552 ¿¡Confusión!?


IMITAR A JESÚS ES EL EJEMPLO QUE SALVA

448c Encuentro de barcas en el lago y parábola sugerida por Simón Pedro.

Jesús cruza los brazos y pasea su mirada por todas las barcas, hasta las más lejanas.

Llegando incluso hasta las romanas…

En que se ve sobresaliendo de los bordes de las barcas,

una fila de rostros atentos tanto de patricias como remadores…

La gente habla en tono bajo, se consultan unos a otros…

Un susurro apenas sensible de voces,

se funde con el chapoteo apenas perceptible,

del agua contra el cuerpo de las barcas.

El juicio es difícil.

De todas formas…

La mayor parte opina que el hombre no habrá sido perdonado porque había pecado.

No, no habrá sido perdonado;

al menos por lo que se refiere al primer pecado…

Jesús oye cómo va aumentando el murmullo de los que opinan esto.

Y sonríe con la mirada de sus bellísimos ojos.

Luminosos incluso en la noche como dos zafiros heridos por el rayo de la Luna,

cada vez más hermosa y resplandeciente.

Tanto que muchos deciden apagar antorchas y faroles,

para quedarse por toda luz, con la fosforescente luz lunar.

Pedro está pendiente de oír el juicio de la gente.

Jesús dice:

–             Apaga también éstas, Simón.

Son míseras como chispas respecto a las estrellas,

bajo este cielo lleno de astros y planetas.

Y mientras Pedro alarga los brazos para descolgar los faroles…

Jesús acariciando a su apóstol, le pregunta en voz baja:

–            ¿Por qué esos ojos turbados?

–            Porque esta vez me expones al juicio del pueblo…

–            ¿Y por qué lo temes!

—           Porque…

Es como yo…

Injusto…

–              ¡El que juzga es Dios, Simón!

–             Sí.

Pero Tú no me has perdonado todavía y estás esperando su juicio para hacerlo…

Tienes razón, Maestro…

Soy incorregible…

Pero… ¿Por qué a tu pobre Simón este juicio de Dios?…

Jesús le pone la mano en el hombro.

Y lo hace cómodamente porque Pedro está en el suelo de la barca…

Y Él está erguido encima de la madera de la popa;

por tanto altísimo respecto a Pedro.

Y sonríe…

Pero no le responde.

Lo que hace es dirigirse a la gente:

–           ¿Entonces?

Responded fuerte.

Barca por barca.

¡Ay, pobre Pedro!

Si Dios lo hubiera juzgado según el parecer de los presentes, lo habría condenado.

Menos tres barcas…

Todas las demás, incluidas las apostólicas, lo condenan.

Las romanas no se pronuncian.

Tampoco les preguntan.

Pero es visible que ellas tres, también juzgan digno de condena al hombre,

porque desde una a otra barca, hacen el gesto del pulgar vuelto hacia abajo.

Pedro levanta sus ojos de cordero, turbados, hacia el rostro de Jesús.

Y encuentra una mirada aún más dulce, que fluye de los ojos de zafiro;

que lo inunda con una paz; como si fuera una cascada…

Y ve inclinarse hacia él un rostro resplandeciente de amor…

Que lo hace sentirse atraído hacia un lado de Jesús,

siendo así que su cabeza entrecana está contra el costado de Éste,

mientras el brazo del Maestro lo estrecha hacia Sí, abrazándolo por los hombros.

Jesús dice a todos:

–            Así juzga el hombre.

Pero Dios no juzga así.

¡Oh, hijos míos!

Vosotros decís: «No habrá sido perdonado».

Yo digo: «El Señor no vio siquiera en él materia de perdón».

Porque perdón presupone culpa.

Pero aquí no había culpa.

No, no murmuréis meneando la cabeza.

Repito: aquí no había culpa.

¿Cuándo se forma la culpa?

Cuando hay voluntad de pecar, conocimiento de que se peca…

Y persistencia en querer pecar aun después de haber entendido que una acción es pecado.

Todo depende de la voluntad con que uno cumple un acto,

sea virtuoso, sea pecaminoso.

Incluso cuando uno cumple un acto aparentemente bueno,

pero no sabe que está haciendo un acto bueno;

sino que al contrario, cree que está realizando un acto malo,

comete pecado como si llevara a cabo un acto malo…

Y viceversa.

Pensad en un ejemplo.

Uno tiene un enemigo y sabe que está enfermo.

Sabe que por orden médica no debe beber agua fría; es más, ningún líquido.

Va a verlo, fingiendo afecto.

Lo oye quejarse: «¡Tengo sed! ¡Tengo sed!»

Y fingiendo piedad, se preocupa solícito de darle agua helada de pozo diciendo:

«Bebe, amigo.

Te quiero y no puedo verte sufrir de esta manera por el ardor.

Mira. He pensado en traerte esta agua tan fresca.

Bebe, bebe…

Que una gran recompensa recibe el que asiste a los enfermos y da de beber a los sedientos».

Y dándole de beber, le acarrea la muerte.

¿Creéis que ese acto, bueno en sí por estar constituido de dos obras de misericordia,

es bueno ahora, que se verifica con finalidad mala?

No lo es.

Otro ejemplo:

Un hijo que tenga un padre borracho,

y que para salvarlo de la muerte por la continua bebida, cierre la bodega,

quite el dinero a su padre y se imponga, incluso severamente;

para que no salga por el pueblo a beber y a destruirse,

¿os parece que falte al Cuarto Mandamiento sólo por el hecho de regañar a su padre

y hacer él de cabeza de familia para con su propio padre?

Aparentemente hace sufrir a su padre.

Y parece culpable.

En realidad es un buen hijo, porque su voluntad es buena.

Tiene voluntad de salvar a su padre de la muerte.

Siempre es la voluntad la que da valor a la acción.

Y otro ejemplo:

¿El soldado que mata en guerra es homicida?

¡No!

Si su espíritu no acepta la masacre y combate porque se ve obligado a ello.

Pero combate con ese mínimo de humanidad,

que la dura ley de la guerra y de la subordinación impone.

Por tanto, ese hombre de la barca,

que por una buena voluntad de creyente, patriota y pescador,

no soportaba a aquellos que según él, eran unos profanadores,

no cometía pecado contra el amor al prójimo,

sino que solamente tenía un errado concepto del amor al prójimo.

Y no cometía pecado contra el respeto a Dios,

porque su resentimiento hacia Dios venía de su espíritu bueno…

Aunque no equilibrado y luminoso de creyente.

Y no cometía homicidio, porque era por una buena voluntad de pedir perdón,

por lo que provocaba el que la barca se ladeara.

Sabed discernir siempre.

Dios es Misericordia más que intransigencia.

Dios es bueno.

Dios es Padre.

Dios es Amor.

El verdadero Dios es esto.

Y el verdadero Dios abre su corazón a todos, a todos, diciendo: «Venid»

Indicando a todos su Reino.

Y es libre de hacerlo, porque es Él el Señor Único, Universal, Creador, Eterno.

Os ruego, a vosotros israelitas, que seáis justos.

Recordad estas cosas.

Que no os suceda que las comprendan,

los que veis como cosa impura

y para vosotros permanezcan incomprensibles.

También es pecado el excesivo y desordenado amor a la religión y a la patria,

porque se hace egoísmo.

Y el egoísmo es siempre razón y motivo de pecado.

Sí.

El egoísmo es pecado porque siembra en el corazón una mala voluntad,

que hace al hombre rebelde a Dios y a sus Mandamientos.

La mente del egoísta ya no ve a Dios nítidamente, ni tampoco las verdades de Dios.

La soberbia exhala sus vapores en el egoísta y empaña las verdades.

En la calígine la mente, que ya no ve la luz clara de la verdad

como la veía antes de hacerse soberbia,

empieza el proceso de los porqués…

Y de los porqués pasa a la duda,

de la duda a la indiferencia,

no sólo respecto al amor y a la confianza en Dios y en su justicia,

sino también respecto al temor de Dios y al temor a su castigo.

De ahí la predisposición a pecar.

Y de ésta se pasa a la soledad del alma que se aleja de Dios,

la cual, no teniendo ya la voluntad de Dios como guía,

cae en la ley de su voluntad de pecador.

¡Muy mala cadena es la voluntad del pecador…

Uno de cuyos extremos lo tiene en su mano Satanás,

mientras que el otro ata a los pies del hombre una bola pesada,

para tenerlo sujeto, esclavo en el fango, abatido, en tinieblas!

¿Puede entonces el hombre no incurrir en culpas mortales?

¿Puede no incurrir en ellas, teniendo en sí sólo mala voluntad?

Entonces, sólo entonces, Dios no perdona.

Pero cuando el hombre tiene algo de buena voluntad

y lleva a cabo incluso actos espontáneos de virtud,

ciertamente acaba poseyendo la Verdad, porque la buena voluntad conduce a Dios.

Y Dios el Padre Stmo. se inclina amoroso, compasivo, indulgente,

a ayudar, a bendecir, a perdonar a sus hijos que tienen buena voluntad.

Por eso el amor hacia el hombre de aquella barca fue amplio,

porque, no queriendo cometer el pecado, no había pecado.

Marchaos en paz, ahora, a vuestras casas.

Las estrellas han ocupado todo el cielo

y la Luna viste de pureza el mundo.

Marchaos obedientes como las estrellas y haceos puros como la Luna.

Porque Dios ama a los obedientes y a los puros de espíritu.

Y bendice a los que ponen en todas sus acciones

la buena voluntad de amar a Dios y a los hermanos.

Y trabajar para su gloria y para su utilidad.

¡La paz sea con vosotros!

Y Jesús, abriendo de nuevo sus brazos, bendice.

Mientras el círculo de las barcas se aleja, se disgrega;

tomando cada uno la propia dirección

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