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270 SATANISMO VOLUNTARIO


270 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un fariseo protesta:

–       Nos ofendes demasiado.

Pero, ¿Por qué si es así, no liberas a Israel del Demonio para que sea santo?

Jesús responde:

–        ¿Tiene Israel esta voluntad?

No.

La tienen esos pobrecillos que vienen para ser liberados del demonio

porque lo sienten dentro de sí como peso y vergüenza.

Vosotros esto no lo sentís.

Liberaros a vosotros sería inútil, porque, no teniendo la voluntad de ser liberados,

enseguida seríais de nuevo atrapados y con mayor fuerza.

Porque cuando un espíritu inmundo sale de un hombre,

vaga por lugares áridos en busca de descanso y no lo encuentra.

Observad que no son lugares áridos materialmente;

áridos porque, no recibiéndolo, le son hostiles,

de la misma forma que la tierra árida es hostil a la semilla.

Entonces dice:

“Volveré a mi casa, de donde he sido arrojado con la fuerza y contra su voluntad.

Estoy seguro de que me recibirá y me dará descanso”.

En efecto, vuelve donde aquel que era suyo,

y muchas veces lo encuentra dispuesto a recibirlo,

porque, en verdad os digo que el hombre tiene más nostalgia de Satanás que de Dios,

y, si Satanás no le somete sus miembros, por ninguna otra  posesión se queja.

Vuelve, pues, y encuentra la casa vacía, barrida, aviada, con olor a pureza.

Entonces va por otros siete demonios, porque no quiere volverla a perder.

Y con estos siete espíritus peores que él, entra en ella y ahí se instalan todos.

Así, este segundo estado, de uno convertido una vez

y pervertido una segunda vez, es peor que el primero.

Porque el demonio tiene la medida de lo amante de Satanás e ingrato a Dios

que es ese hombre.

Y también porque Dios no vuelve a donde se pisotean sus gracias.

Y habiendo experimentado ya una posesión, se abren los brazos otra vez a una mayor.

La recaída en el satanismo es peor que la recaída en una tisis mortal ya curada una vez.

Ya no es susceptible de mejoramiento ni de curación.

Esto le sucederá a esta generación, la cual, convertida por el Bautista,

ha querido de nuevo ser pecadora, porque es amante del Malvado, no de  Mí.

Un murmullo, ni de aprobación ni de protesta, recorre la muchedumbre,

que se ha ido apiñando y que ya es muy numerosa, pues además del huerto y la terraza,

está llenísima de gente incluso la calle.

Hay gente sentada a caballo en el pretil.

Y subida a la higuera del huerto y a los árboles de los huertos vecinos;

porque todos quieren oír la disputa entre Jesús y sus enemigos.

El  murmullo, cual ola que del mar abierto arriba a la playa;

llega, de boca en boca, hasta los apóstoles más cercanos a Jesús.

O sea, Pedro, Juan, el Zelote y los hijos de Alfeo;

porque los otros están parte en la terraza y parte en la cocina;

menos Judas de Keriot, que está en la calle entre la muchedumbre.

Pedro, Juan, el Zelote, los hijos de Alfeo recogen este murmullo…

Y dicen a Jesús:

–        Maestro, están tu Madre y tus hermanos.

Están allí afuera, en la calle.

Te buscan porque quieren hablar contigo.

Ordena que la muchedumbre se aleje, para que puedan venir a Ti;

porque sin duda un motivo importante los ha traído hasta aquí a buscarte.

Jesús alza la cabeza y ve al final de la gente el rostro angustiado de su Madre;

que está luchando por no llorar;

mientras José de Alfeo le habla con vehemencia;.

Y ve los gestos de negación de Ella, repetidos, enérgicos, a pesar de la insistencia de José.

Ve también la cara de apuro de Simón, visiblemente apenado, molesto…

Pero no sonríe, no ordena nada.

Deja a la Afligida con su dolor

y a los primos donde están, con sus intransigencias.

Baja los ojos hacia la muchedumbre…  

Aspira profundamente.

Y respondiendo a los apóstoles, que están cerca;

responde también a los que están lejos y tratan de hacer valer la sangre más que el deber.  

La Voz de Tenor Jesús resuena como una campana:

–       ¿Quién es mi Madre?

¿Quiénes son mis hermanos?

Despliega su mirada, severa en el marco de un rostro que palidece visiblemente,

por esta violencia; que debe hacerse a Sí Mismo,

para poner el deber por encima del afecto y la sangre… 

Y para suspender el reconocimiento del vínculo con su Madre, por servir al Padre.

Y dice, señalando con un amplio gesto a la muchedumbre que se apiña en torno a Él,

a la roja luz de las antorchas,

bajo la luz de plata de la Luna casi llena…

Jesús declara con firmeza:

–       He aquí a mi madre, he aquí a mis hermanos.

Los que hacen la voluntad de Dios son mis hermanos y hermanas, son mi madre.

No tengo otros.

Y los míos serán tales si, antes que los demás y con mayor perfección que ningún otro,

hacen la voluntad de Dios hasta el sacrificio total;

de toda otra voluntad o voz de la sangre y del afecto. 

Nace entre la muchedumbre un murmullo más fuerte,

como un mar agitado por un viento repentino.

Los escribas comienzan la fuga diciendo:

–      ¡Es un demonio!

–      ¡Reniega incluso su sangre!

Los parientes, visiblemente enojados avanzan,

diciendo:

–       ¡Es un loco!

–       ¡Hasta tortura a su Madre!

Los apóstoles, admirados,

exclaman:

–       ¡Verdaderamente en estas palabras está todo el heroísmo!

La muchedumbre,

dice:

–        ¡Cómo nos ama!

No sin esfuerzo, María con José y Simón, abren la aglomeración de gente:

Ella, todo dulzura;

José, todo furia;

Simón, todo apuro.

Y llegan a Jesús.

José arremete en seguida:

–       ¡Estás loco!

¡Ofendes a todos!

¡No respetas ni siquiera a tu Madre!

¡Pero ahora estoy yo aquí y te lo voy a impedir!

¿Es verdad que vas por ahí haciendo trabajos de obrero?

Pues si eso es verdad,

¿Por qué no trabajas en tu taller para procurar el pan a tu Madre?

¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación, ocioso e ingrato, que es lo que eres;

si luego vas a  realizar trabajo pagado a casa ajena?

Verdaderamente me pareces como si estuvieras en manos de un demonio,

que te indujera al camino

¡Responde!

Jesús se vuelve y toma de la mano al niño José,

lo acerca a Sí y lo alza sujetándolo por las axilas.

Y dice:

–       Mi trabajo ha consistido en procurar el pan a este inocente y a su familia.

Y en convencerlos de que Dios es bueno;

ha sido predicar en Corozaín la humildad y la caridad.

Y no sólo en Corozaín, sino también contigo, José, hermano injusto.

Pero te perdono porque sé que te muerden los dientes de Serpiente.

Y te perdono también a ti, Simón inconstante.

Nada tengo que perdonar, de nada debo pedir perdón, a mi Madre;

porque Ella juzga con justicia.

Que el mundo haga lo que quiera,

Yo hago lo que Dios quiere.

Con la bendición del Padre y de mi Madre soy más feliz,

que si todo el mundo me aclamara rey según el mundo.

Ven, Madre, no llores;

no saben lo que hacen.

Perdónalos.

–       ¡Hijo mío!

Yo sé.

Tú sabes.

Nada más hay que decir…

–        Nada más,….

Aparte de decirle a la gente:

“Idos en paz”.

Jesús bendice a la muchedumbre.

Y luego, llevando con la derecha a María y con la izquierda al niño Josesito; 

se dirige hacia la pequeña escalera.

Y es el primero en subirla.  

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239 EL DISCÍPULO VÍCTIMA


239 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

250 Juan de Endor es alma víctima

Se levanta también Juan de Endor,

el cual ha estado siempre tomando apuntes mientras Jesús hablaba,

exponiéndose al calor abrasador del fuego para poder ver lo que escribía.

Pero Jesús lo para y le dice:

–   Quédate un poco con tu Maestro.

Y lo tiene junto a Sí hasta que todos terminan de marcharse.

–      Vamos hasta aquella peña que está a la orilla del mar.

La Luna cada vez está más alta.

Se ve el camino.

Juan acepta sin decir palabra…

Se alejan de las casas aproximadamente unos doscientos metros.

Se sientan encima de una voluminosa peña (no sé si se trata de un resto de un espigón, o de la extrema punta de un arrecife sumergido en el mar;

o, tal vez, pertenece a las ruinas de alguna casucha semi-sumida por las aguas, que quizás con el paso de los siglos han penetrado tierra adentro).

Sí sé que, mientras desde la pequeña playa se puede subir, apoyando el pie en entrantes y salientes de la piedra, que hacen de peldaños,

desde la parte del mar la pared desciende casi recta para hundirse en el agua verde-clara.

Es más ahora por la marea, está  semi-circundada por el agua, que borbotea y azota ligeramente este obstáculo,

para huir luego con un sonido de enorme aspiración, y luego calla un momento, para volver de nuevo, con movimiento y sonido regulares,

hecho de golpes y de aspiraciones y silencios como una música sincopada.

Se sientan en el punto más alto de este volumen azotado por el mar.

La Luna dibuja sobre las aguas un camino de plata…

Y da un color azul oscurísimo al mar, que antes de que ella saliera no era sino una extensión negruzca,

en el negro de la noche. 

Jesús pregunta:

–      Juan,

¿No le dices a tu Maestro la razón por la que sufre tu cuerpo?

Juan responde:

–     Ya la conoces, Señor.

De todas formas, no digas “sufre”, di “se consume”; es más exacto,

Y Tú lo sabes, como también sabes que se consume con gozo.

Gracias, Señor.

Me he reconocido yo también en el barro que se hace llama.

Pero no voy a tener tiempo de encender las piedras.

Mi Señor, moriré pronto.

Demasiado he sufrido por el odio del mundo

demasiado exulto de júbilo por el amor de Dios.

Pero no añoro la vida.

Aquí podría pecar todavía, podría fallar en la misión a que nos destinas.

Ya dos veces he fallado en mi vida:

en mi misión de maestro, porque en ella habría debido saber encontrar de qué formarme a mí mismo.

Y sin embargo, no me formé.

En mi misión de marido, porque no supe formar a mi mujer.

Lógicamente: si no había sabido formarme a mí mismo, menos podía saber formarla a ella.

Podría fallar también en mi misión como discípulo…

Y a Tí no quiero fallarte.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

¡Bendita sea, por tanto, la muerte, si viene a llevarme a donde no se puede ya pecar!

Si bien mi destino no será el de discípulo-maestro, tendré el de discípulo-víctima,

el que más asemeja al tuyo.

Lo has dicho esta misma noche:

“Consumiéndose primero ellos mismos”.

–     Juan,

¿Es un destino que sufres o es un ofrecimiento tuyo?

–      Es un ofrecimiento.

Si Dios no rechaza el barro hecho fuego.

–      Juan, haces muchas penitencias.

Jesús con el amor de fusión, nos une a Él para participarnos la Vida y  al hacernos corredentores nos comunica su Semejanza y nuestra alma se recrea…

–      Las hacen los santos,

Tú el primero.

Es justo que las haga quien tanto debe pagar.

Pero… quizás es que las mías no las ves gratas a Dios…

¿Me las prohíbes?

Nosotros podemos ofrecer los sufrimientos que ya estamos viviendo en la Gran Tribulación que ya comenzó; 

como penitencia, mortificación, dolor redentor, reparación, consuelo para nuestro ABBA y… 

ESTO ES LO QUE HACE PODEROSÍSIMA NUESTRA INTERCESIÓN

Y devastadora para el Infierno entero… 

–     No pongo jamás obstáculo a las buenas aspiraciones de un alma enamorada.

He venido a predicar, con los hechos, que en el sufrimiento hay expiación y en el dolor redención.

No puedo contradecirme. 

Quienes mueren en la Cruz, ¡Resucitan AHORA MISMO en el Cielo! Y empezamos a relacionarnos personalmente con ABBA…

–      Gracias, Señor.

Será mi misión.

–     ¿Qué escribías, Juan?

–      ¡Oh, Maestro!

A veces el viejo Félix emerge todavía con sus costumbres de maestro.

Pienso en Margziam.

Tiene toda una vida para predicarte.

Y por su edad, no está presente en tus predicaciones.

He pensado tomar nota de algunas enseñanzas con que nos has adoctrinado y que el niño no ha oído.

O por estar en sus juegos o por estar lejos con uno de nosotros.

¡Hasta en las más mínimas palabras tuyas hay mucha sabiduría! 

Tus conversaciones familiares son ya de por sí adoctrinamiento.

precisamente en las cosas de cada día, de cada hombre;

en esas cosas mínimas, que en el fondo son las más grandes de la vida.

Porque acumulándose, forman una gran suma…

que exige paciencia, constancia, resignación, si se quiere llevar con santidad.

Es más fácil realizar un grande pero único acto heroico;

que no millares de pequeñas cosas que exijan una constante presencia de virtud.

No obstante, no se llega al acto grande, tanto en el mal como en el bien;

yo lo sé por lo que se refiere al mal;

si no se va largamente acumulando actos pequeños, aparentemente insignificantes.

Yo empecé a matar cuando, cansado de la frivolidad de mi mujer;

le lancé la primera mirada de desprecio.

Para Margziam he anotado tus pequeñas lecciones.

Y esta noche he sentido el deseo de anotar tu gran lección.

Dejaré este trabajo mío al niño, para que se acuerde de mí, el viejo maestro.

Y para que tenga aquello que de otro modo no tendría.

Su espléndido tesoro.

Tus palabras.

¿Me das permiso?

–     Sí, Juan.

Pero está en paz en todo, como este mar. ¿Ves

Para ti sería demasiado abrasador el caminar bajo el ardor del sol,

Y la vida apostólica es verdaderamente ardor.

Has luchado mucho en tu vida.

Ahora Dios te convoca a su Presencia, en este plácido radiar de luna que todo calma y hace puro.

Camina bajo la dulzura de Dios.

Te digo que Dios está contento de ti.

Juan de Endor toma la mano de Jesús, la besa y musita:

–       Pero también habría sido hermoso decirle al mundo:

“¡Acércate a Jesús!”.

–       Lo dirás desde el Paraíso

Tú serás también un espejo reflector de la Llama de Dios.

Vamos, Juan.

Quisiera leer lo que has escrito.

–      Aquí está, Señor.

Y mañana te doy el otro rollo en que he anotado las otras palabras.

Bajan de su escollo.

Y en medio de una esplendorosísima, dilatada luz blanca de luna;

que ha transformado en plata la grava de la orilla, vuelven a las casas.

Se saludan:

Juan, arrodillándose;

Jesús, bendiciéndolo con la mano puesta sobre su cabeza.

Y dándole su paz.

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238 EL SACRIFICIO PERFECTO


238 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

LAS ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Precisamente a orillas del profundo torrente, Jesús encuentra a Isaac con muchos discípulos, conocidos y desconocidos.

Entre los conocidos están: el arquisinagogo de Agua Especiosa, Timoneo;

José, el acusado de incesto, de Emaús;

el joven que no  fue a enterrar a su padre por seguir a Jesús;

Esteban el discípulo de Gamaliel.

El salvado Abel;

Abel el leproso, curado el año anterior cerca de Corazaín;

con su amigo Samuel; el barquero de Jericó, Salomón;

Son rostros conocidos de discípulos y hay además otros, conquistas de Isaac.

O de los mismos discípulos que siguen al núcleo principal, con la esperanza de encontrar a  Jesús.

El encuentro es afectuoso, alegre, reverente. 

Isaac está radiante por la alegría de ver al Maestro y de enseñarle su nuevo rebaño,

y como premio pide una palabra de Jesús para la turba que tiene consigo.  

Jesús pregunta.

–      ¿Conoces un lugar tranquilo donde nos podernos reunir

Isaac contesta:

–       En el extremo del golfo hay una playa desierta.

Allí hay unas casitas de pescadores, que en este período están deshabitadas,

porque son malsanas y porque, la época de la pesca de pescado para salazón ya ha terminado.

Y los pescadores van a la Siro-Fenicia a la pesca de la púrpura.

Muchos de ellos ya creen en ti, porque, han oído hablar en las ciudades portuarias y por contactos con los discípulos;

me han cedido las casitas para descansar nosotros.

Después de cada misión volvemos a ellas.

Porque en esta costa hay mucho que hacer; está completamente corrompida por muchas cosas.

Querría llegar hasta la Siro-Fenicia.

Podría hacerlo por mar, porque la costa está demasiado caldeada por el sol como para recorrerla a pie.

Pero soy pastor, no marinero.

Y de éstos no hay ninguno que sepa navegar.

Jesús, que está escuchando atentamente, con una leve sonrisa, un poco agachado.

¡Tan alto como es Él, teniendo de frente al pequeño pastor, que refiere todo como un soldado a su general!.

Jesús responde:

–     Dios te ayuda por tu humildad.

Si aquí me conocen es por ti, discípulo, no por los otros.

Vamos a preguntar a los del lago si se sienten en condiciones de navegar en el mar.

Y si podemos, iremos a Siro-Fenicia.

Y se vuelve, buscando a Pedro, Andrés, Santiago y Juan,

que conversan animadamente con algunos discípulos.

Mientras, Judas Iscariote está detrás congratulándose con Esteban, y Simón Zelote.

Bartolomé y Felipe están con las mujeres.

Los otros cuatro están con Jesús.

Los cuatro pescadores van enseguida.  

Jesús les pregunta:

–       ¿Seríais capaces de navegar en el mar? 

Los cuatro se miran, perplejos.

Pedro se remueve el pelo mientras piensa.

Luego pregunta:

–       Pero, ¿dónde?

¿Muy fuera de la costa?

Nosotros somos peces de agua dulce…

–      No.

Siguiendo la costa hasta Sidón.

–     ¡Hombre!, pues…

Creo que se puede.

y volviéndose hacia los otros tres:

¿Vosotros qué pensáis?

Santiago dice: 

–      Yo también creo que sí.

Sea mar o sea lago, será en todo caso lo mismo: agua.  

Juan añade:

–     Es más, será más bonito y más fácil.

–     La verdad es que no sé de dónde sacas eso – le responde su hermano.

Pedro responde bromeando:

–      De su amor por el mar.

Quien ama una cosa ve en ella todas las perfecciones.

Si amaras así a una mujer, serías un marido perfecto. 

Y Pedro da unos meneos afectuosos a Juan.  

Juan responde convencido:

–      No.

Lo digo porque en Ascalón vi que las maniobras eran iguales y la navegación muy suave.

Pedro exclama:

–      ¡Pues entonces, vamos! 

Santiago observa:

–      De todas formas sería siempre mejor llevar con nosotros a uno del lugar.

No conocemos este mar ni la profundidad de estas aguas  

Andrés añade:

–      ¡Bah!…

¡No me preocupa lo más mínimo!

¡Tenemos a Jesús con nosotros!

Antes no me sentía todavía seguro,

¡Pero después de que ha calmado el lago!…

Vamos, vamos con el Maestro a Sidón, que quizás hay alguna cosa buena que realizar –

–     Pues entonces iremos.

Procura las barcas para mañana.

Pídele a Judas de Simón la bolsa.

La alegría con qué manifiestan todos los discípulos esta decisión de Jesús es muy grande…

Y, mezclados juntos apóstoles y discípulos vuelven sobre sus pasos y se encaminan hacia la ciudad.

La rodean por su periferia hasta que llegan a la punta extrema de la bahía.

Punta que penetra en el mar como un brazo doblado.

Allí, unas pocas casuchas, esparcidas por la costa guijarrosa y breve,

representan el lugar más miserable de la ciudad.

El más deshabitado y menos  continuamente poblado.

Las pequeñas casas -cubos de muro desmoronado por la salobridad y los años- están, todas, cerradas.

Cuando los discípulos las abren, dejan ver su humeada miseria y su moblaje reducido verdaderamente a lo mínimo indispensable.  

Isaac, que se encarga del recibimiento de los huéspedes,.

dice:

–      Aquí están.

Son, si no bonitas, por lo menos muy cómodas y limpia.

Pedro con cierto retintín.

comenta:

–      ¡No, bonitas no, pobrecillas!

Agua Especiosa era un palacio comparada con éstas. 

¡Y había quien se quejaba!… 

–     Pero para nosotros son una suerte.

–     ¡Claro, claro!

Lo importante es tener un techo y amarse.

¡Ah… mira, aquí está nuestro Juan!

¿Cómo estás? ¿Dónde estabas?

Pero Juan de Endor, no sin sonreírle a Pedro.

Va inmediatamente a venerar a Jesús, que lo saluda con palabras muy buenas.  

Isaac dice:

–      No he querido que viniera porque no ha estado muy bien…

Prefiero que esté aquí.

Se desenvuelve muy bien con la gente de la ciudad y con quien le pide noticias acerca del Mesías…

En efecto, el hombre de Endor está mucho más delgado que antes.

Pero su rostro aparece sereno.

La delgadez le ennoblece los rasgos:

viéndolo, se piensa en uno ya afectado por el dúplice martirio de la carne y del espíritu.

Jesús lo observa y le pregunta:

–      ¿Estás enfermo, Juan?

–     No más de cuanto lo estaba antes de verte.

Esto respecto al cuerpo, porque, si me juzgo bien, estoy curándome de mis particulares heridas.

Jesús mira todavía un momento sus ojos serenos y sus sienes hundidas,

pero no dice nada más;

le pone, eso sí, una mano en el hombro.

Y entra con él en una de las casitas, a la que han traído unos cántaros de agua de mar para refrescar los pies cansados,

Junto con unas tinajas de agua fresca para la sed.

Fuera, sobre una tosca mesa colocada a la sombra de una… ilusión de pérgola de plantas trepadoras,

se preparan las cosas para comer.

Y es bonito, mientras el crepúsculo desciende y el mar musita las oraciones del atardecer;

con el frufrú de la resaca en la playita guijarrosa, ver la cena de Jesús con las mujeres y los apóstoles,

sentados en torno a la tosca mesota.

Mientras los demás,

quién sentado en el suelo, quién en taburetes o cestas puestas al revés,

hacen círculo alrededor de la mesa principal.

Pronto termina la cena.

Y más rápidamente todavía, quitan la mesa, los utensilios para los huéspedes más importantes eran muy pocos. 

El mar, en la noche aún sin luna, ha tomado un color negro-añil.

toda su grandeza se manifiesta en esta hora triste y solemne de las orillas marinas.

Jesús, altura blanca entre las sombras cada vez más oscuras,

se levanta de la mesa para ir al centro de una pequeña muchedumbre de discípulos,

mientras las mujeres se retiran.

Isaac y otro encienden sobre la arena unas pequeñas hogueras para que den luz y también para mantener a distancia,

las nubes de mosquitos que vienen de los esteros cercanos.  

Jesús saluda:

–     Paz a todos vosotros.

La misericordia de Dios nos reúne antes del tiempo establecido y alegra recíprocamente nuestros corazones.

He escudriñado todos vuestros corazones, moralmente buenos, como lo demuestra el hecho de estar aquí; 

esperándome, formándoos en Mí;

espiritualmente todavía imperfectos, como lo demuestran ciertas reacciones vuestras;

que manifiestan que perdura en vosotros el hombre viejo de Israel, con todos sus conceptos y prejuicios.

Y cómo todavía no ha salido de él, cual mariposa de su larva, el hombre nuevo, el hombre del Cristo,

el hombre que del Cristo tiene la grande, luminosa, misericordiosa mentalidad y la aún mayor caridad.

Pero, no os avergoncéis de que haya escudriñado vuestros corazones y leído todos sus secretos.

Un maestro debe conocer a sus discípulos para poderles corregir sus defectos.

Y, creedme, si es un buen maestro, no siente desagrado por los más defectuosos; 

sino que es precisamente a éstos a quienes más se dedica para mejorarlos.

Y sabéis que Yo soy un buen Maestro.

Vamos a examinar ahora juntos estas reacciones y prejuicios

vamos a tratar de considerar juntos el motivo de nuestra presencia aquí.

y, por la alegría que nos produce este estar unidos, sepamos bendecir al Señor;

que siempre, de un bien particular, obtiene un bien colectivo.

He oído de vuestros labios la admiración por Juan de Endor;

tanto más porque se profesa pecador convertido y apoya su tesis de predicación,

en medio de aquellos a quienes quiere conducir a Mí,

en estas dos características suyas, la vieja y la nueva.

Es verdad. Era un pecador.

Ahora es un discípulo.

Muchos de vosotros si han venido al Mesías ha sido gracias a él.

Ved, pues, cómo Dios crea el nuevo pueblo de Dios precisamente con aquellos medios que el hombre viejo de Israel despreciaría.

Ahora os voy a rogar que os abstengáis de juzgar con malsano juicio,

la presencia de una hermana que el viejo Israel no comprende como discípula.

He ordenado a las mujeres que se fueran a descansar

Pues bien, la razón de esta orden mía, que ciertamente ha apenado a las discípulas,

no era tanto la preocupación de que descansaran, cuanto la de poderos dar a vosotros  una santa valoración de una conversión.

Y la preocupación de impediros un pecado contra el amor y la justicia.

María de Mágdala, la gran pecadora de Israel, aquella que no tenía disculpa de su pecado, ha vuelto al Señor.

¿De quién podrá esperar ella fe y misericordia, sino de Dios y de los siervos de Dios?

Todo Israel, y con Israel los extranjeros que viven entre nosotros, aquellos que mucho la conocen…

Y severamente la juzgan, ahora que ya no es cómplice de sus excesos, critican y ridiculizan esta resurrección.

Resurrección. Es la palabra más exacta.

Resucitar un cuerpo no es el mayor milagro;

es un milagro siempre relativo, destinado a quedar un día anulado por la muerte.

Yo no doy inmortalidad al resucitado en cuerpo.

La CONVERSIÓN, es la RESURRECCIÓN ESPIRITUAL

Pero sí doy eternidad al resucitado en espíritu.

Además, mientras que, en el caso de un muerto en el cuerpo, el muerto no une su voluntad de resucitar a la mía; 

por tanto, no hay mérito por su parte.

En el resucitado en el espíritu está presente su voluntad.

Es más, es la primera presente.

Por tanto hay mérito del resucitado.

No os digo esto para justificarme.

Sólo a Dios debo rendir cuenta de mis acciones.  

Jesús con su gran humildad, como Mesías y como Hombre, puntualiza con esto que se considera además de Hijo; sólo un siervo de Dios… 

Pero como Dios Encarnado, no tiene porqué dar cuenta de sus actos; pues SIEMPRE es guiado por los otros Dos, (el Padre y el Paráclito) que habitan en ÉL…

Pero vosotros sois mis discípulos.

Y mis discípulos deben ser otros Jesús. (Otros Cristos)

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

No debe haber en ellos ningún desconocimiento, como tampoco ninguna de esas culpas inveteradas,

que hacen que muchos estén unidos a Dios sólo nominalmente.

Todo es susceptible de buenas acciones, hasta las cosas aparentemente menos apropiadas.

Cuando una materia se presenta ante la voluntad de Dios, aunque se trate de la más inerte, helada y repelente;,

puede transformarse en movimiento, llama y belleza pura.

Os propongo una comparación sacada del libro de los Macabeos.

Cuando el rey de Persia dejó partir a Nehemías para Jerusalén,

se quisieron ofrecer sacrificios en el Templo que había sido reconstruido y en el altar purificado.

Nehemías recordaba cómo, en el momento de la caída en manos de los persas,

los sacerdotes encargados del culto de Dios habían tomado el fuego del altar

y lo habían escondido en un lugar secreto, en el fondo de un valle, en un pozo profundo y seco,

Y que lo hicieron tan bien y tan secretamente,

que sólo ellos supieron dónde estaba el fuego sagrado.

Esto recordaba Nehemías.

Y recordándolo, llamó a los nietos de aquellos sacerdotes;

para que fueran al lugar indicado por los sacerdotes a sus hijos, antes de morir.

Éstos a su vez se lo habían indicado a sus hijos, transmitiendo de esta forma el secreto de padres a hijos.

Y trajeran el sagrado fuego para encender el fuego del sacrificio.

Pero, cuando bajaron los nietos al pozo secreto, no encontraron fuego sino densa agua.

Un lodo putrefacto, fétido, pesado, que se había filtrado allí,

procedente de todas las cloacas obturadas de la devastada Jerusalén.

Y se lo dijeron a Nehemías.

Mas éste ordenó que cogieran agua de aquella y que se la trajeran.

Habiendo ordenado que se pusiera la leña encima del altar, y encima de la leña los sacrificios; 

roció abundantemente todo, para que todo quedara asperjado con el agua legamosa.

Si el pueblo asombrado, miraba con respeto;

si los sacerdotes, escandalizados, ejecutaron con respeto,

fue sólo porque era Nehemías el que lo ordenaba.

Pero, ¡cuánta tristeza en sus corazones, cuánta desconfianza!

De la misma forma que había nubes en el cielo que ponían triste el día;

en los corazones la duda ponía melancólicos a los hombres.

Mas he aquí que el sol desgarró las nubes y descendió con sus rayos al altar.

Y la leña asperjada con el agua legamosa, se encendió con una gran llama que enseguida inflamó el sacrificio;

mientras los sacerdotes oraban con las oraciones que había compuesto Nehemías.

Y con los más bellos himnos de Israel, hasta que todo el sacrifico quedó consumido.

Entonces para persuadir a la multitud de que Dios tiene poder para realizar prodigios,

con las materias menos adecuadas si se usan con recto fin,

Nehemías ordenó que con el resto del agua se asperjara una serie de piedras grandes.

Y las piedras asperjadas prendieron fuego y en él se consumieron en la intensa luz que venía del altar.

Cada alma es un fuego sagrado, encendido por Dios en el altar del corazón; 

para que consuma el holocausto de la vida con amor al Creador de la vida.

Toda vida es holocausto, si se emplea bien;

cada día es un holocausto que ha de arder con santidad.

Pero llegan los depredadores, los opresores del hombre y de su alma.

El fuego cae en el pozo profundo.

No por santa necesidad, sino por nefasta necedad.

Y allí, sumergido en los desagües de todas las sentinas de los vicios, se transforma en lodo putrefacto y pesado,

hasta que no desciende a esa profundidad un sacerdote y devuelve a la luz del sol aquel lodo…

Y lo deposita sobre el holocausto de su propio sacrificio.

Porque habéis de saber que no basta el heroísmo de la persona que se convierte;

es necesario también el heroísmo de quien convierte.

Es más, éste debe preceder a aquél,

porque las almas se salvan con el sacrificio nuestro.

Almas víctimas y corredentoras; fusionadas con Cristo en la Cruz

Porque así se logra que el lodo se convierta en llama.

Y Dios juzgue perfecto y grato a su santidad;

el holocausto que se consume.

Es entonces cuando, no bastando para persuadir al mundo;

de que el lodo arrepentido, es más abrasador que el fuego común…

Aunque sea fuego consagrado, que sirve sólo para consumir leña y víctimas.

O sea, materias combustibles; 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga...

Este lodo arrepentido adquiere tal potencia;

que puede encender y devorar hasta las piedras, material incombustible.

¿Y no os preguntáis de qué le viene a este lodo esta propiedad?

¿No lo sabéis?

Os lo diré:

Es porque en el fuego del arrepentimiento ellos se funden en Dios,

Llama con llama;

llama que sube, llama que desciende;

llama que se ofrece amando, llama que se concede amando;

abrazo de dos que se aman, que se encuentran de nuevo,

que se unen y forman una cosa sola.

Y dado que la llama más fuerte es la de Dios,

ésta excede, rebosa, penetra, asume…

CORAZÓN ARDIENTE

Y la llama del lodo arrepentido deja de ser llama relativa de ser creado, para  ser llama infinita de Ser increado:

del Altísimo, el Potentísimo, el Infinito, de Dios.

Esto son los grandes pecadores verdaderamente convertidos, totalmente convertidos;

generosamente entregados a la conversión sin quedarse con nada del pasado;

consumiéndose primero ellos mismos, su parte más pesada, con la llama que se  levanta de su propio barro;

que ha acudido a la Gracia y que por ella ha sido tocado.

En verdad, en verdad os digo que muchas piedras de Israel recibirán el impacto del fuego de Dios;

por estos hornos de fuego que arderán cada vez más, hasta la consumición de la criatura humana.

Y que seguirán devorando con su fuego las piedras: 

las tibiezas, las incertidumbres, las timideces de la Tierra, desde su trono del Cielo,

verdaderos espejos sobrenaturales que recogen las Luces Unas y Trinas;

para hacerlas converger en la Humanidad y encenderla de Dios.

Os repito que no tenía necesidad de justificar mis actos;

pero he querido que entrarais en mi concepto y lo hicierais vuestro.

Para ahora y para otros casos futuros semejantes, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Que nunca un concepto desviado;

una sospecha farisaica de contaminar a Dios llevándole un pecador arrepentido,

os detenga en esta obra, que es coronación perfecta de la misión a que os destino.

Tened siempre presente que no he venido a salvar a los santos, sino a los pecadores.

Y haced vosotros lo mismo, porque el discípulo no está por encima del Maestro.

Y si Yo no aborrezco el tomar de la mano los desechos de la Tierra que sienten necesidad del Cielo,

que la sienten por fin…

Y jubiloso, los conduzco a Dios porque ésta es mi misión…

Y cada conquista es una justificación de mi Encarnación humilladora del Infinito;

pues no lo aborrezcáis tampoco vosotros, hombres limitados,

que en mayor o menor grado habéis conocido todos, la imperfección;

hechos de la misma naturaleza que vuestros hermanos pecadores;

hombres que elijo como salvadores para que continúen mi obra por todos los siglos de la Tierra,

de forma que sea como si Yo siguiera viviendo en ella con secular existencia.

Y así será porque la unión de mis sacerdotes será como la parte vital en el gran cuerpo de mi Iglesia,

de que Yo seré el Espíritu animador;

Nuestro verdadero bautismo lleno de gloria y júbilo celestial, es cuando somos capaces de decir: “Crucifícame Señor, porque te adoro sobre todas las cosas…

Y hacia esta parte vital, convergerán las infinitas partículas de los creyentes;

para constituir un único Cuerpo que recibirá su nombre de mi Nombre.

Pero si faltara la vitalidad en la parte sacerdotal,

¿Podrían las infinitas partículas tener vida?

Verdad es que Yo, estando en el cuerpo, podría impulsar mi Vida hasta las partículas más lejanas,

sin hacer caso de las cisternas y canales obturados o inútiles, indóciles a su ministerio.

Porque la lluvia penetra hasta donde quiere.

Y las partículas buenas, capaces por sí mismas de querer la vida, vivirían igualmente mi Vida.

Pero, ¿Qué sería entonces el Cristianismo?

Cercanía de almas;

cercanas, pero separadas por canales y cisternas que ya no serían lazos de unión distribuidores de la sangre vital

Aquí está TODO EL PODER, que nos convierte en corredentores

proveniente de un único centro para cada una de las partículas;

serían, más bien, muros y precipicios de separación, y las partículas se mirarían, humanamente hostiles,

sobrenaturalmente afligidas, de una orilla a otra, diciendo en sus espíritus:

“¡Y éramos hermanos y tales nos sentimos todavía, a pesar de que nos hayan separado!”.

Cercanía. No fusión.

No un organismo.

Y por encima de esta ruina, resplandecería doliente mi amor…

Y añado:

No penséis que esto vale sólo para los cismas religiosos. No.

Sirve también para todas las almas que quedan solas, 

porque los sacerdotes no quieren sostenerlas, ocuparse de ellas, amarlas,

contraviniendo con ello a su misión, que es la de decir y hacer lo que Yo digo y hago.

O sea: “Venid a mí todos vosotros, que os conduciré a Dios”.

Idos en paz ahora y que Dios esté con vosotros.  

Los presentes, en conjunto, lentamente se marchan.

Cada uno hacia la casa que lo hospeda;

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194 PARÁBOLA DEL DIENTE DE LEÓN


194 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Una llanura martilleada por el sol, que encandece los cereales maduros y extrae de ellos un olor que ya recuerda al pan.

Huele a sol, a ropa lavada, a mieses en sazón… a verano.

Cuando viajamos con nuestro cuerpo espiritual, sus sentidos son infinitamente más sensibles que las limitaciones de nuestro cuerpo físico…

Sí, cada estación, se podría decir incluso cada mes y cada hora del día, tiene su olor característico.

Como también lo tiene cada lugar, para una  persona de sentidos bien afinados y agudo espíritu de observación.

E1 olor de un día invernal con viento cortante es muy  distinto del olor suave de un día neblinoso de invierno, o del olor que la nieve esparce.

Qué distinto de éstos es el olor de la primavera que llega, que anuncia su presencia antes de llegar, como un perfume que no es perfume, muy distinto del olor del invierno.

Una buena mañana nos levantamos y… el aire tiene un olor distinto:

Es el primer suspiro de la primavera.

Y así se va adelante: olores de los huertos en flor, luego olores de los jardines, de las mieses;

hasta llegar a ese olor caliente de la vendimia. 

Pasando como un intermedio, por el olor de la tierra después de una tormenta…

¿Y las horas?

Sería necedad decir que el olor de la aurora es como el del mediodía.

Y éste como el de la tarde o el de la noche.

El primero, fresco y virginal.

El segundo, riente y lleno de vitalidad.

El otro, cansado y saturado de todo lo que exhaló durante el día: sus olores.

E1 último el nocturno es moderado; recogido como si la tierra fuera una enorme cuna abierta para recibir el sueño de sus pequeñuelos.

¿Y los lugares?

¡Oh, el olor del litoral, tan distinto desde el alba a la tarde, del mediodía a la noche;

de la tempestad a la calma, de las zonas de arrecife a las de playa baja!

¿Y el olor de las algas cuando quedan al aire después de las mareas?

¡Y parece como si el mar hubiera abierto sus entrañas para hacernos aspirar el olor acre de su fondo?:

¡Qué distinto del de las llanuras de tierra adentro!

Como éste lo es del de los lugares de colinas y éste último del olor de los altos montes.

Grande es la infinitud del Creador, que ha imprimido una señal de luz, color, perfume, sonido, forma o altura; 

en cada una de las infinitas cosas que ha creado.

¡Oh, belleza infinita del Universo!

¡Cuán grande eres, potente, inagotable, exenta de monotonía!

Así, siguiendo a Jesús, que va con sus apóstoles por esta llanura llena de mieses,

¡Qué delicioso es dejarse apresar por la alegría de hablar de Dios en sus espléndidas obras!

Pues también es amor porque el hombre alaba en las criaturas aquello que en ellas ama.

Lo mismo se da de la criatura al Creador: quien lo ama. 

¡Y así brota la alabanza!

El amor ardiente es incontenible en su gozo inefable…

¡Y nos inflama como un volcán! 

Señor, enciende mi corazón en el FUEGO de tu AMOR ARDIENTE y ayúdame a AMAR como Tú Quieres que lo haga…

Porque cuanto más se le ama más se lo alaba, por Él y por sus obras.

¡Oh, deseo de mirarte continuamente y de olvidar lo bajo de los hombres!

¡Y amarlos en su alma y por su alma, para llevarlos a Dios!…

¡Y esta es la energía que nos hace levantarnos de las caídas que nos proporciona Satanás;

cuando nos vapulea y nos derriba para impedir el cumplimiento de nuestra misión…! 

Y eso precisamente es lo que impulsa a Jesús,en esta travesía que ha emprendido con sus Doce apóstoles…

Es una llanura sobre la que el sol cae y caldea el trigo maduro.

Se aspira el olor de las mieses.

El olor del verano.  

Jesús avanza por los campos de cereales en sazón.

El día está caluroso; el paraje, desierto.

No se ve un solo hombre por los campos; sólo espigas maduras y árboles diseminados acá o allá.

Sol, mieses, pájaros, lagartijas, matas verdes y quietas en el aire tranquilo:

Esto es lo que hay en torno a Jesús, que va por un camino de primer orden…

Una cinta polvorienta y cegadora entre el cimbreo de las espigas;

a cuyos lados hay respectivamente, un pequeño pobñado y una hacienda; nada más.

Todos caminan en silencio, acalorados y sudorosos.

Se han despojado de sus mantos; pero sufren igualmente bajo sus vestidos, que son de lana ligera.   

Solamente Jesús con sus dos primos y Judas de Keriot, llevan ropajes de lino o de cáñamo.

Los de Jesús son de lino blanco.

Los de los hijos de Alfeo por su densidad, parecen demasiado pesados para ser lino, son de color marfil intenso, justo como el del cáñamo sin blanquear.

Los otros apóstoles llevan los atavíos habituales y van secándose el sudor con el lienzo que les sirve de velo.

Llegan a un grupo de árboles que hay en un cruce de caminos.

Bajo su saludable sombra se detienen y ávidamente, beben de sus botijas.   odres

Judas está sediento, acalorado, cansado y hambriento…

Pero esta vez no se ha quejado… 

Muy pensativo, bebe su agua tibia…

Pedro refunfuña:

–    Está caliente como si la hubiera quitado del fuego.

Bartolomé suspira:

–     Si hubiera por lo menos un arroyo.

¡Pero nada! ¡No hay nada!  

Dentro de poco me quedaré sin agua.

Santiago de Zebedeo, congestionado por el calor.

se queja:

–    Creo que sería mejor la montaña.

El corazón de Pedro se va a su lago y su barca…

Y suspira:

–    ¡Ah! Mejor es la barca.

Fresca, tranquila y limpia.

Jesús trata de darles ánimo,

y dice: 

–     Tenéis razón todos.

Pero los pecadores están tanto en la montaña como en la llanura.

Si no nos hubieran arrojado de Agua Especiosa y perseguido pisándonos los talones, habría venido aquí entre Tébet y Scebat. (invierno)

De todas formas, pronto estaremos en el litoral, donde la brisa del mar abierto refresca el aire.   

Pedro cuestiona: 

–     ¡Sí, claro!

¡Eh! Que si hace falta…

Aquí parecemos pescados agonizantes.

Pero… ¿Cómo logran estar tan hermosas las espigas de trigo, sin agua?

Jesús explica: 

–     Hay agua subterránea…

Que mantiene húmedo el terreno.

Con su humor impetuoso,

Pedro responde:

–     Mejor hubiera sido que estuviese en la superficie. 

¿De qué me sirve si está bajo tierra?

¡Yo no soy raíz! 

Todos sueltan la carcajada.

Y cuando cesan las risas…

Un momento después, Tadeo se pone serio,

y dice:

–     El suelo es egoísta.

Como los corazones y como ellos, es árido.

Si nos hubieran dejado estar en el pueblo anterior y pasar el sábado allí;

habríamos tenido sombra, agua, posibilidad de descanso.

Pero nos arrojaron…  

Tomás señala el pueblo a sus espaldas, en el oriente, 

y dice: 

– También habríamos tenido comida…

Pero ni siquiera eso. Yo tengo hambre.

¡Si tan sólo hubiese fruta!

Éstas, si las hay; porque los árboles frutales están cerca de las casas.

Judas replica: 

–     Y ¿Quién va?

¿Quién se atreve a acercarse?

Si todos tienen el humor de aquellos..  

Y éstos piensan igual que los de allá.

¿Cómo crees que nos recibirán?

Simón Zelote dice:

–    Toma mi comida.

Yo no tengo mucha hambre.

Jesús apoya:

–    Toma también la mía.

Y agrega: 

–    Quién sienta tener más hambre que coma…

Juntan las provisiones de Jesús, Zelote y Nathanael.

¡Son tan poquitas.…!

Lo dicen los ojos espantados de Tomás y de los jóvenes…

Pero se callan, mordisqueando las microscópicas partes.

El Zelote paciente, va hacia un punto en que una verde hilera sobre la tierra quemada, advierte la existencia de humedad.

Y efectivamente, encuentra un hilo de agua que en el fondo del arenal;

lo guía hasta un pequeño arroyuelo que discurre por el terreno guijarroso…

Simón da un grito a los compañeros, que han quedado ya lejos, para que vengan a gozar de este alivio.

Todos van corriendo, por la sombra discontinua de una hilera de árboles que sigue la ribera del arroyuelo semiseco.  

Llenan los odres que ya estaban vacíos y los apoyan en el agua, en donde se proyecta sombra;

para tenerlos más frescos.

Una vez allí, pueden refrescarse los pies polvorientos, lavarse la cara sudorosa.

Se sientan al pie de un árbol y con el cansancio que tienen, se quedan dormidos.

Jesús los mira con amor y compasión… 

Jesús los mira con amor y compasión.

Mueve la cabeza…

Zelote, que había ido a beber agua otra vez, lo descubre…

Y le pregunta:

–     ¿Qué te pasa, Maestro?

Jesús se levanta, le pone un brazo sobre la espalda y lo lleva a un árbol que está más lejos.

Le dice:

–    ¿Qué tengo?

Me aflijo por vuestro cansancio.

Si no supiese lo que estoy haciendo de vosotros…

No me permitiría jamás, causaros tantas molestias.

Simón objeta:

–     ¿Molestias?

No, Maestro. ¡Es nuestra alegría!

Todo desaparece al venir contigo.

Todos somos felices, créelo.

Ninguno se lamenta, ni…

–     Calla, Simón.

Lo humano da gritos, aún en los buenos…

Y humanamente hablando no os equivocáis al gritar.

Os he arrancado de vuestras casas, familias e intereses.

Y vinisteis pensando que significaría otra cosa el seguirMe.

De todas formas, un día este grito vuestro de ahora, este grito íntimo, se aplacará…  

Entonces comprenderéis la belleza de haber caminado entre neblinas, fango, barro, polvo, canículas… 

O con un calor asfixiante…

Perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos.

Detras el Maestro perseguido, odiado, calumniado… y…

Y otras cosas.  

Todavía falta más… 

Y entonces entenderéis que fue una cosa hermosa, haber venido entre neblinas y fango; 

entre polvo y canículas;

perseguidos, sedientos, cansados, hambrientos;

detrás del Maestro perseguido, odiado, calumniado… y más.

Todavía falta más.

Entonces todo os parecerá hermoso, porque vuestro pensamiento será diferente.

Y todo lo veréis bajo otra luz.

Y me bendeciréis por haberos conducido por mis caminos tan difíciles…

–     Estás triste, Maestro.

El mundo justifica tu tristeza, pero no nosotros.

Todos estamos contentos…

–   ¿Todos?

¿Estás seguro?….

    ¿Piensas Tú de otra forma?

–    Sí, Simón.

De otra forma.

Tú estás siempre contento.

Tú has comprendido; muchos otros, no.

¿Ves a esos que están durmiendo?

¿Puedes imaginar, cuántos pensamientos envuelven aún el sueño?…

¿Y todos los que están entre los discípulos?

¿Crees que serán felices hasta que todo se cumpla?

Mira, juguemos a esto que ciertamente tú hiciste cuando eras pequeño..

Jesús toma un diente de león que se yergue entre las piedras…

Y que ha alcanzado ya la plena maduración.

Se lo lleva delicadamente a la altura de la boca, sopla y…

Se disgrega en muy pequeños vilanos que se esparcen por el aire, vagando con su borlita mantenida derecha por el minúsculo tallito.  

Jesús continúa: 

¿Ves? Mira…

¿Cuántos han caído en mis rodillas, cual si estuvieran enamorados de Mí?

Cuéntalos…

Son veintitrés.

Eran, por lo menos, el triple.

¿Y los otros?

Mira. Unos siguen vagando por el aire.

Otros como por demasiado peso, han caído ya al suelo.

Algunos orgullosos, suben vanagloriándose de su penacho de plata.

Otros caen en ese barrillo que hemos formado con nuestros odres.

Sólo… Mira, mira… incluso de los veintitrés que tenía en mis rodillas siete se han ido.

Ha sido suficiente el vuelo de ese abejorro para que se marcharan…

¿Temían algo?: quizás el aguijón.

¡Los ha seducido algo?:

Quizás los hermosos colores negros y amarillos.

O el aspecto gallardo… O las alas irisadas…

Se han ido… tras una belleza falaz…

Simón, así sucederá con mis discípulos…

Se disgregarán detrás de una vana hermosura mentirosa porque así serán…

Algunos por inquietud, otros por inconstancia, quién por torpeza, quién por orgullo…

Unos por nerviosismo, otros por inconstancia, por estar demasiado cargados;

Alguien por ligereza, por apetito de fango, uno más por miedo…

Otros por demasiada simplicidad, otros por pereza…

Por orgullo, por ligereza, por amor al fango, por miedo o ingenuidad…

Pero se irán.

¿Tú crees que a todos los que ahora me dicen: “Voy contigo” los veré a mi lado cuando llegue la hora decisiva de mi misión?

Los vilanos de ese diente de león que creó mi Padre eran más de setenta…

Ahora, en mis rodillas, hay sólo siete…

Pues otros se han ido también, por este movimiento del aire que ha hecho decir “sí” a los tallitos más ligeros.

Así sucederá.

Y pienso en las luchas que soatendréis por manteneros fieles a Mí…

Ven, Simón.

Vamos a ver aquellas libélulas, que hacen sus danzas sobre el agua.

A no ser que quieras descansar.

–   No, Maestro.

Tus palabras me han llenado de tristeza.

Espero que no te abandone el leproso curado, el perseguido al que Tú rehabilitaste; el hombre solitario a quien has dado compañía;

el nostálgico de afecto al que has abierto el Cielo para que encontrase amor y el mundo para que lo diera…

Maestro… ¿Qué piensas de Judas?

El año pasado lloraste conmigo por él.

Luego… no sé…

Maestro, deja esas dos libélulas, mírame a mí, escúchame.

Esto que te voy a decir no se lo diría a ningún otro, ni a los compañeros ni a ningún amigo;

pero a Tí sí:

No logro amar a Judas; lo confieso.

Es él quien rechaza mi deseo de amarlo.

No quiero decir que me trate con desprecio, no;

es más, hasta incluso se muestra muy cortés con el viejo Zelote, al que intuye más experto que los demás en el conocimiento de los hombres.

Es su modo de actuar.

¿Te parece sincero?

Dímelo.

Jesús guarda silencio durante unos momentos…

Pareciera estar como fascinado con dos libélulas,

que posadas sobre la superficie del agua del pequeño estanque,

Con sus élitros irisados dibujan un pequeño arco iris; 

un especioso arco iris que sirve para atraer a un mosquito curioso…

Que acaba devorado por uno de los voraces insectos.

El cual a su vez cae en vuelo, víctima de un sapo que estaba agazapado…

Y que se la come junto con el mosquito que había cazado.

Jesús se mueve, se pone de pie…

Pues casi se había echado para observar estos pequeños dramas de la naturaleza,…

Y dice:

–     Así es:

La libélula tiene fuertes mandíbulas para nutrirse de hierbas.

Y alas fuertes para derribar a los mosquitos.

La rana, garganta ancha para tragarse a las libélulas.

Cada uno tiene lo suyo y lo suyo usa.

Vamos Simón.

Los otros ya despertaron.

–    No me has respondido, Señor.

¿No quieres hacerlo?

Jesús exclama: 

–    ¡Te he dado la respuesta!

Viejo sapiente mío.

Medita y darás con ella.

Zelote suspira…

Y Jesús, remontando el lecho guijarroso, va donde los discípulos, que se están despertando y ya lo buscan.

Y los dos vuelven a subir por el arenal, a reunirse con los demás.

163 EL RICO EPULÓN


163 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

En un viñedo que señala los límites de las posesiones de Yocana y cerca de un  pozo que siempre tiene agua…

Jesús tiene todo preparado para esperar a los campesinos de Doras.  

Y rodeado de los campesinos de Yocana escucha a Isaías,

cuando dice:

–     ¿Ves? Yocana se peleó con Doras por esto.

Yocana decía: ‘Es culpa de tu padre si todo esto es una ruina.

Si no lo quería adorar, por lo menos debió haberlo temido… 

Y no debió provocarlo.’

Y Doras hijo aullaba de impotencia.

Parecía un demonio.

Y le contestó:

‘Tú has salvado tus tierras por este foso. Los animalejos no lo han pasado.’

Y Yocana le contestó:

‘Y entonces, ¿Porqué sobre ti tanta desolación, cuando antes tus campos eran los más bellos del Esdrelón? 

¡Es el castigo de Dios!

Créemelo. Habéis sobrepasado la medida.

¿Esta agua? Siempre ha estado y no es la que me ha salvado. 

La plaga no ha pasado los límites de mi propiedad.

Y Doras gritaba:

‘¡Esto prueba que Jesús es un demonio!’

Y Yocana le contestó contundente: 

¡No! ¡Es un justo!

Y así continuaron mientras tuvieron aliento.

Después Yocana, con grandes gastos, trajo el agua del río…  

Y mandó excavar un gran número de canales entre los límites, para regar.

Mandó hacer pozos más profundos y a nosotros nos dijo lo que te dijimos ayer…

En el fondo, él está feliz con lo que ha sucedido.

Tenía mucha envidia de Doras.

Ahora espera comprar todo; porque Doras acabará por venderlo en unos cuantos céntimos.

Jesús escucha todas estas confidencias. 

El sábado por la mañana…

El grupo apostólico llega hasta los límites de las dos propiedades.

Los siguen los campesinos de Yocana: mujeres, hombres y niños.

Los hombres llevan dos ánforas llenas de vino…

Luego llegan los campesinos de Doras y se postran ante Él.

Jesús les dice:

–    La paz sea con vosotros, amigos.

Venid. Hoy la sinagoga es aquí. Y Yo soy vuestro sinagogo.

Pero primero quiero ser vuestro Padre de familia. Sentaos alrededor para que os de algo de comer. Hoy tenéis al Esposo y celebremos las Nupcias.

Jesús quita la tapadera de un canasto y saca panes que da a los estupefactos campesinos de Doras.

Quesos, verduras cocidas y un cordero asado que reparte entre esos pobres.

Luego les da vino en una copa grande.  

Los pobres campesinos están sorprendidos:

–    Pero, ¿Por qué?

¿Y ellos?

Preguntan los de Doras, señalando a los de Yocana.

Jesús les contesta:

–    Ya tuvieron lo suyo.  

–    ¡Cuánto gasto!

¿Cómo lo has hecho?  

Jesús contesta sonriente:

–     En Israel todavía hay buenas personas.

–    Pero hoy es sábado…

–      Dad gracias a esta persona.

Jesús señala al hombre de Endor.

Y agrega:

–    Él fue quien dio el corderito.

Lo demás fue fácil obtenerlo.

Todos devoran la comida desconocida para ellos.

Hay entre ellos un viejo que tiene a su lado a un niño.

Come y llora.  

Jesús le pregunta:

–    ¿Por qué lloras, padre?…

–     Porque eres muy Bueno.

Juan de Endor, con su voz gutural,

añade:

–    Es verdad…

Y hace llorar. Pero su llanto no tiene amargura.

El anciano dice:

–     No la tiene.

Es verdad y quisiera pedirte una cosa…

Jesús pregunta:

–    ¿Qué deseas, padre?  

–    ¿Ves este niño?…

Es mi nieto. Me ha quedado él, después del desprendimiento de tierras que hubo este invierno.

Doras ni siquiera sabe que ha venido, porque lo tengo en el bosque viviendo como si fuera un animal salvaje y no lo veo sino los sábados.

Si lo descubre, lo arrojará o lo pone a trabajar…

Y entonces este tierno niño, sangre de mi sangre, estará en peores condiciones que un animal de tiro.

Para la Pascua pienso mandarlo a Jerusalén con Miqueas, pues le llega el momento de hacerse hijo de la Ley…

¡Es el hijo de mi hija!…

–     ¿Me lo confiarías a Mí?…

No llores. Tengo muchos amigos honrados, santos y sin hijos; lo educarán santamente en mi camino…

–     Señor, ¡Desde que he tenido noticia de Tí, lo he deseado!

Al santo Jonás le rogaba – a él, que sabe lo que significa ser de este amo…

Que salvase a mi nieto de una vida y una muerte así…

Jesús pregunta:

–      Muchacho, ¿Quieres venir conmigo?

–      Sí, Señor mío.

Y no te causaré molestias.

–    No se hable más. 

Pedro jala a Jesús de una manga:

–     Pero, ¿A quién se lo vas a dar?

¿También éste a Lázaro?…

–     No, Simón.

¡Hay tantos sin hijos!…

En la cara de Pedro se dibuja el anhelo…

–    También yo…

–    Simón, ya te lo dije…

Tú debes ser padre de todos los hijos que te daré en herencia.

Pero no debes estar encadenado a ningún hijo tuyo. No te entristezcas…

El pobre Pedro hace un esfuerzo muy notorio, por adherirse a la Voluntad de Jesús.

Y dice:

–      Está bien, Señor.

Que sea como Tú quieres.

Y es un héroe al aceptar la Voluntad de Jesús.

–      Será el hijo de mi naciente Iglesia.

¿Te parece bien? De todos y de nadie. 

Nos seguirá y andará con nosotros, cuando lo permitan las distancias.

¿Cómo te llamas muchacho? Ven aquí.

El niño responde con aplomo.

–    Yabé de Juan.

Y soy de Judá.

El anciano confirma:

–   Así es.

Nosotros somos judíos. Yo trabajaba en tierras de Doras en Judea. Y mi hija se casó con uno de éstas regiones.

Trabajaba en los bosques cercanos a Arimatea. Y en este invierno con la inundación, hubo un deslizamiento de tierra …

–     He visto la desgracia…

–     El muchacho se salvó porque esa noche estaba en la casa de un pariente lejano.

–     El niño invocará al Señor.

El Señor lo bendecirá y dilatará sus fronteras. La mano del Señor está sobre su mano, no pesará ya el mal sobre él.

El Señor se lo concederá para consuelo tuyo padre y de los espíritus de los muertos.

Y también  para fortalecimiento de este huérfano.

Y ahora que hemos satisfecho la necesidad del cuerpo y del alma, con un acto de amor por este niño.

Escuchad esta parábola.

Jesús abraza contra Sí al niño y empieza a hablar: 

Había un hombre muy rico.

Sus atavíos eran muy lujosos. Vestido de púrpura y de lino cendalí, se pavoneaba en las plazas y en su propia casa.

Era reverenciado como el más poderoso del lugar por los habitantes de la ciudad y por los amigos, que secundaban su soberbia para sacar provecho.

Las salas de su casa estaban todos los días abiertas para celebrar espléndidos banquetes, con una multitud de invitados – todos ricos y por tanto, no necesitados – que adulaban al rico Epulón.  

Sus banquetes eran célebres por la abundancia de manjares y de vinos selectos.

En la misma ciudad había un mendigo, un hombre llamado Lázaro.

Era un pobre mendigo, verdadero indigente; tan mísero era éste cuán rico era el otro.

Pero bajo la costra de la miseria humana del mendigo Lázaro, se ocultaba un tesoro aún mayor que su propia miseria y que la riqueza de Epulón.

Tal tesoro era la auténtica santidad de Lázaro: no había transgredido nunca la Ley, ni siquiera impulsado por la necesidad.

Pero sobre todo, había cumplido el Precepto del amor a Dios y al prójimo.

Como hacen siempre los pobres, se acercaba a las puertas de los ricos para pedir limosna y no morir de hambre.

Al declinar la tarde, todos los días iba a la puerta de Epulón, esperando recibir al menos las migajas de los pomposos banquetes que en esas riquísimas salas se celebraban.

Se sentaba en el suelo en la calle, junto a la puerta.

Y paciente, esperaba.

Pero si Epulón se daba cuenta de que estaba ahí, mandaba que lo arrojasen,

porque ese cuerpo cubierto de llagas, desnutrido, andrajoso, era un espectáculo demasiado triste para sus invitados.  

Eso decía Epulón.

En realidad era porque la vista de esa miseria y esa bondad, le significaba un continuo reproche.

Más compasivos que él eran sus perros – que estaban bien alimentados y lucían valiosos collares -,pues se acercaban al pobre Lázaro y le lamían las llagas.

Gimoteando de alegría por sus caricias y hasta incluso le llevaban las sobras de las ricas mesas.  

Así Lázaro superaba la desnutrición por mérito de los animales.

Porque si hubiera sido por Epulón habría muerto,

pues el hombre no le permitía siquiera entrar en las salas después del banquete para recoger las migajas que hubieran caído de las mesas.

Un día Lázaro murió.

Ninguno en esa tierra se dio cuenta, nadie lo lloró.

Es más, Epulón se puso muy contento porque a partir de ese día dejó de ver a esa miseria, que él llamaba “oprobio”, al lado de su puerta.

Pero en el Cielo sí lo advirtieron los ángeles y en sus últimos estertores, en su casucha fría y desposeída de todo…

Estaban presentes las cohortes celestes, las cuales rutilantes recogieron el alma de Lázaro y la llevaron entre cantos de aleluya al seno de Abraham.

Pasado un tiempo, murió Epulón. ¡Oh, qué funerales tan fastuosos!

Toda la gente de la ciudad, que había estado al corriente de su agonía y que ahora se apiñaba en la plaza donde estaba la casa,

para ser notados como amigos del grande, por curiosidad o por interés hacia los herederos, se unió al duelo.

El vocerío subió hasta el cielo y con el vocerío las falsas alabanzas al “grande”, al “benefactor”, al “justo” que había muerto.

¿Podrá acaso palabra humana alguna cambiar el juicio de Dios?

¿Podrá apología humana alguna borrar lo que está escrito en el libro de la Vida?

No, no puede. Lo juzgado juzgado está, lo escrito escrito está.

A pesar de los solemnes funerales, el espíritu de Epulón fue sepultado en el Infierno.

Entonces en esa horrenda cárcel, bebiendo y comiendo fuego y tinieblas,

hallando odio y torturas en todos los lugares y en todos los instantes de esa eternidad…

Elevó la mirada al Limbo de los justos, a ese Limbo que había visto en una exhalación, en un átomo de minuto.

Y cuya inefable belleza recordaba cual tormento, entre atroces tormentos.

Vio arriba a Abraham lejano, pero fúlgido, gozoso…

Y en su seno, también fúlgido y feliz a Lázaro, a ese pobre Lázaro en otro tiempo despreciado, repelente, mísero…

¿Y ahora?… ¡Ah!, ahora, hermoso con la luz de Dios y con su propia santidad.

Rico en amor de Dios, admirado, no ya por los hombres sino por los ángeles de Dios.

Epulón gritó llorando:

“¡Padre Abraham, ten piedad de mí! ¡Manda a Lázaro, puesto que no puedo esperar que vengas tú, manda a Lázaro

para que moje la punta de un dedo en el agua y la ponga en mi lengua, para refrescarla; porque sufro atrozmente por esta llama que me penetra continuamente y me quema!”.

Abraham respondió:

“Acuérdate hijo, de que tuviste en la tierra todos los bienes y Lázaro todos los males. 

 Y supo hacer del mal un bien,

Mientras que tú sólo supiste hacer el mal con tus bienes.

Por tanto, es justo que ahora él, aquí sea consolado y que tú sufras.

Pero es que además no es posible lo que pides.

Los santos están diseminados sobre la faz de la tierra para beneficio de los hombres… 

Pero cuando a pesar de la extrema cercanía de éstos, el hombre sigue siendo lo que es – en tu caso, un demonio – inútil es recurrir después a los santos.

Ahora estamos separados.

Las hierbas en el campo están mezcladas, más una vez cortadas, serán separadas las malas de las buenas.

Lo mismo sucede con vosotros y nosotros: estuvimos juntos en la tierra y contra el amor.

Nos arrojasteis de vuestra presencia, nos atormentasteis de todos los modos posibles, nos relegasteis al olvido.   

Pues bien, ahora estamos divididos y entre vosotros y nosotros se abre un abismo tal, que los que quisieran pasar de aquí a vosotros no podrían,

ni tampoco vosotros, que estáis allí, podéis salvar este abismo tremendo para venir a nosotros”.

Epulón, llorando con más fuerza, gritó: “¡Ál menos padre santo, manda – te lo ruego -, manda a Lázaro a casa de mi padre. Tengo cinco hermanos.

Nunca he comprendido el amor, ni siquiera entre familiares. Pero ahora…

Ahora comprendo lo terrible que es el no ser amados.

Y dado que aquí donde estoy vive el odio, ahora he comprendido – por ese átomo de tiempo en que mi alma vio a Dios – lo que es el Amor.

No quiero que mis hermanos sufran estas penas. Tengo verdadero terror por ellos, porque llevan la misma vida que yo llevaba.

¡Oh, manda a Lázaro, a decirles dónde estoy y por qué! ¡A decirles que el Infierno existe y que es atroz!

¡Y que quien no ama a Dios y al prójimo viene al Infierno! ¡Mándalo, para que actúen en consecuencia antes de que sea tarde!

¡Y así eviten el venir aquí, a este lugar de eterno tormento!

Pero Abraham respondió: “Tus hermanos tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen”

A lo que Epulón, con un gemido de alma torturada, replicó:

¡Oh, padre Abraham, les hará más impresión un muerto; escúchame; ten piedad!”.

Pero Abraham dijo: “Si no han escuchado a Moisés y a los Profetas, no creerán tampoco a uno que resucite por una hora de entre los muertos, para dirigirles palabras de Verdad.

Y, además, no es justo que un bienaventurado deje mi seno para ir a recibir ofensas de los hijos del Enemigo.

El tiempo de las injurias para él ya ha pasado; ahora está en la paz y en ella permanece por orden de Dios,

que ve la inutilidad de intentar la conversión de quienes no creen siquiera en la palabra de Dios y no la ponen en práctica”.

Ésta es la parábola.

Su significado es tan claro que ni siquiera requiere explicación.

Aquí ha vivido verdaderamente conquistando su santidad, el nuevo Lázaro:

Mi Jonás, cuya gloria ante Dios se manifiesta evidente en la protección que otorga a quien en Él espera.

Jonás sí puede venir a vosotros, como protector y amigo, porque es un santo.

Vendrá si sois siempre buenos.

Os digo a vosotros lo que le dije a él la pasada primavera: quisiera poderos ayudar a todos, incluso materialmente, pero no puedo.

Este es mi pesar.

Sólo puedo señalaros el Cielo; sólo puedo enseñaros la gran sabiduría de la resignación y prometeros el Reino futuro.  

No odiéis jamás por ningún motivo.

El odio es poderoso en el mundo, pero siempre tiene sus límites.

El amor no tiene límites. Ni en fuerza, ni en tiempo.

Por lo tanto, amad, para poseerlo como defensa y consuelo sobre la tierra y como premio en el Cielo.

Es mejor ser Lázaros que Epulones…  Creédmelo. Buscad la manera de creerlo y seréis felices.

No tengáis en los sufrimientos de estos campos, ni una palabra de odio… Aun cuando los hechos los justificaren.

No interpretéis mal el milagro…  Soy el Amor y no habría castigado…

 Pero al ver que el amor no podía doblegar al cruel Epulón; lo entregué a la Justicia.

Y ésta vengó al mártir Jonás y a sus hermanos.

Vosotros lo sabéis por el milagro; que la Justicia siempre vigila, aunque parezca ausente.

Y que Dios es el Dueño de todo lo creado.

Se puede servir para aplicarla; de los animales pequeños como las orugas y las hormigas; para morder el corazón del cruel y del ambicioso.

Y hacerlo morir con un desbordamiento de veneno que estrangule, en un absurdo ataque de soberbia y de ira…

Os bendigo. A cada aurora rogaré por vosotros.

Y tú padre; no te preocupes más por el corderito que me confías.

Te lo traeré de vez en cuando, para que puedas regocijarte de verlo crecer en sabiduría y bondad; en el camino de Dios.

Será tu cordero de esta pobre Pascua. 

El más agradable de los corderos que se presentarán ante el altar de Yeové.

Yabé, despídete de tu abuelo y luego ven a tu Salvador, a tu Buen Pastor.

¡La paz sea con vosotros!

Los campesinos protestan:

–   ¡Oh, Maestro!

¡Maestro Bueno! Dejarte…

–   Sí. Es doloroso.

Pero no sería bueno que el vigilante os encuentre.

Vine a propósito hasta aquí para evitaros castigos.

Obedeced por amor del Amor que os aconseja.

Los desventurados se levantan con lágrimas en los ojos y se van a su cruz…

Jesús nuevamente los bendice.

Y luego, con la mano del niño en la suya y con el hombre de Endor en el otro lado; regresa a la casa de Miqueas.

Se reúnen con Él Andrés y Juan, los cuales, terminado su turno de guardia, vuelven a donde sus hermanos.

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28 NACIMIENTO DE JESÚS


28 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Nacimiento de Jesús.

En el interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado amparo, unidos en la suerte a unos animales, María y José.

El fuego se adormila junto con su guardián.

María levanta lentamente la cabeza de su yacija y mira.

Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si estuviera meditando…

Piensa, será que el cansancio ha sobrepujado su buena voluntad de permanecer despierto,

Y sonríe bondadosa; luego, con menos ruido del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después arrodillarse.

Ora con una sonrisa beatífica en su rostro. Ora con los brazos extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia adelante…

Y no parece cansarse de esa posición molesta.

Luego se postra con el rostro contra el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.

José sale bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo.

Echa un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear.  Y va añadiendo ramitas cada vez más gruesas.

En efecto, el frío debe ser punzante, el frío de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas.

El pobre José, estando como está cerca de la puerta — llamemos así a la abertura a la que hace de cortina su manto —, debe estar congelado.

Acerca las manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se calienta.

Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se vuelve; no ve nada…

Ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara sobre el heno oscuro.

Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.

Y pregunta:

–     ¿No duermes, María? 

Lo pregunta tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde:

–     Estoy orando.

–     ¿No necesitas nada?

–     No, José.

–     Trata de dormir un poco, de descansar al menos.

–     Lo intentaré, pero la oración no me cansa.

–     Hasta luego, María.

–     Hasta luego, José.

María vuelve a su posición de antes.

José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de rodillas junto al fuego, y ora.

Ora con las manos unidas en el rostro; de vez en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente oración.

Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.

Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María.

Se alarga a medida que la Luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas.

¡Oh, qué hermoso es este momento!

Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente?

Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad.

Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta;

parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido.

Este color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos,

se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo.

Ahora ya es Ella la Depositaría de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo.

Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, 

un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La techumbre, llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en equilibrio por un milagro de estática,

esa techumbre negra, ahumada, repelente, parece la bóveda de una sala regia.

Los pedruscos son bloques de plata; las grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquinos engastados de plata y diamantes.

Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina;

y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónice de gran valor.

Ya no es hierba el heno que cuelga del pesebre más alto, es una multitud de hilos de plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera suelta.

La madera oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida.

Las paredes están recubiertas de un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el candor de la seda.

Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como obsequio;

los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y perfumes.

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste.

En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…

y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con su Hijo recién nacido en los brazos.

Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del tamaño de un capullo de rosa;

que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa;

que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menudita fresa de bosque, 

y mostrando una lengüita temblorosa contra el rosado paladar;

que menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos,

mirando a su Niño, adorándolo, llorando y riendo al mismo tiempo…

Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… 

en donde un día se abrirá la Herida.

Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.

El buey se ha despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas, y muge.

El asno vuelve la cabeza y rebuzna.

Es la luz la que los saca del sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador, por ellos mismos y por todos los animales.

Y José, que, casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí…

Y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz.

Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve.

El buey, que está en pie, oculta a María,

pero Ella le llama:

–     «José, ven».

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia… 

Y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar;

pero María insiste:

–     Ven, José.

Y apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se levanta y se dirige hacia José,

quien, por su parte, se mueve azorado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.  

María dice:

–     Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre.

José se pone de rodillas.

Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos,

y dice:

–     Heme aquí, por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto, heme aquí para hacer tu voluntad.

Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante,

le dice:

–     Toma, José. 

José está aterrotizado:

–     ¿Yo? ¿A mí?

¡Oh, no! ¡No soy digno! 

José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo:

–     Bien digno eres de ello tú.

Y nadie lo es más que tú y por eso el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenlo mientras yo busco su ropita.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío;

una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerlo separado de sí por respeto,

sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente:

–     ¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!

 

Y se inclina para besar los piececitos.

Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y lo recoge en su regazo,

y con su vestidura marrón y con las manos trata de cubrirlo, calentarlo, defenderlo del cierzo de la noche.

Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta.

Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor.

Y se pone entre el buey y el asno dando la espalda a la puerta,

con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas;

un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos buenos  y un morro que exhala vapor.

María ha abierto el baulillo y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y las ha calentado.

Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos paños calentitos, y con su velo le cubre la cabeza. 

Y pregunta:

–     ¿Dónde le ponemos ahora? 

José mira alrededor, piensa… 

Y dice:

–     Mira, corremos un poco más para acá a los dos animales y la paja,

y bajamos ese heno de allí arriba y lo ponemos a Él aquí dentro.

La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada, el buey con su aliento lo calentará un poquito.

Mejor el buey. Es más paciente y tranquilo.

Y se pone manos a la obra mientras María acuna a su Niño estrechándolo contra su corazón, con su mejilla sobre la cabecita para darle calor.

José reaviva el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar el heno, de forma que según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va metiendo en el pecho;

luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita.

Y dice:

–     Ya está.

Ahora sería necesaria una manta, porque el heno pica y además para taparlo…  

María dice:

–     Coge mi manto.

–     Vas a tener frío.

–     ¡Oh, no tiene importancia!

La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y caliente. Yo no tengo frío en absoluto.

¡Lo importante es que Él no sufra más!.

José coge el amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja, y deja un borde colgando fuera del pesebre.

El primer lecho del Salvador está preparado.

Su Madre, con dulce paso ondeante, lo lleva al pesebre, en él lo coloca.

Y lo tapa con la parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María.

Queda sólo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre.

Y los dos, inclinados hacia el pesebre, lo miran con beatitud mientras duerme su primer sueño;

en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.

Dice María:

Te había prometido que Él vendría a traerte su paz.

¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento.

Pero ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda gracia para nosotros y para el prójimo.

Jesús – Hombre tornó a ser Jesús – Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión. 

Tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora derrama su paz sobre aquellos que en el mundo le aman.

Mas durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir, sufrir plenamente.

Yo, María, redimí a la mujer con mi Maternidad divina, mas se trataba sólo del comienzo de la redención de la mujer.

Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de parte de Dios. 

Pero no bastaba, porque el pecado de Eva era árbol de cuatro ramas:

soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro antes de hacerlo estéril en sus raíces.

Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.

Me humillé delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respecto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las criaturas. 

La tuvo su Verbo. Yo, mujer, debía también tenerla.

¿Has reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que sufrir de parte de los hombres y sin defenderme en manera alguna?

Incluso José, que era justo, me había acusado en su corazón. 

Los demás, que no eran justos, habían pecado de murmuración sobre mi estado…

Y el rumor de sus palabras había venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.

Y éstas fueron sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron.

Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra; humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades,

que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respecto a mi Jesús, cuando empezaba ya a ser un hombre; humillaciones durante los tres años de su ministerio;

crueles humillaciones en el momento del Calvario;

humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.

Vencí la avaricia de los Progenitores renunciando con antelación a mi Hijo. Una madre no renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello.

Ya sea la patria, o el amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden el hijo a su corazón, ella se resiste a la separación.

Es natural que sea así. El hijo crece dentro de nosotras,

y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente roto.

A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual, más vivo y sensible que un nervio físico)

y arraiga en el corazón del hijo, y que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor dé Dios o de una criatura, o las exigencias de la patria alejan al hijo de la madre; y que se rompe, lacerando el corazón si la muerte arranca un hijo a su madre.

Yo renuncié, desde el momento en que lo tuve, a mi Hijo. A Dios se lo di, a vosotros os lo di.

Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del fruto de Dios.

Vencí la glotonería, tanto de saber como de gozar, aceptando sorber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera.

Creí sin indagar.

Vencí la gula de gozar porque me negué todo deleite del sentido. Mi carne la puse bajo las plantas de mis pies.

Puse la carne, instrumento de Satanás, y con ella al mismo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un escalón para acercarme al Cielo. 

¡El Cielo!… Mi meta. Donde estaba Dios. Mi única hambre.

Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este Dios que quiere que sintamos apetito de Él.

Vencí la lujuria, que es la gula llevada a la exacerbación.

En efecto, todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por sí digna de condena, la condujo a la lujuria;

efectivamente, no le bastó ya el satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad; así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero.

Yo invertí los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un ángel.

Es ese momento en que poseía a Dios, y con El sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme de todo ello diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”.

Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los pensamientos.

Yo tenía que ser la Casta para anular a la Impúdica de la carne, del corazón y de la mente. 

Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi Hijo, que en la tierra era sólo mío, como en el Cielo era solamente de Dios: “Es mío y para mí lo quiero”.

Y a pesar de todo no era suficiente para que la mujer pudiera poseer la paz que Eva había perdido.

Esa paz os la procuré al pie de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú has visto nacer.

Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi Hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne sino ángel.

María, la Virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la dio.

La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser criatura del Cielo.

Esto hice yo por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas.

De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superiores a las compañeras de los animales, he hecho — basta con que lo queráis — las santas de Dios.

Por vosotras subí, y, como a José, os elevé.

La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos. Ése fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la mujer,

junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios

y anulado en mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido,

y que había arrastrado a la caída a la Humanidad.

Y que hasta el final de los siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas.

Desde allí, donde ahora resplandezco envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cuál es la Medicina para venceros a vosotras mismas:

La Gracia de mi Señor y la Sangre de mi Hijo. 

Y tú, voz mía, haz descansar a tu alma con la luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos aquí,

Y aquí se viene a través del dolor;

Porque te queremos aquí, y más alto se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el mundo.

Ve en paz. Yo estoy contigo . 

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

120 IGLESIA NACIENTE


120 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús sigue en su casa de Nazaret. Y  más exactamente en lo que fuera el taller de carpintería.

Con Él están los doce apóstoles y María, María madre de Santiago y Judas, Salomé, Susana y Marta.

Una Marta muy apenada, con claros signos de llanto bajo sus ojos, una Marta que se ve y se siente fuera de lugar en este ambiente, tímida y solitaria, ante la Madre del Señor.

María trata de armonizarla con las otras mujeres y de quitarle ese sentido de molestia que ve que padece; pero su ternura parece dilatar cada vez más el corazón de la pobre Marta.

Rubor y lágrimas se alternan bajo ese velo, muy caído, que quiere cubrir dolor y desazón.

Entran Juan con Santiago de Alfeo.  

Y Juan dice:

–      No estaba, Señor.

Ha ido con su marido a casa de una amiga que la ha invitado. Eso han referido los domésticos. 

Santiago de Alfeo concluye:

–     Lo sentirá mucho, sin duda; de todas formas, ya recibirá tus instrucciones y te verá. 

Jesús dice: 

–     Bien.

No es el grupo de discípulas exactamente como lo había pensado. De todas formas, ya veis que en vez de Juana está Marta, hija de Teófilo, hermana de Lázaro.

Los discípulos ya conocen a Marta. Mi Madre también.

Tú, María, y tú, Salomé, quizás también, ya sabéis por vuestros hijos quién es Marta, no tanto como mujer según los criterios de este mundo, cuanto como criatura ante los ojos de Dios.

Tú, Marta, por tu parte, ya conoces a estas mujeres, que te consideran hermana y te van a querer mucho.

Hermana e hija. Tú tienes mucha necesidad de esto, buena Marta, para sentir, ¿Por qué no? 

La consolación humana de nobles afectos que Dios no sólo no condena; sino que los ha puesto en el hombre como apoyo del trabajo que la vida supone.

Dios te ha traído justo en la hora por mí elegida para poner la base, diría el cañamazo en que vais a bordar vuestra perfección de discípulas.

Discípulo quiere decir aquel que sigue la disciplina del Maestro, de su doctrina. Por tanto, en sentido amplio serán llamados discípulos todos aquellos que ahora y en el transcurso de los siglos sigan mi doctrina.

Y para no dar muchos nombres diciendo “discípulos de Jesús según la enseñanza de Pedro o de Andrés, de Santiago o Juan, de Simón o Felipe, de Judas o de Bartolomé o de Tomás y Mateo”,

se utilizará un solo nombre, que los aglomerará bajo un único signo: “cristianos” 

Y mi Iglesia será llamada “católicaporque será Universal y abarcará a toda la Creación. Porque mis discípulos, se unirán a Mí y también seran corredentores…

Piedras vivas y valiosas en la Magna Obra de la Redención… Mis otros cristos” vivientes y vibrantes de vida y de amor…

Pero entre el gran número de quienes se sujeten a mi disciplina ya he elegido a los primeros y luego a los segundos. Y así se hará a lo largo de los siglos en memoria mía.

De la misma forma que en el Templo  y aún antes, desde Moisés, hubo un Pontífice, hubo sacerdotes, levitas y responsables de los distintos servicios, funciones o tareas, hubo cantores, etc.,

Así en mi Templo nuevo, que será tan grande y duradero como toda la Tierra, habrá mayores y menores, todos útiles, todos amados por Mí.

Y también mujeres, esa categoría nueva que Israel siempre ha despreciado confinándola, destinada sólo a los cantos virginales en el Templo o a la instrucción de las vírgenes en el Templo y nada más.

No argumentéis acerca de si ello era justo o no; en la religión cerrada de Israel y en el tiempo de ira, era justo.

Todo el deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado. En la religión universal de Cristo y en el tiempo del perdón todo esto cambia.

Toda la Gracia se ha reunido en una mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste.

La mujer, por tanto, ya no representa el desdén de Dios sino la ayuda de Dios. Por la Mujer, la amada del Señor, todas las mujeres pueden ser discípulas del Señor.

No sólo como la masa sino incluso como sacerdotisas menores, coadjutoras de los sacerdotes, a los cuales pueden servir de gran ayuda, respecto a ellos mismos y respecto a los fieles y no fieles,

respecto a aquellos que no serán conducidos a Dios tanto por el rugido de la palabra santa, cuanto por la sonrisa santa de una discípula mía.

Vosotras me habéis pedido seguirMe, como me siguen los hombres.

Ahora bien, sólo seguirme, escucharme o poner en práctica es demasiado poco, para lo que quiero de vosotras: os santificaríais, lo cual es grande, pero no me es suficiente.

Soy Hijo del Absoluto y de mis predilectos quiero lo absoluto. Quiero todo, porque he dado todo.

Además, no sólo existo Yo, también existe el mundo, esta cosa impresionante que es el mundo.

Debería ser impresionante en santidad: una santidad inmensa de la multitud de los hijos de Dios en número y en magnitud.

Sin embargo, lo impresionante del mundo es su iniquidad.

Su compleja iniquidad es verdaderamente inmensa, en el número de manifestaciones y en la magnitud del vicio.

Todos los pecados están asentados en el mundo, el cual, en vez de ser multitud de hijos de Dios, lo es de hijos de Satanás.

En el mundo está presente de forma especial el pecado de más claro signo de filiación satánica: el ODIO.  El mundo odia. Y quien odia ve – y quiere hacérselo ver a quien no lo ve – el mal incluso en lo más santo.

Si le preguntarais al mundo para qué he venido Yo, no os diría: “Para hacer el bien, para redimir”, sino que os diría: “Para corromper y usurpar”.

Y si le preguntarais qué piensa de vosotras, las que me seguís, no os diría: “Le seguís para santificaros, para confortar al Maestro, con santidad y pureza”,

sino que diría: “Le seguís porque estáis seducidas por ese hombre”.

Así es el mundo. Os hablo de estas cosas para que calculéis todo antes de manifestaros al mundo como discípulas elegidas, las primeras del linaje de las discípulas futuras, cooperadoras de los siervos del Señor.

Tomad el corazón en vuestras propias manos, ese corazón sensible de mujer, y decidle que vosotras, y él con vosotras, habréis de soportar burlas y calumnias.

Que os escupirán y pisotearán; que todo esto lo recibiréis del mundo, del desprecio, de la mentira, de la crueldad del mundo.

Preguntadle si será capaz de recibir todas estas heridas sin gritar de indignación maldiciendo a quienes lo hieren.

Preguntadle si se siente con fuerzas de afrontar el martirio moral de la calumnia sin llegar a odiar a los calumniadores y a la Causa por que será calumniado.

Y, puesto que deberá beber el odio del mundo, que lo circundará.

Preguntadle si va a saber emanar siempre amor; si, henchido de amargura de ajenjo, va a saber sacar dulzura; si, sufriendo todo tipo de tortura de incomprensión, escarnio, murmuración;

va a saber sonreír señalando con la mano al Cielo, su meta, a la que queréis conducir a los demás (conducirlos por esa caridad de mujer, que es materna incluso en tierna edad.

Que es materna incluso para con ancianos que podrían ser abuelos vuestros y que de hecho son niños espirituales, recién nacidos, incapaces de comprender y conducirse por el camino, por la vida y la verdad

y la sabiduría que he venido a dar con el ofrecimiento de mí mismo: Camino, Vida, Verdad, Sabiduría divina).

De todas formas, aunque me dijerais: “No me siento con fuerzas, Señor, para desafiar al mundo entero por ti”, os amaría igualmente.

Ayer una jovencita me ha pedido que la inmole antes de que se cumpla la hora de su matrimonio,

porque siente que me ama como se debe amar a Dios, o sea, con la totalidad de sí misma, hasta la perfección absoluta en la entrega.  

Y lo voy a hacer. Le he ocultado la hora para que el alma no tiemble a causa del miedo; o, más que el alma, la carne.

Su muerte será como la de una flor que un atardecer cierra su corola pensando abrirla al día siguiente, pero que no la vuelve a abrir porque el beso de la noche le ha aspirado la vida.

Además, lo haré, según su deseo, de forma que su sueño de muerte preceda en pocos días al mío; para no hacer esperar en el Limbo a esta primera virgen mía; para encontrarla enseguida en cuanto muera Yo.

¡No lloréis! Soy el Redentor… Fijaos cómo esta joven santa, que no se limitó al hosanna inmediatamente después del milagro, sino que, cumplido éste, como moneda que puede producir intereses,

ha sabido trabajarlo, pasando de la gratitud humana a la sobrenatural, del deseo terreno al ultraterreno, mostrando poseer una madurez de espíritu superior a la de casi todos.

Digo “casi”, pues entre vosotros que me estáis oyendo hay niveles de perfección iguales e incluso superiores -; fijaos, cómo no me ha pedido seguirme,

antes bien, ha manifestado su deseo de cumplir su evolución de niña a ángel, en el secreto de su casa.

Bueno pues, siento tanto amor por ella, que en las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es, evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza,

las lágrimas y sudores de Maestro de un mundo que no me recibe.

Bien, pues si tenéis el coraje de perseverar como discípulas escogidas, he aquí que os señalo la tarea que debéis cumplir para justificar vuestra elección y presencia conmigo y con los santos del Señor.

Mucho podéis hacer en ayuda de vuestros semejantes y de los ministros del Señor. Ya se lo dejé entrever a María de Alfeo hace muchos meses.

¡Cuánta necesidad de la mujer ante el altar de Cristo! 

Una mujer puede, mucho más y mejor que el  hombre, tratar las infinitas miserias del mundo, que luego pasarán al hombre para su completa curación.

Se os abrirán muchos corazones, especialmente femeninos, a vosotras, mujeres discípulas; los acogeréis como a amados hijos extraviados que vuelven a la casa paterna y que no tienen el coraje de ponerse ante su padre.

Infundiréis nueva fuerza al culpable, aplacaréis al que condena. Muchos se acercarán a vosotras buscando a Dios: los acogeréis como a fatigados peregrinos, diciendo: “Ésta es la casa del Señor, Él vendrá enseguida”.

Y entretanto, los circundaréis de vuestro amor: si no llego Yo, llegará un sacerdote mío.

La mujer sabe amar, está hecha para el amor. Envileció sí, el amor haciéndolo deseo del sentido, pero en el fondo de su carne, atrapado vive aún el verdadero amor, la gema de su alma:

el amor que no sabe del lodo acre del sentido, el amor hecho de alas y perfumes angélicos, de llama pura, de recuerdos de Dios y de su procedencia de Dios, de recuerdos de que es obra creada por Él.

La mujer es la obra maestra de la bondad junto a la obra maestra de la creación, que es el hombre: “Que tenga Adán ahora una compañera para que no se sienta solo”.

La mujer no debe abandonar a Adán. Aprovechad, pues, esta facultad de amar. Amad con ella al Cristo y, por El, al prójimo.

Sed plena caridad para con los culpables arrepentidos; decidles que no tengan miedo de Dios. ¿Cómo no habríais de saber hacerlo vosotras, que sois madres y hermanas?

¿Cuántas veces vuestros pequeñuelos, vuestros hermanitos, estuvieron enfermos y tuvieron necesidad del médico! Y tenían miedo.

Pero vosotras, con caricias y palabras de amor, les quitasteis el miedo.  

Y ellos, con su manita en la vuestra, recibieron vuestros cuidados, perdido ya el terror que tenían. Los culpables son vuestros hermanos e hijos enfermos que temen la mano del médico y su sentencia…

No, no ha de ser así; vosotras que sabéis lo bueno que es Dios decid que Dios es bueno y que no hay que tenerle miedo. A pesar de que, en tono firme y tajante, dirá:

“No volverás a hacer esto jamás”, no arrojará de su presencia a aquel que consumó el hecho y enfermó, sino que le asistirá para curarle.

Sed madres y hermanas con los santos, que también necesitan amor. Ellos se fatigarán, se consumirán en la evangelización. Los desbordará la cantidad de cosas que tendrán que hacer.

Ayudadlos vosotras con discreción y diligencia.

La mujer sabe trabajar, en la casa, sirviendo a las mesas, con las camas, en los telares y en todo aquello que es necesario para la vida cotidiana.

El futuro de la Iglesia será un continuo dirigirse de los peregrinos a los lugares de Dios;

vosotras sus pías hospederas, asumiéndoos los trabajos más humildes para dejar libres a los ministros de Dios para continuar la obra del Maestro.

Vendrán tiempos difíciles, sangrientos, crueles. Los cristianos – incluso los santos – vivirán horas de terror, de debilidad.

El hombre no es nunca muy fuerte en el sufrimiento; en cambio, la mujer posee respecto al hombre esta verdadera regalidad del saber sufrir.

Enseñad esta cualidad al hombre, sosteniéndole en estas horas de temor, de abatimiento, de lágrimas, de cansancio, de sangre.

En nuestra historia tenemos ejemplos de magníficas mujeres que supieron cumplir actos de audacia liberadora.

LIBRO DE JUDITH Y COMO LA ORACION Y EL AYUNO SALVARON A ISRAEL

Tenemos a Judit, a Yael. De todas formas – debéis creerlo – ninguna es mayor, por ahora,

que la madre ocho veces mártir (siete en sus hijos y una en sí misma) del tiempo de los Macabeos.

Pero ha de venir otra, a la que seguirán muchas mujeres heroínas del dolor y en el dolor, consuelo de mártires, mártires ellas mismas, ángeles de los perseguidos; mujeres que, cual mudas sacerdotisas,

predicarán a Dios con su modo de vivir y que, sin más consagración que la recibida del Dios-Amor, serán verdaderamente personas consagradas y dignas de serlo.

Éstos son, a grandes rasgos, vuestros principales deberes.

No voy a disponer de mucho tiempo para vosotras en particular; os formaréis oyéndome, profundizaréis en vuestra formación bajo la guía perfecta de mi Madre.

Ayer, esta mano materna, Jesús coge con su mano la mano de María

Mientras continúa:

–     Ha conducido a mí a la niña de que os he hablado, la cual me dijo que el solo hecho de escucharla y de estar unas pocas horas a su lado,

Le había servido para madurar el fruto de la gracia recibida, llevándolo a la perfección.

No es la primera vez que mi Madre trabaja para el Cristo, su Hijo.

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

Tú y tú, primos míos además de discípulos, sabéis lo que María significa para la formación de las almas en Dios.

Y se lo podréis decir a quienes – hombres o mujeres – sientan el temor de no haber sido preparados por mí para la misión, o de una insuficiente preparación, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Mi Madre estará con vosotros ahora y cuando Yo no esté. Y después, una vez que me haya marchado definitivamente.

Ella os queda, y con Ella la Sabiduría en todas sus virtudes; seguid desde ahora todos sus consejos.

Ayer noche, ya solos, estando sentado al lado de mi Madre, como cuando era niño, con mi cabeza apoyada sobre ese hombro suyo tan dulce y fuerte, me dijo…

Habíamos estado hablando de la jovencita que se había puesto en camino en las primeras horas de la tarde llevándose en su corazón virginal un sol más radiante que el del firmamento:

Su secreto santo, me dijo: “¡Qué dulce es ser la Madre del Redentor!”.

Sí, qué dulce es cuando la criatura que al Redentor se acerca es ya una criatura de Dios, una criatura en que la única mancha es la de origen, la cual no puede ser lavada sino por Mí .

Y todas las otras manchas de imperfección humana han sido lavadas por el amor.

Sí, dulce Madre mía, purísima Guía de las almas hacia tu Hijo,

Estrella santa de orientación, Madre suave de los santos, compasiva Criadora de los más pequeños, saludable Cura de los enfermos.

Sí, pero no siempre vendrán a ti estas criaturas que no contrastan con la santidad:

Lepras y horrores y hedores y amasijo de serpientes en torno a cosas inmundas se arrastrarán hasta tus pies,

¡Oh Reina del género humano!, para gritarte:

“¡Piedad! ^Socórrenos! ¡Llévanos a tu Hijo!”.

Entonces habrás de poner esta cándida mano tuya sobre las llagas, inclinarte con tus ojos de paloma paradisíaca hacia las deformidades infernales, aspirar el hedor del pecado…

Y no huir, antes al contrario, acoger en tu corazón a estos mutilados a causa de Satanás. A estos abortos, a esta podredumbre humana.

Y lavarlos con el llanto y traerlos a Mí… Entonces dirás: “¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!”.

Pero tú lo harás, porque eres la Madre… Beso y bendigo estas manos tuyas que tantas criaturas traerán a Mí. Cada una será una gloria mía.

Aunque, antes que mías, Madre santa, tuyas serán estas glorias.

Vosotras, amadas discípulas, seguid el ejemplo de mi Maestra, y de Santiago y Judas, y de todos aquellos que quieran formarse en la gracia y en la sabiduría.

Seguid su palabra: es la mía, pero más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra de la Madre de la Sabiduría.

Y vosotros, amigos míos, sabed tener de las mujeres la humildad y la constancia. Deponiendo la soberbia propia del varón, no despreciéis a las mujeres discípulas,

sino, más bien, templad vuestra fuerza, podría incluso añadir “vuestra dureza e intransigencia”, en contacto con la dulzura de las mujeres.

Pero, sobre todo, aprended de ellas a amar, creer y sufrir por el Señor, pues en verdad os digo que ellas, las débiles, serán las más fuertes en la fe, amor y audacia, en el sacrificio por su Maestro,

al que aman con total integridad de sí mismas, sin pedir ni pretender nada, satisfechas sólo de amar para darme conforte y alegría. 

Id ahora a vuestras casas o a las en que estáis alojados. Yo me quedo aquí con mi Madre. Dios sea con vosotros.

Se marchan todos excepto Marta.  

Jesús indica:

–     Quédate tú, Marta.

Ya he hablado con tu sirviente. Hoy no hospeda Betania, sino la pequeña casa de Jesús. Ven. Comerás con María y dormirás en el cuarto pequeño que está al lado del suyo.

El espíritu de José, conforte nuestro, te confortará mientras duermes, y mañana volverás a Betania más fuerte y más segura, a preparar también allí a mujeres discípulas, en espera de la otra, que tú y Yo amamos más.

No dudes, Marta. Nunca prometo en vano. Ahora bien, para transformar un desierto lleno de víboras en un huerto paradisíaco, se requiere tiempo…

El primer trabajo no se ve; parece como si nada hubiera cambiado…

Y sin embargo, la semilla está ya depositada; todas las semillas.

Luego vendrá la lluvia del llanto y las abrirá… Y los árboles buenos crecerán.

¡Ven! ¡No llores más!

116 SACRIFICIO CONYUGAL


116 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina con sus primos, hacia Caná, hasta llegar a la casa de Susana. 

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná:  buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser.

Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma y él le habla de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

–     ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

–     Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

Jesús le pregunta al hombre postrado:

–     Habla. ¿Qué quieres de Mí?

–     Maestro, he sabido que habías vuelto.

Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas.

He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

–     ¿Cómo?

¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en Mí?

¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

–     Es verdad.

Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡Ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en Tí.

–     ¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis.

Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

–     ¡Es verdad!

¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en Tí y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera.

Y el hombre llora desolado. 

Jesús declara:

–     Por ahora no iré a Cafarnaúm.

Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

El oficial del rey exclama:

–     ¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo.

De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

–    Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido.

Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

El marido de Susana pregunta:

–     ¿Está curado de verdad ese muchacho? 

–     ¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

–     No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

–     Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

–     ¡Oh, mi Señor!.

Entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda, transforma mi llanto en sonrisa: ¡Cúrame a Susana!

–    ¿Qué me das a cambio?

–     La suma que quieras.

–     No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza.

Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

–     Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

–     ¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

–     Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros.

Creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

–     Vivísimo es tu amor hacia tu mujer.

Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿Qué dirías?

–     Que… que estás en tu derecho.

Y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

–     Bien has dicho.

En el TERCER NIVEL DEL PURGATORIO, se sufre el Calvario de Jesús CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

Oíd esto todos:

La hora de mi Sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura.

Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión.

Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido.

He venido a redimir también a la muje.

En el siglo futuro, en mi Hora, las mujeres símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios.

Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

–    Señor, amo a Susana.

Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí;

ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios.

No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia.

Me basta con que, te lo ruego, obres el milagro de sanarla a ella en su carne y a mí en mis apetitos…

–     Susana está curada.

Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso, sin hablar de cuanto ahora he dicho.

Verás como su alma viene espontáneamente a Mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello acabará su amor de esposa;  antes al contrario, subirá al grado más alto.

O sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

–     Susana te pertenece, Señor.

Debía morir y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra.

Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos.

Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

Tiempo después, en Cafarnaúm…

Jesús está en la casa de Santiago y Juan con sus apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, Judas y Mateo.

Santiago y Juan están felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas.

Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia feliz, a estos hijos suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Acaban de terminar la comida.

Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel.

¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir.

Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa. Y se arrodilla delante de Él.

Jesús pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo.

También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa.

Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

–     Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

–     ¡Que si le quiero!…

Pero te quiero más a Tí. ¡Oh… No quiero decir que te quiera como hombre!

Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta  y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. 

No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana.

No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar.

Soy una pobre mujer.

Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes;

a Tí te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan.

Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

–     Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más!

No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más…

¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido, pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor.

Zebedeo también sonríe, con gravedad. Y se acerca a su mujer,  la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. 

Jesús le dice:

–     ¿Te das cuenta, María, de que vas a tener que dejar tu casa?

¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes…

Y tus colmenas: las más renombradas del pueblo…

Y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas? ¿Qué vas a hacer sin ellos?

María Salomé, además de Juan y Santiago, tiene hijas… 

Y responde:

–     Pero, mi Señor,

¿Qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?… Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí.

¡Pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a Tí!… Los nietecitos… sí.

Sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras!

Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte.

O más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma.

¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,

Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

–     Bien, de acuerdo.

Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas.

Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

–     ¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo…

Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana.

Y ante todos, excepto ante Tí, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.

34 EL SACRIFICIO


Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo DOMINGO 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

34 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
13. Cuando venga él, el Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad completa; pues no hablará por su cuenta, sino que hablará lo que oiga, y os anunciará lo que ha de venir. Juan 16, 13

Habla Dios Espíritu Santo

La Tierra es un altar. Un enorme Altar. 

Fue creada para ser un Altar de Alabanza  Perpetua a su Creador.

Pero el hombre con su Pecado, la ha convertido en un Altar de Expiación.

La Tierra debe como todos los demás astros del Universo, cantar los Salmos a su Creador.

Todos los astros cantan con su voz de luz y movimiento, en los espacios infinitos del Firmamento, las Alabanzas a Dios.

También la Tierra canta el Salmo de las Esferas, como el Cielo con los vientos, con las aguas, con las voces de las plantas y de los animales.

Sobre el Templo de la Tierra solo falta el hombre, que tiene una misión que debiera ser algo más que un deber, una alegría: AMAR A DIOS.

Dar inteligente y voluntariamente, Culto de Amor a Dios, correspondiéndole por el Amor que Él ha dado al hombre, dándole la vida y dándole el Cielo, después de la Vida.

Y la Tierra está llena de Pecado y por eso debe ser Altar de Expiación Perpetua,

De Sacrificio Perpetuo, sobre el cual ardan las hostias que sufren: los inocentes y los santos.

Las almas víctimas que se unen a la Gran Víctima y se inmolan por todos.

Y de esta manera se convierte la injusticia en Redención.

El sudor y el trabajo fertilizan los campos.

El sacrificio de  las víctimas, fertiliza los corazones y los prepara para la salvación.

SER CRISTIANO  =    INMOLACIÓN.

Debemos vivir en el Amor y alcanzar en la Escuela del Sufrimiento, la cima del Sacrificio y la caridad: el Martirio.

Con el ‘callar, aceptar, sufrir y ofrecer’, se vence a Satanás.

Con esto se da muerte al ‘yo’, a la propia voluntad.

El ‘yo’ es orgullo y a Satanás no hay nada que lo irrite más, que un acto de humildad.

Y LA VERGÜENZA DE SER VENCIDO

POR UN HOMBRE INFERIOR A ÉL POR NATURALEZA;

LO EXASPERA Y LO HIERE

Vivir para los hombres o para Dios.

La diferencia la establece la medida del sacrificio de nuestro egoísmo.

La vida cristiana es un perpetuo heroísmo. Porque es una lucha contra el Mundo, el demonio y la Carne.

La libertad que Dios nos concede, no nos permite ser hipócritas:

o con Jesús o contra Él.

Tu corazón se volcará a lo que le dediques: tiempo, dinero. energía.

Si somos de Dios no podemos pactar alianzas con el Enemigo.

El que quiere servir a dos amos, con alguno queda mal.

Y al que se acerca a Satanás, éste lo arrebata sin contemplaciones.

Judas quiso adorar en dos altares y es muy conocido en donde terminó.

El sacrificio que Dios quiere, es el espíritu compungido, obediente, amoroso; porque puede también realizar un sacrificio de Alabanzas, de alegría, de amor y no solo de expiación.

CUANDO LE SACRIFICAMOS NUESTRA VOLUNTAD A SU VOLUNTAD,

HAY QUE INVOCAR LAS LÁGRIMAS DE MARÍA,

QUE NOS VIGORIZAN E INFUNDEN VALOR,

PARA UN MAYOR SACRIFICIO.

El Crecimiento en el Amor aumenta el hambre de sacrificio…

Y el sacrificio más tremendo, se vuelve soportable, cuando se sabe su utilidad.

Entonces sobre las lágrimas florece una sonrisa y sobre la angustia, una seguridad.

El hombre espiritual deja de ser esclavo de los sentidos y siempre tiene en los labios con amorosa resignación, estas palabras:

“No lo que yo quiero, Padre mío. Hágase tu Voluntad.”

¡Padre, SI QUIERES aparta de Mí éste Cáliz! Pero NO SE HAGA MI VOLUNTAD, sino la Tuya!

EL SACRIFICIO ES AMOR OFRENDADO AL AMOR.

La Perfección está compuesta del fruto de incontables sacrificios.

EL SACRIFICIO Y LA PENITENCIA, SON EL CAMINO DE LA SALVACIÓN.

Para ser verdadero cristiano se debe amar y reparar por los que han esterilizado el amor en su corazones.

La forma más elevada del amor es el sacrificio que imita al Amor Supremo: EL AMOR REDENTOR. 

Jesús como Rey del espíritu, solo ofreció privaciones, sacrificios y dolores,

que le serán cambiados en gloria al que persevere hasta el fín y no claudique del Camino del Calvario,

Esa cruz me pertenece Señor, ¡Crucifícame Jesús, porque te adoro sobre todas las cosas! Y ayúdame a Amar, haciendo Tu Voluntad y no la mía…´´

que está sembrado de Dolor y de lágrimas.

NO HAY RESURRECCIÓN SIN CRUCIFIXIÓN.

La victoria está en el sacrificio.

EL SACRIFICIO ES OFRENDA DE AMOR OFRECIDA AL PADRE.

Los dones vienen de Dios. El amor es mérito del hombre. El sacrificio es amor.

Es el que hace esplendoroso el altar del corazón.

El holocausto voluntario perfuma como el Incienso más agradable y es más precioso para Dios, que el perfume de todas las flores de la Tierra.

En el Purgatorio estamos SOLOS y se sufre LA SENTENCIA EN LA CRUZ DE NUESTROS PROPIOS PECADOS, que merecemos… PROPORCIONADA POR LA JUSTICIA DIVINA

Cada renuncia va envuelta con el oro de la Caridad que la ofrece a Dios en un culto verdadero, para que tome valor de Redención y así la Tierra se salvará con el sacrificio.

El Sacrificio es el que abre los oídos del espíritu y es la sangre que lava la lengua que habla de Dios.

Jesús es el Verbo del Padre y su Palabra es lo más sagrado, porque es la que da la Vida Eterna.

No puede ser Profeta de Jesús, el que no se crucifica totalmente con Él y convierte su vida en un sacrificio continuo.

Las almas víctimas están totalmente fusionadas con Dios e igual que Jesús está en el Padre y es uno con Él;

las almas que se inmolan ven realizarse el Misterio de que Dios las trabaje para que sean espejos purísimos en donde se reproduzca la imagen de Jesús Crucificado,

tal y como Él está en la Cruz: coronadas, azotadas, clavadas, desoladas, traspasadas y desamparadas.

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su ODIO Y SE SUFRE EL CALVARIO DE JESUS CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

En cada uno de estos aspectos se convierten en un retrato viviente, para que el Padre se complazca en ellas y derrame gracias sobre los pecadores.

Como Iglesia, tenemos el deber sagrado de morir por Dios, abandonadas y crucificadas.

En el altar de la Tierra no fue consumada más que la Carne y la Sangre del Hombre-Dios.

En el altar del Cielo son ofrecidas las Hostias vivientes como oblación de suavísimo olor ardiente

sobre el altar del sacrificio de un corazón enamorado de Dios, constituyendo con esto: el Verdadero Culto a Dios.

LA PENITENCIA

Cuando Dios creó al hombre, se hizo un Templo perfecto para Sí Mismo y puso en él sólo una necesidad: la del Amor.

Amor de hijos hacia su Padre. Amor de súbditos para su Rey. Y amor de creaturas para su Creador.

Y si el ácido de la culpa no hubiese corroído las raíces del amor; éste habría crecido potente en nosotros como un gozo;

como una necesidad que produce alivio cuando se realiza, igual que lo es el respirar.

Y el amar se hubiera efectuado sin fatiga, porque el amor es la respiración y la sangre que hace vital al espíritu.

Peor que la ruina y la destrucción que hacen las bombas nucleares en el mundo material; más nefasta fue la Culpa.

Pues trastornó la Obra Maestra de la Creación y desbarató, en la raíz del hombre;

aquel conjunto perfecto de carne dócil al espíritu y aquel armónico contorno que pusiera Dios alrededor de su hijo; para que fuera un rey feliz.Desaparecido el amor del hombre para con Dios; desapareció el Amor de la Tierra para con el hombre.

Se desencadenó la ferocidad entre los seres inferiores; entre éstos y el hombre y…

¡El Horror de los horrores!.. Entre los mismos hombres.

La sangre hirvió a causa del Odio y se derramó contaminando el altar de la Tierra.

Y de la semilla de la Culpa nació una planta de amargo fruto y de punzantes ramas: el Dolor.

El Pecado evolucionó en perversión y ferocidad; haciendo que el Dolor se hiciera más vasto y complicado.

Jesús, el Dios-Hombre. Vino a santificar el Dolor, sufriéndolo por nosotros.

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

Y fundiendo el suyo que es Infinito, con el nuestro; para darle mérito.

Dos son las necesidades primordiales del hombre: el Amor y el Dolor.

El Amor que nos impide cometer el mal. Y el Dolor que lo repara.

Esta es la ciencia que se debe aprender: saber amar y saber sufrir.

El que aprende a dominar el arte de sufrir se convierte en penitente.

SOLO LA PENITENCIA Y EL AMOR PESAN A LOS OJOS DE DIOS;

 

Cuando nos crucificamos y Dios nos convierte en corredentores, somos pararrayos de la Justicia Divina… Y TENEMOS EL PALIATIVO DEL CIELO. EL SUFRIMIENTO SE TORNA GOZO

PARA DETENER LOS ACONTECIMIENTOS Y DESVIARLOS….

PENITENCIA

Su nombre causa horror, pero sus efectos dan frutos preciosos en el campo de las virtudes, porque surge de la humildad y es el fuego que conserva, desarrolla y fortalece las virtudes.

De ella nace el propio desprecio. Se desprende el ansia de padecer y se fortalece el hambre de crucifixión.

La Penitencia atrae a Dios y sirve para expiar y merecer, porque es el arrepentimiento activo.

La expiación por el dolor dado a Dios y un dolor reparador a través de un castigo infligido con objeto de desagraviarlo.

La Penitencia da luz y agilidad de espíritu, porque doma la carnalidad y es el arma más poderosa contra los vicios.

Porque ataca directamente todos los pecados capitales e impide que el alma se hunda en la molicie.

La Penitencia nos arranca del fango y nos dispara en el vuelo hacia el encuentro del Amor.

La Penitencia es un secreto entre el alma y Dios, consumado por amor a Él, a los hermanos y hacia nosotros mismos, para que el espíritu vuelva a ser rey.

Es la muralla que protege la castidad. Desarma la Justicia de Dios y la convierte en Gracias.

Purifica las almas; apaga el fuego del Purgatorio; eleva el alma de la Tierra

Y ES LA COOPERACIÓN A LA REDENCIÓN:

PORQUE LA PENITENCIA Y EL SACRIFICIO,ARRANCAN LAS ALMAS A SATANÁS.

La penitencia es la humillación que le infiltra el hombre a sus bajezas y miserias: trabajar para derribar el ‘yo’.

debe pedir a Dios, a través de una vida de Penitencia que nos lave de tanta humanidad y que nuestro corazón arda, por el celo de Dios y de las almas.

Y que nos convierta en carbones encendidos por la Caridad.

Y si no sabemos imponernos penitencias, hay que aceptar aquella de la vida que no es plena, diciendo: ‘Si esta pena viene de Dios, hágase señor tu Voluntad.’

Si viene de un pobre hermano cautivo: ‘Padre, yo te la ofrezco para que tú lo perdones y él se redima.’

Cuando se hace así, todo es puro y entonces se alcanza la pureza del Corazón que lo convierte en Trono de Dios.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

Y Jesús enseñó que por más que ayunemos con la boca; si después no se ayuna con el corazón

dejando de perjudicar con las obras, con las palabras y hasta con el pensamiento, al prójimo; le resulta detestable nuestro ayuno, que da muerte a nuestra alma.

Porque las prácticas sin la caridad, sólo pavimentan el camino para el infierno…

La Penitencia que le agrada a Dios, sólo la conoce Dios.

Es mejor pasar por inmortificados a los ojos del mundo… y de esta manera la practicamos con la pureza de corazón necesaria.

“Bienaventurados los limpios de corazón…”

La Penitencia abre los ojos del espíritu. Los ojos del espíritu ‘ven’ las sublimes visiones y ellas anulan la sensibilidad corporal.

Es lo que nos ayudad a soportar los horrendos suplicios sonriendo.

El éxtasis anula la sensibilidad dolorífica.

Cuando alcanzamos la perfección en el amor, podemos ver con su perfección, la Perfección de Dios sin velos y con una verdadera anulación, lo material desaparece.

La alegría de la visión, suprime la miseria de la carne sensible al sufrimiento. Y empezamos a gozar del Paraíso.

La Penitencia no mata más que lo que va a morir.

No debe haber temor por el cuerpo al que se debe amar poquísimo:

sólo como se ama y se cuida un vestido, que tarde o temprano se vuelve inservible.

Los cilicios y las disciplinas no son las que matan. Los penitentes no mueren de esto.

Mueren por la Caridad que los consume y que arde en ellos como un horno. Porque la hoguera del amor consume más de lo que destruye la austeridad.

La Penitencia purifica el cuerpo y el alma.

El ayuno corporal, purifica los sentidos y es una reparación por los que aman la carne como la cosa más preciosa y solamente buscan la felicidad en los placeres sensuales y materiales.

El ayuno es una tremenda fuerza de oposición contra los males con los que Satanás inunda las almas; porque no solo de pan vive el hombre.

La Penitencia se ejerce con el control de las pasiones y la mortificación de los sentidos, controlando la lengua y guardando silencio exterior e interior.

Huyendo de la murmuración y el descontento; de los chismes y la fácil tentación del juicio y la condena.

La Penitencia es sufrimiento para el cuerpo y luz para el espíritu.

Fortifica la debilidad y alcanza las gracias de Dios.

Con la Penitencia se preparan los caminos y caen las cadenas de la esclavitud y el Pecado.

La Penitencia nos ayuda a vencer las tentaciones y a vencer a Satanás en los corazones que se desea redimir.

PORQUE CIERTOS DEMONIOS SE VENCEN

SÓLO CON LA ORACIÓN Y LA MORTIFICACIÓN

CON LA PENITENCIA SE ENCIENDE EL AMOR EN LOS CORAZONES APAGADOS

Los hombres no saben cuántas lágrimas; cuantos dolores; cuantas penitencias; cuantos sacrificios; son el precio de su existencia.

Creen tener la vida por la madre que los ha engendrado y por el padre que les ha dado el pan.  Esto es verdad, si se calcula con la medida de los brutos que así tienen la vida.

Pero la Verdadera Vida para darles tiempo para convertirse, es obra de las almas víctimas.

Muchos no mueren eternamente por estos héroes para ellos desconocidos, que metiéndose entre los hombres y Dios, con los brazos levantados trasfieren hacia sí mismos; como si fueran un pararrayos, los castigos divinos.

Y les trasfunden un poco de la sangre espiritual, que es sangre de Gracia, que circula en le Gran Cuerpo Místico, a los que están desvanecidos por las enfermedades morales.

Pero todo esto lo hacen a través del tamiz de su yo sacrificado y es como se filtra este bien a los malvados.

La Tierra tiene mucha necesidad de Penitencia, para que los débiles puedan tener fuerzas para resistir a Satanás.

Y aún el más perfecto de los penitentes, arrastra en su sacrificio escorias de imperfecciones humanas, de odios, de egoísmos…

la Penitencia; al tener subyugado al pólipo que lo humano lleva adherido en su fondo; confiere luz y agilidad al espíritu.

La penitencia nos arranca de la carnalidad y nos lanza como bólidos al encuentro del Amor.

La Penitencia debe siempre precederlo todo porque es la que amerita las alegrías.

Toda visión nace de una precedente penitencia y cada penitencia abre el camino para la más alta contemplación.

Sacrificio. Sacrificio. Sacrificio. Debe ser nuestra vida, nuestra fuerza, nuestra gloria.

En la Tierra el Amor de Jesús DOSIFICA nuestro calvario, Y ÉL ES EL CIRENEO que nos ayuda a recorrer el Camino…

Sólo cuando las almas se adormecen en Dios, es cuando dejan de ser hostias, para convertirse en dioses. Su vida es un total sacerdocio.

El Pensamiento del Crucificado, ¡Qué ligeras hace todas las penitencias del cuerpo y los dolores internos!

A Dios se le encuentra en la Cruz y la misión es ser un reflejo de Jesús Crucificado.

Las almas víctimas son los gigantes del Amor.

Expían por amor de los hermanos y esto es amor del prójimo llevado hasta el heroísmo.

Se ofrece al Dios Ofendido al que le brinda consuelo por la ofensa recibida y esto es Amor de Dios llevado hasta el heroísmo.

El Amor es el Sacrificador Eterno.

El que inmoló al Dios hecho Carne y…

32 LEVADURA DE CONVERSION


32 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Hago un llamado URGENTE a todo el mundo católico para que el próximo 9 de Agosto se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel, de 12:00 am a 6:00 pm, pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

A través del camino montañoso, Jesús va caminando con sus discípulos por una vereda serpenteante que corta la pendiente y sigue el curso del río.

Juan está rojo como la púrpura, cargado como un mozo de cuerda, con una saca grande bien llena.

Judas, por su parte, porta la de Jesús junto con la suya.

Simón lleva sólo la suya y los mantos.

Jesús viste de nuevo su túnica, la madre de Judas debe haber encargado que se la lavaran porque no tiene arrugas. Y calza sus sandalias. 

A pesar del calor y la fatiga, Juan no pierde su buen humor.

Y exclama:

–    ¡Cuánta fruta! ¡Qué hermosos viñedos hay en aquellas colinas! Maestro, ¿Este es el río en cuyas riberas nuestros padres cogieron los racimos milagrosos’

Jesús contesta:

–    No. Es el otro que está más hacia el sur. Pero toda la región es rica en sabrosas frutas.

Simón observa:

–    Ahora ya no es tan fértil aunque siga siendo bella.

Jesús aclara:

–    Muchas guerras han devastado la tierra. Aquí se formó Israel… pero para esto debió fecundarse con su sangre y la de los enemigos.

–   ¿En dónde encontraremos a los pastores?

–    A cinco kilómetros de Hebrón; en las riberas del río que me preguntaba Juan.

–   ¿Entonces es más allá de aquellas colinas?

–    Sí.

–    Hace mucho calor, Maestro. Después ¿A dónde iremos?

–    A un lugar mucho más caliente. Pero os ruego que vengáis.

Caminaremos de noche. Las estrellas son tan claras que no hay oscuridad. Os quiero mostrar un lugar…

Juan pregunta:

–   ¿Una ciudad?

–    No. Un lugar que os hará entender al Maestro; mejor tal vez que sus palabras.

Judas dice:

–    Perdimos varios días por ese incidente sin importancia. Destruyó todo…

Y mi madre que había preparado tantas cosas, ha quedado desilusionada. No sé por qué has querido retirarte hasta la purificación.

Jesús contesta:

–    Judas, ¿Por qué llamas sin importancia un suceso que fue una gracia para un verdadero fiel? ¿No querrías para ti una muerte semejante?

Había esperado toda su vida al Mesías. Cuando era anciano fue por caminos ásperos a adorarlo. Cuando le dijeron: ‘Está en…’ conservó en su corazón por treinta años, las palabras de mi Madre.

El amor y la fe lo revistieron con su fuego en la última hora que Dios le reservó. El corazón se le partió de alegría.

Se le incendió en el fuego de Dios como un holocausto agradable. ¡Qué mejor suerte que ésta!

¿Aguó la fiesta que habías preparado?… Ve en esto una respuesta de Dios.

Que no se mezcle lo que es del hombre con lo que es de Dios. Tu madre, me verá otra vez. todo Keriot puede venir al Mesías; el viejo ya no tenía fuerzas para hacerlo.

He sido feliz de haber estrechado con el corazón, al viejo padre que moría y de haber encontrado su espíritu. Y por lo demás…

¿Para qué dar escándalo con mostrar desprecio a la Ley? ¿Cómo puedo decir que sean fieles, si Yo no lo Soy?

Simón responde:

–     Creo que este es el error de nuestra decadencia. Los rabíes y los fariseos aplastan al pueblo con sus preceptos y después hacen como el que profanó la casa de Juan, que la convirtió en un burdel.

Judas aclara:

–     Es uno de Herodes.

–     Sí, Judas. Pero las mismas culpas cometen las castas que se llaman a sí mismas ‘santas’ ¿Tú qué opinas Maestro?

–     Afirmo que con tal de que haya un poco de verdadero fermento y de verdadero incienso en Israel, se hará el pan y se perfumará el altar.

–     ¿Qué quieres decir?

–     Quiero decir que si hay alguien que con recto corazón venga a la verdad. La Verdad se esparcirá como fermento en la masa de harina y como incienso en todo Israel.

–     ¿Qué fue lo que te dijo esa mujer?

Jesús no responde y se vuelve hacia Juan:

–      Pesa mucho y te cansas. Dámela.

El discípulo más joven contesta:

–     No, Jesús. Estoy acostumbrado a las cargas y luego… me lo aligera al pensar en la alegría que tendrá Isaac.

Al dar vuelta a la colina, a la sombra del bosque se encuentran con las ovejas de Elías, los pastores están bajo la sombra de un árbol, cuidándolas.

Ven a Jesús, se levantan de un salto y corren. Cuando están frente a Él,

Jesús les pregunta:

–     La paz sea con vosotros. ¿Qué hacíais?

Isaac contesta:

–     Estábamos preocupados por Ti. Por el retraso. No sabíamos si ir a tu encuentro u obedecer.

Decidimos venir hasta aquí para obedecerte y al mismo tiempo satisfacer a nuestro amor; pues debías de haber llegado aquí desde hace varios días.

–    Tuvimos que detenernos.

–   ¿Pasó alguna desgracia?

–    Ninguna, amigo. Un fiel murió en mi pecho. Sólo fue eso.

Judas interviene:

–   ¿Qué querías que sucediese pastor? Cuando las cosas están bien organizadas… 

Claro que es menester saber disponerlas y preparar los corazones para recibirlas. Mi ciudad tributó honores al Mesías. ¿Verdad, Maestro?

Jesús responde:

–   Es verdad, Isaac. Al regresar pasamos por la casa de Sara.

También la ciudad de Yuttá, sin ningún otro preparativo que el de su bondad sencilla y la verdad con la que me predicaste, logró entender la esencia de mi doctrina.

Aman con un amor práctico, desinteresado y santo. Isaac, te envían alimentos y vestidos. 

Todos contribuyeron a aumentar los óbolos de tu casa. Tómalos. No tengo dinero. Pero te traje esto que está purificado con la caridad.

–    No, Maestro. Déjalo contigo. Yo estoy acostumbrado a no tener nada.

–    Ahora tienes que ir a lugares a donde te enviaré y lo necesitarás. No es mucho pero sabrás emplearlo.

Ahora se dirige al discípulo más joven:

–     Juan, dale aquella alforja.

Y agrega mirando a Isaac: 

–     Es un regalo que está lleno de amor.

Isaac toma la alforja y va a vestirse detrás de un matorral; pues todavía está descalzo y viste su rara toga improvisada con su cobija.

Elías dice:

–     Maestro, tres días después de que te fuiste, estábamos apacentando los animales en Hebrón.

Y la mujer que estaba en la casa de Juan, nos mandó una criada con esta bolsa diciendo que quería hablar con nosotros.

La primera vez la devolví y le dije: ‘No tengo nada que escuchar’.

Luego la sirvienta regresó y dijo: ‘Ven, en el Nombre de Jesús’. Y fui… esperando que no estuviese su… el hombre que la tiene allí.

Quería saber muchas cosas, pero yo hablé con prudencia. Es una prostituta.

Tuve miedo de que fuese una trampa contra Ti. Me preguntó quién Eres; donde vives; qué es lo que haces; si eres un grande de Israel.

Le dije: ‘Es Jesús de Nazareth. Está por todas partes, porque es un maestro y va enseñando por la Palestina’

También dije que eras un hombre pobre y sencillo. Un obrero a quien ha hecho sabio la Sabiduría… no dije más.

Jesús contesta:

–     Hiciste bien.

Y simultáneamente Judas exclama:

–     ¡Has hecho mal! ¿Por qué no le dijiste que Él es el Mesías? ¡Qué es el Rey del Mundo!

¡Hay que aplastar la soberbia romana bajo el poder de Dios!

Elías explica:

–     No me hubiera entendido. Y luego… todo lo que es de Jesús, es santo

¿Cómo puedo saber lo que ella piensa? No quise poner en peligro a Jesús, hablando de más. Que el mal le venga de cualquier otro, pero no de mí.

Judas se vuelve hacia Juan:

–    Juan, vamos a decirle quién es el Maestro. A explicarle cuál es la Verdad santa.

Juan objeta:

–    Yo no. Iré solo que Jesús me lo ordene.

–   ¿Tienes miedo? ¿Qué puede hacerte? ¿Te causa asco?… El Maestro no le tuvo.

–    No es miedo ni asco. Tengo compasión de ella.

Pero pienso que si Jesús hubiera querido; se hubiera detenido a instruirla. No lo hizo. Entonces no es necesario que lo hagamos nosotros.

Elías muestra la bolsa diciendo:

–     Entonces no había señales de conversión. Pero ahora…

Judas la toma y se sienta sobre la hierba.

Closeup of gold jewelery with precious stones

Extiende su manto y abre la bolsa dejando que caiga sobre él, todo su contenido:

Es un montón de anillos, collares, gargantillas, brazaletes, aretes, pulseras, tiaras… adornadas con piedras preciosas.

Oro brillante que cae sobre el amarillo oro del vestido del apóstol.

Judas, exclama admirado:

–     Maestro, ¡Son puras joyas! ¿Qué hacemos con ellas?

Simón aconseja:

–     Se pueden vender.

Judas responde sin esconder su asombro:

–    Sería un desperdicio.

Elías explica:

–    Yo también le dije cuando las recibí: ‘Tu dueño te pegará’ y ella me respondió: ‘No son suyas. Son mías. Y puedo hacer con ellas lo que se me antoje.

Sé que es oro de pecado… Pero se hará bueno, si se emplea con quien es pobre y santo. Para que se acuerde de mí’…

Y se puso a llorar desconsoladamente.

Judas dice:

–    Ve, Maestro.

Jesús contesta rotundo:

–     No.

–    Manda a Simón.

–    No.

–    Entonces voy yo.

–    ¡No!

Los ‘no’ de Jesús, son cortantes e imperiosos.

Elías ve que Jesús está enojado y pregunta preocupado:

–     Maestro, ¿Hice mal en hablar con ella y en haber tomado el oro?

Jesús contesta:

–     No hiciste mal. Pero no hay nada que hacer.

Judas insiste:

–     Pero tal vez esa mujer quiera redimirse y tenga necesidad de ser instruida.

Jesús suspira y se arma de paciencia. Luego dice:

–    Existen en ella tantas chispas para provocar el incendio en que pueda quemarse su vicio y volver a ser un alma otra vez virgen, por el arrepentimiento.

Hace poco os hablé de la levadura que se esparce en la harina y la hace un pan santo. Oíd esta breve parábola:

Esa mujer es harina. Una harina en quién el Maligno ha mezclado sus polvos de infierno.

Mis palabras y Yo, somos la levadura.

Pero si hay mucho salvado en la harina; piedras, ceniza, arena; ¿Podrá hacerse el pan aunque la levadura sea buena?…

¡No se puede hacer!

Es necesario quitar con paciencia, ese tamo. Las cenizas, las piedritas y la arena.

La misericordia pasa y ofrece ese tamiz. El primero.

El que se compone de verdades breves; pero fundamentales, como son las necesarias para que entienda que está atrapada en la red de la ignorancia completa, del vicio y del gentilismo.

Si el alma lo acepta, empieza la primera purificación. 

La segunda viene con el tamiz del alma misma; que compara su ser con el del Ser que se le ha revelado… Y esto le da horror.

Y aquí empieza su obra.

Por medio de una operación más minuciosa, limpia lo que es harina; pero que aún tiene granitos pesados, para poder obtener un pan óptimo…

Cuando está lista; vuelve otra vez la Misericordia y se introduce en esa harina preparada.

Y también ésta es otra preparación, Judas.  Que la fermenta y la hace pan.

Pero ésta es una operación larga que necesita de la voluntad del alma.

Esa mujer tiene ya en sí, lo mínimo que era justo darle y que puede servirle para terminar su trabajo.

Dejemos que lo haga, si quiere hacerlo. Sin que nada la perturbe.

Cualquier cosa turba a un alma que se elabora: la curiosidad; celo imprudente; las intransigencias; así como las piedades excesivas.

–   ¿Entonces, no vamos?

–   No, Judas. Y para que ninguno tenga tentación, vámonos.

En el bosque aprovecharemos la sombra. Nos detendremos en las márgenes del Valle de Terebinto.

Allí nos separaremos.

Elías volverá a sus pastizales con Leví.

José vendrá conmigo hasta el paso de Jericó.

Después nos volveremos a reunir.

Tú, Isaac; continúa haciendo lo que hacías en Yutta, partiendo de aquí por Arimatea y Lidia, hasta llegar a Docco. Allí nos encontraremos.

Hay que preparar la Judea y tú ya sabes cómo hacerlo

Judas pregunta:

–   ¿Y nosotros?

Jesús contesta:

–    ¿Vosotros? Vendréis conmigo para ver mi preparación. También Yo me preparé para la misión.

–    ¿Fuiste con un rabí?

–    No.

–   ¿Con Juan?

–    De él, sólo recibí el bautismo.

–   ¿Entonces?…

–    Belén ha hablado con las piedras y los corazones.

También allá donde te llevaré Judas… un corazón, el mío. Y también las piedras, hablarán y te darán la respuesta.

Elías trae leche y pan y dice:

–   Tratamos de persuadir a los de Hebrón; pero no creen más que en Juan. Para ellos es su ‘santo’ y no quieren a nadie más.

Jesús dice:

–   Es un pecado común a muchos. Miran al obrero y no al Dueño que lo envió.

¡No importa! El Verbo sufre, pero no guarda rencor… ¡Vámonos!