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258 EL DEPREDADOR


258 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Por un terreno ondulante de colinas en que serpentea el camino que conduce a Nazaret,

aprovechando las sombras de las matas de olivos y de distintos árboles frutales

diseminadas por esta región cultivada y fértil,

Jesús regresa hacia su ciudad.

Cuando llega al cruce con el camino de Tolemaida, se detiene,

y dice:

–       Detengámonos aquí.

En esta casa, donde ya he estado otras veces.

Vamos a reponer fuerzas.

Así, mientras el Sol recorre su camino, estaremos juntos antes de separarnos de nuevo:

nosotros iremos hacia Tolemaida;

mi Madre y María, a Nazaret;

Juan con Hermasteo, a Sicaminón.

Van atravesando un olivar, en dirección a una casa de campesinos, ancha y baja,

adornada con la indefectible higuera,

enguirnaldada con los festones de una parra, que extiende sus ramas escalera arriba

y luego por la terraza.  

Jesús saluda: 

–     Paz a vosotros.

Aquí estoy nuevamente.

Un hombre anciano que en ese momento estaba cruzando el patio, con una brazada de haces de leña. 

Le responde: 

–      Ven, Maestro.

Tu presencia siempre es bien recibida

Dios te dé esa misma paz, a ti y a los tuyos.

Luego llama:

–     « ¡Sara!

¡Sara! Está aquí el Maestro con sus discípulos.

¡Añade harina a tu pan!».

Sale de una habitación una mujer, toda blanca de harina, pues la estaba cribando.

Y tiene en la mano todavía la criba con el moyuelo.

Se arrodilla sonriendo, delante de Jesús.

–       Paz a ti, mujer.

He traído conmigo a mi Madre, como te había prometido.

Es ésta. Y ésta es su cuñada, madre de Santiago y Judas.

¿Dónde están Dina y Felipe?

La mujer saluda a las dos Marías,

y luego responde:

–       Dina ha tenido ayer a su tercera hija.

Estamos un poco tristes, porque no se nos concede un nieto.

De todas formas, contentos.

¿No es verdad, Matatías?

–      Sí, porque es una niña muy linda.

Y en todo caso lleva nuestra misma sangre.

Te la daremos a conocer. Felipe ha ido a buscar a Ana y a Noemí a casa de sus padres.

Volverá pronto.

La mujer vuelve a su pan mientras el hombre, después de colocar en el horno los haces de leña,

se preocupa de los recién llegados

Les procura sillas.

Y les ofrece leche acabada de ordeñar para los que la desean.

O para el que lo prefiere, fruta y aceitunas.

La habitación de la planta baja es muy espaciosa, abierta por el frente y la trasera de la casa,

con sus dos puertas situadas a la sombra de la grande higuera y de un alto seto cubierto de flores estrelladas,

una especie de girasoles por la forma, pero de corola no tan gigantesca- es fresca y umbría.

Una luz esmeraldina entra en la espaciosa estancia:

dando gran alivio a los ojos fatigados a causa del exceso de sol.

Hay bancos y mesas en esta espaciosa habitación, que es donde las mujeres hilan y tejen.

Y los hombres arreglan los aperos de labranza o guardan las reservas de harina y fruta,

a juzgar por las viguetas llenas de ganchos y a lo largo de las paredes,

las tablas apoyadas en gruesas repisas, además de los largos arquibancos.

Colgados en las paredes encaladas,

hay esponjosos copos de lino o cáñamo que parecen trenzas despeinadas.

Y un trozo de tela rojo fuego, extendido encima de un telar que ha quedado destapado,

parece alegrar toda la habitación con su color alegre y pomposo.

Vuelve la dueña de la casa, que ha terminado de elaborar el pan y pregunta a los peregrinos,

si quieren ver a la recién nacida.

Jesús responde:

–      La voy a bendecir, ciertamente.

María, por su parte, se levanta,

y dice:

–      Voy a saludar a la madre.

Salen todas las mujeres.  

Bartolomé, que se le ve muy cansado,

dice:  

–      Se está bien aquí»

Pedro también medio adormilado, 

confirma: 

–      Sí. Hay sombra y silencio.

Al final nos dormiremos.  

Jesús dice: 

–      Dentro de tres días estaremos…

Y bastante tiempo, en nuestras casas.

Descansaréis, porque evangelizaréis en los aledaños.

–       ¿Y Tú?

–       En general no me moveré de Cafarnaúm;

salvo algunas veces que estaré en Betania.

Evangelizaré a los que vengan.

Luego, para la luna de Tisrí, de nuevo a caminar.

Y todos los días, acabada la jornada, seguiré mejorándoos…

Jesús calla, porque al mirarlos, ve que el sueño hace inútiles sus palabras.

Sonríe meneando la cabeza,

mientras observa a este grupo de personas vencidas por el cansancio,

que en posturas más o menos cómodas duermen con verdaderas ganas.

El silencio de la casa y la solana son completos.

Parece un lugar encantado.

Jesús sale a la puerta cercana al seto de las flores y mira, a través de sus ramas

a las suaves colinas galileas, grises todas por los olivos inmóviles.

Un ligero rumor de pasos y un gritito débil de recién nacido, suenan por encima de su cabeza.

Jesús levanta la cara y sonríe a su Madre, que está bajando;

llevando en sus brazos un bulto blanco del que sobresalen tres cositas rosáceas:

una cabecita y dos manitas gesticulantes.

–       ¡Mira, Jesús, qué niña tan bonita!

Se asemeja un poco a ti cuando tenías un día.

Eras tan rubio, que se hubiera dicho que no tenías pelo,

a no ser porque ya destacaba formando leves rizos,

como un copo de nube; respecto al color, eras también así, como una rosa.

Y… mira, mira, está abriendo los ojitos y busca el pecho;

mira, con esta sombra, tiene tus ojos azul oscuros…

¡Tesoro! ¡No tengo leche, pequeñita, rosita, tortolita mía!

Y la niña, acunada por la Virgen, calma su vagido, hace arrullos, como una tortolita y se duerme.

Al ver a su Madre acunando a la niña con la cara apoyada en la cabecita rubia.

Jesús pregunta: 

–      Mamá, ¿Hacías lo mismo conmigo? 

–      Sí, Hijo.

Te decía “corderito mío”.

¿Es bonita, verdad?

–      Muy bonita.

Y robusta.

¡Bien contenta puede estar la madre!

Confirma Jesús, que está también encorvado, observando el sueño de la inocente.

–       Pues no está contenta…

El marido está enfadado porque todos los hijos son niñas.

-Es verdad que con las tierras que tenemos son mejores los niños.

Sara la dueña de la casa, que acaba de llegar, suspira profundamente,

diciendo: 

–      Pero nuestra hija no tiene la culpa…

Jesús dice con seguridad: 

–      Son jóvenes.

Que se amen.

Y tendrán también niños. 

La mujer se turba y murmura: 

–      Ahí está Felipe…

Pondrá ceño… 

Y más fuerte, dice:

–      ¡Felipe, está aquí el Rabí de Nazaret!

El hombre dice: 

–      Me alegro mucho de verlo.

La paz sea contigo, Maestro.

–      Y contigo, Felipe.

He visto a tu bonita niña.

Es más, todavía la estoy mirando porque verdaderamente despierta admiración.

Dios te bendice con hijos bellos, sanos y buenos.

Debes sentirte muy agradecido a Él…

¿No respondes?

Pareces preocupado…

–       ¡Esperaba un niño!  

Jesús pregunta con tono severo: 

–      No querrás decirme ya que eres injusto,

¿Acusando a esta inocente de ser niña, no?

¿Y, menos aún, que eres duro con tu mujer, no? 

Felipe exclama resentido:

–      ¡Yo quería un niño, por el Señor y por mí!

–     ¿Y piensas obtenerlo siendo injusto y rebelde?

¿Has leído acaso, el pensamiento de Dios?

¿Eres más que El, como para decirle: “Haz esto, que es lo justo”?

Señalando a Susana, Jesús agrega: 

Esta mujer por ejemplo, es discípula mía y  no tiene hijos.

Y, a pesar de todo, me dice:

“Bendigo esta esterilidad que me pone alas para seguirte”.

Y ésta, madre de cuatro varones, desea que dejen de ser suyos los cuatro.

¿Verdad, Susana y María?

Ellas responden asintiendo. 

Y Jesús continúa: 

¿Las oyes?

¿Y tú, casado desde hace pocos años con una mujer fecunda,

bendecido con tres capullos de rosa que piden tu amor, estás enfadado?

¿Con quién?

¿Por qué?

¿No quieres decirlo?

Pues lo digo Yo: porque eres un egoísta.

Corta enseguida tu resentimiento.

Abre tus brazos a esta criatura nacida de ti y ámala.

¡Vamos!

¡Tómala en tus brazos!

Y Jesús coge el pequeño amasijo de ropa y se lo pone al joven padre en los brazos.

Jesús añade:

–     «Ve donde tu mujer, que está llorando.

Dile que la quieres.

Si no, Dios verdaderamente no te dará jamás un varón.

Te lo aseguro. ¡Ve!…

El hombre sube a la habitación donde está su esposa.  

La suegra susurra: 

–     ¡Gracias, Maestro!

Se le veía muy cruel desde ayer…

Pasan unos minutos y el hombre vuelve.

Dice:

–     Lo he hecho, Señor.

La mujer te da las gracias.

Dice que te pregunte el nombre de la pequeñuela, porque…

Porque yo le había destinado un nombre demasiado feo…

Por mi injusto odio…

–      Llámala María.

Ha bebido el llanto amargo junto con su primera gota de leche,

también amarga por tu dureza.

Puede llamarse María.

Y María la amará, ¿Verdad, Madre?

–      Sí, pobre criatura.

¡Tan bonita como es!

Será, sin duda, buena.

–      Será una estrellita del Cielo.

Regresan al gran salón donde los apóstoles se han quedado dormidos,

rendidos por el cansancio.

Menos Judas de Keriot, que parece revolverse sobre ascuas.

Y da la impresión de estar muy preocupado.  

Jesús pregunta: 

–      ¿Me necesitas para algo, Judas? 

–      No, Maestro;

pero no logro dormir.

Quisiera salir un poco.

–       ¿Quién te lo prohíbe?

Yo también salgo.

Iré a aquel colladito que está en la sombra…

Voy a descansar haciendo Oración.

¿Quieres venir conmigo?

–       No, Maestro.

Te molestaría, porque no estoy en condiciones de orar.

Estoy muy inquieto.

Tal vez…

Quizás no me siento bien y por eso estoy inquieto…

–      Quédate entonces.

No obligo a nadie.

Hasta pronto…

Adiós, mujeres.

Madre, cuando se despierte Juan de Endor, dile que vaya a verme, que vaya solo.

–      Sí, Hijo.

La paz sea contigo.

Jesús sale.

María y Susana se detienen a mirar la tela que está encima del telar.

María se sienta y pone las manos en su regazo, con la cabeza un poco baja;

quizás está orando también.

María de Alfeo pronto se cansa de mirar el trabajo del telar, se sienta en el rincón más oscuro

y se queda pronto dormida.

Susana juzga conveniente hacer lo mismo.

Quedan despiertos María y Judas.

Judas deambula un rato por el huerto.

Luego se sienta en una banca de piedra, que está junto al emparrado.

En el portal, María está recogida en sí, meditando;

mientras los demás duermen.

Judas la mira con los ojos muy abiertos.

Y una fugaz expresión de malvada hipocresía y de crueldad, se asoma a su mirada.

Es como un destello que pronto se pierde..

Tiene una belleza repulsiva. 

Hay en él una emanación de maldad, que casi se materializara.

La Virgen está absorta, totalmente alejada del mundo…

Ella, toda recogida en sí misma, meditando sin hacer caso de lo que la rodea. 

Judas mirándola fijamente con una expresión artera, con los ojos bien abiertos,

destellando una inteligencia que no es de este mundo…

Es cómo mirar a Lucifer, maquinando una estrategia de ataque…

Finalmente se levanta y se acerca a Ella sin hacer ruido.

Y al verlo es inevitable pensar que a pesar de su indiscutible belleza varonil,

parece la imagen depredadora de un felino o una serpiente mortal, acercándose a su presa.

Su personalidad es repulsiva porque emana tanta maldad,

que lo hace ver artero y cruel hasta en su paso…

La llama en voz baja:

–      ¡María!  

Ella pregunta con bondad:

–      ¿Qué quieres de mí, Judas?

Mientras lo mira con sus ojos dulcísimos.

–      Quisiera hablar contigo…

–      Habla. Te escucho.

–      Aquí no…

No quisiera que me oyeran…

¿Te importa salir un poco?

También afuera hay sombra…

–      Bien, vamos.

De todas formas, como ves, aquí están todos dormidos…

Podías hablar también aquí.

Pero se levanta y sale antes que Judas.

Y se pone junto al alto seto de flores

–      ¿Qué quieres de mí, Judas? – vuelve a preguntar.

Mientras fija agudamente su mirada en el apóstol.

El cual se turba un poco y muestra dificultad en encontrar las palabras…

María pregunta solícita: 

–     ¿Te sientes mal?

¿Has hecho algo malo y no sabes cómo decirlo?

¿Te ves a las puertas de hacer algo malo y te pesa confesar que te sientes tentado?

Habla, hijo.

De la misma forma que cuidé tu carne cuando enfermaste, cuidaré tu alma.

Dime lo que te turba y si puedo, te tranquilizaré.

Si no puedo sola, se lo diré a Jesús

Aunque hubieras pecado mucho, te perdonará si pido perdón para ti.

La verdad es que también Él te perdonaría enseguida..

Pero quizás ante Él, que es el Maestro, te avergüenzas.

Yo soy una madre…

No infundo sentimiento de vergüenza…

Judas confirma: 

–      Sí, no haces sentir vergüenza porque eres madre y además muy buena.

Eres verdaderamente la paz entre nosotros.

Yo… yo me siento muy turbado.

Tengo un pésimo carácter, María.

No sé lo que tengo en la sangre y en el corazón…

De vez en cuando no sé dominarlos…

En esos momentos, haría las cosas más extrañas…

Y las peores cosas, más perversas».

–      ¿No logras resistir al que te tienta ni siquiera al lado de Jesús?

–       No.

Créeme que sufro por ello.

Pero es así.

Soy un desdichado.

–      Oraré por ti, Judas.

–      No es suficiente.

–      Pondré a orar a los demás.

Sin decir por quién es la oración que solicito.

–       No es suficiente.

–       Pondré a orar a los niños.

A mi casa vienen muchos.

Vienen a mi huerto, como pajarillos en busca de trigo.

El trigo son las caricias y las palabras que les doy

Hablo de Dios…

Y ellos inocentes, prefieren esto antes que los juegos y las fábulas.

La Oración de los niños es grata al Señor.

–      ¡Nunca tanto como la tuya!

Pero… no, no es suficiente.

–      Le diré a Jesús que pida por ti al Padre».

–      Tampoco es suficiente

–       ¡Pero, si más ya no hay!

La Oración de Jesús vence incluso a los demonios…

–       Sí.

Pero Jesús no oraría siempre y yo volvería a ser yo…

Jesús lo dice siempre, un día se irá.

Tengo que preocuparme de cuando me falte Él.

Jesús ahora nos quiere enviar a evangelizar

Me da miedo ir a sembrar la palabra de Dios

La posesión demoníaca perfecta controla totalmente, por medio de los pecados convertidos en vicio que no se pueden dejar

acompañado por este enemigo mío que soy yo mismo.

Quisiera estar ya formado para este momento.

–       Pero, hijo mío;

si ni siquiera puede hacerlo Jesús, ¿Quién va a poder?

–      ¡Tú, Madre!

Déjame estar un poco de tiempo contigo.

Si han estado contigo paganos y meretrices, yo también puedo.

Si no quieres que esté en tu casa por la noche,

iré a dormir a casa de Alfeo o María de Cleofás, pero pasaré el día contigo y los niños.

Las veces pasadas he tratado de actuar solo y he empeorado las cosas.

Si voy a Jerusalén, tengo demasiados amigos malos.

Y en las condiciones en que me encuentro cuando se apodera de mí esto,

soy un juguete en sus manos…

Si voy a otra ciudad, es igual.

La tentación del camino se enciende en mí, además de la que ya tengo.

Si voy a Keriot a casa de mi madre, me esclaviza la soberbia.

Si voy a un lugar solitario, el silencio me tortura con las voces de Satanás.

Pero… en tu casa… ¡Oh!…

¡Contigo presiento que será distinto!…

¡Déjame que vaya!

¡Dile a Jesús que me lo conceda!

¿Quieres que me pierda?

¿Tienes miedo de mí?

Me miras con la mirada de una gacela herida,

sin fuerzas para seguir huyendo de sus perseguidores.

No, no te causaré ningún daño.

Yo también tengo una madre, y..

Y  te quiero más que a ella.

¡María, ten piedad de un pecador!

Judas se echa realmente a llorar a los pies de María,

diciendo: 

–      Mira, lloro a tus pies…

Si me rechazas, puede significar mi muerte espiritual…

Ella lo mira con una mirada de piedad, angustia y de miedo; está palidísima.

No obstante, da un paso hacia delante, porque estaba casi hundida en el seto,

para alejarse de Judas que se le estaba acercando demasiado.

Y pone una mano en el pelo moreno del Iscariote.

María lo tranquiliza: 

–     ¡Calla!

¡Que no te oigan!

Hablaré con Jesús.

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213 PARÁBOLA DE LA OVEJA PERDIDA


213 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando a la muchedumbre.

Desde encima del ribazo arbolado de un pequeño torrente;

está llamando a numerosa gente esparcida por un campo de trigo ya recogido;

que presenta el desolador aspecto propio de los rastrojos ahornagados.

Declina la tarde.

Es la hora del crepúsculo.

Pero la Luna está subiendo.

Es un bonito y claro atardecer de comienzos de verano.

Los rebaños vuelven a sus apriscos y el din-don de los cencerros, se mezcla con un intenso canto de grillos.

O cigarras, un intenso gri, gri, gri…

Jesús se inspira en las greyes que pasan.

Dice:

–     Vuestro Padre es como un pastor solícito.

¿Qué hace un pastor bueno?

Busca pastos buenos para sus ovejas, en que no haya ni cicuta ni otras plantas venenosas,

sino delicados tréboles, poleo aromático, achicorias amargas pero saludables.

Busca lugares donde, además del alimento, haya también un riachuelo fresco y puro.

Y sombra de árboles, y no reinen las áspides por entre la hierba de las glebas.

No pone especial preferencia en los pastos más pingües;

porque sabe que en ellos es fácil encontrar peligrosas culebras y hierbas nocivas; elige,

más bien, los pastos montanos, donde el rocío limpia y da frescura a la tierna hierba y el sol la limpia de reptiles,

donde el  aire se mueve y es bueno, no cargado y malsano como el de llanura.

El buen pastor observa a cada una de sus ovejas.

Si están enfermas, las cuida; si heridas, las cura.

Llama a la que es demasiado glotona y corre el peligro de enfermarse;

a la que enfermaría por estar demasiado expuesta a la humedad;

o demasiado al sol, le dice que vaya a otro lado.

Y si una está desganada y no come, busca para ella los tallitos acídulos y aromáticos

capaces de despertarle el apetito y se los ofrece con su propia mano, hablándole como a persona amiga.

Así hace el Padre bueno que está en los Cielos con sus hijos que viven errantes en la Tierra.

Su amor es el cayado que  los reúne; su voz, la guía; sus pastos, su Ley; su redil, el Cielo.

Pero, he aquí que una oveja lo abandona.

¡Cuánto la amaba!

Era joven, pura, cándida, como nube en cielo abrileño.

El pastor la miraba con mucho amor, pensando en el mucho bien que podía hacerle…

Y en el mucho amor que de ella podía recibir.

Y ella lo abandona…

Es que ha pasado, a lo largo del camino que bordea los pastos, un tentador.

No lleva pellico austero, sino un atavío de mil colores.

No lleva cinturón de piel de donde penden hacha y cuchillo,

sino cinturón de oro del que penden cascabeles argentinos,

melodiosos cual canto de ruiseñor.

Y ampollas de esencias embriagadoras…

No lleva tampoco bordón, como el pastor bueno, con que reunir y defender a las ovejas.

Y si no es suficiente el bordón, las defenderá solícito con el hacha y el cuchillo…

y hasta con la vida.

No, este tentador que pasa lleva en sus manos un turíbulo brillante de gemas,

que emana un humo que es hedor y perfume al mismo tiempo,

pero que enajena; de la misma forma que los tornasoles de las joyas -¡qué falsas!-deslumbran.

Pasa cantando mientras deja caer puñados de sal, de una sal que brilla en el camino oscuro…

Noventa y nueve ovejas miran, pero permanecen donde están;

la oveja número cien, la más joven y estimada, da un salto y desaparece en pos del tentador.

El pastor la llama, pero no vuelve.

Va más veloz que el viento para tratar de alcanzar al que ha pasado.

Para mantenerse durante la carrera, gusta aquella sal.

La sal le entra dentro, le produce un extraño delirio que la abrasa.

Por ello, desea las aguas profundas y verdes de una espesura tenebrosa;

donde, siguiendo al tentador, se hunde y penetra, sube y baja y cae… una, dos, tres veces.

Y una, dos, tres veces siente alrededor de su cuello el legamoso abrazo de los reptiles.

Queriendo beber, bebe aguas contaminadas;

queriendo nutrirse, come hierbas brillantes por las repugnantes babas que las cubren.

¿Qué hace entretanto el pastor bueno?

Deja cerradas en lugar seguro a las noventa y nueve fieles y se pone en camino. 

No se detiene hasta que no encuentra huellas de la oveja perdida.

Dado que ella no vuelve a él, a pesar de que confía al viento sus voces de reclamo, él va a ella.

La ve desde lejos, ebria, atrapada entre las roscas de los reptiles;

tan ebria que no siente siquiera la nostalgia del rostro que la ama;

antes bien, lo injuria.

De nuevo la ve, culpable de haber entrado como ladrona en morada ajena;

tan culpable que no se atreve ya a mirarlo…

Y, a pesar de todo, el pastor no se cansa…

Y continúa…

La busca; la busca, la sigue, la acosa.

Llorando ante las señales que va dejando la oveja perdida:

Mechones de lana, pedazos de alma; huellas de sangre, delitos diversos;

porquerías, pruebas de su lujuria..

Sigue y la alcanza.

¡Ah, te he encontrado, amada!

Te he alcanzado! 

¡Cuánto camino he recorrido por ti, para conducirte de nuevo al redil!

No agaches la frente humillada.

Tu pecado está sepultado en mi corazón.

Ninguno lo conocerá, excepto Yo, que te amo.

Te defenderé de las críticas de los demás, te cubriré con el escudo de mi propia persona;

contra las piedras de tus acusadores.

Ven.

¿Estás herida? ¡Enséñame tus heridas! Las conozco…

Pero quiero que me las muestres con la confidencia que tenías conmigo cuando eras pura y me mirabas a Mí,

pastor y dios tuyo, con mirada inocente…

Aquí están. Todas tienen un nombre.

¡Qué profundas son!

¿Quién te ha hecho estas heridas tan profundas en el fondo del corazón?

Lo sé: el Tentador.

No lleva ni bordón ni hacha;

pero con su mordisco envenenado hiere más a fondo. 

Y después de él hieren también las falsas gemas de su turíbulo, las que te han seducido con sus resplandores.

Y que en realidad eran piedras de azufre infernales, sacadas a la luz para abrasarte el corazón.

¡Mira cuántas heridas, cuántas vedijas arrancadas, cuánta sangre!

¡Cuántas zarzas!

¡Oh, pobre, pequeña alma ilusa! Dime:

¿Si te perdono, me amarás todavía? Dime: ¡Si tiendo a ti mis brazos, vendrás?

Dime: ¿Tienes sed del amor bueno?…

Pues entonces ven y renace.

Vuelve a los pastos santos.

Llora. Tu llanto con el mío lavarán las huellas de tu pecado.

Yo, para nutrirte -porque estás consumida por el mal que te ha abrasado;

me abro el pecho, me abro las venas,

y te digo:

“¡Nútrete! ¡Y vive!”.

Ven, te tomaré en mis brazos.

Iremos más veloces a los pastos santos y seguros.

Olvidarás todo lo sucedido en esta hora desesperada.

Tus noventa y nueve hermanas, las buenas, se regocijarán al verte regresar.

Sí, porque te digo -oveja mía perdida que he venido a buscar desde muy lejos y he encontrado y rescatado:

que hacen más fiesta los buenos por uno que, habiéndose extraviado, regresa;

que no por noventa y nueve justos que jamás se han alejado del redil.

Jesús en todo este tiempo no se ha vuelto en ninguna ocasión a mirar al camino que tiene a sus espaldas,

a donde ha llegado, en la penumbra nocturna, María de Magdala…

Todavía elegantísima pero al menos vestida.

Y cubierta con un velo oscuro que amalgama rasgos y formas.

Y, cuando Jesús llega al punto: «Te he encontrado, amada», María introduce bajo el velo sus manos…

Y llora, con un llanto silencioso y continuo.

La gente no la ve, porque ella está a este lado del ribazo, que bordea el camino.

La ve sólo la Luna ya alta.

Y el espíritu de Jesús…

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EL COMBATE ESPIRITUAL 1


COMBATES PERSONALES CONTRA EL DEMONIO

“Revístanse con la armadura de Dios, para que puedan resistir las asechanzas del demonio.

Porque nuestra lucha no es contra los enemigos de carne y sangre, sino contra los Principados y Potestades, contra los Soberanos de este mundo de tinieblas, contra los espíritus del mal que habitan en el espacio”. (Efesios.6, 11-12)

“Sed sobrios y estén vigilantes, porque su enemigo, el diablo, ronda como león rugiente buscando a quién devorar”. (1 Pedro 5.8)

1.-  San Antonio Abad, el Grande: “El león rugía, deseando atacar”

En su juventud, Antonio, que era egipcio e hijo de acaudalados campesinos, se sintió conmovido por las palabras de Jesús, que le llegaron en el marco de una celebración eucarística: “Si quieres ser perfecto, ve y vende todo lo que tienes y dalo a los pobres…”.

Así lo hizo el rico heredero, reservando sólo parte para una hermana, a la que entregó, parece, al cuidado de unas vírgenes consagradas.

En su busca de soledad y persiguiendo el desarrollo de su experiencia, fue uno de los primeros monjes en retirarse al desierto para vivir entregado al ayuno y la oración.

Pasó casi toda su vida, la cual fue larga (ciento cinco años, 251-356), en la soledad de los desiertos de Egipto.

En su retiro en Pispir fue invadido por visiones demoníacas relatadas en su Vie (Vida) por Atanasio de Alejandría (hacia el 360), difundidas en Occidente a través de la La Légende dorée (La leyenda dorada) de Jaques de Voragine (entre 1250 y 1280)

Y conocidas con el nombre de “Tentaciones”.

Es el “padre de los monjes”, el patrón de los mercaderes de cerdos y de los carniceros, de los tejedores de paños (de los sayales), protector del fuego de San Antonio (de los quemados) y de la peste, conservador de la especie porcina.

También es el patrón de los sepultureros porque con noventa años enterró al ermitaño Pablo en el desierto – dos leones cavaron la tumba con sus patas.

La piedad popular le confunde a menudo con San Antonio de Padua (1195-1231), invocado para encontrar los objetos perdidos.

 La Iglesia conoce su historia gracias a su biógrafo San Atanasio.

Cuando la gente visitaba a San Antonio en las ruinas donde vivía escuchaba tumulto, muchas voces y el choque de armas.

También veían que durante la noche aparecían bestias salvajes y que el santo combatía contra ellas mediante la oración.

En una ocasión, cuando tenía 35 años, San Antonio decidió pasar la noche solo en una tumba abandonada.

Allí un grupo de demonios apareció y lo hirieron.

Los arañazos del demonio le impidieron levantarse del suelo.

El ermitaño comentaba que el dolor causado por esa tortura demoniaca no se comparaba a ninguna herida causada por el hombre.

Al día siguiente, un amigo suyo lo encontró y lo llevó al pueblo más cercano para curarlo. Sin embargo, cuando el santo recuperó el sentido le pidió a su amigo que lo llevara de regreso a la tumba.

Al dejarlo, San Antonio gritó: “aquí estoy, yo Antonio. No huiré de tus latigazos y ningún dolor ni tormento me separará del amor de Cristo”.

San Atanasio relata que los demonios regresaron y ocurrió lo siguiente:

Resonó un estruendo semejante a un terremoto, que sacudió todo el lugar y los demonios salieron de las cuatro paredes en formas monstruosas de bestias y reptiles.

Así el lugar se llenó de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos.

El león rugía, deseando atacar; el toro se preparaba para embestir con sus cuernos; la serpiente se arrastraba buscando un punto de ataque y el lobo gruñía rodeándolo.

Todos estos sonidos eran aterradores.

Aunque San Antonio jadeaba de dolor, enfrentó a los demonios diciendo:

“si ustedes tuviesen algún poder, habría bastado que solo uno de ustedes viniera, pero como Dios los hizo débiles, ustedes quieren aterrorizarme con su gran número. 

Y la prueba de su debilidad es que han tomado la forma de bestias brutas”.

“Si son capaces y si han recibido un poder en mi contra, atáquenme de una vez. Pero si no son capaces, ¿Por qué me perturban en vano?

Porque mi fe en Dios es mi refugio y la muralla que me pone a salvo de ustedes”.

De repente, el techo se abrió y una luz brillante iluminó la tumba.

Los demonios desaparecieron y los dolores cesaron.

Al darse cuenta de que Dios lo había salvado, Antonio oró: “¿Dónde estabas? ¿Por qué no te apareciste desde el principio y me libraste de los dolores?”.

A estas preguntas, Dios respondió:

“Antonio, yo estaba allí, pero esperé para verte pelear. Como has perseverado en la lucha, y no has caído, siempre estaré dispuesto a socorrerte y haré famoso tu nombre en todas parte”.

Luego de escuchar las palabras de su Señor, el monje se levantó y oró.

Entonces recibió tanta fuerza que sintió que tenía más poder en su cuerpo que antes.

2- San Jerónimo.

(Tréveris, hacia 340 – Milán, 397) Padre y doctor de la Iglesia Católica.

Junto con San Jerónimo de Estridón y San Agustín de Hipona, San Ambrosio de Milán conforma el grupo de Padres de la Iglesia que constituyen la «edad de oro» de la patrística.

Fue funcionario del Imperio romano, gobernador de Liguria y Emilia (370) y arzobispo de Milán.

Recibió el bautismo, la ordenación y la consagración en 374 y se dedicó al estudio de la teología y de las humanidades; su obras tienen un marcado carácter pastoral.

Creó nuevas formas litúrgicas, promovió el culto a las reliquias en Occidente y convirtió y bautizó a San Agustín. Su festividad se celebra el 7 de diciembre.

Jerónimo dispuso irse al desierto a hacer penitencia por sus pecados (especialmente por su sensualidad que era muy fuerte, y por su terrible mal genio y su gran orgullo).

Pero allá aunque rezaba mucho, ayunaba y pasaba noches sin dormir, no consiguió la paz.

Se dio cuenta de que su temperamento no era para vivir en la soledad de un desierto deshabitado, sin tratar con nadie.

El mismo en una carta cuenta cómo fueron las tentaciones que sufrió en el desierto (y esta experiencia puede servirnos de consuelo a nosotros cuando nos vengan horas de violentos ataques de los enemigos del alma).

San Francisco de Sales recomendaba leer esta página de nuestro santo porque es bellísima y provechosa. Dice así:

“En el desierto salvaje y árido, quemado por un sol tan despiadado y abrasador, que asusta hasta a los que han vivido allá toda la vida, mi imaginación hacía que me pareciera estar en medio de las fiestas mundanas de Roma.

En aquel destierro al que por temor al Infierno yo me condené voluntariamente, sin más compañía que los escorpiones y las bestias salvajes, muchas veces me imaginaba estar en los bailes de Roma contemplando a las bailarinas.

Mi rostro estaba pálido por tanto ayunar y sin embargo los malos deseos me atormentaban noche y día.

Mi alimentación era miserable y desabrida y cualquier alimento cocinado me habría parecido un manjar exquisito.

Y no obstante las tentaciones de la carne me seguían atormentando.

Tenía el cuerpo frío por tanto aguantar hambre y sed, mi carne estaba seca y la piel casi se me pegaba a los huesos.

Pasaba las noches orando y haciendo penitencia y muchas veces estuve orando desde el anochecer hasta el amanecer.

Y aunque todo esto hacía, las pasiones seguían atacándome sin cesar.

Hasta que al fin, sintiéndome impotente ante tan grandes enemigos, me arrodillé llorando ante Jesús crucificado, bañé con mis lágrimas sus pies clavados y le supliqué que tuviera compasión de mí.

Y ayudándome el Señor con su poder y misericordia, pude resultar vencedor de tan espantosos ataques de los enemigos del alma.

Y yo me pregunto: si esto sucedió a uno que estaba totalmente dedicado a la oración y a la penitencia,

¿Qué no les sucederá a quienes viven dedicados a comer, beber, bailar y darle a su carne todos los gustos sensuales que pide?”.

3. Santa Teresa de Ávila: “Sus cuernos estaban alrededor del cuello del sacerdote mientras celebraba misa”

Esta reconocida doctora de la Iglesia y mística tuvo muchas visiones espirituales. En medio de sus oraciones y meditaciones, el demonio se le aparecía.

El día en que Santa Teresa de Ávila venció al demonio con el poder del Agua Bendita Final del formulario

Santa Teresa de Ávila / Crédito: Wikimedia Commons

Santa Teresa de Ávila fue una religiosa, mística y Doctora de la Iglesia del siglo XVI que en sus memorias relató:

“que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen”.

Lo que no es tan conocido son las experiencias que la llevaron a esa conclusión, que ella describe en su autobiografía “El libro de la vida”.

“Una forma abominable”, escribía, “su boca era horrenda”. “No tenía sombra sino que estaba cubierto por llamas de fuego”.

También el demonio le causaba fuertes dolores corporales.

En una ocasión la atormentó durante cinco horas mientras estaba en oración con sus hermanas.

La santa permaneció firme para no asustarlas.

Un día “vio con los ojos del alma a dos diablos que tenían sus cuernos alrededor del cuello del sacerdote mientras celebraba misa”.

Incluso para ella, estas visiones eran extrañas. “Rara vez lo he visto en forma corporal, a menudo no veo su apariencia física, pero sé que está allí.

¿Cuáles eran sus armas contra las fuerzas del mal?

La oración, la humildad y -muy interesante- el agua bendita. Santa Teresa decía que esta última era un arma eficaz.

Una vez estaba en un oratorio y el demonio se le apareció al lado izquierdo.

Le dijo que por ahora se había librado de sus manos pero que él la capturaría de nuevo.

“En la cruz está la vida y el consuelo”

Ella se asustó y se santiguó.

Sin embargo, Satanás continuó perturbándola y Teresa tomó un frasco de agua bendita y derramó el agua sobre él. Luego de ese día nunca más volvió.

“Estaba una vez en un oratorio y se me apareció hacia el lado izquierdo una abominable figura.

Le miré especialmente la boca, porque me habló y la tenía espantosa.

Parecía que le salía una gran llama del cuerpo, que estaba toda clara, sin sombra.

Me dijo espantosamente que bien me había librado de sus manos, mas que él me tornaría a ellas”, reveló la santa al inicio del capítulo 31 de su obra.

Entonces, asustada, trató de espantarlo con el signo de la cruz.

El demonio la abandonó, pero regresó rápidamente.

Esto sucedió varias veces hasta que recordó que había agua bendita cerca:

“Dos veces me sucedió esto. Yo no sabía qué hacer. Tenía allí agua bendita y lo eché a aquella parte y nunca más retornó”.

En otro momento, Santa Teresa contó que el demonio estuvo cinco horas atormentándola “con tan terribles dolores y desasosiego interior y exterior, que no sabía si podía soportar más.

Las que estaban conmigo estaban espantadas y no sabían qué hacer ni yo cómo valerme”.

La santa admitió que solo encontró alivio después de pedir agua bendita y arrojarla al lugar donde vio a un demonio cerca.

Es en la explicación de este hecho que se da a conocer su cita más famosa.

“Tras muchas ocasiones, tengo la experiencia de que no hay nada como el agua bendita para hacer huir a los demonios y evitar que regresen.

De la cruz también huyen, mas vuelven. Debe ser grande la virtud del agua bendita”, señaló.

Más tarde, aseguró que conoció la consolación del alma luego de tomar el agua, que le generó “como un deleite interior” que la confortaba.

“Esto no es un antojo, ni cosa que me ha acaecido sola una vez, sino muchas.

Y he mirado con gran advertencia. Digamos, es como si uno tuviese mucho calor y sed, y luego bebiese un jarro de agua fría…

Y sintiera un gran alivio. Considero que es una gran cosa todo lo que está ordenado por la Iglesia.

Y me conforta mucho ver que tengan tanta fuerza aquellas palabras, que así se pongan en el agua, para que sea tan grande la diferencia con lo que no es bendito”, continuó.

Santa Teresa de Ávila cuenta muchas otras historias sobre el poder del agua bendita en el resto del capítulo.

Puede leerlas AQUÍ.

4. Santo Padre Pío: “Estos demonios nunca dejan de golpearme”

Fue un sacerdote italiano que nació a fines del siglo XIX y murió en 1968. Aunque realizó muchos milagros y recibió los estigmas, el Padre Pío también sufrió ataques frecuentes del demonio.

Según el P. Gabriele Amorth, famoso exorcista de la diócesis de Roma, “la gran y constante lucha en la vida del santo fue contra los enemigos de Dios y las almas, quienes trataron de capturar su alma”.

Desde su juventud el Padre Pío tuvo visiones celestiales, pero también sufrió ataques infernales. El P. Amorth explica:

“El diablo se le aparecía en la forma de un gato negro o como algún otro animal repugnante. Con estas apariencias intentaba llenarlo de terror.

En otras ocasiones, el demonio tomaba la forma de chicas jóvenes, desnudas y provocativas, que realizaban danzas obscenas, para atentar contra su castidad.

Sin embargo, el Padre Pío sintió el peligro cuando Satanás trató de engañarlo fingiendo ser su director espiritual…

O tomando la forma de Jesús, la Virgen o San Francisco”.

Esta última táctica, cuando el diablo tomaba la forma de alguien bueno y santo, fue un problema.  

Hasta que el Don del Discwenimiento del Espíritu Santo, lo ayudó a distinguirlas y combatir cuando del Infierno se trataba. 

Satanás también lo hería físicamente.

El sacerdote describió estos dolores en una carta a un hermano, que era su confidente:

“Estos demonios nunca dejan de golpearme y me tumban de la cama… 

¡Incluso rasgan mis vestiduras para azotarme! Pero ya no me asustan, porque Jesús me ama y él siempre me levanta y me coloca de vuelta en mi cama”.

El Padre Pío es el testimonio de que si la persona está cerca a Dios no hay que temer a los demonios.

5. Santa Gemma Galgani: “Sus garras brutales”

Esta santa italiana fue una mística que tuvo experiencias espirituales maravillosas.

LA PRIMERA SANTA DEL SIGLO XX

Gema Galgani La joven que desconcertó a los científicos

Santa Gema tenía una relación muy particular con su ángel de la guarda, que siempre le acompañaba y le protegía, e incluso muchas veces le servía de “cartero”, llevando sus cartas al P. Germán.

Se asegura que también tenía el don de leer los corazones y que en varias ocasiones le dijo a varios religiosos que abandonarían la religión…

Cosa que sucedió más tarde, confirmando este don de su corazón.

Su Ángel de la Guarda y el combate contra el Enemigo

Hay una anécdota muy preciosa que le sucedió a Santa Gema en la casa Giannini.

En el comedor de la casa hay un crucifijo grande al que toda la familia tenía gran devoción.

También Gema en muchas ocasiones le hacía pequeñas “visitas”, orando frente a Él.

Un día, al tiempo que Gema preparaba la mesa, alzó los ojos hacia su Jesús y le dijo que tenía hambre y sed de Él.

Siente ansias de dar un beso a la imagen, pero no alcanza porque estaba alta. Jesús le sale al encuentro.

Desprendiendo un brazo de la cruz, la atrae, la abraza muy estrechamente, permitiéndole apagar su sed en la fuente viva de su costado abierto.

Jesús dijo cierto día a Gema: “Prepárate, pues el Demonio será quien dé la última mano a la obra que en ti deseo ejecutar”.

Y estas palabras del Señor se cumplieron al pie de la letra.

El demonio detestaba a Gema; le daba golpes, la tentaba contra la pureza con pensamientos e imágenes sugestivas y grotescas.

Trataba de impedir que comulgase e incluso llegó a aparecérsele bajo la apariencia del mismo Jesús.

Por todos los medios trataba de privarla de dirección espiritual, insinuándole cosas malas acerca de sus confesores, o haciéndose pasar por ellos.

Era una guerra constante y continua que duró hasta su misma muerte.

Era de esperar esta guerra de parte del demonio, ya que serían muchas las almas que se beneficiarían de los sufrimientos y oraciones de Santa Gema.

Y más aún, ella solo quería conformarse con la voluntad de Dios para su vida.

Esto hacía que el demonio se revolcara de rabia, porque no podía vencerla.

Tanta era la rabia que sentía hacia la pureza de Santa Gema que un día la tentó visiblemente, de tal modo que, no pudiendo huir de él, hizo la señal de la Cruz y se arrojó en un pozo de agua helada en el jardín.

Su ángel la sacó y la felicitó por su gran amor a la pureza, por su valentía y por su triunfo.

En otra ocasión, cuando la santa, por orden del P. Germán, escribía su vida:

“dándose cuenta el demonio del fruto que podía hacer (el libro de su vida), se lo robó gritando: ‘¡Guerra, guerra a tu Padre!, tu escrito está en mis manos’.

Y se relamía y se revolcaba en el suelo de la satisfacción.”

El P. Germán, enterado por una carta de Gema, se fue al sepulcro de San Gabriel de la Dolorosa y allí, leyó los exorcismos, ordenando al demonio que devolviese el manuscrito a su lugar.

El demonio lo devolvió todo chamuscado, aunque perfectamente legible; como se conserva todavía hoy en el Convento de los Pasionistas de Roma, produciendo honda impresión en cuantos lo ven.

Escribe la santa:

“El demonio me hace sufrir mucho, pero siempre terminan por vencerle Jesús y María, o bien el Ángel o San Pablo de la Cruz o el hermano Gabriel; siempre son estos tres.”

“¡Si viera cómo escapa tan luego como se presenta alguno de ellos!..”

Más adelante, al despedirse por última vez del Padre Germán, el demonio no reconoció límites, su bestialidad durante siete largos meses.

Perturbaba su imaginación con horribles fantasmas con el fin de producirle estados de ansiedad, tristeza, amargura y temor, que la indujeran a la desesperación.

Le decía muchas veces: “Ahí tienes lo que has conseguido con tus fatigas en el servicio de Dios”:

Y le presentaba tales figuras contra la pureza, que escribió al P. Germán: “Padre mío, pídale a Jesús que me cambie esta cruz por cualquier otra.

Haga desde ahí los exorcismos para que este perverso se vaya o mande a su ángel para que lo ahuyente”.

Viendo que con tentaciones no podía vencerla, empezó a maltratarla con los golpes más brutales y en forma de bestias feroces, que amenazaban despedazarla.

Dirigiéndose entonces a María Santísima, le decía:

“Madre mía; me encuentro bajo el poder del demonio que quiere arrancarme de las manos de Jesús. Ruéguele por mí. ¡Viva Jesús!”.

Jesús y María, complacidos al ver como luchaba, le enviaban a San Pablo de la Cruz o a San Gabriel para animarla.

El mismo Jesús le dijo:

“Hija mía; humíllate bajo mi mano poderosa y lucha, que tu lucha te conducirá a la victoria”.

En una carta dirigida a un sacerdote escribió:

“durante dos días, luego de recibir la Santa Comunión, Jesús me ha dicho: “Hija mía, muy pronto el diablo desatará una guerra contra ti”.

Estas palabras resuenan en mi corazón constantemente. Ore por mí por favor”.

Ella se dio cuenta de que la oración era la mejor defensa contra los ataques del demonio.

En venganza, Satanás le infringía fuertes dolores de cabeza para impedir que duerma.

Sin embargo, pese a las fatigas Gemma perseveró en la Oración:

“Cuantos esfuerzos hace ese miserable para que yo no ore. Ayer trató de matarme…

Y habría tenido éxito si Jesús no hubiese venido a salvarme.

Estaba asustada y mantuve la imagen de Cristo en mi mente”.

Una vez, mientras la santa escribía una carta, el diablo le arrebató la pluma de las manos, rasgó el papel y la tiró de la silla, agarrándola de los cabellos con la violencia de sus “garras brutales”.

Ella describe otro ataque en uno de sus escritos:

“el demonio se presentó ante mí como una gigante y me decía: ‘Para ti ya no hay esperanza de salvación. ¡Estás en mis manos!’

Yo le respondí que Dios es misericordioso y por tanto no temo nada.

Entonces me golpeó en la cabeza y me dijo: ‘¡Maldita seas!’, y luego desapareció”.

“Cuando volví a mi habitación para descansar, lo encontré.

De nuevo comenzó a golpearme con una cuerda anudada y me gritaba que yo era débil.

Le dije que no y me golpeó tan fuerte, que caí de cabeza al suelo. En un momento se me vino a la mente invocar a Jesús:

“Padre eterno, en nombre de la preciosísima sangre de Jesús, ¡Líbrame!”.

“No recuerdo bien qué pasó. La bestia me arrastró de mi cama y golpeó mi cabeza con tal fuerza que todavía me duele.

Perdí el sentido y yací en el suelo hasta que desperté. ¡Gracias a Dios!”

A pesar de los ataques, Santa Gemma siempre tuvo fe en Jesús.

Incluso utilizaba el humor contra Satanás.

Una vez escribió a un sacerdote: “tenías que verlo, cuando huía haciendo muecas, ¡Te habrías muerto de la risa! ¡Es tan feo!…

Pero Jesús me dijo que no le tenga miedo”.

5. Santa Catalina de Siena

Catalina Benincasa nació en la ciudad de Siena, Italia, el 25 de marzo de 1347.

Hija número 23 de Jacobo y Lapa Benincasa, desde niña se destacó por su inteligencia y religiosidad.

Los biógrafos señalan que su primera visión, su voto de virginidad y el pueril intento de hacerse eremita los manifestó entre los 6 y 8 años.

Su madre se oponía a sus deseos de vida de piedad e intentó por todos los medios que eligiera la vida matrimonial.

Aprovechando una enfermedad que le produce su paso de la niñez a la edad adulta,

consigue que su madre realice las gestiones necesarias para que la admitan en la Tercera Orden de Penitencia de Santo Domingo.

Supo armonizar su vida seglar y activa con largas horas de oración y como no siempre podía estar retirada en una habitación o celda,

imaginó y logró llevar esa habitación y celda consigo, dentro de su corazón:

No perdió el recogimiento interior y la intención de agradarle a Dios en medio de las gestiones que tuvo que llevar a cabo en el mundo.

 En medio de una vida dura y difícil, por su salud y por su pobreza, su espíritu no se quebranta ni material ni moral ni espiritualmente.

 Los ayunos, éxtasis y otras manifestaciones no ordinarias que padecía, eran discutidos y puestos en duda por muchos que pretendían desautorizarlas.

El socorro al prójimo, a la comunidad cristiana y a la jerarquía eclesiástica no brota de su corazón bondadoso, sino de su amor al Señor.

 Sus escritos, dictados a sus discípulos porque no sabía escribir, son una muestra palpable de su reflexión.

En su libro “El Diálogo” expone la relación de Dios con el hombre.

Asimismo, Santa Catalina desarrolla la doctrina del “puente”: Cristo como mediador entre Dios y los hombres.

Falleció en Roma el 29 de abril de 1380, a los 33 años de edad.

El 4 de octubre de 1970 es proclamada doctora de la Iglesia por Su Santidad el Papa Pablo VI, junto con Santa Teresa de Avila.

Fueron las primeras mujeres proclamadas doctoras de la Iglesia. 

Cuidado con la «Trampa del Diablo» que Dios mostró a santa Catalina de Siena

 
“Cuando te fijes en las faltas de una persona, piensa: Hoy es tu turno, mañana será mío, a menos que la Gracia Divina me sostenga”

Sin aprobar de ninguna manera el comportamiento pecaminoso, Jesús nos desafía a examinar si nuestros corazones están llenos de compasión por aquellos cuyas vidas no son perfectas:

 ¿Tenemos un deseo sin fin de mostrar misericordia? ¿O somos rápidos en criticar y condenar?

Santa Catalina de Siena fue confrontada una vez por Dios acerca de un «pecado oculto» que tenía:

El pecado de juzgar a la gente. Solía ​​pensar que tenía un don para leer la naturaleza humana y notar las faltas de otras personas, especialmente las faltas de los sacerdotes.

Pero, un día, Dios le señaló que las percepciones que estaba recibiendo acerca de las debilidades de otras personas no venían de él: venían del diablo.

Ella comprendió entonces, que esto era «la Trampa del Diablo«.

El diablo nos permite ver las faltas del otro para que, en lugar de querer ayudar, comencemos a juzgar sus almas y condenarlas.

Catalina lo admitió a Dios, diciendo:

«Me diste … medicina contra una enfermedad oculta que no había reconocido, enseñándome que nunca puedo juzgar a ninguna persona. …

Porque yo, ciego y débil como estaba de esta enfermedad, a menudo he juzgado a otros bajo el pretexto de trabajar por tu honor y su salvación«.

Si nos enfrentamos a la verdad acerca de nosotros mismos.

Y experimentamos nuestras propias luchas diarias con el pecado, es menos probable que nos establezcamos en el juicio sobre otros.

Si verdaderamente reconocemos cuánto necesitamos la misericordia de Dios, si experimentamos su perdón y su poder sanador en nuestras propias vidas…

Entonces nuestros corazones serán mucho más compasivos cuando encontremos las faltas de otras personas.

Si hemos experimentado lo paciente y gentil que es Dios con nuestras debilidades, entonces vamos a ser más misericordiosos con los demás.

Es por eso que santa Catalina aprendió que cuando nos fijamos en las faltas de una persona, debemos decirnos:

«Hoy es tu turno; mañana será mío, a menos que la gracia divina me sostenga«.

Pero si tendemos a responder a las faltas de los demás con la condena y no la compasión, puede ser porque nosotros mismos tenemos un serio problema moral.

Podría ser porque no hemos llegado a un acuerdo con nuestras propias debilidades y pecados y experimentado la misericordia de Dios.

101 EL DERRUMBE


 101 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús se encuentra con los suyos en un lugar muy montañoso.

El camino es incómodo y escabroso y a los más ancianos se les hace muy duro.

Sin embargo, los jóvenes se muestran muy contentos en torno a Jesús y suben ágiles, conversando entre sí.

El pensamiento de volver a Galilea tiene alborozados a los dos primos, los dos hijos de Zebedeo y a Andrés.

Y su alegría es tal, que conquista también a Judas, que desde hace un tiempo se encuentra en las mejores disposiciones de espíritu.

Se limita a decir:

–     Bueno, Maestro, pero, para Pascua, cuando se va al Templo…

¿Vas a volver a Keriot? Mi madre sigue esperando a que vayas. Me lo ha hecho saber. E igualmente mis paisanos…

Jesús contesta:

–     Por supuesto.

Ahora, aunque quisiéramos, la estación está demasiado desapacible como para meterse por esos caminos intransitables.

Daos cuenta de lo fatigoso que resulta incluso aquí. Y si no hubiese sido por esa imposición, no habría emprendido ahora el camino… Pero ya no se podía estar…

Jesús guarda silencio, pensativo.

Juan dice:

–     Y después, quiero decir por Pascua, se podrá ir?

Yo quisiera enseñar tu gruta a Santiago y a Andrés.

Judas pregunta:

–     ¿Te olvidas del amor de Belén hacia nosotros? 

0 mejor dicho, hacia el Maestro.

–      No. Pero iría yo con Santiago y Andrés.

Jesús podría estar en Yuttá o en tu casa…

–     ¡Oh…, esto me agrada!

¿Lo harás así, Maestro? Ellos van a Belén, Tú estás conmigo en Keriot. Realmente conmigo solo nunca has estado…

Y siento grandes deseos de tenerte enteramente para mí…

Jesús pregunta:

–     ¿Estás celoso?

¿No sabes que Yo os amo a todos de la misma forma? ¿No crees que Yo estoy con todos vosotros aun cuando parezco lejano?

–      Sé que nos quieres.

Si no nos quisieras, deberías ser mucho más severo, conmigo al menos. Creo que tu espíritu nos asiste continuamente.

Pero no somos del todo espíritu; está también el hombre, con sus amores de hombre, sus deseos, sus añoranzas.

Jesús mío  yo sé que no soy el que más te hace feliz.

Pero creo que Tú sabes lo vivo que está en mí el deseo de agradarte y el recuerdo amargo de todas las horas que te pierdo por mi miseria…

Jesús objeta:

–     No, Judas.

No te pierdo. Estoy más cerca de tí que de los demás, precisamente porque conozco quién eres.

–     ¿Qué soy, mi Señor? Dilo.

Ayúdame a entender qué soy. Yo no me entiendo. Me da la impresión de ser como una mujer turbada por deseos de concebir.

Tengo apetitos santos y apetitos depravados. ¿Por qué? ¿Qué soy yo?

Jesús lo mira con una mirada indefinible.

Está apenado. Pero es una tristeza embebida de piedad, de mucha piedad.

Parece un médico que constatara el estado de un enfermo y que supiera que se trata de un enfermo que no puede curarse…

Pero no habla.

Judas insiste:

–     Dilo, Maestro mío.

Tu juicio sobre el pobre Judas será siempre el menos severo de todos.

Y, además… estamos entre hermanos. No me importa que sepan de qué estoy hecho.

Es más, sabiéndolo de Tí, corregirán su juicio y me ayudarán. ¿No es verdad?

Los otros se sienten violentos y no saben qué decir.

Miran al compañero, miran a Jesús.

Jesús pone a su lado a Judas de Keriot, en el lugar donde antes estaba su primo Santiago.

Y dice:

–      Tú eres simplemente un desordenado.

 Tienes en ti los mejores elementos pero no bien asegurados. El soplo más débil de viento, los echa por tierra.

Hace poco pasamos por aquellos desfiladeros y nos mostraron el daño que el agua, la tierra y las plantas, causaron en el poblado.

Estos tres elementos son cosas útiles y benditas, ¿No es verdad? Y sin embargo allí, fueron una maldición.

¿Por qué? Porque el agua del río no tenía una ribera propia.

Además por la pereza del hombre, se había formado más riberas, según su capricho. Era bello, mientras no había tempestades.

Eran bellas las plantas nacidas al azar y que dejaban claros llenos de sol.

Bella, la tierra suave, depositada por lejanos aluviones, en la quebrada del monte.

Era como un primor de joyeles esa agua clara que regaba el monte con muchos riachuelos que el hombre gozaba porque era útil a sus campos.

Esa agua clara que irrigaba el monte con pequeños arroyos: collares de diamantes o de esmeraldas, según reflejasen la luz o la sombra de los bosques, era como un joyel.

Y el hombre gozaba de ello, porque las cantarinas venas de agua eran útiles para sus pequeños campos.

Como también eran hermosos los árboles nacidos por avatares de los vientos en caprichosos grupos; aquí, allá y acullá, dejando claros llenos de sol.

También era hermosa la tierra esponjosa, depositada por quién sabe qué lejanos aluviones entre las variadas ondulaciones del monte.

Tierra verdaderamente  fértil para los cultivos.

Bastó que llegaran hace un mes las tempestades, para que los caprichosos senderos del río, se uniesen y se desbordasen por otro curso, llevándose los desordenados árboles…

Y arrastrando hacia abajo las desordenadas acumulaciones de tierra junto con las plantas que no estaban en orden, llevándose consigo los trozos de tierra, hasta el valle.

Si las aguas hubieran sido reguladas, si los árboles hubieran estado agrupados en bosques ordenados…

Si la tierra hubiese estado sostenida con antemurales.

Entonces los tres elementos buenos: las plantas, el agua y la tierra, no se habrían convertido en ruina y muerte para ese poblado.

Tú tienes inteligencia, intrepidez, instrucción, prontitud, prestancia, actividad, elegancia y muchas otras cualidades.

Tienes muchas cosas, muchas, pero están salvajemente dispuestas en tí; están colocadas sin orden alguno… 

Y tú dejas que estén así.

Mira, necesitas un trabajo paciente y constante sobre ti mismo, para poner orden, que al final se traduciría en una gran fuerza vital, en tus cualidades,

De modo que cuando ruja la tempestad de la tentación, lo bueno que existe en tí, no se convierta en mal para tí y para los demás.

Judas lo mira pasmado y dice:

–    Tienes razón Maestro.

De vez en cuando un viento me golpea y todo se me embrolla. Y dices que podré…

–      La voluntad lo es todo, Judas.

–     Pero hay tentaciones tan ardientes…

Que se ocultan por miedo de que el mundo las pueda leer en la cara…

–    ¡Aquí está el error! 

Sería el momento preciso de no ocultarse. Sino de buscar en el mundo de los buenos, su ayuda. También el contacto con los buenos calma la fiebre.

Y buscar también a los criticones del mundo, porque el orgullo empuja a esconderse, para que no se lea entre nuestros espíritus tentados y esto sirve de reactivo a la debilidad moral… 

Y así no se caería.

–    Tú te metiste en el desierto…

–     Porque lo podía hacer.

Pero ¡Ay! De los solos si no son en su soledad, multitud contra multitud.

–    ¿Cómo? No entiendo.

–      Multitud de virtudes contra multitud de tentaciones.

Cuando la virtud es poca, hay que hacer lo que hace esta hiedra: aferrarse a las ramas de los árboles robustos para poder subir.

–    Gracias maestro.

Yo me aferro a Ti y a mis compañeros. Ayudadme todos. Sois mejores que yo.

Santiago de Zebedeo responde:

–     Ha sido mejor el ambiente parco y honesto en el que hemos crecido amigo.

Ahora estás con nosotros y te queremos mucho. Verás… no es por criticar la Judea, pero créeme que en Galilea hay menos riquezas  y menos corrupción.

Están cerca Tiberíades, Mágdala y otros lugares de recreo. Pero vivimos con nuestra alma sencilla, vulgar si quieres; pero activa, contenta, santamente con lo que da Dios.

Juan Objeta:

–     Pero ten en cuenta, Santiago, que la madre de Judas es una santa mujer.

Se le ve la bondad escrita en la cara.  

Judas de Keriot, contento por esta alabanza, le sonríe.

Y su sonrisa aumenta cuando Jesús confirma:

–      Es así, como has dicho, Juan; es una santa criatura.

Judas agrega:

–      ¡Sí! ¡Ya!

Pero mi padre soñaba con hacer de mí una persona grande en el mundo. Y me separó muy pronto y demasiado profundamente de mi madre…

Pedro pregunta desde lejos:

–      Pero, ¿Qué es lo que tenéis que decir, que no paráis de hablar?

 ¡Paraos! ¡Esperadnos! No le veo la gracia a ir así, sin pensar que yo tengo las piernas cortas.

Se detienen hasta que el otro grupo los alcanza.

–      ¡Uf! ¡Cuánto te quiero, barquita mía!

Aquí se hace esfuerzos de esclavos… ¿Qué decíais?

Jesús responde:

–      Hablábamos de las cualidades para ser buenos.

–      Y ¿A mí no me las dices, Maestro?

–      Claro que sí: orden, paciencia, constancia, humildad, caridad…

¡He hablado de ellas muchas veces!

–      Del orden no.

¿Qué tiene que ver con ello?

–      El desorden no es nunca una buena cualidad.

Se lo he explicado a tus compañeros. Ellos te lo dirán.

Y lo he puesto el primero; mientras que he puesto la última a la caridad, porque son los dos extremos de la recta de la perfección.

Ahora bien, como tú sabes, una recta, puesta horizontalmente, no tiene principio, como tampoco tiene fin.

Ambos extremos pueden ser principio y pueden ser fin, mientras que de una espiral o de cualquier otra figura no cerrada en sí misma, hay siempre un principio y un fin.

La santidad es lineal, simple, perfecta.

Y no tiene sino dos extremos, como la recta.

–      Es fácil hacer una recta…

–      ¿Tú crees? Te equivocas.

En un dibujo, complicado incluso, puede pasar inadvertido algún defecto; pero en la recta enseguida se ve cualquier falta.

O de inclinación o de incertidumbre.

José, enseñándome el oficio, insistía mucho en que fueran derechas las tablas.

Y con razón me decía:

¿Ves, hijo mío? En una moldura o en un trabajo de torno todavía puede pasar una leve imperfección, porque el ojo si no es expertísimo, si observa un punto no ve el otro.

Pero si una tabla no está derecha como se debe, ni siquiera el trabajo más simple, como puede ser una pobre mesa de campesinos, sale bien.

Estará arqueada, hacia abajo o hacia arriba. No sirve sino para el fuego”.

Podemos decir esto también respecto a las almas.

Para que no suceda que no se sirva sino para el fuego infernal, es decir, para conquistar el Cielo, hay que ser perfecto como una tabla debidamente cepillada y escuadrada

Quien empieza su trabajo espiritual con desorden, comenzando por las cosas inútiles; saltando como un ave inquieta, de esto a aquello,

Al final, cuando quiere reunir las partes de su trabajo, ya no puede, no encajan.

Por tanto, orden. Por tanto, caridad.

Luego, manteniendo fijos en las dos mordazas estos extremos, de forma que no se escapen nunca, trabajar en todo lo restante, ya se trate de molduras o de tallas.

¿Has comprendido?

–     Sí, he comprendido.

Pedro se mastica en silencio su lección y repentinamente,

concluye:

–     Entonces mi hermano vale más que yo.

Él es verdaderamente ordenado. Paso a paso, en silencio, tranquilo. Da la impresión de que no se moviera y sin embargo…

Yo desearía hacer muchas cosas y en poco tiempo. Y no hago nada. ¿Quién me ayuda?

–     Tu buen deseo.

No temas, Pedro. Tú también haces. Te haces.

–     ¿Y yo?

–      También tú, Felipe.

–     ¿Y yo?

Tengo la impresión de no ser realmente capaz de nada.

–     No, Tomás.

Tú también te trabajas. Todos, todos os trabajáis.

Sois árboles silvestres, pero los injertos os van cambiando en modo lento y seguro…

Y Yo tengo en vosotros mi alegría.

–     Eso. Estamos tristes y Tú nos consuelas.

Somos débiles y Tú nos fortaleces. Somos miedosos y nos infundes valor. Para todos y para todos los casos, tienes preparado el consejo y el consuelo.

Maestro, Tú siempre estás preparado y siempre eres bueno, ¿Cuál es el secreto?

–      Amigos míos, he venido para esto, sabiendo ya lo que me encontraría y lo que debía hacer.

Sin sufrir ilusiones no se tienen desilusiones; por tanto, no se pierde energía, se va hacia adelante.

Recordad esto, para cuando también vosotros tengáis que trabajar al hombre animal, para hacer de él el hombre espiritual.