491 Las Minucias


487 IMITAR A JESUS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

414b Invectiva contra fariseos y doctores en el convite en casa del Anciano Elquías

Elquías se queda callado y también sus amigos.

Sigue un silencio glacial muy largo.

Elquías, apoyado el codo sobre el triclinio y la cara en la mano, piensa; 

adusto, con su corazón duro como el jaspe y cerrado como toda su casa.

Jesús se vuelve y lo mira.

Luego dice:

–            Elquías, Elquías…

No confundas la Ley y los Profetas con mezquindades.

Elquías lo mira con desprecio y prepotencia,

diciendo:

–           Veo que has leído mi pensamiento.

Pero no puedes negar que has pecado, no observando el precepto.

–           Porque tú, con astucia y por lo tanto con mayor culpa.

Premeditadamente, no cumpliste tu deber de anfitrión que tenías con tu huésped.

Me distrajiste y luego me mandaste aquí, mientras te purificabas tú y tus amigos.

Cuando entraste nos pediste que estuviéramos prontos, que tenías reunión…

Y todo esto para poder decir: ‘Pecaste’

–            Pusiste recordarme mi deber de darte con qué deberías purificarte…

–           ¡Podría recordarte tantas cosas…!

Pero sólo serviría para hacerte más intransigente y más enemigo.

Elquçias demanda:

–           No. Dilas. Dilas…

Queremos escucharte y…

–           Y acusarme ante los Príncipes de los Sacerdotes.

Por esto te recordé la última y penúltima maldición.

Lo sé. Os conozco…  

Me encuentro aquí, entre vosotros, Inerme.

Estoy separado del pueblo, que me ama…

Y ante el que no os atrevéis a atacarme.

Pero no tengo miedo.

No acepto compromisos, como tampoco soy un villano.

Y no acepto arreglos ni me comporto cobardemente.

Os digo vuestro pecado; el de toda vuestra casta.

El vuestro Fariseos: falsos santos de la Ley.

El vuestro doctores: falsos sabios que deliberadamente confundís lo verdadero con lo falso.

Que exigís de otros la perfección aún en las cosas exteriores y en vosotros mismos, NADA.

Me criticáis, unidos al que nos ha invitado aquí, a Mí y a vosotros.

Me reprocháis el que no me haya purificado antes de comer.

Sabéis que vengo del Templo, donde no se entra sino tras haberse purificado de las suciedades del polvo y del camino.

¿Es que queréis confesar que el Sagrado Lugar es contaminación?

–            Nosotros nos purificamos antes de comer.

–            Y a nosotros se nos dijo: ‘ID allí y esperad’

Y luego: ‘Sentaos a la mesa sin tardanza’

Entre tus paredes limpias de diseño alguno había todo un complot:

el de arrastrarme al engaño.

¿Qué mano escribió en las paredes el motivo para poder acusarme?

¿Tu espíritu o el otro poder que te domina y a quién escuchas?

Ahora bien, oídme todos…

Jesús se pone de pie.

Y con sus manos apoyadas en la orilla de la mesa, empieza su invectiva:

–           ¡Vosotros fariseos, laváis lo exterior de las copas y los platos…!

Os laváis las manos y los pies cómo si los platos y las copas, las manos y los pies, tuviesen que entrar en vuestro corazón.  

«De lo que está lleno el corazón, habla la boca…»

Y os enorgullecéis de ello, proclamándolo puro y perfecto.

Pero no toca a vosotros sino a Dios, el proclamarlo así…

Tened en cuenta lo que Dios piensa acerca de vuestro corazón…

Y Él piensa que está lleno de mentira, de asquerosidad, de rapiña…

Está lleno de iniquidad.

Y nada que venga de lo externo, puede corromper lo que ya es en sí, una total corrupción…

Jesús separa la mano derecha de la mesa,

y empieza a moverla mientras continúa:

Pero Quién hizo vuestro espíritu, cómo hizo vuestro cuerpo,

¿Acaso no puede exigir al menos en igual proporción, qué respetéis lo interior así cómo cuidáis lo exterior?

O ¿Sois necios que habéis cambiado éstos dos valores e invertís su poder?

¿Acaso no deseará el Altísimo que se dé un cuidado mayor al espíritu hecho a su semejanza

y que por la corrupción pierde la Vida Eterna?

Las suciedades de las manos y los pies pueden lavarse fácilmente y aunque quedasen sucios, no influyen en la limpieza interior…

¿Puede acaso Dios preocuparse de la limpieza de un vaso o de una jarra;

cuando estos objetos son solo cosas carentes de alma y que no pueden influir en la vuestra?

Estoy leyendo tu pensamiento, Simón Boetos…

No. No es consistente.

No. No concluye.

No es porque queráis preservar vuestra salud, vuestro cuerpo, vuestra vida;

por lo que tomáis estos cuidados y practicáis estas purificaciones.

El pecado carnal…

Más claramente, los pecados carnales de gula, de intemperancia, de lujuria,

son ciertamente más dañinos para la carne que no un poco de polvo en las manos o en el plato.

Y, a pesar de ello, los practicáis sin preocuparos de tutelar vuestra existencia y la seguridad de vuestros familiares.

Los esclavos de la Lujuria…

Y mayores pecados cometéis;

porque además de manchar vuestro espíritu y dañar vuestro cuerpo matando vuestra alma;

con el derroche de vuestros bienes y la falta de respeto a vuestros familiares,

ofendéis al Señor con la profanación de vuestro cuerpo, templo de vuestro espíritu.

Y cometéis pecados de más de una naturaleza, porque, además de la contaminación de vuestro espíritu y de vuestro cuerpo,

ofendéis al Señor por la profanación de vuestro cuerpo, templo de vuestro espíritu,

en que debería estar el trono para el Espíritu Santo;

Y cometéis otro pecado más,

por el prejuicio que formáis de que os toca a vosotros defenderos de las enfermedades que vienen por un poco de polvo,

como si Dios no pudiese intervenir en defenderos de las enfermedades físicas, si acudís a Él con espíritu puro.

El que creó el interior, ¿No creó también lo externo y viceversa?

¿Y acaso lo interno no es más noble y lo que más se asemeja a lo divino?

Os digo a todos:

Haced obras dignas de Dios y no sordideces inferiores al polvo con el que el hombre fue formado…

El lodo que le dio vida al hombre como ser animal y que regresa al polvo que el viento de los siglos dispersa.

Haced obras que permanezcan, que sean dignas del Rey del Universo al cual sirven y santas;

obras sobre las que está la bendición divina cual corona.

Haced caridad. Haced limosna.

Sed honestos, sed puros en las obras y en la intención.

Si lo hacéis así, sin recurrir al agua de las abluciones, todo será  puro en vosotros.

¿Pero qué os creéis?

¿Que estáis en regla porque pagáis los diezmos de las especias?

Pensáis que estáis en lo justo porque pagáis el diezmo de los aromas…

¡No!

¡Ay de vosotros fariseos que pagáis los diezmos de la menta y la ruda;

de la mostaza y del comino, del hinojo y de otros vegetales…

y luego dejáis en el olvido la justicia y el amor de Dios!

Pagar los diezmos es un deber y hay que hacerlo;

pero hay otros deberes más altos y también es imprescindible cumplirlos…

¡Pobres de ustedes Fariseos…!

¡Ay de quien observa las cosas exteriores y olvida las interiores, que se basan en el amor a Dios y al prójimo!

¡Ay de vosotros, Fariseos…!

¡Ay de vosotros  que buscáis los primeros lugares en la sinagoga y en las reuniones!

¡Y os gusta que se os reverencie en las plazas!

¡Y no os preocupáis de hacer obras que os den un lugar en el Cielo y os merezcan la reverencia de los ángeles!

Sois semejantes a los sepulcros escondidos, que sin saberlo el viajero que pasa cerca de ellos,

los toca y no tiene asco pero,

¡Vaya que lo tendría si pudiese ver lo que dentro de ellos está encerrado!

Dios ve también vuestros actos recónditos y no se engaña al juzgaros…

¡Ay de vosotros Doctores de la Ley!

Porque imponéis a la gente pesos insoportables, convirtiendo en castigo el paternal

Decálogo que el Altísimo dio a su Pueblo.

Él lo dio con amor y por amor, para que el hombre, eterno e imprudente niño; tuviese un  guía seguro.

Pero vosotros habéis sustituido los amorosos lazos con que Dios había ligado a sus hijos,

para que pudiesen caminar por su sendero y llegar a su Corazón;

con un laberinto de prescripciones sembrado de piedras agudas y pesadas… 

Una pesadilla de escrúpulos destinada a agotar las fuerzas de sus hijos extraviándolos, deteniéndolos,

y haciendo que sientan miedo de Dios, como de un Enemigo.

Vosotros impedís que los corazones vayan a Dios.

Vosotros separáis al Padre de sus hijos…

¡Ay de vosotros que levantáis sepulcros a los profetas que vuestros padres mataron!…

Y Jesús se explaya en un larguísimo discurso donde condena la hipocresía y la corrupción.

La diligencia para los rituales exteriores;

Y las rapiñas y perversiones interiores.

Los profetas y su destino en manos de los teócratas de Israel…

Y todas y cada una de las profecías contenidas en la Sagrada escritura que se refieren a Él,

son citadas con su correspondiente explicación…

La demanda de Elquías ha sido satisfecha de una manera total…

Jesús es el Dios Airado

que reclama el manejo irresponsable de Su Templo y de Su Pueblo…

El absoluto desprecio por la Ley y la falsa religión sin amor. Y en su severidad,

no falta el llamado amoroso a recapacitar y a convertirse, antes de que sea tarde…  

Porque el Pecado y los sepulcros blanqueados…

¿Es que Aquel que ha creado lo interno no ha creado acaso también lo externo y viceversa? ¿Y no es lo interno lo más noble y lo más marcado por la divina semejanza? Haced entonces obras que sean dignas de Dios, y no mezquindades que no se elevan por encima del polvo para el cual y del cual están hechas, del pobre polvo que es el hombre considerado como criatura animal, barro compuesto en una forma y que a ser polvo vuelve, polvo dispersado por el viento de los siglos. Haced obras que permanezcan, obras regias y santas, obras que se coronen de la divina bendición. Haced caridad, haced limosna, sed honestos,

 No. ¡Ay de vosotros, fariseos que pagáis los diezmos de la menta y de la ruda, de la mostaza y del comino, del hinojo y de todas las demás verduras, y luego descuidáis la justicia y el amor a Dios! Pagar los diezmos es un deber y hay que cumplirlo. Pero hay otros deberes más altos, que también hay que cumplir. ¡Ay de quien cumple las cosas exteriores y descuida las interiores basadas en el amor a Dios y al prójimo! ¡Ay de vosotros, fariseos, que estimáis los primeros puestos en las sinagogas y en las asambleas y deseáis que os hagan reverencias en las plazas, y no pensáis en hacer obras que os den un puesto en el Cielo y os merezcan la reverencia de los ángeles. Sois semejantes a sepulcros escondidos, inadvertidos para el que pasa junto a ellos sin repulsa (sentiría repulsa si pudiera ver lo que encierran); pero Dios ve las más recónditas cosas y no se equivoca cuando os juzga.

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