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295 EL JUICIO PERSONAL


295 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús regresa con los apóstoles de una gira apostólica por las cercanías de Betania.

Debe haber sido una gira breve, porque no traen siquiera los talegos de las provisiones.

Vienen hablando entre ellos.

Dicen:
–       Ha sido un buen regalo el de Salomón el barquero.

¿No es verdad, Maestro?

Jesús responde: 

–       Sí, un buen regalo.

Judas disiente de los demás,

observando con desprecio:

–       No veo mucho de bueno en esa cosa.

Nos ha dado lo que ya a él, que es discípulo, no le sirve.

No hay motivo para ensalzarlo…

Simón Zelote, dice serio:

–       Una casa siempre viene bien.

–       Si fuera como la tuya.

Pero, ¿Qué es?

Una casucha malsana.

—      Es todo lo que tiene Salomón 

Pedro añade: 

–      Y de la misma forma que él allí se ha hecho viejo sin enfermedades,

podremos ir de vez en cuando nosotros.

¿Qué quieres?

¿Todas las casas como la de Lázaro? 

–       No quiero nada.

No veo la necesidad de este regalo.

Cuando se fuera a ese lugar, se podría estar en Jericó.

Están sólo a unos pocos estadios de distancia.

Para unos como nosotros, que parecemos gente perseguida,

obligados a caminar siempre,

 –      ¿Unos pocos estadios qué es?

Antes de que la paciencia de los otros falle, como ya claros signos lo avisan…. 

Jesús interviene:,

–       Salomón, en proporción a sus bienes, ha dado más que nadie.

Porque ha dado todo.

Lo ha dado por amor.

Lo ha dado para ofrecernos un cobijo en caso de que nos coja la lluvia,

en esa zona poco hospitalaria.

O en caso de una crecida del río.

Y sobre todo, en caso de que la mala voluntad judía, se haga tan fuerte que sea aconsejable

interponer entre ella y nosotros el río.

Esto por lo que respecta al regalo.

Y el que un discípulo, humilde y rudo, pero muy fiel y lleno de buena voluntad,

haya sabido llegar a esta generosidad, que denota en él la clara voluntad de ser para siempre

discípulo mío, me procura una gran alegría.

Verdaderamente veo, que muchos discípulos con las pocas lecciones que han recibido de Mí

os han superado a vosotros, que mucho habéis recibido.

Vosotros no me sabéis sacrificar, tú especialmente, ni siquiera eso que no cuesta nada:

el juicio personal…

Tú te lo conservas duro, resistente a cualquier flexión.

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

Judas replica: 

–       Dices que la lucha contra uno mismo es la más costosa…

–       ¿Y con eso quieres decirme que me equivoco al decir que no cuesta nada?

¿Es así? 

¡Tú sabes bien lo que quiero decir!

Para el hombre -y verdaderamente eres un auténtico hombre- sólo tiene valor lo que es

comerciable.

El yo no se comercia a precio de moneda.

A menos que…

A menos que uno se venda a alguien esperando un beneficio.

Un tráfico ilícito, semejante al que el alma contrae con Satanás.

Es más, mayor, porque además de al alma abraza también al pensamiento,

juicio, o libertad del hombre, llámala como quieras.

Existen también estos desdichados…

Pero no pensemos en ellos por el momento.

He elogiado a Salomón porque veo todo lo bueno que hay en su acto.

Y basta así.

Hay un largo momento de silencio.

Luego Jesús continúa:

–       Dentro de algunos días Hermasteo podrá andar sin perjuicio.

Yo voy a volver a Galilea.

No vendréis todos conmigo.

Una parte se quedará en Judea y luego volverá arriba con los discípulos judíos,

de forma que estemos todos juntos para la fiesta de las Luces.

Los apóstoles comentan entre sí…

–      ¿Tanto tiempo?

–      ¿Y a quién le va a tocar? 

Jesús recoge el cuchicheo…

y responde:

–       Les va a tocar a Judas de Simón, a Tomás, a Bartolomé y a Felipe.

Pero no he dicho que haya que estar en Judea hasta la fiesta de las Luces.

Incluso quiero que recojáis o aviséis a los discípulos, para que estén para la fiesta de las Luces.

Por tanto, iréis, los buscaréis.

Los reunís y los avisáis.

Y mientras, les ponéis atención y les ayudáis en todo. 

Luego seguiréis mis pasos trayendo con vosotros a los que hayáis encontrado;

para los otros, dejáis dado el aviso de que vengan.

En estos momentos tenemos ya amigos en los principales lugares de Judea.

Nos harán este favor de avisar a los discípulos.

Después, en el camino de regreso hacia Galilea, por la Transjordania,

y sabiendo que Yo iré por Gerasa, Bosra, Arbela, hasta Aera;

vais recogiendo a todos los que a mi paso no se hayan atrevido a manifestar su petición

de doctrina o milagro y que luego hayan lamentado el no haberlo hecho.

Los conduciréis a Mí.

Estaré en Aera hasta vuestra llegada.

Judas dice: 

–       Entonces convendría salir en seguida.

–       No.

Saldréis al caer de la tarde del día anterior de mi partida.

Iréis donde Jonás, al Getsemaní.

Allí estaréis hasta el día siguiente.

Luego saldréis para Judea.

Así podrás ver a tu madre y le servirás de ayuda en este momento de contrataciones agrícolas.

–        Ya hace años que ha aprendido a arreglárselas por sí sola.  

Con una buena dosis de ironía,.

Pedro observa: 

–       ¿No te acuerdas de que el año pasado le eras indispensable para la vendimia?

Judas se pone más rojo que una amapola, afeado por su ira y vergüenza.

Pero Jesús sale al paso de cualquier posible respuesta hablando Él:

–       Un hijo siempre sirve de ayuda y de confortación a su madre.

Ya hasta Pascua, e incluso después, no te volverá a ver.  

Por tanto, ve y haz lo que te digo.

Judas no replica ya a Pedro,

pero descarga su rabia contra Jesús:

–       Maestro,

¿Sabes qué tengo que decirte?

Que tengo la impresión de que quieres deshacerte de mí; 

al menos separarme, porque tienes sospechas;

porque me crees injustamente culpable de algo, porque me faltas a la caridad,

porque…

Jesús ordena imperioso: 

–       ¡Judas!

¡Basta! Podría decirte muchas cosas.

Sólo te digo: “Obedece”.

Jesús se muestra majestuoso al decir esto.

Alto, con mirada centelleante y rostro severo…

Hace temblar.

Judas también se atemoriza.

Se repliega y se pone el último de todos, mientras que Jesús se pone a la cabeza, solo.

Entre ambos, el grupo enmudecido de los apóstoles.

275 JORNADA APOSTOLICA


275 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es ya plena noche cuando Jesús vuelve a casa.

Entra en el huerto sin hacer ruido.

Se asoma un momento a la oscura  cocina; la ve vacía.

Se asoma a las dos habitaciones donde están las esteras y las camas: también están vacías.

El único indicio de que los apóstoles hayan regresado es la ropa cambiada amontonada en el suelo.

La casa está tan silenciosa, que parece deshabitada.

Jesús, haciendo menos ruido que una sombra, sube la pequeña escalera

-candor en el candor de la Luna llena- y llega a la terraza.

La atraviesa.

Parece un espectro moviéndose sin hacer ruido, un luminoso espectro.

En la incandescencia blanca de la Luna parece estilizarse, alzarse aún más.

Levanta con la mano la cortina que cubre la puerta de la habitación de arriba

que (estaba corrida desde cuando los discípulos de Juan habían entrado en la habitación con Jesús).

Dentro, sentados acá o allá, en grupos, están los apóstoles con los discípulos de Juan,

con Manahén.

Y también Margziam, que está dormido, reclinada su cabeza en las rodillas de Pedro.

La Luna se encarga de iluminar la habitación entrando con sus flujos fosfóricos por las ventanas abiertas.

Ninguno habla. 

Y ninguno duerme; aparte del niño, sentado en el suelo sobre una estera.

Jesús entra despacio.

El primero que lo ve es Tomás.

Que exclama sobresaltado:

–      ¡Oh, Maestro!

Todos los demás también reaccionan.

Pedro, en su ímpetu, hace ademán de levantarse repentinamente,

pero se acuerda del niño y se levanta suavemente,

apoyando la morena cabeza de Margziam donde estaba sentado,

de forma que es el último en acercarse al Maestro.

Jesús mientras está respondiendo, con voz cansada como de quien ha sufrido mucho,

a Juan, Santiago y Andrés, que le están expresando su dolor.

Jesús dice:
–       Lo comprendo.

Pero solamente el que no cree debe sentirse desolado por una muerte.

No nosotros, que sabemos y creemos.

Juan ya no está separado de nosotros; antes lo estaba.

Es más, antes nos separaba: o conmigo o con él.

Ahora ya no es así;

donde está él estoy Yo, junto a mí está él.

Pedro introduce su cabeza entrecana entre las cabezas juveniles.
Jesús lo ve, 

Y pregunta:
–        ¿También has llorado tú, Simón de Jonás?

Y Pedro, con voz más ronca de lo habitual,

responde:
–      Sí, Señor.

Porque yo también había sido de Juan… 

Y además… y además…

¡Y pensar que el viernes pasado lamentaba,

el que la presencia de los fariseos nos fuera a amargar el sábado!

¡Este sí que es un sábado de amargura!

Había traído al niño…

para gozar de un sábado más bonito…

Sin embargo…

–       No desfallezcas, Simón de Jonás.

No hemos perdido a Juan.

Te lo digo también a ti.

Y en cambio tenemos tres discípulos bien formados.

¿Dónde está el niño?

Pedro señala y dice:

–       Está allí, Maestro, durmiendo.

Jesús se inclina hacia la cabecita morena que duerme tranquila.

Y pregunta:

–        Déjalo dormir.

¿Habéis cenado?

–        No, Maestro.

Te esperábamos a Tí y ya estábamos preocupados por la tardanza.

No sabíamos dónde buscarte…

Nos parecía que te habíamos perdido también a Ti.

–       Tenemos todavía tiempo para estar juntos.

¡Vamos, preparad la cena, que luego nos marchamos a otro lugar!

Necesito aislarme, entre amigos. 

Si nos quedamos aquí, mañana estaremos rodeados de personas.

–        Y te juro que no los soportaría.

Especialmente a esos reptiles de las almas fariseas.

¡Y sería grave que se les escapase una sonrisa -aunque fuera una sola-

referida a nosotros, en la sinagoga!– 

      ¡Tranquilo, Simón!…

Pero he calculado también esto.

Por eso he vuelto para tomaros conmigo.  

A la luz de las lamparillas encendidas a ambos lados de la mesa,

se ven mejor las alteraciones de los rostros.

Sólo Jesús se muestra con majestad solemne.

Margziam sonríe en el sueño.  

Pedro explica:

–         El niño comió antes.

Jesús dice: – 

     Entonces es mejor dejarlo dormir.

Y en medio de los suyos ofrece y distribuye la parca comida.

Y se la comen sin ganas.

Pronto termina la cena.

Jesús los anima diciendo:

–       Contadme ahora qué habéis hecho… 

Pedro dice:

-Yo he estado con Felipe por los campos de Betsaida.

Y hemos evangelizado y curado a un niño enfermo.

Felipe, no queriendo tomarse una gloria no suya.

aclara:

–       Verdaderamente ha sido Simón el que lo ha curado.

-¡Oh, Señor!

No sé cómo.

Sé que he orado mucho, con todo mi corazón,

porque me daba pena el enfermito.

Luego lo ungí con el aceite y le he restregado ligeramente con mis rudas manos…

Y  se ha curado.

Cuando le he visto que tomaba color su cara y que abría los ojos,

en pocas palabras que revivía, casi  sentí miedo.

Jesús le pone la mano en la cabeza sin decir nada.

Tomás dice:    

–        Juan ha causado gran asombro al arrojar un demonio.

Pero hablar me ha tocado a mí. 

Mateo agrega:

–        También tu hermano Judas Tadeo lo ha hecho.

Y Santiago de Alfeo:

–       Entonces también Andrés.

Bartolomé dice asombrado:

–       Simón el Zelote ha curado a un leproso.

¡No ha tenido miedo de tocarlo! 

Y luego me ha dicho: “Pero no tengas miedo.

A nosotros no se nos pega ningún mal físico por voluntad de Dios”

Jesús confirma:

–       Bien dices, Simón.

Jesús mirando a Santiago de Zebedeo y a Judas de Keriot,

que están un poco retirados.  

Pregunta:

¿Y vosotros dos?

El primero hablando con los tres discípulos de Juan,.

El segundo solo y mustio, como si estuviera enojado.   

Santiago responde:

–      Yo no he hecho nada

Pero Judas realizó TRES milagros poderosos: un ciego, un paralítico, un endemoniado.

A mí me parecía lunático.

Pero la gente decía eso…  

La acción del Espíritu Santo fluyó con dos objetivos: 

La santidad y la humildad de Santiago pasaron y permitieron la prueba para los dos. 

Se cumplió la órden divina emitida por Jesús y la obediencia realizó los milagros requeridos. 

Santiago fue humilde y no lamentó que los milagros los realizara Judas. 

Pero Dios los hizo gracias a él y para que el apóstol rebelde reflexionara…  

Pero no fue así. 

Por su soberbia indomable, Judas desobedeció y buscó alojamiento del fariseo rico,

para gozar las comodidades a las que se cree con derecho,

porque él es rico y de linaje sacerdotal…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

y deslumbrar con el poder otorgado por Dios.

Pero Satanás está furioso por lo mismo.

Y la posesión demoníaca perfecta que le ofrecen, todos los vicios del apóstol indigno,

trasmiten el odio que lo consume a su instrumento maligno…  

Y esto lo refleja la actitud de Judas….

Pedro dice:

–       ¿Y estás ahí con esa cara habiéndote ayudado Dios tanto?

Judas replica:

–       Yo también sé ser humilde.

Santiago:

–        Luego nos  alojó en su casa un fariseo.

Yo no me sentía a gusto, pero Judas, que es más hábil, le bajó bien los humos.

El primer día era altivo, pero luego..

¿Verdad, Judas?

Judas asiente con la cabeza, sin decir nada.

Jesús dice:   

–       Muy bien.

Y cada vez lo haréis mejor.

La próxima semana estaremos juntos.

Entretanto Simón, ve a preparar las barcas.

También tú, Santiago.

Pedro objeta: 

–       ¿Para todos, Maestro?

No cabremos».

–        ¿No puedes conseguir otra?

–        Se la pediré a mi cuñado, sí.

Voy.

–       Ve.

Y en cuanto hayas terminado vuelve.

Y no des muchas explicaciones.

Los cuatro pescadores se marchan.

Los demás bajan a coger sacos y unos mantos.

Se queda Manahén con Jesús.

El niño sigue durmiendo.

–        Maestro, ¿Vas lejos?

–        Todavía no lo sé…

Ellos están cansados y apenados.

Yo también.

Mi propósito es ir a Tariquea, a la campiña, para aislarnos en paz…

–       Yo tengo el caballo, Maestro.

Pero si me lo permites, voy bordeando el lago.

¿Vas a estar allí mucho?

–       Quizás toda la semana.

No más.

–       Entonces iré. Maestro.

Bendíceme en esta primera despedida.

Y quítame un peso del corazón

–       ¿Cuál, Mannaém?

–       Tengo el remordimiento de haber dejado a Juan.

Quizás, si hubiera estado…

–        No.

Era su hora.

Además él ciertamente se ha alegrado al verte venir donde Mí.

No tengas este peso.

Es más, trata de liberarte pronto y bien del único peso que tienes:

el gusto de ser hombre.

Hazte espíritu, Mannaém.

Puedes hacerlo.

Está en ti la capacidad de serlo.

Adiós, Mannaém.

Mi paz sea contigo.

Pronto nos veremos de nuevo en Judea.

Mannaém se arrodilla y Jesús lo bendice;

luego lo levanta y lo besa.

Vuelven los otros y se saludan recíprocamente, tanto los apóstoles como los discípulos de Juan.

Los últimos en llegar son los pescadores.

Pedro dice:

–       Ya está, Maestro; podemos marcharnos.

–       Bien.

Despedíos de  Mannaém, que se queda aquí hasta la puesta del sol de mañana.

Recoged las provisiones, tomad el agua y vámonos.

Haced poco ruido.

Pedro se agacha para despertar a Margziam.

Pero Jesús objeta:

–       No, deja.

Podría echarse a llorar.

Lo tomaré en mis brazos. 

 Y delicadamente levanta al niño, que refunfuña entre sueños un poco,

pero luego se acomoda instintivamente en los brazos de Jesús.

Todos se despiden de Mannaém que se queda en el umbral.

Y se van por la calle solitaria, bañada por la luna.

Bajan.

En el linde del huerto saludan nuevamente a Mannaém,

Y luego en fila.

Avanzan silenciosos por el camino iluminado por la luz de la luna y van al lago:

Que es un enorme espejo de plata bajo la Luna en su zenit.

Tres gotas rojas sobre el espejo sereno,…

Parecen los tres farolillos de las proas ya metidas en el agua.

Suben y se distribuyen por las barcas.

Los últimos en subir son los pescadores:

Pedro y un mozo ayudante, donde Jesús;

Juan y Andrés en la otra;

Santiago y otro ayudante en la tercera.

Pedro pregunta: 

–       ¿A dónde, Maestro? 

–       A Tariquea.

Donde desembarcamos después del milagro de los gerasenos.

Ahora no habrá pantano.

habrá calma.

Pedro se adentra en el lago.

Y lo siguen también los otros detrás, con las barcas:

tres estelas en una.

Ninguno habla.

Sólo cuando están ya en zona abierta y Cafarnaúm se difumina entre el claror de la luna,

que uniforma todo con su diminuto polvillo de plata,

Pedro, como si le hablara a la caña del timón,

dice:

–        Pues me da gusto.

Mañana nos buscarán, vieja mía.

Y gracias a ti no nos encontrarán.

Bartolomé pregunta:

–        ¿Con quién hablas, Simón?

–         Con la barca.

¿No sabes que para los pescadores es como una esposa?

¡Cuánto he hablado con ella!

¡Más que con Porfiria, Maestro!…

¿Está bien tapado el niño?

De noche hay relente en el lago…

       Sí.

Mira, Simón, ven aquí, que tengo que decirte una cosa…

Pedro pasa la caña del timón al ayudante y va donde Jesús.

–      He dicho Tariquea.

Pero será suficiente estar allí pasado el sábado para saludar de nuevo a Mannaém.

¿No podrías encontrar un sitio cerca de allí donde estar en paz?

–        Maestro…

¿En paz nosotros o también las barcas?

Para las barcas hace falta Tariquea o los puertos de la otra orilla.

Pero si es para nosotros, basta con que te adentres en los bosques del otro lado del Jordán,

Y sólo los animales te descubrirán…

Y quizás algún que otro pescador que esté vigilando las nasas de los peces.

Podemos dejar las barcas en Tariquea, cuando lleguemos al alba;

luego nos echamos a caminar veloces hasta el otro lado del vado.

Se pasa bien en este período.

–        Bien. Así lo haremos…

–       Te da asco también a ti el mundo, ¿eh?

Prefieres los peces y los mosquitos, ¿eh?

Tienes razón.

–       No tengo asco.

No hay que tenerlo.

Lo que pasa es que quiero evitar que arméis alboroto.

Y quiero consolarme en vosotros en estas horas del sábado

–        Maestro mío…

Pedro lo besa en la frente y se retira secándose un lagrimón

que se empeña en rodar por su mejilla  y bajar hacia la barba.

Vuelve a su timón y apunta al sur, con firmeza,

mientras la luz lunar decrece al ponerse el planeta, que desciende

por debajo de la línea de un collado, escondiendo su carota a la vista de los hombres,

pero dejando todavía el cielo blanco de su luz y de plata la orilla oriental del lago;

lo demás, es añil oscuro que apenas si se distingue a la luz del farol de proa.

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273 EL LASTRE DE LA RIQUEZA


273 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es en la casa de Cafarnaúm, a la sombra de los árboles en el huerto umbrío,

temprano  por la matutina.

Los apóstoles se fueron a predicar.

Jesús cura a unos enfermos, acompañado de Mannaém.

Que ya no lleva ni el precioso cinturón ni la lámina de oro en la frente:

sujeta su túnica un cordón de lana; una cinta de tela, como la prenda que cubre su cabeza.

Jesús tiene descubierta la cabeza, como siempre cuando está en casa. 

Una vez que ha terminado de curar y de consolar a los enfermos,

sube con Manahén a la habitación alta.

Aunque parece que la canícula ha terminado, el sol todavía calienta implacable…

Se dirigen hacia la parte mas sombreada y fresca.

Y se  sientan los dos en la pequeña terraza de la ventana que mira al mont

Mannaém dice:

–       Dentro de poco empezará la vendimia.

Jesús le contesta:

–       Sí.

Luego vendrá la Fiesta de los Tabernáculos…

Y el invierno estará a las puertas.

¿Cuándo piensas partir?

–       ¡Mmm!…

De mi parte no me iría nunca…

Pero pienso en el Bautista.

Herodes es una persona débil.

Si se le sabe influir

Se le puede sugestionar para que haga el bien y si no se hace bueno;

por lo menos que no sea sanguinario.

Desgraciadamente son pocos los que le aconsejan bien.

¡Y esa mujer!… ¡Esa mujer!…

Yo quisiera estar aquí hasta que regresen tus apóstoles.

Aunque mi ascendencia ha disminuido, desde que saben que sigo los senderos del Bien.

Pero no me importa.

Quisiera tener la verdadera valentía, de saber abandonar todo para seguirte completamente,

como aquellos discípulos que estás esperando.

¿Lo lograré alguna vez?

Nosotros que no pertenecemos a la plebe, somos más obstinados para seguirte.

¿Por qué será?

–      Porque los tentáculos de las míseras riquezas os retienen.

–      Conozco a algunos que no son tan ricos, pero sí son doctos o están en camino de serlo.

Y tampoco vienen. 

–       También están retenidos por los tentáculos de las míseras riquezas.

No se es rico sólo de dinero.

Existe también la riqueza del saber.

Pocos llegan a la confesión de Salomón: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”,

considerada de nuevo y ampliada -no tanto materialmente cuanto en profundidad-

en Qohélet.

¿Lo recuerdas?

La ciencia humana es vanidad, porque aumentar sólo el humano saber

“es afán y aflicción de espíritu. 

Y quien multiplica la ciencia multiplica los afanes”.

En verdad te digo que es así.

Como también digo que no sería así, si la ciencia humana estuviera sostenida y refrenada

por la sabiduría sobrenatural y el santo amor a Dios.

El placer es vanidad, porque no dura;

arde y rápido se desvanece dejando tras sí ceniza y vacío.

Los bienes acumulados con distintas habilidades son vanidad, para el hombre que muere,

porque con los bienes no puede evitar la muerte, y los deja a otros.

La mujer, contemplada como hembra y como tal apetecida, es vanidad.

De lo cual se concluye que lo único que no es vanidad es el santo temor de Dios

y la obediencia a sus Mandamientos.

O sea, la sabiduría del hombre, que no es sólo carne,

sino que posee la segunda naturaleza: la espiritual.

Solo el que logra ver la vanidad de todo lo mundano,

logra liberarse de cualquier tentáculo de pobres posesiones

e ir libre al encuentro del Sol.

–      ¡Quiero recordar estas palabras!

¡Cuánto me has dado en estos días

Ahora puedo ir entre la inmundicia de la corte, que les parece brillante solo a los necios.

Que parece poderosa y libre y es solo miseria, cárcel y oscuridad.

Me llevaré un tesoro que me permitirá vivir allí mejor, a la espera de lo superior.

Pero, ¿Llegaré alguna vez a esta meta sublime, que es pertenecerte totalmente?

–       Lo lograrás.

–       ¿Cuándo?

¿El año próximo?

¿Más adelante todavía?

¿O hasta que la ancianidad me haga prudente y sabio?

–        Lo lograrás.

-Llegarás… alcanzando la madurez de espíritu….

Perfección de voluntad y a una decisión perfecta

En el término de unas cuantas horas.

Y al decir esto, Jesús sonríe de una manera enigmática.  

Pues ha lanzado su mirada hacia el futuro y ve el heroísmo del que será capaz su discípulo.

Mannaém lo mira pensativo y escrutador…

Pero no pregunta nada más.

Después de un largo silencio que interrumpe Jesús,

al preguntar:

–        ¿Has estado alguna vez con Lázaro de Bethania?

–         No, Maestro.

Nos hemos encontrado algunas veces.

Puedo decir que no;

que si hubo algún encuentro, no puede llamarse amistad.

Ya sabes.

.

Yo con  Herodes, Herodes contra él…

Por tanto…

–        Ahora Lázaro te mirará más allá de estas cosas.

Te mirará en Dios…

Procura tratarlo como condiscípulo.

–        Lo haré si Tú así lo quieres…

Se oyen voces llenas de alarma en el huerto, que buscan al Maestro.

Preguntan con angustia:

–        ¡El Maestro!

–       ¡El Maestro!

–       ¿Está aquí?

Responde la voz cantarina de la dueña de la casa:

–        Está en la habitación de arriba.

¿Quiénes sois?

¿Estáis enfermos?

—       No. – 

         Somos discípulos de Juan. 

–       Y  queremos ver a Jesús de Nazaret.

Jesús se asoma por la ventana,

y dice:

—      Paz a vosotros…

Ellos levantan la cabeza  y los reconoce,

invitándoles:

–      ¡Oh!

¿Sois vosotros?

¡Venid! ¡Venid!

Sus  pasos apresurados suben por la escalera.

Son los tres pastores: Juan, Matías y Simeón.

Jesús deja la habitación y va a su encuentro a la terraza.

Manahén lo sigue.

Se encuentran justamente en el punto en que la escalera termina en la soleada terraza.

Los tres se arrodillan y besan el suelo.

Mientras Jesús los saluda.

–       La paz sea con vosotros…

Levantan la cabeza y muestran un rostro lleno de dolor.

Ni siquiera viendo a Jesús se sosiegan.

Su grito ahogado por el llanto:

–       ¡Oh, Maestro!

Juan habla en nombre de los demás:

–      Y ahora recógenos, Señor.

Porque somos tu herencia.

Y las lágrimas se deslizan por la cara del discípulo y de sus compañeros.

Jesús y Mannaém dan un solo grito:

–        ¿¡Juan!?

–        ¡Lo mataron…!

La noticia cae como un rayo que paraliza hasta el aire, en un silencio horrorizado.

Cuyo  enorme fragor cubre todos los ruidos del mundo,

a pesar de que haya sido pronunciada en voz muy baja.

Petrifica a quien la dice y a quien la oye.

Y se produce un rato de silencio tan profundo…

Que parece extenderse en su  profunda inmovilidad también en los animales,

las frondas y el aire,

Porque es como si la Tierra entera, para recoger esta palabra y sentir todo su horror,

suspendiera todo ruido  propio.

Queda suspendido el zureo de las palomas, truncada la flauta de un mirlo,

enmudecido el coro de los pajarillos.

Y como si de golpe se le hubiera roto el artilugio, una cigarra detiene su chirrido al improviso,

mientras se detiene el viento que, haciendo frufrú de seda y crujido de palos,

acariciaba las pámpanas y las hojas.

Jesús palidece.

Sus ojos se agrandan.

Vidrian por el llanto que se asoma.

Abre los brazos.

Su voz es más profunda, por el esfuerzo que hace para que sea firme y tranquila.

Y dice:

–       Paz al Mártir de la Justicia y a mi Precursor.

Cierra los ojos y los brazos sobre su pecho.

Su espíritu ora.

Entrando en contacto con el Espíritu de Dios y el de Juan  Bautista.

Mannaém no dice nada, no hace ningún gesto, ni se atreve ni a moverse.

Al revés de Jesús, se  pone colorado y la ira lo invade.

Se pone rígido y paralizado.

Toda su turbación se manifiesta en el movimiento mecánico de la mano derecha,

que sacude el cordón de la túnica y de la izquierda, que instintivamente busca el puñal

Pero no lo encuentra, porque se le olvidó que está desarmado.

Pues para poder ser discípulo del manso, es requisito para estar cerca del Mesías.

Y mueve la cabeza compadeciéndose de su fragilidad

y de sentirse tan impotente. 

Jesús recupera la Majestad Divina que le es habitual.

Y tan solo le queda una profunda tristeza, dulcificada con paz.

Con voz serena dice:

–       Venid.

Me lo contaréis.

De hoy en adelante me pertenecéis.

EVANGELIO DE SAN MARCOS

Capítulo 6

Muerte de Juan el Bautista

14. Se enteró el rey Herodes, pues su nombre se había hecho célebre. Algunos decían: «Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso actúan en él fuerzas milagrosas.»

15. Otros decían: «Es Elías»; otros: «Es un profeta como los demás profetas.»

16. Al enterarse Herodes, dijo: «Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado.»

17. Es que Herodes era el que había enviado a prender a Juan y le había encadenado en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con quien Herodes se había casado.

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.»

19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía,

20. pues Herodes temía a Juan, sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía; y al oírle, quedaba muy perplejo, y le escuchaba con gusto.

21. Y llegó el día oportuno, cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a los principales de Galilea.

22. Entró la hija de la misma Herodías, danzó, y gustó mucho a Herodes y a los comensales. El rey, entonces, dijo a la muchacha: «Pídeme lo que quieras y te lo daré.»

23. Y le juró: «Te daré lo que me pidas, hasta la mitad de mi reino.»

18. Porque Juan decía a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano.» 19. Herodías le aborrecía y quería matarle, pero no podía, Marcos 6

24. Salió la muchacha y preguntó a su madre: «¿Qué voy a pedir?» Y ella le dijo: «La cabeza de Juan el Bautista.»

25. Entrando al punto apresuradamente adonde estaba el rey, le pidió: «Quiero que ahora mismo me des, en una bandeja, la cabeza de Juan el Bautista.»

26. El rey se llenó de tristeza, pero no quiso desairarla a causa del juramento y de los comensales.

27. Y al instante mandó el rey a uno de su guardia, con orden de traerle la cabeza de Juan. Se fue y le decapitó en la cárcel

28. y trajo su cabeza en una bandeja, y se la dio a la muchacha, y la muchacha se la dio a su madre.

29. Al enterarse sus discípulos, vinieron a recoger el cadáver y le dieron sepultura.

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254 DESPRECIO CLASISTA


254 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Santiago han bajado por la pendiente del Carmelo, hasta  llegar a un cruce de caminos  de la llanura de Esdrelón,

Donde se encuentran los discípulos en torno a una hoguera bien alimentada,

que resplandece en las primeras sombras del anochecer,

Jesús pregunta: 

–      ¿Qué hacéis, amigos, junto a este fuego?

Los apóstoles, que no le habían visto llegar, se sobresaltan.

Y se olvidan del fuego para recibir con aclamaciones al Maestro,

como si hiciera un siglo que no lo vieran.

Luego explican:

–      ¡Oh, Maestro!

Hemos resuelto una cuestión entre dos hermanos de Yizreel.

Y de tan contentos como se han puesto, nos han regalado cada uno un cordero.

Hemos decidido asarlos y dárselos a los campesinos de Doras.

Miqueas de Yocaná los ha degollado y preparado.

Ahora los vamos a poner a que se asen.

Tu Madre con María y Susana han ido a advertir a los de Doras, para que

vengan cuando se haga de noche, cuando ya a esas horas,

el administrador se encierra en la casa a emborracharse. 

Las mujeres llaman menos la atención…

Hemos tratado de verlos pasando como viandantes por los campos, pero poco se ha hecho.

Habíamos decidido reunirnos esta noche aquí y decir…

algo más, para el alma.

Y poner los medios para que se sintieran bien, también en lo corporal,

como has hecho Tú las otras veces.

Pero, ahora que estás Tú, será más interesante.

–     ¿Quién iba a hablar?

Pedro comenta: 

–      ¡Bueno pues, todos un poco!

Así, como si fuera una cosa espontánea, familiar.

No somos capaces de más.

Y mucho más si se tiene en cuenta que Juan, el Zelote y Tadeo no quieren hablar.

Tampoco Judas de Simón.

También Bartolomé está evitando hablar…

Incluso hemos discutido por este motivo… 

–      ¿Y por qué no quieren hablar estos cinco?

–      Juan y Simón porque dicen que no está bien que siempre sean ellos…

Tu hermano Tadeo porque quiere que hable yo, porque  dice que no empiezo nunca…

Bartolomé porque…

Porque tiene miedo a hablar demasiado como maestro y a no saberlos convencer.

Como ves son excusas…

Jesús mirando a Judas,

le pregunta: 

–       ¿Y tú, Judas de Simón, por qué no quieres hablar?

–      ¡Por las mismas razones que los demás!

Por todas al mismo tiempo, porque todas son justas…

–      Muchas razones.

Y una no ha sido dicha.

Ahora juzgo Yo…

Y con juicio inapelable.

Tú, Simón de Jonás hablarás, como lo juzgó Judas Tadeo, que dice sabiamente.

Y tú, Judas de Simón, también hablarás.

Así una de las muchas razones, que Dios conoce y también tú, dejará de existir.  

Judas trata de rebatir: 

–      Maestro…

Piénsalo, no se trata de nada.

Créeme que no hay más… 

Pero la voz de Pedro le interrumpe:

–      ¡Oh, Señor!

¿Yo hablar estando Tú?

¡No soy capaz!

Temo que te rías…

–      No quieres estar solo…

No quieres estar conmigo…

¿Qué quieres entonces?

–      Tienes razón.

Pero es que… ¿Qué digo?

–      Mira tu hermano;

está viniendo con los corderos.

Ayúdale, y mientras los asas piensas en ello.

Todo sirve para encontrar temas.  

Pedro pregunta incrédulo: 

–      ¿Incluso un cordero en el fuego? 

–       Incluso.

Obedece.

Pedro emite un fuerte suspiro, verdaderamente conmovedor, pero no replica más.

Se acerca donde Andrés, le ayuda a ensartar a los animales en una estaca puntiaguda;

que servirá de asador. y su cara refleja una gran preocupación…

Y se pone a cuidar del asado con una concentración en el rostro

que le hace asemejarse a un juez en el momento de la sentencia.

Jesús ordena: 

–      Vamos a recibir a las mujeres, Judas de Simón.

Y se pone en camino, a su encuentro, en dirección a los campos sin vida de Doras.  

Después de unos minutos y sin ningún preámbulo,

Jesús dice:

–      Un buen discípulo…

No desprecia lo que su Maestro no desprecia, Judas.

La soberbia y la hipocresía de Judas, lo impulsan inmediatamente,

a contestar: 

Judas con posesión diabólica perfecta… 

–       Maestro…

No es que desprecie, lo que pasa es que, como Bartolomé, siento que no me entenderían.

Y prefiero no hablar.

–      Nathanael lo hace por miedo a no cumplir mi deseo de iluminar y consolar los corazones.

Hace mal también, porque le falta confianza en el Señor.

Pero tu caso es mucho peor…

Porque no es que tengas miedo a no ser comprendido.

Sino desdén de hacerte entender de pobres campesinos ignorantes de todo,

menos de la virtud.

En ésta verdaderamente superan a muchos de vosotros.

No has entendido nada todavía, Judas.

El Evangelio es realmente la Buena Nueva comunicada a los pobres,

enfermos, esclavos, afligidos.

Luego será también de los demás.

Pero se da precisamente para que los infelices, de todo tipo de infelicidad,

para reciban ayuda y consuelo.

Judas baja la cabeza y no responde nada.

En este preciso instante…

María, María Cleofás y Susana salen de entre una espesura.

Jesús las saluda: 

–       ¡Hola, Madre!

¡Paz a vosotras, mujeres!

La sonrisa de la Madre es radiante,

y responde amorosa: : 

–       ¡Hijo mío!

He ido a ver a esos… torturados.

Pero he recibido una noticia que sirve para que mi sufrimiento no exceda los límites.

Doras se ha liberado de estas tierras y han pasado a Yocaná.

No es que sea un paraíso, pero ya no es aquel infierno.

Hoy se lo ha dicho a los campesinos el administrador.

El ya se ha marchado, llevándose en los carros hasta el último grano de trigo.

De forma que ha dejado a todos sin comer.

Y como además, el vigilante de Yocaná, hoy tiene comida solamente para los suyos;

pues los de Doras se habrían tenido que quedar sin comer.

¡Ha sido verdaderamente providencia esos corderos!

–       También es providencia el que no sean ya de Doras.

Susana está muy indignada,

cuando dice: 

–      Hemos visto sus chozas…

Son unos horrorosos cuchitriles… 

María Cleofás concluye:

–      ¡Están tan contentos todos esos pobrecillos! .

Jesús responde: 

–      También Yo estoy contento.

En todo caso, estarán mejor que antes. 

Y vuelve hacia donde están los apóstoles.

Regresan todos al lugar donde se cocinan los corderos, en medio de espesas columnas de humo.

Juan de Endor lo alcanza, con unas ánforas de agua que lleva junto con Hermasteo.

Saludan a Jesús postrándose…

Y explica: 

–      Nos las han dado los de Yocaná.

Vuelven todos al lugar en que están siendo asados los dos corderos;

entre densas nubes de humo untuoso.

Pedro sigue dando vueltas a su asado… 

 Está muy concentrado en el fuego, mientras sigue pensando…

Y dando vueltas a su espitón.

Sin embargo, Judas Tadeo, teniendo abrazado por la cintura a su hermano Santiago; 

va y viene caminando mientras habla muy animadamente.

Los otros tienen diversas ocupaciones…

Quién trae más leña, quién prepara la mesa según su ingenio (!),

trayendo voluminosas piedras para que hagan de asiento o de mesa… 

En esto, llegan los campesinos de Doras.

Más delgados y harapientos que la última vez.

¡Y, sin embargo, qué felices!

Son unos veinte.

No hay ni siquiera un niño ni una mujer: sólo hombres pobres y solos…

Jesús les da la bienvenida:

–     Paz a todos vosotros.

Bendigamos juntos al Señor por haberos dado un amo mejor.

Bendigámoslo orando por la conversión del que tanto os ha hecho sufrir.

¿No es verdad?

Al abuelo de Margziam,

le pregunta amoroso: 

–      ¿Te sientes feliz, anciano padre?

Yo también.

Podré venir más a menudo con el niño.

¿Ya te han puesto al corriente?

¿Lloras de alegría, verdad?

Ven, ven, sin miedo…

El anciano le besa las manos inclinándose mucho, y llora.

Y susurra:

–       «No pido nada más al Altísimo.

Me ha dado más de cuanto esperaba.

Ahora quisiera morir, por miedo a vivir todavía el tiempo para volver a mi sufrimiento».

Muy asombrados al principio por estar con el Maestro,

los campesinos se sienten pronto serenos y seguros.

De forma que cuando traen los corderos y los ponen sobre unas hojas grandes,

colocadas encima de las piedras que habían traído antes.

Luego los dividen y ponen cada una de las partes encima de unas tortas de pan, poco gruesas

pero grandes, que sirven de plato.

Están ya más relajados y tranquilos, dentro de su simplicidad.

Y se ponen a comer con ganas para saciar toda el hambre acumulada;

mientras cuentan los últimos acontecimientos.

Uno dice:

–       Siempre he maldecido langostas, topos y hormigas;

pero desde ahora los voy a ver como mensajeros del Señor,

porque por ellos dejamos este infierno.

Y a pesar de que comparar hormigas y langostas con los ejércitos angélicos sea un poco fuerte,

ninguno ríe porque todos sienten el drama que se esconde bajo esas palabras.

La llama ilumina este grupo de personas, pero las caras no miran a la llama.

Y pocos miran a lo que tienen delante.

Todos los ojos convergen hacia el rostro de Jesús.

Sólo se distraen unos momentos cuando María de Alfeo, que se ocupa de dividir los corderos,

pone más carne en los panes de los hambrientos campesinos

y termina su obra envolviendo dos muslos asados en otras hojas grandes

Mientras le dice al anciano padre de Margziam:

–       Ten.

Así tendréis también un bocado para cada uno mañana.

Entretanto, el vigilante de Yocaná proveerá.

–       Pero vosotros…

–       Iremos más ligeros.

Toma, toma, hombre.

El fuego ilumina esta reunión.

Terminan de comer y de los dos corderos, solo quedan los huesos descarnados…

Y un fuerte olor a grasa que sigue quemándose sobre la leña, que poco a poco se va apagando.

Y en su lugar, entran los rayos luminosos de la luna.

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204 APÓSTOL DEL AMOR


204 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La comitiva apostólica sufre un cambio en su séquito.

Ya no viene más el macho cabrío.

Y en su lugar vienen trotando una oveja y dos corderillos.

La oveja está gorda; las ubres llenas y los corderitos alegres.

Un minúsculo rebaño que, por su aspecto menos mágico que la negrísima cabra, da más alegría a todos.

Jesús dice:

–    Os había dicho que quería la cabrita para Margziam.

Para que fuese un pequeño pastor feliz..

En vez de la cabrita, dado que no queréis saber nada de cabras, han venido ovejas.

Y además blancas, exactamente como Pedro las soñaba.

Pero en lugar de ella; porque a vosotros no os gustaba, tenemos ovejas blancas…

¡Eh! Tal cual la soñaba Pedro…

Pedro confirma:

–    Tienes razón.

Me parecía que el macho cabrío nos arrastraba en pos de Belcebú.

Judas dice irritado:

–    Y de hecho…

Desde que estuvo con nosotros, nos pasaron cosas muy desagradables.

Era el sortilegio que nos perseguía.

Juan contesta calmadamente:

–    Entonces era un buen sortilegio. ¿No?

Nada malo nos sucedió.

Todos desaprueban, como recriminándolo por su ceguera:

–     ¿Pero no has visto cómo se han burlado de nosotros en Modín?

–     ¿Te parece nada la caída de mi hermano?…

–     Pues se podía haber hecho daño de verdad…

–     Y si se hubiera roto las piernas o la columna… 

–    ¿Cómo nos las hubiéramos arreglado para transportarlo?;

–    ¿Te ha parecido bonito el entreacto de ayer?

Juan dice: 

–    He visto todo.

Todo lo he considerado. Y he bendecido al Señor porque no nos ha sucedido nada malo.

El mal ha venido hacia nosotros, pero luego se ha alejado, como siempre.

El encuentro con el mal ha servido para dejar la simiente del bien, tanto en Modín como con los viñadores; 

que vinieron inmediatamente con la certeza de encontrar una persona al menos herida; 

arrepentidos por haberse comportado sin caridad, hasta el punto de que quisieron reparar el mal de alguna forma.

Y también con los ladrones de ayer noche, que no han hecho ningún mal.

Además, hemos ganado – bueno, Pedro nos ha conseguido

las ovejas a cambio del macho cabrío y como regalo por haber salido ilesos.

Por si fuera poco, ahora tenemos mucho dinero para los pobres:

Las bolsas que nos han dado los mercaderes y las ofrendas de las mujeres.

Además todos – y es lo que más valor tiene – han recibido la palabra de Jesús.

Zelote ratifica:

–   Juan tiene razón.

Tadeo agrega:

–    Parece que todo lo que hubiese sido malo se convirtió en un bien.

Voltea hacia Jesús,

y agrega:

–    Hermano, dime la verdad.

¿Tú sabías lo que nos iba a suceder?

«Da la impresión de que todo suceda por una clara cognición de las cosas venideras.

¡Mira que encontrarnos precisamente allí, con retraso por causa de mi caída,

junto a aquellas mujeres enjoyadas!

¡Con esos pastores de gordos rebaños, con esos mercaderes repletos de dinero!…

Todos ellos magníficas presas para los ladrones.

Hermano, dime la verdad, ¿Sabías que iba a suceder lo que ha sucedido? 

Jesús contesta:

–     Muchas veces os he dicho que leo en los corazones.

Y que cuando el Padre no dispone de otro modo; no ignoro lo que debe suceder.

Judas de Keriot le pregunta:

–    Entonces, ¿Por qué a veces cometes errores, como los de ir al encuentro de fariseos que son hostiles o de ciudadanos que no nos quieren?

Jesús lo mira fijamente, por unos segundos…

Y luego responde con calma:

–     No son errores.

Es algo inherente a mi misión.

Los enfermos tienen necesidad del Médico y los ignorantes del Maestro.

Algunas veces, unos y otros rechazan al Médico y al Maestro

Pero éstos, si son buenos médicos y buenos maestros,

siguen yendo a quienes los rechazan, porque es su deber…

Vosotros querríais que donde me presente se desvanezca toda resistencia.

Lo podría hacer. Pero no hago violencia a nadie.

Persuado.

La coacción se usa tan solo en casos muy excepcionales.

Y sólo cuando el espíritu iluminado por Dios; 

comprende que tal gesto puede servir para persuadir de que Dios existe y es el más fuerte.

O también en casos de salvación múltiple.

Pedro pregunta:

–   ¿Cómo ayer noche?

Judas de Keriot dice con significativo desprecio:

–     Los ladrones de anoche tuvieron miedo al vernos bien despiertos para recibirlos. 

Tomás objeta: 

–    No.

Las palabras los persuadieron.  

Felipe comenta: 

–    ¡Sí! ¡Estás listo!

¡Como si fueran tiernas almas que se dejan persuadir por dos palabras, aunque sean de Jesús!

¡Bien presente tengo aquella vez que nos asaltaron a toda mi familia, a mí…

y a muchos de Betsaida en el desfiladero de Adomín! 

Santiago de Zebedeo, pregunta:

–    Maestro, dime la verdad.

Desde ayer te lo quería preguntar.

¿Fueron en verdad tus palabras o tu voluntad, lo que hizo que no sucediera nada?

Jesús sonríe y calla.

Mateo responde:

–    Yo creo que fue su voluntad…

La que venció la dureza de esos corazones, para paralizarlos y así poder hablarles y salvarlos.

Andrés dice:

–    Yo también soy de esa opinión.

Por eso se quedó allí solo, mirando al bosque.

Los tenía subyugados con su mirada, con su confianza en ellos, sereno e inerme.

¡No tenía ni siquiera una estaca!… 

Pedro dice: 

–    Bien, de acuerdo. 

 Pero todas estas cosas es lo que decimos nosotros, son ideas nuestras.

Yo lo quiero saber del Maestro. 

Entonces se enciende un vivo debate, que Jesús permite; 

entre Bartolomé quien piensa que, habiendo declarado Jesús que no fuerza a nadie;

no habrá aplicado la violencia tampoco con estos ladrones,.

Y por otra parte Judas apoyado moderadamente por Tomás,

que dice que no puede creer que la mirada de un hombre tenga tanto poder.

Todos se muestran tenaces en su propia tesis, de forma que se elevan “síes” y “noes” discrepantes, violentos.

Juan, como Jesús, guarda silencio, sonríe con la cabeza inclinada (lo hace para disimular su sonrisa).

Pedro vuelve al asalto, porque ninguna de las razones de los compañeros lo convence.

Piensa que la mirada de Jesús es distinta que la de los otros hombres;

pero quiere saber si es por ser Jesús, el Mesías, o por ser Dios.

Iscariote apoyado ligeramente por Tomás,

dice:

–    No puedo creer que la mirada de un hombre tenga tanta fuerza.  

Mateo replica:

–  Esto y algo más.

Yo me convertí al contacto, primero de su mirada que de sus palabras.

Pedro dice:

–     ¡Está bien!

Pero esto lo decimos nosotros.

Son ideas nuestras.

Quiero saberlo del Maestro.

La mirada de Jesús es diferente a la de cualquier hombre.

Y pregunta: 

¿Es porque eres el Mesías?

O ¿Por qué eres siempre Dios? 

Jesús toma la palabra:

–    En verdad os digo que no solo Yo;

Sino cualquiera que esté unido íntimamente a Dios con una santidad, una pureza, una fe sin tacha;

podrá hacer esto y mucho más.

La mirada de un niño, si su espíritu está unido a Dios;

puede hacer que se desplomen los templos sin necesidad de imprimir ninguna sacudida como lo hizo Sansón;

puede ordenar la mansedumbre a las fieras y a los hombres-fiera;

rechazar la muerte, domeñar las enfermedades del espíritu.

De la misma forma, la palabra de un alma víctima corredentora,

fundida con el Señor e instrumento del Señor;

puede curar enfermedades, quitar el veneno a las serpientes, obrar cualquier milagro.

Porque Dios obra en él.Lo mismo que los hombres fieras, rechazar la muerte, derrotar las enfermedades del espíritu.

Pedro exclama:

–     ¡Ah! ¡He entendido!

Mira fijamente a Juan y luego concluye su razonamiento que tenía fermentando en su interior,

Agregando:

–     ¡Cierto!

Maestro, Tú lo has podido porque Eres Dios y porque Eres Hombre unido con Dios. 

Y lo mismo sucede con quién llega a estar fusionado por el amor con Dios.

¡He entendido perfectamente

Jesús lo mira y pregunta:

–    Pero, ¿No te preguntas acerca de la clave de esta unión y el secreto de este poder?

No todos lo alcanzan, incluso en el caso de hombres dotados de iguales capacidades.

–    ¡Exacto!

¿Dónde está la clave de esta fuerza para unirse a Dios y someter las cosas?

¿Es una oración, o quizás palabras secretas…?

Jesús responde: 

–    Hace poco Judas culpaba a la cabra de todos los momentos desagradables que han ocurrido.

Las bestias no traen ningún sortilegio consigo.

Arrojad de vosotros esas supersticiones que huelen a idolatría y que pueden acarrear males.

Los brujos obran prodigios porque al ser posesos de Satanás,

es el Arcángel caído que sigue siendo poderoso, el que obra los sortilegios.

Y así como no existen fórmulas para hacer brujerías,

así tampoco existen para hacer milagros. 

Tan solo existe el Amor.

Si Dios está en vosotros y lo poseéis de un modo pleno, por medio de un amor perfecto;.

El ojo se convierte en fuego o en un arma que desarma.

Y la palabra se hace poderosa. 

Como he dicho ayer por la noche, el Amor calma a los violentos y sacia a los codiciosos.

El Amor es Dios.

Con Dios en vosotros, plenamente poseída por el mérito de un amor perfecto;

vuestra mirada se transforma en fuego que quema todo ídolo y echa por tierra sus imágenes.

Y la palabra se transforma en potencia.

Y os digo, la mirada es entonces, arma que  desarma.

Dios, el Amor, es irresistible.

Sólo el demonio le resiste, porque es el Odio perfecto.

Y con él, los que son hijos suyos.

Los otros, los débiles, los que están subyugados por una pasión,

pero que no se han vendido voluntariamente al demonio, no lo resisten.

Sea cual sea su religión,o su abstención completa de fe.

Sea cual sea su bajeza espiritual, reciben el impacto del Amor, que es el gran Vencedor.

Trata de llegar a esto pronto… 

Y harás lo que hacen los hijos y portadores de Dios.

Pedro no quita los ojos de Juan.

También las inteligencias de Simón Zelote, los hijos de Alfeo, Santiago y Andrés,

se han despertado e indagan.

Santiago de Zebedeo dice: 

–    Pero entonces, Señor… 

 ¿Qué es lo que le ha acontecido a mi hermano?

Hablas de él.

¿Es él el muchacho que hace milagros?

Es eso?,

¿Es así? ¿Qué ha hecho?

–    Ha pasado una página del libro de la Vida, ha leído y ha conocido nuevos misterios.

Nada más.

Os ha precedido porque no se detiene a considerar cada uno de los obstáculos…

A sopesar cada dificultad, a calcular si compensa o no…

Ya no ve este mundo, ve la Luz y a ella va, sin momentos de pausa.

Dejadlo, dejadlo tranquilo.

Hay almas que arden más que otras.

No se debe poner dificultad a este fuego suyo que alegra y consume.

Hay que dejarlas arder, lo cual es al mismo tiempo sumo gozo y sumo esfuerzo.

Dios les concede momentos de noche;

porque sabe que el ardor mata a estas almas-flor,  si están expuestas a un sol continuo.

Dios concede silencio y místico rocío a estas almas-flor, como a las flores del campo.

Dejad descansar al atleta del amor cuando Dios lo deja descansar.

Imitad a los preparadores de los gimnastas…

que conceden a éstos el debido descanso…

Cuando lleguéis vosotros adonde él ha llegado…

Y más lejos, pues tanto vosotros como él llegaréis a más todavía…

Comprenderéis la necesidad de respeto, de silencio…

De penumbra que experimentan esas almas de las que el Amor se ha apropiado…

“¿Y ahora qué quieres que HAGAMOS Abba?

Y a las que ha hecho instrumento suyo.

Y no penséis:

“Llegado ese momento querré darlo a conocer.

Juan se comporta como un necio, porque el alma del prójimo, como la de los niños,

desea la seducción de lo maravilloso”.

No.

Cuando lleguéis a ese estado, sentiréis el mismo deseo de silencio y penumbra que ahora siente Juan.

Cuando yo no esté ya con vosotros, acordaos de que,

teniendo que juzgar sobre una conversión o sobre una santidad exuberante

debéis tomar siempre como medida la humildad.

Si en alguien perdura el orgullo, no os hagáis ilusiones de que se haya convertido.

Y si en alguien; aun cuando sea tenido por ‘santo’, reina la soberbia;

estad seguros de que santo no es.

Podrá como charlatán e hipócrita, hacerse el santo y simular prodigios.  

Pero no es santo:

La apariencia es hipocresía; los prodigios, satanismo.

¿Habéis entendido?

-Sí, Maestro….

Todos, muy pensativos, guardan silencio.

Pero, aunque las bocas estén cerradas,

los pensamientos se adivinan con claridad a través de sus miradas y expresiones.

Los envuelve, como un éter tembloroso que emanase de ellos, un gran deseo de saber.

Simón Zelote se esfuerza en distraer a sus compañeros, para tener tiempo de aconsejarlos aparte; 

para insistir en que sepan callar.

Al parecer Simón Zelote tiene encargado este ministerio en el grupo apostólico;

es el moderador, el conciliador, el consejero de sus compañeros; 

además de ser un apóstol que comprende muy bien al Maestro.

En este momento está diciendo:

–    Estamos ya en las tierras de Juana.

Aquel pueblo que se ve en aquella cuna es Béter

Aquel palacio que está en aquella cima es su castillo natal.

¿No percibís este perfume del aire?

Son los rosales, que empiezan a perfumar bajo el sol de la mañana;

por la tarde es una exuberancia de aromas.

Pero ahora, con el frescor de la mañana es precioso verlos, aljofarados todavía de rocío;

como millones de diamantes desparramados sobre millones de corolas que florecen.

Cuando declina el sol recogen todas las flores que están completamente abiertas.

Venid. Os quiero mostrar desde una loma la vista de los rosales,

que desde la cima rebosan como en cascada…

Y van descendiendo por los rellanos de la otra ladera.

Una cascada de flores, que luego vuelve a subir como una ola, por las otras dos colinas.

Es un anfiteatro, un lago de flores.

¡Espléndido

El camino es más empinado, pero merece la pena ir, porque desde aquel borde se domina todo ese paraíso.

Llegaremos pronto también al castillo.

Juana vive allí libre, con sus campesinos, que es la única vigilancia de tanta copiosidad.

Pero quieren tanto a su ama, que hace de estos valles un edén de belleza y paz…

que son más eficientes que toda la guardia de Herodes.

Mira Maestro; mirad, amigos…

Y con el gesto indica un semicírculo de colinas invadido de rosales.

La mirada, en cualquier parte en que se deposite ve,

bajo altísimos árboles que tienen la función de proteger del viento, de los rayos de sol demasiado intensos…

Y de las granizadas, un sinfín de rosales.

El sol traspasa y el aire circula bajo este leve techo, que hace de velo pero no ahoga.

Y que los jardineros mantienen en las debidas condiciones:

debajo viven, felices, los más bellos rosales del mundo.

millares y millares de rosales de toda especie:

enanos, bajos, altos, altísimos; formando un matorral, como cojines recamados de flores al pie de los árboles. 

O esparcidos por los prados de verdísima hierba, formando setos a lo largo de los senderos…

y de los leves cursos de agua.

O en círculo alrededor de los estanques de riego que están  diseminados,

por este parque que comprende también colinas.

Enroscados en los troncos de los árboles y tendiendo de uno a otro…

sus cabelleras florecidas, para formar festones y guirnaldas.

Es una cosa realmente de sueño.

Todos los tamaños, las tonalidades, están representados.

Y se entremezclan colocando los colores marmóreos de las rosas de té,

al lado del sangriento ardor de otras corolas.

Y reinando soberanas por número, las verdaderas rosas del color de mejilla infantil

que va atenuándose hacia los bordes, hasta una tonalidad blanquecina rosácea

Todos quedan impresionados por tanta belleza. 

Felipe pregunta:

–     ¿Para que quiere todo esto? 

Tomás responde: 

–    Lo goza.  

Simón explica: 

–    No.

También saca esencias, con lo cual da trabajo a cientos de jardineros y de trabajadores de las prensas,

para extraer esencias.

Los romanos las solicitan con avidez.

Jonathán me lo decía mientras me mostraba las cuentas de la última recolección.

Pedro mira y dice:

–    Pero…

Ahí está María de Alfeo con el niño.

Nos han visto. Están llamando a las otras…

Así es.

Juana y las dos Marías, precedidas de Margziam, que baja corriendo,

con los brazos ya preparados para el abrazo…

Vienen deprisa, hacia Jesús y Pedro.

Se postran ante Jesús.

Jesus with his arms open and posing outdoors

Que las saluda sonriente,

y preguntando:

–    Paz a todas vosotras.

¿Dónde está mi Madre?

Juana responde: 

–    Entre los rosales, Maestro.

Está con Elisa, ¡Que está bien curada y puede afrontar el mundo y seguirte!

¡Gracias por haberte servido de mí para esto!

–    Gracias a ti, Juana.

¿Ves como era provechoso venir a Judea?

Y mirando al niño le entrega, 

diciendo: 

–    Margziam, estos regalos son para ti:

Este bonito muñeco y estas lindas ovejitas.

¿Te gustan?

El niño, de la alegría, se ha quedado sin respiración.

Se echa hacia Jesús, que se había agachado para darle el muñeco y se había quedado mirando su rostro.

Y se abraza a su cuello y lo besa con toda la vehemencia de que es capaz.

–    Así te harás manso como las ovejas. 

Y luego serás un buen pastor para los que crean en Jesús.

¿Verdad?

Margziam dice “sí, sí, sí” con la respiración entrecortada…

Y los ojos brillantes de alegría

–    Ahora ve donde Pedro.

Yo voy con mi Madre.

Veo allí una parte de su velo moviéndose a lo largo de un seto de rosas.

Y corre al encuentro de María. 

Y la recibe abrazándola contra su corazón a la altura de la curva del sendero.

Después del primer beso…

María, todavía jadeante,

explica:

–    Detrás viene Elisa…

He corrido para besarte…porque, Hijo mío, no besarte no podía…

Y besarte ante ella, no quería…

Está muy cambiada…

Pero el corazón sigue doliendo ante una alegría ajena, que a ella le ha sido negada para siempre.

Ahí viene

Elisa recorre veloz los últimos metros y se arrodilla para besar la túnica de Jesús.

Ya no es la mujer de trágica imagen de Betsur.

Ahora es una anciana austera, marcada por el dolor;

solemne por la huella que la pena ha dejado en su rostro y su mirada.

Elisa lo saluda: 

–    ¡Bendito seas, Maestro mío!   

¡Ahora y siempre, por haberme procurado de nuevo lo que había perdido!

Jesús responde: 

–    Paz cada vez mayor a ti, Elisa.

Me alegro de verte aquí.

Levántate

–    Yo también me alegro.

Tengo muchas cosas que decirte y que preguntarte, Señor.

–    Tendremos todo el tiempo que queramos…

Dado que pienso permanecer aquí unos días.

Ven, que quiero que conozcas a los condiscípulos.

–    ¡Oh!…,

¿Entonces has entendido ya lo que quería decirte?

¿Que quiero renacer a vida nueva: la tuya.

Tener de nuevo una familia: la tuya.

Unos hijos: los tuyos.

Como dijiste en mi casa, en Betsur, hablando de Noemí.

Yo soy una nueva Noemí gracias a ti, Señor mío.

¡Bendito seas por ello!

Ya no vivo afligida, ni soy infecunda.

Seré todavía madre.

Y si María lo permite, incluso un poco madre tuya; además de madre de los hijos de tu doctrina.

–    Sí, lo serás.

María no se sentirá celosa y Yo te querré de forma que no te arrepentirás de tu decisión.

Vamos ahora a ver a los que quieren decirte que te quieren como hermanos.

Y Jesús la toma de la mano y la lleva con su nueva familia.  

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El viaje en espera de Pentecostés ha terminado.

184 ODIO Y PERDÓN


184 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús dice a los Doce: 

–     Es casi seguro que los encontraremos, si durante un trecho volvemos al camino de Hebrón.

Por favor, id de dos en dos a buscarlos, por las veredas de las montañas.

De aquí a las piscinas de Salomón y de allí a Betsur.

Nosotros os seguiremos. Ésta es su zona de pastos. 

Los apóstoles se apresuran a ir cada uno con el compañero preferido;

sólo la pareja casi inseparable de Juan y Andrés no se une, porque los dos van a Judas Iscariote,

y le dicen:

–     Voy contigo.  

Judas dice: 

–     Sí, ven, Andrés.

Es mejor así, Juan.

Tú y yo seríamos dos que ya conocemos a los pastores; es mejor que vayas con algún otro.

Pedro confirma: 

–     Entonces conmigo el muchacho.

Dejando a Santiago de Zebedeo, que sin protestar, va con Tomás.Mientras Simón Zelote va con Judas Tadeo, Santiago de Alfeo con Mateo.

Y los dos inseparables Felipe y Bartolomé por su cuenta.

El niño se queda con Jesús y las dos Marías.

El camino es fresco y bonito, entre montes llenos de verdor por las distintas parcelas, pobladas de bosque o destinadas a prados. 

Se ven pasar rebaños que van bajo la luz dorada de la aurora hacia los pastos.

A cada sonido de esquila Jesús guarda silencio y mira, luego pregunta a los pastores si Elías, el pastor betlemita, está por esos lugares.

A Elías se le conoce ya como “el betlemita” aunque otros pastores lo sean también.

Hacen detenerse al rebaño, dejan de tocar sus toscas flautas y responden…

Ninguno lo sabe.

Casi todos jóvenes tienen estas flautas primordiales de cañas, cosa que hace extasiarse a Margziam, hasta que un pastor anciano y bueno le da el de su nieto,

diciendo:

–     Él se hará otra flauta. 

Y Margziam se va contento con su instrumento en bandolera, a pesar de que todavía no lo sepa usar.  

María exclama: 

–     ¡Me agradaría mucho encontrarlos! 

Jesús dice. 

–     Los encontraremos.

Seguro. Durante esta estación van siempre en dirección a Hebrón.

El niño se interesa por estos pastores que vieron al niño Jesús y hace mil preguntas a María, la cual, con bondad y paciencia, le explica todo.

Después de escuchar la narración de las desventuras de los pástores que adoraron a Jesús en el pesebre de la gruta de Belén, el niño no comprende , 

y pregunta: 

–     Pero, ¿Por qué los castigaron?

¡No habían hecho sino el bien!  

María responde: 

–     Porque muchas veces el hombre comete errores y acusa al inocente de un mal que en realidad ha hecho otro.

Pero, por haber sido buenos y haber sabido perdonar, Jesús los quiere mucho.

Hay que saber perdonar siempre.

–     Pero, ¿Y todos esos niños asesinados?

¿Cómo han logrado perdonar a Herodes?

–    Son pequeñuelos mártires, Margziam.

Y los mártires son santos. 

 Y no sólo perdonan a su verdugo sino que lo aman porque les abre la puerta del Cielo.

–     Pero, ¿Están en el Cielo?

–     No, todavía no.

Están en el Limbo para alegría de los patriarcas y los justos.

–     ¿Por qué?

–     Porque, cuando han llegado, con su alma roja de sangre, han dicho:

“Somos los heraldos del Cristo Salvador. Alegraos vosotros que esperáis, porque ya está en la tierra”.

Y todos los aman por haberles llevado esta buena nueva.

–     Me ha dicho mi padre que la buena nueva es también la Palabra de Jesús.

Entonces, cuando mi padre vaya al Limbo después de haberla transmitido en la tierra.

Y cuando vaya yo también, ¿Nos amarán como a ellos?

–     Pequeñuelo, tú no irás al Limbo.

–     ¿Por qué?

–     Porque para entonces Jesús ya habrá vuelto al Cielo y lo habrá abierto.

Así que todos los buenos, cuando mueran, irán inmediatamente al Cielo.

–     Yo seré bueno.

Lo prometo. ¿Y Simón de Jonás? ¡También él, eh! Que no quiero ser huérfano por segunda vez.

–    Estáte seguro de que también él irá al Cielo.

De todas formas, en el Cielo no hay huérfanos. Allí tenemos a Dios y Dios es todo.

Aquí tampoco somos huérfanos, porque el Padre está siempre con nosotros.

–     Pero Jesús, en esa bonita oración que tú durante el día y mi madre durante la noche me habéis enseñado, dice:

“Padre nuestro que estás en los Cielos”. Nosotros no estamos en el Cielo todavía.

¿Cómo podemos estar con Él?

–     Porque Dios está en todas partes, hijo mío.

Dios vela por el niño que nace y por el anciano que muere.

Sobre cualquier niño que esté naciendo en este momento.

En el lugar más remoto de la tierra están la mirada y el amor de Dios.

Y estarán hasta su muerte.

–     ¿Aun en el caso de que sean malos, como Doras?

–     Sí.

–     ¿Pero puede Dios que es bueno, amar a Doras, que es muy malo y hace llorar a mi anciano padre?

–     Lo mira con dolor e indignación.

Pero, si se arrepintiera, le diría lo mismo que el padre de la parábola al hijo arrepentido.

‘Deberías rezar para que se arrepintiera y…

Margziam exclama indignado: 

–     ¡No, Madre!

¡Voy a rezar para que se muera! 

La furia el niño.

A pesar de que esta reacción sea poco… angélica, su ímpetu es tal y tan sincero, que los presentes no pueden hacer menos que echarse a reír.

María, recobrando su dulce seriedad de maestra,

dice:

–     No, precioso; no debes hacer eso con un pecador.

Si lo hicieras, Dios no te escucharía y te miraría a ti también con severidad.

Incluso al perverso debemos desearle el mayor bien.

La vida es un bien porque da al hombre la oportunidad de adquirir méritos ante los ojos de Dios.

–     Pero el malo lo que gana son pecados.

–     Se reza para que se vuelva bueno.

El niño medita un poco…

Pero no se le ve muy dispuesto a digerir esta lección sublime,

y concluye:

–     Doras no se volverá bueno aunque yo rece.

Es demasiado malo. No se volvería bueno ni aunque conmigo rezasen todos los niños mártires de Belén.

Pero, ¿Sabes que… sabes que… un día pegó con una barra de hierro a mi anciano padre, porque lo encontró sentado durante el tiempo de trabajo?

No podía ponerse en pie porque se sentía mal.

Y él… le pegó y lo dejó como muerto. Y luego le dio una patada en la cara…

Yo lo estaba viendo, porque estaba escondido detrás de un seto…

Me había acercado porque hacía dos días que ninguno me llevaba pan y tenía hambre…

Tuve que alejarme para que no me oyeran, porque lloraba al ver a mi padre con la barba manchada de sangre, tendido en el suelo, como muerto…

Me alejé llorando; mendigué un pan…

Pero ese pan lo conservo todavía aquí…  (se toca con el puño cerrado el pecho)

Y sabe a sangre y a lágrimas de mi padre y mías.

Y de todos los que padecen tortura y no pueden amar a sus verdugos.

Yo quisiera apalear a Doras para que sintiera lo que son los palos.

Y quisiera dejarlo sin pan para que supiera lo que es el hambre.

Y hacerle trabajar al sol metido en el barro, bajo la amenaza del capatáz sin comer;

para que supiera lo que está dando él a los pobres…

No puedo amarlo, porque…

Porque me está matando a mi anciano padre.

Y porque… yo, si no os hubiera encontrado a vosotros ¿De quién hubiera sido después?

El niño, presa de una convulsión de dolor, grita y llora temblando.

Todo alterado dando golpes al aire, pues no puede dárselos al verdugo, con sus pequeños puños.

Las mujeres están perplejas y conmovidas.

Y tratan de calmarlo; pero el niño está verdaderamente envuelto en una crisis de dolor y no oye.

Grita:

–     ¡No puedo, no puedo quererlo ni perdonarlo!

¡Lo odio, lo odio por todos, lo odio, lo odio!..

Da pena y miedo.

Es la reacción de un niño que ha sufrido demasiado.

Y Jesús lo dice:

–     El mayor delito de Doras es éste, inducir a un inocente a odiar…

Y toma en brazos al niño,

y le habla:

–     Escúchame, Margziam.

¿Quieres reunirte un día con mamá y papá, con tus hermanitos y con el anciano padre?

–     ¡Síii!…

–    Pues entonces no debes odiar a nadie.

En el Cielo no entra quien odia.

¿No puedes orar, por ahora, por Doras?

Bueno pues no ores, pero no odies.

¿Sabes lo que tienes que hacer?

No debes nunca volver hacia atrás a pensar en el pasado…

–     Pero el sufrimiento de mi padre no es el pasado…

–     Eso es verdad.

Pero, mira, Margziam, ora sólo así: “Padre nuestro que estás en los Cielos, en tus manos encomiendo el deseo de mi corazón…”.

Verás cómo el Padre te escucha en el mejor de los modos. ¿Qué conseguirías matando a Doras?

Perderías el amor de Dios, el Cielo, la unión con tu padre y tu madre. Y no librarías de los sufrimientos al anciano que amas.

Eres demasiado pequeño para poderlo hacer. Pero Dios sí puede hacerlo. Díselo a Él.

Dile: “¡Sabes cuánto quiero a mi anciano padre y a todos los que son infelices!

Tú lo puedes todo, lo dejo en tus manos”.

¿No quieres predicar la Buena Nueva, que habla de amor y perdón?

¿Cómo vas a decirle a uno: “No odies. Perdona”, si tú no sabes amar y perdonar?

Déjalo, déjalo en manos de Dios y verás lo bien que Él dispone todo. ¿Lo vas a hacer así?

–     Sí, porque te quiero.

Jesús besa al niño y lo baja al suelo.

Así se concluye este episodio y también el camino.

Resplandecen las tres embalses excavados en la roca del monte, obra verdaderamente grandiosa:

Resplandece su superficie cristalina y la cola de agua que del primer estanque baja al segundo más grande…

Y de éste al tercero, que es realmente un pequeño lago que dirige a través de diversos conductos, hacia ciudades lejanas, el agua.

Por la humedad del suelo en esta zona, todo el monte desde el manantial hasta los estanques y de éstos a la explanada, es de una bellísima fertilidad:

Muchas flores, en combinación más rica que las silvestres ríen, por las pendientes verdes, junto a hierbas perfumadas y singulares.

En efecto, da la impresión de que estas flores fueran de jardín y que hubieran sido sembradas por el hombre, como también las hierbas olorosas.

Y  difunden por el aire, con el sol que las calienta, su perfume:

canela, alcanfor, clavel, espliego y otros aromas penetrantes, fragantes, fuertes, delicados…

En una fusión maravillosa de los mejores olores de la tierra, cual “sinfonía de perfumes”.

Es la gran composición poética de hierbas y flores, con sus colores y fragancias.

Todos los apóstoles están sentados a la sombra de un árbol cargado de grandes flores blancas;

Son sus enormes campanillas colgantes de esmalte blanco, que ondean ante el mínimo soplo de viento;

cada vaivén esparce por el aire una ola de fragancia deliciosa…

Jesús los llama y ellos acuden.  

Pedro explica: 

–      Hemos encontrado…

al poco rato de separarnos, a José, que estaba regresando de un mercado. Esta tarde estarán todos en Betsur.

Nos hemos reunido llamándonos a voces y luego hemos estado aquí, al fresco.

Tomás dice: 

–     ¡Qué bonito lugar!

¡Parece un jardín! No había acuerdo entre nosotros respecto a si era o no, natural;

unos se obstinaban en una cosa y otros en la otra. 

Judas, inflamado de orgullosa satisfacción,

dice:: 

–     La tierra de Judea tiene estas maravillas.

 Inevitablemente es llevado por todas las cosas, incluso por las flores y las hierbas, a la soberbia.  

Santiago de Zebedeo, rebate: 

–     Sí, pero…

Yo creo que si por ejemplo, el jardín de Juana en Tiberíades, quedase abandonado y pasase al estado natural,

Galilea tendría también la maravilla de espléndidas rosas entre ruinas»

Jesús dice: 

–     Y no estás en error.

Esta zona estaban los jardines de Salomón, célebres en el mundo de entonces como sus palacios.

Quizás soñó aquí el Cantar de los Cantares y aplicó a la Ciudad santa todas las bellezas que por voluntad suya habían crecido aquí.  

Tadeo exclama: 

–     ¡Entonces tenía razón yo!

Santiago de Alfeo confirma: 

–     Sí, tenías razón.

Fíjate Maestro, Tadeo citaba el Eclesiastés y unía la idea de los jardines con la de los depósitos.

Y terminaba diciendo:

“Pero se dio cuenta de que todo es vanidad y de que nada dura bajo el sol, excepto la Palabra de mi Jesús” 

Jesús dice: 

–     Gracias.

Demos también las gracias a Salomón, sean o no suyas las flores originarias;

sí lo son sin duda, los estanques que proveen de agua a las plantas y a los hombres.

Bendito sea por este motivo.

Vamos allá, a aquel rosal grande y descuidado que ha entretejido una galería florida de árbol a árbol.

Allí nos detendremos.

Estamos casi a mitad de camino…. 

Así lo hacen y reanudan el camino hacia la hora nona, cuando ya las sombras de cada árbol de esta zona, toda ella muy bien cultivada, se alargan.

Da la impresión de estar en un inmenso jardín botánico, porque todas las especies de árboles, maderables, frutales y ornamentales, están en él representadas.

Abundan los labriegos, pero no se interesan por esta comitiva, que por otra parte, no es la única;

otros grupos de hebreos recorren el trayecto de retorno de las fiestas pascuales.

El camino quebrado entre los montes, es a pesar de ello bastante bueno y las vistas continuamente variadas, le quitan monotonía.

Regatos y torrentes dibujan comas de plata líquida y escriben palabras, para después cantarlas con sus mil meandros intercalados, que se expanden entre los árboles del bosque…

O desaparecen en el interior de cavernas para después volver a la luz más bellos:

parece como si jugaran con los árboles y las piedras, como niños traviesos.

También Margziam ahora, completamente tranquilizado juega.

Y trata de tocar su flauta para imitar a los pajarillos.

Pero la verdad es que no emite canto de pájaros;

sino lamentos muy desentonados y al parecer los más difíciles de la comitiva…

Bartolomé por su edad y Judas de Keriot por muchos motivos, no los reciben con ningún agrado.

Pero no dicen nada claramente y el niño sigue chiflando y saltando de un lado para otro.

Sólo en dos ocasiones se interrumpe para señalar hacia un pueblito anidado en medio del bosque,

y dice:

–     ¿Es el mío?

Y se pone palidísimo.

Pero Simón, que va muy cerca de él,

responde:

–     El tuyo está muy lejos de aquí.

Ven, ven; vamos a ver si cogemos esa bonita flor y se la llevamos a María.

Y así lo distrae.   

Mientras avanzan hacia su destino: Betsur 

182 EL ÉXTASIS MATERNO


182 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA  

Dejada Betania con la primera sonrisa de la aurora, Jesús se dirige a Belén.

A su lado van su Madre, María de Alfeo y María Salomé.

Le siguen los apóstoles.

El niño por el contrario, le precede y encuentra motivo de contento en todo lo que ve:

Las mariposas que se están despertando, los pajaritos que cantan o picotean en el sendero, las flores que resplandecen por los diamantes del rocío…

El hecho de que aparezca un rebaño en que se oye el balido de muchos corderitos.

Una vez atravesado el torrente que está al sur de Betania y que es todo espuma risueña entre los cantos, la comitiva se dirige hacia Belén.

Pasando entre dos  series de colinas enteramente verdes de olivos y viñedos con algunos pequeños campos dorados de grano aviado ya a la siega. 

El valle es fresco y el camino bastante cómodo

Simón de Jonás se adelanta y alcanza al grupo de Jesús.

Pregunta:

–      ¿Por aquí se va a Belén?

Juan dice que la otra vez habéis ido por otro camino.  

Jesús responde: 

–     Es verdad. 

Pero porque veníamos de Jerusalén.

Por aquí es más corto.

Cuando lleguemos al sepulcro de Raquel, que quieren verlo las mujeres, nos separaremos como hace tiempo habéis decidido.

Mi Madre quiere ir a Betsur.

Allí nos reuniremos de nuevo.  

Pedro dice:

–     Sí, lo dijimos…

¡Pero, sería tan hermoso que estuviéramos todos presentes!…

Especialmente la Madre… 

Que a fin de cuentas, es la Reina de Belén y de la Gruta.

Y conoce todo a la perfección.

Si lo contara Ella, creo que sería distinto.

Jesús mira a Simón, que insinúa dulcemente su deseo…

Y sonríe.

Margziam pregunta: 

–     ¿Qué gruta, padre? 

Pedro responde: 

–     La gruta donde nació Jesús.  

Margziam exclama:

–    ¡Ah, muy bien!

¡Voy yo también!…  

María de Alfeo y Salomé se unen: 

–     ¡Sería precioso! 

–     ¡Realmente precioso!… 

María Mamá, comenta: 

–    Significaría volver al pasado.

A cuando el mundo te ignoraba…

Te ignoraba sí, pero todavía no te odiaba.

Significaría encontrar de nuevo el amor de las personas sencillas, que supieron sólo creer y amar, con humildad y fe…

Significaría depositar en el pesebre, este peso de amargura que oprime mi corazón, desde que sé lo mucho que te odian…

Debe haber quedado todavía en el pesebre la dulzura de tu mirada, de tu respirar, de tu titubeante sonrisa… 

Y ello me acariciaría el corazón. 

¡Este corazón mío tan lleno de amargura!…

María habla despacio, entre anhelante y afligida.  

Jesús concede:  

–     Pues entonces vamos a ir, Mamá.

Condúcenos tú al lugar.

Hoy eres tú la Maestra y Yo el Niño que ha de aprender.

–    ¡No, Hijo!

Tú eres siempre el Maestro…

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180 PARÁBOLA DEL BANQUETE


180 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y en efecto incansable – mientras el sol y el recuerdo del arrebol de la tarde desaparecen y se levanta el primer canto de grillos inseguro y solitario –

Jesús va adentrándose en un prado segado recientemente, en que la languideciente hierba crea una alfombra de penetrante y suave fragancia.

Le siguen los apóstoles, las Marías, Marta y Lázaro con los de su casa – entre los sirvientes veo a 1os dos que en el Monte de las Bienaventuranzas hallaron consuelo para sus días: el anciano y la mujer -,

Isaac con los discípulos, y… yo diría que toda Betania.

Jesús se detiene para bendecir al patriarca; éste le besa la mano llorando y acariciando al niño, que va al lado de Jesús;

al niño le dice:

–     ¡Dichoso tú, que lo puedes seguir siempre!

¡Escúchame, hijo: sé bueno; gran ventura la tuya, gran ventura; sobre tu cabeza pende una corona!… ¡Dichoso tú!

Una vez que han terminado todos de colocarse,

Jesús empieza e hablar.

–     Ahora que se han marchado estos pobres amigos necesitados con mucho consuelo en la esperanza,

o mejor, en la certeza, de que basta conocer poco para ser admitidos en el Reino de Dios,

en la certeza de que basta un mínimo de verdad sobre cuyo fundamento trabaje la buena voluntad,

me dirijo a vosotros, mucho menos infelices que ellos, porque os encontráis en condiciones materiales mucho mejores y, además, recibís más ayuda del Verbo

mi amor va a ellos sólo con el pensamiento; aquí, a vosotros, mi amor os llega también con mi palabra.

Por tanto, tanto en la tierra como en el Cielo, recibiréis un trato más riguroso, pues a quien más se le dio más se le ha de pedir.

Mínimo es el bien de que estos pobres amigos que están regresando a su galera pueden disponer;

por el contrario, su dolor es máximo ¿Qué se les puede dar sino promesas de bien?

Cualquier carga sería superflua, pues os digo en verdad que de por sí su vida es penitencia y santidad y nada más se les debe imponer.

En verdad os digo también que, como verdaderas vírgenes sensatas, ellos no dejarán que sus lámparas se apaguen antes de la hora de su llamada.

No, no la dejarán apagarse; esta luz es todo el bien que poseen y no pueden dejar que se apague.

En verdad os digo que, como Yo estoy en el Padre, así los pobres están en Dios.

Por esto, Yo, Verbo del Padre, he querido nacer y permanecer pobre.

Los ricos poseen muchas cosas; los pobres, sólo a Dios.

Los ricos tienen amigos, los pobres están solos.

Los ricos tienen muchas consolaciones, los pobres no.

Los ricos se divierten, los pobres sólo trabajan.

Todo es fácil para los ricos, por su dinero.

Los pobres tienen, además, la cruz del temor a las enfermedades y a las carestías, pues significarían para ellos hambre y muerte.

Mas los pobres poseen a Dios.

Dios, amigo suyo, Consolador suyo;

É1 los distrae de su penoso presente con esperanzas celestiales;

a El se le puede decir (y ellos saben decirlo, lo dicen precisamente por ser pobres y humildes y estar solos):

“Padre, socórrenos con tu misericordia”

Esto lo estoy diciendo aquí, en esta tierra, que es de Lázaro, amigo mío y de Dios a pesar de que sea muy rico.

Puede parecer extraño.

Lázaro es la excepción de los ricos.

Lázaro ha alcanzado esa virtud, dificilísima de encontrar en la tierra y aún más difícil de practicarse por enseñanza ajena,

que es la virtud de la libertad respecto a las riquezas.

Lázaro es un hombre justo,

No se ofende, no se puede ofender porque sabe que es el rico-pobre, por lo cual mi crítica celada no le toca.

Lázaro es justo y reconoce que en el mundo de los grandes sucede como Yo digo.

Por lo cual afirmo:

en verdad, en verdad os digo que es mucho más fácil que esté en Dios un pobre que un rico,

y os digo que en el Cielo del Padre mío y vuestro, muchos asientos serán ocupados por aquellos que en la tierra sufrieron,

cual polvo que se pisa, el desprecio, por ser los más pequeños.

Los pobres guardan en su corazón las perlas de las palabras de Dios; son su único tesoro.

Quien no tiene más que un bien lo custodia

el que tiene muchos se aburre, se distrae, es soberbio y sensual.

Así, este último no admira con ojos humildes y enamorados el tesoro ofrecido por Dios;

lo confunde con otros tesoros – las riquezas de la tierra -, valiosos sólo en apariencia, y piensa:

“¡Si escucho a éste, que es semejante a mí en cuanto a la carne, será por condescendencia!”.

Y hace insensible, con los sabores fuertes de la sensualidad, su capacidad de distinguir el sabor de lo sobrenatural:

sabores fuertes… cargados de especias para confundir su hedor y su sabor a cosa podrida…

Escuchad, y entenderéis mejor cómo los cuidados de este mundo, las riquezas, la crápula, impiden entrar en el Reino de los Cielos.

Un rey celebraba las nupcias de su hijo. ¡Imaginaos qué fiesta habría en palacio!

Era su único hijo, que, llegado a la plena edad, se casaba con su amada. El padre y rey quiso que todo fuera alegría en torno a la de su amado hijo, que por fin se casaba con su elegida.

lo preparó con tiempo, cuidando de todos los detalles, para que resultase espléndido y digno de las bodas del hijo del rey.

Envió a los siervos, también con suficiente tiempo, para decir a los amigos, a los aliados y a los grandes del reino,

que habían sido fijadas las nupcias para esa fecha, por la tarde,

y que estaban invitados; que vinieran para dar un digno marco a la figura del hijo del rey.

Pero… ni amigos, ni aliados, ni grandes del reino aceptaron la invitación.

Entonces el rey, dudando de que los primeros siervos hubieran referido las cosas correctamente, envió a otros siervos,

para que insistieran con estas palabras:

“¡Os rogamos que vengáis! Todo está preparado. La sala está aparejada, hemos traído de los más distintos lugares vinos preciados,

en las cocinas están amontonados bueyes y animales cebados en espera de ser guisados,

las esclavas ya están amasando la harina para hacer dulces, o machacando en los morteros las almendras para hacer

finísimas gollerías enriquecidas con los más exóticos aromas.

Las mejores bailarinas y los mejores músicos han sido ya contratados para la fiesta.

Venid, pues, para no hacer vano tanto aparato”.

Pero los amigos, los aliados y los grandes del reino o rechazaron la invitación, o dijeron: “Tenemos otros quehaceres”,

o fingieron aceptar la invitación pero luego fueron a sus cosas (quién al campo, quién a sus ocupaciones, quién a cosas menos nobles).

–     Porque el siervo del rey insistía:

“No le niegues al rey esto, pues te podría causar algún mal” –

Incluso hubo quien, molesto por tanta insistencia, mató al siervo para hacerlo callar.

Los siervos volvieron y refirieron al rey todo.

El rey se encendió de cólera y mandó a su ejército para castigar a los asesinos de sus siervos y a los que habían despreciado su invitación;

se reservó premiar a los que habían prometido que irían.

Pero llegada la tarde de la fiesta, a la hora establecida, no vino ninguno.

E1 rey, indignado, llamó a los siervos y dijo:

“No ha de suceder que mi hijo no tenga a nadie que le celebre en esta tarde de sus nupcias.

El banquete está preparado.

Los invitados no son dignos de él.

A pesar de todo, el banquete nupcial de mi hijo ha de celebrarse.

Id pues, a las plazas y a los caminos, colocaos en los cruces, parad a los que pasan,

congregad a los que veáisociosos; traedlos aquí; que la sala se llene de gente festiva”.

Y fueron los siervos, y recorrieron los caminos, se diseminaron por las plazas, por los cruces,

y reunieron a todos los que encontraron:

buenos o malos, ricos o pobres, y los condujeron a la morada real (previamente les habían procurado los medios

Los guiaron hasta la sala, y la sala se llenó, como el rey quería, de gente festiva.

Mas he aquí que, habiendo entrado el rey en la sala, para ver si ya podía empezar la fiesta,

vio a uno que, a pesar de las facilidades que le dieron los siervos de ir bien presentado, no llevaba vestido de bodas.

Le preguntó: “¿Cómo es que has entrado aquí sin el vestido de bodas?”.

Este no supo qué responder, porque, en efecto, no tenía nada que lo pudiera disculpar.

Entonces el rey llamó a los siervos y les dijo:

“Tomad a éste, atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera de mi casa, a las tinieblas y al lodo helador:

ahí llorará y le rechinarán los dientes, como ha merecido por su ingratitud y por la ofensa que me ha infligido, 

más que a mí a mi hijo, al entrar con vestido pobre y sucio en la sala del banquete,

donde no debe entrar nada que no sea digno de la sala y de mi hijo”.

Como podéis ver, los cuidados de este mundo, la avaricia, la sensualidad, la crueldad,

provocan la ira del rey y hacen que jamás estos hijos de las preocupaciones vuelvan a entrar en la casa del Rey.

Podéis también ver cómo entre los llamados, por amor al hijo, hay quien recibe castigo.

¡Cuántos, hoy día, en esta tierra a la que Dios ha enviado a su Verbo! Dios verdaderamente ha invitado, a través de sus siervos.

Y los seguirá invitando, cada vez más impelentemente a medida que se va acercando la hora de mi Desposorio -, a amigos, a aliados, a los grandes de su pueblo.

Mas no responderán a la invitación, porque son falsos aliados, falsos amigos, grandes sólo de nombre pues son mezquinos.”  

Jesús va elevando cada vez más la voz.

A la luz del fuego que ha sido encendido entre Él y los que le escuchan,

para iluminar esta noche en que todavía falta la Luna, que está en fase menguante –

Sus ojos lanzan destellos de luz como si fueran dos zafiros relucientes.

Sí, son mezquinos.

Ya se ve por qué no comprenden el deber y el honor que supone la adhesión a la invitación del Rey.

Soberbia, dureza, lujuria crean un baluarte en torno a su corazón. Siendo malos, me odian a mí, a mí, y por eso no quieren venir a mis bodas.

No quieren venir. Prefieren unirse a la sucia política, al dinero (más sucio todavía), a la sensualidad (sucísima).

Prefieren el cálculo astuto, la conjura, la ratera conjura, la celada, el delito.

Yo condeno todo esto en nombre de Dios. Se odia por tanto la voz que habla y la misma fiesta, objeto de la invitación.

En este pueblo han de ser identificados los que matan a los siervos de Dios (los profetas, siervos hasta este momento; mis

discípulos, siervos de hoy en adelante), aquí están; y también los que, pretendiendo burlarse de Dios, dicen: “Sí. Iremos”,

pensando para sus adentros: “^Ni soñarlo!”.

Todo esto es una realidad en Israel.

Y el Rey del Cielo, para que su Hijo goce de un digno aderezo de bodas, dispondrá que vayan a los cruces de camino

para congregar a todos aquellos que no son amigos o grandes o aliados sino simplemente pueblo que pasa.

La convocatoria ha comenzado ya, de mi propia mano, de mi mano de Hijo y siervo de Dios.

Indiscriminadamente vendrán…

De hecho ya han venido.

Yo los ayudo a asearse y engalanarse para la fiesta de bodas.

¡Ah, pero habrá, para desgracia propia, quien se aproveche indignamente de esta magnificencia de Dios,

que le ofrece perfumes y vestiduras regias para que pueda aparecer como en realidad no es, o sea, rico y noble.

Y se aproveche para seducir, para obtener una ganancia…!

¡Oh, individuo de alma torva, atrapado por el repugnante pulpo de todos los vicios…!

Éste sustraerá perfumes y vestidos para obtener una ilícita ganancia, para usarlos no en las bodas del Hijo sino en sus bodas con Satanás.

Sí, esto sucederá.

En efecto, muchos son los llamados, mas pocos los que por saber perseverar en la llamada, alcanzan la elección. 

Pero también sucederá que estas hienas, que prefieren la carroña al alimento fresco, serán arrojados como castigo, fuera de la sala del Banquete,

A las tinieblas y al fango de un lodazal eterno en que Satanás emite su horrible risa estridente por cada triunfo sobre un alma.

Y en que resuena eterno, el llanto desesperado de los mentecatos que siguieron al Delito en vez de seguir a la Bondad que los había llamado.  

Alzaos. Vamos a descansar.

Os bendigo a todos, habitantes de Betania.

Os bendigo y os doy mi paz.

Te bendigo a ti especialmente Lázaro, amigo mío.

Y a ti Marta. Bendigo a mis discípulos, a los primeros y a los nuevos.

Yo los envío por el mundo, a invitar para las bodas del Rey.

Arrodillaos, que voy a bendeciros a todos.

Pedro, di 1a Oración que os he enseñado, dila aquí, a mi lado.

En pie, porque así debe decirla quien ha sido destinado por Dios para ello.

Toda la asamblea se arrodilla sobre la hierba.

En pie sólo están Jesús, con su vestidura de lino, alto, bellísimo…

Y Pedro, vestido de marrón oscuro encendido de emoción, casi tembloroso…

Recitando la Oración con esa voz suya un poco ronca, lentamente por miedo a equivocarse:

«Padre nuestro…»

Cuando la sublime oración termina…

Margziam arrodillado justo delante de María, que le mantiene unidas sus manitas, mira con una sonrisa de ángel a Jesús,

y dice bajo:

–     ¡Mira Madre, qué hermoso es tu Hijo!

Y también mi padre, ¡Qué gallardo’ Parece estar en el Cielo…  

Piensa un ´pcco y agrega:

–     ¿Estará aquí mi madre viendo?

María susurra:

–     Sí, tesoro, está aquí…

Está aprendiendo la Oración…

Y María le da un beso.

–      ¿Y yo?

¿La voy a aprender?

–     Ella te la susurrará en el alma mientras duermes,.

Y yo te la repetiré de día. 

El niño echa hacia atrás su cabecita morena y la apoya en el pecho de María,…

Y se queda así mientras Jesús lleva a cabo la siempre solemne bendición mosaica.

Acabado el gesto, todos se ponen en pie y se marcha cada uno a su casa.

Sólo Lázaro sigue todavía a Jesús.

Luego entra con Él en la casa de Simón, para estar un rato más en su compañía.

178 EL HIJO PRÓDIGO


178 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Lázaro ve alejarse a los romanos y piensa en las palabras de Jesús…

Ha entregado la gran y gruesa bolsa, con monedas de oro y plata a Jesús y se retira.

Al día siguiente, es una mañana esplendorosa en Bethania y los pájaros llenan el aire con sus trinos, alegrando toda la campiña.

Jesús se asoma a la entrada de la puerta del patio y dice:

–  Juan de Endor ven aquí conmigo.

Debo hablarte.

El hombre deja al niño, a quién le estaba enseñando algo y acude pronto.

–     ¿Qué se te ofrece, Maestro?

–     Ven conmigo arriba.

A la terraza.

Suben y se sientan en donde no da el sol, porque hace mucho calor.

Jesús pasea su mirada sobre los campos cultivados en los que el trigo, día con día, se convierte en espigas doradas

y los árboles se hinchan con sus frutos.

Luego dice:

–    Escúchame Juan.

Creo que hoy viene Isaac y me traerá a los campesinos de Yocana antes de que regresen a sus campos.

He dicho a Lázaro que preste a Isaac un carro, para que puedan acelerar su regreso sin miedo a llegar con un retardo,  

lo que podría ocasionarles un castigo.

Ahora bien, de ti quiero otra cosa.

Tengo aquí una cantidad de dinero que me dio una persona para  los pobres del Señor.

Generalmente el encargado de guardar las monedas y de distribuir los óbolos es uno de los apóstoles: Judas de Keriot,

aunque alguna vez son los otros.

Judas no está aquí.

Por lo que se refiere a los otros apóstoles, no quiero que sepan lo que tengo intención de hacer.

Tampoco Judas debería saberlo esta vez.

Lo harás tú, en mi Nombre…

–     ¿Yo, Señor?..

¿Yo? ¡No soy digno de ello!…

–     Debes irte acostumbrando a trabajar en mi Nombre.

¿No has venido para esto?

–     Sí, pero pensaba que en lo que tenía que trabajar, era en reconstruir mi pobre alma.

–    Pues Yo te procuro el medio para hacerlo.

¿En qué has pecado? Contra la misericordia y el amor.

¿Con odio demoliste tu alma?…

Pues con amor y misericordia la reconstruirás. Te doy el material necesario.

Te voy a destinar de forma especial a las obras de misericordia y amor.

Tienes capacidad para el cuidado y la palabra, así que estás en condiciones de cuidar desdichas físicas y morales, tienes capacidad para hacerlo.

Empezarás con esta obra. Ten la bolsa.

Se la darás a Miqueas y a sus amigos.

Divídelo en partes iguales, siguiendo estas instrucciones:

Divide el total en diez partes; da cuatro a Miqueas, una para él, una para Saulo, una para Joel y una para Isaías.

Las otras seis partes, se las das a Miqueas para el anciano padre de Yabés y sus compañeros.

Así recibirán al menos un consuelo.

–     De acuerdo, pero ¿Qué razón les doy?

–     Dirás: “Esto es para que os acordéis de orar, por un alma que se está redimiendo”.

–     ¡A lo mejor piensan que soy yo!

No sería justo!»

–     ¿Por qué?

¿No quieres redimirte?

–     Lo que no sería justo es que creyeran que yo soy el donador.

–     No te preocupes.

Haz como te digo.

–     Obedezco…

Concédeme, al menos, aportar algo también yo. Total…

Ahora ya no tengo ninguna necesidad. Ya no compro más libros,  ya no tengo pollos que alimentar.  

Juan saxa de una bolsa que lleva en la cintura, muchas monedas y las añade a las monedas de Jesús.

agregando: 

–     A mí con muy poco me basta, así que… nada.

Ten, Maestro. Me quedo sólo con una mínima cantidad, para el gasto de las sandalias…

–     Que Dios te bendiga por tu misericordia…

Juan,  dentro de poco nos tendremos que despedir, porque tienes que ir con Isaac.

–     Lo lamento, Señor.

De todas formas obedezco.

–     Yo también siento separarme de ti.

Tengo mucha necesidad de discípulos itinerantes. Ya no doy abasto. Dentro de poco enviaré a los apóstoles, luego a los discípulos.

Tú lo harás muy bien. Te reservaré para misiones especiales.

Entretanto, te formarás con Isaac: es muy bueno.

el Espíritu de Dios lo ha instruido profundamente durante su larga enfermedad; es un hombre que ha perdonado todo siempre…

Por lo demás, dejarnos no significa no volvernos a ver. Nos encontraremos frecuentemente.

Y siempre que nos encontremos hablaré para ti; acuérdate de esto..

Juan se repliega sobre sí mismo, esconde su cara entre las manos y, rompiendo bruscamente a llorar,

dice quejumbroso:

–     ¡Oh! entonces dime ya ahora algo que me persuada de que estoy perdonado…

de que puedo servir a Dios… Si supieras cómo veo mi alma, ahora que se ha desvanecido el humo del odio… y cómo…

Y cómo pienso en Dios…

–     Lo sé.

No llores. Permanece en la humildad, pero sin descorazonarte. Si hay desaliento, hay todavía soberbia.

Ten sólo humildad, solamente humildad. ¡Venga, ánimo, no llores!…

Juan de Endor se va calmando poco a poco…

Cuando lo ve ya calmado,

Jesús dice:

–     Ven, vamos a la sombra de aquel grupo de manzanos.

Reunamos a los compañeros y a las mujeres. Voy a hablarles a todos.

A ti en particular te voy a decir cómo te ama Dios.

Bajan hacia el lugar indicado y a medida que se van acercando, los demás se van reuniendo en torno a ellos.

Llegan. Se sientan en círculo a la sombra de los manzanos.

Lázaro, que estaba hablando con Simón Zelote, también se une al grupo.

Son en total veinte personas.

Jesús dice: 

–     Escuchad.

Se trata de una hermosa parábola que os guiará con su luz en muchos casos.

Un hombre tenía dos hijos.

El mayor era serio, trabajador, inclinado al afecto, obediente y también no tenía carácter para ser un líder.

porque era un poco tardo y se dejaba guiar para no tener que esforzarse en decidir por sí..

El segundo era más inteligente que el mayor;  pero  también era rebelde, distraído, amante del lujo y el placer, gastador y ocioso.

La inteligencia es un gran don de Dios, pero debe ser usado con sabiduría;

si no, es como ciertas medicinas que, si se usan mal, en vez de curar matan.

Su padre – estaba en su derecho y cumplía su deber – le instaba para que viviera con más sensatez.

Mas no obtenía ningún resultado, aparte del de recibir contestaciones y de que el hijo se solidificara más en sus torcidas ideas.

Finalmente un día, tras una discusión más acalorada que las precedentes, el hijo menor dijo:

“Dame la parte de los bienes que me corresponde; así ya no tendré que oír ni tus reprensiones ni las quejas de mi hermano. A cada uno lo suyo y se acabó”.

“Piensa – respondió el padre – que dentro de poco te quedarás sin nada. ¿Qué harás entonces?

Ten en cuenta que no me voy a comportar con injusticia para favorecerte y que no voy a tomar ni un céntimo de la parte de tu hermano para dártelo a ti”.

–     No te pediré nada, puedes estar seguro; dame mi parte.

El padre encargó la valoración de las tierras y de los objetos preciosos

Y viendo que dinero y joyas sumaban lo que las tierras, dio al mayor los campos y las viñas, hatos de ganado y olivos.

Y al menor el dinero y las joyas.

El más joven lo vendió inmediatamente, transformando así todo en dinero.

Hecho esto, pasados pocos días, se marchó a un país lejano.

Allí vivió como un gran señor, despilfarrando todo lo que tenía en todo tipo de juergas, haciéndose pasar por el hijo de un rey; 

pues se avergonzaba de decir: “soy un aldeano”), con lo cual renegaba de su padre.

Festines, amigos y amigas, vestidos, vino, juego… vida disoluta..

Pronto vio mermar sus fondos y aproximársele la pobreza;

además, para agravar la pobreza, se abatió sobre la región una gran carestía, con lo cual se agotaron los pocos fondos que le quedaban.

Habría podido volver con su padre, pero como era soberbio, no quiso.

Se dirigió entonces a un hombre rico de la región, que había sido amigo suyo en los buenos tiempos, y le suplicó:

La razon por la que muchos no conocen la voluntad de Dios, es porque sólo quieren hacer la suya…

`Acuérdate de cuando gozaste de mi riqueza, acógeme como siervo tuyo”.

¡Daos cuenta de lo necio que es el hombre!:

Prefiere someterse al látigo de un patrón antes que decir a un padre: “¡Perdón, reconozco mi error!”

Aquel joven había aprendido muchas cosas inútiles con su despierta inteligencia, pero no había querido aprender lo que dice el Libro del Eclesiástico:

“^Qué infame es el que abandona a su padre! 

¡Cuánto maldice Dios a quien angustia el corazón de su madre!”.

Era inteligente, pero no sabio.

Aquel hombre a quien se había dirigido, como paga de lo mucho que había recibido del joven necio, lo puso a cuidar los cerdos.

Estaban en una región pagana y había muchos cerdos.

Le encargó de llevar las piaras a sus pastos.

El joven, todo sucio, andrajoso, maloliente, hambriento – la comida escaseaba para todos los siervos y especialmente para los ínfimos…

(él, porquerizo extranjero, escarnecido estaba entre los ínfimos) –

Veía que los cerdos se saciaban de bellotas y suspiraba: “¡Si al menos pudiera llenar mi estómago de estos frutos!!

¡Pero son demasiado amargos! Ni siquiera el hambre me los hace apetecer!”.

Y lloraba al pensar en los ricos festines de sátrapa, que poco tiempo antes celebraba entre risas, canciones, bailes…

Y también en la honrada y bien provista mesa de su casa, ahora lejana…

Y en cómo su padre dividía para todos imparcialmente, reservándose para sí, siempre la parte menor,

contento de ver en sus hijos un sano apetito…

Y pensaba también en la parte que aquel hombrr justo reservaba para los siervos.

Y suspiraba:

“Los peones que trabajan para mi padre, incluso los ínfimos, tienen pan en abundancia..,

Y yo aquí me estoy muriendo de hambre…”.  

Siguió un largo y trabajoso proceso de reflexión, un largo combate para estrangular a la soberbia…

Por fin llegó el día en que, renacido en humildad y sabiduría, se paró y dijo: “¡Iré donde mi padre!

Es una necedad este orgullo que me tiene apresado. ¿Orgullo por qué?

¿Por qué ha de seguir sufriendo mi cuerpo, y más aún mi corazón, pudiendo obtener perdón y consuelo?

Iré donde mi padre. Ya está decidido.

¿Que qué le voy a decir?

¡Pues lo que me ha nacido aquí dentro, en esta abyección, entre esta inmundicia, por las dentelladas del hambre!

Le diré: “Padre, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo;

trátame pues, como al último de tus peones… pero déjame estar bajo tu techo. Que yo te vea pasar…”

No podré decirle: “…porque te quiero”. No lo creería. Se lo dirá mi vida. Él lo comprenderá.

Y antes de morir me volverá a bendecir…

¡Sí, lo espero, porque mi padre me quiere!”.

Habiendo decidido esto, cuando regresó al atardecer al pueblo, se despidió del patrón y se puso en camino hacia su casa, mendigando…

Ya ve los campos paternos, ya la casa… y a su padre, dirigiendo el trabajo de los hombres…

¡Oh, está más viejo y más delgado por el dolor, pero sigue emanando bondad!…

¡Ah, el transgresor, al ver el deterioro que había causado, se detuvo atemorizado!

Pero el padre, volviendo la cabeza, lo vio…

¡Ah, fue corriendo a su encuentro, pues todavía estaba lejos; cuandose acercó a él, le echó los brazos al cuello, lo besó!

El padre fue el único que lo reconoció, que vio en ese mendigo abatido, a su hijo.

Y fue el único que tuvo hacia él un movimiento de amor.

El hijo, abarcado por esos brazos, con la cabeza apoyada en el hombro paterno, susurró sollozando:

“Padre, deja que me postre a tus pies”.

“¡No, hijo mío, a mis pies no.

Reclina tu cabeza en este pecho mío que tanto ha sufrido por tu ausencia y necesita revivir sintiendo tu calor!”.

El hijo, llorando más fuerte, dijo:

“¡Padre mío, he pecado contra el Cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo;

permíteme vivir con tus siervos, bajo tu techo; que pueda verte y comer tu pan.

Que pueda servirte y aspirar tu respiro:

con cada uno de los bocados de tu pan, con cada movimiento de tu respiración,

mi corazón, harto corrompido ahora, se reformará y yo me haré honesto…!”

Pero el padre, sin dejar de abrazarlo, lo condujo a donde estaban los siervos, que se habían arremolinado a distancia a observar lo que sucedía,

y les dijo:

“Rápido, traed el vestido mejor, palanganas con agua perfumada; lavadlo, perfumadlo, vestidlo, ponedle calzado nuevo y un anillo en el dedo.

Luego, tomad un ternero cebado, matadlo y preparad un banquete.

Porque este hijo mío había muerto y ahora ha resucitado, lo había perdido y ha sido hallado.

Quiero que encuentre de nuevo su sencillo amor de cuando era niño; mi amor y la fiesta de la casa por su regreso se lo deben dar.

Debe comprender que sigue siendo para mí, el amado hijo último en nacer,

como era en su ya lejana infancia, cuando caminaba a mi lado alegrándome con su sonrisa y con sus balbuceos”.

Y así lo hicieron los siervos.

El hijo mayor estaba en el campo. No supo nada de lo sucedido hasta su regreso.

A1 anochecer, de vuelta al hogar, vio

que la casa estaba radiante de luces…

Y oyó que de ella provenían música y rumor de danzas.

Llamó a uno de la servidumbre, que corría atareado, y le dijo: “¿Qué sucede?”.

El siervo respondió: “^Ha vuelto tu hermano”.

Tu padre ha mandado matar el ternero cebado porque ha recuperad a su hijo sano, curado de su grave mal.

Y ha ordenado celebrar un banquete.

Sólo faltas tú para que empiece la fiesta”.

Mas el hijo primogénito montó en cólera, porque le parecía una injusticia el que se hiciera tanta fiesta por el menor, 

el cual, además de ser el menor, había sido malo.

Y no quiso entrar; no sólo eso, sino que quería alejarse de la casa.

Advirtieron al padre de lo que estaba sucediendo.

Se apresuró a salir, siguió al hijo y le dio alcance.  Trató de convencerlo y le rogó que no amargase su gozo.

Pero el primogénito respondió a su padre “¿Cómo quieres que no me altere?

Estás actuando injustamente con tu primogénito, lo estás despreciando.

Desde que he podido empezar a trabajar, hace ya muchos años, te he servido.

No he transgredido nunca ninguna disposición tuya, no he contrariado tan siquiera un deseo tuyo;

he estado siempre a tu lado y te he amado por dos, para que sanara la llaga que te había producido mi hermano…

Y no me has dado ni siquiera un cabritillo para que lo disfrutara con mis amigos.

21. El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.”

Sin embargo, a este que te ha ofendido, que te ha abandonado, que ha sido haragán y gastador.

Y que vuelve ahora traído por el hambre, ~ haces los honores y matas para él el mejor ternero.

¿Vale la pen, entonces, ser trabajador y abstenerse de los vicios? ¡No has actuado correctamente conmigo!”.

Entonces dijo el padre, estrechándolo contra su pecho:

“¡Oh, hijo mío, ¿Cómo puedes creer que no te quiero, por el hecho de que no haya extendido sobre tus obras un velo de fiesta?

Tus obras son de por sí santas. Por tus obras te alaba el mundo.

Sin embargo, este hermano tuyo necesita que su imagen, ante el mundo y ante sí mismo, sea restaurada.

¿Acaso crees que no te quiero por el hecho de que no te recompense visiblemente?

Durante todo el día, en cada movimiento de mi respiración, en cada pensamiento, te tengo presente en mi corazón. 

A cada instante que pasa yo te bendigo.

Tienes el premio continuo de estar siempre conmigo. Todo lo mío es tuyo…

Era justo hacer un banquete, celebrar una fiesta, por este hermano tuyo que había muerto y ha resucitado para el Bien.

Que se había extraviado y ha sido restituido a nuestro amor”.

Y el primogénito cedió.

Lo mismo amigos míos, sucede en la Casa del Padre.

Todo aquel que se vea como el hijo menor de la parábola, piense igualmente que si le imita en su retorno al Padre,

el Padre le dirá: “No te arrojes a mis pies.

Reclina tu cabeza sobre este corazón mío que ha sufrido por tu ausencia y que ahora goza con tu regreso”.

El que esté en la condición del hijo primogénito, sin culpa ante el Padre, que no se muestre celoso de la alegría paterna;

antes bien, se una a ella amando a su hermano redimido.

He dicho.

Quédate aquí, Juan de Endor; tú también, Lázaro.

Los demás que vayan a aparejar las mesas.

Dentro de poco vamos también nosotros.

Todos se retiran.

Una vez que se han quedado solos Jesús, Lázaro y Juan,

Jesús les dice:

–    Así sucederá con la querida alma que esperas, Lázaro.

Así sucede con tu alma, Juan

La bondad de Dios rebasa todo límite…

Los apóstoles, la Madre de Jesús y las otras mujeres se dirigen hacia la casa,

precedidos todos por Margziam, que va saltando presuroso hacia adelante.

175 DIAGNÓSTICO ESPIRITUAL


175 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La ciudad está semidesierta en esta noche serena y clara por la luna llena que resplandece en toda su plenitud.

La Pascua ha sido celebrada y consumida en una de las casas de Lázaro.

En la puerta exterior Jesús, con esa señorial cortesía muy suya, se ha despedido de Juan de Endor, dejándolo como custodio de las mujeres y dándole las gracias por esto mismo.

Le dió un beso a Margziam, que también acudió a la puerta.

Y se encamina con los suyos en el barrio de Bezetha, siguen a lo largo de la muralla y dejan atrás la casa de José de Arimatea.

Avanzan ligeros hacia fuera por la Puerta de Herodes.

Tadeo pregunta:

–     ¿A dónde vamos, Señor?

Jesús responde:

–     Venid conmigo.

Os llevo a coronar la Pascua con una perla anhelada y singular.

Por este motivo he querido estar sólo con vosotros, ¡Mis apóstoles!

Gracias amigos, por el gran amor que me tenéis; si pudierais ver cómo me consuela, os asombraríais.

Fijaos, Yo me muevo entre continuas contrariedades y desilusiones. Desilusiones por vosotros.

Convenceos de que por Mí no tengo ninguna desilusión, pues no me ha sido concedido el don de ignorar…

Por esta razón también os aconsejo que os dejéis guiar por Mí.

Si permito una cosa, la que sea, no opongáis resistencia a ello; si no intervengo para poner fin a algo, no os toméis la iniciativa de hacerlo vosotros.

Cada cosa a su debido tiempo. Confiad en Mí, en todo.

Ya están en el ángulo nordeste de la muralla; vuelven la esquina y van siguiendo la base del monte Moria…

Hasta llegar a un punto en que por un puentecito, pueden cruzar el Cedrón.

Santiago de Alfeo pregunta:

–    ¿Vamos a Getsemaní?

–    Más arriba.

A la cima del monte de los Olivos.

Juan exclama:

–    ¡Oh! ¡Será algo bello!

Pedro susurra:

–    También le habría gustado al niño.

Jesús dice:

–     ¡Tendrá oportunidad de verlo otras muchas veces!

Estaba cansado y además es un niño.

Quiero ofreceros una cosa grande, porque ya es justo que la tengáis.

Suben entre los olivos, dejando Getsemaní a su derecha.

Suben más arriba por el monte, hasta alcanzar la cima, donde los olivos se balancean crugiendo…

Avanzan por entre le olivar, hasta que Jesús se frena y dice:

–     Detengámonos aquí…

Todos se acomodan a su alrrededor, sentándose para escucharlo…

Jesús dice:

“Queridos, muy queridos discípulos míos, continuadores míos en el futuro, acercaos a Mí.

Hace poco tiempo, me habéis dicho:

“Enséñanos a orar como lo haces Tú; enséñanos, como Juan enseñó a los suyos.

Y siempre os respondí:

‘Os enseñaré cuando vea en vosotros un mínimo de preparación suficiente, para que la plegaria no se convierta en una fórmula vacía de palabras humanas.

Sino que sea una verdadera conversación con el Padre.

Ha llegado el tiempo. Hemos obedecido el Precepto Pascual, como verdaderos israelitas y el precepto divino de la caridad; para con Dios y para con el prójimo.

Uno de vosotros ha sufrido mucho en estos días, debido a una acción que no merecía.

Y ha sufrido por el esfuerzo que se ha hecho a sí mismo, para controlar la ira que esa acción había provocado.

Sí, Simón de Jonás, ven aquí.

Ni una palpitación de tu corazón honrado, me ha pasado desapercibida.

Y no ha habido sufrimiento que no haya compartido contigo.

Yo… y tus compañeros.

Pedro dice:

–    Pero Tú Señor, has sido ofendido más que yo.

Y esto era para mí una pena mayor… Que Judas haya desdeñado acompañarme en la fiesta, me molestó mucho como hombre.

Pero al ver que Tú estabas adolorido y ofendido, me molestó de otro modo. Y sufrí el doble…

Yo no quiero gloriarme, ni hacerme el héroe, usando tus palabras. Pero debo decir que he sufrido con mi alma…

Y esto causa mayor dolor.

–    No es soberbia, Simón.

Has sufrido espiritualmente, porque Simón de Jonás, pescador de Galilea; se está convirtiendo en Pedro de Jesús;

Maestro del espíritu; por lo cual también sus discípulos se hacen activos y sabios en el espíritu. Porque has avanzado en la vida del espíritu.

Y porque vosotros también habéis avanzado, quiero enseñaros esta noche la Oración.

¡Cuánto habéis cambiado desde aquel día en que nos detuvimos en un lugar desierto por algunos días!

Bartolomé pregunta un poco incrédulo:

–   ¿Todos, Señor?

–   Comprendo lo que quieres decir.

Yo os hablo a vosotros los once, que estáis aquí, no a otros.

Andrés dice con mucha tristeza:

–   Pero, ¿Qué le pasa a Judas de Simón, Maestro?

Ya no lo comprendemos. Parecía muy cambiado y ahora… desde que dejamos el lago…

Pedro interviene:

–    Cállate hermano.

La llave del misterio la tengo.

Se ha colgado un pedacito de zebú.

Fue a buscarlo a la caverna de Endor, para sorprender a los demás.

Lo tomó del nicho donde estaba el búho.

¡Y se lo tiene merecido!

El Maestro se lo dijo aquel día…

En Gamala, los diablos entraron en los cerdos.

En Endor, los que salieron del desgraciado Juan, entraron en él. Se entiende que…

Se entiende… ¡Déjame decirlo, Maestro!

Lo tengo aquí, en la punta de la lengua y si no lo digo, me muero…

Jesús le pide:

–   Simón. Sé bueno.

–   Sí, Maestro.

Y te aseguro que no le haré ningún desprecio.

La posesión espiritual perfecta se agrava tremendamente por la Lujuria y la maldad de Asmodeo…

Pero digo y pienso que siendo Judas tan vicioso… Y tan mujeriego…

Todo el Templo lo conoce, lo sabe y Todos lo sabemos.

Y está sin protección porque quiere. Se entiende que también los demonios, gustosos cambian de casa.

Es un semejante al cerdo…

Pedro calla.

El  silencio se extiende un largo momento.

Y agrega con un suspiro:

–    Bueno, lo he dicho.

Santiago de Zebedeo pregunta:

–   ¿Entonces tú piensas que por eso es así?

–   ¿Y qué otra cosa quieres que sea?

No hay ninguna otra razón para que se haya vuelto tan intratable.

Está peor que en Agua Especiosa.

Allí se podía pensar que el humor y la estación  lo pusiesen nervioso.

Pero ahora…

Jesús agrega con calma:

–    Hay otra razón, Simón…

–    Dila, Maestro.

Estoy contento de desengañarme del compañero.

–   Judas está celoso.

Está inquieto por celos.

–   ¿Celoso de quién?

No tiene mujer. Y aunque la tuviese, creo que ninguno de nosotros sería capaz de ofender a un condiscípulo…

–    Está celoso de Mí.

Piensa… Judas ha cambiado desde Endor y luego…  Empeoró en Esdrelón.

Esto es; desde que vio que me ocupaba de Juan y de Marziam.

Pero ahora que Juan nos dejará y que se irá con Isaac, verás que volverá a ser alegre y bueno.

–   Está bien.

Pero no querrás decirme que no es presa de un diablillo…

Y sobre todo; no querrás que diga que se ha compuesto en estos meses en que se ha portado peor.

El año pasado yo también era celoso… ¿No recuerdas que no quería que hubiese nadie más que nosotros seis?

Ahora deja que invoque a Dios como testigo de mi pensamiento. Ahora digo que soy feliz; entre más aumentan los discípulos a tu alrededor.

¡Oh! ¡Cómo quisiera traerte a todos los hombres!

Pero, ¿Por qué he cambiado? Porque me he dejado cambiar por Ti. Él…  él no ha cambiado. Al contrario…

Convéncete, Maestro. Un diablillo se ha apoderado de él…

–    No lo digas, ni lo pienses.

Ruega para que se cure. Los celos son una enfermedad emocional…

Que destrozan el alma.

–    De la que se puede curar si uno quiere.

¡Ah! Lo soportaré por causa tuya… Pero, ¡Qué fatiga!…

Judas Tadeo, dice:

–    Me parece que ya recibió su castigo…

Al no estar con nosotros en esta noche; en que aprenderemos algo tan importante.

Jesús dice:

–     Ha llegado el momento.

Vosotros poseéis cuanto es suficiente para conocer las palabras dignas que se digan a Dios y os las quiero enseñar esta noche en medio de la paz y el amor que existe entre nosotros.

En la paz y el amor de Dios y con Dios…

Escuchad: cuando oréis, decid así:

“Padre Nuestro…”