631 La Madre, siempre Madre


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

477 Coloquio de Jesús con su Madre en el bosque de Matatías. 

Jesús está solo.

Solo, en un rellano un poco cóncavo que con leve pero continua ondulación;

asciende por la vertiente de los collados que ciñen el lago de Galilea.

Que se puede ver abajo, a la derecha;

oscureciéndose su bellísimo azul por la llegada del ocaso…

Que retira de mucha de la superficie del lago, las fulgurantes saetas de los rayos solares.

Detrás de la concavidad al norte, las montañas de Arbela;

más allá más altas, las de allende el lago, donde se alzan Meirón y Yiscala.

Al nordeste lejano, poderoso y regio siempre, desde cualquier parte que se vea:

el gran Hermón,

cuyo pico mayor, el sol hiere caprichosamente en esta hora del ocaso.

Poniéndolo de un color topacio rosa en la parte occidental…

Y dejándole su aspecto opalino, tendente a esa indefinible, leve tonalidad nívea azulina…

que también se ve algunas veces en las cúspides de los Alpes fronterizos.

Desde aquí se puede contemplar abajo el lago.

Y a la izquierda los collados, que impiden ver la llanura de la costa.

Pero volviéndose hacia el mediodía, también está el Tabor, más allá de las suaves colinas,

 que ciñen Nazaret.

Abajo hay una pequeña ciudad, al pie de un camino de mucho tránsito…

Por donde la gente va deprisa, para llegar a los lugares señalados como etapas.

Jesús no mira el grandioso panorama, busca sólo un sitio para poder sentarse.

Y lo elige al pie de una corpulentísima encina,

que con su follaje ha resguardado del sol tórrido, a la hierba del suelo;

por lo cual está todavía fresca y tupida, como si el verano no hubiera pasado agostando.

De esta forma Jesús tiene frente a sí el lago;

a su lado el sendero entre árboles por el que ha subido;

al otro lado las ondulaciones que ciñen al norte la hondonada pradeña y boscosa,

en que se encuentra, toda verde…

Porque los árboles son en su mayoría encinas y otros árboles de hoja perenne,

a los que el otoño no toca.

Sólo acá o allá muestran un punto rojo-sangre debido a una hoja que cambia de color antes de caer,

cediendo el puesto a esa otra embrional, que ya nace al lado de la que muere.

Jesús muy cansado, se apoya en el tronco robusto…

Y está un tiempo con los ojos cerrados, como para descansar un poco.

Pero luego toma su postura habitual, separándose del tronco…

Echándose un poco hacia adelante, con los codos en las rodillas,

los antebrazos sobresaliendo, las manos unidas con los dedos entrelazados.

Parece meditar, sin duda ora.

De vez en cuando, por algún ruido que se produce cerca de Él…

Pájaros que pelean buscando un sitio para la noche;

algún animal entre la hierba que hace rodar un canto por la pendiente;

una rama que choca contra otra por un solitario soplo de viento…

Levanta los ojos, con una mirada absorta que ciertamente no ve,

los vuelve en la dirección del ruido;

especialmente si éste está en la dirección del sendero que sube entre las encinas.

Luego vuelve a bajarlos y se concentra de nuevo en Sí mismo.

Dos veces mira con atención al lago, ahora cubierto por la sombra…

Y luego vuelve la cabeza para mirar a occidente.

Donde el sol ha desaparecido tras los collados boscosos.

La segunda vez se levanta y va al sendero, para mirar si sube alguien… 

Luego vuelve a su sitio.

Finalmente se oye un ruido de pasos y se dejan ver dos figuras:

María, vestida de azul oscuro.

Juan, cargado de sacas.

Y Juan llama dos veces:

–            ¡Maestro!

En cuanto Jesús se vuelve,

dice:

–            Aquí tienes a tu Madre.

La ayuda a salvar un arroyuelo y algunas piedras grandes…

Que han sido puestas en el sendero con intención de darle solidez…

Proporcionando comodidad para quien sube o baja;

pero que en realidad su resultado ha sido el transformarse en verdaderas trampas…

Para el pie semi-descalzo.

Jesús se levanta inmediatamente para ir al encuentro de su Madre.

La ayuda con Juan, a subir el cúmulo de piedras desprendidas, que debían sujetar el rellano.

En realidad, sólo las gruesas raíces de las encinas hacen este oficio.

Ahora Jesús sujeta a María, la observa…

Le pregunta:

–             ¿Estás cansada?

María responde:

–             No, Jesús.

Y le sonríe.

–             Sin embargo, me parece que lo estás.

Siento haberte hecho venir.

Pero no podía ir Yo…

–             ¡No es nada, Hijo mío!

Sólo estoy un poco sudorosa.

Pero aquí se está bien…

Más bien, Tú eres el que está muy cansado…

Y también el pobre Juan…

Pero Juan menea la cabeza sonriendo…

Deja la saca nueva y bien hinchada de Jesús y la suya en la hierba, al pie de la encina;

para retirarse mientras dice:

–             Voy a bajar.

He visto una fuentecita.

Voy a refrescarme un poco en esa agua.

Pero, si me llamáis, oigo y vendré pronto.

Se retira dejando libres a los Dos.

María se afloja el manto y se quita el velo.

Se seca el sudor que cubre su frente.

Mira a Jesús.

Le sonríe y bebe su sonrisa…

Porque Él también le sonríe, mientras le acaricia la mano y la apoya en su mejilla…

Para recibir a su vez de ésta, la caricia.

¡Tan «hijo» en este gesto que acostumbra hacer tantas otras veces!…

María libera la mano y le ordena los cabellos…

Le quita un trocito de corteza de árbol que se le había quedado entre el pelo.

Cada movimiento de los dedos está hecho con tanto amor, que es una caricia.

Y Ella habla:

–             Estás todo sudado, Jesús.

El manto en la espalda, está húmedo como si te hubiera llovido encima.

Bueno, ahora podrás ponerte otro.

Este lo retiro yo.

Está descolorido por el sol y el polvo.

Tenía todo preparado, y…

¡Espera!

Sé que hace poco has comido una corteza de pan ya viejo…

Con un puñado de aceitunas tan saladas, que te mordían la garganta.

Me lo ha dicho Juan, que desde el momento que llegó no hacía más que beber.

Pero te he traído pan reciente.

Lo acababa de sacar del horno.

Y un panal de miel que había quitado ayer de la colmena, para dárselo a los niños de Simón.

Para ellos tengo otros panales.

Tómalo, Hijo mío.

Es de nuestra casa…

Y se agacha a abrir la saca que tiene, encima de todas las cosas que contiene…

Una cesta baja de mimbre con fruta dentro.

Y encima de la fruta, un panal envuelto en hojas de vid.

Ofrece todo a su Hijo, con pan reciente y crujiente.

Y mientras Jesús come…

Saca del talego los vestidos que ha preparado para los meses invernales.

Fuertes, calientes, adecuados para proteger del frío y del agua.

Y se los enseña a Jesús,

que le dice:

–              ¡Cuánto trabajo, Mamá!

Tenía todavía los del pasado invierno…

–              Los hombres, cuando están lejos de las mujeres…

Deben tener todo nuevo, para no tener necesidad de arreglar nada para estar en orden.

Pero no he desperdiciado nada.

Este manto mío es el tuyo: acortado y vuelto a teñir.

Para mí está bien todavía.

Pero para Ti ya no estaba bien.

Tú eres Jesús…

Es imposible expresar lo que hay en esta frase.

«Tú eres Jesús».

Una frase sencilla.

Pero en estas pocas palabras, está todo el amor de la Madre, de la discípula…

De la antigua hebrea hacia el Prometido Mesías.

Y de la hebrea del tiempo bendito que tiene a Jesús.

Si la Madre se hubiera postrado adorando a su Hijo como Dios…

No habría expresado sino una forma limitada, a pesar de rebosar veneración.

Pero en estas palabras hay más que una adoración formal de unas rodillas que se doblan;

una espalda que se pliega, una frente que toca el suelo:

Aquí está todo el ser de María.

Su carne, su sangre, su mente, su corazón, su espíritu, su amor…

Adorando totalmente, perfectamente, al Dios-Hombre.

Es imposible ver una cosa más grande;

más absoluta, que estas adoraciones de María al Verbo de Dios, que es su Hijo.

Porque Ella siempre recuerda que es su Dios.

Ninguna de las criaturas que curadas o convertidas por Jesús;

postradas adoran a su Salvador.

Ni siquiera las más ardientes, ni siquiera las que sin darse cuenta se manifiestan teatrales,

bajo el ímpetu del amor…

Ninguna tiene «algo” que asemeje a esto.

Aman totalmente, pero siempre como criaturas…

A las que les falta constantemente algo, para ser perfectas.

María ama, aunque parezca un atrevimiento decirlo: 

Divinamente.

Ama más que como criatura.

¡Oh, es realmente la hija de Dios inmune de culpa!

¡Por eso puede amar así!…

Es inevitable pensar en lo que perdió el hombre con el pecado original…

En lo que nos robó Satanás abatiendo a nuestros Progenitores.

Nos quitó esta potencia de amar a Dios como lo ha amado María…

Nos ha quitado la potencia de amar perfectamente bien.

Considerar estas cosas mirando a la Pareja perfecta.

Meditar todo lo que tenemos que aprender respecto a la Ciencia del Amar y adorar a Dios…

Jesús acabada su comida, se ha sentado en la hierba a los pies de su Madre.

Y ha puesto su cabeza sobre las rodillas de Ella…

Como un niño cansado y triste, que busca refugio en la única que lo puede confortar.

María le acaricia los cabellos.

Toca levemente la frente lisa de su Jesús

Parece como si quisiera alejar con esa caricia, todos los cansancios y las penas,

que hay en ese Hijo suyo.

Jesús cierra los ojos y María suspende la caricia.

permaneciendo con la mano sobre los cabellos, mirando de frente, pensativa, inmóvil.

Quizás cree que Jesús se está durmiendo.

Está muy cansado…

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