Archivos de etiquetas: VOCACION

289 TOMAR LA CRUZ


289 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la Fiesta de los Tabernáculos.

Toda la comitiva apostólica ha llegado al Templo, para celebrar la Fiesta de los Tabernáculos.

Luego entran y casi enseguida, se topan con Nicodemo,

el cual hace un gesto respetuoso de saludo;

no se acerca a Jesús;

pero le dirige una sonrisa de avenencia llena de paz.

Las mujeres, no pudiendo ir más allá, se detienen.

Mientras, Jesús con los hombres va a la Oración, al lugar de los hebreos.

Y después que han cumplidos todos los ritos,

se vuelve para reunirse con los que lo esperan en el pórtico de los Paganos

Los pórticos, vastísimos y altísimos, están llenos de gente que escucha las lecciones de los rabíes.

Jesús se dirige a donde ve que están parados los dos apóstoles y los dos discípulos

que había mandado delante.

Enseguida se forma un círculo alrededor de Él;

a los apóstoles y discípulos se unen numerosas personas que estaban, acá o allá,

entre la muchedumbre que llena el patio marmóreo.

Tanta es la curiosidad, que hasta algunos alumnos de rabíes, algunos espontáneamente,

otros mandados por sus maestros, se acercan al círculo que se ciñe en torno a Jesús.

Él, sin rodeo alguno, dice:

–        ¿Por qué os apiñáis alrededor de Mí?

Responded.

Tenéis rabíes conocidos y sabios, bienquistos de todos;

Yo soy el Desconocido y el Malquisto.

¿Por qué, pues, venís a Mí?

Varios responden:

–        te amamos. 

–       «Porque tienes palabras distintas de los otros».

–       «Para ver tus milagros»

–       «Porque hemos oído hablar de ti»,

–        «Porque sólo Tú tienes palabras de vida eterna.

–        Porque tus obras corresponden a las palabras».

          Porque queremos unirnos a tus discípulos».

Jesús mira a cada uno según va hablando;

 como para traspasarlos con la mirada y leer los más ocultos sentimientos;.

Algunos no resisten esa mirada..

Se alejan o se esconden detrás de una columna o de gente más alta.

Jesús continúa:

—      Pero, ¿Sabéis qué quiere decir y qué es el hecho de seguirme?

Doy respuesta solamente a estas palabras, porque la curiosidad no merece respuesta.

Y porque quien tiene hambre de mis palabras, como consecuencia me ama y desea unirse a Mí

Por tanto, los que han hablado se clasifican en dos grupos:

Los curiosos, de los cuales no me ocupo.

Y los que ponen buena voluntad;

a éstos los adoctrino sin engaño, acerca de la severidad de esta vocación.

Venir a Mí como discípulo quiere decir:

Renuncia de todos los amores en aras de un solo amor: el mío.

Amor egoísta a  uno mismo: amor culpable a las riquezas, a la sensualidad o el poder;

amor justo a la propia esposa; santo, hacia la madre o el padre;

amor cariñoso de los hijos y a los hijos o hermanos:

todo debe ceder ante mi amor, si uno quiere ser mío.

En verdad os digo que mis discípulos han de ser más libres que las aves que extienden su vuelo

por el cielo, más libres que los vientos que recorren el firmamento sin ser detenidos

por nadie ni por nada;

libres, sin pesadas cadenas, sin vínculos de amor material,

sin siquiera las finas telarañas de las más leves barreras.

El espíritu es como una delicada mariposa enclaustrada dentro del capullo pesado de la carne;

su vuelo lo puede obstaculizar -o pararlo del todo- simplemente la irisada e impalpable

tela de una araña:

la araña de la propia sensibilidad, de la falta de generosidad en el sacrificio.

Quiero todo, sin reservas

El espíritu tiene necesidad de esta libertad de dar, de esta generosidad de dar,

para poder estar seguro de no caer en la telaraña de las inclinaciones, costumbres, reflexiones,

miedos, tejido todo ello como otros tantos hilos de esa monstruosa araña

que es Satanás, Ladrón de almas.

Si uno quiere venir a Mí y no odia santamente a su padre, a su madre, su mujer y sus hijos,

a sus hermanos y hermanas e incluso la propia vida, no puede ser discípulo mío.

He dicho: «odia santamente».

En vuestro corazón decís: «El odio -Él lo enseña- no es jamás santo. Por tanto, se contradice».

No. No me contradigo.

Digo que se odie lo grave del amor, la pasionalidad terrenal del amor al padre y a la madre,

a la esposa y a los hijos, a los hermanos y hermanas, a la propia vida

pero ordeno que se ame, con la libertad ingrávida propia de los espíritus:

a los padres y la vida.

Amadlos en Dios y por Dios, no posponiendo jamás a Dios,

no posponiéndolo a ellos, ocupándoos y preocupándoos, de conducirlos a donde

el discípulo ha llegado, o sea, a Dios Verdad.

Así amaréis santamente a los padres y a Dios.

Y conciliaréis los dos amores.

Y haréis de los vínculos de la sangre no un peso sino alas, no culpa sino justicia.

Debéis estar dispuestos a odiar también vuestra vida para seguirme a Mí.

Odia su vida aquel que, sin miedo a perderla o a que sea humanamente triste, la pone a mi servicio

Pero es sólo apariencia de odio, un sentimiento erróneamente llamado «odio»

por la mente del hombre que no sabe elevarse,

del hombre todo terrenal, superior en poco a los animales.

En realidad, este aparente odio, que es el negar las satisfacciones sensuales a la existencia

para dar cada vez más amplia vida al espíritu, es  amor;

amor es y del más alto que existe, del más bendito.

Negarse las bajas satisfacciones, prohibirse la sensualidad de los deseos,

atraerse reprensiones y comentarios injustos, arriesgarse a sufrir castigos, rechazos,

maldiciones, quizás persecuciones, 

 todo esto es una serie continua de penas

Porque Satanás siempre nos arrebata y NOS ATACA CON LO QUE MÁS AMAMOS…

Mas es necesario abrazarse a ellas e imponérselas como una cruz.

Un patíbulo en que expiar todos los pecados pasados;

para presentarse uno justificado ante Dios;

un patíbulo del cual se obtienen todas las gracias, verdaderas, poderosas,

santas gracias de Dios para aquellos a quienes amamos.

Quien no carga con su cruz y no me sigue;

quien no sabe hacer esto, no puede ser discípulo mío.

Por tanto, los que decís: «Hemos venido porque queremos unirnos a tus discípulos»

pensadlo mucho, mucho.

No es vergüenza, sino sabiduría, sopesarse, juzgarse y confesar, a sí mismo y a los demás:

«No tengo la aptitud del discípulo».

«Conócete a tí mismo, tórnate consciente de tu ignorancia y entonces serás sabio.»

Los paganos, como base de una de sus disciplinas, tienen la necesidad de «conocerse uno a sí mismo».

¿Acaso vosotros, israelitas, no vais a saber hacerlo para conquistar el Cielo?

Porque -recordad esto siempre: 

Bienaventurados los que vienen a Mí.

Pero, si venís para luego traicionarme a Mí y al que me ha enviado,

mejor es no venir para nada y seguir siendo hijos de la Ley como habéis sido hasta ahora.

¡Ay de aquellos que primero dicen: «Voy» y luego, traicionando la idea cristiana,

escandalizando a los pequeños y buenos.

¡Perjudican al Cristo!

¡Ay de ellos!..

¡Y los habrá, siempre los habrá! 

Sed, pues, como aquel hombre que, queriendo edificar una torre,

primero calcula atentamente los gastos necesarios y hace balance de su dinero,

para ver si tiene los medios para concluirla.

Y no verse obligado, una vez echados los cimientos, a suspender la obra por falta de dinero.

Si esto sucediera, perdería incluso lo que tenía primero y se quedaría sin torre y sin talentos;

a cambio atraería hacia sí las burlas del pueblo, que diría:

«Éste empezó a edificar, pero no pudo concluir;

ahora tendrá que llenar su estómago con los restos de su construcción inacabada».

Sed también -sacando así enseñanza sobrenatural de los pobres-hechos de este mundo-

como los reyes de la Tierra, que, cuando quieren hacer la guerra a otro rey

examinan todo con calma y atención, los pros y los contras;

meditan si lo que van a sacar con la conquista les compensa o no el sacrificio de las vidas de sus súbditos;

estudian si es posible conquistar el lugar, 

estudian la posibilidad de victoria de su ejército…

(numéricamente la mitad del de su rival pero más combativo);

y, si, lógicamente, ven que es improbable que diez mil venzan a veinte mil,

entonces, antes de que estalle la batalla, mandan al encuentro de su rival,

-que ya está en guardia a causa de las operaciones militares del otro

una embajada con ricos presentes

y lo amansan, lo apaciguan con pruebas de amistad,

para anular sus sospechas,

en fin firman un tratado de paz, que siempre es más ventajoso,

humana y espiritualmente, que una guerra. 

237 LA VOCACIÓN Y EL MARTIRIO


237 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La comitiva apostólica partió al rayar el alba y ya llevan varias horas caminando. 

La mañana serena y luminosa favorece la marcha.

Van salvando colinas orientadas hacia el oeste, o sea, hacia el mar.  

Mateo dice:

–      Hemos hecho bien en llegar a los montes a las primeras horas de la mañana.

Con este sol no habríamos podido estar en la llanura.

Aquí hay sombra y frescor.

Me dan pena los que siguen la vía romana.

Que es buena para el invierno.

Jesús agrega: 

–      Después de estas colinas…

Tendremos el viento del mar, que siempre templa el aire.

Santiago de Alfeo añade: 

–      Comeremos allá, en aquella cima.

El otro día era muy bonito.

Y desde aquí debe serlo todavía más, porque el Carmelo está más cerca.

.Y también el mar.  

Andrés exclama:  

–       ¡Es verdaderamente bonita nuestra tierra!

Judas confirma:  

–       ¡Oh! Sí.

Hay de todo en ella:

Montes nevados, suaves colinas, lagos, ríos…

Todo tipo de plantas… 

Y no falta el mar.

Realmente es la tierra de delicias celebrada por nuestros salmistas, nuestros profetas;

nuestros grandes guerreros y poetas

Tadeo: 

–      Recítanos algún fragmento,.

Santiago de Zebedeo, ruega: 

–      Hazlo tú que sabes tantas cosas.

La bien entonada y varonil voz de Judas,

parece cantar: 

“Con la belleza del Paraíso Él ha formado la tierra de Judá.

Con la sonrisa de sus ángeles ha decorado la tierra de Neftalí,

con los ríos de miel del cielo ha dado sabor a los frutos de su tierra.

La Creación entera se refleja en ti, gema de Dios,

don de Dios a su pueblo santo.

Más dulce que los pingües racimos que maduran en las laderas de tus montes,

más suave que la leche que llena las ubres de tus corderas,

más embriagadora que la miel que lleva el sabor de las flores que te visten, tierra bienaventurada,

es tu belleza para el corazón de tus hijos.

El cielo ha descendido y se ha hecho río para unir dos gemas,

se ha hecho colgante y cinturón sobre tu verde vestido.

Tu Jordán canta.

Uno de tus mares ríe, el otro recuerda que Dios es terrible,

mientras las colinas parecen danzar al atardecer,

cual donosas muchachas en un prado;

tus montes rezan en las auroras angélicas o cantan el aleluya bajo el ardor del sol.

O adoran con las estrellas tu poder, Señor altísimo.

No nos has encerrado entre apretados confines,

delante nos has dejado el abierto mar para decirnos que el mundo es nuestro».  

Lleno de orgullo nacional y amor por la patria,

Pedro comenta: : 

–     ¡Bonito, ¿Eh?!

¡Precioso!

Sólo he estado en la parte del lago y en Jerusalén;

durante muchos años no he visto nada más.

Ahora conozco sólo Palestina.

Pero estoy seguro de que no hay nada más bonito en el mundo.

Juan añade: 

–      María me decía que también es muy bonito el valle del Nilo.  

Simón Zelote: 

–       Y el hombre de Endor habla de Chipre, como de un paraíso.

–       ¡Ya, pero nuestra tierra!…

Y los apóstoles;

todos menos Judas de Keriot y Tomás, que están con Jesús, un poco más adelante,

siguen cantando las bellezas de Palestina.

Las mujeres que van las últimas en la comitiva apostólica.  

Porque son bonitas y porque serán un recuerdo de su viaje… 

No pueden contenerse de recoger semillas de flores, para plantarlas en sus huertos y  jardines. 

Hay algunas águilas y cóndores,

que dibujan amplios círculos por encima de las crestas de las colinas…

Y de vez en cuando descienden en busca de alguna presa.

Surge una lucha entre dos buitres.

Giran, giran, perdiendo plumas;

en un elegante y fiero duelo que termina con la huida del perdedor;

que quizás va a morir a lo alto de algún remoto pico;

al menos así lo juzgan todos, pues su vuelo es muy cansado, un vuelo de moribundo.  

Tomás comenta: 

–       Le ha hecho daño la avidez. 

Mateo añade: 

–       La avidez y la obstinación siempre hacen daño.  

Felipe

–      ¡También a los tres de ayer!…

Pedro:

–      ¡Misericordia eterna!  

Tadeo:

–     ¡Qué triste destino!  

Andrés pregunta: 

–      ¿No se curarán jamás?   

Mateo:

–      Pregúntaselo al Maestro.

Le preguntan a Jesús,

y responde:

–      Mejor sería preguntar si se van a convertir.

Porque en verdad os digo que es preferible morir leproso y santo, que no sano y pecador.

La lepra queda en la Tierra, en la tumba;

el pecado, en la eternidad. 

Simón Zelote: 

–      A mí me gustó mucho ayer tu discurso de por la noche.

Judas:   

–      Pues a mí no.

Era muy duro para demasiados israelitas.

Jesús: 

–      ¿Estás tú entre ellos?

–       No, Maestro.

–       ¿Y entonces?

¿Por qué esta susceptibilidad?

–       Porque te puede perjudicar.

–      Entonces… 

¿Para evitar perjuicios, debería hacer tratos con los pecadores y hacerme su cómplice?

–       No digo eso.

No podrías hacerlo.

Pero sí guardar silencio.

No buscarte la enemistad de los grandes…

–       Callar es otorgar.

No doy mi visto bueno a los pecados; ni de los pequeños ni de los grandes.

–       ¿Ves lo que le ha pasado al Bautista?

–       Su gloria.

–       ¿Su gloria?….

A mí me parece que es su ruina.

–       Persecución y muerte…

Por fidelidad a nuestro deber, son gloria para el hombre.

El mártir es siempre glorioso.

–       Pero con la muerte se impide a sí mismo ser maestro.

Y aflige a sus discípulos y familiares;

él se quita las penas, pero deja a los otros sumergidos en penas mucho mayores.

El Bautista no tiene a sus más cercanos familiares, es verdad;

pero tiene de todas formas, deberes para con sus discípulos.

–      Aunque tuviera a esos familiares sería igual.

La vocación está por encima de la sangre.

–       ¿Y el cuarto mandamiento?

–       Viene después de los dedicados a Dios.

–      Ya has visto ayer cómo una madre sufre por un hijo…

Jesús llama a María: 

–       ¡Madre! Ven.

María va donde Jesús,

y pregunta:

–      ¿Qué quieres, Hijo mío?

–      Madre… 

Judas de Keriot está perorando en defensa de tu causa, por amor a ti y a Mí.

–      ¿Mi causa?

¿En qué?

–       Quiere persuadirme de que sea más prudente;

para no caer como nuestro pariente Juan.

Y me está diciendo que hay que tener compasión de las madres y no arriesgar la propia vida, por ellas;

porque así lo quiere el cuarto mandamiento.

¿Tú qué piensas de ello?

Te cedo la palabra, Madre, para que adoctrines con dulzura a nuestro Judas.  

María declara: 

–       Yo digo que dejaría de amar a mi Hijo como Dios

que pensaría que siempre me he equivocado,

que he sufrido siempre error acerca de su Naturaleza,

si lo viera perder su perfección, rebajando su pensamiento a consideraciones humanas;

perdiendo de vista las consideraciones sobrehumanas.

O sea: redimir.

Tratar de redimir a los hombres, por amor a ellos y para gloria de Dios;

a costa de crearse penas y rencores.

Lo seguiría queriendo como a un hijo descarriado, por efecto de una fuerza maligna,

lo seguiría queriendo por piedad,

por el hecho de ser hijo mío, porque sería un desdichado;

pero no ya con esa plenitud de amor, con que lo amo ahora viéndolo fiel al Señor.   

Judas puntualiza:

–       A Sí mismo, quieres decir.

–       Al Señor.

Ahora Él es el Mesías del Señor y debe ser fiel al Señor como todos los demás.

Es más, más que ninguno.

Porque su Misión es mayor que toda otra misión que haya existido, existe y existirá, en la Tierra;

ciertamente recibe de Dios la ayuda proporcional a tan alta misión.

–       Pero, ¿no llorarías si le sucediera algún mal?

–       Todas mis lágrimas.

Pero lloraría lágrimas y sangre, si lo viera desleal a Dios.

¿No estoy yo aquí, que soy tu madre? ¿No estás bajo mi sombra y en hueco de mi mano?

Las sutilezas rabínicas de Judas insisten: 

–       Ello disminuirá mucho el pecado de los que lo persigan.

–       ¿Por qué?

–       Porque tanto Él como tú, casi los justificáis.

–       No lo creas.

Los pecados serán siempre iguales a los ojos de Dios,

tanto si nosotros juzgamos que ello es inevitable,

como si juzgamos que ningún hombre de Israel debería obrar mal, respecto al Mesías.

–       ¿Hombre de Israel?

¿Y si fueran gentiles no sería lo mismo?

–       No.

Para los gentiles sólo habría pecado hacia un semejante.

Israel sabe quién es Jesús.

–       Mucho Israel no lo sabe.

–       No lo quiere saber.

Es incrédulo voluntariamente

A la anti-caridad, por tanto, une la incredulidad y niega la esperanza.

Pisotear las tres virtudes principales no es un pecado mínimo, Judas;

ES GRAVE muy grave, espiritualmente más grave que el acto material respecto a mi Hijo.

La victoria de la Madre,

Maestra formada en el corazón de Israel:

el sagrado Templo de Jerusalén, es irrebatible.

Judas no contesta más. 

Porque ya se ha quedado sin argumentos suficientes…

Entonces se agacha para atarse una sandalia y se queda retrasado.

La caminata continúa, con los demás participando en diferentes diálogos..

Llegan a un risco que está casi en la cima y que se extiende por entero hacia adelante;

como si quisiera correr hacia la sonrisa azul del mar infinito.

Un tupido encinar proyecta una luz de color esmeralda claro, en que inciden leves agujas de sol,

en este picacho bonito, aireado, abierto a la costa ya cercana, frente a la majestuosa cadena del Carmelo.

Hacia abajo, al pie del monte del risco saliente como por anhelo de volar,

más abajo de unos pequeños campos a mitad de la pendiente,

hay un valle estrecho con un torrente profundo.

Bastante imponente por la violencia de las aguas, en tiempo de crecida;

mas ahora reducido a un espumaje de plata en el centro del lecho.

El torrente corre hacia el mar rozando la base del Carmelo.

Un camino realzado sigue su orilla derecha.

Un camino que une una ciudad construida en el centro de la bahía, con las del interior de Samaria.  

Jesús dice:

–       Aquella ciudad es Sicaminón.

Llegaremos en la noche.

Ahora descansaremos porque el descenso, aunque fresco y corto, es difícil.

Y, sentados en círculo, mientras se asa en una tosca brocheta un cordero que fue regalo de los pastores. 

Se generaliza la conversación entre todos…  

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

222 JARDÍN DE AZUCENAS


222 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

La barca costea el trecho que va de Cafarnaúm a Magdala.

María de Magdala está por primera vez, en la que será, su postura habitual de convertida:

sentada en el fondo de la barca a los pies de Jesús…

el cual está sentado, con porte grave, en uno de los bancos de la barca.

El rostro de la Magdalena tiene hoy un aspecto muy distinto del de ayer;

no es todavía ese rostro radiante de la Magdalena que sale al encuentro de su Jesús,

cada vez que Él va a Betania,

pero es ya un rostro liberado de temores y tormentos;

y su mirada, que antes fuese descarada y luego reflejaba humillación, ahora es seria, pero segura,

y en su noble seriedad brilla de vez en cuando,

una chispa de alegría escuchando a Jesús, que habla con los apóstoles o con su Madre y Marta.

Ahora van hablando de la bondad de Porfiria, tan sencilla y amorosa.

Y de la afectuosa acogida de Salomé.

Junto con las mujeres e hijas de Bartolomé y Felipe.

Éste dice:

–     Si no fuera porque son todavía muy niñas…

Y su madre es contraria a que estén por los caminos, también te seguirían, Maestro.  

Jesús responde: 

–     Me sigue su alma.

Que es igualmente santo amor. Felipe, escúchame.

Tu hija mayor está para prometerse, ¿No?

–     Sí, Maestro.

Dignos esponsales y un buen esposo.

¿No es verdad, Bartolomé?

–      Es verdad.

Lo puedo garantizar porque conozco a la familia.

No he podido aceptar hacer yo la propuesta.

Pero lo habría hecho si no estuviera ocupado en el seguimiento del Maestro;

con plena tranquilidad de crear una santa familia.

–     Pero la muchacha me ha rogado que te dijera que no hicieras nada.  

Felipe dice: 

–     ¿No le gusta el novio?

Está en un error.

De todas formas, la juventud no tiene seso.

Espero que se persuada. No hay razón para rechazar a un excelente esposo.

A menos que…

¡No, no es posible! 

Jesús lo incita: 

–     ¿A menos que…?

Termina, Felipe

–     A menos que ame a otro.

Pero eso no es posible.

No sale nunca de casa y en casa vive muy retirada.

¡No es posible!

–     Felipe…

Hay amadores que penetran hasta en las casas más cerradas.

Y saben hablar a sus amadas a pesar de todas las barreras y vigilancias;

derriban cualquier obstáculo (viudez o juventud bien custodiadas… u otros)

Y las consiguen.

Hay amadores que no pueden ser rechazados, porque su anhelo es impositivo;

porque vencen seductoramente toda posible resistencia, hasta la del mismo diablo.

Pues bien, tu hija ama a uno de éstos.

Y además al más poderoso.

–     ¿Y quién es?

¿Uno de la corte de Herodes?

–     ¡Eso no es poder!

–     ¿Uno… uno de la casa del Procónsul?,

¿Un patricio romano? No lo permitiré de ninguna manera.

La sangre pura de Israel no tendrá contacto con la impura.

Aunque tuviera que matar a mi hija.

¡No sonrías, Maestro, que yo sufro!

–     Porque estás como un caballo encabritado.

Ves sombras donde sólo hay luz. ¡Tranquilízate, hombre!

El Procónsul no es más que un siervo también, como lo son también sus amigos patricios.

Y siervo es el César.

–     ¡Estás bromeando, Maestro!

Querías asustarme.

Nadie hay mayor que César, ni con más autoridad que él.

–     ¿Y Yo, Felipe?

–     ¡Tú!

¿Tú quieres casarte con mi hija!

–     No.

Con su alma.

Soy Yo el amante que penetra en las casas más cerradas y en los corazones más cerrados aún:

Con un sinfín de llaves.

Soy Yo el que sabe hablar a pesar de todas las barreras y vigilancias,

el que abate todo obstáculo y toma lo que anhela:

puros o pecadores, vírgenes o viudos, de vicios libres o esclavos.

Doy a todos ellos un alma única y nueva, regenerada, beatificada, eternamente joven.

Son mis esponsales.

Y nadie puede negarme mis dulces presas; ni el padre, ni la madre, ni los hijos, ni siquiera Satanás.

Sea que hable al alma de una joven como tu hija;

sea que se trate de un pecador envuelto en el pecado y encadenado por Satanás con siete cadenas;

Cuando Dios te quiere, te busca, te sigue, te persigue y te consigue

el alma viene a mí.

Y nada ni nadie me las arrebatará.

No hay riqueza, ni poder, ni alegría del mundo, que comunique esa felicidad perfecta;

propia de quienes se desposan con mi pobreza, con mi mortificación:

despojados de todo pobre bien; vestidos de todo bien celeste.

Jubilosos, con esa beatitud de ser de Dios, sólo de Dios…

Son los señores de la tierra y del Cielo: de la primera, porque la dominan; del segundo, porque lo conquistan.  

Bartolomé exclama: 

–     ¡Nunca ha sido así en nuestra Ley! 

–     Despójate del hombre viejo, Natanael.

La primera vez que te vi te saludé definiéndote perfecto israelita sin engaño.

Pero ahora eres de Cristo, no de Israel.

Sélo sin engaño y sin ataduras.

Revístete de esta nueva mentalidad.

Si no, habrá muchas bellezas de la redención que he venido a traer a toda la Humanidad, que no podrás entender.

Felipe interviene diciendo:

–     ¿Y dices que has llamado a mi hija?

¿Y ahora qué hará?

Yo ciertamente no me voy a oponer, pero quisiera saber, incluso para ayudarla, en qué consiste su llamada…

–     En llevar a las azucenas de amor virginal al jardín de Cristo.

¡Habrá muchas en los siglos futuros!… ¡Muchas!

Macizos de incienso para contrapesar las sentinas de vicios.

Almas orantes para contrapesar a blasfemos y ateos;

auxilio en todas las desdichas humanas: alegría de Dios.

María de Magdala toda ruborizada, abre los labios para preguntar: 

–    ¿Y nosotros, las ruinas que Tú reconstruyes?

¿Qué acabamos siendo?

–     Lo mismo que las hermanas vírgenes…

–     ¡Oh, no es posible!

Hemos pisado demasiado fango y… y…

¡No puede ser!  

La Virgen responde: 

–     ¡María, María!

Jesús no perdona nunca a medias.

Te ha dicho que te ha perdonado y así es.

Jesús confirma: 

–    Tú…

Y todos los que como tú han pecado y han sido perdonados por mi amor, que con vosotros se desposa;

perfumaréis, oraréis, amaréis, consolaréis, siendo conscientes ya del mal. 

Y aptos para curarlo donde se encuentra, siendo almas mártires ante los ojos de Dios.

Y amadas por tanto, como las vírgenes».

–     ¿Mártires?

¿En qué, Maestro?

DAME MÁS AMOR, PARA AMARTE MÁS Y ADORACIÓN, PARA ADORARTE ETERNAMENTE

–     Contra vosotras mismas…

Y los recuerdos del pasado.

Y por sed de amor y expiación.

–     ¿Lo debo creer?…

La Magdalena mira a todos los que están en la barca, pidiendo confirmación a la esperanza que se enciende en ella.

Jesús le dice: 

–     Pregúntaselo a Simón.

Una noche estrellada, en tu jardín, hablé de ti y de vosotros pecadores en general.

Todos tus hermanos te pueden decir si mi palabra no cantó los prodigios de la misericordia.

Y la inversión respecto a todos los redimidos.

–     Me lo ha expresado también el niño, con voz de ángel.

He vuelto con el alma confortada después de su lección.

Por él te he conocido mejor aún que por mi hermana.

Tanto que hoy me sentía más fuerte para afrontar el regreso a Mágdala.

Y, ahora que me dices esto, siento crecer mi fortaleza.

He dado escándalo al mundo, pero te juro mi Señor, que ahora el mundo al mirarme; comprenderá tu poder.

Jesús deposita un momento la mano sobre su cabeza.

Mientras María Santísima le sonríe como ella sabe hacer:

paradisíacamente.

Ya se ve Magdala, que se extiende en el borde del lago.

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

116 SACRIFICIO CONYUGAL


116 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA 

Jesús camina con sus primos, hacia Caná, hasta llegar a la casa de Susana. 

Jesús está en esta casa descansando y comiendo, adoctrinando con sencillez a los parientes o amigos de Caná:  buenas personas que lo escuchan como siempre debería ser.

Jesús consuela además al marido de Susana, la cual parece estar enferma y él le habla de su dolor.

En esto, entra un hombre bien vestido y se postra a los pies de Jesús.

–     ¿Quién eres? ¿Qué quieres?

Mientras el hombre está todavía suspirando y llorando, el dueño de la casa le tira de un extremo de la túnica a Jesús y susurra:

–     Es un oficial del Tetrarca, no te fíes demasiado.

Jesús le pregunta al hombre postrado:

–     Habla. ¿Qué quieres de Mí?

–     Maestro, he sabido que habías vuelto.

Te esperaba como se espera a Dios. Ven en seguida a Cafarnaúm. Mi hijo varón yace enfermo; tanto, que sus horas están contadas.

He visto a tu discípulo Juan. Por él he sabido que estabas viniendo hacia aquí. Ven, ven enseguida, antes de que sea demasiado tarde.

–     ¿Cómo?

¿Tú, que eres siervo del perseguidor del santo de Israel, puedes creer en Mí?

¿Cómo podéis creer en el Mesías si no creéis en su Precursor?

–     Es verdad.

Vivimos en pecado de incredulidad y de crueldad. Pero, ¡Ten piedad de este padre! Conozco a Cusa.

He visto a Juana antes y después del milagro. He creído en Tí.

–     ¡Ya! Sois una generación tan incrédula y perversa que sin signos y prodigios no creéis.

Os falta la primera cualidad que se requiere para obtener milagros.

–     ¡Es verdad!

¡Todo eso es verdad! Pero ya ves que ahora creo en Tí y te ruego que vengas, que vengas enseguida a Cafarnaúm.

Tendrás preparada una barca en Tiberíades para que puedas ir más rápido. Ven antes de que mi niño muera.

Y el hombre llora desolado. 

Jesús declara:

–     Por ahora no iré a Cafarnaúm.

Vuelve tú. Tu hijo, desde este momento, está curado y vive.

El oficial del rey exclama:

–     ¡Que Dios te bendiga, mi Señor! Yo creo.

De todas formas, ven en otro momento a Cafarnaúm, a mi casa, que quiero que toda mi casa te festeje.

–    Iré. Adiós. La paz sea contigo.

El hombre sale rápido.

Inmediatamente después se oye el trote de un caballo.

El marido de Susana pregunta:

–     ¿Está curado de verdad ese muchacho? 

–     ¿Eres capaz de creer que Yo mienta?

–     No, Señor, pero Tú estás aquí y el muchacho allá.

–     Para mi espíritu no hay barreras ni distancias.

–     ¡Oh, mi Señor!.

Entonces, Tú que cambiaste el agua en vino en mi boda, transforma mi llanto en sonrisa: ¡Cúrame a Susana!

–    ¿Qué me das a cambio?

–     La suma que quieras.

–     No ensucio lo santo con la sangre del dios Riqueza.

Es a tu espíritu al que pregunto qué me dará.

–     Pues incluso a mí mismo si lo deseas.

–     ¿Y si te pidiera, sin palabras, un gran sacrificio?

–     Mi Señor, te estoy pidiendo la salud corporal de mi esposa y la santificación de todos nosotros.

Creo que nada puedo considerarlo excesivo si recibo esto.

–     Vivísimo es tu amor hacia tu mujer.

Si la devolviera a la vida, pero conquistándola Yo para siempre como discípula, ¿Qué dirías?

–     Que… que estás en tu derecho.

Y que… que imitaré a Abraham en la prontitud para el sacrificio.

–     Bien has dicho.

En el TERCER NIVEL DEL PURGATORIO, se sufre el Calvario de Jesús CON TODO EL RIGOR DE LA JUSTICIA DIVINA

Oíd esto todos:

La hora de mi Sacrificio se acerca; como agua corre veloz, sin detenerse, hacia la desembocadura.

Debo cumplir todo mi deber. La dureza humana me impide el acceso a mucho terreno de misión.

Mi Madre y María de Alfeo vendrán conmigo a otros lugares, a las gentes que aún no me aman o que no me amarán jamás.

Mi sabiduría sabe que las mujeres podrán ayudar al Maestro en este campo de misión impedido.

He venido a redimir también a la muje.

En el siglo futuro, en mi Hora, las mujeres símiles a sacerdotisas, servirán al Señor y a los siervos de Dios.

Yo he elegido a mis discípulos, pero para elegir a las mujeres, que no son libres, debo pedírselo a los padres y a los maridos. ¿Tú lo quieres?

–    Señor, amo a Susana.

Hasta ahora la he amado más como carne que como espíritu. Pero, influido por tu enseñanza, algo ha cambiado en mí;

ahora miro a mi mujer como alma además de como cuerpo. El alma es de Dios y Tú eres el Mesías Hijo de Dios.

No te puedo disputar tu derecho en lo que a Dios pertenece. Si Susana decide seguirte, no le opondré resistencia.

Me basta con que, te lo ruego, obres el milagro de sanarla a ella en su carne y a mí en mis apetitos…

–     Susana está curada.

Vendrá dentro de pocas horas a manifestarte su gozo. Deja que su alma siga su impulso, sin hablar de cuanto ahora he dicho.

Verás como su alma viene espontáneamente a Mí, como la llama tiende a subir hacia arriba. No por ello acabará su amor de esposa;  antes al contrario, subirá al grado más alto.

O sea, al de amar con la parte mejor: con el espíritu.

–     Susana te pertenece, Señor.

Debía morir y además lentamente, sufriendo fuertes espasmos. Una vez muerta, la habría perdido verdaderamente, aquí en la Tierra.

Siendo como Tú dices, la tendré todavía a mi lado para llevarme consigo por tus caminos.

Dios me la dio, Dios me la quita. ¡Bendito sea el Altísimo, en el dar y en el recibir!

Tiempo después, en Cafarnaúm…

Jesús está en la casa de Santiago y Juan con sus apóstoles, Pedro y Andrés, Simón Zelote, Judas y Mateo.

Santiago y Juan están felices: van y vienen, de su madre a Jesús y viceversa, como mariposas que no saben cuál flor elegir de dos igualmente apreciadas.

Y María Salomé, cada vez que van a ella, acaricia feliz, a estos hijos suyos, mientras Jesús sonríe contento.

Acaban de terminar la comida.

Santiago y Juan, a toda costa, quieren que Jesús coma unos racimos de uva blanca en conserva, preparada por su madre y que deben saber dulce como la miel.

¿Qué no le darían a Jesús?

Pero Salomé quiere ir más allá de las uvas y de las caricias, en dar y recibir.

Pasado un rato, en que ha estado pensativa mirando a Jesús y a Zebedeo, toma una decisión.

Se acerca al Maestro, que está sentado, aunque con los hombros apoyados contra la mesa. Y se arrodilla delante de Él.

Jesús pregunta:

–     ¿Qué quieres, mujer?

–     Maestro, has decidido que tu Madre y la de Santiago y Judas vayan contigo.

También va contigo Susana, y lo hará, sin duda, la gran Juana de Cusa.

Todas las mujeres que te veneran irán contigo, si una sola lo hace. Yo también quisiera contarme entre ellas.

Tómame contigo, Jesús; te serviré con amor.

–     Debes cuidar a Zebedeo. ¿Ya no lo quieres?

–     ¡Que si le quiero!…

Pero te quiero más a Tí. ¡Oh… No quiero decir que te quiera como hombre!

Tengo ya sesenta años, estoy casada desde hace casi cuarenta  y jamás he visto a hombre alguno aparte de mi marido. 

No voy a perder la cabeza ahora que soy una anciana.

No quiero decir tampoco que por ser vieja muera mi amor hacia mi Zebedeo. Pero Tú… Yo no sé hablar.

Soy una pobre mujer.

Hablo como sé. Quiero decir que a Zebedeo lo quiero con todo lo que yo era antes;

a Tí te quiero con todo lo que Tú me has sabido dar con tus palabras y las que me han referido Santiago y Juan.

Es algo completamente distinto, sin duda muy hermoso.

–     Nunca será tan hermoso como el amor de un excelente esposo.

« ¡Oh, no! ¡Mucho más!

No te lo tomes a mal, Zebedeo. Te sigo queriendo con toda mí misma. A Él, sin embargo, lo quiero con algo que aun siendo todavía María ya no es María, la pobre María, tu esposa, sino que es más…

¡Oh…, no sé decir!

Jesús sonríe a esta mujer que no quiere ofender a su marido, pero que al mismo tiempo no puede mantener escondido su grande, nuevo amor.

Zebedeo también sonríe, con gravedad. Y se acerca a su mujer,  la cual, todavía de rodillas, gira sobre sí misma alternativamente hacia su esposo y hacia Jesús. 

Jesús le dice:

–     ¿Te das cuenta, María, de que vas a tener que dejar tu casa?

¡Para ti es muy importante! Tus palomas… tus flores… y esta vid que da esa dulce uva de que tan orgullosa te sientes…

Y tus colmenas: las más renombradas del pueblo…

Y tendrás que dejar ese telar en que has tejido tanta tela, tanta lana para tus amados…

¿Y tus nietecitos, los hijos de tus hijas? ¿Qué vas a hacer sin ellos?

María Salomé, además de Juan y Santiago, tiene hijas… 

Y responde:

–     Pero, mi Señor,

¿Qué son las paredes de la casa, las palomas, las flores, la vid, las colmenas, el telar?… Son cosas buenas, se les tiene cariño, sí.

¡Pero… son tan pequeñas comparadas contigo, comparadas con el amor a Tí!… Los nietecitos… sí.

Sentiré no poderlos dormir en mi regazo ni oír su voz cuando me llaman. ¡Pero Tú eres mucho más; sí, sí, eres más que todo eso que me nombras!

Y aun en el caso de que por mi debilidad lo estimase tanto como servirte y seguirte.

O más, de todas formas prescindiría de ello, no sin llanto femenino, para seguirte con la sonrisa en el alma.

¡Acéptame, Maestro. Decídselo vosotros,

Juan, Santiago… y tú, esposo mío. ¡Sed buenos, ayudadme todos!

–     Bien, de acuerdo.

Vendrás también tú con las otras mujeres. He querido hacerte meditar bien sobre el pasado y el presente, sobre lo que dejas y lo que tomas.

Ven, Salomé; estás preparada ya para entrar en mi familia.

–     ¡Preparada! Pero si soy menos que un párvulo…

Tú me perdonarás los errores, me sujetarás de la mano. Tú… porque, siendo tosca como soy, voy a sentir vergüenza ante tu Madre y ante Juana.

Y ante todos, excepto ante Tí, porque Tú eres el Bueno y todo lo comprendes, de todo te compadeces, todo lo perdonas.