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225.- LAMENTO MATERNAL


1aurora

Las mujeres vuelven a ocuparse de los aceites que en la noche avanzada, debido al fresco del patio se han hecho una masa espesa.

Juan y Pedro están poniendo en orden el Cenáculo y conversan.

Juan dice:

–                       ÉL lo ha dicho.

Pedro contesta llorando:

–                       También dijo: “¡No durmáis”! Lo mismo que: “No seas soberbio, Pedro. Ten en cuenta que la hora de la prueba está por venir”. Y… y añadió: “Tú me negarás…”-Pedro llora de nuevo mientras añade con gran dolor-  ¡Y yo renegué de El!

–                       ¡Basta Pedro! Ya has regresado…  ¡Basta de atormentarte!

–                       Jamás, jamás bastará. Aunque llegara a ser viejo como los primeros patriarcas, aunque viviese setecientos o novecientos años como Adán y sus primeros descendientes no olvidaré jamás esta pena.

–                        ¿No confías en su misericordia?

–                       Sí. Si no confiase sería como Iscariote, un desesperado. Pero aunque me perdone desde el seno del Padre a donde ha tornado, yo no me perdono. ¡Yo, yo! Yo que dije: “No lo conozco”, porque en esos momentos era peligroso conocerlo…  Porque tuve vergüenza de ser su discípulo, porque he tenido miedo del tormento…

2Negacion-de-Pedro

Él marchó a la muerte y yo… Pensé en salvar mi vida y para esto lo rechacé, como rechaza una mujer pecadora el fruto de su seno, después de haberlo dado a luz, porque es peligro para ella…  Y lo hace antes de que regrese su marido que no sabe nada. He sido peor que una adúltera… peor que…

Magdalena atraída por los gritos entra…

Y dice:

–                       No hagas tanto ruido. María te está oyendo… ¡Está tan agotada! No tiene fuerzas para nada y todo le hace mal. Tus gritos inútiles y tontos vuelven a recordarle lo que habéis sido…

Pedro replica:

–                        ¿Ves? ¿Lo ves, Juan? Una mujer puede hacerme callar. Y tiene razón, porque nosotros los varones consagrados al Señor, no hemos sabido más que mentir o huir. Las mujeres han sido valientes. Tú, joven y puro que pareces una mujercilla, tuviste el valor de quedarte. Nosotros…  Nosotros los fuertes, los hombres, huimos…  ¡Oh, qué desprecio deben tener todos de mí!

3-Petersinai

¡Dímelo, dímelo, mujer! ¡Tienes razón! Ponme tú pie sobre la boca que mintió. Ponla bajo la suela de tu sandalia, donde habrá un poco de su sangre. Y solo esa sangre mezclada con el polvo del camino podrá perdonarme un poco, podrá dar un poco de paz al renegador. ¡Debo acostumbrarme al desprecio del mundo! ¿Qué soy yo? Decídmelo: ¿Qué soy?

Magdalena responde con calma:

–                        ¡Eres un gran soberbio!…  ¿Te duele? Puede ser. Pero tú crees que de las diez partes de tu dolor, cinco, para no ofenderte con decir seis…  Proceden del dolor de poder ser despreciado. Si continúas chillando, haciendo tonterías como una estúpida mujercilla, de veras que te despreciaré.

Lo hecho, hecho está. Los gritos necios no pueden reparar nada, ni anular algo. No hacen más que atraer la atención y mendigar una piedad que no merecen…  Sé varón en tu arrepentimiento. No chilles.

Yo… tú sabes lo que fui… Pero cuando comprendí que era más despreciable que un vómito, no me entregué a convulsiones.

4pecadora

Lo hice públicamente. Sin pedir excusas, sin dármela. ¿El mundo me iba a despreciar? Tenía la razón. Lo merecía. El mundo decía: “¿Un nuevo capricho de la prostituta?” ¿Y el seguir a Jesús lo llamaba con una blasfemia? Tenía razón.

El mundo no podía olvidar mi conducta anterior, que justificaba todo lo que se pensaba de mí. ¿Y qué?…  El mundo ha tenido que convencerse que María no era más pecadora… Con los hechos he convencido al mundo. Haz también tú lo mismo…  Y cállate.

Juan objeta:

–                       Eres dura, María.

Magdalena contesta:

–                       Más para conmigo que para con los otros. Lo reconozco. No tengo la mano tan suave como la tiene la Madre de Jesús. Ella es el amor. Yo… he despedazado mi pasión con el azote de mi querer. Y lo haré más. ¿Crees que me haya perdonado de haberme entregado completamente a la lujuria?…

5lujuria

No. Pero no lo digo más que a mí misma y siempre me lo repetiré. Moriré con este secreto sentimiento de haber sido la corruptora de mí misma, en medio de un dolor inconsolable, de haberme profanado y de no haber podido darle a El sino un corazón pisoteado…

Mira… He trabajado más que todos en la preparación de los bálsamos… Y con más valor que las otras lo descubriré… ¡Oh, Dios, cómo estará ya! (Magdalena palidece al sólo pensarlo).

Lo cubriré con nuevos bálsamos, quitando los que de seguro estarán ya fétidos sobre sus numerosas heridas… Lo haré, porque las otras parecerán clemátides después de un aguacero…

Pero siento pena hacerlo con estas manos mías que regalaron tantas caricias lascivas, de acercarme con este cuerpo mío manchado junto a su santidad… Quisiera… Quisiera tener la mano de la Madre Virgen para hacer la última unción…

6corazón-inmaculado

Pedro pregunta:

–                       ¿Dices tú que… Tendrán miedo las mujeres?

Magdalena responde:

–                       No… Pero perderán su serenidad ante su cuerpo ciertamente ya corrupto… hinchado… negro. Y luego esto es verdad, tendrán miedo de los guardias.

–                        ¿Quieres que vayamos con vosotras Juan y yo?

–                        ¡Ah, eso no! Nosotras todas vamos, porque fuimos las que estuvimos allá arriba…  Por esto es justo que todas estén alrededor de su lecho de muerte. Tú y Juan quedaos aquí. Ella no puede quedarse sola…

–                        ¿No va Ella?

–                       No queremos que vaya.

–                       Está segura que resucitará… ¿Y tú?

–                       Yo, después de María soy la que más creo. Siempre he creído que puede suceder así… Él lo ha dicho. El nunca miente… ¡El!… Antes lo llamaba Jesús, Maestro, Salvador, Señor… Ahora, ahora me lo imagino tan majestuoso que no… Que no me atreveré a darle un nombre… ¿Qué le diré cuando lo vea?

–                       ¿Pero crees que resucitará?…

Magdalena replica segura:

–                       ¡No hay duda! Con seguiros diciendo que creo y con el oíros decir que no creéis, terminaré también como vosotros. He creído y sigo creyendo. He creído y desde hace tiempo le tengo preparada la vestidura…  Para mañana, porque mañana es el tercer día, se la llevaré. La tengo a la mano…

–                        ¡Acabas de decir que estará negro, hinchado, feo!

7RaisingofLazarusBloch

–                       Feo jamás. Feo es el pecado. ¡Sí, estará negro! ¡Y qué!..  ¿Lázaro no estaba ya corrupto?  Y con todo resucitó. Su cuerpo quedó curado. ¡Pero si lo afirmo!… No digáis nada, ¡Vosotros faltos de fe! También dentro de mí la razón humana me dice: “Ha muerto y no resucitará”.

Pero mi espíritu, “su” espíritu, porque El me dio un nuevo espíritu, grita y parecen ser toques de trompetas doradas que dijeren: “¡Resucita! ¡Resucita! ¡Resucita!”

¿Por qué me arrojáis cual navecilla contra los arrecifes de vuestras dudas? ¡Yo creo! ¡Creo, Señor mío! Lázaro con profunda pena ha obedecido al Maestro y se ha quedado en Betania… Yo que sé quién es Lázaro de Teófilo: un valiente, no un cobardón, puedo medir su sacrificio de quedarse a la sombra y de no estar junto al Maestro.

Pero ha obedecido…  Más heroico obedeciendo de este modo que si lo hubiera arrancado de sus enemigos con las armas. He creído y creo. Y estoy aquí, en su espera. Dejadme ir… Se levanta el día. Tan pronto podamos ver mejor, iremos al sepulcro…

Magdalena con su cara quemada del llanto se va. Va a donde la Virgen.

8luto-maternal

La Virgen está sentada en su silla afligidísima, exhausta  por tanto llorar. Y cuando la ve entrar…

María le  pregunta:

–                        ¿Qué le pasó a Pedro?

Magdalena responde:

–                       Una crisis de nervios. Ya se le pasó.

–                       No seas dura, María. El sufre.

–                       También yo sufro, pero no te he pedido ni siquiera una caricia. A él ya lo has curado… Y sin embargo yo pienso que la que necesita de ayuda eres tú, ¡Madre mía, santa, hermosa! Ten ánimos… Mañana es el tercer día.

Nos encerraremos aquí dentro nosotras dos, las dos que lo amamos tanto. Tú, la Enamorada santa, yo la pobre enamorada… Que me esfuerzo en serlo.

Lo esperaremos… A los que no creen los echaremos de aquella parte… Traeré aquí muchas rosas… Voy a hacer que traigan hoy el cofre… Pasaré por el palacio y le daré órdenes a Leví. ¡Largo todas esas cosas horribles! No las debe ver nuestro Resucitado… Sólo muchas rosas…

Tú te pondrás un nuevo vestido… No debes estar así. Te peinaré, te lavaré ese rostro que el llanto ha desfigurado. Joven eterna, te haré de madre… Finalmente tendré el consuelo de cuidar de alguien que es más inocente que un recién nacido.

9magdalena

Magdalena con su exuberancia cariñosa aprieta contra su pecho la cabeza de María que está sentada…  La besa, la acaricia, le compone los cabellos detrás las orejas, le seca las lágrimas que siguen bajando por su vestido…

Entran las mujeres con lámparas, ánforas y vasos de bocas anchas.

María de Alfeo lleva un mortero pesado y dice:
–           No se puede estar afuera. Hace viento y se apaga la lámpara.

A la luz de lámparas de aceite preparan los aromas mezclándolos con sus lágrimas, pues todas traen los ojos enrojecidos por tanto llorar. Cuando terminan de preparar los bálsamos, se ponen los mantos.

También María se levanta, pero la rodean y le dicen que no debe ir. Sería muy cruel hacerle ver de nuevo a su Hijo que a estas horas del tercer día de muerto, estará ya todo negro por la putrefacción…  Además Ella está tan exhausta para poder caminar. No ha hecho más que llorar y orar. No ha comido nada, ni descansado.

10mujeres piadosas

María Salomé dice:

–                       No puedes estar de pie, María. Hace dos días que no tomas nada de alimento. Y sólo has bebido un poco de agua.

Magdalena confirma:

–                       Cierto, Madre. Vamos y pronto terminaremos. Regresamos inmediatamente.

Martha intenta consolarla:

–                       No tengas miedo. Lo embalsamaremos como a un rey. ¡Mira que bálsamos preciosos hemos preparado! ¡Y cuánto!…

María de Alfeo:

–                       No dejaremos miembro o herida. Lo haremos con nuestras propias manos. Somos fuertes y somos madres. Lo pondremos como se pone a un niño en la cuna. Los otros no tendrán que hacer sino cerrar su sepulcro.

La Virgen insiste:

–                       Es mi deber. Siempre yo tuve cuidado de Él. Sólo en estos tres años que fue del mundo, lo cedí a los demás cuando estaba lejos de mí. Ahora que el inundo lo ha rechazado y renegado de Él, nuevamente es mío. Torno a ser su sierva.

11-virgendolorosa

Al umbral se han asomado Pedro y Juan sin que las mujeres los vieran.

Pedro al oír las últimas palabras se va. Se esconde en un rincón a llorar su pecado.

Juan no se mueve, pero no protesta. Quisiera ir también él, pero hace el sacrificio de quedarse junto a la Virgen.

Magdalena lleva nuevamente a María a su asiento. Se le arrodilla, la abraza en las rodillas, levantando su cara dolorosa y enamorada…

Le dice:

–                       Él sabe y ve todo con su Espíritu. Pero a su cuerpo le diré tu amor, tu deseo con besos. Sé lo que es el amor. ¡Sé qué amargo aguijón es! ¡Qué hambre es! Qué nostalgia de estar con quién para nosotros es el amor. Y esto aún en los viles amores que parecen oro y no son más que fango.

Ahora que la pecadora sabe lo que es el amor santo por la misericordia viviente, que los hombres no han logrado amar, mucho mejor puede comprender qué cosa sea tu amor, Madre… Todo lo que no he podido hacer por El, lo puedo hacer por ti aún… Madre a quien amo con todo mi corazón. Ten confianza en mí.

12arrepentimiento

Yo que supe tan dulcemente acariciar en la casa de Simón el fariseo sus santos pies; ahora, con mi alma que siempre se asoma a la gracia, sabré mucho mejor acariciar sus santos miembros, curar sus heridas, embalsamarlas más con mi amor sacado de mi corazón oprimido del amor y del dolor, que con los ungüentos.

Y la muerte no tocará esos miembros que tanto amor manifestaron y tanto reciben. Huirá la muerte, porque el Amor es más fuerte que ella. El Amor es invencible. Yo, Madre, con tu perfecto amor y con el mío pleno, embalsamaré a mi Rey amado.

María besa a esta apasionada discípula que ha sabido encontrar a quien merece esta compasión y que cede a sus súplicas. Las mujeres salen llevando una lámpara. La última en salir es Magdalena, después de haber dado un último beso a la Virgen.
La casa queda oscura y silenciosa. La calle está solitaria.

13callejerusalen

Juan pregunta:

–                        ¿De veras no me necesitáis?

Magdalena responde:

–                       No. Puedes servir aquí. Hasta pronto.

Cuando Juan regresa donde María, murmura muy triste:

–                       No quisieron que las acompañara…

María lo anima:

–                       No te preocupes. Esas van donde Jesús, y tú te quedas conmigo, Juan. Oremos juntos un poco. ¿Dónde está Pedro?

–                       No sé. Por ahí ha de estar… No lo veo. Es… Creía yo que era más fuerte… También yo estoy afligido, pero él…

–                       Tiene en el corazón dos dolores. Tú uno solo. Ven. Oremos también por él.

María recita lentamente el «Padre nuestro». Acaricia a Juan…

 Y le dice:

–                       Ve donde Pedro. No lo dejes solo. Ha estado tanto en las tinieblas en estas horas, que no soporta ni siquiera la leve luz del mundo. Sé el apóstol de tu hermano extraviado. Empieza tu predicación con él. En tu camino que será largo, encontrarás siempre a muchos semejantes a él. Empieza tu trabajo con tu compañero…

14juan-marcos

Juan pregunta:

–                       ¿Pero qué le debo decir?… No sé… Todo lo hace llorar…

–                       Repite su precepto de amor. Dile que quien sólo teme no conoce bien todavía a Dios, porque El es Amor. Si te replica: “He pecado”, contéstale que Dios tanto ha amado a los pecadores que por ellos ha enviado a su Unigénito. Dile que a tanto amor se le corresponde con amor.

El amor da confianza en el bondadísimo Señor. Esta confianza nos sostendrá en el juicio porque reconocimos la Sabiduría y Bondad divinas. Digamos: “Soy una pobre criatura. El lo sabe y me da a Jesús como prenda de perdón v columna de sostén. Mi miseria desaparece al unirme con Jesús”. Todo se perdona en su nombre… Ve, Juan. Dile esto. Yo me quedo aquí, con mi Jesús…» y acaricia el Sudario.

Juan sale cerrando la puerta tras sí.

15rveronica

María se pone de rodillas como la noche anterior, mirando fijamente la santa Faz en el lienzo de la Verónica. Ora y habla con su Hijo. Muestra fortaleza para dar fuerzas a los demás…

Pero cuando está sola se dobla bajo el aplastante peso de su cruz.

Sin embargo, ella lucha por levantar su alma hacia una esperanza que en Ella no puede morir, que más bien aumenta según las horas van pasando. Sus esperanzas las dirige al Padre…

Sus esperanzas y su petición:

–                        ¡Jesús, Jesús! ¿No vuelves todavía? Tu pobre Madre no sufre más el pensar que estás muerto allá. Tú lo dijiste y nadie te comprendió. ¡Pero yo sí! “Destruid el Templo de Dios y Yo lo reedificaré en tres días”. Ha empezado el tercer día.

¡Oh, Jesús mío! No esperes que se termine para regresar a la vida, para regresar a tu Mamá que tiene necesidad de verte vivo para no morir recordándote muerto, que tiene necesidad de verte bello, triunfante, para no morir recordándote en ese sepulcro en que te he dejado…

16sabado-santo

¡Oh, Padre, Padre, devuélveme a mi Hijo! Que lo vea regresar como Hombre y no como un cadáver, como a Rey y no como a un sentenciado. Después lo sé, El volverá a Ti, al cielo. Pero lo habré visto curado de tanto mal, lo habré visto fuerte después de su gran debilidad, lo habré visto triunfante después de su gran lucha, lo habré visto como a Dios después de que tanto sufrió por los hombres.

Me sentiré feliz aun cuando no lo tenga cerca. Sabré que estará contigo, Padre Santo, sabré que para siempre está fuera del dolor. Pero ahora no puedo, no puedo olvidar que está en el sepulcro, está allí muerto por los dolores que le hicieron sufrir…

Que El mi Hijo-Dios, está sujeto a la suerte de los hombres en la oscuridad de un sepulcro, El, tu Viviente.

1sepultado

Padre, Padre, escucha a tu sierva. Por aquel “sí”… Nunca te he pedido nada porque siempre he obedecido tu voluntad, tu voluntad que es la mía. Nada debía exigirte por haber sacrificado mi voluntad a Ti, Padre Santo.

¡Pero ahora, ahora, por aquel “sí” que di al Ángel mensajero ‘ escúchame! ¡¡Oh Padre!

Después de las crueldades que padeció por la mañana, sufrió aquella agonía de tres horas y ahora está ya fuera del alcance del dolor.

Pero yo hace tres días que estoy agonizando. Tú ves mi corazón y oyes su palpitar. Nuestro Jesús ha dicho que ningún pájaro pierde una pluma sin que Tú no lo veas, que no se marchita ninguna flor en el campo, sin que no consueles su agonía con tu sol y tu rocío.

¡Oh Padre, muero de este dolor! Trátame como al pajarito que revistes de nuevo plumaje, como a la flor que refrescas, que calmas su sed con tu piedad. Estoy yerta del dolor. No tengo más sangre en las venas. Hubo un tiempo en que se convirtió en leche para alimentar a tu Hijo y mío; ahora es todo llanto porque no lo tengo más. Me lo han matado, matado, Padre, y ¡Tú sabes en qué forma!…

17mirada-agonizante

¡No tengo más sangre! La he derramado con El en la noche del jueves, en el terrible viernes… Tengo frío como el que se ha desangrado. No tengo más sol, porque Él está muerto, mi santo Sol, mi Sol bendito, el Sol nacido de mi seno para alegría de su Mamá, para la salvación del mundo. No tengo más descanso porque no lo tengo más a El que es la más dulce de las fuentes para su Mamá que bebía su palabra, que calmaba su sed con su presencia.

Soy como una flor en seco arenal. Me muero, me muero, Padre santo. No tengo miedo a morir, porque también mi Hijo ha muerto. ¿Pero qué harán estos pequeños, la pequeña grey de mi Hijo, tan débil, miedosa, voluble, si no hay quien la sostenga?

18luto

No soy nada, Padre, pero por deseos de mi Hijo soy como un ejército armado. Defiendo, defenderé su doctrina, su herencia como una loba defiende a sus lobeznos. Yo cordera, seré una loba para defender lo que es de mi Hijo y por consiguiente, lo que es tuyo.

Tú lo has visto, Padre. Hace ocho días esta ciudad arrancó las ramas de sus olivares, de sus jardines, sacó de sus casas a sus habitantes que todos hasta enronquecer gritaron: “¡Hosanna al Hijo de David; bendito el que viene en el nombre del Señor!” Y mientras pasaba sobre alfombras de ramos, de vestidos, de telas, de flores, los habitantes se lo señalaban diciendo: “Es Jesús, el profeta de Nazaret de Galilea. Es el Rey de Israel”.

Y cuando todavía no se habían secado esos ramos y las gargantas todavía estaban roncas de los hosannas, cambiaron sus gritos y se pusieron a acusar, a maldecir, a pedir su muerte; y con las ramas que emplearon para el triunfo hicieron garrotes para golpear al Cordero que llevaron a la muerte.

19dherod-apilatos

Si tanto han hecho cuando vivió entre ellos, les habló, les sonreía, los miraba con esos ojos que derriten el corazón y hasta las mismas piedras se sienten conmovidas, les hacía bien, les enseñaba, ¿Qué harán cuando El haya regresado a Ti?
Tú has visto cómo se portaron sus discípulos. Uno lo traicionó, los otros huyeron…  Fue suficiente que Él hubiera sido aprehendido para que huyeran como ovejas cobardes y no supieron estar a su alrededor cuando moría.

Uno solo, el más joven, se quedó. Ahora viene el anciano… Renegó de Él.

Jesús no esté más aquí para defenderlo, ¿Sabrá permanecer en la fe?

Yo soy nada, pero hay un poco de mi Hijo en mí… Y mi amor suple lo que falta y lo anula. De este modo me convierto en algo útil a la causa de tu Hijo, a su Iglesia que no encontrará jamás paz y que tiene necesidad de echar raíces profundas para que los vientos no la arranquen.

Seré yo quien cuide de ella. Como hortelana diligente vigilaré para que crezca fuerte y derecha en su amanecer. Después no me preocupará el morir. Pero no puedo vivir más si sigo sin Jesús…

20madre de la iglesia

¡Oh Padre!, que has abandonado a tu Hijo por el bien de los hombres, que después lo has consolado, porque ciertamente lo has aceptado en tu seno después de su muerte, no me dejes más en el abandono. Lo que sufro lo ofrezco por el bien de los hombres. Pero confórtame ahora, Padre. ¡Padre, piedad! ¡Piedad, Hijo mío! ¡Piedad, Espíritu divino! Acuérdate de tu Virgen.
Después, postrada contra el suelo, parece orar…

Realmente es un ser destrozado. Se parece a esa flor muerta de sed de que habló. Ni siquiera advierte el sacudimiento de un terremoto breve que hace gritar y huir a los dueños de la casa, mientras que Pedro y Juan, pálidos cual muertos, se arrastran hasta el umbral de la habitación.

Al ver a la Virgen tan absorta en su oración, lejana de todo lo que no sea Dios, se retiran cerrando la puerta y espantados regresan al cenáculo.

21rosa-del-luto-ozz

HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA