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24.- EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO


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Pasaron muchos días después de aquella entrevista y Prócoro no dio señales de vida. Marco Aurelio desde que supo por Actea que Alexandra le amaba, está más que obsesionado con encontrarla.

Ni pensar en pedir la ayuda del César, quién cada vez está más preocupado por la salud de la Infanta Augusta. Porque no han servido de nada: ni los sacrificios en los templos, ni las plegarias a los dioses, ni las ofrendas, ni la ciencia de los médicos, ni todas las artes de los encantamientos a que ha recurrido como un recurso extremo.

Después de una semana, la niña falleció.

El duelo se hizo en la corte y en Roma entera. El César está loco de pena. Encerrado en sus habitaciones, durante dos días, no probó alimento y canceló todas las audiencias.

Ese fallecimiento alarmó a Petronio.

En Roma todo el mundo sabe que Nerón lo ha atribuido a un maleficio. Los médicos apoyaron esa afirmación, para justificar la inutilidad de sus esfuerzos y su fracaso para curarla.

Los sacerdotes cuyos sacrificios fueron impotentes hicieron lo mismo y también los hechiceros que temen por sus vidas.

Petronio se felicita ahora de que Alexandra haya huido, porque no le desea ningún mal a Publio ni a Fabiola. Y para él y Marco Aurelio desea todo el bien posible.

senadoAsí pues, cuando quitaron el ciprés que había sido colocado en el Palatino en señal de duelo, acudió a la recepción destinada a los senadores,  para juzgar por sí mismo la situación con el César y con el propósito de neutralizar las posibles consecuencias.

Conociendo bien a Nerón pensó que aunque no le importan los hechizos, aparentará ahora creer en ellos para aumentar las proporciones de su dolor y poder tomar venganza sobre la cabeza de alguien…

De esta forma retirará de sí la sospecha de que los dioses le están castigando por sus crímenes.

Petronio sabe que César es incapaz de amar a nadie, ni aún a su propia hija y también esto forma parte del teatro en que ha convertido su vida, para conseguir sus fines perversos.

Y Petronio no se equivocó.

Nerón escucha las palabras de consuelo que todos le dirigen, mientras en su interior piensa: ‘¿Qué impresión estará dando mi dolor a los demás?’ y de acuerdo a su percepción, aumenta o disminuye determinados gestos y actitudes.

Cuando vio a Petronio dio un salto, exclamó con voz trágica y de tal forma, que todos pudieron oírle:

–           ¡Ay! ¡Tú eres el causante de su muerte! ¡Ay! ¡Por tu consejo el mal espíritu atravesó estos muros! Sí, el mal espíritu que con una mirada arrancó del pecho su vida. ¡Mísero de mí! ¡Ojala mis ojos no hubiesen visto la luz de Helios! ¡Mísero de mí! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! –y levantando más y más la voz, llegó a gritar con un clamor desesperado.

Pero Petronio hizo algo insólito:

Extendió la mano y se apoderó del pañuelo de seda que Nerón llevaba siempre alrededor del cuello. Y colocándolo en la boca del emperador, dijo con voz solemne:

–           Señor, Roma y el mundo se hallan transidos de dolor, pero tú debes conservar para nosotros esa voz.

Todos los presentes quedaron atónitos.

El mismo Nerón quedó perplejo por un instante.

Solo Petronio permaneció imperturbable; sabe muy bien lo que está haciendo…

Recordó que Terpnum y Menecrato tienen órdenes precisas de cerrar la boca del emperador, cada vez que éste levante demasiado la voz y la ponga en peligro de perjudicarla.

Petronio continuó con el mismo aire grave y apesadumbrado:

–           ¡Oh, César! ¡Hemos sufrido una terrible pérdida! ¡No nos quites lo que es tan valioso como un tesoro!

Un estremecimiento se percibió en el semblante de Nerón…

Después de un momento brotaron lágrimas de sus ojos y luego, súbitamente apoyó las manos en los hombros de Petronio, dejando caer la cabeza sobre su pecho.

Y empezó a repetir entre sollozos:

–           ¡Sólo tú entre todos has pensado en esto! ¡Oh! ¡Solo tú, Petronio! ¡Solo tú!

Tigelino se puso verde de envidia.

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Y Petronio contestó:

–          Trasládate a Anzio. Allí vino al mundo ella y allí te llenó de alegría. Allí has de encontrar el consuelo y el indispensable descanso. Que refresque la brisa del mar tu divina garganta y tu pecho aspire las emanaciones salinas. Nosotros tus devotos te seguiremos a donde vayas. Cuando hayamos mitigado tu dolor con la amistad, tú nos confortarás con el canto.

Nerón contestó con acento trágico:

–           ¡Cierto! Escribiré un himno en honor de ella y también le compondré la música.

–           Y enseguida irás en busca del cálido sol de Baias.

–           Y luego en demanda de olvido a Grecia.

–           Sí. A la tierra clásica de la Poesía y del canto.

Y gradualmente el estado sombrío de su ánimo se fue modificando y se entabló una conversación llena de melancolía y de planes para el futuro.

Se planeó un viaje de exhibiciones artísticas y hasta de recepciones que habrían de prepararse con motivo de la visita del rey Tirídates.

Pero Tigelino se esforzó por traer de nuevo a discusión el tema del maleficio.

Y Petronio, seguro ya de su triunfo, aceptó el reto sin ninguna vacilación:

–           Tigelino ¿Crees tú que los encantamientos pueden hacer daño a los dioses?

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El Prefecto de los Pretorianos dijo con arrogancia:

–           El mismo César es quién ha hecho alusión a ellos.

–          El dolor era quién hablaba entonces, no César. ¿Pero tú qué opinas en este punto? –insistió Petronio.

–           Los dioses son demasiado poderosos  para estar sujetos a maleficios.

–           Entonces ¿Pretendes tú negar la divinidad del César y de su familia?

Marcial el poeta exclamó:

–          ¡Peractum est! (Se acabó. ¡Asunto concluido!) – repitiendo así el grito que el pueblo siempre profería cuando un gladiador recibía un golpe decisivo y aplastante.

Tigelino se mordió su propia cólera.

Desde hace tiempo existe entre él y Petronio, una declarada rivalidad en lo tocante a Nerón.

Tigelino tiene esta superioridad: que en su presencia, Nerón se comporta sin ninguna ceremonia. En tanto que Petronio siempre lo ha vencido, cuando están de por medio la superioridad de su refinamiento, su inteligencia, su ingenio y su cultura.

Tigelino es el compinche perfecto para las bajezas de Nerón. Petronio es el Árbitro de la Elegancia y su asesor artístico.

Y así ha sucedido una vez más.

Tigelino permaneció silencioso y se limitó a grabar en su memoria los nombres de los senadores y patricios que al retirarse Petronio de la sala, le rodearon al instante previendo que después del incidente ocurrido, seguramente seguirá siendo el primer favorito del César.

Al salir Petronio de Palacio, hizo que le llevaran a la casa de Marco Aurelio y le refirió la escena que sucedió con César y Tigelino.

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Concluyó diciendo:

–           No solo he apartado el peligro de la cabeza de Publio y Fabiola, sino de las nuestras y hasta de la de Alexandra a quién ya no han de buscar por esta razón. He inducido a Barba de Bronce a que haga un viaje a Anzio y ese viaje lo hará pronto.

Además, piensa hacer teatro en Nápoles y está soñando con Grecia, donde pretende hacer presentaciones para cantar en las principales ciudades y regresar con una entrada triunfal en Roma, trayendo todas las coronas que los griegos le han de otorgar.

Lo mejor de todo esto es que durante todo ese tiempo podremos buscar a Alexandra sin que nadie nos estorbe y ponerla luego en un sitio secreto y seguro. ¿Y nuestro filósofo? ¿No ha regresado?…

Marco Aurelio respondió:

–          Tu filósofo es un pillo. No. No ha vuelto más y no creo que lo haga.

Petronio objetó:

–          Pero yo tengo un mejor concepto. No de su honradez, sino de su ingenio. Ya le hizo una vez una sangría a tu bolsa y volverá. Aun cuando solo sea para hacerle una segunda.

–          Será mejor que lo piense dos veces, no sea que le haga yo la sangría en su propio cuerpo.

–         Sé prudente. Ten paciencia. Hasta que no estés plenamente convencido de su impostura, no le des más dinero. Prométele eso sí, una buena recompensa si te trae noticias verdaderas. Cuando las tengas comunícamelas, pues debo partir para Anzio.

–         Así lo haré.

–        Y si una de estas mañanas al despertar decides que no vale la pena seguir atormentado y sufriendo tanto por ella, vente conmigo a Anzio. Allí hay bastantes mujeres y diversión.

Marco Aurelio no respondió.  Empezó a pasear agitado por la habitación…

Petronio lo observó unos momentos y por fin dijo:

–           Dime la verdad. ¿Sigues tan preocupado como al principio por Alexandra?

Marco se detuvo y miró a Petronio como si lo viera por primera vez…

LÁGRIMAS

Y fue evidente su esfuerzo por reprimir un estallido. Lo miró con desamparo, dolor, cólera y  un invencible anhelo… Y brotaron de sus ojos gruesas lágrimas.

Esto fue para Petronio una respuesta mucho más elocuente, que las más patéticas frases.

Y dijo:

–           No es Atlas quién lleva el mundo sobre los hombros, sino la mujer. Y ésta a veces juega con él, como con una pelota.

–           Es verdad. –contestó Marco Aurelio.

Y empezaban a despedirse, cuando un esclavo anunció que Prócoro Quironio esperaba en la antecámara y pedía ser admitido a la presencia del amo.

Marco Aurelio ordenó que lo pasaran inmediatamente.

Y Petronio exclamó:

–         ¡Por Zeus! Conserva tu sangre fría o Prócoro será quien te mande y no tú a él.

El griego entró haciendo una reverencia:

–           ¡Salve noble Marco Aurelio! ¡Salve a ti, señor!

Petronio contestó:

–           ¡Salve legislador del saber!

Marco Aurelio preguntó con calma:

–           ¿Qué me traes ahora?

Prócoro declaró:

–          La primera vez te traje la esperanza. Hoy te traigo la seguridad de que será encontrada tu doncella.

–           ¿Quieres decir que no la has encontrado aún?

–          Así es, señor. Ya he descubierto lo que significa el signo que le viste hacer. Sé quiénes son los que se la llevaron. Y cuál es el Dios entre cuyos adoradores hay que buscarla. ¿Estás perfectamente seguro señor, de que fue un pescado lo que ella trazó en la arena?

Marco Aurelio afirmó contundente:

–           Sí. Ya te dije que sí.

Y Prócoro respondió lacónico:

–          Entonces Alexandra es cristiana. Y son los cristianos  quienes te la han arrebatado.

Petronio intervino:

–         Escucha Prócoro. Mi sobrino te ha reservado una suma considerable de oro para el caso de que encuentres a la joven. Pero también te destina una suma no menos considerable de azotes, para el caso de que lo estés engañando. Si es lo primero, podrás comprar no uno, sino hasta tres esclavos escribientes. En lo segundo, ni todas las filosofías juntas, te servirán de ungüento.

Prócoro insistió angustiado:

–           La doncella es cristiana, señor.

Marco Aurelio gritó:

–          ¡Basta, Prócoro! Tú no eres un necio. Ella no puede pertenecer a las filas de esos oscuros adeptos que se dice que son enemigos de la raza humana. De los envenenadores de pozos y fuentes; de los adoradores de una cabeza de asno. De esas infames gentes sacrificadoras de infantes, practicantes de hechicerías y de rituales perversos.

Prócoro abrió los brazos en un ademán, como significando que él no tiene la culpa.

Y enseguida pidió:

–           Señor, pronuncia en griego la siguiente frase: “Jesucristo Hijo de Dios, Salvador.”

Marco Aurelio dijo:

–         Iesous Christos Theo Uios Soter.  Bien. Ya la he pronunciado ¿Y qué con eso?

–           Ahora toma la primera letra de cada una de esas palabras y forma con ellas una sola palabra.

Ahora fue Petronio el que exclamó con admiración:

–           ICHTHUS. ¡Pescado!

39177150_obwsdifmvcckwnhEntonces Prócoro, muy ufano declaró:

–           ¡Eso! Y he aquí porqué el pescado es la contraseña de los cristianos.

Siguió un largo silencio.

Pero eran tan sorprendentes las palabras del griego, que los dos no podían asimilar sus noticias…

Finalmente Petronio dijo:

–           Yo no puedo creer que Alexandra sea culpable de los crímenes que cometen los cristianos. ¡Qué locura! Tú Marco Aurelio, estuviste en esa casa por algún tiempo; yo solo unas horas. Pero conozco bastante a los Quintiliano y podría decir lo mismo de Alexandra, para poder declarar que eso es una monstruosidad. Si un pescado es el símbolo de los cristianos y si ellos son cristianos; entonces es evidente que los cristianos NO SON lo que hasta ahora hemos creído que son.

Prócoro replicó:

–           Tú hablas con la sabiduría de Sócrates, señor. ¿Quién ha examinado jamás a un cristiano? ¿Quién ha estudiado su Religión? Hace tres años conocí a un hombre llamado Mauro de quién se decía que era cristiano, a pesar de que pude convencerme de que era un hombre virtuoso y bueno.

Petronio lo miró con suspicacia:

–           ¿No habrá sido ese hombre virtuoso y bueno, el que te ha hecho conocer lo que significa el pescado?

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–           Desgraciadamente señor, en una fonda del camino alguien dio una puñalada a ese pobre hombre. Su esposa y sus hijos fueron arrebatados por unos mercaderes de esclavos. Yo perdí en la defensa de todos ellos, los dos dedos que me faltan. Y como parece ser que entre los cristianos abundan los milagros, espero que pronto vuelvan a salirme dedos nuevos en la mano.

Marco Aurelio preguntó:

–           ¿Cómo es eso? ¿Acaso te has hecho cristiano?

–           Desde ayer, señor. Desde ayer. El pescado me hizo cristiano. Ved que poder tiene. Por algunos días seré el más celoso prosélito de todos ellos, hasta que logre saber en dónde se esconde la doncella. Las investigaciones me imponen gastos considerables. Hace poco vi a un viejo en una fuente. Estaba sacando agua con un cubo y llorando. Tuve un presentimiento y dibujé un pescado con el dedo a la vista del viejo y él me lo dijo: ‘Mi esperanza también se halla cifrada en Cristo’.

Entonces empecé a sonsacarlo con habilidad y me lo reveló todo. Su amo es un liberto y un mercader de mármoles. Tiene un hijo que es esclavo por deudas y está siendo tratado cruelmente. El hombre quiere rescatarlo, trató de hacerlo. Pero el mercader se quedó con el dinero de la deuda, del rescate y el esclavo. Y ya no pudo hacer nada.

Petronio sentenció:

–           La justicia no es más que una mercancía pública. Y el caballero que preside el tribunal ratifica las transacciones.

Prócoro continuó:

–           Eres un hombre sabio, señor. Mientras me decía esto, el viejo volvió a llorar y yo mezclé mis lágrimas con las suyas. Empecé a lamentarme porque le dije que acababa de llegar de Nápoles, que no conocía a nadie de la hermandad y no sabía en donde se reunían.

Él se sorprendió de que los hermanos de Grecia no me hayan dado cartas para los hermanos de Roma. Pero yo le dije que me habían asaltado en el camino y él prometió relacionarme con los dirigentes de aquí. Cuando escuché esto me llené de júbilo y le di al viejo la suma necesaria para el rescate de su hijo, con la esperanza de que el noble Marco Aurelio me devolviese doblada esa cantidad…

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Petronio interrumpió:

–           Prócoro. En tu narración la mentira flota sobre la superficie de la verdad, como el aceite sobre el agua. Tú nos has traído noticias importantes, no puedo negarlo. Pero no las mezcles con tus falsedades ¿Cómo se llama el viejo con el que hablaste?

–           Félix. Me recordó a Mauro, aquel a quién defendí de los asesinos.

–           Creo que es verdad que has visto a ese hombre, pero no le has dado ningún dinero. No le has dado absolutamente nada.

–           Pero le ayudé a subir el cubo con el agua y le hablé de su hijo, con la más cordial simpatía. Sí, señor. ¿Qué puede sustraerse a la penetración de Petronio? Es verdad, no le he dado dinero. Pero ese acto es indispensable y útil porque con eso nos ganaríamos la voluntad de los cristianos. Me ganaría su confianza y me abrirían las puertas para introducirme entre ellos.

Petronio respondió:

–           Eso es verdad. Y es tu deber hacerlo así.

–           Por eso he venido a procurarme los medios para ello.

Petronio se volteó hacia Marco Aurelio:

–           Puedes ordenar que le entreguen el dinero. – y lo miró significativamente.

Marco comprendió y le dijo a Prócoro:

–           Te daré un joven que irá contigo, llevando la suma necesaria. Dirás a Félix que ese joven es tu esclavo y entregarás al viejo en presencia de él, el dinero. Y puesto que me has traído noticias importantes, recibirás para ti una suma igual. Espera en el atrium. Luego iré a darte lo que necesitas.

Prócoro exclamó entusiasmado:

–           ¡Tú eres un verdadero príncipe! ¡Qué la paz sea con vosotros! Así se despiden los cristianos. Yo me compraré una esclava, quiero decir un esclavo… A los pescados se les atrapa con un anzuelo. Y a los cristianos con un pescado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

23.- EL FILOSOFO DETECTIVE


jardin volksgarten-600x399En la casa de Petronio, los dos patricios están conversando animadamente sobre qué hacer, para localizar a la fugitiva.

Petronio dice reflexivo:

–           Casi todas las mujeres de Roma, rinden culto a deidades distintas. Yo creo que Fabiola la habrá educado en el culto a la deidad que ella misma adora. Y cual sea esa deidad, es algo que ignoro. Pero nadie la ha visto ofrecer sacrificios en ninguno de los templos. Una vez corrió el rumor de que era cristiana, pero eso no es posible.

Marco Aurelio lo mira con incertidumbre y contesta:

–           Dicen que los cristianos, además de rendir culto a la cabeza de un asno, son enemigos de la raza humana y cometen los crímenes más abominables.

–           ¡Es imposible que Fabiola sea cristiana! Porque su virtud es notoria. Y una enemiga de la raza humana, no podría tratar a los esclavos como ella lo hace…

–           En ninguna casa romana los tratan como en la de Publio.

–          ¡Ah! Fabiola me mencionó a un Dios Poderoso y Clemente.

–           Si por ese Dios ella ha desterrado de su vida a los demás, está en su derecho de hacerlo.

–           Ha de ser un Dios muy débil, si sólo tiene un puñado de seguidores. A menos que haya muchos y sean ellos los que le ayudaron en la fuga.

–           Su fe prescribe el Perdón. Cuando en el Palatino estaba con Actea, me encontré a Fabiola y me dijo: “Que Dios te perdone el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra.”

–           Evidentemente ese Dios suyo, es de muy suave pasta. ¡Ah! Pues que te perdone. Y en señal de tal perdón, que te regrese a Alexandra.

–           ¡Si eso pasara, sería capaz de ofrecerle una hecatombe, para mañana mismo! No tengo deseos de comer, ni de bañarme, ni de dormir. Estoy enfermo. Quiero ir a buscarla…

Petronio le observó  y verdaderamente Marco Aurelio presenta un aspecto miserable y se ve enfermo.

Y le dijo:

–           La fiebre te atormenta.

–           Así es.

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–           Entonces óyeme. No sé qué prescriba el médico para estos casos, pero hay un proverbio extranjero que dice que un clavo saca otro clavo. Expresado de otra manera: lo que yo haría mientras encontramos a la prófuga, sería buscar en otra, lo que por el momento se ha desprendido de mí, llevándoselo con ella. He visto en tu casa de campo mujeres muy bellas.

Marco Aurelio movió la cabeza negando…

Y antes de que pueda decir palabra alguna, Petronio continuó:

–                      No me contradigas. Yo sé lo que es el amor y comprendo que mientras se desea a una mujer, no hay quién pueda ocupar su sitio. Pero en una bonita esclava es posible encontrar, aunque solo sea momentánea, una buena distracción.

Marco Aurelio replicó:

–           No la necesito.

Pero Petronio, que lo ama de verdad y desea suavizar su sufrimiento, se puso a meditar la manera de conseguirlo.

–           Acaso tus esclavos no tengan el encanto de la novedad. –y se puso a examinar a Aurora con aire reflexivo.

Se decidió. La tocó en la cadera con la palma de la mano, empujándola suavemente:

–         ¡Mira ésta gracia! Tiene una belleza perfecta. Puedes creer que yo mismo no me explico la razón, de por qué no me había fijado en ella hasta hoy. Pues bien. Te la doy. ¡Tómala para ti!

Cuando Aurora escuchó estas palabras, palideció y miró al tribuno con ojos de zozobra. Y esperó la respuesta conteniendo la respiración.

Pero Marco Aurelio se levantó apretándose las sienes y moviendo la cabeza como quién no quiere escuchar nada.  Y sintiéndose verdaderamente enfermo, exclamó:

–           ¡No! No la quiero. Tampoco quiero a las otras. Te lo agradezco, pero no la necesito. Buscaré a Alexandra por toda la ciudad. Ordena que me traigan una capa con capucha. Ya me voy…

Y se apresuró a salir.

Petronio vio que era imposible detenerlo. Y tomó su negativa como una aversión temporal a las demás mujeres.

Y buscando consolarlo, dijo a la esclava:

–           Aurora, te bañarás, ungirás y vestirás. Y luego irás a la casa de Marco Aurelio.

Pero ella se postró a sus pies y le imploró:

–           Te lo suplico amo, no me alejes de tu casa. Yo no iré a la casa de Marco Aurelio. Prefiero ser la última de las siervas en tu casa, a la favorita en la casa de él. ¡No quiero ir! ¡No puedo ir! ¡Te lo ruego, ten piedad de mí! ¡Ten piedad, amo! ¡Ten piedad! ¡Castígame, pero no me despidas!

Y temblando como una hoja por el temor y la emoción, extendió las manos hacia Petronio, quién la había estado escuchando verdaderamente asombrado.

Es algo tan insólito el que una esclava llegue a pedir que se le exima de cumplir una orden, llegando al punto de decir: ‘no quiero’ ‘no puedo’ que al principio Petronio no quiso dar crédito a sus oídos.

Finalmente frunció el ceño. Es un hombre demasiado refinado para mostrarse cruel. Sus esclavos, principalmente en lo que se refiere a diversiones, disfrutan de una mayor libertad que otros; pero a condición de hacer su servicio de una manera ejemplar y de rendir homenaje a la voluntad de su amo, como a la de un dios.

Más en caso de faltar a cualquiera de estas dos reglas, él no puede prescindir de aplicar el castigo correspondiente.

Y como por otra parte es insoportable para él toda contrariedad que perturbe su norma, contempló un instante a la joven arrodillada y dijo:

–           Llama a Héctor y vuelve con él.

Aurora se levantó temblando y llorando. Después de un ratito, regresó acompañada del mayordomo griego.

Petronio le ordenó:

–           Llévate a Aurora y le darás veinticinco azotes de tal forma que no le maltrates la piel.

Y dicho esto, se fue a su biblioteca a trabajar en su nuevo libro.

Héctor se quedó pasmado…

Frunció el ceño, miró a la joven y dijo:

–          ¡Aurora! ¿Qué hiciste?…

Aurora permaneció callada y con la vista fija en el  mármol del piso.

Héctor movió la cabeza, suspiró y ordenó:

–          ¡Vamos!

Dos horas después…

En la biblioteca Petronio le da vueltas entre sus dedos a su estilo. No ha escrito ni una sílaba.  La fuga de Alexandra y la enfermedad de la Infanta, lo perturbaron tanto que no se ha podido concentrar.

A Petronio le preocupa que el César piense que Alexandra hechizó a la niña, pues la responsabilidad puede recaer también sobre él, porque por petición suya ella había sido llevada al palacio. Pero él espera poder convencer al César, de lo absurdo de esa idea.

Además ha notado cierta inclinación hacia él, que Popea cree tener cuidadosamente escondida… pero que no lo está tanto, puesto que Petronio ya se dio cuenta.

Después de meditar un poco, decidió desechar estos temores, se encogió de hombros y fue al triclinium a almorzar.

Pero a su paso por el corredor vio a Aurora que está junto a un grupo de otros sirvientes y se olvidó de que no había dado ninguna otra orden referente a ella más que los azotes.

Frunció el ceño y llamó al mayordomo.

Un joven se adelantó diciendo:

–           No está aquí amo. Fue al almacén a recibir a unos proveedores.

Entonces le preguntó a Aurora:

–           ¿Recibiste los azotes?

La hermosa esclava le contesta feliz y agradecida:

–          ¡Oh, sí señor! ¡Los he recibido! ¡Oh, sí señor!

Es evidente que para ella, los azotes recibidos  los considera como una compensación por no haber sido despedida de la casa y que cree que puede seguir permaneciendo en ella.

Cuando Petronio comprendió esto, tuvo que admirar la vehemente obstinación de la joven. Pero conoce demasiado la naturaleza humana, para no advertir que solo el amor puede dar alas a una resistencia semejante.

Y la interrogó:

–           ¿Amas a alguien en esta casa?

Aurora alzó sus hermosos ojos azules llenos de lágrimas y en una voz tan suave que apenas se oyó, dijo:

–           Sí, señor. –y se ruborizó.

Y Petronio admiró su cara perfecta, que muestra  una expresión de temor y de esperanza. La vio tan bellísima y con una mirada tan suplicante, que no pudo reprimir un sentimiento de compasión. Y señalando a los siervos con un movimiento de cabeza, preguntó:

–           ¿A quién de éstos amas?

No hubo contestación.

Ella inclinó la cerviz hasta los pies de su amo y permaneció inmóvil.

Petronio miró entonces al grupo de esclavos. Los observó detenidamente y nada pudo leer en el semblante de ellos, salvo una sonrisa extraña…

Contempló entonces a Aurora, que seguía postrada a sus pies y luego de un momento sacudió la cabeza y se dirigió en silencio al triclinium.

Después de comer, ordenó que le llevasen a palacio y luego a casa de Sylvia, en cuya compañía permaneció hasta el día siguiente.

A su regreso hizo llamar a Héctor y le preguntó:

–           ¿Recibió Aurora los azotes?

Héctor contestó:

–           Sí, señor. Pero tú no has permitido que se le corte la piel.

Petronio añadió:

–           ¿Te di alguna otra orden respecto a ella?

mayordomo-hectorEl mayordomo se alarmó y contestó trémulo:

–           No, señor.

–           Está bien. ¿A cuál de los esclavos ama Aurora?

Héctor lo miró sorprendido y luego dijo:

–           A ninguno, señor.

–           ¿Qué sabes tú de ella?

Héctor comenzó a hablar con voz insegura:

–           Por la noche jamás sale de su cubículum en el cual vive con la anciana Penélope y Cloe. Después de que te viste, se encarga con otras esclavas del aseo de tu cubículum y de tu ropa. Hace ofrendas en el lararium y jamás entra a los departamentos de los baños… Y no se relaciona con nadie.  Las demás esclavas la ridiculizan por esto, llamándola Minerva (La diosa virgen)

–          ¡Es suficiente! Mi sobrino Marco Aurelio la rechazó. Así pues, puede quedarse aquí. Ahora retírate.

–           Señor. ¿Me permites decirte otra cosa de Aurora?

–           Ordené que me dijeras todo lo que sepas.

–           Toda la familia comenta la fuga de la doncella que debía habitar la casa del noble Marco Aurelio. Después de tu partida, Aurora me dijo que ella conoce a un hombre que la puede encontrar.

–           ¿Ah, sí? ¿Y qué clase de hombre es ése?

–           No lo sé, señor. Pero he creído mi deber informarte del asunto.

–           Está bien. Encárgate de que ese hombre venga lo más pronto posible, junto a la llegada de mi sobrino a quién pedirás en mi nombre que venga a verme.

–           Voy a hacerlo amo.

El mayordomo se inclinó y salió.

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Pero Petronio se puso a pensar en Aurora.

Al principio creyó que la joven sierva deseaba que Marco Aurelio encontrase a Alexandra, para no verse obligada a irse de la casa. Luego se le ocurrió que el hombre del que Aurora hablaba, pudiera ser su amante…

Y esto no solo NO le gustó nada, sino que le hizo sentir un extraño enojo.

La manera más sencilla de saber la verdad, era preguntándoselo a ella. Pero la hora ya era avanzada y él se sentía cansado.

Cuando se retiró a su cubículum y sin saber por qué, recordó a Sylvia. Había notado que ya no era una jovencita y pensó que su belleza ya no era tanta, como se la celebraban en Roma.

Por una extraña razón, ha dejado de gustarle…

Dos días después…

Petronio apenas acaba de vestirse en el unctorium, cuando llegó Héctor a avisarle que Marco Aurelio había llegado.

Éste entró detrás del mayordomo y con una voz llena de ansiedad, dijo:

–           Salve, Petronio. Héctor me ha dicho que has encontrado a un hombre capaz de encontrar a Alexandra. ¿Es verdad?

Petronio confirmó:

–           Eso veremos. Aurora lo conoce. Ahora que venga a arreglar los pliegues de mi toga, lo sabremos con certeza.

–           ¡Ah! ¿La esclava que me cedías el otro día?

–           Sí. La misma que tú rechazaste y por lo cual te estoy muy agradecido, porque es la mejor camarera de toda la ciudad. Y también la más hermosa.

Ella entró cuando él decía estas palabras, se ruborizó llena de alegría y tomando en sus manos la toga que estaba sobre una silla de ébano, abrió aquella vestidura y la puso sobre los hombros de Petronio. En su rostro hay una expresión de radiante felicidad.

Petronio la observó como si la viera por primera vez y se complació en su belleza. Una sonrisa enigmática se dibujó en sus labios y una mirada reflexiva ocultó sus más íntimos pensamientos mientras ella, con movimientos expertos empezó a arreglársela, inclinándose a veces para dar más amplitud a los pliegues.

Petronio la mira, no como el amo acaudalado que examina una adquisición que adorna su casa; sino que empezó a admirar la armoniosa hermosura de su conjunto: su piel alabastrina, que invita a ser acariciada…

Y sin darse cuenta empezó a dejarse fascinar por el encanto que comienza a seducir, cuando un hombre se enamora de una mujer.

–           Aurora. –le dijo con voz suave- ¿Ha venido al llamado de Héctor, el hombre que mencionaste ayer?

Aurora contestó:

–           Ha venido, señor.

–           ¿Cómo se llama?

–           Prócoro Quironio.

–           ¿Quién es él?

–           Un médico, un sabio y un adivinador del futuro, que lee los destinos de los hombres.

–           ¿Te ha predicho a ti el futuro?

Un vivo rubor cubrió el rostro de Aurora hasta las delicadas orejas y todo su cuello, antes de decir:

–           Sí, señor.

–           ¿Y cuál ha sido su predicción?

–           Que el dolor y la felicidad me saldrían al encuentro.

–           El dolor te llegó en las manos de Héctor. De manera que ahora le toca el turno a la felicidad.

–           Ha llegado ya, señor.

Petronio la miró sorprendido:

–           ¿Cómo?

Ella contestó con un murmullo apenas audible:

–           Me quedo.

Petronio puso una mano sobre su cabeza rubia y le dijo:

–           Has hecho bien tu trabajo y estoy muy contento contigo, Aurora.

Ante aquel ligero contacto, la jovencita se sintió desmayar de alegría. Y su corazón palpitó trepidante, mientras Petronio y Marco Aurelio pasaron al atrium, donde los esperaba el griego.

Cuando éste los vio, les hizo una profunda reverencia.

Y Petronio sonrió al recordar su sospecha del día anterior de que tal hombre pudiera ser el amante de Aurora…

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Prócoro es un viejo de regular estatura, de cabellos rizados ralos que alguna vez fueron rubios y ahora lucen un color raro… Porque son evidentes los intentos por cubrirlos con una especie de tinte, para disimular las canas que también hay en su bigote y su barba.

Tiene una cabeza más bien calva, con un rostro lleno de arrugas, en el que sobresale una protuberante nariz de beodo y más bien parece la cara de un sátiro, con una mirada de zorro.

Como tiene los ojos miopes y uno más que el otro, las patas de gallo se acentúan en el lado izquierdo. Son ojos de un verde desvaído con tintes amarillos y una expresión taimada, disimulada con una sonrisa hipócrita y servil.

Mueve con afectación unas manos blancas… Tan pequeñas y delicadas que parecen de mujer y que para nada ayudan a su figura grotesca y un tanto ridícula, por lo afectado de sus modales.

Podría decirse que es un esclavo, intentando ser un patricio… Y sus vanos esfuerzos aumentan los defectos que trata de ocultar.

Definitivamente es una figura extraña. Vestido con una túnica de lana y un manto que alguna vez fuera un rico manto y en el que se notan algunos agujeros…

La vista de este personaje le hizo recordar a Petronio a Tersites, (griego feo, que en el sitio de Troya al hablar mal de Aquiles, fue muerto por éste de una puñalada) el de Homero. Así pues, contestando a su saludo con un movimiento de la mano, dijo:

–           ¡Salve, divino Tersites! ¿Dónde está la giba con que te obsequió Ulises en Troya y qué hace él ahora en los Elíseos?

Prócoro Quironio replicó:

–           Noble señor, Ulises el más sabio de los muertos, envía por mi conducto un saludo a Petronio, el más sabio de los vivos; junto con el encargo de que cubra mi futura giba con un manto nuevo.

Petronio exclamó sorprendido:

–           ¡Por Zeus! Esa respuesta bien merece un manto.

Y los dos se enfrascaron en un intercambio filosófico agudo y lleno de ingenio…

La continuación de este diálogo fue interrumpida bruscamente por Marco Aurelio, al preguntar:

–           ¿Tienes una idea clara de la empresa que vas a emprender?

Prócoro hizo una inclinación de cabeza ante Marco Aurelio, antes de decir:

–           Cuando todos los miembros de las dos nobles casas, no hablan de otra cosa. Y cuando Roma entera repite la noticia, no es difícil saberlo. Anteayer por la noche fue interceptada una doncella llamada Alexandra y que estaba en custodia en la casa de Publio Quintiliano.

Tus esclavos… ¡Oh, señor! Cuando la conducían del palacio del César a tu casa, fue cuando se verificó el suceso. Yo me comprometo a encontrarla en la ciudad. Y si hubiera salido de ella, lo que es poco probable… A indicarte noble tribuno, a donde ha huido y el sitio donde se haya ocultado.

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A Marco Aurelio le agradó la precisión de la respuesta y dijo:

–           Está bien. ¿Con qué medios cuentas para hacer esto?

Prócoro sonrió con malicia y expresó:

–           Tú tienes los medios, señor. Yo solo poseo el ingenio.

Petronio sonrió a su vez. Está muy complacido con su huésped y pensó:

“Este hombre la va a encontrar.”

Marco Aurelio frunció el entrecejo y advirtió:

–           ¡Desdichado! Si llegas a engañarme por codicia, daré orden de que te apaleen.

Prócoro se defendió:

–           Soy filósofo, señor. Y un filósofo no es capaz de sentir el ansia de la recompensa. Especialmente la que con tanta magnanimidad me estás ofreciendo.

Petronio intervino:

–           ¡Ah! ¿Eres tú filósofo? Aurora me ha dicho que eres médico y adivino. ¿Dónde la conociste?

–           Ella acudió en demanda de mi ayuda, porque mi fama había llegado a sus oídos.

–           ¿Qué clase de auxilio necesitaba?

–           Para el amor, noble señor. Ella necesitaba ser curada de un amor no correspondido.

–           ¿Y la curaste?

–           Hice más que eso, señor. Le di un amuleto que asegura la reciprocidad. ¡Oh, señor! En Páfos, en la Isla de Chipre, hay un templo en el cual se conserva un cinturón de Venus. Le he dado dos hilos que proceden de ese cinturón, encerrados en una cáscara de almendra.

–          Me imagino que te hiciste pagar bien por ello.

–           Jamás puede pagarse suficiente por la reciprocidad en el amor. Y yo que carezco de dos dedos en mi mano derecha, me veo obligado a juntar dinero para comprar un esclavo copista a quién pueda encargar la tarea de escribir mis pensamientos. Y conservar así el fruto de mi sabiduría, para el bien de la humanidad.

–           ¿A qué escuela perteneces?

–           Señores, yo soy cínico; porque llevo un manto agujereado. Soy estoico, porque soporto con paciencia la pobreza. Soy peripatético, porque no poseo una litera y voy a pie de una tienda de vinos a la otra… Y en el camino enseño a todo aquel que promete pagarme el valor de un cántaro de vino.

–           ¿Y ante el cántaro te vuelves retórico?

–           Heráclito declara que ‘todo es fluido’. ¿Podrías negar tú señor, que el vino es fluido?

–           Y ha declarado también que el fuego es una divinidad y por eso la divinidad irradia de tu nariz.

Prócoro no se intimida…

–           Los otoños son fríos y un sabio de genuina estirpe ha de calentar su inspiración y su cuerpo con vino. ¿Acaso podrías negar este consuelo a un pobre ser humano?

Petronio continuó con su interrogatorio:

–           Prócoro Quironio, ¿De dónde eres?

–           Nací en Macedonia. Soy oriundo de Estagira…

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–           ¡Oh! Entonces tú eres grande.

El sabio respondió con aire reflexivo:

–           Y desconocido…

Marco Aurelio volvió a impacientarse.

Ante la perspectiva de la esperanza que ilumina de pronto su vida, toda esa conversación le pareció simplemente ociosa. Están desperdiciando el tiempo y se siente muy incómodo…

Se decide y le pregunta al griego:

–           ¿Cuándo comenzarás con tus investigaciones?

Prócoro respondió con una sonrisa triunfal:

–          Las he comenzado ya. Y aun cuando ahora me encuentro aquí respondiendo a tus preguntas, ya estoy trabajando en el asunto que te preocupa.

Petronio preguntó:

–           ¿Te has ocupado antes de servicios de este género?

–          Soy un filósofo incomprendido y tengo necesidad de buscar otros medios de subsistencia.

–           ¿Cuáles son tus recursos?

–           Averiguarlo todo y servir con mis noticias a quién de ello tenga necesidad.

–           ¿Y quién paga eso?

–          ¡Oh, señor! Necesito comprar un copista. De otra forma mi sabiduría perecerá conmigo.

Petronio lo miró evaluándolo y declaró:

–           Si hasta hoy no has reunido lo suficiente para comprar un manto nuevo, no pueden ser tan buenos esos servicios tuyos.

Prócoro no se amilanó:

–           Soy modesto. ¡No! Mis servicios no son pequeños. Ponme a prueba y lo verás…

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Marco Aurelio pensó que este hombre era como un sabueso. Una vez puesto en la pista, no se detendrá hasta descubrir el escondite de Alexandra.

E indagó:

–           Y bien. ¿Necesitas mayores indicios?

–           Necesito armas.

Marco Aurelio lo miró con sorpresa e indagó:

–           ¿De qué clase?

El griego extendió una mano y con la otra hizo ademán como si contara dinero.

Lanzó un profundo suspiro y dijo lacónico:

–           Tales son los tiempos.

Petronio intervino y preguntó:

–          ¿Entonces tú has de ser el asno que quiere ganarse la fortaleza con bolsas de oro?

Prócoro suspiró y contestó con humildad:

–           Yo soy tan solo un pobre filósofo. Ustedes tienen el oro.

Marco Aurelio le arrojó una bolsa que el griego cogió en el aire…

Y éste, respondió decidido:

–          Sé más de lo que tú crees. No he venido aquí con las manos vacías. Sé que no ha sido Publio Quintiliano quién interceptó a la doncella, porque he hablado con los esclavos del general. Sé que la Princesa Alexandra no está en el Palatino, porque allí todos están preocupados sólo por la Infanta Augusta.

Y es posible que pueda yo adivinar porqué quieres buscar a la doncella con mi ayuda, antes que con los guardias de la ciudad y los soldados del César. Sé que su fuga se efectuó con la ayuda de un sirviente, un esclavo originario del mismo país en el que ella nació.

Los que le ayudaron al sirviente no fueron esclavos, porque ellos se ayudan unos a otros. Y nadie los hubiera podido coaligar contra los tuyos. Solamente algún correligionario ha podido prestarle ayuda.

Petronio no pudo contenerse y exclamó:

–           ¿Lo has oído, Marco Aurelio? ¿No es eso palabra por palabra, lo mismo que yo te he sostenido?

Prócoro dijo:

–           Es un honor para mí. Es indudable que la doncella rinde culto a la misma divinidad que adora Fabiola, esa dama virtuosa que es una verdadera matrona romana. He sabido también que Fabiola adora a un Dios extranjero, pero sus esclavos no supieron decirme qué Dios es, ni cómo se llaman los que le rinden culto.

Si yo pudiera saberlo, iría a buscarlos y me convertiría en el más abnegado prosélito de esa religión y me ganaría su confianza… También sé señor, que tú pasaste una temporada en la casa del noble Publio y… ¿Tú no me puedes dar información sobre ese particular?

Petronio está más que admirado…

Marco Aurelio contestó:

–           No puedo.

Prócoro tomó el dominio de la situación:

–          Nobles señores, me han hecho ya varias preguntas. Permitid que ahora sea mí turno y os haga una: ¿No habéis visto a Fabiola o a tu divina Alexandra, llevar algún amuleto o adorar alguna estatua; presentar alguna ofrenda o celebrar alguna ceremonia? ¿No les has visto hacer algunos signos inteligentes solo para ellos?

Marco Aurelio exclamó:

–           ¡Signos! ¡Espera!… Sí. Vi una vez a Alexandra dibujar un pescado sobre la arena.

EL PESCADO Y SU SIGNIFICADO

–           ¿Un pescado? ¡Aaaah! ¡Ooooh! Y dime: ¿Ella hizo eso una o varias veces?

–           Solo una vez.

–           ¿Y estás seguro señor, de que fue un pescado lo que dibujó?

A Marco Aurelio se le avivó la curiosidad y preguntó:

–          Sí. ¿Tú sabes lo que significa?

Prócoro Quironio dijo:

–           Lo averiguaré. –Se inclinó en señal de despedida y agregó- ¡Quiera la fortuna derramar igualmente sobre ambos, toda clase de beneficios, nobles y dignos señores!

Petronio al despedirse, especificó:

–           Ordena que te entreguen un manto.

El griego lo miró con respeto y dijo:

–           Ulises te da las gracias en nombre de Tersites.

Y salió haciendo una profunda reverencia…

Cuando se quedaron solos Petronio preguntó a Marco Aurelio:

–           ¿Qué opinas sobre este sabio?

Marco contestó alborozado:

–          Creo que encontrará a Alexandra. Pero también digo que si hubiera un reino de los pícaros, éste sería su más digno soberano. Es todo un pillo.

–           Coincido contigo. Por cierto… He de estudiar más de cerca a este estoico que viene tan perfumado.

El tribuno sólo encoge los hombros…

Mientras tanto Prócoro Quironio oprime en su mano bajo los pliegues de su manto nuevo, la bolsa que le diera Marco Aurelio, admirando tanto su peso, como su áureo retintín.

Y se dirigió a la taberna de Quinto, a escanciar un poco de vino. Y a agradecer a la fortuna porque por fin ha encontrado lo que por tanto tiempo buscó…

Pensó: “Él es joven, irascible, opulento como las minas de Chipre y está dispuesto a pagar la mitad de su fortuna, con tal de recuperar a su amada. Éste es el hombre que me hacía falta. Y sin embargo debo tener mucho cuidado, pues su ceño no me augura nada bueno. ¿Conque ella trazó un pescado sobre la arena? No sé lo que significa eso, pero muy pronto lo sabré.”

Y con determinación siguió su camino…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

2.- UN NOMBRAMIENTO PROVIDENCIAL


galera-la-real-de-ferre-clauzelBajo un cielo azul y despejado, los buques militares se yerguen poderosos. Sobre las olas de un mar apacible, avanzan veloces hacia las costas del Cercano Oriente.

En la cabina de mando del “Orión”, varios hombres elegantemente vestidos y muy parecidos entre sí, conversan animadamente. En un suceso insólito, las principales cabezas de la Gens Petronia se encuentran reunidas en el navío que comanda aquel convoy.

Tito Petronio Níger, está sentado ante una mesa donde se encuentran desplegados varios rollos de papiro y una carta de navegación. Viste la toga senatorial a pesar de ser un hombre demasiado joven. En su hermoso rostro varonil  destacan unos grandes ojos gris acerado, con una expresión de madurez e inteligencia, en los que destella una chispa de curiosidad al escuchar a su padre Cayo, preguntar a su tío Publio:

–                     En Roma abundan los rumores escandalosos. He esperado volver a verte querido hermano,  para preguntarte a ti que eres testigo: ¿Qué es lo que sabes del hijo de Teófilo?

Es evidente que la inevitable respuesta, es perturbadora para el hombre más joven que está frente a él. Publio juega con  los arabescos de oro de la copa de vino que tiene en la mano, mientras parece reflexionar…

Luego dudoso, mira a su hermano mayor y responde con voz pausada:

–                     Cuando el emperador me envió como gobernador de Siria, habían pasado tres meses de la muerte de Teófilo, mi antecesor. El pueblo le quería. Pero desafortunadamente su hijo no era fuerte y saludable como él. Desde que lo conocí, constaté que era un hombre delgado y frágil, al que le era muy doloroso caminar. Nos encontramos muy pocas veces. Se retiró a su palacio de Bethania donde se fue consumiendo poco a poco por una penosa enfermedad. No volví a verlo hasta después de… -Publio carraspea y se calla.

Todos lo miran expectantes…

El silencio se prolonga hasta que Cayo exclama exasperado por la impaciencia:

–           ¡Por Zeus! Termina de una vez. He esperado tanto para volver a verte. Y solo a ti te creeré.     ¡Dímelo ya! ¿Después…? ¿De qué…?

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Publio cierra los ojos, respira profundo y luego, después de una pausa muy larga dice contundente:

–                     ¡Ni siquiera imaginas las cosas que han sucedido en esta región del Imperio! Tú conociste a Teófilo y sabes lo respetado que era entre sus compatriotas. Para nosotros era muy importante su influencia para mantener la paz. Cuando su hijo agonizaba, Poncio Pilatos me avisó y vine desde Antioquia para asistir a sus funerales. Tenía varios asuntos pendientes y tuve que posponer mi regreso. Habían pasado casi cinco días después del sepelio y entonces… ¡Sucedió lo imposible!

Como Publio parece olvidar a los que esperan ansiosos…

–                     ¡¡¡Qué!!! –exclaman todos.

Publio dice con voz muy pausada:

–                     Lázaro el hijo de Teófilo, resucitó.

Todos exclaman al mismo tiempo:

–                     ¡Qué! ¡OH! ¡Ah! ¡No puede ser! ¿Lo viste?

–                     Lo vi y lo toqué. Fuimos a su palacio, porque era imposible mantenernos impasibles ante un suceso tan extraordinario. Además de vigoroso, está tan vivo como nosotros.

Poncio Nigrino objetó:

–                     ¡Eso es imposible!

Turpiliano, el tercero de los hermanos, exclama asombrado:

–                     ¿Entonces es verdad que el Nazareno era un Dios Encarnado, nacido de una Virgen?

Nigrino refutó:

–                     ¿Dioses? Tal vez los haya. Ni lo afirmo ni lo niego porque no lo sé, ni tengo medios para saberlo. Pero si sé, porque esto me lo ha enseñado la vida;  que si existen no se ocupan ni se preocupan de nosotros.

Cayo respondió:

–                     Lo invisible y lo inexistente se parecen mucho. El hombre condena cuando no entiende. La razón pura no puede probar la existencia de Dios.

Sin poder contenerse Tito Petronio, que hasta ese momento había permanecido callado, se levantó del asiento y arrojando sobre la mesa el estilo con el que había jugueteado mientras escuchaba, dijo con displicencia:

–                     Todos sabemos que los dioses son seres mitológicos. Si estuviéramos en una asamblea pública, sería imprudente negar su existencia. Pero entre nosotros podemos hablar con la verdad. Los dioses son cosas frágiles que pueden ser destruidos con un atisbo de ciencia o una dosis de sentido común.

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Turpiliano le replica:

–                     Esa es tu muy particular manera de pensar. Para numerosas personas los dioses son seres reales.

Nigrino, con un dejo de impaciencia respondió implacable:

–                     Los hombres podemos perfectamente vivir sin ellos, pues los dioses le deben la vida a la imaginación humana que los necesita para culparlos, de lo que es producto de su propia locura. La búsqueda de Dios es una ocupación inútil, pues no hay nada que buscar en donde nada existe. A los dioses no se les busca, se les crea.

Turpiliano preguntó a todos y a nadie:

–                     ¿Por qué cuesta tanto trabajo aceptar que un Dios pudiera encarnarse?

Petronio protesta:

–                     Yo no puedo ser religioso ni creer en Dios. Prefiero la filosofía a la religión, pues no puedo poseer al mismo tiempo lo evidente y lo incomprensible. Hay que ser realistas. En caso de que haya dioses, no se ocupan para nada de los hombres.

Cayo interviene:

–                     La realidad es aquello que cuando dejas de creer en ello, no desaparece.- Y agrega- Y en este imperio poseemos inclusive, la libertad de no creer.

tribunado-militar-con-poder-consularTurpiliano concluye perplejo:

–                     Yo creo que solo un Dios Verdadero puede resucitar a un muerto después de casi una semana de haber sido sepultado.

Cayo sentencia:

–                     Afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias.

Verdaderamente incómodo, Petronio mira a su padre y dice fríamente:

–                     Solo los locos persiguen lo imposible. En el mundo existen dos clases de hombres: hombres inteligentes sin religión y hombres religiosos sin inteligencia. – Respira profundamente y agrega-  A este paso, también me dirás que crees que Minerva es una virgen, que nació del cerebro de Júpiter.

Turpiliano declara:

–                     Cuando lleguemos a Palestina, lo primero que haré será buscar a ese prodigio resucitado…

Sorprendido por el giro que ha tomado la conversación, Publio interviene aliviado y dice a su sobrino Petronio:

–                     Será mejor que hablemos de la encomienda que te ha dado el Príncipe. En Antioquia uniremos mis legiones a la que traes y…

Y Publio continúa detallando lo que harán cuando toquen tierra…

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CALÍGULA

   Tiberio ha muerto y el nuevo emperador es hijo de Germánico, el más amado por los romanos. La tiranía de Tiberio fue cruel pero reflexiva y aunque lo atormentaron los remordimientos, fue un desgraciado en el trono imperial.

Calígula es la demencia en el poder, con un régimen de terror absoluto. Se considera a sí mismo un dios, con derecho a ser honrado como tal en todos los templos.

Y lo que hizo en Roma, ha ordenado que se haga en todo el imperio.  Por eso ha enviado a Petronio a Jerusalén junto con unas estatuas que representan su divina imagen y con la orden de que si los judíos no las admiten, mate a los reacios y esclavice al resto de la nación.

La siguiente semana, entran a Judea desde Antioquia.

En el puente de mando, Petronio mira con gesto preocupado la cara de terror de los judíos que contemplan asombrados las tres legiones que componen el ejército romano.

Cuando llega a Ptolemaida, ciudad marítima de Galilea rodeada por montes; los judíos le esperan congregados en una inmensa multitud.

Al conocer el nuevo mandato del emperador, ellos le suplican que no lo haga; pues su Ley Sagrada les impide su realización.

Petronio les expone el poder de los romanos y las amenazas del César; añadiendo que su petición es irrazonable, pues todas las naciones sometidas a ellos en sus diferentes ciudades, tienen las imágenes  del emperador entre sus dioses y ellos son los únicos que no lo consienten.

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Esta es una rebeldía que injuria al César y que será castigada  con infinita severidad.

Los judíos insisten en que su Ley Sagrada les prohíbe tener imágenes de Dios o de hombres, no solo en cualquier lugar de su tierra; sino principalmente en el Templo de Jerusalén.

Petronio replicó:

–           ¿Y acaso yo dejaré de respetar la  ley de mi señor? Si no obedezco y os perdono, seré justamente castigado. Y el que me envía no yo, os declarará la guerra; porque tanto vosotros como yo estamos a sus órdenes.

La multitud,  airada gritó que estaba dispuesta a sufrir por sus leyes.

Petronio los mandó a callar y preguntó:

–           ¿Pelearéis contra el Cesar?

Y los judíos contestaron:

–           Ofrecemos dos veces al día sacrificios por el emperador y por el pueblo romano. Pero si las estatuas van a ser puestas en el templo, primero tendrás que sacrificar a toda Judea; pues nosotros, nuestras mujeres y nuestros hijos, nos ofrecemos para que nos sacrifiques para honra de nuestro Dios.

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 Esto sorprendió mucho Petronio. Y sintió una gran compasión al ver su increíble pasión religiosa y el valor con el que se declararon dispuestos a morir. Como nadie cedió, la reunión fue disuelta sin llegar a ningún acuerdo. Entonces dejó al ejército y las estatuas en Ptolemaida y se trasladó a Tiberiades.

En los siguientes días reunió a los poderosos en privado y habló también en público al pueblo. Amonestó tanto a unos como a otros con persuasivos argumentos; pero sobre todo, insistiendo en la amenaza que representa el poder de los romanos y la indignación de Calígula; pues Petronio tiene que cumplir lo que le ha sido ordenado.

Después de cincuenta días de negociaciones fallidas y viendo el peligro de perder las siembras de ese año por la obstinación de los judíos, en la última convocatoria les anunció:

–                     Estoy  dispuesto a correr un albur. Decid a vuestro Dios que me ayude a apaciguar la ira del emperador. Si Él interviene, me salvaré con vosotros, lo que será motivo de regocijo para todos. Pero si Calígula continúa irritado, será mi sentencia de muerte por no haberlo obedecido. Será sólo mi vida, a cambio de la vuestra y la de vuestra nación.

Enseguida de esta declaración, Cayo Petronio que está a su lado, le mira boquiabierto. Luego sonríe con evidente orgullo y  dice a su hijo en voz baja:

–                     Tremendo riesgo para un hombre que recientemente manifestó su absoluta incredulidad religiosa. ¿Por qué lo hiciste?

Petronio esbozó una sonrisa que iluminó su rostro, antes de decir con tono reflexivo:

–           Una fe como esta, merece ser tenida en consideración. Si ese Dios existe, lo manifestará. Además ¿Acaso una teocracia y una nación tan vehementes, pueden estar erradas?

Y movió la cabeza como si estuviese sorprendido de su propia audacia. Luego despidió al pueblo y éste rezó por su prosperidad.

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A continuación, Petronio reunió su ejército y lo condujo a Antioquia, donde rindió su informe al César en una carta, exhortándole que si no deseaba perder la región y sus habitantes, debía permitir que conservasen sus leyes y retractarse de sus órdenes.

Calígula reaccionó con violencia, por su tardanza en cumplir lo que le había ordenado e inmediatamente le contestó.

Pero aconteció que los que llevaban la respuesta del emperador fueron detenidos en su navegación durante tres meses, por continuas tempestades.

Entonces en Roma hubo una conspiración y el emperador fue asesinado por sus pretorianos.

Claudio fue nombrado en su lugar y los portadores con la noticia del fallecimiento de Calígula tuvieron tan excelente viaje, que Petronio recibió la epístola que le avisaba de  su nombramiento como gobernador de Bitinia, veintisiete días antes que la que llevaba el decreto de su sentencia de muerte.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA