484 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA
411 Una lección extraída de la naturaleza
Por una campiña toda gualda de mieses,
pasa Jesús con sus discípulos.
Hace mucho calor, a pesar de que el día esté en sus primeras horas.
Los segadores hacen vacíos en el oro de los cereales, cortando con las hoces entre los surcos repletos de espigas.
Las hoces brillan un instante bajo el sol, desaparecen entre las altas espigas,
Vuelven luego un instante por la otra parte.
Y el manojo se pliega y se recuesta…
Como cansado de haber estado enhiesto muchos meses, en la tierra caliente de sol.
Pasan unas mujeres, atando gavillas, detrás los segadores.
La campiña, por todas partes, está dedicada a este trabajo.
La cosecha ha sido muy buena y los segadores exultan.
Muchos, cuando el grupo apostólico pasa por el camino y están ya cerca,
suspenden un momento el trabajo;
se apoyan en la hoz, se secan el sudor y miran.
Y lo mismo hacen las mujeres que atan las gavillas.
Vestidas de colores vivos, cubierta su cabeza con un pedazo de tela blanca…
Parecen flores que emergen de la tierra despojada de trigo:
Amapolas, lises, margaritas.
Los hombres, vestidos con cortas túnicas, pardas o amarillentas, son menos visibles.
No tienen de tono claro, nada más que el pedazo blanco de tela atado a la cabeza con una cuerda pequeña…
Y que cae sobre el cuello y las mejillas.
En el marco de ese blanco, los rostros bronceados por el sol parecen incluso más negros.
Jesús, cuando se ve observado y pasa saludando
diciendo:
– La paz y la bendición de Dios sea con vosotros…
Y ellos responden:
«Se revierta sobre Ti la bendición de Dios”
O también, más sencillamente: «Sea también contigo».
Algunos, más locuaces, reclaman el interés de Jesús por la cosecha,
diciendo:
– Ha sido buena este año.
Mira qué espigas más granadas…
Y lo apretadas que están en los surcos.
Se siegan con dificultad…
¡Pero es pan!…
– Mostraos agradecidos al Señor.
Y ya sabéis que la gratitud se debe mostrar no con palabras sino con obras.
Sed misericordiosos en esta cosecha vuestra, pensando en el Altísimo,
que ha sido magnánimo en rocío y sol para vuestros campos, para que tuvierais mucho trigo.
Recordad el precepto del Deuteronomio (24, 19).
Pensad, mientras recogéis la riqueza que os ha dado Dios, en quien no la tiene…
Y dejad para ellos un poco de lo vuestro.
Santa ficción esta que es caridad con el prójimo vuestro..
Y que Dios ve.
Mejor ser diligentes en dejar, que ávidos en recoger.
Dios bendice a los generosos.
Dar es mejor que recibir…
Porque obliga al justo Dios a dar más abundante retribución a aquel que fue compasivo.
Jesús pasa y va repitiendo sus consejos de amor.
Viene el sol más caliente.
Los segadores suspenden el trabajo:
Los que están cerca de sus casas entran en ellas;
los que están lejos se recogen a la sombra de árboles y allí descansan, comen, se adormecen.
También Jesús se refugia en una arboleda muy espesa, que hay en el interior de la campiña.
Y sentado en la hierba, después de haber orado ofreciendo la parca comida de pan, queso y aceitunas;
distribuye las fracciones y come…
Mientras habla con los suyos.
Hay sombra, aire fresco y un gran silencio.
El silencio de las horas llenas de sol del estío.
Un silencio que invita al sueño.
La mayoría efectivamente, se quedan adormilados después de la comida.
Jesús no.
Descansa con la espalda apoyada contra un árbol.
Y entretanto, se interesa por el trabajo de los insectos en las flores.
Pasa un tiempo.
Hace una señal a Juan, a Judas de Keriot y a Bartolomé, uno de los más ancianos.
Cuando están a su lado,
dice:
– Observad qué trabajo está haciendo este pequeño insecto.
Mirad. Hace bastante tiempo que lo observo.
Quiere arrebatar a este cáliz tan pequeñito, la miel que llena su fondo…
Y dado que no pasa, mirad…
Alarga primero una patita y luego la otra, las unta en la miel y luego se la come.
Dentro de poco la habrá vaciado.
¡Observad qué cosa más admirable es la providencia de Dios!
No ignorando que sin ciertos órganos el insecto;
creado para ser un crisólito volador sobre la hierba de los prados, no podría nutrirse,
lo ha provisto de esos minusculísimos filamentos en la superficie de sus patitas.
¿Los veis?
¿Tú, Bartolomé? ¿No?
Mira. Ahora lo tomo y te le enseño a contraluz…
Y delicadamente, agarra el escarabajo, que parece de oro bruñido.
Y se lo pone boca arriba en la mano.
El escarabajo se hace el muerto…
Y los tres observan sus patitas.
Enseguida se pone a mover las patas para huir.
No lo consigue, naturalmente;
pero Jesús le ayuda y lo apoya sobre las patas.
El animalito camina por la palma, sube a la punta de los dedos, se balancea, abre las alas…
Pero está receloso.
Jesús explica:
– No sabe que no quiero sino el bien de todos los seres.
Sólo dispone de su pequeño instinto;
perfecto en relación con su naturaleza, suficiente para todo lo que necesita;
pero muy inferior al pensamiento humano.
Por eso el insecto no es responsable si hace una mala acción.
No así el hombre.
El hombre dispone de una luz de inteligencia superior.
Y la aumentará en la medida en que aumente su instrucción en las cosas de Dios.
Por eso será responsable de sus acciones.
Bartolomé, dice:
– ¿Entonces Maestro nosotros instruidos por Ti, tenemos mucha responsabilidad?
– Mucha.
Y más tendréis en el futuro…
Cuando el Sacrificio se cumpla, venga la Redención y con ésta la Gracia, que es fuerza y luz.
Y después de ella, vendrá uno que os hará aún más capaces de querer.
Quien luego, no quiera, tendrá mucha responsabilidad.
– ¡Entonces muy pocos se salvarán!
– ¿Por qué, Bartolomé?
– ¡Porque es muy débil el hombre!
– Pero, si fortalece su debilidad con la confianza en Mí, se hace fuerte.
¿Creéis que no comprendo vuestras luchas y no me compadezco de vuestras debilidades?
¿Veis?…
Satanás es como esa araña que está tendiendo su lazo desde aquella ramita a este talluelo.
¡Es tan fina y subrepticia…!
Mirad cómo resplandece ese hilo.
Parece plata de una impalpable filigrana.
Por la noche será invisible, mañana al alba estará esplendoroso de gemas.
Y las moscas imprudentes, que dan vueltas por la noche en busca de alimento poco limpio, caerán dentro.
Y también las mariposas ligeras, que se ven atraídas por lo que resplandece…
Otros apóstoles se han acercado…
Y están escuchando esta lección sacada de los reinos vegetal y animal.
– …Pues bien, mi amor hace, respecto a Satanás, lo que ahora hace mi mano.
Destruye la tela.
Mirad como huye la araña y se esconde.
Tiene miedo del más fuerte.
También Satanás tiene miedo del más fuerte.
Y el más fuerte es el Amor.
Pedro, que es muy práctico en sus conclusiones,
dice:
– ¿No sería mejor destruir a la araña?
– Sería mejor.
Pero esa araña hace su deber.
Es verdad que mata a las pobres mariposas, que son tan bonitas;
pero extermina también a un gran número de moscas sucias que transmiten enfermedades
y contaminaciones de enfermos a sanos, de muertos a vivos.
Simón es muy reflexivo y es el que se quejaba de los reumatismos;
pregunta:
– ¿Pero, en nuestro caso, qué hace la araña?
– ¿Que qué hace, Simón? –
– Hace lo que hace la buena voluntad en vosotros.
Destruye las tibiezas, los quietismos, las vanas presunciones.
Os obliga a estar vigilantes
¿Qué es lo que os hace dignos de premio?
La lucha y la victoria.

Gracias Padre por cada marca y cada cicatríz que llevo en mi cuerpo y en mi alma, garantizando que la Lucha no ha sido fácil, pero Tú haz sido mi Fortaleza…
¿Podéis vencer sin luchar?
L0a presencia de Satanás obliga a una vigilancia continua.
Por su parte el Amor, que os ama, hace que esta presencia no sea inexorablemente nociva.
Si estáis cerca del Amor, Satanás intenta, pero queda incapacitado para perjudicar verdaderamente.
– ¿Siempre?
– Siempre.
En las cosas grandes y en las pequeñas.
Por ejemplo, una cosa pequeña:
a ti inútilmente te aconseja tener cuidado de tu salud.
Es un consejo subrepticio para tratar de separarte de Mí.
El Amor te tiene bien agarrado, Simón.
Y tus dolores pierden valor incluso ante tus ojos.
– ¡Señor! ¿Lo sabes?…
– Sí. Pero no te deprimas.
¡Ánimo, ánimo!
El Amor, que ahora es el primero en sonreír ante tu humanidad que tiembla por sus reumas, te dará mucho coraje.
Jesús ríe ante su desconcertado apóstol y para consolarlo, lo abraza.
Aun riendo muestra plena dignidad.
También los otros ríen.
Jesús dice:
– ¿Quién viene a ayudar a aquella pobre anciana?
Señalando a una viejecita que, desafiando al sol tórrido, espiga en los surcos segados.
Juan y con él, Tomás y Santiago,
dicen:
– Yo.
Pero Pedro toma a Juan por una manga, se lo lleva un poco aparte,
y le dice:
– Pregúntale al Maestro que qué es lo que le produce tanta felicidad.
Yo ya se lo he preguntado, pero sólo me ha dicho:
“Mi felicidad es ver que un alma busca la Luz”.