593 Promesa Pendiente


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

461d El griego Zenón y la carta de Síntica con la noticia de la muerte de Juan de Endor.

Jesús abre el segundo folio.

Pedro que hasta ahora ha estado sentado vuelve a acercarse, como para oír mejor…

Y otra vez arrimándose a Jesús, se levanta sobre la punta de sus pies.  

Sonriendo,

Jesús dice:

–                Simón, hace mucho calor;

tú me ahogas.

Vuelve a tu sitio.

¿No has oído hasta ahora?

Pedro responde:

–                 ¿Oído?

Sí.

Pero no he visto.

Y ahora quiero ver…

Porque Tú cambiaste y lloraste desde ese folio…

Y no es sólo por Juan…

Se sabía que estaba a las puertas de la muerte…

Jesús sonríe.

Pero para impedir a Pedro ojear el escrito por detrás de los hombros,

se pega a la columna más cercana, sin preocuparse de que se aleja de la luz de la lámpara,

que si no ilumina el folio, ilumina eso sí, la cara de Jesús.

Pedro muy decidido a ver, a entender,

arrastra una banqueta, frente a Jesús.

Se sienta y mantiene los ojos fijos en el rostro del Maestro.  

Jesús sigue leyendo:

«Tanto estoy convencida de esto, que habiéndome quedado sola, he dejado Antigonio por Antioquía,

segura de poder trabajar más en este terreno,

donde como en Roma, todas las razas se funden y mezclan, que donde impera Israel…

No puedo yo mujer, partir a la conquista de Roma.

Pero, si la Urbe me es inalcanzable,

yo en la hija más bella de la Urbe, la más semejante a la madre en todo el Orbe, siembro…

¿En cuántos corazones caerá la semilla?

¿En cuántos germinará?

¿En cuántos será transportada a otros lugares y esperará a los apóstoles para germinar?

No lo sé.

No pido saberlo.

Yo hago.

Ofrezco al Dios que he conocido…

Que sacia mi espíritu y mi intelecto, el trabajo.

En este Dios creo, como en el Dios único y omnipotente.

Sé que no defrauda al que es de buena voluntad.

Esto me basta y me sostiene en el obrar.

Maestro, Juan murió el sexto día antes de las nonas de junio según los romanos,

casi en la neomenia de Tammuz según los hebreos.

Señor… ¿Para qué te digo lo que ya sabes?

Y sin embargo, lo digo para los hermanos: Juan murió como justo.

Y en honor a la verdad sobre sus sufrimientos, debería decir como mártir.

Yo le asistí con toda la piedad que una mujer puede tener,

con todo el respeto que se tiene hacia un héroe,

con todo el amor que se tiene a un hermano.

Pero ello no evitó un sufrimiento tal;

que yo no por fastidio o cansancio, sino por compasión, rogaba al Eterno que lo llamara a la paz.

Él decía: “a la libertad”.

¡Qué palabras salían de su boca!

¿Es que puede subir a tanta luz de sabiduría un hombre que como él decía,

ha descendido hasta el fondo?

¡Oh, la muerte es verdaderamente el misterio que revela nuestro origen.

Y la vida es el escenario que esconde el misterio!

Un escenario que se nos da sin motivos ornamentales,

donde nosotros podemos realizar lo que queramos.

Él había grabado muchas cosas, no todas hermosas; pero las últimas fueron sublimes.

Del sombrío cielo de abajo, en que había diseños de dolor humano y de humana dolencia,

cual sabio artífice, había pasado a signos cada vez más luminosos.

Y había decorado de virtudes el retazo de su vida cristiana,

para terminar en una fúlgida luminosidad de alma perdida en Dios.

Yo te lo digo: no habló, sino que cantó su último poema.

No murió, sino que ascendió.

Y no pude distinguir con exactitud cuándo hablaba todavía el hombre

o cuándo hablaba ya el espíritu hijo de Dios.

Señor he leído Tú lo sabes, todas las obras de los filósofos,

buscando un alimento al alma atada por las dobles cadenas de la esclavitud y del paganismo.

Pero eran obras de hombre.

En este caso no eran ya palabras de hombre,

sino de superhombre, de espíritu regio, más: de espíritu semi-divino.

Yo he tutelado el misterio, que además no habría sido comprendido por nuestros huéspedes,

buenos con el hombre, pero israelitas en el más amplio y completo sentido de la palabra…

Y cuando en los últimos toques del amor,

Juan fue sólo un amor hablante, alejé a todos y recogí yo sola lo que Tú ciertamente sabes…

Señor… este hombre murió, ha “salido por fin de la carne, ha ido a la libertad»

como él decía con el hilo de voz de los últimos días.

Y con la mirada encendida en éxtasis,

apretándome la mano y descubriéndome con sus palabras el Paraíso.

Este hombre ha muerto enseñándome a vivir, a perdonar, a creer, a amar.

Ha muerto preparándome al último período de tu vida.

Señor, lo sé todo.

Él me había instruido acerca de los profetas en las noches de invierno.

Conozco el Libro como una verdadera israelita.

Pero sé también lo que el Libro no específica… 

¡Maestro mío y Señor mío… yo lo imitaré!

Y quisiera el mismo favor, pero creo que es más heroico no pedirlo…

y hacer tu voluntad…».

Jesús enrolla el folio y hace ademán de tomar el tercero.

Pedro protesta:

–                ¡No, no, Maestro!

No puede ser…

Hay más.

¡No puede haber terminado tan pronto el folio!

¡No estás leyendo todo!

¿Por qué, Señor?

¡Vosotros!

¡Protestad!

Síntica ha escrito más para nosotros que para Él.

Y Él no nos lee.

–                ¡No insistas, Pedro!

–                ¡Sí que insisto!

¡Claro que insisto!

Mira que he visto que tu ojo iba más abajo de golpe.

Y que -hay transparencia- no has leído los últimos renglones.

No estaré tranquilo hasta que hayas leído de nuevo el final de ese folio.

¡Antes llorabas!…

¿Hay acaso motivo de llorar en eso que has leído?

Duele, sí, saber que ha muerto…

¡Pero una muerte así no hace llorar!

Yo creía que hubiera muerto mal, perdiendo su espíritu…

Sin embargo…

¡Lee, anda!

¡Madre! ¡Juan!

Vosotros que obtenéis todo…

María dice:

–              Escúchalo, Hijo mío.

Y aunque sea algo doloroso de saberse, beberemos todos el cáliz…

Jesús concede:

–             Sea como queréis…

«Conozco el Libro como una verdadera israelita.

Pero sé también lo que el Libro no especifica, o sea, que tu Pasión ya no tardará en cumplirse;

porque Juan ha muerto y Tú le prometiste breve tiempo en el Limbo.

El me lo dijo.

Me dijo que habías prometido que lo sacarías de aquí,

antes de que conociera cómo puede ser y a dónde puede llegar el odio de Israel hacia Ti.

Y ello para impedir que por amor a Ti odiase a tus torturadores.

Ahora él ha muerto…

Tú estás, por tanto, próximo a morir…

No.

A vivir.

Verdaderamente a vivir con tu Doctrina, contigo mismo dentro de nosotros,

con la Divinidad en nosotros, una vez que tu Sacrificio nos haya devuelto la vida del alma:

la Gracia, la unión con el Padre, con el Hijo, con el Espíritu Santo.

Maestro, mi Salvador, mi Rey, mi Dios…

Fuerte es mi tentación, mejor dicho: ha sido fuerte, de ir donde Ti,

ahora que Juan duerme con el cuerpo en el sepulcro y reposa con el espíritu en la espera.

Ir donde Ti para estar con las otras al pie de tu ara.

Pero las aras se adornan no sólo con la víctima, sino también con guirnaldas en honor del Dios

en cuyo honor se celebra el sacrificio.

Yo pongo mi violácea guirnalda de discípula lejana a los pies de tu ara.

Y en la guirnalda pongo la obediencia, el trabajo, el sacrificio de no verte y escucharte…

¡Será muy duro!

¡Es muy duro ahora, cuando tus coloquios sobrenaturales con Juan han concluido.

Y yo ya no gozo de ellos!…

Señor, alza tu mano sobre tu sierva para que sepa hacer sólo tu voluntad y te sepa servir».

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: