624 El Divorcio


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

473a Curación de un niño ciego de Sidón y una lección para las familias.

Dice Jesús:

Dios, para los que tienen fe en Él…

Supera siempre las peticiones de sus hijos y da más todavía.

Cree esto.

Creedlo todos.

A la mujer que de Sidón había venido a Mí con las dos espadas clavadas en lo secreto del corazón.

Y se atreve sólo a decirme el nombre de una de ellas,

porque revelar ciertas íntimas desdichas es más penoso que decir:

«Estoy enfermo»

Le doy también este segundo milagro.

A los ojos del mundo habrá parecido y parecerá todavía,

que es mucho más fácil rehacer la concordia entre dos cónyuges separados,

por un motivo que ya está superado.

Y además felizmente;

que no dar dos pupilas a dos ojos que nacieron sin ellas.

Pero no, NO es así.

Hacer dos pupilas, para el Señor y Creador, es una cosa sencillísima;

como devolver a un cadáver el soplo de la vida.

El Amo de la Vida y de la Muerte, el Amo de todo lo que hay en la Creación,

no carece, ciertamente, de un soplo vital que infundir de nuevo en los muertos,

ni de dos gotas de humor para un ojo seco.

Le basta querer para poder.

Porque ello depende sólo de su deseo.

Pero  cuando se trata de concordia entre seres humanos, hace falta,

juntamente con el deseo de Dios, la «voluntad» de los hombres.

Dios sólo raramente violenta la libertad humana.

En general os deja libres de actuar como queráis.

Aquella mujer, que vivía en tierra de idólatras

y seguía creyendo como su esposo, en el Dios de sus padres,

ya por ello merece la benignidad de Dios.

Llevando luego su fe más allá del límite de las medidas humanas,

superando las dudas y la oposición de la mayoría de los creyentes judíos

esto lo prueban sus palabras a su esposo:

«Espera a que regrese»

segura de que volvería con su hijo curado, merece un doble milagro.

Merece también este difícil milagro de abrir los ojos del espíritu a su consorte,

ojos que se habían apagado para el amor y el dolor de su esposa,

y le echaban la culpa a ella de algo que no es culpa.

Quiero también -y esto es para las esposas-

que se reflexione en la humildad respetuosa de esta hermana suya.

«Fui donde mi esposo y le dije:

“Espera, señor»‘

La razón estaba de su parte, porque echar la culpa a una madre de un defecto de nacimiento,

es necedad y cosa cruel.

Ya su corazón esta quebrantado ante la vista de su criatura desdichada.

Doblemente la razón está de su parte, porque su marido la había marginado

desde que había sabido que era estéril.

Y además tiene noticia de la intención de divorcio de su marido.

Y a pesar de ello, sigue siendo la «esposa».

O sea, la compañera fiel y sujeta a su compañero, como Dios quiere que sea y la Escritura enseña.

No hay rebelión ni sed de venganza o intención de hallar otro hombre para no ser la «mujer sola».

«Si no regreso con el hijo curado, repúdiame.

Pero, si sí, no hieras mortalmente mi corazón ni niegues un padre a tus hijos»

¿No parece estar oyendo hablar a Sara y a las antiguas mujeres hebreas?

¡Qué distinto es, mujeres, vuestro lenguaje de ahora!

Pero también:

¡Qué distinto es lo que obtenéis de Dios y de vuestro esposo!

Y las familias se destruyen cada vez más.

Como siempre, cumpliendo el milagro, he tenido que poner un signo que lo hiciera aún más incisivo.

Tenía ante mí todo un mundo para persuadirlo,

un mundo cerrado en las barreras de toda una secular manera de pensar.

Y guiado por una secta enemiga mía.

Se ve, pues, la necesidad de hacer resplandecer claramente mi poder sobrenatural.

Mas la enseñanza de la visión no está aquí.

Está en la fe, en la humildad y no obstante, fidelidad al cónyuge,

en la elección del camino adecuado,

¡Oh esposas y madres que habéis encontrado espinas donde esperabais rosas!

para ver nacer donde os hirieron las espinas nuevas ramas florecidas.

Volveos hacia el Señor Dios vuestro, que ha creado la unión matrimonial,

para que el hombre y la mujer no estuvieran solos.

Y se amaran formando una carne sola e indisoluble,

puesto que fue unida junta.

Que os ha dado el Sacramento para que sobre las nupcias descendiera su bendición.

Y por mis méritos tuvierais todo lo que necesitáis en el nuevo camino de cónyuges y procreadores.

Para volveros hacia El con rostro y corazón seguros;

sed honestas, buenas, respetuosas, fieles, verdaderas compañeras de vuestro esposo,

no simples huéspedes de su casa o peor todavía,

advenedizas que una coincidencia reúne bajo un mismo techo,

como dos que coinciden en una posada de peregrinos.

Esto sucede ahora demasiadas veces.

¿El hombre falta?

Hace mal.

Pero esto no justifica la manera de actuar de demasiadas esposas.

Y todavía menos la justifica, cuando a un buen compañero,

no sabéis corresponderle con bien el bien y con amor el amor.

Y no quiero ni detenerme en el caso, demasiado común,

de vuestras infidelidades carnales, que no os hacen distintas de las meretrices,

con el agravante de practicar hipócritamente el vicio y de manchar el altar de la familia,

a cuyo alrededor están las almas angélicas de vuestros inocentes.

Pero estoy hablando de vuestra infidelidad moral al pacto de amor jurado ante mi altar.

Pues bien, Yo dije:

«El que mira a una mujer con deseo comete adulterio en su corazón»;

dije:

«El que despide a su mujer con libelo de divorcio la expone al adulterio»

Pero ahora, ahora que demasiadas mujeres son advenedizas para sus maridos,

digo:

«Las que no aman en alma, mente y carne a su compañero, lo impulsan al adulterio.

Y si bien le pediré a él explicación de su pecado,

no menos lo haré con aquella que no fue la ejecutora del pecado,

pero sí su creadora»

Hay que saber comprender en toda su extensión y profundidad la Ley de Dios.

Y hay que saber vivirla en plena verdad.

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