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130 EL NIÑO DE CRISTO


130 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El aturdimiento de los apóstoles es interrumpido por Simón Zelote,

al responder:

–     No habría arco si no hubiera base en el camino oscuro.

Ésta es matriz de aquél, que sobre ella se yergue y sube a ese azul que anhelas.

No pienses que las piedras hincadas en el suelo, que soportan el peso y no gozan de rayos ni vuelos.

Ignoran la existencia de éstos, pues de vez en cuando una golondrina desciende con su piada hasta el barro y acaricia la base del arco…

desciende también un rayo de sol, o de estrella, para expresar la gran belleza del firmamento.

De la misma forma, en los siglos pasados, de vez en cuando, ha descendido una palabra celeste portadora de promesa…

Un rayo celeste de sabiduría para acariciar las piedras que estaban oprimidas por el enojo divino.

Porque las piedras eran necesarias.

Y no son ni fueron, ni serán jamás inútiles.

Sobre ellas, lentamente, se ha elevado el tiempo y la perfección del conocimiento humano hasta alcanzar la libertad del tiempo presente y la sabiduría del conocimiento sobrehumano.

Veo escrita en tu rostro la objeción:

Es la misma que todos hemos puesto antes de saber comprender que ésta es la Nueva Doctrina…

La Buena Nueva que ahora se predica a los que, por un proceso de retrogradación, en vez de hacerse adultos,

paralelamente a la ascensión de las piedras del saber, se han ido entenebreciendo cada vez más, cual muro que se hunde en un abismo ciego.

Para curarnos de esta enfermedad de oscurecimiento sobrenatural, tenemos que liberar valientemente la piedra basilar de todas las otras que están encima.

No tengáis miedo de demoler ese alto muro que – a pesar de serlo – no porta la savia pura del manantial eterno. a la base, que no debe ser cambiada porque es de Dios y es inmóvil

De todas formas, antes de desechar las piedras, probadlas una a una con el sonido de la Palabra de Dios, porque no todas son desechables e inútiles.

Si su sonido no desentona, conservadlas. Construid de nuevo con ellas.

Mas si es el sonido desacorde de la voz humana o lacerante de la voz satánica…

Y no podéis equivocaros porque si es voz de Dios es sonido de amor, si es voz humana es sonido del sentido, si es satánica es voz de odio… ROMPEDLAS. 

Y digo “rompedlas”, porque es un acto de caridad el no dejar tras uno mismo semillas u objetos portadores de mal, que puedan seducir al viandante e inducirle a usarlos en perjuicio propio.

Romped literalmente toda cosa no buena que haya sido vuestra, en obras, escritos, enseñanzas o actos.

Es mejor quedarse con poco, elevarse apenas un codo, pero con buenas piedras,  que no varios metros con piedras malas.

Los rayos y las golondrinas descienden también hasta las albarradas que apenas sobresalen del suelo.

Y las humildes florecillas de los lindazos con facilidad llegan a acariciar las piedras bajas.

Mientras que las soberbias piedras que, inútiles y ásperas, quieren elevarse, no reciben sino azote de espinos y adhesiva ponzoña.

Demoled para construir, para subir, probando la calidad de vuestras viejas piedras con la voz de Dios.  

Esteban dice:

–     Hablas bien.

¡Pero, subir!… ¿Cómo? Te hemos dicho que somos incluso menos que los niños.

¿Quién nos ayudará a subir a la enhiesta columna? Probaremos las piedras con el sonido de Dios, romperemos las menos buenas…

Pero, ¿Cómo podremos subir? ¿Sólo el hecho de pensarlo ya da vértigo! 

Juan, que ha estado escuchando con la cabeza agachada, sonriendo para sí…   

Levanta su rostro luminoso y toma la palabra:

–     ¡Hermanos!

Da vértigo el solo hecho de pensar en subir. Cierto. Pero ¿Quién ha dicho que debemos afrontar la altura directamente?

Esto no sólo los niños, sino ni siquiera los adultos pueden hacerlo; sólo los ángeles pueden lanzarse a los cielos, pues están libres de todo peso material.

Y de entre los hombres, sólo los héroes de la santidad pueden hacerlo.

Hoy todavía, en este mundo decaído, entre nosotros vive uno que sabe ser héroe de santidad como los antiguos –ornato de Israel -,

cuando los Patriarcas eran amigos de Dios y la palabra del Código era la única, la que toda criatura recta obedecía.

Juan, el Precursor, enseña cómo afrontar la altura directamente. Juan es un hombre. Pero la Gracia que el Fuego de Dios le ha comunicado, purificándolo desde el vientre de su madre… 

De la misma forma que el Serafín purificó el labio del Profeta, para que pudiera preceder al Mesías sin dejar hedor de culpa original por el camino regio del Cristo, ha dado a Juan alas de ángel.

Luego la penitencia las ha hecho crecer, aboliendo al mismo tiempo el peso de humanidad que su naturaleza, propia de los nacidos de mujer, todavía poseía.

Por lo cual, Juan, desde su gruta donde predica la penitencia y desde su cuerpo donde arde el espíritu desposado con la Gracia..

Se lanza, puede lanzarse a sí mismo, al ápice del arco, por encima del cual está Dios, el altísimo Señor Dios nuestro.

Y puede, dominando los siglos pasados, el tiempo presente y el futuro, anunciar con voz de profeta y con ojo de águila capaz de clavar la mirada en el Sol eterno y reconocerlo:

“Éste es el Cordero de Dios, el que quita los pecados del mundo”

Y morir tras este canto suyo sublime que será repetido no sólo durante el transcurso del tiempo limitado;

sino también durante el tiempo sin fin, en la Jerusalén sempiterna y para siempre beata; para aclamar a la Segunda Persona,

para invocarla por las miserias humanas, para cantar sus alabanzas entre los fulgores eternos.

Pero el Cordero de Dios, el dulcísimo Cordero que ha dejado su luminosa morada del Cielo en que es Fuego de Dios en abrazo de fuego…

¡Oh, eterna generación del Padre que concibe con el pensamiento ilimitado y santísimo a su Verbo!

¡Y lo atrae hacia Sí produciendo una fusión de amor de que procede el Espíritu de Amor, en que se centran la Potencia y la Sabiduría!

El Cordero de Dios que ha dejado su purísima, incorpórea forma para encerrar dentro de carne mortal su pureza infinita, su santidad, su Naturaleza Divina.

Sabe que no estamos todavía purificados por la Gracia…

Y que no podríamos, – como esa águila que es Juan –lanzarnos a las alturas, a ese ápice en que Dios Uno y Trino se encuentra.

Nosotros somos los pajarillos de tejados y caminos.

Golondrinas que tocan el cielo, pero se alimentan de insectos; calandrias que quieren cantar para imitar a los ángeles y que,

¡Ay! respecto al canto de los ángeles, el suyo no es sino desentonado runrún de cigarra estival.

Esto lo sabe el dulce Cordero de Dios, venido para quitar los pecados del mundo.

Porque, a pesar de no ser ya el Espíritu infinito del Cielo por haberse confinado a Sí Mismo dentro de una carne mortal, su infinitud NO ha quedado disminuida.

Y todo lo sabe, siendo siempre – como lo es – infinita su sabiduría.

Así pues, Él nos enseña su camino, el camino del amor.

Él es el amor que por misericordia hacia nosotros se hace carne.

Y es así que este Amor misericordioso nos crea un camino por el que pueden subir también los pequeñuelos;

y Él mismo – no por propia necesidad sino para enseñárnoslo – es el primero en recorrerlo.

Él no tendría tan siquiera necesidad de abrir las alas para fundirse de nuevo con el Padre.

Su espíritu, os lo juro, está encerrado aquí, dentro de esta mísera tierra, pero está siempre con el Padre, porque Dios todo lo puede..

Y Él es Dios.

Camina dejando tras sí el perfume de su santidad, Y fuego de su amor.

Observad su camino: a pesar de llegar al ápice el arco, ¡Cuán sosegado y seguro es!

No es una recta sino una espiral.

Es más largo, sí; pero precisamente su sacrificio de amor se revela en esta distancia, demorándose por amor a nosotros los débiles,

más largo, pero más adecuado a nuestra miseria.

La subida hacia el Amor, hacia Dios, es simple; como simple es el Amor.

Pero, al mismo tiempo,es profunda, porque Dios es un Abismo – inalcanzable, yo diría si Él no se rebajase y nos diera la posibilidad de alcanzarlo,

para sentir el beso de las almas que lo aman.

Mientras está hablando, Juan llora, aunque su boca sonríe, envuelto en el éxtasis de la revelación que está haciendo de Dios.

Largo es el sencillo camino del Amor, porque Dios es Profundidad sin fondo, en que uno podría adentrarse cuanto quisiera…

Mas la Profundidad admirable llama a la profundidad miserable.

Llama con sus luces y dice:  “¡Venid a mí!”

¡Oh, invitación de Dios!

¡Oh, invitación de Padre! ¡Escuchad! ¡Escuchad!

Del Cielo nos llegan palabras suavísimas de ese Cielo que está abierto porque Cristo ha abierto de par en par sus puertas y ha puesto ante ellas,

para que así las mantengan, a los ángeles de la Misericordia y el Perdón,

a fin de que, en espera de la Gracia, de él broten al menos las luces, perfumes, cantos y quietud, capaces de seducir santamente a los corazones humanos, y sobre éstos se depositen.

Habla la voz de Dios y la voz dice:

“¿Vuestra puericia?… ¡Pero si es vuestra mejor moneda!

Yo quisiera que os hicierais enteramente niños para que poseyerais la humildad, sinceridad y amor de los pequeñuelos, su confidente amor para con su padre.

¿Vuestra incapacidad?… ¡Pero si es mi gloria!

¡Venid! Ni siquiera os pido que seáis vosotros mismos quienes comprobéis el sonido de las piedras buenas o malas.  

¡Dádmelas a mí! Yo las elegiré, vosotros os reconstruiréis.

¿La subida hacia la perfección?… ¡Oh, no, hijos míos!

Poned vuestra mano en la de mi Hijo y Hermano vuestro. Ahora, así, y subid a su lado…”.

¡Subir! ¡Ir a ti, eterno Amor! ¡Adquirir tu semejanza, o sea, el amor!…

¡Amar! ¡Éste es el secreto!… ¡Amar! ¡Darse…!

¡Amar! ¡Abolirse…! ¡Amar! Fundirse…

¿La carne?: nada; ¿el dolor?: nada; ¿el tiempo?: nada. Nada es el pecado mismo, si lo disuelvo en tu fuego, ¡Oh, Dios! Sólo es el Amor.

¡El Amor! El Amor que nos ha dado el Dios Encarnado nos otorgará todo perdón.

Pues bien, amar es un acto que nadie sabe hacer mejor que los niños y nadie es más amado que un niño.

¡Oh, tú, a quien no conozco, pero que quieres conocer el Bien para distinguirlo del Mal, para poseer el azul del cielo, el sol celeste, todo aquello que signifique contento sobrenatural…

Ama y lo tendrás. Ama a Cristo.

Morirás en la vida, pero resucitarás en el espíritu.

Con un nuevo espíritu, sin necesidad ya de usar piedras, serás eternamente un fuego que no muere.

La llama sube, no necesita ni peldaños ni alas para subir.

Libera tu ‘yo’ de toda construcción, pon en el Amor, y resplandecerás.

Deja que ello sea sin restricciones, más, atiza la llama echándole como pasto todo tu pasado de pasiones y conocimientos: 

quedará consumido lo menos bueno, puro se hará el metal ya de por sí noble.

Arrójate, hermano, al amor activo y gozoso de la Trinidad:

Comprenderás lo que ahora te parece incomprensible porque comprenderás a Dios, que es el Comprensible,

pero sólo para quienes se dan sin medida a su fuego sacrificador…

 Quedarás finalmente fijo en Dios, en un abrazo de llama…

Y rogarás por mí, el niño de Cristo que ha osado hablarte del Amor.

Se han quedado todos de piedra:

Apóstoles, discípulos, fieles…

El interlocutor está pálido.

San Esteban, el primer  Mártir

Juan, por el contrario, está de color púrpura, no tanto por el esfuerzo cuanto por el amor.

Entonces Esteban grita:

–     ¡Bendito tú!

Dime: ¿Quién eres?

Y Juan, por su parte – con un gesto que me recuerda mucho a Virgen en el acto de la Anunciación  inclinándose como adorando a Aquel a quien nombra, 

en tono bajo, dice:

–     Soy Juan.

Estás viendo al menor de los siervos del Señor.

–     Pero, ¿Quién ha sido tu maestro antes?

–     Nadie aparte de Dios.

He recibido la leche espiritual de manos de Juan, el presantificado de Dios;

me alimento del pan de Cristo, Verbo de Dios; bebo el fuego de Dios que me viene del Cielo

¡Gloria al Señor!

–     Pues yo ya no me separo de vosotros.

¡Ni de ti, ni de éste, ni ninguno de vosotros! Recibidme.

–     Cuando… Bueno, aquí entre nosotros el jefe es Pedro

Y Juan toma a Pedro, que está atónito…

Y lo proclama así “el primero”.

Pedro reacciona y se pone en el lugar que le corresponde,

diciendo:

–     Hijo, puesto que se trata de una gran misión, es necesaria una severa reflexión.

Éste es nuestro ángel. Él enciende; pero es necesario saber si la llama va a poder durar en nosotros. 

Lapidación de Esteban

Mídete a ti mismo, luego ven al Señor. Nosotros te abriremos nuestro corazón como hermano nuestro queridísimo.

Por el momento, si quieres conocer mejor nuestra vida, quédate; las greyes de Cristo pueden crecer sin medida,

para ser separados – perfectos e imperfectos – los verdaderos corderos de los falsos carneros.

Y con esto termina la primera manifestación apostólica.  

37 VIVIENDO EN EGIPTO


37 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La Sagrada Familia en Egipto.

Una lección para las familias. 25 de Enero de 1944 (12 de la noche).

La suave visión de la Sagrada Familia.

El lugar está en Egipto.

No tengo dudas de ello porque veo el desierto y una pirámide.

Veo una casucha de un solo piso, el bajo, toda blanca.

Una pobre casa de una muy pobre gente.

Las paredes están apenas revocadas y cubiertas de una mano de cal.

La casita tiene dos puertas, una junto a la otra, que introducen en sus dos únicas habitaciones, en las que, por ahora, no entro.

Está en medio de un pedazo de tierra arenosa rodeada por una protección de cañas hincadas en el suelo:

Una protección muy débil contra los ladrones; puede servir sólo como defensa contra algún perro o gato vagabundo.

Claro, ¿A quién le van a venir ganas de robar donde se ve que no hay ni sombra de riqueza?

Esta poca tierra que el seto de cañas limita ha sido cultivada pacientemente como una pequeña huerta, a pesar de ser árida y poco fértil.

Para hacer más tupido y menos escuálido el seto, han traído unas plantas trepadoras, que me parecen modestos convólvulos.

Sólo en uno de los lados, hay un arbusto de jazmines en flor y una mata de rosas de las más comunes.

En la huertecilla, en los pocos cuadros del centro, noto que hay unas modestísimas verduras, bajo un árbol dejado crecer libremente,

Y que da un poco de sombra al terreno soleado y a la casita.

A este árbol está atada una cabrita blanca y negra, que está comiendo y rumiando las hojas de algunas ramas dejadas caer al suelo.

Allí cerca, sobre una estera extendida en el suelo, está el Niño Jesús.

Me da la impresión de que tiene unos dos años y medio como mucho.

Está jugando con unos pedacitos de madera tallados, que parecen ovejitas o caballitos,

y con unas virutas de madera de color claro, menos rizadas que sus bucles de oro.

Con sus manitas regordetas está tratando de poner estos collares de madera en el cuello de sus animalitos.

Está tranquilo y sonriente. Muy guapo.

Una cabecita toda de bucles de oro muy tupidos; piel clara y delicadamente rosácea; ojitos vivos, brillantes, de color azul intenso.

La expresión, naturalmente, es distinta, pero reconozco el color de los ojos de mi Jesús (dos zafiros oscuros y bellísimos).

Viste una especie de larga camisita blanca, que será, sin duda, su túnica; con las mangas hasta el codo.

Los pies, en este momento, al desnudo.

Las diminutas sandalias están sobre la estera y juega también con ellas el Niño: mete en la suela sus animalitos,

Y tira de la correa de la sandalia, como si fuera un carrito.

Son unas sandalias muy sencillas: una suela y dos correas, que salen: una, de la puntera; otra, del talón;

la de la puntera tiene un punto en que se bifurca y una parte pasa por el ojo de la correa del talón

para anudarse luego con la otra parte, formando un anillo en la garganta del pie

Un poco separada — también a la sombra del árbol — está la Virgen.

Está tejiendo en un tosco telar; mientras, vigila al Niño.

Veo que las finas y blancas manos van y vienen entramando, y el pie, calzado con sandalia, mueve el pedal.

La viste una túnica de color flor de malva, un violeta rosáceo, como el de ciertas amatistas.

Tiene la cabeza descubierta, con lo cual puedo ver cómo sus cabellos rubios están separados en dos en la cabeza,

y peinados sencillamente con dos trenzas que a la altura de la nuca le forman un bonito moño.

Las mangas de la túnica son largas y más bien estrechas.

No lleva ningún adorno, aparte de su belleza y de su expresión dulcísima.

El color del rostro, del pelo y de los ojos, la forma de la cara, son como siempre que la veo.

Aquí parece jovencísima. Aparenta apenas veinte años.

En un momento dado se levanta; se inclina hacia el Niño y, cuidadosamente, le pone otra vez las sandalias y se las ata; lo acaricia y lo besa en la cabecita y en los ojitos.

El Niño farfulla unas palabras y Ella responde, pero no entiendo las palabras.

Luego vuelve a su telar, extiende sobre la tela y sobre la trama un paño, coge la banqueta en que estaba sentada y se la lleva a la casa.

El Niño la sigue con la mirada, sin importunarla cuando Ella lo deja solo.

Se ve que el trabajo ha terminado y que empieza a caer la tarde.

En efecto, el Sol baja hacia las arenas desnudas y un verdadero fuego invade el cielo detrás de la pirámide lejana.

María vuelve. Coge de la mano a Jesús para que se levante de la esterilla.

El Niño obedece sin resistencia.

Mientras su Mamá está recogiendo los juguetes y la estera y llevando esas cosas a casa,

Él corre hacia la cabrita con un trotecillo de sus bien torneadas piernecitas, y le echa los bracitos al cuello.

La cabrita bala y frota su morrito en los hombros de Jesús.

María vuelve.

Maria le enseñó a dar los primeros pasos a Quién es el Camino

Tiene ahora un largo velo sobre la cabeza y una ánfora en la mano.

Coge a Jesús de la manita y se encaminan los dos, rodeando la casa, hacia la otra fachada

Yo los sigo, admirando la gracia de la escena:

la ‘Virgen conformando su paso al del Niño, y el Niño a su lado dando saltitos o pasitos rápidos.

Veo cómo se alzan y se posan los rosados talones, con la gracia propia de los pasos de los niños, sobre la arena del senderillo.

Me doy cuenta de que su túnica no le llega a los pies, sino sólo hasta la mitad del muslo.

Es primorosa, sencillísima, y está sujeta a la cintura por un cordoncito también blanco.

Veo que en la parte delantera de la casa el seto está interrumpido por un tosco cancel.

María lo abre para salir al camino, un mísero camino al extremo de un pequeño poblado, 

donde el centro habitado termina en el campo abierto, que aquí está constituido de arena y alguna que otra casita,

pobre como ésta, con alguna que otra míserable huerta.

No veo a nadie.

María mira hacia el centro, no hacia el campo, como si esperara a alguien…

Luego se dirige a un pilón, que está a unos cuantos metros más arriba, sombreado en círculo por palmeras.

Y veo que el terreno en ese lugar tiene hierba verde.

Veo que se acerca por el camino un hombre; no demasiado alto, pero robusto. Reconozco en él a José. Viene sonriente.

Es más joven que cuando lo vi en la visión del Paraíso.

Aparenta como treinta y cinco años.

Su pelo y barba son tupidos y negros; la piel, más bien tostada; los ojos, oscuros.

Un rostro honesto y agradable, un rostro que inspira confianza.

Al ver a Jesús y a María acelera el paso.  

Trae sobre el hombro izquierdo una especie de sierra y una especie de cepillo de carpintero.

Y en la mano otras herramientas del oficio, no iguales que las de ahora, pero sí muy parecidas.

Parece como si estuviera regresando de haber hecho algún trabajo en casa de alguno.

Su vestido es de un color entre avellana y marrón; no muy largo, le llega sólo hasta un buen trozo por encima del tobillo, con las mangas cortas, hasta el codo.

Lleva a la cintura una correa de cuero. 

Se trata de un vestido típicamente de trabajo.

Calzan sus pies unas sandalias cruzadas a la altura del tobillo.

María sonríe y el Niño emite unos grititos de alegría mientras tiende hacia adelante su bracito libre.

Cuando se encuentran los tres, José se inclina para ofrecerle al Niño una manzana.

Luego le tiende los brazos y el Niño deja a su Mamá y se acurruca entre los brazos de José.

E inclina su cabecita para apoyarla en la cavidad que forma el cuello de él.

 

José besa a Jesús y Jesús besa a José.

Una acción llena de afectuosa gracia.

María diligentemente, ha tomado las herramientas de trabajo de José, para que pueda abrazar al Niño sin ningún estorbo.

Luego José, que se ha acuclillado para ponerse a la altura de Jesús, se levanta de nuevo.

Coge sus herramientas con la mano izquierda y mantiene al pequeño Jesús estrechado contra su robusto pecho con la derecha.

Así, se encamina hacia la casa mientras María va a la fuente a llenar su ánfora.

Entrado en el recinto de la casa, José baja al suelo al Niño, coge el telar de María y lo lleva a casa.

Luego ordeña a la cabrita.

Jesús observa atentamente estas operaciones, como también la de encerrar a la cabrita en un cuartito hecho en uno de los lados de la casa.

Se pone la tarde.

Veo el rojo del ocaso hacerse violáceo sobre la arena que parece temblar por el calor;

Y la pirámide parece más oscura.

José entra en la casa, en una habitación que debe ser taller, cocina y comedor al mismo tiempo.

Se ve que el otro cuarto es el destinado al descanso; pero en él yo no entro.

Hay una tenue lumbre encendida.

Hay un banco de carpintero, una pequeña mesa, unas banquetas, unas repisas donde están los pocos platos y vasos que tienen.

Y también dos lámparas de aceite.

En uno de los rincones, el telar de María.

Y… mucho, mucho orden y limpieza.

Es una morada paupérrima, pero está muy limpia.

Quisiera hacer esta observación: en todas las visiones que tienen por objeto la vida humana de Jesús,

he notado que, tanto El, como María, como José, como Juan, tienen siempre en orden y limpios el vestido y la cabeza.

Vestidos modestos, peinados sencillos, pero de una limpieza que les hace parecer señoriales.

María vuelve con el ánfora.

Ha llegado rápido el crepúsculo.

Cierran la puerta.

Una lamparita, que José ha encendido y colocado sobre su banco, da claridad a la habitación;

encorvado hacia éste, él sigue trabajando, en unas pequeñas tablas.

Mientras tanto María prepara la cena.

También la lumbre da claridad a la habitación.

Jesús, con sus manitas apoyadas en el banco y con la cabecita mirando hacia arriba, observa lo que hace José.

Luego se sientan a la mesa después de haber rezado.

No se hacen — es natural — el signo de la cruz, pero rezan.

José dirige la oración, María responde.

No entiendo las palabras. Debe ser un salmo.

Lo dicen en una lengua que me es totalmente desconocida.

Se sientan a cenar.

Ahora la lamparita está encima de la mesa.

María tiene a Jesús en su regazo y le da a beber la leche de la cabrita.

Y moja en la leche unas rebanadas de un pan pequeño y de forma redondeada, de corteza y miga duras.

Parece un pan hecho con centeno y cebada.

Tiene mucho salvado, claro, porque es pan moreno.

Entre tanto, José come pan y queso: una raja delgada de queso y mucho pan.

Luego María sienta a Jesús en una banquetita que está a su lado.

Y trae a la mesa unas verduras cocidas, que están hervidas y condimentadas en la forma en que normalmente hacemos nosotros .

Después de servirse José, también las come Ella.

Jesús mordisquea tranquilo su manzana y descubre sonriendo sus pequeños dientitos blancos.

La cena termina con unas aceitunas o dátiles.

No sé bien, porque, para ser aceitunas, son demasiado claras, pero, para ser dátiles, son demasiado duros.

Vino, nada.

Es una cena de gente pobre.

Pero tanta es la paz que se respira en esta habitación, que no podría dármela igual la visión de ningún pomposo palacio.

¡Y cuánta armonía!

Dice Jesús: 

La lección, para ti y para los demás, está en las cosas que has visto.

Es una lección de humildad, de resignación y de armonía.

Sirva de ejemplo a todas las familias cristianas.

Y de forma particular, a las que viven en este peculiar y doloroso momento.

Has visto una casa pobre.

Una casa pobre — y esto es lo doloroso — en un país extranjero.

Muchos, sólo por el hecho de ser unos fieles “pasables”,

que rezan y me reciben a Mí, bajo las especies eucarísticas,

que rezan y comulgan por “sus” necesidades, NO por las necesidades de las almas y para la gloria de Dios.

Porque es muy raro el que al orar no sea egoísta.

Muchos, sólo por este hecho,

esperan poder disfrutar de una vida material fácil, al amparo del más mínimo dolor, de una vida próspera y feliz

José y María me tenían a mí, Dios verdadero, como Hijo suyo.

Y  no obstante, no tuvieron ni siquiera ese mínimo bien de ser pobres en su patria, en el país donde se los conocía…

Donde, por lo menos, tenían una casita “suya” y al menos la preocupación del alojamiento no añadía angustia a las muchas otras,

en el país en que, por ser conocidos, habría sido más fácil encontrar trabajo y proveer a las necesidades de la vida.

Son dos expatriados precisamente por tenerme a Mí.

Un clima distinto, un país distinto…

¡Y tan triste respecto a los dulces campos de Galilea!

Lengua distinta, costumbres distintas.

Allí, entre una gente que no los conocía y que, como es normal entre los pueblos, desconfiaban de expatriados y desconocidos.

Les faltaban los queridos y cómodos muebles de “su” casita.

Y esas otras muchas cosas, humildes pero necesarias, que allí había y que entonces no parecían tan necesarias. 

Mientras que aquí, rodeados de esta nada, habrían parecido incluso bonitas…

Como lo superfluo que hace deliciosas las casas de los ricos..

Sentían la nostalgia de la tierra y de la casa. 

Y la preocupación de esas pobres cosas dejadas allí, de la huertecita que quizás ninguno cuidaría, de la vid y de la higuera y de las otras plantas útiles.

Les apremiaba la necesidad de conseguir el alimento cotidiano, el vestido, el fuego todos los días.

Y la necesidad de atenderme a Mí, un Niño, al cual no se le podía dar la comida que a sí mismo uno puede darse.

Y tenían el corazón lleno de pesares: por las nostalgias, la incógnita del mañana…

La desconfianza de la gente, reacia como es, especialmente en los primeros momentos, a acoger ofertas de trabajo de dos desconocidos.

Y a pesar de todo, ya has visto cómo en esta morada se respira serenidad, sonrisa, concordia.

Y cómo de común acuerdo, se trata de embellecerla — incluso la mísera huertecita — para que se asemeje más a la que han dejado…

Y para hacerla más confortable.

Y cómo en ellos hay un solo pensamiento: 

Hacerme esa tierra menos hostil a mí, Santo; hacerme esa tierra menos mísera, a Mí, que vengo de Dios.

Es un amor de creyentes y de padres, que se manifiesta en mil cuidados, que van desde la cabrita,  — comprada con muchas horas extra de trabajo…

Hasta los juguetitos tallados en la madera que sobraba.

O hasta esa fruta obtenida sólo para Mí, negándose a sí mismos un bocado.

¡Oh, amado padre mío de la Tierra, cuánto te ha querido Dios… 

Dios Padre en las Alturas; Dios Hijo, que se ha hecho Salvador, en la Tierra! 

En esta casa no hay nerviosismos, caras largas o sombrías…

Como no hay tampoco el echarse en cara recíprocamente nada… 

Y mucho menos a Dios, que no los ha colmado de bienestar material.

José no acusa a María de ser causa de su incomodidad, como tampoco María acusa a José de no saberle dar un mayor bienestar.

Se aman santamente, eso es todo.

Y por tanto, su preocupación no es el propio bienestar, sino el del cónyuge.

El verdadero amor no conoce egoísmo. 

El verdadero amor es siempre casto, aunque no sea perfecto en la castidad como el de los dos esposos vírgenes.

La castidad unida a la caridad conlleva todo un bagaje de otras virtudes…

Y por tanto hace, de dos que se aman castamente, dos cónyuges perfectos.

El amor de mi Madre y de José era perfecto.

Por tanto era impulso de todas las virtudes, especialmente de la caridad para con Dios,

Que en todo momento era bendecido, a pesar de que su santa Voluntad resultase penosa para la carne y para el corazón.

Era bendecido porque por encima de la carne y del corazón, en estos dos santos, vivía y dominaba más intensamente el espíritu,

el cual magnificaba agradecido al Señor por haberlos elegido para ser los custodios de su Eterno Hijo.

En aquella casa se hacía Oración.

Demasiado poco se reza en las casas ahora.

Se levanta el día y desciende la noche, empezáis a trabajar y os sentáis a la mesa…

sin un pensamiento para el Señor, que os ha permitido ver un nuevo día

Que os ha permitido llegar a una nueva noche.

Que ha bendecido vuestros esfuerzos y ha concedido que éstos os fueran medio, para obtener ese alimento, ese fuego, esos vestidos.

Ese techo que sí, también le son necesarios a vuestra condición humana

Siempre es “bueno” lo que viene de Dios, que es bueno.

Aunque ello sea pobre y escaso, el amor le da sabor y sustancia.

Ese amor que os hace ver en el eterno Creador al Padre que os ama. En aquella casa había frugalidad.

La habría habido aunque el dinero no hubiera faltado.

Se comía para vivir, no para gozo de la gula con la insaciabilidad de los comilones y los caprichos de los glotones, que se llenan hasta rebosar.

O desperdician dinero en alimentos caros sin pensar siquiera en quien escasea de comida o no la tiene.

Sin reflexionar en que si fueran moderados ellos, muchos podrían ser aliviados de las dentelladas del hambre.

En aquella casa había amor por el trabajo.

Este amor hubiera existido aunque el dinero hubiera abundado.

Porque trabajando, el hombre obedece al mandato de Dios y se libera del vicio que, cual tenaz hiedra,

aprieta y ahoga a los ociosos, que son como bloques de piedra inmóviles.

Bueno es el alimento, sereno es el descanso, contento se siente el corazón, cuando uno ha trabajado bien y disfruta de su tiempo de reposo entre un trabajo y otro.

El vicio, con sus múltiples facetas, no arraiga ni en la casa ni en la mente de quien ama el trabajo.

Al no arraigar el vicio, prospera el afecto, la estima, el respeto mutuo.

Y crecen los tiernos vástagos en un ambiente puro, viniendo a ser así a su vez origen de futuras familias santas.

En aquella casa reinaba la humildad.

¡Cuán vasta lección de humildad para vosotros, soberbios!

María habría tenido, humanamente, miles de motivos para ensoberbecerse y para obtener que el cónyuge la adorase.

Muchas mujeres lo hacen.

Y sólo por ser un poco más cultas, o de ascendencia más noble, o más acaudaladas que el marido.

María es Esposa y Madre de Dios.

Y sin embargo, sirve — no se hace servir — al cónyuge, y es toda amor para con él.

José es la cabeza en esa casa.

Ha sido juzgado por Dios digno de ser cabeza de familia, de recibir de Dios al Verbo encarnado y a la Esposa del Espíritu Santo para custodiarlos.

Y con todo, se muestra solícito en aligerar a María de esfuerzos y labores.

Y se ocupa de los más humildes quehaceres que puede haber en una casa, para que María no se fatigue;

Y no sólo esto, sino que, como puede, en la medida de sus posibilidades, la alivia y se las ingenia para hacerle cómoda la casa…

Y alegre de flores la pequeña huerta.

En aquella casa se respetaba el orden: sobrenatural, moral y material.

Dios, como Señor supremo que es, recibe culto y amor: éste es el orden sobrenatural.

José es el cabeza de familia, y recibe afecto, respeto y obediencia: orden moral.

La casa es un don de Dios, como también el vestido y los enseres; en todas las cosas se manifiesta la Providencia de Dios,

de ese Dios que proporciona la lana a las ovejas, plumas a los pájaros, hierba a los prados, heno a los animales, semillas y ramas a las aves.

De ese Dios que teje el vestido del lirio de los valles.

Casa, vestido, enseres: estas cosas hay que recibirlas con gratitud, bendiciendo la mano divina que las otorga, tratándolas con respeto, como don del Señor;

no mirándolas, porque sean pobres, con enfado y sin maltratarlas, abusando de la Providencia: éste es el orden material.

No has comprendido la conversación en dialecto nazareno, ni tampoco las palabras de la oración, pero las cosas que has visto han servido de gran lección.

¡Meditadla, vosotros, los que tanto sufrís ahora por haber faltado en tantas cosas a Dios,

incluso en aquellas en que jamás faltaron los santos Esposos que me fueron Madre y padre!

Y tú regocíjate con el recuerdo del pequeño Jesús; sonríe pensando en sus pasitos infantiles.

Dentro de poco le verás caminar bajo una cruz; entonces será una visión de llanto.

 

25 LA PASIÓN DE JOSÉ


25 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

José pide perdón a María.  

Fe, caridad y humildad para recibir a Dios. Después de 53 días, la Madre reanuda sus manifestaciones con esta visión, y me dice que la escriba en este libro.

La alegría me invade. Ver a María, en efecto, es poseer la Alegría.

Así, veo el huertecillo de Nazaret.

María está hilando a la sombra de un tupidísimo manzano repleto de frutos, que ya empiezan a tomar color rojo y que parecen con su redondez y color rosado, carrillos de niño.

Sin embargo, María no tiene, de ninguna manera, ese color. Le ha desaparecido la linda coloración que, en Hebrón, avivaba su cara.

En la palidez de marfil de su rostro, sólo los labios trazan una curva de pálido coral.

Bajo los párpados semicerrados hay dos sombras oscuras y los bordes de los ojos están hinchados como en quien ha llorado.

No veo los ojos, porque Ella está con la cabeza más bien agachada, pendiente de su trabajo y, sobre todo, de un pensamiento suyo, que debe afligirla, pues la oigo suspirar como quien tuviera un pesar en el corazón.

Está toda vestida de blanco, de lino blanco; es que hace mucho calor, a pesar de que la frescura todavía intacta de las flores me dice que es por la mañana.

Tiene la cabeza descubierta, y el Sol, que juega con las frondas del manzano movidas por un ligerísimo viento.

Y se filtra con agujas de luz hasta tocar la tierra oscura de los parterres, deposita en su cabeza rubia aritos de luz en que los cabellos parecen de oro cobrizo.

De la casa no viene ningún ruido, ni tampoco de los lugares cercanos.

Se oye sólo el murmullo del arroyuelo que va a un pilón del fondo del huerto.

María se estremece al oír un golpe dado con resolución a la puerta de la casa. Apoya rueca y huso y se levanta para ir a abrir.

A pesar de que el vestido sea suelto y amplio, no llega a ocultar completamente la rotundidad de su pelvis.

Se encuentra de frente a José. María palidece, hasta incluso en los labios. Ahora su rostro parece una hostia de lo pálido que está.

María mira con ojos que escrutan tristemente; José, con ojos que parecen suplicar. Guardan silencio, mirándose.

María rompe el silencio:

–     ¿A esta hora, José?

¿Necesitas algo? ¿Qué deseas decirme? Ven. José entra y cierra la puerta.

Todavía guarda silencio.

–     Habla, José. ¿Qué deseas de mí? 

Con una voz ronca por el llanto contenido,

José dice:

–     Tu perdón – José se curva como si quisiera arrodillarse.

Pero María, siempre tan reservada al tocarlo, lo agarra con resolución por los hombros y se lo impide.

El color aparece y desaparece del rostro de María, ora completamente rojo, ora de nieve como antes.

María responde:

–     ¿Mi perdón? No tengo nada que perdonarte, José.

No debo sino agradecerte una vez más todo cuanto has hecho aquí dentro, en mi ausencia y el amor que me tienes.

José la mira.

Veo formarse dos gruesas gotas en la cavidad de sus ojos profundos, permanecer como en el borde de un recipiente, para luego deslizarse por las mejillas y por la barba.

–     Perdóname, María.

He desconfiado de ti. Ahora veo. Soy indigno de poseer tan gran tesoro. He faltado a la caridad, te he acusado en mi corazón, te he acusado injustamente porque no te había preguntado la verdad.

He faltado contra la ley de Dios no amándote como yo me habría amado a mí mismo…

–     ¡Oh, no, no has faltado!

–     Sí, María.

19. Su marido José, como era justo y no quería ponerla en evidencia, resolvió repudiarla en secreto. 20. Así lo tenía planeado, cuando el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. 21. Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.» Mateo 1

Si yo hubiera sido acusado de un delito así, me habría defendido. Tú..

No te concedía defenderte, porque ya iba a tomar decisiones sin preguntarte primero. He faltado contra ti ofendiéndote con una sospecha. El solo hecho de sospechar ya es ofensa, María.

El que sospecha no conoce. Yo no te he conocido como debía. Pero, por el dolor que he sufrido… tres días de suplicio… perdóname, María.

–     No tengo nada que perdonarte.

Es más, te pido yo perdón por el dolor que te he causado.

–     ¡Oh, dolor sí que fue!

¡Cuánto dolor! Fíjate, esta mañana me han dicho que tengo las sienes canosas y arrugas en la cara. ¡Estos días han significado más de diez años de vida!

Pero, María, ¿Por qué has sido tan humilde de celarme a mí, tu esposo, tu gloria, y permitirme que sospechara de ti?

José no está de rodillas, pero sí tan curvado que es como si lo estuviera.

María le pone su mano en la cabeza, y sonríe. Parece como si lo absolviera.

Dice:

–     Si no lo hubiera sido de modo perfecto, no habría merecido concebir al Esperado, que viene a anular la culpa de soberbia que ha destruido al hombre.

Y además no he hecho sino obedecer… Dios me pidió esta obediencia… Me ha costado mucho,. por ti, por el dolor que te produciría… pero, tenía que obedecer.

Soy la Esclava de Dios, y los siervos no discuten las órdenes que reciben; las ejecutan José, aunque provoquen lágrimas de sangre.

María, mientras dice esto, llora silenciosamente, tan silenciosamente que José, agachado como está, no lo advierte hasta que no cae una lágrima al suelo.

Entonces, levanta la cabeza y — es la primera vez que le veo hacer este gesto — aprieta las manos de María entre las suyas, oscuras y fuertes.

Y besa la punta de sus rosados y delgados dedos, de esos dedos que sobresalen del anillo de sus manos como capullos de melocotonero.

–     Ahora habrá que tomar las medidas necesarias para que… 

José no sigue; mira al cuerpo de María, y Ella se pone como la púrpura…

Y se sienta de golpe para apartar sus formas de la mirada que la observa

–     Habrá que actuar rápidamente.

Yo vendré aquí… Cumpliremos la ceremonia de la boda… La próxima semana. ¿Te parece bien?

–     Todo lo que tú haces está bien, José.

Tú eres el jefe de la casa; yo, tu sierva.

–     No. Yo soy tu siervo.

Yo soy el devoto siervo de mi Señor que crece en tu seno. Bendita tú entre todas las mujeres de Israel. Esta tarde aviso a los parientes.

Y después… ya estando yo aquí, nos dedicaremos a preparar todo para recibir…

¡Oh, cómo podré recibir en mi casa a Dios; en mis brazos, a Dios?

¡Moriré de gozo!… ¡Jamás podré osar tocarle!….

–     Podrás, como yo, por gracia de Dios.

–     Pero tú eres tú.

¡Yo soy un pobre hombre, el más pobre de los hijos de Dios!….

–      Jesús viene por nosotros, pobres, para hacernos ricos en Dios.

Viene a nosotros dos porque somos los más pobres y reconocemos que lo somos.

Exulta, José. La estirpe de David tiene a su Rey esperado.

Y nuestra casa va a ser más fastuosa que el palacio de Salomón, porque aquí estará el Cielo y compartiremos con Dios el secreto de paz que después conocerán los hombres.

Crecerá entre nosotros dos. Nuestros brazos le servirán de cuna al Redentor durante su crecimiento, y nuestras fatigas le procurarán el pan…

¡Oh, José! Oiremos la voz de Dios llamándonos “¡Padre y Madre!” ¡Oh!….

María llora de alegría; ¡Un llanto tan feliz…!

Y José, arrodillado ahora, a sus pies, llora, con su cabeza casi oculta en el amplio vestido de María que cae, formando pliegues, sobre las pobres baldosas de la reducida estancia.

La visión termina en este momento.

Dice María: 

Que nadie interprete erróneamente mi palidez.

No provenía de miedo humano. Humanamente no podía esperar sino la lapidación. Pero no temía por eso. Sufría por el dolor de José.

Y, en cuanto al pensamiento de que me acusara, no me turbaba tampoco por mí; lo único que me contrariaba era que él, insistiendo en acusarme, hubiera podido faltar a la caridad.

Cuando le vi, por este motivo, la sangre se me fue toda al corazón; era el momento en que un justo, ofendiendo a la Caridad, habría podido ofender a la Justicia.

Y el hecho de que un justo hubiera cometido una falta — él, que no la cometía nunca — me hubiera producido un dolor supremo.

Aunque breves numéricamente, los tres días de la pasión de José fueron de tremenda intensidad.

Como también la mía, esta primera pasión mía.

En efecto, yo comprendía su sufrimiento, y no podía aliviarlo en modo alguno, por obediencia al decreto de Dios que me había dicho: “¡Guarda silencio!”.

¡Ay, y, llegados a Nazaret, cuando lo vi marcharse, tras un lacónico saludo, cabizbajo y como envejecido en poco tiempo,

y no volver por la tarde como solía hacer, os digo, hijos, que mi corazón lloró con grandísima aflicción!

Sola, encerrada en mi casa, en la casa en que todo me recordaba el Anuncio y la Encarnación, y donde todo me recordaba a José, desposado conmigo en intachable virginidad,

tuve que resistir contra el abatimiento y las insinuaciones de Satanás, y esperar, esperar, tener esperanza.

Y orar, orar, orar, y perdonar, perdonar, perdonar, la sospecha de José, su movimiento interior de justa indignación.

Hijos, es necesario esperar, orar, perdonar, para obtener que Dios intervenga en favor nuestro.

Vivid también vosotros vuestra pasión, merecida por vuestras culpas. Yo os enseño a superarla y convertirla en gozo.

Esperad sin medida, orad con confianza, perdonad para ser perdonados; el perdón de Dios será, hijos, la paz que deseáis.

Si yo no hubiera sido humilde hasta el extremo límite — como he dicho a José — no habría merecido llevar en mí a Aquel que,

para borrar la soberbia en la raza, siendo Dios, se anonadaba a Sí Mismo hasta la humillación de ser hombre.

Te he mostrado esta escena, no recogida por ningún Evangelio, porque quiero atraer la atención, demasiado extraviada,

de los hombres hacia las condiciones esenciales para agradar a Dios y para recibir su continuo hacerse presente en los corazones.

Fe.

José creyó ciegamente en las palabras del enviado celeste. No pedía otra cosa sino creer, porque tenía la convicción sincera de que Dios era bueno

y de que el Señor no le depararía el dolor de ser un hombre traicionado, defraudado por su prójimo, un hombre de quien su prójimo se burlara, pues esperaba en el Señor.

No pedía otra cosa sino creer en mí, porque, siendo honesto como era, sólo con dolor podía pensar que otro no lo fuera.

Él vivía la Ley, y la Ley dice: ‘Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Nuestro amor hacia nosotros mismos es tanto que nos creemos perfectos aun cuando no lo somos; y, ¿Por qué, entonces, vamos a desamar al prójimo pensándole imperfecto?

Caridad absoluta.

Caridad que sabe perdonar, que quiere perdonar: perdonar de antemano, disculpando dentro del propio corazón las faltas del prójimo; perdonar en el momento, concediendo todos los atenuantes al culpable.

Humildad tan absoluta como la caridad.

Saber reconocer que se ha cometido falta incluso con el simple pensamiento, y no tener ese orgullo, que es más nocivo que la culpa antecedente, de no querer decir: “He cometido un error”.

Menos Dios, todos cometen errores. ¿Quién podrá decir: “Yo nunca cometo errores”?

Y esa humildad aún más difícil de saber callar las maravillas de Dios en nosotros— cuando el darle gloria no requiera proclamarlas — para que el prójimo, que no tiene esos dones especiales de Dios, no se sienta menos.

¡Oh, si quiere Dios, si quiere, se manifestará en su siervo! Isabel me “vio” como yo era cuando llegó la hora, y mi esposo supo lo que yo realmente era cuando le llegó la hora de saberlo.

Dejad que sea el Señor quien se preocupe de proclamaros siervos suyos.

Él tiene amorosa prisa de hacerlo, porque toda criatura elevada a una misión especial es una nueva gloria que se añade a la suya, ya infinita,

porque es testimonio de lo que el hombre es en el estado en que Dios lo quería: una perfección subordinada que refleja a su Autor.

¡Permaneced en la sombra y en el silencio, oh vosotros, predilectos de la Gracia, para poder oír las únicas palabras de “vida” que existen,

para poder merecer el tener sobre vosotros y en vosotros el Sol que, eterno, resplandece!

¡Oh, Luz beatísima que eres Dios, que eres la alegría de tus siervos, resplandece sobre estos siervos tuyos y así exulten en su humildad, alabándote a ti,

sólo a ti, que dispersas a los soberbios y en cambio elevas a los esplendores de tu Reino a los humildes que te aman.

Por ahora no os digo nada más.

Hasta pasado el triunfo pascual, silencio. Es la Pasión (esta revelación se la dio Dios a María Valtorta en Semana Santa).

Sed compasivos para con vuestro Redentor. Oíd sus quejidos, contad sus heridas y sus lágrimas, cada una de las cuales fue vertida por vosotros, fue padecida por vosotros.

Desaparezca cualquier otra visión ante esta que os recuerda la Redención que por vosotros se ha cumplido.

SAN JOSE, CUSTODIO Y PROTECTOR DE LA IGLESIA

18 MATERNIDAD DE ISABEL


18 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

María anuncia a José la maternidad de Isabel

Y confía a Dios la justificación de la suya.

Ante mi vista la casita de Nazaret y María dentro, jovencita, como cuando el Ángel de Dios se le apareció.

El solo hecho de ver, ya me llena el alma del perfume virginal de esa morada; del perfume angélico aún presente en esa estancia en que el Ángel agitó sus alas de oro; del perfume divino,

que se ha concentrado enteramente en María para hacer de Ella una Madre y que ahora de Ella revierte.

Las sombras empiezan a invadir la estancia a la que antes había descendido tanta luz de Cielo.

Está anocheciendo.

María, de rodillas al lado de su lecho, ora con las manos cruzadas sobre el pecho y con el rostro muy inclinado hacia el suelo.

Lleva el mismo vestido del momento del Anuncio.

Todo está como entonces. La ramita florecida en su jarrón, los muebles en el mismo orden. La única variación es que la rueca y el huso están apoyados en un rincón:

con su penacho de estambre, aquélla; con su brillante hilo envuelto en torno, éste. 

María deja de rezar y se pone en pie, con el rostro encendido como por una llama. La boca sonríe, pero el llanto hace brillar sus ojos azules.

Coge la lámpara de aceite y con una piedra de chispa la enciende. Mira si todo está ordenado en la habitación. Endereza la cobija de la cama, que se había torcido.

Añade agua al jarrón de la ramita florecida y le saca de la habitación, al fresco de la noche.

Luego entra otra vez. Coge el bordado que estaba doblado encima del mueble de anaqueles, y la lámpara encendida, y, cerrando la puerta, sale.

Da unos pasos por el huertecillo bordeando la casa, luego entra en la habitación donde vi que Jesús se despidió de María.

La reconozco, a pesar de que falten ahora algunos objetos del mobiliario que entonces había.

María se marcha a otra pequeña habitación cercana a ésta, llevando la lámpara consigo, y yo me quedo, me quedo con la sola compañía de su labor depositada en la esquina de la mesa.

Oigo ir y venir el paso leve de María; le oigo agitar agua, como quien estuviera lavando algo. Luego, romper unas ramitas.

Comprendo que se trata de leña rota por el sonido que hace. Oigo que enciende el fuego.

Vuelve. Sale al jardincito. Vuelve a entrar; trae unas manzanas y verdura. Deja las manzanas en la mesa, en una bandeja de metal grabado (creo que se trata de cobre burilado).

Vuelve a la cocina (está claro que allí está la cocina). Ahora la llama de la lumbre se proyecta alegre desde la puerta abierta hasta aquí dentro, representando una danza de sombras en las paredes.

Pasa un rato y María regresa con un pan pequeño y oscuro y un cuenco de leche caliente.

Se sienta. Moja unas rodajas de pan en la leche. Come tranquila y despacio.

Luego, dejando la mitad del tazón de leche, entra de nuevo en la cocina y vuelve con las verduras, les echa un poco de aceite y se las come con el pan. Para la sed, bebe la leche.

Luego coge una manzana y se la come. Una cena de niña.

María piensa mientras come, y sonríe ante un íntimo pensamiento. Levanta la mirada, recorre con ella las paredes; parece como si les comunicase un secreto suyo.

De vez en cuando, sin embargo, se pone seria, casi triste; pero luego le torna la sonrisa. Se oye llamar a la puerta.

María se levanta y abre. Entra José. Se saludan.

José se sienta en un taburete, de la otra parte de la mesa, frente a María. José es un hombre apuesto, en la plenitud de la vida. Tendrá unos treinta y cinco años como mucho.

Su pelo castaño oscuro y su barba del mismo color le enmarcan un rostro proporcionado con dos dulces ojos castaños casi negros.

Su frente es amplia y lisa; su nariz, delgada, ligeramente arqueada; carrillos más bien llenos, de un moreno no aceitunado, incluso rosado en los pómulos. No es muy alto, sí de complexión fuerte y bien proporcionado.

Antes de sentarse se ha quitado el manto, que — es el primero que veo hecho de esa manera — es circular y se lleva sujeto al cuello con un ganchito o algo parecido, y tiene capucha.

Es de color marrón claro y parece hecho de una tela impermeable de lana basta. Parece un manto de montañés, bueno para resguardar de las inclemencias del tiempo.

También antes de sentarse, le ha ofrecido a María dos huevos y un racimo de uvas, un poco arrugadas pero bien conservadas.

Y sonríe diciendo:

–      Me las han traído de Cana.

Los huevos me los ha dado el Centurión por un trabajo que le hice a un carro suyo, se había roto una rueda y el que trabaja para ellos estaba enfermo…

Son frescos. Los ha cogido de su gallinero. Bébetelos. Te vendrán bien. 

–      Mañana, José. Acabo de comer.

–     Las uvas sí te las puedes comer.

Son buenas. Dulces como la miel. Las he traído despacio para no estropearlas. Cómetelas. Tengo más. Te las traigo mañana en una cesta. Esta noche no podía porque vengo directamente de casa del Centurión.

–     Entonces, no has cenado todavía.

–     No. Pero no importa.

María se levanta inmediatamente y va a la cocina.

Vuelve con leche, aceitunas y queso.

–     No tengo otra cosa.

Cómete un huevo.

José no quiere. Los huevos son para María. Come con gusto su pan con queso y se bebe la leche, que está todavía tibia. Luego acepta una manzana.

La cena ha terminado.

María despeja la mesa de las cosas de la cena con la ayuda de José, que se ha quedado en la cocina incluso cuando Ella vuelve aquí.

Le oigo mover las cosas poniendo todo en su sitio. Atiza el fuego de nuevo porque la noche está fresca.

Cuando vuelve, María le da las gracias y coge su bordado.

Se ponen a hablar.

José cuenta cómo ha pasado el día. Habla de sus sobrinitos. Se interesa por el trabajo de María y por sus flores. Le promete que le traerá unas flores muy bonitas que el Centurión le ha ofrecido.

–     Nosotros no tenemos esas flores.

Las han traído de Roma. Me ha prometido que, apenas hayan germinado, me dará las plantas. Ahora, cuando la Luna sea propicia, te las planto. Tienen colores bonitos y un perfume muy bueno.

Las he visto el verano pasado, porque florecen en verano. Perfumarán toda tu casa.

Los árboles los podaré más tarde, con la Luna favorable.

Es ése el momento. María sonríe y de nuevo le da las gracias.

Silencio. José fija su mirada en la rubia cabeza de María inclinada hacia su trabajo de bordado. Es una mirada de amor angelical.

Sin duda alguna, si un ángel amara a una mujer con amor de esposo, la miraría así.

María, como quien hubiese tomado una decisión, pone en su regazo el bordado y dice: 

–     José, yo también tengo algo que decirte.

Nunca recibo nada, pues tú sabes qué retirada vivo. Pero, hoy he recibido una noticia. He tenido noticia de que nuestra parienta Isabel, mujer de Zacarías, va a tener pronto un hijo…

José abre enormemente los ojos y dice:

–     ¿A su edad?

–     A su edad – responde sonriendo María.

El Señor todo lo puede, y ahora ha querido darle esta alegría a nuestra parienta.

–    ¿Cómo lo has sabido?

¿Es segura esta noticia?.

–     Ha venido un mensajero.

Y es uno que no puede mentir. Yo quisiera ir donde Isabel, para servirla y decirle que exulto con ella. Si tú lo permites…

–     María, tú eres mi señora y yo tu siervo.

Todo lo que haces está bien hecho. ¿Cuándo quisieras partir?

–     Lo antes posible.

Pero estaré fuera algunos meses.

–     Y yo contaré los días esperándote.

Ve tranquila. Me ocuparé de la casa y de tu huertecito. Cuando vuelvas encontrarás tus flores tan bonitas como si tú misma las hubieras estado cuidando. Sólo una cosa…

Espera. Antes de la Pascua tengo que ir a Jerusalén, para comprar unas cosas para mi trabajo. Si esperas unos días, te acompaño hasta allí; no más lejos, porque debo volver rápidamente;

pero hasta allí podemos ir juntos. Estoy más tranquilo si no pienso que vas sola por los caminos. Para la vuelta, házmelo saber, y así saldré a tu encuentro.

–     Eres muy bueno, José.

Que el Señor te recompense con sus bendiciones y mantenga lejos de ti el dolor. Le pido siempre por esto.

Los dos castos esposos se sonríen angelicalmente.

Silencio de nuevo durante un tiempo.

Luego José se pone en pie. Se pone el manto, se pone la capucha, se despide de María, que también se ha levantado, y sale.

María le sigue con la mirada y con un suspiro como de pena. Luego levanta los ojos al cielo. Está, sin duda, orando. Cierra la puerta con cuidado. Dobla el bordado. Va a la cocina. Apaga o cubre, la lumbre.

Mira a ver si todo está como debe. Coge la lámpara y sale, cerrando la puerta. Con su mano protege la llamita, temblorosa en el viento fresquito de la noche.

Entra en su habitación y sigue orando. La visión cesa así.

Dice María:

Hija mía querida, cuando, terminado el éxtasis que me había henchido de inefable alegría, regresé a los sentidos de la Tierra, el primer pensamiento que, punzante como espina de rosas,

hirió mi corazón envuelto en las rosas del Divino Amor, desposado conmigo unos instantes antes, fue José.

Yo ya amaba entonces a este santo y providente custodio mío.

Desde el momento en que la voluntad de Dios, a través de la palabra de su Sacerdote, quiso que fuera esposa de José, pude ir conociendo y apreciando la santidad de este Justo.

Unida a él, sentí cesar mi estado de desorientación por mi orfandad, y dejé de añorar el perdido amparo del Templo.

Él era tan dulce como el padre que había perdido. Junto a él me sentía tan segura como junto al Sacerdote. Toda vacilación había cesado; es más, había quedado olvidada.

Efectivamente, mucho se habían alejado de mi corazón de virgen las vacilaciones, porque había comprendido que no tenía motivo alguno de vacilar, que no tenía nada que temer respecto a José.

Mi virginidad, confiada a José, estaba más segura que un niño en brazos de su madre. ¿Cómo decirle ahora que era Madre? Trataba de encontrar las palabras con que anunciárselo. Difícil búsqueda.

No quería yo, en efecto, alabarme por el don divino recibido, y no podía justificar mi maternidad en ningún modo sin decir: “El Señor me ha amado entre todas las mujeres y de mí, su sierva, ha hecho su Esposa”.

Tampoco quería engañarle, ocultándole mi estado.

Pero, mientras oraba, el Espíritu que me llenaba me había dicho: “Guarda silencio. Déjame a Mí la tarea de justificarte ante tu esposo”.

¿Cuándo? ¿Cómo? No lo había preguntado. Siempre me había abandonado en Dios, como una flor se abandona a la ola que la lleva.

Jamás el Eterno me había dejado sin su ayuda. Su mano me había sujetado, protegido, guiado hasta aquí; esta vez, pues, también lo haría.

Hija mía, ¡Qué hermosa y confortante es la Fe en nuestro eterno y buen Dios! Nos pone entre sus brazos como si fueran una cuna; nos lleva, como una barca, al radiante puerto del Bien;

da calor a nuestro corazón, nos consuela, nos nutre, nos proporciona descanso y júbilo, nos ilumina y nos guía. La confianza en Dios lo es todo, y Dios da todo a quien tiene confianza en Él: se da El mismo.

Aquella tarde llevé hasta la perfección mi confianza de criatura.

Ahora podía hacerlo, porque Dios estaba en Mí. Antes, mi confianza era la de una pobre criatura como era; siempre una nada, aunque fuera la Tan Amada que era la Sin Mancha.

Pero ahora poseía la confianza divina porque Dios era mío: ¡mi Esposo, mi Hijo! ¡Oh, gran gozo! Ser Una con Dios. No para gloria mía, sino para amarle en una unión total y poderle decir:

“Tú, Tú solo, que estás en mí, actúa con tu divina perfección en todas las cosas que yo haga”.

Si Él no me hubiera dicho: “¡Calla!”, quizás habría osado, con el rostro en tierra, decirle a José: “El Espíritu ha penetrado en mí y llevo la Semilla de Dios”.

Él me habría creído, porque me estimaba y además porque, como todos los que nunca mienten, no podía creer que otro mintiera.

Sí, con tal de no causarle un dolor subsiguiente, yo habría vencido la reticencia a proporcionarme a mí misma esa alabanza. Mas, presté obediencia al mandato divino.

A partir de ese momento, y durante meses, sentí esa primera herida que me ensangrentaba el corazón. Ese fue el primer dolor de mi destino de Corredentora.

Lo ofrecí y lo sufrí para expiar, y para daros una norma de vida en momentos análogos a éste, de sufrimiento por deber guardar silencio o por un hecho que da una mala imagen de vosotros a quien os ama.

Confiadle a Dios la tutela de vuestro buen nombre y de vuestros intereses afectivos.

Mereced, con una vida santa, la tutela de Dios, y… caminad seguros.

Podrá el mundo entero ponerse en contra de vosotros; Él os defenderá ante quien os ama, y hará brillar la verdad.

13 LOS ESPONSALES


13 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

Esponsales de la Virgen y José

Que fue instruido por la Sabiduría para ser custodio del Misterio.

¡Qué hermosa está María, rodeada de sus amigas y sus maestras jubilosas, vestida para los esponsales!

Entre aquéllas está también Isabel. Va toda vestida de blanquísimo lino, tan seríceo y fino que parece de preciosa seda.

Ciñe su grácil cintura un cinturón burilado de oro y plata, hecho todo de medallones unidos por delgadas cadenas, cada uno de los medallones es una filigrana engastada en la pesada plata bruñida por el tiempo.

Y quizás porque es demasiado largo para Ella, que todavía es una delicada jovencita, le pende por delante con los tres últimos medallones, cayendo entre los pliegues del vestido amplísimo, que a su vez termina en una pequeña cola debido a su largura.

Calzan sus pequeños pies, unas sandalias de piel blanquísima con hebillas de plata.

El vestido está sujeto al cuello por una cadenita de rosetas de oro y de filigrana de plata, que presentan en pequeño el mismo motivo del cinturón.

La cadenita pasa a través de los anchos ojales del amplio cuello del vestido, acortándolo, por tanto, en frunces que forman como una pequeña puntilla.

El cuello de María sobresale entre ese candor fruncido, con la gracia de un tierno tallo fajado con una gasa preciada, y así parece aún más grácil y blanco:

un tallito de azucena culminado por su rostro de lirio, el cual, por la emoción, se ve aún más pálido y más puro: un rostro de hostia purísima.

El pelo ya no le pende sobre los hombros.

Está graciosamente dispuesto en nudo de trenzas. Unas valiosas horquillas de plata bruñida, con un trabajo de filigrana que cubre enteramente la parte superior del arco, sujetan las trenzas.

El velo materno se apoya sobre ellas y desciende, formando lindos pliegues, por debajo del estrecho aro que lleva ajustado a la frente blanquísima;

desciende hasta las caderas, porque María no tiene la altura de su madre y el velo le llega más abajo de ellas, mientras que a Ana le llegaba sólo a la cintura.

No lleva anillos en las manos; en las muñecas, unas pulseras. Pero estas muñecas son tan delgadas, que las pesadas pulseras maternas se apoyan sobre el dorso de las manos y quizás, si sacudiera las manos, se caerían al suelo.

Las compañeras la miran absortas desde todos los puntos, y con maravilla. Con sus preguntas y con sus frases de admiración crean un festivo trinar de gorrioncillos.

–     ¿Son de tu madre?

–     Antiguas, ¿Verdad?

–     ¡Qué bonito, Sara, ese cinturón!

–    ¿Y este velo, Susana?

¡Mira que finura! ¡Fíjate estas azucenas tejidas en el velo!

–     ¡Déjame ver las pulseras, María!

¿Eran de tu madre?

–     Las llevó ella, pero son de la madre de Joaquín, mi padre.

–    ¡Oh, mira!

Tienen el sigilo de Salomón entrelazado con sutiles ramitas de palma y olivo, y entre ellas hay azucenas y rosas.

–     ¡Oh! ¿Quién habrá realizado un trabajo tan perfecto y minucioso?

María explica: 

–     Son de la casa de David.

Hace ya siglos que las llevan las mujeres de esta estirpe cuando se van a casar, y van pasando a las herederas.

–    ¡Ah, ya! Tú eres hija heredera…

–     ¿Te han traído todo de Nazaret?

–     No.

Cuando murió mi madre, mi prima se llevó a su casa el ajuar para conservarlo sin que se dañase. Ahora me lo ha traído.

–    ¿Dónde está?

—    ¿Dónde está?

–     Enséñanoslo a las amigas.

María no sabe qué hacer… Quisiera ser amable, pero no querría remover todas las cosas, que están ordenadas en tres pesados baúles.

Vienen en su ayuda las maestras:

–     El novio está para llegar.

No es el momento de crear confusión. Dejadla. Que la cansáis. Id a prepararos».

El hablador enjambre se aleja un poco enfadado.

María puede así gozar en paz de la compañía de sus maestras, las cuales le dirigen palabras de alabanza y bendición.

Isabel también se ha acercado, y, dado que María, emocionada, llora porque Ana de Fanuel la llama hija y la besa con un afecto verdaderamente maternal,

le dice:

–     María, tu madre no está presente, pero sí está presente.

Su espíritu se regocija junto al tuyo, y, mira, las cosas que llevas te traen de nuevo su caricia. En ellas sientes aún el sabor de sus besos. Un día ya lejano, el día en que viniste al Templo, me dijo:

“Le he preparado los vestidos y el ajuar para cuando se case, porque quiero ser yo la que le haya hilado las telas y le haya hecho los vestidos, para no estar ausente en el día de su alegría”.

Mira, al final, cuando yo la asistía, ella quería todas las noches acariciar tus primeros vestidos y este que llevas ahora,

y decía: “Aquí siento el olor de jazmín de mi pequeñuela, aquí quiero que Ella sienta el beso de su mamá”. ¡Cuántos besos dio a este velo que cubre tu frente! ¡Más besos que hilos tiene!…

Y, cuando uses estas telas hiladas por ella, piensa que más que la estambre los ha hecho el amor de tu madre.

Y estas joyas… Tu padre las salvó para ti incluso en los momentos difíciles, para que te embellecieran, como corresponde a una princesa de David, en este momento.

Alégrate, María. No estás huérfana; los tuyos están contigo, y quien va a ser tu marido es tan perfecto, que es para ti padre y madre…

María exclama:

–     ¡Oh, sí!

¡Eso es verdad! No puedo quejarme de él, ciertamente. En menos de dos meses ha venido dos veces, y hoy viene por tercera vez, desafiando a las lluvias y al tiempo ventoso, declarándose sujeto a mí…

Fíjate: ¡sujeto a mí! ¡Yo, que soy una pobre mujer, y mucho más joven que él! Y no me ha negado nada. Es más, ni siquiera espera a que yo pida. Parece como si un ángel le dijera lo que deseo…

Y me lo dice él antes de que yo hable. La última vez me dijo: “María, creo que preferirás estar en tu casa paterna. Dado que eres hija heredera, lo puedes hacer, si lo ves oportuno.

Yo iré a tu casa. Solamente para observar el rito, tú vas durante una semana a casa de Alfeo, mi hermano. María te quiere ya mucho. De allí partirá la tarde de la boda el cortejo que te llevará a casa”.

¿No es amable por su parte? No le ha importado ni siquiera el dar pie a la gente para decir que él no tiene una casa que me guste… A mí me hubiera gustado en todo caso, por estar él, que es tan bueno, en ella.

Pero sin duda prefiero la mía… por los recuerdos… ¡Oh, José es bueno!

–    ¿Qué dijo del voto?

Todavía no me has comentado nada.

–     No puso ninguna objeción.

Es más, conocidas las razones del mismo, dijo: “Uniré mi sacrificio al tuyo”.

Ana de Fanuel dice:

–     Es un joven santo!

El “joven santo” entra en este momento, acompañado de Zacarías.

Su figura es, literalmente hablando, espléndida.

Todo de amarillo oro, parece un soberano oriental. Bolsa y puñal penden de un espléndido cinturón: aquélla, de tafilete bordado en oro; el puñal, en una vaina con guarniciones bordadas en oro, también de tafilete.

Cubre su cabeza un turbante, la típica faja de tela como la llevan todavía ciertos pueblos de África, los beduinos por ejemplo; lo sujeta en torno un valioso arito de oro, delgado, que ciñe unos ramitos de mirto.

Viste majestuosamente un manto completamente nuevo con muchas franjas. Está radiante de alegría. En las manos lleva unos ramitos de mirto en flor.

Saluda diciendo:

–    ¡A ti la paz, mi prometida!

Paz a todos.

Recibido el saludo de respuesta, dice:

–     Vi tu alegría el día en que te di la ramita de tu huerto.

He pensado traerte este mirto que procede de la gruta que tanto estimas. Quería haberte traído las rosas que están enfrente de tu casa, las primeras que están floreciendo ahora; pero las rosas no duran varios días de viaje…

Habría llegado trayendo sólo espinas, y yo a ti, dilecta mía, te quiero ofrecer sólo rosas,

y quiero sembrar tu camino de flores blandas y perfumadas, para que apoyes tu pie sobre ellas y no encuentres ni inmundicias ni asperezas.  

María responde:

–     ¡Oh, gracias, hombre de corazón bueno!

¿Cómo has logrado que llegara fresco?.

–     He atado a la silla un recipiente y he metido dentro estas ramitas con las flores todavía en capullo. Durante el viaje han florecido.

Tómalas, María. Que tu frente se enguirnalde de pureza, símbolo de la mujer prometida; aunque siempre será mucho menor que la pureza que hay en tu corazón.

Isabel y las maestras engalanan a María con la florida guirnaldita que se forma al fijar en el precioso aro los ramitos cándidos del mirto, e intercalan unas pequeñas, cándidas rosas, que había en un jarrón encima de un arca.

María hace ademán de coger su amplio manto cándido para colocárselo prendido a los hombros. Pero su prometido le precede en el gesto y le ayuda a fijar con dos hebillas de plata, en los hombros, este amplio manto suyo.

Las maestras disponen los pliegues con amor y gracia. Todo está preparado. Mientras esperan a no sé qué, José dice, lo dice apartándose un poco con María:

–     He pensado este tiempo en tu voto.

Ya te dije que lo comparto. Pero, cuanto más pienso en ello, más me doy cuenta de que no es suficiente el nazireato temporal, aunque se vaya renovando.

Yo te he comprendido, María. No merezco todavía la palabra de la Luz, pero sí me llega un murmullo de su voz, y ello me pone en condiciones de leer tu secreto, al menos en sus líneas maestras.

Soy un pobre ignorante, María. Soy un pobre obrero. Ni sé de letras ni tengo tesoros, mas a tus pies pongo mi tesoro, para siempre.

Mi castidad absoluta, para ser digno de estar a tu lado, Virgen de Dios, “hermana mía, novia, cerrado huerto, fuente sellada”, como dice el Antepasado nuestro, que quizás escribió el Cantar viéndote a ti…

Yo seré el guardián de este huerto de perfumes en que se dan las más preciadas frutas, donde mana una vena de agua viva con ímpetu suave:

¡Tu dulzura, prometida mía, que con tu candor — ¡oh, llena de hermosura! — me has conquistado el espíritu! ¡Oh, tú, más hermosa que una aurora; Sol, que resplandeces porque te resplandece el corazón;

¡Oh, toda amor para con tu Dios y para con el mundo al que quieres dar el Salvador con tu sacrificio de mujer! ¡Ven, mi amada!

Y coge delicadamente su mano para guiarla hacia la puerta.

Los siguen todos los demás.

Afuera se añaden las joviales compañeras, enteramente de blanco todas ellas y con velos.

Van por patios y pórticos, entre la muchedumbre observadora, hasta llegar a un punto que ya no pertenece al Templo;

parece, más bien, una sala dada para el culto, como se deduce de la existencia en ella de lámparas y rollos de pergaminos como en las sinagogas.

Los novios caminan hasta llegar frente a un alto atril (casi una cátedra), y esperan.

Los demás, perfectamente en orden, se ponen detrás de ellos.

Otros sacerdotes y gente simplemente curiosa se agolpan en el fondo de la sala.

Entra, solemne, el Sumo Sacerdote.

Rumor de los curiosos:

–    ¿Es él el que los casa?

–     Sí, porque es de casta real y sacerdotal.

La novia es flor de David y Aarón, y virgen del Templo; el novio, de la tribu de David.

El Pontífice pone la mano derecha de la novia en la del novio y los bendice solemnemente:

–     El Dios de Abraham, Isaac y Jacob esté con vosotros.

Que El os una y se cumpla en vosotros su bendición, dándoos su paz y una numerosa descendencia con larga vida y muerte beata en el seno de Abraham.

Luego se retira, solemne como había entrado.

Se lleva a cabo la promesa recíproca. María es la prometida-esposa de José.

Todos salen y, en perfecto orden, van a una sala, en la cual se redacta el contrato de matrimonio, donde se dice que María, hija heredera de Joaquín de David y Ana de Aarón,

da como dote a su prometido-esposo su casa y bienes anejos y su ajuar personal así como cualquier otro bien heredado de su padre.

Todo queda cumplido. Los esposos salen al patio, lo atraviesan, van hacia la salida, que está cerca de la sección de las mujeres dedicadas al Templo.

Los está esperando un carro cómodo y voluminoso. Va provisto de una cortina protectora. En él ya están colocados los pesados baúles de María.

Despedidas, besos y lágrimas, bendiciones, consejos, recomendaciones…

María sube con Isabel y se pone en el interior del carro; en la parte de delante se ponen José y Zacarías.

Se han quitado los mantos de fiesta y se han envuelto en unas capas oscuras.

El carro se pone en marcha, al trote pesado de un caballo oscuro.

Los muros del Templo se alejan, y luego los de la ciudad.

Ya se ve el campo, nuevo, fresco, florido bajo los primeros soles de la primavera, con los trigos ya levantados  un buen palmo del suelo,

que parecen esmeraldas transformadas en hojitas ondulantes bajo una brisa ligera con sabor a flores de melocotonero y manzano, con sabor a tréboles en flor y a hierbabuenas silvestres.

María llora en voz baja, al amparo de su velo, y, de vez en cuando, corre un poco la cortina y mira una vez más al Templo lejano, a la ciudad dejada…

La visión cesa así.

Dice Jesús:

–     ¿Qué dice el libro de la Sabiduría al cantar sus alabanzas?:

“En la sabiduría está presente, efectivamente, el espíritu de inteligencia, santo, único, múltiple, sutil”.

Y continúa enumerando sus dotes, para terminar el período con estas palabras: “… que todo lo puede, todo lo prevé; que comprende a todos los espíritus, inteligente, puro, sutil.

La sabiduría penetra con su pureza, es vapor de la virtud de Dios… por ello en ella no hay nada impuro… imagen de la bondad de Dios.

Es única y, no obstante, lo puede todo; es inmutable y da vida nueva a todas las cosas; se comunica a las almas santas; forma a los amigos de Dios y a los profetas”.

Ya has visto cómo José, no por cultura humana, sino por instrucción sobrenatural, sabe leer en el libro sellado de la Virgen sin mancha;

y cómo se acerca extremamente a las verdades proféticas con ese su “ver”  un misterio sobrehumano donde los demás veían únicamente una gran virtud.

Impregnado de esta sabiduría, que es vapor de la virtud de Dios y emanación cierta del Omnipotente, se conduce con espíritu seguro por el mar de este misterio de gracia que es María,

se armoniza con Ella con espirituales contactos — en que se hablan, más que los labios, los dos espíritus en el sagrado silencio de las almas — donde sólo Dios oye voces que perciben también los que le son gratos por servirle con fidelidad y por estar llenos de Él.

La sabiduría del Justo, que aumenta por la unión con la Toda Gracia y por la cercanía a Ella, le prepara a penetrar en los secretos más altos de Dios y a poderlos tutelar y defender de insidias humanas y demoníacas.

Y contemporáneamente lo va renovando. Del justo hace un santo; del santo, el custodio de la Esposa y del Hijo de Dios. Sin quitar el sello de Dios, él, el casto, que ahora lleva su castidad a heroísmo angélico,

puede leer la palabra de fuego escrita sobre el diamante virginal por el dedo de Dios, y en él lee aquello que su prudencia no dice, y que es mucho más grande que lo que leyó Moisés en las tablas de piedra.

Y a fin de que ningún ojo profano alcance este Misterio, él se pone, como sello sobre el sello, como arcángel de fuego, a la entrada del Paraíso, dentro del cual el Eterno encuentra sus delicias

“paseando al fresco del atardecer” y hablando con Aquella que es su amor, bosque de azucena en flor, aura perfumada de aromas, viento suave de frescura matutina, hermosa estrella, delicia de Dios.

La nueva Eva está allí, en su presencia. No es hueso de sus huesos ni carne de su carne; sí, compañera de su vida, Arca viva de Dios.

Él la recibe para tutelarla, y a Dios debe restituírsela, pura como la ha recibido.  “Desposada con Dios” estaba escrito en ese libro místico de inmaculadas páginas…

Y cuando la duda, sibilante, en la hora de la prueba, le sugirió su tormento, él, como hombre y como siervo de Dios, sufrió, como ninguno, por causa del temido sacrilegio. 

Pero ésta fue la prueba futura. Ahora, en este tiempo de gracia, él ve y se pone a sí mismo al servicio más auténtico de Dios.  

Luego vendrá la tempestad de la prueba, como para todos los santos, para ser probados y venir así a ser ayudantes de Dios.

¿Qué se lee en el Levítico? “Di a Aarón, tu hermano, que no entre en cualquier tiempo en el santuario que está detrás del Velo, ante el Propiciatorio que cubre al Arca, para no morir

— pues Yo apareceré en la nube sobre el oráculo —, si no hace antes estas cosas: ofrecerá un novillo por el pecado y un carnero como holocausto; llevará la túnica de lino y con calzones de lino cubrirá su desnudez”.

Y verdaderamente José entra, cuando Dios quiere y cuanto Dios quiere, en el santuario de Dios; y traspasa el velo que cela el Arca sobre la cual está suspendido el Espíritu de Dios;

y se ofrece a sí mismo y ofrecerá al Cordero, holocausto por el pecado del mundo, expiación de tal pecado?

Y esto lo hace, vestido de lino, mortificados los miembros viriles para abolir su sensualidad, la cual, una vez, al inicio de los tiempos, triunfó, lesionando el derecho de Dios sobre el hombre;

mas ahora será conculcada en el Hijo, en la Madre y en el padre adoptivo, para restituir a los hombres a la Gracia y devolverle a Dios su derecho sobre el hombre.

Esto lo hace con su castidad perpetua. ¿No estaba José en el Gólgota? ¿Os parece que no está en el número de los corredentores? En verdad os digo que fue el primero de ellos,

y que grande es, por tanto, ante los ojos de Dios. Grande por el sacrificio, la paciencia, la constancia y la fe.

¿Qué fe será mayor que ésta, que creyó sin haber visto los milagros del Mesías?

Sea alabado mi padre adoptivo, ejemplo para vosotros de aquello que en vosotros más falta: pureza, fidelidad y perfecto amor.

Gloria al magnífico lector del Libro sellado, que fue instruido por la Sabiduría para saber comprender los misterios de la Gracia

y que fue elegido para tutelar la Salvación del mundo contra las insidias de todos los enemigos.

9 UNOS PADRES SANTOS


9 CONOCER A DIOS, ES EMPEZAR A AMARLO

La muerte de Joaquín y Ana fue dulce.

Después de una vida de sabia fidelidad a Dios en las pruebas. 

Dice Jesús:

–     Como un rápido crepúsculo de invierno en que un viento de nieve acumule nubes en el cielo,

la vida de mis abuelos conoció rápida la noche, una vez que su Sol se había quedado fijo resplandeciendo ante la sagrada Cortina del Templo.

Pero, ¿Acaso no fue dicho: “La Sabiduría inspira vida a sus hijos, toma bajo su protección a los que la buscan… Quien la ama ama la vida, y quien está en vela por ella gozará de su paz.  Quien la posee heredará la vida…

Quien la sirve rendirá obediencia al Santo, y a quien la ama Dios lo ama mucho… Si cree en ella la tendrá como herencia y le será como tal confirmada a su posteridad porque lo acompaña en la prueba.

En primer lugar le elige, luego enviará sobre él temores, miedos y pruebas, le atormentará con el flagelo de su disciplina, hasta haberle probado en sus pensamientos y poder fiarse de él.

Mas luego le dará estabilidad, volverá a él por recto camino y le alegrará. Le descubrirá sus arcanos, pondrá en él tesoros de ciencia y de inteligencia en la justicia”

Sí, todo esto fue dicho. Los libros sapienciales son aplicables a todos los hombres, que en ellos tienen un espejo de sus comportamientos y una guía.

Mas dichosos aquellos que puedan ser reconocidos como amantes espirituales de la Sabiduría. Yo me circundé de una parentela mortal de sabios.

Ana, Joaquín, José, Zacarías y, más aún, Isabel y luego el Bautista, ¿No son, acaso, verdaderos sabios?

Y eso sin hablar de mi Madre, en la cual la Sabiduría había hecho morada.

Desde la juventud hasta la tumba, la Sabiduría había inspirado a mis abuelos la manera de vivir de forma grata a Dios;

y, como un toldo que protege de la violencia de los elementos, los había protegido del peligro de pecar.

El santo temor de Dios es base del árbol de la sabiduría, que, a partir de aquél, se desarrolla impetuoso con todas sus ramas para alcanzar con su copa el amor tranquilo en su paz,

“Cuando sientas que ya no sirvas para nada, TODAVÍA PUEDES SER SANTO” San Agustín

el amor pacífico en su seguridad, el amor seguro en su fidelidad, el amor fiel en su intensidad, el amor total, generoso, activo de los santos.

“Quien la ama ama la vida y recibirá en herencia la Vida” dice el Eclesiástico.

Pues bien, esto se funde con mi: ‘Aquel que pierda la vida por amor mío, la salvará”.

Porque no se habla de la pobre vida de esta tierra, sino de la eterna; no de las alegrías de una hora, sino de las inmortales. Joaquín y Ana la amaron en ese sentido. Y ella estuvo con ellos en las pruebas.

¡Cuántas, vosotros, que, pensando que no sois completamente malvados, querríais no tener que llorar ni sufrir nunca! ¡Cuántas pruebas sufrieron estos dos justos que merecieron tener por hija a María!

La persecución política que los arrojó de la tierra de David, empobreciéndolos excesivamente.

La tristeza de ver caer en la nada los años sin que una flor les dijese: “Yo os continuaré”.

Y luego la congoja por haberla tenido a una edad en que ciertamente no la iban a ver hacerse mujer.

Y, más tarde, el tener que arrancarse de su corazón esta flor para depositarla sobre el altar de Dios.

Y el vivir en un silencio más oprimente aún que el primero, ahora que se habían acostumbrado al gorjeo de su tortolita, al rumor de sus pasitos, a las sonrisas, a los besos de su criatura y esperar en el recuerdo la hora de Dios.

Y más, y más todavía: enfermedades, calamidades por la intemperie, abusos de los poderosos… muchos golpes de ariete contra el débil castillo de su modesta prosperidad.

Y no acaba aquí todo: el dolor de esa criatura lejana, que se quedaba sola y pobre, y que, a pesar de todas las atenciones y todos los sacrificios, no tendría sino un resto del bien paterno.

¿Y cómo podía encontrarlo, si durante años todavía quedaría yermo, cerrado, esperándola? Temores, miedos, pruebas y tentaciones. Y fidelidad, fidelidad, fidelidad, siempre, a Dios.

La tentación más fuerte: no negarse el consuelo de su hija en torno a su vida ya declinante. Pero, los hijos son de Dios antes que de los padres.

Todos los hijos pueden decir lo que Yo le dije a mi Madre: “¿No sabes que debo ocuparme de los intereses del Padre de los Cielos?”.

52. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres. Lucas 2, 52

Y todas las madres y todos los padres deben aprender la actitud a guardar en estos casos, mirando a María y a José en el Templo, a Ana y a Joaquín en la casa de Nazaret, cada vez más vacía y triste,

aunque, no obstante, en ella una cosa no disminuyese nunca, sino que, al contrario, crecía cada vez más: la santidad de dos corazones, la santidad de una unión matrimonial.

¿Qué luz le queda a Joaquín, enfermo; qué luz le queda a su dolorida esposa en las largas y silenciosas tardes propias de ancianos que se sienten morir?

Los vestiditos, las primeras sandalitas, los pobres juguetitos de su criatura lejana, y los recuerdos, los recuerdos, los recuerdos.

Y, con éstos, una paz que proviene del poder decir:  “Sufro, pero he cumplido mi deber de amor hacia Dios”.

Pues bien, he aquí que se produce una alegría sobrehumana de celestial brillo, no conocida por los hijos de este mundo,

y que no se opaca por el hecho de que un grave párpado descienda sobre dos ojos que mueren,

sino que en la postrera hora resplandece más,

e ilumina verdades que habían estado dentro durante toda la vida,  cerradas como mariposas en su capullo,

que daban señales de estar dentro de ellos sólo por unos suaves movimientos de ligeros destellos, mientras que ahora abren sus alas de sol mostrando las palabras que las decoran.

Y la vida se apaga en el conocimiento de un futuro beato para ellos y para su estirpe, bendiciendo a su Dios. Así fue la muerte de mis abuelos, como era justo que fuera por su vida santa.

Por la santidad merecieron ser los primeros depositarios de la Amada de Dios, y, sólo cuando un Sol mayor se mostró en su vital ocaso, ellos intuyeron la gracia que Dios les había concedido.

Por la santidad que tuvieron, Ana no padeció la tortura propia de la puérpera, sino que experimentó el éxtasis de quien llevó a la Sin Culpa.

No sufrieron la angustia de la agonía, sino que fueron languidez que se apaga, como dulcemente se apaga una estrella cuando el Sol sale con la aurora.

Y, si bien no experimentaron el consuelo de tenerme como Encamada Sabiduría, como me tuvo José,

Yo, no obstante, estaba allí, invisible Presencia que decía sublimes palabras, inclinado hacia su almohada para adormecerlos en la paz en espera del triunfo.

Hay quien dice: “¿Por qué no debieron sufrir al generar y al morir, puesto que eran hijos de Adán?”.

A éste le respondo: “Si el Bautista, hijo de Adán y concebido con la culpa de origen, fue presantificado en el seno de su madre porque Yo le visité,

¿ninguna gracia va a haber recibido la madre santa de la Santa sin Mancha, de la Preservada por Dios que llevó consigo a Dios en su espíritu casi divino y en el corazón embrional,

y que no se separó nunca de Él desde que fue pensada por el Padre, desde que fue concebida en un seno, hasta que retornó a poseer a Dios plenamente en el Cielo para una eternidad gloriosa?”.

A éste le respondo: “La recta conciencia proporciona una muerte serena y las oraciones de los santos os obtienen tal muerte”.

Joaquín y Ana tenían toda una vida de recta conciencia a sus espaldas, y ésta se alzaba como sosegado panorama y los guió hasta el Cielo;

y tenían a la Santa en oración por ellos, sus padres lejanos, ante el Tabernáculo de Dios.

Dios, Bien supremo, era antes que ellos, pero Ella amaba a sus padres, como querían la ley y el sentimiento, con un amor sobrenaturalmente perfecto.  

UNA ESTIRPE DIVINA 8


María recibida en el Templo.

En su humildad, no sabía que era la Llena de Sabiduría.

Veo a María caminando entre su padre y su madre por las calles de Jerusalén.

Los que pasan se paran a mirar a la bonita Niña vestida toda de blanco nieve y envuelta en un ligerísimo tejido que, por sus dibujos de ramas y flores más opacos que el tenue fondo,

creo que es el mismo que tenía Ana el día de su Purificación.

Lo único es que, mientras que a Ana no le sobrepasaba la cintura, a María, siendo pequeñita, le baja casi hasta el suelo, envolviéndola en una nubecita ligera y lúcida de singular gracia.

El oro de la melena suelta sobre los hombros, mejor: sobre la delicada nuca, se transparenta a través del sutilísimo fondo, en las partes del velo no adamascadas.

Éste está sujeto a la frente con una cinta de un azul palidísimo que tiene, obviamente hecho por su mamá, unas pequeñas azucenas bordadas en plata.

El vestido blanquísimo, le llega hasta abajo, y los piececitos, con sus pequeñas sandalias blancas, apenas se muestran al caminar.

Las manitas parecen dos pétalos de magnolia saliendo de la larga manga. Aparte del círculo azul de la cinta, no hay ningún otro punto de color. Todo es blanco. María parece vestida de nieve.

Joaquín lleva el mismo vestido de la Purificación.

Ana, en cambio, un oscurísimo morado; el manto, que le tapa incluso la cabeza, es también morado oscuro; lo lleva muy bajo, a la altura de los ojos, dos pobres ojos de madre rojos de llanto, que no quisieran llorar,

y que no quisieran, sobre todo, ser vistos llorar, pero que no pueden no llorar al amparo del manto.

Éste protege por una parte, de los que pasan; también de Joaquín, cuyos ojos, siempre serenos, hoy están también enrojecidos y opacos por las lágrimas (las que ya han caído y las que aún siguen cayendo).

Camina muy curvado, bajo su velo a guisa casi de turbante que le cubre los lados del rostro. Joaquín está muy envejecido.

Los que le ven deben pensar que es abuelo o quizás bisabuelo de la pequeñuela que lleva de la mano.

El pobre padre, a causa de la pena de perderla, va arrastrando los pies al caminar; todo su porte es cansino y le hace unos veinte años más viejo de lo que en realidad es;

su rostro parece el de una persona enferma además de vieja, por el mucho cansancio y la mucha tristeza; la boca le tiembla ligeramente entre las dos arrugas — tan marcadas hoy — de los lados de la nariz.

Los dos tratan de celar el llanto.

Pero, si pueden hacerlo para muchos, no pueden para María, la cual, por su corta estatura, los ve de abajo arriba y, levantando su cabecita, mira alternativamente a su padre y a su madre.

Ellos se esfuerzan en sonreírle con su temblorosa boca, y aprietan más con su mano la diminuta manita cada vez que su hijita los mira y les sonríe.

Deben pensar: «Sí. Otra vez menos que veremos esta sonrisa».

Van despacio, muy despacio. Da la impresión de que quieren prolongar lo más posible su camino.

Todo es ocasión para detenerse… Pero, ¡siempre debe tener un fin un camino!… Y éste está ya para acabarse.

En efecto, allí, en la parte alta de este último tramo en subida, están los muros que circundan el Templo.

Ana gime, y estrecha más fuertemente la manita de María.

Isabel dice:

–     ¡Ana, querida mía, aquí estoy contigo!

Se oye su voz desde la sombra de un bajo arco echado sobre un cruce de calles

Isabel estaba esperando. Ahora se acerca a Ana y la estrecha contra su corazón, y, al ver que Ana llora,

le dice:

–     Ven, ven un poco a esta casa amiga; también está Zacarías.

Entran todos en una habitación baja y oscura cuya luz es un vasto fuego. La dueña, que sin duda es amiga de Isabel, si bien no conoce a Ana, amablemente se retira, dejando a los llegados libertad de hablar.

–     No creas que estoy arrepentida.

O que entregue con mala voluntad mi tesoro al Señor — explica Ana entre lágrimas — … Lo que pasa es que el corazón…

¡Oh, cómo me duele el corazón, este anciano corazón mío que vuelve a su soledad, a esa soledad de quien no tiene hijos!… Si lo sintieras…

–     Lo comprendo, Ana mía…

Pero tú eres buena y Dios te confortará en tu soledad. María va a rezar por la paz de su mamá, ¿Verdad?.

María acaricia las manos maternas y las besa, se las pone en la cara para ser acariciada a su vez.

Y Ana cierra entre sus manos esa carita y la besa, la besa… no se sacia de besarla.

Entra Zacarías y saluda diciendo:

–     A los justos la paz del Señor.

Joaquín responde:

–     Sí, pide paz para nosotros…

Porque nuestras entrañas tiemblan, ante la ofrenda, como las de nuestro padre Abraham mientras subía el monte.

Y nosotros no encontraremos otra ofrenda que pueda recobrar ésta; ni querríamos hacerlo, porque somos fieles a Dios.

Pero sufrimos, Zacarías. Compréndenos, sacerdote de Dios y no te seamos motivo de escándalo.

–     Jamás.

Es más, vuestro dolor, que sabe no traspasar lo lícito, que os llevaría a la infidelidad, es para mí escuela de amor al Altísimo. ¡Ánimo! La profetisa Ana cuidará con esmero esta flor de David y Aarón.

En este momento es la única azucena que David tiene de su estirpe santa en el Templo y cual perla regia será cuidada.

A pesar de que los tiempos hayan entrado ya en la recta final y de que deberían preocuparse las madres de esta estirpe, de consagrar sus hijas al Templo,

puesto que de una virgen de David vendrá el Mesías…

No obstante, a causa de la relajación de la fe, los lugares de las vírgenes están vacíos. Demasiado pocas en el Templo.

Y de esta estirpe regia ninguna, después de que hace ya tres años, Sara de Elíseo salió desposada.

Es cierto que aún faltan seis lustros para el final, pero bueno, pues esperemos que María sea la primera de muchas vírgenes de David ante el Sagrado Velo.

Y… ¿Quién sabe?….

Zacarías se detiene en estas palabras y… mira pensativo a María.

Luego prosigue diciendo:

–     También yo velaré por Ella.

Soy sacerdote y ahí dentro tengo mi influencia. Haré uso de ella para este ángel. Además, Isabel vendrá a menudo a verla…

Isabel confirma:

–     ¡Oh, claro!

Tengo mucha necesidad de Dios y vendré a decírselo a esta Niña para que a su vez se lo diga al Eterno.

Ana ya está más animada.

Isabel, buscando confortarla aún más, pregunta:

–    ¿No es éste tu velo de cuando te casaste?

¿O has hilado más muselina?.

–     Es aquél.

Lo consagro con Ella al Señor. Ya no tengo ojos para hilar…

Además, por impuestos y adversidades, las posibilidades económicas son mucho menores… No me era lícito hacer gastos onerosos.

Sólo me he preocupado de que tuviera un ajuar considerable para el tiempo que transcurra en la Casa de Dios y para después… porque creo que no seré yo quien la vista para la boda…

Pero quiero que sea la mano de su madre, aunque esté ya fría e inmóvil, la que la haya ornado para la boda y le haya hilado la ropa y el vestido de novia.

–     ¡Oh, por qué tienes que pensar así?.

–     Soy vieja, prima.

Jamás me he sentido tan vieja como ahora bajo el peso de este dolor. Las últimas fuerzas de mi vida se las he dado a esta flor, para llevarla y nutrirla, y ahora…

Y ahora… el dolor de perderla sopla sobre las postreras y las dispersa.

–     No digas eso.

Queda Joaquín.

–     Tienes razón.

Trataré de vivir para mi marido.

Joaquín ha hecho como que no ha oído, atento como está a lo que le dice Zacarías; pero sí que ha oído, y suspira fuertemente, y sus ojos brillan de llanto.

Zacarías dice:

–     Estamos entre tercia y sexta.

Creo que sería conveniente ponernos en marcha.

Todos se levantan para ponerse los mantos y comenzar a salir.

Pero María se adelanta y se arrodilla en el umbral de la puerta con los brazos extendidos, un pequeño querubín suplicante:

–    ¡Padre, Madre, vuestra bendición!.

No llora la fuerte pequeña; pero los labiecitos sí tiemblan, y la voz, rota por un interno sollozo, presenta más que nunca el tembloroso gemido de una tortolita.

La carita está más pálida y el ojo tiene esa mirada de resignada angustia que — más fuerte, hasta el punto de llegar a no poderse mirar sin que produzca un profundo sufrimiento — veré en el Calvario y ante el Sepulcro.

Sus padres la bendicen y la besan. Una, dos, diez veces. No se sacian de besarla…

Isabel llora en silencio.

Zacarías, aunque quiera no dar muestras de ello, está también conmovido. Salen.

María entre su padre y su madre, como antes; delante, Zacarías y su mujer… Ahora están dentro del recinto del Templo.

Zacarías indica:

–     Voy a ver al Sumo Sacerdote. Vosotros subid hasta la Gran Terraza.

Atraviesan tres atrios y tres patios superpuestos…  Llegan al pie del vasto cubo de mármol coronado de oro.

Cada una de las cúpulas, convexas como una media naranja enorme, resplandece bajo el sol, que cae a plomo, ahora que es aproximadamente mediodía, en el amplio patio que rodea a la solemne edificación.

Y llena el vasto espacio abierto y la amplia escalinata que conduce al Templo.

Sólo el pórtico que hay frente a la escalinata, a lo largo de la fachada, tiene sombra.

Y la puerta, altísima, de bronce y oro, con tanta luz, aparece aún más oscura y solemne.

Por el intenso sol, María parece aún más de nieve. Ahí está, al pie de la escalinata, entre sus padres.  ¡Cómo debe latirles el corazón a los tres!

Isabel está al lado de Ana, pero un poco retrasada, como medio paso.

Un sonido de trompetas argentinas y la puerta gira sobre los goznes, los cuales, al moverse sobre las esferas de bronce, parecen producir sonido de cítara.

Se ve el interior, con sus lámparas en el fondo. Un cortejo viene desde allí hacia el exterior.

Es un pomposo cortejo acompañado de sonidos de trompetas argénteas, nubes de incienso y luces.

Cuando llegan al umbral, va adelante el Sumo Sacerdote:

Un anciano solemne, vestido de lino finísimo, cubierto con una túnica más corta, también de lino, y sobre ésta una especie de casulla, recuerda en parte a la casulla y en parte al paramento de los Diáconos, multicolor:

púrpura y oro, violáceo y blanco se alternan en ella y brillan como gemas al sol; y dos piedras preciosas resplandecen encima de los hombros más vivamente aún (quizás son hebillas con un engaste precioso);

al pecho lleva una ancha placa resplandeciente de gemas sujeta con una cadena de oro.

y colgantes y adornos lucen en la parte de abajo de la túnica corta y oro en la frente sobre la prenda que cubre su cabeza

(una prenda que me recuerda a la de los sacerdotes ortodoxos, con su mitra en forma de cúpula en vez de en punta como la mitra católica).

El solemne personaje avanza, solo, hasta el comienzo de la escalinata, bajo el oro del sol, que le hace todavía más espléndido.

Los otros esperan, abiertos en forma de corona, fuera de la puerta, bajo el pórtico umbroso. A la izquierda hay un cándido grupo de niñas, con Ana, la profetisa, y otras maestras ancianas.

El Sumo Sacerdote mira a la Pequeña y sonríe.

¡Debe parecerle bien pequeñita al pie de esa escalinata digna de un templo egipcio!

Levanta los brazos al cielo para pronunciar una oración. Todos bajan la cabeza como anonadados ante la majestad sacerdotal en comunión con la Majestad eterna.

Luego… una señal a María, y Ella se separa de su madre y de su padre y sube, sube como hechizada.

Y sonríe, sonríe a la zona del Templo que está en penumbra, al lugar en que pende el preciado Velo…

Ha llegado a lo alto de la escalinata, a los pies del Sumo Sacerdote, que le impone las manos sobre la cabeza. La víctima ha sido aceptada.

¿Alguna vez había tenido el Templo una hostia más pura?

Luego se vuelve y, pasando la mano por el hombro de la Corderita sin mancha, como para conducirla al altar, la lleva a la puerta del Templo.

Y antes de hacerla pasar pregunta:

–     María de David, ¿Conoces tu voto?

Ante el «sí» argentino que le responde, él grita:

–     Entra, entonces. Camina en mi presencia y sé perfecta.

Y María entra y desaparece en la sombra, y el cortejo de las vírgenes y de las maestras, y luego de los levitas, la ocultan cada vez más, la separan… Ya no se la ve…

La puerta se vuelve, girando sobre sus armoniosos goznes. Una abertura, cada vez más estrecha, permite todavía ver al cortejo, que se va adentrando hacia el Santo. Ahora es sólo una rendija. Ahora ya nada. Cerrada.

Al último acorde de los sonoros goznes responde un sollozo de los dos ancianos y un grito único:

« ¡María! ¡Hija!».

Luego dos gemidos invocándose mutuamente:

« ¡Ana, Joaquín!».

Luego, como final:

«Glorifiquemos al Señor, que la recibe en su Casa y la conduce por sus caminos».

Y todo termina así.

Dice Jesús:

El Sumo Sacerdote había dicho: “Camina en mi presencia y sé perfecta”.

El Sumo Sacerdote no sabía que estaba hablándole a la Mujer que, en perfección, es sólo inferior a Dios.

Mas hablaba en nombre de Dios y, por tanto, su imperativo era sagrado. Siempre sagrado, pero especialmente a la Repleta de Sabiduría.

María había merecido que la “Sabiduría viniera a su encuentro tomando la iniciativa de manifestarse a Ella”, porque “desde el principio de su día Ella había velado a su puerta.

Y deseando instruirse, por amor, quiso ser pura para conseguir el amor perfecto y merecer tenerla como maestra”.

En su humildad, no sabía que la poseía antes de nacer y que la unión con la Sabiduría no era sino un continuar los divinos latidos del Paraíso. No podía imaginar esto.

Y cuando, en el silencio del corazón, Dios le decía palabras sublimes, Ella, humildemente, pensaba que fueran pensamientos de orgullo,

y elevando a Dios un corazón inocente suplicaba: “¡Piedad de tu sierva, Señor!”.

En verdad, la verdadera Sabia, la eterna Virgen, tuvo un solo pensamiento desde el alba de su día:

“Dirigir a Dios su corazón desde los albores de la vida y velar para el Señor, orando ante el Altísimo”,

pidiendo perdón por la debilidad de su corazón, como su humildad le sugería creer, sin saber que estaba anticipando la solicitud de perdón para los pecadores que haría al pie de la Cruz junto con su Hijo moribundo.

“Luego, cuando el gran Señor lo quiera, Ella será colmada del Espíritu de inteligencia”, y entonces comprenderá su sublime misión.

Por ahora no es más que una párvula que, en la paz sagrada del Templo, anuda, “reanuda”, cada vez de forma más estrecha, sus coloquios, sus afectos, sus recuerdos, con Dios. Esto es para todos.

Pero, para ti, pequeña María (se dirige aquí a María Valtorta),

¿No tiene ninguna cosa particular que decir tu Maestro? “Camina en Mi Presencia, sé por tanto perfecta”.

Modifico ligeramente la sagrada frase y te la doy por orden.

Perfecta en el amor, perfecta en la generosidad, perfecta en el sufrir.

Mira una vez más a la Madre.

Y medita en eso que tantos ignoran, o quieren ignorar, porque el dolor es materia demasiado ingrata para su paladar y para su espíritu.

El dolor. María lo tuvo desde las primeras horas de la vida.

Ser perfecta como Ella era poseer también una perfecta sensibilidad. Por eso, el sacrificio debía serle más agudo; mas, por eso mismo, más meritorio.

Quien posee pureza posee amor, quien posee amor posee sabiduría, quien posee sabiduría posee generosidad y heroísmo, porque sabe el porqué de por qué se sacrifica.

¡Arriba tu espíritu, aunque la cruz te doble, te rompa, te mate! Dios está contigo».

UNA ESTIRPE DIVINA 2


Joaquín y Ana poseían la Sabiduría.

Antes de proseguir hago una observación. La casa no me ha parecido la de Nazaret, bien conocida.

Al menos la habitación es muy distinta. Con respecto al huerto – jardín, debo decir que es también más amplio; además, se ven los campos, no muchos, pero… los hay.

Después, ya casada María, sólo está el huerto (amplio, eso sí, pero sólo huerto). Y esta habitación que he visto no la he observado nunca en las otras visiones.

No sé si pensar que por motivos pecuniarios los padres de María se hubieran deshecho de parte de su patrimonio, o si María, dejado el Templo, pasó a otra casa, que quizás le había dado José.

No recuerdo si en las pasadas visiones y lecciones recibí alguna vez alusión segura, a que la casa de Nazaret fuera la casa natal. Mi cabeza está muy cansada.

Además, sobre todo por lo que respecta a los dictados, olvido enseguida las palabras, aunque, eso sí, me quedan grabadas las prescripciones que contienen y en el alma, la luz.

Pero los detalles se borran inmediatamente. Si al cabo de una hora tuviera que repetir lo que he oído, aparte de una o dos frases de especial importancia, no sabría nada más.

Las visiones, por el contrario, me quedan vivas en la mente, porque las he tenido que observar por mi misma. Los dictados los recibo.

Aquéllas, por el contrario, tengo que percibirlas; permanecen, por tanto, vivas en el pensamiento, que ha tenido que trabajar para advertir sus distintas fases.

Esperaba un dictado sobre la visión de ayer, pero no lo ha habido. Empiezo a ver y escribo….

(Esta  es la experiencia de María Valtorta.

Y nuestras propias experiencias, serán de acuerdo a la Voluntad de Dios. 

Los católicos poseemos la Verdad Revelada…

Y cuando cumplimos TODOS los requisitos que la Iglesia Catolica, Apostólica y Romana, EXIGE, 

NO PODEMOS CALLAR,

ANTE LO QUE ESTAMOS VIENDO, OYENDO y experimentando con los Carismas del Espíritu Santo…)

No olvidemos que TODO lo que estamos estudiando, ES UN CURSO DE ENTRENAMIENTO de nuestro cuerpo espiritual… 

PORQUE ES LO QUE VIVIREMOS EL RESTO SANTO

Fuera de los muros de Jerusalén, en las colinas, entre los olivos, hay gran multitud de gente.

Parece un enorme mercado, pero no hay ni casetas ni puestos de venta, ni voces de charlatanes y vendedores ni juegos.

Hay muchas tiendas hechas de lana basta, sin duda impermeables, extendidas sobre estacas hincadas en el suelo.

Atados a las estacas hay ramos verdes, como decoración y como medio para dar frescor.

Otras, sin embargo, están hechas sólo de ramos hincados en el suelo y atados así ; éstas crean como pequeñas galerías verdes.

Bajo todas ellas, gente de las más distintas edades y condiciones y un rumor de conversación tranquilo e íntimo en que sólo desentona algún chillido de niño.

Cae la tarde y ya las luces de las lamparitas de aceite resplandecen acá y allá por el extraño campamento. En tomo a estas luces, algunas familias, sentadas en el suelo, están cenando.

Las madres tienen en su regazo a los más pequeños, muchos de los cuales, cansados, se han quedado dormidos teniendo todavía el trozo de pan en sus deditos rosados,

su cabecita sobre el pecho materno, como los polluelos bajo las alas de la gallina.

Las madres terminan de comer como pueden, con una sola mano libre, sujetando con la otra a su hijito contra su corazón.

Otras familias, por el contrario, no están todavía cenando. Conversan en la semioscuridad del crepúsculo esperando a que la comida esté hecha.

Se ven lumbres encendidas, desperdigadas; en torno a ellas trajinan las mujeres. Alguna nana muy lenta, yo diría casi quejumbrosa, mece a algún niño que halla dificultad para dormirse.

Encima, un hermoso cielo sereno, azul cada vez más oscuro hasta semejar a un enorme toldo de terciopelo suave de un color negro – azul;

un cielo en el que, muy lentamente, invisibles artífices y decoradores estuvieran fijando gemas y lamparitas, ya aisladas, ya formando caprichosas líneas geométricas,

entre las que destacan la Osa Mayor y Menor, que tienen forma de carro con la lanza apoyada en el suelo una vez liberados del yugo los bueyes.

La estrella Polar ríe con todos sus resplandores. Me doy cuenta de que es el mes de Octubre.

Aparece en la escena Ana. Viene de una de las hogueras con algunas cosas en las manos y colocadas sobre el pan, que es ancho y plano, como una torta de las nuestras, y que hace de bandeja.

Trae pegado a las faldas a Alfeo, que va parla que te parla con su vocecita aguda.

Joaquín está a la entrada de su pequeña tienda (toda de ramajes). Habla con un hombre de unos treinta años, al que saluda Alfeo desde lejos con un gritito diciendo: «Papá».

Cuando Joaquín ve venir a Ana se da prisa en encender la lámpara.

Ana pasa con su majestuoso caminar regio entre las filas de tiendas; regio y humilde. No es altiva con ninguno.

Levanta a un niñito, hijo de una pobre, muy pobre, mujer, el cual ha tropezado en su traviesa carrera y ha ido a caer justo a sus pies.

Dado que el niñito se ha ensuciado de tierra la carita y está llorando, ella le limpia y le consuela y, habiendo acudido la madre disculpándose, se lo restituye diciendo:

–     ¡Oh, no es nada!

Me alegro de que no se haya hecho daño. Es un niño muy agradable ¿Qué edad tiene?».

–     Tres años.

Es el penúltimo. Dentro de poco voy a tener otro. Tengo seis niños. Ahora querría una niña… Para una mamá es mucho una niña….

–     ¡Grande ha sido el consuelo que has recibido del Altísimo, mujer!

Ana suspira.

La otra mujer dice:

–     Sí. Soy pobre.

Pero los hijos son nuestra alegría, y ya los más grandecitos ayudan a trabajar. Y tú, señora.

Todos los signos son de que Ana es de condición más elevada y la mujer lo ha visto.

–     ¿Cuántos niños tienes?

–      Ninguno.

–     ¿Ninguno! ¿No es tuyo éste?

–     No. De una vecina muy buena. Es mi consuelo…

–     ¡Oh!

La mujer pobre la mira con piedad.

la saluda con un gran suspiro y se dirige a su tienda. 

Y dice:

–     Te he hecho esperar, Joaquín.

Me ha entretenido una mujer pobre, madre de seis hijos varones, ¡Fíjate! Y dentro de poco va a tener otro hijo.

Joaquín suspira.

El padre de Alfeo llama a su hijo, pero éste responde: «Yo me quedo con Ana. Así la ayudo.

Todos se echan a reír.

Ana responde:

–     Déjalo. No molesta.

Todavía no le obliga la Ley. Aquí o allí… no es más que un pajarito que come.

Y se sienta con el niño en el regazo, le sirve la cena en un plato a su marido y luego da al niño un pedazo de torta y pescado asado. Veo que hace algo antes de dárselo. Quizás le ha quitado la espina.

La última que come es ella.

La noche está cada vez más poblada de estrellas y las luces son cada vez más numerosas en el campamento.

Luego muchas luces se van poco a poco apagando: son los primeros que han cenado, que ahora se echan a dormir.

Va disminuyendo también lentamente el rumor de la gente. No se oyen ya voces de niños. Sólo resuena la vocecita de algún lactante buscando la leche de su mamá.

La noche exhala su brisa sobre las cosas y las personas, y borra penas y recuerdos, esperanzas y rencores.

Bueno, quizás estos dos sobrevivan, aun cuando hayan quedado atenuados, durante el sueño, en los sueños.

Ana está meciendo a Alfeo, que empieza a dormirse en sus brazos.

Entonces cuenta a su marido el sueño que ha tenido:

–     Esta noche he soñado que el próximo año voy a venir a la Ciudad Santa para dos fiestas en vez de para una sola. Una será el ofrecimiento de mi hijo al Templo… ¡Oh! ¡Joaquín!..

El anciano responde:

–     Espéralo, espéralo. Ana.

¿No has oído alguna palabra? ¿El Señor no te ha susurrado al corazón nada?

–      Nada. Un sueño sólo…

–      Mañana es el último día de oración.

Ya se han efectuado todas las ofrendas. No obstante, las renovaremos solemnemente mañana. Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor. Yo sigo pensando que te sucederá como a Ana de Elcana.

–     Dios lo quiera…

¡Si hubiera, ahora mismo, alguien que me dijera: “Vete en paz. El Dios de Israel te ha concedido la gracia que pides”!…

–     Si ha de venir la gracia, tu niño te lo dirá moviéndose por primera vez en tu seno.

Será voz de inocente y, por tanto, voz de Dios.

Ahora el campamento calla en la oscuridad de la noche.

Ana lleva a Alfeo a la tienda contigua y lo pone sobre la yacija de heno junto a sus hermanitos, que ya están dormidos.

Luego se echa al lado de Joaquín. Su lamparita también se apaga, una de las últimas estrellitas de la tierra.

Quedan, más hermosas, las estrellas del firmamento, velando a todos los durmientes.

Dice Jesús: 

“Los justos son siempre sabios, porque, siendo como son amigos de Dios, viven en su compañía y reciben instrucción de Él, de Él que es Infinita Sabiduría.

Mis abuelos eran justos; poseían, por tanto, la sabiduría. Podían decir con verdad cuanto dice la Escritura cantando las alabanzas de la Sabiduría en el libro que lleva su nombre:

“Yo la he amado y buscado desde mi juventud y procuré tomarla por esposa”.

Ana de Aarón era la mujer fuerte de que habla el Antepasado nuestro. Y Joaquín, de la estirpe del rey David, no había buscado tanto belleza y riqueza cuanto virtud. Ana poseía una gran virtud.

Toda las virtudes unidas como ramo fragante de flores para ser una única, bellísima cosa, que era la Virtud, una virtud real, digna de estar delante del Trono de Dios.

Joaquín, por tanto, había tomado por esposa dos veces a la sabiduría “amándola más que a cualquier otra mujer”: la sabiduría de Dios contenida dentro del corazón de la mujer justa.

Ana de Aarón no había tratado sino de unir su vida a la de un hombre recto, con la seguridad de que en la rectitud se halla la alegría de las familias.

Y para ser el emblema de la “mujer fuerte”, no le faltaba sino la corona de los hijos, gloria de la mujer casada, justificación del vínculo matrimonial, de que habla Salomón; como también a su felicidad sólo le faltaban estos hijos,

flores del árbol que se ha hecho uno con el árbol cercano obteniendo copiosidad de nuevos frutos en los que las dos bondades se funden en una, pues de su esposo nunca había recibido ningún motivo de infelicidad.

Ella, ya tendente a la vejez, mujer de Joaquín desde hacía varios lustros, seguía siendo para éste “la esposa de su juventud, su alegría, la cierva amadísima, la gacela donosa”,

cuyas caricias tenían siempre el fresco encanto de la primera noche nupcial y cautivaban dulcemente su amor, manteniéndolo fresco como flor que el rocío refresca…

y ardiente como fuego que siempre una mano alimenta. Por tanto, dentro de su aflicción, propia de quien no tiene hijos, recíprocamente se decían “palabras de consuelo en las preocupaciones y fatigas”.

Y la Sabiduría eterna, llegada la hora, después de haberlos instruido en la vida, los iluminó con los sueños de la noche, lucero de la mañana del poema de gloria que había de llegar a ellos: María Santísima., la Madre mía.

Si su humildad no pensó en esto, su corazón sí se estremeció esperanzado ante el primer tañido de la promesa de Dios.

Ya de hecho hay certeza en las palabras de Joaquín: “Espéralo, espéralo… Persuadiremos a Dios con nuestro fiel amor”.

Soñaban un hijo, tuvieron a la Madre de Dios.

Las palabras del libro de la Sabiduría parecen escritas para ellos: “Por ella adquiriré gloria ante el pueblo… por ella obtendré la inmortalidad y dejaré eterna memoria de mí a aquellos que vendrán después de mí”.

Pero para obtener todo esto, tuvieron que hacerse reyes de una virtud veraz y duradera no lesionada por suceso alguno.

Virtud de Fe. Virtud de caridad. Virtud de esperanza. Virtud de castidad. ¡Oh, la castidad de los esposos! Ellos la vivieron, pues no hace falta ser vírgenes para ser castos.

Los tálamos castos tienen por custodios a los ángelesy de tales tálamos provienen hijos buenos que de la virtud de sus padres hacen norma para su vida.

Mas ahora ¿Dónde están?

Ahora no se desean hijos, pero no se desea tampoco la castidad. Por lo cual Yo digo que se profana el amor y se profana el tálamo.

“La CASTIDAD no es una cuestión fácil. Vas contracorriente todos los días. Aristóteles decía: “No hay conquista más grande que la conquista de uno mismo.” Es una libertad, la libertad de hacer lo correcto. LA CASTIDAD ES UN ENTRENAMIENTO…

122 LA PIEDRA ANGULAR


122 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús está hablando  en un poblado costero. También aquí una calle bordea el lago y hay barcas sacadas a la orilla.

Del otro lado de la calle están alineadas las casas, más o menos grandes.

Aquí las colinas están mucho más distantes, así que es una ciudad edificada en una llanura, que se prolonga por la orilla oriental del lago.

La resguarda del viento el baluarte de los montes.

Bien templada por tanto por el sol que aquí, más que en otros campos, aumenta la floración de los árboles.

 Jesús dice:

-…Es verdad. Decís: “No te abandonaremos nunca porque sería abandonar a Dios”.

Oh, pueblo de Guerguesa, recuerda que nada hay más mutable que el pensamiento humano!

Estoy convencido de que en este momento realmente pensáis así.

Mi palabra y el milagro realizado os han exaltado en este sentido y ahora sois sinceros en lo que decís. Pero quisiera recordaros un episodio, mil podría citar, lejanos y cercanos -.

Os cito éste sólo. Josué, siervo del Señor, antes de morir, reunió en torno a sí a todas las tribus con sus ancianos, príncipes, jueces y magistrados.

Y les habló en presencia del Señor, recordándoles a todos los beneficios y los prodigios operados por el Señor a través de su siervo.  

Y, tras haber enumerado todas estas cosas, los invitó a repudiar a todos los dioses que no fueran el Señor.  O cuanto menos, a ser auténticos en la fe, eligiendo con sinceridad,

O al verdadero Dios. O a los dioses de Mesopotamia y de los amorreos; de modo que hubiera una neta separación entre los hijos de Abraham y los paganizantes. 

“Apariencias de piedad, sin el Poder de ella.”

Es preferible siempre un error valiente a una hipócrita profesión y mezcla de fes: para Dios, infamia; para los espíritus, muerte.

Nada más fácil y común que esas mezcolanzas. La apariencia es buena, pero por debajo está la sustancia, que no es buena. Aún hoy, hijos, aún hoy.

Esos fieles que mezclan la observancia de la Ley con lo que la Ley prohíbe; esos desdichados que caminan dando tumbos, como los borrachos, entre la fidelidad a la Ley y las ganancias de los negocios,

y viven comprometidos con quienes están al margen de la ley, de quienes esperan alguna ventaja; esos sacerdotes o escribas o fariseos que ya no tienen por finalidad de la propia vida el servicio a Dios,

sino que éste se ha convertido en una astuta política para triunfar sobre los demás, se ha convertido en poder – y nada más contra sus semejantes – más honestos que ellos -,

porque sirven no a Dios sino a un poder que se presenta ante sus ojos fuerte y precioso para sus fines… ésos son sólo hipócritas que mezclan a nuestro Dios con dioses extranjeros.

El pueblo respondió a Josué: “¡Jamás abandonaremos al Dios verdadero para servir a dioses extranjeros!”. Y Josué les dijo lo que Yo a vosotros hace un momento acerca del santo celo del Padre,

acerca de su voluntad de ser amado con exclusividad, con la totalidad de nosotros mismos, y acerca de su justicia cuando castiga a los embusteros.

-¡Castigar!… Sí, Dios, de la misma forma que puede favorecer, puede castigar. Antes de morir se puede recibir premio o castigo.

¡Mira, pueblo hebreo, mira cómo Dios – después de haberte dado tanto liberándote de los faraones, conduciéndote ileso a través del desierto y entre insidias de enemigos,

permitiéndote que llegaras a ser una nación grande y temida y rica en glorias; te ha castigado por tus culpas: una, dos, diez veces!

¡Mira en qué estado te encuentras! 

Y Yo, que veo que te estás hundiendo en la más sacrílega de las idolatrías, veo también el Abismo por el que te vas a despeñar por persistir en las mismas culpas.

Y por esto te llamo, pueblo que eres dos veces mío, por ser el Redentor y por haber nacido de ti. Esta llamada mía, aunque sea severa, no es odio ni rencor ni intransigencia, es amor.

Josué dijo entonces: “Sois testigos de que habéis elegido al Señor”,

Y todos respondieron: “Sí”.

Y Josué, que era sabio además de valeroso, sabiendo cuán lábil es la voluntad del hombre, escribió en el libro todas las palabras de la Ley y de la alianza y las puso en el Templo.

Y puso también, en este santuario del Señor, en Siquem, que contenía a la sazón el Tabernáculo, una voluminosa piedra como testimonio.

Luego dijo:

“Esta piedra, que ha oído las palabras que habéis dirigido al Señor, quedará aquí como testimonio, para que no podáis retractaros y mentir al Señor Dios vuestro”.

El hombre, el rayo o la erosión de las aguas y del tiempo, pueden siempre pulverizar una piedra por grande y dura que sea.

Pero YO SOY LA PIEDRA ANGULAR Y ETERNA 

Y no puedo ser destruido.  

No le mintáis a esta Piedra viva, no la améis por el sólo hecho de que realice prodigios; amadla porque por ella tocaréis el Cielo.

Yo os quisiera más espirituales, más fieles al Señor. No digo a mí. Mi única razón, aquí, es que soy la Voz del Padre.

Ultrajándome, herís a aquel que me ha enviado.

Yo soy el medio; Él, el Todo. Recoged de mí y conservad en vosotros lo santo para alcanzar a este Dios.

No améis sólo al Hombre, amad al Mesías del Señor no por los milagros que hace, sino porque desea obrar en vosotros el milagro íntimo y sublime de vuestra santificación.

Jesús imparte su bendición y se encamina hacia una casa.

Ya casi en el umbral de la puerta, un grupo de ancianos lo detiene:

Lo saludan respetuosamente,

y dicen:

–     ¿Podemos preguntarte una cosa, Señor?

Somos discípulos de Juan. Siempre habla de ti. Ha llegado a nuestros oídos la fama de tus prodigios. Así que hemos querido conocerte.

Ahora bien, oyéndote, se nos ha planteado una pregunta que desearíamos proponerte. 

Jesús responde:

–     Exponedla.

Si sois discípulos de Juan estaréis ya en el camino de la justicia.

–     Has dicho, hablando de las idolatrías comunes en los fieles, que en medio de nosotros hay personas que trafican entre la Ley y los que no siguen la Ley.

Ahora bien, Tú también eres amigo de éstos últimos, sabemos en efecto, que no rechazas a los romanos -. ¿Entonces?

–     No lo niego, pero…

¿Acaso podéis afirmar que lo haga para obtener de ellos algún provecho? Ni siquiera busco su protección. ¿O podéis, acaso, afirmar lo contrario, porque los trate con benignidad?

–     No, Maestro, estamos de ello más que seguros.

Pero el mundo no está hecho sólo de nosotros, que queremos creer solamente en el mal que vemos y no en el de que se nos habla.

Explícanos las razones que pueden fundar este acercamiento a los gentiles; hazlo para instrucción nuestra y para que te podamos defender, si alguien te calumnia en nuestra presencia.

–     Estos contactos son malos cuando la finalidad es humana.

No lo son cuando la intención es llevarlos al Señor Dios nuestro. Así actúo Yo. Si fuerais gentiles, podría detenerme a explicaros cómo todo hombre procede de un único Dios.

Pero sois hebreos, y además discípulos de Juan; sois, por tanto, la flor de los hebreos, y no es necesario que os lo explique. Estáis, pues, ya en condiciones de entender y creer que, siendo el Verbo de Dios,

Es mi deber llevar su Verbo a todos los hombres, hijos del Padre Universal.

–     Pero no son hijos, porque son paganos…

–     Por lo que se refiere a la Gracia no lo son.

Por su errada fe no lo son:

Esto es verdad pero, hasta que no os haya redimido, el hombre, incluyo al hebreo, ha perdido la Gracia.

Está privado de ella, porque la Mancha de origen es obstáculo para que el rayo inefable de la Gracia descienda a los corazones.

De todas formas, por la Creación el hombre es siempre hijo.

De Adán, cabeza de toda la humanidad, proceden tanto los hebreos como los romanos.

Y Adán es hijo del Padre, que le dio su semejanza espiritual.

–     Es verdad.

Otra pregunta, Maestro. ¿Por qué los discípulos de Juan hacen grandes ayunos y los tuyos no?

No decimos que Tú no tengas que comer, también el profeta Daniel, aun siendo grande en la corte de Babilonia, fue santo a los ojos de Dios, y Tú eres superior a él. Pero ellos…

–     La cordialidad obtiene muchas veces, lo que no se consigue con el rigorismo.

Algunos no se acercarían jamás al Maestro, debe ser el Maestro quien vaya a ellos.

Otros sí se acercarían, pero se avergüenzan de hacerlo en público: también a ellos debe ir el Maestro.

Y, puesto que me dicen:

“Sé huésped mío para poderte conocer”, acepto.

Teniendo presente no el placer de una mesa opulenta o el placer de los discursos, que a veces me resultan muy penosos.

Sino una vez más y siempre el interés de Dios.

Esto por lo que respecta a Mí. Frecuentemente al menos una de las almas con las que tengo contacto de esta manera se convierte.

Toda conversión significa una fiesta nupcial para mi alma, una gran fiesta en la que participan todos los ángeles del Cielo, bendecida por el eterno Dios.

Y mis discípulos, o sea, los amigos del Esposo, exultan con el Esposo y Amigo.

¿Os parecería lógico que mis amigos hicieran duelo mientras Yo exulto de gozo y estoy con ellos? Día llegará en que no me tendrán. Entonces ayunarán, y mucho.

A nuevos tiempos, nuevos métodos. Hasta ayer, hasta Juan el Bautista, era el tiempo de la ceniza de la Penitencia; hoy – en mi hoy – se hace presente el dulce maná de la Redención, de la Misericordia, del Amor.

Los métodos anteriores no podrían vivir injertados en el mío, como tampoco se habría podido usar el mío entonces, sólo ayer, porque la Misericordia todavía no estaba en la Tierra.

Ahora sí que está. Ya no es el Profeta el que está en el mundo, sino el Mesías, en quien Dios ha delegado  TODO.

A cada tiempo las cosas que le son útiles.

Nadie cose un pedazo de paño nuevo en un vestido viejo, porque si lo hace, sobre todo al lavarlo, la tela nueva encoge y rompe la tela vieja, con lo cual la rotura se hace todavía mayor.

De la misma forma, nadie mete vino nuevo en odres viejos, porque el vino rompe los odres, que no son capaces de soportar la efervescencia del vino nuevo, los desgarra y se derrama.

Por el contrario, el vino viejo, que ya ha sufrido todas las mutaciones, hay que meterlo en odres viejos. Y el nuevo en nuevos, para que a una fuerza se oponga otra igual.

Esto es lo que sucede ahora: la fuerza de la nueva doctrina aconseja métodos nuevos para difundirla… y Yo, conocedor como soy, los uso.

–     Gracias, Señor.

Ahora estamos satisfechos. Ruega por nosotros. Somos odres viejos. ¿Seremos capaces de contener tu fuerza?

–     Sí, porque habéis sido curtidos por Juan el Bautista.

Y porque sus oraciones, unidas a las mías, os darán la necesaria capacidad. Marchaos con mi paz y decidle a Juan que lo bendigo.

–     Pero Tú ¿Qué piensas?

¿Que es mejor permanecer con Juan o ir contigo?

–     Mientras haya vino viejo, bebedlo, si ya a vuestro paladar le gusta su sabor; después…

El agua putrefacta que en todas partes se encuentra os dará asco y entonces desearéis el vino nuevo.

–     ¿Crees que volverán a prender al Bautista?

–     Sí. Sin duda.

De todas formas ya le he enviado una misiva. Marchaos, marchaos, gozad de vuestro Juan mientras podáis, y hacedlo feliz.

Luego me amaréis a Mí, aunque os resultará trabajoso, porque nadie que haya gustado el vino viejo desea  de repente el vino nuevo, sino que dice: “El viejo era mejor”.

Efectivamente, Yo tendré sabores especiales, que os parecerán ásperos. No obstante, vuestro paladar, de día en día, irá apreciando su sabor vital.

Adiós, amigos. Que Dios esté con vosotros.

120 IGLESIA NACIENTE


120 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús sigue en su casa de Nazaret. Y  más exactamente en lo que fuera el taller de carpintería.

Con Él están los doce apóstoles y María, María madre de Santiago y Judas, Salomé, Susana y Marta.

Una Marta muy apenada, con claros signos de llanto bajo sus ojos, una Marta que se ve y se siente fuera de lugar en este ambiente, tímida y solitaria, ante la Madre del Señor.

María trata de armonizarla con las otras mujeres y de quitarle ese sentido de molestia que ve que padece; pero su ternura parece dilatar cada vez más el corazón de la pobre Marta.

Rubor y lágrimas se alternan bajo ese velo, muy caído, que quiere cubrir dolor y desazón.

Entran Juan con Santiago de Alfeo.  

Y Juan dice:

–      No estaba, Señor.

Ha ido con su marido a casa de una amiga que la ha invitado. Eso han referido los domésticos. 

Santiago de Alfeo concluye:

–     Lo sentirá mucho, sin duda; de todas formas, ya recibirá tus instrucciones y te verá. 

Jesús dice: 

–     Bien.

No es el grupo de discípulas exactamente como lo había pensado. De todas formas, ya veis que en vez de Juana está Marta, hija de Teófilo, hermana de Lázaro.

Los discípulos ya conocen a Marta. Mi Madre también.

Tú, María, y tú, Salomé, quizás también, ya sabéis por vuestros hijos quién es Marta, no tanto como mujer según los criterios de este mundo, cuanto como criatura ante los ojos de Dios.

Tú, Marta, por tu parte, ya conoces a estas mujeres, que te consideran hermana y te van a querer mucho.

Hermana e hija. Tú tienes mucha necesidad de esto, buena Marta, para sentir, ¿Por qué no? 

La consolación humana de nobles afectos que Dios no sólo no condena; sino que los ha puesto en el hombre como apoyo del trabajo que la vida supone.

Dios te ha traído justo en la hora por mí elegida para poner la base, diría el cañamazo en que vais a bordar vuestra perfección de discípulas.

Discípulo quiere decir aquel que sigue la disciplina del Maestro, de su doctrina. Por tanto, en sentido amplio serán llamados discípulos todos aquellos que ahora y en el transcurso de los siglos sigan mi doctrina.

Y para no dar muchos nombres diciendo “discípulos de Jesús según la enseñanza de Pedro o de Andrés, de Santiago o Juan, de Simón o Felipe, de Judas o de Bartolomé o de Tomás y Mateo”,

se utilizará un solo nombre, que los aglomerará bajo un único signo: “cristianos” 

Y mi Iglesia será llamada “católicaporque será Universal y abarcará a toda la Creación. Porque mis discípulos, se unirán a Mí y también seran corredentores…

Piedras vivas y valiosas en la Magna Obra de la Redención… Mis otros cristos” vivientes y vibrantes de vida y de amor…

Pero entre el gran número de quienes se sujeten a mi disciplina ya he elegido a los primeros y luego a los segundos. Y así se hará a lo largo de los siglos en memoria mía.

De la misma forma que en el Templo  y aún antes, desde Moisés, hubo un Pontífice, hubo sacerdotes, levitas y responsables de los distintos servicios, funciones o tareas, hubo cantores, etc.,

Así en mi Templo nuevo, que será tan grande y duradero como toda la Tierra, habrá mayores y menores, todos útiles, todos amados por Mí.

Y también mujeres, esa categoría nueva que Israel siempre ha despreciado confinándola, destinada sólo a los cantos virginales en el Templo o a la instrucción de las vírgenes en el Templo y nada más.

No argumentéis acerca de si ello era justo o no; en la religión cerrada de Israel y en el tiempo de ira, era justo.

Todo el deshonor recaía sobre la mujer, origen del pecado. En la religión universal de Cristo y en el tiempo del perdón todo esto cambia.

Toda la Gracia se ha reunido en una mujer y Ella la ha dado a luz al mundo para redención de éste.

La mujer, por tanto, ya no representa el desdén de Dios sino la ayuda de Dios. Por la Mujer, la amada del Señor, todas las mujeres pueden ser discípulas del Señor.

No sólo como la masa sino incluso como sacerdotisas menores, coadjutoras de los sacerdotes, a los cuales pueden servir de gran ayuda, respecto a ellos mismos y respecto a los fieles y no fieles,

respecto a aquellos que no serán conducidos a Dios tanto por el rugido de la palabra santa, cuanto por la sonrisa santa de una discípula mía.

Vosotras me habéis pedido seguirMe, como me siguen los hombres.

Ahora bien, sólo seguirme, escucharme o poner en práctica es demasiado poco, para lo que quiero de vosotras: os santificaríais, lo cual es grande, pero no me es suficiente.

Soy Hijo del Absoluto y de mis predilectos quiero lo absoluto. Quiero todo, porque he dado todo.

Además, no sólo existo Yo, también existe el mundo, esta cosa impresionante que es el mundo.

Debería ser impresionante en santidad: una santidad inmensa de la multitud de los hijos de Dios en número y en magnitud.

Sin embargo, lo impresionante del mundo es su iniquidad.

Su compleja iniquidad es verdaderamente inmensa, en el número de manifestaciones y en la magnitud del vicio.

Todos los pecados están asentados en el mundo, el cual, en vez de ser multitud de hijos de Dios, lo es de hijos de Satanás.

En el mundo está presente de forma especial el pecado de más claro signo de filiación satánica: el ODIO.  El mundo odia. Y quien odia ve – y quiere hacérselo ver a quien no lo ve – el mal incluso en lo más santo.

Si le preguntarais al mundo para qué he venido Yo, no os diría: “Para hacer el bien, para redimir”, sino que os diría: “Para corromper y usurpar”.

Y si le preguntarais qué piensa de vosotras, las que me seguís, no os diría: “Le seguís para santificaros, para confortar al Maestro, con santidad y pureza”,

sino que diría: “Le seguís porque estáis seducidas por ese hombre”.

Así es el mundo. Os hablo de estas cosas para que calculéis todo antes de manifestaros al mundo como discípulas elegidas, las primeras del linaje de las discípulas futuras, cooperadoras de los siervos del Señor.

Tomad el corazón en vuestras propias manos, ese corazón sensible de mujer, y decidle que vosotras, y él con vosotras, habréis de soportar burlas y calumnias.

Que os escupirán y pisotearán; que todo esto lo recibiréis del mundo, del desprecio, de la mentira, de la crueldad del mundo.

Preguntadle si será capaz de recibir todas estas heridas sin gritar de indignación maldiciendo a quienes lo hieren.

Preguntadle si se siente con fuerzas de afrontar el martirio moral de la calumnia sin llegar a odiar a los calumniadores y a la Causa por que será calumniado.

Y, puesto que deberá beber el odio del mundo, que lo circundará.

Preguntadle si va a saber emanar siempre amor; si, henchido de amargura de ajenjo, va a saber sacar dulzura; si, sufriendo todo tipo de tortura de incomprensión, escarnio, murmuración;

va a saber sonreír señalando con la mano al Cielo, su meta, a la que queréis conducir a los demás (conducirlos por esa caridad de mujer, que es materna incluso en tierna edad.

Que es materna incluso para con ancianos que podrían ser abuelos vuestros y que de hecho son niños espirituales, recién nacidos, incapaces de comprender y conducirse por el camino, por la vida y la verdad

y la sabiduría que he venido a dar con el ofrecimiento de mí mismo: Camino, Vida, Verdad, Sabiduría divina).

De todas formas, aunque me dijerais: “No me siento con fuerzas, Señor, para desafiar al mundo entero por ti”, os amaría igualmente.

Ayer una jovencita me ha pedido que la inmole antes de que se cumpla la hora de su matrimonio,

porque siente que me ama como se debe amar a Dios, o sea, con la totalidad de sí misma, hasta la perfección absoluta en la entrega.  

Y lo voy a hacer. Le he ocultado la hora para que el alma no tiemble a causa del miedo; o, más que el alma, la carne.

Su muerte será como la de una flor que un atardecer cierra su corola pensando abrirla al día siguiente, pero que no la vuelve a abrir porque el beso de la noche le ha aspirado la vida.

Además, lo haré, según su deseo, de forma que su sueño de muerte preceda en pocos días al mío; para no hacer esperar en el Limbo a esta primera virgen mía; para encontrarla enseguida en cuanto muera Yo.

¡No lloréis! Soy el Redentor… Fijaos cómo esta joven santa, que no se limitó al hosanna inmediatamente después del milagro, sino que, cumplido éste, como moneda que puede producir intereses,

ha sabido trabajarlo, pasando de la gratitud humana a la sobrenatural, del deseo terreno al ultraterreno, mostrando poseer una madurez de espíritu superior a la de casi todos.

Digo “casi”, pues entre vosotros que me estáis oyendo hay niveles de perfección iguales e incluso superiores -; fijaos, cómo no me ha pedido seguirme,

antes bien, ha manifestado su deseo de cumplir su evolución de niña a ángel, en el secreto de su casa.

Bueno pues, siento tanto amor por ella, que en las horas de amargura, causadas por lo que el mundo es, evocaré a esta dulce criatura y bendeciré al Padre, que me enjuga con estas flores de amor y pureza,

las lágrimas y sudores de Maestro de un mundo que no me recibe.

Bien, pues si tenéis el coraje de perseverar como discípulas escogidas, he aquí que os señalo la tarea que debéis cumplir para justificar vuestra elección y presencia conmigo y con los santos del Señor.

Mucho podéis hacer en ayuda de vuestros semejantes y de los ministros del Señor. Ya se lo dejé entrever a María de Alfeo hace muchos meses.

¡Cuánta necesidad de la mujer ante el altar de Cristo! 

Una mujer puede, mucho más y mejor que el  hombre, tratar las infinitas miserias del mundo, que luego pasarán al hombre para su completa curación.

Se os abrirán muchos corazones, especialmente femeninos, a vosotras, mujeres discípulas; los acogeréis como a amados hijos extraviados que vuelven a la casa paterna y que no tienen el coraje de ponerse ante su padre.

Infundiréis nueva fuerza al culpable, aplacaréis al que condena. Muchos se acercarán a vosotras buscando a Dios: los acogeréis como a fatigados peregrinos, diciendo: “Ésta es la casa del Señor, Él vendrá enseguida”.

Y entretanto, los circundaréis de vuestro amor: si no llego Yo, llegará un sacerdote mío.

La mujer sabe amar, está hecha para el amor. Envileció sí, el amor haciéndolo deseo del sentido, pero en el fondo de su carne, atrapado vive aún el verdadero amor, la gema de su alma:

el amor que no sabe del lodo acre del sentido, el amor hecho de alas y perfumes angélicos, de llama pura, de recuerdos de Dios y de su procedencia de Dios, de recuerdos de que es obra creada por Él.

La mujer es la obra maestra de la bondad junto a la obra maestra de la creación, que es el hombre: “Que tenga Adán ahora una compañera para que no se sienta solo”.

La mujer no debe abandonar a Adán. Aprovechad, pues, esta facultad de amar. Amad con ella al Cristo y, por El, al prójimo.

Sed plena caridad para con los culpables arrepentidos; decidles que no tengan miedo de Dios. ¿Cómo no habríais de saber hacerlo vosotras, que sois madres y hermanas?

¿Cuántas veces vuestros pequeñuelos, vuestros hermanitos, estuvieron enfermos y tuvieron necesidad del médico! Y tenían miedo.

Pero vosotras, con caricias y palabras de amor, les quitasteis el miedo.  

Y ellos, con su manita en la vuestra, recibieron vuestros cuidados, perdido ya el terror que tenían. Los culpables son vuestros hermanos e hijos enfermos que temen la mano del médico y su sentencia…

No, no ha de ser así; vosotras que sabéis lo bueno que es Dios decid que Dios es bueno y que no hay que tenerle miedo. A pesar de que, en tono firme y tajante, dirá:

“No volverás a hacer esto jamás”, no arrojará de su presencia a aquel que consumó el hecho y enfermó, sino que le asistirá para curarle.

Sed madres y hermanas con los santos, que también necesitan amor. Ellos se fatigarán, se consumirán en la evangelización. Los desbordará la cantidad de cosas que tendrán que hacer.

Ayudadlos vosotras con discreción y diligencia.

La mujer sabe trabajar, en la casa, sirviendo a las mesas, con las camas, en los telares y en todo aquello que es necesario para la vida cotidiana.

El futuro de la Iglesia será un continuo dirigirse de los peregrinos a los lugares de Dios;

vosotras sus pías hospederas, asumiéndoos los trabajos más humildes para dejar libres a los ministros de Dios para continuar la obra del Maestro.

Vendrán tiempos difíciles, sangrientos, crueles. Los cristianos – incluso los santos – vivirán horas de terror, de debilidad.

El hombre no es nunca muy fuerte en el sufrimiento; en cambio, la mujer posee respecto al hombre esta verdadera regalidad del saber sufrir.

Enseñad esta cualidad al hombre, sosteniéndole en estas horas de temor, de abatimiento, de lágrimas, de cansancio, de sangre.

En nuestra historia tenemos ejemplos de magníficas mujeres que supieron cumplir actos de audacia liberadora.

LIBRO DE JUDITH Y COMO LA ORACION Y EL AYUNO SALVARON A ISRAEL

Tenemos a Judit, a Yael. De todas formas – debéis creerlo – ninguna es mayor, por ahora,

que la madre ocho veces mártir (siete en sus hijos y una en sí misma) del tiempo de los Macabeos.

Pero ha de venir otra, a la que seguirán muchas mujeres heroínas del dolor y en el dolor, consuelo de mártires, mártires ellas mismas, ángeles de los perseguidos; mujeres que, cual mudas sacerdotisas,

predicarán a Dios con su modo de vivir y que, sin más consagración que la recibida del Dios-Amor, serán verdaderamente personas consagradas y dignas de serlo.

Éstos son, a grandes rasgos, vuestros principales deberes.

No voy a disponer de mucho tiempo para vosotras en particular; os formaréis oyéndome, profundizaréis en vuestra formación bajo la guía perfecta de mi Madre.

Ayer, esta mano materna, Jesús coge con su mano la mano de María

Mientras continúa:

–     Ha conducido a mí a la niña de que os he hablado, la cual me dijo que el solo hecho de escucharla y de estar unas pocas horas a su lado,

Le había servido para madurar el fruto de la gracia recibida, llevándolo a la perfección.

No es la primera vez que mi Madre trabaja para el Cristo, su Hijo.

Con tu Rosario Madrecita, convertido en la Red Divina de la salvación, te entrego con cada Ave María, LAS ALMAS DE…

Tú y tú, primos míos además de discípulos, sabéis lo que María significa para la formación de las almas en Dios.

Y se lo podréis decir a quienes – hombres o mujeres – sientan el temor de no haber sido preparados por mí para la misión, o de una insuficiente preparación, cuando Yo ya no esté con vosotros.

Mi Madre estará con vosotros ahora y cuando Yo no esté. Y después, una vez que me haya marchado definitivamente.

Ella os queda, y con Ella la Sabiduría en todas sus virtudes; seguid desde ahora todos sus consejos.

Ayer noche, ya solos, estando sentado al lado de mi Madre, como cuando era niño, con mi cabeza apoyada sobre ese hombro suyo tan dulce y fuerte, me dijo…

Habíamos estado hablando de la jovencita que se había puesto en camino en las primeras horas de la tarde llevándose en su corazón virginal un sol más radiante que el del firmamento:

Su secreto santo, me dijo: “¡Qué dulce es ser la Madre del Redentor!”.

Sí, qué dulce es cuando la criatura que al Redentor se acerca es ya una criatura de Dios, una criatura en que la única mancha es la de origen, la cual no puede ser lavada sino por Mí .

Y todas las otras manchas de imperfección humana han sido lavadas por el amor.

Sí, dulce Madre mía, purísima Guía de las almas hacia tu Hijo,

Estrella santa de orientación, Madre suave de los santos, compasiva Criadora de los más pequeños, saludable Cura de los enfermos.

Sí, pero no siempre vendrán a ti estas criaturas que no contrastan con la santidad:

Lepras y horrores y hedores y amasijo de serpientes en torno a cosas inmundas se arrastrarán hasta tus pies,

¡Oh Reina del género humano!, para gritarte:

“¡Piedad! ^Socórrenos! ¡Llévanos a tu Hijo!”.

Entonces habrás de poner esta cándida mano tuya sobre las llagas, inclinarte con tus ojos de paloma paradisíaca hacia las deformidades infernales, aspirar el hedor del pecado…

Y no huir, antes al contrario, acoger en tu corazón a estos mutilados a causa de Satanás. A estos abortos, a esta podredumbre humana.

Y lavarlos con el llanto y traerlos a Mí… Entonces dirás: “¡Qué difícil es ser la Madre del Redentor!”.

Pero tú lo harás, porque eres la Madre… Beso y bendigo estas manos tuyas que tantas criaturas traerán a Mí. Cada una será una gloria mía.

Aunque, antes que mías, Madre santa, tuyas serán estas glorias.

Vosotras, amadas discípulas, seguid el ejemplo de mi Maestra, y de Santiago y Judas, y de todos aquellos que quieran formarse en la gracia y en la sabiduría.

Seguid su palabra: es la mía, pero más dulce; nada que añadir a ella, porque es la palabra de la Madre de la Sabiduría.

Y vosotros, amigos míos, sabed tener de las mujeres la humildad y la constancia. Deponiendo la soberbia propia del varón, no despreciéis a las mujeres discípulas,

sino, más bien, templad vuestra fuerza, podría incluso añadir “vuestra dureza e intransigencia”, en contacto con la dulzura de las mujeres.

Pero, sobre todo, aprended de ellas a amar, creer y sufrir por el Señor, pues en verdad os digo que ellas, las débiles, serán las más fuertes en la fe, amor y audacia, en el sacrificio por su Maestro,

al que aman con total integridad de sí mismas, sin pedir ni pretender nada, satisfechas sólo de amar para darme conforte y alegría. 

Id ahora a vuestras casas o a las en que estáis alojados. Yo me quedo aquí con mi Madre. Dios sea con vosotros.

Se marchan todos excepto Marta.  

Jesús indica:

–     Quédate tú, Marta.

Ya he hablado con tu sirviente. Hoy no hospeda Betania, sino la pequeña casa de Jesús. Ven. Comerás con María y dormirás en el cuarto pequeño que está al lado del suyo.

El espíritu de José, conforte nuestro, te confortará mientras duermes, y mañana volverás a Betania más fuerte y más segura, a preparar también allí a mujeres discípulas, en espera de la otra, que tú y Yo amamos más.

No dudes, Marta. Nunca prometo en vano. Ahora bien, para transformar un desierto lleno de víboras en un huerto paradisíaco, se requiere tiempo…

El primer trabajo no se ve; parece como si nada hubiera cambiado…

Y sin embargo, la semilla está ya depositada; todas las semillas.

Luego vendrá la lluvia del llanto y las abrirá… Y los árboles buenos crecerán.

¡Ven! ¡No llores más!