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348 PEREGRINO RECHAZADO


348 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Mientras salen de la casa donde han dormido. 

Pedro dice:

–         Señor, esta noche he estado pensando…

¿Por qué quieres venir tan lejos, para luego volver a los confines fenicios?

Deja que vaya yo con otro.

Venderé a Antonio…

Lo siento… Pero ahora ya no hace falta y llamaría la atención.

Me toparé con Felipe y Bartolomé.

Sólo pueden recorrer ese camino, así que los encontraré, sin duda.

Y puedes estar seguro de que no hablaré.

No quiero causarte dolores…

Tú descansas aquí, con los demás, nos ahorramos todos ese camino de Yiftael…

Y tardamos menos»

Y parecen menos demacrados, porque tienen túnicas frescas.

Las barbas y los cabellos han sido arreglados por mano experta.  

Jesús  responde:

–        Tu idea es buena.

No te impido hacerlo.

Bien, ve con quien quieras de tus compañeros.

–         Entonces con Simón. Señor, bendícenos.

Jesús los abraza,

diciendo:

–        Con un beso. Id.

Los miran mientras se marchan, descendiendo raudos hacia la llanura.

Tadeo dice:

–         ¡Qué bueno es Simón de Jonás!

Estos días lo he apreciado como nunca lo había hecho.  

Mateo añade:

–         También yo.

Nunca egoísta, nunca soberbio, nunca exigente.

Santiago de Alfeo agrega:

–        No se ha aprovechado nunca del hecho de ser el jefe.

¡Al contrario! Parecía el último de nosotros.

Y no obstante, conservaba siempre su lugar.

Santiago de Zebedeo:

–         A nosotros esto no nos asombra.

Lo conocemos desde hace años.

Fogoso, pero todo corazón. ¡Y además tan honesto…! –

Andrés:

–        Mi hermano, a pesar de ser rudo, es bueno.

Y desde que está con Jesús, se ha hecho doblemente bueno.

Yo tengo un carácter completamente distinto, y…

Algunas veces se ponía nervioso;

pero era porque comprendía que yo sufría por ese carácter;

se inquietaba por mi bien.

Uno, una vez que lo comprende, se lleva bien con él.   

Juan afirma:

–        Estos días nos hemos entendido siempre y hemos sido un corazón solo.

Santiago de Zebedeo:

–        ¡Sí, sí! Yo también lo he percibido.

Durante toda una luna.

Y en momentos incluso de verdadera tensión, no hemos tenido nunca malos humores…

Mientras que otras veces…

No sé por qué… 

Tadeo responde:

–        ¿Por qué?

¡Pues es fácil de entender!

Porque tenemos intención recta.

No somos perfectos, pero sí rectos.

Por eso aceptamos el bien que uno propone; o descartamos el mal,

cuando uno de nosotros nos lo indica como tal.

Y antes no lo  habíamos intuido nosotros solos.

¿Por qué?

¡Es fácil responder!

Porque nosotros ocho tenemos solo un pensamiento:

Hacer las cosas de forma que Jesús se sienta contento.

¡Eso es todo!   

Andrés dice conciliador:

–        No creo que los otros tengan un pensamiento distinto.

Judas Tadeo, que se ha contenido, al principio de su intervención, por una mirada de Jesús.

Dice con vehemencia:

–        No.

No Felipe, ni Bartolomé, aunque sea muy anciano y muy Israel…

Y tampoco Tomas, a pesar de que sea más hombre que espíritu.

Sería injusto con ellos si los acusara de…

Jesús, tienes razón. Perdona.

Pero, si supieras lo que me produce el verte sufrir. ¡Y por él!

Yo soy discípulo tuyo, como todos los otros.

Pero, además, soy hermano y amigo tuyo.

Y llevo en mis venas la fogosa sangre de Alfeo.

Jesús, no me mires tan severo y tan triste.

Tú eres el Cordero y yo… el león.

Créeme que a duras penas logro sujetarme para no romper de un zarpazo la red de

calumnias que te circunda.

Y para no abatir el cobijo en que se oculta el verdadero enemigo.

Quisiera ver la realidad de su rostro espiritual, al cual doy un nombre…

Aunque quizás calumnio al hacerlo; y lo marcaría con una señal,

si lograse conocer su realidad sin riesgo de error…

Que le quitaría para siempre las ganas de dañarte

Santiago de Zebedeo le responde:

–        ¡Deberías marcar a la mitad de Israel!…

Pero Jesús seguirá adelante igual.

Ya has visto estos días que nada puede contra Jesús.

¿Qué hacemos ahora Maestro?

¿Has hablado aquí?

–        No.

Hacía menos de un día que había llegado a estas laderas.

Dormí en el bosque.

–         ¿Porque no te recibieron?

-Su corazón rechazó al Peregrino…

No tenía dinero…

–         ¡Entonces son corazones de piedra!

¿De qué tenían miedo?

–        De que fuera un bandido…

Pero no importa.

El Padre que está en los Cielos hizo que encontrara una cabra, perdida o que había huido.

Venid, os la muestro.

Vive en la espesura con su cabritillo.

No huyó al verme llegar.

Es más, me dejó exprimir su leche en mi boca…

Como si Yo también fuera una criatura suya.

Y dormí al lado de ella, con el cabritillo casi en mi corazón.

¡Dios es bueno con su Verbo!

Van hacia el lugar del día anterior, a un bosque espeso y espinoso.

En su centro hay un roble secular, con una base tan hendida en un terreno casi imposible…

Es como si el terreno se hubiera abierto y hubiera desgajado su tronco poderoso,

fajado todo de verdes hiedras y de espinos por ahora carentes de hojas.

Allí cerca está pastando la cabra con su cabritillo.

Al ver a tantos hombres, apunta hacia ellos los cuernos en señal de defensa.

Pero luego reconoce a Jesus y se calma.

Le echan unas cortezas de pan y se retiran.  

Jesús explica:

–         Ahí dormí.

Y hubiera seguido allí, si no hubierais venido.

Ya tenía hambre.

El objetivo del ayuno estaba terminado…

No era necesario insistir, por otras cosas que ya no se pueden cambiar…

Jesús está de nuevo triste…

Los seis se intercambian breves miradas, pero no dicen nada.

Tadeo pregunta.

–         ¿Y ahora?

¿A dónde vamos?

–        Nos quedamos aquí, por hoy.

Mañana bajaremos a predicar en el camino de Tolemaida.

Luego iremos hacia los confines fenicios, para regresar aquí antes del sábado.

Y lentamente, regresan al pueblo.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

334 EL SUEÑO EQUIVOCADO


334 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y empieza el Tercer Año de su vida pública.

Jesús será el Justo.

Juan, Santiago, Mateo y Andrés han llegado ya a Nazaret… 

Y mientras esperan a Pedro, pasean por el huerto de Nazaret;

jugando con Margziam o hablando entre ellos.

Pareciera como si Jesús faltara en este momento de casa,

y María estuviera ocupada en algunas labores en la cocina;

se deduce por el humo que  sale del horno y el aroma del pan.

A los cuatro apóstoles se les ve contentos de estar en casa del Maestro.

Y lo exteriorizan.

Margziam, hasta tres veces,

les dice

–       ¡Pero no os riáis de esa forma!

Y la tercera vez, Mateo nota la recomendación,

y pregunta:

–       ¿Por qué, niño?

¿No es justo sentirse contentos de estar aquí?

Tú has disfrutado de este sitio, ¿No?

Pues ahora lo hacemos nosotros. – y le da afablemente un cachetito.

Margziam lo mira muy serio.

Pero sabe callar.

Regresa Jesús con sus primos Judas y Santiago;

los cuales saludan efusivamente a los compañeros;

de los que han estado separados muchos días.

María de Alfeo asoma la cabeza desde el interior del horno;

toda colorada y llena de harina.

Y sonríe a sus hijotes.

El último en regresar es Simón Zelote,

que dice:

–       He hecho todo, Maestro.

Dentro de poco, Simón estará aquí.

Santiago pregunta:

–         ¿Qué Simón?

¿Mi hermano o Simón de Jonás?

–       Tu hermano, Santiago.

Viene a saludarte con toda la familia.

Efectivamente, pasados pocos minutos, se escuchan  unos golpes en la puerta,

y una densa parlería anuncian la llegada de la familia de Simón de Alfeo,

que es el primero en entrar, llevando de la mano a un niñito de unos ocho años;

tras él, Salomé, rodeada por su nidada.

María de Alfeo se apresura a salir del cuarto del horno y besa a sus nietos;

contenta de verlos ahí.  

Mientras los niños estrechan amistad con Margziam;

el que conoce bien a Alfeo, el niño sanado por Jesús.  

Jesús sale del taller de la carpintería,

Y Simón su primo, pregunta:

–       ¿Te marchas, entonces, otra vez?

Jesús responde:

–       Sí, es hora.

–       Tendrás todavía días lluviosos.

–       No importa.

Los días nos van acercando a la primavera.

–       ¿Vas a Cafarnaúm?

–       Sí, iré también allí.

Pero no enseguida.

Ahora atravesaré la Galilea e iré allende sus confines.

–       Cuando estés en Cafarnaúm y yo lo sepa, iré a verte.

Te llevaré a tu Madre y a la mía.

–       Te quedaré agradecido.

Entretanto no la desatiendas.

Se queda completamente sola.

Tráele a los niños.

Aquí puedes estar seguro de que no se vician…

Simón se pone como la brasa por la alusión de Jesús a sus pensamientos pasados.

Y por la mirada que le ha lanzado su mujer como diciendo:

«¿Has oído? Te está bien merecido».

Y Simón cambia de tema diciendo:

–       ¿Dónde está tu Madre?

–       Está haciendo el pan.

Ahora vendrá…

Pero los hijos de Simón no esperan y van al horno detrás de su abuela.

Y una niñita, poco mayor que el curado Alfeo, sale casi inmediatamente,

diciendo:

–       María está llorando.

¿Por qué?

¡Eh, Jesús!,

¿Por qué llora tu Madre?  

Salomé muy solícita,

pregunta: :

–       ¿Está llorando?

¡Oh, querida mía! Voy con ella.!

Y Jesús explica:

–       Llora porque me marcho…

Pero vendrás a hacerle compañía, ¿No?

Te enseñará a bordar y tú alegrarás sus días.

¿Me lo prometes?

Alfeo mientras se come un bollito caliente que le acaban de dar.  

dice:

–       Vendré también yo;

ahora que mi padre me deja.  

Pero, aunque el bollo esté tan caliente que casi no puede ser sujetado con los ledos,

parece que está helado respecto al calor de vergüenza que asalta a Simón de Alfeo,

por las palabras de su hijo.

A pesar de ser una mañana de invierno más bien fresca;

debido a un ligero cierzo que barre las nubes del cielo, pero raspa la piel).  

Simón se cubre de abundante sudor, como si fuera pleno verano…

Jesús hace como que no se da cuenta.

Y los apóstoles aparentan un gran interés, por lo que están contando los hijos de Simón.  

Así se concluye el incidente

Y Simón puede reponerse y preguntar a Jesús, que por qué no están todos los apóstoles.

Jesús responde:

–        Simón de Jonás está para llegar.

Los demás me alcanzarán en el momento oportuno.

Ya está determinado.

–       ¿Todos?

–       Todos.

–       ¿También Judas de Keriot?

–       También él…

–       Jesús, ven un momento conmigo – le solicita su primo Simón.

Y separados ya hacia el fondo del huerto,

Simón pregunta:

–       ¿Pero sabes bien, quién es Judas de Simón?

–       Es un hombre de Israel.

Nada más. Nada menos.

–       ¡No querrás decirme que es…!

Ya está para acalorarse y levantar la voz.

Pero Jesús lo calma interrumpiéndole y poniéndole una mano en un hombro;

mientras le dice:

–       Es como lo hacen las ideas imperantes…

Y los que entran en contacto con él.

Porque por ejemplo, SI AQUÍ (y recalca mucho las palabras)

Hubiera encontrado solamente corazones justos y mentes inteligentes;

No habría sentido interés en pecar.

Pero no los ha encontrado.

Por el contrario, ha encontrado un elemento totalmente humano,

y en él ha asentado sin ninguna dificultad, su ‘yo’ muy humano, que me sueña;

me ve y trabaja por mí, como rey de Israel, en el sentido humano del término.

De la misma forma que me sueñas y me quisieras ver tú.

Y estarías dispuesto a trabajar tú…

Y contigo José, tu hermano.

Y con vosotros dos, Leví, arquisinagogo de Nazaret…

Matatías, Simeón, Matías, Benjamín, Jacob….

Y menos tres o cuatro, todos vosotros de Nazaret.

Y no sólo los de Nazaret…

Encuentra dificultades para formarse porque todos vosotros contribuís a deformarlo.

Cada vez más.

Es el más débil de mis apóstoles.

Pero, por ahora, no es sino un débil.

Tiene impulsos buenos, deseos rectos, amor por Mí…

Desviado en cuanto a la forma, pero amor en todo caso.

Vosotros no le ayudáis a separar estas partes buenas,

de las partes no buenas que forman su ‘yo;’

antes al contrario, agraváis éstas cada vez más;

añadiendo vuestras incredulidades y limitaciones humanas.

Pero vamos a casa.

Los demás han entrado ya…

Simón lo sigue un poco apesadumbrado.

Están ya casi en la puerta, cuando detiene a Jesús,

y dice:

–       Hermano mío, ¿Estás enojado conmigo?

–       No.

Es que intento formarte también a ti, como formo a todos los demás discípulos.

¿No has dicho que quieres ser discípulo?

–       Sí, Jesús.

Pero las otras veces no hablabas así, ni siquiera cuando corregías.

Eras más dulce…

–       ¿Y para qué ha servido?

Antes lo era.

Hace dos años que lo soy…

Unos, a costa de mi paciencia y bondad, os habéis emperezado; 

otros habéis afilado colmillos y garras.

El amor os ha servido para dañarme. ¿No es así?.–       Es así.  Es verdad.

Pero, ¿Vas a seguir siendo bueno?

–       Seré justo.

Y aun así, seré como no merecéis,

vosotros de Israel que no queréis reconocer en Mí al Mesías prometido.

Entran en la pequeña habitación;

tan abarrotada de personas, que muchos han terminado en la cocina o en el taller de José.

Y éstos son los apóstoles,

menos los dos hijos de Alfeo; que se han quedado con su madre y su cuñada.

A ellas ahora se añade María, que entra llevando de la mano al pequeño Alfeo.

El rostro de María presenta claros signos de haber llorado.

Pero, mientras María está para responder a Simón;

que le asegura que irá a su casa todos los días;

por la callejuela serena avanza un carro, haciendo tanto ruido, con un sonido de cascabeles,

que llama la atención de los hijos de Zebedeo por la bulla que hace, y… 

Mientras afuera llaman, al mismo tiempo, abren adentro

Aparece el rostro alegre de Simón Pedro, que ha llamado con el mango de la tralla.

Y está todavía sentado en el carro…

A su lado, tímida pero sonriente; lleva a Porfiria, sentada encima de unas cajas;

de tamaño decreciente como si fuera un trono.

Margziam sale corriendo y trepa al carro para saludar a su madre adoptiva.

Salen también los demás, entre los cuales está Jesús.  

Pedro dice:

–       Maestro, aquí estoy.

He traído a mi mujer con este vehículo; porque es una mujer que resiste poco caminando.

María, el Señor esté contigo.

También contigo, María de Alfeo.

Mira a todos, mientras baja de su vehículo y ayuda a bajar a su mujer.

Y saluda conjuntamente al grupo.

Quisieran ayudarle a descargar el carrito, pero él se opone enérgicamente. «

Después, después… » dice.

Y ni corto ni perezoso, se acerca a la ancha puerta del taller de José y la abre de par en par; 

tratando de hacer entrar el carro como está.

No pasa, naturalmente.

Pero la maniobra sirve para atraer la atención de los que han venido de visita.

Y hacerles comprender que sobra gente…

Efectivamente, Simón de Alfeo se despide con toda su familia…

Después que se van,

Pedro dice:

–       Oh, ahora que estamos solos,

vamos a preocuparnos de nosotros…

Mientras haciendo retroceder al burrito que, cubierto como está de cascabeles

hace bulla por diez;

Tanto que Santiago de Zebedeo no puede contenerse,

  de preguntar riendo:

–       «¿Y dónde lo has encontrado tan enjaezado?».

Pero Pedro está concentrado en bajar las cajas que había en el carro;

pasárselas a Juan y Andrés, que se quedan asombrados, pues creían que iban a sentir peso;

y sin embargo, las cajas son ligeras…

Y lo comentan…  

Pedro ordena:

–       ¡Eah, id para el huerto!

¡Y no os quedéis ahí como chorlitos!

Mientras a su vez, baja con una cajita que sí que pesa,

para colocarla en un rincón de la habitación.

–       Y ahora el burro y el carro.–        ¡Esto es lo difícil!…

–       Y tiene que entrar todo en casa…

María dice en voz baja:

–        Por el huerto, Simón.

Hay una valla en el seto del fondo.

No lo parece, porque está cubierta de ramajes…

Pero está.

Pedro sigue el sendero que va bordeando la casa, entre esta casa y el huerto vecino.

Jesús dice:

–       Yo voy a mostrarte dónde está la valla…

¿Quién viene a apartar las matas que la cubren?

–       Yo. Yo.

Todos se dirigen presurosos hacia el fondo del huerto.

Entretanto, Pedro se marcha con su rumoroso cargamento y

María de Alfeo cierra la puerta…

Trabajando con un hocino, queda libre el rústico vallado y abren un paso;

por el que entran burro y carro.

Pedro se apresura a cortar los lazos que mantienen sujetos los cascabeles a los jaeces.  

diciendo:

–        ¡Bueno, bien!

Y ahora quitamos todo esto.

Me han roto los oídos  y 

Andrés pregunta:

–        ¿Y por qué los has tenido, entonces?

Pedro replica:

–       Para que toda Nazaret me oyera llegar.

Y lo he conseguido…

Ahora los quito para que nadie de Nazaret nos oiga partir.

Lo mismo, he metido vacías las cajas…

Nos marcharemos con las cajas llenas.

Y nadie, si es que alguien nos ve, se sorprenderá de ver a una mujer,

sentada a mi lado en las cajas.

El que ahora está lejos se las da de tener tino y sentido práctico.

Bueno pues, cuando quiero, también lo tengo yo…

Andrés, que ha dado de beber al burro y lo ha llevado al lado de la tosca leñera,

que hay junto al horno. 

pregunta:

–       Perdona, hermano.

¿Para qué es necesario todo esto?

–       ¿Para qué?

¡No sabes nada!…

¡Maestro, no saben todavía nada!

Jesús dice:

–       No, Simón.

Estaba esperándote a ti para hablar.

Venid todos al taller.

Las mujeres están bien donde están.

Lo que has hecho ha estado bien hecho, Simón de Jonás.

Van al taller.

Porfiria con el niño y las dos Marías se han quedado en casa.

Jesús explica:

–      He querido que vinierais…

Porque tenéis que ayudarme a mandar fuera de aquí, muy lejos;

a Juan y a Síntica.

Lo tengo decidido desde los Tabernáculos.

Como habéis podido constatar, no era posible tenerlos con nosotros; 

ni siquiera aquí, sin poner en peligro su paz.

Como siempre, Lázaro de Betania me ayuda en esta obra.

Ellos ya lo saben.

Simón Pedro lo sabe desde hace pocos días.

Vosotros lo sabéis ahora.

Esta noche dejaremos Nazaret.

Aunque en lugar de la primera luna tuviéramos agua y viento.

Ya deberíamos haber partido;

pero supongo que es que Simón de Jonás habrá tenido dificultades,

para encontrar el medio de transporte…

Pedro responde:

–       ¡No lo sabes bien!

Ya perdía la esperanza de encontrarlo.

Pero, al final, lo he podido conseguir de un ruin griego…

Será útil…

–       Sí.

Será útil, especialmente para Juan de Endor.

Pedro pregunta:

–       ¿Dónde está, que no se le ve? 

–       En su habitación, con Síntica.

–       Y… ¿Cómo ha recibido la cosa? – pregunta otra vez Pedro.

–       Con mucho dolor.

También la mujer.. 

Juan observa: .

–       Y también Tú, Maestro.

En tu frente hay una arruga que no tenías.

Y tienes mirada grave y triste.    

Jesús concede:

–       Es verdad.

Estoy muy apenado…

Pero, hablemos de lo que tenemos que hacer. 

Escuchadme bien, porque luego nos tendremos que separar.

Partimos esta noche, a mitad de la primera vigilia.

Nos marcharemos como quien huye… porque son culpables.

Sin embargo, nosotros no vamos con intención de hacer ningún mal,

ni huimos por haberlo hecho;

nos vamos para impedir que algún otro lo haga,

a quien no tendría la fuerza para soportarlo.

Partiremos pues…

Iremos por el camino de Sefori…

Haremos un alto a mitad de camino en una casa, para partir al alba.

Es una casa que tiene muchos pórticos para los animales.

En ella hay pastores amigos de Isaac.

Los conozco.

Me darán hospedaje sin pedir nada. 

Luego tenemos que llegar a Yiftael, necesariamente ese mismo día;

aunque sea de noche;

allí pernoctaremos.

¿Crees que podrá el animal? 

Pedro confirma:

–       ¡Y mucho más!

Ese griego deshonesto me lo ha hecho pagar,

pero me ha dado un animal bueno y fuerte.

–       Está bien.

Al día siguiente por la mañana iremos a Tolemaida y nos separaremos.

Vosotros, guiados por Pedro, que es vuestro jefe,

y al cual debéis obedecer ciegamente;

iréis por mar hasta Tiro.

Allí encontraréis una nave preparada para zarpar en dirección a Antioquía.

Subiréis y daréis esta carta al patrón de la nave, para que la vea.

Es de Lázaro de Teófilo.

Vosotros pasáis por dependientes suyos, enviados a sus tierras de Antioquía.

O mejor, a sus jardines de Antigonio.

Esto sois para todos.

Sabed mostraos atentos, serios, prudentes y silenciosos.

Cuando lleguéis a Antioquía, id enseguida a ver a Felipe, el administrador de Lázaro,

y le dais esta carta…

Zelote dice:

–        Maestro, él me conoce.

–       Muy bien.

       ¿Cómo va a creer que soy un subordinado?

–       Para Felipe no hace falta.

Sabe que debe recibir y hospedar a dos amigos de Lázaro y ayudarlos en todo.

Así está escrito.

Vosotros los habéis acompañado. Nada más.

Él os llama: “sus queridos amigos de Palestina”.

Y es lo que sois, congregados por la fe y por la acción que lleváis a cabo.

Descansaréis hasta que la nave, acabadas sus operaciones de descarga y carga,

vuelva para Tiro.

De Tiro, con la barca, vendréis a Tolemaida y desde allí vendréis a reuniros conmigo a Akzib…

Juan suspira diciendo:

–       ¡Por qué no vienes con nosotros?

–       Porque me quedo a orar por vosotros.

Y especialmente por estos dos pobres.

Me quedo para orar.

Así empieza mi Tercer Año de vida pública.

Empieza con una partida muy triste; como el primero y el segundo.

Empieza con una intensa oración y penitencia, como el primero…

Porque éste tiene las dificultades dolorosas del primero, y más aún.

Entonces me preparaba para convertir al mundo.

Ahora me preparo para una obra sin duda más vasta y potente.

Pero, escuchadme atentamente:

Habéis de saber que, si en el primero fui el Hombre-Maestro,

el Sabio que llama a la Sabiduría, con humanidad perfecta e intelectual perfección,

y en el segundo fui el Salvador y Amigo,

el Misericordioso que pasa acogiendo, perdonando, compadeciéndose, soportando;

en el tercero seré el Dios Redentor y Rey, el Justo.

No os asombréis pues, si veis en mí formas nuevas; 

si en elCordero veis el súbito fulgor del Fuerte.

¿Qué ha respondido Israel a mi invitación de amor?

¿Qué ha respondido ante mis brazos abiertos a él y mis palabras:

“Ven, Yo amo y perdono”?

Ha respondido con embotamiento y dureza de corazón voluntarios y cada vez mayores,

con el embuste, con la insidia.

Pues bien, así sea.

Lo había llamado – sin excluir clase alguna al hacerlo –plegando mi frente hasta el polvo:

Israel ha escupido encima de la Santidad que se humillaba.

Le había invitado a santificarse: me ha respondido entregándose al Demonio.

He cumplido mi deber en todo: ha llamado “pecado” a mi deber.

He callado: ha llamado “prueba de culpabilidad” mi silencio.

He hablado: ha llamado “blasfemia” mi palabra.

¡Basta ya!

No me ha dado respiro.

No me ha concedido una sola alegría.

Y la alegría para mí era nutrir y formar en la vida del espíritu, a los recién nacidos a la Gracia.

Les tienden insidias y debo arrancármelos de mi pecho,

produciendo en ellos y en Mí, el espasmo de padres e hijo

arrancados el uno al otro, para ponerlos a salvo del Maligno Israel.

Los poderosos de Israel, que se llaman a sí mismos “santificadores” haciendo alarde de serlo,

me impiden, quisieran impedirme, salvar y gozar de mis salvados.

Hace ya muchos meses que tengo a un Leví publicano como amigo y a mi servicio:

el mundo puede constatar si Mateo es motivo de escándalo o de emulación.

Pero la acusación no cesa.

Como no cesará tampoco para María de Lázaro, ni para los otros muchos a quienes salvaré.

¡BASTA YA!

Yo recorro mi camino, cada vez más áspero y regado de llanto…

Yo camino…

Ninguna de mis lágrimas caerá inútilmente.

Elevan su grito a mi Padre…

Después elevará su grito otro humor mucho más poderoso.

Yo camino.

El que me ame que me siga y se haga viril, porque llega la hora severa.

No me detengo. Nada me detiene.

Tampoco ellos se detendrán…

Pero, ¡Ay de ellos! ¡Ay de ellos!

¡Ay de aquellos para quienes el Amor se hace Justicia!…

El Signo del Nuevo Tiempo será una Justicia severa;

para todos los que se obstinan en su pecado, contra las palabras del Señor

y la acción del Verbo del Señor…

Jesús parece un arcángel castigador.

¡Tanto resplandecen sus ojos, que lanza fuego contra la pared humosa…

Hasta su Voz, que tiene tonos agudos de bronce y plata, golpeados con violencia,

parece resplandecer.

Los ocho apóstoles se han puesto pálidos y están casi encogidos de temor.

Jesús los mira… con piedad y amor.

Dice:

–       No os lo digo a vosotros, amigos míos.

No son para vosotros estas amenazas.

Vosotros sois mis apóstoles, Yo os he elegido.

La voz es ahora dulce y profunda.

Termina:

–       Vamos allí.

Hagámosles ver a los dos perseguidos…

Y os recuerdo que piensan que parten para prepararme el camino a Antioquía;  

que los amamos más que a nosotros mismos.

Venid..

Y todo termina.   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

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331 SACRIFICIOS POR AMOR


331 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 La presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret, hace que la reunión sea más bulliciosa.

Ya casi han terminado de comer.

Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uvas y almendras;

que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas,

mientras Síntica lleva la fruta

Pedro dice:

–        Este año encenderemos una más.

Y en lo sucesivo siempre una más, por Ti, hijo mío.

Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí.

Es la primera vez que la encendemos por un niño…

Y Simón se emociona un poco al terminar:

«       La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…  

María dice:

–        El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano.

Y junto conmigo María de Alfeo y Salomé.

También María de Simón, en su casa de Keriot.

Y la madre de Tomás…

Simón Zelote dice:

–        ¡Oh, 1a madre de Judas!

Este año tendrá con ella a su hijo…

Pero no creo que se sienta más feliz…

Bueno, vamos a  dejarlo…

Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!…

Parecía un cielo de oro y fuego.

Este año Lázaro tiene a su hermana…

Pero estoy seguro de que no me equivoco, sí digo que estarán afligidos

pensando que Tú no estás.

¿Y para el que viene, dónde estaremos?  

Juan de Endor, susurra:

–        Yo, muy lejos… 

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado.

Y está para preguntar algo, pero afortunadamente, se sabe contener

por la llamada de atención de Jesús con la mirada.

Margziam pregunta:

–        ¿Dónde vas a estar?

–        Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

–        ¿Quieres morir?

¿No quieres evangelizar?

¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

–        La palabra del Señor debe salir de labios santos.

Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella.

Me habría gustado…

Pero es tarde…

Jesús dice:

–        Sin embargo, evangelizarás.

Ya lo has hecho.

Tanto que has atraído hacia ti la atención.

Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador,

aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva.

Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

–        Tu promesa me hace desear la muerte…

Cada minuto de vida puede esconder un peligro que yo, siendo débil como soy,

quizás no podría superar.

Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado,

¿No es bondad grande que debe ser bendecida?

–        En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que así, conocerán hasta

qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará

de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría

de la liberación del Limbo.

Simón Zelote, que ha estado muy atento,

pregunta:

–        ¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? 

–        Donde quiera el Eterno.

¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento

que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo?

Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias,

en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la Voluntad de Dios».

Pedro pregunta:

–        ¿Estáis? ¿Y Tú? 

–        Estaré siempre donde estén mis amados.

María no ha hablado en todo este tiempo.

Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam,

que dice:

–        ¿Madre,

¿Por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel?

A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta.

Y además también le gustan a mi padre…

–        Y a ti – termina Pedro.

–        Para mí…

Es como si no existieran.

He hecho una promesa…

María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa,

mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto

Dice:

–        Por esto, encanto, no los he traído…

–        No, no.

Los puedes traer.

Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica toma una lámpara, sale, vuelve con los bollos.

Y Margziam agarra la bandeja y empieza a distribuir.

Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero).

Uno, el segundo en perfección, a María.

Luego es el turno de Pedro, sigue Simón, luego de Síntica.

Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta.

Se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo,

y le dice:

–        Para ti el tuyo y el mío.

Y además un beso;

por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio;

deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.  

Al ver que Margziam ni lo prueba,

Pedro dice:

–        Así se me atraganta esta cosa deliciosa.

Y añade:

–       «Al menos un trocito.

¡Venga, hombre, del mío;

aunque sólo sea para no morir de ganas!

Sufres demasiado…

Jesús te lo concede.

–        Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío.

He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir….

Y, en definitiva… 

estoy tan contento desde que lo he hecho;

que me siento como todo lleno de miel.

Siento el sabor de la miel en todas partes.

Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

–        Es porque te mueres de las ganas.

–        No.

Es porque sé que Dios me dice: “Haces bien, hijo mío”.

–        El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio.

¡Te quiere mucho!

–        Sí.

Pero no es justo que me aproveche porque me quiera.

Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo,

incluso por un vaso de agua ofrecido en su Nombre.

Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su Nombre,

también lo será por un bollo…

 un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano.

¿Me equivoco, Maestro?

–        Hablas sabiamente.

Yo podía efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la

pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba.

Pero la hice con más alegría, porque me ayudaste tú.

El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos,

sino que se yergue a lugares mucho más altos.

Cuando es perfecto, toca absolutamente el Trono de Dios y se funde con su infinita caridad

y bondad.

La Comunión de los santos es exactamente este continuo obrar;

de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios,

para ayudar a los hermanos,

sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales,

o en las dos;

como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel,

la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana

y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor,

en el corazón de todos los de aquella familia.

Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel, puede servir para devolver la paz

y la esperanza a una persona afligida;

así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor,

puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente,

para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos;

y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa;

puede impedir un delito lejano;

así como resistir a las ganas de coger un fruto por amor;

puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio.

Nada se pierde en la economía santa del amor universal.

No se pierde el holocausto de un mártir,

no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos.

Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica 

educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

Margziam. dice convencido: 

–        Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos.  

Pedro cuestiona:

–        ¿Perseguidos? 

–        Sí.

¿No te acuerdas que lo dijo?:

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

“Seréis perseguidos por causa mía”.

Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

Pedro comenta admirado: 

–        Este niño se acuerda de todo.

La cena termina.

Jesús se levanta.

Ora por todos y bendice.

Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza,

Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera,

que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista. Y a un corderito, un padre de familia joven

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos. 

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

330 PREPARATIVOS…


330 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret.

Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda;

pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo,

a María, que ha ido a abrirle

Luego pregunta:

–        ¿Dónde están el Maestro y Margziam?

–        Están en el ribazo, encima de la gruta,

pero de la parte de la casa de Alfeo.

Creo que Margziam está recogiendo aceitunas.

Jesús está meditando.

Voy a llamarlos.

–        Lo hago yo.

–        Descarga todos esos pesos al menos.

–        No, no.

Son sorpresas para el niño.

Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso…

Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto.

Va al pie del ribazo.

Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y cambiando un poco la voz,

grita:

–        La paz a ti, Maestro.

Y luego con su voz natural:

–       « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla…

Una pausa, luego la vocecita aguda, casi de niña, del muchacho,

pregunta:

–        Maestro, ¿Pero no era mi padre el que me ha llamado?

Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada.

Y lo confiesa con sencillez.

Pedro llama de nuevo:

—       ¡Margziam! –

Y se echa a reír con su risa franca y abierta.

–        ¡Sí, sí, es él!

¡Padre! ¡Padre mío!

¿Dónde estás?

Se asoma prominentemente para mirar al huerto.

Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira…

Ve a María, sonriente, en la puerta…

A Juan y a Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno…

Y se asoman también.

–        ¡Ah, Margziam no espera más!

Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta.

Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo.

Es conmovedor el saludo de los dos.

Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo;

luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho,

para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación.

Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol,

y que pregunta:

–        ¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús

–       « ¿Por qué has venido tan pronto?»:

–        ¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte?

Y además… Estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo:

“Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello”.

Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto.

La última noche se levantó para hacer los bollos y nada más que acabaron de cocerse,

me apremió para que me pusiera en camino…

Margziam. grita:

–       ¡Sopla!

¡Los bollos!…

Pero, inmediatamente, se calla.

–        Sí.

Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno, las aceitunas y las manzanas rojas.

Y también te ha untado un pan.

Y te manda quesitos de tus ovejitas.

Hay también una túnica que no absorbe el agua.

Y luego, y luego…

No sé qué más.

¿Cómo?

¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

–        Porque hubiera preferido que me la hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas…

Yo la quiero, ¿Sabes?

–        ¡Oh, Divina Misericordia!

¿Quién lo iba a pensar?

Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

María dice:

–        Margziam tiene razón.

Podías haber venido con ella.

Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo.

Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños…

–        Bien…

Pero dentro de poco lo verá, ¿No es verdad, Maestro?

–       Sí.

Después de las Encenias, cuando nos marchemos…

Es más…

Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella.

Estará con él aquí, unos días,.

Y luego volverán juntos a Betsaida.

–        ¡Oh, qué bonito!

¡Aquí con dos madres!

El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.

–        Mirad: pescado seco, en salmuera.

Y fresco. Le será útil a tu Madre.

Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro.

Y aquí huevos para Juan.

Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal.

Y también  uvas.

Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido.

Y luego… ¡Ah, y esto!

Mira, Margziam, qué color de oro tiene.

Parece hecho con los cabellos de María.

Y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

María ante los envoltorios, grandes y pequeños,

vasijas y orzas que cubren  la mesa.,

dice:

–        ¡Pero por qué tantas cosas?

Ha sido un sacrificio para ti, Simón.

–        ¿Un sacrificio?

No.

Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado.

Lo demás son cosas de la casa.

No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo.

Además…

Ya estamos en las Encenias…

Es tradición, ¿No?

¿No pruebas la miel?

Margziam dice serio:

–       No puedo.

–      ¿Por qué? ¿Estás mal?

–       No.

Pero no puedo comerla.

–       ¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde.

Mira a Jesús y calla.

Jesús sonríe y explica:

–        Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia.

No puede comer miel durante cuatro semanas.

–        ¡Ah! ¡Bien!

La comerás después…

De todas formas, toma el tarro…

¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

Jesús, mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

dice:

–        Tan generoso, Simón.

Quien de niño acomete la penitencia,

encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud –

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha.

Luego pregunta:

–        ¿No está el Zelote?

–        Está en casa de María de Alfeo.

Volverá pronto.

Esta noche dormiréis juntos.

Vamos allí, Simón Pedro.

Salen.

María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

Pedro dice:

–        Maestro…

Yo he venido para verte a Ti y al niño.

Es verdad.

Pero también porque he pensado mucho estos días,

especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos…

A los que les dije más mentiras que peces hay en el mar.

Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor;

luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a Ti.

¡Que anden, que anden!…

Pero luego volverán y…

Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

Jesús responde:

–        Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas.

Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos,

ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina.

¿Ves estos arcones? Son para ellos.

¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos.

¿Estás asombrado?

–        Sí, Maestro.

¿Y a dónde los mandas?

–        A Antioquía

Pedro da un silbido significativo…

Y pregunta:

–        ¿A casa de quién?

¿Y cómo van?

–        Van a una casa de Lázaro.

La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma.

Irán por mar…

–        ¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

–        Por mar.

Me complace también a mí el poder hablar contigo.

Habría mandado a Simón a decirte: “Ve”, para preparar todo.

Escucha.

Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí;

pero no todos juntos;

para no llamar la atención.

Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan.

Y mis dos hermanos, más Juan y Síntica.

¡Iremos a Tolemaida!

Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro.

Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía,

como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas.

Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib.

Estaré en la cima del monte todos los días…

Y además el espíritu os guiará…

–        ¿Cómo?

¿No vienes con nosotros?

–        Me notarían demasiado.

Quiero dar paz al espíritu de Juan.

–        ¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?

–        No eres un niño…

Y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía.

Me fío de ti.

Como ves te estimo…

–        ¿Y Felipe y Bartolomé?

–        Irán a nuestro encuentro a Yotapata.

Y evangelizarán en espera de nosotros.

Les escribiré.

Tú llevarás la carta.

–        Y… ¿Esos dos que están ahí, ya saben su destino?

–        No.

Les dejo celebrar en paz la fiesta…

–        ¡Mmm! ¡Pobrecillos!

¡Eah vamos, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…

–        No te ensucies la boca, Simón.

–        Sí, Maestro…

Oye…

¿Y cómo vamos a llevar estos arcones?

¿Y a Juan?

Lo veo verdaderamente muy enfermo.

–        Nos serviremos de un burro.

–        No.

Tomamos un carrito.

–        ¿Y quién lo guía?

–        ¡Vamos, si Judas de Simón ha aprendido a remar,

Simón de Jonás aprenderá a guiar!

¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno!

En el carro metemos los arcones y a los dos…

Y nosotros vamos a pie.

Sí, sí, créeme que será una buena solución!

–        ¿Y quién nos deja el carrito?

Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa…

Decide:

–        ¡Tienes dinero?

–        Sí.

Mucho todavía, de las joyas de Misax.

–        Entonces todo es fácil.

Dame una suma.

Tomaré asno y carro de alguien y…

Sí, sí… Luego le regalamos el asno a algún necesitado.

Y el carrito… pues ya veremos…

He hecho bien en venir.

¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

–        Sí. Conviene.

–        Pues así será.

¡Pero, esos dos pobrecillos!…

Siento que nos tengamos que separar de Juan.

Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo...¡Pero, pobrecillo!

Podía morir aquí, como Jonás…

–         No lo habrían permitido.

El mundo odia a quien se redime.

–        Le va a doler…

–        Encontraré un asunto para que parta consolado.

–       ¿Cuál?

–        El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón:

el de trabajar para Mí.

–        Sólo que en Juan será santidad,

pero en Judas es solamente soberbia.

–        Simón, no murmures.

–        ¡Más difícil que hacer cantar a un pez!

Es verdad, Maestro, no es murmuración…

Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos.

Vamos allí.

–       Vamos.

Y silencio con todos.

–        No es necesario que me lo digas.

No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero.

Me lo he jurado a mí mismo.

¡Yo ir hasta Antioquía!

¡Al otro extremo del mundo!

¡Ya ardo en deseos de volver de allí!

No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y todo termina.

328 LOS NIÑOS DISCÍPULOS


328 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús, con Simón Zelote y Margziam, atraviesa Nazaret en dirección a la campiña que separa Nazaret de Caná.

Atraviesa esta ciudad suya incrédula y hostil, precisamente por las calles del centro

y cortando oblicuamente la plaza del mercado, llena de gente en esa hora matutina.

Muchos se vuelven a mirarlo;

algún nazareno – pocos – lo saluda;

las mujeres, especialmente las ancianas; le sonríen;

pero, aparte de algún que otro niño, ninguno se acerca a El.

Un murmullo le sigue cuando termina de pasar.

Jesús ve todo, pero hace como si no viera.

Habla con Simón o con el niño, que va entre los dos hombres.

Y sigue por su camino.

Ya han llegado a las últimas casas.

A la puerta de una de éstas hay una mujer de unos cuarenta años.

Parece esperar a alguien.

Al ver a Jesús hace ademán de moverse,

luego se queda quieta e inclina la cabeza ruborizándose.  

Jesús al apóstol,

le dice; .

–       Es una pariente mía, la esposa de Simón de Alfeo.

La mujer parece incómoda, en lucha con un fuerte contraste de sentimientos.

Cambia de color, alza y baja los ojos, todo su rostro expresa un deseo de hablar,

contenido por algún motivo.

Jesús ha llegado a la altura de ella,

y la saluda:

–        Paz a ti, Salomé. 

La mujer lo mira como asombrada del afecto que hay en la voz de su Pariente,

Y ruborizándose más todavía,

responde:

–        Paz …

Un nudo de llanto le impide concluir la frase.

Se tapa la cara con un brazo doblado y llora acongojada,

contra la jamba de la puerta de su casa.

–        ¿Por qué lloras así, Salomé?

¿No puedo hacer nada para consolarte?

Ven aquí, detrás de esta esquina,

y dime qué te pasa…

Y tomándola por un codo, la conduce a una callejuela estrecha que hay entre su casa

y el huerto de otra casa.

Simón y Margziam, que está todo asombrado, se quedan a la entrada de aquélla.  

Jesús insiste:

–        ¿Qué te pasa, Salomé?

Sabes que siempre te he querido.

Os he querido siempre.

A todos.

Y os quiero.

Debes creerlo y tener, por tanto, confianza…

El llanto se detiene a intervalos como para escuchar esas palabras…

Y comprender su verdadero significado.

Luego vuelve con más fuerza, entrecortado con palabras quebradas:

–       Tú sí…

Nosotros… Yo no…

Ni tampoco Simón…

Pero él es más necio que yo…

Yo le decía… “Llama a Jesús”…

Pero tenemos la oposición de todo un pueblo…

Tú… yo… y mi hijo…

Habiendo tocado el punto trágico, el llanto se hace también trágico.

La mujer se contorsiona y gime,

Mientras se golpea la cara como en un delirio de dolor.

Jesús la toma de las manos,

y dice:

–        No hagas esto.

Estoy aquí para consolarte.

Habla. Haré todo…

La mujer lo mira con unos ojos desorbitados por el estupor y el dolor.

Pero la esperanza le da fuerzas para hablar;

para hablar incluso con orden:

–        ¿Aunque Simón sea reprobable, usarás misericordia conmigo?

¿Sí?…

¡Oh, Jesús que a todos salvas!

¡Mi hijo! ¡Alfeo, el último, está mal…

¡Se está muriendo!

Tú amabas a Alfeo.

Le tallabas juguetes de madera…

Lo alzabas para que cogiera uvas e higos de tu huerta…

Y, antes de marcharte para… para ir por el mundo;

ya le enseñabas muchas cosas buenas…

Ahora no podrías hacerlo…

Está como muerto…

Ya no volverá a comer ni uvas ni higos.

Ya no aprenderá nada más…

Y llora fuertemente.

–        Salomé, cálmate.

Dime qué le pasa.

–        Su vientre está muy enfermo.

Ha estado muchos días gritando, con dolores atroces, delirando.

Ahora ya no dice nada.

Está como si hubiera recibido un golpe en la cabeza.

Gime, pero no responde.

Ni siquiera se da cuenta de sus gemidos.

Está violáceo.

Se está poniendo frío.

Hace muchos días que le suplico a Simón que vaya a Ti.

Pero… ¡Oh!…

Lo he amado siempre, pero ahora lo odio, porque es un estúpido;

que por una idea estúpida permite que muera mi hijo.

Pero, cuando se muera, me voy.

A mi casa.

Con mis otros hijos.

No es capaz de ser padre en el momento necesario.

Protejo a mis hijos.

Me voy. Sí. 

Que la gente diga lo que quiera.

Me voy…

–        No digas eso.

Abandona inmediatamente este pensamiento de venganza.

–        De justicia.

Me rebelo. ¿Ves?

Te he esperado yo, porque ninguno te decía: “Ven”.

Te lo digo yo. Pero he tenido que hacerlo como si fuera una mala acción.

Y no te puedo decir: “Entra”, porque en casa están los de José y…

–        No es necesario.

¿Me prometes que perdonarás a Simón?

¿Que serás siempre una buena esposa?

Si me lo prometes, te digo: “Entra en casa, que tu hijo te sonreirá curado”.

¿Eres capaz de creer esto?

–       Yo creo en Ti.

Creo, aunque sea contra todo el mundo.

–       ¿Y, de la misma forma que tienes Fe, eres capaz de perdonar?

–        … ¿Pero verdaderamente me lo vas a curar?

–       No sólo eso.

Te prometo que cesará la vacilación de Simón respecto a Mí.

Y que el pequeño Alfeo, y con él tus otros hijos y tú misma, con tu esposo y padre de tus hijos,

volveréis a mi casa.

María te menciona muchas veces…

–        ¡Oh! ¡María!

¡María! Estaba ella cuando Alfeo nació…

Sí, Jesús. Perdonaré.

No le diré nada…

No, es más, le diré:

“Mira cómo responde Jesús a tu comportamiento: te rescata un hijo”.

¡Puedo decir esto?

–        Lo puedes decir…

Ve, Salomé.

Ve. No llores más.

Adiós. Paz a ti, buena Salomé.

Ve. Ve.

La acompaña de nuevo a la puerta.

La mira mientras entra.

Sonríe al ver que por el ansia que la invade;

se echa a correr por el vestíbulo, sin cerrar siquiera la puerta.

Y la entorna Él lentamente, hasta cerrarla del todo.

Se vuelve a sus dos compañeros,

y dice:

–        Y ahora vamos a donde teníamos que ir…

Zelote pregunta

–        ¿Crees que Simón se convertirá? 

–        No es una persona infiel.

Sólo es uno que se deja dominar por el más fuerte.

–       ¡Pues entonces!

¡Más fuerte que el milagro!…

–        Como ves, tú te das la respuesta…

Estoy contento de haber salvado al niño.

Lo vi cuando tenía sólo unas pocas horas.

Siempre me ha querido mucho…  Margziam pregunta:

–        ¡Cómo te quiero yo?

¿Se va a hacer discípulo?

El niño está interesado y un poco incrédulo de que uno pueda amar a Jesús como lo ama él.

–        Tú me quieres como niño y como discípulo.

Alfeo me quería sólo como niño.

Pero más adelante me querrá también como discípulo.

Pero ahora es muy niño.

Está para cumplir ocho años.

Lo verás.

–        ¿Entonces, niño y discípulo soy sólo yo?

–        Por ahora sólo tú.

Eres el adalid de los niños discípulos.

Cuando seas hombre plenamente maduro, acuérdate de que supiste ser discípulo, mejor que los hombres;

abre, pues, los brazos a todos los niños que vayan a ti buscándome a Mí,

diciendo:

“Quiero ser discípulo de Cristo”. 

¿Lo vas a hacer?  

Margziam promete muy serio: 

–        Lo haré.

Los campos abiertos, llenos de sol, ya los rodean… 

Y ellos se alejan bajo el sol..

315 FIN DEL SEGUNDO GRAN VIAJE


315 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando en la plaza principal de Aera:

“-«…Y no os estoy expresando, como he hecho en otros lugares,

las primeras e indispensables cosas que hay que saber y hacer para salvarse.

Ya las sabéis y muy bien, por obra de Timoneo, sabio arquisinagogo de la Ley antigua,

sapientísimo ahora al renovarla con la Luz de la Ley nueva.

Lo que quiero es poneros en guardia contra un peligro que en el estado de espíritu

en que os encontráis no podéis ver.

Es el peligro de presiones o malignas acusaciones que os desvíen, con la intención de separaros de esta fe que ahora tenéis en Mí.

Os voy a dejar a Timoneo durante un tiempo.

Con otros, os explicará las palabras del Libro a la luz nueva de mi Verdad, que él ha abrazado.

Pero antes de dejaros;

habiendo escrutado vuestros corazones, habiéndolos visto sinceramente amantes, voluntariosos y humildes;

quiero comentar con vosotros un punto del cuarto Libro de los Reyes.

(Corresponde, en la nueva nomenclatura bíblica a 2 Reyes 18, 17-36)

Cuando Ezequías, rey de Judá, sufrió el asalto de Senaquerib,

fueron a él los tres altos personajes del rey enemigo para aterrorizarlo,

con temores de quiebra de alianzas, de potencias que ya lo circundaban.

A las palabras de los poderosos enviados, respondieron Elyaquim, Sebná y Yoaj:

“Habla de forma que el pueblo no comprenda” (para que el pueblo aterrorizado no invocara la paz).

Pero esto es lo que querían los mensajeros de Senaquerib;

así que dijeron con fuerte voz y en perfecto hebreo:

“Que no os seduzca Ezequías…

Concertad con nosotros lo que os conviene y rendíos.

Y todos podrán comer de su vid y de su higuera.

Y podréis beber el agua de vuestras cisternas;

hasta cuando vengamos a llevaros a una tierra como la vuestra, fecunda, rica en vino;

una tierra abundante de pan y uvas, tierra de aceitunas, aceite y miel;

así viviréis y no moriréis…”.

Y está escrito que el pueblo no respondió, porque había recibido la orden del rey de no responder.

Ved. Yo también, por compasión de vuestras almas

asediadas por fuerzas más feroces aún que las de Senaquerib, que podía dañar los cuerpos

mas no lesionar los espíritus…

Mientras que la guerra que os plantea el ejército enemigo capitaneado por el más fiero y cruel

déspota que hay en la Creación, es contra vuestros espíritus,

Yo también he rogado a sus mensajeros, a esos mensajeros suyos que, para perjudicarme a Mí en vosotros,

tratan de aterrorizarnos a Mí y a vosotros con amenazas de tremendos castigos,

les he suplicado diciendo: “Habladme a Mí, pero dejad en paz a las almas que nacen ahora a la Luz.

Meteos conmigo, torturadme a Mí, acusadme a Mí, matadme a Mí;

pero no os ensañéis con estos pequeñuelos de la Luz.

Son débiles todavía.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Un día serán fuertes, pero ahora son débiles.

No arremetáis contra ellos.

No arremetáis contra la libertad que tienen los espíritus de elegir un camino.

No arremetáis contra el derecho que Dios tiene a llamar a Sí a estos que lo buscan con sencillez y amor”.

¿Pero puede, acaso, uno que odia ceder a las súplicas de la persona odiada?

¿Puede, acaso, uno que es víctima del odio conocer el amor?

No puede.

De aquí que, con mayor dureza aún.

Y cada vez con mayor dureza, vendrán a deciros: “Que no os seduzca el Cristo.

Venid con nosotros y tendréis todos los bienes”.

Y os dirán: “¡Ay de vosotros si le seguís! ¡Seréis perseguidos!”.

Y os urgirán con ficticia bondad: “Salvad vuestras almas. Es un Satanás”.

Muchas cosas os dirán de Mí, muchas, para persuadiros a abandonar la Luz.

Yo os digo: “A los tentadores responded con el silencio”.

Después, cuando descienda la Fuerza del Señor a los corazones de los fieles de .Jesucristo,

Mesías y Salvador, entonces podréis hablar, porque no seréis vosotros;

sino el mismo Espíritu de Dios, el que hablará en vuestros labios.

Y vuestros espíritus serán adultos en la Gracia, fuertes e invencibles en la Fe.

Sed perseverantes. Sólo os pido esto.

Recordad que Dios no puede ceder a los sortilegios de un enemigo suyo.

Que sean vuestros enfermos, aquellos que han recibido confortación y paz en su espíritu,

los que hablen siempre entre vosotros, con su sola presencia, de Quién es el que vino a vosotros

para deciros: “Perseverad en mi amor y en mi doctrina y tendréis el Reino de los Cielos”.

Mis obras hablan más aún que mis palabras.

Y a pesar de que saber creer sin necesidad de pruebas sea perfecta bienaventuranza,

os he permitido ver los prodigios de Dios para el fortalecimiento de vuestra fe.

Responded a vuestro cerebro, tentado por los enemigos de la Luz, con las palabras de vuestro espíritu:

“Creo porque he visto a Dios en sus obras”.

Responded al enemigo con el silencio activo y diligente.

Y con estas dos respuestas caminad en la Luz.

La paz sea siempre con vosotros.

Y los despide. Luego se encamina afuera de la plaza.

Nathanael pregunta:

–        ¿Por qué les has hablado tan poco, Señor?

Timoneo quizás se ha quedado desilusionado.

Jesús responde:

–        No se sentirá desilusionado porque es un justo.

Y comprende que advertir a uno de un peligro, es amarlo con amor más intenso.

Este peligro está muy presente.

Mateo dice:

–        Como siempre, los fariseos, ¿no?

–        Ellos y otros.

Juan pregunta afligido:

–        ¿Estás apesadumbrado, Señor?

–        No.

No más que de costumbre…

–        Sin embargo, estabas más alegre estos días pasados…

–        Será tristeza por no tener ya consigo a los discípulos.

Judas pregunta:

–        Pero, ¿Y  por qué los has despedido?

¿Es que quieres seguir el viaje?

–        No.

Éste es el último lugar.

De aquí se va a casa.

Pero las mujeres no podían continuar con estas condiciones climáticas.

Han hecho mucho.

No deben hacer más.

–        ¿Y Juan?

–        Enfermo.

En una casa amiga como estuviste tú.

Luego Jesús se despide de Timoneo y de otros discípulos que se quedan en la comarca;

a los cuales les hadado órdenes para el futuro, pues no insiste en más consejos.

Están en la puerta de la casa de Timoneo,

porque Jesús ha querido bendecir una vez más a la dueña de la casa.

La gente, respetuosa, lo observa.

Y lo sigue cuando reanuda el camino en dirección al arrabal, a las huertas, a la campiña.

Los más tenaces lo siguen todavía un poco más, en un grupo cada vez más reducido;

hasta ser sólo nueve, luego cinco, luego tres, luego uno…

Este uno también se vuelve para Aera,

Mientras Jesús toma la dirección de occidente, sólo con los doce apóstoles;

pues también Hermasteo se ha quedado, con Timoneo.

Jesús dice:

–        El viaje, el segundo gran viaje apostólico, está cumplido.

Ahora es el regreso a los conocidos campos de Galilea.

297 CIENCIA Y SABIDURÍA


297 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es verdaderamente una familia -con Jesús y María como cabezas- Ésta que, dando la espalda

a Bethania en una mañana serena de Octubre,

se dirige hacia Jericó para pasar a la orilla opuesta del río Jordán.

Las mujeres marchan agrupadas en torno a María.

Sólo falta Analía en el grupo femenino de las discípulas.

O sea, en el grupo de las tres Marías, Juana, Susana, Elisa, Marcela, Sara y Síntica.

Agrupados en torno a Jesús están:

Pedro, Andrés, Santiago y Judas de Alfeo,, Mateo, Juan y Santiago de Zebedeo,

Simón Zelote, Juan de Endor, Hermasteo y Timoneo.

Margziam, por su parte, saltando como un cabritillo, va y viene incansable de este grupo a aquél,

porque caminan a pocos metros uno tras otro.

Cargados con pesados talegos, van alegres por el camino dulcemente soleado,

por la campiña solemne transida de quietud.

Juan de Endor anda con esfuerzo, oprimido por el peso que le cuelga de sus espaldas.

Pedro se da cuenta,

y dice:

–       Dámelo, ya que has querido coger de nuevo este lastre.

¿Sentías nostalgia de esto?

–       Me lo ha indicado el Maestro.

–       ¿Sí?

¡Ésta sí que es buena!

¿Y cómo así?

–     No  lo sé.

Ayer por la noche me dijo: “Coge otra vez tus libros y sígueme con ellos”.

–       ¡Hay que ver!…

Bueno, pero, si lo ha dicho Él, está claro que es una cosa buena.

Quizás lo hace por esa mujer.

¡Cuánto sabe, ¿No?!

¿Tú también sabes tantas cosas?

–        Casi. Es muy docta.

–       De todas formas,

no vas a seguir viniendo detrás de nosotros con este peso, ¿Verdad?

–       ¡No creo!

No lo sé.

De todas formas, lo puedo llevar también yo…

–       No, amigo.

Me preocupa mucho que te enfermes.

¿No te das cuenta de que estás mal de salud?

–       Sí, lo sé.

Me siento morir.

–      No gastes bromas y déjanos al menos llegar a Cafarnaúm!

Se está tan bien ahora, nosotros solos sin ese…

¡Maldita lengua!

¡He faltado una vez más a mi promesa al Maestro!…

¿Maestro? ¿Maestro?

Jesús responde:

–       ¿Qué quieres, Simón?

–       He murmurado de Judas y te había prometido que no lo volvería a hacer.

Perdóname.

–       Sí.

Trata de no volver a hacerlo.

–       Tengo todavía 489 veces de recibir tu perdón..

Andrés sorprendido, pregunta: ..

–       Pero, ¿Qué dices, hermano?

Y Pedro, lleno de brillo de sagacidad su rostro bueno,

torciendo el cuello bajo el peso del saco de Juan de Endor:

–       ¿Ya no te acuerdas de que dijo que debíamos perdonar setenta veces siete?

Por tanto me quedan todavía 489 perdones.

Y llevaré la cuenta escrupulosamente…

Todos se echan a reír.

Incluso Jesús tiene que sonreír por fuerza; pero responde:

–       Mejor sería, niño grande, que es lo que eres;

si llevaras la cuenta de todas las veces que sabes ser bueno.

Pedro se junta a Jesús y con el brazo derecho rodea su cintura,

diciendo:

–       ¡Querido Maestro mío!

¡Qué feliz me siento de estar contigo!

¡Bah! Tú también estás contento…

Y entiendes lo que quiero decir.

Estamos nosotros solos.

Está tu Madre. Está el niño.

Vamos a Cafarnaúm.

La estación es hermosa…

Cinco razones para sentirnos felices.

¡Verdaderamente es hermoso ir contigo!

¿Dónde vamos a detenernos esta noche?

–       En Jericó.

–       El año pasado en Jericó vimos a la Velada.

¿Quién sabe qué habrá sido de ella?Me gustaría saberlo…

Y hemos encontrado también al de las viñas…

La carcajada de Pedro es tan sonora que contagia a los demás.

Se echan a reír todos, recordando la escena del encuentro con Judas de Keriot.

Jesús en tono de reprensión.,

dice:

–       ¡Eres incorregible, Simón!

–       No he dicho nada, Maestro.

Me han venido ganas de reír al pensar en su cara cuando nos ha encontrado allí…

en sus viñas…

Pedro ríe con verdaderas ganas, tanto que debe detenerse,

mientras los otros siguen caminando y riéndose por fuerza.

Las mujeres alcanzan a Pedro.

María pregunta con dulzura:

–      ¿Qué te sucede, Simón?

–       No lo puedo decir porque cometería otra falta de caridad.

Pero… mira, Madre, tú que eres sabia, quisiera saber tu opinión.

Si acuso con un fondo maligno a alguien o peor todavía, levanto una calumnia, peco, es natural.

Pero, si me río de una cosa que todos saben, de un hecho que todos conocen,

una cosa que hace reír,

como por ejemplo, recordar la sorpresa de un  embustero, su turbación,

sus explicaciones para disculparse y volver a reírme como entonces nos reímos,

¿Está también mal?

María responde:

–       Es una imperfección respecto a la caridad.

No es pecado como lo es la maledicencia o la calumnia;

y ni siquiera como una acusación velada;

pero es de todas formas, una falta de caridad.

Es como una hebra de hilo que se saca de un tejido.

No se trata de un agujero que eche a perder la tela,

pero es algo que perjudica y da pie, para que haya rasgaduras y agujeros.

¿No te parece?

Pedro se restriega la frente…

y dice un poco avergonzado:

–       Sí.

No lo había pensado nunca.

–       Piénsalo ahora y no lo vuelvas a hacer.

Hay carcajadas que ofenden a la caridad más que un bofetón.

¿Alguno ha cometido un error?

¿Lo hemos pillado en una mentira o en otra falta?

La posesión demoníaca perfecta utiliza todos los pecados, para hacer sufrir al poseso y a sus prójimos…

¿Y entonces?

¿Por qué recordarlo?

¿Por qué hacérselo recordar a otros?

Corramos un velo sobre las faltas de los hermanos, pensando siempre:

“Si fuera yo el que hubiera faltado,

¿Me gustaría que otro recordase esta falta y que la hiciera recordar a otros?”

Hay sonrojos íntimos, Simón, que hacen sufrir mucho.

No menees la cabeza.

Sé lo que quieres decir…

Pero también los culpables los tienen, créelo.

Sea siempre tu primer pensamiento: “¿Desearía eso para mí?”.

Verás como no volverás a pecar contra la caridad.

Y sentirás siempre mucha paz dentro de ti.

Mira a Margziam allí cómo salta y canta feliz.

Es porque no tiene ninguna preocupación en su corazón; no tiene que pensar

en itinerarios, ni en compras, ni en las palabras que tendrá que decir.

Sabe que otros se preocupan por él de estas cosas.

Haz tú igual. Abandona todo en Dios,

incluso el juicio sobre las personas.

Mientras puedas ser como un niño guiado por el buen Dios,

¿Por qué querer cargarte con el peso de decidir y juzgar?

Llegará el momento en que tengas que ser juez y árbitro.

Y entonces dirás: “¡Antes era mucho más fácil y menos peligroso!”.

Y te juzgarás necio por haber querido cargarte antes de tiempo con tanta responsabilidad.

¡Juzgar! ¡Qué cosa tan difícil!

¿Has oído lo que ha dicho Síntica hace unos días?

“Buscar por medio del sentido es siempre imperfecto”.Dijo una cosa muy exacta.

Muchas veces juzgamos siguiendo justamente las reacciones de los sentidos,

y, por tanto, con suma imperfección.

Deja de juzgar…

–       Sí, María.

A ti verdaderamente te lo prometo.

¡Pero yo no sé todas esas cosas maravillosas que sabe Síntica!

Síntica responde:

–       ¿Y te apena, hombre?

¿No sabes que yo quiero desembarazarme de ellas, para tomar solamente las cosas que tú conoces?

–       ¿Lo dices de verdad?

¿Por qué?

–       Porque con la ciencia puedes mantenerte en esta tierra,

pero con la sabiduría conquistas el Cielo.

Lo mío es ciencia, lo tuyo sabiduría.

–       ¡Pero con tu ciencia has sabido llegar a Jesús!

Por tanto, es una cosa buena.

–      Mezclada con muchos errores;

por eso querría despojarme de ella para revestirme solamente de sabiduría.

¡Fuera las vestiduras engalanadas y vanas!

Sea mi vestido el austero y sin externa vistosidad de la sabiduría, que viste con

imperecedero vestido no lo corruptible sino lo inmortal.

La luz de la ciencia tiembla y vacila; la de la sabiduría resplandece uniforme y siempre

constante como es lo Divino de que se genera.

Jesús ha aminorado el paso para oír.

Se vuelve y dice a la griega:

–       No debes aspirar a despojarte de todo lo que sabes.

Lo que debes hacer es entresacar de este saber tuyo aquello que sea un átomo de

Inteligencia eterna, conquistado por mentes de innegable valor.

–       ¿Entonces, esas mentes han encarnado en sí el mito del fuego arrebatado a los dioses?

–        Sí, mujer.

En este caso, no es que lo hayan arrebatado, sino que han sabido tomarlo

cuando la Divinidad los rozaba con sus fuegos,

acariciándolos como ejemplares diseminados entre una humanidad venida a menos,

de lo que es el hombre, un ser dotado de razón.

–       Maestro, deberías señalarme lo que tengo que conservar y lo que tengo que dejar.

No sería buen juez.

Y luego, para llenar los espacios vacíos, meter luces de tu sabiduría.

–      Ésa es mi intención.

Te indicaré hasta dónde es sabio el pensamiento adquirido por ti

y lo continuaré desde ese punto, hasta el final de la idea verdadera.

Para que sepas.

Les vendrá bien también a éstos, destinados a tener muchos futuros contactos con los gentiles.

Santiago de Zebedeo. con tono de lamento,

dice:

–        No vamos a entender nada.

–       Por ahora, poco.

Pero llegará el día en que comprendáis, tanto las lecciones de ahora como su necesidad.

Tú, Síntica, exponme los puntos que para ti son oscuros.

Durante las pausas de nuestro camino te los iré aclarando.

–        Sí, mi Señor.

El deseo de mi alma se funde con tu deseo.

Yo, discípula de la Verdad;

Tú, Maestro.

El sueño de toda mi vida: poseer la Verdad.

296 EL FLAGELO DE JUDAS


296 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Presentándose en la puerta de la sala en que Lázaro está, reclinado en un lecho leyendo un volumen.

Jesús dice:

–       Lázaro, amigo mío, te pido que vengas conmigo.

Lázaro se levanta enseguida,

y pregunta:

–       Inmediatamente, Maestro.

¿A dónde vamos?

–       Por el campo.

Necesito estar completamente solo contigo.

Lázaro lo mira turbado,

y pregunta:

–       ¿Tienes tristes noticias que darme en secreto?

¿O…? No, no quiero pensarlo…

–       Es sólo tratar contigo una cosa,

Y ni siquiera el aire debe saber lo que hablemos.

Manda preparar el carro, porque no te quiero cansar.

Cuando estemos en plena campiña te hablaré.

–       Entonces guío yo.

Así ni siquiera el criado sabrá lo que hayamos hablado.

–      Sí.

Exactamente así.

–       Voy enseguida, Maestro.

Dentro de poco estoy preparado.

Y sale.

Jesús se queda un poco pensativo en medio de la rica estancia.

Mientras piensa, mueve mecánicamente dos o tres objetos;

recoge el rollo que estaba caído en el suelo.

Y al colocarlo en una estantería por ese innato instinto del orden que es tan fuerte en Jesús;

permanece con el brazo levantado observando unos objetos de un arte raro y por lo menos

distinto del arte corriente de Palestina, que están alineados en la balda de la estantería:

son ánforas y copas antiquísimas, con relieves y dibujos que imitan los frisos de los templos

de la antigua Grecia y franjas de urnas funerarias.

Sólo Él sabe lo que estará viendo detrás del objeto…

Luego sale y va al patio interior, donde están los apóstoles.

Al ver que Jesús se coloca el manto.

preguntan:

–       ¿A dónde vamos, Maestro?

Jesús responde:

–       A ninguna parte.

Salgo con Lázaro.

Esperadme aquí, todos juntos.

Regreso pronto.

Los doce se miran unos a otros…

Se les ve poco contentos…

Pedro dice:

–       ¿Vas solo?

Ten cuidado…

.-      No temas nada.

Mientras esperáis no estéis ociosos.

Seguid instruyendo a Hermasteo para que vaya conociendo más la Ley

y haceos mutuamente buena compañía, sin discusiones ni desaires.

Sed indulgentes unos con otros, quereos.

Se encamina hacia el jardín.

Todos le siguen.

Poco tiempo después, viene un carro ligero cubierto, con Lázaro conduciéndolo.

–       ¿Vas con el carro?

–       Sí, para que no se le cansen las piernas a Lázaro.

Adiós, Margziam. Sé bueno.

Paz a todos vosotros.

Jesús sube al carro.

Y éste, haciendo rechinar la fina grava del paseo, sale del jardín,

para tomar el camino principal.

Tomás grita:

–       ¿Vas a Agua Especiosa, Maestro?

–       No.

Una vez más os digo que os comportéis bien.

El caballo parte con un vigoroso trote.

El camino, el que va de Betania a Jericó, pasa por esta campiña que va perdiendo su lozanía;

cuanto más se baja hacia la llanura, más se nota este languidecer de la hierba.

Jesús piensa.

Lázaro guarda silencio, se ocupa sólo de guiar el caballo.

Llegados a la llanura fértil, ya preparada toda para nutrir la semilla de la futura mies,

o durmiente en sus viñas como una mujer que poco antes haya dado a luz su fruto

y descansa ahora de su dulce fatiga,

Jesús hace señal de pararse.

Lázaro, obediente, para.

Y lleva al caballo a un camino secundario que conduce a unas casas lejanas…

y explica:

–      Aquí estaremos todavía más tranquilos que en el camino grande.

Estos árboles nos ocultarán a la vista de muchos.

En efecto, un grupo de árboles bajos y tupidos,

hacen como de mampara contra la curiosidad de los viandantes.

Lázaro está erguido frente a Jesús, esperando.

Jesús dice:

–       Lázaro, necesito mandar lejos a Juan de Endor y a Síntica.

La prudencia, como ves, lo aconseja y también la caridad.

Tanto para él como para ella sería una prueba peligrosa, un dolor inútil,

el tener noticia de la persecución que se ha desencadenado contra ellos…

Y que podría -al menos para uno- provocar penosísimas sorpresas.

–      En mi casa…

–      No.

Ni siquiera en tu casa.

No los tocarían materialmente, quizás;

pero sí los humillarían moralmente.

El mundo es cruel.

Destroza a sus víctimas.

No quiero que se pierdan así estas dos buenas fuerzas.

Por tanto, de la misma forma que un día junté al anciano Ismael con Sara,

ahora voy a juntar a mi pobre Juan con Síntica.

Quiero que muera en paz y que no esté solo.

Y tampoco que lleve consigo la quimera de que se le manda a otro lugar,

porque es “el ex galeote”, sino porque es el discípulo prosélito

que puede trasladarse a otro lugar para predicar al Maestro.

Y Síntica le ayudará…

Síntica es una gran persona y será una gran fuerza, en y para la Iglesia futura.

¿Me puedes aconsejar a dónde mandarlos?

No a Judea, ni a Galilea, ni siquiera a la Decápolis.

A los lugares a los que voy Yo y conmigo los apóstoles y discípulos, no.

Al mundo pagano tampoco.

¿Dónde entonces?

¿Dónde, de forma que sean útiles y estén seguros?

–       Maestro… yo…

¿Aconsejarte yo a ti…!

–       No, no.

–       Habla.

Tú me amas, no traicionas; amas a quienes amo Yo, no eres restringido de mente como otros.

–       Yo…

Sí. Te aconsejaría que los mandases a uno de los lugares donde tengo amigos.

A Chipre o a Siria. Elige Tú.

En Chipre tengo personas de confianza.

¡Y en Siria.., bueno!…

Tengo todavía alguna pequeña casa;

custodiada por un administrador fiel;

más fiel que una ovejita.

¡Nuestro viejo Felipe!

Por mí hará todo lo que diga.

Y, si me lo concedes, ellos, estos a quienes Israel persigue y Tú estimas,

podrán considerarse desde ahora huéspedes míos, seguros en la casa…

¡Oh, no es un palacio!

En esa casa vive sólo Felipe con un nieto que se ocupa de los jardines de Antigonio,

los amados jardines de mi madre;

los hemos conservado para recuerdo de ella.

Había llevado a esos jardines las plantas de esencias exóticas de sus jardines judíos… ¡

¡La madre mía!…

¡Con ellas, cuánto bien hacía a los pobres!…

Eran su secreta propiedad… Mi madre…

Maestro, pronto iré a decirle:

“Alégrate, madre buena. El Salvador está en la Tierra”.

Te esperaba…

Dos hilos de llanto aparecen en el rostro doliente de Lázaro.

Jesús lo mira y sonríe.

Lázaro recobra los ánimos:

–       Pero, hablemos de Ti.

¿Te parece un buen lugar?

–        Me parece un buen lugar.

Una vez más te doy las gracias, por mí y por ellos.

Me quitas un gran peso…

–       ¿Cuándo se marchan?

Lo pregunto para preparar una carta para Felipe.

Diré que son dos amigos míos de aquí, necesitados de paz.

Será suficiente.

–       Sí. Será suficiente.

Pero, te ruego que ni siquiera el aire sepa nada de esto.

¡Ya lo ves! Me espían…

–       Lo veo.

No lo hablaré ni siquiera con mis hermanas.

Pero, ¿Cómo piensas llevarlos allí?

Tienes contigo a los apóstoles…

–        Ahora subo hasta Aera sin Judas de Simón, Tomás, Felipe y Bartolomé.

Entretanto, instruiré a fondo a Síntica y a Juan…

para que vayan con una buena provisión de Verdad.

Luego bajaré al Merón y de allí a Cafarnaúm.

Y allí…

Y allí enviaré otra vez a los cuatro, con otras misiones;

entonces haré que partan para Antioquía los dos.

A esto me veo obligado…

–       A tener que temer de los tuyos.

Tienes razón…

Maestro, sufro viéndote afligido…

–      Pero tu buena amistad me conforta mucho…

Lázaro, gracias…

Pasado mañana me marcho y me llevo a tus hermanas.

Necesito muchas discípulas para confundir entre ellas a Síntica.

Viene también Juana de Cusa.

De Merón irá a Tiberíades, porque va a pasar el invierno allí.

Eso quiere el marido, para tenerla más cerca,

porque Herodes va a volver a Tiberíades una temporada.

–      Se hará como deseas.

Mis hermanas son tuyas, como lo soy yo;

y mis casas, mis criados, mis bienes.

Todo es tuyo, Maestro.

Utilízalo para el bien.

Te prepararé la carta para Felipe.

Es mejor que la tengas Tú directamente.

–       Gracias, Lázaro.

–      Es todo lo que puedo hacer…

Si estuviera sano, iría…

Cúrame, Maestro, y voy…

–       No, amigo.

Tengo necesidad de ti así como estás.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

–       ¿A pesar de que no hago nada?

–       Aun así.

¡Oh, mi Lázaro!

Jesús lo abraza y besa.

Suben de nuevo al carro y regresan.

Ahora es Lázaro quien está muy silencioso y pensativo.

Jesús le pregunta la razón de ello.

–       Pienso que pierdo a Síntica.

Me atraían su ciencia y su bondad…

–       Le gana Jesús…

–       Es verdad.

Es verdad.

¿Cuándo te voy a volver a ver, Maestro?

–       Para la primavera.

–      ¿Hasta la primavera? ¡No!El año pasado estabas en mi casa para las Encenias…

–       Este año voy a complacer a los apóstoles.

Pero para el otro año estaré mucho contigo.

Te lo prometo.

Betania aparece bajo el sol de Octubre.

Están ya casi llegando, cuando Lázaro para el caballo para decir:

–       Maestro…

Bueno será que te deshagas del hombre de Keriot.

Tengo miedo de él.

No te ama.

No me gusta.

Nunca me ha gustado.

Es sensual y ambicioso.

Satanás siempre utiliza sus instrumentos, para flagelar a los corredentores y causarles sufrimiento…

Por eso puede cometer cualquier pecado. Maestro,

es él el que te ha denunciado…

–       ¿Tienes pruebas?

–      No.

–      Pues entonces no juzgues.

No eres muy experto en tus juicios.

Acuérdate de que juzgabas inexorablemente perdida a tu María…

No digas que es mérito mío.

Ella fue la primera en buscarme.

–       Eso también es verdad.

Pero en fin, desconfía de Judas.

Poco después entran en el jardín donde están esperando curiosos, los apóstoles.

La ausencia de cuatro apóstoles y sobre todo de Judas;

hace por un lado, más íntimo el grupo de los que quedan;

por otro, más feliz.

283 LOS SIERVOS DE DIOS


283 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en una de las colinas de la ribera occidental del lago.

Exactamente debajo de la colina, están Mágdala y Tiberíades:  

es un paisaje lleno de huertos de olivos y es justamente a la sombra de una arboleda,

junto a un pequeño arroyuelo, donde se han reunido los apóstoles y discípulos,

alrededor de Jesús, para descansar.

Mientras comen,

Jesús continúa la lección iniciada con la parábola del rico insensato.

porque el hombre está demasiado absorbido por preocupaciones materiales y miedos estúpidos.

Jesús dice:

–    Creed que sólo hay que preocuparse de este enriquecimiento en virtud.

Estad atentos, además, a que vuestra preocupación no sea nunca ansiosa, inquieta.

El bien es enemigo de las inquietudes, de los miedos, de las prisas; todas estas cosas

denotan demasiado todavía la avaricia, la rivalidad, la humana desconfianza.

Que vuestro trabajo sea constante, esperanzado, pacífico; sin arranques bruscos

ni bruscas detenciones, como hacen los onagros silvestres; 

que ninguno que esté en su sano juicio los usa para recorrer seguro camino)

Pacíficos en las victorias, pacíficos en las derrotas.

El dolor por un error cometido, que os entristece porque con él habéis contrariado a Dios,

debe ser también pacífico, debe sentir el alivio de la humildad y la confianza.

El abatimiento, el odio hacia uno mismo es siempre síntoma de soberbia y de falta de confianza.

Yo necesito pocas cosas. Y las pocas que necesito, las necesito poco…San Francisco de Asís

El humilde sabe que es un pobre hombre sujeto a las miserias de la carne, que algunas veces triunfa;

el humilde tiene confianza no tanto en sí mismo cuanto en Dios.

Y mantiene la calma incluso en las graves derrotas, diciendo:

“Perdóname, Padre. Sé que conoces mi debilidad que a veces me domina.

Sientes compasión de mí, lo creo.

Confío firmemente en que me vas a ayudar, incluso más que antes, en el futuro,

a pesar de que te satisfaga tan poco”.

No os mostréis apáticos ni avaros respecto a los bienes de Dios.

Dad la sabiduría y virtud que tengáis.

Sed laboriosos en el espíritu,

EN NUESTRAS RODILLAS ESTÁ EL PODER. 16. Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

como los hombres lo son para las cosas de la carne.

Y respecto a la carne, no imitéis a los del mundo que siempre tiemblan por su futuro,

por el miedo de que les falte lo superfluo, de que les venga una enfermedad o la muerte,

de que los enemigos los puedan perjudicar, etc. Dios sabe de qué tenéis necesidad.

No temáis por tanto, por vuestro mañana.

Vivid libres de los miedos, que pesan más que las cadenas de los galeotes.

No os afanéis por vuestra vida, ni por la comida, la bebida o el vestido.

La vida del espíritu vale más que la del cuerpo.

Y el cuerpo más que el vestido, porque vivís con el cuerpo, no con el vestido;

y con la mortificación del cuerpo ayudáis al espíritu a conseguir la vida eterna.

Dios sabe hasta cuándo dejaros el alma en el cuerpo; hasta esa hora os dará lo necesario.

Si se lo da a los cuervos, animales impuros que se alimentan de cadáveres

y que tienen su razón de existir precisamente en esta función suya 

de eliminar sustancias en putrefacción,

¿No os lo va a da a vosotros?

Ellos no tienen despensas ni graneros, y Dios los nutre igualmente.

Vosotros sois hombres, no cuervos.

Además, los presentes sois la flor y nata de los hombres, porque sois los discípulos del Maestro, 

los evangelizadores del mundo, los siervos de Dios.

¿Vais a pensar que Dios, que cuida el muguete, cuyo único trabajo es el de perfumar, adorando,

y lo hace crecer y lo viste con vestidura tan hermosa como jamás tuviera Salomón,

puede descuidaros, incluso en lo relativo a vuestro vestido?

Vosotros sí que no podéis añadir ni un diente a las bocas desdentadas,

ni alargar una pulgada a una pierna contraída, ni volver aguda la pupila empañada.

No siendo capaces de estas cosas,

¿Vais a pensar que podéis repeler miseria y enfermedad, hacer brotar del polvo frutos?

No podéis.

Pero no seáis gente de poca fe.

Tendréis siempre lo necesario.

No os entristezcáis como la gente del mundo, que se desvive por conseguir cosas de que gozar.

Vosotros tenéis a vuestro Padre, que conoce vuestras necesidades.

Debéis sólo buscar el Reino de Dios y su justicia.

Sea éste vuestro primer interés.

Todo lo demás se os dará por añadidura.

No temáis, vosotros de mi pequeño rebaño.

Mi Padre se ha complacido en llamaros al Reino para que poseáis este Reino.

Podéis, por tanto, aspirar a él

Somos los apóstoles de los Últimos Tiempos..

y ayudar al Padre con vuestra buena voluntad y santa laboriosidad

Vended vuestros bienes, distribuidlos en limosna, si estáis solos.

Dejad a los vuestros la provisión para el viaje de vuestro abandono de la casa

por seguirme a Mí, porque justo es no dejar sin pan a los hijos o esposas.

Y si no podéis, por este motivo, sacrificar las riquezas pecuniarias,

sacrificad las riquezas de afecto, que son también monedas, valoradas por Dios

por lo que son: oro más puro que ningún otro, perlas más preciosas,

que las que se arrebatan a los mares, rubíes más singulares que los de las entrañas de la tierra.

Porque renunciar a la familia por Mí es caridad más perfecta que oro sin un solo átomo impuro,

es perla hecha de llanto,

rubí hecho de sangre que rezuma por la herida del corazón,

desgarrado por la separación del padre y de la madre, de la esposa y de los hijos.

Estas bolsas no merman, este tesoro no se devalúa jamás.

Los ladrones no se introducen en el Cielo, la carcoma no come lo que en él se deposita.

Tened el Cielo en el corazón y el corazón en el Cielo, junto a vuestro tesoro. .

Porque el corazón, en el bueno y en el malo, está donde lo que consideráis amado tesoro vuestro.

Por tanto, de la misma forma que el corazón está donde el tesoro (en el Cielo),

el tesoro está donde el corazón (es decir, en vosotros);

es más, el tesoro está en el corazón.

Y con el tesoro de los santos, está, en el corazón, el Cielo de los santos.

Estad siempre preparados, como quien va a emprender un viaje o espera a su amo.

Vosotros sois siervos del Amo-Dios.

En cualquier momento os puede llamar a su presencia, o venir a vosotros.

Estad pues siempre preparados para ir, o a rendirle honor,

ceñida la cintura con cinturón de viaje y de trabajo, con las lámparas encendidas en vuestras manos.

Al salir de una fiesta nupcial con uno que os haya precedido en los Cielos

y en la consagración a Dios en la tierra,

El puede recordarse de vosotros, que estáis esperando; y puede decir:

“Vamos donde Esteban, o donde Juan, o Santiago y Pedro”.

Y Dios es rápido para venir, o para decir: “Ven”.

Por tanto, estad preparados para abrirle la puerta cuando llegue; o para salir, si os llama.

Bienaventurados los siervos a quienes encuentre en vela el Amo cuando llegue.

En verdad os digo que, para recompensarlos por la fiel espera, se ceñirá el vestido,

los sentará a la mesa y se pondrá a servirlos.

Puede llegar a la primera vigilia, a la segunda o a la tercera… No lo sabéis.

Por tanto, estad siempre vigilantes.

¡Dichosos vosotros, si estáis así y así os encuentra el Amo!

No os engañéis diciendo: “¡Hay tiempo! Esta noche no viene”.

Sería un mal para vosotros No sabéis.

Si uno supiera cuándo viene el ladrón, no dejaría sin guardia la casa

para que el malhechor pudiera forzar la puerta y las arcas.

Estad preparados también vosotros, porque, cuando menos os lo penséis,

vendrá el Hijo del hombre y dirá: “Es la hora”».

Pedro, que incluso se ha olvidado de terminar su comida por escuchar al Señor,

viendo que Jesús calla,

pregunta:

–       ¿Esto que dices es para nosotros o para todos?

–        Para vosotros y para todos;

pero más para vosotros, porque vosotros sois como administradores puestos por el Amo al 

frente de los siervos y tenéis doble obligación de estar preparados:

por vosotros como administradores y por vosotros como simples fieles.

¿Cómo debe ser el administrador al que el amo ha colocado al frente de sus domésticos

para dar a cada uno, a su tiempo, la debida porción?

Debe ser avisado y fiel.

Para cumplir su propio deber, para hacer cumplir a los subordinados el deber que ellos tienen.

Si no, saldrían perjudicados los intereses del amo,

que paga para que el administrador actúe haciendo las veces de él

y vele por sus intereses en su ausencia.

Dichoso el siervo al que el amo, al volver a su casa, encuentre obrando con fidelidad, diligencia y justicia.

En verdad os digo que lo hará administrador de otras propiedades, de todas sus propiedades,

descansando y exultando en su corazón por la seguridad que ese siervo le da.

Mas si ese siervo dice: 

“¡Ah! ¡Bien! El amo está muy lejos y me ha escrito que tardará en volver.

Por tanto, puedo hacer lo que me parezca,

y luego, cuando calcule que esté próximo a regresar, tomaré las medidas oportunas”.

Y empieza a comer y a beber hasta emborracharse… 

Y a dar órdenes de borracho.

Y ante la oposición a cumplirlas, por no perjudicar al amo, por parte de los siervos buenos

subordinados a él empieza a pegar a los siervos y a las siervas hasta hacerlos enfermar y languidecer

Y se siente feliz y dice: “Por fin saboreo lo que significa ser jefe y ser temido por todos”.

¿Qué le sucederá?

Le sucederá que llegará el amo cuando menos se lo espere,

quizás incluso sorprendiéndolo en el momento en que está robando dinero

o sobornando a alguno de los siervos más débiles.

Entonces, os digo que el amo lo quitará del puesto de administrador,

y lo cancelará incluso de las filas de sus siervos,

porque no es lícito mantener a los infieles y traidores entre los honestos;

y tanto mayor será su castigo cuanto más lo quiso y lo instruyó su amo.

Porque el que conoce más la voluntad y el pensamiento de su amo; 

más obligado está a cumplirlo con exactitud.

Si no  hace como su amo le ha dicho (ampliamente, como a ningún otro), recibirá muchos bastonazos. 

Sin embargo, el que, como siervo menor, sabe poco, y yerra creyendo actuar correctamente,

recibirá un castigo menor.

A quien mucho se le dio mucho le será pedido.

Mucho tendrá que restituir aquel a quien mucho se le confió.

Porque hasta del alma de un niño de una hora se pedirá cuenta a mis administradores.

Mi elección no es fresco reposo en un soto florido.

He venido a traer fuego a la tierra;

¿Qué puedo desear, sino que arda?

Por eso me fatigo, como quiero que os fatiguéis vosotros hasta la muerte

y hasta que la tierra toda sea una hoguera de celeste fuego.

Debo ser bautizado con un bautismo.

¡Cuán angustiado viviré hasta que se cumpla!

¿No os preguntáis por qué?

Porque por él os podré hacer portadores del Fuego,

fermento activo en todas y contra todas las capas sociales, para fundirlas en una única cosa:

el rebaño de Cristo.

¿Creéis que he venido a poner paz en la tierra?

¿Según los modos de ver de la tierra? No.

Todo lo contrario: discordia y separación.

Porque, de ahora en adelante, mientras toda la tierra no sea un único rebaño,

de cinco que haya en una casa, dos estarán contra tres

y el padre estará contra el hijo y el hijo contra el padre, y la madre contra las hijas,

y éstas contra aquélla, y las suegras y nueras tendrán un motivo más para no entenderse,

porque habrá labios que hablen un lenguaje nuevo, y será como una Babel;

porque una profunda agitación estremecerá el reino de los afectos humanos y sobrehumanos.

Mas luego vendrá la hora en que todo se unificará en una lengua nueva

que hablarán todos los salvados por el Nazareno,

y se depurarán las aguas de los sentimientos,

irán al fondo las escorias y brillarán en la superficie las límpidas ondas de los lagos celestes.

Verdaderamente, servirme no es descansar,

según el significado que el hombre da a esta palabra;

es necesario ser héroes, infatigables.

Mas os digo que al final será Jesús, siempre Jesús, el que se ceñirá el vestido para serviros,

y luego se sentará con vosotros a un banquete eterno,

y todo cansancio y dolor serán olvidados.

Ahora, dado que ninguno nos ha vuelto a buscar, vamos al lago.

Descansaremos en Magdala.

En los jardines de María de Lázaro hay sitio para todos,

y ella ha puesto su casa a disposición del Peregrino y de sus amigos.

No hace falta que os diga que María de Magdala ha muerto con su pecado

y que de su arrepentimiento ha renacido María de Lázaro, discípula de Jesús de Nazaret;

ya lo sabéis, porque la noticia ha corrido como fragor de viento en un bosque.

No obstante os digo una cosa que no sabéis:

que todos los bienes personales de María de Lázaro son para los siervos de Dios

y para los pobres de Cristo.

Vamos..

279 LOS CINCO JUANES


279 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está en las llanuras de Corozaín, extendidas a la largo del valle del alto Jordán,

entre el lago de Genesaret y el de Merón. 

Una campiña llena de viñas en que ya se empieza a vendimiar.  

Isaac conversa con Jesús.

En  esta mañana se han unido a Él los discípulos que estaban en  Sicaminón, Esteban y Hermas.

Isaac justifica el no haber podido llegar antes porque no sabía si traer a los nuevos discípulos.

Y dice:  

–       Pero  he pensado que el camino del Cielo está abierto para todos, los que tienen buena voluntad.

Y a mí me parece que éstos, a pesar de ser discípulos de Gamaliel, la tienen.

Jesús responde: 

–        Has hablado y obrado bien.

Tráemelos aquí.

Isaac se marcha y regresa con los dos.

Jesús los saluda: 

–        La paz a vosotros.

¿Tan verdadera habéis juzgado la palabra apostólica, que habéis querido uniros a ella?

Esteban responde

–        Sí.

Y más la tuya.

No nos rechaces, Maestro.

–        ¿Por qué habría de hacerlo?

–        Porque somos de Gamaliel.

–       ¿Y qué?

Yo honro al gran Gamaliel y quisiera tenerlo conmigo porque es digno de ello.

Sólo le falta esto para que su  sabiduría se convierta en perfección.

¿Qué os ha dicho cuando os habéis despedido de él?

Porque os habréis despedido de él, ¿No?

–        Sí.

Nos ha dicho: “Dichosos vosotros que podéis creer.

Orad porque yo olvide para poder recordar”.

Los apóstoles, que curiosos se han apiñado en torno a Jesús, se miran unos a otros…

Y se preguntan en voz baja:

–       ¿Qué ha querido decir?

–       ¿Qué quiere?

–       ¿Olvidar para recordar?

Jesús oye este cuchicheo,

y explica:

–       Quiere olvidar su sabiduría para asumir la mía.

Quiere olvidar que es el rabí Gamaliel,

para acordarse de que es un hijo de Israel, que espera al Cristo.

Quiere olvidarse de sí mismo, para acordarse de la Verdad.

Hermas dice:

–        Gamaliel no miente, Maestro.

–        No.

Lo engañoso es la maraña de pobres palabras humanas;

las palabras que ocupan el puesto de la Palabra;.

Hay que olvidarlas, despojarse de ellas;

acercarse desnudo y virgen a la Verdad, para ser vestido y fecundado.

Esto requiere humildad.

El escollo…

–       ¿Entonces nosotros también tenemos que olvidar?

–       Sin duda.

Olvidar todo lo que es cosa de hombre.

Recordar todo lo que es cosa de Dios.

Venid.

Vosotros podéis hacerlo.

Hermas asegura:

–        Queremos hacerlo.

–       ¿Habéis vivido ya la vida de los discípulos?

Esteban responde:

–       Sí.

Desde el día en que supimos que habían matado al Bautista.

La noticia llegó muy rápida a Jerusalén, por boca de los cortesanos y principales de Herodes.

Su muerte nos sacó del entorpecimiento. 

–       La sangre de los mártires siempre significa vida para los pusilánimes;

Esteban, no lo olvides.

–        Sí, Maestro.

¿Vas a hablar hoy?

Siento hambre de tu palabra.

–        Ya he hablado.

Pero hablaré más, mucho, a vosotros discípulos.

Los compañeros vuestros, los apóstoles, han empezado ya su misión tras una activa preparación.

Pero no son suficientes para las necesidades del mundo.

Y es preciso tener todo hecho dentro de los márgenes de tiempo.

Yo soy como quien tiene un plazo y antes de que termine ese tiempo tiene que tener todo hecho.

Os pido a todos, ayuda.

Y ayuda os prometo y un futuro de gloria en nombre de Dios.

La penetrante mirada de Jesús, detecta a un hombre todo arropado en un manto de lino:

Y pregunta: 

–        ¿No eres el sacerdote Juan?

El hombre responde: 

–       Sí, Maestro.

El corazón de los judíos es áspero como la quebrada maldita.

He huido para buscarte

–       ¿Y el sacerdocio?

–        La lepra fue la primera que me expulsó del sacerdocio;

luego fueron los hombres, porque te amo.

Tu Gracia me aspira hacia sí: hacia Ti;

ella también me arroja de un lugar profanado para conducirme a lugar puro.

Tú me has purificado, Maestro, en el cuerpo y en el espíritu.

Una cosa pura no puede acercarse a una cosa impura;

sería una ofensa para quien ha purificado.

–       Tu juicio es severo, pero no injusto.

–       Maestro, las fealdades de la familia son patentes sólo a quienes viven en ella.

Y no deben manifestarse sino a la persona de recto corazón.

Tú lo eres.

Y además Tú sabes las cosas.

A otros no se lo diría.

Aquí estamos Tú, tus apóstoles…

Y otros dos que también saben como Tú y como yo.

Por tanto…

–       Bien.

Pero…

¿Tú también?

¡Paz a ti!

¿Has venido para ofrecer más comida?

–       No.

He venido por tu alimento.

–        ¿Se te ha malogrado la cosecha?

–         ¡No!

¡Nunca tan rica

Maestro mío, busco otro pan y otra cosecha: los tuyos.

Tengo conmigo al leproso que curaste en mis tierras.

Ha vuelto a su patrón.

Pero tanto él como yo tenemos ahora un patrón al que seguir y servir: Tú.

–       Venid.

Uno, dos, tres, cuatro…

¡Buena recolección!

Pero, ¿Habéis reflexionado sobre vuestra posición en el Templo?

Vosotros ya sabéis, Yo también…

Y no digo más…

El sacerdote Juan. dice: 

–       Soy hombre libre y voy con quien quiero.  

El escriba Juan que también ha venido,

agrega:

–        Yo también.

Es el que el sábado dio comida en la primera multiplicación,

al pie del monte de las Bienaventuranzas. 

Hermas y Esteban dicen: 

–        Y nosotros también.

Y Esteban añade:

–       Háblanos, Señor.

No sabemos en qué consiste exactamente nuestra misión.

Danos lo mínimo para poderte servir inmediatamente.

El resto vendrá mientras te seguimos.

El escriba juan, pregunta:

–       Sí.

En el monte hablaste de las bienaventuranzas.

Ello era lección para nosotros.

Pero, respecto a los demás, en el segundo amor, el del prójimo…

¿Qué debemos hacer? 

Por toda respuesta, Jesús pregunta: 

–        ¿Dónde está Juan de Endor? 

Juan el apóstol dice:

–        Allí, Maestro, con aquellos curados.

–       Que venga aquí.

Y corre a llamarlo.

Acude Juan de Endor.

Jesús le pone la mano en el hombro, con especial saludo,

y dice:

–        Pues bien, voy a hablar ahora.

Quiero teneros delante de Mí a vosotros que lleváis nombre santo.

tú, mi apóstol; tú, sacerdote; tú, escriba; tú, Juan del Bautista;

y tú, por último, cerrando la corona de gracias concedidas por Dios.

Y, aunque te nombre el último, sabes que no eres el último en mi Corazón.

Un día te prometí estas palabras que voy a decir.

Recíbelas.

Y Jesús, como hace habitualmente, sube a un pequeño ribazo;

para que todos puedan verlo.

Tiene enfrente, en primera fila, a los cinco Juanes.

Detrás de éstos, el nutrido grupo de los discípulos;

mezclado con la multitud de los que, de todas las partes de Palestina,

han venido por necesidad de salud o de palabra.

–       Paz a todos vosotros.

La sabiduría descienda sobre vosotros.

Escuchad

Un día ya lejano uno me preguntó:

si Dios es  misericordioso con los pecadores y hasta qué punto lo es.

Quien lo preguntaba era un pecador que había sido perdonado

y que no lograba convencerse del absoluto perdón de Dios.

Yo por medio de parábolas lo calmé, lo conforté y prometí que para él hablaría siempre de misericordia,

para que su corazón arrepentido -que, cual niño extraviado, lloraba dentro de él- se sintiera

seguro de ser ya propiedad de su Padre del Cielo.

Dios es Misericordia porque es Amor.

El siervo de Dios debe ser misericordioso para imitar a Dios.

Dios se sirve de la misericordia como de un medio para atraer hacia sí a los hijos descarriados.

El siervo de Dios debe servirse de la misericordia como de un medio para llevar a Dios, a los hijos descarriados

El precepto del amor es obligatorio para todos.

Pero debe ser triplemente obligatorio en los siervos de Dios.

No se conquista el Cielo si no se ama.

Decir esto es suficiente para los creyentes.

A los siervos de Dios les digo:

“No se hace conquistar el Cielo a los creyentes si no se los ama con perfección”.

¿Y vosotros, quiénes sois, vosotros que os ceñís aquí alrededor de Mí?

Por lo general sois criaturas que tendéis a la vida perfecta,

a la vida bendita, fatigosa, luminosa, del siervo de Dios, del ministro de Cristo.

¿Cuáles son vuestros deberes en esta vida de siervo y ministro?

Un amor total a Dios, un amor total al prójimo.

Vuestra finalidad: servir. ¿Cómo?

Restituyendo a Dios a aquellos que el mundo, la carne, el demonio le han arrebatado.

¿En qué modo?

Con el amor: el amor que tiene mil formas para desarrollarse…

Y un único fin: hacer amar.

Pensemos en nuestro hermoso Jordán.

¡Qué imponente, a su paso por Jericó!

Pero, ¿Era así en su nacimiento? No.

Era un hilo de agua.

Y lo hubiera seguido siendo si hubiera estado siempre solo.

Pero he aquí que de los montes y collados, de una y otra ribera de su valle,

desciende un sinfín de afluentes

unos solos, otros ya formados de cien arroyos;

Y todos desaguan en el lecho que va creciendo y creciendo;

hasta convertirse, del delicado riachuelo de plata azul que reía y jugaba en su niñez de río,

en el amplio, solemne, pacífico río que inserta una cinta de azul celeste

entre las fértiles riberas de esmeralda.

Así es el amor.

Un hilo inicial en los párvulos del camino de la Vida,

que apenas si saben salvarse del pecado grave por temor al castigo;

luego, prosiguiendo en el camino de la perfección, he aquí que de las montañas de lo humano,

agrestes, áridas, soberbias, duras

se exprimen, por voluntad de amor, multitud de riachuelos de esta principal virtud.

Y todo sirve para que ésta mane y brote:

los dolores, las alegrías, de la misma forma que sobre los montes sirven para formar riachuelo

las nieves heladas y el sol que las derrite.

Todo sirve para abrir a éstas el camino:

la humildad como el arrepentimiento; todo sirve para llevarlas al río principal.

Porque el alma, impulsada por ese Camino, se complace en bajar al anonadamiento del yo,

aspirando a subir de nuevo, atraída por el Sol-Dios,

una vez transformada en río caudaloso, hermoso, benefactor.

Los arroyuelos que nutren el arroyo embrional del amor de temor son, además de las virtudes; 

las obras que las virtudes enseñan a cumplir

las obras que, precisamente por ser riachuelos de amor,

son de misericordia.

Examinémoslas juntos.

Algunas ya eran conocidas por Israel, otras os las doy a conocer Yo,

porque mi ley es perfección de amor.