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134.- EL PRIMER PASO…


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Bajo una lluvia persistente, Jesús y Juan van empapados y de este modo llegan a Enganím y se ponen a buscar a los apóstoles separándose,  para encontrarlos más pronto. Juan encuentra a su hermano que anda haciendo las compras para el sábado.

Santiago le pregunta:

–                       Estábamos preocupados. ¿En dónde está el Maestro?

Juan contesta:

–                       Fue a buscaros. El primero que os encontrase iría a la casa del carpintero.

–                       Entonces… Mira estamos en aquella casa. Ve pronto a buscar al Maestro y ven…  -Santiago baja la voz y mira a su alrededor-  Hay muchos Fariseos… Y con malas intenciones. Nos preguntaron qué porqué Él no estaba con nosotros. Querían saber si ya se adelantó o si viene retrasado. Primero dijimos: ‘No sabemos’ y no nos creyeron. Y dijimos la verdad, porque no sabíamos en donde andaban.

Entonces Iscariote, que no tiene tantos pelos en la lengua, les dijo: ‘Ya se adelantó’

Y como no se convencieron, preguntaron que con quién se había ido. Por qué, cuando… Si se sabía que el viernes había estado en Giscala y Judas dijo: “En Ptolemaide subió a una nave y por eso se nos adelantó. Bajará en Joppe y entrará en Jerusalén por la Puerta de Damasco, para ir después a la casa de José de Arimatea, que está en Bezetha.

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Juan pregunta escandalizado:

–                       ¿Pero por qué tantas mentiras?

Santiago explica:

–                       ¡Bah! También nosotros se lo dijimos, pero Judas se echó a reír diciendo: ‘Ojo por ojo. Diente por diente. Mentira por mentira. Basta con que el Maestro esté a salvo. Lo buscan para hacerle daño. Lo sé.’

Pedro le hizo observar que haber mencionado a José le podría causar algún inconveniente y él replicó: ‘Irán corriendo. Verán el estupor de José. Y comprenderán que no fue verdad’ Pedro dijo: ‘Te odiarán por la burla que les jugaste’ Él se rió más y contestó: ‘¡Me importa un bledo su odio! Sé cómo apaciguarlo.’

Pero vete, Juan. Trata de encontrar al Maestro y vente con Él. El agua nos ayuda. Los Fariseos están en las casas, para no mojarse sus espléndidas vestiduras.

Juan da a su hermano la alforja y antes de que salga corriendo…

Santiago lo detiene:

–                       No menciones al Maestro las mentiras de Judas. Aunque las haya dicho con un buen fin; siempre son mentiras y al Maestro no le gustan de ninguna forma.

Juan dice:

–                       No le diré nada.

Y Juan se echa a correr.

Santiago estuvo en lo cierto. Los ricos están en sus casas.

Jesús está bajo un portal cerca de la herrería.

Juan lo ve y le dice:

–                       Ven pronto. Los encontré… Podemos ponernos vestidos secos.

Llegan pronto a la casa.

Jesús dice abrazándolos a todos:

–                       La paz sea con vosotros.

Todos hablan simultáneamente…

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Y Pedro grita:

–                       ¡Callaos! Dejadlo ir. ¿No veis qué mojado y cansado está?  -y volviéndose al Maestro- Hice que te preparasen un baño caliente y… dame acá ese manto mojado… También los vestidos están calientes. Los tomé de tu alforja.

Pedro se dirige al centro de la casa y grita:

–                       ¡Oye mujer, el Huésped ya llegó! Trae el agua, que de lo demás yo me ocupo.  –y agrega- Ven Maestro. También tú, Juan…  Estáis helados como si os hubieseis ahogado. Hice cocer ramas de junípero con vinagre para el agua. Hace bien.

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Y los lleva hacia el baño en donde ya han vaciado el agua caliente.

Pedro entra con ellos, cierra la puerta y susurra:

–                       Procura que no sepan Quién Eres… Todos somos peregrinos y Tú eres un Rabí. Nosotros tus amigos. En realidad es verdad. Hay muchos Fariseos… Y mucho interés por Ti. Toma tus providencias… Luego hablaremos…

Y se va dejándolos solos y regresando a donde están sus compañeros, a los que dice:

–                       ¿Y ahora qué diremos al Maestro? Si decimos que dijimos mentira, lo sentirá. Pero… tenemos que decírselo.

Judas dice:

–                       ¡No te preocupes! Yo mentí y yo se lo diré.

Pedro dice:

–                       Le causarás mayor aflicción. ¿No notaste que está muy triste?

–                       Lo noté. Pero es porque está cansado… Por otra parte, también sé decir a los Fariseos: ‘Os engañé’ No son más que tonterías. Lo que importa es que Él no tenga que padecer ningún daño.

Felipe interviene:

–                       De mi parte no diría nada. Ni a nadie. Si se lo dices a Él, no conseguirás tenerlo escondido; ni salvarlo de las asechanzas de los Fariseos…

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Judas dice con aplomo:

–                       Lo veremos.

Pasa poco tiempo y Jesús regresa con sus vestidos secos. Contento con el baño.

Juan viene detrás de Él.  Hablan de todo lo que le pasó al grupo apostólico y lo que le pasó al Maestro y a Juan. Pero nadie menciona a los Fariseos hasta que…

Judas dice:

–                       Maestro, estoy seguro de que te buscan los que te odian. Y para salvarte esparcí la voz de que no vas a ir a Jerusalén por los caminos acostumbrados. Sino por mar hasta Joppe… Se irán allá, ¡Ja, ja, ja!

Jesús protesta:

–                       Pero, ¿Por qué mentir?

–                       ¿Y ellos porqué mienten?

–                       Ellos son ellos. Y tú no eres…  No deberías ser como ellos…

–                       Maestro, yo soy alguien que los conoce y que te ama. ¿Quieres buscar tu ruina? Estoy pronto a impedirlo. Escúchame con calma y siente mi corazón en mis palabras. Tú mañana no sales de aquí…

–                       Mañana es sábado.

–                       Ellos…

–                       Que hagan lo que quieran. Yo no pecaré. Si lo hiciese además del pecado que pesaría sobre Mí, pondría en sus manos un arma para destruirme… ¿No te acuerdas que andan por ahí llamándome Profanador del sábado?

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Los demás dicen:

–                       El Maestro tiene razón.

Judas insiste:

–                       Está bien. Harás lo que quieras el sábado, pero no por la calle. No tomemos el camino de todos. Escúchame. Desoriéntalos…

Pedro agita los brazos y grita:

–                       Pero, ¿Sabes algo preciso tú? Maestro, ordénale que hable…

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Jesús advierte:

–                       Calma Simón. Si tu hermano ha llegado a enterarse de algún peligro, arriesgándose a sí mismo. Y nos dice que estemos alerta, no debemos tratarlo como a un enemigo, sino agradecérselo…  Si él no puede decir todo, porque compromete a terceras personas, que no tienen valor suficiente para tomar la palabra, pero son lo bastante rectas para no cometer un crimen, ¿Por qué queréis obligarlo a hablar? Dejadlo pues que hable. Yo aceptaré lo que haya de bueno en su proyecto y rechazaré lo que no lo sea. Habla Judas.

–                       Gracias Maestro. Tú eres el único que me conoce por lo que soy. Dentro de los límites de Samaría podemos ir seguros. Porque allí manda más Roma, que en Galilea y Judea… Y los que te odian, no quieren tener problemas con Roma. Pero para desorientar a los espías, digo que demos un rodeo por Dotaín, Siquem, Efraím, Adomín, Carit… y así llegar hasta Bethania.

Definitivamente los apóstoles no están entusiasmados…

Varios dicen:

–                       Camino largo y difícil.

–                       Sobre todo si llueve.

–                       ¡Peligroso! Adomín…

–                       Parece como si fueses en busca del peligro…

Jesús dice:

–                       Judas tiene razón. Tomaremos ese camino. Después tendremos tiempo de descansar. Tengo todavía otras cosas que hacer, antes de que llegue la Hora y se cumpla…  No debo pues por necedad, arriesgarme a caer en sus manos…

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Así pasaremos por la casa de Lázaro que está muy enfermo y me ha de estar esperando. Comed… Me retiro a la habitación. Estoy cansado…

Pedro pregunta:

–                       ¿Ni siquiera un bocado vas a tomar? ¿No será acaso que estás enfermo?

–                       No, Simón. Hace siete días que no sé lo que es una cama. Hasta pronto amigo. La paz sea con vosotros…  -y se retira.

Judas no cabe de contento:

–                        ¿Visteis? Es humilde y justo. Y no rechaza lo que ve que es bueno.

Pedro dice dudoso:

–                       Sí…bueno… ¿Crees que esté de veras contento?

–                       No lo creo. Pero comprende que tengo razón.

–                       Yo quisiera saber cómo te las arreglaste para saber tantas cosas, pese a que siempre estuviste con nosotros…

–                       Así es. Vosotros me cuidabais como si fuese un animal peligroso. Lo sé. Pero no importa. Acordaos de esto: aún un mendigo, como un ladrón, pueden ayudar a saber. Lo mismo que una mujer. Hablé con un mendigo y le di su recompensa. Con un ladrón y descubrí… Con… una mujer y… ¡Cuántas cosas puede llegar a saber una mujer!

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apóstoles se miran entre sí, con ojos de sorpresa. Se preguntan ¿Cuándo?… ¿Dónde Judas se enteró y cómo tuvo esas entrevistas?…

Judas está muy sonriente y agrega:

–                       ¡Y con un soldado! Sí. Porque la mujer me dijo que me enviaría con un soldado. Y confirmé todo. Logré saber… ¡Todo es lícito cuando es necesario! ¡Hasta las cortesanas y los soldados!…

–                       Eres… eres un… -interrumpe Bartolomé controlándose, para no decir lo que tenía en su lengua.

Judas lo completa con desparpajo:

–                       Sí. Lo soy. Soy el único. Soy pecador por causa vuestra. Pero con todos mis pecados, sirvo mejor al Maestro que vosotros. Y por otra parte… Si una cortesana sabe lo que los enemigos de Jesús quieren hacer; señal es de que  ellos van a ellas.Y puedo también hacerlo yo. Me sirvió…  Lo estáis viendo. Pensad que en los confines de la Judea, podían haberlo aprehendido. Llamadme prudente por haberlo evitado…

Todos quedan pensativos y comen sin ganas. Luego Bartolomé se levanta.

Judas le pregunta:

–                       ¿A dónde vas?

Bartolomé contesta:

–                       A donde está Él. No creo que esté durmiendo. Le llevaré leche caliente y veré…

Sale. Después de unos minutos, regresa:

–                       Estaba sentado sobre la cama y lloraba… Tú fuiste la causa de su dolor, Judas. Ya me lo imaginaba.

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–                       ¿Lo dijo Él? Iré a darle explicaciones…

–                       No. No dijo nada. Al contrario. Dijo que también tienes tus méritos. Pero lo comprendí. ¡No vayas! Déjalo tranquilo.

Judas replica:

–                       Sois todos unos necios. Sufre porque está perseguido…  Obstaculizado en su Misión. Eso es todo…

Y Juan asegura:

–                       Es verdad. Lloró aún antes de que nos reuniésemos con vosotros. Sufre mucho también por su Madre. ¡Cómo sufre!…

Y se quedan comentando todas las cosas que contribuyen al sufrimiento de Jesús…

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Tres días después…

Van caminando por los montes de Samaría y se encuentran con pastores que les responden con cortesía. Llegan a un laberinto de veredas…

Y el pastor les dice:

–                       Dentro de poco bajo al valle. Descansad un poco y caminaremos juntos. No sería muy agradable si os perdierais por estos montes. –baja la voz y añade- hay ladrones. Bajan de las pendientes de Garizím y de Ebal. Siempre tienen que hacer, pese a que los romanos refuerzan las guardias, en sus caminos… Porque siempre hay gente que evita los caminos usuales para llegar más pronto o por otros motivos.

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Felipe pregunta con una sonrisa significativa:

–                       ¿Entonces tenéis muchos malhechores?

El pastor comprende y responde:

–                       ¿Crees tú Galileo, que son samaritanos?

Judas, que es un magistral diplomático, interviene rápido:

–                       ¡No, no!… ¡Oh, no!  Sino como se sabe que son hospitalarios, el malhechor viene a refugiarse acá. Es como si fueseis un lugar de asilo. Los malhechores saben bien que nadie, galileo o judío, los perseguirá aquí. Y se aprovechan de ello. Estos montes…

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El pastor dice:

–                       ¡Ah! Creí que pensabas en… Los montes, claro. Ayudan mucho. Los soldados de Roma son listos. No vienen a sacarlos de sus cuevas. Sólo las sierpes y las águilas conocen sus madrigueras. Se cuentan cosas terribles. Pero sentaos. Os voy a dar leche. Soy samaritano, pero también conozco el Pentateuco. No ofendo a quien no me ofende… Vosotros no lo hacéis, pese que sois galileos y judíos. Se anda diciendo que ha surgido un profeta que enseña a amarnos. Si no supiera que según los escribas y los fariseos de Israel, nosotros somos unos malditos –así dicen- diría que los grandes profetas que nos han amado, aunque seamos samaritanos, han revivido en Él. Yo no lo creo…

 

Aquí está la leche. A mí me gustaría encontrarme con este profeta. Dicen que Juan el Bautista lo llamó el Cordero de Dios, el Mesías. Algunos Samaritanos de Siquem, han hablado con Él y se deshacen en alabanzas. Muchos se han ido a los caminos principales, porque esperan que pase por ahí. Aún más y es la primera vez que sucede, algunos Fariseos y Doctores nos han dicho que si lo vemos, corramos a decirlo porque quieren hacerle grandes festejos.

Los apóstoles se miran de reojo. Prudentemente, pero sin hablarse.

Judas, con una mirada triunfal, parece decir: ‘¿Oísteis? ¿Os convencéis de que yo tenía razón?’

El pastor continúa hablando:

–                       Sin duda lo conocéis. ¿De dónde venís?

Judas responde rápido:

–                       Del Norte de Galilea.

–                       ¡Ah, sois…! No. Tú no eres Galileo.

–                       Somos de todos los lugares. Fuimos en peregrinación a las tumbas de los doctores.

–                       ¡Ah! Sois tal vez discípulos… Pero este Hombre, ¿No es acaso un Rabí? –dice señalando a Jesús.

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–                       Somos discípulos, has dicho bien, sí.  Este hombre es un Rabí. Pero bien sabes que entre Rabí y rabí, hay diferencia…

–                       Lo sé. Pero este es muy joven y tendrá mucho que aprender de los grandes doctores de vuestro Templo.  

Se advierte un claro desprecio en el adjetivo posesivo.

Y Judas que nunca deja nada sin rebatir, se queda callado.

Los demás no hablan.

Jesús está como absorto y por esto, la indirecta no provoca ninguna respuesta.

Judas sonriendo dice:

–                       Es muy joven es verdad. Pero es el más sabio entre nosotros. –y para poner fin a la conversación, que puede tornarse peligrosa, dice- ¿Todavía tienes mucho que hacer aquí? Porque quisiéramos estar allá abajo al anochecer.

–                       No. Me voy junto con las ovejas y vengo…

–                       Está bien. nosotros nos adelantamos un poco… -y se levanta con los demás tomando el camino.

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Después de pasar una arboleda y cuando el pastor no puede oírlos, se ríe diciendo:

–                       Pero, ¡Qué fácil es burlarse de la gente! ¿Os habéis convencido de que yo no mentía y de que no soy un tonto?

Felipe dice:

–                       No dijiste ninguna mentira… Pero ahora la has dicho.

Judas argumenta:

–                       ¿Mentira? No. ¿Cómo puedes afirmarlo, Felipe? He sido capaz de decir la verdad sin dañar a nadie. ¿No venimos acaso de la Galilea del Norte? ¿No nos apedrearon por ir a venerar la tumba de un Doctor en el último viaje? ¿No pasamos cerca de Giscala? ¿Negué que Jesús sea un Rabí? ¿No dije que es el más sabio entre nosotros? Al decir esto pensé en los rabinos que no valen nada en comparación con el Maestro. ¡Ja, ja, ja! Hay que saber decir las cosas… Se puede decir todo sin pecar y sin causar daño.

Tadeo hace un gesto de desagrado y dice:

–                       Para mí, esto siempre es mentira.

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–                       Bueno, ¡Y qué! Ya lo hice. ¿Oíste o no? Se han querido aprovechar de los prejuicios, desacuerdos, orgullo, para que los samaritanos señalen el viaje del Maestro. ¡Para darle una fiesta en sus confines! ¡Ah, qué Fiesta!

Tomás dice:

–                       ¡La fiesta! También ellos fueron capaces de hablar y pensar en una verdad, valiéndose de la Mentira…  Judas de Keriot tiene razón…

Jesús se vuelve y dice:

–                       Sí. La mentira, de ellos, es cosa odiosa. Más el decir una cosa por otra, aún con un buen fin, es siempre reprobable. ¿Crees que el Señor tenga necesidad de esto, para proteger a su Mesías? No hay qué mentir, jamás. Ni siquiera por un buen fin. El corazón se acostumbra a anidar la mentira y los labios a pronunciarla. La Mentira es el Primer Paso, para la Caída en el Precipicio del Mal. No, Judas. Evita la insinceridad.

Judas dice con certeza:

–                       Así lo haré. Ahora callémonos que se acerca el pastor.

El hombre ha logrado reunir a sus ovejas con la ayuda del perro y un pastorcillo. Y las guían hacia el valle.

El pastor monologa en voz alta:

–                       Si pudiese encontrar a ese Profeta, aunque yo sea samaritano, le hablaría.

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Jesús dice:

–                       ¿Qué le dirías?

–                       Le diría: mi mujer era buena, como el agua de los montes lo es para el sediento y el Altísimo, se la llevó…  Tenía una hija tan buena como la madre. Me la vio un romano, se enamoró de ella y se la llevó lejos…. Tenía a mi hijo el primogénito…  Era todo para mí. Un día que llovía se resbaló por el monte y se rompió la espina dorsal. Está inmóvil…  Últimamente ha empeorado y los médicos dicen que morirá…  No te pregunto por qué el Eterno me haya castigado, pero te ruego que cures a mi hijo.

–                       ¿Y crees que podría curártelo?

–                       ¡Claro que lo creo! Pero nunca lo encontraré…

–                       ¿Por qué crees? Él no es samaritano…

–                       Es un justo y es el Hijo de Dios, según se dice.

–                       Vosotros en vuestros padres ofendisteis a Dios.

–                       Tienes razón. Pero también está dicho que Dios perdonará la culpa del hombre, mandando a su Redentor. Si perdona ESA CULPA. ¿No podrá tener compasión de mí, que mi única culpa es haber nacido samaritano? Yo creo que si el Mesías conociese mi dolor, tendría piedad…

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Jesús sonríe, pero no dice nada.

También en las caras de los apóstoles, se dibuja una sonrisa que el pastor no observa.

Jesús pregunta:

–                       Entonces, ¿Ese muchacho no es hijo tuyo?

–                       No. Es el hijo de una viuda que tiene ocho hijos varones y padece hambre. Lo tomé para que me ayudase y como a hijo, para no quedarme solo. Cuando Rubén esté en el sepulcro… -y da un profundo suspiro.

–                       ¿Y si se curase tu hijo, qué harías con este?

–                       Lo tendría conmigo. Es bueno y siento compasión por él.  –baja la voz- él no lo sabe; pero su padre murió en las galeras.

–                       ¿Qué hizo para merecerlo?

–                       A propósito, nada. Pero su carro arrastró a un soldado ebrio y se le acusó de haberlo hecho con premeditación.

–                       ¿Cómo sabes que murió?

–                       ¡Nadie sobrevive en el remo! Nos lo dijo un mercader de Samaría que lo vio cuando lo sacaban muerto del cepo y lo echaban al mar; más allá de las Columnas.

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–                       ¿De veras lo conservarías contigo?

–                       Puedo jurarlo. Él infeliz y yo infeliz…  Y no soy solo. Otros han tomado los hijos de la viuda y ella se ha quedado con las tres mujercitas. Demasiados…  Pero es mejor que doce. No hay necesidad de que jure. Rubén se va a morir…

Llegan al camino principal por el que transitan muchos peregrinos que buscarán donde hospedarse. La noche se acerca…

El pastor pregunta:

–                       ¿Tienes lugar donde dormir?

Jesús contesta:

–                       A decir verdad, no.

–                       Te diría ‘ven’, pero mi casa es muy pequeña para todos. Con todo, el aprisco es muy amplio.

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–                       Dios te pague como si me hubieras hospedado. Sigo mi camino hasta que la luna se ponga…

–                       Como quieras. ¿No tienes miedo de perderte? ¿Y de pasar malos ratos?

–                       De los ladrones me protege mi pobreza y la de mis compañeros. Por lo del camino me encomiendo al ángel de los peregrinos.

–                       Debo irme adelante con el ganado. El muchacho todavía no sabe. El camino está lleno de carros… -y corre adelante para guiar sin peligro a las ovejas.

Los apóstoles susurran:

–                       Maestro, ahora viene lo malo. Hay que andar un trozo de camino entre la gente…

Llegan a un cruce y el pastor dice:

–                       Mira, este es tu camino y este es el mío. ¿Ves aquel sicómoro gigante? Ve hasta ahí y luego das vuelta a la derecha. En la primera, es la casa del herrero. Y por ahí sigue el camino. No puedes equivocarte. Adiós.

–                       Adiós. Has sido bueno y Dios te consolará.

El pastor continúa su camino.

Jesús sigue el suyo. Alrededor del primero van las ovejas. Alrededor del segundo, van los apóstoles.

Dos pastores en medio de su grey…

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Llegan a una fuente y llenan sus cantimploras. El herrero está cerrando su taller. Siguen su camino y se oye un grito a lo lejos:

–                       ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Mi hijo…!  Ciudadanos venid. ¿Dónde está el Peregrino?

Pedro exclama:

–                       Nos buscan, Señor. ¿Qué hiciste?…

Jesús contesta:

–                       Corred. Vayamos a aquel bosque. Nadie nos verá.

Corren a través de un prado cubierto de heno que acaban de segar. Mientras los gritos aumentan.

El pastor explica:

–                       Os aseguro que fue el Rabí que estuvo en Siquem. Él me ha curado a Rubén y yo no lo reconocí. ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Rabí! ¡Permíteme que te venere! ¡Dime dónde te has escondido!

Solo el eco le responde.

El herrero dice:

–                       No debe estar lejos. Pasó por aquí antes de que vinieses.

–                       Pero no está. En el camino no hay gente. Debía irse por éste.

–                       ¿No estará en el bosque?

–                       No. Tenía prisa. –trata de que su perro lo ayude y lo azuza: ¡Busca, busca!

Y el perro husmea el prado y se dirige directo a donde está escondido Jesús… pero luego se detiene, levanta el hocico y se va ladrando en dirección contraria. Y la gente lo sigue a la carrera…

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Los apóstoles dicen con un suspiro de alivio:

–                       ¡Sea alabado el Señor!…

Y preguntan al Maestro:

–                       ¿Pero qué hiciste, Señor?

Hay un tono que parece decir: ‘Sabes bien que no conviene que te reconozcan y Tú…’

Jesús contesta:

–                       ¿Y no debía premiar una fe? ¿Acaso no está bien que también por acá crean en Mí? ¿Queréis acaso que no comprendan nada?

Pedro objeta:

–                       Es verdad. Tienes razón. ¿Y si te descubría el animal?

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–                       Simón, ¿Piensas que quien puede imponer su voluntad a distancia a las enfermedades, a los elementos y arroja demonios, no puede imponerla a un animal? Vamos a tratar de alcanzar el camino, más allá de la curva. No nos verán. Vámonos…

Avanzan por el oscuro bosque  iluminado por la luna, hasta encontrar el camino lejos del poblado…

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HERMANO EN CRISTO JESUS:

ANTES DE HABLAR MAL DE LA IGLESIA CATOLICA, – CONOCELA