Archivos diarios: 3/08/22

578 Piedra de Contradicción


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

457 Discurso en Afeq, tras una disputa entre creyentes y no creyentes. Sara se hace discípula.

Jesús está hablando a la gente de Afeq desde la puerta del fondac de Sara.

–                También ahora el pueblo se agita contra el Señor diciendo:

«Nos has guiado a morir, como pueblo y como individuos, bajo el dominio de los opresores.”

Y a mí me grita: «Hazte rey y libéranos».

¿Pero de qué liberación habláis?

¿De qué castigo?

¿De los materiales?

¡Oh, en las cosas materiales no hay ni salvación ni castigo!

Un castigo mucho mayor y una liberación mucho mayor caen dentro de vuestra libre voluntad.

Y podéis elegir.

Dios os lo concede.

Esto lo digo para los israelitas presentes.

Para aquellos que deberían saber leer las figuras de la Escritura y comprenderlas.

Pero, puesto que tengo piedad de mi Pueblo, del que soy Rey en el espíritu;

quiero ayudaros a comprender una figura al menos, para que os ayude a comprender quién soy Yo.

El Altísimo dijo a Moisés y a Aarón:

«Tomad la vara y hablad a la peña…

Brotarán ríos para la sed del pueblo…

Para que así deje de quejarse».

Al Eterno Sacerdote el Altísimo le ha dicho una vez más, para poner fin a las quejas de su pueblo:

«Toma la vara, la germinada de la estirpe de Jesé.

Y una flor brotará de ella, no tocada por fango humano.

Se transformará en fruto de almendra dulce y lleno de unción.

Y con esa almendra de la raíz de Jesé,

con ese brote admirable en que morará el Espíritu del Señor con sus siete dones;

golpea la piedra de Israel, para que eche agua abundante para salvación suya».

El Sacerdote de Dios es el mismo Amor.

Y el Amor formó una Carne haciendo germinar de la raíz de Jesé su brote,

de la raíz que no había sido nutrida con fango.

Y la Carne era la del Verbo Encarnado, del esperado Mesías,

enviado a hablar a la roca para que se hendiera.

Para que hendiera su dura costra de soberbia y codicia…

Y acogiera las aguas enviadas por Dios, las aguas que brotan de su Cristo, el óleo suave de su amor,

para hacerse maleable, buena;

para santificarse acogiendo en su corazón el don del Altísimo a su pueblo.

Pero Israel no quiere en su seno el Agua viva.

Permanece cerrado, duro.

Especialmente en las personas de sus grandes,

contra los cuales la vara florecida y fructificada exclusivamente por poder divino,

inútilmente golpea y habla.

Y en verdad os digo que muchos de este pueblo no entrarán en el Reino;

mientras que muchos que no son de este pueblo entrarán.

Porque habrán sabido creer lo que los sacerdotes de Israel no quisieron creer.

Por esto estoy en medio de vosotros como signo de contradicción.

Y seréis juzgados por el modo como me sepáis comprender.

A los otros, a los que no son de Israel, digo:

La casa de Dios, despreciada por los hijos de su pueblo, está abierta para los que buscan la Luz.

Venid.

Seguidme.

Si Yo estoy puesto como signo de contradicción;

también lo estoy como signo para todas las naciones…

Y quien me ame se salvará.

Un judío en quien han hecho mella las palabras del Mesías,

protesta diciendo:

-Amas más a los extranjeros que a nosotros.

¡Si nos evangelizaras, acabaríamos amándote!

Pero estás en todas partes excepto en Judea.

Jesús responde: 

–               Bajaré también a Judea y moraré allí durante un largo período.

Pero no cambiará la piedra que hay en el corazón de muchos.

No cambiará siquiera cuando la Sangre caiga sobre la piedra.

¿Eres arquisinagogo, verdad?

–               Sí, ¿Cómo lo sabes?

–              Lo sé.

Pues bien, entonces puedes entender lo que digo:

«La sangre no debe caer sobre la piedra.

Es pecado».

«Derramaréis con gozo la Sangre sobre la piedra para que permanezca.

Y os parecerá un trofeo de victoria esa piedra,

sobre la que haya sido derramada la Sangre del verdadero Cordero.

Mas llegará un día en que comprenderéis…

Comprenderéis el verdadero castigo…

Y cuál era la salvación verdadera que se os ofrecía.

Vamos…

Un hombre se abre paso a empujones…

Interrumpe diciendo:

–               Soy siro-fenicio.

Muchos de nosotros creen en ti aun sin tenerte…

Y tenemos muchos enfermos…

¿No vas a venir donde nosotros?

–              Donde vosotros no.

No tengo tiempo.

Pero ahora, acabado el sábado, desde estos lugares me dirigiré hacia vuestros confines.

Quien necesite gracias que se ponga a esperar en los sitios de frontera.

–               Se lo diré a mis connacionales.

Dios esté contigo, Maestro.

–                La paz a ti, hombre. 

Jesús se despide de la viuda…

Bueno, quisiera despedirse… 

 Pero ella se arrodilla y le confiesa sus decisiones,

diciendo:

–              He decidido dejar aquí a Samuel.

Porque es mejor como criado que como creyente.

Voy a ir a Cafarnaúm contigo.

–               Yo dejaré Cafarnaúm pronto…

Y para siempre.

–              Pues allí tienes discípulos buenos.

–              Es verdad.

–             He decidido esto…

Así te daré prueba de que sé separarme de las riquezas y amar con justicia.

Usaré para tus pobres el dinero que aquí se acumula.

Consideraré como primer pobre al niño…

Si la madre quiere tenerlo a toda costa, aun sin amarlo.

Entretanto, toma esto…

Le ofrece una bolsa pesada.

–             Que Dios te bendiga con sus bendiciones y la de los beneficiarios.

Mucho has progresado en pocas horas.

La mujer se pone ruboriza intensamente.

Da una ojeada a su alrededor.

Luego confiesa:

–              Tanta mejoría no viene de mí.

Tu apóstol me ha enseñado.

Ese, ése de allí que se esconde detrás del joven moreno.

–               Simón Pedro.

El jefe de los apóstoles.

¿Y qué es lo que te ha dicho?

–               ¡Oh!

¡Me ha hablado con tanta sencillez y tan bien…!

Se ha humillado él que es apóstol,

confesándome que también él era como yo, injusto en sus deseos.

¡No puedo creerlo!

Pero que se ha esforzado en hacerse bueno para merecer lo que deseaba…

Y que se esfuerza cada vez más en serlo, para no hacer un mal del bien recibido.

Ya sabes, las cosas que nos decimos entre nosotros, pobre gente, se comprenden más…

¿Te ofendo, Señor?

–              No.

Das gloria a Dios con tu sinceridad y con la alabanza que haces de mi apóstol.

Haz lo que te ha aconsejado.

Y que Dios esté siempre contigo, que tiendes a la justicia.

La bendice y abre la marcha.

Dirigiéndose hacia el noroeste,

bajo verdes huertos que susurran por un improviso viento.