636 El Rey Desertor


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

478a Coloquio de Jesús con José y Simón de Alfeo, que van a la fiesta de los Tabernáculos.

En el viñedo, Jesús está dialogando con su primo José, el hijo mayor de María Cleofás.

José de Alfeo dice:

–            ¡Ah, pero para hacer esto debes darte a conocer!…

¿Por qué sonríes con los labios teniendo cerrados los ojos?

Jesús responde:

–               Porque escucho y me pregunto:

«¿Olvida mi hermano que diciendo que iba a perjudicar a toda la familia,

me dirigió un reproche por el hecho de darme a conocer?».

Por esto sonrío.

Y también pienso que desde hace dos años y seis meses no hago más que darme a conocer.

–              Es verdad.

Pero…

¿Quién te conoce?

Una serie de pobres, de campesinos, de pescadores, de pecadores…

¡Y de mujeres!

Bastan los dedos de la mano para contar, entre los que te conocen, a los de valor.

Lo que yo digo es que debes darte a conocer a los grandes de Israel.

A los sacerdotes, a los ancianos, a los escribas, a los grandes rabíes de Israel;

a todos aquellos que aun siendo pocos valen por una multitud.

¡Ésos son los que te tienen que conocer!

Ellos, los que no te aman,

tienen entre sus acusaciones las cuales, ahora lo comprendo, son falsas…

Una verdadera, justa: la de que los marginas.

¿Por qué no vas como lo que eres y los conquistas con tu sabiduría?

Sube al Templo y asienta los reales en el Pórtico de Salomón.

Eres de la estirpe de David, y profeta.

Ese lugar te pertenece, a ninguno como a Ti le pertenece, por derecho…

Y habla.

–              He hablado y por ello me han odiado.

–               Insiste.

Habla como rey.

¿No recuerdas la potencia, la majestad de los actos de Salomón?

¡Si!

(¡Espléndido este «si»!)

Eres el anunciado por los profetas, como ilustran las profecías vistas con los ojos del espíritu.

Tú eres más que Hombre.

Él, Salomón, era sólo hombre.

Muéstrate como lo que Eres.

Y te adorarán.

–              ¿Me adorarán los judíos, los príncipes…

Los jefes de las familias y tribus de Israel?

No todos, pero alguno que no me adora me adorará en espíritu y verdad.

Pero no será ahora.

Antes debo ceñir la corona, tomar el cetro y vestir de púrpura.

–                ¡Ah, entonces eres rey, lo serás pronto!

¡Lo estás diciendo!

¡Es como pensaba yo!

¡Es como muchos piensan!

–                En verdad, no sabes cómo reinaré.

Sólo Yo y el Altísimo.

Y pocas almas a las que el Espíritu del Señor ha querido revelárselo;

ahora y en los tiempos pasados, sabemos cómo reinará el Rey de Israel, el Ungido de Dios.

Simón de Alfeo dice:

–               Escúchame también a mí, hermano.

José tiene razón.

¿Cómo quieres que te amen o que te teman, si siempre evitas maravillarlos?

¿No quieres llamar a Israel a las armas?

¿No quieres lanzar el viejo grito de guerra y de victoria?

Bien.

Pero al menos…

Y no es la primera vez que se producen así las aclamaciones para el trono de Israel.

Al menos por aclamación popular,

al menos por haber sabido arrancar esta aclamación con tu poder de Rabí y Profeta, hazte rey.

–               Ya lo soy.

Desde siempre.

–                Sí.

Nos lo ha dicho un jefe del Templo.

Has nacido rey de los judíos.

Pero Tú no amas a Judea.

Eres un rey desertor, porque no vas a ella.

Eres un rey no santo, si no amas el Templo donde la voluntad de un pueblo te ungirá rey.

Sin la voluntad de un pueblo, si no quieres imponerte a él con violencia, no puedes reinar.

–               Sin la voluntad de Dios, quieres decir, Simón.

¿Qué es la voluntad del pueblo?

¿Qué es el pueblo?

¿Por quién es pueblo?

¿Quién lo mantiene como tal?

Dios.

No olvides esto, Simón.

Y Yo seré lo que Dios quiere que sea.

Por su voluntad seré lo que debo ser.

Y nada podrá impedir que lo sea.

No habré de lanzar Yo el grito de convocatoria,

todo Israel estará presente en mi proclamación;

no habré de subir Yo al Templo para ser aclamado, me llevarán.

Un pueblo entero me llevará al Templo, para que suba a mi trono.

Me acusáis de que no amo a Judea…

En su corazón, en Jerusalén, seré proclamado “Rey de los Judíos».

Saúl no fue proclamado rey en Jerusalén.

David tampoco…

Y tampoco Salomón.

Yo seré ungido Rey en Jerusalén.

Pero ahora no iré públicamente al Templo, ni sentaré en él los reales, porque no es mi Hora.

José toma de nuevo la palabra.

–                Te digo que estás dejando pasar tu hora.

El pueblo está cansado de los opresores extranjeros y de nuestros jefes.

Te digo que ésta es la hora.

Toda Palestina, menos Judea y no toda, te sigue como Rabí y más.

Eres como un estandarte alzado sobre una cima.

Todos te miran.

Eres como un águila y todos siguen tu vuelo.

Eres como un vengador y todos esperan que lances la flecha.

Ve.

Deja Galilea, la Decápolis, Perea, las otras regiones…

Y ve al corazón de Israel…

A la ciudadela en que todo el mal está contenido y de donde todo el bien debe venir.

Y conquístala.

Allí también tienes discípulos, aunque tibios, porque te conocen poco;

pocos, porque no te quedas allí;

vacilantes, porque no has hecho allí las obras que has hecho en otros lugares.

Ve a Judea, para que también aquéllos vean a través de tus obras, lo que Eres.

Reprochas a los judíos el que no te aman.

Pero…

¿Cómo puedes pretender que te amen, si te mantienes oculto a ellos?

Nadie, si busca y desea ser aclamado en público, hace a hurtadillas sus obras.

¡No!

Las hace de forma que el público las vea.

Si Tú pues, puedes hacer prodigios en los corazones, en los cuerpos y en las cosas…

Ve allá y date a conocer al mundo.

–              Os lo he dicho:

No es mi Hora.

No ha llegado aún mi tiempo.

A vosotros os parece siempre el momento adecuado, pero no es así.

Yo debo asir mi momento.

Ni antes ni después.

Antes sería inútil.

Provocaría mi desaparición del mundo y de los corazones, antes de haber cumplido mi Obra.

Y el trabajo ya hecho no daría fruto,

porque no sería cabal, ni gozaría de la ayuda de Dios;

que quiere que Yo lo cumpla sin dejar pasar una palabra o acción.

Yo debo obedecer al Padre mío.

Y nunca haré lo que esperáis, porque ello perjudicaría al plan del Padre mío.

Yo os comprendo y os disculpo.

No os guardo resentimiento.

No siento siquiera cansancio, ni tedio por vuestra ceguera…

No sabéis.

Pero Yo sí que sé.

Vosotros no sabéis.

Vosotros veis lo externo de la cara del mundo, Yo veo lo profundo.

El mundo os muestra una cara todavía buena.

No os odia, no porque os ame;

sino porque no os habéis ganado su odio.

Sois demasiado poco.

Pero a Mí me odia,

porque soy un peligro para el mundo.

Un peligro para la falsedad, la avaricia, la violencia que hay en el mundo.

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