510 Una Misión Imperial


510 IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

426b La joven esclava salvada.

Jesús está hablando con las romanas en casa de Simón el cordelero, en Cesárea marítima.

Plautina pregunta:

–            ¿Podemos servirte?

Jesús responde:

–            No necesito nada más que fe y amor.

Pero hay una criatura que se encuentra en gran peligro…

Y que esta noche tendrá el alma muerta.

Claudia podría salvarla. 

–           ¿El alma muerta.

¿De quién se trata?

Jesús dice:

–            Un patricio vuestro da un banquete y…

Livia contesta:

–           ¡Ah, sí!

Ennio Casio.

También mi marido fue invitado.

Valeria confirma con energía:

–           También el mío.

También nosotras…

Pero como Claudia se abstiene, también nosotras nos abstendremos.

Habíamos decidido retirarnos inmediatamente después de la cena, si es que íbamos…

Porque nuestras cenas terminan en orgías que ya no podemos soportar…

Y con el enojo de que nuestros maridos no se ocupan de nosotras;

Nos salimos…

Jesús corrige:

–            No por enojo, sino por piedad de su miseria moral…

–            Es difícil, Maestro.

Sabemos lo que pasa allí dentro…

–           Yo también sé muchas cosas que suceden en los corazones y sin embargo perdono…

–            Tú eres Santo.

–             Vosotras debéis serlo.

Porque lo quiero y porque a ello os empuja vuestra voluntad…

–             ¡Maestro!…

–             Sí.

¿Podéis afirmar que sois felices como antes de conocerMe?

¿Felices en la miserable y brutal felicidad animal;

en la sensualidad de paganas que ignoran, que no son solo un pedazo de carne…

ahora que conocéis un poco a la Sabiduría?

–           No, Maestro.

Lo confesamos.

Lo tenemos que decir claro.

Estamos descontentas.

Nos sentimos insatisfechas.

Inquietas…

Como uno que busca un tesoro y no lo encuentra.

Jesús exclama:

–            ¡Y está ante vosotros!

Pues lo tenéis delante…

Lo que os pone inquietas es el anhelo de Luz de vuestro espíritu…

La impaciencia de vuestro espíritu por vuestra tardanza…

En darle lo que os pide…

Lo que os inquieta es el ansia de vuestros corazones por la Luz.  

Sigue un silencio, porque ninguna se decide a responder.

Después Plautina dice:

–           ¿Y qué podría hacer Claudia?

–            Salvar a esa pobre criatura.

Una niña que el romano compró para su placer.

Una virgen que mañana no lo será más.

–          Si la compró…

Le pertenece.

–          No es un mueble.

Dentro de su cuerpo hay un alma…

Ellas objetan:

–           Maestro.

–           Nuestras leyes…

Jesús rebate:

–           Mujeres:

¡La Ley de Dios!…

–            Claudia no va a ir a la fiesta…

–            No le digo que vaya.

Os digo que le trasmitáis lo siguiente:

El Maestro para asegurarse de que Claudia no tiene nada contra Él,

le pide que le ayude a favor de esta alma-niña…”

Plautina, Valeria y Livia:

–            Se lo diremos, pero no podrá hacer nada.

–            Esclava adquirida…

–            Objeto del que se puede disponer…

Jesús se muestra lleno de majestad,

al decretar:

–            Mi religión enseñará que el esclavo tiene un alma semejante a la del César;

mejor en muchos casos…

Que esa alma pertenece a Dios.

Y la maldición pesa sobre quién la corrompa.

Jesús lo dice con severidad y energía.

Las mujeres se sacuden a la voz severa de la orden.

Se inclinan sin replicar.

Y se ponen otra vez los velos y los mantos.

Se despiden:

–           Lo trasmitiremos.

Salve, Maestro.

–           Hasta pronto.

Plautina, antes de salir dice:

–            Para todos, éramos mujeres griegas.

¿Entendido?

–           Entendido.

Id tranquilas.

Jesús se queda solo bajo el portal.

Y ellas se van por donde vinieron.

Los cordeleros siguen trabajando.

Luego, Jesús regresa despacio al almacén y se queda pensativo.

Se sienta sobre un montón de cuerdas enrolladas.

Ora intensamente…

Los once apóstoles continúan durmiendo profundamente.

La vida en el puerto se desarrolla con la misma pacífica rutina,

de las provincias gobernadas por el imperio más poderoso del mundo.

Roma es una máquina de eficiencia y disciplina…

Una hora después, el cordelero asoma la cabeza en el depósito.

Y le dice a Jesús que vaya a la puerta,

porque:

–           Hay un esclavo que te quiere ver.

El esclavo.

Un númida, está parado junto al platanar, en la plaza llena de sol…

Cuando ve a Jesús, se inclina.

Y sin hablar, le entrega una tableta encerada.

Jesús la lee…

Y dice:

–           Dirás que esperaré hasta antes del alba.

¿Entendiste?

El esclavo mueve la cabeza asintiendo.

Y para que vea por qué no habla, abre su boca y le enseña la lengua tronchada.

Jesús mueve la cabeza con un gesto lleno de tristeza,

y dice:

–           ¡Infeliz!

Acariciándolo con mucha compasión.

Por las mejillas del esclavo corren dos lágrimas.

Toma la mano blanca entre las suyas negras y se la pone en la cara.

La besa, se la lleva al pecho y se echa en tierra.

Toma el pie de Jesús y se lo pone en la cabeza…

Un lenguaje mudo para expresar su agradecimiento por ese gesto de amor.

Y Jesús repite:

–           ¡Infeliz!

Pero no lo cura.

El esclavo se levanta y pide la tableta encerada.

Claudia no quiere dejar huellas de su contacto epistolar.

Jesús sonríe y devuelve la tableta.

El númida se va.

Y Jesús se acerca a donde está el cordelero…

El Maestro dice:

–          Simón, debo quedarme hasta antes del alba.

¿Me lo permites?

Simón contesta:

–            Todo lo que quieras.

Me desagrada ser pobre…

–           Me agrada que seas honrado.

–           ¿Quiénes eran esas mujeres?

–           Unas extranjeras que necesitaban de consejo.

–           ¿Están sanas?

–            Como Yo y tú.

–            Entonces está bien.

Ahí están tus apóstoles.

Los once salen del almacén, somnolientos.

Pedro dice:

–           Maestro, hay que cenar antes de partir.

Jesús contesta:

–            No.

No partiremos hasta el amanecer.

–            ¿Por qué?

–            Porque me pidieron que así lo hiciera.

–           ¿Por qué?

¿Por quién?…

Es mejor caminar de noche…

luna es nueva.

–           Espero salvar a una criatura.

Y esto es más luminoso que la luna y más refrescante que las frescuras de la noche.

Pedro lo lleva aparte:

–           ¿Qué pasó?

¿Viste a las romanas?

¿Qué humor tienen?

¿Son ellas las que se van convertir?

¡Dímelo!…

Jesús sonríe:

–           Si me dejas responder te lo diré, hombre curiosísimo.

Vi a las romanas.

Muy lentamente caminan hacia la Verdad.

Pero no retroceden…

Lo que ya es mucho.

–           Y…

Acerca de lo que dijo Judas,

¿Hay algo?

–            Que continuarán venerándome como a un sabio.

–           ¿Por causa de Judas?

¿Es él el que lo ha hecho?

–           Vinieron a buscarme a Mí.

No a él…

La posesión demoníaca perfecta siempre «argumenta» para su RECHAZO A DIOS…

Pedro pregunta inquieto:

–           Entonces… 

¿Por qué Judas tuvo miedo de encontrarse con ellas?

¿Por qué no quería que vinieras a Cesárea?

–            Simón, no es la primera vez que Judas tiene caprichos estrambóticos…

–           Es verdad.

¿Y van a venir esta noche las romanas?

–           Ya vinieron.

–           Entonces…

¿Por qué esperamos hasta que amanezca?

–            ¿Por qué eres tan curioso?

–            Maestro, sé bueno…

Por favor dime todo.

–            Te lo diré para quitarte toda duda.

También tú escuchaste la conversación de aquellos tres romanos…

–           ¡Claro que la oí!…

Inmundos.

Apestosos.

¡Demonios!

Pero a nosotros, ¿Qué nos importa?…

¡Ahh!

¡Entiendo!…

Las romanas van a ir a la cena y luego vendrán a pedirte perdón;

por haber estado en medio de la inmundicia…

Me maravilla que consientas en ello.

–           Yo me maravillo de que te formes juicios temerarios.

–           ¡Perdóname, Maestro!

–           Sí.

Pero ten en cuenta que las romanas van a ir a la cena.

Y yo pedí a Claudia que interviniese a favor de esa muchachita…

–            ¡Ahh!

¡Pero Claudia no puede hacer nada!…

El romano compró a la muchacha y tiene todo el poder sobre ella.

–           Pero Claudia tiene mucho más poder sobre el romano.

Y Claudia me mandó decir, que no parta hasta antes del alba.

No hay otra cosa.

Estás contento ahora?

–           Sí, Maestro.

Pero no has descansado nada.

Ven.

Estás muy agotado.

Vigilaré para que te dejen en paz.

Ven. Ven.

Y amorosamente tiránico lo jala, lo empuja…

Y lo obliga a tirarse en el montón de cáñamo.

Pasan las horas.

El sol se oculta.

Cesa el trabajo.

Empiezan las primeras sombras…

Entra la noche.

Las golondrinas van a sus nidos y los niños a la cama.

Uno tras otro van muriendo los ruidos.

Hasta que solo queda el estrépito de las olas, al estrellarse sobre la playa…

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