662 La Carne y la Sangre


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

490 En el campo de los Galileos con sus primos apóstoles y encuentro con el levita Zacarías.

Jesús dice:

–             Tadeo y Santiago, venid conmigo.

A los dos hijos de Alfeo no hay que repetírselo.

Se levantan inmediatamente y salen con Jesús…

De una casita de un arrabal situado al sur de Jerusalén, donde los hospedan hoy.

Santiago pregunta:

–                  ¿A dónde vamos, Jesús?

Jesús responde:

–              Al Monte de los Olivos, a saludar a los galileos.

Caminan un rato hacia Jerusalén.

Pasan muy cerca de unas pequeñas colinas donde hay casas solariegas entre el verde.

Cortan el camino que va a Bethania y a Jericó.

Y el que está más al sur, que termina entre Tofet y Siloán.

Dan la  vuelta por detrás a otra colina, que ya es estribación del Monte de los Olivos.

Cortan el otro camino que lleva directamente a Bethania desde el Monte de los Olivos.

Y por un camino secundario que va entre olivos, suben al campo de los Galileos;

donde las tiendas son mucho menos numerosas.

Quedando como recuerdo del agolpamiento, ramajes arrojados al suelo ya deslucidos,

restos de hogares rudimentarios que han dejado hierba chamuscada, cenizas y palos carbonizados;

morralla: lo que siempre queda donde hubo gente acampada.

La temporada fría y precozmente lluviosa ha acelerado la partida de los peregrinos.

También ahora se están poniendo en camino caravanas de mujeres y niños.

Los hombres, especialmente los vigorosos, se han quedado todavía para terminar la fiesta.

Los galileos que creen en el Señor han debido ser avisados, quizás por algún discípulo.

Están todos.

Nazaret está presente con los dos discípulos:

con Alfeo y aquel a quien Jesús perdonó después de la muerte de su madre…

Y con algún otro.

No están José ni Simón de Alfeo.

Pero no faltan otros…

Entre los cuales el arquisinagogo de Nazareth,

que se muestra visiblemente apurado al saludar con deferencia a Jesús,

después de haberle puesto tantos obstáculos.

Pero se ayuda diciendo que los parientes de Jesús están hospedados en casa,

de «ese amigo que sabes»

por razón de los niños, que sufrían con el viento de la noche.

Caná está presente, con el marido de Susana, su padre y otros.

Así Naím, con su resucitado y otros más.

Belén de Galilea, con muchos vecinos.

Las ciudades occidentales del lago, con sus moradores…

Jesús, pasando entre ellos;

acariciando a los niños que todavía están ahí…

Saluda:

–              ¡La paz a vosotros!

¡La paz a vosotros!

Sobretodo a sus pequeños amigos de los lugares galileos.

Escucha a Jairo, que le refiere lo mucho que sintió el no haber estado la última vez.

Jesús se informa sobre si la viuda de Afeq se ha establecido en Cafarnaúm.

Y si ha aceptado al huérfano de Yiscala.

Jairo dice:

–              No sé, Maestro.

Quizás yo ya me había marchado…

Un ciudadano de Cafarnaúm, informa:

–            Sí, sí.

Ha venido una mujer que da mucha miel y muchas caricias a los niños.

Y fíjate, hace tortas.

Aquellos niños que iban a donde estabas Tú, van siempre donde ella a comer.

El último día nos mostró un niñito muy pequeño.

Ha comprado dos cabras para la leche.

Nos ha dicho que es el hijo del Cielo y del Señor.

No vino a la fiesta como quería, porque no podía llevar consigo a un niño tan pequeño.

Nos dijo a nosotros, que te dijéramos que lo querrá con justicia y que te bendice.

Los niños de Cafarnaúm gorjean como gorrioncillos alrededor de Jesús,

orgullosos de saber ellos, lo que ni siquiera el arquisinagogo sabe.

Y de verse ellos, haciendo de embajadores ante el Maestro bueno,

que los escucha con la atención con que escucharía a los adultos…

Y que responde:

–             Vosotros le diréis que Yo también la bendigo y que quiera a los niños por Mí.

Y vosotros queredla;

No os aprovechéis porque sea buena.

No la queráis sólo por la miel y las tortas, sino porque es buena.

Tan buena, que ha comprendido que quien ama en mi Nombre a un niño, me hace feliz.

E imitadla todos, ya seáis pequeños, ya seáis adultos;

pensando siempre que aquel que recibe a un niño en mi Nombre,

tiene su sitio señalado en el Cielo.

Porque si la misericordia siempre recibe premio…

Aunque fuere un solo vaso de agua dado en mi Nombre,

la que se practica con los niños salvándolos no sólo del hambre, de la sed, del frío;

sino también de la corrupción del mundo.

Es infinitamente premiada…

He venido a bendeciros antes de que os marchéis.

Llevaréis mi bendición a vuestras mujeres, a vuestras casas…

–               Pero…

¡No vas a volver donde nosotros, Maestro?

–               Volveré…

Pero no ahora.

Después de Pascua…

–               ¡Si estás tan seguro…

También te te olvidarás de la promesa!…

–               No temáis.

Antes podrá dejar de resplandecer el Sol que Jesús olvidarse de quien espera en Él.

Varias personas de diferentes lugares,

dicen:

–               ¡Será un tiempo largo!…

–               ¡Y triste!

–               Si enfermamos…

–               Si desciende la muerte a nuestras casas…

–               ¿Quién nos ayudará?

Jesús les responde:

–             Dios.

El está con vosotros, si permanecéis en Mí con vuestra voluntad.

–             ¿Y nosotros?

Hace poco que creemos en Ti.

Lo confesamos.

¿No tendremos ayuda, entonces?

Pero ahora que te hemos visto hacer milagros…

Y te hemos oído hablar en el Templo…

¡Te creemos,..!

–                  Esto me es motivo de gran gozo…

Porque el que mis coterráneos vayan por el camino de la Salud es mi más ardiente deseo.

–                 ¿Nos amas así?

¡Pero nosotros durante mucho tiempo te hemos escarnecido!…

–                Es pasado.

Ya no existe.

Sed fieles en el futuro.

Y en verdad os digo que tanto en la Tierra como en el Cielo, está borrado vuestro pasado.

–               ¿Vas a estar con nosotros?

Compartiremos el pan como muchas veces en Nazaret, cuando éramos todos iguales.

Los sábados descansábamos en los olivares:

O cuando Tú eras sólo Jesús y venías con nosotros…

Cómo nosotros íbamos a Jerusalén para las fiestas…

Hay añoranza y deseo de los tiempos pasados en la voz de los nazarenos que se han convencido.

–                Quería ir donde José y Simón.

Pero iré después.

Todos sois para mí hermanos en Dios.

Y para Mí tiene más valor el espíritu y la fe,

que la carne y la sangre…

Porque estos últimos perecen;

mientras que los otros son inmortales.

661 El Vendaval


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

489a En Nob. 

Jesús termina de hablar.

Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte…

En el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto,…

Que los árboles crujen temiblemente.

La gente se ve obligada a retirarse a las casas.

Cuando ya se han dispersado, Jesús entra de nuevo en la casa.  

Cuya puerta se cierra, para evitar el vendaval.

Apareciendo de detrás de la albarrada, entra en el huerto, llamando a la puerta cerrada. 

Son Matías, seguido por Mannahém y Timoneo.  

Jesús mismo sale a abrir.

Señalando a los dos que se han quedado acobardados en el umbral del huerto

y no se atreven a levantar la cara para mirar a Jesús,

Matías dice: 

–               ¡Maestro, aquí los tienes!… 

Mientras cierra la puerta, para dar a entender a los de dentro que no salgan a curiosear.

Sale al huerto.

Y va hacia los dos, con los brazos ya abiertos para el abrazo…

Mientras Jesús dice: 

–               ¡Mannahém!

¡Timoneo!

¡Amigos míos! 

Los dos levantan la cara, tocados por el amor trémulo en la voz del Maestro;

le ven la cara y los ojos, henchidos de amor.

Y su miedo desaparece…

Se echan a correr hacia Él,

con un grito ronco de llanto:

–               ¡Maestro! 

Caen a sus pies, le abrazan los tobillos y besan sus pies desnudos…

Bañándolos de lágrimas. 

Jesús les dice: 

–               ¡Amigos míos!

No ahí.

Aquí, en mi corazón.

¡Os he esperado mucho!

¡Y os he comprendido mucho!

¡Vamos!…

Y trata de ponerlos de pie. 

Ellos, llorando suplican: 

–              ¡Perdón!

–               ¡Perdón!…

–               No nos lo niegues, Maestro.

–               ¡Hemos sufrido mucho!

–               Lo sé.

Pero, si hubierais venido antes…

Antes os hubiera dicho:

«Os quiero».

Timoneo es el primero que habla, levantando un rostro interrogativo,

mientras pregunta: 

–              ¿Nos quieres?

¿Maestro?

¿Cómo antes? 

–               Más que antes… 

Porque ahora estáis curados de todo lo humano, en vuestro amor por Mí. 

Mannahém, como movido por un resorte, se pone en pie.

Ya no resiste, se arroja al pecho de Jesús.

Timoneo hace lo mismo… 

Los dos, diciendo: 

–               ¡Es verdad!

–               ¡Oh, Maestro mío! 

–              ¿Veis lo bien que se está aquí?

¿No es mejor aquí que en un pobre palacio?

¿Dónde se me podrá tener más y más poderoso, dulce, rico de tesoros sin fin;

sino allí donde se me tiene como Salvador, Redentor, Rey espiritual, Amigo amoroso?

–              ¡Es verdad!

–              ¡Es verdad!

–              ¡Oh!

¡Nos habían seducido!

–              ¡Y nos parecía que te honrábamos y que era justa su idea!

–              No penséis ya más en ello.

Ha pasado.

Pertenece al pasado.

Dejad que el tiempo, fluyendo veloz como el torbellino que nos choca, lo lleve lejos…

Lo disuelva para siempre…

Pero, vamos a entrar en casa.

No es posible seguir aquí…

Es verdaderamente un torbellino lo que arremete contra el pueblo desde el norte.

Ramas que se tronchan;

tejas que vuelan;

algún antepecho inseguro de las terrazas de los techos que cae con fragor.

El nogal y el manzano se tuercen como si quisieran descuajarse del suelo.

Entran en casa y los cuatro apóstoles miran sorprendidos,

el rostro aún húmedo de lágrimas de los dos discípulos,

que contrasta con la sonrisa que también muestran.

Pero no dicen nada.

El anciano Juan, dice: 

–              Alguna catástrofe se está preparando.

Pedro agrega: 

–              Sí.

No sé qué van a hacer los que están todavía en las cabañas… 

El viento es tan fuerte; 

que las llamitas de una lámpara de tres boquillas, encendida para iluminar la habitación cerrada,

vacilan, a pesar de que las puertas estén bien cerradas.

Con el estrépito del viento, que continuamente aumenta y golpea la casa con tierra y detritos…

Tanto que parece que cayera un granizo menudo…

Se mezclan gritos de mujeres, cada vez más cercanos;

son esposas asustadas, madres angustiadas:

–               ¡Nuestros maridos!

–               ¡Nuestros hijos!

–               Están en camino.

–               Tenemos miedo.

–              Se ha derrumbado una pared de la casa abandonada…

–             ¡Señor!

–             ¡Jesús!

–             ¡Piedad!».

Jesús se pone en pie;

apenas puede abrir la puerta que el viento comprime con toda su violencia.

Algunas mujeres, curvadas para resistir el viento…

Una verdadera tromba de aire bajo un cielo terrorífico…

Gimen echando hacia delante los brazos.  

Jesús dice: 

–              Entrad.

¡No temáis!

Mira al cielo y a los árboles ya próximos a quebrarse.  

Tadeo grita: 

–              Entra, Jesús!

¿Ves cómo se rompen las ramas y caen tejas?

No es prudente estar afuera. 

Pedro sentencia: 

–                ¡Pobres olivos!

Esto es granizo.

Donde caiga se pueden despedir de recoger. 

Jesús no entra.

Es más, sale del todo, en medio del torbellino;

que le retuerce la túnica y le levanta los cabellos.

Abre los brazos, ora…

Y luego ordena:

–               ¡Basta!

¡Lo quiero! 

Jesús vuelve a la casa.

El viento, después de un último mugido, cesa de golpe.

Es impresionante el silencio que reina, después de tanto fragor.

Es tal, que a las puertas o ventanas de las casas se asoman caras asombradas.

Quedan las señales del huracán:

hojas, ramas quebradas, telas hechas jirones.

todo está en calma.

El firmamento responde a la tierra, que ya no está agitada,

aligerándose de nubes que de negras pasan a ser claras y se esparcen sin causar daño.

Antes al contrario, dejan éstas caer una salpicadura de agua

que termina de purificar el aire enturbiado por tanta tierra.

–                ¿Pero que ha sucedido?

–                ¿Así ha terminado?

–               ¿Parecía el fin…

Y ahora viene la calma?

Voces que preguntan, de una casa a otra.

Las mujeres que habían corrido hacia Jesús, ahora corren hacia afuera. 

Diciendo: 

–             ¡El Señor! 

–             ¡El Señor está con nosotros!

–             ¡Ha hecho el milagro!

–            ¡Ha detenido el viento!

–              ¡Ha roto las nubes!

–              ¡Hosanna!

–            Hosanna’.

–              ¡Alabanza al Hijo de David!

–                 ¡Paz!

–                 ¡Bendición!

–              ¡Cristo está con nosotros!

–              ¡Con nosotros está el Bendito!

–               ¡El Santo!

–               ¡El Santo!

–               ‘El Santo’

–                  ¡El Mesías está con nosotros!

–                  ¡Aleluya!


Todos los habitantes del pueblo salen a la calle, los reales y los ocasionales…

(o sea, apóstoles y discípulos que acuden todos, a la casita donde está Jesús).

Todos quieren besarlo, tocarlo, ensalzarlo.

–                  ¡Alabad al Señor Altísimo.

Él es el Amo de los vientos y las aguas.

Si ha escuchado a su Hijo, ha sido para premiar vuestra fe y amor para con Él.

Y querría despedirlos.

Pero ¿Quién calma a un pueblo que está de fiesta, agitado por un milagro manifiesto?

Especialmente, si es un pueblo lleno de mujeres.

Los esfuerzos de Jesús son vanos.

Él sonríe paciente…

Mientras el anciano que le da hospedaje,

le lava con sus lágrimas la mano izquierda y se la llena de besos.

Llegan los primeros hombres de regreso de Jerusalén, jadeantes, asustados.

Temen alguna qué catástrofe.

Ven al pueblo de fiesta. 

Y preguntan: 

–                ¿Qué pasa?

–               ¿Qué ha pasado?

–              ¿Pero no habéis tenido una borrasca?

–              Desde el monte se veía desaparecer a la ciudad, tras nubes de polvo.

–               Creíamos que se hubiera venido abajo.

¡Y aquí todo está en pie!

–               ¡El Señor!

–               ¡El Señor!

Ha venido a tiempo de salvarnos de la destrucción.

–                Sólo la casa maldita se ha derrumbado.

–                Y alguna teja con alguna rama.

–               ¿Y vosotros?

–              ¿Qué ha sucedido en Jerusalén?

Las preguntas y las respuestas se cruzan.

Pero los hombres se abren paso para ir a venerar al Salvador.

Luego explican que había miedo en la ciudad por la borrasca inminente.

Que todos huían de las cabañas hacia las casas.

Los dueños de los olivos lloraban ya su recolección…

Cuando de repente, el viento se ha calmado;

el cielo se ha aclarado con poca lluvia…

De modo que toda la ciudad se ha quedado asombrada.

Y dado que la fantasía trabaja inmediatamente en ciertos casos…

Los hombres refieren que, mientras la gente huía;

muchos que habían estado en el Templo los días antes,

viendo que el Moriah era el más embestido por las ráfagas,

tanto que el viento había volcado los bancos de los cambistas

y había habido daños en la casa del Pontífice…

Decían que era el castigo de Dios por los insultos contra su Mesías.

Y más, más y más…

Llegan otros hombres y la narración toma más colorido.

Casi haciéndose más apocalíptica que la narración del Viernes Santo…

660 El Canto de Simeón


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

489 Parábola del rey no comprendido por sus súbditos. 

Nob es un pueblo recogido, bastante cuidado.

Los habitantes están en las casas porque hace mucho viento.

Pero, cuando los discípulos van a advertir que está Jesús,

todas las mujeres, niños y viejos;

a quienes la edad ha obligado a quedarse en el pueblo.

se arremolinan en torno a Jesús, que se ha detenido en la placita principal.

El pueblo, al estar en un alto, tiene aire y luz incluso en este día lóbrego.

Y la vista se extiende:

al sur hacia Jerusalén;

al norte hacia Rama…

(Rama está escrito en un poste, con la indicación de la distancia).

La gente está muy emocionada.

¡Haber pasado a ser los que dan hospedaje al Señor,

es para ellos una cosa tan nueva y conmovedora!…

Un viejo, un verdadero patriarca, lo dice por todos.

Y las mujeres, con la cabeza, asienten, asienten.

Acostumbrados a ser aplastados por la soberbia sacerdotal y farisaica, se muestran temerosos…

Pero Jesús los pone enseguida a sus anchas,

tomando en brazos a una niñita que da sus primeros pasitos,

acariciando al anciano,

diciendo:

–               ¿No me habíais visto todavía?

El anciano patriarca responde:

–              Desde lejos…

Pasar por el camino…

Algún hombre, en el Templo.

Pero para nosotros, que estamos tan cerca de la ciudad;

es aún más difícil obtener lo que otros consiguen viniendo de lejos.

–              Es siempre así, padre.

Lo que parece facilitar las cosas las hace difíciles,

porque todos se apoyan en la idea de que es fácil.

Pero ahora nos conoceremos.

Retírate, padre.

El otoño desata sus vientos, que no son propicios a los patriarcas.

–              ¡Si me he quedado sólo!

Los días ya no tienen valor para mí…

Una mujer explica:

–             Su hija se ha casado  y se ha marchado lejos.

La mujer se le murió en las Encenias.

Una viejecita dirigiéndose al anciano,

le dice:

–               Juan, no debes hablar así…

Hoy que tienes al Rabí contigo.

¡Lo deseabas mucho!

El anciano pregunta:

–               Es verdad.

Pero…

Tú eres el Mesías…

¿No es verdad?

–               Sí, padre.

–              Y entonces…

¿Qué más puedo desear, ahora que lo he visto…

Y veo cumplida la promesa hecha a Abraham?

Un anciano – entonces el anciano era él- profirió un canto un día en el Templo.

Yo estaba porque ese día mi Lía se purificaba de su único parto y yo estaba al lado de ella.

Antes de nosotros había cumplido el rito,

Una que era poco más que niña…

Un anciano profirió este canto, besando al Hijo de la Jovencita:

«Ahora deja, ¡Oh Señor! que tu siervo se marche en paz;

porque mis ojos han visto al Salvador».

Aquel Recién Nacido eras Tú, entonces.

¡Oh, dichoso yo!

En aquel momento oré al Señor diciendo:

«Haz que yo también pueda morir después de haberlo conocido».

Ahora te conozco.

Estás aquí.

La mano del Señor está apoyada en mi cabeza.

Su voz me ha hablado.

El Eterno me ha escuchado.

¿Y qué diré, sino las palabras del anciano Simeón, docto y justo?

Las digo:

«¡Deja ¡Oh Señor! que tu siervo se marche en paz;

porque mis ojos han conocido a tu Cristo!»

Una mujer le dice:

–             ¿No quieres esperar a ver su Reino?

–              No, María.

Las fiestas no son para los viejos.

Y yo no creo lo que la mayoría dice.

Recuerdo las palabras de Simeón…

Prometió una espada en el corazón de aquella Muchacha,

porque no todo el mundo amará al Salvador…

Dijo que ruina o resurrección vendrían a muchos por Él…

Y tenemos a Isaías…

Y a David…

No.

Prefiero morir y esperar su gracia desde allá…

Y desde allá, a su Reino…

–              Padre, tú ves mejor que los jóvenes.

Mi Reino es el de los Cielos.

Pero para ti mi venida no significa ruina, porque sabes creer en Mí.

Vamos a tu casa.

Yo permanezco contigo.

Y Jesús guiado por el viejo, va a una casita blanca situada en un caminito entre huertos,

que se desnudan de hojas por la violencia del viento.

Y entra con Pedro, los dos hijos de Alfeo y Juan.

Los demás se distribuyen por las otras casas…

Para, pasado un rato, regresar y abarrotar la casita, el huerto, la terraza del tejado…

hasta el punto de que se suben a una albarrada baja que separa de la calle un lado del huerto.

A un nogal grande…

Y a un manzano robusto cuanto el primero;

sin preocuparse del viento, que sigue aumentando y levanta mucho polvo.

Quieren oír a Jesús.

Jesús hace un poco de tiempo.

Permaneciendo en el umbral de la cocina,

de forma que la voz se esparza dentro y fuera de la casa…

Hasta que empieza a hablar:

–                Un rey poderoso, cuyo reino era muy vasto, quiso ir un día a visitar a sus súbditos.

Vivía en un excelso palacio desde el que por medio de sus servidores y mensajeros,

enviaba sus órdenes y mercedes a los súbditos.

Los cuales por eso, sabían que existía y conocían el amor que tenía por ellos

y conocían sus propósitos.

Pero, de ninguna manera, conocían su persona, su voz ni su lenguaje.

En una palabra, sabían que existía y que era su Señor, pero nada más.

Y como a menudo sucede, por este hecho, muchas de sus leyes y mercedes sufrían variación,

por mala voluntad o por incapacidad de comprenderlas;

tanto que esto perjudicaba los intereses de los súbditos y los deseos del rey,

que quería que fueran felices.

Él se veía obligado a castigarlos alguna vez…

Y al hacerlo, sufría más que ellos.

Mas los castigos no producían mejora.

Dijo entonces:

«Iré yo.

Les hablaré directamente.

Me daré a conocer.

Me amarán, me seguirán mejor y serán felices».

Y dejó su excelsa morada para ir con su pueblo.

Mucho estupor causó su llegada.

El pueblo sufrió una fuerte impresión, se agitó:

Quién con júbilo, quién con terror, quién con ira, quién con desconfianza, quién con odio.

El rey paciente, sin cansarse nunca, se puso a tratar tanto con los que lo querían,

como con los que le temían y con los que lo odiaban.

Se puso a explicar su ley, escuchó a sus súbditos, los favoreció, los soportó.

Y muchos acabaron queriéndolo, no evitándolo por su excesiva grandeza;

algunos, pocos, dejaron también de desconfiar y de odiar.

Eran los mejores.

Pero muchos siguieron siendo lo que eran, pues no tenían en sí buena voluntad.

Mas el rey, que era muy sabio, soportó también esto,

refugiándose en el amor de los mejores como premio a sus fatigas.

Pero, ¿Qué es lo que sucedió?

Pues sucedió que incluso entre los mejores, no todos lo comprendieron.

¡Venía de tan lejos!

¡Su lenguaje era tan nuevo!

¡Lo que quería era tan distinto de lo que querían los súbditos!

Y no fue comprendido por todos…

Es más, algunos le causaron dolor.

Y con el dolor perjuicio.

O al menos corrieron el riesgo de procurárselo, por comprenderlo mal.

Y cuando se dieron cuenta de que le habían causado dolor y perjuicio;

huyeron de su presencia desolados.

Y temiendo su palabra, no volvieron a acercarse a él.

Pero el rey había leído en sus corazones…

Y todos los días los llamaba con su amor,

oraba al Eterno que le concediera encontrarlos de nuevo para decirles:

«¿Por qué me teméis?

Es verdad.

Vuestra incomprensión me ha causado dolor;

pero la he visto sin malicia, fruto solamente de una incapacidad para comprender mi lenguaje,

tan distinto del vuestro.

Lo que me causa dolor es vuestro temor hacia mí.

Ello me dice que no sólo no me habéis comprendido como rey.

Sino que tampoco como amigo.

¿Por qué no venís?

Volved, pues.

Lo que la alegría de amarme no os había hecho comprender,

os lo ha esclarecido el dolor de haberme causado dolor.

¡Oh, venid, venid amigos míos!

No aumentéis vuestro desconocimiento estando lejos de mí;

vuestras brumas escondiéndoos;

vuestras amarguras impidiéndoos a vosotros mismos mi amor.

¿Veis?

Sufrimos tanto yo como vosotros estando separados.

Yo más que vosotros todavía.

Venid, pues, y alegrad mi corazón».

Así quería hablar el rey.

Y así habla.

Y Dios también habla así a aquellos que pecan.

Así habla el Salvador a aquellos que hayan podido cometer errores.

Así habla el Rey de Israel a sus súbditos.

El verdadero Rey de Israel,

el que quiere llevar a sus súbditos desde el pequeño reino de la Tierra al grande de los Cielos.

En éste no pueden entrar aquellos que no siguen al Rey,

aquellos que no aprenden a comprender sus palabras y su pensamiento.

Pero, ¿Cómo aprender, si al primer error se elude al Maestro?

Que ninguno se deprima si ha pecado y está arrepentido;

si ha errado y reconoce su error.

Venga a la Fuente que borra los errores y da luz y sabiduría.

Y en ella apague su sed;

en ella, que ardientemente desea donarse y ha venido del Cielo para donarse a los hombres.

Jesús termina de hablar.

Solamente el viento hace oír su voz, cada vez más fuerte…

En el copete del montecito en que está Nob se ensaña tanto,

que los árboles crujen temiblemente.

Y la gente se ve obligada a retirarse a las casas.

659 Un Lugar Seguro


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

488a Partida secreta hacia Nob después de la oración.

Después de la intempestiva salida de Jesús del Templo, sus partidarios desconcertados,

dicen:

–              ¿Y nosotros estamos aquí?

–              Sí hubiéramos salido, lo habríamos visto.

–             ¡Corre por esa parte!

–             ¡Corre por esta otra!…

–             Decidnos qué camino ha tomado.

–              Decidle que no vaya donde Lázaro.

Los que tienen piernas ligeras se marchan a todo correr…

Y vuelven…

–              Ya no está…

–              Se ha mezclado entre la multitud.

–              Ninguno sabe dar razón de Él…

Desilusionada, la aglomeración se disuelve lentamente…

…Pero Jesús está mucho más cerca de lo que creen.

Habiendo salido por alguna puerta, ha dado la vuelta a la torre Antonia.

Y ha salido de la ciudad por la puerta del Rebaño, para bajar luego al valle del Cedrón…

Que en el centro de su lecho lleva poquísima agua.

Jesús lo atraviesa saltando por las piedras que sobresalen del agua.

Y entra en el Monte de los Olivos.

Denso en ese lugar e incluso mezclado con espesuras que hacen tétrica, fúnebre…

Esta parte de Jerusalén, comprendida entre las sombrías murallas del Templo.

Que con todo su monte, domina por ese lado y el Monte de los Olivos.

Más al sur, el valle se aclara y se ensancha;

pero aquí es verdaderamente estrecho.

Una uñada de gigantesca garfa que ha excavado un surco profundo entre los dos montes:

el Moria y el de los Olivos.

Jesús no va hacia el Getsemaní.

Es más, va en dirección opuesta, hacia el norte.

Sigue caminando por el monte, que luego se ensancha formando un valle agreste.

Por donde -más pegado a otra hilera corva de colinas bajas, aunque agrestes y pedregosas-

fluye el torrente, que dibuja un arco al norte de la ciudad.

En vez de olivos, ahí hay arbolillos estériles, espinosos, retorcidos, de enmarañadas frondas;

mezclados con zarzas que hacia todas las partes, lanzan sus tentáculos.

Un lugar muy triste, muy solitario.

Tiene un ambiente de lugar infernal, apocalíptico.

Algún sepulcro y nada más;

ni siquiera leprosos.

Es extraña esta soledad que contrasta con el gentío de la ciudad, tan cercana,

tan llena de gente y ruido.  

Aquí, aparte del gorgoteo del agua entre los cantos

y el frufrú del viento entre las plantas

nacidas entre las piedras, no se oye ningún ruido.

Falta incluso la nota alegre de los pájaros,

tan numerosos entre los olivos del Getsemaní y del Monte de los Olivos.

El viento más bien fuerte, que viene del nordeste y levanta pequeños remolinos de tierra,

rechaza el ruido de la ciudad.

Y el silencio…

Un silencio de lugar de muerte reina en el paraje oprimente, casi aterrador.

Por allí va caminando el grupo apostólico.

Pedro pregunta a su compañero:

–                 ¿Pero se va exactamente por aquí?

Isaac responde:

–                 Sí, sí.

Se va también por otros caminos, saliendo por la puerta de Herodes.

Y mejor por la de Damasco.

Pero os  conviene saber los senderos menos conocidos.

Nosotros hemos recorrido todos los alrededores para conocerlos y para enseñároslos.

Así podréis ir a donde queráis, en las cercanías, sin pasar por los caminos habituales.

–            Y…

¿Se puede uno fiar de los de Nob? 

–              Como de tu misma casa.

Tomás el año pasado, Nicodemo siempre, el sacerdote Juan, discípulo de Él.

Y otros más, han hecho de ese pueblito un lugar suyo.

El pastor Benjamín dice:

–              Y tú has hecho más que todos.

Jesús responde:

–             ¿Yo?

Entonces todos hemos hecho, si yo he hecho.

–              Pero, créeme, Maestro:

ahora en todo alrededor de la ciudad tienes lugares seguros…  

Con su amor palpitante por su ciudad,

Tomás dice:

–              También Rama…

Mi padre y mi cuñado con Nicodemo, han pensado en ti.

Otro discípulo,

dice:

–               Entonces también Emaús

Jesús comenta:

–             Bueno, incluso porque he encontrado más de una Emaús en Judea…

Sin hablar de aquel lugar cercano a Tariquea.

Está lejos para ir y venir, como hago ahora.

Pero no dejaré de ir alguna vez.

Salomón:

–              Y a mi casa.

–              Allí, sin duda al menos una vez, para saludar al anciano.

–               También está Béter.

–               Y Betsur.

Jesús:

–               No iré a casa de las discípulas.

Pero cuando llegue la necesidad, las llamaré.

Esteban dice:

–                   Yo tengo un amigo sincero en En Royel.

Su casa está abierta para Ti.

Y nadie de los que te odian, pensará que estás tan cerca de ellos.

El pastor Matías añade:

–                  El jardinero de los jardines reales te puede hospedar.

Mannahém -que le consiguió ese puesto- y él son una misma cosa…

Y además…

Lo curaste un día…

–                 ¿Yo?

No lo conozco…

–               Estaba, durante la Pascua…

Entre los pobres que curaste en casa de Cusa.

Un golpe de hoz sucia de estiércol le estaba descomponiendo una pierna.

Y su primer jefe lo había echado por esto.

Mendigaba para sus hijos.

Tú lo curaste.

Mannahém luego, obteniéndole el puesto en un momento bueno de Antipas,

lo puso en los Jardines.

Ahora ese hombre hace todo lo que Mannahém dice.

Y si además es por Ti…

Mirando fijamente a Matías, que cambia de color y se turba…

Jesús dice:

–               No he visto nunca a Mannahém con vosotros…

Ven adelante conmigo.

El discípulo lo sigue.

Jesús ordena:

–              ¡Habla!

Matías obedece,

diciendo:

–                Señor…

Mannahém ha cometido un error…

Sufre mucho y con él Timoneo.

Y algún otro más.

No tienen paz porque Tú…

–                  No creerán que los aborrezco…

–                 ¡Nooo!

Pero…

Tienen miedo de tus palabras y de tu rostro.

–                  ¡Oh!

¡Qué error!

Precisamente por haber errado deben venir a la Medicina.

¿Sabes dónde están?

–                  Sí, Maestro.

–                  Entonces ve a ellos y diles que los espero en Nob.

Matías se va sin perder tiempo.

El sendero del monte sube, de forma que es visible toda Jerusalén vista desde el norte…

Jesús con los suyos, yendo justo en dirección contraria a la ciudad, le vuelve la espalda.

658 Controversia


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

488 En el Templo para 1a fiesta de los Tabernáculos. 

Sin preocuparse lo más mínimo de la malevolencia ajena;

Jesús vuelve al Templo el tercer día.

No debe haber dormido en Jerusalén, porque sus sandalias muestran abundante polvo del camino.

Quizás ha pasado la noche en las colinas que hay alrededor de la ciudad.

Y con El estuvieron sus primos Santiago y Judas, junto con el pastor José y Salomón.

Al pie de la muralla oriental del Templo…

Se encuentra con los otros apóstoles y discípulos.

Pedro le dice:

–               Han venido, ¿Sabes?

Tanto a nosotros como a los discípulos más conocidos.

¡Buena cosa ha sido que no estuvieras!

Simón Zelote agrega:

–                Siempre tenemos que hacerlo así.

Jesús concede:

–                Está bien.

Pero hablaremos de ello después.

Vamos.

Juan dice

–               Una gran turba te ha y nos ha, precedido exaltando tus milagros.

¡Cuántos se han persuadido y creen en Ti!

Tenían razón tus hermanos, en esto.

Felipe:

–              Han ido a buscarte incluso a casa de Analía, ¿Sabes?

El pastor Daniel:

–             Y al palacio de Juana.

Pero han encontrado sólo a Cusa…

¡Y con un humor!

Los ha echado como a perros, diciendo que en su casa no quiere espías…

Y que ya está aburrido de ellos.

Nos lo ha dicho Jonathán, que está aquí con su jefe

Pedro relata:

–                ¿Sabes?

Los escribas querían dispersar a los que te esperaban, convenciéndolos de que no eres el Cristo.

Pero ellos respondieron: «¿No es el Cristo?

Y entonces según vosotros, ¿Quién lo es?

¿Podrá acaso otro hombre,hacer los milagros que hace Él?

¿Acaso los han hecho los otros que se presentaban como el Cristo?

No, no.

Podrán surgir cien, mil impostores, a lo mejor incluso, creados por vosotros.

Que digan que son el Cristo.

Pero ninguno de los que puedan venir, hará jamás milagros como los que Él hace;

ni tantos como hace».

Y dado que los escribas y fariseos sostenían que los haces porque eres un Belcebú;

ellos respondieron:

“Entonces vosotros debíais hacer milagros estrepitosos,

porque está claro que sois unos Belcebúes respecto al Santo»»

Pedro se ríe.

Y se ríen todos recordando la salida de la gente y el escándalo de los escribas y fariseos,

que se habían marchado enojados.

Ya están dentro del Templo.

Enseguida los rodea una multitud, aún más numerosa de la de los días precedentes.

Los gentiles, saludan:

–               ¡Paz a ti, Señor!

–               La paz y la luz vengan a vosotros – responde Jesús con un único saludo.

Varios dicen:

–                Temíamos que te hubieran apresado,

–                O que no vinieras por prudencia o por desagrado.

–                 Y nos hubiéramos desparramado buscándote por todas partes.

Jesús sonríe levemente…

Y pregunta:

–                ¿Entonces no queréis perderMe?

–                Si te perdemos Maestro…

¿Quién nos va a dar las lecciones y gracias que Tú nos das?

–                Mis lecciones permanecerán en vosotros.

Las comprenderéis aún más, cuando Yo me haya ido…

Y no cesarán, a pesar de mi ausencia entre los hombres;

de descender las gracias a aquellos que oren con fe.  

Muchos protestan:

–            ¡Oh! ¡Maestro!

–             ¿Pero estás decidido a marcharte?

–             Di a dónde vas y nosotros te seguiremos.

–             ¡Tenemos mucha necesidad de Ti!

–             El Maestro lo dice para experimentar si lo amamos.

–            Pero…

¿A dónde pensáis que puede ir el Rabí de Israel…

Sino quedarse aquí, en Israel?

Jesús dice:

–              En verdad os digo que todavía un poco estaré con vosotros.

Que voy donde aquellos a quienes el Padre me ha enviado.

Después me buscaréis y no me encontraréis.

Y a donde Yo estoy, vosotros no podréis ir.

Pero ahora dejadme irme.

Hoy no voy a hablar aquí dentro.

Tengo unos pobres que me esperan en otro lugar y no pueden venir…

Porque están muy enfermos.

Después de la oración iré donde ellos.

Y con la ayuda de los discípulos se abre paso…

Para ir al patio de los Israelitas.

Los que se quedan se miran unos a otros.

Comentando:

–             ¿Y a dónde irá?

–             Sin duda, a casa de su amigo Lázaro.

Está muy enfermo.

–             Yo decía: dónde irá no hoy…

Sino cuando nos deje para siempre.

¿No habéis oído que ha dicho, que no podremos encontrarlo?

–            Quizá vaya a reunir a Israel…

Evangelizando a los dispersos de nosotros en las naciones.

La Diáspora espera como nosotros al Mesías.

–                 O quizás vaya a enseñar a los paganos…

Para atraerlos hacia su Reino.

–                No.

–                 No debe ser así.

Siempre podríamos encontrarlo, aunque estuviera en la Asia lejana…

En el centro de África.

En Roma, en Galia, en Iberia, en Tracia o entre los Sármatas.

–            Si dice que no lo encontraremos ni siquiera buscándolo;

es señal de que no estará en ninguno de estos lugares.

–            ¡Claro!

¿Qué querrán decir estas palabras suyas:

«Me buscaréis y no me encontraréis.

Y a donde Yo estoy vosotros no podréis ir»?

«Yo estoy…».

No:

«Yo estaré…».

¿Dónde está, pues?

¿No está aquí entre nosotros?

–             ¡Te lo voy a decir yo, Judas!

¡Parece un hombre, pero es un espíritu!

–             ¡No, hombre; NO!

Entre los discípulos hay algunos que lo vieron recién nacido.

¡Más todavía!

Vieron a su Madre cuando lo llevaba en su seno pocas horas antes de nacer.

–              ¿Pero y será el mismo, aquel niño que ahora se ha hecho hombre?

–              ¿Quién nos asegura que no es otro ser?

–              ¡No, eh!

Podría ser otro.

–              Podrían equivocarse los pastores.

¿Pero la Madre?

–              ¿Y los hermanos?

–              ¿Y todo el pueblo?

–              ¿Los pastores han reconocido a la Madre?

–              Por supuesto…

–              Entonces…

–               Pero…

¿Por qué dice entonces:

A dónde Yo estoy vosotros no podréis ir?

” Para nosotros, el futuro:

«Podréis»

Para Él queda el presente:

«Estoy»

¿Es que no tiene un mañana este Hombre?

–               No sé qué decirte.

Es así.

–               Yo os digo que es un loco.

–               Loco lo serás tú, espía del Sanedrín.

–              ¿Yo espía?

Yo soy un judío que lo admira.

–               ¿Y habéis dicho que va a casa de Lázaro?

–               Nada hemos dicho, viejo soplón.

–              No sabemos nada.

–                Y si lo supiéramos no te lo diríamos.

–                Ve a decir a los que te mandan que lo busquen por sí mismos.

–                ¡Espía!

–                ¡Espía!

–                ¡Pagado!…

El hombre ve el peligro que corre.

Y pone tierra por medio.

657 La Naturaleza del Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

487a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

Jesús prosigue:

–                 La misma Verdad.

Vosotros no conocéis sus obras.

No conocéis sus caminos, los caminos por los que Yo he venido.

El odio no puede conocer los caminos ni las obras del Amor.

Las tinieblas no pueden aguantar la vista de la Luz.

Mas Yo conozco a Aquel, que me ha enviado, porque Yo soy suyo, parte suya y un Todo con El.

Y Él me ha enviado para que cumpla lo que su Pensamiento quiere.

Nace un tumulto.

Los enemigos se lanzan contra Él para ponerle las manos encima, para capturarlo y pegarle.

Apóstoles, discípulos, pueblo, gentiles, prosélitos reaccionan para defenderlo.

Acuden otros a ayudar a los primeros.

Y quizás hubieran logrado su objetivo…

Pero Gamaliel, que hasta ese momento parecía ajeno a todo, deja su alfombra…

Y va hacia Jesús.

Que ha sido apartado hacia el pórtico, por quienes lo quieren defender.

Y grita:

–               ¡Dejadlo!

Quiero oír lo que dice.

Más que el pelotón de legionarios que de la Antonia, acude para calmar el tumulto,

lo hace la voz de Gamaliel.

El tumulto cesa cual torbellino que se deshace.

Y el clamor se calma transformándose en rumor.

Los legionarios por prudencia, se quedan cerca del muro externo, pero ya sin función alguna.

Gamaliel a ordena a Jesús:

–             Habla.

Responde a los que te acusan.

El tono es imperioso, pero no burlón.

Jesús da unos pasos hacia delante, hacia el patio.

Tranquilo, reanuda el discurso.

Gamaliel permanece donde está.

Y sus discípulos se apresuran a llevarle alfombra y escabel, para que esté cómodo.

Pero él se queda de pie:

Con los brazos cruzados, la cabeza baja, los ojos cerrados;

concentrado en escuchar.

Jesús dice:

–              Me habéis acusado sin motivo;

como si hubiera blasfemado en lugar de decir la verdad.

Yo, no para defenderme,

sino para daros la luz con el fin de que podáis conocer la Verdad, hablo.

Y no hablo por Mí mismo,

sino que hablo recordando las palabras en que creéis y por las que juráis.

Ellas me dan testimonio.

Vosotros lo sé, no veis en mí sino a un hombre semejante a vosotros, inferior a vosotros.

Y os parece imposible que un hombre pueda ser el Mesías.

Como mínimo pensáis que tendría que ser un ángel este Mesías,

el cual debe tener un origen tan misterioso,

como para poder ser rey por la simple autoridad que el misterio de su origen suscita.

Pero, ¿Acaso alguna vez en la historia de nuestro pueblo,

en los libros que forman esta historia y que serán libros tan eternos cuanto el mundo,

porque a ellos los doctores de todas las naciones y de todos los tiempos irán a beber,

para corroborar su ciencia y sus investigaciones sobre el pasado, con las luces de la verdad.

Acaso alguna vez se dice en estos libros que Dios haya hablado a un ángel suyo

para decirle (Salmo 2, 7; 110, 1 y 4):

«Tú serás para mí, de ahora en adelante Hijo, porque Yo te he engendrado»?».

Entonces Gamaliel pide una tablilla y pergaminos,

se sienta y escribe…

Jesús continúa:

–            Los ángeles, criaturas espirituales siervas del Altísimo y mensajeras suyas,

han sido creados por Él como el hombre, como los animales, como todo lo que fue creado.

Pero no han sido engendrados por Él.

Porque Dios engendra únicamente a otro Sí mismo;

pues no puede el Perfecto engendrar sino a un Perfecto,

a otro Ser parejo a Sí mismo,

para no rebajar su perfección engendrando a una criatura inferior a Él.

Ahora bien, si Dios no puede engendrar a los ángeles:

Y ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos.

(Dios no puede… ni siquiera elevarlos a la dignidad de hijos suyos:

Debe leerse a la luz de la frase:

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel,

de unos renglones más abajo, donde se aduce un motivo de conveniencia,

no de imposibilidad divina)

¿Cómo será el Hijo al que dice:

«Tú eres mi Hijo. Hoy te he engendrado»?

¿Y de qué naturaleza será si engendrándolo y señalándoselo a sus ángeles,

dice: «Y le adoren todos los ángeles de Dios»?

¿Y cómo será este Hijo, para merecer oír que el Padre,

Aquel a cuya gracia se debe el que los hombres lo puedan nombrar

con el corazón anonadado en adoración,

le dice: «Siéntate a mi derecha hasta que haga de tus enemigos escabel para tus pies»?

Ese Hijo no podrá ser sino Dios como el Padre,

con quien comparte atributos y poderes.

Y con quien goza de la Caridad que los letifica en los inefables e incognoscibles amores,

de la Perfección hacia Sí misma.

Pero, si Dios no ha juzgado conveniente elevar al grado de Hijo a un ángel…

¿Habría podido decir de un hombre lo que al final de éste hará tres años,

dijo de quien aquí os habla en el vado de Betabara?

Y muchos de vosotros que os oponéis a Mí, estabais presentes cuando lo dijo.

Vosotros lo oísteis y temblasteis.

Porque la voz de Dios es inconfundible.

Y sin una especial gracia suya abate a quien la oye.

Estremeciendo su corazón.

¿Qué es entonces, el Hombre que os habla?

¿Es acaso, uno que ha nacido de principio y de voluntad de hombre, como todos vosotros?

¿Habría podido poner el Altísimo a su Espíritu a vivir en una carne carente de gracia,

como es la de los hombres nacidos por voluntad carnal?

¿Y podría el Altísimo, como satisfacción de la gran Culpa…

Aplacarse con el sacrificio de un hombre?

Pensad.

Él no designa a un ángel para ser Mesías y Redentor.

¿Podrá entonces, designar a un hombre para serlo?

¿Y podía el Redentor ser sólo Hijo del Padre, sin asumir naturaleza humana;

ser el Redentor con medios y poderes que superaran las humanas deducciones?

¿Y el Primogénito de Dios podía acaso tener padres, si es el Primogénito eterno?

¿No se os trastoca el soberbio pensamiento ante estos interrogantes,

que suben hacia los reinos de la Verdad,

acercándose cada vez más a ella…

Y que hallan respuesta sólo en un corazón humilde y lleno de fe?

¿Quién debe ser el Cristo?

¿Un ángel?

Más que un ángel.

¿Un hombre?

Más que un hombre.

¿Un Dios?

Sí, un Dios.

Pero con una carne unida a Él,

para que ésta pueda cumplir la expiación de la carne culpable.

Todas las cosas deben ser redimidas a través de la materia con que pecaron.

Dios por tanto, habría debido enviar a un ángel para expiar las culpas de los ángeles caídos.

Que expiara por Lucifer y sus seguidores angélicos.

Porque ya sabéis que Lucifer también pecó.

Pero Dios no envía a un espíritu angélico a redimir a los ángeles tenebrosos.

Ellos no han adorado al Hijo de Dios.

Y Dios no perdona el pecado contra su Verbo engendrado por su Amor.

Pero Dios ama al hombre y envía al Hombre, al único perfecto,

a redimir al hombre y a obtener paz con Dios.

Y es justo que sólo un Hombre-Dios pueda cumplir la redención del hombre y aplacar a Dios.

El Padre y el Hijo se han amado y se han comprendido.

Y el Padre ha dicho: «Quiero»

Y el Hijo ha dicho: «Quiero»

Y luego el Hijo ha dicho: «Dame».

Y el Padre ha dicho: «Toma»

Y el Verbo tuvo una carne, cuya formación es misteriosa.

Y esta carne se llamó Jesucristo, Mesías,

Aquel que debe redimir a los hombres, llevarlos al Reino,

vencer al demonio, quebrar las esclavitudes.

¡Vencer al demonio!

No podía un ángel, no puede cumplir lo que el Hijo del hombre puede.

Y por esto, Dios no llama a los ángeles a la gran obra, sino al Hombre.

Aquí tenéis al Hombre cuyo origen se os presenta incierto.

O es negado por vosotros u os pone pensativos.

Aquí tenéis al Hombre.

Al Hombre aceptable para Dios.

Al Hombre representante de todos sus hermanos.

Al Hombre que es como vosotros en la semejanza;

al Hombre superior y distinto de vosotros por la proveniencia;

el cual -que no por un hombre…

Sino por Dios ha sido engendrado y consagrado para su ministerio.

Está ante el excelso altar para ser Sacerdote y Víctima por los pecados del mundo.

Eterno y supremo Pontífice,

Sumo Sacerdote según el orden de Melquisedec.

¡No temáis!

No tiendo mis manos hacia la tiara pontifical.

Otra corona me espera.

¡No temáis!

No os voy a quitar el racional.

Otro está ya preparado para Mí.

Temed sólo, más bien, el que para vosotros no sirva el sacrificio del Hombre

y la misericordia del Cristo.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he obtenido del Padre mi anonadamiento.

Os he amado tanto, tanto os amo,

que he pedido asimilar todo el dolor del mundo, para daros la salud eterna.

¿Por qué no me queréis creer?

«Oh Jesús Sacerdote, guarda a tus sacerdotes en el recinto de tu Corazón Sacratísimo, donde nadie pueda hacerles daño alguno; guarda puros sus labios, diariamente enrojecidos por tu Preciosísima Sangre. Entregamos en tus divinas manos a TODOS tus sacerdotes. Tú los conoces. Defiéndelos, Ayúdalos y SOSTENLOS, para que el Maligno no pueda tocarlos. Amén

¿No podéis creer todavía?

¿No está escrito del Cristo:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

¿Y cuándo comenzó el sacerdocio?

¿Quizás en tiempos de Abraham?

No.

Y vosotros lo sabéis.

El rey de justicia y de paz (Génesis 14, 18-20)

que viene a anunciarme, con figura profética, en la aurora de nuestro pueblo,

¿No os apercibe acerca de la existencia de un sacerdocio más perfecto,

que viene directamente de Dios?

Como Melquisedec, de quien nadie pudo jamás señalar sus orígenes y que es llamado

«el sacerdote»

Y sacerdote será para siempre.

¿No creéis ya en las palabras inspiradas?

Y si creéis…

¿Cómo es que vosotros, doctores,

no sabéis dar una explicación aceptable a las palabras que dicen y de mí hablan:

«Tú eres Sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec»?

Hay pues otro sacerdocio, más allá, antes del de Aarón.

Y de éste está escrito «eres»; no, «fuiste»;

no, «serás».

Eres sacerdote para siempre.

He aquí pues,

que esta frase anticipa que el eterno Sacerdote no será de la estirpe conocida, de Aarón.

No será de ninguna estirpe sacerdotal.

No.

Será de proveniencia nueva, misteriosa, como Melquisedec.

Es de esta proveniencia.

Y si la Potencia de Dios lo manda,

señal es de que quiere renovar el Sacerdocio y el rito,

para que sea provechoso para la Humanidad.

¿Conocéis vosotros mi origen?

No.

¿Conocéis mis obras?

No.

¿Intuís sus frutos?

No.

Nada sabéis de Mí.

Podéis ver pues, que también en esto soy el «Cristo»,

cuyo origen, naturaleza y misión deben permanecer desconocidos

hasta que a Dios le plazca revelarlos a los hombres.

Bienaventurados los que sepan,

los que saben creer…

Antes de que la revelación tremenda de Dios los aplaste contra el suelo con su peso.

Y ahí los clave y triture bajo la fulgurante, poderosa verdad pronunciada:

como trueno desde los Cielos;

como grito desde la Tierra:

«Éste era el Cristo de Dios».

Vosotros decís:

«Es de Nazaret. Su padre era José. Su Madre es María».

No.

Yo no tengo padre que me haya engendrado hombre;

no tengo madre que me haya engendrado Dios.

Y no obstante, tengo una carne.

La he asumido por misteriosa obra del Espíritu.

He venido a vosotros pasando por un tabernáculo santo.

Y os salvaré después de haberme formado a Mí mismo por voluntad de Dios;

os salvaré haciendo salir a mi verdadero Yo mismo del tabernáculo de mi Cuerpo,

para consumar el gran Sacrificio de un Dios,

que se inmola por la salvación del hombre.

¡Padre!

¡Padre mío!

Te lo dije al principio de los días:

«Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Te lo dije en la hora de gracia antes de dejarte para revestirme de carne.

Y así padecer:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad»

Te lo digo una vez más para santificar a aquellos por quienes he venido:

“Aquí estoy, para hacer tu voluntad».

Y volveré a decírtelo, siempre te lo diré, hasta que tu voluntad sea cumplida…

Jesús baja los brazos.

Los tenía levantados hacia el cielo, orando.

Los recoge en su pecho y agacha la cabeza,

cierra los ojos y se sume en una oración secreta.

656 La Estirpe de Dios


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

487 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos. 

El Templo está aún más lleno de gente que el día anterior.

Y entre el gentío que llena el primer patio y en él hormiguea,

es notorio la gran cantidad de gentiles, muchos más que ayer.

Todos esperan con gran interés, tanto los israelitas como los gentiles.

Y hablan gentiles con gentiles y hebreos con hebreos;

formando corrillos esparcidos acá o allá, sin perder de vista las puertas.

Los doctores debajo de los pórticos,

se esfuerzan en alzar la voz como reclamo y para hacer alarde de elocuencia.

Pero la gente está distraída y predican a pocos alumnos.

También está Gamaliel.

Muy imponente en su sitio.

Pero no habla.

Pasea atrás y adelante sobre su suntuosa alfombra, con los brazos cruzados;

la cabeza baja, meditando.

La larga túnica y el manto aún más largo, porque que está suelto y pende sujeto a los hombros

por dos broches de plata, en forma de rosetones.

Formando por detrás una cola que él aparta con el pie, cuando vuelve sobre sus pasos.

Sus discípulos los más fieles, permanecen muy juntos al muro.

Lo miran en silencio, con temor reverencial…

Y respetan la meditación de su maestro.

Algunos fariseos y algunos sacerdotes dan muestra de tener muchas cosas que hacer…

Y van y vienen…

La gente, que comprende sus verdaderas intenciones, los señala…

Unos a otros se los señalan y algún comentario surge, como un cohete abrasador,

para abrasar su hipocresía.

Pero ellos fingen no oír.

Ven prudente mejor no reaccionar;

porque son pocos respecto a los muchos que no odian a Jesús.

Y que, por el contrario, los odian a ellos.

De repente se produce una alerta, un oleaje de murmullos que se repiten,

a lo largo de todos los pórticos y por todos los recintos del grandioso Templo de Jerusalén.

Los que están en el atrio de los gentiles,

lo gritan:

–              ¡Ahí está!

–              ¡Ahí está!

–              ¡Hoy viene por la puerta Dorada!

–              ¡Corramos!

–             Yo me quedo.

Vendrá aquí a hablar.

No pierdo el sitio.

–               Yo tampoco.

Además, los que se marchan dejan el sitio a los que nos quedamos.

–               Pero ¿Lo dejarán hablar?

–               ¡Si lo han dejado entrar! …

–               Sí, pero es distinto.

Como hijo de la Ley, no pueden impedirle entrar.

Pero como rabí pueden echarlo si quieren.

Un gentil dice:

–              ¡Cuántas distinciones!

Si lo dejan ir a hablar al Dios,

¿Por que no tienen que dejarlo hablar a hombres?

Otro gentil le responde:

–               Es verdad.

–               A nosotros, porque somos impuros, no nos dejáis ir allá;

pero venir aquí sí, esperando que nos hagamos circuncisos…

–               Calla, Quinto.

Por esto le dejan que nos hable a nosotros.

Esperando podarnos como si fuéramos árboles.

Pero no.

Nosotros venimos para poner sus ideas como ramas de injerto en nosotros, silvestres.

–               Así es.

¡Es el único que no nos desprecia!

–               ¡Respecto a esto!

Cuando vamos con una bolsa de monedas a comprar, no nos desprecian tampoco los otros.

En el grupo de romanos,

un patricio poderoso,

exclama:

–             ¡Mira!

Los gentiles nos hemos quedado como dueños y señores de este sitio.

¡Oiremos bien!

¡Y vamos a ver mejor!

Me gusta ver lar caras de sus enemigos.

¡Por Júpiter!

Es un verdadero combate de caras…

Otro romano le replica:

–              ¡Calla!

Que no te oigan nombrar a Júpiter.

Está prohibido aquí.

–               ¡Bueno, entre Júpiter y Yeohveh hay poca diferencia!

Y entre dioses no se ofenderán…

Yo he venido movido por un buen deseo de escuchar; no para burlarme.

¡Se habla mucho, por todas partes, de este Nazareno!

Me dije:

» En esta época hace bueno y voy a oírlo hablar»

Hay quien va más lejos para oír los oráculos…

–             ¿De dónde vienes?

–             De Perge.

¿Y tú?

–            De Tarso.

–           Yo soy casi hebreo.

Mi padre era un helenista de Iconio.

Pero se casó en Antioquía de Cilicia con una romana.

Y luego murió antes de que yo naciera.

Pero la progenie es hebrea.

–              Tarda en venir…

¿Será que lo han detenido?

–               No temas.

Nos lo dirían los gritos del gentío.

Estos hebreos chillan como urracas, siempre…

–              ¡Ahí está!

–              ¡Es Él!

–              ¿Va a venir justamente aquí?

–              ¿No ves que, arteramente, han ocupado todos los sitios menos este rincón?

–              ¿Oyes cuántas ranas croan fingiéndose maestros?

–              Pero aquel de allí está callado.

¿Es verdad que es el mayor doctor de Israel?

-Sí, pero…

¡Qué pedante!

Un día lo escuché y para digerir su ciencia,

tuve que beber muchas copas de falerno en casa de Tito, en Bezeta.

Se ríen.

Jesús se acerca lentamente.

Pasa por delante de Gamaliel, que ni siquiera levanta la cabeza…

Y va al sitio de ayer.

La gente, mezcla ahora de israelitas, prosélitos y gentiles,

comprende que va a empezar a hablar…

Y susurra:

–              Fijaos que habla públicamente y no le dicen nada.

–              Quizás los príncipes y los jefes han reconocido en Él al Cristo.

Ayer Gamaliel, cuando se marchó el Galileo, habló mucho con unos Ancianos.

–              ¡Pero es posible!

¿Cómo han hecho para reconocerlo de repente?

¿Si sólo un poco antes lo consideraban hombre merecedor de la muerte?

–               Quizás Gamaliel tenía pruebas…

Otro arremete:

–              ¿Y qué pruebas?

¿Qué pruebas queréis que tenga en favor de ese hombre?

–                Cállate, ventajista.

No eres más que el último de los escribanos.

¿Quién te ha preguntado?

Lo abuchean.

Él se marcha.

Pero en su lugar aparecen otros, que no pertenecen al Templo.

Sino -ciertamente- a los incrédulos judíos:

–             Nosotros tenemos las pruebas.

Nosotros sabemos de dónde es éste.

Pero cuando venga el Cristo, nadie sabrá de dónde es.

No sabremos su origen.

¡Pero de éste!

Es hijo de un carpintero de Nazaret.

Todo su pueblo puede traer aquí su testimonio,

contra nosotros si mentimos…

Entretanto, se oye la voz de un gentil,

que dice:

–              Maestro…

Háblanos un poco a nosotros hoy.

Nos ha sido dicho que afirmas que todos los hombres provienen de un solo Dios, el tuyo.

Tanto que los llamas hijos del Padre.

Algunos poetas nuestros estoicos tuvieron también una idea semejante a ésta.

Dijeron:

«Somos estirpe de Dios«.

Tus connacionales dicen que somos más impuros que animales.

¿Cómo concilias las dos tendencias?

Se plantea la cuestión según las costumbres de las disputas filosóficas.

Cuando Jesús está para responder,

aumenta de tono la disputa entre los judíos incrédulos y los creyentes.

Y una voz estridente repite:

–             ¡Es un simple hombre!

¡El Cristo no será eso!

¡Todo en Él tendrá carácter excepcional:

forma, naturaleza, origen!…

Jesús se vuelve en esa dirección…

Y dice fuerte:

–                ¿Entonces me conocéis y sabéis de dónde vengo?

¿Estáis bien seguros de ello?

¿Y lo poco que sabéis no os dice nada?

¿No os resulta confirmación de las profecías?

Pero no, vosotros no sabéis todo de Mí.

En verdad, en verdad os digo que Yo no he venido por Mí mismo,

ni tampoco de donde vosotros creéis que he venido.

Es la misma Verdad la que me ha enviado.

Y vosotros no la conocéis.

Prorrumpen los enemigos en un grito de enfado.

Interrumpiéndolo…

655 El Reino de la Luz


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486 En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

Jesús está en el Patio de los Gentiles,

apoyado en la columna que ha elegido para predicar:

Después la introducción sobre el Reino y la declaración sobre su propia Identidad.

Abre de nuevo sus labios:

–              Vosotros calláis:

La mitad admirados;

la otra mitad pensativos;

pensando en cómo podéis hacerme callar.

¿De quién son los Diez Mandamientos?

¿De dónde vienen?

¿Quién os los ha dado?

La gente grita:

–               ¡Moisés!

Jesús declara:

–               No.

El Altísimo.

Moisés su siervo, os los trajo.

Pero son de Dios.

Vosotros los que tenéis las fórmulas pero NO tenéis la fe,

en vuestro corazón decís:

«Nosotros a Dios no lo hemos visto.

Y tampoco lo vieron los hebreos que estaban al pie del Sinaí».

¡Oh!, no os son suficientes, para creer que Dios estaba Presente…

Ni siquiera los rayos,

que incendiaban el monte mientras Dios resplandecía,

tronando delante de Moisés.

No os valen ni siquiera los rayos y los terremotos,

para creer que Dios está sobre vosotros,

para escribir el Pacto eterno de salvación y de condena.

Una epifanía nueva, tremenda veréis…

Pronto, entre estos muros.

Y las mansiones sagradas ya no estarán en tinieblas,

porque habrá comenzado el Reino de la Luz.

y el Santo de los Santos, no celado ya tras la ternaria cortina…

Será elevado ante la Presencia de todos.

Y todavía no creeréis.

Entonces, ¿Qué se necesitará para haceros creer?

¿Que los rayos de la Justicia incidan en vuestras carnes?

Pero entonces la Justicia estará apaciguada.

Y descenderán los rayos del Amor.

Y a pesar de todo, ni siquiera éstos escribirán en vuestros corazones;

en todos vuestros corazones,

la Verdad.

Y suscitarán el arrepentimiento y luego el amor…

Los ojos de Gamaliel, en un rostro tenso;

están ahora fijos en el rostro de Jesús…

Que continúa impertérrito:

–              Pero, Moisés sabéis que era hombre entre los hombres;

de él os han dejado descripción los cronistas de su tiempo.

Y a pesar de todo, sabiendo incluso quién era…

De Quién y cómo recibió la Ley

¿Observáis acaso, esta Ley?

No.

Ninguno de vosotros la observa.

Un grito de protesta se eleva entre la gente.

Jesús impone silencio:

–            ¿Decís que no es verdad?

¿Que la observáis?

¿Y entonces por qué tratáis de matarme?

¿No prohíbe el Quinto Mandamiento matar al hombre?

¿Vosotros no admitís en Mí al Cristo?

Pero no podéis negar que Yo sea Hombre.

Entonces ¿Por qué tratáis de matarme?

Precisamente aquellos que lo quieren hacer…

Gritan enfurecidos:

–             ¡Pero Tú estás loco!

–            ¡Eres un endemoniado!

–              ¡Un demonio habla en ti y te hace delirar y decir embustes!

–              ¡Ninguno de nosotros piensa en matarte!

–             ¡Quién quiere matarte?

–             ¿Qué quién?

Vosotros.

Buscáis las disculpas para hacerlo.

Y me echáis en cara culpas no verdaderas.

Me echáis en cara -y no es la primera vez- el que haya curado a un hombre en sábado.

¿Y no dice Moisés (Deuteronomio 22, 4)

que tengamos piedad incluso del asno y del buey caídos;

porque representan un bien para el hermano?

¿Y Yo no debería tener compasión del cuerpo enfermo de un hermano,

para el cual la salud recuperada es un bien material…

Y un medio espiritual para bendecir a Dios y amarlo por su bondad?

¿Y la circuncisión que Moisés os dio, por haberla recibido de los patriarcas,

acaso no la practicáis también en día de sábado?

Si circuncidando a un hombre en día de sábado no se viola la Ley mosaica del sábado,

porque la circuncisión sirve para hacer de un varón un hijo de la Ley

¿Por qué os enojáis contra Mí si en día de sábado he curado a un hombre enteramente,

en el cuerpo y en el espíritu.

Haciendo de él un hijo de Dios?

No juzguéis según la apariencia y la letra,

sino juzgad con recto juicio y con el espíritu,

porque la letra, las fórmulas, las apariencias…

Son cosas muertas, escenarios pintados, pero no verdadera vida,

mientras que el espíritu de las palabras y apariencias;

es vida real y fuente de eternidad.

Pero vosotros no entendéis estas cosas porque no las queréis entender.

Vámonos.

Y vuelve la espalda a todos…

Dirigiéndose a la salida.

Seguido y circundado por sus apóstoles y discípulos que lo miran…

Con pena por Él…

Con enojo contra los enemigos.

Él, pálido, les sonríe…

Y les dice:

–              No estéis tristes.

Vosotros sois amigos míos.

Y hacéis bien siéndolo, porque mi tiempo se acerca a su fin.

Pronto llegará el tiempo en que desearéis ver uno de estos días del Hijo del hombre,

mas no podréis ya verlo.

Entonces hallaréis confortación en deciros:

«Nosotros lo amamos y le fuimos fieles mientras estuvo entre nosotros».

Y para burlarse de vosotros y haceros aparecer como locos os dirán:

«Cristo ha vuelto.

¡Está aquí!

¡Está allá!»

No creáis en esas voces.

No vayáis, no os pongáis a seguir a estos falaces burladores.

El Hijo del hombre, una vez que se haya marchado, no volverá sino cuando llegue su Día.

Y entonces su manifestación será semejante al relámpago,

que resplandeciendo surca el cielo de una parte a otra, tan rápidamente,

que el ojo apenas puede seguirlo.

Vosotros…

Y no sólo vosotros, sino ningún hombre,

podría seguirme en mi aparición final.

para recoger a todos aquellos que fueron, son y serán.

Pero antes de que esto suceda, es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho.

SUFRA TODO.

Todo el dolor de la Humanidad.

Y además, sea repudiado por esta generación.

Matías el pastor, observa:

–                Pero entonces, mi Señor.

sufrirás todo el mal que será capaz de descargar sobre Ti esta generación.

Jesús corrige:

–              No.

He dicho: «Todo el dolor de la Humanidad»

Ella existía antes de esta generación.

Y existirá, por generaciones y generaciones, después de ésta.

Siempre pecará.

El Hijo del hombre gustará toda la amargura de los pecados pasados, presentes y futuros;

hasta el último pecado, en su espíritu, antes de ser el Redentor.

Y ya en su gloria, todavía sufrirá en su espíritu de amor,

al ver que la Humanidad pisotea su amor.

Vosotros no podéis entender por ahora…

Vamos ahora a esta casa que me es amiga.

Llama a una puerta, que se abre y lo deja entrar…

Sin que el custodio muestre estupor por el número de personas,

que entran detrás de Jesús.

654 La Lujuria de la Mente


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos.

En el Patio de los gentiles, Jesús se planta junto a una columna, para predicar…

Un escriba dice:

–                ¡Oh! Entonces satisface nuestras mentes.

Ya ves que el callar no es buena cosa,

porque fomenta las nubes de la duda en los corazones.

Jesús responde:

–             No de la duda.

De la soberbia.

Es más grave aún.

–            ¿Cómo?

¿Dudar de Ti es menos grave que ser soberbios?

–              Sí.

Porque la soberbia es la lujuria de la mente.

Y es el pecado más grande, siendo el mismo pecado de Lucifer.

Dios perdona muchas cosas.

Y su Luz resplandece amorosa para alumbrar las ignorancias y alejar las dudas.

Pero no concede su perdón a la soberbia que lo escarnece, afirmando ser mayor que Él.

Varios en el grupo de los poderosos de Israel,

Gritan exaltados:

–              ¿Quién de nosotros dice que Dios es más pequeño que nosotros?

–              Nosotros no blasfemamos…

Jesús responde tranquilo:

–              No lo decís con los labios, pero lo confirmáis con las obras.

Queréis decir a Dios:

«No es posible que el Cristo sea un galileo, uno del pueblo.

No es posible que sea éste».

¿Qué es imposible para Dios?

Al final la voz de Jesús es un trueno.

Si antes presentaba un aspecto un poco modesto,

apoyado como un mendigo en su columna,

ahora Jesús se endereza, se separa del pilar.

Yergue majestuosamente la cabeza y asaetea a la gente con sus fúlgidos ojos.

Está todavía en el escalón…

Pero tan regio es su aspecto, que es como si estuviera sobre un trono.

La gente retrocede, casi con miedo.

Y ninguno responde a la última pregunta.

Luego un rabí pequeño, lleno de arrugas…

Feo de aspecto como ciertamente lo es de alma,

Haciendo preceder la pregunta con una risita disonante y cascada,

Con un tono sarcástico y lleno de desprecio,

cuestiona:

–               La lujuria se cumple siendo dos.

¿La mente con quién la cumple?

No es corpórea.

¡Cómo puede, entonces, pecar lujuriosamente?

¿A qué, siendo incorpórea, se une para pecar?

Y ríe, estirando las palabras y la risita.

La voz de Jesús, truena fulgurante:

–             ¿A quién?

A Satanás.

La mente del soberbio fornica con Satanás contra Dios y contra el amor.

–            ¿Y Lucifer con quién fornicó para hacerse Satanás, si todavía no era Satanás?

–            Consigo mismo.

Con su propio pensamiento inteligente y desordenado.

¿Qué es la lujuria, escriba?

–             ¡Pero… te lo he dicho!

¿Y quién no sabe qué es la lujuria?

Todos la hemos experimentado…

–              No eres un rabí sabio…

Porque no conoces la esencia verdadera de este pecado universal…

Trino fruto del Mal;

así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son la trina forma del Amor.

La lujuria es desorden, escriba.

Desorden guiado por una inteligencia libre y consciente, que sabe que su apetito está mal;

pero de todas formas quiere saciarlo.

La lujuria es desorden y violencia contra las leyes naturales,

contra la justicia y el amor hacia Dios,

hacia nosotros mismos, hacia nuestros hermanos.

Toda lujuria.

Tanto la carnal como la que tiende a las riquezas y poderes de la Tierra.

Como la de aquellos que quisieran impedirle al Cristo su misión,

porque mantienen contubernio con la inmoderada ambición que teme ser quebrantada por Mí.

Un gran murmullo se extiende por la aglomeración de gente.

Gamaliel, que se ha quedado solo en su alfombra,

levanta la cabeza y lanza una mirada penetrante a Jesús.

El fariseo insta de nuevo:

–            Pero, ¡Cuándo vendrá entonces, el Reino de Dios?

No has respondido…

Jesús responde:

–            Cuando el Cristo esté en el trono que Israel le prepara…

Más alto que todos los demás tronos;

más alto que este mismo Templo.

Varios preguntan:

–             ¿Pero, donde lo están aparejando, pues que no se ve aparato de nada?

–             ¿Podrá ser verdad que Roma deje resurgir a Israel?

–             ¿Es que las águilas se han quedado ciegas para no ver lo que se prepara?

Jesús responde:

–               El Reino de Dios no viene con aparato.

Sólo el ojo de Dios lo ve formarse, porque el ojo de Dios lee dentro de los hombres.

Por tanto, no vayáis buscando dónde está este Reino, dónde se prepara.

Y no creáis a quien diga:

«Se conjura en Batena, se conjura en las cavernas del desierto de Engadí,

se conjura en las orillas del mar».

El Reino de Dios está en vosotros, dentro de vosotros;

en vuestro espíritu que acoge la Ley venida de los Cielos,

como ley de la verdadera Patria;

ley que practicándola, hace a uno ciudadano del Reino.

Por esto, antes de Mí ha venido Juan a preparar los caminos de los corazones,

bautista

por los cuales debía penetrar en ellos mi Doctrina.

Con la penitencia se han preparado los caminos,

con el amor el Reino surgirá.

Y caerá la esclavitud del pecado, que impide a los hombres el Reino de los Cielos.

Uno que escuchaba atentamente,

Con voz fuerte y en tono muy alto,

como si gritara:

–              ¡Pero, verdaderamente este Hombre es grande!

¿Y vosotros decís que es un artesano?

Y otros, judíos por su vestimenta;

Quizás instigados por los enemigos de Jesús, se miran confundidos:

Miran a sus instigadores preguntando:

–              ¿Pero qué nos habéis imbuido?

–             ¿Quién puede decir que este hombre extravía al pueblo?

–             Nos preguntamos y os preguntamos estas cosas:

Si es verdad que ninguno de vosotros lo ha instruido,

¿Cómo tiene tantos conocimientos?

–           ¿Dónde los ha aprendido…

Si no ha estudiado nunca con ningún maestro?

Y  dirigiéndose a Jesús,

le dicen:

–             Di, pues…

¿Dónde has encontrado esta doctrina tuya?

Jesús levanta un rostro inspirado,

diciendo:

–             En verdad…

En verdad os digo que esta doctrina no es mía,

sino que es de Aquél que me ha enviado a vosotros.

En verdad, en verdad os digo que ningún maestro me la ha enseñado;

ni la he encontrado en ningún libro viviente.

O en ningún rollo o monumento de piedra.

En verdad, en verdad os digo que me he preparado para esta Hora,

oyendo al Viviente hablarle a mi espíritu.

Ahora la hora ha llegado para que Yo dé al pueblo de Dios,

la Palabra venida de los Cielos.

Lo hago y lo haré hasta el último respiro…

Y tras haberlo exhalado, las piedras que me oyeron y no se ablandaron,

conocerán un temor a Dios más fuerte que el que experimentó Moisés en el Sinaí.

Y en el temor, con voz de verdad, para bendecir o maldecir,

las palabras de mi Doctrina rechazada se grabarán en las piedras.

Y esas palabras ya no se borrarán nunca.

El signo permanecerá.

Luz para quien lo acoja al menos entonces, con amor;

absolutas tinieblas para quien ni siquiera entonces,

comprenda que ha sido la Voluntad de Dios la que me ha enviado para fundar su Reino.

Al principio de la creación fue dicho:

«Hágase la luz».

Y la luz apareció en el caos.

Al principio de mi vida fue dicho:

«Paz a los hombres de buena voluntad».

La buena voluntad es aquella que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella.

Ahora bien, aquel que hace la voluntad de Dios y no combate contra ella,

siente que no puede combatir contra Mí,

porque siente que mi doctrina viene de Dios y no de mí mismo.

¿Acaso busco Yo mi gloria?

¿Digo acaso que soy el Autor de la Ley de gracia y de la era de perdón?

No.

Yo no tomo la gloria que no es mía,

sino que doy gloria a la gloria de Dios,

Autor de todo lo que es bueno.

Ahora bien;

mi gloria es hacer lo que el Padre quiere que haga;

El sacrificio más grato para el Señor, es el de la voluntad. Padre Pío

porque esto le da gloria a Él.

El que habla a favor propio para recibir alabanza, busca su propia gloria.

Mas aquel que pudiendo -incluso sin buscarla- recibir gloria de los hombres,

por lo que hace o dice y la rechaza diciendo:

«No es mía, creada por Mí sino que procede de la del Padre,

de la misma manera que Yo de Él procedo.

» está en la verdad y en él no hay injusticia,

pues da a cada uno lo suyo sin quedarse con nada de lo que no le pertenece.

Yo soy porque Él ha querido que fuera».

(El contexto presenta a Cristo en su Humanidad:

«Aquel que me ha enviado entre vosotros»

«me ha preparado para esta hora»

«hasta el último respiro»

«Al principio de mi vida»…)

por tanto hay que entender esta frase

en el sentido de la Encarnación por voluntad del Padre).

Jesús se detiene un momento.

Recorre con sus ojos la aglomeración de gente.

Escudriña las conciencias.

Las lee.

Las sopesa.

653 El Reino de Cristo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

486a En el Templo para la fiesta de los Tabernáculos

Jesús va al lugar que ha elegido para sí.

¡Oh!, ¡no tiene alfombras bajo los pies!

Ni siquiera está bajo el pórtico…

Simplemente junto a una columna, permanece en pie erguido,

en el escalón más alto, en el fondo del pórtico.

El lugar más modesto.

En torno a Él, apóstoles, discípulos, seguidores, curiosos;

más allá, fariseos, escribas, sacerdotes, rabíes.

Gamaliel no deja el sitio donde está.

Jesús se pone a predicar por centésima vez la venida del Reino de Dios.

De la preparación de este Reino.

Y se podría decir que ampliados en potencia…

Repite los mismos conceptos tratados,

casi en el mismo lugar, veinte años antes.

Habla de la profecía de Daniel,

del Precursor anunciado por los profetas;

recuerda la estrella de los Magos,

la matanza de los Inocentes.

Y sentadas estas premisas para mostrar los signos de la venida del Cristo a la Tierra,

cita, como corroboración de su venida,

los signos actuales que acompañan al Cristo docente;

como antes los otros acompañaban al adviento del Cristo encarnado.

o sea, recuerda la contradicción que lo acompaña…

la muerte del Precursor.

los milagros que continuamente se producen, confirmando que Dios está con su Cristo.

No ataca nunca a sus antagonistas.

Pareciera que no los ve siquiera.

Habla para confirmar en la fe a sus seguidores;

para iluminar acerca de la verdad a aquellos que sin culpa,

están todavía en tinieblas respecto a ella…

Una voz áspera se deja oír desde el extremo donde está la gente,

como una flecha ardiente de odio,

cuestiona:

–               ¿Cómo puede Dios estar en tus milagros, si se producen en día prohibido?

Incluso ayer has curado a un leproso en el camino de Betfagé.

Jesús mira al que lo ha interrumpido, pero no responde.

Sigue hablando de la liberación del dominio que oprime a los hombres.

De la instauración del Reino de Cristo:

eterno, invencible, glorioso, perfecto.

Un escriba con risitas sarcásticas,

pregunta:

–               Y esto, ¿Cuándo?

Ya sabemos que quieres hacerte rey.

Pero un rey como Tú sería la ruina de Israel.

¿Dónde está tu potencia de rey?

¿Dónde, los soldados?

¿Dónde, los tesoros?

¿Dónde, las alianzas?

¡Estás desquiciado!

Y muchos como él menean la cabeza riéndose con menosprecio.

Un fariseo, burlonamente agrega:

–             Así no.

De esta forma nunca sabremos qué entiende Él por reino;

cuáles leyes y cuáles manifestaciones tendrá ese reino.

¿Qué?

¿Acaso el reino antiguo de Israel fue de repente perfecto como en los tiempos de David y Salomón?

¿No recordáis cuántas incertidumbres y horas oscuras antes del esplendor regio del rey perfecto?

Para disponer del primer rey fue necesario antes,

formar al hombre de Dios que lo ungiera.

Y por tanto quitar la esterilidad a Ana de Elcaná.

E inspirarle que ofreciera el fruto de su vientre.

Meditad el cántico de Ana.

Otro escriba añade:

–                Es lección para nuestra dureza y ceguera:

Nadie es santo como el Señor…

No queráis multiplicar jactándoos, las palabras soberbias…

El Señor hace morir y vivir…

Exalta al pobre…

Hace seguros los pasos de sus santos.

Y los impíos callarán porque el hombre no es fuerte por su fuerza,

sino por la que le viene de Dios».

¡Recordad!

«El Señor juzgará los confines de la Tierra.

Dará el imperio a su rey y exaltará la potencia de su Cristo»

(1 Samuel 2; 1 Samuel 1, 10- 11 y 20; 2, 1-11)

¿El Cristo de las profecías no debía acaso, venir de David?

¿Y es que todas las premisas, desde el nacimiento de Samuel en adelante,

no son premisas para el reino del Cristo?

¿Tú Maestro, no eres acaso de David, nacido en Belén?

Pregunta para finalizar, directamente a Jesús.

Jesús responde firme y breve:

–              Tú lo has dicho.