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378 VIRGEN Y MADRE


378 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

348 Revelación de las transfiguraciones de la Virgen.

Entretanto, han descargado las flores y todas las otras cosas que deben quedarse en Nazaret.

Luego el carro va a su lugar: en alguna de las caballerizas de la ciudad.

La pequeña casa parece una rosalera por las rosas que las discípulas han distribuido

por todas partes.

Pero la planta de Porfiria, que ha sido puesta encima de la mesa,

recoge la más viva admiración de María.

Y dice que la lleven a un lugar apropiado,

según las indicaciones de la mujer de Pedro.

Ciertamente no pueden entrar todos en la minúscula casa,

ni en el huerto, que no es

un latifundio ni una hacienda.

Pero que eso sí,

parece ascender hacia el cielo sereno, hacerse etéreo, por la gran

cantidad de nubes de flores de los árboles de este huerto.

Y Judas de Alfeo, sonriendo,

pregunta a María:

–        ¿Has cortado hoy también la rama para tu ánfora?

Ella contesta feliz:

–        Claro, Judas.

La estaba contemplando cuando habéis llegado…

Jesús dice:

–       Y soñando de nuevo, Mamá, tu vasto misterio.

Ciñéndola con su brazo izquierdo y arrimándola contra su pecho.

María levanta su rostro ruborizado,

y suspira diciendo:

–        Sí, Hijo mío…

Y también el primer latido de tu corazón en mí…

Jesús dice

–        Que se queden las discípulas,

los apóstoles, Margziam, los discípulos pastores,

el sacerdote Juan, Esteban, Hermas y Mannahém.

Los demás que se dispersen en busca de alojamiento…

Simón de Alfeo grita desde la puerta:

–        Muchos pueden alojarse en mi casa…

Donde está retenido, porque ya no cabe.

Agregando:

–        Soy condiscípulo de ellos y los reclamo.

Jesús dice efusivo:

–        ¡Hermano, acércate para que te pueda besar.

Mientras Alfeo de Sara, Ismael y Aser, los dos discípulos ex arrieros de asnos,

de Nazaret, dicen, a su vez:

–        ¡A nuestra casa. ¡Venid, venid!

Los discípulos que no habían sido nombrados se marchan.

Se puede entonces cerrar la puerta…

Para ser abierta de nuevo inmediatamente, por la llegada de María de Alfeo,

que no puede estar lejos aunque se estropee su colada.

Son casi cuarenta personas las que han quedado,

así que se esparcen por el huerto tibio y calmo.

Se distribuyen los alimentos.

Todos, tan contentos como están de consumirlos en la casa del Señor y además

distribuidos por María, los encuentran de un sabor celestial.

Regresa Simón, después de acomodar convenientemente a los discípulos,

y dice:

–        No me has llamado como a los demás, pero soy hermano tuyo

y vengo de todas formas.

Jesús dice:

–        Bien.

Ven, Simón.

He querido que estuvierais aquí para daros a conocer a María.

Muchos de vosotros conocéis a la «madre» María;

algunos a la «esposa» María.

Pero ninguno conoce a la «virgen» María.

Os la quiero dar a conocer en este jardín en flor, al cual vuestro corazón viene, con

el deseo, en los momentos de lejanía forzada, como a un lugar de reposo, durante

las fatigas del apostolado.

He oído lo que decíais, apóstoles, discípulos y parientes;

he oído vuestras impresiones, vuestros recuerdos,

vuestras afirmaciones acerca de mi Madre.

Quiero transfiguraros todo esto, cargado de admiración pero todavía muy humano

en conocimiento sobrenatural

Porque mi Madre, antes de Mí,

debe ser transfigurada ante los ojos de los más

merecedores, para ser mostrada cual Ella es.

Veis a una mujer.

Una mujer que por su santidad os parece distinta de las demás.

Y que veis en realidad como un alma envuelta en la carne,

como la de todas sus hermanas de sexo.

Pero ahora quiero descubriros el alma de mi Madre, su verdadera y eterna belleza.

Ven aquí, Madre mía.

No te ruborices.

No te eches hacia atrás atemorizada, paloma suave de Dios.

Tu Hijo es la Palabra de Dios,

No puede hablar de Ti y de tu misterio, de tus misterios,…

¡Oh sublime Misterio de Dios!

Vamos a sentarnos aquí,

bajo esta sombra ligera de árboles en flor,

junto a la casa, junto a tu habitación santa. ¡Así!

Vamos a descorrer esta cortina ondeante.

Que salgan olas de santidad

y de Paraíso de esta habitación virginal para saturarnos

de Tí a todos…

Sí. A mí también y quede perfumado de ti, Virgen perfecta,

para poder soportar los hedores del mundo,

para, teniendo saturada la pupila de tu Candor,

poder ver candor…

Venid aquí, Margziam, Juan, Esteban y vosotras, discípulas,

poneos bien de frente a la puerta abierta de la morada casta

de la que es Casta entre todas las mujeres.

Y detrás vosotros, amigos míos.

Y aquí, a mi lado, tú, amada Madre mía.

Poco antes os he dicho: «la eterna belleza del alma de mi Madre».

Soy la Palabra y por ello sé hacer uso de la palabra sin error.

He dicho: eterna, no inmortal.

Y no lo he dicho sin una finalidad.

Inmortal es quien, habiendo nacido, ya no muere.

Así, el alma de los justos es inmortal en el Cielo,

el alma de los pecadores es inmortal en el Infierno;

porque el alma, una vez creada, ya no muere sino a la gracia.

Pero el alma tiene vida, existe desde el momento en que Dios la piensa.

La crea el Pensamiento de Dios.

El alma de mi Madre desde siempre es pensada por Dios.

Por tanto es eterna en su belleza,

en la cual Dios ha vertido todas las perfecciones

para recibir de ella delicia y confortación

Está escrito en el Libro de nuestro antepasado Salomón, que te antevió… 

Y, por tanto, puede ser llamado profeta tuyo:

«Dios me poseyó al principio de sus obras, desde el mismo principio, antes de la

Creación. Ab aeterno fui establecida, al principio,

antes de que fuera hecha la Tierra.

No existían todavía los abismos y yo había sido ya concebida.

No manaban aún las fuentes de las aguas, no habían sido asentadas aún las

montañas sobre su pesada mole y yo ya existía.

Antes de las colinas había sido dada a luz.

Él no había hecho todavía la Tierra, ni los ríos, ni los fundamentos del mundo,

y yo ya existía

Cuando preparaba los cielos y el Cielo, estaba presente

Cuando con ley inviolable cerró debajo de la bóveda el Abismo,

cuando afianzó en lo alto la bóveda celeste

y colgó de ella las fuentes de las aguas,

cuando fijó al mar sus confines y dictó a las aguas la ley de no superarlos,

mientras echaba los cimientos de la Tierra,

yo estaba con Él dando orden a todas las cosas.

En medio de una constante alegría, jugaba en su presencia continuamente.

Jugaba en el orbe».

¡Sí, oh Madre de la que Dios, el Inmenso, el Sublime, el Virgen, el Increado, estaba

grávido, y te llevaba como al dulcísimo fruto de su seno, exultando al sentirte

agitarte dentro de Él, dándole las sonrisas con las que hizo la Creación!

Tú, a la que dio a luz al dolor para darte al Mundo,

alma suavísima, nacida del Virgen para ser la «Virgen»,

Perfección de la Creación,

Luz del Paraíso, Consejo de Dios, el cual, mirándote, pudo perdonar la Culpa,

porque sólo tú, tú sola,

sabes amar como no sabe hacerlo toda la Humanidad junta.

¡En ti e1 Perdón de Dios!

¡En ti la Medicina de Dios, tú, caricia del Eterno

en la herida infligida por el hombre a Dios!

¡En ti la Salud del mundo,

Madre del Amor encarnado y del Redentor concedido!

¡Oh, el alma de mi Madre!

¡Fundido en el Amor con el Padre, te miraba dentro de Mí,

¡Oh alma de mi Madre!..

Tu esplendor, tu oración, la idea de que tú me llevaras,

eran eterno consuelo de mi

destino de dolor y de experiencias inhumanas, de lo que significa para el Dios

perfectísimo el mundo corrompido.

¡Gracias, Madre!

He venido ya saturado de tus consuelos, he descendido sintiéndote sólo a ti,

tu perfume, tu canto, tu amor…

¡Alegría, alegría mía!

Pero, oíd, vosotros que ahora sabéis que una sola es la mujer en la que no hay

mancha, una sola la Criatura que no cuesta heridas al Redentor,

oíd la segunda transfiguración de María, la Elegida de Dios.

Era una tarde serena de Adar.

Estaban en flor los árboles en el huerto silencioso.

María, desposada con José,

había cogido una rama de árbol florecido para sustituir

a la otra que había en su habitación.

Hacía poco que María había venido a Nazaret,

tomada del Templo para adornar una casa de santos.

Y con el alma tripartita (entre el Templo, la casa y el Cielo),

miraba la rama florecida, pensando que con una parecida a ésa

florecida en modo insólito,

una rama cortada en este huerto en pleno invierno.

y que había echado flores como en primavera delante del Arca del Señor.

Quizás le había dado calor el Sol-Dios radiante en el lugar de su Gloria…

Dios le había expresado su voluntad…

Y pensaba también que el día de la boda José le había llevado otras flores,

aunque no como esa primera, que tenía escrito en sus pétalos ligeros:

«Te quiero unida a José»…

Muchas cosas pensaba…

Y pensando subió a Dios.

Las manos se movían diligentes entre la rueca y el huso.

E hilaban un hilo más delgado que un cabello de su joven cabeza…

El alma tejía un tapiz de amor, yendo diligente, como la lanzadera del telar,

de la tierra al Cielo;

38. Dijo María: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.» Y el ángel dejándola se fue. Lucas 1

de las necesidades de la casa, de su esposo

a las del alma, de Dios.

Y cantaba y oraba.

El tapiz se formaba en el místico telar, se desenrollaba desde la tierra al Cielo,

subía para perderse arriba… ¿Formado con qué?

Con los hilos finos, perfectos, fuertes, de sus virtudes;

con el veloz hilo de la lanzadera que Ella creía «suya»

Y sin embargo, era de Dios:

la lanzadera de la Voluntad de Dios en la cual estaba arrollada la voluntad de la

pequeña, grande Virgen de Israel,

la Desconocida para el Mundo, la Conocida para Dios;

su voluntad arrollada,

hecha una con la Voluntad del Señor.

Y el tapiz se adornaba con flores de amor, de pureza,

palmas de paz, de gloria,

con violetas, jazmines…

Todas las virtudes florecían en el tapiz del amor que la Virgen de Dios extendía,

invitante, desde la tierra hasta el Cielo.

Y no bastando el tapiz, lanzaba su corazón cantando:

«Venga mi Amado a su jardín y coma el fruto de sus árboles frutales…

Baje mi Amado a su jardín, a la era de los aromas, a halagarse en los jardines,

a recoger lirios.

¡Yo soy de mi Amado, y mi Amado es mío;

Él, que se halaga entre los lirios!».

Y, desde lejanías infinitas,

entre torrentes de Luz, venía una Voz cual oído humano

no puede oír, ni garganta humana formar.

Decía: «¡Cuán hermosa eres, amiga mía! ¡Qué hermosa!…

Miel gotean tus labios..

¡Un jardín cerrado eres tú, una fuente sellada, oh hermana, esposa mía!…»

Y las dos voces se unían para cantar la eterna verdad:

«El amor es más fuerte que la muerte.

Nada puede extinguir o ahogar `nuestro’ amor».

La Virgen se transfiguraba así…, así… así…

Mientras descendía Gabriel y la reclamaba, con su llamear,

a la Tierra; uníale de nuevo el espíritu al cuerpo, para que Ella pudiera oír y

comprender la demanda de Aquel que la había llamado «Hermana»

pero que la quería «Esposa».

Pues bien, allí tuvo lugar el Misterio…

Y una púdica, la más púdica entre todas las mujeres,

Aquella que ni siquiera conocía el estímulo instintivo de la carne,

se turbó ante el ángel de Dios, porque hasta un ángel turba la humildad

y la verecundia de la Virgen;

Y sólo se calmó oyéndolo hablar…

Y creyó;

Y dijo la palabra por la que el amor «de Ella y Él » se hizo Carne

Y vencerá a la Muerte.

Y no habrá agua que pueda apagarlo, ni maldad que pueda sumergirlo…

Jesús se inclina dulcemente hacia María, que ha caído a sus pies, casi extática,

al rememorar la lejana hora,

iluminada con una luz especial que parece exhalar del alma.

Y le pregunta quedo:

–        ¡Cuál fue, ¡Purísima!,

tu respuesta a aquel que te aseguraba que viniendo a ser

Madre de Dios no perderías tu perfecta Virginidad

Y María, casi en sueño, lentamente, sonriendo,

con los ojos dilatados por un feliz llanto:

–        ¡He aquí a la Sierva del Señor!

Hágase en mí según su Palabra

Y reclina, adorando, la cabeza en las rodillas de su Hijo.

Jesús la cubre con su manto,

celándola así a los ojos de todos,

y dice:

–        Y se cumplió.

Y se cumplirá hasta el final.

Hasta sus otras transfiguraciones.

Ella será siempre «la Sierva de Dios».

Hará siempre lo que diga «la Palabra».

¡Ésta es mi Madre!

Bueno es que empecéis a conocerla en toda su santa Figura…

¡Madre! ¡Madre!

levanta tu cara, Amada…

Llama a tus devotos a esta Tierra en que por ahora estamos…

Dice mientras destapa a María,

después de un rato en que no se ha oído ningún

sonido aparte del zumbido de las abejas

Y el gorgoteo de la fuentecita.

María levanta la cara, cubierta de llanto,

y susurra:

–        ¿Por que me has hecho esto Hijo?

Los secretos del Rey son sagrados…

–         Pero el Rey los puede revelar cuando quiere.

Madre, lo he hecho para que se comprenda lo que dijo un Profeta:

«Una Mujer abarcará al Hombre», y lo otro del otro Profeta:

«La Virgen concebirá y dará a luz a un Hijo».

Y también para que ellos,

que se horrorizan por demasiadas cosas del Verbo de Dios

que consideran humillantes,

tengan como contrapeso otras muchas cosas que los

confirmen en el gozo de ser «míos».

Así no se volverán a escandalizar.

Y conquistarán así también el Cielo…

Ahora los que tengan que ir a las casas hospitalarias que vayan.

Yo me quedo aquí con las mujeres y Margziam.

Que mañana, al alba, estén aquí todos los hombres;

quiero llevaros a un lugar cercano.

Luego regresaremos para saludar a las discípulas.

Después volveremos a Cafarnaúm.

Y reuniremos a los otros discípulos para enviarlos detrás de ellas…

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: «Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine».

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de «u» justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: «Te amo y te alabo porque me has curado»?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: «He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto».

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: «Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando».

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: «No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos»?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante». Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: «Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú»!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo

360 LA AMISTAD DE LOS PODEROSOS


360 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Ahora un tibio sol de invierno templa el aire crudo.

Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.

La mujer dice:

–         Sólo tengo esto, Señor.

Pero en todo caso, llegarás antes y con más comodidad.

Jesús se niega:

–         No, mujer.

Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael.

Indícame sólo el camino más corto.

El muchacho se pone a su lado y los guía por campos y prados,

van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas

hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja,

circundada por una faja de jardín bien cultivado.

El jovencito dice:

–        La casa es aquélla, Señor.

«Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre.

–          Ve.

Y sé siempre un hijo bueno.

Dios está contigo…

Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael.

Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado.

Otros van a avisar al amo.

Y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.

Y saludándolo:

–         ¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!.

Jesús responde al saludo: 

–        Paz a ti, Ismael ben Fabí.

Deseabas mi Presencia. Vengo.

¿Para qué querías verme

–         Para ser honrado con tu Presencia.

Y para presentarte a mis amigos.

Quiero que lo sean también tuyos.

De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío.

–         Yo soy amigo de todos, Ismael.

–          Lo sé.

Pero, ya sabes…

Conviene tener amistades en las altas esferas.

Y la mía y las de mis amigos son de ésas.

Tú – perdona si te lo digo – pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…

–        ¿Y tú eres de ésos?

¿Por qué?

–        Yo soy de ésos.

¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo.

–         ¡Amigo

¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra?

Para muchos, «amigo» quiere decir «conocido»….

Para otros, «cómplice»; para otros, «siervo»…

Para mí quiere decir «fiel a la Palabra del Padre».

Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo.

–         Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro.

¿No lo crees?

Mira: ahí llega Eleazar.

Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos.

Y volviéndose hacia el recién llegado, con ostentosos aspavientps de vestiduras

y grandes movimientos de ceremoniosa ostentación ritual entre sacerdotes,

Ismael ben Fabi dice:

–         Eleazar, te saludo.

Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa.

Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.

Con la hipocresía farisaica en todo su esplendor…

Los  dos fariseos profesan mutuamente:

–          Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos.

–         ¡Oh, un verdadero elogio!

¡Una defensa apasionada!

Ismael habló de TÍ tanto, como del Profeta más grande que haya venido al pueblo

de Israel;

Tanto así Maestro, que sentí apetencia de escucharte.

Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya,

ni atractivo mayor que el tuyo.

Y que si como sabes hablar sabes sujetar la espada:::

No habrá ningún rey más grande que Tú en Israel.

Ismael se va en busca de sus ‘otros poderosos amigos’

dejando a Jesús, con el poderoso hijo de Annás…

Jesús lo mira fijamente, antes de decir muy lentamente…

–        ¡Mi Reino!…

Este Reino no es humano, Eleazar.

–        ¿Pero el Rey de Israel?

Jesús dice muy solemne:

«Ábranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas.

Vendrá el Reino del Rey de los reyes.

Pero no en la medida humana.

No respecto a lo perecedero, sino a lo Eterno.

A él se accede no por florida vía de triunfos…

Ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga;

sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor.

Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino.

Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme.

Mas no será así.

Vosotros pensáis lo que no es.

En mi mano habrá un Cetro puesto por el Pueblo de Israel.

Regio y eterno.

Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa.

Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de HORROR,,

porque tendrá un nombre atroz para ellos.   (DEICIDIO)  

Eleazar ben Annás, pregunta:

–          ¿No nos crees capaces de seguirte?

–          Si quisierais, podríais.

Pero no queréis.

¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos.

La edad debería haceros comprender y ser justos.

Justos incluso con vosotros mismos.

Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse.

¡Pero vosotros!

La Muerte está siempre muy cerca de los ancianos.

Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales.

Abre tu corazón a la Luz…

Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos…

Anunciando:

–         Venid, pues, adentro.

Y dejado el atrio, lleno de sillas y alfombras, entran en una estancia,

donde se manifiesta una poderosa y ostentosa riqueza….

Traen ánforas y palanganas para las abluciones.

Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.

Ismael ben Fabi anuncia pomposamente:

–         Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar.

Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos,

un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.

Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados.

Vinos, exquisitos jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.

Todos tratan de hacer hablar a Jesús.

Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:

–          Maestro, ¿Es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?

Jesús responde con mucha cortesía:

–          No cambiaré ni una iota a la Ley.

Es más – y Jesús recalca las palabras -, he venido realmente para devolverle su

integridad, como cuando le fue dada a Moisés.  

Un fariseo respijnga.

–           ¿Insinúas que ha sido modificada?

–           De ninguna manera.

Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas,

que han sido puestas en manos del hombre, nada más.

–          ¿Qué quieres decir?

Especifica.

–          Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por el antiguo fomes,

de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara.

E hizo de ella una cosa opresiva para los fieles;

mientras que para los autores de los retoques:

no es más que un cúmulo de frases que…

Bueno, que es para los demás.

–        ¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…

–        ¡Esto es una acusación!

–        ¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…

–        ¡Ah, ya!

¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!

–        Silencio!

Jesús es mi invitado.

Que hable libremente.

–        Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la

aplicación de la Ley.

Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los

Diez Mandamientos añadió explicaciones más detalladas.

Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender.

Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios

el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin.

No siempre fue así.

Y ahora menos que nunca.

Pero, ¿Por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero

las culpas de los poderosos?

–        ¿Culpas?

¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?

–        ¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!

–         Pero no los tenemos:

eso es lo que piensas,.

Y tu mirada lo delata.

Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando.

No reinarás.

No conoces el arte de reinar.

–        No pido reinar a la manera que vosotros creéis.

Ni mendigo amistades.

Quiero amor.

Pero un amor honesto y santo.

Un amor que vaya de Mí a aquellos a quienes amo.

Y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use:

Misericordia.

Uno dice:

–        Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura.

–        Dios te recompensará.

Otro agrega:

–        El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían

azotes, desde que me refirieron una parábola tuya.

Un tercero añade:

–        ¿Y yo?

¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada!

Y una lluvia de autoalabanzas continúa como un torrente…-

Los fariseos se alaban excelsamente.

Ismael no ha hablado.

Jesús pregunta:

–        ¿Y tú, Ismael?

–        ¡Oh!¿Yo?

Siempre he usado misericordia.

Sólo debo seguir actuando como siempre.

–        ¡Bien para ti!

Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos.

–        ¡Ciertamente no!

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

355 LAS DERROTAS DEL MESÍAS


355 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El pastor Jonás pregunta:

–       ¿Y mis ovejas, Señor?

Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo,

para ir a mi pastura… –

Jesús sonríe, pero no responde.

Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas

las hojitas nuevas de los bosques y la hierba de los prados;

transformando en engastes los cálices de las flores, para las gotas de rocío que brillan

en los aros radiados multicolores de las florecillas del campo.

Jesús camina, sonriente.

Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen felices y sonrientes…

Llegan a la desviación.

El pastor Anás, afligido,

dice:

–        Y aquí tendría que dejarte…

¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas?

Yo también tengo fe, y soy prosélito…

¿Me prometes, al menos, que vendrás después del sábado?

–         ¡Anás!

¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano

hacia Lesemdán?

Ve, pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.

El pastor se queda paralizado, por la admiración y el asombro al escuchar al maestro,

anunciándole la Gracia para él.

Y el milagro recibido en sus rebaños…

Está más pasmado que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal,

porque la impresión que causa a quién lo mira, no sería distinta del pastor,

que se ha quedado en la posición en que estaba:

Un poco encorvado e inclinado,

con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús.

Con un brazo semi-extendido a media altura…

Parece una estatua.

Podría tener debajo el cartel: «El suplicador».

Mas luego vuelve en sí, se postra,

y dice:

–         ¡Bendito! ¡Bueno! ¡Santo!…

Pero te había prometido mucho dinero y aquí solamente tengo algunas dracmas…

Ven, ven a visitarme después del Sábado…

Jesús promete:

–          Iré.

No por el dinero, sino para bendecirte una vez más por tu fe sencilla.

Adiós, Anás.

La paz sea contigo.

Y se separan…

Entonces Jesús, llamando a todos sus apóstoles,

les dice:

–         Y tampoco ésta es una derrota, amigos.

Aquí tampoco se han burlado de Mí, ni me han expulsado o maldecido…

«¡Venga, raudos!

Hay una madre esperándonos desde hace días…

Y la marcha prosigue, con un breve alto en el camino, para comer pan y queso.

Y beber en un manantial…

El sol está en mediodía cuando se ve aparecer la bifurcación del camino.

Mateo dice:

–         Allá en el fondo empieza la escalera de Tiro.

Y se alegra al pensar que la mayor parte del trayecto está ya recorrido.

Apoyada en el mojón romano hay una mujer.

A sus pies, en un traspuntín, hay una pequeñuela de unos siete u ocho años.

La mujer mira en todas las direcciones: hacia la escalera excavada en el monte rocoso,

hacia la vía de Ptolemaida, hacia el camino recorrido por Jesús.

Y, de vez en cuando, se inclina para acariciar a su niña;

para proteger su cabeza del sol con un paño,.

O cubrirle los pies y las manos con un chal.

Andrés pregunta:

–         ¡Ahí está la mujer!

Pero, ¿Dónde habrá dormido estos días?

Mateo responde:

–        Quizás en aquella casa de cerca de la bifurcación.

No hay otras casas cercanas.

Santiago de Alfeo,

añade:

–         O al raso.

Tadeo responde:

–        No, por la niña.

Juan exclama:

–        ¡Con tal de obtener la gracia!…

Jesús no habla. Pero sonríe.

Todos en fila (El en el centro, tres de esta parte, tres de la otra), ocupan toda la vía;

en esta hora de pausa de viandantes, que se han parado a comer en los respectivos lugares

en que los ha sorprendido el mediodía.

Jesús sonríe.

Alto, hermoso, en el centro de la fila.

Su rostro está tan radiante que parece como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en él.

Parece emanar rayos.

La mujer levanta los ojos…

Ya están a unos cincuenta metros de distancia.

Quizás ha llamado su atención, distraída al oír llorar a su hija.

La mirada de Jesús fija en ella.

Mira…

Se lleva las manos al corazón con un gesto involuntario de ansia, de sobresalto.

Jesús aumenta su sonrisa.

Y esa fúlgida sonrisa, inefable, debe decirle tantas cosas a la mujer,

que, ya sin ansia, sonriente, como si va fuera feliz, se agacha a coger a su niña.

Y sosteniéndola en su jergoncillo, con los brazos extendidos, como si se la estuviera

ofreciendo a Dios,

da unos pasos hacia Jesús.

En llegando a los pies de Él, se arrodilla levantando lo más que puede a la niña,

que está en posición echada y que mira, extática, el hermosísimo rostro de Jesús.

La mujer no dice ni una palabra.

¿Qué podría decir que fuera más profundo que lo que dice con toda su figura?…

Jesús dice solamente una palabra, corta pero poderosa,

letificante como el «Fiat» de Dios en la creación del mundo:

–         -¡Sí»!.

Y apoya la mano sobre el pequeño pecho de la niña echada.

Entonces la niña, emitiendo un grito de calandria liberada de la jaula,

exclama:

–         ¡Mamá!

Se sienta de golpe…

Pasa luego a poner pie en tierra, abraza a su madre, la cual – ella sí -, exhausta,

vacila y está a punto de caerse boca arriba,

desmayada por el cansancio, por la cesación del ansia, por la alegría que sobrecarga las ya

debilitadas fuerzas del corazón por tanto dolor pasado.

Jesús está atento a sujetarla:

Una ayuda más eficaz que la de la niñita, que, recargando con su peso los miembros maternos,

no es, ciertamente, el más indicado factor para sujetar a su madre sobre las rodillas.

Jesús la ayuda a sentarse y le transfunde fuerzas…

Y la mira, mientras mudas lágrimas descienden por la cara,

cansada y dichosa al mismo tiempo, de la mujer.

Luego es el momento de las palabras:

–         ¡Gracias, mi Señor!

¡Gracias y bendiciones!

Mi esperanza ha sido coronada…

Te he esperado mucho…

Pera ahora soy feliz…

La mujer, superado su semi-desmayo, se arrodilla de nuevo, adorando;

teniendo delante de sí a la niñita curada y que ahora recibe las caricias de Jesús.

Y explica:

–         Hacía dos años que un hueso de la columna se le consumía;

la paralizaba y la llevaba a la muerte lentamente y con grandes dolores.

La habíamos llevado a que la vieran médicos de Antioquía, Tiro, Sidón…

Y también de Cesárea y Panéade.

Hemos gastado tanto en médicos y medicinas, que hemos vendido la casa que poseíamos

en la ciudad para retirarnos a la de campo.

Habíamos despedido a los sirvientes de la casa y nos habíamos quedado sólo con los

de los campos.

Habíamos puesto en venta los productos que antes consumíamos nosotros…

¡Nada aprovechaba!

Te vi. Tenía noticia de lo que hacías en otros lugares.

He esperado la gracia también para mí…

¡Y la he obtenido!

Ahora vuelvo a casa, aligerada, dichosa…

Le daré una alegría a mi esposo…

A mi Santiago, que me puso en el corazón la esperanza, narrándome lo que por tu poder

sucede en Galilea y Judea.

¡Si no hubiéramos tenido miedo de no encontrarte, habríamos venido con la niña!

¡Pero Tú estás siempre en camino!…

Jesús responde sonriente:

–        Caminando he venido a verte…

Pero, ¿Dónde has pasado estos días?

–         En aquella casa…

Bueno, por la noche, se quedaba sólo la niña.

Hay allí una buena mujer, que me la cuidaba.

Yo he estado siempre aquí, por miedo a que pasaras de noche.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza:

Y le dice:

–       Eres una buena madre.

Dios te ama por ello.

¿Ves cómo te ha ayudado en todo?

–        ¡Oh, sí!

¡Lo he sentido precisamente mientras venía.

Había venido de casa a la ciudad con la confianza de encontrarte;

por lo tanto, con poco dinero y sola.

Luego, siguiendo el consejo de aquel hombre, seguí por este lugar.

Mandé un aviso a casa y vine…

Y no me ha faltado nunca nada, ni pan, ni refugio, ni fuerza.

Santiago de Alfeo, enternecido por todas las fatigas pasadas por la mujer,

pregunta:

–         ¿Siempre con ese peso en los brazos?

¿No podías servirte de un carro?….

–         No.

Ella habría sufrido demasiado: hasta morir incluso.

En los brazos de su mamá ha venido mi Juana a la Gracia.

Jesús acaricia en el pelo a las dos,

diciendo:

–         Ahora podéis marcharos.

Sed siempre fieles al Señor.

El Señor esté con vosotras y con vosotras mi paz.

Jesús reanuda su camino por la vía que conduce a Ptolemaida.

–         Esta tampoco es una derrota, amigos.

Tampoco aquí me han expulsado, ni se han burlado de Mí, ni me han maldecido.

Siguiendo la vía directa, pronto se llega al taller del herrador que está al lado del puente.

El herrador romano está descansando al sol, sentado contra el muro de la casa.

Reconoce a Jesús y lo saluda.

—         ¡Salve!

Jesús devuelve el saludo,.

—        Que la Luz te ilumine.

y añade:

–         ¿Me dejas estar aquí, para descansar un poco y comer un poco de pan?

—        Sí, Maestro.

Mi mujer quería verte…

Porque le he referido la parte de tu discurso que ella no había oído la otra vez.

Ester es hebrea.

Pero, siendo romano, no me atrevía a decírtelo.

Te la habría mandado…

–         Llámala, entonces.

Y Jesús se sienta en el banco que hay contra la pared;

mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso…

Luego sale una mujer de unos cuarenta años, turbada, roja de vergüenza.

Jesús le dice:

–        Paz a ti, Ester.

¿Tenías deseos de conocerme?

¿Por qué?

–         Por lo que dijiste…

Los rabíes nos desprecian a nosotras, casadas con un romano…

Pero he llevado a todos mis hijos al Templo.

Y los varones están todos circuncidados.

Se lo dije antes a Tito, cuando me quiso como esposa…

Y él es bueno…

Siempre me ha dejado libertad de acción con los hijos.

Costumbres, ritos, ¡Aquí todo es hebreo!..

Pero los rabíes, los arquisinagogos, nos maldicen.

Tú no…

Tú tienes palabras de piedad para nosotras…

¡No sabes cuánto significa eso para nosotras!

Es como sentirnos abrazadas por el padre y la madre que nos han repudiado.

Y maldecido, o que se muestran severos con nosotras…

Es como volver a poner pie en la casa que hemos dejado.

Y no sentirse extranjeras en ella…

Tito es bueno.

Durante nuestras Fiestas cierra el taller, con gran pérdida de dinero.

Y me acompaña con nuestros hijos al Templo.

Porque dice que sin religión no se puede estar.

Él dice que su religión es la de la familia y el trabajo;

como antes era la del deber de soldado…

Pero yo… Señor…

Quería hablar contigo por una cosa…

Tú dijiste que los seguidores del verdadero Dios deben separar un poco de su levadura santa

y meterla en la buena harina para hacerla fermentar santamente.

Yo lo he hecho con mi esposo.

He tratado, en estos veinte años que llevamos juntos;

de trabajar su alma, que es buena, con la levadura de Israel.

Pero no se decide nunca… es ya mayor…

Querría tenerlo conmigo en la otra vida…

Unidos por la fe como lo estamos por el amor…

No te pido riquezas, bienestar, salud.

Lo que tenemos es suficiente, y bendito sea Dios por ello.

Pero sí que querría esto…

¡Pide por mi esposo! Que sea del verdadero Dios…

–         Lo será.

Puedes estar segura.

Pides una cosa santa y te será dada.

Has comprendido los deberes de la esposa hacia Dios y hacia su esposo.

¡         ¡Si así fueran todas las esposas!

En verdad te digo que muchas deberían imitarte.

Sigue así y recibirás la alegría de tener a tu Tito a tu lado, en la oración y en el Cielo.

Muéstrame a tus hijos.

La mujer llama a la numerosa prole:

–        «Jacob, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marco».

Y luego entra en la casa y vuelve a salir con una que apenas si sabe andar todavía…

Y con uno de tres meses como mucho:.

Los presenta:

–         Y éste es Isaac.

Y esta pequeñita es Judit. – dice terminando la presentación.

Santiago de Zebedeo, dice riendo:

–          ¡Abundancia!

Y Judas Tadeo exclama:

–         ¡Seis varones!

¡Y todos circuncisos!

¡Y con nombres puros!

¡Sí señora, muy bien!

La mujer está contenta.

Y hace elogios de Jacob, Judas y Leví, los cuales ayudan a su padre,

«todos los días menos el Sábado, el día en que Tito trabaja solo;

poniendo las herraduras ya hechas».

Elogia también a María y a Ana, «que son la ayuda de su mamá».

Pero no deja de elogiar también a los cuatro más pequeños:

«buenos y sin caprichos.

Tito, que ha sido un soldado disciplinado, me ayuda a educarlos».

Dice mientras mira con mirada afectuosa al hombre;

el cual, apoyado en la jamba, con una mano en la cadera, ha escuchado todo lo que ha dicho

su mujer, con una franca sonrisa en su rostro claro.

Y que ahora, al oír la memoria de sus méritos de soldado, rebosa complacencia.

Jesús aprueba:

–         Muy bien.

La disciplina de las armas no repugna a Dios, cuando se cumple con humanidad

el propio deber de soldado.

Todo consiste en ser siempre moralmente honestos, en todos los trabajos,

para ser siempre virtuosos.

Tu pasada disciplina, que ahora transfundes en tus hijos, te debe preparar

para incorporarte a un más alto servicio: el de Dios.

Ahora vamos a despedirnos.

Tengo el tiempo justo para llegar a Akcib antes de que se cumpla el ocaso.

Paz a ti, Ester y a tu casa.

Sed, dentro de poco, todos del Señor».

La madre y los hijos se arrodillan,

mientras Jesús alza la mano bendiciendo.

El hombre, como si de nuevo fuera el soldado de Roma ante su emperador,

se cuadra, saludando a la usanza romana, los soldados romanos, hacen el imperial,

Asu emperador…..

Y se ponen en marcha…

Después de unos metros, Jesús pone la mano en el hombro de Santiago:

Diciendo:

–         Una vez más aún, la cuarta de hoy…

Te hago la observación de que ésta no es una derrota, ni es ser expulsado, satirizado

o maldecido.

¿Qué dices ahora?

Santiago de Zebedeo, dice impetuosamente: .

–        Que soy un necio, Señor.

–        No.

Tú, como todos vosotros, sois todavía demasiado humanos.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Todas vuestras opciones son las propias de quien está más sujeto a humanidad que a espíritu.

El espíritu, cuando es soberano, no se altera ante cualquier soplo del viento,

que no siempre puede ser brisa perfumada…

Podrá sufrir, pero no se altera.

Yo oro siempre porque alcancéis esta soberanía del espíritu.

Pero vosotros me tenéis que ayudar con vuestro esfuerzo…

¡Bueno, este viaje ha terminado!

En él he sembrado lo necesario para prepararos el trabajo;

para cuando seáis vosotros los evangelizadores.

Ahora podemos iniciar el reposo sabático con la conciencia de haber cumplido nuestro deber.

Y esperaremos a los otros…

Luego proseguiremos… todavía… siempre…

hasta que todo quede cumplido…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

347 EL REENCUENTRO


347 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús – un Jesús muy delgado y pálido, muy triste, atormentado- está en la cima,;

exactamente en la cima más alta de un montecito, que es sede de un pueblo.

Pero Jesús no está en el pueblo, que está en la cima, sí, pero vuelto hacia la ladera sureste,

sino en una pequeña prominencia, la más alta, que mira hacia el noroeste 

Jesús, dado que mira desde varios lados, ve una cadena ondulada de montes,

que en los extremos noroeste y suroeste introduce sus últimos ramales en el mar:

al suroeste, con el Carmelo, que se difumina a lo lejos en este día claro; al noroeste,

con un cabo cortante como un espolón de nave,

por las venas rocosas que albean bajo el sol.

Por las laderas de esta cadena ondulada de montes descienden torrentes

y regatos  bien colmados de aguas en esta estación del año,

que por la llanura costera corren a introducirse en el mar.

Cerca de la amplia bahía de Sicaminón, el más exuberante de ellos, el Kisón,

desemboca en el mar, tras haber formado casi un pequeño lago

en la confluencia con otro riachuelo, poco antes de la desembocadura.

El sol meridiano del claro día extrae de los cursos de agua reflejos de topacios o zafiros,

mientras que el mar es un inmenso zafiro veteado de livianos collares de perlas.

La primavera del sur se perfila ya con las nuevas hojas que de las abiertas gemas,

brotan, tiernas, brillantes, tan nuevas, tan desconocedoras de polvo y tempestades,

de mordeduras de insectos y de contactos de hombre.

Y las ramas de los almendros son ya borlas de espuma blanco-rosada;

tan blandas, tan livianas, que da la impresión de que vayan a desprenderse del tronco natal

y navegar, cual pequeñas nubes, por el aire sereno.

También los campos de la llanura, no vasta pero sí fértil, comprendida entre los dos cabos,

el del noroeste y el del suroeste, muestra un tierno verdear de cereales, que quitan toda

tristeza a los campos, poco antes desnudos.

Jesús mira.

Desde el punto en que se encuentra, ve tres caminos: el que sale del pueblo y va a terminar

ahí (es un caminito sólo para personas) y otros dos, que van hacia abajo, desde el pueblo.

Y se bifurcan en opuestas direcciones: hacia el noroeste, hacia el suroeste.

¡Qué Jesús tan desmejorado’

Signado por la penitencia mucho más que cuando ayunó en el desierto:

entonces era el hombre empalidecido, pero todavía joven y vigoroso;;

ahora es el hombre consumido por un complejo sufrir;

que deprime tanto las fuerzas físicas como las morales.

Sus ojos están muy tristes, una tristeza dulce y grave al mismo tiempo.

Las mejillas, enflaquecidas, hacen realzar aún más la espiritualidad del perfil, de la frente alta,

de la nariz larga y derecha, de esa boca cuyos labios carecen absolutamente de sensualidad.

Un rostro angélico, de tanto como excluye la materialidad.

Tiene la barba más larga que de costumbre, crecida incluso en los carrillos

hasta confundirse con los cabellos, que le caen sobre las orejas; de forma que de su rostro

son visibles solamente la frente, los ojos, la nariz y los pómulos, flacos y de un color marfil

sin sombra de róseo.

Tiene los cabellos peinados rudimentariamente, cabellos que se han vuelto opacos y

conservan, para recuerdo del antro en que ha estado, muchos pequeños fragmentos de hojas

secas y de palitos que se han quedado enredados en la larga cabellera.

Y la túnica y el manto, arrugados y polvorientos, denuncian también el lugar agreste

en que han sido vestidos y usados sin tregua.

Jesús mira..

El sol del mediodía lo calienta.

Y da la impresión de que ello le es agradable, porque evita la sombra de algunos robles

para ir bien al sol;

pero, a pesar de que sea un sol neto, resplandeciente, no enciende reflejos en sus cabellos

polvorientos ni en sus ojos cansados;

ni da color a su rostro enflaquecido.

No es el sol lo que lo conforta y aviva su color;

es el ver a sus queridos apóstoles, que suben, gesticulando y mirando hacia el pueblo

por el camino que viene del noroeste, el más llano.

Entonces se produce la metamorfosis:

La mirada se le aviva; el rostro parece perder en parte su aspecto demacrado,

por una leve coloración rosada que se extiende sobre las mejillas.

Y más por la sonrisa que lo ilumina.

Abre los brazos – los tenía cruzados –

y exclama

«¡Mis amados!».

Lo dice alzando la cara, extendiendo su mirada sobre las cosas,

como queriendo comunicar su alegría a las hierbas y a los árboles, al cielo sereno, al aire,

que ya sabe a primavera.

Recoge el manto ciñéndoselo bien al cuerpo, para que no se quede enganchado en las matas.

Y baja raudo, por un atajo, al encuentro de ellos, que suben y que todavía no lo han visto.

Cuando la distancia puede ser salvada por la voz,

los llama para detener su marcha en dirección al pueblo.

Oyen la llamada lejana.

Quizás desde el punto en que están no pueden ver a Jesús, cuyo ropaje oscuro se confunde

con la espesura del bosque que cubre la ladera.

Miran a su alrededor, gesticulan…

Jesús los llama de nuevo…

Por fin, un claro del bosque lo muestra a sus ojos, bajo el sol,

con los brazos un poco extendidos, como queriéndolos abrazar ya.

Entonces se oye un fuerte grito, que se refleja en la abrupta ladera:

–      ¡El Maestro! – y, dejando el camino, empieza una gran carrera hacia arriba,

por las escarpaduras, arañándose, tropezando, jadeando, sin sentir el peso de los talegos

ni la fatiga del paso…

Llevados de la alegría de verlo de nuevo.

Naturalmente, los primeros en llegar son los más jóvenes y los más ágiles;

es decir, los dos hijos de Alfeo, de paso seguro, propio de quien ha nacido en las colinas.

Y Juan y Andrés, que corren como dos cervatillos, sonriendo felices.

Y caen a sus pies, amorosos y reverentes, felices, felices, felices…

Luego llega Santiago de Zebedeo.

Los últimos en llegar, casi juntos, son los tres menos expertos en carreras y en montañas:

Mateo, el Zelote y el último, el último de todos, Pedro.

Pero se abre paso – ¡vaya que si se abre paso! – para llegar al Maestro.

Los primeros que han llegado están abrazados a sus piernas.

Y no se cansan de besarle las vestiduras o las manos, que El les ha dejado abandonadas.

Coge enérgicamente a Juan y a Andrés, que están agarrados a las vestiduras de Jesús

como ostras a un escollo.

Y jadeante por el esfuerzo realizado, los aparta lo suficiente como para poder caer también

él a los pies de Jesús,

y dice:

–         ¡Oh, Maestro mío!

¡Ahora vuelvo a vivir, por fin! Ya no podía más.

He envejecido y adelgazado como por una mala enfermedad.

Mira como es verdad, Maestro…

Y levanta la cara para que a Jesús lo mire.

Pero, al hacerlo, ve en él el cambio de Jesús…

Y se pone en pie gritando:

« ¿Maestro?

¿Pero qué has hecho?

¡Necios! ¡Pero mirad!

¿No veis nada vosotros? ¡Jesús ha estado enfermo!… ¡

Maestro, Maestro mío, ¿Qué has tenido?

¡Díselo a tu Simón!».

–         Nada, amigo.

–        ¿Nada? ¿Con esa cara?

¡Entonces es que alguien te ha tratado mal!

–         ¡No, hombre, Simón!

–          ¡Imposible!

¡O enfermo o has sufrido persecución!

¡Que tengo ojos, eh!…

–         Yo también los tengo.

Y, efectivamente, te veo enflaquecido y más viejo.

Entonces tú ¿Por qué estás así?

Pregunta sonriendo el Señor a su Pedro, el cual lo observa atentamente

como si quisiera leer la verdad en el pelo, en la piel, en la barba de Jesús.

–        ¡Pero yo he sufrido!

No lo niego. ¿Crees que ha sido placentero ver tanto dolor?

–         ¡Tú lo has dicho!

Yo también he sufrido por el mismo motivo..

Enternecido y afectuoso, Judas de Alfeo,

pregunta: 

–        ¿Sólo por eso, realmente, Jesús?

Jesús confirma:   

–        Por el dolor, sí, hermano mío.

El dolor causado por tener que mandar a otro sitio…

–        Y por el dolor de haberte visto obligado a ello por…

–         ¡Por favor!…

¡Silencio!

Prefiero el silencio ante mi herida a cualquier palabra que quiera consolarme diciéndome:

«Sé por qué has sufrido».

Y, además, sabedlo todos, he sufrido por muchas cosas, no solo por ésta.

Y, si Judas no me hubiera interrumpido, os lo habría dicho

Jesús se muestra severo al decir esto

Todos se intimidan.

Pedro es el primero en reaccionar,

y pregunta:

–         ¿Y dónde has estado, Maestro?

¿Qué has hecho?

–         He estado en una gruta… orando… meditando…

Fortaleciendo mi espíritu, obteniendo fortaleza para vosotros en vuestra misión,

para Juan y Síntica en su sufrimiento.

–         ¿Pero dónde, dónde?

¡Sin vestidos, sin dinero! ¿Cómo te las has arreglado?

Simón está nervioso.

–         En una gruta no necesitaba nada.

–         Pero, ¿Y la comida?,

¿Y el fuego?, ¿Y la cama?, ¿Y..?

¡Bueno, todo! Yo te imaginaba – era mi esperanza -, al menos, huésped,

como un peregrino que hubiera perdido el camino, en Yiftael, o en otra parte…

En definitiva, en una casa.

Eso me tranquilizaba un poco.

¡Pero, de todas formas…!

Decid vosotros si no era mi tormento el pensamiento de que Él estaba sin ropa, sin comida,

sin medios para procurársela, sin, sobre todo esto, sin voluntad de procurársela.

¡Jesús, no debías haberlo hecho!

¡Y no me lo volverás a hacer, nunca!

De ahora en adelante, no te dejaré ni por una hora.

Me coseré a tu túnica, para seguirte como una sombra, quieras o no.

Sólo si muero seré separado de Ti.

–         O si muero Yo.

–         ¡Tú no!

Tú no debes morir antes que yo. No digas eso.

¿Quieres entristecerme del todo?

–         No.

Es más, quiero alegrarme contigo, con todos, en esta hermosa hora que me trae de nuevo

a mis amados, predilectos amigos. ¿Veis?

Ya estoy mejor, porque vuestro amor sincero me alimenta, me da calor, me consuela de todo.

Y los acaricia, uno a uno, mientras sus rostros resplandecen con una sonrisa dichosa

y sus ojos brillan y tiemblan los labios por la emoción de estas palabras,

preguntando:

–        ¿De verdad, Señor?

–        ¿Es realmente así?

–        ¿Tanto nos quieres?

–         Sí. Os quiero mucho. ¿

Habéis traído comida?

–          Sí.

Presentía que estabas exhausto y la he comprado por el camino.

Tengo pan, carne asada, leche, queso y manzanas.

Y ,una borracha con vino generoso y huevos para Ti, si es que no se han roto…

–         Bien, entonces vamos a sentarnos aquí, bajo este buen sol.

Y vamos a comer.

Mientras comemos me habláis…

Se sientan al sol en un risco.

Pedro abre su talego y observa sus tesoros:

Y exclama: 

–         ¡Todo salvo! 

Incluso la miel de Antigonio.

¡Pero hombre! ¡Si ya lo he dicho yo!

Al regreso, aunque nos hubiéramos metido en una cuba para rodar impulsados por un loco,

o en un bote sin remos, hasta incluso con agujero…

Y además en una tempestad, habríamos llegado sanos y salvos…

¡Pero a la ida!

Cada vez me convenzo más de que era el demonio el que nos ponía obstáculos,

para no dejarnos ir con esos dos pobrecitos…

Zelote confirma: 

–          Si, claro, ahora ya no tenía objeto… 

Juan, que se olvida de comer por contemplar a Jesús.,

pregunta: 

–         Maestro, ¿Has hecho penitencia por nosotros? 

–         Sí, Juan.

Os he seguido con el pensamiento.

He sentido vuestros peligros y aflicciones.

Os he ayudado como he podido…

–        ¡Yo lo he sentido

Y os lo dije, ¿Os acordáis?    

Todos confirman: 

–         Sí, es verdad.

–          Ahora me estáis devolviendo lo que os he dado.

Andrés pregunta:

–        ¿Has ayunado, Señor?

Pedro le responde: 

–         ¿Qué remedio! 

Aunque hubiera querido comer, sin dinero, en una gruta,

¿Cómo querías que comiera?

Santiago de Alfeo,

dice: .

–         ¡Por causa nuestra!

¡Cuánto me apena esto!

–         ¡Oh, no!

¡No os aflijáis!

No solamente por vosotros.

También por todo el mundo.

He hecho lo que cuando empecé la misión.

En aquella ocasión, al final, fui socorrido por los ángeles; ahora me socorréis vosotros.

Y, creedme, para mí es doble alegría.

Porque en los ángeles es inderogable el ministerio de caridad,

pero en los hombres es menos fácil de encontrar.

Vosotros lo estáis ejerciendo.

Y habéis pasado, por amor a mí, de hombres a ángeles;

habiendo elegido la santidad por encima de toda otra cosa.

Por tanto, me hacéis feliz como Dios y como Hombre-Dios.

Porque me dais aquello que es de Dios: la Caridad.

Y me dais aquello que es del Redentor: vuestra elevación a la Perfección.

Esto me viene de vosotros, y alimenta más que cualquier otro alimento.

También en aquel entonces, en el desierto, fui nutrido de amor después del ayuno.

Y ello me confortó.

¡Lo mismo ahora, lo mismo ahora!

Todos hemos sufrido.

Yo y vosotros.

Pero no ha sido un sufrimiento inútil.

Creo, sé, que este sufrimiento os ha favorecido más que todo un año de instrucción.

El dolor, la meditación sobre el mal que un hombre puede hacer a su semejante,

la piedad, la fe, la esperanza, la caridad que habéis debido ejercer.

Y además solos, os han madurado, como niños que se hacen hombres…

Pedro suspira diciendo: 

–         ¡Oh, sí!

Me he hecho viejo.

No volveré a ser el Simón de Jonás que era al partir.

He comprendido lo dolorosa y fatigosa que es nuestra misión, a pesar de ser hermosa… –

–         Bueno, pues ahora estamos aquí, juntos.

Referid…

Pedro dice a Simón Zelote:

–        Habla tú, Simón.

Sabes hacerlo mejor que yo 

Simón objeta:   

–         No.

Tú, como jefe competente que eres, habla por todos.

Y Pedro empieza, diciendo como preliminar:

–         Pero ayudadme.

Narra con orden hasta la partida de Antioquía.

Luego comienza la narración del regreso:

–        Sufríamos todos, ¿Eh?

Nunca olvidaré las últimas voces de los dos…

Pedro se seca con el dorso de la mano dos lagrimones que ruedan al improviso…

–        Me parecieron el último grito de uno que se estuviera ahogando… ¡

En fin! Bueno, hablad vosotros…

yo no puedo… 

Y se levanta y se aparta un poco para controlar su emoción.

Continúa Simón Zelote:

–        Ninguno habló durante mucho camino…

No podíamos hablar…

La garganta estaba tan hinchada de llanto que nos dolía…

Y no queríamos llorar…

Porque si hubiéramos empezado, aunque hubiera sido uno sólo, ya no habría tenido solución.

Llevaba las riendas yo;

porque Simón de Jonás, para que no se viera que sufría, se había puesto en el fondo del carro

a hurgar en los talegos.

Nos detuvimos en un pueblecito a mitad de camino entre Antioquía y Seleucia.

A pesar de que la luna fuera cada vez más clara a medida que la noche avanzaba,

no conociendo bien el lugar, nos detuvimos allí.

Y nos quedamos adormilados ahí, entre nuestras cosas.

No comimos, ninguno, porque… no podíamos.

Pensábamos en ellos dos…

Con la primera luz del alba, pasamos el puente y llegamos antes de la hora tercera a Seleucia.

Restituimos el carro y el caballo al hospedero y – era un hombre muy bueno –

le pedimos consejo respecto a la nave.

Dijo: «Voy yo al puerto. Me conocen y conozco gente».

Y así hizo.

Encontró tres naves que estaban para zarpar para estos puertos.

Pero en una de ellas había ciertos… seres que no quisimos tener cerca.

Nos lo dijo el hombre, que lo había sabido por el jefe de la nave.

La segunda era de Ascalón, y no quería hacer escala para nosotros en Tiro,

a menos que hubiéramos dado una suma que ya no teníamos.

La tercera era una goleta bien mísera, cargada de madera bruta.

Una barca pobre, con pocos tripulantes y creo que con mucha miseria.

Por eso, a pesar de que se dirigía a Cesárea, aceptó detenerse en Tiro,

previo desembolso de una jornada de comida y paga para toda la tripulación.

Nos venía bien.

Yo, verdaderamente, y conmigo Mateo, teníamos un poco de miedo.

Es época de tempestades…

Y ya sabes lo que encontramos a la ida.

Pero Simón Pedro dijo: «No sucederá nada».

Y subimos a la barca.

Iba tan suave y veloz que parecía que los ángeles fueran las velas de la nave.

Empleamos para llegar a Tiro menos de la mitad del tiempo tardado a la ida.

Y en Tiro el patrón fue tan bueno,

que nos concedió remolcar la barca hasta cerca de Tolemaida.

Bajaron a la barca Pedro, Andrés y Juan, para las maniobras.

Pero era muy simple… No como a la ida…

En Tolemaida nos separamos.

Estábamos tan contentos,

que, antes de bajar todos a la barca, donde estaban ya nuestras cosas,

les dimos más dinero del convenido.

En Tolemaida nos hemos detenido un día, y luego hemos venido aquí…

Pero nunca olvidaremos el dolor sufrido.

Simón de Jonás tiene razón. 

Varios estuvieron de acuerdo al afirmar:

–        ¿No tenemos también razón ai decir que el demonio nos ponía obstáculos sólo a la ida? 

Jesús concede: 

–         Tenéis razón.

Ahora escuchad.

Vuestra misión ha terminado.

Volvemos hacia Yiftael, a esperar a Felipe y Nathanael.

Y hay que hacerlo pronto.

Luego vendrán los demás.

Entretanto, evangelizaremos aquí, en los confines de Fenicia y en la propia Fenicia.

Pero todo lo ocurrido ha quedado para siempre sepultado en nuestros corazones.

No se dará respuesta a ninguna pregunta.

–        ¿Ni siquiera a Felipe y Nathanael?

Saben que hemos venido contigo.

–         Hablaré Yo.

He sufrido mucho, amigos.

Y vosotros lo habéis visto.

He pagado con mi sufrimiento la paz de Juan y Síntica.

Haced que mi sufrimiento no sea inútil.

No carguéis mis hombros con un peso más.

¡Tengo ya muchos!…

Y su peso crece cada día que pasa, cada hora que pasa…

Decid a NathanaeI que he sufrido mucho.

Decídselo a Felipe.

Y que sean buenos. Decídselo a los otros dos.

Pero no digáis más.

Decir que habéis entendido que he sufrido.

Y que os lo he confirmado, es una verdad.

No hace falta más.

Jesús habla cansado…

Los ocho lo miran apenados…

Y Pedro, que está detrás de Él, se atreve incluso a acariciarle la cabeza.

Jesús la levanta y mira a su honesto Simón con una sonrisa de tristeza afectuosa.

Pedro dice: 

–        ¡No, no puedo verte así!

Me parece, tengo la sensación de que la alegría de nuestra unión haya terminado…

Y que de ella quede la santidad, sólo la santidad.

Entretanto… vamos a Akcib.

Te cambiarás de túnica, te rasurarás los carrillos, ordenarás tus cabellos.

¡Así no, así no! No puedo verte así…

Me pareces…

Uno que hubiera logrado huir de manos crueles, o que le hubieran maltratado, 

O una persona al límite de sus fuerzas…

Me pareces Abel de Belén de Galilea, liberado de sus enemigos…

–         Sí, Pedro.

Pero el maltratado es el corazón de tu Maestro… y no se curará nunca…

Es más, será herido cada vez más.

Vamos…

Juan suspira:

–        Lo siento…

Hubiera deseado contar a Tomás, que tanto quiere a tu Madre, el milagro de la canción

y del ungüento…

–         Un día lo contarás…

No ahora.

Todo manifestaréis un día.

Entonces podréis hablar. Yo mismo os diré: «Id a decir todo lo que sabéis».

Pero, entretanto, sabed ver en el milagro la verdad, ésta:

El poder de la Fe.

Tanto Juan como Síntica han calmado el mar y curado al hombre no por las palabras,

no por el ungüento,

sino por la Fe con que han usado el nombre de María y el ungüento hecho por Ella.

Y otra cosa: ello se produjo porque en torno a su Fe estaba la vuestra,

la de todos vosotros, y vuestra caridad.

Caridad hacia el herido.

Caridad hacia el cretense.

Al primero le quisisteis conservar la vida; al otro quisisteis darle la Fe.

Pero si aun es fácil curar los cuerpos, cosa muy dura es curar los espíritus…

No hay morbo más difícil de erradicar que el espiritual… 

Y Jesús suspira fuerte

Están a la vista de Akcib.

Pedro se adelanta con Mateo para encontrar alojamiento.

Le siguen los demás, compactos en torno a Jesús.

El sol declina rápidamente mientras entran en el pueblo…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

346 EL MESÍAS REDENTOR


                                        346 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los apóstoles están otra vez en la casa de Antioquía; con ellos, los dos discípulos y todos los hombres de Antigonio, no

vestidos ya con túnicas cortas y de trabajo, sino con indumentos largos, festivos porque es Sábado. 

Felipe ruega a los apóstoles que hablen al menos una vez a todos, antes de su ya inminente partida.

–        ¿Sobre qué?

–         Sobre todo lo que queráis.

Habéis oído estos días lo que hemos dicho.

De acuerdo con ello, decidid.

Los apóstoles se miran unos a los otros.

¿Quién debe hablar?

¡Pedro, es natural! ¡Es el jefe

Pero Pedro no querría hablar y defiere a Santiago de Alfeo o a Juan de Zebedeo el honor de hacerlo.

Sólo cuando los ve irremovibles, se decide a hablar.

–         Hoy hemos oído en la sinagoga explicar el capítulo 52 de Isaías.

El comentario que se ha hecho ha sido docto según el mundo, pero deficiente según la Sabiduría.

De todas formas no se debe recriminar al comentador, que ha dado lo que podía con esa sabiduría suya,

que carece de la parte mejor: el conocimiento del Mesías y del tiempo nuevo que Él ha traído.

No obstante, no hagamos críticas, sino oraciones para que llegue al conocimiento de estas dos gracias

y las pueda aceptar sin obstáculo.

Me habéis dicho que durante la Pascua oísteis hablar del Maestro con fe y también con menosprecio.

Y que solamente por la gran fe que llena los corazones de la casa de Lázaro, todos los corazones, habíais podido

resistir a la desazón que las acusaciones de otros metían en el corazón;

mucho más si se considera que estos otros eran precisamente los rabíes de Israel.

Pero ser doctos no quiere decir ser santos ni poseer la Verdad

La Verdad es ésta: Jesús de Nazaret es el Mesías prometido, el Salvador de que hablan as Profetas,

de los cuales el último descansa desde hace poco en el seno de Abraham, después del glorioso martirio sufrido

por la justicia. Juan el Bautista – y aquí están presentes los que oyeron esas palabras – dijo: «Éste es el Cordero de Dios

que quita los pecados del mundo».

Sus palabras fueron creídas por los más humildes de entre los que se hallaban presentes, porque la humildad ayuda a

llegar a la Fe, mientras que a los soberbios les es difícil el camino – cargados como están de lastre – para llegar a la

cima del monte donde vive, casta y luminosa, la Fe.

Estos humildes, porque tales eran y por haber creído, han merecido ser los primeros en el ejército del Señor Jesús.

Podéis ver, pues, cuán necesaria es la humildad para tener fe solícita, y cuánto es premiado el saber creer,

incluso cuando las apariencias se presentan contrarias.

Os exhorto y estimulo a tener estas dos cualidades en vosotros;

entonces seréis del ejército del Señor y conquistaréis el Reino de los Cielos…

A ti, Simón Zelote. Yo he terminado

Continúa tú.

El Zelote, cogido tan al improviso y tan claramente indicado como segundo orador,

tiene que salir adelante sin demoras ni quejas.

Y dice:

–         Voy a continuar la plática de Simón Pedro, cabeza de todos nosotros por voluntad del Señor.

Voy a continuar sin dejar el tema del capítulo 52 de Isaías, visto por uno que conoce la Verdad encarnada, de la que es

siervo para siempre.

Está escrito:

«¡Levántate, revístete de -tu fuerza, oh Sión, vístete de fiesta, ciudad del Santo!».

Así verdaderamente debería ser.

Porque, cuando una promesa se cumple, cuando una paz se establece, cuando cesa una condena y cuando viene el

tiempo de la alegría, los corazones y las ciudades deberían vestirse de fiesta y levantar las frentes abatidas,

sintiendo que ya no son personas odiadas, derrotadas, golpeadas, sino amadas y liberadas.

No estamos aquí haciendo un proceso a Jerusalén.

La caridad, primera entre todas las virtudes, lo prohíbe.

Dejemos, pues, de observar el corazón de los demás y miremos al nuestro.

Revistamos de fuerza nuestro corazón con esa fe de que ha hablado Simón,

y vistámonos de fiesta, porque nuestra fe secular en el Mesías ahora se corona con la realidad de la cosa.

El Mesías, el Santo, el Verbo de Dios está realmente entre nosotros.

Y tienen prueba de ello no sólo las almas, que reciben palabras de Sabiduría que las fortalecen e infunden santidad y

paz, sino también los cuerpos, que por obra del Santo, al cual el Padre todo concede, se ven liberados de las más

atroces enfermedades, e incluso de la muerte; para que las tierras y los valles de nuestra patria de Israel queden llenos

de las alabanzas al Hijo de David y al Altísimo, que ha enviado a su Verbo, como había prometido a los Patriarcas y Profetas.

El que os habla estaba leproso, destinado a morir, transcurriendo primero años de cruel angustia,

en la soledad de fiera que es propia de los leprosos.

Un hombre me dijo: «Ve a Él, al Rabí de Nazaret, y serás curado».

Tuve fe. Fui.

Quedé curado. En el cuerpo. En el corazón.

En el primero desapareció la enfermedad que separa de los hombres; en el segundo, el rencor que separa de Dios.

Y con un corazón nuevo, pasé, de proscrito, enfermo. inquieto, a ser su siervo, llamado a la feliz misión

de ir a los hombres y amarlos en nombre suyo e instruirlos en la única cosa que es necesario conocer:

que Jesús de Nazaret es el Salvador y que son bienaventurados los que creen en Él.

Habla tú ahora, Santiago de Alfeo.

–         Yo soy el hermano del Nazareno.

Mi padre y su padre eran hermanos nacidos del mismo seno.

Y, no obstante, no puedo llamarme hermano, sino siervo.

Porque la paternidad de José, hermano de mi padre, fue una paternidad espiritual,

y en verdad os digo que el verdadero Padre de Jesús, Maestro nuestro, es el Altísimo al que nosotros adoramos.

El cual ha permitido que la Segunda Persona de su Divinidad Una y Trina se encarnara y viniera a la tierra,

permaneciendo de todas formas siempre unida con aquellas que viven en el Cielo.

Porque ello lo puede hacer Dios, el infinitamente Potente.

Y lo hace por el Amor, que es su naturaleza.

Jesús de Nazaret es nuestro hermano, ¡Oh hombres!,

porque ha nacido de mujer y es semejante a nosotros por su Humanidad.

Es nuestro Maestro porque es el Sabio, es la Palabra misma de Dios que ha venido a hablarnos para hacernos de Dios.

Y es nuestro Dios, siendo uno con el Padre y con el Espíritu Santo, con los cuales está siempre en unión de amor,

Potencia y Naturaleza.

Sea propiedad vuestra también esta verdad,

que con manifiestas pruebas fue concedido conociera el Justo que fue pariente mío.

Y contra el mundo, que tratará de separaros de Cristo diciendo: «Es un hombre cualquiera», responded:

«No. Es el Hijo de Dios, es la Estrella nacida de Jacob, es el Cayado que se eleva en Israel, es el Dominador»:

no dejéis que ninguna cosa os disuada.

Ésta es la Fe.

A ti, Andrés.

–         Ésta es la Fe.

Yo soy un pobre pescador del lago de Galilea.

Y en las silenciosas noches de pesca, bajo la luz de los astros, tenía mudos coloquios conmigo mismo.

Decía: «¿Cuándo vendrá? ¿Viviré todavía?

Faltan todavía muchos años, según la profecía».

Para el hombre, de vida limitada, unas pocas decenas de años son siglos…

Me preguntaba: «¿Cómo vendrá? ¿Dónde? ¿De quién?».

Y mi embotamiento humano me hacía soñar regios esplendores, regias moradas y cortejos.

Y poder, e irresistible majestad…

Y decía: “¿Quién podrá mirar a este gran Rey?».

Lo imaginaba manifestándose en modo más aterrorizador que el propio Yeohveh en el Sinaí.

Me decía: «Los hebreos, allí, vieron al monte lanzando resplandores,

pero no quedaron reducidos a cenizas parque el Eterno estaba más allá de los nimbos.

Pero aquí nos mirará con ojos mortíferos y moriremos…».

Era discípulo del Bautista.

Y en las pausas de la pesca iba donde él, con otros compañeros.

Era un día de esta luna…

Las márgenes del Jordán estaban llenas de gente que temblaba al oír las palabras del Bautista.

Yo había visto a un joven hermoso y tranquilo venir hacia nosotros por un sendero.

Humilde la túnica, dulce el aspecto.

Parecía pedir amor y dar amor.

Sus ojos azules se posaron un momento en mí, y experimenté una cosa que no he vuelto a experimentar jamás.

Me pareció como si me acariciaran el alma, como si alas de ángel me rozaran apenas.

Por un momento, me sentí tan lejos de la tierra, tan distinto, que dije: «¡Ahora muero!

Es la convocatoria de Dios a mi espíritu».

Pero no morí.

Me quedé hechizado contemplando al joven desconocido, que, a su vez, había fijado su mirada azul en el Bautista.

Y el Bautista se volvió, se apresuró a ir a Él, se inclinó ante Él.

Se hablaron.

Y, dado que la voz de Juan era un trueno continuo, las misteriosas palabras llegaron hasta mí,

que estaba escuchando, deseando vehementemente saber quién era el joven desconocido.

Mi alma lo sentía distinto de todos.

Decían: «Yo debería ser bautizado por Ti…». «Deja, ahora. Conviene cumplir toda justicia»…

Juan ya había dicho: «Vendrá uno al que no soy digno de desatar las correas de las sandalias».

Había dicho ya: «En medio de vosotros, en Israel, hay uno que no conocéis.

Tiene ya en su mano el aventador y limpiará su era y quemará la paja con el fuego inextinguible».

Yo tenía ante mí a un joven común, de aspecto manso y humilde,.

Y, no obstante había oído que era Aquel al que ni siquiera el Santo de Israel, el último profeta, el Precursor,

era digno de desatarle las sandalias.

Había oído que era Aquel al que no conocíamos.

Pero no sentí miedo de Él.

Es más, cuando Juan, pasado el superextasiante trueno de Dios,

pasado el inconcebible esplendor de la Luz en forma de paloma de paz, dijo: «Éste es el Cordero de Dios»,

yo, con la voz del alma, jubiloso por haber presentido al Rey Mesías en el joven manso y humilde de aspecto,

grité con la voz del espíritu: «¡Creo!».

Por esta fe soy su siervo.

Sedlo vosotros también y tendréis paz.

Mateo, a ti el narrar las otras glorias del Señor.

–         Yo no puedo usar las palabras límpidas de Andrés.

Él era un justo; yo, un pecador.

Por eso mi palabra no tiene notas festivas, aunque no le falta la paz confidencial de un salmo.

Era un pecador, un gran pecador.

Vivía en el error completo.

Me había endurecido en el error y no sentía desazón.

Si alguna vez los fariseos o el arquisinagogo me herían con sus insultos o} reprensiones,

recordándome al Dios Juez implacable,

experimentaba un momento de terror..

Y luego me arrellanaba en la necia idea:

«Total ya soy un réprobo. Gocemos, pues, sentidos míos, mientras podamos hacerlo».

Y, más que nunca, me hundía en el pecado.

Hace dos primaveras, vino un Desconocido a Cafarnaúm.

También para mí era un desconocido.

Lo era para todos, porque estaba en los comienzos de su misión.

Solamente unos pocos hombres lo conocían por lo que Él era realmente.

Estos que veis y otros pocos.

Me asombró su espléndida virilidad, más casta que la castidad de una virgen.

Esto fue lo primero que me impresionó

Lo veía con porte grave, y, a pesar de ello, dispuesto a escuchar a los niños que iban a El como las abejas a la flor;

su único entretenimiento eran sus juegos inocentes y sus palabras sin malicia.

Luego me impresionó su poder.

Hacía milagros.

Dije: «Es un exorcista. Un santo».

Pero me sentía tan ignominioso a su lado, que me apartaba de Él.

Él me buscaba. Ésa era mi impresión.

No había vez que pasara cerca de mi banco, que no me mirase con su mirada dulce y un poco triste.

Y cada vez se producía como un sobresalto de la conciencia entorpecida, la cual no volvía ya al mismo nivel de torpor.

Un día – la gente magnificaba siempre su palabra – sentí deseos de oírle.

Escondiéndome detrás de una esquina de una casa le oí hablar a un pequeño grupo de hombres.

Hablaba con sencillez, sobre la caridad, que es como indulgencia por nuestros pecados..

Desde aquella tarde yo, el exigente y duro de corazón, quise conseguir de Dios el perdón de muchos pecados.

Hacía las cosas en  secreto…

Pero Él sabía que era yo, porque lo sabe todo.

Otra vez, le oí explicar precisamente el capítulo 52 de Isaías: decía que en su Reino, en la Jerusalén celestial,

no estarían los impuros ni los incircuncisos de corazón.

Y prometía que aquella Ciudad celeste – cuyas bellezas expresaba con tan persuasiva palabra,

que me vino nostalgia de ella – sería de quien a Él fuera.

Y luego,…

y luego… ¡Oh, aquel día no fue una mirada de tristeza, sino de mando!

Me desgarró el corazón, puso mi alma al desnudo, la cauterizó, tomó en su poder a esta pobre alma enferma,

la atormentó con su amor exigente…

Y mi alma fue nueva.

Fui a Él con arrepentimiento y deseo.

No esperó a que le dijera: «¡Señor, piedad!».

Dijo Él: «¡Sígueme!».

El Manso había vencido a Satanás en el corazón del pecador.

Que esto os diga,

si alguno de vosotros tiene culpas que le turban, que es el Salvador bueno y que no hay que apartarse de Él,

sino que, cuanto más pecador es uno, más debe ir a El con humildad y arrepentimiento para ser perdonado.

Santiago de Zebedeo, habla tú.

–         Verdaderamente no sé qué decir.

Habéis hablado y dicho lo que yo habría dicho.

Porque la verdad es ésta y no puede cambiar.

Yo también estaba, con Andrés, en el Jordán,

pero no me di cuenta de Él, sino cuando me lo indicó la mención del Bautista.

Yo también creí inmediatamente

Y cuando se marchó, después de su luminosa manifestación;

me quedé como uno al que de una cima llena de sol, lo llevan a una oscura cárcel.

Sentía un incontenible deseo de volver a encontrar el sol.

El mundo carecía totalmente de luz, después de habérseme presentado la Luz de Dios .

Y luego haber desaparecido de mi presencia.

Estaba solo entre los demás hombres.

Mientras comía tenía hambre.

Durante el sueño velaba con la parte mejor de mí mismo.

Dinero, oficio, afectos, todo había pasado a un segundo lugar respecto a este deseo incontenible de El;

había quedado lejos, sin atractivo.

Cual niño que ha perdido a su madre, gemía: «¡Vuelve, Cordero del Señor!

¡Altísimo, como enviaste a Rafael a guiar a Tobías, envía a tu ángel a guiarme a los caminos del Señor

para que lo encuentre, lo encuentre, lo encuentre!».

Y, a pesar de todo, cuando, después de decenas de días de inútil espera y de búsqueda ansiosa

que, por su inutilidad, nos hacía sentir más cruel la perdida de nuestro Juan, que había sido arrestado por primera vez

Se nos presentó por el sendero, viniendo del desierto, no lo reconocí inmediatamente.

Llegado a este punto, quiero, hermanos en el Señor, enseñaros otro camino para ir a Él y reconocerlo.

Simón de Jonás ha dicho que hace falta fe y humildad para reconocerlo.

Simón Zelote ha confirmado la absoluta necesidad de la fe para reconocer en Jesús de Nazaret a Aquel que es,

en el Cielo y en la tierra, según cuanto ha sido dicho.

Y Simón Zelote necesitaba una fe muy grande, para esperar incluso para su cuerpo inevitablemente enfermo.

Por eso Simón Zelote dice que fe y esperanza son los medíos para poseer al Hijo de Dios.

Santiago, hermano del Señor, habla del poder de la fortaleza para conservar lo hallado.

La fortaleza, que impide que las insidias del mundo y de Satanás socaven nuestra fe

Andrés muestra toda la necesidad de unir a la fe una santa sed de justicia, tratando de conocer y retener la verdad,

cualquiera que fuere la boca santa que la anuncie, no por un orgullo humano de ser doctos,

sino por el deseo de conocer a Dios.

Quien se instruye en las verdades encuentra a Dios.

Mateo, que fue pecador, os indica otro camino por el que se alcanza a Dios:

despojarse de la sensualidad por espíritu de imitación.

Yo diría que por reflejo de Dios, que es Pureza infinita.

El, el pecador, se siente impresionado, lo primero, por la «virilidad casta» del Desconocido que había ido a Cafarnaúm,

Y casi como si ésta tuviera el poder de resucitar su muerta continencia, se veda a sí mismo, lo primero,

el sentido carnal, liberando así de obstáculos el camino para la llegada de Dios y para la resurrección de las otras

virtudes muertas

«El celibato NO es una vida sin amor. Es la vida de UN AMOR MÁS GRANDE que el carnal. «

De la continencia pasa a la misericordia, de ésta a la contrición, de la contrición a la superación de todo sí mismo

y a la unión con Dios.

«Sígueme.” «Voy.” Pero su alma había dicho ya: «Voy», y el Salvador había dicho ya: «Sígueme»,

desde la primera vez que la virtud del Maestro había atraído la atención del pecador.

Imitad.

Porque toda experiencia ajena, aunque fuera penosa;

es guía para evitar el mal y encontrar el bien en aquellos que tienen buena voluntad.

Yo, por mi, digo que, cuanto más se esfuerza el hombre en vivir para el espíritu,

más apto es para reconocer al Señor.

Y la vida angélica favorece esto al máximo.

Entre nosotros, discípulos de Juan, el que lo reconoció, después de la ausencia, fue el alma virgen.

Él, más incluso que Andrés, lo reconoció, a pesar de que la penitencia hubiera cambiado el rostro del Cordero de Dios.

Por eso digo: «Sed castos para poderlo reconocer».

Judas, ¿Quieres hablar tú ahora?

         Sí.

Sed castos para poderlo reconocer.

Pero sedlo también para poderlo conservar en vosotros con su Sabiduría, con su Amor, con todo É1 mismo.

Sigue diciendo Isaías en el capítulo 52: «No toquéis lo impuro,… purificaos los que lleváis los vasos del Señor».

Verdaderamente, toda alma que se hace discípula suya, es semejante a un vaso colmado del Señor.

Y el cuerpo que la contiene es como el portador del vaso consagrado al Señor.

No puede Dios estar donde hay impureza.

Mateo ha dicho cómo el Señor estaba explicando que nada que fuera impuro o que estuviera separado de Dios

habitará en la Jerusalén celeste.

verán a Dios ( Mt 5,8)

Sí. Pero es necesaria no ser impuros aquí abajo, y no estar separados de Dios, para poder entrar en ella.

Desdichados aquellos que aplazan a la última hora su arrepentimiento.

No siempre tendrán tiempo de hacerlo.

De la misma manera que los que ahora lo calumnian no tendrán tiempo de hacer nuevo su corazón

en el momento de su triunfo, siendo así que no gozarán de los frutos de este.

Quienes esperan ver en el Rey santo y humilde un monarca terreno, y, más aún,

quienes temen ver en El un monarca  terreno, no estarán preparados para aquella hora;

engañados y defraudado su pensamiento, que no es el pensamiento de Dios sino un pobre pensamiento humano,

pecarán cada vez más.

La humillación de ser el Hombre pesa sobre Él.

Debemos tener presente esto. Isaías dice que todos nuestros pecados tienen mortificada a la Persona Divina

bajo una apariencia común.

Cuando pienso que el Verbo de Dios tiene alrededor de Sí, como una costra sucia, toda la miseria de la Humanidad

desde que ésta existe, pienso con profunda compasión y con profunda comprensión

en el sufrimiento que debe producirle ello a su alma sin culpa:

la repulsa de una persona sana que fuera recubierta con los andrajos y las porquerías de un leproso.

Es verdaderamente el traspasado por nuestros pecados, el llagado por todas las concupiscencias del hombre.

Su alma, que vive entre nosotros, debe temblar con los contactos como por escalofrío de fiebre.

Y, no obstante, no dice nada.

No abre la boca para decir: «Me producís horror».

La abre solamente para decir: «Venid a Mí, que os quite vuestros pecados».

Es el Salvador.

En su infinita bondad, ha querido velar su irresistible belleza.

Esa belleza que, si se hubiera presentado cual es en el Cielo, nos habría reducido a cenizas, como ha dicho Andrés.

Esa belleza ahora se ha hecho atractiva, como de manso Cordero, para poder acercarse a nosotros y salvarnos.

Su opresión, su condena durará hasta que, consumido por el esfuerzo de ser el Hombre perfecto

en medio de los hombres imperfectos, sea elevado por encima de la multitud de los rescatados,

en el triunfo de su realeza santa.

¡Dios que conoce la muerte, para salvarnos a la Vida!…

Que estos pensamientos os hagan amarlo sobre todas las cosas.

El es el Santo.

Yo lo puedo decir, yo que con Santiago he crecido con El.

Y lo digo y lo diré, dispuesto a dar mi vida para firmar esta confesión;

para que los hombres crean en El y tengan la Vida eterna.

Juan de Zebedeo, te toca hablar a ti.

–          ¡Qué hermosos en los montes los pies del mensajero!

15. Y ¿cómo predicarán si no son enviados? Como dice la Escritura: = ¡Cuán hermosos los pies de los que anuncian el bien! =Romanos 10

Del Mensajero de paz, de Aquel que anuncia la felicidad y predica la salud, de Aquel que dice a Sión:

«¡Reinará tu Dios!».

Y estos pies van, incansables, desde hace dos años, por los montes de Israel, convocando a las ovejas de la grey

de Dios para reunirlas, confortando, sanando, perdonando, dando paz.

Su paz. Verdaderamente me resulta extraño el no ver estremecerse de alegría los montes y exultar las aguas

de la patria, bajo la caricia de su pie.

Pero lo que más me asombra es el no ver a los corazones estremecerse de alegría y exultar diciendo:

«¡Gloria al Señor! ¡El Esperado ha venido! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!».

Aquel que derrama gracias y bendiciones, paz y salud, y llama para el Reino abriéndonos el camino que a Él conduce;

Aquel, sobre todo, que espira amor de cada una de sus acciones o palabras, de cada mirada, de cada respiro.

¿Qué es este mundo, pues, para estar ciego a la Luz que vive en medio de nosotros?

¿Qué losas, más espesas que la piedra que cierra las puertas de los sepulcros,

le muran la vista del alma para no ver esta Luz?

¿Qué montañas de pecados tiene encima de sí para estar tan oprimido, separado, cegado, ensordecido,

encadenado, paralizado, de forma que permanece pasivo ante el Salvador?

¿Qué es el Salvador?

Es la Luz fundida con el Amor.

La boca de mis hermanos ha cantado las alabanzas del Señor, ha recordado sus obras,

ha indicado las virtudes que deben practicarse para llegar a su camino.

Yo os digo: amad.

No hay virtud mayor ni más semejante a su Naturaleza.

Si amáis, practicaréis todas las virtudes sin esfuerzo, empezando por la castidad.

Y no os será gravoso el ser castos, porque amando a Jesús no amaréis a nadie inmoderadamente.

Seréis humildes porque veréis en Él sus infinitas perfecciones con ojos amantes, por lo cual no os ensoberbeceréis

de las vuestras, mínimas.

Seréis creyentes. ¿Quién no cree en aquel a quien ama?

Sentiréis la contrición del dolor que salva, porque será recto vuestro dolor,

es decir será un dolor por la pena causada a Él, no por la pena por vosotros merecida.

Seréis fuertes. ¡Oh, sí! ¡Cuando uno está unido a Jesús, es fuerte! Fuerte contra todo.

Estaréis llenos de esperanza, porque no dudaréis del Corazón de los corazones,

que os ama con la totalidad de Sí mismo.

Seréis sabios. Seréis todo.

Amad a Aquel que anuncia la felicidad verdadera, que predica la salud, que va, incansable, por los montes y los valles

convocando al rebaño para reunirlo; a Aquel en cuyo camino está la Paz, como también hay paz en su Reino, que no es

de este mundo, sino que es verdadero, como verdadero es Dios.

Abandonad cualquier camino que no sea el suyo.

Liberaos de toda tiniebla. Id a la Luz.

No seáis como el mundo, que no quiere ver la Luz, que no quiere conocerla.

Vosotros id a nuestro Padre, que es el Padre de las luces, que es Luz sin medida,

a través del Hijo, que es la Luz del mundo, para gozar de Dios en el abrazo del Paráclito,

que es fulgor de las Luces en una sola beatitud de amor, que a los Tres centra en Uno. ¡Infinito océano del Amor,

sin tempestades, sin tinieblas, acógenos!

¡A todos! A los inocentes y a los convertidos. ¡A todos!

¡En tu paz! ¡A todos! Para toda la eternidad.

A todos los que habitamos sobre la tierra, para que te amemos a ti, Dios,

y al prójimo como tú quieres.

A todos, en el Cielo, para que sigamos amando, siempre, no sólo a ti y a los celestes habitantes,

sino también, y todavía, a los hermanos que militen en la tierra en espera de la paz.

Y cual ángeles de amor, los defendamos y apoyemos en las batallas y tentaciones, para que después puedan estar

contigo en tu paz, para gloria eterna del Señor nuestro Jesús, Salvador,

Amador del hombre, hasta el límite sin límite del anonadamiento sublime.

Como siempre, Juan, ascendiendo en sus vuelos de amor, lleva consigo a las almas a lugares de amor levísimo

y silencio místico.

Debe pasar un rato antes de que retorne la palabra a los labios del auditorio.

El primero en hablar es Felipe, dirigiéndose

a Pedro:

–         ¿Y Juan, el pedagogo, no habla?

-Os hablará por nosotros continuamente.

Ahora dejadlo en su paz, y dejadnos también a nosotros un buen rato con él.

Tú, Saba, haz lo que te he dicho antes; y tú también, buena Berenice…

Salen todos.

Se quedan en la amplia sala los ocho con los dos.

Hay un silencio grave:

Están todos un poco pálidos:

los apóstoles, porque saben lo que está para producirse;

los dos discípulos, porque lo presienten.

Pedro abre sus labios, pero encuentra sólo esta palabra: «Oremos», y entona el «Pater noster».

Luego – está verdaderamente pálido, quizás más que en el momento de la muerte -,

yendo a ponerse entre los dos y colocando una mano sobre sus hombros,

dice:

–         Es la hora de la despedida, hijos.

¿Qué le digo al Señor en nombre vuestro?

¿A Él, que ciertamente estará ansioso de saber de vuestra santidad?

Síntica cae de rodillas y se cubre el rostro con las manos.

Juan la imita.

Pedro los tiene a sus pies…

Y, mecánicamente, los acaricia mientras se muerde los labios para no ceder a la emoción.

Juan de Endor alza su acongojado rostro,

y dice:

–          Dirás al Maestro que nosotros hacemos su Voluntad…

Y Síntica:

–         Y que nos ayude a cumplirla hasta el final…

El llanto impide frases más largas.

–        Bien.

Démonos el beso de despedida.

Esta hora debía llegar..

También Pedro se corta, ahogado por un nudo de llanto.

Síntica suplica:

–         Antes bendícenos

–        No.

No yo. Mejor uno de los hermanos de Jesús…

Tadeo se pone de rodillas y objeta:

–        No.

Tú eres el jefe.

Nosotros los bendeciremos con el beso.

Bendícenos a todos, a nosotros que nos marchamos y a ellos que se quedan .

Y Pedro, el pobre Pedro – que ahora está rojo por el esfuerzo de mantener firme la voz.

Y por la emoción de bendecir, con las manos extendidas hacia el pequeño núcleo arrodillado a sus pies…

– pronuncia, con voz aún más áspera por el llanto, casi de viejo, la bendición mosaica…

Luego se agacha, besa en la frente a la mujer, como si fuera una hermana;

levanta y abraza, besándolo fuerte, a Juan.

Y… se marcha valientemente de la habitación, mientras los otros imitan su acto para con los dos que se quedan…

Afuera, el carro está ya preparado.

Sólo están presentes Felipe, Berenice y el siervo, que sujeta el caballo.

Pedro ha subido ya al carro… 

Felipe dice a Pedro:

–         Dirás al amo que esté tranquilo respecto a sus recomendados.

Berenice en voz baja, dice a Zelote:

–          Dirás a María que siento la paz de Euqueria desde que ella es discípula. 

–          Le diréis al Maestro, a María, a todos, que los amamos, y que…

¡Adiós! ¡Adiós! ¡Oh, no los volveremos a ver!

¡Adiós, hermanos! Adiós…

Corren afuera, al camino, los dos discípulos…

Pero el carro, que ha partido al trote, ya ha doblado la esquina…

Ha desaparecido…

–         ¡Síntica!

–         ¡Juan!

–        ¡Estamos solos!

–        ¡Dios está con nosotros!…

Ven, pobre Juan. El sol declina.

Te sienta mal estar aquí…

–          Para mí el Sol se ha puesto para siempre…

Sólo volverá a salir en el Cielo.

Y entran donde antes estaban con los demás, se dejan caer sobre una mesa y se entregan, ya sin freno, al llanto…

Dice Jesús:

«Y el tormento causado por un hombre, sólo querido por el hombre malo, quedó consumado,

deteniéndose como un curso de agua en un lago después de haber realizado su recorrido…

Te hago notar cómo también Judas de Alfeo, a pesar de estar más nutrido de sabiduría que los demás,

da al texto de Isaías, sobre mis sufrimientos de Redentor, una explicación humana.

Y así era todo Israel, que se negaba a aceptar la realidad profética

y contemplaba las profecías sobre mis dolores como alegorías y símbolos.

Fue el gran error, por el que, en la hora de la Redención, bien pocos en Israel supieron ver todavía al Mesías

en el Condenado.

La Fe no es sólo una corona de flores.

Tiene espinas también.

Y es santo aquel que sabe creer tanto en las horas de gloria como en las horas trágicas.

Y sabe amar, tanto si Dios lo cubre de flores, como si lo coloca sobre espinas.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_X

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

339 LA TRAVESÍA


339 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad de Ptolemaida da la impresión de que va a ser aplastada, por un cielo bajo,

plomizo y pesado como plomo;

sin una rendija azul, sin una sola variación en su lóbrego aspecto.

No.

No hay ni una nube, un cirro o un nimbo,

que surquen aislados, la capa cerrada del firmamento.

Es una única bóveda cóncava y pesada;

como una tapa que fuera a ser abatida sobre una caja.

Una enorme tapa de estaño sucio, fuliginoso, opaco y agobiante.

Las casas blancas de la ciudad parecen de yeso;

un yeso áspero, crudo, desolado, bajo esta luz… 

Y hasta el verde de las plantas perennes, luce empañado, triste;

así como los rostros de las personas, también se ven lívidos y espectrales;

junto con los colores de los vestidos, pues todos se ven muy apagados.

La ciudad se ahoga en el cargante siroco.

El mar responde al cielo con su mismo aspecto de muerte.

Un mar sin límites, quieto, desierto.

No es siquiera plomizo, sería errado definirlo así.

Parece una extensión ilimitada, sin repliegues, no de agua;

sino de una sustancia oleaginosa, gris;

como deben ser los lagos de petróleo crudo…

Muy parecido a una cisterna llena de plata mezclada con hollín y ceniza,

para formar una pomada.

Tiene un especial brillo de lasca cuarzosa.

Y no obstante, se ve tan muerto y opaco, que no parece brillar.

Su resplandor no se advierte, por la molestia que sufren los ojos deslumbrados,

por este cabrilleo de madreperla negruzca, que cansa y no alegra.

No se ve ni una sola ola hasta donde alcanza la vista.

La mirada llega al horizonte, donde el muerto mar toca el cielo también muerto,

sin ver movimiento alguno de ola, aunque por su subyacente ondeo,

sensible en la superficie con el cabrilleo sucio de las aguas,

se comprende que no son aguas solidificadas.

Tan muerto, que en la orilla las aguas están detenidas como agua de un pilón;

sin el más mínimo indicio de ola o resaca.

Y la arena está marcada de humedad a poco más de un metro del agua, confirmando así,

que no ha habido movimiento de olas en la orilla, desde hace muchas horas.

Es la calma chicha absoluta.

Las pocas naves que hay en el puerto, están completamente inmóviles.

Tan inmóviles, que parecen clavadas en una materia sólida.

Los pocos paños tendidos en los altos puentes, enseñas o indumentos, penden inmóviles.

En el ajetreado comercio marítimo del puerto de Ptolemaida,

por una callecita del barrio popular del puerto,

vienen hacia la marina los apóstoles, con los dos que van a Antioquía.

Pedro y Andrés llevan un arcón, Santiago y Juan el otro;

Tadeo por su parte, se ha liado a los hombros el telar, desmontado;

Mateo, Santiago de Alfeo y Simón Zelote,

van cargados con los talegos de todos, incluido el de Jesús.

Síntica lleva en la mano solamente un cesto con comida.

Juan de Endor no lleva nada.

Caminan deprisa entre la gente que en general, regresa de los mercados con las compras;

Y los que son gente de mar, se apresuran en dirección al puerto,

para cargar, descargar las naves o repararlas, según las necesidades.

Pedro camina seguro.

Debe saber ya a dónde ir porque no mira a los lados.

Todo colorado, sujeta de su parte el arcón,

por una lazada de la cuerda, puesta como asidero;

Andrés por su parte, hace lo propio.

Y se ve, tanto en ellos como en los compañeros Santiago y Juan,

el esfuerzo del peso que llevan,

porque se les ponen turgentes los músculos de las pantorrillas y de los brazos.

Y es que, para estar más libres, llevan sólo la prenda de debajo, corta y sin mangas);

en todo, semejantes a los mozos de cuerda que ágiles, van de las posadas a las naves;

o viceversa, para sus operaciones.

Por tanto, pasan completamente desapercibidos.

Pedro no va al muelle grande.

Con su grupo se dirigen hacia el muelle menor, a través de una pasarela chirriante;

es un andén construido en forma de arco, que delimita una dársena;

un segundo embarcadero, mucho más pequeño, para las barcas de pesca.

Llega hasta una en particular.

Se detiene, mira y grita, llamando la atención…

Desde el fondo se levanta un marinero y se acerca al borde;

es una barca fuerte y bastante grande.

diciendo:

–      ¡Estás decidido a zarpar de verdad?

Ten en cuenta que la vela hoy no sirve..

No hay viento y tendrás que hacerlo a fuerza de remos.

Pedro contesta:

–     Con este frío, esto nos servirá para entrar en calor y para tener buen apetito.

El marinero cuestiona:

–     ¿Sabes de verdad;

que eres capaz de navegar?

–      ¡Bah! ¡Hombre!   

Todavía no era capaz de pronunciar la palabra ‘mamá’,

cuando ya mi padre me había puesto en las manos la sondaleza,

las cuerdas de las velas. y las farcias del navío.

Allí crecieron mis dientes de leche.

–       Es que, ¿Sabes?

Esta barca es todo lo que poseo…

–       Desde ayer me lo has estado repitiendo…

¿No sabes otra canción?

–       Lo que sé es que si te vas a pique, estoy arruinado y…

–       El arruinado seré yo, porque pierdo la piel, ¡Y no tú!

–       Es que la barca constituye toda mi riqueza, mi pan y mi alegría.

Es el patrimonio de mi esposa y la dote de mi hija…

–        ¡Uff!…

Oye, no me sigas molestando porque mis nervios están a punto de reventar…

Y tienen ya un calambre, mucho peor que el de los nadadores!

Te he dado tanto, que casi te pagué la barca.

No te escatimé nada,

¡Ladrón marino que eres!…

Te demostré que sé remar y sé gobernar la vela mejor tú.

Ya todo estaba acordado.

Ahora, si la ensalada de puerros que has cenado ayer,

te ha provocado una pesadilla, porque te huele la boca como una sentina…

Si ahora te arrepientes, me importa un bledo.

Hicimos un contrato ante dos testigos, uno tuyo y otro mío.

Y ya…  ¡Basta!

Cangrejo peludo, déjame entrar…  

El barquero insiste: 

–     Pero al menos dame otra garantía… 

¡Si mueres, quién me paga la nave!

–     ¿La nave?

A esta calabaza sin pulpa la llamas nave.

¡Oh, miserable y orgulloso tenías que ser!

Te daré otras cien dracmas…

Con éstas y con lo que has pedido como alquiler;

puedes comprarte otras tres mejores que ésta.

¡No! ¡Tampoco eso!

¡De dinero nada!

Serías capaz incluso de llamarme loco…

Y luego pedirme más todavía, a la vuelta.

¡Porque vuelvo, ¡Eh! puedes estar seguro!

A lo mejor para quitarte la barba a tortazos,

si me has dado una barca con los fondos defectuosos.

Te dejo empeñada mi carreta y no quiero que te pases de listo con mi burro Antonio.

¡No! ¡Tampoco eso!

No dejo en tus manos a mi Antonio.

Te creo capaz de cambiar de oficio y pasarte de barquero a carretero…

Y escaparte en mi ausencia.

Porque mi Antonio… él solo, vale diez veces más que tu barca.

Mejor te dejo el dinero.

Pero ten en cuenta que son una garantía y que cuando regrese me los devolverás.

¿Has entendido?

¿Está bien claro?

El barquero asiente satisfecho.

Baja de la barca.

Y se apresura a meter en la barca, el telar que Tadeo había dejado en el suelo.  

Pedro mira la barca vecina, 

y grita: 

–     ¡Eh, los de esa nave!

¿Quién es de Ptolemaida?

En una nave cercana se asoman tres caras.

Y contestan:

–       Nosotros.

–       Venid aquí…

El barquero suplica:

–       No, no, no hace falta.

Nos arreglamos entre nosotros.

Pedro lo mira indagador, razonando para sí.

susurra:

–       ¡Comprendo!

Luego grita a los de la nave:

–       ¡Ya no hace falta. Quedaos ahí 

Y les dice a todos, 

¡Aaarriba! ¡Aaarriba!

Y embarca el primer baúl.

Luego ayudado por otros tres y los apóstoles,

suben y acomodan todo el cargamento que traen en la carreta;

de forma que quede en equilibrio y que tengan paso libre para las maniobras. 

Luego ayuda a los otros a estibar el suyo, los talegos y todo lo demás;

Y después de las cosas, las personas. 

Luego extrae de una bolsa pequeña unas monedas, las cuentas, las besa,

y dice:

–       « ¡Adiós, amigas!»-  y se las da al barquero.  

Éste pregunta extrañado:

–       ¿Por qué las has besado? –

–        Es… Un… rito.

Arriba, vosotros. dice a los demás de su comitiva. 

Y volviéndose al barquero, agrega:

–       Tú, al menos, sujeta la barca mientras nos vamos.

Ya las contarás.

Verás que están justas.

No quiero tenerte como compañero en el infierno…

¡Eh! Yo no robo…

Y junto con Andrés, pone el remo contra el muelle y empieza a separarse.

Y Pedro agrega:

–           ¿Ves vampiro que si sé hacerlo?

Lárgate ahora y que te vaya bien…

¡Adiós, ladrón!

Y se sienta en la proa sobre una banquita, junto a su hermano.

Frente a él están sentados Santiago y Juan de Zebedeo;

que bogan con ritmo regular y poderoso.

La barca avanza sin tirones, rápida,

a pesar de ir bastante cargada, muy cerca del flanco de las naves grandes,

Y oyen las alabanzas por su paso ligero y por el perfecto bogar,

que les lanzan los marineros de las grandes naves, cuando navegan junto a ellas.

Luego, superados los espigones…

Cuando llega a la corriente, le entrega el timón a Mateo,

diciendo:

–       Tú puedes hacerlo muy bien.

Te traerá recuerdos de cuando nos sorprendías en la pesca.

Y sabes llevar el timón pasablemente.

Pronto dejan atrás los diques y llegan a mar abierto.

Ptolemaida está extendida, hermosa y blanca sobre la ribera.

En la barca el silencio es completo y solo se oye el chasquido de los remos contra el agua.

Poco a poco, el puerto se va perdiendo en la distancia,

y Pedro dice:

–      Sí. Había un poco de viento…

Ahora no hay absolutamente nada… ¡Ni un soplo!

Santiago de Zebedeo comenta:

–           ¡Con tal de que no vaya a llover!

–           ¡Humm!

Y parece que sí…

Una llovizna fina y tupida los cubre.  

Silencio y cansancio de remos durante largo tiempo.

Luego Andrés pregunta:

–       ¿Por qué has besado las monedas?  

Pedro le responde: 

–        Porque se saluda a quien parte para siempre.

No las volveré a ver.

Y lo siento.

Hubiera preferido dárselas a algún necesitado…

¡Paciencia!…

La barca la verdad es que es buena y fuerte.

Y está bien construida.

Es la mejor de Ptolemaida.

Por eso he cedido a las pretensiones de su dueño.

También para evitar muchas preguntas sobre el lugar adonde vamos.

Por eso le he dicho: «A comprar al Jardín blanco»…

¡Ay, ay, ay, que empieza a llover!

Cubríos, vosotros que podéis hacerlo.

Tú, Síntica, dale el huevo a Juan. Es la hora. 

Santiago dice:

–        Con un mar asi, nada se puede mover en el estómago…

Andrés pregunta:

–       ¿Qué estará haciendo Jesús?

Pedro exclama:

–      ¡Sin vestidos y sin dinero!

Tadeo:

–      ¿Dónde estará ahora?

Juan de Zebedeo:

–       Sin duda rogando por nosotros.

Santiago de Alfeo:

–       Está bien.

¿Pero dónde?

Nadie puede responder la pregunta.

Pues sólo Dios conoce la respuesta.

Y la barca da bordadas, con dificultad; 

entre una bruma invernal, que poco a poco se hace más densa.

Los montes, que se escondieron tras una zona de llanura, vuelven a arrimarse al mar,

se acercan, lívidos en el ambiente neblinoso.

El mar de cerca, sigue produciendo molestia a los ojos con su extraña fosforescencia;

más lejos, se pierde en un velo brumoso.

Pedro boga incansablemente, en una barca que avanza fatigosamente, bajo un cielo plomizo;

sobre un mar de color ceniciento y bajo una finísima lluvia,

que parece neblina y produce un cosquilleo prolongado.

Los montes se ven envueltos en un manto amarillento.

Pero el mar tiene una rara fosforescencia que es molesta de mirar.

Pedro que es incansable en el remo, extiende su brazo señalando a lo lejos,

y dice:

–        En aquel poblado vamos a detenernos, para comer y descansar.

Los demás asienten.

Llegan al pueblo:

Que es un pequeño conglomerado de casas de pescadores

al abrigo del espolón de un monte que penetra en el mar.

Pedro entre dientes, dice: 

–       Aquí no se puede desembarcar.

No se toca fondo… –un suspiro- ¡Bueno!

Pues entonces comeremos aquí donde estamos

Y así es.

Los bogadores comen con buen apetito; los dos exiliados, sin ganas.

Mientras la lluvia se calma y luego arrecia…

No se ve a gente en el pueblo; es como si estuviera deshabitado.

Pero, vuelos de palomas de una casa a otra…

Y la ropa tendida en las azoteas, indican que hay gente.

Finalmente aparece en la playa un hombre semidesnudo,

que se dirige hacia una pequeña barca, que ha sido sacada a la orilla.  

Pedro se pone las dos manos en torno a los labios, formando un embudo,

y grita:

–       ¡Oye, tú! ¿Eres pescador?

La respuesta llega débil en la distancia:

–       ¡Sí!

–       ¿Qué tiempo vamos a tener?

–       Dentro de poco, mar picado.

Si no eres de por aquí, te aconsejo que te vayas inmediatamente,

más allá del promontorio.

Allí las olas son menores, sobre todo junto a la ribera…

Y puedes ir porque el mar es muy profundo.

Pero vete al punto.

–        Gracias.

¡La paz sea contigo!

–        ¡Paz y buena suerte contigo!

Pedro se vuelve hacia sus compañeros,

y dice:

–        ¡Ánimo!

Y que Dios esté con nosotros.

Andrés toma el remo y empieza a bogar,

mientras dice:

–        No cabe duda que lo está.

Y Jesús ruega por nosotros.

Los demás también toman los remos y empiezan a bogar.

Porque olas gigantescas están empezando a formarse…

Y rechazan a la barca en su intento por avanzar.

La lluvia aumenta implacable;

junto con un viento que azota las espaldas de los navegantes.

Pero la ola tendida, en efecto, ya se ha formado…

Y repele y aspira la pobre barca cada vez que viene.

Mientras tanto, la lluvia se hace cada vez más tupida…

Y un viento rítmico se agrega para torturar a los pobres navegantes.

Pedro lo gratifica con todos los más pintorescos epítetos;

porque es un viento malo que no puede ser usado para la vela

y que trata de empujar a la barca contra los escollos del promontorio ya cercano.

La barca navega con dificultad en la curva de este pequeño golfo, más oscuro que la tinta.

Reman, reman, con dificultad;

rojos, sudados, apretando los dientes, sin desaprovechar ni una migaja de fuerza en palabras.

Los otros, sentados frente a ellos; callan, mudos, bajo la tediosa lluvia

Simón de Jonás le grita unos pintorescos epítetos,

porque es un viento contrario que no solo no ayuda,

sino que entorpece los esfuerzos de los marineros.

Y trata de lanzarlos contra los escollos del promontorio que no está lejos.

La barca trata de deslizarse en la curva de este golfo miniatura,

de color negruzco cual tinta.

Todos continúan bogando fatigosamente;

concentrando todos sus esfuerzos por avanzar;

bañados por la molesta lluvia.

Juan de Endor y Síntica, están sentados en el centro junto al mástil de la vela.

Detrás los hijos de Alfeo.

Y en la popa, Mateo y Simón, que luchan por mantener derecho el timón;

a cada golpe del oleaje.

Es un trabajo arduo dar la vuelta al promontorio y finalmente lo logran.

Los remadores extenuados, logran al fin descansar un poco,

y se preguntan si sería prudente refugiarse en el poblado,

que se ve más allá del promontorio…

La idea de ‘Que se debe obedecer al Maestro;

aun cuando el sentido común diga lo contrario’ prevalece.

“Él dijo que se debe llegar a Tiro en un solo día…”

Todos están de acuerdo en esto,

Y DECIDEN SEGUIR LA TRAVESÍA… 

Después de decidir esto y continuar navegando con el mar picado…

De improviso el mar se calma…

Y todos notan el fenómeno…

Santiago de Alfeo dice:

–     El premio de haber obedecido…

Pedro confirma:

–     Sí.

Satanás se ha largado,

porque no logró hacernos desobedecer…

Mateo dice:

–       Llegaremos a Tiro en la noche.

Este mal tiempo nos ha detenido mucho…

Simón Zelote agrega:

–      No importa.

Iremos a dormir y mañana buscaremos la nave.

Juan de Endor:

–        ¿La podremos encontrar?

Tadeo dice con aplomo:

–         Jesús lo dijo.

Claro que la encontraremos…

Andrés propone: .

–      Podemos levantar la vela hermano. 

El viento que está soplando nos ayuda y avanzaremos más ligeros…

Iremos raudos con la vela que se se infle lo suficiente, 

para que ya no sea necesario remar y nuestros hermanos sientan un poco de alivio.

efectivamente, la vela se hincha, no mucho;

pero sí lo suficiente como para que la barca se deslice ligera hacia Tiro;

cuyo istmo albea allá en lontananza en el norte, con las últimas luces del día.

La noche cae rápida. 

Y parece extraño, después de tanta lobreguez de cielo,

ver asomarse las estrellas a través de un imprevisto claro,

Con el titilar resplandeciente de los astros de la Osa;

mientras el mar se ilumina con los serenos rayos de luna, tan blancos,

que casi parece rayar el alba, después de un día penoso, sin el intervalo de la noche.

cuando los últimos rayos del sol casi han desaparecido.

La noche los alcanza y lo más extraño…

Después de tanta neblina, el firmamento estrellado,

se adorna con una claridad extraordinaria.

La Osa Mayor resalta en una bóveda celeste que viste al mar

con un reflejo plateado iluminado por la luna…

Juan de Zebedeo admira todo y ríe.

Y de repente, abre su boca al canto, con su voz de tenor a todo pulmón;

acompañando el movimiento del remo con la estrofa

y ritmando ésta con el remo:

“Ave, Estrella de la Mañana,

Jazmín de la noche,

Luna de oro de mi Cielo,

Santa Madre de Jesús.

En Ti el navegante espera,

El que sufre, el que muere, en Ti piensa,

Brilla siempre, Estrella santa, Estrella pía,

Sobre quien te ama, ¡Oh, María!

Santiago su hermano dice:

–     ¿Pero qué haces?

Estamos hablando de Jesús, ¿Y tú hablas de María? 

–        Él está en Ella.

Y Ella en Él.

Pero si Él está aquí;

es porque ha existido antes Ella…

¡Oh! Tú déjame cantar…

Y todos se dejan seducir y llevar por su canto.

Pues lo acompañan en una alabanza maravillosa…

De esta manera llegan a Tiro, ya sin ninguna dificultad.

Desembarcan en el pequeño puerto, que está al sur del istmo;

oculto por las lámparas que cuelgan de muchas barcas.

Los que están allí no niegan su ayuda a los recién llegados.

Pedro y Santiago deciden quedarse en la barca, para cuidar el cargamento,

Mientras tanto, los otros, con un hombre de otra barca,

se dirigen al hospedaje para descansar

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocul

para no perder la vista y a un corderito, de nuestro grupo de oración,

un padre de familia joven que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

Que Dios N:S: les pague vuestra caridad….

¡Muchísimas gracias y Bendiciones…!  

Y quién de vosotros quiera ayudarnos, aportando una donación económica;

para este propósito, podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

323 MADRE Y MAESTRA


323 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana esplendorosa, en los primeros rayos matinales, que tocan el huerto;

en la alborada del frío invierno que se anuncia, en los primeros días de Diciembre

En la casa de Nazareth…

–       ¡¡Maestro!!… 

¡Maestro! ¡Maestro!

Los tres gritos de Juan de Endor, que al salir de su habitación para ir a la pila a lavarse,

se ha encontrado de frente a Jesús que de allí viene, despiertan a Margziam…

El cual sale corriendo de la habitación de María, vestido sólo con una camisola sin mangas y corta;

todavía descalzo, todo ojos y boca, para ver y gritar:

–       « ¡Está aquí Jesús!»

Y todo piernas para correr y trepar a sus brazos.

Despiertan también a Síntica, que duerme en el ex taller de José;

la cual, pasados unos momentos, sale ya vestida pero con sus obscuras trenzas,

todavía semisueltas  y colgándole por los hombros.

Jesús, con el niño todavía en los brazos, saluda a Juan y a Síntica.

Y los exhorta a entrar en la casa, porque el viento boreal es muy fuerte.

Entra Él el primero.

Y lleva al semidesnudo Margziam, que castañetea los dientes a pesar de su entusiasmo,

al lado de la lumbre, ya encendida;

donde María se apresura a calentar leche y luego la ropa del niño;

para que no contraiga una enfermedad.

Los otros dos no hablan, pero parecen la personificación de la alegría extática.

Jesús, que está sentado con el niño en su regazo mientras la Virgen, presurosamente,

lo arreboza en la ropa calentada, alza la cara y les sonríe,

diciéndoles:

–        Os prometí que vendría.

Y hoy o mañana viene también Simón Zelote.

Ha ido, por indicación mía, a otro lugar, pero pronto vendrá y estaremos juntos bastantes días.

El aseo de Margziam ha terminado;

ya el color vuelve a sus mejillas lívidas de frío.

Jesús lo baja de sus rodillas y se pone de pie.

Pasa a la habitación de al lado, seguido por todos.

La última es María, con el niño de la mano, al cual regaña dulcemente

hablándole así:

–        ¿Qué tendría que hacer yo ahora contigo?

Has desobedecido.

Te había dicho: «Estáte en la cama hasta que vuelva»,

y has venido antes…

Margziam. se disculpa: 

–         Me he despertado por los gritos de Juan… 

–        Precisamente entonces debías saber obedecer.

Estar en la cama mientras uno duerme no es obediencia.

Y no hay ningún mérito en hacerlo.

Debías haber sabido hacerlo cuando había mérito, porque exigía voluntad.

Yo te habría llevado a Jesús.

Lo habrías tenido todo para ti, y sin el riesgo de coger una enfermedad.

–         No sabía que hacía tanto frío.

–        Pero yo sí que lo sabía.

Me apena el verte desobediente.

–        No, Mamá.

Me apena más a mí el verte así…

¡Si no hubiera sido por Jesús no me habría levantado,

ni aunque me hubieras olvidado en la cama sin comer.

Mamá hermosa, Mamá mía!…

Dame un beso. Mamaíta.

¡Ya sabes que soy un pobre niño!…

María lo toma en brazos y lo besa;

deteniendo así las lágrimas en su carita, a la que devuelve la sonrisa con la promesa del niño:

–        ¡No te voy a volver a desobedecer nunca, nunca, nunca!

Jesús, entretanto, habla con los dos discípulos.

Se informa de sus progresos en la Sabiduría.

Y dado que dicen que por la palabra de María todo se ilumina en ellos,

dice:

–        Lo sé.

La sobrenaturalmente luminosa Sabiduría de Dios se hace comprensible luz,

incluso para los más duros de corazón si es Ella quien la expone.

Pero vosotros no sois duros de corazón, así que os beneficiáis enteramente de su enseñanza. 

María dice:

–        Ahora estás Tú, Hijo.

La maestra se convierte de nuevo en alumna.

–        ¡No!

Tú sigues siendo maestra.

Yo te escucharé como ellos.

Estos días soy sólo «el Hijo». Nada más.

Tú serás la Madre y Maestra de los cristianos.

Lo eres ya desde ahora:

Yo, tu Primogénito y primer alumno;

éstos y con ellos Simón cuando venga.

Los otros… ¿Ves, Madre?

El mundo está aquí:

el mundo del mañana en el pequeño israelita puro, que ni siquiera se dará cuenta de hacerse

«el cristiano»;

el mundo, el viejo mundo de Israel, en el Zelote;

la humanidad en Juan;

los gentiles en Síntica.

Y vienen todos a ti, santa Criadora que das leche de Sabiduría…

Y Vida al mundo y a los siglos.

¡Cuántas bocas han deseado prenderse a tu pezón!

¡Y cuántas lo harán en el futuro!

Te anhelaron los Patriarcas y los Profetas, porque de tu seno fecundo,

había de venir el Alimento del hombre.

Y te buscarán, como otro Margziam cada uno de ellos, los «míos»;

para ser perdonados, instruidos, defendidos, amados.

¡Y dichosos los que lo hagan!GRACIA

Porque no será posible perseverar en Cristo, si no se fortalece la gracia con tu ayuda,

Madre llena de Gracia.

María parece una rosa vestida de oscuro, de tanto como se le ha encendido el rostro

por la alabanza de su Hijo:

una espléndida rosa muy humildemente vestida, de gruesa lana marrón oscura…

Llaman a la puerta…

Y entran en grupo María de Alfeo, Santiago y Judas,

cargados, estos últimos, de ánforas de agua y haces de leña.

La alegría de verse es recíproca.

Y aumenta cuando vienen a saber que pronto llegará el Zelote.

El afecto de los hijos de Alfeo por él es claro,

incluso sin tener en cuenta la frase que Judas Tadeo dice como respuesta a la observación

de su madre, que repara en esta alegría de ellos:

–        María…

Precisamente en esta casa, una noche muy triste para nosotros, nos dio afecto de padre.

Y lo mantiene.

Esto no podemos olvidarlo.

Para nosotros es «el padre»; nosotros para él «los hijos».

Qué hijos no exultan al volver a ver a un padre bueno?

María de Alfeo reflexiona y suspira…

Luego, muy práctica incluso en medio de sus penas,

pregunta:

–       ¿Y dónde lo vais a meter para dormir?

No tenéis sitio.

Mandadlo a mi casa.  

Jesús dice:

–        No, María.

Estará bajo mi techo.

Se resuelve pronto. Síntica duerme con mi Madre,

Yo con Margziam, Simón en el taller.

Es más, lo mejor será preparar las cosas enseguida.

Vamos.

Y los hombres salen al huerto con Síntica,

mientras las dos Marías van a la cocina para sus tareas.

319 JUICIO DE LOS HIPÓCRITAS


319 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús regresa solamente a Endor.

Se detiene en la primera casa del pueblo, que es más un aprisco que una casa;

pero, precisamente por serlo, con establos bajos, cerrados, colmados de heno;

puede alojar a los trece peregrinos.

El dueño, un hombre rudo pero bueno;

se apresura a llevar una lámpara, un pequeño cubo de leche espumosa y unos panes muy oscuros.

Luego se retira, con la bendición de Jesús, que se queda sólo con los doce apóstoles.

Jesús ofrece el pan y lo distribuye.

A falta de escudillas o tazas, cada uno moja sus rebanadas de pan en el cubo,

y cuando tiene sed, bebe directamente de él.

Jesús sólo bebe un poco de leche.

Está serio, silencioso…

Tanto que, acabada la comida, saciada el hambre que en los apóstoles nunca falta,

terminan por darse cuenta de su mutismo.

Andrés es el primero que pregunta:

–        ¿Qué te sucede, Maestro?

Te veo triste o cansado…

Jesús responde:

–        No niego que lo esté.  

Pedro dice:

–       ¿Por qué?

¿Por esos fariseos?

Pues si ya deberías estar acostumbrado a ellos…

¡Casi, casi que me he acostumbrado yo que…!

Ya sabes cómo era yo las primeras veces con ellos.

¡Cantan siempre la misma canción!…

La verdad es que las serpientes sólo pueden silbar; 

jamás ninguna logrará imitar el canto del ruiseñor.

Se termina por no hacer caso. 

Pedro, lo dijo parte convencido, parte queriendo liberar de preocupaciones a Jesús.

–        Así es como se pierde el control y se cae en sus roscas mortales.

Os ruego que no os habituéis nunca a las voces del Mal como si fueran voces inocuas.

Mateo agrega:

–        ¡Ah, sí!

Pero no deberías estar triste, si es sólo por eso.

Ya ves cómo te ama el mundo.

Presuroso y lisonjero, pasando un brazo por detrás de Jesús, que está sentado en el heno a su lado.  

Judas de Keriot  pregunta:

–        ¿Pero es sólo por eso por lo que estás triste de esa forma?

Dímelo, Maestro bueno.

¿O es que te han referido mentiras, te han insinuado calumnias, sospechas o qué sé yo…

respecto a nosotros, que te queremos? 

Jesús vuelve la cara en la dirección de Judas.

Sus ojos emanan un relámpago fosfórico a la luz trémula de la lámpara colocada en el suelo,

en medio del círculo de los que están sentados en el heno, dispuesto como bajo asiento en redondel.

Jesús mira muy fijamente a Judas de Keriot.

Y mirándolo, le pregunta:

–        ¿Y me crees tan necio como para recibir como verdaderas las insinuaciones de cualquiera,

hasta el punto de preocuparme por ellas?

Son las realidades, Judas de Simón, las que me preocupan.

Y su mirada no deja ni un momento de hincarse, derecha como un calador,

en la pupila oscura de Judas.

Quién con mucha seguridad,

pregunta:

–        ¿Qué realidades te turban, entonces? 

–        Las que veo en el fondo de los corazones y leo en las frentes destronadas.

Jesús marca mucho esta palabra.

Todos se agitan:

–        ¿Destronadas?

–        ¿Por qué?

–       ¿Qué quieres decir?

–        Un rey pierde el trono cuando es indigno de permanecer en él.

Lo primero que se le quita es la corona que tiene en su frente como en el lugar más noble del hombre,

único animal que siendo animal como materia, pero sobrenatural como ser dotado de alma,

tiene la frente erguida hacia el cielo.

Pero no es necesario ser rey con un trono terreno para poder ser destronados.

Todo hombre es rey por el alma y su trono está en el Cielo.

Pero cuando un hombre prostituye su alma y viene a ser sólo un animal…

Y viene a ser un demonio, entonces pierde el trono.

El mundo está lleno de frentes destronadas, que ya no están erguidas hacia el Cielo,

sino agachadas hacia el Abismo;

gravadas con la palabra que en ellas ha esculpido Satanás.

¿Queréis saber qué palabra es?

Es la que leo en las frentes.

Está escrito en ellas: «¡Vendido!».

Y, para que no tengáis dudas acerca de quién es el comprador, os digo que es Satanás,

en sí mismo y en los siervos que tiene en el mundo».

Convencido, Pedro dice:

–        ¡Comprendo!

Esos fariseos, por ejemplo, son siervos de un siervo que está por encima de ellos

y que a su vez es siervo de Satanás 

Jesús no rebate.  

Bartolomé observa:

–        Pero, ¿Sabes, Maestro…?

¿Qué esos fariseos, cuando han oído tus palabras, se han marchado escandalizados?

Al salir se

han chocado conmigo y lo decían…

Has estado muy tajante

Y Jesús replica:

–        Pero muy verdadero.

Si se tienen que decir estas cosas, es culpa de ellos, no mía.

Es más, decirlas es un acto de caridad por mi parte.

Toda planta que no haya plantado mi Padre celeste debe ser arrancada;

y plantas no plantadas por Él es el improductivo brezal de parásitas hierbas, sofocantes, espinosas,

que ahogan la semilla de la Verdad santa.

Caridad es extirpar las tradiciones y preceptos que ahogan el Decálogo,

lo enmascaran, hacen de él una cosa ineficaz e imposible de ser observado.

Para las almas honestas, es caridad hacerlo.

Respecto a ésos, a los alteros obstinados, cerrados a toda acción y consejo del Amor,

dejadlos; que los sigan los que por corazón y por tendencias son semejantes a ellos.

Son ciegos, guías de ciegos.

Si un ciego guía a otro ciego, por fuerza caerán los dos en la fosa.

Dejadlos que se nutran de esas cosas contaminadas a las que dan el nombre «pureza»;

Proverbios 11, 3

ya no pueden contaminarlos más, porque lo único que hacen es colocarse bien en la matriz de que provienen.  

Simón Zelote ha estado muy pensativo y con tono reflexivo,

pregunta:

–        Esto que dices ahora empalma con cuanto dijiste en casa de Daniel…

¿No es verdad?

Que no es lo que entra en el hombre lo que contamina, sino lo que sale del hombre.

–        Sí – dice escuetamente Jesús.

Pedro, después de un silencio;

porque la seriedad de Jesús congela hasta el carácter más exuberante,

solicita:

–        Maestro, yo…

Y no sólo yo;

no he comprendido bien la parábola.

Explícanosla un poco.

¿Cómo es que lo que entra no contamina y lo que sale contamina?

Yo, si tomo un ánfora limpia y meto en ella agua sucia, la ensucio.

Por tanto, lo que entra en el ánfora la ensucia.

Pero si de un ánfora llena de agua pura arrojo agua al suelo, no ensucio el ánfora,

porque del ánfora sale agua pura.

¿Y entonces?

Y Jesús explica:

–        Nosotros no somos ánforas, Simón.

No somos ánforas, amigos.

¡Y en el hombre no todo es puro!

¿Entonces también vosotros estáis sin inteligencia?

Reflexionad sobre el caso que esgrimían contra vosotros los fariseos.

Vosotros, decían, os contaminabais porque llevabais alimento a vuestra boca,

con manos polvorientas, sudadas… bueno, sin lavar.

Pero, ¿Esa comida a dónde iba?

De la boca al estómago, de éste al vientre, del vientre a la cloaca.

¿Podrá, pues, portar impureza a todo el cuerpo, y a lo que en él está contenido,

pasando sólo por el canal a ello destinado, cumpliendo su oficio de nutrir a la carne;

sólo a ella, para terminar, como conviene, en una cloaca?

¡No es esto lo que contamina al hombre!

Lo que contamina al hombre es lo que es suyo, únicamente suyo;

aquello que suyo ha engendrado y dado a la luz.

O sea, aquello que tiene en el corazón y del corazón sube a los labios y a la cabeza…

Y corrompe el pensamiento y la palabra y contamina a todo el hombre.

Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones,

los robos, los falsos testimonios y las blasfemias.

Del corazón vienen avaricias, lujurias, soberbias, envidias, iras, apetitos intemperados, ocios pecaminosos.

Del corazón viene el fómite de las distintas acciones;

si el corazón es malo, malas serán éstas como el corazón.

Todas las acciones: desde los actos de idolatría a las murmuraciones insinceras…

Todas estas cosas malas que van del interior hacia afuera contaminan al hombre;

34. Raza de víboras, ¿Cómo podéis vosotros hablar cosas buenas siendo malos? Porque de lo que rebosa el corazón habla la boca. Mateo 12

no el comer sin lavarse las manos.

La ciencia de Dios no es cosa del suelo, lodo para ser pisado por todo pie;

es algo sublime, que habita en las regiones de las estrellas, de donde desciende con rayos de luz

para informar de sí a los justos.

No queráis, vosotros al menos, arrancarla de los cielos para envilecerla en el fango…

Id a descansar ahora.

Yo salgo para orar.

317 EL MUNDO DE LOS SUEÑOS


317 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Todo el lago de Tiberíades es una lastra cenicienta.

Parece mercurio turbio, de tan pesado como se ve,

en una calma chicha que apenas si permite indicios de cansadas olas que no logran hacer espuma

y en cuanto inician el movimiento ya se detienen, se amansan, se uniforman a esta masa de agua sin brillo

bajo un cielo también opaco.

Pedro y Andrés en torno a su  barca,

Santiago y Juan al lado de la suya, preparan la partida en la pequeña playa de Betsaida.

Olor de hierbas y de tierra empapada de agua, leve bruma sobre las planicies herbosas hacia Corazaín.

Tristeza de Noviembre en todas las cosas.

Jesús sale de la casa de Pedro, llevando de la mano a los dos pequeñuelos Matías y María.

La mano de Porfiria los ha arreglado con maternal cuidado y ha sustituido el vestidito de María por uno de Margziam.

Matías, que es demasiado pequeño, no ha podido gozar de la misma gracia

y tiembla todavía con su tuniquita de algodón descolorida;

tanto que Porfiria, compasiva, vuelve a casa y sale con un pedazo de manta y arropa al niño

como si la manta fuera un manto.

Jesús le da las gracias mientras ella se arrodilla al despedirse,

para retirarse después de haber dado a los dos huerfanitos un último beso.   

Pedro que ha observado la escena, 

comenta:

–        Con tal de tener niños, se habría hecho cargo de éstos también.

Y también él se agacha para ofrecer a los dos niños un pedazo de pan untado con la miel,

que tenía guardada debajo de un asiento de la barca;

Lo cual hace reír a Andrés,

que dice:

–        ¿Y tú no?

¡Hasta le has robado la miel a tu mujer, para dar un poco de alegría a estos dos!…

–        ¡¿Robado?!

¡Robado! ¡La miel es mía!

–       Sí, pero mi cuñada la guarda con celo porque es de Margziam.

Y tú, que lo sabes, has entrado esta noche, descalzo como un ratero en la cocina,

a coger la cantidad de miel que te hacía falta para preparar ese pan.

Te he visto, hermano, y me he reído, porque mirabas a tu alrededor como un niño que teme los bofetones de su madre.  

Pedro ríe, diciendo:

–       ¡Qué granuja este espía!

Mientras abraza a su hermano, que a su vez lo besa,

diciendo:

—        ¡Pero qué hermano más hermoso tengo!

Jesús observa y sonríe abiertamente, entre los dos niños, que devoran su pan.

Del interior de Betsaida llegan los otros ocho apóstoles.

Quizás estaban alojados donde Felipe y Bartolomé.

Pedro grita:

–        ¡Ligeros!

Y toma en un único abrazo a los dos niños para llevarlos a la barca sin que se mojen los pies desnudos.

Mientras chapotea en el agua con sus piernas cortas y gruesas, desnudo hasta un palmo por encima de las rodillas,

pregunta.

–       ¿No tenéis miedo, verdad?

La niña dice:

–        No, señor.

Pero se agarra convulsamente al cuello de Pedro, y cierra los ojos cuando la pone dentro de la barca

(que se balancea con el peso de Jesús, que acaba de subir).

El niño, más valiente o más impresionado, no habla siquiera.

Jesús se sienta, arrima hacia sí a los dos pequeñuelos y los tapa con su manto,

que parece un ala extendida para proteger a dos pollitos.

Seis en una barca, seis en la otra, todos ya están a bordo.

Pedro quita el madero del arribo y empuja fuertemente con la mano la barca para meterla más en el agua;

luego, con un último salto, salva el borde de la barca; Santiago le imita con la suya.

La acción de Pedro ha hecho bambolearse mucho a la barca;

la niña gime:

–       « ¡Mamá!» 

Y esconde la cara en el regazo de Jesús agarrándose con fuerza a sus rodillas.

Mas ahora ya avanzan suavemente, aunque con fatiga para Pedro,

Andrés y el mozo, que tienen que remar, ayudados por Felipe, que hace de cuarto.

Con esta calma chicha, la vela pende floja  pesada y húmeda, no sirve.

Tienen que trabajar con los remos.

Pedro a los de la barca gemela, en la que hace de cuarto Judas de Keriot,

que rema perfectamente, lo cual es alabado por Pedro,  

Grita

–        ¡Qué boga!

Santiago de Zebedeo responde:

–        ¡Dale, Simón!

Dale o te ganamos.

Judas tiene la fuerza de un galeote.

¡Muy bien, Judas! 

Pedro, que rema por dos,

confirma:

–        Sí.

Te nombraremos jefe de remadores.

 Y ríe agregando:

–        «Pero no conseguiréis quitarle el primado a Simón de Jonás.

A los veinte años ya era remador principal en las apuestas entre los pueblos».

 Y alegre, da la voz de estrepada a sus remadores:

–    « ¡O-e!, ¡o-e!».

Las voces avanzan sobre el silencio del lago desierto en esta hora matutina.

Los niños recobran seguridad.

Cubiertos todavía por el manto, alzan sus caritas demacradas y apenas si asoma a ellas una sonrisa,

una por este lado, la otra por el otro lado del Maestro, que los tiene abrazados.

Se interesan por el trabajo de los remadores.

Intercambian algunos comentarios.  

El niño dice:

–         Parece como si fuéramos en un carro sin ruedas.

La niña María, responde:

–        No.

En un carro por las nubes.

¡Mira! Es como andar por el cielo. 

¡Mira, mira, ahora subimos a una nube!

Al ver que la barca hunde su punta en un lugar que refleja un nubarrón algodonoso.

Y ríe levemente.

Mas el sol rompe la bruma, y, aunque sea sólo un pálido sol de Noviembre, las nubes se hacen de oro

y el lago las refleja brillando.  

El niño aplaude:

–        ¡Qué bonito!

Ahora andamos sobre el fuego.

¡Qué bonito! ¡Qué bonito!

Pero la niña calla, y luego rompe a llorar.

Todos le preguntan el porqué de ese llanto.

Entre sollozos explica:

–        Mi mamá decía una poesía…

O un salmo, no sé, para tenernos tranquilos, para que pudiéramos rezar a pesar de tanto dolor…

Y decía esa poesía de un Paraíso que será como un lago de luz, de dulce fuego, donde sólo estará Dios,

sólo habrá alegría, adonde irán los buenos… después de la venida del Salvador…

Este lago de oro me lo ha recordado…

¡Oh, mi mamá!

Se echa a llorar también Matías.

Y todos participan de este dolor.

Pero, de entre el rumor de las distintas voces y el lamento de los huerfanitos,

se levanta la dulce voz de Jesús:

–         No lloréis.

Vuestra mamá os ha traído a Mí, y está aquí con nosotros mientras os llevo a una mamá que no tiene hijos.

Se alegrará de tener dos niños buenos en vez del suyo, que ahora está donde vuestra mamá.

Porque también ella ha llorado,

¿Sabéis?

Como a vosotros se os ha muerto vuestra mamá, a ella se le murió su hijito…

María exclama:

–        ¡Entonces nosotros vamos con ella y su hijo irá con nuestra mamá! 

Jesús confirma:

–        Exactamente así.

Y seréis todos felices.

Los niños se interesan

–        ¿Cómo es esta mujer?

–        ¿Qué hace?

–        ¿Es una labriega?

–       ¿Tiene un buen amo?

Y lo miran interrogantes:

–        Juana no es una campesina.

Pero tiene un jardín lleno de rosas y es buena como un ángel.

Su marido también es bueno. Él también os querrá».

Un poco incrédulo, Mateo pregunta.

–       ¿Tú crees, Maestro? 

–        Estoy seguro.

Y vosotros también os convenceréis de ello.

Hace tiempo Cusa quería a Margziam para hacer de él un noble.  

Pedro grita.

–       ¡Ah, eso de ninguna manera! 

–       Margziam será un noble de Cristo.

Sólo esto, Simón. ¡Tranquilo!

El lago se pone de nuevo de color ceniza.

Se frunce al levantarse un poco de viento.

La vela se tensa, la barca avanza vibrando.

Pero los niños están tan embelesados con la idea de su nueva mamá, que no sienten miedo.

Pasa Mágdala con sus casas blancas entre el verdor de los campos.

Pasa la campiña entre Mágdala y Tiberíades.

Se ven las primeras casas de Tiberíades.  

Pedro pregunta.

–        ¿A dónde, Maestro?

–        Al embarcadero de Cusa.

Pedro vira y da indicaciones al mozo.

La vela cae, mientras la barca orienta su proa hacia el embarcadero para adentrarse;

luego en él, hasta detenerse junto al pequeño espigón, seguida por la otra.

Están paradas las dos, una detrás de otra, como dos ánades cansadas.

Bajan todos.

Juan se adelanta corriendo para avisar a los jardineros.

Los niños, acobardados, se arriman a Jesús.

Y María, emitiendo un suspiro, tirando del vestido de Jesús,

pregunta:

–        ¿Pero es buena de verdad?

Juan vuelve:

–       Maestro, un doméstico está abriendo la cancela.

Juana ya está levantada.

–        Bien.

Esperad todos aquí.

Voy a adelantarme.

Y Jesús se encamina solo.

Los otros lo ven ir adelante y hacen comentarios más o menos favorables al paso que quiere dar Jesús.

No faltan dudas ni críticas.

Desde el lugar donde están, sólo ven que acude Cusa al encuentro de Jesús,

se inclina profundamente en el umbral de la cancela,

y se adentra en el jardín a la izquierda de Jesús.

Luego no se ve nada más.

Jesús andando despacio al lado de Cusa, que muestra toda su alegría de recibirlo en su casa:  

El mayordomo de Herodes está tan dichoso,

que dice:

–        Mi Juana se pondrá muy contenta.

Yo también lo estoy.

Está cada vez mejor. Me ha hablado del viaje.

¡Qué éxitos, mi Señor!  

Jesús pregunta:

–        ¿No te ha causado pesar?

–        Juana es feliz.

Yo me siento feliz de verla feliz a ella.

Podía no tenerla ya desde hace meses, Señor.

–        Podía haber sido así…

Y Yo te la di de nuevo.

Tienes que saber ser agradecido con Dios.

Cusa lo mira turbado…

y susurra:

–        ¿Es una reprensión, Señor?

–        No. Un consejo.

Sé bueno, Cusa.

–        Maestro, sirvo a Herodes…

–        Lo sé.

Pero tu alma no está sometida a nadie, aparte de Dios, si no lo quieres.

–        Es verdad, Señor.

Me enmendaré.

Algunas veces se apodera de mí el respeto humano…

–        ¿Lo habrías tenido el año pasado, cuando querías salvar a Juana?

–        ¡No!

A costa de perder cualquier honor, me habría dirigido a quien hubiera pensado que la podía salvar.

–        Haz lo mismo por tu alma.

Es más valiosa aún que Juana.

Ahí viene ella.

Viene a su encuentro corriendo por el paseo.

Ellos aceleran el paso.  

Juana riendo feliz, dice:

–        ¡Maestro mío!

No esperaba volver a verte tan pronto.

¿Qué bondad tuya te conduce a tu discípula?

–        Una necesidad, Juana.

–        ¿Una necesidad?

Al mismo tiempo, los dos esposos exclaman:

–       ¿Cuál?

Habla que, si podemos te ayudamos. 

–        Ayer tarde he encontrado en un camino desierto a dos niños…

Una niñita y un pequeñuelo…

Descalzos, andrajosos, hambrientos, solos…

Y he visto a un hombre de corazón de fiera;

que los arrojaba de su presencia como si fueran animales perjudiciales.

Estaban medio muertos de hambre…

A ese hombre le procuré el bienestar el año pasado y ahora ha negado un pan a dos huérfanos.

Porque son huérfanos.

Huérfanos… por los caminos de este mundo cruel.

Ese hombre recibirá su castigo.

¿Queréis vosotros mi bendición?

Yo, Mendigo de amor, extiendo ante vosotros mi mano;

para estos huérfanos sin casa, sin vestidos, sin pan, sin amor.

¿Queréis ayudarme?

Impetuoso Cusa exclama:

–        ¡Pero, Maestro, ¿Lo pides?!

¡Di lo que quieres; cuanto quieras; di todo!…

Juana no habla, pero con las manos juntas en su pecho, una lágrima en sus largas pestañas…

Con una sonrisa de anhelo en sus rojos labios, espera…

Y habla más que si hablara.

Sonriendo…Jesús la mira y sonríe:

–       Quisiera que esos niños tuvieran una madre, un padre, una casa.

Y que la madre se llamara Juana…

No tiene tiempo de terminar…

Porque el grito de Juana es como el de uno que hubiera sido liberado de una prisión,

mientras se postra a besar los pies de su Señor.

–        ¿Y tú, Cusa, qué dices?

¿Acoges en mi Nombre a estos mis amados?

¿A estos que para mi corazón son mucho más estimables que las preseas?

Cusa está muy emocionado,

y dice:

–        Maestro, ¿Dónde están?

Llévame a ellos.

Por mi honor te juro que desde el momento en que deposite mi mano sobre sus cabezas inocentes,

los querré en tu Nombre como un verdadero padre. 

Jesús los invita:

–        Venid, entonces.

Sabía que no venía en vano. Venid.

Son agrestes, están asustados, pero son buenos.

Fiaos de Mí, que veo los corazones y el futuro.

Darán paz y unión a vuestra unión, no tanto ahora cuanto en el futuro.

En su amor os identificaréis de nuevo.

Sus inocentes abrazos serán la mejor argamasa para vuestra casa de esposos.

Y el Cielo se os mostrará benigno, siempre misericordioso por esta caridad que hacéis.

Están afuera, en la cancela.

Venimos de Betsaida…

Juana no escucha más.

Se adelanta, corriendo, cautiva del frenesí de acariciar niños.

Y lo hace:

Cae de rodillas, para estrechar contra su pecho a los dos huerfanitos.

Y besa sus mejillas macilentas;

mientras ellos miran atónitos a esta hermosa señora de vestido enjoyelado.

Miran asombrados a Cusa;

que los acaricia y coge en brazos a Matías.

Miran también el espléndido jardín…

Y a los domésticos, que están acudiendo al lugar…

Y miran la casa…

Que abre sus vestíbulos llenos de riquezas a Jesús y a sus apóstoles.

Y miran a Esther, la nodriza de Juana que los cubre de besos.

El mundo de los sueños se ha abierto ante estos pequeños desvalidos…

Jesús observa y sonríe…