547 Sordera Voluntaria


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

447 En Cafarnaúm unas palabras de Jesús sobre la misericordia y el perdón no encuentran eco.

Es sábado y la gente está reunida en la sinagoga.

En este tórrido verano para huir del sol o para estar más seguros en la casa de Jairo…

La gente se apiña.

y está atenta a pesar del calor que no logran atenuar,

ni siquiera las puertas y ventanas abiertas, para crear corrientes de aire.

Para que no los cueza el sol en la calle, los que no han podido entrar en la sinagoga;

se han refugiado en el sombreado jardín que hay detrás, en el huerto de la casa de Jairo,

lleno de tupidas enramadas y de frondosos árboles frutales.

Jesús está hablando junto a la puerta que da al jardín,

para que lo oiga tanto este auditorio como el de la sinagoga.

Jairo está a su lado, atento.

Los apóstoles en grupo, cerca de la puerta que da al jardín;

las discípulas con María en el centro,

están sentadas bajo una enramada que casi toca la terraza de la casa;

Miriam de Jairo y las dos hijas de Felipe están sentadas a los pies de María.

Al parecer ya hubo algún incidente entre los fariseos y Jesús…

Pues la gente está inquieta por este motivo…

Jesús exhorta a la paz y al perdón…

diciendo que en corazones turbados no puede penetrar con fruto la palabra de Dios.

Entre la multitud, alguien grita:

–             No podemos tolerar que se te insulte.

Jesús dice con mansedumbre:

–             Dejad al Padre mío y vuestro que resuelva.

Vosotros imitadme a Mí.

Tolerad, perdonad.

No se persuade a los enemigos respondiendo al insulto con el insulto.

Judas grita:

–              Pero tampoco con la mansedumbre continua.

Te dejas pisotear.

–             Tú apóstol mío,

no sirvas de escándalo dando un ejemplo de ira y crítica.

–             De todas formas, tu apóstol tiene razón.

Sus palabras son justas.

–             No es justo el corazón que las formula ni el que las escucha.

Quien quiere ser discípulo mío debe imitarme.

Yo tolero y perdono.

Soy manso, humilde y pacífico.

Los hijos de la ira no pueden estar conmigo…

Porque son hijos del siglo y de sus propias pasiones.

¿No recordáis el libro cuarto de los Reyes?

En un punto (2 Reyes 19, 20-37) se dice que Isaías habló contra Senaquerib, que creía que podía atreverse a todo.

Y le profetizó que nada lo salvaría del castigo de Dios.

Lo compara a un animal al que se pone un anillo en las narices y un freno en los labios para domar su inicuo furor.

Y ya sabéis que Senaquerib murió de manos de sus propios hijos.

Porque en verdad, el cruel perece por su propia crueldad;

perece en la carne y en el espíritu.

Yo no tolero a los crueles, a los soberbios, a los iracundos, a los ambiciosos, a los lujuriosos.

No os he dado palabra ni ejemplo de estas cosas;

antes bien, siempre os he enseñado las virtudes opuestas a estas malas pasiones.

¡Qué bonita es la oración de David, (1 Crónicas 29, 10-19), y la cita de unos renglones adelante está en 1 Crónicas 22, 8-10) rey nuestro!

¡Cuando, santificado de nuevo por el sincero arrepentimiento de las culpas pasadas,

y por años de sabia conducta, alabó al Señor,

manso y resignado ante el decreto de no poder ser él, el que erigiera el nuevo Templo!

Vamos a decirla juntos dando gloria al Señor Altísimo…

Y Jesús entona la oración de David…

Mientras los que están sentados se levantan…

Y los que están apoyados en las paredes dejan el apoyo para tomar una postura de respeto.

Luego Jesús sigue, con su tono habitual:

«Hay que recordar siempre que todas las cosas están en las manos de Dios,

todas las empresas, todas las victorias.

Magnificencia, potencia, gloria y victoria son del Señor.

Él concede una u otra cosa al hombre,

si juzga que es la hora de concederla para un bien cierto.

Pero el hombre no puede reivindicarla.

Dios no le concede a David…

Habiendo sido ya perdonado,

pero aún necesitado de victoria sobre sí mismo después de los pasados errores…

No le concede erigir el Templo:

«Has derramado mucha sangre y has hecho demasiadas guerras;

no podrás por tanto, erigir una casa a mi Nombre,

habiendo derramado tanta sangre delante de Mí.

Te nacerá un hijo que será hombre de paz…

Por eso será llamado el Pacífico…

Él edificará la casa a mi Nombre».

Esto dice el Altísimo a su siervo David.

Esto os digo Yo.

¿Queréis por ser iracundos,

no merecer erigir en vuestros corazones la casa al Señor Dios vuestro?

Lejos pues de vosotros, todo sentimiento que no sea de amor.

Tened un corazón perfecto,

como el que invocaba David para su hijo, constructor del Templo; 

para que, custodiando mis Mandamientos y realizando todas las cosas

según lo que os he enseñado…

Lleguéis a edificar en vosotros la morada de vuestro Dios,

en espera de ir vosotros a la suya, eterna y jubilosa.

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