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520 El Buen Pastor


520 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

432a Con los campesinos de Yocaná, cerca de Sefori.

Los apóstoles comentan…

Bartolomé:

–           ¡Cuánta gente!

Tomás:

–           ¡Han venido todos, incluso los niños!…

Andrés:

–           El Maestro estará contento…

Tadeo exclama:

–            ¡Ah, ahí está el Maestro!

Vamos a acercarnos.

Se unen al Maestro, que camina con dificultad por el prado.

Porque va apretujado entre los muchos que le rodean.

Cuando los apóstoles logran llegar hasta Él.

Jesús pregunta:

–           ¿Judas sigue todavía ausente?

–            Sí, Maestro.

Pero si quieres lo llamamos…

–           No hace falta.

Mi Voz lo alcanza en el lugar donde esté.

Y su conciencia, libre, le habla con su propia voz.

No es necesario añadir vuestras voces…

Para forzar una voluntad.

Venid, sentémonos aquí con estos hermanos nuestros.

Y perdonad si no he podido compartir con vosotros el pan,

en un ágape de amor.

Mientras se acercan al lugar designado,

todos recuerdan al soberbio apóstol rebelde.

Pues es de sobra conocidos su desprecio y su repudio

hacia éstos ínfimos de la sociedad judía: los siervos hebreos.

La SOBERBIA es el principal signo de la posesión demoníaca perfecta y NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Actitud que se agudizó el año pasado, en la anterior visita

cuando verificaron el castigo, en las tierras de Doras…

Pero ahora comparten el gozo de tener la Presencia del Dios Vivo.

¡Y eso es lo único que importa!

Se sientan en círculo con Jesús en el centro.

Quien quiere alrededor de Él a todos los niños.

Los cuales, se pegan a Él mimosos y con confianza.

Una mujer grita:

–          ¡Bendícelos, Señor!

Que vean lo que nosotros anhelamos ver.

¡La libertad de amarte!

Un anciano gime:

–          Sí.

Nos quitan incluso esa libertad.

No quieren ver grabadas tus palabras en nuestro espíritu.

Ahora nos impiden vernos.

Y te prohíben a Ti venir…

¡Ya no oiremos palabras santas!

Un hombre joven, se lamenta:

–          Abandonados así, nos volveremos pecadores.

Tú nos enseñabas el perdón…

Nos dabas tanto amor, que podíamos soportar la malevolencia del patrón…

Pero ahora…

Jesús dice:

–           No lloréis.

No os dejaré sin mi palabra.

Volveré, mientras pueda…

Varios dicen:

–           No, Maestro y Señor.

–           Él es malo.

–            Y también sus amigos.

–            Podrían dañarte…

Y por causa nuestra.

–            Nosotros hacemos el sacrificio de perderte;

pero no nos des el dolor de decir:

«Por nosotros lo prendieron»».

–           Sí, sálvate, Maestro.

Jesús dice:

–            No temáis.

Se lee en Jeremías (Jeremías 36)

cómo él mismo dijo a su secretario Baruc que escribiera lo que el Señor le dictaba.

Y que fuera a leer el escrito recibido a los que estaban reunidos en la casa del Señor;

leerlo en vez del profeta, que estaba preso y no podía ir.

Así voy a hacer Yo.

Muchos y fieles Baruc tengo entre mis apóstoles y discípulos.

Ellos vendrán a deciros la palabra del Señor…

Y no perecerán vuestras almas.

Y Yo no seré prendido por causa vuestra;

porque el Dios altísimo me ocultará a sus ojos…

Hasta que llegue la hora en que el Rey de Israel deba ser mostrado a las turbas,

para que el mundo entero lo conozca.

Y no temáis tampoco perder las palabras que hay en vosotros.

También en Jeremías se lee que, aun después de que Yoyaquim, rey de Judá

– el cual esperaba destruir las palabras eternas y veraces quemando el rollo –

destruyera el volumen.

El dictado de Dios permaneció,

porque el Señor mandó al profeta:

«Toma otro volumen

y escribe en él todas las cosas que había en el volumen quemado por el rey».

Y Jeremías dio un volumen a Baruc…

Un volumen sin escritura.

Y dictó nuevamente a su secretario las palabras eternas…

Además de otras más como complemento de las primeras,

porque el Señor remedia los estropicios humanos

cuando el remedio es un bien para las almas.

Y no permite que el odio anule lo que es obra de amor.

Ahora bien, aunque a Mí,

comparándome a un volumen lleno de verdades santas, me destruyeran…

¿Creéis que el Señor os dejaría perecer sin la ayuda de otros volúmenes?

En ellos estarán mis palabras y las de mis testigos,

que narrarán lo que Yo no voy a poder decir

por estar prisionero de la Violencia y ser destruido por ella.

¿Y creéis que lo que está impreso en el libro de vuestros corazones,

podrá borrarse por el paso del tiempo sobre las palabras?

No.

El ángel del Señor os las repetirá…

Y las mantendrá frescas en vuestros espíritus deseosos de Sabiduría.

Y no sólo eso, sino que os las explicará…

Y seréis sabios en la palabra de vuestro Maestro.

Vosotros selláis el amor a Mí con el dolor.

¿Puede acaso, perecer lo que resiste incluso la persecución?

No puede perecer.

Yo os lo digo.

El don de Dios no se cancela.

El pecado es lo único que lo anula.

Pero vosotros, ciertamente no queréis pecar…

¿No es verdad, amigos míos?  Muchos contestan:

–            No, Señor.

–            Significaría perderte también en la otra vida.

–           Pero nos harán pecar.

–           Nos ha impuesto que no salgamos ya más de las tierras el Sábado…

–           Y ya no volverá a haber Pascua para nosotros.

Así que pecaremos…

Jesús afirma:

–           No.

No pecaréis vosotros.

Pecará él.

Sólo él.

Él, que hace violencia al derecho de Dios y de los hijos de Dios,

de abrazarse y amarse en dulce coloquio de amor y enseñanza en el día del Señor.

–           Pero él hace reparación con muchos ayunos y dádivas.

Nosotros no podemos…

Porque ya es demasiado poca la comida,

en proporción al esfuerzo que hacemos…

Y no tenemos qué ofrecer…

Somos pobres…

–             Ofrecéis aquello que Dios aprecia:

Vuestro corazón.

Dice Isaías (58, 3 – 7) hablando en nombre de Dios a los falsos penitentes:

«En el día de vuestro ayuno aparece vuestra voluntad y oprimís a vuestros deudores.

Ayunáis para reñir, discutir y perversamente, pelear.

Dejad de ayunar como hasta hoy, para hacer oír en las alturas vuestros clamores.

¿Es éste, acaso, el ayuno que Yo deseo?

¿Que el hombre se limite a afligir durante un día su alma,

y castigue su cuerpo y duerma sobre la ceniza?

¿Vas a llamar a esto ayuno y día grato al Señor?

El ayuno que prefiero es otro.

Rompe las cadenas del pecado, disuelve las obligaciones que abruman;

da libertad a quien está oprimido, quita todo yugo.

Comparte tu pan con quien tiene hambre, acoge a los pobres y a los peregrinos,

viste a los desnudos y no desprecies a tu prójimo»

Pero Yocaná no hace esto.

Vosotros, por el trabajo que le hacéis y que lo hace rico, sois sus acreedores.

Y os trata peor que a deudores morosos.

Alzando la voz para amenazaros y la mano para golpearos.

No es misericordioso con vosotros y os desprecia por ser siervos.

Pero el siervo es tan hombre como el patrón.

Y si tiene el deber de servir,

tiene también el derecho a recibir lo necesario para un hombre;

tanto materialmente como en el espíritu.

No se honra el Sábado, aunque se pase en la sinagoga;

si ese mismo día el que lo practica pone cadenas

y da a sus hermanos áloe como bebida.

Celebrad vuestros sábados razonando entre vosotros acerca del Señor.

Y el Señor estará en medio de vosotros…

Perdonad y el Señor os glorificará.

Yo soy el buen Pastor y tengo piedad de todas las ovejas.

Pero sin duda, amo con especial amor,

a las que han recibido golpes de los pastores ídolos,

para que se alejen de mis caminos.

Para éstas, más que para ninguna otra, he venido.

Porque el Padre mío y vuestro me ha ordenado:

«Apacienta estas ovejas destinadas al matadero,

matadas sin piedad por sus amos, que las han vendido diciendo:

`¡Nos hemos enriquecido!’,

Y de las que no han tenido compasión los pastores».

Pues bien, apacentaré el rebaño destinado al matadero,

¡Oh pobres del rebaño!

Y abandonaré a sus iniquidades a los que os afligen

y afligen al Padre, que en sus hijos sufre.

Extenderé la mano hacia los pequeños de entre los hijos de Dios

y los atraeré hacia Mí para que tengan mi gloria.

Lo promete el Señor por la boca de los profetas

que celebran mi piedad y mi poder como Pastor.

Y os lo prometo Yo directamente a vosotros que me amáis.

Cuidaré de mi Rebaño.

A quienes acusen a las ovejas buenas de enturbiar el agua

y de deteriorar los pastos por venir a Mí, les diré:

«Retiraos.

Vosotros sois los que hacéis que falte el manantial y se agoste el pasto de mis hijos.

Pero Yo los he llevado a otros pastos y los seguiré llevando.

A los pastos que sacian el espíritu.

Os dejaré a vosotros el pasto para vuestros gruesos vientres,

dejaré el manantial amargo que habéis hecho manar vosotros.

Y Yo me iré con éstos, separando las verdaderas de las falsas ovejas de Dios;

ya nada atormentará a mis corderos,

sino que exultarán eternamente en los pastos del Cielo».

¡Perseverad, hijos amados!

Tened todavía un poco de paciencia, de la misma forma que la tengo Yo.

Sed fieles, haciendo lo que os permite el patrón injusto.

Y Dios juzgará que habéis hecho todo y por todo os premiará.

No odiéis, aunque todo se conjure para enseñaros a odiar.

Tened fe en Dios.

Ya visteis que Jonás fue liberado de su padecimiento y Yabés fue conducido al amor.

Como con el anciano y el niño,

lo mismo el Señor hará con vosotros:

en esta vida, parcialmente y en la otra, totalmente.

Lo único que os puedo dar son monedas,

para hacer menos dura vuestra condición material.

Os las doy.

Dáselas, Mateo.

Que se las repartan.

Son muchas, pero en todo caso pocas para vosotros que sois tantos…

Y que estáis tan necesitados.

No tengo otras cosas…

Otras cosas materiales.

Pero tengo mi amor, mi potencia de ser Hijo del Padre,

para pedir para vosotros los infinitos tesoros sobrenaturales

como consuelo de vuestros llantos y luz de vuestras brumas.

¡Oh, triste vida que Dios puede hacer luminosa!

¡Él sólo!

¡Sólo Él!…

Y digo: «Padre, te pido por éstos.

No te pido por los felices y ricos del mundo,

sino por estos que lo único que tienen es a Ti y a Mí.

Haz que asciendan tanto en los caminos del espíritu,

que encuentren toda consolación en nuestro Amor.

Y démonos a ellos con el amor, con todo nuestro amor infinito;

para cubrir de paz, serenidad y coraje sobrenaturales,

sus jornadas, sus ocupaciones,

de forma que, como enajenados del mundo por el amor nuestro,

puedan resistir su calvario…

Y después de la muerte, tenerte a Ti, a Nosotros, beatitud infinita».

Jesús, mientras oraba, ha ido poniéndose de pie

y librándose poco a poco de los niñitos que se habían dormido sobre Él.

En su Oración, su aspecto es majestuoso y dulce.

Ahora baja de nuevo los ojos,

diciendo:

–            Me marcho.

Es la hora, para que podáis volver a vuestras casas a tiempo.

Nos veremos todavía otra vez.

Y traeré a Margziam.

Pero, cuando ya no pueda volver…

Mi Espíritu estará siempre con vosotros.

Y estos apóstoles míos os amarán como Yo os he amado.

Deposite el Señor sobre vosotros su bendición.

Poneos en camino.

Y se inclina a acariciar a los niñitos, que duermen.

Y no opone resistencia a las expresiones de afecto de esta pobre turba,

que no sabe separarse de Él…

Pero al final, cada uno se pone en camino por su parte,

de forma que los dos grupos se separan mientras la Luna desciende.

Ramas encendidas deben dar algo de luz al camino.

Y el humo acre de las ramas aún ligeramente húmedas,

es una buena justificación del brillo de los ojos…

Judas los está esperando apoyado en un tronco.

Jesús lo mira y no dice nada.

Ni siquiera cuando Judas dice:

–          «Estoy mejor».

Siguen caminando durante la noche, como mejor pueden…

Luego con el alba, más ágilmente.

A la vista de un cuadrivio,

Jesús se detiene y dice:

–           Separémonos.

Conmigo vienen Tomás, Simón Zelote y mis hermanos.

Los otros irán al lago, a esperarme.

Judas dice:

–            Gracias, Maestro…

No me atrevía a pedírtelo.

Pero Tú me lo has facilitado.

Estoy verdaderamente cansado.

Sí lo permites, me detengo en Tiberíades…

Santiago de Zebedeo no se puede contener,

agregando:

–            En casa de un amigo.

Judas abre muchísimo los ojos…

Pero se limita a esto.

Jesús se apresura a decir:

–           Me basta con que el sábado vayas a Cafarnaúm con los compañeros.

Venid para que os bese a los que me dejáis.

Y con afecto, besa a los que se marchan,

dando a cada uno de ellos un consejo en voz baja…

Ninguno expresa objeción alguna.

Sólo Pedro, ya cuando se marcha, dice:

–            Ven pronto, Maestro.

los demás apoyan:

–           Sí, ven pronto.

Y Juan termina:

–             Estará muy triste el lago sin Ti.

Jesús los bendice una vez más.

Y promete:

–            ¡Pronto!

Todos se separan y se van…

512 El Hombre-Dios


512 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

427 Bartolomé instruye a Áurea Gala.

Son tan precoces las albas estivas…

Que breve es el tiempo que media entre el ocaso de la Luna y la aparición del primer albor.

De manera que, a pesar de que hayan caminado ligeros;

la fase más oscura de la noche los sorprende todavía en las cercanías de Cesárea.

Y tampoco da suficiente luz una rama encendida de un arbusto espinoso.

Es necesario hacer un alto…

Incluso porque la jovencita, menos acostumbrada que ellos a caminar de noche;

tropieza a menudo en las piedras medio sepultadas en la arena, del camino.

Caminan rápido y todavía está oscuro en las cercanías de Cesárea.

Jesús dice:

–            Es mejor detenernos un poco.

La niña no ve y está cansada.

Castañeteando los dientes, mezclando hebreo y latín en un nuevo idioma, para hacerse entender…

La niña responde rápida:

–             No, no.

Si puedo…

Vámonos lejos, lejos, lejos…

Podría venir…

Por aquí pasamos para ir a esa casa.

Jesús trata de tranquilizarla:

–           Iremos detrás de aquellos árboles y nadie nos verá.

No tengas miedo.

Bartolomé, para darle ánimos,

dice:

–             No tengas miedo.

A estas horas, ese romano está debajo de la mesa, borracho como una cuba,

convertido en una sopa de vino…

Pedro agrega:

–             Y estás con nosotros.

¡Todos te queremos!

No permitiremos que te hagan daño.

¡Oh! ¡Somos doce hombres fuertes!…

Pedro, que apenas es un poco más alto que ella.

Él tan corpulento, cuánto grácil y delicada es ella.

Él quemado por el sol y ella blanca como alabastro.

¡Pobre florecita que fue criada para ser solamente estimulante, valiosa, admirada y más preciosa!

Entonces se escucha la voz llena de amor de Juan…

La jovencita, a la última luz de la improvisada antorcha;

Levanta sus maravillosos ojos azul verde como reflejo del mar,

con dos limpios iris aún brillantes por el llanto vertido con el terror de poco antes…

Es recelosa, pero, no obstante, de ellos se fía…

Juan le dice:

–           Eres una hermanita nuestra.

Y los hermanos defienden a sus hermanas.

Y cruza con ellos el arroyo seco que está pasado el camino.

Para entrar en una propiedad que termina allí en un tupido huerto.

Es noche oscura.

Cuando llegan a la arboleda,

se sientan y aguardan.

Los hombres se dormirían gustosos…

Pero a ella cualquier ruido la hace gritar.

Y el galope de un caballo la hace agarrarse convulsa al cuello de Bartolomé;

que quizás por parecer el más anciano, atrae su confianza y confidencia.

Por tanto es imposible dormir.

Bartolomé le dice:

–            No tengas miedo.

Cuando uno está con Jesús, nunca sucede una desgracia.

La niña contesta temblando:

–           ¿Por qué?

Mientras sigue todavía asida al cuello de Bartolomé.

–           Porque Jesús es Dios en la tierra.

Y Dios es más fuerte que los hombres.

–           ¿Dios?

¿Qué cosa es Dios?

Bartolomé exclama:

–         ¡Pobre criatura!

Pero, ¿Cómo te educaron?

¿No te enseñaron nada?…

La niña contesta:

–            Sí.

A conservar blanco el cutis.

brillante la cabellera.

A obedecer a los patrones.

A decir siempre que sí…

Pero yo no podía decir sí al romano…

Era feo y me daba miedo.

¡Todo el día tenía miedo!

En su casa siempre había unos ojos…

Siempre allí…

Cuando en el baño, en los vestidores dónde uno se viste;

en el cubiculum…

Siempre estaban unos ojos…

Y esas manos… ¡Oh!

¡Y si alguien no decía sí, era apaleado!…

Y comienza a llorar.

Jesús dice:

–               No lo serás más.

¡Ya no recibirás más palos!

Ya no está el romano.

Ni están sus manos…

Lo que hay es la paz…

Felipe comenta:

–           ¡Es una crueldad!

Cómo a bestias y peor todavía…

Porque a una bestia le enseñas su oficio.

Y los otros comentan:

             ¡Pero qué horror!

¡Como a animales de valor, no más que como a animales!

Y peor todavía…

Porque un animal sabe al menos que le enseñan a arar.

O a llevar la montura y el bocado porque ésa es su función.

Pero a esta criatura la lanzaron sin saber…

Ella responde:

–            Si hubiese sabido, me hubiera arrojado al mar.

Él decía: ‘Te haré feliz…’

Zelote dice:

–            De hecho te hizo feliz.

De una manera que nunca imaginó.

Feliz en la tierra y feliz en el Cielo.

conocer a Jesús, es la felicidad.

Hay un silencio en el que todos y cada uno,

meditan en las crueldades y los horrores del mundo.

Luego en voz baja, la niña le pregunta a Bartolomé:

–            ¿Me puedes decir que es Dios?

¿Y por qué Él es Dios?…

Después de una pausa agrega:

–            ¿Porque es hermoso y bueno?…

Bartolomé se siente atolondrado.

Se toma de la barba con perplejidad.

Y dice lleno de incertidumbre:

–            Dios…

¿Cómo haré para enseñarte a ti, que no tienes ninguna idea de religión en tu cabeza?

¿Qué estás vacía de toda idea religiosa?

–            ¿Religiosa?

¿Qué es?

Esto provoca otra pregunta todavía más complicada, para el abrumado apóstol:

–           ¿Qué cosa es religión?

Bartolomé decide pedir auxilio:

–           ¡Oh, que esto no me lo esperaba!…

¡Altísima Sabiduría!

¡Me siento como uno que se está ahogando en un gran mar!

¿Cómo me las arreglo ante esta sima?

¿Qué puedo hacer ante el abismo?

Jesús aconseja:

–          Lo que te parece difícil, es muy sencillo Bartolomé.

Es un abismo, sí.

Pero vacío…

Y puedes llenarlo con la Verdad.

Peor es cuando los abismos están llenos de fango, veneno, serpientes.

Habla con la sencillez con que hablarías a un niño pequeño.

Y ella te entenderá mejor, como no lo haría un adulto.

Bartolomé pregunta:

–           ¡Maestro!

¿Pero no podrías hacerlo Tú?

–           Podría.

Pero la niña aceptará más fácilmente las palabras de un semejante suyo:

que las mías que son de Dios.

Y por otra parte es que…

Os encontraréis en lo futuro ante estos abismos y los llenaréis de Mí.

Debéis pues aprender a hacerlo.

–          Es verdad.

Voy a intentarlo.

Lo probaré…

Después de pensarlo un poco, Bartolomé pregunta:

–            Oye niña, ¿Te acuerdas de tu mamá?

Ella sonríe y contesta:

–           Si, señor.

hace siete años que…

Que las flores florecen sin ella.

Pero antes estaba con ella.

–           Está bien.

¿La recuerdas?

¿La amas?

Ella solloza con un:

–          ¡Oh!

Y da un pequeño grito.

El acceso de llanto unido a la exclamación lo dice todo.

–             ¡Pobre criatura!

No llores.

¡Pobre niña!

Escucha:

Oye, el amor que tienes por tu mamita…

–              Y por mi papá y por mis hermanos…  -contesta sollozando.

–             Sí.

Por tu familia…

El amor por tu familia.

Los pensamientos que guardas por ella.

El deseo que tienes de regresar a ella…

–            ¡Nunca más los veré…!

¡Ya nunca…!

–            Pero todo es algo que podría llamarse religión de la familia.

Las religiones, las ideas religiosas son el amor…

El pensamiento, el deseo de ir a donde está aquel o aquellos en quienes creemos;

a quienes amamos y anhelamos;

a quienes deseamos ver…

Ella señalando a Jesús,

pregunta:

–            Si yo creo en ese Dios que está allí.

¿Tendré una religión?…

¡Es muy fácil!

Bartolomé está totalmente desorientado:

–             ¡Bien!

¿Fácil qué cosa?…

¿Tener una religión o creer en ese Dios que está allí?

La niña dice convencida:

–            En ambas cosas…

Porque fácilmente se cree en un Dios Bueno, como el que está allí.

El romano me nombraba muchos y juraba.

Decía:

‘¡Por la diosa Venus!

¡Por el dios Júpiter!

¡Por el dios Cupido!

Han de ser dioses malos, porque él hacía cosas malas cuando los invocaba.

Pedro comenta en voz baja:

–            No es tan tonta la niña.

Ella dice:

–           Pero yo no sé todavía que cosa es Dios.

Veo que es un hombre como tú…

Entonces es un Hombre- Dios.

¿Y cómo se hace para comprenderlo?

¿En qué aspecto es más fuerte que todos?

No tiene ni espada, ni siervos…

Bartolomé suplica:

–           Maestro, ayúdame…

Jesús responde:

–           No, Nathanael.

Enseñas muy bien.

–           Lo dices porque eres bueno.

Busquemos otro modo de seguir adelante.

Se vuelve hacia la niña,

diciendo:

–         Oye niña…

Oye niña, Dios no es hombre…

Él es como una luz, una mirada, un sonido tan grandes, que llenan el cielo y la tierra e iluminan todo.

Y todo lo ve, instruye todo y a todo da órdenes…

Y en todas las cosas manda…

–            ¿También al romano?

Entonces no es un Dios bueno.

¡Tengo miedo!…

Bartolomé se apresura a aclarar:

–            Dios es bueno y da órdenes buenas.

A los hombres les ha prohibido armar guerras, hacer esclavos;

arrebatar a las hijitas de sus madres y espantar a las niñas…

Pero los hombres no siempre escuchan las órdenes de Dios.

Ella dice:

–            Pero tú, sí.

–            Yo sí.

–            Si es más fuerte que todos…

¿Por qué no se hace obedecer?

¿Y Cómo habla, si no es un hombre?

Bartolomé está perdido,

y exclama:

–           ¡Dios…!

¡Oh, Maestro!…

Jesús dice:

–           Sigue.

Sigue, Bartolomé.

Eres un maestro muy competente.

Sabes decir con gran simplicidad pensamientos muy profundos.

¿Y ahora ya no quieres seguir?…

¿Siendo un maestro tan sabio?

¿Y sabiendo decir con tanta sencillez los más altos pensamientos, tienes miedo?

¿No sabes que el Espíritu Santo está en los labios de los que enseñan la Justicia?

Bartolomé argumenta:

–            Parece fácil cuando se te escucha.

Todas tus palabras están aquí dentro.

¡Pero sacarlas afuera cuando se debe hacer lo que Tú haces!…

¡Oh, miseria de nosotros los humanos!

¡Maestros inútiles!

¡Ay, míseros de nosotros, pobres hombres!

¡Qué maestros de tres al cuarto!

–            El reconocer la nulidad propia,

predispone el corazón a la enseñanza del Espíritu Paráclito…

–          Está bien, Maestro…

De todas formas vamos a intentar seguir adelante.

Se vuelve hacia ella, mirándola con ternura,

diciendo:

–           Escucha, niña…

Dios es fuerte, fortísimo.

Más que César.

Más que todos los hombres juntos con sus ejércitos y sus máquinas de guerra…

Pero no es un amo despiadado que haga decir siempre que sí…

so pena del azote para quien no lo dice.

Dios es un Padre.

¿Te quería mucho tu padre?

–            ¡Mucho!

Me puso por nombre Áurea Gala, porque el oro es precioso.

Y Galia es mi patria.

Y decía que me amaba más que el oro que en otro tiempo tuvo…

Y más que a la patria…

–          ¿Te azotó tu padre?

Áurea Gala contesta:

–           No. Jamás.

Cuando no me portaba bien, me decía:

‘Pobrecita hija mía’ y lloraba.

–            ¡Eso!

Así hace Dios.

Es Padre, nos ama y llora si somos malos.

 

Pero no nos obliga a obedecerle.

Pero el que decide ser malo, un día será castigado con suplicios horrendos…

–           ¡Oh, qué bueno!

El dueño que me arrebató de mi madre y me llevó a la isla.

Y también el romano, irán a los suplicios.

¿Y lo veré?…

Esto es demasiado para el pobre Nathanael,

que contesta:

–           Tú verás de cerca a Dios, si crees en Él y eres buena.

Y para ser buena no debes odiar ni siquiera al romano.

–           ¿No?

¿Y cómo lograrlo?

–           Rogando por él.

–           ¿Qué es rogar?

–           Hablar con Dios diciéndole que lo amamos.

Y pidiéndole lo que necesitamos…

 Ella llevada por su coraje, con salvaje vehemencia,

exclama apasionadamente:

–          Pero, ¡Yo quiero que mis dueños tengan una mala muerte!

Bartolomé objeta:

–          No.

No debes…

Jesús no te amará si dices así.

–           ¿Por qué?

–           Porque no se debe odiar a quien nos ha hecho el mal.

–            Pero no puedo amarlos.

–           Pero puedes por ahora no pensar en ellos.

Trata de olvidarlos…

Luego, cuando Dios te instruya más…

Rogarás por ellos.

Decíamos pues, que Dios es Poderoso, pero deja a sus hijos en libertad de obrar.

Ella pregunta:

–           ¿Yo soy hija de Dios?…

¿Tengo dos padres?…

¿Cuántos hijos tiene Dios?…

Bartolomé contesta:

–          Todos los hombres son hijos de Dios, porque han sido hechos por Él.

¿Ves las estrellas allá arriba?

Las ha hecho Él.

¿Y estos árboles?

Los ha hecho Él.

¿Y la tierra donde estamos sentados?

¿Y aquel pájaro que canta?

¿Y el mar con su grandeza?

¡TODO!

¡Y a todos los hombres!

Y los hombres son más hijos que todo, porque son hijos por una cosa que se llama alma…

Y que es luz, sonido, mirada, no grandes como su luz, su sonido, su mirada, que llenan el Cielo y la Tierra;

pero hermosos de todas formas.

Y que no mueren nunca, como tampoco muere Él.

Porque es una partecita de Dios que es inmortal como Él.

            ¿Dónde está el alma?

¿Tengo yo también un alma?

–             Sí.

En tu corazón.

Y es la que te ha hecho comprender que el romano era malo.

Y ciertamente no te hará desear ser como él.

¿No es verdad?

–            Sí…

Áurea reflexiona después del titubeante si…

Y luego con firmeza dice:

–             ¡Sí!

Era como una voz de dentro y una necesidad de que alguien me auxiliara…

Y con otra voz aquí dentro – pero esta era mía – llamaba a mi mamá…

Porque no sabía que existía Dios, que existía Jesús…

Si lo hubiera sabido, le habría llamado a Él con aquella voz que tenía aquí dentro.

Jesús interviene:

–              Has comprendido bien, niña.

Y crecerás en la Luz.

Yo te lo aseguro.

Cree en el Dios verdadero.

Escucha la voz de tu alma alma en la que no existe todavía una sabiduría adquirida,

pero en la que tampoco existe mala voluntad…

Y encontrarás en Dios a un Padre.

Y en la muerte, que es un paso de la tierra al Cielo para los que creen en el Dios Verdadero y son buenos…

Encontrarás un lugar en el Cielo cerca de tu Señor.

Como ella se ha arrodillado delante de Él,

Jesús le pone su mano sobre la cabeza.

Áurea dice:

–           Cerca de Ti.

¡Qué bien se siente uno al estar contigo!

No te separes de mí, Jesús…

Ahora sé Quién Eres y por eso me arrodillo.

En Cesárea tuve miedo de hacerlo…

Me parecías sólo un hombre…

Ahora sé que Eres Dios escondido en un Hombre.

Y que para mí eres un Padre y un Protector…

Jesús agrega:

–           Y Salvador, Áurea Gala.

Ella exclama jubilosa:

–           Y Salvador.

¡Sí! Me salvaste…

–             Y te salvaré más.

Tendrás un nombre nuevo…

–            ¿Me quitas el nombre que me dio mi padre?

El amo en la isla me llamaba Aurea Quintilia, porque nos dividían por color y por número.

Porque yo era la quinta rubia así…

Pero ¿Por qué no me dejas el nombre que me dio mi padre?

–            No te lo quito.

Llevarás, añadido a tu antiguo nombre, el nombre nuevo, eterno».

Isaías 43 2 : «Yo nunca te dejaré»

–            ¿Cuál?

–             Cristiana.

Porque Cristo te salvó…

Comienza a alborear.

Vámonos.

Jesús se vuelve hacia su más anciano apóstol,

y agrega:

–           ¿Ves Nathanael qué es fácil hablar de Dios a los abismos vacíos?

Hablaste muy bien.

La niña se instruirá fácilmente.

Se formará rápidamente en la Verdad.

Y ordena con suavidad:

–           Sigue adelante con mis hermanos Áurea…

La niña obedece pero con temor.

Preferiría quedarse con Bartolomé, el cual comprende todo…

El apóstol le dice:

–           Voy enseguida.

Vete…

Obedece.

339 LA TRAVESÍA


339 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad de Ptolemaida da la impresión de que va a ser aplastada, por un cielo bajo,

plomizo y pesado como plomo;

sin una rendija azul, sin una sola variación en su lóbrego aspecto.

No.

No hay ni una nube, un cirro o un nimbo,

que surquen aislados, la capa cerrada del firmamento.

Es una única bóveda cóncava y pesada;

como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja.

Una enorme tapa de estaño sucio, fuliginoso, opaco y agobiante.

Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso;

un yeso áspero, crudo, desolado, bajo esta luz… 

Y hasta el verde de las plantas perennes, luce empañado, triste;

así como los rostros de las personas, también se ven lívidos y espectrales;

junto con los colores de los vestidos, pues todos se ven muy apagados.

La ciudad se ahoga en el cargante siroco.

El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte.

Un mar sin límites, quieto, desierto.

No es siquiera plomizo, sería errado definirlo así.

Parece una extensión ilimitada, sin repliegues, no de agua;

sino de una sustancia oleaginosa, gris;

como deben ser los lagos de petróleo crudo…

Muy parecido a una cisterna llena de plata mezclada con hollín y ceniza,

para formar una pomada.

Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa.

Y no obstante, se ve tan muerto y opaco, que no parece brillar.

Su resplandor no se advierte, por la molestia que sufren los ojos deslumbrados,

por este cabrilleo de madreperla negruzca, que cansa y no alegra.

No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista.

La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo también muerto,

sin ver movimiento alguno de ola, aunque por su subyacente ondeo,

sensible en la superficie con el cabrilleo sucio de las aguas,

se comprende que no son aguas solidificadas.

Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como agua de un pilón;

sin el más mínimo indicio de ola o resaca.

Y la arena está marcada de humedad a poco más de un metro del agua, confirmando así,

que no ha habido movimiento de olas en la orilla, desde hace muchas horas.

Es la calma chicha absoluta.

Las pocas naves que hay en el puerto, están completamente inmóviles.

Tan inmóviles, que parecen clavadas en una materia sólida.

Los pocos paños tendidos en los altos puentes, enseñas o indumentos, penden inmóviles.

En el ajetreado comercio marítimo del puerto de Ptolemaida,

por una callecita del barrio popular del puerto,

vienen hacia la marina los apóstoles, con los dos que van a Antioquía.

Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro;

Tadeo por su parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado;

Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote,

van cargados con los talegos de todos, incluido el de Jesús.

Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida.

Juan de Endor no lleva nada.

Caminan deprisa entre la gente que en general, regresa de los mercados con las compras;

Y los que son gente de mar, se apresuran en dirección al puerto,

para cargar, descargar las naves o repararlas, según las necesidades.

Pedro camina seguro.

Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados.

Todo colorado, sujeta de su parte el arcón,

por una lazada de la cuerda, puesta como asidero;

Andrés por su parte, hace lo propio.

Y se ve, tanto en ellos como en los compañeros Santiago y Juan,

el esfuerzo del peso que llevan,

porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de los brazos.

Y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas);

en todo, semejantes a los mozos de cuerda que ágiles, van de las posadas a las naves;

o viceversa, para sus operaciones.

Por tanto, pasan completamente desapercibidos.

Pedro no va al muelle grande.

Con su grupo se dirigen hacia el muelle menor, a través de una pasarela chirriante;

es un andén construido en forma de arco, que delimita una dársena;

un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca.

Llega hasta una en particular.

Se detiene, mira y grita, llamando la atención…

Desde el fondo se levanta un marinero y se acerca al borde;

es una barca fuerte y bastante grande.

diciendo:

–      ¡Estás decidido a zarpar de verdad?

Ten en cuenta que la vela hoy no sirve..

No hay viento y tendrás que hacerlo a fuerza de remos.

Pedro contesta:

–     Con este frío, esto nos servirá para entrar en calor y para tener buen apetito.

El marinero cuestiona:

–     ¿Sabes de verdad;

que eres capaz de navegar?

–      ¡Bah! ¡Hombre!   

Todavía no era capaz de pronunciar la palabra ‘mamá’,

cuando ya mi padre me había puesto en las manos la sondaleza,

las cuerdas de las velas. y las farcias del navío.

Allí crecieron mis dientes de leche.

–       Es que, ¿Sabes?

Esta barca es todo lo que poseo…

–       Desde ayer me lo has estado repitiendo…

¿No sabes otra canción?

–       Lo que sé es que si te vas a pique, estoy arruinado y…

–       El arruinado seré yo, porque pierdo la piel, ¡Y no tú!

–       Es que la barca constituye toda mi riqueza, mi pan y mi alegría.

Es el patrimonio de mi esposa y la dote de mi hija…

–        ¡Uff!…

Oye, no me sigas molestando porque mis nervios están a punto de reventar…

Y tienen ya un calambre, mucho peor que el de los nadadores!

Te he dado tanto, que casi te pagué la barca.

No te escatimé nada,

¡Ladrón marino que eres!…

Te demostré que sé remar y sé gobernar la vela mejor tú.

Ya todo estaba acordado.

Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer,

te ha provocado una pesadilla, porque te huele la boca como una sentina…

Si ahora te arrepientes, me importa un bledo.

Hicimos un contrato ante dos testigos, uno tuyo y otro mío.

Y ya…  ¡Basta!

Cangrejo peludo, déjame entrar…  

El barquero insiste: 

–     Pero al menos dame otra garantía… 

¡Si mueres, quién me paga la nave!

–     ¿La nave?

A esta calabaza sin pulpa la llamas nave.

¡Oh, miserable y orgulloso tenías que ser!

Te daré otras cien dracmas…

Con éstas y con lo que has pedido como alquiler;

puedes comprarte otras tres mejores que ésta.

¡No! ¡Tampoco eso!

¡De dinero nada!

Serías capaz incluso de llamarme loco…

Y luego pedirme más todavía, a la vuelta.

¡Porque vuelvo, ¡Eh! puedes estar seguro!

A lo mejor para quitarte la barba a tortazos,

si me has dado una barca con los fondos defectuosos.

Te dejo empeñada mi carreta y no quiero que te pases de listo con mi burro Antonio.

¡No! ¡Tampoco eso!

No dejo en tus manos a mi Antonio.

Te creo capaz de cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero…

Y escaparte en mi ausencia.

Porque mi Antonio… él solo, vale diez veces más que tu barca.

Mejor te dejo el dinero.

Pero ten en cuenta que son una garantía y que cuando regrese me los devolverás.

¿Has entendido?

¿Está bien claro?

El barquero asiente satisfecho.

Baja de la barca.

Y se apresura a meter en la barca, el telar que Tadeo había dejado en el suelo.  

Pedro mira la barca vecina, 

y grita: 

–     ¡Eh, los de esa nave!

¿Quién es de Ptolemaida?

En una nave cercana se asoman tres caras.

Y contestan:

–       Nosotros.

–       Venid aquí…

El barquero suplica:

–       No, no, no hace falta.

Nos arreglamos entre nosotros.

Pedro lo mira indagador, razonando para sí.

susurra:

–       ¡Comprendo!

Luego grita a los de la nave:

–       ¡Ya no hace falta. Quedaos ahí 

Y les dice a todos, 

¡Aaarriba! ¡Aaarriba!

Y embarca el primer baúl.

Luego ayudado por otros tres y los apóstoles,

suben y acomodan todo el cargamento que traen en la carreta;

de forma que quede en equilibrio y que tengan paso libre para las maniobras. 

Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo lo demás;

Y después de las cosas, las personas. 

Luego extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa,

y dice:

–       « ¡Adiós, amigas!»-  y se las da al barquero.  

Éste pregunta extrañado:

–       ¿Por qué las has besado? –

–        Es… Un… rito.

Arriba, vosotros. dice a los demás de su comitiva. 

Y volviéndose al barquero, agrega:

–       Tú, al menos, sujeta la barca mientras nos vamos.

Ya las contarás.

Verás que están justas.

No quiero tenerte como compañero en el infierno…

¡Eh! Yo no robo…

Y junto con Andrés, pone el remo contra el muelle y empieza a separarse.

Y Pedro agrega:

–           ¿Ves vampiro que si sé hacerlo?

Lárgate ahora y que te vaya bien…

¡Adiós, ladrón!

Y se sienta en la proa sobre una banquita, junto a su hermano.

Frente a él están sentados Santiago y Juan de Zebedeo;

que bogan con ritmo regular y poderoso.

La barca avanza sin tirones, rápida,

a pesar de ir bastante cargada, muy cerca del flanco de las naves grandes,

Y oyen las alabanzas por su paso ligero y por el perfecto bogar,

que les lanzan los marineros de las grandes naves, cuando navegan junto a ellas.

Luego, superados los espigones…

Cuando llega a la corriente, le entrega el timón a Mateo,

diciendo:

–       Tú puedes hacerlo muy bien.

Te traerá recuerdos de cuando nos sorprendías en la pesca.

Y sabes llevar el timón pasablemente.

Pronto dejan atrás los diques y llegan a mar abierto.

Ptolemaida está extendida, hermosa y blanca sobre la ribera.

En la barca el silencio es completo y solo se oye el chasquido de los remos contra el agua.

Poco a poco, el puerto se va perdiendo en la distancia,

y Pedro dice:

–      Sí. Había un poco de viento…

Ahora no hay absolutamente nada… ¡Ni un soplo!

Santiago de Zebedeo comenta:

–           ¡Con tal de que no vaya a llover!

–           ¡Humm!

Y parece que sí…

Una llovizna fina y tupida los cubre.  

Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.

Luego Andrés pregunta:

–       ¿Por qué has besado las monedas?  

Pedro le responde: 

–        Porque se saluda a quien parte para siempre.

No las volveré a ver.

Y lo siento.

Hubiera preferido dárselas a algún necesitado…

¡Paciencia!…

La barca la verdad es que es buena y fuerte.

Y está bien construida.

Es la mejor de Ptolemaida.

Por eso he cedido a las pretensiones de su dueño.

También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos.

Por eso le he dicho: «A comprar al Jardín blanco»…

¡Ay, ay, ay, que empieza a llover!

Cubríos, vosotros que podéis hacerlo.

Tú, Síntica, dale el huevo a Juan. Es la hora. 

Santiago dice:

–        Con un mar asi, nada se puede mover en el estómago…

Andrés pregunta:

–       ¿Qué estará haciendo Jesús?

Pedro exclama:

–      ¡Sin vestidos y sin dinero!

Tadeo:

–      ¿Dónde estará ahora?

Juan de Zebedeo:

–       Sin duda rogando por nosotros.

Santiago de Alfeo:

–       Está bien.

¿Pero dónde?

Nadie puede responder la pregunta.

Pues sólo Dios conoce la respuesta.

Y la barca da bordadas, con dificultad; 

entre una bruma invernal, que poco a poco se hace más densa.

Los montes, que se escondieron tras una zona de llanura, vuelven a arrimarse al mar,

se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso.

El mar de cerca, sigue produciendo molestia a los ojos con su extraña fosforescencia;

más lejos, se pierde en un velo brumoso.

Pedro boga incansablemente, en una barca que avanza fatigosamente, bajo un cielo plomizo;

sobre un mar de color ceniciento y bajo una finísima lluvia,

que parece neblina y produce un cosquilleo prolongado.

Los montes se ven envueltos en un manto amarillento.

Pero el mar tiene una rara fosforescencia que es molesta de mirar.

Pedro que es incansable en el remo, extiende su brazo señalando a lo lejos,

y dice:

–        En aquel poblado vamos a detenernos, para comer y descansar.

Los demás asienten.

Llegan al pueblo:

Que es un pequeño conglomerado de casas de pescadores

al abrigo del espolón de un monte que penetra en el mar.

Pedro entre dientes, dice: 

–       Aquí no se puede desembarcar.

No se toca fondo… –un suspiro- ¡Bueno!

Pues entonces comeremos aquí donde estamos

Y así es.

Los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas.

Mientras la lluvia se calma y luego arrecia…

No se ve a gente en el pueblo; es como si estuviera deshabitado.

Pero, vuelos de palomas de una casa a otra…

Y la ropa tendida en las azoteas, indican que hay gente.

Finalmente aparece en la playa un hombre semidesnudo,

que se dirige hacia una pequeña barca, que ha sido sacada a la orilla.  

Pedro se pone las dos manos en torno a los labios, formando un embudo,

y grita:

–       ¡Oye, tú! ¿Eres pescador?

La respuesta llega débil en la distancia:

–       ¡Sí!

–       ¿Qué tiempo vamos a tener?

–       Dentro de poco, mar picado.

Si no eres de por aquí, te aconsejo que te vayas inmediatamente,

más allá del promontorio.

Allí las olas son menores, sobre todo junto a la ribera…

Y puedes ir porque el mar es muy profundo.

Pero vete al punto.

–        Gracias.

¡La paz sea contigo!

–        ¡Paz y buena suerte contigo!

Pedro se vuelve hacia sus compañeros,

y dice:

–        ¡Ánimo!

Y que Dios esté con nosotros.

Andrés toma el remo y empieza a bogar,

mientras dice:

–        No cabe duda que lo está.

Y Jesús ruega por nosotros.

Los demás también toman los remos y empiezan a bogar.

Porque olas gigantescas están empezando a formarse…

Y rechazan a la barca en su intento por avanzar.

La lluvia aumenta implacable;

junto con un viento que azota las espaldas de los navegantes.

Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado…

Y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene.

Mientras tanto, la lluvia se hace cada vez más tupida…

Y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes.

Pedro lo gratifica con todos los más pintorescos epítetos;

porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela

y que trata de empujar a la barca contra los escollos del promontorio ya cercano.

La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo, más oscuro que la tinta.

Reman, reman, con dificultad;

rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una migaja de fuerza en palabras.

Los otros, sentados frente a ellos; callan, mudos, bajo la tediosa lluvia

Simón de Jonás le grita unos pintorescos epítetos,

porque es un viento contrario que no solo no ayuda,

sino que entorpece los esfuerzos de los marineros.

Y trata de lanzarlos contra los escollos del promontorio que no está lejos.

La barca trata de deslizarse en la curva de este golfo miniatura,

de color negruzco cual tinta.

Todos continúan bogando fatigosamente;

concentrando todos sus esfuerzos por avanzar;

bañados por la molesta lluvia.

Juan de Endor y Síntica, están sentados en el centro junto al mástil de la vela.

Detrás los hijos de Alfeo.

Y en la popa, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón;

a cada golpe del oleaje.

Es un trabajo arduo dar la vuelta al promontorio y finalmente lo logran.

Los remadores extenuados, logran al fin descansar un poco,

y se preguntan si sería prudente refugiarse en el poblado,

que se ve más allá del promontorio…

La idea de ‘Que se debe obedecer al Maestro;

aun cuando el sentido común diga lo contrario’ prevalece.

“Él dijo que se debe llegar a Tiro en un solo día…”

Todos están de acuerdo en esto,

Y DECIDEN SEGUIR LA TRAVESÍA… 

Después de decidir esto y continuar navegando con el mar picado…

De improviso el mar se calma…

Y todos notan el fenómeno…

Santiago de Alfeo dice:

–     El premio de haber obedecido…

Pedro confirma:

–     Sí.

Satanás se ha largado,

porque no logró hacernos desobedecer…

Mateo dice:

–       Llegaremos a Tiro en la noche.

Este mal tiempo nos ha detenido mucho…

Simón Zelote agrega:

–      No importa.

Iremos a dormir y mañana buscaremos la nave.

Juan de Endor:

–        ¿La podremos encontrar?

Tadeo dice con aplomo:

–         Jesús lo dijo.

Claro que la encontraremos…

Andrés propone: .

–      Podemos levantar la vela hermano. 

El viento que está soplando nos ayuda y avanzaremos más ligeros…

Iremos raudos con la vela que se se infle lo suficiente, 

para que ya no sea necesario remar y nuestros hermanos sientan un poco de alivio.

efectivamente, la vela se hincha, no mucho;

pero sí lo suficiente como para que la barca se deslice ligera hacia Tiro;

cuyo istmo albea allá en lontananza en el norte, con las últimas luces del día.

La noche cae rápida. 

Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo,

ver asomarse las estrellas a través de un imprevisto claro,

Con el titilar resplandeciente de los astros de la Osa;

mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan blancos,

que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche.

cuando los últimos rayos del sol casi han desaparecido.

La noche los alcanza y lo más extraño…

Después de tanta neblina, el firmamento estrellado,

se adorna con una claridad extraordinaria.

La Osa Mayor resalta en una bóveda celeste que viste al mar

con un reflejo plateado iluminado por la luna…

Juan de Zebedeo admira todo y ríe.

Y de repente, abre su boca al canto, con su voz de tenor a todo pulmón;

acompañando el movimiento del remo con la estrofa

y ritmando ésta con el remo:

“Ave, Estrella de la Mañana,

Jazmín de la noche,

Luna de oro de mi Cielo,

Santa Madre de Jesús.

En Ti el navegante espera,

El que sufre, el que muere, en Ti piensa,

Brilla siempre, Estrella santa, Estrella pía,

Sobre quien te ama, ¡Oh, María!

Santiago su hermano dice:

–     ¿Pero qué haces?

Estamos hablando de Jesús, ¿Y tú hablas de María? 

–        Él está en Ella.

Y Ella en Él.

Pero si Él está aquí;

es porque ha existido antes Ella…

¡Oh! Tú déjame cantar…

Y todos se dejan seducir y llevar por su canto.

Pues lo acompañan en una alabanza maravillosa…

De esta manera llegan a Tiro, ya sin ninguna dificultad.

Desembarcan en el pequeño puerto, que está al sur del istmo;

oculto por las lámparas que cuelgan de muchas barcas.

Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados.

Pedro y Santiago deciden quedarse en la barca, para cuidar el cargamento,

Mientras tanto, los otros, con un hombre de otra barca,

se dirigen al hospedaje para descansar

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocul

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

336 VERDUGO PURIFICADOR


  1. 336 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Debe haber llovido toda la noche.

Pero con el alba ha venido un viento seco que ha repelido las nubes hacia el sur,

más allá de las colinas de Nazaret.

Por ello, un tímido sol invernal se atreve a asomarse y a encender con su rayo

un diamante en cada hoja de los olivos; mas es vestido de gala que pronto pierden,

porque el viento agita sus frondas y las desnuda…

Y parecen llorar esquirlas de diamante, que se desvanecen entre la hierba adornada,

en el camino lodoso.

Pedro, con la ayuda de Santiago y Andrés,

prepara carro y burro.

No se ve a los otros todavía.

Luego salen uno tras otro de una cocina, porque dicen a los tres que ya estaban fuera

–       Id ahora vosotros a tomar algo.

Y los tres entran, para salir poco después, esta vez con Jesús.  

Pedro explica:

–      He vuelto a poner la cubierta, por el viento.

Si estás decidido a ir a Yiftael, tendremos de frente el viento… y punza.

No comprendo por qué no nos vamos por el camino que va a Sicaminón,

luego el del litoral… Es más largo, pero menos escabroso.

¿Has oído lo que decía ese pastor al que he logrado tirar de la lengua?

Ha dicho: «Yotapata, durante los meses de invierno, queda aislada.

Sólo hay un camino para llegar a ella.

Y no se va con corderos, no…

No se debe llevar nada en las espaldas, porque hay pasos que se salvan

más con las manos que con los pies…

Y los corderos no pueden nadar…

Hay dos ríos, llenos muchas veces… 

Y hasta el propio camino es un torrente que corre por un fondo de rocas.

Yo voy allí después de los Tabernáculos, y en plena primavera.

Y vendo bien, porque entonces la gente se aprovisiona para meses».

Eso ha dicho…

Y nosotros… con este cacharro… (y da una patada a la rueda del carrito)…

y con este burro… ¡Mmmm!…

Jesús responde:

–        El camino que va de Sefori a Sicaminón era mejor.

Pero lo utiliza mucha gente…

Recuerda que conviene no dejar rastro de Juan…

Zelote observa:

–        El Maestro tiene razón.

Podríamos encontrar incluso a Isaac con otros discípulos… 

¡Y en Sicaminón ya no digamos!… 

Pedro acepta:

–        Pues nada… vamos…

Andrés dice:

–        Voy a llamar a esos dos… 

Y mientras Andrés hace esto, Jesús se despide de una anciana y de un niño,

que salen de un aprisco con unos cubos de leche.

Llegan también unos pastores, barbados.

Jesús les agradece la hospitalidad ofrecida en la noche de lluvia.

Juan y Síntica ya están en el carro, que ahora, guiado por Pedro, se dirige por el camino.

Jesús acelera el paso para seguirlo;

a su lado el Zelote y Mateo;

detrás de Él, Andrés, Santiago, Juan y los dos hijos de Alfeo.

El viento corta la cara e hincha los mantos.

La cobertura extendida sobre los arcos del carro, cruje como una vela;

a pesar de que la lluvia de la noche la haya hecho más pesada.

Mirándola. Pedro susurra:

–        ¡Bueno caramba, pues se secará pronto! –

¡Basta con que a este pobre hombre no se le sequen los pulmones!…

Espera, Simón de Jonás… Se hace así –

Y para el burro, se quita el manto, sube al carro y arropa muy bien a Juan.  

Qué le pregunta.

–       ¿Pero por qué?

Ya tengo el mío…

–        Porque yo, tirando del asno, tengo ya tanto calor,

como si estuviera en un horno de pan.

Y además estoy habituado a estar desnudo en la barca.

Y cuanto más tormenta más desnudo.

El frío es para mí, un acicate y me hace más ágil.

¡Vamos  arrópate bien!

María me ha dado en Nazaret tantas recomendaciones;

tantas, que, si te pones malo, no voy a poder presentarme a Ella jamás…

Baja del carro y agarra otra vez los ramales e incita al asno para que camine.

Pero pronto debe pedir ayuda a su hermano y a Santiago;

para ayudar al burro a salir de un sitio cenagoso en que se ha hundido la rueda.

Y así van, empujando por turnos el carro para facilitar la labor al burro,

que hinca sus robustas patas en el fango y tira – ¡pobre animal! -,

resoplando afanoso y espurreando ávido…

Porque Pedro lo estimula a caminar, ofreciéndole unos pedazos de pan

y unos trozos de manzana, que le concede sólo cuando hacen un alto en el camino.

Mateo que observa la maniobra,

le dice bromeando:

–        Eres un sinverguenza, Simón de Jonás.

–        No.

Aplico con dulzura al animal a su deber.

Si no hiciera esto, tendría que usar la tralla… y eso me duele.

Si no pego a la barca cuando hace caprichos, y es de madera,

¿Por qué debería pegar a éste, que es de carne?

Ahora mi barca es éste… está en el agua…

¡Vaya que si está en el agua!

Por tanto, lo trato como a la barca.

¡Yo no soy Doras, eh!

¿Sabéis que quería llamarlo Doras, antes de comprarlo?

Pero luego oí su nombre y me gustó.

Se lo he dejado…  

Los apóstoles preguntan curiosos:

–        ¿Cómo se llama? 

–        ¡Adivinad! – y Pedro se ríe bajo su barba.

Salen los más extraños nombres.

Y los de los más cafres fariseos o saduceos, etc. etc

Pero Pedro siempre menea su cabeza…

Se dan por vencidos.

–        ¡Se llama Antonio!

¿No es un nombre bonito?

¡Ese maldito romano!

¡Se ve que el griego que me lo vendió, también tenía sus resentimientos contra Antonio!

Todos ríen, mientras Juan de Endor,

explica:

–        Será uno de los que obtuvo la libertad previo pago de una talla,

después de la muerte de César.

¿Es viejo?

–        Tendrá setenta años…

Y debe haber hecho todos los tipos de trabajos…

Ahora tiene un hospedaje en Tiberíades…

Llegan al crucero de Sefori con el camino de Nazaret Tolemaida.

Nazaret-Sicaminón, Nazaret-Jotapata.

El hito consular tiene escritas las tres indicaciones de Tolemaida, Sicaminón y Yotapata.

Pedro pregunta:

–        ¿Entramos en Sefori, Maestro? 

–        Es inútil.

Vamos a Yiftael.  Sin detenernos.

Comeremos mientras andamos.

Es preciso estar allí antes de que anochezca.

Marchan y marchan, atravesando dos torrentillos bien cargados,

afrontando las primeras pendientes de un sistema de montes en dirección norte-sur,

pero que forman al norte un nudo escabroso, que luego se resuelve hacia el este. 

Jesús señala diciendo:

–        Allí está Yiftael  

Pedro observa:

–        No veo nada.

–        Está a septentrión.

Por la parte nuestra hay pendientes a pico, y lo mismo a oriente y a poniente.

–        De modo que hay que rodear todo aquel monte, ¿No?

–        No.

Hay un camino junto al monte más alto, al pie de él, en el valle

Acorta mucho, aunque es un camino muy empinado.

–        ¿Has estado allí alguna vez?

–        No. Pero lo sé.

¡Verdaderamente es un camino empinado!

Tanto que, llegados a él se sienten desfallecer: parece como si uno, de tanto como

se reduce la luz en el fondo de este valle,

tan horrendo y escarpado que hace pensar en las dantescas simas, del octavo círculo,

y descendiera veloz al encuentro de la noche.

Es un camino verdaderamente ahondado en el volumen rocoso;

tan lleno de desniveles, que está dispuesto casi en escalones;

un camino estrecho, agreste, encajado entre un torrente rabioso…

y una pendiente aún más rabiosa,

que continúa, con empinada subida, hacia el norte.

La luz aumenta a medida que se sube, pero, como contrapartida,

aumenta también el cansancio; tanto que aligeran de los talegos personales el carroy baja también Síntica para que el carrito vaya lo más ligero posible.

Juan de Endor, que después de aquellas pocas palabras no había vuelto a abrir la boca

sino para toser, querría bajarse también.

No se lo conceden, así que se queda donde estaba, mientras todos empujan el carro

y tiran del asno;

y sudan cada vez que hay un desnivel.

Pero ninguno se queja.

Al contrario, todos tratan de mostrarse satisfechos del ejercicio;

para no humillar a los dos por los que lo hacen…

(los cuales ya más de una vez han expresado su pesar por este esfuerzo).

El camino hace un ángulo recto, y luego otro ángulo, más corto,

que termina en una ciudad acomodada en lo alto de una ladera;

o tan empinada que, como dice Juan de Zebedeo, da la impresión

de que vaya a deslizarse hacia abajo con sus casas.

-Sin embargo, es muy sólida.

Todo un bloque con la roca.

Síntica recuerda y dice:

–        Como Ramot entonces…

Juan dice:

–        Más todavía.

Aquí la roca es parte de las casas, no sólo base de ellas.

Recuerda más a Gamala. ¿Os acordáis?  

Andrés replica:

–        Sí.

Y también de aquellos cerdos…  

Simón Zelote agrega:

–        De allí justamente partimos para Tariquea, el Tabor y Endor…

Juan de Endor, suspira, 

diciendo:

–        Estoy destinado a daros recuerdos penosos y grandes trabajos…

Judas de Alfeo. exclama impetuoso:  

–        ¡De ninguna manera!

Tú nos has dado una amistad fiel.

Nada más, amigo

Y todos se unen a él para confirmar más claramente.

–        De todas formas…

Alguno no me ha amado…

Ninguno me lo dice…

Pero yo sé meditar, sé reunir en un solo cuadro los hechos diseminados.

Esta partida, no, no estaba prevista… 

Y la decisión no es espontánea…  

Dulcemente afligido,

Jesús pregunta:

–        ¿Por qué hablas así, Juan?

–        Porque es verdad.

Alguno no me ha aceptado.

He sido elegido yo, no otros, ni siquiera los grandes discípulos, para ir lejos.

Santiago de Alfeo, entristecido por esta luz que viene a la mente del hombre de Endor.

pregunta:

–        ¿Y entonces Síntica? 

–        Síntica viene para no trasladarme a mí solo…

Para ocultarme compasivamente la verdad…

–        ¡No, Juan!…

–        Sí, Maestro.

Fíjate, podría hasta decirte el nombre de mi torturador.

¿Sabes dónde lo leo?

¡Me basta mirar a estas ocho personas buenas para leerlo!

¡Me basta reflexionar en la ausencia de los otros para leerlo!

El hombre por quien Tú me encontraste, es el mismo que quisiera que Belcebú me encontrara.

Y me ha conducido a este momento.

Y a ti también, Maestro;

porque Tú también sufres come yo, o quizás más que yo.

Y me ha conducido a este momento, para hacerme caer de nuevo en la desesperación.

Y en el odio.

Porque es malo, es cruel, es envidioso… y más cosas.

El alma oscura en medio de tus siervos luminosísimos, es Judas de Keriot…

–        No hables así, Juan.

No falta sólo él.

Todos, excepto el Zelote, que no tiene familia, faltaron durante las Encenias.

De Keriot, y menos aún en este período, no se viene en pocas etapas.

Son casi doscientas millas de camino.

Y era justo que fuera a casa de su madre, como Tomás.

También he prescindido de Nathanael, porque es anciano.

Y de Felipe, para que acompañara a Nathanael…

–        Sí.

Faltan otros tres.

Pero… ¡Oh, Jesús bueno!…

Tú conoces los corazones porque eres el Santo.

Pero no eres el único que los conoce

También los perversos conocen a los perversos;

porque se reconocen en ellos.

Yo fui perverso, y me he visto de nuevo, en mis peores instintos, en Judas.

De todas formas, lo perdono.

Solamente por una cosa le perdono, el que me mande a morir tan lejos:

porque precisamente por él vine a ti.

Y que Dios le perdone todo lo demás… todo lo demás.

Jesús no intenta rebatir… Calla.

Los apóstoles se miran unos a otros, mientras a fuerza de brazos empujan al carro,

por el camino resbaladizo.

Está ya cerca la noche cuando llegan a la ciudad.

Allí, desconocidos entre desconocidos, se alojan en una posada,

construida en el extremo sur del pueblo, el extremo sur:

un risco, cuya pared está tan cortada a pico y es tan profunda, que lanzar hacia abajo

la mirada por ella hace venir vértigo; mientras en el fondo

ruido, sólo ruido, en la sombra de pez que ya viste al valle, ruge un torrente.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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332 CARGANDO LA CRUZ


332 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

312 Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía. Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller.

Trabaja en objetos de pequeño tamaño.

Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar recién hecho;

no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

Y le dice:

–        Bebe, Jesús.

Hace mucho que estás levantado.

Y el ambiente está húmedo y hace frío.

Jesús responde:

–        Sí.

Pero al menos he podido ultimar todo…

Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies y bebe la leche.

Mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

Jesús sonriendo,

pregunta: 

–        ¿Lo bendices, Mamá? 

–        No.

Lo acaricio, porque lo has hecho Tú.

La bendición se la has dado Tú, haciéndolo.

Has tenido una buena idea.

A Síntica le servirá.

Es muy experta en la textura.

Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y jovencitas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas de olivo me parece, al lado del torno?

–        He hecho cosas que le servirán a Juan.

¿Ves?

Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir.

Y estos ambones para tener dentro sus libros.

No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro.

Así, ahora podremos cargar también esto…

Y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

–        ¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

–        Sufro…

Por Mí y por ellos.

He esperado hasta ahora a hablar…

Ya se demora demasiado Simón con Porfiria…

Es hora de que hable…

Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días…

Y que me ha hecho tristes incluso las luces de muchas lámparas…

Un sufrimiento que ahora debo dar a otros…

¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

María le acaricia una mano para consolarlo..

–        ¡Hijo bueno! – 

Un momento de silencio…

Luego Jesús dice:

–        ¿Se ha levantado Juan?

–        Sí.

Le he oído toser.

Quizás está en la cocina bebiéndose la leche.

¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María.

Jesús se levanta:

–       Voy…

Tengo que ir a decírselo.

Con Síntica será más fácil…

Pero para él…

Mamá, ve donde Margziam, despiértalo.

Y orad mientras hablo a este hombre…

Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas.

Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual…

¡Qué dolor, Padre mío!…

Voy… 

Y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan,

que es la misma en que murió Jonás…

O sea, la de José.

Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha tomado del horno;

y que lo saluda desconocedora de las cosas, que martirizan a su Maestro.

Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios

que apenas muestran el hacecillo de sus hojas.

Pero que quizás no los ve…

Luego se decide.

Se vuelve y llama a la puerta de Juan.

Y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

Jesús. pregunta: 

–        ¿Puedo entrar un poco en tu habitación? 

Juan de Endor, contesta:

–       ¡Oh! ¡Maestro!

¡Siempre!

Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia.

Es más, sería conveniente que lo vieras,

porque me parece que no he recogido bien,

lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada,

a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro.

Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

–        Muy bien.

Has transcrito muy bien.

–        ¿Ves?

Creía que había sido inexacto en esta frase.

Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo.

Ahora bien, decir aquí que la prudencia,

incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, 

me parecía un error: mío, naturalmente.

–        No.

No has errado.

Dije exactamente eso.

El afán exagerado y temeroso del egoísta, es distinto del cuidado prudente del justo.

Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca;

no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan y garantizárselo a los nuestros,

en los tiempos de escasez.

Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están

alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios

por miedo a que la carne sufra;

no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias; 

enfermedades que luego serán un peso para los familiares,

y una pérdida de productivo trabajo para nosotros.

Dios ha dado la vida.

Es un don suyo.

Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente,

sin imprudencias y sin egoísmos. 

¿Ves?

Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza

o volubilidad;

mientras que no son sino santos actos de prudencia, derivados de hechos nuevos

que se han presentado.

Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente, entre gente que te pudiera dañar…

como los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste,

¿Actuaría bien o mal?

–       Yo…

No quisiera juzgarte,

pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca

virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

–        ¡Eso es!

Juzgarías con sabiduría y prudencia.

Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado.

Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir.

Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas.

Y tu espíritu podría retroceder.

La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil;

mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para Mí

y para las almas del prójimo y la tuya.

¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús

a una posibilidad de misión fuera de Palestina.

Jesús le estudia el rostro,

lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso…

Y resuelto en la respuesta:

–       Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar.

Yo mismo, cuando hace unos días, he dicho: 

«Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo»,

me he reprendido a mí mismo diciendo:

“A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel;

pero a Cintium no y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario

y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos.

Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto.

Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles;

Siempre tenlo presente, que entre más dura sea la prueba, Mayor serpa la Bendición.

y si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte” y sería inútil ir allí».

Esto es lo que me he dicho.

Y es un buen pensamiento.

–       Como puedes ver, tú también posees la prudencia.

Yo también.

Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros.

Y te he traído aquí al descanso y a la paz.

–       ¡Oh! ¡Sí!

¡Cuánta paz!

La Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos…

Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual.

Es una paz sobrenatural.

Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo.

La llevaré incluso a la otra vida…

Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón,

las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre;

pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre;

hasta en sus más profundas extremidades.

Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer,

que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra.

Tu Madre está al margen de todo esto. 

A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi,

porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa.

¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas;

pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa.

O generosas como María de Mágdala, tan absoluta en su cambio de vida.

O delicadas y puras como Marta y Juana;

o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica;

sí, también ellas me han reconciliado con la mujer.

Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable;

afinidades de condición –

ella esclava, yo presidiario – me permiten tener con ella

una familiaridad que la diversidad de las otras me impide.

Para mí Síntica es descanso.

No sabría decirte exactamente lo que veo en ella, ni cómo la veo.

Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija,

esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener…

Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto;

como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre

durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres,

sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado…

Y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza 

y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre;

siento en ella la perfección de la mujer.

y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino.

Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer

y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría;

porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse…

sea en el mal, sea en el bien.

–       Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica.

Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien.

Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan.

Pero en el discípulo – el cual no obstante, no es un superficial – no hay ningún signo de que

su atención se haya despertado.

¿Qué misericordia divina le esconde hasta el momento decisivo su sentencia?

No es posible saberlo.

Sólo es visible su inocente ignorancia;

de lo que le depara la crueldad de sus infames perseguidores…  

Los instrumentos de Satanás para flagelarlo en su doloroso martirio de alma-víctima;

que como corredentor, al igual que la Magdalena, su donación absoluta y ofrenda viviente;

han sellado su espiritual Camino al Calvario, donde acompañan a su Maestro,

con su tremendo sufrimiento;

Y que al igual que todos los cristianos en su heroíca entrega de amor;

aceptan con júbilo sobrenatural…

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Juan sonríe diciendo:

–       Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.

–       Sí.

Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré,

aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer indicio  de lo que le espera… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera,

para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

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318 YO SOY QUIEN SOY


318 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hay gran ambiente festivo en la ciudad de Naím:

recibe a Jesús por primera vez después del milagro del joven Daniel resucitado de la muerte.

Precedido y seguido por un buen número de personas,

Jesús atraviesa la ciudad bendiciendo.

Además de los de Naím, hay personas de otros lugares, que vienen de Cafarnaúm;

adonde habían ido a buscarlo y de donde los habían mandado a Caná, y de esta ciudad a Naím.

Pareciera que ahora que tiene muchos discípulos, Jesús ha creado una red de información tan eficiente;

que los peregrinos que lo buscan lo pueden encontrar a pesar de su continuo cambio de lugar;

que de todas maneras, es de pocas millas al día; 

tanto cuanto consienten la época del año y la brevedad de los días.

Entre estas personas que han venido de otros lugares buscándole;

no faltan fariseos y escribas, aparentemente respetuosos…

Jesús se hospeda en casa del joven resucitado,

en la que han concurrido también las personas importantes de la ciudad.

Y la madre de Daniel, al ver a los escribas y fariseos – siete como los pecados capitales -,

toda humilde, los invita, disculpándose de no poder ofrecerles una morada más digna.

Ellos condescienden:

–        Está el Maestro;

está el Maestro, mujer.

Ello daría valor incluso a una cueva.

Tu casa es mucho más que una cueva.

Así que entramos y decimos: «Paz a ti y a tu casa».

Efectivamente, la mujer, a pesar de que ciertamente no es rica;

ha hecho lo posible y lo imposible para dar honor a Jesús.

No hay duda de que han entrado en contienda todos los bienes de Naím,

puestos conjuntamente en movimiento para embellecer la casa y aderezar las mesas.

Las respectivas propietarias ojean, desde todos los puntos posibles,

a la comitiva que pasa por el pasillo de entrada.

Y que se dirige a dos habitaciones situadas una frente a la otra, donde la dueña de la casa ha

preparado las mesas.

Quizás han pedido sólo esto por el préstamo de vajillas, manteles, asientos, etc.

Y por su ayuda en la cocina; esto sólo: para ver de cerca al Maestro y respirar donde Él respira.

Y ahora se asoman acá o allá, rojas,

llenas de harina, de ceniza o goteándoles las manos, según su tarea culinaria;

ojean, reciben su pedacito de mirada divina, su porción de voz divina;

beben la dulce bendición con el oído y la dulce figura con la mirada… 

Y vuelven, todavía más rojas, felices, a la lumbre, a la amasadera o al fregadero.

Felices ellas.

Felicísima la que, con la dueña de la casa, ofrece las jofainas de las abluciones a los invitados importantes.

Es una jovencita oscura de ojos y cabellos, pero de tez tenuemente sonrosada;

más rosa cuando la dueña de la casa explica a Jesús que es la prometida de su hijo…

Y que pronto se celebrarán la boda.

–        Hemos esperado a que vinieras para celebrarlas;

para que toda la casa quedara por Tí santificada.

Ahora bendícela, para que sea una buena esposa en esta casa

Jesús la mira.

Y dado que ella se inclina, le impone las manos,

diciendo:

–        Florezcan en ti las virtudes de Sara, Rebeca y Raquel;

de ti nazcan verdaderos hijos de Dios, para su gloria y para alegría de esta morada.

Ya Jesús y las personas importantes se han purificado.

Y entran en la sala del banquete con el joven, dueño de la casa.

Mientras los apóstoles, con otros hombres de Naím menos influyentes, entran en la habitación de enfrente.

El banquete empieza.

Por lo que hablan, se entiende Jesús ya había predicado y curado en Naím.

Pero los fariseos y escribas poco se detienen en esto.

En cambio llenan de preguntas a los de Naím;

para saber detalles sobre la enfermedad de que había muerto Daniel,

sobre las horas que habían transcurrido entre la muerte y la resurrección,.

Y sobre si había sido embalsamado completamente o no, etc. etc.

Jesús se abstrae de todas estas indagaciones hablando con el resucitado, que está muy bien de salud,

magníficamente ataviado y come con un apetito formidable.

Pero un fariseo, en voz alta llama la atención de Jesús, para preguntarle;

si había sabido antes de la enfermedad de Daniel.  

Jesús responde:

–        Venía de Endor por pura coincidencia.

Porque había querido complacer a Judas de Keriot, como también había complacido a Juan de Zebedeo.

Ni siquiera sabía que había de pasar por Naím cuando empecé el camino para el peregrinaje pascual. 

Asombrado un escriba,

pregunta

–        ¿Ah, no habías ido premeditadamente a Endor? 

–        No.

No tenía entonces, ni la más mínima intención de ir a Endor.

–       ¿Y entonces cómo es que fuiste?

–        Lo acabo de decir:

Porque Judas de Simón quería ir.

–        ¿Y por qué este capricho?

–        Para ver la gruta de la maga.

–        Quizás es que Tú habías hablado de eso,…

–        ¡Jamás!

No tenía motivo para hablar de eso.

–        Lo que quiero decir es que…

Quizás habías explicado con ese episodio otros sortilegios, para iniciar a tus discípulos en…

–        ¿En qué?

Para iniciar en la santidad no se necesitan peregrinajes.

Una celda o un páramo desierto, un pico de montaña o una casa solitaria van bien igualmente.

Basta, en quien enseña, autoridad y santidad;

y en quien escucha, voluntad de  santificarse.

Yo enseño esto y no otras cosas.

–        Pero los milagros que ahora hacen ellos, los discípulos; qué son sino prodigios y…

–        Y voluntad de Dios.

Sólo eso.

Y cuanto más santos vayan siendo más harán.

Con la oración, con el sacrificio y con su obediencia a Dios.

No con otras cosas.

Un escriba, con la mano en el mentón y mirando de reojo;

examina de abajo arriba, a Jesús… 

Y con tono discretamente irónico y no sin un sentido de conmiseración.

pregunta:

–        ¿Estás seguro de eso? 

–        Son las armas y las doctrinas que les he dado.

Si luego alguno de ellos y son muchos, se corrompe con innobles prácticas, por soberbia

o por otra cosa, el consejo no habrá provenido de Mí.

Puedo orar para tratar de redimir al culpable.

Puedo imponerme duras penitencias expiatorias para obtener que Dios le ayude,

especialmente con luces de su sabiduría para que vea el error.

Puedo arrojarme a sus pies para suplicarle que abandone el pecado;

con todo mi amor de Hermano, Maestro y Amigo.

Y no pensaría que me estaría rebajando al hacer eso, porque el precio de un alma es tal,

que merece la pena sufrir cualquier humillación para ganarla.

Pero no puedo hacer más.

Si, a pesar de eso, continúa el pecado;

llanto y sangre rezumarán de los ojos y el corazón del traicionado e incomprendido Maestro y Amigo.

¡Qué dulzura y qué tristeza en la voz y en la expresión de Jesús!

Los escribas y fariseos se miran entre sí.

Es todo un juego de miradas.

Pero no hacen ningún comentario al respecto.

En cambio eso sí, hacen preguntas al joven Daniel:

¿Se acuerda de qué es la muerte?

¿Qué sintió al volver a la vida?

¿Qué vio en el espacio entre la muerte y la vida?   

Daniel comenta:

–        Yo sé que estaba enfermo y que sufrí la agonía.

¡Oh, qué cosa más tremenda!

¡No me hagáis recordarlo!…

Y, no obstante, llegará el día en que tendré que volverla a sufrir.

¡Oh, Maestro!…

Se vuelve hacia Jesús.

Lo mira aterrorizado, y empalidece ante el pensamiento de que tendrá que morir otra vez.

Jesús lo consuela dulcemente,

diciendo:

–        La muerte es de por sí expiación.

Tú, muriendo dos veces, quedarás purificado de toda mancha y gozarás enseguida del Cielo.

Pero que este pensamiento te haga vivir una vida santa;

de forma que sólo haya en ti involuntarias y veniales culpas.

Pero los fariseos vuelven al ataque:

–        ¿Pero qué experimentaste al volver a la vida?

–        Nada.

Me he encontré vivo y sano como si me hubiera despertado de un largo sueño pesado.

–        ¿Pero te acordabas de haber muerto?

–        Me acordaba de que había estado muy mal, hasta la agonía…

Y nada más.

–        ¿Y qué recuerdas del otro mundo?

–        Nada.

No hay nada.

Un agujero negro, un espacio vacío en mi vida…

Nada.

–        ¿Entonces para ti no hay Limbo, ni Purgatorio ni Infierno?

–        ¿Quién ha dicho que no existen?

Claro que existen.

Pero yo no los recuerdo.

–        ¿Pero estás seguro de haber estado muerto?

Reaccionan todos los que hay de Naím:

–        ¿Que si estaba muerto?

–       ¿Qué más queréis?

–       Cuando lo pusimos en la lechiga estaba casi empezando a oler.

–       ¡Y, además!…

–       Con todos esos bálsamos y vendas habría muerto hasta un coloso.

Pero los fariseos no se aplacan:

–       ¿Pero tú no te acuerdas de haber muerto?

–       Os he dicho que no.

El joven se impacienta y añade:

–        ¿Pero qué es lo que queréis establecer con estas lúgubres argumentaciones?:

¿Que un pueblo entero aparentaba que me tenía muerto a mí,

incluida mi madre; incluida mi mujer, que estaba en la cama muriendo de dolor,

incluido yo, atado y embalsamado, y que no era verdad?

¿Qué estáis diciendo?:

¿Que en Naím éramos todos niños o imbéciles con ganas de bromas?

Mi madre se puso blanca en pocas horas; mi mujer tuvo que ser asistida,

porque el dolor y la subsiguiente alegría, la habían como enloquecido.

¿Y vosotros dudáis?

¿Y por qué lo íbamos a haber hecho? 

Los pobladores de Naím cuestionan:

–        ¿Por qué?

–       ¡Es verdad!

–       ¿Por qué lo íbamos a haber hecho? 

-Jesús no habla.

Se entretiene con el mantel como si estuviera ausente.

En realidad está usando el carisma para leer los corazones…

Los fariseos no saben qué decir…

Pero Jesús, repentinamente, cuando la conversación y el asunto parecían concluidos;

señala a los fariseos y escribas, abre su boca,

y dice:

–         El porqué es el siguiente.

Ellos quieren establecer, que tu resurrección no fue sino una artimaña bien montada,

para aumentar mi estima ante las multitudes:

Yo, el que la ideó; vosotros, cómplices para traicionar a Dios y al prójimo.

No.

Yo dejo las trampas a los innobles.

No necesito hechicerías ni estratagemas, ni artimañas o complicidades, para ser lo que Soy.

¿Por qué queréis negar a Dios el poder de devolver el alma a una carne?

Si El la da cuando la carne se forma.

Y crea una a una las almas…

¿No podrá restablecerla cuando, volviendo a la carne por la oración de su Mesías, puede ser

incentivo para que multitud de gente se acerque a la Verdad?

¿Podéis negar a Dios el poder del milagro?

¿Por qué 1o queréis negar?

–        ¿Eres Tú Dios?

14. Dijo Dios a Moisés: «Yo soy el que soy.» Y añadió: «Así dirás a los israelitas: “Yo soy” me ha enviado a vosotros.»

–        Yo Soy Quien Soy.

Mis milagros y mi doctrina dicen Quién Soy.

–       ¿Y entonces por qué éste no recuerda;

mientras que los espíritus invocados saben decir lo que es el Más Allá?

–        Porque esta alma, ya santificada por la penitencia de una primera muerte, habla la verdad;

mientras que lo que sale de los labios de los nigromantes no es verdad.

–        Pero Samuel…

–      Pero Samuel fue, por mandato de Dios y no de la maga;

a llevar al desleal para con la Ley el veredicto del Señor;

cuyas disposiciones no se hacen objeto de burla.

La voz arrogante de un fariseo, que ha alzado el tono porque se ha sentido tocado en la herida,

llama la atención de los apóstoles, que están en la habitación de enfrente,

separados por un pasillo de poco más de un metro de ancho

y sin separación de puertas o cortinas gruesas.

–        ¿Y entonces, por qué tus discípulos lo hacen?

Sintiendo que es algo que los atañe, se levantan y van al pasillo sin hacer ruido.

Y se poner a escuchar.  

Jesús responde:

–        ¿En qué lo hacen? Explícate.

Si tu acusación es verdadera, les advertiré que no vuelvan a obrar contra la Ley.

–       Yo sé en qué…

Y como yo muchos otros.

Pero descúbrelo Tú por ti mismo,

Tú, que resucitas a los muertos y te dices más que profeta.

Nosotros, puedes estar seguro, no te lo vamos a decir.

Además, tienes ojos para ver también muchas otras cosas cometidas por tus discípulos;

hechas cuando no se debe;

o no hechas cuando se deben hacer.

Y Tú no le das importancia a esto.

–        ¿Queréis indicarme algunas de estas cosas?

Y los fariseos furiosos, sueltan su andanada de reproches, varios hablando al mismo tiempo,

diciendo:

–        ¿Por qué tus discípulos violan las tradiciones de los antepasados?

Hoy los hemos observado.

–        ¡Hoy otra vez!

–        ¡No hace más de una hora!

–        ¡Han entrado en su sala para comer y antes no se han purificado las manos!

 (Si los fariseos hubieran dicho:

«y antes han degollado a unos cuantos de la ciudad»

No habrían expresado un tono tan profundamente lleno de horror.

Jesús, hablando muy tranquilo,

les dice:

–        Sí, los habéis observado.

Hay muchas cosas que ver.

Cosas hermosas y buenas, cosas que mueven a bendecir al Señor por habernos dado la vida,

para que pudiéramos verlas, y por haberlas creado o consentido.

Esas no las veis.

Y, como vosotros, otros muchos.

Y la verdad es que perdéis el tiempo y la paz yendo detrás de las cosas no buenas.

Parecéis chacales.

O mejor: hienas que corren tras la estela de una pestilencia y no se cuidan de la afluencia de

perfumes que vienen en el viento desde jardines llenos de aromas.

A las hienas no les gustan las azucenas ni las rosas;

jazmines ni alcanfores, cinamomos ni claveles.

Para ellas significan olores desagradables.

Pero el hedor de un cuerpo en putrefacción en el fondo de un barranco o en un camino;

sepultado bajo los espinos a que lo ha arrojado un asesino;

o lanzado a una playa desierta por la tempestad;

hinchado, cárdeno, agrietado, horrendo;

¡Ah, ese hedor es perfume agradable para las hienas!

Olisquean el viento vespertino, que condensa y transporta consigo todos los olores que el sol

destila de las cosas que ha calentado, para sentir este vago, sugestivo olor…

Y una vez descubierto, una vez captada su dirección, empiezan a correr, con el hocico alzado;

los dientes descubiertos por la vibración – semejante a una risa histérica – de las mandíbulas,

para ir al lugar de la podredumbre.

Y ya sea cadáver de hombre, de cuadrúpedo o de culebra quebrantada por el campesino

garduña muerta a manos del ama de casa o aunque fuera una simple rata…

Les gusta, sí, les gusta, les gusta.

Y en ese hedor en fermentación hunden sus patas, comen, se relamen…

¿Qué hay hombres que día tras día se santifican?

¡Eso no les interesa!

Pero basta con que uno sólo haga algún mal;

basta con que algunos descuiden no ya un precepto divino, sino una práctica humana…

Llamadla tradición, precepto o como queráis…

Al fin y al cabo una cosa humana -, basta eso para ir allí y acusar; aunque se trate solamente de una sospecha…

Cuando menos para darse la satisfacción de ver que la sospecha era una realidad.

Pues bien, responded ahora vosotros;

vosotros que habéis venido aquí no por amor, sino con maligna intención,

¡Responded!:

¿Por qué violáis el precepto de Dios por una tradición vuestra?

¡No me diréis ahora que una tradición es más que un Mandamiento!

Pues bien, Dios dijo:

«Honra a tu padre y a tu madre» y también:

«Quien maldijere a su padre o a su madre será reo de muerte».

Pero vosotros decís:

“Aquel que dijere a su padre y a su madre: `Lo que debías recibir de mí es korbán

no está obligado a usarlo para su padre o para su madre».

Por tanto, con vuestra tradición, habéis anulado el precepto de Dios.

Proverbios 11, 3

¡Hipócritas!

Bien profetizó de vosotros Isaías diciendo:

«Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de Mí;

en vano me honran, pues, enseñando doctrinas y preceptos de hombre».

Estáis atentos a las tradiciones de los hombres;

al lavado de ánforas, copas, de platos y manos.

Y otras cosas semejantes;

pero, eso sí, descuidáis los Preceptos de Dios.

Os escandalizáis porque uno no se lave las manos;

pero, eso sí, justificáis la ingratitud y la avaricia de un hijo;

ofreciéndole la escapatoria de la ofrenda sacrificial para no dar un pan a quien lo engendró

y ahora necesita ayuda.

Y él tiene la obligación de honrarlo porque es padre suyo. Alteráis y violáis la palabra de Dios

por obedecer a palabras vuestras, elevadas por vosotros a precepto.

Así, os proclamáis más justos que Dios.

Os arrogáis el derecho de legisladores, siendo así que sólo Dios es Legislador en su pueblo.

Vosotros…

Y seguiría.

Pero el grupo enemigo abandona la sala bajo la granizada de acusaciones;

chocándose con los apóstoles y con todas las otras personas que estaban en la casa,

invitados o gente venida a ayudar a la dueña de la casa;

los cuales, atraídos por el tañido de la voz de Jesús, se habían agrupado en el pasillo.

Jesús, que se había puesto de pie, se sienta de nuevo

E indica a todos los presentes que entren adonde está Él.

Les dice:

–        Escuchad todos y comprended esta verdad.

No hay nada fuera del hombre que entrando en él lo pueda contaminar.

Lo que sale del hombre es lo que contamina.

Quien tenga oídos para oír que oiga, use la razón para comprender y la voluntad para obrar.

Y ahora salgamos.

Vosotros de Naím perseverad en el bien y esté siempre con vosotros mi Paz.

Se levanta, saluda en particular a los dueños de la casa.

Y se encamina por el pasillo.

Pero ve a las mujeres amigas, que, recogidas en un ángulo, lo miran embelesadas,

Y se dirige a ellas para decirles:

–       Paz a vosotras también.

Que el Cielo os pague el haberme socorrido con un amor,

que no me ha permitido echar de menos la mesa materna.

He sentido vuestro amor de madres en cada miga de pan, en cada una de las viandas guisadas  o asadas;

en el dulce de miel, en el vino fresco y aromático.

Amadme siempre así, buenas mujeres de Naím.

Y la próxima vez no trabajéis tanto para Mí.

Es suficiente un pan y un puñado de aceitunas condimentadas con vuestra sonrisa materna

y vuestra mirada honesta y buena.

Sed felices en vuestras casas, porque tenéis el agradecimiento del Perseguido,

que se pone en camino consolado por vuestro amor.

Las mujeres, todas, felices a pesar de estar llorando, se han arrodillado;

y El, al pasar, roza apenas, una a una, sus cabellos blancos o negros como para bendecirlas.

Luego sale y reanuda su camino…

Las primeras sombras de la noche descienden y celan la palidez de Jesús;

entristecido por demasiadas cosas…

208 UN SUEÑO REALIZADO


208 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En un bello amanecer en el lago de Galilea,

Jesús está con todos los apóstoles y también con Judas de Keriot,

que ya está totalmente recuperado y con una cara más dulce.

Tal vez debido a la enfermedad y a los cuidados que recibió.

También está Margziam, un poco atemorizado porque es la primera vez que está en el agua.

Trata de disimular, pero a cada movimiento fuerte de la barca;

se agarra con un brazo del cuello de la oveja, que comparte su mismo miedo con él,

balando lastimosamente…

Y con el otro se agarra de lo que puede y cierra los ojos,

convencido de que ha llegado su última hora.

Pedro le da un cachetito y le dice:

–    No tengas miedo.

Un discípulo jamás debe temer.

El niño dice que no con la cabeza, pero como el viento sopla más fuerte y el agua se mueve más; 

conforme se van acercando a la desembocadura del río Jordán,

Margziam se asusta más. 

Aprieta más fuerte los ojos y cuando una ola azota fuertemente,

sobre un costado de la nave, grita de miedo.

Algunos se ríen.

Otros se burlan de Pedro, porque quiso ser padre de uno que no sabe estar en la barca.

Y otros se burlan de Margziam, porque dijo que quería ir por tierras y mares, a predicar a Jesús. 

 Y ahora tiene miedo de navegar unos cuantos km. En el lago.

Pero Margziam se defiende diciendo:

–     Cada quien tiene miedo de lo que no conoce.

Yo del agua y Judas de la muerte…

¡Y vaya que Judas debió haber tenido miedo de morir!

En lugar de reaccionar como acostumbra;

con un dejo de cansancio y tristeza,

dice:

–   Dijiste bien.

Se tiene miedo de lo que no se conoce.

Pero ahora estamos por llegar a Betsaida y tú estás seguro de encontrar allí amor.

Andrés le pregunta sorprendido:

–    ¿Desconfías de Dios?

Judas contesta:

–    No.

Desconfío de mí mismo. 

En los días en que estuve enfermo, rodeado de tantas mujeres puras y buenas.

¡Me sentí tan pequeño en mi espíritu!

¡Cuánto he pensado!

Decía:

–    “Si ellas todavía trabajan para ser mejores y para conquistar el Cielo.

¿Qué cosa debo hacer yo?…  

Se vuelve hacia Jesús,

preguntando:

–    ¿Llegaré alguna vez, Maestro?

Jesús dice:

–    Con buena voluntad, todo se puede.

–    Pero mi voluntad es muy imperfecta.

–    El auxilio de Dios, pone en ella lo que le hace falta, para ser completa.

Tu actual humildad ha nacido de la enfermedad.

Piensa pues que el Buen Dios ha proveído mediante un incidente penoso,

para darte una cosa que antes no tenías.

–    Es verdad, Maestro.

Pero, ¡Esas mujeres!

¡Qué perfectas discípulas!

No me refiero a tu Mamá.

Ella es cosa aparte y clara.

Me refiero a las demás.

¡Oh! ¡Verdaderamente se superaron!

He sido una de sus primeras pruebas en su futuro ministerio.

Créeme, Maestro.

Puedes apoyarte seguro en ellas.

Elisa y yo estuvimos bajo sus cuidados.

Elisa ha regresado a Betsur con el alma rehecha y yo…

espero rehacérmela ahora que tanto trabajaron…

Judas, todavía débil, llora.

Jesús, que está sentado a su lado, le pone una mano sobre la cabeza;

mientras hace un gesto a los demás para que guarden silencio.

Pero, la verdad es que Pedro y Andrés están muy ocupados,

con las últimas maniobras de atracada.

Y no hablan.

Simón Zelote, Mateo, Felipe y Margziam, no tienen ninguna intención de hacerlo. 

Quién porque está distraído por el ansia de la llegada.

Quién porque es de por sí prudente.

La barca penetra en el río Jordán.

Poco después se detiene en el guijarral.

Los mozos bajan para asegurarla atándola con una soga a una peña.

Y para afianzar una tabla que sirva de puente.

Pedro entretanto, se pone de nuevo la túnica larga.

Y lo mismo hace Andrés.

Mientras, la otra barca ya ha hecho la misma maniobra y están bajando los otros apóstoles.

También Judas y Jesús bajan.

Pedro por su parte, está poniéndole su vestido nuevo al niño.

Y lo arregla para presentarlo en orden a su mujer…

Ya han bajado todos, con las ovejas incluidas.

Pedro dice: 

–     Y ahora pongámonos en marcha.

Está realmente emocionado.

Le da la mano al niño, que está también muy emocionado.

Tanto que se olvida de las ovejitas.

Juan se ocupa de ellas.

Margziam está tan angustiado;

que cuando Pedro lo toma de la mano;

no puede ocultar un destello de miedo.

Y estremeciéndose pregunta:

–    Pero, ¿Me aceptará?

¿De veras me amará?

Pedro solicita con la mirada, la ayuda a Jesús.

Jesús sonríe…

y dice:

–     No os preocupéis.

Pedro lo tranquiliza.

Aunque quizás el miedo se le ha contagiado,

porque dice a Jesús:

–     Háblale Tú a Porfiria, Maestro. 

Porque creo que no sabré expresarme bien.

Jesús sonríe.

Pero promete hacerlo.

Siguiendo por la arena a lo largo de la playa, pronto llegan a la casa de Pedro.

Encuentran a Porfiria ocupada en sus quehaceres domésticos.

Jesús se asoma a la puerta de la cocina, donde Porfiria está ordenando sus trastos.

Y en cuanto la mujer de Pedro se da cuenta.

Se alegra tanto y exclama: 

–  ¡Jesús! ¡Simón!

Y corre a postrarse primero ante Jesús…

Luego da la bienvenida a su marido.

Enseguida, levantando una cara que no es un dechado de belleza;

pero que está iluminada por una gran bondad,

continúa toda ruborizada:   

–     ¡Tanto que os he estado esperando!

¿Estáis todos bien?

Venid. Venid.

Estaréis muy cansados…

Jesús sonríe y dice:

–    No.

Venimos de Nazareth, dónde nos detuvimos unos días.

Y de Caná, donde también estuvimos algunos días.

En Tiberíades estaban las barcas.

Puedes ver que no estamos cansados.

Judas se encuentra débil, porque estuvo enfermo.

Y también traíamos un niño con nosotros.

Porfiria exclama:

–    ¡Oh!

¿Un niño? 

¿Un discípulo pequeño?

–    Un huérfano que recogimos en el camino.

Porfiria ve a Margziam, que está semiescondido detrás de Jesús…

Y se arrodilla extendiendo sus brazos hacia él. 

Diciendo: 

–   ¡Oh, prenda!

¡Ven tesoro para que te bese!

Margziam se deja abrazar y besar sin protestar.

Y mientras lo estrecha contra sí y la mejilla del niño está junto a la suya,

Porfiria dice:

–    Y ahora os lo lleváis.

Tan pequeño y frágil que es!

Se cansará…

Una gran compasión irradia en su voz.

Jesús dice:

–    En realidad, yo tenía pensado confiarlo a alguna discípula;

cuando nos vamos lejos de Galilea, del lago…

Porfiria lo interrumpe anhelante:

–    ¿A mí no Señor?

Nunca tuve hijos.

Sobrinos sí y sé cómo tratar a los niños.

Soy la discípula que no sabe hablar.

Que no estoy  muy sana para poder seguirte, como lo hacen las otras que…

¡Oh! ¡Tú lo sabes!

Seré cobarde si quieres.

Pero entiendes entre qué tenazas me encuentro…  

Mi madre es demasiado dominante…

¿Tenazas dije?… No.

Me encuentro en medio de dos sogas,

que me arrastran en direcciones contrarias.

Y no tengo el valor para romper una de ellas.

Déjame servirte aunque sea un poco, siendo la mamá-discípula de este niño.

Le enseñaré todo lo que las otras enseñan a tantos…

A amarte..

Jesús le pone la mano sobre la cabeza,

y dice:

–   Hemos traído aquí al niño.

Porque aquí habría encontrado una madre y un padre.

¡Ea pues! Formemos una familia.

Y Jesús pone la mano de Margziam sobre la de Pedro,

que tiene los ojos anegados de lágrimas.

Y luego las une con la de Porfiria.

Agrega:

–    Educadme santamente a este inocente..

Pedro se seca las lágrimas con el dorso de la mano.

Y Porfiria, que se ha quedado como estatua por la estupefacción.

Sacude su cabeza cómo si no pudiera asimilar, lo que está pasando…

Vuelve a arrodillarse…

Y dice:

–    ¡Oh, Señor mío!

Me quitaste al esposo haciéndome casi viuda;

pero ahora me das un hijo…

Así pues devuelves todas las rosas a mi vida.

No sólo las que tomaste, sino las que nunca tuve

Qué seas Bendito.

Amaré a este niño, mucho más que si hubiese salido de mis entrañas.

Porque Tú me lo has dado…

Y besa la orla del vestido de Jesús.

Luego abraza estrechamente a Margziam…

Y lo sienta sobre sus rodillas.

Es una mujer absolutamente felíz…

Jesús dice:

–   Dejémosla expansionarse.

Quédate también tú Simón Pedro.

Nosotros vamos a la ciudad a predicar.

Vendremos al atardecer, a pedirte comida y descanso.

Y Jesús sale con los apóstoles, dejando tranquilos a los tres…

Juan dice:

–     Mi Señor.

A Simón hoy se le ve muy feliz!

–     ¿Tú también quieres un niño?

–     No.

Sólo quisiera un par de alas para elevarme hasta las puertas del Cielo.

Y aprender el lenguaje de la Luz, para repetirlo a los hombres.

Y sonríe.

Acondicionan a las ovejitas en el fondo del huerto, junto al local de las redes.

Y les dan ramitas, hierba y agua del pozo.

Luego se marchan hacia el centro de la ciudad.

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200 EL DIOS DEL SINAÍ


 200 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al amanecer del día siguiente, Jesús y los suyos dejan Ascalón y se dirigen hacia las colinas, dando la espalda al mar.

Los apóstoles, descansados y contentos, conversan alegremente.

Tomás dice:

–    Estaba escrito que tenía que experimentar los apretones de los filisteos.

Se podría decir que el amor y el odio tienen las mismas manifestaciones.

Yo, que no había tenido que sufrir por el odio de los filisteos, por poco si me hieren por el amor..

Tadeo confirma:

–    ¡Esos fanáticos del milagro!

Faltó poco para que los que estaban exaltados por el milagro nos apresaran;

para obligarnos a decirles dónde estaba el Maestro

Santiago de Alfeo:

–   Y qué griterío, ¿Verdad Juan?

La ciudad hervía como un caldero.

Los que estaban enojados no querían admitir razones.

Y querían encontrar a los judíos para darles de palos.

Juan asiente con un gesto.

Zelote comenta:

–   Los que recibieron el beneficio y sus amigos, querían persuadir a los primeros de que un Dios había pasado

Tomás agrega:

–      ¡Había una confusión!

Tienen para discutir, por varios meses.

Lo malo está en que discuten más con los bastones, que con la lengua.

Y bien…

Que hagan lo que quieran.

Juan observa:

–    Pero no son malos.

Zelote responde:

–     No.

Solamente están cegados por muchas cosas.

Jesús por un largo espacio de camino, no dice ni una palabra.  

Hasta que llegan al crucero,

es cuando Él dice:

–    Voy ahora a aquel pobladillo que está sobre el monte.

Vosotros continuaréis hasta Azoto.

Prestad atención:

Sed corteses, dulces, pacientes.

Aunque se burlen de vosotros, soportadlo en paz como ayer hizo Mateo y Dios os ayudará.

Salid al crepúsculo.

Id cerca del estanque que está en las cercanías y allí nos volveremos a encontrar.

Judas de Keriot exclama:

–     Pero Señor…

¡Yo no permito que vayas solo!

Esa gente es violenta… es una imprudencia…

–    No tengas miedo por Mí.

Vete, vete Judas.

Y tú sé prudente.

Hasta la vista.

La paz sea con vosotros.

Los doce se marchan, no demasiado entusiastas. 

Jesús se queda mirándolos mientras se alejan…

Luego toma el sendero fresco y sombreado que lleva a la colina…

Un collado cubierto de bosques de olivos, nogales, higueras.

Y de viñedos bien cuidados que ya prometen pingüe cosecha.

En los rellanos hay pequeñas parcelas cultivadas con cereales,

mientras que en las zonas de pendiente pacen cabras en la hierba verde.

Jesús llega a las primeras casas del pueblo.

Estando ya para entrar en él, se topa con un extraño cortejo:

Mujeres gritando y clamor de hombres, alternándose en una verdadera composición fúnebre.

Todos haciendo una especie de danza en torno a un macho cabrío,

que camina con los ojos vendados y recibiendo golpes…

El animal va sangrando por las rodillas, por haber tropezado y caído sobre las piedras del sendero.

Los sigue otro grupo, también con su vocerío y sus gritos,

que se mueve danzando alrededor de un fetiche esculpido, verdaderamente muy feo;

manteniendo alzadas unas pátheras con brasas encendidas;

a las que alimentan echando encima resinas y sal, a cuyo contacto despiden olorosas volutas de humo. 

Un tercer grupo rodea al que parece ser el sacerdote de aquel ritual,

ante el cual se inclinan alternadamente,

gritando:

–     ¡Por tu fuerza! (hombres)

–     ¡Tú solo puedes! (mujeres)

–     ¡Súplica al Dios! (hombres)

–     ¡Quita el sortilegio! (mujeres)

Luego todos gritan al mismo tiempo, con un alarido de aquelarre dirigido al ídolo,

que es una diosa de la fertilidad:

–   ¡Da órdenes a la matriz!

–    ¡Salva a la mujer!

–    ¡Muerte a la maga!

–    ¡Por tu fuerza!

–    ¡Tú solo puedes!

–    ¡Ordena al dios!

–    ¡Por su poder!

–    ¡Qué haga ver su poder!

–    ¡Da órdenes al macho cabrío!

–    ¡Que señale a la maga!

–    ¡A la que odia la casa de Farah!

Jesús detiene a uno del último grupo,

y pregunta dulcemente:

–   ¿Qué sucede?

Soy forastero…

Como la procesión se detiene para golpear al macho cabrío, echar resina a los braseros y tomar aliento;

el hombre explica:

–    La esposa de Farah, el grande de Magdalgad, está muriendo de parto.

Una que la odia, le hizo un maleficio.

Las entrañas se le han anudado y el hijo no puede nacer.

Estamos buscando a la maga para matarla.

Sólo así la mujer de Farah se salvará.

Si no encontramos a la maga, sacrificaremos el macho cabrío; 

para impetrar la misericordia de la diosa Isthar Matriz.

Dos hombres se han acercado al que habló…

Y Jesús les dice: 

–    Deteneos.

Soy capaz de curar a la mujer y de salvar al niño.

Decidlo al sacerdote. 

Ellos preguntan:   

–    ¿Quién Eres?  

–    ¿Eres médico?

Jesús responde: 

–    Mucho más que eso…

Entonces los tres irrumpen entre la gente y van con su sacerdote idólatra.

Hablan con él.

Se corre la voz.

Y la procesión que ya había empezado a caminar, se detiene otra vez.

El sacerdote solemne, imponente con sus vestiduras multicolores, hace una seña a Jesús …

Y dice en tono imperativo:

–     ¡Joven, ven aquí!

Jesús avanza entre la multitud y cuando llega frente a él,

añade:

–    ¿Es verdad lo que dices?

Ten en cuenta que si lo que dices no se cumple…

Pensaremos que el espíritu de la maga se ha personificado en Tí y te mataremos en vez de a ella

Jesús responde con voz majestuosa:

–    Es verdad.

Llevadme al punto a donde está la mujer y entretanto dadme al macho cabrío.

Lo necesito.

Desatadlo, quitadle la venda y traédmelo aquí.

Así lo hacen.

El pobre animal atolondrado, tambaleante y sangrando, es llevado ante Jesús.

Que lo acaricia sobre la negra cerviz.  

Y luego dice:

–    Ahora es necesario que me obedezcáis todos.

¿Lo haréis?

La turba grita:

–    ¡Sí!

–    Entonces vamos.

Dejad de gritar, dejad de quemar resina.

¡Lo ordeno!

Se ponen en marcha.

Entran en el pueblo.

Por la calle principal se dirigen hacia una casa construida en medio de un huerto. 

Gritos y llantos se oyen por las ventanas y las puertas abiertas de par en par.

Lúgubre, destaca el atroz lamento de la mujer que no puede dar a luz a su hijo.

Corren a avisar a Farah… 

El hombre viene despeinado y angustiado, con el rostro pálido como la cera.

Mujeres que lloran lo acompañan, junto con los inútiles sacerdotes,

que vienen quemando incienso y hojas en unas pátheras de cobre…

En el mismo ritual idolátrico que los demás…

El hombre grita llorando:

–    ¡Sálvame a mi mujer!

Luego gritan sucesivamente, dos viejos angustiados y  la turba. 

–    « ¡Salva a nuestra hija!»,

–     ¡Salva a mi hija!»,

–     ¡Sálvala, sálvala!»

Jesús responde majestuoso:

–    La salvaré.

Y con ella a tu niño.

Porque es un niño muy hermoso, con los ojos color aceituna que está madurando…

y de cabellos negros, como éstos. 

Y señala la cabellera de Farah.

El hombre pregunta: 

–     ¿Y cómo lo sabes?

¿Acaso ves también en las entrañas?

–     Yo veo todo.

Y todo lo penetro.

Reconozco y puedo todo. Soy Dios.

Si hubiese mandado un rayo, hubiese hecho menos efecto.

Todos se arrojan al suelo como si estuvieran muertos.

Jesús manda:

–    Levantaos y escuchad:

Soy el Dios Todopoderoso y no soporto a otros dioses delante de Mí…

Haced una hoguera y arrojad esa estatua.

La multitud se rebela.

Comienza a dudar del ‘Dios Misterioso’ que ordena que sea quemada la diosa.

Los más encolerizados son los sacerdotes y la sacerdotisa.

Pero Farah y su suegra, a quienes importa la vida de la mujer; se oponen a la multitud hostil.

Y como Farah es el grande el poblado; nadie se atreve a decir nada más.

Farah pregunta:

–    ¿Cómo puedo creer que Tú eres Dios Todopoderoso? 

Dame una señal y además, que se haga lo que quieres.

Jesús pregunta:

–       Mira…

¿Ves las heridas de este macho cabrío?

Están abiertas, ¿Verdad?

Sangran… ¿No es así?

La bestia está casi por morir, ¿No es verdad?

Pues bien; Yo quiero que no sea así…

¡Mira!

El hombre se inclina, para ver…

Asombrado revisa al animal…

Y da un grito:

–    ¡No tiene ninguna herida!

Y se arroja a los pies de Jesús suplicando: 

–  ¡Mi mujer!… ¡Mi mujer!…

Pero el sacerdote de la procesión objeta:

–    ¡Ten miedo, Farah!

No conocemos quien sea Éste.

¡Ten miedo a la venganza de los dioses!

¡Isthar furiosa puede destruirte!

El hombre se encuentra en medio de tres temores:

los dioses… la mujer… la venganza de la diosa…

Y pregunta:

–     ¿Quién Eres?

Jesús se yergue más majestuoso todavía….

La Presencia Divina, de la cual es Jesús el Instrumento Perfecto, pues no hay pecado en Él

y de esta forma ES EL VERDADERO TEMPLO VIVIENTEDel Dios Verdadero.

CANALIZA y hace que se manifieste la portentosa Personalidad del Padre Celestial… 

Y muy despacio, con voz fuerte y poderosa, 

declara: 

–    Yo Soy el que Soy.

Yo Soy el Verbo del Padre, de Yeohveh de Israel.

Venido en Carne, Sangre, Alma y Divinidad a redimir al mundo…

Y a darle la Fe en el Dios verdadero, Uno y Trino que está en lo alto del Cielo.

En el Cielo y en la Tierra.

Cualquier poder me está sujeto.

Cualquier pensamiento me es conocido.

Los habitantes del Cielo me adoran.

Los del Infierno me temen.

Y los que creen en Mí, verán que se cumple cualquier prodigio

Vengo a ayudar a los hombres, a usar con ellos misericordia;

para que dejen el Error y vengan a la Verdad,

al único Dios de Moisés y los Profetas.

¿Puedes creer?

Farah exclama:

–   ¡Creo!

¡Creo! Tu Nombre…

–   Jesucristo.

Señor Encarnado.

¡Éste ídolo a las llamas!

¡No soporto dioses falsos en mi Presencia!

Esos incensarios que se apaguen.

No existe más que mi Fuego que puede y quiere.

Obedeced o Yo reduciré a cenizas ese ídolo y me iré sin salvarla.

Jesús está parado. Bellísimo, Majestuoso y a la vez Terrible.

Con su vestido de lino muy blanco;

de cuya espalda pende el manto azul-rey, que le llega hasta los pies.

Ha levantado su brazo derecho en señal de poder y autoridad.

Su ademán imperativo y su mirada fulgurante.

Su rostro irradia una majestad que aterroriza. 

La gente siente miedo de Él.

Ya nadie habla…

Y todos quedan paralizados y mudos.

Todos lo miran aterrados…

Y ningún sonido brota ya de sus gargantas.

En el silencio denso que se sigue…

Se oye el grito cada vez más débil y estrujante;

Cada vez más apagado, cada vez más desgarrador…

De la mujer, que está sufriendo.

Se tardan en obedecer…

Y el rostro de Jesús se hace cada vez más tremendo.

Nadie resiste esa mirada azul-zafiro centelleante de sus ojos,

que es como un fuego que quema materia y espíritu…

El rostro de Jesús cada vez se hace más irresistible para los que lo miran…

Por instantes parece que lo rodeara el fuego de la zarza ardiente que Moísés atestiguara…

Pues el Fuego del Espíritu Santo. el que MUEVE el Poder de la Trinidad Sacrosanta…

y OBRA los prodigios deseados por la Voluntad Divina…

Es verdaderamente un fuego que quema las cosas y las entrañas de los corazones.

Y no obstante, los carbones están apagados y las brasas también se ven apagadas.

Las pátheras de cobre son las primeras que manifiestan lo que sucede, al cumplimiento de su Voluntad.

Los que las sujetan. tienen que soltarlas, porque no resisten su ardor.

La Voluntad divina en el Poder y la fuerza que emana de este Dios Airado…

Empiezan a doblarse como si fueran de plastilina…

Ante una fuerza invisible y poderosa, que los retuerce.

Luego son los que llevan el ídolo, quienes tienen que posar en el suelo las andas procesionales,

que llevaban apoyadas por las barras, sobre los hombros.

Porque la madera se está carbonizando, como lamida por una misteriosa llama.

En cuanto las depositan en el suelo, las angarillas del ídolo comienzan a arder.

Y todos miran espantados como todo se empieza a desintegrar en cenizas…

Como si un fuego invisible lo consumiera

Finalmente, el mismo ídolo de piedra arde y se carboniza…

¡Y estalla en mil pedazos!…

Consumido por aquella misteriosa e invisible llama;

con la fuerza que lo desintegra completamente…

 La gente huye aterrorizada…

Jesús se vuelve a Farah:

–    ¿Puedes creer realmente en mi poder?

–    ¡Creo!.

Creo. Tú Eres Dios.

Eres el Dios Jesús.

Jesús corrige: 

–     No.

Yo Soy el Verbo del Padre.

De Yeové de Israel que ha venido en Carne, Sangre, Alma, Divinidad;

a redimir al Mundo y a darte Fe en el Dios Verdadero;

Uno y Trino; que está en los Cielos Altísimos.

He venido para decirles a los hombres, que si creen en el Dios verdadero;

poseerán la vida eterna en el Cielo;

al lado del Altísimo.

Que es el Creador de todos los hombres, los animales, las plantas, los planetas.

Vengo a dar ayuda y Misericordia a los hombres;

para que dejen el error y vengan a la Verdad.

Que es el Único Dios de Moisés y de los Profetas.  

Soy el Dios Encarnado para Salvación de los hombres…

Soy el Salvador…

Por Mí su redención, porque moriré por amor al mundo.

Moriré para la salvación eterna de los hombres.

¿Puedes creer?

-¡Creo, creo!

          ¡Creo!

Y creo que si has destruido a la diosa, sin que ella pudiera oponerse;

también creo que puedes protegerme de la venganza de los dioses falsos que adoré hasta hoy…

Jesús no entra ni siquiera a la casa.

Extiende sus brazos en dirección a donde se oían los lamentos,

y grita:

–   ¡Sal a la luz, para que conozcan la Luz Divina!

¡Y por orden de la Luz que es Dios!

Es un mandato sin réplica.

Un momento después se oye un grito de triunfo, envuelto en un gemido de alegría.

Enseguida, un imperceptible sonido del recién nacido;

que poco a poco va aumentando en fuerza y en claridad.

Jesús dice:

–    Tu hijo llora al saludar la tierra.

Ve a donde él y dile ahora y después también;,

que la tierra no es patria; sino el Cielo.

La tierra es solo el lugar de paso que nos señala el camino para llegar a Dios.

Edúcalo y tú también edúcate para el Cielo.

Esa es la Verdad que te habla.

Mientras que aquellas cosas…

 Señala los restos de las pátheras de cobre, arrugadas como hojas secas…

inservibles ya, tiradas por el suelo…

Y a la ceniza, que marca el lugar donde estaban las angarillas con el ídolo….

Esos, Son la mentira del Padre de la Mentira,

que ni ayuda,  ni salva.

Adiós.

Y trata de irse.

Pero una mujer corre hacia Él, llevando a un niño muy vivaz,

y dice:

–    Es un varón, Farah.

Muy hermoso. Robusto.

Con ojos morados como de aceituna que está madurando…

Tiene rizos, más negros y delicados que los de un cabritillo sagrado, destinado al sacrificio. 

Ha sido una cosa inesperada, cuando ella estaba ya en la agonía…

Y agrega admirada mirando a Jesús:

La dichosa mamá ya está descansando.

No sufre más y está como si nada hubiera pasado.

Cuando ya estaba a punto de morir…

Y después de aquellas palabras…

Todo se calmó y el niño nació…

Jesús sonríe.

El hombre le presenta al recién nacido y Él lo toca en la cabeza con la punta de los dedos.

La gente, menos los sacerdotes que se han ido furiosos por la defección de Farah…

Se acerca curiosa para ver al niño. 

Y para ver a Jesús.

Farah quiere darle cosas y dinero por el milagro.

Pero Jesús dice dulce y con firmeza:

–    Nada.

El milagro se paga solo con fidelidad para con Dios que lo concedió.

Me quedo tan solo con este macho cabrío, como recuerdo de la ciudad.

Y se va con el animal que trota a su lado, como si fuese su dueño.

Sin heridas.

Balando de alegría de estar con uno que no lo golpea…

Bajan así los rellanos del monte y llegan a la vía principal que conduce a Azoto…

Cuando la tarde llega, cerca del estanque sombreado…

Jesús ve que vienen sus discípulos y de ambas partes hay admiración.

Ellos se admiran de que el Maestro venga con un macho cabrío…

Y Él, los ve con las caras tristes de quién no ha logrado nada…

Pedro informa desconsolado:

–    Una desgracia, Maestro.

No nos golpearon, pero nos arrojaron de la ciudad.

Tadeo:

–    Hemos vagado por la campiña.

Judas:

–    Y pagando muy caro, conseguimos algo de comida.

Jesús trata de confortarlos:

–     No importa.

También de Hebrón nos arrojaron el año pasado y hace poco nos hicieron honores.

No debéis desalentaros.

Simón y Judas preguntan simultáneamente:

–    ¿Y Tú Maestro?

–    ¿Y ese animal?

Jesús contesta:

–    Fui a Magdalgad.

Reduje a cenizas a un ídolo y los incensarios dedicados a él.

Hice que naciera un niño.

Prediqué al Dios Verdadero con milagros…

Y me regalaron este macho cabrío, destinado al culto idolátrico.

¡Pobre animal era todo una llaga!

Juan dice:

–    Pero ahora está bien y es un bello ejemplar.

–     Un animal sagrado destinado al ídolo.

Sano…sí.

El primer milagro que hice para convencerlos de que Soy Poderoso…

Y no su pedazo de leño.

–   ¿Y qué vas a hacer con él?

–    Se lo llevo a Margziam…

Será feliz.

–     ¿Te lo vas a llevar a hasta Beter?

–      Claro.

Lo daremos a las mujeres y se lo llevarán a Galilea.

Los apóstoles están extrañados, apesadumbrados y desilusionados…

Extrañados del milagro.

Apesadumbrados por no haberlo presenciado.

Y desilusionados de su incapacidad…

Jesús por el contrario está muy contento.

Y logra persuadirlos de que…

–    Nada es inútil.

Ni siquiera la derrota, porque sirve para que seáis humildes.

El hablar sirve para dar a conocer un Nombre: el Mío…

Y dejar un recuerdo en los corazones.

Y es tan convincente y radiante su alegría.

que también ellos terminan por serenarse…

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173 PRINCIPIO DE LA CAÍDA


173 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El miércoles por la mañana, la comitiva de los apóstoles y las mujeres, a cuyo frente van Jesús y María con el pequeño Margziam, se acerca a la Puerta de los Peces, en el Templo de Jerusalen. 

José de Arimatea, fiel a su palabra ha venido a su encuentro.

Jesús busca con sus ojos al soldado Alejandro, pero no lo ve.

Dice en voz alta:

–   Ni siquiera hoy está.

Me gustaría saber que ha sido de Él.

La gente es tan numerosa que no hay manera de dirigirse a los soldados.

Además de que sería una imprudencia, pues los judíos están muy enojados por la rabia que sienten por la captura del Bautista;

a manos de Herodes Antipas, de quién hacen cómplice a Pilatos y sus satélites.

Una andanada de insultos con epítetos muy pintorescos, aunque nada diplomáticos, estallan a cada instante;

como las chispas de una rueda de fuegos artificiales.

A los galileos también les toca.

José de Arimatea se adelanta cerca de Jesús y la multitud que lo conoce, guarda silencio por respeto a él.

Dejan atrás la Puerta de los peces y…

Les sale al encuentro Felipe, Tomás y Bartolomé.

Tomás grita:

–    ¡Eh, Maestro!

Varios preguntan:

–    ¿Judas no está con ustedes?

Tomás contesta:

–    Estamos aquí desde temprano por temor de que fueses a venir antes.

Pero él no se ha dejado ver. Ayer lo encontré. Parecía un levita y estaba con Sadoc el escriba.

¿No lo conoces José?

Es viejo, flaco y con una verruga bajo el ojo. Había también otros jóvenes. Le grité: ¿Cómo estas Judas? Y no me respondió…

 Fingió no conocerme y yo dije: ¿Qué le pasará?

Y cuando me acerqué a él, se separó de Sadoc y se fue rápido con  otros de su edad… Que ciertamente no eran levitas.

Y ahora, no ha venido.

¡Él sabía que quedamos de vernos aquí!

Felipe no dice nada.

Bartolomé aprieta los labios, para no decir lo que está pensando en su corazón.

Pedro dice:

–    Está bien. da lo mismo.

No me voy a poner a llorar porque no está aquí.

Jesús dice:

–    Vamos a esperar un poco.

Puede ser que se haya entretenido en el camino.

Las mujeres y los hombres en diversos grupos, se apoyan sobre el muro donde hay sombra.

Todos se han vestido muy solemnes.

El más lujoso es Pedro.

Hace gala de un turbante nuevo, blanco como la nieve, con galón recamado en color rojo y dorado.

El vestido que trae es de color granada muy oscuro.

Lo adorna con una faja nueva del mismo color del turbante, donde le cuelga la vaina de un puñal.

La empuñadura está grabada y la vaina adornada de latón, bruñido. A través de ella se ve brillar el acero.

Casi todos los demás están armados, menos Jesús; que luce su vestido blanco y su manto azul rey.

Margziam trae un vestido rojo claro, con un galón más oscuro al cuello, en los bordes y en las muñecas.

en la cintura y en los bordes del manto que el niño trae doblado sobre el brazo.

Lo toca con cariño.

vez en cuando levanta su carita, mitad sonrisa, mitad preocupación…

Pasa el tiempo y Judas no llega.

Pedro gruñe:

–    No se dignó…

Juan dice:

–    Tal vez nos espera en la Puerta Dorada.

Se van al templo, pero Judas no está.

José de Arimatea no aguanta más…

y dice:

–     Vámonos.

Margziam palidece.

Besa a María diciéndole:

–    Ruega… Ruega…

Ella contesta sonriendo con dulzura:

–     Sí, querido.

No tengas miedo. Estás muy bien preparado…

Margziam se arrima a pedro y le estrecha nerviosamente la mano.

Y como no se siente muy seguro, busca la mano de Jesús,

que le dice:

–   Yo no voy, Margziam.

Voy a rogar por ti. Nos veremos después.

Pedro exclama asombrado:

–   ¿No vienes?

¿Por qué, Maestro?

–   Porque es mejor así.   

Jesús está serio y triste.

Agrega:   

–   José que es justo, no puede menos que aprobar mi acción.

En realidad, José no dice nada.

Con su silencio y con un suspiro, confirma lo dicho por Jesús.

Pedro dice afligido:

–    Entonces… vámonos.

Margziam se pega a Juan.

José, a quien saludan a cada paso con inclinaciones profundas, los precede.

Los acompañan simón y Tomás.

Los demás se quedan con Jesús.

Entran a una sala donde un joven está escribiendo en un rincón.

Se levanta al ver a José y se inclina hasta el suelo.

José le dice:

–    Dios sea contigo, Zacarías.

Ve a llamar al punto a Azrael y a Jacob.

Inmediatamente se va y poco después regresa con dos rabinos de aspecto severo, que pierden su cejo de preocupación ante José. 

Detrás de él están otros ocho personajes de menor rango.

Se sientan y solo quedan de pie, José y los postulantes.

El de mayor edad pregunta:

–     ¿Qué quieres, José?

José de Arimatea responde:

–    Presentar a vuestro saber a este hijo de Abraham que ha cumplido el tiempo prescrito para entrar en la Ley y gobernarse por sí solo.

Lo miran con admiración,

y preguntan:

–    ¿Pariente tuyo? 

–     En Dios todos somos parientes.

El niño es huérfano y este hombre de cuya honradez yo soy fiador, lo ha tomado por suyo a fin de que su tálamo no quede sin descendencia.

–   ¿Quién es?

¡Qué responda por sí!

Pedro contesta:

–    Simón de Jonás.

De Betsaida de Galilea.  Casado sin hijos; pescador porque así quiere el mundo. Hijo de la Ley por voluntad del Altísimo.

–    Y tú Galileo asumes esa responsabilidad, ¿Por qué?

–    Está en la Ley que se tenga amor por el huérfano y por la viuda. La cumplo.

–    ¿Conoce éste realmente la Ley para merecer que…? Pero tú niño responde; ¿Quién eres?

El niño, con dignidad pero sin altivez; contesta:

–   Yabé Margziam de Juan, de la campiña de Emmaús.

Tengo doce años de edad.

Los rabinos dicen: 

–    Luego eres de Judá.

.    ¿Es lícito que cuide de él un galileo?-

–    Busquemos en las leyes.

A Pedro le empieza a hervir la sangre:

–    ¿Pero que soy yo?

¿Leproso o maldito?

José de Arimatea interviene:

–     Cállate Simón.

Yo hablo por él. Dije que soy fiador de este hombre. Lo conozco como si fuese de mi casa.

El Anciano José jamás propondría una cosa contraria a la Ley y ni siquiera a las leyes.

Examinad por favor al niño, justa y cuidadosamente.

El patio está lleno de niños que esperan el examen.

No os tardéis por amor a todos los demás.  

–     Pero, ¿Quién prueba que el niño tiene doce años y que fue rescatado del Templo?

–    Lo puedes comprobar en las Escrituras.

Es una investigación molesta, pero se puede hacer. Niño, me dijiste que fuiste el primogénito ¿No es así?

Margziam contesta:

–     Sí, señor.

Puedes verlo, porque fui consagrado al señor y rescatado con lo prescrito.

José agrega: 

–     Entonces busquemos otros datos… 

Los dos quisquillosos responden secamente:

–     No es necesario.

–     Ven aquí, muchacho.

Y comienza el examen de los doctores de la Ley…   

–    Dí el Decálogo.

–    El niño lo recita.

–   Dame ese rollo, Jacob.

Le entregan el rollo solicitado,

e indica:

–     Si sabes, lee.

–     ¿En dónde rabí?

Azrael responde:

–     En donde quieras.

En donde tus ojos se fijen.

Jacob le quita el pergamino y lo desenrrolla.

le señala: 

–     Aquí.

El niño lee.

–    ¡Basta! Basta…

¿Qué cosa es esto?

Pregunta Jacob señalando las extremidades de su manto.

–    Las franjas sagradas, señor.

Las llevamos para acordarnos del precepto del Altísimo Señor.

–    ¿Es lícito a un israelita comer de cualquier carne?

–    No, señor. tan sólo de las que han sido declaradas lícitas.

–    Dime los preceptos.

Y obediente, el niño comienza la letanía de: ‘No cometerás…’

–    ¡Basta! Basta.

Para ser galileo, sabe demasiado.   

Entonces se dirige a Pedro:   

–     Oye tú,

A ti te toca jurar que el niño ha llegado a su mayoría de edad.

Pedro, con el mayor garbo que todavía conserva, después de tantos desaires…

Empieza a proclamar su discurso que le pertenece,

como padre:

–    Como habéis observado mi hijo ha llegado a la edad prescrita.

Es capaz de guiarse por el conocimiento de la Ley, de los preceptos, de las costumbres y tradiciones; ceremonias, bendiciones y oraciones.

Por eso, como habéis comprobado; puede él, como yo también, pedir que se le conceda el derecho de haber llegado a la mayoría de edad.

En realidad, yo debería haberlo dicho antes. Pero las costumbres han sido violadas y no por nosotros los galileos.

Al niño le preguntaron antes que a su padre. Ahora os digo, una vez que lo habéis considerado capaz:

Desde este momento no soy yo responsable de sus acciones, ni ante Dios, ni ante los hombres.

Azrael indica:

–   Pasad a la sinagoga.

El reducido grupo pasa a la sinagoga, en medio de las caras rígidas de los rabinos a quienes Pedro les ha dicho la verdad.

Derecho, enfrente de los fascítoles y lámparas, le cortan el cabello a Marziam, hasta las orejas.

Pedro abre su taleguillo y saca un bonito cinturón de lana roja, recamada en amarillo oro.

Y con él ciñe la cintura del niño.

Margziam le entrega a Pedro el manto y mientras los sacerdotes le colocan en la frente y en el brazo, cintas de cuero.

Pedro hace lo propio, poniendo diligentemente en el manto de Margziam, las franjas sagradas.

¡Qué emocionado está Pedro cuando entonan los salmos y la Palabra del Señor!…

Y casi inmediatamente, todos los celebrantes, literalmente escapan…

Con esto se pone fin a la ceremonia.

Pedro dice:

–     ¡Menos mal!

¡No podía más! ¿Has visto, José? Ni siquiera han completado el rito. No importa.

Tú… tú, hijo mío, tienes a Otro que te consagra…

Vamos a tomar un corderito, para el sacrificio de Alabanza al Señor. Un corderito encantador como tú.

Y su vuelve hacia el anciano doctor de Israel,

diciendo:

–     Te agradezco mucho José.

Tú también Marziam. Da las gracias a este gran amigo.

Sin ti José, nos hubieran tratado muy mal del todo…

Vamos a adquirir un corderito para el sacrificio de alabanza al Señor; un corderito encantador, como tú.

José de Arimatea dice:

–     Simón, me siento contento de haber sido útil a un justo como tú.

Te ruego que vengas a mi casa de Bezetha, para el banquete. Y contigo todos, como es lógico.

Permíteme que sean mis invitados.

Pedro, lleno de humildad, pero radiante de alegría, inclinando la cabeza como saludo,

contesta con exquisita cortesía:

–     Vamos a decírselo al Maestro.

Para mí… ¡Es demasiado honor!

Cruzan en sentido inverso claustros y atrios hasta llegar al Patio de las Mujeres.

Allí todas felicitan a Margziam.

Luego los hombres pasan al Atrio de los Israelitas, donde está Jesús acompañado de los suyos.

Se reúnen todos en una armónica comunión de felicidad. 

 Y mientras Pedro va a sacrificar el cordero, se encaminan entre pórticos y patios hasta el muro exterior.

¡Qué feliz se le ve a Pedro con su hijo, que ahora es ya un israelita perfecto!

Tanto, que no advierte la arruga que se dibuja en la frente de Jesús, ni percibe el silencio más bien angustioso, de sus compañeros.

Sólo cuando están en la sala de la casa de José y cuando le hacen a Margziam la pregunta de rigor, acerca de lo que hará en el futuro… 

Y el niño declara con firmeza: 

–     Seré pescador como mi padre.

Pedro, entre lágrimas, se da cuenta y comprende…

Y dice: 

–     La verdad es que Judas nos ha puesto una gota de acíbar sobre esta felicidad y en esta fiesta…

Estás preocupado, Maestro… y los demás…

Tú… tú, hijo mío, tienes

Tú estás muy preocupado, Maestro.

Y los demás están tristes por eso. Perdóname si antes no lo había notado…

¡Ah!… ¡Ese, Judas!…

Ese mismo lamento está en el corazón de todos los demás.

Jesús, para quitar la preocupación, se esfuerza en sonreír…

Y dice:

–    No te molestes Simón.

No hace falta a la fiesta.

Oye, ¿Entonces Margziam respondió muy bien?

Lo sabía de antemano.

José regresa después de haber dado órdenes a sus criados,

Y dice:

–     Os agradezco a todos vosotros por haberme rejuvenecido con esta ceremonia.

Y por haberme dado el honor de tener en mi casa al Maestro, a su madre, a sus familiares y amigos.

Y a vosotros queridos condiscípulos, junto con todos mis invitados, venid al jardín…

Con la última frase, José manifiesta su verdadero sentir de pertenencia al grupo apostólico.

Todos van y celebran el acontecimiento.

35 FUGITIVOS DE BELÉN


35 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La visita de los magos

  1. Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían del Oriente se presentaron en Jerusalén,
  2. diciendo: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle.»
  3. En oyéndolo, el rey Herodes se sobresaltó y con él toda Jerusalén.
  4. Convocó a todos los sumos sacerdotes y escribas del pueblo, y por ellos se estuvo informando del lugar donde había de nacer el Cristo.
  5. Ellos le dijeron: «En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta:
  6. = Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá; porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel.» =
  7. Entonces Herodes llamó aparte a los magos y por sus datos precisó el tiempo de la aparición de la estrella.
  8. Después, enviándolos a Belén, les dijo: «Id e indagad cuidadosamente sobre ese niño; y cuando le encontréis, comunicádmelo, para ir también yo a adorarle.»
  9. Ellos, después de oír al rey, se pusieron en camino, y he aquí que la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos, hasta que llegó y se detuvo encima del lugar donde estaba el niño.
  10. Al ver la estrella se llenaron de inmensa alegría.
  11. Entraron en la casa; vieron al niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra.
  12. Y, avisados en sueños que no volvieran donde Herodes, se retiraron a su país por otro camino.

Matanza de los niños

  1. Después que ellos se retiraron, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle.»
  2. El se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto;
  3. y estuvo allí hasta la muerte de Herodes; para que se cumpliera el oráculo del Señor por medio del profeta: = De Egipto llamé a mi hijo. =
  4. Entonces Herodes, al ver que había sido burlado por los magos, se enfureció terriblemente y envió a matar a todos los niños de Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo, según el tiempo que había precisado por los magos.
  5. Entonces se cumplió el oráculo del profeta Jeremías:
  6. = Un clamor se ha oído en Ramá, mucho llanto y lamento: es Raquel que llora a sus hijos, y no quiere consolarse, porque ya no existen. =
  7. Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo:
  8. «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño.»
  9. El se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel.
  10. Pero al enterarse de que Arquelao reinaba en Judea en lugar de su padre Herodes, tuvo miedo de ir allí; y avisado en sueños, se retiró a la región de Galilea,

23. y fue a vivir en una ciudad llamada Nazaret; para que se cumpliese el oráculo de los profetas: = Será llamado Nazareno. =

Huida a Egipto.

Mi espíritu ve la siguiente escena. Es de noche. José está durmiendo en su modesto lecho, en su diminuta habitación.

Su sueño es pacífico, como el de quien está descansando del mucho trabajo cumplido con honradez y diligencia.

Lo veo en la oscuridad de la estancia, oscuridad apenas interrumpida por un hilo de luz lunar que penetra por una rendija de la hoja de la ventana, que está sólo entornada, no cerrada del todo. 

Como si José tuviera calor en esta pequeña habitación, o como si quisiera tener ese hilo de luz para saberse medir al amanecer y levantarse diligentemente.

Está girado sobre uno de los lados, y sonríe mientras duerme, quién sabe ante qué visión que está soñando.

Pero de repente, su sonrisa se transforma en congoja.

Emite el típico suspiro, profundo de quien está teniendo una pesadilla…

Y se despierta sobresaltado.

Se sienta en la cama, se restriega los ojos, mira a su alrededor,…

Y mira hacia la ventanita de la que proviene ese hilo de luz.

Es plena noche.

No obstante, coge la prenda de vestir que está extendida a los pies de la cama y todavía sentado en el lecho, se la pone encima de la túnica blanca de manga corta que tenía sobre la piel.

Levanta las mantas, pone los pies en el suelo y busca las sandalias. Se las pone y se las ata.  

Se pone de pie y enseguida enciende una lamparita de aceite, de una sola llama, para iluminarse con ella.  

 Y se dirige hacia la puerta que está frente a su cama; no hacia la que está lateral a la misma y que conduce al salón en que fueron recibidos los Magos. 

Llama suavemente con la punta de los dedos: un casi insensible tic-tic.

Debe haber oído que se le invita a entrar, pues abre con cuidado la puerta y la vuelve a entornar sin hacer ruido.

Entra…

En una habitacioncita sólo un poco más grande que la suya, con una cama pequeña y baja, al lado de una cuna, ya arde otra lamparita.  

La llamita oscilante en un rincón, parece una estrellita de luz tenue y dorada, que permite ver sin molestar a quien esté dormido..

Pero María no está dormida, está arrodillada junto a la cuna. Tiene un vestido claro y está orando.

Y velando a Jesús, que duerme tranquilo.

Jesús tiene la edad de la visión de los Magos.

Es un niño de un año aproximadamente, un niño guapo, rosado y rubio.

Y está durmiendo, con su cabecita ensortijada hundida en la almohada y una manita bien cerrada junto a la garganta.

José en voz baja denotando asombro, 

pregunta:

–     ¿No duermes?

¿Por qué? ¿Jesús no está bien?

María responde:

–    ¡Oh, no!

Él está bien. Yo estoy rezando. Luego me echaré a dormir. ¿Por qué has venido, José?

Mientras habla, María sigue arrodillada donde estaba antes.

José, en voz bajísima para no despertar al Niño, pero en tono apremiante,

dice:

–     Tenemos que irnos de aquí ¡Enseguida! enseguida.

Prepara el baulillo y un fardo con todo lo que puedas meter en ellos.

Yo me encargo de preparar lo demás, llevaré lo más que pueda…

Cuando empiece a clarear huimos.

Lo haría incluso antes, pero tengo que hablar con la dueña de la casa….

–    ¿Y por qué esta huida?

–     Después te lo explico mejor.

Es por Jesús. Un ángel me ha dicho: «Toma al Niño y a la Madre y huye a Egipto».

No pierdas tiempo. Yo ya empiezo a preparar todo lo que pueda.

No era necesario decirle a María que no perdiese tiempo.

Apenas ha oído hablar de ángel, de Jesús y de huida; ha comprendido que un peligro se cierne sobre su Criatura.

Y de un salto se ha puesto en pie.

Con su cara más blanca que un cirio, una mano contra el pecho, angustiada.

Enseguida se ha puesto en movimiento, ágil, ligera.

Y ha empezado a colocar la ropa de vestir en el baulillo y en un fardo grande que ha extendido primero sobre su cama aún intacta.

Sin duda está angustiada, pero no pierde las riendas; hace las cosas con rapidez pero no sin orden.

De vez en cuando, pasando junto a la cuna, mira al Niño, que duerme ajeno a lo que está sucediendo. 

Cada cierto tiempo José, asomando la cabeza por la puerta entreabierta,

pregunta:

–     ¿Necesitas ayuda?

–     No, gracias – responde siempre María.

Hasta que el fardo — que debe pesar bastante — no está lleno, no llama a José para que la ayude a cerrarlo y a quitarlo de encima de la cama.

No obstante, José quiere hacerlo solo; coge el largo fardo y se lo lleva a su cuarto. 

María pregunta:

–     ¿Llevo también las mantas de lana? 

–     Lleva todo lo más que puedas; todo el resto lo perderemos.

Toma todo lo que puedas. Nos servirá porque… ¡Porque tendremos que estar fuera mucho tiempo, María!…

 José está muy apenado al decir esto.

Y María… se puede uno hacer idea de cómo está.

Suspirando, dobla las colchas suyas y las de José.

Y éste las ata con una cuerda.

Y mientras está atando las colchas,

José agrega:

–     Dejamos los bordados y las esterillas.

 A pesar de que voy a tomar tres burros, no puedo cargarlos demasiado, pues el camino será largo e incómodo, parte entre montañas y parte por el desierto.

Tapa bien a Jesús. Las noches serán frías, tanto en las montañas como en el desierto.

He tomado los regalos de los Magos, porque en aquella tierra nos vendrán bien.

Todo lo que tengo lo gasto para comprar los dos burros. Debo comprarlos, porque no podemos devolverlos.

Voy ahora, antes de que amanezca. Sé dónde buscarlos. Tú termina de prepararlo todo.

Y se marcha.

María recoge todavía algunos objetos.

Observa a Jesús y sale, para volver con unos vestiditos que parecen todavía húmedos; los dobla y los envuelve en un pedazo de tela y los coloca junto con las otras cosas.

Ya no queda nada más. Se vuelve mirando a su alrededor y ve, en un rincón, un juguete de Jesús: una ovejita tallada en madera.

La toma en sus manos… un sollozo entrecortado… un beso:

La madera conserva las huellas de los dientecitos de Jesús.

Y las orejas de la ovejita están del todo llenas de mordisquitos.

María acaricia ese objeto sin valor en sí, de una pobre madera clara; pero de mucho valor para Ella,

ya que le habla del afecto de José por Jesús. Y de su Niño.

Lo pone también con las otras cosas encima del baulillo cerrado.

Ahora ya sí que no queda nada.

Sólo Jesús, que está en su cunita.

María piensa que sería conveniente también preparar al Niño. Va donde la cuna y la mueve un poco para despertar al Pequeñuelo.

Mas Él solamente refunfuña un poco; se da la vuelta y sigue durmiendo.

María le acaricia delicadamente los ricitos.

Jesús, bostezando, abre la boquita.

María se inclina hacia Él y lo besa en la mejilla.

Jesús termina de despertarse. Abre los ojos. Ve a su Mamá y sonríe.

Y tiende las manitas hacia su pecho. 

María dice con ternura:

–     Sí, amor de tu Mamá.

Sí, la leche. Antes que de costumbre… ¡De todas formas, Tú siempre estás preparado para mamar, corderito mío santo!

Jesús ríe y juguetea, agitando los piececitos por fuera de las mantas. Y los brazos, con una de esas manifestaciones de alegría de los niños pequeños, que tan bonitas son de ver.

Hinca los piececitos contra el estómago de su Mamá, se curva en forma de arco y apoya su cabecita rubia en el pecho de Ella,

y luego se echa bruscamente para atrás y se ríe agarrando con sus manitas las cintas que ciñen al cuello el vestido de María tratando de abrirlo. 

Con su camisita de lino, se le ve a Jesús guapísimo, regordete, rosado como una flor.

María se inclina.

Así, inclinada, sobre la cuna como protección, llora y sonríe al mismo tiempo, mientras el Niño balbucea esas palabras, que no son palabras, de todos los niños pequeños.

Entre las cuales se oye nítida y repetidamente la palabra «mamá».

La mira, asombrado de verla llorar.

Alarga una manita hacia los brillantes hilos de llanto, que se la mojan al hacer la caricia.

Primorosamente, vuelve a apoyarse en el pecho materno y en él se recoge enteramente, acariciándoselo con su manita.

María lo besa por entre el pelo y lo toma en brazos, se sienta y se pone a vestirlo: ya tiene el vestidito de lana, ya las diminutas sandalitas.

Le da la leche.

Jesús mama con avidez la leche buena de su Mamá.

Y cuando ya le parece que por la parte derecha viene menos, va a buscar a la izquierda.

Y ríe al hacerlo, mirando a su Mamá de abajo arriba, para luego dormirse de nuevo,..

Apoyando aún la mejilla rosada y redonda en el seno blanco y redondo, sobre el pecho de Ella.

María se levanta muy despacito y lo coloca sobre la manta acolchada de su cama.

Lo tapa con su manto. Vuelve a la cuna y dobla las mantitas.

Piensa en si conviene o no coger también el colchoncito. ¡Tan pequeño como es… se puede llevar!

Lo pone, junto con la almohada, con las cosas que ya estaban encima del baulito.

Y llora ante la cuna vacía.

¡Pobre Madre, perseguida en su Criatura!

José regresa.

–     ¿Estás preparada?

¿Está preparado Jesús? ¿Has cogido sus mantas y su camita?

No podemos llevarnos la cuna, pero por lo menos que tenga su colchoncito.

¡Oh, pobre Pequeñuelo, perseguido a muerte!

María grita:

–    ¡José! –  agarrándose al brazo de José. 

José confirma: 

–     Sí, María, a muerte.

Herodes lo quiere muerto… porque tiene miedo de Él…

Esa fiera inmunda tiene miedo de este Inocente, por su reino humano.

No sé lo que hará cuando comprenda que ha huido; pero para entonces nosotros ya estaremos lejos. 

No creo que se vengue buscándolo incluso en Galilea. Ya sería difícil para él descubrir que somos galileos;

más difícil aún, saber que somos de Nazaret y quiénes somos exactamente.

A no ser que Satanás le eche una mano en agradecimiento de sus fieles servicios.

Mas… si eso sucede… Dios nos ayudará igualmente.

No llores, María, que el verte llorar es para mí un dolor mucho mayor que el de tener que marchar al exilio.

-¡Perdóname, José!

No lloro por mí, ni por los pocos bienes que pierdo. Lloro por ti… ¡Ya mucho te has tenido que sacrificar!

Ahora, otra vez, te quedas sin clientes, sin casa… ¡Cuánto te cuesto, José!

–     ¿Cuánto? No, María.

No me cuestas nada. Me consuelas. Siempre me consuelas. No pienses en el mañana.

Tenemos el caudal que nos han dado los Magos. Nos servirán de ayuda al principio.

Luego me buscaré un trabajo.

Un obrero honrado y competente se abre camino enseguida. Ya lo has visto aquí. No me da abasto el tiempo para el cúmulo de trabajo.

–     Sí, lo sé.

Pero, ¿Quién te va a aliviar tu nostalgia?

-¿Y a ti?

¿Quién te va a aliviar la nostalgia de esa casa que tanto amas?

–     Jesús.

Teniéndolo a Él, tengo todo lo que allí tenía.

–     Y yo también.

Teniendo a Jesús tengo ya esa patria que he esperado hasta hace pocos meses,

Y… tengo a mi Dios.

Ya ves que no pierdo nada de lo que más amo.

Basta con salvar a Jesús; si es así, todo nos queda.

Aunque no volviéramos a ver este cielo, estos campos.

O los aún más amados campos de Galilea,

Siempre tendremos todo porque lo tendremos a Él.

Ven, María, que empieza a clarear.

Llega el momento de saludar a la huésped y de cargar nuestras cosas. Todo irá bien.

María se pone en pie, obediente. Se arropa en su manto.

Mientras tanto, José prepara un último bulto, se lo carga y sale.

María levanta delicadamente al Niño, lo arropa en un mantón y lo aprieta contra su pecho.

Mira las paredes que durante meses la han hospedado y rozándolas apenas, las toca con una mano.

¡Bendita esa casa, que ha merecido ser amada y bendecida por María!

Sale. Cruza la habitacioncita que era de José, entra en la estancia grande.

La dueña de la casa, en lágrimas, la besa y se despide de Ella.

Y levantando un borde del mantón, besa al Niño en la frente.

Él duerme tranquilo.

Bajan por la escalerita exterior.

Hay un primer claror de alborada que apenas permite ver.

En la escasa luz se ven tres burros. El más fuerte lleva los enseres. Los otros van sólo con la albarda.

José está manos a la obra para asegurar bien el baulillo y los paquetes en la albarda del primero.

Veo, atados en un haz, y colocados encima del fardo, sus utensilios de carpintero. 

Nuevos saludos y nuevas lágrimas.

María se monta en su burrillo, mientras la patrona tiene a Jesús en brazos y lo besa una vez más; luego se lo devuelve a María.

Monta también José, el cual ha atado su asno al que lleva los equipajes, para estar libre y poder así controlar el de María.

La huida comienza mientras Belén, que sueña todavía la fantasmagórica escena de los Magos, duerme tranquila, sin saber lo que le espera.

Y la visión cesa así.