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274 MARTIRIO DE JUAN BAUTISTA


274 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual. 

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis. 

Y los conduce a la habitación.

Cierra la puerta, corre las cortinas -no del todo- para suavizar la luz,

para crear un ambiente de recogimiento en torno al dolor

y la belleza de la muerte del Bautista,

para separar esta perfección de vida y el mundo corrompido.

Se sienta junto a ellos y ordena:

–      Hablad.

Mannaém sigue petrificado. 

Está con el grupo, pero no dice una palabra.

Matías expone:

–       Lo sucedido no se podía prever.

Fue la noche de la fiesta.

Tan sólo dos horas antes, Herodes había solicitado consejo de Juan.

se despidió de él muy afectuoso y con benignidad…

Poco antes de que se produjera… el crimen.

Ya no sabemos como calificarlo: 

La ejecución, el homicidio, el martirio, el delito, la glorificación,

Había mandado a un siervo suyo con frutas gélidas y vinos exquisitos para el prisionero.

Juan nos distribuyó estas viandas…

Jamás prescindió de su austeridad.

Éramos los únicos presentes.

Gracias a Mannaém, trabajábamos en el palacio,

para que pudiésemos estar al pendiente de nuestro Juan.

En la cocina estábamos Juan y yo.

Simeón tenía a su cuidado a los criados de las caballerizas,

para atender las cabalgaduras de los huéspedes.

Esta concesión nos permitía ver siempre a nuestro Juan…

El palacio estaba  lleno de gente importante:

jefes militares, personalidades de Galilea.

Herodías se había encerrado en sus habitaciones

después de una violenta escena que había tenido con Herodes, por la mañana…

Mannaém interrumpe:

–        Pero, ¿Cuándo llegó esa hiena?

Simeón contesta:

–       Dos días antes.

Nadie la esperaba.

Dijo al monarca que no podía vivir lejos de él y menos estar ausente en el día de su fiesta.

Serpiente y bruja.

Como siempre, había hecho de él un juguete…

Lo tiene convertido en un pelmazo.

Pero Herodes, ya desde la mañana, aunque ebrio de vino y de lujuria;

se opuso a conceder a la mujer lo que pedía a grandes gritos…

Y nadie imaginaba que fuese la vida de Juan.

Juan agrega:

–        Estuvo en sus habitaciones enojadísima.

 Desdeñosa, no aceptó los manjares que Herodes le envió en una vajilla preciosa.

Tan solo se quedó con una fuente con frutas y a cambio;

recompensó el presente con un ánfora de vino drogado para Herodes…

¡Con drogas!… ¡Ah!

¡Ya su naturaleza ebria y viciosa, bastaba para arrojarlo al delito! 

Matías agrega: 

–       Por los que servían a las mesas, supimos,

que a la mitad de la danza de las mujeres y mimos de la Corte.

en la sala del banquete irrumpió Salomé, bailando.

Los mimos y las bailarinas ante la joven real, se retiraron hacia las paredes.

Nos dijeron que la danza fue bella, lúbrica y perfecta.

Digna de los huéspedes…

Herodes… ¡Oh!

¡Tal vez un nuevo placer de incesto, fermenta en su corazón!

Pues al final de la danza, con satisfacción,

dijo a Salomé:

–       ¡Bailaste bien!

Mereces un premio.

Juro que te lo daré.

Juro que te daré cualquier cosa que me pidas.

Lo juro en presencia de todos.

Y la palabra de un rey es fiel incluso sin juramento.

Di, pues, qué quieres».

Y Salomé, fingiendo perplejidad, inocencia y modestia;

recogiéndose en sus velos con gesto pudoroso después de tanta desvergüenza,

dijo:

«Permíteme, gran señor, que reflexione un momento.

Me retiro y luego vuelvo, porque tu gracia me ha turbado»…

Y se retiró para ir donde su madre.

Selma me ha dicho que entró riendo, diciendo:

«¡Madre, has vencido!  Dame la bandeja».

Y Herodías, con un grito de triunfo, ordenó a la esclava, que diera a la joven la bandeja

que le había enviado el rey con la fruta y que no había sido devuelta. 

Y dijo:

«Ve. Vuelve con la odiada cabeza y te vestiré de perlas y oro».

Selma, horrorizada, obedeció…

Salomé volvió a entrar en la sala bailando.

Y bailando, fue a postrarse a los pies del rey,

y dijo:

«En esta bandeja que has mandado a mi madre, en señal de que la amas.

Y de que también me amas, quiero la cabeza de Juan.

Y luego seguiré bailando, si tanto te gustó..

Bailaré la danza de la victoria.

¡Porque he vencido!

¡Te he vencido a ti, oh rey!

¡He vencido a la vida, y soy feliz!».

Esto es lo que dijo.

A nosotros nos lo repitió un amigo copero.

Herodes se turbó, en medio de dos quereres: ser fiel a su palabra y ser justo.

Pero no supo ser justo, porque es un desvergonzado.

Hizo una señal al verdugo que estaba detrás del trono real

Y tomando la palangana de las manos alzadas  de Salomé, fue a las habitaciones inferiores.

Salió de la sala del banquete para ir a las habitaciones bajas.

Juan y yo lo vimos cuando atravesaba el patio…

Luego oímos el grito de Simeón:

¡Asesinos!»…

Y lo volvimos a ver cuando regresaba, pasando con la cabeza sobre la bandeja…

Juan, tu Precursor, había muerto…  

Matías inclina la cabeza y se cubre el rostro con las manos;

con los fuertes sollozos con los que termina su relato. 

Después de un momento de silencio… 

Jesús pregunta: 

–     Simeón, ¿Puedes decirme como ha muerto?

El pastor llorando, lo mira,

y contesta:

–       Sí.

Estaba en oración…

Me había dicho antes:

«Dentro de poco volverán los dos que envié.

Y quien aún no cree creerá.

De todas formas, recuerda que si a su regreso ya no viviera,

yo, como quien está cercano a la muerte, todavía te digo;

para que tú por tu parte se lo digas a ellos:

Jesús de Nazaret es el verdadero Mesías».

Pensaba siempre en ti…

Entró el verdugo.

Yo grité fuerte.

Juan levantó la cabeza y lo vio.

Se puso en pie.

Dijo:

«Sólo puedes quitarme la vida.

Pero la verdad que permanece es que NO  es lícito hacer el mal«.

Estaba para decirme algo, cuando el verdugo volteó la pesada espada,

mientras Juan estaba todavía de pie… 

La cabeza cayó truncada del cuerpo,

con un gran chorro de sangre que enrojeció la piel de cabra… 

 Se puso de cera el rostro enjuto…

En que quedaron vivos, abiertos, acusadores: los ojos.

Y rodó hasta mis pies.

Yo caí junto con su cuerpo, vencido por el dolor…

Después… después…

Herodías laceró la cabeza brutalmente con un puñal… 

Y fue arrojada a los perros.

Pero nosotros la recogimos pronto y la envolvimos en un precioso lienzo, junto con el cuerpo… 

Durante la noche recompusimos el cuerpo y lo transportamos fuera de Maqueronte.

Y con la ayuda de otros discípulos…

Lo embalsamamos en una espesura de acacias allí cerca, con los primeros rayos del Sol

Pero otra vez nos lo quitaron para nuevas befas…

Porque ella no puede destruirlo y no puede perdonarlo.

Y sus esclavos temiendo la muerte,

nos la arrebataron con una ferocidad mayor que la de los chacales

Y fueron más crueles al quitarnos la cabeza de Juan.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

Si hubieses estado tú allí Mannaém…

Mannaén que está pálido por la ira y el dolor,

dice con voz contenida y terrible:

–       Si yo hubiera estado…

Pero esa cabeza es su maldición.

Nada se quita a la gloria del Precursor; aunque el cuerpo esté incompleto.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús confirma:

–      Es verdad.

Aunque la hubiesen destruído los perros, no habría menoscabo en su gloria.

Matías añade:

–        Y su palabra no cambió, Maestro.

Sus ojos a pesar de que hayan sido befados… 

Y que hayan quedado lacerados con una gran herida,

todavía repiten:

‘No te es lícito…’

¡Pero nosotros lo hemos perdido!

Simeón agrega

–        Ahora somos tuyos porque él así nos lo dijo.

Y también nos dijo que Tú ya lo sabías.

–        Así es.

Hace meses que me pertenecéis.

¿Cómo vinisteis?

–        A pie.

En etapas.

Camino penoso en medio de arenas y sol abrasadores.

Pero todavía más duro por el dolor.

Jesús dice:

–       Ahora descansaréis.

Mannaém pregunta:

–       Decidme.

¿No se sorprendió Herodes por mi ausencia?

Juan contesta:

–       Sí.

Primero se inquietó.

Y luego se enfureció…

Pero pasado el arrebato, dijo: ‘Un juez menos’

Así nos lo contó nuestro amigo el copero.

Jesús dice:

–        ¡Un juez menos!

Dios le espera como Juez y es suficiente.

Venid al lugar donde dormimos.

Estáis cansados y sucios del polvo del camino

Encontraréis vestidos y sandalias de vuestros compañeros.

Tomadlos. 

Descansad y reponed fuerzas. 

Lo que es de uno es de todos los demás.

Tú Matías, que eres alto; puedes tomar uno de mis vestidos.

Luego proveeremos.

Esta noche, dado que es la vigilia del sábado, vienen mis apóstoles.

La semana entrante vendrá Isaac con los discípulos y luego, Benjamín y Daniel.

Y después de la Fiesta de los Tabernáculos, llegarán Elías, José y Leví.

Es tiempo que a los Doce, se unan  otros.

Id ahora a descansar.

Mannaém los acompaña y luego regresa.

Jesús se sienta pensativo y muy triste, con la cabeza reclinada sobre la mano

y el codo apoyado en la rodilla como soporte.

Manahén está sentado junto a la mesa.

No se mueve.

Pero está taciturno.

Su color es plomizo y su cara refleja una borrasca

Se han quedado solos los dos, sumergidos en su dolor. 

Después de un largo rato, Jesús levanta la cabeza, lo mira,

y le pregunta:

–      ¿Y tú?

¿Qué vas a hacer ahora?

Mannaém contesta dudoso:

–      Todavía no lo sé.

La razón para estar en Maqueronte ya no existe.

Quisiera permanecer todavía en la corte para saber…

Pero quisiera quedarme todavía en la Corte, para estar al corriente… 

Y para protegerte si sé algo.

–      Te sería mejor que me siguieses sin vacilación.

Pero no te hago fuerza.

Vendrás una vez que el viejo Mannaém, molécula por molécula, haya quedado deshecho.

–      Quisiera también quitarle la cabeza a esa mujer.

No es digna de tenerla…Un pálido esbozo de sonrisa asoma en el rostro de Jesús.

Y dice:

–      Además, todavía no estás muerto a las riquezas humanas.

Pero de todos modos te quiero.

Sé aguardar.

–       Maestro,… 

Quisiera darte mi generosidad para consuelo tuyo.

Porque sufres…

Lo veo.

–       Así es…

Sufro mucho… ¡Mucho!

–       Sólo por Juan.

No lo creo.

Sabes que está en paz.

–       Sé que está en paz y no lo siento lejano.

–       ¿Entonces?

–       ¡Entonces… Mannaém!

¿A qué precede el alba?

–       Al día, Maestro.

¿Por qué me preguntas?

–        Porque la muerte de Juan precede al día en que Yo seré el Redentor.

Y mi parte humana se estremece fuertemente ante esta idea…

Mannaém, voy al monte.

Quédate a recibir a quién venga.

A ayudar a los que acabaron de llegar.

Quédate hasta que yo regrese…

Después harás lo que quieras.

Hasta pronto.

Y Jesús sale de la habitación.

Baja despacio la escalera, atraviesa el huerto y por la parte posterior se aleja por una vereda; 

entre huertos de olivos, manzanos, vides e higueras.

Toma la pendiente de un suave collado donde acostumbra ir a orar… 

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270 SATANISMO VOLUNTARIO


270 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un fariseo protesta:

–       Nos ofendes demasiado.

Pero, ¿Por qué si es así, no liberas a Israel del Demonio para que sea santo?

Jesús responde:

–        ¿Tiene Israel esta voluntad?

No.

La tienen esos pobrecillos que vienen para ser liberados del demonio

porque lo sienten dentro de sí como peso y vergüenza.

Vosotros esto no lo sentís.

Liberaros a vosotros sería inútil, porque, no teniendo la voluntad de ser liberados,

enseguida seríais de nuevo atrapados y con mayor fuerza.

Porque cuando un espíritu inmundo sale de un hombre,

vaga por lugares áridos en busca de descanso y no lo encuentra.

Observad que no son lugares áridos materialmente;

áridos porque, no recibiéndolo, le son hostiles,

de la misma forma que la tierra árida es hostil a la semilla.

Entonces dice:

«Volveré a mi casa, de donde he sido arrojado con la fuerza y contra su voluntad.

Estoy seguro de que me recibirá y me dará descanso».

En efecto, vuelve donde aquel que era suyo,

y muchas veces lo encuentra dispuesto a recibirlo,

porque, en verdad os digo que el hombre tiene más nostalgia de Satanás que de Dios,

y, si Satanás no le somete sus miembros, por ninguna otra  posesión se queja.

Vuelve, pues, y encuentra la casa vacía, barrida, aviada, con olor a pureza.

Entonces va por otros siete demonios, porque no quiere volverla a perder.

Y con estos siete espíritus peores que él, entra en ella y ahí se instalan todos.

Así, este segundo estado, de uno convertido una vez

y pervertido una segunda vez, es peor que el primero.

Porque el demonio tiene la medida de lo amante de Satanás e ingrato a Dios

que es ese hombre.

Y también porque Dios no vuelve a donde se pisotean sus gracias.

Y habiendo experimentado ya una posesión, se abren los brazos otra vez a una mayor.

La recaída en el satanismo es peor que la recaída en una tisis mortal ya curada una vez.

Ya no es susceptible de mejoramiento ni de curación.

Esto le sucederá a esta generación, la cual, convertida por el Bautista,

ha querido de nuevo ser pecadora, porque es amante del Malvado, no de  Mí.

Un murmullo, ni de aprobación ni de protesta, recorre la muchedumbre,

que se ha ido apiñando y que ya es muy numerosa, pues además del huerto y la terraza,

está llenísima de gente incluso la calle.

Hay gente sentada a caballo en el pretil.

Y subida a la higuera del huerto y a los árboles de los huertos vecinos;

porque todos quieren oír la disputa entre Jesús y sus enemigos.

El  murmullo, cual ola que del mar abierto arriba a la playa;

llega, de boca en boca, hasta los apóstoles más cercanos a Jesús.

O sea, Pedro, Juan, el Zelote y los hijos de Alfeo;

porque los otros están parte en la terraza y parte en la cocina;

menos Judas de Keriot, que está en la calle entre la muchedumbre.

Pedro, Juan, el Zelote, los hijos de Alfeo recogen este murmullo…

Y dicen a Jesús:

–        Maestro, están tu Madre y tus hermanos.

Están allí afuera, en la calle.

Te buscan porque quieren hablar contigo.

Ordena que la muchedumbre se aleje, para que puedan venir a Ti;

porque sin duda un motivo importante los ha traído hasta aquí a buscarte.

Jesús alza la cabeza y ve al final de la gente el rostro angustiado de su Madre;

que está luchando por no llorar;

mientras José de Alfeo le habla con vehemencia;.

Y ve los gestos de negación de Ella, repetidos, enérgicos, a pesar de la insistencia de José.

Ve también la cara de apuro de Simón, visiblemente apenado, molesto…

Pero no sonríe, no ordena nada.

Deja a la Afligida con su dolor

y a los primos donde están, con sus intransigencias.

Baja los ojos hacia la muchedumbre…  

Aspira profundamente.

Y respondiendo a los apóstoles, que están cerca;

responde también a los que están lejos y tratan de hacer valer la sangre más que el deber.  

La Voz de Tenor Jesús resuena como una campana:

–       ¿Quién es mi Madre?

¿Quiénes son mis hermanos?

Despliega su mirada, severa en el marco de un rostro que palidece visiblemente,

por esta violencia; que debe hacerse a Sí Mismo,

para poner el deber por encima del afecto y la sangre… 

Y para suspender el reconocimiento del vínculo con su Madre, por servir al Padre.

Y dice, señalando con un amplio gesto a la muchedumbre que se apiña en torno a Él,

a la roja luz de las antorchas,

bajo la luz de plata de la Luna casi llena…

Jesús declara con firmeza:

–       He aquí a mi madre, he aquí a mis hermanos.

Los que hacen la voluntad de Dios son mis hermanos y hermanas, son mi madre.

No tengo otros.

Y los míos serán tales si, antes que los demás y con mayor perfección que ningún otro,

hacen la voluntad de Dios hasta el sacrificio total;

de toda otra voluntad o voz de la sangre y del afecto. 

Nace entre la muchedumbre un murmullo más fuerte,

como un mar agitado por un viento repentino.

Los escribas comienzan la fuga diciendo:

–      ¡Es un demonio!

–      ¡Reniega incluso su sangre!

Los parientes, visiblemente enojados avanzan,

diciendo:

–       ¡Es un loco!

–       ¡Hasta tortura a su Madre!

Los apóstoles, admirados,

exclaman:

–       ¡Verdaderamente en estas palabras está todo el heroísmo!

La muchedumbre,

dice:

–        ¡Cómo nos ama!

No sin esfuerzo, María con José y Simón, abren la aglomeración de gente:

Ella, todo dulzura;

José, todo furia;

Simón, todo apuro.

Y llegan a Jesús.

José arremete en seguida:

–       ¡Estás loco!

¡Ofendes a todos!

¡No respetas ni siquiera a tu Madre!

¡Pero ahora estoy yo aquí y te lo voy a impedir!

¿Es verdad que vas por ahí haciendo trabajos de obrero?

Pues si eso es verdad,

¿Por qué no trabajas en tu taller para procurar el pan a tu Madre?

¿Por qué mientes diciendo que tu trabajo es la predicación, ocioso e ingrato, que es lo que eres;

si luego vas a  realizar trabajo pagado a casa ajena?

Verdaderamente me pareces como si estuvieras en manos de un demonio,

que te indujera al camino

¡Responde!

Jesús se vuelve y toma de la mano al niño José,

lo acerca a Sí y lo alza sujetándolo por las axilas.

Y dice:

–       Mi trabajo ha consistido en procurar el pan a este inocente y a su familia.

Y en convencerlos de que Dios es bueno;

ha sido predicar en Corozaín la humildad y la caridad.

Y no sólo en Corozaín, sino también contigo, José, hermano injusto.

Pero te perdono porque sé que te muerden los dientes de Serpiente.

Y te perdono también a ti, Simón inconstante.

Nada tengo que perdonar, de nada debo pedir perdón, a mi Madre;

porque Ella juzga con justicia.

Que el mundo haga lo que quiera,

Yo hago lo que Dios quiere.

Con la bendición del Padre y de mi Madre soy más feliz,

que si todo el mundo me aclamara rey según el mundo.

Ven, Madre, no llores;

no saben lo que hacen.

Perdónalos.

–       ¡Hijo mío!

Yo sé.

Tú sabes.

Nada más hay que decir…

–        Nada más,….

Aparte de decirle a la gente:

«Idos en paz».

Jesús bendice a la muchedumbre.

Y luego, llevando con la derecha a María y con la izquierda al niño Josesito; 

se dirige hacia la pequeña escalera.

Y es el primero en subirla.  

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