312 CAZADORES BURLADOS


312 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

Jesús está hablando a los habitantes de Arbela:

¿Cuándo vuelve a su patria un pueblo?

Cuando regresa a las tierras de sus padres.

Yo vengo a conduciros de nuevo a las tierras del Padre vuestro, al Reino del Padre.

Puedo hacerlo porque para hacer esto he sido enviado.

Vengo, por tanto, a llevaros al Reino de Dios.

Es, pues, justo equipararos con los que con Zorobabel regresaron a Jerusalén, la ciudad del Señor;

y es justo hacer con vosotros como hiciera Esdras, el escriba,

con el pueblo recogido de nuevo dentro de los muros sagrados.

Porque, reconstruir una ciudad, dedicándola al Señor, y no reconstruir las almas,

cada una semejante a una pequeña ciudad de Dios, es necedad sin igual.

¿Cómo reconstruir estas pequeñas ciudades espirituales, por muchas razones derruidas?

¿Qué materiales se habrán de usar para hacerlas sólidas, hermosas, duraderas?

Los materiales están en los Preceptos del Señor. Los Diez Mandamientos.

Vosotros los sabéis porque Felipe, hijo vuestro y discípulo mío, os los ha recordado.

Los dos santos de entre los preceptos santos,

“Ama a Dios con todo tu ser, ama al prójimo como a ti mismo”, son el compendio de la Ley.

Y estos preceptos predico Yo,

porque con ellos segura es la conquista del Reino de Dios.

En el amor, uno encuentra la fuerza de conservarse santo o de venir a  serlo,

la fuerza del perdón, la fuerza de las virtudes heroicas: todo lo encuentra en el amor.

No es el miedo lo que salva.

El miedo al juicio de Dios, a las sanciones de los hombres, a las enfermedades.

El miedo nunca es constructivo; antes bien, agita, disgrega, desencaja, quebranta.

El miedo lleva a la desesperación; lleva sólo a la astucia para ocultar las malas acciones;

lleva sólo a temer, cuando ya el temor es inútil porque el mal ya está en nosotros.

¿Quién se preocupa, mientras está sano, de ser prudente, por piedad hacia su cuerpo? Nadie.

Pero en cuanto el primer escalofrío de fiebre culebrea por las venas,

o una mancha hace pensar en enfermedades impuras, en ese momento, viene el miedo,

como tormento que se agrega a la enfermedad, como fuerza disgregadora

en un cuerpo al que ya la enfermedad disgrega.

El amor, por el contrario, construye.

El amor edifica, da solidez, mantiene la cohesión, preserva.

El amor porta esperanza en Dios;

aleja de las malas acciones; conduce a la prudencia hacia el propio cuerpo, que no es el centro del universo

(como lo creen y lo hacen los egoístas, los falsos amantes de sí mismos,

porque aman sólo una parte, la menos noble, con  perjuicio de la parte inmortal y santa),

pero que, en todo caso, debe ser conservado sano, hasta que Dios no decida lo contrario,

para ser útiles a nosotros mismos, a la familia, a la propia ciudad, a la nación toda.

Es inevitable que vengan las enfermedades,

y no se puede decir que toda enfermedad sea prueba de vicio o castigo.

Existen enfermedades santas, enviadas por el Señor a sus justos, para que en el mundo,

que de sí mismo hace el todo y el medio del gozo, haya santos como rehenes de guerra

para salvación de los demás,

los cuales pagan personalmente para expiar con su sufrimiento la dosis de culpa

que el mundo diariamente acumula y que acabaría cayendo sobre la Humanidad,

sepultándola bajo  su maldición.

¿Recordáis al anciano Moisés orando mientras Josué combatía en nombre del Señor?

Tenéis que pensar que quien sufre con santidad

presenta la mayor batalla al más feroz guerrero que habita en el mundo,

escondido bajo apariencias de hombres y pueblos, a Satanás, el Torturador, el Origen de todo mal.

Y combate por todos los demás hombres.

¡Mas, cuánta diferencia entre estas santas enfermedades que Dios manda

y las enviadas por el vicio a causa de un pecaminoso amor por la carnalidad!:

Las primeras son pruebas de la voluntad benéfica de Dios;

las segundas, pruebas de la corrupción satánica.

Así pues, es necesario amar para alcanzar la santidad,

porque el amor crea, preserva, santifica.

Yo también, anunciándoos esta verdad, os digo, como Nehemías y Esdras:

“Este día está consagrado al Señor Dios nuestro.

No guardéis luto, no lloréis”.

Porque todo luto cesa cuando se vive el día del Señor.

La muerte suspende su aspereza, 

pues de la pérdida de un hijo, del marido, de un padre o una madre o un hermano,

se transforma en una separación transitoria y limitada:

transitoria, porque con nuestra muerte cesa;

limitada, porque se limita al cuerpo, a lo sensible.

El alma nada pierde con la muerte del familiar perecido.

Es más, de las dos partes, ahora una sola está limitada en su libertad:

la nuestra, que todavía permanecemos con el alma encerrada en la carne;

la otra parte, la que ha pasado a la segunda vida, goza de la libertad y del poder de velar por nosotros

y de obtener para nosotros mucho más que cuando nos amaba en la cárcel de su cuerpo.

Os digo, como Nehemías y Esdras:

“Id a comer pingües carnes y a beber dulce vino y enviad raciones a quienes no tienen,

porque es día consagrado al Señor, y en este día ninguno debe sufrir.

No os entristezcáis, porque el gozo del Señor, que está entre vosotros,

es la fuerza de quien recibe la gracia del Señor altísimo en su ciudad y en su corazón”.

Ya no podéis celebrar los Tabernáculos.

Su tiempo ha pasado.

Levantad eso sí, tabernáculos espirituales en vuestros corazones.

Subid al monte, es decir, ascended hacia la Perfección.

Coged ramas de olivo, mirto, palma, encina, hisopo, de los más bellos árboles.

Ramas de las virtudes: paz, pureza, heroísmo, mortificación, fortaleza, esperanza, justicia…

TODAS, todas, todas las virtudes.

Adornad vuestro espíritu celebrando la Fiesta del Señor.

Sus Tabernáculos os esperan.

Los suyos. Tabernáculos hermosos, santos, eternos, abiertos a todos aquellos que viven en el Señor.

Y, conmigo, hoy, proponeos hacer penitencia del pasado, proponeos empezar una vida nueva.

No tengáis miedo del Señor.

Os llama porque os ama. No temáis.

Sois sus hijos como cualquiera de Israel.

También para vosotros ha hecho la Creación y el Cielo.

Y suscitó a Abraham y a Moisés, abrió el mar, creó la nube que guiaba,

bajó del Cielo para dar la Ley, abrió las nubes para que soltaran el maná,

hizo fecundas a las rocas para que dieran agua.

Y ahora, ¡Sí!, ahora también para vosotros envía el vivo Pan del Cielo para vuestra hambre,

la verdadera Vid y la Fuente de la Vida eterna para  vuestra sed.

Y, por mi boca, os dice:

“Entrad. Tomad posesión de la Tierra que Yo, alzando mi mano, os entrego”.

Mi Tierra espiritual: el Reino de los Cielos».

La multitud intercambia palabras entusiastas.

Luego… los enfermos.

Muchos.

Jesús los manda colocarse en dos filas.

Mientras se lleva esto a cabo,

pregunta a Felipe de Arbela:

–        ¿Por qué no los has curado tú?

–        Para que tengan lo que yo tuve: la curación por medio de Tí.

Jesús pasa bendiciendo, uno a uno, a los enfermos.

Y se repite el mismo prodigio de ciegos que recuperan la vista, sordos que oyen,

mudos que hablan, tullidos que se enderezan, fiebres y estados de debilidad que desaparecen.

Las curaciones han quedado concluidas.

Al final, después del último enfermo,

están los dos fariseos que habían ido a Bosrá y otros dos.  

Y le demandan:

–        Paz a ti, Maestro.

–       ¿A nosotros no nos dices nada?

–        He hablado para todos.

–        Pero nosotros no tenemos necesidad de esas palabras.

Somos los santos de Israel.

–        A vosotros, que sois maestros, os digo:

Comentad entre vosotros el capítulo que sigue, el noveno del segundo de Esdras,

(El noveno capítulo del segundo libro de Esdras corresponde a Nehemías

9, según la aclaración de la nota precedente)

recordando cuántas veces Dios ha tenido misericordia con vosotros hasta el presente

Y dándoos golpes de pecho, repetid, como si fuera una oración, la conclusión del capítulo.

–        Bien has dicho, bien has dicho, Maestro.

¿Y tus discípulos lo hacen?

–        Sí, es lo primero que exijo.

–        ¿Todos?

¿Incluso los homicidas que hay en tus filas?

–        ¿Os hiede el olor de la sangre?

–        Es voz que clama al Cielo.

–        Pues entonces no imitéis nunca a quienes la derraman.

–        ¡No somos asesinos!

Jesús clava en ellos sus ojos zafiros centelleantes, taladrándolos con su mirada.

No se atreven a decir nada durante un rato.

Pero se ponen en la cola del grupo que vuelve a la casa de Felipe,

el cual se siente obligado a invitarlos a entrar y a participar en el banquete.

Haciendo enormes reverencias. y ostentosos aspavientos, 

declaran:

–        ¡Con mucho gusto, con mucho gusto!

–        Así estaremos más tiempo con el Maestro.

Pero una vez dentro de la casa parecen sabuesos..

Miran, ojean, hacen preguntas astutas a la servidumbre, incluso a la viejecita,

que está atraída por Jesús como el hierro por el imán.

Pero ella responde,

enseguida:

–        Ayer he visto sólo a éstos.

Vosotros soñáis.

Los he acompañado hasta aquí…

Y el único Juan era ese muchacho rubio y bueno como un ángel.

Los fariseos fulminan a la abuelita con un improperio y se vuelven hacia otra parte.

Pero uno de la servidumbre, sin responderles directamente a ellos, se inclina hacia Jesús,

que habla, sentado, con el dueño de la casa,

y le pregunta:

–        ¿Dónde está Juan de Endor?

Este señor lo busca.

El fariseo fulmina al hombre y le signa con el apelativo de «necio».

Pero Jesús ya está al corriente de sus intenciones.

Y hay que arreglar las cosas de alguna manera,

así que el fariseo dice:

–        Era para congratularnos con este prodigio de tu doctrina, Maestro.

Y honrarte a ti a través del convertido.  

Jesús responde serio y firme:

–         Juan está lejos ya para siempre…

Y cada vez estará más lejos.

–        ¿Ha vuelto a caer en el pecado?

–        No.

Está ascendiendo al Cielo.

Imitadlo y en la otra vida lo encontraréis.

Los cuatro no saben qué más decir…

Y prudentemente, hablan de otras cosas.

Los domésticos anuncian que están preparadas las mesas.

Todos pasan a la sala del banquete.

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