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9.- PASCUA SUPLEMENTARIA


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La orden de Jesús esta vez ha sido ejecutada al pie de la letra, de tal manera que Bethania rebosa de personas. Los prados, los senderos, los huertos y los olivares de Lázaro están llenos de discípulos.

Y no siendo éstos suficientes para contener a tanta gente que además no quieren dañar los bienes del amigo de Jesús, muchos se han diseminado por entre los olivares que conducen de Betania a Jerusalén por los caminos del Monte de los Olivos.

Los apóstoles entran en la casa de Simón o salen de ella, moviéndose entre las personas para mantenerlas en calma o responder a sus preguntas.

Los ayudan en esto Lázaro y Maximino. Tras las ventanas del piso de arriba de la casa de Simón se ven aparecer y desaparecer todas las caras de las discípulas: cabelleras grises u oscuras, entre las que resaltan las cabezas rubias de María de Lázaro y de Áurea. De vez en cuando, una se asoma a mirar y luego se retira. Están todas. Jóvenes y ancianas. Incluso las que nunca habían venido, como Sara de Afeq.

En la terraza juegan los niños que Sara recogió, los nietos de Ana de Merón, María y Matías, el niño Shalem, (el niño deforme que era nieto de Nahúm y que ahora vive feliz y sano) , el niño ciego de Sidón al que Jesús le regaló dos ojos idénticos a los suyos. Y otros más: una bandada de pajarillos felices, vigilados por Marziam y por otros discípulos jovencitos, como el pastorcito de Enón y Yaia de Pela.

En medio de un hermosísimo crepúsculo, el sol va desapareciendo.

ANOCHECER

Pedro habla con Lázaro y sus compañeros apóstoles:

–           Yo digo que convendrá despedir a la gente. ¿Qué pensáis vosotros? Hoy tampoco va a venir. Y muchos de éstos tienen que celebrar esta noche 1a pequeña Pascua.

Lázaro contesta:

–           Sí. Conviene despedirlos. Quizás el Señor ha considerado conveniente no venir hoy. En Jerusalén se han reunido todos los del Templo. No sé cómo les ha llegado la voz de que Él venía y…

Tadeo dice con vehemencia:

–           ¡Bueno, y aun así… ¡¿Qué pueden hacerle ya?!

Lázaro explica:

–           Olvidas que ellos son ellos. Y con esto te he dicho todo. Aunque a Él no le puedan hacer nada malo, a estos que han venido a adorarlo sí que pueden hacerles mucho daño. Y el Señor no quiere perjudicar a sus fieles. Además, ¿Tú crees que ellos, cegados como están por su pecado… Y por la persistente idea de que el Señor no resucitó, porque no murió!

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¡Vosotros no sabéis qué espesura agreste de pensamientos, qué enredo, qué borrasca de suposiciones hay en ellos! Ellos se lo han procurado a sí mismos por no confesar la verdad… Verdaderamente se puede decir que los cómplices de ayer hoy están separados por la misma causa que antes los unía. Y a algunos ya les han seducido sus ideas. ¿No veis que algunos ya no están entre los discípulos?…

Bartolomé exclama:

–           ¡Déjalos que se marchen! Otros mejores han venido. Está claro que dentro del número de los que se han marchado, hay que buscar a los que han dicho al Sanedrín que el Señor estaría aquí el decimocuarto día del segundo mes. Y después de la delación no tienen el coraje de venir. ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Basta! ¡Basta ya de traidores!

Zelote contesta:

–           ¡Siempre los tendremos, amigo! ¡El hombre…! Demasiado fácilmente cede ante las impresiones y las presiones. Pero no debemos tener miedo. El Señor ha dicho que no debemos temer.

Pedro agrega:

–           Pues no tememos. Hace pocos días, todavía teníamos miedo. ¿Os acordáis? Yo por mi parte, cuando pensaba en el regreso aquí, sentía miedo. Ahora me parece que ya no tengo ese temor. Pero no me fío demasiado de mí. Y vosotros tampoco os fiéis demasiado de vuestro Cefas, porque ya una vez he demostrado que soy arcilla que se deshace, en vez de granito compacto. Bueno, pues vamos a despedir a éstos. Hazlo, Lázaro.

Lázaro pasa benévolamente un brazo por los hombros de Pedro y llevándolo hacia la escalera, subiendo hacia la terraza que circunda la casa de Simón…

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Lázaro dice:

–          No, Simón Pedro. Hazlo tú. Eres el jefe…

Cuando Pedro hace ademán de hablar, la gente que está cerca calla y los que están más lejos se acercan. Pedro espera a que la mayoría esté allí en torno.

Luego Pedro dice:

–          Hombres venidos de todos los lugares de Israel, escuchad. Os exhorto a que volváis a la ciudad. El sol ha empezado a descender. Marchaos, pues. Si Él viene, os lo comunicaremos cueste lo que cueste. Que Dios esté con vosotros.

Se retira. Entra en una habitación vasta y luminosa donde están congregadas en torno a la Virgen todas las discípulas más fieles, así como las otras mujeres que querían al Señor como Maestro, a pesar de no haberle seguido nunca en sus desplazamientos.

Pedro va a un rincón, a sentarse y mira a María, que le sonríe.

La gente, afuera, lentamente se separa en dos partes: la de los que se quedan y la de los que vuelven a la ciudad.

Voces de personas mayores que llaman a niños, vocecitas de niños que responden. Luego el murmullo desciende de tono.

Pedro dice:

–           Y ahora nos marchamos también nosotros…

Marziam objeta:

–           ¡Padre, pero el Señor dijo que estaría aquí!..

–           Ya lo sé. Pero, como ves, no ha venido. Y es el día prescrito…

Magdalena dice:

–           Sí. Y mi hermano ha preparado todo para vosotros. Y aquí llega Marcos de Jonás, que viene para guiaros y abriros el cancel. Pero también voy yo. Todos vamos. Lázaro ha preparado para todos.

–           ¿Y dónde va a ser la cena para tanta gente?

–           El mismo Getsemaní hará de Cenáculo. Dentro de la casa, la habitación para los que Jesús ha dicho. Afuera junto a la casa, las mesas de los otros: así lo ha querido.

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–           ¿Quién? ¿Lázaro?

–           El Señor.

–           ¿El Señor? ¿Pero cuándo ha venido?

Bartolomé dice:

–           Ha venido… ¿Qué más te da el día? Ha venido y ha hablado con Lázaro.

–           Yo creo que Él viene, es más: que ha venido, a visitar a cada uno de nosotros, aunque no todos lo digan, porque guardan esa alegría como su más preciada perla, que hasta temen mostrarla porque tienen miedo de que pierda su esplendor más hermoso. ¡Los secretos del Rey! – y mira al grupito de las discípulas vírgenes, que se ponen como la púrpura, como si en sus caras se reflejaran los rayos del sol poniente; pero lo que las enciende es una llama espiritual de intensa alegría.

María, la Virgen de las vírgenes, que viste túnica de blanco lino, una azucena vestida de candor, agacha la cabeza sonriendo sin hablar. ¿Cómo se parece en este momento a la Virgencita de la Anunciación!

VIRGEN Y MADRE

Mateo confiesa:

–          Está claro que solos no nos deja, aunque no aparezca visiblemente. Según mi opinión, es Él el que pone en mi pobre corazón y en mi mente aún más pobre, ciertos pensamientos…

Los otros no hablan… Se miran, mientras se ponen los mantos observándose recíprocamente.

Pero el cuidado mismo con que algunos se tapan lo más posible la cara para ocultar la onda de alegría espiritual que emerge al pensar en los divinos, secretos encuentros pone en claro que pertenecen al grupo de los más privilegiados.

Los demás dicen:

–          ¡Decidlo, ¡¿No?! ¡No es que estemos celosos! Ni queremos saber indiscretamente. ¡Pero sí será un consuelo para nosotros la esperanza de no estar para siempre privados de verlo! Recordad las palabras de Rafael a Tobías: “Bueno es mantener oculto el secreto del rey, pero también es honorífico revelar y publicar las obras de Dios”(Tobías 12, 7). ¡Tiene razón el ángel de Dios! Mantened el secreto de las palabras que Él os haya dicho, pero revelad su continuo amor a nosotros.

Santiago de Alfeo mira a María, como para recibir una luz y al ver la sonrisa de Ella que asiente…

Santiago de Alfeo dice:

–          Es verdad. He visto al Señor.

No dice más. Y es el único que lo dice. Los otros dos Juan y Pedro, no dicen nada.

Salen todos en grupos: delante, los once; luego, en torno a María, Lázaro con sus hermanas y las discípulas; luego los pastores y muchos de los setenta y dos discípulos.

Se encaminan hacia Jerusalén por el camino que lleva al Monte de los Olivos. Los niños que quedaban van y vienen, corriendo felices.

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Marcos muestra un caminito que sortea el Campo de los Galileos y las zonas más transitadas y que lleva directamente a la cerca nueva del Huerto de los Olivos. Abre. Los invita a pasar. Cierra.

Muchos discípulos se intercambian palabras en tono bajo y alguno de ellos va a preguntar algo a los apóstoles, especialmente a Juan.

Pero hacen gestos que significan que esperen, que no es el momento de hacer lo que piden y todos se tranquilizan.

¡Cuánta paz en este vasto olivar, al que los últimos rayos del sol besan en las altas copas! Un suave viento entre las frondas verde-plateadas  y un alegre cantar de pájarillos despidiéndose del día que muere.

Ahí está la pequeña casa del guardián. En la terraza que le sirve de techo, Lázaro ha mandado levantar un pabellón y una cobertura de toldos, de forma que aquélla se ha transformado en un ventilado cenáculo para los discípulos que un mes antes no habían podido celebrar la Pascua.

Abajo, dispuestas en la pequeña y bien limpia explanada, otras mesas. Dentro de la casa, en la habitación más grande, la mesa de las discípulas.

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Se llevan a las distintas mesas de los que no han celebrado la Pascua los corderos asados, las verduras, los ázimos y la salsa rojiza y se pone en las mesas el cáliz del rito.

Pero en la de las mujeres no está este cáliz, sino que hay tantas copas cuantas son las comensales. Se deduce que de esta parte de la ceremonia estaban eximidas las mujeres.

Y, en las mesas de los que han celebrado ya la Pascua en su debido momento, está el cordero, pero faltan los ázimos y las verduras con la salsa rojiza.

Lázaro y Maximino dirigen todo. Y Lázaro se inclina hacia Pedro para decirle algo, algo que le hace al apóstol menear bruscamente la cabeza negando con obstinación.

El apóstol que está a su lado…

Felipe confirma:

–          Pues… es función tuya.

Pero Pedro, señalando a Santiago de Alfeo, dice:

–          Éste debe hacerlo.

Mientras debaten esto, el Señor aparece donde empieza la explanada.

Y saluda:

–          Paz a vosotros.

JESUS RESUCITADO

Todos se ponen en pie. El ruido advierte a las discípulas de lo que está sucediendo. Están para salir, pero ya Jesús entra en la casa y las saluda a ellas también.

María dice:

–           « ¡Hijo mío!» y lo adora más profundamente que todos los demás.

Enseñando con ese gesto que por muy amigo que pueda ser Jesús, amigo y pariente hasta el punto de ser incluso hijo…

Él sigue siendo Dios y como a Dios se le ha de adorar.

Adorarlo siempre, con espíritu adorador, aunque su amor por nosotros sea tan pleno, que lo lleve a darse, como Hermano y Esposo nuestro, con toda familiaridad.

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Jesús saluda:

–          La paz a ti, Madre. Sentaos, comed. Yo subo arriba, donde Marziam espera su premio.

Sale otra vez, para subir por la pequeña escalera y…

Jesús llama con fuerte voz:

–          Simón Pedro y Santiago de Alfeo, venid.

Los dos nombrados suben detrás de Él.

Jesús se sienta ante la mesa del centro, donde está Marziam y dice a los dos apóstoles:

–           Haréis lo que os diga – Y a Matías, que está sentado en la presidencia de la mesa.-  Empieza el banquete pascual.

Jesús esta noche tiene a Marziam a su lado, en el lugar donde estaba Juan la otra vez.

Pedro y Santiago están detrás del Señor, esperando sus órdenes.

Y con el mismo ritual de la Cena pascual se desarrolla ésta: los himnos, las preguntas y el beber de los sucesivos cálices.

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Jesús  que ahora está ofreciendo los mejores trozos de su cordero a Marziam, que está tan dichoso, que parece extasiado.

Jesús, al principio, había hecho a Pedro una señal de que se inclinara para escucharlo y…

Pedro, después de escucharlo, ha dicho con fuerte voz:

–           En este momento el Señor, siendo Padre y Cabeza de su Familia, ofreció por todos nosotros el cáliz.

Ahora hace una nueva señal a Pedro, el cual de nuevo lo escucha y de nuevo se levanta para decir:

–           Y en este momento el Señor se ciñó para purificarnos y enseñarnos lo que habíamos de hacer nosotros mismos para celebrar dignamente el Sacrificio Eucarístico.

La cena continúa.

Y Pedro, tras una nueva señal, dice:

–           En este momento el Señor tomó el pan y el vino, lo ofreció y, orando, los bendijo y, hechas las partes nos las distribuyó a nosotros diciendo: “Esto es mi Cuerpo y ésta es mi Sangre del nuevo Testamento eterno, que por vosotros y por muchos será derramada para el perdón de los pecados”.

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Jesús se pone en pie. Está majestuosísimo.

Ordena a Pedro y a Santiago que tomen un pan y que lo partan en pequeños trozos y que llenen de vino una copa, la más grande que haya en las mesas.

Ellos obedecen y sostienen delante de Él el pan y el vino.

Jesús entonces extiende sobre el pan y el vino sus manos, orando sin gesto alguno aparte de la mirada arrobada…

Y dice:

–           Distribuid las partes del pan y pasad el cáliz fraterno. Todas las veces que así lo hagáis, lo haréis en memoria mía.

Los dos apóstoles obedecen, llenos de veneración…

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Jesús, mientras se verifica la distribución de las Especies, baja donde las mujeres. Y da la Comunión a su Madre con sus propias manos.

Luego vuelve a la terraza. Ya no se sienta. La cena toca a su fin.

Él dice:

–           ¿Todo está consumado?

Pedro contesta:

–           Todo está consumado, Señor.

–           Así hice Yo en la Cruz. Levantaos y oremos.

Extiende sus brazos como si estuviera en la cruz y entona la oración del Padrenuestro.

Jesus Resucitado

Todos lloran, con una emoción profunda.

–           Marchaos. Y que la Gracia del Señor esté en todos vosotros y su paz os acompañe – dice Jesús despidiéndolos.

Y desaparece en medio de un resplandor de luz, que supera con mucho al claror de la Luna llena, alta sobre el Huerto silente y de las lámparas que están sobre las mesas.

No se oye ni una voz. Lágrimas en los rostros, adoración en los corazones… Nada más…

La noche vela y conoce junto con los ángeles los latidos de estos benditos.

Noche

 

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA

 

193.- PAZ EN LA GUERRA


1medianoche

Todos duermen. La luz de la luna que poco a poco avanza, baña los árboles y las pendientes del Monte de los Olivos, así como la ciudad que duerme y las tiendas de los Galileos.

De una de ellas, sale Jesús sin hacer ruido y desciende veloz por los escabrosos senderos que llevan a Getsemaní. El Cedrón parece una cinta plateada, Jesús pasa sobre un puentecillo que lo cruza y llega hasta la Puerta Estercolaría o de la Basura, que está cerca del Valle de Inón y es custodiada por los legionarios.

1jluna

 Cuatro soldados están sentados sobre grandes piedras y hablan entre sí. Se calientan al calor de la hoguera que ilumina sus corazas y sus yelmos. Uno de ellos descubre la alta figura de Jesús y toma su lanza que tenía apoyada contra el muro.

Toma su actitud militar y grita:

–                       ¿Quién va?  -Y sin dar tiempo a que responda  Jesús agrega- No se puede entrar. ¿No sabes que está por acabarse la segunda vigilia?

Jesús contesta:

–                       Soy Jesús de Nazareth. Mi Madre está en la ciudad y voy a verla.

El legionario se admira:

–                       ¡Oh! ¡El hombre que resucitó al muerto de Bethania!…  ¡Por Júpiter! ¡Hasta que por fin lo veo!

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Se le acerca. Da vueltas a su alrededor como para asegurarse de que es algo real, de que es un hombre como todos.

Y prorrumpe:

–                       ¡O, dioses! ¡Es hermoso como Apolo, pero en lo demás es como nosotros! ¡No trae bastón, ni birrete, ni cosa alguna que demuestre su poder! –y se queda perplejo.

Jesús le mira dulcemente.

Se acerca parte de la decuria que está de guardia y…

1legionarios

Los otros dicen:

–                       Ojala hubiera estado aquí a la mitad de la primera vigilia, cuando llevaron al sepulcro a la hermosa muchacha que murió esta mañana. ¡La habríamos visto resucitar!…

Jesús repite suavemente:

–                       ¿Puedo ir a ver a mi Madre?

Los cuatro soldados parecen volver en sí.

El de mayor edad responde:

–                       En verdad que la orden es de que no puedes pasar, pero de todos modos lo harías… Quien obliga a que se abran las puertas del Hades, puede abrir las puertas de una ciudad cerrada.

1hades

Tú no eres un hombre que provoque sediciones, por lo tanto, no podemos prohibirte el paso. Solo procura que no te sorprendan las rondas.  –Se vuelve hacia el soldado de la puerta-  Marco Grato abre.

Y agrega diciendo a Jesús:

–     Pasa sin hacer ruido. Somos soldados y debemos obedecer.

–                       No te preocupes. Vuestro bello gesto no recibirá ningún castigo.

El legionario abre cuidadosamente la puertecilla que hay en el gigantesco portón y dice:

–                       Pasa pronto. Dentro de poco termina el turno y nos relevarán otros.

–                       La paz sea con vosotros.

–                       Somos hombres de guerra.

–                       También en la guerra permanece la paz que Yo doy, porque es paz del alma.

Jesús se adentra en la oscuridad del arco abierto a través del muro. Sin hacer ruido pasa ante el cuerpo de guardia y se adentra en la ciudad. Los soldados lo ven alejarse…

El más joven dice:

–                       No se le ve más… ¿Qué habrá querido decir con esas palabras? Me hubiera gustado saberlo…

–                       Se lo hubieras preguntado. No nos desprecia. Es el único hebreo que no nos hace el feo.

–                       No me atreví. Soy un campesino de Benevento. Y ¿Cómo iba a hablar con uno que dicen que es Dios?

–                       ¡Un Dios montado en un asno! Me imagino que ni siquiera bebe el mulsium. ¿No ves que pálido está?

1dramos

–                       Y con todo, los hebreos…

–                       Esos sí que beben aunque finjan no hacerlo. Se embriagaron con los vinos de estas tierras. Y con su cerveza han visto a su Dios dentro de un hombre. Créemelo. Los dioses son un cuento. En el Olimpo no hay nadie y la tierra no los conoce.

–                       ¡Si te oyesen!…

–                       ¿Eres tan niño para ser tan inocente? ¿No sabes que el mismo César no cree en los dioses; como tampoco creen los pontífices, los augures, los arúspices, los arvalos y las vestales?

–                       Y entonces ¿Por qué?

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–                       ¿Por qué las ceremonias? Porque le gustan al pueblo. Se sirven de ellas los sacerdotes y el César para que se le obedezca como a un dios terrenal. Tengo mucha experiencia, mis cabellos se van haciendo blancos y mi inteligencia es cada vez más madura. El sentido y la razón, no son suficientes para convencernos de poder conocer la verdad. Y la vida y la muerte tienen el mismo valor porque no sabemos qué cosa sea el vivir; así como ignoramos qué es morir.  –dice con afectación filosófica.

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El otro lo mira sin saber que responder. Piensa…

Luego dice:

–                       Por mi parte creo. Me gustaría saber… Saber de aquel Hombre que acaba de pasar. Él ciertamente sabe la Verdad. Algo extraordinario mana de Él. Algo así como una luz que te penetra…

–                       ¡Qué Esculapio te salve! ¡Estás enfermo! Se comprende. Viniste con la legión de Longinos…  Acabas de llegar y estás delirando… Ven. No hay más que vino caliente y aromas para quitar con el sudor, el veneno de la fiebre Jordánica…

Pero el otro protesta:

–                       No estoy enfermo. No quiero vino caliente y drogado. Quiero seguir vigilando y esperar a ese hombre que se llama Jesús.

–                       Si esperar no te disgusta… Como quieras. Voy a despertar a aquellos para el relevo. Nos vemos luego…

Haciendo ruido entra donde está el cuerpo de guardia y despierta a sus compañeros diciendo:

–                     Ya es hora. Arriba flojos. Despertad… Estoy cansado.  –da un fuerte bostezo y maldice porque dejaron apagar el fuego y se han bebido todo el vino caliente: ‘Tan necesario para secarse del rocío palestinense…’

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El joven legionario, apoyado sobre la muralla que la luna baña con sus luces, espera a que Jesús regrese. Las estrellas le hacen compañía…

Mientras tanto, Jesús ha llegado a la casa que Lázaro tiene en la colina de Sión y llama a la puerta.

Leví sale a abrirle.

–                       Maestro, ¿Tú? ¿Cómo pasaste?

Jesús contesta:

–                       Soy Jesús de Nazareth. Los legionarios me permitieron pasar. Pero no lo digas a otros, Leví.

–                       No lo diré. ¡Son mejores que muchos de nosotros!

–                       Llévame a donde está mi Madre y no despiertes a nadie más.

–                       Como órdenes, Señor. Lázaro nos ha ordenado obedecerte en todo, sin discusión, ni tardanza. Nos lo mandó decir por medio de un siervo a todas las casas suyas. Obedecer y callar. Lo haremos. Nos devolviste a nuestro dueño…

El mayordomo se adelanta por los largos corredores que son como galerías, en el hermoso palacio que Lázaro tiene en la colina de Sión.

La luz de la lámpara que lleva en las manos, dibuja espectrales figuras sobre todo lo que alumbra.

El hombre se detiene ante una puerta cerrada y dice:

–                       Aquí está tu Madre.

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Jesús contesta:

–                       Puedes irte.

–                       ¿No quieres la luz? Yo puedo regresar a oscuras. Conozco bien esta casa. Nací aquí.

–                       Déjala. No quites las llaves de la puerta. Salgo pronto.

–                       Sabes dónde estoy.  Cerraré por precaución; pero te abriré en cuanto te oiga llegar.

Jesús se queda. Llama suavemente. Tan suave, que solo que quién está despierto puede oír.

Adentro se oye el ruido de una silla que es apartada a un lado y se escuchan los pasos suaves.

Una voz femenina pregunta:

–                       ¿Quién es?

Jesús contesta:

–                       Yo, Mamá. Ábreme.

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Al punto se abre la puerta. La luz de la luna ilumina la habitación y el lecho en el que todavía nadie se ha acostado. Hay una silla junto a la ventana abierta…

–                       ¿Aún no te duermes? ¡Ya es tarde!

–                       Estaba orando… Ven Hijo mío. Siéntate aquí.  –y señala la silla.

–                       No puedo quedarme. Vine para que fuéramos a la casa de Elisa en el barrio de Ofel. Analía ha muerto. ¿No lo sabías?

–                       No. ¿Cuándo sucedió?

–                       Después de que pasé.

–                       ¡Después de que pasaste! Fuiste para ella el Ángel Liberador. ¡Para ella la tierra era una prisión! ¡Dichosa! ¡Quisiera estar en su lugar! Murió…

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–                       Murió por el gozo de amor. Lo supe cuando estaba cerca del Templo. Ven conmigo, Mamá. No tenemos miedo de profanarnos al consolar a una madre que tuvo entre sus brazos a su hija muerta, por una alegría sobrenatural…

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Nuestra primera discípula virgen. La que fue a Bethania a buscarme y a pedirme esta alegría… ¡Días lejanos y tranquilos!

–                       El otro día estuvo cantando como una curruca enamorada y me besó  diciendo: ‘¡Soy muy feliz!’

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Y moría de ansias por saber algo de Ti. Cómo se formó Dios. Cómo me eligió.

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 Mis recuerdos de cuando consagré la virginidad… Ahora comprendo… Estoy pronta, Hijo.

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Mientras hablaba, ha vuelto a recoger sus trenzas, que le caían sobre la espalda y la hacen parecer más joven…

María se pone el velo y el manto. Salen haciendo el menor ruido posible…

Leví está cerca del portón y dice:

–                       Preferí hacer así… Por mi mujer. Las mujeres son curiosas. Me hubiera hecho miles de preguntas. Así está mejor…

Abre la puerta para que ellos salgan.

Jesús le dice:

–                       Dentro de esta misma vigilia traeré otra vez a mi Madre.

–                       Estaré alerta. No te preocupes.

–                       La paz sea contigo.

Caminan por las calles silenciosas, vacías.

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Todavía se ven flores tiradas sobre los escalones de las casas. Llegan a la casa de Analía…

Jesús llama a la puerta. Se oye el ruido de una ventana y una voz que pregunta:

–                       ¿Quién es?

María responde:

–                       María y Jesús de Nazareth.

–                       ¡Oh! ¡Voy al punto!…

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Esperan  muy poco. Se oyen como corren los cerrojos. Se asoma el rostro triste de Elisa, que apenas logra sostenerse.

Cuando María entra y le abre los brazos, Elisa se echa en ellos sollozando y sin decir nada.

Jesús cierra y espera a que su Madre tranquilice aquella ansiedad. Hay una habitación cerca de la puerta. Entran.

Jesús trae la lámpara que Elisa había dejado sobre el piso, antes de abrir la puerta…

Elisa sigue gimiendo… Entre sollozos roncos habla a María…

Jesús de pie, calla.

Elisa no puede comprender por qué murió su hija de este modo.

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Y en medio de su sufrimiento acusa a Samuel de ser el causante, porque la engañó.

Se lamenta:

–                       ¡Se me ha muerto! No sabes lo que significa haber perdido a una hija. Dos veces lo he probado. La lloraba cuando tu hijo me la curó. Pero ahora, ¡Él no volvió! No ha tenido compasión. Mi hija está en la tumba. ¿Sabes lo que significa ver agonizar a un hijo? ¿Saber que debe morir? ¿Verlo muerto cuando se le creía sano y fuerte?

No lo sabes. No puedes hablar sobre esto… Era hermosa como una rosa que abre el primer rayo de sol.

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Quiso ponerse el vestido que le había tejido para sus bodas. Quiso llevar su corona de flores como una novia. Luego deshizo la guirnalda para arrojar las flores a tu Hijo. ¡Cantaba! ¡Cantaba! Su voz llenaba la casa. Era linda como la primavera y quedó blanca como un lirio.

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Se dobló sobre mi pecho como un tallo cortado… Estaba hermosa como un ángel de Dios pero sin vida. Tú no sabes…

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Tú que estás contenta con el triunfo de tu Hijo, que está sano y fuerte, ¡Qué cosa es mi dolor! ¿Por qué no volvió? ¿Por qué no tuvo piedad de mi plegaria?

María responde:

–                       ¡Elisa! ¡Elisa, no hables así!… El dolor te ciega y te hace sorda… Elisa, no conoces mi sufrir. No conoces el mar profundo en el que se convertirá mi sufrimiento. La viste plácida y bella… Entre tus brazos.

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Yo… hace más de seis lustros que contemplo a mi Hijo. Y más allá de su cuerpo que contemplo y acaricio… Veo las llagas del Hombre de Dolores en que se convertirá.

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Dices que no sé lo que significa ver a un hijo ser devorado por la muerte dos veces y la segunda que quede en paz. ¿Pero sabes que es para una madre tener ante sus ojos esta visión por tantos años?

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¡Mi Hijo! Míralo. Está vestido de rojo, como si hubiese salido de un baño de sangre. Y dentro de poco; cuando todavía la cara de tu hija no se habrá afeado… Lo veré bañado con su Sangre Inocente.

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Con la sangre que le di. Si tú tuviste a tu hija contra el pecho; ¿Comprendes cual será mi dolor cuando vea morir a mi Hijo, como un malhechor sobre la Cruz?

Míralo. Es el Salvador de todos. Tanto del cuerpo, como del alma.

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Porque los cuerpos salvados por Él serán incorruptos y bienaventurados en su Reino. Mírame. Mírame a mí que hora tras hora, acompaño y conduzco ¡Oh, yo no lo detendría ni siquiera un paso! Al Sacrificio.

1cristo-muerto

Puedo comprenderte. ¡Comprendes tú a mi corazón! No te irrites contra mi Hijo. ¡Analía no hubiera soportado ver la agonía de su Señor! Él ha hecho que se fuera feliz en una hora de regocijo.

Al oír estas palabras, Elisa ha dejado de llorar… Mira a María en cuyo rostro de mártir, se ven lágrimas silenciosas. Mira a Jesús que la mira con piedad… Cae a los pies de Él, llorando…

Jesús le dice:

–                       Tu hija vive para siempre, porque creyó en la Vida. Pronto dirás lo que te mandé decir esta mañana: ‘Realmente su muerte, fue una gracia de Dios’ Créelo, Elisa. El horror se va a apoderar de este lugar… Vendrá el día en que las madres que han sufrido una desgracia como la tuya, dirán: ‘Gracias a Dios que libró a nuestros hijos para que no contemplasen estos días.’

Créelo mujer. Cree a mis palabras. No levantes entre ti y Analía la verdadera valla que divide: la de no tener la misma Fe. ¿Ves? Podía Yo no haber venido, tú sabes cuánto me odian y como me rodean sus asechanzas. ¡No te hagas ilusiones de este triunfo momentáneo! Vine a consolarte y a traer a tu alma la paz.

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Elisa responde:

–                       ¡Oh, gracias Señor! Por dar la paz al corazón de esta madre angustiada… -y llora, pero más suavemente.

Jesús dice:

–                       Así sea. La paz sea contigo.  –le impone las manos bendiciéndola y orando en silencio.

María se arrodilla junto a Elisa y la abraza.

Jesús dice:

–                       Adiós Elisa. Me voy… Vámonos Madre.

María responde:

–                       Hijo mío, si me lo permites, me quedo un poco más con ella. El dolor es como una ola que regresa después de que se alejó el que había dado la paz. Entraré a la hora de prima. No tengo miedo de andar sola. Sabes también que sería capaz de atravesar un ejército enemigo, para ir a consolar a un hermano en Dios.

–                       Haz como quieras. Yo me voy. Dios esté con vosotras.

Y sale sin hacer ruido, cerrando tras de Sí, la puerta de la habitación y luego la de la casa. Se dirige a la muralla. Las calles están envueltas en la penumbra. El cielo está lleno de estrellas…

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Y el joven soldado que lo estaba esperando, en cuanto ve a Jesús que se acerca, le sale al encuentro y…

Le dice dudoso:

–                       Salve. Te estaba esperando…

Jesús le contesta:

–                       Habla sin temor. Que se te ofrece.

–                       Quisiera saber. Dijiste: ‘La paz que Yo doy, permanece aún en la guerra, porque es paz del alma’ Quisiera saber que es paz y que es el alma. ¿Cómo puede el hombre que está en guerra, estar en paz? Cuando se abre el templo de Jano, se cierra el de la paz. Ambas cosas no pueden coexistir en el mundo.

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Jesús sonríe:

–                       Tienes razón. En el mundo no pueden coexistir la paz y la guerra. Una excluye a la otra. Pero en el hombre de guerra, puede haber paz, aun cuando pelee. Puede existir mi paz; porque ella viene del Cielo y no le hace ningún daño el fragor de la guerra y la ferocidad de la batalla. Siendo algo divino, penetra en lo divino que tiene el hombre, lo que se llama alma.

¿Es divina mi alma? Divino es César. Yo soy hijo de campesinos. Soy todavía un legionario sin grado. Si soy valiente, llegaré a ser centurión; pero divino, no.

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–                       Hay algo divino en ti: el alma que viene de Dios. Del Dios Verdadero. Por esto es divina. Es una joya preciosa que vive en el hombre, que se alimenta de cosas divinas. Que vive de la Fe, de la Paz, de la Verdad.

La guerra no la turba. La persecución no le hace ningún daño. La muerte, no la mata. Solo el Mal; esto es, hacer lo que no está bien, la hiere o la mata. Y hasta la priva de la paz que Yo le doy. Porque el Mal separa al hombre de Dios.

–                       ¿Y qué es el Mal?

–                       Estar en el paganismo y adorar los ídolos; una vez que la bondad del Dios Verdadero ha dado a conocer que Él existe. No amar a los padres, a los hermanos, al prójimo. Robar, matar. Ser rebelde, lujurioso, falso. He ahí el Mal.

–                       ¡Ah! ¡Entonces yo no puedo tener tu paz! Soy soldado y se me han dado órdenes de matar. Entonces, ¿Para nosotros no hay salvación?

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–                       Sé justo en la paz, como en la guerra. Cumple tu deber sin crueldad y sin ambición. Mientras combates y conquistas, recuerda que el enemigo es semejante a ti. Que en cada ciudad hay madres e hijas, como tu madre y tus hermanas. Sé valiente, sin ser un hombre desenfrenado. Así no saldrás de los límites de la justicia y de la paz. Y mi paz estará contigo.

–                       ¿Y luego?

–                       ¿Qué quieres decir con luego?

–                       ¿Después de la muerte? ¿Qué pasa con el bien que hice y con mi alma, que dices que no muere si no se hace el Mal?

–                       Seguirá viviendo del bien hecho. En medio de una paz gozosa, mayor que la que disfrutó en la tierra.

–                       Entonces en Palestina, sólo uno hizo el bien. ¡Comprendido!

–                       ¿Quién?

–                       Lázaro de Bethania. ¡Su alma no murió!

–                       Realmente él es un hombre justo. Pero hay muchos semejantes a él, que mueren sin resucitar, pero que su alma vive en el Dios verdadero. Porque el alma tiene una mansión en el Reino de Dios y quién cree en Mí, entrará en ese Reino.

–                       ¿También yo que soy romano?

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–                       También tú, si creyeres en la Verdad.

–                       ¿Qué es la Verdad?

–                       Yo Soy la Verdad; el Camino para llegar a Ella. Soy la Vida y la doy a quién acepta la Verdad. 

El joven soldado piensa… Luego levanta su cara, en sus ojos brilla una mirada límpida y con una sonrisa juvenil y serena dice:

–                       Procuraré no olvidar nunca esto y trataré de saber un poco más. Me gusta… Yo quiero creer en Ti… ¿Cómo le hago?

–                       Invoca mi Nombre… Soy JESÚS de Nazareth… Dios te dará la Luz para aprender mi doctrina. ¿Cómo te llamas?

–                       Vital de Benevento. De la campiña de la ciudad.

–                       Recordaré tu nombre. Haz que tu espíritu sea verdaderamente vital…  Alimentándolo con la Verdad. Adiós. La Puerta va a abrirse. Me voy.

–                       ¡Ave!

Jesús atraviesa ligero la puerta y se va rápido por el camino que lleva al Cedrón, al Getsemaní y de aquí, al Campo de los Galileos.

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA

 

186.- EL HIJO DEL “SANTO”


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En la puerta aparece la cara juvenil de Analía.

Jesús la llama:

–                       Acércate. ¿En dónde está tu compañera?

Analía contesta señalado la terraza:

–                       Allí, Señor. Quiere regresar. Están por irse. Martha ha comprendido mi deseo y yo me quedaré hasta mañana, después del crepúsculo. Sara regresa a casa, para decir que yo me quedo. Quisiera que la bendigas porque… Luego te lo diré…

–                       Que venga y la bendeciré.

La joven sale y regresa con su compañera que se postra ante el Señor.

Jesús la saluda:

–                       La paz sea contigo y la Gracia del Señor te lleve por los senderos por donde te ha llevado Analía, que te precedió. Ama a su madre y bendice al Cielo que te ha librado de los lazos y dolores, para que fueses toda para Él. Llegará un día en que más que ahora bendecirás al Cielo, por haber sido estéril por voluntad propia. Vete.

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La jovencita sale conmovida.

Analía dice:

–                       Le has dicho todo lo que quería. Soñaba con estas palabras. Siempre me decía: “Me agrada tu elección, aun cuando sea muy rara en Israel. También quisiera hacer lo mismo. No tengo padre y mi madre es tan dulce como una paloma. Y me apoyará. Pero para estar segura, quisiera oírlo de su boca.” Ahora se lo has dicho y también yo me siento tranquila.

–                       ¿Desde cuándo está contigo?

–                       Desde… Que llegó la orden del Sanedrín. Me dije: “Ha llegado la Hora del Señor y debo prepararme para morir.” Porque yo te lo pedí, Señor… Hoy te lo recuerdo. Si vas al Sacrificio; yo quiero ser hostia junto contigo…

–                       ¿Sigues queriéndolo?

–                       Sí, Maestro. No podría vivir en un mundo en donde no estuvieras. Y no podría sobrevivir a tus tormentos. ¡Tengo tanto miedo por Ti! Muchos de entre nosotros se hacen ilusiones… ¡Yo no! Siento que ha llegado la Hora. ¡Es demasiado el Odio!…

Espero que aceptarás mi ofrenda. No tengo otra cosa que darte, más que mi vida, pues sabes que soy pobre: mi vida y mi pureza. Por esto convencí a mi mamá de que llamase a su hermana para que viviese con ella, para que no esté sola. Sara tomará mi lugar como hija y la madre de Sara la consolará.

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¡No vayas a desilusionarme Señor! El mundo no tiene ningún atractivo para mí. Para mí es una cárcel en donde siento repugnancia. Tal vez se deberá a que quien ha estado en los umbrales de la muerte, comprende que lo que para muchos es alegría; para uno no es más que un vacío que no llena.  Cierto es, que lo que más deseo es el sacrificio… Precederte… Para no ver que el Odio del Mundo se lance cual arma torturadora sobre Ti, Señor mío y para ser semejante a Ti en el Dolor…

–                       Colocaremos pues el lirio cortado sobre el altar, donde se inmola el Cordero. Y se teñirá de rojo con su Sangre Redentora. Sólo los ángeles sabrán que el Amor fue el Sacrificador de una cordera, toda blanca. Y marcarán el nombre de la primera víctima de amor. De la primera continuadora mía…

1BODASDELCORDERO

–                       ¿Cuándo Señor?

–                       Ten preparada la lámpara y vístete con vestiduras de Bodas. El Esposo está a la puerta. Verás su Triunfo, pero no su Muerte. Y entrarás triunfante en el Reino con Él.

1Bodas-cordero

–                       Entones bendíceme, Maestro. Absuélveme de todos mis pecados. Haz que esté pronta a las bodas y a tu venida. Porque Tú Dios mío, eres el que vienes a tomar a tu pobre sierva y a hacerla tú esposa.

La jovencita radiante de alegría y de salud, se inclina a los pies del Maestro, mientras Él la bendice orando por ella.

Luego, Él sale a despedir a los que se van.

Lázaro le pregunta:

–                       ¿Has comido, Maestro?

Jesús contesta:

–                       Muy temprano.

–                       Pronto será de noche. Vamos para que comas.

–                       No. No tengo hambre. Allá en el cancel veo a un pobre niño agarrado a él. Tal vez tenga hambre. Sus vestidos están rotos y se ve flaco. Tengo rato observándolo. Estaba Yo allí, cuando salió el carruaje y huyó para que no lo viesen y lo arrojasen. Luego regresó a mirar con insistencia hacia la casa y en dirección nuestra…

–                       Iré a traerle comida. Adelántate Maestro.

Lázaro corre hacia la casa y Jesús apresura el paso hacia el cancel…

En la cara del niño se refleja el dolor y brillan sus ojos castaños.

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Jesús le sonríe:

–                       ¿A quién buscas, pequeñín?

Le niño contesta:

–                       ¿Eres tú el Señor Jesús?

–                       Sí.

–                       A Ti te busco.

–                       ¿Quién te ha enviado?

–                       Nadie. Quiero hablarte. A muchos escuchas. A mí  también.

Jesús quiere abrir el cancel y pide al niño que suelte las barras que tiene asidas.

El niño las suelta y al hacerlo, bajo su pobre vestido se ve el esqueleto de un pobre niño raquítico, con la cabeza sumida en los hombros y las piernas zambas. Está jorobado. Su cara es triste y marchita. Parece tener unos siete años de edad.

Jesús se inclina a acariciarlo y le dice:

–                       Dime que es lo que quieres. Soy tu amigo. Yo Soy Amigo de todos los niños.

Con estas dulces palabras, Jesús toma la flacucha carita entre sus manos y lo besa en la frente.

El niño contesta:

–                       Lo sabía y por eso vine. ¿Ves cómo estoy? Quisiera morirme, para no sufrir más y para no ser de nadie. Tú que curas a muchos y resucitas a muertos, hazme morir. Nadie me ama y nunca podré trabajar…

–                       ¿No tienes padres? ¿Eres huérfano?

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–                       Tengo padre. Pero no me ama porque estoy así. Echó a la calle a mi madre y le dio el libelo de divorcio y a mí también me arrojó fuera. Mi madre murió por mi culpa… Porque estoy contrahecho.

–                       ¿Con quién estás viviendo?

–                       Cuando murió mi madre, los siervos me llevaron otra vez con mi padre… Pero como él se casó de nuevo y tiene hijos hermosos, me arrojó. Me entregó a unos campesinos suyos, que hacen lo que le gusta a mi padre… Hacerme sufrir…

–                       ¿Te golpean?

–                       No. Pero cuidan más de los animales que de mí. Me befan… Y como soy enfermizo, me molestan. Cada vez me hago más contrahecho y sus hijos se burlan de mí y me tiran al suelo. Soy un estorbo. Este invierno me enfermé y mi padre no quiso gastar en las medicinas. Dijo que lo mejor que podría hacer, sería morirme. Desde entonces te he estado esperando, para pedirte que me hagas morir.

Jesús lo toma del cuello y lo levanta para abrazarlo, sin hacer caso de las protestas del niño, que dice:

–                       Tengo los pies llenos de lodo. Y mi vestido también está sucio, porque estuve sentado en el camino. Te ensuciarás tu vestidura…

–                       ¿Has venido de lejos?

–                       Vivo en las afueras de la ciudad. Vi pasar a tus discípulos. Supe que eran, porque los campesinos dijeron: “Esos son los discípulos del Rabí Galileo. Pero Él no viene”  Y entonces me vine a buscarte…

–                       ¡Estás mojado! Pobrecito. Te vas a enfermar de nuevo…

–                       Si tú no me escuchas, por lo menos hazme morir por la enfermedad. ¿Adónde me llevas?

–                       Adentro. No puedes continuar así.

Jesús entra al jardín con el niño deforme entre los brazos y…

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Jesús grita a Lázaro:

–                       Cierra tú el cancel. Traigo a este pequeñuelo que está todo mojado, entre mis brazos.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Quién es, Maestro?

–                       No lo sé. Ni siquiera le pregunté su nombre.

El niño responde:

–                Tampoco lo diré. No quiero que me conozcan. Sólo quiero lo que te pedí. Mi mamá me decía: “¡Pobre hijo mío! Yo me muero y cómo quisiera que te murieras conmigo, porque allá no estarás deforme. Ni sufrirás en el cuerpo, ni en el corazón. Allá nadie se burla de los que nacen infelices; porque Dios es bueno con los inocentes y con los desgraciados.” Jesús, ¿Me mandas con Dios?

Jesús dice:

–                       El muchacho quiere morirse. Es una historia triste…

Lázaro lo mira fijamente y luego exclama:

–                       Pero, ¿No eres tú el nieto de Nahúm? ¿No eres el que suele estar sentado bajo el sol, cerca del sicómoro que está en los límites  del olivar de Nahúm y que tu padre te entregó a Yosía; su campesino?

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–                       Lo soy. Pero, ¿Para qué lo has dicho?…

–                       ¡Pobre niño! No lo dije por burlarme de ti.  Créeme Maestro que es menos triste la suerte de un perro en Israel, que la de él. Si no regresa a casa, nadie lo buscará. Los siervos son como los patrones, hienas en el corazón.

José conoce muy bien lo que sucedió… no comprendo cómo logró llegar hasta acá. ¿Quién sabe desde cuándo emprendió el camino hasta aquí?

Jesús dice:

–                       Desde que Pedro pasó en la mañana por aquel lugar.

Lázaro pregunta:

–                       ¿Y ahora qué hacemos?

El niño suplica:

–                       Yo no regreso a mi casa. Quiero morirme. Quiero irme muy lejos. ¡Ayúdame y compadécete de mí, Señor Jesús!

Entran en la casa y Lázaro dice a un siervo que traiga una cobija y que diga a Noemí que venga a cuidar al niño, que viene empapado.

Luego dice a Jesús:

–                       ¡Es el hijo de uno de tus más encarnizados enemigos! Uno de los más duros en Israel. ¿Cuántos años tienes, niño?

–                       Diez.

–                       ¡Diez! ¡Diez años de padecer!

Jesús lo pone en el suelo y dice con voz fuerte:

–                       ¡Y son suficientes! ¡Está muy contrahecho!…

Y efectivamente, el hombro derecho está más alto que el izquierdo. El pecho, excesivamente fuera del cuello delgado, sumido entre las clavículas. Las piernas zambas…

Jesús lo mira con compasión, mientras Noemí lo seca y lo viste, antes de envolverlo en una cobija caliente. Lázaro también lo mira con compasión.

Noemí dice:

–                       Le voy a dar leche caliente Señor y luego lo acuesto en mi cama.

1noemi

El niño exclama:

–                       ¿Pero no me vas a hacer morir? Ten piedad. He esperado en Ti, Señor. -Un reproche y una desilusión, repercuten en la voz infantil.

Jesús se inclina a acariciarlo una vez más, poniendo su mano sobre el trágico cuerpecito y le dice:

–                       Sé bueno y obedece. Y el Cielo te consolará.   –y volviéndose a Noemí. Agrega- Llévalo a la cama y cuídalo… Después… ya proveeré…

Aunque el niño llora muy triste, se lo llevan a acostar.

Lázaro exclama pensando en Nahúm:

–                       ¡Y es de los que se creen más santos! 

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, CONOCELA