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382 LA ESTATERA


382 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Las dos barcas tomadas para volver a Cafarnaúm se deslizan por un lago

inverosímilmente calmo: una verdadera lastra de cristal zarco, que, en cuanto pasan

las dos barcas, recompone su lisa unidad.

Pero no son las barcas de Pedro y Santiago, sino otras dos, alquiladas en Tiberíades.

Y Judas se lamenta un poco por haberse quedado sin dinero después de este

último gasto.

Y Judas dice a Tomás:

–         Hemos pensado en los demás.

¿Pero en nosotros?

¿Cómo nos las vamos a arreglar ahora?

Tenía esperanzas de que Cusa…

Pero nada

Estamos en las condiciones de un mendigo, uno de tantos como ahora salen a los

caminos a pedir limosna a los peregrinos.

Rezongando, en voz baja.

Pero éste, bondadoso, responde:

–        ¿Y qué tendría de malo si fuera así?

Yo no me preocupo de nada.

–        Sí, pero a la hora de comer eres el que quiere comer más que ninguno.

–        ¡Claro! Tengo hambre.

También en el hambre soy vigoroso

Bien, pues hoy, en vez de pedir al que suministra el pan y las viandas,

pediré directamente a Dios.

–        ¡Hoy! ¡Hoy!

Mañana estaremos en las mismas condiciones.

Pasado mañana será lo mismo.

Y estamos yendo hacia la Decápolis, donde no nos conocen y son medio paganos.

No es sólo el pan, también se gastan las sandalias, y luego…

Los pobres que te dan la lata y uno se podría sentir mal y…

–        Y, si sigues más todavía,

dentro de poco ya me habrás imaginado muerto

y tendrás que proveer para un funeral.

¡Pero cuántas preocupaciones!

Yo… Es que no tengo ninguna preocupación.

Estoy alegre, tranquilo como un recién nacido.

Jesús, que parecía absorto en sus pensamientos,

sentado en la proa, casi en el borde,

se vuelve y dice fuerte a Judas que está en la popa.

Pero lo dice como hablando a todos:

–        Está muy bien no tener ni un dracma.

Así brillará más la paternidad de Dios incluso en las cosas más pequeñas.

Judas dice con acritud:

–        Desde hace unos días para ti está todo bien.

Bien si no se produce un milagro,

bien si no nos dan dinero, bien haber dado todo lo

que teníamos; en definitiva, todo bien…

Pero yo me siento muy incómodo…

Eres un Maestro grato,

un santo Maestro, pero para la vida material… no vales nada.

Judas lo ha dicho, como haciendo una observación a un hermano bueno de cuya

bondad imprevisora incluso se gloría.

Y Jesús, sonriendo,

le responde:

–        Es mi mejor cualidad:

Ser un hombre que no vale nada para la vida material…

Y, repito: está muy bien no tener ni un dracma.

Y sonríe luminosamente.

La barca roza en el guijarral.

Se detiene.

Bajan de ella.

Mientras tanto, la otra barca se acerca para detenerse.

Jesús, con Judas, Tomás, Tadeo y Santiago, Felipe y Bartolomé,

se encamina hacia la casa…

Pedro baja de la segunda barca, con Mateo, los hijos de Zebedeo, Simón Zelote y Andrés.

Pero Pedro no se pone en marcha como todos,

sino que se queda en la orilla hablando con los barqueros que los han traído,

Y luego los ayuda a partir de nuevo.

Después, se vuelve a poner la túnica larga y remonta la playa en dirección a la casa.

Atravesando la plaza del mercado, vienen hacia él dos, lo paran,

y dicen:

–        Escucha, Simón de Jonás.

–        Escucho.

¿Qué queréis?

–        ¿Tu Maestro, por el hecho de serlo, paga o no las dos dracmas que

corresponden al Templo?

–        ¡Claro que las paga!

¿Por qué no lo iba a hacer?

–        Pues… porque dice que es el Hijo de Dios y…

–        Y lo es – replica secamente Pedro, que ya está rojo de indignación.

Luego añade:

–        «Pero, dado que también es un hijo de la Ley,

el mejor que tiene la Ley, paga sus dracmas como todo israelita…

–        Según lo que sabemos no es así.

Nos han dicho que no paga, así que le aconsejamos que pague.

Pedro, cuya paciencia está para agotarse,

balbucea:

–        Mmm-m-m

Mmm-m-m…

Mi Maestro no necesita vuestros consejos.

Id en paz y decid al que os envía que las dracmas serán depositadas en la primea ocasión.

–        ¡En la primera ocasión!…

¿Y por qué no enseguida?

¿Quién nos asegura que lo vaya a hacer, si está siempre acá o allá sin rumbo fijo?

–           Enseguida no, porque en este momento no tiene ni un dracma.

Podríais ponerlo boca abajo y no caería al suelo ni una sola moneda.

Estamos todos sin un solo denario, porque nosotros, que no somos fariseos,

que no somos escribas, que no somos saduceos, que no somos ricos,

que no somos espías, que no somos áspides,

normalmente damos lo que tenemos a los pobres, por su doctrina. ¿Entendéis?

Y ahora hemos dado todo.

Y mientras no intervenga el Altísimo podemos morir de hambre o ponernos a pedir

limosna en una esquina de la calle.

Decid también esto a los que dicen que Él es un comilón ¡Adiós!

Y los deja plantados y se marcha barbotando y ardiendo de enojo.

Entra en casa y sube a la habitación de arriba, donde está Jesús escuchando a uno

que le ruega que vaya a una casa que está en el monte de detrás de Magdala,

donde hay uno muriéndose.Jesús despide al hombre prometiendo que irá enseguida,

Luego cuando éste se marcha,

se vuelve hacia Pedro, que se ha sentado en un rincón y está pensativo,

y le dice:

–        ¿Qué opinas, Simón?

¿Según las reglas, los reyes de la tierra de quién reciben los tributos y el censo?,

¿De sus propios hijos o de los extraños?

Pedro se sobresalta.

Dice:
–        ¿Cómo sabes, Señor, lo que debía decirte?

Jesús sonríe haciendo un gesto como diciendo:

«        No le des importancia».

Luego agrega:

–        Responde a lo que te pregunto.

–        De los extraños, Señor.

–        Entonces los hijos están eximidos, como efectivamente es justo

Porque un hijo es de la sangre y casa de su padre.

Y no debe pagar al padre sino el tributo del amor y la obediencia.

Así que Yo, Hijo del Padre, no debería pagar tributo al Templo,

que es la casa del Padre.

Les has respondido bien.

Pero, como hay una diferencia entre tú y ellos…

Y es ésta:

Que tú crees que Yo soy el Hijo de Dios.

Y ellos y quienes los han enviado no lo creen;

pues, para no escandalizarlos, pagaré el tributo.

Y además enseguida,

mientras están todavía en la plaza recaudando.

Los apóstoles se han acercado y oído el asunto a tratar.

Judas pregunta:

–        ¿Y con qué, si no tenemos ni un céntimo?

¿Ves como es necesario tener algo?

Felipe dice:

–        Se lo pedimos prestado al dueño de la casa.

Jesús hace con la mano un gesto de guardar silencio,

y dice:

–        Simón de Jonás, ve a la orilla del mar y echa lo más lejos que puedas

un sedal provisto de un anzuelo resistente.

En cuanto pique el pez, tira hacia ti el sedal.

Será un pez grande.

En la orilla ábrele la boca.

Encontrarás dentro un estáter.

Tómalo,

Ve donde aquellos dos y paga por Mí y por ti.

Luego trae el pez.

Lo asaremos.

Y Tomás, caritativamente, nos proveerá de un poco de pan.

Comeremos e iremos enseguida donde el hombre que está muriéndose.

Santiago y Andrés, preparad las barcas, que las usaremos para ir a Mágdala;

la vuelta la haremos esta noche a pie para no estorbar la pesca a Zebedeo y al

cuñado de Simón.

Pedro se marcha.

Un rato después se le ve en la orilla,

montando en una barca cuya proa está ya metida en el agua.

Echa un cordel delgado y fuerte, provisto hacia el final de una piedra pequeña, o

plomo, y que termina en el hilo fino del sedal propiamente dicho.

Las aguas del lago se abren con salpicaduras de plata cuando el peso se hunde en él;

luego todo vuelve a la calma mientras las aguas se serenan después de un alejarse de

giros concéntricos…

Pasa un rato.

El cordel, que estaba flojo en las manos de Pedro, se tensa y vibra…

Pedro tira, tira, tira.

La cuerda sufre sacudidas cada vez más enérgicas.

Al final, da un tirón y el sedal emerge con su presa, que se contorsiona en el aire,

formando un arco por encima de la cabeza del pescador,

para luego caer en la arena amarillenta,

donde se contuerce, sufriendo el espasmo del

anzuelo que le hiende el paladar y el de la asfixia que comienza.

Es un magnífico pez, grande como un rombo del peso de al menos tres quilos.

Pedro le arranca el anzuelo de los labios carnosos, le mete en la garganta su grueso

dedo y extrae una gruesa moneda de plata.

La coge entre el pulgar y el índice y la levanta para mostrársela al Maestro,

que está en el pretil de la terraza.

Luego recoge el cordel, lo enrolla, toma el pez

y se echa a correr en dirección a la plaza.

Los apóstoles se han quedado todos de piedra…

Jesús sonríe,

y dice:
–        Así habremos eliminado un escándalo…

Regresa Pedro:

–        Ya estaban para venir aquí

Y además con Elí, el fariseo.

He tratado de ser delicado como una niña.

Los he llamado y he dicho:

–        «¡Eh, enviados del Fisco!

Tomad. ¿Son cuatro dracmas, verdad?

Pues dos por el Maestro y dos por mí.

¿Estamos en paz, no?

Hasta que nos veamos en el valle de Josafat,

especialmente contigo, querido amigo».

Se han ofendido porque he dicho «Fisco»

«Somos del templo, no del Fisco.”

«Cobráis impuestos como los recaudadores.

Todo recaudador para mí es “fisco” «‘ he respondido.

Pero él me ha dicho:

«¡Insolente! ¿Me estás deseando la muerte?».

«¡No, amigo! De ninguna manera.

Te deseo un feliz viaje al valle de Josafat.

¿No vas para la Pascua a Jerusalén?

Pues podremos encontrarnos por allí, amigo».

«No lo deseo, ni quiero que te permitas llamarme amigo tuyo.”

«Efectivamente, es demasiado honor» he respondido.

Y me he vuelto.

Lo mejor es que estaba allí medio Cafarnaúm,

que ha visto que he pagado por Ti y por mí.

Así esa vieja serpiente ya no podrá decir nada.

Los apóstoles no han podido evitar reírse por la narración y 1a mímica de Pedro.

Jesús quiere estar serio, pero una leve sonrisa se escapa, no obstante, de sus labios

mientras dice:

–        Eres peor que la mostaza.

Y termina:

–        «Asad el pez.

Y vamos a darnos prisa, que para la puesta del sol quiero estar aquí de nuevo.

370 EL PRIMER PONTÍFICE


370 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La llanura costea el Jordán antes de que éste vierta sus aguas en lago de Merón.

Un hermoso llano, en que, cada día que pasa, crecen más exuberantes los cereales

y van  floreciéndose los árboles frutales.

Los montes allende los cuales está Quedes, ahora quedan a espaldas de los

peregrinos, que con frío andan ligeros bajo las primeras luces del día,

mirando anhelantes al sol, que sube y buscándolo, apenas su rayo toca los prados

y acaricia el follaje.

Deben haber dormido al raso o cuando mucho en un pajar, porque las vestiduras

están arrugadas y conservan algunas pajuelas y hojas secas, que ellos se van

quitando según las van descubriendo con la luz más fuerte.

El río anuncia su presencia por su murmullo, que parece fuerte en medio del silencio

matutino del campo.

Y también por una densa hilera de árboles con hojas nuevas,

que tiemblan con la leve brisa de la mañana; pero todavía no se ve,

porque fluye profundo en la rasa llanura.

Cuando sus aguas azules, incrementadas por numerosos torrentes que bajan de los

montes occidentales, se ven brillar entre la hierba nueva de las márgenes,

se está casi en la orilla.

Jesús, que estaba solo, meditativo y que se había parado a esperarlos.

Cuando lo alcanzan, los apóstoles preguntan:

–        ¿Seguimos la orilla hasta el puente, o pasamos el río por aquí?

Jesús responde:

–        Mirad a ver si hay una barca para pasar.

Es mejor atravesar por aquí… 

Bartolomé ceñudo mirando a Judas,

observa:

–         Sí.

En el puente, que está justo en la vía para Cesárea Paneas,

podríamos encontrar otra

vez a algunos que hubieran seguido nuestra pista.

Judas, tranquilo y humilde,

explica:

–        No. No me mires mal.

Yo no sabía que íbamos a venir aquí y no he dicho nada.

Era fácil comprender que de Sefet Jesús iría a las tumbas de los rabíes y a Quedes.

Pero jamás habría imaginado que quisieran llegar hasta la capital de Filipo.

Por tanto, ellos lo ignoran.

Y no nos los encontraremos por culpa mía, ni por su voluntad.

A menos que tengan como guía a Belcebú.  

Bartolomé dice:

 –         Esto está bien.

Porque con cierta gente…

Hay que tener ojo y medir las palabras;

no dejar indicios de nuestros proyectos.

Tenemos que estar atentos a todo.

Si no, nuestra evangelización se transformará en un huir permanente.

Vuelven Juan y Andrés

Dicen:

–          Hemos encontrado dos barcas.

Nos pasan a una dracma por barca.

Vamos a bajar al borde.

Y en dos barquichuelas, en dos turnos, pasan a la otra orilla.

La llanura rasa y fértil los acoge también aquí.

Una llanura fértil y, sin embargo, poco poblada.

Sólo los campesinos que la cultivan tienen casa en ella.

Pedro observa:

–         ¡Mmm!

¿Cómo vamos a conseguir el pan?

Yo tengo hambre.

Y aquí… No tenemos ni siquiera las espigas filisteas…

Hierba y hojas, hojas y flores.

No soy una oveja ni una abeja. 

Sus compañeros sonríen ante su comentario.

Tadeo que iba más adelante, se vuelve y dice:

–         Compraremos pan en el próximo pueblo.

Santiago de Zebedeo concluye:

–        Siempre y cuando no nos hagan huir.

Jesús dice:

–        Absteneos, vosotros que decís que hay que estar atentos a todo;

de la levadura de los fariseos y saduceos;

que creo que la estáis tomando sin reflexionar en lo que de malo hacéis.

¡Tened cuidado!

¡Guardaos!

Los apóstoles se miran unos a otros…

Y cuchichean:

–         ¿Pero qué dice?

Han sido aquella mujer del sordomudo y el posadero de Quedes,

los que nos han dado el pan.

Y está todavía aquí; es el único que tenemos.

Y no sabemos si podremos encontrar pan que comprar para nuestra hambre.

¿Cómo dice, entonces, que compramos a saduceos y fariseos pan con su levadura?

Quizás no quiere que se compre en estos pueblos…

Jesús, que caminaba de nuevo solo adelante, se vuelve otra vez,

diciendo:

–           ¿Por qué tenéis miedo a quedaros sin pan para vuestra hambre?

Aunque aquí todos fueran saduceos y fariseos,

no os quedaríais sin comida por causa

de mi consejo.

No me refiero a la levadura del pan.

Por tanto, podéis comprar donde os parezca el pan para vuestros vientres.

Y, si nadie quisiera vendéroslo, igualmente no os quedaríais sin pan.

¿No os acordáis de los cinco panes con que comieron cinco mil personas?

¿No os acordáis que recogisteis doce cestas colmadas de los trozos sobrados?

Podría hacer para vosotros, que sois doce y tenéis un pan,

lo que hice para cinco mil con cinco panes.

¿No comprendéis a qué levadura aludo?

A la que fermenta en el corazón de los fariseos, saduceos y doctores, contra Mí.

Eso es odio, es herejía.

Y vosotros estáis yendo hacia el odio, como si hubiera entrado en vosotros parte de

la levadura farisaica.

No debemos odiar ni siquiera a nuestro enemigo.

No abráis siquiera una rendija a lo que no es Dios.

Tras el primero entrarían otros elementos contrarios a Dios.

Hay veces que, por excesivo deseo de combatir a los enemigos con las mismas armas,

uno termina pereciendo o vencido.

Y, una vez vencidos, podríais, por contacto, absorber sus doctrinas.

No. Tened caridad y prudencia.

No tenéis en vosotros todavía tanto, como para poder combatir estas doctrinas,

sin que ellas mismas os contaminen.

Porque también vosotros tenéis algunos de sus elementos, de los cuales uno es el  odio a ellos.

Os digo más: podrían cambiar de método para seduciros

y arrancaros de Mí, usando  con vosotros mil amabilidades,

mostrándose arrepentidos, deseosos de hacer la paz.

No debéis huir de ellos.

Pero, cuando quieran daros sus doctrinas, habréis de saber no acogerlas.

A esta levadura me refiero.

Es la malevolencia que va contra el amor.

Y las falsas doctrinas.

Os digo: sed prudentes.

Tomás pregunta:

–         ¿Esa señal que pedían los fariseos ayer tarde era «levadura” Maestro? 

Jesús responde: 

–          Era levadura y veneno.

–          Has hecho bien en no dársela.

–          Pero se la daré un día.

Varios preguntan curiosos:

–        ¿Cuándo? ¿Cuándo?

–        Un día…

–        ¿Y qué señal es?

Pedro pregunta:

–         ¿No nos lo dices ni siquiera a nosotros, tus apóstoles?

Para poder reconocerla inmediatamente.

–          Vosotros no deberíais necesitar una señal.

Santiago de Zebedeo replica con vehemencia:

–        ¡Bueno, no para poder creer en Ti!

No somos gente con muchos pensamientos.

Tenemos uno sólo: amarte a Tí. 

–         Pero, la gente….

Vosotros que tratáis con ella, así llanamente más que Yo,

sin el sentido de temor que Yo puedo infundir

¿Quién dice que Soy?

¿Y cómo define al Hijo del hombre?

Bartolomé argumenta:

–          Hay quien dice que Tú eres Jesús, o sea, el Cristo.

Y son los mejores;

los otros te consideran Profeta, otros sólo Rabí, y otros

– ya lo sabes – un loco y un endemoniado.

–           Pero hay alguno que usa para Ti el mismo nombre que Tú te das

y te llama: «Hijo del hombre».

–          Y algunos dicen también que no puede ser eso,

porque el Hijo del hombre es otra cosa muy distinta. 

Y esto no es siempre una cosa negativa;

porque, en el fondo, admiten que eres más que el Hijo del hombre:

eres el Hijo de Dios.

Otros, sin embargo, dicen que Tú no eres siquiera el Hijo del hombre;

sino un pobre hombre agitado por Satanás o a merced de la demencia.

Como puedes ver, los pareceres son muchos y todos distintos.

Pero Jesús insiste:

–         ¿Pero, para la gente, entonces, quién es el Hijo del hombre?

Simón Zelote confirma:

–          Es un hombre que debe poseer todas las virtudes más hermosas del hombre,

Un hombre que reúna en sí todos los requisitos de la inteligencia,

sabiduría, gracia, que pensamos que tenía Adán

Y algunos, a estos requisitos, añaden el de no morir.

Ya sabes que circula la voz de que Juan Bautista no ha muerto;

sino solamente que ha sido transportado a otro lugar por los ángeles.

Y que Herodes, para no reconocerse vencido por Dios,

y más todavía Herodías,

han mostrado, como cadáver del Bautista, el cuerpo mutilado del siervo. ¡

Bueno, la gente dice tantas cosas!…

Por eso, hay muchos que piensan que el Hijo del hombre es Jeremías, Elías o

alguno de los Profetas.

E incluso el mismo Bautista, que tenía sabiduría y gracia.

Y se decía el Precursor del Cristo.

Cristo: el Ungido de Dios.

El Hijo del hombre: un gran hombre nacido del hombre.

Muchos no pueden admitir…

O no quieren admitirlo, que Dios haya podido enviar a su Hijo a la Tierra.

Tú ayer lo dijiste:

«Creerán sólo los que están convencidos de la infinita bondad de Dios».

Bartolomé añade:

–         Israel cree en el rigor de Dios más que en su bondad…

Zelote confirma:

–          Ya, claro.

Se sienten efectivamente tan indignos,

que juzgan imposible que Dios sea tan bueno

como para mandar a su Verbo a salvarlos.

El estado degradado de su alma, les es obstáculo para creerlo.

Y añade:

–        «Tú mismo dices que eres el Hijo de Dios y del hombre.

En efecto, en Tí mora toda gracia y sabiduría como hombre.

Y yo pienso que, realmente, uno que hubiera nacido de un Adán en gracia,

se habría parecido a Ti en belleza, inteligencia en todas las demás cualidades.

Y en Ti brilla Dios por la potencia.

¿Pero quiénes de los que se creen dioses y en su soberbia infinita, miden a Dios con

el patrón de sí mismos podrán creerlo?

Ellos, los crueles, los que odian, los rapaces, los impuros;

NO PUEDEN claro, pensar que Dios haya extendido su dulzura,

HASTA DARSE A SÍ MISMO PARA REDIMIRLOS…

Su amor hasta salvarlos, su generosidad hasta entregarse a merced del hombre,

su pureza hasta sacrificarse en medio de nosotros.

No pueden, no, siendo como son tan inexorables y escrupulosos,

en buscar y castigar las culpas.

Jesús insiste:

–        ¿Y vosotros quién decís que soy Yo?

Decidlo por vuestro juicio, sin más;

sin tener en cuenta ni mis palabras ni las de los demás.

Si estuvierais obligados a dar un juicio sobre Mí,

¿Qué diríais que soy?

Pedro grita:

–          ¡Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios Vivo!

Mientras se arrodilla con los brazos extendidos hacia arriba, hacia Jesús.

Y Jesús lo mira con una faz toda luz… 

Y se inclina a levantarlo de nuevo para abrazarlo,

y dice:

–         ¡Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás!

Porque esto no te lo ha revelado la carne ni la sangre,

sino mi Padre que está en los Cielos.

Desde el primer día que viniste a Mí te hiciste esta pregunta.

Y por ser sencillo y honesto, supiste comprender y aceptar,

la respuesta que te venía de los Cielos.

No viste manifestaciones sobrenaturales, como tu hermano, Juan y Santiago.

No conocías mi santidad de hijo, de obrero, de ciudadano,

como Judas y Santiago, mis hermanos.

No fuiste objeto de milagros ni los viste hacer, ni te di señal de poder;

como hice y vieron en el caso de Felipe, Natanael, Simón Cananeo, Tomás, Judas.

No fuiste subyugado por mi Voluntad como en el caso de Leví el publicano.

Y, no obstante, exclamaste: «¡El es el Cristo!»‘.

Desde la primera hora en que me viste, creíste.

Y nunca tu fe se ha tambaleado.

Por eso te llamé Cefas.

Y por esto, sobre ti, Piedra, edificaré mi Iglesia… 

Y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella

A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos.

Lo que atares en la tierra será atado en los Cielos; lo que desatares en la tierra

será desatado en los Cielos.

Sí, hombre fiel y prudente, cuyo corazón he podido pulsar.

Y aquí, desde este momento, tú eres el Jefe y se te debe obediencia y respeto;

como a otro Yo mismo.

Esto le proclamo delante de todos vosotros.

Si Jesús hubiera aplastado a Pedro con una granizada de correcciones,

el llanto de Pedro no habría sido tan alto.

Llora todo convulso de sollozos, apoyada la cara en el pecho de Jesús.

Un llanto que encuentra paralelo sólo en aquél, incontenible;

de su dolor de haber renegado a Jesús

El de ahora está hecho de mil sentimientos humildes y buenos…

Otro poco del antiguo Simón, el pescador de Betsaida que, ante el primer anuncio

de su hermano, se había reído diciendo: « ¡El Mesías se te aparece a Ti!…

¡Precisamente!» incrédulo y jocoso

un poco mucho del antiguo Simón se desmorona bajo ese llanto,

para dejar aparecer, bajo la costra ahora más delgada de su humanidad,

cada vez más claramente, al Pedro Pontífice de la Iglesia de Cristo.

Cuando levanta la cara tímido, confuso, no sabe hacer sino un acto para decir todo,

para prometer todo,

para entregarse todo con renovada energía al nuevo ministerio:

echar sus cortos y musculosos brazos al cuello de Jesús.

Y obligarle a inclinarse más para besarlo, mezclando sus cabellos y su barba,

un poco híspidos y entrecanos,

con los cabellos y la barba, suaves y dorados, de Jesús.

Y luego lo mira, con una mirada de adoración, amorosa, suplicante;

de sus ojos un poco overos, brillantes y rojos de las lágrimas lloradas,

mientras tiene entre sus manos callosas, anchas, rudas;

cual si se tratara de un vaso del que fluyera licor vital,

el rostro ascético del Maestro,

inclinado hacia el suyo…

Y bebe, bebe, bebe dulzura y gracia, seguridad y fuerza, de ese rostro;

de esos ojos, de esa sonrisa…

Se separan por fin y reanudan la marcha hacia Cesárea de Filipo.

Jesús entonces dice a todos:

–         Pedro ha dicho la verdad.

Muchos la intuyen, vosotros la sabéis. 

Pero, por ahora, no digáis a nadie lo que es el Cristo, en la verdad completa

de lo que sabéis.

Dejad que Dios hable en los corazones como habla en el vuestro.

En verdad os digo que quienes a mis afirmaciones o a las vuestras,

añaden la fe perfecta y el perfecto amor;

llegan a saber el verdadero significado de las palabras `

Jesús, el Cristo, el Verbo, el Hijo del hombre y de Dios».

369 EL MESÍAS


369 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad de Quedes está situada en un monte, de una cadena de colinas,

que se orienta de norte a sur: con dos líneas paralelas,

que se estrechan y forman casi un esbozo de X.

En el punto más estrecho, se sitúa Quedes: extendida desde la cima a las laderas,

más bien poco inclinadas, dominando el valle fresco y verde.

Es una bella ciudad rodeada de muros, con casas bonitas y una imponente sinagoga;

como imponente también es la fuente, con sus muchas bocas que dejan caer agua

fresca y abundante en la pila de la cual salen unos canalillos destinados a alimentar otras fuentes, 

Jesús entra en esta ciudad en día de mercado.

Su mano ya no está vendada,

pero tiene todavía una costra oscura y un amplio hematoma en el dorso.

También Santiago de Alfeo tiene una pequeña costra, en la sien

y todo alrededor, tiene una amplia moradura.

Andrés y Santiago de Zebedeo menos heridos,

ya no muestran señales de la pasada aventura.

Y caminan ligero, mirando a los lados y hacia atrás, porque están escalonados,

delante, detrás y al lado de Jesús.

Andrés dice:

–         ¡Pero ésta es una ciudad de refugio!

Pedro le responde:

–         ¡Sí, vaya!

¡Precisamente ellos van a respetar el amparo y la santidad de un lugar!

¡Pero qué ingenuo eres, hermano! 

Jesús va entre los dos Judas.

Delante de Él, en vanguardia, Santiago y Juan.

Y luego el otro Santiago con Felipe y Mateo.

Detrás de Él, Pedro, Andrés y Tomás.

Los últimos, Simón Zelote y Bartolomé

Todo va bien hasta la entrada en una bonita plaza;

la de la taza de la fuente y la sinagoga.

En la que se que se aglomera la gente que trata de negocios.

El mercado, está más abajo y en el suroeste de la ciudad,

donde desembocan la vía principal que viene del sur

y la otra por la que viene el grupo apostólico. 

Jesús, que viene del oeste ambas confluyen en ángulo recto y se funden en una sola,

que penetra por la puerta de la ciudad hasta transformarse en una vasta plaza oblonga,

en la que hay asnos y esteras, vendedores, compradores, y el consabido jaleo…

Pero cuando llegan a esta plaza más bonita que es el corazón de la ciudad

cuando llegan a esta plaza, empiezan las dificultades.

Junto al portón amplio y bello adornado con esculturas y frisos de la rica sinagoga,

hay un grupo numeroso de fariseos y saduceos,

parecen un grupo de sabuesos rastreros y gruñidores, a la espera de saltarle encima

al acecho de la presa, cuyo olor han sentido ya en el viento

grupo mezclado – como elemento excitante – con un grupito de rabíes

ya vistos en Yiscala, entre los cuales aquél llamado Uziel.

Y enseguida unos a otros se hacen señas indicando a Jesús y a los apóstoles. 

Juan exclama asustado: 

–          ¡Vaya, Señor!

¡Están también aquí! 

Volviéndose hacia atrás a hablar con Jesús.

Jesús dice:

–        No temas.

Sigue adelante seguro.

De todas formas, los que no se sientan dispuestos a hacer frente a esos desdichados

que se retiren y se vayan a la posada.

Quiero por encima de todo hablar aquí, en esta antigua ciudad levítica y de refugio.

Protestan todos:

–          Maestro, ¿Cómo puedes pensar que te vamos a dejar solo?

!Que nos maten a todos, si quieren!.

Nosotros compartiremos tu suerte.

Jesús pasa por delante del grupo enemigo.

Y va a colocarse contra la tapia de un jardín,

por encima de la cual llueven los cándidos pétalos de un peral en flor:

la tapia oscura y la nube cándida son marco y corona de Cristo,

que tiene enfrente a sus doce.

Jesús empieza a hablar.

Y su bonita voz entonada, llena la plaza y hace volverse a quienes están en ella.

Que dice:

–         ¡Vosotros, aquí reunidos, venid a escuchar la Buena Nueva,

porque más útil que los negocios y las monedas,

es la conquista del Reino de los Cielos!  

La plaza se llena de comentarios:

–        ¡Oh, pero si ése es el Rabí galileo! – dice uno.

–        Venid. Vamos a oír lo que dice.

–        Quizás hace algún milagro.

Y otro

–        Yo, en Bet Yinna, le vi hacer uno.

¡Y qué bien habla!

–        No como esos gavilanes rapaces y esas serpientes astutas.

Pronto mucha gente circunda a Jesús.

Y Él prosigue para esta gente atenta:

–          En el corazón de esta ciudad levítica no quiero recordar la Ley.

Sé que la tenéis presente en vuestros corazones como en pocas ciudades de Israel,

Y lo demuestra incluso el orden que en ella he encontrado,

la honestidad de que me han dado prueba los comerciantes a quienes he comprado

el alimento para mí y mi pequeño rebaño.

Y esta sinagoga, ornamentada como conviene al lugar donde se honra a Dios.

Mas, dentro de vosotros hay también un lugar donde se honra a Dios,

un lugar donde residen las aspiraciones más santas y resuenan las palabras más

dulcemente esperanzadoras de nuestra fe y las oraciones más ardientes

para que la esperanza se haga realidad: el alma:

éste es el lugar santo e individual, donde se habla de Dios y con Dios

en espera de que la Promesa se cumpla.

Pero la Promesa se ha cumplido ya. Israel tiene su Mesías.

Y Él os trae la palabra y la certeza de que el tiempo de la Gracia ha llegado,

de que la Redención está próxima, de que el Salvador está en medio de vosotros,

de que el invicto Reino de Dios comienza.

¡Cuántas veces habréis oído la lectura de Habacuc!

Y los más meditativos de vosotros habrán susurrado:

«Yo también puedo decir “¡Hasta cuándo, Señor, tendré que gritar sin que me prestes oídos?”

Desde hace siglos Israel gime así.

Mas ahora el Salvador ha venido.

El gran hurto, el perpetuo apuro, el desorden y la injusticia causado por Satanás,

están a punto de caer, porque el Enviado por Dios está para reintegrar al hombre

en lo que es su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Reino de Dios.

Miremos la profecía de Habacuc con ojos nuevos,.

Y sentiremos que da testimonio de Mí,

que habla ya el lenguaje de la Buena Nueva que Yo traigo a los hijos de Israel.

Mas aquí soy Yo quien debe expresar un lamento:

«Se ha verificado el juicio, y, no obstante, la oposición triunfa».

Y lo expreso con profundo dolor.

No tanto por mí, que estoy por encima del parecer humano,

cuanto por aquellos que, por ser adversarios, se condenan,

y por los que se extravían por causa de los adversarios.

¿Os asombra lo que digo?

Entre vosotros hay mercaderes de otros lugares de Israel.

Ellos os pueden decir que no miento.

No miento con una vida contraria a lo que enseño

o no haciendo lo que del Salvador se espera.

No miento cuando digo que la oposición humana se yergue contra el juicio de Dios,

que me ha enviado, y contra el juicio de las gentes humildes y sinceras,

que me han oído y juzgado rectamente en lo que soy.

Algunos de la multitud comentan:

–        ¡Es verdad!

–        ¡Es verdad!

–        Nosotros, del pueblo, lo estimamos y sentimos que es santo.

Pero aquéllos (y señalan a los fariseos y compañeros) lo hostigan.

Jesús prosigue

–        En aras de esta oposición se lacera la Ley.

Y cada vez será más maltratada, hasta llegar incluso a abolirla,

con tal de cometer la suprema injusticia, la cual, no obstante, no durará mucho.

Bienaventurados los que en la breve y espantosa espera,

cuando parezca que la oposición haya triunfado contra Mí,

sepan seguir creyendo en Jesús de Nazaret, en el Hijo de Dios,

en el Hijo del hombre, anunciado por los profetas:

Yo podría cumplir el juicio de Dios con toda extensión, salvando a todos los hijos de

Israel.

Mas no podré hacerlo, porque el impío triunfará contra sí mismo,

contra la parte mejor de sí mismo.

Y de la misma forma que pisotea mis derechos y a mis fieles,

pisoteará los derechos de su espíritu, que tiene necesidad de Mí para ser salvado y

que es entregado a Satanás con tal de negármelo a Mí.

Los fariseos murmuran turbulentos.

Pero un anciano de majestuoso porte hace ya un rato que se ha acercado al lugar donde está Jesús

Y ahora, durante un momento de pausa del discurso, dice:

–        Entra en la sinagoga, te lo ruego;

enseña en ella. Nadie tiene más derecho que Tú a hacerlo.

Soy Matías, el jefe de la sinagoga.

Ven, que la Palabra de Dios habite mi casa como mora en tu boca.

Jesús responde:

–         Gracias, justo de Israel.

La paz sea siempre contigo.

Y Jesús, a través de la muchedumbre, que se abre como una ola para dejarlo pasar,

y luego se cierra formando estela y lo sigue,

cruza de nuevo la plaza y entra en la sinagoga,

pasando otra vez por delante de los fariseos gruñidores,

que entran también en la sinagoga, tratando de abrirse paso violentamente.

Pero la gente los mira con cara de pocos amigos,

y dice:

–          ¿De dónde venís.

Id a vuestras sinagogas y esperad allí al Rabí.

Ésta es nuestra casa y entramos nosotros.

Y rabíes, saduceos y fariseos, tienen que soportar quedarse humildemente a la puerta

para no ser expulsados por los habitantes de Quedes.

Jesús está en su sitio.

Tiene cerca al arquisinagogo y a otros de la sinagoga,

. Reanuda su discurso:

–           Habacuc dice – ¡y con qué amor os invita a observar! -:

«Extended vuestra mirada sobre las naciones, y observad, maravillaos, asombraos,

porque en vuestros días ha sucedido una cosa que nadie creerá cuando se la cuenten».

También ahora tenemos enemigos materiales en Israel.

Pero dejad pasar este pequeño detalle de la profecía

y miremos solamente al gran vaticinio enteramente espiritual que contiene.

Porque las profecías, aunque parecen tener una referencia material,

su contenido es siempre espiritual.

La cosa, pues, que ha sucedido

y es tal, que nadie podrá aceptarla si no está convencido de la infinita bondad del verdadero Dios –

es que Él ha mandado a su Verbo para salvar y redimir al mundo.

Dios que se separa de Dios  para salvar a la criatura culpable.

Pues bien, Yo he sido mandado a esto.

Y ninguna fuerza del mundo podrá detener mi ímpetu de. Triunfador sobre reyes

y tiranos, sobre pecados y necedades.

Venceré porque soy el Triunfador.

Una carcajada burlona y un grito se dejan oír desde el fondo de la sinagoga.

La gente protesta.

El jefe de la sinagoga, que está tan concentrado en escuchar a Jesús que tiene incluso

los ojos cerrados, se pone de pie e impone silencio,

amenazando con la expulsión a los perturbadores.

Jesús dice:

–        No te opongas a ellos; es más, invítalos a que expongan sus divergencias .

Los fariseos dicen:

–        ¡Bien! ¡Esto esta bien!

–        Déjanos acercarnos a Ti, que queremos hacerte unas preguntas.

Gritan en tono irónico los objetores.

–      Venid.

Dejadlos pasar, vosotros de Quedes.

Y la gente, con miradas hostiles y caras disgustadas.

Sin que falte uno que otro epíteto, los deja ir adelante.

Jesús en tono severo, pregunta: 

–        ¿Qué queréis saber? 

–         ¿Tú, entonces, dices que eres el Mesías?

¿Estás verdaderamente seguro de ello?

Jesús, con los brazos cruzados, mira con tal autoridad al que ha hablado,

que a éste se le cae de golpe la ironía y cierra la boca.

Pero otro toma la palabra en su lugar,

y dice:

–        No puedes pretender que se te crea por tu palabra.

Cualquiera puede mentir, incluso con buena intención

Para creer se necesitan pruebas.

Danos, pues pruebas de que eres eso que dices ser.

Jesús dice secamente:

–         Israel está lleno de mis pruebas.  

Y varios fariseos dicen:

–        ¡Ah! ¡Esas!…

–        Pequeñas cosas que cualquier santo puede hacer

–        ¡Han sido hechas y serán hechas en el futuro por los justos de Israel! 

Otro añade:

–          ¡Y no se da por sentado que Tú las hagas por santidad y ayuda de Dios!

Se dice, y verdaderamente es muy verosímil, que cuentas con la ayuda de Satanás.

Queremos otras pruebas.

Superiores, cuales Satanás no pueda dar.

¡Sí, hombre, una victoria sobre la muerte!…

–         Ya la habéis visto

–         Eran apariencias de muerte

Muéstranos a uno ya descompuesto que se reanime y recomponga, por ejemplo,

para tener la seguridad de que Dios está contigo.

Dios: el único que puede dar de nuevo respiro al fango que ya se vuelve polvo.

–        Nunca fue pedido esto a los Profetas para creer en ellos.

Un saduceo grita:

–        ¡Tú eres más que un profeta.

¡Tú, al menos Tú lo dices, eres el Hijo de Dios!… ¡Ja! ja!

¿Por qué, entonces, no actúas como Dios?

¡Ánimo, pues! ¡Danos una señal! ¡Una señal!

–         ¡Sí, eso!

Una señal del Cielo que diga que eres Hijo de Dios.

Entonces te adoraremos – grita un fariseo.

–        ¡Sí! ¡Eso es, Simón!

No queremos caer de nuevo en el pecado de Aarón.

No adoramos al ídolo, al becerro de oro,

¡Pero podríamos adorar al Cordero de Dios! ¿No eres Tú?

Si es que el Cielo nos indica que lo eres – dice el que tiene por nombre Uriel, que estaba en Yiscala.

Y ríe sarcásticamente.

Interviene otro, a voces:

–        Déjame hablar a mí, a Sadoq, el escriba de oro.

¡Óyeme, oh Cristo! Demasiados te han precedido, que no eran cristos.

Basta ya de engaños. Una señal de que lo eres.

Dios, si está contigo, no te lo puede negar.

Y nosotros creeremos en Ti y te ayudaremos.

Si no, ya sabes lo que te espera, según el Mandamiento de Dios.

Jesús alza la diestra herida y la muestra bien a su interlocutor.

Diciendo:

–        ¿Ves esta señal?

La has hecho tú. Has indicado otra señal.

Te alegrarás cuando la veas abierta en la carne del Cordero.

¡Mírala! ¿La ves?

La verás también en el Cielo,

cuando te presentes a rendir cuentas de tu modo de vivir.

Porque Yo te he de juzgar.

Y estaré allí arriba con mi Cuerpo glorificado, con las señales de mi ministerio

y del vuestro, de mi amor y de vuestro odio.

Y tú también la verás, Uriel, y tú, Simón, y la verán Caifás y Anás.

16. Y = dicen a los montes = y las peñas: = «Caed sobre nosotros = y ocultadnos de la vista del que está sentado en el trono y de la cólera del Cordero.

Y otros muchos, en el último Día, día de IRA día tremendo.

Y por ello preferiréis estar en el Abismo, porque mi Señal abierta en la mano herida

os asaeteará más que los fuegos del Infierno.

Sadoc replica furioso:

–         ¡Eso son palabras y blasfemias!

¿Tú en el Cielo con el cuerpo?

¡Blasfemo! ¿Tú juez en lugar de Dios?

¡Anatema seas! ¡Insultas al Pontífice!

Merecerías la lapidación – gritan en coro fariseos, saduceos y doctores.

El jefe de la sinagoga se pone de nuevo en pie, patriarcal, con su espléndida canicie 

como un Moisés,

y grita:

–        Quedes es ciudad de refugio y levítica.

Tened respeto…

–        ¡Viejas historias! ¡Ya no cuentan!

–         ¡Oh, lenguas blasfemas!

Vosotros sois los pecadores, no Él, y yo lo defiendo.

No dice nada malo. Explica los Profetas.

Nos trae la Promesa Buena. Y vosotros lo interrumpís, lo tentáis, lo ofendéis.

No lo permito.

Él está bajo la protección del viejo Matías, de la estirpe de Leví por parte de padre y

de Aarón por parte de madre.

Salid y dejad que ilumine con su doctrina mi vejez y la madurez de mis hijos.

Y mientras, tiene su anciana, rugosa mano puesta en el antebrazo de Jesús, como defendiendo.

Los enemigos de Jesús gritan:

–        ¡Que nos dé una señal verdadera y nos iremos convencidos!

–          No te inquietes, Matías. Hablo Yo

Dice Jesús calmando al arquisinagogo.

Y, dirigiéndose a los fariseos, saduceos y doctores, agrega: 

–        Al atardecer examináis el cielo…

Y si, en llegando el ocaso, está rojizo, sentenciáis en virtud de un viejo proverbio:

«Mañana hará buen tiempo, porque el ocaso pone rojo el cielo».

Lo mismo al alba, cuando en el aire pesado de niebla y vaho,  el sol no se anuncia

áureo, sino que parece esparcir sangre por el firmamento, decís:

«No pasará este día sin que haya tormenta».

Sabéis, pues, leer el futuro del día a partir de los signos inestables del cielo

y de los aún más volubles de los vientos.

¿Y no alcanzáis a distinguir los signos de los tiempos?

Esto no honra ni vuestra mente ni vuestra ciencia,

y completamente deshonra vuestro espíritu y vuestra presunta sabiduría.

Sois de una generación malvada y adúltera, nacida en Israel de la unión de quien

fornicó con el Mal.

Vosotros sois sus herederos, y aumentáis vuestra maldad y vuestro adulterio

repitiendo el pecado de los padres de este desmán.

Pues bien, sabedlo, tú, Matías, vosotros, habitantes de Quedes,

y todos los presentes, fieles o enemigos:

Esta es la profecía que digo, profecía mía,

en vez de la que quería explicar de Habacuc: a esta generación malvada y adúltera,

que pide una señal, no le será dada sino la de Jonás…

Vamos.

La paz sea con los buenos de voluntad.

Y, por una puerta lateral, que da a una calle silenciosa situada entre huertos y casas,

se aleja con sus apóstoles.

Pero los de Quedes no se dan por vencidos.

Algunos lo siguen.

Y al ver que ha entrado en una pequeña posada de los arrabales orientales del

pueblo, lo comunican al arquisinagogo y a los conciudadanos;

de forma que no ha terminado de comer todavía Jesús

y ya el patio soleado de la posada está abarrotado de gente,

y el anciano arquisinagogo de Quedes se asoma a la puerta de la habitación donde

está Jesús y se inclina implorando:

–        Maestro, en nosotros ha quedado todavía el deseo de tu palabra.

¡Era tan hermosa, explicada por ti la profecía de Habacuc!

¿Porque haya quien te odia,

deberán quedarse sin conocerte los que te aman y creen en tu verdad?

–          No, padre.

No sería justicia castigar a los buenos por causa de los malos.

Oíd entonces…

Y Jesús deja de comer para asomarse a la puerta

y hablar a los que están aglomerados en el patio

–          En las palabras de vuestro arquisinagogo se oye un eco de las de Habacuc.

Él, en nombre propio y vuestro, confiesa y profesa que Yo soy la Verdad.

Habacuc confiesa y profesa:

«Desde el principio Tú eres, y estás con nosotros y no moriremos».

Y así será. No perecerá quien cree en Mí.

Me pinta el Profeta como Aquel que ha sido establecido por Dios para juzgar,

como Aquel al que Dios ha hecho fuerte para castigar,

como Aquel cuyos ojos son demasiado puros como para ver el mal.

Y que no podrá soportar la iniquidad.

Pero, si bien es verdad que el pecado me repugna,

podéis ver que abro los brazos a los que están arrepentidos de su pecar,

porque soy el Salvador.

Por esto vuelvo la mirada también hacia el culpable e invito al impío a arrepentirse…

¡Oh, vosotros de Quedes, ciudad levítica,

ciudad santificada por el edicto de la caridad

para el culpable de un delito – y todo hombre tiene delitos hacia Dios,

hacia su alma, hacia su prójimo -, venid, pues, a Mí, Refugio de los pecadores!

Aquí, en mi amor, ni siquiera el anatema de Dios podría alcanzaros

porque mi mirada suplicante en favor de vosotros transforma el anatema de Dios

en bendición de perdón.

¡Escuchad, escuchad!

Escribid en vuestros corazones esta promesa,

como Habacuc escribió su profecía cierta en el rollo.

Allí se lee: «Si tarda, esperadlo, porque quien ha de venir vendrá sin tardanza».

Pues bien, Aquel que había de venir ha venido: soy Yo.

«El incrédulo no tiene en sí un alma justa» dice el Profeta,

y su palabra condena a los que me han tentado e insultado.

No los condeno Yo.

Los condena el Profeta que me vio anticipadamente y en mí creyó.

El, de la misma forma que me describe a mí, al Triunfador,

describe al hombre soberbio, diciendo que no tiene honor,

porque ha abierto su alma a la avidez y a la insaciabilidad,

como ávido e insaciable es el infierno.

Y amenaza:

«¡Ay de aquel que acumula cosas que no son suyas y se echa encima denso fango!».

Las malas acciones contra el Hijo del hombre son este fango;

querer despojarle a Él de su santidad

para que no haga sombra a la propia es avidez.

«¡Ay de aquel – dice el Profeta –

que reúne en su casa los frutos de su perversa avaricia,

para colocar alto su nido, creyendo salvarse de las garras del mal!”

Es deshonrarse y matar la propia alma.

«¡Ay de aquel que edifica una ciudad sobre la sangre y apresta castillos sobre la injusticia!».

En verdad, demasiados en Israel consolidan sus ávidas fortalezas

amasando con sus lágrimas y su sangre,

y esperan hasta el final para obtener la más dura mezcla.

¿Pero, qué puede una fortaleza contra los dardos de Dios;

qué, un puñado de hombres

contra la justicia de todo el mundo, que gritará de horror por el sin par delito?

¡Qué bien lo expresa Habacuc!:

«¿Para qué sirve la estatua?».

Estatua idolátrica ha venido a ser la falsa santidad de Israel

Sólo el Señor mora en su Templo santo, sólo ante Él se inclinará la tierra adoradora

y temblará atemorizada, mientras la señal prometida será dada, más de una vez,

y el Templo verdadero en que Dios descansa subirá, glorioso, a decir en los Cielos:

«¡Ha quedado cumplido!», de la misma forma que, con lágrimas,

lo habrá manifestado a la tierra para limpiarla con su anuncio.

«¡Fiat!» dijo el Altísimo, y el mundo empezó a ser; «fiat» dirá el Redentor, y

el mundo será redimido.

Yo procuraré al mundo con qué ser redimido.

Los redimidos serán aquellos que tengan la voluntad de serlo.

«Ahora alzaos. Vamos a decir la oración del Profeta…

¡Qué apropiado es pronunciarla en este tiempo de gracia!:

«He oído, Señor, tu anuncio, y he exultado.”

Ya no es tiempo de miedo, vosotros que creéis en el Mesías.

«Señor, tu obra está en medio de los años,

hazla vivir a pesar de las insidias de los enemigos.

En medio de los años la darás a conocer»

Sí, cuando la edad sea perfecta, la obra quedará cumplida.

«Y en el enojo resplandecerá la misericordia»,

porque el enojo será sólo para aquellos que hayan echado redes y lazos.

Y lanzado flechas al Cordero Salvador.

«Dios viene de la Luz al mundo.”

Yo soy la Luz que viene a traeros a Dios.

Mi esplendor inundará la tierra brotando a raudales «donde los afilados cuernos»

hayan desgarrado las Carnes de la Victima, última victoria «de la Muerte y de Satanás,

que huirán, derrotados, ante el Viviente y el Santo».

¡Gloria al Señor! ¡Gloria al Hacedor! ¡Gloria al Dador del Sol y de los astros!

¡Al Artífice de los montes! ¡Al Creador de los mares!

¡Gloria, infinita gloria al Bueno que quiso a Cristo para salvación de su pueblo,

para redención del hombre!

Uníos, cantad conmigo, porque la Misericordia ha venido al mundo

y se acerca el tiempo de la Paz

Aquel que tiende hacia vosotros sus manos os exhorta a creer en el Señor y a vivir en

Él, porque se acerca el tiempo en que Israel será juzgado con verdad.

Paz a vosotros, aquí presentes, a vuestras familias, a vuestras casas.

Jesús traza un amplio gesto de bendición y hace ademán de retirarse.

Pero el jefe de la sinagoga suplica:

–        Quédate más tiempo.

–        No puedo, padre.

–         Al menos, envíanos aquí a tus discípulos.

–        Los tendréis, sin duda. Adiós.

Ve en paz.

Se quedan solos…

Pedro dice: 

–        Yo quisiera saber quién nos los ha enredado entre las piernas.

Parecen nigromantes…

Judas de Keriot se adelanta, pálido;

se arrodilla a los pies de Jesús:

–        Maestro, yo soy el culpable.

He hablado en aquel pueblo… con uno de ellos, que me hospedaba…

–        ¿Cómo?

¡Vaya, vaya, conque penitencia ¿Eh?

Tú eres…

Jesús interviene cortante:

–         ¡Silencio, Simón de Jonás!

Tu hermano, sinceramente, se está excusando.

Hónralo por esta humillación suya.

No te angusties, Judas.

Te perdono.

Tú sabes que Yo perdono.

Sé prudente otra vez…

Y ahora vamos.

Caminaremos mientras dure la luna.

Tenemos que cruzar el río antes del amanecer.

Vamos.

Aquí detrás empieza el bosque.

Perderán nuestras huellas tanto los buenos como los malos.

Mañana estaremos en el camino de Panea

367 PRESAGIO DE ODIO


367 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y lo toma entre sus brazos y llora silenciosas lágrimas encima de la cabeza morena de Judas.

Los demás, que están algunos metros más atrás,

se han detenido prudentemente y ahora comentan:

–         ¿Veis?

Quizás Judas tiene verdaderamente algún pesar.

–        Y esta mañana se ha abierto con el Maestro.

–        ¡Qué tonto!

Yo lo hubiera hecho inmediatamente.

–         Serán cosas penosas.

–         ¡Seguro que no es por mala conducta de su madre!

¡Es una santa mujer!

¿Qué puede ser de penoso?

–         Quizás intereses que van mal…

–         ¡No, hombre, no!

¡Él gasta y da, según le parece, con generosidad!

-¡         Bueno!

¡Asuntos suyos!

Lo importante es que esté concorde con el Maestro, y parece que es así.

Ya llevan mucho tiempo hablando y en paz.

Ahora están abrazados…

Muy bien.

–         Sí, porque es una persona con capacidad y que conoce a mucha gente.

Es buena cosa que esté en armonía y con buena voluntad con nosotros,

y especialmente con el Maestro.

–         Jesús dijo en Hebrón que las tumbas de los justos son lugares de milagros,.

O más o menos…

En estos lugares hay muchas tumbas de justos.

Quizás las de Meirón han hecho un milagro respecto a la turbación de Judas.

–        ¡Entonces terminará de hacerse santo ahora ante la tumba de Hil.lel!

¿Aquello no es Yiscala?

–         Sí, Bartolomé.

–         Pues el año pasado no pasamos por aquí…

–        ¡Hombre, claro; como que vinimos por la otra parte!

Jesús se vuelve y los llama.

Se acercan alegres.

Jesús dice:

–        Venid.

La ciudad está cerca.

Tenemos que cruzarla para encontrar la tumba de Hil.lel.

Hagámoslo en grupo.

Sin explicar nada más,

mientras los once miran curiosos con el rabillo del ojo tanto a Él como a Judas.

Pero si éste último muestra un rostro pacificado, aunque mustio,

Jesús no lo tiene radiante:

su expresión es solemne, pero seria.

Entran en Yiscala, que es vasta y bonita.

Y está bien cuidada. 

Debe haber en ella un floreciente centro rabínico, porque hay muchos doctores

reunidos acá o allá, con alumnos a su lado escuchando sus lecciones.

Es muy notorio el paso de los apóstoles, y especialmente, del Maestro.

Y muchos se ponen detrás del grupo.

Alguno sonríe maliciosamente, otros llaman a Judas de Keriot;

Pero él va al lado del Maestro y ni siquiera se vuelve.

Salen de la ciudad.

Y se dirigen a la tumba de Hil.lel,

en medio de una oléada de comentarios:

–        ¡Qué descaro!

–        ¡Es imprudente.

–        Nos provoca.

–        ¡Profanador!

–        ¡Díselo, Uziel!

–        Yo no me contamino.

–        Díselo tú, Saúl, que eres sólo alumno.

–        No.

Se lo decimos a Judas.

Ve a llamarlo.

El joven llamado Saúl, menudo, pálido, todo ojos y boca, va a donde Judas,

y le dice:

–        Ven. Te llaman los rabíes.

Judas se niega diciendo:

–        No voy.

Me quedo donde estoy. Dejadme.

El joven vuelve y refiere esto a sus jefes.

Entretanto, Jesús, circundado por los suyos,

ora con veneración ante el sepulcro de Hil.lel, bien cándido de cal.

Los rabíes se acercan despacio, como serpientes silenciosas.

Y observan.

Dos de ellos, barbudos, ancianos, tiran de la túnica de Judas,

el cual, al ponerse a hacer oración ha quedado desprotegido ,

de las parejas de los otros compañeros.

Con resentimiento,

en voz baja pregunta: 

–         Pero bueno, ¿Qué queréis?

¿Ni siquiera orar se puede?

–         Sólo una palabra.

Luego te dejamos en paz.

Simón Zelote y Judas Tadeo se vuelven….

Y se callan los cuchicheadores.

Judas se separa dos o tres pasos

y pregunta:

–         ¿Qué queréis?

El más viejo le susurra al oído.

La reacción de Judas, es impulsiva:

pues sin mediar reflexión alguna, se separa de repente,

y dice:

–         No.

Dejadme en paz, ánimas de veneno.

No os conozco, no quiero seguiros conociendo.

Una carcajada de burla sale del grupito rabínico,

junto con una amenaza:

–        ¡Atento a lo que haces, muchacho estúpido!

–         Atentos vosotros.

¡Fuera! Id a decírselo también a los demás.

A todos los demás. ¿Habéis entendido?

Hablad con quien queráis, pero no conmigo, demonios, que es lo que sois.

Y los deja plantados.

Ha hablado tan fuerte que los apóstoles, atónitos, se han vuelto;

Jesús, no.

Ni siquiera por la carcajada burlona y la promesa:

–        « ¡Nos volveremos a ver, Judas de Simón!»

Que resuena vibrante en el silencio del lugar.

Judas vuelve a su sitio;

es más, aparta a Andrés, que se había puesto al lado de Jesús.

Y casi como para buscar defensa y protección,

toma con sus manos un extremo del manto de Jesús.

La ira de los religiosos entonces, arremete contra Jesús.

Se aproximan, amenazadores,

y gritan:

–          ¿Qué haces aquí, anatema de Israel?

–          ¡Fuera!

–         No turbes los huesos del Justo al que no eres digno de acercarte.

–        Se lo diremos a Gamaliel para que seas castigado.

Jesús se vuelve y los mira, uno por uno.

–         ¿Por qué nos miras así, endemoniado?

Jesús responde:

–         Para conocer bien vuestras caras y vuestros corazones.

Porque no sólo mi apóstol os volverá a ver.

Yo también.

Y entonces querré haberos conocido bien, para poderos reconocer enseguida.

–         Bien, ¿Ya nos has visto?

–        Márchate de aquí.

–         Gamaliel, si estuviera, no lo permitiría.

–         El año pasado he estado con él aquí…

–         ¡No es verdad, embustero!

–         Preguntádselo.

Como es una persona honesta, os dirá que es verdad.

Yo amo y venero a Hil.lel.

Y respeto y honro a Gamaliel.

Son dos hombres en los cuales, por su justicia y sabiduría,

se pone de manifiesto el origen del hombre,

recordando que el hombre ha sido hecho a semejanza de Dios.

–          ¿En nosotros no, eh? – interrumpen los energúmenos.

–          En vosotros está entenebrecido por los intereses y el odio.

–         ¿Pero lo estáis oyendo?

–        ¡En casa ajena así habla y ofende!

–        ¡Fuera!

–        ¡Fuera de aquí, corruptor de los mejores de Israel!

Si no, echamos mano a las piedras.

Que aquí no está Roma para protegerte,

amigo de contubernios con el enemigo pagano…

–         ¿Por qué me odiáis?

¿Por qué me perseguís?

¿Qué mal os he hecho?

Algunos de vosotros han recibido beneficios de mí; todos, respeto.

¿Por qué, pues, sois crueles conmigo?

Jesús se muestra humilde, manso, afligido y amoroso.

Les suplica su amor.

Ellos toman esto como signo de debilidad y miedo,

Y acosan:

la primera piedra vuela, y roza a Santiago de Zebedeo.

Éste, rápido, hace el gesto de reaccionar lanzándola a los agresores.

Mientras, todos se apiñan en torno a Jesús.

Pero son doce contra aproximadamente un centenar.

Otra piedra le da a Jesús en la mano,

que está ordenando a los suyos que no reaccionen.

La mano, herida en el dorso, sangra: parece ya la herida del clavo…

Entonces Jesús ya no ora.

Se yergue, imponente; los mira, los fulmina con sus miradas.

Pero otra piedra hace sangrar a Santiago de Alfeo en la sien.

Jesús debe paralizar cualquier otro acto con su poder,

para defender a sus apóstoles,

los cuales, obedientes, sufren la apedreada sin reaccionar.

Y cuando la voluntad de Jesús domina a los viles,

Él manifestando una majestad terrible,

con voz de trueno, dice:

–          Me voy.

Pero sabed que, por lo que hacéis, Hil.lel os habría maldecido.

Me voy.

Pero recordad que ni siquiera el mar Rojo detuvo a los israelitas

en el camino que Dios les había señalado.

Todo se allanó y quedó abierto el camino ante la Voluntad de Dios que pasaba.

Y lo mismo para Mí.

De la misma forma que ni egipcios ni filisteos ni amorreos ni cananeos

ni ningún otro pueblo detuvieron la marcha triunfal de Israel,

ni así vosotros, que sois peores que ellos,

tampoco detendréis mi camino ni mi misión: Israel.

Recordad que fue cantado al pozo del agua por Dios dada:

«Mana, pozo, pozo cavado por los príncipes, preparado por los jefes del pueblo,

con el dador de la Ley, con los propios bastones».

¡Yo soy aquel Pozo! ¡Aquel Pozo soy Yo!

Cavado desde los Cielos por todas las oraciones y la justicia de los verdaderos

príncipes y jefes del Pueblo santo, que no sois vosotros.

No. No lo sois

Por vosotros jamás el Mesías habría venido, porque no os lo merecéis.

Porque su venida es vuestra ruina.

Porque el Altísimo conoce todos los pensamientos de los hombre. 

Y los conoce desde siempre, desde antes de que existiera Caín, del cual procedéis,

Y Abel, al que asemejo; desde antes de Noé, figura mía;

antes que Moisés, que fue el primero en usar mi símbolo;

desde antes de que existiera Balaam, que profetizó la Estrella.

E Isaías, y todos los profetas.

Y conoce los vuestros, Dios, y le horrorizan.

Siempre le han horrorizado, 

de la misma forma que siempre ha exultado por los justos por quienes justo era

enviarme. y que verdaderamente, ¡Oh, sí, verdaderamente!

me han aspirado desde las profundidades de los Cielos

para portar el Agua viva para la sed de los hombres.

Yo soy la Fuente de Vida eterna. Pero vosotros no queréis beber.

Y moriréis.

Y pasa lentamente por entre los paralizados rabíes y alumnos.

Y sigue su camino, lento, solemne, en un silencio atónito

348 PEREGRINO RECHAZADO


348 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras salen de la casa donde han dormido. 

Pedro dice:

–         Señor, esta noche he estado pensando…

¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios?

Deja que vaya yo con otro.

Venderé a Antonio…

Lo siento… Pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé.

Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda.

Y puedes estar seguro de que no hablaré.

No quiero causarte dolores…

Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael…

Y tardamos menos»

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas.

Las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.  

Jesús  responde:

–        Tu idea es buena.

No te impido hacerlo.

Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.

–         Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza,

diciendo:

–        Con un beso. Id.

Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

Tadeo dice:

–         ¡Qué bueno es Simón de Jonás!

Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho.  

Mateo añade:

–         También yo.

Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

Santiago de Alfeo agrega:

–        No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe.

¡Al contrario! Parecía el último de nosotros.

Y no obstante, conservaba siempre su lugar.

Santiago de Zebedeo:

–         A nosotros esto no nos asombra.

Lo conocemos desde hace años.

Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! –

Andrés:

–        Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno.

Y desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno.

Yo tengo un carácter completamente distinto, y…

Algunas veces se ponía nervioso;

pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter;

se inquietaba por mi bien.

Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él.   

Juan afirma:

–        Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo.

Santiago de Zebedeo:

–        ¡Sí, sí! Yo también lo he percibido.

Durante toda una luna.

Y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores…

Mientras que otras veces…

No sé por qué… 

Tadeo responde:

–        ¿Por qué?

¡Pues es fácil de entender!

Porque tenemos intención recta.

No somos perfectos, pero sí rectos.

Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal,

cuando uno de nosotros nos lo indica como tal.

Y antes no lo  habíamos intuido nosotros solos.

¿Por qué?

¡Es fácil responder!

Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento:

Hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento.

¡Eso es todo!   

Andrés dice conciliador:

–        No creo que los otros tengan un pensamiento distinto.

Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Dice con vehemencia:

–        No.

No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel…

Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu.

Sería injusto con ellos si los acusara de…

Jesús, tienes razón. Perdona.

Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él!

Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros.

Pero, además, soy hermano y amigo tuyo.

Y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste.

Tú eres el Cordero y yo… el león.

Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de

calumnias que te circunda.

Y para no abatir el cobijo en que se oculta el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre…

Aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal,

si lograse conocer su realidad sin riesgo de error…

Que le quitaría para siempre las ganas de dañarte

Santiago de Zebedeo le responde:

–        ¡Deberías marcar a la mitad de Israel!…

Pero Jesús seguirá adelante igual.

Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús.

¿Qué hacemos ahora Maestro?

¿Has hablado aquí?

–        No.

Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas.

Dormí en el bosque.

–         ¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino…

No tenía dinero…

–         ¡Entonces son corazones de piedra!

¿De qué tenían miedo?

–        De que fuera un bandido…

Pero no importa.

El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido.

Venid, os la muestro.

Vive en la espesura con su cabritillo.

No huyó al verme llegar.

Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca…

Como si Yo también fuera una criatura suya.

Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón.

¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un bosque espeso y espinoso.

En su centro hay un roble secular, con una base tan hendida en un terreno casi imposible…

Es como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso,

fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo.

Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa.

Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.  

Jesús explica:

–         Ahí dormí.

Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido.

Ya tenía hambre.

El objetivo del ayuno estaba terminado…

No era necesario insistir, por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste…

Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

Tadeo pregunta.

–         ¿Y ahora?

¿A dónde vamos?

–        Nos quedamos aquí, por hoy.

Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida.

Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y lentamente, regresan al pueblo.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

334 EL SUEÑO EQUIVOCADO


334 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y empieza el Tercer Año de su vida pública.

Jesús será el Justo.

Juan, Santiago, Mateo y Andrés han llegado ya a Nazaret… 

Y mientras esperan a Pedro, pasean por el huerto de Nazaret;

jugando con Margziam o hablando entre ellos.

Pareciera como si Jesús faltara en este momento de casa,

y María estuviera ocupada en algunas labores en la cocina;

se deduce por el humo que  sale del horno y el aroma del pan.

A los cuatro apóstoles se les ve contentos de estar en casa del Maestro.

Y lo exteriorizan.

Margziam, hasta tres veces,

les dice

–       ¡Pero no os riáis de esa forma!

Y la tercera vez, Mateo nota la recomendación,

y pregunta:

–       ¿Por qué, niño?

¿No es justo sentirse contentos de estar aquí?

Tú has disfrutado de este sitio, ¿No?

Pues ahora lo hacemos nosotros. – y le da afablemente un cachetito.

Margziam lo mira muy serio.

Pero sabe callar.

Regresa Jesús con sus primos Judas y Santiago;

los cuales saludan efusivamente a los compañeros;

de los que han estado separados muchos días.

María de Alfeo asoma la cabeza desde el interior del horno;

toda colorada y llena de harina.

Y sonríe a sus hijotes.

El último en regresar es Simón Zelote,

que dice:

–       He hecho todo, Maestro.

Dentro de poco, Simón estará aquí.

Santiago pregunta:

–         ¿Qué Simón?

¿Mi hermano o Simón de Jonás?

–       Tu hermano, Santiago.

Viene a saludarte con toda la familia.

Efectivamente, pasados pocos minutos, se escuchan  unos golpes en la puerta,

y una densa parlería anuncian la llegada de la familia de Simón de Alfeo,

que es el primero en entrar, llevando de la mano a un niñito de unos ocho años;

tras él, Salomé, rodeada por su nidada.

María de Alfeo se apresura a salir del cuarto del horno y besa a sus nietos;

contenta de verlos ahí.  

Mientras los niños estrechan amistad con Margziam;

el que conoce bien a Alfeo, el niño sanado por Jesús.  

Jesús sale del taller de la carpintería,

Y Simón su primo, pregunta:

–       ¿Te marchas, entonces, otra vez?

Jesús responde:

–       Sí, es hora.

–       Tendrás todavía días lluviosos.

–       No importa.

Los días nos van acercando a la primavera.

–       ¿Vas a Cafarnaúm?

–       Sí, iré también allí.

Pero no enseguida.

Ahora atravesaré la Galilea e iré allende sus confines.

–       Cuando estés en Cafarnaúm y yo lo sepa, iré a verte.

Te llevaré a tu Madre y a la mía.

–       Te quedaré agradecido.

Entretanto no la desatiendas.

Se queda completamente sola.

Tráele a los niños.

Aquí puedes estar seguro de que no se vician…

Simón se pone como la brasa por la alusión de Jesús a sus pensamientos pasados.

Y por la mirada que le ha lanzado su mujer como diciendo:

«¿Has oído? Te está bien merecido».

Y Simón cambia de tema diciendo:

–       ¿Dónde está tu Madre?

–       Está haciendo el pan.

Ahora vendrá…

Pero los hijos de Simón no esperan y van al horno detrás de su abuela.

Y una niñita, poco mayor que el curado Alfeo, sale casi inmediatamente,

diciendo:

–       María está llorando.

¿Por qué?

¡Eh, Jesús!,

¿Por qué llora tu Madre?  

Salomé muy solícita,

pregunta: :

–       ¿Está llorando?

¡Oh, querida mía! Voy con ella.!

Y Jesús explica:

–       Llora porque me marcho…

Pero vendrás a hacerle compañía, ¿No?

Te enseñará a bordar y tú alegrarás sus días.

¿Me lo prometes?

Alfeo mientras se come un bollito caliente que le acaban de dar.  

dice:

–       Vendré también yo;

ahora que mi padre me deja.  

Pero, aunque el bollo esté tan caliente que casi no puede ser sujetado con los ledos,

parece que está helado respecto al calor de vergüenza que asalta a Simón de Alfeo,

por las palabras de su hijo.

A pesar de ser una mañana de invierno más bien fresca;

debido a un ligero cierzo que barre las nubes del cielo, pero raspa la piel).  

Simón se cubre de abundante sudor, como si fuera pleno verano…

Jesús hace como que no se da cuenta.

Y los apóstoles aparentan un gran interés, por lo que están contando los hijos de Simón.  

Así se concluye el incidente

Y Simón puede reponerse y preguntar a Jesús, que por qué no están todos los apóstoles.

Jesús responde:

–        Simón de Jonás está para llegar.

Los demás me alcanzarán en el momento oportuno.

Ya está determinado.

–       ¿Todos?

–       Todos.

–       ¿También Judas de Keriot?

–       También él…

–       Jesús, ven un momento conmigo – le solicita su primo Simón.

Y separados ya hacia el fondo del huerto,

Simón pregunta:

–       ¿Pero sabes bien, quién es Judas de Simón?

–       Es un hombre de Israel.

Nada más. Nada menos.

–       ¡No querrás decirme que es…!

Ya está para acalorarse y levantar la voz.

Pero Jesús lo calma interrumpiéndole y poniéndole una mano en un hombro;

mientras le dice:

–       Es como lo hacen las ideas imperantes…

Y los que entran en contacto con él.

Porque por ejemplo, SI AQUÍ (y recalca mucho las palabras)

Hubiera encontrado solamente corazones justos y mentes inteligentes;

No habría sentido interés en pecar.

Pero no los ha encontrado.

Por el contrario, ha encontrado un elemento totalmente humano,

y en él ha asentado sin ninguna dificultad, su ‘yo’ muy humano, que me sueña;

me ve y trabaja por mí, como rey de Israel, en el sentido humano del término.

De la misma forma que me sueñas y me quisieras ver tú.

Y estarías dispuesto a trabajar tú…

Y contigo José, tu hermano.

Y con vosotros dos, Leví, arquisinagogo de Nazaret…

Matatías, Simeón, Matías, Benjamín, Jacob….

Y menos tres o cuatro, todos vosotros de Nazaret.

Y no sólo los de Nazaret…

Encuentra dificultades para formarse porque todos vosotros contribuís a deformarlo.

Cada vez más.

Es el más débil de mis apóstoles.

Pero, por ahora, no es sino un débil.

Tiene impulsos buenos, deseos rectos, amor por Mí…

Desviado en cuanto a la forma, pero amor en todo caso.

Vosotros no le ayudáis a separar estas partes buenas,

de las partes no buenas que forman su ‘yo;’

antes al contrario, agraváis éstas cada vez más;

añadiendo vuestras incredulidades y limitaciones humanas.

Pero vamos a casa.

Los demás han entrado ya…

Simón lo sigue un poco apesadumbrado.

Están ya casi en la puerta, cuando detiene a Jesús,

y dice:

–       Hermano mío, ¿Estás enojado conmigo?

–       No.

Es que intento formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos.

¿No has dicho que quieres ser discípulo?

–       Sí, Jesús.

Pero las otras veces no hablabas así, ni siquiera cuando corregías.

Eras más dulce…

–       ¿Y para qué ha servido?

Antes lo era.

Hace dos años que lo soy…

Unos, a costa de mi paciencia y bondad, os habéis emperezado; 

otros habéis afilado colmillos y garras.

El amor os ha servido para dañarme. ¿No es así?.–       Es así.  Es verdad.

Pero, ¿Vas a seguir siendo bueno?

–       Seré justo.

Y aun así, seré como no merecéis,

vosotros de Israel que no queréis reconocer en Mí al Mesías prometido.

Entran en la pequeña habitación;

tan abarrotada de personas, que muchos han terminado en la cocina o en el taller de José.

Y éstos son los apóstoles,

menos los dos hijos de Alfeo; que se han quedado con su madre y su cuñada.

A ellas ahora se añade María, que entra llevando de la mano al pequeño Alfeo.

El rostro de María presenta claros signos de haber llorado.

Pero, mientras María está para responder a Simón;

que le asegura que irá a su casa todos los días;

por la callejuela serena avanza un carro, haciendo tanto ruido, con un sonido de cascabeles,

que llama la atención de los hijos de Zebedeo por la bulla que hace, y… 

Mientras afuera llaman, al mismo tiempo, abren adentro

Aparece el rostro alegre de Simón Pedro, que ha llamado con el mango de la tralla.

Y está todavía sentado en el carro…

A su lado, tímida pero sonriente; lleva a Porfiria, sentada encima de unas cajas;

de tamaño decreciente como si fuera un trono.

Margziam sale corriendo y trepa al carro para saludar a su madre adoptiva.

Salen también los demás, entre los cuales está Jesús.  

Pedro dice:

–       Maestro, aquí estoy.

He traído a mi mujer con este vehículo; porque es una mujer que resiste poco caminando.

María, el Señor esté contigo.

También contigo, María de Alfeo.

Mira a todos, mientras baja de su vehículo y ayuda a bajar a su mujer.

Y saluda conjuntamente al grupo.

Quisieran ayudarle a descargar el carrito, pero él se opone enérgicamente. «

Después, después… » dice.

Y ni corto ni perezoso, se acerca a la ancha puerta del taller de José y la abre de par en par; 

tratando de hacer entrar el carro como está.

No pasa, naturalmente.

Pero la maniobra sirve para atraer la atención de los que han venido de visita.

Y hacerles comprender que sobra gente…

Efectivamente, Simón de Alfeo se despide con toda su familia…

Después que se van,

Pedro dice:

–       Oh, ahora que estamos solos,

vamos a preocuparnos de nosotros…

Mientras haciendo retroceder al burrito que, cubierto como está de cascabeles

hace bulla por diez;

Tanto que Santiago de Zebedeo no puede contenerse,

  de preguntar riendo:

–       «¿Y dónde lo has encontrado tan enjaezado?».

Pero Pedro está concentrado en bajar las cajas que había en el carro;

pasárselas a Juan y Andrés, que se quedan asombrados, pues creían que iban a sentir peso;

y sin embargo, las cajas son ligeras…

Y lo comentan…  

Pedro ordena:

–       ¡Eah, id para el huerto!

¡Y no os quedéis ahí como chorlitos!

Mientras a su vez, baja con una cajita que sí que pesa,

para colocarla en un rincón de la habitación.

–       Y ahora el burro y el carro.–        ¡Esto es lo difícil!…

–       Y tiene que entrar todo en casa…

María dice en voz baja:

–        Por el huerto, Simón.

Hay una valla en el seto del fondo.

No lo parece, porque está cubierta de ramajes…

Pero está.

Pedro sigue el sendero que va bordeando la casa, entre esta casa y el huerto vecino.

Jesús dice:

–       Yo voy a mostrarte dónde está la valla…

¿Quién viene a apartar las matas que la cubren?

–       Yo. Yo.

Todos se dirigen presurosos hacia el fondo del huerto.

Entretanto, Pedro se marcha con su rumoroso cargamento y

María de Alfeo cierra la puerta…

Trabajando con un hocino, queda libre el rústico vallado y abren un paso;

por el que entran burro y carro.

Pedro se apresura a cortar los lazos que mantienen sujetos los cascabeles a los jaeces.  

diciendo:

–        ¡Bueno, bien!

Y ahora quitamos todo esto.

Me han roto los oídos  y 

Andrés pregunta:

–        ¿Y por qué los has tenido, entonces?

Pedro replica:

–       Para que toda Nazaret me oyera llegar.

Y lo he conseguido…

Ahora los quito para que nadie de Nazaret nos oiga partir.

Lo mismo, he metido vacías las cajas…

Nos marcharemos con las cajas llenas.

Y nadie, si es que alguien nos ve, se sorprenderá de ver a una mujer,

sentada a mi lado en las cajas.

El que ahora está lejos se las da de tener tino y sentido práctico.

Bueno pues, cuando quiero, también lo tengo yo…

Andrés, que ha dado de beber al burro y lo ha llevado al lado de la tosca leñera,

que hay junto al horno. 

pregunta:

–       Perdona, hermano.

¿Para qué es necesario todo esto?

–       ¿Para qué?

¡No sabes nada!…

¡Maestro, no saben todavía nada!

Jesús dice:

–       No, Simón.

Estaba esperándote a ti para hablar.

Venid todos al taller.

Las mujeres están bien donde están.

Lo que has hecho ha estado bien hecho, Simón de Jonás.

Van al taller.

Porfiria con el niño y las dos Marías se han quedado en casa.

Jesús explica:

–      He querido que vinierais…

Porque tenéis que ayudarme a mandar fuera de aquí, muy lejos;

a Juan y a Síntica.

Lo tengo decidido desde los Tabernáculos.

Como habéis podido constatar, no era posible tenerlos con nosotros; 

ni siquiera aquí, sin poner en peligro su paz.

Como siempre, Lázaro de Betania me ayuda en esta obra.

Ellos ya lo saben.

Simón Pedro lo sabe desde hace pocos días.

Vosotros lo sabéis ahora.

Esta noche dejaremos Nazaret.

Aunque en lugar de la primera luna tuviéramos agua y viento.

Ya deberíamos haber partido;

pero supongo que es que Simón de Jonás habrá tenido dificultades,

para encontrar el medio de transporte…

Pedro responde:

–       ¡No lo sabes bien!

Ya perdía la esperanza de encontrarlo.

Pero, al final, lo he podido conseguir de un ruin griego…

Será útil…

–       Sí.

Será útil, especialmente para Juan de Endor.

Pedro pregunta:

–       ¿Dónde está, que no se le ve? 

–       En su habitación, con Síntica.

–       Y… ¿Cómo ha recibido la cosa? – pregunta otra vez Pedro.

–       Con mucho dolor.

También la mujer.. 

Juan observa: .

–       Y también Tú, Maestro.

En tu frente hay una arruga que no tenías.

Y tienes mirada grave y triste.    

Jesús concede:

–       Es verdad.

Estoy muy apenado…

Pero, hablemos de lo que tenemos que hacer. 

Escuchadme bien, porque luego nos tendremos que separar.

Partimos esta noche, a mitad de la primera vigilia.

Nos marcharemos como quien huye… porque son culpables.

Sin embargo, nosotros no vamos con intención de hacer ningún mal,

ni huimos por haberlo hecho;

nos vamos para impedir que algún otro lo haga,

a quien no tendría la fuerza para soportarlo.

Partiremos pues…

Iremos por el camino de Sefori…

Haremos un alto a mitad de camino en una casa, para partir al alba.

Es una casa que tiene muchos pórticos para los animales.

En ella hay pastores amigos de Isaac.

Los conozco.

Me darán hospedaje sin pedir nada. 

Luego tenemos que llegar a Yiftael, necesariamente ese mismo día;

aunque sea de noche;

allí pernoctaremos.

¿Crees que podrá el animal? 

Pedro confirma:

–       ¡Y mucho más!

Ese griego deshonesto me lo ha hecho pagar,

pero me ha dado un animal bueno y fuerte.

–       Está bien.

Al día siguiente por la mañana iremos a Tolemaida y nos separaremos.

Vosotros, guiados por Pedro, que es vuestro jefe,

y al cual debéis obedecer ciegamente;

iréis por mar hasta Tiro.

Allí encontraréis una nave preparada para zarpar en dirección a Antioquía.

Subiréis y daréis esta carta al patrón de la nave, para que la vea.

Es de Lázaro de Teófilo.

Vosotros pasáis por dependientes suyos, enviados a sus tierras de Antioquía.

O mejor, a sus jardines de Antigonio.

Esto sois para todos.

Sabed mostraos atentos, serios, prudentes y silenciosos.

Cuando lleguéis a Antioquía, id enseguida a ver a Felipe, el administrador de Lázaro,

y le dais esta carta…

Zelote dice:

–        Maestro, él me conoce.

–       Muy bien.

       ¿Cómo va a creer que soy un subordinado?

–       Para Felipe no hace falta.

Sabe que debe recibir y hospedar a dos amigos de Lázaro y ayudarlos en todo.

Así está escrito.

Vosotros los habéis acompañado. Nada más.

Él os llama: «sus queridos amigos de Palestina».

Y es lo que sois, congregados por la fe y por la acción que lleváis a cabo.

Descansaréis hasta que la nave, acabadas sus operaciones de descarga y carga,

vuelva para Tiro.

De Tiro, con la barca, vendréis a Tolemaida y desde allí vendréis a reuniros conmigo a Akzib…

Juan suspira diciendo:

–       ¡Por qué no vienes con nosotros?

–       Porque me quedo a orar por vosotros.

Y especialmente por estos dos pobres.

Me quedo para orar.

Así empieza mi Tercer Año de vida pública.

Empieza con una partida muy triste; como el primero y el segundo.

Empieza con una intensa oración y penitencia, como el primero…

Porque éste tiene las dificultades dolorosas del primero, y más aún.

Entonces me preparaba para convertir al mundo.

Ahora me preparo para una obra sin duda más vasta y potente.

Pero, escuchadme atentamente:

Habéis de saber que, si en el primero fui el Hombre-Maestro,

el Sabio que llama a la Sabiduría, con humanidad perfecta e intelectual perfección,

y en el segundo fui el Salvador y Amigo,

el Misericordioso que pasa acogiendo, perdonando, compadeciéndose, soportando;

en el tercero seré el Dios Redentor y Rey, el Justo.

No os asombréis pues, si veis en mí formas nuevas; 

si en elCordero veis el súbito fulgor del Fuerte.

¿Qué ha respondido Israel a mi invitación de amor?

¿Qué ha respondido ante mis brazos abiertos a él y mis palabras:

«Ven, Yo amo y perdono»?

Ha respondido con embotamiento y dureza de corazón voluntarios y cada vez mayores,

con el embuste, con la insidia.

Pues bien, así sea.

Lo había llamado – sin excluir clase alguna al hacerlo –plegando mi frente hasta el polvo:

Israel ha escupido encima de la Santidad que se humillaba.

Le había invitado a santificarse: me ha respondido entregándose al Demonio.

He cumplido mi deber en todo: ha llamado «pecado» a mi deber.

He callado: ha llamado «prueba de culpabilidad» mi silencio.

He hablado: ha llamado «blasfemia» mi palabra.

¡Basta ya!

No me ha dado respiro.

No me ha concedido una sola alegría.

Y la alegría para mí era nutrir y formar en la vida del espíritu, a los recién nacidos a la Gracia.

Les tienden insidias y debo arrancármelos de mi pecho,

produciendo en ellos y en Mí, el espasmo de padres e hijo

arrancados el uno al otro, para ponerlos a salvo del Maligno Israel.

Los poderosos de Israel, que se llaman a sí mismos «santificadores» haciendo alarde de serlo,

me impiden, quisieran impedirme, salvar y gozar de mis salvados.

Hace ya muchos meses que tengo a un Leví publicano como amigo y a mi servicio:

el mundo puede constatar si Mateo es motivo de escándalo o de emulación.

Pero la acusación no cesa.

Como no cesará tampoco para María de Lázaro, ni para los otros muchos a quienes salvaré.

¡BASTA YA!

Yo recorro mi camino, cada vez más áspero y regado de llanto…

Yo camino…

Ninguna de mis lágrimas caerá inútilmente.

Elevan su grito a mi Padre…

Después elevará su grito otro humor mucho más poderoso.

Yo camino.

El que me ame que me siga y se haga viril, porque llega la hora severa.

No me detengo. Nada me detiene.

Tampoco ellos se detendrán…

Pero, ¡Ay de ellos! ¡Ay de ellos!

¡Ay de aquellos para quienes el Amor se hace Justicia!…

El Signo del Nuevo Tiempo será una Justicia severa;

para todos los que se obstinan en su pecado, contra las palabras del Señor

y la acción del Verbo del Señor…

Jesús parece un arcángel castigador.

¡Tanto resplandecen sus ojos, que lanza fuego contra la pared humosa…

Hasta su Voz, que tiene tonos agudos de bronce y plata, golpeados con violencia,

parece resplandecer.

Los ocho apóstoles se han puesto pálidos y están casi encogidos de temor.

Jesús los mira… con piedad y amor.

Dice:

–       No os lo digo a vosotros, amigos míos.

No son para vosotros estas amenazas.

Vosotros sois mis apóstoles, Yo os he elegido.

La voz es ahora dulce y profunda.

Termina:

–       Vamos allí.

Hagámosles ver a los dos perseguidos…

Y os recuerdo que piensan que parten para prepararme el camino a Antioquía;  

que los amamos más que a nosotros mismos.

Venid..

Y todo termina.   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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331 SACRIFICIOS POR AMOR


331 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 La presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret, hace que la reunión sea más bulliciosa.

Ya casi han terminado de comer.

Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uvas y almendras;

que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas,

mientras Síntica lleva la fruta

Pedro dice:

–        Este año encenderemos una más.

Y en lo sucesivo siempre una más, por Ti, hijo mío.

Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí.

Es la primera vez que la encendemos por un niño…

Y Simón se emociona un poco al terminar:

«       La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…  

María dice:

–        El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano.

Y junto conmigo María de Alfeo y Salomé.

También María de Simón, en su casa de Keriot.

Y la madre de Tomás…

Simón Zelote dice:

–        ¡Oh, 1a madre de Judas!

Este año tendrá con ella a su hijo…

Pero no creo que se sienta más feliz…

Bueno, vamos a  dejarlo…

Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!…

Parecía un cielo de oro y fuego.

Este año Lázaro tiene a su hermana…

Pero estoy seguro de que no me equivoco, sí digo que estarán afligidos

pensando que Tú no estás.

¿Y para el que viene, dónde estaremos?  

Juan de Endor, susurra:

–        Yo, muy lejos… 

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado.

Y está para preguntar algo, pero afortunadamente, se sabe contener

por la llamada de atención de Jesús con la mirada.

Margziam pregunta:

–        ¿Dónde vas a estar?

–        Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

–        ¿Quieres morir?

¿No quieres evangelizar?

¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

–        La palabra del Señor debe salir de labios santos.

Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella.

Me habría gustado…

Pero es tarde…

Jesús dice:

–        Sin embargo, evangelizarás.

Ya lo has hecho.

Tanto que has atraído hacia ti la atención.

Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador,

aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva.

Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

–        Tu promesa me hace desear la muerte…

Cada minuto de vida puede esconder un peligro que yo, siendo débil como soy,

quizás no podría superar.

Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado,

¿No es bondad grande que debe ser bendecida?

–        En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que así, conocerán hasta

qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará

de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría

de la liberación del Limbo.

Simón Zelote, que ha estado muy atento,

pregunta:

–        ¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? 

–        Donde quiera el Eterno.

¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento

que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo?

Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias,

en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la Voluntad de Dios».

Pedro pregunta:

–        ¿Estáis? ¿Y Tú? 

–        Estaré siempre donde estén mis amados.

María no ha hablado en todo este tiempo.

Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam,

que dice:

–        ¿Madre,

¿Por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel?

A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta.

Y además también le gustan a mi padre…

–        Y a ti – termina Pedro.

–        Para mí…

Es como si no existieran.

He hecho una promesa…

María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa,

mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto

Dice:

–        Por esto, encanto, no los he traído…

–        No, no.

Los puedes traer.

Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica toma una lámpara, sale, vuelve con los bollos.

Y Margziam agarra la bandeja y empieza a distribuir.

Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero).

Uno, el segundo en perfección, a María.

Luego es el turno de Pedro, sigue Simón, luego de Síntica.

Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta.

Se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo,

y le dice:

–        Para ti el tuyo y el mío.

Y además un beso;

por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio;

deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.  

Al ver que Margziam ni lo prueba,

Pedro dice:

–        Así se me atraganta esta cosa deliciosa.

Y añade:

–       «Al menos un trocito.

¡Venga, hombre, del mío;

aunque sólo sea para no morir de ganas!

Sufres demasiado…

Jesús te lo concede.

–        Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío.

He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir….

Y, en definitiva… 

estoy tan contento desde que lo he hecho;

que me siento como todo lleno de miel.

Siento el sabor de la miel en todas partes.

Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

–        Es porque te mueres de las ganas.

–        No.

Es porque sé que Dios me dice: «Haces bien, hijo mío».

–        El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio.

¡Te quiere mucho!

–        Sí.

Pero no es justo que me aproveche porque me quiera.

Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo,

incluso por un vaso de agua ofrecido en su Nombre.

Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su Nombre,

también lo será por un bollo…

 un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano.

¿Me equivoco, Maestro?

–        Hablas sabiamente.

Yo podía efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la

pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba.

Pero la hice con más alegría, porque me ayudaste tú.

El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos,

sino que se yergue a lugares mucho más altos.

Cuando es perfecto, toca absolutamente el Trono de Dios y se funde con su infinita caridad

y bondad.

La Comunión de los santos es exactamente este continuo obrar;

de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios,

para ayudar a los hermanos,

sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales,

o en las dos;

como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel,

la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana

y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor,

en el corazón de todos los de aquella familia.

Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel, puede servir para devolver la paz

y la esperanza a una persona afligida;

así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor,

puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente,

para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos;

y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa;

puede impedir un delito lejano;

así como resistir a las ganas de coger un fruto por amor;

puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio.

Nada se pierde en la economía santa del amor universal.

No se pierde el holocausto de un mártir,

no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos.

Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica 

educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

Margziam. dice convencido: 

–        Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos.  

Pedro cuestiona:

–        ¿Perseguidos? 

–        Sí.

¿No te acuerdas que lo dijo?:

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

«Seréis perseguidos por causa mía».

Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

Pedro comenta admirado: 

–        Este niño se acuerda de todo.

La cena termina.

Jesús se levanta.

Ora por todos y bendice.

Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza,

Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera,

que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista. Y a un corderito, un padre de familia joven

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos. 

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

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330 PREPARATIVOS…


330 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret.

Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda;

pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo,

a María, que ha ido a abrirle

Luego pregunta:

–        ¿Dónde están el Maestro y Margziam?

–        Están en el ribazo, encima de la gruta,

pero de la parte de la casa de Alfeo.

Creo que Margziam está recogiendo aceitunas.

Jesús está meditando.

Voy a llamarlos.

–        Lo hago yo.

–        Descarga todos esos pesos al menos.

–        No, no.

Son sorpresas para el niño.

Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso…

Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto.

Va al pie del ribazo.

Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y cambiando un poco la voz,

grita:

–        La paz a ti, Maestro.

Y luego con su voz natural:

–       « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla…

Una pausa, luego la vocecita aguda, casi de niña, del muchacho,

pregunta:

–        Maestro, ¿Pero no era mi padre el que me ha llamado?

Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada.

Y lo confiesa con sencillez.

Pedro llama de nuevo:

—       ¡Margziam! –

Y se echa a reír con su risa franca y abierta.

–        ¡Sí, sí, es él!

¡Padre! ¡Padre mío!

¿Dónde estás?

Se asoma prominentemente para mirar al huerto.

Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira…

Ve a María, sonriente, en la puerta…

A Juan y a Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno…

Y se asoman también.

–        ¡Ah, Margziam no espera más!

Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta.

Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo.

Es conmovedor el saludo de los dos.

Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo;

luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho,

para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación.

Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol,

y que pregunta:

–        ¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús

–       « ¿Por qué has venido tan pronto?»:

–        ¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte?

Y además… Estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo:

«Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello».

Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto.

La última noche se levantó para hacer los bollos y nada más que acabaron de cocerse,

me apremió para que me pusiera en camino…

Margziam. grita:

–       ¡Sopla!

¡Los bollos!…

Pero, inmediatamente, se calla.

–        Sí.

Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno, las aceitunas y las manzanas rojas.

Y también te ha untado un pan.

Y te manda quesitos de tus ovejitas.

Hay también una túnica que no absorbe el agua.

Y luego, y luego…

No sé qué más.

¿Cómo?

¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

–        Porque hubiera preferido que me la hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas…

Yo la quiero, ¿Sabes?

–        ¡Oh, Divina Misericordia!

¿Quién lo iba a pensar?

Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

María dice:

–        Margziam tiene razón.

Podías haber venido con ella.

Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo.

Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños…

–        Bien…

Pero dentro de poco lo verá, ¿No es verdad, Maestro?

–       Sí.

Después de las Encenias, cuando nos marchemos…

Es más…

Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella.

Estará con él aquí, unos días,.

Y luego volverán juntos a Betsaida.

–        ¡Oh, qué bonito!

¡Aquí con dos madres!

El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.

–        Mirad: pescado seco, en salmuera.

Y fresco. Le será útil a tu Madre.

Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro.

Y aquí huevos para Juan.

Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal.

Y también  uvas.

Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido.

Y luego… ¡Ah, y esto!

Mira, Margziam, qué color de oro tiene.

Parece hecho con los cabellos de María.

Y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

María ante los envoltorios, grandes y pequeños,

vasijas y orzas que cubren  la mesa.,

dice:

–        ¡Pero por qué tantas cosas?

Ha sido un sacrificio para ti, Simón.

–        ¿Un sacrificio?

No.

Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado.

Lo demás son cosas de la casa.

No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo.

Además…

Ya estamos en las Encenias…

Es tradición, ¿No?

¿No pruebas la miel?

Margziam dice serio:

–       No puedo.

–      ¿Por qué? ¿Estás mal?

–       No.

Pero no puedo comerla.

–       ¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde.

Mira a Jesús y calla.

Jesús sonríe y explica:

–        Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia.

No puede comer miel durante cuatro semanas.

–        ¡Ah! ¡Bien!

La comerás después…

De todas formas, toma el tarro…

¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

Jesús, mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

dice:

–        Tan generoso, Simón.

Quien de niño acomete la penitencia,

encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud –

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha.

Luego pregunta:

–        ¿No está el Zelote?

–        Está en casa de María de Alfeo.

Volverá pronto.

Esta noche dormiréis juntos.

Vamos allí, Simón Pedro.

Salen.

María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

Pedro dice:

–        Maestro…

Yo he venido para verte a Ti y al niño.

Es verdad.

Pero también porque he pensado mucho estos días,

especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos…

A los que les dije más mentiras que peces hay en el mar.

Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor;

luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a Ti.

¡Que anden, que anden!…

Pero luego volverán y…

Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

Jesús responde:

–        Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas.

Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos,

ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina.

¿Ves estos arcones? Son para ellos.

¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos.

¿Estás asombrado?

–        Sí, Maestro.

¿Y a dónde los mandas?

–        A Antioquía

Pedro da un silbido significativo…

Y pregunta:

–        ¿A casa de quién?

¿Y cómo van?

–        Van a una casa de Lázaro.

La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma.

Irán por mar…

–        ¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

–        Por mar.

Me complace también a mí el poder hablar contigo.

Habría mandado a Simón a decirte: «Ve», para preparar todo.

Escucha.

Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí;

pero no todos juntos;

para no llamar la atención.

Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan.

Y mis dos hermanos, más Juan y Síntica.

¡Iremos a Tolemaida!

Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro.

Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía,

como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas.

Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib.

Estaré en la cima del monte todos los días…

Y además el espíritu os guiará…

–        ¿Cómo?

¿No vienes con nosotros?

–        Me notarían demasiado.

Quiero dar paz al espíritu de Juan.

–        ¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?

–        No eres un niño…

Y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía.

Me fío de ti.

Como ves te estimo…

–        ¿Y Felipe y Bartolomé?

–        Irán a nuestro encuentro a Yotapata.

Y evangelizarán en espera de nosotros.

Les escribiré.

Tú llevarás la carta.

–        Y… ¿Esos dos que están ahí, ya saben su destino?

–        No.

Les dejo celebrar en paz la fiesta…

–        ¡Mmm! ¡Pobrecillos!

¡Eah vamos, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…

–        No te ensucies la boca, Simón.

–        Sí, Maestro…

Oye…

¿Y cómo vamos a llevar estos arcones?

¿Y a Juan?

Lo veo verdaderamente muy enfermo.

–        Nos serviremos de un burro.

–        No.

Tomamos un carrito.

–        ¿Y quién lo guía?

–        ¡Vamos, si Judas de Simón ha aprendido a remar,

Simón de Jonás aprenderá a guiar!

¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno!

En el carro metemos los arcones y a los dos…

Y nosotros vamos a pie.

Sí, sí, créeme que será una buena solución!

–        ¿Y quién nos deja el carrito?

Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa…

Decide:

–        ¡Tienes dinero?

–        Sí.

Mucho todavía, de las joyas de Misax.

–        Entonces todo es fácil.

Dame una suma.

Tomaré asno y carro de alguien y…

Sí, sí… Luego le regalamos el asno a algún necesitado.

Y el carrito… pues ya veremos…

He hecho bien en venir.

¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

–        Sí. Conviene.

–        Pues así será.

¡Pero, esos dos pobrecillos!…

Siento que nos tengamos que separar de Juan.

Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo...¡Pero, pobrecillo!

Podía morir aquí, como Jonás…

–         No lo habrían permitido.

El mundo odia a quien se redime.

–        Le va a doler…

–        Encontraré un asunto para que parta consolado.

–       ¿Cuál?

–        El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón:

el de trabajar para Mí.

–        Sólo que en Juan será santidad,

pero en Judas es solamente soberbia.

–        Simón, no murmures.

–        ¡Más difícil que hacer cantar a un pez!

Es verdad, Maestro, no es murmuración…

Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos.

Vamos allí.

–       Vamos.

Y silencio con todos.

–        No es necesario que me lo digas.

No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero.

Me lo he jurado a mí mismo.

¡Yo ir hasta Antioquía!

¡Al otro extremo del mundo!

¡Ya ardo en deseos de volver de allí!

No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y todo termina.

328 LOS NIÑOS DISCÍPULOS


328 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, con Simón Zelote y Margziam, atraviesa Nazaret en dirección a la campiña que separa Nazaret de Caná.

Atraviesa esta ciudad suya incrédula y hostil, precisamente por las calles del centro

y cortando oblicuamente la plaza del mercado, llena de gente en esa hora matutina.

Muchos se vuelven a mirarlo;

algún nazareno – pocos – lo saluda;

las mujeres, especialmente las ancianas; le sonríen;

pero, aparte de algún que otro niño, ninguno se acerca a El.

Un murmullo le sigue cuando termina de pasar.

Jesús ve todo, pero hace como si no viera.

Habla con Simón o con el niño, que va entre los dos hombres.

Y sigue por su camino.

Ya han llegado a las últimas casas.

A la puerta de una de éstas hay una mujer de unos cuarenta años.

Parece esperar a alguien.

Al ver a Jesús hace ademán de moverse,

luego se queda quieta e inclina la cabeza ruborizándose.  

Jesús al apóstol,

le dice; .

–       Es una pariente mía, la esposa de Simón de Alfeo.

La mujer parece incómoda, en lucha con un fuerte contraste de sentimientos.

Cambia de color, alza y baja los ojos, todo su rostro expresa un deseo de hablar,

contenido por algún motivo.

Jesús ha llegado a la altura de ella,

y la saluda:

–        Paz a ti, Salomé. 

La mujer lo mira como asombrada del afecto que hay en la voz de su Pariente,

Y ruborizándose más todavía,

responde:

–        Paz …

Un nudo de llanto le impide concluir la frase.

Se tapa la cara con un brazo doblado y llora acongojada,

contra la jamba de la puerta de su casa.

–        ¿Por qué lloras así, Salomé?

¿No puedo hacer nada para consolarte?

Ven aquí, detrás de esta esquina,

y dime qué te pasa…

Y tomándola por un codo, la conduce a una callejuela estrecha que hay entre su casa

y el huerto de otra casa.

Simón y Margziam, que está todo asombrado, se quedan a la entrada de aquélla.  

Jesús insiste:

–        ¿Qué te pasa, Salomé?

Sabes que siempre te he querido.

Os he querido siempre.

A todos.

Y os quiero.

Debes creerlo y tener, por tanto, confianza…

El llanto se detiene a intervalos como para escuchar esas palabras…

Y comprender su verdadero significado.

Luego vuelve con más fuerza, entrecortado con palabras quebradas:

–       Tú sí…

Nosotros… Yo no…

Ni tampoco Simón…

Pero él es más necio que yo…

Yo le decía… «Llama a Jesús»…

Pero tenemos la oposición de todo un pueblo…

Tú… yo… y mi hijo…

Habiendo tocado el punto trágico, el llanto se hace también trágico.

La mujer se contorsiona y gime,

Mientras se golpea la cara como en un delirio de dolor.

Jesús la toma de las manos,

y dice:

–        No hagas esto.

Estoy aquí para consolarte.

Habla. Haré todo…

La mujer lo mira con unos ojos desorbitados por el estupor y el dolor.

Pero la esperanza le da fuerzas para hablar;

para hablar incluso con orden:

–        ¿Aunque Simón sea reprobable, usarás misericordia conmigo?

¿Sí?…

¡Oh, Jesús que a todos salvas!

¡Mi hijo! ¡Alfeo, el último, está mal…

¡Se está muriendo!

Tú amabas a Alfeo.

Le tallabas juguetes de madera…

Lo alzabas para que cogiera uvas e higos de tu huerta…

Y, antes de marcharte para… para ir por el mundo;

ya le enseñabas muchas cosas buenas…

Ahora no podrías hacerlo…

Está como muerto…

Ya no volverá a comer ni uvas ni higos.

Ya no aprenderá nada más…

Y llora fuertemente.

–        Salomé, cálmate.

Dime qué le pasa.

–        Su vientre está muy enfermo.

Ha estado muchos días gritando, con dolores atroces, delirando.

Ahora ya no dice nada.

Está como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Gime, pero no responde.

Ni siquiera se da cuenta de sus gemidos.

Está violáceo.

Se está poniendo frío.

Hace muchos días que le suplico a Simón que vaya a Ti.

Pero… ¡Oh!…

Lo he amado siempre, pero ahora lo odio, porque es un estúpido;

que por una idea estúpida permite que muera mi hijo.

Pero, cuando se muera, me voy.

A mi casa.

Con mis otros hijos.

No es capaz de ser padre en el momento necesario.

Protejo a mis hijos.

Me voy. Sí. 

Que la gente diga lo que quiera.

Me voy…

–        No digas eso.

Abandona inmediatamente este pensamiento de venganza.

–        De justicia.

Me rebelo. ¿Ves?

Te he esperado yo, porque ninguno te decía: «Ven».

Te lo digo yo. Pero he tenido que hacerlo como si fuera una mala acción.

Y no te puedo decir: «Entra», porque en casa están los de José y…

–        No es necesario.

¿Me prometes que perdonarás a Simón?

¿Que serás siempre una buena esposa?

Si me lo prometes, te digo: «Entra en casa, que tu hijo te sonreirá curado».

¿Eres capaz de creer esto?

–       Yo creo en Ti.

Creo, aunque sea contra todo el mundo.

–       ¿Y, de la misma forma que tienes Fe, eres capaz de perdonar?

–        … ¿Pero verdaderamente me lo vas a curar?

–       No sólo eso.

Te prometo que cesará la vacilación de Simón respecto a Mí.

Y que el pequeño Alfeo, y con él tus otros hijos y tú misma, con tu esposo y padre de tus hijos,

volveréis a mi casa.

María te menciona muchas veces…

–        ¡Oh! ¡María!

¡María! Estaba ella cuando Alfeo nació…

Sí, Jesús. Perdonaré.

No le diré nada…

No, es más, le diré:

«Mira cómo responde Jesús a tu comportamiento: te rescata un hijo».

¡Puedo decir esto?

–        Lo puedes decir…

Ve, Salomé.

Ve. No llores más.

Adiós. Paz a ti, buena Salomé.

Ve. Ve.

La acompaña de nuevo a la puerta.

La mira mientras entra.

Sonríe al ver que por el ansia que la invade;

se echa a correr por el vestíbulo, sin cerrar siquiera la puerta.

Y la entorna Él lentamente, hasta cerrarla del todo.

Se vuelve a sus dos compañeros,

y dice:

–        Y ahora vamos a donde teníamos que ir…

Zelote pregunta

–        ¿Crees que Simón se convertirá? 

–        No es una persona infiel.

Sólo es uno que se deja dominar por el más fuerte.

–       ¡Pues entonces!

¡Más fuerte que el milagro!…

–        Como ves, tú te das la respuesta…

Estoy contento de haber salvado al niño.

Lo vi cuando tenía sólo unas pocas horas.

Siempre me ha querido mucho…  Margziam pregunta:

–        ¡Cómo te quiero yo?

¿Se va a hacer discípulo?

El niño está interesado y un poco incrédulo de que uno pueda amar a Jesús como lo ama él.

–        Tú me quieres como niño y como discípulo.

Alfeo me quería sólo como niño.

Pero más adelante me querrá también como discípulo.

Pero ahora es muy niño.

Está para cumplir ocho años.

Lo verás.

–        ¿Entonces, niño y discípulo soy sólo yo?

–        Por ahora sólo tú.

Eres el adalid de los niños discípulos.

Cuando seas hombre plenamente maduro, acuérdate de que supiste ser discípulo, mejor que los hombres;

abre, pues, los brazos a todos los niños que vayan a ti buscándome a Mí,

diciendo:

“Quiero ser discípulo de Cristo». 

¿Lo vas a hacer?  

Margziam promete muy serio: 

–        Lo haré.

Los campos abiertos, llenos de sol, ya los rodean… 

Y ellos se alejan bajo el sol..

315 FIN DEL SEGUNDO GRAN VIAJE


315 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando en la plaza principal de Aera:

«-«…Y no os estoy expresando, como he hecho en otros lugares,

las primeras e indispensables cosas que hay que saber y hacer para salvarse.

Ya las sabéis y muy bien, por obra de Timoneo, sabio arquisinagogo de la Ley antigua,

sapientísimo ahora al renovarla con la Luz de la Ley nueva.

Lo que quiero es poneros en guardia contra un peligro que en el estado de espíritu

en que os encontráis no podéis ver.

Es el peligro de presiones o malignas acusaciones que os desvíen, con la intención de separaros de esta fe que ahora tenéis en Mí.

Os voy a dejar a Timoneo durante un tiempo.

Con otros, os explicará las palabras del Libro a la luz nueva de mi Verdad, que él ha abrazado.

Pero antes de dejaros;

habiendo escrutado vuestros corazones, habiéndolos visto sinceramente amantes, voluntariosos y humildes;

quiero comentar con vosotros un punto del cuarto Libro de los Reyes.

(Corresponde, en la nueva nomenclatura bíblica a 2 Reyes 18, 17-36)

Cuando Ezequías, rey de Judá, sufrió el asalto de Senaquerib,

fueron a él los tres altos personajes del rey enemigo para aterrorizarlo,

con temores de quiebra de alianzas, de potencias que ya lo circundaban.

A las palabras de los poderosos enviados, respondieron Elyaquim, Sebná y Yoaj:

«Habla de forma que el pueblo no comprenda» (para que el pueblo aterrorizado no invocara la paz).

Pero esto es lo que querían los mensajeros de Senaquerib;

así que dijeron con fuerte voz y en perfecto hebreo:

«Que no os seduzca Ezequías…

Concertad con nosotros lo que os conviene y rendíos.

Y todos podrán comer de su vid y de su higuera.

Y podréis beber el agua de vuestras cisternas;

hasta cuando vengamos a llevaros a una tierra como la vuestra, fecunda, rica en vino;

una tierra abundante de pan y uvas, tierra de aceitunas, aceite y miel;

así viviréis y no moriréis…».

Y está escrito que el pueblo no respondió, porque había recibido la orden del rey de no responder.

Ved. Yo también, por compasión de vuestras almas

asediadas por fuerzas más feroces aún que las de Senaquerib, que podía dañar los cuerpos

mas no lesionar los espíritus…

Mientras que la guerra que os plantea el ejército enemigo capitaneado por el más fiero y cruel

déspota que hay en la Creación, es contra vuestros espíritus,

Yo también he rogado a sus mensajeros, a esos mensajeros suyos que, para perjudicarme a Mí en vosotros,

tratan de aterrorizarnos a Mí y a vosotros con amenazas de tremendos castigos,

les he suplicado diciendo: «Habladme a Mí, pero dejad en paz a las almas que nacen ahora a la Luz.

Meteos conmigo, torturadme a Mí, acusadme a Mí, matadme a Mí;

pero no os ensañéis con estos pequeñuelos de la Luz.

Son débiles todavía.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Un día serán fuertes, pero ahora son débiles.

No arremetáis contra ellos.

No arremetáis contra la libertad que tienen los espíritus de elegir un camino.

No arremetáis contra el derecho que Dios tiene a llamar a Sí a estos que lo buscan con sencillez y amor».

¿Pero puede, acaso, uno que odia ceder a las súplicas de la persona odiada?

¿Puede, acaso, uno que es víctima del odio conocer el amor?

No puede.

De aquí que, con mayor dureza aún.

Y cada vez con mayor dureza, vendrán a deciros: «Que no os seduzca el Cristo.

Venid con nosotros y tendréis todos los bienes».

Y os dirán: «¡Ay de vosotros si le seguís! ¡Seréis perseguidos!».

Y os urgirán con ficticia bondad: «Salvad vuestras almas. Es un Satanás».

Muchas cosas os dirán de Mí, muchas, para persuadiros a abandonar la Luz.

Yo os digo: “A los tentadores responded con el silencio».

Después, cuando descienda la Fuerza del Señor a los corazones de los fieles de .Jesucristo,

Mesías y Salvador, entonces podréis hablar, porque no seréis vosotros;

sino el mismo Espíritu de Dios, el que hablará en vuestros labios.

Y vuestros espíritus serán adultos en la Gracia, fuertes e invencibles en la Fe.

Sed perseverantes. Sólo os pido esto.

Recordad que Dios no puede ceder a los sortilegios de un enemigo suyo.

Que sean vuestros enfermos, aquellos que han recibido confortación y paz en su espíritu,

los que hablen siempre entre vosotros, con su sola presencia, de Quién es el que vino a vosotros

para deciros: «Perseverad en mi amor y en mi doctrina y tendréis el Reino de los Cielos».

Mis obras hablan más aún que mis palabras.

Y a pesar de que saber creer sin necesidad de pruebas sea perfecta bienaventuranza,

os he permitido ver los prodigios de Dios para el fortalecimiento de vuestra fe.

Responded a vuestro cerebro, tentado por los enemigos de la Luz, con las palabras de vuestro espíritu:

«Creo porque he visto a Dios en sus obras».

Responded al enemigo con el silencio activo y diligente.

Y con estas dos respuestas caminad en la Luz.

La paz sea siempre con vosotros.

Y los despide. Luego se encamina afuera de la plaza.

Nathanael pregunta:

–        ¿Por qué les has hablado tan poco, Señor?

Timoneo quizás se ha quedado desilusionado.

Jesús responde:

–        No se sentirá desilusionado porque es un justo.

Y comprende que advertir a uno de un peligro, es amarlo con amor más intenso.

Este peligro está muy presente.

Mateo dice:

–        Como siempre, los fariseos, ¿no?

–        Ellos y otros.

Juan pregunta afligido:

–        ¿Estás apesadumbrado, Señor?

–        No.

No más que de costumbre…

–        Sin embargo, estabas más alegre estos días pasados…

–        Será tristeza por no tener ya consigo a los discípulos.

Judas pregunta:

–        Pero, ¿Y  por qué los has despedido?

¿Es que quieres seguir el viaje?

–        No.

Éste es el último lugar.

De aquí se va a casa.

Pero las mujeres no podían continuar con estas condiciones climáticas.

Han hecho mucho.

No deben hacer más.

–        ¿Y Juan?

–        Enfermo.

En una casa amiga como estuviste tú.

Luego Jesús se despide de Timoneo y de otros discípulos que se quedan en la comarca;

a los cuales les hadado órdenes para el futuro, pues no insiste en más consejos.

Están en la puerta de la casa de Timoneo,

porque Jesús ha querido bendecir una vez más a la dueña de la casa.

La gente, respetuosa, lo observa.

Y lo sigue cuando reanuda el camino en dirección al arrabal, a las huertas, a la campiña.

Los más tenaces lo siguen todavía un poco más, en un grupo cada vez más reducido;

hasta ser sólo nueve, luego cinco, luego tres, luego uno…

Este uno también se vuelve para Aera,

Mientras Jesús toma la dirección de occidente, sólo con los doce apóstoles;

pues también Hermasteo se ha quedado, con Timoneo.

Jesús dice:

–        El viaje, el segundo gran viaje apostólico, está cumplido.

Ahora es el regreso a los conocidos campos de Galilea.