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96.- LAS DOS COLUMNAS


roma imperial

Nerón, cuando asesinó a Séneca esperaba apoderarse de la fortuna estimada en trescientos millones de sestercios y descubrió que ésta no llegaba ni a la décima parte de esa cantidad.

Con la sentencia de Petronio, se encontró con que lo único que quedaba era su palacio en Roma y la quinta de Cumas; que ya no le pertenecían a él, pues estaban legalizadas a nombre de otro dueño.

Estos dos fiascos le hicieron  decretar que en los testamentos se presentarían en blanco las dos primeras páginas.

Que solamente se escribiría en ellas el nombre del testador y que el que escribiese el testamento de otro, no podría asignarse ningún legado.

Empobrecido y exhausto de recursos hasta el punto de demorar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones.

Se apoderó de los bienes y las fortunas que le apetecían con el argumento de que ‘habían sido ingratos con el Príncipe.’

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Un día que cantaba en el teatro, vio a una matrona adornada con la prohibida púrpura, la señaló a sus agentes y haciéndola sacar inmediatamente, le confiscó el traje y los bienes.

Y ya no confirió ningún cargo sin añadir:

–           ¿Sabes lo que necesito? Obremos de tal forma que nadie tenga nada.

Concluyó por despojar a la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y de plata.

Después de la muerte de Popea quiso casarse con Antonia la hija de Claudio.

Como ella se rehusó, también la acusó de conspiración e hizo que la mataran.

No hubo lazo que no rompiera con el crimen.

Y mientras tanto su red de espías, seguían llenando los tribunales con cristianos.

Pedro fue arrestado por los pretorianos y lo llevaron al Tullianum.

Los cristianos lo recibieron con gran reverencia y amor.

Algunos presos que habían sido torturados y que no eran cristianos, le pidieron que los ayudase.

Pedro oró y los sanó el Señor. El hijo de un verdugo que estaba sordo y mudo, también fue sanado.

Entonces un centurión se acercó…

Y le dijo:

–           Mi nombre es Flavio.  Tengo un compañero de guerra al que quiero mucho.

En Germania recibió un fuerte golpe en la nuca y está paralizado del cuello hacia abajo. ¿Podrías rogar a tu Dios para que lo cure?

Pedro le contestó:

–           Flavio, ¿Crees que nuestro Señor Jesucristo pueda sanarlo?

–           Sí creo. Creo que Él es Dios y si Él quiere, puede compadecerse de un pagano…

–           Flavio, en el Nombre de Jesucristo, hágase como lo pides. Y dile a tu amigo que busque la Luz de la Verdad.

Por la tarde de ese mismo día, llegó el otro soldado completamente sano a darle las gracias.

Flavio dice llorando:

–          Cuando seas sentenciado, yo voy a tener que matarte.

Pedro lo mira sonriendo con amor,

Y lo exhorta:

–           Cumple tu deber hijo mío. Y alégrate. No me darás la muerte.

Lo que vas a hacer es abrirme las Puertas del Cielo.

El soldado sanado declara:

–           Anciano, yo soy Leoncio y te doy las gracias a ti y a tu Dios.

Flavio pregunta:

–       Dime cómo podemos agradecerle y adorarlo.

–           Él Mismo los guiará. Venid…

Y Pedro les habla del alma y del Cielo…

Durante todo el tiempo que estuvo en prisión continuó evangelizando también a sus carceleros, realizando milagros a todos los que se lo pedían y bautizando sin cesar a los conversos…

Y los rumores de lo sucedido, traspasaron las murallas de la prisión y se expandieron por todos lados.

Entonces Pablo también fue llevado a la cárcel Mamertina.

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Y cuando Nerón fue notificado de que los líderes de la Iglesia Perseguida habían sido capturados, decidió divertirse un poco…

Recordó algo que le había platicado Popea cuando era prosélita de la religión hebrea.

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Y en complot con Tigelino, urdió un plan…

Para ver lo que haría el Dios de los cristianos, al verse enfrentado con su Padre.

Estaba en Roma un hombre llamado Simón que tenía muy impresionada a la gente con sus artes mágicas.

Y por sus prodigios era tenido entre los judíos como un gran personaje que ‘Tenía consigo la Fuerza de Dios’.  

De acuerdo al plan preconcebido por el César, mandó sacar de la cárcel a Pedro y a Pablo y ante una gran muchedumbre reunida en la plaza del Fórum,

Decidió enfrentarlos con Simón el Mago que capitaneaba a los judíos, acérrimos enemigos de los cristianos.

Cuando todos estuvieron frente al César,

éste les dijo, señalando a Simón:

–           Este hombre es sincero y vosotros, los embaucadores. Y ahora lo veremos.

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Acto seguido Simón el Mago, coronado de laurel por Nerón mismo, subió hasta lo más alto del Capitolio,

¡Y empezó a volar!

Pedro al ver aquello, dijo a Pablo:

–           Satanás se disfraza de ángel de Luz…

Pablo le replicó:

–           A mí me corresponde orar…

Y a ti, dar las órdenes debidas.

Pablo se arrodilló y se sumergió meditando, en la Oración en el Espíritu.

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Pedro levantó la voz y dijo con autoridad:

–           Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire.

En El Nombre Santísimo de Jesús yo os mando que no lo sostengáis más.

Y que lo bajéis sin dañarlo, hasta el suelo.

Los Demonios se encolerizaron y obedecieron la orden a medias.

Ante el asombro general, Simón aterrizó bastante maltrecho.

Nerón se enfureció aún más, al ver el inesperado resultado de su maquinación.

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Y antes de retirarse, ordenó que los llevaran al tribunal.

El Prefecto Agripa dijo a Pedro, al tenerlos frente a sí:

–           Así que tú eres el hombre que en tus reuniones aprovechas tu influencia e impides que las mujeres se casen.

Pedro le contestó:

–           Yo soy fiel discípulo de mi Señor Jesucristo, el Crucificado que Resucitó y Vive y Reina por siempre, a la diestra de Dios Padre.

–           Le seguirás hasta el final. También tú morirás en la Cruz.

Y a Pablo por ser ciudadano romano, lo condenó a ser decapitado.

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Al anciano apóstol se le aplicaron los azotes prescritos por la ley.

Y al día siguiente fue conducido fuera de las puertas de la ciudad. Hacia el Monte Vaticano, en donde debía cumplirse la sentencia y ser crucificado.

A causa de su avanzada edad, no se le exigió que cargara con la cruz.

Cuando llegaron al sitio designado, Pedro contempló toda la Ciudad Eterna, extendida a sus pies…

Y levantando la mano derecha, bendijo:

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¡URBI ET ORBI! (a la ciudad y al mundo)

Y su sonrisa se hizo más luminosa y su rostro se volvió radiante, cuando Jesús le permitió extender su mirada a través de los siglos.

Y vio el mismo lugar de su martirio, convertido en una inmensa Basílica.

Desde la cual, casi dos mil años después su sucesor 265 el último Papa

Mártir Viviente:

Benedicto XVI daría su mensaje de paz al mundo entero y su bendición apostólica: ¡URBI ET ORBI!

Y vio tambien la grandiosa plaza llena de millares de personas, escuchando reverentes a otro Pontífice Mártir y Santo:

San Juan Pablo II.

Quién desde el Vaticano llevaría el mensaje del Evangelio a todas las naciones de la Tierra.

Y desde la Basílica de San Pedro, levantando su blanca mano, bendeciría lleno de bondad y de amor, infinidad de veces.

A través del Pontificado más largo de la Historia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana:

¡URBI ET ORBI!

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Flavio, el jefe de los verdugos le indicó a Pedro que debía extenderse sobre la cruz.

Y Pedro le dijo:

–           Cuando crucificaron a mi Señor pusieron su cuerpo sobre la Cruz, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, porque mi Señor descendió desde el Cielo a la Tierra.

Os ruego que al clavarme lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero. Porque además de que no soy digno de ser crucificado como Él, yo voy a subir de la Tierra al Cielo.

Accedieron a su petición y lo colocaron sobre la Cruz de manera, que sus pies quedaron clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo.

Cuando Pedro estaba ya crucificado, Dios abrió los ojos espirituales de los espectadores.

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Y vieron al apóstol rodeado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas  y de lirios.

Y a Jesucristo colocado a su vera, mostrándole un Libro abierto…

Pedro lo leyó: “Apocalipsis”

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Y dijo en voz alta:

–           Gracias Dios Mío.

Y se sumergió en la Oración en el espíritu…

Dios Padre le reveló entonces…

He aquí que en los Últimos Tiempos, enviaré a mi Séptimo Profeta y hablará con mi Voz y advertirá a los hombres:

Yo aniquilaré sus falsas iglesias, sus cultos perversos, sus falsos ídolos, sus ciudades y sus naciones
Domingo, 15 de julio del 2012, a las 17:45 hrs.
(Recibido durante la Adoración de la Santa Eucaristía)
Mi muy querida hija, es difícil para Mis hijos permanecer libres del pecado, por la maldición infligida sobre ellos por la mano de la Serpiente. No puedo esperar Yo a que Mis hijos estén completamente libres del pecado todo el tiempo, porque esto es imposible.

Es importante que cualquiera que conozca las enseñanzas de la Iglesia de Mi Hijo en la Tierra, busque el arrepentimiento de sus pecados tan a menudo como sea posible.  A través del arrepentimiento será más fácil permanecer en estado de gracia y esto creará una barrera para futuras tentaciones.

Hijos Míos, ustedes están ahora por presenciar grandes cambios perdurables en el mundo. Sucederán después de que el GRAN AVISO se lleve a cabo.

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Mientras muchos ignorarán estos mensajes del Cielo. Estos son importantes para aquellos que los aceptan como la Palabra de Dios, para prepararse. Ustedes son el enlace en Mi armadura contra el enemigo y a través de su Fe, Yo les levantaré y les protegeré contra la Persecución.

Será por su amor por Mi Hijo Jesucristo, el Salvador del Universo, que Yo seré capaz de salvar a aquellos hijos, que no pueden permanecer en la Luz de Dios.
Su consagración de amor, sufrimientos y oraciones será su gracia de salvación del Fuego del Infierno.
No tengan miedo por ustedes mismos.

Sino por aquellos que NO solo NO pueden ver, sino que rehúsan ver el Tiempo en que ustedes están viviendo hoy. Los preparativos están completos y el momento está maduro para que el Cambio comience, porque Yo NO voy a permitirle a la Bestia robar almas.

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Esta intervención, prometida a la Humanidad durante tanto tiempo, se llevará a cabo muy pronto y entonces la Batalla empezará para salvar a Mis hijos. No teman a Mi Mano; porque cuando ésta caiga, será usada para castigar a aquellos que están tratando de destruir a Mis hijos.
Yo les impediré engañar a las almas.

Yo evitaré su asesina intención y aniquilaré sus falsas iglesias, sus cultos perversos, sus falsos ídolos, sus ciudades y sus naciones. Si continúan rechazando la Mano que les alimenta.
Ellos han sido advertidos. Ustedes, Mis amados hijos, ayudarán a Mi Hijo a salvarlos.

Nunca tengan miedo, porque aquellos con el Sello del Dios Vivo, no solo son protegidos, sino que les son dadas las gracias de defender al Mundo de Dios, para que a tantas almas como sean posibles, les sea dado el Don de Vida.
 Es tiempo de preparar a todos los sacerdotes de Dios, a los obispos y a todos aquellos, que dirigen Mi Santa Iglesia Católica y Apostólica en la Tierra.
Porque el tiempo está cerca para que la Persecución de Mi Amado Vicario, el Papa Benedicto XVI, alcance su pináculo.

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Muy pronto él será forzado a huir del Vaticano. Entonces, vendrá el momento cuando Mi Iglesia se divida, un lado contra el otro.
¡Hago un llamado a todos Mis siervos sagrados, a recordar sus sacratísimos votos!
¡Nunca abandonen su misión! ¡Nunca Me abandonen! ¡Nunca acepten mentiras en vez de la Verdad!

Ustedes deben pedirme que les ayude en los difíciles tiempos, que están por delante. Deben levantarse, unirse y Seguirme.
Recen para pedir la Fortaleza que necesitarán, a través de esta Cruzada de Oración especial:
Ayúdame a permanecer fiel a Tu Santísima Palabra

Oh Querido Jesús,
ayúdame a permanecer fiel a Tu Santísima Palabra en todo momento.
Dame la fortaleza para defender la Verdad de tu Iglesia
en medio de la adversidad.

_misa_final_del_jubileo_de_los_sacerdotesLléname con las gracias para administrar los Santos Sacramentos
en la forma en que nos enseñaste.
Ayúdame a alimentar a Tu Iglesia con el Pan de Vida
y a permanecer leal a Ti, incluso cuando me sea prohibido hacerlo.
Libérame de la cadena del Engaño que pueda enfrentar,
con el fin de proclamar la verdadera Palabra de Dios.

Cubre a todos Tus siervos sagrados con Tu Preciosa Sangre en este momento, para que permanezcamos valientes, leales y constantes en nuestra fidelidad
a Ti, Nuestro amado Salvador, Jesucristo. Amén.

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No se desanimen, Mis amados siervos sagrados, porque la discordia ha sido profetizada y debe suceder en la Batalla Final por las almas.
Les amo y estaré con ustedes ahora, mientras caminan Conmigo la espinosa calle al Calvario,

Para que la Salvación pueda ser alcanzada una vez más, por todas las almas.
Su Amado Jesús y Su amado Padre, El Dios AltísimoPedro admiró por largas horas, todos los sucesos que le fueron mostrados en la Ciudad del Vaticano.

Y finalmente, con voz llena de júbilo y de adoración,

Exclamó:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… –antes de expirar.

Las llaves del Cielo que Jesús le entregara y que habían estado en sus manos, las había entregado a Lino, en la Misa cuando le nombró su sucesor.

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Y de esta manera fueron legadas durante la sucesión periódica de cada Romano Pontífice, hasta el pontificado de Benedicto XVI, el último Papa que ahora las tiene en sus manos…

En esa misma tarde, otro destacamento de pretorianos condujo a Pablo de Tarso a lo largo de la Vía Ostiense.

Pasaron por la Puerta Trigémina, hasta un lugar llamado Aqua Salviae.

Mientras avanzan, él mira hacia los Montes Albanos con la magnífica sensación de haber terminado su larga y fatigosa jornada apostólica.

Contempla ya los Cielos abiertos para recibirle y su alma está llena de júbilo,

apostol-san-pablo-Por el inminente encuentro con el Dios por el que ha luchado y sufrido tanto,

Para darlo a conocer y a amar.

Cuando llegaron al sitio designado para el suplicio, se volvió hacia el Oriente y oró.

Luego, se despidió de los cristianos.

El verdugo le dijo:

–           Prepara tu cuello.

Pablo se arrodilló y dijo:

–           ¡Oh, Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Y ofreció su cuello al verdugo.

Éste levantó la espada y descargó el golpe…

Con el rostro radiante, Pablo de tarso fue decapitado.

En el mismo instante en que se desprendió su cabeza del tronco,

Exclamó:

–           ¡Jesús!…

Su sangre bañó la lóriga de su verdugo, brilló una luz intensísima.

Y quedó el aire perfumado con una fragancia maravillosa…

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La Iglesia Cristiana ha sido confirmada con la sangre de sus Dos Columnas Primarias:

San Pedro y San Pablo Apóstoles…

Su ornamento final lo pondrá su último sucesor y papa mártir…

Y los cristianos que confesarán su glorioso testimonio en la Tercera Gran Persecución realizada en el imperio de terror del Anticristo…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

61.- DOLOR DE UNA EMPERATRIZ


A la mañana siguiente, descansado y perfectamente arreglado. Elegante como siempre, Marco Aurelio regresó a la prisión.

Pero allí le aguarda un suceso inesperado.

Por lo general todos los guardias pretorianos que por turno custodian la cárcel Mamertina, lo conocen y lo dejan pasar sin oponerle el menor obstáculo.

Pero esta vez los soldados no le permitieron pasar.

Un centurión se acercó y le dijo:

–           Perdona, noble tribuno. Hoy tenemos la orden de no dejar entrar a nadie.

Marco Aurelio palideció y repitió:

–           ¿Una orden?

El soldado le miró con expresión compasiva y contestó:

–           Sí, señor. Una orden del César. En la prisión hay muchos enfermos y hay temor de que los visitantes puedan difundir el contagio por toda la ciudad.

–           ¿Dices que la orden es solo por el día de hoy?

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–           La guardia se releva al mediodía.

Marco Aurelio permaneció silencioso, con una gran opresión en el corazón.

El soldado se le acercó más y le dijo en voz baja:

–           Vuelve tranquilo señor. El guardián y Bernabé cuidan de ella.

Y al decir esto se inclinó y en un parpadeo trazó con su espada un pescado sobre las baldosas del pavimento…

Marco Aurelio le dirigió una mirada rápida y le dijo:

–           ¿Y tú eres pretoriano y cristiano?

El militar contestó señalando la prisión:

–           Sí. Me llamo Fabián, hasta que me llegue el turno de entrar allí.

–           Yo también adoro a Cristo.

–           ¡Alabado sea su Nombre! Lo sé señor. Pero no puedo dejarte entrar a la prisión. Escribe una carta y se la entregaré al guardián.

–           Gracias hermano mío. Que la Paz esté contigo.

Y estrechó la mano del soldado y se alejó de allí.

La opresión en su corazón desapareció.

El sol ya está en lo alto iluminando los muros de la cárcel y Marco Aurelio sintió su calor como una caricia que le traspasa hasta el alma y envuelve su corazón con un nuevo consuelo.

Aquel soldado cristiano fue para él otro testimonio viviente del Poder de Cristo.

Se detuvo y miró hacia el cielo.

Vio las nubes rosadas sobre el Capitolio y el Templo de Júpiter Stator.

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Y dijo:

–           ¡Oh, Señor Jesús! ¡Hoy no la he visto, pero creo en tu Misericordia y en tu Amor!

En la casa encontró a Petronio, que después de que llegó ya había tomado su baño, se había ungido el cuerpo y se disponía a descansar.

Pero al ver a su sobrino tan elegante y bien dispuesto, con el rostro apacible y tan tranquilo como si ya hubiera pasado la tempestad…

Se quedó asombrado y confundido.

Y por primera vez no pudo aparentar su acostumbrada indiferencia…

Frunciendo el entrecejo preguntó:

–           ¿Ha pasado algo que yo no sepa? ¿Por qué te veo así?… -y Petronio movió las manos como si no comprendiera.

Marco Aurelio lo mira confuso y pregunta:

–           Así ¿Cómo?… ¿Qué tratas de decir?

–           No sé. ¡Tan cambiado! Casi pareces el mismo de antes… ¡No! Mejor que antes.

¿Qué tienes? Hay algo en ti… Lo percibo, pero no lo entiendo.

–           ¡Ah! ¡Ya sé!…

Y  Marco Aurelio comenzó a relatarle todo lo acontecido en los últimos días:

Su visita al Tullianum, su encuentro con Cástulo, con Fabián y lo que le sucedió al recibir la Primera Comunión.

Luego concluyó emocionado:

–           ¡Te imaginas! ¡Tener a Dios dentro de mí! Siento una Paz tan grande. ¡Es una experiencia maravillosa!

Se me quitó la desesperación y la tristeza. El Dolor casi desapareció y es como si lo tuviese anestesiado. Y luego, tengo en todo mi ser una felicidad tan plena, que es como si me hubiera embriagado…

Pero ésta es una embriaguez que no quiero que me deje nunca.

Estoy lleno de la Paz de Dios y me siento muy tranquilo. Eso es todo. Y NO…

De todo lo demás, nada ha cambiado. La situación sigue exactamente igual.

Petronio lo mira perplejo. Apenas puede creer lo que oye…

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Marco Aurelio lo mira sonriente y concluye:

–           He decidido que no les vamos a dar el gusto de regodearse con nuestra derrota ¿Qué te parece?

Después de una larga pausa, Petronio confirma:

–           ¡Me parece estupendo! – Está muy contento, a la vez atónito y desconcertado por completo…

Pero haciendo a un lado estas emociones, dice al tribuno:

–           Tengo noticias que darte. Estuve hoy en casa de Aminio Rebio a quién el César también fue a visitar. No sé por qué se le ocurrió a la Augusta llevar consigo al pequeño Rufio Crispino, hijo de su matrimonio anterior.

Tal vez esperaba que el corazón del César se ablandara ante la infantil hermosura del niño. Desgraciadamente éste venía cansado y se quedó dormido, como le sucedió una vez a Vespasiano, durante la declamación que hacía César.

Viendo esto, Enobarbo se enojó y le arrojó una copa de oro a la cabeza de su hijastro, hiriéndolo gravemente…

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Popea se desmayó y todos pudimos oír a Nerón cuando dijo:

–         ‘¡Estoy harto ya de esa ralea!’… y eso, bien lo sabes tú, equivale a una sentencia de muerte.

Marco Aurelio declaró:

–           El castigo de Dios pende sobre la cabeza de la Augusta… ¿Por qué me cuentas esto?

–           Te lo cuento porque la cólera de Popea os ha perseguido a ti y a Alexandra. Ocupada ahora en su propia desventura, puede que abandone la idea de su venganza y sea más fácil influir en su ánimo.

La voy a ver esta tarde y hablaré con ella.

–           Gracias. Esta sí es una excelente noticia. ¿Pero que no ha sido anunciado para hoy la Inauguración de los Ludus Matutinus?

–           Sí. Pero Nerón lo pospuso para dentro de diez días… Y mientras más tiempo tengamos disponible, mejor. No se ha perdido todo aún.

Pero el mismo Petronio no cree en lo que está diciendo porque sabe perfectamente que después de la rebuscada respuesta con la que el César contestó a la petición de Alituro, en la cual se comparó con Bruto, ya no puede haber salvación para Alexandra.

orgiaTambién se reservó por compasión a Marco Aurelio, lo que oyó decir en casa de Aminio Rebio:

Que el César y Tigelino decidieron elegir para ellos y para sus amigos, a las más lindas doncellas y hermosos jóvenes cristianos, para profanarlos antes de la tortura…

En cuanto a los demás, serán entregados el día del espectáculo a los pretorianos y a los guardianes de las fieras.

Está convencido de que su sobrino no sobrevivirá a su esposa y desea endulzarle estos últimos días con todas las esperanzas y alegrías que le sea posible proporcionarle…

Y por eso agregó:

–           Hoy le diré a la Augusta: ‘Salva a Alexandra para Marco Aurelio y yo salvaré para ti, a Rufio’ y me propongo meditar seriamente como hacerlo.

Este asunto es muy delicado. Una sola palabra dicha a Enobarbo en el momento oportuno, puede salvar o perder a una persona.

En el peor de los casos ganaremos tiempo…

Marco Aurelio dijo abrazándolo:

–           Gracias. Te amo, tío. Estoy pidiéndole a Dios por ti.

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Petronio se emocionó y dijo un poco precipitado:

–           Sería mejor me demostraras tu agradecimiento, comiendo y durmiendo bien. ¡Por Zeus!

Ni en sus mayores tribulaciones, descuidó jamás Odiseo el alimento y el descanso. Me imagino que habrás pasado en la cárcel la noche entera.

–           Pues fíjate que no. Ya te dije que ayer me vine, dormí y descansé y… Bueno, cené un poco.-dice Marco Aurelio como un niño cogido en falta.

Y sonriendo con cariño agregó:

–          Pero te prometo que haré todo eso que deseas.

Petronio levantó un dedo y dijo:

–           Me encargaré de que Aurora haga que te alimentes como es debido.

Y se despidieron.

Petronio se fue a dormir y Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribir la carta para Alexandra.

Cuando la terminó la llevó al centurión Marcelo, que se la dio inmediatamente al guardia.

Al poco rato, el soldado regresó trayendo un saludo de Alexandra y la promesa de responderle un poco más tarde.

El tribuno decidió dar un paseo y luego regresar por la contestación de su esposa.

Está el sol ya muy alto y mucha gente afluye al Forum.

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Cuando Marco Aurelio va de regreso a la prisión ve una lujosa litera que va abriéndose paso y pasa junto a él.

Dentro de ella, vestido elegantemente de blanco, va un augustano cuyo rostro está oculto por un rollo de papiro que va leyendo con mucha atención.

Un apretado grupo de gente estorba el paso de la litera, el hombre hace a un lado el rollo de papiro…

Y asomando la cabeza grita:

–           ¡Dispersad esa plebe! ¡Pronto!

Al hacer esto, ha quedado frente a Marco Aurelio…

Y al reparar en ello, tomó bruscamente el rollo de papiro y volvió a cubrirse el rostro.

El tribuno se lleva la mano a la frente creyendo que sufre una alucinación, porque el ‘augustano’ es nada más y nada menos que Prócoro Quironio en persona.

A Marco Aurelio se le aclararon muchas cosas en un instante y se acercó a la litera de Prócoro saludándolo, con una mirada penetrante.

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El griego contestó con altivez y dándose mucha importancia.

–           Joven, te saludo pero no me detengas, porque me urge llegar a casa de mi amigo, el noble Tigelino.

Marco Aurelio, aferrándose a uno de los bordes de la litera y mirándolo fijamente…

Le dijo con voz reprimida:

–           ¿Por qué traicionaste a Alexandra?

Prócoro exclamó temblando de terror:

–           ¡Oh, grandioso Apolo!

Pero en los ojos de Marco Aurelio no hay nada amenazante. Y recuperándose rápidamente, recuerda que ahora es un hombre rico e influyente.

Y vuelve a hablar con arrogancia:

-¡Tú ordenaste que me mataran y que me enterraran en el jardín! ¿Ya se te olvidó?

Siguió un profundo silencio.

Y luego dijo Marco Aurelio con voz ronca:

–           Es verdad que te ofendí, Prócoro.marco aurelio

La humildad del tribuno encrespa la soberbia del griego.

Este se irguió y castañeteando los dedos, lo que en Roma es una demostración de burla y desprecio, contestó con una voz tan fuerte…

Para que todos pudieran oírle a su alrededor:

–           Amigo, si tienes alguna petición que presentarme ven a mi casa del Esquilino por la mañana, a la hora en que recibo a mis clientes después del baño.

Mientras tanto los corredores han abierto paso a los portadores y están listos para proseguir la marcha.

Prócoro hizo una señal con la mano y la litera continuó rápida su camino detrás de los corredores que gritan:

–           ¡Abrid paso a la litera del noble augustano Prócoro Quironio! ¡Paso! ¡Paso!

Marco Aurelio regresó con paso lento a la prisión.

Y en una plegaria silenciosa, perdonó a Prócoro y a todos los que lo habían sumido en aquel drama que destroza su corazón…

Luego imploró la misericordia para todos…

Y finalizó:

–           ¡Dios mío, ayúdame!…

Marcelo le entregó la carta de Alexandra.

Marco Aurelio la apretó contra su pecho y se fue a casa de Petronio, para leerla con más calma.

Y cuando llegó, desenrolló el largo papiro.

Su esposa, en aquella carta escrita apresuradamente, se despide de él para siempre.

Sabe que ya a nadie le está permitida la entrada a la prisión y que solo podrá ver al joven tribuno desde la arena.

Le suplica que cuando sea llevada de la prisión Mamertina al circo, asista al espectáculo; pues desea verle por última vez en la vida, antes de partir para el Cielo.

En su carta no hay el más leve indicio de temor.

Al contrario, lo exhorta a que sea valiente y que no olvide que después de Cristo, ella lo adora con todo su ser.

Dice que tanto ella como sus compañeros de cárcel, ansían el momento de estar en la arena, para librar el combate final y en donde hallarán para siempre la libertad…

La verdadera libertad de las tribulaciones de esta vida…

Que no olvide que ella le ama. Que le ama tanto como él  ni siquiera puede imaginarse…

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Que recuerde las enseñanzas de Cristo y así podrá alegrarse con ella en su martirio.

Cada una de sus palabras demuestra un estado de euforia espiritual y sobre todo un desprendimiento total de todo lo que hay en la vida terrenal y que él mismo ya había advertido en todos los presos que están en la cárcel Mamertina.

Así como también su Fe imperturbable y su alegría por la esperanza en que todas las promesas de Jesús, se verán cumplidas más allá de la muerte:

“Ya sea que me libere Cristo en esta vida o después de la muerte, Él me unió a ti cuando nos casamos y por lo tanto soy tuya.

Y aunque no hayamos consumado nuestro matrimonio, somos un solo cuerpo, así como ya somos una sola alma.

 Porque sé que piensas y sientes lo mismo que yo. Y deseas estar unido a mí, tanto como yo lo deseo amadísimo esposo mío…

Te imploro que no llores por mí. Y no te dejes dominar por el dolor y el sufrimiento.

Tú sabes como hay que entregarlo a Jesús e implorar de la Virgen María, su auxilio y protección.”

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Es muy evidente que para ella la muerte no significa la disolución de su matrimonio.

Con una confianza infantil, asegura a Marco Aurelio, que una vez terminados sus sufrimientos y después de las torturas (No importa cuales sean), en la arena ella entregará su vida por amor a Cristo.

Y que cuando vaya al Cielo, le dirá a Dios que su esposo Marco se quedó en Roma, ansiando unirse también a ella para poder adorarlo juntos, por toda la Eternidad…

Está segura de que el Señor la escuchará y pondrá una solución que los va a hacer muy felices…

Y también le pedirá a Jesús que su alma vuelva a él, aunque solo sea por un instante a decirle que está más viva que nunca…

Con el misterio de la Comunión de los Santos, estará en contacto con él…  

Que todos sus tormentos, sufrimientos y torturas habrán quedado en el olvido, porque ella será verdaderamente dichosa y bienaventurada.

Toda aquella carta respira felicidad y una gran esperanza.

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Solo hay en ella una petición relacionada con asuntos terrenales:

Que si algo queda de su cuerpo, quiere que Marco Aurelio lo recupere del spolarium (lugar donde son depositados los gladiadores muertos) y la sepulte como su esposa, en la tumba donde él mismo reposará algún día…

Marco Aurelio leyó aquella carta con el ánimo acongojado y al mismo tiempo siente dentro de sí, aquella Paz que lo fortalece.

En su corazón comparte la misma esperanza, la Fe y los pensamientos que animan a su esposa.

En la biblioteca, se levanta y deja a un lado sobre la mesa, la carta.

Y se dispone a escribir a su vez, la contestación.

Después de reflexionar un poco, se sienta y escribe a Alexandra que irá diariamente a montar guardia al pie de los muros del Tullianum.

Y pide a la joven que crea que tal vez Jesús aún quiera salvarla para él… Y regresarla a sus brazos aún en el mismo circo, pues él cree que Él, puede realizar ese milagro para los dos…  

Pero cuando Marco Aurelio llegó a la cárcel esa mañana.

Marcelo el centurión abandonó las filas, se le acercó y le dijo:

–           Escúchame señor. Cristo te ama tanto que ha hecho un milagro en tu favor. Anoche el liberto del César y los enviados del Prefecto vinieron a elegir doncellas y jóvenes cristianos a quienes aguarda la deshonra.

Preguntaron por tu esposa. Pero nuestro Señor Jesús le mandó una fiebre, la cual está haciendo mortíferos estragos entre los prisioneros del Tullianum y entonces a ella la dejaron en paz, porque estaba inconsciente…

Y bendito sea el Nombre de Jesucristo, porque la enfermedad que la ha liberado de la vergüenza, puede también salvarla de la muerte en la arena.

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Marco Aurelio tuvo que apoyarse en el hombro del soldado, para no caer desvanecido.

El joven tribuno, permaneció por algún tiempo con la cabeza inclinada…

Luego la levantó y dijo en voz baja:

–           Dices bien, Marcelo. Cristo que la salvó de la deshonra, la salvará también de la muerte.

Gracias hermano mío. Ruega por nosotros y yo rogaré por ti. Que la Paz sea contigo.

Después de despedirse, se sentó luego en un peñasco, al pie de las murallas de la prisión y allí estuvo todo el día.

Al caer la tarde, regresó a la casa de Petronio.

Mientras tanto, Petronio había entrado a su biblioteca…

Leyó la carta de Alexandra que se había quedado sobre la mesa donde él escribe…

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Y después de leerla, estuvo mucho rato pensativo y reflexionando como nunca lo había hecho en su vida…

Luego tomó una resolución y antes de que Marco Aurelio regresara, se fue a visitar a la Augusta.

Encontró a Popea, a la cabecera del lecho del pequeño Rufio.

El niño a consecuencia de la herida en la cabeza, lucha ahora por su vida.

Y su madre, con el corazón amargado por la desesperación y el terror, asiste impotente a sus delirios por la fiebre, pensando al mismo tiempo que si logra salvarlo, ello solo servirá para que enseguida perezca con una muerte más terrible.

Ocupada exclusivamente en su propio dolor, nada quiere oír de los problemas de Marco Aurelio.

Pero Petronio la aterrorizó:

–           Tú has ofendido a una Divinidad nueva y desconocida. Tú Augusta, según parece adoras al Jehová hebreo.

Pero los cristianos afirman que Cristo es Hijo suyo. Reflexiona ahora si no te estará persiguiendo la cólera del Padre.

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¿Quién podrá afirmar que no es la venganza de Éste, la que ha caído sobre ti? Y quién sabe  si la vida de Rufio no depende sino de esto: de la manera en como tú obres.

Popea lo miró espantada y preguntó:

–           ¿Qué me aconsejas?

–           Aplacar a las deidades ofendidas.

–           ¿Y cómo?

–           Alexandra está enferma. Influye tú sobre el César o sobre Tigelino, para que sea entregada a Marco Aurelio.

Popea exclama con acento desesperado:

–           ¿Y piensas que yo pueda hacer eso? Mira lo que me está pasando…

–           Puedes hacer otra cosa entonces. Si Alexandra mejora, su destino es morir en el Circo.

Dirígete al Templo de Vesta y pide a la Virgo Magna, que trate de estar como de manera fortuita cerca del Tullianum, en el momento en que conduzcan a los presos a la muerte y ordene que dejen en libertad a la doncella.

Ella puede hacerlo y la gran vestal no te podrá negar eso.

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–           Pero ¿Y si Alexandra muere de fiebre?

–           Dicen que el Dios de los cristianos es Vengativo pero Justo. Es posible que Tú logres aplacarlo, sólo con el deseo de ir en auxilio de esa joven.

–           Si es así, que me dé una señal indicativa de que Rufio sanará.

Petronio se encogió de hombros y dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Yo no he venido a verte como enviado de Él. Me limito a decirte:

Que es preferible que te encuentres en buena armonía con todos los dioses, tanto romanos como extranjeros.

Popea dijo con la voz quebrantada:

–           ¡Está bien! ¡Iré!

Petronio respiró con fuerza y aliviado.

Y pensó:

–           ¡Al fin he podido hacer algo!

Al regresar a su casa recordó el enojo y la frustración tanto del César como de Tigelino, por no haber podido apoderarse de Alexandra, por la fiebre que la consumía…

Y después de ver a su sobrino le dijo:

–           Ruega a tu Dios que no muera Alexandra de la fiebre que le aqueja. Porque si ella se salva, la gran vestal ordenará su liberación. La Augusta en persona le pedirá que lo haga.

Pero Marco Aurelio objetó:

–           Si ella no lo hace, Cristo la salvará.- convencido por la Fe y la esperanza.

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Mientras tanto Popea, que por la salud de su hijo está dispuesta a ofrecer hecatombes a todos los dioses del Universo, se dirigió esa misma noche a través del Forum hasta el Templo de Vesta.

Dejando encargado a su niño a su fiel nodriza Amelia, quién también ha sido su propia nana.

Pero es demasiado tarde, porque en el Palatino ya ha sido decretada la sentencia de muerte contra el niño.

Así pues, apenas la litera de Popea desapareció a través de la Gran Puerta, entraron dos libertos del César al aposento del pequeño Rufio.

Uno de ellos se arrojó sobre Amelia y la amordazó.

El otro se apoderó de una estatuilla de bronce y mató de un solo golpe en la cabeza a la pobre mujer.

Luego, los dos se acercaron a Rufio.

El pequeño, atormentado por la fiebre y sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, sonrió a los hombres…

Éstos le quitaron a la nodriza el cinturón y poniéndolo alrededor del cuello del inocente niño, lo estrangularon.

Éste, apenas pudo llamar una sola vez a su madre…Y murió.

Lo envolvieron en una sábana y montando en los caballos que los estaban esperando, se dirigieron con el cadáver hasta el puerto de Ostia, donde lo arrojaron al mar.

Popea no encontró a la Virgo Magna y regresó al Palatino.

Y al encontrar vacío el lecho de su hijo y rígido el cadáver de Amelia, se desmayó.

Cuando recuperó el conocimiento empezó a gritar y sus desesperados alaridos se oyeron toda la noche…

Pero el César le ordenó que asistiera a una fiesta que iba a dar ese día.

Y de esta manera, Popea debió ataviarse con su túnica de color amatista y acudir al banquete con una sonrisa que enmascara su inmenso dolor.

Es una estatua regia. Hermosa como una diosa.

Coronada en sus áureos cabellos, anonadada y muda, como el ángel de la muerte…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

10.- UNA ORDEN IMPERIAL


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Y en efecto, Petronio cumplió su promesa. Al día siguiente se fue al Palatino y tuvo con Nerón una entrevista privada. Y al tercer día se apareció en la casa de Publio, un centurión al frente de una decuria de pretorianos.

En este tiempo de incertidumbre y de terror, los enviados de este género son por lo general, mensajeros de muerte. Cuando el centurión llegó a la casa de Publio Quintiliano y el vigilante del atrium anunció que había soldados allí, el espanto invadió toda la casa. La familia rodeó a su jefe, pues todos creyeron que venían por él.

 Después de unos momentos de pánico, Publio restableció la calma. Acallando el rumor que se había levantado por todas partes, dijo:

–           Déjame marchar Fabiola. Si mi fin ha llegado tendremos tiempo para despedirnos.-   Y la apartó suavemente a un lado.

Fabiola contestó:

–                     Permita Dios, ¡Oh, Publio amado! Que sean uno mismo, tu destino y el mío.

Y empezó a orar con la vehemencia que solo puede infundir el temor que se siente por la suerte del ser más querido.

Publio pasó enseguida al atrium donde lo esperaba el centurión.

Éste era el viejo Máximo, su antiguo y subordinado compañero de armas en Jerusalén.

–           Salve general. –Dijo con respeto, al entregarle la tablilla con el sello imperial- Soy portador de una orden y de un saludo del César.

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Publio replicó:

–           Presenta mi agradecimiento al César por su saludo. Y en cuanto a la orden, estoy listo para cumplirla. Sé bienvenido Máximo y dime cuál es esa orden de la que eres portador.

–           Publio Quintiliano, el César sabe que en tu casa vive la familia de Vardanes I, rey de Partia. La cual fue entregada como prenda de que las fronteras del imperio, jamás serían violadas por los partos. El divino Nerón te está agradecido, ¡Oh, general! Por la hospitalidad que les has dado estos años; pero hay un rehén que el César desea tomar bajo su custodia y la del senado. Y te ordena que me entregues dicha doncella en sus manos.

Publio es un soldado bastante disciplinado y demasiado veterano para permitirse manifestar ningún sentimiento, ni expresar palabras vanas o quejas, ante una orden tan perentoria. No obstante, una ligera arruga de súbita cólera y de dolor se dibujó en su frente y Máximo se dio cuenta. Pero a la vista de la orden está indefenso.

Permaneció por unos segundos mirando fijamente la tablilla de Nerón y murmurando como para sí mismo, dijo:

–           Conque la hija menor, ¿Heee? –Y agregó con voz firme- Aguarda aquí. En breve te será entregado el rehén.

Después de decir esto se dirigió al otro extremo de la casa y llegó con Fabiola que estaba llena de zozobra y de temor.                       

Carraspeó un poco y aclarándose la voz declaró:

–           La muerte a nadie amenaza. Tampoco el destierro a tierras lejanas. No obstante el mensajero del César, es un heraldo de infortunio. Se trata de Alexandra.

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Un coro de voces repitió asombrado

–           ¡¡De Alexandra!!

Publio ordenó a la aya:

–           Llámala, Marcela. Y dile que venga inmediatamente.

Fabiola exclamó atónita:

–           Pero ¿Alexandra?

–           Precisamente de ella. –contestó muy serio Publio.

Y volviéndose a la doncella que acaba de llegar, agregó:

–           Alexandra, has sido criada en esta casa como hija nuestra. Y como a tal, te amamos tanto Fabiola como yo. Pero la verdad es que eres un rehén entregado a Roma por tu pueblo y tu custodia corresponde al César. Así pues como propiedad de él, es el mismo César quién te arranca de nuestra casa y debemos obedecerlo. Tus hermanos permanecerán aquí, mientras no sea otra la voluntad del emperador.

El general dijo estas palabras con acento tranquilo, pero con una insólita y extraña inflexión en su voz.

Alexandra lo escuchó petrificada. Como si no comprendiera de lo que se trata.

Fabiola palideció intensamente. Y otro murmullo recorrió nuevamente la casa.

Publio confirmó:

–           La voluntad del César debe ser cumplida.

Fabiola protestó:

–           ¡Oh, no! -Y abrazando a Alexandra, como si quisiera protegerla- ¡Preferible para ella sería la muerte!

Alexandra gritó:

–           ¡Oh no! ¡Madre! ¡Madre!- Y buscó  refugio en Fabiola, estremecida por los sollozos.

De nuevo se dibujaron la ira y el dolor en el semblante de Publio.

Y dijo con impotencia:

–           Hoy mismo veré al César y le imploraré que modifique su mandato. Ignoro sí mi súplica será escuchada. Mientras tanto, adiós Alexandra y debes saber que Fabiola y yo bendecimos el día en que llegaste a ocupar un lugar a nuestro lado, en esta casa.

Y  al decir esto puso una mano en la cabeza de la joven e hizo un gran esfuerzo para conservar su calma habitual.

Pero cuando Alexandra lo miró con sus ojos llenos de lágrimas, tomando su mano la llevó a sus labios para besarla y se quebró la voz del anciano…

Con ternura paternal en una voz llena de dulzura, agregó:

–          ¡Adiós, alegría nuestra! Eres la luz de nuestros ojos. –Y abrazándola, lloró con ella.

Con inmenso dolor, pero con voz serena, Fabiola dijo:

–           La hora ha llegado. La casa del César es un antro de infamia, depravación y crimen. Pero nadie tenemos derecho de levantar la mano sobre nadie; ni siquiera sobre nosotros mismos, disponiendo de nuestra vida. No debemos cometer ninguna tontería.

Alexandra llorando, contestó:

–           Me aflijo por ti, madre. Por mi padre y mis hermanos. Pero sé bien que la resistencia es inútil y que solo conduciría a la destrucción de todos nosotros. ¡Dios cuidará de nosotros! ¡Te amo!

Fabiola replicó afligida:

–           Mientras arreglan tus cosas, vamos a que te despidas de todos. -Y la conduce suavemente a hacer lo que ha dicho.

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Entonces un hombre muy alto y robusto llamado Bernabé, que había servido en otro tiempo a la reina y madre de Alexandra, se postró a los pies de Fabiola y dijo:

–           ¡Oh, domina! Permíteme que siga a mi ama, la sirva y vele por ella en la casa del César.

Fabiola lo miró con cariño y dijo:

–           Bernabé, tú no eres siervo nuestro, sino de Alexandra. Pero si no te permiten cruzar los umbrales del Palatino ¿Cómo podrás velar por ella?

Bernabé suplicó:

–           No lo sé domina. Pero necesito ir con ella.

Entonces Margarita, la hermana mayor de Alejandra, intervino:

–           Yo también iré con ella.

La angustia palpita en la voz temblorosa de Fabiola al contestar:

–           ¡Dios mío! ¿Acaso también deberé agonizar por ti? Eres una virgen consagrada y tu belleza puede ser tu perdición. ¿No acabas de oír lo que he dicho sobre la Domus Transitoria? ¿Qué puedes hacer tú para proteger a Alexandra de los motivos que han impulsado a esta orden imperial?

Hija mía, sólo eres una doncella tres años más grande que tu hermana… Por favor…  – un sollozo le impide continuar.

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Margarita replicó serenamente:

–           Lo sé. Pero yo no he sido solicitada y confío ciegamente en que Jesús me defenderá de todo peligro. Yo también pienso que el poder del que se siente el amo del mundo, está sujeto a la Voluntad Divina de nuestro Señor. Además, iré como dama de compañía y creo que eso no me lo pueden impedir.

Fabiola admitió:

–           Es verdad. ¡Sí! La Ley que nos gobierna es otra más grandiosa. Por ahora hay que ofrecer todo a Dios. Hay que esperar y confiar en Él, creyendo que existe un poder superior al de Nerón y una misericordia más grande que su cólera.

Publio intervino:

–           Si han enviado por Alexandra como un rehén reclamado por César, están obligados a aceptar su séquito y el centurión no puede negarse a recibirlos.

Fabiola aceptó:

–           Está bien.  -Y volviéndose hacia la otra joven doncella, agregó- Margarita, prepara tus cosas. Marcela irá con ustedes. – y da las órdenes pertinentes, para que la aya las acompañe.

El general está consternado y preguntó:

–           ¿Qué otra cosa podemos hacer además de orar?

–           Mientras ellas se despiden yo le escribiré a Actea y ella sabrá qué hacer.

–           Es una idea excelente. Yo también veré las opciones que nos quedan.

Y Fabiola enseguida escribió una carta a Actea, colocando a Alexandra bajo su custodia.

La liberta de Nerón es la única persona confiable en aquel palacio…

Cuando  llegó el momento de partir, los pretorianos los condujeron al Palatino.

Mientras tanto, el viejo general dio orden de que le preparen su cisio y dijo a su esposa:

–           Escúchame Fabiola. Iré a ver al César aun cuando sé que mi visita será inútil. Y aunque la palabra de Séneca ya nada significa para Nerón, iré a ver a Séneca. Ahora los que tienen más influencia son Petronio, Tigelino, Haloto y Vitelio. En cuanto al César, ni siquiera creo que le importe Alexandra. Creo que ‘alguien’ ha intervenido para que esto sucediera. Y creo que es fácil adivinar quién es.

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Fabiola preguntó asombrada:

–           ¿Petronio?…

Publio contestó con voz contenida:

–           ¿Quién más? Él fue. ¿Ves las consecuencias que trae el admitir que gente sin conciencia, ni honor, traspasen el umbral de nuestro hogar? ¡Maldito el día en que Marco Aurelio estuvo en esta casa! Ha sido él quien trajo a Petronio. ¡Pobre Alexandra! ¡Estos hombres no buscan en ella un rehén, sino una concubina!

La voz del general está llena de ira impotente y de dolor, por la pérdida de su hija adoptiva. Con sus puños apretados exclama:

–           ¿Por qué Dios permite que triunfe ese monstruo malvado y protervo llamado Nerón?

Fabiola contestó suavemente:

–           Publio… Nerón es apenas un puñado de fango, ante la infinita majestad de Dios.

Pero Publio se siente muy humillado. Pesa sobre él, el poder de una mano que desprecia profundamente. Y  su impotencia aumenta porque ante esto, él no puede hacer absolutamente nada. Cierra los ojos. Aspira profundo y ora en silencio.

Cuando logra dominar la cólera que lo invade dice:

–           Creo que Petronio no nos la ha arrebatado para llevársela al César, pues estoy seguro que él no querría provocar la ira de Popea. La ha tomado para sí o para Marco Aurelio. Y eso, hoy mismo lo voy a averiguar.

Y dando un beso a Fabiola, salió y se dirigió al Palatino.

No se equivocó al pensar que no sería admitido a la presencia del emperador. Le dijeron que el César estaba ocupado en cantar con Terpnum, su director musical y un virtuoso del laúd. Que no recibe más que a las personas que él mismo ha citado. En otras palabras: que en lo sucesivo ni siquiera debe intentar que el César le de audiencia.

Publio no está dispuesto a rendirse tan fácilmente. Y dio orden al auriga de que lo lleve a la casa de Séneca.

Séneca lo recibió con afecto y al enterarse del motivo de su visita, le dijo:Neron y Seneca

–           A menudo es mejor olvidarse de un insulto, que vengarlo. Ella es sólo un rehén y sabes que es propiedad del emperador. El mejor servicio que puedo ofrecerte Publio, es no dejar que Nerón descubra que mi corazón te compadece. No se te ocurra buscar ayuda con Tigelino, Haloto o Vitelio.  Aunque odian a Petronio y están más que dispuestos a aniquilarlo, pues buscan por todos los medios minar su influencia con Nerón; lo más seguro es que van a ir a contárselo al César. Y cuando él sepa cuánto te importa esa joven, la retendrá con más obstinación.

Publio le preguntó con angustia:

–           ¿Entonces qué hago? ¿Cómo impido que se cometa esta infamia?

Séneca no pudo contener una respuesta llena de ironía:

–           ¿Sabes cuál ha sido tu error? Publio, has permanecido mudo años enteros. Y César no quiere a los que callan. ¿Cómo te has atrevido a no entusiasmarte con su talento, su virtuosismo, su   declamación, su canto, sus versos y su modo de guiar las cuadrigas? Además…  ¡Tampoco lo has glorificado por la muerte de Claudio, de Británico, de Octavia y de Agripina!

–           ¡No entiendo cómo lo soportas! Ese hombre es un monstruo de perversión…

Por unos instantes, el tiempo pareció detenerse. Luego, el filósofo agarró un vaso, lo llenó con agua del implovium… después de refrescar sus labios, mirándolo fijamente a los ojos,  añadió:

–           ¿Ves? Estoy convencido de que esta agua no está envenenada y la bebo con toda confianza. El vino es menos seguro. Si tienes sed, puedes beber de esta agua.  Los acueductos la traen aquí desde la montaña y para envenenarla es preciso envenenar todas las fuentes de Roma.

–           Por lo que veo, ya te has resignado a tu suerte.

–           El primer arte que se aprende en el ejercicio del poder, es la capacidad para soportar el odio; porque incierto es el lugar en donde nos espera la muerte y por eso hay que estar preparados y esperarla en todo lugar.

–           Con un desquiciado gobernándonos, ¿Quién puede estar seguro de nada? ¿Por qué permaneces junto a él?

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–           Nerón tiene un corazón agradecido.-ríe con sarcasmo y agrega – Te quiere porque has servido gloriosamente al imperio. A mí me quiere porque fui el maestro de su juventud… Y el amor de Nerón es lo más peligroso de este mundo. Agripina lo sabe mejor que nadie.

–           ¿Cómo puedes vivir así?

–           Vencer sin peligro es ganar sin gloria. Los que jugamos en esta arena no podemos salirnos voluntariamente.

–           Bueno, fue tonto de mi parte preguntarte esto, cuando los militares y los cristianos es para lo primero que nos preparamos. ¿No es verdad? Tú eres un hombre muy sabio y un  experto en política. Yo soy como Vespasiano y no sirvo para la diplomacia.

–           En esta vida he recibido demasiado y ya es hora de retribuir. Yo no le tengo miedo a morir, me he preparado para todo… Lo único que me preocupa, es irme sin haber alcanzado el objetivo principal por el que Dios me tiene todavía aquí. Tú y yo sabemos muy bien cómo se deben administrar nuestros dones.

–           Nerón no vacila para obtener lo que quiere, ni los medios usados para lograrlo. Eres uno de los hombres más ricos del imperio. Me sorprende que su codicia no te haya destruido todavía.

–           Aun así, lo que Nerón no sabe es que he repartido en secreto todas mis riquezas y en su momento esta será una buena broma que no se esperan mis enemigos. ¿Sabías que se las ofrecí para que me dejara retirarme  y las rechazó haciéndome profundas muestras de afecto? ¡Tú sabes lo que en realidad eso significa!… Pero cuando decidan mi muerte, ya no encontrarán nada. Yo estoy como Petronio…

Publio interrumpe estas amargas reflexiones:

–           Precisamente noble  Anneus, el autor de este traslado es Petronio. Dime qué debo hacer. ¿No puedes ayudarme?

SENECA (2)

Séneca lo miró con afecto y respondió:

–           Petronio y yo jugamos en campos opuestos. Yo no conozco nada que puedas usar en contra suya. Y él no cede ante nada. Acaso con toda su depravación es el más digno de todos esos bribones que forman la camarilla de íntimos de Nerón. Pero intentar demostrar que lo que hizo es una mala acción, es perder el tiempo. Creo que lo único que te resta es orar…  Cuando yo lo vea le diré: “Lo que hiciste es propio de delincuentes”. Si eso no logra avergonzarlo, ninguna otra cosa tendrá mayor poder. Espero que te sirva de algo.

Publio lo miró derrotado y una luz de esperanza brilló como una chispa en lo más profundo de sus ojos:

–           Gracias también por eso. –Y se despidió de Séneca.

Enseguida ordenó que le condujeran a la casa de Marco Aurelio.

Lo encontró haciendo ejercicios de equitación.

Publio se estremeció de ira al verlo tan feliz y tranquilo, después de la vileza con que había perpetrado el ataque contra Alexandra.

Y al verlo bajar del caballo y dirigirse despreocupadamente hacia él; esa ira estalló en un amargo torrente de reproches y de injurias.

Marco Aurelio se paralizó por el asombro,  al saber que Alexandra había sido sacada de la casa de Publio y se puso tan pálido y descompuesto, que el general ya no pudo acusarlo de haber participado en la intriga para apoderarse de ella.

La frente del joven tribuno se cubrió de sudor y su rostro se sonrojó violentamente. Pareció como si su semblante tuviera una oleada de fuego. Sus ojos empezaron a despedir chispas y lanzó bruscas interrogantes incoherentes. Sus manos temblaron. Los celos y la cólera lo sacudían como una furiosa tempestad.

En el huracán de sus sentimientos, le pareció que Alexandra una vez traspasados los dinteles de la Domus Transitoria, se hallaba completamente pérdida para él. Y lágrimas de rabia y de angustia descendieron  por sus mejillas, sin poderlas contener.

Cuando Publio mencionó el nombre de Petronio, cruzó como un rayo por la mente de Marco Aurelio, la sospecha de que Petronio se había burlado de él y que intentaba guardarla para sí, porque estaba convencido de que ver a Alexandra y desearla, eran una misma cosa. La impetuosidad de su carácter lo arrastraba como a un potro indómito y estaba perdiendo el control.

marcoCon voz muy alterada le dijo:

–           General. Vuelve a tu casa y espérame. Debes saber que aun cuando Petronio fuera mi padre, en él habría de vengar el agravio hecho a Alexandra. Quédate tranquilo. Ella no será ni de Petronio, ni del César.

Enseguida se dirigió al lararium y  con los puños cerrados, exclamó:

–         ¡Por mis antepasados te juro que primero la mataría y me mato yo mismo que permitirlo!

Fue entonces cuando Publio se dio cuenta cuán enamorado estaba Marco Aurelio de Alexandra y no dudó un segundo de que haría lo que decía.

Y Publio admitió:

–           Ya veo que tú no tuviste que ver nada en esta vileza. Yo también preferiría verla muerta que convertida en juguete de los caprichos del César.

–              Voy a averiguar qué sucedió. Vuelve a tu casa y espérame.  Yo solucionaré esto.

–           Estaré aguardando tu informe.

Cuando el general se marchaba, le repitió de nuevo que lo esperase.

Y Publio regresó a su casa un poco más tranquilo.

Pensó ahora que si Petronio había inducido al César a que reclamara a Alexandra para darla a Marco Aurelio, éste la devolverá a su hogar.

Así pues, tranquilizó a Fabiola y la hizo participar de sus esperanzas. Y ambos se dispusieron a esperar las noticias de Marco Aurelio.

Muy avanzada la tarde, llegó un mensajero con una carta escrita en un pergamino.

El general la recibió con manos temblorosas y la leyó con precipitación…

Inmediatamente se oscureció su semblante y extendiéndola a su esposa la invitó a que la leyera.

Fabiola la recibió y leyó:

Marco Aurelio Petronio      a       Publio Quintiliano:

Salve.

Lo ocurrido ha sido por la voluntad del César. Ante lo cual inclinad vuestras cabezas, tal como Petronio y yo inclinamos las nuestras.

Adiós.

Después de esto, se hizo un dolorosísimo silencio…

carta pergamino

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

95.- LAS DOS COLUMNAS


Nerón, cuando asesinó a Séneca esperaba apoderarse de la fortuna estimada en trescientos millones de sestercios y descubrió que ésta no llegaba ni a la décima parte de esa cantidad. Con la sentencia de Petronio, se encontró con que lo único que quedaba era su palacio en Roma y la quinta de Cumas; que ya no le pertenecían a él, pues estaban legalizadas a nombre de otro dueño. Estos dos fiascos le hicieron  decretar que en los testamentos se presentarían en blanco las dos primeras páginas, que solamente se escribiría en ellas el nombre del testador y que el que escribiese el testamento de otro, no podría asignarse ningún legado.

Empobrecido y exhausto de recursos hasta el punto de demorar la paga de los soldados y las pensiones de los veteranos, recurrió a las rapiñas y a las falsas acusaciones. Se apoderó de los bienes y las fortunas que le apetecían con el argumento de que ‘habían sido ingratos con el Príncipe.’ Un día que cantaba en el teatro, vio a una matrona adornada con la prohibida púrpura, la señaló a sus agentes y haciéndola sacar inmediatamente, le confiscó el traje y los bienes. Y ya no confirió ningún cargo sin añadir:

–           ¿Sabes lo que necesito? Obremos de tal forma que nadie tenga nada.

Concluyó por despojar a la mayor parte de los templos y fundió todas las estatuas de oro y de plata. Después de la muerte de Popea quiso casarse con Antonia la hija de Claudio, como ella se rehusó, también la acusó de conspiración e hizo que la mataran.

No hubo lazo que no rompiera con el crimen. Y mientras tanto su red de espías, seguían llenando los tribunales con cristianos.

Pedro fue arrestado por los pretorianos y lo llevaron al Tullianum. Los cristianos lo recibieron con gran reverencia y amor. Algunos presos que habían sido torturados y que no eran cristianos, le pidieron que los ayudase, Pedro oró y los sanó el Señor. El hijo de un verdugo que estaba sordo y mudo, también fue sanado.

Y un centurión se acercó y le dijo:

–           Mi nombre es Flavio.  Tengo un compañero de guerra al que quiero mucho. En Germania recibió un fuerte golpe en la nuca y está paralizado del cuello hacia abajo. ¿Podrías rogar a tu Dios para que lo cure?

Pedro le contestó:

–           Flavio, ¿Crees que nuestro Señor Jesucristo pueda sanarlo?

–           Sí creo. Creo que Él es Dios y si Él quiere, puede compadecerse de un pagano…

–           Flavio, en el Nombre de Jesucristo, hágase como lo pides. Y dile a tu amigo que busque la Luz de la Verdad.

Por la tarde de ese mismo día, llegó el otro soldado completamente sano a darle las gracias.

Flavio dice llorando:

–          Cuando seas sentenciado, yo voy a tener que matarte.

Pedro lo mira sonriendo con amor y le dice:

–           Cumple tu deber hijo mío. Y alégrate. No me darás la muerte. Lo que vas a hacer es abrirme las Puertas del Cielo.

El soldado sanado le dice:

–           Anciano, yo soy Leoncio y te doy las gracias a ti y a tu Dios. Dime cómo podemos agradecerle y adorarlo.

–           Él Mismo los guiará. Venid…

Y Pedro les habla del alma y del Cielo…

Durante todo el tiempo que estuvo en prisión continuó evangelizando también a sus carceleros, realizando milagros a todos los que se lo pedían y bautizando sin cesar a los conversos…

            Y los rumores de lo sucedido, traspasaron las murallas de la prisión y se expandieron por todos lados.

Entonces Pablo también fue llevado a la cárcel Mamertina. Y cuando Nerón fue notificado de que los líderes de la Iglesia Perseguida habían sido capturados, decidió divertirse un poco…  Recordó algo que le había platicado Popea cuando era prosélita de la religión hebrea y en complot con Tigelino, urdió un plan para ver lo que haría el Dios de los cristianos, al verse enfrentado con su Padre.

Estaba en Roma un hombre llamado Simón que tenía muy impresionada a la gente con sus artes mágicas. Y por sus prodigios era tenido entre los judíos como un gran personaje que ‘Tenía consigo la Fuerza de Dios’. De acuerdo al plan preconcebido por el César, mandó sacar de la cárcel a Pedro y a Pablo y ante una gran muchedumbre reunida en la plaza del Fórum, decidió enfrentarlos con Simón el Mago que capitaneaba a los judíos, acérrimos enemigos de los cristianos.

Cuando todos estuvieron frente al César, éste les dijo, señalando a Simón:

–           Este hombre es sincero y vosotros, los embaucadores. Y ahora lo veremos.

Acto seguido Simón el Mago, coronado de laurel por Nerón mismo, subió hasta lo más alto del Capitolio y empezó a volar.

Pedro al ver aquello, dijo a Pablo:

–           Satanás se disfraza de ángel de Luz…

Pablo le replicó:

–           A mí me corresponde orar y a ti, dar las órdenes debidas.

Pablo se arrodilló y se sumergió meditando, en la Oración en el Espíritu.

Pedro levantó la voz y dijo con autoridad:

–           Espíritus de Satanás que lleváis a este hombre por el aire. En El Nombre Santísimo de Jesús yo os mando que no lo sostengáis más y que lo bajéis sin dañarlo, hasta el suelo.

Los demonios se encolerizaron y obedecieron la orden a medias. Ante el asombro general, Simón aterrizó bastante maltrecho. Nerón se enfureció aún más, al ver el inesperado resultado de su maquinación y antes de retirarse, ordenó que los llevaran al tribunal.

El Prefecto Agripa dijo a Pedro, al tenerlos frente a sí:

–           Así que tú eres el hombre que en tus reuniones aprovechas tu influencia e impides que las mujeres se casen.

Pedro le contestó:

–           Yo soy fiel discípulo de mi Señor Jesucristo, el Crucificado que Resucitó y Vive y Reina por siempre, a la diestra de Dios Padre.

–           Le seguirás hasta el final. También tú morirás en la Cruz.

Y a Pablo por ser ciudadano romano, lo condenó a ser decapitado.

Al anciano apóstol se le aplicaron los azotes prescritos por la ley y al día siguiente fue conducido fuera de las puertas de la ciudad, hacia el Monte Vaticano, en donde debía cumplirse la sentencia y ser crucificado.

A causa de su avanzada edad, no se le exigió que cargara con la cruz. Cuando llegaron al sitio designado, Pedro contempló toda la Ciudad Eterna, extendida a sus pies y levantando la mano derecha, bendijo: ¡URBI ET ORBI! (a la ciudad y al mundo)

Y su sonrisa se hizo más luminosa y su rostro se volvió radiante, cuando Jesús le permitió extender su mirada a través de los siglos y vio el mismo lugar de su martirio, convertido en una inmensa Basílica. Desde la cual, casi dos mil años después su sucesor 265 el último Papa: Benedicto XVI daría su mensaje de paz al mundo entero y su bendición apostólica: ¡URBI ET ORBI!

Y vio tambien la grandiosa plaza llena de millares de personas, escuchando reverentes a otro Pontífice Mártir: Juan Pablo II.

Quién desde el Vaticano llevaría el mensaje del Evangelio a todas las naciones de la Tierra. Y desde la Basílica de San Pedro, levantando su blanca mano, bendeciría lleno de bondad y de amor, infinidad de veces, a través del Pontificado más largo de la Historia de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana: ¡URBI ET ORBI!

Flavio, el jefe de los verdugos le indicó a Pedro que debía extenderse sobre la cruz. Y Pedro le dijo:

–           Cuando crucificaron a mi Señor pusieron su cuerpo sobre la Cruz, con los pies abajo y la cabeza en lo alto, porque mi Señor descendió desde el Cielo a la Tierra. Os ruego que al clavarme lo hagáis de tal forma que mis pies queden en lo alto y mi cabeza en la parte inferior del madero; porque además de que no soy digno de ser crucificado como Él, yo voy a subir de la Tierra al Cielo.

Accedieron a su petición y lo colocaron sobre la Cruz de manera que sus pies quedaron clavados separadamente en los extremos del travesaño horizontal superior y las manos en la parte baja del fuste, cerca del suelo.

Cuando Pedro estaba ya crucificado, Dios abrió los ojos espirituales de los espectadores y vieron al apóstol rodeado de ángeles que tenían en sus manos coronas de rosas  y de lirios. Y a Jesucristo colocado a su vera, mostrándole un Libro abierto…

Pedro lo leyó: “Apocalipsis” y dijo en voz alta:

–           Gracias Dios Mío.

Y se sumergió en la Oración en el espíritu…

Dios Padre le reveló entonces… He aquí que en los Últimos Tiempos, enviaré a mi Séptimo Profeta y hablará con mi Voz y advertirá a los hombres:

Yo aniquilaré sus falsas iglesias, sus cultos perversos, sus falsos ídolos, sus ciudades y sus naciones
Domingo, 15 de julio del 2012, a las 17:45 hrs.
(Recibido durante la Adoración de la Santa Eucaristía)
Mi muy querida hija, es difícil para Mis hijos permanecer libres del pecado, por la maldición infligida sobre ellos por la mano de la serpiente. No puedo esperar Yo a que Mis hijos estén completamente libres del pecado todo el tiempo, porque esto es imposible. Es importante que cualquiera que conozca las enseñanzas de la Iglesia de Mi Hijo en la Tierra, busque el arrepentimiento de sus pecados tan a menudo como sea posible.  A través del arrepentimiento será más fácil permanecer en estado de gracia y esto creará una barrera para futuras tentaciones.
Hijos Míos, ustedes están ahora por presenciar grandes cambios perdurables en el mundo. Sucederán después de que el GRAN AVISO se lleve a cabo.
Mientras muchos ignorarán estos mensajes del Cielo. Estos son importantes para aquellos que los aceptan como la Palabra de Dios, para prepararse. Ustedes son el enlace en Mi armadura contra el enemigo y a través de su fe, Yo les levantaré y les protegeré contra la persecución. Será por su amor por Mi Hijo Jesucristo, el Salvador del Universo, que Yo seré capaz de salvar a aquellos hijos, que no pueden permanecer en la Luz de Dios.
Su consagración de amor, sufrimientos y oraciones será su gracia de salvación del fuego del Infierno.
No tengan miedo por ustedes mismos; sino por aquellos que no solo no pueden ver, sino que rehúsan ver el tiempo en que ustedes están viviendo hoy. Los preparativos están completos y el momento está maduro para que el cambio comience, porque Yo no voy a permitirle a la Bestia robar almas.
Esta intervención, prometida a la Humanidad durante tanto tiempo, se llevará a cabo muy pronto y entonces la batalla empezará para salvar a Mis hijos. No teman a Mi Mano; porque cuando ésta caiga, será usada para castigar a aquellos que están tratando de destruir a Mis hijos.
Yo les impediré engañar a las almas.
Yo evitaré su asesina intención y aniquilaré sus falsas iglesias, sus cultos perversos, sus falsos ídolos, sus ciudades y sus naciones; si continúan rechazando la Mano que les alimenta.
Ellos han sido advertidos. Ustedes, Mis amados hijos, ayudarán a Mi Hijo a salvarlos.
Nunca tengan miedo, porque aquellos con el Sello del Dios Vivo, no solo son protegidos, sino que les son dadas las gracias de defender al Mundo de Dios, para que a tantas almas como sean posibles, les sea dado el Don de Vida.
Su amado Padre, El Dios Altísimo

El tiempo está cerca para que la persecución de Mi Amado Vicario, el Papa Benedicto XVI, alcance su pináculo
Lunes, 16 de julio del 2012, a las 15:15 hrs.
Mi muy querida y amada hija, es tiempo de preparar a todos los sacerdotes de Dios, a los obispos y a todos aquellos, que dirigen Mi Santa Iglesia Católica y Apostólica en la Tierra.
Porque el tiempo está cerca para que la persecución de Mi Amado Vicario, el Papa Benedicto XVI, alcance su pináculo.

Muy pronto él será forzado a huir del Vaticano. Entonces, vendrá el momento cuando Mi Iglesia se divida, un lado contra el otro.
¡Hago un llamado a todos Mis siervos sagrados, a recordar sus sacratísimos votos!
¡Nunca abandonen su misión! ¡Nunca Me abandonen! ¡Nunca acepten mentiras en vez de la Verdad!
Ustedes deben pedirme que les ayude en los difíciles tiempos, que están por delante. Deben levantarse, unirse y seguirme.
Recen para pedir la fortaleza que necesitarán, a través de esta Cruzada de Oración especial:
Cruzada de Oración (66) para el clero:
Ayúdame a permanecer fiel a Tu Santísima Palabra

Oh Querido Jesús,
ayúdame a permanecer fiel a Tu Santísima Palabra en todo momento.
Dame la fortaleza para defender la Verdad de tu Iglesia
en medio de la adversidad.
Lléname con las gracias para administrar los Santos Sacramentos
en la forma en que nos enseñaste.
Ayúdame a alimentar a Tu Iglesia con el Pan de Vida
y a permanecer leal a Ti, incluso cuando me sea prohibido hacerlo.
Libérame de la cadena del engaño que pueda enfrentar,
con el fin de proclamar la verdadera Palabra de Dios.
Cubre a todos Tus siervos sagrados con Tu Preciosa Sangre en este momento, para que permanezcamos valientes, leales y constantes en nuestra fidelidad
a Ti, Nuestro amado Salvador, Jesucristo. Amén.

No se desanimen, Mis amados siervos sagrados, porque la discordia ha sido profetizada y debe suceder en la batalla final por las almas.
Les amo y estaré con ustedes ahora, mientras caminan Conmigo la espinosa calle al Calvario, para que la Salvación pueda ser alcanzada una vez más, por todas las almas.
Su Amado Jesús

Al copiar los mensajes, por favor, informar a la fuente: www.jesushabla.com

Pedro admiró por largas horas y finalmente, con voz llena de júbilo y de adoración, exclamó:

–           ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Jesús!… –antes de expirar.

Las llaves del Cielo que Jesús le entregara y que habían estado en sus manos, las había entregado a Lino, en la Misa cuando le nombró su sucesor. Y de esta manera fueron legadas durante la sucesión periódica de cada Romano Pontífice hasta el pontificado de Benedicto XVI, el último Papa que ahora las tiene en sus manos…

En esa misma tarde, otro destacamento de pretorianos condujo a Pablo de Tarso a lo largo de la Vía Ostiense. Pasaron por la Puerta Trigémina, hasta un lugar llamado Aqua Salviae. Mientras avanzan, él mira hacia los Montes Albanos con la magnífica sensación de haber terminado su larga y fatigosa jornada apostólica. Contempla ya los Cielos abiertos para recibirle y su alma está llena de júbilo por el inminente encuentro con el Dios por el que ha luchado y sufrido tanto, para darlo a conocer y a amar.

Cuando llegaron al sitio designado para el suplicio, se volvió hacia el Oriente y oró. Luego, se despidió de los cristianos. El verdugo le dijo:

–           Prepara tu cuello.

Pablo se arrodilló y dijo:

–           ¡Oh, Señor mío Jesucristo, en tus manos encomiendo mi espíritu!

Y ofreció su cuello al verdugo. Éste levantó la espada y descargó el golpe…

Con el rostro radiante, Pablo de tarso fue decapitado.

En el mismo instante en que se desprendió su cabeza del tronco, exclamó:

–           ¡Jesús!…

Su sangre bañó la lóriga de su verdugo, brilló una luz intensísima y quedó el aire perfumado con una fragancia maravillosa…

La Iglesia Cristiana ha sido confirmada con la sangre de sus Dos Columnas Primarias: San Pedro y San Pablo Apóstoles…

Su ornamento final lo pondrá su último sucesor y papa mártir… Y los cristianos que confesarán su glorioso testimonio en la Tercera Gran Persecución realizada en el imperio de terror del Anticristo…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

61.- DOLOR DE UNA EMPERATRIZ


A la mañana siguiente, descansado y perfectamente arreglado. Elegante como siempre, Marco Aurelio regresó a la prisión.

Pero allí le aguarda un suceso inesperado. Por lo general todos los guardias pretorianos que por turno custodian la cárcel Mamertina, lo conocen y lo dejan pasar sin oponerle el menor obstáculo. Pero esta vez los soldados no le permitieron pasar.

Un centurión se acercó y le dijo:

–           Perdona, noble tribuno. Hoy tenemos la orden de no dejar entrar a nadie.

Marco Aurelio palideció y repitió:

–           ¿Una orden?

El soldado le miró con expresión compasiva y contestó:

–           Sí, señor. Una orden del César. En la prisión hay muchos enfermos y hay temor de que los visitantes puedan difundir el contagio por toda la ciudad.

–           ¿Dices que la orden es solo por el día de hoy?

–           La guardia se releva al mediodía.

Marco Aurelio permaneció silencioso, con una gran opresión en el corazón. El soldado se le acercó más y le dijo en voz baja:

–           Vuelve tranquilo señor. El guardián y Bernabé cuidan de ella.

Y al decir esto se inclinó y en un parpadeo trazó con su espada un pescado sobre las baldosas del pavimento…

Marco Aurelio le dirigió una mirada rápida y le dijo:

–           ¿Y tú eres pretoriano y cristiano?

El militar contestó señalando la prisión:

–           Sí. Me llamo Fabián, hasta que me llegue el turno de entrar allí.

–           Yo también adoro a Cristo.

–           ¡Alabado sea su Nombre! Lo sé señor. Pero no puedo dejarte entrar a la prisión. Escribe una carta y se la entregaré al guardián.

–           Gracias hermano mío. Que la Paz esté contigo.

Y estrechó la mano del soldado y se alejó de allí. La opresión en su corazón desapareció. El sol ya está en lo alto iluminando los muros de la cárcel y Marco Aurelio sintió su calor como una caricia que le traspasa hasta el alma y envuelve su corazón con un nuevo consuelo.

Aquel soldado cristiano fue para él otro testimonio viviente del Poder de Cristo. Se detuvo y miró hacia el cielo. Vio las nubes rosadas sobre el Capitolio y el Templo de Júpiter Stator y dijo:

–           ¡Oh, Señor Jesús! ¡Hoy no la he visto, pero creo en tu Misericordia y en tu Amor!

En la casa encontró a Petronio, que después de que llegó ya había tomado su baño, se había ungido el cuerpo y se disponía a descansar. Pero al ver a su sobrino tan elegante y bien dispuesto, con el rostro apacible y tan tranquilo como si ya hubiera pasado la tempestad; se quedó asombrado y confundido.

Y por primera vez no pudo aparentar su acostumbrada indiferencia…

Frunciendo el entrecejo preguntó:

–           ¿Ha pasado algo que yo no sepa? ¿Por qué te veo así?… -y Petronio movió las manos como si no comprendiera.

Marco Aurelio lo mira confuso y pregunta:

–           Así ¿Cómo?… ¿Qué tratas de decir?

–           No sé. ¡Tan cambiado! Casi pareces el mismo de antes… ¡No! Mejor que antes. ¿Qué tienes? Hay algo en ti… Lo percibo, pero no lo entiendo.

–           ¡Ah! ¡Ya sé!…

Y  Marco Aurelio comenzó a relatarle todo lo acontecido en los últimos días: su visita al Tullianum, su encuentro con Cástulo, con Fabián y lo que le sucedió al recibir la Primera Comunión. Luego concluyó emocionado:

–           ¡Te imaginas! ¡Tener a Dios dentro de mí! Siento una paz tan grande. ¡Es una experiencia maravillosa! Se me quitó la desesperación y la tristeza. El dolor casi desapareció y es como si lo tuviese anestesiado. Y luego, tengo en todo mi ser una felicidad tan plena, que es como si me hubiera embriagado… Per ésta es una embriaguez que no quiero que me deje nunca. Estoy lleno de la Paz de Dios y me siento muy tranquilo. Eso es todo. Y no… De todo lo demás, nada ha cambiado. La situación sigue exactamente igual.

Petronio lo mira perplejo. Apenas puede creer lo que oye…

Marco Aurelio lo mira sonriente y concluye:

–           He decidido que no les vamos a dar el gusto de regodearse con nuestra derrota ¿Qué te parece?

Después de una larga pausa, Petronio confirma:

–           ¡Me parece estupendo! – Está muy contento, a la vez atónito y desconcertado por completo…

Pero haciendo a un lado estas emociones, dice al tribuno:

–           Tengo noticias que darte. Estuve hoy en casa de Aminio Rebio a quién el César también fue a visitar. No sé por qué se le ocurrió a la Augusta llevar consigo al pequeño Rufio Crispino, hijo de su matrimonio anterior. Tal vez esperaba que el corazón del César se ablandara ante la infantil hermosura del niño. Desgraciadamente éste venía cansado y se quedó dormido, como le sucedió una vez a Vespasiano, durante la declamación que hacía César. Viendo esto, Enobarbo se enojó y le arrojó una copa de oro a la cabeza de su hijastro, hiriéndolo gravemente… Popea se desmayó y todos pudimos oír a Nerón cuando dijo: ‘¡Estoy harto ya de esa ralea!’… y eso, bien lo sabes tú, equivale a una sentencia de muerte.

Marco Aurelio declaró:

–           El castigo de Dios pende sobre la cabeza de la Augusta… ¿Por qué me cuentas esto?

–           Te lo cuento porque la cólera de Popea os ha perseguido a ti y a Alexandra. Ocupada ahora en su propia desventura, puede que abandone la idea de su venganza y sea más fácil influir en su ánimo. La voy a ver esta tarde y hablaré con ella.

–           Gracias. Esta sí es una excelente noticia. ¿Pero que no ha sido anunciado para hoy la Inauguración de los Ludus Matutinus?

–           Sí. Pero Nerón lo pospuso para dentro de diez días… Y mientras más tiempo tengamos disponible, mejor. No se ha perdido todo aún.

Pero el mismo Petronio no cree en lo que está diciendo porque sabe perfectamente que después de la rebuscada respuesta con la que el César contestó a la petición de Alituro, en la cual se comparó con Bruto, ya no puede haber salvación para Alexandra.

También se reservó por compasión a Marco Aurelio, lo que oyó decir en casa de Aminio Rebio: Que el César y Tigelino decidieron elegir para ellos y para sus amigos, a las más lindas doncellas y hermosos jóvenes cristianos, para profanarlos antes de la tortura…

En cuanto a los demás, serán entregados el día del espectáculo a los pretorianos y a los guardianes de las fieras.

Está convencido de que su sobrino no sobrevivirá a su esposa y desea endulzarle estos últimos días con todas las esperanzas y alegrías que le sea posible proporcionarle…

Y por eso agregó:

–           Hoy le diré a la Augusta: ‘Salva a Alexandra para Marco Aurelio y yo salvaré para ti, a Rufio’ y me propongo meditar seriamente como hacerlo. Este asunto es muy delicado. Una sola palabra dicha a Enobarbo en el momento oportuno, puede salvar o perder a una persona. En el peor de los casos ganaremos tiempo…

Marco Aurelio dijo abrazándolo:

–           Gracias. Te amo, tío. Estoy pidiéndole a Dios por ti.

Petronio se emocionó y dijo un poco precipitado:

–           Sería mejor me demostraras tu agradecimiento, comiendo y durmiendo bien. ¡Por Zeus! Ni en sus mayores tribulaciones, descuidó jamás Odiseo el alimento y el descanso. Me imagino que habrás pasado en la cárcel la noche entera.

–           Pues fíjate que no. Ya te dije que ayer me vine, dormí y descansé y… bueno, cené un poco.-dice Marco Aurelio como un niño cogido en falta- Pero te prometo que haré todo eso que deseas.

Petronio levantó un dedo y dijo:

–           Me encargaré de que Aurora haga que te alimentes como es debido.

Y se despidieron.

Petronio se fue a dormir y Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribir la carta para Alexandra.

Cuando la terminó la llevó al centurión Marcelo, que se la dio inmediatamente al guardia. Al poco rato, el soldado regresó trayendo un saludo de Alexandra y la promesa de responderle un poco más tarde. El tribuno decidió dar un paseo y luego regresar por la contestación de su esposa.

Está el sol ya muy alto y mucha gente afluye al Forum.

Cuando Marco Aurelio va de regreso a la prisión ve una lujosa litera que va abriéndose paso y pasa junto a él. Dentro de ella, vestido elegantemente de blanco, va un augustano cuyo rostro está oculto por un rollo de papiro que va leyendo con mucha atención. Un apretado grupo de gente estorba el paso de la litera, el hombre hace a un lado el rollo de papiro y asomando la cabeza grita:

–           ¡Dispersad esa plebe! ¡Pronto!

Al hacer esto, ha quedado frente a Marco Aurelio y al reparar en ello, tomó bruscamente el rollo de papiro y volvió a cubrirse el rostro.

El tribuno se lleva la mano a la frente creyendo que sufre una alucinación, porque el ‘augustano’ es nada más y nada menos que Prócoro Quironio en persona.

A Marco Aurelio se le aclararon muchas cosas en un instante y se acercó a la litera de Prócoro saludándolo, con una mirada penetrante.

El griego contestó con altivez y dándose mucha importancia.

–           Joven, te saludo pero no me detengas, porque me urge llegar a casa de mi amigo, el noble Tigelino.

Marco Aurelio, aferrándose a uno de los bordes de la litera y mirándolo fijamente,  le dijo con voz reprimida:

–           ¿Por qué traicionaste a Alexandra?

Prócoro exclamó temblando de terror:

–           ¡Oh, grandioso Apolo!

Pero en los ojos de Marco Aurelio no hay nada amenazante y recuperándose rápidamente, recuerda que ahora es un hombre rico e influyente. Y vuelve a hablar con arrogancia…

-¡Tú ordenaste que me mataran y que me enterraran en el jardín! ¿Ya se te olvidó?

Siguió un profundo silencio.

Y luego dijo Marco Aurelio con voz ronca:

–           Es verdad que te ofendí, Prócoro.

La humildad del tribuno encrespa la soberbia del griego. Este se irguió y castañeteando los dedos, lo que en Roma es una demostración de burla y desprecio, contestó con una voz tan fuerte para que todos pudieran oírle a su alrededor:

–           Amigo, si tienes alguna petición que presentarme, ven a mi casa del Esquilino por la mañana, a la hora en que recibo a mis clientes, después del baño.

Mientras tanto los corredores han abierto paso a los portadores y están listos para proseguir la marcha.

Prócoro hizo una señal con la mano y la litera continuó rápida su camino detrás de los corredores que gritan:

–           ¡Abrid paso a la litera del noble augustano Prócoro Quironio! ¡Paso! ¡Paso!

Marco Aurelio regresó con paso lento a la prisión y en una plegaria silenciosa, perdonó a Prócoro y a todos los que lo habían sumido en aquel drama que destroza su corazón…

Luego imploró la misericordia para todos y finalizó:

–           ¡Dios mío, ayúdame!…

Marcelo le entregó la carta de Alexandra. Marco Aurelio la apretó contra su pecho y se fue a casa de Petronio, para leerla con más calma. Y cuando llegó, desenrolló el largo papiro.

Su esposa, en aquella carta escrita apresuradamente, se despide de él para siempre. Sabe que ya a nadie le está permitida la entrada a la prisión y que solo podrá ver al joven tribuno desde la arena.

Le suplica que cuando sea llevada de la prisión Mamertina al circo, asista al espectáculo; pues desea verle por última vez en la vida, antes de partir para el Cielo.

En su carta no hay el más leve indicio de temor. Al contrario, lo exhorta a que sea valiente y que no olvide que después de Cristo, ella lo adora con todo su ser. Dice que tanto ella como sus compañeros de cárcel, ansían el momento de estar en la arena, para librar el combate final y en donde hallarán para siempre la libertad…

La verdadera libertad de las tribulaciones de esta vida…  Que no olvide que ella le ama. Que le ama tanto como él  ni siquiera puede imaginarse…

Que recuerde las enseñanzas de Cristo y así podrá alegrarse con ella en su martirio. Cada una de sus palabras demuestra un estado de euforia espiritual y sobre todo un desprendimiento total de todo lo que hay en la vida terrenal y que él mismo ya había advertido en todos los presos que están en la cárcel Mamertina.

Así como también su Fe imperturbable y su alegría por la esperanza en que todas las promesas de Jesús, se verán cumplidas más allá de la muerte:

“Ya sea que me libere Cristo en esta vida o después de la muerte, Él me unió a ti cuando nos casamos y por lo tanto soy tuya. Y aunque no hayamos consumado nuestro matrimonio, somos un solo cuerpo, así como ya somos una sola alma, porque sé que piensas y sientes lo mismo que yo. Y deseas estar unido a mí, tanto como yo lo deseo amadísimo esposo mío…

Te imploro que no llores por mí. Y no te dejes dominar por el dolor y el sufrimiento. Tú sabes como hay que entregarlo a Jesús e implorar de la Virgen María, su auxilio y protección.”

Es muy evidente que para ella la muerte no significa la disolución de su matrimonio.

Con una confianza infantil, asegura a Marco Aurelio, que una vez terminados sus sufrimientos y después de las torturas (No importa cuales sean), en la arena ella entregará su vida por amor a Cristo.

Y que cuando vaya al Cielo, le dirá a Dios que su esposo Marco, se quedó en Roma, ansiando unirse también a ella para poder adorarlo juntos, por toda la Eternidad…

Está segura de que el Señor la escuchará y pondrá una solución que los va a hacer muy felices…

Y también le pedirá a Jesús que su alma vuelva a él, aunque solo sea por un instante a decirle que está más viva que nunca… Con el misterio de la Comunión de los Santos, estará en contacto con él…  Que todos sus tormentos, sufrimientos y torturas habrán quedado en el olvido, porque ella será verdaderamente dichosa y bienaventurada.

Toda aquella carta respira felicidad y una gran esperanza.

Solo hay en ella una petición relacionada con asuntos terrenales: que si algo queda de su cuerpo, quiere que Marco Aurelio lo recupere del spolarium(lugar donde son depositados los gladiadores muertos) y la sepulte como su esposa, en la tumba donde él mismo reposará algún día…

Marco Aurelio leyó aquella carta con el ánimo acongojado y al mismo tiempo siente dentro de sí, aquella paz que lo fortalece.

En su corazón comparte la misma esperanza, la Fe y los pensamientos que animan a su esposa.

En la biblioteca, se levanta y deja a un lado sobre la mesa, la carta. Y se dispone a escribir a su vez, la contestación.

Después de reflexionar un poco, se sienta y escribe a Alexandra que irá diariamente a montar guardia al pie de los muros del Tullianum y pide a la joven que crea que tal vez Jesús aún quiera salvarla para él y regresarla a sus brazos aún en el mismo circo, pues él cree que Él, puede realizar ese milagro para los dos…  

Pero cuando Marco Aurelio llegó a la cárcel esa mañana. Marcelo el centurión abandonó las filas, se le acercó y le dijo:

–           Escúchame señor. Cristo te ama tanto que ha hecho un milagro en tu favor. Anoche el liberto del César y los enviados del Prefecto vinieron a elegir doncellas y jóvenes cristianos a quienes aguarda la deshonra. Preguntaron por tu esposa. Pero nuestro Señor Jesús le mandó una fiebre, la cual está haciendo mortíferos estragos entre los prisioneros del Tullianum y entonces a ella la dejaron en paz, porque estaba inconsciente…  Y bendito sea el Nombre de Jesucristo, porque la enfermedad que la ha liberado de la vergüenza, puede también salvarla de la muerte en la arena.

Marco Aurelio tuvo que apoyarse en el hombro del soldado, para no caer desvanecido. El joven tribuno, permaneció por algún tiempo con la cabeza inclinada… Luego la levantó y dijo en voz baja:

–           Dices bien, Marcelo. Cristo que la salvó de la deshonra, la salvará también de la muerte. Gracias hermano mío. Ruega por nosotros y yo rogaré por ti. Que la paz sea contigo.

Después de despedirse, se sentó luego en un peñasco, al pie de las murallas de la prisión y allí estuvo todo el día. Al caer la tarde, regresó a la casa de Petronio.

Mientras tanto, Petronio había entrado a su biblioteca…

Leyó la carta de Alexandra que se había quedado sobre la mesa donde él escribe…  Y después de leerla, estuvo mucho rato pensativo y reflexionando como nunca lo había hecho en su vida…

Luego tomó una resolución y antes de que Marco Aurelio regresara, se fue a visitar a la Augusta.

Encontró a Popea, a la cabecera del lecho del pequeño Rufio.

El niño a consecuencia de la herida en la cabeza, lucha ahora por su vida. Y su madre, con el corazón amargado por la desesperación y el terror, asiste impotente a sus delirios por la fiebre, pensando al mismo tiempo que si logra salvarlo, ello solo servirá para que enseguida perezca con una muerte más terrible.

Ocupada exclusivamente en su propio dolor, nada quiere oír de los problemas de Marco Aurelio, pero Petronio la aterrorizó:

–           Tú has ofendido a una Divinidad nueva y desconocida. Tú Augusta, según parece adoras al Jehová hebreo, pero los cristianos afirman que Cristo es Hijo suyo. Reflexiona ahora si no te estará persiguiendo la cólera del Padre. ¿Quién podrá afirmar que no es la venganza de Éste, la que ha caído sobre ti? Y quién sabe  si la vida de Rufio no depende sino de esto: de la manera en como tú obres.

Popea lo miró espantada y preguntó:

–           ¿Qué me aconsejas?

–           Aplacar a las deidades ofendidas.

–           ¿Y cómo?

–           Alexandra está enferma. Influye tú sobre el César o sobre Tigelino, para que sea entregada a Marco Aurelio.

Popea exclama con acento desesperado:

–           ¿Y piensas que yo pueda hacer eso? Mira lo que me está pasando…

–           Puedes hacer otra cosa entonces. Si Alexandra mejora, su destino es morir en el Circo. Dirígete al Templo de Vesta y pide a la Virgo Magna, que trate de estar como de manera fortuita cerca del Tullianum, en el momento en que conduzcan a los presos a la muerte y ordene que dejen en libertad a la doncella. Ella puede hacerlo y la gran vestal no te podrá negar eso.

–           Pero ¿Y si Alexandra muere de fiebre?

–           Dicen que el Dios de los cristianos es Vengativo pero Justo. Es posible que Tú logres aplacarlo, sólo con el deseo de ir en auxilio de esa joven.

–           Si es así, que me dé una señal indicativa de que Rufio sanará.

Petronio se encogió de hombros y dijo:

–           ¡Oh, divinidad! Yo no he venido a verte como enviado de Él. Me limito a decirte: es preferible que te encuentres en buena armonía con todos los dioses, tanto romanos como extranjeros.

Popea dijo con la voz quebrantada:

–           ¡Está bien! ¡Iré!

Petronio respiró con fuerza y aliviado. Y pensó:

–           ¡Al fin he podido hacer algo!

Al regresar a su casa recordó el enojo y la frustración tanto del César como de Tigelino, por no haber podido apoderarse de Alexandra, por la fiebre que la consumía…

Y después de ver al joven patricio, le dijo:

–           Ruega a tu Dios que no muera Alexandra de la fiebre que le aqueja, porque si ella se salva, la gran vestal, ordenará su liberación. La Augusta en persona le pedirá que lo haga.

Pero Marco Aurelio objetó:

–           Si ella no lo hace, Cristo la salvará.- convencido por la Fe y la esperanza.

Mientras tanto Popea, que por la salud de su hijo está dispuesta a ofrecer hecatombes a todos los dioses del Universo, se dirigió esa misma noche a través del Forum hasta el Templo de Vesta, dejando encargado a su niño a su fiel nodriza Amelia, quién también ha sido su propia nana.

Pero es demasiado tarde, porque en el Palatino ya ha sido decretada la sentencia de muerte contra el niño.

Así pues, apenas la litera de Popea desapareció a través de la Gran Puerta, entraron dos libertos del César al aposento del pequeño Rufio. Uno de ellos se arrojó sobre Amelia y la amordazó. El otro se apoderó de una estatuilla de bronce y mató de un solo golpe en la cabeza a la pobre mujer. Luego, los dos se acercaron a Rufio.

El pequeño, atormentado por la fiebre y sin darse cuenta de lo que ocurre a su alrededor, sonrió a los hombres…

Éstos le quitaron a la nodriza el cinturón y poniéndolo alrededor del cuello del inocente niño, lo estrangularon. Éste, apenas pudo llamar una sola vez a su madre…Y murió. Lo envolvieron en una sábana y montando en los caballos que los estaban esperando, se dirigieron con el cadáver hasta el puerto de Ostia, donde lo arrojaron al mar.

Popea no encontró a la Virgo Magna y regresó al Palatino.

Y al encontrar vacío el lecho de su hijo y rígido el cadáver de Amelia, se desmayó. Cuando recuperó el conocimiento empezó a gritar y sus desesperados alaridos se oyeron toda la noche…

Pero el César le ordenó que asistiera a una fiesta que iba a dar ese día y de esta manera, Popea debió ataviarse con su túnica de color amatista y acudir al banquete con una sonrisa que enmascara su inmenso dolor.

Es una estatua regia. Hermosa como una diosa. Coronada en sus áureos cabellos, anonadada y muda, como el ángel de la muerte…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA