferadora de mercachifles, usureros y ladrones;

lo hice para remover de su sopor a quienes siglos de abandono sacerdotal habían hecho caer en el letargo espiritual.

Fue el reclamo que debía congregar a mi pueblo, para llevarlo a Dios…

Este año he vuelto… He visto que en  el Templo sigue lo mismo… 

Incluso ha empeorado.

Ha pasado de ser cueva de ladrones a ser sede de conjura y será sede del Delito  y luego lupanar,

para terminar destruido a manos de una fuerza más poderosa que la de Sansón que aplastará a una casta indigna de llamarse santa.

Es inútil hablar en ese lugar, en el cual, además – te lo recuerdo – se me prohibió hablar.

¡Pueblo desleal a la palabra dada, envenenado en sus cabezas. 

Pueblo que osa poner veto a que la Palabra de Dios hable en su Casa!

Sí, me fue prohibido. He guardado silencio por amor a los más pequeños.

No ha llegado todavía la Hora en que habrán de matarme.

Son demasiados los que tienen necesidad de Mí.   

Y mis apóstoles no son todavía suficientemente fuertes como para recibir en sus brazos a mi prole: el Mundo.

No llores, Madre buena; perdona esta necesidad de tu Hijo de decir, a quien quiere o puede engañarse, la verdad que sé…

Yo callo… pero, ¡Ay de aquellos por los cuales Dios calla!…  

Todos están sorprendidos y reaccionan…

Jesús pide:   

–     ¡Madre, Margziam, no lloréis!…

¡Que nadie llore! ¡Os lo ruego!

Pero en realidad todos, con más o menos pena, lloran.

Judas está pálido como un muerto y se ve más, con ese ropaje suyo de rayas amarillas y rojas…

Y tiene la osadía de insistir con esa voz tan llena de falsedad, que se oye plañidera y ridícula:

–     Créeme Maestro, que estoy sorprendido…

Confuso, adolorido y apenado. 

Y miente descaramente… 

 –    No sé qué quieres decir…Yo no sé… nada… De veras.

La verdad es que no he visto a ninguno de los del Templo, pues he roto los contactos con todos

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Pero, si Tú lo dices, será verdad…  

Jesús lo mira fijamente…  

Jesús con el Carisma de Ciencia Infusa…

–     ¡Judas!… 

¿Ni siquiera viste a Sadoc, el escriba?

Judas baja la cabeza,

y farfulla:

–     Es un amigo…

Lo he visto como amigo, no como uno del Templo…

Jesús no le responde. 

Entretanto las mujeres consuelan a María, que está llorando…

Y al niño, que llora al ver llorar a María.

También a Lázaro y a los apóstoles se les ve apenados y muy tristes. 

Jesús, con un esfuerzo heroico que solo Dios ve, vuelve a sonreír y se dirige a ellos.

Mientras abraza a su Madre y acaricia al niño:

Dice:  

–     Me despido de los que se quedan.

Porque mañana al alba nos pondremos en camino.

Adiós, Lázaro; adiós, Maximino.

José, te agradezco todos los detalles que has tenido con mi Madre y con las discípulas  en este período de espera mientras Yo llegaba.

Gracias por todo.

Tú, Lázaro, bendice de nuevo a Marta en mi nombre. Volveré pronto.

Ven, Madre, a descansar.

También vosotras, María y Salomé, si queréis venir. 

Las dos Marías dicen: .

–     ¡Sí, claro que vamos! .

–     ¡Pues, hala, a la cama!

Paz a todos. Dios esté con vosotros.

Regresaré pronto, Madre. Ve a descansar.

La paz sea con todos vosotros.  

Y Jesús se va a su soledad acostumbrada, para orar…

La estancia en Betania ha terminado.

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

UNA ESTIRPE DIVINA 5


Dice Jesús:

La razón de que perpetuara la raza aun cuando ésta, con la primera prueba, había merecido la destrucción; la razón del Perdón que habéis recibido.

Que María le amara… ¡Oh, bien merecía la pena crear al hombre y dejarlo vivir!

¡Y decretar perdonarlo, para tener a la Virgen bella, a la Virgen santa, a la Virgen inmaculada, a la Virgen enamorada, a la Hija dilecta, a la Madre purísima, a la Esposa amorosa!

Mucho os ha dado y más aún os habría dado Dios, con tal de poseer a la Criatura de sus delicias, al Sol de su sol y Flor de su jardín.

Y mucho os sigue dando por Ella, a petición de Ella, para alegría de Ella, porque su alegría se vierte en la alegría de Dios y la aumenta con destellos que llenan de resplandores la luz, la gran luz del Paraíso

Y cada resplandor es una gracia para el universo, para la raza del hombre, para los mismos bienaventurados, que responden con un esplendoroso grito de aleluya a cada milagro que sale de Dios,

creado por el deseo del Dios Trino de ver la esplendorosa sonrisa de alegría de la Virgen.

Dios quiso poner un rey en ese Universo que había creado de la nada.

Un rey que por naturaleza material, fuera el primero entre todas las criaturas creadas con materia y dotadas de materia.

7. Entonces Yahveh Dios formó al hombre con polvo del suelo, e insufló en sus narices aliento de vida, y resultó el hombre un ser viviente. GÉNESIS 2, 7

Un rey que, por naturaleza espiritual, fuera poco menos que divino, fundido con la Gracia, como en su inocente primer día.

Pero la Mente suprema, que conoce la totalidad de los hechos más lejanos en el tiempo, la Mente cuya vista ve incesantemente todo cuanto era, es y será.

Y mientras contempla el pasado y observa el presente, hunde su mirada en el extremo futuro, no ignorando cómo será el morir del último hombre, sin confusión ni discontinuidad,

esa Mente no ignoró nunca que ese rey, creado para ser semidivino a su lado en el Cielo, heredero del Padre, cuando llegara como adulto a su Reino después de haber vivido en la casa de su madre, — la tierra con la que fue hecho —,

Durante su niñez de párvulo del Eterno en su jornada sobre la tierra, cometería hacia sí mismo el delito de matarse en la Gracia y el latrocinio de despojarse del Cielo.

¿Por qué lo creó entonces? Sin duda muchos se hacen esta pregunta.

¿Habríais preferido no existir?

¿No merece ser vivida esta jornada incluso por sí misma, a pesar de ser tan pobre y desnuda, y tan severa a causa de vuestra maldad, para conocer y admirar la Belleza infinita que la mano de Dios ha sembrado en el universo?

¿Para quién, si no, habría hecho estos astros y planetas que pasan como saetas, como flechas, rayando la bóveda del firmamento, o van — y parecen lentos —,

van majestuosos con su paso veloz de bólidos, regalándoos luces y estaciones, y dándoos, eternos, inmutables aunque siempre mutables, a leer en el cielo una nueva página, cada noche, cada mes, cada año,

como queriendo deciros: “Olvidaos de la cárcel, abandonad esa imagen vuestra llena de cosas oscuras, podridas, sucias, venenosas, mentirosas, blasfemas, corruptoras,

y elevaos, al menos con la mirada, a la ilimitada libertad de los firmamentos; haceos un alma azul mirando tanta limpidez de cielo, haceos con una reserva de luz que podáis llevar a vuestra oscura cárcel;

leed la palabra que escribimos cantando en coro nuestra melodía sideral, más armoniosa que si proviniera de un órgano de catedral, la palabra que escribimos resplandeciendo, la palabra que escribimos amando,

porque siempre tenemos presente a Aquel que nos dio la alegría de existir, y le amamos por habernos dado este existir, este resplandecer, este movemos, este ser libres y bellos en medio de este cielo delicado

allende el cual vemos un cielo aún más sublime, el Paraíso; a Aquel cuyo precepto de amor en su segunda parte cumplimos al amaros a vosotros, prójimo universal nuestro, al amaros proporcionándoos guía y luz, calor y belleza.

Leed la palabra que decimos, la palabra a la que ajustamos nuestro canto, nuestro resplandecer, nuestro reír: Dios”?

¿Para quién habría hecho ese líquido azul: para el cielo, espejo; para la tierra, camino; sonrisa de aguas; voz de olas; palabra, también, que, con frufrú de roce de seda, con risitas de muchachas serenas,

con suspiros de ancianos que recuerdan y lloran, con bofetadas de violentos, y con envites y bramidos y estruendos, siempre habla y dice: “Dios”?

El mar es para vosotros, como lo son el cielo y los astros.

Y con el mar los lagos y los ríos, los estanques y los arroyos,

y los manantiales puros, que sirven, todos, para transportaros, para nutriros, para apagar vuestra sed y limpiaros,

Y que os sirven, sirviendo al Creador, sin salir a sumergiros, como merecéis.

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de los animales, que son flores que vuelan cantando, que son siervos que trabajan, que corren, que os alimentan, que os recrean a vosotros, los reyes?

¿Para quién habría hecho las innumerables familias de las plantas y de las flores, que parecen mariposas, que parecen gemas e inmóviles avecillas; de los frutos, que parecen collares de oro y piedras preciosas o cofres de gemas?

Son alfombra para vuestros pies, protección para vuestras cabezas, recreo, beneficio, alegría para la mente, para los miembros del cuerpo, para la vista y el olfato.

¿Para quién, si no, habría hecho los minerales en las entrañas de la Tierra y las sales disueltas en manantiales de álgidas aguas o de agua hirviendo: los azufres, los yodos, los bromos?…

Ciertamente, para que los gozara uno que no fuera Dios, sino hijo de Dios. Uno: el hombre. Nada le faltaba a la alegría de Dios, nada necesitaba Dios.

El se basta a sí mismo. No tiene sino que contemplarse para deleitarse, nutrirse, vivir y descansar.

Toda la creación no ha aumentado ni en un átomo su infinidad de alegría, de belleza, de vida, de potencia.

He aquí que todo lo ha hecho para la criatura a la que ha querido poner como rey de la obra de sus manos: para el hombre.

Aunque sólo fuera por ver una obra divina de tal magnitud y por manifestarle reconocimiento a Dios, que os la otorga, merecería la pena vivir.

Y debéis sentir gratitud por el hecho de vivir.

Gratitud que deberíais haber tenido aunque no hubierais sido redimidos sino al final de los siglos, porque, a pesar de que hayáis sido, en los Primeros,

y ahora aun individualmente, prevaricadores, soberbios, lujuriosos, homicidas,

Dios os concede todavía gozar de lo bello del Universo, de lo bueno del Universo,

y os trata como si fuerais personas buenas, hijos buenos a los cuales todo se enseña y todo se concede para hacerles más suave y sana la vida.

Cuanto sabéis, lo sabéis por luz de Dios. Cuanto descubrís, lo descubrís porque Dios os lo señala. Esto, en el Bien.

Los otros conocimientos y descubrimientos que llevan el signo del mal vienen del Mal supremo: Satanás.

La Mente suprema, que nada ignora, antes de que el hombre fuese, sabía que sería ladrón y homicida de sí mismo.

Y, dado que la Bondad eterna no conoce límites en su ser buena, antes de que la Culpa fuera, pensó el medio para anular la Culpa.

El medio, Yo; el instrumento para hacer del medio un instrumento operante, María.

Y la Virgen fue creada en el pensamiento sublime de Dios.

Todas las cosas han sido creadas para Mí, Hijo dilecto del Padre.

Yo-Rey habría debido tener bajo mi pie de Rey divino alfombras y joyas como palacio alguno jamás tuviera:

Y cantos y voces, y tantos siervos y ministros en torno a Mí como soberano alguno jamás tuviera,

Y flores y gemas, y todo lo sublime, lo grandioso, lo fino, lo delicado que es posible extraer del pensamiento de todo un Dios.

Mas Yo debía ser Carne además de Espíritu.

Carne para salvar a la carne.

Carne para sublimar la carne, llevándola al Cielo muchos siglos antes de la hora.

Porque la carne habitada por el espíritu es la obra maestra de Dios y para ella había sido hecho el Cielo.

Para ser Carne tenía necesidad de una Madre.

Para ser Dios tenía necesidad de que el Padre fuese Dios.

He aquí que entonces Dios se crea a su Esposa y le dice:

“Ven conmigo. Junto a mí ve cuanto Yo hago para el Hijo nuestro. Mira y regocíjate, eterna Virgen, Doncella eterna.

Y tu risa llene este empíreo y dé a los ángeles la nota inicial y al Paraíso le enseñe la armonía celeste. Yo te miro, y te veo como serás,

¡Oh, Mujer inmaculada que ahora eres sólo espíritu:

el espíritu en que Yo me deleito!

Yo te miro y doy al mar y al firmamento el azul de tu mirada; el color de tus cabellos, al trigo santo; el candor, a la azucena; el color rosa como tu epidermis de seda, a la rosa;

de tus dientes delicados copio las perlas; hago las dulces fresas mirando tu boca; a los ruiseñores les pongo en la garganta tus notas y a las tórtolas tu llanto.

Leyendo tus futuros pensamientos, oyendo los latidos de tu corazón, tengo el motivo guía para crear.

Ven, Alegría mía, séante los mundos juguete hasta que me seas luz danzarina en el pensamiento, sean los mundos para reír tuyo.

Tente las guirnaldas de estrellas y los collares de astros, ponte la luna bajo tus nobles pies, adórnate con el chal estelar de Galatea.

Son para ti las estrellas y los planetas.

Ven y goza viendo las flores que le servirán a tu Niño como juego y de almohada al Hijo de tu vientre.

Ven y ve crear las ovejas y los corderos, las águilas y las palomas.

Estate a mi lado mientras hago las cuencas de los mares y de los ríos, y alzo las montañas y las pinto de nieve y de bosques;

mientras siembro los cereales y los árboles y las vides, y hago el olivo para ti, Pacífica mía,

y la vid para ti, Sarmiento mío que llevarás el Racimo eucarístico.

Camina, vuela, regocíjate, ¡Oh, Hermosa mía!,

Y que el mundo universo, que en diversas fases voy creando, aprenda de ti a amarMe, Amorosa,

y que tu risa le haga más bello, Madre de mi Hijo, Reina de mi Paraíso, Amor de tu Dios”.

Y, viendo a quien es el Error y mirando a la Sin Error, dice:

“Ven a mí, tú que cancelas la amargura de la desobediencia humana, de la fornicación humana con Satanás y de la humana ingratitud.

Contigo me tomaré la revancha contra Satanás”.

Dios, Padre Creador, había creado al hombre y a la mujer con una ley de amor tan perfecta, que vosotros no podéis ni siquiera comprender sus perfecciones;

vuestra mente se pierde pensando en cómo habría venido la especie si el hombre no la hubiera obtenido con la enseñanza de Satanás.

Observad las plantas de fruto y de grano.

¿Obtienen la semilla o el fruto mediante fornicación, mediante una fecundación por cada cien uniones? No.

De la flor masculina sale el polen y, guiado por un complejo de leyes meteóricas y magnéticas, va hacia el ovario de la flor femenina.

Éste se abre y lo recibe y produce.

No como hacéis vosotros, para experimentar al día siguiente la misma sensación, se mancha y luego lo rechaza.

Produce, y hasta la nueva estación no florece. Y cuando florece es para reproducirse.

Observad a los animales. Todos.

¿Habéis visto alguna vez a un macho y a una hembra ir el uno hacia el otro para estéril abrazo y lascivo comercio? No.

Desde cerca o desde lejos, volando, arrastrándose, saltando o corriendo, van, llegada la hora, al rito fecundativo,

y no se substraen a él deteniéndose en el goce,

sino que van más allá de éste, van a las consecuencias serias y santas de la prole,

única finalidad que en el hombre, semidiós por el origen de gracia, de esa Gracia que Yo he devuelto completa,

debería hacer aceptar la animalidad del acto, necesario desde que descendisteis un grado hacia los brutos.

Vosotros no hacéis como las plantas y los animales.

Vosotros habéis tenido como maestro a Satanás, lo habéis querido y lo queréis como maestro.

Y las obras que realizáis son dignas del maestro que habéis querido.

Mas si hubieseis sido fieles a Dios, habríais recibido la alegría de los hijos santamente, sin dolor,

sin extenuaros en cópulas obscenas, indignas, ignoradas incluso por las bestias, las bestias sin alma racional y espiritual.

Dios quiso oponer, frente al hombre y a la mujer pervertidos por Satanás,

al Hombre nacido de una Mujer suprasublimada por Dios hasta el punto de generar sin haber conocido varón:

Flor que genera Flor sin necesidad de semilla;

sólo por el beso del Sol en el cáliz inviolado de la Azucena-María.

¡La revancha de Dios!…

Echa resoplidos de odio, Satanás, mientras Ella nace.

¡Esta Párvula te ha vencido!

Antes de que fueras el Rebelde, el Tortuoso, el Corruptor, eras ya el Vencido,

Ella es tu Vencedora.

Mil ejércitos en formación nada pueden contra tu potencia, ceden las armas de los hombres contra tus escamas,

¡oh, Perenne!, y no hay viento capaz de llevarse el hedor de tu hálito.

Y sin embargo este calcañar de recién nacida, tan rosa que parece el interior de una camelia rosada, tan liso y suave que comparada con él la seda es áspera,

tan pequeño que podría caber en el cáliz de un tulipán

y hacerse un zapatito de ese raso vegetal,

he aquí que te comprime sin miedo, te confina en tu caverna.

Y su vagido te pone en fuga, a ti que no tienes miedo de los ejércitos.

Y su aliento libera al mundo de tu hedor. Estás derrotado.

Su nombre, su mirada, su pureza son lanza, rayo, losa que te traspasan, que te abaten, que te encierran en tu madriguera de Infierno,

¡Oh, Maldito, que le has arrebatado a Dios la alegría de ser Padre de todos los hombres creados!

Se demuestra inútil ahora el haber corrompido a quienes habían sido creados inocentes.

Conduciéndolos a conocer y a concebir por caminos sinuosos de lujuria, privándole a Dios, en su criatura dilecta,

de ser Él quien distribuyera magnánimamente los hijos según reglas que, si hubieran sido respetadas,

habrían mantenido en la tierra un equilibrio entre los sexos y las razas,

que hubiera podido evitar guerras entre los hombres y desgracias en las familias.

Obedeciendo, habrían conocido también el amor.

Es más, sólo obedeciendo lo habrían conocido y lo habrían poseído.

Una posesión llena y tranquila de esta emanación de Dios, que de lo sobrenatural desciende hacia lo inferior, para que la carne también se goce santamente en ella,

la carne que está unida al espíritu y que ha sido creada por el Mismo que le creó el espíritu. ¿Ahora, ¡Oh, hombres!, vuestro amor, vuestros amores, qué son?

O libídine vestida de amor o miedo incurable de perder el amor del cónyuge por libídine suya y de otros.

Desde que la libídine está en el mundo, ya nunca os sentís seguros de la posesión del corazón del esposo o de la esposa.

Y tembláis y lloráis y enloquecéis de celos, asesináis a veces para vengar una traición, os desesperáis otras veces u os volvéis abúlicos o dementes.

Eso es lo que has hecho, Satanás, a los hijos de Dios.

Estos que tú has corrompido habrían conocido la dicha de tener hijos sin padecer dolor, la dicha de nacer y no tener miedo a morir.

Mas ahora has sido derrotado en una Mujer y por la Mujer.

De ahora en adelante quien la ame volverá a ser de Dios, venciendo a tus tentaciones para poder mirar a su inmaculada pureza.

De ahora en adelante, no pudiendo concebir sin dolor, las madres la tendrán a Ella como consuelo.

De ahora en adelante será guía para las esposas y madre para los moribundos,

por lo que dulce será el morir sobre ese seno que es escudo contra ti, Maldito.

Y contra el juicio de Dios.

María, (se dirige aquí a María Valtorta) pequeña voz, has visto el nacimiento del Hijo de la Virgen y el nacimiento de la Virgen al Cielo.

Has visto, por tanto, que los sin culpa desconocen la pena del dar a luz y la pena del morir.

Y, si a la superinocente Madre de Dios le fue reservada la perfección de los dones celestes, igualmente, si todos hubieran conservado la inocencia y hubieran permanecido como hijos de Dios en los Primeros,

habrían recibido el generar sin dolores (como era justo por haber sabido unirse y concebir sin lujuria) y el morir sin aflicción.

La sublime revancha de Dios contra la venganza de Satanás ha consistido en llevar la perfección de la dilecta criatura a una superperfección que anulara, al menos en una,

cualquier vestigio de humanidad susceptible de recibir el veneno de Satanás,

por lo cual el Hijo vendría no de casto abrazo de hombre sino de un abrazo divino que, en el éxtasis del Fuego, arrebola el espíritu.

¡La Virginidad de la Virgen!…

Ven. Medita en esta virginidad profunda que produce al contemplarla vértigos de abismo!

¿Qué es, comparada con ella, la pobre virginidad forzada de la mujer con la que ningún hombre se ha desposado? Menos que nada.

¿Y la virginidad de la mujer que quiso ser virgen para ser de Dios, pero sabe serlo sólo en el cuerpo y no en el espíritu,

en el cual deja entrar muchos pensamientos de otro tipo, y acaricia y acepta caricias de pensamientos humanos?

Empieza a ser una sombra de virginidad. Pero bien poco aún.

¿Qué es la virginidad de una religiosa de clausura que vive sólo de Dios?

Mucho. Pero nunca es perfecta virginidad comparada con la de mi Madre.

Hasta en el más santo ha habido al menos un contubernio: el de origen, entre el espíritu y la Culpa, esa unión que sólo el Bautismo disuelve.

La disuelve, sí, pero, como en el caso de una mujer separada de su marido por la muerte, no devuelve la virginidad total como era la de los Primeros antes del pecado.

Una cicatriz queda, y duele, recordando así su presencia.

Cicatriz que puede siempre en cualquier momento traducirse de nuevo en una llaga, como ciertas enfermedades agudizadas periódicamente por sus virus.

En la Virgen no existe esta señal de un disuelto ligamen con la Culpa.

Su alma aparece bella e intacta como cuando el Padre la pensó reuniendo en Ella todas las gracias.

Es la Virgen. Es la Única. Es la Perfecta. Es la Completa.

Pensada así. Engendrada así. Que ha permanecido así.

Coronada así. Eternamente así. Es la Virgen

Es el abismo de la intangibilidad, de la pureza, de la gracia que se pierde en el Abismo de que procede,

es decir, en Dios, Intangibilidad, Pureza, Gracia perfectísimas.

Así se ha desquitado el Dios Trino y Uno: Él ha alzado contra la profanación de las criaturas esta Estrella de perfección;

contra la curiosidad malsana, esta Mujer Reservada que sólo se siente satisfecha amando a Dios; contra la ciencia del mal, esta Sublime Ignorante.

Ignorante no sólo en lo que toca al amor degradado, o al amor que Dios había dado a los cónyuges, sino más todavía:

en Ella se trata de ignorancia del fomes, herencia del Pecado.

En Ella sólo se da la gélida e incandescente sabiduría del Amor divino.

Fuego que encoraza de hielo la carne, para que sea espejo transparente en el altar en que un Dios se desposa con una Virgen.

Y no por ello se rebaja, porque su perfección envuelve a Aquella que, como conviene a una esposa,

es sólo inferior en un grado al Esposo, sujeta a Él por ser Mujer, pero, como Él, sin mancha».

106 EL MESÍAS


106 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Viene hacia Jesús un grupo de notables samaritanos guiados por Fotinai.

El principal dice:

–     Dios sea contigo, Rabí.

Esta mujer nos ha dicho que eres un profeta y que no te desdeñas de hablar con nosotros.

Te rogamos que nos concedas tu Presencia y que no nos niegues tu Palabra, porque…

Sí, es verdad que hemos sido amputados de Judá, pero no hay por qué decir que sólo Judá sea santo y todo el pecado esté en Samaria.

También hay justos entre nosotros.

Jesús responde:

–     Este concepto se lo he expresado Yo también a esta mujer.

No me impongo, pero tampoco me muestro reluctante si alguien me busca.

–     Eres justo.

La mujer nos ha dicho que Tú eres el Cristo. ¿Es verdad?

Respóndenos en nombre de Dios.

–     Lo soy.

La hora mesiánica ha llegado. Israel ha sido reunido por su Rey. Y no sólo Israel.

–     Pero Tú serás para quienes…

No están en error como estamos nosotros – observa un anciano de porte grave.

–     Hombre, te veo como cabeza de todos los presentes.

Y leo en ti una honrada búsqueda de la Verdad. Escúchame ahora tú que estás instruido en las lecturas sagradas.

A mí me fue dicho lo mismo que el Espíritu dijo a Ezequiel cuando le confirió una misión profética:

“Hijo del hombre, Yo te envío a los hijos de Israel, a los pueblos rebeldes que se han alejado de mí… Son hijos de dura cerviz y corazón indomable…

Quizás te escuchen, aunque sin hacer luego caso de tus palabras, que son mías.

Efectivamente, se trata de una casa rebelde. Pero, al menos, sabrán que entre ellos hay un profeta. No les tengas miedo.

No te asusten sus argumentaciones, porque son incrédulos y subversivos… Refiéreles mis palabras, te presten o no oídos.

Haz lo que te digo, escucha lo que te digo para no ser rebelde como ellos. Por tanto, come todo alimento que Yo te ofrezca”. Y he venido.

No me hago falsas ilusiones, no pretendo ser acogido como un triunfador; pero, puesto que la Voluntad de Dios es mi deleite, la cumplo.

Si queréis, os manifiesto las palabras que el Espíritu ha depositado en Mí.

–     ¿Cómo es posible que el Eterno haya pensado en nosotros?

–     Porque es Amor, hijos.

–     No hablan así los rabíes de Judá.

–     Pero sí os habla así el Mesías del Señor.

–     Está escrito que el Mesías había de nacer de una virgen de Judá.

Tú, ¿De quién y cómo naciste?

–     En Belén Efratá, de María de la estirpe de David, por obra de espiritual concepción.

Quered creerlo.

La bonita voz de Jesús es un tañido de alegre triunfo al proclamar la virginidad de su Madre.

–     Tu rostro resplandece con intensa luz.

No, Tú no puedes mentir. Los hijos de las tinieblas tienen tenebroso el rostro, turbada la mirada.

Tú eres luminoso; tu mirada tiene la limpieza de una mañana de Abril, tu palabra es buena. Entra en Sicar, te lo ruego.

Y adoctrina a los hijos de este linaje.

Luego te marcharás… Y nos acordaremos de la Estrella que rayó nuestro cielo…

–     ¿Y si la siguierais?… ¿Por qué no?

–     Pero si no podemos, ¿No…

Hablan mientras se dirigen a la ciudad.

–     Somos los separados, al menos así se dice.

Hemos nacido con esta fe y no sabemos si es justo dejarla. Además…

Sí, contigo podemos hablar, lo percibo. Y también nosotros tenemos ojos para ver y cerebro para pensar.

Cuando, por viajes o exigencias comerciales, pasamos a vuestra Tierra,

todo lo que vemos no es suficientemente santo, como para persuadirnos de que Dios esté con vosotros los de Judá, ni tampoco con vosotros los galileos.

–     En verdad te digo que el no haberos persuadido, el no haberos conducido de nuevo a Dios…

No con ofensas y maldiciones, sino con el ejemplo y la caridad, le será imputado al resto de Israel.

–     ¡Cuánta sabiduría tienes!

¿Estáis oyendo?

Todos asienten con un murmullo de admiración.

Entretanto, han llegado a la ciudad.

Muchas otras personas se acercan mientras se dirigen a una de las casas.

–     Escucha, Rabí. Tú, que eres sabio y bueno, resuélvenos una duda:

De ello puede depender buena parte de nuestro futuro.

Tú, que eres el Mesías, restaurador por tanto, del reino de David, debes sentir alegría de restablecer la unión con el cuerpo del Estado,

de este miembro desgajado; ¿No?

–     Me preocupo no tanto de reagrupar las partes separadas de una entidad caduca, cuanto de conducir de nuevo a Dios a todos los espíritus.

Y me siento dichoso cuando restauro la Verdad en un corazón. Pero… expón tu duda.

–     Nuestros padres pecaron.

Desde entonces Dios detesta a las almas de Samaria.

Por tanto, aunque siguiéramos la vía del Bien, ¿Qué beneficios obtendríamos?

Siempre seremos unos leprosos ante los ojos de Dios.

–     Como todos los cismáticos, vuestro pesar es eterno; vuestra insatisfacción, perenne.

Te respondo también con Ezequiel:

“Todas las almas son mías”, dice el Señor, tanto la del padre como la del hijo. pero morirá sólo el alma que haya pecado.

Si un hombre es justo, si no es idólatra, si no fornica, si no roba y no practica la usura; si tiene misericordia de la carne y del espíritu de los demás,

será justo ante mis ojos y tendrá vida verdadera.

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

¿Si un justo tiene un hijo rebelde, éste tendrá la vida por haber sido justo su padre? No, no la tendrá.

Y, si el hijo de un pecador es justo, ¿Morirá como su padre por ser hijo suyo?

No; vivirá con eterna vida por haber sido justo.

No sería justo que uno cargase con el pecado del otro. El alma que haya pecado morirá, la que no haya pecado no morirá.

Pero, aun quien haya pecado podrá tener la verdadera vida si se arrepiente y se une a la Justicia.

El Señor Dios, el único y solo Señor, dice:

“No quiero la muerte del pecador, sino que se convierta y tenga la Vida”.

Para esto me ha enviado, ¡Oh hijos errantes! Para que tengáis la verdadera vida.

Yo soy la Vida. Quien cree en Mí y en quien me ha enviado, tendrá la vida eterna, aunque hasta este momento haya sido un pecador».

–     Hemos llegado a mi casa, Maestro.

¿No sientes horror de entrar?

Postrado ante la Cruz en la que has muerto y a la que yo también te he condenado. Sólo puedo decirte hoy que lo siento, que te amo y te pido perdón por mis errores y te pido perdón por mis pecados. Perdóname Señor, HOY ME ARREPIENTO, Perdóname Padre mío por mi maldad, perdóname Señor, por mis errores, perdóname señor por mis pecados. PERDÓNAME SEÑOR, HOY ME ARREPIENTO, PERDÓNAME MI DIOS, CRUCIFICADO.

–     Sólo me produce horror el pecado.

–     Entra entonces, haz aquí un alto en tu camino.

Compartiremos el pan y luego, si no te es molestia, nos distribuirás la Palabra de Dios; dicha por Tí tiene otro sabor…

Nosotros tenemos aquí un tormento: el de no sentirnos seguros de estar en la Verdad…

–     Todo se calmaría si os atrevierais a ir abiertamente a la Verdad.

Que Dios hable en vosotros, ciudadanos. Pronto anochecerá.

No obstante, mañana, a la hora tercera, os hablaré largamente, si lo deseáis.

Idos y que la Misericordia os acompañe.

103 UN CORAZÓN HERIDO


103 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Señalando al hombre que camina detrás…

Pedro pregunta:

–      Señor, ¿Qué vamos a hacer con éste?

Es José y los sigue desde que han dejado Emaús.

Va conversando con los dos hijos de Alfeo y Simón, que se ocupan de él de modo particular.

Jesús responde: 

–    Ya lo he dicho: viene con nosotros hasta Galilea.

–    ¿Y luego?…

–     Luego… se quedará con nosotros; ya verás…

–     ¿También él discípulo? ¿Con ese pasado?

–      ¿También tú fariseo?

–      ¡No! Pero…

Lo que me parece es que los fariseos nos vigilan demasiado…

–     Y si lo ven con nosotros nos crearán dificultades.

Es lo que quieres decir, ¿No?

¿Y entonces, por temor a que nos molesten, tendríamos que dejar a un hijo de Abraham a merced de su desolación?

No, Simón Pedro; es un alma que puede perderse o salvarse según el tratamiento que se dé a su profunda herida.

–     ¿Pero, ¿No somos nosotros ya tus discípulos?…

Jesús mira a Pedro y sonríe con gentileza.

 Luego responde:

–     Te dije un día, hace muchos meses: “Vendrán otros muchos discípulos”.

E1 campo de acción es vastísimo; los obreros, debido a esta vastedad, serán siempre insuficientes…

Y también, porque muchos acabarán como Jonás: perdiendo su vida en el duro trabajo.

Pero vosotros seréis siempre mis predilectos.

Termina Jesús, arrimando a sí a este Pedro apurado, que con la promesa se ha tranquilizado.

–      Entonces viene con nosotros, ¿No?

–     Sí. Hasta que su corazón recobre la salud.

Está envenenado de tanta animadversión como ha tenido que tragar. Está intoxicado.

Santiago, Juan y Andrés alcanzan al Maestro y se ponen también a escuchar.

–     No podéis evaluar el inmenso mal que un hombre puede hacer a su congénere con una actitud de hostil intransigencia.

Os ruego que recordéis que vuestro Maestro fue siempre muy benigno con los enfermos espirituales.

Sé que opináis que mis mayores milagros y principal virtud se manifiestan en las curaciones de los cuerpos.

No, amigos… Acercaos también los que vais delante y los rezagados; el camino es ancho y podemos andar en grupo.

Todos se arriman a Jesús, que prosigue:

–     Mis principales obras, las que más testifican mi Naturaleza y mi Misión, las en que recae dichosa, la mirada de mi Padre,

son las curaciones de los corazones, tanto cuando son sanadoras de uno o varios vicios capitales;

como cuando eliminan la desolación que abate el ánimo, persuadido de estar bajo sanción divina y abandonado de Dios.

¿Qué es un alma, si pierde la seguridad de la ayuda de Dios?

Es como una delgada correhuela: no pudiendo seguir aferrada a la idea que constituía su fuerza y dicha, se arrastra por el polvo.

Vivir sin esperanza es horroroso. La vida es bonita, dentro de sus asperezas, sólo si recibe esta onda de Sol divino.

El fin de la vida es ese Sol. ¿Es lóbrego el día humano?, ¿Está empapado de llanto y signado con sangre? Sí. Pero saldrá el Sol.

Se acabarán, entonces, dolor y separaciones, asperezas y odios, miserias y soledades de momentos angustiosos, de momentos de ofuscación.

Luminosidad, entonces, canto y serenidad, paz y Dios.

Dios, que es el Sol eterno. Fijaos qué triste está la Tierra cuando hay eclipse. Si el hombre dijese para sí: “El Sol ha muerto”,

¿No le parecería acaso, vivir para siempre en un oscuro hipogeo, como emparedado, enterrado, difunto antes de haber muerto?

¡Ah…, pero el hombre sabe que más allá de ese astro que oculta al Sol, que hace fúnebre al mundo, sigue estando el radiante Sol de Dios!

Así es el pensamiento de la unión con Dios durante una vida. ¿Hieren los hombres?, ¿Despojan a otros de sus bienes? ¿Calumnian?

5. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.

Sí. Pero Dios medica, reintegra, justifica… ¡Y con medida colmada! ¿Dicen los hombres que Dios te ha rechazado?

Bueno, ¿Y qué?; el alma que se siente segura piensa, debe pensar: “Dios es justo y bueno, ve las causas de las cosas y es más benigno.

Más que el mejor de los hombres, infinitamente benigno; por tanto, no me rechazará si apoyo mi rostro lloroso sobre su pecho y le digo:

“Padre, sólo Tú me quedas; tu hijo está desconsolado y abatido; dame tu paz…”.

Ahora Yo, el Enviado, el enviado por Dios, recojo a aquellos a quienes el hombre ha confundido, o han sido arrastrados por Satanás, y los salvo.

Ésta es mi obra, ésta es verdaderamente mía. El milagro obrado en los cuerpos es potencia divina,

la redención de los espíritus es la obra de Jesucristo, el Salvador y Redentor.

Pienso, y no yerro, que estos que han encontrado en Mí su rehabilitación ante los ojos de Dios y los propios, serán mis discípulos fieles,

los que podrán arrastrar con mayor fuerza a las turbas hacia Dios, diciendo: “¿Vosotros pecadores? Yo también. ¿Vosotros descorazonados? Yo también.

¿Vosotros desesperados? También yo. Ved cómo a pesar de todo, el Mesías ha tenido piedad de mi miseria espiritual y me ha querido sacerdote suyo;

porque El es la Misericordia y quiere que se persuada de ello el mundo (y nadie es más capaz de persuadir que quien tiene propia experiencia)”.

Yo, ahora, a éstos los uno a mis amigos y a los que me adoraron desde el momento de mi Nacimiento, es decir, a vosotros y a los pastores;

los uno en particular, a los pastores, a los curados, a aquellos que, sin especial elección como la de vosotros doce,

han entrado en mi camino y habrán de seguirlo hasta la muerte.

En Arimatea está Isaac. Me ha pedido esto José, amigo nuestro.

Tomaré conmigo a Isaac para que se una a Timoneo, cuando llegue.

Si prestas fe a que en Mí hay paz y razón de toda una vida, podrás unirte a ellos; serán para ti buenos hermanos».

José Emmaús exclama:

–     ¡Oh, Consolación mía!

Es exactamente como Tú dices. Mis grandes heridas, tanto de hombre como de creyente, se van curando cada hora que pasa.

Hace tres días que estoy contigo y ya me parece como si eso que, hace sólo tres días, era mi tormento, fuera un sueño que se va desvaneciendo.

Lo hice, sí; pero, ante tu realidad, cuanto más va pasando el tiempo, más va perdiendo sus extremos cortantes.

Estas noches he pensado mucho.

En Joppe tengo un pariente que es bueno, aunque haya sido causa involuntaria de mi mal, pues por él conocí a aquella mujer.

Que esto te diga si podíamos saber de quién era hija…

¿De la primera mujer de mi padre? Sí, lo habrá sido; pero no de mi padre; llevaba otro nombre y venía de lejos.

Conoció a mi pariente por unas transacciones de mercancías. Yo la conocí así.

Mi pariente ambiciona mis negocios. Y se los voy a ofrecer, porque sin dueño se perderían.

Los adquirirá. Incluso por no sentir todo el remordimiento de haber sido causa de mi mal… Así podré bastarme y seguirte tranquilo.

Sólo te pido que me concedas la compañía de este Isaac que nombras; tengo miedo de estar solo con mis pensamientos: son demasiado tristes todavía…

–    Te daré su compañía.

Tiene buen corazón. El dolor lo ha perfeccionado. Ha llevado su cruz durante treinta años. Sabe lo que es el sufrimiento…

Nosotros, entretanto, continuaremos. Nos alcanzaréis en Nazaret.  

Simón pregunta:

–     ¿No nos vamos a detener en casa de José? 

Jesús responde: 

–     José está probablemente en Jerusalén…

El Sanedrín tiene mucho que hacer. De todas formas lo sabremos por Isaac.

Si está, le llevaremos nuestra paz; si no, nos quedaremos sólo a descansar una noche.

Tengo prisa de llegar a Galilea.

Allí hay una Madre que sufre, porque tenéis que pensar que hay a quien le apremia causarle dolor y quiero confortarla.

102 EL CORDERO DE DIOS


102 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Juan y su hermano llaman a una casa, en el poblado de Emaús. Cuando les abren, avisan que el Maestro está por llegar. 

Luego salen a la entrada del pueblo y llegan hasta donde están Jesús y los otros, detenidos en un lugar apartado.

Juan dice:

–      Está, Maestro.

Y está contentísimo de que verdaderamente hayas venido.

Nos ha dicho: “Id a decirle que mi casa es suya. Ahora voy yo también”.

Jesús responde:

–      Vamos entonces.

Caminan durante un tiempo y se encuentran con el anciano jefe de la sinagoga, Cleofás a quién conociera en Agua Especiosa.

Se saludan mutuamente con una inclinación de cabeza; no obstante después el anciano, que parece un patriarca, se arrodilla con un devoto saludo.

Algunos habitantes del lugar al ver esto, se acercan curiosos.

El anciano se levanta y dice:

–     He aquí al Mesías prometido.

Recordad este día, habitantes de Emaús.

Unos observan con una curiosidad enteramente humana, otros ya expresan en sus miradas una religiosa reverencia.

Dos de ellos se abren paso y dicen:

–     Paz a ti, Rabí.

–      Estábamos presentes nosotros también aquel día.

–     Paz a vosotros, y a todos.

He venido, como me había pedido vuestro jefe de la sinagoga.

–     ¿Vas a hacer milagros aquí también?

–     Si hay hijos de Dios que crean y tengan necesidad de ello, ciertamente lo haré.

El jefe de la sinagoga dice:

–     Quienes deseen oír al Maestro que vengan a la sinagoga.

Igualmente el que tenga enfermos. ¿Puedo decir esto, Maestro?

–     Puedes.

Después de la hora sexta estaré a vuestra entera disposición. Ahora soy del buen Cleofás.

Y, seguido de un séquito de gente, prosigue al lado del anciano hasta su casa. 

Cleeofás presenta a su familia:

–     Éste es mi hijo, Maestro; y ésta, mi mujer…

Y la mujer de mi hijo y los niños pequeños. Siento mucho el que mi otro hijo esté con el suegro de mi hijo Cleofás en Jerusalén, junto con un infeliz de aquí…

 Ya te contaré. Entra, Señor, con tus discípulos.

Entran y reciben las atenciones que son habituales, para reponer fuerzas, en el uso hebreo.

Luego se acercan al fuego, que arde en una amplia chimenea, porque el día está húmedo y frío. 

Cleofás dice:

–     Dentro de poco nos sentaremos a la mesa.

He invitado a los notables del lugar. Hoy celebraremos una gran fiesta. No todos creen en ti, pero tampoco son enemigos; solamente indagadores.

Quisieran creer, pero hemos sufrido demasiadas veces desilusiones sobre el Mesías en estos últimos tiempos. Hay desconfianza.

Sería suficiente una palabra del Templo para eliminar cualquier tipo de duda, pero el Templo…

Yo he pensado que viéndote a ti y oyéndote, así, simplemente, se podría hacer mucho en este sentido.

Yo quisiera proporcionarte verdaderos amigos.

Jesús responde:

–     Tú eres ya uno de ellos.

–     Yo soy un pobre anciano.

Si fuera más joven, te seguiría; pero los años pesan.

–     Me estás sirviendo ya con tu creer.

Me estás predicando ya con tu fe. Estate tranquilo, Cleofás. No me olvidaré de tí en la hora de la Redención. 

El hijo del jefe de la sinagoga avisa:

–     Aquí llegan Simón y Hermas.

Entran dos personas de media edad, de noble aspecto.

Y se ponen todos en pie.

–     Éste es Simón y éste Hermas, Maestro.

Son verdaderos israelitas, de corazón sincero.

–     Dios se manifestará a sus corazones.

Entretanto, descienda la paz sobre ellos. Sin paz no se oye a Dios.

–     Está escrito también en el libro de los Reyes hablando de Elías.

Simón pregunta:

–     ¿Son tus discípulos éstos? 

–     Sí.

–     Los hay de las más diversas edades y lugares.

¿Y Tú? ¿Eres galileo?

–     De Nazaret, pero nacido en Belén en tiempos del censo.

–     Betlemita entonces.

Ello confirma tu figura.

–     Benigna confirmación… para la debilidad humana; mas la confirmación se halla en lo sobrehumano.

Hermas dice:

–     En tus obras, quieres decir, ¿No? 

–     En ellas y en las palabras que el Espíritu enciende en mis labios.

–     El que te oyó me las repitió.

Verdaderamente grande es tu sabiduría. ¿Tienes intención de fundar con ella tu Reino?

–    Un rey debe tener súbditos que estén en conocimiento de las leyes de su reino.

–    ¡Pero tus leyes, son todas espirituales!

–     Tú lo has dicho, Hermas.

Todas espirituales. Yo tendré un reino espiritual. Mi código, por tanto, es espiritual.

–     ¿Y la reconstitución de Israel, entonces?

–     No caigáis en el error común de tomar el nombre “Israel” en su significado humano.

Se dice “Israel” para decir “Pueblo de Dios”. Yo constituiré de nuevo la libertad y la verdadera potencia de este pueblo de Dios.

Y a él mismo, restituyendo al Cielo las almas, redimidas y conocedoras de las eternas verdades.

Cleofás invita:

–      Sentémonos a las mesas. Os lo ruego… 

Y toma asiento junto a Jesús, en el centro.

A la derecha de Jesús está Hermas, al lado de Cleofás está Simón, luego el hijo del arquisinagogo y en los otros sitios, los discípulos.

Jesús, a petición del huésped, realiza el ofrecimiento y la bendición.

Y empieza la comida.

Hermas pregunta:

–     ¿Vienes aquí, a esta zona, Maestro? 

–     No. Voy a Galilea. Aquí estoy de paso.

–     ¿Cómo? ¿Dejas Agua Especiosa?

–     Sí, Cleofás.

–     Pues iban las turbas incluso en invierno.

¿Por qué les quitas esta ilusión?

–     No soy Yo. Así lo quieren los puros de Israel.

–     ¡¿Qué?!

¿Por qué? ¿Qué mal hacías? Palestina tiene muchos rabíes que hablan donde quieren. ¿Por qué no se te concede a Tí?

–     No indagues, Cleofás.

Eres anciano y sabio. No metas en tu corazón veneno de amargo conocimiento.

Hermas pregunta:

–      ¿Quizás es que manifestabas doctrinas nuevas?

¿Consideradas peligrosas  evidentemente por error de valuación, por los escribas y fariseos?

Cuanto de Tí sabemos no nos parece… ¿Verdad, Simón? Pero quizás es que nosotros no sabemos todo.

¿En qué consiste para Tí la Doctrina? 

Jesús responde:

–      En el conocimiento exacto del Decálogo, en el amor y en la misericordia.

El amor y la misericordia, esta respiración y esta sangre de Dios, son la norma de mi conducta y de mi doctrina.

Y Yo los aplico en todos los aprietos de cada uno de mis días.

–     ¡Pues esto no es ninguna culpa! Es bondad.

–     Los escribas y fariseos la juzgan como culpa.

Mas Yo no puedo mentir a mi misión, ni desobedecer a Dios, que me ha enviado como “Misericordia” a la Tierra.

Ha llegado el tiempo de la Misericordia plena, después de siglos de Justicia.

Ésta es hermana de la primera; como dos que han nacido de un solo seno. Pero, mientras que antes era más fuerte la Justicia,

y la otra se limitaba sólo a atenuar el rigor, porque Dios no puede prohibirse el amar.

Ahora la Misericordia es reina ¡Y cuánto se regocija por ello la Justicia, que tanto se afligía por tener que castigar!

Si os fijáis bien, veréis fácilmente que ambas siempre existieron desde que el Hombre le obligó a Dios a ser severo.

El subsistir de la Humanidad no es sino la confirmación de cuanto estoy diciendo. Ya en el mismo castigo de Adán está incorporada la misericordia.

Podía haberlos reducido a cenizas en su pecado. Les dio la expiación.

Y en el horizonte de la mujer causa de todo mal, abatida por este ser causa del mal, hizo refulgir una figura de Mujer causa del bien.

Y a ambos les concedió los hijos y los conocimientos de la existencia.

Al asesino Caín, junto con la justicia le concedió el signo y era misericordia,  para que no lo mataran.

Y a la Humanidad corrompida le concedió a Noé para conservarla en el arca y luego prometió un pacto sempiterno de paz.

Ya no más el fiero Diluvio. Ya no más.

La Justicia fue sometida por la Misericordia. ¿Queréis recorrer conmigo la Historia sagrada para llegar hasta el momento mío?

Veréis siempre y cada vez más amplias, repetirse las ondas del amor. Ahora está colmo el mar de Dios y te eleva,

¡Oh, Humanidad! sobre sus aguas delicadas y serenas.

Te eleva al Cielo purificada, hermosa y te dice: “Te llevo de nuevo al Padre mío”.

Los tres han quedado abismados en el hechizo de tanta luz de amor.

Luego Cleofás suspira y dice:

–      Así es.

¡Pero sólo Tú eres así! ¿Qué será de José? ¡Deberían haberlo escuchado ya! ¿Lo habrán hecho?

Ninguno responde.

Cleofás se vuelve hacia Jesús y dice:

–      Maestro, uno de Emaús, cuyo padre había repudiado a su mujer,

la cual fue a establecerse a Antioquía con un hermano suyo, propietario de un emporio, ha incurrido en culpa grave.

Él no había conocido jamás a aquella mujer, repudiada, no quiero indagar las causas, tras pocos meses de matrimonio.

Nada había sabido de ella porque naturalmente, su nombre había quedado desterrado de esa casa.

Ya hecho un hombre, heredados de su padre actividad comercial y bienes pensó formar un hogar.

Y habiendo conocido en Joppe a una mujer, dueña de un rico emporio, la tomó por esposa.

Ahora no sé cómo se ha sabido, se ha sacado a la luz que esa mujer era hija de la mujer del padre de él.

Por tanto pecado grave, aunque para mí, es muy insegura la paternidad de la mujer.

José habiendo sido condenado, ha perdido al mismo tiempo su paz de fiel y su paz de marido.

Y a pesar de que con gran dolor hubiera repudiado a su mujer, quizás hermana suya la cual, por el sufrimiento cayó en estado febril y murió.

A pesar de ello, no lo perdonan.

En conciencia, yo digo que de no haber habido enemigos en torno a sus riquezas, no habrían procedido contra él de este modo.

  ¿Tú qué harías?

Jesús responde:

–     El caso es muy grave, Cleofás.

Cuando llegaste a mi encuentro, ¿Por qué no me hablaste de ello?

–     No quería alejarte de aquí.

–     ¡Pero si a Mí estas cosas no me alejan!

Ahora escucha. Materialmente hay incesto y por tanto, castigo.

bien, la culpa, para ser moralmente culpa, debe tener a la base la voluntad de pecar. ¿Este hombre ha cometido incesto a sabiendas? Tú dices que no.

Entonces, ¿Dónde está la culpa, quiero decir la culpa de haber querido pecar? Está aún la del contubernio con una del propio padre.

Pero tú dices que no era seguro que lo fuese. Y, aunque lo hubiera sido, la culpa cesa al cesar el contubernio.

El cese aquí es seguro, no sólo por el repudio, sino porque ha sobrevenido la muerte.

Por ello digo que ese hombre debería ser perdonado, incluso de su aparente pecado.

Y digo que, dado que no ha sido condenado el incesto regio, que continúa ante los ojos del mundo, debería mostrarse piedad hacia este doloroso caso,

cuyo origen se encuentra en la licencia de repudio que Moisés concedió, para evitar males, aunque no más graves, sí más numerosos.

Licencia que Yo condeno, porque el hombre, se haya casado bien o mal, debe vivir con el cónyuge y no repudiarlo.

Y favorecer adulterios o situaciones similares a ésta.

Además, repito, a la hora de ser severos, hay que serlo en igual medida con todos; es más, antes con uno mismo y con los grandes.

Ahora bien, que Yo sepa, ninguno, quitando al Bautista, ha alzado la voz contra el pecado regio.

¿Los que condenan están inmunes de culpas similares o peores? ¿O tal vez, estas culpas quedan cubiertas por el velo del nombre y del poder,

de la misma forma que el pomposo manto proporciona cobijo a su cuerpo, frecuentemente enfermo por el vicio?

–     Bien has hablado, Maestro.

Así es. Pero, en definitiva, ¿Tú quién eres?… – preguntan a una los dos amigos del sinagogo.

Jesús no puede responder porque se abre la puerta y entra Simón,, suegro de Cleofás hijo.

–     ¡Bienvenido de nuevo! ¿Entonces?…

La curiosidad es tan viva, que ninguno piensa ya en el Maestro.

Simón contesta:

–     Entonces… condena absoluta.

Ni siquiera han aceptado el ofrecimiento del sacrificio.  José ha quedado separado de Israel».

–    ¿Dónde está?

–    Ahí fuera. Y está llorando.

He tratado de hablar con los más influyentes. Me han arrojado de su presencia como si fuera un leproso. Ahora… pero…

Lo han hundido a ese hombre, en los bienes y en el alma. ¿Qué más puedo hacer?

Jesús se levanta y se dirige hacia la puerta, sin decir nada.

El anciano Cleofás piensa que se ha sentido ofendido por la falta de atención.

Y dice:

–     ¡Oh, perdona, Maestro!

Es que el dolor que me causa este hecho me turba la mente. ¡No te vayas! ¡Te lo ruego!

–     No me voy, Cleofás. Sólo voy donde ese desdichado.

Venid, si queréis, conmigo.

Jesús sale al vestíbulo.

La casa tiene una franja de terreno delante, unos cuadros pequeños de jardín, más allá de los cuales está el camino.

En el suelo, a la entrada, hay un hombre.

Jesús se le acerca con los brazos abiertos.

Detrás, todos los demás tratando de ver.

Jesús habla lleno de dulzura:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado? 

El hombre se estremece al oír esa voz nueva, llena de bondad, después de tantas voces de condena.

Levantael rostro y lo mira asombrado.

Jesús repite:

–     José, ¿Ninguno te ha perdonado?

Jesús se inclina para tomarle sus manos y levantarlo.

José, lleno de desdicha, pregunta:

–     ¿Quién eres? 

–     Soy la Misericordia y la Paz.

-.    Para mí ya no hay ni misericordia ni paz.

–     En el seno de Dios siempre hay misericordia y paz.

Es un seno colmado de estas cosas y especialmente para los hijos infelices.

–     Mi culpa es tal, que estoy separado de Dios.

Déjame, para no contaminarte, Tú, que ciertamente eres bueno.

–     No te dejo. Quiero llevarte a la paz.

–     Pero si yo soy un anatema. ¿Tú quién eres?

–     Te lo he dicho: Misericordia y Paz.

Soy el Salvador, soy Jesús. Levántate. Yo puedo lo que quiero. En nombre de Dios te absuelvo de la involuntaria contaminación.

El otro mal no existe. Yo soy el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.

Todo juicio del Eterno ha quedado deferido a mí. Quien cree en mi Palabra tendrá la vida eterna… Ven, pobre hijo de Israel.

Repón las fuerzas de tu cuerpo cansado y fortalece el espíritu abatido. Culpas mucho mayores perdonaré.

¡NO! ¡De Mí no provendrá la desesperación de los corazones! Yo soy el Cordero sin mancha, pero no evito por miedo a contaminarme a las ovejas heridas.

Es más, las busco y las conduzco conmigo.

Demasiados, demasiados son los que se encaminan a la completa destrucción a causa de demasiada severidad, incluso injusta, de juicio.

¡Ay de aquellos que debido a un intransigente rigor conducen a un espíritu a desesperar! Tales no promueven los intereses de Dios, sino los de Satanás.

Pues bien, veo que una pecadora ansiosa de redención ha sido alejada del Redentor, veo que persiguen a un jefe de sinagoga por ser justo;

veo que ha sido castigado uno que inadvertidamente ha caído en culpa.

Veo que se hacen demasiadas cosas desde allí, desde allí donde viven el vicio y la mentira.

Y, como la pared que ladrillo a ladrillo se alza hasta cerrarse, así estas cosas  y en un año ya he visto demasiadas,

están levantando entre Mí y ellos un muro de dureza.

¡Ay de ellos cuando esté completamente levantado con los materiales aportados por ellos mismos!

Ten: bebe, come. Estás exhausto.

Luego, mañana, vendrás conmigo. No temas. Cuando recuperes la paz del espíritu, podrás juzgar libremente sobre tu futuro.

Ahora no podrías hacerlo, y sería peligroso dejártelo hacer.

Jesús se ha llevado consigo al hombre dentro de la sala y le ha obligado a sentarse en su sitio.

Incluso le sirve. Luego se vuelve hacia Hermas y hacia Simón,

Y dice:

–     Ésta es mi Doctrina.

Ésta y no otra. Y no me limito a predicarla, sino que la hago realidad. Quien tenga sed de Verdad y de Amor venga a Mí.

Dice Jesús:

    “Y con esto termina el primer año de evangelización. Conservad nota de ello. ¿Qué puedo deciros?

Lo he dado porque mi deseo era que fuera conocido. Pero, como con los fariseos, sucede con este trabajo.

Mi deseo de ser amado, conocer es amar, se ve rechazado por demasiadas cosas.

Y esto es un gran dolor para Mí, que soy el Eterno Maestro a quien vosotros habéis hecho prisionero…

81 ¡NO FORNICARÁS!


81 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Me dice Jesús:

 “Ten paciencia, alma mía, por este doble esfuerzo. Es tiempo de sufrimiento. ¿Sabes lo cansado que estaba los últimos días? Ya ves. Al andar me apoyo en Juan, en Pedro, en Simón y también en Judas…

Sí. ¡Yo, que emanaba milagro con sólo rozar con mis vestiduras, no pude cambiar aquel corazón! Déjame que me apoye en tí, pequeño Juan. (Llamaba así Jesús, como seudónimo a María Valtorta)

¡Y AHORA NOS ESTÁ LLAMANDO ASÍ, A NOSOTROS, los que estamos leyendo estas enseñanzas!

Para volver a decir las palabras ya dichas en los últimos días a esos obstinados obtusos sobre quienes el anuncio de mi tormento resbalaba y no penetraba.

Y deja también que el Maestro hable de sus horas de predicación en la triste llanura del Agua Especiosa.

Y te bendeciré dos veces: por tu esfuerzo y por tu piedad. Llevo la cuenta de tus esfuerzos, recojo tus lágrimas.

Los esfuerzos por amor a los hermanos, recibirán la recompensa de aquellos que se consumen, por dar a conocer a Dios a los hombres.

Tus lágrimas por mi sufrimiento de la última semana recibirán como premio el beso de Dios, Uno y Trino.

Escribe y recibe mi Bendición.

EL SEXTO MANDAMIENTO

Jesús está en pie, encima de un cúmulo de tablas, levantadas a manera de tribuna, en el pesebre del establo.

Y desde allí habla con voz poderosa, para que lo oigan tanto los que están dentro de la estancia, como los que se encuentran bajo el cobertizo e incluso en la era, encharcada por la lluvia.

Cubiertos con sus mantos oscuros y de lana en bruto, sobre la cual resbala el agua, todos parecen frailes.

En la estancia están los más débiles; bajo el cobertizo, las mujeres; en el patio bajo la lluvia los fuertes, la mayoría hombres.

Pedro va y viene, descalzo y sólo con la prenda corta, cubierto con un lienzo que se ha puesto sobre la cabeza; pero no pierde el buen humor,

a pesar de que tenga que ir chapoteando en el agua y se esté duchando sin desearlo.

Con él están Juan, Andrés y Santiago.

Están trayendo de la otra estancia con precaución, a unos enfermos. Guiando a unos ciegos y haciendo de apoyo a algunos tullidos.

Jesús aguarda con paciencia a que todos hayan terminado de acomodarse.

Y sólo le duele el que los cuatro discípulos estén empapados, como esponjas dentro de un cubo.

Ante su preocupación, Pedro dice:

–     ¡Nada, nada! Somos madera empecinada.

No te preocupes. Nos bautizamos otra vez y el bautizador es Dios mismo.  

Cuando por fin todos están en sus respectivos lugares y Pedro estima que puede ir a ponerse ropa seca.

Así lo hace, como también los otros tres.

Pero, vuelto donde el Maestro, ve sobresalir por la esquina del cobertizo el manto gris de la mujer velada.

Y se dirige hacia ella sin pensar que para hacerlo tiene que volver a cruzar el patio en diagonal bajo el chaparrón…

Y que otra vez se va a mojar.

Sin pensar en los charcos que salpican hasta la rodilla al chocar tan fuerte en ellos el chubasco de agua.

La agarra de uno de los codos, sin retirar el manto y la arrastra hasta la pared de la estancia, resguardada del agua.

Y  luego se planta a su lado, duro e inmóvil como un centinela.

Jesús ha visto la escena y ha sonreído inclinando la cabeza, para celar la luminosidad de su sonrisa.

Ahora empieza a hablar:

     “No digáis, vosotros, los que habéis venido con regularidad, que no hablo con orden y que salto alguno de los Diez Mandamientos.

Vosotros oís, Yo veo; vosotros escucháis, Yo aplico mi palabra a los dolores y a las llagas que veo en vosotros. Yo soy el Médico.

Un médico va primero a los más enfermos, a los que están más cerca de la muerte. Luego se vuelve a los menos graves. Yo también hago así.

Hoy digo: “No forniquéis”.

No dirijáis a vuestro alrededor la mirada tratando de leer en el rostro de uno la palabra: “lujurioso”.

Tened recíproca caridad. ¿Os gustaría que alguien la leyera en vosotros?

No. Pues entonces no queráis leerla en el ojo turbado de quien está a vuestro lado; en su frente que se avergüenza y se inclina hacia el suelo.

Además… ¡Oh!, decidme especialmente vosotros, hombres.

¿Quién de entre vosotros no ha hincado nunca los dientes en el pan de ceniza y estiércol de la satisfacción sexual?

¿Acaso es lujuria sólo la que os lleva a estar durante una hora entre brazos meretricios?

¿No es acaso lujuria también, la profanación del connubio con la esposa al eludir las consecuencias de éste, que queda reducido por tanto, a una recíproca satisfacción del sentido, a un vicio legalizado?

Matrimonio quiere decir procreación… Y el acto quiere decir y debe ser fecundación.

Sin ello es inmoralidad.

No se debe del tálamo hacer un lupanar.

Y en lupanar se transforma si se ensucia de libídine y no se consagra con maternidades.

La Tierra no rechaza la semilla, la acoge y de ella forma una planta. La semilla no huye de la gleba una vez depositada.

Por el contrario, en seguida echa raíz y se agarra para crecer y dar una espiga: la criatura vegetal nacida del connubio entre gleba y semilla.

El hombre es la semilla, la mujer es la tierra, la espiga es el hijo.

Negarse a producir la espiga y desaprovechar la fuerza, para vicio, es culpa.

Es meretricio cometido en el lecho nupcial, pero en nada distinto del otro.

Es más, agravado por la desobediencia al Mandamiento que dice: “Sed una sola carne y multiplicaos en los hijos”.

Por tanto ved, mujeres voluntariamente estériles, esposas legales y honestas no a los ojos de Dios, sino del mundo…

Cómo a pesar de ello, vosotras podéis ser prostitutas y fornicar igual.

Aunque seáis sólo de vuestro marido, porque no vais hacia la maternidad; sino al placer, demasiado y demasiado frecuentemente.

¿Y no os paráis a pensar que el placer es un tóxico que, aspirado por una boca, cualquiera que fuere: contagia, produce quemazón, cual fuego que creyendo consumirse?

¿Traspasa devorador, cada vez más insaciable, los límites del hogar, dejando acre sabor de ceniza bajo la lengua y desagrado?

¿Y náusea y desprecio de sí y del compañero de placer?

Porque cuando la conciencia se despierta – y lo hace entre dos momentos febriles – no puede dejar de nacer este desprecio de sí…

rebajados como quedan uno y otro, a un nivel incluso inferior al de los animales.

Nota del traductor, (un sacerdote) con respecto a este tema:

la Iglesia admite la paternidad responsable, o sea, que cuando ya se es generoso en hijos, se pueden adoptar determinadas medidas para no concebir.

Pero que no sean medios artificiales como anticonceptivos, preservativos, etc.

Sino recursos naturales, como el de la regulación natura basada en los días infértiles de la mujer, etc.

Asimismo, el placer sexual únicamente como simple demostración de amor y desahogo pasional, dentro del matrimonio, es lícito.

Siempre y cuando se tengan en cuenta estas dos medidas antes mencionadas: ser generosos en hijos y no usar medios anticonceptivos artificiales.

Jesús continúa:

“NO FORNICARÁS”, está escrito.

Es fornicación gran parte de las acciones carnales del hombre, ni siquiera toco la cuestión de esas uniones inconcebibles, que son como una pesadilla…

Y que el Levítico condena con estas palabras:

TRIPLE SACRILEGIO: Como consagrado, como heredero del Padre y como hombre…

“Hombre, no te acercarás al hombre como si fuera una mujer”

Y también: “No te unirás a bestia alguna para no contaminarte con ella.

Y así hará la mujer.

Y no se unirá a ninguna bestia, porque es infamia” -.

Bien… he hecho alusión al deber de los esposos respecto al matrimonio; el cual deja de ser santo cuando por malicia, viene a ser infecundo.

Y ahora voy a hablar de la fornicación en sentido propio entre hombre y mujer:

Por recíproco vicio o por obtener dinero o regalos.

El cuerpo humano es un magnífico templo que encierra en sí un altar.

EL SEXTO MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

En ese altar debería estar Dios. Pero Dios no está donde hay corrupción.

Por tanto, el cuerpo del impuro tiene su altar desconsagrado y sin Dios.

Como quien se revuelca, ebrio, en el lodo y en el vómito de la propia ebriedad…

El hombre, en la bestialidad de la fornicación, se rebaja a sí mismo, viniendo a ser menos que un gusano o que el animal más inmundo.

Decidme – si entre vosotros hay alguno que se haya depravado a sí mismo hasta el punto de comerciar con su cuerpo, como se hace con cereales o animales…

¿Qué beneficio os ha reportado?

Poneos, poneos vuestro corazón en la mano… observadlo.

Preguntadle, escuchadlo, ved sus heridas, sus estremecimientos de dolor.

Y luego decidme, respondedme:

¿Tan dulce era ese fruto, que compensara este dolor de un corazón nacido puro…

FORZADO POR VOSOTROS A VIVIR EN UN CUERPO IMPURO?

¿A latir, para dar vida y calor a la lujuria, a irse consumiendo en el vicio?

Decidme:

¿Sois tan depravadas que no lloráis secretamente sintiendo una voz de niño que llama: “mamá” y pensando en vuestra madre…  

¡Oh mujeres de placer que habéis huido de casa u os han echado de ella;

para que el fruto podrido no destruyera con el exudado de su putridez, a los demás hermanos! 

¿Pensando en vuestra madre, muerta quizás por el dolor de tener que decirse a sí misma:

“He dado a luz a una persona que ha sido motivo de oprobio”?

¿Pero es que no sentís que se os parte el corazón cuando veis a un anciano cuyas canas le dan un porte solemne…?

¿Al pensar que sobre las de vuestro padre habéis derramado el deshonor, como barro tomado a manos llenas…?

¿Y junto con el deshonor ha tenido que recibir,  el menosprecio de su tierra natal?

¿Porque todos los que luchan por su perfección espiritual, conocen su desgracia, PERO NO LO COMPADECEN;

Cuando un niño no es amado, como lo que es: UN DON DIVINO para ser custodiado y que deberemos regresar al Creador, convertido en OTRO CORREDENTOR…

pues Juzgan que no supo educar a quién ha llenado de oprobio a TODA la familia?

¿Pero es que no sentís que se os retuercen las entrañas de doliente añoranza al ver la felicidad de una esposa?

¿O la inocencia de una virgen, teniendo que decir: “Yo he renunciado a todo esto… y nunca más volveré a poseerlo”?

¿Pero es que no sentís como si la vergüenza os arrancara la piel de la cara, al ver la mirada, voraz o llena de desprecio, de los hombres?

¿Pero es que no sentís vuestra miseria cuando tenéis sed de un beso de niño y ya no os atrevéis a decir: “Dámelo”…?

¡¿Porque habéis matado vidas en su comienzo?!

Vidas que habéis rechazado como peso fastidioso e inútil carga, vidas arrancadas del mismo árbol que las había concebido, arrojadas para estiércol.

Vidas que ahora os gritan: “¡Asesinas!”

¿Pero es que no teméis sobre todo, al Juez que os ha creado y que os espera para preguntaros y deciros:

“¿Qué has hecho de ti misma?

¿Para eso acaso, te di la vida? Pululante nido de gusanos, ¿Cómo te atreves a estar en mi Presencia?

Tuviste todo lo que para ti era dios: EL PLACER. 

¡Ve al lugar de maldición sin término”!

¿Quién llora? ¿Ninguno? ¿Decís: “ninguno”?

Pues mi alma va hacia otra alma que llora. ¿Para qué va hacia ella? ¿Para lanzarle el anatema por ser meretriz?

¡NO! Porque siento piedad por su alma.

Todo en Mí es repulsa hacia su sucio cuerpo, sudado por el esfuerzo lascivo.

¡Pero su alma…! ¡Oh! ¡Padre! ¡Padre!

¡También por esta alma Yo me he encarnado y he dejado el Cielo para ser su Redentor y el de muchas almas hermanas suyas!

¿Por qué debo no recoger a esta oveja que va descarriada y llevarla al redil?

Limpiarla, unirla al rebaño, sacarla a pastar,

Y darle un amor que sea perfecto como sólo el mío lo puede ser…

Tan distinto de los que tuvieron hasta ahora para ella nombre de amor y no eran sino odio.

Tan piadoso, completo, delicado, que ella ya no llore por el tiempo pasado o lo haga sólo para decir:

“Demasiados días he perdido lejos de ti, eterna Belleza.

¿Quién me restituirá el tiempo perdido?

¿Cómo gustar en lo poco que me queda cuanto habría gustado si hubiera sido siempre pura?

A pesar de ello, no llores, alma pisoteada por toda la libídine del mundo.

Escucha: eres un trapo asquerosamente sucio, pero puedes volver a ser una flor.

Eres un estercolero, pero puedes ser un jardín; eres un animal inmundo, pero puedes volver a ser un ángel.

Un día lo fuiste; danzabas en los prados floridos, rosa entre las rosas, fresca como ellas…

Y despedías fragancia de virginidad;

cantabas, serena, tus canciones de niña y luego corrías a donde tu madre, a donde tu padre,

y les decías: “Vosotros sois mis amores”.

Y el invisible guardián que tienen todas las criaturas al lado sonreía ante tu alma blanca-azul…

¿Y luego? ¿Por qué?

¡¿Por qué te has arrancado esas alas de pequeño inocente?!

¿Por qué has pisoteado un corazón de padre y de madre, para correr hacia otros corazones inciertos?

¿Por qué has consignado tu voz pura a embusteras frases de pasión?

¿Por qué has quebrado el tallo de la rosa y te has profanado a ti misma?

Arrepiéntete, hija de Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

¿El hombre no te puede perdonar? ¿Ni siquiera tu padre podría ya hacerlo?

Bueno, pues Dios puede, porque la bondad de Dios no es comparable a la bondad humana.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Y su Misericordia es infinitamente más grande que la humana miseria.

Hónrate a ti misma haciendo, con una vida honesta, digna de honor a tu alma. Justifícate ante Dios no volviendo a pecar contra tu alma.

Hazte un nombre nuevo ante Dios. Eso es lo que tiene valor.

¿Eres vicio? Sé honestidad, sé sacrificio, sé la mártir de tu arrepentimiento.

Bien supiste martirizar tu corazón, para hacer gozar a la carne.

Sabe ahora martirizar la carne, para darle a tu corazón una eterna paz.

Ve. Marchad todos, cada uno con su peso y con su pensamiento, y meditad.

 Dios espera a todos y no rechaza a ninguno que se arrepienta.

¿Que el Señor os dé su luz para conocer vuestra alma! ¡Adiós!

Muchos se marchan en dirección al pueblo.

Otros entran en la habitación.

52 EL LLAMADO DE MATEO


52 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está haciendo mucho calor. El mercado ha terminado y en la plaza vacía, hay unos cuantos ociosos y unos niños que juegan.

Jesús, en medio de sus apóstoles, llega del lago a la plaza.

Acaricia a los niños que corren a su encuentro y le platican sus confidencias. Una niña muestra un golpe que le sangra en la frente y de ello acusa al hermanito.

Jesús dice:

–      ¿Por qué has herido así a tu hermanita? ¡No está bien!

El niño se mortifica y contesta:

–      No lo hice a propósito. Quería tumbar aquellos higos y tomé un bastón. Era muy pesado y se me cayó sobre ella. Cogía higos también para ella.

Jesús le pregunta:

–     ¿Es verdad, Juana?

Entre hipos la niña contesta:

–      Es verdad.

–      Entonces puedes ver que tu hermano no te quiso hacer daño.

Quería hacerte feliz. Ahora, al punto haced las paces y daos un beso. Los buenos hermanitos y también los buenos niños, jamás deben saber lo que es el rencor. ¡Ea, pues!

Los dos niños se besan con lágrimas.

Los dos lloran juntos. Ella porque le duele el golpe. Y él porque le pesa haber causado ese dolor.

Jesús sonríe al ver ese beso lleno de lagrimones.

Y dice:

–     ¡Y ahora, porque veo que sois buenos, Yo os cortaré los higos!

Como es muy alto extiende el brazo y sin esfuerzo alguno, los corta y se los da.

Acude una mujer:

–     Juana. Tobías. ¿Para qué molestáis al Maestro? ¡Oh, Señor! Perdona…

Jesús dice:

–     Mujer. Se trataba de hacer las paces.

Y las hice con el objeto mismo que provocó la guerra: los higos. A los niños les gustan los higos dulces y a Mí… me gustan los corazones dulces e inocentes. Me quitan mucha amargura.

La mujer señala a unos fariseos:

–      Maestro, son los señores esos, los que no te aman.

Pero nosotros, el pueblo; te queremos mucho. Ellos son pocos. Y nosotros muchos…

–     Lo sé, mujer. Gracias por tu consuelo. La paz sea contigo.

¡Adiós, Juana! ¡Adiós, Tobías! Sed buenos. No se porten mal. Y ya no se peleen. ¿Lo recordarán?

Los dos niños responden juntos:

–           Sí.

–           Sí, Jesús.

Jesús sonriente, al empezar a caminar, dice a sus discípulos:

–     Ahora que con la ayuda de los higos, los cielos se han despejado de las nubes que había. Vámonos a… ¿A dónde queréis ir?

Ellos no saben y mencionan diferentes lugares.

Pero Jesús mueve la cabeza sonriendo.

Pedro dice:

–     Yo renuncio. A menos que Tú no lo digas… hoy tengo ideas negras.

Tú no viste; pero cuando desembarcamos, estaba ahí Elí, el fariseo. ¡Más verde que lo acostumbrado! ¡Y nos miraba en una forma, que…!

Jesús dice:

–    ¡Dejadlo que mire!

Judas exclama:

–    ¡Eh! No hay remedio. ¡Pero te aseguro Maestro, que para hacer las paces con ese, no bastan los higos!

–    ¿Qué fue lo que dije a la mamá de Tobías? ‘He hecho las paces con el objeto mismo de la guerra’

Y trataré de hacer las paces al volver a ver a los principales de Cafarnaúm, que según ellos les he ofendido. De este modo se contentarán. Probablemente no lo lograré; porque falta en ellos la voluntad de hacer las paces.

Cuando llegan a la plaza, Jesús va directo al banco de la alcabala,…

Y donde Mateo está haciendo sus cuentas y verificando el dinero que subdivide en categorías y lo pone en bolsitas de diversos colores.

Luego las coloca en una caja fuerte de hierro, que dos esclavos transportan a otro lugar.

Apenas si levanta la cabeza para ver al que se había retrasado en pagar.

Mientras tanto, Pedro jala de una manga a Jesús:

–     No tenemos nada que pagar, Maestro. ¿Qué haces?

Jesús no le hace caso.

Mira atentamente a Mateo, que se ha puesto de pie al punto, en actitud reverente.

Le da una segunda mirada que traspasa.

No es la del Juez severo de otras veces.

Es una mirada de llamamiento, de amor, que lo envuelve totalmente.

Mateo se sonroja completamente. No sabe qué hacer, ni qué decir.

Cuando Dios te quiere, TE BUSCA,  te sigue, te persigue y te consigue…

Majestuosamente, Jesús ordena:

–      Mateo, hijo de Alfeo, ha llegado la hora. ¡Ven!… ¡Sígueme!

Totalmente asombrado, Mateo responde:

–    ¿Yo?… ¡Maestro! ¡Señor! ¿Pero sabes quién soy? Lo digo por Ti. No por mí…

–     Ven y sígueme; Mateo, hijo de Alfeo. –repite Jesús con voz más dulce.

–    ¡Oh! ¿Cómo es posible que yo haya alcanzado favor ante Dios?… ¿Yo?… ¿Yo?…

–     Mateo, hijo de Alfeo. He leído en tu corazón. Ven. Sígueme.

La tercera invitación es una caricia….

–           ¡Oh! ¡Al punto, Señor!

Y Mateo, con lágrimas en los ojos…

Sale por detrás del banco sin preocuparse siquiera por recoger las monedas esparcidas sobre él. No pide la caja fuerte, ni le importa nada más.

Camina hacia el Maestro diciendo:

–     ¿A dónde vamos, Señor? ¿A dónde me llevas?

–     A tu casa. ¿Quieres dar hospedaje al Hijo del Hombre?

–     ¡Oh! Pero…pero… ¿Qué dirán los que te odian?

–     Yo escucho lo que se dice en los Cielos y es: ‘¡Gloria a Dios por un pecador que se salva!

Y el Padre dice: ‘Para siempre la Misericordia se levantará en los Cielos y se derramará sobre la Tierra. Porque con un Amor Eterno. Con un Amor Perfecto, te amo. Y por eso, también contigo uso de Misericordia…”

Ven. Y que al venir a tí; además de santificar tu corazón; santifique también tu casa…’

–    La tengo ya purificada por una esperanza que tenía en el alma. ¡Pero cómo podía creer que se convertiría en realidad! ¡Oh! ¡Yo con tus santos!…

Y mira a los discípulos.

–    Sí. Con mis amigos. Venid. Os uno y sed hermanos.

Los discípulos están tan estupefactos, que no saben qué decir.

Detrás de Jesús y de Mateo, caminan por la plaza que está completamente desierta.

Siguen por una calle estrecha que arde bajo un sol abrasador. No hay ser viviente alguno en las calles. Tan solo polvo y sol.

Entran en una casa muy hermosa, con un portón que se abre hacia fuera.

Un hermoso atrio está lleno de sombra y frescura. Llegan a un pórtico ancho que hay en el jardín.

Y Mateo dice:

–    ¡Entra, Maestro mío! –luego ordena a los siervos-  ¡Traed agua y de beber!

Los criados obedecen al instante.

Mateo sale a dar órdenes, mientras Jesús y los suyos se refrescan.

Regresa y dice:

–           Ahora, ven, Maestro. La sala está fresca.

Ahora vendrán mis amigos. ¡Oh! ¡Quiero hacer una gran fiesta! Es mi regeneración. ¡Es tan maravilloso!… ¡Esta es la verdadera circuncisión! Me has circundado el corazón con tu amor. ¡Maestro, será la última fiesta!

Ya no habrá más fiestas para el publicano Mateo. No más fiestas mundanas. Sólo la fiesta interna de haber sido redimido y de servirte a Ti. De ser amado por Ti.

¡Cuánto he llorado! No sabía cómo hacer… Quería ir…pero… ¿Cómo ir a Ti? A Ti, Santo… ¿Con mi alma sucia?

Jesús declara:

–    Tú la lavabas con el arrepentimiento y la caridad. Para Mí y para el prójimo.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos y llama…

–     Pedro; ven aquí.

Pedro que todavía no ha hablado, pues sigue tan asombrado, da un paso adelante.

Los dos hombres, casi de la misma edad; de estatura baja y robustos; están frente a frente.

Y Jesús ante ellos, los mira con una gran sonrisa.

Luego dice:

–     Pedro. Me has preguntado muchas veces quién era el desconocido de las bolsas que llevaba Santiago. Míralo. Lo tienes enfrente.

Pedro exclama:

–    ¿Quién? ¡Este, lad…! ¡Oh, perdona Mateo! Pero…

¡Quién lo hubiera pensado! Y exactamente tú. Nuestra desesperación por la usura, ¿Qué fueses capaz de arrancarte cada semana, un pedazo de corazón, al dar ese rico óbolo?

Mateo apenado, inclina la cabeza y dice:

–      Lo sé. Injustamente os tasé.

Pero mirad. Me arrodillo ante todos vosotros y os digo: ¡No me arrojéis! Él me ha acogido. No seáis más severos que Él.

Pedro, que está junto a Mateo; lo levanta de un golpe.

En peso, ruda, pero cariñosamente.

Y dice:

–    ¡Ea! ¡Ea! ¡Ni a mí, ni a todos los demás!

A Él, pídele perdón. A nosotros… ¡Ea! Todos hemos sido ladrones, igual que tú… ¡Oh! ¡Lo dije!  ¡Maldita lengua! Pero soy así.

Lo que pienso, lo digo. Lo que tengo en el corazón; lo tengo en los labios… Y besa a Mateo en las mejillas.

Los otros también lo hacen con más o menos cariño.

Andrés lo hace con reserva, debido a su timidez.

Judas de Keriot se muestra frío. Parece como si abrazara a un montón de serpientes, pues apenas si lo toca.

Se oye un rumor en la entrada y Mateo sale.

Entonces Judas de Keriot se acerca a Jesús.

Está escandalizado  y dice:

–    Pero, Maestro. Me parece que esto no es prudente. Ya te empezaron a acusar los fariseos de aquí.

Y Tú… ¡Un publicano entre los tuyos! ¡Primero una prostituta y luego un publicano! ¿Acaso has determinado arruinarte? Si es así… ¡Dilo, que…!

Pedro interviene irónico:

–    Que nosotros desfilamos. ¿Es así?

Judas le contesta con altanería:

–    ¿Y quién está hablando contigo?

–     Sé que no estás hablando conmigo.

Pero yo por el contrario; hablo con tu alma de refinado señorito. Con tu purísima alma. Con tu sabia alma. Sé que tú, miembro del Templo; sientes el hedor del pecado en nosotros; pobres, que no pertenecemos al Templo.

Sé que tú, judío perfecto; amalgama de fariseo, saduceo y herodiano. Medio escriba y migaja de esenio. ¿Quieres otras palabras nobles?…

Te sientes mal entre nosotros. Como una alosa cualquiera en una red de pescados sin valor. Pero ¿Qué quieres qué hagamos? Él nos tomó y nosotros nos quedamos.

Si te sientes mal, vete tú. Respiraremos mejor todos. También Él.

Cómo puedes ver; está descontento de mí y de ti. De mí; porque falto a la paciencia y también a la caridad. Pero más de ti; que no entiendes nada.

Con todo tu tejido de nobles atributos y que no tienes ni caridad, ni humildad, ni respeto. No tienes nada, muchacho.

Solo un gran humillo… y quiera Dios que ese humo, no sea nocivo.

Jesús, de pie. Disgustado, con los brazos cruzados, la boca cerrada y los ojos duros; ha dejado que hable Pedro.

Después le dice:

–    ¿Ya terminaste, Pedro? ¿También tú has purificado tu corazón de la levadura que había dentro?

Has hecho bien. Hoy es Pascua de Ácimos para un hijo de Abraham. El llamado del Mesías es como la sangre del cordero sobre vuestras almas.

Y donde está, no bajará más la culpa. No bajará si el que la recibe le es  fiel. Mi llamado es liberación. Y se le festeja con diversas clases de levadura.

A Judas, no le dice nada.

Pedro, mortificado; guarda silencio.

Y Jesús agrega:

–    Mateo regresa con amigos.

No les enseñemos otra cosa que no sea virtud. Quien no pueda soportar esto, váyase. No seáis iguales a los fariseos: que oprimen con preceptos y son los primeros en no observarlos.

Mateo vuelve a entrar con dos romanos y empieza el banquete.

Jesús está en medio, entre Pedro y Mateo.

Hablan de muchas cosas. Y Jesús, con paciencia explica a Ticio y a Cayo, lo que desean. Hay muchas quejas contra los fariseos que los desprecian…

Y Jesús responde a todas sus inquietudes.

Dice:

–    Pues bien. Venid a quien no os desprecia. Y luego obrad en tal forma, que al menos los buenos, no os puedan despreciar.

Cayo dice:

–    Tú eres bueno; pero eres solo.

Jesús  objeta, señalando a sus discípulos:

–    No. Estos son como Yo.

Y además, está el Padre, que ama a quien se arrepiente y quiere volver a su amistad.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Si al hombre le faltase todo, pero tuviese al Padre, ¿No sería la alegría del hombre la más completa?

De esta forma se va desarrollando la conversación.

Y el banquete ha llegado a los postres; cuando un criado hace señas al dueño de la casa y luego le dice algo en voz baja.

Entonces Mateo dice a Jesús:

–    Maestro. Elí, Simón y Joaquín, piden permiso para entrar y hablarte. ¿Quieres verlos?

Jesús contesta:

–    ¡Claro que sí!

–     Pero… mis amigos son gentiles.

–      Y ellos vienen a ver exactamente esto.

Que los vean. De nada serviría esconderlo. No serviría para el bien, porque la malicia aumentará el hecho, hasta llegar a decir que también había prostitutas. Que entren.

Mateo inclina la cabeza.

Los tres fariseos entran.

Miran alrededor con una sonrisa proterva y están a punto de hablar.

Pero Jesús, que se ha levantado y va a su encuentro junto con Mateo.

Mientras pone una mano en la espalda de Mateo, les dice:

–    ¡Oh! ¡Hijos verdaderos de Israel! Os saludo y os doy una gran noticia, que ciertamente alegrará vuestros corazones perfectos de israelitas.

Los cuales quieren como él, que todos los corazones observen la Ley, para dar Gloria a Dios. Pues bien; Mateo, hijo de Alfeo; desde hoy no es más el pecador; el escándalo de Cafarnaúm.

Una oveja roñosa de Israel ha sido curada. ¡Alegraos!

Después se curarán otras ovejas pecadoras en vuestra ciudad; de cuya santidad os interesáis mucho y también serán gratas y santas ante…? ¡Eh Señor. Mateo deja todo para servir a Dios.

¡Dad el beso de paz al israelita extraviado que torna al seno de Abraham!

El fariseo Simón, dice con desprecio y sarcasmo:

–    ¿Y torna con los publicanos en estrepitoso banquete?

¡Oh! ¡De verdad que se trata de una conversión favorable! Elí. Mira. Ahí está ese Josías, el procurador de mujeres.

Elí responde:

–    También está Simón; hijo de Isaac el adúltero.

–    Y aquel es Azharías: el cantinero en cuyo casino, los romanos y los judíos juegan a los dados; pelean, se emborrachan y van en busca de mujeres.

El fariseo Joaquín, dice:

–    Pero, Maestro. ¿Sabes al menos quienes son esos?

Jesús contesta amable:

–     Lo sé.

Elí dice:

–     ¿Y vosotros? Vosotros de Cafarnaúm. Vosotros, discípulos. ¿Por qué lo habéis tolerado?

¡Me admiras, Simón de Jonás!

Pedro se queda callado.

Simón inquiere, escandalizado:

–    ¡Tú, Felipe, que aquí todos conocen!

¡Tú, verdadero israelita! ¿Cómo es posible que tú hayas permitido que tu Maestro comparta la comida con publicanos y pecadores?

Felipe los mira sin turbarse, pero también guarda silencio.

Joaquín:

–     ¡Ya no hay más vergüenza en Israel!

Los tres están escandalizadísimos.

Y lo manifiestan con una andanada de frases condenatorias.

Jesús interviene:

–     Dejad en paz a mis discípulos. Solamente Yo lo quise.

Simón dice con sarcasmo:

–    ¡Eh! ¡Bien! Se comprende.

¡Cuando se quiere hacer santos a otros y uno no lo es; se cae pronto en errores que son imperdonables!

–    ¡Y cuando de educa a los discípulos en la falta de respeto!

¡Todavía me está quemando la risa irreverente que me hizo ese judío del Templo! ¡A mí! ¡A Elí el fariseo! No se puede hacer otra cosa que faltar al respeto a la   Ley.

Se enseña lo que se sabe.

Jesús responde con firmeza:

–    Te equivocas Elí. Os equivocáis todos.

Se enseña lo que se sabe, es verdad. Y Yo que sé la Ley, la enseño a quien no la sabe: a los pecadores. Vosotros… os conozco dueños de vuestra alma.

Los pecadores no lo son. Busco y busco su alma. Se las vuelvo a dar, para que a su vez me la traigan. Tal como está: enferma, herida, sucia.

Y Yo la curo y la limpio. Para esto he venido. Los pecadores son los que tienen necesidad del Salvador. Y vengo a salvarlos. Comprendedme. No me odiéis sin razón.

Jesús es dulce, persuasivo, humilde.

Pero ellos son como tres cardos espinosos. Y salen muy enojados.

Judas de Keriot murmura impotente:

–    Se fueron. Ahora nos criticarán por todas partes.

Jesús dice:

–    ¡Dejad que lo hagan!

Procura solo que el Padre, no tenga nada que criticarte. No te apenes, Mateo. Ni vosotros, amigos suyos. La conciencia nos dice: ‘No hagáis el Mal.’ Y eso es más que suficiente.

Y Jesús vuelve a sentarse en su lugar…

21 PRIMERA PREDICACIÓN EN EL TEMPLO


21 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús entra con Judas a su lado, en el recinto del Templo; pasa la primera terraza se detiene en un pórtico que rodea un amplio patio embaldosado con mármoles de colores distintos.

El lugar es muy bonito y está lleno de gente.

Jesús mira a su alrededor y ve un sitio que le gusta.

Pero antes de dirigirse a él, dice a Judas:

–          Llámame al responsable de este lugar. Debo presentarme para que no se diga que falto a las costumbres y al respeto.

Judas replica:

–          Maestro, Tú estás por encima de las costumbres. Nadie tiene más derecho que Tú a hablar en la Casa de Dios; Tú, su Mesías.

–          Yo eso lo sé y tú también lo sabes, pero ellos no. No he venido para escandalizar, como tampoco para enseñar a violar la Ley o las costumbres.

Antes bien, he venido justamente para enseñar respeto, humildad y obediencia; para hacer desaparecer los escándalos.

Por ello quiero pedir el permiso para hablar en nombre de Dios, haciéndome reconocer digno de ello por el responsable del lugar.

–           La otra vez no lo hiciste.

–           La otra vez me abrasaba el celo de la Casa de Dios, profanada por demasiadas cosas.

La otra vez Yo era el Hijo del Padre, el Heredero que en nombre del Padre y por amor de su Casa actuaba con la majestad que me es propia y que está por encima de magistrados y sacerdotes.

 Ahora soy el Maestro de Israel, y le enseño a Israel también esto.

Y además, Judas, ¿Tú crees que el discípulo es más que su Maestro?

–            No, Jesús.

–           ¿Y tú quién eres? ¿Y quién soy Yo?

–            Tú, el Maestro; yo, el discípulo.

–            Y entonces, si reconoces que son así las cosas, ¿Por qué quieres enseñar a tu Maestro? Ve y obedece. Yo obedezco a mi Padre, tú obedece a tu Maestro.

Condición primera del Hijo de Dios es ésta: obedecer sin discutir, pensando que el Padre sólo puede dar órdenes santas.

Condición primera del discípulo es obedecer a su Maestro, pensando que el Maestro sabe y sólo puede dar órdenes justas.

–              Es verdad. Perdona. Obedezco.

–              Perdono. Ve. Escucha, Judas, esta otra cosa: acuérdate de esto, recuérdalo siempre.

–             ¿Obedecer? Sí.

–             No. Recuerda que Yo fui respetuoso y humilde para con el Templo; para con el Templo, o sea, con las clases poderosas. Ve.

Judas lo mira pensativo, interrogativamente…

Pero no se atreve a preguntar nada más, y se va meditabundo.

Vuelve con un personaje solemnemente vestido.

–              Este es, Maestro, el magistrado.

–              La paz sea contigo. Solicito enseñar, entre los rabíes de Israel, a Israel.

–             ¿Eres rabí?

–            Lo soy.

–            ¿Quién fue tu maestro?

–            El Espíritu de Dios, que me habla con su sabiduría y me ilumina cada una de las palabras de los Textos Santos.

–           ¿Eres más que Hil.lel, Tú, que sin maestro afirmas que sabes toda doctrina? ¿Cómo puede uno formarse si no hay uno que le forme?

–           Como se formó David, pastorcito ignorante que llegó a ser rey poderoso y sabio por voluntad del Señor.

–           Tu nombre.

–           Jesús de José de Jacob, de la estirpe de David, y de María de Joaquín, de la estirpe de David y de Ana de Aarón.

María, la Virgen que casó en el Templo, porque era huérfana, el Sumo Sacerdote, según la ley de Israel.

–           ¿Quién lo prueba?

–           Todavía debe haber aquí levitas que se acuerden de ese hecho, coetáneos de Zacarías de la clase de Abías, pariente mío. Pregúntaselo a ellos, si dudas de mi sinceridad.

–            Te creo. ¿Pero quién me prueba que sepas enseñar?

–            Escúchame y podrás juzgar por ti mismo.

–            Si quieres puedes enseñar… Pero… ¿No eres nazareno?

–            Nací en Belén de Judá en tiempos del censo ordenado por el César. Proscritos a causa de disposiciones injustas, los hijos de David están por todas partes. Pero la estirpe es de Judá.

–            Ya sabes… los fariseos… toda Judea… respecto a Galilea…

–            Lo sé. No temas. En Belén vi la luz por primera vez, en Belén Efratá de donde viene mi estirpe; si ahora vivo en Galilea es sólo para que se cumpla lo que está escrito…

El magistrado se aleja unos metros acudiendo a una llamada.

Judas pregunta:

–            ¿Por qué no has dicho que eres el Mesías?

–            Mis palabras lo dirán.

–            ¿Qué es lo que está escrito y debe cumplirse?

–             La reunión de todo Israel bajo la enseñanza de la palabra del Cristo. Yo soy el Pastor de que hablan los Profetas y vengo a reunir a las ovejas de todas las regiones, a curar a las enfermas, a conducir al pasto bueno a las errantes.

Para mí no hay Judea o Galilea, Decápolis o Idumea. Sólo hay una cosa: el Amor que mira con un único ojo y une en un único abrazo para salvar…

Se le ve inspirado a Jesús. ¡Tanto sonríe a su sueño, que parece emanar destellos! Judas lo observa admirado.

Entre tanto, algunas personas curiosas, se han acercado a los dos, cuyo aspecto imponente y distinto en ambos, atrae e impresiona.

Jesús baja la mirada.

Sonríe a esta pequeña multitud con esa sonrisa suya cuya dulzura ningún pintor podrá nunca reflejar fidedignamente y ningún creyente que no la haya visto puede imaginar.

Y dice:

–          Venid, si os sentís deseosos de palabras eternas.

Se dirige hacia un arco del pórtico; bajo él, apoyado en una columna, empieza a hablar.

Toma como punto de partida lo que sucedió por la mañana.

–          Esta mañana, entrando en Sión, he visto que por pocos denarios dos hijos de Abraham estaban dispuestos a matarse.

Habría podido maldecirlos en nombre de Dios, porque Dios dice: “No matarás” y también afirma que quien no obedece a su ley será maldito.

Pero he tenido piedad de su ignorancia respecto al espíritu de la Ley y me he limitado a impedir el homicidio, para que puedan arrepentirse, conocer a Dios, servirle obedientemente, amando no sólo a quien los ama, sino también a los enemigos.

Sí, Israel. Un nuevo día surge para ti. Más luminoso se hace el precepto del amor. ¿Acaso empieza el año con el nebuloso Etanim, o con el triste Kisléu de jornadas más breves que un sueño y noches tan largas como una desgracia?

No, el año comienza con el florido, luminoso, alegre Nisán, cuando todo ríe y el corazón del hombre, aun el más pobre y triste, se abre a la esperanza;

porque llega el verano, la cosecha, el sol, la fruta; cuando dulce es dormir, incluso en un prado florecido, con las estrellas como candil; cuando es fácil alimentarse porque todo terrón produce hierba o fruto para el hambre del hombre.

Mira, Israel. Ha terminado el invierno, tiempo de espera. Ahora toca la alegría de la promesa que se cumple. El Pan y el Vino pronto se ofrecerán para saciar tu hambre. El Sol está entre vosotros.

Todo, ante este Sol, adquiere un respiro más dulce y amplio, incluso el precepto de nuestra Ley, el primero, el más santo entre los preceptos santos: ‘Ama a tu Dios y ama a tu prójimo”.

En el marco de la luz relativa que hasta ahora te ha sido concedida, se te dijo — no habrías podido hacer más, porque sobre ti pesaba todavía la cólera de Dios por la culpa de Adán de falta de amor — se te dijo:

‘Ama a los que te aman y odia a tu enemigo”.

 Pero era tu enemigo no sólo quien traspasaba las fronteras de tu patria, sino también el que te había faltado en privado, o que te parecía que hubiera faltado.

Si le pedimos a ABBA que su Presencia en nosotros ACTÚE, PARA AMAR A NUESTROS ENEMIGOS, ¡Seremos testigos de un portentoso Milagro, que nos ayudará a CRECER en el amor!

Así que el odio anidaba en todos los corazones, porque ¿Quién es el hombre que, queriendo o sin querer, no ofende al hermano? y ¿Quién el que llega a la vejez sin que le hayan ofendido?

Yo os digo: amad incluso a quien os ofende. Hacedlo pensando que Adán fue un prevaricador respecto a Dios y que por Adán todo hombre lo es y que no hay ninguno que pueda decir: “Yo no he ofendido a Dios”.

Y sin embargo, Dios perdona no una sola vez, sino muchas, muchísimas, muchísimas veces. Y es prueba de ello la permanencia del hombre sobre la tierra.

Perdonad pues, como Dios perdona. Y, si no podéis hacerlo por amor hacia el hermano que os ha perjudicado,

hacedlo por amor a Dios, que os da pan y vida, que os tutela en las necesidades terrenas y ha orientado todo lo que sucede a procuraros la eterna paz en su seno.

Esta es la Ley nueva, la Ley de la primavera de Dios, del tiempo florecido de la Gracia que se ha hecho presente entre los hombres, del tiempo que os dará el Fruto sin igual que os abrirá las puertas del Cielo.

La voz que hablaba en el desierto no se oye, pero NO ESTÁ MUDA.

Habla todavía a Dios en favor de Israel y le habla todavía en el corazón a todo israelita recto.

Y dice: después de haberos enseñado: a hacer penitencia para preparar los caminos al Señor que viene; a tener caridad dando lo superfluo a quien no tiene ni siquiera lo necesario; a ser honestos no causando extorsiones o maltratando a nadie.

Jesús, Cordero de Dios, que quitas el pecado del mundo, ten piedad de nosotros.

Os dice: “El Cordero de Dios, quien quita los pecados del mundo, quien os bautizará con el fuego del Espíritu Santo está entre vosotros; El limpiará su era, recogerá su trigo”.

Sabed reconocer a Aquel que el Precursor os indica. Sus sufrimientos se elevan a Dios para procuraros luz. Ved.

Ábranse vuestros ojos espirituales. Conoceréis la Luz que viene.

Yo recojo la voz del Profeta que anuncia al Mesías y con el poder que me viene del Padre, la amplifico y añado mi poder.

Y os llamo a la verdad de la Ley. Preparad vuestros corazones a la gracia de la Redención cercana.

El Redentor está entre vosotros. Dichosos los dignos de ser redimidos por haber tenido buena voluntad.

La paz sea con vosotros.

Uno pregunta:

–          Hablas con tanta veneración del Bautista, que se diría que eres discípulo suyo. ¿Es así?

Jesús contesta:

–          Él me bautizó en las orillas del Jordán antes de que lo apresaran. Le venero porque él es santo a los ojos de Dios. En verdad os digo que entre los hijos de Abraham no hay ninguno que lo supere en gracia.

Desde su venida hasta su muerte, los ojos de Dios se habrán posado sin motivo de enojo sobre este bendito.

–          ¿Él te confirmó lo relativo al Mesías?

–           Su palabra, que no miente, señaló el Mesías vivo a los presentes.

–           ¿Dónde? ¿Cuándo?

–           Cuando llegó el momento de señalarlo.

Judas se siente en el deber de decir a diestra y siniestra:

–            El Mesías es el que os está hablando. Yo os lo testifico, yo que lo conozco y soy su primer discípulo.

–            ¡Él!… ¡Oh!…

La gente, atemorizada, se echa un poco hacia atrás.

Pero Jesús se muestra tan dulce, que vuelven a acercarse. 

Judas continúa con su proclama:

–             Pedidle algún milagro. Es poderoso. Cura. Lee los corazones. Da respuesta a todos los porqués. 

Uno solicita:

–             Intercede por mí, que estoy enfermo. El ojo derecho está muerto, el izquierdo se está secando..

–             Maestro.

–             Judas.  

Jesús, que estaba acariciando a una niña pequeña, se vuelve.

–            Maestro, este hombre está casi ciego y quiere ver. Le he dicho que Tú puedes curarlo.

–            Puedo para quien tiene fe.  

Jesús se vuelve hacia el enfermo y le pregunta:

.            Hombre, ¿Tienes fe?

–           Yo creo en el Dios de Israel. Vengo aquí para meterme en Bethesda, pero siempre hay uno que me precede.

–           ¿Puedes creer en Mí?

–            Si creo en el ángel de la piscina, ¿No voy a creer en Tí, de quien tu discípulo dice que eres el Mesías?

Jesús sonríe.

Se moja el dedo con saliva y roza apenas el ojo enfermo.

Luego pregunta:

–            ¿Qué ves?

–            Veo las cosas sin la niebla de antes. Y el otro, ¿No me lo curas?

Jesús sonríe de nuevo.

Vuelve a hacer lo mismo, esta vez con el ojo ciego.

–            ¿Qué ves? – le pregunta, levantando del párpado caído la yema del dedo.

–            ¡Ah, Señor de Israel, veo tan bien como cuando de niño corría por los prados! ¡Bendito Tú, eternamente!

El hombre llora postrado a los pies de Jesús.

–            Ve. Sé bueno ahora por gratitud hacia Dios.

Un levita, que había llegado cuando estaba concluyéndose el milagro…

Pregunta:

–             ¿Con qué facultad haces estas cosas?

–             ¿Tú me lo preguntas? Te lo diré, si me respondes a una pregunta. Según tu parecer, ¿Es más grande un profeta que profetiza al Mesías o el Mesías mismo?

–             ¡Qué pregunta! El Mesías es el más grande: ¡es el Redentor que el Altísimo ha prometido!

–             Entonces, ¿Por qué los profetas hicieron milagros? ¿Con qué facultad?

–             Con la facultad que Dios les daba para probar a las multitudes que Él estaba con ellos.

–             Pues bien, con esa misma facultad Yo hago milagros. Dios está conmigo, Yo estoy con Él. Yo les pruebo a las multitudes que es así y que el Mesías bien puede, con mayor razón y en mayor medida, lo que podían los profetas.

El levita se marcha pensativo y todo termina.