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229.- RAZÓN DE LOS PORQUÉ


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Es lunes de Pascua, por la noche en el Cenáculo…

Ha sido un día extraordinario y cargado de emociones… La mayoría de los que vinieron se han retirado felices y exhaustos… Sólo están los diez apóstoles que han terminado de cenar… Sobre los platos quedan los restos de pescado y dan sorbos a las copas de vino, mientras hablan.

Sus palabras son breves, como si monologasen consigo mismos y mutuamente dejan que cada uno siga hablando, sin hacerle caso al otro. Están ansiosos y a la vez temerosos… Pero la conversación gira alrededor de Jesús.

Tadeo afirma:

–                       Longinos dijo que había pensado: ¿Debo pedirle que me cure o que crea? Su  corazón le respondió que pidiese ‘poder creer’ y eso pidió. Y la Voz de Él le dijo: “Ven a Mí”. Y experimentó la voluntad de creer y se sintió curado. Así me lo dijo.

Mateo, que está a su lado, pregunta:

–                       ¿A qué hora dijo Valeria y las romanas que lo habían visto?

Nadie responde.

Andrés:

–                       Mañana voy  a Cafarnaúm.

Silencio.

Bartolomé se felicita:

–                       ¡Qué maravilla! Coincidir exactamente en el momento en que llegó la litera de Claudia.

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Juan suspira:

–                       Pedro, hicimos mal en habernos venido inmediatamente… Si nos hubiéramos quedado, lo habríamos visto como Magdalena.

Santiago de Zebedeo:

–                       No comprendo cómo pudo estar en Emaús y en el palacio de Juana al mismo tiempo. Y cómo aquí, dónde está su Madre. Allá dónde estaba Magdalena… Y luego Valeria…

Pedro:

–                       No vendrá. No he llorado lo suficiente para merecerlo… Tiene razón. Pero, ¡Cómo! ¡Cómo pude haber hecho eso!

Zelote:

–                       ¡Qué transfigurado estaba Lázaro! Os aseguro que parecía un sol. Me imagino que le pasó lo mismo que a Moisés, después de que vio a Dios. ¿No es verdad vosotros, que os encontrabais allí?

Nadie lo escucha.

Santiago de Alfeo se vuelve a Juan y le pregunta:

–                       ¿Cómo dijo a los de Emaús? Me parece que nos excusó, ¿No es verdad? ¿No dijo que todo había sucedido porque nosotros los israelitas comprendemos mal la naturaleza de su Reino?

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Juan no responde.

Y volviéndose a mirar a Felipe,  habla al aire porque a Felipe no se dirige:

–                       A mí me basta saber que ha resucitado. Oraré porque mi amor sea cada vez más grande. Porque si pensáis bien; ha ido en proporción al amor que le tenemos. Primero a su Madre, a María Magdalena, luego los niños, a mi madre y la tuya; luego Lázaro, Martha… Los romanos… ¿Cuándo se apareció a Martha? Estoy seguro que cuando se puso a cantar el Salmo: “El Señor es mi pastor…”

¿Recuerdas cómo nos maravilló con su inesperado canto? ¡Qué bueno que ya encontró nuevamente su camino! Antes andaba como sin saber qué hacer… Pero, ¿Qué habrá querido decir con esponsalicios confirmados?

Felipe, que por un momento lo miró y luego dejó que hablara solo… Da un suspiro y piensa en voz alta…

Felipe monologa:

–                       No sabré qué decirle si viene… Huí… Y me parece que huiré. Antes lo hice por temor a los hombres, ahora será por temor a Él.

Bartolomé se pregunta:

–                       Dicen todos que es hermosísimo. Pero, ¿Puede ser más bello de lo que ya era?

Mateo:

–                        Yo le diré: ‘Me perdonaste sin decir palabra alguna, cuando yo era publicano. Perdóname también ahora con tu silencio; porque mi cobardía no merece que me hables.’

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Zelote suspira:

–                       Yo no puedo dejar de pensar en Lázaro que al punto se le premió, después de haber ofrecido su vida… También yo lo he dicho: ‘Mi vida por tu gloria’ Pero no ha venido…

Pedro:

–                       ¿Qué estás diciendo Simón? Tú que eres culto, dime. ¿Qué debo decirle para darle a entender que lo amo y que le pido perdón? Tú Juan. Tú has hablado mucho con su Madre. Ayúdame. ¡No está bien dejar solo al pobre de Pedro!

Juan se compadece de su atribulado compañero y responde:

–                       De mi parte le diría sencillamente: ‘Te Amo’ En el amor está incluido todo el arrepentimiento y también el deseo de ser perdonado. Pero… no sé. Simón, ¿Qué dices tú?

Zelote responde:

–                       Yo pronunciaría el grito que provocaba los milagros: “¡Jesús, ten piedad de mí!” Y basta.

Pedro se angustia:

–                       En esto pienso y es lo que me hace temblar. ¡Oh! Me siento aniquilado por la vergüenza y el arrepentimiento… Aún ésta mañana tenía miedo de verlo. No me atrevo a enfrentarlo y…

Juan le da ánimos:

–                       Y fuiste el primero en entrar. No tengas miedo. Parece que no lo conocieras.

De pronto, la habitación se ilumina como si un relámpago hubiese penetrado en ella.  Los apóstoles se tapan las caras temiendo un rayo. Pero al no oír el estruendo. Levantan la cabeza.

Jesús está en medio de la habitación, junto a la mesa.

Abre los brazos diciendo:

–                       La paz sea con vosotros.

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Nadie responde.

Todos lo miran asombrados. Quién con la palidez o con la vergüenza, con miedo y con reverencia. Se sienten atraídos y al mismo tiempo deseosos de huir.

Jesús, con una gran sonrisa, da un paso adelante.

Y dice:

–                       No tengáis miedo. Soy Yo. ¿Por qué estáis acobardados? ¿No teníais deseos de verme? ¿No os había dicho que regresaría? ¿No os lo dije hasta la tarde de la Pascua?

Nadie se atreve a hablar. Pedro ha empezado a llorar. Juan sonríe. Los dos primos lo miran con los ojos brillantes y con un intento de decir algo que se queda solo en sus labios. Parecen dos estatuas representando el deseo.

Jesús dice:

–                       ¿Por qué dentro de vuestros corazones, traban lucha la duda y la Fe? ¿El amor y el temor? ¿Por qué queréis seguir siendo carne y no espíritu? Soy Jesús. Vuestro Jesús Resucitado.  –Levanta sus manos mostrando las llagas por ambos lados. Y agrega-  ¡Mirad! Tú que viste mis heridas y vosotros que no las visteis. Porque sabed que esto es muy diferente de lo que Juan vio.

Tú primero. Ven, estás completamente limpio. Tanto que puedes tocarme sin temor. El amor, la obediencia, la fidelidad, te han purificado del todo. Mi Sangre, con la que bañaste cuando me bajaste del patíbulo, completó todo.

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Mira. Son mis propias manos, mis propias heridas. Contempla mis pies. ¿Ves cómo ésta es la señal del clavo?

Sí. Soy Yo. No soy un fantasma. Tocadme. Los espectros no tienen cuerpo. Yo tengo un cuerpo verdadero.  –Pone su mano sobre la cabeza de Juan que se le ha acercado- ¿Sientes? Tiene calor y es pesada. –Le sopla a la cara- Y esto es aliento.

Juan murmura:

–                       ¡Oh, Señor mío!

Jesús dice:

–                       Sí. Vuestro Señor. Juan no llores de miedo, ni de deseo. Ven a Mí. Soy quien siempre te ama. Sentémonos, como siempre, a la mesa. ¿Tenéis algo que comer? Dádmelo entonces.

Andrés y Mateo, caminando como sonámbulos: toman de la alacena pan y pescado asado. Y un tarro con miel apenas abierto, que está a un lado.

Jesús ofrece el alimento y come. Da a cada uno, un pedazo de lo que come. Los mira. Es Bueno; pero tan inmensamente Majestuoso, que están paralizados.

Santiago de Zebedeo es el primero que se atreve a hablar:

–                       ¿Por qué nos miras así?

Jesús contesta:

–                       Porque quiero conoceros.

–                       ¿Todavía no nos conoces?

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–                       Igual que vosotros que no me conocéis. Si me conocierais, sabríais Quién Soy, cuánto os amo y encontraríais palabras para hablarme de vuestro tormento. Estáis callados, como lo estaríais enfrente de un desconocido, cuyo Poder imagináis y por eso teméis. Hace unos momentos hablabais… He venido y ahora os calláis. ¿Estoy tan cambiado que no me parezco? ¿O estáis tan cambiados que ya no me amáis?

Juan, que está cerca de Jesús, reclina su cabeza sobre su pecho, como solía hacerlo antes. Y con voz queda dice: ‘Te amo, Dios mío.’ Pero se estremece por haberse atrevido a recargar su cabeza sobre el resplandor que mana de Jesús, pese a que la carne de su Cuerpo, es semejante a la nuestra.

Jesús lo atrae sobre su corazón y entonces Juan se entrega libremente a un llanto de felicidad.

Esta es la señal para que todos se acerquen.

Pedro se desliza entre la mesa y el asiento y llorando, de rodillas le suplica:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! Sácame de este infierno en el que desde hace tantas horas me debato. Dime que comprendiste que mi error no fue error de mi corazón, sino de mi debilidad humana que se impuso sobre él. Dime que has visto mi arrepentimiento… Que hasta la muerte me durará…

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Jesús le dice:

–                       Ven aquí, Simón de Jonás.

–                       Tengo miedo.

–                       Ven aquí. No quieras ser ahora cobarde.

–                       No merezco acercarme a Ti.

–                       Ven aquí. ¿Qué te dijo mi Madre? “Si no lo miras en este Sudario, no tendrás el valor de mirarlo otra vez.” ¡Eres un necio! ¿Con mi rostro, con mi dolorosa mirada, no te decía que te comprendía y que te perdonaba? Regalé ese lienzo para consuelo, para guía, para absolución y bendición…

¿Qué cosa os ha hecho Satanás, para cegaros en tal forma? Ahora Yo te digo: Si no me miras ahora, que sobre Mí he puesto un velo para ponerme al alcance de vuestra debilidad; jamás podrás venir a Mí, tu Señor, sin temor. ¿Y entonces qué cosa te volverá a traer? Pecaste por presunción, ¿Quieres pecar ahora por obstinación? Ven. Te lo mando.

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Pedro se arrastra sobre sus rodillas, con las manos cubriendo su cara llena de lágrimas. Cuando llega a los pies de Jesús, Él lo detiene poniéndole una mano sobre su cabeza.

Pedro, con lágrimas más abundantes, toma esa mano y se la besa…

Mientras dice sollozando:

–                       ¡Perdón! ¡Perdón! ¡Oh, Dios mío, perdón!

Jesús quita su mano y con ella levanta la cara del apóstol. Lo mira en esos ojos enrojecidos, quemados, destrozados por el arrepentimiento. La mirada de Jesús parece querer llegar hasta el fondo de su alma.

Luego dice:

–                       Vamos. Quítame el oprobio de Judas. Bésame dónde él me besó. Quítame con tu beso, la huella de su Traición.

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Pedro levanta su cabeza al mismo tiempo que Jesús se inclina y le besa en la mejilla… después se reclina sobre las rodillas de Jesús y se queda en esta posición. Como un anciano que se comporta cual niño que sabe que ha hecho mal, pero que sabe que ha sido perdonado.

Los demás, al ver la Bondad de Jesús, encuentran fuerzas para acercarse. Los primeros son sus primos. Quisieran decir tantas cosas… Pero no logran decir ni una palabra.

Jesús los acaricia y los anima con su sonrisa.

Luego se acercan Andrés y Mateo.

Mateo dice:

–                       Como en Cafarnaúm…

Y Andrés:

–                       Yo… yo… te amo.

Bartolomé entre lágrimas:

–                       No fui un docto, sino un necio. Éste sí que lo fue.  –y señala a Zelote a quién Jesús sonríe.

Santiago de Zebedeo dice a su hermano, Juan:

–                       Díselo tú…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Hace cuatro noches que lo dices y siempre he tenido compasión de ti.

Felipe muy inclinado, es el último en acercarse; pero Jesús le obliga a levantar la cabeza…

Y le dice:

–                       Para predicar al Mesías, se necesita mucho valor.

Ahora todos están alrededor de Jesús. Poco a poco ganan confianza. Vuelve la tranquilidad.

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La Majestad de Jesús es tan grande, que les impone un sumo respeto.

Pero poco a poco, ellos atraviesan el límite que les imponía y empiezan a hablar.

Su primo Santiago se lamenta:

–                       ¿Por qué nos has hecho esto, Señor? Sabías que somos nada y que todo viene de Dios. ¿Por qué no nos diste las fuerzas para estar a tu lado?

Jesús lo mira y sonríe.

Zelote:

–                       Ahora todo se ha cumplido y nada tienes que padecer. Tus sufrimientos los imaginaba y esto acabó con mis fuerzas. Sentía que me ahogaba, pero te obedecí…

Jesús lo mira y sonríe.

Andrés:

–                       Señor. sabes lo que mi corazón anhelaba. Pero después me faltó todo. Como si me lo hubiesen arrebatado, los verdugos que te aprehendieron. Y solo me quedó un agujero en la mente… ¿Por qué has permitido esto, Señor?

Felipe:

–                       Tú hablas del corazón… Yo me sentí como si hubiese perdido la razón, después que me dieran un mazazo en la nuca. De pronto en la noche me encontré en Jericó. ¡Oh, Dios, Dios! Me imagino que así será la posesión. ¡No supe ni cómo había llegado allá!

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Bartolomé:

–                       Felipe tiene razón. Yo miraba hacia atrás. Estaba tan aturdido, que no sabía nada de nada. Miraba a Lázaro cruelmente atormentado, pero muy seguro. Y me decía: ‘¿Por qué él puede estar así y yo no?’

Santiago de Zebedeo:

–                       También yo miraba a Lázaro y decía: ‘Si por lo menos mi corazón fuera así.’ Porque yo solo experimentaba dolor, dolor y más dolor. Lázaro sufría, pero tenía paz.

Jesús los mira a cada uno de los tres y sonríe. Pero no dice nada.

Tadeo:

–                       Traté de ver lo que Lázaro veía. Pero no pude. Por eso me mantenía cerca de él. ¡Su cara parecía un espejo! Un poco antes del terremoto del viernes, la tenía como si estuviera aplastado. Y luego de pronto, cobró un aire de majestad en su dolor.

¿Recordáis cuando dijo: ‘El deber cumplido, produce Paz’? Todos pensamos que era un reproche dirigido contra nosotros. Ahora pienso que lo dijo por Ti. Lázaro fue un faro en nuestras tinieblas. ¡Cuánto le has dado, Señor!

Jesús sonríe y calla.

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Andrés confirma:

–                       Sí. La vida. Tal vez con ella le diste un alma diferente. Porque pensándolo bien, ¿En qué se diferencia de nosotros? Y sin embargo no es solo un hombre. Es algo superior. Por lo que fue en el pasado, debía ser menos perfecto en su espíritu. Pero ha logrado serlo. Y nosotros… Señor… mi amor ha sido como una espiga vacía. Sólo produce paja.

Mateo:

–                       No puedo pedir nada, porque ha sido mucho lo que he obtenido con mi conversión. Pero, ¡Sí! Yo hubiera querido lo que tuvo Lázaro. Un corazón entregado a Ti. También yo pienso como Andrés…

Juan:

–                       También Magdalena y Martha fueron como faros. Vosotros no las visteis. Una era piedad y silencio. ¡La otra! ¡Oh! Si estuvimos juntos como un manojo de paja, alrededor de la Virgen, es porque Magdalena lo hizo con el fuego de su amor intrépido. Sí. El amor. Nos han superado en amar… Por esto fueron lo que fueron.

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Jesús continúa sonriendo y sin decir una palabra.

Los apóstoles dicen al mismo tiempo:

–                       Pero han sido grandemente recompensados…

–                       Tú dejaste que te vieran.

–                       Los visitaste primero.

–                       A los pastores y a los discípulos…

–                       A María después de tu Madre…

–                       A Juana, a las romanas y a los militares romanos.

Es indudable que en sus palabras se trasluce el tono de un cierto reproche, por estas personas privilegiadas.

Que se hace más evidente en los que hablan luego, conforme se van atreviendo a más…

Felipe:

–                       Magdalena sabe desde hace muchas horas que has resucitado. Ha transcurrido todo el Domingo…  Y nosotros sólo ahora podemos verte…

Tadeo:

–                       No más dudas en ellos. Pero en nosotros, ¡Cuántas!… Mira. Sólo ahora comprendemos que nada ha terminado. Si todavía nos amas y no nos rechazas… ¿Por qué entonces, solo a ellos; Señor?

Pedro:

–                        Sí. ¿Por qué a las mujeres y sobre todo, a María Magdalena? Le tocaste la frente. Ella asegura que le parece llevar una guirnalda eterna. Y a nosotros tus apóstoles, nada…

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La sonrisa desaparece del rostro de Jesús.

Mira seriamente a Pedro y dice:

–                        Tenía Yo Doce discípulos. Los amaba con todo mi corazón. Los había elegido. Y como una madre cuidé de que crecieran durante mi vida. No tenía secretos para ellos. Todo les decía, les explicaba, les perdonaba. Tenía discípulos…  Había ricos y pobres. Tenía mujeres discípulas de un pasado turbio y de frágil constitución. Pero mis predilectos eran los apóstoles.

Llegó mi Hora…

16tristeza mortal

Uno me Traicionó y me entregó a los verdugos. Tres se echaron a dormir, mientras Yo sudaba sangre…

1JESUS EL ANGEL Y SUS DICIPULOS DURMIENDO

Todos menos dos, huyeron cual cobardes. Uno me negó por temor, no obstante el ejemplo del otro, joven y fiel…  Y como si no fuera suficiente, entre los Doce he tenido un suicida desesperado y otro que ha dudado de tal forma de mi Perdón, que no quiso creer en la Misericordia de Dios, pese a las palabras de mi Madre.

Si tuviera que ver a mis seguidores con ojos humanos, tendría que asegurar: ‘Fuera de Juan, fiel en el amor y de Simón, fiel en la obediencia, ya no tengo apóstoles.’ Esto debería haber dicho cuándo padecía en el recinto del Templo, en el Pretorio, por las calles de Jerusalén, en la Cruz.

18-Jesus being nailed to the cross - by William Hole

     Había mujeres… Una, la más pecadora en el pasado, fue la llama que soldó las fibras deshechas de los corazones. Esa mujer es María de Mágdala.

Tú me negaste y huiste. Ella desafió la muerte para estar cerca de Mí. Al sentirse insultada se levantó el velo, para recibir los escupitajos  y burlas, pensando que así se asemejaba más a su Rey Crucificado.

19magdalena

En el fondo de los corazones era objeto de burla porque creía en mi resurrección y pese a ello siguió creyendo. Destrozada ha vuelto a reaccionar…  Y por la mañana pese a su Dolor dijo: ‘De todo me despojo, pero dadme a mi Maestro.’ Puedes repetir tu pregunta: ¿Por qué a ella?

20RESURRECCION

Tuve discípulos pobres, que eran los pastores. Pocas veces tuve la oportunidad de estar cerca de ellos y sin embargo no dudaron en proclamar su fidelidad.

21pastores

Tuve discípulas tímidas, como lo son todas las mujeres hebreas. Y con todo, no vacilaron en abandonar sus casas y avanzar en medio de la marea del odio de un pueblo que me blasfemaba, con tal de darme esa ayuda que mis apóstoles me negaron…

Tenía el rostro cubierto de escupitajos y de sangre. Lágrimas y sudor corrían por mis heridas. Suciedad y polvo lo cubrían. ¿Cuál fue la mano que lo limpió?

22compasion

Ninguna de las vuestras. Éste estaba junto a mi madre. Éste juntaba a las ovejas dispersas. ¿Cómo podían ayudarme?

Tú escondiste tu cara por miedo al desprecio del mundo, mientras tu Maestro se cubría con él. A esa delicada mano de mujer, le di el regalo de mi sonrisa.

24veronica

Tuve paganas que admiraban al ‘filósofo.’ Porque eso era para ellas. Y cuando todo un mundo de ingratos me había abandonado… Ellas, las poderosas romanas; no tuvieron empacho en aceptar las costumbres hebreas, para decirme: ‘Somos tus amigas’

23An_Audience

Me moría de sed. La fiebre y el dolor se habían apoderado de Mí. Ya había manado Sangre de Mí, en el Getsemaní por el Dolor de ser Traicionado, abandonado, negado, azotado, sumergido por las culpas infinitas y por el Rigor de Dios. También corría sangre en el Pretorio…

¿Quién quiso dar una gota de agua a mi garganta que ardía de sed? ¿Una mano de Israel? No. Un pagano compasivo. La misma mano que por decreto eterno, me abrió el pecho para mostrar que el corazón tenía ya una herida mortal.

Y era que la falta de amor, la cobardía, la Traición; ya la habían abierto. Fue un pagano. Os lo recuerdo: “Tuve sed y me dio de beber” En todo Israel no hubo Uno, que me hubiese dado un solo consuelo.

25rostro de cristo

O porque no podían, como mi Madre, las mujeres fieles y los pastores. O por mala voluntad.

Y un pagano tuvo para el Desconocido, un gesto de compasión que mi pueblo no me dio. En el Cielo encontrará el sorbo de agua que me dio…

En verdad os digo que sí rechacé todo consuelo, porque cuando se es víctima no conviene templar la suerte. No quise rechazar lo que me ofrecía el pagano; porque en ello probé la miel de todo el amor que los gentiles me brindarán, en recompensa de toda la amargura que me hizo beber Israel.

No me quitó la sed. Pero sí el desconsuelo. Acepté ese sorbo, para atraer hacia Mí, al que ya se inclinaba hacia el Bien. ¡Que el Padre lo bendiga por su compasión!

26longinos

¿No habláis más? ¿Ya no me preguntáis porqué he procedido como lo hice? No os atrevéis ¿Verdad? Os lo diré. Os diré los porqués de esta Hora.

¿Quiénes sois? Mis continuadores. Los sois pese a vuestro extravío. ¿Qué debéis hacer? Convertir al Mundo al Mesías. ¡Convertirlo! Es la cosa más delicada y difícil, amigos míos. Los desprecios, las burlas, el orgullo, el celo exagerado, son cosas que se opondrán al éxito.

Pero como nada, ni nadie os hubiese convencido para que usaseis bondad, condescendencia y caridad;  para con los que están en las Tinieblas. Fue necesario, ¿Comprendéis?…

27Getsemani-oracion-del-huerto-traicion-de-Judas1

Que después de que se hubiera aplastado vuestro orgullo de hebreos, de varones, de apóstoles.  Tuvieseis la Humildad, para comprender la verdadera sabiduría y la grandeza de vuestro ministerio… Y creciese en vosotros la mansedumbre, la paciencia, compasión y el amor sin límites.

¿Veis que aquellos que mirabais con desprecio o con orgullosa compasión, os han superado en la Fe y en el Obrar? Todos. La pecadora de otros tiempos… Lázaro, aficionado a la cultura profana, fue el primero que perdonó y guió. Las mujeres paganas, desafiaron un pueblo enloquecido por el Odio…

28romanas

La débil mujer de Cusa. ¿Débil? En verdad que a todos os supera. Es la primera mártir de mi Fe…  Los soldados de Roma. Los pastores. El herodiano Mannaém y hasta Gamaliel el rabino…  No te estremezcas Juan. ¿Crees que mi espíritu estaba en las Tinieblas?

Y esto os ha sucedido, para que el día de mañana al recordar vuestro error, no cerréis vuestro corazón a quien se acerca a la Cruz. Y sin embargo Yo sé que no lo haréis hasta que la Fuerza del Señor, no os haya revestido con su Fuego.

29Crucifixion-Christ-Cross-Mormon

Pedro. En lugar de estar llorando, tú que debes ser la Piedra de mi Iglesia, grábate ésta verdad en el corazón: La mirra se emplea para preservar de la corrupción, llénate de su amargura. Y cuando quieras cerrar tu corazón y la Iglesia a uno de otra fe, recuerda que no fue Israel…  No Israel, sino Roma; quién me defendió y tuvo piedad…

Acuérdate que no fuiste tú, sino una pecadora, la que tuvo la osadía de estar a los pies de la Cruz y por eso mereció ser la primera en verme.

30magdalena

Y para que no te hagas digno de una reprensión, Imita a tu Dios. Abre tu corazón y la Iglesia diciendo: “Yo el pobre Pedro no puedo despreciar, porque si lo hiciere; Dios me despreciará y mi error tornará cual es, ante sus ojos” ¡Ay de ti si no te hubiera reducido a este estado! Serías un Lobo y no un Pastor. 

Jesús, revestido con toda su imponente majestad se pone de pie…

Hijos míos, os hablaré más veces, mientras esté con vosotros. Entre tanto os absuelvo y os perdono. Después de la Prueba que si  fue cruel y avasalladora… También fue necesaria y saludable.

31Carl_Heinrich_Bloch_-_Consolator

Descienda sobre vosotros la paz del Perdón. Y con ella en el corazón volved a ser mis amigos fieles y fuertes. Mi Padre me envió al Mundo. Yo os mando a él, para que continuéis mi Evangelización.

Miserias de toda clase vendrán a vosotros en demanda de consuelo. Sed buenos, pensando en la miseria vuestra, cuando os quedasteis sin Mí… Llevad con vosotros la   Luz. En las Tinieblas no se puede ver. Sed limpios, para que otros lo sean. Sed amor para amar.

32Josephsaltar_Altarblatt_Pfingstwunder

Luego vendrá El que es Luz, Purificación, Amor. Para prepararos a este Ministerio os comunico el Espíritu Santo. A quienes les perdonareis sus pecados, les serán perdonados. A quienes no, no se les perdonarán. Vuestra experiencia os haga  justos para juzgar.

El Espíritu Santo os haga santos para santificar. Vuestra voluntad sincera de reparar vuestra falta, os haga heroicos para la vida que os aguarda. Lo que todavía no os digo, os lo diré cuándo el que está ausente, haya venido. Rogad por él. Quedaos con mi paz y sin angustia alguna de que no os ame.

Jesús desaparece igual que como entró, dejando entre Pedro y Juan el lugar vacío. Desaparece en medio de un resplandor que hace que los apóstoles cierren sus ojos. Cuando los abren, encuentran que solo la Paz de Jesús ha quedado como una flama que quema y que sana. Que consume las amarguras del pasado en un solo deseo: el  de servir.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

128.- FLOR DE HARINA


Pedro dice:

–                       Maestro, debemos llegar al poblado lo más pronto posible.

Los apóstoles preguntan:

–                       ¿Por qué? Todavía falta tiempo para el crepúsculo.

Pedro declara:

–                       No estoy pensando ni en el crepúsculo, ni en el sábado. Pienso en que no pasará ni una hora, antes de que azote una furiosa tempestad. ¿Veis aquellas nubes negras? Y… ¿Estas blancas de acá?… Un viento alto empuja a éstas. Uno inferior a aquellas que están preñadas de granizo… Cuando choquen con las blancas cargadas de rayos, sentiréis la música que tocarán. ¡Ea, pronto!  Soy pescador y leo en los cielos…

Jesús es el primero en obedecer y corren hacia las casas de la llanura…

En el puente encuentran a Judas que grita:

–                       ¡Maestro mío! ¡Cuánto he sufrido sin Ti! ¡Bendito sea Dios que premió mi constancia en esperarte aquí! ¿Qué tal te fue en Cesárea?

–                       La paz sea contigo, Judas.  –responde lacónicamente Jesús.- Hablaremos después. Vente que la tempestad se nos echa encima…

Y después del chaparrón que duró casi toda la noche, al día siguiente la atmósfera está diáfana y la tierra empapada.

Las últimas gotas de agua que quedaron prendidas entre el follaje o suspendidas en los zarcillos que brillan como diamantes puestos al sol. Las frutas lavadas lucen sus colores esplendorosos.

Pedro dice pisando fuerte:

–                       ¡Qué bien se camina hoy!

Tadeo agrega:

–                       ¡Mira qué hermoso está el Cielo!

Zelote añade:

–                       ¡Y esas manzanas! ¡Mira ese racimo que no entiendo cómo no se cae! ¡Parecen cubiertas de cera!

Y alegres caminan contemplando la belleza de la cosas. Hasta que Tadeo al que sigue Tomás y luego los demás; entona un Salmo en el que se celebran las glorias de la Creación.

Jesús sonríe al oírlos cantar contentos. Y une su hermosa voz de tenor al coro. Pero Iscariote, mientras los demás siguen cantando, se le acerca…

Judas dice:

–                       Maestro, mientras van distraídos y ocupados con su canto, dime ¿Qué hiciste en Cesárea? Todavía no me lo has contado… Y es la primera oportunidad que tenemos de hablar juntos. No pude preguntarte antes…

Jesús contesta:

–                       ¿Te interesa mucho?… En Cesárea hice lo que hago siempre: hablar del Reino de Dios y de la Ley…

–                       ¿A quién?

–                       A los ciudadanos. En los mercados…

–                       ¿A los romanos no? ¿Es verdad que no los viste?

–                       Pero, ¿Cómo es posible estar en Cesárea, sede del Procónsul y no ver romanos?

A Judas le es imposible disimular su ansiedad y pregunta:

–                       Lo sé… Quiero decir, ¿Les hablaste a ellos?

–                       Repito: ¿Te interesa mucho?

–                       No, Maestro. Es una simple curiosidad.

–                       Pues bien. Hablé a las romanas.

–                       También a Claudia, ¿Qué te dijo?

–                       Nada, porque no fue. Pero me hizo entender que no desea que se sepa que tiene contacto con nosotros…  

Jesús recalca mucho lo que ha dicho…

Y observa la cara de Judas que por más desvergonzado que sea, cambia de color. Primero se pone rojo y luego cenizo.

Pero se recupera pronto:

–                       ¿No quiere? ¿No piensa más en Ti? ¡Es una loca!

Jesús rebate:

–                       No. No es una loca. Es una mujer equilibrada. Sabe distinguir y reconocer su deber de romana y su deber para consigo misma. Y si a sí misma, a su corazón, procura luz y tranquilidad viniendo a la Luz y a la Pureza; pues es una criatura que instintivamente busca la Verdad y no se conforma con la mentira del paganismo. No quiere por otra parte, causar daño a su patria con ideas nocivas que podrían serlo, si se cree que ella está a favor de un posible competidor de Roma…

–                       ¡Oh! ¡Pero Tú eres rey del espíritu!…

–                       Pero hay entre vosotros quién sabiéndolo, no quiere aceptarlo. ¿Puedes negarlo?

Judas se pone rojo y luego pálido. No puede mentir.

–                       No pero el demasiado amor que…

Jesús puntualiza:

–                       Con mayor razón quién no me conoce. Esto es Roma; puede tener miedo de Mí, como de un competidor. Claudia obra rectamente para con Dios y para con su patria. Yo admiro los espíritus fieles y justos que no son tercos. Querría que mis apóstoles mereciesen la alabanza que tributo a la pagana.

Judas no sabe qué decir. Está por separarse del Maestro, pero la curiosidad lo aguijonea un poco más. Más que curiosidad, el deseo de saber hasta qué punto sabe el Maestro…

–                       ¿Me buscaron?

–                       Ni a ti, ni a ningún apóstol.

–                       ¿Entonces de qué hablaron?

–                       De la vida. De su poeta Virgilio.

–                       Pero, ¿Por qué hablasteis de eso? ¿Qué tenía que ver? Charlas inútiles…

–                       No. Me sirvió para hacerles ver que el hombre casto, tiene una inteligencia luminosa y un corazón honesto. Cosa interesante no solo para ellas…

–                       Tienes razón. No te quito más el tiempo, Maestro.  –y parte a la carrera para alcanzar a los demás…

Jesús camina despacio y se une a ellos. Al divisar un lugar en que hay cuatro caminos, Jesús se detiene y dice:

–                       Separémonos. Vengan conmigo Tomás, Simón y mis hermanos. Los otros vayan al lago y allá espérenme.

Judas dice:

–                       Gracias, maestro. No me atrevía a pedírtelo. Te me has adelantado. Estoy muy cansado y me quedaré en Tiberíades, si Tú me lo permites…

Santiago de Zebedeo añade:

–                       En casa de un amigo…

Judas abre tamaños ojos, pero no protesta nada.

Jesús contesta:

–                       Me basta con que el sábado estés en Cafarnaúm, con tus compañeros. Venid para que os de el beso de despedida a vosotros que no venís conmigo…

Los besa cariñosamente, dando a cada uno un consejo en voz baja…

Jesús los bendice y todos se despiden, tomando cada quién su camino…

Tres días después…

En Nazareth, han llegado a la casa de María. Cuando se abre la puerta y se deja ver el dulce rostro de la Virgen…

Jesús abre sus brazos para estrecharla y exclama:

–                       ¡Mamá!

María contesta dichosísima:

–                       ¡Hijo mío, Bendito! ¡Entra! ¡Y la paz y el amor esté contigo!

–                       ¡Y también con mi Mamá y con la casa y con quién en ella esté!   -dice Jesús entrando con sus cuatro apóstoles.

María de Alfeo y Mirta con Noemí, están haciendo el pan y lavando la ropa.

–                       Allí está vuestra madre.  –dice María a Judas Tadeo y a Santiago, señalándoles a María de Alfeo; después de haber saludado a los apóstoles, que se retiran discretamente, para dejar solos a la Madre y al Hijo.

–                       Heme aquí de nuevo Mamá. Estaremos juntos por un poco de tiempo… ¡Qué dulce es regresar a la casa y sobre todo a dónde estás, después de haber estado entre los hombres!…

–                       Que siempre te conocen más y por haberte conocido, se dividen en dos ramas: la de los que te aman. Y la de los que te odian. Y la rama más gruesa es esta última…

–                       El Mal presiente que va a ser derrotado y está furioso… Y vuelve a otros furiosos. ¿Cómo está la niña?

–                       Un poco mejor. Estuvo a punto de morir. Pero las palabras que repetía en medio de su delirio corresponden en cierta forma, a las que dice ahora que ya no está. Estaríamos mintiendo si asegurásemos que no hemos reconstruido su historia… ¡Infeliz!

–                       Es cierto. Pero la Providencia veló por ella.

–                       ¿Y ahora?

–                       Ahora… Áurea no me pertenece. Su alma es mía… Su cuerpo es de Valeria. Por ahora permanecerá aquí, mientras olvida.

–                       Mirta la quiere.

–                       Lo sé… Pero no tengo el permiso de la romana, para obrar con todo derecho sobre ella. Cuando ella la busque…

–                       Iré en tu lugar, Hijo mío. No está bien que vayas Tú… Deja que lo haga tu Mamá. A nosotras las mujeres; seres de ningún valor en Israel, no se nos observa tanto si hablamos con los gentiles.

Tu Mamá es desconocida para el mundo. Nadie se fijará en la campesina hebrea que envuelta en su manto, va por las calles de Tiberíades y llama a la puerta de una dama romana…

–                       Podrías ir a la casa de Juana y hablar allí con la dama.

–                       Así lo haré Hijo mío y que tu corazón descanse. Estás muy afligido, Jesús mío. Lo comprendo. ¡Y cuánto quisiera hacer por Ti!…

–                       ¡Oh, que si lo haces Mamá! Gracias por todo lo que haces.

–                       ¡Oh! Es muy poco lo que te ayudo, Hijo mío, porque no logro alcanzar que te amen. No logro darte alegría… Cuando se te permite gozar de ella un poco. ¿Yo que soy? Una pobrecita discípula…

–                       ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No digas eso! Mis fuerzas nacen de tus oraciones. Mi corazón descansa pensando en ti. Y ahora encuentra consuelo al apoyar mi cabeza sobre tu corazón… ¡Oh, Mamita hermosa!

Jesús está sentado sobre la banca de la pared y atrae a Sí a su Madre. Que le acaricia los cabellos con suavidad…

Después de un momento de filial intimidad, sale con su Madre al huerto. Saluda a las discípulas en el dintel de la habitación donde está Áurea y…

Jesús pregunta:

–                       ¿Está durmiendo la niña?

María de Alfeo contesta:

–                       Sí. La fiebre la consume y la debilita. Si sigue así, morirá. Su cuerpo no puede resistir y su memoria se ve turbada con los recuerdos.

Mirta afirma:

–                       Sí. Y no reacciona. Porque dice que quiere morir, para ya no ver más romanos…

Noemí dice:

–                       Es un dolor para nosotros que ya la amamos…

Jesús dice:

–                       No temáis.

Y dirigiéndose a la habitación,  levanta la cortina. Mira a la niña que delira por la fiebre, en su lecho de enferma.

Con voz llena de piedad, dice:

–            ¡Áurea! ¡Ven! ¡Aquí está tu Salvador!

Áurea se sienta sobre el lecho, lo ve y con un grito baja hacia la puerta, se postra a sus pies diciendo:

–                       ¡Señor! ¡Ahora sí que me has librado!

–                       ¡Está curada! ¿Lo veis? No podía morir, porque antes tenía que conocer la Verdad.  –y a ella le dice- levántate y vive tranquila.

Le pone la mano sobre la cabeza. Áurea está sana y parece un ángel, con sus ojos brillantes y la alegría que irradia…

Jesús dice:

–            ¡Hasta pronto! Os dejamos en vuestros quehaceres…

Y Jesús se retira al taller, seguido por sus cuatro apóstoles.

Más tarde… el brasero del taller está prendido y el olor a cola que hierve en un recipiente se mezcla con la del aserrín y el de las virutas que caen sobre el suelo.

Jesús trabaja con ahínco, sirviéndose de la sierra y del cepillo, para confeccionar patas de silla, cajones y reparar la artesa, uno de los telares de María, dos taburetes, la escalera del huerto, un pequeño baúl y la puerta del horno, que parece que la royeron en su base los ratones. Jesús trabaja en reparar lo que el tiempo y el uso han acabado.

Tomás por su parte, con su equipo de pequeños instrumentos de orfebre. En una mesa, trabaja hábilmente en unas láminas de plata.

El golpe de su martillito sobre el punzón, saca sonidos argentinos y complementa el ruido que hace Jesús al trabajar la madera. Cuando no habla, se pone a chiflar quedito, levanta sus ojos y piensa. Se queda absorto mirando las paredes ahumadas del taller de carpintería.

Jesús lo nota y dice:

–                       ¿Estás sacando inspiración de esa pared negra, Tomás? El largo trabajo de un justo la dejó así. Pero no entiendo que inspiración pueda tener para un orfebre…

Tomás contesta:

–                       El orfebre es un poeta que trasmite al metal, las bellezas de la naturaleza. Pero nuestra obra artística y bella, no se compara con la tuya, humilde y santa. Porque la nuestra sirva para la vanidad de los ricos; mientras que la tuya sirve para la santidad del hogar y utilidad de los pobres.

–                       Dices bien, Tomás.  –dice Zelote, asomándose al dintel de la puerta que da al huerto y trae un bote con pintura en la mano.

Jesús y Tomás lo miran sonrientes.

–                       ¡Claro que digo bien! Pero quiero que por lo menos una vez, el trabajo de un orfebre sirva para adornar algo muy santo…

–                       ¿Cuál? ¿Qué?

–                       Es un secreto… Tanto he amado esta idea, que desde que estuvimos en Roma. Siempre traigo conmigo un pequeño equipo de orfebre, en espera del momento preciso… ¿Y tú trabajo Simón?

–                       ¡Oh! Yo no soy un buen artífice como tú. Es la primera vez que tomo la brocha en la mano y las brochadas no están parejas, aunque pongo toda mi buena voluntad. He dado la primera mano y te aseguro que mi impericia tiene muerta de risa a Áurea… Me siento feliz de que vuelve a nacer a la vida y es lo que se necesita para borrar el pasado. Y que se convierta en un nuevo ser para Ti, Maestro…

Tomás advierte:

–                       Pero tal vez Valeria no quiera cederla.

Zelote exclama:

–                       ¡Qué le importa a ella tenerla o no tenerla! Si la tuviese sería solo para dejarla perdida en el mundo. Y lo mejor es que la niña se salve. Sobre todo en su alma. ¿No es verdad, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Así es. Hay que rogar mucho para lograrlo. La criatura es sencilla y buena. Si se le educa en la verdad podría llegar a servir mucho. Instintivamente se dirige a la Luz.

Tomás dice:

–                       Como no tiene consuelos en la tierra, busca los el Cielo. ¡Pobrecita! Si llego a ser digno de predicarte alguna vez, tendré un amor especial por los esclavos. ¡Pobres infelices!…

Jesús confirma:

–                       Lo harás bien, Tomás.

Zelote pregunta:

–                       Está bien. ¿Pero cómo te acercarás a ellos?

–                       ¡Oh! Seré orfebre para las damas… Y maestro para sus esclavos. Un orfebre entra en las casas o a la suya llegan los ricos. Y trabajaré dos metales: el de la tierra para los ricos. El del espíritu para los esclavos.

–                       Dios te bendiga por estas ideas. Persevera en ellas.-dice Jesús.

–                       Sí, Maestro.

Zelote invita:

–                       Ven conmigo, Maestro. A ver mí trabajo.

Jesús dejas sus instrumentos y sale con él. Llegan a la escalera del huerto y enseña a Zelote como debe pintarla para que le quede bien.

–                       ¡Así! ¡Así!  -Jesús, inclinado al pie de la escalera, habla y trabaja al mismo tiempo…

Tomás deja sus punzones y se acerca a escuchar, pues Jesús habla de la parábola de la madera barnizada, comparándola con el alma y las virtudes que la hacen bella…

Al final Zelote exclama:

–                       ¡Qué parábola tan hermosa  nos has dicho! Quiero escribirla para dársela a Marziam.

Áurea reclama con un grito:

–                       ¡Y también para mí!  – hace unos minutos está descalza en el umbral que da al huerto.

Jesús pregunta:

–                       ¡Áurea! ¿Estabas escuchando?

–                       Te escuché. ¡Es muy bello! ¿Hice mal?

–                       No.

–                       Tu Mamá me mandó a decirte que dentro de poco es la hora de comer y ya van a sacar el pan del horno. Aprendí a hacerlo… ¡Qué bello! También he aprendido a blanquear la tela. Y en ambos casos tu Mamá me ha recitado hermosas parábolas.

–                       ¿Ah, sí? ¿Qué dijo?

–                       Que soy como harina todavía con tamiz. Pero tú bondad me limpia y tu Gracia trabaja en mí. Tu apostolado me forma, tu amor me cuece. Y así de una harina sucia, mezclada con otros elementos. Si te dejo que Tú trabajes en mí, terminaré por ser harina de ofrenda y pan de sacrificio, buena para el altar.

Y que en la tela que antes era oscura, llena de aceite y tosca; después de que se le echo tanta hierba borit. Después de restregarse, se ha limpiado y se vuelve suave. El sol enviarás sus rayos y quedará blanca… Y dijo que pasará lo mismo conmigo, si dejo que el sol de Dios con sus rayos y acepto que me limpie. Que me sujete a mortificaciones para llegar a ser digna del Rey de reyes. De ti, mi Señor. ¡Qué cosas tan hermosas estoy aprendiendo! Parece un sueño… ¡Todo es hermoso aquí!… ¡No me despaches, Señor!

–                       ¿No te irías gustosa con Mirtha y Noemí?

–                       Preferiría estar aquí. Pero, también con ellas. Pero no con los romanos. Con los romanos no,  Señor.

–                       Ruega, niña. ¿Has aprendido la Oración?

–                       ¡Oh, sí! Es tan hermoso decir: ‘¡Padre mío…!’ Y pensar en el Cielo. Pero la Voluntad de Dios me causa un poco de miedo. Porque no sé qué es lo que Dios quiere. Y no sé si Dios desea lo que yo quiero…

–                       Dios quiere tu bien…

–                       ¡Ah, sí! Tú lo dices y ya no tengo miedo. Presiento que me quedaré en Israel para conocer siempre más a este Padre mío. Y ser la primera discípula de Galilea. ¡Oh, Señor mío!

–                       Tu fe, porque es buena, será escuchada. Vamos.

La niña se va con María y se oyen sus risas… María le habla con mucha dulzura. Tomás dice:

–                       La niña aprende pronto.

Jesús contesta:

–                       Es buena y tiene voluntad.

Zelote agrega:

–                       Y tu Mamá, ¡Es una Maestra irresistible! Ni siquiera Satanás se atrevería a resistirla…

Jesús suspira y no dice nada.

–                       ¿Por qué suspiras así, Maestro? ¿No estuve en lo cierto?

–                       Sí. Pero hay ciertos hombres que son más resistentes que Satanás; el cual por lo menos huye de la presencia de María. Hay hombres que estando cerca de Ella y aunque Ella les enseña, no cambian su ser en algo bueno.

Y entran en la casa…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

30.- ODIO, VENGANZA Y MIEDO


Días después…

Jesús ha curado a un romano que estaba poseso.

–                 ¡Salve, Maestro! Que el Dios verdadero te guarde.

Los dos romanos se van y llaman a los siervos, para que traigan el carro.

–                 ¡Y ni siquiera sabían que tenían alma! –murmura un anciano.

Jesús contesta:

–                 Sí, padre. Pero han sabido aceptar mi Palabra, mejor que muchos en Israel. Ahora que han dado una limosna tan grande, daremos más a los pobres de Dios. Y que los pobres rueguen por estos benefactores; más pobres que ellos mismos. Para que lleguen a la verdadera y única riqueza que existe: ‘Conocer y amar a Dios.’

La mujer velada llora y se escuchan sus sollozos.

Pedro dice:

–                 Esa mujer llora. Tal vez se le acabó el dinero. ¿Se lo damos?

Jesús dice:

–             No llora por eso. Pero ve a decirle estas palabras: ‘Las patrias pasan pero queda el Cielo. Y es de quién sabe tener fe. Dios es Bondad y por eso ama también a los pecadores. Y te hace beneficios para persuadirte de que vayas a Él.’ Ve. Así dile. Y déjala que llore. Es veneno que sale.

Pedro va hasta donde está la mujer que ya se dirigía al campo. La llama y ella regresa. Cumple el encargo y vuelve a Jesús. Le dice:

–                 Se puso a llorar mucho más. Creí que la iba a consolar.

–                 Sí se ha consolado. También llora de alegría.

–                 ¡Uhmm! ¿Estaré contento cuando le vea la cara? ¿Se la veré alguna vez?

–                 En el día del Juicio.

–                 ¡Válgame Dios! ¡Para entonces ya habré muerto! ¿Y qué sacaré con verla? Entonces miraré sólo al Eterno.

–                 Hazlo desde ahora. Es la única cosa útil.

–                 Sí. Pero, Maestro. ¿Quién es?…

Todos sueltan la risa.

Y Jesús dice:

–                 Me lo preguntas otra vez y nos iremos al punto. Así la olvidarás.

–                 No, Maestro.

–                 Esa mujer es un beneficio y una primicia. –contesta Jesús muy sonriente.

–                 ¿Qué quieres decir? No te entiendo.

Jesús lo deja plantado y se va.

Andrés explica:

–           Ve a la casa de Zacarías. Tiene a su mujer agonizando. Me mandó a que te lo dijera.

Pedro se desahoga contra su hermano, porque Jesús no le dijo nada:

–                 ¡Me haces enojar! Sabes todo. Haces todo. Y no me dices nada.

Andrés responde tranquilo:

–           Hermano, no te enojes. Vamos a sacar las redes del agua. Ven.

Al día siguiente…

Mateo exclama:

–                 ¡Cuanta gente!

Y Pedro añade:

–           ¡Eh, mira! ¡También hay galileos! Y… ¡Ay! ¡Ay! ¡Digámoslo al Maestro! Son tres honorables desvergonzados.

–           Tal vez vienen por causa mía. Hasta aquí nos persiguen…

–           No, Mateo. No te equivoques. El tiburón no come pescaditos. El hombre quiere una buena presa. Tan solo si no lo encuentra, se atraganta con un pez grande. Yo, tú y los demás; somos pececitos… una insignificancia.

–           ¿Lo dices por el Maestro?

–           Y entonces, ¿Por quién? ¿No ves cómo miran por todas partes? Parecen fieras que husmean los rastros de la gacela.

–           Voy a decírselo.

–           ¡Espera!… ¡Vamos a decírselo a los hijos de Alfeo! Él es muy bueno. Una Bondad inerme cuando cae en esas fauces.

–           Tienes razón.

Van hacia el río, a llamar a Santiago y a Judas Tadeo. Cuando llegan a donde se encuentran ellos, les informan:

Pedro:

–                 Venid. Hay unos tipejos… buenos para el suplicio.

Mateo:

–                 Que ciertamente han venido para molestar al Maestro.

Santiago:

–                 Vamos. ¿Dónde está Él?

Mateo:

–                 Ahorita, en la cocina.

Pedro:

–                 Vamos pronto; porque si se da cuenta; no va a querer.

Santiago:

–                 Sí. Y le hace daño.

Tadeo

–                 También yo digo lo mismo.

Se acercan como casualmente y oyen:

–                 … Las palabras deben apoyarse en los hechos.

–                 ¡Y Él así lo hace! ¡Ayer curó a un romano endemoniado! –dice un campesino.

Sadoc:

–                 ¡Horror! ¡Curar a un pagano! ¡Escándalo! ¿Lo oyes, Elí?

Elí responde:

–                 Hay toda clase de culpas en Él: amistad con publicanos y prostitutas. Trato con paganos y…

Tadeo contesta:

–           Y paciencia con los que maldicen. También esto es una culpa. A mis ojos la más grave. Pero ya que Él no sabe y no quiere defenderse a Sí Mismo. Hablad conmigo. Soy hermano y mayor que Él. Y éste otro también es su hermano y mucho mayor. Hablad.

Calascebona:

–           Pero, ¿Porque te sulfuras? ¿Crees que entre nosotros se habla mal del Maestro? ¡Oh, no! Venimos desde lejos, atraídos por su fama. Lo estábamos diciendo a éstos…

Es tan notoria la hipocresía y la falsedad, que éstas resaltan de manera repugnante y Tadeo exclama:

–                 ¡Mentirosos!… me causas tanto asco, que te vuelvo la espalda.

Y Tadeo prefiere irse para no faltar a la caridad para con el enemigo.

Sadoc:

–           ¿Acaso no es verdad? ¡Decidlo vosotros!…

Los otros no quieren mentir y no se atreven a desmentir. Prefieren guardar silencio.

El Fariseo Elí el galileo dice con fingida inocencia:

–                 Ni siquiera sabemos cómo se llama.

Entonces Mateo le pregunta con ironía:

–                 ¿No lo insultaste en mi casa? ¿O una enfermedad te ha hecho perder la memoria?

Los tres se van sin responder.

Pedro le grita:

–                 ¡Bribón!

–                 Querían decir pestes de Él. –explica un hombre- Pero nosotros sabemos cómo son los fariseos.

Después de que Jesús ha hablado, curado a los enfermos y los discípulos han terminado de bautizar y socorrer a los pobres, están cenando en la cocina. Tienen las lámparas prendidas y un viento frío, obliga a tener todo cerrado. Entonces se oye la voz de Juan que saluda lleno de felicidad.  Los demás ayudan a los tres recién llegados a quitarse las alforjas de la espalda, mientras los saludan con amor.

Hay una confusión alegre, familiar, por el gozo de estar de nuevo juntos.

Jesús dice:

–                 Os saludo, amigos. Tuvísteis días serenos gracias a Dios.

Judas de Keriot contesta:

–                 Sí, Maestro. Pero no noticias serenas. Lo preveía.

La curiosidad se despierta y varios preguntan:

–                 ¿Qué hay?

–                 ¿De qué hablas?

–                 ¿Qué pasa?

Jesús dice:

–                 Primero dejad que se repongan un poco.

Simón dice:

–                 No, Maestro. Primero te daremos lo que traemos para Ti y para los demás.

Le entregan a Jesús una carta de María.

Mientras todos con ojos alegres y exclamaciones felices; extraen de las alforjas los paquetes con los vestidos, sandalias, miel y alimentos que han enviado las mamás y las esposas.

Jesús está triste y distraído. Lee y vuelve a leer la carta de su Madre. Se ha arrinconado con una lamparita en la esquina más retirada de la mesa. Con una mano hace sombra para sus ojos y parece que medita; pero la verdad es que sufre…

María, entre otras muchas cosas, le escribe:

“A Jesús mi dulce Hijo y Señor, paz y bendición. A hace casi un año que no estás conmigo, Luz mía y Luz del mundo. Será la primera vez que me diga, mi Niño cumple un año más y yo no tengo a mi Niño. Pero Tú cumples con tu misión y yo con la mía. Y ambos hacemos la voluntad del Padre y trabajamos para la Gloria de Dios. Esto enjuga mis lágrimas…

Querido hijo, me entero de lo que haces, por lo que se me cuenta…

Como las olas de un mar abierto llevan las voces del inmenso océano a una solitaria y encerrada bahía. De igual modo el eco de tu santo trabajo, llega hasta nuestra quieta casita. A tu Mamá que se regocija y tiembla, porque si todos hablan de Ti; no todos lo hacen con igual corazón. Vienen amigos que han recibido beneficios de Ti para decirme: ¡Sea bendito el fruto de tu vientre!…

Y también vienen tus enemigos a herir mi corazón, diciéndome: ‘Que Dios lo maldiga’  Yo ruego por éstos; porque son más infelices que los paganos que vienen a preguntarme: ‘En donde está el Mago’…

Ruego por los que vienen a buscar salud para lo que muere, a fin de que encuentren salud para el espíritu eterno… te ruego que no te aflijas por mi dolor.  Se me compensa con la alegría que me dan los curados en el cuerpo y en el alma. José de Alfeo quiere que sepas que en un viaje reciente que hizo a Jerusalén por razón de negocios; fue detenido y amenazado por causa tuya.

Eran unos hombres del Gran Consejo. Te digo esto para obedecer a María y quisiera estar contigo para darte consuelo. Simón estaba a punto de ir contigo; porque se nos dijo como una amenaza que Tú ya no puedes permanecer en donde estás… en Aguas Hermosas, peligras…

¡Hijo mío! ¡Adorado y santo Hijo mío! Estoy con los brazos levantados como Moisés los tuvo en el monte para rezar por Tí, en la batalla contra los enemigos de Dios y tuyos. Jesús mío a quién el mundo no ama…

Jesús les lee éste párrafo a los apóstoles.

Pedro ruge:

–                 ¡Hasta esa casa llegan estos desvergonzados!

Tadeo exclama:

–                 Mi hermano José… ¡Pudo haberse guardado esa noticia en su pecho! ¡Pero gozó en darla!

Felipe sentencia:

–                 Gritos de hiena, no infunden temor a los vivos.

Judas dice:

–                 Lo malo es que no son hienas, sino tigres. Buscan una presa viva. –y volviéndose a Zelote, agrega- dí todo lo que hemos sabido.

Simón responde:

–                 Sí, Maestro. Judas tenía razón en temer. Fuimos a casa de José de Arimatea y de Lázaro. Les urge que vayas pronto; durante estas fiestas. Que es por tu bien. Luego Judas y yo; como si hubiese sido un amigo de su infancia; fuimos a casa de algunos amigos suyos y dijeron: ‘.Mira que ya está decidido el ir a sorprenderlo, para acusarlo. Exactamente en estos días de fiesta en que no hay gente Que se retire por algún tiempo para engañar a estas víboras. La muerte de Doras ha llenado de cólera, su veneno y su miedo. El miedo les hace ver lo que no hay. Y el odio los hace decir hasta mentiras.

Judas explota:

–                 ¡Todo lo nuestro lo saben! ¡Es una casa odiosa! ¡Y todo lo alteran! Lo que no es, lo inventan. Tengo náuseas y me siento desquebrajado. Quisiera desterrarme. ¡Irme lejos!… No sé… Lejos de Israel… Allí todo es un pecado…

Judas está totalmente deprimido.

Jesús dice:

–                 ¡Ea! ¡Ea! No fáciles entusiasmos en los triunfos. Y no fáciles abatimientos en las derrotas.

Judas responde:

–                 Bueno… pero vete de aquí. Nosotros no somos todavía fuertes para enfrentar al Sanedrín. Yo los conozco y sí les tengo miedo… los demás, no sé. Creo que sería una imprudencia el probarlo.

Todos opinan:

–                 Sí, Maestro. Es lo mejor.

–                 Es prudente.

–                 Judas tiene razón.

–                 Ves que también tu Madre y familiares…

–                 Y Lázaro y José de Arimatea…

–                 Hagamos que vengan en balde.

Jesús abre los brazos y dice:

–                 Sea como queréis. Pero luego regresaremos aquí. Véis cuantos vienen. No fuerzo y no tiento a vuestra alma. Sé que todavía no está preparada. Rehaced los bultos y poned todo en su lugar. No es la hora de que seamos capturados. Y no lo seremos a media noche, a la luz de la luna. Iremos a Betania. No avisaremos a nadie y así, nadie podrá mentir diciendo que no sabe en dónde estamos. Si a vosotros os interesa no ser perseguidos; a Mí, el no dar molestias a Lázaro.

Andrés se acerca a Jesús y dice:

–                 ¿Y aquella mujer?

                       

–                 Ve a decirle que regresaremos dentro de algunos días y que no olvide nuestras palabras… Ve. Hazlo pronto y que nadie te vea. En realidad en este mundo de malos. Los inocentes deben tomar la apariencia de pérfidos…

La mañana del último día en Aguas Hermosas, antes de que llegaran Judas, Juan y Simón de Jerusalén; Jesús dijo a Pedro:

–                 Vamos al pueblo. Tengo una limosna secreta. Un anillo que quiero vender. ¿Sabes cómo lo obtuve? Me llegó una piedra a los pies, mientras oraba junto a ese peñasco. En la piedra venía un pequeño envoltorio con un pedazo de pergamino. Dentro del envoltorio estaba el anillo. En el pergamino la palabra: ‘Caridad’

Pedro indaga:

–                 ¿Me dejas verlo?

Jesús se lo entrega y Pedro dice:

–                 ¡Oh! ¡Es muy hermoso! De mujer. ¡Qué dedo tan pequeño! Cuanto oro. ¡Y es una esmeralda!…

–                 Ahora tú vas a venderlo. Yo no sé cómo hacer eso. El fondista compra oro. Lo sé. Te espero cerca del horno. Vé, Pedro.

–                 Pero, ¿Y si no lo hago bien? Yo y el oro… Yo no entiendo de joyería…

–                 Piensa que es pan para el que sufre hambre y haz lo mejor que puedas. Hasta pronto.

Y los dos van al poblado.

Por la noche, después de que toman la decisión de salir de Aguas Hermosas…

En los primeros albores de un triste amanecer invernal, entran en el pueblo de Docco y preguntan a un campesino la dirección de la mujer que está muriendo.

El hombre le da las instrucciones y Jesús se dirige allá. Los apóstoles lo siguen…

Jesús llega hasta la casucha más pobre del poblado y llama al portón- sale una niña como de diez años. Pálida y despeinada.

El Maestro dice con dulzura:

–                 ¿Eres la nieta de Mariana? Dile a la anciana que Jesús está aquí.

La niña corre a avisar. Y regresa con una anciana seguida por seis niños. Ella exclama:

–                 ¡Oh! ¡Has venido! ¡Hijos, venerad al Mesías! Llegas oportunamente a mi pobre casa. Mi hija se está muriendo. No lloréis, niños. Que no oiga. ¡Pobres criaturas!… no lloréis. Tenemos a Jesús.

Jesús confirma:

–                 Sí. No lloréis. La mamá se curará. El papá regresará. No tendréis muchos gastos y ya no pasaréis hambre. ¿Son éstos los dos últimos?

–                 La pobre criatura ha dado a luz por tres veces gemelos… Y está enferma del pecho.

Pedro rezonga entre dientes:

–                 ¡A unos mucho y a otros nada! –Y tomando a un pequeñín, le da una manzana para hacerlo callar. Inmediatamente lo rodean los demás.

Y mientras Pedro reparte fruta; la anciana Mariana lleva a Jesús a la habitación en donde llora una mujer muy joven que es un esqueleto.

La anciana dice:

–                 Yerusa. Es el Mesías. Ahora ya no sufrirás. ¿Ves que ha venido? Isaac jamás miente. Lo dijo. Creo que así como vino, Él te puede sanar.

–                 Sí, buena madre. Sí, señor mío. Pero si no me puedes curar, has al menos que me muera. Las bocas de mis hijos a los que alimenté con dulce leche, han hecho de mis pechos, fuego y amargura. Sufro mucho, Señor. ¡Cuesto mucho! Mi marido se ha ido lejos en busca de pan. Mi madre se está acabando y yo me muero. ¿Con quién quedarán mis  hijos cuando yo haya muerto de la enfermedad?

–                 Dios cuida de los pájaros y también de los niños. No morirás. ¿Te duele mucho aquí? –y Jesús intenta poner su mano en el seno cubierto de vendas.

La enferma grita:

–                 ¡No me toques! ¡Me lastimaría y me aumentaría el dolor!

Pero Jesús pone con delicadeza su larga mano, sobre los pechos enfermos.

Y dice:

–                 Realmente tienes dentro el fuego, pobre Yerusa. El amor maternal se te convirtió en fuego. Pero no detestas a tu esposo, ni a tus hijos, ¿Verdad?

–                 ¡Oh! ¿Por qué habría de hacerlo? Él es bueno y siempre me ha amado… ¡Ellos!… me angustia dejarlos, pero… ¡Señor! ¡El fuego cesa! ¡Madre! ¡Madre! Es como si un ángel soplara aire del cielo sobre mi tormento… ¡Oh, que consuelo!… No quites tu mano, Señor mío. Antes bien, ¡Oprime!… ¡Oh! ¡Qué fuerza! ¡Qué alegría! ¡Mis hijos! ¡Quiero a mis hijos! ¡Venid!… ¡No muere más la mamá! ¡Oh!…

Y la joven madre llora de alegría. La anciana cae de rodillas, entonando el cántico de Azharías en el horno ardiente, con voz temblorosa por la emoción.

Luego dice:

–           ¡Ah! Señor, ¿Qué puedo hacer? No tengo nada para honrarte…

Jesús la levanta y le dice:

–                 Sólo déjame descansar, porque estoy fatigado. Y no digas nada. El mundo no me ama. Debo irme por un poco de tiempo. Te pido fidelidad a dios y silencio. A tí, a ella y a los niños.

–                 ¡Oh! No temas. Nadie viene a la casa del pobre. Puedes estar aquí, sin temor de ser visto. Los fariseos… ¿Eh?… Pero, ¿Y para comer?… sólo tengo un poco de pan…

Jesús dice a la curada:

–                 Quítate las vendas. Levántate y ayuda a tu madre. ¡Y alégrate! Dios te ha concedido este favor, por tus virtudes de esposa. Juntos compartiremos el pan. Porque hoy el Altísimo está en tu casa y conviene celebrarlo con una buena fiesta.

Jesús sale y llama a Judas de Keriot. Le ordena:

–                 Toma dinero y ve a comprar lo que sea necesario. Comeremos y descansaremos hasta la tarde, en casa de estas buenas personas. Ve y guarda silencio. No te midas en comprar. Compra mucho para que tengan para toda la semana. Nada nos faltará en la casa de Lázaro.

–                 Sí, Maestro. Y si me permites, tengo dinero mío… Hice voto de ofrecerlo porque te veas a salvo de tus enemigos. Lo cambiaré por pan. Es mejor emplearlo con estos hermanos, que en las gargantas insaciables del templo…

¿Me lo permites? El oro ha sido siempre mi serpiente. No quiero que me siga fascinando más. Pues me encuentro muy bien ahora que soy bueno. Me siento libre y soy feliz.

–                 Haz como quieras, Judas. Y que el Señor te de la paz.

Judas se va con Juan, para hacer las compras.

Jesús regresa con los discípulos y le dice a Pedro que entregue a Mariana el producto de la venta del anillo.

Y en aquella casa, hubo una gran   fiesta…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

24.- EXPULSADO DEL TEMPLO


En el interior del Templo. Jesús está con los suyos, muy cerca del Lugar Santo, a donde sólo pueden entrar los sacerdotes. Es un hermoso Patio, en donde oran los israelitas y donde solo los hombres pueden entrar. Es la hora temprana de un día nublado de Noviembre, en una tarde que desciende.

Un vocerío en que se oye la voz estentórea y preocupada de un hombre que en latín dice blasfemias, se mezcla con las altas y chillonas de los hebreos. Es como la confusión de una lucha.

Se oye una voz femenina que grita:

–                 ¡Oh! ¡Dejadlo que pase! ¡Él dice que lo salvará!

El recogimiento del suntuoso Santuario, se interrumpe. Hacia el lugar de donde provienen los gritos, muchas cabezas se vuelven.  Y también Judas de Keriot que está con los discípulos, la vuelve.

Como es muy alto; ve y dice:

–                 ¡Es un soldado romano que lucha por entrar! ¡Está violando el lugar sagrado! ¡Horror!

Y muchos le hacen eco.

El romano grita:

–                 ¡Dejadme pasar, perros judíos! Aquí está Jesús. ¡Lo sé! ¡Lo quiero a Él! ¡No sé qué hacer con vuestras estúpidas piedras! El niño está muriendo y Él lo salvará. ¡Apartaos, bestias hipócritas! ¡Hienas!

Jesús, tan pronto como comprende que lo buscan a Él; al punto se dirige al Pórtico bajo el cual se oye la confusión.

Cuando llega a él, grita:

–                 ¡Paz y respeto al lugar y a la hora de la Oferta!

El soldado contesta:

–                 ¡Oh! ¡Jesús, salve! Soy Alejandro. ¡Largo de aquí perros!

Y Jesús, con voz tranquila dice:

–                 Haceos a un lado. Llevaré a otra parte al pagano que no sabe lo que significa para nosotros este lugar.

El círculo se abre y Jesús llega a donde está el soldado que tiene la coraza ensangrentada.

Jesús, al verlo le dice:

–                 ¿Estás herido? Ven. Aquí no podemos estar.

Y lo conduce a través de los pórticos, hasta el Patio de los Gentiles. 

Alejandro le explica:

–                 Yo no estoy herido. Es un niño… mi caballo cerca de la Torre Antonia, no obedeció el freno y lo atropelló. Le abrió la cabeza de una patada. Prócoro, nuestro médico dijo: ‘No hay nada que hacer’. Yo no tengo la culpa. Pero me sucedió a mí y su madre está desesperada… Como te vi pasar y sabía que venías aquí… pensé…’Prócoro no puede. Pero Él, sí’ y le dije: ‘Vamos mujer. Jesús lo curará.’ Pero me detuvieron estos locos. Y tal vez el niño ya está muerto.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dónde está?

–                 Debajo de aquel pórtico. En los brazos de su madre.

–                 Vamos.

Y Jesús casi corre, seguido por los suyos y por la gente curiosa. En las gradas que dividen el pórtico; apoyada en una columna está una mujer deshecha, que llora por su hijo que está boqueando. El niño tiene el color ceniciento. Los labios morados, semiabiertos, cosa característica en los que han recibido un golpe en el cerebro. Tiene una venda en la cabeza. Sangre por la nuca y por la frente.

Alejandro advierte:

–                 La cabeza está abierta por delante y por detrás. Se ve el cerebro. A esta edad es tierno y el caballo, además de fuerte; tiene herraduras nuevas.

Jesús está cerca de la mujer que no dice una palabra; aturdida por el dolor, ante su hijo que está agonizando. Le pone la mano sobre la cabeza y le dice con infinita dulzura:

–                 No llores, mujer. Ten fe. Dame a tu hijo.

La mujer  mira atontada, la multitud maldice a los romanos y compadece al niño y a la madre.

Alejandro se encuentra atrapado entre la ira por las acusaciones injustas, la piedad y la esperanza.

Jesús se sienta junto a la mujer que es obvio que no reacciona. Se inclina, toma entre sus manos la cabeza herida. Se inclina sobre la carita color de cera. Le da respiración de boca a boca. Pasa un momento…

Después se ve una sonrisa, que se percibe entre los cabellos que le han caído por delante. Se endereza. El niño abre los ojitos e intenta sentarse.

La madre teme, pensando que sea el último estertor y grita aterrorizada, estrechándolo contra su corazón.

Jesús le indica:

–                 Déjalo que camine, mujer. –extiende sus brazos con una sonrisa e invita- Niño, ven a Mí.

El niño, sin miedo alguno, se arroja en ellos y llora, no como si algo le doliera; sino por el miedo al recuerdo de algo acaecido.

Jesús le asegura:

–           Ya no está el caballo. No está. ¿Ves? Ya pasó todo. ¿Todavía te duele aquí?

El niño se abraza a Él y grita:

–                 ¡No! ¡Pero tengo miedo! ¡Tengo miedo!

Jesús dice con calma:

–                 ¿Lo ves, mujer? ¡No es más que miedo! Ya pasará. Traedme agua. La sangre y las vendas lo impresionan. –ordena a su Predilecto-  Juan, dame una manzana. –después de recibirla, agrega- Toma, pequeñuelo. Come. Está sabrosa.

El niño la muerde con deleite.

El soldado Alejandro trae agua en el yelmo y al ver que Jesús trata de quitar la venda… grita:

–                 ¡No! ¡Volverá a sangrar!…

La madre exclama al mismo tiempo:

–                 ¡La cabeza está abierta!

Jesús sonríe y quita la venda. Una, dos, tres; ocho vueltas. Retira los hilos ensangrentados. Desde la mitad de la frente hasta la nuca. En la parte derecha no hay más que un solo coágulo de sangre fresca en la cabellera del niño. Jesús moja una venda y lava.

Alejandro insiste:

–                 Pero debajo está la herida. Si quitas el coágulo; volverá a sangrar.

La madre se tapa los ojos para no ver. Jesús lava, lava y lava. El coágulo se deshace. Ahora aparecen los cabellos limpios. Están húmedos, pero ya no hay herida. También la frente está bien. Tan sólo queda la señal roja de la cicatriz.

La gente grita de admiración. La mujer se atreve a mirar. Y cuando ve… no se detiene más. Se arroja sobre Jesús y lo abraza junto con el niño. Y llora de alegría y de agradecimiento.

Jesús tolera esas expansiones y esas lágrimas.

Alejandro dice:

–                 Te agradezco, Jesús. Me dolía haber matado a un inocente.

Jesús contesta:

–                 Tuviste bondad y confianza. Adiós, Alejandro. Regresa a tu puesto.

Alejandro está para irse; cuando llegan como un ciclón, oficiales del Templo y sacerdotes.

El sacerdote que dirige le dice a Jesús:

–                 El Sumo Sacerdote te intima a Ti y al pagano profanador por nuestro medio, para que pronto salgas del Templo. Habéis turbado la Oferta del Incienso. Éste entró en el lugar de Israel. No es la primera vez que por tu causa hay confusión en el Templo. El Sumo Sacerdote y con él, los ancianos de turno, te ordenan que no vuelvas a poner los pies aquí dentro. ¡Vete! Y quédate con tus paganos.

Alejandro; herido por el desprecio con el que los sacerdotes han dicho: ‘Paganos’, responde:

–                 Nosotros no somos perros. Él dice que hay un solo Dios, Creador de los judíos y de los romanos. Si ésta es su Casa y Él me creó; puedo entrar también yo.

Mientras tanto Jesús ha besado y entregado el niño a su madre. Se pone de pie y dice:

–                 ¡Calla, Alejandro! Yo hablo. –agrega mirando al que lo arroja- Nadie puede prohibir a un fiel. A un verdadero israelita al que de ningún modo se le puede acusar de pecado, de orar junto al Santo.

El sacerdote encargado le increpa:

–                 Pero de explicar en el Templo la Ley, sí. Te has arrogado un derecho y ni siquiera lo has pedido. ¿Quién eres? ¡Quién eres! ¿Quién te conoce? ¿Cómo te atreves a usurpar un nombre y un puesto que no es tuyo?

  ¡Jesús los mira con unos ojos!…

Luego dice:

–                 ¡Judas de Keriot! ¡Ven aquí!

A Judas no parece gustarle que lo llame. Había tratado de eclipsarse en cuanto llegaron los sacerdotes y los oficiales del Templo. Más tiene que obedecer, porque Pedro y Tadeo, lo empujan hacia delante.

Jesús dice:

–                 Responde, Judas. Y vosotros miradlo. ¿Le conocéis?… es del Templo… ¿Le conocéis?

A su pesar, tienen que reconocer que sí.

Jesús mira fijamente a Judas y le dice:

–                 Judas, ¿Qué te pedí que hicieses, cuando hablé aquí por primera vez? Y di también de qué te extrañaste y qué cosa dije al ver tu admiración. Habla y sé franco.

Judas está como cortado y habla con timidez:

–                 Me dijo: ‘Llama al oficial de turno para que pueda pedirle permiso de enseñar’ y dio su Nombre y prueba de su personalidad y de su tribu… y me admiré de ello, como de una formalidad inútil, porque se dice el Mesías y Él me dijo: ‘Es necesario. Y cuando llegue mi hora recuerda que no he faltado al respeto al Templo; ni a sus oficiales.’ Ciertamente así dijo. Y debo decirlo por honor a la verdad.

Después de la segunda frase; con uno de esos gestos bruscos tan suyos y desconcertantes; ha tomado confianza y la última frase la dice con cierta arrogancia.

Un sacerdote le reprocha:

–                 Me causa admiración que lo defiendas. Has traicionado la confianza que depositamos en ti.

Judas exclama iracundo:

–                 ¡No he traicionado a nadie! ¡Cuántos de vosotros sois del Bautista!… Y… ¿Por eso sois traidores? Yo soy del Mesías y eso es todo.

Otro sacerdote replica con desprecio:

–                 Con todo y eso. Éste no debe hablar aquí. Que venga como fiel. Es mucho para uno que se hace amigo de paganos; meretrices y publicanos…

Jesús interviene enérgica pero tranquilamente:

–                 Respondedme a Mí entonces. ¿Quiénes son los ancianos de turno?

–                 Doras y Félix, judíos. Joaquín de Cafarnaúm y José Itureo.

–                 Entiendo. Vámonos. Decid a los tres acusadores; porque el Itureo no ha podido acusar; que el Templo no es todo Israel e Israel no es todo el mundo. Que la baba de los reptiles aunque sea mucha y venenosísima; no aplastará la Voz de Dios. Ni su veneno paralizará mi caminar entre los hombres, hasta que no sea la Hora.

Jesús se pone sobre los hombros su manto oscuro y sale en medio de los suyos.

Afuera del recinto del Templo; Alejandro, que ha sido testigo de la disputa; cuando llegan cerca de la Torre Antonia, le dice:

–                 Lo lamento mucho. Que te vaya bien, Maestro. Y te pido perdón por haber sido la causa del pleito contra Ti.

Jesús le contesta tranquilo:

–                 ¡Oh, no te preocupes! Buscaban un pretexto y lo encontraron. Si no eras tú; hubiera sido otro… Vosotros en Roma, celebráis juegos en el Circo, con fieras y serpientes. ¿No es verdad?

Alejandro asiente con la cabeza y sin palabras.

–                 Pues bien… Te digo que no hay fiera más cruel y engañosa, que el hombre que quiere matar a otro.

–                 Y yo te digo que al servicio del César, he recorrido todas las regiones de Roma. Pero entre los miles y miles de súbditos suyos; jamás he encontrado uno más Divino que Tú. ¡Ni siquiera nuestros dioses son divinos como Tú! Vengativos, crueles, pendencieros, mentirosos… Tú Eres Bueno. Tú verdaderamente Eres el Hombre. Que te conserves bien, Maestro.

–                 Adiós Alejandro. Prosigue en la Luz.

Alejandro se queda en la Torre Antonia y Jesús y los suyos siguen su camino…

Por la noche, Jesús está cenando con sus discípulos en la casita del olivar. Intercambian comentarios de lo sucedido durante el día y de la curación de un leproso, cerca de los sepulcros de Betfagé.

Bartolomé, dice:

–                 Había un centurión romano que observaba y me preguntó desde su caballo: ‘El Hombre a quién sigues, ¿Hace frecuentemente cosas similares? Y yo le dije que sí.  Y él me dijo:

–                 Entonces es más grande que Esculapio y será más rico que Creso.

–                 Será siempre pobre según el mundo; porque no recibe, sino que da. Y lo único que busca es llevar almas al conocimiento del Dios Verdadero.

El centurión me miró con tamaños ojos, lleno de admiración. Espoleó su caballo y partió al galope.

Tomás agrega:

–                 Había también una mujer romana en la litera. Tenía las cortinas corridas y ojeaba por ellas. Yo la vi.

Juan confirma:

–                 Sí. Estaba cerca de la curva alta del camino. Había dado órdenes de detenerse cuando el leproso gritó: ‘¡Hijo de David, ten piedad de mí!’ Entonces recorrió la cortina y yo vi que te miró a través de una lente preciosa y se rió con ironía. Pero cuando vio que Tú, sólo con tu Palabra la habías curado; me llamó y me preguntó: ‘Pero, ¿Ése es el que dicen que es el verdadero Mesías?’ respondí que sí. ‘¿Y es verdaderamente Bueno?’ Volví a decir que sí. ‘¿Estás tú con Él?’ Sí.

Pedro y Judas preguntan al mismo tiempo:

–                 ¡Entonces la viste!

–                 ¿Cómo era?

Juan contesta sencillamente:

–                 Pues… una mujer.

Pedro ríe:

–                 ¡Qué descubrimiento!

Iscariote insiste:

–                 ¿Era bella? ¿Joven? ¿Rica?

–                 Sí. Me parece que era joven y también hermosa. Pero yo estaba mirando más bien a Jesús que a ella. Quería cerciorarme, cuando el Maestro se pusiera en camino.

Judas dice entre dientes:

–                 ¡Estúpido!

Santiago de Zebedeo lo defiende:

–                 ¿Por qué? Mi hermano no es un libertino en busca de aventuras. Respondió por educación y no faltó a su primera cualidad.

Judas pregunta:

–                 ¿Cuál?

–                 La del discípulo que ama tan solo a su Maestro.

Judas irritado, inclina la cabeza.

Felipe dice:

–                 Y luego… no es muy bueno que lo vean a uno hablar con los romanos. Ya nos andan acusando de que somos galileos. Y por eso, menos puros que los judíos. Esto por nacimiento…  También nos acusan de detenernos en Tiberíades con demasiada frecuencia. Lugar de cita de los gentiles, sirios, fenicios… y… ¡Oh! ¡De cuantas cosas nos acusan!

Jesús, que hasta ahora había permanecido callado; dice:

–                 Eres bueno, Felipe. Y pones un velo en la dureza de la verdad que dices. Porque sin velo, es ésta: ¡De cuantas cosas me acusan!

Iscariote corrobora:

–                 En el fondo no están del todo equivocados. Demasiado contacto con los paganos. 

Jesús pregunta:

–                 ¿Tienes tan solo por paganos a los que no tienen la Ley Mosaica?

–                 ¿Y cuáles otros podrían ser?

–                 Judas… ¿Puedes jurar por nuestro Dios, que no tienes paganismo en el corazón? ¿Puedes  jurar que no lo tengan los israelitas más sobresalientes?

–                 Maestro, de los otros no lo sé. De mí… Puedo jurar.

–                 ¿Qué cosa es para ti, el paganismo, según tu manera de pensar?

Judas replica con vehemencia:

–                 Seguir a una religión que no es la verdadera. Adorar a otros dioses.

–                 ¿Y cuáles son?

–                 Los dioses de Grecia, Roma y de los egipcios. En una palabra; los dioses de mil nombres y de seres que no existen; pero que según los paganos, llenan sus olimpos.

–                 ¿Y ningún otro dios existe? ¿Sólo los olímpicos?

–                 ¿Y Cuáles otros? ¿Acaso no son ya demasiados?

–                  Demasiados. Sí. Demasiados. Pero hay otros. Y a ellos, cada hombre les quema  incienso en los altares de su corazón. También los sacerdotes; escribas, rabíes, saduceos y herodianos. Todos los de Israel. ¿No es verdad? No sólo ellos; sino que hasta mis discípulos, lo hacen.

Todos replican vivamente:

–                 ¡Ah! ¡Eso, no!

Jesús los mira a todos y dice:

–                 ¿No?… Amigos… ¿Quién de vosotros, no tiene un culto, o muchos cultos secretos? Uno, tiene la belleza y la elegancia. El otro, el orgullo de su saber. Otro, inciensa la esperanza de llegar a ser humanamente grande. Otro… adora todavía a la mujer. Otro; el dinero. Otro se postra delante de su saber. Y habrá quién; con un egoísmo monstruoso, se adorará a sí mismo; en un auto idolatría, infernal.  ¿De verdad queréis saber cuál es el ídolo que adoráis?… Responderos a vosotros mismos: ‘¿En qué pienso cuando me levanto por las mañanas? ¿En qué pienso a lo largo del día? ¿En qué pienso, cuando me acuesto a descansar? ¿En qué pienso todos los días? ¡Los siete días, de la semana! ¿A QUIÉN LE ESTOY DEDICANDO MI VIDA?…  La respuesta…

¡Es el nombre del ídolo de vuestro corazón! A quién le hemos entregado el dominio de nuestros pensamientos; es el nombre del ídolo al cual adoramos. Y así sucesivamente… en verdad os digo que no hay hombre que no esté manchado de idolatría. ¡¿Cómo entonces se puede desdeñar a los paganos?! Que lo son por desgracia; mientras que estando uno con el Dios Verdadero; permanece pagano por su voluntad…

Muchos exclaman al mismo tiempo:

–                 Pero somos humanos, Maestro.

–                 Es verdad. Entonces tened caridad para con los otros. Porque Yo la he tenido para todos. Y para eso he venido y vosotros no valéis más que Yo.

Judas objeta:

–                 Pero entretanto nos acusan y a tu misión le ponen trabas.

–                 Eso no importa. Seguiré adelante.

Pedro, dice:

–                 A propósito de mujeres… desde que hablaste en Betania la primera vez; después de tu regreso a Judea; hay una mujer velada que siempre nos sigue. Y la veo que te escucha detrás de un árbol o procurando pasar desapercibida, porque no habla con nadie. Ahora  la vi tres veces en Jerusalén. Hoy le pregunté: ¿Necesitas algo? ¿Estás enferma? ¿Quieres una limosna…? Y siempre negó con la cabeza.

Juan dice:

–                 A mí me dijo un día: ‘¿En dónde vive Jesús?’ y le contesté: ‘En Get-Sammi’

Judas de Keriot exclama iracundo:

–                 ¡Valiente bobo! ¡No debiste hacerlo! Debías haber dicho: ‘¡Descúbrete! ¡Hazte conocer y te lo diré!

Juan pregunta sencilla e inocentemente:

–                 Pero… ¿Desde cuándo exigimos esas cosas?

Judas explica con impaciencia:

–                 A los otros se les puede ver. Ella está cubierta completamente con el velo. O es una espía o una leprosa. No debe seguirnos y enterarse. Si es espía, es para hacer el mal. Tal vez el Sanedrín le paga por esto…

Pedro pregunta:

–                 ¡Ah! ¿El Sanedrín usa estos medios? ¿Estás seguro?

–                 Segurísimo. Estuve en el Templo y lo sé.

Pedro comenta:

–           ¡Qué belleza! Esto viene como anillo al dedo a lo que acaba de decir el Maestro…

Judas se pone rojo de ira e increpa:

–                 ¿Qué?

–                 Que también hay sacerdotes paganos.

–                 ¿Qué tiene que ver esto con pagar a una espía?

–                 ¡Qué si tiene!… ¿Por qué pagan? Para aplastar al Mesías y triunfar ellos. Se ponen pues en el altar con sus puercas almas, bajo sus limpísimos vestidos. –responde Pedro convencido, con su buen juicio de iliterato.

Judas concluye:

–                 Bien. En resumidas cuentas, esa mujer es un peligro para nosotros o para la gente. Para la gente, si es leprosa. Para nosotros, si es espía.

Pedro replica:

–                 Esto es: Para Él, en caso de que así fuese.

–                 Pero si cae Él; nosotros también caemos.

–                 ¡Ah! ¡Ah! ¡Ah! –ríe Pedro y concluye- Y si cae uno, el ídolo se rompe en pedazos. Y se pierde el tiempo, estima y tal vez hasta el pellejo. Y entonces… ¡Ah! ¡Ah!… entonces es mejor tratar de que no caiga… o retirarnos a tiempo…. ¿Verdad? Yo al revés. ¡Mira! –Pedro abraza estrechamente a Jesús y agrega- Lo abrazo con todas mis fuerzas. Si cae pisoteado por los traidores de Dios, quiero caer con Él.

Juan dice muy triste:

–                 No pensaba que había hecho tanto mal, Maestro. Pégame. Maltrátame. Pero sálvate. ¡Ay de mí, si yo fuera la causa de tu muerte!… ¡Oh!… ¡Jamás volvería a tener paz! Me quedaría ciego de tanto llorar. ¿Qué he hecho? ¡Judas tiene razón! ¡Soy un tonto!…

Jesús interviene:

–                 No Juan. No lo eres e hiciste bien. Déjala que venga siempre. Respetad su velo. Puede ser que lo use como medio entre el pecado y la sed de redimirse. ¿Tenéis idea de qué causa ese llanto y ese pudor? Dijiste Juan; hijo de corazón de niño bueno, que un llanto continuo surcaría tu rostro si fueses causa de un mal mío. Pero piensa que tan solo después de una redención completa; un alma puede rehacer una nueva belleza, santa y más perfecta que se muestra sobre el rostro en el que resplandece el Perdón de Dios.

–                 ¿Entonces no hice mal?

–                 No. Ni tampoco Pedro. ¡Dejadla! Y ahora cada uno vaya a descansar. Me quedo con Juan y Simón; a los que debo hablar. Podéis iros.

Los discípulos se retiran.

Jesús pregunta:

–                 ¿Dijiste Simón, que Lázaro envió a Maximino cuando ya estaba cerca de la Torre Antonia?… ¿Qué quería?…

–                 Quería decirte que Nicodemo estaba en su casa y que deseaba hablarte en privado. Me permití decir: ‘Que venga. El Maestro lo espera esta noche’ no tienes sino la noche para estar solo…  ¿Hice mal?

–                 Hiciste bien. Juan, ve a esperarlo.

Se quedan solos Simón y Jesús; el cual está pensativo.

Simón respeta su silencio; pero de pronto lo rompe Jesús. Como si terminase de hablar consigo mismo y dice:

–                 Sí. Está bien hacer así. Isaac, Elías y los demás bastan para tener viva la Idea, que ya se afirma entre los buenos y entre los humildes. Para los potentes hay otras levas… están Lázaro, Cusa, José y otros… pero los poderosos no me quieren. Temen y tiemblan por su poder. Me iré lejos de este corazón judío; que es siempre más hostil al Mesías.

Simón pregunta:

–                 ¿Regresamos a Galilea?

–                 No. Pero iremos lejos de Jerusalén. Aquí, todo sirve para acusarme. Me retiro y por segunda vez…

Juan lo interrumpe al entrar diciendo:

–                 ¡Maestro! ¡Aquí está Nicodemo!

Después de los saludos, Simón toma a Juan y salen de la cocina, dejándolos solos a los dos.

Nicodemo dice a Jesús:

–                 Maestro. Perdona si quise hablarte en secreto. Desconfío de muchos por Ti y por mí. No todo es vileza mía. También prudencia y deseo de ayudarte; más que si abiertamente te perteneciese. Tienes muchos enemigos. Soy uno de los pocos que te admiran. Pedí consejo a Lázaro. Éste es poderoso de nacimiento y lo temen porque goza del favor de Roma. Es justo. A los ojos de Dios, es sabio por madurez de ingenio y de cultura. Es en verdad amigo verdadero tuyo y mío. Por eso quise hablar con él. Y estoy contento de que él piense de la misma manera. Le platiqué de las últimas discusiones que tuvo el Sanedrín respecto a Ti.

–                 Las últimas acusaciones. Di la verdad como es.

–                 Las últimas acusaciones. Sí, Maestro. Estaba a punto de decir que soy uno de los tuyos; pero José, que estaba cerca de mí me susurró: ‘¡Cállate! Ocultemos nuestro modo de pensar. Luego te diré’ Y a la salida me dijo: ‘Es mejor así. Si saben que somos discípulos; nos tendrán a oscuras de cuanto piensen y decidan. Y pueden dañarle y dañarnos. Como sencillos admiradores de Él; no nos tendrán secretos’ Comprendí que tenía razón. ¡Son muchos!… ¡Y malos! También yo tengo mis intereses y mis obligaciones. Lo mismo que José… ¿Comprendes, Maestro?

–                 No os reprocho nada. Antes de que tú llegases, decía esto a Simón. Y he determinado alejarme también de Jerusalén.

–                 ¡Nos odias porque no te amamos!

–                 ¡No! ¡No odio ni siquiera a los enemigos!

–                 Tú lo dices. Pero es así. ¡Tienes razón! ¡Pero para mí y para José es un gran dolor! ¿Y Lázaro? ¿Qué dirá Lázaro que precisamente hoy ha decidido que te dijera que dejases este lugar, para ir a una de sus propiedades en Sión? ¿Sabes? ¡Lázaro es muy rico! Gran parte de la ciudad es suya y tiene muchas propiedades en Palestina. Y lo que más vale: una oculta pero muy poderosa amistad con Roma. Herencia también de su padre, cuando fue gobernador de Siria.

–                 No. Me retiro. Quién me quiere, vendrá a Mí.

Nicodemo dice preocupado:

–                 ¿Te vas por lo que te he dicho?

–                 No. Espera… ¡Persuádete! – y Jesús abre una puerta y dice-  ¡Simón! ¡Juan! ¡Venid!

Los dos acuden.

Jesús les pregunta:

–                 Simón. Di a Nicodemo lo que te dije cuando él estaba por llegar.

–                 Que para los humildes bastan los pastores. Para los poderosos: Lázaro, Nicodemo, José y Cusa. Y que Tú te retiras lejos de Jerusalén. Esto dijiste. ¿Por qué has hecho que lo repitiese? ¿Qué ha pasado?

–                 Nada. Nicodemo temía que me fuese Yo por sus palabras.

Nicodemo aclara:

–                 Dije al Maestro que el Sanedrín es cada vez más su Enemigo y que está bien que se ponga bajo la protección de Lázaro. Protegió tus bienes, porque tiene a Roma a su favor. Protegerá también a Jesús….

Simón confirma:

–                 Es verdad. Es un buen consejo. Y Lázaro es muy buen amigo tuyo, Maestro.

Nicodemo afirma:

–                 Maestro, Tú estás triste y desilusionado. Tienes razón. Todos te escuchan y creen en Ti; hasta poder obtener milagros. Hasta uno de los de Herodes. Uno que necesariamente debería tener podrida la bondad; en esa corte incestuosa. Hasta los soldados romanos. Sólo nosotros los de Sión, somos tan duros… ¿Lo ves Maestro? Sabemos que has venido de parte de Dios, para hablarnos de Él; mejor que ningún otro. También Gamaliel lo dice: ‘Nadie puede hacer los milagros que Él hace; si no tiene a Dios consigo.’ Hasta los doctores como Gamaliel, creen esto. ¿Por qué entonces sucede que no podemos tener fe, como la tienen los pequeños de Israel? ¡Oh! ¡Dímelo claro! ¡No te traicionaré aunque dijeses: ‘He mentido para dar valor a mis palabras sabias; con un  sello del que nadie puede burlarse.!’ ¿Eres Tú el Mesías del señor?… ¡El Esperado?… ¡La Palabra del Padre Encarnada, para instruir y redimir a Israel, según el Pacto?

–                 ¿Lo preguntas porque tú quieres? O ¿Por qué otros te mandaron a que me lo preguntases?

–                 Yo lo pregunto, Señor. Tengo aquí, un tormento. Hay en mí una borrasca. Vientos y voces contrarias. ¿Por qué no hay en mí, hombre maduro? esa pacífica seguridad que tiene, éste casi analfabeto muchacho; en cuya cara le pone esa sonrisa. En sus ojos, esa luz. Ese sol en su corazón. ¿De qué modo crees Juan, para estar así; tan seguro? Enséñame tu secreto, hijo. Ese secreto con el que supiste ver y encontrar al Mesías; en Jesús, el Nazareno.

Juan se pone colorado como un jitomate. Baja la cabeza como si pidiese permiso para decir una cosa muy grande. Y responde con sencillez:

–                 Amando.

–                 ¡Amando!… ¿Y tú, Simón, hombre probo y maduro? Tú, docto sobre quién ha habido tantas pruebas… ¿Cómo has hecho para convencerte?

–                 Meditando.

–                 ¡Amando! ¡Meditando! ¡Yo también amo y medito…! Y no estoy todavía seguro!

Jesús interviene:

–                 Yo te diré el verdadero secreto. Éstos han sabido nacer de nuevo. Con un nuevo espíritu; libre de toda cadena; desligados de todo compromiso; vírgenes de cualquier otra idea. Y por esto han comprendido a Dios. Si uno no nace de nuevo; no puede ver el Reino de Dios; ni creer en su Rey.

–                 ¿Cómo puede un hombre volver a nacer; si ya es adulto? ¿Aludes tal vez a la Reencarnación, como creen muchos paganos? ¡Cómo? ¿En qué forma?

–                 Sólo hay una existencia de la carne sobre la Tierra. Y una vida eterna del espíritu; más allá de la tierra. …

Yo no hablo de la carne y de la sangre; sino del espíritu inmortal, que renace a la vida verdadera por dos cosas: Por el agua y por el Espíritu.  Lo más grande es el espíritu; sin el cual, el agua no es más que un símbolo. Quien se ha lavado por el agua; debe purificarse luego con el espíritu y con Él; encenderse y renacer. Luego el alimentarse hasta llegar a la edad perfecta. En el reino de los Cielos; no habitarán sino los que hayan llegado a la edad perfecta espiritual. No os maravilléis si os digo: ‘Es necesario que nazcáis de nuevo.’ Éstos han sabido renacer. El joven ha matado la carne y ha hecho renacer el espíritu; poniendo su ‘yo’ en la hoguera del amor. Todo lo que era materia se quemó. De las cenizas; he aquí que se levanta su nueva flor espiritual. Maravilloso heliotropo que sabe dirigirse hacia el sol Eterno.

El de edad; puso la guadaña en la meditación honesta a los pies de su viejo modo de pensar. Y arrancó la vieja planta dejando sólo el retoño de la buena voluntad. Del que hizo nacer su nuevo pensamiento. Ahora ama a Dios con su espíritu nuevo y lo ve…

Lo que nace de la carne, es carne. Lo que nace del espíritu, es espíritu. Cada uno tiene su modo para llegar al puerto. Cualquier viento es bueno, con tal de que se sepa usar la vela. Vosotros oís que sopla el viento y por su corriente podéis regular y dirigir la maniobra. Peo no podéis decir de donde viene. Ni llamar al viento que necesitáis. También el Espíritu llama. Y viene llamando y pasa. Pero sólo el que está atento puede seguirlo. El Hijo conoce la Voz de su Padre. Y la voz del espíritu; conoce la Voz del Espíritu y Quién lo engendró…

–                 ¿Cómo puede suceder esto?

–                 Tú, Maestro en Israel; ¿Me lo preguntas? ¿Ignoras estas cosas? ¿Cómo podrás aceptar las cosas que no has visto; si no aceptas el testimonio que te traigo? ¿Cómo puedes creer en el Espíritu; si no crees en la Palabra Encarnada?… no bajes la frente, Nicodemo. He venido a salvar. No a destruir. Dios no ha enviado a su Unigénito al mundo para condenar al mundo; sino para que el mundo se salve por medio de Él. Bajé para ascender, llevándoos conmigo. ¡Venid! Quién cree en el Unigénito; no será juzgado. Ya está a salvo. Porque Él; el Hijo del Hombre, ruega al Padre, diciéndole: ‘Éste me ha amado’ Pero el que no cree; es inútil que haga obras santas. Está ya juzgado porque no ha creído en el Hijo Unigénito de Dios. ¿Cuál es mi Nombre, Nicodemo?

–                 Jesús.

–                 ¡No! ¡Salvador! Yo Soy Salvación. Quién no cree en Mí; rechaza su salvación. Y la Justicia Eterna lo ha sentenciado. La sentencia es ésta: ‘La Luz se envió a ti y al mundo para salvaros. Y tú y los hombres habéis preferido las tinieblas a la Luz…’

No es por ti, Nicodemo. Pero esta es la verdad. Y el castigo estará en relación con la sentencia. ¿Estás persuadido, Nicodemo?

–                 Sí, Maestro. ¿Cuándo podré hablarte otra vez?

–                 Lázaro sabrá llevarte. Iré a su casa, antes de separarme de aquí.

–                 Me voy, Maestro. Bendice a tu siervo.

–                 Mi paz sea contigo.

Nicodemo sale con Juan.

Jesús se vuelve a Simón:

–                 ¿Ves la obra del poder de las tinieblas?… como una araña tiende sus asechanzas; envuelve y aprisiona a quien no sabe morir; para renacer como una mariposa… Morir para daros la fuerza para morir. Vete a descansar Simón. Y Dios sea contigo.

El discípulo se retira y Jesús sale al huerto. Se postra a orar…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA