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P EL ODIO CONTRA DIOS


Agosto 03 2020 8: 10 AM

LLAMADO URGENTE DE JESÚS,

SUMO Y ETERNO SACERDOTE

A SU PUEBLO FIEL

Mi Pueblo Fiel, mi Paz sea con vosotros

Hijos míos, el mundo está por entrar en un tiempo de revueltas y manifestaciones en contra del sometimiento y confinamiento a que lo tienen sometido las Élites, Organismos Internacionales y los Medios.

Se están aprovechando de la pandemia existente para mantener confinada la humanidad; valiéndose de protocolos, conspiraciones y engaños, que están llevando a la humanidad a un estado crónico de temor y pánico.

Están utilizando estas estrategias para someter y esclavizar a la población mundial,

Y ASÍ PODER VACUNAR A LA HUMANIDAD CON NUEVOS VIRUS

E INYECTARLE EN LAS VACUNAS LA MARCA DE LA BESTIA:

EL MICROCHIP

Nuevamente os digo Rebaño Mío, ¡Cuidado con las campañas de vacunación masiva, porque tienen como finalidad unas diezmar la población mundial y otras introduciros la Marca de la Bestia!

La población de niños y ancianos, especialmente la de los países Tercermundistas es la llamada a desaparecer.

Los experimentos de las mortales vacunas se van a llevar a cabo en la población de estos países; serán las naciones en vía de desarrollo los conejillos de indias de tan siniestro plan

Hijos míos, atended a mis llamados y dejad vuestra terquedad; colocaos a mañana y noche vuestra Armadura Espiritual; orad con mi Salmo 91 y consagraos todos los días al Poder de mi Gloriosa Sangre.

Y os aseguro que ningún virus, peste o pandemia, podrá haceros daño.

Os digo esto, porque estos virus creados en los laboratorios y financiados por las Élites,

ANTES DE SER ESPARCIDOS POR LOS AIRES

SE LES ESTÁN HACIENDO RITUALES DE OCULTISMO,

PARA QUE PUEDAN SER MÁS LETALES Y CAUSAR EL MAYOR DAÑO.

Por eso debéis de estar protegidos espiritualmente para que podáis enfrentar este ataque y los virus y pandemias, no puedan tocaros.

Rebaño mío, si la humanidad atendiera a mis llamados no estaría en estos confinamientos, ni estaría presa del pánico, porque el Cielo la protegería.

Pero no, prefieren escuchar y seguir el engaño de los servidores del Mal, que lo que buscan es llevarla a la muerte eterna.

Bien dice el Profeta Isaías: “este pueblo me alaba de labios y oídos, pero su corazón está distante de Mi” (Isaías 29, 13) Mi pueblo perece por falta de conocimiento. (Oseas 4, 6)

Hijos míos, los ataques contra mis Casas, Santuarios y Lugares Religiosos, van en aumento y lo más triste, mi Pueblo calla.

Su silencio culposo es una lanza que atraviesa mi costado.

¡No sabéis cuánto me duele y entristece el silencio de aquellos que dicen ser mis familiares!

Hay toda una conspiración de parte de los emisarios del Mal, para financiar estos atropellos y mantener cerradas mis Casas.

Buscan por todos los medios borrar mi Nombre de la mente de mi Pueblo y acabar con la verdad y la fe, cristiana.

Casas y Lugares Santos, permanecen cerrados por el pretexto de la pandemia y el contagio,

mientras en otros lugares y actividades diferentes de las religiosas, si se puede atender a las personas.

Todo es una conspiración planeada por los emisarios del Mal que gobiernan este mundo y por el Comunismo ateo, porque saben que la oración de mi Pueblo destruye todos sus planes.

Pueblo mío, haced uso del Poder de mi Sangre para que protejáis mis Casas y lugares Santos, de los ataques de los emisarios del Mal.

Selladlos con el Poder de mi Sangre y haced el Exorcismo de mi Amado Miguel, para que estén protegidos de las fuerzas del Mal y no se siga destruyendo ni profanando mis Templos, Santuarios y Lugares Santos.

LIBRO DE JUDITH Y COMO LA ORACION Y EL AYUNO SALVARON A ISRAEL

Hago un llamado urgente a todo el mundo católico para que el próximo 9 de Agosto

se lleve a cabo una jornada de ayuno y oración a nivel mundial

con el rezo del rosario de mi Preciosísima Sangre y con el rezo del Exorcismo de San Miguel,

de 12:00 am a 6:00 pm,

pidiéndole al Padre Celestial por la protección de mis Templos, Santuarios y Lugares Santos, que están siendo destruidos y profanados por las fuerzas del Mal en este mundo.

¡Cuento con vosotros, Rebaño mío!.

Vuestro Maestro, Jesús Sumo y Eterno Sacerdote

Dad a conocer mis mensajes de salvación en todos los confines de la tierra, Pueblo mío.

http://www.mensajesdelbuenpastorenoc.org/mensajesrecientes.html

30 UN SUEÑO EQUIVOCADO


30 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Pareciera que el nudo más angosto de las montañas de Judea, se encuentra entre Hebrón y Yuttá.

Porque  en este valle  que se despliega ante vastos horizontes en los que emergen montes aislados, que ya no forman una cadena, hay diversas plantaciones de cereales distribuidas en terrenos muy bien cuidados:  

Cebada, centeno y también bonitos viñedos en las partes más soleadas. Más arriba, lindos bosques de pinos, abetos y otros árboles de maderas preciosas.

Por un camino ondulante llegan a un pequeño poblado, Jesús y tres de sus apóstoles.

Judas está verdaderamente exaltado…

Y dice:

–    Éste es un suburbio de Keriot. Te ruego que vengas a mi casa de campo. Mi madre te espera allí. Después iremos a Keriot.  

Jesús replica:

–    Como quieras, Judas; pero también podíamos habernos quedado aquí para conocer a tu madre.

–   ¡Oh, no! Es un barracón. Mi madre viene en tiempo de cosecha, pero después vuelve a Keriot. ¿No quieres que mi ciudad te vea? ¿No quieres traer aquí tu Luz? 

–    Si que quiero, Judas, pero ya sabes que no me detengo a considerar la humildad del lugar que me hospeda.

–    Pero hoy eres mi invitado…

Y Judas sabe ser hospitalario.

Caminan todavía unos metros entre casas pequeñas esparcidas por el campo.

Mujeres y hombres, avisados por los niños, se asoman. Está muy claro que se ha despertado la curiosidad.

Judas ha lanzado un grito de reclamo.

Y dice:

–    He aquí mi pobre casa. Perdona su pobreza.

La casa no es ninguna barraca: es un cubo de un solo piso pero amplio y bien cuidado, dentro de un terreno tupido y floreciente de árboles frutales.

Un camino privado muy limpio, va desde la calzada a la casa.

–   ¿Me permites que me adelante, Maestro?

–    Como quieras.

Judas se adelanta.

Simón dice:

–    Maestro, Judas ha preparado algo grande. Antes lo sospechaba, pero ahora estoy seguro. Tú dices: ‘Espíritu, espíritu, espíritu…’ Pero él no lo entiende así.

Jamás te entenderá, pues solo piensa en lo material. O lo hará muy tarde… -corrige finalmente para no mortificar  a Jesús.

Jesús suspira y calla.

Llegan a una bella casa que está en medio de un jardín frondoso y muy bien cultivado. 

Judas sale con una mujer que tiene alrededor de cuarenta años.

Es muy alta y muy hermosa.

Inmediatamente se nota que es de ella, de quién Judas ha heredado su belleza y su cabello castaño oscuro, abundante y ondulado.

Sus ojos son iguales y diferentes.

Tienen el mismo color gris oscuro; pero los de ella, tienen una mirada suave y más bien triste; mientras que los de Judas, son imperiosos y astutos.

Cuando llegan ante Jesús, ella se postra como una verdadera súbdita y dice:

–   Te saludo, Rey de Israel. Haz el favor de que tu sierva te dé hospitalidad.

Jesús la mira con amor y dice:

–   La paz sea contigo, mujer. Y Dios sea contigo y con tu hijo.

Ella contesta con una voz que es más bien un suspiro, que una respuesta:

–   ¡Oh sí, con mi hijo!…

Jesús la toma por los antebrazos diciendo:

–    Levántate madre. También yo tengo una madre y no puedo permitir que me bese los pies.

En nombre de mi madre te beso, mujer. Es tu hermana en el amor… -y añade enigmáticamente- … y en el destino doloroso de madre de los señalados.

Judas pregunta un poco inquieto:

–    ¿Qué es lo que quieres decir, Mesías?

Pero Jesús no le responde. Está abrazando cariñosamente a la mujer, a la que ha levantado del suelo y a quién besa en las mejillas.

Y luego, con ella de la mano; camina hacia la casa.

Entran en una habitación fresca y adornada con festones. Sobre las mesas hay bebidas y frutas frescas.

Ella hace una señal a la sierva y ésta trae agua y toallas.

La madre de Judas trata de quitar las sandalias a Jesús, para lavarle los pies llenos de polvo. 

Pero Jesús se opone diciendo:

–    No, madre. La madre es una criatura muy santa.  Sobre todo cuando es honrada y buena como tú lo eres; para permitir que lo hagas como si fueras una esclava.

Ella voltea y mira fijamente a Judas, con una mirada extraña…

Y luego se va.

Mientras tanto Jesús se ha refrescado y cuando está a punto de ponerse las sandalias…

La mujer regresa con un par nuevo y dice:

–    Aquí están éstas, Mesías nuestro. Creo que las hice bien… Tal y como las quería Judas. Él me dijo: ‘Un poco más grandes que las mías, pero igual de anchas’

Jesús mira a Judas con un mudo reproche y pregunta:

–   ¿Por qué, Judas?

Judas responde:

–   ¿No quieres permitirme que te haga un regalo? ¿Acaso no eres mi Rey y mi Dios?

–   Sí, Judas. Pero no debías haber causado tantas molestias a tu madre. Tú sabes como  Soy Yo…

–   Lo sé. Eres Santo. Pero también debes aparecer como un Rey Santo.

Así es como debe ser. El mundo en el que nos movemos está compuesto de tontos.

A nueve de cada diez, les importan mucho las apariencias y es necesario imponerse con la presencia.

Porque esto es muy importante… Yo lo sé.

Jesús calla y se amarra las sandalias de fina piel roja, que van desde el empeine hasta las pantorrillas.  Son mucho más hermosas, exquisitas y elegantes; que las sencillas sandalias de obrero que usa Jesús.

Son semejantes a las de Judas, que parecen unos mocasines a los que apenas si se les ve algo del pie.

Entonces la madre de Judas, le entrega una túnica nueva diciendo:

–   También el vestido Rey mío. Lo tenía preparado para mi Judas.

Pero él te lo regala. Es de lino; fresco y nuevo. Por favor, permite que una madre te vista, como si fueses su hijo.

Jesús vuelve a mirar a Judas, pero no contradice. Se suelta en el cuello la cinta y cae la amplia túnica. Quedándose solamente con la túnica corta.

La mujer le pone el vestido nuevo y le ofrece un cinturón que es una faja muy rica, recamada con hilos de oro; de la que sale un cordón, que termina con muchos hilos.

Es indudable que los elegantes vestidos frescos y limpios de polvo, son muy confortables. Pero Jesús no parece muy contento…

Los demás también se han aseado

Y Judas; como el anfitrión perfecto, invita:

–   Ven Maestro. Son de mi pobre huerto. Éste es el jugo de manzanas que mi madre prepara. –le alarga un vaso de cristal labrado exquisitamente.

Y agrega:     

–   Tú Simón, tal vez te guste más, este vino blanco. Toma. Lo elaboramos en mi viñedo. Y tú Juan, ¿Igual que el maestro?

Juan asiente con la cabeza.

Judas está feliz, mostrando sus hermosos vasos y en lo más profundo de su corazón, se regodea con la oportunidad de presumir que lo que posee, no sólo es lo mejor de lo mejor…

Sino que sólo un sacerdote, descendiente de la clase sacerdotal; es decir, la élite del Pueblo de Israel; tiene la riqueza y la clase para honrar a Dios.

La madre habla poco. Mira una y otra vez a su Judas.

Pero mira mucho más a Jesús. 

Y cuando Él antes de comer; le ofrece la fruta más hermosa y jugosa: un durazno muy grande y de un color que manifiesta su punto óptimo, para ser ingerido;

Mientras le dice:

–     Primero es la madre.

Una lágrima como una perla, asoma a sus ojos.

Judas pregunta:

–   ¿Mamá; todo lo demás está listo?

Ella contesta titubeante:

–   Sí, hijo mío. Creo que todo lo he hecho bien. Yo he vivido siempre aquí… Y no sé…  no conozco las costumbres de los reyes.

Jesús interviene interrogante:

–    ¿A qué costumbres te refieres, mujer? ¿A qué reyes?  Pero… ¿Qué has hecho, Judas?

Judas contesta a la defensiva:

–    Pero… ¿Acaso no eres Tú, el Rey Prometido a Israel? Es hora de que el mundo te salude como a tal.

Lo que debe suceder, tiene que ser por vez primera aquí en mi ciudad y en mi casa. Yo te venero como a tal.

Por el amor que me tienes, respeto tu Nombre de Mesías, de Rey. El Nombre que los profetas te dieron por orden Yeove. Y por favor no me desmientas.

Jesús se dirige a todos:

–    Mujer… Amigos, permítanme un momento. Debo hablar con Judas. Debo darle órdenes precisas.

Su Voz es una orden perentoria.

La madre y los discípulos se retiran. 

Y Luego, volviéndose hacia el discípulo que conoce perfectamente su identidad..,

Lo cuestiona con severidad:

–     Judas, ¿Qué has hecho? ¿Hasta ahora me has entendido tan poco? ¿Por qué me has rebajado hasta el punto de hacerme tan solo un poderoso de la tierra?

¿Aún mucho más: a uno que se esfuerza en ser poderoso?

¿No entiendes que es una ofensa a mi misión y hasta un obstáculo?

Sí. No digas que no: OBSTÁCULO. Israel está sujeto a Roma.

Tú sabes lo que ha sucedido cuando alguien con apariencia de cabecilla, ha querido levantarse contra Roma y crea sospechas de fomentar una guerra de liberación.

Has oído justamente en estos días, como se ensañaron contra un Niño, tan solo porque se pensó que fuese un futuro Rey, según el mundo.

¡Y tú!…  ¡Tú! ¡Oh, Judas!…  ¡Pero qué es lo que esperas de un poder mío, humano!  ¿Qué esperas?… 

¡Te he dado tiempo para que pensaras! Y decidieras.

Te hablé muy francamente desde la primera vez. Te he rechazado, porque sabía…  Porque sé. Sí. Porque sé… 

Porque lo leo y veo, lo que hay en ti.

¿Por qué quieres seguirme, si no quieres ser como Yo quiero? Vete, Judas. No te hagas daño y no me lo hagas… ¡Vete!…  Es lo mejor para ti.

No eres un obrero apto para esta obra… Es muy superior a ti.

En ti hay mucha soberbia. Concupiscencia con sus tres ramas. Autosuficiencia.

Tú misma madre debe tener miedo de ti. Tienes inclinación hacia la mentira. ¡No! Así no debe ser el que me siga…

Judas, Yo no te odio. No te maldigo y tan solo te digo con el dolor del que ve que no se puede cambiar al que ama…

Tan solo te digo: ‘Vete por tu camino. Ábrete camino en el mundo, que es el lugar que tú quieres:

Pero No te quedes conmigo’ 

¡Mi camino! ¡Mi Palacio! ¡Oh, cuánta aflicción hay en ellos! ¿Sabes en donde seré Rey? ¿Sabes cuándo seré proclamado Rey?…

¡Cuando sea levantado en un madero infame y tendré mi Sangre por púrpura!

¡Por corona un tejido de espinas; por bandera un cartelón de burla! Por trompetas, tambores, organillos y cítaras, que saluden al proclamado Rey: ¡Blasfemias de todo un pueblo!

De mi Pueblo, que no habrá entendido nada.

¿Y sabes por obra de quién todo esto? De uno que no me habrá entendido, QUE NO HABRÁ ENTENDIDO NADA.

Corazón de bronce hueco en el que la soberbia, la sensualidad y la avaricia, para entonces ya habrán destilado sus humores y éstos habrán engendrado una maraña de serpientes que servirán como cadena para mí y…

Y MALDICIÓN PARA ÉL. Los demás no conocen tan claramente mi suerte. Y te ruego que no lo digas. Que esto quede entre tú y Yo. 

Por otra parte es un regaño…  Y tú callarás por no decir: ‘Me regañaron¿Has entendido, Judas?

Judas está muy colorado. De pié ante Jesús, está avergonzado, con la cabeza baja.

Se deja caer y llora con la cabeza pegada a las rodillas de Jesús.

Suplica:

–    Maestro, te amo. No me rechaces. Soy un necio. Sí, soy soberbio… pero no me apartes de Ti. No, Maestro. Será la última vez que falto. Tienes razón. No he reflexionado.

Pero también en este error, hay amor. Quise proporcionarte mucho honor. Y que los demás te lo diesen porque te amo. ¡Ea, pues; Maestro! Yo estoy a tus rodillas.

Me has dicho que serás para mí un padre y te pido perdón. Te pido que me hagas un adulto santo. No me despidas, Jesús.

Jesús, Jesús, Jesús… No todo es maldad en mí. ¿Lo ves?… Por Ti he dejado todo y he venido.

Tú vales más que los honores y victorias que obtenía yo, cuando servía a otros. Tú en realidad Eres el amor del pobre e infeliz Judas; que querría darte tan solo alegrías y que en cambio te da dolores…  

Jesús está fatigado, por un tremendo cansancio espiritual… 

Es indispensable mirar este diálogo con el Carisma de Discernimiento…

Y lo interrumpe:

–    Basta, Judas. Una vez más, te perdono… Te perdono esperando… esperando que en el futuro me comprendas.

Una sombra pasa por la mirada de Judas y aparece el verdadero motivo de su insistencia:

Pero Judas se obstina y sin querer revela el verdadero motivo por el que no quiere ser expulsado del grupo apostólico:

–   Sí, Maestro, sí. Ahora ya no quieras en modo alguno, desmentirme. Pues esto haría de mí, una burla.

Todo Keriot sabe que he venido con el descendiente de David; el Rey de Israel… Y esta ciudad mía se ha preparado para recibirte.

Pensé que hacía bien. Quise presentarte de tal forma, que todos te temieran y te obedecieran.

También Simón y Juan…

Y a través  de ellos trasmitir a los demás… cómo se equivocan al tratarte como un igual.

Ahora…  también mi madre será objeto de burla, por ser la madre de un hijo mentiroso y loco.

Por ella, Señor mío, te suplico… Y te juro que yo…

Jesús lo interrumpe:

–   No jures por Mí. Jura por ti mismo, si puedes; para no pecar más en este sentido.

Por tu madre y por los ciudadanos, no me marcharé. Levántate…

–                 ¿Qué dirás a los demás?

–                 La verdad.

–                 ¡Nooooo!

–                 La Verdad. Ya te he dado órdenes para hoy. Siempre existe la manera de decir la Verdad con caridad… Llama a tu madre y a los demás.

Jesús está severo y no sonríe

29 LA MANZANA DE EVA


29 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Durante todo este tiempo, Judas ha podido observar el tratamiento y la adoración que Jesús recibe de los que lo reconocen como Dios Encarnado.  

Inyectado por Satanás a través de la lujuria a la cual es adicto, para hacer que aumente su maldad y sin que él mismo se dé cuenta, un germen de celos y envidia empieza a crecer en su corazón…

Satanás no está dispuesto a soltarlo tan fácilmente y aumenta su control sobre él, inoculando más pasiones desordenadas…    

Más tarde, cuando emprenden de nuevo la marcha…

Jesús camina en el centro del grupo, detrás de las ovejas que mordisquean la hierba de las veredas.

Y pregunta:

–      ¿A qué hora llegaremos?

Elías responde:

–       Hacia la hora tercia(9.00 am). Son aproximadamente diez millas.

Judas interviene:

–      ¿Y después vamos a Keriot?

–       Sí. También iremos allí.

–      ¿Y no era más corto ir de Yuttá a Keriot? No está muy lejos. ¿No es así, pastor?

–      Alrededor de dos millas, poco más o menos.

–      Así que caminaremos más de veinte millas inútilmente.

Jesús inquiere:

–      Judas, ¿Por qué estás tan inquieto?

–      No lo estoy, Maestro. Pero me habías prometido ir a mi casa…

–      Iré. Yo siempre cumplo mis promesas.

–     Mandé avisar a mi madre y como Tú dijiste que con los muertos se está aún con el espíritu.

–      Lo dije. Pero piensa bien, Judas. Tú por Mí, no has sufrido todavía.

Éstos, hace treinta años que sufren y ni siquiera han traicionado mi recuerdo. Ni siquiera el recuerdo.

No sabían si estaba vivo o muerto… Y sin embargo permanecieron fieles.

Se acordaban de Mí cuando estaba recién nacido…

Un Niño que no tenía otra cosa que llanto y deseo de leche… 

Y siempre me han reverenciado como Dios.

Por causa mía, algunos ya han muerto.

Han sido golpeados, maldecidos, perseguidos como un oprobio de la Judea. Y con todo, su fe no vaciló.

Con los golpes no se secó. Sino que echó raíces más profundas y se hizo más robusta.

Judas titubea un poco y luego dice con determinación:

–      A propósito. Hace ya varios días que una pregunta me quema los labios.

Estos son amigos tuyos y de Dios. ¿No es cierto? Los ángeles los bendijeron con la paz del Cielo… ¿No es así?…

Permanecieron justos contra todas las tentaciones, ¿No me equivoco?…

Entonces explícame: ¿Por qué fueron desgraciados?…

¿Y Anna? ¿La mataron porque te amaba?

–     ¿Y por lo tanto concluyes que mi amor y el amarme traigan desgracias? 

–     No… Pero…

–     Pero así es… Me desagrada verte tan cerrado a la Luz y tan preocupado por las cosas humanas

No te metas, Juan. Ni tú tampoco, Simón. Prefiero que él hable.

No regaño jamás. Tan sólo deseo que abráis vuestros corazones para introducirlos a la Luz.

Ven aquí, Judas. Escucha.

Tú partes de un juicio que también tienen muchos y que otros en el futuro tendrán.

Dije juicio, debería decir error. Pero como lo decís sin malicia; por ignorancia de lo que es la Verdad; por eso no es error, sino un juicio imperfecto, como puede tenerlo un niño.

Sois niños, pobres hombres. Y Yo estoy como Maestro, para formaros hombres adultos. Capaces de discernir lo verdadero de lo falso. Lo bueno de lo malo. Lo excelente de lo bueno.

Escuchad pues, ¿Que es la vida?

Es un breve tiempo en el que el hombre está en la Tierra; diría Yo en el limbo del Limbo; que el Padre Dios os concede para probar vuestra naturaleza de hijos buenos o bastardos.

Para reservaros a partir de vuestras obras, un futuro eterno que ya no tendrá pruebas.  

Decidme ahora:

¿Sería justo que alguien que ya tuvo el bien extraordinario de poder servir a Dios de una manera especial; posea también por toda la vida un bien continuo?

¿No os parece que ya es mucho bien y por lo tanto puede llamarse feliz; aun cuando no exista la felicidad en lo humano?… 

¿No sería injusto que quien tiene ya la Luz de la manifestación Divina en el corazón y la paz de una conciencia que no está intranquila; tenga también honores y bienes terrenales?…

¿Y no sería incluso imprudente?

Simón dice:

–     Maestro, yo digo que sería incluso profanador. ¿Por qué poner alegrías humanas donde estás Tú? Cuando uno te tiene y éstos te han tenido.

 Han sido los únicos ricos en Israel, porque durante treinta años te poseyeron. No se debe poseer nada más.

No se pone el objeto humano en el Propiciatorio…

El vaso consagrado no sirve más que para usos sagrados.

Éstos están consagrados desde el día en que vieron tu sonrisa… y nada,

¡NO! NADA QUE NO SEAS TÚ debe entrar en su corazón, que te tiene a Tí.

¡Ojalá fuera yo como ellos!

Judas contesta con una ironía mordaz:

–    Pero te apresuraste a volver a tomar tus bienes, tan pronto viste que el maestro te había curado. 

–    Es verdad. Lo he dicho y lo he hecho. Pero ¿Tú sabes por qué? ¿Cómo puedes juzgar si no conoces todo? Mi agente recibió órdenes precisas.

Ahora que Simón el Zelote está curado  y sus enemigos ya no pueden perjudicarlo segregándolo. Ni perseguirlo porque ya no es más que de Cristo y no tiene ninguna secta: tiene a Jesús y basta.

Simón puede disponer de los haberes suyos, que un hombre honesto, fiel, le ha conservado.

Y yo, dueño todavía durante una hora, prescribí su reorganización para obtener más dinero en la venta y poder decir… No, esto no lo digo.

Jesús agrega:

–     Lo dicen los ángeles por ti, Simón y lo escriben en el Libro eterno.

Simón mira a Jesús.

Las dos miradas se anudan: una, asombrada; la otra, bendiciendo.

Judas dice frustrado:

–     Como siempre, yo estoy equivocado.

Juan añade dulce y conciliador:

–     No, Judas; tienes el sentido práctico. Tú mismo lo dices.

–    ¡Oh, pero con Jesús!…

–    También Simón Pedro estaba apegado al sentido práctico, ¡Y ahora sin embargo!…

Tú también, Judas, serás como él. Hace poco que estás con el Maestro, nosotros hace más tiempo y ya hemos mejorado.  

Pero Judas está realmente enojado:

–    No me ha querido con Él. Si no, hubiera sido suyo desde Pascua. 

Jesús zanja la cuestión diciendo a Leví:

–    ¿Has estado alguna vez en Galilea?

–     Sí, Señor.

–     Vendrás conmigo, para conducirme a donde Jonás. ¿Lo conoces?

–     Sí. Por Pascua nos veíamos siempre; yo iba a verlo entonces.

José baja la cabeza apenado.

Jesús se da cuenta.

–    Juntos no podéis venir. Elías se quedaría solo con las ovejas.

Pero tú vendrás conmigo hasta el paso de Jericó, donde nos separaremos por un tiempo. Te diré después lo que tienes que hacer.

Judas pregunta:

–    ¿Nosotros, ya nada más?

–    También vosotros. Judas, también vosotros.

Juan, que va unos pasos por delante de los demás.

Vuelve la cabeza y dice:

–     Se ven algunas casas.

A view of the Tombs of the Patriarchs in Hebron

Leví aclara: 

–     Es Hebrón, con su cúspide a caballo entre dos ríos. ¿Ves, Maestro?

¿Ves aquella casa grande de allí, entre toda aquella hierba, un poco más alta que las otras? Es la casa de Zacarías. 

Jesús dice:

–    Apresuremos el paso.

Recorren ligeros los últimos metros de camino. Entran en el pueblo.

Las pequeñas pezuñas de las ovejas parecen castañuelas al chocar contra las piedras irregulares de la calle que está  adoquinada.

Llegan a la casa.

La gente mira a ese grupo de hombres de diverso aspecto, edad y vestimenta, entre la blancura de las ovejas.

Elías exclama.

–      ¡Oh, está cambiada! ¡Aquí estaba el cancel! Ahora hay un portón de hierro y una barda muy alta que nos impide ver.

Leví, dice:

–     Tal vez estará abierto por detrás. ¡Vamos!

Dan vuelta a un vasto rectángulo, pero la valla está igual por todas partes.

Juan la observa detenidamente y dice:

–      Es una valla construida hace poco.

Un viejo leñador deja de partir un tronco caído y se acerca al grupo, preguntando:

–     ¿Qué buscáis?

Elías le contesta:

–     Queríamos entrar en la casa para orar en el sepulcro de Zacarías.  

El hombre contesta:

–     Ya no existe el sepulcro. ¿No lo sabías? Desde que Juan, hijo de Zacarías está en prisión; la casa ya no es suya.

Y es una desgracia, porque todas las ganancias de sus bienes, las daba a los pobres de Hebrón.

Una mañana vino un hombre de la corte de Herodes. Arrojó afuera a Joel el administrador. Puso los sellos; después regresó con trabajadores y empezó a levantar la muralla.

Destruyó el sepulcro. 

–     ¿Quiénes sois?

–      Yo, amigo de Samuel, el pastor. Él…

Jesús interviene:

–     No hace falta, Elías.

Elías se calla.

El leñador continúa:

–     En el ángulo, allí, estaba el sepulcro. El herodiano no lo quiso…

Y una mañana lo encontramos todo destrozado, medio derruido.

Los pobres huesos mezclados… Los recogimos como se pudo… Ahora están en una única arca…

Y en la casa del sacerdote Zacarías ese infame tiene a sus amantes.

Ahora está una actriz de Roma. Por eso ha construído el muro. No quiere que se vea…

¡La casa del sacerdote, un prostíbulo! ¡La casa del milagro y del Precursor! Porque ciertamente es él, si es que no es él el Mesías.

¡Y cuántas dificultades hemos tenido por el Bautista! ¡Pero es nuestro grande! ¡Verdaderamente grande!

Ya cuando nació se dio un milagro. Isabel, vieja como un cardo seco, resultó fértil como un manzano en Adar; primer milagro.

Después vino una prima que era una santa, a servirla y a desatar la lengua del sacerdote. Se llamaba María.

La recuerdo aun cuando casi no la veía; sino muy raramente.

¿Cómo fue? No lo sé.

Lo cierto es que Zacarías, después de nueve meses de silencio; habló, alabando al Señor y diciendo que ya había llegado el Mesías.

No explicó más, pero mi mujer asegura, ella estaba ese día; que Zacarías dijo alabando al Señor, que su hijo iría delante de Él.

Ahora, yo digo: no es como la gente cree.

Juan es el Mesías y camina ante el Señor como Abraham ante Dios, eso es. ¿No tengo razón?

Jesús le rectifica:

–     Tienes razón por lo que respecta al espíritu del Bautista, que siempre camina en presencia de Dios; pero no tienes razón respecto al Mesías.

–     Entonces aquélla de la que se decía que era Madre del Hijo de Dios, lo dijo Samuel. 

 ¿No era verdad que lo era? ¿No vive todavía?

–     Lo era. El Mesías nació, precedido por aquel que en el desierto alzó su voz, como dijo el Profeta.

–    Tú eres el primero que lo asegura.

Juan, la última vez que Joel le llevó una piel de oveja, como todos los años hacía cuando llegaba el invierno, si bien fuera interrogado acerca del Mesías, no dijo: “Ya ha venido“.

Cuando él lo diga…

Juan interviene:

–     Hombre, yo he sido discípulo de Juan y he oído decir: “He aquí el Cordero de Dios”, señalando…

El leñador lo interrumpe:

–     No, no. El Cordero es él. Verdadero Cordero que se ha criado a sí mismo, sin casi necesidad de madre y padre.

Poco después de pasar a ser hijo de la Ley, se aisló en las cuevas de los montes que miran al desierto y allí se ha educado, hablando con Dios.

Isa y Zacarías murieron y él no vino. Padre y madre para él era Dios. No hay santo más grande que él. Preguntad a toda Hebrón.

Samuel lo decía, pero deben tener razón los de Belén. El santo de Dios es Juan.

Jesús pregunta:

–     Si uno te dijera: “El Mesías soy Yo”, ¿Qué dirías tú?

–     Lo llamaría “blasfemo” y lo echaría a pedradas.

–    ¿Y si hiciera un milagro para probar su condición?.

–     Lo llamaría “endemoniado”. El Mesías vendrá cuando Juan se revele en su verdadero ser. 

El mismo odio de Herodes es la prueba. Él, el astuto, sabe que Juan es el Mesías.

–     No ha nacido en Belén.

–     Pero cuando lo liberen, después de anunciarse por sí mismo su próxima venida, se manifestará en Belén.

También Belén espera esto. Mientras… ¡Oh! Ve, si tienes valor, a hablarles a los de Belén de otro Mesías… y verás.

–     ¿Tenéis una sinagoga?

–      Sí. Por esta calle sigue derecho doscientos pasos. No puedes equivocarte. Cerca está el arca de los restos profanados.

–     Adiós. Que el Señor te ilumine.

El hombre se va y Elías dice:

–     Tal vez estará abierto por atrás.

Dan la vuelta y llegan a la parte frontal. 

Dan la vuelta y en el portón hay una joven muy bonita…

Vestida de una manera muy provocativa y sin pudor.

Lo que la convierte en una  mujer ¡Increíblemente hermosa!

Y dirigiéndose a Jesús le dice:

–     Señor, ¿Quieres entrar en la casa? ¡Entra!

Jesús la mira fijamente, severo como un juez y no habla.

Judas la trata con desprecio:

–     ¡Métete desvergonzada! ¡No nos profanes con tu aliento, perra insaciable!

La mujer se sonroja violentamente y baja la cabeza apenada.

Confundida y escarnecida, trata de desaparecer; mientras pilluelos y transeúntes se burlan de ella. 

Jesús dice enojado:

–     ¿Quién es tan puro que pueda decir: ‘Jamás he deseado la manzana que Eva ofreció’ Señálenmelo y Yo lo saludaré como ‘santo’?

¿Ninguno?…

Jesús hace uso de su vista espiritual y lanza su mirada hacia el futuro…

Ante el silencio que sigue, continúa implacable:   

–     Entonces; si no por desprecio; más por debilidad; si os sentís incapaces de acercaros a ella; ¡Retiraos!

No obligo a los débiles a una lucha desigual.

Se vuelve hacia ella y le dice: 

–    Mujer, quiero entrar. Esta casa era de un pariente mío, muy querido.

Las palabras punzantes de la gente la hieren en lo más vivo, pero está subyugada y no se atreve a moverse.  

Ella contesta ruborizada:

–    Entra Señor; si no sientes asco de mí.

Jesús indica:

–    Deja la puerta abierta. Que el mundo vea y no murmure.

Jesús pasa serio. Majestuoso.

La mujer lo recibe reverente y se va corriendo hasta el fondo del jardín.

Mientras, Jesús llega hasta el pie de la escalinata y mira de refilón por las puertas entreabiertas. 

Luego se dirige hacia donde estaba el sepulcro, que ahora está convertido en un lararium.

Cuando llega hasta ahí,

Jesús dice:

–    Los huesos de los justos, aunque estén resecos y dispersos, gimen por un bálsamo de purificación y esparcen semillas de vida eterna.

¡Paz a los muertos que han vivido en el bien! ¡Paz a los puros que duermen en el Señor! ¡Paz a quienes sufrieron, pero no quisieron conocer vicio!

¡Paz a los verdaderos grandes del mundo y del Cielo! ¡Paz!

Jesús ha dicho estas palabras, como una bendición.

La mujer, bordeando un seto que la ocultaba, se ha acercado hasta Él y dice con tono de súplica:

–     ¡Señor!

–     Mujer.

–     Tu nombre, Señor.

–     Jesús.

–     No lo he oído nunca. Soy romana: actriz y bailarina. No soy experta más que en lascivias.

¿Qué quiere decir ese Nombre? El mío es Aglae y quiere decir: vicio.

–     El mío quiere decir: Salvador.

–    ¿Cómo salvas? ¿A quién?  

–    A quien tiene buena voluntad de ser salvado. Yo salvo al enseñar a ser puros. A preferir el Dolor a la honra. A amar el Bien a toda costa.

Jesús habla sin acritud; pero tampoco se vuelve a mirarla.

Ella continúa detrás de Él:

–     Yo estoy perdida…

–     Yo soy Aquel que busca a los perdidos.

–     Yo estoy muerta.

–     Yo soy Aquel que da Vida.

–     Yo soy porquería y mentira.

–     Yo soy Pureza y Verdad.

–     También eres Bondad, Tú, que no me miras, no me tocas, no me pisoteas. Ten Piedad de mí…

–     Ante todo, primero tú ten piedad de tí, de tu alma. 

–    ¿Qué es el alma?

–     Lo que hace del hombre un dios y no un animal. El vicio, el pecado, la mata.

Y cuando está muerta, el hombre se convierte en un animal repugnante.

–     ¿Podré volver a verte?

–     Quien me busca me encuentra.

–     ¿Dónde estás?

–     Donde los corazones necesitan Médico y medicinas para volver a ser honestos.

–     Entonces… no te volveré a ver… Yo estoy donde no se quiere médico ni medicinas ni honestidad.

–     Nada te impide venir a donde Yo esté. Mi Nombre será gritado por los caminos y llegará hasta ti. Adiós.

–     Adiós, Señor. Déjame que te llame “Jesús”.

¡No por familiaridad!… Para que entre en mí un poco de salvación. Soy Aglae, acuérdate de mí.

–    Sí. Adiós.

La mujer se queda en el fondo.

Jesús sale severo. Mira a todos.

Ve perplejidad en los discípulos, burla en los hebronitas.

Un siervo cierra el portón.

Jesús va recto por la calle. Llama a la sinagoga.

Se asoma un viejo enjuto, que ni siquiera le da tiempo a Jesús de hablar.

–     ¡Lárgate! La sinagoga está prohibida en este lugar santo, para los que tienen comercio con las meretrices. ¡Fuera!.

Jesús se vuelve sin hablar y continúa caminando por la calle, seguido por los suyos que van detrás, hasta que se encuentran fuera de Hebrón.

Entonces hablan.             

Judas exclama:

–      Hay que decir que Tú te lo has buscado, Maestro. ¡Una meretriz!

Jesús contesta enigmático:

–      Judas, en verdad te digo que ella te superará.  

Y bien; ahora que me lo hechas en cara; ¿Qué me dices de los judíos?

En los lugares más santos de Judea, se han burlado de nosotros y nos han arrojado…

Pero así es. Vendrá el tiempo en que Samaría y los gentiles adorarán al Dios Verdadero y el Pueblo del Señor estará manchado de sangre y de un Crimen…

De un Delito respecto al cual el de las meretrices que venden su carne y su alma será poca cosa.

No he podido orar ante los huesos de mis primos y del justo Samuel, pero no importa.

Reposad, huesos santos, ¡Regocijaos, oh espíritus que habitáis en ellos! ¡La primera resurrección está cercana!

¡Luego vendrá el día en que seréis presentados a los ángeles como los espíritus de los siervos del Señor.!

Jesús calla y todo termina.

24 REGRESO A BELÉN


24 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La mañana siguiente,  Jesús pasea con Judas Iscariote de arriba abajo; cerca de una de las puertas del recinto del Templo.

Judas pregunta:

–      ¿Estás seguro de que vendrá?

Jesús responde:

–       Lo estoy. Al alba salió de Betania y en Get-Sammi debía encontrarse con mi primer discípulo.

Jesús se detiene y mira fijamente a Judas.

Lo tiene frente a Sí. Lo estudia.

Después le pone una mano sobre la espalda y le pregunta:

–       Judas,  ¿Por qué no me dices lo que estás pensando?

Judas se sorprende:

–       ¡Quée!… no pienso en nada en especial en este momento, Maestro. Pienso que hasta te hago demasiadas preguntas. No puedes lamentarte de mí mutismo.

–       Es verdad. Me haces muchas preguntas y me das muchas noticias. Pero no me abres tu corazón.¿Crees que me interesan mucho las noticias sobre el censo o sobre la estructura de esta o aquella familia?

No soy un ocioso que haya venido aquí a pasar el tiempo. Tú sabes para que vine. Y puedes comprender bien que lo que para Mí tiene el mayor interés, es el ser Maestro de mis discípulos.

Por eso exijo de ellos, sinceridad y confianza. ¿Te amaba tu padre, Judas?

–         Me amaba mucho. Era yo su orgullo. Cuando regresaba de la escuela y años después, cuando regresaba de Jerusalén a Keriot, quería que le dijera todo.

Se interesaba en todo lo que hacía. Si había cosas buenas, se alegraba. Si no lo eran tanto, me consolaba.

Y si había cometido algún error y me habían reprendido, me mostraba la justicia de la reprensión o en donde estaba mal lo que yo había hecho.

Pero lo hacía tan dulcemente… que más que un padre, parecía un hermano mayor. Casi siempre terminaba de este modo: “Esto te digo, porque quiero que mi Judas sea un justo. Quisiera ser bendecido a través de mi hijo.”

Judas está tiernamente conmovido por la evocación de su padre.

Jesús que ha estado mirando atentamente a su discípulo, dice:

–        Mira Judas. Puedes estar seguro de todo lo que te digo. Nada hará más feliz a tu padre, que el que seas un discípulo fiel.

El espíritu de tu padre se regocijará allí donde está, en espera de la luz; porque así te educó; al ver que eres mi discípulo.

Más para que lo seas verdaderamente, debes decirte: “El padre que parecía un hermano mayor, lo he encontrado en mi Jesús.

Y a Él, igual que el padre amado al que todavía lloro; le diré todo para que sea mi guía. Para tener sus bendiciones y sus dulces reproches.”

Quiera el Eterno y tú sobre todo, hacer que Jesús no tenga otra cosa que decirte: “Eres bueno. Te bendigo.”

Judas exclama impulsivo:

–         ¡Oh, sí! ¡Sí, Jesús; sí! Si me llegas a amar tanto como él; podré ser bueno como Tú quieres y como mi padre quería. Mi padre podrá sacar aquella espina de su corazón.

Pues él siempre me mimaba mucho y me decía: “Estás sin guía, hijo y te hace mucha falta.” ¡Cuándo sepa que te tengo a Ti!

–         Te amaré como ningún otro hombre sería capaz. Te amaré tanto…Mucho te amaré. No me desengañes.

–         No, Maestro, no. Sé que estoy lleno de contradicciones. Envidias, celos, manías de ser el primero en todo. La carne me arrastra.

Todo choca dentro de mí contra los impulsos buenos. Todavía hace poco, me causaste mucho dolor. Mejor dicho… Tú no. Me lo causó mi naturaleza malvada.

Pensaba que yo era tu primer discípulo… Y Tú me dijiste que tienes a otro.

–       Tú lo viste. ¿No recuerdas que en la Pascua, estaba Yo en el Templo con unos Galileos?

–       Pensé que eran tus amigos. Creí que yo era el primer elegido para esto y con ello, el predilecto.

–         En mi corazón no hay distinción entre los últimos y los primeros. Si el primero faltase y el último fuese santo; entonces sí que a los ojos de Dios habrá distinción.

Pero Yo… Yo los amaré igual: con un amor de dicha al santo y con un amor que sufre al pecador. Pero…

Jesús se interrumpe y exclama con alegría:

–         ¡Oh! Ahí viene Juan con Simón. Juan es mi primero y Simón es el que estaba enfermo.

Judas hace un mohín y dice:

–        ¡Ah! ¡El leproso! Lo recuerdo. ¿Y ya es tu discípulo?

–         Desde el día siguiente.

–         ¿Y por qué yo tuve que esperar tanto?

–         ¿Judas?…

–         Es verdad. Perdón.

Cuando llegan, Juan y Jesús se saludan con un beso mutuo.

Simón se  postra a los pies de Jesús, besándolos y diciendo:

–        ¡Gloria a mi Salvador! Bendice a tu siervo para que sus acciones sean santas a los ojos de Dios y yo le dé gloria por haberme dado a Ti.

Jesús le pone las manos sobre la cabeza y le dice:

–        Sí. Te bendigo para agradecerte tu trabajo. Levántate Simón. ¡Éste es el nuevo discípulo! También él quiere la Verdad. Y por esto es un hermano para todos vosotros.

Se saludan entre sí. Los dos judíos con mutuo escudriño. Juan con franqueza.

Jesús pregunta:

–       ¿Estás cansado, Simón?

Simón sonríe:

–        No, Maestro. Junto con la salud me ha venido tal fuerza, como no la había tenido antes.

–        Y sé que la usas bien. He hablado con muchos y sé lo que han trabajado a favor del Mesías.

Simón ríe contento y dice:

–         Ayer hablé de Ti a un israelita honrado. Espero que un día lo conocerás. Quiero ser yo quién te lleve a él.

–         No es imposible.

Judas interrumpe:

–         Maestro, me prometiste venir conmigo a Judea.

–         Iré. Simón continuará instruyendo a la gente sobre mi venida. Amigos, el tiempo es breve y la gente es mucha. Ahora voy con Simón.

Al atardecer nos encontraremos en el camino del Monte de los Olivos y distribuiremos el dinero a los pobres. ¡Id!

En su interior, Judas está renuente a separarse de Jesús; pero obedece con prontitud.

Y dice:

–           Vamos, Juan.

Y los dos apóstoles más jóvenes, se alejan alegremente.

Cuando Jesús queda solo con Simón, le pregunta:

–        ¿Esa persona de Betania, es un verdadero israelita?

–        Lo es. Existen en él, todas las ideas imperantes; pero tiene verdadera ansia por el Mesías.

Y cuando le dije: “Él está entre nosotros” me contestó: “Feliz de mí, que vivo en estos tiempos.”

–        Algún día iremos a su casa, a llevarle mi bendición. ¿Qué te parece el nuevo discípulo?

–        Se ve que es muy joven y parece inteligente.

–        Lo es. Tú que también eres judío; lo comprenderás y lo compadecerás más que los otros, por sus ideas.

–        ¿Es un deseo o una orden?

–        Es una dulce orden. Tú que has sufrido, puedes tener mayor comprensión. El dolor es maestro de muchas cosas.

–         Porque Tú me lo mandas, seré para él comprensión.

–         Así es. Probablemente mi Pedro y no tan solo él; se admirará un poco de cómo cuido y me preocupo más por este discípulo. Pero algún día lo entenderán…

Cuando uno no ha madurado en su formación, tiene más necesidad de cuidado. Los demás… ¡Oh! Los otros se formarán por sí mismos, tan sólo por el contacto. No quiero hacer todo Yo.

Pido la voluntad del hombre y la ayuda de los demás, para formar a un hombre. Os llamo para que me ayudéis… Y agradezco mucho la ayuda.

–        Maestro, ¿Te imaginas que él te proporcionará desilusiones?

–        No. Pero es joven y se formado en el Templo y en Jerusalén.

–        Oh! Cerca de Ti, se curará de todos los vicios de esta ciudad… Estoy seguro.

Jesús murmura:

–        Así sea.

Y luego dice con voz más fuerte:

–        Ven conmigo al Templo. Evangelizaré al Pueblo…

Y se van juntos.

Al día siguiente.

Al rayar el alba, Jesús está con Juan, Simón y Judas, en la cocina de la casita.

Y les dice:

–      Amigos. Os ruego que vengáis conmigo por la Judea. Si no os cuesta mucho. Sobre todo a ti, Simón.

El apóstol le pregunta:

–     ¿Porqué, Maestro?

Jesús contesta:

–     El camino es muy duro por los montes de Judea y tal vez para ti sea más duro si te encuentras con algunos de los que te hicieron daño.

–     Por lo que toca al camino, me siento fuerte y no siento ninguna fatiga. Mucho menos si voy contigo. Por lo que toca a quién me dañó… el odio cayó junto con las escamas de la lepra.

Y no sé, créemelo; en qué has hecho el mayor milagro, si al curarme la carne corroída o el alma que ardía con el rencor. Pienso que no me equivoco si afirmo, que el milagro más grande fue en el alma.

Una llaga del espíritu, no se cura tan fácilmente.

Y Tú me has curado de un golpe, en una forma completa.  

El hombre no se cura de un hábito moral, si Tú no aniquilas ese hábito con tu querer santificante. Aunque uno lo quiera hacer con todas sus fuerzas.

–     No te equivocas al juzgar así.

Judas pregunta un poco resentido:

–    ¿Por qué no lo haces así con todos?

Juan pone una mano sobre el brazo de Judas y le dice cariñoso:

–     Lo hace, Judas. ¿Por qué le hablas así al Maestro? ¿No te sientes cambiado, desde que estás con Él?

Yo era discípulo de Juan el Bautista; pero me siento totalmente cambiado, desde que Él me dijo: ‘Ven’

Y mirando a Jesús agrega:

–     Perdón, Maestro. Hablé en tu lugar. Es que no quiero que Judas te cause ningún dolor.

Jesús lo tranquiliza:

–       Está bien, Juan. No me ha causado ninguna pena como discípulo. Cuando lo sea, si continúa con su modo de pensar, me causará dolor.

Vendrá un día en que tendréis la Sabiduría, con su Espíritu… entonces podréis juzgar justamente.

Judas pregunta:

–        ¿Y todos podremos juzgar justamente?

–       No, Judas.

–       ¿Pero hablas de nosotros los discípulos o de todos los hombres?

–       Hablo refiriéndome primero a vosotros y después a los demás. Cuando llegue la hora; el Maestro instituirá discípulos y los enviará por el mundo…

–       ¿No lo estás haciendo ya?…

–       Por ahora no os empleo más que para que digáis: “El Mesías está aquí. Venid a Él.”

Entonces os haré capaces de que prediquéis en mi Nombre y que hagáis milagros en mi Nombre…

–      ¡Oh! ¿También milagros?

–      Sí. En los cuerpos y también en las almas.

Judas  está feliz ante la idea y exclama gozoso:

–      ¡Oh! ¡Cómo nos admirarán!

Juan mira pensativamente a Jesús y su cara se nubla con un gesto de dolor.

Luego dice con un dejo de tristeza en la voz:

–       Entonces ya no estaremos más con el Maestro.

Y yo tendré temor de hacer lo que es de Dios, a mi manera de hombre.

Simón dice:

–      Juan, si el Maestro lo permite, me gustaría decirte lo que pienso.

Jesús contesta:

–      Díselo a Juan. Deseo que mutuamente os aconsejéis.

–      Ya sabes que es un consejo.

Jesús sonríe y calla.

Simón le dice a Juan:

–      Creo que no debes y no debemos temer. Si nos apoyamos en la sabiduría del Maestro Santo y en su promesa. Si Él dice: “Os enviaré”.

Y promete vestir nuestra miseria intelectual, con los rayos de la potencia que el Padre le da para nosotros, debemos estar seguros que lo hará y que lo podremos hacer, por su infinita misericordia.

Todo saldrá bien, si no introducimos el orgullo, el deseo humano en nuestro obrar. Pienso que si corrompemos nuestra misión, que es del todo espiritual, con elementos que son terrenales,

entonces la promesa de Cristo se depreciará; no por incapacidad suya, sino porque nosotros la rebajaremos con nuestra soberbia. No sé si me explico bien…

Judas le dice:

–      Lo has hecho muy bien. Yo me equivoqué. Pero sabes… Pienso que en el fondo desear ser admirados como discípulos del Mesías, es porque somos suyos a tal punto, que haremos lo que Él hace.

Y todo proviene de aumentar más la figura poderosa de Él entre el pueblo. ¡Alabanzas al Maestro que tiene tales discípulos! Esto es lo que quería decir yo.

Simón le contesta:

–       No es todo error lo que dices. Pero, mira Judas. Provengo de una casta que es perseguida por haber entendido mal lo que es el Mesías.

Si lo hubiésemos esperado con una justa visión de su Ser, no habríamos caído en errores que son blasfemias a la Verdad y rebelión contra la ley de Roma. Por lo cual tanto Dios, como Roma; nos han castigado.

Hemos querido ver en el Mesías, sólo a un hombre conquistador y a un libertador humano de Israel. A un nuevo líder y más grande que el héroe, Judas Macabeo. Sólo esto y ¿Por qué?

Porque cuidábamos más de nuestros intereses; de la patria y de los ciudadanos, que de Dios. ¡Oh! El amar la  patria es una cosa santa; pero ¡Qué es frente el Cielo eterno! La patria verdadera es la celestial.

Cuando fui perseguido y anduve fugitivo, me escondía en las cuevas de las bestias. Compartía con ellas el lecho y la comida, para escapar de los romanos y sobre todo, de las delaciones de falsos amigos.

También cuando en espera de la muerte, probé el olor del sepulcro en mi cueva de leproso… ¡Cuánto he pensado y he visto! He visto con el espíritu, la figura verdadera tuya, Maestro y Rey del espíritu.

La tuya, ¡Oh, Mesías! Hijo del Padre que llevas al Padre y no a los palacios de polvo; no a las deidades de fango. ¡Tú! ¡A Ti! ¡Oh, me es fácil seguirte!

Perdona mi entusiasmo que se explaya de este modo, porque te veo cómo te había imaginado. Te reconocí inmediatamente, porque mi alma ya te había conocido…

Jesús sonríe y contesta:

–       Por esto te llamé. Y por eso te llevo conmigo, ahora en mi primer viaje a Judea. Quiero que completes el reconocimiento.

Y quiero que también éstos jóvenes, aprendan a ser capaces como tú, de llegar a la verdad por medio de una meditación constante.

Y sepan cómo su Maestro ha llegado a esta hora. Después entenderéis. Hemos llegado ya a la Torre de David. La Puerta Oriental está cerca.

Judas pregunta:

–      ¿Saldremos por ella?

–       Sí, Judas. Primero iremos a Belén. Allí nací. Es bueno que lo sepáis, para que lo digáis a los demás. También esto entra en el conocimiento del Mesías y de la Escritura.

Encontraréis las profecías escritas en las cosas, con voces que no pertenecen más a la Profecía, sino a la historia. Daremos la vuelta, donde están los palacios de Herodes.

Judas dice:

–        Donde vive la vieja zorra, malvada y lujuriosa.

Jesús advierte:

–       No juzguéis. Sólo Dios es Quién juzga. Vayamos por aquella vereda, entre las hortalizas, nos cobijaremos bajo la sombra de un árbol, cerca de algún lugar hospitalario hasta que el sol deje de quemar.

Después…

Jesús continúa instruyendo…

Y emprenden la marcha hacia Belén.

23 DOS POLOS OPUESTOS


23 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina hacia la baja y blanca casa que hay en medio del olivar.

Un jovencito que trae utensilios de jardinería, lo saluda:

–     Dios sea contigo, Rabí. Tu discípulo Juan ha venido, pero se ha vuelto a marchar, a buscarte.

–    ¿Hace mucho?

–     No, acaba de cruzar aquel sendero. Creíamos que vendrías por la parte de Betania…

Jesús se encamina ligero, da la vuelta a una prominencia del terreno y ve a Juan bajando casi corriendo hacia la ciudad.

Lo llama.

El discípulo se vuelve con el rostro iluminado por la alegría, regresa corriendo y

Grita:

–    ¡Maestro mío!

Jesús le abre los brazos y los dos se abrazan afectuosamente. 

Juan dice:

–      Venía a buscarte… Creíamos que habías estado en Betania, como dijiste.

Jesús informa:

–      Sí. Eso quería. Tengo que empezar también a evangelizar los alrededores de Jerusalén. Pero después me he entretenido en la ciudad… para instruir a un nuevo discípulo.

–      Maestro, todo lo que Tú haces está bien hecho y sale bien. ¿Lo ves? También esta vez nos hemos encontrado enseguida.

Los dos caminan.

Jesús tiene un brazo sobre los hombros de Juan, el cual siendo más bajo, mira a Jesús de abajo arriba, feliz de esa intimidad.

Vuelven así hacia la casita.

–      ¿Hace mucho que has venido?

–       No, Maestro. Con el alba he salido de Docco, junto con Simón; ya le he dicho lo que querías.

Después nos detuvimos un tiempo en los campos de los alrededores de Betania, compartiendo la comida y hablando de Tí a campesinos que hemos encontrado por allí.

Cuando el fuego del sol ha disminuido, nos hemos separado.

Simón ha ido a ver a un amigo suyo al que también quiere hablar de ti: es el dueño de casi toda Betania. Él ya lo conocía cuando aún vivían sus respectivos padres.

Mañana viene aquí Simón. Me ha encargado decirte que se siente feliz de estar a tu servicio. Simón es muy competente.

Quisiera ser como él, pero soy un muchacho ignorante.

–      No, Juan. Tú también haces muy bien las cosas.

–     ¿Te sientes realmente contento de tu pobre Juan?

–      Muy contento, Juan mío. Mucho.

–      ¡Maestro mío!

Juan se inclina con ímpetu a tomar la mano de Jesús y la besa. Y se la pasa por la cara como una caricia.

Han llegado ya a la casa. Entran en la cocina baja y humosa.

Jonás el dueño, los saluda:

–       La paz sea contigo. 

Jesús responde:

–       Paz a esta casa a ti y a quien vive contigo. Viene conmigo un discípulo.

–       Habrá pan y aceite también para él.

Juan dice:

–       He traído pescado seco que me dieron Santiago y Pedro. Al pasar por Nazaret, tu Madre me ha dado pan y miel para Tí. He caminado sin detenerme, pero de todas formas estará duro.

–        No importa, Juan. Tendrá el sabor de las manos de mi Madre.

Juan extrae sus tesoros de la bolsa que había dejado en un rincón y empieza a preparar el pescado seco:

lo mojan unos instantes en agua caliente, después lo untan y lo asan directamente sobre el fuego.

Jesús bendice el alimento y se sienta con el discípulo a la mesa.

También están sentados Jonás y su hijo.

La madre va y viene trayendo el pescado, aceitunas negras, verduras hervidas y condimentadas con aceite.

Jesús ofrece miel.

La mujer objeta diciendo que no quiere privarle del dulce obsequio, de su mamá.

Pero Jesús la extiende en el pan y se la ofrece a la madre, diciendo:

–      Es de mi colmena, mi Madre cuida las abejas. Cómela. Es buena. Tú eres tan buena conmigo María, que mereces esto y más.  

La cena termina rápidamente en medio de una breve conversación.

Nada más acabar, después de dar las gracias por el alimento recibido,

Jesús dice a Juan:

–       Ven. Salgamos al olivar. La noche está templada y clara. Será agradable estar afuera.

El dueño de la casa dice:

–      Maestro, yo me despido de ti. Estoy cansado, y también mi hijo. Vamos a descansar. Dejo la puerta entornada y el candil encima de la mesa. Ya sabes cómo se hace.

–          Sí, claro, Jonás, vete a descansar. Y apaga también el candil. Hay una luz de luna tan clara, que veremos incluso sin él.

–      Y tu discípulo, ¿Dónde va a dormir?

–      Conmigo. En mi estera hay sitio también para él. ¿Verdad, Juan?

Juan, ante la idea de dormir al lado de Jesús, entra en éxtasis y lleno de felicidad toma algo del talego que había puesto en el rincón.

Caminan un poco y llegan a una prominencia del terreno desde la que se ve toda Jerusalén.

Jesús dice:

–       Sentémonos aquí y hablemos.

Juan sin embargo, prefiere sentarse a sus pies, sobre la hierba. Apoyándose en las rodillas de Jesús. 

Parece un niño junto a la persona que más quiere. 

Y muy contento dice:

–       Desde aquí es bonito, Maestro. Mira qué grande parece la ciudad de noche; más que de día.

Jesús contesta:

–       Es porque la luz de la luna difumina sus contornos. Observa: parece como si el límite se ensanchara en una luminosidad de plata. Mira la cúspide del Templo, allí arriba. ¿No parece suspendida en el vacío?

–       Es como si la  que la llevasen los ángeles en sus alas de plata.

Jesús suspira.

–     ¿Por qué suspiras, Maestro?

–      Porque los ángeles han abandonado el Templo. Su aspecto de pureza y santidad está sólo en sus  muros. Los que deberián reflejarlo en el alma del Templo, son los primeros en quitárselo.

Porque el Templo tiene, debería tener… alma de Oración y santidad. Pero los que lo representan, son incapaces de manifestarlo.

No se puede dar lo que no se tiene, Juan.

Aunque sean muchos los sacerdotes y los levitas que viven allí, ni siquiera una décima parte son capaces de dar vida al Lugar Santo.

Tienen las fórmulas, pero no la vida de ellas. Dan muerte. Le comunican la muerte que hay en su espíritu muerto a lo santo.

Son cadáveres, que tienen calor tan sólo por la putrefacción que los hincha.

Y así como ahora los ángeles han abandonado el Templo, después el Espíritu Santo también abandonará la Iglesia, cuando sus sacerdotes repitan los errores que están cometiendo éstos.

Juan al oírlo, se siente apenado.

Y pregunta:

–      ¿Te han maltratado, Maestro?

Jesús responde:

–       No. Es más, me han dejado hablar cuando lo he solicitado.

–      ¿Lo has solicitado? ¿Por qué?

–       Porque no quiero ser Yo el que empiece la guerra. La guerra vendrá igualmente, porque Yo infundiré miedo; un estúpido miedo humano a algunos.

Y seré un reproche para otros; pero esto debe estar en su libro, no en el mío.

Después de un momento de silencio, Juan habla otra vez.

Y dice:

–       Maestro, conozco a Anás y a Caifás. Mi padre los provee siempre con el mejor pescado. Y cuando estuve en Judea por causa de Juan el Bautista, venía también al Templo y ellos nos trataban bien a nosotros, los hijos de Zebedeo.

–      Lo sé.

 Jesús está serio.

–      Bueno, pues si lo ves oportuno, le hablaré de Tí al Sumo Sacerdote. Y luego si quieres, yo conozco a uno que está en relación de negocios con mi padre.

Es un mercader de pescado. Tiene una casa bonita y grande junto al Hípico, porque son personas ricas. Es un hombre bueno y sé que podemos contar con él.

Estarías más cómodo y te cansarías menos.

Además, para venir hasta aquí se tiene que atravesar ese suburbio de Ofel, tan sórdido y mugriento. Siempre lleno de asnos y de gente pendenciera.

–      No, Juan. Te lo agradezco, pero estoy bien aquí. ¿Ves cuánta paz? Se lo he dicho también esto al otro discípulo que me hacía la misma propuesta. Él decía: “Para estar mejor considerado”.

–      Yo lo decía para que te cansaras menos.

–      No me canso. Por mucho que camine, no me cansaré jamás. ¿Sabes qué es lo que me cansa? La falta de amor. ¡Oh, eso,… qué carga!… Es como si llevara un peso muy grande en el corazón.

–      Yo te amo, Jesús.

–      Sí, y me consuelas. Te quiero mucho Juan, te querré siempre porque tú no me traicionarás nunca.

Juan está aterrado.

–     ¡Traicionarte!… ¡Oh!

–      Y sin embargo, habrá muchos que me traicionen… Juan, escucha. Te he dicho que me detuve aquí para aleccionar a un nuevo discípulo. Es un joven judío, instruido y conocido.

–      Entonces tendrás que trabajar mucho menos que con nosotros, Maestro. Me alegro de que tengas alguno más capacitado que nosotros.

–     ¿Crees que tendré que trabajar menos?

–     ¡Digo yo! Si es menos ignorante que nosotros, te entenderá mejor y te servirá excelente, sobre todo si te ama perfectamente.   

–      ¡Qué si lo has dicho bien! Pero el amor no está en proporción a la instrucción y ni siquiera con la educación.

Uno que jamás ha amado y ama por primera vez, lo hace con toda la fuerza del primer amor. Lo mismo sucede con el primer amor del pensamiento.

El amado penetra, se imprime más en un corazón y un pensamiento vírgenes de otro amor; que en aquel en quién ya ha habido otros amores.

Pero Dios dispondrá.

Oye, Juan. Te ruego que seas amigo suyo. Mi corazón tiembla al ponerte a ti, cordero sin trasquilar; con el experto de la vida. Él reconocerá tu inexperiencia.

Pero también eres águila y si el experto te quisiera hacer tocar el suelo lleno de fango y oscuridad, del buen sentido humano; tú con un golpe de alas, sabrás librarte y volarás hacia el sol

Por eso te ruego que seas amigo de mi nuevo discípulo, porque los demás no lo aceptarán fácilmente, ni lo querrán mucho. Especialmente, Pedro.

Quiero que le trasmitas tu corazón….

–      ¿Yo? ¡Oh, Maestro!… Pero, ¿No bastas Tú?

–      Yo soy el Maestro. A mí no se me dirá todo. Tú eres el condiscípulo un poco más joven, con quien será más fácil abrirse.

No digo que me refieras lo que él te diga. Odio a los espías y a los traidores. Sí te pido que lo evangelices con tu fe y caridad, con tu pureza, Juan.

Es una tierra contaminada con aguas muertas: hay que secarla con el sol del amor, purificarla con la honestidad de pensamientos, deseos y obras. Cultivarla con la Fe. Tú puedes hacerlo.

–       Si crees que puedo… ¡Sí! Si Tú dices que puedo hacerlo, lo haré. Por amor a Tí…

–       Gracias, Juan.

–       Maestro, has hablado de Simón Pedro y recordé lo primero que tenía que decirte. La alegría de oírte me lo había alejado del pensamiento:

Cuando regresamos de Cafarnaúm después de Pentecostés, encontramos la acostumbrada suma del desconocido. El niño se la llevó a mi madre, ella la entregó a Pedro y él me la devolvió diciendo que tomase un poco para el regreso y la estancia en Docco.  

Que el resto te lo diese a Ti, para lo que puedas necesitar… Pues Pedro también piensa que aquí todo es incómodo. Yo solo tomé dos denarios para dos pobres que encontré cerca de Efraím.

Por lo demás, me he mantenido con lo que me había dado mi madre y lo que me dieron algunas buenas personas, a las que prediqué tu Nombre. Aquí tienes la bolsa. 

Y Juan se la entrega.

Jesús la recibe diciendo:

–            Mañana la distribuiremos entre los pobres. De esta forma también Judas aprenderá nuestro modo de administrarnos.

–            ¿Ya vino tu primo?  ¿Cómo hizo para llegar tan pronto? Estaba en Nazareth y no me dijo que vendría.

–            No. Judas es el nuevo discípulo. Es de Keriot. Tú lo viste en Pascua, aquí. La tarde en que curé a Simón. Estaba con Tomás.

Juan exclama admirado:

–            ¡Ah! ¡Es él!…

Juan se queda perplejo.

Jesús confirma:

–            Es él. ¿Y qué hace Tomás?

–            Obedeció tus órdenes. Dejó a Simón Cananeo y fue al encuentro de Felipe y Bartolomé, por el camino del mar.

–            ¡Bien! Quiero que os améis sin preferencia. Os ayudéis mutuamente. Os compadezcáis, el uno al otro. Nadie es perfecto, Juan. Ni los jóvenes; ni los viejos.

Pero si tenéis buena voluntad, llegaréis a la perfección y lo que os falte, lo supliré Yo. Sois como los hijos de una familia santa, en la que hay muchos temperamentos desiguales.

Quién es duro; quién suave. Quién valiente, quién tímido. Quién impulsivo y quién muy cauto. Si fueseis todos iguales, seríais una fuerza en un solo temperamento y una flaqueza en todo lo demás.

Pero de esta manera hacéis una unión perfecta; porque os completáis mutuamente. El amor os une. Debe uniros el amor por un único motivo: Dios.

–            Y por Ti, Jesús.

–            La causa de Dios es primera. Y después el amor hacia su Mesías.

–            Y Yo… ¿Qué es lo que soy en nuestra familia?

–            Eres la paz amorosa del Mesías de Dios. ¿Estás cansado Juan? ¿Quieres regresar? Yo me quedo a Orar.

–            También yo me quedo contigo a Orar. Déjame que me quede contigo a Orar.

–            Quédate.

Jesús recita unos salmos y Juan lo sigue.

Pero la voz se acaba pronto y el jovencito se queda dormido, con la cabeza apoyada en las rodillas de Jesús, que sonríe y extiende su manto sobre la espalda del más joven de sus apóstoles.

Lo mira con amor y mentalmente hace la comparación entre éste y el otro discípulo que acaba de aceptar.

Juan era discípulo del Bautista y se ha despojado hasta de su modo de pensar y juzgar; entregándose completamente, para ser moldeado por su Maestro.

UVAS

Dice Jesús:

Una comparación más entre mi Juan y otro discípulo, comparación en la que aparece aún más límpida la figura de mi predilecto.

Éste se despoja incluso de su modo de pensar y juzgar para ser “el discípulo”. Juan es aquel que se dona sin querer retener de sí, del sí mismo anterior a la elección, ni siquiera una molécula.

Judas, sin embargo, es aquel que no se quiere despojar de sí mismo: la suya es, por tanto, una donación irreal; lleva consigo su yo enfermo de soberbia, de sensualidad, de avaricia.

Conserva su manera de pensar y con ello neutraliza los efectos de la Gracia. Y no hay donación. NO SE ENTREGA.

Judas: cabeza de todos los apóstoles frustrados Y FALLIDOS. ¡Y son tantos…!

Juan: ejemplo de los que se hacen hostia por mi amor: tu modelo.

Yo y mi Madre somos las Hostias excelsas. Alcanzarnos es difícil, es más, imposible, porque nuestro sacrificio fue de una aspereza total.

¡Pero mi Juan!…

Es UNA DONACIÓN ABSOLUTA, esa hostia que pueden imitar mis amantes de todas las clases:

Virgen, mártir, confesor, evangelizador, siervo de Dios y de la Madre de Dios, activo y contemplativo; él es un ejemplo para todos: es aquel que ama.

Observa los distintos modos de razonar.

Juan se siente NADA Y ES COMPLETAMENTE DÓCIL. Acepta TODO, no pide razones, se siente satisfecho con hacerMe felíz.

 Judas investiga, cavila, escudriña, OPONE RESISTENCIA aparenta ceder pero en realidad no cambia su modo de pensar. 

¿Y no os habéis sentido invadidos de paz ante su amor sencillo y encantador? ¡Mi Juan!

Es mi descanso su confianza absoluta: “Todo lo que Tú haces Maestro; está bien hecho.” 

Y por eso será el Predilecto. Porque será mi paz llena de amor.

¡Y mi pequeño Juan, al que deseo ver cada vez más semejante a mi predilecto!

Aceptad todo, diciendo siempre como el Apóstol: “Todo lo que Tú haces está bien hecho, Maestro”

Para merecer siempre que se os diga: “Eres mi amorosa paz”.

También necesito alivio Yo, DADME VUESTRO CORAZÓN dádmelo. Y yo os daré Mí Corazón para descanso vuestro. 

22 EL SUICIDIO


22 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús y Judas salen del Templo después de haber estado orando en el lugar más cercano al Santo, concedido a los israelitas varones.

Judas quisiera seguir con Jesús, pero este deseo encuentra oposición en el Maestro.

–          Judas, quiero estar solo en las horas nocturnas. Durante la noche, mi espíritu toma del Padre su alimento. Oración, meditación y soledad, me son más necesarias que el alimento material.

Quien quiere vivir para el espíritu y conducir a otros a vivir la misma vida, debe posponer la carne, diría casi: matarla en sus desafueros, para ocuparse completamente del espíritu.

Todos Judas, también tú, si quieres verdaderamente ser de Dios, o sea, de lo sobrenatural.

–           Pero, Maestro, nosotros somos todavía de la tierra. ¿Cómo podemos desatender la carne poniendo toda nuestra solicitud en el espíritu? Lo que dices, ¿No está en antítesis con el mandato de Dios: “No matarás”?

¿En esto no está también incluido el no matarse? Si la vida es don de Dios, ¿Debemos o no amarla?».

–          Voy a responderte como no respondería a una persona sencilla, a la cual es suficiente elevarle la mirada del alma, o de la mente, a esferas sobrenaturales, para poder llevárnosla en vuelo a los reinos del espíritu.

Tú no eres una persona sencilla. Te has formado en ambientes que te han afinado… pero que al mismo tiempo, te han contaminado con sus sutilezas y con sus doctrinas.

 ¿Tienes presente a Salomón, Judas? Era sabio, el más sabio de aquellos tiempos. ¿Recuerdas lo que dijo, después de haber conocido todo el saber?: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Temer a Dios y observar sus mandamientos: esto es todo el hombre”.

Ahora Yo te digo que hay que saber tomar de los alimentos sustento, pero no veneno. Y si se ve que un alimento nos es nocivo (porque se producen reacciones en nosotros por las cuales ese alimento es nefasto, siendo más fuerte que nuestros humores buenos, los cuales lo podrían neutralizar)

es necesario dejar de tomar ese alimento, aunque sea apetitoso al gusto. Mejor pan, sin más, y agua de la fuente, que no los platos rebuscados de la mesa del rey que tienen especias que alteran y envenenan.

–          ¿Qué debo dejar, Maestro?

–           Todo aquello que sabes que te turba. Porque Dios es Paz, y si te quieres encaminar por el sendero de Dios debes liberar tu mente, tu corazón y tu carne, de todo lo que no es paz, de todo lo que conlleva turbación.

Sé que es difícil reformarse a sí mismo, pero Yo estoy aquí para ayudarte a hacerlo. Estoy aquí para ayudar al hombre a ser de nuevo hijo de Dios, a volver a formarse como por una segunda creación, una autogénesis querida por él mismo.

Pero deja que te responda a cuanto preguntabas, para que no digas que no has salido del error por culpa mía. Es verdad que matarse es igual que matar.

La vida es don de Dios, ya sea la propia o la ajena, y sólo a Dios, que la ha otorgado, le está reservado el poder de quitarla. Quien se mata confiesa su soberbia, y Dios odia la soberbia.

–         ¿La soberbia, confiesa? Yo diría la desesperación.

–         ¿Y qué es la desesperación sino soberbia? Considera esto, Judas: ¿Por qué uno pierde la esperanza?:

O porque las desventuras se ensañan con él y quiere vencerlas por sí solo, sin ser capaz de tanto; o bien porque es culpable y juzga de sí mismo que Dios no lo puede perdonar.

Tanto en el primero como en el segundo caso, ¿No es reina la soberbia? El hombre que quiere por sí solo resolver las cosas carece de la humildad de tender la mano al Padre diciéndole: “Yo no puedo, pero Tú sí puedes. Ayúdame, porque espero todo, todo lo estoy esperando, de Ti”.

El otro hombre, el que dice: “Dios no puede perdonarme”, lo hace porque midiendo a Dios con el patrón de sí mismo sabe que otra persona, ofendida como él ha ofendido, no podría perdonarlo.

O sea, también aquí hay soberbia.

El humilde siente compasión y perdona aunque sufra por la ofensa recibida.

El soberbio no perdona. Es además soberbio porque no sabe bajar la cabeza y decir: “Padre, he pecado, perdona a tu pobre hijo culpable”.

¿O es que no sabes, Judas, que el Padre está dispuesto a disculpar todo, si se pide perdón con corazón sincero y contrito, con corazón humilde y deseoso de resucitar al bien?

–           Pero ciertos delitos no deben perdonarse, no pueden ser perdonados.

–           Eso lo dices tú. Y hasta será verdad, si el hombre así lo quiere. Pero, en verdad, ¡Oh!, en verdad te digo que incluso después del Delito de los delitos, si el culpable corriera a los pies del Padre; se llama Padre por esto, Judas,

Y es Padre de perfección infinita. Y llorando, le suplicara que lo perdonase, ofreciéndose a la expiación, pero sin desesperación, el Padre le daría el modo de expiar para merecerse el perdón y salvar el espíritu.

–           Entonces dices que los hombres que la Escritura cita, y que se mataron, hicieron mal.

–           No es lícito hacer violencia a nadie, y tampoco uno a sí mismo. Hicieron mal. Conociendo relativamente el bien, habrán obtenido de Dios, en ciertos casos, misericordia.

Pero a partir de que el Verbo haya aclarado toda verdad y haya dado fuerza a los espíritus con su Espíritu, desde entonces, ya no le será concedido el perdón a quien muera desesperado.

Ni en el instante del juicio particular, ni, después de siglos de Gehena, en el Juicio Final, ni nunca. ¿Es dureza de Dios? No: justicia.

Dios dirá: “Tú, criatura dotada de razón y de sobrenatural ciencia, creada libre por Mí, decidiste seguir el sendero elegido por ti.

Y dijiste: ‘Dios no me perdona. Estoy separado para siempre de Él, Juzgo que debo aplicarme por mi mismo justicia por mi delito.

Dejo la vida para huir de los remordimientos’, sin pensar que ya no habrías sentido remordimientos si hubieras venido a mi seno paterno. Recibe eso mismo que has juzgado. No violento la libertad que te he dado”.

Esto le dirá el Eterno al suicida.

Piénsalo, Judas. La vida es un don, y hay que amarla. ¿Y qué don es? Don santo. Así que ha de ser amada santamente. La vida dura mientras la carne resiste.

Luego empieza la Vida grande, la eterna Vida: de beatitud para los justos, de maldición para los no justos. La vida, ¿Es fin o es medio? Es medio. Sirve para el fin, que es la Eternidad.

Pues démosle entonces a la vida aquello que le haga falta para durar y servir al espíritu en su conquista:

Continencia de la carne en todos sus apetitos, en todos.

Continencia de la mente en todos sus deseos, en todos.

Continencia del corazón en todas las pasiones que saben a humano.

Sea, por el contrario, ilimitado el impulso hacia las pasiones celestes: amor a Dios y al prójimo, voluntad de servir a Dios y al prójimo, obediencia a la Palabra divina, heroísmo en el bien y en la virtud.

Yo te he respondido, Judas. ¿Estás convencido? ¿Te basta la explicación?

Sé siempre sincero y, si no sabes todavía bastante, pregunta; estoy aquí para ser Maestro.

–          He comprendido y me basta. Pero… es muy difícil llevar a la práctica lo que he comprendido.

Tú puedes porque eres santo. Pero yo… Soy un hombre, joven, lleno de vitalidad…

–         He venido para los hombres, Judas, no para los ángeles, que no tienen necesidad de maestro.

Los ángeles ven a Dios, viven en su Paraíso, no ignoran las pasiones de los hombres; porque la Inteligencia que es su Vida, los hace conocedores de todo, incluso a aquellos que no son custodios de un hombre.

Pero siendo espirituales, sólo pueden tener un pecado, como uno de ellos lo tuvo y arrastró consigo a los menos fuertes en la caridad: la soberbia;

flecha que afeó a Lucifer, el más hermoso de los arcángeles, e hizo de él el monstruo horripilante del Abismo.

No he venido para los ángeles (los cuales, después de la caída de Lucifer, se horrorizan incluso ante el espectro de un pensamiento de orgullo), sino que he venido para los hombres, para hacer de los hombres ángeles.

El hombre era la perfección de la creación. Tenía del ángel el espíritu, del animal la completa belleza en todas sus partes animales y morales; no había criatura que le igualara.

Era el rey de la Tierra, como Dios es el Rey del Cielo, y un día, el día en que él se hubiera dormido por última vez en la Tierra, iba a ser rey, con el Padre, en el Cielo.

Satanás ha arrancado las alas al ángel – hombre y, en su lugar, ha puesto garras de fiera y avidez de inmundicia y ha hecho de él un ser al que cuadra más el nombre de hombre – demonio, que el de hombre a secas.

Yo quiero borrar la deformación causada por Satanás, anular el hambre corrompida de la carne contaminada, devolverle las alas al hombre, llevarlo de nuevo a ser rey, coheredero del Padre y del Reino celeste.

Sé que el hombre, si quiere quererlo, puede llevar a cabo cuanto digo, para volver a ser rey y ángel. No os diría cosas que no pudierais hacer.  

Yo no soy uno de esos oradores que predican doctrinas imposibles. He tomado verdadera carne para poder saber, por experiencia de carne, cuáles son las tentaciones del hombre.

–          ¿Y los pecados?

–           Todos pueden ser tentados; pecador, sólo quien quiere serlo.

–          ¿No has pecado nunca, Jesús?

–          Nunca he querido pecar. Y ello no porque sea el Hijo del Padre, sino que es que lo he querido y lo querré, para mostrarle al hombre que el Hijo del hombre no pecó porque no quiso pecar y que el hombre, si no quiere, puede no pecar.

–          ¿Has sido tentado alguna vez?

–          Tengo treinta años, Judas, y no he vivido en una cueva de un monte, sino entre los hombres. Y aunque hubiera estado en el lugar más solitario de la Tierra ¿Tú crees que no habrían venido las tentaciones?

Todo lo tenemos en torno a nosotros: el bien y el mal. Todo lo llevamos con nosotros. Sobre el bien sopla el hálito de Dios y lo aviva como a turíbulo de gratos y sagrados inciensos.

Sobre el mal sopla Satanás y, encendiéndolo, lo transforma en hoguera de feroz lengua. Mas la voluntad atenta y la oración constante son húmeda arena sobre la llamarada de infierno: la sofocan y la extinguen.

–          Pero, si no has pecado jamás, ¿cómo puedes emitir tu juicio sobre los pecadores?   

–          Soy hombre y soy el Hijo de Dios. Cuanto podría ignorar como hombre, y juzgarlo mal, lo conozco y juzgo como Hijo de Dios.

Y, además… Judas, respóndeme a esta pregunta: uno que tiene hambre ¿sufre más cuando dice: “ahora me siento a la mesa”, o cuando dice “no hay comida para mí”?

–          Sufre más en el segundo caso, porque sólo el saberse privado del alimento le trae a la memoria el olor de las viandas, y las vísceras se retuercen de deseo.

–          Exacto: la tentación es mordiente como este deseo, Judas. Satanás lo hace más agudo, exacto y seductor que cualquier acto cumplido.

Además, el acto satisface, y alguna vez nausea, mientras que la tentación no desaparece, sino que, como árbol podado, echa ramas cada vez más vigorosas.

–          ¿Y no has cedido nunca?

–          No he cedido nunca.

–          ¿Cómo lo has conseguido?

–          He dicho: “Padre, no me dejes caer en la tentación”.

–          ¿Cómo? ¿Tú, Mesías, Tú, que obras milagros, has solicitado la ayuda del Padre?

–           No sólo la ayuda: le he pedido que no me deje caer en la tentación. ¿Tú crees que, porque Yo sea Yo, puedo prescindir del Padre? ¡Oh, no!

 En verdad te digo que el Padre le concede todo al Hijo, pero también el Hijo recibe todo del Padre. Y te digo que todo lo que se le pida al Padre en mi nombre será concedido.

“Más ya estamos cerca del Get Sammi, donde vivo.

 Ya se ven sus primeros olivos al otro lado de las murallas. Tú estás más allá de Tofet. Ya cae la noche. No te conviene subir hasta allá.

Nos veremos de nuevo mañana en el mismo lugar. Adiós. La paz sea contigo.

–           Paz a ti también, Maestro… Pero quisiera decirte aún una cosa. Te acompaño hasta el Cedrón, luego me vuelvo para atrás. ¿Por qué estás en ese lugar tan humilde? Ya sabes… la gente da importancia a muchas cosas.

¿No conoces en la ciudad a nadie que tenga una buena casa? Yo, si quieres, puedo llevarte donde algunos amigos. Te acogerán por amistad hacia mí.

Serían moradas más dignas de ti.

–          ¿Tú crees? Yo no lo creo. Lo digno y lo indigno están en todas las clases sociales. Y, no por carecer de caridad, sino para no faltar a la justicia, te digo que lo indigno (y maliciosamente indigno) se halla frecuentemente entre los grandes.

No hace falta ser poderoso para ser bueno, como tampoco sirve el ser poderoso para ocultar la acción pecaminosa a los ojos de Dios. Todo debe invertirse bajo mi Signo: no será grande el poderoso, sino el humilde y santo.

–          Pero, para ser respetado, para imponerse…

–         ¿Es respetado Herodes? Y César, ¿es respetado? No. Los labios y los corazones los soportan y maldicen.

Créeme, Judas, sobre los buenos, o incluso sobre los que están deseosos de bondad, sabré imponerme más con la modestia que con la grandiosidad.

–          Pero entonces… ¿Vas a despreciar siempre a los poderosos? ¡Te buscarás enemigos! Yo pensaba hablar de ti a muchos que conozco y que tienen un nombre…

–          No voy a despreciar a nadie. Iré tanto a los pobres como a los ricos, a los esclavos como a los reyes, a los puros como a los pecadores.

Pero si bien he de quedar agradecido a quien proporcione pan y techo a mis fatigas (cualesquiera que sean ese techo y ese alimento), verdad es que daré siempre preferencia a lo humilde;

los grandes tienen ya muchas satisfacciones, los pobres no tienen más que la recta conciencia, un amor fiel, e hijos, y el verse escuchados por la mayoría de ellos.

Yo siempre prestaré atención a los pobres, a los afligidos y a los pecadores. Te agradezco el buen deseo, pero déjame en este lugar de paz y oración. Ve, y que Dios te inspire lo recto.

Jesús deja al discípulo y se interna entre los olivos.

20 LOS PUÑALES PARTIDOS


20 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Al día siguiente, entre varias colinas está enclavado el pequeño valle con muchos arroyuelos que forman en el centro un pequeño río, bordeado de sauces.

Es el amanecer de un hermoso día de verano, musicalizado por los pajarillos que cantan entre el ramaje de los árboles y sumado al coro melancólico de las tórtolas silvestres, que hacen más alegre la frescura del ambiente.

Apenas iluminan los primeros albores y el lugar está desierto. Hay bosques de olivos, arbustos de acacias, lentisco, pitas y muchos árboles frutales.

En un camino sombreado, Jesús va caminando solo en el fresco valle, inundado por el canto de los pájaros entre los árboles y el rumor del pequeño torrente, que refleja el verde esmeralda de la vegetación en esta fresca mañana veraniega.

Jesús atraviesa un puentecito primitivo: un tronco colocado por encima del torrente, sin protecciones laterales  y continúa por la otra orilla, hasta llegar a los muros que rodean Jerusalén.

Va aumentando la gente con un común destino, hasta que se arremolinan en las puertas todavía cerradas, los mercaderes de hortalizas u otros alimentos, para entrar en la ciudad.

Hay muchos ciudadanos que están esperando que se abran las puertas de la ciudad.

Hay un gran rebuznar de asnos y coces entre ellos. Tampoco bromean los propietarios de los mismos.

Están furiosos y también participan intercambiando insultos.

Un bastón pasa volando no solo sobre los lomos de los asnos, sino sobre las cabezas de las personas.

Dos se pelean seriamente por causa del burro de uno, que se ha servido de la magnífica cesta de lechugas del otro burro, comiéndose una buena cantidad.

Y empieza la trifulca…

Tal vez es sólo un pretexto para desfogarse de un viejo resentimiento.

La discusión llega a tal punto, que salen a relucir dos puñales muy puntiagudos y resplandecen a la luz del sol.

Hay muchos gritos, pero nadie interviene para separar a los rijosos.

Jesús, que caminaba pensativo, oye el alboroto y levanta la cabeza.

Ve lo que está sucediendo y a paso veloz, se dirige hacia ellos.

Y Ordena:

–            ¡Deténganse en el Nombre de Dios!

Uno le contesta:

–           ¡No! ¡Quiero acabar con este maldito perro!

Y el otro:

–           También yo. Voy a adornar tu túnica con tus entrañas.

Los dos giran alrededor de Jesús pegándole, insultándolo para que se quite de en medio; tratando de herirse sin conseguirlo.

Porque Jesús con movimientos habilísimos de su manto, desvía los golpes e impide que se atinen. Su manto está rasgado y la gente le grita:

–                 ¡Quítate Nazareno o te tocará a Ti también!

Pero Él no se quita y trata de hacer que se calmen, llamándolos a que piensen en Dios.

¡Todo es inútil! La ira los ha enloquecido a los dos.

Jesús grita:

–           ¡Por última vez os ordeno que desistáis!

Los dos le contestan al mismo tiempo:

–           ¡No! ¡Quítate!

–            ¡Sigue tu camino, perro Nazareno!

Entonces el tiempo parece detenerse…

Jesús extiende las manos con su mirada relampagueante de poder. No dice una sola palabra.

Pero las dagas caen por tierra hechas pedazos, como si fueran de cristal y una fuerza las hubiera golpeado.

Los dos luchadores miran los mangos inútiles que les han quedado entre los dedos.

El estupor apaga la ira.

La multitud grita admirada.

Jesús pregunta enojado:

–                 ¿Y ahora?… ¿Dónde está vuestra fuerza?

Los soldados que estaban de guardia en la puerta y un tribuno que habían acudido al oír los gritos; miran estupefactos.

El oficial se acerca a tomar un pedazo de las dagas y lo prueba en la uña, examinando con cuidado el material de que están hechas y su filo.

Luego levanta su cara, completamente asombrado.

Es el rostro muy joven de  Publio Quintiliano.

Jesús repite:

–           ¿Y ahora? ¿Dónde está vuestra fuerza? ¿En qué basáis vuestro derecho? ¿En esos trozos de metal que ahora son fragmentos entre el polvo?

 ¿En esos trozos de metal que no tenían más fuerza que la del pecado de ira contra un hermano y que os despojaba de toda bendición divina y por tanto, de toda fuerza?

¡Oh…, míseros quienes se fundan en medios humanos para vencer, sin saber que no es la violencia, sino la santidad, lo que nos hace vencedores en la Tierra! ¡Y no sólo en ella, pues efectivamente, Dios está con los justos!

Oíd, todos vosotros de Israel y también vosotros, soldados de Roma:

la Palabra de Dios habla para todos los hijos del hombre y no será el Hijo del hombre quien se la niegue a los gentiles.

El segundo de los preceptos del Señor es Precepto de Amor hacia el Prójimo. Dios es bueno y quiere benevolencia en sus hijos. Quien no es benévolo con su prójimo no puede llamarse hijo de Dios ni puede tener a Dios consigo.

El hombre no es un animal sin razón que se lanza y muerde por derecho a la presa. El hombre tiene una razón y un alma: por la razón debe saberse guiar como hombre, por el alma debe saber hacer esto santamente.

Quien no lo hace así, se pone por debajo de los animales, se rebaja al abrazo con los demonios, porque endemonia su alma con el pecado de ira.

Amad. No os digo más que eso. Amad a vuestro prójimo como desea el Señor Dios de Israel. No seáis siempre de la sangre de Caín.

Y, ¿Por qué lo sois?: vosotros, que podríais ser ya homicidas, por pocas monedas; otros, por unos pocos palmos de tierra, por un puesto mejor, por una mujer.

¿Qué son estas cosas? ¿Son cosas eternas? No. Duran mucho menos que la vida, la cual, a su vez, dura un instante de eternidad.

¿Y qué perdéis si las seguís?: la paz eterna prometida a los justos, la que el Mesías os traerá junto con su Reino.

Venid por el camino de la Verdad, seguid la Voz de Dios. Amaos. Sed honestos. Sed continentes. Sed humildes y justos. Marchaos y meditad.

Cuatro individuos preguntan:

–         ¿Quién eres Tú que dices semejantes palabras y reduces a pedazos las espadas con tu voluntad?

–          Sólo uno hace estas cosas: el Mesías.

–          Ni siquiera Juan el Bautista es superior a Él.

–          ¿Eres Tú el Mesías?

Jesús responde solemne:

–           Lo soy.

–          ¿Tú? ¿Eres Tú el que cura a los enfermos y predica a Dios en Galilea?

–           Soy Yo.

–           Mi anciana madre está muriéndose. ¡Sálvala!

–           Y yo, ¿Ves? Estoy perdiendo las fuerzas a causa de los dolores. Tengo hijos todavía pequeños. ¡Cúrame!

–           Ve a tu casa. Tu madre esta noche te preparará la cena. Y tú, queda curado. ¡Lo quiero!

La muchedumbre grita.

Luego dicen:

–            ¡Tu Nombre! ¡Tu Nombre!

–            ¿Quién eres?

Jesús responde:

–            ¡Jesús de Nazaret!

–            ¡Jesús! ¡Jesús! ¡Hosanna! ¡Hosanna!.

La multitud está alborozada.

Los asnos pueden hacer lo que quieran, que ya nadie se preocupa de ellos. 

Veloz como una centella, corre el rumor por la ciudad.

Algunas madres acuden desde la ciudad y levantan a sus pequeñuelos.

Jesús bendice y sonríe, tratando de abrirse paso en el círculo de personas que aclaman, para entrar en la ciudad e ir a donde quiere.

Pero la multitud no está dispuesta a ello.

Y gritan:

–             ¡Quédate con nosotros!

–             ¡En Judea!

–             ¡En Judea!

–             ¡También nosotros somos hijos de Abraham!

Judas llega presuroso:

 –            ¡Maestro! Maestro, has llegado antes que yo… ¿Qué sucede?

Judas es zaforím (escriba y sacerdote) del Templo, lo reconocen como tal y…

La gente le informa:

–             ¡El Rabí ha hecho milagros!

–             No en Galilea; aquí, aquí lo queremos con nosotros. 

Judas está emocionado:

–             ¿Lo ves, Maestro? Todo Israel te ama. Es justo que también estés aquí. ¿Por qué lo rehuyes?

Jesús dice:

–              No lo rehuyo, Judas. He venido adrede solo, para que la rudeza de los discípulos galileos no hiriese la finura judía.

Quiero reunir a todas las ovejas de Israel bajo el cetro de Dios.

–              Por eso te dije: “Tómame contigo”. Yo soy judío y sé cómo tratar a los judíos. ¿Te vas a quedar, entonces, en Jerusalén?

–              Pocos días. Para esperar a un discípulo que también es judío. Después iré por la Judea…

–              ¡Yo iré contigo! Te acompañaré. ¿Piensas ir a mi pueblo? Te llevaré a mi casa. ¿Vas a venir, Maestro?

–              Iré… ¿Sabes algo del Bautista, tú que eres judío y vives en contacto con la gente de alta categoría?

–              Sé que todavía está prisionero, pero que lo quieren liberar porque la multitud, si no le devuelven a su profeta, amenaza una sedición. ¿Lo conoces?

–              Lo conozco.

–              ¿Lo amas? ¿Qué piensas de él?

–              Pienso que no ha habido ninguno que asemeje a Elías más que él.

–              ¿Le consideras verdaderamente el Precursor?

–               Lo es. Es la estrella de la mañana que anuncia al Sol. Bienaventurados los que se han preparado para el Sol a través de su predicación.

–               Es muy severo Juan.

–               No más para los demás que para sí mismo.

–               Es verdad. Pero es difícil seguirlo en su penitencia. Tú eres más bueno y es fácil amarte.

–               Y sin embargo…

–               ¿Y, sin embargo, Maestro?…

–               Y, sin embargo, de la misma forma que a él se le odia por su austeridad, a mí me odiarán por mi bondad, porque la una y la otra predican a Dios.

Y Dios les resulta antipático a los malos. Está signado que así sea. De la misma forma que él me precede en la predicación, así me precederá en la muerte.

Pero, ¡Ay de los asesinos de la Penitencia y de la Bondad!

–               ¿Por qué siempre estas tristes previsiones, Maestro? La multitud te ama, ¿No lo ves?…

–                Porque es seguro. La multitud humilde, sí, me ama. Pero la multitud no es toda humilde, ni de humildes.

Pero, la mía no es tristeza; es tranquila visión del futuro y adhesión a la voluntad del Padre, que me ha mandado para esto. Y para esto Yo he venido. Ya hemos llegado al Templo.

Voy al Bel Nidrás a amaestrar a las multitudes. Si quieres, quédate.

–                Voy contigo. Sólo tengo una finalidad: servirte y hacerte triunfar.

Entran en el Templo y todo termina.

19 EL NO INVITADO


19 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Bajo unos olivos,  está sentado Jesús sobre un escalón del terreno, en su postura habitual: con los codos apoyados en las rodillas, los antebrazos hacia adelante y las manos unidas.

Empieza a anochecer y la luz va disminuyendo en el tupido olivar.

Jesús está solo.

Se ha quitado el manto como si tuviera calor.

Va vestido de blanco, poniendo así una nota clara en este lugar de tonalidad verde muy oscurecida por el crepúsculo.

Un hombre baja entre los olivos. Da la impresión de que busca algo o a alguien.

Es muy alto; joven, de cabello castaño oscuro y ensortijado. Viste muy elegante, en un alegre color palo de rosa que al ondear; hace más llamativo su manto color tinto.

Cuando distingue a Jesús, sus ojos gris oscuro brillan y su bello rostro se ilumina. 

–         ¡Ahí está!

Apresura el paso bajando por las terrazas formadas en el olivar hasta llegar a Él. 

Cuando llega a pocos metros, lo saluda con alegría:

–         ¡Salve, Maestro!

Jesús se vuelve sorprendido. Y lo mira con seriedad y una gran tristeza.

El recién llegado repite:

–          ¡Hola, Maestro! Soy Judas de Keriot. ¿No me reconoces? ¿No te acuerdas?

Jesús responde:

–          Recuerdo y reconozco. Eres el que me habló aquí con Tomás en la Pascua pasada.

–          Y a quien Tú dijiste: “Piensa y sé juicioso en la decisión antes de mi regreso”. Lo he decidido: voy contigo.

La tristeza  en Jesús se acentúa notablemente.

Y se refleja en su voz:

–           ¿Por qué vienes, Judas?

–           Porque… ya te dije la otra vez por qué: porque sueño con el Reino de Israel y en el Templo te he visto rey.

–         ¿Por esto vienes?

–          Por esto. Me pongo a mí mismo y todo lo que tengo: capacidad, conocimientos, amistades, todo mi esfuerzo, a tu servicio y al servicio de tu misión para reconstruir Israel.

También Judas es un hombre muy alto, casi igual a Jesús.  Los dos están frente a frente y se miran.

Jesús, serio y muy triste.

Judas, exaltado.

Con su aspecto joven y señorial; sonriente, hermoso, elegante, frívolo y ambicioso.

Jesús dice:

–          Yo no te he buscado, Judas.

–          Sí, ya me he percatado. Pero yo te buscaba. Hace muchos días que he puesto personas en las puertas para que me informasen de tu llegada. Pensaba que vendrías con algunos seguidores tuyos y que sería fácil verte.

Sin embargo… He deducido que habías venido porque un grupo de peregrinos iba bendiciéndote por haber curado a un enfermo. Pero nadie sabía decirme con exactitud dónde estabas.

Entonces me he acordado de este lugar. Y he venido. Si no te hubiera encontrado aquí, me habría resignado a no encontrarte…

–        ¿Crees que haya supuesto un bien para ti el haberme encontrado?

–         Sí, porque te buscaba, te deseaba, quiero tenerte.

–        ¿Por qué? ¿Por qué me has buscado?

–         ¡Pero si ya te lo he dicho, Maestro! ¿No me has comprendido?

–         Te he comprendido, sí, te he comprendido. Pero quiero que tú también me comprendas antes de seguirme. Ven. Hablaremos mientras caminamos.

Y se ponen a caminar el uno al lado del otro, hacia arriba y luego hacia abajo, por los senderillos que cortan transversalmente el olivar.

Jesús suspira profundo y dice:

 –         Tú, Judas, me sigues por una idea que es humana. Yo te debo disuadir de ello. No he venido para esto.

–           Pero, ¿Tú no eres el que ha sido designado para Rey de los judíos, aquél de quien hablaron los profetas?

Otros han surgido, pero les faltaban demasiadas cosas y han caído como hojas que el viento ya no sostiene. Tú tienes a Dios contigo, hasta el punto de que obras milagros.

Allí donde está Dios, el éxito de la misión está asegurado.

–          Es verdad lo que has dicho: que Yo tengo a Dios conmigo. Yo soy su Verbo. Soy aquel que anunciaron los Profetas, que fue prometido a los Patriarcas, el esperado de las muchedumbres.

Pero,  ¿Por qué, ¡Oh Israel!, te has vuelto tan ciega y sorda que ya no sabes leer ni ver, oír ni comprender lo verdadero de los hechos?

Mi Reino no es de este mundo, Judas. Disuádete. Vengo a traerle a Israel la Luz y la Gloria, más no las de la Tierra. Vengo a llamar a los justos de Israel al Reino.

Porque de Israel y con Israel debe formarse y venir la planta de Vida Eterna cuya linfa será la Sangre del Señor, la planta que se extenderá por toda la Tierra hasta el fin de los siglos.

Mis primeros seguidores serán de Israel; mis primeros confesores, de Israel.

Más también mis perseguidores, mis verdugos y quien me traicionará serán de Israel…

–          No, Maestro. Eso no sucederá nunca. Aunque todos te traicionasen yo estaré contigo y te defenderé.

–          ¿Tú, Judas? ¿Y en qué basas tu seguridad?

–           En mi honor de hombre.

–           Cosa más frágil que una tela de araña, Judas. Es a Dios a quien tenemos que pedirle la fuerza de ser honestos y fieles. ¡El hombre!… El hombre lleva a cabo obras de hombre. Para llevar a cabo obras del espíritu,

Y seguir al Mesías en verdad y justicia quiere decir realizar obras de espíritu, hace falta matar al hombre y hacer que vuelva a nacer. ¿Eres capaz de tanto?

–           Sí, Maestro. Y además… cierto que no todo Israel te amará, pero no llegará al punto de darle a su Mesías verdugos y traidores: ¡Te espera desde hace siglos!

–           Me los dará. Ten presente a los Profetas, sus palabras… y cómo terminaron. Yo estoy destinado a defraudar a muchos y TÚ ERES UNO DE ELLOS.

Judas, tienes aquí frente a ti, a una persona mansa, pacífica, pobre y que quiere seguir siendo pobre.

No he venido para imponerme o guerrear; no disputo ningún reino ni ningún poder a los fuertes y a los poderosos; Yo sólo a Satanás le disputo las almas.

Y vengo a vencer las cadenas de Satanás con el Fuego de mi Amor. Vengo para enseñar misericordia, sacrificio, humildad, continencia.

Yo te digo, y digo a todos: no tengáis sed de riquezas humanas; trabajad más bien por las monedas eternas.

Judas, si me crees uno que ha de triunfar sobre Roma y sobre las castas que imperan, desengáñate.

Herodes y César, y los que son como ellos, pueden dormir tranquilos mientras Yo hablo a las turbas. No he venido para arrancar cetros a nadie…

Mi cetro Eterno, ya está preparado; pero nadie, que no fuera amor como soy Yo, lo querría empuñar.

Vete, Judas y medita…

–          ¿Me rechazas, Maestro?

–          Yo no rechazo a nadie, porque quien rechaza no ama. Pero dime Judas:

¿Cómo llamarías tú la acción de uno que sabiendo que tiene una enfermedad contagiosa, le dijera a otro que desconocedor del hecho, fuera a beber de su cáliz: “Piensa lo que estás haciendo“? ¿Lo llamarías odio o amor?

–           Lo llamaría amor porque no quiere que esa persona pierda la salud.

–           Pues entonces llama también así a mi acto.

–           ¿Puedo perder la salud yendo contigo? No, nunca.    

–           Más que destruir la salud, tú mismo te puedes destruir. Piensa bien, Judas. Poco se exigirá al que asesinare creyendo que lo hace justamente. Y lo cree porque no conoce la Verdad. 

Pero mucho será exigido de quién después de haberla conocido; no solo no la sigue, sino que se hace su enemigo.

–           Yo no lo seré. Tómame contigo, Maestro. No puedes rechazarme. Si eres el Salvador y ves que yo soy un pecador, una oveja descarriada, un ciego que no va por camino justo,

¿Por qué no quieres salvarme? Tómame contigo. Te seguiré hasta la muerte…

–           ¡Hasta la muerte! Cierto. Esto es cierto. Luego…

–           ¿Luego, Maestro?

–           El futuro está en el seno de Dios. Vete.

Mañana nos volveremos a ver junto a la Puerta de los Peces.

–           Gracias, Maestro. El Señor sea contigo».

–            Y su misericordia te salve.

17 EL PARALÍTICO DE CAFARNAÚM


17 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En las orillas del lago de Genesaret, las barcas de los pescadores son sacadas a tierra.

En la playa, apoyados en ellas están Pedro y Andrés, dedicados a reparar las redes que los peones les llevan goteando después de quitar los detritos que habían quedado aprisionados en éstas, aclarándolas en el lago.

A una distancia de unos diez metros Juan y Santiago, centrados en su barca, tratan de poner orden en ella.

Son ayudados por un peón y por un hombre de unos cincuenta y cinco años que parece ser Zebedeo,  porque el peón le llama ‘jefe” y porque es muy parecido a Santiago.

Pedro y Andrés de espaldas a la barca, se dedican silenciosos a volver a atar cuerdas y corchos señalizadores.

Sólo de vez en cuando se intercambian algunas palabras acerca de su trabajo, el cual al parecer ha sido infructuoso.

Y no porque su bolsa esté vacía, ni por la inutilidad del esfuerzo,

Pedro se queja de ello:

–           Lo siento porque… ¿Cómo vamos a arreglárnoslas para dar algo de comer a esos pobrecillos? A nosotros sólo nos llegan raros donativos y yo no toco esos diez denarios y siete dracmas, que hemos recogido en estos cuatro días.

El Maestro y sólo Él, me debe indicar para quién y cómo se han de distribuir esas monedas.

¡Y hasta el sábado El no vuelve! ¡Si hubiera tenido buena pesca!… El pescado más menudo lo habría cocinado y se lo habría dado a esos pobres…

Y si alguien de mi casa se hubiera quejado, no me hubiera importado: los sanos pueden ir a buscarlo, ¡Pero los enfermos…!.

Andrés dice:

–            ¡Y además ese paralítico!… Ya han recorrido mucho camino para traerlo aquí… Mira, hermano, yo pienso… que no podemos estar divididos.

No sé por qué el Maestro no nos quiere tener permanentemente con Él. Al menos… no vería a estos pobrecillos a los que no puedo socorrer y aunque los viera, podría decirles: “Él está aquí”.

Una clamorosa Voz de tenor dice:

–             ¡Aquí estoy!

Jesús ha venido caminando despacio por la arena blanda.

Pedro y Andrés se estremecen.

Se les escapa un grito: 

 –          ¡Oh! ¡Maestro!

Y llaman a Santiago y a Juan:       

–           ¡El Maestro!

 –          ¡Venid!.

Los dos acuden y todos se arriman a Jesús.

Uno le besa la túnica, otro las manos.

Juan osa pasarle un brazo alrededor de la cintura y apoyar la cabeza sobre su pecho.

Jesús lo besa en el pelo.

Y pregunta:

–             ¿De qué hablabais?

Pedro responde:

–             Maestro… estábamos diciendo que te íbamos a necesitar.

–             ¿Para qué, amigos?

–             Para verte y amarte viéndote. Y además, por algunos pobres y enfermos. Te esperan desde hace dos días o más… Yo he hecho lo qué podía.

Los he alojado allí ¿Ves aquella cabaña en aquel terreno baldío? Allí reparan las barcas los carpinteros de la ribera.

Allí he procurado cobijo a un paralítico, a uno que tiene mucha fiebre y a un niño que se está muriendo en brazos de su madre. No podía mandarlos a buscarte. 

–             Has hecho bien. Pero, ¿Cómo te las has arreglado para socorrerlos? ¿Quién los ha guiado?, ¡Me has dicho que son pobres!…

–            Claro, Maestro. Los ricos tienen carros y caballos; los pobres, sólo las piernas. No pueden seguirte diligentemente. He hecho lo que he podido.

 Mira: esto es lo poco que he recaudado, pero no he tocado ni una moneda. Tú lo harás.

–            Pedro, tú también podías haberlo hecho. Ciertamente… Pedro mío, siento que por mí sufras reprensiones o fatigas.

–           No, Señor, no debes afligirte por eso. A mí eso no me duele. Sólo siento el no haber podido tener una mayor caridad.

Pero créeme he hecho, todos hemos hecho cuanto hemos podido.

–            Lo sé. Sé que has trabajado y sin intereses personales. Aunque haya faltado la comida, tu caridad no. Y es viva, activa, santa a los ojos de Dios.

Algunos niños han llegado corriendo y gritan:

–            ¡El Maestro!

–            ¡Está el Maestro!

–            ¡Jesús!

–            ¡Ha venido Jesús!

Y se le arriman.

Él los acaricia, sin dejar por ello de hablar con los discípulos:

–            Simón, entro en tu casa. Tú y vosotros id a comunicar que he venido; después traedme a los enfermos.

Los discípulos salen rápidos, en distintas direcciones.

No obstante toda Cafarnaúm ya sabe, que Jesús ha llegado.

Lo sabe por los niños, que parecen abejas que en enjambre dejan la colmena hacia las distintas flores: en este caso las casas, las calles, las plazas.

Van y vienen jubilosos, llevando la noticia a las mamás, a los transeúntes, a los viejos que están sentados tomando el sol.

Y luego vuelven para que una vez más los acaricie Aquél que los ama.

Y uno audaz, dice:

–            Háblanos a nosotros, habla hoy para nosotros, Jesús. Te queremos y somos mejores que los mayores.

Jesús le sonríe al pequeño psicólogo y promete que hablará para ellos.

Luego con los pequeños siguiéndole se dirige a la casa, donde entra saludando con su fórmula de paz:       

–             La paz descienda sobre esta casa.

La gente se apiña en la estancia grande posterior empleada para las redes, maromas, cestos, remos, velas y provisiones.

Se ve que Pedro la ha puesto a disposición de Jesús, amontonando todo en un rincón para dejar espacio libre.

El lago no se ve desde aquí, sólo se oye el rumor lento de sus olas y se ve sólo la pequeña tapia verdosa del huerto, con su vieja vid y su frondosa higuera.

Hay gente hasta incluso en la calle; no cabiendo en la sala, ocupan el huerto; no cabiendo en el huerto, se quedan afuera.

Jesús empieza a hablar.

 En primera fila, se han abierto paso sirviéndose de su actitud avasalladora y del temor que siente hacia ellos la plebe, cinco personas de elevada condición social.

Mantos púrpura bordados en oro, riqueza de vestidos y soberbia, denuncian que son fariseos y doctores.

Sin embargo, Jesús quiere tener en torno a sí a sus pequeños: una corona de caritas inocentes, ojos luminosos y sonrisas angelicales, mirando hacia arriba, a Él.

Jesús habla, acariciando de vez en cuando la cabecita rizada de un niño, que se ha sentado a sus pies y tiene apoyada la cabeza en las rodillas de Él, sobre su bracito doblado.

Jesús está sentado encima de un gran montón de cestos y redes.

–           Mi amado ha bajado a su jardín, al pensil de los aromas, a deleitarse entre los jardines y a recoger lirios… él, que se sacia entre los lirios, dice Salomón de David de quien provengo Yo, Mesías de Israel.

¡Mi jardín! ¿Qué jardín más hermoso y más digno de Dios que el Cielo, donde son flores los ángeles creados por el Padre?…

Y sin embargo, otro jardín ha querido el Hijo unigénito del Padre, el Hijo del hombre, porque por el hombre Yo tengo carne, sin la cual no podría redimir las culpas de la carne del hombre.

Un jardín que habría podido ser poco inferior al celeste, si desde el Paraíso terrestre se hubieran propagado, como dulces abejas desde una colmena, los hijos de Adán, los hijos de Dios, para poblar la Tierra de santidad destinada toda al Cielo.

Pero el Enemigo sembró tribulaciones y espinas en el corazón de Adán. Y tribulaciones y espinas desde este corazón se derramaron sobre la Tierra no ya jardín, sino selva áspera y cruel en que se estanca la fiebre y anida la Serpiente.

Pero el Amado del Padre tiene todavía un jardín en esta tierra en que impera Satanás.

El jardín al que va a saciarse de su alimento celeste: amor y pureza; el vergel del que toma las flores que aprecia, en las cuales no hay mancha de sentido, de avaricia, de soberbia: éstos.

Jesús acaricia a todos los niños que puede, pasando su mano sobre la corona de cabecitas atentas una única caricia que apenas los toca y les hace sonreír de alegría, éstos son mis lirios.

No tuvo Salomón en su riqueza, vestidura más hermosa que el lirio que perfuma la cañada, ni diadema de más aérea y espléndida gracia, que la que tiene el lirio en su cáliz de perla.

Y no obstante, para mi Corazón no hay lirio que valga lo que uno de éstos.

No hay parque, no hay jardín de ricos todo cultivado de lirios, que me valga cuanto uno sólo de estos puros, inocentes, sinceros, sencillos párvulos.

¡Oh hombres, oh mujeres de Israel, oh vosotros, grandes y humildes por riqueza o por cargo, oíd!

Vosotros estáis aquí porque queréis conocerMe y amarMe.

Pues bien, debéis saber cuál es la condición primera para ser míos. Mirad que no os digo palabras difíciles, ni os pongo ejemplos aún más difíciles.

Os digo: tomad a éstos como ejemplo.

¿Quién hay, entre vosotros, que no tenga en casa en la edad de la inocencia, de la niñez, a un hijo, a un nieto o sobrino, a un hermano?

¿No es un descanso, un alivio, un motivo de unión entre esposos, entre familiares, entre amigos, uno de estos inocentes, cuya alma es pura como alba serena, cuyo rostro aleja las nubes y crea esperanzas, cuyas caricias secan las lágrimas e infunden fuerza vital?

¿Por qué tienen tanto poder ellos que son débiles, inermes, ignorantes todavía?

Porque tienen en sí a Dios, tienen la fuerza y la sabiduría de Dios, la verdadera sabiduría:

Saben amar y creer. Creer y querer, vivir en este amor y en esta Fe. Sed como ellos: sencillos, puros, amorosos, sinceros, creyentes.

No hay sabio en Israel que sea mayor que el más pequeño de éstos, cuya alma es de Dios y de cuya alma es el Reino.

Benditos del Padre, amados del Hijo del Padre, flores de mi jardín, mi paz esté con vosotros y con quienes os imiten por mi amor.

Jesús ha terminado.

Pedro grita entre la muchedumbre: 

–            ¡Maestro! Aquí están los enfermos. Dos pueden esperar a que salgas, pero a éste lo está estrujando la multitud.

Y además… ya no aguanta más y no podemos pasar. ¿Le digo que vuelva otra vez?

Jesús responde:

– No. Descolgadlo por el techo.

– ¡Es verdad! ¡Enseguida!

Se oye caminar arrastrando los pies sobre el techo bajo de la estancia, la cual no formando realmente parte de la casa, no tiene encima la terraza unida con cemento;

sino sólo un tejado de haces de ramas cubiertas con placas similares a la pizarra.

Hacen una abertura y con unas cuerdas bajan la pequeña camilla en la que está el enfermo.

La descuelgan justo delante de Jesús.

La gente se apiña aún más, para ver.

Jesús dice:

–            Has tenido una gran fe, como también quien te ha traído.

El enfermo es un hombre muy joven:

–            ¡Oh! ¡Señor! ¿Cómo no tenerla en Tí?

–            Pues bien, Yo te digo: hijo, te son perdonados todos tus pecados.

El hombre lo mira llorando… Quizás se queda un poco contrariado porque esperaba la curación del cuerpo.

Los fariseos y doctores murmuran, arrugando nariz, frente y boca con desprecio.

Jesús usa el Don para leer corazones…

Y dice:

–         ¿Por qué murmuráis, con los labios y sobre todo, en el corazón? Según vosotros, ¿Es más fácil decirle al paralítico: “Tus pecados te son perdonados”

O “Levántate, toma la camilla y anda”?

Vosotros pensáis “sólo Dios puede perdonar los pecados”.

Pero no sabéis responder cuál es la cosa más grande, porque a este hombre, maltrecho en todo su cuerpo y que ha gastado los haberes sin resultado alguno, sólo lo puede curar Dios.

Pues bien, PARA QUE SEPÁIS QUE YO LO PUEDO TODO, para que sepáis que el Hijo del hombre tiene poder sobre la carne y sobre el alma, en la Tierra y en el Cielo, Yo le digo a éste:

–        ¡Levántate, toma tu camilla y anda! Ve a tu casa y sé santo.

El hombre se estremece, grita, se levanta, se echa a los pies de Jesús, los besa y acaricia, llora y ríe.

Y con él los familiares y la multitud, la cual luego se abre para dejarlo pasar.

Siguiendolo jubilosa la muchedumbre, menos los cinco rencorosos que se marchan engreídos y duros como estacas.

Así, puede entrar la madre con el pequeñuelo:

Un niño todavía lactante, esquelético. Lo acerca.

Dice solamente:

–           Jesús, Tú los amas. Lo has dicho. ¡Que este amor y tu Madre…!- … y se echa a llorar.

Jesús toma al lactante realmente moribundo, se lo pone contra el corazón, lo tiene un momento con la boca en la carita cérea de labios violáceos y párpados ya caídos.

Un momento lo tiene así…

Y cuando lo separa de su barba rubia, la carita tiene color rosáceo, la boquita expresa una sonrisa indecisa de infante.

Los ojitos miran alrededor vivarachos y curiosos, las manitas, antes cerradas y caídas, gesticulan entre el pelo y la barba de Jesús, que ríe.

La mamá grita dichosa:

–          ¡Oh, hijo mío!

–           Toma, mujer. Sé feliz y buena.

Y la mujer toma al niño renacido y lo estrecha contra su pecho.

Y el pequeño reclama inmediatamente sus derechos de alimento: hurga, abre, encuentra… y se amamanta ávido y feliz.

Jesús bendice a los presentes. Pasa entre ellos.

Va a la puerta, donde está el enfermo que tenía mucha fiebre.

–           ¡Maestro! ¡Sé bueno!

–           Y tú también. Usa la salud en la justicia.

Lo acaricia y sale.

Vuelve a la orilla seguido, precedido, bendecido por muchos que le suplican:

–            Nosotros no te hemos oído. No podíamos entrar. Háblanos también a nosotros.

Jesús hace un gesto de aceptación y dado que la multitud lo oprime hasta casi ahogarlo, monta en la barca de Pedro.

No es suficiente. El asedio es sofocante.

Jesús le dice a Pedro:

–            Mete la barca en el mar y sepárate bastante.

6 EL PRIMER APÓSTOL


6 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús camina solo por una vereda que corta dos parcelas de cultivo.

Juan se dirige hacia Él por un sendero completamente distinto que hay entre las tierras; al final le alcanza, pasando por una abertura del seto.

Juan es un jovencito con el color rosáceo de las mejillas lisas, una bella sonrisa en su boca bien dibujada y la mirada pura de sus ojos color turquesa oscuro, donde asoma la limpieza del alma virgen y la inocencia del niño que no ha dejado de ser, aunque empieza a convertirse en un hombre.

Tiene una larga cabellera rubio oscura que ondula al ritmo de su paso, que es tan veloz que parece que corriera.

Llama, cuando está para pasar el seto:

 –       ¡Maestro!

Jesús se detiene y se vuelve sonriendo.

–        ¡Maestro, suspiraba por Tí! Me han dicho en la casa donde estás que habías venido hacia la campiña… Pero no exactamente a dónde. Y temía no verte.

 Juan habla levemente inclinado, con mucho respeto.

Y no obstante, se le ve lleno de confidente afecto en su actitud y en la mirada que levanta hacia Jesús, con la cabeza ligeramente en dirección al hombro.

Jesús responde con ternura:

–        He visto que me buscabas y he venido hacia ti.

–        ¿Me has visto? ¿Dónde estabas, Maestro?

–        Allí – y Jesús indica un grupo de árboles lejanos que  por el color del ramaje, parece que son olivos.

Y agrega sonriente: 

–         Estaba allí, orando y pensando en lo que voy a decir esta tarde en la sinagoga. Pero lo he dejado enseguida, nada más verte.

Fue con la vista espiritual.

–         ¿Y cómo has podido verme si yo apenas distingo ese lugar, escondido detrás de aquel promontorio?

–         Y sin embargo, ya ves que he salido a tu encuentro porque te he visto. Lo que no hace el ojo lo hace el amor».

–          Sí, lo hace el amor. Entonces, me amas, ¿No, Maestro?

–          Y tú, ¿Me amas Juan, hijo de Zebedeo?

–          Mucho, Maestro. Tengo la impresión de haberte amado siempre. Antes de conocerte, mi alma te buscaba. Y cuando te he visto, ella me ha dicho: “He ahí a quien buscas”. Yo creo que te he encontrado porque mi alma te ha sentido.

–          Tú lo dices Juan, y es así. Yo también he venido hacia ti porque mi alma te ha sentido. ¿Durante cuánto tiempo me amarás?

–          Siempre, Maestro. Ya no quiero amar a nadie que no seas Tú.

–          Tienes padre y madre, hermanos, hermanas; tienes la vida y con la vida, la mujer y el amor. ¿Serás capaz de dejarlo todo por Mí?

–          Maestro… no sé… pero me parece si no es soberbia el decirlo, que tu predilección será para mí, padre, madre, hermanos, hermanas e incluso mujer. De todo sí, de todo me consideraré saciado, si Tú me amas.

–          ¿Y si mi amor te comporta sufrimientos y persecuciones?

–           Será como nada, Maestro, si Tú me amas.

–           Y el día que Yo debiera morir…

–           ¡No! Eres joven, Maestro… ¿Por qué morir?

–           Porque el Mesías ha venido para predicar la Ley en su verdad y para llevar a cabo la Redención. Y el mundo aborrece la Ley y no quiere redención. Por eso persigue a los mensajeros de Dios.  

ALMAS VÍCTIMAS Y CORREDENTORAS

–           ¡Oh, que esto no suceda! ¡No le manifiestes este pronóstico de muerte a quien te ama!… Pero, aunque tuvieras que morir, yo te amaría de todas formas. Deja que te ame.

Juan tiene una mirada suplicante.

Más humilde que nunca, camina al lado de Jesús y parece como si mendigara amor.

Jesús se detiene. Lo mira, lo taladra con la mirada de sus ojos profundos.

Y poniéndole la mano sobre su cabeza inclinada, le dice:

–           Quiero que me ames.

–           ¡Oh, Maestro!

Juan se siente feliz. Aunque sus pupilas brillen por el lanto contenido.

Ríe con esa joven boca suya bien dibujada. Toma la mano divina, la besa en el dorso y la aprieta contra su corazón.

Luego, continúan su camino.

–           Has dicho que me buscabas…

–           Sí. Para anunciarte que mis amigos quieren conocerte… Y porque… ¡Oh, qué ganas tenía de estar de nuevo contigo! Te he dejado hace pocas horas… y ya no podía seguir sin ti.

–           Entonces, ¿Has sido un buen anunciador del Verbo?

–           También Santiago Maestro, ha hablado de ti de manera… convincente.

–           De forma que incluso quien desconfiaba…Y no es culpable, porque la prudencia era la causa de su reserva, se ha persuadido. Vamos a confirmarlo del todo.

–           Tenía un poco de miedo…

Jesús detiene el paso y dice:

–           ¡No! ¡No miedo a mí! He venido por los buenos y más aún por quien está en el error. Yo quiero salvar, no condenar.

Con los honestos seré todo Misericordia.

Intercesoramente, Juan interviene

–           ¿Y con los pecadores?

–           También. Por deshonestos entiendo los que lo son espiritualmente, y con hipocresía fingen ser buenos, mientras que realizan obras malvadas.

Y hacen esas cosas y de esa forma, para obtener algún beneficio propio y sacar algún provecho del prójimo. Con éstos seré severo.

–           Simón entonces puede sentirse seguro. Es auténtico como ningún otro.

–           Así me gusta, y así quiero que seáis todos.

–           Simón quiere decirte muchas cosas.

–           Lo escucharé después de hablar en la sinagoga. He dicho que se avise no sólo a los ricos y a los sanos sino también a los pobres y a los enfermos. Todos tienen necesidad de la Buena Nueva.

E1 poblado está cercano. Algunos niños juegan en la calle; uno, corriendo se choca con las piernas de Jesús.

Y se hubiera caído, si Él no lo hubiese aferrado con solicitud.

El niño llora de todas formas, como si se hubiera hecho daño.

 Y Jesús sujetándolo, le dice:

–        ¿Un israelita que llora? ¿Qué habrían debido hacer los miles y miles de niños que se hicieron hombres atravesando el desierto siguiendo a Moisés?

Pues bien, más por ellos que por los otros, porque el Altísimo ama a los inocentes y cuida providentemente de estos angelitos de la Tierra.

De estas avecillas sin alas, como de los pájaros del bosque y de los aleros, justamente por éstos envió tan dulce maná. ¿Te gusta la miel? ¿Sí? Bueno, pues si eres bueno comerás una miel más dulce que la de tus abejas.

–         ¿Dónde? ¿Cuándo?

–         Cuando, después de una vida de fidelidad para con Dios, vayas a Él.

–         Sé que no iré a Él si no viene el Mesías. Mamá me dice que por ahora cada uno de nosotros, israelitas, somos como Moisés y morimos teniendo ante nuestros ojos la Tierra Prometida.

Dice que nos damos a la espera de entrar en ella y que sólo el Mesías hará que entremos.

–        ¡Pero qué israelita tan genial! Pues bien, Yo te digo que cuando mueras entrarás enseguida en el Paraíso, porque el Mesías para entonces, habrá abierto ya las puertas del Cielo. Pero tienes que ser bueno.

Una mujer aparece y el niño grita:

–        ¡Mamá! ¡Mamá! 

El niño se desata de los brazos de Jesús y corre hacia una joven esposa que regresa con un ánfora de cobre.

–        ¡Mamá! El nuevo Rabí me ha dicho que iré inmediatamente al Paraíso cuando muera, y que comeré mucha miel… pero si soy bueno. ¡Seré bueno!

–        ¡Dios lo quiera! Perdona, Maestro, si te ha molestado. ¡Está lleno de vitalidad!

–        La inocencia no molesta, mujer. Dios te bendiga, porque eres una madre que cría a los hijos en el conocimiento de la Ley.

La mujer se sonroja ante esta alabanza y responde:

–        Que Dios te bendiga también a ti – y desaparece con su pequeño.

Juan pregunta:

–       ¿Te gustan los niños, Maestro?

Jesús contesta:

–        Sí, porque son puros y sinceros… y amorosos.

–         ¿Tienes sobrinos, Maestro?

–         No tengo sino una Madre. Pero en Ella están presentes la pureza, la sinceridad, el amor de los niños más santos junto a la sabiduría, justicia y fortaleza de los adultos.

En mi Madre tengo todo, Juan.

–         ¿Y la has dejado?

–         Dios está por encima incluso de la más santa de las madres.

–         ¿La conoceré yo?

–          La conocerás.

–         ¿Y me querrá?

–          Te amará porque Ella ama a quien ama a su Jesús.

–         ¿Entonces no tienes hermanos?

–         Tengo algunos primos por parte del marido de mi Madre. Pero todo hombre es para mí un hermano y para todos he venido. Henos aquí delante de la sinagoga.

Yo entro; tú vendrás después con tus amigos.

Juan se va y Jesús entra en una estancia cuadrada que tiene el típico aparato de luces colocadas en triángulo y de atriles con rollos de pergamino.

Ya hay una multitud que espera y ora.

También Jesús ora.

La multitud bisbisea y hace comentarios detrás de Él.

Jesús se inclina para saludar al jefe de la sinagoga y luego pide un rollo, tomado al azar.

Jesús empieza la lección…

–          El Espíritu me mueve a leer esto para vosotros. Al principio del séptimo libro de Jeremías se lee: “Esto dice el Señor de los ejércitos, el Dios de Israel:

‘Enmendad vuestros hábitos y Vuestros sentimientos, y entonces habitaré con vosotros en este lugar,

No os hagáis falsas ilusiones con esas palabras vanas que repetís: aquí está el Templo del Señor.

Porque si vosotros mejoráis vuestros hábitos y sentimientos, si hacéis justicia entre el hombre y su prójimo, si no oprimís al extranjero, al huérfano y a la viuda,

si no esparcís en este lugar la sangre inocente, si no seguís a los dioses extranjeros, para desventura vuestra, entonces Yo habitaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres para siempre”.

Oíd, vosotros, de Israel. Yo vengo a iluminaros las palabras de luz que vuestra alma ofuscada ya no sabe ni ver ni entender. Oíd. Mucho llanto cae sobre la tierra del pueblo de Dios:

Lloran los ancianos al recordar las antiguas glorias, lloran los adultos bajo el peso del yugo, lloran los niños sin porvenir de gloria.

Mas la gloria de la Tierra no es nada respecto a una gloria que ningún opresor, aparte de Satanás y la mala voluntad, puede arrebatar.

¿Por qué lloráis? ¿Cómo es que el Altísimo que siempre fue bueno para con su pueblo, ahora ha vuelto hacia otro lugar su mirada y niega a sus hijos la visión de su Rostro?

¿Ya no es el Dios que abrió el mar y por él hizo pasar a Israel y por arenas lo condujo y nutrió. Y lo defendió contra los enemigos?

¿Y para que no perdiese la pista del camino del Cielo, como dio a los cuerpos la nube, les dio la Ley a las almas? ¿Ya no es el Dios que dulcificó las aguas y proporcionó el maná a los que estaban extenuados?

¿Ya no es el Dios que quiso estableceros en esta tierra y estrechó con vosotros una alianza de Padre a hijos? Y entonces, ¿Por qué ahora el pueblo extranjero os ha abatido?

Muchos entre vosotros murmuran: “¡Y, sin embargo, aquí está el Templo!”.

No basta tener el Templo e ir a él a rezar a Dios. El primer templo está en el corazón de cada hombre y en él se debe llevar a cabo una santa Oración.

Pero no puede ser santa si antes el corazón no se enmienda. Y con el corazón los hábitos, los afectos, las normas de justicia respecto a los pobres, respecto a los siervos, respecto a los parientes, respecto a Dios.

Mirad. Yo veo ricos de duro corazón que depositan pingües ofrendas en el Templo, pero no saben decirle al pobre: “Hermano, toma un pan y un denario. Acéptalo. De corazón a corazón. Que esta ayuda no te humille a ti, y no me ensoberbezca a mí el dártela”.

Veo que hay quien ora y se lamenta ante Dios de que no lo escucha prontamente. Y después, al mísero en ocasiones, de su propia sangre, que le dice: “Escúchame” y le responde con corazón de piedra: “No”.

Veo que lloráis porque quien os domina desangra vuestra bolsa.

Pero luego vosotros sacáis la sangre a quien odiáis, y no os horroriza el vaciar un cuerpo de sangre y de vida.

¡Oh, israelitas! El tiempo de la Redención ha llegado. Más, preparad sus vías en vosotros con la buena voluntad. Sed honestos, buenos; amaos los unos a los otros.

Ricos, no despreciéis; comerciantes, no cometáis fraudes; pobres, no envidiéis.

Sois todos de una sangre y de un Dios. Todos estáis llamados a un destino. No os cerréis con vuestros pecados el Cielo que el Mesías os va a abrir.

¿Que hasta ahora habéis errado? Ya no más. Caiga todo error.

Simple, buena, fácil es la Ley que vuelve a los Diez Mandamientos iniciales; pero deben estar inmersos en la Luz del Amor.

Venid. Yo os mostraré cuáles son:

Amor, amor, amor. Amor de Dios a vosotros, de vosotros a Dios. Amor entre vosotros. Siempre amor, porque Dios es Amor y son hijos del Padre los que saben vivir el amor.

Yo estoy aquí para todos y para dar a todos la luz de Dios. He aquí la Palabra del Padre que se hace alimento en vosotros. Venid, gustad, cambiad la sangre del espíritu con este alimento.

Todo veneno desaparezca, toda concupiscencia muera. Se os ofrece una gloria nueva, la Eterna. La alcanzarán los que hagan de la Ley de Dios estudio verdadero de su corazón.

Empezad por el amor. No hay nada más grande. CUANDO SEPÁIS AMAR, sabréis ya todo.

Y Dios os amará. Y Amor de Dios quiere decir ayuda contra toda tentación.

La bendición de Dios descienda sobre quien le eleva un corazón lleno de buena voluntad.

Jesús ha terminado de hablar.

ROSTRO MAESTRO

Se oye el bisbiseo de la gente. Después de himnos muy salmodiados, la asamblea se disuelve.

Jesús sale a la placita.

En la puerta están Juan y Santiago con Pedro y Andrés.

Jesús los saluda:

–          La paz esté con vosotros. Éste es el hombre que para ser justo necesita no juzgar sin conocer primero, pero que es honesto reconociendo su equivocación.

Simón, ¿Has querido verme? Aquí me tienes. Y tú, Andrés, ¿Por qué no has venido antes?

Los dos hermanos se miran turbados.

Andrés susurra:

–           No me atrevía…

Pedro está rojo, no habla.

 Pero cuando oye que Jesús le dice al hermano:

–         ¿Hacías algo malo viniendo? Sólo el mal no se debe osar hacer.

Interviene con franqueza:

–          He sido yo. Él quería traerme inmediatamente hacia ti. Pero yo… yo he dicho… Sí, he dicho: “No creo”, y no he querido. ¡Oh, ahora me siento mejor!…

Jesús sonríe y dice:

–          Por tu sinceridad, te manifiesto que te amo.

–          Pero yo… yo no soy bueno… no soy capaz de hacer lo que has dicho en la sinagoga. Soy iracundo y si alguno me ofende… ¡bueno!…

Soy codicioso y me gusta tener dinero. Y al vender el pescado, bueno… no siempre… no siempre he estado limpio de fraude. Y soy ignorante.

Quiero seguirte, tengo poco tiempo y así recibir la luz. ¿Qué puedo hacer? Quisiera ser como Tú dices… Pero… 

Jesús sonríe ampliamente y declara:

–         No es difícil, Simón. ¿Conoces un poco la Escritura? ¿Sí? Pues bien, piensa en el profeta Miqueas.

Dios quiere de ti lo que dice Miqueas. No te pide que te arranques el corazón, ni que sacrifiques los afectos más santos. Por ahora no te lo pide.

Un día tú le darás a Dios, sin que te lo demande, incluso a ti mismo. Pero Él espera a que un sol y un rocío de ti, sutil tallo de hierba, hagan palma robusta y gloriosa.

Por ahora te pide esto: practicar la justicia, amar la misericordia, poner toda la atención en seguir a tu Dios.

Esfuérzate en hacer esto y quedará cancelado el pasado de Simón, y tú serás el hombre nuevo, el amigo de Dios y de su Cristo. No serás ya Simón, sino Cefas, piedra segura en que me apoyaré.

–          ¡Esto me gusta! Esto lo entiendo. La Ley es así… Es así… mira, ¡Yo ya no sé practicarla de la forma que la presentan los rabinos!… Pero esto que Tú dices, sí. Me parece que lo lograré. Tú me vas a ayudar, ¿No? ¿Resides en esta casa?… Conozco al dueño.

–          Estoy aquí. Pero voy a ir a Jerusalén. Y después predicaré por Palestina. Para esto he venido. De todas formas, volveré aquí frecuentemente.

–          Vendré a oírte de nuevo. Quiero ser tu discípulo. Un poco de luz entrará en mi cabeza.

–          En el corazón sobre todo Simón, en el corazón. Y tú, Andrés, ¿No hablas?

Andrés responde:

–          Escucho, Maestro.

Pedro agrega:

–          Mi hermano es tímido.

–          Será un león. Está anocheciendo. Que Dios os bendiga y os conceda buena pesca. Id.

–          La paz sea contigo.

Se van.

Nada más salir, Pedro observa:

–          ¿Qué habrá querido decir antes, con eso de que pescaré con otras redes y otro tipo de peces?

Andrés cuestiona:

–          ¿Por qué no se lo has preguntado? Querías decir muchas cosas, y luego casi ni hablas.

–          Me daba… vergüenza. ¡Es tan distinto de los demás rabinos!

Juan suspira con anhelo y gran nostalgia.

Y dice:

–          Ahora va a Jerusalén… Yo quería pedirle que me dejara ir con Él… pero no me he atrevido…

Pedro responde:

–          Vete a decírselo, muchacho. Nos hemos despedido de Él así, sin más… sin ni siquiera una palabra de afecto… Al menos, que sepa que lo admiramos. Ve, ve. Yo me encargo de comunicárselo a tu padre.

–          ¿Voy, Santiago?

–           Ve.

Juan se echa a correr…

Y también corriendo, vuelve lleno de júbilo:

–            Le he dicho: “¿Quieres que vaya contigo a Jerusalén?”. Me ha respondido: “Ven, amigo”. ¡Ha dicho “amigo”! Mañana a esta hora vendré aquí. ¡Ah! ¡A Jerusalén con Él!…

Y vuelve a partir corriendo.

Jesús dice:

 Quiero que tú y todos os fijéis en la actitud de Juan, en un aspecto que siempre pasa desapercibido.

Lo admiráis porque es puro, amoroso, fiel. Pero no os dais cuenta de que fue grande también en humildad. Él, primer artífice de que Pedro viniera a mí, modestamente calla este detalle.

El apóstol de Pedro y por tanto, el primero de mis apóstoles, fue Juan:

Primero en reconocerme, primero en dirigirme la palabra, primero en seguirme, primero en predicarme. Y, sin embargo, ¿Veis lo que dice?:

“Andrés, hermano de Simón, era uno de los dos que habían oído las palabras de Juan [el Bautista] y habían seguido a Jesús.

El primero con quien se encontró fue su hermano Simón, al cual le dijo: “Hemos encontrado al Mesías’

Y lo condujo a donde estaba Jesús”.

Justo además de bueno, sabe que Andrés se angustia por tener un carácter cerrado y tímido. Sabe que querría hacer muchas cosas pero que no logra hacerlas y desea para él en la posteridad, el reconocimiento de su buena voluntad.

Quiere que aparezca Andrés como el primer Apóstol de Cristo respecto a Simón, a pesar de que la timidez y la dependencia respecto a su hermano, le hubieran creado un sentimiento de derrota en el apostolado.

¿Quiénes, entre los que hacen algo por Mí, saben imitar a Juan y no se autoproclaman insuperables apóstoles, pensando que su éxito proviene de un complejo de cosas; que no son sólo santidad, sino también audacia humana, fortuna?

¿Y la circunstancia de estar junto a otros menos audaces y afortunados, pero quizás más santos que ellos?

Cuando tengáis algún éxito en el campo del bien, no os gloriéis de ello como si fuera mérito sólo vuestro.

Alabad a Dios, señor de los apostólicos obreros.  Y tened ojo limpio y corazón sincero para ver y dar a cada uno la alabanza que le corresponde.

Ojo límpido para discernir a los apóstoles que cumplen holocausto,.

Y que son las primeras, verdaderas palancas en el trabajo de los demás. Sólo Dios los ve a éstos, que tímidos pareciera que no hacen nada.

Y son sin embargo, los que le roban al Cielo el Fuego de que están investidos los audaces.

Corazón sincero en cuanto a decir: “Yo actúo, pero éste ama más que yo, ora mejor que yo, se inmola como yo no sé hacer y como Jesús ha dicho: “

Dentro de la propia habitación con la puerta cerrada para orar en secreto:

Yo, que intuyo su humilde y santa virtud, quiero darla a conocer y decir:

‘Yo soy instrumento activo; éste, fuerza que me imprime movimiento; porque, injertado como está en Dios, me es canal de celeste fuerza”.

Y la bendición del Padre, que desciende para recompensar al humilde que en silencio se inmola para dar fuerza a los apóstoles,

descenderá también sobre el apóstol que sinceramente reconoce la sobrenatural y silenciosa ayuda, que le viene a él del humilde, y el mérito de éste, que la superficialidad de los hombres no nota. Aprended todos.

¿Es mi predilecto? Sí.

Pero, ¿No tiene también esta semejanza conmigo? Puro, amoroso, obediente, mas también humilde. Yo me miraba en él y en él veía mis virtudes.

Lo amaba, por ello, como un segundo Yo. Veía la mirada del Padre depositada en él, reconociéndolo como un pequeño Cristo.

Y mi Madre me decía:

–    “Siento en él un segundo hijo. Me parece verte a ti, reproducido en un hombre”.

¡Oh…, la Llena de Sabiduría cómo te conoció dilecto mío! Los dos azules de vuestros corazones de pureza se fundieron en un único velo para protegerme amorosamente.

Y vinieron a ser un solo amor, antes incluso de que Yo diera a la Madre a Juan y a Juan a la Madre.

Se habían amado porque habían reconocido su mutua similitud:

Hijos y hermanos del Padre y del Hijo.