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235 SACERDOTE Y JUEZ


235 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Juicio ante un homicidio 

Jesús va con premura hacia el centro de la población..

Los pastores permanecen indecisos, pero luego dejan el rebaño a los más jóvenes;

que se quedan con todas las mujeres, menos la Madre y María de Alfeo, que siguen a Jesús.

Y se ponen a caminar para alcanzar al grupo apostólico.

En la tercera calle que atraviesa la via central de Belén se encuentran con Judas Iscariote, Simón, Pedro y Santiago;

que se habían adelantado, a buscar hospedaje.

Ellos vienen gesticulando y les hacen señas….

Y dan gritos.

Pedro está muy impresionado, desencajado…

Y dice con angustia:

–     ¡Qué desgracia, Maestro!

Ay, lo que está sucediendo, Maestro… lo que está sucediendo!

¡Qué desgracia y qué pena!

¡Qué cosa más triste!

Simón Zelote agrega:

–     Un hijo a quién arrebatan de su madre a la fuerza, para matarlo.

Y ella lo defiende como una hiena;

pero es sólo una mujer contra los soldados y ellos están armados.

Judas dice:

–      Le sale sangre por todas partes.

Santiago de Zebedeo añade:

–      Le rompieron la puerta,

porque se había atrancado detrás de ella.

La Virgen tiene las manos juntas, orando con fuerza…

Y contesta:

–    Voy donde esa mujer.

Jesús confirma:

–     Yo también voy allá.

Simón:

–     ¡Oh, sí!

¡Tú eres el único que puede consolarla!

Giran hacia la derecha, luego a la izquierda, hacia el centro del pueblo.

Ya se ve la tumultuosa aglomeración de gente que se mueve agitada y hace presión ante la casa de Abel.

Se oyen los gritos desgarradores de la madre.

Gritos que no parecen humanos.

Agresivos, feroces  y dignos de compasión al mismo tiempo.

Jesús apresura el paso.

Y llega a una placita diminuta, edificada en una curva del camino, que aquí se ensancha…

Y en la cual el tumulto es máximo.

La mujer defiende a su hijo contra los soldados.

Con una mano está aferrada como si fuera una garra de hierro, a un pedazo, que es lo único que queda, de la puerta destrozada;

circundando con el otro brazo la cintura del muchacho; es la otra mano de acero con la que disputa su hijo a los soldados.

Si alguien trata de quitársela lo muerde con furia, sin importarle los golpes que recibe;

ni los tirones en su cabellera; que son tan fuertes, que le echan la cabeza hacia atrás,

arrancándole mechones de pelo…

Cuando no muerde,

grita:

–    Dejadlo!

¡Asesinos!

¡Es inocente!

¡La noche en que mataron a Yoel durmió conmigo a mi lado!

¡Asesinos! ¡Asesinos!

¡Calumniadores! ¡Inmundos!

¡Perjuros! ¡Perversos!

Y al joven aferrado de los hombros por los que lo capturan, arrastrado por los brazos, sobre el empedrado de la calle…

se vuelve con el rostro desencajado,

y grita:

–      ¡Mamá, mamá!

¿Por qué he de morir si no he hecho nada?

Es hermoso.

Alto, delgado.

De ojos oscuros y dulces.

De cabello ondulado y negro.

Sus vestidos desgarrados, muestran su cuerpo ágil y muy joven; que apenas ha dejado la pubertad.

Jesús, con ayuda de quienes lo acompañan, incide en la multitud, compacta como una roca.

Y se abre paso hasta el penoso grupo.

precisamente en el momento en que logran separar de la puerta a la mujer exhausta;

que es incapaz de resistir más la fuerza de la mayoría

Que es arrancada de la puerta y arrastrada como un costal,

unida al cuerpo de su hijo, por la calle empedrada.

Esto dura poco de todas formas, porque, con un tirón más violento, separan la mano materna de la cintura de su hijo.

Y la mujer cae boca abajo y se golpea fuertemente la cara contra el suelo, con lo cual sangra más todavía.

Al punto se endereza y se pone de rodillas.

Tiende sus brazos hacia su hijo, al que se llevan a toda prisa, en la medida que lo permite la muchedumbre;

que se abre con dificultad y a la que empujan violentamente.

El acusado logra liberar el brazo izquierdo, lo agita y torciéndose hacia atrás, :

El joven le grita:

–    Adiós, mamá.

Recuerda al menos tú, que yo soy inocente.

La mujer lo mira con ojos demenciales y luego cae por tierra desvanecida…

Golpeando con su cara contra el suelo, en medio de un charco de sangre.

Jesús se interpone al paso de los captores,

y ordena:

–      ¡Deteneos un momento!

¡Os lo ordeno!

Su voz y su rostro no admiten réplica.

Un ciudadano se adelanta del grupo y con tono muy agresivo,

le pregunta

–      ¿Quién eres?

No te conocemos.

Retírate y déjanos ir para que muera antes de que llegue la noche.

–      Soy un Rabí.

El más grande.

En Nombre de Yeové deteneos o Él os destruirá con sus rayos.

Parece como si fuese Él, el que los despidiese con su mirada centelleante.

Y con su Voz fuese a fulminarlos,

preguntando:

–     ¿Quién es el que da testimonio contra éste

Aser dice:

–       Yo, él y él. -señalando al otro poderoso.

–     Vuestro testimonio no es válido, porque no es verdadero.

–      ¿Y cómo puedes decirlo?

–     ¡Estamos prontos a jurarlo!

–      Vuestro juramento es pecado.

Los tres hombres dicen al mismo tiempo:

–      ¿Qué estamos pecando nosotros?

–     ¿Nosotros?

–      ¿Sabes quiénes somos?…

Jesús los atraviesa con su mirada severa…

Y declara:

–     Lo sé.

Vosotros, sí.

Así como adentro fomentáis la lujuria; dais pasto al odio;

apacentáis la avaricia de las riquezas y cometéis homicidios.

Así también sois unos perjuros.

Os habéis vendido a la inmundicia.

Podéis realizar cualquier crimen.

No tenéis remordimiento al cualquier indecencia.

–     Ten cuidado con lo que estás diciendo.

Yo soy Aser…

–     Y Yo Soy Jesús.

–     No eres de aquí.

Y no eres ni sacerdote, ni juez.

No eres nada.

Eres un forastero.

–    Sí. Soy el Forastero, porque la Tierra no es mi Reino.

Pero Soy Juez y Sacerdote, no solo de esta pequeña parte de Israel;

sino de todo Israel y de todo el Mundo. 

Jacobo, el otro testigo,

exclama:

–       ¡Vámonos!

Dejemos a este loco.

¡Vamos, vamos, que éste es un loco!

Y da un empujón a Jesús, para apartarlo.

Jesús lo ve con los ojos del milagro…

Que, de la misma forma que devuelve vida y alegría, también subyuga y detiene lo que sea, cuando quiere.

Jesús grita con una mirada que paraliza:

–     ¡No darás ni un paso más!

La voz de Jesús es tan penetrante, que suena como toque de trompeta,

cuando declara:

“Tú no darás ni un paso más.

¿No crees lo que estoy diciendo?

Pues bien, mira…

Aquí no hay polvo del Templo, ni el agua de él.

(Se trata del  Juicio de Dios según la prescripción mosaica de Números 5, 11-31)

Y no están las palabras escritas con tinta, para hacer el agua amarguísima;

que es la señal de los celos y el adulterio.

Pero aquí estoy Yo.

¡Y Yo voy a juzgar!

La voz de Jesús es tan resonante como una trompeta.

La gente se amontona para ver.

Y solo la Virgen y María de Alfeo, se quedan a ayudar a la mujer desvanecida.

Jesús continúa:

–    Y Yo voy a Juzgar aquí.

Dadme un poco de polvo del camino y un poco de agua en una taza.

Y mientras me lo traéis…

Vosotros acusadores y tú, el acusado,

responded:

–     ¿Eres tú inocente, hijo?

Dilo con sinceridad al que es tu Salvador.

Abel responde:

–      Lo soy, Señor.

–      Aser,

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–      Lo juro.

No tengo razón para mentir.

Lo juro por el altar.

Descienda del Cielo fuego que me queme, si no digo la verdad.

–     Jacobo,

¿Puedes jurar que eres sincero en tu acusación y no tienes ningún motivo interno para mentir?

–     Lo juro por Yeové.

El amor que tengo por mi amigo occiso, me obliga a hablar.

No tengo nada que ver con éste.

–    Y tú siervo:

¿Puedes jurar de haber dicho la verdad?

–     Mil veces si fuera necesario.

Mi patrón, mi pobre patrón…

El hombre llora cubriéndose la cabeza con el manto.

–    Está bien.

He aquí el agua y he aquí el polvo.

Voy a decir lo siguiente:

“Padre Santo y Dios Altísimo.

Muestra tu Juicio verdadero por este medio, a fín de que vida y honra,

permanezcan con el inocente y con la madre desolada.  

Y venga digno castigo para el que no lo es.

Pero por la Gracia que tengo ante tus ojos, no fuego ni muerte;

sino larga expiación tenga, el que cometió el pecado.”

Jesús ha dicho estas palabras, con las manos extendidas sobre la taza;

como hace el sacerdote en el altar, durante la Misa, en el Ofertorio.

Después mete la mano derecha en la taza.

Y con la mano rocía a los cuatro sujetos al juicio…

Y luego les hace beber un poco de agua.

Primero al joven y luego a los demás.

Cruza los brazos sobre el pecho y mira.

También la gente mira…

Y un momento después, un grito se les escapa de los labios.

Y se arrojan de bruces a la tierra.

Aterrorizados y adorando al mismo tiempo.

Entonces los cuatro que estaban en línea, se miran entre sí y gritan a su vez.

El joven Abel, de estupefacción.

Los otros de horror…

¡Porque se ven cubiertos en la cara de una subitánea lepra!

¡Mientras que en la del joven no hay nada!

El siervo se arroja a los pies de Jesús,

que se aparta, como todos los demás, incluidos los soldados.

Y se separa tomando de la mano al joven Abel, para no contaminarse con los tres leprosos.

El siervo grita:

–      ¡No! ¡No!

¡Perdón!

¡Estoy leproso!

Son ellos los que me pagaron para que retardase a mi patrón hasta el atardecer,

para pegarle en el camino solitario.

Me hicieron que quitara las herraduras a la mula.

Me enseñaron como mentir, diciendo que yo me había adelantado y no es así;

porque yo me estuve allí, para matarlo junto con ellos.

Diré también por qué lo hicieron.

Porque Yoel se enteró que Jacobo amaba a su joven esposa.

Y porque Aser deseaba a la madre de Abel y ella lo rechazaba.

Se pusieron de acuerdo para librarse de Yoel y de Abel al mismo tiempo

y quedarse con las mujeres.

Esta es la verdad.

¡Quítame la lepra! ¡Quítamela!

Abel, tú eres bueno, ¡Intercede por mí!…

Jesús ordena:

–      Tú vete a donde está tu madre.

Que cuando salga de su desvanecimiento vea tu cara y vuelva a una vida tranquila.

Y vosotros…

Debería deciros: ‘

–       Qué os castiguen como queríais hacer’ sería una justicia humana;

pero os entrego a una expiación sobrehumana.

La lepra de la que os horrorizáis, os salva de ser arrestados y muertos; cómo debería ser y merecéis.

Pueblo de Belén, apartaos.

Abríos como las aguas del mar, para que se vayan éstos a su galera y cumplan su larga condena.

¡Horrible galera! Más atroz que la muerte.

Es una piedad divina que les ha dado un medio para recapacitar si quieren.

¡Váyanse! ¡Largaos!

La multitud se pega a las paredes, dejando libre el centro de la calle.

Y los tres, cubiertos de lepra como si ya tuvieran muchos años padeciéndola;

se van, uno detrás del otro, a la Montaña del silencio,

envueltos en la penumbra que ha empezado a caer.

Lo único que se escucha es su llanto.

Jesús dice a todos:

–      Purificad el camino con mucha agua después de haberos quemado con el fuego.

Soldados; referid que se hizo justicia según la más perfecta Ley Mosaica.

Jesús trata de ir a donde su Madre y su tía María Cleofás.

Que siguen socorriendo a la mujer que está volviendo de su desmayo,

mientras el hijo acaricia las manos heladas y las besa.

Pero la gente de Belén, con un respeto que está lleno de terror,..

Le ruega:

–      ¡Háblanos, Señor!

Eres realmente poderoso.

Eres, sin duda, Aquel de quien habló el hombre que pasó por aquí…

Anunciando al Mesías.

Jesús responde:

–      Hablaré por la noche cerca del aprisco de los pastores.

Ahora voy a confortar a la madre de Abel.

Y va hacia la mujer…

La cual, sentada en el regazo de María de Alfeo, vuelve cada vez más en sí.

Y mira al rostro amoroso  de María, que le sonríe.

Pero no comprende…

Hasta que baja su mirada y la fija en la cabeza morena de su hijo;

que está inclinado hacia sus manos temblorosas,

y pregunta:

–      ¿Yo también estoy muerta?

¿Esto es el Limbo?

La Virgen María,

responde:

–     No, mujer, es la Tierra.

Éste es tu hijo, salvado de la muerte.

Y este es Jesús, mi Hijo, el Salvador.

La primera reacción de la mujer es un movimiento lleno de humanidad:

reúne sus fuerzas y alarga su cuerpo hacia su hijo.

Le toma la cabeza que está inclinada…

Lo ve vivo y sano.

Y lo besa frenéticamente, llorando, riendo…

Recordando todos los nombres de la cuna, para expresarle su alegría.

Abel la acaricia diciéndole:

–      Sí, mamá, sí.

Pero ahora no me mires a mí, sino a Él.

A Él, que me ha salvado.

Bendice al Señor.

La mujer, aún demasiado débil para ponerse en pie o arrodillarse,

alarga sus manos, todavía temblorosas y sangrantes,

toma la mano de Jesús y la cubre de besos y lágrimas.

Jesús le pone la mano izquierda sobre la cabeza,

y le dice:

–      Sé feliz.

En paz.

Sé siempre buena.

Y tú también, Abel.

–      No, Señor mío.

Mi vida y la de mi hijo son tuyas, porque Tú las has salvado.

Deja que él vaya con los discípulos, como ya deseaba desde que estuvieron aquí.

Te lo doy con gran alegría,

Y te ruego que me permitas seguirle, para servirle a él y a los siervos de Dios.

–      ¿Y tu casa?

–      Señor, ¿Puede acaso uno que ha resucitado de la muerte?

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

¿Seguir teniendo los mismos afectos que tenía antes de morir?!

Mirta ha resurgido por ti de la muerte y del infierno.

Si permanezco en esta ciudad, podría llegar a odiar a los que me han torturado en mi hijo,

y Tú sé que predicas el amor.

Deja, pues, que la pobre Mirta ame al Único que merece amor,

y a su misión y a sus siervos.

Ahora me siento todavía agotada, no podría seguirte;

pero, en cuanto pueda, permítemelo, Señor.

Te seguiré a ti y estaré con mi Abel…

-Seguirás a tu hijo y a mí con él.

Sé feliz.

Queda en paz ahora, con mi paz.

Adiós.

Y, mientras la mujer con la ayuda de su hijo y de algunos otros compasivos entra en su casa,

Jesús, con los pastores, los apóstoles, su Madre y María de Alfeo, sale del pueblo

y se dirige hacia el aprisco, situado al extremo de una calle,

que termina en los campos…

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232 EL HIJO DEL CARPINTERO


Sagrada Escritura Sinagoga de Nazaret

232 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El sábado por la mañana, Jesús está en la sinagoga de Nazareth,

enseñando y diciendo:

“Éste es el apólogo de Abimelec.

Pues bien, voy a proponeros otro; no lejano ni referido a hechos lejanos;

sino cercano, presente.

LA PARÁBOLA DE LOS ANIMALES

Los animales pensaron en elegir a un rey.

Como eran astutos, pensaron elegir a uno del que no debiera temerse fuerza o ferocidad;

descartaron por tanto al león y a todos los otros felinos.

Dijeron que no querían a las rostradas águilas, ni a ninguna otra ave rapaz.

Desconfiaron del caballo, que podía llegarse hasta ellos con rapidez y ver sus acciones;

desconfiaron todavía más del burro, del que conocían la paciencia sí,

pero también los repentinos arranques de furia y las fuertes pezuñas.

Se horrorizaron ante la idea de tener por rey al mono, pues era demasiado inteligente y vengativo.

Con respecto a la serpiente, con la disculpa de que se había prestado a Satanás para seducir al hombre,

dijeron que no la querían como rey, a pesar de sus graciosos colores y la elegancia de sus movimientos;

en realidad no la quisieron porque conocían su silencioso paso majestuoso,

la fuerza de sus músculos y el terrible efecto de su veneno.

¿Elegir rey a un toro o a otro animal provisto de aguzados cuernos?

¡No hombre, no!

“Que el diablo también los tiene” dijeron;

pero en realidad pensaban: “Si nos rebelamos, un día nos extermina con sus cuernos”.

Eliminando a unos y eliminando a otros, he aquí que vieron a un corderito regordete y blanco,

que retozaba alegre por un prado verde, hocicando en la rechoncha mama materna.

No tenía cuernos; antes al contrario, unos ojos mansos como cielo de Abril.

Era manso y sencillo.

De todo estaba contento:

del agua de un pequeño riachuelo donde bebía hundiendo su morrillo rosado;

de las florecillas de variados sabores que satisfacían el ojo y el paladar;

de la tupida hierba, sobre la cual era bonito estar tumbado después de haber comido bien.

Y de las nubes, que parecían otros corderitos que correteasen por aquellos prados azules, allá arriba.

Y le invitaran a jugar, corriendo por el prado como ellas por el cielo.

Y sobre todo, de las caricias de su mamá, la cual todavía le consentía alguna sobria chupada,

lamiéndole mientras tanto, la blanca lana con su rosada lengua.

Y del aprisco, seguro y protegido del viento.

Y de la cama, bien esponjosa y fragante, en que le era dulce dormir junto a su madre.

“Es fácil contentarlo. Y no tiene ni armas ni veneno. Es ingenuo. Hagámoslo rey”.

Y lo hicieron rey.

Y se gloriaban de él, porque era hermoso y bueno.

Y porque lo admiraban los pueblos vecinos y lo amaban los súbditos por su paciente mansedumbre.

Pasó un tiempo.

El cordero se hizo carnero y dijo:

“Llega el momento de gobernar realmente.

Ahora tengo pleno conocimiento de mi misión.

La Voluntad de Dios, que permitió que fuera elegido re, me ha formado para esta misión…

Y me ha dado capacidad de reinar;

Justo es por tanto, que la ejercite en forma plena, incluso porque si no, sería desperdiciar los dones de Dios”.

Viendo pues a súbditos hacer cosas contrarias a la honestidad de las costumbres;

a la caridad, dulzura, lealtad, morigeración, obediencia, respeto, prudencia, etc.

levantó su voz para amonestar.

Pero he aquí que los súbditos se rieron de su balido sabio y dulce;

que no atemorizaba como el rugido de los felinos,

ni como el chillido de los buitres cuando se lanzan veloces sobre la presa,

ni como el silbido de la serpiente…

ni siquiera como los ladridos del perro que infunde temor.

El cordero ya carnero, no se limitó a balar;

fue donde los culpables para conducirlos de nuevo al cumplimiento del deber.

Ahora bien, la serpiente se le escurrió por entre las patas;

el águila se elevó en vuelo y lo dejó plantado;

los felinos, con una manotada, lo apartaron amenazándole:

“¿Ves lo que hay en esta mano afelpada que por ahora se limita a apartarte? Son garras”;

los caballos y todos los animales corredores en general, se pusieron a girar al galope alrededor de él, en plan de burla;

los robustos elefantes y otros paquidermos, con un golpe del morro, lo tiraron rebotándolo de un lado a otro.

Los monos, desde encima de los árboles, lo hicieron blanco de sus proyectiles.

El cordero ya carnero, acabó por inquietarse, y dijo:

“No quería usar ni mis cuernos ni mi fuerza; porque también yo tengo fuerza en este cuello,

tanto que será modelo para abatir obstáculos de guerra.

No quería usarla porque prefiero usar el amor y la persuasión.

Pero, dado que ante estas armas no os doblegáis, haré uso de la fuerza,

porque no quiero faltar a mi deber para con Dios y para con vosotros,

a pesar de que vosotros faltéis al vuestro para con Dios y para conmigo.

He sido establecido aquí por vosotros y Dios para guiaros a la Justicia y al Bien.

Y aquí quiero que Justicia y Bien es decir, Orden, reinen”.

Y castigó con los cuernos -ligeramente, porque era bueno,

a un perrito que seguía molestando a los que estaban a su lado.

Y luego, con su fortísimo cuello, echó abajo la puerta de la guarida donde un cerdo glotón y egoísta,

había almacenado provisiones en perjuicio de los demás.

Y tiró abajo también la mata de lianas que los jóvenes monos habían elegido para sus ilícitos amores.

“Este rey se ha hecho demasiado fuerte. Quiere realmente reinar y que vivamos una vida sabia.

Esto no nos agrada. Hay que destronarlo” dijeron.

Mas un mono joven y astuto aconsejó:

“Hagámoslo de forma que parezca que ha sido por un motivo justo;

si no, quedaremos mal ante otros pueblos y nos atraeremos la enemistad de Dios.

Vamos a espiar todo lo que hace el carnero, para poderlo acusar bajo apariencia de justicia”.

La serpiente dijo:

–      Me encargo de ello yo.

El mono agregó:

–     Y yo.

Una arrastrándose por entre la hierba y el otro desde las copas de los árboles,

no perdieron ni un momento de vista al cordero.

Y todas las noches, cuando él se retiraba para descansar de las fatigas de la misión…

Y meditaba en las medidas que debería tomar y en las palabras que tendría que usar,

para domar la rebelión y vencer los pecados de los súbditos,

entonces éstos, excepto alguno -raro- honesto y fiel;

se reunían para escuchar el relato de los dos espías y traidores, pues traidores eran también.

La serpiente decía a su rey: “Te sigo porque te amo, para defenderte en caso de que te agredieran”.

El mono decía a su rey: “¡Como te admiro! Quiero ayudarte.

Mira, desde aquí veo que más allá de este prado se está pecando. ¡Corre!”

Y luego decía a sus compañeros:

“Hoy también ha tomado parte en el banquete de algunos pecadores.

Ha simulado que iba allí para convertirlos, pero luego en realidad ha sido cómplice de sus orgías”.

Y la serpiente refería:

“Se ha alejado incluso allende los confines de su pueblo.

Y ha entablado conversación con mariposas, moscardones y babosas.

Es un infiel.

Trata con extranjeros impuros”.

Así hablaban a espaldas del inocente, creyendo que él lo ignorase.

Pero el espíritu del Señor, que lo había formado para su misión,

lo iluminaba también respecto a las conjuras de sus súbditos.

Habría podido huir indignado, maldiciéndolos.

Pero el cordero era manso y humilde de corazón.

Amaba: éste era su error.

Y cometía un error aún mayor:

El de perseverar en su misión, amando y perdonando, a costa de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios.

¡Oh, qué errores éstos ante los hombres!

¡Imperdonables! Tanto que le procuraron la condena.

“Muera. Para liberarnos de su opresión”.

Y la serpiente se encargó de matarlo, porque siempre la traidora es la serpiente…

Éste es el otro apólogo.

¡Ahora te toca a ti entenderlo, pueblo de Nazareth!

¡Y Pueblo de Dios!

Yo, por el amor que me une a ti, te deseo al menos que no pases del grado de pueblo hostil.

El amor de la tierra a la que vine cuando era niño, en que crecí amándoos y siendo amado;

me hace deciros a todos vosotros:

“No seáis más que hostiles.

No hagáis que la historia diga: “De Nazaret vinieron su traidor y sus jueces inicuos”‘.

Adiós.

Juzgad con rectitud y quered con constancia:

Lo primero, todos vosotros;

segundo, aquellos de entre vosotros que no vivan disturbados por pensamientos deshonestos.

Me marcho…

La paz sea con vosotros.

Y Jesús, en medio de un silencio penoso,

quebrado sólo por dos o tres voces que lo aprueban…

Sale triste, cabizbajo, de la sinagoga de Nazareth.

Le siguen los apóstoles.

Al final de todos van los hijos de Alfeo y sus ojos no son ciertamente, ojos de manso cordero…

Miran severamente a la multitud hostil.

Y Judas Tadeo sin vacilaciones, se planta erguido ante su hermano Simón,

y le dice:

–     Creía que tenía un hermano más honesto y de carácter más fuerte.

Simón agacha la cabeza y calla.

Pero el otro hermano José, respaldado por otros de Nazaret,

le reclama:

–     ¡Deberías avergonzarte de ofender a tu hermano mayor!

Tadeo le responde con firmeza:

–     ¡NO!

Me avergüenzo de vosotros.

Y volviéndose hacia todos los nazaretanos,

Sentencia con severidad:

¡De todos vosotros!

Esta Nazareth no es simplemente una madrastra para el Mesías;

es una madrastra depravada.

¡Oíd mi profecía!:

Lloraréis tantas lágrimas como para alimentar una fuente;

pero no servirán para lavar de los libros de la Historia…

El verdadero nombre de esta ciudad y de vosotros.

¿Sabéis cuál es?: 

“ESTUPIDEZ”.

Adiós.

Santiago añade un saludo más amplio, pero igual recriminatorio…

Y augurando luz de sabiduría.

Y salen, junto con Alfeo de Sara y otros dos jóvenes;

que son los dos cuidadores de asnos que los acompañaron para ir al encuentro de Juana de Cusa,

cuando estaba moribunda  y Jesús prácticamente la resucitó…

La gente, que ha quedado confundida,

murmura:

–      ¡¡¿Pero de dónde le viene tanta sabiduría?!!

–     ¿Y de dónde los milagros que hace?

–     Porque hacerlos los hace.

–    Toda Palestina lo dice.

–    ¿No es el hijo de José el carpintero?

Todos le hemos visto hacer mesas y camas en el banco del artesano de Nazareth,.

Y arreglar ruedas, yuntas y cierres.

Ni siquiera fue a la escuela.

Su Madre fue su única maestra.

José de Alfeo, dice:

–      Eso también fue un escándalo.

Que nuestro padre criticó.

–     Pero también tus hermanos terminaron la escuela con María de José.

–     ¡Ya!

Mi padre fue débil ante su mujer… – responde José.

–     Entonces…

¿También el hermano de tu padre?

–      José también.

Y esto recrudece la polémica:

–    ¿¡Entonces no era hijo de José?!

–     ¿Pero es realmente el hijo del carpintero?

–     ¿Pero es que no lo ves?

–     Hay muchos que se parecen.

–     Creo que es uno que se hace pasar por él, pero no lo es.

–     ¿Y dónde está entonces Jesús de José?

–     ¿Pero tú crees que su Madre no lo va a conocer?

–    ¿Y los parientes?

–    Los parientes también estamos divididos.

–      Aquí están TODOS sus hermanos y hermanas.

–      Y todos ellos lo reconocen como pariente.

–      ¿No es verdad, vosotros dos?

Los dos mayores hijos de Alfeo asienten.

(Para entender esto, hay que CONOCER y comprender la cultura del Medio Oriente,

Y como se denomina la perentela...

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donde la educación patriarcal admite la poligamia y esto origina la herejía aprovechada por Satanás, 

para los ignorantes y analfabetos espirituales de Occidente) 

–     Entonces se ha vuelto loco…

–    O está endemoniado…

Porque lo que dice no puede provenir de un obrero.

–     Lo que habría que hacer es no escucharlo.

–    Su pretendida doctrina es delirio o posesión…

Y la polémica originada por la incredulidad, crece como una avalancha…

Mientras tanto….

Jesús está parado en la plaza esperando a Alfeo de Sara, que habla con un hombre.

Mientras espera, uno de los arrieros, que se había quedado cerca de la puerta de la sinagoga,

Y le dice las calumnias que allí se han dicho.

–     No te apenes por esto.

Un profeta, generalmente no recibe honor, ni de su patria ni de su casa.

El hombre es tan necio que cree que para ser profetas, es necesario casi estar fuera de la vida;.

Y los coterráneos y familiares, más que todos los demás,

conocen y recuerdan la humanidad de su paisano y pariente.

Pero la verdad triunfa siempre.

Adiós.

La paz sea contigo.

–     Gracias, Maestro.

Bendito seas por haber curado a mi madre.

–     Lo merecías, porque supiste creer.

Mi poder aquí es inoperante, porque aquí no hay fe.

Y volviéndose hacia los suyos,

Jesús agrega:

Vamos, amigos.

Mañana al |alba nos marchamos.

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UNA ESTIRPE DIVINA 7


María niña con Ana y Joaquín.

Con el Carisma de Bilocacion, el Espíritu Santo nos ayuda a manejar nuestro cuerpo espiritual de tal manera, que todo lo acontecido en la historia humana, podemos verificarlo facilmente.

Y atestiguarlo, por nosotros mismos, porque al entrar en la eternidad divina, los desplazamientos no son solo grandiosos, sino personalmente vivenciales…

Y esto se aplica a cualquier narración evangélica o de un tipo específico, que necesitemos en nuestra misión…

María es una pequeñita de alrededor de dos años y en sus labios ya está la Sabiduría del Hijo.

Sigo viendo todavía a Ana. Desde ayer por la tarde la veo así: sentada donde empieza la pérgola umbrosa; dedicada a un trabajo de costura.

Está vestida de un solo color gris arena; es un vestido muy sencillo y suelto, quizás por el mucho calor que parece que hace.

En el otro extremo de la pérgola se ve a los dalladores segando el heno; heno que no debe ser de mayo.

Efectivamente, la uva ya está detrás coloreándose de oro, y un grueso manzano muestra entre sus oscuras hojas sus frutos, que están tomando un color de lúcida cera amarilla y roja;

y además el campo de trigo es ya sólo un rastrojal en que ondean ligeras las llamitas de las amapolas y los lirios se elevan, rígidos y serenos, radiados como una estrella, azules como el cielo de oriente.

De la pérgola umbrosa sale caminando una María pequeñita, que, no obstante, es ya ágil e independiente.

Su breve paso es seguro y sus sandalitas blancas no tropiezan en los cantos.

Tiene ya esbozado su dulce paso ligeramente ondulante de paloma, y está toda blanca, como una palomita,

con su vestidito de lino que le llega a los tobillos, amplio, fruncido en torno al cuello con un cordoncito de color celeste, y con unas manguitas cortas que dejan ver los antebrazos regordetes.

Con su pelito sérico y rubio-miel, no muy rizado pero sí todo él formando suaves ondas que en el extremo terminan en un leve ensortijado,

con sus ojos de cielo y su dulce carita tenuemente sonrosada y sonriente, parece un pequeño ángel.

El vientecillo que le entra por las anchas mangas y le hincha por detrás el vestidito de lino contribuye también a darle aspecto de un pequeño ángel cuando despliega las alas para el vuelo.

Lleva en sus manitas amapolas y lirios y otras florecillas que crecen entre los trigos y cuyo nombre desconozco. Se dirige hacia su madre.

Cuando está ya cerca, inicia una breve carrera, emitiendo una vocecita festiva, y va, como una tortolita, a detener su vuelo contra las rodillas maternas, abiertas un poco para recibirla.

Ana ha depositado al lado, el trabajo que estaba haciendo para que Ella no se pinche, y ha extendido los brazos para ceñirla.

Hasta este punto, ayer por la tarde; hoy por la mañana se ha vuelto a presentar y continúa así:

–    ¡Mamá! ¡Mamá!.

La tortolita blanca está toda en el nido de las rodillas maternas, apoyando sus piececitos sobre la hierba corta, y la carita en el regazo materno.

Sólo se ve el oro pálido de su pelito sobre la sutil nuca que Ana se inclina a besar con amor.

Luego la tortolita levanta su pequeña cabeza y entrega sus florecillas: todas para su mamá. Y de cada flor cuenta una historia creada por Ella.

Ésta, tan azul y tan grande, es una estrella que ha caído del cielo para traerle a su mamá el beso del Señor… ¡Que bese en el corazón, en el corazón, a esta florecilla celeste, y percibirá que tiene sabor a Dios!…

Y esta otra, de color azul más pálido, como los ojos de su papá, lleva escrito en las hojas que el Señor quiere mucho a su papá porque es bueno.

Y esta tan pequeñita, la única encontrada de ese tipo (una miosota), es la que el Señor ha hecho para decirle a María que la quiere.

Y estas rojas, ¿Sabe su mamá qué son? Son trozos de la vestidura del rey David, empapados de sangre de los enemigos de Israel, y esparcidos por los campos de batalla y de victoria.

Proceden de esos limbos de regia vestidura hecha jirones en la lucha por el Señor. En cambio ésta, blanca y delicada, que parece hecha con siete copas de seda que miran al cielo, llenas de perfumes

y que ha nacido allí, junto al manantial se la ha cogido su papá de entre las espinas, está hecha con la vestidura que llevaba el rey Salomón cuando, el mismo mes en que nació esta Niña descendiente suya,

muchos años, ¡Oh, cuántos, cuántos antes; muchos años antes, él, con la pompa cándida de sus vestiduras, caminó entre la multitud de Israel ante el Arca y ante el Tabernáculo,

y se regocijó por la nube que volvía a circundar su gloria, y cantó el cántico y la oración de su gozo.

–     Yo quiero ser siempre como esta flor, y, como el rey sabio, quiero cantar toda la vida cánticos y oraciones ante el Tabernáculo» termina así la boquita de María.

–     ¡Tesoro mío!

¿Cómo sabes estas cosas santas? ¿Quién te las dice? ¿Tu padre?

–     No. No sé quién es.

Es como si las hubiera sabido siempre. Pero quizás me las dice alguien, alguien a quien no veo.

Quizás uno de los ángeles que Dios envía a hablarles a los hombres buenos. Mamá, ¿me sigues contando alguna otra historia?….

–    ¡Oh, hija mía! ¿Cuál quieres saber?.

María se queda pensando; seria y recogida como está, habría que pintarla para eternizar su expresión.

En su carita infantil se reflejan las sombras de sus pensamientos. Sonrisas y suspiros, rayos de sol y sombras de nubes pensando en la historia de Israel.

Luego elige:

–     Otra vez la de Gabriel y Daniel, en que está la promesa del Cristo.

Y escucha con los ojos cerrados, repitiendo en voz baja las palabras que su madre le dice, como para recordarlas mejor.

Cuando Ana termina, pregunta:

–    ¿Cuánto falta todavía para tener con nosotros al Emmanuel?

–     Treinta años aproximadamente, querida mía.

–     ¡Cuánto todavía!

Y yo estaré en el Templo… Dime, si rezase mucho, mucho, mucho, día y noche, noche y día, y deseara ser sólo de Dios, toda la vida, con esta finalidad, ¿el Eterno me concedería la gracia de dar antes el Mesías a su pueblo?.

–     No lo sé, querida mía.

El Profeta dice: “Setenta semanas”. Yo creo que la profecía no se equivoca.

Ana ve perlarse de llanto, las pestañas de oro de su niña…

Y se apresura a añadir:

–    Pero el Señor es tan bueno…

Que creo que si rezas mucho, mucho, mucho, se te mostrará propicio.

La sonrisa aparece de nuevo en esa carita ligeramente levantada hacia la madre.

Y un ojalito de sol que pasa entre dos pámpanas hace brillar las lágrimas del ya cesado llanto, cual gotitas d. rocío colgando de los tallitos sutilísimos del musgo alpino.

–     Entonces rezaré y me consagraré virgen para esto.

–     Pero, ¿Sabes lo que quiere decir eso?

–     Quiere decir no conocer amor de hombre, sino sólo de Dios.

Quiere decir no tener ningún pensamiento que no sea para el Señor. Quiere decir ser siempre niña en la carne y ángel en el corazón. Quiere decir no tener ojos sino para mirar a Dios,

oídos para oírle, boca para alabarle, manos para ofrecerse como hostias, pies para seguirle velozmente, corazón y vida para dárselos a El.

–    ¡Bendita tú!

Pero entonces no tendrás nunca niños, ¿Sabes? ; y a ti te gustan mucho los niños y los corderitos y las tortolitas.

Un niño para una mujer es como un corderito blanco y crespo, como una palomita de plumas de seda y boca de coral:

se le puede amar, besar; se puede oír que nos llama “mamá”.

–     No importa.

Seré de Dios. En el Templo rezaré. Y quizás un día vea al Emmanuel.

La Virgen que debe ser Madre suya, como dice el gran Profeta, ya debe haber nacido y estar en el Templo…

Yo seré compañera suya… y sierva suya. ¡Oh, sí! Si pudiera conocer, por luz de Dios, a esa mujer bienaventurada, querría servirla.

Luego Ella me traería a su Hijo, me conduciría hacia su Hijo y así le serviría también a Él. ¡Fíjate, mamá!… ¡¡Servir al Mesías!!…

María se siente sobrepujada por este pensamiento que la sublima y la deja anonadada al mismo tiempo.

Con las manitas cruzadas sobre su pecho y la cabecita un poco inclinada hacia adelante y encendida de emoción, parece una infantil reproducción de la Virgen de la Anunciación que yo vi.

Y sigue diciendo:

–    ¿Pero, el Rey de Israel, el Ungido de Dios, me permitirá servirle?.

–     No lo dudes.

¿No dice el rey Salomón: “Sesenta son las reinas y ochenta las otras esposas y sin número las doncellas”

En ello puedes ver que en el palacio del Rey serán sin número las doncellas vírgenes que servirán a su Señor.

–     ¡Oh! ¿Lo ves como debo ser virgen?

Debo serlo. Si Él por madre quiere una virgen, es señal de que estima la virginidad por encima de todas las cosas.

Yo quiero que me ame a mí, su sierva, por esa virginidad que me hará un poco similar a su dilecta Madre…

Esto es lo que quiero… Querría también ser pecadora, muy pecadora, si no temiera ofender al Señor…

Dime, mamá, ¿Puede una ser pecadora por amor a Dios?.

–     Pero, ¿Qué dices, tesoro? No entiendo.

–     Quiero decir: pecar para poder ser amada por Dios hecho Salvador.

Se salva a quien está perdido, ¿No es verdad? Yo querría ser salvada por el Salvador para recibir su mirada de amor. Para esto querría pecar, pero no cometer un pecado que le disgustase.

¿Cómo puede salvarme si no me pierdo?

Ana está atónita. No sabe ya qué decir.

Viene en su ayuda Joaquín, el cual, caminando sobre la hierba, se ha ido acercando, sin hacer ruido, por detrás del seto de sarmientos bajos.

Joaquín dice:

–     Te ha salvado antes porque sabe que le amas y quieres amarle sólo a Él.

Por ello tú ya estás redimida y puedes ser virgen como quieres

–    ¿Sí, padre mío?

María se abraza a sus rodillas y le mira con las claras estrellas de sus ojos, muy semejantes a los paternos, y muy dichosos por esta esperanza que su padre le da.

–     Verdaderamente, pequeño amor.

Mira, yo te traía este pequeño gorrión que en su primer vuelo había ido a posarse junto a la fuente.

Habría podido dejarlo, pero sus débiles alas no tenían fuerza para elevarlo en nuevo vuelo, ni sus patitas de seda para fijarlo a las musgosas piedras, que resbalaban.

Se habría caído en la fuente.

No he esperado a que esto sucediera. Lo he cogido y ahora te lo regalo. Haz lo que quieras con él. El hecho es que ha sido salvado antes de caer en el peligro.

Lo mismo ha hecho Dios contigo. Ahora, dime, María: ¿He amado más al gorrión salvándolo antes, o lo habría amado más salvándolo después?

–     Ahora lo has amado, porque no has permitido que se hiciera daño con el agua helada.

–     Y Dios te ha amado más, porque te ha salvado antes de que tú pecaras.

–     Pues entonces yo le amaré completamente, completamente.

Gorrioncito bonito, yo soy como tú. El Señor nos ha amado de la misma manera, salvándonos… Ahora voy a criarte y luego te dejaré suelto. Tú cantarás en el bosque y yo en el Templo las alabanzas del Señor.

Y diremos: “Envía a tu Prometido, envíaselo a quien espera”. ¡Oh, papá mío! ¿Cuándo me vas a llevar al Templo?

–     Pronto, perla mía.

Pero, ¿No te duele dejar a tu padre?

–    ¡Mucho! Pero tú vendrás…

Y además, si no doliese, ¿Qué sacrificio sería?

–     ¿Y te vas a acordar de nosotros?

–      Siempre.

Después de la oración por el Emmanuel rezaré por vosotros. Para que Dios os haga dichosos y os dé una larga vida… hasta el día en que Él sea Salvador.

Luego diré que os tome para llevaros a la Jerusalén del Cielo.

La visión me cesa con María estrechada en el lazo de los brazos de su padre…

Dice Jesús:

“Llegan ya a mis oídos los comentarios de los doctores de los tiquismiquis: “¿Cómo puede hablar así una niña que no ha cumplido aún tres años? Es una exageración”.

Pero no piensan que ellos, alterando mi infancia con actos propios de adultos, dan de Mí una imagen monstruosa.

La inteligencia no llega a todos de la misma manera y al mismo tiempo. La Iglesia ha establecido los seis años como la edad de responsabilidad de las acciones,

porque esa es la edad en que incluso un niño retrasado puede distinguir, al menos rudimentariamente, el bien y el mal.

Pero hay niños que mucho antes son capaces de discernir, entender y querer, con una razón ya suficientemente desarrollada.

Que las pequeñas Imelda Lambertini, Rosa de Viterbo, Nellie Organ, Nennolina os proporcionen una base para creer, ¡Oh, doctores difíciles!, que mi Madre podía pensar y hablar así.

Sólo he considerado cuatro nombres al azar entre los millares de niños santos que, después de haber razonado como adultos en la tierra durante más o menos años, han venido a poblar mí Paraíso.

¿Qué es la razón? Un don de Dios. Él, por tanto, puede darla con la medida que quiera, a quien quiera y cuando quiera.

Es, además, una de las cosas que más os asemejan a Dios, Espíritu inteligente y que razona.

La razón y la inteligencia fueron gracias otorgadas por Dios al Hombre en el Paraíso Terrenal.

¡Y qué vivas estaban cuando la Gracia moraba, aún intacta y operante, en el espíritu de los dos Primeros!

En el libro de Jesús Bar Sirac está escrito: “Toda sabiduría viene del Señor Dios y con Él ha estado siempre, incluso antes de los siglos”.

¿Qué sabiduría, pues, habrían tenido los hombres si hubieran conservado su filiación para con Dios?

Vuestras lagunas de inteligencia son el fruto natural de haber venido a menos en la Gracia y en la honestidad.

Perdiendo la Gracia, habéis alejado de vosotros, durante siglos, la Sabiduría.

Cual estrella fugaz que se oculta tras nebulosidades de kilómetros, la Sabiduría no ha seguido llegándoos con sus netos destellos,

sino sólo a través de neblinas cada vez más oprimentes a causa de vuestras prevaricaciones.

Luego ha venido el Cristo y os ha vuelto a dar la Gracia, don supremo del amor de Dios.

Pero ¿Sabéis custodiar limpia y pura esta gema? No.

Cuando no la rompéis con la voluntad individual de pecar, la ensuciáis con continuas culpas menores, con debilidades, o gravitando hacia el vicio.

Y ello, a pesar de no significar una verdadera unión con el septiforme vicio, debilita la luz de la Gracia y su actividad.

Luego, además, siglos y siglos de corrupciones, que deletéreas, repercuten en lo físico y en la mente, han ido debilitando la magnífica luz de la inteligencia que Dios había dado a los Primeros.

Pero María era no sólo la Pura, la nueva Eva recreada para alegría de Dios,

era la super-Eva, era la Obra Maestra del Altísimo, era la Llena de Gracia, era la Madre del Verbo en la mente de Dios.

“Fuente de la Sabiduría” dice Jesús Bar Sirac “es el Verbo”. ¿Y el Hijo no va a haber puesto su sabiduría en los labios de su Madre?

Si a un Profeta que debía decir las palabras que el Verbo, la Sabiduría, le confiaba para transmitírselas a los hombres, le fue purificada la boca con carbones encendidos,

¿No va a haber depurado y elevado el Amor el habla de esa su Esposa niña que debía llevar en sí la Palabra,

a fin de que no hablase primero como niña y luego como mujer, sino sólo y siempre como criatura celeste fundida con la gran luz y sabiduría de Dios?

El milagro no está en el hecho de que María, como luego Yo, mostrara en edad infantil una inteligencia superior.

El milagro está en el hecho de contener a la Inteligencia infinita, que en Ella moraba, en los diques convenientes para no pasmar a las multitudes y para no despertar la atención satánica.

En otra ocasión seguiré hablando de esto, que está en relación con ese “recordarse” que los santos tienen de Dios.

UNA ESTIRPE DIVINA 2


Joaquín y Ana poseían la Sabiduría.

Antes de proseguir hago una observación. La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida.

Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto – jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero… los hay.

Después, ya casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones.

No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José.

No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones recibí alguna vez alusión segura, a que la casa de Nazaret fuera la casa natal. Mi cabeza está muy cansada.

Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido enseguida las palabras, aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen y en el alma, la luz.

Pero los detalles se borran inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia, no sabría nada más.

Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mi misma. Los dictados los recibo.

Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases.

Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido. Empiezo a ver y escribo….

(Esta  es la experiencia de María Valtorta.

Y nuestras propias experiencias, serán de acuerdo a la Voluntad de Dios. 

Los católicos poseemos la Verdad Revelada…

Y cuando cumplimos TODOS los requisitos que la Iglesia Catolica, Apostólica y Romana, EXIGE, 

NO PODEMOS CALLAR,

ANTE LO QUE ESTAMOS VIENDO, OYENDO y experimentando con los Carismas del Espíritu Santo…)

No olvidemos que TODO lo que estamos estudiando, ES UN CURSO DE ENTRENAMIENTO de nuestro cuerpo espiritual… 

PORQUE ES LO QUE VIVIREMOS EL RESTO SANTO

Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente.

Parece un enorme mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta, ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos.

Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo.

Atados a las estacas hay ramos verdes, como decoración y como medio para dar frescor.

Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados así ; éstas crean como pequeñas galerías verdes.

Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.

Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En tomo a estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando.

Las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados,

su cabecita sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina.

Las madres terminan de comer como pueden, con una sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón.

Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando. Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha.

Se ven lumbres encendidas, desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que halla dificultad para dormirse.

Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un color negro – azul;

un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas, ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas,

entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes.

La estrella Polar ríe con todos sus resplandores. Me doy cuenta de que es el mes de Octubre.

Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja.

Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te parla con su vocecita aguda.

Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá».

Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.

Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altiva con ninguno.

Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies.

Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo:

–     ¡Oh, no es nada!

Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy agradable ¿Qué edad tiene?».

–     Tres años.

Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña… Para una mamá es mucho una niña….

–     ¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!

Ana suspira.

La otra mujer dice:

–     Sí. Soy pobre.

Pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora.

Todos los signos son de que Ana es de condición más elevada y la mujer lo ha visto.

–     ¿Cuántos niños tienes?

–      Ninguno.

–     ¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?

–     No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo…

–     ¡Oh!

La mujer pobre la mira con piedad.

la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda. 

Y dice:

–     Te he hecho esperar, Joaquín.

Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡Fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo.

Joaquín suspira.

El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo.

Todos se echan a reír.

Ana responde:

–     Déjalo. No molesta.

Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí… no es más que un pajarito que come.

Y se sienta con el niño en el regazo, le sirve la cena en un plato a su marido y luego da al niño un pedazo de torta y pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha quitado la espina.

La última que come es ella.

La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento.

Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir.

Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la leche de su mamá.

La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores.

Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños.

Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos.

Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:

–     Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo… ¡Oh! ¡Joaquín!..

El anciano responde:

–     Espéralo, espéralo. Ana.

¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?

–      Nada. Un sueño sólo…

–      Mañana es el último día de oración.

Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana.

–     Dios lo quiera…

¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: “Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides”!…

–     Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá moviéndose por primera vez en tu seno.

Será voz de inocente y, por tanto, voz de Dios.

Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche.

Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y lo pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos.

Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga, una de las últimas estrellitas de la tierra.

Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.

Dice Jesús: 

“Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría.

Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre:

“Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa”.

Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud.

Toda las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del Trono de Dios.

Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría “amándola más que a cualquier otra mujer”: la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa.

Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias.

Y para ser el emblema de la “mujer fuerte”, no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos,

flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad.

Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste “la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa”,

cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca…

y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían “palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas”.

Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos: María Santísima., la Madre mía.

Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios.

Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: “Espéralo, espéralo… Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor”.

Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios.

Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: “Por ella adquiriré gloria ante el pueblo… por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí”.

Pero para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno.

Virtud de Fe. Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser castos.

Los tálamos castos tienen por custodios a los ángelesy de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida.

Mas ahora ¿Dónde están?

Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo.

“La CASTIDAD no es una cuestión fácil. Vas contracorriente todos los días. Aristóteles decía: “No hay conquista más grande que la conquista de uno mismo.” Es una libertad, la libertad de hacer lo correcto. LA CASTIDAD ES UN ENTRENAMIENTO…

123 EL SABIO DE ISRAEL


123 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El grupo apostólico avanza unos cincuenta metros, todavía por un camino montañoso encajado entre las paredes boscosas del monte…

Luego el camino gira y llega a una especie de pequeña meseta, a la que atraviesa, ensanchándose; para luego volver a estrecharse y a hacerse tortuoso, bajo un techo de ramas entrelazadas.  

–     ¡Maestro! ¡Maestro!

¿Sabes quién nos precede? ¡E1 rabí Gamaliel!

Está sentado con sus servidores en la sombra del bosque, protegido del viento. Es una caravana. Están asando un cordero.

¿Y ahora qué hacemos?  

Jesús señala: 

–     Pues lo que queríamos hacer, amigos.

Nosotros vamos por nuestro camino…

–     Pero Gamaliel es del Templo».

–     Gamaliel no es malo.

No tengáis miedo. Voy Yo adelante.  

Los dos primos, todos los galileos y Simón, 

dicen al mismo tiempo:  

–      ¡Voy también yo!

Sólo Judas de Keriot y un poco menos Tomás, muestran pocas ganas de continuar el camino; pero siguen a los otros.

En el claro soleado del bosque, amparados por la sombra de las primeras hojas de los árboles, hay bajo una rica tienda, un nutrido número de personas.

Y otros que en un ángulo, están girando el cordero que tienen puesto sobre la llama.

¿Qué decir! ¡Gamaliel se cuida bien! Para un solo hombre que viaja,  ha movilizado un regimiento de servidores con mucho equipaje.

Ahora está allí sentado, en el centro de su tienda:

Un telón extendido apoyado en cuatro palos dorados; una especie de baldaquino, bajo el cual hay unos asientos bajos, cubiertos de cojines.

Y una mesa, que es una superficie montada sobre caballetes taraceados, aparejada con un finísimo mantel sobre el que los servidores disponen una valiosa vajilla.

Gamaliel parece un ídolo: con las manos abiertas sobre las rodillas, rígido, hierático, parece una estatua. En torno a él, los servidores se mueven y giran de un lado para otro como mariposas.

Él está en otras cosas, está pensando: los párpados semicierran sus ojos severos.

Cuando los abre, dos oscurísimos ojos profundos y llenos de pensamiento se muestran en toda su severa belleza, a ambos lados de una nariz larga y fina,

bajo una frente un poco calva de viejo, alta, signada por tres arrugas paralelas, con una gruesa vena azulada que dibuja casi una V en el centro de la sien derecha.  

Los sirvientes se vuelven por el rumor de los pasos de los que llegan; también Gamaliel, el cual, al ver a Jesús, que viene al frente, hace un gesto de sorpresa y se pone en pie.

Se acerca al límite de la tienda, pero no lo sobrepasa. Desde allí, con los brazos recogidos sobre el pecho, se inclina con gran reverencia.

Jesús responde de la misma forma.  

Gamaliel pregunta: 

–     ¿Estás aquí, Rabí? 

Jesús responde: 

–     Aquí estoy, rabí.

–     ¿Se te puede preguntar a dónde te diriges?

–     Con gusto te respondo: vengo de Neftalí y voy a Yiscala.

–     ¿A pie?

Largo y penoso es el camino por estos montes. Te vas a cansar demasiado.

–     Créeme, si me aceptan y prestan oído a mis palabras, todo cansancio cesa.

–     Concédeme entonces, por una vez, que sea yo quien te proporcione descanso.

El cordero ya está preparado. Habríamos dejado los restos a las aves, porque no acostumbro a llevármelos conmigo, así que no me supone ninguna dificultad invitaros a ti y a los tuyos.

Soy amigo tuyo, Jesús. No te considero inferior a mí; antes al contrario, mayor.

–     Lo creo. Acepto.

Gamaliel habla con un sirviente, que parece el primero en autoridad.

Éste transmite la orden:

Prolongan la tienda y descargan de los muchos mulos que hay, otros asientos para los discípulos de Jesús y otros objetos del servicio de mesa.

Traen las copas para la purificación de los dedos.

Jesús, con la máxima majestuosidad, procede al rito mientras los apóstoles, observados con el rabillo del ojo agudamente, por Gamaliel,

lo hacen más mal que bien, excepto Simón, Judas de Keriot, Bartolomé y Mateo, más habituados a los refinamientos judaicos.

Jesús se ha puesto junto a Gamaliel, que está solo en uno de los lados de la mesa. Frente a Jesús, Simón Zelote.

Después de la oración de ofrecimiento, recitada por Gamaliel con lentitud solemne, los sirvientes trinchan el cordero y lo distribuyen a los invitados.

Y llenan de vino las copas, o de agua de miel para quien lo prefiere. 

Gamaliel dice:  

–     El azar nos ha reunido, Maestro.

No me podía imaginar que te iba a encontrar. Y menos aún dirigido a Yiscala.

–     Me dirijo a todo el mundo.

–     Sí. Eres el Profeta infatigable.

Juan es el estable; Tú, el peregrino.

–     Ello facilita a las almas el encontrarme.

–     No diría yo lo mismo, porque si te mueves pierden tu pista.

–     La pierden los enemigos.

Pero quienes desean acercarse a Mí, porque aman la Palabra de Dios, me encuentran. No todos pueden venir al Maestro; por lo cual, el Maestro deseoso de todos, va a ellos,

haciendo así el bien a los buenos y evitando las conjuras de quienes le odian.

–     ¿Lo dices por mí?

No te odio.

–     No lo digo por ti.

Pero, siendo justo y sincero como eres, podrás corroborar lo que acabo de decir.

–     Sí, así es.

De todas formas… es que nosotros los viejos te comprendemos mal.

–     Sí.

El viejo Israel me comprende mal. Por desgracia para él… y por propia voluntad.

–     ¡Nooo!

–     Sí, rabí.

No aplica su voluntad a entender al Maestro. Y quien se limita a eso todavía hace un mal relativo. Pero es que otros aplican su voluntad a entender mal y a alterar mi palabra para dañar a Dios.

–     ¿A Dios?

¡Él está por encima de las insidias humanas!

–     Sí.

Pero toda alma que se desvía, o que es desviada…

Y desviar es alterar mi palabra y mi obra a sí mismo o a los demás, es un daño hecho a Dios en esa alma que se pierde: toda alma que se pierde es una herida infligida a Dios.

Gamaliel baja la cabeza y piensa con los ojos cerrados.

Luego se aprieta la frente entre sus largos y delgados dedos con un movimiento involuntario de aflicción.

Jesús lo escudriña con su mirada.

Gamaliel levanta la cabeza, abre los ojos, mira a Jesús,

y dice:

–     Pero Tú sabes que no soy uno de ellos.

–     Lo sé, pero eres uno de los primeros.

–     Sí, eso es verdad.

Pero no es que no me aplique a entenderte. Lo que pasa es que tu palabra se detiene en mi mente y no va más abajo. La mente la admira, cual palabra de hombre docto, pero el espíritu… 

Jesús confirma:

–     Pero el espíritu no puede recibirla, Gamaliel.

Porque tiene demasiados estorbos; que además son cosas ya inservibles.

Viniendo de Neftalí, hace poco he pasado por un monte que sobresale de la cadena montañosa. He querido pasar por ese lugar para contemplar la belleza de los dos lagos de Genesaret y Merón desde lo alto,

como los ven las águilas y los ángeles del Señor, para decir una vez más: “Gracias, Creador, por la belleza que nos concedes”.

Pues bien, mientras que toda la cadena es un fértil florecer, macollar, poblarse de hojas los prados, arboledas, huertos,  campos y bosques,

mientras los laureles desprenden su aroma junto a los olivos, preparando ya la nieve de las mil flores y el robusto roble parece hacerse más bueno porque se viste de las coronas de las clemátides y madreselvas…

Allí no, allí no hay floración ni fertilidad, ni de hombre ni de la naturaleza:

Todo esfuerzo del viento, todo esfuerzo de los hombres se malogra allí, porque las ruinas ciclópeas de la antigua Hatzor ocupan todo.

Y entre esas voluminosas piedras no puede sino crecer la ortiga y el espino y anidar la serpiente.

Gamaliel…

–     Comprendo.

También nosotros somos escombros… Comprendo la parábola, Jesús.

Pero… no puedo… no puedo cambiar de línea de actuación: las piedras están demasiado hincadas.

–     Alguien en quien crees te dijo:

“Las piedras se estremecerán cuando pronuncie mis últimas palabras”.

Pero, ¿Por qué esperar a las últimas palabras del Mesías? ¿No tendrás remordimientos por no haberme querido seguir antes?

¡Oh, las últimas!… Tristes palabras, si se trata de un amigo que muere y que hemos ido a escuchar demasiado tarde. Y mis palabras son más que las de un amigo.

–     Tienes razón, pero no puedo.

Espero ese Signo para creer.

–     No basta un rayo para remover un campo yermado.

No lo recibe la tierra, sino sólo las piedras que la cubren. Trabaja al menos en removerlas, Gamaliel.

Si no, si continúan así, en lo profundo de ti, el Signo no te llevará a creer.

Gamaliel calla, absorto.

La comida termina.

Jesús se levanta y dice:

–     “Te doy gracias, Dios mío, por esta comida y por haber podido hablar al sabio.”

Y gracias a ti, Gamaliel.

–     Maestro, no te vayas así.

Temo que estés enfadado conmigo.

–     ¡Oh!, ¡No!

Debes creerme.

–     Entonces, no vayas.

Yo me estoy dirigiendo a la tumba de Hillel. ¿Desdeñarías venir conmigo?

Nos llevará poco tiempo porque tengo mulos y asnos para todos. Simplemente les quitamos los bastos. Los llevarán los sirvientes.

Así te será más corto el camino en el trecho más duro.

–     No sólo no desdeño ir contigo.

Sino que me siento honrado de ello y de ir a visitar la tumba de Hillel. Vamos pues.

Gamaliel da unas órdenes y mientras todos se ponen a trabajar para desmontar el comedor provisional, Jesús y el rabí montan a lomos de una mula.

Y al lado el uno del otro, avanzan por el camino escarpado, silencioso… en el que suenan fuerte las pezuñas herradas.

Gamaliel guarda silencio: sólo dos veces le pregunta a Jesús si va cómodo en la silla.

Jesús responde y calla. Luego absorto en su pensamiento, hasta el punto de que no ve que Gamaliel, sujetando un poco a su mula, lo deja pasar adelante, la largura de un cuello, para estudiar todos sus movimientos.

Los ojos del anciano rabí están tan atentos y fijos, que parecen los de un halcón al acecho de la presa.

Pero Jesús no se da cuenta. Va sereno, acompañando el paso ondulado de la cabalgadura.

Piensa y no obstante, advierte todos los detalles de lo que le rodea. Alarga una mano para coger un péndulo racimo de codeso de oro; sonríe a dos pajarillos que se están haciendo el nido en un tupido enebro.

Detiene la mula para escuchar a una curruca; hace un gesto de asentimiento, como bendiciendo, al grito impaciente con que una tórtola salvaje insta a su compañero al trabajo.  

Gamaliel dice:

–     Quieres mucho a las plantas y a los animales, ¿No?

Jesús responde:

–     Sí, mucho; es mi libro vivo.

El hombre tiene siempre ante sus ojos los cimientos de la fe. El Génesis vive en la Naturaleza. Y quien sabe ver sabe también creer.

¿Puede acaso esta flor de tan delicado perfume y delicada materia de sus colgantes corolas, y tan en contraste con este espinado enebro y con aquella aulaga de punzantes hojas, haberse hecho sola?

Y mira allí, ¿Puede acaso haberse hecho así, solo, aquel petirrojo, con esa pincelada de sangre seca en su blando cuello?

¿Y aquellas dos tórtolas?:  ¿Cómo habrían podido pintarse ese collar de ónix sobre el velo de las plumas grises?

¿Y allí, esas dos mariposas?: una, negra con su dibujo de grandes ojos de oro y rubí; blanca con rayas azules la otra: ¿Dónde habrán encontrado las gemas y cintas para sus alas?

¿Y este riachuelo?: Es agua, sí, pero ¿De dónde proviene?, ¿Cuál es la fuente primera del agua elemento?

¡Ah, mirar quiere decir creer, si se sabe ver!

–     Mirar quiere decir creer.

Miramos demasiado poco al Génesis vivo que tenemos ante nuestros ojos.   

–     Demasiada ciencia, Gamaliel.

Y demasiado poco amor. Y demasiada poca humildad.

Gamaliel suspira y menea la cabeza.

–     Bien, he llegado, Jesús.

Allí está enterrado Hillel. Dejemos aquí las cabalgaduras y acerquémonos allí abajo. Un sirviente se hará cargo de las mulas.

Se apean. Atan a un tronco las bestias.

Se encaminan hacia un pequeño sepulcro que se destaca en la ladera del monte al lado de un vasto edificio completamente cerrado.

Gamaliel señala la casa, 

y dice:

–     Aquí vengo a meditar, como preparación a las fiestas de Israel.

–     La Sabiduría te dé todas sus luces.  

Señala el sepulcro y dice:

–     Y aquí, para prepararme a la muerte: era un justo.

Jesús confirma: 

–     Era un justo.

Oro con gusto ante sus cenizas. Pero, Gamaliel, no sólo a morir debe enseñarte Hillel. Te debe enseñar a vivir.

–     ¿Cómo, Maestro?

–     “E1 hombre es grande cuando se humilla”: era su lema preferido…

–     ¿Cómo lo sabes, si no lo has conocido?

–     Lo he conocido…

Y, además, aunque no hubiera conocido personalmente a Hillel el rabí, su pensamiento lo hubiera conocido como de hecho lo conozco, porque nada ignoro del pensamiento humano.

Gamaliel inclina la cabeza y susurra:

–     Sólo Dios puede decir esto.

Jesús responde: 

–     Dios y su Verbo.

Porque el Verbo conoce al Pensamiento y el Pensamiento conoce al Verbo, y lo ama, comunicándose a Él con sus tesoros para hacerlo partícipe de Sí.

El Amor estrecha los lazos y hace de Ellos una sola Perfección. Es la Tríada que se ama y que divinamente se forma, se genera, procede y completa.

Todo pensamiento santo ha nacido en la Mente perfecta y se refleja en la mente del justo. ¿Puede, entonces, el Verbo ignorar los pensamientos de los justos, que son los pensamientos del Pensamiento?

Oran largamente ante el sepulcro cerrado.

Se acercan a ellos los discípulos y luego los sirvientes: los primeros, a caballo; los otros, bajo el peso de los equipajes.

Pero se detienen en los lindes del prado que precede al sepulcro.

La oración termina.

Jesús se despide: 

–     Adiós, Gamaliel.

Sube como Hillel. 

Gamaliel se queda perplejo…

Y pregunta:

–     ¿Qué quieres decir?

–     Sube.

Él te precede porque ha sabido creer más humildemente que tú.

A ti la paz.