Archivos de etiquetas: saluda

141.- SEGUNDA TRAMPA


1jeru-timep-jesus

Jesús con Juan, llega hasta una casa vieja que a la vez es una bodega y un almacén. La puerta es alta y estrecha. En ella hay tres escalones que los años han consumido. Es la casa de José de Séforis…

Juan llama y espera.

La puerta se abre con mucho ruido de cerrojos.

Una anciana saluda:

–                       ¡Oh, Juan! Dios sea contigo.

Juan contesta:

–                       No vengo solo, María, el Maestro viene conmigo.

–                       La paz sea contigo también, honra de Galilea. Entrad. Voy a llamar a José.

Se quedan solos en el vestíbulo y una carita morena se asoma por detrás de la cortina que separa la habitación de un corredor y curiosea temerosa.

Jesús pregunta a Juan:

–                       ¿Quién es este niño?

–                       No lo sé, Señor. Antes no estaba. Desde que estoy contigo, no he vuelto con mi padre aquí. –se vuelve al niño y lo llama- Ven niño.

Se acerca un niño como de cuatro años.

Juan le pregunta:

–                       ¿Quién eres?

El chiquillo contesta:

–                       No te lo digo.

–                       ¿Por qué?

–                       No quiero oír que me digan palabras feas. Si las dices te responderé y a José no le gusta.

Juan se echa a reír con el razonamiento del pequeñuelo:

–                       Esto sí que es raro. Maestro, ¿Qué piensas?

También Jesús sonríe y atrae hacia Sí al pequeño…

thCAE1VR01

Lo mira fijamente y le pregunta:

–                       ¿Sabes quién Soy Yo?

–                       Sí que lo sé. Eres el Mesías de quién será todo el mundo y entonces no se dirán más palabras feas a los niños como yo.

–                       ¿No eres israelita, verdad?

–                       Estoy circuncidado… Y me dolió mucho… Y también es muy doloroso sentir que nadie…   -llora sin la valentía que hace poco tenía.

Juan lo mira extrañado.

Jesús toma al niño y lo pone sobre sus rodillas.

Le pregunta:

–                       Te quiero mucho. Jesús quiere mucho a todos los niños. Y sobre todo a los huérfanos. ¿Cómo te llamas?

–                       También yo soy así.  –la vocecita se convierte en un murmullo- Soy romano… Me llamo Marcial.  Así me llamaba mi mamá…–y llora desconsolado.

Henryk_Hector_Siemiradzki_SIH029

–                       También Yo te llamaré Marcial, como tu mamá. Es una cosa buena la que ha hecho José, debes quererlo mucho…

–                       Sí, pero menos que a Tí, El dice siempre: “Si un día encuentras a Jesús de Nazareth, al Mesías, ámalo con todo tu ser, porque gracias a Él fuiste salvado del error.”  María dijo desde allá a la criada, que había llegado el Mesías y vine a ver quién me había salvado.

jesus_13

–                       José debió ponerte otro nombre. ¿Cómo te llamas ahora?

–                       Tengo un nombre feo, no me gusta. Me llamo Manasés.  –y el niño dice esto con una cara tan desconsolada que Jesús y Juan no pueden menos que sonreír.

d_hebreo_nino_1

Jesús trata de consolarlo:

–                       Manasés es un nombre que tiene un significado muy tierno para nosotros. Quiere decir: ‘El Señor me ha hecho olvidar todos los dolores’ José te lo puso pensando que le harías olvidar todos sus dolores. Es un hombre bueno.

–                       María también es buena y ahorita me está haciendo mis tortas de miel. Voy a ver si están cocidas y te traigo una.

Y se baja de las rodillas de Jesús y corre hacia la cocina.

José entra en la habitación y saluda a sus huéspedes.

Se arrodilla a los pies de Jesús y  luego dice:

–            Perdóname que te haya hecho esperar. El viernes es siempre un gran día. ¿Cómo estás Juan? ¿Tienes noticias de tu padre?

Juan contesta:

–                       No. Desde los Tabernáculos no lo veo.

–                       Está bien, lo mismo que Salomé. Esta mañana lo vi, con la última carga de pescado. También puedo decirte a ti Maestro,  que tus familiares están bien en Nazareth.

Jesús dice:

–                       Gracias. Tú haces mucho más de  lo que enseño. Ya vi al niño.

cortejo

–                       ¡Lo viste!…  Mira, el niño no es un niño hebreo. Es hijo de romanos. De dos libertos de un romano que vivía en Cesárea Marítima. Cuando se fue, lo olvidó y el niño se quedó solo. Los hebreos no lo recogieron. Los romanos… Tú sabes lo que son ellos… ¡El niño andaba pidiendo limosna! ¡Lo he hecho circuncidar! Y le cambié el nombre. Pero, ¡No quiero que se muestre a los demás, ni que recuerde su pasado!

Jesús pregunta dulcemente:

–                       ¿Por qué, José? El niño sufre por esto y… Se comprende.

–                       No quiero ser criticado por haber acogido a un…

celebrate_image_en

–                       Un inocente. No es más que eso, José. ¿Por qué temes al juicio de los hombres, cuando el  Juicio más alto, el Divino, sanciona tu actitud como santa? ¿Por qué no dices: ‘Si, el niño es romano; pero yo no siento repugnancia por él? Porque es hijo del Creador, como lo somos todos’ La verdadera circuncisión está por llegar y se verificará en el corazón de los hombres. Ten valor en hacer el bien, José. Serás grande. Muy grande…

Toquidos en el portón de la calle interrumpen la conversación.

Llegan los apóstoles…

Pedro entra y tiene el mismo aire de abatimiento que tenía en el Jordán, cuando pasaron Betabara. Se deja caer como exhausto sobre el primer asiento que encuentra, con la cabeza entre las manos.

Los demás, si no están tan abatidos; si se ven como perdidos. En los ojos de Marziam, hay señales de llanto.

Isaac se acerca a Jesús y le toma la mano, para acariciarla…

El pastor discípulo dice:

–                       Siempre como aquella noche de la matanza en Belén… Y a salvo otra vez. ¡Oh, Señor mío! ¿Hasta cuando te podrás salvar?

Este grito abre las bocas y todos hablan sin orden; contando las injurias, los maltratos, el miedo por…

Otro toquido en la puerta.

Judas exclama:

–                       ¡Ay de mí! ¿Nos habrán seguido?

José de Séforis va a mirar y…

Exclama admirado:

–                       ¡José el anciano! ¡Qué honor!

Y abre la puerta para dejar entrar al más influyente en el Templo después de Gamaliel…

arimatea

José de Arimatea dice a Jesús:

–                       La paz sea contigo, Maestro. Estuve…  y vi… Mannaém me encontró cuando salía del Templo, con el alma entristecida… ¡Oh! ¡Y no poder intervenir! No poder hacerlo para seguir siéndote más útil. Y… ¡Oh! ¿Estás aquí también tú, Judas de Keriot?…  Habrías podido hacerlo tú, que eres amigo de tantos. ¿No te sientes obligado tú que eres su apóstol?

Judas contesta lacónico:

–                       Tú eres discípulo suyo.

–                       No. Si lo fuera lo seguiría como los demás. Soy un amigo suyo.

–                       Es la misma cosa.

–                       No. También Lázaro es su amigo, pero no vas a decir que sea su discípulo…

–                       En su interior sí.

–                       Los que no son discípulos de Satanás. Lo son de su Palabra, porque reconocen que es la Palabra de Sabiduría.

El breve encuentro entre José y Judas de Keriot se agota.

Otra llamada a la puerta y los dos José se dirigen a abrir…

José de Arimatea se inclina para decir algo al oído a José de Séforis, que muestra una viva sorpresa y por un instante se vuelve a mirar a los apóstoles. Luego abre la puerta.

Entran Nicodemo y Mannaém. Les siguen todos los pastores-discípulos que hay en Jerusalén. Y varias discípulas.

También el sacerdote Juan con otro anciano. Todos muestran una honda preocupación.

Nique pregunta:

–                       Maestro, ¿Qué pasó? La ciudad parece un avispero. Los que te aman corren a buscarte donde suponen que estás. Yo misma fui a la casa de Lázaro. ¡Es demasiado! ¿Cómo te salvaste?

Jesús contesta:

–                       La Providencia que siempre vela por Mí. No lloren… Bendigan al Eterno y robustezcan su corazón.

jesus_y_el_templo

–                       Pero no debes ir más al Templo, Maestro. ¡Por mucho tiempo no debes subir! ¡No debes subir!

Todos están conformes con esto y sus voces resuenan en las gruesas paredes de la vieja casa, como el eco de un aviso suplicante.

El pequeño Marcial, el niño romano que estaba escondido; al oír esto, curioso  saca su cabecita entre los pliegues de la cortina y corre hacia Jesús. Le echa los brazos al cuello y lo besa.

Jesús lo estrecha con un brazo, atrayéndolo hacia Sí, Mientras responde a los que le dicen lo que debe hacerse.

–                       No. No me muevo de aquí. Id a decir a Lázaro que me espera, que no puedo ir. Yo, Galileo y amigo desde hace años de la familia me quedo aquí, hasta el crepúsculo de mañana. Y luego… ya veré a dónde ir.

Pedro dice llorando:

–                       Siempre dices lo mismo y luego regresas allá. Pero no te dejaremos ir más. Al menos yo. Creí en realidad que estabas perdido…

El anciano que está con el sacerdote Juan exclama:

–                       Jamás se ha visto cosa semejante. ¡Basta! Está decidido. Si no me rechazas…  Soy muy viejo para el Altar. Pero para morir por Ti tengo fuerzas todavía. Moriré fuera del sagrado recinto, al que he consagrado toda mi vida. ¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo!

¡Oh, no puedo ver más la abominación! ¿Porqué mis viejos ojos tenían que ver estas cosas? ¡La Abominación que vio el Profeta, está ya dentro de los muros y va a sumergir a la ciudad! ¡La santidad del Señor esta bajo una costra de fango! ¡Pero si la Víctima es pura;  los sacrificadores son unos seres inmundos!

diezmos_ilust4

¡Anatema sobre nosotros! ¡El Señor verá sobre el Monte la Abominación de su Pueblo!… ¡Ah!…  –y se tira al suelo, cubriéndose el rostro con un llanto desgarrador.

El sacerdote Juan, dice:

–                       Lo he traído. Hace tiempo que quería. Pero hoy, después de lo que vio, ya nadie pudo contenerlo. El viejo Natán, se ve con frecuencia revestido con el espíritu profético. Acepta a mi amigo, Señor.

Jesús dice:

–                       No rechazo a nadie. Levántate sacerdote y levanta el espíritu. En lo alto no hay fango. Y a quién sabe estar en lo alto, el fango no lo toca.

El sacerdote Natán  antes de levantarse lleno de adoración, toma la punta del vestido de Jesús y lo besa.

Jesús habla con todos. Les da instrucciones, los bendice. Y los despide de uno por uno. Todos se van yendo en pequeños grupos.

Y solo cuando la habitación queda vacía, se nota la ausencia de Judas de Keriot. Muchos se sorprenden de que haya salido sin orden alguna.

Jesús, para impedir comentarios, dice:

–                       Habrá ido a hacer algunas compras para nosotros.  –y continúa hablando a José de Arimatea y a Nicodemo.

Nicodemo pregunta:

–                       ¿Quién es este niño?

Jesús contesta.

–                       Es marcial. Un hijo que José ha adoptado por hijo.

–                       No lo sabía.

–                       Casi nadie lo sabe.

José de Arimatea observa:

–                       Es muy humilde este hombre. Otro cualquiera lo hubiera publicado.

Jesús dice:

–            ¿Lo crees? Vete Marcial. Lleva a Marziam a enseñarle la casa.

Marcial toma de la mano a Marziam y lo lleva hacia el interior…  Y  luego que se han ido…

marcial1 (2)

Jesús continúa diciendo:

–                       ¡Está equivocado, José! ¡Cuán difícil es juzgar con rectitud!

Nicodemo y José dicen al mismo tiempo:

–                       ¡Pero Señor! acoger a un huérfano, porque sin duda lo es.

–                       Y no vanagloriarse de ello, es sin duda humildad.

Jesús aclara:

–                       El niño no es de Israel, como su nombre lo dice…

Jose y Nicodemo:

–                       ¡Ah! ¡Comprendo!

–                       Entonces está bien que se quede oculto…

Jesús:

–                       Ya se le circuncidó.

José:

–                       No importa. Tú sabes.

–                       ¡Cómo se ve que todos sois Israel, aún en los mejores! ¡Cómo se ve que aún al hacer el bien, no comprendéis y no sabéis ser perfectos! Uno solo es el Padre de los Cielos y toda criatura es hijo suyo. No os avergoncéis de hacerlo en el que no pertenezca a vuestra raza. La carne es para el sepulcro, el alma para Dios.

Nino_con_toga_2

Silencio.

Luego José de Arimatea se levanta y dice:

–                       Me voy Maestro. Ven mañana a mi casa.

–                       No. Es mejor que no vaya.

Nicodemo también se despide y los dos se van.

Santiago de Zebedeo exclama:

–                       ¡Quisiera saber a donde ha ido Judas! ¡Podría decir que se fue a donde hay pobres, pero aquí está la bolsa!

Jesús dice:

–                       No os preocupéis, ya vendrá.

Después de un rato, regresa Judas… gallardo, sonriente, franco.

Judas explica:

–                       Maestro, quise ir a ver… La tempestad está calmada. Acompañé a las mujeres… ¡Tan miedosas todas! No te dije nada porque me lo hubieras prohibido. Pero yo quería comprobar por mí mismo si hay algún peligro. Nadie piensa más en lo que pasó. El sábado vacía las calles.

Jesús contesta:

–                       Está bien. Ahora estamos aquí y mañana…

Los apóstoles gritan:

–                       ¡Cuidado con ir al Templo!

–                       No. Iré a nuestra sinagoga. A la de los fieles galileos.

Al día siguiente…

1jbart

Jesús sale con sus apóstoles y con José de Séforis, en dirección a la sinagoga. No ha dado  más que unos cuantos pasos por la calle principal, después de haber dado vuelta en la callecita donde vive José; que Judas de Keriot le llama la atención, para que vea a un joven que avanza en su dirección…

Tocando las paredes con un bastón, levantando su cara sin ojos hacia lo alto, a la manera como suelen hacerlo los ciegos. Sus vestidos son pobres pero limpios.

Parece ser muy conocido en Jerusalén porque muchos le dicen:

–                       Oye. Hoy te equivocaste de camino.

–                       Los caminos del Moria ya los dejaste atrás.

–                       Estás ahora en Bezetha.

El joven declara:

–                       Hoy no pido limosna de dinero.  –responde con una sonrisa y continúa caminando hacia el norte de la ciudad.

Judas dice:

–                       Míralo Maestro. Tiene los párpados pegados. Creo que ni siquiera tiene ojos. La frente se une con las mejillas sin hueco alguno. Ha nacido infeliz y así morirá, sin haber visto ni siquiera una vez, la luz del día. Ni la cara de un hombre. Dime pues Maestro. Si nació así, ¿Quién tiene la culpa? ¿Cómo pudo haber pecado antes de nacer? ¿Acaso habrán pecado sus padres y Dios los castigó haciendo que él naciese ciego?

1jbartolmai

Los demás se estrechan a Jesús para oír su respuesta y acelerando el paso, vienen dos Jerosolimitanos que han seguido al ciego.

Con ellos viene José de Arimatea, que no se acerca. Sube a las gradas de un portón y vuelve su mirada tratando de observar a todos.

Jesús responde y sus palabras resuenan claras en el silencio que le rodea:

–                       Ni él, ni sus padres pecaron. La pobreza frecuentemente es un freno para pecar. Si él nació así, es para que una vez más se muestren en él, el poder y las obras de Dios. Ve y tráeme al ciego aquí.

Judas se vuelve hacia el otro apóstol joven:

–                       Ve tú, Andrés. Prefiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro.

Señalando a Jesús que se ha inclinado sobre el camino polvoriento, ha escupido sobre un puñado de tierra y con el dedo está mezclando su saliva, formando de esta forma,  una bolita de lodo.

Jesus-Bartimeo-curacion-ciego

Mientras Andrés, siempre condescendiente, se va a traer al ciego.

Judas dice a Pedro y a Mateo:

–                       Venid aquí vosotros que sois de menos estatura y veréis mejor.

Se pone detrás de todos y pareciera querer ocultarse entre los hijos de Alfeo y Bartolomé, que son los más altos.

Andrés regresa trayendo de la mano al ciego, que no cesa de decir:

–                       No quiero dinero. Déjame ir. Sé en donde está a quién llaman Jesús. Voy a pedirle…

Andrés se detiene ante el Maestro y dice:

–                       Este es Jesús. El que está delante de ti…

Contrariamente a lo que suele hacer, Jesús no le pregunta nada al ciego. Le pone inmediatamente el poco de lodo que tiene entre los dedos, sobre los párpados cerrados…

curacion-bartimeo

Luego Jesús le manda:

–                       Ahora ve lo más pronto que puedas a la cisterna de Siloé, sin detenerte a hablar con nadie.

El ciego, con los párpados enlodados, se queda perplejo por un instante, pareciera querer decir algo, pero cierra sus labios y obedece.

Sus primeros pasos son lentos, como de quién se siente dudoso o desilusionado. Luego se da prisa, tocando con su bastón el muro. Cada vez va más rápido… Parece como si alguien lo guiara…

Los dos Jerosolimitanos se hechan a reír con sarcasmo, sacuden la cabeza y se van. José de Arimatea de manera sorprendente lo sigue sin saludar siquiera al Maestro y regresa al Templo, de donde venía. De este modo el ciego, los dos y José de Arimatea se dirigen al sur de la ciudad.

Jesús continúa su camino a la sinagoga…

En la fuente de Siloé, José se detiene semioculto por unos bojes que rodean el huerto.

Los otros dos siguen al ciego hasta la fuente y lo miran cuando se acerca cauteloso al estanque y tomando agua, se lava por tres veces.

300px-Siloe5

La última, aprieta su cara con las dos manos y deja caer el bastón. Pega un grito como de dolor… Luego aparta lentamente las manos…

Y su grito se transforma en uno de júbilo:

–                       ¡Oh, Altísimo! ¡Yo veo!  -Y se hecha en tierra, vencido por la emoción y con las manos apretadas a las sienes, grita-  ¡Veo! ¡Veo! ¡Esta es la tierra! ¡Ésta, la luz! ¡Ésta, la hierba de la que solo conocía su frescura!  -va hacia el arroyo. Lo mira correr-  ¡Y ésta el agua!… ¡Así la sentía entre los dedos, (mete la mano) fría! Que no puede apresarse, pero no la conocía… ¡Qué bella! ¡Qué bello! ¡Qué bello es todo!

Levanta su cara y ve un árbol… se acerca. Lo toca.

Extiende su mano y toma una ramita, la mira.  Ríe, ríe. Se pone una mano sobre la frente y mira el firmamento, el sol. Y las lágrimas bajan de sus virginales párpados abiertos, para contemplar el mundo.

5962352-mariposa-de-amarillo-y-verde-de-lirio-rosa

Baja los ojos a la hierba, donde se balancea el tallo de una flor. Y se ve a sí mismo reflejado en el agua que corre del manantial…

11266709-lirio-rosa-flores-en-agua-y-bajo-del-arco-iris-por-buen-tiempo

Se mira y dice:

–                       ¡Así soy!

Y admirado contempla una tórtola que ha venido a beber un poco más allá, a una cabra que arranca las hojas de un rosal silvestre.

Y a una mujer que viene a la fuente con su hijito en el pecho. Aquella mujer le recuerda a su madre, cuya cara todavía no conoce.

Y levantando los brazos al Cielo, grita:

–                       Te bendigo, ¡Oh Altísimo! Por la Luz, por mi madre y por Jesús.

DIOS PADRE CREADOR

Y corre dejando tirado su bastón, que ya no necesita.

Los dos que lo siguieron, no esperaron a ver todo esto. Apenas vieron que el joven ve, se fueron ligeros a la ciudad.

José por su parte, se queda hasta el final y cuando el ex-ciego pasa rápido delante de él y entra en las callejuelas del suburbio de Ofel. Sale de su lugar y se dirige a la ciudad, muy pensativo…

jerusa10

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

129.- ¡QUÉ VIVA LA PARRANDA!…


Áurea entra al taller y se inclina para ver el trabajo de Tomás. Lo admira. Le pregunta para qué sirve y si a ella le quedará bien.

Tomás le dice:

–                       Te quedará mucho mejor el ser buena. Estos adornos embellecen el cuerpo, pero no el alma. Y si se tienen solo por coquetería, hacen daño al espíritu.

Áurea pregunta extrañada:

–                       Entonces, ¿Para qué las haces? ¿Quieres hacer mal a un alma?

Tomás se sonríe y contesta:

–                       Lo superfluo hace mal a un alma débil. Pero para una que es fuerte es un adorno. Y esto es algo que sirve para mantener el manto en su lugar.

–                       ¿Para quién lo haces? ¿Para tu esposa?

–                       No tengo esposa, ni la tendré.

–                       Entonces para tu hermana.

–                       Ella tiene más de los que necesita.

–                       Para tu mamá.

–                       ¡Mi mamá ya está vieja! ¡Para qué pueden servirle!…

–                       Pero son para una mujer…

–                       ¡Claro que sí!

–                       ¡Qué hermosos son!

–                       ¿Se puede entrar?

Se oye la voz ronca de Pedro que llega con todos los apóstoles, menos Bartolomé e Iscariote.

Jesús los saluda:

–                       ¡La paz sea con vosotros! ¿Por qué vinisteis con este calor?

–                       Porque… no pudimos aguantar. ¡Hace tres semanas que no te vemos!

–                       Os dije que esperarais a Judas…

–                       Pero no vino… Y cuando llegó el tercer sábado nos venimos. Se quedó Nathanael que no se siente bien, a esperarlo a ver si va. Pero no lo creemos. Cuando pasamos por Tiberíades nos dijeron… bueno, luego te contaré… -dice Pedro sin terminar, porque Andrés le dio un tirón.

–                       Está bien. Luego me contarás. Estabais deseosos de descansar y ahora que lo podéis hacer… ¿Cuándo se vinieron?

–                       Ayer por la tarde. El lago no era un corderito. Desembarcamos en Tariquea, para no encontrarnos con Judas…

–                       ¿Por qué?

–                       Maestro, queríamos sentirnos contentos contigo, sin él.

–                       ¡Sois egoístas!

–                       No. El tiene sus alegrías… No sé quien puede darle tanto dinero para pasar una vida así… ya entendí, Andrés. No me jales tan fuerte. Me vas a romper el vestido. ¿Quieres que se convierta en un harapo?

Andrés se pone rojo.

Los demás sueltan la risa.

Jesús sonríe.

Pedro continúa:

–                       Está bien. vinimos hasta Tariquea por… no me vayas a regañar. Tal vez porque hacía calor. Tal vez porque lejos de Ti, siento que me hago malo. No entiendo por qué se separó de Ti para juntarse con… ¡Deja de jalarme la manga, Andrés! Ves que puedo detenerme cuando es necesario… Bueno Maestro, no quise pecar. Y si hubiera visto a Judas, lo habría hecho. Llegamos a Tariquea y al alba nos pusimos en camino. ¡Qué calor!…

–                       Pronto hubiera ido con vosotros.

–                       ¿Cuándo?

–                       Después que el sol hubiera salido de la constelación del León.

–                       ¿Y te parece que hubiéramos aguantado estar sin Ti? ¡Oh, querido Maestro! –y Pedro abraza a Jesús.

–                       Y pensar que cuando estábamos juntos, no hacéis más que lamentaros del tiempo, del cansancio, del camino…

–                       Porque somos unos torpes. Porque mientras estamos juntos, no comprendemos lo que eres para nosotros. Pero ya estamos todos aquí…

Un mes después…

Jesús y María están sentados sobre la banca de piedra, junto a la puerta del comedor. El crepúsculo agoniza y pronto llegará la noche…

–                       ¡Hay tantos obstinados que se creen justos, en todas las clases! Aún entre mis familiares y apóstoles. Créeme Madre que su obstinación en aceptar mi Pasión, reside en esto. Rechazan a los gentiles sin tener en cuenta que tienen un mismo origen y que Dios quiere dar a todos un solo destino.

María contesta:

–                       Tienes razón. Bartolomé y Judas de Keriot son los más resistentes, ellos que son los más instruidos y capacitados. Judas no podría decir a qué clase pertenezca. Está saturado de las auras del Templo. Pero Bartolomé es bueno, su resistencia encuentra excusa. La de Judas, no.

Supiste lo que dijo Mateo, que a propósito fue a Tiberíades… y Mateo es un experto en estas materias… “¿Pero quién da tanto dinero a Judas?” Y lo que dijo Santiago de Zebedeo no puede pasarse por alto: Porque esa vida cuesta y mucho…¡Pobre María de Simón!

Jesús suspira.

–                       ¿Supiste que las romanas están en Tiberíades? Hijo, mañana iré. Hablaré con Valeria. Y a mí no me negará nada. Llevaré conmigo a María de Alfeo. Áurea se quedará en la casa de Simón de Alfeo, porque no faltaría quién criticase que se quede con vosotros varios días. Así es el mundo. Iré primero a Caná…

–                       Me preocupa que te fatigues.

–                       ¡Por salvar un alma! ¿Qué son treinta kilómetros? Nada. Bendícenos Hijo.

–                       Si Mamá. Con todo el corazón de un Hijo, con todo el poder de Dios. Ve y que los ángeles guarden tu camino…

–                       Gracias Jesús. Digamos la Oración, Hijo.

Se ponen de pie y juntos recitan el Padre Nuestro…

Tres días después…

Tiberíades está a la vista. Las dos viajeras cansadas, caminan hacia ella en medio del crepúsculo que va desapareciendo.

María de Alfeo mira espantada a su alrededor y dice:

–                       Dentro de poco estará oscuro y todavía no llegamos. Dos mujeres solas y cerca una ciudad llena de… ¡Oh, qué gente!…  Belzebú por muchas partes…

María de Nazareth contesta:

–                       No temas, María. Belcebú no nos hará ningún mal. Sólo lo hace a quién le da cabida en su corazón

–                       Estos paganos lo tienen.

–                       En Tiberíades no hay tan solo paganos. También entre ellos hay justos.

–                       ¡Cómo! Pero, ¿Cómo? ¡Si no tienen a nuestro Dios!…

María no replica porque comprende que es inútil. Su buena cuñada no es sino una de tantas israelitas que creen ser las únicas que poseen la virtud… Por ser hebreas.

En medio del silencio se oye el ruido de las sandalias que producen los pies cansados y llenos de polvo…

Cuando llegan a Tiberíades, van al puerto de los pescadores y buscan la casa de José el barquero, que es discípulo.

Más tarde, cuando terminan de cenar, María de Alfeo  cansada, se retira con los niños, a dormir.

Quedan en la terraza alta, la Virgen María, el barquero y su mujer, que empieza a cabecear de sueño, arrullada por el sonido de las olas, que rompen en la playa del lago.

José la excusa:

–                       Está cansada.

María dice:

–                       ¡Pobrecita! Las mujeres de casa siempre están cansadas al anochecer.

–                       Sí, porque trabajan…  No son como aquellas que se entregan al paseo.  -Dice con desprecio señalando unas barcas iluminadas, que se alejan de la playa entre cánticos y gritos…

–                       ¿Quiénes son?

–                       Romanas y sus compinches. Entre ellas están Herodías, su licenciosa hija Salomé y también otras hebreas. Porque tenemos muchas iguales a lo que fue María de Mágdala, antes de que se arrepintiese…

–                       Son unas pobres mujeres que no conocen la felicidad…

–                       ¿Qué no la conocen? Somos nosotros los que no la conocemos, al no lapidarlas para limpiar a Israel de las que se han corrompido. Y por cuya causa y por sus pecados, Dios nos maldice…  Regresarán al amanecer…  Todos borrachos y los esclavos los llevarán a sus casas, para dormir la mona… ¡Mira! Allá van las mejores barcas…

Pero más me enojan los hebreos que se mezclan con ellos…

Oye, ¿Sabías que aquí está Judas el Apóstol?

María lo mira atónita y pregunta:

–                       ¿Por qué? ¿Va con esos?…

José el barquero dice disgustado:

–                       No. Sino con malos amigos y con una mujer… Yo no lo he visto. Ninguno de nosotros lo ha visto así…

Pero algunos Fariseos se burlan de nosotros y nos dicen: “Vuestro apóstol ya cambió de maestro. Ahora tiene una mujer y está bien acompañado de publicanos.”

Maria dice muy seria:

–                       No juzgues por lo que oíste decir, José… Sabes que los Fariseos no nos quieren. Y no tributan ninguna alabanza al Maestro.

–                       Es verdad esto. Pero corre la voz… y nos causa sinsabor…  él, que debiera ser santo por estar con el Santo, solo es un borracho, pecador y lujurioso…

–                       Como brotó, así morirá. No peques contra tu hermano. ¿Dónde está? ¿Conoces el lugar?

–                       Sí. En casa de un amigo suyo, que tiene una bodega de especias y vinos.

–                       Yo necesito ver a Valeria, la amiga de Claudia… ¿Son iguales todas las romanas?

–                       ¡Oh, más o menos! Aunque no se dejen ver, causan daño.

–                       ¿Quiénes son las que no se dejan ver?

–                       Las que fueron a la casa de Lázaro en la Pascua. Se han retirado más… Quiero decir que casi no asisten a los banquetes. Pero con una cierta frecuencia, para poder decir que no son unas inmundas.

–                       Pero, ¿Lo dices porque estás seguro de ello o porque tus prejuicios hebreos te hacen expresarte así? Examínate de veras.

–                       Bueno… realmente no lo sé. No las he visto más en las barcas de esos… pero de que vayan en la barca de noche, Sí.

–                       También tú vas, ¿O no?

–                       ¡Claro! Cuando quiero pescar.

–                       El calor es terrible. Y solo si uno está en el lago encuentra descanso. Fue lo que dijiste cuando cenábamos.

–                       Es verdad.

–                       Entonces, ¿Por qué no podemos pensar que ellas van al lago por el mismo motivo?

José no responde…

Luego dice.

–                       Es tarde. Las estrellas nos dicen que ya es la segunda vigilia. Me voy a dormir. ¿No vas a dormirte?

María replica:

–                       No. Voy a Orar. Saldré pronto. No te vayas a sorprender si no me encuentras cuando raye el alba.

–                       Eres dueña de hacer lo que te parezca. ¡Ana! ¡Ea! Vámonos a acostar.  –y sacude a su mujer que se ha quedado dormida.

Cuando María se queda sola, se pone de rodillas y ora. Ora… Pero no pierde de vista las barcas que bogan llenas de luces, de flores, de cantos, de inciensos. Y se hacen pequeñas en la distancia…

Se queda una barca solitaria, que brilla en el espejo luminoso del agua del lago. Boga lentamente.

María no la pierde de vista, hasta que ve que se dirige a la playa…

Entonces se levanta y dice:

¡Señor, ayúdame! Haz que sea…

Y baja ligera por la escalera hasta la habitación donde duerme su cuñada.

–                       ¡María! ¡María! ¡Despiértate! Vamos.

María de Alfeo se despierta y restregándose los ojos:

–                       ¿Ya es hora de irnos? ¡Qué pronto amaneció!

Y se levanta somnolienta. Sólo cuando salen a la calle, se da cuenta y exclama:

–                       ¡Pero todavía no amanece!

–                       Todavía no. Pero necesitamos irnos cuanto antes. ¡Ven pronto por aquí, antes de que la barca llegue a la playa!

–                       ¿La barca? ¿Cual barca?  -pregunta mientras corre detrás de María, por la playa desierta; hacia el pequeño muelle.

Llegan jadeantes primero que la barca…

María mira fijamente y exclama:

–                       ¡Bendito sea Dios! ¡Son ellas! Sígueme. Hay que ir a donde van ellas. No sé donde viven…

–                       Pero, María. Por piedad… ¡Nos tomarán por unas meretrices!

–                       Basta con no serlo. ¡Ven! –dice la Virgen sacudiendo su cabeza.

Y la jala hacia la penumbra de una casa. La barca toca tierra. Mientras hace una maniobra, se acerca una litera…. Suben a ella dos mujeres y otras dos se quedan en tierra. Y caminan al lado de la litera, que se pone en movimiento al paso cadencioso de cuatro númidas muy altos,  vestidos con una túnica muy corta y sin mangas; que apenas si cubre la espalda.

La virgen la sigue a pesar de las protestas que en voz baja hace María de Alfeo.

–                       Dos mujeres solas… detrás de aquellas. Van medio desnudos… ¡Oh!…

Avanzan unos cuantos metros y la litera se detiene. Desciende una mujer, mientras alguien llama a un portón.

–                       ¡Salve, Lidia!

–                       ¡Salve, Valeria! Dale un beso a Faustina en mi nombre. Mañana por la noche leeremos tranquilas. Mientras que aquellos se dan su banquete…

Se abre el portón y Valeria con su liberta está a punto de entrar…

La Virgen se adelanta y dice:

–                       Domina, una palabra…

Valeria mira a las dos mujeres hebreas envueltas en un manto sencillo, que les cubre el rostro.

Las toma por unas mendigas y dice:

–                       Bárbara. Dales una limosna.

–                       No, Domina. No quiero dinero. Soy la Madre de Jesús de Nazareth y ésta es una pariente mía. Vengo en su Nombre a pedirte un favor.

Valeria la mira sorprendida y se angustia:

–                       ¡Domina!… ¿Tu Hijo acaso está… Perseguido?

María responde:

–                       No más de lo que suele estar. Él querría…

–                       Entra Domina. No está bien que estés en la calle como una mendiga.

–                       No hay necesidad. Quisiera hablarte en secreto…

–                       ¡Retírense todos!  -ordena Valeria.

–                       Luego

–                       –  Estamos solas. ¿Qué quiere el Maestro? No he venido a hacerle ningún daño en su ciudad. Él  no vino, para no causarme ningún daño ante mi esposo.

–                       No. Porque yo se lo aconsejé. A mi Hijo se le odia, Domina.

–                       Lo sé.

–                       Solo encuentra consuelo en su Misión.

–                       Lo sé.

–                       No exige honores, ni soldados. No aspira a reinos, ni a riquezas. Hace tan solo sentir su derecho sobre los corazones.

–                       Lo sé.

–                       Domina. Él quisiera devolverte a la jovencita… Pero no te vayas a enojar si te digo, que ella no podría dar cabida a Jesús en su corazón, viviendo en tu entorno. Tú eres mejor que otras. Pero a tu alrededor… hay mucho fango del mundo…

–                       Así es. ¿Y qué quisiera?

–                       Tú eres madre. Mi Hijo tiene sentimientos paternales para cada corazón. ¿Te gustaría que tu hijita creciese en medio de lo que pudiera arruinarla?

–                       No. He comprendido… Bueno, dile a tu Hijo estas palabras: ‘En recuerdo de Faustina a quién salvaste su cuerpo; Valeria te deja a Áurea, para que salves su espíritu’ Es verdad. Nos encontramos en medio de la corrupción. Para poder dar garantías a un Santo. Domina… Ruega por mí.  –y se retira ligera, antes de que la Virgen pueda darle las gracias.

Valeria se ha ido llorando…

María de Alfeo no sabe qué decir.

Y balbucea:

–                       La cedió como si fuese una cosa…

–                       Para ellos lo es. Para nosotros es un alma. Ven… ¡Mira!… ¡El Cielo empieza a iluminarse! Las noches son demasiado cortas… ¡Vámonos!…

Y toman el camino de la ribera…

En una casa. En un rincón, se encuentran con Judas de Keriot, visiblemente borracho, que ha regresado de algún banquete y tiene los vestidos sucios y la cara desfigurada.

María pregunta:

–                       ¡Judas!… ¿Tú?… ¿En este estado?

Judas no tiene tiempo de fingir que no la conoce. Y no puede huir… la sorpresa y el susto lo despabilan y se queda como enclavado, sin reaccionar…

María se le acerca, venciendo la repugnancia que el apóstol despierta en Ella y le dice:

–                       Judas. Desgraciado hijo… ¿Qué estás haciendo?  ¿No piensas en Dios? ¿En tu alma? ¿En tu mamá? ¿Qué haces Judas? ¿Por qué quieres ser un Pecador…?  ¡Mírame, Judas! ¡No tienes derecho a matar tu alma!…  –y trata de tomarlo de la mano.

Judas reclama:

–                       ¡DÉJAME EN PAZ!  Al fin y al cabo, soy un hombre. Y soy… Soy libre de hacer, lo que todos los demás hacen. Dile al que te envió a espiarme; que no soy todavía un espíritu…  ¡Soy joven!

–                       No eres libre de arruinarte, Judas. Ten piedad de ti mismo… Obrando así, nunca serás un espíritu dichoso… ¡Judas!… Él no me envió a expiarte. Él ruega por tí…  Él no hace otra cosa más que esto. Y también yo con Él. En nombre de tu mamá…

–                       Déjame en paz.  –pero luego; sintiendo que ha sido maleducado, se corrige- No merezco tu compasión. ¡Adiós!   -y escapa corriendo.

Maria de Alfeo, dice:

–                       ¡Qué demonio!… se lo diré a Jesús… Tiene razón mi hijo Judas.

–                       Tú no dirás nada a nadie. Rogarás por él. Eso es lo que harás…

–                       ¡Lloras! ¿Lloras por él? ¡Oh!…

–                       Sí. Me sentí feliz por haber salvado a Áurea… ahora lloro porque Judas es pecador. Pero a  Jesús, que ya está muy afligido; no le llevaremos sino buenas noticias. Con nuestras penitencias y plegarias, arrancaremos de las garras de Satanás al pecador… ¡Cómo si fuese un hijo, María! ¡Cómo si fuese un hijo! También tú eres madre y comprendes… Por esa madre infeliz… Por esa alma pecadora… Por nuestro Jesús…

–                       Sí. Pediré al Señor… Pero no pienso que lo merezca…

–                       ¡María!… ¡María, no hables así!… Vámonos.

La virgen está muy cansada, cuando de regreso vuelve a pisar el umbral de su hogar. Le abre Simón, quién después de saludarle, se retira prudente al taller. Encuentra a Jesús, poniendo la puerta del horno en su  lugar, después de haberla reparado. Está poniendo aceite en los goznes. Apenas ve a su Madre, se limpia las manos en su delantal de trabajo y va a su encuentro…

Jesús saluda:

–                       La Paz sea contigo, Mamá.

María contesta:

–                       La Paz sea contigo, Hijo.

–                       Qué cansada debes estar. Llegaste pronto…

–                       Desde el amanecer hasta el crepúsculo, descansé en casa de José. Si no fuera por este calor tan fuerte, me hubiera venido luego para decirte, que te cedieron a Áurea.

–                       ¿De veras?  -el rostro de Jesús rejuvenece, ante la alegre sorpresa.

Parece un joven de veinte años y se parece más a su Madre, que siempre parece una jovencita; tanto en su rostro, como en sus movimientos.

–                       De veras, Jesús. No me costó ningún trabajo conseguirlo. La mujer consintió enseguida. Se sintió conmovida al reconocer que tanto ella como sus amigos, se encuentran en tal estado, que no puede educar a una criatura para Dios. Un reconocimiento tan humilde; tan sincero; tan verdadero. No es muy fácil encontrar a alguien, que sinceramente reconozca tener defectos.

–                       Así es. No es fácil. En Israel son muy pocos. Ellas son unas almas hermosas, sepultadas bajo una costra de suciedad. Pero cuando ésta caiga…

–                       ¿Sucederá, Hijo?

–                       Estoy seguro de ello. Instintivamente se dirigen al Bien. terminarán por acercarse a Él. ¿Qué te dijo?

–                       ¡Oh! ¡Pocas palabras!… Nos entenderemos al punto. ¿No sería mejor, llamar a Áurea? Quiero comunicárselo, si me lo permites.

–                       ¡Claro, Mamá! Mandaremos a Simón.  –y con voz fuerte llama a Zelote.

–                       Simón. Ve a la casa de simón de Alfeo y dile que mi madre que ha regresado. Trae a la niña y a Tomás, que ya debe haber terminado el favor que le pidió a Salomé…

Simón se inclina y se va.

María le cuenta  a Jesús, todas las peripecias de su viaje… Menos lo de Judas.

Jesús sonríe:

–                       Me has traído la prueba de lo que las romanas sienten por Mí. Si Juana hubiese intervenido se hubiera podido pensar, que se la cedían a la amiga. Ahora vamos a esperar hasta el sábado y si Mirta no viene, nos iremos con Áurea.

María dice:

–                       ¡Hijo! Quisiera quedarme…

Jesús contesta:

–                       Estás muy cansada, lo veo.

–                       No. No es por eso… Pienso que Judas podría venir aquí. Cómo no está mal que en Cafarnaúm, haya siempre un amigo que lo hospede. Tampoco lo está que alguien lo acoja cariñosamente aquí…

–                       Gracias Mamá. Sólo tú comprendes, lo que todavía puede salvarlo…

Y ambos suspiran por el discípulo que les causa dolor…

Regresan Simón y Tomás; con áurea que al instante, corre a abrazar a María.

Jesús la deja con su madre y va a adentro con sus apóstoles.

–                       Rezaste mucho, hija Y el buen Dios te escuchó… -empieza diciendo María.

Pero es interrumpida por un grito de alegría:

–                       ¡Me quedo contigo!  -y le echa los brazos al cuello, besándola.

María la besa también.

Y teniéndola abrazada le dice:

–                       Cuando uno recibe un gran favor, hay que pagarlo, ¿Oh no?

–                       Claro que sí. Y yo te pagaré amándote mucho.

–                       Gracias hija. Pero Dios es más que yo. Él es el que te concedió este gran favor. Esta Gracia inmensa de acogerte entre los hijos de su Pueblo. De hacerte discípula del Maestro-Salvador. Yo sólo fui el instrumento de esta gracia que Él el Altísimo, te concedió. ¿Qué darás pues al Altísimo, para decirle que se lo agradeces?

–                       No sé. Dime cómo, Madre…

–                       Con amor. Pero el amor para que sea verdaderamente real, tiene que ir unido con el sacrificio. Porque cuando algo nos cuesta, es porque tiene valor, ¿O no es verdad?

–                       Cierto.

–                       Bueno, yo diría que Tú, con la misma alegría con qué gritaste: ‘¡Me quedo contigo!’ Tienes qué gritar: ¡Sí, Señor! Cuando yo, su pobre sierva, te diga lo que Él dispone de ti.

–                       Dímelo, Madre.   –dice Áurea poniendo su carita seria.

–                       Dios quiere confiarte a dos buenas mujeres, que son madres. A Noemí y a Mirta…

Las lágrimas se asoman a los ojos de la niña y le ruedan por sus sonrosadas mejillas.

–                       Ellas son buenas. Mi Jesús y yo las queremos. Jesús a una de ellas le salvó su hijo. A la otra, yo le amamanté el suyo. Tú viste que son buenas.

–                       Es cierto. Pero esperaba quedarme contigo.

–                       Hija, no se puede tener todo. tú  misma ves que yo no estoy con mi Jesús. Os lo he entregado. Estoy separada, muy separada de él; mientras va caminando por la Palestina para predicar, curar y salvar a niñas…

–                       Es verdad.

–                       Si lo quisiera para mí sola, a ti no te hubiera salvado y vuestras almas no se salvarían. Piensa cuán grande es mi sacrificio. Os doy un Hijo que será Inmolado por vuestras almas. Por otra parte, tú y yo estaremos siempre unidas; porque las discípulas están siempre unidas con el Mesías, formando una Gran Familia, por el amor que tienen hacia Él.

–                       Es verdad. ¿Y podré venir aquí? ¿Nos volveremos a ver otra vez?

–                       Sin duda alguna. Hasta que Dios lo quiera.

–                       ¿Y rogarás siempre por mí?

–                       Lo haré siempre.

–                       Y cuando estemos juntas, ¿Me seguirás enseñando muchas cosas?

–                       Sí, hija.

–                       ¡Ah, yo quiero ser como tú! ¿Lo lograré? Quiero saber, para ser buena…

–                       Noemí es madre de un sinagogo que es discípulo del Señor. Mirta tiene un hijo que mereció la gracia del milagro y es un buen discípulo. Las dos mujeres son buenas e inteligentes, además de que abrigan en su corazón un gran amor.

–                       ¿Me lo aseguras?

–                       Te los aseguro, hija.

–                       Entonces bendíceme. Y que se haga la voluntad del Señor, como dice la Oración de Jesús. La he dicho tantas veces… Es justo que se haga ahora lo que dije, para conseguir que no fuese con los romanos…

–                       Eres una buena muchachita. Dios siempre te ayudará más. Ven. Vamos a decirle a Jesús que la discípula más joven, sabe hacer la Voluntad de Dios…

Y tomándola de la mano, entra a la casa con ella.

El viernes por la tarde, acalorados pero alegres llegan Mirtha y Noemí, con el joven Abel. Bajan de sus borricos y Abel los lleva al pesebre.

Ellas entran por la puerta del taller. Tomás está guardando las herramientas. Simón barre el aserrín y Jesús está limpiando los cacharros de cola y de pintura.

Las mujeres se inclinan al entrar y luego se arrodillan ante Jesús.

Al hacerlo dicen:

–                       La paz sea contigo, Maestro y con vosotros también.

Jesús contesta:

–                       La paz sea con vosotras. Sois muy fieles. ¡Venir con este calor!

–                       ¡Oh, no es gran cosa! Se encuentra uno tan bien aquí, que se olvida todo. ¿Dónde está tu Mamá?

–                       Está allá. Terminando un vestido para Áurea. Id vosotras.

Y las dos toman sus alforjas y van donde está María.

Zelote dice:

–                       Maestro, Mirta además de conservar al hijo que tenía, ha conseguido una nueva criatura y en poco más de un año.

–                       Sí. En poco más de un año…  Hace más de un año que María Magdalena se convirtió. ¡Cómo pasa el tiempo! Me parece que fue ayer… ¡Cuántas cosas han pasado en un año!

Regresa Abel y encuentra a Tomás todavía pensativo y perdido en sus recuerdos. Moviendo distraídamente sus instrumentos de orfebre.

Abel se inclina a verlos y pregunta:

–                       ¿Tuviste trabajo?

Tomás contesta:

–                       ¡Oh! He hecho felices a todas las mujeres de Nazareth. He reparado un montón de joyas. Tuve que pedir a Mateo que me trajera metal de Tiberíades. Me he creado una buena clientela. ¡Ja,ja!   -Ríe alegre-   me estoy preparando. Me he propuesto hacerme propaganda con el trabajo, cuando vaya a predicar entre los infieles. Y estoy haciendo progresos…

–                       Eres un hombre inteligente como orfebre y como apóstol.

–                       Me esfuerzo en serlo por amor a Jesús. ¿Con que has ganado una hermana? Trátala bien, ¿Sabes? Es como una palomita salida del nido. Te lo digo yo que estoy acostumbrado por razón de mi trabajo, a tratar mujeres. Una suave palomita que tuvo mucho miedo al gavilán.

Y que busca alas maternas, alas fraternas como defensa. Si tu madre no la hubiese querido, la hubiera pedido yo para mi hermana gemela. Un hijo más, un hijo menos. Es muy buena mi hermana, ¿Sabes?

–                       También mi madre. Se le murió una niña cuando quedó viuda. Tal vez se le puso mal la leche, cuando murió mi padre. Apenas si me acuerdo de ella. Y tal vez ni siquiera lo haría, si mi madre no la llorase y si cualquier niña pobre de Belén, no tuviese derecho a comer y a vestirse, en recuerdo de la muertita. Tal vez por eso yo también quiero mucho a las niñas. Aunque pienso que ésta ya no es una niña… Pero la consideraré como a tal por su corazón. Si es como mi madre, Noemí y tú, decís…

–                       Puedes estar seguro. Vamos. La conocerás.

Van al comedor en donde están las mujeres, Jesús y Zelote.

Mirta, que ha venido con una gran esperanza, está conquistándose el corazón de Áurea y le prueba un vestido de lino que le hizo.

–                       Te queda bien.  –le dice acariciándola, mientras le ajusta el vestido-  ¡Oh! Ahí está mi hijo Abel. Acércate hijo. Mira… Ésta es Áurea. Pertenecerá a nuestra familia, ¿Lo sabías?

Abel contesta:

–                       Sí. Y me siento contento como tú.

Mira a la niña. La estudia… Sus negros ojos se clavan en ella. Se muestra satisfecho y sonríe.

Le dice:

–                       Nos amaremos en el Señor que nos salvó. Y lo amaremos y haremos que otros lo amen. Seré para ti un hermano en espíritu y en cariño. Lo prometo ante el Maestro y mi madre… -y con una gran sonrisa, le tiende su mano fuerte y morena.

Áurea vacila por un momento, se sonroja y estrecha la mano de Abel.

Le contesta:

–                       Así lo haremos. En el Señor.

Los presentes se sonríen entre sí.

Se escucha una voz ronca:

–                       Aquí se puede entrar sin llamar a la puerta.

Es Pedro que viene seguido por todos los apóstoles, menos Judas.

Al día siguiente en la tarde, después del descanso del mediodía, se hacen los preparativos para la partida…

Tomás ofrece a la Virgen un brocamantón que se pone en el escote del vestido:

–                       Sé que no lo usarás, María. Pero acéptalo de todos modos. Tuve la idea de hacértelo, cuando un día mi Maestro habló de ti comparándote con los lirios de los valles. Y para que la alabanza que te dio tu Hijo, se aprecie como símbolo tuyo. Y si no logré dar al metal la viveza de un tallo real y la fragancia de la flor; mi sincero y respetuoso amor por ti lo hagan finísimo como una caricia. Y lo perfumen de la devoción que siento por ti, Madre de mi Señor.

–                       ¡Oh, Tomás! Es verdad que no uso joyas, porque me parecen cosas fútiles. Pero esto no lo es. Es amor de mi Jesús y de su apóstol. Y me gusta mucho. Y me acordaré del buen Tomás, que ama mucho a su Maestro. Gracias Tomás por tu amoroso afecto.

Todos admiran el trabajo perfecto y Tomás saca otra preciosidad: tres estrellitas de jazmín, con una ramita, unidas en un círculo, un par de peinetas  y un par de aretes que le hacen juego…

Y se las entrega a Áurea:

–                       Porque no fuiste codiciosa. Y has estado aquí mientras el jazmín estuvo en flor. Y porque estas estrellitas te recuerden a nuestra Estrella.

Áurea los recibe y llora de felicidad:

–                       Muchas gracias, Tomás. No lo olvidaré.

Se despiden y se van, montados en los borricos.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

 

90.- ENVIADOS A ANTIOQUÍA


El sol ya está en su cenit, cuando Pedro llega solo y sin que nadie lo espere a la casa de Nazareth. Viene cargado de canastos y paquetes.

María lo recibe alegremente y Pedro la saluda muy respetuoso.

Luego pregunta:

–                     ¿Dónde están el maestro y Marziam?

María contesta solícita:

–                     Están por el borde, arriba de la gruta. Como quién va a la casa de Alfeo. Creo que Marziam está cortando uvas y Jesús está meditando. Ahora los voy a llamar.

Pedro dice:

–                     Yo lo hago.

–                     Entonces quítate eso de encima. Vienes cargadísimo de cosas.

–                     No, no. Es una sorpresa para el niño. Me encanta ver su cara de asombro, cuando registra con ansia… y su dicha. ¡Oh, pobre niño mío!

Y se va con premura hacia el huerto.

Grita a todo pulmón:

–                     La paz sea contigo, Maestro. ¡Marziam!

Marziam lo escucha sorprendido y dice a Jesús:

–                     ¡Maestro! Creo que mi padre nos está llamando.

Jesús se sorprende y dice:

–                     Yo no oí nada.

Pedro vuelve a gritar y Marzíam corre a recibirlo pleno de júbilo.

Pedro lo encuentra y lo levanta en el aire, mientras todos los demás ríen al presenciar el cariñoso abrazo. Y luego se acercan.

Marziam pregunta:

–                     ¿Y mamá?

–                     Esa Porfiria no dejaba de decirme: ‘Vete a ver a Marziam’ y te mandó un montón de cosas… Se levantó muy temprano a cocinarte las empanadas que tanto te gustan… Con miel y…

Marziam exclama:

–                     ¡Oh, las empanadas!…  –Pero al punto guarda silencio.

Pedro confirma:

–                     Sí. Porfiria las preparó con higos secos al horno, mantequilla, aceitunas y manzanas. También te manda un pan con mantequilla, quesos de tus ovejitas y te tejió un vestido que no deja pasar el agua… ¿Por qué lloras?

Marziam dice sollozando:

–                     Porque hubiese preferido que ella viniese… La quiero mucho, ¿Sabes?

–                     ¡Divina Misericordia! ¡Si ella lo oyese, se derretiría cómo la manteca!… ¿Quién lo hubiera imaginado?

María dice:

–                     Marziam tiene razón. Podías haberla traído. Hace tiempo que quiere verla. Nosotras las mujeres somos así con nuestros hijos…

Pedro exclama:

–                      ¡Iré por ella! Descansaré un poco… ¡E iré por ella!…

Marziam dice:

–                     ¡Qué bonito! ¡Estaré con mis dos mamás!

Todos entran en la casa y Pedro descubre sus tesoros:

–                     Pescado seco en escabeche y fresco. Le gustará a María… Este queso suave que te gusta mucho, Maestro. Estos huevos los traje de Caná para Juan.

Y también hay uvas que me dio Susana, donde pernocté. –Abre un tarrito de miel- ¡Y también esto! Mira Marziam, qué color dorado tan hermoso. Parece como si hubiera sido hecho con los cabellos de María… –y levanta la miel que corre en dorados hilillos.

María dice:

–                     ¿Por qué tantas cosas? ¡Te has sacrificado Simón!

Pedro protesta:

–                     ¿Sacrificado? ¡No! He tenido buenas pescas y nada cuesta cuando se causa alegría al dar algo…  Además, las Encenias ya están a la puerta y debemos hacer un banquete. Es la costumbre, ¿No? –Mira a Marziam y dice- ¿No quieres probar la miel?

Marziam contesta muy serio:

–                     No puedo.

–                     ¿Por qué? ¿Estás enfermo?

–                     No. Pero no puedo comérmela.

–                     Pero, ¿Por qué?

El niño se pone rojo, pero no contesta. Mira a Jesús y no dice una palabra.

Jesús sonríe y dice:

–                     Marziam hizo un voto, para obtener un favor.  Durante cuatro semanas, no puede probar la miel.

–                     Está bien. Se la comerá después. Da lo mismo. Toma el tarro… Pero mira. Apenas si lo puedo creer…

El niño lo toma entre sus manos y se va, con su tarrito.

Jesús dice:

–                      Ha sido muy generoso Simón. Quién desde su niñez se habitúa a la penitencia, encontrará fácil el camino de la virtud durante toda su vida.

Pedro le mira alejarse. Está sorprendido. Luego pregunta:

–                     ¿No está simón Zelote?

–                     Está en casa de María de Alfeo. Pronto regresará. Esta noche dormiréis juntos en el taller de mi padre José. Ven conmigo, Simón Pedro.

Jesús se lo lleva hacia el huerto, mientras Síntica y María guardan todos los envoltorios traídos por Pedro.

Pedro dice a Jesús:

–                     Maestro, vine a verte a Ti y al niño. He pensado mucho desde que llegaron a Cafarnaúm tres zánganos venenosos… A los que dije más mentiras, que peces hay en el mar. Ahora deben estar llegando a Getsemaní, pensando que se encontrarán con Juan de Endor.  Y luego irán a casa de Lázaro para encontrar a Síntica y a Ti. ¡Qué les aproveche la caminata!… Pero luego regresarán y…  ¡Maestro! Te quieren dar unos dolores de cabeza, por estos infelices…

Jesús contesta tranquilo:

–                     Desde hace meses preví esto. Cuando regresen, éstos ya no estarán aquí; ni en ningún lugar de Palestina. ¿Ves estos cofres? Son para ellos. Mira esos vestidos doblados cerca del telar que hice para Síntica. También son para ellos. ¿Te sorprende?

Pedro mira a Jesús totalmente asombrado.

Y exclama:

–                     Sí, Maestro. Pero, ¿A dónde los mandas?

–                     A Antioquía.

Pedro lanza un chiflido que es más que elocuente…

Y luego pregunta:

–                     ¿A casa de quién? ¿Cómo se irán?

–                     A una casa de Lázaro. La última que tiene allí, donde su padre gobernó en nombre de Roma. Se irán por mar…

–                     Está bien. Porque si Juan tuviese que irse por sus propios pies…

–                     Por mar. También yo tengo mucho gusto en hablarte de ello. Escucha. Dos o tres días después de la Fiesta de las Encenias, partiremos sin que nadie lo note junto con algunos de los apóstoles: Yo, tú; Andrés, Santiago, Juan y mis primos; acompañando a Síntica y a Juan de Endor.

Iremos a Ptolemaide. De allí en barca los acompañaras a Tiro. En ese lugar subiréis a algún barco que vaya a Antioquía, cómo si fueseis prosélitos que regresan a su casa. Luego regresaréis y me encontraréis en Aczib. Estaré arriba del monte diariamente. Por lo demás, el Espíritu Santo os guiará…

–                     ¿Cómo? ¿No vienes con nosotros?

–                     Lo sabrían todos al punto. Quiero que el corazón de Juan esté tranquilo.

–                     ¿Y cómo lo voy a hacer? Jamás he ido hasta allá…

–                     No eres un niño. y dentro de poco tendrás que ir mucho más allá de Antioquía. Confío en ti. Mira cuánto te aprecio…

–                     ¿Y Felipe y Bartolomé?

–                     Nos saldrán al encuentro en Jotapata. Evangelizando mientras llegamos. Les escribiré y les llevarás la carta.

–                     Y esos dos, ¿Saben ya su destino?

–                     No. Quiero que disfruten la fiesta tranquilamente.

–                     ¡Hum! ¡Pobrecitos! Piensa que si a uno lo tienen que perseguir criminales de corazón…

–                     No te ensucies la boca, Simón de Jonás.

–                     Está bien maestro. Oye… ¿Pero cómo voy a hacer para llevar estos cofres? ¡Y también llevar a Juan! Me parece que está muy enfermo…

–                     Alquilaremos un asno.

–                     Dirás una carreta.

–                     Sí. Una carreta estará bien.

–                     ¿Y quién la guiará?

–                     Si Judas de Simón aprendió a remar; Simon de Jonas aprenderá a guiar. No creo que sea tan dificil guiar a un asno con la rienda. En la carreta pones los cofres y a los dos que enviaras. Y nosotros iremos a pie… Sí. de este modo hay que hacerlo, créemelo.

–                     Y ¿Quien nos proporciona la carreta? Ten en cuenta que no quiero que nadie note la partida…

Pedro se pone a pensar…  Y encuentra la solución…

Pregunta:

–          ¿Tienes dinero?

–          Si. Todavía queda mucho de las perlas de Misace.

–          Entonces todo esta arreglado. Dame un poco de dinero. Encontrare un asno y una carreta. Luego regalaremos el asno a algún pobrecito y venderemos la carreta. ¿Deberé volver por mi mujer?

–          Si. Es lo mas conveniente.

–          Asi se hara. ¡Y esos dos pobrecitos!  Me desagrada que Juan se vaya… ¡Es tan poco lo que va a durar! Hubiera podido morir aquí como Jonas…

–          No se lo habrían permitido… El mundo odia a quien se redime…

–          Se va a apenar mucho…

–          Yo inventare una excusa para que su partida no sea dolorosa…

–          ¿Cuál?

–          La misma que sirvió para enviar lejos a Judas de Simon: la de trabajar para Mi.

–          ¡Ah! Solo que en Juan hay santidad y en Judas, una grandiosa soberbia.

–          Simon, no murmures.

–          ¡Mas difícil que hacer cantar a un pescado! Es verdad, Maestro. No es murmuración… pero creo que ya estoy oyendo que llego Simon Zelote con tus primos… Vamos a saludarlos.

–          Vamos y ¡Cuidado con chistar algo a alguien!

–          ¿Me lo pides? No puedo guardar la verdad cuando hablo. Pero se callar completamente cuando quiero.  Y ahora quiero. Lo juro por mi mismo. Ire hasta Antioquia, ¡A la punta del mundo! ¡Oh! ¡No veo la hora de estar de regreso! No dormire hasta que todo haya concluido.

Mas tarde, estan todos sentados a la mesa, terminando de comer. Sintica se levanta y trae la fruta para terminar la cena: manzanas, nueces, uvas y almendras. Las lámparas estan encendidas, pues ya ha anochecido.

Pedro mira a Marziam y dice:

–          Este año prenderemos una mas. Por ti, hijo mio. Es la primera vez que la encenderemos por un niño. Traeré a Porfiria y sera muy feliz…

Zelote dice:

–          El año pasado pasado era yo quien suspiraba, junto con Maria de Alfeo y Salome. Y la madre de Tomas y Maria de Simon en la casa de Keriot… ¡Oh, la madre de Judas! Este año tendra a su hijo… pero tal vez no sea feliz… Bueno. No hablemos de esto… Nosotros estuvimos en la casa de Lazaro… ¡Cuantas luces! Parecia un cielo de oro y fuego… Este año Lazaro tiene a su hermana… Se que ellos estan suspirando pro ti, Jesus… Y el año que viene, ¿En donde estaremos?…

Juan de Endor, en voz muy baja dice:

–          Yo estare muy lejos…

Pedro se voltea a mirarlo, porque lo tiene a su lado. Pero Jesus lo esta mirando…  Se refrena y es Marziam el que pregunta:

–          ¿Dónde estaras?

Juan de Endor  contesta:

–          Por la misericordia de Dios, espero estar en el seno de Abraham.

–          ¿Quieres morirte? ¿No quieres evangelizar? ¿No te desagrada morir sin haberlo hecho?

–          La Palabra del señor debe salir de labios santos.  Mucho ha sido el que se me permitiese oírla y que ella me redimiese. Me habría gustado… Pero es muy tarde…

Marziam pregunta a Maria:

–          ¡Por que mama no has puesto en la mesa las empanadas con miel? A Jesus le gustan y a Juan le harian mucho bien para su garganta. Y tambien a mi padre le gustan mucho…

Pedro concluye:

–          Y tambien a ti…

–          Para mi… es como si no existiesen… Lo prometi…

Maria lo acaricia y dice:

–          Por eso no las puse…

El niño objeta:

–          No, no. Las debes traer y dárselas a todos.

Sintica toma una bandeja y las trae de la cocina. Marziam toma la bandeja y empieza a distribuir. La mas bonita y dorada, que es una obra de arte de la pastelería, la da a Jesus. La segunda a la Virgen. Despues a Pedro y luego a Simon. Y finalmente a Sintica.

Cuando le toca a Juan de Endor, que esta enfermo y ha sido su pedagogo, le dice:

–          A ti te doy la tuya y la mia. Y además un beso, por todo lo que me enseñas. –Regresa a su lugar y se cruza de brazos.

Pedro, al ver que su hijo adoptivo no toma nada para si;  dice feliz:

–          Me muero de alegria con esto. –y le ofrece a Marziam un pedacito mientras dice- Toma al menos esto. ¡Vamos! Es de la mia, para que no te mueras de ganas. Sufres mucho… Lo veo… Y Jesus te lo permite…

Marziam contesta muy serio:

–          Si no sufriese, no tendría merito. Como sabia que me costaría mucho; por eso lo ofreci como sacrificio. Y por otra parte estoy muy contento. Desde que lo hice, me parece que estoy lleno de miel… Siento su sabor por todas partes… hasta me parece que respiro su olor por el aire…

–          Aunque te mueras de ganas…

–          No. Es porque se que Dios me dice: ‘Haces bien, hijo mio’

–          El Maestro te ama tanto, que te habría contentado aunque no hubieras hecho este sacrificio…

–          Si. Pero no es justo. Porque El me ama, no debo aprovecharme de ello… Si en el Cielo habrá una recompensa por cada vaso de agua ofrecido en su Nombre, tambien lo sera por cada empanada y un poco de miel que me privo en favor de un hermano, ¿Verdad Maestro?

Jesus responde:

–          Hablas como un sabio. Hubiera concedido lo que me pediste por la pequeña Raquel, sin que hubieras ofrecido ningún sacrificio; porque era cosa buena y mi Corazon lo deseaba. Pero lo hice con mas alegria con tu ayuda… La Comunión de  los Santos es este obrar continuo para ayudar a los hermanos. Todo sacrificio ofrecido puede traer paz  o servir para un milagro, para alguien que no conocemos; pero que Dios conoce y al que su amor Infinito quiere ayudar… Nada se pierde en la Economia del Amor Universal…

Marziam contesta resuelto:

–          Entonces no esta mal que yo haga siempre sacrificios, para cuando seamos perseguidos.

Pedro pregunta alarmado:

–          ¿Perseguidos?

–          Si. No recuerdas que Jesus un dia dijo: ‘Sereis perseguidos por mi causa’ Tu tambien me lo dijiste, cuando por primera vez viniste a evangelizar a Betsaida, en el verano.

Pedro comenta admirado:

–          Este muchacho se acuerda de todo.

Terminan de cenar y Jesus se pone de pie. Ora por todos, bendice y da gracias. Las mujeres ponen todo en orden y Jesus empieza a tallar un pedazo de madera que ante los ojos admirados de Marziam, se va convirtiendo en un cordero…

Dos semanas después…

La mañana invernal se baña en el agua que cae del cielo. Jesús está en su taller trabajando en pequeños objetos que complementan un telar, magníficamente provisto.

María entra con un tarro lleno de leche espumosa y dice:

–           Bébela Hijo. Hay mucha humedad y mucho frío. Y estás trabajando desde la madrugada…

Jesús se sienta en al banco y bebe la leche que le ha traído su Madre…

Y comenta:

–           Sí. Pero ya terminé todo. Estos ocho días de fiesta no me dejaron trabajar como lo hubiese deseado…

María acaricia el telar  y Jesús le pregunta sonriente:

–           ¿Lo bendices, Mamá?

María responde:

–           No. Lo acaricio porque Tú lo hiciste. Al modelarlo lo has bendecido, desde que lo creaste en tu pensamiento. Le servirá mucho a Síntica, es muy experta en tejer y con él atraerá a mujeres casadas y solteras jóvenes. ¿Qué otra cosa hiciste? Veo virutas de olivo cerca del horno…

Jesús contesta:

–           Algo que le servirá mucho a Juan de Endor. Es un cofrecito para sus stylus y una pequeña mesa para escribir. Y estos pequeños armarios, para que ponga en ellos sus libros… Los hice porque Simón de Jonás va a traer una carreta y podremos cargar con ellos cuando se vayan… Y así podrán comprobar en todas estas pequeñas cosas, cuanto los he amado…

–           Sufres mucho al desprenderte de ellos y alejarlos… ¿Verdad?

–           Sufro. Infinitamente… Por Mí y por ellos…  Es un sufrimiento que está clavado en mi corazón y que me entristeció, aún la Fiesta de las Luces… Es un sufrimiento que hubiese preferido experimentar Yo sólo…

Jesús llora amargamente…

María lo acaricia en su mano para consolarlo…

Jesús continúa:

–           Cómo Dios, fueron mis primeras conquistas paganas… ¡Los amo!… Y tengo que desprenderme de ellos por… –un sollozo corta la frase.

María lo observa impotente y las lágrimas también ruedan por sus pálidas mejillas…

Sigue un prolongado silencio interrumpido solo por los sollozos angustiosos de los dos…

Luego Jesús pregunta:

–           ¿Ya se levantó Juan?

María responde:

–           Sí. Lo oí que tosía. Tal vez está en la cocina bebiendo su leche. ¡Pobre Juan!

Todavía no lo sabe, ¿Verdad?

Jesús se yergue:

–           Voy a decírselo… Debo decírselo. Con Síntica será más fácil. Pero para él… Mamá… Vete con Marziam. Despiértalo y orad juntos, mientras hablo con él… Será como si le estrujara las entrañas… Puedo matarlo o paralizarlo en su vida espiritual… –La voz se le apaga. Y se dobla sobre Sí Mismo. Implora- ¡Padre mío!… ¡Qué dolor, Padre mío! Voy…

Y Jesús sale verdaderamente abatido.

Encuentra a Síntica que viene hacia la cocina con un haz de leña para alimentar el fuego y que le saluda sin imaginar nada del drama de su Maestro.

Jesús responde a su saludo de manera automática… Pero inmediatamente se yergue majestuoso y recupera su donaire natural. Camina resuelto hasta la puerta de la habitación que fuera de José y se asoma preguntando:

–           ¿Puedo entrar?

Juan de Endor contesta afable:

–           ¡Maestro! ¡Siempre lo puedes! Estaba escribiendo lo que dijiste ayer sobre la prudencia y la obediencia. Quiero que lo veas, por si olvidé algo… Mi memoria está cada vez peor y…

Jesús toma los pergaminos y los lee…

Luego dice:

–           Lo transcribiste perfecto… No te has equivocado en nada. Posees la prudencia y Yo también… Por esto te aparté de las fatigas del apostolado que sobrellevan los otros discípulos y te traje aquí; para que estés descansado y en paz…

–           Gracias, Maestro. Espero no decir una barbaridad… En esta casa he experimentado lo que es el Cielo… Tu Madre es la Esposa de Dios y una verdadera diosa… Ella está llena de la Gracia de Dios y es la Mujer Perfecta… Su bondad y su Pureza, transfunden todo lo que toca…

–           Lo sé. Ella fue mi Maestra y es mi jardín de delicias… Es la Dulzura de Dios en este planeta lleno de tanta amargura y dolor…

Todas tus discípulas son maravillosas y me han hecho reconciliarme con la mujer. Te confieso que a Síntica es a la que más quiero, porque además de su sabiduría perfecta, comparto con ella igualdad de condición: ella esclava y yo galeoto. Esto me permite una confianza que no puedo tener con las demás. Ella es un refugio, un descanso…

Ya soy viejo y la respeto y la admiro. La amo como a la hija inteligente y estudiosa que me hubiera gustado tener. Su afecto maternal me consuela y me cura de todo el mal que por la mujer llegó a mi vida. Sobre mi alma que va al encuentro con la muerte, siento el rocío de su amor y capto en ella la perfección de la mujer. Y por esto perdono todo el mal que de la mujer me vino… Siento que por ella perdonaría inclusive a la desventurada que fue mi esposa y a la que maté, junto con su amante: el romano que era mi amigo y que me traicionó…

–           Me alegro que hayas encontrado todo esto en Síntica. Será una buena compañera tuya para el resto de la vida… Y juntos haréis mucho bien, porque Yo os uniré…

Jesús escudriña de nuevo a Juan.

Y éste sonríe mientras dice:

–           Señor, trataremos de servirte lo mejor que podamos.

–           Estoy seguro de que lo haréis, no importa el lugar a donde os envíe y aunque no os agradase…

Juan se sobresalta. Palidece. Y su único ojo se clava escudriñador en Jesús…

Que lo abraza y lo mantiene junto a sí, cómo suele hacer con Juan el apóstol…

Jesús, pálido por el dolor que sabe que va a proporcionar, dice:

–           También ahora Dios te confía una misión delicada y santa. Una misión que es una señal de su amor y que tú eres el único que sería capaz de llevar a cabo. Cualquier otro la rechazaría y tampoco tendría las cualidades para realizarla. Tu nombre es Juan y como tal, eres precursor de mi doctrina… Prepararás los caminos de tu Maestro y serás cómo Él…

Juan se estremece e intenta zafarse del abrazo de Jesús para mirarle a la cara. Pero no lo logra porque Jesús lo retiene suave pero firmemente, mientras el Maestro continúa diciendo:

–           Yo no puedo ir tan lejos… Hasta Siria… Hasta Antioquía…

Juan se zafa de los brazos de Jesús  y grita:

–           ¡Señor!… ¡Hasta Antioquía!… Dime que he entendido mal… ¡Dímelo por favor!

Está de pié… Con una súplica reflejada en su único ojo que resalta en su cara de color ceniciento y en sus labios y en sus manos que también están extendidas y temblorosas…  Mientras su cabeza se inclina doblegada por la fatal noticia…

Jesús también se levanta y abre sus brazos para acoger al viejo pedagogo, mientras confirma:

–           Hasta Antioquía, en casa de Lázaro… Con Síntica, partiréis mañana…

Juan, con un desconsuelo absoluto,  con su flaca cara bañada de lágrimas, exclama sollozante:

–           ¡¿Ya no me quieres más contigo?! ¿Qué fue lo que hice que te pudo haber desagradado tanto, Señor?…

Y su voz se rompe en un estallido de sollozos que destrozan su corazón y rompen las entrañas, mientras se interrumpen por los accesos de tos; que ni siquiera las caricias de Jesús logran consolar…

El pobre viejo exclama:

–           ¡Me arrojas! ¡Me hechas fuera! ¡No te veré más!…

Jesús está sufriendo visiblemente y con el rostro desencajado ora ferviente… Sale despacio y ve en la puerta de la cocina a María y a Marziam, que está espantado por el llanto dolorosísimo de Jesús…

Más allá, también está Síntica, sorprendida y asustada…

Jesús dice:

–           ¡Madre! Ven aquí… Un momento…

María se acerca ligerita y pálida…

Y los dos se acercan y se inclinan sobre el pobre Juan de Endor que llora como si fuese un niño indefenso…

Y que clama angustiosamente:

–           ¡Me echa fuera!… ¡Moriré sólo y lejos!… ¿Por qué no esperar otro mes y dejarme morir aquí?… ¿Por qué este castigo? ¿¡Qué pecado cometí!? ¿Qué molestias te causé? ¿Por qué darme esta tranquilidad y luego condenarme?…

Y Juan se retuerce sobre la mesa llorando y jadeante…

Jesús le pone la mano sobre su flaca espalda y le dice sollozando:

–           ¿Y puedes creer que si Yo hubiera podido, no te hubiera mantenido junto a Mí?…  ¡Oh, Juan! En los caminos del señor se encuentran necesidades absolutas. Yo soy el primero en sufrir por esto. Yo que llevo conmigo mi dolor y el de todo el Mundo… Mírame Juan… Yo no te odio, ni estoy cansado de ti… Ven a mis brazos y siente cómo palpita de dolor mi corazón…

Escúchame Juan…

Es la última expiación que Dios te impone para abrirte las Puertas del Cielo… –Jesús lo levanta y lo abraza- Escucha… Mamá… Sal un momento…

María se retira y Jesús continúa:

–           Ahora que estamos solos, escúchame Juan… TU SABES QUIEN SOY… ¿Crees firmemente que sea Yo el Redentor?…

Juan suspira y responde:

–                       ¿Y cómo no voy a creerlo? Por esto querría estar contigo siempre, hasta la muerte…

Jesús confirma:

–           Hasta la muerte… ¡Horrible será!…

–           Lo he dicho por la mía… ¡La mía!

–           La tuya será placentera. La consolaré con mi Presencia… Que te infundirá la        certeza de que Dios te ama; de que te ama Síntica; además de la alegría de haber preparado el triunfo del Evangelio en Antioquía. ¡Pero mi muerte! Me verías reducido a un montón de carne llagada, escupida, abandonada al ludibrio de una multitud feroz. Me verías morir suspendido en una Cruz, como si fuera un criminal… ¿Podrías soportarlo?

Juan, a cada palabra de Jesús grita:

–           ¡No! ¡No! ¡NO!…

Su ‘No’ es duro, sin réplica… Y añade:

–           Volvería a odiar al hombre…  Más entonces ya estaré muerto; porque Tú eres joven y…

–           Y solamente veré otras Encenias más…

Juan lo mira aterrado…

Jesús continúa:

–           Te lo he dicho en secreto para explicarte y una de las razones por las que te mando lejos es ésta…  No serás el único a quién trataré así… A todos a los que no quiero que lleguen a sentirse inferiores ante la realidad; los alejaré de antemano.  ¿Te parece que esto no sea una prueba de amor?…

No. Mi Dios Mártir… Pero entretanto yo debo dejarte y… Moriré lejos…

–           por la Verdad que Soy Yo, te prometo que estaré inclinado sobre tu almohada, cuando llegue tu agonía…

–           Pero, ¿Cómo va a ser esto, si estaré muy lejos? Y Tú estás diciendo que no puedes ir hasta allá… Lo dices para consolarme y que me vaya tranquilo…

–           Juana de Cusa que estaba agonizando a los pies del Líbano, me vio y Yo estaba muy lejos… Ella no me conocía… Y con todo, la volví a traer a esta pobre vida  de la tierra…

Tú eres una alegría mía y llevarás el encargo de decir a los vivientes en el seno de Abraham: “La Hora de señor ha llegado. Así como ahora viene la Primavera sobre la Tierra, así también ahora despunta la del Paraíso.”

Iré varias veces a ti, antes de esto. Me sentirás siempre junto a ti… Puedo hacerlo y lo haré… Tendrás al Maestro en ti, como ni ahora lo tienes…  porque el Amor puede comunicarse a quien ama… Y tan sensiblemente que llegará no sólo al corazón; sino a los mismos sentidos… ¿Te sientes ahora más tranquilo, Juan?

–           Sí, Señor mío. ¡Pero qué dolor!

–           No te rebelas. ¿Verdad?

–           ¿Rebelarme? Jamás. Te perdería completamente. Solamente digo: “Padre mío. Hágase tu voluntad”

–           Sabía qué me ibas a comprender.

Jesús lo besa en las mejillas flacas y bañadas por las lágrimas, que no han dejado de manar…

Y Juan dice:

–           ¿Me permites hablar con el niño? Lo quiero mucho…

–           Sí. Lo llamaré al punto. También llamaré a Síntica. Va a sufrir muchísimo… Debes ayudarla, tú que eres el hombre…

–           Sí Señor. Lo haré…

Jesús sale y llama a Marziam y a la joven griega…

Cuando la doncella entra, lo ve llorando y Juan le dice:

–           Nos mandan lejos. ¿No lo sabías? Nos mandan a Antioquía.

Síntica responde con serenidad:

–           ¿Y qué? ¿Acaso no ha dicho que donde hay dos o tres reunidos en su Nombre, también Él estará en medio de ellos? ¡Ánimo, Juan! Posiblemente hasta ahora siempre has elegido tu suerte y por esto te asusta que alguien te imponga su voluntad.

Por mi parte, estoy acostumbrada a aceptar la voluntad de otros…  Jamás me rebelé contra la esclavitud déspota, sino hasta cuando quisieron esclavizar mi alma. ¿Acaso podría rebelarme contra esta dulce esclavitud de amor que no daña; sino que nos eleva y nos da el título de siervos suyos?

¿Tienes miedo del mañana porque estás enfermo? Yo trabajaré por ti. ¿Tienes miedo de quedarte solo?  Jamás te abandonaré. Puedes estar seguro de ello. No tengo otro objetivo en mi vida que amar a Dios y al prójimo.  Tú eres el prójimo que Dios me confía… ¡Piensa ahora si no te voy a querer!

Jesús dice:

–                      No tendréis necesidad de trabajar para vivir, porque estaréis en una casa de Lázaro. Os aconsejo que busquéis un modo de enseñar, para que os atragáis a la gente.

Tú como maestro y tú cómo mujer, con quehaceres de tu sexo. Esto servirá al apostolado y para que paséis felices el día.

Síntica responde con firmeza:

–           Así se hará Señor.

Juan pregunta:

–           ¿Cómo iremos a Antioquía?

Jesús contesta:

–           Por mar. ¿Tienes miedo?

–           No, Señor. Tú nos mandas y eso nos protegerá.

–           Iréis con los dos Simones, mis hermanos y los hijos de Zebedeo, Andrés y Mateo. Hasta Ptolemaide en carreta, con los cofres y el telar que te hice Síntica y con algunos objetos que serán muy útiles a Juan.

Un sollozo contenido rompe la voz de Síntica al decir:

–           ¿Cuándo partiremos?

–           En cuanto lleguen los apóstoles. Tal vez mañana.

Síntica se dobla por la ola de dolor que la envuelve… Pero se levanta con heroísmo y dice con serenidad:

–           Me había imaginado algo, al ver los cofres y los vestidos… Y preparé mi corazón para la separación…  ¡Era un sueño demasiado hermoso el vivir aquí!…  Entonces si me permites, voy a poner en orden todo lo necesario en los cofres… Dame tus libros, Juan…

Juan de Endor responde:

–           Tómalos… Pero dame ese pergamino que está amarrado con el cordón azul…

En ese preciso instante, entra Marziam con su tarro de miel y le dice al anciano maestro:

–           Ten Juan… Te la comerás por mí.

Juan protesta:

–           Pero, ¡No muchacho! ¿Por qué?

Marziam dice muy serio:

–           Porque Jesús dijo que una cucharada de miel ofrecida en sacrificio, puede traer paz y esperanza a un afligido. Tú lo estás. Te doy toda la miel para que te consueles…

Es un gran sacrificio jovencito.

–           ¡No lo es! En la Oración que Jesús nos enseñó, decimos: ‘No nos lleves  a la tentación; sino líbranos del Mal.’ Este vaso es una tentación para mí y puede ser un mal; porque por él puedo quebrantar mi promesa. Si ya no lo veo… Será mucho más fácil y Dios me ayudará por este nuevo sacrificio.  Pero ya no lloréis… Ni tú tampoco Síntica…

De hecho, la griega ha estado llorando silenciosamente, mientras recoge los libros de Juan. Ella sale con los pergaminos y María con el tarro de miel.

Juan se queda con Jesús, que sentado a su lado y con el niño en los brazos, está calmado pero totalmente abatido.

Juan extiende un pergamino hacia Marziam y dice:

–           Mira jovencito. Estas son las palabras del Maestro que dijo cuándo no estabas presente y algunas otras… Las estuve copiando para ti; porque tienes toda la vida por delante y siempre podrás evangelizar…  Yo ya no puedo hacerlo más… Me quedaré sin sus palabras… – Un sollozo dolorosísimo corta la frase y el hombre vuelve a llorar desconsolado.

Marziam, dulce y virilmente, le abraza por el cuello y le dice:

–           Ahora seré yo quien escriba por ti y te las mandaré… ¿Verdad Maestro?

Jesús confirma.

–           Así será. Y será una gran caridad hacerlo.

–           Lo haré. Y cuando yo no esté, Simón zelote lo hará, porque me quiere y también a ti te quiere mucho. No llores más. Luego iré a verte… En realidad, no estarás tan lejos…

–           Estaré demasiado lejos… Nos separarán demasiadas millas… Pronto moriré…

–           Nos escribiremos…  Cuando se leen las páginas sagradas es como estar con  Dios. Será cómo cuando se lee una carta de la persona que más amamos…

Y Marziam junto con Jesús, se esfuerzan en consolar al anciano exgaleote…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA