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LA RENUNCIA TOTAL


IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
NEGARNOS A NOSOTROS MISMOS

RENUNCIAR A TODO PARA SEGUIR AL MAESTRO

Es el atardecer en el interior de la casa de Nazaret, en lo que parece ser el comedor, una estancia muy reducida que tiene una sencilla mesa rectangular frente a una especie de arquibanco que está pegando a una de las paredes: éste es el asiento de uno de los lados.

En las otras paredes hay un telar y un taburete y un bazar, que tiene encima algunas lamparitas de aceite y otros objetos. Una puerta da a un pequeño huerto. 

Jesús está sentado a la mesa. Está comiendo.

María le sirve, yendo y viniendo por una puertecita hasta la cocina donde está el fuego, cuyo resplandor se ve desde la puerta entreabierta.

Jesús le dice a María dos o tres veces que se siente… y que también coma Ella.

Pero Ella no quiere; menea la cabeza sonriendo tristemente.

Y trae lo que parece ser una sopa de verduras y unos peces asados. Luego un queso de forma redondeada y unas aceitunas pequeñas y oscuras. El pan, está ya en la mesa.

Jesús tiene delante un ánfora con agua y una copa; come en silencio, mirando a la Madre con doloroso amor.

María está apenada. Va, viene… para que no se le note. Enciende una lamparita y la pone junto a Jesús (al alargar el brazo acaricia disimuladamente la cabeza de su Hijo).

Abre una bolsa de color castaño  y sale al huertecito, va a una especie de despensa y regresa con unas manzanas ya más bien rugosas, conservadas desde el verano y las mete en la bolsa junto con un pan y un pequeño queso, aunque Jesús no quiera y diga que ya tiene suficiente.

María se acerca a la mesa de nuevo y le mira mientras come.

Le mira con verdadera congoja, con adoración, con el rostro aún más pálido de lo normal y como más envejecido por la pena.

Con los ojos agrandados por una sombra que los marca, indicio de lágrimas vertidas; parecen más claros que de costumbre, como lavados por el llanto que ya está casi apareciendo en ellos: ojos de dolor, cansados.

Jesús, que come despacio, claramente sin ganas, por complacer a su Madre y está más pensativo de lo habitual, levanta la cabeza y la mira.

Se encuentra con una mirada llena de lágrimas y baja la cabeza para que no se sienta cohibida, limitándose a cogerle la delicada mano que tiene apoyada en el borde de la mesa.

La toma con la mano izquierda y se la lleva a la cara apoyando en ella su mejilla como rozándola un momento para sentir la caricia de esa pobre mano temblorosa.

Y la besa en el dorso con gran amor y respeto.

María se lleva la mano libre hacia la boca, como para ahogar un sollozo; luego se seca con los dedos una lágrima grande que ha rebasado el borde del párpado y estaba regando la mejilla.

Jesús continúa comiendo.

María sale rápidamente al huertecillo, donde ya hay poca luz… y desaparece.

Jesús apoya el codo izquierdo sobre la mesa y sobre la mano la frente, deja de comer y se sumerge en sus pensamientos.

Luego un momento de atención… Se levanta de la mesa.

Sale Él también al huerto, mira a uno y otro lado y se dirige hacia una abertura de una pared rocosa, dentro de lo que es su taller de carpintero.

Esta vez todo ordenado, sin tablas, sin virutas, sin fuego encendido; el banco de carpintero y las herramientas, todas en su sitio, nada más.

Replegada sobre sí, en el banco, María llora. Parece una niña. Tiene la cabeza apoyada en el brazo izquierdo doblado, y llora, en voz baja pero con mucho dolor.

Jesús entra despacio y se le acerca con tanta delicadeza, que Ella comprende que está allí sólo cuando su Hijo le deposita la mano sobre la cabeza inclinada, llamándola “Mamá” con voz de amorosa reprensión.

María levanta la cabeza y mira a Jesús entre un velo de llanto y se apoya, con las dos manos unidas, en su brazo derecho.

Jesús con un extremo de su ancha manga le seca la cara y la abraza, la estrecha contra su pecho, la besa en la frente.

Jesús tiene aspecto majestuoso, parece más viril de lo habitual y María más niña, salvo en la cara marcada por el dolor.

–      Ven, Mamá – le dice Jesús.

Y apretándola estrechamente con el brazo derecho, se encamina de nuevo hacia el huerto; allí se sienta en un banco que está apoyado en la pared de la casa.

El huerto está silencioso y ya oscuro. Hay sólo un hermoso claro de luna y la luz que sale de la estancia. La noche está serena.

Jesús le habla a María. Le da varias instrucciones.

Y concluye:

–       Y di a la familia…, a las mujeres de la familia, que vengan. No te quedes sola. Estaré más tranquilo Madre, y tú sabes la necesidad que tengo de estar tranquilo para cumplir mi Misión.

Mi amor no te faltará. Vendré frecuentemente y cuando esté en Galilea y no pueda acercarme a casa te avisaré, entonces vendrás tú adonde este Yo.

Mamá, esta hora debía llegar. Empezó aquí, cuando el Ángel se te apareció; ahora se cumple y debemos vivirla, ¿No es verdad, Mamá?

Después vendrá la paz de la prueba superada y la alegría. Antes es necesario atravesar este desierto, como los antiguos Padres para entrar en la Tierra Prometida.

Pero el Señor Dios nos ayudará como hizo con ellos y su ayuda será como maná espiritual para nutrir nuestro espíritu en el esfuerzo de la prueba.

Digamos juntos al Padre nuestro…».

Jesús se levanta y María con Él, y levantan la cara al cielo. Dos hostias vivas que resplandecen en la oscuridad.

Jesús dice lentamente, pero con voz clara y remarcando las palabras, la Oración del Señor.

Hace mucho hincapié en las frases: «venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad», distanciando mucho estas dos frases de las otras.

Ora con los brazos abiertos (no exactamente en cruz, sino como los sacerdotes cuando dicen: «El Señor esté con vosotros»)

María tiene las manos juntas.

Entran de nuevo en casa. Y Jesús vierte en una copa un poco de vino blanco de un ánfora de la despensa y la lleva a la mesa.

Coge de la mano a María y la obliga a sentarse junto a Él y a beber de ese vino (en que moja una rebanada de pan que le ofrece).

Tanto insiste, que María cede. El resto lo bebe Jesús. Luego estrecha a su Madre contra su costado.

 Y sujetándola contra su persona, en el lado del corazón. No hablan más. Esperan. María acaricia la mano derecha de Jesús y sus rodillas.

Jesús acaricia el brazo y la cabeza de María.

Jesús se levanta y con Él María, se abrazan y se besan amorosamente una y otra vez. Es una DESPEDIDA que ninguno de los dos quisiera terminar. Ambos tienen un infinito sufrimiento.  

Es la Virgen, pero es una madre que debe separarse de su hijo y que sabe a dónde conduce esa separación.

Jesús coge el manto azul oscuro), se lo echa a los hombros y con él se cubre la cabeza a manera de capucha. Luego se pone en bandolera la bolsa, de forma que no le obstaculice el camino.

María le ayuda, nunca termina de ajustarle la túnica, el manto y la capucha sin dejarlo de acariciar.

Jesús va hacia la puerta después de trazar un gesto de bendición en la estancia. María lo sigue y en la puerta ya abierta, se besan una vez más.

La calle está silenciosa y solitaria, blanca de luna.

Jesús se pone en camino. Dos veces se vuelve aún a mirar a su Madre, que está apoyada en la jamba, más blanca que la Luna, toda reluciente de llanto silencioso.

Jesús se va alejando por la callejuela blanca.

María continúa llorando apoyada en la puerta. Y Jesús desaparece en una esquina de la calle.

Ha empezado su camino de Evangelizador, que terminará en el Gólgota.

María entra llorando y cierra la puerta.

También para Ella ha comenzado el camino que la llevará al Gólgota.

Y por nosotros, que somos tan crueles, malagradecidos y egoístas; que sólo pensamos en lo material y le regateamos a Dios TODO…

Dice Jesús:

Éste es el cuarto dolor de María, Madre de Dios: el primero fue la presentación en el Templo; el segundo, la huida a Egipto; el tercero, la muerte de José; el cuarto, mi separación de Ella.

La enseñanza que proviene de la contemplación de mi separación se dirige especialmente a los padres e hijos a quienes la voluntad de Dios llama a la recíproca renuncia por un amor más alto; en segundo lugar está dirigida a todos aquellos que se encuentran frente a una renuncia penosa ¡Y cuántas encontráis en la vida!

Son espinas en la Tierra que traspasan el corazón; lo sé. Pero para quien las acoge con resignación, mirad que no digo: “para quien las desea y las acoge con alegría” (esto ya es perfección), se transforman en eternas rosas.

Pero pocos las acogen con resignación. Como burritos tozudos, os resistís obstinadamente a la voluntad del Padre, aunque no tratéis de herir con patadas y mordiscos espirituales o sea con rebelión y blasfemias contra el buen Dios.

Y no digáis: “Pero si yo sólo tenía este bien y Dios me lo ha quitado; sólo este afecto y Dios me lo ha arrancado”.

También María mujer noble, amorosa hasta la perfección (porque en la Toda Gracia también las formas afectivas y sensitivas eran perfectas), sólo tenía un bien y un amor en la tierra: su Hijo.

No le quedaba más que Él: los padres, muertos desde hacía tiempo; José, muerto desde hacía algunos años. Sólo quedaba Yo para amarla y hacerle sentir que no estaba sola.

Los parientes por causa mía, desconociendo mi origen divino, le eran un poco hostiles.

Como hacia una madre que no sabe imponerse a su hijo que se aparta del común buen juicio o que rechaza un matrimonio propuesto que podría honrar a la familia e incluso ayudarla.

Los parientes voz del sentido común, del sentido humano —vosotros lo llamáis sensatez, pero no es más que sentido humano o sea, egoísmo — habrían querido que yo hubiera vivido estas cosas.

En el fondo era siempre el miedo de tener un día que soportar molestias por mi causa; que ya osaba expresar ideas — según ellos demasiado idealistas — que podían poner en contra a la sinagoga.

La historia hebrea estaba llena de enseñanzas sobre la suerte de los profetas.

No era una misión fácil la del profeta y frecuentemente le ocasionaba la muerte a él mismo y disgustos a la parentela. En el fondo, siempre el pensamiento de tener que hacerse cargo un día de mi Madre.

Por ello, el ver que Ella no me ponía ningún obstáculo y parecía en continua adoración ante su Hijo, los ofendía.

Este contraste habría de crecer durante los tres años de ministerio, hasta culminar en abiertos reproches cuando, estando yo entre las multitudes, se llegaban hasta mí,

Y SE AVERGONZABAN DE MI MANÍA — según ellos — de herir a las castas poderosas.  

Reprensión a Mí y a Ella. ¡Pobre Mamá!

Y no obstante María, que conocía el estado de ánimo de sus parientes; no todos fueron como Santiago, Judas o Simón, ni como la madre de estos, María de Cleofás  y que preveía el estado de ánimo futuro.

María, que conocía su suerte durante esos tres años y la que le esperaba al final de los mismos y la SUERTE MÍA, no opuso resistencia como hacéis vosotros.

Lloró. Y ¿Quién no habría llorado ante una separación de un hijo que la amaba como Yo la amaba; ante la perspectiva de los largos días, vacíos de mi Presencia, en la casa solitaria?

¿Ante el futuro del Hijo destinado a chocar contra la malevolencia de quien era culpable y se vengaba de serlo agrediendo al Inocente hasta matarlo?

 LLORÓ PORQUE ERA LA CORREDENTORA

Y LA MADRE DEL GÉNERO HUMANO RENACIDO A DIOS

Y debía llorar por todas las madres que no saben hacer de su dolor de madres una corona de gloria eterna.

¡Cuántas madres en el mundo a quienes la muerte arranca de los brazos una criatura! ¡Cuántas madres a quienes un querer sobrenatural arrebata de su lado a un hijo!

Por todas sus hijas, como Madre de los cristianos, por todas sus hermanas, en el dolor de madre despojada, ha llorado María.

Y POR TODOS LOS HIJOS QUE NACIDOS DE MUJER,

ESTÁN DESTINADOS A SER APÓSTOLES DE DIOS

O MÁRTIRES POR AMOR A DIOS,

“SU DIOS ES MI DIOS” Uno de los 21 ejecutados por ISIS no era Cristiano Copto. Se volvió Cristiano al ver la inmensa FE de los otros 20 mártires. Como no negó a Jesucristo, también fue decapitado y llegó al Cielo, con boleto express.

POR FIDELIDAD A DIOS O POR CRUELDAD HUMANA.

Mi Sangre y el llanto de mi Madre son la mixtura que fortalece a estos signados para heroica suerte;

la que anula en ellos las imperfecciones o también las culpas cometidas por su debilidad, dando además del martirio en cualquier caso, enseguida la Paz de Dios y si sufrido por Dios, la gloria del Cielo.

Las lágrimas de María las encuentran los misioneros como llama que calienta en las regiones donde la nieve impera, las encuentran como rocío allí donde el sol arde.

La caridad de María las exprime. Estas han brotado de un corazón de lirio.

Tienen por ello: de la caridad virginal desposada con el Amor, el fuego; de la virginal pureza, la perfumada frescura, semejante a la del agua recogida en el cáliz de un lirio después de una noche de rocío.

Las encuentran los consagrados en ese desierto que es la vida monástica bien entendida: desierto, porque no vive más que la unión con Dios y cualquier otro afecto cae,

transformándose únicamente en caridad sobrenatural hacia los parientes, los amigos, los superiores, los inferiores.

LAS ENCUENTRAN LOS CONSAGRADOS A DIOS EN EL MUNDO

EN EL MUNDO QUE NO LOS ENTIENDE

Y NO LOS AMA

Desierto también para ellos, en el que viven como si estuvieran solos: ¡Muy grande es en efecto, la incomprensión que sufren y las burlas, por mi Amor!

Las encuentran mis queridas “víctimas”, porque María es la primera de las víctimas por amor a Jesús.

A sus discípulas Ella les da con mano de Madre y de Médico, sus Lágrimas, que confortan y embriagan para más alto sacrificio. ¡Santo Llanto de mi Madre!

María ora. Porque Dios le dé un dolor, no se niega a orar. Recordadlo. Ora junto con Jesús. Ora al Padre nuestro y vuestro.

El primer “Pater noster” fue pronunciado en el huerto de Nazaret para consolar la pena de María, para ofrecer “nuestras” voluntades al Eterno, en el momento en que comenzaba para estas voluntades

EL PERÍODO DE UNA RENUNCIA CADA VEZ MAYOR,

Que habría de culminar en la renuncia de la vida para Mí y de la muerte de un Hijo para María.

Y, aunque nosotros no tuviéramos nada que necesitara el perdón del Padre, por humildad incluso nosotros los Sin Culpa, pedimos el perdón del Padre para afrontar, perdonados, absueltos incluso de un suspiro, dignamente nuestra Misión.

Para enseñaros que cuanto más se está en gracia de Dios más bendecida y fructuosa resulta la Misión; para enseñaros el respeto a Dios y la humildad.

Ante Dios Padre aun nuestras dos perfecciones de Hombre y de Mujer se sintieron nada y pidieron perdón, como también pidieron el “pan de cada día”.

¿Cuál era nuestro pan? ¡Oh!, no el que amasaron las manos puras de María, cocido en el pequeño horno, para el cual yo muchas veces había recogido haces y manojos de leña, que es también necesario mientras se está en esta Tierra. 

NO ESE PAN, sino que “nuestro” pan cotidiano era el de llevar a cabo, día a día, nuestra parte de Misión.

Que Dios nos la diera cada día, porque llevar a cabo la Misión que Dios da es la alegría de “nuestro” día.

María ora con Jesús. Es Jesús quien os justifica, hijos.

Soy Yo quien hace aceptables y fructuosas vuestras oraciones ante el Padre.

Yo he dicho: “Todo lo que pidáis al Padre en mi nombre, Él os lo concederá”, y la Iglesia acredita sus oraciones diciendo: “Por Jesucristo Nuestro Señor”.

CUANDO ORÉIS, UNÍOS SIEMPRE, SIEMPRE, SIEMPRE, A MÍ.

Yo rogaré en voz alta por vosotros, cubriendo vuestra voz de hombres con la mía de Hombre – Dios.

Yo pondré sobre mis manos traspasadas vuestra Oración y la elevaré al Padre. Será hostia de valor infinito.

Mi Voz, fundida con la vuestra, subirá como beso filial al Padre. Y la púrpura de mis heridas hará preciosa vuestra Oración.

Estad en Mí si queréis tener al Padre en vosotros, con vosotros, para vosotros.

INICIANDO LA MISION 

El Bautismo de Jesús.

En una llanura despoblada de vegetación y de casas. No hay campos cultivados, y si muy pocas y raras plantas reunidas aquí o allá en matorrales, en los sitios en que el suelo está por debajo menos quemado.

Hay un río de orillas muy bajas, que corre lentamente también de Norte a Sur. Por el movimiento lentísimo del agua comprendo que no debe haber desniveles en su lecho y que fluye por una llanura tan achatada que constituye una depresión.

El movimiento es apenas suficiente para que el agua no se estanque formando un pantano.

El agua es poco profunda, cuando mucho metro y medio, transparentándose el fondo.  

Es de un azul ligeramente verde hacia las orillas, donde por la humedad del suelo, hay una faja tupida de hierba que alegra la vista, cansada de la desolación pedregosa y arenosa de cuanto se le extiende delante.

Es el valle del Jordán y el espacio desolado es el desierto de Judá.

En la lejanía, colinas y en una de las orillas del río, hay bastante gente:  Hay muchos hombres, vestidos de diversas formas.

Algunos parecen gente del pueblo, otros ricos; no faltan algunos que parecen fariseos por el vestido ornado de ribetes y galones.

Entre todos ellos, en pie sobre una roca, está el Bautista. Habla a la multitud con bastante aspereza.

Jesús llamó a Santiago y a Juan “los hijos del trueno”… ¿Cómo llamar entonces a este vehemente orador?

Juan Bautista merece el nombre de rayo, avalancha, terremoto…

¡Gran ímpetu y severidad, manifiesta, efectivamente, en su modo de hablar y en sus gestos!

Habla anunciando al Mesías y exhortando a preparar los corazones para su venida, extirpando de ellos los obstáculos y enderezando los pensamientos.

Es un hablar vertiginoso y rudo.

El Precursor no tiene la mano suave de Jesús sobre las llagas de los corazones. Es un médico que desnuda y hurga y corta sin miramientos.

Las palabras que relatan los Evangelios resuenan ampliadas en impetuosidad, mientras Jesús se acerca a lo largo de un senderillo que va por el borde de la línea herbosa y umbría que sigue el curso del Jordán.

Este rústico sendero ha sido hecho por las caravanas y las personas que durante años y siglos lo han recorrido para llegar a un punto donde, por ser menos profundo el fondo del río es fácil vadearlo.

 El sendero continúa por el otro lado del río y se pierde entre la hierba de la orilla opuesta.

Jesús está solo. Camina lentamente acercándose, a espaldas de Juan.

Se aproxima sin que se note y va escuchando la voz de trueno del Penitente del desierto, como si fuera uno de tantos que iban a Juan para que los bautizara y a prepararse a quedar limpios para la venida del Mesías.

Nada le distingue a Jesús de los demás.

Parece un hombre común por su vestir; un señor en el porte y la hermosura física que lo caracteriza, mas ningún signo divino lo distingue de la multitud.

Pero diríase que Juan ha sentido una emanación de espiritualidad especial.

Se vuelve y detecta inmediatamente su fuente. Baja impetuosamente de la roca que le servía de púlpito y va deprisa hacia Jesús, que se ha detenido a algunos metros del grupo apoyándose en el tronco de un árbol.

Jesús y Juan se miran fijamente un momento.

Jesús con esa mirada suya azul tan dulce; Juan con su ojo severo, negrísimo, lleno de relámpagos.

Los dos, vistos juntos, son antitéticos. Altos los dos — es el único parecido — son muy distintos en todo lo demás.

 Jesús, rubio y de largos cabellos ordenados, rostro de un blanco marmóreo, ojos azules, atavío sencillo pero majestuoso.

Juan, hirsuto, negro: negros cabellos que caen lisos sobre los hombros (lisos y desiguales en largura); negra barba rala que le cubre casi todo el rostro, sin impedir con su velo que se noten los carrillos ahondados por el ayuno;

negros ojos febriles; oscuro de piel, bronceada por el sol y la intemperie; oscuro por el tupido vello que lo cubre.

Juan está semidesnudo, con su vestidura de piel de camello (sujeta a la cintura por una correa de cuero), que le cubre el torso

cayendo apenas bajo los costados delgados y dejando descubiertas las costillas en la parte derecha, esas costillas cubiertas por el único estrato de tejidos que es la piel curtida por el aire.

Parecen un salvaje y un ángel vistos juntos.

Juan, después de escudriñarlo con su ojo penetrante, exclama:

–      He aquí el Cordero de Dios. ¿Cómo es que viene a mí mi Señor?.

Jesús responde lleno de paz:

–      Para cumplir el rito de penitencia.

–      Jamás, mi Señor. Soy yo quien debe ir a ti para ser santificado, ¿Y Tú vienes a mí?

Y Jesús, poniéndole una mano sobre la cabeza, porque Juan se había inclinado ante Él, responde:

–      Deja que se haga como deseo, para que se cumpla toda justicia y tu rito sea inicio para un más alto misterio y se anuncie a los hombres que la Víctima está en el mundo.

Juan lo mira con los ojos dulcificados por una lágrima y le precede hacia la orilla.

Allí Jesús se quita el manto, la túnica y la prenda interior quedándose con una especie de pantalón corto; luego baja al agua, donde ya está Juan.

Que lo bautiza vertiendo sobre su cabeza agua del río, tomada con una especie de taza que lleva colgada del cinturón y que parece como una concha o una media calabaza secada y vaciada.

Jesús es exactamente el Cordero. Cordero en el candor de la carne, en la modestia del porte, en la mansedumbre de la mirada.

Mientras Jesús remonta la orilla y después de vestirse, se recoge en Oración.

Juan lo señala ante las turbas y testifica que lo ha reconocido por el signo que el Espíritu de Dios le había indicado como señal infalible del Redentor.

Dice Jesús:

Juan no tenía necesidad del signo para sí mismo. Su espíritu, presantificado desde el vientre de su madre, poseía esa vista de inteligencia sobrenatural que habrían poseído todos los hombres sin la Culpa de Adán.

Si el hombre hubiera permanecido en gracia, en inocencia, en fidelidad para con su Creador, habría visto a Dios a través de las apariencias externas.

En el Génesis se lee que el Señor Dios hablaba familiarmente con el hombre inocente y que éste no desfallecía ante aquella Voz y no se equivocaba al discernirla.

Era destino del hombre VER Y ENTENDER A DIOS, justamente como un hijo con su padre.

Después vino la Culpa, y el hombre ya no se ha atrevido a mirar a Dios, ya no ha sabido ni ver ni comprender a Dios. Y cada vez lo sabe menos.

Pero mi primo Juan, quedó limpio de la culpa cuando la Llena de Gracia se inclinó amorosa a abrazar a Isabel, un tiempo estéril, entonces fecunda.

El pequeñuelo saltó de júbilo en su seno, sintiendo caérsele de su alma la escama de la culpa, como costra que cae de una llaga que sana.

El Espíritu Santo, que había hecho de María la Madre del Salvador, comenzó su obra de salvación, a través de María, vivo Sagrario de la Salvación encarnada,

sobre este niño que había de nacer destinado a unirse a mí, no tanto por la sangre, cuanto por la Misión que hizo de nosotros como los labios que forman la palabra.

Juan los labios, Yo la Palabra.

Él el Precursor en el Evangelio y en la suerte del martirio; Yo, quien perfeccionaba con mi divina perfección, el Evangelio comenzado por Juan y el martirio por la defensa de la Ley de Dios.

Juan no tenía necesidad de ningún signo. Pero la cerrazón de los demás lo requería.

¿En qué habría fundado Juan su aserción, sino sobre una prueba innegable que los ojos y oídos de los tardos hubieran percibido?

Tampoco Yo tenía necesidad de bautismo. Pero la sabiduría del Señor había juzgado que ése era el momento y el modo del encuentro.

E induciendo a Juan a salir de su cueva del desierto y a mí a salir de mi casa, nos unió en esa hora para abrir sobre mí los Cielos de donde habría de descender Él mismo,

Paloma divina, sobre aquel que bautizaría a los hombres con tal Paloma, y el anuncio, más potente que el angélico, porque provenía del Padre mío: “Éste es mi Hijo muy amado con quien me he complacido”.

Para que los hombres no tuvieran disculpas o dudas en seguirme o en no seguirme.

Las manifestaciones del Cristo han sido muchas. La primera, después del Nacimiento, fue la de los Magos; la segunda, en el Templo; la tercera, en las orillas del Jordán.

Después vinieron las infinitas otras que os daré a conocer, porque mis milagros son manifestaciones de mi Naturaleza Divina, hasta las últimas de la Resurrección y Ascensión al Cielo.

Mi patria quedó llena de mis manifestaciones. Como semilla esparcida los cuatro puntos cardinales, llegaron a todo estrato y lugar de la vida:

a los pastores, a los poderosos, a los doctos, a los incrédulos, a los pecadores, a los sacerdotes, a los dominadores, a los niños, a los soldados, a los hebreos, a los gentiles.

También al presente se repiten. Pero — como entonces — el mundo no las acoge.

No sólo esto, sino que no acoge las actuales y olvida las pasadas. Pues bien, Yo no desisto. Yo me repito para salvaros, para conduciros a la Fe en mí.

Al mostraros AHORA el Evangelio Es un intento más fuerte de atraer a los hombres hacia Mí. A todos doy el modo de desear conocerMe.

Y si no sirviera aún y cuales crueles niños arrojasen el don sin comprender su valor, a vos quedará mi don y a ellos mi enojo.

Podré una vez más, pronunciar la antigua  recriminación:

Hemos tocado y no habéis bailado, hemos entonado lamentos y no habéis llorado”.

Pero no importa, dejemos que los inconvertibles acumulen sobre su cabeza los tizones ardientes y volvámonos hacia las ovejas que tratan de conocer al Pastor, que soy Yo y tú el cayado que las conduce a Mí.

BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPIRITU


La importancia de este artículo es muy relevante, por los Acontecimientos que YA se ciernen sobre nosotros.

La mayoría de la gente que intuye la Esencia del Cristianismo le huye, porque NO quiere sufrir. El Hedonismo se ha vuelto su meta y NO quieren saber nada de Dolor.

Pero aquí hay un grave problema:

Por el hecho de que NO queramos reconocer que Australia ES un continente que existe, va a dejar de existir.

Por el hecho de que DECIDAMOS NEGAR A DIOS Y A SUS VERDADES, van a dejar de existir.

El Infierno Existe, igual que Australia. Satanás existe, Igual que Dios.

Toda la Creación existe Y VIVE, porque Dios la Hizo…

Y lo más problemático para el hombre actual: está regida por Leyes de Amor, igual al Amor que la Creó.

Satanás está determinado a exterminar el Cristianismo y especialmente a la Iglesia Católica.

El Mundo NO quiere saber nada de sufrimiento, porque está enfocado en el Egoísmo y el Placer.

Pero el hecho de que digas: DIOS NO EXISTE, NO lo mata.

Aunque sus Leyes NO te importen…  TE RIGEN, al igual que a todas las creaturas en todo el Universo.  

El hecho de que te niegues a reconocer la Cruz con la que fuimos salvados y que también te niegues a cargarla, al pertenecer al Mundo que Dios Creó, estás sometido a sus Leyes y Preceptos… TE GUSTE O NO.

Desde el momento en que el Hombre ASESINÓ A DIOS, clavándolo en un madero y le proporcionó el amarguísimo cáliz que lo hizo SUDAR SANGRE…

Selló su propio destino.  

La Humanidad atea y pecadora, creyente o NO. Deberá cargar su propia Cruz y caminar su propio Calvario, le guste o NO.

Porque cometió el error de Imponérselo a su Creador y por Ley de amor y de Justicia, vivirá lo MISMO QUE DIÓ.

ESO ES LO QUE PADECEN EN EL INFIERNO Y EN EL PURGATORIO LAS ALMAS…

Pero sin paliativos y sin Dios.

Los que de vosotros aprendáis a manejar el cuerpo espiritual con TODAS sus potencias sin perder el piso, enfrentaréis la Verdad y NO podréis dejar de postraros agradeciendo la Infinita Bondad Divina.

Puedes elegir como ancestro a un simio o un elefante… Ese es TU Problema.

La realidad es UNA:  Somos hijos de Dios y nuestro deber de amor es arrodillarnos y dar gracias por todo lo que tenemos, ADMINISTRÁNDOLO porque NO nos pertenece…

Al Mundo le guste o NO, beberá y Vivirá:

EL CALVARIO COMPLETO DE JESÚS…

En las Catástrofes que Dios PERMITIRÁ, los hombres veremos desaparecer nuestros ídolos materiales.

Y veremos a nuestros piés, DERRIBADO al Dios Dinero y a todos nuestros apegos materiales…

Si NO sabemos actuar con prudencia y sabiduría renegaremos…

Pero si estamos templados con la Sabiduría del Espíritu Santo, lograremos responder como Job:

Y TRANSMITEREMOS A NUESTRO ALREDEDOR ESTA VERDAD.

Los Primeros cristianos lo comprendieron y lo Testimoniaron…

Y LAS ACTAS MARTIRIALES LO COMPRUEBAN…

¿CÓMO LO HICIERON Y LO SIGUEN HACIENDO MILES DE CRISTIANOS EN EL MEDIO ORIENTE?

Para desgracia de Satanás y sus esbirros, MILES DE CRISTIANOS VERDADEROS

SON HÉROES QUE ESTÁN SIGUIENDO

LAS ENSANGRENTADAS HUELLAS DE JESÚS

Y ESTÁN DEJANDO UN CAMINO LUMINOSO… 

EL MUNDO DEBERÁ aprender a vivir sin dioses materiales…

Y cuando éstos desaparecen ¿Qué te queda?

Para nuestra desgracia, esto solo lo aprenderemos en la práctica. Sobre la marcha…

Después de un terremoto o un desastre natural…

¿Cuál es tu balance? ¿Hay algo de qué dar gracias?

¿Tienes la vida?

Y cuando lo único que tienes es a Dios…

¡Sómos las creaturas más dichosísimas sobre la tierra! Porque lo tenemos TODO.

Que el Mundo quiera o No, tiene que mirar Y ACEPTAR O RECHAZAR…

Los acontecimientos y la Naturaleza nos van a enseñar lo que significa la Verdadera Pobreza de Espíritu…

En la Puerta del Cielo, están acelerando la preparación de los catecúmenos.

Regina habla a un grupo de más de quinientos.

Su voz argentina resuena hasta el último rincón de aquel salón:

LA RIQUEZA.

Dios creó el oro y lo dejó en las entrañas de la Tierra, porque quería que fuese útil al hombre con sus sales y para que sirviese de adorno para sus templos.

lingotes-de-oro

Pero Satanás ha mordido el corazón del hombre y le inyectó la maldita hambre del oro y la sed de poder.

Arrastrándolo con esto a los sentimientos más abyectos.

Y sembrando mucho mal con su fascinante e inútil esplendor, de este metal que no tiene la culpa.

La mujer por tenerlo se hace coqueta y se entrega a la lujuria…

El hombre por su causa se hace ladrón, usurpador y homicida.

Duro para con su prójimo y para consigo mismo, porque despoja a su alma de su verdadera herencia, para proporcionarse algo efímero.

Y se pierde por unas pocas piedras relumbrosas que a la hora de la muerte tiene que abandonar.

000joyas

El hombre se desvela más por el oro, que por otras cosas. Los avaros y los codiciosos se ríen que hay un premio y un castigo, para las acciones que se realizan durante la vida.

No reflexionan que por este pecado pierden la Protección de Dios, la Vida Eterna, la alegría. Y que a cambio, lo único que obtienen son remordimientos, maldiciones en el corazón; miedo de estar acompañados, miedo a los castigos humanos.

Miedo que Satanás les inyecta, para no dejarlos disfrutar lo que con sus delitos y su amor al dinero, perjudicaron al prójimo.

avaricia y pobreza

Pues lo que se obtiene con delito, se convierte en maldición. Los espera un fin terrible a los que a este punto llevan sus crímenes. Un fin terrible porque es eterno.

La otra vida no es el abismo muerto y sin recuerdos del pasado vivido.

La otra vida es gloria para los justos; espera paciente para los que penan; tormento terrible para los que esperan en la certeza de una maldición eterna. El ansia por las riquezas los hunde en tan tenebroso destino.

No solo se es rico de dinero. Quién logra despojarse de todas las vanidades y se afana por poseer la verdadera sabiduría, logrando desprenderse de los tentáculos de las pobres posesiones terrenas, emprende el vuelo de las elevadas cumbres espirituales.

Jesús dijo que no se puede servir a Dios y al dios dinero, ¡Porque la raíz de todos los males es el afán del dinero y algunos por dejarse dominar por él, se extravían en la Fe y se atormentan con muchos dolores!

Hay otros todavía más duros. No trabajan pero hacen trabajar.

Y acumulan riquezas con el sudor de los demás.

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DESPILFARRO, Ferraris abandonados en Dubai

Despilfarran los bienes maliciosamente y fertilizan con el sudor ajeno.

Los que obran así, tienen su hora terrena de triunfo, pero atraen sobre sí la Justicia Divina que vengará a los oprimidos.

Los viciosos no pueden vivir en la pobreza. La codicia empuja al robo.

dios dinero

El avaro nunca está satisfecho y siempre desea más.

El dinero es la cosa más peligrosa sobre la Tierra. Porque muy pocos saben hacer uso de él.

No sirve sino para la materia, el crimen y el Infierno. Muy raras veces el hombre lo emplea para el bien.

Es muy raro encontrar a un rico que no sea injusto y es más fácil desarrollar las virtudes en medio de la pobreza.

El dinero o las mercancías obtenidas con la injusticia, no enriquecen ni sacian.

amor riqueza y maldad
La amargura de la perversidad humana, crea odio en los miserables, contra los poderosos.

La fiebre satánica de los delirios por las riquezas, conducen a ricos y pobres a su destrucción.

El rico que vive para su dinero, el ídolo más infame de su espíritu en ruinas.

Y el pobre que vive odiando al que envidia y le desea toda clase de  males.

No basta no hacer el Mal. Es menester no desearlo, para no acarrearse daño espiritual.

La ambición, la gloria y el poder, son como una burbuja de agua sucia, en la superficie de un desagüe de lavadero: iridiscente pero sucia.

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Una sola cosa es necesaria: poseer la sabiduría aún a costa de la vida. La pobreza es un freno en el pecar.

Entre ustedes, los que sean ricos no deben ser altaneros, ni poner su esperanza en lo inseguro de las riquezas. Sino en Dios que nos provee espléndidamente de todo, para que lo disfrutemos, para que practiquen el bien y que se enriquezcan de buenas obras.

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Den con generosidad y con liberalidad. De esta forma, estarán atesorando para el futuro, un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera. Porque donde está tu tesoro, está tu corazón”

Tanto en el bueno como en el malvado, el corazón (o sea, el impulso vital de todas nuestras acciones) está donde está el tesoro que más se quiere.

Cuando se ama a Dios sobre todas las cosas, Él se vuelve el tesoro más precioso y se hace todo por llegar a poseerlo.

Las obras de caridad materiales y espirituales

Los que tienen la obligación de enseñar la sabiduría a los pobres con su conducta, son los ricos que despojados del afecto por las riquezas materiales, compran para sí el Reino por medio de las Obras de Misericordia para los pequeños y despreciados: los menos afortunados, despojándolos de su abatimiento.

La miseria, al mismo tiempo que envilece al hombre, lo lleva a que pierda la Fe en la providencia que es necesaria, para resistir las pruebas de la vida.

El despego de las riquezas es una escalera que lleva a poseer las riquezas eternas.

Dios no descuida al que deja todo por la verdadera Riqueza y Felicidad:

La de servir a Dios hasta la muerte.

Las cosas que tenemos NO nos pertenecen. Porque Dios nos las concede para administrarlas por un pequeño espacio de tiempo.

Los hombres son los administradores de las migajas de la Gran Creación, pero el Verdadero Dueño es el Padre de los vivientes.

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Los ricos son solo los depositarios de estas riquezas que Dios les ha concedido con el fin de que sean distribuidores de ellas para con quien sufre.

Es un honor que Dios hace al hacerlos partícipes de su providencia a favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos.

Dios no hizo llover comida, vestidos, etc. Sobre el camino de los pobres, porque entonces quitaría al rico el mérito de la caridad para con sus hermanos.

No todos los ricos pueden ser doctos, pero sí pueden ser buenos.

Pobre es quién le falta lo necesario para vivir.

Todos pueden compartir lo que tienen con el que muere de cansancio, de hambre, de frío.

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No deben olvidar que en cada ser humano, hay un Cristo pobre o crucificado, que espera la misericordia del que posee más.  

LA POBREZA.

LA POBREZA ES UNA REINA VESTIDA DE HARAPOS.

A la vista espanta a la naturaleza, pero el que se abraza a ella, disfruta de la paz y la alegría que solamente Dios puede dar.

Porque a unas manos vacías las llena el Señor, al cual le agrada dar al que no tiene y reconoce que lo que tiene es de Él y se lo devuelve.

Los que tienen la pobreza material, la llevan con toda clase de molestias.

La Providencia existe y los ricos del mundo son sus ministros, porque Dios les concede el honor de ser el único medio para hacer que las riquezas no sean un peligro.

El que logra ver a Cristo que sufre en los necesitados, hace de las riquezas la moneda con la que compra el Cielo.

Los pobres están en Dios. Por eso Jesús quiso nacer pobre y permaneció pobre, a pesar de los ríos de dinero que los óbolos de los ricos le ofrendaron, porque los pobres le aman con todas sus fuerzas.

Los ricos tienen muchas cosas. Los pobres tienen solo a Dios.

Los ricos tienen amigos. Los pobres están solos.

Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres carecen de ellas.

Los ricos tienen diversiones. Los pobres no tienen más que trabajo.

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A los ricos se les facilita todo con dinero.

Los pobres tienen además el miedo a la enfermedad y a la carestía, porque es su fin la muerte y la indigencia.

Pero tienen a Dios que es su Amigo y su Consolador. El que los distrae de su penosa vida actual, con esperanzas celestiales.

El rico poco se acerca a Dios, porque piensa que nada le hace falta y todo lo puede con su riqueza.

La pobreza hace al alma humilde al decir: ‘Padre, socórrenos con tu Misericordia.’

Los pobres conservan en su corazón, las joyas de la palabra de Dios: son su Tesoro, su única riqueza y la cuidan como tal.

CIELO REINO CELESTIAL

En el Cielo, muchos asientos los ocuparán los que en la Tierra fueron despreciados como nada y pisoteados como polvo.

La Buena Nueva está destinada principalmente a los pobres, para que tengan un consuelo sobrenatural en la esperanza de una vida gloriosa, después de soportar la triste jornada de la vida humana.

LA POBREZA DE ESPIRITU

Las cosas que hacen rico al hombre son: el oro como riqueza material y los afectos como riqueza moral.

Los bienes hacen acaudalada una vida.

En los afectos se cuentan los lazos de sangre o por matrimonio. Las amistades, la capacidad intelectual, los cargos públicos.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.”

Para ser un pobre de espíritu, es necesario poseer la libertad de las riquezas.

Es decir: ser un rico pobre. Estar satisfecho con lo que se tiene, sin envidiar a nadie, ni codiciar nada.

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Porque aún el más miserable pordiosero, puede ser pecaminosamente rico en espíritu, por la desmoderada afición a algo o a alguien, convirtiéndolo en pecado.

Porque incluso el amor puede llegar a ser un mal, cuando convertimos en ídolos a la persona amada.

La santa Pobreza de espíritu se despoja de todo, para poder conquistar más libremente a Dios, que es la Suprema Riqueza.

El pobre de espíritu si es rico en bienes materiales, no peca porque tenga dinero, ya que lo emplea para ser santo. Todos le aman y lo bendicen porque es como los oasis en los desiertos que salvan la vida. Sin avaricia alguna dan con alegría, para aliviar la desesperación de los demás.

Si es pobre, se alegra en su pobreza. Come su pan con la alegría del que desconoce el ansia por el dinero y duerme tranquilamente sin pesadillas. Descansado se levanta a su trabajo, que se le hace más llevadero, porque lo lleva a cabo sin ambición ni envidia.

El que llega a la verdadera sabiduría, no busca lo mejor para el cuerpo que perece, sino más bien le da lo peor. Reservando todos los derechos para el espíritu.

Porque Dios NO confía las verdaderas riquezas a quién en la Prueba Terrena, mostró NO saber usar las riquezas materiales.

La Pobreza de espíritu es una de las verdades menos comprendidas.

Para la superficialidad humana, los que se burlan creyéndose sabios piensan que es una estupidez.

El alma entregada a Dios, sabe como guardar el equilibrio justo y pone el espíritu como rey de cuanto hay en el hombre. Con todas sus dotes físicas y morales, sujetas como siervas a este rey.

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Cuando el hombre no es espiritual, ni está entregado a Dios, sobrevienen las idolatrías y las esclavas se convierten en reinas, quitan de su trono al espíritu y producen una anarquía que lleva a la ruina y a la destrucción.

La Pobreza de espíritu consiste en tener esa libertad soberana, de todas las cosas que son la delicia del hombre y por las que se llega al impune delito material y moral que frecuentemente escapa a la ley humana.

Y que hace numerosas víctimas que tienen consecuencias trágicas, para la inmensa mayoría de los que lo sufren.

EL POBRE DE ESPIRITU DEJA DE SER ESCLAVO DE LAS RIQUEZAS.

Si no se despoja de ellas y de toda comodidad, sabe usarlas con frugalidad, que es un doble sacrificio y se vuelve pródigo con los pobres. El que comprende las palabras:

‘Haceos amigos con las riquezas injustas’ convierte en su siervo al dinero.

Lo que de otra manera lo conduciría a la lujuria, la prepotencia y la falta de caridad, lo hace que le sirva para allanarle el camino al Cielo.

Camino tapizado con mortificaciones y obras de misericordia para ayudar a sus semejantes; reparando y curando las numerosas injusticias que se llevan a cabo en un mundo que carece de amor y se encuentra plagado de injusticias sociales.

¿Cuántas veces hace esto el generoso que aunque no nade en las riquezas, es capaz de sacrificar ‘sus dos céntimos’, para aliviar una necesidad?

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Son ‘Pobres de espíritu’ los que perdiendo lo mucho o lo poco que poseen, saben conservar la paz y la esperanza… y no maldicen, ni odian a nadie. No reniegan de Dios, ni se rebelan contra los hombres.

Pobreza de espíritu es también la humildad que no se hincha y no se ensoberbece proclamándose ‘superhombre’, sino que reconocen el Don de Dios y le agradece por su misericordia al haberlo otorgado.

Conservan la sencillez y admiran al Espíritu, verdadero Autor de la Sabiduría.

EL DUEÑO Y CREADOR DEL UNIVERSO, TUVO QUE USAR EL VELO DE SU MADRE, PARA CUBRIR SU DESNUDEZ...

EL DUEÑO Y CREADOR DEL UNIVERSO, tuvo que usar el velo de su Madre, para cubrir su desnudez…

Es también generosidad que sabe despojarse aún de los afectos más legítimos y a veces de la misma vida: las riquezas más estimadas por el hombre, para seguir a Dios.

Saben ser mártires para ser generosos en el sentido más completo, porque su espíritu sabe hacerse pobre, para ser rico con la única riqueza eterna: Dios.

Las riquezas se deben amar como un don de la Providencia Divina. Pero nunca se deben amar por sobre el Dador de ellas y de su Voluntad.

Saber desprenderse de ellas y NO maldecir a Dios, si alguien las arrebata.

Zaqueo es la figura evangélica que comprendió perfectamente esto y supo dar su justo valor a la riqueza, para hacerse pobre de espíritu.

El alma que empieza a crecer en el Amor, corta todos los tentáculos que la esclavizan a la tierra.

Y al hacer de Dios su tesoro, el poder de la recta intención hace germinar el deseo justo que empuja a un mayor conocimiento del Bien…

Y a buscar a Dios continuamente, para alcanzarlo con un arrepentimiento sincero y justo, que le da el valor a la renuncia.

Ser pobre de espíritu no es ser estúpido y bobo.

El estafador tal vez se considere muy listo, abusando del que le pone la otra mejilla y le entrega también el manto.

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DEIFICACION

Pero el cristiano que lo hace, es porque comprende que el espíritu está sobre la inteligencia: es el rey de todo cuanto hay en el hombre.

Se está ejerciendo ya la santa Pobreza de Espíritu, cuando somos capaces de conformarnos con lo que poseemos y nos sentimos muy dichosos y afortunados porque nuestra riqueza infinita es Dios.

Y ES cuando podemos sentir la maravillosa libertad que se encierra en las siguientes palabras:  Yo necesito poco para vivir mi existencia. Y lo poco que necesito, lo necesito poco…”

Todas las dotes físicas y morales le deben estar sujetas y ser siervas de este rey.

La criatura filialmente entregada a Dios, sabe tener las cosas en su punto justo, destruyendo todas las idolatrías.

DIAMANTES DE SANGRE

El hombre entiende la pobreza como la falta de dinero, de tierras, de palacios, de joyas.

Son cosas que ama y que le cuesta sacrificio renunciar a ellas y dolor al perderlas.

Pero por una vocación de amor, también sabe despojarse de ellas.

Cuantas mujeres no dejan todo para mantener al esposo o al amante y lo que es peor… Continúan con ellos, por una vocación de amor humano.

Otros, por una idea lo dejan todo: soldados, científicos, políticos, dirigentes de nuevas doctrinas sociales, más o menos justas.

Y se inmolan todos los días por su ideal, vendiendo la vida por la belleza de un ideal y haciéndose pobres por alcanzar ese ideal.

Así también los seguidores de Jesús.

Saben renunciar a las riquezas de la vida, ofreciéndosela a Él, por su amor y por el prójimo. Renuncia mucho más grande  que aquella de las riquezas materiales.

La gente del mundo se afana y se aflige por proveerse de objetos que no pueden gozar.

Para practicar la Pobreza de espíritu, se deben desprender de todos los bienes; dando a los familiares lo que les pertenece y lo propio para hacer caridad.

Se debe sacrificar la riqueza de los afectos. Es el oro más puro y valioso que cualquier otro: saber renunciar a la familia, por amor a Dios.

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Es fabricar perlas eternas con llanto…

Y rubíes con la sangre que mana por la herida del corazón que es desgarrado, por la separación del padre, de la esposa y de los hijos.

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EL DESPOJO TOTAL DE LA POBREZA 

El despojo total de la pobreza se efectúa en ‘NO TENER’

Y es similar del ‘NO PERTENECERSE’.

El que decide ser pobre dice: “Me doy. Me entrego. Me vacío. Me nulifico. Todo lo entrego. De todo me despojo: entrego todas las personas, todos los afectos.

Devuelvo al Señor todo cuanto de Él he recibido, con todos sus dones y sus gracias: te doy mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis sentidos, mis potencias, mis sentimientos, mis esperanzas, mi inteligencia, mi espíritu y todo mi ser.

Con todas sus palpitaciones hasta mi eternidad.

Esto es el Despojo de la Pobreza.

En el desprecio de todo adorno y comodidad, hasta llegar a despreciarse a sí mismo, desnudándose de todo olor mundano y vistiéndose solo de Jesús.

Es así como cada día se encuentran más las verdaderas riquezas y se hallan los encantos de la pobreza.

La pobreza y la Obediencia tienen el aroma de lo divino.

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El alma unida a Dios, es muy rica con las riquezas y los tesoros que Él siempre tiene consigo. Pero es totalmente pobre y vacía en sí misma.

Es decir: todo lo tiene, sin tenerlo.

Y se queda con su pobreza, aunque esté vestida de perlas.

Porque los pobres de espíritu son los que devuelven los dones al dador de ellos. Los que se renuncian totalmente y mueren a su propia voluntad, para vivir solamente de la Voluntad Divina.

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Al alma creada que se da, se le da a ella un Dios Increado, proporcionándole una dicha desconocida por el mundo.

Dios dio al hombre los afectos humanos buenos, para que sean un alivio que lo levante en medio de las fatigas de la vida.

Muchas raíces están trabadas en el ser humano y deben ser separadas.

Y a veces, definitivamente cortadas.

ven y sigueme

Dios llama y pasa. Con libertad espiritual se viene al servicio de Dios.

Nada debe impedir a quién se entrega.

Dios es tan exigente, como es infinitamente generoso en premiar.

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El hombre debe amar a sus seres queridos con el amor perfecto que se obtiene a través del amor a Dios, que sublima todos los amores.

Cuando le amamos a Él sobre todas las cosas, le pertenecemos por entero.

Y Él tiene derecho de posesión total: por Creación y por Redención.

Nadie es más grande  que Él, en tener derecho sobre los afectos.

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Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo

Al cumplir la Voluntad divina con perfección, implica hasta el sacrificio total de cualquier querer o voz de sangre y de afecto.

La riqueza de los afectos, es la que está más ligada al espíritu y arrancarla causa más dolor, que rasgarse la carne.

Los afectos son una riqueza casi viva. Sin embargo por amor a Dios, es necesario dejarlos también a ellos, porque por ese mismo dolor, se expía para salvarlos.

Dios no condena los afectos. Él los ha bendecido con la Ley y los Sacramentos, pero deben ser dejados sobre la Tierra, para conquistar el Cielo, que es la morada verdadera.

Todo cuanto Dios ha creado para el hombre, debe mirarse a través de la lente celestial. Cuanto Dios ha dado debe ser tomado con reconocimiento, pero devuelto con prontitud a su requerimiento.

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Cuando el hombre muere, deja todo lo terrenal, incluyendo a los seres queridos.

Y queda totalmente solo frente a Dios, para enfrentar el destino que Él mismo se procuró.

El que decide ser discípulo y dejarlo todo, debe ‘morir’ a las cosas de la Tierra en una muerte mística, pero real.

Es una experiencia desgarradora.

Pero igualmente el alma se queda totalmente sola ante Dios y ‘vive muriendo’.

Haciendo solamente su Voluntad, en la misión que todavía debe cumplir en los días que le es concedido vivir, en el resto de su jornada terrena.

Dios no destruye la riqueza afectiva. La levanta de la Tierra para trasplantarla en el Cielo.

Allá serán reconstruidas eternamente las santas convivencias familiares, las amistades, toda aquella forma de afecto honesto y bendito que Jesús quiso para Sí Mismo y que sabe que preciosas son.

Pero nunca serán más preciosas que Dios y que la vida Eterna.

El amor de la sangre nunca debe hacernos salir del camino de la justicia. Porque sobre Dios NO hay nadie.

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Los lazos de sangre se subliman porque con nuestras lágrimas, damos a nuestros familiares la ayuda definitiva para atraerlos hacia el Cielo y hacia Dios, por el camino del sacrificio de los afectos.

Renunciar a la riqueza de un afecto por seguir la voluntad de Dios sin pesares humanos, es la Perfección de la Renuncia aconsejada al joven del Evangelio.

Dios no destruye los lazos familiares. Él los santifica y enseña a amarlos con un amor sobrenatural. Y ¿Cuál amor más alto que tener caridad por las almas enfermas de nuestros familiares?

Se recibe mucha ingratitud; pero también ésta es necesaria para que trabaje el amor que las redime. Y los de casa son los primeros.

No hay que llorar por la carne y la sangre que sufren, al sentir que a quién engendramos, nos rechazan. Nuestro sufrimiento trabaja más que cualquier otra cosa a favor de nuestra alma y la de ellos.

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No hay que formarse remordimientos por haber querido ser más de Dios, que de nuestra familia. Porque más que ella es Dios.

Así podemos sentir como nuestros amores se van transformando y se han concentrado en uno solo: Dios.

Con nuestro sufrimiento desgarrador engendramos hijos para Dios.

El alma-victima prueba todos los suplicios: el de la renuncia a los afectos, a las comodidades, a los intereses.

Satanás arrebata todo.

Después vendrá algo mucho más grande y que ciñe con una corona inmortal. Hay que ser como columnas y permanecer firmes y fieles.

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Nunca se debe mirar a lo que hemos dejado para seguir a Jesús.

El pasado, los afectos y todo lo que se abandona para caminar por el Camino de la Cruz, son un peligroso lastre que puede arrollarnos en la rebeldía, si volvemos la vista y el dolor nos desgarra.

Así no se puede trabajar en ningún apostolado.

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Porque todas estas cosas impiden que el fuego del amor se encienda en nuestro espíritu y son un estorbo para cumplir la misión.

Se debe vigilar porque el corazón viva en una sumisión completa a la Voluntad de Dios que se manifiesta en la suerte que vivimos.

Soportando pacientemente, sin permitir al pensamiento la libertad de un juicio que no sea benévolo con Él.

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En otras palabras: no se debe reflexionar en el estado que se tiene, para que no haya rebeliones que matan el amor.

Y Dios dará la fortaleza como Don del Espíritu Santo, que es la renuncia a los que se ama.

La riqueza más grande que el oro y más preciosa que la misma existencia, es la riqueza intelectual: el propio pensamiento.

Los escritores lo donan a las muchedumbres, más ellos lo hacen elástico para acomodarlo a su público. Pero lo hacen por lucro y su verdadero pensamiento no lo dicen nunca.

Dicen aquello que sirve para su tesis, pero su intimidad la guardan celosamente en lo más profundo de su mente; porque son pensamientos de dolor, por penas íntimas o reproches de la conciencia, que es la lejana voz de Dios.

Y esta es la renuncia más grande: la renuncia a la propia manera de pensar, para adquirir la de Dios.

Arrodillando la razón en amorosa sumisión a la Voluntad Divina.

Regina calla…

Ella no sabe cuán pronto deberá dar el más grandioso y estremecedor testimonio de todo cuanto acaba de enseñar… 

Una de las cosas que más asombraron al mundo pagano y hacían nuevos y siempre más numerosos prosélitos para la Iglesia; era la calma, la serenidad, la fortaleza de los mártires, durante la hora del martirio.

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Solo de Dios puede venir esta inmutable y serena paz.

Pero el martirio del corazón no es menos atroz que el de la carne. Y solo Dios puede comunicar a los desgarrados del corazón, el heroísmo de una resignación que es verdaderamente la cuarta frase del ‘Pater’ vivida con toda la carne y con toda el alma, la inteligencia y el espíritu.

El mundo ciego cambiará esta calma heroica, don del Espíritu Santo, por indiferencia y desamor.

El mundo ensucia todo cuanto toca.

Pero lo sucio no penetra en un bloque de diamante. Se posa encima y después cae con la más pequeña lluvia.

Hay que dejar que los ciegos del mundo no vean.

Los demás para los cuales el Espíritu es Luz, leen el Nombre de Dios en el coraje del mártir y…

¿QUÉ LES RECUERDA ESTO?

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

¿QUÉ ES UN ALMA VÍCTIMA?


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EL VERDADERO CULTO A LA SANTÍSIMA TRINIDAD

En la Iglesia de la santa Cruz, que es el salón porticado en el jardín de la Puerta del Cielo, Pablo de Tarso está hablando a una multitud de cristianos, de todas las edades:

“Así pues hermanos míos, os ruego encarecidamente por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva. Ofreced vuestros cuerpos como una ostia o víctima viva, santa y agradable a Dios. Porque en esto consiste el Verdadero Culto.

No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino más bien renovad vuestros espíritus y dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cual es la Voluntad de Dios a fin de acertar que es lo bueno, lo más agradable, lo perfecto, que Dios quiere de vosotros.

SACRIFICIO VIVIENTE   =    CULTO VERDADERO.

Los sacrificios eran la base y la forma de la religión antigua. Todo se impetraba y todo se expiaba mediante sacrificios. Con el sacrificio se intentaba honrar a Dios o aplacarlo, agradecerle por una victoria o sanación.

Era la época del sacrificio material, porque no había otro rito, ni otro modo manifiesto, para honrar al eterno y conseguir su ayuda.

La Ley de los libros mosaicos, dice como las hostias de los sacrificios y las oblaciones de flor de harina, aceite, incienso, deben tener sal, pero no levadura, ni miel. Y deben ser tostadas y trituradas, antes de ser ofrecidas y siempre rociadas de aceite unidas al incienso.

La Ley también dice que de  aquellos que pertenecían a la estirpe de Aarón, la estirpe sacerdotal; estaban excluidos del sacerdocio, los que tenían cualquier defecto físico o enfermedad incurable.

Cuerpo perfecto de construcción y de salud, debía ser el oficiante delante del Creador del hombre.

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El Altísimo que había dado al hombre perfección de miembros, de sentidos, de sentimientos y para el Cual, el ver la enfermedad y la deformidad que eran el testimonio de la Rebelión del Hombre y del desprecio de Satanás a la obra más preciosa para Dios y por lo mismo también eran desprecio a Dios.

La Benignidad de Dios había indicado la forma de expiar los pecados. Todos menos uno: el Pecado Original. Éste solo podía ser lavado por una Víctima Perfecta y no existía en la Tierra. El hombre no había sido instruido por el Verbo Encarnado y faltaba la Víctima Santa para el Sacrificio Perpetuo y Perfecto.

Sintiendo la necesidad de adorar al Dios Verdadero, le hacía oferta de los dones que Él Mismo había dado al hombre. Recogía los animales y los frutos de la tierra y los consumía en el fuego para que realmente fueran sacrificados.

Pero ¿Eran Sacrificio Viviente? NO.

Eran sacrificios de animales y productos vegetales. Ya muertos los primeros y arrancados de la tierra que los nutría, los segundos.

No eran víctimas ‘vivas’ consumiéndose a sí mismas, para honrar a Dios. Y muy relativo era el sacrificio, aunque fuesen animales de mucho valor material.

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En las religiones idolátricas Satanás enseñó a los hombres a adorarlo con sacrificios humanos.

Para el Dios Verdadero se le daba honor y reparación, con la inmolación de los animales que substituían sobre el altar, al verdadero Culpable. Sacrificio relativo e imperfecto.

Antes del Cristo Cordero, Inmolado para expiar las culpas humanas y aplacar la Ira Divina, nunca un hombre había sido sacrificado al Dios Verdadero, para darle honor y reparación perfecta.

Para que el espíritu del hombre fuese recreado en Gracia y reintegrado a su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Cielo, para que la Justicia Divina fuera aplacada y el Mal Vencido, se necesitaba una Víctima Perfecta.

Una Víctima Única que siendo Dios como el Dios Ofendido, pagase de Dios a Dios, el rescate del Hombre, como Hombre Santísimo y expiase por el hombre pecador.

Sólo el Hombre-Dios podía aplacar a Dios y redimir al hombre, siendo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Y EL VERBO SE HIZO CARNE.

Jesús se hizo Hombre y Jesús fue Inmolado. Pero su sacrificio no fue consumado sobre su carne muerta, sino en un Cuerpo Vivo, sobre el cual fueron arrojados todos los tormentos y expiadas todas las culpas, por las cuales el Inocente fuera gravado, para consumirlas todas.

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SACRIFICIO TOTAL.

Del espíritu del Cristo, probado por el Abandono del Padre, para reparar la Culpa de Adán, culpable de haber abandonado a Dios y a su Ley.

Del Intelecto Perfecto del Hijo del Hombre, para redimir la soberbia de Adán. De la Carne Inocente del Cordero de Dios, para reparar la Lujuria de Adán.

Y para que el mundo siempre pecador, tuviese siempre una víctima perfecta, adelantó la Inmolación del Cristo y Pontífice Eterno, constituyendo el Sacrificio Perpetuo: el Eucarístico.

En el cual está todavía y siempre, Cristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y es consumado y ofrecido en todos los altares de la Tierra…

SACRIFICIO PERPETUO Y SACRIFICIO VIVIENTE

“Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

El Nuevo Sacrificio de la Religión Perfecta.

Pero al sacrificio viviente que se consuma sobre los altares, el hombre debe unir su propio e individual sacrificio. Sacrificio que incluye la parte carnal, moral y espiritual.

Enfermedades, pobreza, trabajo extenuante, por la parte material.

Injusticias, calumnias, incomprensiones, por la parte moral.

Persecuciones por parte de los hombres o abandono de Dios para probar la fidelidad de su siervo, por la parte espiritual.

Y todavía más: fidelidad a la Ley conservando castos, justos y amorosos, los cuerpos, los pensamientos, los sentimientos y los espíritus.

Porque esto, más que los ritos exteriores, es lo que constituye el verdadero Culto A Dios. 

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No la forma solamente, sino la sustancia del Culto a Dios. Y la sustancia es dada del renovarse. La sustancia del culto a Dios  es dada por un continuo, fatigoso y a veces muy doloroso ascenso hacia la perfección, para hacer la voluntad de Dios y poder llegar a ser santos y subir a la morada del Padre en la Eternidad.

Esta renovación, esta transformación, este ascenso a la Perfección, se hace con la voluntad humana unida al Espíritu del Hijo, dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, de tal forma que con todos sus dones activos, se va haciendo todo lo que Dios propone hacer, en el modo como Dios lo propone, en la medida en que Dios lo señala.

Un continuo renovarse, espiritual y moralmente, para hacerse una humanidad nueva, alcanzando la Fusión Total con Dios, hasta poder decir: “A fin de vivir para Dios, estoy crucificado con Cristo. Y ahora no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.”

La Palabra de Dios es levadura que hace fermentar la harina pura, la Harina de Hostias, para que esa harina con su perfección, sea levadura en la Gran Masa.

Cuando el ama  de casa quiere hacer su pan, no toma la harina impura llena de salvado. Sino toma la harina más pura, la baña de agua y la pone a fermentar para que la levadura la levante y la convierta en un delicioso pan.

Es necesario que las hostias, en un espiritual sacrificio, vengan y se pongan a sí mismas sobre el Altar del Sacrificio.

Dios les pide expiación, reparación, perfección de Caridad, a las víctimas que son las columnas de la Iglesia que sostienen el Templo de Dios y que son las estrellas que señalan el Camino que termina en el Corazón de Cristo.

Soldados del Dios Verdadero. Atletas de la Religión Santa. Sacerdotes y víctimas del tiempo nuevo, que deben salarse con la sal de la voluntad heroica, la cual tuesta y cauteriza, pero fortifica las partes débiles. Ellas deben tostarse y triturarse en el Fuego de la Caridad y en la muela de la mortificación, para convertirse en Harina de Hostias.

‘Flor de Harina’ rociándose con la santa unción de las virtudes y olorosas por el abundante incienso de la Adoración, ofreciéndose, inmolándose, diciendo las perpetuas palabras de Cristo:

“Aquí estoy Padre, para hacer tu Voluntad y no la mía.”

La infamia de la Tierra es tanta, que sube con fuerza sacrílega hasta los Cielos con la fetidez del Infierno. Hay que purificar la Inmensa Catedral del Creador, para que Dios pueda todavía mirarla con Piedad que salva. Y es una bendición ser elegidos.

Es un privilegio de Dios, esta función de hostias, ‘redentores’, continuadores, completadores de la Pasión de Cristo.

Porque: LAS ALMAS-HOSTIAS-VICTIMAS, VIVEN LA CRUCIFIXIÓN TOTAL.

El alma que se ofrece a sí misma en una oblación perfecta y crucifica su voluntad, para hacer exclusivamente la Voluntad de Dios. Y decide amar lo que Dios Ama y hacer lo que Dios hizo:

VIVIR MURIENDO Y MORIR AMANDO. 

Obedeciendo con una obediencia perfecta. IMITANDO A JESÚS EN TODO. Él Mismo personalmente, enseña a caminar paso a paso, siguiendo sus huellas ensangrentadas, por el Camino de la Cruz…

LA CRUCIFIXIÓN MORAL.

ES PRECISO MATAR EL ‘YO’ Y RENUNCIAR A TODO.

Se crucifican los afectos, aún los más legítimos y se abraza totalmente ‘la locura de la Cruz’. Se mata el respeto humano aceptando el desprecio del mundo.

Y deja de interesar la etiqueta que con burlas y escarnios, se debe soportar: ‘locos y endemoniados’.

Lo único que importa es lo que se es a los ojos de Dios. Y Él es el que, al cáliz de la amargura que el mundo hace tan cruel, le infunde su divina dulzura. Recordar al Maestro al que juzgaron igual, es el pensamiento que fortalece y ayuda.

El alma se vuelve profeta y apóstol y corre la misma suerte. El amor por su Dios le aporta: la PERSECUCIÓN. 

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LA CRUCIFIXIÓN FÍSICA

En enfermedades permitidas por Dios, el cuerpo se destruye en lenta agonía que sirve para expiación y redención.

Se crucifica la carne con todas sus apetencias y naturales inclinaciones. Se doblegan todos los instintos en una sumisión absoluta al espíritu. Con la ayuda de Jesús, que vive en el interior, el alma logra el total dominio y se obliga a vivir los mandamientos del Evangelio. La carne gime, pero el espíritu triunfa.

En una crucifixión auténtica, el cuerpo sufre los dolores físicos que sufrió Jesús, en la medida en que Él Mismo con ternura paternal, va imprimiendo su semejanza en el alma que ha sellado como suya y conforme el alma lo va soportando…

Y su semejanza de ‘Redentor’ va siendo grabada con divina precisión.

Las manos y los pies duelen y los clavos se sienten; al igual que las espinas y los azotes de la flagelación. Hay un dolor soportable, junto con un gozo muy intenso.

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Cuando se ha avanzado tanto que Jesús deja que se experimente su dolorosísima agonía, la Misericordia Divina ayuda a nuestra debilidad y hace que sea posible amar el Dolor y el Sufrimiento.

En casos excepcionales, esta crucifixión sale al exterior y los estigmas se vuelven visibles.

Por lo general, las almas víctimas no quieren que nadie sepa su secreto y pasan inadvertidas en medio del mundo, llevando silenciosamente su martirio interior.

Las almas hostias mueren sobre la Cruz, con el martirio del Amor Total. 

A esta crucifixión completa contribuyen:

LOS HOMBRES.

Que dominados por el mundo no pueden comprender al que vive estas realidades espirituales.

La incomprensión y la soledad se vuelven compañeras inseparables del alma- víctima.

Lo único que la sostiene y la compensa de todas sus amarguras: es Dios y su amor.

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SATANAS.

Que en una permisión divina, fustiga con todo su odio y su furia al que se ha convertido en su mortal enemigo.

En esta batalla, Satanás utiliza a los hombres dominados por él y los convierte en flagelos humanos.

El hombre es el más cruel enemigo del hombre. Y los primeros enemigos son los propios familiares, las batallas de las víctimas se desarrollan entre el Paraíso y el Infierno.

El alma se debate en un mar que le lleva oleadas de dolor, de amargura, de angustia, en la oscuridad y la incertidumbre. De las que solo es rescatada, por la Infinita Bondad de Dios, que vuelve a llenarla de paz y alegría. Con sus lágrimas y oraciones obtienen gracias de Dios y Él las conforta para que esperen más bendiciones.

Es la Hora de Satanás. Y las víctimas llevan al culmen su sacrificio hasta el tormento de la Hora Nona. Y si es necesario derraman también su sangre en un martirio cruento. Y permanecen fieles en aquel océano de desolación.

Y dicen junto con Él:

¡Dios mío!… ¡Dios mío!… Llenando de plegarias el Cielo, hasta que el Padre Celestial sienta fundirse en Piedad su Indignación y su Justicia sea aplacada. Una vez más.

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DIOS MISMO

Los pecadores muertos a la Gracia no son felices. Parece que lo sean, pero no es así. Y aunque los momentos de ebriedad por los placeres, no los dejan comprender su estado; no faltan nunca las horas en las que un reclamo de la vida, les hace sentir su condición de separados de Dios.

Y es entonces la Desolación. Aquella tortura que Dios hace gustar a sus predilectos, para que sean como su Verbo: ‘salvadores’

En la hora crucial, el tormento de los tormentos: LA AUSENCIA DE DIOS.

Dios prepara a su atleta espiritual y en cierta manera lo prueba contra Sí Mismo.

El alma prueba su fidelidad en lo que pareciera el Abandono del que es su propia vida. ¡El Abandono de Dios! ES EL HORROR MÁS GRANDE DE LA MUERTE.

Y si es horrorosa para aquellos para quienes es únicamente ‘prueba’, es demoledor para las almas víctimas, para las que se convierte en una desgarradora realidad.

Porque ellas deben abrevar este cáliz, para perpetuar la Obra Redentora y salvar a los hombres que perecen en la desesperación.

Cuando esto sucede, Satanás ataca con peor ferocidad y atroz tormento. El alma libra un mortal combate en el que habrá un solo vencedor. El Espíritu Santo es la única y suficiente Fuerza que sostiene la voluntad para que sobrevenga la victoria.

Y el dolor es compensado con las gracias sobrenaturales, con las cuales Dios consuela a su amada. El alma de las víctimas que perseveran, jamás se pierde.

 Son los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad. Son las esposas-reinas del Esposo-Rey. Las que conocen sus secretos y guardan una intimidad y una unión tan completa, que el Amado les imprime su Imagen en una semejanza perfecta.

Y el alma sabe que Dios está encima de ella, Invisible pero Presente. Está protegida, por más que se crea sola, cuando le tocan las desolaciones. El amor nunca falta sobre las agonías y los sacrificios, de quienes trabajan por la Gloria de Dios y la Redención de las almas.

EL CRISTIANO VERDADERO, SIEMPRE ES UN ALMA VICTIMA.

Todos los cristiano auténticos, son hostias-vivientes.

Liberados de la esclavitud del pecado; sostenidos por la Gracia, ya no deben conocer la muerte del espíritu, si voluntariamente no se hacen siervos de la Culpa.

Y Dios le ha dado alas a los espíritus liberándolos de las cadenas para que volasen muy alto al encuentro de Aquel que siguieron  conquistados por Jesucristo y por su Doctrina.

Los predestinados a la Gloria son los que no permanecieron sordos a su llamada, ni se detuvieron para seguirlo. Y con heroísmo emprendieron el camino de la perfección.

No desfallecieron o desconsolaron, ni cuando el amor de predilección del Señor, fue una secuela de pruebas y de penas. Y no se creyeron menos amados por ello. Al contrario, supieron convertir las aparentes derrotas, en aplastantes victorias…

Pablo calla…

Un gran silencio se extiende por todo el lugar.

Todos los cristianos meditan en sus palabras. Y se podría oír el zumbido de una mosca.

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De pronto, Pablo siente un ligero tirón a su túnica por detrás y voltea.

Hay dos niños y los reconoce: son Cástulo y Fabio.

Pablo se inclina y mira de cerca la hermosa carita llena de inocencia y gravedad.

Los grandes ojos azules de uno y castaños del otro. Los cabellos rizados y oscuros.

Y la túnica blanca con una franja roja en los bordes.

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Los dos niños están tomados de la mano. Tienen alrededor de seis años.

Los grandes y hermosos ojos azules de Cástulo parecen hacerse más grandes cuando miran a Pablo con mucha seriedad y con su vocecilla infantil, pregunta:

–           ¿Eso que dijiste es solo para los grandes?

Pablo parece reflexionar y responde con gravedad como si estuviera con un adulto:

–           No. Pero ¿Has comprendido de lo que hablé?

–           Sí. –Resuena la vocecita decidida- Fabio y yo queremos ser hostias.

–           Veamos… ¿Qué entendiste de lo que dije?

–          Que Dios me quiere tanto, que quiso morir por mí. Y que si yo lo amo a Él, también debo morir por Él.

Que no tengo por qué preocuparme, porque Satanás estará muy enojado…  Pero si me hace la guerra le va a ir muy mal, porque Dios me protegerá siempre y me va a llevar al Cielo.

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–           Es un compromiso muy serio. ¿Comprendes que si lo haces, Dios te lo tomará y tú deberás cumplir?

Cástulo parece elevarse y dice muy firme:

–           Sí.

Fabio confirma a su vez:

–           Yo quiero ser hostia.

Cástulo insiste:

–           Yo amo a Jesús y quiero ser hostia. ¿Dime cómo lo hago?

–           Pues, deberán decírselo a Jesús… Vamos a orar.

Y Pablo se arrodilla frente a la Cruz, junto con los dos niños que oran en voz alta…

Y cada uno hace su ofrenda viviente…

En todas las caras se dibuja una sonrisa.

Cástulo resumió en unas cuantas frases, la enseñanza de ese día.

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Y todos recordaron porqué Jesús ama tanto a los niños.

Diana también recordó su propia ofrenda cuando era niña…

Con aquellos ejemplos ¿Quién puede mostrarse cobarde?

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


000colosseum_gladiator(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra.

Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias.

Regina, la que en la Puerta del Cielo enseñara a los catecúmenos el tema de ‘La Pobreza de Espíritu’ también fué arrestada.

Y ahora va a dar el más estremecedor testimonio de todo lo que enseñó. 

El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel…

Por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos?

¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio!

¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza.

Luego ordenó que se les tratara más humanamente.

Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio.

Pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

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En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta.

Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio.

No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales.

Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto.

Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora… ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

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Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá Otro en mí que padecerá por mí…

Pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina…

Y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban.

Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’

Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores.

Y sus hojas caían incesantemente.

En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás.

Al vernos nos acogieron con grandes honores.

Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!

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Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo.

Y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida.

Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución.

Y a Ramón, que había muerto en la cárcel.

Les preguntamos qué en donde estaban los demás,

Pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz.

Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas.

Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar:

‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’

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En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil.

No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos.

Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono.

Cuatro ángeles nos levantaron en vilo.

Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano.

Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz.

Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio.

Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable.

Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato…

El sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder!

¡Que fue enviado para distribuir todos los Carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe!

Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones, Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…

Tal como está escrito:

En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión.

Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató.

Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió.

Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible!

El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente.

Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación… ¡Mi hijo está tan pequeño!

MAMA Y BEBE

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel.

Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre.

Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo.

Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía.

Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias.

Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel.

Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

MAMA Y BEBE

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar.

Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso,

confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno.

En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos…

Si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros.

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Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero.

Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba.

Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí

Y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo.

Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso. Con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban.

Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando.

Yo lo recibí con las manos juntas y comí.

Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio…

Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados.

Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme…

Y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos.

No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa.

Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das.

Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses.

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Hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor.

Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte.

Tú llegarás a la Fe y…

¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera.

Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna.

Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta?

¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor.

Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra.

Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú?

¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse?

¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

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Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes.

Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también.

No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto.

¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla.

Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor.

Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros.

Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro.

No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora.

Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

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Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo.

¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor!

¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas.

Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano.

Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado.

Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo.

Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida.

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Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios.

Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No!

Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti.

Deja que el querer de los hombres se cumpla.

Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso.

Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús.

Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos.

Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias.

Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna.

Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño.

¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio!

Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum.

Había un gentío inmenso, subimos al estrado.

Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe.

Por fin llegó mi turno.

Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme.

Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí…

¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor.

Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió.

Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro.

Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber.

Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse.

Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos.

Por esto, oraba por él todos los días.

Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César.

Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría.

Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua.

Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca.

Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños.

En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después James, encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente.

Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo.

Mi padre consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegarse en su  rostro.

Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera.

¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez! Pero mi Señor me sostuvo. Aumentó su fortaleza…

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores.

Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado.

Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí.

Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes.

Ansioso de luchar conmigo.

Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón.

Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates.

Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro.

Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata.

Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro.

Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato.

Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés.

Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra.

Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza.

Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza.

El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto.

Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo.

Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe.

La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’.

Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios.

Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos.

Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos?

Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos.

Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate.

Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONÓCELA

73.- POBREZA DE ESPÍRITU


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En la Puerta del Cielo, están acelerando la preparación de los catecúmenos.

Regina habla a un grupo de más de quinientos.

Su voz argentina resuena hasta el último rincón de aquel salón:

LA RIQUEZA.

Dios creó el oro y lo dejó en las entrañas de la Tierra, porque quería que fuese útil al hombre con sus sales y para que sirviese de adorno para sus templos.

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Pero Satanás ha mordido el corazón del hombre y le inyectó la maldita hambre del oro y la sed de poder.

Arrastrándolo con esto a los sentimientos más abyectos.

Y sembrando mucho mal con su fascinante e inútil esplendor, de este metal que no tiene la culpa.

La mujer por tenerlo se hace coqueta y se entrega a la lujuria…

El hombre por su causa se hace ladrón, usurpador y homicida.

Duro para con su prójimo y para consigo mismo, porque despoja a su alma de su verdadera herencia, para proporcionarse algo efímero.

Y se pierde por unas pocas piedras relumbrosas que a la hora de la muerte tiene que abandonar.

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El hombre se desvela más por el oro, que por otras cosas. Los avaros y los codiciosos se ríen que hay un premio y un castigo, para las acciones que se realizan durante la vida.

No reflexionan que por este pecado pierden la Protección de Dios, la Vida Eterna, la alegría. Y que a cambio, lo único que obtienen son remordimientos, maldiciones en el corazón; miedo de estar acompañados, miedo a los castigos humanos.

Miedo que Satanás les inyecta, para no dejarlos disfrutar lo que con sus delitos y su amor al dinero, perjudicaron al prójimo.

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Pues lo que se obtiene con delito, se convierte en maldición. Los espera un fin terrible a los que a este punto llevan sus crímenes. Un fin terrible porque es eterno.

La otra vida no es el abismo muerto y sin recuerdos del pasado vivido.

La otra vida es gloria para los justos; espera paciente para los que penan; tormento terrible para los que esperan en la certeza de una maldición eterna. El ansia por las riquezas los hunde en tan tenebroso destino.

No solo se es rico de dinero. Quién logra despojarse de todas las vanidades y se afana por poseer la verdadera sabiduría, logrando desprenderse de los tentáculos de las pobres posesiones terrenas, emprende el vuelo de las elevadas cumbres espirituales.

Jesús dijo que no se puede servir a Dios y al dios dinero, ¡Porque la raíz de todos los males es el afán del dinero y algunos por dejarse dominar por él, se extravían en la Fe y se atormentan con muchos dolores!

Hay otros todavía más duros. No trabajan pero hacen trabajar.

Y acumulan riquezas con el sudor de los demás.

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DESPILFARRO, Ferraris abandonados en Dubai

Despilfarran los bienes maliciosamente y fertilizan con el sudor ajeno.

Los que obran así, tienen su hora terrena de triunfo, pero atraen sobre sí la Justicia Divina que vengará a los oprimidos.

Los viciosos no pueden vivir en la pobreza. La codicia empuja al robo.

dios dinero

El avaro nunca está satisfecho y siempre desea más.

El dinero es la cosa más peligrosa sobre la Tierra. Porque muy pocos saben hacer uso de él.

No sirve sino para la materia, el crimen y el Infierno. Muy raras veces el hombre lo emplea para el bien.

Es muy raro encontrar a un rico que no sea injusto y es más fácil desarrollar las virtudes en medio de la pobreza.

El dinero o las mercancías obtenidas con la injusticia, no enriquecen ni sacian.

amor riqueza y maldad
La amargura de la perversidad humana, crea odio en los miserables, contra los poderosos.

La fiebre satánica de los delirios por las riquezas, conducen a ricos y pobres a su destrucción.

El rico que vive para su dinero, el ídolo más infame de su espíritu en ruinas.

Y el pobre que vive odiando al que envidia y le desea toda clase de  males.

No basta no hacer el Mal. Es menester no desearlo, para no acarrearse daño espiritual.

La ambición, la gloria y el poder, son como una burbuja de agua sucia, en la superficie de un desagüe de lavadero: iridiscente pero sucia.

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Una sola cosa es necesaria: poseer la sabiduría aún a costa de la vida. La pobreza es un freno en el pecar.

Entre ustedes, los que sean ricos no deben ser altaneros, ni poner su esperanza en lo inseguro de las riquezas. Sino en Dios que nos provee espléndidamente de todo, para que lo disfrutemos, para que practiquen el bien y que se enriquezcan de buenas obras.

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Den con generosidad y con liberalidad. De esta forma, estarán atesorando para el futuro, un excelente fondo con el que podrán adquirir la vida verdadera. Porque donde está tu tesoro, está tu corazón”

Tanto en el bueno como en el malvado, el corazón (o sea, el impulso vital de todas nuestras acciones) está donde está el tesoro que más se quiere.

Cuando se ama a Dios sobre todas las cosas, Él se vuelve el tesoro más precioso y se hace todo por llegar a poseerlo.

Las obras de caridad materiales y espirituales

Los que tienen la obligación de enseñar la sabiduría a los pobres con su conducta, son los ricos que despojados del afecto por las riquezas materiales, compran para sí el Reino por medio de las Obras de Misericordia para los pequeños y despreciados: los menos afortunados, despojándolos de su abatimiento.

La miseria, al mismo tiempo que envilece al hombre, lo lleva a que pierda la Fe en la providencia que es necesaria, para resistir las pruebas de la vida.

El despego de las riquezas es una escalera que lleva a poseer las riquezas eternas.

Dios no descuida al que deja todo por la verdadera Riqueza y Felicidad:

La de servir a Dios hasta la muerte.

Las cosas que tenemos NO nos pertenecen. Porque Dios nos las concede para administrarlas por un pequeño espacio de tiempo.

Los hombres son los administradores de las migajas de la Gran Creación, pero el Verdadero Dueño es el Padre de los vivientes.

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Los ricos son solo los depositarios de estas riquezas que Dios les ha concedido con el fin de que sean distribuidores de ellas para con quien sufre.

Es un honor que Dios hace al hacerlos partícipes de su providencia a favor de los pobres, enfermos, viudas, huérfanos.

Dios no hizo llover comida, vestidos, etc. Sobre el camino de los pobres, porque entonces quitaría al rico el mérito de la caridad para con sus hermanos.

No todos los ricos pueden ser doctos, pero sí pueden ser buenos.

Pobre es quién le falta lo necesario para vivir.

Todos pueden compartir lo que tienen con el que muere de cansancio, de hambre, de frío.

miseria pobreza extrema

No deben olvidar que en cada ser humano, hay un Cristo pobre o crucificado, que espera la misericordia del que posee más.  

LA POBREZA.

LA POBREZA ES UNA REINA VESTIDA DE HARAPOS.

A la vista espanta a la naturaleza, pero el que se abraza a ella, disfruta de la paz y la alegría que solamente Dios puede dar.

Porque a unas manos vacías las llena el Señor, al cual le agrada dar al que no tiene y reconoce que lo que tiene es de Él y se lo devuelve.

Los que tienen la pobreza material, la llevan con toda clase de molestias.

La Providencia existe y los ricos del mundo son sus ministros, porque Dios les concede el honor de ser el único medio para hacer que las riquezas no sean un peligro.

El que logra ver a Cristo que sufre en los necesitados, hace de las riquezas la moneda con la que compra el Cielo.

Los pobres están en Dios. Por eso Jesús quiso nacer pobre y permaneció pobre, a pesar de los ríos de dinero que los óbolos de los ricos le ofrendaron, porque los pobres le aman con todas sus fuerzas.

Los ricos tienen muchas cosas. Los pobres tienen solo a Dios.

Los ricos tienen amigos. Los pobres están solos.

Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres carecen de ellas.

Los ricos tienen diversiones. Los pobres no tienen más que trabajo.

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A los ricos se les facilita todo con dinero.

Los pobres tienen además el miedo a la enfermedad y a la carestía, porque es su fin la muerte y la indigencia.

Pero tienen a Dios que es su Amigo y su Consolador. El que los distrae de su penosa vida actual, con esperanzas celestiales.

El rico poco se acerca a Dios, porque piensa que nada le hace falta y todo lo puede con su riqueza.

La pobreza hace al alma humilde al decir: ‘Padre, socórrenos con tu Misericordia.’

Los pobres conservan en su corazón, las joyas de la palabra de Dios: son su Tesoro, su única riqueza y la cuidan como tal.

CIELO REINO CELESTIAL

En el Cielo, muchos asientos los ocuparán los que en la Tierra fueron despreciados como nada y pisoteados como polvo.

La Buena Nueva está destinada principalmente a los pobres, para que tengan un consuelo sobrenatural en la esperanza de una vida gloriosa, después de soportar la triste jornada de la vida humana.

LA POBREZA DE ESPIRITU

Las cosas que hacen rico al hombre son: el oro como riqueza material y los afectos como riqueza moral.

Los bienes hacen acaudalada una vida.

En los afectos se cuentan los lazos de sangre o por matrimonio. Las amistades, la capacidad intelectual, los cargos públicos.

“Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.”

Para ser un pobre de espíritu, es necesario poseer la libertad de las riquezas.

Es decir: ser un rico pobre. Estar satisfecho con lo que se tiene, sin envidiar a nadie, ni codiciar nada.

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Porque aún el más miserable pordiosero, puede ser pecaminosamente rico en espíritu, por la desmoderada afición a algo o a alguien, convirtiéndolo en pecado.

Porque incluso el amor puede llegar a ser un mal, cuando convertimos en ídolos a la persona amada.

La santa Pobreza de espíritu se despoja de todo, para poder conquistar más libremente a Dios, que es la Suprema Riqueza.

El pobre de espíritu si es rico en bienes materiales, no peca porque tenga dinero, ya que lo emplea para ser santo. Todos le aman y lo bendicen porque es como los oasis en los desiertos que salvan la vida. Sin avaricia alguna dan con alegría, para aliviar la desesperación de los demás.

Si es pobre, se alegra en su pobreza. Come su pan con la alegría del que desconoce el ansia por el dinero y duerme tranquilamente sin pesadillas. Descansado se levanta a su trabajo, que se le hace más llevadero, porque lo lleva a cabo sin ambición ni envidia.

El que llega a la verdadera sabiduría, no busca lo mejor para el cuerpo que perece, sino más bien le da lo peor. Reservando todos los derechos para el espíritu.

Porque Dios NO confía las verdaderas riquezas a quién en la Prueba Terrena, mostró NO saber usar las riquezas materiales.

La Pobreza de espíritu es una de las verdades menos comprendidas.

Para la superficialidad humana, los que se burlan creyéndose sabios piensan que es una estupidez.

El alma entregada a Dios, sabe como guardar el equilibrio justo y pone el espíritu como rey de cuanto hay en el hombre. Con todas sus dotes físicas y morales, sujetas como siervas a este rey.

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Cuando el hombre no es espiritual, ni está entregado a Dios, sobrevienen las idolatrías y las esclavas se convierten en reinas, quitan de su trono al espíritu y producen una anarquía que lleva a la ruina y a la destrucción.

La Pobreza de espíritu consiste en tener esa libertad soberana, de todas las cosas que son la delicia del hombre y por las que se llega al impune delito material y moral que frecuentemente escapa a la ley humana.

Y que hace numerosas víctimas que tienen consecuencias trágicas, para la inmensa mayoría de los que lo sufren.

EL POBRE DE ESPIRITU DEJA DE SER ESCLAVO DE LAS RIQUEZAS.

Si no se despoja de ellas y de toda comodidad, sabe usarlas con frugalidad, que es un doble sacrificio y se vuelve pródigo con los pobres. El que comprende las palabras:

‘Haceos amigos con las riquezas injustas’ convierte en su siervo al dinero.

Lo que de otra manera lo conduciría a la lujuria, la prepotencia y la falta de caridad, lo hace que le sirva para allanarle el camino al Cielo.

Camino tapizado con mortificaciones y obras de misericordia para ayudar a sus semejantes; reparando y curando las numerosas injusticias que se llevan a cabo en un mundo que carece de amor y se encuentra plagado de injusticias sociales.

¿Cuántas veces hace esto el generoso que aunque no nade en las riquezas, es capaz de sacrificar ‘sus dos céntimos’, para aliviar una necesidad?

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Son ‘Pobres de espíritu’ los que perdiendo lo mucho o lo poco que poseen, saben conservar la paz y la esperanza… y no maldicen, ni odian a nadie. No reniegan de Dios, ni se rebelan contra los hombres.

Pobreza de espíritu es también la humildad que no se hincha y no se ensoberbece proclamándose ‘superhombre’, sino que reconocen el Don de Dios y le agradece por su misericordia al haberlo otorgado.

Conservan la sencillez y admiran al Espíritu, verdadero Autor de la Sabiduría.

EL DUEÑO Y CREADOR DEL UNIVERSO, TUVO QUE USAR EL VELO DE SU MADRE, PARA CUBRIR SU DESNUDEZ...

EL DUEÑO Y CREADOR DEL UNIVERSO, tuvo que usar el velo de su Madre, para cubrir su desnudez…

Es también generosidad que sabe despojarse aún de los afectos más legítimos y a veces de la misma vida: las riquezas más estimadas por el hombre, para seguir a Dios.

Saben ser mártires para ser generosos en el sentido más completo, porque su espíritu sabe hacerse pobre, para ser rico con la única riqueza eterna: Dios.

Las riquezas se deben amar como un don de la Providencia Divina. Pero nunca se deben amar por sobre el Dador de ellas y de su Voluntad.

Saber desprenderse de ellas y NO maldecir a Dios, si alguien las arrebata.

Zaqueo es la figura evangélica que comprendió perfectamente esto y supo dar su justo valor a la riqueza, para hacerse pobre de espíritu.

El alma que empieza a crecer en el Amor, corta todos los tentáculos que la esclavizan a la tierra.

Y al hacer de Dios su tesoro, el poder de la recta intención hace germinar el deseo justo que empuja a un mayor conocimiento del Bien…

Y a buscar a Dios continuamente, para alcanzarlo con un arrepentimiento sincero y justo, que le da el valor a la renuncia.

Ser pobre de espíritu no es ser estúpido y bobo.

El estafador tal vez se considere muy listo, abusando del que le pone la otra mejilla y le entrega también el manto.

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DEIFICACION

Pero el cristiano que lo hace, es porque comprende que el espíritu está sobre la inteligencia: es el rey de todo cuanto hay en el hombre.

Se está ejerciendo ya la santa Pobreza de Espíritu, cuando somos capaces de conformarnos con lo que poseemos y nos sentimos muy dichosos y afortunados porque nuestra riqueza infinita es Dios.

Y ES cuando podemos sentir la maravillosa libertad que se encierra en las siguientes palabras:  Yo necesito poco para vivir mi existencia. Y lo poco que necesito, lo necesito poco…”

Todas las dotes físicas y morales le deben estar sujetas y ser siervas de este rey.

La criatura filialmente entregada a Dios, sabe tener las cosas en su punto justo, destruyendo todas las idolatrías.

DIAMANTES DE SANGRE

El hombre entiende la pobreza como la falta de dinero, de tierras, de palacios, de joyas.

Son cosas que ama y que le cuesta sacrificio renunciar a ellas y dolor al perderlas.

Pero por una vocación de amor, también sabe despojarse de ellas.

Cuantas mujeres no dejan todo para mantener al esposo o al amante y lo que es peor… Continúan con ellos, por una vocación de amor humano.

Otros, por una idea lo dejan todo: soldados, científicos, políticos, dirigentes de nuevas doctrinas sociales, más o menos justas.

Y se inmolan todos los días por su ideal, vendiendo la vida por la belleza de un ideal y haciéndose pobres por alcanzar ese ideal.

Así también los seguidores de Jesús.

Saben renunciar a las riquezas de la vida, ofreciéndosela a Él, por su amor y por el prójimo. Renuncia mucho más grande  que aquella de las riquezas materiales.

La gente del mundo se afana y se aflige por proveerse de objetos que no pueden gozar.

Para practicar la Pobreza de espíritu, se deben desprender de todos los bienes; dando a los familiares lo que les pertenece y lo propio para hacer caridad.

Se debe sacrificar la riqueza de los afectos. Es el oro más puro y valioso que cualquier otro: saber renunciar a la familia, por amor a Dios.

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Es fabricar perlas eternas con llanto…

Y rubíes con la sangre que mana por la herida del corazón que es desgarrado, por la separación del padre, de la esposa y de los hijos.

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EL DESPOJO TOTAL DE LA POBREZA 

El despojo total de la pobreza se efectúa en ‘NO TENER’

Y es similar del ‘NO PERTENECERSE’.

El que decide ser pobre dice: “Me doy. Me entrego. Me vacío. Me nulifico. Todo lo entrego. De todo me despojo: entrego todas las personas, todos los afectos.

Devuelvo al Señor todo cuanto de Él he recibido, con todos sus dones y sus gracias: te doy mi cuerpo, mi alma, mi vida, mis sentidos, mis potencias, mis sentimientos, mis esperanzas, mi inteligencia, mi espíritu y todo mi ser.

Con todas sus palpitaciones hasta mi eternidad.

Esto es el Despojo de la Pobreza.

En el desprecio de todo adorno y comodidad, hasta llegar a despreciarse a sí mismo, desnudándose de todo olor mundano y vistiéndose solo de Jesús.

Es así como cada día se encuentran más las verdaderas riquezas y se hallan los encantos de la pobreza.

La pobreza y la Obediencia tienen el aroma de lo divino.

pobreza de espiritu

El alma unida a Dios, es muy rica con las riquezas y los tesoros que Él siempre tiene consigo. Pero es totalmente pobre y vacía en sí misma.

Es decir: todo lo tiene, sin tenerlo.

Y se queda con su pobreza, aunque esté vestida de perlas.

Porque los pobres de espíritu son los que devuelven los dones al dador de ellos. Los que se renuncian totalmente y mueren a su propia voluntad, para vivir solamente de la Voluntad Divina.

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Al alma creada que se da, se le da a ella un Dios Increado, proporcionándole una dicha desconocida por el mundo.

Dios dio al hombre los afectos humanos buenos, para que sean un alivio que lo levante en medio de las fatigas de la vida.

Muchas raíces están trabadas en el ser humano y deben ser separadas.

Y a veces, definitivamente cortadas.

ven y sigueme

Dios llama y pasa. Con libertad espiritual se viene al servicio de Dios.

Nada debe impedir a quién se entrega.

Dios es tan exigente, como es infinitamente generoso en premiar.

ven-y-sigueme

El hombre debe amar a sus seres queridos con el amor perfecto que se obtiene a través del amor a Dios, que sublima todos los amores.

Cuando le amamos a Él sobre todas las cosas, le pertenecemos por entero.

Y Él tiene derecho de posesión total: por Creación y por Redención.

Nadie es más grande  que Él, en tener derecho sobre los afectos.

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Abraham dispuesto a sacrificar a su hijo

Al cumplir la Voluntad divina con perfección, implica hasta el sacrificio total de cualquier querer o voz de sangre y de afecto.

La riqueza de los afectos, es la que está más ligada al espíritu y arrancarla causa más dolor, que rasgarse la carne.

Los afectos son una riqueza casi viva. Sin embargo por amor a Dios, es necesario dejarlos también a ellos, porque por ese mismo dolor, se expía para salvarlos.

Dios no condena los afectos. Él los ha bendecido con la Ley y los Sacramentos, pero deben ser dejados sobre la Tierra, para conquistar el Cielo, que es la morada verdadera.

Todo cuanto Dios ha creado para el hombre, debe mirarse a través de la lente celestial. Cuanto Dios ha dado debe ser tomado con reconocimiento, pero devuelto con prontitud a su requerimiento.

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Cuando el hombre muere, deja todo lo terrenal, incluyendo a los seres queridos.

Y queda totalmente solo frente a Dios, para enfrentar el destino que Él mismo se procuró.

El que decide ser discípulo y dejarlo todo, debe ‘morir’ a las cosas de la Tierra en una muerte mística, pero real.

Es una experiencia desgarradora.

Pero igualmente el alma se queda totalmente sola ante Dios y ‘vive muriendo’.

Haciendo solamente su Voluntad, en la misión que todavía debe cumplir en los días que le es concedido vivir, en el resto de su jornada terrena.

Dios no destruye la riqueza afectiva. La levanta de la Tierra para trasplantarla en el Cielo.

Allá serán reconstruidas eternamente las santas convivencias familiares, las amistades, toda aquella forma de afecto honesto y bendito que Jesús quiso para Sí Mismo y que sabe que preciosas son.

Pero nunca serán más preciosas que Dios y que la vida Eterna.

El amor de la sangre nunca debe hacernos salir del camino de la justicia. Porque sobre Dios NO hay nadie.

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Los lazos de sangre se subliman porque con nuestras lágrimas, damos a nuestros familiares la ayuda definitiva para atraerlos hacia el Cielo y hacia Dios, por el camino del sacrificio de los afectos.

Renunciar a la riqueza de un afecto por seguir la voluntad de Dios sin pesares humanos, es la Perfección de la Renuncia aconsejada al joven del Evangelio.

Dios no destruye los lazos familiares. Él los santifica y enseña a amarlos con un amor sobrenatural. Y ¿Cuál amor más alto que tener caridad por las almas enfermas de nuestros familiares?

Se recibe mucha ingratitud; pero también ésta es necesaria para que trabaje el amor que las redime. Y los de casa son los primeros.

No hay que llorar por la carne y la sangre que sufren, al sentir que a quién engendramos, nos rechazan. Nuestro sufrimiento trabaja más que cualquier otra cosa a favor de nuestra alma y la de ellos.

pobreza de espiritu

No hay que formarse remordimientos por haber querido ser más de Dios, que de nuestra familia. Porque más que ella es Dios.

Así podemos sentir como nuestros amores se van transformando y se han concentrado en uno solo: Dios.

Con nuestro sufrimiento desgarrador engendramos hijos para Dios.

El alma-victima prueba todos los suplicios: el de la renuncia a los afectos, a las comodidades, a los intereses.

Satanás arrebata todo.

Después vendrá algo mucho más grande y que ciñe con una corona inmortal. Hay que ser como columnas y permanecer firmes y fieles.

pobreza de espiritu

Nunca se debe mirar a lo que hemos dejado para seguir a Jesús.

El pasado, los afectos y todo lo que se abandona para caminar por el Camino de la Cruz, son un peligroso lastre que puede arrollarnos en la rebeldía, si volvemos la vista y el dolor nos desgarra.

Así no se puede trabajar en ningún apostolado.

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Porque todas estas cosas impiden que el fuego del amor se encienda en nuestro espíritu y son un estorbo para cumplir la misión.

Se debe vigilar porque el corazón viva en una sumisión completa a la Voluntad de Dios que se manifiesta en la suerte que vivimos.

Soportando pacientemente, sin permitir al pensamiento la libertad de un juicio que no sea benévolo con Él.

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En otras palabras: no se debe reflexionar en el estado que se tiene, para que no haya rebeliones que matan el amor.

Y Dios dará la fortaleza como Don del Espíritu Santo, que es la renuncia a los que se ama.

La riqueza más grande que el oro y más preciosa que la misma existencia, es la riqueza intelectual: el propio pensamiento.

Los escritores lo donan a las muchedumbres, más ellos lo hacen elástico para acomodarlo a su público. Pero lo hacen por lucro y su verdadero pensamiento no lo dicen nunca.

Dicen aquello que sirve para su tesis, pero su intimidad la guardan celosamente en lo más profundo de su mente; porque son pensamientos de dolor, por penas íntimas o reproches de la conciencia, que es la lejana voz de Dios.

Y esta es la renuncia más grande: la renuncia a la propia manera de pensar, para adquirir la de Dios.

Arrodillando la razón en amorosa sumisión a la Voluntad Divina.

Regina calla…

Ella no sabe cuán pronto deberá dar el más grandioso y estremecedor testimonio de todo cuanto acaba de enseñar… 

Una de las cosas que más asombraron al mundo pagano y hacían nuevos y siempre más numerosos prosélitos para la Iglesia; era la calma, la serenidad, la fortaleza de los mártires, durante la hora del martirio.

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Solo de Dios puede venir esta inmutable y serena paz.

Pero el martirio del corazón no es menos atroz que el de la carne. Y solo Dios puede comunicar a los desgarrados del corazón, el heroísmo de una resignación que es verdaderamente la cuarta frase del ‘Pater’ vivida con toda la carne y con toda el alma, la inteligencia y el espíritu.

El mundo ciego cambiará esta calma heroica, don del Espíritu Santo, por indiferencia y desamor.

El mundo ensucia todo cuanto toca.

Pero lo sucio no penetra en un bloque de diamante. Se posa encima y después cae con la más pequeña lluvia.

Hay que dejar que los ciegos del mundo no vean.

Los demás para los cuales el Espíritu es Luz, leen el Nombre de Dios en el coraje del mártir y…

¿QUÉ LES RECUERDA ESTO?

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

38.- EL VERDADERO CULTO A DIOS


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En la Iglesia de la santa Cruz, que es el salón porticado en el jardín de la Puerta del Cielo, Pablo de Tarso está hablando a una multitud de cristianos, de todas las edades:

“Así pues hermanos míos, os ruego encarecidamente por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva. Ofreced vuestros cuerpos como una ostia o víctima viva, santa y agradable a Dios. Porque en esto consiste el Verdadero Culto.

No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino más bien renovad vuestros espíritus y dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cual es la Voluntad de Dios a fin de acertar que es lo bueno, lo más agradable, lo perfecto, que Dios quiere de vosotros.

SACRIFICIO VIVIENTE   =    CULTO VERDADERO.

Los sacrificios eran la base y la forma de la religión antigua. Todo se impetraba y todo se expiaba mediante sacrificios. Con el sacrificio se intentaba honrar a Dios o aplacarlo, agradecerle por una victoria o sanación.

Era la época del sacrificio material, porque no había otro rito, ni otro modo manifiesto, para honrar al eterno y conseguir su ayuda.

La Ley de los libros mosaicos, dice como las hostias de los sacrificios y las oblaciones de flor de harina, aceite, incienso, deben tener sal, pero no levadura, ni miel. Y deben ser tostadas y trituradas, antes de ser ofrecidas y siempre rociadas de aceite unidas al incienso.

La Ley también dice que de  aquellos que pertenecían a la estirpe de Aarón, la estirpe sacerdotal; estaban excluidos del sacerdocio, los que tenían cualquier defecto físico o enfermedad incurable.

Cuerpo perfecto de construcción y de salud, debía ser el oficiante delante del Creador del hombre.

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El Altísimo que había dado al hombre perfección de miembros, de sentidos, de sentimientos y para el Cual, el ver la enfermedad y la deformidad que eran el testimonio de la Rebelión del Hombre y del desprecio de Satanás a la obra más preciosa para Dios y por lo mismo también eran desprecio a Dios.

La Benignidad de Dios había indicado la forma de expiar los pecados. Todos menos uno: el Pecado Original. Éste solo podía ser lavado por una Víctima Perfecta y no existía en la Tierra. El hombre no había sido instruido por el Verbo Encarnado y faltaba la Víctima Santa para el Sacrificio Perpetuo y Perfecto.

Sintiendo la necesidad de adorar al Dios Verdadero, le hacía oferta de los dones que Él Mismo había dado al hombre. Recogía los animales y los frutos de la tierra y los consumía en el fuego para que realmente fueran sacrificados.

Pero ¿Eran Sacrificio Viviente? NO.

Eran sacrificios de animales y productos vegetales. Ya muertos los primeros y arrancados de la tierra que los nutría, los segundos.

No eran víctimas ‘vivas’ consumiéndose a sí mismas, para honrar a Dios. Y muy relativo era el sacrificio, aunque fuesen animales de mucho valor material.

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En las religiones idolátricas Satanás enseñó a los hombres a adorarlo con sacrificios humanos.

Para el Dios Verdadero se le daba honor y reparación, con la inmolación de los animales que substituían sobre el altar, al verdadero Culpable. Sacrificio relativo e imperfecto.

Antes del Cristo Cordero, Inmolado para expiar las culpas humanas y aplacar la Ira Divina, nunca un hombre había sido sacrificado al Dios Verdadero, para darle honor y reparación perfecta.

Para que el espíritu del hombre fuese recreado en Gracia y reintegrado a su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Cielo, para que la Justicia Divina fuera aplacada y el Mal Vencido, se necesitaba una Víctima Perfecta.

Una Víctima Única que siendo Dios como el Dios Ofendido, pagase de Dios a Dios, el rescate del Hombre, como Hombre Santísimo y expiase por el hombre pecador.

Sólo el Hombre-Dios podía aplacar a Dios y redimir al hombre, siendo Verdadero Dios y Verdadero Hombre.

Y EL VERBO SE HIZO CARNE.

Jesús se hizo Hombre y Jesús fue Inmolado. Pero su sacrificio no fue consumado sobre su carne muerta, sino en un Cuerpo Vivo, sobre el cual fueron arrojados todos los tormentos y expiadas todas las culpas, por las cuales el Inocente fuera gravado, para consumirlas todas.

1Cristo Sindonico

SACRIFICIO TOTAL.

Del espíritu del Cristo, probado por el Abandono del Padre, para reparar la Culpa de Adán, culpable de haber abandonado a Dios y a su Ley.

Del Intelecto Perfecto del Hijo del Hombre, para redimir la soberbia de Adán. De la Carne Inocente del Cordero de Dios, para reparar la Lujuria de Adán.

Y para que el mundo siempre pecador, tuviese siempre una víctima perfecta, adelantó la Inmolación del Cristo y Pontífice Eterno, constituyendo el Sacrificio Perpetuo: el Eucarístico.

En el cual está todavía y siempre, Cristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y es consumado y ofrecido en todos los altares de la Tierra…

SACRIFICIO PERPETUO Y SACRIFICIO VIVIENTE 1Cristo%20SacerdoteEl Nuevo Sacrificio de la Religión Perfecta.

Pero al sacrificio viviente que se consuma sobre los altares, el hombre debe unir su propio e individual sacrificio. Sacrificio que incluye la parte carnal, moral y espiritual.

Enfermedades, pobreza, trabajo extenuante, por la parte material.

Injusticias, calumnias, incomprensiones, por la parte moral.

Persecuciones por parte de los hombres o abandono de Dios para probar la fidelidad de su siervo, por la parte espiritual.

Y todavía más: fidelidad a la Ley conservando castos, justos y amorosos, los cuerpos, los pensamientos, los sentimientos y los espíritus. Porque esto, más que los ritos exteriores, es lo que constituye el verdadero Culto A Dios. 

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No la forma solamente, sino la sustancia del Culto a Dios. Y la sustancia es dada del renovarse. La sustancia del culto a Dios  es dada por un continuo, fatigoso y a veces muy doloroso ascenso hacia la perfección, para hacer la voluntad de Dios y poder llegar a ser santos y subir a la morada del Padre en la Eternidad.

Esta renovación, esta transformación, este ascenso a la Perfección, se hace con la voluntad humana unida al Espíritu del Hijo, dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, de tal forma que con todos sus dones activos, se va haciendo todo lo que Dios propone hacer, en el modo como Dios lo propone, en la medida en que Dios lo señala.

Un continuo renovarse, espiritual y moralmente, para hacerse una humanidad nueva, alcanzando la Fusión Total con Dios, hasta poder decir: “A fin de vivir para Dios, estoy crucificado con Cristo. Y ahora no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.”

La Palabra de Dios es levadura que hace fermentar la harina pura, la Harina de Hostias, para que esa harina con su perfección, sea levadura en la Gran Masa.

Cuando el ama  de casa quiere hacer su pan, no toma la harina impura llena de salvado. Sino toma la harina más pura, la baña de agua y la pone a fermentar para que la levadura la levante y la convierta en un delicioso pan.

Es necesario que las hostias, en un espiritual sacrificio, vengan y se pongan a sí mismas sobre el Altar del Sacrificio.

Dios les pide expiación, reparación, perfección de Caridad, a las víctimas que son las columnas de la Iglesia que sostienen el Templo de Dios y que son las estrellas que señalan el Camino que termina en el Corazón de Cristo.

Soldados del Dios Verdadero. Atletas de la Religión Santa. Sacerdotes y víctimas del tiempo nuevo, que deben salarse con la sal de la voluntad heroica, la cual tuesta y cauteriza, pero fortifica las partes débiles. Ellas deben tostarse y triturarse en el Fuego de la Caridad y en la muela de la mortificación, para convertirse en Harina de Hostias.

‘Flor de Harina’ rociándose con la santa unción de las virtudes y olorosas por el abundante incienso de la Adoración, ofreciéndose, inmolándose, diciendo las perpetuas palabras de Cristo:

“Aquí estoy Padre, para hacer tu Voluntad y no la mía.”

La infamia de la Tierra es tanta, que sube con fuerza sacrílega hasta los Cielos con la fetidez del Infierno. Hay que purificar la Inmensa Catedral del Creador, para que Dios pueda todavía mirarla con Piedad que salva. Y es una bendición ser elegidos.

Es un privilegio de Dios, esta función de hostias, ‘redentores’, continuadores, completadores de la Pasión de Cristo.

Porque: LAS ALMAS-HOSTIAS-VICTIMAS, VIVEN LA CRUCIFIXIÓN TOTAL.

El alma que se ofrece a sí misma en una oblación perfecta y crucifica su voluntad, para hacer exclusivamente la Voluntad de Dios. Y decide amar lo que Dios Ama y hacer lo que Dios hizo:

VIVIR MURIENDO Y MORIR AMANDO. 

Obedeciendo con una obediencia perfecta. IMITANDO A JESÚS EN TODO. Él Mismo personalmente, enseña a caminar paso a paso, siguiendo sus huellas ensangrentadas, por el Camino de la Cruz…

LA CRUCIFIXIÓN MORAL.

ES PRECISO MATAR EL ‘YO’ Y RENUNCIAR A TODO.

Se crucifican los afectos, aún los más legítimos y se abraza totalmente ‘la locura de la Cruz’. Se mata el respeto humano aceptando el desprecio del mundo.

Y deja de interesar la etiqueta que con burlas y escarnios, se debe soportar: ‘locos y endemoniados’.

Lo único que importa es lo que se es a los ojos de Dios. Y Él es el que, al cáliz de la amargura que el mundo hace tan cruel, le infunde su divina dulzura. Recordar al Maestro al que juzgaron igual, es el pensamiento que fortalece y ayuda.

El alma se vuelve profeta y apóstol y corre la misma suerte. El amor por su Dios le aporta: la PERSECUCIÓN. 

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LA CRUCIFIXIÓN FÍSICA

En enfermedades permitidas por Dios, el cuerpo se destruye en lenta agonía que sirve para expiación y redención.

Se crucifica la carne con todas sus apetencias y naturales inclinaciones. Se doblegan todos los instintos en una sumisión absoluta al espíritu. Con la ayuda de Jesús, que vive en el interior, el alma logra el total dominio y se obliga a vivir los mandamientos del Evangelio. La carne gime, pero el espíritu triunfa.

En una crucifixión auténtica, el cuerpo sufre los dolores físicos que sufrió Jesús, en la medida en que Él Mismo con ternura paternal, va imprimiendo su semejanza en el alma que ha sellado como suya y conforme el alma lo va soportando…

Y su semejanza de ‘Redentor’ va siendo grabada con divina precisión.

Las manos y los pies duelen y los clavos se sienten; al igual que las espinas y los azotes de la flagelación. Hay un dolor soportable, junto con un gozo muy intenso.

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Cuando se ha avanzado tanto que Jesús deja que se experimente su dolorosísima agonía, la Misericordia Divina ayuda a nuestra debilidad y hace que sea posible amar el Dolor y el Sufrimiento.

En casos excepcionales, esta crucifixión sale al exterior y los estigmas se vuelven visibles.

Por lo general, las almas víctimas no quieren que nadie sepa su secreto y pasan inadvertidas en medio del mundo, llevando silenciosamente su martirio interior.

Las almas hostias mueren sobre la Cruz, con el martirio del Amor Total. 

A esta crucifixión completa contribuyen:

LOS HOMBRES.

Que dominados por el mundo no pueden comprender al que vive estas realidades espirituales.

La incomprensión y la soledad se vuelven compañeras inseparables del alma- víctima.

Lo único que la sostiene y la compensa de todas sus amarguras: es Dios y su amor.

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SATANAS.

Que en una permisión divina, fustiga con todo su odio y su furia al que se ha convertido en su mortal enemigo.

En esta batalla, Satanás utiliza a los hombres dominados por él y los convierte en flagelos humanos.

El hombre es el más cruel enemigo del hombre. Y los primeros enemigos son los propios familiares, las batallas de las víctimas se desarrollan entre el Paraíso y el Infierno.

El alma se debate en un mar que le lleva oleadas de dolor, de amargura, de angustia, en la oscuridad y la incertidumbre. De las que solo es rescatada, por la Infinita Bondad de Dios, que vuelve a llenarla de paz y alegría. Con sus lágrimas y oraciones obtienen gracias de Dios y Él las conforta para que esperen más bendiciones.

Es la Hora de Satanás. Y las víctimas llevan al culmen su sacrificio hasta el tormento de la Hora Nona. Y si es necesario derraman también su sangre en un martirio cruento. Y permanecen fieles en aquel océano de desolación.

Y dicen junto con Él:

¡Dios mío!… ¡Dios mío!… Llenando de plegarias el Cielo, hasta que el Padre Celestial sienta fundirse en Piedad su Indignación y su Justicia sea aplacada. Una vez más.

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DIOS MISMO

Los pecadores muertos a la Gracia no son felices. Parece que lo sean, pero no es así. Y aunque los momentos de ebriedad por los placeres, no los dejan comprender su estado; no faltan nunca las horas en las que un reclamo de la vida, les hace sentir su condición de separados de Dios.

Y es entonces la Desolación. Aquella tortura que Dios hace gustar a sus predilectos, para que sean como su Verbo: ‘salvadores’

En la hora crucial, el tormento de los tormentos: LA AUSENCIA DE DIOS.

Dios prepara a su atleta espiritual y en cierta manera lo prueba contra Sí Mismo.

El alma prueba su fidelidad en lo que pareciera el Abandono del que es su propia vida. ¡El Abandono de Dios! ES EL HORROR MÁS GRANDE DE LA MUERTE.

Y si es horrorosa para aquellos para quienes es únicamente ‘prueba’, es demoledor para las almas víctimas, para las que se convierte en una desgarradora realidad.

Porque ellas deben abrevar este cáliz, para perpetuar la Obra Redentora y salvar a los hombres que perecen en la desesperación.

Cuando esto sucede, Satanás ataca con peor ferocidad y atroz tormento. El alma libra un mortal combate en el que habrá un solo vencedor. El Espíritu Santo es la única y suficiente Fuerza que sostiene la voluntad para que sobrevenga la victoria.

Y el dolor es compensado con las gracias sobrenaturales, con las cuales Dios consuela a su amada. El alma de las víctimas que perseveran, jamás se pierde.

 Son los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad. Son las esposas-reinas del Esposo-Rey. Las que conocen sus secretos y guardan una intimidad y una unión tan completa, que el Amado les imprime su Imagen en una semejanza perfecta.

Y el alma sabe que Dios está encima de ella, Invisible pero Presente. Está protegida, por más que se crea sola, cuando le tocan las desolaciones. El amor nunca falta sobre las agonías y los sacrificios, de quienes trabajan por la Gloria de Dios y la Redención de las almas.

EL CRISTIANO VERDADERO, SIEMPRE ES UN ALMA VICTIMA.

Todos los cristiano auténticos, son hostias-vivientes.

Liberados de la esclavitud del pecado; sostenidos por la Gracia, ya no deben conocer la muerte del espíritu, si voluntariamente no se hacen siervos de la Culpa.

Y Dios le ha dado alas a los espíritus liberándolos de las cadenas para que volasen muy alto al encuentro de Aquel que siguieron  conquistados por Jesucristo y por su Doctrina.

Los predestinados a la Gloria son los que no permanecieron sordos a su llamada, ni se detuvieron para seguirlo. Y con heroísmo emprendieron el camino de la perfección.

No desfallecieron o desconsolaron, ni cuando el amor de predilección del Señor, fue una secuela de pruebas y de penas. Y no se creyeron menos amados por ello. Al contrario, supieron convertir las aparentes derrotas, en aplastantes victorias…

Pablo calla…

Un gran silencio se extiende por todo el lugar.

Todos los cristianos meditan en sus palabras. Y se podría oír el zumbido de una mosca.

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De pronto, Pablo siente un ligero tirón a su túnica por detrás y voltea.

Hay dos niños y los reconoce: son Cástulo y Fabio.

Pablo se inclina y mira de cerca la hermosa carita llena de inocencia y gravedad.

Los grandes ojos azules de uno y castaños del otro. Los cabellos rizados y oscuros.

Y la túnica blanca con una franja roja en los bordes.

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Los dos niños están tomados de la mano. Tienen alrededor de seis años.

Los grandes y hermosos ojos azules de Cástulo parecen hacerse más grandes cuando miran a Pablo con mucha seriedad y con su vocecilla infantil, pregunta:

–           ¿Eso que dijiste es solo para los grandes?

Pablo parece reflexionar y responde con gravedad como si estuviera con un adulto:

–           No. Pero ¿Has comprendido de lo que hablé?

–           Sí. –Resuena la vocecita decidida- Fabio y yo queremos ser hostias.

–           Veamos… ¿Qué entendiste de lo que dije?

–          Que Dios me quiere tanto, que quiso morir por mí. Y que si yo lo amo a Él, también debo morir por Él.

Que no tengo por qué preocuparme, porque Satanás estará muy enojado…  Pero si me hace la guerra le va a ir muy mal, porque Dios me protegerá siempre y me va a llevar al Cielo.

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–           Es un compromiso muy serio. ¿Comprendes que si lo haces, Dios te lo tomará y tú deberás cumplir?

Cástulo parece elevarse y dice muy firme:

–           Sí.

Fabio confirma a su vez:

–           Yo quiero ser hostia.

Cástulo insiste:

–           Yo amo a Jesús y quiero ser hostia. ¿Dime cómo lo hago?

–           Pues, deberán decírselo a Jesús… Vamos a orar.

Y Pablo se arrodilla frente a la Cruz, junto con los dos niños que oran en voz alta…

Y cada uno hace su ofrenda viviente…

En todas las caras se dibuja una sonrisa.

Cástulo resumió en unas cuantas frases, la enseñanza de ese día.

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Y todos recordaron porqué Jesús ama tanto a los niños.

Diana también recordó su propia ofrenda cuando era niña…

Con aquellos ejemplos ¿Quién puede mostrarse cobarde?

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

R81 LA VERDADERA POBREZA


00 MADRE alma de niña y corazón de fuegoHijitos Míos, Mis pequeños. Mi Maternidad fue un acto amorosísimo de Nuestro Dios para con todos vosotros. Fui el instrumento sencillo para que con él hiciera grandes obras. ¡Mi Dios tomando a Su pequeña esclava para la Redención del género humano!

¡Cuánta dicha, cuánto Amor! La Inmensidad de Nuestro Dios haciéndose pequeñito para entrar en Mi Vientre Virginal y así comenzar Su Vida de Amor en la Tierra.

Misterio insondable del Amor de Nuestro Padre. Derramamiento excelso de Amor para con todos vosotros.

misterio de la encarnacion

En todos y en cada uno de vosotros pensó vuestro Dios, vuestro Creador, al enviar a Su Unico Hijo a la Tierra para la Redención. A CADA UNO de vosotros vio, amó y deseó su salvación, con el envío de Su Hijo Jesucristo a la Tierra.

Cada uno de vosotros ha sido formado, ha sido tomado a Su Servicio, ha sido guiado para ser corredentor junto con Su Hijo Jesucristo. Cada uno de vosotros vale muchísimo. Dios mismo ha puesto toda Su atención y Su Amor al crearos.

Al daros el don de la vida, al confiaros una misión de amor, para la salvación de todas las almas, pasadas presentes y futuras. Cada uno de vosotros ha sido llamado y preparado para ser Presencia de Mi Hijo en la Tierra.

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¡Meditad éste honor tan grande! ¡Cada uno de vosotros ser presencia Viva de Dios en la Tierra! Tenéis todo para ello. Tenéis un alma que es la misma Esencia y Vida de Dios.

Tenéis el Don de la vida como lo tuvo Mi Hijo Jesucristo. Tenéis Sus Enseñanzas de Vida, las cuáles al tomarlas, al vivirlas y al transmitirlas, estaréis prolongando la Vida de Mi Hijo sobre la Tierra.

Hijitos Míos, daos cuenta de la misión tan sublime que tenéis sobre la Tierra, ¡La de ser otros Cristos! Ser Vida, al ser salvación de almas y cuerpos para con vuestros hermanos. Todos vosotros bajasteis para ello.

madre nuestra

En todos vosotros ha puesto Su Confianza vuestro Padre y a Mí vuestra Madre Santísima, se Me ha dado la Gracia de teneros como Mis hijos…

Y al ser Madre Soy Guía, Maestra, Protectora e Intercesora, para obteneros de vuestro Padre Celestial, todo lo que necesitáis y necesitaréis de acuerdo a vuestra misión y a vuestra donación.

Si os donáis a la perfección, vuestro Padre podrá hacer con vosotros lo que Conmigo hizo: grandes obras. Pero cuánta infidelidad existe ahora para con vuestro Dios, cuánto rechazo al abandono a Su Voluntad, cuándo olvido para realizar vuestra misión, cuánta falta de agradecimiento a tantos dones recibidos a vosotros mismos y para vuestra familia.

redencion,donacion, salvacion

Hijitos Míos, ya se os ha dicho antes, valéis muchísimo para vuestro Dios y le habéis costado mucho dolor, lágrimas, sacrificios, blasfemias, traiciones, en la Vida de Mi Hijo Jesucristo. El se dio por cada uno de vosotros para libraros de las Garras del Mal.

Ha invertido muchísimo en cada uno de vosotros porque os ama y lo seguirá haciendo porque os quiere regalar Su Reino por toda la Eternidad.

El Mal conoce vuestra valía y os ataca tanto porque os envidia. Porque él negó y atacó a la Gracia de Dios y como nunca la va a poder recuperar, no desea que vosotros la ganéis. Y así os ha atacado desde vuestros Primeros Padres y lo seguirá haciendo hasta el Final, porque estaréis tomando el lugar celestial que él y sus ángeles malos despreciaron.

ANGELES CAIDOS

Hijitos Míos, daos ya perfecta cuenta de lo que valéis espiritualmente y no os dejéis confundir con las asechanzas del Mal, en las que él os hace fincar vuestras esperanzas e ideales en vuestra apariencia exterior y en la materialidad de la Tierra.

¿Cuántas veces no habéis constatado y vivido éste hecho? Hermanos vuestros, actuales y pasados, de apariencia hermosa, que al paso de su vida pierden ésa hermosura…

¿En dónde quedó su valor exterior? ¿Para qué les sirvió ésa hermosura exterior?

dorian grayBien sabéis cómo muchos de ellos le han sacado un provecho material y pecaminoso a su exterior, llevando a la perdición eterna a la verdadera hermosura de su alma, Esencia Divina de vuestro Dios y Creador.

Desperdiciáis mucho tiempo en adornar y consentir a la envoltura que cubre a vuestra alma, olvidándoos de cuidar, alimentar, hacer trabajar los dones recibidos en vuestra alma. No es vuestra hermosura exterior lo que os va a dar la Vida Eterna. Y sí os puede servir como lastre para perderla.

¿De qué hubiera servido que Mi Jesús hubiera sido un hombre hermosísimo y que hubiera venido a la Tierra a que fuera admirado por Su belleza exterior?

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La belleza que El tenía, se la daba la Belleza de Su Ser Divino interior. Su Santidad excelsa traspasaba Su cuerpo. Su Divinidad era apreciada a pesar de Su cuerpo “normal”.

Conocéis la vida de santos y santas en quienes se traslucía la Presencia de Mi Hijo en ellos, porque habían permitido Su Nacimiento en ellos. Era Su Vida en ellos y llegaron a ser lo que son por haberLe permitido a Mi Hijo, vivir plenamente en ellos.

Y son reconocidos por vosotros en su santidad y en su valía, por sus hechos y no por su apariencia “hermosa y vanidosa”.

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El valor de vosotros está EN vosotros, no fuera de vosotros. Ya Mi Hijo os lo dijo: “El Reino de Dios-Mi Presencia Viva- está en vosotros”. Al permitirLe vivir y actuar en vosotros, estaréis haciendo Su Voluntad y así, cumpliendo perfectamente la misión por la que vinisteis a la Tierra.

REFLEXIONAD Y EXAMINAD, PERFECTAMENTE SOBRE VUESTRA VIDA.

 MEDITAD en qué habéis usado el tiempo que os concedió vuestro Dios para servirLe; para que reflexionéis el momento y el estado actual de vuestra alma ante la Presencia Divina de vuestro Dios y Creador. Y para que actuéis como los verdaderos hijos de Dios deben actuar.

1hija,madre y esposa

Dejaos guiar por Mi Corazón de Madre, Esposa e Hija de Nuestro Dios.  Por Su Gracia Yo Me dí en totalidad y Le serví con una total entrega de amor. Vuestro Dios no se merece las sobras de vuestro tiempo. Estáis usando Su Tiempo y sólo os acordáis de El, generalmente en vuestras necesidades y desdichas.

El tiempo Le pertenece y se os concedió para la salvación de vuestros hermanos y para dejaros hacer y dejar translucir a Mi Hijo en vosotros. Os ha prestado un tiempo para ayudaros a alcanzar más Gloria en Su Reino al terminar satisfactoriamente vuestra misión en la tierra.

Os ha prestado Su tiempo para que Le ayudarais a llevar Su Reino por toda la Tierra y así prepararos a que se haga La Voluntad de Dios en ella cómo en el Cielo y preparar con ello Su Segunda Venida.

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Tenéis una misión sublime cada uno de vosotros. Por favor hijitos Míos, no desperdiciéis el Tiempo de Dios que os ha encomendado para servirLe. Retomad vuestro tiempo pasado y desperdiciado y presentadlo a vuestro Padre, uniéndolo al Tiempo que vivió Mi Jesús en la Tierra y así reparad el desperdicio que habéis tenido con el tiempo de Dios

Y ofrecedlo por la conversión y santificación de todas las almas y de todos los tiempos. De cada segundo de vuestra existencia, de cada segundo que vuestro Padre os concedió por vuestra libre petición para servirLe en la Tierra, se os tomará cuentas.

Pero Su Misericordia es muy grande y en un Instante podréis reparar lo que no habéis hecho en años, de la forma como os lo acabo de explicar. Es el tiempo de Dios bien usado el que alcanza la salvación de las almas.

intercesion

Orad, hijitos Míos. Orad mucho y entregaos perfectamente a vuestro Padre, quién os ama con un Amor tan grande que no podéis ni imaginar y por ello os da tantas oportunidades para vuestra salvación.

Reflexionad en éste tiempo de Gracia, por todos sus Favores recibidos. Y agradecédLe de corazón todo lo que os ha concedido. Y también pedídLe de corazón, perdón por todo el tiempo desperdiciado y las faltas cometidas a Su Amor Infinito y Misericordioso.
Hijitos Míos, Soy vuestra Madre Santísima, Madre del Verbo Encarnado, Madre del Amor. VOY A HABLAROS DE MI VIDA y quiero que reflexionéis sobre ESTA CONFIDENCIA: vida de Dolor, pero también de Gozo… y que de ella toméis ejemplo para que os podáis proteger de las insidias del Maligno.

Yo, Madre vuestra al haber sido la Madre de Dios Encarnado, podríais pensar que Mi Vida fué muy cómoda, que fuí consentida por Dios Padre. Que no sufrí nada, por haber llevado una Misión tan Sublime.

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No, Mis pequeños. Se podría decir que fui la Mujer del Amor y la Mujer del dolor. Desde muy pequeña, a la edad de tres años fuí apartada de Mis padres: San Joaquín y Santa Ana, para ser entregada al Templo y así ser preparada para servir toda Mi Vida a Dios, nuestro Creador.

Vosotros os podéis imaginar Mi dolor por la separación de Mis padres terrenos. A esa edad en donde todavía se necesitan las caricias, los besos, los apapachos de alguien que nos ama. Prescindí de ello para entregarMe de lleno a las delicias de Mi Padre. Delicias que no se pueden tener de alguien de la Tierra.

Fuí creciendo y tuve el segundo gran dolor, otra separación: Se Me ordenó dejar el Templo, ¡Dejar de servir a Mi Dios en Su Casa!… Para contraer nupcias con el señor San José. Sí, era un hombre justo y muy bueno, pero nunca como Mi Señor. Y por Obediencia acepté ésta segunda separación.

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Poco tiempo después tengo un gozo tremendo, infinito, divino, Mi Inmaculada Concepción. Sí, fué un momento exquisito para Mi Alma donada a Mi Señor. Se Me indicó la Magnitud de Mi tarea, pero también se Me indicaron los múltiples sufrimientos que seguirían, los cuáles no se hicieron esperar.

Y el primero fue cuando Mi futuro esposo San José Me vió encinta del Salvador del Universo. Nuevamente Me ví despojada, en su mente Me vió falla en Mis Virtudes, especialmente de la Pureza. CALLÉ, pero el Ángel del Señor vino a reivindicar Mis Virtudes ante Mi esposo terreno.

Yo deseaba un lugar preciosísimo para que naciera Mi Bebé, Mi Dios, Mi Señor. Pero nuevamente Me veo despojada, ahora de la comodidad de las cosas de la Tierra. Y prácticamente MENDIGANDO, encontramos un lugar indigno para que el Dueño del Universo naciera, ¡Cuánto Dolor y a la vez, cuánto Gozo!

HUÍDA A EGIPTO

Poco tiempo después de Su Nacimiento, el Ángel del Señor Nos ordena abandonar Nuestro Hogar porque Herodes quería matar a Mi Hijo. Vuelvo a ser despojada y ahora de lo poquito que tenía: Mi pobre casita de Nazareth. Y nos tuvimos que ir a un país extraño, hasta que el tirano muriera.

Va creciendo Mi Hijo y unos años después vuelvo a ser otra vez despojada. Y es ahora de Mi esposo San José, que por más de cinco lustros había sido mi compañero y nuestro protector terreno… Nuevamente un gran dolor.

Mi Hijo Jesús mantiene Nuestro Hogar y paso momentos de Cielo a Su lado, hasta que llega a Su Plenitud. Y empieza Su Misión Pública, en donde cada vez lo voy perdiendo más y más…

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El, al llevar la Palabra del Padre, tenía que recorrer gran cantidad de pueblos y Yo ya sólo lo veía de vez en vez, hasta que decido acompañarlo junto con las discípulas, a muchos lugares de predicación. Lo vela más que antes, pero aun así, la separación era cada vez mayor.

El Mundo ganaba a su Dios y Yo iba perdiendo a Mi Hijo. Fue un despojo paulatino y muy doloroso, porque sabía en qué iba a terminar todo.

Llega el tiempo de la Traición y de Su Muerte. Las que son madres y han perdido a un hijo podrán entender aunque sea un poquito, Mi gran Dolor.

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Sí, resucita y viene a Mí. Y está un tiempo más acompañándoMe aquí en la Tierra, pero luego viene Su Ascensión Divina y prácticamente Me quedo sola… DESPOJADA de Su Presencia Humana, porque la Divina nunca se separó de Mi Corazón.

Este último despojo duró varios años, hasta que fuí llamada por Mi Dios a unirMe en cuerpo y alma a Mi Hijo, en el Reino de los Cielos.

Con todo esto, os quiero hacer notar que la vida de aquél que se da a  Nuestro Dios, lleva una vida de Dolor, de

despojo-total-pobreza

DESPOJO A TODO LO QUE SEA DE LA TIERRA,

A todo aquello que lo pueda a uno apartar del Bien Eterno.

, ciertamente se vive el dolor y la pena, pero eso es recompensado en momentos de la Tierra con innumerables “besitos divinos”, que son momentos que tiene el alma de éxtasis y de regalos divinos palpables, durante su misión terrena. Y culminan con el Gran Gozo al final de sus días en el reino de Nuestro Padre Dios.

SÍ, se llega a sufrir mucho cuando uno se da en pertenencia a su Dios, pero los momentos de gozo que se ganan por ello, lo mantienen a uno lleno de felicidad y de deseo de seguir sirviendo a Aquél por quién vivimos.

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El Maligno no es quien nos despoja de las cosas del Mundo al contrario, él es quien las provee, porque con ellas os quiere hacer presas para la perdición eterna. Es nuestro Dios quien os está cuidando constantemente de que no os arraiguéis a las cosas del Mundo, de forma que así pudiérais perder el Reino de los Cielos.

Pocos de vosotros entendéis bien esto. Las riquezas exageradas, los bienes superfluos, la vida desenfrenada, sólo os llevan a la separación con vuestro Dios y os están abriendo camino a la perdición. Si en algún momento de vuestra vida sois despojados de algo o de alguien, no es por maldad ni por causaros daño, ¡ES PARA SALVAROS!

Las muchas riquezas, el mucho desvío de lo divino, lleva a la pérdida de lo espiritual. Por eso muy claramente es lo dijo Mi Hijo Jesucristo: “No se puede servir a dos amos, o a Dios o al dinero”.

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Ellos son diametralmente opuestos, no se puede vivir en los grandes lujos y tener el corazón lleno de amor por los necesitados.

Como regla general en donde sí hay excepciones, los que viven en grandes lujos no llegan a darse cuenta de las necesidades reales de sus hermanos pobres o simplemente no las creen o no les interesan. Por ello, el dinero en exceso y la caridad, van muy separadas una de la otra.

Nuevamente os repito. si os véis despojados de algo o de alguien, primeramente antes de maldecir, haced un balance de vuestra vida ante vuestro Dios. Ved en vuestro interior qué lugar ha ocupado vuestro Dios en los últimos años y ved qué bienes espirituales habéis adquirido a través de los bienes materiales que atesorasteis.  

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Poned sinceramente vuestra vida espiritual en la balanza y juzgad vuestro comportamiento con vuestro Dios y con vuestros hermanos… Y así, si actuáis humildemente, Mi Esposo el Santo Espíritu os hará reflexionar y AGRADECER el despojo que recibisteis.

Atended más a vuestro interior, para que podáis entender más a vuestro Dios. Él os cambiará lo mundano por lo divino y así vuestro Gozo será mayor.

Yo Vuestra Madre, oro por cada uno de vosotros estéis en donde estéis, hagáis lo que hagáis, viváis en la Luz Verdadera que Mi Hijo os mostró o no.

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Yo Soy la Madre del Consuelo, Soy la Madre del Amor, Soy la Madre de todo ser creado por Mi Dios a imagen y semejanza de Él.

Venid a Mí, para que os lleve a Mi Hijo y seáis purificados en Su Santísimo Amor. Venid a Mí para que se logre en vosotros también, la Encarnación.

La Donación de Salvación abarca a todos los tiempos y siempre se vive en un continuo presente. La actualidad de las Palabras de Mi Hijo son de Verdad. MADRE MÍA

Venid hijitos Míos, venid al regazo de Vuestra Madre Celestial para consentiros, mimaros y amaros como a Mi Hijo.

Venid hijitos Míos, acercaos a Mí y permitidme que os tome de la mano para llevaros a Mi Hijo,  a vuestro Dios hecho Hombre y agradecédLe Su Presencia entre vosotros y en vosotros. Que se dio y se quedó para vuestro cuidado, para vuestro crecimiento y para salvación de cada uno de vosotros.

Que el Amor Infinito del Padre, de Mi Hijo y del Espíritu Santo quede con cada uno de vosotros y Mi Amor de Madre os proteja y Me permita llevaros de regreso a la Casa Celestial.

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F38 EL VERDADERO CULTO A DIOS


En la Iglesia de la santa Cruz, que es el salón porticado en el jardín de la Puerta del Cielo, Pablo de Tarso está hablando a una multitud de cristianos, de todas las edades:

“Así pues hermanos míos, os ruego encarecidamente por la misericordia que Dios les ha manifestado, los exhorto a que se ofrezcan ustedes mismos como una ofrenda viva. Ofreced vuestros cuerpos como una ostia o víctima viva, santa y agradable a Dios. Porque en esto consiste el Verdadero Culto.

No se dejen transformar por los criterios de este mundo, sino más bien renovad vuestros espíritus y dejen que una nueva manera de pensar los transforme internamente, para que sepan distinguir cual es la Voluntad de Dios a fin de acertar que es lo bueno, lo más agradable, lo perfecto, que Dios quiere de vosotros.

SACRIFICIO VIVIENTE   =    CULTO VERDADERO.

Los sacrificios eran la base y la forma de la religión antigua. Todo se impetraba y todo se expiaba mediante sacrificios. Con el sacrificio se intentaba honrar a Dios o aplacarlo, agradecerle por una victoria o sanación. Era la época del sacrificio material, porque no había otro rito, ni otro modo manifiesto, para honrar al eterno y conseguir su ayuda.

La Ley de los libros mosaicos, dice como las hostias de los sacrificios y las oblaciones de flor de harina, aceite, incienso, deben tener sal, pero no levadura, ni miel. Y deben ser tostadas y trituradas, antes de ser ofrecidas y siempre rociadas de aceite unidas al incienso. La Ley también dice que de  aquellos que pertenecían a la estirpe de Aarón, la estirpe sacerdotal; estaban excluidos del sacerdocio, los que tenían cualquier defecto físico o enfermedad incurable. Cuerpo perfecto de construcción y de salud, debía ser el oficiante delante del Creador del hombre.

El Altísimo que había dado al hombre perfección de miembros, de sentidos, de sentimientos y para el Cual, el ver la enfermedad y la deformidad que eran el testimonio de la Rebelión del Hombre y del desprecio de Satanás a la obra más preciosa para Dios y por lo mismo también eran desprecio a Dios. La Benignidad de Dios había indicado la forma de expiar los pecados. Todos menos uno: el Pecado Original. Éste solo podía ser lavado por una Víctima Perfecta y no existía en la Tierra. El hombre no había sido instruido por el Verbo Encarnado y faltaba la Víctima Santa para el Sacrificio Perpetuo y Perfecto. Sintiendo la necesidad de adorar al Dios Verdadero, le hacía oferta de los dones que Él Mismo había dado al hombre. Recogía los animales y los frutos de la tierra y los consumía en el fuego para que realmente fueran sacrificados.

Pero ¿Eran Sacrificio Viviente? NO.

Eran sacrificios de animales y productos vegetales. Ya muertos los primeros y arrancados de la tierra que los nutría, los segundos.

No eran víctimas ‘vivas’ consumiéndose a sí mismas, para honrar a Dios. Y muy relativo era el sacrificio, aunque fuesen animales de mucho valor material.

En las religiones idolátricas Satanás enseñó a los hombres a adorarlo con sacrificios humanos. Para el Dios Verdadero se le daba honor y reparación, con la inmolación de los animales que substituían sobre el altar, al verdadero Culpable. Sacrificio relativo e imperfecto. Antes del Cristo Cordero, Inmolado para expiar las culpas humanas y aplacar la Ira Divina, nunca un hombre había sido sacrificado al Dios Verdadero, para darle honor y reparación perfecta.

Para que el espíritu del hombre fuese recreado en Gracia y reintegrado a su dignidad de hijo de Dios y coheredero del Cielo, para que la Justicia Divina fuera aplacada y el Mal Vencido, se necesitaba una Víctima Perfecta. Una Víctima Única que siendo Dios como el Dios Ofendido, pagase de Dios a Dios, el rescate del Hombre, como Hombre Santísimo y expiase por el hombre pecador.

Sólo el Hombre-Dios podía aplacar a Dios y redimir al hombre, siendo Verdadero Dios y Verdadero Hombre. Y EL VERBO SE HIZO CARNE. Jesús se hizo Hombre y Jesús fue Inmolado. Pero su sacrificio no fue consumado sobre su carne muerta, sino en un Cuerpo Vivo, sobre el cual fueron arrojados todos los tormentos y expiadas todas las culpas, por las cuales el Inocente fuera gravado, para consumirlas todas.

SACRIFICIO TOTAL.

Del espíritu del Cristo, probado por el Abandono del Padre, para reparar la Culpa de Adán, culpable de haber abandonado a Dios y a su Ley.

Del Intelecto Perfecto del Hijo del Hombre, para redimir la soberbia de Adán. De la Carne Inocente del Cordero de Dios, para reparar la Lujuria de Adán. Y para que el mundo siempre pecador, tuviese siempre una víctima perfecta, adelantó la Inmolación del Cristo y Pontífice Eterno, constituyendo el Sacrificio Perpetuo: el Eucarístico.

En el cual está todavía y siempre, Cristo en Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Y es consumado y ofrecido en todos los altares de la Tierra…

SACRIFICIO PERPETUO Y SACRIFICIO VIVIENTE

El Nuevo Sacrificio de la Religión Perfecta.

Pero al sacrificio viviente que se consuma sobre los altares, el hombre debe unir su propio e individual sacrificio. Sacrificio que incluye la parte carnal, moral y espiritual.

Enfermedades, pobreza, trabajo extenuante, por la parte material.

Injusticias, calumnias, incomprensiones, por la parte moral.

Persecuciones por parte de los hombres o abandono de Dios para probar la fidelidad de su siervo, por la parte espiritual.

Y todavía más: fidelidad a la Ley conservando castos, justos y amorosos, los cuerpos, los pensamientos, los sentimientos y los espíritus. Porque esto, más que los ritos exteriores, es lo que constituye el verdadero Culto A Dios.

No la forma solamente, sino la sustancia del Culto a Dios. Y la sustancia es dada del renovarse. La sustancia del culto a Dios  es dada por un continuo, fatigoso y a veces muy doloroso ascenso hacia la perfección, para hacer la voluntad de Dios y poder llegar a ser santos y subir a la morada del Padre en la Eternidad. Esta renovación, esta transformación, este ascenso a la Perfección, se hace con la voluntad humana unida al Espíritu del Hijo, dócil a las inspiraciones del Espíritu Santo, de tal forma que con todos sus dones activos, se va haciendo todo lo que Dios propone hacer, en el modo como Dios lo propone, en la medida en que Dios lo señala. Un continuo renovarse, espiritual y moralmente, para hacerse una humanidad nueva, alcanzando la Fusión Total con Dios, hasta poder decir: “A fin de vivir para Dios, estoy crucificado con Cristo. Y ahora no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.”

La Palabra de Dios es levadura que hace fermentar la harina pura, la Harina de Hostias, para que esa harina con su perfección, sea levadura en la Gran Masa. Cuando el ama  de casa quiere hacer su pan, no toma la harina impura llena de salvado. Sino toma la harina más pura, la baña de agua y la pone a fermentar para que la levadura la levante y la convierta en un delicioso pan.

Es necesario que las hostias, en un espiritual sacrificio, vengan y se pongan a sí mismas sobre el Altar del Sacrificio. Dios les pide expiación, reparación, perfección de Caridad, a las víctimas que son las columnas de la Iglesia que sostienen el Templo de Dios y que son las estrellas que señalan el Camino que termina en el Corazón de Cristo.

Soldados del Dios Verdadero. Atletas de la Religión Santa. Sacerdotes y víctimas del tiempo nuevo, que deben salarse con la sal de la voluntad heroica, la cual tuesta y cauteriza, pero fortifica las partes débiles. Ellas deben tostarse y triturarse en el Fuego de la Caridad y en la muela de la mortificación, para convertirse en Harina de Hostias. ‘Flor de Harina’ rociándose con la santa unción de las virtudes y olorosas por el abundante incienso de la Adoración, ofreciéndose, inmolándose, diciendo las perpetuas palabras de Cristo:

“Aquí estoy Padre, para hacer tu Voluntad y no la mía.”

La infamia de la Tierra es tanta, que sube con fuerza sacrílega hasta los Cielos con la fetidez del Infierno. Hay que purificar la Inmensa Catedral del Creador, para que Dios pueda todavía mirarla con Piedad que salva. Y es una bendición ser elegidos. Es un privilegio de Dios, esta función de hostias, ‘redentores’, continuadores, completadores de la Pasión de Cristo. Porque: LAS ALMAS-HOSTIAS-VICTIMAS, VIVEN LA CRUCIFIXIÓN TOTAL.

El alma que se ofrece a sí misma en una oblación perfecta y crucifica su voluntad, para hacer exclusivamente la Voluntad de Dios. Y decide amar lo que Dios Ama y hacer lo que Dios hizo: vivir muriendo y morir amando. Obedeciendo con una obediencia perfecta. IMITANDO A JESÚS EN TODO. Él Mismo personalmente, enseña a caminar paso a paso, siguiendo sus huellas ensangrentadas, por el Camino de la Cruz…

LA CRUCIFIXIÓN MORAL.

ES PRECISO MATAR EL ‘YO’ Y RENUNCIAR A TODO.

Se crucifican los afectos, aún los más legítimos y se abraza totalmente ‘la locura de la Cruz’. Se mata el respeto humano aceptando el desprecio del mundo. Y deja de interesar la etiqueta que con burlas y escarnios, se debe soportar: ‘locos y endemoniados’. Lo único que importa es lo que se es a los ojos de Dios. Y Él es el que, al cáliz de la amargura que el mundo hace tan cruel, le infunde su divina dulzura. Recordar al Maestro al que juzgaron igual, es el pensamiento que fortalece y ayuda. El alma se vuelve profeta y apóstol y corre la misma suerte. El amor por su Dios le aporta: la persecución.

LA CRUCIFIXIÓN FÍSICA.

En enfermedades permitidas por Dios, el cuerpo se destruye en lenta agonía que sirve para expiación y redención. Se crucifica la carne con todas sus apetencias y naturales inclinaciones. Se doblegan todos los instintos en una sumisión absoluta al espíritu. Con la ayuda de Jesús, que vive en el interior, el alma logra el total dominio y se obliga a vivir los mandamientos del Evangelio. La carne gime, pero el espíritu triunfa.

En una crucifixión autentica, el cuerpo sufre los dolores físicos que sufrió Jesús, en la medida en que Él Mismo con ternura paternal, va imprimiendo su semejanza en el alma que ha sellado como suya y conforme el alma lo va soportando…

Y su semejanza de ‘Redentor’ va siendo grabada con divina precisión. Las manos y los pies duelen y los clavos se sienten; al igual que las espinas y los azotes de la flagelación. Hay un dolor soportable, junto con un gozo muy intenso.

Cuando se ha avanzado tanto que Jesús deja que se experimente su dolorosísima agonía, la Misericordia Divina ayuda a nuestra debilidad y hace que sea posible amar el Dolor y el Sufrimiento.

En casos excepcionales, esta crucifixión sale al exterior y los estigmas se vuelven visibles. Por lo general, las almas víctimas no quieren que nadie sepa su secreto y pasan inadvertidas en medio del mundo, llevando silenciosamente su martirio interior.

Las almas hostias mueren sobre la Cruz, con el martirio del Amor Total. 

A esta crucifixión completa contribuyen:

LOS HOMBRES.

Que dominados por el mundo no pueden comprender al que vive estas realidades espirituales. La incomprensión y la soledad se vuelven compañeras inseparables del alma- víctima. Lo único que la sostiene y la compensa de todas sus amarguras: es Dios y su amor.

SATANAS.

Que en una permisión divina, fustiga con todo su odio y su furia al que se ha convertido en su mortal enemigo. En esta batalla, Satanás utiliza a los hombres dominados por él y los convierte en flagelos humanos. El hombre es el más cruel enemigo del hombre. Y los primeros enemigos son los propios familiares, las batallas de las víctimas se desarrollan entre el Paraíso y el Infierno.

El alma se debate en un mar que le lleva oleadas de dolor, de amargura, de angustia, en la oscuridad y la incertidumbre. De las que solo es rescatada, por la Infinita Bondad de Dios, que vuelve a llenarla de paz y alegría. Con sus lágrimas y oraciones obtienen gracias de Dios y Él las conforta para que esperen más bendiciones.

Es la Hora de Satanás. Y las víctimas llevan al culmen su sacrificio hasta el tormento de la Hora Nona. Y si es necesario derraman también su sangre en un martirio cruento. Y permanecen fieles en aquel océano de desolación. Y dicen junto con Él:

¡Dios mío!… ¡Dios mío!… Llenando de plegarias el Cielo, hasta que el Padre Celestial sienta fundirse en Piedad su Indignación y su Justicia sea aplacada. Una vez más.

DIOS MISMO

Los pecadores muertos a la Gracia no son felices. Parece que lo sean, pero no es así. Y aunque los momentos de ebriedad por los placeres, no los dejan comprender su estado; no faltan nunca las horas en las que un reclamo de la vida, les hace sentir su condición de separados de Dios. Y es entonces la Desolación. Aquella tortura que Dios hace gustar a sus predilectos, para que sean como su Verbo: ‘salvadores’

En la hora crucial, el tormento de los tormentos: LA AUSENCIA DE DIOS.

Dios prepara a su atleta espiritual y en cierta manera lo prueba contra Sí Mismo. El alma prueba su fidelidad en lo que pareciera el Abandono del que es su propia vida. ¡El Abandono de Dios! ES EL HORROR MÁS GRANDE DE LA MUERTE.

Y si es horrorosa para aquellos para quienes es únicamente ‘prueba’, es demoledor para las almas víctimas, para las que se convierte en una desgarradora realidad.  Porque ellas deben abrevar este cáliz, para perpetuar la Obra Redentora y salvar a los hombres que perecen en la desesperación.

Cuando esto sucede, Satanás ataca con peor ferocidad y atroz tormento. El alma libra un mortal combate en el que habrá un solo vencedor. El Espíritu Santo es la única y suficiente Fuerza que sostiene la voluntad para que sobrevenga la victoria. Y el dolor es compensado con las gracias sobrenaturales, con las cuales Dios consuela a su amada. El alma de las víctimas que perseveran, jamás se pierde.

 Son los verdaderos adoradores en espíritu y en verdad. Son las esposas-reinas del Esposo-Rey. Las que conocen sus secretos y guardan una intimidad y una unión tan completa, que el Amado les imprime su Imagen en una semejanza perfecta. Y el alma sabe que Dios está encima de ella, Invisible pero Presente. Está protegida, por más que se crea sola, cuando le tocan las desolaciones. El amor nunca falta sobre las agonías y los sacrificios, de quienes trabajan por la Gloria de Dios y la Redención de las almas.

EL CRISTIANO VERDADERO, SIEMPRE ES UN ALMA VICTIMA.

Todos los cristiano auténticos, son hostias-vivientes. Liberados de la esclavitud del pecado; sostenidos por la Gracia, ya no deben conocer la muerte del espíritu, si voluntariamente no se hacen siervos de la Culpa. Y Dios le ha dado alas a los espíritus liberándolos de las cadenas para que volasen muy alto al encuentro de Aquel que siguieron  conquistados por Jesucristo y por su Doctrina.

Los predestinados a la Gloria son los que no permanecieron sordos a su llamada, ni se detuvieron para seguirlo. Y con heroísmo emprendieron el camino de la perfección. No desfallecieron o desconsolaron, ni cuando el amor de predilección del Señor, fue una secuela de pruebas y de penas. Y no se creyeron menos amados por ello. Al contrario, supieron convertir las aparentes derrotas, en aplastantes victorias…

Pablo calla…

Un gran silencio se extiende por todo el lugar. Todos los cristianos meditan en sus palabras. Y se podría oír el zumbido de una abeja.

De pronto, Pablo siente un ligero tirón a su túnica por detrás y voltea.

Hay dos niños y los reconoce: son Cástulo y Fabio.

Pablo se inclina y mira de cerca la hermosa carita llena de inocencia y gravedad. Los grandes ojos azules de uno y castaños del otro. Los cabellos rizados y oscuros. Y la túnica blanca con una franja roja en los bordes.

Los dos niños están tomados de la mano. Tienen alrededor de seis años. Los grandes y hermosos ojos azules de Cástulo parecen hacerse más grandes cuando miran a Pablo con mucha seriedad y con su vocecilla infantil, pregunta:

–           ¿Eso que dijiste es solo para los grandes?

Pablo parece reflexionar y responde con gravedad como si estuviera con un adulto:

–           No. Pero ¿Has comprendido de lo que hablé?

–           Sí. –Resuena la vocecita decidida- Fabio y yo queremos ser hostias.

–           Veamos… ¿Qué entendiste de lo que dije?

–          Que Dios me quiere tanto, que quiso morir por mí. Y que si yo lo amo a Él, también debo morir por Él. Que no tengo por qué preocuparme, porque Satanás estará muy enojado… Pero si me hace la guerra le va a ir muy mal, porque Dios me protegerá siempre y me va a llevar al Cielo.

–           Es un compromiso muy serio. ¿Comprendes que si lo haces, Dios te lo tomará y tú deberás cumplir?

Cástulo parece elevarse y dice muy firme:

–           Sí.

            Fabio confirma a su vez: 

–           Yo quiero ser hostia.

Cástulo insiste:

–           Yo amo a Jesús y quiero ser hostia. ¿Dime cómo lo hago?

–           Pues, deberán decírselo a Jesús… Vamos a orar.

Y Pablo se arrodilla frente a la Cruz, junto con los dos niños que oran en voz alta y cada uno hace su ofrenda viviente…

En todas las caras se dibuja una sonrisa.

Cástulo resumió en unas cuantas frases, la enseñanza de ese día. Y todos recordaron porqué Jesús ama tanto a los niños.

Diana también recordó su propia ofrenda cuando era niña…

Con aquellos ejemplos ¿Quién puede mostrarse cobarde?

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

18.- MI PADRE, MI ENEMIGO


Jesús, con todos los suyos, van por el lago de Tiberíades; repartidos en dos barcas que navegan muy juntas entre sí. Jesús va en la de Pedro, junto con Simón, José y los dos primos: Santiago y Tadeo. En la otra; los dos hijos de Zebedeo; con Judas, Felipe, Tomás, Nathaniel y Mateo.

Las barcas se deslizan empujadas por el viento boreal, que apenas si peina el agua con hilillos de espuma en el hermoso lago. Van dejando dos estelas que se funden, confundiendo sus espumas, pues apenas las separan un par de metros. De barca a barca; intercambian palabras, noticias. Y los galileos explican a los judíos las características principales del lago; los diferentes poblados y sus distancias.

Jesús está sentado en la proa, gozando de la belleza que lo rodea; del silencio, del cielo despejado, del viento fresco que le acaricia el rostro y de las aguas que bañan las playas, en las riberas verdes; esparcidas entre los blancos poblados.

Parece distraído a la conversación de los discípulos. Va recargado sobre un montón de velas, con la cabeza inclinada sobre el espejo zafiro que es el lago; como si lo único que le interesara, es cuanto vive bajo la transparencia del agua.

Va totalmente absorto en sus pensamientos. Pedro le pregunta dos veces que si el sol que ya está en su cenit, no le molesta. Luego le ofrece pan y queso. Pero Jesús no quiere nada y Pedro lo deja en paz.

Un grupo de lujosas barcas de recreo, pequeñas y ligeras. Adornadas con baldaquines de púrpura y mullidos cojines, se atraviesan en el camino que llevan las barcas de los pescadores.

Estrépito, risas y perfumes, pasan con ellas. Pues las hermosas mujeres, con alegres romanos y palestinenses y uno que otro griego; son jóvenes, ricos y despreocupados. Lucen hermosas y elegantes vestiduras. Un joven alto con un vestido rojo, adornado con grecas y ceñido con un cinturón de oro que es una obra maestra de la orfebrería, dice:

–           ¿La Hélade es hermosa? Pero ni siquiera mi olímpica patria tiene este azul y estas flores. En realidad no es extraño que las diosas la hayan abandonado para venir aquí. Arrojemos flores sobre las diosas, ¡Que ya no son griegas, sino judías!

Y esparce sobre las mujeres que van en su barca, pétalos de espléndidas rosas. Y avienta otras a la barca más cercana.

Un romano responde:

–           ¡Arroja! ¡Arroja más, griego! Pues Venus está conmigo. Yo no desfloro. ¡Yo recojo las rosas de esta hermosa boca! ¡Es mucho más dulce! –y se inclina a besar la boca entreabierta y sonriente de la hermosísima rubia que tiene la cabeza entre sus piernas y va recostada entre cojines.

Pero las barcas están a punto de chocar.

–           ¡Atentos, si queréis vivir! –Pedro grita enojado mientras vira para evitar el choque, con fuerte golpe de barra.

Insultos de hombres. Gritos espantados de las mujeres van de barca a barca. Los romanos insultan a los galileos:

–           ¡Alejaos, perros judíos!

Pedro, rojo como un gallo de pelea, de pie sobre el borde de la barca que se balancea; con las manos en la cintura, responde vivamente y no perdona a nadie. Ni a romanos, ni griegos, ni hebreos y hebreas. Y especialmente a estas últimas les dedica un ramillete de floridos insultos que es mejor dejar en la pluma… el altercado dura mientras la maraña de quillas y de remos, no se deshace. Y cada quién se va por su camino.

Jesús no cambió de posición. Se quedó sentado y ausente. Sin mirar, ni decir nada. Ni a las barcas, ni a sus ocupantes. Apoyado sobre el codo, sigue mirando la lejana ribera, como si no sucediese nada a su alrededor. A Él también le avientan una flor, que casi le pega en la cara y se oye una risa femenina.

Es la rubia del romano, que dice:

–           ¡También los dioses abandonaron el Olimpo! ¡Allí está Apolo, esperándome!…

Pero Él…  nada.

La rosa cae sobre las tablas y llega hasta los pies de Pedro que hierve como una caldera. Cuando las barcas se alejan, la rubia se pone de pie y mira atentamente el sereno, inaccesible e indiferente rostro de Jesús; que parece tan lejano del mundo.

Judas de Keriot dice:

–           Oye, Simón. Tú que eres judío como yo. Responde: Aquella hermosísima rubia que estaba entre las piernas del romano. La que se puso de pie. ¿No es la hermana de Lázaro de Bethania?

Zelote responde seco:

–           Yo no sé nada. Hace poco que regresé al mundo de los vivos y esa mujer es joven.

Judas dice con cierta ironía:

–           ¡Espero que no me vayas a decir que tampoco conoces a Lázaro de Bethania! Sé muy bien que eres su amigo y que has estado en su casa, con el Maestro.

–           ¿Y qué si así fuese?

–           Puesto que así lo es. Yo digo que también debes de conocer a la pecadora que es la hermana de Lázaro. ¡Hasta las tumbas la conocen! Hace diez años que está en la boca de todos. En cuanto llegó a la pubertad empezó a ser ligera de cascos. Pero ¡Desde hace cuatro años! No puedes ignorar el escándalo, aunque estuvieras en el ‘Valle de los muertos’. Toda Jerusalén habló de ella y Lázaro se encerró desde entonces en Betania.

Hizo bien. Nadie hubiera puesto un pie en su espléndido palacio de Sión; a donde también ella iba y venía. Quiero decir: ninguno que fuese santo. Todo se sabe y en todas partes. Ahora, ciertamente está en Mágdala. Tal vez se encontró un nuevo amor… ¿No respondes? ¿Puedes desmentirme?

–           No desmiento. Callo.

–           Entonces, ¿Es ella? ¡También tú la reconociste!

Simón suspira antes de responder:

–           La conocí de pequeña, cuando era pura. La vuelvo a ver ahora. Pero la reconozco. Impúdicamente refleja la cara de su madre, que era una santa.

–           Entonces, ¿Por qué querías casi negar que tu amigo fuese su hermano?

–           Nuestras llagas y las de los que amamos, tratamos de tenerlas cubiertas. Sobre todo cuando se es honrado.

Judas ríe forzado.

Pedro observa:

–           Dices bien, Simón. Tú eres un hombre honrado.

Judas insiste:

–           ¿Y tú la reconociste? Seguro que vas a Mágdala a vender tus pescados. ¡¿Y quién sabe cuántas veces la habrás visto?!

Pedro contesta:

–           Muchacho. Ten en cuenta que cuando uno tiene los riñones cansados por un trabajo honrado, no se le antojan las mujeres. Se prefiere solo el lecho casto de nuestra esposa.

–           ¡Eh! ¡Pero lo bello a todos gusta! Al menos que no se vea otra cosa, se le mira.

–           ¿Para qué? ¿Para decir: ‘No es comida para tu mesa’? No. ¿Sabes? De mi trabajo en el lago he aprendido varias cosas y una de ellas, es que peces de agua dulce y de fondo; no están hechos para agua salada ni vertiginosa.

–           ¿Qué quieres decir?

–           Quiero decir que cada uno debe estar en su lugar; para no morir de mala muerte.

–           ¿Te hacía morir la Magdalena?

–           No. Tengo el cuero duro. Pero ya que me lo dices. ¿Acaso tal vez tú te sientes mal?

–           ¿Yo? ¡Ni siquiera la he visto!

–           Mentiroso. Apuesto que te habrás arrepentido de no haber estado en la primera barca, para verla mejor.  Me habrías soportado con tal de estar más cerca. Y tan cierto es lo que te digo, que me honras con tu palabra; en honor suyo; después de tantos días de silencio.

Judas se defiende:

–           ¿Yo? Pero… ¡Ni siquiera me hubiera visto! ¡Ella miraba fijamente al Maestro!

–           ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! ¡Y dices que no la mirabas! ¿Y cómo hiciste para ver a donde miraba, si tú no la veías?

A la ironía de Pedro, todos ríen. Menos Jesús y Zelote.

Jesús, que parecía que no oía; pone fin a la discusión preguntando a Pedro:

–           ¿Es aquello Tiberíades?

–           Sí, Maestro. Ahora llegamos.

–           Espera. ¿Puedes meterte en aquel lugar tranquilo? Quiero hablaros solo a vosotros, antes de entrar en la ciudad.

–           Mido el fondo y te lo diré. –Pedro echa una pértiga larga y lentamente va hacia la playa- se puede, Maestro. ¿Quieres que me acerque más?

–           Todo lo que puedas. Hay sombra y paz. Me gusta.

Pedro va hasta la ribera y como a unos quince metros, Jesús le dice:

–           Detente. –a los de la otra barca- Vosotros, acercaos lo más que podáis para oír.

Jesús deja su lugar y se sienta en el centro de la barca; de tal forma que todos le puedan oír:

–           ‘Escuchad. Os parecerá que algunas veces no ponga atención a vuestras conversaciones y que por eso sea Yo, un Maestro descuidado, que no se preocupa de sus discípulos. Tened en cuenta que mi alma no os abandona ni un instante. ¿Habéis visto a un médico cuando estudia a un enfermo de un mal que no conoce y que tiene síntomas raros? No separa sus ojos de él. Después de haberlo visitado, lo vigila. Cuando duerme y cuando está despierto. Por la mañana y por la tarde, cuando está callado y cuando habla; porque todo puede ser un medio y guía; para descifrar la enfermedad que oculta y curarla. Os tengo unidos con hilos invisibles, pero sensibilísimos; que están en Mí y me trasmiten aún las más leves vibraciones de vuestro ‘yo’. Os dejo que penséis que sois libres, para que manifestéis cada vez más lo que sois. Cosa que sucede cuando un alumno o un maníaco, cree que el vigilante lo ha perdido de vista. ¿Qué sois? ¿Qué debéis ser? Sois la sal de la tierra. Y debéis ser la luz del mundo. Os escogí Yo…

Y Jesús da una larga lección para forjar a sus apóstoles. Concientizándoles de la realeza de su sacerdocio; mientras el sol, lentamente se encamina hacia su ocaso…

Al día siguiente…

La ciudad de Tiberíades es nueva y rica. Es moderna y está mejor delineada que otras ciudades palestinenses. Presenta un conjunto armonioso que ni siquiera Jerusalén tiene. Hermosas y rectas calles que ya tienen el sistema de alcantarillado, lucen amplias y muy limpias. Plazas anchas, con bellas fuentes de mármol. Y palacios que rivalizan unos de otros, en el estilo de Roma, con atrios llenos de luz.

Las casas más hermosas, son las que están a la orilla del lago. Las tres primeras son señoriales.

Jesús viene caminando por la avenida que bordea el lago y Pedro pregunta:

–           ¿Has estado alguna vez en Tiberíades, Maestro?

Jesús contesta:

–           Nunca.

–           ¡He! ¡Antipas ha hecho bien las cosas y en grande, para adular a Tiberio! ¡Es un vendido ese…!

Jesús no lo deja continuar:

–           Me parece que es más bien una ciudad de descanso, que de comercio.

–           Los negocios están del otro lado. Tiene mucho comercio. Es muy rica.

–           ¿Estas casas son palestinenses?

–           Sí y no. Muchas pertenecen a romanos.

José el pastor dice:

–           Maestro, hemos llegado. Esta es la casa del mayordomo de Herodes.

La casa señalada es la primera. Tiene un jardín tapizado de flores. Fragancia de jazmines y rosas, se extienden hasta el lago.

Jesús pregunta:

–           ¿Y aquí está Jonathás?

–           Aquí. Es el mayordomo del Mayordomo. A él le fue bien. Cusa no es malo y es justo en reconocer los méritos de su mayordomo. Es uno de los pocos de la corte que es honrado. ¿Voy a llamarlo?

–           Ve.

José va hasta el gran portón y toca. Acude el portero. Hablan entre sí y José hace un gesto de desagrado. Después viene hacia Jesús, que lo espera bajo un árbol.

Le dice:

–           Jonathás no está. Se encuentra en el Alto Líbano. Fue a llevar a Juana de Cusa, que está muy enferma. Dice el portero que fue él, porque Cusa está en la corte y que no puede venir por el escándalo producido por la fuga del Bautista. Y que la enferma empeoraba y se moriría. El criado dice que entres a descansar. Jonatás les ha hablado del Mesías y de tu nacimiento en Belén. Tu Nombre les es conocido y te esperan.

–           ¡Vamos!

En el atrio hay una gran cantidad de siervos de todas las edades. Todos se inclinan respetuosamente a saludar. Una anciana llora en un rincón.

Jesús entra y bendice con su ademán y saludo de paz. El siervo encargado, se acerca y le dice:

–           ¡Oh! ¡Cuánto le pesará a Jonathás, no haber estado! Su esperanza era verte. Él nos ha alimentado con tu historia. Jonatás es bueno. Dice que lo es; porque lo hizo el beso que te dio.

–           Solo en los buenos aumenta la bondad. ¿Está ahora ausente? Vine por él.

–           Está en Líbano. Es la última esperanza para la joven patrona.

La anciana llora mucho más fuerte.

El criado explica:

–           Es Esther. La nodriza de la patrona. Llora porque no se resigna a perderla.

Jesús la llama:

–          Ven, madre. No llores así. Ven aquí, cerca de Mí. Enfermedad no quiere decir muerte.

Ella contesta afligida:

–           ¡Oh! ¡Es muerte! Ella es buena. Honrada y muy amada. ¡Debe morir!

–           Pero, ¿Qué es lo que tiene?

–           Fiebre que la consume. ¡Oh! Yo quería ir con ella. Pero Jonatás prefirió criadas jóvenes; porque ella no tiene fuerzas y hay que cargarla en peso. Yo ya no sirvo para eso. Pero para amarla sí. La recibí del seno de su madre. Y he sido para ella madre desde que quedó huérfana y era apenas un bebé. He recibido todas las sonrisas y lágrimas de su vida. Le he dado todas las sonrisas y lágrimas de mi corazón. Y ahora muere y no la tengo cerca de mí…

Jesús la acaricia y le dice:

–           Escucha madre. ¿Tienes fe?

–           ¿En Ti? Sí.

–           En Dios, mujer. ¿Puedes creer que todo lo puede Dios?

–           Lo creo y también creo que Tú, su Mesías; lo puedes. ¡Oh! En la ciudad ya se habla de tu poder. Jonatás dijo: ‘Si Él estuviese aquí, yo te juro que Él la sanaría’ pero Tú no estabas aquí. Y él se fue con ella. Y ahora estará muriendo.

–           No. Ten fe. Sonríe, madre.

–           Pero ella no está. –la anciana vacila entre la esperanza y el temor- ella no está aquí. Y Tú… Tú estás aquí.

–           Ten fe. Escucha. Si Jonatás regresa dentro de seis días, mándalo a Nazareth. A Jesús de José. Si no viene, iré Yo.

–           ¿Cómo lo hallarás?

–           Tú robustécete en la fe. Sólo te pido esto. Ya no llores madre. Yo me voy. No puedo esperar. Os bendigo.

–           Maestro, regresa otra vez.

–           Regresaré muchas veces. Adiós. La paz sea en esta casa y en todos vosotros.

Jesús sale con los suyos, acompañado por los criados que lo aclaman.

Su primo Santiago observa tristemente:

–           ¡Eres más conocido aquí que en Nazareth!

Jesús lo mira y le contesta:

–           Esta casa la preparó alguien que tenía verdadera fe en el Mesías. Para Nazareth, Yo soy el carpintero… Nada más.

–           ¿Vamos de veras a Nazareth?

–           Sí. Quiero hablar con mi Madre. Y hacer otra cosa más.

Los primos se ponen muy contentos.

Judas Tadeo dice:

–           Santiago. Pasaremos por Caná. Vamos a casa de Susana. Nos dará huevos y frutos para papá.

Santiago responde:

–           Y por supuesto también de su magnífica miel.  ¡A él tanto que le gusta!

–           Y lo alimenta.

–           ¡Pobre madre! ¡Sufre tanto! Él no quiere morirse. –Santiago mira a Jesús en una muda plegaria.

Pero Jesús no da señales de haberlo visto.

Días después…

Al llegar a Nazareth, Judas y Santiago se separan para ir a su casa. Jesús y los demás, van a la carpintería. María no está. Y se lo dice un anciano llamado Alfeo de Sara, que fue amigo de sus abuelos: Joaquín y Anna.

Los apóstoles entran a la casa y Jesús se queda con Alfeo.

Éste le dice:

–           Quería decirte que soy tu verdadero amigo. Yo no quiero darte consejos. Solo quiero ponerte sobre aviso. Yo creo en Ti, Mesías. Y me siento mal al ver que dicen que Tú no eres el Mesías. Que eres un enfermo que estás arruinando a la familia y a los parientes. La ciudad… ¿Sabes?… Alfeo es muy estimado y lo escuchan. También yo estaba aquella tarde en que Judas y Santiago te defendieron. Y defendieron la libertad de seguirte. ¡Oh! ¡Qué escena! No sé cómo tu Madre puede aguantar. Y la pobre María de Alfeo. En ciertas situaciones de familia, las mujeres son siempre las víctimas.

Jesús dice:

–           Ahora mis primos están en la casa de su padre y…

–           ¿Con Alfeo? ¡Oh! ¡Los compadezco! El viejo está realmente fuera de sí. Será por la edad o por la enfermedad; pero se comporta como un loco. Si no lo estuviera me causaría mayor compasión. Porque está poniendo en peligro su salvación…

–           ¿Piensas que tratará mal a sus hijos?

–           Estoy seguro. Me desagrada por ellos y por las mujeres. ¿A dónde vas?

–           A casa de Alfeo.

–           ¡No! ¡Jesús! ¡No quieras que te falte al respeto!

–           Los primos me aman más que a ellos mismos. Y es justo que les pague con igual amor. Allí están dos mujeres a quienes amo. Voy. No me entretengas.

Jesús apresura el paso, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.  Jesús camina veloz y cuando llega al huerto de Alfeo, alcanza a escuchar el llanto de una mujer y los gritos descompasados de un hombre. En los umbrales de la casa, su Madre saca la cabeza y lo ve.

Jesús exclama:

–           ¡Mamá!

–           ¡Jesús!

Dos gritos de amor. Jesús quiere entrar, pero María lo detiene:

–           No, Hijo. –y pone las manos en el marco de la puerta. Es una barrera de carne y de amor que repite- ¡No, Hijo! ¡No lo hagas!

–           Déjame, mamá. No pasará nada.

Jesús está muy tranquilo. A pesar que la marcada palidez de María, ciertamente lo turba. Toma su muñeca delgada, le quita la mano del marco de la puerta y pasa.

En la cocina, esparcidos por el suelo, hechos un montón viscoso; están los huevos que trajeron de Caná. De la otra habitación, sale la voz quejumbrosa de un viejo que insulta, acusa, se lamenta; con uno de esos arrebatos seniles tan injustos; dolorosos e impotentes cuando se ven y tan penosos al sufrirlos.

El anciano grita dolorido:

–           Ved mi casa destruida. Convertida en el hazmerreír de todo  Nazareth. ¡Y yo aquí solo, sin ayuda! Herido en el corazón, en el respeto, en mis necesidades. ¡Esto es lo que te toca Alfeo, por haberte portado como un verdadero fiel! ¡Y porqué! ¿Por qué? ¿Por quién? Por un loco. Un loco que ha vuelto locos a mis estúpidos hijos. ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Qué dolores!

Y se oye la voz de María de Alfeo que suplica llorando:

–           ¡Calma, Alfeo! ¡Calma! ¿Ves que te haces daño? Espera a que te ayude. Tú que siempre has sido bueno. Siempre justo. ¿Por qué te portas así contigo? ¿Conmigo?  ¿Con tus pobres hijos?

–           ¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero! ¿Buenos los hijos? ¡Ah, sí! ¡En realidad son solo dos ingratos! Me traen miel, luego de haberme convertido en un vaso de hiel. ¡Me traen huevos y frutas; después que se han atragantado con mi corazón! ¡Lárgate! ¡Lárgate, te lo digo! ¡Lárgate! No te quiero. Quiero a María. Ella sí que sabe hacerlo. ¿Dónde está esa débil mujer que no sabe hacerse obedecer de su hijo?

María de Alfeo, arrojada; entra en la cocina en el preciso instante en que Jesús está por entrar en la habitación de Alfeo.

Cuando lo ve se le arroja en los brazos, desesperada. Mientras María la Virgen; humilde y paciente, va a donde está el viejo iracundo.

Jesús trata de consolarla:

–           No llores, tía. Ahora voy Yo.

Ella gime:

–           ¡No! ¡No hagas que te insulten! Parece un loco. Tiene el bastón. No, Jesús. ¡No! Ya les pegó también a sus hijos.

–           No me hará nada.

Y Jesús, suave pero resueltamente, hace a un lado a su tía y entra.

Saluda:

–           La paz sea contigo, Alfeo.

El viejo, que está por acostarse en medio de mil quejas e insultos a María, porque es una ignorante que no sabe cómo hacerlo; se voltea  inmediatamente:

–           ¡Tú aquí! ¡Aquí! ¿Has venido para burlarte de mí? ¿También esto?

Jesús dice tranquilo:

–           No. Vine a traerte la paz. ¿Por qué tan alterado? ¡Te pones peor! Mamá, deja. Yo lo levanto. No te lastimaré. Lo haremos fácil. Mamá, levanta las cobijas.

Y Jesús levanta con cuidado aquel montón de huesos que se desquebrajan. Anhelante, duro, quejumbroso y miserable. Lo recuesta con delicadeza, como si fuera un recién nacido.

Le dice:

–           Así, así. Como hacía Yo con mi padre. Más arriba está la almohada. –lo acomoda- te sentirás mejor y respirarás más fácilmente. Mamá, ponle esa bajo la cintura. Estarás más cómodo ahora. Así. La luz que no le hiera los ojos; pero sí que pueda entrar aire puro. ¡Muy bien!

Después que lo acomoda sobre el lecho dice a María:

–                      Vi una pócima en el fuego. Tráela, mamá. Por favor endúlzala.

Luego añade con dulzura, dirigiéndose al enfermo:

–                     Estás sudando y te resfrías. Te hará bien.

María. Obediente, sale.

Alfeo está turbado:

–           Pero yo… Pero yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?

Jesús dice:

–           Porque te quiero mucho. Lo sabes.

–           Yo te quería. Pero ahora…

–           Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo sí te quiero y esto me basta. Luego me amarás…

–           Y entonces… ¡Ay! ¡Ay, qué dolores! Y entonces, sí es verdad que me quieres, ¿Por qué ofendes mis canas?

–           No te ofendo, Alfeo. De ningún modo. Te respeto.

–           ¿Respeto? Soy el hazmerreír de Nazareth. Eso sí.

–           ¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué cosa te hago el hazmerreír?

–           En los hijos…  ¿Por qué son rebeldes? ¡Por Ti! ¿Por qué se  burlan de mí los demás? ¡Por Ti!

–           Dime. ¿Si Nazareth te alabase por la suerte de tus hijos, experimentarías igual dolor?

–           ¡Claro que no! Pero Nazareth no me alaba. Me alabaría si de verdad fueses Tú un conquistador. ¡Pero abandonarme por alguien que es poco menos que un loco que va por el mundo atrayéndose odios y burlas! ¡Pobre, en medio de los pobres!

¡Ah! ¿Quién no se burlaría? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre estirpe de David! ¡Cómo termina! Y yo tenía que vivir tanto para contemplar esta desgracia.

Verte a Ti, la última palmera de la estirpe gloriosa, convertido en un demente por demasiado servilismo.

¡Ah! La desgracia vino sobre nosotros desde el día en que mi cobarde hermano se dejó unir con aquella insípida y prepotente mujer, que ejerció sobre él tanto imperio. Entonces dije: ‘José no es para el matrimonio. ¡Será infeliz!’ Y lo fue.

Él se conocía y nunca había querido saber nada de casamiento. ¡Maldita sea la ley de vírgenes huérfanas y herederas! ¡Maldición al destino y maldición a aquellas bodas!

La ‘virgen heredera’ con la pócima en la mano, regresa a tiempo para oír las lamentaciones de su pariente.

Se ve mucho más pálida; pero su actitud paciente no ha perdido la calma. Se dirige a Alfeo con una dulce sonrisa y le ayuda a beber.

Jesús le levanta la cabeza y dice:

–           Eres injusto, Alfeo. ¡Pero has sufrido tanto que todo se te perdona!

–           ¡Oh, sí! ¡Mucho he sufrido! ¡Dices que eres el Mesías y que haces milagros! Eso es lo que dicen. Si al menos me curaras para pagarme los hijos que me quitaste. ¡Cúrame y te perdonaré!

–           Tú perdona a los hijos. Comprende su corazón y Yo te daré consuelo. Si tienes rencor, no puedo hacer nada.

–           ¿Perdonar? –el hombre hace un movimiento rápido que agudiza los espasmos. Y de nuevo se enfurece- ¿Perdonar? ¡Jamás! ¡Lárgate, si sólo has venido para decirme esto! ¡Largo! Quiero morir sin ser perturbado.

Jesús tiene un gesto de resignación:

–           Adiós, Alfeo. Me voy. ¿De veras me arrojas? Tío, ¿De verdad debo irme?

–           Si no me curas, sí. Vete. Y di a esas dos serpientes, que su viejo padre muere teniéndoles rencor.

–           No. Esto no. No pierdas tu alma. No me ames si no quieres. No creas que soy el Mesías. Pero no odies. No odies, Alfeo. Búrlate de Mí. Dime loco. Pero no odies.

–           Pero, ¿Por qué me quieres tanto, si te insulto?

–           Porque Soy Aquel a quien no quieres reconocer. Soy el Amor…  Mamá, me voy a casa.

María dice con dulzura:

–           Sí, Hijo, mío. Iré pronto.

Jesús se despide:

–           Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas, mándame llamar a cualquier hora y vendré.

Jesús sale tranquilo, como si nada hubiera pasado. Una gran palidez cubre su cara. María de Alfeo, gime:

–           ¡Oh, Jesús! Jesús, perdónalo.

–           Claro que sí, María. Ni siquiera tienes que pedirlo. A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora ya está más calmado. La Gracia trabaja aún sin que los corazones se den cuenta. Y luego, están tus lágrimas. Y también el dolor de Tadeo y de Santiago. Y su fidelidad a su vocación. La paz sea a tu angustiado corazón, tía. –Jesús la besa y sale al huerto para irse a su casa.

Al salir a la calle, se encuentra con Pedro y Juan. Están jadeantes por qué venían corriendo.

Pedro explica:

–           ¡Oh, Maestro! Pero, ¿Qué sucedió? Alfeo el de la fuente le dijo a Tadeo: ‘Jesús está en tu casa’ Y Santiago me dijo: ‘¡Corre a mi casa! Quién sabe cómo sea tratado Jesús.’ Tus primos están espantadísimos. Yo no entiendo nada. Pero al verte, me tranquilizo.

–           No ha pasado nada, Pedro. Es solo un pobre enfermo al que los dolores lo hacen insoportable. Ahora ya todo acabó.

–           ¡Oh! ¡Me da gusto! ¿Y tú porque estás aquí? –pregunta Pedro con un tono de voz severo, a Judas de Keriot; que también se ha acercado.

Judas le contesta a la defensiva:

–           También tú has venido.

–           Me pidieron que viniera y por eso estoy aquí.

–           También yo vine. Si el Maestro está en peligro en su patria; yo que lo defendí en Judea, puedo defenderlo también en Galilea.

–           Para esto bastamos nosotros. Pero en Galilea no hay necesidad.

–           ¡Ah! ¡Ah! ¡En realidad! Su patria lo arroja como un alimento indigesto. Me alegro por ti que te escandalizaste con un pequeño incidente ocurrido en Judea, donde Él es un desconocido. ¡Aquí, al contrario!… –y Judas termina con un silbido que es un poema de sátira.

Pedro concluye:

–           Oye, muchacho. No estoy de buen humor para aguantarte. Olvida todo, si algo se te atora. – Se vuelve hacia Jesús y pregunta- Maestro, ¿Te hicieron algún daño?

Jesús contesta:

–           No. Pedro mío. Te lo aseguro. Vamos más aprisa. Hay que consolar a los primos.

Apresuran el paso. Llegan y entran el gran taller de carpintería. Tadeo y Santiago están sentados junto al banco de carpintero. Jesús se les acerca sonriente, para asegurarles que su corazón los ama.

Y les dice:

–           Alfeo está más tranquilo ahora. Los dolores se calman y todo está en paz. También vosotros tranquilizaos.

Los dos contestan al mismo tiempo:

–           ¿Lo viste?

–           ¿Y mamá?

–           Vi a todos.

Tadeo pregunta:

–           ¿También a mis hermanos?

–           No. No estaban allí.

–           Estaban. No quisieron dejarse ver. Pero nosotros sí los vimos. ¡Oh! ¡Sí hubiéramos cometido un crimen, no nos hubieran tratado como lo hicieron! Y ¡Pensar que veníamos volando desde Caná, por la alegría de volver a verlo y traerle lo que sabemos que le gusta! Lo amamos. Pero ya no nos comprende. Y ya no nos cree. –Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco, pues está sentado sobre el banquillo.

Santiago es más fuerte; pero su cara muestra su martirio interno.

Jesús les dice:

–           No llores, Judas. Y tú, no sufras.

Santiago exclama:

–           ¡Oh! ¡Jesús! Somos sus hijos y nos ha maldecido. Pero aun cuando esto nos destroza, ¡No daremos un paso atrás! ¡Somos tuyos! ¡Y tuyos seremos aun cuando nos amenacen con la muerte!

Jesús sonríe:

–           ¡¿Y eras tú el que decías que no eras capaz de heroísmo?! Yo lo sabía. Lo estás diciendo por tu propia boca. En verdad serás fiel aún hasta la muerte. Y tú también.

Jesús los acaricia. Ellos sufren. El llanto de Judas empapa la parte curva de la piedra. Y en esta ocasión, se refleja mejor el alma de los discípulos.

Pedro, en su cara honrada, refleja dolor.

Y exclama:

–           ¡Eh! ¡Sí! Es un dolor. Cosas tristes. Pero muchachos míos. –los sacude con cariño- No todos merecen esas palabras. Yo estoy dándome cuenta que he sido un afortunado porque me llamó. Esa buena mujer mía, siempre me dice: ‘Es como si yo estuviese repudiada, porque ya no eres mío. Pero yo digo: ¡Oh, feliz repudio!’ también decidlo vosotros. Habéis perdido a un padre; pero conseguisteis a Dios.

José el pastor, que siempre ha sido huérfano, está sorprendido de que un padre pueda ser causa de llanto y dice:

–           Yo creía que era el más infeliz porque no tenía padre. Ahora me doy cuenta de que es mejor llorarlo muerto, que tenerlo por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a sus compañeros. Andrés suspira y guarda silencio.  Tomás, Felipe, Mateo y Nathaniel hablan en voz baja en un rincón. Como quién respeta un dolor profundo y verdadero. Santiago de Zebedeo ora muy bajito, rogando a Dios para que de su paz.

Simón Zelote se acerca a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Tadeo y el otro brazo alrededor de los hombros de Santiago y dice:

–           No llores, hijo. ÉL nos lo había dicho: ‘Os uno a ti que por mi causa pierdes un padre y a ti que tienes corazón de padre, sin tener hijos’ Entonces no comprendimos la profecía que encerraba en sus palabras. Pero Él lo sabía. Pues bien, yo ruego y siempre he soñado en que se llamase ‘padre’. Os suplico que me aceptéis como a tal. Y yo como padre, os bendeciré siempre.

Los dos lo aceptan y lloran más fuerte.

María entra y corre junto a sus sobrinos. Los acaricia. Está pálida como un lirio.  Tadeo la toma de la mano y se la besa diciendo:

–           ¿Qué está haciendo?

María lo mira con dulzura y responde:

–           Durmiendo, hijo. Vuestra mamá os manda un beso.

Y los besa a los dos.

Se oye la áspera voz de Pedro:

–           Oye. Ven aquí un momento, que te quiero decir algo. –Y Pedro ase con su robusta mano, por un brazo a Judas de Keriot y lo lleva hacia la calle. Luego regresa solo.

Jesús pregunta:

–           ¿A dónde lo enviaste?

Pedro contesta:

–         ¿A dónde? A tomar un poco de aire. Si no, terminaría por dárselo yo mismo. Y de otro modo… y no lo hice solamente por Ti. ¡Oh! Ahora estamos mejor. Quién es capaz de reír, ante un dolor es un áspid. Y yo aplasto a las serpientes. Aquí estás Tú. Y tan solo lo dejé mirando la luna. Creo que yo me haré primero un escriba, con un milagro de Dios; a que él, ni siquiera con la ayuda divina, se haga bueno. Es más seco y duro que una piedra, bajo el sol de Agosto. ¡Ea, muchachos! Aquí hay muchos corazones que os aman sinceramente. Las borrascas hacen bien. Y mañana estaréis más frescos y más ligeros que los pájaros, para seguir a Jesús.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONOCELA

77.- MARTIRIO DE UNA MADRE


(EL DIARIO DE REGINA)

La ausencia de Marco Aurelio, le impidió ver cómo se agravó la enfermedad de Alexandra. Bernabé velaba su inconsciencia con ardientes plegarias. El tribuno encargado trataba muy duramente a los prisioneros pues temía que se escaparan de la cárcel, por arte de un mágico encantamiento.

Regina se lo reclamó:

–           Nosotros no escaparemos. ¿Por qué no nos concedes ningún alivio, a nosotros que somos presos tan distinguidos? ¡Nada menos que del César y hemos de combatir en su Natalicio! ¿No aumentaría tu gloria, si nos presentásemos más gordos y saludables?

El militar se sintió desconcertado y enrojeció de vergüenza. Luego ordenó que se les tratara más humanamente. Permitió a los parientes que entraran a la cárcel y se reconfortaran mutuamente, a excepción de Marco Aurelio; pues había recibido órdenes terminantes, por parte de Tigelino.

En el segundo calabozo, Alondra se halla en el octavo mes del embarazo pues fue detenida cuando estaba encinta. Al aproximarse el día del espectáculo sufre mucha tristeza, temiendo que su martirio fuese postergado a causa de su estado, ya que la ley prohíbe que las mujeres encinta sean expuestas al suplicio. No quiere quedarse atrás de los cristianos y que más adelante tenga que derramar su sangre inocente, entre los demás criminales. Y tampoco sus compañeros de martirio quieren dejar atrás a tan excelente compañera.

Tres días antes de los juegos, todos se unieron en una misma súplica al Señor Jesús y  apenas terminaron la Oración, enseguida le vinieron los dolores de parto. Debido a lo prematuro y por razón natural, ella sufre y gime…

Entonces un carcelero le dijo:

–           Si tanto te quejas ahora ¿Qué harás cuando seas arrojada a las fieras de las que te burlaste al no querer sacrificar?

Ella respondió:

–           Ahora soy yo la que sufro. Pero allá en la arena, habrá otro en mí que padecerá por mí, pues yo también padeceré por Él.

Alondra dio a luz una niña a la que una cristiana adoptó como hija.

Entonces un joven llamado Lewis se acercó al grupo donde estaba Regina y les dijo:

–           Acabo de tener una visión: Ya habíamos sufrido el martirio y habíamos salido de nuestro cuerpo. Cuatro ángeles nos transportaban hacia el Oriente, pero sus manos no nos tocaban. Íbamos trepando por una pendiente suave. Pasado el primer mundo, vimos una luz inmensa y le dije a Regina que venía a mi lado: ‘He aquí lo que el Señor nos prometió y ya recibimos la recompensa’ Mientras éramos llevados por los cuatro ángeles, se abrió ante nuestros ojos una gran llanura que era como un vergel poblado de rosales y de toda clase de flores. Y sus hojas caían incesantemente. En el vergel, había cuatro ángeles más resplandecientes que los demás. Al vernos nos acogieron con grandes honores. Y dijeron a los otros ángeles con admiración: ‘¡Son ellos! ¡Son ellos!’

Entonces los cuatro ángeles nos dejaron en el suelo y nosotros caminamos la distancia de un estadio, por una ancha avenida. Allí encontramos a  Daniel, Xavier y Joshua, que habían sido quemados vivos en la misma persecución y a Lucas, que había muerto en la cárcel. Les preguntamos qué en donde estaban los demás, pero los ángeles nos dijeron:

–           Vengan. Antes entren y saluden al Señor.

Llegamos a un palacio cuyas paredes parecen edificadas de pura luz. Delante de la puerta había cuatro ángeles que antes de entrar, nos vistieron con vestiduras blancas. Entramos y oímos un coro que repetía sin cesar: ‘Agios, Agios, Agios = Santo, Santo, Santo.’ En la sala vimos sentado a un anciano canoso, con cabellos de nieve, pero con rostro juvenil. No vimos sus pies. A su derecha y a su izquierda, había cuatro ancianos.

Y detrás estaban de pie, otros innumerables ancianos. Avanzamos asombrados y nos detuvimos ante al trono. Cuatro ángeles nos levantaron en vilo. Besamos al Señor y él nos acarició la cara con la mano. Los demás ancianos dijeron:

–           ¡De pie!

Y de pie nos dimos el beso de paz. Después los ancianos nos dijeron:

–           Vayan y jueguen.

Y yo dije a Regina:

–           Ya tienes lo que anhelabas.

Y ella me contestó:

–           ¡Gracias a Dios! Fui dichosa en el mundo, pero aquí soy más dichosa todavía.

Cuando salimos del Palacio, reconocimos a muchos hermanos que ya habían sufrido también el martirio. Todos nos sentimos alimentados y saciados por una fragancia inefable. Entonces me desperté lleno de gozo.

Cuando Lewis terminó su relato, el sacerdote Damián, dijo:

–           El poder del Espíritu Santo, es idéntico por esto. ¡Qué abran bien los ojos, quienes valoran este Poder! ¡Que fue enviado para distribuir todos los carismas, en la medida que el Señor los distribuye a cada uno de nosotros, para que se fortalezca nuestra Fe! Tanto en el carisma del martirio como en el de las revelaciones; Dios cumple siempre sus promesas, para confundir a los incrédulos y sostener a los creyentes…Tal como está escrito: En los últimos días, dice el Señor, derramaré mi Espíritu sobre todos los hombres y profetizarán sus hijos y sus hijas. Los jóvenes verán visiones y los ancianos tendrán sueños”…

La voz del sacerdote resuena en las paredes de la prisión. Cuando termina de hablar, Regina retoma la escritura que tan cuidadosamente está llevando:

“Unos días antes de que fuéramos arrestados, fuimos bautizados y el Espíritu Santo me inspiró estando dentro del agua, que no pidiera otra cosa que poder resistir, el amor paternal.

Cuando nos hallábamos todavía con los guardias, mi padre impulsado por su cariño, deseaba ardientemente alejarme de la Fe con sus discursos y persistía en su empeño de conmoverme.

Yo le dije:

–           Padre ¿Ves ese cántaro que está en el suelo? ¿Esa taza y esa jarra?

–           Lo veo. –me respondió.

–           ¿Acaso se les puede dar un nombre diferente del que tienen?

–           ¡No! –me respondió.

–           Yo tampoco puedo llamarme con un nombre distinto de lo que soy: ¡Cristiana!

Entonces mi padre, exasperado se arrojó sobre mí para sacarme los ojos, pero solo me maltrató. Después, vencido se retiró con sus argumentos diabólicos. Durante unos días, no volvió. Por eso di gracias a Dios  y sentí alivio por su ausencia.

Luego fuimos encarcelados.

Yo experimenté pavor, porque jamás me había hallado en tinieblas tan horrorosas ¡Qué día tan terrible! El calor era insoportable por el amontonamiento de tanta gente. Los soldados nos trataban brutalmente. Y sobre todo, yo estaba agobiada por la preocupación.

¡Mi hijo está tan pequeño!

Leonel y Santiago, benditos diáconos que nos asistían, consiguieron con dinero que se nos permitiera recrearnos por unas horas, en el lugar más confortable de la cárcel. Saliendo entonces del calabozo, cada uno podía hacer lo que quisiera.

Yo amamantaba a mi hijo casi muerto de hambre. Preocupada por su suerte, hablaba con mi madre, confortaba a mi hermano y le recomendaba a mi hijo. Yo me consumía de dolor al verlos a ellos consumirse por causa mía. Durante muchos días, me sentí abrumada por tales angustias. Finalmente logré que se quedara conmigo en la cárcel. Al punto me sentí con nuevas fuerzas y aliviada de la pena y la preocupación por el niño.

Desde aquel momento, la cárcel me pareció un palacio y prefería estar en ella más que en cualquier otro lugar. Un día mi hermano Josué me dijo:

–           Domina hermana, ahora estás elevada a una gran dignidad ante Dios. Tanta que puedes pedir una visión y que se te manifieste si la prisión ha de terminar en martirio o en libertad.

Yo podía hablar familiarmente con el Señor, del que había recibido muchos favores y por eso, confiadamente le prometí:

–           Mañana te daré la respuesta.

Me puse en Oración y tuve la siguiente visión:

Vi una escalera de bronce tan maravillosamente alta, que parecía tocar el cielo, pero tan estrecha, que solo se podía subir de a uno. En los brazos de la escalera estaban clavados toda clase de instrumentos de hierro: espadas, lanzas, arpones, puñales, cuchillos… si uno subía descuidadamente sin mirar a lo alto, quedaba atravesado y hubiera dejado jirones de carne enganchados en los hierros. Al pie de la escalera estaba echado un dragón de extraordinaria grandeza, que tendía asechanzas a los que subían y los asustaba para que no subieran.

Lewis subió primero. Él nos había edificado en la Fe y al no estar presente cuando fuimos arrestados, se entregó después voluntariamente, por el amor que nos profesaba. Al llegar a la cumbre de la escalera, se volvió hacia mí y me dijo:

–           Regina, te espero pero ten cuidado, para que ese dragón no te muerda.

Yo le contesté:

–           No me hará daño en el nombre de Cristo.

Y el dragón parecía como si me tuviera miedo. Sacó lentamente la cabeza de debajo de la escalera y yo se la pisé, usándola como si fuera el primer peldaño y subí.

Después vi un inmenso prado, en medio del cual estaba sentado un anciano alto, de rostro juvenil y muy hermoso; con el cabello completamente cano y en traje de pastor, ocupado en ordeñar sus ovejas.

Muchos miles de personas vestidos de blancos hábitos, lo rodeaban. Levantó la cabeza, me miró y dijo:

–           ¡Seas bienvenida, hija!

Me llamó y me dio un bocado del queso que estaba preparando. Yo lo recibí con las manos juntas y comí. Todos los circunstantes dijeron:

–           ¡Amén!

Sus voces me despertaron mientras yo seguía saboreando algo dulce.

En seguida conté a mi hermano la visión y  los dos comprendimos que nos esperaba el martirio… Desde aquel momento empezamos a perder toda esperanza en las cosas de esta tierra.

Días después corrió la voz de que seríamos interrogados. Mi padre, consumido de pena, llegó de prisa a la ciudad, se me acercó con intención de conmoverme y me dijo:

–           Hija mía, apiádate de mis canas. Apiádate de tu padre si es que merezco que me llames padre. Con estas manos te he criado hasta que llegaste a la flor de la edad y te he preferido a todos tus hermanos. No es para esto que te engendré. Entre todos mis hijos te he amado, alegría y luz de mi casa. Y ahora tú quieres tu ruina y no te importa destruir también al pobre padre tuyo, que siente morir su corazón por el dolor que le das. Desde que dijeron que dejarían libres a los que hicieran sacrificios a nuestros dioses hija; llevo semanas rogándote. Tú has querido resistir y has conocido la cárcel. Tú, nacida y criada entre el lujo y las comodidades.

Y yo le contesté:

–           Es por el amor que siento por ti y por él, que permanezco fiel a mi Señor. Ninguna gloria de la tierra dará a tu cabello blanco y a este inocente tanto decoro, como el que te dará mi muerte. Tú llegarás a la Fe y… ¿Qué dirás entonces de mí, si tuviese la bajeza de haber renunciado en un momento de debilidad, a la Fe?

–           ¡Oh, dioses! ¡¡Ayúdenme!! Regina escucha por favor: Inclinando mi espalda ante los poderosos, te he obtenido un arraigo domiciliario, para que puedas estar todavía en tu casa como prisionera. Le he prometido al juez que te doblegaría con mi autoridad paterna. Ahora él me escarnece, porque no me haces caso. ¿No es esto lo que debería enseñarte, la doctrina que dices que es perfecta? ¿Cuál Dios es el que sigues  que te inculca de no amar y no respetar, al que te ha engendrado? Porque si me amaras no me darías tanto dolor. Tu obstinación, que ni siquiera la piedad por tu inocente ha vencido; te ha costado el ser arrancada de la casa y encerrada en esta mazmorra. Pero ahora ya no se habla más de prisión. Se habla de muerte… Esto es atroz. ¿Por qué? ¿Por Quién? ¿Por quién vas a morir tú? ¿Ese Dios tuyo tiene necesidad de tu sacrificio y del nuestro, el mío y el de tu criatura, que ya no tendrá más madre? ¿Su triunfo tiene necesidad de tu sangre y de mi llanto, para cumplirse? ¿Pero cómo? La fiera ama a sus cachorros… y tanto más los ama cuanto más los ha tenido en el seno.

Tú no eres una bestia. Has sido la hija más perfecta y una madre ejemplar. Pero ahora no te comprendo. Porque te conozco, por eso te obtuve el que pudieras amamantar a tu niño. Pero tú no cedes. Y después de haberlo nutrido, de darle calor, de servirle de almohada a su sueño, ahora lo rechazas y lo abandonas sin pesar. ¡Por Júpiter! ¿Qué es lo que te pasa?

No sé qué hacer. ¡Ya no te entiendo! No te ruego por mí, sino por él. No tienes el derecho de hacerlo un huérfano. Ya perdió a su padre en Britania y ahora te perderá a ti también. No tiene derecho ese Dios tuyo para hacer esto. ¿Cómo puedo creerlo bueno, más que los nuestros, si requiere estos sacrificios tan crueles? Tú me haces que lo odie y lo maldiga siempre más…

–           Mi Dios no tiene necesidad de mi sangre y de tu llanto para triunfar. EL YA TRIUNFÓ. Pero tú sí tienes necesidad de llegar a la Vida Verdadera. Y también este inocente tiene que quedarse para conocerla. Por la vida que me espera y por la alegría que él me ha dado, yo les obtengo la Vida que es verdadera, eterna, feliz. No. Mi Dios no enseña el desamor por los padres y por los hijos, sino el verdadero amor. Ahora el dolor te hace delirar, padre. Pero después la luz se hará en ti y me bendecirás. Yo te la mandaré desde el Cielo.

–           ¡LOCA! ¡PERDIDA! Pero ¡NO! ¡NO! ¡NO! ¿Qué estoy diciendo? ¡Oh, Regina perdona! ¡Perdona a tu viejo padre al que el dolor enloquece! ¿Quieres que ame a tu Dios? Le amaré más que a mí mismo, pero quédate entre nosotros. Di al magistrado que te doblegas. Después le adoraremos entre los dioses de la tierra. Después harás de tu padre esto que tú eres: seré cristiano. Te lo juro. No te llamo más hija. Ya no seré tu padre, sino tu siervo y tu esclavo y tú serás mi señora. Domina, ordena y yo te obedeceré. Pero ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Sálvate mientras todavía puedes hacerlo! El tiempo ya se terminó.

Tu compañera ha dado a luz a su criatura. Yo lo sé y nada más falta la sentencia. Te será arrancado el hijo y no lo verás nunca más. Quizás mañana, quizás hoy mismo. ¡Piedad, hija! ¡Ten piedad de mí y de él, que no sabe hablar todavía! Pero ¿Lo ves cómo te mira y sonríe? ¡Cómo invoca tu amor! ¡Oh! Señora mía. Luz y reina de mi corazón. Luz y alegría de tu bebé, ¡Piedad! ¡Piedad!

Y se arrodilló y besó la orla de mi vestido. Y se abrazó a mis rodillas. Buscó mi mano y la besaba, bañándola con sus lágrimas.

Y yo tenía la otra sobre mi corazón, mientras oraba y me contenía ante el  más terrible ensañamiento humano. Esta tortura era más feroz que cualquiera imaginada por el verdugo más brutal y despiadado. Pero no me doblegué y le dije:

‘A  este inocente no es que yo lo ame menos, ahora que estoy vaciada de sangre para nutrirlo. Si la ferocidad pagana no se hubiera desatado contra nosotros los cristianos, yo sería para él una madre amantísima y él sería el motivo más precioso de mi vida. Pero más que la carne nacida de mí, es más Grande mi Dios. Y el amor que Él ha dado, ES INFINITAMENTE MÁS GRANDE. Posponer su amor, por el de una criatura… ¡¡¡No!!! ¡No! Tampoco serás el esclavo de tu hija. Yo para ti soy tu hija y en todo obediente, fuera de esto: de renunciar al Verdadero Dios por ti. Deja que el querer de los hombres se cumpla. Y sí me amas, sígueme en la Fe. Y encontrarás a la hija tuya para siempre, porque la verdadera Fe da el Paraíso. Mi Pastor Santo, ya me ha dado la bienvenida a su Reino.’

Y entonces tomé al niño que había dejado durmiendo sobre mi manto, saciado y contento. Después de besarlo suavemente para no despertarlo, lo consagré a Jesús. Era mi corderito sacrificado junto conmigo, por la salvación de sus almas.

Y mojando mi dedo con mis lágrimas, también lo bendije, trazando una cruz sobre su frente, sobre sus manitas, sobre su pecho y sus piecitos. Mi niño me sonrió como si sintiera mi ternura y la dulzura de mis caricias. Luego se lo di a mi padre.

Entonces él me suplicó llorando:

–           ¡No me hagas ser la vergüenza de los hombres! Piensa en tus hermanos,  piensa en tu madre y en tu tía materna. Piensa en tu hijito que no podrá sobrevivir sin ti. ¡Cambia tu decisión y no nos arruines a todos! ¡Ninguno de nosotros se atreverá a presentarse en público, si eres condenada!

Así hablaba mi padre, movido por su cariño. ¡Cuánta compasión me inspiraba mi pobre padre! ¡Pues él sería el único de mi familia, que no se alegraría con mi martirio! Traté de consolarlo diciendo:

–           Allá en el tribunal, sucederá lo que Dios quiera. Has de saber que nosotros no somos dueños de nosotros mismos, sino que pertenecemos a Dios.

Y él se retiró de mí desconsolado.

Otro día mientras estábamos almorzando, nos sacaron de repente para ser interrogados y llegamos al Fórum. Había un gentío inmenso, subimos al estrado. Mis compañeros fueron interrogados y confesaron su Fe. Por fin llegó mi turno. Bruscamente apareció mi padre con mi hijo en brazos y me arrastró fuera de la escalinata, suplicándome:

–           ¡Compadécete del pequeño!

El procurador Emilio que tenía el Ius Gladii o poder de vida y muerte, insistió:

–           Apiádate de las canas de tu padre y apiádate de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud del emperador.

Yo respondí:

–           No sacrifico.

–           ¿Eres cristiana?

–           Sí. Soy cristiana.

Mi padre se mantenía firme en su intento de conmoverme. Por eso Emilio dio orden de que lo arrojaran de ahí y hasta le pegaron con una vara.

Sentí los golpes a mi padre, como si me hubieran apaleado a mí ¡Cuánta compasión me daba su infortunada vejez!

Entonces Emilio pronunció sentencia contra nosotros, condenándonos a las fieras. Y volvimos a la cárcel muy contentos.

Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y a permanecer conmigo en la cárcel, enseguida envié al diácono Antonio a reclamarlo a mi padre. Pero mi padre no se lo quiso entregar. Entonces, gracias al Querer divino, ni mi niño extrañó los pechos, ni éstos me causaron ardor. De esta manera cesaron mis preocupaciones por la criatura y por el ardor de mis pechos.

A los pocos días, mientras estábamos en Oración, súbitamente se me escapó la voz y nombré a Vicente. Me quedé pasmada porque nunca me había venido a la mente, sino hasta ese momento.

Y sentí compasión al recordar cómo había muerto. También comprendí que yo era digna y que debía orar por él. Empecé a hacer mucha Oración por él y a gemir delante del Señor. Seguidamente aquella misma noche tuve esta visión:

Vi a Vicente salir de un lugar tenebroso, donde también había muchos otros. Venía sofocado por el calor y sediento. Con un vestido sucio y rostro pálido. Llevaba en la cara la herida que tenía cuando murió. Vicente era mi hermano carnal de siete años de edad. Murió de un cáncer tan terrible en la cara, que daba asco al mundo.

Yo hice Oración por él. Pero entre él y yo había una gran distancia, de tal manera que  era imposible acercarnos el uno al otro. Además en el mismo lugar en que estaba Vicente, había una piscina llena de agua, pero el borde estaba más alto que la estatura del niño. Vicente se estiraba como si quisiera beber. Yo me afligía al ver la piscina llena de agua, pero con el borde demasiado alto para que pudiera hacerlo y beber hasta saciarse. Entonces me desperté y comprendí que mi hermano estaba sufriendo, pero confiaba en que podría aliviar sus sufrimientos. Por esto, oraba por él todos los días. Hasta que fuimos trasladados a otra cárcel, porque debíamos combatir en los Juegos Militares, para celebrar el cumpleaños del César. Y continué orando por él, día y noche, con gemidos y lágrimas para alcanzar la gracia.

El día que estuvimos en el cepo, tuve una nueva visión:

Vi el lugar que había visto antes y a Vicente limpio de cuerpo, bien vestido y lleno de alegría. Donde antes tenía la llaga, vi solo una cicatriz. El borde de la piscina estaba más bajo y llegaba hasta el ombligo del niño. Sobre el borde había una copa de oro, llena de agua. Vicente se acercó, bebió, pero la copa no se agotaba nunca. Saciada su sed, se retiró del agua y se puso a jugar, gozoso, como lo suelen hacer los niños. En esto me desperté y comprendí que ya no sufría.

Pocos días después, James; encargado ayudante de la cárcel, empezó a tenernos gran consideración, por comprender que el Señor nos favorecía con su Gracia y permitió que mucha gente nos visitara, para confortarnos mutuamente. Mientras tanto se aproximaba el día del espectáculo. Mi padre, consumido de pena, vino a verme y empezó a arrancarse la barba, a arrojarse al suelo y a pegar su faz en el rostro. Maldecía sus años y decía tales palabras, que hubiera podido conmover a cualquiera. ¡Qué compasión sentía por su infortunada vejez!

El día anterior a nuestro combate, tuve otra visión:

El diácono Antonio venía a la puerta de la cárcel y llamaba con fuerza. Yo salí y abrí. Venía vestido con túnica blanca, sin cinturón y llevaba chinelas muy elaboradas con variados colores. Y me dijo:

–           Regina, te estamos esperando. Ven…

Me tomó de la mano y empezamos a caminar por lugares ásperos y tortuosos. Por fin llegamos jadeantes al Anfiteatro.

Y Antonio me llevó en medio de la arena y me dijo:

–           No tengas miedo. Yo estaré contigo y combatiré a tu lado.

Y se marchó.

Entonces vi a un gentío inmenso, pasmado. Yo sabía que había sido condenada a las fieras, por eso me sorprendía que no las soltaran contra mí. Entonces avanzó contra mí, un egipcio de aspecto repugnante, acompañado por sus ayudantes. Ansioso de luchar conmigo. Al mismo tiempo se me acercaron unos jóvenes hermosos, mis ayudantes y partidarios.

Me desnudaron y quedé convertida en varón. Mis ayudantes comenzaron a frotarme con aceite, como se acostumbra en los combates. Y frente a mí, vi al egipcio que se revolcaba en la arena.

Entonces sobrevino un hombre de extraordinaria grandeza. Tanta, que sobrepasaba la cumbre del Anfiteatro. Llevaba una túnica flotante con un manto de púrpura, abrochado por dos hebillas en medio del pecho y calzado con chinelas de oro y plata. Tenía una vara de lanista o entrenador de gladiadores y un ramo verde del  que colgaban manzanas de oro. Pidió silencio y dijo:

–           Si el egipcio vence a la mujer, la pasará a filo de espada. Pero si ella vence al egipcio, recibirá este ramo.

Y se alejó.

Nos acercamos el uno al otro y empezamos un combate de pugilato. Él trataba de sujetarme los pies y yo golpeaba su cara a puntapiés. Entonces fui levantada en el aire y yo comencé a castigarle sin pisar tierra. Cuando tuve un momento de respiro, junté las manos trenzando los dedos y aferré su cabeza. Cayó de bruces y yo le aplasté la cabeza. El pueblo me vitoreó y mis partidarios entonaron un canto. Yo me acerqué al lanista y recibí el ramo. Él me besó y me dijo:

–           Hija. La paz sea contigo.

Radiante de gloria, me dirigí a la Puerta de los Vivos.

Entonces me desperté y comprendí que yo debía de combatir,  no contra las fieras; sino contra el Diablo, pero estaba segura de la victoria.

Para este tiempo, Aiden el lugarteniente de la cárcel había abrazado la Fe. La víspera de los Juegos tuvimos la última cena, llamada también ‘Cena de la Libertad’. Pero la convertimos en ‘Ágape’ o ‘Cena de la Fraternidad’. Interpelaban a los curiosos con la acostumbrada intrepidez y los intimidaban con el Juicio de Dios. Proclamaban la dicha de su martirio y se reían de los majaderos. Lewis les decía:

–           ¿No les basta el día de mañana para contemplar a los que detestan? ¿Hoy amigos, mañana enemigos? Fíjense cuidadosamente en nuestros rostros para que nos puedan reconocer en el Día del Juicio.

Todos se retiraban de allí confundidos. Y muchos de ellos se convirtieron…

Regina escribió éstas últimas frases, antes de entregar su escrito a Aiden:

–           Hasta aquí relaté lo que nos sucedió la víspera del combate. Si alguien quiere escribir el combate mismo, ¡Que lo haga!…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA