390 LA DEFECCIÓN


390 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

354 b Jesús habla sobre el Pan del Cielo en la sinagoga de Cafarnaúm.

Y ahora escuchad el «Credo» de la vida futura, sin el cual ninguno se puede salvar.

En verdad, en verdad os digo que quien cree en mí tiene la Vida eterna.

En verdad, en verdad os digo que Yo soy el Pan de la Vida eterna.

Vuestros padres comieron en el desierto el maná y murieron.

Porque el maná era un alimento santo pero temporal

, y daba la vida en la medida necesitada para llegar a la tierra prometida por Dios a su pueblo.

Mas el Maná que Yo soy no tendrá límites ni de tiempo ni de poder.

No sólo es celeste, es divino; produce aquello que es divino:

la incorruptibilidad, la inmortalidad de cuanto Dios ha creado a su imagen y semejanza.

Este Maná no durará sólo cuarenta días, cuarenta meses, cuarenta años, cuarenta siglos.

Durará mientras dure el tiempo, y será dado a todos aquellos que tengan hambre de él, hambre santa y grata al Señor,

que exultará dándose sin medida a los hombres por quienes se ha encarnado, para que tengan la Vida que no muere.

Yo puedo darme, puedo transubstanciarme por amor a los hombres, para que el pan sea Carne y la Carne sea Pan,

para saciar el hambre espiritual de los hombres,

que sin este Alimento morirían de hambre y enfermedades espirituales.

Pero el que coma de este Pan con justicia vivirá eternamente.

El pan que Yo daré será mi Carne inmolada para la vida del mundo,

será mi Amor distribuido en las casas de Dios para que a la mesa del Señor se acerquen todos los que aman o son infelices,

y encuentren la satisfacción de su necesidad de unirse con Dios o de sentir aliviada su pena.

Surgen las voces escandalizadas:

—         ¿Pero cómo puedes darnos de comer tu carne?

–        ¿Por quién nos has tomado?

–         ¿Por fieras sanguinarias?,

–        ¿Por salvajes?,

–        ¿Por homicidas?

–         Nos repugna la sangre y el delito.

Jesús responde:

–          En verdad, en verdad os digo que muchas veces el hombre es peor que una fiera,

y que el pecado hace al hombre más que salvaje, que el orgullo provoca sed homicida

y que no a todos los presentes les repugnará ni la sangre ni el delito.

Y también en el futuro el hombre será así, porque Satanás se pone ferino con la sensualidad y el orgullo.

Por tanto, más necesidad que nunca tiene y tendrá el hombre de eliminar de sí, los terribles gérmenes con la infusión del Santo.

En verdad, en verdad os digo que si no coméis la Carne del Hijo del hombre

y no bebéis su Sangre no tendréis en vosotros la Vida.

Quien come dignamente mi Carne y bebe mi Sangre tiene la Vida eterna y Yo lo resucitaré en el último Día.

Porque mi Carne es verdaderamente Comida y mi Sangre es verdaderamente Bebida.

El que come mi Carne y bebe mi Sangre permanece en Mí y Yo en él.

Como el Padre que vive me envió, y Yo vivo por el Padre,

así el que me come vivirá por Mí e irá a donde lo envíe, y hará lo que Yo deseo;

vivirá austero como hombre, ardiente como serafín;

será santo, porque para poder nutrirse de mi Carne y de mi Sangre se prohibirá a sí mismo los pecados

y vivirá ascendiendo para acabar su ascensión a los pies del Eterno.

La mayoría protestan:

–          ¡Pero éste está desquiciado!

–        ¿Quién puede vivir así?

–  En nuestra religión sólo el sacerdote debe ser purificado para ofrecer la víctima.

–   Aquí Él quiere hacer de cada uno de nosotros una víctima de su demencia.

–  ¡Esta doctrina es demasiado penosa y este lenguaje es demasiado duro!

–    ¿Quién puede escuchar esto y practicarlo? – murmuran los presentes,

y muchos son de los ya reputados discípulos.

La gente desaloja el lugar haciendo comentarios.

Y muy mermadas aparecen las filas de los discípulos,

cuando se quedan solos en la sinagoga el Maestro y los más fieles.

Después que se han ido la mayoría, los que quedan no llegan a un center…

Es decir que la defección ha debido ser abundante incluso en las filas de los antiguos discípulos,

que ya estaban al servicio de Dios.

Entre los que quedan están los apóstoles, el sacerdote Juan y el escriba Juan, Esteban, Hermas, Timoneo, Hermasteo,

Ágapo, José, Salomón, Abel de Belén de Galilea y Abel el que fue leproso de Corazín, con su amigo Samuel,

Elías (el que dejó de enterrar a su padre por seguir a Jesús), Felipe de Arbela, Aser e Ismael de Nazaret y otros pocos…

Todos éstos hablan en voz baja entre sí,

comentando la defección de los otros…

y las palabras de Jesús, que está pensativo, con los brazos cruzados y apoyado en un alto ambón.

Después de unos minutos,

Jesús prosigue:

–        ¿Y os escandalizáis de lo que he dicho?

¿Y si os dijera que veréis un día al Hijo del hombre subir al Cielo adonde estaba antes y sentarse al lado del Padre?

¿Qué habéis entendido, absorbido, creído hasta ahora?

¿Con qué habéis escuchado y asimilado?

¿Sólo con vuestra humanidad?

Es el espíritu lo que vivifica y tiene valor. La carne nada aprovecha.

Mis palabras son espíritu y vida;

hay que oírlas y comprenderlas con el espíritu para que den vida.

Pero muchos de vosotros tienen muerto el espíritu porque no tienen fe.

Muchos de vosotros no creen con verdad.

Inútilmente permanecen conmigo.

No recibirán Vida, sino Muerte.

Porque están, como he dicho al principio, o por curiosidad o por humano gusto.

O peor, con fines todavía más indignos.

No los trae el Padre como premio a su buena voluntad, sino Satanás.

En verdad, ninguno puede venir a Mí si no le es concedido por mi Padre.

Marchaos, sí, vosotros que permanecéis a duras penas porque humanamente os avergonzáis de abandonarme,

pero sentís más vergüenza aún de estar al servicio de Uno que os parece «loco y duro».

Marchaos.

Mejor lejos que aquí para perjudicar.

Y muchos otros se separan del grupo de los discípulos (entre ellos el escriba Juan y Marcos, el geraseno endemoniado que había

sido curado mandando los demonios a los cerdos).

Los discípulos buenos se consultan y corren tras estos renegados tratando de pararlos.

En la sinagoga están ahora Jesús, el arquisinagogo y los apóstoles…

Jesús se vuelve a los doce – que, apesadumbrados, están en un rincón…

Y dice:

–         ¿Queréis marcharos también vosotros?

Lo dice sin acritud, sin tristeza, pero sí con mucha seriedad.

Pedro, con ímpetu doloroso,

le dice:

–           Señor,

¿Y a dónde quieres que vayamos?

¿Con quién?

Tú eres nuestra vida y nuestro amor.

Sólo Tú tienes palabras de Vida eterna.

Nosotros hemos conocido que eres el Cristo, Hijo de Dios.

Si quieres, recházanos.

Pero nosotros, por nosotros, no te dejaremos, ni aunque…

ni aunque dejaras de amarnos…

Y Pedro llora quedo, con grandes lagrimones…

También Andrés, Juan, las dos hijas de Alfeo, lloran abiertamente.

Los otros, pálidos o rojos por la emoción, no lloran;

pero sufren visiblemente.

–         ¿Por qué habría de rechazaros?

–         ¿No os he elegido Yo a vosotros doce?…

Jairo, prudentemente, se ha retirado para dejar a Jesús que conforte o reprenda a sus apóstoles.

Jesús, notando su silencioso alejamiento, sentándose abatido, como si la revelación que hace le costase un esfuerzo superior a lo

que puede hacer;

cansado, disgustado, apenado,

dice:

–         Y sin embargo, uno de vosotros es un demonio.

La frase cae lenta, terrible, en la sinagoga, en que la única cosa alegre es la luz de las muchas lámparas…

Y ninguno se atreve a decir nada.

Pero se miran unos a otros con pávido horror, angustiosamente inquisitivos;

Y cada uno, con un interrogante aún más angustioso e íntimo, se examina a sí mismo…

Pasa un tiempo en que ninguno se mueve.

Jesús está ahí, solo, en su asiento, con las manos cruzadas encima de las rodillas y la cara baja.

Finalmente la levanta y dice:

–          Venid.

¡No me he vuelto leproso!

¿O creéis que lo soy?…

Entonces Juan corre adelante, se enrosca a su cuello,

y dice:

–          Contigo entonces en la lepra, mi único amor.

Contigo en la condena, contigo en la muerte, si crees que te espera eso…

Pedro se arrastra hasta sus pies, los toma y los pone encima de sus hombros.

Y dice entre singultos:

–          ¡Aquí, aprieta, pisa!

Pero evita que piense que desconfías de tu Simón.

Los otros, viendo que Jesús acaricia a los dos primeros, se acercan y besan a Jesús en el vestido, en las manos, en el pelo…

Sólo Judas Iscariote osa besarle en la cara.

Jesús se levanta de repente,.

Y su reacción es tan improvisa que casi lo aparta bruscamente,

y dice:

–           Vamos a casa.

Mañana por la noche partiremos con las barcas hacia Ippo.

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