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1.- APÓSTOLES DE LOS ULTIMOS TIEMPOS


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Los apóstoles están reunidos en el Cenáculo, alrededor de la mesa donde se celebró la Pascua. Están sentados alrededor de Jesús igual que la noche del Jueves, cuando instituyó la Eucaristía. La única diferencia es que ahora es Tomás el que está sentado enseguida de Juan.

Jesús dice:

–           Comed amigos.

Pero nadie tiene hambre. Rebosan de alegría… La alegría de contemplarlo…

Jesús distribuye los quesos, la miel y los alimentos ofreciendo, dando gracias y bendiciendo; como lo ha hecho siempre. Echa vino en las copas y lo da a sus amigos. Y cena con ellos, comiendo y bebiendo parcamente, como es su costumbre…

Juan, como lo hace siempre; apoya su cabeza sobre la espalda de Jesús.

El Maestro lo atrae sobre su pecho y en esta posición, empieza a hablar:

–           Vosotros habéis estado conmigo en mis pruebas… Y lo estaréis también en mi gloria. No bajéis la cabeza. La noche del Domingo, cuando me aparecí a vosotros por vez primera después de mi Resurrección, os he infundido el Espíritu santo… –Mirando a Tomás, agrega- Que también sobre ti que no estabas presente, descienda…

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Y mirándolos a todos continúa:

–           ¿No sabéis que la infusión del Espíritu Santo es como un bautismo de fuego, porque el Espíritu es Amor y el amor borra las culpas? El pecado que cometisteis cuando me abandonasteis, os está perdonado.

Y al decir esto, Jesús besa la cabeza de Juan que no lo abandonó.

Juan llora de alegría.

Jesús prosigue:

–           Os he dado el poder para perdonar los pecados; pero no se puede dar lo que no se tiene. Debéis convenceros de que este poder lo tengo completo y lo empleo en favor vuestro, que debéis estar limpios en tal forma; que podáis limpiar a quién sucio del pecado, venga a vosotros… Amigos, pensad en vuestra dignidad de sacerdotes.

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Yo estuve entre los hombres para juzgar y perdonar. Ahora regreso donde el Padre. Regreso a mi Reino. La facultad de juzgar la tengo en mis manos, pues el Padre me la ha conferido. Todos los hombres, cuando hayan abandonado su cuerpo mortal vendrán a Mí y Yo los juzgaré por primera vez en su juicio particular… Después, habrá el Juicio Universal y la raza humana retomará su vestido de carne, para separarse en dos partes: Los corderos con su Pastor y los machos cabríos, con el que los atormentará eternamente…

Pero, ¿Cuántos hombres habría con su Pastor si después del Bautismo no haya quién los perdonase en mi Nombre? Por esto he creado sacerdotes: para salvar a los que salvé por mi Sangre, que es salvadora. Los hombres siguen cayendo en la muerte, una y otra vez y es necesario que con vuestra potestad, los lavéis siempre en mi Sangre, setenta veces siete; para que no sean presa de la muerte. Vosotros y vuestros sucesores lo haréis, por esto os absuelvo de todos vuestros pecados… El vuestro es un gran ministerio: juzgar y absolver en mi Nombre.

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Cuando consagraréis para vosotros el pan y el vino y hagáis que se conviertan en mi Cuerpo y en mi Sangre, realizaréis una cosa sublime y sobrenatural. Para realizarla dignamente debéis ser puros; porque tocaréis a Aquel que es  la Pureza y os alimentaréis de la Carne de un Dios.

Puros de corazón, de inteligencia, de cuerpo y de lengua debéis ser. Porque con el corazón amaréis la Eucaristía y no deben mezclarse con este amor celestial, amores profanos que sería un sacrilegio.

Puros de mente, porque debéis creer y comprender este Misterio de Amor y la impureza de pensamiento, mata la Fe y la inteligencia. Puros de cuerpo, porque a vuestro pecho bajará el Verbo, así como descendió al seno de María por obra del Amor. Tenéis ante vosotros el ejemplo vivo de como debe ser el pecho que acoge al Verbo que se hace carne. El ejemplo es la Mujer sin la culpa de origen y sin culpa personal…

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¡Oh, amados míos! Amigos que mando sobre los caminos del mundo, para continuar la obra que he empezado y que continuará mientras permanezcan los siglos… Recordad estas palabras mías. Os las digo para que las repitáis a los que consagraréis al ministerio, para el que os he consagrado.

Veo… Miro en los siglos. El tiempo y las multitudes infinitas de hombres que están ante Mí… Veo calamidades, guerras, paces mentirosas y hecatombes humanas. Odio, robos, sensualidad y orgullo. De vez en cuando un oasis: un período en que se vuelve a la cruz. Como un obelisco que señala una senda entre la seca arena del desierto.

Mi Cruz será levantada con amor, después que el veneno del Mal haya inyectado a los hombres con su rabia… Veo a hombres, mujeres, ancianos, niños, guerreros, estudiosos, doctores, campesinos… Todos vienen y pasan con su fardo de esperanzas y dolores. Veo que muchos vacilan, porque el dolor es demasiado y la esperanza ha sido la primera en caer hecha pedazos, al dar contra el suelo… Al sentirse pisoteados y abandonados… Al sentirse morir, porque la caridad se ha enfriado y es demasiada la maldad, llegan a odiar y maldecir…

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Pobres hijos! Entre todos éstos heridos por la vida y que caen abrumados por la desolación más dolorosa;  mi amor esparcirá intencionalmente samaritanos piadosos, que serán cómo faros en la noche, para que los débiles encuentren ayuda y consuelo. Mis profetas benditos cuya luz hará que se vuelva a oir la Voz que dice: ‘Espera. No estás solo. Sobre ti está Dios. Contigo está Jesús que está Vivo y Resucitado…’

ENOCH

ENOCH

¡Mis Apóstoles de los Últimos Tiempos!…

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¡Mis profetas benditos que serán lapidados por la Jerarquía de la Iglesia, que con el Racionalismo habrá perdido la Fe!

Conchiglia de la Santísima Trinidad

Conchiglia de la Santísima Trinidad

Pero que aunque sean tratados como Jerusalén trató a sus antecesores y a Mí, serán antorchas ardientes de amor, de fuego y de luz…

MARIA DE LA DIVINA MISERICORDIA

MARIA DE LA DIVINA MISERICORDIA

Continuadores vuestros que serán caridades activas, para que mis pobres hijos no mueran en sus almas y continúen creyendo en Mí que soy Caridad, al ver en mis ministros mi reflejo.

Pero, ¡Oh Dolor que hace que vuelva a sangrar la herida de mi Corazón, cómo cuando fue abierto en el Gólgotha! ¿Qué están viendo mis ojos divinos?…  ¿No hay acaso sacerdotes entre las multitudes infinitas y mi divina invitación ya no resuena en los corazones? ¿Ya no es capaz el corazón humano de oírla?

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En el correr de los siglos habrá seminarios y en ellos levitas. De ellos saldrán sacerdotes, porque en su adolescencia mi invitación se hará oir con una voz celestial, en muchos corazones y ellos la seguirán. Pero con la juventud y la maduréz, oirán otras voces… Y la mía no se escuchará más.

Mi Voz que habla a través de los siglos a sus ministros, para que sean lo que vosotros sois ahora: Los apóstoles en la escuela de Jesús. El vestido lo siguen teniendo… Pero el sacerdote, ha muerto…

Durante el correr de los siglos, a muchos sucederá esto: Sombras inútiles y borrosas no serán fermento de masa; cuerda que jale; fuente que quite la sed; trigo que sacie el hambre; corazón que sepa compadecer; luz en las tinieblas; voz que repita lo que el Maestro le ordena… Sino que serán para la pobre raza humana un peso de escándalo, parásitos, putrefacción igual a los sepulcros blanqueados del Templo que Dios ha abandonado…

¡Horror! ¡En el futuro los más grandes Judas, los tendré entre mis sacerdotes!…

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A Jesús se le ha demudado el semblante, demostrando que aun siendo Verdadero Dios, continúa siendo Verdadero Hombre… Sus bellísimos ojos color zafiro, se inundan de lágrimas que bañan sus pálidas mejillas…

Los apóstoles lo miran pasmados y no saben que decir. Su corazón se angustia y no pueden consolarlo.

Jesús explica:

–           Amigos… Estoy en la Gloria y sin embargo lloro. Tengo compasión de estas multitudes infinitas… Greyes sin pastores… O con demasiado pocos. Siento una piedad infinita. Pues bien: Lo juro por mi Divinidad que les daré pan, agua, luz, voces, que los elegidos a esta Obra no quieren hacer. Repetiré en el correr de los siglos el milagro de los panes y los peces. Con unas pocas almas humildes y laicas, daré de comer a muchos y se saciarán.

LUZ DE MARIA

LUZ DE MARIA

Y habrá para todos, porque tengo compasión de este pueblo y no quiero que perezca.

                        Benditos los que merecerán ser tales; porque lo habrán merecido con su amor y su sacrificio.

PADRE WILSON SALAZAR

PADRE WILSON SALAZAR

Y tres veces benditos los sacerdotes que permanecerán apóstoles: pan, agua, luz, voz, descanso y medicina de mis pobres hijos. Resplandecerán en el Cielo con una luz muy especial. Os lo juro Yo, que soy la Verdad.

PADRE KELLY

PADRE KELLY

Levantémonos amigos y venid conmigo para que os enseñe una vez más, cómo orar. La Oración es la que alimenta las fuerzas del apóstol, porque lo une con Dios.

Jesús se pone de pie y se dirige a la escalerilla que está a la puerta del Cenáculo…

Los apóstoles se ponen sus mantos y preguntan perplejos:

–        ¿A dónde vamos Señor?

Pero cuando llegan al corredor que hace de vestíbulo, Jesús ha desaparecido…

La casa está silenciosa y desierta y todas las puertas están cerradas.

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Salen hacia la calle. La mayoría de los habitantes de Jerusalén están reunidos en sus casas para la cena y la ciudad muestra sus calles vacías. Todos los forasteros se han ido, aterrorizados con los terremotos… Unos con el del Viernes y los valientes que se quedaron, con el del amanecer del Domingo.

La tarde está cayendo y pronto anochecerá. Se alejan mientras comentan…

Andrés dice:

–        Estoy pensando en los enfermos. ¿Recuerdan a la mujer de ayer, que estaba desesperada?

Todos se miran mutuamente y dicen:

–        Si… Ninguno de nosotros se sintió capáz de imponerle las manos.

Tomás dice a Juan:

–        Tú podías haberlo hecho. Tú no huiste ni lo negaste. Y tampoco has sido incrédulo…

Juan inclina la rubia cabeza y confiesa:

–        También yo pequé contra el amor, igual que ustedes. Cerca del arco de la casa de Josué, aprisioné por el cuello a Elquías y estuve a punto de estrangularlo, porque ofendió a la Virgen. Y también… He odiado y maldecido a Judas de Keriot…

Pedro contesta aterrorizado:

–        ¡Cállate! No pronuncies ese nombre. Es de un demonio y me parece que lo estuviéramos invocando… Que no estuviera en el Infierno y que ande entre nosotros, para hacernos pecar otra vez.

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Andrés dice:

–        ¡Oh! Con todo lo que ha pasado, él está refundido en los Infiernos… Pero aunque estuviese aquí, su poder ya se acabó. Tuvo todo para haber podido ser un ángel y eligió ser un demonio. Y Jesús ha vencido a Satanás.

–        Así será… Pero es mejor no nombrarlo. Tengo miedo. Ahora comprendo cuán débil soy. Pero tú Juan, no te sientas culpable. Todos los hombres maldecirán al que entregó al Maestro… –Y Pedro se estremece.

Tadeo que jamás pudo aceptar a Iscariote, exclama:

–        ¡Y con mucha razón!

Juan dice:

–        No. María ha dicho que le basta el juicio de Dios y que debemos fomentar un solo sentimiento: el de agradecimiento de no haber sido nosotros los traidores. Y si Ella no maldice… Ella, la Madre que vio los tormentos de su Hijo, ¿Debemos hacerlo nosotros? Mejor olvidémoslo…

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Santiago su hermano contesta:

–        ¡Seríamos unos tontos!

–        Y sin embargo es la palabra del Maestro, por los pecados de Judas… –Juan dice esto, se calla y suspira…

Varios le dicen al mismo tiempo:

–        ¿Qué cosa?

–        ¿Hay otros?

–        Tú sabes…

–        ¡Habla!…

Juan dice:

–        He prometido olvidar y me esfuerzo en hacerlo. Respecto a Elquías, lo que hice no estuvo bien… Pero aquel día cada uno de nosotros tenía su ángel y su demonio… Y no siempre escuché al ángel de la luz…

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Zelote informa:

–        ¿Sabéis que Nahúm está paralítico y que su hijo Annás fue aplastado por una pared de su palacio, que se derrumbó con el terremoto y el deslave del monte? Lo encontraron porque ya apestaba… Nahúm estaba con otros de su calaña y fue golpeado con una piedra que se desprendió y le pegó en el cuello. Sólo tiene una mano sana y con ella agarró por la garganta a Caifás, cuando fue a visitarlo y le gritaba: ‘¡Por tu culpa! ¡Por tu culpa!’  Tampoco comprende nada y parece una bestia… Babea, aulla y se la pasa maldiciendo. Si no hubieran acudido los siervos, quién sabe que hubiera sido del Pontífice…

Los demás lo miran asombrados y preguntan:

–        ¿Y tú cómo lo supiste, Simón?

Zelote responde lacónico:

–        Ayer vi a José de Arimatea.

Han llegado al puentecillo del Hebrón? y se detienen…

Pensativos, miran el suelo y las casas.

Andrés palidece y señala una casa que en lo blanco de la pared, tiene una gran mancha rojiza…

El apóstol más tímido, exclama:

–           ¡Es sangre! Sangre del Maestro tal vez… ¿Había empezado aquí a perder sangre? ¡Oh! Por favor decídmelo…

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Santiago de Alfeo responde desconsolado:

–           Y ¿Qué quieres que te digamos, si ninguno de nosotros lo siguió?

Santiago de Zebedeo responde:

–           No inmediatamente. Mi hermano Juan me ha dicho que lo siguieron desde  la casa de Malaquías… Aquí no estuvo ninguno de nosotros…

Todos miran la mancha como si estuvieran hipnotizados.

Tomás observa:

–           Ni siquiera la lluvia la ha lavado. Tampoco el granizo que cayó tan fuerte en estos días, la ha arrancado… Si estuviese seguro de que es sangre suya, la quitaría de allí…

Mateo propone:

–           Preguntémosle a los de la casa… Tal vez ellos sepan.

–           No. Nos podrían reconocer por sus apóstoles. Pueden ser enemigos del Mesías y…

Santiago de Alfeo da un gran suspiro y dice:

–           Nosotros todavía somos unos cobardes…

Todos estan mirando fijamente, la pared que los acusa…

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Y pasa una mujer que viene de la fuente con sus cántaros…

Los mira atentamente y les grita:

–           ¿Estáis viendo esa mancha sobre la pared? ¿Sois discipulos del Maestro? Me parece que lo sois… porque el miedo se dibuja en vuestras caras. Aunque no os vi detrás del Señor cuando pasó por aquí… Cuando lo llevaban a la muerte… Lo que me hace pensar que un discípulo que sigue al Maestro cuando todo va bien y que se gloría de ello… Que está dispuesto a dejar todo por seguir al Maestro… Debe también seguirlo cuando le va mal… Yo no os ví…  ¡NO!…

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Y si no os vi, señal es de que yo; una mujer de Sidón… Fui detrás de Aquel a Quien sus discípulos no siguieron… Él me hizo un gran favor… Vosotros… ¿Vosotros no recibisteis nada de Él? Me extraña. Porque hacía el bien a gentiles y samaritanos. A pecadores y aún a ladrones, al darles la Vida Eterna. ¿No os amaba acaso?…

Entonces es señal de que sois peores que los escorpiones y que las hienas apestosas; aún cuando creo verdaderamente que Él fue capáz de amar a las víboras y a los chacales, no por lo que son sino porque su Padre los creó…

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Lo que estáis viendo es sangre. Sangre de una mujer de la costa del gran mar. Una vez fueron tierras filisteas, cuyos habitantes son despreciados todavía por los hebreos… Y con todo, ella supo defender al Maestro, hasta que el marido la mató… Arrojándola con tanta fuerza, después de haberla golpeado, que hasta le abrió la cabeza… Se le salieron los sesos y quedó estampada con su sangre, sobre la pared de su casa donde ahora lloran sus hijos huérfanos… Pero había recibido un beneficio del Maestro… Le había sanado a su marido que moría de una enfermedad inmunda.

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Sí… La mató el mismo marido que recibió el milagro del Maestro. Por este beneficio, amaba al Mesías. Y lo amó hasta morir por su causa…Cuando lo vió pasar torturado, cuando lo llevaban a la casa de Caifás. Lo precedió en el seno de Abraham…

También otra mujer que era madre, lavó el camino con la sangre de su vientre, que su perverso hijo le abrió por defender al Maestro. Y allá… –señala otra casa distante unos cincuenta metros- Una anciana murió de dolor cuando lo vió pasar herido a Él, que le había devuelto la vista a su hijo.

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También un anciano mendigo que salió en su defensa, murió porque recibió en su cabeza, la pedrada que estaba destinada a la cabeza herida de vuestro Señor.

Porque así lo considerabais, ¿No es verdad? Los valientes de un rey, mueren a su alrededor; pero ninguno de vosotros murió por Él. Estabais lejos de los que lo golpeaban…

¡AH! ¡Uno murió! Pero no de dolor, ni por haber defendido al Maestro. Primero lo vendió, luego lo señaló con un beso y finalmente se suicidó. Ya no le quedaba otra cosa que hacer para aumentar su iniquidad. Estaba completa como la de Belzebú. El mundo lo habría lapidado, para que la tierra se viese libre de él. Él lo sabía, Dios permitió su último crimen contra sí mismo, para que el mundo NO se manchase las manos con su sangre. Quiso que no hubiera verdugos que vengasen al Inocente…

Conforme habla, los ha estado mirando con un desprecio que va en aumento, Sus grandes ojos negros tienen la mirada como afilados cuchillos de obsidiana, con una dureza implacable, que deja al grupo congelado e incapaz de reaccionar.

Entre dientes, gruñe y escupe la última palabra:

–           ¡Bastardos!

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Recoge sus cántaros y se va. Satisfecha de haber vomitado su desprecio contra los discípulos que abandonaron al Maestro…

Los apóstoles se quedan aniquilados. Con la cabeza agachada, los brazos caídos y sin fuerza… La verdad los aplasta. Meditan sobre la consecuencia de su cobardía. No articulan palabra. No se atreven a mirarse.

Ni siquiera Juan y Zelote, que fueron los únicos que no fueron cobardes y que comparten el dolor que sienten, al verse impotentes para curar la herida producida por las palabras de la airada mujer, en el corazón de sus compañeros.

La oscuridad los rodea. Una luna menguante ilumina apenas la noche y el silencio, es absoluto. Solo se escucha el murmullo del cercano Cedrón fluyendo con sus aguas cantarinas. Todos se sobresaltan cuando de repente…

Se escucha la dulce voz de Jesús que pregunta:

–           ¿Qué estáis haciendo aquí? Os estaba esperando a la entrada del Huerto de los Olivos…

Nadie contesta.

Jesús añade:

–           ¿Por qué estáis mirando cosas muertas, cuando os espera la Vida?

Jesús, que ha venido del Getsemaní en su busca se detiene a su lado y mira la mancha que mantiene como hipnotizados a los apóstoles y dice:

–           Esa mujer ya está en paz. Ha olvidado el dolor. ¿Qué no piensa en sus hijos? No. Lo hace mucho mejor. Los santificará, porque no pide otra cosa a Dios.

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Jesús empieza a caminar y los apóstoles lo siguen en silencio. Después de caminar algunos metros, Jesús se vuelve y pregunta:

–           ¿Por qué decís dentro de vuestros corazones: “¿Por qué no pide que se convierta su marido? No es santa si lo odia…”  Yo os digo que no lo odia. Lo perdonó cuando la mataba. Alma que entra en el Reino de la Luz, ve con sabiduría y justicia. Y ella ve que su marido, ni se convertirá, ni será perdonado. Rechazará la salvación y Dios respetará su decisión. Vuelve ahora su plegaria en favor de quién puede conseguir el bien. Esa no es mi Sangre. Y sin embargo perdí mucha por este camino. Las pisadas de mis enemigos la han borrado, al mezclarse con el polvo y la suciedad. La lluvia la ha hecho desaparecer, pero hay algo que todavía puede verse… Porque manó tanto, que ni los pasos ni el agua la han borrado del todo. Caminaremos juntos y veréis mi Sangre derramada por vosotros…

Los apóstoles se preguntan mentalmente a sí mismos:

–           ¿A dónde?

–           ¿A dónde quiere ir?

–           ¿Al lugar donde oró?

–           ¿Al Pretorio?

–           ¿Al lugar donde la hierba está bañada con su Sangre?

Los apóstoles no han dicho una palabra…

Jesús que camina adelante como siempre, se voltea y dice:

–           Al Gólgota. Hay tanta, que el polvo se ha endurecido como si fuesen piedras. Y hay quienes ya se les han adelantado…

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Bartolomé exclama alarmado:

–           ¡Es un lugar inmundo!

Jesús lo mira con una sonrisa compasiva y responde:

–           Cualquier lugar de Jerusalén después del horrible pecado, es ahora inmundo. Y sin embargo no os preocupáis de otra cosa, fuera del miedo que sentís por la gente…

–           Es que ahí siempre han muerto ladrones…

Jesús puntualiza:

–           He muerto Yo. Y para siempre lo he santificado En verdad te digo que hasta el fín de los siglos, no habrá lugar más Santo que ese… Y que a él vendrán de toda la tierra a besar su polvo. Y hay alguien que os ha precedido, sin temer las burlas y las amenazas. Sin temer a contaminarse. Y quién os precedió, tenía doble motivo para temer.

Pedro le pega levemente con el codo en las costillas a Juan… Y la reconocida señal es interpretada…

Juan pregunta:

–           ¿Quién fue Señor?

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Jesús contesta:

–           Magdalena. Así como recogió las flores que hollaron mis pies el domingo de Ramos y las repartió como un recuerdo de júbilo entre sus compañeras discípulas; asi subio ahora al Calvario y con sus manos ha excavado la tierra que se endureció con mi Sangre y la ha depositado en las manos de mi Madre.

No ha tenido miedo. Era conocida como la ‘pecadora’ y como la discípula. No tuvo miedo de contaminarse, porque adora esa Sangre que la ha redimido. Mi Sangre ha borrado todo. Santo es el suelo donde cayó. Mañana, antes de la hora sexta subiréis al Gólgota. Os alcanzaré. Pero quién quiera ver mi Sangre, ahí la tiene.-Y señala un balaustre del puente agregando- Aquí mi boca pegó y brotó sangre… De ella no habían brotado más que palabras santas y palabras de amor… ¿Por qué entonces fue golpeada? ¿Y no hubo nadie que la hubiera curado con un beso.

Los apóstoles se sienten aplastados.

Y Jesús los conduce hasta un portón nuevo que impide la entrada al huerto de los Olivos y que forma parte de una fuerte empalizada con estacas agudas, alta y con su nueva cerradura.

Jesús trae una llave de metal, nueva y resplandeciente…

Felipe le alumbra la noche cerrada, con una antorcha que ha encendido y el Maestro abre el cerrojo.

Los apóstoles miran sorprendidos la nueva construcción que impide la entrada al huerto…

Y comentan:

–           No estaba antes, ¿Por qué ahora?

–           Ciertamente Lázaro ya no quiere a nadie aquí.

–           Mira allá. Piedras, ladrillos y cal.

–           Ahora es de leños, mañana será una pared.

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Jesús dice:

–           Venid. No os ocupéis de cosas muertas, os lo digo… Ved. Aquí estuvisteis… Aquí me rodearon y aprehendieron. –Extiende su brazo y señala- De allí huisteis… Si hubiera estado esta valla entonces, no hubierais podido huir con tanta rapidez. Pero ¿Cómo iba a pensar Lázaro, que se moría de ansias por seguirme, qué ibais a huir? ¿Os hago sufrir? Primero sufrí Yo. Quiero borrar aquel dolor… ¡Bésame Pedro!

Pedro grita espantado:

–           ¡No Señor, no! ¿Repetir lo que hizo Judas aquí, a la misma hora? ¡No!

Jesús insiste:

–           Bésame. Tengo necesidad de qué hagáis con amor sincero, lo que Judas no hizo. Después seréis felices. Acércate Pedro. Bésame.

Pedro no solo lo besa. Con sus lágrimas lava la mejilla del Señor. Se retira cubriéndose la cara con sus manos temblorosas y se sienta en el suelo para llorar.

Los demás, uno tras otro lo besan en el mismo lugar. Y todos terminan llorando de dolor y arrepentimiento.

Luego Jesús dice:

–           Os retiré de Mí aquella noche, después de que os robustecí con mi Cuerpo y con mi Sangre y pocas horas después caísteis. Recordad siempre cuán débiles fuisteis y que sin la ayuda de Dios no podríais permanecer en la justicia, ni siquiera una hora.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

57.- DE DOS, EN DOS


Jesús está con los apóstoles en un lugar montañoso, pleno de bosques de coníferas y el olor balsámico de su resina invade todo el ambiente. Van caminando por los senderos del bosque y comentando del cambio en Elisa, que ha accedido a ir con Juana de Cusa a su propiedad en Beter.

También hablan de la nueva gira que harán hacia las fértiles llanuras filisteas.

Jesús dice:

–           Cuando lleguemos a la cima de este monte, os mostraré desde lo alto las zonas más importantes. Al verlas podréis sacar pensamientos para lo que tengáis que decir al pueblo.

Andrés se queja:

–           Pero ¿Cómo haremos Señor mío? Yo no soy capaz.

Pedro y Santiago se unen:

–           Somos los más desgraciados del grupo.

Tomás dice:

            –           ¡Oh! Por esto… Tampoco soy de lo mejor. Si se tratase de oro y plata podría hablarles… Pero de estas cosas…

            Mateo pregunta:

–           Y yo… ¿Quién era yo?

Andrés objeta:

–           Pero tú no tienes miedo al público… Sabes discutir.

–           De otras cosas distintas.

Pedro dice:

–           ¡Eh, bueno!… Pero… A final de cuentas tú sabes lo que yo querría decir y haz de cuenta que te lo he dicho. Lo cierto es que vales más que nosotros.

Jesús interviene:

–           Pero queridos míos, no es necesario llegar hasta lo sublime. Decid con sencillez lo que pensáis, con convicción. Tened en cuenta que cuando uno está convencido siempre persuade.

Judas de Keriot dice con voz de ruego:

–           Dadnos muchos puntos. Una idea bien dada puede servir para muchas cosas. Me imagino que estos lugares se han quedado sin oir una palabra de Ti, porque nadie da señales de conocerte.

Pedro contesta:

–           Es porque aquí todavía hay mucho viento que llega del Moria… Esteriliza…

Judas de Queriot, que se siente muy feliz con sus primeros triunfos, replica con firmeza:

–           Es porque no se ha sembrado. Pero nosotros sembraremos…

Han llegado a la cima del monte, un amplio panorama se descubre y bajo los árboles que coronan la cresta, se contempla la cordillera, el océano al que barren vientos contrarios y la vasta llanura en la que se yergue como un faro, la entrada de un puerto.

Jesús dice:

–           Ved. Aquel horizonte amplio, son las llanuras de la fertilísima tierra filistea. Iremos por allí hasta Ramle. Ahora vamos a Betginna. Tú Felipe que miras con ojos suplicantes, irás con Andrés por el poblado. Nosotros estaremos en la fuente de la plaza.

Los dos apóstoles suplican:

–           ¡Oh, Señor! No nos mandes solos.

–           ¡Ven también tú!

–           Id, he dicho.  Vuestra obediencia os ayudará más que mi presencia muda.

Los dos apóstoles obedecen y van por el poblado hasta llegar al pequeño albergue. Acude el dueño:

–           ¿Qué queréis? ¿Hospedaje?

Los dos se consultan con una mirada de susto.

Pero Andrés toma valor y dice:

–           Sí. Hospedaje para nosotros y para el Rabí de Israel.

El hombre los mira con displicencia y dice:

–           ¿Qué rabbí? Hay tantos y tan pomposos. Ellos no vienen a tierras pobres como éstas, a traer su sabiduría a los necesitados. Son los pobres quienes deben ir a ellos y ¡Todavía es un favor si nos soportan cerca!

Andrés responde dulcemente:

–           El Rabbí de Israel es uno solo. Él viene a traeros la Buena Nueva a vosotros los pobres. Y entre más pobres y más pecadores, tanto más los busca y los acerca.

–           Si es así, ¡No ganará dinero!

–           No busca riquezas. Es pobre y bueno. Cuando puede salvar a un alma, está contento con ese día.

–           ¡Hum! Es la primera vez que oigo que un rabbí es pobre y bueno. El Bautista es pobre, pero es muy duro. Todos los demás, son severos y ricos; ávidos como sanguijuelas. – Se vuelve a los demás que están en el vestíbulo- ¿Oísteis? Venid aquí, vosotros que dais vueltas por el mundo. Estos hombres dicen que se trata de un maestro pobre y bueno; que viene a buscar a los pobres y a los pecadores.

Un mercader dice:

–           ¡Ah! Debe ser ese que viste de blanco como un esenio. Hace tiempo que lo ví en Jericó.

Un pastor alto y nervudo replica:

–           No. Aquel está solo. Tal vez sea del que habla Tolmai y del que le hablaron los pastores del Líbano.

Otro exclama:

–           Sí, exactamente. Y viene hasta aquí, si estaba en el Líbano. ¡Por tus ojos de gato!

Mientras el hostelero habla y escucha a sus clientes, los dos apóstoles siguen allí como dos estatuas de piedra.

Y uno de los hombres pregunta:

–           ¡Ey! ¡Vosotros! Venid aquí. ¿Quién es? ¿De dónde viene ése del que habláis!

Felipe se yergue, con el aire de quién espera que se burlen de él y dice majestuosamente:

–           Es Jesús de José de Nazareth.

Andrés añade:

–           Es el Mesías predicho. Os lo aseguro por vuestro bien, escuchadlo.  Hicisteis mención del Bautista. Pues bien, yo estuve con él y él nos señaló a Jesús que pasaba, con estas palabras: ‘He aquí al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo.’ Cuando Jesús vino al Jordán para ser bautizado, se abrieron los Cielos y una voz clamó: ‘Este es mi Hijo Amado, en quien me he complacido’ Y el amor de Dios bajó cual paloma a brillar sobre su cabeza.

Varios exclaman:

–           ¿Lo ves?

–           ¡Es exactamente el Nazareno!

–           Pero decid vosotros que os proclamáis sus amigos…

Andrés replica:

–           Amigos no. Somos sus apóstoles y sus discípulos. Él nos mandó para anunciaros su llegada; para quien tenga necesidad de salvación, venga a Él…

El mercader pregunta:

–           Está bien. Pero decidnos, ¿Es exactamente como dicen algunos, un hombre más santo que el Bautista?… ¿O es un demonio como lo llaman otros? Vosotros que estáis junto a Él responded sinceramente, ¿Es verdad que es lujurioso y deshonesto?

Otro agrega:

–           ¿Qué ama a las prostitutas y a los publicanos? ¿Qué es nigromante y que por la noche evoca a los espíritus, para conocer los secretos de los corazones?

Otro mercader interviene:

–           Pero, ¿Para qué preguntas esto a estos hombres? Pregunta más bien si es bueno. Éstos se enojarán y le irán a decir al Rabbí nuestras malas respuestas y seremos maldecidos. ¡Nuca se sabe! Sea Dios, sea el diablo; siempre es mejor tratarlo bien.

Felipe contesta:

–           Os podemos responder sinceramente, porque no hay nada malo que se deba ocultar. Él, nuestro Maestro, es el Santo entre los santos. Pasa el día entre las fatigas de enseñar. Incansable, va de un lugar a otro buscando los corazones. Pasa la noche orando por nosotros. No desdeña ni la mesa, ni la amistad; pero no por sacar algún provecho propio; sino para acercarse a aquellos que de otro modo, nunca estarían cercanos.

No rechaza ni a publicanos, ni a prostitutas: pero los convierte en redimidos. Señala su vida con milagros de redención, curando a los enfermos. Le obedecen los vientos y el mar. ¡Y también la muerte!

No tiene necesidad de nadie para obrar prodigios. Ni tiene necesidad de evocar espiritus para conocer los corazones.

El hostelero pregunta:

–           ¿Cómo puede hacerlo?… has dicho que le obedecen vientos y mar. Se trata de seres sin razón. Y ¡¿Cómo puede darles órdenes?!

Un romano que está presente exclama:

–           ¡Por Júpiter! ¡A la muerte no se le dan órdenes! Al mar se le puede echar aceite y se le puede hacer frente con velas y si se piensa bien, no se va a él. Al viento se le puede enfrentar con cerrojos y puertas… ¡Pero a la muerte no se le manda!

No existe aceite que la calme. No existe vela que la haga tan veloz, que rápida pueda escapar de la muerte. Y tampoco existen cerrojos para ella. Cuando quiere venir… ¡Eh! ¡Nadie impera sobre esta reina!

Andrés responde:

–           Y sin embargo nuestro Maestro la manda. No solo cuando está cercana, sino cuando ya tiene a su presa. Un joven de Naím, estaba a punto de ser puesto en la tétrica boca del sepulcro y Él dijo: ‘Yo te lo digo, levántate’ y el joven volvió a la vida.  Naím no está tan lejos, podéis ir a comprobarlo.

Varios preguntan:

–           ¿Estás diciendo la verdad?

–           ¿En presencia de todos?

Felipe corrobora:

–           En el camino. Y en presencia de todo Naím.

Hostelero y clientes se miran en silencio.

Luego el hostelero dice:

–           ¿Será que estas cosa las hace sólo para sus amigos?

Felipe, que ya ha recuperado su confianza, responde:

–           No, hombre. Las hace para todos los que creen en Él y no solo para ellos. Es la Piedad sobre la tierra, créemelo.  Nadie se vuelve a Él en vano.

Oíd todos vosotros: ‘¿Hay entre vosotros alguno que sufra y llore a causa de algún enfermo que tenga en la familia; por dudas, remordimientos, tentaciones, ignorancias? Dirigíos a Jesús, el Mesías de la Buena Nueva.

El hostelero se despeina la cabeza; abre y cierra la boca. Se aprieta las franjas de la cintura y finalmente dice.

–           ¡Yo hago la prueba! Tengo una hija. Hasta el verano pasado estuvo muy bien, luego se volvió lunática. Se encuentra como una bestia muda en un rincón. Ahora su madre tiene que vestirla y darle de comer. Los médicos dicen que se le quemó el cerebro; unos por el sol y otros por desilusión del amor.

El pueblo dice que está endemoniada. Pero, ¿Cómo pudo suceder si jamás ha salido de aquí? ¿En dónde pudo cogerla este demonio? ¿Qué cosa dice tu Maestro? ¡El demonio puede apoderarse también de una inocente?…

Felipe responde con seguridad:

–           ¡Sí! Para atormentar a los padres y arrastrarlos a la desesperación.

–           ¿Y Él cura a los lunáticos? ¿Puedo abrigar esperanzas?

Andrés recuerda el milagro con los gerasenos y responde rápido:

–           Debes creer. –Y se los cuenta. Luego agrega- ¿Si aquellos que eran una legión dentro del corazón de un pecador, huyeron de esta manera; cómo no huirá aquel que ha penetrado en el corazón de una joven inocente de pecado?

Yo te lo aseguro: a quién en ÉL espera, lo imposible se le hace fácil, cómo el respirar. He visto las obras de mi señor y doy testimonio de su Poder.

¡Oh! Y entonces ¿Quién de vosotros va a llamarlo?

–           Yo mismo. Espérame un momento.

Y Andrés se va ligero, mientras Felipe sigue contestando las preguntas que le llueven…

Cuando Andrés llega hasta donde está Jesús, parado bajo un zaguán donde se defiende de un sol implacable que llena la plaza del poblado, le dice:

–           Ven maestro. La hija del hostelero es lunática y el padre implora su curación.

Jesús pregunta:

–           ¿Me conocía?

–           No, Maestro. Tratamos de darte a conocer…

–           Y lo habéis logrado. Cuando alguien puede creer que Yo puedo curar a un incurable, ya está adelantado en la Fe. Y vosotros teníais miedo de no saber qué hacer. ¿Qué dijisteis?

–           Ni siquiera te lo podría decir. Dijimos lo que pensábamos de Ti y de tus Obras. Dijimos sobre todo, que eres el Amor y la Piedad. ¡Te conoce tan mal el mundo!

–           Pero vosotros me conocéis bien y eso es suficiente.

Jesús y toda su comitiva, se van detrás de Andrés y llegan al pequeño albergue. Todos los clientes curiosos están en la puerta. Felipe está con el hostelero, que continúa hablando consigo mismo y cuando ve a Jesús corre a su encuentro.

El hombre se arrodilla y suplica:

–           Maestro. Señor Jesús… yo… creo; yo creo muy bien que Tú Eres Tú. Que sabes todo. Qué te digo: Ten piedad de mi hija aunque tenga yo muchos pecados en el corazón. Que no se castigue a mi hija por no haber ido yo honrado en mi negocio. No seré más odioso, te lo juro. Tú ves mi corazón con su pasado y los pensamientos que ahora tiene. ¡Perdón! ¡Piedad, Maestro! Hablaré de Ti a todos los que vengan a mi casa…

Jesús contesta:

–           Levántate y persevera en los sentimientos que ahora tienes. Llévame a dónde está tu hija.

–           Está en un rincón del corral, Señor. El bochorno hace que se sienta peor y no quiere salir.

–           No importa. Voy a donde está ella. No es el bochorno. Es que el demonio siente que me acerco.

Entran en el corral y llegan hasta un rincón oscuro. Los demás se quedan atrás.

La jovencita, despeinada y demacrada se retuerce en lo más oscuro y cuando ve a Jesús, aúlla y grita con una voz que no es la suya:

–           Atrás. Atrás. No me perturbes. Tú Eres el Mesías del Señor y yo un derrotado tuyo. Déjame estar. ¿Por qué siempre vienes sobre mis pasos?

–           Sal de ella. Lárgate. Lo ordeno. Devuelve a Dios tu presa y cállate.

Se oye un aullido desgarrador, un fuerte golpe y la joven, se deja caer sobre la paja. Y luego las preguntas lentas, tristes, llenas de estupefacción:

–           ¿Dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí? ¿Quienes son esos? –y el grito- ¡¡¡Mamaaaá!!!

La jovencita se avergüenza por no traer el velo y por tener los vestidos rotos… Y por estar así ante los ojos de tantos extraños.

El hostelero cae de rodillas llorando de felicidad y exclamando:

–           ¡Oh, Señor Eterno! ¡Está curada!- Y besa una y otra vez las manos de Jesús.

Toda la familia está estupefacta por lo acontecido y la madre se arroja a abrazar a su hija liberada del demonio.

El patio se llena de gente y aumenta la algarabía. Todos celebran el prodigio.

El hostelero se levanta y dice:

–           Quédate Señor. Llega la tarde. Quédate bajo mi techo

Jesús contesta:

–           Somos trece, hombre.

–           Si fueseis trescientos, no serían nada. Comprendo lo que quieres decir. Pero el Samuel avariento e injusto acaba de morir, Señor. Se ha ido también con el demonio. Ahora está el Samuel nuevo y continuará hospedando, pero como un santo. Ven. Ven conmigo para que te honre como a un rey, como a un Dios. Cualquiera que seas. ¡Oh! ¡Bendito el día de hoy qué te trajo a mí!

Y detrás de Jesús, lo siguen sus doce apóstoles que comentan regocijados alrededor de Andrés y Felipe el nuevo milagro…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA