664 ¡Ríos de Agua Viva!


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

491 En el Templo el último día de la fiesta de los Tabernáculos. 

El Templo rebosa de gente.

De todas formas, falta mucho el elemento femenino y los niños.

La persistencia de una temporada ventosa y con precoces chaparrones, breves pero violentos,

debe haber persuadido a las mujeres de ponerse en camino junto con los niños.

Pero los hombres de todos los lugares de Palestina y los prosélitos de la Diáspora

atestan -ésta es la palabra- el Templo para hacer las últimas oraciones, las últimas ofrendas…

Y escuchar las últimas lecciones de los escribas.

Los galileos seguidores de Jesús están en su totalidad:

los jefes más importantes en primera fila;

en el centro, muy identificado con su condición de pariente,

está José de Alfeo con su hermano Simón.

Otro grupo apiñado que espera, es el de los setenta y dos discípulos.

Los elegidos por Jesús para evangelizar…

Que han cambiado de número y de caras…

Porque algunos de los antiguos, después de la defección que siguió al discurso del Pan del Cielo,

ya no están.

Se han agregado otros nuevos, como Nicolái de Antioquía.

El tercer grupo, también muy apiñado y numeroso, es el de los judíos;

entre ellos los arquisinagogos de Emaús, de Hebrón, de Keriot;

de Yuttá está presente el marido de Sara;

de Betsur los parientes de Elisa.

Están junto a la puerta Hermosa.

Y es clara su intención de rodear al Maestro en cuanto aparezca.

Efectivamente, Jesús no puede dar un paso dentro del recinto amurallado,

sin que estos tres grupos lo circunden, casi como aislándolo de los malévolos.

O también de los que simplemente, están allí por curiosidad.

Jesús se dirige al atrio de los Israelitas para las oraciones;

los otros le siguen, compactos en la medida en que lo permite la gran densidad de gente;

sordos a las expresiones de desagrado de quienes tienen que apartarse

y dejar paso al gran número de personas que va con Jesús.

Él va entre sus hermanos.

Y no es dulce como la de Jesús la mirada,

ni humilde como la de Jesús la actitud de José de Alfeo,

que expresivamente, fija sus ojos en algunos fariseos…

Oran.

Luego regresan al patio de los Paganos.

Jesús se sienta humildemente en el suelo, apoyando la espalda en la pared del pórtico.

Lo rodea un semicírculo que cada vez se va haciendo más compacto,

debido a la sucesión de filas de personas que se van poniendo a espaldas

de las filas más cercanas a Él, sentándose, apoyándose y permaneciendo de pie:

rostros y miradas que convergen en el único Rostro.

Los curiosos, los que han venido de lejos y no están al corriente…

Y los malévolos, están detrás de esta barrera de fieles, esforzándose por ver,

alargando los cuellos, levantándose sobre las puntas de los pies.

Jesús entretanto, está escuchando a éste y a aquél, que piden consejos o refieren noticias.

Hablan así los parientes de Elisa,

dando noticias de ella y preguntando si puede venir a servir al Maestro.

Él responde:

–            No me quedo aquí.

Más tarde vendrá.

Y habla el pariente de María de Simón, madre de Judas de Keriot,

diciendo que se ha quedado él, custodiando las propiedades,

pero que María está casi siempre con la madre de Yoana.

A Judas que está atónito, casi se le salen los ojos de las órbitas, pero no habla.

Luego habla el marido de Sara, diciendo que pronto le nacerá a él otro hijo.

Y pregunta que cómo puede nombrarlo.

Jesús responde:

–              Si es varón, Juan;

si es mujer. Ana.

Y el anciano arquisinagogo de Emaús le susurra bajo, algún caso de conciencia…

Jesús, en voz baja, le responde.

Y así sucesivamente.

Mientras, la gente va aumentando.

Jesús levanta la cabeza y mira.

Estando el pórtico elevado unos cuantos escalones;

Él, a pesar de estar sentado en el suelo,

domina buena parte del patio, por ese lado…

Y ve muchas caras.

Se pone de pie.

Y dice con toda su entonada y fuerte Voz:

–           ¡El que tenga sed que venga a Mí y beba!

Del interior de los que crean en Mí brotarán ríos de agua viva.

Su voz llena el vasto patio, los espléndidos pórticos.

Ciertamente atraviesa los de este lado y se propaga a otros lugares.

Sobrepuja todas las demás voces, cual armónico trueno lleno de promesas.

Dice esto…

Y luego calla unos instantes, como habiendo querido enunciar el tema…

Y dar tiempo a quienes no tienen interés en oírlo de marcharse sin causar molestias.

Los escribas y doctores bajan sus voces…

Hasta formar un susurro aunque, ciertamente malévolo.

Gamaliel no se ve por ninguna parte.

Jesús camina de frente entre el semicírculo, que se abre según va llegando y se va cerrando

a sus espaldas, transformándose de semicírculo en anillo.

Camina despacio, majestuosamente.

Parece deslizarse sobre los mármoles policromos del suelo, con el manto un poco suelto,

que le forma por detrás una incipiente cauda.

Va al ángulo del pórtico, al extremo del escalón que penetra hacia el patio;

allí se detiene.

Domina de esta manera así, dos lados de la primera muralla.

Levanta el brazo derecho, con su gesto habitual de cuando empieza a hablar…

Mientras con la mano izquierda apretada contra el pecho, mantiene sujeto el manto.

Repite con fuerza las palabras iniciales:

–              ¡El que tenga sed que venga a Mí y beba!

¡Del interior de los que crean en Mí manarán ríos de Agua Viva!

Aquel que vio la teofanía del Señor, el gran Ezequiel, (Ezequiel 1; 8-10; 37, 1-14; 47, 1-19)

Sacerdote y profeta…

Después de ver proféticamente los actos impuros en la profanada casa del Señor.

Después de ver también proféticamente, que sólo los señalados con el Tau,

vivirán en la Jerusalén verdadera;

mientras que los demás conocerán más de un exterminio,

más de una condena, más de un castigo…

Y el tiempo está cercano.

¡Oh vosotros que me escucháis!

Está cercano, está más cercano de lo que pensáis;

por lo cual os exhorto como Maestro y Salvador,

a no tardar más en signaros con el signo que salva.

A no tardar más en poner en vosotros la Luz y la Sabiduría;

a no tardar más en arrepentiros y llorar, por vosotros y por los demás, para poderos salvar.

Ezequiel, después de ver todo esto y más, habla de una terrible visión:

La de los Huesos Secos.

Día llegará en que en un mundo muerto, bajo un firmamento apagado;

aparecerán al sonido angélico numerosísimos huesos de muertos.

Como un vientre que se abre para dar a luz…

Así la Tierra arrojará de sus entrañas, todo hueso de hombre que sobre ella murió.

Y en su fango fue sepultado, desde Adán al último hombre.

Se producirá entonces la resurrección de los muertos para el grande y supremo juicio;

después del cual, como un pomo de Sodoma…

El mundo se vaciará para transformarse en una nada.

Terminará el firmamento con sus astros.

Todo tendrá fin, menos dos cosas eternas, lejanas:

En los extremos de dos abismos de una profundidad incalculable.

Totalmente antitéticos en la forma, en el aspecto…

Y en el modo con que en ellos proseguirá eternamente la potencia de Dios:

el Paraíso: luz, alegría, paz, amor;

el Infierno: tinieblas, dolor, horror, odio.

¿Pero creéis que por el hecho de que el mundo no esté todavía muerto?

¡Y no suenen convocadoras, las trompetas angélicas…?

Los grandes terremotos mueven el eje de la Tierra y ACORTAN ACELERANDO el tiempo

¿El inmenso campo de la Tierra no está cubierto de huesos sin vida,

requetesecos, inertes, separados, muertos…

muertos, muertos?

En verdad os digo que es así.

Entre los que viven, porque respiran todavía,

innumerables son los que son como cadáveres,

como los huesos secos vistos por Ezequiel.

¿Quiénes son?

Aquellos que no tienen en sí la vida del espíritu.

Hay en Israel de éstos, como en todo el mundo.

Y el que entre los gentiles y los idólatras no haya sino muertos…

Que esperan ser vitalizados por la Vida es una cosa natural.

Causa dolor sólo a aquellos que poseen la verdadera Sabiduría,

porque Ella les hace comprender que el Eterno ha creado a las criaturas para Él.

Y no para la idolatría.  

¿Qué nombre tiene lo que ocupa mis pensamientos la mayor parte del tiempo? Es el nombre de mi ídolo…

Y se aflige viendo a tantas criaturas en la muerte.

Pero, si el Altísimo tiene este dolor…

Y es ya grande.

¿Cuál será su dolor por aquellos que de su Pueblo,

son huesos que albean sin vida, sin espíritu?

Los elegidos, los predilectos, los protegidos, los nutridos, los instruidos por Él directamente.

O por sus siervos y profetas…

¿Por qué tienen que ser culpablemente huesos secos…

Siendo así que para ellos siempre ha descendido un hilo de agua vital del Cielo

y les ha dado a beber Vida y Verdad?

¿Por qué, plantados en la tierra del Señor, se han secado?

¡Por qué su espíritu ha muerto…

Si el Espíritu Eterno puso a su disposición todo un tesoro sapiencial,

para que de él bebieran y vivieran?

¿Quién?

¿Con qué prodigio podrán volver a la Vida,

si han dejado las fuentes, los pastos, las luces que Dios les ha dado?

¿Y caminan a tientas entre las calígines, bebiendo de fuentes no puras…

Y se nutren de alimentos no santos?

¿No volverán pues, a vivir?

Sí.

En nombre del Altísimo Yo lo juro.

Muchos resucitarán.

Dios tiene ya preparado el milagro;

es más, el milagro ya está activo, ya ha actuado en algunos.

Y algunos huesos secos se han revestido de vida,

porque el Altísimo al cual nada le está prohibido, ha mantenido la promesa y la mantiene.

Y cada vez la completa más.

Él, desde lo alto de los Cielos:

grita a estos huesos que están esperando la Vida:

«Ved que Yo infundiré en vosotros el espíritu y viviréis»

Y ha tomado su Espíritu, a Sí mismo se ha tomado:

Ha formado una Carne para revestir su Palabra…

Y la ha enviado a estos muertos para que hablándoles, se infundiera de nuevo en ellos la Vida.

¡Cuántas veces, en el transcurso de los siglos, Israel ha gritado:

«Están secos nuestros huesos, nuestra esperanza ha muerto, estamos separados»!

Pero, toda promesa es sagrada, toda profecía es verdadera.

Ha llegado el tiempo en que el Enviado de Dios abre las tumbas, para sacar de ellas a los muertos.

Y vivificarlos para conducirlos consigo a la verdadera Israel, al Reino del Señor;

al Reino del Padre mío y vuestro.

¡Yo Soy la Resurrección y la Vida!

¡Yo Soy la Luz que ha venido a iluminar a quien yacía en las tinieblas!

¡Soy la Fuente de la que impetuosa, brota Vida eterna!

El que venga a Mí no conocerá la Muerte.

El que tenga sed de Vida venga y beba.

Quien quiera poseer la Vida…

O sea, a Dios, crea en Mí.

y de su interior brotarán no gotas, sino ríos de agua viva.

Porque el que crea en Mí formará conmigo el nuevo Templo…

Del que manan las aguas saludables de que habla Ezequiel.

¡Venid a Mí, pueblos!

¡Venid a mí, criaturas!

Venid a formar un único Templo;

pues que no rechazo a ninguno.

Sino que por amor, os quiero conmigo,

en mi trabajo, en mis méritos, en mi gloria.

«Y vi aguas que brotaban de debajo de la puerta de la casa, a * oriente…

Y las aguas bajaban al lado derecho, al sur del altar». (Ezequiel cap. 47).

Aquel Templo SON los que creen en el Mesías del Señor, en el Cristo…

En la Nueva Ley, en la Doctrina del tiempo de Salud y de Paz.

Así como de piedras están formados los muros de este templo;

de espíritus vivos estarán formados los místicos muros del Templo…

Que no morirá por los siglos de los siglos y que desde la Tierra ascenderá hasta el Cielo;

como su Fundador, después de la lucha y la prueba.

Aquel altar del que brotan las aguas, aquel altar situado a levante soy Yo.

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