396 LA MADRE DEL DESERTOR


396 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

358 El jovencito Yaia y la madre de Marcos de Josías

El camino que de Gadara va a Pel.la recorre una zona fértil,

extendida entre dos órdenes de collados, uno más alto que el otro.

Parecen dos enormes peldaños de una escalera de gigantes fabulosos,

para subir del valle del Jordán a los montes de Aurán.

Cuando el camino se junta más al escalón de occidente,

la mirada se enseñorea no sólo sobre los montes del otro lado que son los de la Galilea meridional,

y ciertamente los de Samaria -,

sino también sobre la verde lindura que hace de ala al río azul por una y otra parte;

cuando se separa, acercándose a las cadenas de oriente, entonces pierde de vista el valle del Jordán,

pero ve todavía las cimas de las cadenas de Samaria y Galilea

recortadas con su verde en el fondo gris del cielo.

En día de sol sería un hermoso panorama, con tonalidades vivas de graciosa belleza.

Hoy que el cielo está ya enteramente cubierto de nubes bajas, acumuladas por un siroco que aumenta

sin cesar y va empujando nuevas masas de nubes densas para superponerse a las ya existentes,

bajando así el cielo con toda esta guata gris y enredada, el panorama pierde la luminosidad

de los colores verdes, que aparecen apagados como por una opacidad de niebla.

Llegan a varios pueblitos y los dejan atrás, sin que suceda nada particular.

La indiferencia acoge y sigue al Maestro.

Sólo los pordioseros, que van pidiendo limosna,

no dejan de interesarse por el grupo de peregrinos galileos.

No faltan los ciegos, que en su mayor parte tienen los ojos destruidos por el tracoma,

o los casi ciegos, que van con la cabeza baja, soportando malamente la luz,

pegados a las tapias, unas veces solos, otras con una mujer o un niño.

En un pueblo, donde se entrecruza el camino hacia Pel.la con el de Gerasa y Bosra

hacia el Lago de Tiberíades,

hay un grupo numeroso que asalta las caravanas con sus quejidos

semejantes a gruñidos de perros, quebrados de tanto en tanto por verdaderos ululatos.

Están atentos.

Es un grupo de miseria, mugre y harapos, pegado a las tapias de las primeras casas.

Mordisquean cortezas de pan, y aceitunas; o están adormilados,

y las moscas pican con toda libertad en los párpados ulcerados.

Pero, al primer ruido de cascos o de roces de numerosos pies, se alzan y van

un harapiento coro de tragedia antigua , todos con las mismas palabras y los mismos gestos,

hacia los que llegan.

Alguna moneda vuela y algún mendrugo de pan,

y los ciegos o semiciegos exploran nerviosamente el polvo y la inmundicia para encontrar el óbolo.

Jesús los observa y dice a Simón Zelote y a Felipe:

–          Llevadles dinero y pan.

Judas tiene el dinero; el pan, Juan.

Los dos se adelantan solícitos a realizar lo que ha sido ordenado.

Y se detienen a hablar mientras Jesús se acerca despacio,

impedido por una fila de asnos que tapa el camino.

Los mendigos se asombran de la forma de saludarlos

y de la gracia que les ofrecen los recién llegados,

y preguntan:

–           ¿Quiénes sois, que nos tratáis amablemente?

–           Los discípulos de Jesús de Nazaret, el Rabí de Israel,

el que ama a los pobres y a los infelices porque es el Salvador.

Y pasa anunciando la Buena Nueva y haciendo milagros.

Uno que tiene los párpados atrozmente devastados,

dice:

–           Este es el milagro.

Y le da un mordisco a su pedazo de pan limpio; un verdadero animal que no siente y admira,

sino las cosas materiales.

Una mujer que, al pasar con sus ánforas de cobre,

oye y dice:

–         ¡Cállate ahí, holgazán indecente!

Y se vuelve a los discípulos para decir:

–          No es del pueblo.

Es pendenciero y violento con sus semejantes.

Habría que echarlo, porque roba a los pobres del pueblo.

Pero tenemos miedo de sus venganzas.

Y en voz baja, verdaderamente una pizca de voz,

susurra agregando:

–          Se dice que es un ladrón que, durante años, ha robado y matado, bajando de los montes

de Caracamoab y Sela, que ahora los dominadores llaman Petra, a los que recorren los caminos

de los desiertos.

Se dice que es un soldado desertor de aquel romano que fue allí para…

que vieran lo que es Roma…

Elio, me parece, y otro nombre más…

Si le hacéis beber, habla…

Ahora, ciego, ha venido a parar aquí…

¿Es aquel el Salvador? – pregunta luego señalando a Jesús, que ha pasado recto.

–           Es ése. ¿Quieres decirle algo?

La mujer con indiferencia,

dice:

-¡No, no!

Los dos apóstoles se despiden de ella y se encaminan para alcanzar al Maestro.

En esto, se produce un alboroto entre los ciegos.

Y se alza un llanto casi de niño.

Varios se vuelven.

La mujer de antes, que está en el umbral de la puerta de su casa,

explica:

–          Será ese despiadado que quita el dinero a los más débiles.

Siempre lo hace.

También Jesús se ha vuelto, a mirar

Efectivamente, un adolescente, sale sangrando y llorando del grupo,

y se queja:

–           ¡Me ha quitado todo!

¡Y mi madre ya no tiene pan!

Unos se muestras compasivos, otros se ríen…

Jesús pregunta a la mujer:

–          ¿Quién es?

–          Un niño de Pel.la. Pobre.

Viene mendigando.

Todos están ciegos en su casa, por una enfermedad contagiada los unos de los otros.

El padre ha muerto.

La madre está en casa.

E1 jovencito pide limosna a los que pasan y a los campesinos.

El muchacho se acerca con su bastoncito, secándose con un ribete de su manto desgarrado

el llanto y la sangre, que le mana de la frente.

La mujer lo llama:

–          ¡Párate, Yaia!

¡Te lavo la frente y te doy un pan!

–          ¡Tenía dinero y pan para varios días!

¡Ahora no tengo nada!

Mi madre me espera para comer…

Se lamenta el desdichado mientras se lava con el agua de la mujer.

Jesús se acerca y dice:

–          Yo te doy todo lo que tengo.

No llores.

Judas dice inquieto:

–          ¿Pero Señor?

¿Por qué?

¿Dónde vamos a hospedarnos?

¿Qué haremos?

Jesús responde:

–           Alabaremos a Dios, que nos conserva sanos.

Es ya suma gracia.

El muchacho dice:

–          ¡Sí que lo es!

¡Si yo viera! Trabajaría para mi madre.

–         ¿Querrías curarte?

–         Sí.

–        ¿Por qué no vas a los médicos?

–         Ninguno nos ha curado nunca.

Nos han dicho que hay Uno en Galilea que no es médico pero que cura.

Pero, ¿Cómo vamos a donde Él?

–         Ve a Jerusalén.

Al Getsemaní.

Es un olivar que está en las faldas del monte de los olivos, cerca del camino de Bethania.

Pregunta por Marcos y Jonás.

Todos los del arrabal de Ofel te darán indicaciones.

Puedes unirte a una caravana.

Pasan muchas.

A Jonás pregúntale por Jesús de Nazaret…

–         ¡Eso!

¡Es ese nombre!

¿Me curará?

–          Si tienes fe, sí.

–         Tengo fe.

¿Tú a dónde vas, Tú que eres bueno?

–         A Jerusalén, para la Pascua.

–         ¡Llévame contigo entonces!

No te daré fastidio.

Dormiré al raso, me bastará un pedazo de pan.

Vamos a Pel.la

¿Tú vas allí, verdad?

Y se lo decimos a mi madre, y luego vamos…

¡Ver! ¡Eres bueno, Señor!…

Y el jovencito se arrodilla buscando los pies de Jesús para besarlos.

–         Ven. Te llevaré a la luz.

-¡Bendito seas!

Reanudan el camino y la mano de Jesús sujeta de un brazo al jovencito para guiarlo solícitamente.

Y el niño habla:

–          ¿Quién eres?

¿Un discípulo del Salvador?

–          No.

–         ¿Pero lo conoces al menos?

–           Sí.

–         ¿Y crees que me va a curar?

–          Lo creo.

–           Pero… ¿Querrá dinero?

No tengo.

¡Los médicos quieren mucho dinero!

Por las curas hemos conocido el hambre…

–           Jesús de Nazaret sólo quiere fe y amor.

–           Es muy bueno entonces.

Pero también Tú eres bueno.

Dice el jovencito.

Y para coger y acariciar la mano que lo guía, palpa la manga de la túnica.

–           ¡Qué buena túnica llevas!

¡Eres un señor!

¿No te avergüenzas de mí, que voy andrajoso?

–           Me avergüenzo sólo de las culpas que deshonran al hombre.

–           Yo tengo las de murmurar alguna vez por mi estado.

Y de desear ropa caliente, pan y sobre todo, la vista.

Jesús lo acaricia:

–           No son culpas que deshonren.

Pero trata de no tener ni siquiera esas imperfecciones y serás santo.

–           Pero, si me curo, ya no las tendré…

¿O es que no me voy a curar y Tú lo sabes,

y me estás preparando para mi destino y enseñándome a santificarme como Job?

–             Te curarás.

Pero después.

Sobre todo después, tienes que estar siempre contento de tu condición,

aun no siendo de las más halagüeñas.

Llegan a Pel.la.

Las huertas que siempre preceden a las ciudades exponen la fecundidad de sus cuadros

con un pujante verdecer de hortalizas.

Algunas mujeres que están trabajando en los surcos, o en las tinas de la colada,

saludan a Yaia y le dicen:

–             Vuelves pronto hoy.

¿Te ha ido bien?

¿Has encontrado un protector?

Pobre hijo.

Una, anciana, grita desde el fondo de una huerta:

–             Yaia!

Si tienes hambre, hay una escudilla para ti.

Si no, para tu madre.

¿Vas a casa? Tómala.

–             Voy a decir a mi madre que voy con este señor bueno a Jerusalén para curarme.

Conoce a Jesús de Nazaret y me guía a donde Él.

El camino, casi a las puertas de Pel.la, está lleno de gente.

Hay mercaderes, pero hay también peregrinos.

Una mujer de buen aspecto, que hace su viaje en un burro, acompañada de una sierva y un siervo,

al oír hablar de Jesús, se vuelve;

luego tira de las riendas, para al burro, baja,

y se dirige a Jesús.

–          ¿Conoces a Jesús de Nazaret?

¿Vas a donde El? Yo también voy…

Para la curación de un hijo.

Quisiera hablar con el Maestro porque…

Y se echa a llorar debajo del tupido velo.

Jesús pregunta:

–           ¿Qué enfermedad tiene tu hijo?

¿Dónde está?

–           Es de Gerasa.

Pero ahora está camino de Judea.

Va como un poseso…

¡Oh!, ¿Qué he dicho?

–          ¿Está endemoniado?

–           Señor, lo estaba y fue curado.

Ahora… es más demonio que antes, porque…

¡Esto sólo se lo puedo decir a Jesús de Nazaret!

–           Santiago, tomad al niño entre Simón y tú,

e id adelante con los otros.

Esperadme fuera de la puerta.

Y volviéndose hacia ella, agrega:

Mujer, puedes decir a los siervos que sigan adelante.

Hablaremos entre nosotros.

La mujer dice:

–          ¡Pero Tú no eres el Nazareno!

Yo quiero hablarle sólo a Él.

Porque sólo Él puede comprender y tener misericordia.

Entretanto se han quedado solos.

Los otros ya se han adelantado por su cuenta.

Jesús espera a que la calle se desaloje,

y luego dice:

–           Puedes hablar. Yo soy Jesús de Nazaret.

La mujer gime y hace ademán de arrodillarse.

Jesús la detiene diciendo:

–           No.

La gente no debe saberlo por ahora.

Vamos.

Allí hay una casa abierta.

Vamos a pedir un lugar para estar y vamos a hablar. Ven.

Van por una callecita que discurre entre dos huertas, a una casa aldeana en cuya era retozan unos niños.

Jesús saluda diciendo:

–            La paz sea con vosotros.

¿Me permitís que pueda descansar unos momentos esta mujer?

Debo hablar con ella.

Venimos de lejos para podernos hablar y Dios nos ha hecho confluir antes de la meta.

Una anciana invita:

–          Entrad.

El huésped es bendición.

Os daremos leche y pan;

y agua para los pies cansados.

–          No hace falta.

Nos basta un lugar tranquilo para poder hablar.

–          Venid.

Y sube con ellos a una terraza enguirnaldada con una vid, en que ya brotan hojas esmeraldinas.

Se quedan solos.

Jesús dice:

–            Habla, mujer.

Ya he dicho que Dios nos ha hecho encontrarnos antes de la meta para alivio tuyo.

–            ¡No hay, no hay ya alivio para mí!

Tenía un hijo. Quedó poseído por el demonio.

Una fiera entre los sepulcros.

Nada lo tenía sujeto.

Nada lo curaba.

Te vio. Te adoró con la boca del demonio.

Y Tú le curaste.

Quería seguirte. Tú pensaste en mí, su madre, y me lo enviaste.

Para que me diera nueva vida y nuevo juicio, que vacilaban por el dolor de un hijo endemoniado.

Le enviaste también para que te predicara, dado que quería amarte.

Yo… ¡Oh!

¡Ser madre de nuevo; y además, de un hijo santo, de un siervo tuyo!

Pero, ¡Dime, dime!

Cuándo le dijiste que regresara, ¿Sabías que era… que sería otra vez un demonio?

Porque es un demonio, que te deja después de tanto bien recibido,

después de haberte conocido, después de haber sido elegido para el Cielo…

¡Dímelo! ¿Lo sabías?

¡Oh, estoy desvariando!

Hablo y no te digo por qué es un demonio…

Hace algo de tiempo que ha caído otra vez en locura.

Pocos días, pero para mí más penosos que los largos años que vivió endemoniado…

Y entonces creía que nunca sufriría penas más grandes que ésa…

Ha venido… y ha demolido la fe que Gerasa cultivaba hacia Ti por mérito tuyo y suyo,

diciendo infamias de Ti.

¡Y ahora te precede hacia el vado de Jericó, procurándote daño, procurándote daño!

La mujer, que no se ha quitado en todo este tiempo el velo bajo el cual solloza desconsoladamente,

se arroja a los pies de Jesús suplicando:

–            ¡Márchate! ¡Aléjate!

¡No te dejes insultar!

Yo me he puesto en camino, de acuerdo con mi marido enfermo, rogando a Dios hallarte.

¡Me ha escuchado! ¡Bendito sea!

¡No quiero, no quiero permitir que Tú, Salvador, seas maltratado por causa de mi hijo!

¿Por qué lo he traído al mundo?

¡Te ha traicionado, Señor!

Cita mal tus palabras.

El demonio se ha apoderado de nuevo de él.

Y… ¡Oh, Altísimo y Santo!… ¡Piedad de una madre!

Y se condenará.

¡Mi hijo, mi hijo!

Antes no tenía culpa de estar lleno de demonios.

29. Y se pusieron a gritar: «¿Qué tenemos nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí para atormentarnos antes de tiempo?» Mateo 8

Era una desventura que le había sucedido..

¡Pero ahora, ahora que lo habías liberado, ahora que había conocido a Dios,

ahora que Tú lo habías instruido!

¡Ahora ha querido ser un demonio, y ya ninguna fuerza lo liberará!

¡Oh!

La mujer está por el suelo: un amasijo de vestidos y carne agitándose en medio de los sollozos.

Y gime:

–            Dime, dime qué debo hacer por Ti, por mi hijo.

¡Para desagraviar! ¡Para salvar!

No. ¡Desagraviar!

Ya ves que mi dolor es desagravio.

¡Pero salvar!

No puedo salvar al que reniega de Dios.

Está condenado…

Y, para mí, israelita, ¿Qué es esto?

Tormento.

Jesús se agacha.

Le pone la mano en el hombro.

–            ¡Levántate, cálmate!

Te tengo amor.

Escucha, pobre madre.

–           ¿No me maldices por haberlo generado?

–            ¡No!

No eres responsable de su error.

Has de saber, además, para consuelo tuyo, que sí puedes ser causa de su salvación.

Los quebrantos de los hijos pueden ser reparados por las madres.

Y tú lo vas a hacer.

Tu dolor, siendo bueno como es, no es estéril; es fecundo.

Por tu dolor será salvada el alma que amas.

Expías por él, y expías con una intención tan recta, que eres la indulgencia de tu hijo.

Volverá a Dios.

No llores.

–              ¿Pero cuándo?

¿Cuándo será?

–              Cuando tu llanto se disuelva en mi Sangre.

–              ¿Tu Sangre?

¿Entonces es verdad lo que dice él?

¿Qué te matarán porque mereces la muerte?…

¡Blasfemia horrenda!

–             Es verdad verdadera en la primera parte.

Me matarán para haceros dignos de Vida.

Soy el Salvador, mujer.

La salvación se da con la palabra, con la misericordia y con el holocausto.

Para tu hijo es necesario esto.

Y lo daré. Pero ayúdame.

Dame tu dolor.

Ve con mi bendición.

Consérvala en ti para poder ser misericordiosa y paciente con tu hijo,

y recordarle así que Otro fue misericordioso con él.

Ve, ve en paz.

–            ¡Pero no hables en Pel.la!

¡No hables en Perea!

Te los ha puesto en contra.

Y no está solo.

Pero yo veo sólo a él y hablo sólo de él…

–           Hablaré con un hecho….

Que será suficiente para anular la obra de otros.

Ve en paz a tu casa.

–            Señor, ahora que me has absuelto de haberlo generado,

ve mi rostro, para saber cómo es el rostro de una madre acongojada.

Y se destapa la cara diciendo:

–            «Aquí ves la cara de la madre de Marcos de Josías, renegador del Mesías.

Y torturador de la que lo engendró»

Y baja de nuevo el tupido velo para cubrir su rostro devastado por el llanto

y dice gimiendo:

–            ¡Ninguna otra madre de Israel me igualará en el dolor!

Bajan del lugar hospitalario.

Toman la calle otra vez.

Entran en Pel.la y se reúnen de nuevo la mujer con los siervos…

Y Jesús con los apóstoles.

Pero la mujer le sigue, como hechizada, mientras Jesús va detrás del muchacho,

que se dirige a su pobre casuca:

Una casa situada en un sótano de una construcción pegada a la ladera del monte,

característica de esta ciudad que sube a escalones, de forma que el bajo del lado oeste

es el segundo piso del lado este, pero en realidad es un bajo también allí,

porque se puede acceder a él desde el camino que pasa por arriba, que está al nivel del último piso.

El muchacho llama con fuerza:

–             ¡Madre! ¡Madre!

Del interior del antro mísero y oscuro,

sale una mujer todavía joven, ciega, desenvuelta porque conoce bien el recinto.

–           ¿Ya de regreso, hijo mío?

¡Tan numerosas han sido las limosnas, que regresas estando todavía alto el día?

—          Mamá, he encontrado a uno que conoce a Jesús de Nazaret,

y que dice que me lleva a donde Él para que me cure.

Es muy bueno.

¿Me dejas ir, mamá?

–          ¡Claro, Yaia!

Me quedo sola, pero ve, ve, bendito.

¡Y mira también por mí al Salvador!

La adhesión, la fe de la mujer es absoluta.

Jesús sonríe.

Habla:

–          ¿No dudas, mujer, ni de Mí, ni del Salvador?

–           No.

Si Tú lo conoces y eres amigo suyo, tienes que ser bueno sin duda.

¡Él puede hacerlo!

¡Ve, ve, hijo!

No te retrases ni un momento.

Vamos a darnos un beso y ve con Dios.

A tientas se encuentran y se besan.

Jesús pone encima de la tosca mesa un pan y unas monedas.

–         Adiós, mujer.

Aquí tienes con qué procurarte comida.

La paz sea contigo.

Salen.

La comitiva reanuda la marcha.

Caen las primeras gotas de lluvia.

Los apóstoles dicen:

–            ¿Pero no nos paramos?

Llueve…

–             En Yabés Galaad nos detendremos.

Caminad.

Se echan los mantos por encima de las cabezas.

Jesús extiende el suyo sobre la cabeza del muchacho.

La madre de Marcos de Josías le sigue con los siervos, en su asno.

Da la impresión de que no se puede separar de Él.

Salen de Pel.la.

Se adentran en la verde campiña, triste en este día lluvioso.

Recorren al menos un kilómetro.

Luego Jesús se detiene.

Toma la cabeza del cieguito entre sus manos, le besa en los ojos extinguidos,

y dice:

–             Y ahora regresa.

Ve a decir a tu madre que el Señor premia a quien tiene fe,

y ve a decir a los de Pel.la lo que es el Señor.

Lo deja marcharse y se aleja rápido.

Pero no han pasado tres minutos,

cuando el muchacho grita:

–            ¡Pero si veo!

¡Oh! ¡No te vayas!

¡Tú eres Jesús!

¡Haz que Tú seas lo primero que vea!

Y cae de rodillas en el camino mojado de lluvia.

Por una parte la mujer gerasena y los siervos, por otra los apóstoles, corren a ver el milagro.

También Jesús vuelve, lentamente, sonriente.

Se agacha a acariciar al muchacho.

Diciendo:

–            Ve; ve donde tu mamá.

¡Que sepas creer en mí, siempre!

–             Sí, Señor mío…

¿Pero a mi madre nada?

¿En la oscuridad ella, que cree como yo?

Jesús sonríe aún más luminosamente.

Mira a su alrededor.

Ve en el borde del camino una mata de pequeñas margaritas aljofaradas de agua.

Se agacha.

Las coge. Las bendice.

Se las da al niño.

Diciendo:

–           Pásalas por encima de los ojos de tu madre y ella verá.

Yo no vuelvo para atrás.

Voy adelante.

El que sea bueno que me siga con su espíritu,

y que hable de Mí a los que vacilan.

Tú habla de Mí en Pel.la, que titubea en la fe.

Ve. Dios está contigo.

Y luego se vuelve a la mujer de Gerasa:

–         Y tú síguele.

Ésta es la respuesta de Dios a todos los que tratan de disminuir la fe de los hombres en el Cristo.

Que esto refuerce tu fe y la de Josías.

Ve en paz.

Se separan.

Jesús reanuda la marcha hacia el sur;

el niño, la gerasena y los siervos, hacia el norte.

El velo tupido del agua los separa como tras una cortina de humo…

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