710 El Mentiroso Tentador


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

511a En la casa de Juan de Nob. 

Elisa y anastásica se han marchado.

Se oye un golpe en la puerta.

Tomás se levanta a abrir y exclama:

–                 ¿Tú José?

¿Y con Nicodemo?

¡Entrad! ¡Entrad!

Jesús los recibe:

–                La paz sea con vosotros.

Sean bienvenidos.

José de Arimatea saluda:

–                 La paz sea contigo, Maestro.

Y con los que estén en esta casa.

Vamos a Rama.

Nicodemo me invitó a ir allá y quisimos pasar a saludarte…

Queremos saber si te siguen molestando, porque sabemos que fueron a buscarte a la casa de  José.

Y te han buscado por todas partes, después de que curaste al ciego.

Aunque es verdad que no han ido más allá de las murallas.

No se atrevieron a mover una sola silla, para no profanar el sábado.

Y con esto creen que son puros.

Pero para buscarte y para seguir a Bartimeo…

¡Oh! ¡Han caminado más de lo permitido!

Mateo pregunta:

–                  ¿Y cómo supieron si el Maestro no ha hecho nada en el camino?

Pedro agrega:

–                  Tampoco nosotros sabíamos si se había curado.

Fuimos a la sinagoga y luego a saludar a Nique.

Y al bajar el sol, nos vinimos para acá.

José explica:

–                  Vosotros lo ignorabais.

Pero los enviados de los fariseos lo supieron.

Vosotros no los visteis, pero yo sí los vi.

Dos de ellos estuvieron presentes cuando el Maestro tocó los ojos del ciego.

Hacía horas que estaban en espera.

Judas de Keriot pregunta con aire de inocencia:

–                 ¿Cómo es posible eso?

José le lanza una mirada inescrutable…

Y cuestiona:

–                  ¿Y me lo preguntas a mí?

–                  Porque es algo raro te lo pregunto.

Nicodemo agrega:

–                  Lo más raro es que desde hace tiempo, en donde quiera que está el Maestro haya espías.

–                  Los buitres vuelan a donde está la presa y  los lobos a donde está el ganado.

José  completa:

–                 ¡Y los ladrones a donde el cómplice les dice que está la caravana! Dijiste bien…

–                 ¿Qué quieres insinuar?

–                  Nada.

Tan solo completo tu proverbio, aplicándolo a los hombres.

Pues Jesús es hombre y hombres son los que le asechan.

Varios dicen:

–                Cuenta José, cuenta.

–                Si el Maestro quiere, por eso he venido.

Jesús dice:

–               Habla.

José refiere minuciosamente todo lo que vio…

Omitiendo el hecho de que Judas fue el que dijo al ciego, donde estaba Jesús.

Las reacciones son variadas según el corazón:

Unas de ira.

Otras de dolor.

Judas de Keriot es el que aparenta estar más afligido e irritado contra todos.

Sobre todo contra el ciego imprudente,

que vino a travesarse en el camino de Jesús en sábado, confiando en la bondad del Maestro.

Felipe dice sorprendido:

–                 ¡Tú fuiste quién se lo indicó!

¡Estaba yo cerca de ti y te oí…!

Judas observa:

–                  Indicar no quiere decir mandar hacer alguna cosa.

Tadeo interviene:

–                  ¡Oh, eso sí lo creo!

Pues no me imagino que hubieras tenido la osadía, de haber dado órdenes al Maestro para que obrara…

–                  ¿Yooo?…

Todo lo contrario.

Se lo señalé para pedir una explicación.

Tadeo replica:

–                 Está bien.

Pero algunas veces indicar, es también inclinar a hacer algo.

Y esto fue lo que hiciste.

Judas asegura descaradamente:

–                Tú lo has dicho, pero no es verdad.

José de Arimatea pregunta:

–                ¿No es verdad?

¿Estás seguro?

¿Seguro como vives de que nunca dijiste cosa alguna al ciego acerca de Jesús?

¿De que no le aconsejaste que se acercase a Él?

¿Y mucho menos de haber insistido en que lo hiciera, antes de que Jesús dejase la ciudad?

Judas se defiende:

–                 No es verdad.

¿Quién ha podido hablar con ese hombre?

Ciertamente que yo no.

Día y noche estoy con el Maestro.

Y si no con Él, con los compañeros…

Bartolomé dice:

–                 Creí que lo habías hecho ayer, cuando fuiste con las mujeres…

–                ¡Ayer!

No emplee más de lo que emplea una golondrina en ir y volver.

¿Cómo podía haber ido a buscar al ciego, encontrarlo y hablarle en tan poco tiempo?

–                 Pudo ser que lo hayas encontrado…

–                ¡Jamás lo he visto!

José de Arimatea recalca:

–                Entonces ese hombre es un mentiroso;

porque afirmó que tú le dijiste que viniese y le señalaste el lugar.

Y lo que tenía que hacer.

Le diste tu palabra de que Jesús te haría caso y…

Judas lo interrumpe fuera de sí:

–               ¡Basta!

¡Basta!

Merece que nuevamente quede ciego, por todas las mentiras que dice.

Yo lo puedo jurar por el Santo, que no lo conozco sino de vista y que jamás le he hablado.

José lo mira severamente, con unos ojos que parecen atravesarlo,

y dice:

–                No te preocupes.

Que tu corazón esté tranquilo, Judas de Keriot.

Tú que no temes a Dios, porque sabes que tus acciones son santas.

Feliz de ti que no temes a nada.

–                 No tengo miedo alguno, porque estoy sin pecado.

Nicodemo lo mira y contesta:

–                 Todos pecamos, Judas.

Ojala sepamos arrepentirnos después de los primeros pecados…

Y no aumentarlos ni en número, ni en perversidad.

Luego se dirige al Maestro,

y agrega:

–                Lo más triste…

Es que José de séforis fue amenazado con la expulsión de la sinagoga, si vuelve a hospedarte.

Bartimeo fue echado fuera de ella.

Había ido con sus padres, pero los fariseos lo estaban esperando en la sinagoga.

No lo dejaron entrar y le lanzaron el Anatema…

Varios gritan:

–                 ¡Esto es demasiado!

–                 ¡Hasta cuando, Señor!…

Jesús dice:

–                ¡Paz! ¡Paz!

No hay nada.

Bartimeo está en camino del reino.

¿Qué perdió, pues?

Está en la luz.

¿Acaso no es hijo de Dios, más que antes?

¡Oh, no confundáis los valores!

¡Paz! ¡Paz!

No iremos más a la casa de José.

Me desagrada que Isaac tenga instrucciones de llevar allá a mi Madre y a María de Alfeo.

Hubiera sido solo por unas cuantas horas, porque ya se han tomado las providencias.

Se vuelve al anciano Juan  y le pregunta:

–              ¿Padre tienes miedo del Sanedrín?

Estás viendo lo que cuesta hospedar al hijo del hombre.

Eres viejo.

Eres un fiel israelita.

Se te podría arrojar de la sinagoga en tus últimos sábados.

¿Podrías soportarlo?

Habla sinceramente y si tienes miedo, Yo me voy.

Habrá una cueva todavía en los Montes de Israel, para el Hijo de Dios…

El anciano Juan contesta:

–                ¿Yo Señor?

¿De quién quieres que tenga miedo, sino de Dios?

No temo al sepulcro que ya se me está abriendo y ya casi lo considero como un amigo.

¿Y quieres que tema yo a los hombres?

Temería al juicio de Dios si por temor a los hombres, te arrojase a Ti, el Mesías de Dios.

–                 Está bien.

Eres un justo.

Me quedaré aquí,cuando esté en las ciudades vecinas, como pienso hacerlo alguna vez más.

Nicodemo invita:

–               Ven a rama.

Ven a mi casa Señor.

–                 ¿Y si te viene algún mal?

–                 ¿No te invitan acaso los fariseos con mala intención?

¿No podría yo hacerlo, para conocer mejor tu corazón?

Tomás suplica:

–                 Sí, maestro.

Vamos a Rama.

Mi padre se sentirá feliz si es que está en casa.

Y si no, como sucede con frecuencia, encontrará bendición.

Jesús accede:

–                Iremos primero a Rama.

Mañana…

Nicodemo dice:

–                Maestro, te dejamos.

Afuera tenemos nuestros animales y esperamos llegar a Rama, antes de la segunda vigilia.

La luna alumbra los caminos como un pequeño farol.

Adiós, Maestro.

La paz sea contigo.

José también se despide:

–                 La paz sea contigo, Maestro.

Y escucha un buen consejo de José el Anciano.

Sé un poco astuto.

Mira a tu alrededor.

Abre los ojos y cierra los labios.

Haz lo que vas a hacer.

Y nunca lo digas antes… 

No vengas a Jerusalén por algún tiempo.

 Y si vienes, no te estés en el Templo, más de lo necesario para orar.

 ¿Me entiendes?

Adiós, Maestro.

La paz sea contigo, Maestro.

José mira fijamente a Jesús.

Diciendo estas palabras despacio y con énfasis, en algunas frases.

Su mirada es un aviso.

Salen al huerto que la luna ilumina con su luz plateada.

Desatan dos fuertes asnos de un nogal.

Suben sobre sus sillas.

Jesús los bendice.

Parten por el camino solitario y bañado por la luz de la luna…

Jesús los mira mientras se marchan.

Luego regresa con los cuatro suyos que se han quedado, a la cocina.

Los apóstoles comentan:

–                    ¿Qué habrá querido decir al final, en realidad?

–                    ¿Cómo se enteraron de eso?

–                    ¿Y cómo lograron saberlo?

–                    ¿Qué le harán a José de Séforis?

Jesús concluye:

–                   Nada.

Palabras.

No más que palabras.

No penséis más en ello.

Son cosas que pasan sin consecuencia alguna.

¡Ea! Digamos la Oración y separémonos, para ir a descansar…

Vosotros a vuestra habitación…

Yo saldré al huerto.

“Padre Nuestro…”

709 La Misión de María


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

511 En la casa de Juan de Nob. 

Al día siguiente, Jesús en Nobe divide en grupos de cuatro a los apóstoles, para que vayan a las casas.

Con Santiago de Zebedeo, que hace de cabeza, van Mateo, Judas Tadeo y Felipe.

Con Bartolomé que es el jefe, están Santiago de Alfeo, Andrés y Tomás.

Con Jesús se quedan Pedro, Juan, Judas de Keriot y Simón zelote.

Jesús dice:

–              Id después de la cena a donde os prometieron hospedaros.

Mañana regresaréis aquí y os diré lo que tenéis que hacer.

Estaremos juntos a la hora de las comidas.

Recordad lo que os he dicho muchas veces:

Que también con el modo de vivir y convivir entre vosotros y con quien os recibe, seáis tetimonio de mi Evangelio.

Sed pues sobrios, pacientes, honestos en vuestras palabras, en vuestras acciones, en vuestras miradas;

Debéis predicar mi Doctrina de modo que de vosotros se respire como perfume, vuestra rectitud.

Ya veis cómo los ojos del mundo están siempre sobre nosotros, para calumniarnos o para estudiarnos…

Y también para veneración.

Pero éstos son los menos entre los muchos ojos que nos observan.

Y no obstante, de estos pocos debemos tener sumo cuidado;

porque sobre su fe carga el trabajo del mundo, para desmoronarla.

Todo sirve al mundo como arma para destruir el amor de los buenos hacia Mí…

Y como consecuencia, hacia vosotros.

No ayudéis pues al mundo, con un modo de vida no santo.

Y no hagáis siendo para ellos objeto de escándalo;

más pesada la fatiga de los que deben defender su fe, de las insidias de mis adversarios.

El escándalo deja desorientadas a las almas, las aleja, las debilita.

¡Ay de aquel apóstol que sea escándalo para las almas!

Peca contra su Maestro y contra su prójimo, contra Dios y contra el rebaño de Dios.

Tengo confianza en vosotros.

No agreguéis a mi dolor que ya es mucho, otro dolor que venga de vosotros.

Bartolomé contesta:

–              No te preocupes, Maestro.

De nosotros no recibirás ningún dolor, a no ser que Satanás nos revuelque y nos extravíe a todos.

Entra Anastásica, que está ayudando en la cocina a Elisa,

y anuncia:

–             La cena está lista, Maestro.

Baja mientras está caliente.

Te hará mucho bien y te repondrás.

Jesús responde:

–               Gracias Anastásica.

Llamando a todos,

agrega:

–              Vamos.

Jesús se levanta y sigue a la mujer hacia abajo, por la pequeña escalera que desde la habitación de arriba;

donde están preparadas unas camas modestas;

baja hasta el huerto.

Y de éste entra en la cocina, alegrada por un fuego vivo.

Encuentran el anciano Juan cerca del fuego.

Elisa anda ajetreada preparando la comida.

Ella se vuelve con una sonrisa maternal, a mirar a Jesús cuando entra.

Y se apresura a volcar en un gran tazón, el trigo cocido con leche y miel,

repitiendo lo mismo que preparó María de Alfeo en Nazaret, antes de la partida de Juan y Síntica.

La mujer dice tiernamente:

–              Mira.

Recordé que María Cleofás me dijo que te gustaba.

Guardé la mejor miel para hacértelo.

Y había reservado unos tarros, para darle también a Margziam…

Lamento que el niño no haya venido…

Jesús responde:

–                Gracias Elisa.

Nique ha querido que se quedara junto con Isaac, dado que mañana a la aurora salen.

Y ella aprovecha el carro hasta Jericó, para llevar a cabo la misión que ya sabes…

Judas pregunta interesado:

–                ¿Qué misión, Maestro?

–                Una misión muy femenina:

Criar a un niño.

Lo que el niño necesita no es leche sino Fe, porque es un niño en el espíritu.

La mujer es siempre madre y sabe hacer estas cosas.

¡Cuándo ella comprende esto!…

El hombre tiene mucha fuerza.

Ella vale cuanto el hombre…

Con la superioridad de la fuerza de su dulzura materna.

Acariciándolo con la mirada,

Elisa exclama:

–                ¡Qué bueno eres con nosotras, Maestro!

–                Soy sincero, Elisa.

Nosotros de Israel y no sólo nosotros;

estamos acostumbrados a ver a la mujer como si fuera un ser inferior…

A pensar en ella así.

Y no está bien.

No.

Si está sujeta al hombre como es justicia, porque en ella recae más el castigo por el pecado de Eva;

si su misión está destinada a desarrollarse entre velos y penumbras, sin gestos ni gritos llamativos;

si todo en ella sucede como celado bajo un entrecielo…

No por ello es menos fuerte o menos capaz que los hombres.

Incluso sin traer a la memoria a las grandes mujeres de Israel…

Os aseguro que en el corazón de la mujer existe una gran fuerza.

En el corazón.

Así como los varones la tienen en su mente.

Os aseguro también que la posición de la mujer va a cambiar, como cambiarán muchas otras cosas.

Y será justo.

Porque así como Yo por todos los hombres obtendré gracia y redención;

así también una Mujer las obtendrá para ellas, de una manera especial…

Sí.

Liberar del pecado no serviría de mucho, porque el Adversario es eterno y volvería a insidiar.

Pero del Jardín terrenal una voz surgió,

la Voz de Dios, diciendo:

«Pondré enemistad entre ti y la Mujer…

Ella te aplastará la cabeza y tú acecharás su calcañar».

Nada más que una asechanza, porque la Mujer tendrá…

Tiene en sí, aquello que vence al Adversario.

Y por lo tanto redime, desde que existe.

Una Redención ya presente, aunque oculta.

Pero pronto se manifestará al mundo.

Y las mujeres se fortalecerán en Ella.

Judas pregunta riéndose:

–              ¿Una mujer?

¿Y cómo quieres que redima una mujer?

–              En verdad te digo que Ella, también está redimiendo.

¿Sabes lo que es redimir?

–               ¡Qué si lo sé!

Es librar del pecado.

–               Así es.

–               Que tú redimas está bien.

Estoy de acuerdo.

Pero que una mujer pueda…

No lo acepto,  Maestro.

–              ¿No recuerdas a Tobías?

¿No recuerdas su cántico?

–                Sí.

Pero habla de Jerusalén. (Tobías 13)

–              ¿Existe acaso en Jerusalén un Tabernáculo en que esté Dios?

¿Puede  Dios desde su Gloria presenciar los pecados que se cometen, entre las murallas del Templo?

Era necesario otro Tabernáculo que fuese santo.

Que fuese Estrella que conduce de nuevo al Altísimo a los extraviados.

Y esto se da en la Corredentora, que por los siglos de los siglos exultará de ser la Madre de los redimidos.

El verdadero cántico de la Corredentora…

Lo cantan ya en el Cielo los ángeles que la ven…

La nueva y Celestial Jerusalén tiene principio en Ella.

¡Oh! ¡Es verdad!

«Tú brillarás con luz espléndida.

Todos los pueblos de la Tierra se postrarán ante ti.

Las naciones llegarán a ti desde lejos, llevando dones.

Y adorarán en ti al Señor…

Invocarán tu gran Nombre…

Los que no te escuchen estarán entre los malditos.

Y benditos aquellos que se adhieran a ti…

Serás feliz en tus hijos, porque ellos serán los benditos reunidos con el Señor».

El verdadero cántico de la Corredentora.

Y ya en el Cielo lo cantan los ángeles, que ven…

La Jerusalén nueva y celeste comienza en Ella.

¡Oh, sí, esto es verdad!

El mundo la ignora.

Y la ignoran los ofuscados rabíes de Israel…

En verdad, en verdad os digo que Ella ya está redimiendo.

Jesús contempla la realidad de lo que está viendo espiritualmente.  

Que es un consuelo enmedio de su enorme sufrimiento…

Judas de Keriot se vuelve a su compañero sentado a su lado,

y pregunta:

–               Felipe, ¿De quién está hablando?

Antes de que Felipe pueda responder…

Elisa, que está poniendo en la mesa el queso y las aceitunas negras;

con cierto tono pleno de dureza dice:

–              Habla de su Madre.

¿No lo comprendes?

Judas replica:

–              Nunca había sabido que los Profetas la hubieran señalado como mártir…

Hablan solo del Redentor y…

Elisa pondera:

–               ¿Y piensas que sólo se puede ser mártir en el cuerpo?

¿Que sólo existe la tortura de la carne?

¿No sabes que esto no es nada para una madre, cuando ve morir a su hijo?

Tu inteligencia, no me refiero a tu corazón, en el que no sé qué haya…

Repito, tu inteligencia de la que tanto te glorías,

¿No te ha enseñado que una madre se sujetaría mil veces a la tortura y a la muerte;

con tal de no oír un gemido de su hijo?

Oye, tú eres un hombre que sabes mucho.

Yo no sé otra cosa, más que ser mujer y madre.

Pero te aseguro que eres más ignorante que yo;

porque ni siquiera conoces el corazón de tu madre…

MARIA DE SIMON

Judas se enoja,

y exclama:

–               ¡Me ofendes!

–               No.

Soy anciana y te aconsejo…

Haz que tu corazón sea inteligente y te evitará lágrimas y castigo.

Procura hacerlo.

¡Hazlo si puedes!

Los apóstoles, sobre todo Tadeo, Santiago de Zebedeo, Bartolomé y Zelote, se cruzan miradas furtivas…

Y bajan la cabeza, para ocultar la sonrisilla que despunta en sus labios;

por las palabras que Elisa dice a Judas de Keriot, el apóstol que se cree perfecto.

Jesús, que continúa absorto, parece no oír nada.

Elisa se vuelve hacia Anastásica,

diciendo:

–              Hija, vente.

Mientras comen, vamos a preparar las otras camas, porque tres son pocas

Y hace ademán de querer salir.

Pedro exclama:

—                   ¡Elisa, no dejaréis la vuestra, ¿No?!

No está bien.

Yo y Juan podemos dormir en las tablas.

Estamos acostumbrados.

–                   No, Simón.

Hay cañizos y esteras.

Están guardados.

Ahora los montamos en los caballetes.

Las dos discípulas se van.

Los apóstoles, cansados y con el calorcito de la cocina, casi se les cae la cabeza.

Con el codo apoyado en la mesa y la cabeza en la mano,

Jesús piensa.

708 El Juicio de Bartimeo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510f La curación de un ciego de nacimiento.  

El primero que regresa es Bartimeo;

sorprendido y enojado.

Le ordenan que se quede en ángulo del salón…

Y lo miran como una jauría de perros furiosos con su presa…

Después de algún tiempo,

llegan los padres rodeados de gente.

Elquías ordena.

–             Pasad.

Los demás que se queden afuera.

A los lugareños de Ofel los echan para atrás reteniéndolos en el patio.

Los dos entran espantados y ven a su hijo en el rincón.

Sano.

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Pero como si estuviera arrestado…

La madre gime:

–            ¡Hijo mío!

¡Hoy debería ser un día de fiesta para nosotros!

Nahúm pregunta con aspereza:

–            Escuchadnos.

¿Es vuestro hijo ese joven?

El anciano responde:

–             ¡Claro que es nuestro hijo!

¿Quién queréis que sea, sino él?

–               ¿Estáis seguros de ello?

El padre y la madre están tan atolondrados con la pregunta, que se miran antes de responder.

Nahúm furioso,  exige:

–             ¡Responded!

El hombre contesta con humildad:

–            Noble Fariseo,

¿Puedes pensar que un padre y una madre se engañen acerca de su hijo?

–              Pero, ¿Podéis jurar que sí?

¿Qué por ninguna suma de dinero se os pidió que dijeseis, qué éste es vuestro hijo,

cuando no es sino uno que se le asemeja?

–                ¿Qué nos hayan pedido?…

¿Quién?

¿Jurar?

¡Mil veces!

¡Por el altar y por el Nombre de Dios si te place!

La afirmación es tan clara, capaz de convencer aún al más obstinado.

Pero los fariseos no quieren dar su brazo a torcer.

Sadoc pregunta:

–              ¿No nació ciego vuestro hijo?

La madre responde:

–               Sí.

Así nació.

Con los párpados cerrados y adentro, nada.

No tenía ojos.

Nahúm ríe con sarcasmo mientras dice:

–             ¿Y cómo es entonces que ahora ve?

¿Qué tiene sus ojos marrones y sus párpados están abiertos?

¡No vais a querer afirmar que los ojos puedan nacer así, como flores en primavera…

Y que un párpado se abra como el cáliz de una flor!…

El padre responde:

–              Sabemos que éste es verdaderamente nuestro hijo desde hace casi treinta años.

Que nació ciego.

¿Cómo ve ahora?

No lo sabemos.

Ni sabemos quién le haya abierto los ojos.

Por otra parte, preguntádselo a él.

No es un tonto, ni un niño.

Ya tiene sus años, es un adulto y un hombre joven.

Preguntadle a él y os responderá.

Uno de los dos que siguieron al ciego,

grita:

–              ¡Mentís!

En vuestra casa, él os contó cómo fue curado y quién lo curó.

¿Por qué habéis dicho que no lo sabéis?

–             Estábamos tan atolondrados por la sorpresa, que no nos habíamos dado cuenta bien.

Se excusan ambos.

Doras se vuelve hacia Bartimeo:

–            Acércate.

Y…

¡Da gloria a Dios si puedes!

¿No sabes que quién te tocó los ojos es un pecador?

¿No lo sabías?

Te lo decimos para que lo tengas en cuenta.

Bartimeo responde:

–            ¡Bueno!

Será como decís.

Yo no sé si es pecador o no.

Lo único que sé, es que antes estaba yo ciego y que ahora veo.

¡Y muy claro!

–             ¿Qué cosa te hizo?

¿Cómo te abrió los ojos?

–             Ya os lo he dicho y me escuchasteis.

¿Queréis oírlo nuevamente?

¿Para qué?

¿Tal vez queréis haceros sus discípulos?

Varios exclaman airados:

–              ¡Bruto!

Sé tú discípulo de ese hombre.

–               Nosotros lo somos de Moisés.

–               Y sabemos referirte todo lo de Moisés y cómo Dios le habló.

–                Pero de este Hombre no sabemos nada.

–                Ni de Dónde venga.

–                 Ni Quién sea.

–                Y ningún prodigio del cielo nos lo señala por profeta.

Bartimeo contesta feliz:

–               ¡En esto está lo maravilloso!

Que no sabéis de donde sea y decís que ningún prodigio os lo señala como a un hombre justo.

Él me hizo unos ojos y me dio la vista.

Y ningún israelita de entre nosotros, lo ha hecho jamás.

Pero todos sabemos una cosa y es que Dios no escucha al pecador;

sino al que le teme y hace su voluntad.

Jamás se ha sabido que alguien en cualquier parte del mundo…

Haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento;

fuera de este Jesús que sí lo hizo.

Si Él no fuese Dios, no  lo hubiera podido haber hecho.

Bartimeo hace énfasis en las últimas palabras y las dice muy despacio.

Esto cae como un rayo, en medio de los energúmenos Fariseos,

que le gritan:

–             Naciste sumido en el pecado;

deforme en el espíritu, mucho más de lo que fuiste en tu cuerpo.

–              Y ¿Pretendes enseñarnos a nosotros?

–               ¡Lárgate, maldito aborto!

–              ¡Hazte Satanás con el que te seduce!

–              ¡Largo!

–              ¡Fuera!

–              ¡Fuera, plebe estúpida y pecadora!

Y arrojan al joven y a sus padres, como si fueran tres leprosos.

Éstos se van ligeros, seguidos por sus amigos.

Fuera del recinto del Templo, Bartimeo se vuelve,

y grita:

–               Decid lo que queráis.

¡A mí no me importa!

La verdad es que veo y alabo por ello a Dios.

¡Vosotros sois unos satánicos!

Y no el Bueno que me ha curado…

Su madre suplica:

–              ¡Cállate hijo!

¡Cállate!

¡No nos vayan a hacer algún mal!…

–            ¡Oh, mamita mía!

¿Te envenenó el aire de esa sala?

¿Tú que cuando yo sufría me enseñaste a alabar a Dios…

Y ahora que te has encontrado con la alegría, no sabes darle las gracias?

¿Temes a los hombres?…

Si Dios me ha amado tanto y te ha amado, que nos concedió un milagro.

¿No podrá defendernos de un puñado de hombres?…

El padre dice:

–                       Tiene razón mujer.

Vamos a nuestra sinagoga a alabar al Señor.

Porque de este Templo nos han arrojado.

Vámonos aprisa, antes de que termine el sábado…

Y apresurando el paso, se pierden entre las calles…

707 La Injusticia en el Templo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510d La curación de un ciego de nacimiento.  

Cuando llegan al Templo;

José guía a Bartimeo a una sala donde hay muchos escribas y fariseos.

Entran también los cinco.

Y a los de Ofel, les cierran la puerta en las narices.

José dice:

–               Aquí está el hombre.

Yo mismo lo he traído.

Pues sin ser visto, he asistido a su encuentro con el Rabí y a su curación.

Y os puedo decir que fue totalmente casual por parte del Rabí.

El hombre, lo oiréis también vosotros, fue invitado a ir a donde estaba el Rabí;

por Judas de Keriot, a quien conocéis.

Yo he oído…

Y también estos dos que están conmigo han oído porque estaban presentes;

cómo fue Judas el que tentó a Jesús de Nazaret para que realizara el milagro.

Ahora aquí declaro que si hay que castigar a uno no es al ciego ni al Rabí;

sino al hombre de Keriot.

Que Dios ve si miento al decir lo que mi intelecto piensa;

es el único autor del hecho…

en el sentido de que lo ha provocado con intencionada maniobra.

Yo asistí a su encuentro con Jesús de Nazareth y a su curación.

Os puedo afirmar que fue del todo casual por parte del Rabí, como oiréis de él mismo.

Yo escuché y también estos dos, porque estaban presentes;

como fue Judas el que tentó a Jesús de Nazareth a hacer el milagro.

Ahora yo declaro que si hay alguien a quien deba castigarse, no será el ciego, ni el Rabí;

sino el hombre de Keriot que Dios sabe que no miento al decir lo que imagino,

es el único responsable del hecho;

porque a propósito lo buscó.

Eso es todo.

He dicho.

Elquías contesta:

–              Tus palabras no quitan la culpa al Rabí.

Si un discípulo suyo pecó, no debería pecar Él.

Pero pecó curando en sábado.

Hizo una obra servil…

–              Escupir en tierra no es hacer una obra servil.

Tocar los ojos de otro tampoco.

Yo también toco a un hombre y no creo haber cometido un pecado.

–               Él realizó un milagro en sábado.

En esto está el pecado.

–              Honrar el sábado con un milagro, es gracia de Dios y de su bondad.

Es su día.

¿No podrá el Omnipotente celebrarlo con un milagro que haga brillar su poder?

Eleazar de Anás dice:

–             No estamos aquí para escucharte.

Tú no eres el acusado.

A éste es al que queremos interrogar.

Se vuelve hacia el joven,

ordenándole:

–                Responde tú.

¿Cómo obtuviste la vista?

Bartimeo responde:

–              Ya lo dije.

Estos me escucharon.

El discípulo de aquel Jesús, ayer me dijo: ‘Ven y haré que te cure’

Fui.

Sentí que me ponían lodo y oí una voz que me ordenaba que fuera a Siloé a lavarme.

Lo hice y veo.

Elquías continúa:

–            Pero ¿Sabes quién te curó?

–            ¡Claro que lo sé!

Fue Jesús.

Ya lo he dicho.

–            ¿Sabes exactamente quién es Jesús?

–            Yo no sé nada.

Soy un pobre y un ignorante.

Hasta hace poco fui un ciego.

Esto es lo que sé.

Sé que Él me ha curado.

Si ha podido hacerlo no cabe duda de que Dios está con él.

consejo

Sadoc y Doras gritan furiosos:

–               ¡No blasfemes!

–               ¡Dios no puede estar en quien no observa el sábado!

José, los fariseos Eleazar, Juan y Joaquín, hacen notar:

–              Tampoco un pecador puede hacer tales prodigios.

Sadoc los increpa:

–              ¿También vosotros os habéis dejado engañar por ese poseso?

Eleazar apoyado por sus compañeros y José, dice con calma:

–               No.

Somos justos.

Y decimos que si Dios no puede estar con quién obra en sábado;

tampoco puede el hombre sin Dios, hacer que un ciego de nacimiento vea.

Elquías y los contrarios, objetan airados y de mal talante:

–             ¿Y dónde metéis al Demonio?

Juan el fariseo replica:

–              No puedo creer.

Ni tampoco vosotros lo creéis, que el demonio pueda hacer obras con las que se alaba al Señor.

Sadoc pregunta:

–            ¿Y quién lo alaba?

José argumenta:

–              El Joven.

Sus padres.

Todo Ofel y yo con ellos.

Y conmigo todos los que son justos y santamente temen a Dios.

Elquías y los suyos, se han quedado sin argumentos.

Y se dirigen a Bartimeo:

–                ¿Tú que dices del que te abrió los ojos?

–                Para mí es un Profeta.

Más grande que Elías que resucitó al hijo de la viuda de Sarepta.

Porque Elías hizo volver el alma al cuerpo del niño.

Pero este Jesús me ha dado lo que yo nunca había perdido, porque nunca lo había tenido: la vista.

Si me ha hecho los ojos en un instante, sin nada más que un poco de lodo;

mientras que en nueve meses mi madre, con carne y sangre, no logró hacérmelos.

Él debe ser tan grande como Dios, que con el lodo hizo al hombre.

Esto es demasiado para el grupo de Elquías.

Y gritan como energúmenos:

–             ¡Lárgate!

–             ¡Lárgate!

–             ¡Lárgate!

–             ¡Blasfemo!

–             ¡Mentiroso!

Y echan fuera a Bartimeo, como si fuera un condenado.

Sadoc argumenta:

–                       El hombre miente.

No puede ser verdadero.

Todos están de acuerdo en que quien nace ciego, no puede curarse.

Será uno que se asemeja a Bartimeo.

Y que el Nazareno preparó.

O bien, tal vez Bartimeo también llamado Bartolmai, nunca ha estado ciego…

Ante esta sorprendente afirmación;

José de Arimatea protesta:

–             Que el odio ciegue a alguien, es cosa que se sabe desde Caín.

Pero que haga estúpidos, es una cosa que no se había visto.

¿Os parece que alguien llegue a la flor de la juventud fingiéndose ciego para…

Esperar un posible evento que meta ruido a un acontecimiento muy futuro?

¿O que los padres de Bartolmai no conozcan a su hijo o se presten a una patraña igual?

Elquías replica:

–             El dinero lo puede todo.

Ellos son pobres.

Sadoc añade:

–             El Nazareno es más que ellos.

José explica:

–            ¡Mientes!

Sumas de sátrapa pasan por sus manos.

Pero no se detienen ni un instante en ellas.

Esas sumas de dinero son para los pobres.

Las emplea para hacer el bien, no para urdir mentiras.

Doras grita:

–              ¡Cómo lo defiendes!

¡Y eres uno de los Ancianos!…

Eleazar apoya:

–               José tiene razón.

La verdad hay que decirla, cualquiera que sea el cargo que uno tenga.

Nahúm ordena:

–               Corred a llamar al ciego.

Traedlo nuevamente aquí.

Elquías aúlla:

–           Que vayan otros a la casa de sus padres y que los traigan aquí.

Y abriendo la puerta;

ordena a los que están afuera, que vayan por ellos.

Tiene los labios llenos de espuma por la ira y el odio, que lo ahogan.

Se le obedece al instante.

706 Bartimeo es llevado al Templo


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510c La curación de un ciego de nacimiento.  

La gente aúlla y amenaza con una auténtica y ruidosa explosión de ira,

propia de los humildes contra sus opresores.

Y de amor para su protector…

Gritan:

–                  ¡Ay de vosotros si hacéis mal a nuestro Salvador!

–                  Al amigo de los pobres.

–                   Al Mesías tres veces Santo.

Y la gritería comienza a subir de punto…

José de Arimatea apoyado sobre una pared no muy alta;

hasta ahora ha sido un atento pero inactivo espectador de los hechos.

Con agilidad maravillosa para su edad y pese a tantos vestidos y mantos como lleva, sube sobre el muro…

Y el Anciano doctor de Israel,

José de Arimatea grita:

–             ¡Silencio ciudadanos!

¡Escuchad a José el Anciano!

Una a una, todas las cabezas se vuelven a donde se oye la voz…

Y al reconocerlo…

Los gritos de ira se cambian en gritos de júbilo:

–                 ¡Ahí está José el Anciano!

–                  ¡Viva él!

–                 ¡Es José el Anciano!

–                 ¡Viva!

–                  ¡Paz y larga vida al justo!

–                  ¡Paz y bendición al bienhechor de los miserables!

–                   ¡Paz y bendición al benefactor de los indigentes!

–                   ¡Silencio, que habla José!

–                   ¡Silencio que va a hablar!

–                    ¡Silencio!

El silencio llega muy despacio.

Habiendo ya olvidado todos, el objeto que antes los hacía mirar en dirección opuesta:

Hacia los cinco desafortunados e imprudentes que han suscitado el tumulto.

Con dificultad se hace silencio.

Por algunos momentos se oye el rumor del Cedrón,

hacia el otro lado de la callejuela, más allá del suburbio.

Todas las cabezas con sus rostros atentos, están vueltas hacia el egregio fariseo…

José de Arimatea dice:

–               Ciudadanos de Jerusalén.

Hombres de Ofel.

¿Por qué queréis dejaros cegar de la sospecha y de la ira?

¿Por qué faltar al respeto y a las costumbres, vosotros que siempre habéis sido fieles a las leyes de los padres?

¿A quién teméis?

¿Teméis acaso que el templo sea un Moloc, que no devuelva lo que llega a él?

¿Acaso que vuestros jueces sean todos unos ciegos más que vuestro amigo;

ciegos en el corazón y sordos a la justicia?

¿No ha sido costumbre que un hecho prodigioso sea declarado, escrito y conservado,

por quién tiene obligación de cuidar las Crónicas de Israel?

Aún por amor y honor al Rabí que amáis;

dejad que vaya el que ha sido favorecido con el milagro…

Que suba a declarar lo que Él hizo.

¿Dudáis todavía?

Pues bien;

Yo soy garante que ningún mal le sucederá a Bartimeo…

Sabéis que no miento.

Como a un hijo amado de mi corazón lo escoltaré hasta allá arriba.

Os lo traeré aquí después.

Tened confianza en mí.

Y no hagáis del sábado un día de pecado al rebelaros contra vuestros jefes.

La gente dice:

–                  ¡Es como dice!

–                  No debemos.

–                  Podemos creerlo.

–                  Es un justo.

—                 Es un hombre recto.

–                  En las deliberaciones buenas del Sanedrín siempre su voz está presente.

–                 Tiene razón.

–                 No se debe.

La gente intercambia sus ideas…

Y al final grita:

–             ¡A ti sí, te confiamos nuestro amigo!

Y dirigiéndose al joven,

le dicen:

–              ¡Ve!

–              No temas.

–              Con José de Arimatea estás tan seguro como con tu padre y más.

La muchedumbre se abre para que el joven pueda ir donde está José;

que ha bajado de su púlpito improvisado.

Y mientras pasa, le dicen:

–              Iremos también nosotros.

¡No temas!

José, con sus grandiosas y ricas vestiduras de espléndida lana trabajada,

pone una mano sobre el hombro de Bartimeo y se ponen en camino.

La túnica gris y gastada del joven, con su pequeño manto de lana simple utilizada por los pobres,

van rozando contra la amplia túnica rojo oscura y el pomposo manto aún más oscuro y fastuoso,

del anciano miembro del Sanedrín.

Detrás de ellos, vienen los cinco y muchos de Ofel.

Atraviesan las calles principales…

Llamando la atención de muchos que señalan al ahora ex-ciego,

diciendo:

–                ¡Ese es el ciego que mendigaba!

—               ¡Es Bartimeo!

–                Ahora ya ve.

–                 ¡Pero si es el que pedía limosna ciego!

–                ¡Y ahora tiene ojos!

–                Bueno, quizás es uno que se le parece.

–                ¡No!

Es él, sin duda.

–            ¡Y lo llevan al Templo!

—           Vamos a oír.

Y la muchedumbre va creciendo más…

Aumentando la procesión;

hasta que los muros del Templo se tragan a todos.

705 Avispero Removido


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510b La curación de un ciego de nacimiento.

José de Arimatea se encuentra en medio de todo el alboroto que ha provocado en el barrio de Ofel,

la curación del ciego Bartolmai, mientras está semi-oculto detrás de un murete,

siguiendo el desarrollo de todo el barullo provocado, alrededor de la casa más humilde en el lugar.

Los cinco funcionarios del Templo, que han llegado a la casa de Bartolmai y ante la imposibilidad de entrar en ella,

por la muchedumbre que la rodea…

Gritan altaneros:

–                   ¡Que salga ese hombre!

–                   ¡Queremos hacerle una serie de preguntas!

Un amigo le ha susurrado a Bartimeo: «Son escribas y sacerdotes»

El joven se abre paso desde la cocina y sale a la puerta.

Nahúm pregunta imperioso:

–                    ¿Dónde está el que te ha curado?

Bartimeo responde:

–                    No sé.

Los cinco le apostrofan:

–                   ¿Cómo que no lo sabes?

–                   Decías ahora que lo sabías.

–                   ¡No mientas a los doctores de la Ley y al sacerdote!

–                   ¡Dínos a dónde se marchó!

–                   ¡Ay de aquel que trate de engañar a los magistrados del pueblo!

Bartimeo afirma:

–                     Yo no engaño a nadie.

Ese discípulo me dijo: «Está en esa casa»

Y era verdad, porque yo estaba cerca, cuando me han tomado de la mano y conducido donde Él.

Pero dónde está ahora, no lo sé.

El discípulo me dijo que se marchaban.

Podría haber salido ya por la puerta de Herodes.

–                   ¿Pero a dónde iba?

–                   ¡¿Y yo qué sé?!

Irá a Galilea…

¡Teniendo en cuenta cómo lo tratan aquí!…

Nahúm, Sadoc y Elquías:

–                  ¡Tonto irrespetuoso!

–                  ¡Ten cuidado en hablar así, hez del pueblo!

–                  Te pregunté qué porqué camino se iba.

Bartimeo se disculpa:

–                       ¿Y cómo queréis que lo sepa, si estaba ciego?

¿Puede un ciego decir a donde va alguien?

–                       Está bien.

Síguenos.

–                       ¿A dónde me queréis llevar?

–                       Con los fariseos principales.

–                       ¿Por qué?

¿Qué tienen que ver ellos conmigo?

¿Acaso me curaron para que les vaya a dar las gracias?

Cuando era ciego y pedía limosna, jamás mis manos supieron lo que eran sus monedas.

Jamás mis oídos oyeron una palabra suya de piedad…

Y mi corazón nunca experimentó la menor prueba de su amor.

¿Qué debo decirles?

No tengo a nadie más a quién dar las gracias…

Sólo a Uno: al Altísimo, debo dar las gracias.

Después a mi padre y mi madre que por muchos años me amaron a mí, que era un infeliz.

Y a Jesús que me curó.

Que me ha amado con su corazón, como mis padres lo han hecho con el suyo.

Yo no voy a donde están los fariseos.

Me quedo en mi casa con mi padre y mi madre.

Quiero gozar viendo sus caras.

Y ellos viendo mis ojos que acaban de nacer;

después de tantas primaveras desde aquella en que nací, pero no vi la luz.

¿Habéis acaso enjugado alguna vez una lágrima de mi madre, abatida por mi desventura?

¿O una gota de sudor de mi padre, que se moría de cansancio agotado por el trabajo?

Ahora puedo consolarlos yo, haciéndolo con mi vista y con mi presencia.

¿Y voy a dejarlos para seguiros?

Nahúm repite:

–                       ¡Déjate de charlatanerías!

Ven y síguenos.

–                       ¡Qué no!

¡Que no voy!

Elquías dice con altanería:

–                       Te lo ordenamos.

No eres tú quién mandas;

sino el Templo y los jefes del pueblo.

Sadoc confirma:

–                 Si la soberbia de haber sido curado…

Ofusca tu inteligencia, para recordar que somos los que mandamos…

Te lo recordamos nosotros.

¡Adelante!

¡Camina!

–                Pero, ¿Por qué debo ir?

¿Qué queréis de mí?

–                Que des testimonio de lo que pasó.

Es sábado…

Se ha hecho algo en sábado.

Se le considera como pecado.

Pecado tuyo y de ese Satanás.

Bartimeo grita:

–                ¡Diablos vosotros!

¡Vosotros sois los satanaces!

¡Vosotros sois pecado!

¿Debo ir a acusar al que me curó?

¡Estáis borrachos!

Al Templo iré.

Para bendecir al Señor.

Y nada más que eso.

Durante muchos años he estado en la sombra de la ceguera.

Pero los párpados cerrados han creado tiniebla sólo para los ojos.

El intelecto ha estado igual en la luz, en gracia de Dios.

Y me dice que no debo dañar al único Santo que hay en Israel.

Iré al Templo a bendecir al Señor y no a otra cosa.

Sadoc grita:

–                 ¡Basta!

¿No sabes que hay castigos para quién resiste a los magistrados?

–                Yo no sé nada.

Aquí estoy y aquí me quedo.

No os conviene hacerme ningún daño.

Ya veis que todo Ofel está de mi parte.

La multitud grita:

—                ¡Sí! ¡Sí!

–                  ¡Dejadlo!

–                 ¡Ventajistas!

–                 Dios lo protege.

–                 No lo toquéis

–                ¡Dios está con los pobres!

–                ¡Dios está con nosotros!

–                ¡Explotadores, hipócritas!

La gente grita y amenaza, con una de esas espontáneas manifestaciones populares;

que son las explosiones de indignación de los humildes contra quien los oprime…

O de amor hacia quien los protege.

Y gritan:

–                   ¡Ay de vosotros si agredís a nuestro Salvador!

–                  ¡Al Amigo de los pobres!

–                   ¡Al Mesías tres veces Santo!

–                   ¡Ay de vosotros!

–                   No hemos tenido miedo a la rabia de Herodes…

–                   Ni a la ira de los jefes extranjeros, cuando ha sido necesario.

–                   ¡No tememos las vuestra, viejas hienas de mandíbulas desdentadas!

–                   ¡Chacales de uñas desmochadas!

–                   ¡Inútiles prepotentes!

–                   Roma no quiere tumultos y no importuna al Rabí porque Él es paz.

–                 Pero a vosotros os conoce.

–                 ¡Marchaos!

–                 ¡Ay de vosotros!

–                 ¡Chacales de uñas corvas!

–                 ¡Largaos!

–                 ¡Largo!

–                 ¡Largo de aquí!

–                 ¡Fuera de los barrios de los oprimidos por vosotros, con diezmos superiores a sus fuerzas!

–                 ¡Para tener dinero para saciar vuestros apetitos y realizar torpes comercios!

–                 ¡Descendientes de Jasón!

–                 ¡De Simón!

–                 ¡Torturadores de los verdaderos Eleazares, de los santos Onías. (2 Macabeos 4-6)

–                  ¡Vosotros que pisoteáis a los profetas!

–                   ¡Fuera!

–                   ¡Fuera!

–                   ¡Largaos ya!

–                   ¡Sí, sí!

–                    ¡Dejad en paz a Bartimeo!

–                       ¡Dejadlo chacales!

–                        Dios lo protege.

–                       ¡No lo toquéis!

–                       ¡Dios está con los pobres!

–                       ¡Dios está con nosotros!

–                       ¡Vosotros que matáis a otros de hambre, vosotros hipócritas!

El tumulto se enciende, cada vez más fiero.

704 Un Milagro Estruendoso


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510a La curación de un ciego de nacimiento.

El hombre que ha dejado de ser ciego, se levanta.

Estando encorvado, como uno que lleva un peso…

Su grandioso peso de alegría…

Va al arroyo que se lleva el agua que sobra.

Mira todo con asombro adorante…

Contempla el arroyo;

cómo el agua fluye brillante y risueña…

Y susurra:

–              Esto es el agua…

¡Claro!

Así la sentía entre los dedos…

Introduce la mano en ella.

Fría y que no se sujeta.

Agrega embelesado:

–                Pero no te conocía…

¡Ah, hermosa, hermosa!

¡Qué hermoso es todo!

Levanta la cara y ve un árbol…

Se acerca a él, lo toca.

Alarga una mano, acercando hacia sí una ramita, la mira…

Ríe, ríe, ríe lleno de júbilo.

Da sombra a los ojos con la mano y mira al cielo, al Sol.

Y dos lágrimas descienden de los párpados vírgenes abiertos para contemplar el mundo…

Baja los ojos hacia la hierba, donde una flor ondea en la cima de su tallo.

Luego se ve a sí mismo, reflejado en el agua del arroyo…

Se mira y dice:

–              Así soy yo?

Y observa asombrado, a una tórtola que ha venido a beber un poco más allá.

A una cabrita que arranca las últimas hojas de un rosal agreste.

A una mujer que viene hacia la fuente con un hijito contra su pecho.

Esa mujer le recuerda a su madre…

A su madre de rostro desconocido.

Elevando los brazos al cielo,

grita:

–               ¡Bendito seas Altísimo!

¡Por la luz, por la madre y por Jesús!

Se echa a correr, dejando en el suelo su bastón, ya inútil…

Los dos no han esperado a ver todo esto.

En cuanto han visto que el hombre veía, han ido raudos hacia la ciudad.

José, sin embargo, se queda hasta el final.

Y cuando el ciego que ha dejado de serlo, pasa por delante de él como una flecha;

para entrar en el dédalo de callejuelas del popular barrio de Ofel…

José de Arimatea deja a su vez su lugar y vuelve sobre sus pasos…

Hacia la ciudad, muy pensativo…

El barrio de Ofel siempre ruidoso, ahora está totalmente alborotado:

Unos corren hacia la derecha, otros hacia la izquierda;

entrecruzan preguntas y respuestas:

–                Pero lo habréis confundido con otro…

–                Te digo que no.

Le he preguntado:

«¿Pero eres realmente tú, Sidonio, llamado Bartolmái o Bartimeo?»

Y él me ha dicho:

«Lo soy».

Quería preguntarle cómo sucedió, pero se fue corriendo.

–               Dónde está ahora?

—             Donde su madre, sin duda.

Otros que recién llegan preguntan:

–              ¿Quién?

–             ¿Quién lo ha visto?

Varios responden:

—                ¡Yo!

–                 ¡Yo!

–                 ¿Y cómo ha sucedido?

–                 …Yo lo he visto correr sin bastón, con dos ojos en la cara.

Y he dicho: «¡Mira! Así sería Bartimeo si…»

« -Te digo que estoy temblando a más no poder.

Entrando, ha dicho:

«¡Madre, te veo!»

–               Una gran dicha para los padres.

–               Ahora podrá ayudar al padre y ganarse su pan…

–               ¡Esa pobre mujer se ha sentido mal de la alegría!

–             ¡Una cosa!

–             ¡Una cosa!

–             Yo había ido a pedir un poco de sal y…

–             Vamos, deprisa, a oírselo a él…

José de Arimatea se encuentra aprisionado en medio de este jaleo.

Guiado por un impulso que no es posible descifrar:

no se comprende si por curiosidad o por espíritu de imitación;

sigue la corriente y acaba metido en un callejón que no tiene salida…

Que si prosiguiera iría al Cedrón, donde la gente se apiña y sobrepuja con sus voces,

el frufrú de las aguas del torrente, engrosado por las lluvias de otoño.

José llega allí cuando, por otra callecita que desemboca en ésta…

Vienen los dos de antes con otros tres:

Un saduceo, un escriba, un sacerdote y otro que no es identificable por sus especiales vestiduras.

Se abren paso con arrogancia y tratan de entrar en la casa abarrotada de gente…

La casa está formada así:

Una cocina grande, negra como el alquitrán, con un rincón aislado por un rústico tabique de tablas,

tras el cual hay una yacija y una puerta que da a otro cuarto que tiene una cama más grande;

una puerta, abierta en la pared opuesta, deja ver un huerto muy pequeño, de pocos metros cuadrados.

Eso es todo.

El ciego curado habla arrimado a la mesa, respondiendo a los que le preguntan;

 

que son todos gente pobre como él, población modesta de Jerusalén,

de este barrio que es quizás el más pobre de todos.

Su madre en pie al lado de él, lo mira y llora secándose los ojos en su velo.

El padre, un hombre ajado por el trabajo, se manosea la barba con su mano trémula.

Entrar en la casa es imposible hasta para la prepotencia judía y doctoral.

Y los cinco tienen que escuchar desde fuera las palabras del curado:

–                  ¿Qué cómo se me han abierto?

Ese hombre que se llama Jesús me ha ensuciado los ojos con tierra mojada…

Y me ha dicho:

«Ve a lavarte en 1a fuente de Siloé».

He ido, me he lavado…

Se han abierto los ojos.

Y he visto.

–                  Pero cómo es que has encontrado al Rabí?

Siempre decías que eras un desdichado porque nunca lo encontrabas…

Ni siquiera cuando pasaba siempre por aquí para ir a casa de Jonás al Getsemaní.

Y ahora que no se sabe nunca dónde está…

–                 ¡Hombre!

Ayer al anochecer vino un discípulo suyo, me dio dos monedas.

Me dijo: «¿Por qué no tratas de ver?».

Le dije:

«He buscado, pero no encuentro nunca a ese Jesús que hace los milagros.

Lo busco desde que curó a Analía, una chica de mi mismo barrio, pero si voy acá Él está allá…»

Y él me dijo: «Yo soy un apóstol suyo y lo que yo quiero lo hace.

Ven mañana a Bezetha y busca la casa de José el galileo el del pescado seco, José de Seforí;

cerca de la puerta de Herodes y del arco de la plaza, por la parte oriental.

Verás que antes o después, Él pasa por allí o entra en la casa.

Y yo le señalaré tu presencia».

Dije: «Pero mañana es sábado»

Quería decir que Él no haría nada en sábado.

Me dijo: «Si quieres curarte, es el día;

porque después dejaremos la ciudad.

Y no sabes si podrás volver a encontrarlo».

Yo insistí:

«Sé que lo persiguen.

Lo he oído en las puertas de la muralla del Templo, donde voy a pedir limosna.

Por eso digo que ahora que lo persiguen así, menos todavía querrá ser perseguido y no curará en sábado»

Y él: «Haz lo que te digo y en sábado verás el Sol»

He ido.

¿Quién no habría ido?

¡Si lo está diciendo un apóstol suyo!

También me dijo: «A mí es al que más escucha.

Vengo expresamente porque me inspiras compasión y porque quiero que resplandezca su poder ahora que lo han ultrajado.

Tú, ciego de nacimiento, harás que resplandezca.

Sé lo que digo.

y verás».

He ido.

No había llegado todavía a la casa de José, cuando un hombre me ha tomado de la mano.

Pero por la voz no era el de ayer.

Y me ha dicho: «Ven conmigo, hermano»

No quería ir.

Creía que me quisiera dar pan y dinero o quizás vestidos.

Le pedía que me dejara seguir mi camino,

porque había sabido dónde encontrar al llamado Jesús.

Y el hombre me ha dicho:

«Éste es Jesús, este que está delante de ti».

Pero yo no he visto nada, porque era ciego.

He sentido dos dedos embadurnados en tierra mojada que me tocaban aquí y aquí.

Señala sus párpados.

Y he oído una voz que me decía:

«Ve rápido a Siloé y lávate y no hables con nadie».

Y lo he hecho.

Pero estaba desalentado, porque esperaba ver enseguida.

Casi he creído que hubiera sido una broma de jóvenes sin corazón…

 

Y no quería ir.

Pero he sentido dentro una especie de voz decir:

«Ten esperanza y obedece».

Entonces he ido a la fuente;

me he lavado y he visto.

Y el joven se detiene, extático.

Pensando de nuevo en la alegría de su primer momento de ver…

703 El Creador Recreando


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

510 La curación de un ciego de nacimiento.  

Es sábado.

Jesús sale junto con sus apóstoles y José de Seforí en dirección a la sinagoga.

El día alegra, terso y sereno, cual promesa de primavera,

después de días de viento y nubes llenas de invierno.

Así que muchos de Jerusalén están en las calles:

unos, camino de las sinagogas;

otros, volviendo de éstas o de otros lugares;

otros, con la familia y con la intención de salir de la ciudad para disfrutar del sol del campo.

Por la puerta de Herodes, visible desde la casa de José de Seforí,

se ve salir a la gente buscando alegres entretenimientos fuera de las murallas, al aire libre.

Una zambullida en el verde del campo, en la amplitud, en la libertad;

fuera de las calles, angostas entre las altas casas.

Parece que la cintura agreste que rodea a Jerusalén,

es espontáneamente estimada por los habitantes de la ciudad,

que quieren conciliar la medida del sábado con su deseo de aire y sol;

tomados por los caminos y no sólo en las solanas de las casas.

Pero Jesús no va hacia la puerta de Herodes.

Vuelve la espalda a esta puerta, para dirigirse al interior de la ciudad.

Pero habiendo recorrido sólo unos pocos pasos por la calle más ancha…

En la cual desemboca la callecita donde se encuentra la casa de José de Seforí.

Judas de Keriot le señala la presencia de un joven que viene en dirección contraria,

tentando la pared con un bastón, con la cabeza hacia arriba carente de ojos;

con el típico modo de andar de los ciegos.

Sus vestidos son pobres, pero limpios.

Y debe ser una persona conocida por muchos de los habitantes de Jerusalén,

porque más de uno lo señala.

Algunas personas se acercan a él…

Y le dicen:

–               Hombre, hoy has confundido el camino.

Todos los caminos del Moriah están ya atrás.

Ya estás en Bezetha.

Con una sonrisa, el ciego responde:

–               Hoy no pido limosna de dinero.

Y sigue andando, sonriente todavía, hacia el norte de la ciudad.

Judas explica:

–               Míralo Maestro.

Tiene los párpados pegados.

Es más, yo diría que no tiene párpados.

Creo que ni siquiera tiene ojos.

La frente se une con las mejillas sin hueco alguno.

Parece como si debajo no estuvieran los globos de los ojos.

Maestro obsérvalo.

Ha nacido infeliz y así morirá, sin haber visto ni siquiera una vez, la luz del día.

Ni la cara de un hombre.

Dime pues Maestro.

El pobre ha nacido así.

Si nació así, ¿Quién tiene la culpa?

¿Cómo pudo haber pecado antes de nacer?

¿Acaso habrán pecado sus padres y Dios los castigó haciendo que él naciese ciego?

Y así morirá…

Sin haber visto una sola vez la luz del Sol, ni el rostro de los hombres.

Para recibir este castigo tan grande, sin duda pecó;

pero si es ciego de nacimiento, como lo es.

¿Cómo pudo pecar antes de nacer?

¿Será que pecaron sus padres y Dios los castigó haciéndole nacer así?

También los otros apóstoles, Isaac y Margziam se arriman a Jesús para escuchar la respuesta.

Y acelerando el paso, como atraídos por la altura de Jesús, que domina al resto de la gente,

acuden dos jerosolimitanos de aspecto educado y que estaban un poco detrás del ciego.

Con ellos está José de Arimatea, que no se acerca.

Sino que adosándose a un portal elevado sobre dos escalones,

mira a todas las caras observando todo.

En el silencio que se ha formado, se oyen nítidamente las palabras,

con las que Jesús responde:

–                No han pecado ni él ni sus padres, más de lo que pecan todos los hombres.

Y quizás menos;

porque frecuentemente la pobreza es un freno para el pecado.

No.

Ha nacido así para que en él se manifiesten, una vez más, el poder y las obras de Dios.

Yo soy la Luz que ha venido al mundo.

Para que aquellos del mundo que han olvidado a Dios o han perdido su imagen espiritual;

vean y recuerden.

Y para que aquellos que buscan a Dios o son ya de Él, se vean confirmados en la fe y en el amor.

El Padre me ha enviado, para que en el tiempo que todavía se le concede a Israel,

complete el conocimiento de Dios en Israel y en el mundo.

Así que debo llevar a cabo las obras de Aquel que me ha enviado,

como testimonio de que puedo lo que Él puede, porque soy Uno con Él.

Para que el mundo sepa y vea que el Hijo no es desemejante del Padre y crea en Mí;

en lo que Yo Soy.

Después llegará la noche, en la cual ya no se puede trabajar: la tiniebla.

Y el que no se haya grabado mi signo y la fe en Mí…

Ya no podrá hacerlo en las tinieblas;

en medio de la confusión, el dolor, la desolación y destrucción que cubrirán a estos lugares…

Y aturdirán los espíritus con la agitación producida por las angustias.

Pero mientras estoy en el mundo Soy Luz y Testimonio, Palabra, Camino y Vida;

Sabiduría, Poder y Misericordia.

Ve pues, acércate donde el ciego de nacimiento y tráemelo aquí.

Judas se vuelve hacia el apóstol más cercano,

diciendo:

–              Ve tú, Andrés.

Yo quiero quedarme aquí y ver lo que hace el Maestro.

Responde señalando a Jesús que se ha inclinado sobre el camino polvoriento,

ha escupido sobre un puñado de tierra y con el dedo está mezclando su saliva…

Formando de esta forma,  una bolita de lodo.

Mientras Andrés, siempre condescendiente, va por el ciego;

que en este momento está para torcer hacia la callecita donde está la casa de José de Seforí.

Cuando lo trae de regreso hacia su Maestro.

Pero Judas se retira de su lado diciendo a Mateo y a Pedro:

–              Venid aquí.

Vosotros que tenéis poca estatura…

Veréis mejor.

Y se pone detrás de todos, casi tapado por los hijos de Alfeo y por Bartolomé, que son altos.

Andrés vuelve, trayendo de la mano al ciego;

que se esfuerza en decir:

–                No quiero dinero.

Dejadme que siga mi camino.

Sé dónde está ese que se llama Jesús.

Y voy para pedir…

Deteniéndose delante del Maestro;

Andrés dice:

–               Éste es Jesús…

Éste que está enfrente de Ti.

Jesús, contrariamente a lo habitual, no pregunta nada al hombre.

Con la masilla de barro que ha hecho…

La extiende sobre los huecos hundidos que cubren los párpados cerrados,

con los dos índices…

Después de hacer esto, se queda con las manos elevadas y abiertas;

como las tienen los sacerdotes en la Santa Misa, durante el Evangelio o la Epístola.

Y le ordena:

–                Y ahora ve, lo más deprisa que puedas, a la cisterna de Siloé;

sin detenerte a hablar con nadie.

El ciego, con los párpados enlodados, se queda perplejo por un instante…

Pareciera querer decir algo.

Pero cierra sus labios y obedece.

Sus primeros pasos son lentos;

como de quién está pensativo, se siente dudoso o defraudado.

Luego tocando con su bastón el muro;

acelera el paso, rozando con el bastón la pared;

cada vez más pronto para lo que puede un ciego…

Y acelera más.

Cada vez va más rápido…

Parece como si alguien lo guiara…

Los dos Jerosolimitanos se echan a reír con sarcasmo, sacuden la cabeza…

Y se marchan.

José de Arimatea de manera sorprendente, lo sigue sin saludar siquiera al Maestro…

Y regresa al Templo, de donde venía.

De este modo el ciego, los dos y José de Arimatea se dirigen al sur de la ciudad.

Jesús continúa su camino a la sinagoga…

Siguiendo al ciego…

Superada Bezetha, entran todos en el valle Tiropeo, que hay entre el Moria y Sión.

Lo recorren todo hasta Ofel;

orillan Ofel;

salen al camino que va a la fuente de Siloé, siempre en este orden:

Primero el ciego, que debe ser conocido en esta zona popular;

luego los dos hombres nativos de Jerusalén;

por último, distanciado un poco, José de Arimatea.

José se detiene semi-oculto por unos bojes que rodean el huerto de una casa.

Los otros dos van hasta la misma fuente y observan al ciego…

Que se acerca cautelosamente al vasto estanque…

Palpando el murete húmedo, introduce en la cisterna una mano y la saca rebosando de agua.

Se lava los ojos…

Una, dos, tres veces…

A la tercera como si sintiese algo, levanta también contra la cara la otra mano…

Apretando su cara con las dos manos,  deja caer el bastón.

Pega un grito como de dolor…

Luego aparta lentamente las manos…

Y su primer grito de pena se transforma en un grito de alegría:

–              ¡Oh!

¡Altísimo!

¡Yo veo!

Se arroja al suelo como vencido por la emoción…

Postrado, dando las gracias.

Con las manos puestas sobre su cara, para proteger los ojos;

apretadas contra las sienes…

Por ansia de ver…

Por el sufrimiento de la luz…

Y repite:

–              Veo!

¡Veo!

¡Ésta es entonces la tierra!

¡Ésta es la luz!

¡Ésta es la hierba que conocía sólo por su frescura!…

Mientras estruja entre sus dedos, unas hojuelas de pasto…

Y su grito se transforma en uno de júbilo:

–                   ¡Oh, Altísimo!

¡Yo veo!

¡Veo!

¡Veo!

¡Esta es la tierra!

¡Ésta, la luz!

Luego va hacia el arroyo.

Lo mira correr, exclamando:

–                  ¡Y ésta el agua!…

¡Así la sentía entre los dedos, (mete la mano) fría!

Que no puede apresarse, pero no la conocía…

¡Qué bella!

¡Qué bello!

¡Qué bello es todo!

Levanta su cara y ve un árbol…

Se acerca.

Lo toca.

Extiende su mano y toma una ramita…

La mira.

Contempla asombrado todo lo que está a su alrededor…

Ríe, ríe.

Se pone una mano sobre la frente y mira el firmamento, el sol.

Y las lágrimas bajan de sus virginales párpados abiertos, para contemplar el mundo.

Repitiendo admirado:

–              ¡Oh!

¡Altísimo!

¡Yo veo!

Se arroja al suelo como vencido por la emoción…

repitiendo:

–              Veo!

¡Veo!

¡Ésta es entonces la tierra!

¡Ésta es la luz!

¡Ésta es la hierba que conocía sólo por su frescura!…

Mientras estruja entre sus dedos, unas hojuelas de pasto…

Baja los ojos a la hierba, donde se balancea el tallo de una flor.

Y se ve a sí mismo reflejado en el agua que corre del manantial…

Se mira y dice:

–                       ¡Así soy!

Admirado contempla una tórtola que ha venido a beber un poco más allá…

A una cabra que arranca las hojas de un rosal silvestre.

A una mujer que viene a la fuente con su hijito en el pecho.

Aquella mujer le recuerda a su madre, cuya cara todavía no conoce.

Y levantando los brazos al Cielo,

grita:

–                       Te bendigo, ¡Oh Altísimo!

Por la Luz, por mi madre y por Jesús.

Y corre dejando tirado su bastón, que ya no necesita.

Los dos que lo siguieron, no esperaron a ver todo esto.

Apenas vieron que el joven ve, se fueron ligeros a la ciudad.

José por su parte, se queda hasta el final.

Y cuando el ex-ciego pasa rápido delante de él y entra en las callejuelas del suburbio de Ofel.

Sale de su lugar y se dirige a la ciudad, muy pensativo…

702 Corazón Circuncidado


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509a El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

Mannahém y Jonathán se preparan a obedecer.

Pero Jesús detiene a Jonatán preguntándole:

–                ¿Entonces vuelves a Galilea?

–                Sí, Maestro.

El día después del sábado.

Me manda mi patrón.

–              ¿Tienes sitio en el carro?

–               Voy solo, Maestro.

–                Entonces llevarás contigo a Margziam y a Isaac.

Tú, Isaac, sabes lo que debes hacer.

Y tú también, Margziam…

Isaac con su pacífica sonrisa;

Margziam con un temblor de llanto en la voz y en los labios,

simultáneamente responden:

–                Sí, Maestro.

Jesús lo acaricia.

Y Margziam, olvidando todo comedimiento, se deja caer sobre su pecho,

diciendo:

–               ¡Dejarte…!

¡Ahora que te persiguen todos!…

¡Oh, Maestro mío!

¡No volveré a verte!…

Has sido todo mi Bien.

¡Todo he encontrado en Ti!…

¿Por qué me mandas irme?

¡Déjame morir contigo!

¿Qué crees que me importe ya la vida, si no te tengo a Ti?

–                Te digo a ti lo que le he dicho a Nique.

La obediencia es amor.

El pastor discípulo se despide:

–                ¡Me voy!

¡Bendíceme, Jesús!

Jonathán se marcha con Mannahém, con Nique y las otras tres mujeres.

También los otros discípulos se marchan en pequeños grupos.

Sólo cuando la habitación -antes muy llena- casi se vacía, se nota la falta de Judas de Keriot.

Y muchos se sorprenden, porque estaba allí poco antes y no ha recibido ningún encargo.

Para impedir comentarios,

Jesús dice:

–                Habrá ido a comprar para nosotros.

Y sigue hablando con José de Arimatea y Nicodemo…

Que son los únicos que junto con los once apóstoles y Margziam, se han quedado.

Margziam está al lado de Jesús con la avidez de disfrutar de Él estas últimas horas.

De esta manera Jesús está entre Margziam jovencito y Marcial niño;

morenitos, delgaditos, igualmente infelices en su niñez…

E igualmente recogidos en nombre de Jesús por dos buenos israelitas.

José de Seforí y su esposa se han eclipsado prudentemente, para dejar libre al Maestro.

Nicodemo pregunta:

–               ¿Quién es este niño?

–               Es Marcial.

Un niño que José ha tomado como hijo.

–               No lo sabía.

–               Nadie, o casi nadie, lo sabe.

José observa:

–               Muy humilde, ese hombre.

Otro habría sacado a relucir su acción.

–               ¿Tú crees?…

Marcial, ve a enseñarle la casa a Margziam…

Y una vez que los dos se han marchado,

Jesús sigue hablando:

–                Estás en un error, José.

¡Qué difícil es juzgar con justicia!

–                Pero, Señor…

Recoger a un huérfano, porque está claro que es un huérfano…

Y no jactarse de ello, es humildad.

–                El niño, lo dice su nombre…

No es de Israel…

–                ¡Ah, ahora entiendo!

Hace bien entonces en tenerlo oculto.

–                Pero ha sido circuncidado…

–                No importa…

Ya sabes…

También Juan de Endor estaba circuncidado…

Y fue para Ti ocasión de censura.

José, que además es galileo, podría tener problemas a pesar de la circuncisión.

Hay muchos huérfanos también en Israel…

La verdad es que con ese nombre…

Y con el aspecto…

–                  ¡Hay que ver!

¡Sois todos «Israel», incluso los mejores;

incluso cuando hacéis el bien no comprendéis y no sabéis ser perfectos!

¿No entendéis todavía que Uno solo es el Padre de los Cielos…

Y que todas las criaturas son hijas suyas?

¿No entendéis todavía que el hombre puede recibir un único premio o un único castigo,

que sean verdaderamente premio o castigo?

¿Por qué haceros esclavos del miedo a los hombres?

¡Ah!

Esto es el fruto de la corrupción de la Ley divina tan trabajada,

tan oprimida por leyezuelas humanas,

que se llega a ofuscar y a oscurecer incluso el pensamiento del justo que la practica.

¿Acaso en la Ley mosaica y por tanto, divina;

o en la premosaica únicamente moral, surgida por inspiración celeste;

está escrito que el que no era de Israel no podía entrar a formar parte de él?

¿No se lee en el Génesis (Génesis 17, 12):

«Cumplidos ocho días, todo niño varón que esté entre vosotros sea circuncidado;

tanto el nacido en casa como el comprado, aunque no sea de vuestra estirpe, sea circuncidado»?

Esto estaba escrito.

Cualquier otro añadido es vuestro.

Se lo he dicho a José y os lo digo a vosotros.

Pronto ya no tendrá excesiva importancia la circuncisión antigua.

Una nueva y más verdadera, será aplicada…

Y en parte más noble.

Pero mientras la primera siga y vosotros por fidelidad al Señor,

la apliquéis al varón nacido de vosotros o adoptado por vosotros,

no os avergoncéis de haberlo hecho en carne de otra estirpe.

La carne es del sepulcro, el alma es de Dios.

Se circuncida la carne, al no poder circuncidar lo que es espiritual.

Pero la señal santa resplandece en el espíritu.

Y el espíritu es del Padre de todos los hombres.

Meditad en esto.

Sigue un momento de silencio.

Luego José de Arimatea se levanta y dice:

–                 Me marcho, Maestro.

Ven mañana a mi casa.

–                No.

Es mejor que no vaya.

Nicodemo ofrece:

–                  Entonces a la mía.

A la casa que está en el camino que del monte de los Olivos va hacia Betania.

Allí hay paz y…

–                 Tampoco.

Iré al monte de los Olivos.

Para orar…

Mi espíritu busca soledad.

Os ruego que me consideréis disculpado.

–                Como quieras, Maestro.

–                Y…

No vayas al Templo.

La paz a ti.

–                La paz a vosotros.

Los dos se marchan…

Santiago de Zebedeo exclama:

–                 ¡Yo quisiera saber a dónde ha ido Judas!

–                Yo diría que donde los pobres.

–                ¡Pero está aquí la bolsa!

–                No hagáis caso…

Vendrá…

Vuelve María de José con unas lámparas,

porque la luz ya no rompe el espesor de la plancha de mica puesta como lucernario en la espaciosa habitación.

Y vuelven los dos chicos.

Margziam dice:

–              Estoy contento de dejarte con uno que tiene casi mi nombre.

Así, cuando lo llames a él, te acordarás de mí.

Jesús lo estrecha contra sí.

Vuelve también Judas a quien le ha abierto la criada.

Entra seguro de sí, sonriente, atrevido….

Diciendo:

–                Maestro, quería ver…

La tempestad está calmada.

He acompañado a las mujeres…

¡Qué miedosa esa jovencita!

No te he dicho nada, porque me lo habrías impedido.

Y quería comprobar si había peligro para Ti.

Pero ya ninguno piensa en ello.

El sábado vacía las calles.

Jesús dice:

–               Bueno, bien.

Ahora vamos a estar aquí en paz y mañana…

Los apóstoles gritan:

–                ¡Ya no querrás ir al Templo!

–                No.

A nuestra sinagoga, donde hay buenos galileos fieles.

701 El Sacerdote Nathán


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

509 El anciano sacerdote Nathán acogido con los apóstoles y discípulos que han huido del Templo.

En la casa de José de Séforí.

Pedro entra y cae en el mismo estado de abatimiento en que cayó en el Jordán,

después de vadear en Betabara:

Se relaja derrengado en el primer asiento que encuentra y mete la cabeza entre las manos.

Los otros no están tan abatidos.

Pero sí turbados, pálidos.

Desconcertados, lo están todos;

unos más, otros menos.

Los hijos de Alfeo, Santiago de Zebedeo y Andrés,

casi no responden al saludo de José de Seforí y de la mujer de éste.

La cual llega con una anciana criada, trayendo pan caliente y alimentos varios.

Margziam presenta signos de haber llorado.

Isaac acude hacia Jesús, le toma la mano y se la acaricia,

susurrando:

–              Igual que en la noche de la matanza…

Y otra vez salvo.

¡Oh, mi Señor, hasta cuándo?

¿Hasta cuándo podrás salvarte?

Éste es el grito que abre las bocas.

Y todos confusamente hablan;

refiriendo los maltratos, las amenazas, los miedos sufridos…

Otro golpe en la puerta.

Judas dice:

–             ¿Oye, no nos habrán seguido?

¡Por eso os dije que viniéramos en pequeños grupos!…

Bartolomé concede:

–              Hubiera sido mejor, sí.

Los tenemos siempre pisándonos los talones.

Pero ya…

José aunque con pocas ganas, va personalmente a mirar por el ventanillo…

Mientras su mujer dice:

–              Desde la terraza podéis bajar a las cuadras y de allí al huerto de atrás.

Os lo voy a mostrar…

Pero mientras se encamina,

su marido exclama:

–              ¡El Anciano José!

¡Qué honor!

Abriendo la puerta, deja entrar a José de Arimatea.

Que saluda diciendo:

–              Paz a ti, Maestro.

Estaba y he visto…

Saliendo yo del Templo profundamente asqueado, Mannahém me ha encontrado.

Y no poder intervenir, no poder hacerlo, para serte más útil y…

¡Oh!

¿Estás también tú aquí, Judas de Keriot?

Tú podrías hacerlo…

Tú que eres amigo de tantos.

¿No sientes el deber de hacerlo, tú que eres su apóstol?

Judas replica:

–             Tú eres discípulo…

–              No.

Si lo fuera, lo seguiría como le siguen otros.

Soy un amigo suyo.

–              Es lo mismo.

–              No.

También Lázaro es amigo suyo.

Y no querrás decir que es discípulo…

–              En el alma, sí.

–              Todos los que no son diablos son discípulos de su Palabra;

porque la sienten palabra de Sabiduría.

La pequeña disputa entre José y Judas de Keriot se agota.

Mientras José de Seforí, comprendiendo ahora -no antes- que algo malo ha sucedido…

Pregunta a éste o a aquél con interés y muestras de dolor.

Recibidas las respuestas exclama:

–               ¡Hay que decírselo a José de Alfeo!

¡Eso hay que decirlo!

Y encargaré…

¿Qué quieres, José?

Pregunta volviéndose al Anciano, que le ha tocado el hombro para llamar su atención.

José de Arimatea responde:

–             Nada.

Sólo quería felicitarte por tu buen aspecto.

Éste es un buen israelita.

Fiel y justo en todo.

¡Sí, yo lo sé!

De él se puede decir que Dios lo ha probado y conocido…

Otra llamada a la puerta.

Los dos José se dirigen juntos hacia ella para abrirla.

José de Arimatea se inclina para decirle al oído algo al otro…

Que reacciona con un gesto de viva sorpresa y se vuelve un momento a mirar hacia los apóstoles.

Luego abre la puerta.

Nicodemo y Mannahém entran, seguidos de todos los pastores-discípulos presentes en Jerusalén.

O sea, de Jonathán y de los que fueron discípulos de Juan el Bautista.

Junto con ellos, está el sacerdote Juan con otro muy anciano y Nicolái.

Y al final de todos, las discípulas.

Nique con la jovencita que le ha sido confiada por Jesús.

Analía con su madre.

Se quitan el velo que esconde sus caras y aparecen sus rostros turbados.

Jonathán pregunta:

–               ¡Maestro!

¿Pero qué te está sucediendo?

Lo he sabido…

Antes por la gente que por Mannahém…

La ciudad está llena de estas voces, como una colmena de zumbidos.

Nique informa:

–               Los que te aman te buscan con solicitud en los lugares donde piensan que estás.

Claro, también han ido a tu casa, José…

Yo misma estaba yendo a las casas de Lázaro…

¡Esto es demasiado!

¿Cómo te has salvado?

Jesús responde:

–                 La Providencia ha velado en defensa de Mí.

No lloren las discípulas;

antes bien, bendigan al Eterno y fortalezcan el propio corazón.

A todos vosotros, gracias y bendiciones.

No está del todo muerto el amor en Israel.

Y ello me consuela.

Nicodemo dice:

–               Sí.

Pero no vayas más al Templo, Maestro.

Durante mucho no vayas.

¡No vayas!

Las voces son unánimes al decir estas palabras.

Y el angustioso «no vayas» retumba entre las robustas paredes de la vieja casa,

con voz de suplicante advertencia.

El pequeño Marcial, escondido en alguna parte, siente ese rumor…

Curioso, acude y mete la carita en la fisura de la cortina.

Al ver a María va donde ella y se refugia entre sus brazos por temor a la reprensión de José de Seforí.

Pero José está demasiado intranquilo y ocupado en escuchar a uno o a otro;

en aconsejar, en aprobar, etc. como para ocuparse de él.

La anciana María le ha dicho algo al niño…

Éste va donde Jesús y echándole los brazos al cuello, lo besa.

Jesús le coge con un brazo y lo arrima a Sí;

mientras responde a los muchos que le dicen lo que creen que sea mejor hacer.

–              No.

No me muevo de aquí.

A casa de Lázaro que me esperaba, id vosotros a decir que no puedo.

Yo, galileo y amigo de años de la familia, me quedo aquí hasta el ocaso de mañana.

Y luego…

Pensaré a dónde ir…

Pedro dice:

–                  Siempre dices esto.

Y luego vuelves allá.

Pero ya no te dejaremos ir.

Yo al menos.

Verdaderamente te he creído perdido…

Y dos lágrimas se le forman de nuevo, en la comisura de sus ojos abombados.

El anciano que acompaña al sacerdote Juan;

Sentencia:

–               Nunca he visto una cosa así.

Y ya basta.

Esto me ha hecho decidirme.

Si no me rechazas…

Estoy ya demasiado viejo para el altar, pero para morir por Ti valgo todavía.

Y moriré si hace falta, entre el vestíbulo y el altar, como el sabio Zacarías;

o como Onías, defensor del Templo y del Tesoro (2 Crónicas 24, 17-22; 2 Macabeos 4, 30-35)

Moriré fuera del sagrado recinto al que he consagrado mi vida.

¡Pero Tú me abrirás un lugar más santo!

¡No, no puedo seguir viendo la abominación!

¿Por qué mis viejos ojos han tenido que ver tanto?

¡La abominación vista por el Profeta (Daniel 9, 27; 11, 31; 12, 11) está ya dentro de los muros y sube!

¡Sube como un movimiento de aguas que la riada empuja para sumergir a una ciudad!

¡Sube, sube!

Invade los patios y los pórticos, supera los escalones, penetra más adelante.

¡Sube! ¡Sube!

¡Choca ya contra el Santo!

¡La ola fangosa lame ya las piedras que pavimentan el sagrado lugar!

¡Ensombrece los exquisitos colores!

¡Ensucia ya el pie del Sacerdote!

¡Moja la túnica!

¡Empapa el efod!

¡Vela las piedras del racional y ya no se pueden leer las palabras!

¡Oh! ¡Oh!

Las ondas de la abominación suben hasta el rostro del Sumo Sacerdote y lo embadurnan.

Y la Santidad del Señor está debajo de una costra de fango.

La tiara es como un tejido caído en un pantano lodoso.

¡Fango!

¡Fango!

¿Pero sube desde fuera?

¿O es que desde lo alto del Moriah rebosa cayendo sobre la ciudad y sobre todo Israel?

¡Padre Abraham! ¡Padre Abraham!

¿No querías encender allí el fuego del sacrificio (Génesis 22, 1-18)

para que resplandeciera el holocausto del corazón fiel?

¡Ahora, donde debía haber fuego, brota lodo a borbotones!

Isaac está en medio de nosotros y el pueblo lo inmola.

Pero si pura es la Víctima…

Si pura es la Víctima…

Emponzoñados están los sacrificadores.

¡Anatema sobre nosotros!

¡Encima del monte el Señor verá la abominación de su pueblo!…

¡Ah!…

El hombre cae abatido al suelo, se cubre la cara…

Y rompe en un desolado llanto de anciano.

El sacerdote Juan explica:

–                 Te lo traía…

Hace mucho que quiere…

Pero hoy, después de lo que ha visto, nadie podía retenerlo…

El anciano Nathán tiene frecuentemente espíritu profético.

Y si bien la vista de sus pupilas se vela cada vez más, la de su espíritu cada vez más se ilumina.

Acepta a mi amigo, Señor.

–                  No rechazo a nadie.

Levántate sacerdote.

Y eleva el espíritu.

En lo alto no hay fango.

El fango no toca a quien sabe estar arriba.

El anciano sacerdote, lleno de reverencia y adoración…

Postrado como está;

toma el borde extremo de la túnica de Jesús y lo besa;

antes de levantarse.

Las mujeres, especialmente Analía, todavía lloran en su velo conmovidas.

Las palabras del anciano aumentan su llanto.

Jesús las llama.

Y ellas desde su rincón, van cabizbajas hasta el Maestro.

Si Nique y la madre de Analía saben reprimir el llanto y tenerlo casi escondido;

Analía la joven discípula solloza abiertamente;

sin contención respecto a quienes la observan no con el mismo sentimiento.

La madre dice:

–               Perdónala, Maestro.

Te debe la vida y te ama.

No soporta pensar que te dañen.

Y además se ha quedado tan…

Sola y tan…

Triste después de que…

Parte por los sollozos, parte por vergüenza o por otros motivos;

Analía objeta:

–                ¡No, no es por eso!

¡No, no es por eso!

¡Señor!

¡Maestro!

¡Salvador mío! Yo…

Yo…

Analía no logra hablar.

Judas dice:

–               Ha temido represalias porque es discípula.

Sin duda es por eso.

Muchos se marchan por ese motivo…

La jovencita se rebela con fuerza a la insinuación de Judas.

Diciendo:

–               ¡No!

¡Menos todavía por eso!

Tú no comprendes nada, hombre.

O es que prestas tu pensamiento a otros.

Pero Tú, Señor, sabes por qué lloro.

Mi temor ha sido que hubieras muerto y que no te hubieras acordado de la promesa…

Finaliza con un suspiro.

Jesús le responde:

–                 Nunca olvido.

No temas.

Ve a tu casa tranquila a esperar la hora de mi triunfo y de tu paz.

Ve.

De un momento a otro se pondrá el sol.

Retiraos, mujeres.

Y la paz sea con vosotras.

Nique dice:

–               Señor…

No querría dejarte.

–                La obediencia es amor.

–                Es verdad, Maestro.

¿Pero por qué no yo también como Elisa?

–                Porque tú me eres útil aquí, como ella en Nob.

¡Ve, Nique, ve!

Que algunos hombres acompañen a las mujeres, para que no sean importunadas.