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92.- VÍCTIMAS PROPICIATORIAS


En Ptolemaide, Pedro y su grupo se dirigen hacia el muelle menor que tiene forma de arco y semeja una segunda dársena más estrecha, debido a las barcas de pesca. Llega hasta una en particular. Es grande y se ve bastante buena. Se detiene, mira y grita.

Desde el fondo se levanta un marinero y se acerca al borde diciendo:

–           ¿De veras quieres partir? Ten en cuenta que la vela no te servirá hoy. No hay viento y tendrás que hacerlo a fuerza de remos.

Pedro contesta:

–           Con este frío, esto nos servirá para entrar en calor y para tener buen apetito.

El marinero cuestiona:

–           ¿Eres de veras eres capaz de navegar?

–           ¡Bah! ¡Hombre! ¿Todavía no era capaz de pronunciar la palabra ‘mamá’ cuando ya mi padre me había puesto en las manos las cuerdas y las farcias del navío. Allí crecieron mis dientes de leche.

–           Es que, ¿Sabes? Esta barca es todo lo que poseo…

–           Desde ayer me lo has estado repitiendo… ¿No sabes otra canción?

–           Lo que sé es que si te vas a pique, estoy arruinado y…

–           El arruinado seré yo, porque pierdo la piel, ¡Y no tú!

–           Es que la barca constituye toda mi riqueza, mi pan y mi alegría. Es el patrimonio de mi esposa y la dote de mi hija…

¡Uff!… Oye, no me sigas molestando porque mis nervios estan a punto de reventar… Te he dado tanto que casi te pagué la barca. No te escatimé nada, ¡Ladrón marino que eres!… Te demostré que sé remar y sé gobernar la vela mejor tú. Hicimos un contrato ante dos testigos y ya…  ¡Basta! Cangrejo peludo, déjame entrar…

–           Pero al menos dame otra garantía…  ¡Si mueres, quién me paga la nave!

–           ¿La nave? A esta calabaza sin pulpa la llamas nave. ¡Oh, miserable y orgulloso tenías que ser! Te daré otras cien dracmas… Junto con todo lo que ya te dí, puedes comprarte otras tres mejores que ésta.

Te dejo empeñada mi carreta y no quiero que te pases de listo con mi burro Antonio. Pues él solo vale diez veces más que tu barca. Pero ten en cuenta que son una garantía y que cuando regrese me los devolverás. ¿Has entendido?

El barquero asiente satisfecho y se apresura a meter en la barca, el telar que Tadeo puso en el suelo. Luego ayudado por otros tres y los apóstoles, suben y acomodan todo el cargamento que traen en la carreta de forma que quede en equilibrio y que tengan paso libre para las maniobras.  Por último suben las alforjas y las cosas personales.

Luego Pedro dice:

–           ¿Ves vampiro que si sé hacerlo? Lárgate ahora y que te vaya bien…

Y junto con Andrés, pone el remo contra el muelle y empieza a separarse. Cuando llega a la corriente, le entrega el timón a Mateo diciendo:

–           Tú puedes hacerlo muy bien. Te traerá recuerdos de cuando nos sorprendías en la pesca. –Y se sienta en la proa sobre una banquita, junto a su hermano.

Frente a él estan sentados Santiago y Juan de Zebedeo, que bogan rítmicamente. La barca se desliza veloz y sin problemas pese al cargamento y oyen las alabanzas por su paso ligero y por el perfecto bogar, que les lanzan los marineros de las grandes naves cuando navegan junto a ellas.

Pronto dejan atrás los diques y llegan a mar abierto.

Ptolemaida está extendida, hermosa y blanca sobre la ribera. En la barca el silencio es completo y solo se oye el chasquido de los remos contra el agua. Poco a poco, el puerto se va perdiendo en la distancia y Pedro dice:

–           Sí. Había un poco de viento… Ahora no hay absolutamente nada… ¡Ni un soplo!

Santiago de Zebedeo comenta:

–           ¡Con tal de que no vaya a llover!

–           ¡Humm! Y parece que sí…

Una llovizna fina y tupida los cubre.

Tadeo dice a Síntica:

–           Cubríos y da el huevo a Juan es la hora…

Santiago dice:

–           Con un mar asi, nada se puede mover en el estómago…

Andrés:

–           ¿Qué estará haciendo Jesús?

Pedro:

–           ¡Sin vestidos y sin dinero!

Tadeo:

–           ¿Dónde estará ahora?

Juan de Zebedeo:

–           Sin duda rogando por nosotros.

–           Está bien. ¿Pero dónde?

Nadie puede responder la pregunta. Y sólo Dios conoce la respuesta.

La barca avanza fatigosamente, bajo un cielo plomizo; sobre un mar de color ceniciento y bajo una finísima lluvia que parece neblina y produce un cosquilleo prolongado. Los montes se ven envueltos en un manto amarillento. Pero el mar tiene una rara fosforescencia que es molesta de mirar.

Pedro que es incansable en el remo extiende su brazo señalando a lo lejos y dice:

–           En aquel poblado vamos a detenernos, para comer y descansar.

Los demás asienten.

Y cuando llegan, es un montón de casas de pescadores que estan montadas sobre una saliente del monte.

Pedro refunfuña:

–           Aquí no podemos desembarcar. No hay fondo. –un suspiro- ¡Bueno! Comeremos aquí…

Todos comen con buen apetito, mientras la llovizna se calma y luego arrecia… Un hombre está en la playa y se dirige hacia una pequeña barca.

Pedro se pone las dos manos en torno a los labios, formando un embudo y grita:

–           ¡Oye, tú! ¿Eres pescador?

La respuesta llega débil en la distancia:

–           ¡Sí!

–           ¿Qué tiempo vamos a tener?

–           Dentro de poco, mar picado. Si no eres de por aquí, te aconsejo que te vayas inmediatamente más allá del promontorio. Allí las olas son menores, sobre todo junto a la ribera y puedes ir porque el mar es muy profundo. Pero vete al punto.

–           Gracias. ¡La paz sea contigo!

–           ¡Paz y buena suerte contigo!

Pedro se vuelve hacia sus compañeros y dice:

–           ¡Ánimo! Y que Dios esté con nosotros.

Andrés toma el remo y empieza a bogar mientras dice:

–           No cabe duda que lo está. Y Jesús ruega por nosotros.

Los demás también toman los remos y empiezan a bogar. Olas gigantescas están empezando a formarse y rechazan a la barca en su intento por avanzar. La lluvia aumenta implacable, junto con un viento que azota las espaldas de los navegantes.

Simón de Jonás le grita unos pintorescos epítetos, porque es un viento contrario que no solo no ayuda, sino que entorpece los esfuerzos de los marineros y trata de lanzarlos contra los escollos del promontorio que no está lejos.

La barca trata de deslizarse en la curva de este golfo miniatura, de color negruzco cual tinta. Todos continúan bogando fatigosamente, concentrando todos sus esfuerzos por avanzar, bañados por la molesta lluvia. Juan de Endor y Síntica, están sentados en el centro junto al mástil de la vela. Detrás los hijos de Alfeo y en la popa, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón, a cada golpe del oleaje.

Es un trabajo arduo dar la vuelta al promontorio y finalmente lo logran. Los remadores extenuados, logran al fin descansar un poco y se preguntan si sería prudente refugiarse en el poblado que se ve más allá del promontorio… La idea de ‘Que se debe obedecer al Maestro, aun cuando el sentido común diga lo contrario’ prevalece. “Él dijo que se debe llegar a Tiro en un solo día…” Todos están de acuerdo en esto y deciden seguir la travesía…

Después de decidir esto y continuar navegando con el mar picado… De improviso el mar se calma y todos notan el fenómeno…

Santiago de Alfeo dice:

–           El premio de haber obedecido…

Pedro confirma:

–           Sí. Satanás se ha largado porque no logró hacernos desobedecer…

Mateo dice:

–           Llegaremos a Tiro en la noche. Este mal tiempo nos ha detenido mucho…

Simón Zelote dice:

–           No importa. Iremos a dormir y mañana buscaremos la nave.

Juan de Endor:

–           ¿La podremos encontrar?

Tadeo dice con aplomo:

–           Jesús lo dijo. Claro que la encontraremos…

Andrés propone:

–           Podemos levantar la vela hermano.  El viento que está soplando nos ayuda y avanzaremos más ligeros…

La vela se infla lo suficiente para que los remadores sientan un poco de alivio. La barca se desliza veloz hacia el Istmo de Tiro, que se ve blanquear en lontananza cuando los últimos rayos del sol casi han desaparecido.

La noche los alcanza y lo más extraño, después de tanta neblina, le firmamento estrellado, se adorna con una claridad extraordinaria. La Osa Mayor resalta en una bóveda celeste que viste al mar con un reflejo plateado iluminado por la luna…

Juan de Zebedeo admira todo y ríe. Y siguiendo el ritmo de su remo, con su voz de tenor empieza a cantar:

“Salve estrella matutina,

Jazmín de la noche,

Luna Dorada de mi Cielo

Santa Madre de Jesús…

En Ti el navegante espera,

El que sufre, el que muere, en Ti piensa,

Brilla siempre, Estrella santa, Estrella pía,

Sobre quien te ama, ¡Oh, María!

Santiago su hermano dice:

–           ¿Pero qué dices? ¡Nosotros hablamos de Jesús y tú hablas de María!

–           Él está en Ella. Y Ella en Él. Él existe porque Ella ha existido.  Déjame cantar…

Y todos se dejan seducir y llevar por su canto y lo acompañan en una alabanza maravillosa… De esta manera llegan a Tiro y sin ninguna dificultad desembarcan en el pequeño puerto que está al sur del istmo.

Mientras Pedro y Santiago se quedan en la barca para cuidar el cargamento, todos los demás van a buscar una fonda para poder descansar.

Al día siguiente, luce una mañana esplendorosa con un cielo despejado, adornado por unos cuantos cirros muy blancos como la espuma de las olas que revientan en la playa…

Pedro se levanta del lugar en donde pasó la noche y viendo a Santiago que también se ha despertado, le dice:

–           Creo que ya es hora de que nos vayamos. ¡Hum!… Dime Santiago, ¿No te parece que en verdad es cómo si lleváramos dos víctimas al sacrificio? A mí, sí.

Santiago de Alfeo contesta:

–           También a mí, Simón. De mi parte agradezco al Maestro la confianza que ha depositado en nosotros. Pero no me gusta que se haya sufrido tanto… Jamás había visto ni imaginado siquiera, una cosa tan dolorosa…  El Sufrimiento en Jesús era tan grande… Y en estos dos… Sentí que casi era como si se me partiera también a mí el corazón…

–           Todos los sentimos, hasta el corazón de paloma de mi Porfiria… Y tampoco yo lo había experimentado así… pero… ¿Sabes? Estoy seguro de que el Maestro nunca lo hubiera hecho, si el Sanedrín no hubiera metido sus narices…

–           Él ya lo dijo… ¿Quién lo habrá comunicado al Sanedrín? Eso es lo que yo quisiera saber…

¿Qué quién? ¡Dios Eterno, no me dejes hablar ni pensar!… Le he hecho esta promesa para que no me siga trepanando el cerebro esta idea. Ayúdame Santiago a no pensar… Mejor hablemos de otra cosa…

–           ¿De qué? ¿Del tiempo?

–           si así lo quieres…

–           Porque yo no entiendo nada de mar…

Pedro se queda mirando el mar y dice:

–           Pienso que vamos a tener un buen baile.

Santiago mira a los enormes barcos y dice:

–           ¡Nooo! Las olas son pequeñas y me hacen reir. Ayer estaba un poco enfurecido. ¡Qué hermoso será ver este mar desde lo alto de la nave! También le gustará a Juan y lo impulsará a que cante. ¿Cuál será la nave?

Poco a poco, el puerto se llena de gente y de movimiento.

Y Pedro  contesta:

–           Ahora lo averiguo.  Espera…  – y saltando de la barca se dirige hacia un marinero ocupado en otra barca cercana…  – ¡Oye! ¿Sabes si se encuentra en el puerto el navío de…? Espera, voy a leer su nombre…  –y sacando un pergamino que trae en la cintura- Sí. Es Nicómedes Filadelfo de Filipo; cretense de Paleocastro…

El marinero se admira:

–           ¡Oh! ¡El famoso navegante! ¿Y quién no lo conoce? Es el más conocido desde el Golfo de las Perlas hasta las Columnas de Hércules… Y aun más allá; hasta los fríos mares en los que la noche puede durar meses enteros. ¿Sí eres marinero, cómo es posible que no lo conozcas?…

–           Es así. No lo conozco; pero ando en su busca porque conocemos a nuestro amigo Lázaro de Teófilo, que en un tiempo fue gobernador de Siria…

–           ¡Ah! Cuando yo navegaba… Ahora estoy viejo, pero entonces él estaba en Antioquía… ¡Qué tiempos aquellos!… ¿Lázaro es amigo tuyo? …Y buscas a Nicómedes el cretense. Entonces puedes ir seguro. ¿Ves aquel navío? El más grande y que tiene muchas banderolas flotando al viento… Ese es el suyo. Va a zarpar antes del mediodía… él no tiene miedo al mar.

Santiago empieza a decir:

–           No hay porqué temerlo. No es un gran… –pero una enorme ola le quita la palabra bañándolos desde la cabeza hasta los pies.

Pedro refunfuña, mientras se seca la cara:

–           Ayer estaba calmado y hoy demasiado intranquilo.  Un tonto bravucón, ¿No? Prefiero mi lago…

El marinero dice:

–           Os aconsejo que entréis en la dársena. Allá se están yendo todos. Llevad vuestra barca, podréis guardarla hasta vuestro regreso… Por una cuota diaria, te la cuidarán…

–           Gracias amigo. Allá vienen mis compañeros y la guardaremos donde dices…

Pedro sale al encuentro del grupo apostólico.

Y Andrés le pregunta ansioso:

–           ¿Dormiste bien hermano?

–           Como un niño en la cuna.  Ni arrullo, ni canciones me faltaron…

Tadeo agrega sonriente:

–           Y por lo visto también acabas de bañarte…

–           El mar se encargó de lavarnos y quitarnos el sueño que quedaba, ¿Verdad Santiago?

Santiago, igual de mojado que Pedro, asiente con una carcajada…

Y luego dice:

–           Pero ya sabemos con quién debemos ir…

Juan de Endor comenta:

–           Entonces tendremos danza en el canal de Chipre.

Mateo dice preocupado:

–           ¡Ah! ¿Sí?

–           Sí. Pero Dios nos ayudará.

El marinero de Tiro dice:

–           ¡Oigan! Se dice que en Israel ha nacido un nuevo Profeta que predica el amor. ¿Es verdad?

Pedro contesta:

–           Sí. ¡Y los milagros que hace! Resucita los muertos, cura a los enfermos, convierte a los ladrones y da órdenes al mar, para tranquilizarlo.

–           ¡Oh! ¿Pero es verdad todo eso?…

–           No dudes. Todos nosotros hemos sido testigos de eso…

–           ¡Oh! ¿Dónde?…

–           En el lago de Genesareth.  Ven conmigo a la barca y mientras vamos al depósito te contaré…

Y Pedro da instrucciones a Andrés y a Santiago de Zebedeo para llevar la barca a la dársena, mientras le habla de Jesús al marinero de Tiro…

Zelote observa:

–           ¿Ya vísteis a Pedro? Mientras dirige las maniobras, evangeliza. Y Pedro dice que no sabe hacer nada. Tiene el arte de hacer todas las cosas a las buenas y así logra más que todos juntos…

Juan de Endor confirma:

–           Lo que más me gusta de él es su franqueza.

Mateo añade:

–           Y su constancia.

Santiago de Alfeo agrega:

–           Y su humildad. Ya se fijaron que nunca se enorgullece de ser la ‘cabeza’. Trabaja más que todos y se preocupa por todos y cada uno de nosotros. Más que de sí mismo.

Síntica concluye:

–           A su modo es muy virtuoso. Y un excelente hermano…

Y ya no pueden seguir comentando, porque Pedro regresa diciendo:

–           Ya está todo arreglado. Dejaremos la barca y hay que llevar el cargamento hasta el navío que está allá…

Todos toman los cofres y las  cajas y se van a través del Istmo hasta el muelle grande y el de Tiro los sigue acompañando y ayudando… Llegan hasta la nave del cretense que ya está empezando las maniobras para partir…

Y Pedro grita a los de a bordo para que bajen la escalerilla…

El jefe de la tripulación responde…

–           No se puede. ¡Ya está cargado…!

El marinero de Tiro les grita, señalando a Pedro:

–           ¡Tiene unas cartas que entregar a Nicómedes!

–           ¿Cartas? ¿De quién?…

–           De Lázaro de Teófilo… El que fue gobernador de Antioquía…

–           ¡Ah! ¡Espera! ¡Se lo voy a decir al patrón!…

Pedro dice a Zelote y a Mateo:

–           Ahora os toca. Yo soy un pobre maleducado para tratar con personajes como ese…

Mateo objeta:

–           ¡No! Tú eres el jefe y lo haces muy bien.

Y Simón:

–           Te ayudaremos si es necesario. Pero estamos seguros de que todo lo resolverás perfectamente…

Se asoma un hombre moreno y vestido como egipcio. Delgado, hermoso, musculoso y elegante. Mientras se asoma por la baranda, ordena que bajen la escalerilla y el jefe de la tripulación grita. :

–           ¡Que suba el que trae las cartas!

Pedro, que ya se ha cambiado el vestido  y ahora trae el manto; sube con toda dignidad, seguido por Mateo y Zelote.

Cuando aborda la nave saluda muy ceremonioso:

–           Que la paz sea contigo.

El cretense lo mira y dice:

–           Salve. ¿Dónde está la carta?

Pedro le extiende el pergamino. El cretense rompe el sello y extiende el pergamino. Lo lee y dice:

–           ¡Sean bienvenidos los enviados de la familia de Teófilo! Los cretenses no olvidan jamás que fue bueno y caballeroso.  Pero daos prisa, porque estamos listos para zarpar. ¿Traéis mucho equipaje?

Pedro señala en el muelle y dice:

–           Lo que está allí.

–           ¿Sois…?

–           Diez.

–           Está bien. Daremos un lugar especial a la mujer y vosotros os arreglaréis cómo podáis…  ¡Daos prisa! Debemos zarpar antes de que el viento arrecie y esto llegará después de la siesta…

Con silbidos que rasgan el aire, señala a los marineros el lugar donde acomodarán el cargamento y suben los apóstoles, Juan de Endor y Síntica. Cuando todos han abordado, Izan velas y cierran todo. Empieza a moverse el navío para salir del puerto y las velas se hinchan ante el fuerte viento que sopla. Y balanceándose la nave de un lado a otro, emprenden el camino hacia Antioquía…

Pese al fuerte viento, Juan y Síntica permanecen en la cubierta y contemplan cómo van alejándose de la costa… De la tierra palestinense. Y los dos se abrazan llorando…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

18.- MI PADRE, MI ENEMIGO


Jesús, con todos los suyos, van por el lago de Tiberíades; repartidos en dos barcas que navegan muy juntas entre sí. Jesús va en la de Pedro, junto con Simón, José y los dos primos: Santiago y Tadeo. En la otra; los dos hijos de Zebedeo; con Judas, Felipe, Tomás, Nathaniel y Mateo.

Las barcas se deslizan empujadas por el viento boreal, que apenas si peina el agua con hilillos de espuma en el hermoso lago. Van dejando dos estelas que se funden, confundiendo sus espumas, pues apenas las separan un par de metros. De barca a barca; intercambian palabras, noticias. Y los galileos explican a los judíos las características principales del lago; los diferentes poblados y sus distancias.

Jesús está sentado en la proa, gozando de la belleza que lo rodea; del silencio, del cielo despejado, del viento fresco que le acaricia el rostro y de las aguas que bañan las playas, en las riberas verdes; esparcidas entre los blancos poblados.

Parece distraído a la conversación de los discípulos. Va recargado sobre un montón de velas, con la cabeza inclinada sobre el espejo zafiro que es el lago; como si lo único que le interesara, es cuanto vive bajo la transparencia del agua.

Va totalmente absorto en sus pensamientos. Pedro le pregunta dos veces que si el sol que ya está en su cenit, no le molesta. Luego le ofrece pan y queso. Pero Jesús no quiere nada y Pedro lo deja en paz.

Un grupo de lujosas barcas de recreo, pequeñas y ligeras. Adornadas con baldaquines de púrpura y mullidos cojines, se atraviesan en el camino que llevan las barcas de los pescadores.

Estrépito, risas y perfumes, pasan con ellas. Pues las hermosas mujeres, con alegres romanos y palestinenses y uno que otro griego; son jóvenes, ricos y despreocupados. Lucen hermosas y elegantes vestiduras. Un joven alto con un vestido rojo, adornado con grecas y ceñido con un cinturón de oro que es una obra maestra de la orfebrería, dice:

–           ¿La Hélade es hermosa? Pero ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. En realidad no es extraño que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Arrojemos flores sobre las diosas, ¡Que ya no son griegas, sino judías!

Y esparce sobre las mujeres que van en su barca, pétalos de espléndidas rosas. Y avienta otras a la barca más cercana.

Un romano responde:

–           ¡Arroja! ¡Arroja más, griego! Pues Venus está conmigo. Yo no desfloro. ¡Yo recojo las rosas de esta hermosa boca! ¡Es mucho más dulce! –y se inclina a besar la boca entreabierta y sonriente de la hermosísima rubia que tiene la cabeza entre sus piernas y va recostada entre cojines.

Pero las barcas están a punto de chocar.

–           ¡Atentos, si queréis vivir! –Pedro grita enojado mientras vira para evitar el choque, con fuerte golpe de barra.

Insultos de hombres. Gritos espantados de las mujeres van de barca a barca. Los romanos insultan a los galileos:

–           ¡Alejaos, perros judíos!

Pedro, rojo como un gallo de pelea, de pie sobre el borde de la barca que se balancea; con las manos en la cintura, responde vivamente y no perdona a nadie. Ni a romanos, ni griegos, ni hebreos y hebreas. Y especialmente a estas últimas les dedica un ramillete de floridos insultos que es mejor dejar en la pluma… el altercado dura mientras la maraña de quillas y de remos, no se deshace. Y cada quién se va por su camino.

Jesús no cambió de posición. Se quedó sentado y ausente. Sin mirar, ni decir nada. Ni a las barcas, ni a sus ocupantes. Apoyado sobre el codo, sigue mirando la lejana ribera, como si no sucediese nada a su alrededor. A Él también le avientan una flor, que casi le pega en la cara y se oye una risa femenina.

Es la rubia del romano, que dice:

–           ¡También los dioses abandonaron el Olimpo! ¡Allí está Apolo, esperándome!…

Pero Él…  nada.

La rosa cae sobre las tablas y llega hasta los pies de Pedro que hierve como una caldera. Cuando las barcas se alejan, la rubia se pone de pie y mira atentamente el sereno, inaccesible e indiferente rostro de Jesús; que parece tan lejano del mundo.

Judas de Keriot dice:

–           Oye, Simón. Tú que eres judío como yo. Responde: Aquella hermosísima rubia que estaba entre las piernas del romano. La que se puso de pie. ¿No es la hermana de Lázaro de Bethania?

Zelote responde seco:

–           Yo no sé nada. Hace poco que regresé al mundo de los vivos y esa mujer es joven.

Judas dice con cierta ironía:

–           ¡Espero que no me vayas a decir que tampoco conoces a Lázaro de Bethania! Sé muy bien que eres su amigo y que has estado en su casa, con el Maestro.

–           ¿Y qué si así fuese?

–           Puesto que así lo es. Yo digo que también debes de conocer a la pecadora que es la hermana de Lázaro. ¡Hasta las tumbas la conocen! Hace diez años que está en la boca de todos. En cuanto llegó a la pubertad empezó a ser ligera de cascos. Pero ¡Desde hace cuatro años! No puedes ignorar el escándalo, aunque estuvieras en el ‘Valle de los muertos’. Toda Jerusalén habló de ella y Lázaro se encerró desde entonces en Betania.

Hizo bien. Nadie hubiera puesto un pie en su espléndido palacio de Sión; a donde también ella iba y venía. Quiero decir: ninguno que fuese santo. Todo se sabe y en todas partes. Ahora, ciertamente está en Mágdala. Tal vez se encontró un nuevo amor… ¿No respondes? ¿Puedes desmentirme?

–           No desmiento. Callo.

–           Entonces, ¿Es ella? ¡También tú la reconociste!

Simón suspira antes de responder:

–           La conocí de pequeña, cuando era pura. La vuelvo a ver ahora. Pero la reconozco. Impúdicamente refleja la cara de su madre, que era una santa.

–           Entonces, ¿Por qué querías casi negar que tu amigo fuese su hermano?

–           Nuestras llagas y las de los que amamos, tratamos de tenerlas cubiertas. Sobre todo cuando se es honrado.

Judas ríe forzado.

Pedro observa:

–           Dices bien, Simón. Tú eres un hombre honrado.

Judas insiste:

–           ¿Y tú la reconociste? Seguro que vas a Mágdala a vender tus pescados. ¡¿Y quién sabe cuántas veces la habrás visto?!

Pedro contesta:

–           Muchacho. Ten en cuenta que cuando uno tiene los riñones cansados por un trabajo honrado, no se le antojan las mujeres. Se prefiere solo el lecho casto de nuestra esposa.

–           ¡Eh! ¡Pero lo bello a todos gusta! Al menos que no se vea otra cosa, se le mira.

–           ¿Para qué? ¿Para decir: ‘No es comida para tu mesa’? No. ¿Sabes? De mi trabajo en el lago he aprendido varias cosas y una de ellas, es que peces de agua dulce y de fondo; no están hechos para agua salada ni vertiginosa.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Quiero decir que cada uno debe estar en su lugar; para no morir de mala muerte.

–           ¿Te hacía morir la Magdalena?

–           No. Tengo el cuero duro. Pero ya que me lo dices. ¿Acaso tal vez tú te sientes mal?

–           ¿Yo? ¡Ni siquiera la he visto!

–           Mentiroso. Apuesto que te habrás arrepentido de no haber estado en la primera barca, para verla mejor.  Me habrías soportado con tal de estar más cerca. Y tan cierto es lo que te digo, que me honras con tu palabra; en honor suyo; después de tantos días de silencio.

Judas se defiende:

–           ¿Yo? Pero… ¡Ni siquiera me hubiera visto! ¡Ella miraba fijamente al Maestro!

–           ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Y dices que no la mirabas! ¿Y cómo hiciste para ver a donde miraba, si tú no la veías?

A la ironía de Pedro, todos ríen. Menos Jesús y Zelote.

Jesús, que parecía que no oía; pone fin a la discusión preguntando a Pedro:

–           ¿Es aquello Tiberíades?

–           Sí, Maestro. Ahora llegamos.

–           Espera. ¿Puedes meterte en aquel lugar tranquilo? Quiero hablaros solo a vosotros, antes de entrar en la ciudad.

–           Mido el fondo y te lo diré. –Pedro echa una pértiga larga y lentamente va hacia la playa- se puede, Maestro. ¿Quieres que me acerque más?

–           Todo lo que puedas. Hay sombra y paz. Me gusta.

Pedro va hasta la ribera y como a unos quince metros, Jesús le dice:

–           Detente. –a los de la otra barca- Vosotros, acercaos lo más que podáis para oír.

Jesús deja su lugar y se sienta en el centro de la barca; de tal forma que todos le puedan oír:

–           ‘Escuchad. Os parecerá que algunas veces no ponga atención a vuestras conversaciones y que por eso sea Yo, un Maestro descuidado, que no se preocupa de sus discípulos. Tened en cuenta que mi alma no os abandona ni un instante. ¿Habéis visto a un médico cuando estudia a un enfermo de un mal que no conoce y que tiene síntomas raros? No separa sus ojos de él. Después de haberlo visitado, lo vigila. Cuando duerme y cuando está despierto. Por la mañana y por la tarde, cuando está callado y cuando habla; porque todo puede ser un medio y guía; para descifrar la enfermedad que oculta y curarla. Os tengo unidos con hilos invisibles, pero sensibilísimos; que están en Mí y me trasmiten aún las más leves vibraciones de vuestro ‘yo’. Os dejo que penséis que sois libres, para que manifestéis cada vez más lo que sois. Cosa que sucede cuando un alumno o un maníaco, cree que el vigilante lo ha perdido de vista. ¿Qué sois? ¿Qué debéis ser? Sois la sal de la tierra. Y debéis ser la luz del mundo. Os escogí Yo…

Y Jesús da una larga lección para forjar a sus apóstoles. Concientizándoles de la realeza de su sacerdocio; mientras el sol, lentamente se encamina hacia su ocaso…

Al día siguiente…

La ciudad de Tiberíades es nueva y rica. Es moderna y está mejor delineada que otras ciudades palestinenses. Presenta un conjunto armonioso que ni siquiera Jerusalén tiene. Hermosas y rectas calles que ya tienen el sistema de alcantarillado, lucen amplias y muy limpias. Plazas anchas, con bellas fuentes de mármol. Y palacios que rivalizan unos de otros, en el estilo de Roma, con atrios llenos de luz.

Las casas más hermosas, son las que están a la orilla del lago. Las tres primeras son señoriales.

Jesús viene caminando por la avenida que bordea el lago y Pedro pregunta:

–           ¿Has estado alguna vez en Tiberíades, Maestro?

Jesús contesta:

–           Nunca.

–           ¡He! ¡Antipas ha hecho bien las cosas y en grande, para adular a Tiberio! ¡Es un vendido ese…!

Jesús no lo deja continuar:

–           Me parece que es más bien una ciudad de descanso, que de comercio.

–           Los negocios están del otro lado. Tiene mucho comercio. Es muy rica.

–           ¿Estas casas son palestinenses?

–           Sí y no. Muchas pertenecen a romanos.

José el pastor dice:

–           Maestro, hemos llegado. Esta es la casa del mayordomo de Herodes.

La casa señalada es la primera. Tiene un jardín tapizado de flores. Fragancia de jazmines y rosas, se extienden hasta el lago.

Jesús pregunta:

–           ¿Y aquí está Jonathás?

–           Aquí. Es el mayordomo del Mayordomo. A él le fue bien. Cusa no es malo y es justo en reconocer los méritos de su mayordomo. Es uno de los pocos de la corte que es honrado. ¿Voy a llamarlo?

–           Ve.

José va hasta el gran portón y toca. Acude el portero. Hablan entre sí y José hace un gesto de desagrado. Después viene hacia Jesús, que lo espera bajo un árbol.

Le dice:

–           Jonathás no está. Se encuentra en el Alto Líbano. Fue a llevar a Juana de Cusa, que está muy enferma. Dice el portero que fue él, porque Cusa está en la corte y que no puede venir por el escándalo producido por la fuga del Bautista. Y que la enferma empeoraba y se moriría. El criado dice que entres a descansar. Jonatás les ha hablado del Mesías y de tu nacimiento en Belén. Tu Nombre les es conocido y te esperan.

–           ¡Vamos!

En el atrio hay una gran cantidad de siervos de todas las edades. Todos se inclinan respetuosamente a saludar. Una anciana llora en un rincón.

Jesús entra y bendice con su ademán y saludo de paz. El siervo encargado, se acerca y le dice:

–           ¡Oh! ¡Cuánto le pesará a Jonathás, no haber estado! Su esperanza era verte. Él nos ha alimentado con tu historia. Jonatás es bueno. Dice que lo es; porque lo hizo el beso que te dio.

–           Solo en los buenos aumenta la bondad. ¿Está ahora ausente? Vine por él.

–           Está en Líbano. Es la última esperanza para la joven patrona.

La anciana llora mucho más fuerte.

El criado explica:

–           Es Esther. La nodriza de la patrona. Llora porque no se resigna a perderla.

Jesús la llama:

–          Ven, madre. No llores así. Ven aquí, cerca de Mí. Enfermedad no quiere decir muerte.

Ella contesta afligida:

–           ¡Oh! ¡Es muerte! Ella es buena. Honrada y muy amada. ¡Debe morir!

–           Pero, ¿Qué es lo que tiene?

–           Fiebre que la consume. ¡Oh! Yo quería ir con ella. Pero Jonatás prefirió criadas jóvenes; porque ella no tiene fuerzas y hay que cargarla en peso. Yo ya no sirvo para eso. Pero para amarla sí. La recibí del seno de su madre. Y he sido para ella madre desde que quedó huérfana y era apenas un bebé. He recibido todas las sonrisas y lágrimas de su vida. Le he dado todas las sonrisas y lágrimas de mi corazón. Y ahora muere y no la tengo cerca de mí…

Jesús la acaricia y le dice:

–           Escucha madre. ¿Tienes fe?

–           ¿En Ti? Sí.

–           En Dios, mujer. ¿Puedes creer que todo lo puede Dios?

–           Lo creo y también creo que Tú, su Mesías; lo puedes. ¡Oh! En la ciudad ya se habla de tu poder. Jonatás dijo: ‘Si Él estuviese aquí, yo te juro que Él la sanaría’ pero Tú no estabas aquí. Y él se fue con ella. Y ahora estará muriendo.

–           No. Ten fe. Sonríe, madre.

–           Pero ella no está. –la anciana vacila entre la esperanza y el temor- ella no está aquí. Y Tú… Tú estás aquí.

–           Ten fe. Escucha. Si Jonatás regresa dentro de seis días, mándalo a Nazareth. A Jesús de José. Si no viene, iré Yo.

–           ¿Cómo lo hallarás?

–           Tú robustécete en la fe. Sólo te pido esto. Ya no llores madre. Yo me voy. No puedo esperar. Os bendigo.

–           Maestro, regresa otra vez.

–           Regresaré muchas veces. Adiós. La paz sea en esta casa y en todos vosotros.

Jesús sale con los suyos, acompañado por los criados que lo aclaman.

Su primo Santiago observa tristemente:

–           ¡Eres más conocido aquí que en Nazareth!

Jesús lo mira y le contesta:

–           Esta casa la preparó alguien que tenía verdadera fe en el Mesías. Para Nazareth, Yo soy el carpintero… Nada más.

–           ¿Vamos de veras a Nazareth?

–           Sí. Quiero hablar con mi Madre. Y hacer otra cosa más.

Los primos se ponen muy contentos.

Judas Tadeo dice:

–           Santiago. Pasaremos por Caná. Vamos a casa de Susana. Nos dará huevos y frutos para papá.

Santiago responde:

–           Y por supuesto también de su magnífica miel.  ¡A él tanto que le gusta!

–           Y lo alimenta.

–           ¡Pobre madre! ¡Sufre tanto! Él no quiere morirse. –Santiago mira a Jesús en una muda plegaria.

Pero Jesús no da señales de haberlo visto.

Días después…

Al llegar a Nazareth, Judas y Santiago se separan para ir a su casa. Jesús y los demás, van a la carpintería. María no está. Y se lo dice un anciano llamado Alfeo de Sara, que fue amigo de sus abuelos: Joaquín y Anna.

Los apóstoles entran a la casa y Jesús se queda con Alfeo.

Éste le dice:

–           Quería decirte que soy tu verdadero amigo. Yo no quiero darte consejos. Solo quiero ponerte sobre aviso. Yo creo en Ti, Mesías. Y me siento mal al ver que dicen que Tú no eres el Mesías. Que eres un enfermo que estás arruinando a la familia y a los parientes. La ciudad… ¿Sabes?… Alfeo es muy estimado y lo escuchan. También yo estaba aquella tarde en que Judas y Santiago te defendieron. Y defendieron la libertad de seguirte. ¡Oh! ¡Qué escena! No sé cómo tu Madre puede aguantar. Y la pobre María de Alfeo. En ciertas situaciones de familia, las mujeres son siempre las víctimas.

Jesús dice:

–           Ahora mis primos están en la casa de su padre y…

–           ¿Con Alfeo? ¡Oh! ¡Los compadezco! El viejo está realmente fuera de sí. Será por la edad o por la enfermedad; pero se comporta como un loco. Si no lo estuviera me causaría mayor compasión. Porque está poniendo en peligro su salvación…

–           ¿Piensas que tratará mal a sus hijos?

–           Estoy seguro. Me desagrada por ellos y por las mujeres. ¿A dónde vas?

–           A casa de Alfeo.

–           ¡No! ¡Jesús! ¡No quieras que te falte al respeto!

–           Los primos me aman más que a ellos mismos. Y es justo que les pague con igual amor. Allí están dos mujeres a quienes amo. Voy. No me entretengas.

Jesús apresura el paso, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.  Jesús camina veloz y cuando llega al huerto de Alfeo, alcanza a escuchar el llanto de una mujer y los gritos descompasados de un hombre. En los umbrales de la casa, su Madre saca la cabeza y lo ve.

Jesús exclama:

–           ¡Mamá!

–           ¡Jesús!

Dos gritos de amor. Jesús quiere entrar, pero María lo detiene:

–           No, Hijo. –y pone las manos en el marco de la puerta. Es una barrera de carne y de amor que repite- ¡No, Hijo! ¡No lo hagas!

–           Déjame, mamá. No pasará nada.

Jesús está muy tranquilo. A pesar que la marcada palidez de María, ciertamente lo turba. Toma su muñeca delgada, le quita la mano del marco de la puerta y pasa.

En la cocina, esparcidos por el suelo, hechos un montón viscoso; están los huevos que trajeron de Caná. De la otra habitación, sale la voz quejumbrosa de un viejo que insulta, acusa, se lamenta; con uno de esos arrebatos seniles tan injustos; dolorosos e impotentes cuando se ven y tan penosos al sufrirlos.

El anciano grita dolorido:

–           Ved mi casa destruida. Convertida en el hazmerreír de todo  Nazareth. ¡Y yo aquí solo, sin ayuda! Herido en el corazón, en el respeto, en mis necesidades. ¡Esto es lo que te toca Alfeo, por haberte portado como un verdadero fiel! ¡Y porqué! ¿Por qué? ¿Por quién? Por un loco. Un loco que ha vuelto locos a mis estúpidos hijos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué dolores!

Y se oye la voz de María de Alfeo que suplica llorando:

–           ¡Calma, Alfeo! ¡Calma! ¿Ves que te haces daño? Espera a que te ayude. Tú que siempre has sido bueno. Siempre justo. ¿Por qué te portas así contigo? ¿Conmigo?  ¿Con tus pobres hijos?

–           ¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero! ¿Buenos los hijos? ¡Ah, sí! ¡En realidad son solo dos ingratos! Me traen miel, luego de haberme convertido en un vaso de hiel. ¡Me traen huevos y frutas; después que se han atragantado con mi corazón! ¡Lárgate! ¡Lárgate, te lo digo! ¡Lárgate! No te quiero. Quiero a María. Ella sí que sabe hacerlo. ¿Dónde está esa débil mujer que no sabe hacerse obedecer de su hijo?

María de Alfeo, arrojada; entra en la cocina en el preciso instante en que Jesús está por entrar en la habitación de Alfeo.

Cuando lo ve se le arroja en los brazos, desesperada. Mientras María la Virgen; humilde y paciente, va a donde está el viejo iracundo.

Jesús trata de consolarla:

–           No llores, tía. Ahora voy Yo.

Ella gime:

–           ¡No! ¡No hagas que te insulten! Parece un loco. Tiene el bastón. No, Jesús. ¡No! Ya les pegó también a sus hijos.

–           No me hará nada.

Y Jesús, suave pero resueltamente, hace a un lado a su tía y entra.

Saluda:

–           La paz sea contigo, Alfeo.

El viejo, que está por acostarse en medio de mil quejas e insultos a María, porque es una ignorante que no sabe cómo hacerlo; se voltea  inmediatamente:

–           ¡Tú aquí! ¡Aquí! ¿Has venido para burlarte de mí? ¿También esto?

Jesús dice tranquilo:

–           No. Vine a traerte la paz. ¿Por qué tan alterado? ¡Te pones peor! Mamá, deja. Yo lo levanto. No te lastimaré. Lo haremos fácil. Mamá, levanta las cobijas.

Y Jesús levanta con cuidado aquel montón de huesos que se desquebrajan. Anhelante, duro, quejumbroso y miserable. Lo recuesta con delicadeza, como si fuera un recién nacido.

Le dice:

–           Así, así. Como hacía Yo con mi padre. Más arriba está la almohada. –lo acomoda- te sentirás mejor y respirarás más fácilmente. Mamá, ponle esa bajo la cintura. Estarás más cómodo ahora. Así. La luz que no le hiera los ojos; pero sí que pueda entrar aire puro. ¡Muy bien!

Después que lo acomoda sobre el lecho dice a María:

–                      Vi una pócima en el fuego. Tráela, mamá. Por favor endúlzala.

Luego añade con dulzura, dirigiéndose al enfermo:

–                     Estás sudando y te resfrías. Te hará bien.

María. Obediente, sale.

Alfeo está turbado:

–           Pero yo… Pero yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?

Jesús dice:

–           Porque te quiero mucho. Lo sabes.

–           Yo te quería. Pero ahora…

–           Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo sí te quiero y esto me basta. Luego me amarás…

–           Y entonces… ¡Ay! ¡Ay, qué dolores! Y entonces, sí es verdad que me quieres, ¿Por qué ofendes mis canas?

–           No te ofendo, Alfeo. De ningún modo. Te respeto.

–           ¿Respeto? Soy el hazmerreír de Nazareth. Eso sí.

–           ¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué cosa te hago el hazmerreír?

–           En los hijos…  ¿Por qué son rebeldes? ¡Por Ti! ¿Por qué se  burlan de mí los demás? ¡Por Ti!

–           Dime. ¿Si Nazareth te alabase por la suerte de tus hijos, experimentarías igual dolor?

–           ¡Claro que no! Pero Nazareth no me alaba. Me alabaría si de verdad fueses Tú un conquistador. ¡Pero abandonarme por alguien que es poco menos que un loco que va por el mundo atrayéndose odios y burlas! ¡Pobre, en medio de los pobres!

¡Ah! ¿Quién no se burlaría? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre estirpe de David! ¡Cómo termina! Y yo tenía que vivir tanto para contemplar esta desgracia.

Verte a Ti, la última palmera de la estirpe gloriosa, convertido en un demente por demasiado servilismo.

¡Ah! La desgracia vino sobre nosotros desde el día en que mi cobarde hermano se dejó unir con aquella insípida y prepotente mujer, que ejerció sobre él tanto imperio. Entonces dije: ‘José no es para el matrimonio. ¡Será infeliz!’ Y lo fue.

Él se conocía y nunca había querido saber nada de casamiento. ¡Maldita sea la ley de vírgenes huérfanas y herederas! ¡Maldición al destino y maldición a aquellas bodas!

La ‘virgen heredera’ con la pócima en la mano, regresa a tiempo para oír las lamentaciones de su pariente.

Se ve mucho más pálida; pero su actitud paciente no ha perdido la calma. Se dirige a Alfeo con una dulce sonrisa y le ayuda a beber.

Jesús le levanta la cabeza y dice:

–           Eres injusto, Alfeo. ¡Pero has sufrido tanto que todo se te perdona!

–           ¡Oh, sí! ¡Mucho he sufrido! ¡Dices que eres el Mesías y que haces milagros! Eso es lo que dicen. Si al menos me curaras para pagarme los hijos que me quitaste. ¡Cúrame y te perdonaré!

–           Tú perdona a los hijos. Comprende su corazón y Yo te daré consuelo. Si tienes rencor, no puedo hacer nada.

–           ¿Perdonar? –el hombre hace un movimiento rápido que agudiza los espasmos. Y de nuevo se enfurece- ¿Perdonar? ¡Jamás! ¡Lárgate, si sólo has venido para decirme esto! ¡Largo! Quiero morir sin ser perturbado.

Jesús tiene un gesto de resignación:

–           Adiós, Alfeo. Me voy. ¿De veras me arrojas? Tío, ¿De verdad debo irme?

–           Si no me curas, sí. Vete. Y di a esas dos serpientes, que su viejo padre muere teniéndoles rencor.

–           No. Esto no. No pierdas tu alma. No me ames si no quieres. No creas que soy el Mesías. Pero no odies. No odies, Alfeo. Búrlate de Mí. Dime loco. Pero no odies.

–           Pero, ¿Por qué me quieres tanto, si te insulto?

–           Porque Soy Aquel a quien no quieres reconocer. Soy el Amor…  Mamá, me voy a casa.

María dice con dulzura:

–           Sí, Hijo, mío. Iré pronto.

Jesús se despide:

–           Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas, mándame llamar a cualquier hora y vendré.

Jesús sale tranquilo, como si nada hubiera pasado. Una gran palidez cubre su cara. María de Alfeo, gime:

–           ¡Oh, Jesús! Jesús, perdónalo.

–           Claro que sí, María. Ni siquiera tienes que pedirlo. A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora ya está más calmado. La Gracia trabaja aún sin que los corazones se den cuenta. Y luego, están tus lágrimas. Y también el dolor de Tadeo y de Santiago. Y su fidelidad a su vocación. La paz sea a tu angustiado corazón, tía. –Jesús la besa y sale al huerto para irse a su casa.

Al salir a la calle, se encuentra con Pedro y Juan. Están jadeantes por qué venían corriendo.

Pedro explica:

–           ¡Oh, Maestro! Pero, ¿Qué sucedió? Alfeo el de la fuente le dijo a Tadeo: ‘Jesús está en tu casa’ Y Santiago me dijo: ‘¡Corre a mi casa! Quién sabe cómo sea tratado Jesús.’ Tus primos están espantadísimos. Yo no entiendo nada. Pero al verte, me tranquilizo.

–           No ha pasado nada, Pedro. Es solo un pobre enfermo al que los dolores lo hacen insoportable. Ahora ya todo acabó.

–           ¡Oh! ¡Me da gusto! ¿Y tú porque estás aquí? –pregunta Pedro con un tono de voz severo, a Judas de Keriot; que también se ha acercado.

Judas le contesta a la defensiva:

–           También tú has venido.

–           Me pidieron que viniera y por eso estoy aquí.

–           También yo vine. Si el Maestro está en peligro en su patria; yo que lo defendí en Judea, puedo defenderlo también en Galilea.

–           Para esto bastamos nosotros. Pero en Galilea no hay necesidad.

–           ¡Ah! ¡Ah! ¡En realidad! Su patria lo arroja como un alimento indigesto. Me alegro por ti que te escandalizaste con un pequeño incidente ocurrido en Judea, donde Él es un desconocido. ¡Aquí, al contrario!… –y Judas termina con un silbido que es un poema de sátira.

Pedro concluye:

–           Oye, muchacho. No estoy de buen humor para aguantarte. Olvida todo, si algo se te atora. – Se vuelve hacia Jesús y pregunta- Maestro, ¿Te hicieron algún daño?

Jesús contesta:

–           No. Pedro mío. Te lo aseguro. Vamos más aprisa. Hay que consolar a los primos.

Apresuran el paso. Llegan y entran el gran taller de carpintería. Tadeo y Santiago están sentados junto al banco de carpintero. Jesús se les acerca sonriente, para asegurarles que su corazón los ama.

Y les dice:

–           Alfeo está más tranquilo ahora. Los dolores se calman y todo está en paz. También vosotros tranquilizaos.

Los dos contestan al mismo tiempo:

–           ¿Lo viste?

–           ¿Y mamá?

–           Vi a todos.

Tadeo pregunta:

–           ¿También a mis hermanos?

–           No. No estaban allí.

–           Estaban. No quisieron dejarse ver. Pero nosotros sí los vimos. ¡Oh! ¡Sí hubiéramos cometido un crimen, no nos hubieran tratado como lo hicieron! Y ¡Pensar que veníamos volando desde Caná, por la alegría de volver a verlo y traerle lo que sabemos que le gusta! Lo amamos. Pero ya no nos comprende. Y ya no nos cree. –Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco, pues está sentado sobre el banquillo.

Santiago es más fuerte; pero su cara muestra su martirio interno.

Jesús les dice:

–           No llores, Judas. Y tú, no sufras.

Santiago exclama:

–           ¡Oh! ¡Jesús! Somos sus hijos y nos ha maldecido. Pero aun cuando esto nos destroza, ¡No daremos un paso atrás! ¡Somos tuyos! ¡Y tuyos seremos aun cuando nos amenacen con la muerte!

Jesús sonríe:

–           ¡¿Y eras tú el que decías que no eras capaz de heroísmo?! Yo lo sabía. Lo estás diciendo por tu propia boca. En verdad serás fiel aún hasta la muerte. Y tú también.

Jesús los acaricia. Ellos sufren. El llanto de Judas empapa la parte curva de la piedra. Y en esta ocasión, se refleja mejor el alma de los discípulos.

Pedro, en su cara honrada, refleja dolor.

Y exclama:

–           ¡Eh! ¡Sí! Es un dolor. Cosas tristes. Pero muchachos míos. –los sacude con cariño- No todos merecen esas palabras. Yo estoy dándome cuenta que he sido un afortunado porque me llamó. Esa buena mujer mía, siempre me dice: ‘Es como si yo estuviese repudiada, porque ya no eres mío. Pero yo digo: ¡Oh, feliz repudio!’ también decidlo vosotros. Habéis perdido a un padre; pero conseguisteis a Dios.

José el pastor, que siempre ha sido huérfano, está sorprendido de que un padre pueda ser causa de llanto y dice:

–           Yo creía que era el más infeliz porque no tenía padre. Ahora me doy cuenta de que es mejor llorarlo muerto, que tenerlo por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a sus compañeros. Andrés suspira y guarda silencio.  Tomás, Felipe, Mateo y Nathaniel hablan en voz baja en un rincón. Como quién respeta un dolor profundo y verdadero. Santiago de Zebedeo ora muy bajito, rogando a Dios para que de su paz.

Simón Zelote se acerca a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Tadeo y el otro brazo alrededor de los hombros de Santiago y dice:

–           No llores, hijo. ÉL nos lo había dicho: ‘Os uno a ti que por mi causa pierdes un padre y a ti que tienes corazón de padre, sin tener hijos’ Entonces no comprendimos la profecía que encerraba en sus palabras. Pero Él lo sabía. Pues bien, yo ruego y siempre he soñado en que se llamase ‘padre’. Os suplico que me aceptéis como a tal. Y yo como padre, os bendeciré siempre.

Los dos lo aceptan y lloran más fuerte.

María entra y corre junto a sus sobrinos. Los acaricia. Está pálida como un lirio.  Tadeo la toma de la mano y se la besa diciendo:

–           ¿Qué está haciendo?

María lo mira con dulzura y responde:

–           Durmiendo, hijo. Vuestra mamá os manda un beso.

Y los besa a los dos.

Se oye la áspera voz de Pedro:

–           Oye. Ven aquí un momento, que te quiero decir algo. –Y Pedro ase con su robusta mano, por un brazo a Judas de Keriot y lo lleva hacia la calle. Luego regresa solo.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde lo enviaste?

Pedro contesta:

–         ¿A dónde? A tomar un poco de aire. Si no, terminaría por dárselo yo mismo. Y de otro modo… y no lo hice solamente por Ti. ¡Oh! Ahora estamos mejor. Quién es capaz de reír, ante un dolor es un áspid. Y yo aplasto a las serpientes. Aquí estás Tú. Y tan solo lo dejé mirando la luna. Creo que yo me haré primero un escriba, con un milagro de Dios; a que él, ni siquiera con la ayuda divina, se haga bueno. Es más seco y duro que una piedra, bajo el sol de Agosto. ¡Ea, muchachos! Aquí hay muchos corazones que os aman sinceramente. Las borrascas hacen bien. Y mañana estaréis más frescos y más ligeros que los pájaros, para seguir a Jesús.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA