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340 VÍCTIMAS PROPICIATORIAS


340 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, Tiro se despierta entre ráfagas de mistral

Es una mañana esplendorosa con un cielo despejado,

adornado por unos cuantos cirros muy blancos, como la espuma de las olas,

que revientan rumorosas en la playa…

El sol goza de su jornada de cielo claro, después de tanta oscuridad,

causada por el mal tiempo.  

La abundante brisa marina, provocada por la marejada, el impredecible viento,

y el fuerte oleaje de un mar inquieto,

cubre con su helada humedad invernal, a los marineros madrugadores,

que están sobre las naves atracadas en el muelle.

Y que se mueven alternadamente, subiendo y bajando. 

meciéndose al suave ritmo de las fuertes olas. 

Después de otra fuerte y violenta ráfaga de mistral;

Pedro despierta en la barca, donde ha dormido…

Y hablando consigo, murmura en voz baja: 

–       Entendido.

Es hora de moverse.

Señalando al mar que entra inquieto incluso en el puerto, 

con cuya abundante brisa le ha refrescado, cubriéndolo completamente.

agrega: 

–        Y «él»  nos ha proporcionado el agua lustral…

¡Mmm!

Vamos a consumar la segunda parte del sacrificio propiciatorio…

Pedro poniéndose en pie, se levanta del lugar en donde pasó la noche

y viendo a Santiago que también se ha despertado,

le dice:

–       Creo que ya es hora de que nos vayamos.

¡Humm!… 

Dime, Santiago…

¿No te da la impresión, de que realmente estamos llevando a dos víctimas propiciatorias al sacrificio?

A mí sí.

Santiago de Zebedeo,

responde;

–        También a mí, Simón.

Pero… ¿Sabes?

De mi parte agradezco al Maestro, la confianza que ha depositado en nosotros.

Pero no me gusta que se haya sufrido tanto…

Jamás había visto, ni imaginado siquiera, una cosa tan dolorosa… 

El Sufrimiento en Jesús era tan grande, que no lo pudo ocultar…

Él que siempre es tan calmado.

Y también en estos dos…   

¡Cómo los ha torturado!  

Me dolió tanto…

Sentí que casi fue, como si se me partiera también a mí el corazón…

–       Todos los sentimos…

Hasta el corazón de paloma de mi Porfiria…

Y tampoco yo lo había experimentado así…

Pero… ¿Sabes?

Estoy seguro de que el Maestro nunca lo hubiera hecho,

si el Sanedrín no hubiera metido sus narices…

–       Él ya lo dijo…

Pero ¿Quién habrá informado al Sanedrín?

¡Es lo que quisiera saber…!

Pedro exclama:

–      ¿Qué quién?

¡Dios eterno, ayúdame guardar silencio!

¡Haz que no piense!

Y en vox más baja añade;

–        Es un voto que he hecho;

para quitarme esta sospecha, que me trepana el cerebro con una sola idea…

Ayúdame Santiago a no pensar…

Habla de otra cosa completamente distinta.

–        Pero ¿De qué?

¿Del tiempo?

–        Sí, por ejemplo. 

Si así lo quieres…

–        Porque yo no entiendo nada del océano grande…

Pedro se queda mirando el mar

y dice:

–           Pienso que vamos a tener un buen baile.

Santiago mira el cielo examinándolo…

Y  luego a los enormes barcos,

y objeta: 

–           ¡Nooo!

Las olas son pequeñas y están para reír… 

Ayer si estaba un poco enfurecido.

¡Qué hermoso será ver este mar agitado, desde lo alto de la nave!

A Juan le va a gustar…

Hará que se inspire para cantar.  

Les llega otra ráfaga de brisa refrescante… 

Y se pone de pie también Santiago..

Observa las naves que están en la otra parte, en el muelle grande;

visibles, con sus altas superestructuras.  

Es un notorio contraste, sobre todo cuando la ola levanta la barquita de ellos

con un movimiento alternado de sube y baja.

Miran, estudiando las distintas naves, haciendo pronósticos…

Poco a poco, el puerto se llena de gente y de movimiento.

Santiago observa los barcos,

y pregunta: 

–      ¿Cuál será la nave?

Y Pedro  contesta:

–      Ahora lo averiguo. 

Espera…  

Y saltando de la barca;

se dirige hacia un marinero ocupado en otra barca cercana…

Diciéndole: 

–        ¡Oye!

¿Sabes si se encuentra en el puerto el navío de…?

Espera, voy a leer su nombre… 

Y sacando un pergamino que trae en la cintura y está atado con una cinta,

añade: 

     Sí.  

Aquí está

Es Nicómedes Filadelfo de Filipo; cretense de Paleocastro…

El marinero se admira,

y exclama:

–       ¡Oh!

¡El famoso gran navegante!

¡¿Y quién no lo conoce?!

Es el más conocido desde el Golfo de las Perlas,

hasta las Columnas de Hércules.

Y aun más allá…

Hasta en los fríos mares congelados,

en los que la noche puede durar meses enteros.

¿Cómo es que no lo conoces, tú que eres marinero?

–       No.

Es así.

No lo conozco; pero ando en su busca; 

porque conocemos a nuestro amigo Lázaro de Teófilo,

que en un tiempo fue gobernador de Siria…

–           ¡Ah! ¡Sí!

Cuando yo navegaba…

Ahora estoy viejo, pero entonces él estaba en Antioquía…

¡Qué tiempos aquellos, tan hermosos!…

¿Lázaro es amigo tuyo…?

Y buscas a Nicómedes el cretense.

Entonces puedes ir seguro. 

Y señalándolo, a lo lejos,

agrega: 

¿Ves aquel navío?

El más grande, más alto y que tiene muchas banderolas flotando al viento…

Ese es el suyo.

Ve pronto.

Zarpa antes de la hora sexta.

¡No le tiene miedo al mar!

Santiago empieza a decir:

–       Efectivamente, no hay por qué tenerle miedo.

No es nada del otro mundo.

No es un gran…

Pero lo interrumpe el rudo embate de una enorme ola… 

Que se abate rompiéndose también sobre ellos.

Que le demuestra lo contrario.

 Y le quita la palabra, bañándolos desde la cabeza, hasta los pies.

Mientras se seca la cara:

Pedro refunfuña, 

–        Ayer estaba calmado… demasiado quieto;

Hoy, demasiado agitado. 

Un tonto bravucón, ¿No?

El oleaje aumenta su fuerza y Pedro agrega,

exclamando:

¡Caramba, qué loco!

Prefiero el lago… 

El marinero dice:

–       Os aconsejo que entréis en la dársena.

Allá se están yendo todos. ¿Veis?

Llevad vuestra barca, podréis guardarla hasta vuestro regreso…

Por una cuota diaria, te la cuidarán…

–        Pero nosotros tenemos que partir.

Tenemos que marcharnos con la nave de… de…

Espera: Nicomedes… Y todo lo demás

Dice Pedro, que no logra recordar los nombres extraños del cretense.

–       ¡No querréis cargar la barca en la nave!

–       ¡No, claro!

–       Entonces en las dársenas hay sitio para la custodia

Y hombres de guardia el tiempo que lo necesites.

Pagando una moneda al día hasta el regreso.

Porque supongo que volveréis…

–        ¡Claro, claro!

Vamos y volvemos…

Una vez visto el estado de los jardines de Lázaro.

–       Ah!,

¿Sois sus administradores?

–      Y más que eso…

–      Bien.

Venid conmigo.

Os enseño el sitio

Está pensado precisamente para los que dejan, como vosotros, las barcas…

Mirando al extremo del muelle,

Pedro dice:

–      Espera…

Ahí están mis hermanos.

Te alcanzamos enseguida.

Y agrega: 

–       Gracias amigo.

Ahorita con mis compañeros, la guardaremos donde dices…

Y Pedro salta al andén del puerto.

Luego corre al encuentro del grupo apostólico que están llegando. 

Andrés pregunta solícito: 

–       ¿Dormiste bien hermano?  

Pedro responde: 

–        Como un niño en la cuna.

Y no me han faltado el arrullo, el meneo, ni la canción…

Tadeo agrega sonriente:

–       Me parece que tampoco te ha faltado el chapuzón.

Porque parece que acabas de bañarte con las vestiduras…

–        Tampoco.

El mar es…

Tan bueno, que me ha lavado la cara para quitarme el sueño.

Mateo observa:

–        Un poco rudo, me parece.

–        El mar se encargó de lavarnos y quitarnos el sueño que quedaba,…

¿Verdad Santiago?

Santiago, igual de mojado que Pedro, asiente con una carcajada…

Y luego dice:

–      Pero ya sabemos con quién debemos ir…

Pedro comenta: 

–        ¡Si supierais con quién vamos!

¡Uno conocido hasta por los peces de los hielos

–        ¿Ya lo has visto?

–        No.

Pero me ha hablado de él, uno que me dice que hay un sitio para las barcas:

Un depósito en la dársena.

Venid, vamos a descargar los arcones y nos ponemos en marcha

porque Nicodemo, no…  Nicomedes el cretense, parte dentro de poco..

En ese momento llegan hasta  donde el marinero de Tiro los espera…

Cuando están otra vez al pie de la barca.

Pedro anuncia:

–        Aquí estamos, hombre.

Ahora descargamos estas cosas y luego vamos allí, dado que eres tan bueno.

El hombre de Tiro., responde:

       Nos ayudamos unos a otros… 

–       ¡Sí, claro!

Nos ayudamos, nos deberíamos ayudar.

Nos deberíamos amar unos a otros, porque ésta es la Ley de Dios…

–       Me dicen que en Israel ha surgido un nuevo Profeta que predica esto.

¿Es verdad?

–       Vaya que si es verdad!

¡Esto y otras cosas!

¡Y los milagros que hace!

Resucita los muertos, cura a los enfermos, convierte a los ladrones…

Y da órdenes al mar, para tranquilizarlo.

–      ¡Oh!

¿Pero es verdad todo eso?…

–      No dudes.

Todos nosotros hemos sido testigos de eso…

–       ¡Oh!

¿Dónde?…

–       En el lago de Genesareth.

Ven conmigo a la barca y mientras vamos al depósito te contaré…  

Juan de Endor comenta:

–       En el canal de Chipre sí que vamos a bailar bien.  

Preocupado, Mateo pregunta: 

–       ¡Ah! ¿Sí?

Parece que lo conoces bien…

–        Estuve muchos años allá….

Santiago de Alfeo afirma: 

–       Sí.  Pero lo que suceda…

Dios nos ayudará.

Mientras la ola levanta la barca…

Mirando a su hermano,

Pedro agrega:

–        Ánimo, Andrés

¡Aúpa, aúpa, más a la derecha. Venga,

 ¡Eso es! ¡Ya está…!  

Y volviéndose hacia el hombre,

continúa:

–        Te estaba diciendo, hombre:

¡Y qué milagros!

Muertos que resucitan, enfermos que quedan curados, ciegos que recuperan la vista,

ladrones que se convierten y hasta…

¿Ves?

Si estuviera aquí, diría al mar: «Detente» y el mar se calmaría…

Y mezclando la predicación, con instrucciones precisas, Pedro se las arregla,

para continuar:

¿Puedes, Juan?

Espera, voy yo.

Vosotros sujetad fuerte y bien pegado…

¡Arriba!,

¡arriba!… Un poco más…

Tú, Simón, agarra el asa…

¡Cuidado con la mano, Tadeo!

¡Arriba!, ¡arriba!…

Gracias, hombre…

¡Cuidado, no os caigáis al agua, vosotros los de Alfeo!…

¡Arriba!… ¡Eso es!

¡Loado sea Dios!

Ha sido menor el trabajo para bajar todo, que para subirlas y acomodarlas…

Es que yo tengo los brazos deshechos del ejercicio de ayer…

Volviendo a lo que te decía, del mar que le obedeció… 

Sube a la barca, que te explico mientras vamos allí…

Y se marcha, con el hombre y con Santiago,

remando por el canal que conduce a las dársenas.

Pedro da instrucciones a Andrés y a Santiago de Zebedeo para llevar la barca al depósito. 

mientras le habla de Jesús al marinero de Tiro..

Zelote observa:

–           ¿Ya vísteis a Pedro?

Mientras dirige las maniobras, evangeliza.

Juan de Endor:

–       Lo que me gusta mucho de él,

es su honestidad y su franqueza.

Mateo añade: –   

   Y su constancia.   

Santiago de Alfeo comenta:

–        Y su humildad.

¡Fijaos cómo no se ensoberbece sabiendo que es el «jefe»!

Trabaja más que ninguno.

Y se preocupa por todos y cada uno de nosotros.

Más que de sí mismo.

Síntica concluye:

–        A su modo es muy virtuoso.

Un hermano bueno.

Y un excelente líder…

Ni más ni menos… 

Después de un rato, Zelote rompe el silencio dirigiéndose a a los dos discípulos.,

Preguntando:

–        ¿Así que está decidido?

¿Pasáis por hermanos? 

Síntica responde: 

–       Sí. Es mejor.

Y no es mentira.

Es una verdad espiritual.

Es mi hermano mayor.

No de las mismas nupcias, pero sí de un único padre:.

El Padre es Dios; las nupcias distintas, Israel y Grecia

Y Juan es mayor que yo.

Y se ve, en edad y como discípulo más antiguo que yo.

Eso no se ve, pero es así.

Y ya no pueden seguir comentando, porque Pedro regresa,

diciendo:

–     Ya está todo hecho y arreglado.

Dejaremos la barca.

Vamos…

Y hay que llevar el cargamento hasta el navío que está allá…

Todos toman los cofres y las  cajas.

Se cargan con los arcones y todo el equipaje.

Y se van avanzando a través del estrecho Istmo, hasta el otro puerto;

en el muelle grande. 

El hombre de Tiro que tiene más experiencia, los sigue acompañando y ayudando;

por las callejuelas que forman las balas de mercancías apiladas; bajo vastísimas cubiertas

Los acompaña hasta la poderosa nave del cretense;

que ya está haciendo las maniobras de la próxima partida.

Y Pedro grita a los marineros que están a bordo,

para que vuelvan a echar la pasarela que habían levantado.

El contramaestre,  

responde gritando:

       No se puede.

¡Ya está cargado…!

La carga se ha terminado.

El marinero de Tiro les grita, señalando a Pedro:

–      ¡Tiene unas cartas que entregar en la mano, a Nicómedes!

–      ¿Cartas?

¿De quién?…

–       De Lázaro de Teófilo…

El que fue gobernador de Siria, en Antioquía…

–       ¡Ah! ¡Espera!

¡Se lo voy a decir al patrón!…

Pedro dice a Zelote y a Mateo:

–       Ahora os toca.

Yo soy un pobre maleducado para tratar con personajes como ese…

Mateo objeta:

–       ¡No!

Tú eres el jefe y lo haces muy bien.

Y Simón:

–       Te ayudaremos si es necesario.

Pero estamos seguros de que todo lo resolverás perfectamente…

Se asoma un hombre moreno y vestido como egipcio.

Delgado, hermoso, musculoso y elegante.

Mientras se asoma por la baranda, ordena que bajen la pasarela, que habían levantado.

Y el jefe de la tripulación grita. :

–      ¡Que suba el que trae las cartas!

Pedro se ha cambiado, se ha puesto túnica y manto, mientras esperaba la respuesta.

Sube con toda dignidad, seguido por Mateo y Zelote.

Cuando aborda la nave y llegan hasta donde está el cretense. 

Que es un hombre esbelto, severo, de unos cuarenta años,

Pedro saluda muy ceremonioso:

–      Que la paz sea contigo.

El cretense lo mira y le responde,

diciendo:

–      Salve.

¿Dónde está la carta?

Pedro le extiende el pergamino.

El cretense rompe el sello y lo extiende…

Lo lee y dice:

–      ¡Sean bienvenidos los enviados de la familia de Teófilo!

Los cretenses no olvidan jamás que él fue bueno y caballeroso. 

Pero agilizad la operación.

Daos prisa, porque estamos listos para zarpar.

¿Traéis mucho equipaje?

Pedro señala en el muelle,

y dice:

–        Lo que ves en el andén.

–       ¿Y cuántos sois…?

–       Diez.

–       Está bien.

Daremos un lugar especial a la mujer y vosotros os arreglaréis cómo podáis… 

¡Apresuraos!

Hay que zarpar y llegar a alta mar, antes de que el viento aumente;

lo cual sucederá después de la hora sexta.

Y ordena, con silbidos lacerantes, cargar y estibar los arcones;

señalando a los marineros el lugar, donde acomodarán el cargamento.

Luego suben los apóstoles con Juan de Endor y Síntica.

Cuando todos han abordado, Izan velas y cierran todo..

Se levanta nuevamente la pasarela,

Se cierra la obra muerta, se sueltan las amarras, se izan las velas.

Y las velas se hinchan ante el fuerte viento que sopla.

Empieza a moverse el navío, que bascula fuertemente, para salir del puerto..

Y balanceándose la nave de un lado a otro, emprenden el camino hacia Antioquía…

Luego la nave empieza su marcha.

Cuando las velas muy hinchadas por el viento, se ponen tirantes y crujen.

Y con un amplio cabeceo, la nave sale a alta mar.

Y huye rauda en dirección a Antioquía.

Pese al fuerte movimiento, Juan y Síntica permanecen en la cubierta…

agarrados a un aparejo, en la popa.

A pesar de la violencia del viento, Juan y Síntica, cerca el uno del otro,

Contemplan cómo la costa se va alejando . 

Dejando atrás la tierra de Palestina,…

Y los dos se abrazan llorando..

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

332 CARGANDO LA CRUZ


332 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

312 Jesús comunica a Juan de Endor la decisión de enviarle a Antioquía. Final del segundo año

Es una lluviosa mañana de invierno.

Jesús se ha levantado y está trabajando en su taller.

Trabaja en objetos de pequeño tamaño.

Pero en uno de los ángulos ya está listo un telar recién hecho;

no muy grande pero sí bien acabado.

Entra María con una taza de leche humeante.

Y le dice:

–        Bebe, Jesús.

Hace mucho que estás levantado.

Y el ambiente está húmedo y hace frío.

Jesús responde:

–        Sí.

Pero al menos he podido ultimar todo…

Estos ocho días de fiesta habían paralizado el trabajo…

Jesús se ha sentado en el banco de carpintero, un poco al bies y bebe la leche.

Mientras María observa el telar y lo acaricia con la mano.

Jesús sonriendo,

pregunta: 

–        ¿Lo bendices, Mamá? 

–        No.

Lo acaricio, porque lo has hecho Tú.

La bendición se la has dado Tú, haciéndolo.

Has tenido una buena idea.

A Síntica le servirá.

Es muy experta en la textura.

Y esto le servirá para entablar relación con mujeres y jovencitas.

¿Qué otras cosas has hecho, que veo virutas finas de olivo me parece, al lado del torno?

–        He hecho cosas que le servirán a Juan.

¿Ves?

Un estuche para las plumas y una pequeña mesa para escribir.

Y estos ambones para tener dentro sus libros.

No lo habría podido hacer si Simón de Jonás no hubiera tenido la idea del carro.

Así, ahora podremos cargar también esto…

Y sentirán que los he amado también en estas pequeñas cosas…

–        ¿Sufres mandándolos lejos, verdad?

–        Sufro…

Por Mí y por ellos.

He esperado hasta ahora a hablar…

Ya se demora demasiado Simón con Porfiria…

Es hora de que hable…

Un sufrimiento que he tenido en el corazón todos estos días…

Y que me ha hecho tristes incluso las luces de muchas lámparas…

Un sufrimiento que ahora debo dar a otros…

¡Mamá, hubiera querido padecerlo Yo solo!…

María le acaricia una mano para consolarlo..

–        ¡Hijo bueno! – 

Un momento de silencio…

Luego Jesús dice:

–        ¿Se ha levantado Juan?

–        Sí.

Le he oído toser.

Quizás está en la cocina bebiéndose la leche.

¡Pobre Juan!…

Una lágrima desciende por las mejillas de María.

Jesús se levanta:

–       Voy…

Tengo que ir a decírselo.

Con Síntica será más fácil…

Pero para él…

Mamá, ve donde Margziam, despiértalo.

Y orad mientras hablo a este hombre…

Es como si tuviera que hurgar en sus entrañas.

Puedo matar o paralizar su vitalidad espiritual…

¡Qué dolor, Padre mío!…

Voy… 

Y sale, realmente abatido.

Da los pocos pasos que conducen del taller a la habitación de Juan,

que es la misma en que murió Jonás…

O sea, la de José.

Se encuentra con Síntica, que está volviendo con una fajina que ha tomado del horno;

y que lo saluda desconocedora de las cosas, que martirizan a su Maestro.

Responde absorto al saludo de la griega y luego se detiene a mirar un cuadro de lirios

que apenas muestran el hacecillo de sus hojas.

Pero que quizás no los ve…

Luego se decide.

Se vuelve y llama a la puerta de Juan.

Y éste se asoma y su rostro se llena de luminosidad al ver a Jesús que viene a él.

Jesús. pregunta: 

–        ¿Puedo entrar un poco en tu habitación? 

Juan de Endor, contesta:

–       ¡Oh! ¡Maestro!

¡Siempre!

Estaba escribiendo lo que dijiste ayer noche sobre la prudencia y la obediencia.

Es más, sería conveniente que lo vieras,

porque me parece que no he recogido bien,

lo que se refiere a la prudencia.

Jesús ha entrado en la habitación ya ordenada,

a la que ha sido agregada una mesita para comodidad del viejo maestro.

Jesús se inclina hacia el pergamino y lee.

–        Muy bien.

Has transcrito muy bien.

–        ¿Ves?

Creía que había sido inexacto en esta frase.

Siempre dices que no debemos afanarnos por el mañana, ni por el propio cuerpo.

Ahora bien, decir aquí que la prudencia,

incluso la que se refiere a las cosas relativas al mañana, es una virtud, 

me parecía un error: mío, naturalmente.

–        No.

No has errado.

Dije exactamente eso.

El afán exagerado y temeroso del egoísta, es distinto del cuidado prudente del justo.

Pecado es la avaricia dirigida al mañana, que quizás no gozaremos nunca;

no es pecado la sobriedad para garantizarse un pan y garantizárselo a los nuestros,

en los tiempos de escasez.

Pecado es el cuidado egoísta del propio cuerpo, exigiendo que todos los que están

alrededor de nosotros estén preocupados de él, evitando todos los trabajos o sacrificios

por miedo a que la carne sufra;

no es pecado preservar el cuerpo de inútiles enfermedades, cogidas por imprudencias; 

enfermedades que luego serán un peso para los familiares,

y una pérdida de productivo trabajo para nosotros.

Dios ha dado la vida.

Es un don suyo.

Debemos, por tanto, hacer uso de ella santamente,

sin imprudencias y sin egoísmos. 

¿Ves?

Algunas veces la prudencia aconseja acciones que a los necios pueden parecerles vileza

o volubilidad;

mientras que no son sino santos actos de prudencia, derivados de hechos nuevos

que se han presentado.

Por ejemplo: si Yo te enviara ahora a estar precisamente, entre gente que te pudiera dañar…

como los familiares de tu mujer o los guardianes de las minas en que trabajaste,

¿Actuaría bien o mal?

–       Yo…

No quisiera juzgarte,

pero diría que sería mejor mandarme a otro sitio, donde no hubiera peligro de que mi poca

virtud fuera sometida a una prueba demasiado dura.

–        ¡Eso es!

Juzgarías con sabiduría y prudencia.

Por esto mismo Yo nunca te mandaría a Bitinia o a Misia, donde ya has estado.

Ni siquiera a Cintium, a pesar de que tú, espiritualmente, hayas deseado ir.

Allí, podrían dominar sobre tu espíritu las muchas intransigencias humanas.

Y tu espíritu podría retroceder.

La prudencia, pues, enseña a no mandarte a un lugar en que serías inútil;

mientras que podría mandarte a otro sitio, con buen fruto para Mí

y para las almas del prójimo y la tuya.

¿No es verdad?

Juan, que ignora lo que el destino le reserva, no capta las alusiones de Jesús

a una posibilidad de misión fuera de Palestina.

Jesús le estudia el rostro,

lo ve tranquilo y escuchándolo dichoso…

Y resuelto en la respuesta:

–       Sin duda, Maestro, produciría más en otro lugar.

Yo mismo, cuando hace unos días, he dicho: 

«Querría ir a los gentiles para dar buen ejemplo en el lugar en que di mal ejemplo»,

me he reprendido a mí mismo diciendo:

“A los gentiles sí, porque no tienes las reservas de los otros de Israel;

pero a Cintium no y tampoco a los yermos montes en que viviste como presidiario

y como un lobo, trabajando en el plomo o en los mármoles preciosos.

Ni siquiera podrías ir allí por sed de sacrificio absoluto.

Se te subvertiría el corazón con recuerdos crueles;

Siempre tenlo presente, que entre más dura sea la prueba, Mayor serpa la Bendición.

y si te reconocieran, aun en el caso de que no arremetieran contra ti, dirían:

“Calla, asesino. No podemos escucharte” y sería inútil ir allí».

Esto es lo que me he dicho.

Y es un buen pensamiento.

–       Como puedes ver, tú también posees la prudencia.

Yo también.

Por eso te he evitado las fatigas del apostolado como lo hacen los otros.

Y te he traído aquí al descanso y a la paz.

–       ¡Oh! ¡Sí!

¡Cuánta paz!

La Paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento, guarde sus corazones y sus pensamientos…

Si viviera todavía cien años, aquí sería siempre igual.

Es una paz sobrenatural.

Y, si me marchara a otro lugar, me la llevaría conmigo.

La llevaré incluso a la otra vida…

Los recuerdos podrán todavía subvertir mi corazón,

las ofensas podrán hacerme sufrir, porque soy hombre;

pero ya nunca seré capaz de odiar, porque aquí el odio ha quedado inerte para siempre;

hasta en sus más profundas extremidades.

Ya tampoco tengo antipatía hacia la mujer,

que veía como el animal más inmundo y despreciable de la tierra.

Tu Madre está al margen de todo esto. 

A tu Madre la veneré desde el momento en que la vi,

porque la sentí distinta a todas la mujeres.

Ella es el perfume de la mujer; pero el de la mujer santa.

¿Quién no estima el perfume de las flores más puras?…

Pero también las otras mujeres, las discípulas buenas, amorosas;

pacientes con su peso de llanto, como María Cleofás y Elisa.

O generosas como María de Mágdala, tan absoluta en su cambio de vida.

O delicadas y puras como Marta y Juana;

o dignas, inteligentes, llenas de pensamiento y de rectitud, como Síntica;

sí, también ellas me han reconciliado con la mujer.

Bueno, te confieso que a Síntica es a la que prefiero.

Afinidades de mente me la hacen estimable;

afinidades de condición –

ella esclava, yo presidiario – me permiten tener con ella

una familiaridad que la diversidad de las otras me impide.

Para mí Síntica es descanso.

No sabría decirte exactamente lo que veo en ella, ni cómo la veo.

Yo, viejo respecto a ella, la veo como a una hija,

esa hija sabia y estudiosa que habría deseado tener…

Pero, como enfermo asistido por ella con tanto afecto;

como hombre triste y solitario que ha llorado y ha echado de menos a la propia madre

durante toda la vida, y que ha buscado a la mujer-madre en todas las mujeres,

sin encontrarla, pues ahora veo en ella la realidad de ese sueño soñado…

Y siento que el rocío de un afecto materno desciende a mí cansada cabeza 

y a mí alma que va al encuentro de la muerte…

Como ves, percibiendo en Síntica un alma de hija y de madre;

siento en ella la perfección de la mujer.

y por ella perdono todo el mal que de la mujer me vino.

Si, suponiendo una cosa imposible, aquella infame, que tuve por mujer

y que yo maté, resucitara, siento que la perdonaría;

porque ahora he comprendido el alma femenina, propensa al afecto, generosa en darse…

sea en el mal, sea en el bien.

–       Me alegro mucho de que hayas encontrado todo esto en Síntica.

Será una buena compañera tuya para el resto de la vida y juntos haréis mucho bien.

Porque os voy a asociar…

Jesús estudia nuevamente a Juan.

Pero en el discípulo – el cual no obstante, no es un superficial – no hay ningún signo de que

su atención se haya despertado.

¿Qué misericordia divina le esconde hasta el momento decisivo su sentencia?

No es posible saberlo.

Sólo es visible su inocente ignorancia;

de lo que le depara la crueldad de sus infames perseguidores…  

Los instrumentos de Satanás para flagelarlo en su doloroso martirio de alma-víctima;

que como corredentor, al igual que la Magdalena, su donación absoluta y ofrenda viviente;

han sellado su espiritual Camino al Calvario, donde acompañan a su Maestro,

con su tremendo sufrimiento;

Y que al igual que todos los cristianos en su heroíca entrega de amor;

aceptan con júbilo sobrenatural…

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Juan sonríe diciendo:

–       Trataremos de servirte con lo mejor de nosotros.

–       Sí.

Y estoy también seguro de que lo haréis, sin discutir ni trabajo ni el lugar que os asignaré,

aun no siendo como vosotros deseáis…

Juan tiene un primer indicio  de lo que le espera… 

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera,

para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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331 SACRIFICIOS POR AMOR


331 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

 La presencia de Pedro en la mesa familiar de Nazaret, hace que la reunión sea más bulliciosa.

Ya casi han terminado de comer.

Síntica se levanta para llevar a la mesa manzanas, nueces, uvas y almendras;

que concluyen la cena, porque es de noche y las lámparas están ya encendidas.

El tema de conversación versa precisamente sobre las lámparas,

mientras Síntica lleva la fruta

Pedro dice:

–        Este año encenderemos una más.

Y en lo sucesivo siempre una más, por Ti, hijo mío.

Sí, queremos encenderla nosotros por ti, aunque estés aquí.

Es la primera vez que la encendemos por un niño…

Y Simón se emociona un poco al terminar:

«       La verdad es que… si tú estuvieras, sería más bonito…  

María dice:

–        El año pasado era yo, Simón, la que suspiraba así por mi Hijo lejano.

Y junto conmigo María de Alfeo y Salomé.

También María de Simón, en su casa de Keriot.

Y la madre de Tomás…

Simón Zelote dice:

–        ¡Oh, 1a madre de Judas!

Este año tendrá con ella a su hijo…

Pero no creo que se sienta más feliz…

Bueno, vamos a  dejarlo…

Nosotros estábamos en casa de Lázaro.

¡Cuántas lámparas!…

Parecía un cielo de oro y fuego.

Este año Lázaro tiene a su hermana…

Pero estoy seguro de que no me equivoco, sí digo que estarán afligidos

pensando que Tú no estás.

¿Y para el que viene, dónde estaremos?  

Juan de Endor, susurra:

–        Yo, muy lejos… 

Pedro se vuelve a mirarlo, porque lo tiene a su lado.

Y está para preguntar algo, pero afortunadamente, se sabe contener

por la llamada de atención de Jesús con la mirada.

Margziam pregunta:

–        ¿Dónde vas a estar?

–        Por la misericordia del Señor, espero que con Abraham, en su seno…

–        ¿Quieres morir?

¿No quieres evangelizar?

¿No te pesa morir sin haber evangelizado?

–        La palabra del Señor debe salir de labios santos.

Ya es mucho el que me haya permitido escucharla y redimirme por ella.

Me habría gustado…

Pero es tarde…

Jesús dice:

–        Sin embargo, evangelizarás.

Ya lo has hecho.

Tanto que has atraído hacia ti la atención.

Por eso serás igualmente llamado discípulo evangelizador,

aunque no peregrines esparciendo la Buena Nueva.

Y recibirás en la otra vida el premio reservado a mis evangelizadores.

–        Tu promesa me hace desear la muerte…

Cada minuto de vida puede esconder un peligro que yo, siendo débil como soy,

quizás no podría superar.

Si Dios me acoge, satisfecho de lo que he realizado,

¿No es bondad grande que debe ser bendecida?

–        En verdad te digo que la muerte será suma bondad para muchos, que así, conocerán hasta

qué punto el hombre se puede volver demonio, desde un punto donde la paz los consolará

de esta cognición y la transformará en alabanza, porque estará unida a la inefable alegría

de la liberación del Limbo.

Simón Zelote, que ha estado muy atento,

pregunta:

–        ¿Y los años siguientes dónde vamos a estar, Señor? 

–        Donde quiera el Eterno.

¿Pretendes fijar anticipadamente el tiempo lejano, cuando no estamos seguros del momento

que vivimos, ni sí nos será concedido terminarlo?

Y, además, cualquiera que fuere el lugar en que se celebren las futuras Encenias,

en todo caso será santo, si estáis allí para cumplir la Voluntad de Dios».

Pedro pregunta:

–        ¿Estáis? ¿Y Tú? 

–        Estaré siempre donde estén mis amados.

María no ha hablado en todo este tiempo.

Pero sus ojos no han dejado ni un momento de examinar el rostro de su Hijo…

La saca de su ensimismamiento la observación de Margziam,

que dice:

–        ¿Madre,

¿Por qué no has puesto en la mesa los bollos de miel?

A Jesús le gustan y a Juan le vendrían bien para su garganta.

Y además también le gustan a mi padre…

–        Y a ti – termina Pedro.

–        Para mí…

Es como si no existieran.

He hecho una promesa…

María acariciándolo, porque Margziam está entre Ella y Síntica en uno de los lados de la mesa,

mientras que los cuatro hombres están en el lado opuesto

Dice:

–        Por esto, encanto, no los he traído…

–        No, no.

Los puedes traer.

Es más, debes traerlos. Y se los doy yo a todos.

Síntica toma una lámpara, sale, vuelve con los bollos.

Y Margziam agarra la bandeja y empieza a distribuir.

Le da a Jesús el más hermoso (dorado, esponjado con la maestría de un pastelero).

Uno, el segundo en perfección, a María.

Luego es el turno de Pedro, sigue Simón, luego de Síntica.

Y, para dárselo a Juan, el niño se levanta.

Se pone al lado del anciano y enfermo pedagogo,

y le dice:

–        Para ti el tuyo y el mío.

Y además un beso;

por todo lo que me enseñas.

Luego vuelve a su sitio;

deposita con resolución la bandeja en medio de la mesa y cruza los brazos.  

Al ver que Margziam ni lo prueba,

Pedro dice:

–        Así se me atraganta esta cosa deliciosa.

Y añade:

–       «Al menos un trocito.

¡Venga, hombre, del mío;

aunque sólo sea para no morir de ganas!

Sufres demasiado…

Jesús te lo concede.

–        Pero si no sufriera no tendría mérito, padre mío.

He ofrecido este sacrificio precisamente porque sabía que me iba a hacer sufrir….

Y, en definitiva… 

estoy tan contento desde que lo he hecho;

que me siento como todo lleno de miel.

Siento el sabor de la miel en todas partes.

Hasta me da la impresión de respirarlo junto con el aire…

–        Es porque te mueres de las ganas.

–        No.

Es porque sé que Dios me dice: «Haces bien, hijo mío».

–        El Maestro te habría contentado incluso sin este sacrificio.

¡Te quiere mucho!

–        Sí.

Pero no es justo que me aproveche porque me quiera.

Además, Él dice que es grande la recompensa en el Cielo,

incluso por un vaso de agua ofrecido en su Nombre.

Pienso que, si es grande por un vaso ofrecido a otros en su Nombre,

también lo será por un bollo…

 un poco de miel negados a nosotros mismos por amor a un hermano.

¿Me equivoco, Maestro?

–        Hablas sabiamente.

Yo podía efectivamente, sin tu sacrificio, concederte también la cosa que me pedías para la

pequeña Raquel, porque bueno era hacerla y mi corazón la deseaba.

Pero la hice con más alegría, porque me ayudaste tú.

El amor hacia nuestros hermanos no se limita a medios y límites humanos,

sino que se yergue a lugares mucho más altos.

Cuando es perfecto, toca absolutamente el Trono de Dios y se funde con su infinita caridad

y bondad.

La Comunión de los santos es exactamente este continuo obrar;

de la misma forma que continuamente y en todos los modos obra Dios,

para ayudar a los hermanos,

sea en sus necesidades materiales, sea en sus necesidades espirituales,

o en las dos;

como en el caso de Margziam, que, obteniendo la curación de Raquel,

la libera de la enfermedad y, al mismo tiempo, eleva el espíritu abatido de la anciana Juana

y enciende una confianza cada vez mayor en el Señor,

en el corazón de todos los de aquella familia.

Sí, también el sacrificio de una cucharada de miel, puede servir para devolver la paz

y la esperanza a una persona afligida;

así como un bollo, u otro alimento que no se come por una finalidad de amor,

puede conseguir un pan, ofrecido milagrosamente,

para una persona hambrienta lejana que nunca conoceremos;

y retener, por espíritu de sacrificio, una palabra de ira, aunque fuera justa;

puede impedir un delito lejano;

así como resistir a las ganas de coger un fruto por amor;

puede servir para inspirar a un ladrón la idea de enmendarse, impidiendo así un latrocinio.

Nada se pierde en la economía santa del amor universal.

No se pierde el holocausto de un mártir,

no se pierde el heroico sacrificio de un niño ante una bandeja de bollos.

Es más, os digo que el holocausto de un mártir frecuentemente tiene origen en la heroica 

educación que se haya procurado desde la infancia por amor a Dios y al prójimo.

Margziam. dice convencido: 

–        Entonces conviene mucho que haga siempre sacrificios.

Para cuando seamos perseguidos.  

Pedro cuestiona:

–        ¿Perseguidos? 

–        Sí.

¿No te acuerdas que lo dijo?:

Los presos en Medio Oriente cantan alabanzas, antes de ser ejecutados, igual que Pablo y Silas en prisión…

«Seréis perseguidos por causa mía».

Me lo dijiste tú la primera vez que viniste, solo, a Betsaida a evangelizar, en verano.

Pedro comenta admirado: 

–        Este niño se acuerda de todo.

La cena termina.

Jesús se levanta.

Ora por todos y bendice.

Luego, mientras las mujeres van a sus labores de ordenar la loza,

Jesús con los hombres se pone en un ángulo de la habitación y labra un trozo de madera,

que, ante la sorprendida mirada de Margziam, se transforma en una ovejita…   

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista. Y a un corderito, un padre de familia joven

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos. 

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

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330 PREPARATIVOS…


330 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Está avanzada ya la mañana cuando Pedro llega, solo e inesperado, a la casa de Nazaret.

Viene cargado de cestas y talegos, como un mozo de cuerda;

pero tan feliz, que no siente el peso ni la fatiga.

Dedica una sonrisa llena de felicidad y un saludo, gozoso y respetuosísimo al mismo tiempo,

a María, que ha ido a abrirle

Luego pregunta:

–        ¿Dónde están el Maestro y Margziam?

–        Están en el ribazo, encima de la gruta,

pero de la parte de la casa de Alfeo.

Creo que Margziam está recogiendo aceitunas.

Jesús está meditando.

Voy a llamarlos.

–        Lo hago yo.

–        Descarga todos esos pesos al menos.

–        No, no.

Son sorpresas para el niño.

Me gusta verlo abrir del todo los ojos y hurgar ansioso…

Son sus delicias, pobre niño mío.

Sale al huerto.

Va al pie del ribazo.

Se esconde muy bien en la oquedad de la gruta y cambiando un poco la voz,

grita:

–        La paz a ti, Maestro.

Y luego con su voz natural:

–       « ¡Margziam!…».

La vocecita de Margziam, que llenaba de exclamaciones el aire calmo, calla…

Una pausa, luego la vocecita aguda, casi de niña, del muchacho,

pregunta:

–        Maestro, ¿Pero no era mi padre el que me ha llamado?

Quizás Jesús estaba tan inmerso en sus pensamientos, que no ha oído nada.

Y lo confiesa con sencillez.

Pedro llama de nuevo:

—       ¡Margziam! –

Y se echa a reír con su risa franca y abierta.

–        ¡Sí, sí, es él!

¡Padre! ¡Padre mío!

¿Dónde estás?

Se asoma prominentemente para mirar al huerto.

Pero no ve nada…

También Jesús se acerca y mira…

Ve a María, sonriente, en la puerta…

A Juan y a Síntica, que están en el local que hay en el fondo del huerto, junto al horno…

Y se asoman también.

–        ¡Ah, Margziam no espera más!

Se echa abajo desde el borde, justo al lado de la gruta.

Pedro está preparado para agarrarlo antes de que toque el suelo.

Es conmovedor el saludo de los dos.

Jesús, María y los dos que están en el fondo del huerto lo observan sonriendo;

luego se acercan todos al grupo de amor.

Pedro se libera a duras penas del apretón del muchacho,

para saludar a Jesús de nuevo con una inclinación.

Y Jesús lo abraza, abarcando al mismo tiempo al niño, que no se separa del apóstol,

y que pregunta:

–        ¿Y mi madre?

Pero Pedro responde a la pregunta de Jesús

–       « ¿Por qué has venido tan pronto?»:

–        ¿Creías que podía estar tanto tiempo sin verte?

Y además… Estaba Porfiria, que no me dejaba tranquilo:

«Ve a ver a Margziam. Llévale esto, llévale aquello».

Parecía como si viera a Margziam en medio de bandidos o en un desierto.

La última noche se levantó para hacer los bollos y nada más que acabaron de cocerse,

me apremió para que me pusiera en camino…

Margziam. grita:

–       ¡Sopla!

¡Los bollos!…

Pero, inmediatamente, se calla.

–        Sí.

Están aquí dentro, junto con los higos secados en el horno, las aceitunas y las manzanas rojas.

Y también te ha untado un pan.

Y te manda quesitos de tus ovejitas.

Hay también una túnica que no absorbe el agua.

Y luego, y luego…

No sé qué más.

¿Cómo?

¿Ya no sientes apremio?

¿Casi lloras? ¿Por qué?

–        Porque hubiera preferido que me la hubieras traído a ella, antes que todas estas cosas…

Yo la quiero, ¿Sabes?

–        ¡Oh, Divina Misericordia!

¿Quién lo iba a pensar?

Si estuviera aquí y te oyera, se derretiría como la mantequilla…

María dice:

–        Margziam tiene razón.

Podías haber venido con ella.

Evidentemente, desea verlo después de tanto tiempo.

Nosotras las mujeres somos así con nuestros niños…

–        Bien…

Pero dentro de poco lo verá, ¿No es verdad, Maestro?

–       Sí.

Después de las Encenias, cuando nos marchemos…

Es más…

Sí, cuando vuelvas, después de las Encenias, vendrás con ella.

Estará con él aquí, unos días,.

Y luego volverán juntos a Betsaida.

–        ¡Oh, qué bonito!

¡Aquí con dos madres!

El niño está ya calmado y contento.

Entran todos en casa y Pedro se descarga de los bultos.

–        Mirad: pescado seco, en salmuera.

Y fresco. Le será útil a tu Madre.

Y ese queso tierno que te gusta tanto, Maestro.

Y aquí huevos para Juan.

Esperemos que no se hayan roto… No. Menos mal.

Y también  uvas.

Me las ha dado Susana en Caná, donde he dormido.

Y luego… ¡Ah, y esto!

Mira, Margziam, qué color de oro tiene.

Parece hecho con los cabellos de María.

Y abre un tarro lleno de miel filamentosa.

María ante los envoltorios, grandes y pequeños,

vasijas y orzas que cubren  la mesa.,

dice:

–        ¡Pero por qué tantas cosas?

Ha sido un sacrificio para ti, Simón.

–        ¿Un sacrificio?

No.

Por lo que se refiere al pescado, he pescado mucho y con mucho resultado.

Lo demás son cosas de la casa.

No cuesta nada, y, en compensación, da mucha alegría traerlo.

Además…

Ya estamos en las Encenias…

Es tradición, ¿No?

¿No pruebas la miel?

Margziam dice serio:

–       No puedo.

–      ¿Por qué? ¿Estás mal?

–       No.

Pero no puedo comerla.

–       ¿Pero por qué?

El niño se pone colorado, pero no responde.

Mira a Jesús y calla.

Jesús sonríe y explica:

–        Margziam ha hecho un voto para obtener una gracia.

No puede comer miel durante cuatro semanas.

–        ¡Ah! ¡Bien!

La comerás después…

De todas formas, toma el tarro…

¡Fíjate tú! ¡No pensaba que fuera tan… tan…

Jesús, mientras el niño se marcha con su tarro entre las manos.

dice:

–        Tan generoso, Simón.

Quien de niño acomete la penitencia,

encontrará fácil durante toda la vida el camino de la virtud –

Pedro lo mira, con admiración, mientras se marcha.

Luego pregunta:

–        ¿No está el Zelote?

–        Está en casa de María de Alfeo.

Volverá pronto.

Esta noche dormiréis juntos.

Vamos allí, Simón Pedro.

Salen.

María y Síntica se quedan a ordenar la habitación invadida de envoltorios.

Pedro dice:

–        Maestro…

Yo he venido para verte a Ti y al niño.

Es verdad.

Pero también porque he pensado mucho estos días,

especialmente después de la llegada de tres abejorros venenosos…

A los que les dije más mentiras que peces hay en el mar.

Ahora están yendo al Getsemaní, creyendo que encontrarán a Juan de Endor;

luego van a casa de Lázaro, esperando encontraros allí a Síntica y a Ti.

¡Que anden, que anden!…

Pero luego volverán y…

Maestro, te quieren crear problemas por estos dos pobrecitos…

Jesús responde:

–        Ya hace meses que he tomado las medidas oportunas.

Cuando ésos regresen buscando a estos dos perseguidos,

ya no los encontrarán, en ningún lugar de Palestina.

¿Ves estos arcones? Son para ellos.

¿Has visto todos esos vestidos doblados junto al telar? Son para ellos.

¿Estás asombrado?

–        Sí, Maestro.

¿Y a dónde los mandas?

–        A Antioquía

Pedro da un silbido significativo…

Y pregunta:

–        ¿A casa de quién?

¿Y cómo van?

–        Van a una casa de Lázaro.

La última que tiene Lázaro donde su padre gobernó en nombre de Roma.

Irán por mar…

–        ¡Ah, eso; porque si Juan tuviera que ir con sus piernas!…

–        Por mar.

Me complace también a mí el poder hablar contigo.

Habría mandado a Simón a decirte: «Ve», para preparar todo.

Escucha.

Dos o tres días después de las Encenias, nos marcharemos de aquí;

pero no todos juntos;

para no llamar la atención.

Formaremos parte de la comitiva: Yo, tú, tu hermano, Santiago y Juan.

Y mis dos hermanos, más Juan y Síntica.

¡Iremos a Tolemaida!

Desde allí, con una barca, tú los acompañarás a Tiro.

Allí subiréis a bordo de una nave que va a Antioquía,

como si fuerais prosélitos que regresan a sus casas.

Luego os volveréis y me encontraréis en Akzib.

Estaré en la cima del monte todos los días…

Y además el espíritu os guiará…

–        ¿Cómo?

¿No vienes con nosotros?

–        Me notarían demasiado.

Quiero dar paz al espíritu de Juan.

–        ¿Y cómo me las voy a arreglar yo, que no he salido nunca de aquí?

–        No eres un niño…

Y pronto tendrás que ir mucho más lejos que a Antioquía.

Me fío de ti.

Como ves te estimo…

–        ¿Y Felipe y Bartolomé?

–        Irán a nuestro encuentro a Yotapata.

Y evangelizarán en espera de nosotros.

Les escribiré.

Tú llevarás la carta.

–        Y… ¿Esos dos que están ahí, ya saben su destino?

–        No.

Les dejo celebrar en paz la fiesta…

–        ¡Mmm! ¡Pobrecillos!

¡Eah vamos, que uno tenga que verse perseguido por gentuza y…

–        No te ensucies la boca, Simón.

–        Sí, Maestro…

Oye…

¿Y cómo vamos a llevar estos arcones?

¿Y a Juan?

Lo veo verdaderamente muy enfermo.

–        Nos serviremos de un burro.

–        No.

Tomamos un carrito.

–        ¿Y quién lo guía?

–        ¡Vamos, si Judas de Simón ha aprendido a remar,

Simón de Jonás aprenderá a guiar!

¡A fin de cuentas, no debe ser una cosa tan difícil llevar por el ramal a un asno!

En el carro metemos los arcones y a los dos…

Y nosotros vamos a pie.

Sí, sí, créeme que será una buena solución!

–        ¿Y quién nos deja el carrito?

Recuerda que no quiero que se note la partida.

Pedro piensa…

Decide:

–        ¡Tienes dinero?

–        Sí.

Mucho todavía, de las joyas de Misax.

–        Entonces todo es fácil.

Dame una suma.

Tomaré asno y carro de alguien y…

Sí, sí… Luego le regalamos el asno a algún necesitado.

Y el carrito… pues ya veremos…

He hecho bien en venir.

¿Y entonces tengo que volver con mi mujer?

–        Sí. Conviene.

–        Pues así será.

¡Pero, esos dos pobrecillos!…

Siento que nos tengamos que separar de Juan.

Ya de por sí lo íbamos a tener poco tiempo...¡Pero, pobrecillo!

Podía morir aquí, como Jonás…

–         No lo habrían permitido.

El mundo odia a quien se redime.

–        Le va a doler…

–        Encontraré un asunto para que parta consolado.

–       ¿Cuál?

–        El mismo que ha servido para apartar a Judas de Simón:

el de trabajar para Mí.

–        Sólo que en Juan será santidad,

pero en Judas es solamente soberbia.

–        Simón, no murmures.

–        ¡Más difícil que hacer cantar a un pez!

Es verdad, Maestro, no es murmuración…

Pero, creo que ha venido Simón con tus hermanos.

Vamos allí.

–       Vamos.

Y silencio con todos.

–        No es necesario que me lo digas.

No puedo callar la verdad cuando hablo, pero sé callar del todo, si quiero.

Y quiero.

Me lo he jurado a mí mismo.

¡Yo ir hasta Antioquía!

¡Al otro extremo del mundo!

¡Ya ardo en deseos de volver de allí!

No dormiré hasta que todo se haya hecho…

Salen y todo termina.

EL SACRIFICIO



13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Juan 16, 13

23 de agosto de 2021

Habla Dios Espíritu Santo

La Tierra es un altar.

UN ENORME ALTAR.

Fue creada para ser un Altar de Alabanza  Perpetua a su Creador.

Pero el hombre con su Pecado, la ha convertido en un Altar de Expiación.

La Tierra debe como todos los demás astros del Universo,

cantar los Salmos a su Creador.

También la Tierra canta el Salmo de las Esferas,

como el Cielo con los vientos, con las aguas, con las voces de las plantas y de los animales.

Sobre el Templo de la Tierra solo falta el hombre, que tiene una misión

que debiera ser algo más que un deber, una alegría: AMAR A DIOS.

Dar inteligente y voluntariamente, Culto de Amor a Dios,

correspondiéndole por el Amor que Él ha dado al hombre,

dándole la vida y dándole el Cielo, después de la Vida.

Y la Tierra está llena de Pecado y por eso debe ser Altar de Expiación Perpetua,

De Sacrificio Perpetuo, sobre el cual ardan las hostias que sufren: los inocentes y los santos.

Las almas víctimas que se unen a la Gran Víctima y se inmolan por todos.

Y de esta manera se convierte la injusticia en Redención.

El sudor y el trabajo fertilizan los campos.

El sacrificio de  las víctimas, fertiliza los corazones y los prepara para la salvación.

SER CRISTIANO  =    INMOLACIÓN.

Debemos vivir en el Amor

y alcanzar en la Escuela del Sufrimiento,

la cima del Sacrificio y la caridad:

ALMAS VÍCTIMAS CRUCIFICADOS POR EL AMOR

EL MARTIRIO

Con el ‘callar, aceptar, sufrir y ofrecer’, se vence a Satanás.

Con esto se da muerte al ‘yo’, a la propia voluntad.

El ‘yo’ es orgullo y a Satanás no hay nada que lo irrite más, que un acto de humildad.

Y LA VERGÜENZA DE SER VENCIDO

POR UN HOMBRE INFERIOR A ÉL POR NATURALEZA;

LO EXASPERA Y LO HIERE

Vivir para los hombres o para Dios.

La diferencia la establece la medida del sacrificio de nuestro egoísmo.

La vida cristiana es un perpetuo heroísmo.

Porque es una lucha contra el Mundo, el demonio y la Carne.

La libertad que Dios nos concede, no nos permite ser hipócritas:

O CON JESÚS O CONTRA ÉL.

Tu corazón se volcará a lo que le dediques: tiempo, dinero. energía.

Si somos de Dios no podemos pactar alianzas con el Enemigo.

El que quiere servir a dos amos, con alguno queda mal.

Y al que se acerca a Satanás, éste lo arrebata sin contemplaciones.

Judas quiso adorar en dos altares y es muy conocido en donde terminó.

El sacrificio que Dios quiere,

es el espíritu compungido, obediente, amoroso;

porque puede también realizar un sacrificio de Alabanzas,

de alegría, de amor y no solo de expiación.

CUANDO LE SACRIFICAMOS NUESTRA VOLUNTAD

A SU VOLUNTAD,

HAY QUE INVOCAR LAS LÁGRIMAS DE MARÍA,

QUE NOS VIGORIZAN

E INFUNDEN VALOR,

PARA UN MAYOR SACRIFICIO.

El Crecimiento en el Amor aumenta el hambre de sacrificio…

Y el sacrificio más tremendo, se vuelve soportable, cuando se sabe su utilidad.

Entonces sobre las lágrimas florece una sonrisa…

Y sobre la angustia, una seguridad.

El hombre espiritual deja de ser esclavo de los sentidos

y siempre tiene en los labios con amorosa resignación, estas palabras:

“No lo que yo quiero, Padre mío.

Hágase tu Voluntad.”

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

EL SACRIFICIO ES AMOR

OFRENDADO AL AMOR.

La Perfección está compuesta del fruto de incontables sacrificios.

EL SACRIFICIO Y LA PENITENCIA,

SON EL CAMINO DE LA SALVACIÓN.

Para ser verdadero cristiano se debe amar.

y reparar por los que han esterilizado el amor en su corazones.

La forma más elevada del amor es el sacrificio que imita al Amor Supremo:

EL AMOR REDENTOR. 

Jesús como Rey del espíritu,

solo ofreció privaciones, sacrificios y dolores,

que le serán cambiados en gloria,

al que persevere hasta el fín y no claudique del Camino del Calvario,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y NO la mía…´´

que está sembrado de Dolor y de lágrimas.

NO HAY RESURRECCIÓN SIN CRUCIFIXIÓN.

La victoria está en el sacrificio.

EL SACRIFICIO ES OFRENDA DE AMOR

OFRECIDA AL PADRE.

Los dones vienen de Dios. El amor es mérito del hombre.

El sacrificio es amor.

Es el que hace esplendoroso el altar del corazón.

El holocausto voluntario perfuma

como el Incienso más agradable y es más precioso para Dios,

que el perfume de todas las flores de la Tierra.

En el Purgatorio estamos SOLOS y se sufre LA SENTENCIA EN LA CRUZ DE NUESTROS PROPIOS PECADOS, que merecemos… PROPORCIONADA POR LA JUSTICIA DIVINA

Cada renuncia va envuelta con el oro de la Caridad que la ofrece a Dios

EN UN CULTO VERDADERO

para que tome valor de Redención

y así la Tierra se salvará con el sacrificio.

El Sacrificio es el que ABRE los oídos del espíritu

y es la sangre que lava la lengua que habla de Dios.

Jesús es el Verbo del Padre y su Palabra es lo más sagrado,

porque es la que da la Vida Eterna.

NO PUEDE ser Profeta de Jesús,

el que NO se crucifica totalmente con Él

y convierte su vida en un sacrificio continuo.

Las almas víctimas están totalmente FUSIONADAS con Dios,

Juan 14, 11

e igual que Jesús está en el Padre y es uno con Él; 

las almas que se inmolan ven realizarse el Misterio

de que Dios las trabaje para que sean espejos purísimos

en donde se reproduzca la imagen de Jesús Crucificado,

tal y como Él está en la Cruz:

coronadas, azotadas, clavadas, desoladas, traspasadas y desamparadas.

En cada uno de estos aspectos se convierten en un retrato viviente,

para que el Padre se complazca en ellas

y derrame gracias sobre los pecadores.

Como Iglesia, tenemos el deber sagrado de morir por Dios,

abandonadas y crucificadas.

En el altar de la Tierra no fue consumada más

que la Carne y la Sangre del Hombre-Dios.

En el altar del Cielo son ofrecidas las Hostias vivientes

como oblación de suavísimo olor ardiente

sobre el altar del sacrificio de un corazón enamorado de Dios,

constituyendo con esto: el Verdadero Culto a Dios.

LA PENITENCIA

Cuando Dios creó al hombre, se hizo un Templo perfecto para Sí Mismo

y puso en él sólo una necesidad: la del Amor.

Amor de hijos hacia su Padre. Amor de súbditos para su Rey.

Y amor de creaturas para su Creador.

Y si el ácido de la Culpa no hubiese corroído las raíces del amor;

éste habría crecido potente en nosotros como un gozo;

como una necesidad que produce alivio cuando se realiza, igual que lo es el respirar.

Y el amar se hubiera efectuado sin fatiga,

porque el amor es la respiración y la sangre que hace vital al espíritu.

Peor que la ruina y la destrucción que hacen las bombas nucleares en el mundo material;

más nefasta fue la Culpa.

Pues trastornó la Obra Maestra de la Creación

y desbarató, en la raíz del hombre; aquel conjunto perfecto,

de carne dócil al espíritu

y aquel armónico contorno que pusiera Dios alrededor de su hijo;

para que fuera un rey feliz.

Desaparecido el amor del hombre para con Dios;

desapareció el Amor de la Tierra para con el hombre.

Se desencadenó la ferocidad entre los seres inferiores;

entre éstos y el hombre y…

¡El Horror de los horrores!..

¡ENTRE LOS MISMOS HOMBRES!

La sangre hirvió a causa del Odio,

y se derramó contaminando el altar de la Tierra

Y DE LA SEMILLA DE LA CULPA

NACIÓ UNA PLANTA DE AMARGO FRUTO

Y DE PUNZANTES RAMAS:

EL DOLOR.

El Pecado evolucionó en perversión y ferocidad;

haciendo que el Dolor se hiciera más vasto y complicado.

Jesús, el Dios-Hombre. Vino a santificar el Dolor,

sufriéndolo por nosotros.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y fundiendo el suyo que es Infinito, con el nuestro; para darle mérito.

Dos son las necesidades primordiales del hombre:

EL AMOR Y EL DOLOR  

¡Satanás también PERVIRTIÓ ESTO!

O ¿Cómo explican el éxito de 50 sombras de Gray?)

El Amor que nos impide cometer el mal.

Y el Dolor que lo repara.

Esta es la ciencia que se debe aprender:

SABER AMAR Y SABER SUFRIR

El que aprende a dominar el arte de sufrir se convierte en penitente.

SOLO LA PENITENCIA Y EL AMOR

PESAN A LOS OJOS DE DIOS;

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y TENEMOS EL PALIATIVO DEL CIELO. EL SUFRIMIENTO SE TORNA GOZO

PARA DETENER LOS ACONTECIMIENTOS Y DESVIARLOS….

PENITENCIA

Su nombre causa horror,

pero sus efectos dan frutos preciosos en el campo de las virtudes,

porque surge de la humildad y es el FUEGO,

que conserva, desarrolla y fortalece las virtudes.

De ella nace el propio desprecio.

Se desprende el ansia de padecer…

Y se fortalece el hambre de crucifixión.

La Penitencia atrae a Dios y sirve para expiar y merecer,

porque es el arrepentimiento activo.

LA EXPIACIÓN POR EL DOLOR DADO A DIOS.

Y UN DOLOR REPARADOR

A TRAVÉS DE UN CASTIGO INFLIGIDO

CON OBJETO DE DESAGRAVIARLO.

La Penitencia da luz y agilidad de espíritu,

porque doma la carnalidad y es el arma más poderosa contra los vicios.

Porque ataca directamente todos los pecados capitales

e impide que el alma se hunda en la molicie.

La Penitencia nos arranca del fango,

y nos dispara en el vuelo hacia el encuentro del Amor.

La Penitencia es un secreto entre el alma y Dios,

consumado por amor a Él, a los hermanos y hacia nosotros mismos,

para que el espíritu vuelva a ser rey.

Es la muralla que protege la castidad.

Desarma la Justicia de Dios y la convierte en Gracias.

Purifica las almas; apaga el fuego del Purgatorio;

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su Odio y se sufre el Calvario de Jesús,  CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

eleva el alma de la Tierra

Y ES LA COOPERACIÓN A LA REDENCIÓN:

PORQUE LA PENITENCIA Y EL SACRIFICIO,

ARRANCAN LAS ALMAS A SATANÁS.

La penitencia es la humillación que le infiltra el hombre a sus bajezas y miserias:

ES TRABAJAR PARA DERRIBAR EL «YO»

Se debe pedir a Dios, a través de una vida de Penitencia

que nos lave de tanta humanidad

y que nuestro corazón arda, por el celo de Dios y de las almas.

Y que nos convierta en carbones encendidos por la Caridad.

Y si no sabemos imponernos penitencias,

hay que aceptar aquella de la vida que no es plena,

¡Aceptemos la TRIBULACIÓN, COMO CRISOL! ¡Y demos gracias enmedio de las lágrimas!

diciendo:

‘Si esta pena viene de Dios, hágase señor tu Voluntad.’

Si viene de un pobre hermano cautivo:

‘Padre, yo te la ofrezco para que tú lo perdones y él se redima.’

Cuando se hace así,

todo es puro y entonces se alcanza la pureza del Corazón

que lo convierte en Trono de Dios.

Y aún el más perfecto de los penitentes,

arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas,

de Odios, de Egoísmos…

Y Jesús enseñó que por más que ayunemos con la boca;

si después no se ayuna con el corazón

dejando de perjudicar con las obras, con las palabras,

y hasta con el pensamiento, al prójimo;

le resulta detestable nuestro ayuno, que da muerte a nuestra alma.

Porque las prácticas sin la caridad,

sólo pavimentan el camino para el infierno…

La Penitencia que le agrada a Dios, sólo la conoce Dios.

Es mejor pasar por inmortificados a los ojos del mundo…

y de esta manera la practicamos con la pureza de corazón necesaria.

“Bienaventurados los limpios de corazón…”

8. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Mateo 5

La Penitencia abre los ojos del espíritu.

Los ojos del espíritu ‘ven’ las sublimes visiones

y ellas anulan la sensibilidad corporal.

ES LO QUE NOS AYUDA A SOPORTAR

LOS HORRENDOS SUPLICIOS SONRIENDO.

EL ÉXTASIS

ANULA LA SENSIBILIDAD DOLORÍFICA.

Cuando alcanzamos la perfección en el amor,

podemos ver con su perfección,

la Perfección de Dios sin velos y con una verdadera anulación,

lo material desaparece.

La alegría de la visión, suprime la miseria de la carne sensible al sufrimiento.

SIGLO XXI, y Odio de ISIS

Y empezamos a gozar del Paraíso.

La Penitencia no mata más que lo que va a morir.

No debe haber temor por el cuerpo al que se debe amar poquísimo:

sólo como se ama y se cuida un vestido,

que tarde o temprano se vuelve inservible.

Los cilicios y las disciplinas no son las que matan.

Los penitentes no mueren de esto.

Mueren por la Caridad que los consume

y que arde en ellos como un horno.

Porque la hoguera del amor consume más de lo que destruye la austeridad.

La Penitencia purifica el cuerpo y el alma.

El ayuno corporal, purifica los sentidos

y es una reparación por los que aman la carne, como la cosa más preciosa

y solamente buscan la felicidad en los placeres sensuales y materiales.

El ayuno es una tremenda fuerza de oposición

contra los males con los que Satanás inunda las almas;

porque no solo de pan vive el hombre.

La Penitencia se ejerce con el control de las pasiones

y la mortificación de los sentidos,

controlando la lengua y guardando silencio exterior e interior.

Huyendo de la murmuración y el descontento;

de los chismes y la fácil tentación del juicio y la condena.

La Penitencia es sufrimiento para el cuerpo y luz para el espíritu.

Fortifica la debilidad y alcanza las gracias de Dios.

Con la Penitencia se preparan los caminos

y caen las cadenas de la esclavitud y el Pecado.

La Penitencia nos ayuda a vencer las tentaciones

1. Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo.

y a vencer a Satanás en los corazones que se desea redimir.

PORQUE CIERTOS DEMONIOS SE VENCEN

SÓLO CON LA ORACIÓN Y LA MORTIFICACIÓN

CON LA PENITENCIA SE ENCIENDE EL AMOR

EN LOS CORAZONES APAGADOS

Los hombres no saben cuántas lágrimas; cuantos dolores; cuantas penitencias;

cuantos sacrificios; son el precio de su existencia.

Creen tener la vida por la madre que los ha engendrado

y por el padre que les ha dado el pan. 

Esto es verdad, si se calcula con la medida de los brutos,

que así tienen la vida.

Pero la Verdadera Vida para darles tiempo para convertirse,

ES OBRA DE LAS ALMAS VÍCTIMAS

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y nuestra intercesión, ES PODEROSÍSIMA…

Muchos no mueren eternamente por estos héroes, para ellos desconocidos,

que metiéndose entre los hombres y Dios,

con los brazos levantados trasfieren hacia sí mismos;

como si fueran un pararrayos,

los castigos divinos.

Y les trasfunden un poco de la sangre espiritual, que es sangre de Gracia,

que circula en le Gran Cuerpo Místico,

A LOS QUE SE ESTÁN DESVANECIDOS

POR LAS ENFERMEDADES MORALES.

Pero todo esto lo hacen a través del tamiz de su yo sacrificado

y es como se filtra este bien a los malvados.

La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia,

para que los débiles puedan tener fuerzas para resistir a Satanás.

Y aún el más perfecto de los penitentes,

arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

la Penitencia; al tener subyugado al pólipo que lo humano, lleva adherido en su fondo;

confiere luz y agilidad al espíritu.

La penitencia nos arranca de la carnalidad

y nos lanza como bólidos al encuentro del Amor.

La Penitencia debe siempre precederlo todo

porque es la que amerita las alegrías.

Toda visión nace de una precedente penitencia

Y CADA PENITENCIA ABRE EL CAMINO,

PARA LA MÁS ALTA CONTEMPLACIÓN.

Sacrificio. Sacrificio. Sacrificio.

Debe ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra gloria.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

Sólo cuando las almas se adormecen en Dios,

ES CUANDO DEJAN DE SER HOSTIAS,

PARA CONVERTIRSE EN DIOSES.

SU VIDA ES UN TOTAL

SACERDOCIO.

El Pensamiento del Crucificado,

¡Qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y los dolores internos!

A Dios se le encuentra en la Cruz

y la misión es ser un reflejo de Jesús Crucificado.

LAS ALMAS VÍCTIMAS SON

LOS GIGANTES DEL AMOR.

Expían por amor de los hermanos,

Los pequeños «Cristos», las ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

y esto es amor del prójimo llevado hasta el Heroísmo.

Se ofrece al Dios Ofendido al que le brinda consuelo por la ofensa recibida

y esto es Amor de Dios llevado hasta el Heroísmo.

El Amor es el Sacrificador Eterno.

El que inmoló al Dios hecho Carne y…

320 LA MANO EN EL ARADO


320 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Agua, agua, agua…

Los apóstoles, poco satisfechos de ir bajo la lluvia;

insinúan a Jesús que si no sería mejor buscar refugio en Nazaret, que no está lejos…

Y Pedro dice: 

–       Luego podríamos reanudar la marcha con el niño…

El «no» de Jesús es tan seco, que ninguno se atreve a insistir.

Jesús va delante, completamente solo…

Los otros van detrás, mohínos, en dos grupos.

Luego Pedro, no sabiendo resistir más, se acerca a Jesús.

Un poco apesadumbrado,

le pregunta:

–        Maestro, ¿Me aceptas aquí?

–       Siempre me eres grato, Simón. Ven.

Pedro se tranquiliza.

Camina con paso forzado al lado de Jesús,

que con sus largos pasos recorre mucho camino fácilmente.

Al poco rato dice:

–        Maestro…

¡Qué bonito sería si hubiéramos traído con nosotros al niño para la fiesta…!

Jesús no responde.

Pedro insiste:

–        Maestro, ¿Por qué no me das esta satisfacción?

–        Simón, te estás arriesgando a que te quite el niño.

–        ¡No!

¡Señor! ¿Por qué?

Pedro está aterrorizado por la amenaza y desolado.

–        Porque no quiero que estés atado a nada.

Te lo dije cuando te concedí a Margziam.

Tú, sin embargo, te estás encallando en este afecto.

–        No es pecado amar.

Y amar a Margziam…

Tú también lo quieres…

–        Pero este amor no me impide darme enteramente a mi misión.

¿No tienes presentes mis palabras sobre los afectos humanos?,

¿Mis consejos – tan claros que son órdenes – acerca de quien quiere poner la mano en el arado?

¿Te estás cansando, Simón de Jonás, de ser heroicamente mi discípulo?

Con voz ronca de llanto,

Pedro responde:

–        No, Señor.

Tengo presente todo y no estoy cansado.

Me da la impresión de que sea lo contrario…

Que Tú estés cansado de mí, del pobre Simón que ha dejado todo por seguirte…

–        Que ha hallado todo siguiéndome, querrás decir.

–        No… Sí…

Maestro… Yo soy un pobre hombre…

–        Lo sé.

Precisamente por eso te labro.

Para hacer del pobre hombre un hombre.

Y de éste un santo, mi Apóstol, mi Piedra.

Soy duro para hacerte duro.

No quiero que seas blando como este fango, sino un bloque escuadrado, perfecto:

la Piedra de base.

¿No comprendes que esto es amor?

¿No recuerdas lo que dice el Sabio?

Dice que quien ama es severo.

¡Pero compréndeme, hombre!

¡Compréndeme tú, al menos!

¿No ves cómo estoy agobiado;

desolado por tantas incomprensiones, por demasiadas simulaciones, por la mucha indiferencia,

y por las aún más numerosas desilusiones?

–        ¿Te sientes… te sientes así, Maestro?

¡Oh! ¡Divina Misericordia!

¡Y yo sin darme cuenta!

¡Pero qué animal soy!…

Pero, ¿Desde cuándo?

¡Por causa de quién?

Dímelo…

–        No se gana nada con decírtelo.

No podrías hacer nada.

Ni siquiera Yo puedo hacer nada…

–       ¿No podría hacer absolutamente nada para aliviarte?

–        Ya te lo he dicho:

comprender que mi severidad es amor.

Ver el amor en todo acto mío respecto a ti.

–        Sí, sí.

Ya no hablo más.

¡Mi amado Maestro! Ya no hablo más.

Perdona a este completo animal que soy.

Dame una prueba de que realmente me perdonas…

–        ¡La prueba!

Verdaderamente debería bastarte mi sí.

De todas formas te doy la prueba.

Mira: no puedo ir a Nazaret, porque en Nazaret están Juan de Endor y Síntica,

además de Margziam, y no se debe saber.

–        ¡¿Ni siquiera nosotros?!

¿Por qué?…

¡Ah! ¡¿Maestro?!

¡¿Maestro?!

¿Desconfías de alguno de nosotros?

–        La prudencia enseña que cuando se debe guardar secreto de una cosa,

demasiado es que dos la sepan.

Se puede hacer daño también con una palabra dicha a la ligera.

Y no todos ni siempre sois reflexivos.

–        Es verdad…

No lo soy tampoco yo.

Pero cuando quiero sé callar.

Y en este caso callaré.

¡Sin duda callaré!

¡Dejaré de ser Simón de Jonás si no sé callar!

Gracias, Maestro, por tu estima.

Esto sí que es una gran prueba de amor…

¿Entonces ahora vamos a Tariquea?

–      Sí.

Luego a Mágdala con las barcas.

Tengo que retirar el oro de las joyas…

–        ¡Ves como sé guardar silencio!

¡No le he dicho nada a Judas, eh!

Jesús no comenta la interrupción.

Continúa:

-Una vez que haya retirado el oro, os dejo a todos libres hasta el día de las Encenias.

Si necesito a alguno de vosotros, os llamo para que vayáis a Nazaret.

Los judíos, excepto Simón Zelote, acompañarán a las hermanas de Lázaro y a sus criadas,

más Elisa de Betsur, a la casa de Betania.

Luego irán para las Encenias a sus casas.

Me bastará con que estén de regreso para el final de Sabat;

entonces reanudaremos la marcha.

Esto lo sabes sólo tú, ¿Verdad, Simón Pedro?

–        Lo sé yo sólo.

Pero… de todas formas, tendrás que decirlo…

–        Lo diré en su momento.

Ahora regresa con los compañeros y estáte seguro de mi amor.

Pedro obedece contento.

Y Jesús se vuelve a ensimismar en sus pensamientos. 

270 SATANISMO VOLUNTARIO


270 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un fariseo protesta:

–       Nos ofendes demasiado.

Pero, ¿Por qué si es así, no liberas a Israel del Demonio para que sea santo?

Jesús responde:

–        ¿Tiene Israel esta voluntad?

No.

La tienen esos pobrecillos que vienen para ser liberados del demonio

porque lo sienten dentro de sí como peso y vergüenza.

Vosotros esto no lo sentís.

Liberaros a vosotros sería inútil, porque, no teniendo la voluntad de ser liberados,

enseguida seríais de nuevo atrapados y con mayor fuerza.

Porque cuando un espíritu inmundo sale de un hombre,

vaga por lugares áridos en busca de descanso y no lo encuentra.

Observad que no son lugares áridos materialmente;

áridos porque, no recibiéndolo, le son hostiles,

de la misma forma que la tierra árida es hostil a la semilla.

Entonces dice:

«Volveré a mi casa, de donde he sido arrojado con la fuerza y contra su voluntad.

Estoy seguro de que me recibirá y me dará descanso».

En efecto, vuelve donde aquel que era suyo,

y muchas veces lo encuentra dispuesto a recibirlo,

porque, en verdad os digo que el hombre tiene más nostalgia de Satanás que de Dios,

y, si Satanás no le somete sus miembros, por ninguna otra  posesión se queja.

Vuelve, pues, y encuentra la casa vacía, barrida, aviada, con olor a pureza.

Entonces va por otros siete demonios, porque no quiere volverla a perder.

Y con estos siete espíritus peores que él, entra en ella y ahí se instalan todos.

Así, este segundo estado, de uno convertido una vez

y pervertido una segunda vez, es peor que el primero.

Porque el demonio tiene la medida de lo amante de Satanás e ingrato a Dios

que es ese hombre.

Y también porque Dios no vuelve a donde se pisotean sus gracias.

Y habiendo experimentado ya una posesión, se abren los brazos otra vez a una mayor.

La recaída en el satanismo es peor que la recaída en una tisis mortal ya curada una vez.

Ya no es susceptible de mejoramiento ni de curación.

Esto le sucederá a esta generación, la cual, convertida por el Bautista,

ha querido de nuevo ser pecadora, porque es amante del Malvado, no de  Mí.

Un murmullo, ni de aprobación ni de protesta, recorre la muchedumbre,

que se ha ido apiñando y que ya es muy numerosa, pues además del huerto y la terraza,

está llenísima de gente incluso la calle.

Hay gente sentada a caballo en el pretil.

Y subida a la higuera del huerto y a los árboles de los huertos vecinos;

porque todos quieren oír la disputa entre Jesús y sus enemigos.

El  murmullo, cual ola que del mar abierto arriba a la playa;

llega, de boca en boca, hasta los apóstoles más cercanos a Jesús.

O sea, Pedro, Juan, el Zelote y los hijos de Alfeo;

porque los otros están parte en la terraza y parte en la cocina;

menos Judas de Keriot, que está en la calle entre la muchedumbre.

Pedro, Juan, el Zelote, los hijos de Alfeo recogen este murmullo…

Y dicen a Jesús:

–        Maestro, están tu Madre y tus hermanos.

Están allí afuera, en la calle.

Te buscan porque quieren hablar contigo.

Ordena que la muchedumbre se aleje, para que puedan venir a Ti;

porque sin duda un motivo importante los ha traído hasta aquí a buscarte.

Jesús alza la cabeza y ve al final de la gente el rostro angustiado de su Madre;

que está luchando por no llorar;

mientras José de Alfeo le habla con vehemencia;.

Y ve los gestos de negación de Ella, repetidos, enérgicos, a pesar de la insistencia de José.

Ve también la cara de apuro de Simón, visiblemente apenado, molesto…

Pero no sonríe, no ordena nada.

Deja a la Afligida con su dolor

y a los primos donde están, con sus intransigencias.

Baja los ojos hacia la muchedumbre…  

Aspira profundamente.

Y respondiendo a los apóstoles, que están cerca;

responde también a los que están lejos y tratan de hacer valer la sangre más que el deber.  

La Voz de Tenor Jesús resuena como una campana:

–       ¿Quién es mi Madre?

¿Quiénes son mis hermanos?

Despliega su mirada, severa en el marco de un rostro que palidece visiblemente,

por esta violencia; que debe hacerse a Sí Mismo,

para poner el deber por encima del afecto y la sangre… 

Y para suspender el reconocimiento del vínculo con su Madre, por servir al Padre.

Y dice, señalando con un amplio gesto a la muchedumbre que se apiña en torno a Él,

a la roja luz de las antorchas,

bajo la luz de plata de la Luna casi llena…

Jesús declara con firmeza:

–       He aquí a mi madre, he aquí a mis hermanos.

Los que hacen la voluntad de Dios son mis hermanos y hermanas, son mi madre.

No tengo otros.

Y los míos serán tales si, antes que los demás y con mayor perfección que ningún otro,

hacen la voluntad de Dios hasta el sacrificio total;

de toda otra voluntad o voz de la sangre y del afecto. 

Nace entre la muchedumbre un murmullo más fuerte,

como un mar agitado por un viento repentino.

Los escribas comienzan la fuga diciendo:

–      ¡Es un demonio!

–      ¡Reniega incluso su sangre!

Los parientes, visiblemente enojados avanzan,

diciendo:

–       ¡Es un loco!

–       ¡Hasta tortura a su Madre!

Los apóstoles, admirados,

exclaman:

–       ¡Verdaderamente en estas palabras está todo el heroísmo!

La muchedumbre,

dice:

–        ¡Cómo nos ama!

No sin esfuerzo, María con José y Simón, abren la aglomeración de gente:

Ella, todo dulzura;

José, todo furia;

Simón, todo apuro.

Y llegan a Jesús.

José arremete en seguida:

–       ¡Estás loco!

¡Ofendes a todos!

¡No respetas ni siquiera a tu Madre!

¡Pero ahora estoy yo aquí y te lo voy a impedir!

¿Es verdad que vas por ahí haciendo trabajos de obrero?

Pues si eso es verdad,

¿Por qué no trabajas en tu taller para procurar el pan a tu Madre?

¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación, ocioso e ingrato, que es lo que eres;

si luego vas a  realizar trabajo pagado a casa ajena?

Verdaderamente me pareces como si estuvieras en manos de un demonio,

que te indujera al camino

¡Responde!

Jesús se vuelve y toma de la mano al niño José,

lo acerca a Sí y lo alza sujetándolo por las axilas.

Y dice:

–       Mi trabajo ha consistido en procurar el pan a este inocente y a su familia.

Y en convencerlos de que Dios es bueno;

ha sido predicar en Corozaín la humildad y la caridad.

Y no sólo en Corozaín, sino también contigo, José, hermano injusto.

Pero te perdono porque sé que te muerden los dientes de Serpiente.

Y te perdono también a ti, Simón inconstante.

Nada tengo que perdonar, de nada debo pedir perdón, a mi Madre;

porque Ella juzga con justicia.

Que el mundo haga lo que quiera,

Yo hago lo que Dios quiere.

Con la bendición del Padre y de mi Madre soy más feliz,

que si todo el mundo me aclamara rey según el mundo.

Ven, Madre, no llores;

no saben lo que hacen.

Perdónalos.

–       ¡Hijo mío!

Yo sé.

Tú sabes.

Nada más hay que decir…

–        Nada más,….

Aparte de decirle a la gente:

«Idos en paz».

Jesús bendice a la muchedumbre.

Y luego, llevando con la derecha a María y con la izquierda al niño Josesito; 

se dirige hacia la pequeña escalera.

Y es el primero en subirla.  

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239 EL DISCÍPULO VÍCTIMA


239 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

250 Juan de Endor es alma víctima

Se levanta también Juan de Endor,

el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba,

exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía.

Pero Jesús lo para y le dice:

–   Quédate un poco con tu Maestro.

Y lo tiene junto a Sí hasta que todos terminan de marcharse.

–      Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar.

La Luna cada vez está más alta.

Se ve el camino.

Juan acepta sin decir palabra…

Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros.

Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar;

o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro).

Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños,

desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.

Es más ahora por la marea, está  semi-circundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo,

para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares,

hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada.

Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar.

La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata…

Y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca,

en el negro de la noche. 

Jesús pregunta:

–      Juan,

¿No le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?

Juan responde:

–     Ya la conoces, Señor.

De todas formas, no digas «sufre», di «se consume»; es más exacto,

Y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo.

Gracias, Señor.

Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama.

Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras.

Mi Señor, moriré pronto.

Demasiado he sufrido por el odio del mundo

demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios.

Pero no añoro la vida.

Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas.

Ya dos veces he fallado en mi vida:

en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo.

Y sin embargo, no me formé.

En mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer.

Lógicamente: si no había sabido formarme a mí mismo, menos podía saber formarla a ella.

Podría fallar también en mi misión como discípulo…

Y a Tí no quiero fallarte.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar!

Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima,

el que más asemeja al tuyo.

Lo has dicho esta misma noche:

«Consumiéndose primero ellos mismos».

–     Juan,

¿Es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?

–      Es un ofrecimiento.

Si Dios no rechaza el barro hecho fuego.

–      Juan, haces muchas penitencias.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y  al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

–      Las hacen los santos,

Tú el primero.

Es justo que las haga quien tanto debe pagar.

Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios…

¿Me las prohíbes?

Nosotros podemos ofrecer los sufrimientos que ya estamos viviendo en la Gran Tribulación que ya comenzó; 

como penitencia, mortificación, dolor redentor, reparación, consuelo para nuestro ABBA y… 

ESTO ES LO QUE HACE PODEROSÍSIMA NUESTRA INTERCESIÓN

Y devastadora para el Infierno entero… 

–     No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada.

He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.

No puedo contradecirme. 

Quienes mueren en la Cruz, ¡Resucitan AHORA MISMO en el Cielo! Y empezamos a relacionarnos personalmente con ABBA…

–      Gracias, Señor.

Será mi misión.

–     ¿Qué escribías, Juan?

–      ¡Oh, Maestro!

A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro.

Pienso en Margziam.

Tiene toda una vida para predicarte.

Y por su edad, no está presente en tus predicaciones.

He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído.

O por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros.

¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! 

Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento.

precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre;

en esas cosas mínimas, que en el fondo son las más grandes de la vida.

Porque acumulándose, forman una gran suma…

que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.

Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico;

que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud.

No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien;

yo lo sé por lo que se refiere al mal;

si no se va largamente acumulando actos pequeños, aparentemente insignificantes.

Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer;

le lancé la primera mirada de desprecio.

Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones.

Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección.

Dejaré este trabajo mío al niño, para que se acuerde de mí, el viejo maestro.

Y para que tenga aquello que de otro modo no tendría.

Su espléndido tesoro.

Tus palabras.

¿Me das permiso?

–     Sí, Juan.

Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves

Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol,

Y la vida apostólica es verdaderamente ardor.

Has luchado mucho en tu vida.

Ahora Dios te convoca a su Presencia, en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro.

Camina bajo la dulzura de Dios.

Te digo que Dios está contento de ti.

Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:

–       Pero también habría sido hermoso decirle al mundo:

«¡Acércate a Jesús!».

–       Lo dirás desde el Paraíso

Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios.

Vamos, Juan.

Quisiera leer lo que has escrito.

–      Aquí está, Señor.

Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.

Bajan de su escollo.

Y en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna;

que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas.

Se saludan:

Juan, arrodillándose;

Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza.

Y dándole su paz.

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238 EL SACRIFICIO PERFECTO


238 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

LAS ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos.

Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo;

José, el acusado de incesto, de Emaús;

el joven que no  fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús;

Esteban el discípulo de Gamaliel.

El salvado Abel;

Abel el leproso, curado el año anterior cerca de Corazaín;

con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón;

Son rostros conocidos de discípulos y hay además otros, conquistas de Isaac.

O de los mismos discípulos que siguen al núcleo principal, con la esperanza de encontrar a  Jesús.

El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. 

Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño,

y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.  

Jesús pregunta.

–      ¿Conoces un lugar tranquilo donde nos podernos reunir

Isaac contesta:

–       En el extremo del golfo hay una playa desierta.

Allí hay unas casitas de pescadores, que en este período están deshabitadas,

porque son malsanas y porque, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado.

Y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura.

Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades portuarias y por contactos con los discípulos;

me han cedido las casitas para descansar nosotros.

Después de cada misión volvemos a ellas.

Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas.

Querría llegar hasta la Siro-Fenicia.

Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.

Pero soy pastor, no marinero.

Y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.

Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado.

¡Tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!.

Jesús responde:

–     Dios te ayuda por tu humildad.

Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros.

Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar.

Y si podemos, iremos a Siro-Fenicia.

Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan,

que conversan animadamente con algunos discípulos.

Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote.

Bartolomé y Felipe están con las mujeres.

Los otros cuatro están con Jesús.

Los cuatro pescadores van enseguida.  

Jesús les pregunta:

–       ¿Seríais capaces de navegar en el mar? 

Los cuatro se miran, perplejos.

Pedro se remueve el pelo mientras piensa.

Luego pregunta:

–       Pero, ¿dónde?

¿Muy fuera de la costa?

Nosotros somos peces de agua dulce…

–      No.

Siguiendo la costa hasta Sidón.

–     ¡Hombre!, pues…

Creo que se puede.

y volviéndose hacia los otros tres:

¿Vosotros qué pensáis?

Santiago dice: 

–      Yo también creo que sí.

Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua.  

Juan añade:

–     Es más, será más bonito y más fácil.

–     La verdad es que no sé de dónde sacas eso – le responde su hermano.

Pedro responde bromeando:

–      De su amor por el mar.

Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones.

Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto. 

Y Pedro da unos meneos afectuosos a Juan.  

Juan responde convencido:

–      No.

Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave.

Pedro exclama:

–      ¡Pues entonces, vamos! 

Santiago observa:

–      De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar.

No conocemos este mar ni la profundidad de estas aguas  

Andrés añade:

–      ¡Bah!…

¡No me preocupa lo más mínimo!

¡Tenemos a Jesús con nosotros!

Antes no me sentía todavía seguro,

¡Pero después de que ha calmado el lago!…

Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar –

–     Pues entonces iremos.

Procura las barcas para mañana.

Pídele a Judas de Simón la bolsa.

La alegría con qué manifiestan todos los discípulos esta decisión de Jesús es muy grande…

Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad.

La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía.

Punta que penetra en el mar como un brazo doblado.

Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve,

representan el lugar más miserable de la ciudad.

El más deshabitado y menos  continuamente poblado.

Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años- están, todas, cerradas.

Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.  

Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes,.

dice:

–      Aquí están.

Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpia.

Pedro con cierto retintín.

comenta:

–      ¡No, bonitas no, pobrecillas!

Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. 

¡Y había quien se quejaba!… 

–     Pero para nosotros son una suerte.

–     ¡Claro, claro!

Lo importante es tener un techo y amarse.

¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan!

¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?

Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro.

Va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.  

Isaac dice:

–      No he querido que viniera porque no ha estado muy bien…

Prefiero que esté aquí.

Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías…

En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes.

Pero su rostro aparece sereno.

La delgadez le ennoblece los rasgos:

viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.

Jesús lo observa y le pregunta:

–      ¿Estás enfermo, Juan?

–     No más de cuanto lo estaba antes de verte.

Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.

Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas,

pero no dice nada más;

le pone, eso sí, una mano en el hombro.

Y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados,

Junto con unas tinajas de agua fresca para la sed.

Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras,

se preparan las cosas para comer.

Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer;

con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles,

sentados en torno a la tosca mesota.

Mientras los demás,

quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés,

hacen círculo alrededor de la mesa principal.

Pronto termina la cena.

Y más rápidamente todavía, quitan la mesa, los utensilios para los huéspedes más importantes eran muy pocos. 

El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil.

toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.

Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras,

se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos,

mientras las mujeres se retiran.

Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia,

las nubes de mosquitos que vienen de los esteros cercanos.  

Jesús saluda:

–     Paz a todos vosotros.

La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones.

He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí; 

esperándome, formándoos en Mí;

espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras;

que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios.

Y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo,

el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad.

Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos.

Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos.

Y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos; 

sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos.

Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.

Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios

vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí.

y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor;

que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.

He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor;

tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación,

en medio de aquellos a quienes quiere conducir a Mí,

en estas dos características suyas, la vieja y la nueva.

Es verdad. Era un pecador.

Ahora es un discípulo.

Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él.

Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.

Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio,

la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula.

He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar

Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas,

no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros  una santa valoración de una conversión.

Y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.

María de Mágdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor.

¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios?

Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen…

Y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.

Resurrección. Es la palabra más exacta.

Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro;

es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte.

Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

Pero sí doy eternidad al resucitado en espíritu.

Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía; 

por tanto, no hay mérito por su parte.

En el resucitado en el espíritu está presente su voluntad.

Es más, es la primera presente.

Por tanto hay mérito del resucitado.

No os digo esto para justificarme.

Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones.  

Jesús con su gran humildad, como Mesías y como Hombre, puntualiza con esto que se considera además de Hijo; sólo un siervo de Dios… 

Pero como Dios Encarnado, no tiene porqué dar cuenta de sus actos; pues SIEMPRE es guiado por los otros Dos, (el Padre y el Paráclito) que habitan en ÉL…

Pero vosotros sois mis discípulos.

Y mis discípulos deben ser otros Jesús. (Otros Cristos)

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas,

que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.

Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas.

Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios, aunque se trate de la más inerte, helada y repelente;,

puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.

Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos.

Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén,

se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado.

Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas,

los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar

y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco,

Y que lo hicieron tan bien y tan secretamente,

que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado.

Esto recordaba Nehemías.

Y recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes;

para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos, antes de morir.

Éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos.

Y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio.

Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua.

Un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí,

procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén.

Y se lo dijeron a Nehemías.

Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran.

Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios; 

roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa.

Si el pueblo asombrado, miraba con respeto;

si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto,

fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba.

Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza!

De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día;

en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.

Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar.

Y la leña asperjada con el agua legamosa, se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio;

mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías.

Y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido.

Entonces para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios,

con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin,

Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes.

Y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.

Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón; 

para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida.

Toda vida es holocausto, si se emplea bien;

cada día es un holocausto que ha de arder con santidad.

Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.

El fuego cae en el pozo profundo.

No por santa necesidad, sino por nefasta necedad.

Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado,

hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo…

Y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio.

Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte;

es necesario también el heroísmo de quien convierte.

Es más, éste debe preceder a aquél,

porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro.

Almas víctimas y corredentoras; fusionadas con Cristo en la Cruz

Porque así se logra que el lodo se convierta en llama.

Y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad;

el holocausto que se consume.

Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo;

de que el lodo arrepentido, es más abrasador que el fuego común…

Aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas.

O sea, materias combustibles; 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga...

Este lodo arrepentido adquiere tal potencia;

que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible.

¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad?

¿No lo sabéis?

Os lo diré:

Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios,

Llama con llama;

llama que sube, llama que desciende;

llama que se ofrece amando, llama que se concede amando;

abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo,

que se unen y forman una cosa sola.

Y dado que la llama más fuerte es la de Dios,

ésta excede, rebosa, penetra, asume…

CORAZÓN ARDIENTE

Y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado, para  ser llama infinita de Ser increado:

del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.

Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos;

generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado;

consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se  levanta de su propio barro;

que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado.

En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios;

por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana.

Y que seguirán devorando con su fuego las piedras: 

las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo,

verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas;

para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.

Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos;

pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro.

Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Que nunca un concepto desviado;

una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido,

os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino.

Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.

Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro.

Y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo,

que la sienten por fin…

Y jubiloso, los conduzco a Dios porque ésta es mi misión…

Y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito;

pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados,

que en mayor o menor grado habéis conocido todos, la imperfección;

hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores;

hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra,

de forma que sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.

Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia,

de que Yo seré el Espíritu animador;

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: «Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…

Y hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes;

para constituir un único Cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre.

Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal,

¿Podrían las infinitas partículas tener vida?

Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas,

sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio.

Porque la lluvia penetra hasta donde quiere.

Y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida.

Pero, ¿Qué sería entonces el Cristianismo?

Cercanía de almas;

cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital

Aquí está TODO EL PODER, que nos convierte en corredentores

proveniente de un único centro para cada una de las partículas;

serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles,

sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus:

«¡Y éramos hermanos y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!».

Cercanía. No fusión.

No un organismo.

Y por encima de esta ruina, resplandecería doliente mi amor…

Y añado:

No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No.

Sirve también para todas las almas que quedan solas, 

porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas,

contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago.

O sea: «Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios».

Idos en paz ahora y que Dios esté con vosotros.  

Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan.

Cada uno hacia la casa que lo hospeda;

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194 PARÁBOLA DEL DIENTE DE LEÓN


194 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan.

Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano.

Cuando viajamos con nuestro cuerpo espiritual, sus sentidos son infinitamente más sensibles que las limitaciones de nuestro cuerpo físico…

Sí, cada estación, se podría decir incluso cada mes y cada hora del día, tiene su olor característico.

Como también lo tiene cada lugar, para una  persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación.

E1 olor de un día invernal con viento cortante es muy  distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce.

Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno.

Una buena mañana nos levantamos y… el aire tiene un olor distinto:

Es el primer suspiro de la primavera.

Y así se va adelante: olores de los huertos en flor, luego olores de los jardines, de las mieses;

hasta llegar a ese olor caliente de la vendimia. 

Pasando como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta…

¿Y las horas?

Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía.

Y éste como el de la tarde o el de la noche.

El primero, fresco y virginal.

El segundo, riente y lleno de vitalidad.

El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores.

E1 último el nocturno es moderado; recogido como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.

¿Y los lugares?

¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche;

de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja!

¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas?

¡Y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?:

¡Qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!

Como éste lo es del de los lugares de colinas y éste último del olor de los altos montes.

Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz, color, perfume, sonido, forma o altura; 

en cada una de las infinitas cosas que ha creado.

¡Oh, belleza infinita del Universo!

¡Cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía!

Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses,

¡Qué delicioso es dejarse apresar por la alegría de hablar de Dios en sus espléndidas obras!

Pues también es amor porque el hombre alaba en las criaturas aquello que en ellas ama.

Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien lo ama. 

¡Y así brota la alabanza!

El amor ardiente es incontenible en su gozo inefable…

¡Y nos inflama como un volcán! 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Porque cuanto más se le ama más se lo alaba, por Él y por sus obras.

¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres!

¡Y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!…

¡Y esta es la energía que nos hace levantarnos de las caídas que nos proporciona Satanás;

cuando nos vapulea y nos derriba para impedir el cumplimiento de nuestra misión…! 

Y eso precisamente es lo que impulsa a Jesús,en esta travesía que ha emprendido con sus Doce apóstoles…

Es una llanura sobre la que el sol cae y caldea el trigo maduro.

Se aspira el olor de las mieses.

El olor del verano.  

Jesús avanza por los campos de cereales en sazón.

El día está caluroso; el paraje, desierto.

No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá.

Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo:

Esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden…

Una cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas;

a cuyos lados hay respectivamente, un pequeño pobñado y una hacienda; nada más.

Todos caminan en silencio, acalorados y sudorosos.

Se han despojado de sus mantos; pero sufren igualmente bajo sus vestidos, que son de lana ligera.   

Solamente Jesús con sus dos primos y Judas de Keriot, llevan ropajes de lino o de cáñamo.

Los de Jesús son de lino blanco.

Los de los hijos de Alfeo por su densidad, parecen demasiado pesados para ser lino, son de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear.

Los otros apóstoles llevan los atavíos habituales y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.

Llegan a un grupo de árboles que hay en un cruce de caminos.

Bajo su saludable sombra se detienen y ávidamente, beben de sus botijas.   odres

Judas está sediento, acalorado, cansado y hambriento…

Pero esta vez no se ha quejado… 

Muy pensativo, bebe su agua tibia…

Pedro refunfuña:

–    Está caliente como si la hubiera quitado del fuego.

Bartolomé suspira:

–     Si hubiera por lo menos un arroyo.

¡Pero nada! ¡No hay nada!  

Dentro de poco me quedaré sin agua.

Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.

se queja:

–    Creo que sería mejor la montaña.

El corazón de Pedro se va a su lago y su barca…

Y suspira:

–    ¡Ah! Mejor es la barca.

Fresca, tranquila y limpia.

Jesús trata de darles ánimo,

y dice: 

–     Tenéis razón todos.

Pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura.

Si no nos hubieran arrojado de Agua Especiosa y perseguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Scebat. (invierno)

De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire.   

Pedro cuestiona: 

–     ¡Sí, claro!

¡Eh! Que si hace falta…

Aquí parecemos pescados agonizantes.

Pero… ¿Cómo logran estar tan hermosas las espigas de trigo, sin agua?

Jesús explica: 

–     Hay agua subterránea…

Que mantiene húmedo el terreno.

Con su humor impetuoso,

Pedro responde:

–     Mejor hubiera sido que estuviese en la superficie. 

¿De qué me sirve si está bajo tierra?

¡Yo no soy raíz! 

Todos sueltan la carcajada.

Y cuando cesan las risas…

Un momento después, Tadeo se pone serio,

y dice:

–     El suelo es egoísta.

Como los corazones y como ellos, es árido.

Si nos hubieran dejado estar en el pueblo anterior y pasar el sábado allí;

habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso.

Pero nos arrojaron…  

Tomás señala el pueblo a sus espaldas, en el oriente, 

y dice: 

– También habríamos tenido comida…

Pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre.

¡Si tan sólo hubiese fruta!

Éstas, si las hay; porque los árboles frutales están cerca de las casas.

Judas replica: 

–     Y ¿Quién va?

¿Quién se atreve a acercarse?

Si todos tienen el humor de aquellos..  

Y éstos piensan igual que los de allá.

¿Cómo crees que nos recibirán?

Simón Zelote dice:

–    Toma mi comida.

Yo no tengo mucha hambre.

Jesús apoya:

–    Toma también la mía.

Y agrega: 

–    Quién sienta tener más hambre que coma…

Juntan las provisiones de Jesús, Zelote y Nathanael.

¡Son tan poquitas.…!

Lo dicen los ojos espantados de Tomás y de los jóvenes…

Pero se callan, mordisqueando las microscópicas partes.

El Zelote paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada, advierte la existencia de humedad.

Y efectivamente, encuentra un hilo de agua que en el fondo del arenal;

lo guía hasta un pequeño arroyuelo que discurre por el terreno guijarroso…

Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio.

Todos van corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la ribera del arroyuelo semiseco.  

Llenan los odres que ya estaban vacíos y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra;

para tenerlos más frescos.

Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa.

Se sientan al pie de un árbol y con el cansancio que tienen, se quedan dormidos.

Jesús los mira con amor y compasión… 

Jesús los mira con amor y compasión.

Mueve la cabeza…

Zelote, que había ido a beber agua otra vez, lo descubre…

Y le pregunta:

–     ¿Qué te pasa, Maestro?

Jesús se levanta, le pone un brazo sobre la espalda y lo lleva a un árbol que está más lejos.

Le dice:

–    ¿Qué tengo?

Me aflijo por vuestro cansancio.

Si no supiese lo que estoy haciendo de vosotros…

No me permitiría jamás, causaros tantas molestias.

Simón objeta:

–     ¿Molestias?

No, Maestro. ¡Es nuestra alegría!

Todo desaparece al venir contigo.

Todos somos felices, créelo.

Ninguno se lamenta, ni…

–     Calla, Simón.

Lo humano da gritos, aún en los buenos…

Y humanamente hablando no os equivocáis al gritar.

Os he arrancado de vuestras casas, familias e intereses.

Y vinisteis pensando que significaría otra cosa el seguirMe.

De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará…  

Entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre neblinas, fango, barro, polvo, canículas… 

O con un calor asfixiante…

Perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos.

Detras el Maestro perseguido, odiado, calumniado… y…

Y otras cosas.  

Todavía falta más… 

Y entonces entenderéis que fue una cosa hermosa, haber venido entre neblinas y fango; 

entre polvo y canículas;

perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos;

detrás del Maestro perseguido, odiado, calumniado… y más.

Todavía falta más.

Entonces todo os parecerá hermoso, porque vuestro pensamiento será diferente.

Y todo lo veréis bajo otra luz.

Y me bendeciréis por haberos conducido por mis caminos tan difíciles…

–     Estás triste, Maestro.

El mundo justifica tu tristeza, pero no nosotros.

Todos estamos contentos…

–   ¿Todos?

¿Estás seguro?….

    ¿Piensas Tú de otra forma?

–    Sí, Simón.

De otra forma.

Tú estás siempre contento.

Tú has comprendido; muchos otros, no.

¿Ves a esos que están durmiendo?

¿Puedes imaginar, cuántos pensamientos envuelven aún el sueño?…

¿Y todos los que están entre los discípulos?

¿Crees que serán felices hasta que todo se cumpla?

Mira, juguemos a esto que ciertamente tú hiciste cuando eras pequeño..

Jesús toma un diente de león que se yergue entre las piedras…

Y que ha alcanzado ya la plena maduración.

Se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y…

Se disgrega en muy pequeños vilanos que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo tallito.  

Jesús continúa: 

¿Ves? Mira…

¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual si estuvieran enamorados de Mí?

Cuéntalos…

Son veintitrés.

Eran, por lo menos, el triple.

¿Y los otros?

Mira. Unos siguen vagando por el aire.

Otros como por demasiado peso, han caído ya al suelo.

Algunos orgullosos, suben vanagloriándose de su penacho de plata.

Otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres.

Sólo… Mira, mira… incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido.

Ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan…

¿Temían algo?: quizás el aguijón.

¡Los ha seducido algo?:

Quizás los hermosos colores negros y amarillos.

O el aspecto gallardo… O las alas irisadas…

Se han ido… tras una belleza falaz…

Simón, así sucederá con mis discípulos…

Se disgregarán detrás de una vana hermosura mentirosa porque así serán…

Algunos por inquietud, otros por inconstancia, quién por torpeza, quién por orgullo…

Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, por estar demasiado cargados;

Alguien por ligereza, por apetito de fango, uno más por miedo…

Otros por demasiada simplicidad, otros por pereza…

Por orgullo, por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad…

Pero se irán.

¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: «Voy contigo» los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión?

Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta…

Ahora, en mis rodillas, hay sólo siete…

Pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir «sí» a los tallitos más ligeros.

Así sucederá.

Y pienso en las luchas que soatendréis por manteneros fieles a Mí…

Ven, Simón.

Vamos a ver aquellas libélulas, que hacen sus danzas sobre el agua.

A no ser que quieras descansar.

–   No, Maestro.

Tus palabras me han llenado de tristeza.

Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste; el hombre solitario a quien has dado compañía;

el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera…

Maestro… ¿Qué piensas de Judas?

El año pasado lloraste conmigo por él.

Luego… no sé…

Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame.

Esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo;

pero a Tí sí:

No logro amar a Judas; lo confieso.

Es él quien rechaza mi deseo de amarlo.

No quiero decir que me trate con desprecio, no;

es más, hasta incluso se muestra muy cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres.

Es su modo de actuar.

¿Te parece sincero?

Dímelo.

Jesús guarda silencio durante unos momentos…

Pareciera estar como fascinado con dos libélulas,

que posadas sobre la superficie del agua del pequeño estanque,

Con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris; 

un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso…

Que acaba devorado por uno de los voraces insectos.

El cual a su vez cae en vuelo, víctima de un sapo que estaba agazapado…

Y que se la come junto con el mosquito que había cazado.

Jesús se mueve, se pone de pie…

Pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza,…

Y dice:

–     Así es:

La libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas.

Y alas fuertes para derribar a los mosquitos.

La rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas.

Cada uno tiene lo suyo y lo suyo usa.

Vamos Simón.

Los otros ya despertaron.

–    No me has respondido, Señor.

¿No quieres hacerlo?

Jesús exclama: 

–    ¡Te he dado la respuesta!

Viejo sapiente mío.

Medita y darás con ella.

Zelote suspira…

Y Jesús, remontando el lecho guijarroso, va donde los discípulos, que se están despertando y ya lo buscan.

Y los dos vuelven a subir por el arenal, a reunirse con los demás.