362 ENAMORADO DE MARÍA


362 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

A la mañana siguiente, Jesús con los suyos atraviesa la llanura de Esdrelón.

Al llegar al cruce de caminos dice a sus apóstoles:

–               Ahora dividámonos.

Yo voy a Nazareth con mis hermanos, con Pedro y Tomás.

Vosotros, bajo la guía de Simón Zelote, iréis por el camino del Tabor.

Y de las caravanas, a Debaret, a Tiberíades, Mágdala, Cafarnaúm.

Y de allí iréis hacia Merón y os detenéis en casa de Jacob para ver si se ha convertido.

Y lleváis mi bendición a Judas y Ana.

Os quedaréis donde más os insistan.

Y por una noche en cada lugar.

Por la tarde del sábado nos encontraremos en el camino de Sefet.

Yo pasaré el Sábado en Corozaím, en casa de la viuda.

Pasad a avisárselo.

De este modo daremos paz al corazón de Judas, que terminará por convencerse

de que Juan no está ni siquiera en rincones hospitalarios.

Judas replica:

–        Maestro. Lo creo…

–       Pero siempre es mejor que te convenzas;

para que no vayas a avergonzarte ante Caifás y Annás;

como Yo no me avergüenzo ante ti y ante nadie al afirmar que Juan ya no está

con nosotros.

Me llevo a Tomás a Nazareth.

Así también él podrá tranquilizarse allí, al ver con sus propios ojos…

Tomás responde:

–         Maestro, ¿Y crees que a mí eso me importa?

Al contrario.

Me desagrada no haberlo visto.

Habrá sido lo que habrá sido;

pero desde que lo conocimos, fue siempre mejor que muchos famosos fariseos.

Me basta con saber que no ha renegado de Ti.

Que no te ha causado ninguna pena.

¡Y lo demás no me importa! ¡Créemelo!

Aunque estuviese en mi casa, no tendría ningún escrúpulo por ello.

Espero que pienses que tu Tomás no tiene más que una curiosidad natural.

Y que no abriga ninguna mala intención de espionaje voluntario,

involuntario o autorizado.

Ningún deseo de hacer daño…

Judas explota furioso:

–        ¡Me estás ofendiendo!

¡Insinúas! ¡Mientes!

¡Tú mismo viste que mi conducta en todo este tiempo, ha sido muy buena!

¿Por qué has dicho eso?

¿Qué puedes achacarme?

¡Habla!…

Jesús ordena:

–        ¡Silencio!

Tomás me respondió a Mí, que le hablé.

Creo en las palabras de Tomás.

Pero así lo quiero y así se hará.

Nadie entre vosotros tiene el derecho de reprochar mi modo de proceder.

–      No te lo reprocho.

Es que me hirió su insinuación y…

Tomás pregunta:

–        Sois doce.

¿Por qué te ha herido solo a ti, lo que dije a todos?

–       Porque fui yo quien buscó a Juan.

Jesús interviene:

–      También tus otros compañeros lo hicieron y otros discípulos lo harán.

Pero nadie se sentirá ofendido por las palabras de Tomás.

No es ningún pecado preguntar con honradez por el condiscípulo.

No hay razón para sentirse mal, ante palabras semejantes, cuando en nosotros

no existe más que amor y rectitud.

Cuando nada remuerde el corazón.

Cuando no es quisquilloso;

a no ser que el diente del remordimiento lo haya mordido.

¿Por qué quieres ante la presencia de tus compañeros hacer estas bravatas?

¿Quieres hacerte sospechoso de algún pecado?

¡La ira y la soberbia son dos pésimas compañeras, Judas!

Arrastran a perder el seso.

Y uno que lo pierde, ve lo que no hay y dice lo que no debería decir….

Así como la avaricia y la lujuria arrastran a acciones culpables,

con tal de sentirse satisfechas. ¡Líbrate de estas malas esclavas!

Entretanto recuerda que durante los meses que no estuviste,

hubo siempre  concordia entre nosotros.

Y siempre hubo obediencia y respeto. Nos hemos amado, ¿Comprendes?…

Y volviéndose a los demás-

¡Adiós queridos amigos!

Idos y amaos.

Hablad poco y haced el bien.

¡La paz sea con vosotros!

Los bendice y ellos se van.

Y luego dice a los que se quedan:

–        ¿Estáis contentos vosotros dos de  venir conmigo a Nazareth?

Pedro contesta con toda su impetuosidad:

–       ¿Y lo preguntas?

Tomás, más tranquilo, pero con su cara regordeta resplandeciente de alegría,

añade:

–        ¿No sabes que para mí estar al lado de tu Madre

es una dulzura que no encuentro palabras para describírtela?

¡Pero ahora mi amor es María!

Un amor que los sentidos desconocen

¡Estos mueren cuando pienso en Ella!

Es un amor que alegra mi espíritu.

En Ella existe toda la perfección, toda la Gracia, toda la belleza.

Su agraciado corazón es un jardín de hermosas flores…María es mi amor.

Antes de ser discípulo había pensado en formar una familia.

Y ya había puesto mis ojos en algunas muchachas, para escoger entre ellas

a la que sería mi esposa.

No había hecho promesa de no casarme..

Ella, estoy seguro.

Supera ante los ojos de Dios, a cualquier belleza angelical…

María es mi amor.

No estoy consagrado virgen, y no era contrario a tener una familia;  ya había puesto

mi mirada en algunas jóvenes, sin decidirme sobre cuál elegir por esposa.

¡Pero ahora… ahora!…

¡Que sí, que mi amor es María!

El inasible amor para la carne.

¡Pero la carne muere con sólo pensar en Ella!

El letificante amor para el espíritu.

¡Ah!, todo lo que he visto en las mujeres

incluso las más queridas, como mi madre y mi hermana gemela -,

todo lo que de bueno veo en ellas, lo comparo con lo que veo en tu Madre,

Y digo dentro de mí:

“En Ella habita toda justicia, toda gracia y belleza.

Plantío de flores paradisíacos es su espíritu amable…

Un poema su figura…”.

¡Oh, porque nosotros israelitas no osamos pensar en los ángeles

y con pávida reverencia observamos a los querubines del Santo de los Santos!…

¡Qué necios!

¿Y no sentimos luego diez veces más de devotísimo temblor mirándola a Ella!

Ella, que estoy seguro supera ante los ojos de Dios toda belleza angélica…

Jesús mira a Tomás que ama tanto a su Madre, que parece como espiritualizarse.

Es tan grande su sentimiento por María que hasta su cara se transforma…l

Y le muda la expresión bondadosa del rostro.

Jesús dice:

–      Bueno.

Por algunas pocas horas estaremos con Ella.

Jesús mira al enamorado de su Madre,

que parece espiritualizarse de tanto como su sentimiento hacia María

Nos detendremos hasta pasado mañana.

Luego vamos a ir a Tiberíades, a ver a los dos niños y a tomar una barca

para Cafarnaúm.

Pedro pregunta:

–        ¿Y a Betsaida?

–         Al regreso,

Simón. Al regreso iremos a Betsaida para recoger a Margziam,

para el peregrinaje de Pascua…

Y es la noche del mismo día, en Nazaret, en la casita pacífica

Y se oye el coloquio delicado entre la Madre y el Hijo.

–         Todo ha ido bien, Madre mía.

Ahora tienen paz.

Tus oraciones han ayudado a los peregrinos.

Y ahora, como rocío sobre flores quemadas, se están curando de su dolor.

–         ¡Quisiera yo curar el tuyo, Hijo mío!

¡Cuánto habrás sufrido!

En tus sienes y en tus mejillas hay un hoyo.

Una arruga te cruza la frente como si fuera una espada.

¿Quién te ha herido, corazón mío?

–       ¡El haber tenido que causar un dolor, Madre!

–       ¿Sólo esto, Jesús mío?

¿No te han dado ninguna aflicción tus discípulos?

–        No Madre.

Se han portado como santos.

–      Los que estaban contigo…

Quiero decir, ¿Todos?

–      Estás viendo que te he traído a Tomás para premiarlo.

Hubiera traído también a los que no estuvieron aquí la otra vez;

pero tuve que enviarlos a otra parte a precederme…

–       ¿Y Judas de Keriot?

–       Judas va con ellos.

María abraza a su Hijo y reclina la cabeza sobre su espalda, llorando…

Jesus acaricia lo rubios cabellos…

Y pregunta con ternura:

–     ¿Por qué lloras, Madre?

María no dice nada.

Llora.

Solo a la tercera vez que le pregunta;

con voz apagada responde:

–      Porque tengo miedo.

Quisiera que te abandonase…

Peco al desear esto, ¿No es así?

Pero es que tengo mucho, mucho miedo de él por Ti…

–       Solo si la muerte se lo llevase, las cosas cambiarían…

Más, ¿Por qué la muerte debería llevárselo?

–       No soy tan mala para desearlo.

¡También él tiene una madre!

Y es un alma…

Un alma que todavía puede salvarse…

¡Oh, Hijo mío!

¿No sería para él un bien la muerte?

Jesús lanza un suspiro

y murmura:

–       Para muchos la muerte sería un bien… -y cambia de tema.

Jesús le cuenta todo, menos su aflicción, después de la partida de los perseguidos…

Y luego, en voz alta:

–        ¿Has sabido algo de la anciana Juana?-¿Sus campos?…

–        He ido con María de Alfeo y Salomé de Simón después de las granizadas.

Pero su trigo, al haber sido sembrado con retraso, no había nacido todavía…

Y no se ha dañado.

Hace tres días volvió María para ver cómo iba.

Dice que parece una alfombra.

Los campos más lindos de esta tierra.

Raquel está bien y la anciana contenta.

También María de Alfeo está contenta,

ahora que Simón es todo para ti.

Mañana lo verás.

Viene todos los días.

Hoy acababa de salir cuando has llegado.

¿Sabes?, Ninguno se dio cuenta de nada.

Alguno habría hablado, si se hubiera dado cuenta de que estaban aquí.

Pero… si verdaderamente no estás cansado, cuéntame su viaje…

Y Jesús cuenta todo a la Madre atenta, menos su sufrimiento en la gruta de Yiftael.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

361 PARÁBOLA DEL BANQUETE


361 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Los más encumbrados y poderosos Fariseos del Consejo del Sanedrín;

están reunidos en la casa del fariseo Ismael ben Fabi

donde sólo faltan, Anás, Caifás  y los verdaderos amigos de Jesús:

José de Arimatea y Nicodemo…

Porque todos los otros distinguidos y poderosos fariseos y escribas, 

reunidos en este banquete del Sábado,  en su casa,

forman un coro ruidoso e inconforme…

Eleazar ben Annás le toca a Jesús en el brazo:

–          Maestro, escúchame.

Tengo un caso especial que someter a tu consideración.

Recientemente he adquirido de un pobre desdichado una propiedad;

este hombre se ha echado a perder por una mujer.

Me ha vendido la propiedad, pero sin decirme que en ella hay una sierva anciana,

su nodriza, ya ciega y medio chiflada.

El vendedor no la quiere.

Yo… no la querría.

Pero, ponerla en plena calle…

¿Qué harías tú, Maestro?

Jesús responde: 

–        ¿Tú qué harías, si tuvieras que dar a otro un consejo?

–        Diría: “Quédate con ella, que no va a ser un pan lo que te arruine”.

–        ¿Y por qué dirías eso?

–        Bueno, pues…

Porque creo que yo actuaría así y querría que hicieran eso conmigo…

–        Estás muy cerca de la justicia, Eleazar.

Y el Dios de Jacob estará siempre contigo.

–         Gracias, Maestro.

Los otros murmuran entre sí.  

Jesús les pregunta: 

–        ¿Qué tenéis que criticar?

¿No he hablado rectamente?

¿Y éste?, ¿No ha hablado también rectamente?

Ismael, defiende a tus invitados, tú que siempre has usado misericordia.

–        Maestro, hablas bien, pero…

¡Si se actuara siempre así!… Seríamos víctimas de los demás.

–       Y es mejor, según tú, que sean los demás víctimas nuestras ¿No?

–        No digo eso.

Pero hay casos…

–        La Ley dice que hay que tener misericordia…

–        Sí, hacia el hermano pobre, hacia el forastero, el peregrino, la viuda y el huérfano.

Pero esta vieja que ha venido a parar a los brazos de Eleazar no es su hermana,

ni peregrina, forastera, huérfana o viuda.

Para él no es nada; ni menos ni más que un objeto viejo del ajuar no suyo,

pero olvidado en la propiedad vendida por quien es su verdadero dueño.

Por eso Eleazar podría incluso echarla sin escrúpulos de ningún tipo.

A fin de cuentas, la culpa de la muerte de la vieja no sería suya,

sino de su verdadero amo…

–       El cual, siendo también pobre, no la puede seguir manteniendo;

de forma que también está exento de obligaciones.

Así que, si la anciana se muere de hambre, la culpa es de la anciana. ¿No es así?

–        Así, Maestro.

Es la suerte de los que… ya no sirven.

Enfermos, viejos, incapaces, están condenados a la miseria, a la mendicidad.

Y la muerte es lo mejor para ellos…

Así es desde que el mundo existe. 

Y así será…

–         ¡Jesús, ten piedad de mí!

Un lamento entra a través de las ventanas trancadas…

Porque la sala está cerrada y las lámparas encendidas; quizás por el frío.

Jesús pregunta: 

–        ¿Quién me llama?

Ismael ben Fabi dice:   

–        Algún importuno.

Haré que lo manden afuera.

O algún mendigo.

Diré que le den un pan.

–        Jesús, estoy enfermo. ¡Sálvame!

–       Ya decía yo.

Un importuno.

Castigaré a los siervos por haberlo dejado pasar.

Y se levanta Ismael.

Pero Jesús, al menos veinte años más joven que él.

Y con todo el cuello y la cabeza más alto,

lo sienta de nuevo poniéndole la mano en el hombro mientras ordena:

–        Quédate ahí, Ismael.

Quiero ver a este que me busca.

Que entre.

Entra un hombre de cabellos todavía negros.

Puede tener unos cuarenta años.

Pero está hinchado como una cuba y amarillo como un limón;

violáceos los labios en la boca jadeante.

Le acompaña la mujer que hospedara a Jesús por la mañana.

El hombre avanza con dificultad, por la enfermedad y por temor.

¡Se ve tan mal mirado!…

Pero ya Jesús ha dejado su sitio y ha ido hasta el infeliz.

Luego lo ha tomado de la mano y lo ha llevado al centro de la sala, al espacio vacío

que hay entre las mesas, colocadas en forma de “u” justo debajo de la lámpara.  

Jesús pregunta: 

–        ¿Qué quieres de Mí?

El hombre responde: 

–         Maestro… te he buscado mucho…

Desde hace mucho…

Nada quiero aparte de salud…

Por mis hijos y mi mujer… Tú puedes todo…

Ya ves mi mísero estado…

–        ¿Y crees que te puedo curar?

–        ¡Vaya que si lo creo!…

Cada paso que doy me hace sufrir…

Cada movimiento brusco es un dolor para mí…

Y no obstante, he recorrido kilómetros para buscarte…

Y luego, con el carro, te he seguido aún… pero no te alcanzaba nunca…

¡Vaya que si lo creo!

Me extraña no estar ya curado desde que mi mano está en la tuya,

porque todo en Ti es santo, ¡Oh, Santo de Dios!

El pobrecillo resopla como un fuelle por el esfuerzo de tantas palabras.

La mujer mira a su marido y a Jesús…

Y llora.

Jesús los mira y sonríe.

Luego se vuelve hacia el viejo tembloroso que le preguntó primero

que si iba a modificar la Ley,

y pregunta:

–        Tú, anciano escriba…

Respóndeme: ¿Es lícito curar en Sábado?

–        En sábado no es lícito hacer obra alguna.

–        ¿Ni siquiera salvar a uno de la desesperación?

No es trabajo manual.

–        El sábado está consagrado al Señor.

–        ¿Cuál obra más digna de un día sagrado, que hacer que un hijo de Dios

diga al Padre: “Te amo y te alabo porque me has curado”?».

–        Debe hacerlo aunque sea infeliz.

–        Cananías,

¿Sabes que en este momento tu bosque más hermoso está ardiendo…

y toda la ladera del Hermón resplandece envuelta en purpúreas llamas?

El viejecillo pega un salto como si le hubiera mordido un áspid:

–        Maestro, ¿Dices la verdad o estás bromeando?

–        Digo la verdad.

Yo veo y sé.

–        ¡Oh, pobre de mí!

¡Mi más hermoso bosque! ¡Miles de siclos reducidos a ceniza! ¡Maldición!

¡Malditos sean los perros que me lo han prendido fuego!

¡Que ardan sus entrañas como mi madera!

El viejecillo está desesperado.

–        ¡No es más que un bosque, Cananías, y te lamentas!

¿Por qué no alabas a Dios en esta desventura?

Éste no pierde madera, que renace, sino la vida y el pan para los hijos.

Y debería dar a Dios esa alabanza que tú no le das.

Entonces, escriba, ¿No me es lícito curar en sábado a éste?

–          ¡Maldito Tú, él y el sábado!

Tengo otras cosas mucho más graves en que pensar… 

Y dando un empujón a Jesús, que le había puesto una mano en el brazo.

Sale enfurecido, y se le oye dar gritos con su voz bronca, para que le traigan su carro.

Jesús pasea lentamente sus ojos mirando a los que tiene alrededor,

Pregunta: 

–        ¿Y ahora? 

Y ahora, decidme, vosotros. ¿Es lícito o no?

Ninguna respuesta.

Eleazar agacha la cabeza.

Antes había entreabierto los labios, pero vuelve a cerrarlos,

sobrecogido por el hielo que reina en la sala. 

Con majestuoso aspecto y voz tronante,

como siempre cuando está para realizar un milagro.  

Jesús declara: 

–        Bien, pues entonces voy a hablar Yo.

–        Hablaré, Yo.

Hablo. Digo:

Hombre, hágase en ti según crees. Estás curado.

Alaba al Eterno. Ve en paz.

El hombre se queda un poco desorientado.

Se estremece y… 

Emite un grito de alegría, se arroja a los pies de Jesús y se los besa.

–         ¡Ve, ve!

Sé siempre bueno. ¡Adiós!

El hombre sale, seguido de la mujer, la cual hasta el último momento se vuelve a saludar a Jesús.

–        Pero, Maestro…

En mi casa… En sábado…

–        ¿No das tu aprobación?

Ya lo sé.

Por esto he venido.

Y volviéndose hacia Ismael ben Fabi,

agrega:

–        ¿Tú, amigo? No.

Enemigo mío.

No eres sincero ni conmigo ni con Dios.

–        ¿Ofendes ahora?

–        No.

Digo la verdad.

Has dicho que Eleazar no está obligado a socorrer a esa anciana,

porque no es de su propiedad.

Pero tú tenías a dos huérfanos en tu propiedad.

Eran hijos de dos de tus siervos fieles, que se han muerto trabajando,

uno de ellos con la hoz en el puño, la otra matada por la excesiva fatiga

por haberte tenido que servir, como le exigías para no despedirla.

Servirte por ella y por su marido.

Tú decías: “He hecho contrato por dos personas que trabajaran.

Y para seguirte teniendo, quiero el trabajo tuyo y el del muerto”.

Y ella te lo ha dado.

Y ha muerto con su hijo en el vientre, porque esa mujer era madre.

Y no hubo para ella la piedad que se tiene con la bestia encinta.

¿Dónde están ahora esos dos niños?

–         No lo sé…

Desaparecieron un día.

–        No mientas ahora.

Basta haber sido cruel.

No es necesario añadir el embuste para que Dios aborrezca tus sábados,

a pesar de su total carencia de obras serviles.

¿Dónde están esos niños?

–        No lo sé.

Ya no lo sé. Créelo.

–        Yo lo sé.

Los encontré una noche de Noviembre, fría, lluviosa, oscura.

Los encontré hambrientos y temblando, cerca de una casa, como dos perrillos

en busca de un pedazo de pan que llevarse a la boca…

Maldecidos y despedidos por quien tenía entrañas de perro, más que un perro verdadero.

Porque un perro habría tenido piedad de aquellos dos huerfanitos.

Y ni tú ni aquel hombre la habéis tenido.

¿Ya no te servían sus padres, verdad? Estaban muertos.

Los muertos sólo lloran, en sus sepulcros, al oír los sollozos de esos hijos infelices

de que los demás no se ocupan.

Pero los muertos, con su espíritu, elevan sus llantos y los de sus huérfanos a Dios.

Y dicen: “Señor, vénganos Tú;

porque el mundo aplasta cuando ya no le es posible seguir explotando”.

¿No te servían todavía los dos pequeñuelos, verdad?

Apenas si la niña podía servir para espigar…

Y tú los despediste negándoles incluso aquellos pocos bienes que pertenecían

a su padre y a su madre.

Podían morir de hambre y frío como dos perros en un camino de carros.

Podían vivir y hacerse el uno ladrón, la otra prostituta.

Porque el hambre porta al pecado. ¿Pero a ti qué te importaba?

Hace un rato citabas la Ley como apoyo de tus teorías.

¿Es que la Ley no dice: “No vejéis a la viuda y al huérfano, porque, si lo hacéis

y elevan su voz hacia Mí, escucharé su grito y mi furor se desencadenará,

Y os exterminaré y vuestras mujeres se quedarán viudas y vuestros hijos huérfanos”?

¿No dice eso la Ley?

Y entonces, ¿Por qué no la observas? ¿Me defiendes ante los demás?

¿Y por qué no defiendes mi doctrina en ti mismo?

¿Quieres ser amigo mío? ¿Y por qué haces lo opuesto de lo que Yo digo?

Uno de vosotros va corriendo a más no poder, arrancándose los pelos,

por la destrucción de su bosque.

¡Y no se los arranca ante las ruinas de su corazón!

¿Y tú a qué esperas a hacerlo?

¿Por qué queréis siempre creeros perfectos, vosotros a quienes la suerte ha hecho subir?

Y, suponiendo que lo fuerais en algo, ¿Por qué no tratáis de serlo en todo?

¿Por qué me odiáis porque os destapo las llagas?

Yo soy el Médico de vuestro espíritu.

¿Puede un médico curar si no destapa y limpia las llagas?

¿No sabéis que muchos – y esa mujer que ha salido es uno de ellos – merecen,

a pesar de su pobre apariencia, el primer puesto en el Banquete de Dios?

No es lo externo, es el corazón, es el espíritu, lo que vale.

Dios os ve desde lo alto de su Trono. Y os juzga.

¡Cuántos ve mejores que vosotros!

Por tanto, escuchad.

Como regla comportaos así, siempre: cuando os inviten a un banquete de bodas,

elegid siempre el último puesto.

Recibiréis doble honor cuando el amo de la casa os diga:

“Amigo, ven adelante”. Honor de méritos y honor de humildad.

Mientras… ¡Oh, triste hora para un soberbio, ser puesto en evidencia!

¡Y oír que le dicen: “Ve allá, al final, que aquí hay uno que es más que tú”!

Y haced lo mismo en el banquete secreto del desposorio de vuestro espíritu con Dios.

Quien se humilla será ensalzado y quien se ensalza será humillado.

Ismael, no me odies porque te medico.

Yo no te odio. He venido para curarte.

Estás más enfermo que aquel hombre.

Tú me has invitado para darte lustre a ti mismo y satisfacción a los amigos.

Invitas a menudo, pero es por soberbia y gusto.

No lo hagas. No invites a ricos, a parientes y a amigos.

Abre, más bien, la casa, abre el corazón, a los pobres, mendigos, lisiados, cojos,

huérfanos y viudas.

La única compensación que te darán serán bendiciones.

Pero Dios las transformará para ti en gracias.

Y al final… ¡Oh, al final, qué feliz ventura para todos los misericordiosos,

que serán retribuidos por Dios en la resurrección de los muertos!

¡Ay de aquellos que acarician solamente una esperanza de ganancia,

y luego cierran su corazón al hermano que ya no puede ser útil!

¡Ay de ellos!

Yo vengaré a los abandonados.

–        Maestro… yo… quiero complacerte.

Tomaré de nuevo a esos niños.

–         No.

–        ¿Por qué?

–        ¿Ismael?!…

Ismael agacha la cabeza.

Quiere aparentar humildad.

Pero es una víbora a la que se le ha hecho soltar el veneno.

Y no muerde porque sabe que no lo tiene, pero espera la ocasión para morder…

Eleazar trata de instaurar de nuevo la paz diciendo:

-Dichosos los que participan en el banquete con Dios,

en su espíritu y en el Reino eterno.

Pero, créelo, Maestro, a veces es la vida la que supone un obstáculo.

Los cargos…

Las ocupaciones…

Jesús dice aquí la parábola del banquete,

Lucas 14

y termina:

–        Has dicho los cargos… las ocupaciones.

Es verdad.

Pero por eso te he dicho al principio de este convite que mi Reino se conquista con

victorias sobre uno mismo y no con victorias de armas en el campo de batalla.

El puesto en la gran Cena es para estos humildes de corazón que saben ser grandes

con su amor fiel que no mide el sacrificio y que todo lo supera para venir a mí.

Una hora basta para transformar un corazón.

Si ese corazón quiere.

Y basta una palabra.

Yo os he dicho muchas. Y miro…

En un corazón está naciendo una planta santa.

En los otros, espinos para Mí, y dentro de los espinos hay áspides y escorpiones.

No importa.

Yo voy por mi camino recto.

El que me ame que me siga.

Yo paso llamando.

Los que sean rectos que vengan a Mí.

Paso instruyendo.

Los buscadores de justicia acérquense a la Fuente.

Respecto a los otros… respecto a los otros juzgará el Padre santo.

Ismael, me despido de ti. No me odies. Medita.

Siente que fui severo por amor, no por odio.

Paz a esta casa y a sus habitantes.

Paz a todos, si merecéis paz.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreo

360 LA AMISTAD DE LOS PODEROSOS


360 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Ahora un tibio sol de invierno templa el aire crudo.

Un muchacho de unos quince años espera con un rústico carro muy desvencijado.

La mujer dice:

–         Sólo tengo esto, Señor.

Pero en todo caso, llegarás antes y con más comodidad.

Jesús se niega:

–         No, mujer.

Conserva fresco tu caballo para venir a casa de Ismael.

Indícame sólo el camino más corto.

El muchacho se pone a su lado y los guía por campos y prados,

van hacia una ondulación del terreno, tras la cual hay una depresión de algunas

hectáreas, bien cultivada, en cuyo centro hay una hermosa casa ancha y baja,

circundada por una faja de jardín bien cultivado.

El jovencito dice:

–        La casa es aquélla, Señor.

«Si no te hago más falta, vuelvo a casa para ayudar a mi madre.

–          Ve.

Y sé siempre un hijo bueno.

Dios está contigo…

Jesús entra en la suntuosa casa de campo de Ismael.

Gran número de siervos acuden al encuentro del Huésped, ciertamente esperado.

Otros van a avisar al amo.

Y éste sale al encuentro de Jesús haciendo profundas reverencias.

Y saludándolo:

–         ¡Bien vienes, Maestro, a mi casa!.

Jesús responde al saludo: 

–        Paz a ti, Ismael ben Fabí.

Deseabas mi Presencia. Vengo.

¿Para qué querías verme

–         Para ser honrado con tu Presencia.

Y para presentarte a mis amigos.

Quiero que lo sean también tuyos.

De la misma forma que deseo que Tú seas amigo mío.

–         Yo soy amigo de todos, Ismael.

–          Lo sé.

Pero, ya sabes…

Conviene tener amistades en las altas esferas.

Y la mía y las de mis amigos son de ésas.

Tú – perdona si te lo digo – pasas por alto demasiado a quienes te pueden apoyar…

–        ¿Y tú eres de ésos?

¿Por qué?

–        Yo soy de ésos.

¿Por qué? Porque te admiro y quiero tenerte como amigo.

–         ¡Amigo

¿Pero sabes, Ismael, el significado que doy Yo a esta palabra?

Para muchos, “amigo” quiere decir “conocido”….

Para otros, “cómplice”; para otros, “siervo”…

Para mí quiere decir “fiel a la Palabra del Padre”.

Quien no es tal no puede ser amigo mío, ni Yo suyo.

–         Pero si quiero tu amistad precisamente porque quiero ser fiel, Maestro.

¿No lo crees?

Mira: ahí llega Eleazar.

Pregúntale cómo te he defendido ante los Ancianos.

Y volviéndose hacia el recién llegado, con ostentosos aspavientps de vestiduras

y grandes movimientos de ceremoniosa ostentación ritual entre sacerdotes,

Ismael ben Fabi dice:

–         Eleazar, te saludo.

Ven, que el Rabí quiere preguntarte una cosa.

Grandes saludos y recíprocas ojeadas indagadoras.

Con la hipocresía farisaica en todo su esplendor…

Los  dos fariseos profesan mutuamente:

–          Di tú, Eleazar, lo que dije del Maestro la última vez que nos reunimos.

–         ¡Oh, un verdadero elogio!

¡Una defensa apasionada!

Ismael habló de TÍ tanto, como del Profeta más grande que haya venido al pueblo

de Israel;

Tanto así Maestro, que sentí apetencia de escucharte.

Recuerdo que dijo que ninguno tenía palabra más profunda que la tuya,

ni atractivo mayor que el tuyo.

Y que si como sabes hablar sabes sujetar la espada:::

No habrá ningún rey más grande que Tú en Israel.

Ismael se va en busca de sus ‘otros poderosos amigos’

dejando a Jesús, con el poderoso hijo de Annás…

Jesús lo mira fijamente, antes de decir muy lentamente…

–        ¡Mi Reino!…

Este Reino no es humano, Eleazar.

–        ¿Pero el Rey de Israel?

Jesús dice muy solemne:

«Ábranse vuestras mentes para comprender el sentido de las palabras arcanas.

Vendrá el Reino del Rey de los reyes.

Pero no en la medida humana.

No respecto a lo perecedero, sino a lo Eterno.

A él se accede no por florida vía de triunfos…

Ni sobre purpúrea alfombra de sangre enemiga;

sino por empinado sendero de sacrificio y por benigna escalera de perdón y amor.

Las victorias contra nosotros mismos nos darán este Reino.

Y quiera Dios que la mayor parte de Israel pueda entenderme.

Mas no será así.

Vosotros pensáis lo que no es.

En mi mano habrá un Cetro puesto por el Pueblo de Israel.

Regio y eterno.

Ningún rey podrá ya arrebatárselo a mi Casa.

Pero muchos en Israel no podrán verlo sin estremecerse de HORROR,,

porque tendrá un nombre atroz para ellos.   (DEICIDIO)  

Eleazar ben Annás, pregunta:

–          ¿No nos crees capaces de seguirte?

–          Si quisierais, podríais.

Pero no queréis.

¿Por qué no queréis? Sois ya ancianos.

La edad debería haceros comprender y ser justos.

Justos incluso con vosotros mismos.

Los jóvenes… podrán errar y luego arrepentirse.

¡Pero vosotros!

La Muerte está siempre muy cerca de los ancianos.

Eleazar, tú estás menos envuelto en las teorías de muchos de tus iguales.

Abre tu corazón a la Luz…

Vuelve Ismael con otros cinco pomposos fariseos…

Anunciando:

–         Venid, pues, adentro.

Y dejado el atrio, lleno de sillas y alfombras, entran en una estancia,

donde se manifiesta una poderosa y ostentosa riqueza….

Traen ánforas y palanganas para las abluciones.

Luego pasan al comedor, muy ricamente preparado.

Ismael ben Fabi anuncia pomposamente:

–         Jesús a mi lado, entre yo y Eleazar.

Y Jesús, que había permanecido en el fondo de la sala, junto a los discípulos,

un poco arredrados y olvidados, debe sentarse en el sitio de honor.

Empieza el banquete, con numerosos servicios de carnes y pescados asados.

Vinos, exquisitos jarabes, o por lo menos aguamieles, pasan una y otra vez.

Todos tratan de hacer hablar a Jesús.

Uno, un viejo todo tembloroso, pregunta con voz bronca de decrépito:

–          Maestro, ¿Es verdad lo que se dice, que pretendes modificar la Ley?

Jesús responde con mucha cortesía:

–          No cambiaré ni una iota a la Ley.

Es más – y Jesús recalca las palabras -, he venido realmente para devolverle su

integridad, como cuando le fue dada a Moisés.  

Un fariseo respijnga.

–           ¿Insinúas que ha sido modificada?

–           De ninguna manera.

Ha sufrido la suerte de todas las cosas excelsas,

que han sido puestas en manos del hombre, nada más.

–          ¿Qué quieres decir?

Especifica.

–          Quiero decir que el hombre, por la antigua soberbia o por el antiguo fomes,

de la triple lujuria, quiso retocar la palabra clara.

E hizo de ella una cosa opresiva para los fieles;

mientras que para los autores de los retoques:

no es más que un cúmulo de frases que…

Bueno, que es para los demás.

–        ¡Pero, Maestro! Nuestros rabíes…

–        ¡Esto es una acusación!

–        ¡No frustres nuestro deseo de favorecerte!…

–        ¡Ah, ya!

¡Tienen razón cuando te llaman rebelde!

–        Silencio!

Jesús es mi invitado.

Que hable libremente.

–        Nuestros rabíes comenzaron su esfuerzo con la santa finalidad de facilitar la

aplicación de la Ley.

Dios mismo dio comienzo a esta escuela cuando a las palabras de los

Diez Mandamientos añadió explicaciones más detalladas.

Para que el hombre no tuviera la excusa de no haber sabido comprender.

Obra santa, pues, la de los maestros que desmenuzan para los pequeñuelos de Dios

el pan que Dios ha dado al espíritu: santa si persigue recto fin.

No siempre fue así.

Y ahora menos que nunca.

Pero, ¿Por qué me queréis hacer hablar, vosotros que os ofendéis si os enumero

las culpas de los poderosos?

–        ¿Culpas?

¿Culpas? ¿No tenemos sino culpas?

–        ¡Quisiera que tuvierais sólo méritos!

–         Pero no los tenemos:

eso es lo que piensas,.

Y tu mirada lo delata.

Jesús, no se logra la amistad de los poderosos criticando.

No reinarás.

No conoces el arte de reinar.

–        No pido reinar a la manera que vosotros creéis.

Ni mendigo amistades.

Quiero amor.

Pero un amor honesto y santo.

Un amor que vaya de Mí a aquellos a quienes amo.

Y que se demuestre usando con los pobres lo que predico que se use:

Misericordia.

Uno dice:

–        Yo, desde que te oí hablar, no he vuelto a prestar con usura.

–        Dios te recompensará.

Otro agrega:

–        El Señor me es testigo de que no he vuelto a pegar a los siervos que merecían

azotes, desde que me refirieron una parábola tuya.

Un tercero añade:

–        ¿Y yo?

¡He dejado en los campos, para los pobres, más de diez moyos de cebada!

Y una lluvia de autoalabanzas continúa como un torrente…-

Los fariseos se alaban excelsamente.

Ismael no ha hablado.

Jesús pregunta:

–        ¿Y tú, Ismael?

–        ¡Oh!¿Yo?

Siempre he usado misericordia.

Sólo debo seguir actuando como siempre.

–        ¡Bien para ti!

Si es realmente así, eres el hombre que no conoce remordimientos.

–        ¡Ciertamente no!

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

359 UN MILAGRO ANUNCIADO


359 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

335 La falsa amistad de Ismael ben Fabí, y el hidrópico curado en sábado.

Jesús va caminando rápidamente por una vía de primer orden que el viento frío,

de una mañana de invierno barre y endurece los campos, aquende y allende

la vía, apenas presentan una tímida pelusa de gramíneas que ya brotan,

en un velo de verde en que hay una promesa de futuro pan…

Pero una promesa que apenas si ha sido pensada.

Los surcos umbrosos carecen todavía de este verde bendito;

sólo los que están en lugares más soleados tienen ese verdear, tan leve

y ya tan festivo; porque habla de próxima primavera.

Los árboles frutales están todavía desnudos;

ni siquiera una yema se hincha en sus oscuras ramas.

Sólo los olivos presentan su eterno pardo verde,  triste tanto bajo el sol de Agosto

como bajo este claror de reciente mañana invernal.

Y como ellos, también tienen verde – un verde pastoso de cerámicas acabadas de

pintar – las carnosas hojas de las cactáceas.

Jesús camina, como sucede a menudo, dos o tres pasos más adelante que los discípulos.

Van todos bien tapados con sus mantos de lana.

Llegando a un punto, Jesús se detiene, se vuelve,

y pregunta a los discípulos:

–          ¿Conocéis bien el camino?

Alguien contesta.

–          El camino es éste.

Pero… ¿La casa?…

No se sabe, porque está en el interior…

Quizás allí, donde aquella mata de olivos…

–       No.

Debe estar allá al final, donde aquellos árboles grandes sin hojas…

–         Debería haber un camino para carros…

En definitiva, no saben nada con precisión.

No se ven personas, ni por la vía ni por los campos.

Van sin rumbo definido, hacia adelante, buscando el camino.

Encuentran una pequeña casita de pobres, con dos o tres terrenitos cultivados alrededor.

Una niña saca agua de un pozo.

Jesús dice:

–           Paz a ti, niña.

Mientras se detiene en el limen del seto, que tiene una abertura para quien va o viene.

–        Paz a ti. ¿Qué quieres?

–        Una información.

¿Dónde está la casa de Ismael el fariseo?

–      Vas mal por aquí, Señor.

Tienes que volver a la bifurcación….

Y tomar el camino que va hacia donde se pone el sol.

Pero tienes que caminar  mucho, mucho.

Porque tienes que regresar allí, a la bifurcación.

Y caminar mucho.

¿Has comido?

Hace frío y se siente más con el estómago vacío.

Entra, si quieres.

Somos pobres.

Pero tú tampoco eres rico.

Te puedes adaptar. Ven.

Y llama con voz aguda:

–          ¡Mamá!

Se asoma a la puerta una mujer de unos treinta y cinco años.

Su cara es honesta, aunque un poco triste.

Lleva en brazos a un niño de unos tres años, medio desnudo.

Y dice:

–          Entra.

El fuego está encendido.

Voy a darte leche y pan.

Jesús responde:

–          No vengo sólo.

Tengo conmigo a estos amigos.

–          Que entren todos y que la bendición de Dios descienda sobre los peregrinos,

mis huéspedes.

Entran en una cocina baja y oscura alegrada por un fuego vivo.

Se sientan acá o allá en rústicos arquibancos.

Ella dice:

–          Ahora os preparo…

Es pronto…

No he puesto en orden nada todavía… Perdonad.

Jesús pregunta:

–          ¿Vives sola?

–          Tengo marido e hijos. Siete.

Los dos mayores están todavía en el mercado de Naím.

Tienen que ir ellos, porque mi marido está enfermo.

¡Qué pena!…

Las niñas me ayudan.

Este es el más pequeño.

Pero tengo otro muy poco mayor que él.

El pequeñuelo, ya vestido con su tuniquita, corre descalzo hacia Jesús.

Y lo mira con curiosidad.

Jesús le sonríe.

Ya son amigos.

El niño  pregunta con confianza:

–           ¿Quién eres?

–           Soy Jesús.

La mujer se vuelve y lo mira atentamente.

Se ha quedado ahí, con un pan en las manos, entre el hogar y la mesa.

Abre la boca para hablar, pero calla.

El niño continúa:

–        ¿A dónde vas?

–        Voy por los caminos del mundo.

–        ¿Para qué?

–        Para bendecir a los niños buenos y a sus casas; donde hay fidelidad a la Ley.

La mujer hace otra vez un gesto.

Luego hace una seña a Judas de Keriot, que es el que está más cerca de ella.

Judas se inclina hacia la mujer.

Y ésta pregunta:

–       ¿Pero quién es tu amigo?

Y Judas, todo presumido;

parece como si el Mesías fuera tal por su mérito y bondad:

Le responde:

–        Es el Rabí de Galilea,

Jesús de Nazaret. ¿No lo sabes mujer?

–       ¡Esta vía queda apartada y yo tengo muchas penas!…

Pero… ¿Podría hablarle?

–       Puedes.

Judas lo concede, como si fuera una persona importante del mundo,

concediendo audiencia…

Jesús sigue hablando con el niño, que le pregunta si tiene también Él niños.

Mientras la niña vista antes y otra más mayorcita, traen leche y avíos de mesa;

la mujer se acerca a Jesús.

Un momento de pausa…

Y luego con un grito ahogado:

–      ¡Jesús, piedad de mi marido!

Jesús se levanta.

La domina con su estatura, pero la mira con tanta bondad;

que ella recobra la seguridad

Jesús pregunta.

–       ¿Qué quieres que haga?

Ella explica:

–        Está muy enfermo.

Hinchado como un odre.

No puede ya agacharse y trabajar.

No puede descansar porque se ahoga.

Se agita…

Y nuestros hijos son todavía pequeñitos…

–      ¿Quieres que lo cure?

¿Pero, por qué lo quieres de Mí?

Ella lo mira con seguridad y dice:

–        Porque Tú eres Tú.

No te conocía, pero había oído hablar de Ti.

La fortuna te ha conducido a mi casa,

después de haberte buscado yo tres veces en Naím y en Caná.

Dos veces estaba también mi marido.

Ir en carro le hace sufrir mucho.

Y no obstante, te buscaba…

Está también fuera ahora, con su hermano…

Nos habían comunicado que el Rabí, dejada Tiberíades;

iba hacia Cesárea de Filipo.

Ha ido allí a esperarte…

–      No he ido a Cesárea.

Voy a casa del fariseo Ismael y luego hacia el Jordán…

Ella lo interroga.

–       ¿Tú, que eres bueno, donde Ismael.

–       Sí. ¿Por qué?

–       Porque… porque…

Señor, sé que dices que no hay que juzgar…

Que hay que perdonar y que tenemos que amarnos.

No te había visto nunca.

Pero he tratado de saber de Ti lo más que podía.

Y rogaba al Eterno poderte escuchar al menos una vez.

No quiero hacer nada que te desagrade…

Pero, ¿Cómo se puede no juzgar a Ismael y amarlo?

No tengo nada en común con él.

Y por tanto, no tengo nada que perdonarle.

Nos sacudimos las insolencias que nos lanza;

cuando encuentra nuestra pobreza en su camino,

con la misma paciencia con que nos sacudimos el barro y el polvo,

que nos echa cuando pasa rápido con sus carruajes.

Pero amarlo y no juzgarlo…

Es demasiado difícil…

¡Es muy malo!

–        ¿Es muy malo?

¿Con quién?

–        Con todos.

Subyuga a sus siervos, presta con usura…

Y es exigente hasta la crueldad.

Sólo se ama a sí mismo.

Es el más cruel de la comarca.

No lo merece, Señor.

–     Lo sé.

Dices la verdad.

–      ¿Y Tú vas allí?

–       Me ha invitado.

–       Desconfía, Señor.

No lo habrá hecho por amor.

No te puede amar.

Y Tú… no lo puedes amar.

–       Yo amo también a los pecadores, mujer.

He venido para salvar a quien está perdido…

–      Pero a éste no lo salvarás.

¡Oh, perdón por haber juzgado!

Tú eres sabio…

Todo lo que haces está bien hecho.

Perdona a mi necia lengua y no me castigues.

Jesús dice:

–       No te castigo.

Pero no lo vuelvas a hacer.

Ama a los malvados también.

No por su maldad;

sino porque con el amor es como se obtiene para ellos la misericordia

que convierte.

Tú eres buena y tienes deseos de serlo más todavía.

Amas la Verdad, y la Verdad que te está hablando te dice que te ama

porque eres compasiva para con el huésped y el peregrino, según la Ley.

Y así has educado a tus hijos.

Dios será tu recompensa.

Yo tengo que ir a casa de Ismael;

que me ha invitado para presentarme a muchos amigos suyos,

que me quieren conocer.

No puedo esperar más a tu marido.

Has de saber que está regresando.

Pero, exhórtale a sufrir todavía un poco…

Y dile que venga enseguida a casa de Ismael.

Ven tú también.

Lo curaré.

–     ¡Oh, Señor!…

La mujer está de rodillas a los pies de Jesús y lo mira con sonrisa y llanto.

Luego dice: « ¡Pero hoy es Sábado!…».

–       Lo sé.

Necesito que sea Sábado para decirle a Ismael algo al respecto.

Todo lo que Yo hago lo hago con una finalidad clara y sin error.

Sabedlo todos.

También vosotros, amigos míos que tenéis miedo y querríais que me comportara

según las conveniencias humanas, para no recibir, de lo contrario, daño.

Os guía el amor. Lo sé.

Pero tenéis que saber amar mejor a quien amáis.

No posponiendo nunca el interés divino al interés de vuestro amado.

Mujer, voy y te espero.

La paz sea perenne en esta casa en que se ama a Dios y a su Ley,

se respeta el vínculo matrimonial, se educa santamente a la prole,

se ama al prójimo y se busca la Verdad.

Adiós.

Jesús pone la mano en la cabeza de la mujer y de las dos mocitas. bendiciéndolas

y luego se inclina para besar a los niños más pequeños.

Y sale.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

 

358 EL JUEGO DE LA NIGROMANCIA


358 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Un viento helado cabalga a través de las colinas septentrionales y hace mucho frío.

Los ocho apóstoles van bien envueltos en sus mantos que solo dejan ver

un pedazo de nariz y los ojos entumecidos.

Juan dice:

–        Ahora bien, si Yo por mí mismo ya hubiera seleccionara a quien merece el Milagro,

el Amor, la Palabra de Dios.

y a QUIEN   

NO LA MERECE… 

Podría hacerlo por derecho divino y por divina capacidad,

Para que los que quedasen excluidos, aunque fueran verdaderos diablos,

¡Y vaya que gritarían fuerte el día de su Juicio Individual!

“¡El culpable es tu Verbo, que no quiso adoctrinarnos!”

Pero esto no podrán decirlo…

O sea, lo dirán mintiendo una vez más.

Y serán juzgados por ello”.

Mateo pregunta:

–        ¿Entonces, no acoger la doctrina es ser un réprobo?

–          Eso no lo sé.

No sé si todos los que no crean serán realmente réprobos.

Si os acordáis, hablando a Síntica, dio a entender que los que obran con honestidad en la vida

no son réprobos, aunque crean en otras religiones.

Pero se lo podemos preguntar.

Claro que Israel, que tiene conocimiento del Mesías y que ahora cree parcialmente y mal,

en el Mesías, o que lo rechaza, será severamente juzgado.

Su hermano Santiago, observa:

–    El Maestro habla mucho contigo.

Y sabes muchas cosas que nosotros no sabemos.

–        Culpa tuya y vuestra.

Yo le pregunto con sencillez.

Algunas veces pregunto cosas que deben darle una imagen de su Juan,

como si fuera una persona muy necia.

Pero no me importa dar esta imagen.

Me basta con conocer su pensamiento.

Y tenerlo dentro de mí para hacerlo mío.

Deberíais hacer lo mismo vosotros.

¡Pero tenéis siempre miedo!… ¿Y de qué?

¿De ser ignorantes?

¿De ser superficiales? ¿De ser cabezotas?

Deberíais tener miedo sólo de estar todavía pobremente preparados cuando Él se marche.

Lo dice siempre…

Y me lo digo siempre, para prepararme a la separación…

Pero siento que significará siempre un gran dolor…

Andrés exclama:

–          ¡No me lo recuerdes!

Y repiten lo mismo los otros.

Y suspiran.

Judas Tadeo pregunta a Santiago.

–          Pero, ¿Cuándo sucederá?

Dice siempre: “Pronto”.

Pero “pronto” puede ser dentro de un mes o de años.

Es muy joven y el tiempo pasa muy rápido…

Santiago de Alfeo palidece visiblemente y agacha la cabeza.

Tadeo pregunta:

–         ¿Qué te pasa, hermano?

Te estás poniendo muy pálido…

–        ¡Nada, nada! Pensaba…

Y Judas Tadeo se inclina para verlo bien…

–          ¡Pero si se te saltan las lágrimas!

¿Qué te pasa?…

–         No más que lo que os pasa a vosotros…

Pensaba en cuando estemos solos.

Santiago de Zebedeo, señalando a Pedro, que ha dejado a Jesús solo.

Y que ahora corre, gritando palabras que el viento impide oír.

Pregunta:

–         ¿Pero qué le pasa a Simón de Jonás, que se adelanta corriendo y gritando,

como un cormorán en día de tempestad?

Aceleran el paso y ven que Pedro ha tomado un senderillo que viene de la ya cercana Sefori.

Mientras se preguntan si va a Sefori por orden de Jesús por aquel atajo.

Pero luego, observando bien, ven que los dos únicos viandantes que de la ciudad vienen,

hacia la vía principal son Tomás y Judas.

Y varios se preguntan:

–       ¡Atiza!

–        ¡Aquí?

–        ¿Precisamente aquí?

–         ¿Y qué hacen aquí?

–        De Nazaret, si acaso, tenían que ir a Caná y luego a Tiberíades…

Zelote que siente que la sospecha, cual serpiente despertada, alza su cabeza,

en el corazón de muchos.

dice con prudencia:

–        Quizás venían buscando a los discípulos.

Era su misión.

Mateo aconseja:

–        Vamos a acelerar el paso.

Jesús está solo y parece que nos espera…

Van.

Y llegan donde Jesús al mismo tiempo que Pedro, Judas y Tomás.

Jesús está palidísimo…

Tanto que Juan pregunta:

–        ¿Te encuentras mal?

Pero Jesús le sonríe y hace un gesto de negación.

Mientras tanto, saluda a los dos que han regresado después de tanta ausencia.

Abraza primero a Tomás, pujante y alegre como siempre;

pero que se pone serio mirando al Maestro, tan  manifiestamente cambiado.

Y pregunta solícito:

–          ¿Has estado enfermo?

Jesús responde:

–          No, Tomás.

En absoluto. ¿Y tú?

¿Has estado bien, contento?

–          Yo sí, Señor.

Siempre bien y siempre contento.

Sólo me faltabas Tú para hacer beato a mi corazón.

Mi padre y mi madre te agradecen el que me hayas mandado un tiempo.

Mi padre estaba un poco enfermo, así que he trabajado yo.

He estado donde mi hermana gemela y he conocido al sobrinito.

Le hemos puesto el nombre que me dijiste.

Luego vino Judas…

Y me ha hecho dar más vueltas que una tórtola en período de amores: arriba, abajo…

Donde había discípulos.

Él ya se había movido, por su propia cuenta, no poco.

Pero bueno, ahora te contará él, porque ha trabajado como diez y merece que lo escuches.

Jesús lo deja.

Y ahora es el turno de Judas, que ha esperado pacientemente y que se acerca franco,

desenvuelto, triunfante.

Jesús lo perfora con su mirada de zafiro.

Pero lo besa y recibe su beso, igual que con Tomás.

Y las palabras que siguen son afectuosas.

Jesús pregunta:

–          ¿Y tu madre, Judas, ha estado contenta de tenerte?

¿Está bien esa santa mujer?

Judas responde alegremente:

–          Sí, Maestro.

Y te bendice por haberle enviado a su Judas.

Quería mandarte unos presentes.

Pero, ¿Cómo podía llevármelos conmigo acá y allá por montes y valles?

Puedes estar tranquilo, Maestro.

Todos los grupos de discípulos que he visitado trabajan santamente.

La idea se va extendiendo cada vez más.

Yo he querido personalmente,

controlar las repercusiones de ella en los más poderosos escribas y fariseos.

A muchos de ellos ya los conocía, a otros los he conocido ahora, por amor a Ti.

He tratado con saduceos, herodianos…

¡Oh, te aseguro que me han machacado bien la dignidad!…

¡Pero, por amor a Ti, haré esto y más!

He sido desdeñosamente rechazado, he recibido anatemas.

Pero también he logrado suscitar simpatías en algunos que tenían prevenciones respecto a Ti.

La posesión demoníaca perfecta, proporciona la fuerza y la determinación, para permanecer en el Mal...

No quiero tus elogios.

Me basta con haber cumplido mi deber.

Y agradezco al Eterno el que me haya ayudado siempre.

He tenido que usar el milagro en algunos casos, lo cual me ha dolido;

porque merecían rayos y no bendiciones.

Pero Tú dices que hay que amar y ser pacientes…

Lo he sido, para honor y gloria de Dios y para alegría tuya.

Espero que muchos obstáculos queden abatidos para siempre;

mucho más si consideramos que por mi honor he garantizado que ya no estaban aquellos dos

que creaban tanta sombra.

Después me vino el escrúpulo de haber afirmado lo que no sabía con certeza.

Y entonces quise verificar para poder tomar las oportunas medidas,

para no ser hallado en embuste, lo cual me habría colocado para siempre en una situación

sospechosa ante los que caminan hacia la conversión…

¡Fíjate! ¡He ido a ver incluso a Anás y a Caifás!…

¡Oh, querían reducirme a cenizas con sus censuras!…

Pero yo me he mostrado tan humilde y persuasivo, que al final me han dicho:

“Bueno, pues si las cosas están exactamente así…

Pensábamos que estaban de otro modo.

Los rectores del Sanedrín, que podían conocer la situación, nos habían referido lo contrario y…”.

Simón Zelote que se ha contenido hasta ese momento, pero no más.

Y está lívido por el esfuerzo hecho.

lo interrumpe:

–          No querrás decir que José y Nicodemo han sido unos embusteros»

–         ¿Y quién ha dicho eso?

¡Todo lo contrario!

José me vio cuando salía de donde Anás y me dijo: “¿Por qué estás tan alterado?”

Le conté todo.

Le dije también que, siguiendo el consejo suyo y de Nicodemo,

Tú, Maestro, habías despedido al presidiario y a la griega.

Porque los has despedido, ¿No es verdad?

Judas lo pregunta mirando fijamente a Jesús con sus ojos de azabache,

brillantes hasta la fosforescencia.

Parece como si quisiera perforarlo con la mirada para leer lo que Jesús ha hecho.

Jesús, que sigue frente a Judas, cercanísimo,

dice sereno:

–         Te ruego que continúes tu narración, que me interesa mucho.

Es un relato exacto, que puede ser muy útil.

–          ¡Ah!, bueno.

Decía que Anás y Caifás han cambiado de opinión.

Lo cual significa mucho para nosotros, ¿No es verdad?

¡Y luego!… ¡Ahora os voy a hacer reír!

¿Sabéis que los rabíes me metieron en medio y me sometieron a otro examen,

como si fuera un menor en el paso a la mayoría de edad?

¡Y qué examen! Bien.

Los convencí y ya no me entretuvieron más.

Entonces me vino la duda y el miedo de haber dicho algo que no fuera verdad.

Y pensé tomar conmigo a Tomás e ir de nuevo a donde estaban los discípulos.

O donde se podía pensar que se hubieran refugiado Juan y la griega.

He estado con Lázaro, con Mannahém, en el palacio de Cusa, con Elisa de Betsur;

en Béter en los jardines de Juana, en el Getsemaní;

en la casita de Salomón del otro lado del Jordán, en Agua Especiosa;

donde Nicodemo, donde José…

–         ¿Pero no lo habías visto ya?

–          Sí.

Y me había asegurado que no había vuelto a ver a esos dos.

Pero… ya sabes… yo quería asegurarme…

Resumiendo: he inspeccionado todos los lugares en que pensaba que pudiera estar él…

Y no creas que sufría por no encontrarlo.

Sería injusto.

Siempre – y Tomás lo puede confirmar – siempre que salía de un lugar sin haberlo encontrado.

Y sin haber visto siquiera algún indicio de él, decía: “¡Alabado sea el Señor!”,

Y decía: “¡Oh, Eterno, haz que no lo encuentre jamás!”.

Exactamente así. El suspiro de mi alma…

El último lugar fue Esdrelón….

¡Ah, a propósito!

Ismael ben Fabí, que está en su palacio de los campos de Meguiddó,

desea invitarte a su casa…

Pero yo en tu lugar no iría…

Jesús pregunta:

–          ¿Por qué?

Iré sin falta.

También Yo deseo verlo.

Es más, iremos enseguida.

En vez de ir a Seforis, vamos a Esdrelón.

Y pasado mañana, que es vigilia de sábado, a Meguiddó.

Y de allí a la casa de Ismael».

Judas se opone:

–          ¡No, no, Señor!

¿Por qué? ¿Piensas que te estima?

–          Pero, si has ido a hablar con él y lo has cambiado a favor mío…

¿Por qué no quieres que vaya?

–          No fui a hablar con él…

Estaba él en las tierras y me reconoció.

Pero yo – ¿verdad, Tomás? – quería huir cuando lo vi.

No pude porque me llamó por el nombre.

Yo… sólo puedo aconsejarte que no vayas nunca más donde ningún fariseo, escriba

o seres semejantes.

No es útil para Ti.

Quedémonos nosotros solos con el pueblo y basta.

Incluso Lázaro, Nicodemo, José… será un sacrificio… pero es mejor, para no crear celos,

ni rencores y dar armas a las críticas…

En la mesa se habla…

Y ellos estudian deslealmente tus palabras.

Pero, volvamos a Juan…

Yo estaba yendo a Sicaminón, a pesar de que Isaac, que lo he visto en los confines de Samaria,

me había jurado que desde Octubre no lo había vuelto a ver.

–         Pues Isaac ha jurado una cosa verdadera.

Pero esto que aconsejas respecto a los contactos con escribas y fariseos,

se contradice con lo que has dicho antes.

Tú me has defendido…

Eso has hecho, ¿No es verdad?

Has dicho: “He desmontado muchas prevenciones contra Ti”.

Has dicho esto, ¿No es verdad?

–          Sí, Maestro.

–         ¿Y entonces por qué no puedo Yo mismo terminar de defenderme?

Así que iremos a casa de Ismael.

Y tú, ahora vuelves y vas a avisarle.

Contigo van Andrés, Simón el Zelote y Bartolomé.

Nosotros nos detendremos donde los campesinos.

Respecto a Sicaminón, venimos de allí.

Éramos once.

Te aseguramos que Juan no está allí.

Y tampoco en Cafarnaúm, o en Betsaida, Tiberíades, Magdala, Nazaret, Corozaín,

Belén de Galilea.

Y así sucesivamente en todas las etapas que quizás tenías pensado recorrer para…

Tu propia seguridad respecto a la presencia de Juan entre los discípulos o en casas amigas.

Jesús habla sereno, con tono natural…

Y no obstante, algo debe haber en Él, que turba a Judas…

El cual por un instante, cambia de color.

Jesús lo abraza como para besarlo…

Y, mientras lo tiene así, su mejilla al lado de la de Judas,

le susurra quedo:

–          ¡Desdichado!

¿Qué has hecho de tu alma!

–          Maestro… yo…

La posesión demoníaca perfecta NO PUEDE reverenciar a Dios, porque Satanás lo odia y a sus instrumentos, es lo que les trasmite…

–            ¡Vete!

¡Que apestas a infierno más que el mismo Satanás!

¡Calla!…

Y arrepiéntete si puedes.

Judas…

Cualquier otro hubiera escapado a todo correr. ¡Pero él!…

Dice con desfachatez en alta voz:

–          Gracias, Maestro.

Lo que sí que te rogaría antes de marcharme, serían dos palabras en secreto.

Todos se separan bastantes metros.

–          ¿Por qué, Señor, me has dicho esas palabras?

Me han dolido.

–          Porque son la verdad.

Quien trata con Satanás se coge el olor de Satanás.

–          ¡Ah! ¿Es por la nigromancia?

¡Qué miedo me has hecho pasar! 

¡Una broma! ¡Ha sido sólo un juego!

¡Sólo fue una broma de niño curioso!

Y me ha servido para conocer a algunos saduceos y perder el hambre de la nigromancia.

Como ves, me puedes absolver con toda tranquilidad.

Son cosas inútiles cuando se tiene tu poder.

Tenías razón. ¡Venga, Maestro!

¡Es tan leve el pecado!…

Grande es tu sabiduría. Pero, ¿Quién te lo ha dicho?

Jesús lo mira severamente y no responde.

El día que Jesús estuvo una jornada entera intercediendo por él, en la cueva de Yiftael

con La Oración Profunda, el Padre le mostró al Hijo lo que el apóstol indigno,

hacía mientras tanto….

Y por qué el Milagro solicitado, le estaba NEGADO…

Judas con posesión diabólica perfecta… ¡Este magnífico actor, se le parece mucho en la fisonomía, al verdadero Judas…!

Judas se siente un poco atemorizado, al comprender que el Señorío de Jesús como Dios,

le ha proporcionado el conocimiento…

Y trata de minimizarlo…

–          ¿Pero verdaderamente me has visto en el corazón el pecado?

–          Y me has causado repugnancia. ¡Vete!

Y no digas ni una sola palabra más.

Y Jesús le vuelve la espalda.

Regresa adonde los discípulos y les ordena que cambien de camino.

Pero primero despide a Bartolomé, Simón y Andrés;

los cuales van hasta donde Judas y se echan a andar a buen paso.

Los que se quedan, por el contrario, caminan lentamente, desconocedores de la verdad

que sólo Jesús conoce.

Tan desconocedores, que elogian a Judas por su actividad y sagacidad.

Y el honesto de Pedro se acusa sinceramente del pensamiento temerario,

que tenía en el corazón respecto a su compañero…

Jesús sonríe, una sonrisa leve, de persona un poco cansada;

como si estuviera abstraído y apenas oyera el charloteo de sus compañeros,

que de las cosas saben sólo aquello que su humanidad les permite saber.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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357 EL TERCER JUICIO


357 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El valle del Kisón, a pesar del sol resplandeciente en el cielo sereno, aparece inclemente,

peinado por un viento helado que viene salvando los collados septentrionales

y destruyendo los tiernos cultivos, que se estremecen de frío y se arrugan

quemados, destinados a morir en sus verdes renuevos.

Mateo, arrebujándose más todavía en el manto, bajo el cual aparece únicamente un trocito de

cara, o sea, los ojos y la nariz: 

–            ¿Pero va a durar todavía mucho este frío? 

Con voz ahogada por el manto, que también a él le cubre la boca;

le responde Bartolomé:

–          Quizás el resto de la luna.

–          ¡Pues estamos apañados!

¡Bueno, paciencia!

Menos mal que en Nazaret estaremos en casa hospitalaria…

Mientras tanto, esto pasará.

Andrés dice: 

–          Sí, Mateo.

Pero para mí ya ha pasado la cosa, viendo a Jesús menos apesadumbrado.

¿No te parece que está más alegre?

Felipe pregunta 

–          Lo está.

Pero yo…

Bueno, quiero decir que me parece imposible que se haya consumido tanto,

por lo que sabemos.

¿No ha habido realmente ninguna otra cosa nueva, que vosotros sepáis?

Santiago de Alfeo. asegura:

–          Nada.

Nada, nada.

Te digo que en los confines siro-fenicios le dieron mucha alegría espíritus creyentes,

e hizo esos milagros que te hemos dicho…  

Felipe confirma: 

–            Desde hace algunos días está mucho con Simón de Jonás.

Y Simón está muy cambiado…

¡Sí! Estáis todos cambiados.

No sé… sois más… eso: AUSTEROS… .

Tadeo se defiende: 

–         ¡Eso es que te da esa impresión!…

En realidad somos iguales que antes.

Claro, ver al Maestro tan apenado por tantas cosas, no ha sido motivo de satisfacción,

ni tampoco el oír con qué saña le atacan…

Pero lo defenderemos.

¡No le harán nada si estamos con Él!

Ayer noche le he dicho, después de haber oído lo que decía Hermas,

que es un hombre serio y digno de credibilidad:

“De ahora en adelante, no debes estar solo.

Ya tienes a los discípulos;

que, ya lo ves, actúan y bien.

Y aumentan continuamente.

Por tanto, nosotros estaremos contigo.

No quiero decir que tengas que hacer todo Tú, que ya es hora de aliviarte,

hermano mío.

Pero Tú estarás con nosotros, entre nosotros, como Moisés en el monte.

Y nos batiremos por Ti… 

Dispuestos, si fuese necesario, a defenderte incluso físicamente.

Lo que le ha sucedido a Juan Bautista, no te debe suceder a Ti”.

Porque en fin, si los discípulos del Bautista no se hubieran reducido a dos o tres;

no habría sido apresado.

Nosotros, al fin y al cabo, somos Doce.

Y quiero convencerlo de que se una o por lo menos;

de tener a su lado a alguno de los más fieles y enérgicos discípulos.

Los que estaban con Juan en Maqueronte, por ejemplo.

Hombres de Fe y coraje.

Juan, Matías y también José.

¿Sabéis que ese joven promete mucho?

Santiago de Zebedeo confirma: 

–           Sí,

Isaac es un ángel, pero su fuerza está enteramente en el espíritu.

José, sin embargo, es fuerte también en el cuerpo.

Tiene la misma edad que nosotros.

–           Y aprende rápidamente.

¿Has oído lo que ha dicho Hermas?

“Si éste hubiera estudiado, sería, además de un justo, un rabí.”

Y Hermas sabe lo que dice.  

Santiago de Alfeo agrega: 

–           Yo, no obstante…

Tendría cerca también a Esteban, a Hermas y al sacerdote Juan.

Por su conocimiento de la Ley y del Templo.

¿Sabéis lo que significa su presencia frente a los escribas y fariseos?

Un control, un freno…

Y para la gente vacilante. equivale a decir:

“¿Veis como no faltan en torno al Rabí, a su servicio y como discípulos,

los mejores de Israel?” 

Simón Zelote, confirma: 

–           Tienes razón.

Se lo decimos al Maestro.

Ya habéis oído lo que ha dicho ayer:

“Vosotros debéis obedecer, pero tenéis también la obligación de abrirme vuestro corazón

y decirme lo que juzgáis justo.

Para habituaros a saber dirigir en un futuro.

Yo, si veo que es como decís, aceptaré vuestros pensamientos” 

Bartolomé Observa: 

–          Quizás lo hace también para mostrarnos que nos quiere,

visto que estamos todos más o menos convencidos de que somos la causa de su sufrimiento . 

Simón Zelote observa:  

–          0 está realmente cansado de tener que pensar en todo…

Y de ser el único que toma decisiones y asume responsabilidades.

Quizás también reconoce que su santidad perfecta es… casi una imperfección.

Yo diría, respecto a quienes tiene frente a sí:

El mundo, que no es santo.

Nosotros no somos santos perfectos.

Sólo somos un poquito menos granujas, que los otros…

Y por tanto, capaces de responder a aquellos que son casi como nosotros

Mateo agrega: 

–         ¡Y de conocerlos, debes decir!!

Santiago de Zebedeo responde: 

–         ¡Oh, respecto a esto, estoy seguro de que El también los conoce.’

Es más, los conoce mejor que nosotros, porque lee en los corazones.

Estoy seguro de ello como de que estoy vivo.

Andrés dice desconsolado: 

–          ¿Y entonces por qué algunas veces hace lo que hace… 

buscándose problemas y peligros?.

Encogiéndose de hombros, Tadeo confiesa: 

–        La verdad es que no sé que responder.

Y con él confiesan lo mismo los otros.

Juan guarda silencio.

Su hermano lo provoca:

–          Tú que sabes siempre todo de Jesús. –

Pues parecéis dos enamorados algunas veces…. 

¿No te ha dicho nunca por qué actúa así?   

Juan responde: 

–           Sí.

Se lo he preguntado, incluso recientemente.

Siempre me ha respondido: “Porque debo hacerlo.

Debo actuar como si el mundo estuviera compuesto enteramente de criaturas ignorantes;

pero buenas.

A todos les doy la misma doctrina; así se separarán los hijos de la Verdad,

de los de la Mentira”.

Me ha dicho también: “¿Ves, Juan?

Esto es como un primer juicio, no universal, colectivo, sino individual.

Sobre la base de sus acciones de Fe, Caridad, Justicia;

serán separados los corderos de las cabras.

Esto continuará después, cuando Yo ya no esté, cuando esté mi Iglesia;

durante siglos y siglos, hasta el Fin del Mundo.

El Primer Juicio de las masas humanas se cumplirá en el mundo, en el lugar en que

los hombres actúan con libertad, teniendo frente a sí el Bien y el Mal,

la Verdad y la Mentira;

como el Primer Juicio fue dictado en el Paraíso Terrenal,

ante el árbol del Bien y del Mal, violado por los que desobedecieron a Dios.

Después, en la hora de la muerte de cada uno de los hombres,

será ratificado el juicio, ya escrito en el libro de las acciones humanas,

por una Mente que no tiene defecto alguno.

Por último, el Gran Juicio, el Terrible.

Y entonces, nuevamente en masa, serán juzgados los hombres.

Desde Adán al último hombre.

Juzgados por aquello que hayan querido para ellos, libremente, en la Tierra….

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

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356 REUNIÓN APOSTÓLICA


356 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús se ha reunido con diez de sus apóstoles y caminan seguros hacia Sicaminón…..

Pedro, que está solo con Jesús;

mientras que los otros van en grupo unos metros más atrás.

Pregunta:

—        Y ahora que hemos complacido también al pastor…

¿Qué hacemos?

Volvemos a la vía de la costa y vamos hacia Sicaminón.

–          ¿Sí?

Creía que íbamos a Cafarnaúm…

–          No es necesario, Simón de Jonás.

No es necesario.

Has tenido noticias de tu mujer y del niño.

Y, por lo que se refiere a Judas,…

Será más sencillo ir a su encuentro.

–        Pues precisamente, Señor.

¿No toma el camino del interior, del río y del lago?

Es el más corto y resguardado…

–          Pero él no lo tomará.

Recuerda que debe prestar atención a los discípulos.

Y están muy desperdigados en el lado occidental, en esta época del año, de nuevo tan fría; además.

–          Bueno, bien.

Si Tú lo dices…

Por lo que a mí respecta, me conformo con estar contigo y verte menos triste.

Y… no tengo ninguna prisa de encontrar a Judas de Simón.

¡Ojalá no lo encontráramos!…

¡Hemos estado tan bien sólo entre nosotros!…

–         ¡Simón! ¡Simón!

¿Es ésta tu caridad fraterna?

Pedro dice con franqueza:

–         Señor… ésta es mi verdad.

Y lo dice con tal ímpetu y tal expresión;

que Jesús se tiene que esforzar en no reírse.

Pero, ¿Cómo se puede amonestar severamente a un hombre tan franco y fiel?

Jesús prefiere guardar silencio, mostrando un excesivo interés por las cuestas que hay

a su izquierda.

A la derecha, sin embargo, la llanura se abre cada vez más plana.

Detrás de ellos, en grupo, van hablando los otros nueve.

Juan parece un “buen pastor”

para un cordero que lleva sobre los hombros,

quizás un regalo del pastor Anás.

Pasa un rato…

Y Pedro vuelve a preguntar:

–          ¿Y no vamos a Nazaret?

–          Iremos, sí.

A mi Madre le agradará tener noticias del viaje de Juan y Síntica.

—        ¡Y verte!

–          Y verme.

–          ¿A1 menos a Ella la habrán dejado en paz?

–          Ya lo sabremos.

-.        Pero, ¿Y por qué son tan sañosos?

También en Judea hay muchos como Juan (de Endor) y no obstante…

Es más, se protegen y se ocultan por fastidiar a Roma…

–         Convéncete de que no lo hacen por Juan;

sino porque él es un elemento de acusación contra Mí.

–         ¡No le encontrarán nunca!

Has hecho bien todo…

Mandarnos solos… por mar…

Primero en una barca una serie de millas, luego, más allá de los confines,

en una nave…

¡Oh, todo bien!

Espero verdaderamente que se lleven una desilusión.

–          Se la llevarán.

–          Tengo curiosidad por ver a Judas de Keriot,

para astrologar en él un poco, como en un cielo lleno de vientos y signos.

Judas con posesión diabólica perfecta…

Y  ver si...

–           ¡Pero bueno, hombre!…

–           Tienes razón.

Es un clavo aquí dentro… – y se golpea en la frente.

Jesús, para distraerlo, llama a todos los demás.

Y les hace notar la extraña destrucción producida

por el granizo y el frío, llegado éste cuando era presumible considerarlo ya superado,

por ese año…

Quién dice una cosa, quién otra: todos queriendo ver en ello un signo de castigo divino,

a la proterva Palestina que no acoge al Señor.

Los más doctos citan hechos semejantes, conocidos por las narraciones antiguas;

los más jóvenes y menos cultos, escuchan admirados y atentos.

Jesús mueve la cabeza…

Y dice:

–         Es efecto lunar y de vientos lejanos.

Ya os lo he dicho.

En los países septentrionales se ha producido un fenómeno…

Y sufren sus consecuencias,

regiones enteras.

Tadeo dice:

–         Pero, ¿Por qué, entonces, algunos campos están bien?

–         Así se comporta el granizo.

–        ¿Pero no podría ser un castigo para los más malos?

-Podría ser. Pero no lo es. ¡Ay si lo fuera!…

Andrés exclama:

–         Quedaría yerma y desolada casi toda nuestra Patria, ¿No es verdad, Señor?

Bartolomé comenta:

–         Pero en las profecías está escrito, a través de símbolos;

qué daño va a recibir quien no acoja al Mesías.

¿Es que pueden mentir los Profetas?

Jesús objeta:

–          No, Bartolomé.

Lo que está escrito sucederá.

Pero el Altísimo es tan Bueno, infinitamente Bueno,

que necesita mucho más de lo que ahora está sucediendo para castigar.

Sed buenos también vosotros;

sin desear siempre castigos para los duros de corazón…

Y de intelecto.

Desead para ellos conversión, no castigo.

Juan, pasa el cordero a un compañero.

Y ven a mirar tu mar desde lo alto de aquellas crestas de arena.

Voy Yo también.

En efecto, ahora van por un camino muy cercano al mar;

separado de éste sólo por una larga faja de dunas onduladas,

en las que ondean finas palmas y arbustos de desordenadas frondas, lentiscos y

otras plantas de las arenas.

Jesús va con Juan.

Pero ¡Quién deja a Jesús! Ninguno.

Y, pronto están todos arriba, bajo el lindo sol que no molesta…

Frente al mar sereno y riente…

La ciudad de Ptolemaida está muy cerca con sus casas blancas.

Tadeo pregunta:

–          ¿Vamos a entrar en la ciudad?

Jesús dice:

–           No es necesario.

Nos detendremos a comer junto a las primeras casas.

Quiero estar esta noche en Sicaminón.

Quizás encontramos allí a Isaac.

–          Cuánto bien hace, ¿Eh?

¿Has oído lo que han dicho Abel, Juan y José?

–           Sí.

Pero todos los discípulos son muy diligentes.

Por esto bendigo día y noche a mi Padre.

Todos vosotros…

Mis alegrías, mis paces, mis seguridades… –

Y los mira con tal amor, que a los diez les suben las lágrimas a los ojos…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

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355 LAS DERROTAS DEL MESÍAS


355 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

El pastor Jonás pregunta:

–       ¿Y mis ovejas, Señor?

Dentro de poco tendría que tomar un camino distinto del tuyo,

para ir a mi pastura… –

Jesús sonríe, pero no responde.

Es bonito andar, ahora que el sol calienta el aire y hace brillar como esmeraldas

las hojitas nuevas de los bosques y la hierba de los prados;

transformando en engastes los cálices de las flores, para las gotas de rocío que brillan

en los aros radiados multicolores de las florecillas del campo.

Jesús camina, sonriente.

Los apóstoles, en seguida animados de nuevo, lo siguen felices y sonrientes…

Llegan a la desviación.

El pastor Anás, afligido,

dice:

–        Y aquí tendría que dejarte…

¿Entonces no vienes a curar a mis ovejas?

Yo también tengo fe, y soy prosélito…

¿Me prometes, al menos, que vendrás después del sábado?

–         ¡Anás!

¿Pero no has comprendido todavía que tus ovejas están curadas desde que alcé mi mano

hacia Lesemdán?

Ve, pues, tú también a ver el milagro y a bendecir al Señor.

El pastor se queda paralizado, por la admiración y el asombro al escuchar al maestro,

anunciándole la Gracia para él.

Y el milagro recibido en sus rebaños…

Está más pasmado que la mujer de Lot, después de su petrificación en sal,

porque la impresión que causa a quién lo mira, no sería distinta del pastor,

que se ha quedado en la posición en que estaba:

Un poco encorvado e inclinado,

con la cabeza vuelta hacia arriba para mirar a Jesús.

Con un brazo semi-extendido a media altura…

Parece una estatua.

Podría tener debajo el cartel: “El suplicador”.

Mas luego vuelve en sí, se postra,

y dice:

–         ¡Bendito! ¡Bueno! ¡Santo!…

Pero te había prometido mucho dinero y aquí solamente tengo algunas dracmas…

Ven, ven a visitarme después del Sábado…

Jesús promete:

–          Iré.

No por el dinero, sino para bendecirte una vez más por tu fe sencilla.

Adiós, Anás.

La paz sea contigo.

Y se separan…

Entonces Jesús, llamando a todos sus apóstoles,

les dice:

–         Y tampoco ésta es una derrota, amigos.

Aquí tampoco se han burlado de Mí, ni me han expulsado o maldecido…

“¡Venga, raudos!

Hay una madre esperándonos desde hace días…

Y la marcha prosigue, con un breve alto en el camino, para comer pan y queso.

Y beber en un manantial…

El sol está en mediodía cuando se ve aparecer la bifurcación del camino.

Mateo dice:

–         Allá en el fondo empieza la escalera de Tiro.

Y se alegra al pensar que la mayor parte del trayecto está ya recorrido.

Apoyada en el mojón romano hay una mujer.

A sus pies, en un traspuntín, hay una pequeñuela de unos siete u ocho años.

La mujer mira en todas las direcciones: hacia la escalera excavada en el monte rocoso,

hacia la vía de Ptolemaida, hacia el camino recorrido por Jesús.

Y, de vez en cuando, se inclina para acariciar a su niña;

para proteger su cabeza del sol con un paño,.

O cubrirle los pies y las manos con un chal.

Andrés pregunta:

–         ¡Ahí está la mujer!

Pero, ¿Dónde habrá dormido estos días?

Mateo responde:

–        Quizás en aquella casa de cerca de la bifurcación.

No hay otras casas cercanas.

Santiago de Alfeo,

añade:

–         O al raso.

Tadeo responde:

–        No, por la niña.

Juan exclama:

–        ¡Con tal de obtener la gracia!…

Jesús no habla. Pero sonríe.

Todos en fila (El en el centro, tres de esta parte, tres de la otra), ocupan toda la vía;

en esta hora de pausa de viandantes, que se han parado a comer en los respectivos lugares

en que los ha sorprendido el mediodía.

Jesús sonríe.

Alto, hermoso, en el centro de la fila.

Su rostro está tan radiante que parece como si toda la luz del sol se hubiera concentrado en él.

Parece emanar rayos.

La mujer levanta los ojos…

Ya están a unos cincuenta metros de distancia.

Quizás ha llamado su atención, distraída al oír llorar a su hija.

La mirada de Jesús fija en ella.

Mira…

Se lleva las manos al corazón con un gesto involuntario de ansia, de sobresalto.

Jesús aumenta su sonrisa.

Y esa fúlgida sonrisa, inefable, debe decirle tantas cosas a la mujer,

que, ya sin ansia, sonriente, como si va fuera feliz, se agacha a coger a su niña.

Y sosteniéndola en su jergoncillo, con los brazos extendidos, como si se la estuviera

ofreciendo a Dios,

da unos pasos hacia Jesús.

En llegando a los pies de Él, se arrodilla levantando lo más que puede a la niña,

que está en posición echada y que mira, extática, el hermosísimo rostro de Jesús.

La mujer no dice ni una palabra.

¿Qué podría decir que fuera más profundo que lo que dice con toda su figura?…

Jesús dice solamente una palabra, corta pero poderosa,

letificante como el “Fiat” de Dios en la creación del mundo:

–         -¡Sí»!.

Y apoya la mano sobre el pequeño pecho de la niña echada.

Entonces la niña, emitiendo un grito de calandria liberada de la jaula,

exclama:

–         ¡Mamá!

Se sienta de golpe…

Pasa luego a poner pie en tierra, abraza a su madre, la cual – ella sí -, exhausta,

vacila y está a punto de caerse boca arriba,

desmayada por el cansancio, por la cesación del ansia, por la alegría que sobrecarga las ya

debilitadas fuerzas del corazón por tanto dolor pasado.

Jesús está atento a sujetarla:

Una ayuda más eficaz que la de la niñita, que, recargando con su peso los miembros maternos,

no es, ciertamente, el más indicado factor para sujetar a su madre sobre las rodillas.

Jesús la ayuda a sentarse y le transfunde fuerzas…

Y la mira, mientras mudas lágrimas descienden por la cara,

cansada y dichosa al mismo tiempo, de la mujer.

Luego es el momento de las palabras:

–         ¡Gracias, mi Señor!

¡Gracias y bendiciones!

Mi esperanza ha sido coronada…

Te he esperado mucho…

Pera ahora soy feliz…

La mujer, superado su semi-desmayo, se arrodilla de nuevo, adorando;

teniendo delante de sí a la niñita curada y que ahora recibe las caricias de Jesús.

Y explica:

–         Hacía dos años que un hueso de la columna se le consumía;

la paralizaba y la llevaba a la muerte lentamente y con grandes dolores.

La habíamos llevado a que la vieran médicos de Antioquía, Tiro, Sidón…

Y también de Cesárea y Panéade.

Hemos gastado tanto en médicos y medicinas, que hemos vendido la casa que poseíamos

en la ciudad para retirarnos a la de campo.

Habíamos despedido a los sirvientes de la casa y nos habíamos quedado sólo con los

de los campos.

Habíamos puesto en venta los productos que antes consumíamos nosotros…

¡Nada aprovechaba!

Te vi. Tenía noticia de lo que hacías en otros lugares.

He esperado la gracia también para mí…

¡Y la he obtenido!

Ahora vuelvo a casa, aligerada, dichosa…

Le daré una alegría a mi esposo…

A mi Santiago, que me puso en el corazón la esperanza, narrándome lo que por tu poder

sucede en Galilea y Judea.

¡Si no hubiéramos tenido miedo de no encontrarte, habríamos venido con la niña!

¡Pero Tú estás siempre en camino!…

Jesús responde sonriente:

–        Caminando he venido a verte…

Pero, ¿Dónde has pasado estos días?

–         En aquella casa…

Bueno, por la noche, se quedaba sólo la niña.

Hay allí una buena mujer, que me la cuidaba.

Yo he estado siempre aquí, por miedo a que pasaras de noche.

Jesús le pone la mano sobre la cabeza:

Y le dice:

–       Eres una buena madre.

Dios te ama por ello.

¿Ves cómo te ha ayudado en todo?

–        ¡Oh, sí!

¡Lo he sentido precisamente mientras venía.

Había venido de casa a la ciudad con la confianza de encontrarte;

por lo tanto, con poco dinero y sola.

Luego, siguiendo el consejo de aquel hombre, seguí por este lugar.

Mandé un aviso a casa y vine…

Y no me ha faltado nunca nada, ni pan, ni refugio, ni fuerza.

Santiago de Alfeo, enternecido por todas las fatigas pasadas por la mujer,

pregunta:

–         ¿Siempre con ese peso en los brazos?

¿No podías servirte de un carro?….

–         No.

Ella habría sufrido demasiado: hasta morir incluso.

En los brazos de su mamá ha venido mi Juana a la Gracia.

Jesús acaricia en el pelo a las dos,

diciendo:

–         Ahora podéis marcharos.

Sed siempre fieles al Señor.

El Señor esté con vosotras y con vosotras mi paz.

Jesús reanuda su camino por la vía que conduce a Ptolemaida.

–         Esta tampoco es una derrota, amigos.

Tampoco aquí me han expulsado, ni se han burlado de Mí, ni me han maldecido.

Siguiendo la vía directa, pronto se llega al taller del herrador que está al lado del puente.

El herrador romano está descansando al sol, sentado contra el muro de la casa.

Reconoce a Jesús y lo saluda.

—         ¡Salve!

Jesús devuelve el saludo,.

—        Que la Luz te ilumine.

y añade:

–         ¿Me dejas estar aquí, para descansar un poco y comer un poco de pan?

—        Sí, Maestro.

Mi mujer quería verte…

Porque le he referido la parte de tu discurso que ella no había oído la otra vez.

Ester es hebrea.

Pero, siendo romano, no me atrevía a decírtelo.

Te la habría mandado…

–         Llámala, entonces.

Y Jesús se sienta en el banco que hay contra la pared;

mientras Santiago de Zebedeo distribuye pan y queso…

Luego sale una mujer de unos cuarenta años, turbada, roja de vergüenza.

Jesús le dice:

–        Paz a ti, Ester.

¿Tenías deseos de conocerme?

¿Por qué?

–         Por lo que dijiste…

Los rabíes nos desprecian a nosotras, casadas con un romano…

Pero he llevado a todos mis hijos al Templo.

Y los varones están todos circuncidados.

Se lo dije antes a Tito, cuando me quiso como esposa…

Y él es bueno…

Siempre me ha dejado libertad de acción con los hijos.

Costumbres, ritos, ¡Aquí todo es hebreo!..

Pero los rabíes, los arquisinagogos, nos maldicen.

Tú no…

Tú tienes palabras de piedad para nosotras…

¡No sabes cuánto significa eso para nosotras!

Es como sentirnos abrazadas por el padre y la madre que nos han repudiado.

Y maldecido, o que se muestran severos con nosotras…

Es como volver a poner pie en la casa que hemos dejado.

Y no sentirse extranjeras en ella…

Tito es bueno.

Durante nuestras Fiestas cierra el taller, con gran pérdida de dinero.

Y me acompaña con nuestros hijos al Templo.

Porque dice que sin religión no se puede estar.

Él dice que su religión es la de la familia y el trabajo;

como antes era la del deber de soldado…

Pero yo… Señor…

Quería hablar contigo por una cosa…

Tú dijiste que los seguidores del verdadero Dios deben separar un poco de su levadura santa

y meterla en la buena harina para hacerla fermentar santamente.

Yo lo he hecho con mi esposo.

He tratado, en estos veinte años que llevamos juntos;

de trabajar su alma, que es buena, con la levadura de Israel.

Pero no se decide nunca… es ya mayor…

Querría tenerlo conmigo en la otra vida…

Unidos por la fe como lo estamos por el amor…

No te pido riquezas, bienestar, salud.

Lo que tenemos es suficiente, y bendito sea Dios por ello.

Pero sí que querría esto…

¡Pide por mi esposo! Que sea del verdadero Dios…

–         Lo será.

Puedes estar segura.

Pides una cosa santa y te será dada.

Has comprendido los deberes de la esposa hacia Dios y hacia su esposo.

¡         ¡Si así fueran todas las esposas!

En verdad te digo que muchas deberían imitarte.

Sigue así y recibirás la alegría de tener a tu Tito a tu lado, en la oración y en el Cielo.

Muéstrame a tus hijos.

La mujer llama a la numerosa prole:

–        «Jacob, Judas, Leví, María, Juan, Ana, Elisa, Marco».

Y luego entra en la casa y vuelve a salir con una que apenas si sabe andar todavía…

Y con uno de tres meses como mucho:.

Los presenta:

–         Y éste es Isaac.

Y esta pequeñita es Judit. – dice terminando la presentación.

Santiago de Zebedeo, dice riendo:

–          ¡Abundancia!

Y Judas Tadeo exclama:

–         ¡Seis varones!

¡Y todos circuncisos!

¡Y con nombres puros!

¡Sí señora, muy bien!

La mujer está contenta.

Y hace elogios de Jacob, Judas y Leví, los cuales ayudan a su padre,

«todos los días menos el Sábado, el día en que Tito trabaja solo;

poniendo las herraduras ya hechas».

Elogia también a María y a Ana, «que son la ayuda de su mamá».

Pero no deja de elogiar también a los cuatro más pequeños:

«buenos y sin caprichos.

Tito, que ha sido un soldado disciplinado, me ayuda a educarlos».

Dice mientras mira con mirada afectuosa al hombre;

el cual, apoyado en la jamba, con una mano en la cadera, ha escuchado todo lo que ha dicho

su mujer, con una franca sonrisa en su rostro claro.

Y que ahora, al oír la memoria de sus méritos de soldado, rebosa complacencia.

Jesús aprueba:

–         Muy bien.

La disciplina de las armas no repugna a Dios, cuando se cumple con humanidad

el propio deber de soldado.

Todo consiste en ser siempre moralmente honestos, en todos los trabajos,

para ser siempre virtuosos.

Tu pasada disciplina, que ahora transfundes en tus hijos, te debe preparar

para incorporarte a un más alto servicio: el de Dios.

Ahora vamos a despedirnos.

Tengo el tiempo justo para llegar a Akcib antes de que se cumpla el ocaso.

Paz a ti, Ester y a tu casa.

Sed, dentro de poco, todos del Señor».

La madre y los hijos se arrodillan,

mientras Jesús alza la mano bendiciendo.

El hombre, como si de nuevo fuera el soldado de Roma ante su emperador,

se cuadra, saludando a la usanza romana, los soldados romanos, hacen el imperial,

Asu emperador…..

Y se ponen en marcha…

Después de unos metros, Jesús pone la mano en el hombro de Santiago:

Diciendo:

–         Una vez más aún, la cuarta de hoy…

Te hago la observación de que ésta no es una derrota, ni es ser expulsado, satirizado

o maldecido.

¿Qué dices ahora?

Santiago de Zebedeo, dice impetuosamente: .

–        Que soy un necio, Señor.

–        No.

Tú, como todos vosotros, sois todavía demasiado humanos.

El cristiano debe tener identidad de realeza con corazón de siervo. Y EL CORAJE DE UN GUERRERO…

Todas vuestras opciones son las propias de quien está más sujeto a humanidad que a espíritu.

El espíritu, cuando es soberano, no se altera ante cualquier soplo del viento,

que no siempre puede ser brisa perfumada…

Podrá sufrir, pero no se altera.

Yo oro siempre porque alcancéis esta soberanía del espíritu.

Pero vosotros me tenéis que ayudar con vuestro esfuerzo…

¡Bueno, este viaje ha terminado!

En él he sembrado lo necesario para prepararos el trabajo;

para cuando seáis vosotros los evangelizadores.

Ahora podemos iniciar el reposo sabático con la conciencia de haber cumplido nuestro deber.

Y esperaremos a los otros…

Luego proseguiremos… todavía… siempre…

hasta que todo quede cumplido…

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

354 LA MUJER CANANEA


354 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es una mañana invernal, donde el sol resplandece de forma maravillosa sobre las plantas

que lucen sus destellos dorados; pero no calienta los cuerpos.

sólo las ovejas, tienen sus abrigos esponjosos y muy blancos,

como el invierno que ya se despide, en los últimos vestidos de nieve…

iJudas Tadeo, entra en la cocina, donde la lumbre ya resplandece acogedora,

para calentar la leche y el lugar, que está un poco frío en estas primeras horas

de una bellísima mañana de finales de Enero;

bellísima, pero bastante punzante en su frío amanecer…

El viejo campesino Jonás, también entra en la cocina y al ver al apóstol,,

le pregunta:

–         ¿El Maestro está contigo?

.Tadeo le responde:

–         Habrá salido a orar.

Sale frecuentemente al alba, cuando sabe que puede estar solo.

Regresará pronto.

¿Por qué lo preguntas?

–        Lo he preguntado también a los otros, que se han desperdigado para buscarlo,

porque hay una mujer allí, con mi esposa.

Es una del pueblo de allende el confín con los fenicios.

La verdad no sabría decir cómo ha podido saber que está aquí el Maestro.

Pero lo sabe.

Y quiere hablar con Él. 

Tadeo afirma:

–        Bien.

Hablará con Él.

Quizás es la mujer que Él está esperando, con una hijita enferma.

O la habrá guiado aquí su espíritu.

–        No.

Está sola.

No tiene hijos consigo.

Los pueblos están tan cercanos… por eso la conozco…

Y el valle es de todos.

Yo, además, pienso que para servir al Señor no hace falta ser crueles con los vecinos,

si son fenicios.

Estaré equivocado, pero…

–        El Maestro también dice siempre que tenemos que ser compasivos con todos.

–        Él lo es, ¿No es verdad.

–        Lo es.

–        Me ha dicho Anás que también esta vez lo han tratado mal.

¡Mal, siempre mal!…

En Judea, en Galilea, en todos los lugares.

¿Por qué, me pregunto yo, Israel es tan malo con su Mesías?

Me refiero a los principales de Israel.

Porque el pueblo lo ama.

–         ¿Cómo sabes estas cosas?

–         Vivo aquí, lejos; pero soy un fiel israelita.

¡Basta ir para las fiestas de precepto al Templo, para saber todo lo bueno y todo lo malo!

Y el bien se sabe menos que el mal.

Porque el bien es humilde y no hace autoalabanza.

Deberían proclamarlo los que han sido agraciados.

Pero pocos son los agradecidos después de recibir una gracia.

El hombre acepta el beneficio y lo olvida…

El mal, sin embargo, toca fuerte sus trompetas y hace escuchar sus palabras incluso

a quienes no quieren oírlas.

¡Vosotros, sus discípulos, no sabéis cuánto abundan en el Templo las críticas

y acusaciones contra el Mesías!

Los escribas ya sólo tratan de esto en sus lecciones.

Yo creo que se han hecho un libro de lecciones sobre cómo acusar al Maestro.

Y de hechos que presentan como objetos de acusación verosímiles.

Y se necesita una conciencia muy recta, firme y libre;

para saber resistir y juzgar con cordura.

¿Él está al corriente de todas estas sucias maniobras?

–       De todas.

Y también nosotros, más o menos, las conocemos.

Pero Él no se intranquiliza, ni se detiene.

Continúa su obra,.

Y los discípulos o las personas que creen en Él aumentan cada día que pasa.

–        Dios quiera que perseveren hasta el final.

Pero el hombre es de pensamiento mudable.

Y débil…

Está viniendo el Maestro hacia la casa, con tres discípulos.

Y el viejo sale afuera, seguido por Judas Tadeo, para venerar a Jesús;

que, lleno de majestad, viene hacia la casa.

Jesús al verlo, lo saluda:

–        La paz sea contigo hoy y siempre, Jonás.

–        Gloria y paz contigo, Maestro, siempre.

–        Paz a ti, Judas.

¿Andrés y Juan no han vuelto todavía?

–         No.

Y no los he oído salir.

A ninguno.

Estaba cansado y dormía profundamente.

Jonás los invita:

–        Entra, Maestro.

Entrad.

El ambiente está fresco esta mañana.

En el bosque debía hacer mucho frío.

Ahí hay leche caliente para todos.

Y todos, excepto Jesús…

Están bebiendo la leche, mojando en ella unos recios trozos de pan,

cuando he aquí que llegan Andrés y Juan, junto con Anás, el pastor.

Andrés exclama al verlo:

–        ¡Ah! ¿Estás aquí?

Volvíamos para decir que no te habíamos encontrado… –

Jesús dirige su saludo de paz a los tres,

y añade:

–        Pronto.

Tomad vuestra parte y pongámonos en marcha.

Quiero estar, antes de que anochezca, al menos en las faldas del monte de Akcib.

Esta noche empieza el sábado.

El pastor pregunta perplejo:

–        ¿Y mis ovejas?

Jesús sonríe y responde:

–         Estarán curadas después de la bendición.

–        ¡Pero yo estoy a oriente del monte!

Tú vas hacia poniente para ir a ver a esa mujer…

—        Déjalo en manos de Dios y Él a todo proveerá.

Terminado el desayuno, los apóstoles suben por los talegos de viaje,

preparándose para partir.

–         Maestro…

¿No vas a escuchar a esa mujer que está allí?

–        No tengo tiempo, Jonás.

El camino es largo.

Y además Yo he venido para las ovejas de Israel.

Adiós, Jonás.

Que Dios te recompense por tu caridad.

Mi bendición a ti y a todos tus parientes.

Vamos.

El viejo, entonces, se pone a gritar con todas sus fuerzas:

–         ¡Hijos! ¡Mujeres!

¡El Maestro se marcha! ¡Venid!

Y como responde a la voz de la clueca que los llama una nidada de pollitos desperdigados

por un pajar, de todas las partes de la casa acuden mujeres y hombres,

ocupados en sus labores o todavía medio dormidos.

Y niños semidesnudos con su carita sonriente recién salida del sueño…

Se apiñan en torno a Jesús, que está en medio de la era.

Las madres envuelven en sus amplias faldas a los niños para protegerlos del aire frío.

O los estrechan entre sus brazos hasta que una criada llega con los vestiditos,

que enseguida son empleados.

Pero viene también una que no es de la casa.

Una pobre mujer que llora.

Se la ve abochornada.

Camina encorvada, casi arrastrándose.

Llegada cerca del grupo en cuyo centro está Jesús, se pone a gritar:

–        ¡Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David!

Mi hija vive malamente atormentada por el demonio, que le hace hacer cosas vergonzosas.

Ten piedad, porque sufro mucho y todos se burlan de mí por esto.

Como si mi hija tuviera la culpa de hacer lo que hace…

Ten piedad, Señor, Tú que lo puedes todo.

Alza tu voz y tu mano.

Y ordena al espíritu inmundo que salga de Palma.

Sólo tengo a esta criatura, y soy viuda…

¡Oh, no te vayas! ¡Piedad!…

Jesús, efectivamente, una vez que ha terminado de bendecir a cada uno de los componentes

de la familia, después de haber amonestado a los adultos por haber hablado de su venida. –

Ellos se disculpan diciendo:

«         ¡Créenos, Señor, no hemos hablado!» –

Jesús se marcha, inexplicablemente duro para con la pobre mujer, que se arrastra

sobre sus rodillas, tendidos los brazos en actitud de congojosa súplica, ,

mientras dice:

—       ¡Yo, yo te vi ayer cuando pasabas el torrente!

¡Y oí que te llamaban: “Maestro”.

He venido siguiéndoos, ocultándome

entre las matas.

Oía lo que iban diciendo éstos.

He comprendido quién Eres…

Y esta mañana, todavía de noche, he venido a ponerme aquí a la puerta como un perrito;

hasta que se ha levantado Sara y me ha invitado a entrar.

¡Señor, piedad! ¡Piedad de una madre y de una niña!

Pero Jesús camina ligero, sordo a toda apelación.

Los de la casa dicen a la mujer:

–       ¡Resígnate!

No te quiere escuchar.

Ya ha dicho que ha venido para los de Israel…

Pero ella se pone en pie desesperada.

Y al mismo tiempo llena de Fe,

y responde:

–        No.

¡Suplicaré tanto, que me escuchará!

Y se echa a seguir al Maestro suplicando a gritos sin parar.

Sus súplicas hacen que salgan a las puertas de las casas del pueblo, todos los que están

despiertos, los cuales, como los de la casa de Jonás, se ponen a seguir a la mujer

para ver en qué termina la cosa.

Los apóstoles, por su parte, se miran recíprocamente con estupor.

Y susurran:

–         ¿Pero por qué hace esto?

No lo ha hecho nunca!

Y Juan dice:

–        En Alejandrocena ha curado incluso a aquellos dos.

Tadeo responde:

–         Pero eran prosélitos.

¿Y esta a la que va a curar ahora?

El pastor Anás dice:

–       También es prosélito.

–       ¿Y cuántas veces ha curado también a gentiles o a paganos?

Andrés dice desconsolado:

–       ¿Y la niña romana, entonces?…

Andrés, que no logra tranquilizarse ante la dureza de Jesús hacia la mujer cananea.

Santiago de Zebedeo, exclama:

–        Yo os digo lo que pasa.

Lo que pasa es que el Maestro está indignado.

Su paciencia se acaba ante tantos asaltos de maldad humana.

¿No veis cómo ha cambiado?

¡Tiene razón!

De ahora en adelante se dedicará sólo a los que conoce convenientemente.

¡Y hace bien!

Mateo se queja:

–        Sí.

Pero mientras tanto, ésta viene aquí detrás de nosotros gritando.

Y la sigue una buena cola de gente.

Si quiere pasar inadvertido, ha encontrado la manera de llamar la atención,

hasta de los árboles…

Tadeo está indignado:

–        Vamos a decirle que la despida…

¡Fijaos aquí qué lindo cortejo tenemos a nuestras espaldas!

¡Si llegamos así a la vía consular, estamos frescos!

Y ésta, si no le dice que se marche, no nos deja…

Judas Tadeo muestra tanto su molestia, que se vuelve y conmina a la mujer:

–        ¡Cállate y vete!

Y lo mismo hace Santiago de Alfeo, solidario con su hermano.

Pero ella no se impresiona por las amenazas y órdenes.

Y sigue suplicando.

Mateo dice:

–        ¡Vamos a decirle al Maestro que la eche Él!

¡Dado que no quiere concederle lo que pide!

¡Así no se puede seguir!

Andrés susurra:

–        «¡Pobrecilla!»

Y Juan repite sin tregua: «No comprendo… no comprendo…».

Juan está confundido por el modo de actuar de Jesús.

Mas ya, acelerando el paso, han alcanzado al Maestro, que camina raudo,

como un perseguido.

Los apóstoles gritan:

–         ¡Maestro!

¡Dile a esa mujer que se vaya!

–       ¡Es un escándalo!

–        ¡Viene gritando detrás de nosotros!

–        ¡Nos señala ante todos!

El camino se va poblando cada vez más de gente…

Y muchos se ponen detrás de ella.

Los apóstoles protestan:

–       Dile que se marche.

Jesús dice tajante:

–        Decídselo vosotros.

Yo ya le he respondido.

–         No nos escucha.

–         ¡Díselo Tú, hombre! –

Y además severamente.

Jesús se detiene y se vuelve.

La mujer interpreta ello como signo de gracia; acelera el paso y alza el tono, ya agudo,

de la voz.

Su rostro palidece por la aumentada esperanza.

–        ¡Cállate, mujer!

Vuelve a casa.

Ya lo he dicho: “He venido para las ovejas de Israel”.

Para curar a las enfermas y buscar a las perdidas.

Tú no eres de Israel.

Pero la mujer ya está a sus pies y se los besa, adorándolo;

sujetándolo fuerte por los tobillos como si fuera una náufraga

que hubiera encontrado un escollo de salvación.

Y gime:

–        ¡Señor, ayúdame!

Tú lo puedes, Señor. Dale una orden al demonio, Tú que eres santo…

Señor, Señor, Tú eres el amo de todo: de la gracia y del mundo.

Todo está sometido a ti, Señor.

Yo lo sé. Lo creo.

Toma, pues, tu poder y úsalo para mi hija.

Jesús objeta:

—       No está bien tomar el pan de los hijos de la casa y arrojarlo a los perros de la calle.

–       Yo creo en Ti.

Creyendo, he pasado de ser perro de la calle a ser perro de la casa.

Ya te he dicho que he venido antes del alba a acurrucarme a la puerta de la casa,

donde estabas.

Y si hubieras salido, habrías tropezado sobre mí.

Pero has salido por el otro lado y no me has visto.

No has visto a este pobre perro lacerado, hambriento de Tu Gracia,

que esperaba entrar, arrastrándose, adonde Tú estabas, para besarte los pies así,

pidiéndote que no la arrojaras de tu presencia…

–        No está bien echar el pan de los hijos a los perros – repite Jesús.

–        Pero los perros entran en la habitación donde come el amo con sus hijos.

Y comen lo que cae de la mesa.

O los desperdicios que les dan los de la familia, lo que ya no sirve.

No te pido que me trates como a una hija, no te pido que me invites a sentarme a tu mesa;

¡Te suplico implorándote!

¡Te pido al menos las migajas…!

Jesús sonríe.

¡Cómo se transfigura su rostro con esta sonrisa de gozo!…

La gente, los apóstoles, la mujer, lo miran admirados…

Sintiendo que está para suceder algo.

Y Jesús dice:

–       ¡Oh, mujer!

¡Grande es tu fe!

Con tu fe consuelas mi espíritu.

Ve, pues, y te suceda como quieres.

Desde este momento, el demonio ha salido de tu hijita.

Ve en paz.

Y, de la misma forma que, como perro extraviado, has sabido querer ser perro de casa,

sabe ser hija en el futuro, sentada a la mesa del Padre.

Adiós.

–         ¡Oh! ¡Señor!

¡Señor! ¡Señor!…

Quisiera echarme a correr, para ver a mi Palma amada…

¡Quisiera estar contigo, seguirte!

¡Bendito! ¡Santo!

–         Ve, ve, mujer.

Ve en paz.

Y Jesús reanuda su camino, mientras la cananea, más ligera que una niña;

regresa corriendo por el mismo camino que había venido;

tras ella la gente, curiosa de ver el milagro…

Santiago de Zebedeo. pregunta:

–        ¿Pero, por qué, Maestro, la has hecho suplicar tanto; si luego la ibas a escuchar? 

Jesús responde:

–       Por causa tuya y de todos vosotros.

Esta no es una derrota, Santiago.

Aquí no me han expulsado, no se han burlado de Mí, no me han maldecido…

Sirva ello para levantar vuestro espíritu abatido.

Yo ya he recibido mi dulcísimo alimento.

Y bendigo a Dios por ello.

Y ahora vamos a ver a esta otra que sabe creer y esperar con Fe segura.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

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19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6

353 LOS HIJOS DEL TRUENO


353 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús va caminando por una zona muy montañosa.

No son montes altos, pero es un continuo subir y bajar de collados.

Y un fluir de torrentes (alegres en esta estación fresca y nueva;

límpidos como el cielo; niños como las primeras hojas, cada vez más numerosas,

sobre las ramas).

Mas, a pesar de que la estación del año sea tan bella y alegre, que podría aliviar el corazón,

no parece que Jesús esté muy aliviado de espíritu.

Y menos que Él lo están los apóstoles.

Caminan, muy callados, por el fondo de un valle.

Solamente pastores y greyes se presentan ante sus ojos.

Pero Jesús ni tan siquiera da muestras de verlos.

Lo que capta la atención de Jesús es el suspiro desconsolado de Santiago de Zebedeo.

Y sus improvisas palabras, fruto de un pensamiento amargo…

Santiago dice:

–         ¡Derrotas y más derrotas!…

Parecemos como malditos…

Jesús le pone la mano en el hombro: 

Y dice:

–          ¿No sabes que ése es el sino de los mejores?

–         ¡Sí, sí!

¡Lo sé desde cuando estoy contigo!

Pero, de vez en cuando sería necesario algo distinto.

Y antes lo teníamos, para confortar el corazón y la Fe…

–          ¿Dudas de mí, Santiago?

¡Cuánto dolor tiembla en la voz del Maestro!

–         ¡No, no!…

La verdad es que no es muy seguro el “no”.

–         Pero dudar, dudas.

¿De qué, entonces?

¿Ya no me amas como antes?

¿Ver que me echan de un lugar, que sencillamente  se burlan de Mí; 

que no me prestan atención en estos confines fenicios, ha debilitado tu amor?

Hay un llanto tembloroso en las palabras de Jesús…

A pesar de que no haya sollozos ni lágrimas: es verdaderamente su alma la que llora.

Santiago protesta:

–         ¡Eso no, Señor mío!

Es más, mi amor a Ti crece a medida que te veo menos comprendido;

menos amado, más postrado, más afligido.

Y, por no verte así, por poder cambiar el corazón a los hombres,

solícito daría mi vida en sacrificio.

Debes creerme.

No me tritures el corazón, ya tan afligido, con la duda de que piensas que no te amo.

Si no… Si no, romperé todos los cánones.

Volveré para atrás y me vengaré de los que te causan dolor,

para demostrarte que te amo, para quitarte esta duda.

Y, si me atrapan y me matan, no me importará lo más mínimo.

Me conformaré con haberte dado una prueba de amor.

–         ¡Oh, hijo del trueno!

¿De dónde tanta impetuosidad?

¿Es que quieres ser un rayo exterminador?

Jesús sonríe por la fogosidad y los propósitos de Santiago.

–         ¡Al menos, te veo sonreír!

Ya es un fruto de estos propósitos míos. ¿Tú que opinas, Juan?

¿Debemos llevar a cabo mi pensamiento para confortar al Maestro,

abatido por tantas reacciones contrarias?  

Juan responde apasionadamente:

–        ¡Sí, sí!

Vamos nosotros.

Hablamos de nuevo.

Y si lo vuelven a insultar, llamándolo rey de palabras, rey hazmerreír, rey sin dinero, rey loco;

repartimos palos a diestra y siniestra, para que se den cuenta de que el rey tiene también

un ejército de fieles y que estos fieles no permiten burlas.

La violencia es útil en ciertas cosas.

¡Vamos, hermano!

Le responde Juan está colérico: y no parece él mismo, porque siempre es dulce.

Jesús se mete entre los dos,

los aferra por los brazos para detenerlos,

y dice:

–         ¿Pero los estáis oyendo?

¿Y Yo qué he predicado durante tanto tiempo?

¡Sorpresa de las sorpresas!

¡Hasta incluso Juan, mi paloma, se me ha transformado en gavilán!

Miradlo, vosotros, qué feo está, tenebroso, hosco, desfigurado por el odio.

¡Qué vergüenza!

¿Y os asombráis porque unos fenicios reaccionen con indiferencia?

¿Y de que haya hebreos que tengan odio en su corazón?

¿Y de que unos romanos me conminen a marcharme?

¿Cuándo vosotros sois los primeros que no habéis entendido todavía nada?

¿Después de dos años de estar conmigo?

¿Cuándo vosotros os habéis llenado de hiel por el rencor que tenéis en el corazón?

¿Cuando arrojáis de vuestros corazones mi doctrina de amor y perdón?

¿Y la echáis afuera como cosa estúpida?

¿Y acogéis por buena aliada a la violencia?

¡Oh, Padre santo!

¡Esta si que es una derrota!

En vez de ser como gavilanes que se afilan rostro y garfas,

¿No sería mejor que fuerais ángeles que orasen al Padre,

para que confortara a su Hijo?

¿Cuándo se ha visto que un temporal beneficie con sus rayos y granizadas?

Pues bien, para recuerdo de este pecado vuestro contra la caridad, para recuerdo

de cuando vi aflorar en vuestra cara el animal-hombre en vez del hombre-ángel

que quiero ver siempre en vosotros, os voy a apodar “Los hijos del Trueno”.

Jesús está semiserio mientras habla a los dos inflamados hijos de Zebedeo.

Pero el reproche, al ver el arrepentimiento de ellos, pasa.

Y con cara luminosa de amor los estrecha contra su pecho,

diciendo:

–         Nunca más, feos de esta forma.

Y gracias por vuestro amor.

Y volviéndose hacia Mateo, Andrés y los dos primos hijos de Alfeo,

agrega:

Y también por el vuestro, amigos.

Venid aquí, que quiero abrazaros también a vosotros.

¿No sabéis que, aunque no tuviera nada más que la alegría de hacer la voluntad de mi Padre

y vuestro amor, sería siempre feliz, aunque todo el mundo me abofetease?

Estoy triste, mas no por Mí, por mis derrotas, como vosotros las llamáis.

Estoy triste por piedad hacia las almas que rechazan la Vida.

Bien, ahora estamos todos contentos, ¿No es verdad?

niños grandes, que es lo que sois.

Ánimo, entonces.

Id donde esos pastores que están ordeñando el rebaño.

Pedid un poco de leche en nombre de Dios.

Y al ver la mirada desolada de los apóstoles. 

añade:

No tengáis miedo.

Obedeced con Fe.

Recibiréis leche y no palos, aunque el hombre sea fenicio.

Y los seis se dirigen hacia el hombre indicado.

Mientras Jesús los espera en el camino.

Y ora, entretanto, este Jesús triste al que ninguno quiere…

Vuelven los apóstoles con un pequeño cubo de leche.

Y dicen:

–        Ha dicho el hombre que vayas allí, que tiene que decirte algo.

Y no puede dejar las cabras a los pastorcillos, porque son antojadizas e imprevisibles.

Jesús dice:

–          Vamos entonces allí, a comer nuestro pan.

Y suben todos a lo alto de la escarpa, desde donde se asoman, prominentemente,

las caprichosas cabras.

Cuando llegan,

Jesús dice:

–        Te agradezco la colodra de leche que me has dado.

¿Qué deseas de Mí?

–         Tú eres el Nazareno, ¿Verdad?

¿El que hace milagros?

–         Soy el que predica la Bienaventuranza eterna.

Soy el Camino para ir al Dios verdadero; la Verdad que se da; la Vida que os vivifica.

No soy el hechicero que hace prodigios.

Éstos son las manifestaciones de mi bondad y de vuestra debilidad, que tiene necesidad

de pruebas para creer.

Pero, ¿Qué deseas de mí?

–          Mira…

¿Hace dos días estabas en Alejandrocena?

–         Sí. ¿Por qué?

–          Yo también estaba, con mis cabritillos.

Cuando he comprendido que iba a producirse una riña, he desaparecido,

porque es costumbre suscitarlas para robar lo que hay en los mercados.

Son ladrones todos: los fenicios…

Y también los otros.

No debería decirlo, porque soy de padre prosélito y de madre siria.

Y yo mismo soy prosélito.

Pero es la verdad. Bien.

Volvamos a lo que estaba diciendo.

Me había metido en una caballeriza, con mis animales,

esperando a que llegara el carro de mi hijo.

Al atardecer, al salir de la ciudad, encontré a una mujer que lloraba con una hijita suya

en los brazos.

Había recorrido ochos millas para llegar a Ti, porque está fuera, en los campos.

Le pregunté que qué le sucedía.

Es prosélito. Había venido para vender y comprar.

Había oído hablar de Ti, y le había nacido la esperanza en el corazón.

Había ido corriendo a casa, había tomado en brazos a la niña.

¡Pero con un peso se camina despacio!

Cuando llegó a los almacenes de los hermanos, ya no estabas.

Ellos, los hermanos, le dijeron: “Lo han echado.

Pero ayer por la tarde nos dijo que haría de nuevo un alto en Tiro”.

Yo – también yo soy padre – le dije: “Pues entonces ve a Tiro”.

Pero ella me respondió: “¿Y si, después de todo lo que ha sucedido, pasa por otros caminos

para volver a Galilea?”. Le dije: “Mira. O ese confín o el otro.

Yo pastoreo entre Rohob y Lesemdán,

justamente en el camino que hace de confín entre aquí y Neftalí.

Si lo veo, se lo digo; palabra de prosélito”.

Y te lo he dicho.

–        Y que Dios te recompense por ello.

Iré a ver a esa mujer.

Tengo que volver a Akcib.

–         ¿Vas a Akcib?

Entonces podemos ir juntos, si no desdeñas a un pastor.

—         No desdeño a nadie.

Por qué vas a Akcib?

–        Porque allí tengo los corderos.

A no ser que… ya no los tenga…

–        ¿Por qué?

–         Porque hay una enfermedad…

No sé si ha sido una hechicería o qué.

Sé que mi lindo rebaño se me ha enfermado.

Por eso he traído aquí las cabras, que están todavía sanas; para separarlas de las ovejas.

Aquí estarán con dos hijos míos.

Ahora están en la ciudad, para hacer las compras.

Vuelvo allá… para ver morir a mis lindas ovejas lanosas…

El hombre suspira…

Mira a Jesús y se disculpa:

–        Hablarte a Ti, siendo quien Eres, de estas cosas.

Y afligirte, estando ya afligido de cómo te tratan, es una necedad.

Pero las ovejas son afecto y dinero, ¿Sabes?,

Para nosotros…

–         Comprendo.

Pero se pondrán buenas.

¿No las has llevado a que las vea un médico rural?

–        Todos me han dicho lo mismo: “Mátalas y vende sus pieles.

No hay otra posibilidad” e incluso me han amenazado si las saco…

Tienen miedo de que las suyas se contagien la enfermedad.

Así que las tengo que tener encerradas…

Y aumenta la mortalidad.

Son malos los de Akcib…, ¿Sabes?  

Jesús dice simplemente:

–        Lo sé.

–       Yo digo que me las han embrujado…

–        No.

No creas esas historias…

¿En cuanto vengan tus hijos te pones en marcha?

–        Inmediatamente.

De un momento a otro llegarán.

¿Éstos son tus discípulos?

¿Son sólo éstos?

–         No.

Tengo otros más.

–         ¿Y por qué no vienen aquí?

Una vez, cerca de Merón, me encontré con un grupo de ellos.

A la cabeza del grupo había un pastor.

Decía serlo.

Uno alto, fuerte, de nombre Elías.

Fue en Octubre, me parece.

Antes o después de los Tabernáculos.

¿Ahora te ha abandonado?

–         Ningún discípulo me ha abandonado.

–         Me habían dicho que…

–          ¿Qué te habían dicho?

–         Que Tú… que los fariseos…

En fin, que los discípulos te habían abandonado por miedo.

Y porque Tú eras un..

Jesús completa la palabra que el pastor calla: .

—        Demonio.

Dilo tranquilamente.

Lo sé.

Doble mérito para ti, que crees igualmente.

–         ¿Y por este mérito no podrías?…

Quizás estoy pidiendo una cosa sacrílega…

–          Dila.

Si es una cosa mala, te lo digo.

Se le ve lleno de ansiedad al hombre…  

Cuando pide:

–        ¿No podrías, al pasar, bendecir a mi rebaño? –

Jesús sonríe al decir:

–        Bendeciré a tu rebaño.

A éste… –

Y Jesús levanta  la mano bendiciendo a las cabritas desperdigadas,..

Y al de las ovejas.

–         ¿Crees que mi bendición las salvará?

–         De la misma forma que salvas a los hombres de las enfermedades,

podrás salvar a los animales.

Dicen que eres el Hijo de Dios.

Las ovejas las ha creado Dios.

Por tanto son cosas del Padre. Yo… no sabía si era una cosa respetuosa el pedírtelo.

Pero, si se puede, hazlo, Señor. 

Y llevaré al Templo grandes ofrendas de alabanza; mejor: te lo doy a Ti, para los pobres,

creo que será mejor.

Jesús sonríe y calla.

Llegan los hijos del pastor.

Poco después, Jesús con los suyos y el viejo se ponen en marcha.

Dejan a los pastorcillos jóvenes custodiando las cabras.

Caminan raudos porque quieren llegar pronto a Quedes,

para dejarla también enseguida, con intención de tomar la vía que del mar va hacia el interior.

Debe ser la misma que recorrieron yendo a Alejandrocena,

la que se bifurca a los pies del promontorio.

Al parecer, por lo que conversan el pastor y los discípulos.

Jesús va adelante, solo.

Santiago de Alfeo, comenta: .

–         ¿No nos encontraremos con otros problemas?

El hijo del pastor responde:

–          Quedes no depende de aquel centurión.

Está fuera de los confines fenicios.

A los centuriones basta con no pincharlos y se desinteresan de la religión.

–         Y además no nos vamos a detener...

–         ¿Vais a aguantar más de treinta millas en un día? –

–         ¡Sí, hombre!

¡Somos peregrinos perpetuos!

Caminan ininterrumpidamente…

Llegan a Quedes.

La atraviesan sin ningún contratiempo.

Toman la vía directa.

En el mojón está indicada Akciba.

El pastor lo señala diciendo:

–        Mañana llegaremos.

Esta noche venís conmigo.

Conozco labriegos de estos valles, pero muchos están dentro de los confines fenicios…

¡Bueno!, Pues pasaremos los confines.

Seguro que no nos van a descubrir inmediatamente…

¡Lo que es la vigilancia!…

¡Mejor sería que vigilasen a los bandidos!…

El sol declina.

 Y los valles ciertamente no contribuyen a mantener la luz,  menos aún siendo boscosos.

Pero el pastor conoce muy bien la zona y va seguro.

Llegan a un poblado muy pequeño, verdaderamente solo un puñado de casas.

–        Vamos a ver si nos dan posada.

Aquí son israelitas.

Estamos justamente en los confines.

Si no nos reciben, vamos a otro pueblo, que es fenicio.

–       No tengo prejuicios, hombre.

Llaman a una casa.  

Una mujer muy anciana, abre la puerta,

y los recibe:

–         ¿Tú, Anás?

¿Con amigos?

Ven, ven, y que Dios sea contigo.

Entran en una amplia cocina alegrada por una lumbre.

Alrededor de la mesa está reunida una numerosa familia de todas las edades,

pero que hace sitio amablemente a los que de improviso acaban de llegar.

El pastor los presenta:

–         Éste es Jonás.

Ésta es su esposa, y sus hijos y nietos y nueras.

Una familia de patriarcas fieles al Señor.

Anás a Jesús.

Y luego, volviéndose hacia el anciano Jonás:

–       «Y éste que está conmigo es el Rabí de Israel, al que deseabas conocer.

El anciano Jonás responde:

–         Bendigo a Dios por ser hospitalario y por tener sitio esta noche.

Y, pidiendo bendición, bendigo al Rabí que ha venido a mi casa.

Anás explica que la casa de Jonás es casi una posada para los peregrinos,

que del mar van hacia el interior.

Se sientan todos en la caliente cocina.

Las mujeres sirven a los recién llegados.

El respeto que hay es tal, que incluso paraliza.

Pero Jesús resuelve la situación rodeándose, nada más terminar la cena,

de los muchos niños presentes.

E interesándose por ellos, los cuales en seguida fraternizan.

Detrás de ellos, durante el breve espacio de tiempo que separa la cena del descanso,

encuentran valor los hombres de la casa y narran lo que han sabido del Mesías,

y preguntan cosas nuevas.

Jesús, benigno, rectifica, confirma, explica, en serena conversación,

hasta que peregrinos y familiares se van a descansar, tras haberlos bendecido Jesús a todos.

Nota importante:

Se les suplica incluir en sus oraciones a una ovejita que necesita una cirugía ocular,

para no perder la vista.

Y a un corderito, de nuestro grupo de oración, un padre de familia joven,

que necesita una prótesis de cadera, para poder seguir trabajando por ellos.

¡Que Dios N.S. les pague vuestra caridad….!

Y quién de vosotros quiera ayudarnos,

aportando una donación económica; para este propósito,

podrán hacerlo a través de éste link

https://paypal.me/cronicadeunatraicion?locale.x=es_XC

19. que nosotros tenemos como segura y sólida ancla de nuestra alma, y = que penetra hasta más allá del velo, =Hebreos 6