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28 ISACC APÓSTOL PRIMICIA


28 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Apenas está amaneciendo en el fresco valle rumoroso, lleno de aguas que van hacia el sur entre saltos y espumas del pequeño torrente argentino, que asperja su frescura sobre los herbazales de las orillas.

Y pareciera como si su linfa subiese también por las pendientes, por el verdor de éstas.

Son las laderas esmeraldas de verde veteado que sube desde el nivel del suelo, a través de los matorrales y los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles.

Donde hay muchos nogales entre un bosque salpicado de zonas abiertas y rellanos exuberantes de pasto sano y nutritivo para el ganado.

Jesús desciende con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.

Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada…

O a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía.

Ahora es exactamente el Buen Pastor.

También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas,  de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes, tratando de atrapar los vestidos.

Ello completa su figura de pastor.

Elías dice:

–    ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.

Jesús reponde:

–    No. A Hebrón después. Siempre primero, donde están los que sufren.

Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo.

Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas.

Los huesos, ¿Qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.

También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre.

Sólo el hombre rey de la Creación tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos.

Y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello.

Hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo.

La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.

Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como y mucho más que  en la Tierra; que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra:

los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías.

Los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José.

Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes.

Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba…

En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos.

Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.

¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros…

Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.

Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros.

Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será.

Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo.

Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.

–     Sí, es aquél, Maestro.

En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.

En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente,

Y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores dándose prisa en reunirse pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso entre los cantos del fondo.

Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad.

Y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.

Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos.

Continúan caminando por la otra margen del torrente.

Elías pregunta

–    ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu Presencia, pero sin entrar en el pueblo?.

–    Sí, así lo deseo.

–    Entonces conviene que nos separemos.

Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que arriba  muestran su blancura resplandeciendo al sol.

Llega ante las primeras casas, entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros.

Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza donde está todavía el mercado, donde  amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo.

En la esquina hay una mísera  habitación con la puerta abierta.

Casi en la entrada hay una cama de pobre aspecto y encima de ella un esquelético enfermo que gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete.

–    Isaac… soy yo.

–   ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.

–    Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?

–    No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?

–    He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre y rabí. Ha venido a buscarme… Y quiere vernos.

¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?

Isaac parece desmayarse, pero toma nuevas fuerzas.

–    No. La noticia… ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!

–    Está abajo, hacia el valle. Me manda a decirte  exactamente en estos términos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”.

Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.

–    ¿Ha dicho eso?

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón…

Y las apoya con fuerza en el suelo.

Elías lo mira asombrado y dice:

–    Eso. Pero, ¿Qué haces?

–    Me pongo en camino.

Se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante.

Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías…

Que acaba entendiendo y da un grito…

Se asoma una mujer curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas,

Y se echa a correr gritando como una gallina.

Isaac lo urge:

–    Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior.

Empujan la puerta de ramas secas, están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos.

Y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

Elías señala a un centenar de metros…

–    Allí está Jesús. Es Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…

Isaac corre, abre el rebaño que pace… 

Y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

Que dice sonriente:

–    Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición.

Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas.

Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

–    Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…

–   Tú me has dicho que viniera… Y he venido.

Elías interviene:

–    Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.

–    No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?

–    ¡Oh, Señor!

–    Llámame Maestro.

–    Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte.

¿Cómo he podido obtener de Tí tanta gracia?

–    Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…

–    ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a Tí! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real…

Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿Verdad?.

–    Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto…

Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–   ¡No voy a servir!

–   ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo? ¿Confesarlo contra las burlas y las amenazas?

¿Y decir que Yo te he llamado y has venido?

–    Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga.

Jesús sonríe.

–    ¿Ves cómo eres capaz de ser discípulo?

Isaac es un hombre que tiene alrededor de cincuenta y cinco años. 

Y dice:

–    ¡Oh, si sólo es para hacer esto!…

Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a Tí, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano…

–    Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.

–    ¿Yo? No.

–    Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías?

¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?

¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–    Sí, Maestro.

–   ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.

–    Ya te he predicado. Señor Jesús.

A los niños que se acercaban cuando sin apenas poder sostenerme en pie, llegué a este pueblo.

Pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos.

Y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo.

Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…

Los niños son buenos y creen siempre…

Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos…

Y de tu Madre…

¡Dime!: ¿Vive?

–    Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.

–    ¡Quién pudiera verla!

–    La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”.

–    María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca…

Hay una mujer en Yuttá, ahora es ya mujer madre desde hace poco de su cuarto hijo, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas…

Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros.

Y no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel.

Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días.

¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!… Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara e igualmente Joaquín, su esposo.

¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.

–    Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.

–    Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada.

La anciana que me ha visto ponerme en pie, ya debe haber hablado.

Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. 

Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Llegan hasta una tapia sin argamasa que delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle.

Está rodeada por los prados con los manzanos, las higueras y los nogales.

Ahí está la casa blanca grande, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador.

Sobresale la pequeña cúpula en la parte más alta y el huerto-jardín con el pozo, la pérgola, los cuadros…

Un gran murmullo sale de la casa.

Isaac se adelanta, entra llamando con fuerte voz:

–      ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.

 

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro.

Se quedan con la boca abierta ante el… ‘resucitado‘.

Luego la niña grita:

–    ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer.

Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, hermosa toda con sus vestidos de fiesta:

Trae un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues.

Y que está ceñida a las caderas por un chal de rayas multicolores que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás.

Ella lo mira asombrada, diciendo:

–     ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?

–     ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!

–    ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?

–     ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!

–     ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando…

Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

Jesús saluda:

–      Paz a esta casa y a todos vosotros, la paz y la bendición de Dios

Jesús se dirige despacio, sonriente, hacia el grupo de personas:  

–     Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? – y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores.

El esposo tiene el valor de hablar:

–     Entra, Mesías. Si te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote.

La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por Tí, por Isaac y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro.

¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.

Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un recién nacido en los brazos y se lo presenta a Jesús.

–     Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?

–     Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro.

Sonríe diciendo:

–    Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…

Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada.

Todos están atentos.

Jesús insiste:

–    Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.

A una voz los dos esposos exclaman:

–    ¡El tuyo, Señor!

Y la esposa añade:  

–    Pero es demasiado santo…

Jesús sonríe y pregunta:

–   ¿Cuándo se le circuncida?.

–    Estamos esperando al que lo hace.

–    Estaré presente en la ceremonia.

Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios.

Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”.  A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo.

Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.

–    ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?

–    ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré.

Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… 

José el esposo, señala:

–    Llega la persona que esperábamos.

Entra un personaje pomposo con un sirviente.

Hay saludos y reverencias.

El hombre pregunta con altiva gravedad:

–   ¿Dónde está el niño?

Joaquín el esposo, señala:

–    Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.

–    ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya lo sé.

Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. Rápido, el niño y su nombre.

Los presentes se sienten desconcertados por los modales del hombre.

Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él.

Toma al pequeñuelo, le toca en la frente con sus hermosos dedos, como para consagrarlo.

Y dice:

–    Su nombre es Iesaí

Y se lo vuelve a dar al padre; el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana.

Jesús se queda dónde está, hasta que regresan con el infante, que viene chillando desesperadamente.

Jesús, para consolar a la angustiada madre dice:

–   Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar.

El niño, cuando es depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla. 

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor. 

Enseguida se agregan los pastores y los discípulos.

Afuera se oye balar a las ovejas, Elías las ha metido en el aprisco.

En la casa hay rumor de fiesta.

Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos.

Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

Joaquín pregunta:

–   ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.

–   Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón.

Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…

Isaac interviene:

–    No hagas caso de ese hombre, Maestro.

–    No, Isaac. Ruego porque vea la Luz.

Jesús se vuelve hacia su predilecto:

–   Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 

Y a la niña mayor le dice:

–    Y tú, María, acércate más y dime:

 –   ¿Quién soy Yo?

Ella dice muy solemne:

–     Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén.

Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.

–     Tienes que ser buena como el ángel de Dios.

Más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?

–    Sí, Jesús.

Judas la corrige:

–    Di “Maestro” o “Señor”, niña.

Jesús declara:

–    Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre.

Todos, en los siglos futuros pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro… y muchos para hacerlo objeto de blasfemia.

Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre.

Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán.

¡Sin embargo, mi Madre y los niños…!

¿Por qué me llamas Jesús? – pregunta, acariciando a la pequeña.

La niña levanta su carita, abraza sus rodillas y…

responde riendo:

–    Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos.

Jesús se inclina y la besa…

25 CONSECUENCIAS EN BELEN


25 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

20 LOS PUÑALES PARTIDOS


20 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, entre varias colinas está enclavado el pequeño valle con muchos arroyuelos que forman en el centro un pequeño río, bordeado de sauces.

Es el amanecer de un hermoso día de verano, musicalizado por los pajarillos que cantan entre el ramaje de los árboles y sumado al coro melancólico de las tórtolas silvestres, que hacen más alegre la frescura del ambiente.

Apenas iluminan los primeros albores y el lugar está desierto. Hay bosques de olivos, arbustos de acacias, lentisco, pitas y muchos árboles frutales.

En un camino sombreado, Jesús va caminando solo en el fresco valle, inundado por el canto de los pájaros entre los árboles y el rumor del pequeño torrente, que refleja el verde esmeralda de la vegetación en esta fresca mañana veraniega.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales  y continúa por la otra orilla, hasta llegar a los muros que rodean Jerusalén.

Va aumentando la gente con un común destino, hasta que se arremolinan en las puertas todavía cerradas, los mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay muchos ciudadanos que están esperando que se abran las puertas de la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos y coces entre ellos. Tampoco bromean los propietarios de los mismos.

Están furiosos y también participan intercambiando insultos.

Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro, comiéndose una buena cantidad.

Y empieza la trifulca…

Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento.

La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol.

Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza.

Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Deténganse en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo.

Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios.

¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate!

–            ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra.

Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos.

El estupor apaga la ira.

La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos.

El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo.

Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–           ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿En qué basáis vuestro derecho? ¿En esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?

 ¿En esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y por tanto, de toda fuerza?

¡Oh…, míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel y también vosotros, soldados de Roma:

la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es Precepto de Amor hacia el Prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo.

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente.

Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín.

Y, ¿Por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer.

¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad.

¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino.

Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

Cuatro individuos preguntan:

–         ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad?

–          Sólo uno hace estas cosas: el Mesías.

–          Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

–          ¿Eres Tú el Mesías?

Jesús responde solemne:

–           Lo soy.

–          ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?

–           Soy Yo.

–           Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!

–           Y yo, ¿Ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!

–           Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena. Y tú, queda curado. ¡Lo quiero!

La muchedumbre grita.

Luego dicen:

–            ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

–            ¿Quién eres?

Jesús responde:

–            ¡Jesús de Nazaret!

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada.

Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. 

Veloz como una centella, corre el rumor por la ciudad.

Algunas madres acuden desde la ciudad y levantan a sus pequeñuelos.

Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere.

Pero la multitud no está dispuesta a ello.

Y gritan:

–             ¡Quédate con nosotros!

–             ¡En Judea!

–             ¡En Judea!

–             ¡También nosotros somos hijos de Abraham!

Judas llega presuroso:

 –            ¡Maestro! Maestro, has llegado antes que yo… ¿Qué sucede?

Judas es zaforím (escriba y sacerdote) del Templo, lo reconocen como tal y…

La gente le informa:

–             ¡El Rabí ha hecho milagros!

–             No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros. 

Judas está emocionado:

–             ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?

Jesús dice:

–              No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.

–              Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

–              Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea…

–              ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

–              Iré… ¿Sabes algo del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría?

–              Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

–              Lo conozco.

–              ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?

–              Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.

–              ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?

–               Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

–               Es muy severo Juan.

–               No más para los demás que para sí mismo.

–               Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.

–               Y sin embargo…

–               ¿Y, sin embargo, Maestro?…

–               Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios.

Y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte.

Pero, ¡Ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

–               ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿No lo ves?…

–                Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes.

Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo.

Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

–                Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.

Entran en el Templo y todo termina.

18 LA PESCA MILAGROSA


18 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

14 EL CIEGO DE CAFARNAÚM


14 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo el calor veraniego, el Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.

Las calles de Cafarnaúm apenas empiezan a poblarse de gente:

Mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna; niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago.

Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado y las redes; coloca asientos, rollos de cuerdas Y todo lo que se necesita para la pesca.

 Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús le pregunta a Santiago:

–          ¿Tendremos buena pesca?

Santiago responde:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.

–          ¿Vamos solos?

–          ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–          No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–          Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados.

Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿No? eso me has dicho.

Jesús replica:

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–          No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.

Y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento.

Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago.

Y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme.

Y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.

En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

Atención, Maestro, es nuestro pan.

Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos,

Y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.

–          Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula.

Sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.

Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo.

¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.

–            Tienes razón, Maestro… Pero, ¡Somos tan débiles…!.

–            Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–            ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–            Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… No, Pedro. Él te ama y continuará amándote.

El tímido hermano de Pedro, pregunta:

–            ¿Y yo?

–             También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

–             ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…

–             ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…:

Que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él.

Noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores,

hijos del Padre Dios, similares a Mí… Ahora no podéis entender.

Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.

Pues bien, Yo obtendré a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

–             ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?

–             ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi Corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama.

¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago?  No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi Corazón.

¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas?

No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve.

Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:

–          También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”

Y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial… 

Se oyen los gritos de Juan:

–          ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy…

Juan corre jadeante hacia ellos:       

 –         ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

 Juan mira a Jesús con ojos afectuosos.

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….

Juan explica:

–           Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar.

Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones…

Jesús dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?

–           ¡Claro!

–          ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿Me perdonas el haberme comportado con dureza?

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. 

Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar.

Y suspira.

Jesús dice:

–           ¿Simón?

Pedro contesta:

–           ¿Maestro?

–            No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–          ¿También esta vez?

–            Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.

–            Ahí llega el ciego.

El pobrecito camina entre Santiago y Juan.

Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

–            Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla y suplica:

–            ¡Señor mío! ¡Piedad!.

–            ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

–             Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados, que eran muchos.

Pero, forjando un hierro en forma de ancla y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes, saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo

Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses.

He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…

–           ¿Estás solo?

–           Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara. Y tengo también a mi madre, que es ya anciana.

No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan. Y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre.

¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–            Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios.

Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.

 Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: “Ahí hay salud ¡Ve!”. Y fui”.

Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación.

Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti.

Y te he encontrado. ¡Ten Piedad de mí!

–            Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!

–            Entonces, ¿Me curas?

Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo.

Se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz.

El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño muy dulce.

Jesús invoca:

 –         ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

 Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento.

Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–          ¿Qué ves?

El hombre responde asombrado:

–           ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… Te veo el vestido, es rojo, ¿NO es verdad? Una mano blanca y un cinturón de lana! ¡Oh, Jesús bueno.

Veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo y eso es un pozo, ¡Claro! Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús.

Un Jesús sonriente lleno  de piedad, de una piedad que es toda amor.

¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro!

El hombre emite un grito y tiende los brazos en un acto instintivo. Pero enseguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.

Y le dice:

–          Ve a tu casa, ahora y sé feliz y justo. Ve con mi Paz.

–          ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz. Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol. Y el primer atisbo de luna…

Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos. Y en Tí veo la belleza del Sol más verdadero y el resplandecer lo puro de la Luna más santa.

¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!

–          Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.

–          Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.

¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!  

–          ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre parte dichoso, seguro.

Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.

26 ISACC APÓSTOL PRIMICIA


26 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Apenas está amaneciendo en un fresco valle rumoroso, lleno de aguas que van hacia el Sur entre saltos y espumas de un pequeño torrente argentino, que asperja su risueña frescura sobre los herbazales de las orillas.

Y pareciera como si su linfa subiese también por las pendientes, por el verdor de éstas.

Son las laderas esmeraldas de verde veteado que sube desde el nivel del suelo, a través de los matorrales y los arbustos del monte bajo, hasta las copas de los altos árboles.

Donde hay muchos nogales entre un bosque salpicado de zonas abiertas intercaladas y rellanos exuberantes de pasto sano y nutritivo para el ganado.

Jesús desciende con los suyos y con los tres pastores, hacia el torrente.

Pacientemente se detiene cuando hay que esperar a una oveja que se queda rezagada…

O a uno de los pastores que debe ir por una cordera que se desvía.

Ahora es exactamente el Buen Pastor.

También Él se ha procurado una larga rama para apartar los ramajes de las móreas,  de los espinos y clemátides que salen al paso por todas partes, tratando de atrapar los vestidos.

Ello completa su figura de pastor.

Elías dice:

–    ¿Ves? Yuttá está allá arriba. Ahora cruzaremos el torrente; hay un vado por el que se puede pasar en verano, sin necesidad de recurrir al puente. Habría sido más breve venir por Hebrón, pero no has querido.

Jesús reponde:

–    No. A Hebrón después. Siempre primero, donde están los que sufren.

Los muertos ya no sufren, cuando son justos. Y Samuel era un justo.

Además, para los muertos que necesitan oraciones, no es necesario estar junto a sus huesos para ofrecerlas.

Los huesos, ¿Qué son? Prueba del poder de Dios, que con la tierra creó al hombre. Nada más.

También los animales tienen huesos, aunque su esqueleto es menos perfecto que el del hombre.

Sólo el hombre rey de la Creación tiene posición erecta, como rey que está por encima de sus súbditos.

Y su rostro mira recto y hacia arriba sin necesidad de torcer el cuello.

Hacia arriba, donde está la morada del Padre. Pero no son más que huesos, polvo que vuelve a ser polvo.

La Bondad eterna ha decidido reconstruirlos en el Día eterno para proporcionarles a los bienaventurados un gozo aún más vivo.

Pensad: no sólo los espíritus serán reunidos y se amarán como y mucho más que  en la Tierra; que incluso gozarán de volverse a ver con el aspecto que tuvieron en la Tierra:

los niños de pelo rizado y tiernos como los tuyos, Elías.

Los padres y las madres de un corazón y de un rostro todo amor como los vuestros, Leví y José.

Es más, para ti, José, significará el conocer por fin esos rostros cuya nostalgia sientes.

Ya no habrá huérfanos, ni viudos, entre los justos, allá arriba…

En cualquier parte se puede ofrecer sufragio por los muertos.

Es oración de un espíritu, por el espíritu de quien estaba con nosotros al Espíritu perfecto, que es Dios y que está en todas partes.

¡Oh, santa libertad de todo lo que es espiritual! Ni distancias, ni destierros, ni prisiones, ni sepulcros…

Nada que divida o encadene reduciendo a penosa impotencia lo que está fuera o por encima de las cadenas de la carne.

Vosotros vais, con la parte mejor de vosotros, a vuestras personas queridas; ellos, con su parte mejor, vienen a vosotros.

Y todo gira, con esta efusión de espíritus que se aman, en torno al Fulcro eterno, a Dios: Espíritu perfectísimo, Creador de todo cuanto fue, es y será.

Amor que os ama y os enseña a amar… Pero… hemos llegado al vado, creo.

Veo una fila de piedras que sobresale de la poca agua del fondo.

–     Sí, es aquél, Maestro.

En tiempo de crecida es una cascada rumorosa, ahora no es más que siete hilos de agua que ríen entre las seis voluminosas piedras del vado.

En efecto, seis piedras de gran tamaño, bastante regulares, están depositadas, a un poco más de un palmo de distancia entre sí, sobre el fondo del torrente,

Y el agua, que hasta este punto formaba un única cinta brillante, se separa en siete cintas menores dándose prisa en reunirse pasado el vado, en un único frescor que sigue su curso entre los cantos del fondo.

Los pastores vigilan el paso de las ovejas, de las cuales una parte pasa por encima de las piedras y otra parte prefiere meterse en el agua, de no más de un palmo de profundidad.

Y beber en esta diamantina ola que espuma y ríe.

Jesús pasa por las piedras y detrás de El los discípulos.

Continúan caminando por la otra margen del torrente.

Elías pregunta

–    ¿Me has dicho que quieres que Isaac sepa de tu Presencia, pero sin entrar en el pueblo?.

–    Sí, así lo deseo.

–    Entonces conviene que nos separemos.

Yo iré a verlo, Leví y José se quedarán con el rebaño y con vosotros. Subo por aquí. Tardaré menos.

Elías afronta la subida de la abrupta pendiente, hacia unas casas que arriba  muestran su blancura resplandeciendo al sol.

Llega ante las primeras casas, entra por una pequeña bocacalle entre casas y huertos. Continúa caminando algunas decenas de metros.

Tuerce y va a dar a una calle más ancha, que lo lleva a una plaza donde está todavía el mercado, donde  amas de casa y vendedores se desgañitan en torno a los árboles que dan sombra a la plaza.

Elías camina con seguridad hasta el punto en que la plaza vuelve a ser una calle bastante bonita, quizás la más bonita del pueblo.

En la esquina hay una mísera  habitación con la puerta abierta.

Casi en la entrada hay una cama de pobre aspecto y encima de ella un esquelético enfermo que gimiendo, pide un óbolo a todos los que pasan.

Elías entra como un cohete.

–    Isaac… soy yo.

–   ¿Tú? No te esperaba. Has venido la pasada luna.

–    Isaac… Isaac… ¿Sabes por qué he venido?

–    No lo sé… Estás emocionado… ¿Qué sucede?

–    He visto a Jesús de Nazaret, ya hombre y rabí. Ha venido a buscarme… Y quiere vernos.

¡Oh! ¡Isaac! ¿Te sientes mal?

Isaac parece desmayarse, pero toma nuevas fuerzas.

–    No. La noticia… ¿Dónde está? ¿Cómo es? ¡Oh, si pudiera verlo!

–    Está abajo, hacia el valle. Me manda a decirte  exactamente en estos términos: “Ven, Isaac, que quiero verte y bendecirte”.

Ahora voy a llamar a alguien que me ayude a llevarte abajo.

–    ¿Ha dicho eso?

Isaac echa hacia arriba las cobijas, mueve las piernas inertes, las saca fuera del jergón…

Y las apoya con fuerza en el suelo.

Elías lo mira asombrado y dice:

–    Eso. Pero, ¿Qué haces?

–    Me pongo en camino.

Se levanta, aún un poco inseguro y tambaleante.

Todo en un instante, ante la mirada atónita de Elías…

Que acaba entendiendo y da un grito…

Se asoma una mujer curiosa, ve al enfermo en pie, cubriéndose — no tiene otra cosa — con una de las cobijas,

Y se echa a correr gritando como una gallina.

Isaac lo urge:

–    Vamos… vamos por aquí, para tardar menos y no toparnos con mucha gente… Rápido, Elías.

Y salen corriendo por la puertecita de un huertecillo posterior.

Empujan la puerta de ramas secas, están afuera; marchan rápidamente por una calleja miserable, luego abajo por un camino entre huertos.

Y continúan bajando, por los prados y arboledas, hasta el torrente.

Elías señala a un centenar de metros…

–    Allí está Jesús. Es Aquél alto, hermoso, rubio, vestido de blanco, con el manto rojo…

Isaac corre, abre el rebaño que pace… 

Y con un grito de triunfo, de alegría, de adoración, se postra a los pies de Jesús.

Que dice sonriente:

–    Levántate, Isaac. He venido a traerte paz y bendición.

Levántate, que quiero saber cómo es tu rostro.

Pero Isaac no puede levantarse. Han sido demasiadas emociones juntas.

Se queda, con su feliz llanto, contra el suelo.

–    Has venido inmediatamente. No te has preguntado si podías…

–   Tú me has dicho que viniera… Y he venido.

Elías interviene:

–    Ni siquiera ha cerrado la puerta, ni ha recogido las limosnas, Maestro.

–    No importa. Los ángeles estarán en su casa vigilando. ¿Estás contento, Isaac?

–    ¡Oh, Señor!

–    Llámame Maestro.

–    Sí, Señor, Maestro mío. Aunque no estuviera curado, me habría sentido dichoso de verte.

¿Cómo he podido obtener de Tí tanta gracia?

–    Por tu fe y paciencia, Isaac. Sé lo que has sufrido…

–    ¡Nada, nada! ¡Ya nada! ¡Te he encontrado a Tí! ¡Vives! ¡Existes! Esto sí que es real…

Lo demás, todo lo demás, pertenece al pasado. Pero, Señor y Maestro, ahora ya no te vas, ¿Verdad?.

–    Isaac, tengo todo Israel que evangelizar. Yo parto…

Pero, si bien es cierto que no puedo quedarme, tú sí me puedes servir y seguir. ¿Quieres ser mi discípulo, Isaac?

–   ¡No voy a servir!

–   ¿Sabrás confesar mi presencia en el mundo? ¿Confesarlo contra las burlas y las amenazas?

¿Y decir que Yo te he llamado y has venido?

–    Aunque Tú no quisieras, diría todo eso. En esto te desobedecería, Maestro. Perdona que lo diga.

Jesús sonríe.

–    ¿Ves cómo eres capaz de ser discípulo?

Isaac es un hombre que tiene alrededor de cincuenta y cinco años. 

Y dice:

–    ¡Oh, si sólo es para hacer esto!…

Creía que era más difícil, que se necesitase ir a aprender con los rabíes para servirte a Tí, Rabí de los rabíes… E ir a aprender cuando se es anciano…

–    Tú ya has aprendido todo lo que se enseña en una escuela, Isaac.

–    ¿Yo? No.

–    Tú, sí. ¿No has seguido creyendo y amando, respetando y bendiciendo a Dios y al prójimo, evitando tener envidias, o desear lo ajeno, e incluso lo que era tuyo y ya no tenías?

¿No has seguido diciendo sólo la verdad, aunque ello te perjudicase?

¿No has evitado fornicar con Satanás cometiendo pecados? ¿No has hecho todo esto en estos treinta años de desventura?

–    Sí, Maestro.

–   ¿Ves? Ya has concluido los estudios. Sigue así y añade la manifestación de mi presencia en el mundo. No hay nada más que hacer.

–    Ya te he predicado. Señor Jesús.

A los niños que se acercaban cuando sin apenas poder sostenerme en pie, llegué a este pueblo.

Pidiendo un pan y haciendo todavía algunos trabajos de esquilador o haciendo productos lácteos.

Y luego, cuando venían alrededor de mi cama, cuando ya la enfermedad se había hecho fuerte y me había aniquilado desde la cintura para abajo.

Les hablaba de ti a los niños de entonces y a los niños de ahora, hijos de aquellos…

Los niños son buenos y creen siempre…

Hablaba de cuándo habías nacido… de los ángeles… de la Estrella y de los Magos…

Y de tu Madre…

¡Dime!: ¿Vive?

–    Vive y te envía saludos. Siempre hablaba de vosotros.

–    ¡Quién pudiera verla!

–    La verás. Irás un día a mi casa. María te saludará con la palabra “amigo”.

–    María… sí. Decir ese nombre es como tener miel en la boca…

Hay una mujer en Yuttá, ahora es ya mujer madre desde hace poco de su cuarto hijo, que entonces era una niña, una de mis pequeñas amigas…

Bueno, pues a sus hijos les ha puesto por nombre: María y José a los dos primeros.

Y no atreviéndose a llamar al tercero Jesús, lo ha llamado Emmanuel, como signo de bendición para sí misma, para su casa y para Israel.

Y está pensando en qué nombre ponerle al cuarto, que ha nacido hace seis días.

¡Ah, cuando sepa que estoy curado, y que Tú estás aquí!… Buena como el pan hecho por la propia madre es Sara e igualmente Joaquín, su esposo.

¿Y sus familiares? Por ellos estoy vivo. Siempre me han dado posada y me han ayudado.

–    Vamos adonde ellos a pedir alojamiento para las horas de sol y llevarles bendición por su caridad.

–    Por aquí, Maestro. Más cómodo para el rebaño y más oportuno para pasar desapercibido a la gente, que ciertamente está agitada.

La anciana que me ha visto ponerme en pie, ya debe haber hablado.

Siguen el torrente; lo dejan más al sur para tomar un sendero en subida más bien pronunciada a lo largo de un espolón del monte en forma de quilla de nave. 

Ahora el torrente va en dirección contraria a quien sube; discurre en el fondo, entre dos cadenas montañosas que se entrecruzan formando un valle accidentado y hermoso.

Llegan hasta una tapia sin argamasa que delimita la propiedad que desciende bruscamente hacia el valle.

Está rodeada por los prados con los manzanos, las higueras y los nogales.

Ahí está la casa blanca grande, con su ala saliente que protege la escalera formando un pórtico y mirador.

Sobresale la pequeña cúpula en la parte más alta y el huerto-jardín con el pozo, la pérgola, los cuadros…

Un gran murmullo sale de la casa.

Isaac se adelanta, entra llamando con fuerte voz:

–      ¡María, José, Emmanuel! ¿Dónde estáis? Venid aquí con Jesús.

 

Acuden tres críos: una niña de casi cinco años y dos niños de los cuatro a los dos, el último todavía con el paso un poco inseguro.

Se quedan con la boca abierta ante el… ‘resucitado‘.

Luego la niña grita:

–    ¡Isaac! ¡Mamá! ¡Isaac está aquí! ¡Es verdad lo que ha visto Judit!

De una habitación donde hay gran murmullo de voces, sale una mujer.

Es la madre de lozano aspecto, morena, alta, exuberante, hermosa toda con sus vestidos de fiesta:

Trae un vestido de cándido lino, como una rica túnica, que desciende hasta los tobillos formando pliegues.

Y que está ceñida a las caderas por un chal de rayas multicolores que pende con flecos hasta la rodilla, por detrás.

Ella lo mira asombrada, diciendo:

–     ¡Isaac! ¿Pero cómo es posible? Judit… Creía que el sol le había hecho perder la cabeza… ¡Andas!… ¿Qué sucedió?

–     ¡El Salvador! ¡Oh! ¡Sara! ¡Él es ya una realidad y ha venido!

–    ¿Quién? ¿Jesús de Nazaret? ¿Dónde está?

–     ¡Allí, detrás del nogal! ¡Y dice que si lo puedes recibir!

–     ¡Joaquín! ¡Madre! ¡Todos! ¡Venid! ¡Está aquí el Mesías!

Salen todos corriendo: mujeres, hombres, muchachos, niños; salen dando gritos, chillando…

Pero, al ver a Jesús, alto y majestuoso, pierden toda vehemencia y quedan como petrificados.

Jesús saluda:

–      Paz a esta casa y a todos vosotros, la paz y la bendición de Dios

Jesús se dirige despacio, sonriente, hacia el grupo de personas:  

–     Amigos, ¿queréis recibir en vuestra casa al Viandante? – y sonríe aún más.

Su sonrisa vence los temores.

El esposo tiene el valor de hablar:

–     Entra, Mesías. Si te hemos amado sin conocerte, más te amaremos conociéndote.

La casa hoy está de fiesta por tres cosas: por Tí, por Isaac y por la circuncisión de mi tercer hijo varón. Bendícelo, Maestro.

¡Mujer, trae al niño! Entra, Señor.

Entran en una estancia adornada para fiesta: mesas, viandas, alfombras y ramilletes por todas partes.

Vuelve Sara con un recién nacido en los brazos y se lo presenta a Jesús.

–     Dios esté con él, siempre. ¿Qué nombre tiene?

–     Ninguno. Ésta es María, éste es José, éste es Emmanuel, éste… no tiene nombre todavía…

Jesús mira fijamente a los dos esposos, uno al lado del otro.

Sonríe diciendo:

–    Pensad un nombre, si hoy debe ser circuncidado…

Los dos se miran, lo miran, abren los labios, los cierran sin decir nada.

Todos están atentos.

Jesús insiste:

–    Muchos nombres grandes, dulces, benditos, tiene la historia de Israel más dulces y benditos ya han sido puestos, pero quizás quede todavía alguno.

A una voz los dos esposos exclaman:

–    ¡El tuyo, Señor!

Y la esposa añade:  

–    Pero es demasiado santo…

Jesús sonríe y pregunta:

–   ¿Cuándo se le circuncida?.

–    Estamos esperando al que lo hace.

–    Estaré presente en la ceremonia.

Bien, antes de nada os doy las gracias por mi Isaac. Ahora ya no tiene necesidad de los buenos, pero los buenos siguen teniendo necesidad de Dios.

Llamasteis al tercero “Dios con nosotros”.  A Dios lo tuvisteis desde que tuvisteis caridad con mi siervo.

Benditos seáis. En la Tierra y en el Cielo será recordada vuestra acción.

–    ¿Isaac se va ahora? ¿Nos deja?

–    ¿Os duele? Él debe servir a su Maestro. No obstante, volverá, y Yo también vendré.

Vosotros, entre tanto, hablaréis del Mesías… ¡Hay tanto que decir para convencer al mundo!… 

José el esposo, señala:

–    Llega la persona que esperábamos.

Entra un personaje pomposo con un sirviente.

Hay saludos y reverencias.

El hombre pregunta con altiva gravedad:

–   ¿Dónde está el niño?

Joaquín el esposo, señala:

–    Aquí está. Pero antes saluda al Mesías, está aquí.

–    ¿El Mesías?… ¿El que ha curado a Isaac? Ya, ya lo sé.

Hablaremos de esto en otro momento. Tengo mucha prisa. Rápido, el niño y su nombre.

Los presentes se sienten desconcertados por los modales del hombre.

Jesús, sin embargo, sonríe como si los desaires no tuvieran que ver con Él.

Toma al pequeñuelo, le toca en la frente con sus hermosos dedos, como para consagrarlo.

Y dice:

–    Su nombre es Iesaí

Y se lo vuelve a dar al padre; el cual, con el hombre soberbio y con otros, va a una habitación cercana.

Jesús se queda dónde está, hasta que regresan con el infante, que viene chillando desesperadamente.

Jesús, para consolar a la angustiada madre dice:

–   Dame al pequeñuelo, mujer. Dejará de llorar.

El niño, cuando es depositado en las rodillas de Jesús, efectivamente se calla. 

Jesús forma un grupo aparte, con todos los niños alrededor. 

Enseguida se agregan los pastores y los discípulos.

Afuera se oye balar a las ovejas, Elías las ha metido en el aprisco.

En la casa hay rumor de fiesta.

Traen dulces y bebidas a Jesús y a los suyos.

Pero Jesús distribuye éstas entre los pequeños.

Joaquín pregunta:

–   ¿No bebes Maestro? ¿No lo aceptas? Te lo damos de corazón.

–   Lo sé, Joaquín, y lo acepto de corazón.

Pero déjame que primero dé gusto a los pequeñuelos; ellos constituyen mi alegría…

Isaac interviene:

–    No hagas caso de ese hombre, Maestro.

–    No, Isaac. Ruego porque vea la Luz.

Jesús se vuelve hacia su predilecto:

–   Juan, lleva a los dos niños a ver las ovejas. 

Y a la niña mayor le dice:

–    Y tú, María, acércate más y dime:

 –   ¿Quién soy Yo?

Ella dice muy solemne:

–     Tú eres Jesús, Hijo de María de Nazaret, nacido en Belén.

Isaac te vio y me puso el nombre de tu Mamá para que yo fuera buena.

–     Tienes que ser buena como el ángel de Dios.

Más pura que una azucena florecida en las altas cumbres, pía como el levita más santo, para imitarla. ¿Lo serás?

–    Sí, Jesús.

Judas la corrige:

–    Di “Maestro” o “Señor”, niña.

Jesús declara:

–    Deja que me llame con mi Nombre, Judas. Sólo pasando por labios inocentes no pierde el sonido que tiene en los labios de mi Madre.

Todos, en los siglos futuros pronunciarán ese Nombre, pero unos por un interés, otros por otro… y muchos para hacerlo objeto de blasfemia.

Sólo los inocentes, sin cálculo y sin odio, lo pronunciarán con amor semejante al de esta pequeña y al de mi Madre.

Incluso los pecadores, sintiéndose necesitados de piedad, me invocarán.

¡Sin embargo, mi Madre y los niños…!

¿Por qué me llamas Jesús? – pregunta, acariciando a la pequeña.

La niña levanta su carita, abraza sus rodillas y…

responde riendo:

–    Porque te quiero… como a mi padre, a mamá y a mis hermanitos.

Jesús se inclina y la besa…

23 CONSECUENCIAS EN BELEN


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús encabeza el pequeño grupo que camina en fila india por un sendero pedregoso polvoriento, que el sol del estío ha quemado.

Y está bordeado por la hierba que crece bajo la sombra de los grandes olivos, cargados de aceitunas.

Zelote, Juan y Judas de Keriot, le siguen bajo la sombra de los árboles.

El suelo está cubierto con las florecillas del olivo que cayeron después de la fecundación.

Exactamente en donde el camino da una vuelta en ángulo recto, hay una construcción de forma cúbica, sobre la que está una pequeña cúpula.

Está cerrada como si estuviese abandonada.

Más allá se ve un pequeño poblado con numerosas casitas esparcidas.

Simón exclama:

      ¡Allí está el sepulcro de Raquel!

Judas pregunta:

–      Entonces ya casi llegamos. ¿Entramos en la ciudad?

Jesús dice:

       No, Judas. Primero os enseñaré un lugar…Después entraremos en la ciudad.

Y como todavía hay sol y será una noche con luna casi llena, podremos hablar a la población.

     ¿Querrán oírnos?

Han llegado al antiguo sepulcro pintado de blanco.

Jesús se detiene a beber agua, en un pozo cercano.

Una mujer que ha venido a sacar agua, le ofrece,

y Jesús le pregunta:

–      ¿Eres de Belén?

La mujer contesta:

–      Sí. Pero ahora en tiempo de cosecha, estoy con mi marido en este lugar, para cuidar del huerto y los frutos que han nacido. ¿Tú eres Galileo?

–     Nací en Belén; pero vivo en Nazareth de Galilea.

–    ¿También Tú eres perseguido? La familia.

    Pero ¿Por qué dices “tú también”? ¿Hay muchos perseguidos entre los betlemitas?

–    ¿No lo sabes? ¿Cuántos años tienes?

–     Treinta.

–     Si es así…Naciste exactamente cuándo… ¡Oh! ¡Qué desgracia! Pero, ¿Por qué nació Él aquí?

–    ¿Quién?

–     Aquel que era llamado el Salvador. ¡Maldición a esos estúpidos borrachos de cerveza que vieron ángeles en las nubes!

Oyeron voces celestiales en los balidos y rebuznos.

Y en medio de su embriaguez, confundieron a tres miserables con los más santos de la tierra.

¡Malditos sean ellos!… y ¡Quién les creyó!

–      Pero con todas tus maldiciones no explicas lo que sucedió. ¿Por qué maldices?

–      Porque… Óyeme, primero dime: ¿A dónde vas?

–     A Belén. Debo saludar a viejos amigos y llevarles el saludo de mi Madre.

Pero antes necesito saber muchas cosas; porque nosotros los de la familia, hace muchos años que estamos ausentes.

Dejamos la ciudad cuando Yo tenía unos cuantos meses…

–     Antes de la desgracia. Si no te repugna la casa de un campesino, ven con nosotros a compartir el pan y la sal, Tú y tus compañeros.

Hablaremos durante la cena y os daré hospedaje hasta mañana.

Tengo una casa muy pequeña, pero en el pajar hay mucho heno amontonado.

La noche es cálida y serena, creo que podrás dormir.

–      Que el Señor de Israel pague tu hospitalidad. Con gusto voy a tu casa.

–      El peregrino siempre trae bendiciones consigo, vamos.

Pero antes todavía debo echar seis cántaros de agua en las verduras que acaban de nacer.

–      Yo te ayudo.

–      No. Tú eres un señor. Lo dice tu modo de obrar.

      Soy un obrero, mujer,-señala a Juan- y éste es pescador.

Éstos son judíos, hombres de una casta superior. Yo no

Y al decir esto toma el cántaro que estaba junto al brocal del pozo y lo baja.

Los demás preguntan a la mujer:

–       Decidnos donde está la hortaliza.

–       Muéstranosla y la regaremos.

Ella los mira con agradecimiento:

–       Dios os bendiga. Tengo los riñones destrozados con tanto trabajo. Venid…

Y mientras Jesús llena su cántaro.

Los otros tres se van con ella.

Después regresan con dos cántaros vacíos. Los llenan y se van.

Y así lo hacen unas diez veces.

Judas está sonriente y feliz.

Su bello rostro se ilumina al decir:

–      No termina de bendecirnos. Hemos arrojado tanta agua en la hortaliza, que por lo menos dos días, la tierra estará húmeda, Maestro.

Pero… ¿Sabes?… creo que no somos gratos.

Jesús lo mira y pregunta:

–      ¿Por qué lo dices, Judas?

–       Porque se la trae contra el Mesías.

Le dije: “No blasfemes. ¿Acaso no sabes que el Mesías es la mayor gracia para el pueblo de Dios?

Yeové lo prometió a Israel y ¿Tú lo odias?”

Y ella me respondió: “No lo odio a Él.

Sino al que los pastores borrachos y los malditos Magos de Oriente, llamaron Mesías”

Y… puesto que Eres Tú…

–      No importa. Sé que he sido puesto para prueba y contradicción de muchos. ¿Le dijiste Quién Soy Yo?

–      No. No soy un tonto. Quise librar tu espalda y la nuestra.

–      Hiciste bien.

No por las espaldas, sino porque Yo deseo manifestarMe cuando lo considere conveniente. Continuemos…

Después de otros tres cántaros, la mujer los guía hasta una casa que está en medio de la huerta y donde su esposo la está esperando.

Jesús saluda:

–       La paz sea en esta casa.

El hombre responde:

–      Quienquiera que Tú seas, la bendición sea contigo y con los tuyos. Entra.

Y les lleva un lavamanos para que los cuatro se refresquen y se limpien.

Después se sientan a la mesa.

El anfitrión dice:

–      Os agradezco lo que hicieron a nombre de mi mujer. Nunca había tratado a los galileos. Me habían dicho que eran vulgares y buscapleitos.

Pero vosotros habéis sido gentiles y buenos. ¡Estabais ya cansados y trabajasteis tanto! ¿Habéis venido de muy lejos?

Jesús contesta:

–      De Jerusalén.

El hombre se vuelve hacia su esposa y le dice:

–      Mujer. Trae la comida.

Mirando a sus invitados agrega:

–      No tengo más que pan y verduras. Aceitunas y queso. Sólo soy un campesino.

Jesús, sonriendo con dulzura responde:

–      Yo tampoco soy un señor. Soy un carpintero.

–     ¿Tú? ¿Con esos modales?

La mujer interviene:

–      El huésped es de Belén, te lo dije.

Y si los suyos son perseguidos, tal vez habrán sido ricos e instruidos; como Josué de Ur y los otros… ¡Pobres desgraciados!

Jesús interroga:

–      ¿Eran familias betlemitas?

El campesino se asombra:

–      ¿Cómo?… si eres de Belén, ¿No sabes quiénes eran?

La mujer contesta:

–      Se fue antes de la matanza.

El hombre dice:

–      ¡Ah! Comprendo.

De otro modo, nadie hubiera quedado. ¿No has regresado allá?

–      No.

–      ¡Qué desgracia! Encontrarás a muy pocos de los que quieres saludar. Muchos fueron asesinados.

Muchos huyeron. Muchos fueron dispersos y muchos desaparecieron.

Y no se sabe si en el desierto o fueron arrojados a la cárcel, para castigarlos por su rebelión. Más…

¿Quién hubiera podido permanecer inerte; cuando fueron degollados tantos inocentes? ¡No!

¡No es justo que sigan viviendo David y Elías! ¡Mientras tantos inocentes fueron asesinados!

Jesús indaga:

–      ¿Quiénes son esos dos? ¿Y qué fue lo que hicieron?

Massacre of the Innocents, the gothic sculpture in Chartres cathedral

–       En la matanza que hizo Herodes, más de treinta infantes en la ciudad y otros tantos en la campiña; fueron asesinados. Y casi todos eran varones.

Porque en medio de la furia, de la oscuridad, de la confusión; esos crueles hombres arrancaron de las cunas, de los lechos maternos y de las casa que asaltaron, hasta a las niñitas…

Y  las mataron como los arqueros matan a las gacelas que están mamando la leche de su madre. Y bien… ¿Todo esto por qué?…

Porque un grupo de pastores que para no helarse de frío en lo más crudo del invierno; habían bebido mucha cerveza.

Empezaron a delirar diciendo que habían visto ángeles; habían oído cantos celestiales y recibido de ellos indicaciones para encontrar al Mesías…

Y nos dijeron a todos nosotros los de Belén: “Venid y adorad al Mesías, que acaba de nacer” ¡Imagínate! ¡El Mesías en una cueva!

Pero debo reconocer que en realidad todos estábamos ebrios. Hasta yo que en ese entonces era sólo un jovencillo y mi mujer era una niña.

Porque todos creímos y fuimos a ver en una pobre mujer galilea, a la Virgen que da a luz; la misma de la que hablaron los Profetas.

Pero ¡Si estaba con un vulgar galileo, que ciertamente era su marido! Entonces…

¿Cómo podía ser la Virgen?

 

En resumidas cuentas, ¡Creímos!…

Regalos, adoraciones. Los hogares se abrían para hospedarlos…

¡Oh! ¡Pobre Anna! Perdió los bienes, la vida y también a los hijos de su hija mayor; que fue la única que se salvó, porque estaba en Jerusalén.

Perdieron los bienes, porque la casa la quemaron y todo el sembradío fue destruido por órdenes de Herodes.

 

Hasta hoy es un campo desierto, en el que pacen los animales.

Jesús pregunta:

–     ¿Toda la culpa es de los pastores?

El campesino contesta:

–     ¡No! También de tres brujos que vinieron del reino de Satanás. tal vez eran compadres de los otros tres…

¡Y nosotros tan estúpidos que nos sentimos tan honrados!

¡Y el Arquisinagogo! Lo matamos porque juró que las profecías se cumplían exactamente con las palabras de los pastores y  de los Magos.

–     Entonces, ¿Toda la culpa fue de los pastores y de los Magos?

–     No, Galileo. También fue culpa nuestra, nuestra credulidad. ¡Tanto que esperábamos al Mesías! Siglos de espera.

Muchas desilusiones sufridas en los últimos tiempos a causa de los falsos Mesías. Uno era galileo como Tú. Otro se llamaba Teoda.

¡Mentirosos! ¡Ellos Mesías! ¡No eran más que aventureros rapaces en busca de fortuna!

Debía de habernos servido la lección, para que abriésemos los ojos. Por el contrario…

–     Y entonces, ¿Por qué maldecís solamente a los pastores y a los Magos?

Si también vosotros os juzgáis tontos; deberíais de maldeciros a vosotros mismos. La maldición no la permite el mandamiento del amor.

¿Estáis seguros de estar en lo justo? ¡No podría haber sido cierto que los pastores y los Magos hubiesen dicho la verdad que Dios Mismo les reveló!

¿Por qué debe pensarse que fuesen mentirosos?

–     Porque no se habían cumplido los años de la Profecía.

Después lo reflexionamos.

Después que la sangre que enrojeció los tanques de agua y los ríos, nos abrió los ojos del discernimiento.

Con una gran paz, Jesús dice:

–      Y el Altísimo; llevado por un gran amor por su Pueblo; ¿No habría podido anticipar la venida del Salvador?

¿En qué apoyaron los Magos su dicho? Me has dicho que vinieron del Oriente…

–      En sus cálculos sobre una nueva estrella.

–     ¿Y acaso no está dicho: Una estrella nacerá de Jacob y una vara se alzará de Israel?

¿No es Jacob el gran patriarca que vivió en esta tierra de Belén, a la que quiso como a la pupila de sus ojos, porque en ella murió su amada Raquel?…

Y no acaso por boca del profeta, Dios dijo: Brotará un retoño de la raíz de Jesé y saldrá una flor de esta raíz. Isaí, padre de David, nació acá.

El retoño que está en el tronco fue cortado a raíz, con la usurpación de los tiranos. ¿No es acaso la “Virgen” que dará a luz a un niñito sin intervención de hombre, de otro modo no sería virgen, sino por la Voluntad Divina? 

¿Y por esto será el Emmanuel; el Hijo de Dios que será Dios y llevará a Dios al Pueblo como su Nombre lo dice?

¿Y acaso la Profecía no dice que será anunciada a los pueblos de las tinieblas?

¿Esto es a los paganos, con una luz grande; como la estrella que vieron los Magos; la gran luz de las dos profecías: la de Balam y de Isaías?

Hasta la misma matanza que hizo Herodes, ¿Acaso no está profetizada?:

Se ha oído un gran lamento allá arriba…Es Raquel que llora a sus hijos.”

Jesús continúa:

–     Estaba indicado que los huesos de Raquel llorarían lágrimas en su sepulcro de Efratá; cuando a causa del Salvador, hubiera venido la recompensa al Pueblo Santo.

Lágrimas que después se cambiarían en sonrisa celestial, como el arco iris que se forma con las últimas gotas del temporal y que parece decir: ¡Ea! ¡Ahora todo está sereno!

El campesino, no muy convencido, cuestiona:

–    Eres muy docto. ¿Eres Rabí?

–    ¡Sí!

–    Lo creo. Hay luz y verdad en tus palabras.

Sin embargo… todavía hay muchas heridas que manan sangre en esta tierra de Belén, a causa del verdadero o falso Mesías. Nunca le aconsejaría a Él que viniese para acá.

La tierra lo rechazaría como se rechaza a un bastardo, por el que mueren los hijos verdaderos.

Pero, si era Él… murió con los otros degollados.

–     ¿Dónde viven ahora Leví y Elías?

El hombre se pone en guardia y sospecha:

–     ¿Los conoces?

–     No conozco su rostro. Pero… son unos desgraciados y siempre tengo compasión por los infelices.

Quiero ir a verlos.

–     ¡Humm! Serás el primero después de seis lustros.

Aún son pastores y están al servicio de un rico herodiano de Jerusalén que se apoderó de muchos bienes de los que murieron. ¡Siempre hay alguien que gana!

Los encontrarás con los ganados que cuidan, por las vertientes que van a Hebrón.

Pero, te daré un consejo: que los betlemitas no te vean hablar con ellos. Te iría muy mal.

Los soportamos, porque está el herodiano. Si no fuera por eso…

–     Sí. Está el odio. ¿Por qué odiar?

–     Porque es justo. Porque nos hicieron mucho daño.

–     Ellos creyeron hacer un bien.

–     Pero hicieron daño. Y el daño lo tenemos.

Debimos haberlos matado, como ellos mataron con su torpeza. Pero todos estábamos como intoxicados.

Ahora mismo los mataríamos si no estuviera en medio su patrón.

–     Hombre, Yo te lo digo. No hay que odiar. No hay que desear el mal. Aquí no hay culpa. Dilo a los betlemitas:

‘Cuando haya caído el odio de vuestros corazones, veréis al Mesías.

Entonces lo conoceréis porque Él vive. Él ya no estaba cuando sucedió la matanza.

Yo te lo digo: no fue culpa de los pastores, ni de los Magos el que haya sucedido esa desgracia.

Fue Satanás. El Mesías ha nacido aquí.

Ha venido a traer la Luz a la tierra de sus padres. Hijo de Madre Virgen de la estirpe de David, en las ruinas de la Casa de David.

Ha abierto al mundo el torrente de gracias eternas. Ha mostrado la vida al hombre…

El campesino se levanta y señalando la puerta, grita:

–    ¡Largo! ¡Largo de aquí! ¡Sal de aquí Tú, secuaz del falso Mesías! ¡Tú lo defiendes!…

Judas se pone de pie, violento e iracundo.

Toma del brazo al campesino y lo sacude,

al tiempo que dice amenazante:

–     Cálmate, hombre. Soy judío y tengo amigos poderosos. Puedo hacer que te arrepientas del insulto. 

El hombre se atemoriza.

Pero insiste:

–     ¡No! ¡No! ¡Fuera de aquí! No quiero pleitos con los betlemitas. Ni con Roma. Ni con Herodes. ¡Idos de aquí, malditos!…

Jesús siente su corazón destrozado.

Interviene diciendo:

–     Vámonos, Judas. No reacciones. Dejémosle con su rencor. Dios no entra donde hay ira. ¡Vámonos!

Judas amenaza:

–     Sí. Vámonos. Pero me las pagarán.

–     No digas nada. Están ciegos… Y habrá tantos a lo largo de mi camino…

Salen detrás de Simón.

Afuera, detrás de la esquina del pajar, encuentran a la mujer,

que toda contrita les dice:

–      Perdona a mi marido, Señor. –le da unos huevos- Mira, ten. Están frescos. Es lo único que tengo.

Perdónanos. ¿Dónde dormirás hoy?

Jesús los toma y la tranquiliza:

–       No te preocupes. Sé a dónde ir. Tranquilízate en tu buen corazón. Adiós.

Caminan unos metros en silencio.

Después, Judas explota:

–       ¡Es el colmo! ¡Pero Tú…no hacerte adorar! ¿Por qué no hiciste que ese puerco blasfemo besara el lodo?…

¡A tierra! ¡Arrojado al polvo por haberte faltado a Ti! ¡Al Mesías!… ¡Oh! ¡Yo lo hubiera hecho!

¡Los rebeldes tienen  que ser castigados con fuego milagroso! ¡Eso es lo único que los persuade!

–       ¡Oh! ¡Cuántas veces habré de oír lo mismo! ¡Si debiese convertir en cenizas a todo el que me ofenda!… No, Judas. He venido para crear; no para destruir.

–                     Lo que Tú digas. Pero mientras tanto, otros te destruyen.

Jesús no contesta.

Judas está tan furioso, que no comprende en absoluto lo que considera una pasividad inexplicable, pero que es la mansedumbre característica del Hombre-Dios.

Y siguen avanzando en silencio, por el camino bordeado de huertos y olivos cargados de aceitunas.

Más tarde, Simón pregunta:

–     ¿A dónde vamos ahora, Maestro?

–     Venid conmigo. Conozco un lugar…

Judas lo interrumpe todavía más irritado:

–      Pero si nunca has estado aquí desde que huiste. ¿Cómo es que lo conoces?

–      Lo conozco. No es hermoso. Pero estuve una vez ahí.

No es en Belén. Es afuera. Un poco, nada más… Vamos por acá…

Jesús toma la delantera.

Le siguen Simón, Judas y por último, Juan.

En el silencio interrumpido por el roce de las sandalias contra las piedrecillas del camino, se percibe un llanto.

Jesús pregunta volteándose:

–      ¿Quién llora?

Judas contesta:

–       Es Juan. Está atemorizado.

Juan protesta:

–       No. No tengo miedo. Ya tenía la mano en el cuchillo que pende de mi cintura…

Pero me acordé de tu ‘no matar’. Perdona, siempre lo dices.

Judas le pregunta:

–       Entonces ¿Por qué lloras?

–       Porque sufro al ver que el mundo no ama a Jesús. No lo reconoce y no quiere reconocerlo.

¡Oh, qué dolor! Es algo así como si con espinas de fuego me restregasen el corazón. Como si hubiera visto pisoteada mi madre y escupida la cara de mi padre. Todavía peor.

Como si hubiera visto a los caballos romanos profanar el Templo y comer en el Arca Santa y descansar en el lugar donde está el Santo de los Santos.

Jesús lo consuela:

–      No llores, Juan mío. Repetirás lo mismo una y otra vez: Él era la Luz que vino a brillar en las tinieblas, pero las tinieblas no lo comprendieron.

Vino al mundo que Él había hecho, pero el mundo no lo conoció. Vino a su ciudad, a su casa; pero los suyos no lo recibieron.

Juan redobla su llanto.

Y Jesús le pide:   

–        ¡Oh! ¡No llores así!

Juan obedece y suspira:

–        Esto no sucede en Galilea.

Judas, confirma:

–        Pero… ni siquiera en Judea. Jerusalén es la capital y hace tres días que te lanzaban hosannas a Ti, el Mesías.

Aquí, lugar de pastores burdos, campesinos y hortelanos; no se puede tomar como punto de partida.

Los Galileos…

Jesús ordena:

–      Basta, Judas. No conviene perder la calma. Estoy tranquilo. También estadlo vosotros.

Judas, ven aquí. Debo hablarte…

Judas va hacia donde está Jesús,

que le dice:

–     Toma la bolsa. Te encargarás de los gastos de mañana.

Judas pregunta:

–     ¿Y ahora en donde nos albergaremos?

Jesús sonríe y calla.

Dando media vuelta empieza a caminar y todos lo siguen.

18 LOS PUÑALES PARTIDOS


18 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, entre varias colinas está enclavado el pequeño valle con muchos arroyuelos que forman en el centro un pequeño río, bordeado de sauces.

Es el amanecer de un hermoso día de verano, musicalizado por los pajarillos que cantan entre el ramaje de los árboles y sumado al coro melancólico de las tórtolas silvestres, que hacen más alegre la frescura del ambiente.

Apenas iluminan los primeros albores y el lugar está desierto. Hay bosques de olivos, arbustos de acacias, lentisco, pitas y muchos árboles frutales.

En un camino sombreado, Jesús va caminando solo en el fresco valle, inundado por el canto de los pájaros entre los árboles y el rumor del pequeño torrente, que refleja el verde esmeralda de la vegetación en esta fresca mañana veraniega.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales  y continúa por la otra orilla, hasta llegar a los muros que rodean Jerusalén.

Va aumentando la gente con un común destino, hasta que se arremolinan en las puertas todavía cerradas, los mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay muchos ciudadanos que están esperando que se abran las puertas de la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos y coces entre ellos. Tampoco bromean los propietarios de los mismos.

Están furiosos y también participan intercambiando insultos.

Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro, comiéndose una buena cantidad.

Y empieza la trifulca…

Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento.

La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol.

Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza.

Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Deténganse en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo.

Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios.

¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate!

–            ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra.

Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos.

El estupor apaga la ira.

La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos.

El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo.

Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–           ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿En qué basáis vuestro derecho? ¿En esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?

 ¿En esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y por tanto, de toda fuerza?

¡Oh…, míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel y también vosotros, soldados de Roma:

la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es Precepto de Amor hacia el Prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo.

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente.

Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín.

Y, ¿Por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer.

¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad.

¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino.

Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

Cuatro individuos preguntan:

–         ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad?

–          Sólo uno hace estas cosas: el Mesías.

–          Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

–          ¿Eres Tú el Mesías?

Jesús responde solemne:

–           Lo soy.

–          ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?

–           Soy Yo.

–           Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!

–           Y yo, ¿Ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!

–           Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena. Y tú, queda curado. ¡Lo quiero!

La muchedumbre grita.

Luego dicen:

–            ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

–            ¿Quién eres?

Jesús responde:

–            ¡Jesús de Nazaret!

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada.

Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. 

Veloz como una centella, corre el rumor por la ciudad.

Algunas madres acuden desde la ciudad y levantan a sus pequeñuelos.

Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere.

Pero la multitud no está dispuesta a ello.

Y gritan:

–             ¡Quédate con nosotros!

–             ¡En Judea!

–             ¡En Judea!

–             ¡También nosotros somos hijos de Abraham!

Judas llega presuroso:

 –            ¡Maestro! Maestro, has llegado antes que yo… ¿Qué sucede?

Judas es zaforím (escriba y sacerdote) del Templo, lo reconocen como tal y…

La gente le informa:

–             ¡El Rabí ha hecho milagros!

–             No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros. 

Judas está emocionado:

–             ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?

Jesús dice:

–              No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.

–              Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

–              Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea…

–              ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

–              Iré… ¿Sabes algo del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría?

–              Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

–              Lo conozco.

–              ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?

–              Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.

–              ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?

–               Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

–               Es muy severo Juan.

–               No más para los demás que para sí mismo.

–               Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.

–               Y sin embargo…

–               ¿Y, sin embargo, Maestro?…

–               Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios.

Y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte.

Pero, ¡Ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

–               ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿No lo ves?…

–                Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes.

Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo.

Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

–                Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.

Entran en el Templo y todo termina.

16 LA PESCA MILAGROSA


16 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En la barca Jesús está hablando:

–           Cuando en primavera todo florece, el hombre del campo dice contento: “Obtendré mucho fruto”, y se regocija su corazón por esta esperanza.

Pero, desde la primavera al otoño, desde el mes de las flores al de la fruta, ¡Cuántos días, cuántos vientos y lluvias y sol y temporales vendrán! A veces la guerra, o la crueldad de los poderosos, enfermedades de las plantas, o del campesino.

Así es que los árboles que prometían mucho fruto, — al no cavárselos o recalzarlos, regarlos, podarlos, sujetarlos o limpiarlos — se ponen mustios y mueren totalmente, o muere su fruto.

Vosotros me seguís. Me amáis. Vosotros, como plantas en primavera, os adornáis de propósitos y amor.

Verdaderamente Israel en esta alba de mi apostolado es como nuestros dulces campos en el luminoso mes de Nisán.

Pero, escuchad. Como quemazón de sequía, vendrá Satanás a abrasaros con su hálito envidioso de Mí. Vendrá el mundo con su viento helado a congelar vuestro florecer.

Vendrán las pasiones como temporales. Vendrá el tedio como lluvia obstinada.

Todos los enemigos míos y vuestros vendrán para hacer estéril lo que debería brotar de esta tendencia santa vuestra a florecer en Dios.

Yo os lo advierto, porque sé las cosas.

Pero, ¿Entonces todo se perderá cuando Yo, como el agricultor enfermo — más que enfermo, muerto —, ya no pueda ofreceros palabras y milagros? No.

Yo siembro y cultivo mientras dura mi tiempo; crecerá y madurará en vosotros, si vigiláis bien.

Mirad esa higuera de la casa de Simón de Jonás. Quien la plantó no encontró el punto justo y propicio. Trasplantada junto a la húmeda pared de septentrión, habría muerto si no hubiera deseado tutelarse a sí misma para vivir.

Y ha buscado sol y luz. Vedla ahí: toda retorcida, pero fuerte y digna, bebiendo de la aurora el sol con el que se procura el jugo para sus cientos y cientos de dulces frutos. Se ha defendido por sí misma.

Ha dicho: “El Creador me ha proyectado para alegrar y alimentar al hombre. ¡Yo quiero que mi deseo acompañe al suyo!”. ¡Una higuera! ¡Una planta sin habla! ¡Sin alma!

Y vosotros, hijos de Dios, hijos del hombre, ¿Vais a ser menos que esa leñosa planta?

Vigilad bien para dar frutos de vida eterna. Yo os cultivo y al final os daré la savia más poderosa que existe.

No hagáis, no hagáis que Satanás ría ante las ruinas de mi trabajo, de mi sacrificio y también de vuestra alma. Buscad la luz. Buscad el sol.

Buscad la fuerza. Buscad la vida. Yo soy Vida, Fuerza, Sol, Luz de quien me ama. Estoy aquí para llevaros al lugar del que provengo.

Hablo aquí para llamaros a todos e indicaros la Ley de los Diez Mandamientos que dan la vida eterna.

Y con consejo amoroso os digo: “Amad a Dios y al prójimo”; es condición primera para cumplir cualquier otro bien, es el más santo de los Diez santos Mandamientos.

Amad. Aquellos que amen en Dios, a Dios y al prójimo y por el Señor Dios tendrán en la Tierra y en el Cielo la paz como tienda y corona.

La gente, después de la bendición de Jesús, se aleja, pero como no queriendo marcharse.

No hay ni enfermos ni pobres.

Jesús dice a Simón:

–            Llama a los otros dos. Vamos a adentramos en el lago para echar la red.

–            Maestro, tengo los brazos deshechos de echar y subir la red durante toda la noche para nada. El pescado está en zona profunda, quién sabe dónde.

–           Haz lo que te digo, Pedro. Escucha siempre a quien te ama.

–           Haré lo que dices por respeto a tu palabra – y llama con fuerza a los peones, y a Santiago y a Juan – Vamos a pescar. El Maestro así lo quiere.

Y mientras se alejan de la orilla le dice a Jesús:

–           Maestro, te aseguro que no es hora propicia. A esta hora los peces quién sabe dónde estarán descansando…

Jesús, sentado en la proa, sonríe y calla.

Recorren un arco de círculo en el lago y luego echan la red.

Después de pocos minutos de espera, la barca siente extrañas sacudidas, extrañas porque el lago está liso como si fuera de cristal fundido bajo el Sol ya alto.

Pedro tiene los ojos como platos.

Y exclama sorprendido:

–            ¡Esto son peces, Maestro! 

Jesús sonríe y calla.

–            ¡Eúp! ¡Eúp! – dirige Pedro a los peones.

Pero la barca se inclina hacia el lado de la red.

–            ¡Eh! ¡Santiago! ¡Juan! ¡Rápido! ¡Venid! ¡Con los remos! ¡Rápido!.

Se apresuran.

Los esfuerzos de los hombres de las dos barcas logran subir la red sin dañar el pescado.

Las barcas se colocan una al lado de la otra, completamente juntas.

Un cesto, dos, cinco, diez; todos llenos de estupendas piezas, y hay todavía muchos peces coleteando en la red: plata y bronce vivo que se mueve huyendo de la muerte.

Entonces no hay más que una solución: volcar el resto en el fondo de las barcas.

Lo hacen, y el fondo se vuelve todo un bullir de vidas en agonía.

Esta abundancia cubre a los hombres hasta más arriba del tobillo y el nivel externo del agua llega a superar, por el peso excesivo, la línea de flotación.

–            ¡A la orilla! ¡Vira! ¡Venga! ¡Con la vela! ¡Cuidado con el fondo!

–            ¡Pértigas preparadas para amortizar el choque!

¡Demasiado peso!

Mientras dura la maniobra, Pedro no reflexiona.

Pero una vez en la orilla, lo hace. Entiende.

Siente una gran turbación.

–            ¡Maestro, Señor! ¡Aléjate de mí! Yo soy un hombre pecador. ¡No soy digno de estar a tu lado!

Pedro está de rodillas sobre la grava húmeda de la orilla.

Jesús lo mira y sonríe:

–            ¡Levántate! ¡Sígueme! ¡Ya no te dejo! De ahora en adelante serás pescador de hombres.

Y contigo estos compañeros tuyos. No temáis ya nada. Yo os llamo. ¡Venid!.  

Pedro exclama agradecido:

–             Inmediatamente, Señor. Vosotros ocupaos de las barcas. Llevadlo todo a Zebedeo y a mi cuñado.

Vamos. ¡Del todo para ti somos, Jesús! Sea bendito el Eterno por esta elección.

12 EL CIEGO DE CAFARNAÚM


12 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo el calor veraniego, el Sol declina con gran belleza. Ha puesto al rojo vivo todo el Occidente y el lago de Genesaret es una enorme lámina incandescente bajo el cielo encendido.

Las calles de Cafarnaúm apenas empiezan a poblarse de gente:

Mujeres que van a la fuente, hombres, pescadores preparando las redes y las barcas para la pesca nocturna; niños que corren jugando por las calles, asnos yendo con cestos hacia la campiña, quizás para coger verduras.

Jesús se asoma a una puerta que da a un pequeño patio todo sombreado por una vid y una higuera; más allá, un caminito pedregoso que bordea el lago.

Es la casa de la suegra de Pedro, porque éste está en la orilla con Andrés; prepara en la barca las cestas para el pescado y las redes; coloca asientos, rollos de cuerdas Y todo lo que se necesita para la pesca.

 Andrés le ayuda, yendo y viniendo de la casa a la barca.

Jesús le pregunta a Santiago:

–          ¿Tendremos buena pesca?

Santiago responde:

–           Es el tiempo propicio. El agua está tranquila y habrá claro de luna. Los peces subirán a la superficie desde las capas profundas y mi red los arrastrará.

–          ¿Vamos solos?

–          ¡Maestro! ¿Cómo crees que podemos ir solos con este sistema de redes?

–          No he ido nunca a pescar y espero que tú me enseñes.

Jesús baja despacito hacia el lago y se detiene en la orilla de arena gruesa y guijarrosa, cerca de la barca.

Pedro le dice:

–          Mira, Maestro: se hace así. Yo salgo al lado de la barca de Santiago de Zebedeo, y se va hasta el punto adecuado, así, emparejados.

Después se echa la red. Un extremo lo tenemos nosotros; Tú lo quieres tener ¿No? eso me has dicho.

Jesús replica:

–           Sí, si me explicas lo que tengo que hacer.

–          No hay más que vigilar el descenso, que la red baje despacio y sin formar nudos; lentamente, porque estaremos en aguas de pesca y un movimiento demasiado brusco puede alejar a los peces.

Y sin nudos para no cerrar la red, que se debe abrir como una bolsa, o una vela, si lo prefieres, hinchada por el viento.

Luego, cuando toda la red haya bajado, remaremos despacio o iremos con vela según la necesidad, describiendo un semicírculo sobre el lago.

Y cuando la vibración de la cabilla de seguridad nos diga que la pesca es buena, nos dirigiremos a tierra firme.

Y allí, casi en la orilla — no antes, para no correr el riesgo de ver huir la pesca; no después, para no dañar ni a los peces ni la red con las piedras — sacamos la red.

En ese momento hace falta tacto, porque las barcas deben acercarse tanto que desde una se pueda retirar el extremo de la red dado a la otra, pero no chocarse para no aplastar la bolsa llena de pescado.

Atención, Maestro, es nuestro pan.

Ojo a la red; que no se descomponga con las sacudidas de los peces. Defienden su libertad con fuertes coletazos,

Y si son muchos… entiendes… son animales pequeños, pero cuando se juntan diez, cien, mil, adquieren una fuerza como la de Leviatán.

–          Como sucede con las culpas, Pedro. En el fondo, una no es irreparable. Pero si uno no tiene cuidado en limitarse a esa una y acumula, acumula, acumula.

Sucede que al final esa pequeña culpa (quizás una simple omisión, una simple debilidad) se hace cada vez más grande, se transforma en un hábito, se hace vicio capital.

Algunas veces se empieza por una mirada concupiscente, y se termina consumando un adulterio. Algunas veces se comienza por una falta de caridad de palabra hacia un pariente, y se termina en un acto violento contra el prójimo.

¡Ay si se empieza y se deja que las culpas aumenten de peso con su número!… Llegan a ser peligrosas y opresoras como la misma Serpiente infernal, y arrastran al abismo de la Gehena.

–            Tienes razón, Maestro… Pero, ¡Somos tan débiles…!.

–            Vigilancia y oración para ser fuertes y obtener ayuda, y firme voluntad de no pecar, luego una gran confianza en la amorosa justicia del Padre.

–            ¿Dices que no será demasiado severo para con el pobre Simón?

–            Con el Simón viejo podía ser severo, pero con mi Pedro, el hombre nuevo, el hombre de su Cristo… No, Pedro. Él te ama y continuará amándote.

El tímido hermano de Pedro, pregunta:

–            ¿Y yo?

–             También tú, Andrés, y lo mismo Juan y Santiago, Felipe y Natanael. Sois mis primeros elegidos.

–             ¿Vendrán otros? Está tu primo. Y en Judea…

–             ¡Oh… muchos! Mi Reino está abierto a todo el género humano, y en verdad te digo que más abundante que la más copiosa de tus pescas será la mía en las noches de los siglos…:

Que cada siglo es una noche en la cual es guía y luz, no la pura luz de Orion o la de la Luna marinera, sino la palabra de Cristo y la Gracia que vendrá de Él.

Noche que conocerá la aurora de un día sin ocaso, de una luz en que todos los fieles vivirán, de un Sol que revestirá a los elegidos y los hará hermosos, eternos, felices como dioses, dioses menores,

hijos del Padre Dios, similares a Mí… Ahora no podéis entender.

Pero en verdad os digo que vuestra vida cristiana os concederá una semejanza con vuestro Maestro y resplandeceréis en el Cielo por sus mismos signos.

Pues bien, Yo obtendré a pesar de la sorda envidia de Satanás y la flaca voluntad del hombre, una pesca más abundante que la tuya.

–             ¿Pero seremos nosotros solos tus apóstoles?

–             ¿Celoso, Pedro? No. No lo seas. Vendrán otros y en mi Corazón habrá amor para todos. No seas avaro, Pedro. Tú no sabes todavía Quién es el que te ama.

¿Has contado alguna vez las estrellas? ¿Y las piedras del fondo de este lago?  No. No podrías. Pues aún menos podrías contar los latidos de amor de que es capaz mi Corazón.

¿Has podido alguna vez contar cuántas veces este mar puede besar la orilla con su ósculo de ola en el curso de doce lunas?

No. No podrías. Pues aún menos podrías contar las olas de amor que de este corazón se derraman para besar a los hombres. Estate seguro, Pedro, de mi amor.

Pedro toma la mano de Jesús y la besa. Se le ve conmovido.

Andrés mira y no se atreve.

Pero Jesús le pone la mano entre el pelo y dice:

–          También a ti te quiero mucho. En la hora de tu aurora verás reflejado en la bóveda del cielo — lo verás sin tener que alzar los ojos — a tu Jesús, que te sonreirá para decirte: “Te amo. Ven”

Y el paso a la aurora te será más dulce que la entrada en una cámara nupcial… 

Se oyen los gritos de Juan:

–          ¡Simón! ¡Simón! ¡Andrés! Voy…

Juan corre jadeante hacia ellos:       

 –         ¡Maestro! ¿Te he hecho esperar?

 Juan mira a Jesús con ojos afectuosos.

Pedro interviene:

–           Verdaderamente empezaba a pensar que quizás ya no venías. Prepara pronto tu barca. ¿Y Santiago?….

Juan explica:

–           Eso… nos hemos retrasado por un ciego. Creía que Jesús estaba en nuestra casa y ha ido allí. Le hemos dicho: “No está aquí. Quizás mañana te curará. Espera”. Pero no quería esperar.

Santiago decía: “Has esperado mucho la luz, ¿Qué te supone esperar otra noche?”. Pero no atiende a razones…

Jesús dice:

–           Juan, si tú estuvieras ciego, ¿tendrías prisa de volver a ver a tu madre?

–           ¡Claro!

–          ¿Y entonces?… ¿Dónde está el ciego?

–           Está viniendo con Santiago. Se le ha agarrado al manto y no lo deja. Pero viene despacio, porque la orilla es pedregosa y él se tropieza… Maestro, ¿Me perdonas el haberme comportado con dureza?

–           Sí. Pero en reparación ve a ayudarle al ciego y tráemelo.

Juan se marcha corriendo.

Pedro hace un ligero movimiento de cabeza, pero calla. 

Mira al cielo, que tiende a hacerse azul después de tanto color cobre, mira al lago y a otras barcas que ya han salido a pescar.

Y suspira.

Jesús dice:

–           ¿Simón?

Pedro contesta:

–           ¿Maestro?

–            No tengas miedo. Tendrás una pesca abundante aunque salgas el último.

–          ¿También esta vez?

–            Todas las veces que tengas caridad. Dios te concederá la gracia de la abundancia.

–            Ahí llega el ciego.

El pobrecito camina entre Santiago y Juan.

Tiene entre las manos un bastón, pero no lo usa ahora. Va mejor dejándose conducir por los dos discípulos.

–            Aquí está el Maestro, frente a ti.

El ciego se arrodilla y suplica:

–            ¡Señor mío! ¡Piedad!.

–            ¿Quieres ver? Levántate. ¿Desde cuándo estás ciego?

Los cuatro apóstoles se agrupan alrededor de los dos.

–             Desde hace siete años, Señor. Antes veía bien y trabajaba. Era herrero en Cesárea Marítima. Ganaba bastante. Siempre tenían necesidad de mi trabajo en el puerto y en los mercados, que eran muchos.

Pero, forjando un hierro en forma de ancla y puedes hacerte una idea de lo rojo que estaba si piensas que no ofrecía resistencia a los golpes, saltó un fragmento incandescente y me quemó el ojo

Ya los tenía enfermos por el calor de la fragua. Perdí este ojo y el otro también se apagó al cabo de tres meses.

He terminado los ahorros y ahora vivo de la caridad…

–           ¿Estás solo?

–           Tengo esposa y tres hijos muy pequeños… de uno no conozco ni siquiera su cara. Y tengo también a mi madre, que es ya anciana.

No obstante, ahora es ella y mi mujer quienes ganan un poco de pan. Y con esto y el óbolo que llevo yo, no nos morimos de hambre.

¡Si Tú me curases!… Volvería al trabajo. No pido más que trabajar como un buen israelita y ofrecer un pan a quienes amo.

–           ¿Y has venido a mí? ¿Quién te lo ha dicho?

–           Un leproso que curaste al pie del Tabor, cuando volvías al lago después de aquel discurso tan hermoso.

–           ¿Qué te ha dicho?

–            Que Tú lo puedes todo. Que eres salud de los cuerpos y de las almas. Que eres luz para las almas y para los cuerpos, porque eres la Luz de Dios.

Él, el leproso, había osado mezclarse entre la muchedumbre con el riesgo de ser apedreado, completamente envuelto en un manto, porque te había visto pasar hacia el monte y tu rostro le había encendido una esperanza en el corazón.

 Me dijo: “Vi en ese rostro algo que me dijo: “Ahí hay salud ¡Ve!”. Y fui”.

Me repitió tu discurso y me dijo que Tú le curaste tocándolo sin repugnancia, con tu mano. Volvía de los sacerdotes después de la purificación.

Yo lo conocía, porque le había servido cuando tenía un almacén en Cesárea. Y ahora he venido, por ciudades y pueblos, preguntando por ti.

Y te he encontrado. ¡Ten Piedad de mí!

–            Ven. ¡Demasiado viva es todavía la luz para uno que sale de la oscuridad!

–            Entonces, ¿Me curas?

Jesús lo conduce hacia la casa de la suegra de Pedro, a la luz atenuada del huertecillo.

Se lo pone delante, pero de forma que los ojos curados no sufran el primer impacto del lago aún todo jaspeado de luz.

El hombre se deja llevar tan dócilmente, sin preguntar siquiera, que parece un niño muy dulce.

Jesús invoca:

 –         ¡Padre! ¡Tu luz a este hijo tuyo!

 Jesús tiene extendidas las manos sobre la cabeza del hombre, que está de rodillas. Permanece así un momento.

Luego se moja la punta de los dedos con saliva y toca apenas con su mano derecha los ojos, que están abiertos pero no tienen vida.

Pasa un momento. El hombre parpadea y se restriega los ojos, como uno que saliera del sueño y los tuviera obnubilados.

Jesús pregunta:

–          ¿Qué ves?

El hombre responde asombrado:

–           ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh, Dios Eterno! ¡Me parece… me parece… oh… que veo… Te veo el vestido, es rojo, ¿NO es verdad? Una mano blanca y un cinturón de lana! ¡Oh, Jesús bueno.

Veo cada vez mejor cuanto más me habitúo a ver!… La hierba del suelo y eso es un pozo, ¡Claro! Y allí hay una vid…

–           Levántate, amigo.

El hombre, que llora y ríe al mismo tiempo, se levanta y pasado un instante de lucha entre el respeto y el deseo, levanta la cara y encuentra la mirada de Jesús.

Un Jesús sonriente lleno  de piedad, de una piedad que es toda amor.

¡Debe ser muy bonito recuperar la vista y ver como primer Sol ese rostro!

El hombre emite un grito y tiende los brazos en un acto instintivo. Pero enseguida se frena.

Es Jesús quien abriendo los suyos arrima a sí al hombre, que es mucho más bajo que Él.

Y le dice:

–          Ve a tu casa, ahora y sé feliz y justo. Ve con mi Paz.

–          ¡Maestro, Maestro! ¡Señor! ¡Jesús! ¡Santo! ¡Bendito! La luz. Pero si veo… veo todo… Ahí, el lago azul y el cielo sereno y los últimos rayos de sol. Y el primer atisbo de luna…

Pero el azul más hermoso y sereno lo veo en tus ojos. Y en Tí veo la belleza del Sol más verdadero y el resplandecer lo puro de la Luna más santa.

¡Astro de los que sufren, Luz de los ciegos, Piedad que vives y obras!

–          Yo soy Luz de los espíritus. Sé hijo de la Luz.

–          Siempre, Jesús. Cada vez que mis párpados se abran o cierren sobre mis pupilas renacidas, renovaré este juramento.

¡Benditos seáis Tú y el Altísimo!  

–          ¡Bendito sea el Altísimo Padre! Adiós.

Y el hombre parte dichoso, seguro.

Mientras Jesús y los estupefactos apóstoles bajan a dos barcas y comienzan la maniobra de la navegación.