397 EL MAESTRO INCOMPRENDIDO


397 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

359 En la cabaña de Matías cerca de Yabés Galaad.

El valle profundo y boscoso donde surge Yabés Galaad se oye rumoroso debido a un arroyuelo

muy cargado de agua, que va espumando hacia el cercano Jordán.

El crepúsculo y la jornada, tenebrosos, agravan los aspectos sombríos de las frondas;

así que el pueblo se presenta triste e inhóspito ya desde los primeros momentos.

Tomás, que conserva su buen humor, a pesar de que su ropa esté como recién sacada de una tina,

Pues se llenó de barro caminando, de la cabeza a las caderas, de las caderas a los pies.

El apóstol dice:

–          ¡Mmm!

No quisiera que después de siglos se vengara en nosotros este pueblo,

de la desagradable sorpresa que le dio Israel.

¡Basta!

¡Vamos a sufrir por el Señor!

(La desagradable sorpresa que le dio Israel está narrada en: I Macabeos 5, 9-36)

No los vapulean, eso no.

Pero los echan de todas partes, llamándolos ladrones, y peor todavía.

Felipe y Mateo tienen que pegarse una buena carrera para salvarse de un perro de grandes dimensiones

embriscado por un pastor cuando habían ido a la puerta de un aprisco, a pedir alojamiento para la noche

«al menos en el cobertizo de los animales».

Los apóstoles dicen:

–          ¿Y ahora qué hacemos?

No tenemos pan.

–           Ni dinero.

¡Sin dinero no se encuentra ni pan ni posada!

–           Y estamos empapados, helados, hambrientos.

–           Y llega la noche.

–           ¡Sí que vamos a estar cucos mañana, después de una noche en el bosque!

De doce que son, siete rezongan abiertamente;

tres tienen escrito en el rostro su mal humor.

Y aunque de hecho guardan silencio, es como si hablaran.

Simón Zelote va cabizbajo, indescifrable.

Juan parece como sobre las brasas encendidas.

Y su cabeza se vuelve veloz, de los rezongones a Jesús y de éste a aquéllos,

con la pena dibujada en la cara.

Jesús continúa llamando de casa en casa, personalmente;

puesto que los apóstoles no quieren o lo hacen con temor; continúa recorriendo, paciente,

las callejuelas convertidas en pantanos resbaladizos y fétidos.

Pero en todas partes es rechazado.

Ya están en el extremo del pueblo.

Allí el valle se abre en los pastos de la llanura transjordánica.

Alguna que otra casa, todavía…

Todo son desilusiones…

Jesús dice:

–            Busquemos en los campos.

¿Juan, eres capaz de subir a este olmo?

Desde arriba puedes ver.

El predilecto responde:

–            Sí, mi Señor.

Pedro dice disgustado:

–            E1 olmo está resbaladizo de lluvia.

El muchacho no va a subir y se va a hacer daño.

Y, por si fuera poco, vamos a tener un herido.

Y, Jesús, mansamente,

dice:

–           ¡Subo Yo!

Todos gritan en coro:

—           ¡De ninguna manera!

Los que más alzan la voz son los pescadores,

que añaden:

–           «Si es peligroso para nosotros, que somos pescadores,

¿Cómo vas a poder Tú, que no has trepado nunca por las costanas ni por las cuerdas?

–            Lo hacía por vosotros.

Para buscaros un alojamiento.

Para Mí es indiferente.

No es el agua lo que me resulta penoso…

¡Cuánta tristeza!

¡Cuánta noción a la piedad por El, hay en la voz!

Algunos se aperciben y callan.

Bartolomé y Mateo, dicen:

–           Ya es demasiado tarde para poner remedio.

Se debía haber pensado antes.

Judas de Keriot, reclama:

–            Sí.

Y no hacer caprichos queriendo salir de Pel.la aunque ya lloviera.

Has sido un testarudo y un imprudente.

Y ahora todos tenemos que pagar las consecuencias.

¿Qué remedio vas a poner ahora?

¡Si hubiéramos tenido una bolsa bien nutrida,

hubieras visto como se habrían abierto todas las casas!

¡Pero Tú!…

¿Por qué no haces un milagro, al menos un milagro para tus apóstoles,

puesto que los haces hasta para los indignos?

Gesticulando como un loco, agresivo;

tanto que los otros, aunque en el fondo piensen en parte come él,

sienten la necesidad de exigirle respeto.

Jesús parece ya el Condenado mirando pacífico a sus verdugos.

Y calla.

Este callar, que va siendo cada vez más frecuente en Jesús desde hace un tiempo,

preludio del «gran silencio» ante el Sanedrín, ante Pilatos y ante Herodes, que será tan penoso…

Parecen esas pausas de silencio que se oyen en el quejido de un moribundo,

que no son signo de calma de los dolores, sino preludio de la muerte.

Pareciera que estos silencios de Jesús gritan, más que cualquier otra palabra, con su callar.

Y que expresan todo el dolor de Jesús ante la incomprensión de los hombres y su desamor.

Y su mansedumbre que no reacciona, esta postura suya con la cabeza un poco baja,

lo presentan ya atado, consignado al odio de los hombres.

Le preguntan:

–             ¿Por qué no hablas?

Jesús responde:

–             Porque diría palabras que vuestro corazón no entendería en este momento…

Vamos.

Vamos a caminar para no congelarnos…

Y perdonad…

Se vuelve sin demora y se pone a la cabeza de esta comitiva que en parte es comprensiva;

en parte, acusadora; en parte, polémica con los compañeros.

Juan se rezaga un poco, pero de forma que ninguno se dé cuenta.

Luego se acerca a un árbol grande, un fresno muy alto.

Y arrojados manto y túnica, se pone a subir semidesnudo, fatigosamente, hasta que las primeras ramas

no le facilitan la subida.

Sube, sube, sube, como un gato.

Alguna vez también resbala, pero se afianza de nuevo.

Está ya casi en la cima.

Escudriña el horizonte bajo las últimas luces del día, más claras aquí – en abierta llanura –

que en el valle,

porque además las plomizas nubes son menos espesas.

Agudiza la mirada en todas las direcciones.

Por fin un gesto de alegría.

Se deja resbalar rápidamente hasta el suelo.

Se pone las vestiduras que se había quitado, se echa a correr hasta alcanzar y pasar a sus compañeros.

Ya llegó donde el Maestro.

Jadeante por el esfuerzo realizado y por la carrera,

dice:

–            Una cabaña, Señor…

Hay una cabaña hacia oriente… pero hay que volver atrás…

He subido a un árbol…

Ven, ven…

Serio y decidido, Jesús dice:

–            Voy con Juan por esta parte.

Si queréis venir, venid;

si no, proseguid hasta el próximo pueblo siguiendo el río.

Allí nos encontraremos.

Lo siguen todos por los prados empapados. 

Varias voces protestan:

–            ¡Pero estamos volviendo a Yabés!

–             Yo no veo casas…

–             ¿Quién sabe lo que habrá visto el muchacho!

–              ¡Quizás un pajar!

–              O la cabaña de un leproso.

–              Así terminamos de mojarnos.

–            Estos prados parecen esponjas.

Se lamentan los apóstoles.

Pero no es ni la cabaña de un leproso ni un pajar lo que se presenta a sus ojos

detrás de una espesura de troncos.

Es una cabaña, eso sí.

Ancha, baja, semejante a un aprisco pobre.

Tejado de paja hasta la mitad, paredes de barro que apenas si se sujetan con los cuatro machones

angulares de piedras sin desbastar.

Una serie de estacas circuye la casucha; en el espacio intermedio, hortalizas que chorrean agua.

Juan da una voz.

Se asoma un anciano.

–             ¿Quién es?

Jesús dice:

–             Peregrinos camino de Jerusalén.

¡Pedimos posada en nombre de Dios!

–            Siempre.

Es un deber.

Pero mal sitio os ha tocado.

Tengo poco espacio y no tengo camas.

–           No importa.

Tendrás fuego al menos.

El hombre se afana en abrir el cierre,

y lo abre.

–         Entrad.

La paz sea con vosotros.

Pasan por la minúscula huerta.

Entran en la habitación única, que es cocina y dormitorio.

En el hogar está encendido el fuego.

Hay orden y pobreza.

No hay ni un utensilio más de los necesarios.

–           ¿Veis?

¡Lo único que tengo es un corazón grande y adornado!

Pero si os adaptáis…

¿Tenéis pan?

—            No.

Sólo un puñado de aceitunas…

–            Yo no tengo pan para todos.

Pero os voy a hacer una cosa con la leche,

Tengo dos ovejas.

Me bastan. Voy a ordeñarlas.

¿Me dais los mantos?

Así los extiendo en el aprisco, aquí detrás.

Se secarán un poco.

Mañana con la llama se acabarán de secar.

El hombre sale cargado con la ropa húmeda.

Todos están cerca del fuego y se alegran por el calor.

Vuelve el hombre trayendo una tosca estera.

La extiende.

–            Quitaos las sandalias.

Así las lavo y les quito el barro y las cuelgo para que se sequen.

También os voy a dar agua caliente para quitaros el barro de los pies.

La estera es tosca, pero es gruesa y está limpia;

la agradeceréis más que el suelo frío.

Descuelga un caldero lleno de agua verdosa, por las verduras que cuecen dentro,

y vierte el agua mitad en un barreño mitad en una tina.

La alarga con agua fría,

y dice:

–             Aquí tenéis.

Os reanimará.

Lavaos.

Éste es un paño limpio.

Y, entretanto, se afana avivando la llama, vierte leche en un caldero y la pone en el fuego.

Y, en cuanto empieza a hervir, echa semillas dentro de la leche.

Parece que son cebada molida o millo descascarado.

Y remueve la papilla.

Jesús, que ha sido uno de los primeros que se ha lavado,

se acerca a él,

diciendo:

–            Que Dios te recompense por tu caridad.

–             No hago sino restituir lo que he recibido de El.

Estaba leproso.

De los treinta y siete a los cincuenta y uno, leproso.

Luego me curé.

Pero en el pueblo me encontré ya que mis padres y mi mujer, habían muerto.

Y la casa estaba devastada.

Además yo era «el leproso»…

Vine aquí y me hice mi nido; yo solo y con la ayuda de Dios.

Primero una cabaña de juncos, luego de madera.

Luego tapias…

Todos los años una cosa nueva.

El año pasado hice el lugar para las ovejas.

Las he comprado fabricando esteras que vendo.

Y también platos y vasos de madera.

Tengo un manzano, un peral, una higuera, una vid.

Detrás tengo una parcelita de cebada; delante, las hortalizas.

Cuatro parejas de palomas y dos ovejas.

Dentro de poco tendré corderos.

Esperemos que sean hembras esta vez.

Bendigo al Señor y no pido más cosas.

¿Y Tú quién eres?

–             Un galileo.

¿Tienes prejuicios?

–             Ninguno, aunque sea de raza judía.

Si hubiera tenido hijos, habría podido tener uno como Tú…

Hago de padre a las palomitas…

Estoy acostumbrado a estar solo.

–           ¿Y para las Fiestas?

–           Lleno los comederos y me marcho.

Alquilo un asno.

Corro, hago lo que tengo que hacer, y vuelvo.

Jamás me ha faltado ni una sola hoja.

Dios es bueno.

–             Sí, con los buenos y con los menos buenos;

pero los buenos están bajo sus alas.

–             Sí.

Lo dice también Isaías…

A mí me ha protegido.

Tomás observa:

–           De todas formas, has sido leproso».

–          Y me he quedado pobre y solo.

Pero, mira, volver a ser un hombre y tener techo y pan, es gracia de Dios.

Mi modelo en la desventura fue Job.

Espero merecer como él la bendición de Dios, no en riquezas sino en gracia.

Jesús dice:

–          La tendrás.

Eres un justo.

‘¿Cómo te llamas?

–          Matías.

Y quita del fuego su caldero, lo lleva a la mesa, añade mantequilla y miel;

remueve, vuelve a ponerlo en el fuego,

y dice:

–          Tengo sólo seis piezas de vajilla entre platos y cuencos.

Os turnáis.

–           ¿Y tú?

–            El que da hospitalidad es el último en servirse.

Primero los hermanos que Dios envía.

Bueno, ya está a punto.

Esto sienta bien.

Y echa unos cazos de papilla humeante en cuatro platos y dos cuencos.

Cucharas de madera sí que hay.

Jesús sugiere a los más jóvenes que coman.

Juan dice:

–           No.

Tú, Maestro.

–           No, no.

Conviene que se sacie Judas.

Y vea que hay siempre comida para los hijos.

Judas Iscariote cambia de color, pero come.

Matías pregunta:

–             ¿Eres un rabí?

–            Sí.

Éstos son mis discípulos.

–           Yo iba donde el Bautista, cuando él estaba en Betabara.

¿Sabes algo del Mesías?

Dicen que ya ha venido y que Juan lo señaló.

Siempre que voy a Jerusalén espero verlo.

Pero nunca lo he logrado.

Cumplo el rito y no me detengo.

Será por esto por lo que no lo veo.

Aquí vivo aislado, y además… hay gente no buena en Perea.

Hablé con unos pastores que vienen aquí por los pastos.

Ellos sabían del Mesías.

Me hablaron. ¡Qué palabras!

¿Qué será cuando las diga Él!…

Jesús no se da a conocer.

Le toca ahora comer y lo hace serenamente, al lado del buen anciano.

Matías cuestiona:

–          ¿Y ahora?

¿Cómo vamos a hacer para dormir?

Os cedo la cama.

Pero es solo una…

Yo voy donde las ovejas.

–            No, vamos nosotros.

El heno es bueno para quien está cansado.

La cena ha terminado.

Ahora piensan en acostarse para partir al alba.

Pero el anciano insiste y a su cama va Mateo, que está muy constipado.

Pero la aurora es un diluvio.

¿Cómo ponerse en marcha bajo esas cataratas?

Siguen el consejo del viejo y se quedan.

Entretanto cepillan y secan las túnicas, untan las sandalias, dan descanso a sus cuerpos.

El viejo cuece otra vez cebada en la leche, para todos;

luego mete unas manzanas entre las cenizas.

La comida de todos.

Lo están consumiendo, cuando llega de afuera una voz

Matías pregunta.

–          ¿Otro peregrino?

¿Cómo nos vamos a arreglar? – dice el anciano.

Pero se pone en pie y sale, envuelto en una manta de lana basta, impermeable.

En la cocina hay calor de fuego, pero no de humor bueno.

Jesús guarda silencio.

Vuelve el anciano, con los ojos desmesuradamente abiertos.

Mira a Jesús, mira a los otros.

Parece sentir miedo… parece en duda y escrutador.

A1 fin dice:

–            ¿Uno de vosotros es el Mesías?

Decidlo, porque los de Pel.la lo buscan para adorarlo, por un gran milagro que ha hecho.

Llevan llamando, desde ayer tarde, a todas las casas, hasta el río, hasta el primer pueblo…

Ahora, regresando, han pensado en mí.

Alguno ha indicado mi casa.

Están afuera, con los carros.

¡Mucha gente!

Jesús se levanta.

Los doce dicen:

–            No vayas.

Si has dicho que era prudente no detenernos en Pel.la, es inútil mostrarte ahora.

Matías exclama:

–           ¡Pero entonces!…

¡Oh! ¡Bendito!

¡Bendito Tú y quien te ha enviado!

¡Y bendito yo, que te he acogido!

Eres el rabí Jesús, aquel…

¡Oh!…..

E1 hombre está de rodillas, con la frente contra el suelo.

Jesús dice:

–          Soy Yo.

Pero deja que vaya a estos que me buscan.

Luego vendré a ti, hombre bueno.

Se libera los tobillos apresados por las manos del anciano y sale a la huerta inundada.

La muchedumbre grita:

–         ¡Ahí está! –

¡Ahí está!.

–        ¡Hosanna!

Se apean rápidamente de los carros.

Son hombres y mujeres.

Y está el cieguito de ayer con su madre.

Y también está la gerasena.

Sin preocuparse del barro, se arrodillan,

y suplican:

–           ¡Regresa, regresa donde nosotros, a Pel.la!

–           ¡No: a Yábés! – gritan otros, que son ciertamente de allí.

—          ¡Te queremos con nosotros!

–           ¡Estamos arrepentidos de haberte echado! – gritan los de Yabés.

–           No, donde nosotros.

–          A Pel.la, donde está vivo tu milagro.

–           A ellos los ojos; a nosotros, la luz del alma.

Jesús responde:

–           No puedo.

Voy a Jerusalén.

Allí me encontraréis.

–           Estás enfadado porque te hayamos echado.

–          Estás disgustado,

porque sabes que habíamos creído las calumnias de un pecador.

La madre de Marcos se tapa la cara y llora.

–           Dile tú, Yaia, al que te ha amado, que vuelva.

Jesús repite:

–           Me encontraréis en Jerusalén.

Marchaos.

Y perseverad.

No seáis como los vientos, que van en todas las direcciones.

Adiós.

Los otros insisten:

–         No.

–         Ven.

–         Te raptamos por la fuerza, si no vienes.

–         Vosotros no alzaréis contra Mí vuestra mano.

Esto es idolatría, no verdadera fe.

La fe cree incluso sin ver.

Persevera aunque se la combata

Crece aun sin milagros.

Me quedo en casa de Matías, que ha sabido creer sin ver nada,

y que es un justo.

–           Al menos, acepta nuestros presentes.

Dinero, pan.

Nos han dicho que habéis dado todo lo que teníais a Yaia y a su madre.

Toma un carro.

Irás en él.

Lo dejas en Jericó, en casa de Timón el posadero.

Tómalo. Llueve.

Y va a seguir lloviendo.

Estarás resguardado.

Llegarás antes.

Muéstranos que no nos odias.

Ellos al otro lado de la estacada,

Jesús a este lado, se miran;

los de la parte de allá están agitados.

Detrás de Jesús está el anciano Matías, de rodillas, con la boca abierta;

luego, de pie, los apóstoles.

Jesús tiende la mano,

y dice:

–          Acepto para los pobres.

Pero no acepto el carro.

Soy el Pobre entre los pobres.

No insistáis.

Yaia, mujer, y tú de Gerasa, venid que os bendiga en particular.

Y cuando los tiene a su lado, puesto que Matías ha abierto la estacada, los acaricia y bendice.

Y se despide de ellos.

Bendice luego a los otros, que se han aglomerado en torno a la entrada

y están dando a los apóstoles monedas y víveres.

Y los despide.

Vuelve a casa…

–         ¿Por qué no les has hablado?

–          Habla el milagro de los dos ciegos.

–         ¿Por qué no has tomado el carro?

–          Porque ir a pie está bien.

Y se vuelve a Matías,

diciendo:

–           Te habría recompensado con las bendiciones.

Ahora puedo darte, además, un poco de dinero, por los gastos que te ocasionamos…

–          No, Señor Jesús…

No lo quiero.

Esto lo he hecho de buen corazón.

Ahora… ahora lo hago sirviendo al Señor.

No paga el Señor.

No está obligado a ello.

¡He sido yo quien ha recibido, no Tú!

¡Este día vendrá, con su recuerdo, hasta la otra vida!

–          Bien has hablado.

Encontrarás tu misericordia hacia los peregrinos escrita en el Cielo.

Y también tu fe solícita.

En cuanto se aclare el cielo un poco, te dejo.

Aquellos podrían volver. Insistentes mientras están bajo la impresión del milagro; luego…

Tardos como antes, o enemigos.

Yo continúo mi camino.

Hasta ahora me he detenido, tratando de convertirlos.

Ahora vengo y paso, sin detenerme.

Voy al destino mío que me apremia.

Dios y el hombre me acucian.

No puedo ya detenerme.

Me aguijonea el amor y me aguijonea el odio.

Quien me ama puede seguirme.

Pero el Maestro ya no va a correr detrás de las ovejas indóciles.

Matías pregunta:

–           ¿No te aman, Maestro divino?

–            No me comprenden

–            Son malos.

–            Los gravan las concupiscencias.

El hombre ya no se atreve a mostrarse con la libertad de antes.

Parece como si estuviera delante del altar.

Jesús, por el contrario, ahora que ya no es el Desconocido,

se muestra menos reservado y habla al anciano como a un familiar.

Y así pasan las horas, hasta un principio de sol de mediodía.

La nube, rota, promete suspensión de la lluvia.

Jesús ordena la partida.

Y, mientras el anciano va a recoger los mantos ya secos,

deposita en un cajón unas monedas y dispone que metan panes y quesos en una masera.

Regresa el anciano.

Jesús lo bendice.

Luego reanuda su camino.

Y se vuelve todavía a mirar a la blanca cabeza que sobresale de la estacada oscura.

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