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D LA CULTURA DE LA MUERTE 1


CUMPLIMIENTO

La mayoría de los ancianos no está en condiciones de dar su consentimiento voluntario para la eutanasia

La eutanasia está ganando terreno en el mundo.

Y la pendiente resbaladiza está llevando a muchos a pedir la libertad de morir cuando lo deseen, apelando a su autonomía en las decisiones, en situaciones intolerables, para obtener una muerte digna según ellos.

Pero  éste es un argumento más efectista que real.

Porque muchos ancianos no están en condiciones de dar su consentimiento libre y soberanamente para morir; porque su debilidad social, psicológica, física, económica, etc. los hace fácilmente manipulables.

Para poder hablar de EUTANASIA, lo primero que hay que hacer es definir el término.

Eutanasia procede del griego eu (bien, bueno) y thanatos (muerte), que se puede entender como agonía serena o muerte dulce.

En sentido más técnico sería “muerte sin sufrimiento ocasionada a quien padece una enfermedad incurable o dolorosa”.

‍Las razones para permitir o no la eutanasia se están discutiendo en todo occidente en este momento, en un intento de abrir una puerta para el SUICIDIO…

ARGUMENTOS A FAVOR DE LA EUTANASIA

Los siguientes argumentos a favor de la Eutanasia son los que se manejan más vulgarmente:

  • Tengo un derecho a disponer de mi propia vida y puedo reivindicar la autonomía como parte integral de la dignidad humana y expresión de ésta.
  • Una vida que en determinadas condiciones es indigna, la imagen que proyecto ante los seres cercanos, puede ser considerada como humillante e indigna.
  • ¿Por qué aceptar una forma de existencia en circunstancias limitadísimas, sacrificando, en cierta forma, a parientes y amigos?
  • Así como se tiene un derecho a vivir con dignidad, ¿Por qué no tener un derecho a morir dignamente?
  • No debe intentarse prolongar la vida cuando ésta no se pueda vivir, haciendo del paciente no un ser humano, sino un caso clínico interesante (como ocurre en los hospitales universitarios actualmente)
  • Podría institucionalizarse unos derechos no sólo del paciente terminal, sino de la familia en sí.
  • ¿Es justo morir de un modo tan doloroso?

EL CONSENTIMIENTO INFORMADO

Un argumento predilecto de los propulsores de la eutanasia es que hay que dejar a las personas que libre y soberanamente puedan decidir si seguir con sus vidas o terminarlas, ante situaciones de mucho dolor y sufrimiento.

‍El respeto por la autonomía fue el tema de una fuerte defensa para su legalización en Australia, en la Revista de Derecho y Medicina por Margaret Otlowski y Lorana Bartels en 2010. Llegaron a la conclusión de que

en una sociedad secular con una población que envejece la legalización es inevitable.

Admitiendo que se adjudica algún derecho o permiso especial a la persona para terminar con su vida, esta posición parte de la base de considerar la autonomía de la persona para tomar decisiones siempre como total.

O sea que la enfermedad, la vejez o las condiciones psicosociales de la persona no le afectan de un modo tal, que desaparecidas esas circunstancias, el individuo tomaría la misma decisión de quitarse la vida.  

ES FALAZ EL CONSENTIMIENTO VOLUNTARIO

Jeremy Prichard, un criminólogo de la Universidad de Tasmania ha dado una enérgica respuesta sobre el consentimiento voluntario.

Duda de que muchas personas en la comunidad sean capaces de dar su consentimiento total y voluntario para acabar con sus vidas.

El autor sostiene que la creciente prevalencia de maltrato a personas mayores sugiere que las personas de edad pueden ser fácilmente manipuladas:

“Estos procedimientos pueden ser seguros para personas conectadas socialmente, económicamente independientes, con una gran autonomía y auto-eficacia”,

Pero “las circunstancias pueden ser completamente diferentes para

Pacientes aislados con baja auto-eficacia, que representan una carga no deseada a sus cuidadores.

Y donde algunos de los cuales se beneficie económicamente de la muerte del paciente (aunque sólo sea en una reducción de la presión financiera)“.

LA PRESIÓN SUTIL

A veces la petición de eutanasia puede ser verdadera, pero ha sido motivada por una presión sutil.

‍Los cuidadores pueden fácilmente convencer a un paciente que la muerte es la mejor opción para todos.

El Dr. Prichard cita algunas anécdotas preocupantes de la investigación en el cuidado de ancianos en Tasmania.

En uno, una mujer describe cómo ella es tratada por su marido:

“Tengo apoplejía desde hace unos años, soy absolutamente incapaz de hacer algo por mí misma…

Mi marido se molesta porque tengo que ir al baño todo el tiempo y que me tiene que ayudar. …

A su manera egoísta, él se preocupa por mí también, pero es muy desagradable.

Es un verdadero viejo gruñón desagradable, que no le gusta a nadie a su alrededor…

Habla todo el tiempo que estará muy bien cuando se muera y yo digo ‘bien ¿Qué debo hacer?’ Él dice: ‘Sólo espero por mi tiempo date prisa’.

Esa es mi vida…  No puedo conseguir a nadie para cuidar de mí después.”

Muy poca investigación se ha realizado sobre las presiones que podrían ser ejercidas en las personas mayores y discapacitadas.

“La investigación sobre los riesgos de la eutanasia voluntaria o suicidio asistido por un médico está en su infancia”

EL TELEFONO CELULAR DE DIOS ES LA ORACION Y LAS VISITAS AL SANTÍSIMO SACRAMENTO, EL ABRAZO QUE ÉL ESTÁ ESPERANDO

Qué es la Miéricordia y la Compasión para el Catolicismo

Según Wikipedia, la misericordia es la disposición a compadecerse de las miserias ajenas.

Y la compasión es la percepción y comprensión del sufrimiento del otro, y el deseo de aliviar tal sufrimiento.

En definitiva ambos términos apuntan a lo mismo: la empatía y el tratar de hacer algo.

Los cristianos prefieren hablar de misericordia porque es una cualidad de Dios.

Sin embargo hay diferencias de fondo. El mundo secular no entiende lo que significa misericordia y la compasión para el catolicismo.

Equipara la misericordia con un sentimiento, un sentimentalismo.

Tolstoi dibujó una imagen clara de sentimentalismo, al referirse a las damas rusas de moda, las que se conmueven hasta las lágrimas por una obra de teatro…

Pero que permanecen ajenas a sus propios cocheros sentados afuera esperando por ellas en un frío de congelación.

El sentimentalismo comienza y termina con la emoción.‍

‍Santo Tomás de Aquino comenta que la Misericordia

“No destruye la justicia, sino que es un cierto tipo de cumplimiento de la justicia. La misericordia sin justicia es la madre de la disolución.

Mientras que la justicia sin misericordia es crueldad.”

La palabra latina para Misericordia está compuesta por miserum (dolor) y cordial (en referencia al corazón).

‍Piensa en las diversas cosas en que le piden que la Iglesia abra su Misericordia, para los que viven y SUFREN en el divorcio y segundas nupcias, la homosexualidad, el aborto, la eutanasia, etc.

¿Ha habido arrepentimiento de parte de quienes piden la Misericordia?

La generosidad puede ser dirigida a un hombre feliz y trasciende las exigencias de la justicia.

La Misericordia se dirige a alguien que está sufriendo.

‍Si no somos misericordiosos con los demás, negamos nuestra propia falibilidad y en consecuencia, nuestra propia necesidad de Misericordia.

El sentimentalismo desea que las cosas pudieran ser mejor, pero sin tomar las medidas necesarias para que sean mejores.

Siendo un camino necesario, también hay que coincidir que se trata de un campo minado.

Porque la compasión evangélica fácilmente se puede corromper y pasar a transformarse en una aplicación de la compasión para apoyar los valores mundanos.

Por ejemplo ¿Es compasión cristiana permitir el aborto, para que las madres en crisis no sufran?

O ¿Es compasivo apoyar la EUTANASIA cuando una persona está sufriendo y quiere finalizar con su vida?

‍O quizás que haya perdido el valor de la compasión.

‍En el primer caso, el abismo está construido de la incomprensión del mundo sobre la compasión que tiene o debía tener la Iglesia para los demás.

La imagen que tiene el mundo exterior, y a lo que apuntan los enemigos y los medios de comunicación, es a concentrar las críticas en la falta de compasión de la Iglesia.

‍La Iglesia no se preocupa por las mujeres con embarazos en crisis y por lo tanto no aprueba el aborto o la anticoncepción.

Y tampoco se preocupa por quienes están con problemas graves de salud y la vida les causa gran sufrimiento, y por lo tanto no acepta la eutanasia.

Y todo esto porque no es “compasiva” dicen los enemigos, y con ellos convencen a quienes no tienen una posición formada.

‍La Iglesia no se preocupa de los divorciados y vueltos a casar, porque no admite que tomen la eucaristía en las misas, por lo tanto no es “compasiva”,

a los ojos de los contrarios y los desinformados que no pueden entender los temas internos doctrinales.

De acuerdo a lo anterior, para que la nueva evangelización tenga éxito hay que mellar y destruir esa creencia de la gente del exterior de que a la Iglesia le falta compasión.

Como por ejemplo respecto a evitar el sufrimiento de las madres que quieren abortar, de los que quieren acabar con sus vidas mediante la eutanasia,

de los homosexuales activos que tienen dificultades para integrarse a las parroquias, de los divorciados vueltos a casar porque no pueden comulgar, etc.

esta discusión la vimos en el Sínodo de la Familia respecto a los divorciados vueltos a casar y los homosexuales.

Hay una frontera en que pasamos a trabajar para ser compasivo con los valores del mundo y no con los verdaderamente evangélicos.

Y eso se muestra claramente en la diferencia de posiciones entre los Cardenales Kasper el Burke.

Mientras el Cardenal Kasper sostiene que darle la comunión a los divorciados vueltos a casar es un acto de compasión,

con aquellos que quieren volver plenamente a la Iglesia, el cardenal Burke piensa que es como darle azúcar a un diabético, lo mataría.

El tema es más profundo que la comunión a los divorciados o la aceptación del matrimonio homosexual.

Refiere a la línea demarcatoria entre lo que es la compasión para el mundo y lo que es la compasión evangélica.

EL CASO DE ALGUNOS CLÉRIGOS CRISTIANOS DEL REINO UNIDO

Hace unos meses una alianza de clérigos escribió al Daily Telegraph en apoyo de la legislación del suicidio asistido en Gran Bretaña.‍

La carta de figuras religiosas en favor del suicidio asistido – entre ellos el ex arzobispo de Canterbury, Lord Carey – presenta un argumento teológico curioso.

“No hay nada sagrado en el sufrimiento, nada sagrado sobre la agonía, y los individuos no deben estar obligados a soportarlo”, dicen los firmantes.

Quienes añaden que ayudar a las personas con enfermedades terminales a suicidarse debe ser visto simplemente como lo que les permite la gracia de devolver su vida a Dios.

La primera curiosidad es la percepción que expresan que las entidades religiosas en el Reino Unido se oponen abrumadoramente al suicidio asistido porque creen que Dios quiere que la gente sufra.

¿Quién dice esto?

Los católicos y anglicanos han señalado constantemente la necesidad de más camas de cuidados paliativos y de hospicios, precisamente con el fin de no sólo aliviar el dolor físico, sino que también proporcionan cuidado amorosoy apoyo a los que están en su último viaje.

De hecho los obispos han manifestado siempre que un apoyo al suicidio asistido disolvería rápidamente cualquier apoyo a esta idea.

‍Con la introducción de la noción de que una vida que incluya el dolor y el sufrimiento es menos digna de ser vivida, y de ser protegida.

‍La segunda curiosidad es el intento de crear una justificación teológica para el suicidio asistido en desafío de las enseñanzas largamente asentadas en la tradición cristiana (así como otras religiones).

Como los obispos católicos de Inglaterra y Gales, han declarado:

La falta de salud o el hecho de la discapacidad nunca son razones válidas para la exclusión o, y lo que es peor, para la eliminación de las personas.

La privación grave experimentada por la edad no es el debilitamiento del cuerpo físico o la discapacidad que puede resultar de esto, sino más bien, es el abandono, la exclusión y privación de amor”.

Lord Carey y quienes lo apoyan están ofreciendo una hoja de parra teológica para el argumento habitual en favor del suicidio asistido, que se basa en una ética de la autonomía

-Que a los individuos se les debería permitir decidir sobre tales asuntos personales por sí mismos, y controlar el momento de su muerte.

-Que estas decisiones deben ser respetadas por la ley.

-Y (lo que no se dice con frecuencia directamente) que a los médicos se les debe permitir operar esto.

Esta posición de Lord Carey era en apoyo a la propuesta que permitiría a la gente, que cree que tiene no más de seis meses de vida y que tienen una “intención establecida”

Para poner fin a su vida, darle una dosis letal de drogas con la autorización de dos médicos.

Ellos creen que en este punto de vista, el Estado no debe desempeñar ningún papel coercitivo  de las decisiones personales.

‍No es el sufrimiento en sí mismo que lleva a la gente a buscar el suicidio asistido, sino el horror de la impotencia.

‍Un suicidio asistido es la respuesta enojada de los que no pueden hacer frente a no tener el control.

El puñado de obispos anglicanos y rabinos liberales detrás de la carta al Telegraph trata de justificar esto teológicamente, pero falla miserablemente diciendo:

Valoramos la vida como un don precioso de Dios, pero también defendemos el derecho de las personas que se acercan a sus últimos meses, a que con la gracia devuelvan ese regalo,

si sienten que la calidad de su vida está a punto de deteriorarse más allá del punto en el cual quieren continuar”.

¿Devolver su vida a Dios?

Nada podría estar más lejos de la mente de los hombres de negocios de clase media y profesores que hacen su camino a Dignitas (clínica de suicidios de Suiza).

Jeffrey Spector, quien recientemente organizó su suicidio allí, rodeado de publicidad, desafió a su familia, al insistir en la decisión porque

“Sentí que la enfermedad había cruzado la línea roja y yo estaba cada vez peor…. En lugar de ir más tarde estoy saltando sobre la pistola”.

Dijo su familia más tarde, que “No quería vivir una vida en la que estuviera paralizado y dependiente de su familia para cuidar de él”

Ni Spector ni ninguno de los demás fanáticos del control que piden el suicidio asistido nunca hacen ninguna mención de Dios y mucho menos de “devolver” la vida a cualquiera.

El devolverla y entregarla es lo que hacemos cuando renunciamos al control, aceptamos nuestra impotencia y (si creemos en Dios) confiamos en Dios para que nos lleve de la mano.

Lo que los defensores del suicidio asistido hacen, es lo contrario.

Tratan de evitar la “entrega” a cualquiera y TAMPOCO A DIOS, lo que ellos organizaron para su propias existencia.

En la extraña nueva dispensación teológica de Lord Carey, podrían en el futuro ser enviados vicarios a acompañar a los inspectores a Suiza, para susurrar dulcemente en sus oídos…

Que están “con gracia volviendo a Dios”, mientras beben el elixir fatal.

‍La ley siempre ha compartido la suposición cristiana de que la vida es un Don de Dios, no es algo de lo que estamos en control.

Una vez que – con la ayuda del Estado y de la profesión médica, declaramos que la vida carece de valor y puede ser terminada.

Recorremos la carretera que conduce en una sola dirección: a los campos de exterminio y los gulags.

Ayudar a un suicidio es una corrupción de la compasión y una perversión de la misericordia.

Un Estado que lo avala renuncia a la obligación de la ley para defender el valor sagrado de la vida.

Un clérigo cristiano que lo avala renuncia al corazón mismo del Evangelio.

La frontera entre la compasión evangélica y su corrupción, parece clara a la mayoría de los católicos en el día de hoy sobre el tema de la eutanasia.

Sin embargo se ha desdibujado en otros tema, como por ejemplo el ABORTO.

Y hace poco se discutió en el Sínodo de la Familia respecto a la comunión a los divorciados y la celebración del estilo de vida homosexual.

Eutanasia fuera de control en Bélgica.

Un profesor universitario belga se encontró con que su madre, que tenía una enfermedad mental, recibió eutanasia de un médico porque así lo pidió, sin que nadie se contactara con él.

Esto dispara una serie de preguntas, como hasta donde un enfermo mental y SOLO, puede decidir una cosa así y como se puede sacrificar a una persona sin que familiares y amigos cercanos sean informados previamente.

Hay fuertes denuncias de que la eutanasia en Bélgica no está siendo controlada y es una simple forma de promoción de la muerte.

A este caso que relatamos se le suma el de mellizos de 45 años que fueron sacrificados hace poco porque no soportaban la idea de llegar a quedarse ciegos.

Y se comprueba en la vecina Holanda que una vez que se abre el grifo de la eutanasia, ésta se sale de control, ver aquí.

Desde el año 2002 se aprobó una ley en Bélgica que permitió a la gente ser sacrificada cuando sufrían dolor intratable e insoportable.

Hoy en día la EUTANASIA, más a menudo se concede a las personas que sufren de enfermedades mentales como la depresión, la esquizofrenia, anorexia crónica nerviosa y trastorno de desorden de la personalidad, etc

TRATANDO DE ENTENDER

Desde entonces, mi vida ha cambiado considerablemente.

Hasta ahora, todavía estoy tratando de entender cómo es posible que la EUTANASIA se realice en personas físicamente sanas, sin siquiera ponerse en contacto con sus hijos.

El portavoz del hospital de la universidad me dijo que todo sucedió de acuerdo a la “libre elección” de mi madre.

Después de la muerte de mi madre, he hablado con el doctor que le dio la inyección y me dijo que estaba “absolutamente seguro” de que mi madre no quería vivir más.

La muerte de mi madre ha provocado un montón de preguntas: ¿Cómo es posible que las personas puedan ser sacrificadas en Bélgica sin que familiares cercanos o amigos sean contactados?

¿Por qué mi país da a los médicos el poder exclusivo de decidir sobre la vida y la muerte? ¿Cómo podemos juzgar lo que es el “sufrimiento insoportable”?

¿Cuáles son los criterios para decidir qué es “sufrimiento insoportable“?

¿Podemos confiar en el juicio de un enfermo mental?Después de todo, ¿Puede una persona mentalmente enferma hacer una “elección libre?

¿Por qué los médicos no tratan de arreglar una reunión entre nuestra madre y sus hijos?

¿Cómo puede un médico estar “absolutamente seguro” de que su paciente no quiere seguir viviendo?

¿Por qué no podemos soportar ver a las personas que sufren?

MATARIFES RADICALES

Algunos médicos de la Universidad Vrije de Bruselas creen que la EUTANASIA debe ser ofrecida a cualquier persona que desee poner fin a su vida a causa de un sufrimiento insoportable y sin sentido.

Todas las objeciones y las restricciones de la comunidad se consideran inmorales e injustificables.

Estos médicos están hoy en día incluso discutiendo la EUTANASIA para las personas que sufren de autismo y los jóvenes con tendencias suicidas.

Lo que me asusta es que estos médicos también parecen estar controlando los medios de Bélgica. ¿Es esta la sociedad que queremos?

¿Vamos a controlar los suicidios en el futuro cercano, sacando a la gente de su miseria antes de que puedan hacerlo por sí mismos – en lugar de invertir en la salud mental y cuidados paliativos?

Creo que la apelación a la “libre elección” se está convirtiendo en un dogma de conveniencia.

Estamos cambiando rápidamente hacia una sociedad de la soledad absoluta en la que no queremos cuidar más el uno del otro.

Y cuando sufrimos, pedimos a nuestros médicos para que nos maten, rompiendo las leyes fundamentales biológicas y humanas.

Comienzan a desaparecer las limitaciones a la EUTANASIA.

La pendiente resbaladiza de la EUTANASIA no es algo que los contrarios sospechan que existe por detrás, sino que es una realidad ya promocionada.

Mientras en algunos países donde no existe permiso legal para la eutanasia sus promotores la promueven como un método para los que tienen dolores físicos irresistibles…

En los países en que existe la ley, se pasó a ampliarla a aquellos que tenían algún problema psiquiátrico y ahora proponen que cualquiera que esté cansado de vivir pueda pedirla.

Esto supone ni más ni menos que cualquiera que diga estoy cansado de vivir tenga acceso legal a ella, sin considerar que este juicio pueda ser pasajero…

O fruto de las condiciones sociales en las que vive en ese momento, que quizás con un leve cambio pueda modificar su visión del significado de la vida.

Algunos académicos argumentan la eutanasia para los ‘cansados de la vida’.

Artículos recientes en la revista Journal of Medical Ethics impulsan una reforma de la ley para ser coherentes su razonamiento ético.

Los autores – incluyendo a los bioéticos Julian Savulescu y Jukka Varelius – sugieren que la eutanasia se justifica en última instancia por el sufrimiento existencial – una desesperación en la vida – y no por el tipo de enfermedad física.

Como el sufrimiento existencial puede venir en muchas formas, ya sea una enfermedad “diagnosticable” o por una desesperación no médica, se les debe permitir a los que aunque no están enfermos, han perdido la esperanza y no tienen posibilidad de recuperar el sentido de sus vidas.

Varelius, que no va tan lejos como Savulescu llamando a una nueva legislación, identifica el sufrimiento existencial como el factor clave en las solicitudes de eutanasia.

Considera el ejemplo de una angustiada víctima de un accidente de coche:

“Tenemos que preguntarnos si el sufrimiento de este paciente en particular es lo suficientemente grave como para que su vida no valga la pena vivir y si hay esperanza significativa que después de todo, podría recuperarse para vivir por lo menos una vida tolerable.

Abordar estas preguntas implica considerar las cuestiones existenciales relacionadas con el valor de la clase de vida que este paciente puede vivir y la cuestión de qué grado de esperanza debe ser considerado lo suficientemente importante“.

Varelius sugiere que las cuestiones de la pena, el significado y valor de la vida son consideraciones clave al momento de decidir si se concede la eutanasia.

Propone que la presencia de una enfermedad médica no puede ser tan importante como la consideración que alguna vez pensamos que era.

En su comentario en un artículo reciente de BioEdge sobre la eutanasia en las cárceles, Philip Nitschke utiliza un concepto similar al argumentar a favor del derecho a morir de los presos:

“Si aceptamos el sufrimiento existencial como un criterio válido, tratando de distinguir que el “sufrimiento insoportable” de la enfermedad,

y el “sufrimiento insoportable” de la prisión no tienen sentido. Es algo que las leyes ingeniosas y compasivas de Bélgica reconocen”

Fuente: Foros de la Virgen María

83 LOS PODEROSOS DE ISRAEL


83 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

La mañana está muy fría.

Jesús está de pié, sobre un montón de mesas que se han colocado como tribuna en el último galerón y habla con voz potente, cerca de la puerta para que oigan los que están adentro;

los que están el cobertizo y hasta los que están en la era, al descubierto bajo una copiosa lluvia.

Todos parecen frailes bajo sus mantos oscuros y hechos de lana, en la que el agua no penetra.

En el galerón están los más débiles. Bajo el cobertizo las mujeres y en el patio, bajo el agua; los más fuertes.

Pedro va y viene descalzo, con el vestido corto.

Con un pedazo de tela que se ha puesto sobre la cabeza y no pierde el buen humor, aunque tenga que chapotear en el agua, dándose una bañada que no buscaba.

Le ayudan Juan, Andrés y Santiago; llevando con mucho cuidado al otro galerón a los enfermos.

Jesús espera con paciencia a que todos se acomoden y solo deplora que los cuatro discípulos estén completamente bañados.

A las observaciones de Jesús, Pedro responde:

–   ¡Nada, nada! Somos leña dura.

No te preocupes. Estamos recibiendo otro bautismo y el que nos bautiza es Dios Mismo.

Cuando finalmente todos están en su lugar, los cuatro se cambian los vestidos por otros, secos.

Pero cuando el Maestro empieza a hablar, Pedro ve que se asoma en el rincón del cobertizo, el manto gris de la mujer velada.

Y sin preocuparse de que va a tener que atravesar de lado a lado la era, bajo la lluvia que se ha vuelto más tupida y que al meterse en los hoyos, el agua le da hasta las rodillas, va hacia donde está ella.

La toma del brazo sin quitarle el manto y la lleva hasta la pared del galerón, donde ya no se moje. Luego se queda cerca de ella como un centinela; sin moverse y sin pestañear.

Jesús ha visto todo. Para ocultar la sonrisa que ha brillado en su rostro, baja la cabeza…

Y luego continúa hablando:

–   … no digáis, quienes habéis sido constantes en venir a Mí; que no hablo con orden y que paso por alto alguno de los Diez Mandamientos.

Oís. Yo veo. Escucháis. Yo aplico a los dolores y a las llagas lo que veo en vosotros.

Soy el Médico. Y un médico va primero a los enfermos más graves y después atiende a los menos enfermos. También Yo, hoy os digo: no cometáis impurezas…

Y Jesús predica extensamente sobre la lujuria, la fornicación, el matrimonio, el adulterio, el aborto, la impureza, la pureza y el placer.

Y agrega:

–           … el cuerpo humano es un magnífico templo que contiene un altar.

Sobre el altar debe estar Dios. Pero Dios no está en donde hay corrupción. Por esto el cuerpo del impuro tiene el altar consagrado; pero sin Dios.

El arrepentimiento renueva. El arrepentimiento purifica. El arrepentimiento sublima.

La misericordia de Dios es infinitamente más grande que la miseria humana.

Honraos a vosotros mismos haciendo que vuestra alma; con una vida honesta, sea digna de honra.

Justifícate ante Dios, no volviendo a pecar más contra tu alma.

Eres el vicio; conviértete en honestidad, en sacrificio, en mártir; por tu arrepentimiento.

Supiste martirizar muy bien tu corazón, para que la carne gozara. Aprende ahora a martirizar la carne; para dar a tu corazón paz eterna.

Podéis iros todos. Cada uno con su peso y su reflexión.

Y meditad. Dios espera a todos y no rechaza a nadie de los que se arrepienten. Os dé el Señor su Luz para conocer vuestra alma. Idos…

Muchos se dirigen hacia el poblado.

Otros entran en el galerón.

Jesús se dirige hacia los enfermos y los cura.

Un grupo de hombres discuten en un rincón.

Gesticulan. Se acaloran. Algunos acusan a Jesús y otros lo defienden.

Otros más, exhortan a unos y a otros, a un juicio más maduro.

Unos pocos de los más encarnizados, se acercan a Pedro; que junto con Simón, transportan las muletas que ya no necesitan los tres curados.

Y lo asaltan avasalladoramente dentro de la vasta habitación, que ha quedado transformada en hospedería de los peregrinos.

Orgullosos y altaneros, les dicen:

–      Hombre de Galilea, escucha.

Pedro se vuelve y los mira como a unos bichos raros.

No habla, pero su cara es todo un poema.

Simón les lanza una mirada. Reconoce a algunos y mejor se va. Dejándolos a todos.

Mientras el otro continúa:

–     Yo soy Samuel el escriba.

Este es Sadoc, otro escriba. Este es el judío Eleazar, muy célebre y muy poderoso. Este es el ilustre anciano, Calascebona.

Y éste es Nahum. ¿Entiendes?… ¡Nahum! –ha recalcado de manera notoria éste último nombre.

Pedro ha hecho una inclinación al oír cada nombre. Pero al oír el último; la hace a medias.

Y dice con la máxima indiferencia:

–      No sé. Jamás lo había oído. Y… no entiendo nada.

Samuel dice con notorio desprecio:

–     ¡Vulgar pescador!

¡Ten en cuenta que es el hombre de confianza de Annás!

Pedro replica:

–     No conozco a Annás.

Conozco a muchas mujeres de nombre Anna. Hay un montón de ellas, También en Cafarnaúm.

No sé de qué Annas hablas y quién pueda ser éste, el hombre de confianza…

El estirado Fariseo abandona su incógnito y se revuelve como una serpiente furiosa.

Y chilla:

–     ¡¿Éste?!… A mí…

¿A MI?!… ¿A mí, me está llamando ‘Este ’?

Pedro contesta:

–     ¿Y cómo quieres que te llame?

¿Burro o pájaro? Cuando iba a la escuela, el maestro me enseñó a decir ‘este’, refiriéndose a un hombre.

Y si los ojos no me engañan, tú eres un hombre. ¿O estoy equivocado?…

El hombre se retuerce, como si estas palabras lo hubieran torturado.

Y el escriba Samuel explica:

–    Pero Annás es el suegro de Caifás…

Pedro exclama:

–    ¡Aaaa!… ¡Entendido!… ¿Y bien?

–     ¡Y bien!… ¡Ten entendido que estamos disgustados!

–     ¿De qué cosa?… ¿Del tiempo?

También yo. Es la tercera vez que me cambio de vestidos y ya no tengo ningún otro seco.

–     No te hagas el estúpido.

–     ¿Estúpido?

Es verdad. Si no estáis descontentos por el tiempo, ¿De quién entonces? ¿De  los romanos?

Los fariseos exclaman al mismo tiempo:

–      ¡De tu Maestro!

–      ¡Del falso profeta!

Pedro advierte:

–     ¡Eje!… ¡Caro Samuel!

Mira que me despierto y soy como el lago. De la bonanza a la tempestad, no necesito más que un instante. Ten cuidado como hablas…

Llegan los hijos de Zebedeo y de Alfeo. Y con ellos, Judas de Keriot y Simón.

Cierran filas alrededor de Pedro, que cada vez levanta más la voz, respondiendo a los agresores.

Éstos exclaman:

–     ¡No te atreverás a tocar con tus manos plebeyas a los grandes de Sión!

Pedro los encara amenazante:

–     ¡Ohhhh! ¡Qué delicados fanfarrones!…

¡Y vosotros no toquéis al Maestro, porque de otro modo los lanzaré al pozo para purificaros de verdad! ¡Por dentro y por fuera!…

Simón interviene con calma:

–     Me permito hacer observar a los doctos del Templo, que esta casa es propiedad privada.

Judas de Keriot, refuerza:

–     Y que el Maestro, de lo que yo soy testigo…

Ha tenido siempre el máximo respeto para las casas de los demás. Y primero que todo, para la casa del Señor.

Exijo que se tenga igual respeto para la suya.

Calascebona exclama:

–     ¿Tú?… ¡Cállate, Gusano mentiroso!

Judas dice con desprecio:

–      ¡Mentiroso en parte!

Me habéis provocado asco y he venido a donde no hay corrupción.

Ha sido voluntad de Dios que a pesar de que estuve con vosotros, ¡No me corrompí hasta los tuétanos!…

Santiago de Alfeo, pregunta secamente:

–      Resumiendo, ¿Qué queréis?…

Sadoc pregunta con desprecio:

–     ¿Y tú quién eres?

El apóstol contesta:

–     Soy Santiago de Alfeo.

Y Alfeo de Jacob. Y Jacob de Matán. Y Matán de Eleazar… y si quieres te digo toda la ascendencia hasta el Rey David, que es de dónde vengo.

Y también soy primo del Mesías. Por lo que te ruego que hables conmigo de estirpe real y de sangre judía.

Si a tu altanería le repugna hablar con un hombre israelita, que conoce mejor a Dios que Gamaliel y que Caifás.

Santiago exige:

–      ¡Ea! ¡Habla!…

Calascebona dice:

–     A tu Maestro y pariente lo siguen las prostitutas.

La velada es una de ellas. La vi cuando vendía oro. Y la reconocí. Es la amante que huyó de Sciammai. Es deshonra para Él.

Judas de Keriot se burla:

–    ¿Para quién?

¿Para Sciammai, el rabino? Entonces debe ser una vieja roña. Podéis estar tranquilos. No le amenaza ningún peligro de esta parte…

–     ¡Cállate loco!

Para Sciammai de Elqui; el predilecto de Herodes.

Judas desata su ironía:

–     ¡Bah! ¡Bah! Señal de que para ella ya no es más el predilecto.

Es ella la que debe ir al lecho y no tú. Entonces… ¿¡Qué te importa!?

Tadeo agrega preguntando:

–     Hombre, ¿No piensas que te deshonras haciendo de espía?

Y ¿No piensas que se deshonra a quién se rebaja a pecar; no al que trata de levantar al pecador?

¿Qué deshonra le viene a mi Maestro y hermano, si Él con su palabra hace que llegue su Voz hasta las orejas profanadas con la baba de los lujuriosos de Sión?

Samuel se burla lleno de veneno:

–     ¿La Voz? ¡Ah! ¡Ah!

Tu Maestro y primo, tiene treinta años. ¡Y no es más hipócrita igual que los demás! Y tú y vosotros dormís juntos por la noche…

La venenosa calumnia queda vibrando en el aire…

Pedro grita:

–     ¡Desvergonzado reptil!

Santiago y Juan lo amenazan:

–     ¡Lárgate de aquí o te destrozo!

Simón dice con desprecio y asco:

–      ¡Vergüenza! ¡Cómo eres juzgas!

Tu hipocresía es tanta que se revuelve dentro de ti. Brota y babea como un caracol sobre la flor limpia. Sal y hazte hombre, porque ahora no eres más que una baba repugnante.

Te reconozco Samuel. Eres siempre el mismo corazón. Dios te perdone; ¡Pero vete de mi presencia!…

Mientras Judas y Santiago de Alfeo, contienen al enfurecido Pedro.

Tadeo, con sus ojos azules centelleantes y sus ademanes majestuosos,

dice con voz imperiosa:

–     Se deshonra a sí mismo, quién deshonra al inocente.

Los ojos y la lengua, Dios los hizo para hacer cosas santas. El maldiciente los profana y envilece, al usarlas para hacer cosas malvadas.

No ensuciaré mis manos con tus canas. Pero recuerda que los delincuentes odian al hombre íntegro.

Nosotros vivimos en la Luz y nuestro jefe es Santo; pues no conoce mujer, ni pecado. Lo seguimos y lo defendemos de sus enemigos.

Aprende! ¡Oh, viejo!… De un joven que se hace maduro, porque la Sabiduría es su Maestra; a no ser ligero en el hablar.

Vete y di a quién te envió; que no en la casa profanada que está en el Monte Moria, sino en esta humilde mansión; reposa Dios en su Gloria. ¡Adiós!…

Los cinco se quedan callados y se van.

Los discípulos se consultan:

¿Decirlo o no decirlo a Jesús; que está todavía atendiendo a los curados?…

Finalmente deciden decirlo… ¡Es mejor así!… Se acercan. Lo llaman y se lo dicen.

Jesús oye con toda calma y responde:

–    Os agradezco la defensa.

¿Pero qué se puede hacer?  Cada quién da lo que tiene…

Varios le dicen:

–     Debemos reconocer que tienen un poco de razón.

–     Ella siempre está allí afuera, como un perro.

–     Te perjudica…

Jesús contesta:

–      Déjenla.

Ella no será la piedra que me pegue en la cabeza.  Y si ella se salva… ¡Oh! ¡Qué me critiquen por esta alegría! ¡Qué importa!…

Con esta dulce respuesta, da por concluido el asunto.

79 EL TERCER MANDAMIENTO


79 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

El día ha estado nublado y aunque amenaza con la lluvia, eso no ha impedido que una gran muchedumbre haya venido a buscar al Maestro.

Jesús escucha aparte a dos o tres que tienen grandes cosas que decirle y que luego se van a su sitio, más tranquilos.

Bendice también a un niñito que tiene las piernitas fracturadas de forma calamitosa y que ningún médico ha querido tratar de curar, pues decían: «Es inútil. Están rotas arriba, junto a la columna».

Esto lo dice la madre, bañada en lágrimas y explica:

«Iba corriendo con su hermanita por la calle del pueblo. Vino al galope con su carro un herodiano y lo arrolló. Pensé que lo había matado, pero ha sido peor.

Ya ves: lo tengo en esta tabla porque… no hay nada que hacer. Y sufre. Sufre porque el hueso perfora; pero cuando el hueso deje de perforar, seguirá sufriendo porque sólo podrá estar echado sobre la espalda».

Jesús lleno de compasión, por el niñito que está llorando, le pregunta:

–      ¿Te duele mucho?

–       Sí.

–      ¿Dónde?

–       Aquí… y aquí – y se toca con la manita insegura los dos huesos ilíacos.

 Y también aquí y aquí – y se toca las zonas lumbares y los hombros.

La tabla es dura y yo quiero moverme, yo… – y llora desconsolado.

–     ¿Quieres que te tome en brazos?

¿Quieres? Te llevo allí arriba. Verás a todos mientras Yo hablo.

–     ¡Síii! – es un “sí” lleno de anhelo.

El pobrecito niño tiende a Jesus sus brazos suplicantes.

–     Pues entonces ven.

La madre interviene:

–     ¡Pero si no puede, Maestro!

¡Es imposible! Le duele demasiado… Ni siquiera lo puedo mover yo para lavarle. 

Jesús dice:

–     No le hago daño.

–     El médico…

–     El médico es el médico, Yo soy Yo. ¿Por qué has venido?

–     Porque eres el Mesías.

La mujer se pone pálida y roja, con un sentimiento de esperanza y de desesperación al mismo tiempo.

–     ¿Entonces…?

Jesús lo invita: 

 –     Ven, pequeño.

Jesús, pasando un brazo por debajo de las piernas inertes y el otro por debajo de los hombros,

toma al niño y le pregunta: 

–    ¿Te hago daño? ¿No? Pues entonces di adiós a tu mamá y vamos.

Y va caminando con su preciosa carga, entre la muchedumbre que se va abriendo a su paso.

Llega hasta el otro extremo y sube a la tarima  del establo que utiliza como púlpito para que lo vean todos, incluso los que están en el patio.

Entonces pide una banqueta.

Cuando se la proporcionan, se sienta, se coloca bien al niño sobre sus rodillas y le pregunta:

–    ¿Te gusta? Ahora quédate tranquilo y escucha tú también.

El niño está feliz mirando a la gente y sonríe a su mamá, a quien la esperanza tiene llena de emoción y ha quedado en el otro extremo.

Y juguetea con el cordón de la vestidura de Jesús así como con la suave barba rubia del Maestro y con un mechón de sus largos cabellos.

EL TERCER MANDAMIENTO DE LA LEY DE DIOS

Jesús empieza a hablar: 

         “Está escrito: “Cumple un trabajo honesto y el séptimo día dedícaselo al Señor y a tu espíritu”. Esto fue dicho con el mandamiento del descanso sabático.

El hombre no es superior a Dios. Y Dios hizo en seis días su creación y el séptimo descansó.

¿Cómo, pues, el hombre se toma la libertad de no imitar al Padre y de no prestar obediencia a su mandamiento? ¿Acaso es un precepto estúpido?

No. Se trata, ciertamente, de un imperativo saludable, tanto en el orden de la carne, como en el moral, como en el del espíritu.

El cuerpo del hombre, cuando está cansado, tiene necesidad de descansar, de la misma forma que la tiene el cuerpo de todo ser creado.

Descansa incluso – y se lo permitimos, para no perderlo – el buey que usamos en el campo, el asno que nos transporta, la oveja que pare al cordero y nos da leche.

Descansa también- y la dejamos descansar – la tierra de los campos de labor, para que, en los meses en que no está sembrada, se nutra y se sature de las sales que le llueven del cielo o provienen del terreno.

Descansan adecuadamente, incluso sin pedirnos el beneplácito, los animales y las plantas, que obedecen a leyes eternas de una sabia regeneración.

¿Por qué, pues, el hombre se niega a imitar a su Creador, que el séptimo día descansó, y a los seres inferiores – sean vegetales o animales – que, no habiendo recibido sino un imperativo en su instinto, saben conformarse a él y obedecerlo?

Además de físico, es un imperativo moral. El hombre, durante seis días, ha sido de todos y de todo; lo han llevado arriba y abajo, como hace con un hilo el dispositivo del telar.

Sin poder decir en ninguna ocasión: “Ahora me dedico a mí mismo, a mis seres queridos: soy el padre, hoy soy de mis hijos;

soy el marido, hoy me dedico a mi esposa; soy el hermano, disfrutaré estando con mis hermanos; soy el hijo, voy a cuidar la vejez de mis padres”.

Es un imperativo espiritual. El trabajo es santo; más santo es el amor y santísimo, Dios.

Pues entonces no nos olvidemos de darle al menos uno de entre los siete días a nuestro bueno y santo Padre, que nos ha dado la vida y nos la conserva.

¿Por qué vamos a tratarlo como si fuera menos que el padre o que los hijos, o que los hermanos, o la esposa, o que nuestro mismo cuerpo?

El dies Domini sea del Señor. ¡Oh, dulce regresar, después del trabajo del día, por la noche, al ambiente acogedor del hogar lleno de entrañables sentimientos, dulce regresar a él tras un largo viaje!

Y ¿Por qué no ampararse, después de seis jornadas de trabajo, en la casa del Padre? ¿Por qué no ser como el hijo que, al volver de un viaje de seis días, dice: “Aquí estoy, vengo a pasar mi día de descanso contigo”?

Bien, ahora escuchadme; he dicho: “Cumple un honesto trabajo”. Sabéis que nuestra Ley prescribe el amor al prójimo.

La honradez en el trabajo se inscribe en el amor al prójimo.

Quien es honrado en su trabajo no roba en las transacciones, no le sustrae al trabajador su salario, no lo explota de manera culpable.

Tiene presente que quien está a su servicio y quien trabaja para él son una carne y un alma como las suyas.

Y no los trata como si fueran pedazos de piedra sin vida, que es lícito romper o golpear con el pie o con el hierro.

Quien actúa así no ama al prójimo y peca por ello ante los ojos de Dios; su ganancia es maldita, aunque de ella separe el óbolo para el Templo. ¡Oh, qué falsa es esa dádiva!

¿Cómo puede atreverse a depositarla al pie del altar, cuando está rebosando lágrimas y sangre del inferior, explotado?

¿Cuando es un “hurto”, es decir, una traición respecto al prójimo, porque el ladrón es un traidor respecto a su prójimo?

Creedlo: no se santifican las fiestas si no se usan para escudriñarse uno a sí mismo; si no se aprovechan para mejorarse uno a sí mismo, para reparar los pecados cometidos durante los otros seis días.

¡En esto consiste la santificación de la fiesta! Ésta es, no otra, enteramente exterior, que no cambia ni en una jota vuestro modo de pensar.

Dios quiere obras vivas, no simulacros de obras.

Simulacro es la falsa veneración a su Ley; simulacro es la falaz santificación del sábado, o sea, el cumplimiento del descanso para mostrar ante los ojos de los hombres que se obedece al mandamiento,

usando luego esas horas de ocio para el vicio, la lujuria, la crápula, o para pensar en cómo explotar y perjudicar al prójimo en la siguiente semana.

Es simulacro la santificación del sábado, o sea, el descanso material, si éste no se ve acompañado del trabajo íntimo, espiritual, santificante,

de un recto examen de uno mismo, de un humilde reconocimiento de la propia miseria, de un serio propósito de obrar mejor en la semana siguiente.

Diréis: “¿Y si luego se vuelve a pecar?”.

Pues bien, ¿Qué diríais vosotros de un niño que por haberse caído se negara a dar ya un solo paso para así, no volverse a caer?: que es un estúpido; que no tiene por qué avergonzarse de caminar aún con paso inseguro.

Porque a todos nos pasó cuando éramos pequeños, y no por ello nuestro padre no nos amó. ¿Quién no recuerda cómo nuestras caídas nos han atraído una lluvia de besos maternos y de caricias paternas?

Lo mismo hace el Padre dulcísimo que está en los Cielos. Se inclina hacia su criatura, que llora en el suelo y le dice:

“No llores, Yo te levanto. Estate más atento la próxima vez. Ven a mis brazos; en ellos se te pasarán todos tus males para seguir luego tu camino, fortalecido, curado, feliz”.

Esto dice nuestro Padre que está en los Cielos, esto os digo Yo.

Si lograrais tener fe en el Padre, todo os saldría bien; una fe que debe ser, eso sí, como la de un párvulo.

El niño cree que todo es posible, no se pregunta si puede y cómo puede darse un hecho; no mide la profundidad del hecho; cree en quien le inspira confianza, y hace lo que éste le dice.

Sed como los pequeños ante el Altísimo. ¿Qué amor tiene Él por estos desambientados ángeles que constituyen la belleza de la Tierra!

Así ama a las almas que se hacen simples, buenas, puras, como es el niño. ¿Queréis ver la fe de un niño para aprender a tener fe? Observad.

En todos vosotros se veía una compasión hacia el pequeñito que tengo en mi pecho y que contrariamente a lo que los médicos y la madre decían, no ha llorado estando sentado en mi regazo.

¿Veis? Hacía mucho tiempo que lloraba día y noche sin poder hallar descanso y aquí no ha llorado; se ha dormido, sereno, sobre mi corazón.

Le pregunté: “¿Quieres venir a mis brazos?”, y él me contestó: “sí”, sin razonar sobre su mísero estado, sobre el posible dolor que podría sentir, sobre las consecuencias de moverlo.

Ha visto en mi rostro amor y ha dicho: “sí”, y ha venido.

Y no ha sentido dolor. Ha gozado estando aquí arriba viendo él, que está clavado a su tabla lisa; ha gozado al colocarlo en una carne blanda y no en una madera dura.

Ha sonreído, ha jugado y se ha dormido teniendo entre sus manitas un mechón de mis cabellos. “Ahora lo voy a despertar con un beso…

Jesús besa al niño en sus delicados cabellos castaños, hasta que se despierta sonriente.

–     ¿Cómo te llamas?

–     Juan.

–     Escúchame, Juan. ¿Quieres caminar? ¿Ir con tu mamá y decirle: “El Mesías te bendice por tu Fe”?

–     ¡Sí! ¡Sí! – El pequeño da palmadas con sus manitas y pregunta: -¿Haces que pueda ir?

¿Por los prados? ¿Se acabó la tabla fea? ¿Se acabaron los médicos que hacen daño?

–     Se acabó, se acabó para siempre.

–     ¡Ah…, cuánto te quiero!

Echa sus bracitos en torno al cuello de Jesús y lo besa y para besarlo mejor, salta de rodillas encima de sus rodillas:

Y una granizada de besos inocentes cae sobre la frente, sobre los ojos, sobre los carrillos de Jesús.

En su alegría, el niño ni siquiera se da cuenta de que se ha podido mover; él, que hasta ese momento había estado quebrantado.

Pero los gritos de su madre y de la multitud lo hacen volver en sí y girar la cabeza asombrado.

La gente está revolucionada y su madre, desde el otro extremo lo llama uniendo su nombre al de Jesús…

–     ¡Juan! ¡Jesús! ¡Juan! ¡Jesús!

Sus grandes ojos inocentes en el rostro enflaquecido miran como preguntando por qué.

Todavía de rodillas, con el bracito derecho en torno al cuello de Jesús, le pregunta en tono confidencial:

–     ¿Por qué grita la gente y mi madre? ¿Qué les pasa? ¿Eres Tú Jesús?

–     Soy Yo. La gente grita porque está contenta de que puedas andar. Adiós, pequeño Juan – Jesús lo besa y lo bendice -. Ve con tu mamá y sé bueno.

El niño baja, firme, de las rodillas de Jesús y de éstas al suelo.

Y corre hacia donde está su madre, le salta al cuello y dice:

–     Jesús te bendice. ¿Por qué lloras entonces?

La gente está un poco más callada.

Y Jesús dice con voz de trueno:

–      ¡Haced como el pequeño Juan vosotros, que cayendo en el pecado, os herís! ¡Tened fe en el amor de Dios!

La paz sea con vosotros.

Y mientras el vocerío de la multitud, prorrumpiendo en gritos de hosanna, se mezcla con el llanto dichoso de la madre,

Jesús, protegido por los suyos, sale de la estancia, y todo termina.

65 EL PRIMER APÓSTOL MÁRTIR


65 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Atraviesan el manzanar y los viñedos y siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

aparece la casa del fariseo: ancha, baja, bien construida, entre árboles ya despojados de sus frutos. una casa de campo, pero rica y cómoda.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.

Sale Doras.

Es un viejo con perfil duro y rapaz. Ojos irónicos y boca de sierpe que gesticula con una sonrisa falsa, entre la barba que es más blanca que negra.

Saluda familiarmente y con manifiesta condescendencia:

–    Salud Jesús.

Jesús responde sin darle la paz:

–   Tenla igualmente. 

–   Entra. La casa te acoge. Has sido puntual como un rey.

Jesús puntualiza:

–    Como hombre honrado.

Doras ríe con sorna.

Jesús se vuelve hacia sus discípulos que no han sido invitados:

–    Entrad. –y mirando al fariseo, agrega- Son mis amigos.

–    Que entren. Pero, ¿Aquel no es el alcabalero; el hijo de Alfeo?

Jesús, poniendo su mano sobre el hombro de Mateo, contesta con un tono glacial y majestuoso:

–    Este es Mateo; el discípulo del Mesías.

El fariseo entiende y ríe con más sorna que antes.

Doras querría aplastar al ‘pobre maestro galileo’ bajo la opulencia de su casa que por dentro es fastuosa. Grandiosa y fría.

Los siervos parecen esclavos, caminan inclinados, rápidos y temerosos siempre de ser castigados al menor pretexto.

La casa da la impresión de que en ella reina la crueldad y el odio. 

Doras dice con soberbia:

–    Mi suegro, Caifás; no creyó que vendrías.

Jesús no se deja aplastar con la ostentación de las riquezas, ni con recordarle la posición y el parentesco.

Y Doras que comprende la indiferencia del Maestro, lo lleva consigo por el jardín, en donde hay más árboles.

Le muestra plantas raras y le ofrece frutos de ellas, que los siervos han traído en palanganas y en copas de oro.

Jesús prueba y alaba la exquisitez de las frutas, algunas conservadas como en jalea y adornadas con duraznos bellísimos. Otras parecen peras de un tamaño raro.

Doras no pierde la oportunidad de manifestar:

–    Soy el único en Palestina que tengo estas frutas y creo que ni siquiera las hay en toda la península.

Las mandé traer de Persia y de lugares más lejanos todavía. La caravana me costó casi un talento. Pero ni siquiera los tetrarcas tienen estas frutas.

Probablemente ni el mismo César. Cuento las frutas y recojo todas las semillas. Las peras, sólo se comen en mi mesa, porque no quiero que se roben ni una semilla.

Le envío a Annás, pero tan solo cocidas, porque así ya son estériles.

Jesús dice:

–     Y sin embargo son plantas de Dios. Y los hombres, todos son iguales.

Doras se escandaliza:

–    ¿Iguales? ¡Nooooo! ¿Yo igual a… a tus galileos?

–     El alma viene de Dios y las crea iguales.

El ministro del Templo se esponja como un pavo real y parece erguirse lleno de soberbia cuando dice con manifiesta superioridad:

–           Pero yo soy Doras el fiel Fariseo…

Y continúa con una larga perorata de la supremacía de la clase sacerdotal del pueblo hebreo sobre todos los demás pobres humanos que habitan la tierra. 

Jesús lo atraviesa con sus ojos de zafiro que se encienden cada vez más; señal precursora en Él, de un acto de piedad o de rigor.

Jesús, de vestido purpúreo; es mucho más alto que Doras y domina imponente a este pequeño y encorvado fariseo, embutido en su vestido amplísimo y con una impresionante abundancia de franjas.

Doras, después de un tiempo de auto admiración de sí mismo, exclama:

–     Pero Jesús, ¿Por qué enviar a la casa de Doras el Fariseo puro; a Lázaro, hermano de una prostituta?

¿Lázaro es tu amigo? ¡No debe serlo! ¿No sabes que está en el Anatema, porque su hermana María es una prostituta también de los romanos?

–     El único Lázaro que conozco, es el de sus acciones honradas.

–    Pero el mundo recuerda el pecado de esa casa.

Y ve que su mancha se extiende también sobre los amigos. ¡No vayas! ¿Por qué no eres Fariseo? Si quieres… yo soy poderoso.

Puedo hacer que te acepten en el Sanedrín, no obstante que tú seas Galileo.

En el Sanedrín puedo todo. Annás está en mis manos, como este pedazo de paño en mi manto. Serás poderoso y temido.

–    Yo solo quiero ser amado.

–    Yo te amaré. Ve cuanto te amo, que te cedo atendiendo a tu deseo a Jonás.

–    Lo he pagado.

–    Es verdad. Y me sorprendió que pudieras disponer de tal cantidad.  

–    No fui Yo. Sino un amigo que lo hizo por Mí.

–    Bien, bien no indago. Digo: ve que te amo y quiero hacerte feliz.

Tendrás a Jonás, después de la comida. Sólo por Ti hago este sacrificio. – y su sonrisa destella con inaudita crueldad.

Jesús lo mira cada vez con mayor rigor. Con los brazos cruzados sobre el pecho.

Están todavía en el huerto del jardín, en espera de la comida.

Con ansiedad mal disimulada, Doras dice:

–    Me debes hacer un favor. Alegría por alegría. Te doy mi mejor siervo.

Me privo por tanto de una utilidad futura. Supe que viniste al principio del verano y tu bendición este año, me dio cosechas que hicieron célebres mis posesiones.

Bendice ahora mis ganados y mis campos.

Para el año próximo extrañaré a Jonás. Y mientras encuentro a otro igual a él; ven. Bendice. Dame la alegría de que se hable de mí por toda Palestina.

Y de tener rediles y graneros que revienten de abundancia. ¡Ven!     

Lo toma por el brazo y lo jala, tratando de llevarlo a la fuerza; empujado por la avaricia y la ambición de su desenfrenada sed por el oro.

Jesús se opone:

–    ¿Dónde está Jonás? –pregunta con energía.

Doras contesta evasivo:

–    En los arados. Ha querido seguir trabajando en agradecimiento a su buen patrón.

Pero vendrá antes de que termine la comida. Mientras tanto, ven a bendecir los ganados y los campos.  Los árboles frutales, las viñas y los olivares.

¡Todo! ¡Todo! ¡Oh! ¡Qué fértiles serán el año entrante! Ven, pues.

Jesús dice con un tono mucho más fuerte:

–    ¿Dónde está Jonás?

–    ¡Ya te lo dije! Al frente de los arados. Es el capataz y no trabaja: preside.

–    ¡Mentiroso!

–    ¿Yo? ¡Lo juro por Yeové!

–     ¡Perjuro!

–    ¿Yo? ¿Yo, perjuro? Yo soy el fiel más fiel. ¡Ten cuidado cómo me hablas!

–     ¡ASESINO!

Jesús ha ido levantando cada vez más fuerte la voz y la última palabra RETUMBA como si fuera un trueno.

Los discípulos se acercan a Él.

Los siervos se asoman por las puertas,  temerosos.

El Rostro de Jesús es formidable en su severidad. Parece como si sus ojos lancen rayos fosforescentes.

A Doras, por un momento lo sobrecoge el miedo.

Se hace más pequeñito, en su montón de tela finísima, junto a la majestuosa persona de Jesús; vestido con su túnica de lana pesada en un tono púrpura.

Más de pronto la soberbia se apodera de él otra vez y grita con voz chillona, como una zorra furiosa:

–  ¡En mi casa sólo yo doy órdenes! ¡Sal de aquí, vil galileo!

–  ¡Saldré después de haberte maldecido a ti, a tus campos, ganados y viñas; para este año y para los que vengan!

Doras chilla como fiera malherida:

–    ¡Nooo! ¡Esto no!

Sí, es verdad. Jonás está enfermo. Pero se ha curado. Se ha recuperado. ¡Retira tu maldición!

Jesús insiste:

–   ¿Dónde está Jonás? –y ordena implacable- ¡Que un siervo me conduzca a él, al punto! Yo lo pagué.

Y puesto que tú lo consideras como una mercancía. Como una máquina; como a tal lo tomo. Y como lo he comprado, lo quiero.

Doras saca un silbato de oro de entre su pecho y silba tres veces.

Acuden corriendo muchos siervos de la casa y del campo, ante su temido dueño.

Éste ordena:

–   ¡Llevad a éste a donde está Jonás y entregádselo! ¿A dónde vas?

Jesús ni siquiera responde.

Camina detrás de los siervos que se han precipitado más allá del jardín; hacia donde están las casuchas de los campesinos.

Entran en la paupérrima choza de Jonás.

Él, literalmente es un esqueleto semidesnudo que respira fatigosamente por la fiebre, sobre un lecho de cañas.

En el que sirve de colchón un vestido remendado. Y de cobija, un manto todavía más roto. Una joven lo cuida como puede.  

Jesús dice con infinita ternura:

–   ¡Jonás, amigo mío! ¡He venido a llevarte!

–   ¿Tú? ¡Señor, mío! ¡Me muero! ¡Pero soy muy feliz por tenerte aquí!

–    Fiel amigo, eres libre desde ahora. Y no morirás aquí. Te llevo a mi casa.

–    ¿Libre? ¿Por qué? ¿A tu casa? ¡Ah, sí! Habías prometido que vería a tu Madre.

Jesús es todo amor. Se inclina sobre el miserable lecho del infeliz pastor.

Y dice:

–     Pedro, tú eres fuerte. Levanta a Jonás.

Y vosotros, dadle el manto. Este lecho es demasiado duro para cualquiera en estas condiciones.

Los discípulos rápidamente se quitan los mantos.

Los doblan varias veces y le improvisan una camilla.

Pedro coloca su carga de huesos y Jesús lo cubre con su propio manto.

Cuando está listo Jesús pregunta:

–    Pedro, ¿Tienes dinero?

–   Sí, Maestro. Tengo cuarenta denarios.

–    Está bien. Vámonos.

Ánimo Jonás. Todavía un poco de molestia. Y después, habrá mucha paz en mi casa, cerca de María.

–     María. ¡Sí! ¡Oh! –en medio de su agotamiento, Jonás no hace más que llorar.

Jesús dice a la joven:

–     Adiós, mujer. El Señor te bendecirá por tu misericordia.

–    Adiós, Señor. Adiós Jonás. Ruega. Rogad, por mí. – y la joven llora.

Cuando están por salir, aparece Doras.

Jonás por un momento se llena de terror y se tapa la cara.

 Jesús le pone una mano sobre la cabeza y sale a su lado; más severo que un Juez.  

El miserable cortejo sale al patio y toma el camino del jardín.

Doras, en el colmo de la vileza, exclama:

–    ¡Este lecho es mío! ¡Te vendí el siervo, no el lecho!

Jesús le arroja a los pies la bolsa sin hablar.

Doras la toma. La vacía y cuenta…

–    Cuarenta denarios y cinco dracmas. ¡Es poco!

Jesús mira al avariento y repugnante hombre en tal forma, que es imposible describirla. No dice nada.

Doras insiste:

–   Dime al menos que retiras el anatema.

Jesús lo fulmina con una nueva mirada y una nueva frase:

–     Te pongo en manos del Dios del Sinaí.

Y pasa muy erguido al lado de la rústica camilla que llevan pedro y Andrés.

Doras, al ver que todo es inútil. Que su condena es segura,

Grita:

–    ¡Nos veremos, Jesús! ¡Oh! ¡Te atraparé! ¡Te haré guerra a muerte!

Llévate a esa piltrafa de hombre. Ya no me sirve. Me ahorraré el entierro. ¡Vete! ¡Vete! ¡Satanás maldito!

¡Pondré contra Tí a todo el Sanedrín! ¡Satanás! ¡Satanás!

Jesús aparenta no oír.

Los discípulos están consternados.

Jesús se preocupa sólo de Jonás. Busca los caminos más planos.

Pero desde el Esdrelón hasta Nazareth, el camino es largo y no se puede avanzar ligeros con la piadosa carga.

Continúan en silencio por el camino principal.

Jonás parece que duerme, pero no suelta la mano de Jesús.

Al atardecer son alcanzados por un carro militar romano.

Jesús levanta el brazo y dice:

–   En el Nombre de Dios, deteneos.

Los soldados se detienen. Del carro se asoma la cabeza de un tribuno militar.

Éste pregunta a Jesús:

–   ¿Qué quieres?

–   Tengo un amigo que se está muriendo. Os pido para él, un lugar en el carro.

–   No debería. Pero sube. Tampoco somos perros.

Suben la camilla.

El tribuno pregunta:

–     Tú amigo… ¿Quién eres?

–     Jesús de Nazareth. 

El oficial lo mira curioso y dice:

–     ¡Oh! ¿Tú? ¡Entonces sí eres tú!

Subid cuantos podáis. Basta con que no os asoméis. Así son las órdenes.

Pero sobre las órdenes está el ser humano. ¿O no? ¡Y Tú eres Bueno, lo sé! ¡Eh! Nosotros los soldados, todo lo sabemos. 7

¿Cómo lo sé? Hasta las piedras hablan en bien y en mal. Nosotros tenemos orejas para oír y servir al César.

Tú no eres un falso Mesías como los anteriores, sediciosos y rebeldes. Tú eres bueno. Roma lo sabe.

Observa mejor a Jonás y exclama:

–    Oye, pero… ¡Este hombre está muy enfermo!

Jesús responde:

–    Por eso lo llevo a casa de mi Madre.

–   ¡Ummm! ¡Poco tendrá que cuidarlo! Dale un poco de vino de esa cantimplora.

¡Áquila! –Llama al conductor y ordena-  Arrea los caballos.

–   ¡Quinto! Tú dame dos raciones de pan, de miel y mantequilla de las mías.

Y explica a Jesús:   

–    Es todo lo que tengo, pero le hará bien. Para la tos que trae, la miel le aliviará.

–    Eres bueno.

–    No. Soy menos malo que muchos. Estoy contento de tenerte conmigo.

Acuérdate de Publio Quintiliano de la Itálica. Estoy en Cesárea, pero ahora voy a Ptolemaida. Estoy en inspección de orden.

–    No me tratas como a enemigo.

–    ¿Yo? Soy enemigo de los malos. Jamás de los buenos. Yo también quisiera ser bueno. Dime, ¿Qué doctrina predicas, para nosotros los hombres de armas?

–   La doctrina es única para todos los hombres. Justicia, honradez, continencia, piedad. Ejercer el propio oficio sin abusos.

Aún en los duros momentos de la guerra, no olvidar al ser humano.

Buscar de conocer la Verdad; o sea, a Dios Uno y Eterno, sin cuyo conocimiento cualquier acción está privada de la Gracia y por lo tanto del premio eterno.

–   Y cuando esté muerto, ¿Qué me interesa el bien hecho?

–    Quién se acerca al Dios Verdadero, encuentra ese bien en la otra vida.

–   ¿Volveré a nacer? ¿Acaso seré emperador?

–    No. Te haces igual a Dios, al unirte con Él en la eterna beatitud del Cielo.

–    ¿Cómo? ¿Yo en el Olimpo? ¿Entre los dioses?

–    No existen los dioses. Existe el Dios Verdadero.

El que Yo predico. El que te oye y pone una señal en tu bondad y en tu deseo de conocer el bien.

–   ¡Esto me basta! No sabía que Dios se pudiese ocupar de un pobre soldado pagano.

–   Él te creó, Publio. Por eso te ama y quiere que estés con Él.

–   ¡Eh! ¿Por qué no? Pero nadie nos habla de Dios, jamás.

–   Vendré a Cesárea y me escucharás.

El romano extiende el brazo y afirma:

    ¡Oh, sí! ¡Iré a oírte! Allá está Nazareth. Quisiera llevarte hasta allá. Pero si me ven…  

–    Desciendo y te bendigo por tu buen corazón.

–    Salve, Maestro.

–    El Señor se os muestre. ¡Adiós, soldados!

Descienden y vuelven a caminar.

Jesús dice alentando al enfermo:

–    Jonás, en breve vas a descansar.

Jonás sonríe. Conforme la tarde avanza, está más seguro de estar más lejos de Doras. Y más tranquilo se muestra.

Juan con su hermano Santiago, corren adelante para avisar a María.

Y cuando el pequeño cortejo llega a Nazareth, que está casi desierto en la noche que cae; María está afuera, esperando a su Hijo.

Cuando se encuentran, Jesús dice:

–    Aquí está Jonás. Bajo tu dulzura comenzará a gustar de su paraíso. ¡Feliz Jonás!

–   ¡Feliz! ¡Feliz! –murmura el extenuado pastor, como en un éxtasis.

Entran en la casita y se le lleva a la habitación en donde murió José.

Jesús dice:

–    Estás en el lecho de mi padre. Aquí estamos mi Mamá y Yo, ¿Ves?

Nazareth se convierte en Belén y tú ahora eres el pequeño Jesús, entre dos que te aman.

Ellos son los que veneran en ti al siervo fiel. No ves los ángeles, pero revolotean a tu alrededor, con alas de luz y cantan las palabras del canto navideño.

Jesús derrama su dulzura sobre el pobre Jonás, que poco a poco va debilitándose.

Parece que hubiera aguantado tanto, solo para morir aquí. Pero es feliz.

Sonríe y trata de besar la mano de Jesús; la de María y decir… decir…

Pero la falta de aliento se lo impide.

María, cual madre lo conforta.

Jonás repite con un hilo de voz:

–   Sí. Sí. –con una sonrisa en su cara de esqueleto.

Los discípulos miran  conmovidos desde la puerta del huerto.

Jesús le dice:

–    Dios ha escuchado tu gran deseo.

La estrella de tu larga noche, se convierte ahora en la estrella de tu eterno amanecer. ¿Sabes su nombre?

El agonizante responde

–   Jesús. El tuyo, ¡Oh! ¡Jesús! Los ángeles…

¿Quién está cantándome el himno angelical. Mi alma lo oye. Pero también mis orejas lo quieren oír. ¿Quién lo canta para hacerme feliz?… tengo mucho sueño.

Estoy tan cansado. ¡Muchas lágrimas! Muchos insultos… ¡Doras!… yo lo perdono.

Pero no quiero oír su voz y la oigo. Es como la voz de Satanás que no quiere dejarme en paz.

¡Oh! ¿Quién me cubre esa voz, con palabras venidas del Paraíso?

Es María; que vuelve a cantar en voz baja y en el mismo tono, el cántico con el que arrullaba a Jesús Niño…

Y lo repite porque ve que Jonás se tranquiliza al oírla.  

Después de unos minutos, Jonás dice:

–           ¡Doras ya no habla más! Sólo los ángeles… era un Niño en un pesebre… entre un buey y un asno… Y era el Mesías… Y yo lo adoré… y con Él estaban José y María…  -la voz se apaga en un breve murmullo. Y sigue el silencio…

Jesús dice:

–           ¡Paz en el Cielo al hombre de buena voluntad! ¡Ha muerto! Lo pondremos en nuestro pobre sepulcro. Merece esperar la resurrección de los muertos, junto a  mi justo padre.  

64 UN SALUDO DIFERENTE


64 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En  el llano de Esdrelón; un día medio nublado de finales de otoño, ha debido caer durante la noche una de las primeras lluvias de los tristes meses invernales, porque la tierra está mojada.

Sopla un viento calado que se lleva las hojas amarillentas y penetra hasta los huesos, con su frialdad cargada de humedad.

En los campos hay escasas yuntas de bueyes tirando del arado. Levantan fatigosamente la tierra densa y pesada de esta fértil llanura para prepararla a recibir la semilla.

Lo que es doloroso ver, que en ciertos lugares son los mismos hombres los que hacen el trabajo de los bueyes, empujando la reja del arado con toda la fuerza de sus brazos.

E incluso del pecho, apretando fuertemente los pies contra el suelo removido, trabajando como esclavos en esta operación que cansa incluso a los robustos novillos.

También Jesús los mira y se entristece tanto su rostro, que se le escapan silenciosas lágrimas y ruedan por sus mejillas.

Los discípulos, once porque Judas aún no ha vuelto y los pastores ya no están, hablan entre sí…

Y Pedro dice:

–     Pequeña, pobre, fatigosa es también la barca…

¡Pero cien veces mejor que este servicio de animales de tiro! 

Y pregunta:

–     Maestro, ¿Serán ya siervos de Doras?

Simón Zelote responde:

–     No lo creo.

Me parece que sus campos están al otro lado de aquellos árboles frutales. Todavía no los vemos.  

Pero Pedro, curioso siempre, deja el camino y va por un lindero entre dos parcelas.

En los bordes se han sentado un momento cuatro fatigados y sudorosos agricultores. Están jadeantes por el esfuerzo realizado.

Pedro les pregunta:

–     ¿Sois de Doras?

–     No. Pero somos de su pariente, de Jocanán. ¿Y tú quién eres?

–     Soy Simón de Jonás, pescador de Galilea hasta la luna de Ziv. Ahora, Pedro de Jesús de Nazaret, el Mesías de la Buena Nueva.

Pedro ha hablado con el respeto y la gloria con que uno diría: “Pertenezco al alto y divino César de Roma” y mucho más todavía.

Su honesto rostro resplandece por la alegría de profesarse de Jesús. 

Los cuatro infelices responden: 

–     ¡Oh, el Mesías! ¿Dónde, dónde está?

–     Aquél es. Aquél, alto y rubio, vestido de rojo oscuro. Aquél, el que mira ahora hacia aquí esperándome sonriente.

–     ¿Si fuéramos nosotros… nos rechazaría?

–     ¿Rechazaros? ¿Por qué?

Es el amigo de los desdichados, de los pobres, de los oprimidos, y me da la impresión de que vosotros… sí, realmente sois de ésos…

Los cuatro responden simultáneamente:

–     ¡Claro que lo somos!

–     ¡Y cómo! De todas formas, de ninguna manera como los de Doras. 

–    Al menos disponemos del pan que queramos. 

–     Y no nos azotan sino en el caso de que interrumpamos nuestro trabajo, pero…

Pedro cuestiona:

–     De modo que si ahora ese señorito de Jocanán os encuentra aquí hablando, os…

–     Nos azotaría como no lo hace ni con sus perros…

Pedro silba en modo significativo.

Luego dice:

–     Entonces será mejor así…

Y abocinando las manos en torno a la boca, llama fuerte:

–     “¡Maestro! ¡Ven aquí! ¡Que hay corazones que sufren y te necesitan!

Los cuatro exclaman:

–     ¿Pero qué estás diciendo?

–    ¿Él?

–    ¡¿Aquí, donde nosotros?!

–     !Pero si nosotros no somos más que unos despreciables siervos!

Los cuatro hombres están aterrorizados de tanta osadía. 

Pedro comenta riendo:

–      A nadie le gusta que lo azoten.

Y si pasa por aquí ese “distinguido” fariseo, no quisiera recibir yo también una ración… – mientras zarandea con su manota al más aterrorizado de los cuatro.

Jesús, con su largo paso, ya está llegando.

Los cuatro hombres no saben qué hacer.

Quisieran correr a su encuentro, pero el respeto los paraliza, son unos pobres individuos a quienes la maldad humana ha transformado en seres atemorizados de todo.

Caen rostro en tierra, adorando desde ahí al Mesías, que se acerca a ellos.

Y los saluda:

–      La paz a todos los que me anhelan.

El que me anhela, anhela el bien, y Yo lo quiero como a un amigo. Levantaos. ¿Quiénes sois?

Pero los cuatro apenas alzan el rostro del suelo, permaneciendo de rodillas y mudos.

Habla Pedro y dice:

–      Son cuatro siervos del fariseo Jocanán, familiar de Doras.

Querrían hablarte, pero… si llega él les dan de palos; por eso te he dicho: “Ven”.

Y volviéndose hacia los campesinos asustados, agrega:   

–     ¡Venga, muchachos, que no os come! Tened confianza. Considerad que es un amigo vuestro.

Finalmente el más osado balbucea:

–     Nosotros… nosotros sabemos de Tí… por Jonás… 

Jesús sonriendo con dulzura dice:

–     Por él vengo. Sé que me ha anunciado. ¿Qué sabéis de Mí?

–     Que eres el Mesías. Que te vio cuando eras niño.

Que los ángeles, con tu venida, cantaron la paz a los buenos. Que fuiste perseguido… pero que te salvaste, y que ahora has buscado a tus pastores y… y los quieres.

Esto lo decía ahora, esto último. Y nosotros pensábamos: si es bueno como para amar y buscar a unos pastores, sin duda también a nosotros nos querrá un poco…

Necesitamos verdaderamente a alguien que nos quiera…

–     Yo os quiero. ¿Sufrís mucho?

–     ¡Oh!… Pero más todavía los de Doras.

¡Si Jocanán nos encontrase aquí hablando!… Pero hoy está en Gerguesa. Todavía no ha vuelto de los Tabernáculos. 

No obstante, su intendente esta noche vendrá a medir el trabajo y luego nos dará la ración de alimento.

Pero no importa, recuperaremos el tiempo no descansando para la comida de la hora sexta.

Pedro pregunta:

–     Dime, muchacho. ¿No sería yo capaz de empujar ese apero? ¿Es un trabajo difícil? 

–     Difícil no, pero sí fatigoso. Se requiere fuerza.

–     La tengo. Déjame ver. Si soy capaz, tú hablas y yo hago de buey.

Entonces Pedro llama a los apóstoles: 

–     Tú, Juan, Andrés y Santiago, ¡Vengan!, a la lección.

Pasamos de los peces a los gusanos del suelo. ¡Hala!

Pedro pone su mano sobre el eje transversal del timón. Por cada arado hay dos hombres, uno a este lado, el otro al otro lado de la larga barra del timón.

Mira e imita todos los movimientos del campesino. Siendo fuerte y estando descansado, trabaja bien. El hombre lo alaba.

Pedro exclama contento:

–      Soy todo un maestro de la aradura.

Y da las instrucciones pertinentes: 

–      ¡Venga, Juan, ven aquí! Un toro y un novillo por arado.

En el otro. Santiago y el mudo ternero de mi hermano. ¡Venga! ¡Ah… eup!»

Los dos pares de aradores van parejos removiendo la tierra y trazando los surcos por el largo campo. Llegados al linde, vuelven el arado y hacen el nuevo surco.

Parece como si hubieran trabajado siempre en el campo.  

El más audáz de los siervos de Yocanán dice:

–     ¡Qué buenos son tus amigos! ¿Los has hecho tú así?

Jesús contesta:

–     Yo he dado una regla a su bondad.

Como tú haces con las tijeras de podar. Pero la bondad ya estaba en ellos. Ahora florece bien, porque hay quien la cuida.

–     También son humildes. ¡Amigos tuyos y servir así a unos pobres siervos…!

–     Conmigo sólo puede estar quien ama la humildad, la mansedumbre, la honestidad y el amor.

Sobre todo el amor, porque quien ama a Dios y al prójimo posee como consecuencia todas las virtudes y consigue el Cielo.

–     ¿Nosotros también podremos conseguirlo?

¿Nosotros que no tenemos tiempo para rezar, para ir al Templo, para ni siquiera levantar la cabeza del surco?

–     Responded: ¿Guardáis odio a quien tan duramente os trata? ¿Hay en vosotros rebelión y acusación contra Dios por haberos colocado entre los ínfimos de la Tierra?

–     ¡No, no, Maestro! Es nuestro destino.

Pero cuando cansados, nos dejamos caer sobre el jergón de paja, decimos: “Bien, pues el Dios de Abraham sabe que estamos tan agotados que no podemos decirle más que: ` ¡Bendito sea el Señor!”‘

También decimos: “Un día más hemos vivido sin pecar”… Ya sabes… podríamos robar un poquito, comer con el pan un fruto, o echar algo de aceite en las verduras cocidas.

Pero el patrón ha dicho:

A los siervos les basta el pan y las verduras cocidas y durante la recolección un poco de vinagre en el agua para calmar la sed y dar energía“.

Y nosotros lo hacemos. En fin… se podría estar peor.

–     Os digo que en verdad el Dios de Abraham sonríe por vuestros corazones, mientras que muestra rostro acerbo a quienes lo insultan en el Templo con engañosas oraciones mientras no aman a sus semejantes.

–     ¡Pero entre iguales se aman!

Al menos… eso parece, porque se veneran recíprocamente con regalos y reverencias. Es con nosotros con quienes no tienen amor.

Pero nosotros somos distintos de ellos, y es justo.

–     No. En el Reino del Padre mío no es justo, y distinto será el modo de juzgar.

No recibirán honores los ricos y poderosos por el hecho de serlo, sino sólo aquellos que hayan amado siempre a Dios, queriéndolo por encima de sí mismos y por encima de cualquier otra cosa, como el dinero, el poder, la mujer, la mesa.

Y amando a sus propios semejantes, que son todos los hombres, sean ricos o pobres, conocidos o desconocidos, doctos o sin cultura, buenos o malvados.

Sí, también hay que amar a los malvados. No por su maldad, sino por piedad hacia su alma, herida de muerte por ellos mismos. Hay que amarlos con un amor que suplique al Padre celeste curarlos y redimirlos.

En el Reino de los Cielos serán bienaventurados los que hayan honrado al Señor con verdad y justicia y hayan amado a los padres y a los familiares por respeto.

Los que no hayan robado en modo alguno ni nada, o sea, los que hayan dado y pretendido lo justo incluso en el trabajo de los servidores; los que no hayan matado ni reputaciones ni criaturas.

Y no hayan deseado matar, aunque los modos de actuar de los demás hayan sido crueles como para soliviantar el corazón en actitud desdeñosa y de sublevación;

Quienes no hayan jurado lo falso, dañando al prójimo y lesionando la verdad. Quienes no hayan cometido adulterio o cualquier otro acto vicioso carnal.

Quienes mansa y resignadamente hayan aceptado su suerte sin envidias hacia los demás.

De éstos es el Reino de los Cielos. El mendigo puede ser un rey bienaventurado allí arriba, mientras que el Tetrarca con su poder no será nada.

Es más, más que nada: será pasto de Satanás si ha actuado contra la Ley eterna del Decálogo.

Los hombres le están escuchando con la boca abierta de admiración.

Con Jesús están Bartolomé, Mateo, Simón, Felipe, Tomás, Santiago y Judas de Alfeo.

Los otros cuatro continúan su trabajo, colorados, sudorosos, pero alegres. Basta Pedro para tenerlos alegres a todos.

–     ¡Qué razón tenía Jonás llamándote Santo!

En Tí todo es santo: las palabras, la mirada, la sonrisa; ¡Jamás hemos sentido el alma tanto!

–     ¿Hace mucho que no veis a Jonás?

–     Desde que está enfermo.

–     ¿Enfermo?

–     Sí, Maestro. No puede más.

Antes a duras penas lograba moverse, después de las faenas estivas y de la vendimia ya realmente es que no se tiene en pie. Y a pesar de todo… le hace trabajar ese… ¡Oh…!

¡Dices que hay que amar a todos, pero es muy difícil amar a las hienas, y Doras es peor que una hiena!

–    Jonás lo ama…

–    Sí, Maestro. Pienso que es tan santo como aquéllos a quienes, por fidelidad al Señor Dios nuestro, han matado con martirio.

–    Dices bien. ¿Cómo te llamas?

Y señalando a sus compañeros: 

–    Miqueas y éste Saulo y éste Joel y éste Isaías.

–    Le recordaré vuestros nombres al Padre. ¿Y decís que Jonás se encuentra muy enfermo?

–    Sí, nada más terminar el trabajo se deja caer sobre el forraje y nosotros no lo vemos. Nos lo dicen otros siervos de Doras.

–    ¿Está trabajando a esta hora?

–     Si está en pie, sí. Debería estar al otro lado de aquel manzanar.

–    ¿Ha sido buena la cosecha de Doras?

–    Se ha hablado de ella en toda la región.

Los árboles estaban apuntalados porque los frutos tenían un tamaño verdaderamente milagroso.

Doras ha tenido que mandar hacer nuevos lagares, porque la uva, de tanta como había, no habrían podido meterla en los que se venían usando.

–     ¿Entonces Doras habrá premiado a su siervo?

–     ¿Premiado? ¡Señor, qué mal lo conoces!

–     Pero si Jonás me dijo que hace años le dio una paliza mortal por haber desaparecido algunos racimos.

Y que pasó a ser esclavo por deudas habiéndole acusado el patrón de pérdidas por la escasa cosecha. Este año, que ha tenido una abundancia milagrosa, habría debido premiarlo.

–     No. Lo azotó ferozmente, acusándole de no haber obtenido los años precedentes la misma abundancia por no haber cuidado la tierra como se debía.  

Mateo exclama: 

–     ¡Este hombre es una fiera salvaje! 

Jesús dice:

–     No. Es un hombre sin alma. Os dejo, hijos, con una bendición. ¿Tenéis pan y comida para hoy?

–     Tenemos este pan. 

Y sacan un pan oscuro de un talego que estaba en el suelo, se lo enseñan.  

–      Tomad mi comida. No tengo más que esto. Pero Yo hoy estaré en casa de Doras y…

–     ¿Tú en casa de Doras?

–     Sí. Para rescatar a Jonás. ¿No lo sabíais?

–     Aquí ninguno sabe nada.

Pero… no te fíes, Maestro; serás como una oveja en el antro del lobo.

–     No podrá hacerme nada. Tomad mi comida.

Se vuelve hacia sus discípulos diciendo:   

–     Santiago, da cuanto tenemos, incluso nuestro vino.

Que haya un poco de gozo también para vosotros, pobres amigos, en el alma y en el cuerpo. ¡Pedro, vámonos!

Pedro contesta;

–     Voy, Maestro. Sólo queda este surco por terminar.

Y corre hacia Jesús, congestionado por la fatiga. Se seca con el manto que se había quitado, se lo vuelve a poner y ríe contento.

Los cuatro no cesan de dar las gracias.

–     ¿Pasarás por aquí, Maestro?

–     Sí, esperadme. Saludaréis incluso a Jonás. ¿Podéis hacerlo?

–     ¡Claro! La tierra debía estar arada para la noche. Están hechos más de dos tercios de ella.   

–     ¡Y qué bien y qué rápido! 

–      ¡Son fuertes tus amigos!… 

–      Que Dios os bendiga. Hoy para nosotros es más que la fiesta de los Ázimos. 

–      ¡Que Dios os bendiga a todos, a todos, a todos!

Jesús va derecho hacia el huerto señalado, lo cruzan y llegan a los campos de Doras.

Más campesinos al arado o agachados para limpiar los surcos de las hierbas arrancadas; pero Jonás no está.

Reconocen a Jesús, y sin dejar de trabajar, lo saludan.

Jesús pregunta:

–      ¿Dónde está Jonás?  

Ellos contestan: 

–     Después de dos horas ha caído sobre el surco y lo han llevado a casa.

–     ¡Pobre Jonás! Poco tiempo más deberá sufrir.

–     Está realmente en las últimas. Jamás tendremos un amigo mejor.

Jesús responde:

–      Me tenéis a Mí en la Tierra y a él en el seno de Abraham.

Los muertos quieren a los vivos con dúplice amor: el propio y el que asumen estando con Dios, por tanto es un amor perfecto.

–     ¡Ve enseguida con él! ¡Que te vea ahora que sufre!

Jesús bendice y continúa su camino.

Los dicípulos preguntan:

–     ¿Y ahora qué piensas hacer?

–     ¿Qué le piensas decir a Doras? 

–     Voy a ir como si no supiera nada. Si se siente descubierto, es capaz de cebarse en Jonás y en sus siervos.  

Pedro dice a Simón cananeo:

–     Tiene razón tu amigo: es un chacal.

Simón contesta:

–     Lázaro siempre dice la verdad y nunca habla mal de nadie. ¡Cuando lo conozcas, lo querrás!

Siguen caminando hasta que se distingue la casa del fariseo.

Es una casa bien construida en medio de un huerto de árboles frutales, ya sin fruta.

Es una casa campirana rica y cómoda.

Pedro con Simón, van por delante para avisar.

Pedro y Simón se adelantan para avisar.  

Sale Doras.

Es un viejo de semblante duro, propio de un anciano avaricioso:

Con ojos irónicos, boca de sierpe que esboza bruscamente una sonrisa falsa, detrás de una barba más blanca que negra. 

Saluda a Jesús con un tono familiar y con clara ostentación de benevolencia:

–     Salud, Jesús. 

Jesús no dice: «Paz». Sólo responde:

–     Que ella vuelva a tí.

61 EXPULSIÓN DE NAZARET


61 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es el culto de un Sábado en la sinagoga de Nazaret, una amplia sala cuadrada, con sus paredes desnudas pintadas de un amarillo pajizo y en una parte una especie de cátedra.

Hay también un alto ambón tan grande que es también un estante con su plano inclinado sujeto por un pedestal y sobre él están alineados unos rollos.

Está mucha gente orando, vueltos todos hacia un lado con las manos separadas: más o menos como el sacerdote en el altar, cuando oficia la misa. 

Hay lámparas dispuestas de forma muy especial sobre la cátedra y el ambón. 

Luego el rabino empieza a leer y la gente contesta la cantinela de voz nasal, en idioma arameo. 

Entre la gente está también Jesús con sus primos apóstoles y con otros parientes.

Después de la lectura el rabino dirige la mirada, en actitud de muda expectativa, hacia la multitud.

Jesús pasa adelante y solicita encargarse hoy de la reunión de la asamblea.

Por el aire se expande su hermosa voz, que lee el pasaje de Isaías citado por el Evangelio:

1. El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí, por cuanto que me ha ungido Yahveh. A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado, a vendar los corazones rotos; a pregonar a los cautivos la liberación, y a los reclusos la libertad;

2. a pregonar año de gracia de Yahveh, día de venganza de nuestro Dios; para consolar a todos los que lloran,

3. para darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez de vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido. Se les llamará robles de justicia, plantación de Yahveh para manifestar su gloria. (Isaias 1, 1-3)

–    El espíritu del Señor está sobre Mí…

Y luego hace el comentario al respecto, diciendo de Sí Mismo que es…

«El portador de la Buena Nueva, de la ley del amor, que pone misericordia donde antes había rigor; por la cual todos aquellos que, por la culpa de Adán, padecen enfermedad en el espíritu,

Y como reflejo, en la carne, porque el pecado siempre suscita el vicio y el vicio enfermedad incluso física, obtendrán la salud; por la cual todos los prisioneros del Espíritu del mal obtendrán la liberación.

Yo he venido a romper estas cadenas, a abrir de nuevo el camino de los Cielos, a proporcionar luz a las almas que han sido cegadas y oído a las sordas. 

Ha llegado el tiempo de la Gracia del Señor. Ella está entre vosotros. Ella es esta que os habla.

Los Patriarcas desearon ver este día, cuya existencia ha sido proclamada por la voz del Altísimo y cuyo tiempo predijeron los Profetas.

Y ya, llevada a ellos por ministerio sobrenatural, saben que el alba de este día ha roto, y su entrada en el Paraíso está ya cercana, exultando por ello en sus espíritus; santos a quienes no falta sino mi bendición para ser ciudadanos del Cielo.

Vosotros lo estáis viendo. Venid hacia la Luz que ha surgido. Despojaos de vuestras pasiones para resultar ágiles en el seguir a Cristo. Tened la buena voluntad de creer, de mejorar, de desear la salud,

y la salud os será dada; la tengo en mi mano, pero sólo se la doy a quien tiene buena voluntad de poseerla, porque sería una ofensa a la Gracia el darla a quien quiere continuar sirviendo a Satanás.”

El murmullo se desata en la sinagoga.

Jesús mira en torno a Sí. Lee los rostros y el interior de los corazones… (con el Don de Ciencia)

Y prosigue:

–      Comprendo lo que estáis pensando. Vosotros, dado que soy de Nazaret, querríais un favor de privilegio; mas esto por vuestro egoísmo, no por potencia de Fe.

Así que os digo que, en verdad, a ningún profeta se le recibe bien en su patria. Otros lugares me han acogido, y me acogerán, con mayor Fe, incluso aquellos cuyo nombre es motivo de escándalo entre vosotros.

Allí cosecharé mis seguidores, mientras que en esta tierra no podré hacer nada, porque se me presenta cerrada y hostil. Os recuerdo a Elías y Eliseo.

El primero halló Fe en una mujer fenicia; el segundo, en un sirio: en favor de aquélla y de éste pudieron realizar el milagro.

Los de Israel que estaban muriéndose de hambre y los leprosos de Israel no obtuvieron pan o curación, porque su corazón no tenía la buena voluntad, perla fina que el profeta de haber existido, hubiera visto.

Lo mismo os sucederá a vosotros, hostiles e incrédulos ante la Palabra de Dios.

La multitud se alborota e impreca, e intenta ponerle la mano encima a Jesús, pero los apóstoles-primos (Judas, Santiago y Simón) lo defienden, y entonces los enfurecidos nazarenos lo echan fuera de la ciudad. 

Van detrás con amenazas,no solamente verbales, hasta el comienzo del monte.

Pero Jesús se vuelve y los inmoviliza con su mirada magnética. Y pasa incólume entre ellos.

Desaparece luego, camino arriba, por un sendero.

Llega hasta un paupérrimo caserío que está pocos km.  más arriba en el monte y desde donde se contempla la ciudad que lo ha rechazado.

Más tarde lo alcanza la Virgen hasta la casucha donde Jesús se ha refugiado y conversa con Ella, sentados sobre una pequeña tapia, para esperar a los apóstoles que se habían dispersado por la zona mientras estaba con su Madre.

Con Él sólo se encuentran los tres primos,Simón, Santiago y Tadeo dentro de la cocina y hablan con María de Cleofás, su madre. Los dos núcleos familiares están platicando cada uno, reservando su intimidad. 

María está muy afligida por lo sucedido en la sinagoga y Jesús la consuela.

María le suplica a su Hijo que se mantenga lejos de Nazaret, donde todos están mal predispuestos hacia Él, incluyendo a los otros familiares que lo consideran un loco, que está deseando suscitar rencores y disputas.

Pero Jesús hace un gesto sonriendo muy elocuente, parece como si dijera: “¿Por esta pequeñez? ¡Olvídate de ello!“. Pero María insiste.

Entonces Él responde:

–     Mamá, si el Hijo del Hombre hubiera de ir únicamente a donde lo aman, tendría que retirar su paso de esta tierra y volverse al Cielo.

Tengo en todas partes enemigos, porque se odia la Verdad, y Yo soy la Verdad. Pero no he venido para encontrar un amor fácil. He venido para hacer la voluntad del Padre y redimir al hombre.

El amor eres tú Mamá, mi amor, el que me compensa todo. Tú y este pequeño rebaño que todos los días se va acrecentando con alguna oveja que arranco a los lobos de las pasiones y llevo al redil de Dios.

Lo demás es el deber. He venido para cumplir este deber y debo cumplirlo, si es preciso estampándome contra las piedras de los corazones que oponen firme resistencia al bien.

Es más, sólo cuando caiga, bañando de sangre esos corazones, los ablandaré estampando en ellos mi Signo, que anula el del Enemigo.

Mamá, he bajado del Cielo para esto. No puedo sino desear cumplir esto.

María dice con voz acongojada:

–     ¡Oh! ¡Hijo! ¡Hijo mío!

Jesús la acaricia.

Y como María lleva en la cabeza además del velo, el manto; más velada que nunca, parece una sacerdotisa.

–     Me ausentaré durante un tiempo por darte gusto. Cuando esté cerca, mandaré a alguien a avisarte.

–     Manda a Juan. Viendo a Juan me parece verte un poco a Ti.

Su madre se prodiga en atenciones hacia mí y hacia Tí. Es verdad que espera un lugar privilegiado para sus hijos. Es mujer y madre, Jesús. Hay que comprenderla. Te hablará también a ti de ellos.

No obstante, te es sinceramente devota. Cuando quede liberada de la humanidad, que fermenta tanto en ella como en sus hijos, como en los demás, como en todos; Hijo mío, será grande en la Fe.

Es doloroso que todos esperen de Tí un bien humano, un bien que, aunque no sea humano, es egoísta. Pero es que el pecado está en ellos con su concupiscencia.

Aún la hora bendita y tan temida a pesar de que el amor a Dios y al hombre me la hagan desear, no ha llegado. Hora en que Tú anularás el  Pecado. ¡Oh! ¡Esa hora!

¿Cómo tiembla el corazón de tu Madre por esa hora! ¿Qué te harán, Hijo, Hijo Redentor, de quien los Profetas refieren tanto martirio?

–     No pienses en ello, Mamá.

Te lo digo una vez más. Dios te ayudará en esa hora. Dios nos ayudará a ti y a Mí. Después, la paz. Ahora ve, que cae la tarde y el camino es largo. Yo te bendigo.

Dice Jesús:

Pequeño Juan, mucho trabajo hoy. Pero es que estamos atrasados y no se puede ir despacio.

Te he dado la fuerza para esto, hoy. Te he concedido la contemplación de los dolores de María y míos, preparatorios de la Pasión.

 Mi mirada había leído el interior del corazón de Judas Iscariote.

Nadie debe pensar que la Sabiduría de Dios no haya sido capaz de comprender ese corazón. Mas, como le dije a mi Madre, él era necesario.

¡Ay de él por haber sido el traidor! Pero un traidor era necesario.

Hombre con doblez, astuto, codicioso, lujurioso, ladrón, más inteligente y culto que la generalidad, había sabido imponerse a todos.

Audaz, me allanaba el camino, aun siendo un camino difícil. Le gustaba, sobre todo, destacar y poner de relieve su puesto de confianza conmigo.

No era servicial por instinto de caridad, sino solamente porque era uno de esos que vosotros diríais que está siempre en un “activismo”.

Ello le permitía también tener la bolsa y acercarse a la mujer; dos cosas que, junto con la tercera (los cargos humanos), deseaba desmedidamente.

La Pura, la Humilde, la Desasida de las riquezas terrenas no podía no sentir repugnancia por esa serpiente.

También Yo lo sentía. Y Yo sólo y el Padre y el Espíritu sabeMos qué vencimientos de Mí mismo debí poner para poder soportarlo cerca.

Pero esto te lo explicaré en otro momento.

No ignoraba Yo tampoco la hostilidad de los sacerdotes, fariseos, escribas y saduceos.

Eran zorros astutos que trataban de empujarme hacia su guarida para despedazarme.

Tenían hambre de mi sangre, y trataban de colocarme trampas por todas partes para capturarme, para tener un motivo de acusación, para quitarme de enmedio.

Durante tres años fue larga la insidia, y ésta no se aplacó sino cuando me supieron muerto. Esa noche durmieron felices.

La voz de su acusador se había extinguido para siempre. Eso creían.

No. TODAVÍA NO SE HA APAGADO.  Jamás se apagará; TRUENA. 

Truena y maldice a quienes ahora son como ellos.

¡Cuánto dolor sufrió mi Madre por su culpa! Y Yo no olvido ese dolor.

Que la multitud fuera voluble, no era una cosa nueva. Es la fiera que lame la mano del domador si está armada de azote o si ofrece un pedazo de carne para saciar su hambre.

Pero es suficiente que el donador se caiga o que no pueda seguir usando el azote, o que no disponga de otras presas para saciarle el hambre, para que se le abalance y lo despedace.

Basta con decir la verdad y ser buenos para ser odiados por la multitud después del primer momento de entusiasmo:

la verdad es reproche y admonición, la bondad despoja del azote y hace que los no buenos dejen de sentir miedo; de aquí el “crucifícalo” después de haber dicho “hosanna”.

Mi vida de Maestro estuvo colmada de estas dos voces. La última fue “crucifícalo”.

El “hosanna” fue como el aliento que toma el cantor para tener el respiro suficiente y así poder dar el agudo.

María, en la tarde del Viernes Santo, oyó de nuevo dentro de sí, todos los hosannas mentirosos hechos gritos de muerte hacia su querido Hijo y esto la traspasó.

No lo olvido tampoco.

La humanidad de los apóstoles… ¡Cuánta! Llevaba sobre mis brazos verdaderos bloques de piedra que gravitaban hacia el suelo, para alzarlos hacia el Cielo.

Incluso los que no se veían a sí mismos como ministros de un rey terreno, como Judas Iscariote.

Los que no pensaban como él, en subir – si se prestaba la ocasión – al trono en vez de Mí, ellos, sí ansiaban siempre a pesar de todo, la gloria.

Llegó el día en que incluso mi Juan y su hermano tendieron a esta gloria, que os deslumbra como un espejismo hasta en las cosas celestes.

No me refiero a una santa aspiración al Paraíso – que deseo que tengáis -, me refiero a un deseo humano de que vuestra santidad sea conocida.

No sólo esto; se trata de una avaricia de cambista, de usurero, que hace que, por un poco de amor ofrecido a quien

Yo os he dicho que debéis daros con todo vuestro ser, pretendáis un puesto a su derecha en el Cielo.

No, hijos, no. Antes hay que saber beber todo el cáliz que Yo bebí.

Todo: con su caridad como respuesta al odio, con su castidad contra las voces del sentido, con su heroicidad en las pruebas, con su holocausto por amor a Dios y a los hermanos.

Luego, una vez cumplido todo el propio deber, decir además: “Somos siervos inútiles”,

y aguardar a que el Padre mío y vuestro os conceda, por su bondad, un puesto en su Reino.

Hay que despojarse, como me has visto despojado en el Pretorio, de todo lo humano, quedándose sólo con lo indispensable: el respeto hacia el don de Dios que es la vida,

y hacia los hermanos, a los cuales podemos ser más útiles desde el Cielo que en la tierra,

y dejar que Dios os imponga la estola inmortal blanqueada en la sangre del Cordero.

Te he mostrado los dolores preparatorios de la Pasión. Otros te mostraré.

Aun no dejando de ser dolores, el contemplarlos ha supuesto un descanso para tu alma. Ya basta. Queda en paz.

57 EN EL UMBRAL DE LA MUERTE


57 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Y al día siguiente… El amplio taller de carpintería ha sido convertido en dormitorio. Con lechos bajos que han sido colocados junto a las paredes.

Y los discípulos están cenando en el gran banco que sirve de mesa.

Los apóstoles hablan entre sí y con el Maestro.

Judas de Keriot, pregunta:

–    ¿Vas de veras al Líbano?

Jesús responde con firmeza:

–    No prometo nunca, si no voy a cumplir.

Y en este caso lo he prometido dos veces: a los pastores y a la nodriza de Juana de Cusa.

He esperado los cinco días que le había dicho y he añadido aún hoy por prudencia. Pero ahora parto. 

Será un largo camino, aunque usemos la barca hasta Betsaida. No obstante, será para mi corazón motivo de gozo saludar también a Benjamín y a Daniel.

Ya ves qué almas tienen los pastores. ¡Oh!, merece la pena ir a honrarlos; efectivamente, ni siquiera Dios mengua honrando a un siervo suyo, antes bien acrecienta su justicia.

Apenas salga la luna, partiremos. El camino será largo; aun cuando usemos la barca hasta Betsaida. 

–    ¡Con este calor!

¡Apenas comienza el verano!  ¡Mira lo que haces! Lo digo por Ti.

–    Las noches están menos sofocantes.

El sol estará un poco más en León y las tormentas hacen menos abrasador el calor.  Además, os lo repito: no obligo a nadie a venir.

Todo es espontáneo en mí y en torno a mí. Si tenéis otras ocupaciones o si os sentís cansados, quedaos. Nos volveremos a ver después.

–       Eso, Tú lo has dicho.

Yo tendría que ocuparme de asuntos de mi casa. Llega el tiempo de la vendimia y mi madre me había rogado que viera a algunos amigos… Ya sabes que yo soy el hombre de mi casa y cabeza de la familia.

Pedro rezonga:

–       Menos mal que se acuerda de que la madre es siempre la primera después del padre.

Sea que Judas no oiga o no quiera oír, no da señales de comprender lo que ha dicho Pedro.

A quién por otra parte, Jesús refrena con una mirada. Mientras que Santiago de Zebedeo, sentado junto a Pedro, le jala el vestido para hacerlo callar.

Jesús dice:

–    Ve pues, Judas. Comprendo que debes ir. No hay que faltar a la obediencia a la madre.

–    Me voy al punto, si me lo permites. Llegaré a Naím a tiempo para encontrar hospedaje. Adiós, Maestro. Adiós, amigos.

Jesús le dice:

–    Sé amigo de la paz y merece tener a Dios siempre contigo. ¡Adiós!

Todos le saludan con un gesto simultáneo.

No hay ninguna aflicción al verlo partir. Al contrario…

Pedro, para que no se arrepienta, le ayuda a apretar las cintas de su alforja y a ponérsela. Lo acompaña hasta la puerta del huerto y se queda en el umbral para verlo partir.

Y cuando ve que se ha alejado hace un gesto de alegría y de irónico saludo. Y regresa restregándose las manos. No dice nada. Pero ya lo ha dicho todo.

Los que lo vieron, ríen para sus adentros.

Pero Jesús no lo advierte, porque está mirando fijamente  a su primo Santiago, que se ha ruborizado y entristecido, dejando de comer sus aceitunas.

Le pregunta:

–   ¿Qué te pasa?

Santiago de Alfeo contesta:

–    Has dicho: “No se debe desobedecer a la madre…”. ¿Y nosotros entonces?

–   No tengas escrúpulo. Como línea de conducta así es.

Cuando uno no es más que hombre y más que hijo. Pero cuando está uno cerca de otra naturaleza y de otra paternidad, no. 

Ella es más sublime si se le sigue según órdenes y deseos. Judas llegó primero que tú y que Mateo. Pero está muy atrás todavía. 

Es necesario que se forme. Y lo hará muy despacio. Tened caridad con él. ¡Tenla, Pedro! 

Pedro responde:

–    ¡Oh, Maestro! ¡Me es tan difícil con él…!

–    Lo comprendo, pero te digo: ten caridad. Soportar a las personas difíciles es una virtud. ¡Úsala!

–    Sí, Maestro… pero, cuando lo veo tan… tan…

Bien, cállate, Pedro, total… Tú comprendes. Tengo la impresión de ser una vela que está demasiado tirante por el viento… Crujo, me hace crujir este esfuerzo, y se me rompe siempre algo…

Ahora bien, Tú sabes, bueno… no sabes, porque como barquero no vales nada… Por tanto te lo digo yo: si a una vela, por demasiada tensión, se le rompen todas las amarras, te juro que le da un voleo tal al inexperto barquero, que lo atonta…

Bueno, pues yo siento que corro el riesgo de que se me rompan todos los lazos y entonces… Es mejor, sí, que de vez en cuando se vaya él.

Así la vela, faltándole el viento, se calma, y a mí me da tiempo de reforzar las amarras.

Jesús sonríe y mueve la cabeza, compadeciendo al justo y sanguíneo Pedro.

Un estrépito de cascos herrados y un vocerío de chicos llega de fuera.

–      ¡Aquí es! ¡Aquí es! ¡Para, hombre!

De pronto en el umbral de la calle, se asoma el cuerpo negro y sudoroso de un caballo; del que se apea un jinete que se precipita como un bólido y se postra a los pies de Jesús. Los besa con adoración.

Todos lo miran asombrados.

Jesús pregunta:

–           ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

El hombre contesta:

–           Soy Jonathán.

Responde un grito de José, que, por estar sentado detrás del alto banco y por lo fulminante de la llegada, no ha podido reconocer al amigo.

El pastor corre hasta el hombre postrado:

–    ¡Tú! ¡Si eres tú!…

–    Sí. Adoro a mi Señor amado.

Treinta años de esperanza ¡Oh, larga espera! que florecen ahora como flor solitaria de agave; y florecen en un instante, en un éxtasis feliz.

Tanto más feliz aún que aquél, lejano. ¡Oh, mi Salvador!

Mujeres, niños y algún hombre, entre los cuales el buen Alfeo de Sara, que tiene todavía un pedazo de pan y queso en la mano, se arremolinan en la entrada y hasta dentro de la espaciosa estancia.

Jesús dice:

–    Levántate Jonathán. Estaba a punto de ir a buscarte. También a Benjamín y a Daniel.

–    Lo sé.

–    Levántate para darte el beso que he dado a tus compañeros.

Jesús se inclina y lo levanta para besarlo. 

Jonathán está muy conmovido:

–     Lo sé. –repite el  viajero robusto; bien parecido y lujosamente vestido- Lo sé.

Con gran emoción continúa:  

Ella tenía razón. No era delirio de agonizante. ¡Oh, Señor Dios! ¡Cómo te ve el alma y cómo te siente cuando Tú la llamas!

¡Oh, no os burléis de un hombre dichoso, vosotros que escucháis! ¡Dichoso y angustiado hasta obtener tu “Voy”! Ya sabes que estaba de viaje con la patrona moribunda.

¡Qué viaje! De Tiberíades a Betsaida fue bueno; pero luego, dejada la barca y tomado un carro, a pesar de haberlo acondicionado lo mejor que podía, fue una tortura. Se viajaba despacio y de noche, pero ella sufría.

En Cesárea de Filipo estuvo a punto de morir por los vómitos de sangre. Nos detuvimos…

A la tercera mañana, hace siete días, me manda llamar. De lo blanca y agotada que estaba, parecía ya muerta. Pero cuando la llamé abrió sus dulces ojos de gacela agonizante y me sonrió.

Me indicó con la manita helada que me inclinase, porque tiene sólo un hilo de voz y me dijo: “Jonatán, llévame a casa; pero inmediatamente”. ¡OBEDECE!

Era tan grande el esfuerzo de su orden, ella que es siempre más dulce que una buena niña, que se le colorearon las mejillas y durante un momento, recobraron el fulgor sus ojos. Continuó diciéndome:

“He soñado con mi casa de Tiberíades. Dentro estaba Uno con rostro de estrella, alto, rubio, con ojos de cielo y una voz más dulce que sonido de arpa. Me decía: “Yo soy la Vida. Ven. Vuelve. Te espero para dártela”. “

Jonathán quiero ir” Yo decía: “¡Pero, patrona!… ¡No puedes! ¡Estás mal! Ahora, cuando estés mejor, veremos”.

Lo consideraba delirio de moribundo. Pero ella se echó a llorar y luego…

Es la primera vez que lo ha dicho en estos seis años que la tengo como patrona. Estaba enojada, se sentó; ella, que no tiene fuerzas para nada. Y luego me dijo: “Siervo, lo quiero. Yo soy tu patrona. ¡OBEDECE!”

Y cayó envuelta en sangre. Creí que moría… Y me dije: “Démosle gusto. ¡Muerte por muerte!…

No sentiré el remordimiento de no haberla complacido al final, después de haber querido hacerlo siempre”.

¡Qué viaje! No quería descansar ella, aparte de las horas entre tercia y sexta. Casi he matado a los caballos para abreviar. Hemos llegado a Tiberíades esta mañana a la hora de nona.

Ester me ha referido… Entonces he entendido que eras Tú quien la había llamado, porque coincidían la hora y el día en que Tú prometías un milagro a Ester y te aparecías al espíritu de mi patrona.

Ha querido proseguir de inmediato y a mí me ha mandado adelante… ¡Oh, Salvador mío! Jesús, Salvador y Mesías nuestro, he venido a rogarte que vengas conmigo.

Jesús responde:   

–     Voy enseguida. La Fe merece premio. Quien me desea me tiene. Vamos.

–     Espera. He arrojado mientras venía una bolsa a un joven, diciendo: “Tres, cinco, los asnos que queráis, si no tenéis caballos; rápido a la casa de Jesús”.

Estarán para llegar. Así abreviaremos. Espero encontrarla cerca de Caná. Si al menos…

–     ¿Qué, Jonathán?

–      Si al menos estuviera viva…

–     Viva está. Pero, aunque estuviese muerta, Yo soy Vida. ‘Aquí está mi Madre.

La Virgen se acerca, seguida por María de Alfeo

Y pregunta:

–     Hijo, ¿Te vas?

–     Sí, Madre. Voy con Jonathán. Ha venido. Sabía que podría dártelo a conocer. Por eso he esperado un día más.

Jonathás cruza las manos sobre el pecho y la saluda inclinándose profundamente. Luego se arrodilla y besa la orla de su vestido, diciendo:

–           Te saludo, Madre de mi Señor.

Alfeo de Sara dice a los curiosos:

–     ¿Qué decís a esto? ¿No deberíamos avergonzarnos de ser sólo nosotros quienes no tenemos Fe?

Un estrépito numeroso de cascos se oye en la calle. Son los borricos. Pareciera que son todos los de Nazaret; y son tantos, que bastarían para un escuadrón.

Mientras Jonatán escoge los mejores y contrata, pagando sin escatimar y toma consigo a dos nazarenos con otros borricos,

por precaución a que algún animal por el camino, pierda las herraduras y para que puedan volver con toda esta rebuznadora recua.

María y la otra María ayudan a cerrar sacos y talegos.

María de Alfeo dice a sus hijos:

–     Dejaré aquí vuestras camas y las acariciaré… Me parecerá estaros acariciando a vosotros.

Sed buenos, dignos de Jesús, hijos… y yo… yo me sentiré feliz…» y mientras dice esto vierte gruesos lagrimones.

María ayuda por su parte a su Jesús y lo acaricia con amor, haciendo mil recomendaciones y encargos para los otros dos pastores libaneses, porque Jesús declara que no volverá hasta encontrarlos.

Se ponen en marcha. Ha caído la tarde y el cuarto creciente de la Luna se alza ahora.

A la cabeza va Jesús con Jonathán; detrás, todos los demás.

Mientras están en la ciudad van al paso, porque la gente se arremolina. Pero en cuanto salen van al trote, en una caravana sonora de cascos y cascabeles.

Jonathán explica:

–     Está en el carro con Ester. ¡Oh, patrona mía! ¡Qué alegría, hacerte feliz!

¡Llevarte a Jesús! ¡Oh, mi Señor! ¡Tenerte aquí, a mi lado! ¡Tenerte!… Tienes justamente el rostro de estrella que ella te ha visto, y eres rubio y con ojos de Cielo. Y tu voz es realmente un sonido de arpa…

¡Oh, pero tu Madre!… ¿La vas a llevar a la patrona un día?

–     Irá la patrona a Ella. Serán amigas.

–     ¿Sí?… Sí, puede serlo. Juana está casada y ha sido madre, pero tiene un alma pura como una virgen. Puede estar junto a María bendita.  

Entonces Jesús vuelve su rostro al escuchar una carcajada fresca de Juan, a la que hacen coro los demás…

Pedro explica:

–    Soy yo, Maestro, el que hago reír. En la barca estoy más seguro que un gato. Pero aquí arriba, ¡Parezco un barril de madera suelto en el puente de una nave, con el viento del sudoeste!

Jesús sonríe y lo anima prometiéndole que pronto terminará el trote.

Pedro contesta:

–    ¡Oh! No importa. Si los muchachos se ríen, no hay nada de malo. ¡Vamos! Vamos a hacer feliz a esa buena mujer.

Después de un rato, otra explosión de risas hace que Jesús voltee una vez más.

Pedro exclama:

–    ¡No! Esto no te lo digo, Maestro. Aunque pensándolo bien… ¿Por qué no? Sí que te lo digo…

Decía yo: ‘Nuestro supremo primer ministro, se roerá las manos cuando sepa que no estuvo cuando tenía que hacerla de pavo real, cerca de la dama’

Todos se ríen.

Y Pedro continúa: 

–     Pero así es. Estoy seguro que si hubiera sabido, no hubiera habido viñedos que cuidar.

Jesús no contradice.

Se recorre rápido el camino sobre estos borriquillos bien nutridos. Con el claro de luna dejan atrás Caná.

Jonathán dice:

–     Si me permites, te precedo. Paro el carro. Los movimientos bruscos la hacen sufrir mucho.

–     Ve, sí.

Jonatán pone el caballo al galope.

Siguen y siguen bajo la luz blanca de la Luna.

Luego aparece la forma oscura de un voluminoso carro cubierto, parado en el borde del camino.

El asno en que va Jesús, instigado por Él, alcanza un pequeño galope sesgado.

Jesús llega al carro. Se apea.

Jonathán anuncia:

–     ¡El Mesías!

La anciana nodriza se arroja del carro al camino, del camino al polvo.

Y suplica:

–     ¡Oh, sálvala! Se está muriendo.

–     Aquí estoy.

Y Jesús sube al carro, donde hay extendido, un considerable número de almohadones y sobre ellos un cuerpo macilento.

Hay un farolito en un ángulo y copas y ánforas. Y una joven criada llorando, está secando el sudor helado de la agonizante.

Jonatán acude con uno de los faroles del carro.

Jesús se inclina hacia la mujer decaída, verdaderamente moribunda.

No hay diferencia entre el candor del vestido de lino y la palidez, incluso ligeramente azulada, de las manos y del rostro esqueléticos.

Sólo las pobladas cejas y las largas pestañas negrísimas proporcionan un color a ese rostro de nieve.

Ni siquiera tiene ya ese rojo infausto de los tísicos en los pómulos descarnados. Los labios, semiabiertos por el respiro dificultoso, son apenas una sombra de un rosa violáceo.

Jesús se arrodilla a su lado y la observa. La nodriza le toma una mano y la llama, pero el alma, ya en los umbrales de la muerte, no oye nada.

Habiendo llegado los discípulos y los dos jóvenes de Nazaret, se agolpan en torno al carro.

Jesús pone una mano sobre la frente de la moribunda, la cual un momento abre los ojos nublados y vagos para volver a cerrarlos luego.

Esther gime:

–     Ya no oye nada – Y llora con más fuerza.

Jesús hace un gesto:

–     Madre, oirá. Ten fe.

Y luego llama:

–     ¡Juana! ¡Juana! ¡Soy Yo! Soy Yo quien te llama. Soy la Vida. Mírame. Juana.

La moribunda abre con una mirada más viva sus grandes ojos negros y mira al rostro que hacia ella se ha inclinado.

Manifiesta un movimiento de alegría y una sonrisa.

Mueve despacio los labios: una palabra que no llega a adquirir sonido.  

Y jesús la interpela:

–     Sí, Yo soy. Has venido y Yo he venido, a salvarte. ¿Puedes creer en mí?

La moribunda asiente con la cabeza.

Toda la vitalidad está concentrada en la mirada así como también toda la palabra, no pudiendo expresarla de otra manera.

–     Pues bien…

Jesús, aunque permanezca de rodillas y con la izquierda sobre la frente de ella, se endereza y toma el aspecto de milagro.

Y dice con autoridad:

–     Pues bien, Yo lo quiero, queda curada, levántate.

Quita la mano y se pone en pie.

Una fracción de minuto y Juana de Cusa, sin ningún tipo de ayuda, se sienta, emite un grito…

Y se arroja a los pies de Jesús gritando con voz fuerte y dichosa:

–     ¡Oh, amarte, toda mi Vida! ¡Para siempre! ¡Tuya! ¡Para siempre tuya!

¡Nodriza! ¡Jonatán! ¡Estoy curada! ¡Rápido! ¡Corred a decírselo a Cusa! ¡Que venga a adorar al Señor!

¡Oh, bendíceme, sigue haciéndolo, sigue, sigue! ¡Oh, mi Salvador!

Llora y ríe besando los indumentos y las manos de Jesús.

–     Te bendigo, sí. ¿Qué más quieres que te haga?

–     Nada, Señor. Sólo quererme y dejar que yo te quiera.

–     ¿Y no querrías un niño?

–     ¡Oh, un niño!…

En tus manos lo dejo, Señor. Yo te abandono todo: mi pasado, mi presente, mi futuro. Te debo todo, todo te doy. Da Tú a tu sierva lo que consideres mejor.

–     Entonces, la vida eterna. Sé feliz. Dios te ama. Yo me marcho. Te bendigo y os bendigo.

–     No, Señor. Quédate un tiempo en mi casa, que ahora es realmente rosal florido. Permíteme que vuelva a ella contigo…

¡Dichosa de mí! –     Voy. Pero tengo a mis discípulos.

–     Mis hermanos, Señor. Juana tendrá, tanto para ellos como para Tí, comida, bebida y todo tipo de refrigerio.¡Concédemelo. 

–     Vamos. Que se regresen los burros, seguidnos a pie.

El camino ya es poco. Iremos lentamente para que podáis seguirnos. Adiós, Ismael y Aser. Despedidme una vez más de mi Madre y de mis amigos.

Los dos nazarenos, estupefactos, parten con sus rebuznadores asnos, mientras el carro emprende el retorno con su carga de alegría, ahora.

Detrás van los discípulos en grupo comentando el hecho.

P PURIFICACION DE FUEGO


Septiembre 06_2020

Habla Dios Padre

El fuego consumirá todo aquello que no servirá para el Nuevo Mundo

Hijitos Míos, en las Sagradas Escrituras se os profetiza que el Día del Señor vendrá como el rayo, como el día del Diluvio,

que a pesar de que Noé avisó por tanto tiempo, de que vendría el Diluvio; muy pocos salvo su familia, fueron los que entendieron.

Burlas por todos lados, ataques, hasta que llegó el momento.

Se os viene avisando desde hace muchos, muchos años sobre los acontecimientos próximos a suceder.

¿Cuántos han entendido?, ¿Cuántos, realmente, han tomado Mi Palabra como cierta y han cambiado de vida?

Entended, Mis pequeños, que estáis obrando mal, que vivís en la  maldad, que le habéis abierto vuestro corazón a Satanás y os he venido previniendo de una muerte total, de una Muerte Eterna,

Y NO QUERÉIS ENTENDER. 

Mi Hijo se dio para abriros las Puertas del Cielo, que estaban cerradas por el Pecado,

¡Dichosos debierais estar por esto, Mis pequeños!, ¡Tanto tiempo con las Puertas cerradas!

Viene Mi Hijo con una Evangelización de Amor, con una Evangelización de Salvación, os trajo Luz, os trajo Vida y vosotros, ¿Qué habéis hecho? prácticamente nada.

No agradecisteis, pocos son los que lo han hecho y la gran mayoría de vosotros, persistís en la maldad, persistís en el desorden espiritual a donde os ha llevado Satanás.

Vivís en el mal, os ha llevado a sufrir y le seguís; en cambio, no seguís a Mi Hijo que os vino a traer la Paz, el Amor, el Orden; preferís la mentira, preferís el error, preferís el dolor.

¿En dónde están vuestros valores? Seguís al que os hace daño y hacéis a un lado Al que os vino a salvar. 

En el INFIERNO, EL REINO DEL ODIO están peor, los demonios desquitan su ODIO, SE SUFRE EL CALVARIO DE JESUS CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

NO FUISTEIS CREADOS PARA QUE OS CONDENARAIS,

FUISTEIS CREADOS PARA VIVIR EN MI REINO, QUE ES VUESTRO HOGAR.

Qué tristeza Me dais la gran mayoría de vosotros. Os di lo mejor de Mí, que es Mi Hijo Jesucristo y Lo habéis despreciado,

habéis despreciado Sus Enseñanzas, Su Amor, Sus Milagros, Su Donación y persistís en seguir a aquél que os daña, que os lleva a la condenación eterna, al sufrimiento eterno, Mis pequeños.

¿En dónde tenéis la cabeza? ¿En dónde tenéis el corazón? Me dais pena, Mis pequeños, Me hacéis sufrir a Mí también.

Con la Donación de Mi Hijo, os di la Gracia tan grande, de ser también hijos Míos y, ni así entendéis.

¿NO OS DAIS CUENTA DE LA DIGNIDAD

A LA QUE FUISTEIS ELEVADOS EN EL MOMENTO DE LA CRUZ,

CUANDO MI HIJO, LE PIDIÓ A MI HIJA, LA SIEMPRE VIRGEN MARÍA,

QUE CUIDARA DE VOSOTROS?

Y no tomáis en cuenta todos estos momentos Santos, todos estos momentos Divinos, en los que todos vosotros, fuisteis incluidos

y con ello, obtener una dignidad altísima, de hermanos de Mi Hijo, hijos Míos, ¿Y despreciáis todo esto?

Os sigo insistiendo Mis pequeños, cambiad, os he dicho que el tiempo ya es muy breve, no pasarán los días de este año, os he hablado de semanas, 

en donde os daréis cuenta, la gran mayoría de los seres humanos que habitan este Mundo,  que errasteis al tomar el camino del Mal, al seguir a Satanás; pero tarde será cuando os deis cuenta de vuestro error.

Os quise tener Conmigo, pero preferisteis seguir a Satanás, fue vuestro libre albedrío y no Me echéis la culpa a Mí, vuestro Dios, de vuestra mala decisión.

Fue vuestra libre decisión y tendréis que padecer por ello.

Los que todavía tengáis un poco de razón, de Sabiduría, entended Mis Palabras, entended Mi Amor y cambiad, Mis pequeños,

OS ESTÁIS JUGANDO LA ETERNIDAD, PERO SOIS LIBRES

Y YO, RESPETARÉ VUESTRA DECISIÓN.

Hijitos Míos, vosotros no tenéis idea del mal con que os puede atacar Satanás.

Ya os he explicado, alguna vez, que si Satanás os quiere atacar, él tiene que venir a Mí y pedirMe permiso para atacaros…

Dios utiliza las Maldades de Satanás para entrenarnos y hacernos crecer espiritualmente…

Y Yo, conociéndoos a cada uno de vosotros, ciertamente le doy permiso, porque él también tiene libertad; pero lo limito. 

Os conozco y sé hasta dónde podéis soportar su ataque y que este ataque produzca un Bien en vosotros.

Ved cómo os cuido, Mis pequeños, en cada momento.

Si tenéis una espiritualidad alta, ciertamente le voy a permitir que os ataque un poco más fuerte, que a aquél que tiene una espiritualidad baja,

que podría ser destruido fácilmente por Satanás, a diferencia de aquél que tiene esa espiritualidad alta.

Como os dije, Yo, vuestro Dios, os cuido en todo momento y de todo ataque de Satanás, siempre vais a salir con algo positivo, para poder vencer a Satanás en sus subsecuentes ataques.

Cuando estáis Conmigo, vosotros podéis sobrellevar ésos ataques. Satanás es muy poderoso, ya os lo he explicado, Yo lo puedo detener, porque Yo lo creé y Soy Infinitamente más poderoso que él,

Pero vosotros necesitáis de Mi ayuda para poder vencerle; lo malo es que la gran mayoría de vosotros, no tenéis un crecimiento espiritual favorable, con el cual lo podáis vencer fácilmente.

Y por eso, está causando tanto mal alrededor del Mundo, porque no os podéis defender de él, porque sois débiles en lo espiritual.

Él se las ha ingeniado para ir haciendo que vuestra espiritualidad decaiga y esto a través de los años, ha hecho que mengüe vuestra fuerza y no tengáis gran defensa contra él,

POR ESO, MUCHAS ALMAS SEGUIRÁN CAYENDO AL INFIERNO,

COMO HOJAS QUE CAEN EN EL OTOÑO

Y ESO ME CAUSA MUCHO DOLOR Y TRISTEZA

PORQUE PARECE QUE A VOSOTROS NO OS IMPORTA

Las almas caen al Infierno, como las hojas en el otoño…

PASAR UNA ETERNIDAD DE DOLOR

Ya os he dicho que, prácticamente, nadie, de todos vosotros, os habéis puesto a meditar esta frase, “que sufriréis eternamente en el Infierno”,

porque no supisteis ser verdaderos hijos Míos y en realidad, es que poco os importó hacerlo.

Mucho os he insistido en la Oración, en el Sacrificio, en el Ayuno, en la Penitencia, para que os podáis defender fuertemente contra los ataques de Satanás. 

Os he dado todo lo necesario para que pudierais salir victoriosos de sus ataques, pero no lo habéis hecho, no os habéis preparado.

Se os ha pedido mucha oración en estos tiempos por dos razones muy importantes:

Primeramente, para la salvación de aquellos que no están preparados para bien morir.

Estamos en Guerra Espiritual y el campo de batalla del Enemigo es nuestra mente

Pero la segunda razón es que son los Últimos Tiempos de Satanás

Y SUS ATAQUES SERÁN MUCHO MÁS FUERTES

QUE LO QUE HABÉIS SUFRIDO ANTERIORMENTE,

POR ESO NECESITARÉIS UNA ARMADURA ESPIRITUAL MUY FUERTE,

MUY RESISTENTE CONTRA LAS FUERZAS DE SATANÁS

Estos son tiempos de una gran lucha espiritual, y por eso os decía que una gran mayoría de personas en la humanidad no están preparadas para resistir las potencias malignas de Satanás.

Si aún aquellos escogidos sufren y vosotros lo sentís, lo sabéis los que estáis conMigo; ahora imaginad a aquellos que no toman en cuenta la Oración, la Penitencia y los Sacrificios;

ellos mismos dicen que no están de acuerdo con ello, que no son tiempos ya de sufrir de esa forma, que esos son actos de tiempos pasados

Y NO ES ASÍ, MIS PEQUEÑOS,

POR ESO EL SUFRIMIENTO PARA AQUELLAS ALMAS QUE NO ESTÁN PREPARADAS,

SERÁ MUY FUERTE.

ORAD POR ELLOS, MIS PEQUEÑOS,

ORAD POR ELLOS Y DADLES VOSOTROS LA FUERZA ESPIRITUAL QUE ELLOS NO TIENEN. 

DEJAD QUE MI SANTO ESPÍRITU OS GUÍE EN LA ORACIÓN,

¡ESTÁIS INDEFENSOS CONTRA EL ENEMIGO!

OS DÉ TODAS AQUELLAS PAUTAS EN LAS CUALES VOSOTROS

PODRÉIS AYUDAR A VUESTROS HERMANOS.

Dejad que Mi Santo Espíritu trabaje en vosotros para el bien de vuestros hermanos y para el bien vuestro. 

Es mucha la fuerza espiritual que vosotros adquirís estando conMigo y la podéis vosotros compartir con vuestros hermanos.

No se imaginan estos hermanos vuestros que no están preparados a lo que se van a enfrentar.

Vosotros mismos sabéis lo que son las fuerzas de Satanás, porque habéis sido preparados para ello; pero estos hermanos vuestros tendrán un enfrentamiento muy difícil y doloroso.

Ayudadles pues, Mis pequeños, con vuestra fuerza de Oración que os dará Mi Santo Espíritu.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo.

Os he pedido mucho que os dejéis mover por Él, que no elucubréis y que os dejéis mover a donde os quiera llevar Mi Santo Espíritu.

Haced lo que Él os indique.

 En el Antiguo Testamento, cuando le pido a Moisés salvar al pueblo judío de Egipto, le voy dando Enseñanzas a este pueblo, que se había olvidado de Mí,

que muchos de ellos habían aceptado a los ídolos de la gente de Egipto, pero en Mi Promesa estaba cuidar de ellos.

Los saqué con Mi Mano Poderosa, con Mi Amor grande sobre ellos, pero ellos también dudaban de todo lo que pasaba y lo que fuera a pasar.

No entendían totalmente lo que estaba sucediendo y dudaban muchos de ellos, de Moisés.

Y de lo que sucedería con ellos en el desierto.

Pero aun así Mi Mano Poderosa los guiaba y Milagros portentosos vieron.

Yo los cuidaba, los alimentaba, como cuido de todas Mis creaturas,

pero éste era un pueblo infiel, un pueblo de cabeza dura, un pueblo difícil porque su Fe dejaba mucho que desear.

A PESAR DE LOS MILAGROS TAN PORTENTOSOS,

DUDABAN, Y SE REBELARON,

ME GRITABAN QUE YA ESTABAN HARTOS DEL MANÁ

Y QUE QUERÍAN CARNE,

Y LES MANDÉ LAS CODORNICES

 Yo los consentía pero también los iba reeducando para que tuvieran nuevamente una Fe plena en Mí,

una confianza absoluta en Mí, su Dios y ahora Yo vuestro Dios.

A lo que voy con esto es una Enseñanza, Mis pequeños.

Cuando Yo les decía que tomaran el maná y las codornices que pudieran comer en ese día, pero que si guardaban algo más se echaría a perder, así sucedía.

¿Qué os quiero decir con todo esto, Mis pequeños?

QUE YO, VUESTRO DIOS Y CREADOR,

Mirad las aves del cielo: no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellas?

QUE ASÍ COMO CUIDO A LAS PLANTAS, A LOS ANIMALITOS,

A LA NATURALEZA CREADA EN GENERAL,

PARA QUE TODO CAMINE SEGÚN MIS DESIGNIOS,

TAMBIÉN EL HOMBRE TIENE QUE APRENDER

A CONFIAR EN MÍ, VUESTRO DIOS 

Cuando no confiáis, cuando guardáis más allá de lo que necesitáis y que muchos más necesitan, caéis en la avaricia

Y la avaricia viene a ser la falta de confianza y de Fe en Mí.

Cuando Yo os doy algo, aceptadlo en totalidad, no pidáis más; os conozco y conozco vuestras necesidades.  Si pedís más, lo guardaréis y no lo usaréis.

Y lo que quiero que aprendáis, Mis pequeños, es a tomar a diario lo que necesitaréis para ese día,

Y deberéis aprender y aceptar, con total confianza, que Yo velo por cada uno de vosotros en todo momento.

Ciertamente, cuando José es tomado como administrador de Egipto y el faraón le permite ser el administrador de los bienes de Egipto,

por revelación Mía él supo que iba a haber un tiempo de angustia y que no iban a tener alimento por varios años,

y entonces mandó construir silos para que se guardara mucho grano para esos 7 años en que no tendría cosechas la población.

Parece contradictorio lo primero que os dije de no guardar porque se echaría a perder lo que guardarais.

UNA LECCIÓN DE PERDÓN… (Génesis 41 y 42)

Y aquí los silos estaban guardando alimento para que la población no sufriera. 

AQUÍ LA LECCIÓN, MIS PEQUEÑOS,

ES QUE ESE ALIMENTO, QUE SE ESTABA GUARDANDO,

IBA A SERVIR PARA PROTEGER LA VIDA,

NO SOLAMENTE DE GENTE DE EGIPTO SINO DE MUCHOS OTROS PUEBLOS A SU ALREDEDOR;

LLEVABA UN FINAL BUENO Y NO AVARICIOSO

 Cuando tenéis, Yo os lo doy para que os provea de vuestro alimento y vuestras necesidades de ese día y no guardéis lo demás, que no tendrá un fin inmediato

O próximo inmediato a usarse, a menos que sea para que lo compartáis con vuestros hermanos.

Cada milagro en la Biblia, fué originado por un problema que FUE RESUELTO CON LA FE

Ciertamente, esto lo debéis ir meditando, dejando que Mi Santo Espíritu os vaya guiando a que entendáis lo que quiero de vosotros,

PORQUE CIERTAMENTE SE PRESENTARÁN TIEMPOS DIFÍCILES:

HAMBRE, GUERRA, MUERTE

Y YO VELARÉ POR VOSOTROS

Y ACEPTARÉIS LO QUE YO OS DÉ

Y así como los animalitos y la Naturaleza entera no Me pide más allá de lo que Yo les doy, también vosotros debéis aprender a ser así como la Naturaleza,

tener una plena confianza en Mí, vuestro Dios, en que velaré para vuestro bien y para el bien de vuestros hermanos.

SOLO DANDO EL PASO DE FE, ¡APRENDEMOS A VOLAR!

De ahora en adelante, tratad de vivir así, en plena confianza conMigo, aceptando lo que Yo os dé para cubrir vuestras necesidades diarias.

Tiempos difíciles, como os digo, vendrán; pero tened plena confianza en que velaré por vosotros y por los vuestros, si vuestra confianza plena Me dais.

Yo Soy vuestro Dios, Yo Soy el Amor infinito, el Amor pleno y no Me gusta que sufráis, sobre todo cuando vosotros os estáis dando plenamente a Mí, cuando estáis aceptando Mi Voluntad.

Tendréis vuestro premio a vuestra plena confianza en Mí, vuestro Dios. 

REPASAD LAS ESCRITURAS Y OS DARÉ LUZ

PARA QUE COMPRENDÁIS LAS PALABRAS QUE OS DIGO Y DE ELLAS APRENDÁIS MÁS

Las preocupaciones terminan, donde la FE en Dios comienza…

Y ASÍ, CONOCIÉNDOME MÁS PROFUNDAMENTE,

OS DARÉIS CUENTA DE MI BONDAD Y MISERICORDIA,

MI AMOR INFINITO POR VOSOTROS.

OS AMO TANTO, PERO VOSOTROS ME TENÉIS MUCHA DESCONFIANZA,

PENSÁIS QUE NO VELO POR VOSOTROS

 Que distraído estoy por otras cosas y estáis en un grave error,

Yo velo por cada uno de vosotros porque Vivo en vuestro interior y os conozco plenamente.

10. ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en Mí es el que realiza las obras.
11. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en Mí. Al menos, creedlo por las obras.
12. En verdad, en verdad os digo: el que crea en Mí, hará él también las obras que yo hago, y hará mayores aún, porque yo voy al Padre.
13. Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo.

Vuestra falta de confianza y Fe en Mí Me duele mucho, porque estáis desconfiando de Mí, vuestro Dios y Creador, Yo que os di la vida y cuido de esa vida.

Poneos pues, nuevamente en Mi Corazón y dejad que Yo actúe plenamente en vosotros y mueva vuestro corazón hacia la perfección.

Soy vuestro Dios y os amo infinitamente.

Todo será renovado, la Maldad será encadenada, todo lo que veis ahora, que está afectado por el pecado, será renovado.

Y Mi Luz invadirá todo lo Creado y lo veréis tal cual fue Creado; lo que ahora veis sucio, malo, cambiará a bello y bueno.

Todo fue Creado para que vosotros gozarais, desde lo más pequeñito, hasta lo más grande.

Los vientos, los mares, la misma Tierra ya no os atacará, el Fuego tampoco os hará daño.

Yo puse Amor en todo lo Creado y el Amor respeta, el Amor cuida, el Amor os ayuda a crecer.

EN ESTOS MOMENTOS, EN VUESTRO MUNDO,

ESTÁIS VIENDO Y VIVIENDO LO QUE SATANÁS HIZO CON TODO LO CREADO

LAS ESTACIONES SE HAN VUELTO CONTRA VOSOTROS,

LOS CALORES OS HACEN SUFRIR, LOS FRÍOS OS ENFERMAN,

EL AGUA DESTROZA PUEBLOS Y CIUDADES;

MATA LO QUE OS DEBIERA DAR VIDA.

LOS ANIMALES OS ATACAN,

TODO SE HA VUELTO EN CONTRA VUESTRA,

PORQUE SATANÁS ASÍ LO HA PROVOCADO.

El hombre fue creado en el último momento de la Creación,

porque fuisteis escogidos para ser los reyes de la Creación, con capacidades para cuidar y entender lo que Yo os di para vuestro bien,

pero Satanás lo volvió todo contra vosotros, porque el hombre se volvió contra Mí, al traicionar Mi Amor, al traicionar Mis Ordenes Divinas.

Esto es lo que os ha traído Satanás:

Muerte, destrucción, ataque de todo lo creado contra vosotros que de ser los reyes de la Creación, en un Principio, ahora sois esclavos. 

Habéis caído hasta lo más bajo, no cuidáis la Creación, no la cuidasteis; es más, la atacasteis y ahora, se ha vuelto contra vosotros.

OS HE PROFETIZADO QUE, EN ESTE TIEMPO,

EL FUEGO CONSUMIRÁ TODO AQUELLO QUE NO SERVIRÁ PARA EL NUEVO MUNDO

El agua, hizo su parte en el Diluvio, ahora el fuego hará su parte en esta Purificación, que dará pie para una nueva generación, renovada, santificada.

Todas las almas creadas habéis tenido la oportunidad de crecer y santificaros, de volver a tomar vuestra posición de reyes de la Creación, cuidando de todo lo creado,

Pero os aliasteis a Satanás e hicisteis todo lo contrario que Yo les pedí a vuestros Primeros Padres.

EL FUEGO DESTRUIRÁ A TODOS AQUELLOS

Y A TODO AQUELLO, AFECTADO POR SATANÁS,

NO QUISISTEIS LUCHAR CONTRA SU MALDAD

Y le dejasteis crecer, le apoyasteis y de ser en el Principio, una pequeña víbora, ahora es un monstruo inmenso, que ya no podéis controlar.

Os prometí estar siempre con vosotros para ayudaros, pero no Me invocasteis, no pedisteis Mi ayuda.

Vuestra soberbia os hizo sentir poderosos y con lo que ahora viviréis, os daréis cuenta de que NO SÓIS NADA  si no estáis Conmigo. 

Vuestra soberbia os llevará al Dolor, a la Desesperación y a blasfemar Mi Santo Nombre; pocos, muy pocos, reaccionarán y pedirán perdón y ésas almas se salvarán.

Generación tonta, cruel, mala, porque os aliasteis con Satanás,

Preferisteis seguirle y seguir sus mentiras y ahora estáis viviendo el resultado: os engañó y sufriréis por haberle creído.

TUVISTEIS A MI HIJO ENTRE VOSOTROS

EL AMOR VIVIÓ ENTRE LOS HOMBRES, LO DESPRECIASTEIS

Y LO SEGUÍS DESPRECIANDO

POCOS LE HABÉIS DADO CABIDA EN VUESTRO CORAZÓN,

SÓLO ASÍ OS SALVARÉIS Y GOZARÉIS LOS NUEVOS TIEMPOS

Mi Justicia Divina caerá sobre aquellos necios que pudiendo haber tenido todo, que es Mi Presencia Divina en vosotros,

Preferisteis la nada de Satanás, porque maldad buscasteis y la Maldad os condenará.

 Os burlasteis de aquellos que Me buscaron durante su vida y os daréis cuenta de ello ya tarde,

cuando la condenación os llegue en vuestro Juicio Particular.

Confiad en Mí, hijitos Míos, Yo no Me separaré de vosotros en ningún momento.

Os daré fuerza física y espiritual para vencer en ésta prueba; prueba que os hará alcanzar vida de Amor en ésta nueva era de Mi Santo Espíritu por venir.

Confiad, que Yo estoy a vuestro lado, para guiaros y en vuestro corazón para amaros y daros fuerza, fuerza que ha de vencer a las fuerzas del mal.

Yo os amo y os bendigo en Mi Santo Nombre, en el de Mi Hijo y en el del Amor de Mi Santo Espíritu por venir.

¡Llamadlo, hijitos Míos, llamadlo!

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56 EL COLEGIO APOSTÓLICO


56 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En Nazareth Jesús  ha atravesado el huerto de Alfeo para ir a su casa y cuando está a punto de poner pie en la calle, entran Pedro y detrás de él, Juan; jadeantes, como quien ha corrido.

Pedro dice:

–      ¡Maestro! Pero, ¿Qué ha sucedido? Santiago me ha dicho: “Ve corriendo a mi casa. ¿Quién sabe qué trato recibirá Jesús!”.

Juan rebate:

–      ¡No, no es así! Ha entrado Alfeo, el de la fuente y le ha dicho a Judas: `Jesús está en tu casa” y entonces Santiago ha dicho eso…

Pedro concluye:

 –      Tus primos están abatidos. Yo no comprendo nada, pero… te veo… y me siento confortado. 

Jesús declara:

–      Nada, Pedro. Un pobre enfermo al que los dolores le hacen ser impaciente. Ya ha terminado todo.

–      ¡Oh, me alegro!

Judas de Keriot también ha llegado detrás y… 

Pedro lo interpela muy áspero:

–      ¿Y tú, por qué estás aquí?

Judas contesta a la defensiva:

–      Me parece que también estás tú.

–      A mí han pedido que viniera y he venido.

–      También yo he venido. Si el Maestro estaba en peligro y en su patria; yo, que ya lo he defendido en Judea, podía defenderlo también en Galilea.

–      Para eso bastamos nosotros. Pero no hay necesidad de ello en Galilea.

–      ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Exacto!

Su patria lo echa fuera como si se tratase de una comida indigesta. Bien. Me alegro por ti, que te escandalizaste por un pequeño incidente sucedido en Judea, donde no lo conocen.  Aquí, sin embargo… – y Judas concluye con un silbido que es un poema de sátira.

–      Mira, muchacho. Me siento en pocas condiciones de soportarte. Corta por tanto, si en algo tienes… algo. Maestro, ¿Te han hecho algún daño?

–      ¡No, hombre, no, Pedro mío! Te lo aseguro. Vamos más deprisa a consolar a mis primos.

Van. Entran en el amplio taller.

Judas y Santiago están junto al vasto banco de carpintero:

 Santiago, en pie; Judas, sentado en un taburete con el codo apoyado en el banco y la cabeza apoyada en la mano.

 Jesús va hacia ellos sonriente para darles inmediatamente la certeza de que su corazón los ama.

Y trata de consolarlos:

–      Alfeo está más sereno ahora. Los dolores se están calmando y todo vuelve a sosegarse. Estad tranquilos también vosotros.

Los dos preguntan al mismo tiempo:

–      ¿Lo has visto?

–      ¿Y a nuestra madre?

–      He visto a todos.

Tadeo pregunta:

–     ¿También a nuestros hermanos?

–      No. No estaban.

–      Estaban. No han querido que los vieras.

¡Pero… nosotros! Ni aunque hubiéramos cometido un delito habríamos sido tratados de esa forma. ¡Y nosotros, que volábamos desde Caná por la alegría de volver a verlo y traerle lo que a él le gusta!  

Judas dobla el brazo y llora con la cabeza sobre el banco.

Santiago se muestra más fuerte, pero su rostro manifiesta un interno martirio.   –    

Solamente añade abatido:

–     Lo queremos y… y ya no nos entiende… ya no nos cree.

Jesús dice:

–     No llores, Judas. Y tú, no sufras.

Santiago exclama:

–       ¡Oh! ¡Jesús! Somos hijos… y nos ha maldecido.

Pero, aunque esto nos acongoje, no, no volvemos hacia atrás. Somos tuyos y tuyos seremos, aunque nos amenazaran de muerte para separarnos de Tí.

–       ¿Y decías que no eras capaz de heroísmo? Yo lo sabía, pero tú, por ti mismo, ahora lo manifiestas. En verdad, serás fiel incluso contra la muerte. Y tú también.

Jesús los acaricia… pero ellos sufren.

El llanto de Judas llena la bóveda de piedra.

Y nunca mejor que con este episodio, se manifiesta plenamente el alma de los discípu1os.

Pedro, cuyo honesto rostro se muestra apenado, exclama:

–    ¡Claro! Es una cosa dolorosa… Cosas tristes. Pero, muchachos – y les da unos pequeños zarandeos con afecto.

Agregando:

–    No todos pueden merecer esas palabras… Yo… yo me doy cuenta de que he sido una persona afortunada en mi llamada.

Esa buena mujer que es mi esposa me dice siempre: “Es como si hubiera sido repudiada, porque tú ya no eres mío. Y yo digo: ¡Oh, dichoso repudio!”‘.

Decidlo igualmente vosotros. Perdéis un padre, pero ganáis a Dios.

El pastor José, desde su ignorante condición de huérfano, asombrado de que un padre pueda ser motivo de llanto, dice:

–      Creía ser el más infeliz porque me falta el padre. Me doy cuenta de que es mejor llorarlo por muerto que por enemigo.

Juan se limita a besar y a acariciar a los compañeros.

Andrés suspira y calla. Se consume por el deseo de hablar, pero, como si de una mordaza se tratara, su timidez se lo impide.

Tomás, Felipe, Mateo, Natanael hablan bajo en un rincón, con el respeto propio de quien se encuentra ante un dolor genuino e inconsolable.

Santiago de Zebedeo ora apenas perceptiblemente, para que Dios conceda paz.

Simón Zelote  deja su rincón y viene junto a los dos afligidos, pone una mano sobre la cabeza de Judas, el otro brazo en torno a la cintura de Santiago,

 Y dice:

–      No llores, hijo. Él nos lo había dicho a mí y a ti: “Os uno: a ti, que por mí pierdes un padre; a ti, que tienes corazón de padre sin tener hijos”.

Y no entendimos cuánto había de profecía en esas palabras. Pero Él sabía.

Pues os lo ruego: Soy viejo y siempre he soñado con ser llamado “padre“; aceptadme como tal y yo, mañana y tarde, os bendeciré. Os lo ruego: Aceptadme como tal.

Los dos hacen un gesto de aceptación entre sollozos aún más fuertes.

Entra María y corre hasta donde los dos afligidos.

Acaricia la cabeza de un moreno intenso de Judas y a Santiago lo acaricia en la mejilla. Está blanca como una azucena.

Judas le toma la mano, la besa y pregunta:

–     Qué hace?

María contesta:

–     Duerme, hijo. Vuestra madre os manda su beso.

Y Ella los besa a ambos.

La voz áspera de Pedro se deja oír bruscamente:

–     Mira, ven aquí un momento, que quiero decirte una cosa.

 Y Pedro aferra con su robusta mano un brazo de Judas Iscariote y se lo lleva afuera, a la calle.   Luego vuelve solo.

Jesús pregunta:

–      ¿A dónde lo has mandado?

–      ¿A dónde? A tomar el aire; si no, acababa dándole yo el aire de otra manera… cosa que no he hecho por atención a Tí. ¡Ah!…, ¡Ahora se está mejor!

Quien se ríe ante un dolor, es un áspid y yo a las serpientes las aplasto… Aquí estás Tú… y por eso lo he mandado sólo a contemplar la luz de la luna.

¡No, no te lo tomes a mal! ¡Qué gran alivio para él, el librarse de esta tristeza!

Creo que yo me haré primero un escriba, con un milagro de Dios; a que él, ni siquiera con la ayuda divina, se haga bueno. Es más seco y duro que una piedra, bajo el sol de Agosto.

Te lo asegura Simón de Jonás. Y no me equivoco. 

¡Venga, muchachos! Aquí hay una Madre, que más dulce que Ella no la tiene ni siquiera el Cielo.

Aquí hay un Maestro que es más bueno que todo el Paraíso, aquí hay muchos corazones honestos que os aman sinceramente.

Las borrascas benefician, hacen caer el polvo. Mañana estaréis más frescos que unas flores, os sentiréis más ligeros que los pájaros, para seguir a nuestro Jesús.

Y con estas simples y buenas palabras de Pedro todo finaliza.

Unas horas después, por la noche terminada la cena, cuando los demás se retiraron a descansar.

Junto a la pequeña habitación que da al huerto que está lleno de follaje, con todo el esplendor del verano; Jesús está con María.

Están sentados juntos en la banca de piedra adosada a la pared. 

La Madre y el Hijo se sienten felices de estar cerca y de trabar una dulce conversación. Hablan de lo sucedido durante su separación:

Del bautismo. Del ayuno en el desierto. De la formación del Colegio Apostólico.

Jesús ha contado a su Madre sus primeras jornadas de evangelización. Sus primeras conquistas de corazones…

Y María está pendiente de cada palabra de su Jesús.

Está más pálida y más delgada, evidenciando el sufrimiento de este tiempo.

Sus bellísimos ojos azules, tienen las ojeras de quien ha llorado mucho y no oculta su preocupación. Pero ahora está feliz.

Y sonríe acariciando la mano de su Hijo. Ha vuelto a tenerlo ahí, corazón con corazón; en el silencio de la noche que comienza.

La higuera tiene ya sus primeros frutos maduros, que se extienden hasta la casa.

Y Jesús se pone de pie, a cortar algunos. Da los más bonitos a su Madre; limpiándolos con cuidado.

Se los presenta como si fueran cálices blancos de estrías rojas, con su corona de pétalos blancos por dentro y púrpura por fuera.

Los presenta en la palma de su mano y sonríe al ver que le gustan a su Mamá.

Después le pregunta a quemarropa:

–    Mamá, ¿Has visto a mis discípulos? ¿Qué piensas de ellos?

María, que está a punto de llevarse a la boca el tercer higo, levanta la cabeza.

Suspende su movimiento, se sobresalta y mira a Jesús.

Él recalca:

–           ¿Qué piensas de ellos ahora que te los he presentado?

Ella contesta:

–           Creo que te aman y que podrás obtener mucho de ellos.

Juan… Ama a Juan, como solo Tú puedes amar. Es un ángel y estoy tranquila cuando pienso que está contigo.

También Pedro es bueno. Es duro porque ya es viejo. Pero franco y de convicción. Igual su hermano Andrés; Felipe y Natanael.

Y también Tomás… te aman como ahora son capaces de hacerlo. Después te amarán más.

Zelote es agradecido y también Mateo. Así como los primos, ahora que se han convencido; te serán fieles. 

María suspira profundamente, antes de continuar:

–       Pero el hombre de Keriot… Ese no me gusta, Hijo. Su ojo no es limpio y mucho menos su corazón. Me causa miedo.

–      Contigo es respetuoso.

–      Demasiado respetuoso.

También contigo es muy respetuoso. Pero no es por ti, Maestro. Es por Ti, futuro rey de quien espera utilidades y gloria.

Era un donnadie. Apenas un poco más que los demás de Keriot. Pero ahora espera desempeñar a tu lado, un papel de gran importancia y…

¡Oh, Jesús!… No quiero faltar a la caridad. Pero pienso, aun cuando no quiero pensarlo; que en caso de que lo desilusiones, no dudará en reemplazarte.

O en tratar de hacerlo. Es ambicioso; avariento y vicioso. Está más preparado para ser ministro de un rey terrenal, que no un apóstol tuyo, Hijo mío. ¡Me causa mucho miedo!

Y la Mamá, mira a su Jesús con los ojos aterrorizados en su pálida cara…

María, la plena de Gracia por el poder del Espíritu santo; ha leído en el corazón de judas, como en un libro abierto.

Jesús lanza un suspiro. Piensa por un largo momento. Luego mira a su Madre.

Le sonríe para darle fuerzas.

Y dice:

–      También esto es necesario, Mamá. Si no fuese él, sería otro. 

Mi Colegio debe representar el mundo. Y en el mundo no todos son ángeles. Y no todos son del temple de Pedro y de Andrés.

Si escogiese todas las perfecciones, ¿Cómo podrían las pobres almas enfermas; atreverse a poder llegar a ser mis discípulos? He venido a salvar lo que estaba perdido.

Mamá; Juan por sí ya está a salvo. Pero, ¡Cuántos otros no lo están!

–     No tengo miedo de Leví. Se redimió porque quiso redimirde. Dejó su pecado, junto con su banco de tasador. Y se hizo un alma nueva para venir contigo. 

Pero Judas de Keriot, no. Y además el orgullo satura su alma manchada.

Pero Tú sabes todas estas cosas, Hijo. ¿Por qué me las preguntas? No puedo sino rogar y llorar por Ti. Tú eres el Maestro y maestro también de tu pobre Mamá.

El coloquio continúa…  

Y el tiempo sigue su curso…

Jesús dice:

“Llegados a este punto, las figuras morales de los apóstoles han dado ya suficientes destellos, sin crear escándalo para nada.  Yo no necesitaba el consejo de nadie.

Pero, cuando estábamos solos, mientras los discípulos estaban acá o allá con familias amigas o por los caseríos cercanos, durante mis estancias en Nazaret,

¡Qué delicioso me era el hablar y pedir consejo a mi dulce Amiga, mi Madre¡ ¡Y obtener confirmación, de su boca de gracia y sabiduría, de cuanto ya había visto Yo!

No he sido nunca sino “el Hijo” para con Ella.

Y entre los nacidos de mujer no hubo una madre más “madre” que Ella, en todas las perfecciones de las maternas virtudes humanas y morales; ni hubo hijo más “hijo” que Yo, en el respeto, en la confianza, en el amor.

Y ahora, que también vosotros habéis tenido un mínimo de trato con los Doce, de conocimiento de sus virtudes y de sus defectos, de su carácter, de sus luchas,

¿Hay todavía alguno que diga que me fue fácil unirlos, elevarlos, formarlos?

¿Hay todavía alguno que juzgue fácil la vida del apóstol y por ser un apóstol, frecuentemente por creerse tal, juzgue tener derecho a una vida llana, sin dolores, obstáculos, derrotas?

¿Hay todavía alguno que, por el hecho de que me sirva, pretenda que Yo sea su siervo y que haga milagros sin interrupción en favor suyo, haciendo de su vida una alfombra florida, fácil, humanamente gloriosa?

Mi Camino, mi Trabajo, mi servicio es la Cruz, el Dolor, las Renuncias, el Sacrificio.

Yo lo hice, háganlo quienes quieren decirse “míos”. Esto no va para los Juanes, sino para los doctores insatisfechos y difíciles.

Y digo para los doctores de la argucia, que he usado el término “tío” y “tía”, inusitado en las lenguas palestinas;

para aclarar y definir una irrespetuosa cuestión sobre mi condición de Unigénito de María y sobre la Virginidad “pre” y “post” parto de mi Madre,

Quien me tuvo por espiritual y divino connubio y repítase una vez más: NO conoció otras uniones, ni tuvo otros partos.

Carne inviolada, la cual ni siquiera Yo laceré, cerrada sobre el Misterio de un seno-tabernáculo, Trono de la Trinidad y del Verbo Encarnado.

55 EL PADRE, ENEMIGO…


55 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va con los suyos por las hermosas colinas de Galilea.

Para evitar el sol, que está todavía alto aunque se dirija ya hacia el ocaso, caminan bajo los árboles, la mayor parte olivos.

Jesús indica:

–     Pasada esa prominencia del terreno está Nazaret. Dentro de poco llegamos. A la entrada de la ciudad nos separaremos.

Judas y Santiago irán inmediatamente adonde su padre, como desea su corazón.

Pedro y Juan distribuirán a los pobres, que estarán ciertamente junto a la fuente, el óbolo.

Yo y los demás iremos a casa para la cena, luego proveeremos para el descanso.

Bartolomé dice:

–     Nosotros iremos a casa del buen Alfeo. Se lo prometimos la otra vez.

Felipe agrega:

–     Yo, de todas formas, voy a ir sólo para saludarlo. Cedo la cama a Mateo que todavía no está acostumbrado a las incomodidades.

Mateo objeta:

–     No. Tú no, que eres anciano. No lo permito.

Hasta ahora he disfrutado de un cómodo lecho, y ¡Qué sueños infernales tenía en él!

Créeme: ahora estoy de tal manera en paz, que aunque me eche sobre piedras, tengo la impresión de estar durmiendo entre plumas. Es la conciencia la que hace, o no, dormir.

Y con esto surge una competición de caridad con Mateo entre los discípulos Tomás, Felipe y Bartolomé, que son los que la otra vez estuvieron en casa de Alfeo.

Santiago está hablando con Andrés y dice:

–     De todas formas habrá un puesto para ti como la otra vez, aunque mi padre esté más enfermo.

Vence Tomás:

–     Yo soy el más joven del grupo. Yo cedo el lecho.

Déjame, Mateo. Poco a poco te acostumbrarás. ¿Crees que me pesa? No. Soy como un enamorado, que piensa: “Estaré sobre el duro suelo, pero estoy cerca de mi amor”

Tomás, hombre que no rebasa los treinta años ríe jovialmente y Mateo cede.

Nazaret está ya a pocos metros con sus primeras casas. 

Tadeo dice:

–     Jesús… nosotros ya nos vamos.

Jesús los alienta:

–     Idos, idos.

Los dos hermanos se van casi corriendo. 

Pedro susurra:

–     ¡El padre es el padre! Aunque nos maltrate con ira, no por eso deja de ser de nuestra misma sangre y la sangre tira más que una soga. Además… me resultan simpáticos tus primos. Son muy buenos.

Jesús confirma:   

–     Sí, son muy buenos. Y son humildes, hasta el punto de que ni siquiera se estudian para ver en qué medida lo son.

Siempre piensan que cometen deficiencias, porque su espíritu ve lo bueno en todos, excepto en ellos mismos. Llegarán muy lejos…

Ya están en Nazaret.

Algunas mujeres ven a Jesús y lo saludan, como también lo hacen algunos hombres y niños.

Pero  aquí no se producen las aclamaciones de los otros lugares al Mesías, aquí se trata de amigos que saludan al Amigo que regresa: unos, más expansivamente; otros, menos.

En muchos hay también una irónica curiosidad al observar al grupo heterogéneo que acompaña a Jesús, que no es ciertamente un grupo de dignatarios reales ni de pomposos sacerdotes:

Sudados, llenos de polvo del camino, vestidos muy modestamente; menos Judas de Keriot, Mateo, Simón y Bartolomé, en orden decreciente de elegancia.

Parecen más un grupo de gente modesta de viaje hacia algún mercado, que no seguidores de un rey.

Rey que de por sí manifiesta su grandeza solamente en estatura y sobre todo, en la magnificencia del aspecto.

Caminan unos metros y luego Pedro y Juan se separan, yendo hacia la derecha.

Mientras que Jesús con los demás prosigue hasta llegar a una pequeña plaza llena de niños ruidosos, que están alrededor de una pila llena, de la que sacan agua las madres.

Un hombre ve a Jesús y hace un gesto de gozoso asombro.

Acelera su paso hacia Él y lo saluda:

–      ¡Bienvenido de nuevo! ¡No te esperaba tan pronto!

Ten: besa a mi último nieto. Es el pequeño José. Ha nacido en tu ausencia – y le pasa un niñito que tiene en los brazos.

Jesús pregunta al hombre:

–   ¡Oh Alfeo!  ¿Le has puesto por nombre José?

–      Sí. No me olvido de mi casi pariente y más que pariente, gran amigo.

Ya tengo puestos también a los nietos los nombres que más aprecio: Ana, mi amiga de cuando era niño, y Joaquín. Luego María… ¡Oh, qué fiesta cuando nació!

Me acuerdo de cuando me la dieron para que la besase y me dijeron: “¿Ves? Aquel hermoso arco iris fue el puente por el cual Ella descendió del Cielo. Los ángeles utilizan ese camino”.

Verdaderamente era tan bonita, que parecía un angelito… Ahora aquí tienes a José. Si hubiera sabido que ibas a volver tan pronto, te hubiera esperado para la circuncisión.

–     Te agradezco tu amor hacia mis abuelos y hacia mi padre y mi Madre. Es un niño muy hermoso. Que sea eternamente justo como el justo José.

Jesús acaricia en sus brazos al pequeñuelo, que dibuja en sus labios risitas llenas de leche.

–     Si me esperas voy contigo. Estoy esperando a que se llenen las ánforas.

No quiero que mi hija María se fatigue. Es más, mira, voy a hacer esto: les doy las ánforas a los tuyos, si las toman y yo hablo un poco contigo a solas.

Tomás exclama:

–     ¡Pues claro que los tomamos! ¡No somos reyes asirios! – y es el primero en agarrar un ánfora. 

–     Entonces, mirad, María de José no está en su casa, está donde el cuñado, ¿Sabes? Pero la llave está en la mía. Que os la den para entrar en el taller de la casa.

Jesús indica:

–     Sí, sí, id; entrad incluso en casa. Luego voy Yo.

Los apóstoles se marchan y Jesús se queda con Alfeo.

–      Quería decirte que soy verdadero amigo tuyo y cuando uno es verdadero amigo y es más viejo y es del lugar, puede hablar.

Creo que debo hablar. Y no es que quiera aconsejarte, Tú sabes más que yo. Sólo quiero advertirte de que ¡Oh!, no quiero hacer de espía, ni sacarte a la luz defectos de tus familiares.

Pero, yo creo en ti Mesías y y me duele el ver que dicen que Tú no eres el Mesías; que eres un enfermo; que destruyes a la familia y a los familiares.

La ciudad… ya sabes… a Alfeo lo consideran mucho y por tanto, la ciudad presta también atención a lo que ésos dicen…

Ahora está enfermo, infunde compasión… Algunas veces la compasión incluso sirve para cometer injusticias.

Mira, yo estaba presente la tarde en que Judas y Santiago te defendieron y defendieron su libertad para seguirte… ¡Qué escena! No sé cómo puede resistir tu Madre.

¿Y la pobre María de Alfeo?… Las mujeres en ciertas situaciones de familia son siempre víctimas.  

Jesús declara:

–     Ahora mis primos están donde su padre…

–    ¿Con su padre? ¡Los compadezco!

Ese anciano está completamente fuera de sí y será la edad y la enfermedad claro, pero hace cosas de locos.

Si no estuviera demente, me daría más pena aún, porque… En ese caso estaría llevando a la perdición a su propia alma.

–    ¿Crees que tratará mal a los hijos?

–     Estoy seguro de ello. Lo siento por ellos y por las mujeres… ¿A dónde vas?

–     A casa de Alfeo.

–     No, Jesús. No te expongas a que te falten al respeto.

–     Mis primos me quieren por encima de sí mismos y es justo que Yo les pague con un amor igual… En esa casa hay dos mujeres a las que quiero… Voy. No te opongas.

Jesús se dirige rápido hacia la casa de Alfeo, mientras el otro se queda pensativo en medio de la calle.

Jesús va tan veloz, que casi corre. Cuando llega al lindero del huerto de Alfeo, escucha el llanto fuerte de una mujer y los gritos desaforados de un hombre.

Jesús acelera el paso, por el huerto todo verde, en los pocos metros que separan la calle de la casa.

Está ya casi en la entrada cuando se asoma a la puerta su Madre y lo ve.

Y brotan simultáneamente, dos gritos de amor:

–    ¡Mamá.

–    ¡Jesús!

Jesús hace ademán de entrar, pero María dice:

–    No, Hijo. 

Y se pone en el umbral con los brazos abiertos y apretando las manos contra las jambas: una barrera de carne y de amor.

Que repite:

–     No, Hijo, no lo hagas».

–     Déjame, Mamá, no ocurrirá nada.

Jesús está tranquilísimo, a pesar de que la acentuada palidez de María lo turbe, como es lógico.

Coge su delicada muñeca, separa la mano de la jamba y pasa.

En la cocina, desparramados por el suelo, reducidos a una especie de cieno viscoso, están los huevos, los racimos de uvas y el tarro de miel traídos de Caná.

De otra habitación proviene una voz quejumbrosa de anciano, imprecando, acusando, quejándose; en medio de uno de esos arrebatos de cólera seniles que son tan injustos, impotentes, penosos de ver…

Y muy dolorosos de padecer:

–      …¡Mi casa destruida, convertida en el hazmerreír de toda Nazaret y yo aquí, solo, sin ayuda, herido en mi sentimiento, en el respeto, padeciendo necesidades!…

¡Eso es lo que te queda, Alfeo, por haber actuado como un verdadero fiel! ¿Y por qué? ¿Por qué? Por un loco. Un loco que vuelve locos a mis estúpidos hijos. ¡Ay, ay, qué dolores!

Se oye también la voz de María de Alfeo, lacrimosa, suplicando:

–     ¡Cálmate, Alfeo, cálmate! ¿Ves como te perjudicas?

Voy a ayudarte a meterte en la cama… Siempre bueno tú, siempre justo… ¿A qué viene esto, contigo, conmigo, con esos pobres hijos?…

–     ¡Nada! ¡Nada! ¡No me toques! ¡No quiero!

¿Que son buenos esos hijos? ¡Ya!, ¡ya! ¡Cierto, claro! ¡Son dos ingratos! Primero me hinchan de ajenjo y luego me traen miel. Me traen huevos y fruta…

¡Después de alimentarse con mi corazón! ¡Vete, te digo! ¡Fuera! ¡Que venga María, no tú! Ella tiene maña. ¿Dónde está ahora esa mujer débil que no sabe hacerse obedecer por el Hijo?

María de Alfeo, arrojada de la presencia de éste, entra en la cocina mientras Jesús estaba para entrar en la habitación de Alfeo.

Lo ve, se derrumba en sus brazos sollozando desesperada, mientras María la Virgen, va humilde y paciente, donde el anciano iracundo.

Jesús dice:

–     No llores, tía; ahora voy Yo.

–    ¡No! ¡No te dejes insultar! Está como loco. Tiene el bastón. No. Jesús, no. Ha agredido incluso a sus hijos.

–     No me hará nada

Y Jesús con firmeza, si bien dulcemente, aparta a su tía y entra.

–     Paz a ti, Alfeo.  

El anciano, que iba a meterse en la cama entre mil quejas y reprensiones a María, «porque no tiene maña» (antes decía que sólo Ella tenía maña), se vuelve como movido por un resorte.

Y exclama lleno de ira:

–     ¿Aquí? ¿Aquí a burlarte de mí? ¿Hasta esto?

–     No. A traerte paz. ¿Por qué estás tan inquieto? Te empeoras.

Mamá, deja. Lo levanto Yo. No te haré daño ni tendrás que esforzarte. Mamá, levanta las cobijas. 

Y Jesús toma con cuidado a ese montoncillo de huesos que ya está en los estertores, flácido, malo, que llora, mísero.

Y lo apoya con cuidado, como si fuera un recién nacido, sobre la cama.

Mientras dice con mucha dulzura:

–     Eso es, así, como hacía con mi padre. Más alto este almohadón, así estarás más alto y respirarás mejor.

Mamá, mete aquí, debajo de los riñones, ese de allí, el pequeño; estará más mullido. Ahora así la luz, que no le dé en los ojos pero que deje entrar el aire puro. Eso es, así.

Ahora… en la cocina he visto una tisana al fuego. Tráela, Mamá, Y bien dulce. Estás todo sudado y te estás enfriando. Te sentará bien.

María sale, obediente.

Alfeo pregunta desconcertado:

–     Yo… yo… ¿Por qué eres bueno conmigo?

–     Porque te quiero, como ya sabes.

–     Yo te quería… pero ahora…

–     Ahora ya no me quieres. Lo sé. Pero Yo te quiero y me basta. Más adelante me querrás…

–     Entonces… ¡Ay, ay… qué dolores!… entonces, si es verdad que me quieres, ¿Por qué ofendes mis canas?

–     No te ofendo, Alfeo; de ninguna manera. Te honro.

–     “¿Honro?” Soy el hazmerreír de Nazaret… eso es.

–     ¿Por qué dices eso, Alfeo? ¿En qué te hago hazmerreír?

–      En mis hijos. ¿Por qué son rebeldes? Por ti. ¿Por qué se burla la gente de mí? Por ti.

–      Dime: si Nazaret te alabara por la condición de tus hijos, ¿Sentirías el mismo dolor?

–      ¡Claro que no! Pero Nazareth no me alaba. Me alabaría si de verdad fueses Tú un conquistador.

¡Pero abandonarme por alguien que es poco menos que un loco que va por el mundo atrayéndose odios y burlas! ¡Un indigente, en medio de los pobres!

¡Ah! ¿Quién no se burlaría? ¡Pobre casa mía! ¡Pobre estirpe de David! ¡Cómo termina! Y yo tenía que vivir tanto para contemplar esta desgracia.

Verte a Ti, la última palmera de la estirpe gloriosa, convertido en un demente por demasiado servilismo.

¡Ah! La desgracia vino sobre nosotros desde el día en que mi cobarde hermano se dejó unir con aquella insípida y prepotente mujer, que ejerció sobre él tanto imperio.

Entonces dije: ‘José no es para el matrimonio. ¡Será infeliz!’ Y lo fue.

Él se conocía y nunca había querido saber nada de casamiento.

¡Maldita sea la ley de vírgenes huérfanas y herederas! ¡Maldición al destino y maldición a aquellas bodas!

La ‘virgen heredera’ con la pócima en la mano, regresa a tiempo para oír las lamentaciones de su pariente.

Se ve mucho más pálida; pero su actitud paciente no ha perdido la calma.

Se dirige a Alfeo con una dulce sonrisa y le ayuda a beber.

Jesús levanta su cabeza y dice amorosamente:

–      Eres injusto, Alfeo; pero tienes tanto mal encima, que todo se te perdona.

El viejo continúa con su diatriba:

–     ¡Oh, sí! ¡Mucho he sufrido!

¡Dices que eres el Mesías y que haces milagros! Eso es lo que dicen.

Si al menos me curaras para pagarme los hijos que me quitaste. ¡Cúrame y te perdonaré!

–    Tú perdona a los hijos. Comprende su corazón y Yo te daré consuelo. Si guardas rencor, no puedo hacer nada.

–    ¿Perdonar? –el hombre hace un movimiento rápido que agudiza los espasmos.

Y de nuevo se enfurece: 

–    ¿Perdonar? ¡Jamás!

¡Lárgate, si sólo has venido para decirme esto! ¡Largo! Quiero morir sin ser perturbado.

Jesús tiene un gesto de resignación:

–    Adiós, Alfeo. Me voy. ¿De veras me arrojas? Tío, ¿De verdad debo irme?

–    Si no me curas, sí. Vete. Y di a esas dos serpientes, que su viejo padre muere teniéndoles rencor.

–    No. Esto no. No pierdas tu alma.

No me ames si no quieres. No creas que soy el Mesías. Pero no odies. NO ODIES, Alfeo. Búrlate de Mí. Dime loco. Pero no odies.

–    Pero, ¿Por qué me quieres tanto, si te insulto?

–    Porque Soy Aquel a quien no quieres reconocer. Soy el Amor… 

Mamá, me voy a casa.

María dice con dulzura:

–   Sí, Hijo, mío. Iré pronto.

Jesús se despide:

–  Te dejo mi paz, Alfeo. Si me necesitas, mándame llamar a cualquier hora y vendré.

Jesús sale tranquilo, como si nada hubiera pasado. Una gran palidez cubre su cara.

María de Alfeo, gime:

–   ¡Oh, Jesús! Jesús, perdónalo.

–   Claro que sí, María. Ni siquiera tienes que pedirlo.

A uno que sufre, todo se le perdona. Ahora ya está más calmado. La Gracia trabaja aún sin que los corazones se den cuenta.

Y luego, están tus lágrimas. Y también el dolor de Tadeo y de Santiago. Y su fidelidad a su vocación. La paz sea a tu angustiado corazón, tía.

Jesús la besa y sale al huerto para irse a su casa.