66 AMOR MISERICORDIOSO


66 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

En un día más bién gris y nublado, Jesús y los suyos van por un camino que bordea el lago Merón, que tiene una forma oval y es muy pequeño en comparación el mar de Galilea y el mar muerto. 

Tiene su particular belleza en su entorno verde y su superficie, tan azul y sosegada, que parece una gran lámina de esmalte azul cielo,

veteada en el centro, por una pincelada más clara y con el suave movimiento que le confiere la corriente del río, que se introduce en ella al Norte para salir al Sur.

Y que por lo pequeña que es la laguna y poco profunda no pierde su corriente, sino que, como vena viva en un agua estancada, denota esta vitalidad y presencia propias, con el color distinto y el ligero ondear de las aguas.

No hay barcas de vela en la laguna; sólo alguna pequeña barquita de remos, desde donde un solitario pescador echa o extrae sus nasas de pesca.

O que sirven para pasar al otro lado a un viandante que quiere abreviar el camino.

Y rebaños, rebaños y más rebaños…

Que descienden de los pastos montanos porque avanza el otoño y pacen en estas márgenes de prados verdes y fértiles.

Por el vértice sur del lago, puesto que es de forma oval, pasa una via de comunicación de primer orden que se extiende de nordeste a sudoeste, bastante bien conservada…

Y muy frecuentada por transeúntes dirigidos hacia los pueblos esparcidos por esa zona.

Por esta calzada camina Jesús con los suyos.

Pedro observa:

–    Hubiera sido mejor no ir a donde esa mujer.

Los días se acortan cada vez más y el tiempo es cada vez más desapacible… Y Jerusalén está todavía muy lejos. 

Jesús dice:

–    Llegaremos a tiempo.

Y créeme, Pedro, hacer el bien es más obediencia a Dios que hacer una ceremonia externa.

Esa mujer ahora bendice a Dios con todos sus hijos en torno al cabeza de familia, que está tan curado, que podrá ir a Jerusalén para los Tabernáculos.

De otra manera hubiera estado durmiendo ya para ese tiempo, entre vendas y bálsamos, en un sepulcro.

No corrompas nunca la fe con la exterioridad de los actos. No se debe criticar nunca. ¿Cómo puedes asombrarte de los fariseos, si tú también caes en un error de piedad y cierras el corazón al prójimo diciendo: “Sirvo a Dios y basta

Pedro admite:

–     Tienes razón, Maestro; soy más ignorante que un borrico.

–     Y Yo te tengo conmigo para hacerte sabio.

No tengas miedo. Cusa me ha ofrecido el carro casi hasta Yabboq. Desde allí al vado hay poco camino. Ha insistido tanto, y con razones tan justas,

que he decidido, a pesar de que Yo juzgue que el Rey de los pobres debe servirse de los medios de los pobres; pero la muerte de Jonás ha impuesto un retardo y tengo que adaptar mi pensamiento a este imprevisto.

Los discípulos hablan de Jonás compadeciendo su mísera vida y envidiando su feliz muerte.

Simón Zelote en voz baja dice:

–      No he podido hacerle feliz y dar al Maestro un verdadero discípulo, madurado en largo martirio e inquebrantable fe… y me duele.

¡El mundo tiene necesidad de hombres que crean, convencidos de Jesús. Para poder balancear la otra parte en que hay tantos que lo niegan! ¡Y que lo negarán!…

Jesús responde:

–     No importa, Simón. Él se siente más feliz ahora, y es más activo.

Tú has hecho más de lo que hubiera hecho cualquier otro por él y por Mí. Y por él también te doy las gracias, ahora él sabe quién fue el que lo liberó y te bendice.  

Pedro exclama:

–      Entonces maldice a Doras.

Jesús lo mira y le pregunta:

–      ¿Eso crees? ¡Estás en un error!

Jonás era un justo. Ahora es un santo. Cuando vivió no odió, ni maldijo. Ahora tampoco lo hace.

Desde el lugar en donde se encuentra, mira el Paraíso y como ya sabe que pronto el Limbo dejará salir a los que están esperando, se alegra. No hace otra cosa.

–      Y en Doras… ¿Incidirá tu anatema?

–      ¿En qué sentido, Pedro?

–       Pues… haciéndole meditar y cambiar… O… sometiéndolo a castigos.

–       Lo he remitido a la Justicia de Dios. Yo, el Amor, lo he abandonado.  

Los discípulos dicen al mismo tiempo:

–       ¡Misericordia!

–      ¡No quisiera estar en su lugar!

–       ¡Ni yo tampoco!

–       ¡Y yo tampoco!

–       Ninguno querría, porque ¿Qué será la Justicia del Perfecto? 

Jesús responde:

–       Será éxtasis para los buenos y será rayo para los perversos, amigos.

En verdad os digo: ser durante toda la vida esclavo, leproso, mendigo; es felicidad de rey al lado de una hora, una sola hora, de castigo divino. 

El cielo nublado cumple su augurio…

–       Llueve, Maestro, ¿Qué hacemos? ¿A dónde vamos?

Efectivamente, sobre el lago, que se ha oscurecido reflejando el cielo completamente cubierto de nubes plúmbeas, caen y rebotan las primeras gruesas gotas de una lluvia que promete intensificarse.

–       A alguna casa. Pediremos amparo en nombre de Dios.

Pedro dice:

–       Esperemos encontrar uno bueno como aquel romano.

No creía que fueran así… Siempre me había alejado de ellos considerándolos impuros, pero veo que… sí, si hago cuentas son mejores que muchos de nosotros. 

Jesús pregunta:

–       ¿Te agradan los romanos? 

–       ¡Bueno!… no veo que sean peores que nosotros. Sólo son samaritanos…

Jesús sonríe y no dice nada más.

Son alcanzados por una pequeña mujer que va arreando a ocho ovejas.  

Pedro pregunta:

–        Mujer, ¿Sabes decirnos dónde podemos encontrar un techo?… 

Ella contesta:

–       Yo sirvo a un hombre pobre y solo.

Pero si queréis venir… Creo que mi patrón os acogerá con bondad.

–       Vamos.

Caminan bajo el aguacero, rápidos, entre las ovejas, que van trotando con sus cuerpos obesos para escaparse del chaparrón.

Dejan la calzada principal para tomar un caminito que conduce a una pequeña casa baja. 

la mujer dice:

–        ¡Ahí está! Corred mientras llevo las ovejas al aprisco. Al otro lado de la tapia hay un patio por el que se va a la casa.

Estará en la cocina. No os fijéis en si es de pocas palabras… Está angustiado por muchas cosas.

La mujer va hacia un cuchitril que está a la derecha. Jesús, cor los suyos, gira a la izquierda.

Se ve la era con el pozo, y el horno en el fondo, y el manzano a un lado.

La puerta de la cocina está abierta de par en par.

En ésta arde un fuego de pequeñas ramas y un hombre está reparando un apero agrícola roto.

Jesús dice:

–     Paz a esta casa. Te pido refugio para la noche, para mí y mis compañeros – parado en el umbral de la puerta.

El hombre levanta la cabeza y dice:

–     Entra y que Dios te restituya la paz que ofreces.

Pero… ¿Paz aquí?… La paz es enemiga de Jacob desde hace un tiempo. ¡Pasa, pasa!… Entrad todos. El fuego es lo único que puedo daros con abundancia… porque…

¡Oh, pero… pero si Tú, ahora que te has quitado la capucha…

Jesús se había tapado la cabeza con el extremo del manto, teniéndolo agarrado con la mano por debajo de la garganta.

Jacob continúa:

–      …..y te veo bien… Tú eres, ¡Sí!

Eres el rabí galileo, al que llaman Mesías y hace milagros…! ¿Eres Tú? Dilo, en nombre de Dios.

–     Soy Jesús de Nazaret, el Mesías. ¿Me conoces?

–     Te oí hablar durante la pasada luna en casa de Judas y Ana.

Estaba entre los vendimiadores porque… soy pobre… Una cadena de desgracias: pedrisco, orugas, enfermedades en las plantas y en 1as ovejas… Para mí, sólo con una mujer a mi servicio, me bastaba mi haber.

Pero ahora me he entrampado porque me persigue la mala suerte… Para no vender todas las ovejas he trabajado en casa ajena… ¿Mis tierras?… ¡Estaban tan quemadas!

¡Y las vides y los olivos se habían quedado tan estériles, que parecía que hubiera pasado por ellas la guerra! Desde que se me murió la mujer, hace ya seis años, parece como si Satanás se estuviera divirtiendo.

¿Te das cuenta? Estoy trabajando en este arado, pero tiene la madera toda rota. ¿Qué puedo hacer? No soy carpintero, y ato, ato… pero no sirve.

Y ahora tengo que tratar de evitar los más mínimos gastos… Voy a vender otra oveja para reparar los aperos. Tengo goteras… pero me acucia más el campo que la casa. ¡Mala suerte!

Las ovejas están todas preñadas… Esperaba rehacer el rebaño… ¡En fin!

–     Veo que vengo a ser una carga donde ya hay mucha.

–     ¿Tú una carga? No. Te oí hablar y… se me grabó en el corazón lo que decías.

Es verdad que he trabajado honradamente, y, sin embargo…Pero pienso que quizás no era todavía lo bastante bueno. Pienso que quizás quien era buena era mi mujer, que tenía piedad de todos;

pobre Lía, muerta demasiado pronto, demasiado para su marido… Pienso que el bienestar de entonces venía por ella del Cielo. Y quiero ser mejor, por lo que Tú dices y por imitar a mi esposa.

No pido mucho… sólo permanecer en esta casa donde ella murió, donde yo nací… y disponer de un pan para mí y la criada que me hace de mujer y de pastora y me ayuda como puede.

No tengo más personas a mi servicio. Tenía dos y me eran suficientes, trabajando, como trabajaba, también yo en las tierras y en el olivar… Pero el pan que tengo, a duras penas alcanza para mí…

–     No te prives de él por nosotros…

–     No, Maestro. Aunque no tuviera más que un pedazo de pan, te lo daría.

Es para mí un honor tenerte… Jamás lo hubiera esperado. Si te manifiesto mis miserias es porque eres bueno y comprendes.

–     Sí, comprendo. Dame ese martillo.

No se hace así. Así rompes la madera. Dame también ese punzón, pero primero ponlo al rojo; se taladrará mejor la madera, con lo cual podremos pasar la clavija de hierro sin esfuerzo.

Déjame. Yo he sido carpintero…

–     ¿Trabajar Tú para mí? ¡No!

–     Déjame. Tú me das hospedaje, Yo te ayudo; entre los hombres el amor mutuo debe ser dando cada uno lo que pueda.

–     Tú das la paz, das la sabiduría, das el milagro… ¡Das ya mucho, mucho!

–     Doy también el trabajo. ¡Venga, obedece!

Y Jesús, sólo con la túnica, trabaja rápido y con práctica en el astillado timón; taladra, ata, emperna, hace pruebas hasta que siente que está fuerte.

–     Podrá trabajar todavía mucho tiempo, hasta el año que viene y entonces podrás hacerlo nuevo.

–     Yo también lo creo. Esa reja ha estado en tus manos y me bendecirá la tierra.

–     No te la bendecirá por esto, Jacob.

–     ¿Por qué entonces, mi Señor?

–     Porque practicas la misericordia.

No te cierras en el rencor del egoísmo y de la envidia, sino que aceptas mi doctrina y la pones en práctica. Bienaventurados los misericordiosos: obtendrán misericordia.

–     ¿En qué la practico contigo, Señor?

Casi no tengo lugar ni alimento para tu necesidad; no tengo más que la buena voluntad, y nunca como ahora me ha pesado el ser indigente, por no tener con qué darte el debido honor a ti y a tus amigos.

–     Me basta tu deseo. En verdad te digo que incluso un sólo cáliz de agua dado en mi nombre es cosa grande a los ojos de Dios. Yo era un cansado viandante bajo la tormenta, tú me has dado hospedaje.

Llega la hora del alimento y me dices: “Te ofrezco cuanto tengo”. Se hace de noche y tú me ofreces un techo amigo. ¿Qué más quieres hacer? Ten confianza, Jacob.

El Hijo del hombre no mira la pompa del recibimiento y de la comida, mira el sentimiento del corazón. El Hijo de Dios le dice al Padre:

“Padre, bendice a mis benefactores y a todos aquellos que en mi nombre son misericordiosos con los hermanos”. Esto digo para ti.

La criada, que mientras Jesús trabajaba con la grada ha hablado con el patrón, vuelve con algo de pan, con leche que acaba de ordeñar, pocas manzanas algo secas y una bandeja de aceitunas.

Jacob se justifica:

–      No tengo más.

–      ¡Oh, Yo veo en tu comida un alimento que tú no ves! Y de ése me nutro porque tiene sabor celeste.

–      ¿Será que te alimentas, Tú, Hijo de Dios, de algún alimento que te traen los ángeles? Quizás vives del pan del espíritu.

–      Sí. Más que el cuerpo, tiene valor el espíritu, y no en mí sólo.

Pero no me nutro de pan angélico, sino del amor del Padre y de los hombres. Esto lo encuentro en tu mesa y bendigo por ello al Padre que a tí me ha conducido con amor.

Y te bendigo a tí que con amor me acoges y amor me das: éste es mi alimento, y hacer la voluntad del Padre mío.

–     Bendice, entonces, y ofrece Tú, por mí, el alimento a Dios.

Hoy eres el Cabeza de familia y siempre serás mi Maestro y Amigo.

Jesús toma y ofrece el pan teniéndolo sobre las palmas levantadas en alto.

Y ora con un salmo, creo. Luego se sienta, parte y distribuye… Todo así termina.

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