288 FIESTA DE LOS TABERNÁCULOS


288 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Es la Fiesta de los Tabernáculos.

Jesús se dirige al Templo.

Le preceden en grupos los discípulos, le siguen en grupo las discípulas:

Es decir, su Madre, María Cleofás. María Salomé, Susana, Juana de Cusa, Elisa de Betsur, Analía de Jerusalén, Marta y Marcela.

No está la Magdalena.

En torno a Jesús, los doce apóstoles y Margziam.

Jerusalén muestra la pompa de las ocasiones solemnes.

Gente de todos los lugares en todas sus calles.

Cantos, discursos, murmullo de oraciones, imprecaciones de asnerizos, algún llanto de niño.

Cubriéndolo todo, un cielo nítido que se deja ver entre las casas.

Y un sol que desciende alegre a dar vivacidad a los colores de los vestidos,

a encender los mortecinos colores de las  pérgolas y árboles que acá o allá se vislumbran

tras las tapias de los jardines  o de los antepechos de las terrazas.

Hay veces que Jesús se cruza con personas conocidas; entonces el saludo es más o menos

deferente, según la disposición de éstas.

Así, es respetuosísimo, aunque mesurado, el de Gamaliel, que mira fijamente a Esteban;

éste le sonríe desde el grupo de los discípulos.

Gamaliel, después de inclinarse ante Jesús, llama aparte a Esteban y le dice unas palabras,

y luego Esteban regresa al grupo.

De veneración es el saludo del anciano arquisinagogo Cleofás de Emaús,

que se dirige con sus paisanos al Templo.

Desabrido como una maldición, el saludo de respuesta de los fariseos de Cafarnaúm.

Los campesinos de Yocaná, capitaneados por el administrador, saludan postrándose al suelo

y besando los pies de Jesús entre el polvo del camino.

La gente, extrañada, se detiene a observar a este grupo de hombres que, en un cruce de calles,

se arroja con un grito a los pies de un hombre joven, que no es ni un fariseo

ni un famoso escriba, que no es ni un sátrapa ni un alto cortesano.

Alguno pregunta que quién es.

Corre un murmullo, con la respuesta: 

–        Es el Rabí de Nazaret, el que se dice que es el Mesías.

Entonces, prosélitos y gentiles se arremolinan, curiosos, de forma que empujan al grupo

hacia una pared y crean un atasco en la minúscula placita;

hasta que un grupo de arrieros los disgrega gritando imprecaciones contra el obstáculo.

Mas la multitud, exigente, brutal en esta manifestación suya que es también de fe,

se aglomera de nuevo, separando las mujeres de los hombres.

Jesús también vivió el SUFRIMIENTO que significa SER una “celebridad viviente” y sufrir el acoso de ser popular…

Todos quieren tocar el vestido de Jesús, decirle una palabra, hacerle alguna pregunta…

esfuerzo inútil, porque esa misma prisa, esa ansia, ese nerviosismo por pasar adelante

rechazándose unos a otros, hace que ninguno pueda llegar.

Las preguntas y respuestas se confunden también en un único rumor incomprensible.

El único que se abstrae de la escena es el abuelo de Margziam.

Ha respondido con un grito al grito de su nietecito.

Y enseguida, tras venerar al Maestro, ha estrechado contra su corazón al nieto.

Luego, todavía apoyado sobre los talones, ambas rodillas en tierra, lo ha sentado en su regazo.

Y lo admira y acaricia con lágrimas y besos de dicha,

mientras le pregunta y escucha.

El anciano se siente tan feliz que está ya en el Paraíso.

Acuden los soldados romanos, creyendo que hay alguna pelea.

Se abren paso

Pero sonríen cuando ven a Jesús,.

Y limitándose a aconsejar a los presentes que dejen libre ese importante cruce,

se retiran tranquilos.

Jesús obedece inmediatamente, aprovechando el espacio que crean los romanos,

que van unos pasos delante de Él como para abrirle camino, 

aunque en realidad es para volver a su puesto de piquete, porque la guardia romana

ha sido reforzada mucho;

como si Pilatos fuera al corriente de un descontento entre la muchedumbre

y temiera amotinamientos en estos días en que Jerusalén está colmada de hebreos,

procedentes de todas partes.

Y es bonito verlo caminar precedido por este grupo armado romano

como un rey al que se va abriendo paso cuando se dirige a sus posesiones.

Jesús cuando ha empezado a moverse, ha dicho al niño y al anciano:

–        Estad juntos y seguidme.

Y al administrador de Yocaná:

–       “Te ruego que me dejes a tus hombres.

Serán invitados míos hasta la noche”.

El administrador responde obsequioso:

–       todo lo que quieras .

Y tras un respetuoso saludo, se marcha solo.

E1 Templo está ya cerca y el bullicio de la multitud, como movimiento de hormigas

junto a la entrada del hormiguero, es aún mayor.

En esto, un campesino de Yocaná grita:

–       ¡El amo! Cayendo de rodillas para saludar y lo imitan los demás

Jesús está en pie en medio de un grupo de hombres postrados,

porque los campesinos se habían arrimado bien a Él. 

Vuelve la mirada hacia el lugar señalado y encuentra la mirada de un fariseo pomposamente vestido,

El fariseo Yocaná está con otros de su casta:

Es un montón de preciosos tejidos, de franjas, hebillas, cinturones, filacterias;

todo una ostentosa demostración de poder religioso y político,

de dimensiones exageradas respecto a lo común.

Yocaná fija su atención en Jesús: es una mirada de pura curiosidad, aunque no irreverente.

Es más, lo saluda: estirado, con apenas una inclinación de cabeza…

pero al fin y al cabo es un saludo, al cual Jesús responde con deferencia.

También lo saludan otros dos o tres fariseos,

mientras que otros miran despreciativos o fingen mirar a otra parte;

Sólo uno lanza una gran ofensa… 

Porque los que van en torno a Jesús se sobresaltan.

Y el mismo Yocaná se vuelve de repente para fulminar con la mirada al ofensor,

que es un hombre más joven que él, de facciones marcadas y duras

Una vez rebasados, cuando ya los campesinos se atreven a hablar,

uno de ellos dice:

–        El que te ha maldecido es Doras, Maestro.

Jesús con mucha calma dice:

–       Déjalo.

Os tengo a vosotros, que me bendecís.

Apoyado en el intradós de un arco, junto con otros, está Mannaém,

el cual, en cuanto ve a Jesús, levanta los brazos,

acompañando el gesto con una exclamación de alegría:

–        ¡Éste es un día jubiloso, porque te he encontrado!

Y viene hacia Jesús, seguido por los que lo acompañan.

Lo venera bajo el umbrío arco que hace retumbar las voces como si fuera una cúpula.

Precisamente mientras lo está venerando, pasan rozando al grupo apostólico,

los primos Simón y José con otros nazarenos…

Y no saludan…

Jesús los mira apenado, pero no dice nada.

Judas y Santiago, agitados, cambian recíprocamente unas palabras.

Y Judas, encendido su rostro de indignación, inútilmente sujetado por su hermano;

Se lanza a correr tras ellos.

Pero Jesús lo llama con un tan imperioso:

–        ¡Judas, ven aquí!

Que el inquieto hijo de Alfeo se vuelve para atrás…

–       Déjalos.

Son semillas que todavía no han sentido la primavera.

Déjalos que estén en la sombra del avariento terrón.

Penetraré igualmente, aunque éste se transformase en jaspe cerrado en torno a la semilla.

Lo haré a su tiempo.

Más fuerte que la respuesta de Judas de Alfeo, resuena el llanto de María de Alfeo, desolada:

con un llanto largo, propio de una persona abatida…

Pero Jesús no se vuelve para consolarla, a pesar de que se oiga bien nítido ese lamento

bajo el arco lleno de ecos.

Sigue hablando con Mannaém,

el cual le dice:

–        Éstos que están conmigo son discípulos de Juan.

Quieren, como yo, ser tuyos.

Jesús dice amoroso:

–       Paz a los buenos discípulos.

Allá delante están Matías, Juan y Simeón, conmigo para siempre.

Os recibo a vosotros como los recibí a ellos;

porque Yo amo todo lo que me viene del santo Precursor.

Llegan a los muros del Templo.

Jesús da órdenes Judas de Keriot y a Simón Zelote, para las compras y ofrendas de rito.

Luego llama al sacerdote Juan,

y dice:

–        Tú, que eres de este lugar

Te encargarás de invitar a algún levita que sepas que es digno de conocer la Verdad.

Porque verdaderamente este año puedo celebrar una fiesta de alegría.

Nunca volverá a ser tan dulce el día…

El escriba juan pregunta:

–        ¿Por qué, Señor? 

–        Porque os tengo a todos en torno a Mí, con la presencia visible o en espíritu.

El apóstol Juan asegura con vehemencia: 

–        ¡Siempre estaremos!

Y con nosotros, muchos otros.

Y es secundado en coro por todos los demás.

Jesús sonríe y calla.

Mientras el sacerdote Juan, junto  con Esteban, se adelanta al Templo, para cumplir la orden.

Jesús le grita detrás:

–         Nos encontraréis en el pórtico de los Paganos.

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