449 La Verdadera Muerte


449 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA.

Llegan hasta el vado.

Las aguas, bajas, permiten que pasen por ellas a pie los adultos.

Basta con subirse la ropa por encima de las rodillas y buscar las piedras anchas y sumergidas

que blanquean bajo las aguas cristalinas para hacer de acera a los que vadean el río;

mientras que los que van en cabalgaduras pasan río abajo.

Los apóstoles chapotean contentos dentro del agua, que les llega hasta la mitad del muslo.

Pedro… no da crédito a ello.

Promete y se promete,

que durante la estancia en casa de Salomón no faltará el modo de regalarse

un baño «refrescante», dice él, como compensación de la «tostadura» de ayer.

Han cruzado el río y están en la otra parte.

También aquí hay mucha gente, que se pone en movimiento después de la noche

o que se seca tras haber vadeado el río.

Jesús ordena:

–              Diseminaos para decir que está el Rabí.

Yo voy junto a aquel tronco derribado y os espero.

Pronto mucha gente ha sido avisada y ya acude.

Jesús empieza a hablar.

Toma como motivo un cortejo que pasa llorando detrás de unas angarillas, sobre las cuales hay

uno que se ha enfermado en Jerusalén;

ahora, desahuciado por los médicos, lo llevan rápidamente a casa para que muera allí.

Todos hablan de él porque es rico y joven todavía.

Y muchos dicen:

–            ¡Pues debe ser un gran dolor el morir con tantas riquezas y tan pocos años!

Y hay quien dice:

–             ¡Le está bien empleado!

No sabe tener fe.

Los discípulos han ido a decir a los parientes:

“Allí está el Salvador. Si tenéis fe y pedís, el enfermo se curará».

Pero se han negado a venir al Rabí.

Las críticas siguen a las manifestaciones de compasión

Y Jesús se sirve de todo esto para empezar a hablar.

–            ¡La paz a todos vosotros!

Ciertamente a los ricos y jóvenes que son ricos y jóvenes sólo en dinero y años, les duele morir,

Pero a los que son ricos en virtud y jóvenes por pureza de costumbres no les duele.

El verdadero sabio, desde el uso de razón en adelante,

se conduce de forma tal, que su muerte sea plácida.

La vida es la preparación de la muerte,

como la muerte es la preparación a la Vida más grande que hay.

El verdadero sabio,

desde que comprende la verdad de la vida y de la muerte, de la muerte para la resurrección;

se industria en todos los modos posibles para despojarse de todo lo inútil

y para enriquecerse con todo lo útil.

O sea, las virtudes y las buenas acciones.

Y así disponer de un bagaje de bienes ante Aquel que lo llama a su Presencia para juzgarlo,

para premiarlo, o para castigarlo con justicia perfecta.

El verdadero sabio conduce una vida que lo hace más adulto en la sabiduría que un anciano.

Y más joven que un adolescente, porque, viviendo con virtud y justicia, conserva en el corazón

una frescura de sentimientos que en algunos casos ni siquiera los adolescentes tienen.

¡Qué dulce es entonces morir!

Reclinar la cabeza cansada en el seno del Padre, recogerse en su abrazo,

decir entre las brumas de la vida que huye: «Te amo, espero en ti, en ti creo»,

Decirlo por última vez en la Tierra, para decir después el jubiloso «¡Te amo!»,

eternamente, entre los fulgores del Paraíso.

¿Duro pensamiento la muerte? No.

Justo decreto para todos los mortales, no grávido de angustia sino para aquellos que no creen

y están cargados de culpas.

Inútilmente el hombre, para explicar las angustias exasperadas de uno que muere

y que en su vida no fue bueno, dice:

«Es porque no quisiera morir todavía, porque no ha hecho ningún bien.

O ha hecho poco bien y querría vivir más para satisfacer por ello».

En vano dice:

«Si hubiera vivido más, habría podido conseguir un premio mayor, porque habría hecho más».

El alma sabe, al menos confusamente, cuánto tiempo le es dado: respecto a la eternidad,

prácticamente nada.

Y el alma incita a todo el yo a actuar.

El alma sabe. que la duración de la vida terrena es breve

y la muerte puede descargar su mano de improviso,

incluso en tierna edad o juventud.

Por eso incita a obrar bien, enseguida…”)

Pero, ¡Pobre alma!

La verdad es que en muchas ocasiones se ve oprimida, pisoteada, amordazada para no oír sus palabras.

Esto sucede en los que no tienen buena voluntad.

Por el contrario, los hombres justos, desde la niñez, escuchan al alma, obedecen sus consejos.

Y laboriosos, obran continuamente.

Joven en años pero rico en méritos muere el santo, algunas veces en la aurora de la vida.

Y no podría ser más santo de cuanto lo es ya, por cien o mil años que se añadieran,

porque el amor a Dios y al prójimo, practicados en todas sus formas y con toda generosidad,

lo hacen perfecto.

En el Cielo no se mira cuántos años ha vivido uno, sino cómo ha vivido.

Se hace duelo ante los cadáveres. Se lloran.

Pero el cadáver no llora.

Uno tiembla por tenerse que morir, pero esa misma persona no se preocupa de vivir de forma

que no haya de temblar en la hora de la muerte.

¿Y por qué no se llora y se hace duelo ante los cadáveres vivos,

que son los cadáveres más verdaderos,aquellos que, como en un sepulcro, llevan en el cuerpo un alma muerta?

¿Y por qué los que lloran al pensar que su carne tiene que morir,

no lloran por el cadáver que llevan dentro?

¡Cuántos cadáveres veo Yo,

y que ríen y gastan bromas y no se lloran a sí mismos!

¡Cuántos padres, madres, esposos, hermanos, hijos, amigos, sacerdotes, maestros,

veo que lloran sin sentido por un hijo, un cónyuge, un hermano, un padre, un amigo, un fiel,

un discípulo, fallecidos en evidente amistad con Dios,

después de una vida que ha sido una guirnalda de perfecciones;

y que no lloran ante los cadáveres de las almas de un hijo, cónyuge, hermano, padre, amigo,

fiel, discípulo, que está muerto por el vicio, por el pecado.

¡Y además muerto eternamente, perdido para siempre, si no se enmienda!

¿Por qué no tratar de resucitarlos?

¡Es amor, ¿Sabéis?!

Es el más grande amor.

¡Oh, lágrimas sin sentido por algo que era polvo y en polvo se ha convertido!

¡Idolatría del afecto

¡Hipocresía del afecto!

Llorad, sí, pero que sea por las almas muertas de vuestras personas más amadas.

Tratad de llevarlos a la Vida.

Y os hablo especialmente a vosotras, mujeres, que tanto podéis ante aquellos a quienes amáis.

Ahora, juntos,

veamos aquello que la Sabiduría indica como causa de muerte y vergüenza.

No insultéis a Dios haciendo mal uso de la vida que os ha dado, manchándola con malas acciones

que deshonran al hombre.

No insultéis a vuestros padres con una conducta que arroja fango sobre sus cabellos blancos

y espinos de fuego sobre sus últimos días.

No injuriéis a quien os hace el bien, para no ser maldecidos por el amor que pisoteáis.

No injuriéis a quien gobierna, porque no es con la rebelión contra los gobernantes como se hacen

grandes y libres las naciones,

sino que la ayuda del Señor se obtiene con la conducta santa de los ciudadanos.

Y el Señor puede tocar el corazón de los gobernantes o quitarlos de su puesto

o quitarles incluso la vida, como ha enseñado en repetidas ocasiones nuestra historia de Israel,

cuando sobrepasan la medida.

Y especialmente, cuando el pueblo, santificándose, merece el perdón por parte de Dios

y Dios retira el instrumento opresor del cuello de los castigados.

No injuriéis a vuestra mujer con la afrenta de adúlteros amores,

ni hiráis la inocencia de vuestros hijos con el conocimiento de amores ilícitos.

Sed santos ante aquellos que en vosotros ven, por afecto y por deber,

a la persona que debe ser el ejemplo de su vida.

No podéis escindir la santidad hacia el prójimo más próximo de la santidad hacia Dios,

porque una genera la otra como los dos  amores, a Dios y al prójimo, se generan recíprocamente.

Sed justos con los amigos.

La amistad es un parentesco del alma.

Está escrito:

«¡Cuán bello es para los amigos caminar juntos!»

Pero es hermoso si se camina por un camino de bien.

¡Ay de aquel que corrompe y traiciona la amistad haciendo de ella un egoísmo, una traición,

un vicio o una injusticia!

Demasiados son los que dicen: «Te amo» para saber las cosas del amigo y aprovecharlas en propio beneficio.

Demasiados, los que usurpan los derechos del amigo.

Sed honestos con los jueces.

Todos los jueces.

Desde el altísimo, que es Dios, al cual no se le tima ni se le engaña con prácticas hipócritas,

hasta el íntimo, que es la conciencia;

hasta los amorosos, dolientes y atentos con su amor vigilante, que son los ojos de los familiares;

hasta el severo, que son los jueces del pueblo.

No mintáis invocando a Dios para dar fuerza a la mentira.

Sed honestos en las ventas y en las compras

Cuando vendéis y la concupiscencia os dice: «Roba para conseguir más ganancia»,

mientras que la conciencia os dice: «Sé honrado porque a ti te dolería que te robaran»,

escuchad esta última voz, recordando que no se debe hacer a los demás

aquello que no querríamos que nos hicieran a nosotros mismos.

El dinero que os dan a cambio de un producto muchas veces está bañado del sudor y el llanto del pobre.

Cuesta esfuerzo.

Vosotros no sabéis cuánto dolor cuesta ese dinero,

cuántos dolores hay detrás de esa moneda que a vosotros, vendedores, os parece siempre

demasiado escasa por lo que dais.

Niños enfermos, niños sin padre, ancianos escasos de dinero…

¡Oh, dolor santo y santa dignidad del pobre, que el rico no comprende,

¿Con qué finalidad no sois meditados?!

¿Por qué se vende con honradez al fuerte, al poderoso, por miedo a sus represalias,

mientras que se abusa del indefenso, del hermano desconocido?

Ello es un delito más contra el amor que contra la honradez misma.

Y Dios lo maldice, porque la lágrima extraída de los ojos del pobre, que sólo posee el llanto

como reacción contra el atropello,

para el Señor tiene la misma voz que la sangre extraída de las venas de un hombre por un

homicida, por un Caín de su propio semejante.

Sed honestos en las miradas, como en la palabra y en las acciones.

Una mirada dada a quien no la merece es semejante a un lazo,

una mirada negada a quien la merece es como un puñal.

La mirada que se anuda con la pupila desvergonzada de la meretriz, y le dice: «¡Eres bella!»

y responde a su mirada invitante con la suya de adhesión,

es peor que el nudo corredizo para el ahorcado.

La mirada negada al pariente pobre o al amigo caído en la miseria,

es semejante a un puñal clavado en el corazón de estos desdichados

Y lo mismo la mirada de odio para el enemigo o de desprecio para el mendigo.

Al enemigo se le debe perdonar y amar al menos con el espíritu, si la carne se niega a amarlo.

El perdón es amor del espíritu.

No vengarse es amor del espíritu.

Al mendigo se le debe amar porque ninguno lo conforta.

No es suficiente arrojar una limosna y pasar despreciativos.

La limosna sirve para la carne hambrienta, desnuda, sin cobijo.

Pero la piedad que sonríe cuando da, que se interesa por el llanto del infeliz, es pan del corazón.

Amad, amad, amad.

Sed honestos en los diezmos y en las costumbres.

Sed honestos dentro de vuestras casas, sin abusar del siervo sobrepasando la medida

y sin atentar contra la sierva que duerme bajo vuestro techo:

si bien el mundo ignora el hurto cometido en el secreto de la casa

el hurto a la esposa desconocedora de los hechos y a la sierva a la que deshonráis,

Dios conoce vuestro pecado.

Sed honestos en cuanto a la lengua.

Y honestos en la educación de los hijos y las hijas.

Está escrito:

«Haz esto para que tu hija no te haga el hazmerreír de la ciudad».

Yo digo: «Haced esto para que el espíritu de vuestra hija no muera».

Y ahora idos.

Yo os he dado un viático de sabiduría y también me marcho ahora.

El Señor esté con los que se esfuerzan en amarlo.

Los bendice con el gesto.

Y rápido, baja del tronco derribado para tomar un senderillo que hay entre los árboles.

Remonta el río y pronto desaparece entre las verdes marañas de frondas.

La muchedumbre hace animados comentarios, no sin pareceres contrarios.

Naturalmente los contrarios son los pocos ejemplares de escribas y fariseos,

presentes entre las turbas de los humildes.

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