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78.- LA COMUNION DE LOS SANTOS


El apostolado es una misión sublime, que no termina hasta que la muerte sella nuestros labios. El Don de la palabra concedido por el Espíritu Santo, sigue tocando almas y transformando corazones y vidas.

En la prisión, Regina continúa enseñando a los catecúmenos arrestados junto con ella.

Y su voz argentina resuena entre aquellos murallones:

La Comunión de los Santos es un Misterio de Fe. Y para comprenderlo es necesario tener una Fe Viva y operante.

Humildad, Esperanza y Amor, ya que por ser completamente sobrenatural.

Solo con el alma viva, es posible llevarlo a un plano real, concreto y práctico: porque es indispensable VIVIRLO.

¿Qué es la Comunión de los Santos?

Un cuerpo humano perfecto en su forma externa, tanto como en su estructura interna.

Sin la circulación de la sangre, no es más que un cadáver.

En el Cuerpo Místico de Cristo, la Comunión de los Santos es el prodigio circulatorio que lo mantiene con Vida.

Y surgió de la Inmolación de Jesús sobre la Cruz.

La Iglesia es la Familia de Dios y si en cualquier familia ordenada en el Amor, cada miembro que la constituye debe contribuir al bien común en un intercambio de bienes dados y recibidos en una comunión armoniosa.

En la Familia de los Hijos de Dios, esto debe darse en un grado infinitamente superior.

Esta Gran Familia de los Hijos de Dios está formada por los militantes de la Tierra, cuya cabeza visible es el Papa Benedicto XVI…

Y ahora el Papa FranciscoI.

Los purgantes en espera en el Purgatorio y los Bienaventurados en el Paraíso.

Es una realidad espiritual grandiosa, viva, verdadera y operante en el Cielo y en la Tierra.

Y para el que vive esta realidad maravillosa y se sabe miembro de la Familia Divina, le pasa lo mismo que a las familias de la Tierra, cuando algunos miembros se separan para ir a tierras lejanas.

Amamos a los que viajan a otros continentes y no por haberse ido, dejamos de sentirlos nuestros y queridos.

Y cuando la nostalgia nos invade, tomamos el teléfono y con solo oír su voz, consolamos nuestro dolor por su ausencia.

Si se nos comunica que le falta dinero o tiene alguna necesidad, inmediatamente usamos el medio a nuestro alcance para remediarla y buscamos de todas las formas posibles su bienestar y su felicidad, hasta que sea posible reunirnos de nuevo.

Si este familiar nuestro hubiese decidido tomar una excursión  a Tierra Santa y mientras él está allá, nos enteramos de que se desató una guerra entre Israel y Siria…

Al seguir angustiados todos los acontecimientos por la televisión. Y al recibir una llamada por su teléfono celular, nos enteramos de que el ser más querido para nosotros, fue tomado como rehén y verdaderamente la está pasando muy mal con los terroristas.

Si pudiésemos transmitir nuestros pensamientos y señalarle la vía de escape, proporcionándole también las armas y los recursos para lograrlo, ¿No lo haríamos?…

¡Claro que sí!

Pues esto es exactamente lo que hizo Jesús al señalarnos el Camino de la Salvación; proporcionándonos las armas y los recursos para volver a Dios.

Y el papel fundamental de la Comunión de los Santos para conseguirlo, Satanás lo conoce muy bien y por eso dio su golpe maestro al borrar de un plumazo, la invocación de este Dogma en la Oración del Credo.

Y lo ha sustituido con el fruto venenoso y mortífero del ESPIRITISMO.

Saciando de esta forma el hambre espiritual y el deseo de aliviar el Dolor por la pérdida de los seres queridos.

Sin el Don del Discernimiento, es muy fácil caer en la trampa satánica de la New Age y terminar guiados por ángeles malignos.

Con este engaño colosal; extraviando las almas, para arrancarlas de Dios y condenarlas eternamente con él en el Infierno.

Al ser un Misterio de Fe, cuando se deja de creer en él, lo desaparece y lo vuelve inofensivo.

Para aprovechar la Fuente de gracias, estupenda y maravillosa que hay en la Comunión de los Santos, tanto por su naturaleza como por los efectos que produce y utilizar los recursos espirituales y aún materiales.

Para no desperdiciar las oportunidades de hacer el bien, tanto personal como comunitario, fortaleciendo la Iglesia; debemos orar y pedirle a Jesús que nos guíe.

Para que fructifique este Tesoro de inmensa riqueza espiritual y que es una de las más sólidas columnas, para que la Iglesia prevalezca.

Porque sólo así los hijos de Dios de las tres Iglesias: Triunfante, Purgante y Militante, viven en una común voluntad de conocerse, amarse y ayudarse.

Podrán hacer más fuerte y compacta la solidez del Cuerpo Místico, especialmente en la batalla contra las Fuerzas del Infierno, que son como las olas de un mar en tempestad: no se desaniman nunca y van y vuelven como las olas que se estrellan contra el farallón.

¿CÓMO SE PUEDE VIVIR ESTE MISTERIO?

CONOCIÉNDOLO.

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ES LA FE, LA QUE VUELVE OPERANTE ESTE DOGMA.

La Comunión de los Santos es el Amor en Acción.

Dios ha dotado a su Gran Familia con riquezas de Potencia Insondables y fundamentadas en la Fuerza Invencible de un Amor Infinito y Eterno.

Los que han partido ya no pueden vivir por Fe. Ellos ven la realidad en toda su verdad y por eso la Fe del hombre es la que vuelve operante este Dogma.

Los esfuerzos que el hombre debe realizar para vivir esta sublime Verdad, son poner a trabajar todas las potencias del alma usando la inteligencia para buscar el origen y el conocimiento de lo que representa este magnífico Don del Amor del Padre, así como los efectos que produce en quién lo vive.

Creyendo firmemente y sin limitaciones.

Ejercitando la Caridad para que las obras logradas, rindan copiosos y abundantes frutos.

Ejercitando la Esperanza, que es como una luz que hace vislumbrar la vida futura y vuelve el amor más activo en beneficio de todos.

No basta el Don de la Vida, es necesario vivirla. Y esto se aplica a la vida física, intelectual o espiritual. ¿Para qué sirve una vida no vivida?

Los hermanos nuestros que ya han cumplido su peregrinación por la tierra en su existencia temporal, no están ajenos a nosotros y se encuentran más cercanos, que el que va de viaje a otra ciudad.

Solo un tenue velo es el que separa el mundo espiritual del material y es el que nos impide ver su proximidad.

Ellos no están inertes o pasivos en relación a nosotros.

Las almas de los vivientes con las de los ‘vivos’, en el Cielo y en la Tierra, están unidas por lazos incorpóreos…

Y podemos intercambiar palabras y caricias, para hacer menos triste nuestra existencia y más feliz nuestra Morada.

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Esta comunión dichosa de los espíritus, junto con los Purgantes en el Purgatorio, de aquellos que por más que hayan cambiado de forma y de naturaleza, no han dejado de existir y aman como en vida no habrían podido amar, porque aman en Dios.

Viven en un estado de vida más perfecto, que el que vivimos en esta tierra. Y aman y toman parte en la medida de la perfección alcanzada, en todos los acontecimientos del Cuerpo Místico de Jesús.

Pero ellos están limitados por la voluntad del hombre. Al igual que Dios, no pueden sobrepasar la libertad y solamente cuando son invocados y solicitados por la Fe, pueden intervenir.

Ellos están atentos y miran todos los acontecimientos que se desarrollan en nuestra lucha contra el Maligno.

Son ayudas poderosísimas cuando las almas lo solicitan y a las que se unen con el amor de Fusión, en el río de Gracia que circula dando la Vida.

Ellas comunican todas las potencias de que disponen, haciendo más fecunda la obra de los corredentores.

LA IGLESIA TRIUNFANTE

La vida continúa después de la tumba y todos los que nos han precedido en la Fe, estando en el Purgatorio o en el Paraíso, nos continúan amando con un amor más puro, más ardiente, más perfecto.

Y los anima el deseo de ayudarnos a superar las duras pruebas de la vida, para que lleguemos como ellos que ya han llegado, a la meta que es el fin de la vid misma.

Ellos ya conocen porque los están viendo, los peligros que asechan a nuestras almas.

Pero la ayuda que pueden darnos está condicionada a la medida de nuestra Fe y nuestra libre voluntad, para acercarnos a ellos a través de la Oración.

El Paraíso es algo inefable; tan grandioso y maravilloso que no hay palabras humanas para poderlo explicar. Y la inteligencia humana es demasiado limitada, para poderlo comprender.

En el paraíso no hay posibilidad ni de crecimiento, ni de disminución de la felicidad particular; porque el gozo no consiste en una feliz pero inmóvil contemplación de Dios y de todas las bellezas del Universo que en Él se reflejan.

En el Paraíso no se está en una inmovilidad estancada que aun así sería maravillosa; sino la felicidad y el júbilo se renuevan en aquel instante sin pasado y sin futuro que se llama Eternidad y que es siempre infinitamente nuevo.

eternidad

En el Paraíso no se vive una vida de inercia; sino una vida intensamente activa y que tiene una plenitud total y absoluta. Es el Amor en acción y que tiende a comunicarse.

La más fértil imaginación no podrá concebir jamás, ni siquiera en modo aproximado, la realidad que se vive en el Paraíso.

Para los militantes en la tierra y especialmente cuando el sufrimiento se agudiza, parece como si el tiempo se hubiera detenido.

En el Paraíso, como se está fuera del Tiempo, se ve como éste transcurre velozmente, poniendo rápido fin a todas las cosas.

El invierno de la vida pasa pronto y las almas resucitadas ven llegar la primavera eterna cuando se convierten en flores, las espinas llevadas por amor a Él.

Si nosotros en la tierra pudiésemos ver las cosas como ellos las ven: con una claridad impresionante.

Ciertamente los ateos dejarían de existir y todos los hombres se crucificarían voluntariamente y de inmediato.

Pero entonces cesaría la Prueba de Fe, haciendo estériles todas nuestras acciones. 

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Si los hombres están animados por una vivísima Fe, conscientes de los inagotables recursos de gracias, de ayudas y de dones que pueden obtener de este Tesoro inagotable de la Comunión de los Santos, verán multiplicado su poder sobre las fuerzas del Mal.

Desde nuestro nacimiento hasta el final de la jornada terrena, los santos nos dan la asistencia y la ayuda que Dios les permite.

Sería mucho más grande, si más intenso es nuestro deseo de recibirlas y más frecuentes las súplicas al solicitarlas.

La Bondad Divina permite estas colaboraciones recíprocas, para aumentar su gozo al vernos estrechar las relaciones, haciéndolas frecuentes y fecundas en el Bien; aumentando el amor, como sucede en una verdadera familia.

Ellos, para ayudarnos a superar y aliviar nuestras penas, pueden mucho. Pero pueden en la medida en que creemos y esperamos en su ayuda. Y más concretamente, en la medida que se lo solicitamos.

Porque esta Comunión entre nosotros viajantes y ellos bienaventurados, debe ser consciente y querida. Su amor está presto y dispuesto, para ayudarnos en lo que queremos.

LA IGLESIA PURGANTE.

Las benditas ánimas del Purgatorio, para sí mismas no pueden hacer nada, pero nosotros podemos hacer muchísimo.

Y la Obra más grande de Caridad, es aliviarles los tremendos sufrimientos que ellas soportan en la reparación de sus propios pecados y la regeneración espiritual que las volverá aptas, para gozar del Paraíso.

En los funerales se llora a las almas, con el llanto humano que es negación de Fe y Esperanza.

Y después de enterrados los muertos, los vivos fácilmente se olvidan de las almas y piensan solamente en la podredumbre y cenizas de los cuerpos.

¡Si los hombres supieran lo que significa el Purgatorio, todos amarían ardientemente el Sufrimiento y lo pedirían a Dios como el Don más bendito sobre la Tierra!

Nuestras posibilidades de hacer el bien a las almas del Purgatorio, constituyen una reserva potencial inagotable.

Todas nuestras actividades, hasta las más pequeñas e insignificantes, pueden ser elevadas del plano natural al sobrenatural, ofreciéndolas por ‘Amor al Señor y en sufragio por las almas del Purgatorio’

Y las misas escuchadas y ofrecidas por la misma razón, son ayudas valiosísimas.

Y SOLO NOSOTROS SE LAS PODEMOS DAR.

Nuestra contribución de sufragios cotidianos, se trasmutan en una lluvia de Gracias y estrecha las relaciones de amor, aumentando la unión entre nosotros y las almas del Purgatorio.

Cuando recurrimos a ellas las ponemos en condición de ayudarnos y con los enormes sufrimientos que ellas padecen y que solo pueden aplicar por nosotros, porque somos la única área en la que ellas pueden actuar.

El Amor Purgante es amor en acción en beneficio de las militantes.

Hay que invocarlas y tener confianza en ellas, pues su alegría está en responder a nuestras oraciones.

El Dogma de la Comunión de los Santos es una de las Obras Maestras de la Sabiduría y Potencia Divinas y hay que vivirlo para comprender realmente su maravillosa belleza y eficacia.

LA IGLESIA MILITANTE.

El hombre es obra de Dios y Dios sabe lo que necesita. Por eso dio el Primer Mandamiento que lo pone en el camino justo y en el puesto justo.

El hombre salido de las manos de Dios, recorre un circuito que debe regresarlo a Dios.

Esta es la lógica de la Fe y de la razón, las que le exigen hacer de Dios la finalidad suprema y primera de su existencia:

“Conocer, amar y servir a Dios en esta vida, para gozarlo después en el Paraíso.”

La vida terrenal y humana es un camino hacia la Eternidad y el Primer Mandamiento: “Yo Soy el Señor Dios Tuyo y no tendrás otro dios fuera de Mí”

Significa que el hombre libre e inteligente debe en la Tierra, colocarse en el plano justo frente a Él, si es que quiere encontrar en su peregrinaje terreno, un equilibrio entre las exigencias materiales y espirituales de su persona.

La necesidad de lo sobrenatural es tan fuerte en el hombre, que si le faltan estas realidades trascendentales, NO tiene felicidad ni paz.

Y el tormento se hace tan grande, que la necesidad de adorar, lo lleva con frecuencia a la desesperación.

Igualmente la necesidad de amar es tan fuerte e imperiosa, como su necesidad de respirar.

Jesús es el Amor Infinito, Eterno, Increado, que vino a la Tierra a reconciliar y a reunir de nuevo con Dios a la Humanidad; arrancándola del Odio.

El Amor por su naturaleza tiende a la unión, así como el Odio tiende a la desunión.

Cuando se vive ardientemente el Dogma de la Comunión de los Santos…

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LA COMUNION DE LOS SANTOS NO nos engaña como el espiritismo y podemos ver con los ojos espirituales a nuestros seres queridos…

La Bondad Divina concede el encontrarnos y comunicarnos para la Gloria de Dios.

Y hay una infusión de fuerzas sobrenaturales que hacen a los hombres capaces de comprender, actuar, arrepentirse y salvarse.

Los sufrimientos de las almas víctimas cierran este círculo vital de amor, que como una cadena de vida une la Tierra y el Cielo, pues purifican las almas para que puedan llover las Gracias Divinas y dar a los hermanos la salvación.

Para que en la aridez espiritual de un pecador, pueda florecer un nuevo espíritu hijo de Dios.

El Dolor no es un castigo cuando se sabe acoger y usar con justicia.

El Dolor es como un Sacerdocio abierto a todos, que es un gran mérito y tiene un gran poder sobre el Corazón de Dios.

Nacido con el Pecado sabe aplacar la Justicia, porque Dios sabe usar para el Bien, lo que el Odio ha creado para atormentar.

Jesucristo lo santificó y fue el medio que usó para anular la Culpa; porque no hay medio más grande que éste.

Por eso Dios nos llama a colaborar con el Sufrimiento y la Oración, para que la Iglesia NO sea destruida,

Como el Infierno y sus aliados lo quisieran.

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Hay que confiar totalmente en Jesús, que nos guía y nos precede en el camino que nos indica.

Y hay que tener confianza también en los hermanos que ya han llegado a la Casa del Padre y desean ayudarnos a no desfallecer.

Hay que perseverar siempre sin ningún temor.

Aun cuando el llamado de Jesús fuese al Martirio Cruento en el choque frontal contra las Huestes del Infierno.

Hay que mirar a Jesús y seguir adelante en nuestro camino hasta el Gran Encuentro.

Entonces las espinas se convertirán en rosas maravillosas y desconocidas en la Tierra…

Mientras tanto, no hay que olvidar que estamos en la Línea de Fuego de la incesante lucha entre las Potencias de las Tinieblas y las Potencias de la Luz.

Y que las primeras no prevalecerán sobre las segundas.

Y para conservar el espíritu sereno y en paz, a pesar de que la batalla se vuelve más feroz y Satanás está al asecho, tratando de inculcar miedo, temores, dudas y desconfianza.

Pero no debemos olvidar que solo tiene al alcance nuestra materia y lo que se relaciona con ella.

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Al espíritu indomable no lo puede tocar, si mantenemos nuestra voluntad de pertenecer a Dios.

Debemos luchar sin desconfiar jamás.

Jesús está con nosotros y también los santos del Paraíso y del Purgatorio.

La Comunión de los Santos es auxilio y salvación para las almas de la Tierra.

Regina calla.

En el aire resuena vibrante, la enseñanza de ese día…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA,CONÓCELA

27.- EL RAPTO


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Dos semanas después, Marco Aurelio estaba en el triclinium cuando llegó Prócoro. Los sirvientes tenían orden de dejarlo pasar sin anunciarlo y admitirlo a cualquier hora del día o de la noche.

El griego lo saludó:

–           Salve noble Marco Aurelio. ¡Eureka!

Marco Aurelio saltó del asiento exclamando:

–          ¿Qué quieres decir? ¿La has visto?

–           He visto a Bernabé y he hablado con él. Trabaja cerca del mercado como liberto al servicio de un molinero, pero él no sabe quién soy. Y ahora cualquier esclavo de tu confianza puede ir y descubrir donde se esconden.

Marco Aurelio replicó:

–           Irás conmigo.

Prócoro se alarmó:

–           ¿Yo?…  Noble tribuno, yo solo me comprometí a indicarte el sitio donde ella está, más no en sacarla y entregártela. Piensa por un momento en lo que me sucederá si ese Bernabé y Mauro me atrapan. Además, si te pasa algo, no quiero ser yo el responsable y quedarme sin recompensa después de haber trabajado tanto.

Marco Aurelio le entrega una bolsa llena de monedas de oro y le dice:

–         Tendrás otras dos iguales cuando Alexandra se encuentre conmigo en esta casa. Desde este momento, aquí te quedarás, aquí comerás y descansarás. Luego iremos juntos y me llevarás a donde ellos están.

El temor y la vacilación se pintaron en el rostro del griego…

Pero recordando el carácter del patricio, dijo:

–           ¿Quién puede oponerse a tu voluntad? Estoy dispuesto, señor…

Marco Aurelio que hasta ahora había vivido en un estado de tensión permanente, alentado por la esperanza de encontrar a Alexandra, ahora que esa esperanza parece realizarse, se vio súbitamente invadido por la debilidad que se siente después de que se ha hecho un esfuerzo superior a la propia capacidad…

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¡Está a punto de recuperar a Alexandra! Tan solo este pensamiento lo vuelve loco de felicidad. Recordó los consejos de Petronio y envió a dos esclavos en busca de Atlante…

Prócoro que conoce a todo mundo en Roma, se sintió muy tranquilizado cuando oyó el nombre del famoso atleta, cuyas fuerzas extraordinarias en la arena, había podido admirar más de una vez y dejó de preocuparse por el peligro de la empresa.

Estaba de muy buen humor cuando fue llamado a la mesa por el mayordomo y comió opíparamente.

Más tarde cuando llegó Atlante, se dirigió al atrium y examinó con satisfacción a aquel gran gladiador, cuyo poderoso cuerpo parece llenar toda la estancia.

Atlante acaba de ponerse de acuerdo con Marco Aurelio y dice:

–         ¡Por Hércules! Ha sido muy oportuno tu llamado, señor; porque mañana debo partir a Benevento, a donde me reclama el noble Haloto a fin de que en presencia del César, luche con un tal Espícuro; que según parece es el mejor gladiador y el favorito de Nerón.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¡Por Marte!… ¿Estás seguro de que podrás ganarle?

El atleta respondió lleno de seguridad:

–           Acabaré pronto con él.

Prócoro intervino:

–          Y no dudo que lo hagas. Pero ahora prepárate y frótate todo el  cuerpo con aceite, porque acaso te encuentres con otro gladiador: el hombre que custodia a Alexandra, también tiene una fuerza excepcional.

Marco Aurelio confirmó:

–       Es verdad. Yo no lo he visto, pero arrebató a Alexandra de una veintena de hombres.

Atlante contestó con determinación:

–        Noble señor, me comprometo a traer a la doncella hasta tu casa, así tenga que  arrancarla de siete partos como el que me dices. Pero ten presente que mañana debo ir a Benevento.

Marco Aurelio sonrió complacido y dijo:

–           En un par de horas partiremos.

Después de esta declaración, Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribirle a Petronio.

Recuerda las palabras de Actea y su corazón palpitó con violencia. Está decidido a casarse con ella y hasta se siente capaz de volverse cristiano, si esa es la condición para tenerla.

Si todo es cierto, ella le amará… y él está decidido a ser el esposo más cariñoso y amante.

Más tarde  los tres, guiados por Prócoro; llegaron a una casa situada en el barrio del Transtíber y se dispusieron a esperar…

Cuando la reunión terminó, muchos cristianos empezaron a salir. Luego, tres figuras aparecieron en el arco de la entrada y varias personas rodearon al anciano, mientras Bernabé y Alexandra se hicieron a un lado para esperarlo. Y se quedaron de pié, en la escalinata de la entrada, junto a una columna.

Marco Aurelio se quedó embelesado.

Alexandra está frente a la luz de una lámpara y la capucha ha caído de su cabeza despeinando sus cabellos. Tiene entreabiertos los labios y levanta su rostro hacia el apóstol, atenta totalmente a sus palabras, como si estuviese extasiada.

Viste como una esclava y está envuelta en su manto oscuro de lana. Marco Aurelio nunca la había visto más hermosa…

Admiró la belleza y distinción de aquella elegante cabeza patricia, que sobresale entre sus vestidos humildes. Y el amor lo envolvió como una llama, mezclado con un prodigioso sentimiento de simpatía, atracción, admiración y ferviente anhelo.

Siente correr por todo su ser, como una corriente eléctrica de felicidad, al contemplarla otra vez. De pie, junto al gigantesco parto, parece una niña… Y una ternura infinita invadió todo su ser.

alex peinados-estilo-griegoQuiere protegerla, amarla, poseerla. Notó también que se ve más delgada y frágil. Su cutis parece de alabastro. Una hermosa y blanca flor que irradia luz como si fuera una diosa.

 Todo esto sirvió para hacer más poderoso su deseo de poseer a aquella mujer, tan diferente de todas las que ha conocido antes. Está dispuesto a dar por Alexandra, todo cuanto posee.

Prócoro le advierte:

–           Ten cuidado, señor. Mira que son muchos.

El tribuno contestó:

–         No te preocupes. Esta vez no escapará.- Y Marco Aurelio señala a Alexandra y Bernabé, mientras dice a Atlante- Son ellos.

El atleta contestó:

–           Perfectamente. Me comprometo a entregarme a ti como esclavo, si no le rompo el espinazo a ese bisonte parto que la acompaña. Pero dejemos que lleguen a su casa. Allí me apoderaré de ella y la llevaré al sitio que me indiques.

A Marco Aurelio le agradó la respuesta y dijo:

–         ¡Por Hércules! Debemos hacerlo ahora. Mañana quizá no la encontremos, porque si nos descubren, se la llevarán a otra parte.

Atlante replicó:

–           No nos descubrirán. Hoy mismo la tendrás en tus brazos.

Prócoro gimió:

–           ¡Ese parto parece un hombre demasiado fuerte!

Atlante lo miró con despreció y le espetó:

–           Nadie te está pidiendo que sujetes sus manos.

Después de unos minutos, en el grupo al fin se despidieron y empezaron a caminar.

Prócoro exclamó:

–           Sí, señor. Tu doncella se encuentra bajo una poderosa protección. Ni más, ni menos que el gran apóstol Pedro. Ve como se arrodillan ante su paso.

Y Marco Aurelio vio con asombro una escena prodigiosa: había dos centuriones que se arrodillaron cuando Pedro pasó frente a ellos y se detuvo. Les puso la mano sobre la cabeza, que ellos habían descubierto y los bendijo.

Hasta ese momento jamás se le había ocurrido que en el ejército hubiera cristianos…

Pero al parecer aquella doctrina ya se había infiltrado por todo el imperio. Y esto le hizo pensar que si ella hubiera querido huir de la ciudad, no le hubieran faltado guardianes que facilitaran su fuga. Y dio gracias a los dioses porque eso no sucedió.

Pero el abismo que esa maravillosa religión está abriendo entre él y Alexandra, se hace cada vez más grande…

Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de que en realidad no la conoce. Está seguro de que la ama y se siente deslumbrado por su hermosura incomparable. Pero ahora comprende que la religión que ella profesa, es lo que la hace tan diferente de las demás mujeres.

Su grandiosa belleza interior es lo que la hizo rechazar lo que para las demás son incentivos: la opulencia, la pompa, el bienestar… Para ella no significan nada, porque ella posee algo distinto. Es como si ella perteneciera a otro mundo.

Y una molesta inseguridad comenzó a atormentarlo… ¡¿Cómo la conquistará, si lo que él puede ofrecerle parece no significar nada para ella?!

De este caos mental lo sacó Prócoro, que comenzó a lamentarse de su suerte.

Marco Aurelio le oyó y sacó la bolsa de oro. Se la arrojó diciéndole:

–           Ya la tienes. ¡Cállate!

Después de haber pasado por un erial, el grupo de cristianos empezó a diseminarse en distintas direcciones, quedando solamente Bernabé, Alexandra y otro hombre anciano.

Esto hizo necesario seguirlos desde una mayor distancia y con más precaución, para no ser descubiertos.

Prócoro hábilmente, se fue quedando paulatinamente atrás.

Llegaron a una calle estrecha y los vieron entrar a una ínsula.

Ellos se mantuvieron a una prudente distancia. Luego, Marco Aurelio mandó a Prócoro a que viese si esa casa tenía salida a la calle posterior.

Éste fue a ver y cuando regresó, dijo:

–           No, señor. Solo hay una entrada.

Atlante comenzó a prepararse para el combate. En su rostro no hay la menor señal de temor y dice:

–           Yo iré adelante.

Con una voz que no admite réplica, Marco Aurelio ordenó:

–           Tú me seguirás.

Y en un instante los dos desaparecieron por la puerta de la entrada.

Prócoro corrió hasta la esquina y empezó a atisbar lo que va a suceder…

Es un edificio espacioso y con varios pisos. Un condominio como muchísimos que hay en Roma y que son verdaderas colmenas, edificados con el propósito de percibir la mayor renta posible. En ellas vive la gente más pobre y no hay portero.

Marco Aurelio y Atlante llegaron a un corredor que los condujo a una especie de atrium común para toda la casa, con una fuente en el centro.

Desde las murallas arrancan hacia el interior  unas escaleras de piedra y de madera, que conducen a unas galerías en los cuales están los cuartos que conforman la vivienda.

Es temprano y no hay nadie en el patio.

Atlante pregunta deteniéndose:

–           ¿Qué hacemos, señor?

Marco Aurelio contesta:

–           Esperaremos aquí. No permitiremos que nadie sospeche de nosotros.

En ese momento en el más lejano extremo del patio, aparece un hombre que trae en la mano un cedazo y se aproxima a la fuente.

Marco Aurelio dice en voz muy baja:

–           ¡Es Bernabé!

–           ¿Quieres que le rompa los huesos?

–           Espera… primero veamos a donde va.

jardin y fuente

Bernabé no se fijó en aquellos hombres que estaban parados en la penumbra de la entrada y empezó a lavar las legumbres en la fuente. Cuando terminó con su tarea y regresa por donde salió…

Atlante y Marco Aurelio le siguen hasta otro corredor que lleva a un pequeño jardín en el cual hay unos cipreses, mirtos y rosales.

En el fondo hay una pequeña casa edificada contra la pared del edificio contiguo.

Marco Aurelio valoró la situación y dijo decidido:

–           ¡Vamos por ella!

Bernabé iba a entrar en aquella casita, cuando el ruido de pasos llamó su atención y dejando el cedazo en la balaustrada de cantera, se voltea, ve a los dos hombres y les pregunta:

–           ¿Qué buscan aquí?

Marco Aurelio le dice imperioso:

–          ¡Qué te importa! –Y en voz baja ordena a Atlante- ¡Mátalo!

Atlante se abalanza hacia Bernabé y antes de que éste tenga tiempo de reaccionar, el gladiador ya le ha cogido en sus brazos de acero.

Marco Aurelio tiene demasiada confianza en las extraordinarias fuerzas del atleta, para detenerse a presenciar el final de la lucha. Y dejando atrás a los combatientes, entra en la casita.

Alexandra está inclinada añadiendo leños al fogón, junto al cual se encuentra sentado un anciano.

Marco Aurelio entró tan repentina y bruscamente en la estancia, que cuando el la toma por la cintura levantándola en vilo para salir por la puerta, ella no lo reconoce.

El anciano trata de interceptarle el paso. Pero Marco Aurelio con un brazo estrecha a la joven contra su pecho y con el otro brazo, lo hace a un lado.

Con el movimiento se le cae la caperuza y a la vista del rostro de Marco Aurelio que tiene una expresión tan terrible…

Alexandra se queda tan impactada, que está a punto de desmayarse.

Pero en el patio, las cosas estan peores…

Cuando Marco Aurelio llegó hasta al jardín con su presa, también él se quedó congelado…

Bernabé tiene entre sus brazos un cuerpo completamente doblado hacia atrás, con la cabeza colgando y con la boca llena de sangre.

Al ver el grupo que forman: Marco Aurelio, Alexandra y Nicomedes, Bernabé dio un nuevo puñetazo a Atlante en la cabeza, lo lanzó furioso hacia un lado y de un salto tomó a Marco Aurelio por el cuello, pues éste había soltado a Alexandra y lo miraba paralizado por el asombro.

Marco Aurelio, al sentirse levantado en el aire como si fuera un muñeco, piensa que ha llegado para él la hora de morir. Y entonces como en un sueño, oye lejana la voz de Alexandra que dice como un gemido:

–           ¡NO MATARÁS!…

Entonces sintió como si lo hubiese herido un rayo y cayendo en un negro pozo, todo desapareció…

Prócoro estaba escondido detrás del ángulo de la esquina, lleno de miedo y de curiosidad sobre el curso de los acontecimientos.

Atisba impaciente porque el silencio que hay no presagia nada bueno y le parece que es más peligroso que nada…  Cada vez se siente más intranquilo. En eso, parece que alguien se asoma a la puerta y él se pegó más a la pared, conteniendo el aliento…

No se equivoca, pues efectivamente alguien se asomó, miró alrededor y se volvió a meter.

Y de súbito se le erizaron los cabellos. Con su mano se cubrió la boca para ahogar una exclamación:

–           ¿Qué…? ¡Por todos los dioses!

En la puerta de la casa apareció Bernabé llevando a cuestas el cuerpo de Atlante y luego empezó a correr con su carga, en dirección al río Tíber.

Prócoro pensó:

–           ¡Estoy perdido si me ve!

Pero Bernabé siguió de largo y desapareció.

El griego no puede creer lo que ha visto. El miedo se apoderó de él…. Y huyó…

Después de correr un largo tramo, cuando se sintió a salvo, se dijo a sí mismo:

–           Debo conservar la calma… Necesito pensar bien… ¿Cómo debo proceder en este caso? Ha ocurrido algo terrible. Si Atlante está muerto, lo más seguro es que Marco Aurelio también… ¡Por Cástor! Pero él es un patricio amigo del César pariente de Petronio, hombre famoso y poderoso en Roma.

Es un tribuno militar. Su muerte no puede quedar sin castigo ¿Y si voy con el Pretor y con los guardias? ¡Mísero de mí! ¡Yo soy quién lo llevó a la muerte! Dirán que yo fui su causante… No puedo huir porque eso me haría más sospechoso…

El asunto por todos lados está muy mal…

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Petronio es un hombre con tanta influencia, que puede impartir órdenes a la policía de todo el Imperio y sacaría a los culpables de la muerte de su sobrino, de los confines de la tierra.

Pero si él demuestra su inocencia con Petronio ya que él estará enterado de toda su participación, a los únicos que culparían serían a los cristianos…

¡Y eso les acarrearía una persecución general!

Decidió ir a buscar a Petronio y contarle lo ocurrido. Pero para ir, primero tendría que comprobar que le había pasado a  Marco Aurelio… Y como un rayo le llegó el pensamiento de que tal vez no se habrían atrevido a matarlo. Él es un hombre poderoso, amigo del César y alto funcionario del ejército imperial.

Por las consecuencias terribles que tal crimen les acarrearía, tal vez solo lo habrán retenido. Y esta idea lo llenó de esperanza…

Luego reflexionó:  ‘Si ese dragón parto no lo ha hecho pedazos en la primera embestida, él está vivo y él mismo será testigo de que yo no le he traicionado… Y entonces puedo contar con otra recompensa si le ayudo una vez más por rescatarlo.’

Y acarició las dos bolsas de oro que Marco Aurelio le dio.  Emprendió el camino a su casa para pensar en el modo de averiguar lo que le había ocurrido al tribuno, antes de ir con Petronio…

Cuando llegó al barrio del Suburra, se compró una botella de vino y se fue a casa a comer opíparamente para recuperar fuerzas. Bebió con abundancia, descansó, se dio un baño muy relajante y se durmió.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

20.- Y SIN SALIDA…


vasarri-boda-romanaY efectivamente. La casa de Marco Aurelio estaba arreglada como para una boda. Con el verdor del mirto, la hiedra, las flores. Todo había sido preparado para una recepción regia.

Marco Aurelio se sintió tan mal por la resaca, que había seguido meticulosamente los consejos de Petronio y por eso mandó a Secundino a buscarla, llevando el permiso otorgado por el César.

Petronio le había dicho:

–           Ayer te vi y estabas borracho. Te comportaste con ella como un rufián. En el amor,  no solo hay que atacar la plaza, hay que conquistarla. No seas majadero y recuerda que el buen vino debe beberse poco a poco.

Sintiéndose en un estado deplorable, mientras bebió una pócima para mejorarse, sólo atinó a contestar:

–           Pasaron muchas cosas y ya no sé lo que sucedió, me siento muy indispuesto. Sólo dime que será lo mejor que debo hacer.

Petronio prosiguió implacable:

–           Entérate también de que es muy dulce el desear, pero es más dulce aún el ser deseado. Gánate su confianza. Sé magnánimo. Júrale por los hados que la devolverás a la casa de Publio y dependerá de ti el que mañana sea ella, la que prefiera quedarse aquí contigo…

Marco Aurelio recuerda todo esto y su corazón palpita intranquilo, bajo sus elegantes atavíos.

¡Oh, dioses inmortales! ¡Si tan solo no se hubiese embriagado, ya tendría a Alejandra en su casa! Se la hubiera llevado desde el mismo banquete…

¡Pero NO!… ¡Oh! ¿Por qué tiene la desesperante sensación de haber cometido un terrible error?

¡Rayos! ¡Si tan sólo no le doliera tanto la cabeza!…

–           Ya deben haber salido de palacio.-pensó.

Se levantó y comenzó a pasear muy nervioso, lamentándose por haberle hecho caso a Petronio y NO haber ido personalmente por ella.

Mientras tanto…

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La comitiva viene recorriendo el Vicus de las Carenas. Las calles cercanas al palacio están casi desiertas, pero más adelante hay un movimiento inusual. Casi desde todas las calles, afluyen grupos de tres o de cuatro individuos, que se han ido agregando a la comitiva de la litera, mezclándose con los esclavos acompañantes.

Otros más numerosos vienen en dirección opuesta. Algunos se tambalean como si estuvieran borrachos y empieza a ser difícil avanzar.

Los esclavos gritan:

–           ¡Paso al noble tribuno Marco Aurelio Petronio!

Alexandra va notando a través de las cortinas como aumentan los transeúntes y en su corazón se alterna la esperanza y el miedo.

El mismo Secundino que al principio no receló nada, comienza a alarmarse, pues hay en todo aquello algo muy extraño.

Se dificulta cada vez más el paso de la litera. La multitud prácticamente la ha rodeado hasta el punto que Secundino se ve obligado a ordenar a los esclavos que rechacen a golpes a toda esa gente…

0barrio-romano-de-suburra

De pronto se oye un grito entre los que encabezan la comitiva y en un instante se apagaron todas las luces.

Y alrededor de la litera se produjo un movimiento de empuje, un tumulto, una lucha. Secundino comprende al punto que es un ataque y se llenó de miedo.

Todos saben que el César con una turba de servidores, acostumbra dar asaltos por sorpresa por pura diversión y quién sea que resulte responsable por defenderse, tiene pena de muerte aunque fuese senador.

En tales casos los guardias cuyo deber es velar por el orden en la ciudad, fingen ser sordos y ciegos.

El tumulto sigue alrededor de la litera.

Secundino trata de proteger a Alexandra, huyendo con ella y dejando a los demás entregados a su suerte.

Cuando la tomó en sus brazos en medio de la oscuridad, ella gritó:

–           ¡Bernabé! ¡Bernabé!

La joven viste de blanco y es fácil distinguirla.

Secundino acababa de cubrirla con su manto, cuando se sintió levantado por el cuello y luego se desplomó como si lo hubiese herido un rayo.

Los esclavos en su mayor parte están derribados por el suelo, han escapado o se mantienen pegados a las murallas. En el lugar, solo ha quedado la litera completamente destrozada desde la primera embestida.

Bernabé se llevó a Alexandra y sus camaradas le siguieron dispersándose gradualmente en el camino.

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Más tarde…

Los esclavos llegan a la casa de Marco Aurelio con el cuerpo de Secundino. Se detienen a la entrada de la domus…  Deben dar cuenta a su amo de lo que sucedió.

–           Que lo declare Lucio, -dijeron en voz baja algunos- la sangre brota de su rostro, tanto como del nuestro y el amo lo quiere. Lucio corre menos peligro que cualquiera de nosotros.

Lucio, un antiguo esclavo galo que había criado a Marco Aurelio y había sido heredado a éste por su madre, dijo:

–           Yo se lo diré. Pero venid todos conmigo. No caiga solo sobre mi cabeza, la cólera del amo.

Mientras tanto en el triclinium, Marco Aurelio está ya completamente impaciente:

–      ¡Ya debían estar aquí! ¿Por qué no llegan?

De pronto se oyeron pasos en la entrada. Los esclavos se precipitaron al atrium y se detuvieron bruscamente. Levantaron los brazos, lamentándose.

Marco Aurelio corrió hacia ellos:

–           ¿Dónde está Alexandra? –preguntó con voz alterada.

Entonces Lucio se adelantó con el rostro ensangrentado y exclamó lastimero:

–          ¡Ved nuestra sangre señor! ¡Hemos luchado! ¡Algunos han muerto! ¡Luchamos por ella! ¡Ved nuestra sangre!

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Pero no dijo más porque Marco Aurelio cogió una estatuilla de bronce y con un golpe, destrozó el cráneo del esclavo.

Luego se tomó con ambas manos la cabeza y se mesó los cabellos con desesperación. Se le puso cárdeno el rostro y ordenó que azotaran a los esclavos.

Y en aquella casa engalanada para una fiesta, solo se escucharon los alaridos de dolor y el chasquido de los azotes.

Pero los gemidos de los esclavos no calmaron ni su dolor, ni su cólera. Reunió a otro grupo de siervos y salió a buscar a Alexandra, en una pesquisa sin éxito.

A su regreso ordenó que se llevaran el cadáver de Lucio, que nadie se había atrevido a tocar.

A los esclavos de cuyas manos Alexandra fue arrebatada, los envió a las prisiones rurales, castigo más terrible que la muerte. Luego se desplomó sobre una poltrona y se puso a planear los medios para encontrar y recuperar a Alexandra.

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Perderla, renunciar a ella, no verla nunca más… Le pareció imposible porque ya no podía vivir sin ella. 

Estos pensamientos lo envolvieron en un loco frenesí. Por primera vez en su vida, la voluntad imperiosa del joven guerrero, encontraba la resistencia inquebrantable de otra voluntad.

Y no podía comprender qué había sucedido, que lo hacía sentir tan impotente y hasta cierto punto derrotado, al ver tan contrariados sus deseos en lo que más había anhelado jamás.

Marco Aurelio habría preferido ver hundirse el mundo entero en ruinas, antes que ver fallidos sus propósitos. La copa de la felicidad le había sido arrebatada casi de los labios.

Lo que le había ocurrido era algo tan inaudito, que además clama la más terrible de las venganzas.

Por momentos sentía una irritación tan grande contra la joven, que casi se aproximaba a la locura y sentía deseos de destruirla. Pero luego le atormentaba el ansia de volver a verla, de perderse en sus ojos.

Y se sentía dispuesto a rendirse a sus pies y darle lo que ella le pidiera con tal de que volviese a su lado. Recordaba sus besos embriagadores…

Y finalmente lloró como un niño, al ver su sueño destruido.

Luego mil ideas descabelladas cruzaron por su mente: Tal vez Publio era el responsable de raptar a Alexandra y en todo caso. Él debía saber dónde encontrarla. Y se levantó bruscamente, dispuesto a ir a la casa de Publio.

Pero un nuevo pensamiento le paralizó y le llenó de pavor: ¿Y si había sido el mismo César, quién se había apoderado de ella?… Todo mundo sabe que Nerón para disipar el tedio, hace incursiones nocturnas.

Y en esos ataques se apodera de mujeres y las mantea en la capa de un soldado hasta que se desmayan. El propio Nerón llama a estas expediciones ‘caza de perlas’ porque se han dado casos en que ha sido una verdadera perla de belleza y juventud.

Entonces la rapta y la ‘perla’ es enviada a una de las casas de campo, donde se divierte con ellas. Y cuando se cansa, la cede a sus íntimos. ¿Y si fue esto lo que sucedió en el caso de Alexandra?…

El César la miró en la fiesta y Marco Aurelio no tuvo la menor duda de que se dio cuenta, de que es infinitamente más hermosa que la misma Popea.

Petronio dice que Nerón es un cobarde para obrar abiertamente y comete sus crímenes en forma clandestina. ¿Y si no fue  el César? Entonces ¿Quién ha tenido el atrevimiento?…

¿Habrá sido el gigante de ojos azules que tuvo la osadía de sacarla del triclinium imperial y se la llevó de la fiesta en sus brazos?

¡NO! ¡Es imposible que un esclavo se atreva a tanto! El único capaz es el propio César. Si esto es lo que sucedió, Alexandra está perdida para él. Podría recuperarla de cualquiera, pero del César, ¡NO! ¡Imposible!

La imaginación le presentó a Alexandra en brazos de Nerón…

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Y por primera vez entendió que hay pensamientos imposibles de soportar dentro de la resistencia humana.

Y entonces comprendió en toda su plenitud, la magnitud y la intensidad de su amor por ella. Y recordó todas las escenas desde que la viera por primera vez, cada una de sus palabras, sus gestos, sus ademanes.

La contempló en la fuente, en la fiesta. Volvió a sentir su calor, su perfume. La delicia de los besos que le diera en sus labios inocentes. Y le pareció cien veces más dulce, más hermosa, más deseable que nunca.

Era la única mujer deseada en todo el Universo. La elegida entre todos los mortales y las divinidades. Para él no existe nadie más que ella.

La tiene metida en su mente, en su corazón, en su sangre y corre por todas las venas de su cuerpo. Alexandra es su vida, su todo, el único tesoro que desea poseer. Nada le importa más que ella.

El solo pensamiento de que Nerón pudiera poseerla, le hace sentir la muerte. No puede soportarlo, ¡NO! Por un momento teme volverse loco de dolor. Ya no puede vivir sin ella.

Y un sentimiento de venganza se apoderó de él. Decidió ir al palacio y hablar con Actea. Y ordenó que tengan listo su Cisio.

Cuando llegó al arco de la entrada, el centurión lo recibió con una amable sonrisa.

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–          Salve, noble tribuno. Si deseas presentar tus homenajes al César, no has venido en momento propicio. Es imposible que te sea permitido verle ahora.

Marco Aurelio preguntó sorprendido:

–           ¿Qué ha sucedido?

–          La Infanta Augusta enfermó repentinamente ayer. El César y la Augusta Popea la están atendiendo, junto con los mejores médicos de la ciudad.

Ese es un suceso importante. Cuando nació esa hija, el César estaba loco de alegría.

Ama a esa niña con un amor sin límites. Y por esto, para Popea la niña le es doblemente preciosa, porque afirma su posición y aumenta su influencia sobre el emperador.

Marco Aurelio le contestó:

–           Solo deseo ver a Actea.

El centurión le hizo el saludo militar y le franqueó el paso.   Y entró al palacio.

Pero Actea estaba ocupada también cerca de la Infanta y Marco Aurelio tuvo que esperarla. Cuando regresó, la palidez de su rostro se intensificó al ver al tribuno.

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–           ¡Actea! –Exclamó Marco Aurelio, tomándola de la mano- ¿Dónde está Alexandra?

–           Yo iba a preguntarte lo mismo.-contestó ella, mirándolo de frente y con una expresión de reproche.

Pero aun cuando Marco Aurelio se prometió a sí mismo conservar la calma, dijo con el rostro descompuesto por el dolor y la cólera:

–           ¡Me fue arrebatada en el camino a mi casa! ¡Oh, Actea! Si no deseas ser causante de infortunios que tú ni siquiera puedes imaginar, dime la verdad ¿Se apoderó de ella el César?

Actea contestó con firmeza:

–           El César no ha salido de Palacio.

–           Por la sombra de tu madre. Por todos los dioses, dime ¿Entonces Alexandra no está en el palacio?

–           Por la sombra de mi madre, Marco Aurelio; yo te lo aseguro que ella no está en el palacio y que no ha sido el César quién te la ha interceptado. La Infanta augusta está enferma desde ayer y Nerón no se ha movido de su cuna.

Marco Aurelio suspiró aliviado, esa amenaza desapareció.

Se sentó en el banco y dijo con los puños apretados:

–           ¡Ah! Entonces ha sido Publio, el raptor. ¡Ay, de él!

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–          Publio Quintiliano, estuvo aquí esta mañana y preguntó por Alexandra a Epafrodito y a otros sirvientes del César. Les dijo que regresaría para verme, porque yo estaba ocupada y no pude atenderlo.

Marco Aurelio ´levantó los puños y dijo con ira:

–           Desea alejar de sí las sospechas. Si no supiera lo que ha sucedido, habría ido a buscar a Alexandra a mi casa.

–           Dejó escritas unas palabras en una tablilla. Por ellas te darás cuenta que sabía que Alexandra había sido sacada de su casa por el César, a petición tuya y de Petronio. El esperaba que te la enviaran y esta mañana estuvo en tu casa, donde le participaron lo ocurrido.

Y le mostró a Marco Aurelio la tablilla que le dejara el general.

El tribuno leyó y guardó silencio.

Actea adivinó los pensamientos que se ocultaban bajo su tétrico semblante y le dijo:

–           No, Marco Aurelio. Lo sucedido se ha verificado por voluntad de la misma Alexandra.

Marco Aurelio exclamó atónito:

–           ¡Entonces tú sabías que se proponía huir!

Actea le contestó un tanto severa y pausando las palabras:

–           Yo sabía que ella no sería nunca tu concubina.

–           ¿Y tú? ¿Qué fuiste tú durante toda tu vida?

Actea respiró profundo y contestó con serenidad:

–           Yo… Fui ante todo, una esclava.

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Pero no por esto se calmó la cólera de Marco Aurelio. El César le había dado a Alexandra. La buscaría, la encontraría y dispondría de ella a su antojo. ¡Así lo haría en verdad!

Ella sería su concubina. Se fue exaltando más y más.

Y Actea comprendió que eran su dolor y su ira las que en realidad hablaban. Pudo haber sentido compasión hacia él; pero le agotaron la paciencia los arranques del joven y le preguntó:

–           ¿A qué debo el honor de tu visita?

Marco Aurelio contestó:

–           Pensé que tú me podrías dar algunas respuestas. Alexandra al emprender la fuga se está oponiendo a la voluntad del César y voy a solicitar una orden para buscarla por todo el imperio, si es necesario.

Petronio apoyará esta petición y el registro comenzará hoy mismo. Así tenga que hacer uso de todas las legiones, la encontraré dondequiera que se haya ocultado.

Actea le advirtió:

–           Ten cuidado. No vaya a suceder que la pierdas para siempre por disposición del César, desde el momento en que la encuentres.

Marco Aurelio frunció el ceño:

–           ¿Qué quieres decir?

–           Escúchame Marco. Ayer Alexandra y yo estábamos en los jardines de Palacio. Allí encontramos a Popea con la Infanta Augusta que era conducida por una africana. Por la tarde se enfermó la niña y Coralia la nutriz sostiene que ha sido víctima de un hechizo y que la mujer extranjera con la que Popea habló, fue la causante del maleficio.

Si la niña mejora, esto quedará olvidado. Pero en caso contrario, Popea será la primera en acusar a Alexandra de hechicería. Y dondequiera que la encuentre, no habrá salvación para ella.

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Después de un momento de silencio en el cual Marco Aurelio asimila lo que Actea le ha dicho, exclamó:

–           Pero quién sabe si sea verdad que ha hechizado a la niña ¡Si me ha hechizado a mí!

–           Coralia repite que la niña empezó a llorar desde el momento que pasó frente a nosotras. Y realmente eso es lo que sucedió. Lo cierto es que ya estaba enferma cuando la sacaron a los jardines.

Marco, puedes buscar a Alexandra donde y cuando te plazca. Pero hasta que no haya recuperado la salud la Infanta Augusta no hables de tu amada al César, si no quieres atraer sobre ella la venganza de Popea.

Alexandra ha derramado bastantes lágrimas por causa tuya. Quiera Dios conservar su pobre cabeza, pues su vida pende de un hilo.

–           Tú la amas Actea. ¿Verdad? –preguntó Marco Aurelio con acento melancólico.

–           Sí. La amo. Es una criatura fácil de amar. –contestó Actea.

Y las lágrimas asomaron a sus ojos.

–           A ti no te ha correspondido con odio, como a mí.-dijo Marco Aurelio suspirando.

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Actea lo miró con duda, antes de exclamar:

–           ¡Hombre necio, apasionado y ciego!…  ¡Ella te amaba!

Marco Aurelio dio un salto.

–           ¡No es cierto! –gritó con dolor- ¡Ella me aborrece!… ¿Por qué dices eso? ¿Acaso ella te confesó sus sentimientos con tan solo un día de conocerla?

Y además ¿Qué clase de amor es ese qué prefiere la vida errante, los infortunios, la pobreza, la incertidumbre del mañana y hasta una muerte ignominiosa quizá… a todo lo que yo le ofrecí?…

Y continuó con un borbotón de frases apasionadas que reflejan toda impotencia de sus más caros e íntimos deseos:

Toda su persona la anhelaba. La esperaba con una casa engalanada para recibirla, él que deseaba servirla y la adora como a una diosa. Él, que estaba dispuesto a ser su esclavo si era preciso.

Él, que era un amante apasionado que la esperaba con una fiesta… Mejor para él no darle crédito a lo que dice, porque está a punto de enloquecer. No habría cambiado a esa joven por todos los tesoros del César y ella había huido de él. 

¿Qué clase de amor es ése que tiene al alcance la felicidad y busca el dolor? ¿Quién podría comprenderlo? Si no fuera por la esperanza que aún abriga de poder encontrarla, ya se habría arrojado sobre su espada.

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Y concluye desesperado:

–          El amor rinde, no hace huir. Es verdad que en la casa de Publio hubo momentos prometedores de una felicidad increíblemente cercana; pero ahora estoy convencido de que ella me odiaba entonces, me odia ahora y morirá con el corazón impregnado de odio hacia mí.

Actea, que normalmente es apacible y tímida; al escucharlo exclamó con gran indignación:

–           ¡Cómo te atreves a hablar así! ¿Cómo trataste de conquistar a Alexandra? En vez de inclinarte ante Publio y Fabiola para obtenerla de su mano y convertirla en tu esposa; la arrancaste de sus padres adoptivos, valiéndote de la estratagema de un rufián.

Tú no deseaste una esposa, sino una concubina. La humillaste. A la hija adoptiva de una casa honrada. A la hija de un rey; la trajiste a esta morada de crimen y de infamia. Todavía más: La profanaste haciendo pasar ante sus ojos inocentes, el espectáculo de una fiesta vergonzosa.

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Y te comportaste con ella, como si fuese una libertina. ¿Acaso olvidaste cómo era la casa de Publio y de Fabiola? ¿No sabías cómo la educaron?…

¿No tienes el suficiente criterio para comprender que hay mujeres distintas a Lucrecia, a Lucila y a Julia Mesalina; a Popea y a todas las demás que acostumbran asistir a las orgías de este palacio?

¿Acaso no te percataste con solo mirarla, de que Alexandra es una pudorosa doncella, que prefiere la muerte a la deshonra?  ¿Cómo sabes qué clase de Dios adora ella y si no es más puro y mejor que los que adoran las depravadas mujeres de Roma?

¡NO! ¡Ella no me hizo ninguna confesión de amor actual! Pero sí me dijo que era a ti a quién pensaba recurrir en busca de auxilio y que esperaba de ti que le obtuvieras el permiso para regresar a la casa de Publio.

Y Alexandra al expresarlo, se ruborizó como una virgen que ama y  confía. En el corazón de ella, había latidos consagrados a ti. Pero tú en cambio, la aterrorizaste y la ofendiste. ¡La indignaste tanto!…

Bien puedes buscarla ahora, con la ayuda de los soldados del César, pero debes saber que si llega a morir la hija de Popea, las sospechas recaerán sobre Alexandra, cuya destrucción es inevitable.

Marco Aurelio miró asombrado a Actea.

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La siempre dulce y apacible Actea le ha hablado con imperial enojo, le ha soltado todas sus verdades y parece una emperatriz más temible que la misma Popea.

La emoción de saberse amado por Alexandra le cayó como un rayo, en medio de su rabia y su dolor. ¡Amado por Alexandra! Saber esto le conmovió todas las fibras de su ser. La recordó con su rostro ruborizado y sus ojos radiantes. Y le pareció que fue cuando ella empezó a amarlo.

Y esa sola idea fue como una fresca brisa que le invadió de felicidad. De una felicidad mayor de la que nunca había experimentado y ansiado, hasta ese momento. Pensó que la habría podido conquistar gradualmente, sabiendo que su amor era correspondido.

Ella hubiera sido su esposa y hubiera sido suya para siempre. ¿Por qué no lo había hecho así? Al principio lo había pensado y estaba dispuesto a hacerlo…

Pero ella había huido y acaso fuera imposible encontrarla. Y si lo hace, con ello causará su muerte. Y ahora, ni ella, ni Publio, ni Fabiola, le brindarán una acogida favorable…

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Entonces su cólera se volvió contra Petronio. Él era el culpable de todo. De no haber sido por él y por haber escuchado sus consejos, Alexandra no se hubiera visto obligada a la fuga.

Ella ya hubiera sido su esposa y ningún peligro amenazaría su vida. Pero ahora ya es demasiado tarde y ya nada tiene remedio. Es demasiado tarde…

–           ¡Demasiado tarde! –repitió en voz alta. Y al decir esto sintió que un abismo se abrió a sus pies.

Actea, como un eco repitió:

–           ¡Demasiado tarde!

Y esta frase le sonó a Marco Aurelio como una sentencia de muerte. 

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En eso entró en el atrium Fabiola.

Y Marco Aurelio se encontró frente a frente, con su rostro triste. Había venido para tener noticias de Alexandra.

Al verlo, palideció y le dijo serena:

–           ¡Qué Dios te perdone Marco Aurelio, el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra! Y que te lleve a la Luz.

Él se mantuvo de pie con la cabeza inclinada, abrumado por un sentimiento de culpa y de infortunio. Se envolvió en su toga y salió de allí totalmente desconcertado y confundido.

Avanzó por las inmensas galerías sumido en tormentosos pensamientos.

Ya no sabe cómo proceder. Por dónde empezar. Qué procedimiento seguir para remediar un mal que no tiene remedio.

¿Adónde acogerse? Una sola idea está fija en su mente: “O busca y encuentra a Alexandra. O algo funesto va a sucederle a él.”

Sin comprender todavía lo que Dios debe o puede perdonarle. A su juicio, Fabiola no tiene razón para hablar de perdón. Debía clamar por venganza.

En el patio, en la galería; se ve una multitud de patricios y senadores pidiendo informes acerca de la salud de la infanta, para mostrarse en el Palatino y dar testimonio de su solicitud.

Algunos notaron que viene del interior del palacio y le preguntan por la ‘divinidad’. Pero él apresura el paso sin contestar a nadie.

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Hasta que Petronio, que viene con el mismo propósito, casi se estrelló con el pecho de Marco Aurelio al detenerlo.

A Petronio le salvó el que el joven viniese tan trastornado al separarse de Actea. Se siente tan deprimido y exhausto que hasta su ira se esfumó.

Empujó a Petronio a un lado e intentó seguir su camino.

Pero el dramaturgo lo detuvo casi por la fuerza y preguntó:

–           ¿Cómo está la divina Infanta?

Marco Aurelio se irritó violentamente y contestó muy indignado:

–           ¡Qué los hados se la traguen a ella y a toda esta casa!

–          ¡Silencio, desgraciado! –exclamó Petronio mirando asustado a su alrededor y deseando que nadie hubiese oído.

Y tomándolo del brazo para alejarlo, agregó precipitadamente:

–         Si quieres saber de Alexandra, ven conmigo. Aquí no te diré nada.

Le pasó el brazo por la espalda del joven tribuno. Le llevó afuera del palacio lo más rápido que pudo. En realidad no tenía noticias que darle. Pero a pesar de su disgusto, ama a su sobrino y se siente responsable por todo lo que ha  ocurrido.

Cuando entraron a la litera le dijo:

–           He ordenado a mis esclavos que vigilen todas las puertas de la ciudad. Si Publio y Fabiola intentan ocultarla, también he tomado mis providencias y pronto sabremos en donde está. Y empezaremos a buscarla hoy mismo por toda Roma.

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Marco Aurelio le dijo muy deprimido:

–           Publio no sabe en dónde está.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           He visto a Fabiola. Ella también la busca.

Petronio exhaló profundamente y contestó:

–          Ha sido una suerte para ti que el César no te la quitara. Estoy al tanto de todos los secretos del palacio.

Pero Marco Aurelio soltó un torrente de quejas, más doloridas que enconadas. Y con su voz quebrantada le refirió a Petronio su conversación con Actea, notificándole los nuevos peligros que amenazan a Alexandra.

Peligros tan terribles que va a ser necesario ocultarla a todas las pesquisas de Popea, en el caso de que la encuentren. Él ya no puede vivir sin ella. Luego hizo a Petronio amargos reproches por los consejos que le había dado.

De no ser por él, todo sería muy diferente. A medida que le fue relatando, ya no pudo contenerse y lloró amargamente de dolor y de cólera.

Petronio está atónito. Él jamás hubiera imaginado que Marco Aurelio estuviera enamorado hasta ese grado de desesperación. Y ve las lágrimas del valiente soldado con admiración y cierta envidia.

Cuando llegaron a la casa, el mayordomo les dijo que los esclavos enviados a las puertas no habían regresado y se les había enviado alimentos para que permanezcan vigilantes.

Petronio se volvió hacia su sobrino:

–           ¿Ya lo ves? Están en Roma. Los encontraremos. Pero es necesario que órdenes a tu gente, que también ellos vigilen. Envía los mismos esclavos que fueron a buscarla antes, porque la reconocerán más fácilmente.

Marco Aurelio suspira con desaliento, pero contesta:

–           Revocaré las órdenes que di, de enviarlos a las prisiones rurales y los enviaré a las puertas.

Escribió sobre una tablilla y Petronio la envió al punto, a la casa de Marco Aurelio.

Luego pasaron al pórtico interior, se sentaron en una banca y empezaron a conversar. Aurora, la de los cabellos dorados; les escanció sendas copas de vino de unas jarras que son unas primorosas obras de arte.

Petronio preguntó:

–           ¿Hay entre tus siervos alguno que conozca a ese gigantesco parto?

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Marco Aurelio contestó:

–          Secundino y Lucio lo conocían. Pero Secundino cayó al pie de la litera y a Lucio lo maté yo.

–           Lo siento. Lucio como a ti, también me llevó a mí en los brazos.

–          Pensaba manumitirlo… Pero ya no hablemos de él. Mejor dime como hallaremos a Alexandra. Roma es…

–           Por supuesto que no será fácil y tal vez tardemos un poco. Pero lo seguro es que la encontraremos. Tú acabas de acusarme de haberte aconsejado el procedimiento. Pero éste en sí era bueno. Solo fue malo cuando se arruinó.

Tú oíste decir al mismo Publio que pensaba retirarse a Sicilia con todos los suyos. Y en ese caso la joven también estaría lejos de ti.

–           Yo los habría seguido y ella estaría fuera de peligro. Pero ahora si esa niña muere, Popea creerá que ha sido culpa de Alexandra.

–           Cierto. Y eso me alarma a mí también. –Petronio reflexionó unos momentos y agregó- se dice que Popea sigue la religión de los judíos y cree en espíritus malignos.

El César es supersticioso. Si hacemos correr el rumor de que los espíritus arrebataron a Alexandra, esa noticia será creída. Especialmente porque ni César, ni Publio la han interceptado. Su fuga ha sido realmente misteriosa.

Ese parto no pudo haberla efectuado solo y ¿Cómo puede un esclavo reunir tantos cooperadores en un solo día?

petronio–           Los esclavos se auxilian mutuamente en Roma.

–           Sí, pero algunos pagan eso con la vida. Es verdad que se ayudan recíprocamente, pero no unos contra otros. Y en este caso sabían que la responsabilidad y el castigo caerían sobre los suyos. Por eso es muy improbable que haya sucedido así.

Después de reflexionar un momento, Marco Aurelio preguntó:

–           Bernabé no pudo hacerlo solo. Entonces ¿Quién lo ayudó?

Petronio contestó:

–           Sus correligionarios.

–           ¿Quiénes son?

–           ¿Cuál es la deidad que ella adora?

–           No lo sé.

–           Habrá que averiguarlo…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONÓCELA

78.- LA COMUNION DE LOS SANTOS


La Comunión de los Santos es un Misterio de Fe. Y para comprenderlo es necesario tener una Fe Viva y operante; Humildad, Esperanza y Amor; ya que por ser completamente sobrenatural; solo con el alma viva, es posible llevarlo a un plano real, concreto y práctico: porque es indispensable VIVIRLO.

¿Qué es la Comunión de los Santos?

Un cuerpo humano perfecto en su forma externa, tanto como en su estructura interna; sin la circulación de la sangre, no es más que un cadáver. En el Cuerpo Místico de Cristo, la Comunión de los Santos es el prodigio circulatorio que lo mantiene con Vida. Y surgió de la Inmolación de Jesús sobre la Cruz.

La Iglesia es la Familia de Dios y si en cualquier familia ordenada en el Amor, cada miembro que la constituye debe contribuir al bien común en un intercambio de bienes dados y recibidos en una comunión armoniosa. En la Familia de los Hijos de Dios, esto debe darse en un grado infinitamente superior.

Esta Gran Familia de los Hijos de Dios está formada por los militantes de la Tierra, cuya cabeza visible es el Papa Benedicto XVI,  los purgantes en espera en el Purgatorio y los Bienaventurados en el Paraíso.

Es una realidad espiritual grandiosa, viva, verdadera y operante en el Cielo y en la Tierra.

Y para el que vive esta realidad maravillosa y se sabe miembro de la Familia Divina, le pasa lo mismo que a las familias de la Tierra, cuando algunos miembros se separan para ir a tierras lejanas. Amamos a los que viajan a otros continentes y no por haberse ido, dejamos de sentirlos nuestros y queridos.

Y cuando la nostalgia nos invade, tomamos el teléfono y con solo oír su voz, consolamos nuestro dolor por su ausencia. Si se nos comunica que le falta dinero o tiene alguna necesidad, inmediatamente usamos el medio a nuestro alcance para remediarla y buscamos de todas las formas posibles su bienestar y su felicidad, hasta que sea posible reunirnos de nuevo.

Si este familiar nuestro hubiese decidido tomar una excursión  a Tierra Santa y mientras él está allá, nos enteramos de que se desató una guerra entre Israel y Siria; al seguir angustiados todos los acontecimientos por la televisión y al recibir una llamada por su video-teléfono-celular; nos enteramos de que el ser más querido para nosotros, fue tomado como rehén y verdaderamente la está pasando muy mal con los terroristas.

Si pudiésemos transmitir nuestros pensamientos y señalarle la vía de escape, proporcionándole también las armas y los recursos para lograrlo, ¿No lo haríamos?…

¡Claro que sí!

Pues esto es exactamente lo que hizo Jesús al señalarnos el Camino de la Salvación; proporcionándonos las armas y os recursos para volver a Dios. Y el papel fundamental de la Comunión de los Santos para conseguirlo. Satanás lo conoce muy bien y por eso dio su golpe maestro al borrar de un plumazo, la invocación de este Dogma en la Oración del Credo.

Y lo ha sustituido con el fruto venenoso y mortífero del ESPIRITISMO. Saciando de esta forma el hambre espiritual y el deseo de aliviar el Dolor por la pérdida de los seres queridos; con este engaño colosal; extraviando las almas, para arrancarlas de Dios y condenarlas eternamente con él en el Infierno.

Al ser un Misterio de Fe, cuando se deja de creer en él, lo desaparece y lo vuelve inofensivo.

Para aprovechar la Fuente de gracias, estupenda y maravillosa que hay en la Comunión de los Santos, tanto por su naturaleza como por los efectos que produce y utilizar los recursos espirituales y aún materiales.

Para no desperdiciar las oportunidades de hacer el bien, tanto personal como comunitario, fortaleciendo la Iglesia; debemos orar y pedirle a Jesús que nos guíe. Para que fructifique este Tesoro de inmensa riqueza espiritual y que es una de las más sólidas columnas, para que la Iglesia prevalezca.

Porque sólo así los hijos de Dios de las tres Iglesias: Triunfante, Purgante y Militante, viven en una común voluntad de conocerse, amarse y ayudarse; podrán hacer más fuerte y compacta la solidez del Cuerpo Místico, especialmente en la batalla contra las Fuerzas del Infierno, que son como las olas de un mar en tempestad: no se desaniman nunca y van y vuelven como las olas que se estrellan contra el farallón.

¿CÓMO SE PUEDE VIVIR ESTE MISTERIO?

CONOCIÉNDOLO.

ES LA FE, LA QUE VUELVE OPERANTE ESTE DOGMA.

La Comunión de los Santos es el Amor en Acción.

Dios ha dotado a su Gran Familia con riquezas de Potencia Insondables y fundamentadas en la Fuerza Invencible de un Amor Infinito y Eterno.

Los que han partido ya no pueden vivir por Fe. Ellos ven la realidad en toda su verdad y por eso la Fe del hombre es la que vuelve operante este Dogma.

Los esfuerzos que el hombre debe realizar para vivir esta sublime Verdad, son poner a trabajar todas las potencias del alma usando la inteligencia para buscar el origen y el conocimiento de lo que representa este magnífico Don del Amor del Padre, así como los efectos que produce en quién lo vive.

Creyendo firmemente y sin limitaciones. Ejercitando la Caridad para que las obras logradas, rindan copiosos y abundantes frutos. Ejercitando la Esperanza, que es como una luz que hace vislumbrar la vida futura y vuelve el amor más activo en beneficio de todos.

No basta el Don de la Vida; es necesario vivirla. Y esto se aplica a la vida física, intelectual o espiritual. ¿Para qué sirve una vida no vivida?

Los hermanos nuestros que ya han cumplido su peregrinación por la tierra en su existencia temporal, no están ajenos a nosotros y se encuentran más cercanos, que el que va de viaje a otra ciudad. Solo un tenue velo es el que separa el mundo espiritual del material y es el que nos impide ver su proximidad. Ellos no están inertes o pasivos en relación a nosotros.

Las almas de los vivientes con las de los ‘vivos’, en el Cielo y en la Tierra, están unidas por lazos incorpóreos y podemos intercambiar palabras y caricias, para hacer menos triste nuestra existencia y más feliz nuestra Morada.

(San José en Jacarei)

Esta comunión dichosa de los espíritus, junto con los Purgantes en el Purgatorio, de aquellos que por más que hayan cambiado de forma y de naturaleza, no han dejado de existir y aman como en vida no habrían podido amar, porque aman en Dios. Viven en un estado de vida más perfecto, que el que vivimos en esta tierra. Y aman y toman parte en la medida de la perfección alcanzada, en todos los acontecimientos del Cuerpo Místico de Jesús.

Pero ellos están limitados por la voluntad del hombre. Al igual que Dios, no pueden sobrepasar la libertad y solamente cuando son invocados y solicitados por la Fe, pueden intervenir. Ellos están atentos y miran todos los acontecimientos que se desarrollan en nuestra lucha contra el Maligno.

Son ayudas poderosísimas cuando las almas lo solicitan y a las que se unen con el amor de Fusión, en el río de Gracia que circula dando la Vida. Ellas comunican todas las potencias de que disponen, haciendo más fecunda la obra de los corredentores.

LA IGLESIA TRIUNFANTE.

La vida continúa después de la tumba y todos los que nos han precedido en la Fe, estando en el Purgatorio o en el Paraíso, nos continúan amando con un amor más puro, más ardiente, más perfecto. Y los anima el deseo de ayudarnos a superar las duras pruebas de la vida, para que lleguemos, como ellos que ya han llegado, a la meta que es el fin de la vid misma.

Ellos ya conocen porque los están viendo, los peligros que asechan a nuestras almas. Pero la ayuda que pueden darnos está condicionada a la medida de nuestra Fe y nuestra libre voluntad, para acercarnos a ellos a través de la Oración.

El Paraíso es algo inefable; tan grandioso y maravilloso que no hay palabras humanas para poderlo explicar. Y la inteligencia humana es demasiado limitada, para poderlo comprender. En el paraíso no hay posibilidad ni de crecimiento, ni de disminución de la felicidad particular; porque el gozo no consiste en una feliz pero inmóvil contemplación de Dios y de todas las bellezas del Universo que en Él se reflejan.

En el Paraíso no se está en una inmovilidad estancada que aun así sería maravillosa; sino la felicidad y el júbilo se renuevan en aquel instante sin pasado y sin futuro que se llama Eternidad y que es siempre infinitamente nuevo. En el Paraíso no se vive una vida de inercia; sino una vida intensamente activa y que tiene una plenitud total y absoluta. Es el Amor en acción y que tiende a comunicarse.

La más fértil imaginación no podrá concebir jamás, ni siquiera en modo aproximado, la realidad que se vive en el Paraíso.

Para los militantes en la tierra y especialmente cuando el sufrimiento se agudiza, parece como si el tiempo se hubiera detenido. En el Paraíso, como se está fuera del Tiempo, se ve como éste transcurre velozmente, poniendo rápido fin a todas las cosas.

El invierno de la vida pasa pronto y las almas resucitadas ven llegar la primavera eterna cuando se convierten en flores, las espinas llevadas por amor a Él.

Si nosotros en la tierra pudiésemos ver las cosas como ellos las ven: con una claridad impresionante; ciertamente los ateos dejarían de existir y todos los hombres se crucificarían voluntariamente y de inmediato. Pero entonces cesaría la Prueba de Fe, haciendo estériles todas nuestras acciones.

Si los hombres están animados por una vivísima Fe, conscientes de los inagotables recursos de gracias, de ayudas y de dones que pueden obtener de este Tesoro inagotable de la Comunión de los Santos, verán multiplicado su poder sobre las fuerzas del Mal.

Desde nuestro nacimiento hasta el final de la jornada terrena, los santos nos dan la asistencia y la ayuda que Dios les permite. Sería mucho más grande, si más intenso es nuestro deseo de recibirlas y más frecuentes las súplicas al solicitarlas.

La Bondad Divina permite estas colaboraciones recíprocas, para aumentar su gozo al vernos estrechar las relaciones, haciéndolas frecuentes y fecundas en el Bien; aumentando el amor, como sucede en una verdadera familia.

Ellos, para ayudarnos a superar y aliviar nuestras penas, pueden mucho. Pero pueden en la medida en que creemos y esperamos en su ayuda. Y más concretamente, en la medida que se lo solicitamos.

Porque esta Comunión entre nosotros viajantes y ellos bienaventurados, debe ser consciente y querida. Su amor está presto y dispuesto, para ayudarnos en lo que queremos.

LA IGLESIA PURGANTE.

Las benditas ánimas del Purgatorio, para sí mismas no pueden hacer nada, pero nosotros podemos hacer muchísimo. Y la Obra más grande de Caridad, es aliviarles los tremendos sufrimientos que ellas soportan en la reparación de sus propios pecados y la regeneración espiritual que las volverá aptas, para gozar del Paraíso.

En los funerales se llora a las almas, con el llanto humano que es negación de Fe y Esperanza.

Y después de enterrados los muertos, los vivos fácilmente se olvidan de las almas y piensan solamente en la podredumbre y cenizas de los cuerpos. ¡Si los hombres supieran lo que significa el Purgatorio, todos amarían ardientemente el Sufrimiento y lo pedirían a Dios como el Don más bendito sobre la Tierra!

Nuestras posibilidades de hacer el bien a las almas del Purgatorio, constituyen una reserva potencial inagotable. Todas nuestras actividades, hasta las más pequeñas e insignificantes, pueden ser elevadas del plano natural al sobrenatural, ofreciéndolas por ‘Amor al Señor y en sufragio por las almas del Purgatorio’ Y las misas escuchadas y ofrecidas por la misma razón, son ayudas valiosísimas. Y SOLO NOSOTROS SE LAS PODEMOS DAR.

Nuestra contribución de sufragios cotidianos, se trasmutan en una lluvia de Gracias y estrecha las relaciones de amor, aumentando la unión entre nosotros y las almas del Purgatorio.

Cuando recurrimos a ellas las ponemos en condición de ayudarnos y con los enormes sufrimientos que ellas padecen y que solo pueden aplicar por nosotros, porque somos la única área en la que ellas pueden actuar.

El Amor Purgante es amor en acción en beneficio de las militantes. Hay que invocarlas y tener confianza en ellas, pues su alegría está en responder a nuestras oraciones.

El Dogma de la Comunión de los Santos es una de las Obras Maestras de la Sabiduría y Potencia Divinas y hay que vivirlo para comprender realmente su maravillosa belleza y eficacia.

LA IGLESIA MILITANTE.

El hombre es obra de Dios y Dios sabe lo que necesita. Por eso dio el Primer Mandamiento que lo pone en el camino justo y en el puesto justo. El hombre salido de las manos de Dios, recorre un circuito que debe regresarlo a Dios. Esta es la lógica de la Fe y de la razón; las que le exigen hacer de Dios la finalidad suprema y primera de su existencia: “Conocer, amar y servir a Dios en esta vida, para gozarlo después en el Paraíso.”

La vida terrenal y humana es un camino hacia la Eternidad y el Primer Mandamiento: “Yo Soy el Señor Dios Tuyo y no tendrás otro dios fuera de Mí” Significa que el hombre libre e inteligente debe en la Tierra; colocarse en el plano justo frente a Él, si es que quiere encontrar e su peregrinaje terreno, un equilibrio entre las exigencias materiales y espirituales de su persona.

La necesidad de lo sobrenatural es tan fuerte en el hombre que si le faltan estas realidades trascendentales, no tiene felicidad ni paz. Y el tormento se hace tan grande, que la necesidad de adorar, lo lleva con frecuencia a la desesperación. Igualmente la necesidad de amar es tan fuerte e imperiosa, como su necesidad de respirar.

Jesús es el Amor Infinito, Eterno, Increado, que vino a la Tierra a reconciliar y a reunir de nuevo con Dios a la Humanidad; arrancándola del Odio.

El Amor por su naturaleza tiende a la unión, así como el Odio tiende a la desunión. Cuando se vive ardientemente el Dogma de la Comunión de los Santos, la Bondad Divina concede el encontrarnos y comunicarnos para la Gloria de Dios.

Y hay una infusión de fuerzas sobrenaturales que hacen a los hombres capaces de comprender, actuar, arrepentirse y salvarse. Los sufrimientos de las almas víctimas cierran este círculo vital de amor, que como una cadena de vida une la Tierra y el Cielo, pues purifican las almas para que puedan llover las Gracias Divinas y dar a los hermanos la salvación; para que en la aridez espiritual de un pecador, pueda florecer un nuevo espíritu hijo de Dios.

El Dolor no es un castigo cuando se sabe acoger y usar con justicia. El Dolor es como un Sacerdocio abierto a todos, que es un gran mérito y tiene un gran poder sobre el Corazón de Dios. Nacido con el Pecado sabe aplacar la Justicia, porque Dios sabe usar para el Bien, lo que el Odio ha creado para atormentar. Jesucristo lo santificó y fue el medio que usó para anular la Culpa; porque no hay medio más grande que éste.

Por eso Dios nos llama a colaborar con el Sufrimiento y la Oración; para que la Iglesia no sea destruida, como el Infierno y sus aliados lo quisieran.

Hay que confiar totalmente en Jesús, que nos guía y nos precede en el camino que nos indica. Y hay que tener confianza también en los hermanos que ya han llegado a la Casa del Padre y desean ayudarnos a no desfallecer.

Hay que perseverar siempre sin ningún temor; aun cuando el llamado de Jesús fuese al Martirio Cruento en el choque frontal contra las Huestes del Infierno.

Hay que mirar a Jesús y seguir adelante en nuestro camino hasta el Gran Encuentro. Entonces las espinas se convertirán en rosas maravillosas y desconocidas en la Tierra…

Mientras tanto no hay que olvidar que estamos en la Línea de Fuego de la incesante lucha entre las Potencias de las Tinieblas y las Potencias de la Luz. Y que las primeras no prevalecerán sobre las segundas.

Y para conservar el espíritu sereno y en paz, a pesar de que la batalla se vuelve más feroz y Satanás está al asecho, tratando de inculcar miedo, temores, dudas y desconfianza. Pero no debemos olvidar que solo tiene al alcance nuestra materia y lo que se relaciona con ella.

Al espíritu indomable no lo puede tocar, si mantenemos nuestra voluntad de pertenecer a Dios.

Debemos luchar sin desconfiar jamás. Jesús está con nosotros y también los santos del Paraíso y del Purgatorio.

La Comunión de los Santos es auxilio y salvación para las almas de la Tierra.

Pedro calla. En el aire resuena vibrante, la enseñanza de ese día…

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

27.- EL RAPTO


Dos semanas después, Marco Aurelio estaba en el triclinium cuando llegó Prócoro. Los sirvientes tenían orden de dejarlo pasar sin anunciarlo y admitirlo a cualquier hora del día o de la noche.

El griego lo saludó:

–           Salve noble Marco Aurelio. ¡Eureka!

Marco Aurelio saltó del asiento exclamando:

–          ¿Qué quieres decir? ¿La has visto?

–           He visto a Bernabé y he hablado con él. Trabaja cerca del mercado como liberto al servicio de un molinero, pero él no sabe quién soy. Y ahora cualquier esclavo de tu confianza puede ir y descubrir donde se esconden.

Marco Aurelio replicó:

–           Irás conmigo.

Prócoro se alarmó:

–           ¿Yo?…  Noble tribuno, yo solo me comprometí a indicarte el sitio donde ella está, más no en sacarla y entregártela. Piensa por un momento en lo que me sucederá si ese Bernabé y Mauro me atrapan. Además, si te pasa algo no quiero ser yo el responsable y quedarme sin recompensa después de haber trabajado tanto.

Marco Aurelio le entrega una bolsa llena de monedas de oro y le dice:

–         Tendrás otras dos iguales cuando Alexandra se encuentre conmigo en esta casa. Desde este momento, aquí te quedarás; aquí comerás y descansarás. Luego iremos juntos y me llevarás a donde ellos están.

El temor y la vacilación se pintaron en el rostro del griego… pero recordando el carácter del patricio, dijo:

–           ¿Quién puede oponerse a tu voluntad? Estoy dispuesto, señor…

Marco Aurelio que hasta ahora había vivido en un estado de tensión permanente, alentado por la esperanza de encontrar a Alexandra. Ahora que esa esperanza parece realizarse, se vio súbitamente invadido por la debilidad que se siente después de que se ha hecho un esfuerzo superior a la propia capacidad…

¡Está a punto de recuperar a Alexandra! Tan solo este pensamiento lo vuelve loco de felicidad. Recordó los consejos de Petronio y envió a dos esclavos en busca de Atlante.

Prócoro que conoce a todo mundo en Roma, se sintió muy tranquilizado cuando oyó el nombre del famoso atleta, cuyas fuerzas extraordinarias en la arena había podido admirar más de una vez y dejó de preocuparse por el peligro de la empresa. Estaba de muy buen humor cuando fue llamado a la mesa por el mayordomo y comió opíparamente.

Más tarde, cuando llegó Atlante, se dirigió al atrium y examinó con satisfacción a aquel gran gladiador, cuyo poderoso cuerpo parece llenar toda la estancia.

Atlante acaba de ponerse de acuerdo con Marco Aurelio y dice:

–         ¡Por Hércules! Ha sido muy oportuno tu llamado, señor; porque mañana debo partir a Benevento, a donde me reclama el noble Haloto a fin de que en presencia del César, luche con un tal Espícuro; que según parece es el mejor gladiador y el favorito de Nerón.

Marco Aurelio cuestionó:

–           ¡Por Marte!… ¿Estás seguro de que podrás ganarle?

El atleta respondió lleno de seguridad:

–           Acabaré pronto con él.

Prócoro intervino:

–          Y no dudo que lo hagas. Pero ahora prepárate y frótate todo el  cuerpo con aceite, porque acaso te encuentres con otro gladiador: el hombre que custodia a Alexandra, también tiene una fuerza excepcional.

Marco Aurelio confirmó:

–       Es verdad. Yo no lo he visto, pero arrebató a Alexandra de una veintena de hombres.

Atlante contestó con determinación:

–        Noble señor, me comprometo a traer a la doncella hasta tu casa, así tenga que  arrancarla de siete partos como el que me dices. Pero ten presente que mañana debo ir a Benevento.

Marco Aurelio sonrió complacido y dijo:

–           En un par de horas partiremos.

Después de esta declaración, Marco Aurelio se fue a la biblioteca a escribirle a Petronio.

Recuerda las palabras de Actea y su corazón palpitó con violencia. Está decidido a casarse con ella y hasta se siente capaz de volverse cristiano, si esa es la condición para tenerla. Si todo es cierto, ella le amará… y él está decidido a ser el esposo más cariñoso y amante.

Más tarde  los tres, guiados por Prócoro; llegaron a una casa situada en el barrio del Transtíber y se dispusieron a esperar…

Cuando la reunión terminó, muchos cristianos empezaron a salir. Luego, tres figuras aparecieron en el arco de la entrada y varias personas rodearon al anciano, mientras Bernabé y Alexandra se hicieron a un lado para esperarlo. Y se quedaron de pié, en la escalinata de la entrada, junto a una columna.

Marco Aurelio se quedó embelesado.

Alexandra está frente a la luz de una lámpara y la capucha ha caído de su cabeza despeinando sus cabellos. Tiene entreabiertos los labios y levanta su rostro hacia el apóstol, atenta totalmente a sus palabras, como si estuviese extasiada. Viste como una esclava y está envuelta en su manto oscuro de lana. Marco Aurelio nunca la había visto más hermosa…

Admiró la belleza y distinción de aquella elegante cabeza patricia, que sobresale entre sus vestidos humildes. Y el amor lo envolvió como una llama, mezclado con un prodigioso sentimiento de simpatía, atracción, admiración y ferviente anhelo. Siente correr por todo su ser, como una corriente eléctrica de felicidad, al contemplarla otra vez. De pie, junto al gigantesco parto, parece una niña… Y una ternura infinita invadió todo su ser. Quiere protegerla, amarla, poseerla. Notó también que se ve más delgada y frágil. Su cutis parece de alabastro. Una hermosa y blanca flor que irradia luz como si fuera una diosa.

            Todo esto sirvió para hacer más poderoso su deseo de poseer a aquella mujer, tan diferente de todas las que ha conocido antes. Está dispuesto a dar por Alexandra, todo cuanto posee.

Prócoro le advierte:

–           Ten cuidado, señor. Mira que son muchos.

El tribuno contestó:

–         No te preocupes. Esta vez no escapará.- Y Marco Aurelio señala a Alexandra y Bernabé, mientras dice a Atlante- Son ellos.

El atleta contestó:

–           Perfectamente. Me comprometo a entregarme a ti como esclavo, si no le rompo el espinazo a ese bisonte parto que la acompaña. Pero dejemos que lleguen a su casa. Allí me apoderaré de ella y la llevaré al sitio que me indiques.

A Marco Aurelio le agradó la respuesta y dijo:

–         ¡Por Hércules! Debemos hacerlo ahora. Mañana quizá no la encontremos, porque si nos descubren, se la llevarán a otra parte.

Atlante replicó:

–           No nos descubrirán. Hoy mismo la tendrás en tus brazos.

Prócoro gimió:

–           ¡Ese parto parece un hombre demasiado fuerte!

Atlante lo miró con despreció y le espetó:

–           Nadie te está pidiendo que sujetes sus manos.

Después de unos minutos, en el grupo al fin se despidieron y empezaron a caminar.

Prócoro exclamó:

–           Sí, señor. Tu doncella se encuentra bajo una poderosa protección. Ni más, ni menos que el gran apóstol Pedro. Ve como se arrodillan ante su paso.

Y Marco Aurelio vio con asombro una escena prodigiosa: había dos centuriones que se arrodillaron cuando Pedro pasó frente a ellos y se detuvo. Les puso la mano sobre la cabeza, que ellos habían descubierto y los bendijo. Hasta ese momento jamás se le había ocurrido que en el ejército hubiera cristianos…

Pero al parecer aquella doctrina ya se había infiltrado por todo el imperio. Y esto le hizo pensar que si ella hubiera querido huir de la ciudad, no le hubieran faltado guardianes que facilitaran su fuga. Y dio gracias a los dioses porque eso no sucedió.

Pero el abismo que esa maravillosa religión está abriendo entre él y Alexandra, se hace cada vez más grande…

Recordó todo lo sucedido y se dio cuenta de que en realidad no la conoce. Está seguro de que la ama y se siente deslumbrado por su hermosura incomparable. Pero ahora comprende que la religión que ella profesa, es lo que la hace tan diferente de las demás mujeres. Su grandiosa belleza interior es lo que la hizo rechazar lo que para las demás son incentivos: la opulencia, la pompa, el bienestar. Para ella no significan nada, porque ella posee algo distinto. Es como si ella perteneciera a otro mundo. Y una molesta inseguridad comenzó a atormentarlo… ¡¿Cómo la conquistará, si lo que él puede ofrecerle parece no significar nada para ella?!

De este caos mental lo sacó Prócoro, que comenzó a lamentarse de su suerte. Marco Aurelio le oyó y sacó la bolsa de oro. Se la arrojó diciéndole:

–           Ya la tienes. ¡Cállate!

Después de haber pasado por un erial, el grupo de cristianos empezó a diseminarse en distintas direcciones, quedando solamente Bernabé, Alexandra y otro hombre anciano. Esto hizo necesario seguirlos desde una mayor distancia y con más precaución, para no ser descubiertos. Prócoro hábilmente, se fue quedando paulatinamente atrás.

Llegaron a una calle estrecha y los vieron entrar a una ínsula.

Ellos se mantuvieron a una prudente distancia. Luego, Marco Aurelio mandó a Prócoro a que viese si esa casa tenía salida a la calle posterior. Éste fue a ver y cuando regresó, dijo:

–           No, señor. Solo hay una entrada.

Atlante comenzó a prepararse para el combate. En su rostro no hay la menor señal de temor y dice:

–           Yo iré adelante.

Marco Aurelio ordenó:

–           Tú me seguirás. –con una voz que no admite réplica.

Y en un instante los dos desaparecieron por la puerta de la entrada.

Prócoro corrió hasta la esquina y empezó a atisbar lo que va a suceder.

Es un edificio espacioso y con varios pisos. Un condominio como muchísimos que hay en Roma y que son verdaderas colmenas; edificados con el propósito de percibir la mayor renta posible. En ellas vive la gente más pobre y no hay portero.

Marco Aurelio y Atlante llegaron a un corredor que los condujo a una especie de atrium común para toda la casa, con una fuente en el centro. Desde las murallas arrancan hacia el interior  unas escaleras de piedra y de madera, que conducen a unas galerías en los cuales están los cuartos que conforman la vivienda. Es temprano y no hay nadie en el patio.

Atlante pregunta deteniéndose:

–           ¿Qué hacemos, señor?

Marco Aurelio contesta:

–           Esperaremos aquí. No permitiremos que nadie sospeche de nosotros.

En ese momento en el más lejano extremo del patio, aparece un hombre que trae en la mano un cedazo y se aproxima a la fuente.

–           ¡Es Bernabé! –dice Marco en voz baja a Atlante.

–           ¿Quieres que le rompa los huesos?

–           Espera… primero veamos a donde va.

Bernabé no se fijó en aquellos hombres que estaban parados en la penumbra de la entrada y empezó a lavar las legumbres en la fuente. Cuando terminó con su tarea y regresa por donde salió; Atlante y Marco Aurelio le siguen hasta otro corredor que lleva a un pequeño jardín en el cual hay unos cipreses, mirtos y rosales. En el fondo hay una pequeña casa edificada contra la pared del edificio contiguo.

Marco Aurelio valoró la situación y dijo decidido:

–           ¡Vamos por ella!

Bernabé iba a entrar en aquella casita, cuando el ruido de pasos llamó su atención y dejando el cedazo en la balaustrada de cantera, se voltea, ve a dos hombres y les pregunta:

–           ¿Qué buscan aquí?

Marco Aurelio le dice imperioso:

–          ¡Qué te importa! –Y en voz baja ordena a Atlante- ¡Mátalo!

Atlante se abalanza hacia Bernabé y antes de que éste tenga tiempo de reaccionar, el gladiador ya le ha cogido en sus brazos de acero.

Marco Aurelio tiene demasiada confianza en las extraordinarias fuerzas del atleta, para detenerse a presenciar el final de la lucha. Y dejando atrás a los combatientes, entra en la casita.

Alexandra está inclinada, añadiendo leños al fogón, junto al cual se encuentra sentado un anciano. Marco Aurelio entró tan repentina y bruscamente en la estancia, que cuando el la toma por la cintura levantándola en vilo para salir por la puerta, ella no lo reconoce.

El anciano trata de interceptarle el paso. Pero Marco Aurelio con un brazo estrecha a la joven contra su pecho y con el otro brazo, lo hace a un lado. Con el movimiento se le cae la caperuza y a la vista del rostro de Marco Aurelio que tiene una expresión tan terrible…

Alexandra se queda tan impactada, que está a punto de desmayarse.

Pero en el patio, las cosas estaban peores…

Cuando Marco Aurelio llegó hasta al jardín con su presa, también él se quedó congelado…

Bernabé tiene entre sus brazos un cuerpo completamente doblado hacia atrás, con la cabeza colgando y con la boca llena de sangre. Al ver el grupo que forman: Marco Aurelio, Alexandra y Nicomedes; Bernabé dio un nuevo puñetazo a Atlante en la cabeza, lo lanzó furioso hacia un lado y de un salto tomó a Marco Aurelio por el cuello, pues éste había soltado a Alexandra y lo miraba paralizado por el asombro.

Marco Aurelio, al sentirse levantado en el aire como si fuera un muñeco, piensa que ha llegado para él la hora de morir. Y entonces como en un sueño, oye lejana la voz de Alexandra que dice como un gemido:

–           ¡No matarás!…

Entonces sintió como si lo hubiese herido un rayo y cayendo en un negro pozo, todo desapareció…

Prócoro estaba escondido detrás del ángulo de la esquina, lleno de miedo y de curiosidad sobre el curso de los acontecimientos. Atisba impaciente porque el silencio que hay no presagia nada bueno y le parece que es más peligroso que nada…  Cada vez se siente más intranquilo. En eso, parece que alguien se asoma a la puerta y él se pegó más a la pared, conteniendo el aliento…

No se equivoca, pues efectivamente alguien se asomó, miró alrededor y se volvió a meter.

Y de súbito se le erizaron los cabellos. Con su mano se cubrió la boca para ahogar una exclamación:

–           ¿Qué…? ¡Por todos los dioses!

En la puerta de la casa apareció Bernabé llevando a cuestas el cuerpo de Atlante y luego empezó a correr con su carga, en dirección al río Tíber.

–           ¡Estoy perdido si me ve! –pensó Prócoro.

Pero Bernabé siguió de largo y desapareció. El griego no podía creer lo que había visto. El miedo se apoderó de él y huyó…

Después de correr un largo tramo, cuando se sintió a salvo, se dijo a sí mismo:

–           Debo conservar la calma… Necesito pensar bien… ¿Cómo debo proceder en este caso? Ha ocurrido algo terrible. Si Atlante está muerto, lo más seguro es que Marco Aurelio también… ¡Por Cástor! Pero él es un patricio amigo del César, pariente de Petronio, hombre famoso y poderoso en Roma. Es un tribuno militar. Su muerte no puede quedar sin castigo ¿Y si voy con el Pretor y con los guardias? ¡Mísero de mí! ¡Yo soy quién lo llevó a la muerte! Dirán que yo fui su causante… No puedo huir porque eso me haría más sospechoso…

El asunto por todos lados está muy mal…

Petronio es un hombre con tanta influencia, que puede impartir órdenes a la policía de todo el imperio y sacaría a los culpables de la muerte de su sobrino, de los confines de la tierra. Pero si él demuestra su inocencia con Petronio ya que él estará enterado de toda su participación, a los únicos que culparían serían a los cristianos…  Y eso les acarrearía una persecución general.

Decidió ir a buscar a Petronio y contarle lo ocurrido. Pero para ir, primero tendría que comprobar que le había pasado a  Marco Aurelio… Y como un rayo le llegó el pensamiento de que tal vez no se habrían atrevido a matarlo. Él es un hombre poderoso, amigo del César y alto funcionario del ejército imperial. Por las consecuencias terribles que tal crimen les acarrearía, tal vez solo lo habrán retenido. Y esta idea lo llenó de esperanza… Luego reflexionó:  ‘Si ese dragón parto no lo ha hecho pedazos en la primera embestida, él está vivo y él mismo será testigo de que yo no le he traicionado y entonces puedo contar con otra recompensa si le ayudo una vez más por rescatarlo.’

Y acarició las dos bolsas de oro que Marco Aurelio le dio.  Emprendió el camino a su casa para pensar en el modo de averiguar lo que le había ocurrido al tribuno, antes de ir con Petronio…

Cuando llegó al barrio del Suburra, se compró una botella de vino y se fue a casa a comer opíparamente para recuperar fuerzas. Bebió con abundancia, descansó, se dio un baño muy relajante y se durmió.

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

20.- Y SIN SALIDA…


Y efectivamente. La casa de Marco Aurelio estaba arreglada como para una boda. Con el verdor del mirto, la hiedra, las flores. Todo había sido preparado para una recepción regia.

Marco Aurelio se sintió tan mal por la resaca, que había seguido meticulosamente los consejos de Petronio y por eso mandó a Secundino a buscarla, llevando el permiso otorgado por el César.

Petronio le había dicho:

–           Ayer te vi y estabas borracho. Te comportaste con ella como un rufián. En el amor,  no solo hay que atacar la plaza, hay que conquistarla. No seas majadero y recuerda que el buen vino debe beberse poco a poco.

Sintiéndose en un estado deplorable, mientras bebió una pócima para mejorarse, sólo atinó a contestar:

–           Pasaron muchas cosas y ya no sé lo que sucedió, me siento muy indispuesto. Sólo dime que será lo mejor que debo hacer.

Petronio prosiguió implacable:

–           Entérate también de que es muy dulce el desear, pero es más dulce aún el ser deseado. Gánate su confianza. Sé magnánimo. Júrale por los hados que la devolverás a la casa de Publio y dependerá de ti el que mañana sea ella, la que prefiera quedarse aquí contigo…

Marco Aurelio recuerda todo esto y su corazón palpita intranquilo, bajo sus elegantes atavíos.

¡Oh, dioses inmortales! ¡Si tan solo no se hubiese embriagado, ya tendría a Alejandra en su casa! Se la hubiera llevado desde el mismo banquete…

¡Pero no!…

¡Oh! ¿Por qué tiene la desesperante sensación de haber cometido un terrible error?

¡Rayos! ¡Si tan sólo no le doliera tanto la cabeza!…

–           Ya deben haber salido de palacio.-pensó.

Se levantó y comenzó a pasear muy nervioso, lamentándose por haberle hecho caso a Petronio y no haber ido personalmente por ella.

Mientras tanto…

La comitiva viene recorriendo el Vicus de las Carenas. Las calles cercanas al palacio están casi desiertas, pero más adelante hay un movimiento inusual. Casi desde todas las calles, afluyen grupos de tres o de cuatro individuos, que se han ido agregando a la comitiva de la litera, mezclándose con los esclavos acompañantes.

Otros más numerosos vienen en dirección opuesta. Algunos se tambalean como si estuvieran borrachos y empieza a ser difícil avanzar.

Los esclavos gritan:

–           ¡Paso al noble tribuno Marco Aurelio Petronio!

Alexandra va notando a través de las cortinas como aumentan los transeúntes y en su corazón se alterna la esperanza y el miedo.

El mismo Secundino que al principio no receló nada, comienza a alarmarse, pues hay en todo aquello algo muy extraño.

Se dificulta cada vez más el paso de la litera. La multitud prácticamente la ha rodeado hasta el punto que Secundino se ve obligado a ordenar a los esclavos que rechacen a golpes a toda esa gente…

De pronto se oye un grito entre los que encabezan la comitiva y en un instante se apagaron todas las luces.

Y alrededor de la litera se produjo un movimiento de empuje, un tumulto, una lucha. Secundino comprende al punto que es un ataque y se llenó de miedo.

Todos saben que el César con una turba de servidores, acostumbra dar asaltos por sorpresa por pura diversión y quién sea que resulte responsable por defenderse, tiene pena de muerte aunque fuese senador.

En tales casos los guardias cuyo deber es velar por el orden en la ciudad, fingen ser sordos y ciegos.

El tumulto sigue alrededor de la litera.

Secundino trata de proteger a Alexandra, huyendo con ella y dejando a los demás entregados a su suerte.

Cuando la tomó en sus brazos en medio de la oscuridad, ella gritó:

–           ¡Bernabé! ¡Bernabé!

La joven viste de blanco y es fácil distinguirla.

Secundino acababa de cubrirla con su manto, cuando se sintió levantado por el cuello y luego se desplomó como si lo hubiese herido un rayo. Los esclavos en su mayor parte están derribados por el suelo, han escapado o se mantienen pegados a las murallas. En el lugar, solo ha quedado la litera completamente destrozada desde la primera embestida. Bernabé se llevó a Alexandra y sus camaradas le siguieron dispersándose gradualmente en el camino.

Más tarde…

Los esclavos llegan a la casa de Marco Aurelio con el cuerpo de Secundino. Se detienen a la entrada de la domus…  Deben dar cuenta a su amo de lo que sucedió.

–           Que lo declare Lucio, -dijeron en voz baja algunos- la sangre brota de su rostro, tanto como del nuestro y el amo lo quiere. Lucio corre menos peligro que cualquiera de nosotros.

Lucio, un antiguo esclavo galo que había criado a Marco Aurelio y había sido heredado a éste por su madre, dijo:

–           Yo se lo diré. Pero venid todos conmigo. No caiga solo sobre mi cabeza, la cólera del amo.

Mientras tanto en el triclinium, Marco Aurelio está ya completamente impaciente:

–      ¡Ya debían estar aquí! ¿Por qué no llegan?

De pronto se oyeron pasos en la entrada. Los esclavos se precipitaron al atrium y se detuvieron bruscamente. Levantaron los brazos, lamentándose.

Marco Aurelio corrió hacia ellos:

–           ¿Dónde está Alexandra? –preguntó con voz alterada.

Entonces Lucio se adelantó con el rostro ensangrentado y exclamó lastimero:

–          ¡Ved nuestra sangre señor! ¡Hemos luchado! ¡Algunos han muerto! ¡Luchamos por ella! ¡Ved nuestra sangre!

Pero no dijo más porque Marco Aurelio cogió una estatuilla de bronce y con un golpe, destrozó el cráneo del esclavo.

Luego se tomó con ambas manos la cabeza y se mesó los cabellos con desesperación. Se le puso cárdeno el rostro y ordenó que azotaran a los esclavos. Y en aquella casa engalanada para una fiesta, solo se escucharon los alaridos de dolor y el chasquido de los azotes. Pero los gemidos de los esclavos no calmaron ni su dolor, ni su cólera. Reunió a otro grupo de siervos y salió a buscar a Alexandra, en una pesquisa sin éxito. A su regreso ordenó que se llevaran el cadáver de Lucio, que nadie se había atrevido a tocar.

A los esclavos de cuyas manos Alexandra fue arrebatada, los envió a las prisiones rurales, castigo más terrible que la muerte. Luego se desplomó sobre una poltrona y se puso a planear los medios para encontrar y recuperar a Alexandra. Perderla, renunciar a ella, no verla nunca más… Le pareció imposible porque ya no podía vivir sin ella.  Estos pensamientos lo envolvieron en un loco frenesí. Por primera vez en su vida, la voluntad imperiosa del joven guerrero, encontraba la resistencia inquebrantable de otra voluntad. Y no podía comprender qué había sucedido, que lo hacía sentir tan impotente y hasta cierto punto derrotado, al ver tan contrariados sus deseos en lo que más había anhelado jamás.

Marco Aurelio habría preferido ver hundirse el mundo entero en ruinas, antes que ver fallidos sus propósitos. La copa de la felicidad le había sido arrebatada casi de los labios. Lo que le había ocurrido era algo tan inaudito, que además clama la más terrible de las venganzas.

Por momentos sentía una irritación tan grande contra la joven, que casi se aproximaba a la locura y sentía deseos de destruirla. Pero luego le atormentaba el ansia de volver a verla, de perderse en sus ojos. Y se sentía dispuesto a rendirse a sus pies y darle lo que ella le pidiera con tal de que volviese a su lado. Recordaba sus besos embriagadores…

Y finalmente lloró como un niño, al ver su sueño destruido.

Luego mil ideas descabelladas cruzaron por su mente: Tal vez Publio era el responsable de raptar a Alexandra y en todo caso. Él debía saber dónde encontrarla. Y se levantó bruscamente, dispuesto a ir a la casa de Publio. Pero un nuevo pensamiento le paralizó y le llenó de pavor: ¿Y si había sido el mismo César, quién se había apoderado de ella?… Todo mundo sabe que Nerón para disipar el tedio, hace incursiones nocturnas. Y en esos ataques se apodera de mujeres y las mantea en la capa de un soldado hasta que se desmayan.

El propio Nerón llama a estas expediciones ‘caza de perlas’ porque se han dado casos en que ha sido una verdadera perla de belleza y juventud. Entonces la rapta y la ‘perla’ es enviada a una de las casas de campo, donde se divierte con ellas. Y cuando se cansa, la cede a sus íntimos. ¿Y si fue esto lo que sucedió en el caso de Alexandra?… El César la miró en la fiesta y Marco Aurelio no tuvo la menor duda de que se dio cuenta, de que es infinitamente más hermosa que la misma Popea.

Petronio dice que Nerón es un cobarde para obrar abiertamente y comete sus crímenes en forma clandestina. ¿Y si no fue  el César? Entonces ¿Quién ha tenido el atrevimiento?… ¿Habrá sido el gigante de ojos azules que tuvo la osadía de sacarla del triclinium imperial y se la llevó de la fiesta en sus brazos?

¡NO! ¡Es imposible que un esclavo se atreva a tanto! El único capaz es el propio César. Si esto es lo que sucedió, Alexandra está perdida para él. Podría recuperarla de cualquiera, pero del César, ¡No! ¡Imposible!

La imaginación le presentó a Alexandra en brazos de Nerón…

Y por primera vez entendió que hay pensamientos imposibles de soportar dentro de la resistencia humana.

Y entonces comprendió en toda su plenitud, la magnitud y la intensidad de su amor por ella. Y recordó todas las escenas desde que la viera por primera vez, cada una de sus palabras, sus gestos, sus ademanes. La contempló en la fuente, en la fiesta. Volvió a sentir su calor, su perfume. La delicia de los besos que le diera en sus labios inocentes. Y le pareció cien veces más dulce, más hermosa, más deseable que nunca. Era la única mujer en todo el Universo. La elegida entre todos los mortales y las divinidades. Para él no existe nadie más que ella. La tiene metida en su mente, en su corazón, en su sangre y corre por todas las venas de su cuerpo. Alexandra es su vida, su todo, el único tesoro que desea poseer. Nada le importa más que ella.

El solo pensamiento de que Nerón pudiera poseerla, le hace sentir la muerte. No puede soportarlo, ¡NO! Por un momento teme volverse loco de dolor. Ya no puede vivir sin ella. Y un sentimiento de venganza se apoderó de él. Decidió ir al palacio y hablar con Actea. Y ordenó que tengan listo su Cisio.

Cuando llegó al arco de la entrada, el centurión lo recibió con una amable sonrisa.

–          Salve, noble tribuno. Si deseas presentar tus homenajes al César, no has venido en momento propicio. Es imposible que te sea permitido verle ahora.

Marco Aurelio preguntó sorprendido:

–           ¿Qué ha sucedido?

–          La Infanta Augusta enfermó repentinamente ayer. El César y la Augusta Popea, la están atendiendo, junto con los mejores médicos de la ciudad.

Ese es un suceso importante. Cuando nació esa hija, el César estaba loco de alegría.

Ama a esa niña con un amor sin límites. Y por esto, para Popea la niña le es doblemente preciosa, porque afirma su posición y aumenta su influencia sobre el emperador.

Marco Aurelio le contestó:

–           Solo deseo ver a Actea.

El centurión le hizo el saludo militar y le franqueó el paso.   Y entró al palacio.

Pero Actea estaba ocupada también cerca de la Infanta y Marco Aurelio tuvo que esperarla. Cuando regresó, la palidez de su rostro se intensificó al ver al tribuno.

–           ¡Actea! –Exclamó Marco Aurelio, tomándola de la mano- ¿Dónde está Alexandra?

–           Yo iba a preguntarte lo mismo.-contestó ella, mirándolo de frente y con una expresión de reproche.

Pero aun cuando Marco Aurelio se prometió a sí mismo conservar la calma, dijo con el rostro descompuesto por el dolor y la cólera:

–           ¡Me fue arrebatada en el camino a mi casa! ¡Oh, Actea! Si no deseas ser causante de infortunios que tú ni siquiera puedes imaginar, dime la verdad ¿Se apoderó de ella el César?

Actea contestó con firmeza:

–           El César no ha salido de Palacio.

–           Por la sombra de tu madre. Por todos los dioses, dime ¿Entonces Alexandra no está en el palacio?

–           Por la sombra de mi madre, Marco Aurelio; yo te lo aseguro que ella no está en el palacio y que no ha sido el César quién te la ha interceptado. La Infanta augusta está enferma desde ayer y Nerón no se ha movido de su cuna.

Marco Aurelio suspiró aliviado, esa amenaza desapareció. Se sentó en el banco y dijo con los puños apretados:

–           ¡Ah! Entonces ha sido Publio, el raptor. ¡Ay, de él!

–          Publio Quintiliano, estuvo aquí esta mañana y preguntó por Alexandra a Epafrodito y a otros sirvientes del César. Les dijo que regresaría para verme, porque yo estaba ocupada y no pude atenderlo.

Marco Aurelio ´levantó los puños y dijo con ira:

–           Desea alejar de sí las sospechas. Si no supiera lo que ha sucedido, habría ido a buscar a Alexandra a mi casa.

–           Dejó escritas unas palabras en una tablilla. Por ellas te darás cuenta que sabía que Alexandra había sido sacada de su casa por el César, a petición tuya y de Petronio. El esperaba que te la enviaran y esta mañana estuvo en tu casa, donde le participaron lo ocurrido.

Y le mostró a Marco Aurelio la tablilla que le dejara el general.

El tribuno leyó y guardó silencio. Actea adivinó los pensamientos que se ocultaban bajo su tétrico semblante y le dijo:

–           No, Marco Aurelio. Lo sucedido se ha verificado por voluntad de la misma Alexandra.

Marco Aurelio exclamó atónito:

–           ¡Entonces tú sabías que se proponía huir!

Actea le contestó un tanto severa y pausando las palabras:

–           Yo sabía que ella no sería nunca tu concubina.

–           ¿Y tú? ¿Qué fuiste tú durante toda tu vida?

Actea respiró profundo y contestó con serenidad:

–           Yo… Fui ante todo, una esclava.

Pero no por esto se calmó la cólera de Marco Aurelio. El César le había dado a Alexandra. La buscaría, la encontraría y dispondría de ella a su antojo. ¡Así lo haría en verdad! Ella sería su concubina. Se fue exaltando más y más.

Y Actea comprendió que eran su dolor y su ira las que en realidad hablaban. Pudo haber sentido compasión hacia él; pero le agotaron la paciencia los arranques del joven y le preguntó:

–           ¿A qué debo el honor de tu visita?

Marco Aurelio contestó:

–           Pensé que tú me podrías dar algunas respuestas. Alexandra al emprender la fuga se está oponiendo a la voluntad del César y voy a solicitar una orden para buscarla por todo el imperio, si es necesario. Petronio apoyará esta petición y el registro comenzará hoy mismo. Así tenga que hacer uso de todas las legiones, la encontraré dondequiera que se haya ocultado.

Actea le advirtió:

–           Ten cuidado. No vaya a suceder que la pierdas para siempre, por disposición del César, desde el momento en que la encuentres.

Marco Aurelio frunció el ceño:

–           ¿Qué quieres decir?

–           Escúchame Marco. Ayer Alexandra y yo estábamos en los jardines de Palacio. Allí encontramos a Popea con la Infanta Augusta que era conducida por una africana. Por la tarde se enfermó la niña y Coralia la nutriz sostiene que ha sido víctima de un hechizo y que la mujer extranjera con la que Popea habló, fue la causante del maleficio. Si la niña mejora, esto quedará olvidado. Pero en caso contrario, Popea será la primera en acusar a Alexandra de hechicería. Y dondequiera que la encuentre, no habrá salvación para ella.

Después de un momento de silencio en el cual Marco Aurelio asimila lo que Actea le ha dicho, exclamó:

–           Pero quién sabe si sea verdad que ha hechizado a la niña ¡Si me ha hechizado a mí!

–           Coralia repite que la niña empezó a llorar desde el momento que pasó frente a nosotras. Y realmente eso es lo que sucedió. Lo cierto es que ya estaba enferma cuando la sacaron a los jardines. Marco, puedes buscar a Alexandra donde y cuando te plazca. Pero hasta que no haya recuperado la salud la Infanta Augusta no hables de tu amada al César, si no quieres atraer sobre ella la venganza de Popea. Alexandra ha derramado bastantes lágrimas por causa tuya. Quiera Dios conservar su pobre cabeza, pues su vida pende de un hilo.

–           Tú la amas Actea. ¿Verdad? –preguntó Marco Aurelio con acento melancólico.

–           Sí. La amo. Es una criatura fácil de amar. –contestó Actea.

Y las lágrimas asomaron a sus ojos.

–           A ti no te ha correspondido con odio, como a mí.-dijo Marco Aurelio suspirando.

Actea lo miró con duda, antes de exclamar:

–           ¡Hombre necio, apasionado y ciego!…  ¡Ella te amaba!

Marco Aurelio dio un salto.

–           ¡No es cierto! –gritó con dolor- ¡Ella me aborrece!… ¿Por qué dices eso? ¿Acaso ella te confesó sus sentimientos con tan solo un día de conocerla? Y además ¿Qué clase de amor es ese qué prefiere la vida errante, los infortunios, la pobreza, la incertidumbre del mañana y hasta una muerte ignominiosa quizá… a todo lo que yo le ofrecí?…

Y continuó con un borbotón de frases apasionadas que reflejan toda impotencia de sus más caros e íntimos deseos:

Toda su persona la anhelaba. La esperaba con una casa engalanada para recibirla, él que deseaba servirla y la adora como a una diosa. Él, que estaba dispuesto a ser su esclavo si era preciso. Él, que era un amante apasionado que la esperaba con una fiesta… Mejor para él no darle crédito a lo que dice, porque está a punto de enloquecer. No habría cambiado a esa joven por todos los tesoros del César y ella había huido de él.

¿Qué clase de amor es ése que tiene al alcance la felicidad y busca el dolor? ¿Quién podría comprenderlo? Si no fuera por la esperanza que aún abriga de poder encontrarla, ya se habría arrojado sobre su espada.

Y concluye desesperado:

–          El amor rinde, no hace huir. Es verdad que en la casa de Publio hubo momentos prometedores de una felicidad increíblemente cercana; pero ahora estoy convencido de que ella me odiaba entonces, me odia ahora y morirá con el corazón impregnado de odio hacia mí.

Actea, que normalmente es apacible y tímida; al escucharlo exclamó con gran indignación:

–           ¡Cómo te atreves a hablar así! ¿Cómo trataste de conquistar a Alexandra? En vez de inclinarte ante Publio y Fabiola para obtenerla de su mano y convertirla en tu esposa; la arrancaste de sus padres adoptivos, valiéndote de la estratagema de un rufián. Tú no deseaste una esposa, sino una concubina. La humillaste. A la hija adoptiva de una casa honrada.

A la hija de un rey; la trajiste a esta morada de crimen y de infamia. Todavía más: La profanaste haciendo pasar ante sus ojos inocentes, el espectáculo de una fiesta vergonzosa. Y te comportaste con ella, como si fuese una libertina. ¿Acaso olvidaste cómo era la casa de Publio y de Fabiola? ¿No sabías cómo la educaron?…

¿No tienes el suficiente criterio para comprender que hay mujeres distintas a Lucrecia, a Leticia y a Julia Mesalina; a Popea y a todas las demás que acostumbran asistir a las orgías de este palacio? ¿Acaso no te percataste con solo mirarla, de que Alexandra es una pudorosa doncella, que prefiere la muerte a la deshonra? ¿Cómo sabes qué clase de Dios adora ella y si no es más puro y mejor que los que adoran las depravadas mujeres de Roma? ¡NO! ¡Ella no me hizo ninguna confesión de amor actual! Pero sí me dijo que era a ti a quién pensaba recurrir en busca de auxilio y que esperaba de ti que le obtuvieras el permiso para regresar a la casa de Publio.

Y Alexandra al expresarlo, se ruborizó como una virgen que ama y  confía. En el corazón de ella, había latidos consagrados a ti. Pero tú en cambio, la aterrorizaste y la ofendiste. ¡La indignaste tanto!… Bien puedes buscarla ahora, con la ayuda de los soldados del César, pero debes saber que si llega a morir la hija de Popea, las sospechas recaerán sobre Alexandra, cuya destrucción es inevitable.

Marco Aurelio miró asombrado a Actea.

La siempre dulce y apacible Actea le ha hablado con imperial enojo, le ha soltado todas sus verdades y parece una emperatriz más temible que la misma Popea.

La emoción de saberse amado por Alexandra le cayó como un rayo, en medio de su rabia y su dolor. ¡Amado por Alexandra! Saber esto le conmovió todas las fibras de su ser. La recordó con su rostro ruborizado y sus ojos radiantes. Y le pareció que fue cuando ella empezó a amarlo. Y esa sola idea fue como una fresca brisa que le invadió de felicidad. De una felicidad mayor de la que nunca había experimentado y ansiado, hasta ese momento. Pensó que la habría podido conquistar gradualmente, sabiendo que su amor era correspondido. Ella hubiera sido su esposa y hubiera sido suya para siempre. ¿Por qué no lo había hecho así? Al principio lo había pensado y estaba dispuesto a hacerlo…

Pero ella había huido y acaso fuera imposible encontrarla. Y si lo hace, con ello causará su muerte. Y ahora, ni ella, ni Publio, ni Fabiola, le brindarán una acogida favorable…

Entonces su cólera se volvió contra Petronio. Él era el culpable de todo. De no haber sido por él y por haber escuchado sus consejos, Alexandra no se hubiera visto obligada a la fuga. Ella ya hubiera sido su esposa y ningún peligro amenazaría su vida. Pero ahora ya es demasiado tarde y ya nada tiene remedio. Es demasiado tarde…

–           ¡Demasiado tarde! –repitió en voz alta. Y al decir esto sintió que un abismo se abrió a sus pies.

Actea, como un eco repitió:

–           ¡Demasiado tarde!

Y esta frase le sonó a Marco Aurelio como una sentencia de muerte. 

En eso entró en el atrium Fabiola.

Y Marco Aurelio se encontró frente a frente, con su rostro triste. Había venido para tener noticias de Alexandra. Al verlo, palideció y le dijo serena:

–           ¡Qué Dios te perdone Marco Aurelio, el daño que nos has hecho a nosotros y a Alexandra! Y que te lleve a la Luz.

Él se mantuvo de pie con la cabeza inclinada, abrumado por un sentimiento de culpa y de infortunio. Se envolvió en su toga y salió de allí totalmente desconcertado y confundido. Avanzó por las inmensas galerías sumido en tormentosos pensamientos.

Ya no sabe cómo proceder. Por dónde empezar. Qué procedimiento seguir para remediar un mal que no tiene remedio. ¿Adónde acogerse? Una sola idea está fija en su mente: “O busca y encuentra a Alexandra. O algo funesto va a sucederle a él.” Sin comprender todavía lo que Dios debe o puede perdonarle. A su juicio, Fabiola no tiene razón para hablar de perdón. Debía clamar por venganza.

En el patio, en la galería; se ve una multitud de patricios y senadores pidiendo informes acerca de la salud de la infanta, para mostrarse en el Palatino y dar testimonio de su solicitud. Algunos notaron que viene del interior del palacio y le preguntan por la ‘divinidad’. Pero él apresura el paso sin contestar a nadie.

Hasta que Petronio, que viene con el mismo propósito, casi se estrelló con el pecho de Marco Aurelio al detenerlo.

A Petronio le salvó el que el joven viniese tan trastornado al separarse de Actea. Se siente tan deprimido y exhausto que hasta su ira se esfumó. Empujó a Petronio a un lado e intentó seguir su camino.

Pero el dramaturgo lo detuvo casi por la fuerza y preguntó:

–           ¿Cómo está la divina Infanta?

Marco Aurelio se irritó violentamente y contestó muy indignado:

–           ¡Qué los hados se la traguen a ella y a toda esta casa!

–          ¡Silencio, desgraciado! –exclamó Petronio mirando asustado a su alrededor y deseando que nadie hubiese oído. Y tomándolo del brazo para alejarlo, agregó precipitadamente: -Si quieres saber de Alexandra, ven conmigo. Aquí no te diré nada.

Le pasó el brazo por la espalda del joven tribuno. Le llevó afuera del palacio lo más rápido que pudo. En realidad no tenía noticias que darle. Pero a pesar de su disgusto, ama a su sobrino y se siente responsable por todo lo que ha  ocurrido.

Cuando entraron a la litera le dijo:

–           He ordenado a mis esclavos que vigilen todas las puertas de la ciudad. Si Publio y Fabiola intentan ocultarla, también he tomado mis providencias y pronto sabremos en donde está. Y empezaremos a buscarla hoy mismo por toda Roma.

Marco Aurelio le dijo muy deprimido:

–           Publio no sabe en dónde está.

–           ¿Cómo lo sabes?

–           He visto a Fabiola. Ella también la busca.

Petronio exhaló profundamente y contestó:

–          Ha sido una suerte para ti que el César no te la quitara. Estoy al tanto de todos los secretos del palacio.

Pero Marco Aurelio soltó un torrente de quejas, más doloridas que enconadas. Y con su voz quebrantada le refirió a Petronio su conversación con Actea, notificándole los nuevos peligros que amenazan a Alexandra. Peligros tan terribles que va a ser necesario ocultarla a todas las pesquisas de Popea, en el caso de que la encuentren. Él ya no puede vivir sin ella. Luego hizo a Petronio amargos reproches por los consejos que le había dado. De no ser por él, todo sería muy diferente. A medida que le fue relatando, ya no pudo contenerse y lloró amargamente de dolor y de cólera.

Petronio está atónito. Él jamás hubiera imaginado que Marco Aurelio estuviera enamorado hasta ese grado de desesperación. Y ve las lágrimas del valiente soldado con admiración y cierta envidia.

Cuando llegaron a la casa, el mayordomo les dijo que los esclavos enviados a las puertas no habían regresado y se les había enviado alimentos para que permanezcan vigilantes.

Petronio se volvió hacia su sobrino:

–           ¿Ya lo ves? Están en Roma. Los encontraremos. Pero es necesario que órdenes a tu gente, que también ellos vigilen. Envía los mismos esclavos que fueron a buscarla antes, porque la reconocerán más fácilmente.

Marco Aurelio suspira con desaliento, pero contesta:

–           Revocaré las órdenes que di, de enviarlos a las prisiones rurales y los enviaré a las puertas.

Escribió sobre una tablilla y Petronio la envió al punto, a la casa de Marco Aurelio. Luego pasaron al pórtico interior, se sentaron en una banca y empezaron a conversar. Aurora, la de los cabellos dorados; les escanció sendas copas de vino de unas jarras que son unas primorosas obras de arte.

Petronio preguntó:

–           ¿Hay entre tus siervos alguno que conozca a ese gigantesco parto?

Marco Aurelio contestó:

–          Secundino y Lucio lo conocían. Pero Secundino cayó al pie de la litera y a Lucio lo maté yo.

–           Lo siento. Lucio como a ti, también me llevó a mí en los brazos.

–          Pensaba manumitirlo… Pero ya no hablemos de él. Mejor dime como hallaremos a Alexandra. Roma es…

–           Por supuesto que no será fácil y tal vez tardemos un poco. Pero lo seguro es que la encontraremos. Tú acabas de acusarme de haberte aconsejado el procedimiento. Pero éste en sí era bueno. Solo fue malo cuando se arruinó. Tú oíste decir al mismo Publio que pensaba retirarse a Sicilia con todos los suyos. Y en ese caso la joven también estaría lejos de ti.

–           Yo los habría seguido y ella estaría fuera de peligro. Pero ahora, si esa niña muere, Popea creerá que ha sido culpa de Alexandra.

–           Cierto. Y eso me alarma a mí también. –Petronio reflexionó unos momentos y agregó- se dice que Popea sigue la religión de los judíos y cree en espíritus malignos. El César es supersticioso. Si hacemos correr el rumor de que los espíritus arrebataron a Alexandra, esa noticia será creída. Especialmente porque ni César, ni Publio la han interceptado. Su fuga ha sido realmente misteriosa. Ese parto no pudo haberla efectuado solo y ¿Cómo puede un esclavo reunir tantos cooperadores en un solo día?

–           Los esclavos se auxilian mutuamente en Roma.

–           Sí, pero algunos pagan eso con la vida. Es verdad que se ayudan recíprocamente, pero no unos contra otros. Y en este caso sabían que la responsabilidad y el castigo caerían sobre los suyos. Por eso es muy improbable que haya sucedido así.

Después de reflexionar un momento, Marco Aurelio preguntó:

–           Bernabé no pudo hacerlo solo. Entonces ¿Quién lo ayudó?

Petronio contestó:

–           Sus correligionarios.

–           ¿Quiénes son?

–           ¿Cuál es la deidad que ella adora?

–           No lo sé.

–           Habrá que averiguarlo…  

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA